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Catálogo de Textos Históricos
Poema Pedagógico - 2da parte
Antón Makarenko

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1ra parte - 2da parte - 3ra parte

1. LA JARRA DE LECHE

Nos trasladamos a la segunda colonia un buen día tibio, casi estival. Aún no se había marchitado el follaje de los árboles, aún verdeaba la hierba en plena segunda juventud, refrescada por las primeras jornadas de otoño. También la segunda colonia era entonces como una mujer bella a los treinta años: bella para todos, feliz y segura de su indudable encanto. El Kolomak la rodeaba casi por todos lados, dejando un pequeño paso para la comunicación con Gonchárovka. Sobre el Kolomak pendían bulliciosas, como una espléndida cortina susurrante, las copas de los árboles de nuestro parque. Aquí había muchos rinconcitos umbríos y misteriosos, donde uno podía con gran éxito bañarse, criar sirenas, pescar o, en último caso, secretear con un buen amigo. Nuestros principales edificios estaban al borde de la alta ribera, y los chicos, desvergonzados y audaces, saltaban directamente de las ventanas al río, dejando en el poyo de la ventana su poco complicada indumentaria.
En otros lugares, allí donde se extendía el viejo jardín, la pendiente bajaba en terrazas, y Shere conquistó antes que nadie la gradería inferior. Aquí había siempre amplitud y sol. El Kolomak se deslizaba ancho y apacible, pero este lugar era tan poco adecuado para las sirenas como para la pesca y, en general, para la poesía. En lugar de poesía aquí florecían las coles y el casis. Los colonos acudían a este sitio exclusivamente movidos por intenciones prácticas, bien con la pala, bien con el azadón, y, a veces, acompañando a los colonos descendía penosamente hasta aquí, provisto de un arado el Korshun o la Banditka. En este mismo sitio estaba nuestro embarcadero: tres tablas que avanzaban sobre las olas del Kolomak a unos tres metros de la orilla.
Más lejos aún, el Kolomak, torciendo hacia el Este, extendía pródigamente ante nosotros unas cuantas hectáreas de prados buenos y jugosos, circundados de matorrales y de sotos. Nosotros bajábamos a la pradera directa desde nuestro nuevo jardín, y esta verde pendiente se prestaba a las mil maravillas al descanso: en las horas de ocio, la hierba parecía invitar a sentarse bajo la sombra de los álamos que se alzaban en el extremo del jardín y admirar una vez más el prado, y los sotos, y el cielo, y los tejados de Gonchárovka recortándose en el horizonte. A Kalina Ivánovich le agradaba mucho ese lugar, y algún que otro mediodía dominical me arrastraba consigo allí.
A mí me encantaba hablar con Kalina Ivánovich de los mujiks, de nuestros trabajos, de las injusticias de la vida y de nuestro porvenir. Ante nosotros se extendía el prado y esta circunstancia desviaba en ocasiones a Kalina Ivánovich de la buena senda filosófica.
-¿Sabes, querido? La vida es como una mujer, no esperes justicia de ella. A aquél que, ¿comprendes?, tiene bigotes enhiestos le dará empanadas, y bollos, y una botella pero al que ni siquiera le crece la barba, sin hablar ya de los bigotes, la muy miserable no le dará ni un trago de agua. Cuando yo estuve en los húsares... ¡Eh, tú, hijo de Satanás! ¿Dónde tienes la cabeza? ¿Es que te la has comido con el pan o te la has dejado olvidada en el tren? ¿Dónde has metido el caballo? ¡Así te retuerzas, parásito! ¿No vez que ahí está sembrada la col?
Kalina Ivánovich pronuncia en pie el final de este discurso, agitando la pipa, ya lejos de mí.
A unos trescientos metros de nosotros sombrea en el césped un lomo castaño, pero a nuestro alrededor no se ve a ningún "hijo de Satanás". Sin embargo, Kalina Ivánovich no se equivoca de dirección. El prado es el reino de Brátchenko. Aunque invisible, Brátchenko está siempre aquí, y el discurso de Kalina Ivánovich es, en realidad, como un conjuro. Después de dos o tres breves fórmulas más, Antón se materializa, pero, de completo acuerdo con el ambiente espiritista, no aparece junto al caballo, sino detrás de nosotros, en el jardín.
¿Por qué grita usted, Kalina Ivánovich? ¿Dónde diablos están las coles y dónde diablos el caballo?
Comienza una discusión especial, de la que hasta un profano absoluto en el particular puede comprender cuánto ha envejecido Kalina Ivánovich y qué mal se orienta en la topografía de la colonia. En efecto, se ha olvidado del lugar donde está el campo de coles.
Los colonos dejaban envejecer tranquilamente a Kalina Ivánovich. Hacía ya tiempo que la agricultura pertenecía indivisiblemente a Shere, y Kalina Ivánovich sólo a título de crítico quisquilloso intentaba, a veces, meter su vieja nariz en algunas rendijas agrícolas. Pero Shere sabía pellizcar esta nariz con una broma fría y cortés, y entonces Kalina Ivánovich se rendía:
¿Qué vas a hacerle? En mis tiempos, teníamos trigo. Ahora que prueben otros: orgullo les sobra, pero vamos a ver si les crece el trigo.
En la administración general Kalina Ivánovich se acercaba más a la situación del rey de Inglaterra: reinaba sin gobernar. Todos reconocíamos su majestad administrativa y nos inclinábamos respetuosamente ante sus sentencias pero hacíamos las cosas a nuestro modo. Esto ni siquiera ofendía a Kalina Ivánovich, porque no le distinguía un amor propio enfermizo y, además porque lo que estimaba ante todo eran sus sentencias, igual que para su colega inglés lo que más valía era el oropel.
Según la vieja tradición, Kalina Ivánovich seguía yendo a la ciudad, y su salida era rodeada ahora de cierta solemnidad. Kalina Ivánovich había sido siempre partidario del lujo antiguo, y los muchachos no ignoraban su sentencia:
-¿El señor lleva faetón a la moda y caballo hambriento, mientras que un buen amo prefiere carro no tan hermoso, pero caballo brioso.
Los colonos alfombraban de heno fresco la vieja carreta semejante a un ataúd, y la cubrían de sacos limpios. Luego enganchaban el mejor caballo y se acercaban a la puerta de Kalina Ivánovich. Todas las autoridades y rangos administrativos hacen lo preciso para este momento: Denís Kudlati, ayudante del administrador, guarda en el bolsillo la lista de las operaciones urbanas; Aliosha Vólkov, se encarga de la despensa, mete bajo el heno los cajones que hacen falta, las cuerdas, las orzas y demás envases. Kalina Ivánovich se hace esperar tres o cuatro minutos, después sale con una gabardina limpia y bien planchada, enciende la pipa, preparada para este minuto, inspecciona rápidamente el caballo o el carro, y a veces lanza entre dientes, con un aire importante:
-¿¡Cuántas veces te he dicho que para ir a la ciudad no te pongas un gorro tan roto!... ¡Vaya una gente obtusa!
Mientras Denís cambia de gorro con algún camarada Kalina Ivánovich se encarama al asiento y ordena:
-¿¡Venga, arrea!
En la ciudad, lo que hace principalmente Kalina Ivánovich es permanecer sentado en el despacho de algún magnate del abastecimiento, dándose tono y tratando de mantener el honor de la fuerte y rica potencia: la colonia Gorki. Por eso precisamente sus charlas versan más que nada sobre cuestiones de alta política:
-Los mujiks tienen de todo. Se lo digo yo con seguridad.
Mientras tanto, Denís Kudlati, tocado con un gorro ajeno, boga y se sumerge en el mar administrativo, que es un piso más abajo: hace pedidos, discute con encargados oficinistas, carga cajones y sacos en el carro sin rozar el puesto intangible de Kalina Ivánovich, da de comer al caballo y a eso de las tres irrumpe en el despacho, todo lleno de harina y de aserrín:
-¿Podemos marcharnos, Kalina Ivánovich.
Kalina Ivánovich florece en una sonrisa diplomática y estrecha la mano del jefe e interroga diligente a Denís:
-¿¿Has cargado todo como es debido?
De vuelta a la colonia, el agotado Kalina Ivánovich descansa, y Denís, después de engullir a toda prisa su comida ya fría, pasea hasta muy entrada la noche su fisonomía mongólica por las rutas administrativas de la colonia y se afana como una vieja.
Orgánicamente, Kudlati no podía ver tirado nada de valor; sufría si caía paja del carro, si se extraviaba algún candado, si la puerta del establo pendía de un gozne. Denís sonreía pocas veces, pero jamás parecía irritado, y sus prédicas a los despilfarradores de los valores económicos no eran nunca fastidiosas y pesadas: tanta solidez convincente, tanta voluntad contenida había en ellas. Kudlati sabía reprender a los frívolos pequeñuelos que consideraban en su simplicidad que el hecho de trepar a un árbol era la inversión más racional de la energía humana y con un solo movimiento de sus cejas les hacía descender del árbol.
-Me gustaría saber, hablando en propiedad, con qué razonas -les decía-. Te falta poco para casarte, y te dedicas a escalar sauces y a romperte los pantalones. Ven, que voy a darte otros.
-¿¿Cómo otros? -respondía el pequeño, inundado de un sudor frío.
-¿Una especie de mono para trepar a los árboles. Pero dime, hablando en propiedad, ¿dónde has visto a un hombre con pantalones nuevos subiéndose a los árboles? ¿Has visto a alguno?
Denís se hallaba profundamente penetrado de espíritu administrativo y por eso era incapaz de reparar en el sufrimiento humano. No podía comprender la sencilla sicología humana: si el pequeño se había subido al árbol era precisamente por hallarse entusiasmado con motivo de la obtención de unos pantalones nuevos. Los pantalones y el árbol tenían una relación de causa, pero Denís pensaba que eran cosas incompatibles.
Sin embargo, la política inflexible de Kudlati era indispensable, ya que nuestra pobreza exigía una economía feroz. Por eso, el Soviet de jefes le confería invariablemente el cargo de ayudante del administrador, rechazando sin vacilar las quejas pusilánimes de los pequeños contra las represalias de Denís -injustas según ellos- respecto a los pantalones. Karabánov, Belujin, Vérshnev, Burún y otros viejos colonos estimaban mucho la energía de Kudlati, a la que ellos se sometían dócilmente en primavera, cuando Denís ordenaba en alguna asamblea general:
-¿Mañana tenéis que entregar el calzado en el depósito; en verano se puede. andar descalzo.
En octubre de 1923, Denís trabajó mucho. A duras penas instalamos a diez destacamentos de colonos en los edificios que habíamos reparado por completo. En el viejo palacio de los terratenientes -nosotros lo llamábamos la casa blanca- instalamos los dormitorios y la escuela, y en la gran sala, que pasó a sustituir a la terraza, dispusimos nuestro taller de carpintería. El comedor lo dejamos en un semientresuelo de la segunda casa, donde estaban las habitaciones del personal. No tenía cabida para más de treinta personas, y por esta razón comíamos en tres turnos. Los talleres de fabricación de ruedas, de costura y de calzado se refugiaron en rincones, muy poco semejantes a naves de trabajo. Todos en la colonia padecíamos de falta de ocio, tanto los educandos como los educadores. Y, lo mismo que una obsesionante alusión a nuestro posible bienestar, en el jardín se alzaba una casa de dos pisos estilo "imperio", burlándose de nuestra imaginación con la amplitud de espaciosas habitaciones, sus techos revestidos de molduras y su gran terraza abierta, avanzando sobre el jardín. Si aquí hubiera pavimentos, ventanas, puertas, escaleras, calefacción, tendríamos unos magníficos dormitorios para ciento veinte personas y podríamos dejar libres otros edificios para necesidades pedagógicas de toda índole. Pero requería unos seis mil rublos, y nosotros no los teníamos porque nuestros ingresos corrientes se invertían en la lucha contra los obstinados restos de la antigua miseria a la que estábamos dispuestos a no volver. En este frente, nuestra ofensiva había aniquilado ya los klift, los gorros en jirones, los catres plegables, los edredones de la época del último Románov y los trapos en que los muchachos se envolvían los pies. Hasta había comenzado a venir dos veces al mes un peluquero y, aunque nos cobraba diez kopeks por el rapado al cero y veinte por el corte del pelo, podíamos permitirnos el lujo de cultivar en las cabezas de los colonos peinados de moda "a la polaca", "a lo político", y otros frutos de la cultura europea. Cierto que nuestros muebles estaban todavía por barnizar, que comíamos con cucharas de madera, que nuestra ropa se hallaba llena de remiendos, pero eso era porque invertíamos la mayor parte de nuestros ingresos en herramientas de trabajo, en instrumentos y en capital básico.
Nos faltaban seis mil rublos y no teníamos ninguna esperanza de obtenerlos. En las asambleas generales de los educandos, en el Soviet de jefes o simplemente en las conversaciones de los colonos mayores, en los discursos de los jóvenes comunistas y muchas veces hasta en el gorjeo de los pequeñuelos se oía con frecuencia esa cifra, que, en todos estos casos, aparecía inasequible en absoluto por su magnitud.
En aquel tiempo la colonia Gorki dependía del Comisariado del Pueblo de Instrucción Pública, que nos daba pequeñas sumas para nuestro presupuesto. De su cantidad se puede juzgar aunque no sea más que por el hecho de que para el vestuario de cada colono destinábanse veintiocho rublos anuales. Kalina Ivánovich se indignaba:
-¿Quién será el listo que asigna esa suma? ¡Cuánto me gustaría verle la cara para saber cómo es, porque, después de haber vivido sesenta años, ¿comprendes?, no he visto todavía a hombres así, ¡parásitos!!
Tampoco yo los había visto, a pesar de ir frecuentemente por el Comisariado. Esa cifra no era asignada por ningún organizador, sino obtenida de una simple división entre el número de niños desamparados y la cantidad de rublos disponibles.
La casa roja, como nosotros designábamos simplemente a la casa "imperio" de Trepke, estaba arreglada igual que para un baile, pero el baile llevaba mucho tiempo siendo aplazado. Incluso las primeras parejas de bailarines -los carpinteros- no habían sido invitadas aún.
Sin embargo, esa triste coyuntura no hacía que los colonos se sintieran abatidos. Karabánov atribuía tal circunstancia a algo diabólico:
-Los diablos nos ayudarán, ¡ya lo verá! Tenemos suerte, ¿no ve usted que somos bastardos?... Ya lo verá: si no son los demonios, será alguna fuerza satánica, tal vez una bruja o algo por el estilo. Es imposible que la casa esté así tan estúpidamente ante nuestros ojos.
Y por eso, cuando recibimos un telegrama anunciándonos que la inspectora Bókova, de la Ayuda a la Infancia de Ucrania, visitaría el 6 de octubre la colonia y que es preciso enviar caballos en su busca al tren de Járkov, los círculos dirigentes de la colonia consideraron la noticia con suma atención y muchos expusieron ideas directamente relacionadas con la reparación de la casa roja:
-Esa viejecita puede darnos los seis mil rublos...
-¿Y cómo sabes tú que es una viejecita?
-En la Ayuda a la Infancia siempre hay viejas.
Kalina Ivánovich dudaba:
-De la Ayuda a la Infancia no recibiréis nada. Yo lo sé ya. Nos pedirá que admitamos a tres muchachos. Y además hay que tener en cuenta que es una mujer: teóricamente, las mujeres son iguales a los hombres, pero, en la práctica, siguen siendo mujeres...
El día 5, el negociado de Antón Brátchenko se dedicó a limpiar el faetón de dos caballos y a trenzar las crines del Pelirrojo y de Mary. Eran poco frecuentes en la colonia los visitantes de la capital, y Antón sentía gran respeto por ellos. En la mañana del 6 fui a la estación, llevando en el pescante al propio Brátchenko.
En la plaza de la estación, Antón y yo, sentados en el faetón, examinábamos atentamente a todas las viejecitas en general, a todas las mujeres por el estilo del Comisariado de Instrucción Pública que aparecían en la plaza, cuando de repente, oímos que una persona poco adecuada para nosotros nos preguntaba:
-¿De dónde son esos caballos?
Antón respondió entre dientes con bastante grosería:
-Nosotros tenemos, nuestros asuntos. Ahí están los cocheros.
-¿No son ustedes de la colonia Gorki?
Antón alzó las piernas y giró en el pescante alrededor del eje. También yo me interesé.
Teníamos ante nosotros un ser completamente inesperado: un liviano abrigo gris a grandes cuadros, bajo el que asomaban unas piernecitas coquetonas enfundadas en seda: y un rostro cuidado, rosáceo, con hoyuelos de calidad superior en las mejillas y unos ojos brillantes bajo las cejas de delicado dibujo. Emergiendo de un chal de encaje, nos contemplaban unos esplendorosos bucles rubios. Tras ella, un mozo, y, en sus manos, un bagaje insignificante: una caja y una maleta de buen cuero.
-¿Es usted la camarada Bókova?
-¿Ve usted? Yo he adivinado enseguida que eran ustedes de la colonia Gorki.
Antón, al fin recobrado, movió seriamente la cabeza y examinó con atención las bridas. Bókova saltó al carruaje, sustituyendo el aire de la calle que nos envolvía por otro gas, fresco y aromático. Yo me encogí todo lo que pude en el fondo del asiento, pero me sentía muy turbado por imprevista vecindad.
Durante todo el camino la camarada Bókova gorjeó acerca de diferentes cosas. Había oído hablar mucho de colonia Gorki, y un deseo terrible de "ver cómo era" se había apoderado de ella.
-¡Ah, camarada Makárenko, usted sabe qué difícil, qué difícil es tratar con esos muchachos! Me dan mucha lástima, y ¿sabe?, siento muchos deseos de ayudarles en algo. ¿Este es un educando? ¡Qué chico tan simpático! ¿No se aburren ustedes aquí? En estas casas de niños la gente se aburre bastante, ¿sabe? Entre nosotros se habla mucho de usted. Sólo que dicen que usted no nos estima.
-¿A quién?
-A nosotras, las damas de la educación socialista.
-No comprendo.
-Dicen que usted nos llama así: las damas de la educación socialista.
-¡Vaya una novedad! -exclamé-. Jamás he llamado así a nadie, pero... eso, naturalmente, está bien dicho.
Me eché a reír sinceramente. Bókova se sentía entusiasmada por un calificativo tan feliz.
-¿Sabe? En parte, eso es justo: hay muchas damas que se dedican a la educación socialista. Yo también soy una dama de ésas. Pero de mí no oirá usted nada sabio ¿Está satisfecho?
Antón no hacía más que volver la cabeza, contemplando seriamente con los ojos desorbitados a un pasajero tan poco habitual.
-¡No hace más que mirarme! -se echó a reír Bókova-. ¿Por qué me mira de ese modo?
Antón enrojeció y, farfullando algo ininteligible, arreó a los caballos.
En la colonia nos acogieron los colonos, llenos de curiosidad, y Kalina Ivánovich. Semión Karabánov, azorado, llevó las manos al cuello, ademán que expresaba su total turbación. Zadórov entornó un ojo y sonrió.
Presenté a Bókova a los colonos, y ellos se la llevaron afablemente consigo para mostrarle la colonia. Kalina Ivánovich me tiró de la manga:
-¿Y qué le damos de comer? -preguntó.
-Te juro que no lo sé -respondí, imitando el tono Kalina Ivánovich.
-Opino que hay que darle leche, mucha leche. ¿Tú qué piensas?
-No, Kalina Ivánovich, hay que darle algo de más consistencia...
-¿Y qué voy a hacer? ¿Matar un cerdo? ¡Eduard Nikoláievich no nos dejará!
Kalina Ivánovich se fue a resolver el problema de la comida para la ilustre visitante y yo corrí a reunirme con Bókova. Ya había tenido tiempo de entablar amistad con los muchachos.
-Llamadme María Kondrátievna -les decía.
-¿María Kondrátievna? ¡Eso sí que está bien!... Pues mire usted, María Kondrátievna, éste es nuestro invernadero. Nosotros mismos lo hemos construido; yo también he cavado aquí bastante. ¿Ve usted? Todavía tengo callos.
Karabánov mostraba su, mano, que parecía una pala, a María Kondrátievna.
-Mentira, María Kondrátievna. Esos callos son de remar.
María Kondrátievna giraba vivamente su bella cabeza rubia, libre ya del chal de viaje, y demostraba escaso interés por el invernadero y por otros adelantos nuestros.
Los muchachos mostraron igualmente a María Kondrátievna la casa roja.
-¿Por qué no la termináis? -preguntó María Kondrátievna.
-Seis mil -dijo Zadórov.
-¡Ah! ¿No tenéis dinero? ¡Pobrecitos!
-¿Y usted lo tiene? -rugió Semión-. ¡Oh, entonces!... ¿Sabe usted una cosa? Vamos a sentarnos aquí en la hierba.
María Kondrátievna se sentó graciosamente en la hierba, al lado mismo de la casa roja. Los muchachos le describieron en vivos colores nuestra estrechez y los futuros contornos opulentos de nuestra vida una vez reparada la casa roja.
-Comprenda usted: ahora tenemos ochenta colonos podríamos tener ciento veinte. ¿Comprende?
Del jardín salió Kalina Ivánovich y, tras él, Olia Vóronova con una enorme jarra, dos tazones campesinos de barro y medio pan de centeno. María Kondrátievna se admiró:
-¡Magnífico! ¡Qué bien organizado lo tenéis todo! ¿Este abuelito es también de la colonia? El colmenero, ¿verdad?
-No, no soy colmenero -floreció en una sonrisa Kalina Ivánovich- ni lo he sido nunca, pero esta leche vale más que cualquier miel. No se la hemos comprado a una aldeana cualquiera, es de la colonia de trabajo Gorki. Usted no ha bebido nunca una leche semejante, fría y dulce.
María Kondrátievna batió palmas y se inclinó sobre el tazón, en el que Kalina Ivánovich vertía solemnemente la leche. Zadórov se apresuró a utilizar este notable momento:
-Usted posee esos seis mil rublos sin utilidad alguna y nosotros, en cambio, tenemos la casa sin reparar. Esto es injusto, ¿comprende?
María Kondrátievna, ahogándose del frescor de la leche, susurró con voz de sufrimiento:
-Esto no es leche, sino una felicidad... Jamás en la vida...
-Bueno, ¿y los seis mil? -preguntó Zadórov y sonrió con insolencia.
-¡Qué materialista es este muchacho! -exclamó María Kondrátievna, entornando los ojos-. Necesitáis seis mil rublos? ¿Y yo qué recibiré a cambio?
Zadórov miró impotente a su alrededor y abrió los brazos, dispuesto a ofrecer en lugar de los seis mil rublos toda su riqueza. Karabánov no lo pensó mucho:
-Podemos ofrecerle todo cuanto usted quiera de semejante felicidad.
-¿Qué felicidad? -refulgió María Kondrátievna con todos los colores del arco iris.
-Leche fría.
María Kondrátievna, desfalleciendo de risa, se dejó caer de bruces contra la hierba.
-No, no vais a embaucarme con vuestra leche. Os daré los seis mil rublos, pero tendréis que admitir a unos cuarenta niños más... Buenos chicos, sólo que ahora están, ¿sabes?, un poco... negritos...
Los colonos se pusieron serios. Olia Vóronova miraba fijamente a María Kondrátievna y movía el jarro como un péndulo.
-¿Por qué no? -dijo-. Admitiremos a esos cuarenta niños.
-Llevadme al lavabo. Quiero dormir... En cuanto a los seis mil, yo os los daré.
-Todavía no ha estado usted en nuestros campos
-Al campo iremos mañana, ¿bueno?
María Kondrátievna pasó tres días con nosotros. Ya al anochecer del primer día conocía a muchos colonos de nombre y hasta muy avanzada la noche estuvo gorjeando con ellos en los bancos del viejo jardín. Los muchachos pasearon en lancha, la columpiaron, la llevaron a los "pasos de gigante". Únicamente no pudo ver nuestros campos y apenas si encontró tiempo para firmar conmigo el contrato. Según el contrato, la Ayuda a la Infancia de Ucrania se comprometía a girarnos seis mil rublos para la reparación de la casa roja y, a cambio, nosotros nos obligábamos, una vez listo el edificio, a admitir a cuarenta niños desamparados.
María Kondrátievna estaba entusiasmada de la colonia.
-Esto es un paraíso -decía-. Tiene usted unos magníficos, ¿cómo decirlo?...
-¿Ángeles?
-No, ángeles no; simplemente muchachos.
Yo no acompañé a María Kondrátievna en su viaje de regreso. Brátchenko no ocupaba el pescante y las crines de los caballos estaban sin trenzar. En el pescante se hallaba Karabánov, a quien -no sé por qué- Antón había cedido el puesto. Los ojos negros de Karabánov esplendían, y todo él estaba saturado hasta más no poder de sonrisas satánicas que difundía por todo el patio.
-¿Habéis firmado el contrato? -me preguntó en voz baja.
-Sí
-Eso está bien. ¡Eh, llevaré galopando a la hermosa!
Zadórov estrechó la mano a María Kondrátievna:
-Venga usted a vernos en verano. Nos lo ha prometido.
-Vendré, vendré. Alquilaré por aquí una casa de campo.
-¿Para qué una casa de campo? Venga a nuestra casa...
María Kondrátievna saludó con la cabeza en todas las direcciones y nos regaló a todos una mirada cariñosa y sonriente.
A la vuelta de la estación, Karabánov se mostró preocupado mientras desenganchaba los caballos. Con el mismo aire preocupado le escuchaba Zadórov. Yo me acerqué a ellos.
-Ya decía yo que nos ayudaría una bruja, y así ha resultado.
-¡Pero si ella no tiene nada de bruja!
-¿Y usted cree que las brujas tienen que montar obligatoriamente en una escoba? ¿Y con una nariz así? No. Las verdaderas brujas son guapas.

2. OTCHENASH

Bókova no nos defraudó: una semana más tarde recibimos un giro de seis mil rublos. Y empezó el ajetreo de Kalina Ivánovich, embargado por la nueva fiebre de construcción. También se afanó el cuarto destacamento de Taraniets, cuya misión consistía en hacer de madera húmeda, sin cepillar, buenas puertas y ventanas. Kalina Ivánovich arremetía contra algún desconocido:
-¡Ojalá le hagan un ataúd de madera húmeda cuando se muera! ¡Parásito!...
Había empezado el último acto de nuestros cuatro años de lucha con las ruinas de Trepke. El deseo de acabar la casa cuanto antes se había apoderado de todos nosotros, desde Kalina Ivánovich hasta Shurka Zheveli. Era preciso llegar pronto a aquello con que soñábamos intensamente desde hacía tiempo. Las fosas de cal, la maleza, los senderos mal trazados del parque, los cascotes de ladrillo y los restos de los materiales de construcción dispersos por todo el patio habían comenzado ya a irritarnos. Pero nosotros no éramos más que ochenta personas. Los Soviets dominicales de jefes, armándose de paciencia, restaban a Shere dos o tres destacamentos mixtos para poner en orden nuestro recinto. Y muy frecuentemente se enfadaban con Shere:
-Palabra de honor, ¡esto ya es demasiado! ¡Pero si usted no tiene nada que hacer! ¡todo está perfecto!
Shere alcanzaba tranquilamente un arrugado libro de notas y decía en voz baja que, por el contrario, todo estaba muy abandonado, que había una cantidad inmensa de trabajo y que, si cedía dos destacamentos para el patio, era sólo porque reconocía plenamente la necesidad de efectuar también semejante trabajo, ya que, de otro modo, jamás los hubiera cedido y los hubiese destinado a seleccionar trigo o a reparar los invernaderos.
Los jefes gruñían disgustados, armonizando difícilmente en su alma sentimientos tan contradictorios como la rabia contra la terquedad de Shere y la admiración ante la firmeza de su línea.
En aquel tiempo Shere había organizado ya la rotación de cultivos de seis hojas. Todos nos dimos cuenta repentinamente de cómo se había ampliado nuestra economía agrícola. Entre los colonos habían aparecido muchachos aficionados a este trabajo, que consideraban como su futuro. Entre ellos destacábase especialmente Olia Vóronova. La atracción que la tierra ejercía en Karabánov, en Vólojov, en Burún, en Osadchi, era una atracción de índole casi estética. Se habían enamorado del trabajo agrícola, sin pensar lo más mínimo en su provecho personal. Entregados por completo a este trabajo, no lo relacionaban con su propio porvenir ni con otros gustos suyos. Simplemente vivían y gozaban de la buena vida, sabían apreciar cada de trabajo y de tensión y esperaban como una fiesta la jornada siguiente. Estaban seguros de que todos estos días deberían conducirles a nuevas y espléndidas conquistas sin pensar en cómo serían. Cierto que todos ellos se preparaban para el Rabfak, pero tampoco relacionaban ningún sueño concreto con ello y ni siquiera sabían en qué Rabfak les gustaría ingresar.
Había también otros colonos aficionados a la agricultura, pero éstos se mantenían en posiciones más prácticas. Muchachos como Oprishko y Fedorenko no deseaban estudiar, no exigían de la vida nada de particular y pensaban con bonachona modestia que tener una finca propia, una buena jata, un caballo y una esposa, trabajar en verano de sol a sol, recoger y ordenar todo en otoño con el cuidado de un buen amo y comer tranquilamente en invierno varénikis y borsch, vatrushkis y tocino, reuniéndose dos veces al mes para festejar los cumpleaños, santos, bodas y peticiones de matrimonio propios y de los vecinos, era un espléndido porvenir para un hombre.
Olia Vóronova seguía un camino distinto. Contemplaba nuestros campos y los campos vecinos con la mirada inquieta o pensativa de un komsomol: para ella, en los campos no crecían solamente varénikis, sino también problemas.
Nuestras sesenta desiatinas, en las que Shere trabajaba tan afanosamente, no habían sustituido para él ni para sus discípulos los sueños de una gran hacienda, con un tractor y con surcos de un kilómetro de longitud. Shere, que sabía hablar con los colonos acerca de ese tema, tenía siempre en torno suyo todo un grupo de oyentes. Además de los colonos, formaban constantemente parte del grupo Spiridón, el secretario del Komsomol de Gonchárovka, y Pável Pávlovich.
Pável Pávlovich Nikoláienko tenía ya veintiséis años, pero aún no se había casado y se le consideraba en la aldea como un solterón. Su padre, el viejo Nikoláienko, estaba convirtiéndose ante nuestros ojos en un fuerte propietario, que utilizaba a la chita callando como braceros a los muchachos vagabundos, si bien, al mismo tiempo, fingía ser un campesino pobre.
Tal vez por ello Pável Pávlovich no sentía ningún apego al hogar paterno y se pasaba la mayor parte del tiempo en la colonia, dejándose emplear por Shere para el cumplimiento de los trabajos más delicados del campo y desempeñando ante los colonos casi un papel de instructor. Pável Pávlovich, hombre letrado, sabía escuchar atenta y reflexivamente a Shere.
Tanto Pável Pávlovich. como Spiridón enfocaban continuamente la conversación hacia el tema del campo: para ellos, la gran economía era algo inconcebible fuera de la economía campesina. Los ojos pardos de Olia Vóronova les seguían atentamente y se caldeaban llenos de simpatía cuando Pável Pávlovich explicaba en voz baja.
-A mí me parece que toda esa gente que trabaja a nuestro alrededor no sacará nada. Para que saquen algo, hay que enseñarles. ¿Pero a quién se va a enseñar? ¿Al mujik? ¡Que se vaya al cuerno el mujik! Al mujik es difícil enseñarle. Eduard Nikoláievich ha hecho números y nos lo ha explicado todo. Eso está bien. ¡Así es como hay que trabajar! Sin embargo, ese diablo de mujik no trabajará así. El quiere lo suyo...
-Pero ¿los colonos trabajan? -Pregunta con cautela Spiridón, hombre de boca grande e inteligente.
-Los colonos -sonríe, triste, Pável Pávlovich- son una cosa completamente distinta, ¿comprendes?
Olia sonríe también, junta las manos como si se dispusiera a partir una nuez y de pronto fija su mirada con aire de desafío en las cimas de los álamos. Unas trenzas doradas se deslizan por los hombros de Olia, y tras las trenzas se van, atentos, los ojos grises de Pável Pávlovich.
-Los colonos no piensan dedicarse a la agricultura y sin embargo, trabajan, mientras que los mujiks se pasan la vida en la tierra y tienen hijos y todo...
-Bueno, ¿y qué? -pregunta sin comprender Spiridón.
-¡La cosa está clara! -replica, asombrada, Olia - Los mujiks deben trabajar mejor en comuna.
-¿Por qué deben? -interroga cariñosamente Pável Pávlovich.
Olia mira con enfado a Pável Pávlovich, que olvida un minuto sus trenzas de oro y no ve más que esa mirada airada, casi masculina.
-¡Deben! ¿Comprendes lo que significa "deben"? Esto es tan claro como dos y dos son cuatro.
Karabánov y Burún siguen la conversación. Para ellos, el tema tiene una importancia académica, como todo diálogo acerca de los mujiks, con los cuales han roto para siempre. Pero Karabánov, atraído por la agudeza del tema, no puede renunciar a una interesante gimnasia:
-Olia tiene razón: deben, es decir, hay que cojerles y obligarles.
-¿Y cómo vas a obligarles? -pregunta Pável Pávlovich.
-¡Como se pueda! -estalla Semión-. ¿De qué modo se obliga a la gente? Por la fuerza. Dame ahora mismo a todos tus mujiks y dentro de una semana trabajarán como angelitos y dentro de dos me darán las gracias.
-Pero ¿cuál es tu fuerza? ¿Las bofetadas? -se interesa Pável Pávlovich, entornando los ojos.
Semión se deja caer, riéndose, en un banco y Burún explica con un desdén contenido:
-Las bofetadas no significan nada. La verdadera fuerza está en el revólver.
Olia vuelve lentamente el rostro hacia él y le explica con paciencia:
-¿Cómo no comprendes que si los hombres deben hacer algo lo harán sin tu revólver? Lo harán por sí mismos. Sólo que hace falta hablarles como es debido, explicarles las cosas.
El estupefacto Semión alza del banco su rostro de ojos desorbitados.
-¡Eh, eh, Olechka, hay que ver lo despistada que andas! ¡Explicar!... ¿Oyes, Burún? ¿Qué se puede explicar al que quiere ser un kulak?
-¿Quién quiere ser kulak? -pregunta indignada Olia abriendo mucho los ojos.
-¿Cómo quién? Todos. Todos hasta el último. Incluso Spiridón y Pável Pávlovich.
Pável Pávlovich sonríe. Spiridón, atónito ante el imprevisto ataque, puede decir solamente:
-¡Fíjate tú!
-¡Pues, claro, fíjate! Es komsomol únicamente porque no tiene tierra. Pero, si le dieran de golpe veinte desiatinas, y una vaca, y una cabrita, y un buen caballo, todo se habría terminado. Se sentaría sobre tu cuello, Olechka, y te daría marcha.
Burún se ríe a carcajadas y confirma autoritario:
-Claro que sí. Y Pável haría lo mismo.
-¡Pero id al diablo, canallas! -se ofende, por fin Spiridón y, rojo de indignación, aprieta los puños.
Semión da vueltas alrededor del banco, alzando tan pronto una pierna cómo la otra, que es su manera de expresar el máximo grado de entusiasmo. Cuesta trabajo discernir si está hablando en serio o si se burla de los campesinos.
Enfrente del banco, está sentado en la hierba Silanti Semiónovich Otchenash. Su cabeza parece un barril de cerveza: morros encarnados, un bigote recortado e incoloro y sobre la cabeza ni un pelito. Ahora no es frecuente encontrar tipos así. Pero antes erraban muchos hombres semejantes por Rusia, filósofos duchos en la verdad humana y el vodka.
-Semión dice bien. El mujik no aprecia la compañía como suele decirse. Si tiene un caballo, se le antojará una yegua, querrá tener dos caballos, y no hay más que hablar. Fíjate qué historia.
Otchenash mueve un dedo grande y deforme y entorna inteligentemente sus pequeños ojos bajo las cejas rubias.
-Y entonces, ¿qué? ¿Son los caballos la fuerza rige al hombre? -pregunta, enfadado, Spiridón.
-En este caso es verdad: los caballos son los que rigen, fíjate qué historia. Los caballos y las vacas, fíjate. Y, si el hombre no tiene nada, únicamente servirá de guarda en un sandiar. Fíjate qué historia.
Todos en la comuna estimaban a Silanti. También Olia Vóronova le trataba con mucha simpatía. Y ahora se aproxima cariñosamente hacia Silanti, y él vuelve hacia ella, como hacia el sol, su rostro ancho, iluminado por una sonrisa.
-¿Qué dices, guapa?
-Tú, Silanti, lo ves todo a la antigua. A la antigua Pero alrededor de ti todo es nuevo.
Silanti Semiónovich Otchenash llegó a la colonia no se sabía de dónde. Simplemente del espacio mundial, libre de cosas y de trabas. Trajo consigo una camisa de lienzo sobre los hombros, unos viejos pantalones agujereados en torno a las piernas descalzas y nada más. Y ni siquiera un palo en las manos. En este hombre libre había algo peculiar, que encantó a todos los colonos y que les obligó a hacerle entrar con gran entusiasmo a mi despacho.
-¡Antón Semiónovich, vea usted qué hombre ha venido!
Silanti me miró con interés sin dejar de sonreír a los pequeños, como un viejo conocido.
-¿Este, según se dice, es vuestro jefe?.
A mi también me agradó en el acto.
-¿Tiene usted algo que tratar con nosotros?
Silanti ordenó no sé qué en su fisonomía, y el rostro adquirió repentinamente un aire serio, que inspiraba confianza.
-Pues, fíjate qué historia. Yo soy un hombre trabajador y tú tienes trabajo: no hay más de que hablar...
-¿Y usted qué sabe hacer?
-Pues, según se dice: si aquí no hay capital, el hombre puede hacerlo todo.
Se echó a reír súbitamente con una risa franca y alegre. Los muchachos se rieron igualmente contemplándole y yo también me eché a reír. A los ojos de todos estaba claro que había motivos fundados para reírse.
-¿Y usted sabe hacer de todo?
Pues se puede considerar que todo... Fíjate qué historia -manifestó, algo confuso ya, Silanti.
-Pero qué precisamente...
Silanti comenzó a enumerar, doblando los dedos:
-Labrar, y rastrillar, y cuidar de los caballos y de toda clase de animales, según se dice, hacer las cosas domésticas: como carpintero, como herrero, como fumista. También soy albañil y puedo trabajar de zapatero. Y, según se dice, sabré construir, si es preciso, una jata y degollar un cerdo. Solamente no sé bautizar niños; nunca he tenido ocasión.
Otra vez se echó a reír estruendosamente, limpiándose las lágrimas: tanta risa le daban sus palabras.
-¿No ha tenido usted ocasión? ¿De veras?
-Para eso no me han llamado ninguna vez, fíjate qué historia.
Los muchachos se reían francamente a carcajadas, y Toska Soloviov chilló, alzándose de puntillas hacia Silanti:
-¿Por qué no le han llamado nunca, por qué?
Silanti dejó de reír y, como un buen maestro, comenzó a explicar a Toska:
-Pues, amigo, fíjate qué historia: cada vez que hay que bautizar a alguien, creo que van a llamarme. Pero después aparece uno más rico que yo, y no hay más que hablar.
-¿Tiene usted documentos? -pregunté a Silanti.
-Tenía un documento; lo tenía hace poco aún. Fíjate qué historia: no tengo bolsillos y el papel se me ha perdido, ¿comprendes? Pero, ¿para qué necesitas un documento si me tienes a mí de cuerpo entero? Fíjate, ¡vivito ante ti!
-¿Dónde ha trabajado usted antes?
-¿Cómo dónde? Entre la gente, ya lo ves, he trabajado entre la gente. Entre diversa gente: buena y mala, fíjate qué historia. Estoy diciendo las cosas como son: ¿para qué ocultarlas? Entre diversa gente.
-Dígame la verdad: ¿ha robado usted?
-A eso te contestaré claramente: no me he visto obligado. Aquello que no he hecho, de verdad lo digo: no lo he hecho. Fíjate qué historia.
Silanti me miraba turbado. Creo que le parecía que otra respuesta me hubiera sido más agradable.
Se quedó a trabajar con nosotros. Intentamos mandarle como ayudante de Shere para la ganadería, pero aquí no obtuvimos nada. Silanti no reconocía la menor limitación en la actividad humana: ¿por qué el hombre podría hacer una cosa y otra no? Esta es la razón de que hiciese en la colonia todo lo que consideraba necesario y cuando lo consideraba. Contemplaba sonriendo a todos los jefes, y órdenes le entraban por un oído y le salían por el otro, lo mismo que un discurso en un idioma extranjero. En al transcurso de una jornada se las arreglaba para trabajar en la cuadra, en el campo, en la porqueriza, en el patio y en la fragua, y asistir a las reuniones del consejo pedagógico y del Soviet de jefes. Poseía un talento extraordinario: determinar por medio del olfato el sitio más peligroso de la colonia y aparecer inmediatamente en él como persona responsable. Negando la institución de la obediencia, estaba siempre dispuesto a responder de su trabajo y en cualquier momento se le podía reprender y atacar por sus errores y sus reveses. En tales casos se rascaba la calva y movía, desalentado, los brazos:
-Efectivamente, aquí, según se dice, nos hemos armado un lío, fíjate, qué historia.
Desde el primer día, Silanti Semiónovich Otchenash participó ampliamente en los planes de los komsomoles y era inevitable que hiciera uso de la palabra en sus asambleas generales y en las reuniones del buró. Pero, a veces, llegaba enojadísimo a mi despacho y, agitando un dedo, me decía con indignación:
-¿Sabes? Voy donde están ellos…
-¿Quiénes son ellos?
-Pues, ya ves, los komsomoles esos y no me dejan, según se dice: me salen con que es una reunión cerrada. Yo les digo con buenos modos: si vais a ocultaros de mí mocosos, os moriréis sin saber nada. Tontos seréis, eso es y tontos os enterrarán, y no hay más que hablar.
-Bueno, ¿y qué?
-Pues, fíjate qué historia: no sé, si comprenden o si están borrachos, según se dice, o si no lo están. Yo procuro explicarles: ¿de quién necesitáis ocultaros? De Luká, de ese Sofrón, de Musi; ahí tenéis razón. Pero, ¿cómo no me dejáis pasar a mí? ¿No me habéis reconocido o es que os habéis vuelto tontos? Pues, fíjate qué historia: ni siquiera me oyen y se ríen a carcajadas como niños pequeños. Yo les hablo en serio y ellos se burlan, y no hay más que hablar.
Silanti intervenía también con el Komsomol en los asuntos escolares.
El buen funcionamiento del Komsomol había conseguido, ante todo, poner en pie nuestra escuela. Hasta entonces había arrastrado una existencia bastante precaria, sin fuerzas para vencer la repulsión por el estudio de numerosos colonos.
Esto, realmente, era comprensible. Los primeros días de la colonia habían sido días de descanso después de las duras jornadas de existencia errabunda, sin techo y si pan, vividas por todos los colonos. En esos días se templaron sus nervios a la sombra de los humildes sueños con la carrera de zapateros o de carpinteros.
La espléndida marcha de nuestra colectividad y el sonido triunfal de las fanfarrias a orillas del Kolomak elevaron mucho la opinión que los colonos tenían de sí mismos. Conseguimos casi sin esfuerzo sustituir los humildes ideales zapateriles por unos signos hermosos y conmovedores:

RABFAK

En aquel tiempo la palabra Rabfak significaba algo completamente distinto de lo que ahora significa. Hoy día es el simple nombre de una modesta institución de enseñanza. Entonces suponía, para los jóvenes trabajadores, la bandera de la liberación, su liberación del atraso y de ignorancia. Entonces era una afirmación poderosa y ardiente de los inusitados derechos del hombre al conocimiento, y todos nosotros, palabra de honor, sentíamos en aquella época incluso cierta emoción ante el Rabfak.
Todo eso constituía nuestra línea práctica; en el otoño de 1923, casi todos los colonos ardían en deseos de estudiar en el Rabfak. Estos, afanes se habían infiltrado inadvertidamente en la colonia ya en 1921, cuando nuestras educadoras convencieron a la infortunada Raisa de la necesidad de ingresar en el Rabfak. Muchos estudiantes que habían trabajado con anterioridad en los talleres ferroviarios acudían entonces a visitarnos. Los colonos les oían hablar con envidia sobre los días heroicos de las primeras Facultades obreras, y esta envidia les ayudaba a aceptar más fogosamente nuestra labor de agitación. Nosotros exhortábamos con insistencia a los colonos a estudiar, a adquirir conocimientos, y les hablábamos del Rabfak como del mejor camino humano. Pero, a los ojos de los colonos, el ingreso en el Rabfak estaba relacionado con un examen tremendamente difícil, del que, según palabras de testigos, no salían triunfantes más que personas geniales de verdad. Nos costo bastante convencer a los colonos de que también en nuestra escuela era posible capacitarse para esa terrible prueba. Muchos colonos se hallaban preparados para el ingreso el Rabfak, pero sentíanse invadidos de un miedo cerval y decidieron permanecer un año más en la colonia a fin preparase sobre seguro. Eso les ocurría a Burún, a Karabánov, a Vérshnev, a Zadórov. El que más nos maravilla con su pasión por el estudio era Burún. Muy pocas veces había que estimularle. Con silenciosa tenacidad superaba no sólo las sabidurías de la aritmética y de la gramática, sino también sus facultades relativamente débiles. Cualquier bagatela insignificante -una regla gramatical, un tipo determinado de problema matemático- era asimilada por él con enorme intensidad, bufando, sudando, pero jamás se dejaba llevar de la ira ni ponía en duda el éxito. Un error extraordinariamente feliz le hacía estar convencido hasta la médula de que la ciencia era, en realidad, una cosa tan difícil y tan complicada, que no se podía dominarla sin esfuerzos sobrehumanos. Del modo más maravilloso se negaba a advertir que, otros captaban esas mismas sabidurías casi jugando, que Zadórov no invertía en el estudio ni un minuto más del tiempo prescrito en el horario escolar, que Karabánov soñaba hasta en las clases con cosas fuera de lugar y rumiaba en el interior de su alma cualquier menudencia de la colonia en vez de un problema o un ejercicio. Y, al cabo, llegó un día en que Burún destacó ante sus camaradas, cuando, para los muchachos, las lucecitas de sus conocimientos, aprendidos de un modo rápido y brillante, se hicieron demasiado modestos comparados con la sólida erudición de Burún. El contraste más completo con Burún era Marusia Lévchenko. Esta muchacha había traído a la colonia un carácter absurdo e inaguantable, una histeria chillona, desconfiada y lacrimosa. Nos dio muchísimo trabajo. Con una inconsciencia ebria y un ímpetu morboso podía, en el transcurso de un solo minuto, hacer añicos las mejores cosas: la amistad, la buena fortuna, un día soleado, un dulce y un suave crepúsculo, los sueños más bellos y las esperanzas más risueñas. Muchas veces pensamos que el único remedio era verter despiadadamente cubos de agua fría sobre esta criatura insoportable, siempre encendida en un fuego insensato y estúpido.
La tenaz resistencia de la colectividad, que no tenía nada de dulce y que, en ocasiones, era cruel, enseñó a Marusia a reprimirse, pero entonces empezó con el mismo afán morboso a despreciarse y a burlarse de sí misma. Marusia tenía buena memoria, era muy lista y extraordinariamente bella: tez oscura y sonrosada, grandes ojos negros, que siempre despedían rayos y chispas, y, sobre ellos, una frente pura, limpia, serena, que asombraba y vencía. Pero Marusia estaba segura de que era horrible, de que se parecía a una negrita, que no comprendía nada y que jamás llegaría a comprender. Con una ira reconcentrada de antemano caía sobre cualquier ejercicio baladí.
-¡De todas formas! -decía-, no conseguiré nada! No sé por qué insisten ustedes en que estudie. Que estudien sus Burún. Trabajaré como criada. Si no sirvo para nada, ¿por qué me atormentan?
Natalia Márkovna Osipova, mujer sentimental de ojos de ángel y un carácter también irresistiblemente angélico, lloraba después de las clases a que asistía Marusia.
-Yo la quiero, deseo enseñarle, pero ella me envía al diablo y dice que la persigo descaradamente. ¿Qué puedo hacer?
Trasladé a Marusia al grupo de Ekaterina Grigórievna, aunque temía las consecuencias de esta medida. Ekaterina Grigórievna sabía exigir de una manera simple y sincera.
Tres días después del comienzo de las clases, Ekaterina Grigórievna se presentó con Marusia en mi despacho, cerró la puerta, hizo sentar a su alumna, trémula de rabia en una silla y me dijo:
-¡Antón Semiónovich Aquí tiene usted a Marusia. Decida ahora mismo qué debe hacerse con ella. El molinero necesita precisamente una criada y Marusia piensa que no sirve más que para eso. Si usted quiere, podemos dejar que se vaya con el molinero. Pero también hay otra salida: yo garantizo que para el próximo otoño la prepararé de tal modo, que podrá ingresar en el Rabfak. Tiene grandes aptitudes.
-Claro que es, mejor el Rabfak -opiné yo.
Marusia, sentada en la silla, contemplaba con ojos de odio el apacible rostro de Ekaterina Grigórievna.
-Pero no puedo consentir que me ofenda durante las clases. Yo también trabajo y no hay motivo para ofenderme. Si repite una vez más la palabra "diablo" o me llama idiota, no le doy clase.
Comprendí la jugada de Ekaterina Grigórievna, pero con Marusia se habían empleado ya todas las jugadas, y mi creación pedagógica no daba ahora señales de la menor inspiración. Contemplé fatigado a Marusia y dije sin menor fingimiento:
-No conseguiremos nada. Continuará diciendo diablo, y estúpida, y tonta. Marusia no respeta a la gente, y no se le pasará tan pronto...
-Yo respeto a la gente -me interrumpió Marusia.
-No, tú no respetas a nadie. Pero ¿qué podemos hacer? Eres nuestra educanda. Yo pienso así, Ekaterina Grigórievna; usted es una persona mayor, experta e inteligente, y Marusia una chiquilla de mal carácter. Vamos a no ofendernos por lo que haga. Vamos a concederle el derecho a que la llamé idiota y hasta canalla, cosa que, también ha ocurrido, pero usted no se ofenda. Eso se le pasará. ¿De acuerdo?
-Ekaterina Grigórievna miró sonriente a Marusia y se limitó a decir:
-Está bien. Eso es verdad. De acuerdo.
Los ojos negros de Marusia me miraron fijamente y brillaron con lágrimas de agravio; de pronto, se cubrió el rostro con el pañuelo y, llorando, huyó de la habitación.
Una semana después pregunté a Ekaterina Grigórievna:
-¿Qué tal Marusia?
-Bien. Calla, pero está muy enfadada con usted.
A la noche siguiente, ya tarde, Silanti entró con Marusia en mi despacho.
-Por la fuerza, según se dice, te la traigo, Marusia, ya lo ves, está muy ofendida contigo, Antón Semiónovich. Habla con ella, eso es.
Se hizo modestamente a un lado. Marusia bajó la cabeza.
-No tengo nada que decir. Si piensan ustedes que estoy loca, me es igual: pueden seguir pensándolo.
-¿Por qué estás ofendida conmigo?
-No me tome por loca.
-Yo no te tomo por loca.
-¿Y por qué se lo ha dicho a Ekaterina Grigórievna?
-Sí, en eso me he equivocado. Pensaba que la insultarías.
Marusia sonrió:
-Pues no la insulto.
-¡Ah! ¿No la insultas? Entonces me he equivocado. No sé por qué creí que ibas a insultarla.
El bello rostro de Marusia se iluminó con una prudente y desconfiada alegría:
-Así hace usted siempre: primero ataca..
Silanti se aproximó a nosotros y accionó con su gorra:
-¿Y por qué te metes con ella? Vosotros, según se dice, hay que ver cuántos sois, y ella está sola. Bien; él se ha equivocado un poco, pero tú, eso es, no debes ofenderte.
Marusia miró rápida y alegremente a Silanti y dijo con una voz cantarina:
-Tú, Silanti, eres tonto, aunque viejo.
Y salió corriendo del despacho. Silanti volvió a agitar su gorra y comentó:
-¿Ves? Fíjate qué historia.
Y de repente se golpeó las rodillas con la gorra y rompió a reír a carcajadas:
-¡Vaya una historia, maldita sea!

Antón Makarenko - ¿Qué es el método María Montressori? - Textos sobre Educación. Pedagogía - Textos sobre Psicología - Ciencias Políticas

 

Karl Marx - Nicolás Maquiavelo - La CIA y América latina - ¿Qué es la globalización? - ¿Qué es la Cocaína?

 

3. LOS DOMINANTES

Apenas habían cerrado los carpinteros las ventanas de la casa roja cuando se precipitó sobre nosotros el invierno. Aquel año el invierno fue simpático: abundante en nieve, benigno, sin deshielos putrefactos, sin heladas extremas. Kudlati invirtió tres días en distribuir entre los colonos la ropa de invierno. Los cocheros y los que trabajaban en la porqueriza recibieron botas de fieltro y los demás colonos, zapatos, si no brillantes por su buen estado y su corte, poseedores, al menos, de otras muchas virtudes: buena calidad, hermosos remiendos y una envidiable cabida, hasta el punto de que cada muchacho podía ponerse dos pares de peales. Entonces no sabíamos aún lo que era un abrigo y llevábamos, en su lugar, algo mitad chaleco, mitad chaqueta guateada incluso en las mangas -herencia de la guerra imperialista-, que los soldados de Nicolás II llamaban ingeniosamente kufaikis. Sobre algunas cabezas aparecieron gorros que olían igualmente a intendencia zarista, pero la mayoría de los colonos no tuvo más remedio que seguir llevando en invierno gorros de algodón. En aquel tiempo no podíamos calentar más el organismo de nuestros educandos. Las camisas y los pantalones seguían siendo los mismos en invierno: de liviana tela de algodón. Por eso, durante el invierno se observaba en los movimientos de los colonos cierta ligereza superflua, que les permitía hasta en las heladas más rigurosas desplazarse de un lugar a otro con meteórica velocidad.
Son agradables los anocheceres invernales en la colonia. A las cinco se termina el trabajo, pero hasta la cena todavía quedan tres horas. En algunos lugares arden los quinqués de petróleo, pero no son ellos los que aportan consigo verdadera comodidad y animación. En los dormitorios y en las clases se comienza a encender las estufas. Junto a cada estufa, dos montoncitos: el montoncito de la leña y el montoncito de los muchachos, congregados aquí el uno y el otro no tanto para la calefacción como para las cordiales charlas vespertinas. La leña empieza primero, a medida que las ágiles manos de los pequeños van depositándola en la estufa. Cuentan una historia complicada, llena de divertidas aventuras y de risas, de disparos, de persecuciones, de ardor juvenil y de solemnes triunfos. Los pequeños entienden difícilmente su charla, porque los narradores se interrumpen unos a otros y todos se apresuran a algún sitio, pero el sentido, del relato es comprensible y llega al alma: en el mundo se puede vivir una vida interesante y alegre. Y cuando agoniza el chisporroteo de la leña, los narradores descansan en su cálido lecho y sólo sus lenguas cansadas susurran algo quedamente. Entonces, los colonos inician sus relatos.
En un grupo está Vetkovski. Es un viejo narrador en la colonia. Siempre tiene oyentes.
-Hay muchas cosas interesantes en el mundo. Nosotros estamos aquí sin ver nada, pero en el mundo hay muchachos que no pierden una. Hace poco me he tropezado con uno así. Había estado hasta en el Mar Caspio y se había paseado por el Cáucaso. Allí hay un desfiladero y una roca que se llama "Pásame, Señor". Porque, ¿comprendes? no hay otro camino; nada más que ése por debajo de la misma roca. Uno pasa, pero otro no: las piedras caen continuamente. Y menos mal si no le dan a uno en la coronilla que, si le dan, cae derecho al precipicio sin que nadie pueda encontrarle luego.
Zadórov, a su lado, le escucha atentamente y con la misma atención clava su mirada en los ojos azules de Vetkovski.
-Kostia, ¿y si fueras tú a probar? A lo mejor te ayudaba a pasar el "Señor".
Los muchachos vuelven hacia Zadórov sus cabezas, iluminadas por el cárdeno resplandor de la estufa.
Kostia suspira descontento:
-Tú no comprendes, Shurka, de qué se trata. Es interesante verlo todo. Ha estado allí un chico...
Zadórov despliega su habitual sonrisa sarcástica, irresistiblemente encantadora y dice a Kostia: -Yo a ese chico le preguntaría otra cosa… Ya es hora de cerrar el tiro, muchachos.
-¿Qué le preguntarías? -interroga pensativamente Kostia.
Zadórov sigue con la mirada a un ágil pequeñuelo atareado con el cierre de la estufa.
-Le preguntaría la tabla de multiplicar. Ese bribón anda por el mundo como un haragán y crece sin saber nada. Seguramente ni siquiera sabe leer. "¡ Pásame Señor!" A tontos así hay que darles, efectivamente, en la cabeza. ¡Para ellos está colocada especialmente la roca esa!
Los muchachos se ríen.
-No, Kostia -aconseja uno-, vale más que te quedes con nosotros. Tú no tienes nada de tonto.
Junto a otra estufa, sentado en el suelo, con las rodillas separadas y brillándole la calva, Silanti refiere algo muy extenso:
-...Nosotros pensábamos que, según se dice, todo marchaba bien. Pero él, menudo sinvergüenza, gemía y besaba el muy miserable. Sin embargo, al llegar a su despacho, nos hizo la faena, ¿comprendes? Cogió a ese lameplatos y lo dejó marchar a la ciudad. Fíjate qué historia. Por la mañana vemos que vienen a caballo los gendarmes eso es. Y la gente dice: van a azotarnos. Mi hermano y yo según se dice, no éramos aficionados a dejar que nos quitaran los pantalones, y no hay más que hablar. Pero me daba pena la muchacha, fíjate qué historia. De todas formas, pensé que a ella no la tocarían, eso es...
Detrás de Silanti se ven, sobre el suelo, las botas de fieltro de Kalina Ivánovich y más arriba humea su pipa. El humo de la pipa desciende en una espesa marejada hacia la estufa, buelle en dos espirales rozando las orejas de un pequeñuelo de cabeza redonda y es absorbido ansiosamente por el tiro de la estufa. Kalina Ivánovich me guiña un ojo e interrumpe a Silanti:
-¡Je, je, je! Tú, Silanti, dilo claramente: ¿te plancharon o no los parásitos por el sitio ese donde nacen las piernas?
Silanti yergue la cabeza, casi se desploma de espaldas y rompe en una carcajada:
-Eso es, me plancharon, según se dice. Kalina Ivánovich, eso lo has dicho bien... Y todo por la muchacha, ¡maldita sea!
También junto a las demás estufas corren gorjeantes arroyuelos de relatos, lo mismo en las clases que en las habitaciones de los educadores. En la habitación de Lídochka estarán seguramente Vérshnev y Karabánov. Lídochka les obsequia con té y mermelada, pero el té no impide que Vérshnev ataque a Semión:
-Bu-bueno, ayer es-estuviste de bro-broma, hoy ta-también, pero hay que pen-pensar en se-serio alguna vez...
-¿En qué vas a pensar? ¿Es que tienes mujer, vacas o riquezas? ¿En qué vas a pensar tú? ¡Vive y espera!
-Hay que-que pensar en la-la vi-vida, simplón...
-¡Pero qué tonto eres, Nikolái, Dios mío, qué tonto! Para ti pensar es sentarse en un sillón, abrir mucho los ojos y ponerse a pensar... El que tiene cabeza, piensa sin más ni más. Pero uno como tú necesita primero comer algo para poder pensar...
-Pero ¿por qué ofende usted a Nikolái? -pregunta Lídochka-. Déjele que piense. Tal vez descubra efectivamente algo.
-¿Quién? ¿Nikolái? ¡Jamás en la vida! ¿Sabe usted quién es Nikolái.? Nikolái es un jesusito. Un "buscador de la verdad". ¿Ha visto usted alguna vez a un tonto como él? ¡Necesita la verdad! Piensa lustrarse las botas con ella.
Nikolái, y Semión salen de la habitación de Lídochka tan amigos como antes, sólo que Semión canta a voz en cuello, mientras Nikolái le abraza tiernamente y todavía trata de convencerle:
-Ya, que-que se trata de la Re-revolución, ¿comprendes?, todo debe ser justo.
También en mi modesto domicilio hay invitados. Conmigo vive ahora mi madre, una viejecita, cuya vida fluye apaciblemente en los últimos remansos crepusculares envueltos en brumas transparentes y serenas. Todos los colonos la llaman, abuelita. Con la abuelita está Shurka Zheveli, hermano menor del ya de por sí pequeño Mitka Zheveli. Shurka tiene una nariz terriblemente afilada. Hace ya tiempo que vive en la colonia, pero no sé por qué razón no crece. Lo que hace principalmente es agudizarse en varias direcciones: tiene la nariz aguda, las orejas agudas, la barbilla aguda y la mirada también aguda.
Shurka está siempre ocupado en trabajos especiales. En algún lugar del jardín, tras un arbusto perdido, ha construido una pequeña cerca, en la que guarda un par de conejos, y en el sótano donde se almacena el carbón ha instalado a un pequeño cuervo. En las asambleas generales, los komsomoles acusan frecuentemente a Shurka de destinar toda su economía a fines especulativos y de que, en general, todo eso tiene un carácter privado, pero Shurka se defiende bien y exige con rudeza:
-A ver, demuéstralo, ¿a quién he vendido yo algo? ¿Tú me has visto vendiendo alguna vez?
-¿Y de dónde sacas el dinero?
-¿Qué dinero?
-El que ayer gastaste en caramelos.
-¡Vaya un dinero! La abuelita me dio diez kopeks.
Contra la abuelita no se dice nada en las asambleas generales. Alrededor de la abuelita siempre hay varios pequeñuelos dando vueltas. A veces cumplen por su encargo pequeños cometidos en Gonchárovka, pero procuran hacerlo de manera, que yo no me entero. Y cuando se sabe a ciencia cierta que estoy ocupado y tardaré en volver a casa, alrededor de la abuelita se sientan a la mesa dos o tres pequeños a tomar el té o compota que la abuela ha hecho para mí, pero que yo no he tenido tiempo de ingerir. La abuelita desmemoriada como todos los ancianos, ni siquiera sabe el nombre de todos sus amigos, pero a Shurka le distingue entre los demás, porque Shurka es un veterano en la colonia, y porque es el más enérgico y el más charlatán de todos.
Hoy Shurka ha venido a ver a la abuela para un asunto de excepcional importancia.
-Buenas tardes.
-Buenas tardes, Shurka ¿Cómo has tardado tanto ¿Has estado enfermo?
Shurka toma asiento en un taburete y se golpea con el gorro, blanco algún día, las rodillas enfundadas en unos pantalones nuevos de percal. Sobre su cabeza se yerguen unos pelillos rubios y agudos después del antiguo corte al cero. Shurka levanta la nariz y contempla el bajo techo.
-No, no he estado enfermo. Pero tengo malo al conejo...
La abuelita, sentada en la cama, rebusca en su principal tesoro: una caja de madera, donde hay trozos de tela, hilos, madejas, las antiguas reservas de la abuelita.
-¿Qué tienes malo a un conejo? ¡Pobrecillo! ¿Y tú que haces?
-No puedo hacer nada -dice Shurka seriamente y reprimiendo a duras penas su emoción en el ojo derecho entornado.
La abuelita le mira:
-¿Y no puedes curarle?
-No tengo con qué -balbucea Shurka.
-¿Qué medicinas te hacen falta?
-Si pudiera conseguir mijo... Medio vaso de mijo sería suficiente.
-¿Quieres té, Shurka? -pregunta la abuela-. Mira, ahí en el hornillo tienes la tetera y aquí están los vasos. Sírveme también a mí.
Shurka deja con cuidado su gorro en el taburete y se afana torpemente ante el alto hornillo. Mientras tanto, la abuelita, poniéndose trabajosamente de puntillas, alcanza de un estante un saquito color de rosa, en el que guarda el mijo.
La compañía más alegre y más ruidosa se reúne en el cobertizo que utiliza Kósir como taller de construcción de ruedas. Kósir duerme aquí mismo. En un ángulo del cobertizo hay una estufa baja, de fabricación artesana, y, sobre ella, una tetera. En otro rincón, un catre plegable, cubierto por una manta abigarrada. El propio Kósir está sentado en la cama y sus invitados en troncos, en herramientas, en montones de llantas. Todos tratan insistentemente de arrancar del alma de Kósir las abundantes reservas de opio religioso acumuladas por él a lo largo de toda su vida.
Kósir sonríe tristemente:
-Eso no está bien, muchachos. Dios me perdone. Puede irritarse el Señor...
Pero, mientras el Señor se dispone a irritarse, el que se irrita es Kalina Ivánovich, que, apareciendo en las oscuridades de la puerta, surge a la luz y agita su pipa:
-Pero ¿qué estáis haciendo aquí con el viejo? ¿A ti qué te importa Jesucristo, dime por favor? Como te dé, vas a tener que rezar no sólo a Jesucristo, sino a todos los santos. Ya que el Poder soviético os ha liberado de dioses, alégrate en silencio, pero no vengas aquí a burlarte.
-Jesucristo nos salve, Kalina Ivánovich; no permita que se mofen de un viejo...
-Si pasa algo, ven a mí a quejarte. Con estos sinvergüenzas no podrás pasarte sin mí. No te fíes mucho de tus Cristos.
Los muchachos fingían asustarse de las palabras de Kalina Ivánovich y se escapaban del cobertizo para dispersarse por los numerosos rincones de la colonia. Ahora no teníamos ya grandes dormitorios al estilo cuartelero: los muchachos se habían instalado en pequeñas habitaciones con capacidad para seis u ocho personas. En estos dormitorios cohesionaron más los destacamentos de los colonos, empezaron a manifestarse con mayor relieve los rasgos característico de cada grupo y se hizo más interesante trabajar con ellos. Apareció el destacamento número once, un destacamento de pequeñuelos, organizado gracias a la insistencia de Gueórguievski. Gueórguievski seguía dedicándoles mucho tiempo: les mimaba, les bañaba, jugaba con ellos y les reñía como una madre, dejando estupefactas con su energía y su paciencia las almas, ya templadas, de los colonos. Sólo este maravilloso trabajo de Gueórguievski atenuaba un tanto la penosa impresión debida a la certidumbre general de que Gueórguievski era hijo del gobernador de Irkutsk.
También había aumentado el número de educadores en la colonia. Yo buscaba pacientemente a hombres de verdad y, mal que bien, extraía algo de la reserva bastante desquiciada de cuadros pedagógicos. En un huerto organizado fuera de la ciudad por el sindicato de maestros descubrí Ivánovich Zhurbín en la efigie del guarda. Era un hombre culto, bondadoso, disciplinado, un verdadero estoico y un caballero. Me agradó por una cualidad especial suya: experimentaba un verdadero amor de "gourmet" a la naturaleza humana: sabía hablar con la pasión de un coleccionista acerca de los diversos rasgos del carácter humano, de las inapreciables volutas de la personalidad, de la hermosura del heroísmo humano y de los tenebrosos misterios de la humana ruindad. Acerca de todo ello había pensado mucho y había indagado pacientemente en la muchedumbre humana indicios de nuevas leyes colectivas. Yo me daba cuenta de que debería perderse infaliblemente en su pasión de aficionado, pero me sedujo la naturaleza sincera y diáfana de este hombre, y por ello le perdoné sus galones de capitán de Estado Mayor del regimiento 35 de Briansk, galones que, dicho sea de paso, se había arrancado ya antes de Octubre, sin macular su biografía con ninguna hazaña de guardia blanco y habiendo obtenido por ello en el Ejército Rojo el grado de jefe de compañía retirado.
El segundo era Zinovi Ivánovich Butsái. Tenía unos veintisiete años, pero acababa de terminar sus estudios en una escuela de Bellas Artes y nos le habían recomendado como artista. Nosotros necesitábamos a un artista para la escuela, y para el teatro, y para los asuntos de toda índole relacionados con el Komsomol.
Zinovi Ivánovich Butsái nos sorprendió por la extrema manifestación de toda una serie de cualidades. Era extraordinariamente moreno, extraordinariamente delgado y hablaba con una voz de bajo tan extraordinariamente profunda, que era difícil conversar con él: una especie de sonidos ultravioleta. Zinovi Ivánovich se distinguía por una parsimonia y una inmutabilidad nunca vistas. Llegó a finales de noviembre, y nosotros esperábamos impacientes las manifestaciones artísticas con que debía embellecerse la colonia cuando Zinovi Ivánovich, sin haber tomado ni siquiera una vez el lápiz, nos dejó estupefactos con otra faceta de su naturaleza artística.
Pocos días después de su llegada, los colonos me comunicaron que salía todos los días de su habitación, desnudo, únicamente con un abrigo echado sobre los hombros, para bañarse en el Kolomak. A finales de noviembre, el Kolomak comenzó a helarse y poco tiempo después era una pista de patinar para la colonia. Zinovi Ivánovich, con ayuda de Otchenash, perforó un boquete especial en el hielo y cada mañana proseguía su tremendo baño. Al cabo de cierto tiempo, cayó, enfermo y estuvo en cama con pleuritis unos quince días. Se repuso y volvió a zambullirse en el agua. En diciembre tuvo una bronquitis y no sé qué más. Butsái faltaba a las clases e infringía nuestros planes escolares. Yo acabé perdiendo la paciencia y le rogué que se dejase de tonterías.
En respuesta, Zinovi Ivánovich carraspeó:
-Tengo derecho a bañarme siempre que lo estime pertinente. En el Código de Trabajo eso no está prohibido. También tengo derecho a enfermar y, por lo tanto, no puede hacérseme oficialmente ningún reproche.
-Pero, querido Zinovi Ivánovich, yo no hablo oficialmente. ¿Por qué se atormenta así? Me da usted pena simplemente como persona.
-Bien. En ese caso, le explicaré: tengo una salud débil, mi organismo está hecho de cualquier modo. Vivir con un organismo así, como usted comprenderá, es odioso. Por eso he decidido resueltamente: o consigo templarlo y puedo vivir tranquilo con él o que el diablo se lo lleve, que perezca. El año pasado tuve cuatro pleuritis, y este año nada más que una, y eso que estamos en diciembre. Pienso que no tendré más de dos. He venido a la colonia con toda intención: aquí tengo un río a mano.
Yo llamé a Silanti y empecé a reprenderle:
-Pero ¿qué bromas son ésas? El hombre se ha vuelto loco y tú perforas boquetes en el hielo.
Silanti abrió los brazos con el aire de una persona que se reconoce culpable:
-¿Sabes, Antón Semiónovich? No te enfades, pero es imposible hacer nada. Yo he conocido a uno, que, ¿sabes?, se le antojó ir al otro mundo. Y también quiso ahogarse. En cuanto yo me volvía, ya estaba en el río el muy canalla. Le saqué muchísimas veces, tantas, que llegué a cansarme de sacarle. Y él, fíjate qué canalla era, fue entonces y se ahorcó. Y a mí, ¿sabes?, eso ni siquiera se me había ocurrido. Fíjate qué historia. Y a éste no le estorbo y no hay más hablar.
Zinovi Ivánovich siguió bañándose en el boquete del río helado hasta el mismo mes de mayo. Los colonos, que al principio se habían reído de las pretensiones de este ser enclenque, acabaron sintiendo respeto por él y le cuidaban pacientemente durante sus numerosas pleuritis, bronquitis y catarros vulgares.
No obstante, transcurrían semanas enteras sin que la fiebre acompañara el proceso de temple del organismo de Zinovi Ivánovich, y entonces se revelaba su verdadera naturaleza artística. En torno a Zinovi Ivánovich se formó en poco tiempo un círculo de artistas, que obtuvo del Soviet de jefes una pequeña habitación en la buhardilla y montó en ella un estudio.
Durante los rumorosos anocheceres invernales, en el estudio de Butsái se desarrollaba el trabajo más ardiente y los muros de la buhardilla vibraban de la risa de los artistas y de los mecenas invitados.
A la luz de un gran quinqué de petróleo, varios muchachos, trabajan sobre un enorme cartón. Rascándose la cabeza de un negror de carbón con el mango del pincel, Zinovi Ivánovich truena como un sacristán bebido:
-Dadle más sepia a Fedorenko. Es un campesino y habéis hecho de él una comercianta. Vañka, tú siempre pones carmín donde hace falta y donde no.
Vañka Lápot, pelirrojo, lleno de pecas, la nariz jibosa, responde, imitando a Zinovi Ivánovich, con una voz ronca y falsa de bajo:
-Se nos ha ido toda la sepia en Leshi.
También en mi despacho las veladas son bulliciosas. Hace poco han llegado de Járkov dos estudiantes con este papel:
"El Instituto Pedagógico de Járkov comisiona a las camaradas X. Várskaia y R. Lándsberg para conocer prácticamente la actividad pedagógica de la colonia Gorki".
Con gran curiosidad acogí a esos dos representantes de la joven generación pedagógica. Tanto X. Várskaia como R. Lándsberg eran envidiablemente jóvenes. Ninguna de las dos tenía más de veinte anos. X. Várskaia era una rubita muy mona, gordezuela, inquieta y menuda, con las mejillas de ese rosa dulce y delicado que se ve únicamente en las acuarelas. Moviendo sin cesar sus finas cejas casi imperceptibles y desechando con un esfuerzo de voluntad la sonrisa que pugnaba continuamente por aparecer en su boca, me sometió a un verdadero interrogatorio:
-¿Tiene usted gabinete paidológico?
-No lo tengo.
-¿Y cómo estudia usted la personalidad?
-¿La personalidad del niño? -pregunté yo lo más serio posible.
-Sí, naturalmente. La personalidad de su educando.
-¿Y para qué hay que estudiarla?
-¿Cómo "para qué"? ¿Cómo puede usted trabajar en lo que no conoce?
X. Várskaia piaba enérgicamente con expresión de sinceridad y no hacía más que volverse hacia su amiga. R. Lándsberg, morena, con unas maravillosas trenzas negras, bajaba los ojos, reprimiendo, condescendiente y amable, su natural indignación.
-¿Qué dominantes abundan entre sus educandos? -inquirió severamente a boca de jarro X. Várskaia.
-Si en la colonia no se estudian las personalidades, es superfluo preguntar por los dominantes -observó en voz baja R. Lándsberg.
-No, ¿por qué? -repliqué en serio-. Algo puedo decirles acerca de los dominantes. En la colonia abundan los mismos dominantes que en ustedes...
-¿Y usted de dónde nos conoce? -interrogó con animosidad X. Várskaia.
-Las tengo frente a mí y estamos hablando.
-Bueno, ¿y qué?
-Pues que las veo como si fueran transparentes. Para mí es lo mismo que si estuviesen hechas de cristal. Veo lo que ocurre en su interior.
X. Várskaia enrojeció; pero en aquel momento irrumpieron en el despacho Karabánov, Vérshnev, Zadórov y no recuerdo qué otros colonos.
-¿Se puede pasar o hay secretos?
-¡Cómo no! -contesté-. Aquí tenéis a dos visitas nuestras, unas estudiantes de Járkov.
-¿Visitantes? ¡Qué bien! ¿Y cómo se llaman?
-Xenia Románovna Várskaia.
-Rajil Semiónovna Lándsberg.
Semión Karabánov, preocupado, se llevó las manos mejilla y se sorprendió.
-¡Ay, madre mía, qué largo de decir es eso! Entonces ¿usted es simplemente Oxana?
-Es lo mismo -asintió Várskaia.
-¿Y usted Rajil, y nada más?
-Bueno -susurró R. Lándsberg.
-Bien, ahora se les puede dar de cenar. ¿Son ustedes estudiantes?
-Sí.
-Pues haberlo dicho: seguramente tendrán un hambre de... ¿de qué? Vérshnev y Zadórov habrían dicho: hambre de perros. Pero digamos... digamos de gatitos.
-Efectivamente, tenemos hambre -asintió, riéndose Oxana-. ¿Podemos también lavarnos?
-Vamos. Les entregaremos a las muchachas; allí podrán hacer lo que les dé la gana.
Así transcurrió nuestro conocimiento. Cada tarde venían a verme, pero un momento nada más. En todo caso, no volvió a reanudarse la conversación acerca del estudio d personalidad: Oxana y Rajil no tenían tiempo. Introduciéndolas en el mar sin límites de asuntos colonísticos, de distracciones y de conflictos, los muchachos las habían enfrentado con todo un montón de verdaderos problemas malditos. Era difícil que una persona viva pudiera sortear los remolinos y las pequeñas cascadas que surgían a cada paso en la colonia, no tenía uno tiempo de volver la cabeza, cuando ya era arrastrado sin saber a dónde. A veces los remolinos arrastraban a la gente hasta mi despacho y la arrojaban a la orilla. Una tarde arrojaron a un grupo interesante: Oxana, Rajil, Silanti y Brátchenko.
Oxana traía cogido a Silanti de, una manga y no hacía más que reírse a carcajadas:
-Venga, venga. ¿Por qué se resiste usted?
Silanti, efectivamente, se resistía.
-Está haciendo un trabajo de descomposición en la colonia y usted ni siquiera lo ve.
-¿De qué se trata, Silanti?
Silanti se desasió, disgustado, y se acarició la calva:
-Pues mira de qué se trata: habíamos dejado, ¿sabes?, el trineo en el patio. A Semión y a ellas, ¿sabes?, se les ocurrió deslizarse por la colina. Pero ya que está Antón aquí, que lo cuente él.
Antón habló:
-Comenzaron a insistir y a insistir en que querían pasear. A Semión, claro está, le di enseguida en la cabeza con el collar y se fue, pero éstas se pusieron a tirar del trineo. ¿Y qué se podía hacer con ellas? Si les hubiera dado con el sillín, se habrían echado a llorar. Entonces Silanti fue y les dijo.
-Eso, eso, -vibraba todavía Oxana-. Que repita Silanti lo que ha dicho.
-¿Y qué hay de malo en ello? Dije la verdad, y no hay que hablar más. Dije que tienes ganas de casarte y que ibas a rompernos el trineo, eso es. Fíjate qué historia.
-Eso no es todo, no es todo...
-¿Y qué más? Todo, según se dice.
-Lo que le dijo a Antón es esto: tú engánchala al trineo y hazla correr hasta Gonchárovka; así se calmará en el acto. ¿Dijiste eso?
-Lo mismo repetiré ahora aquí: son mozas fuertes y no tienen nada que hacer. En cambio, a nosotros nos faltan caballos, fíjate qué historia.
-¡Ah! -exclamó Oxana-. ¡Márchese, márchese de aquí! ¡Fuera!
Silanti rompió a reír y se fue con Antón del despacho.
Oxana se tendió en el diván, donde hacía ya mucho que dormitaba Rajil.
-Silanti es una personalidad interesante -dije yo-. Deberían dedicarse a estudiarle.
Oxana se precipitó fuera del despacho, pero se detuvo en la puerta para decirme, imitando a alguien:
-Le veo al trasluz: ¡como si fuera de cristal!
Y echó a correr, cayendo tan pronto como traspuso el umbral en medio de un grupo de colonos; yo escuché únicamente cómo se perdió el cascabeleo de su voz en el torbellino, para mi habitual, de la colonia.
-Rajil, váyase usted a dormir.
-¿Qué? ¿Acaso quiero yo dormir? ¿Y usted?
-Yo me voy.
-¡Ah! Bueno... Naturalmente...
Se frotó infantilmente el ojo izquierdo con el puñito, me estrechó la mano y salió del despacho, rozando con su hombro el quicio de la puerta.


II PARTE

 

4. EL TEATRO

Lo relatado en el capítulo anterior no constituía más que una parte insignificante de nuestras veladas invernales. Ahora nos da hasta un poco de vergüenza confesar que casi todo el tiempo libre lo sacrificábamos al teatro.
En la segunda colonia conquistamos un verdadero teatro. Es difícil describir el entusiasmo que se apoderó de nosotros cuando obtuvimos el derecho a utilizar el cobertizo del molino.
Nuestro teatro tenía cabida para seiscientos espectadores. Esto quiere decir que podíamos atender varias aldeas. La significación del círculo de aficionados al teatro fue en aumento, y del mismo modo aumentaba lo que se exigía de él.
Cierto, nuestro teatro no era muy cómodo. Kalina Ivánovich llegaba a considerar estas incomodidades tan insuperables, que propuso transformar el teatro en cochera.
-Si colocas un carro, nada le pasará por el frío, ya que un carro no necesita estufa. En cambio, para el público sí que hacen falta estufas.
-Bueno, pues pondremos estufas.
-Ayudarán como un apretón de manos al pobre. ¿No has visto que allí el techo es de hierro, sin ninguna cobertura? Si encendemos las estufas, lo único que haremos será dar calor al reino de los cielos y a los querubines y serafines, pero no al público. Y además, ¿qué estufas vas a poner? Aquí, por lo menos, haría falta instalar estufas de hierro, pero ¿quién te dará permiso? Esas estufas no producen más que incendios; tan pronto como empezase el espectáculo, habría que empezar también a echar agua.
Nosotros no estábamos de acuerdo con Kalina Ivánovich, sobre todo porque Silanti decía:
-Pues fíjate qué historia: una representación de balde y, encima, un incendio sin más consecuencias. Nadie se ofenderá por ello.
Colocamos las estufas de hierro y las encendíamos sólo durante las representaciones. Jamás fueron capaces de caldear la atmósfera teatral; todo su calor se esfumaba inmediatamente por el techo de hierro. Y por eso, aunque las propias estufas se caldeaban hasta el rojo vivo, el público prefería seguir embutido en sus abrigos y sus pellizas, preocupándose únicamente de que no se le quemara por casualidad el lado vuelto hacia la estufa.
Sólo una vez hubo fuego en nuestro teatro, y, además, no fue por culpa de ninguna estufa, sino por una lámpara que se cayó en el escenario. Hubo pánico en aquella ocasión, aunque un pánico especial: el público permaneció en sus sitios, pero todos los colonos se lanzaron al escenario arrebatados por un entusiasmo no fingido.
-¡Qué idiotas sóis! -les chilló Karabánov-. ¿Es que no habéis visto nunca fuego?
Construimos un verdadero escenario: espacioso, alto, con un complicado sistema de bastidores y una concha para el apuntador. Tras el escenario quedó un gran espacio libre, pero no podíamos utilizarlo. Para que los artistas pudieran soportar la temperatura, acotamos en este espacio una pequeña habitación, instalamos en ella una estufa, y allí nos pintábamos y vestíamos, observando mal que bien el turno y la diferencia de sexos. En el espacio restante -entre bastidores y en la propia escena- hacía el mismo frío que al aire libre.
En la sala colocamos una decena de filas de bancos de madera, inmenso espacio de localidades teatrales, inusitado campo cultural, en el que no hacía falta más que sembrar y segar.
Nuestra actividad escénica en la segunda colonia se desenvolvió rápidamente a lo largo de tres inviernos, su ritmo y su impulso no cedieron jamás, y, en fin, sus proporciones fueron tan grandiosas, que yo mismo doy ahora crédito con dificultad a lo que estoy escribiendo.
Durante la temporada de invierno estrenábamos cuarenta obras. Debe decirse que nunca corríamos en pos de alguna piececita de alivio, tipo club de aficionados. No representábamos más que obras serias y largas, de cuatro o cinco actos, repitiendo por lo común el repertorio de los teatros de la capital. Se trataba de una audacia incomparable, pero, palabra de honor, no era una chapuza.
Y a partir del tercer espectáculo, nuestra fama teatral rebasó en mucho los límites de Gonchárovka. Venían a vernos campesinos de Pirogovka, de Grabílovka, de Bábichevka, de Gontsov, de Vatsiv, de Storozhevoie, de los caseríos de Volovi, de Chumatski, de Ozer; venían obreros de las barriadas suburbanas, ferroviarios de la estación y de la fábrica de locomotoras, y pronto comenzó a acudir también gente de la ciudad: maestros, empleados del Comisariado del Pueblo de Instrucción Pública, militares, empleados soviéticos, trabajadores de las cooperativas, administradores, simples muchachas y muchachos, conocidos de los colonos y conocidos de los conocidos. A finales del primer invierno, ya desde la hora del almuerzo empezaba a instalarse todos los sábados en torno al cobertizo teatral el campamento de los que venían de lejos. Hombres bigotudos con pellizas y zamarras de piel, desenganchaban los caballos, los cubrían con mantas, y hacían sonar sus cubos junto al pozo, mientras sus acompañantas, envueltas hasta los ojos, daban saltitos alrededor del trineo para desentumecer las piernas heladas durante el camino y corrían al dormitorio de nuestras muchachas, cimbreándose sobre los altos taconcitos claveteados de hierro, a fin de entrar en calor y prolongar la amistad recientemente entablada. Muchos extraían de entre la paja paquetes y atadijos. Al ponerse en camino para la lejana expedición teatral, tomaban consigo comida: empanadas, tartas, tocino cortado en forma de cruz espirales de diversos embutidos. Una parte considerable de sus reservas estaba destinada a agasajar a los colonos, y hubo días de verdaderos banquetes hasta que el Buró del Komsomol prohibió categóricamente que se aceptase cualquier regalo de los espectadores forasteros.
Los sábados, las estufas de la sala de espectáculos se encendían a las dos de la tarde, de modo que los forasteros pudieran entrar allí en calor. Pero, a medida que se estrechaban las relaciones, mayor era la penetración de los visitantes en los edificios de la colonia. Hasta en el comedor se podía ver a grupos de invitados particularmente agradables y conocidos de todos, por decirlo así, a quienes los responsables de la guardia de aquel día estimaban posible invitar.
Para la caja de la escuela, los espectáculos eran una carga bastante onerosa. Los trajes, las pelucas, toda clase de requisitos venían a costarnos unos cuarenta o cincuenta rublos. Quiere, pues, decirse que al mes eso sumaba alrededor de doscientos rublos. Era un gasto excesivo, pero ni una sola vez renunciamos a nuestro orgullo y jamás percibimos un kopek en pago del espectáculo. Contábamos, sobre todo, con la juventud, y la juventud campesina - en especial, las muchachas - jamás tenía dinero para sus gastos.
Al principio, la entrada al teatro era libre. Sin embargo, la sala perdió pronto su capacidad de contener a todos los que deseaban entrar en ella, y entonces introdujimos los billetes, que se distribuían previamente entre las células del Komsomol, los Soviets rurales y nuestros representantes plenipotenciarios especiales en cada lugar.
Para nosotros fue una sorpresa la terrible afición de los campesinos al teatro. Por culpa de los billetes había continuamente malentendidos y rencillas entre las diversas aldeas. Venían a vernos secretarios agitados, que nos hablaban con bastante fogosidad:
-¿Por qué no nos habéis dado más que treinta localidades para mañana?
Zhorka Vólkov, el encargado de los billetes teatrales, movía sarcástico la cabeza ante el rostro del secretario:
-Porque incluso esas localidades son muchas para vosotros.
-¿Muchas? Vosotros, burócratas, que os pasáis aquí sentados todo el día, ¿sabéis que son muchas?
-Nosotros estamos aquí sentados, pero vemos que las popesas utilizan nuestros billetes.
-¿Las popesas? ¿Qué popesas?
-Las vuestras: pelirrojas, con los morros abultados.
Al reconocer a su popesa, el secretario baja de tono, aunque sin rendirse:
-Bueno, dos popesas... Pero ¿por qué nos habéis quitado veinte billetes? Antes nos dabais cincuenta y ahora treinta.
-Habéis perdido nuestra confianza -contesta, mordaz, Zhorka-. Dos popesas; pero no hemos contado las sacristanas, las tenderas, las mujeres de los kulaks. De manera que vosotros os estáis corrompiendo y nosotros tenemos que hacer cuentas?
-Me gustaría saber qué hijo de perra os ha ido el cuento.
-Tampoco contamos a los... hijos de perra. Con treinta billetes tenéis de sobra.
El secretario, como gato escaldado, corre a la aldea para investigar la corrupción descubierta, pero su sitio es ocupado rápidamente por otro que viene a protestar:
-¿Qué hacéis, camaradas? Tenemos cincuenta komsomoles, y nos habéis mandado quince billetes.
-Según datos del sexto destacamento "P", la vez pasada vinieron de vuestro lugar solamente quince kosomoles no bebidos, y, además, cuatro de ellos eran unas mujeres viejas. Todos los demás estaban borrachos.
-Nada de eso. No es cierto que estuvieran borrachos. Nuestros muchachos trabajan en una fábrica de aguardiente y, claro, huelen...
-Comprobamos que les olía la boca; no hay por echar la culpa a la fábrica...
-Yo os demostraré que siempre huelen así. Lo que pasa es que vosotros, sois injustos y andáis con cuentos. ¡Eso son desviaciones!
-¡Déjalo! Los nuestros saben perfectamente cuándo se trata de la fábrica y cuándo se trata de un borracho.
-Venga, dame, por lo menos, cinco billetes más, ¿cómo no os da vergüenza?... Repartís las localidades entre diversas señoritas de la ciudad y entre vuestros conocidos y dejáis a los komsomoles para lo último...
Comprendimos de pronto que el teatro no era una diversión o un juego nuestro, sino nuestra obligación, un inevitable impuesto social, cuyo pago no podíamos eludir.
El Buró del Komsomol meditó profundamente acerca de ello. El círculo de aficionados al teatro, por sí solo, no podía soportar sobre sus hombros semejante carga. Era imposible concebir que transcurriera un sábado sin espectáculo y, además, cada semana había que dar algún estreno. Repetir una obra significaba arriar la bandera, ofrecer a, nuestros vecinos inmediatos, espectadores fijos, una velada fallida. En el círculo de aficionados comenzaron las historias de toda índole.
Hasta Karabánov clamaba:
-Pero, vamos a ver, ¿es que yo me he contratado como actor o qué? La semana pasada hice de sacerdote, ésta he hecho de general, y ahora me dicen que haga de guerrillero. ¿Es que soy de hierro? Me paso cada noche ensayando hasta las dos de la madrugada, y el sábado hay que mover las mesas y clavar los decorados...
Kóval, apoyando las manos en la mesa, gritaba:
-¿Quieres que te pongamos una otomana de bajo de un peral para que descanses un poco? No hay más remedio que trabajar.
-Si no hay más remedio, organizadlo de manera que trabajen todos.
-Y la organizaremos.
-Organizadlo.
-Vamos a convocar al Soviet de jefes.
En el Soviet de jefes, el Buró propuso: nada de círculos de aficionados, todos debían trabajar.
Al Soviet le gustaba siempre concretar sus decisiones en forma de orden. Esta la formalizó así:

§ 5

Por decisión del Soviet de jefes, considerar el trabajo teatral como un trabajo obligatorio para cada colono, y por ello para la presentación del espectáculo Aventuras de la tribu de los Nichevokaos se designan los siguientes destacamentos mixtos...
Seguía la enumeración de los destacamentos mixtos, como si se tratase de escardar la remolacha o aporcar la patata y no de las cumbres del arte. La profanación del arte comenzó por la aparición, en lugar del círculo de aficionados, del sexto destacamento "A" mixto, mandado por Vérshnev y compuesto por veintiocho personas... para el espectáculo en cuestión.
Y el destacamento mixto quería decir: lista exacta y ningún retraso, parte nocturno con indicación de los retrasa y demás, la orden del jefe, el habitual "a la orden" a guisa de respuesta con el correspondiente saludo y, en caso de incumplimiento, la necesidad de justificarse ante el Soviet de jefes o en la asamblea general por infracción de la disciplina de la colonia y, en el mejor caso, conversación conmigo y unas cuantas tareas fuera de turno o arresto domiciliario el primer día de fiesta.
Se trataba, efectivamente, de una reforma. Hay que tener en cuenta que el círculo de aficionados es siempre, una organización voluntaria, con tendencia a cierto liberalismo excesivo, a la fluctuación del personal. Además, el círculo adolece en todo momento de una lucha de gustos y de aspiraciones. Esto se observa particularmente en la elección de la obra y en el reparto de los papeles. También en nuestro círculo empezaba a despuntar a veces el principio personalista.
La decisión del Buró y del Soviet de jefes fue aceptada por la sociedad colonística como algo que se comprendía por sí solo sin el menor género de dudas. El teatro era considerado en la colonia igual que la agricultura, que la reparación de la hacienda, que el orden y la limpieza de edificios. Desde el punto de vista de los intereses de la colonia, comenzó a ser indiferente la participación de uno u otro colono en los espectáculos: cada cual debía hacer que se exigía de él.
Habitualmente yo informaba en el Soviet dominical de jefes acerca de la obra que se representaría el sábado siguiente e indicaba qué, colonos hacían falta como artistas. Todos ellos eran incluidos inmediatamente en el sexto "A" mixto y a uno de ellos se le designaba jefe. Los demás colonos no eran distribuidos en destacamentos teatrales mixtos; que llevaban siempre el número seis y que funcionaban hasta el final de la representación. Funcionaban los siguientes destacamentos mixtos:
Sexto "A": artistas.
Sexto "P": público.
Sexto "G": guardarropa
Sexto Caliente: calefacción
Sexto "D": decorados.
Sexto "T": tramoya.
Sexto "I"': iluminación y efectos luminosos.
Sexto "L": limpieza.
Sexto "S": sonidos.
Sexto "C": cortina.
Si se tiene en cuenta que durante mucho tiempo no hubo en la colonia más de ochenta personas, será evidente para todos que ningún colono podía quedar libre y que, si la obra elegida tenía numerosos personajes, nos faltaban literalmente fuerzas. Por supuesto, el Soviet de jefes, al formar los destacamentos mixtos, procuraba basarse en los gustos y las inclinaciones individuales de cada uno, pero eso no se conseguía siempre. Lo más frecuente era que el colono manifestase:
-¿Por, qué me habéis incluido en el sexto "A"? Yo nunca he hecho de artista.
Le respondían:
-Pero ¿qué palabras de mujik son ésas? El hombre tiene siempre que hacer algo por primera vez.
En el transcurso de la semana todos los destacamentos mixtos y, en particular, sus jefes danzaban por la colonia e incluso por la ciudad como "gatos escaldados". Entre nosotros no existía la moda de tomar en consideración ninguna, disculpa, y por ello los jefes de los destacamentos lo pasaban, a veces, muy mal. Por fortuna, en la ciudad teníamos amigos, muchos de los cuales veían nuestra causa con simpatía. Esta era la razón de que, por ejemplo, siempre consiguiéramos buenos trajes para cualquier obra, pero, si no los conseguíamos, el sexto "G" mixto sabía confeccionar el vestuario de cualquier época y en cualquier cantidad sobre la base de los diversos materiales y objetos que había en la colonia. Para ello se consideraba que no sólo los objetos de la colonia, sino también los de sus empleados estaban plenamente a disposición de nuestros destacamentos teatrales. Por ejemplo, el sexto "T" mixto estuvo siempre convencido de que podía ostentar el nombre de destacamento de requisa porque requisaba todo lo necesario en el domicilio de nuestros empleados. A medida que nuestra empresa fue desarrollándose, en la colonia se formaron también ciertos depósitos permanentes. Con frecuencia representábamos obras donde sonaban disparos y, en general, obras de carácter militar, y para ellas constituimos todo un arsenal, aparte de una verdadera colección de uniformes militares, charreteras y condecoraciones. Gradualmente fueron destacándose entre la colectividad diversos especialistas, no solamente actores, sino también de otro carácter: teníamos notables ametralladores, que, por medio de aparatos de su invención, simulaban el más auténtico tiroteo de ametralladoras; teníamos artilleros, profetas Elías, a quienes le salían bien los truenos y los relámpagos.
Disponíamos de una semana para aprender cada obra. Al principio, intentamos proceder como es costumbre entre la gente: copiábamos los papeles y nos esforzábamos por aprenderlos. Después renunciamos a esta empresa; no teníamos tiempo para copiar los papeles ni para estudiar. Debe considerarse que teníamos, además, nuestro trabajo corriente en la colonia y en la escuela; antes que nada era preciso estudiar las lecciones. Renunciando a todo convencionalismo teatral, empezamos a actuar con apuntador e hicimos bien. Los colonos aprendieron a captar con extraordinaria habilidad las palabras del apuntador; incluso nos permitimos el lujo de luchar contra las libertades y las improvisaciones en la escena. Sin embargo, para que el espectáculo se deslizase como era debido, yo tuve que sumar a mis obligaciones de director de escena la función de apuntador porque el apuntador, además, de indicar el texto tenía que dirigir la representación: indicar la mise en scène corregir los errores, señalar los disparos, los besos y las muertes.
Actores no nos faltaban. Entre los colonos había muchos hombres capaces. Los principales actores eran: Piotr Ivánovich Goróvich, Karabánov, Vetkovski, Butsái, Vérsh Zadórov, Marusia Lévchenkó, Kudlati, Kóval, Gléizer, Lápot.
Procurábamos elegir piezas con muchos personajes porque abundaban los colonos deseosos de actuar en el teatro y nosotros teníamos interés por aumentar el número de los que supieran mantenerse en escena. Yo atribuía gran importancia al teatro, ya que, gracias a él, mejoraba mucho el lenguaje de los colonos y, en general, se ampliaba sensiblemente nuestro horizonte. Pero, a veces, nos faltaban actores, y en este caso invitábamos a alguno de nuestros empleados. Una vez incluso lanzamos a Silanti al escenario. En el ensayo demostró escasa aptitudes de actor. No obstante, como tenía que decir una sola frase ("El tren viene con tres horas de retraso"), no había un riesgo especial. La realidad superó todas nuestras esperanzas. Silanti salió a su tiempo, normalmente, pero habló así:
-El tren, ¿sabes?, viene con tres horas de retraso, fíjate qué historia.
La réplica produjo tremenda impresión en el público, pero eso no fue lo malo; todavía mayor impresión causó entre la multitud de refugiados que aguardaban el tren en la estación. Los refugiados, totalmente vencidos por la risa, comenzaron a dar vueltas en el escenario sin hacer ningún caso a mis llamadas desde la concha del apuntador, sobre todo porque yo también resulté ser una persona impresionable. Silanti contempló un minuto toda aquella iniquidad y después se enfadó:
-Os hablan, imbéciles, como es debido: el tren, ¿sabéis?, viene con tres horas de retraso... ¿De qué os reís?
Los refugiados escucharon con entusiasmo las palabras de Silanti y después huyeron empavorecidos de la escena.
Yo, una vez rehecho susurré,:
-¡Vete a todos los diablos! ¡Silanti, vete al infierno!
-Pues ya ves qué historia...
Coloqué el libro de canto, que era la señal para que se corriese la cortina.
Lo difícil era, conseguir actrices. De las muchachas sólo podían trabajar, y no muy bien, Lévchenko y Nastia Nochévnaia y, del personal, Lídochka. Ninguna de ellas había nacido para la escena; se azoraban muchísimo, se negaban categóricamente al beso y al abrazo, aunque lo exigiera la obra. Por otra parte, no podíamos renunciar a los papeles amorosos. En busca de actrices, probamos a todas las mujeres, hermanas, tías y demás parientes de nuestros empleados y de los trabajadores del molino, suplicábamos a nuestras conocidas de la ciudad y a duras penas conseguíamos representar las obras. Por eso, Oxana y Rajil intervinieron en los ensayos ya al día siguiente de su llegada a la colonia, admirándonos por su manifiesta aptitud para dejarse besar sin la más leve turbación.
Una vez logramos convencer a una espectadora incidental, conocida de un trabajador del molino, que había venido de la ciudad a pasar una temporada. Resultó una auténtica perla: hermosa, voz aterciopelada, ojos, andar, en fin, todo lo preciso para interpretar el papel de dama corrompida en no recuerdo qué obra revolucionaria. Durante los ensayos nos derretíamos de gusto pensando en el estreno sensacional. El espectáculo comenzó con gran entusiasmo, pero en el primer entreacto se presentó entre bastidores el marido de la perla, un telegrafista ferroviario, que dijo a su mujer ante toda la compañía:
-No puedo permitir que trabajes en esta obra. Vámonos a casa.
La perla se asustó:
-¿Cómo voy a marcharme? - musitó -. ¿Y la obra?
-¡A mí qué me importa la obra! ¡Vámonos! No puedo tolerar que todos te besen y te arrastren por la escena.
-¿Pero... como es posible?
-En un solo acto te han besado unas diez veces. ¿Qué quiere decir esto?
Al principio, nosotros nos quedamos estupefactos. Después tratamos de convencer al celoso.
-Pero, camarada, si, un beso en la escena es una nimiedad - dijo Karabánov.
-Ya he visto si es una nimiedad o no. ¿Es que soy ciego? Vengo de la primera fila...
Yo dije a Lápot:
-Tú, que eres un hombre desenvuelto, convéncele de algún modo.
Lápot se puso honradamente a ello. Asió al celoso por un botón, le hizo sentarse en un banco y gorjeó dulcemente:
-¡Qué hombre tan raro es usted! ¡Una cosa tan útil, tan cultural! Si su mujer, para una cosa así, se besa con alguien, de eso no puede salir más que provecho.
-No sé para quien será el provecho; desde luego, para mí no -insistía el telegrafista.
-Es provecho para todos.
-Entonces, lo mejor, según usted, es que todos besen a mi mujer.
-¡Qué raro es usted! Eso siempre será mejor que si la besa un pichón cualquiera.
-¿Qué pichón?
-Suele ocurrir... Y, además, fíjese: es aquí mismo, ante todos, y usted mismo lo ve. Sería mucho peor que fuese bajo un matorral cualquiera sin que usted se enterara.
-¡Nada de eso!
-¿Cómo que nada de eso? ¡Con lo bien que sabe besar su mujer! ¿Usted cree que un talento así va a perderse? Vale más que lo haga en escena...
El marido aceptó mal que bien los argumentos de Lápot y, rechinando los dientes, permitió que su mujer concluyera el espectáculo, a condición únicamente que los besos no fueran "de verdad". Se fue ofendido. La perla estaba disgustada. Nosotros temíamos que el espectáculo se viniese abajo. En la primera fila estaba sentado el marido, hipnotizando a todos, lo mismo que una serpiente. El segundo acto transcurrió como una misa de difuntos, pero en el tercer acto vimos con alegría general que el marido había desaparecido de la primera fila. Yo no podía suponer dónde se habría metido. La cosa se puso en claro únicamente después de espectáculo.
-Le aconsejé que se marchase -explicó modestamente Karabánov-. Al principio, no quería, pero terminó accediendo.
-¿Cómo lo has conseguido?
Karabánov lanzó un relámpago con los ojos, hizo una mueca diabólica y silabeó:
-Le dije: vale más que procedamos honradamente. Hoy todo irá bien, pero, como no se vaya usted enseguida le ponemos los cuernos, palabra de colono. En nuestra colonia hay muchachos ante los que no resistirá su mujer.
-¿Y qué? -se interesaron alegremente los colonos.
-Nada. Me dijo solamente: "¡Acuérdese de que me ha dado su palabra!" y se fue a la última fila.
Ensayábamos todos los días y, además, la obra entera.
En general, dormíamos poco. Debe tenerse, en cuenta que muchos de nuestros actores ni siquiera sabían moverse en el escenario, por lo que era preciso enseñarle de memoria la mise en scène, desde los movimientos aislados de una mano o de un pie hasta la postura de la cabeza, hasta cada gesto o cada mirada. A esto prestaba yo atención, confiando en que el texto sería asegurado sin falta por el apuntador. Para el sábado por la noche se consideraba dominada la obra.
Hay que decir, sin embargo, que no trabajábamos mal del todo: muchos visitantes de la ciudad se sentían satisfechos de nuestros espectáculos. Procurábamos actuar de un modo correcto, sin exageraciones, sin adular el gusto público, sin perseguir efectos fáciles. Poníamos en escena obras ucranianas y rusas.
Los sábados, el teatro empezaba a animarse a partir de las dos de la tarde. Si había muchos personajes, Butsái, secundado por Piotr Ivánovich, comenzaba a maquillarles inmediatamente después del almuerzo. Desde las dos de la tarde hasta las ocho de la noche podían maquillar, por lo menos, a sesenta personas, después de lo cual comenzaban ya a maquillarse ellos mismos.
En cuanto a la presentación del espectáculo, los colonos no eran personas, sino fieras. Si en escena debía haber una lámpara con pantalla azul, rebuscaban, no sólo en las casas de los empleados, sino también en las de sus conocidos urbanos hasta que conseguían infaliblemente una lámina con la pantalla azul. Si en la escena había que comer, se comía de verdad, sin ningún engaño. Esto lo exigía no tanto el espíritu concienzudo del sexto "T" mixto como la tradición. Nuestros actores consideraban, que comer en escena manjares ficticios era algo indigno de la colonia. Por ello también nuestra cocina solía tener trabajo: había que preparar entremeses, asar carne, confeccionar empanadas o pasteles. En lugar de vino, se servía sidra.
En mi concha de apuntador yo temblaba siempre durante las comidas: los artistas, en tales momentos, se entusiasmaban demasiado con la ficción y no hacían caso del apuntador, prolongando la escena hasta que ya no quedaba nada sobre la mesa. Por lo general, yo tenía que acelerar el ritmo con observaciones de este género:
-Basta ya... ¿me oís? ¡Acabad de comer, que el diablo os lleve!
Los actores me miraban sorprendidos, señalando con los ojos el pato sin terminar de comer, y no concluían de engullir hasta que yo llegaba al rojo blanco y silbaba:
-¡Karabánov, fuera de la mesa! Semión, miserable di: "Me voy".
Karabánov, tragándose el pedazo de pato, a medio masticar, decía: "Me voy".
Y luego, en el descanso, me reprochaba entre bastidores:
-Antón Semiónovich, ¿cómo no le da vergüenza? Cualquiera sabe cuándo me tocará comer otro pato semejante y usted no me ha dejado terminarlo...
Pero habitualmente los artistas trataban de no permanecer mucho tiempo en el escenario, porque en él hacía tanto frío como en el exterior.
En la obra La rebelión de las máquinas, Karabánov tenía que permanecer desnudo en el escenario toda una hora con nada más que una estrecha tira de tela ciñéndole las caderas. El espectáculo se celebraba en febrero, pero, para nuestra desgracia, el frío llegaba a treinta grados. Ekaterina Grigórievna pidió la suspensión del espectáculo, asegurándonos que Semión se helaría sin falta. La cosa terminó bien: Semión no se heló más que los dedos de los pies, pero Ekaterina Grigórievna, después del acto, le dio unas friegas de alcohol.
Sin embargo, el frío entorpecía nuestro desarrollo artístico. Una vez representábamos una obra que se titulaba Camarada Semivzvódni. En la escena aparecía el jardín de una finca señorial y se precisaba para él una estatua. El sexto "T" no pudo encontrar una estatua en ninguna parte, aunque recorrió todos los cementerios de la ciudad. Decidimos prescindir de la estatua. Pero, cuando descorrimos la cortina, vi con sorpresa una estatua: blanqueado hasta más no poder, Shelaputin, subido a un taburete y envuelto en una sábana, me miraba maliciosamente. Mandé correr la cortina y expulsé a la estatua del escenario con gran disgusto del sexto "T".
Los muchachos del sexto "R" se distinguían particularmente por lo concienzudo de su trabajo y su inventiva. Una vez ensayábamos Azef. Sazónoy arroja una bomba contra Pleve. La bomba debía estallar. Osadchi, el jefe del sexto "R", decidió:
-Haremos una verdadera explosión.
Como yo era quien interpretaba a Pleve, esta cuestión tenía para, mí más interés que para nadie:
-¿Cómo verdadera?
-Pues que hasta el teatro puede volar.
-Eso ya es excesivo - observé prudentemente.
-No, nada -me tranquilizó, Osadchi- todo terminará bien.
Antes de la escena de la explosión, Osadchi me enseñó los preparativos: entre bastidores habían dispuesto varios toneles vacíos, junto a cada uno de los cuales aguardaba un colono con una escopeta de dos cañones cargada más o menos como para derribar un mamut. Al otro lado de la escena había en el suelo, trozos de cristal y sobre cada uno de ellos otro colono con un ladrillo en la mano. Al fondo del escenario, frente a las salidas de los actores; había media docena de colonos. Ante ellos ardían unas velas. Los muchachos tenían en las manos unas botellas de no sé qué liquido.
-¿Qué significa este entierro?
-Esto es lo principal: los chicos tienen kerosén Cuando sea preciso, se llenarán de kerosén la boca soplarán sobre las velas. Resulta muy bien.
-¡Idos al... También puede resultar un incendio!
-Usted no tenga miedo. Únicamente procure que el kerosén no le queme los ojos, que nosotros mismos apagaremos el incendio.
Y me indicó otra fila de colonos, a cuyos pies había cubos llenos de agua. Rodeado por tres sitios de semejantes preparativos, comencé a sentir, en efecto, la condenación del desgraciado ministro y, después de reflexionar con toda seriedad, llegue a la conclusión de que como yo, personalmente, no tenía que responder de todos los crímenes de Pleve, en aso extremo me quedaba el derecho de huir a través de la sala. De todas formas, intenté una vez más moderar el espíritu concienzudo de Osadchi:
-Pero ¿es que el kerosén puede apagarse con agua?
Sin embargo, Osadchi era invulnerable: conocía ese asunto con todos los indicios de una erudición superior:
-Cuando se sopla el kerosén sobre una vela, se transforma en gas y no es preciso apagarlo. Lo que sí tendremos que apagar tal vez son otros objetos...
-¿A mí, por ejemplo?
-A usted le apagaremos en primer lugar.
Acepté mi destino: si no ardía, en todo caso me regarían de agua fría, ¡y esto con veinte grados bajo cero! Ahora bien: ¿cómo manifestar pusilanimidad ante todo el "R" mixto, que había invertido tanta energía y tanta capacidad de inventiva en presentar la explosión? Cuando Sazónov arrojó la bomba, yo tuve otra vez la oportunidad de sentirme Pleve y no lo envidié: las escopetas dispararon dentro de los toneles, los toneles retumbaron destrozando sus arcos y mis tímpanos, los ladrillos cayeron sobre los cristales, cinco bocas soplaron el kerosén sobre las velas encendidas con toda la fuerza de los pulmones jóvenes, y el escenario íntegro se transformó instantáneamente en un torbellino de humo y de fuego. Perdí la ocasión de interpretar mal mi propia muerte y me desplomé casi sin sentido bajo el trueno ensordecedor de los aplausos y los gritos entusiasmados del sexto "R" mixto. Desde arriba llovió sobre mi la ceniza negra y grasienta del kerosén. Se corrió la cortina, y Osadchi, cogiéndome por las axilas, me levantó y se interesó solícitamente:
-¿No le arde a usted nada?
Me ardía solamente la cabeza, pero guardé silencio: ¡quién sabía a lo que tendría preparado el sexto "R" mixto para tal eventualidad!
Del mismo modo volamos en barco durante un viaje afortunado hacia las costas revolucionarias de la URSS. La técnica de este suceso fue todavía más complicada. Además de simular fuego en cada ventanilla del barco, era preciso demostrar que, efectivamente, el barco volaba por los aires. Para ello, varios colonos se dedicaron detrás del barco a lanzar al aire tablas, sillas, taburetes. De antemano se habían entrenado para proteger su cabeza contra todo esas cosas, pero el capitán Piotr Ivánovich Goróvich lo pasó bastante mal. Comenzó a arderle la pasamanería de papel que llevaba en la bocamanga y fue golpeado considerablemente por los muebles al caer. A pesar de ello, lejos de quejarse, incluso debimos esperar media hora a que dejase de reír para saber a ciencia cierta si estaban o no en orden todos sus órganos capitanescos.
Algunos papeles eran realmente difíciles de desempeñar. Los colonos, por ejemplo, no admitían ningún disparo entre bastidores. Si en una obra había que matar a alguien, la víctima debía prepararse a una dura prueba. Para matarla se cogía un revólver auténtico, se retiraban las balas y todo el espacio libre, era rellenado de estopa o de algodón. En e] momento preciso se abrasaba a la víctima con un montón de fuego y, como el que, disparaba sentía siempre el entusiasmo de su papel, era inevitable que apuntase obligatoriamente a los ojos. Si había que hacer varios disparos, de acuerdo, con esa diabólica receta se llenaba todo el cargador.
El público, a pesar de todo, lo pasaba mejor: permanecía en la sala envuelto en sus pellizas de abrigo, aunque aquí y allí ardían las estufas. Lo único que se prohibía a los espectadores era roer semillas de girasol. Además, no se dejaba entrar a nadie en estado de ebriedad. En tal caso, conforme a una vieja tradición, era considerado borracho cada ciudadano en quien se descubría, por medio de investigación minuciosa, el más leve olor a alcohol. Los colonos sabían adivinar en el acto entre cientos de espectadores a los que olían así o aproximadamente así y mejor aún sabían sacarles de la fila y ponerles vergonzosamente en la puerta, desatendiendo sin consideración afirmaciones muy parecidas a la verdad:
-Palabra de honor que sólo he bebido esta mañana una jarra de cerveza.
Sobre mí, como director de escena, recaían, además, sufrimientos suplementarios, tanto en el espectáculo como antes de él. Kudlati se hacía un lío con las frases, cambiaba las palabras. Y durante la representación de El revisor de Gógol, donde yo interpretaba el papel del alcalde Antónovich, todos los muchachos empezaron a llamarme por mi nombre propio Antón Semiónovich. Los colonos trabajaron bien, pero esta confusión de los nombres al final del espectáculo me convirtió en una furia, porque incluso mis nervios resistentes fueron incapaces de soportar impresiones tan fuertes...
Amós Fiódorovich. -¿Hay que dar crédito a los rumores, Antón Semiónovich? ¿Una extraordinaria felicidad ha venido a añadirse a su vida?
Artemio Filíppovich. -Tengo el honor de felicitar a Antón Semiónovich por su extraordinaria felicidad. Me he alegrado con toda el alma al enterarme. ¡Anna Andréievna, María Antónovna!
Rastakovski. -Felicito a Antón Semiónovich. Dios le dé una larga vida a usted y la nueva pareja y le ofrezca una numerosa descendencia de nietos y bisnietos. ¡Anna Andréievna, María Antónovna!
Korobkin. -Tengo el honor de felicitar a Anton Semiónovich.
Lo peor de todo es que yo, caracterizado de alcalde, no podía de ninguna manera dar su merecido en pleno escenario a todos esos monstruos. Sólo después de la escena muda con que acababa la obra estallé entre bastidores:
-¡Malditos del diablo! ¿Qué significa esto? ¿Estáis burlándoos de mí o qué?
Los muchachos, asombrados, clavaron sus miradas en mí, y Zadórov, que hacía de jefe de correos, me preguntó:
-¿De qué se trata? ¿Qué ha pasado? Todo ha salido bien.
Por qué habéis estado llamándome todos Antón Semiónovich?
-¿Y cómo si no?... ¡Ah, sí!... ¡Demonios!... Claro, el alcalde se llama Antón Antónovich.
-¡Si en los ensayos habéis estado llamándome como es debido!...
-El diablo lo sabe... Los ensayos son una cosa distinta. Y luego, aquí uno se emociona siempre...

5. EDUCACIÓN DE KULAKS

El 26 de marzo celebramos el cumpleaños de Máximo Gorki. Solíamos celebrar otras fiestas, que alguna vez describiré en detalle. Procurábamos que a nuestras fiestas acudiese mucha gente y que las mesas estuvieran repletas, y a los colonos, si hay que decir la verdad, les encantaba celebrar fiestas y, en particular, prepararse para ellas. Pero el día del cumpleaños de Gorki tenía para nosotros un encanto especial. Ese día celebrábamos la primavera. Esta circunstancia valía por sí sola. Los muchachos instalaban las mesas engalanadas obligatoriamente en el patio para que todos tuvieran sitio en el banquete, pero, a veces, un espíritu adverso comenzaba a soplar desde el Este: granitos agudos y malignos se precipitaban sobre nosotros, el patio llenábase de charcos e inmediatamente se humedecían los tambores preparados para rendir el saludo a nuestra bandera con motivo de la fiesta. Mas era igual: el colono miraba hacia el Este, entornando los ojos, y decía:
-¡Cómo se siente ya la primavera!
Había, además, en la fiesta del cumpleaños de Gorki otra circunstancia, que habíamos establecido nosotros mismos, estimábamos profundamente y que nos gustaba mucho. Hacía ya tiempo que los colonos habían decidido festejar ese día "a todo vapor", aunque sin invitar a nadie de fuera. Si a alguien se le ocurría venir, le acogíamos del modo más cordial, precisamente por haber venido, pero en general, se trataba de una fiesta familiar de la colonia, y los forasteros no tenían nada que hacer en ella. La fiesta resultaba efectivamente, sencilla e íntima, y los gorkianos se compenetraban todavía más, aunque la fiesta, por su forma, no tenía nada de doméstica. Empezábamos con un desfile, izábamos solemnemente la bandera, fluían los discursos, y desfilábamos con la misma solemnidad ante un retrato de Gorki. Después nos sentábamos a la mesa, y -no seamos modestos- ¡a la salud de Gorki!... No, no bebíamos nada, pero comíamos; ¡Algo terrible, de qué modo comíamos! Kalina Ivánovich, al levantarse de la mesa decía:
-Yo opino que no se debe condenar a los burgueses, ¡parásitos! Después de una comida como ésta, ¿comprendes?, no hay bestia que trabaje, sin hablar ya de la gente... Para comer había: borsch, pero no un borsch corriente sino especial, un borsch como el que un ama de casa hace solamente para el santo del marido; después empanadas de carne, de col, de arroz, de requesón, de patata, de alforfón y no había empanada que cupiese en los bolsillos de los colonos; a continuación de las empanadas, cerdo asado, no adquirido en el mercado, sino de nuestras propias porquerizas, criado ya desde el otoño por el décimo destacamento especialmente para este día. Los colonos sabían cuidar ganado porcino, pero, en cuanto había que degollar a algún cerdo, todos, incluso Stupitsin, el jefe del décimo, se negaban:
-No puedo degollarlos: me dan lástima. Cleopatra era una buena cerda.
Cleopatra había sido degollada, claro está, por Silanti Otchenash. El viejo motivaba así su conducta:
-Que nuestros enemigos, degüellen a los cerdos enclenques; nosotros degollaremos a los buenos. Fíjate que historia.
Después de Cleopatra, se podía, realmente, descansar, pero en la mesa aparecían escudillas y tazones de nata y a su lado, montañas de varénikis de requesón. Y ningún colono tenía prisa por descansar. Al contrario, todo se dedicaban con la atención más profunda a los varénikis y a la nata. Y luego de varénikis, el kisel y no como en las casas señoriales, es decir, en platitos, sino en platos soperos, y nunca observé que los colonos engulleran el kisel sin ayudarse con pan o con alguna empanada. Solamente después de eso se daba por concluido el banquete. Al levantarse de la mesa, cada uno recibía un cartucho lleno de caramelos y de rosquillas. Y con este motivo Kalina Ivánovich decía muy en razón:
-¡Ah! ¡Si esos Gorkis nacieran más a menudo, qué bien se viviría!
Después de comer, los colonos no fueron a descansar; distribuyéronse por los sextos mixtos a fin de preparar la representación de Bajos Fondos, postrer espectáculo de la temporada. Kalina Ivánovich se interesaba mucho por él.
-Veremos, veremos qué es eso. He oído hablar mucho de esos fondos, pero no los: he visto. Y nunca he tenido ocasión de leer la obra.
Es preciso confesar que, en tal caso, Kalina Ivánovich exageraba mucho su casual infortunio: apenas si podía orientarse en los misterios de la lectura. Pero Kalina Ivánovich estaba aquel día de buen humor y no había que tomarla con él. La fiesta gorkiana había sido celebrada este año de un modo especial: a propuesta del Komsomol, se instituyó el título de colono. Esta reforma fue discutida largo tiempo, tanto por los colonos como por los pedagogos, pero todos acabaron coincidiendo en reconocer acertada la idea. El título de colono fue conferido únicamente a los que, en efecto, querían a la colonia y luchaban por su prosperidad. Y los que iban a la zaga, gimiendo y quejándose o, a lo sumo, adaptándose, no eran más que educandos. En honor a la verdad, no había muchos de ésos: unos veinte nada más. También los viejos empleados obtuvieron el título de colono. Y, además, se decidió que, si, en el transcurso de un año de trabajo, el empleado no obtenía el título, tenía que abandonar la colonia.
Cada colono recibió una insignia de níquel, hecha por encargo especial en Járkov. La insignia representaba un salvavidas con las iniciales MG encima, y, sobre todo ello, una estrellita roja. Durante el desfile de ese día se concedió también la Insignia a Kalina Ivánovich. Estaba muy alegre por ello y no ocultaba su satisfacción.
-Hay que ver la de años que serví a ese Nicolás II para lograr todo lo más que me considerasen húsar y ahora los harapientos me han dado una orden, ¡parásitos! Y no hay nada que oponer. Hasta es agradable, ¿comprendes? Hay que ver lo que significa el hecho de que dispongan de una potencia estatal. Andan sin pantalones, ¡pero conceden órdenes!
Le alegría de Kalina Ivánovich se vio enturbiada por la súbita aparición de María Kondrátievna Bókova. Un mes antes había sido destinada al centro regional de educación socialista y, aunque no era nuestro jefe directo, en cierto grado dependíamos de ella.
Cuando descendió del coche de punto, se sorprendió mucho al ver nuestras mesas engalanadas, ante las que terminaban de comer, los colonos que habían servido el banquete. Kalina Ivánovich se apresuró a utilizar su asombro para ocultarse sin ser visto, dejándome a mí como purgador de sus crímenes.
-¿Qué fiesta es ésta? - preguntó María Kondrátievna.
-El cumpleaños de Gorki.
-¿Y por qué no se me ha invitado?
-Este día no invitamos a nadie de fuera. Es una costumbre nuestra.
-De todas maneras, dadme de comer.
-Le daremos de comer. ¿Dónde está Kalina Ivánovich?
-¡Ah, ese terrible abuelo! ¿El colmenero? ¿El que ha huido al verme? ¿Y también usted ha participado en la fechoría? Ahora no me dejan tranquila en la delegación del Comisariado del Pueblo de Instrucción Pública. Y el comandante dice que me descontarán del sueldo unos dos años. ¿Dónde está ese Kalina Ivánovich? Llámenle.
María Kondrátievna simulaba enfado, pero yo veía que Kalina Ivánovich no corría ningún peligro serio: María Kondrátievna estaba de buen humor. Envié a un colono en busca de Kalina Ivánovich. El anciano vino enseguida, y nos saludó desde lejos.
-¡No se acerque usted más! -se echó a reír María Kondrátievna-. ¿Cómo no le da vergüenza? ¡Qué, horror!,
Kalina Ivánovich tomó asiento en un banco.
-Ha sido una buena obra -dijo.
Yo había presenciado, una semana antes, el crimen de Kalina Ivánovich. Habíamos ido a la delegación y entramos en el despacho de María Kondrátievna para resolver un asunto de poca monta. María Kondrátievna tenía un despacho enorme, con numerosos muebles de una madera especial. En medio del despacho estaba su mesa. María Kondrátievna tenía una suerte particular: alrededor de su mesa había siempre una multitud de diferentes tipos de la delegación de Instrucción Pública; con uno hablaba, otro intervenía en la conversación, un tercero escuchaba, otro decía algo por teléfono, otro escribía en una esquina de la mesa, otro leía y las manos de alguien ponían a su firma diversos papeles, y, además de todo ese núcleo, había una masa de gente que no paraba de hablar. Bullicio, humo, suciedad.
Kalina Ivánovich y yo tomamos asiento en un divancito y estábamos hablando de algo relacionado con nuestra colonia cuando irrumpió en el despacho una mujer flaca, de aspecto terriblemente disgustado, y, dirigiéndose a nosotros, nos lanzó un discurso. Haciendo un esfuerzo, comprendimos que se trataba de una casa infantil, en la que había niños y un buen, método, pero ni un mueble. Estaba claro que no era la primera vez que la mujer acudía al despacho de María Kondrátievna, porque se expresaba con suma energía y sin el menor respeto hacia la institución:
-¡Que el diablo se los lleve! ¡Han abierto una ciudad entera de casas infantiles y no dan mobiliario para ellas! ¿Dónde van a sentarse los niños? Me dijeron que viniese hoy y me darían los muebles. He traído a los chicos desde tres leguas, he traído también carros, y ahora no hay nadie, y ni siquiera sé dónde reclamar. ¿Qué orden es éste? Llevo todo un mes detrás de esos muebles, y mire usted cuántos muebles tiene ella. ¿Para quién, pregunto yo?
A pesar de que la mujer hablaba en voz alta, nadie de los que circundaban la mesa de María Kondrátievna prestó atención. Quizá con el ruido general, no lo oían. Kalina Ivánovich miró en torno suyo, golpeó el divancito con la mano y preguntó:
-En lo que yo entiendo, camarada, ¿estos muebles le sirven?
¿Estos muebles? -resplandeció la mujer-. ¡Pero si son una preciosidad!….
¿A qué aguarda entonces? -siguió Kalina Ivánovich-. Si estos muebles le sirven y están aquí sin provecho, lléveselos para sus niños.
Los ojos de la agitada mujer, que hasta aquel momento habían seguido con atención la mímica de Kalina Ivánovich, giraron de pronto en sus órbitas y de nuevo quedaron fijos en el anciano:
-¿Cómo puedo hacerlo?
-Pues muy sencillo: sacándolos y cargándolos en los carros.
-Pero, Dios mío, ¿es posible así?
-Si es por los documentos, no se preocupe usted; siempre encontrará parásitos capaces de escribir tantos papeles, que no sabrá qué hacer con ellos. Lléveselos.
-Bueno, y, si me preguntan algo, ¿quién diré que me ha autorizado?
-Diga usted que he sido yo.
-Bien, ¿entonces usted me autoriza?
-Sí, yo mismo.
¡Dios mío! -clamó, radiante, la mujer y, con la ligereza de una polilla, voló de la habitación.
Un minuto más tarde entraba de nuevo, ya en compañía de dos decenas, de muchachos. Los muchachos se arrojaron alegremente sobre las sillas, silloncitos, sillones y divanes y comenzaron a sacarlos con algún trabajo por la puerta. El estrépito rodó por todo el despacho, y María Kondrátievna reparó en él.
-¿Qué hacéis? -preguntó, levantándose de la mesa.
-Pues ya lo ve usted: sacando los muebles -respondió un muchachillo moreno, que transportaba un sillón a medias con otro camarada.
-¿Y no podéis hacerlo con menos ruido? -volvió a preguntar María Kondrátievna y se sentó para proseguir su trabajo de instrucción pública.
Kalina Ivánovich me miró decepcionado:
-¿Te das cuenta? ¿Cómo puede ser así? Estos parásitos de chiquillos van a llevárselo todo.
Yo llevaba ya bastante tiempo contemplando entusiasmado el rapto del despacho de María Kondrátievna y no me sentía con fuerza para indignarme. Dos chiquillos tiraron de nuestro divancito y nosotros les ofrecimos plena posibilidad de llevárselo también. La mujer bulliciosa, después de dar unas cuantas vueltas alrededor de sus educandos, corrió a Kalina Ivánovich, le asió la mano y se la estrechó emocionada, deleitándose con el rostro turbado y sonriente de este magnánimo varón.
-¿Cómo se llama usted? Debo saberlo. ¡Nos ha salvado usted!
¿Para qué quiere conocer mi nombre? Ahora ya sabe que no hay costumbre de rezar por la salud de uno, y aún es temprano para rezar por mi alma...
-No, dígame, dígame..
-¿Sabe? No me gusta que me den las gracias...
-Esta buena persona se llama Kalina Ivánovich Serdiuk -dije yo con sentimiento.
-¡Gracias, camarada Serdiuk, gracias!
-No vale la pena. Sólo que llévense los muebles cuanto antes, que, si no, puede venir alguien y dar contraorden.
La mujer voló en alas del entusiasmo y de la gratitud. Kalina Ivánovich se ajustó el cinturón del impermeable, carraspeó y se puso a fumar su pipa.
-¿Por qué le has dicho mi nombre? Sin decirlo, también habría estado bien. No me gusta, ¿sabes?, que me agradezcan las cosas... Sin embargo, sería interesante saber si conseguirán llevarse los muebles hasta su destino.
Los que rodeaban a María Kondrátievna se dispersaron pronto por otros locales de la delegación y nosotros obtuvimos audiencia. María Kondrátievna terminó rápidamente con nosotros, miró desconcertada en torno suyo y se interesó:
-Me gustaría saber a dónde se han llevado los muebles. Me han dejado vacío el despacho.
-Se los han llevado a un jardín de la infancia -explicó en serio Kalina Ivánovich, recostándose en el respaldo del sillón.
Sólo dos días después se puso milagrosamente en claro que los muebles habían sido retirados con autorización de Kalina Ivánovich. Nos llamaron a la delegación del Comisariado, pero no acudimos.
-¡Como que voy a ir por culpa de unas sillas! -exclamó Kalina Ivánovich-. ¿Acaso tengo pocas cosas en qué pensar?
Por todos esos motivos, Kalina Ivánovich se sentía un poco turbado.
-Ha sido una buena obra. ¿Qué hay de particular en ello?
-¿Pero cómo no le da vergüenza? ¿Qué derecho tenía usted a darles permiso?
Kalina Ivánovich giró, amable, sobre el asiento:
-Yo tengo derecho a permitirlo todo, como cualquiera. Ahora, por ejemplo, le permito a usted que se compre una finca: se lo permito y nada más. Cómpresela. Y, si quiere, puede llevársela de balde; también se lo permito.
-En tal caso, también yo puedo permitir -María Kondrátievna miró en torno suyo- que se lleven, por ejemplo, estos taburetes y estas mesas.
-Puede.
-Bueno, ¿y qué? -insistió, confusa, María Kondrátievna.
-Nada.
-¿Cómo? ¿Pueden cogerlos y llevárselos?
-¿Quiénes?
-Alguien.
-¡Je, je, je! Que pruebe. Sería interesante ver cómo saldría él mismo de aquí.
-No saldría: lo sacarían -intervino, sonriendo, Zadórov, que llevaba ya algún tiempo detrás de la silla de María Kondrátievna.
-María Kondrátievna enrojeció, miró desde abajo a Zadórov y le preguntó turbada:
-¿Usted cree?
-Zadórov mostró todos los dientes:
-Sí, eso me parece.
-¡Qué filosofía de bandidos! -exclamó María Kondrátievna-. ¿Así es como educa usted a sus muchachos? -preguntó con severidad, dirigiéndose a mí.
-Aproximadamente así...
-Pero, ¿qué educación es ésta? Han saqueado un despacho, ¿qué quiere decir esto, eh? ¿A quién educa usted? Entonces, si las cosas están mal cuidadas, uno puede llevárselas, ¿no?
Nos escuchaba todo un grupo de colonos, y en sus rostros se leía el mayor interés por la conversación. María Kondrátievna se acaloraba. En su acento yo distinguía perfectamente notas hostiles, aunque bien reprimidas, y no quería que el debate prosiguiera en ese tono.
-Sobre esta cuestión -dije apaciblemente hablaremos alguna vez con más detenimiento. Hay que tener en cuenta que se trata de un asunto complicado...
Sin embargo, María Kondrátievna no cejaba:
-¿Por qué complicado? Es muy sencillo: usted da a los muchachos una educación de kulaks.
Kalina Ivánovich comprendió que estaba seriamente irritada y se acercó a ella:
-No se enfade usted conmigo, con un viejo, pero no diga que educamos a los muchachos como a kulaks. Nuestra educación es soviética. Yo, claro, gasté, una broma: aquí, me dije, está la dueña de los muebles, se reirá y tal vez se dé cuenta de que los niños no tienen sillas. Pero la dueña ha resultado mala; ante sus propias narices se le han llevado los muebles, y ahora se dedica a buscar a los culpables y a hablar de educación de kulaks...
-¿Eso quiere decir que sus educandos obrarían también así? -preguntó, defendiéndose ya débilmente, María Kondrátievna.
-Bueno, que obren.
-¿Para qué?
-¡Hombre! Para que, por lo menos, aprendan los malos administradores.
De entre el tropel de colonos se adelantó Karabánov y tendió a María Kondrátievna un palito, al que había atado un pañuelo de un blancor níveo, como los que hoy, con motivo de la fiesta, habían sido distribuidos entre los colonos.
-Venga, levante usted bandera blanca, María Kondrátievna, y ríndase lo antes posible.
María Kondrátievna rompió a reír, con los ojos brillantes:
-¡Me rindo, me rindo, no tenéis educación de kulaks; nadie me ha engañado, me rindo, las damas de la educación socialista se rinden!
Por la noche, cuando yo, con una pelliza prestada, salía de la concha del apuntador, vi sentada en la sala vacía a María Kondrátievna. Seguía atentamente los últimos movimientos de los colonos. Tras la escena, Toska Soloviov exigía con su voz aguda de discante:
-¡Semión, Semión! ¿Has devuelto el traje? Entrégalo y después te vas.
Le contestaba la voz de Karabánov.
-¡Tósenka, hermoso! ¿Dónde tienes los ojos? ¿No ves que he hecho el papel de Satin?
-¡Ah, Satin! Entonces quédate con él como recuerdo.
En un extremo del escenario, Vólojov grita a oscuras:
-¡Galatenko, eso no sirve, hay que apagar la estufa!
-Ella misma se apagará -contesta, soñoliento y ronco, Galatenko.
-Y yo te digo que la apagues. ¿Oíste la orden? No dejar encendidas las estufas.
-¡La orden, la orden! -masculla Galatenko-. ¡Ya la apagaré!...
En el escenario, un grupo de colonos desarma las tablas del albergue de noche y alguien canturrea El sol sale y se pone.
-Hay que llevar mañana estas tablas al taller de carpintería -recuerda Mitka Zheveli y, de pronto, vocifera-: ¡Antón! ¡Eh! ¡Antón!
Entre bastidores responde Brátchenko:
-¿Qué? ¿Por qué rebuznas como un asno?
-¿Nos darás mañana un carro?
Os lo daré.
-¿Y un caballo?
-¿Es que vosotros solos no podéis?
-No tenemos bastantes fuerzas.
-¿Acaso te dan poco pienso?
-Poco.
-Ven a verme, que yo te daré.
Yo me acerco a María Kondrátievna.
-¿Dónde va dormir usted?
-Estoy esperando a Lídochka. En cuanto se quite la pintura, me llevará a su cuarto... Dígame, Antón Semiónovich, sus colonos son muy simpáticos, pero ¡esta vida es tan áspera! Con lo tarde que es, todavía están trabajando, y me imagino que estarán cansadísimos. ¿No se les puede dar algo de comer? Aunque no sea más que a los que han trabajado.
-Han trabajado todos, y para todos no basta.
-Bueno, y usted mismo, sus pedagogos, que hoy han actuado y todo ha salido tan bien, ¿por qué no se reúnen para hablar un rato y... de paso tomar cualquier cosa? ¿Por qué?
-Hay que levantarse a las seis, María Kondrátievna.
-¿Sólo por eso?
-¿Sabe usted una cosa? -pregunté yo a esta mujer bondadosa y amable-. Nuestra vida es mucho más rigurosa de lo que parece. Muchísimo más rigurosa.
María Kondrátievna se quedó pensativa. Desde el escenario saltó Lídochka:
-El de hoy ha sido un buen espectáculo, ¿verdad?

6. LAS FLECHAS DE CUPIDO

Con la fiesta de Gorki llegó la primavera. Al cabo de algún tiempo, empezamos a sentir el despertar de la primavera en cierto terreno especial.
La actividad teatral hizo que los colonos se acercasen mucho a la juventud campesina, y en algunos puntos de contacto se manifestaron sentimientos y planes no previstos por la teoría de la educación socialista. En particular, padecieron los colonos colocados por la voluntad del Soviet de jefes en el lugar de más peligro: el sexto "P" mixto, en cuyo nombre la inicial "P" se refería elocuentemente al público.
Los colonos que trabajaban en la escena formando parte del sexto "A" mixto vivían plenamente absorbidos por la vorágine del veneno teatral. Experimentaban con frecuencia en el escenario impulsos románticos, experimentaban también el amor escénico; pero precisamente por ello se vieron libres durante algún tiempo de la angustia del llamado primer sentimiento. Lo mismo ocurría en otros destacamentos sextos mixtos. En el sexto "R" los muchachos manejaban a cada paso materias extraordinariamente explosivas, y el propio Taraniets se quitaba raras veces la venda de la cabeza, deteriorada durante sus numerosos ejercicios pirotécnicos. También en este destacamento mixto el amor tardaba en arraigar: las ensordecedoras explosiones de barcos, bastiones y coches de ministros invadían por completo el alma de los colonos y no dejaban espacio para que en ella se encendiera el "fuego opaco y sombrío del deseo". Era también dudoso que semejante "fuego" pudiera prender entre los muchachos encargados de trasladar los muebles y las decoraciones porque, en este caso, la sublimación, dicho sea en lenguaje pedagógico, se efectuaba con demasiada intensidad. Incluso los muchachos de los destacamentos encargados de la calefacción, que desenvolvían su actividad entre el mismo público, estaban preservados contra las flechas de Cupido, ya que al más frívolo de los amorcillos no se le hubiera ocurrido jamás apuntar a las figuras ahumadas y grasientas de los colonos tiznados de carbón.
El colono del sexto "P" mixto estaba condenado irremediablemente. Aparecía en la sala luciendo el mejor traje de la colonia, y yo le amonestaba por el menor descuido en su atavío. Del bolsillo delantero asomaba coquetonamente la punta de un pulcro pañuelo, su peinado era siempre un modelo de elegancia, y él mismo tenía la obligación de ser cortés como un diplomático y atento como un mecánico dentista. Y, armado de tales dones, caía irremisiblemente bajo el influjo de determinados hechizos, que en Gonchárovka, en Pirogovka y en los caseríos de Volovi eran preparados más o menos según las mismas recetas que en los salones de París.
El primer encuentro a la puerta de nuestro teatro durante la comprobación de los billetes y la búsqueda de los sitios libres parecía exento de todo riesgo: para las muchachas, la silueta del dueño y organizador de estos magníficos espectáculos con tantas palabras emocionantes y tantas maravillas de la técnica aparecía orlada de un encanto supremo, casi inaccesible para el amor, hasta el punto de que los propios galanes campesinos, aun compartiendo la misma admiración, no se sentían atormentados por los celos. Pero al segundo, al tercero, al cuarto, al quinto espectáculo se repetía la historia, vieja como el mundo. Paraska, de Pirogovka, o Marusia, del caserío de Volovi, recordaban que las mejillas sonrosadas, las cejas negras, y, dicho sea de paso, no sólo las negras, los ojos luminosos, el traje de percal flamante y de hechura moderna, que cubría miradas de los valores más inapreciables, la música de la "I" italo-ucraniana, que únicamente las muchachas saben pronunciar como es debido, todo eso era, sumado, una fuerza que dejaba muy atrás no sólo las argucias escénicas de los gorkianos, sino también la técnica de toda clase, incluso la técnica norteamericana. Y, cuando todas esas fuerzas se ponían en acción, de la importancia inaccesible de los colonos no quedaba nada. Llegaba el momento en que el colono, después del espectáculo, se acercaba a mí y mentía desvergonzadamente.
-Antón Semiónovich, permítame acompañar a unas muchachas de Pirogovka; tienen miedo a volver solas.
En esta frase se encerraba una rara concentración de mentira, porque tanto para el suplicante como para mí estaba perfectamente claro que nadie temía a nadie, y que nadie necesitaba compañía, y que el plural de "muchachas" era una hipérbole, y que tampoco hacía falta permiso alguno; en caso necesario, la escolta de la asustadiza espectadora se organizaría sin permiso.
Y por eso yo concedía el permiso, superando en lo hondo de mi alma pedagógica la sensación evidente de la falta de concordancia. La pedagogía, como es sabido, niega en redondo el amor, considerando que este "dominante" debe aparecer sólo cuando el fracaso de la influencia educativa sea ya evidente en absoluto. En todos los tiempos y en todos los pueblos, los pedagogos han odiado el amor. Y también yo sentía una desagradable comezón de celos cuando uno u otro colono comenzaba a faltar a alguna reunión del Komsomol o a una asamblea general, abandonaba con aire desdeñoso los libros, renunciaba a todos las cualidades de un miembro activo y consciente de la colectividad y empezaba a reconocer con terquedad tan sólo la opinión de Marusia o de Natasha, seres incomparablemente inferiores a mí en el terreno pedagógico, político y moral. Pero yo he sido siempre un hombre inclinado a meditar y no me apresuraba a conceder ningún derecho a mis celos. Mis camaradas de la colonia y, en particular, las personalidades de la delegación de Instrucción Pública eran más decididos que yo y se sentían muy nerviosos al observar la imprevista y no planificada ingerencia de Cupido.
-Contra esto hay que luchar enérgicamente.
Esas discusiones eran siempre útiles, porque aclaraban hasta el fin la situación: había que confiar en el propio sentido común y en el sentido común de la vida. Entonces teníamos todavía poca experiencia; nuestra vida era pobre aún. Yo soñaba: si fuéramos ricos, casaría a los colonos, poblaría nuestros alrededores de komsomoles casados. ¿Acaso eso no estaría bien? Pero para ello faltaba todavía mucho. No importaba. También la vida pobre discurriría algo. No me dediqué a perseguir a los enamorados con intervenciones pedagógicas, sobre todo porque no rebasaban el marco de la decencia. En un momento de expansión, Oprishko me enseñó una fotografía de Marusia, manifestación evidente de que la vida seguía haciendo de las suyas mientras nosotros meditábamos. Por sí solo, el retrato decía muy poco. Me miraba un rostro ancho y respingón, que no añadía nada al tipo medio de las Marusias. Pero al dorso había sido escrito con una expresiva letra escolar:
"A Dmitro, de Marusia Lukashenko. Quiéreme y no me olvides".
Dmitro Oprishko, sentado en la silla, demostraba abiertamente a todo el mundo que era hombre acabado. De su airosa figura no quedaban más que restos lastimosos, y hasta el gallardo y rizado mechón había desaparecido: ahora estaba sometido a un peinado ordenado y pacífico. Sus ojos castaños, antes tan fácilmente excitables al calor de una palabra ingeniosa y del deseo de reír y de saltar, expresaban tan sólo preocupación doméstica y sometimiento al dulce sino.
-¿Qué piensas hacer?
Oprishko sonrió.
-Sin su ayuda, me será difícil. No le hemos dicho nada todavía al padre; Marusia tiene miedo. Pero, en general, el padre me trata bien.
-Bueno, esperaremos.
Oprishko se fue contento de mi despacho, guardando cuidadosamente en su pecho la fotografía de la amada.
Los amores de Chóbot marchaban mucho peor. Chóbot era un muchacho sombrío y apasionado: otras cualidades no tenía. Sus primeros pasos en la colonia se habían distinguido por un conflicto serio debido al empleo de la navaja, pero a partir de entonces se sometió enteramente a la disciplina, aunque siempre se mantuvo al margen de nuestros bulliciosos centros. Tenía un rostro inexpresivo e incoloro, que hasta en los momentos de ira parecía un poco obtuso. Asistía a la escuela por necesidad y a duras penas pudo aprender a leer. A mí me gustaba su manera de expresarse; en sus palabras escuetas se sentía siempre una grande y sencilla veracidad. Fue uno de los primeros muchachos admitidos en el Komsomol. Kóval tenía acerca de él una opinión determinada:
-No hará un informe, como agitador no sirve, pero, si se le confía una ametralladora, morirá sin abandonarla.
Toda la colonia sabía que Chóbot estaba apasionadamente enamorado de Natasha Petrenko. Natasha vivía en la casa de Musi Kárpovich, y aunque se la consideraba sobrina suya, era, en realidad, una simple jornalera. Musi Kárpovich la dejaba ir al teatro, pero ella vestía muy pobremente: una falda desgarbada, gastada ya hacía mucho por otra persona, unos zapatos torcidos, que le venían grandes, y una blusa oscura pasada de moda, con pliegues. Nunca la vimos vestida de otra manera. Aquella indumentaria hacía de Natasha un espantapájaros lastimoso, pero resultaba por ello más atrayente su rostro. En la aureola rojiza de un pañuelo de mujer, todo roto y manchado, se veía un rostro que incluso no parecía humano: tal era la expresión de pureza, de inocencia, de sonriente confianza infantil que había en él. Natasha nunca hacia visajes, nunca expresaba ira, indignación, desconfianza, sufrimiento. Lo único que sabía hacer era o escuchar seriamente, y entonces se estremecían un tanto sus espesas y negras pestañas, o sonreír de un modo franco y atento, mostrando sus dientes menudos y bonitos, uno de los cuales, en el centro, era un poco torcido.
Natasha llegaba siempre a la colonia en medio de un enjambre de muchachas, y sobre ese fondo afectadamente bullicioso resaltaba con fuerza por su carácter reservado e infantil y su buen humor.
Chóbot la recibía invariablemente y se sentaba, sombrío, junto a ella en algún banco, sin turbarla en absoluto con su hosquedad y sin cambiar nada en su mundo interior. Yo ponía en duda que esa niña pudiera amar a Chóbot, pero los muchachos me objetaban a coro:
-¿Quién, Natasha? Pero si está dispuesta a seguir a Chóbot a través del agua y del fuego y sin pensarlo siquiera.
Entonces, hablando en propiedad, no teníamos tiempo para dedicarnos a los amores. Habían llegado los días en que el sol emprendía su habitual asalto, trabajando dieciocho horas seguidas. Imitándole, también Shere acumulaba sobre nosotros tanto trabajo, que nos limitábamos a resoplar en silencio, recordando no sin amargura que todavía en otoño habíamos aprobado con gran entusiasmo en asamblea general su plan de siembra. Oficialmente, Shere tenía una rotación de seis hojas, pero, en realidad, salía algo mucho más complicado. Shere no sembraba casi cereales. En barbecho negro tenía unas siete hectáreas de trigo de otoño; a un lado se habían escondido unos pequeños campos de avena y de cebada, y a título de experimento había sembrado en un terreno no muy grande un centeno nunca visto, prediciendo que ningún campesino podría adivinar jamás de qué centeno se trataba y que no había más que "mugir".
Pero, de momento, los que "mugíamos" éramos nosotros. La patata, la remolacha, los sembrados de sandías, las coles, una plantación entera de guisantes, y todo eso de distintas clases, en las que era difícil orientarse. Con este motivo, los muchachos decían que Shere había desplegado en los campos una auténtica contrarrevolución:
-En un lugar tiene un rey, en otro un zar y, además, reinas...
Efectivamente, Shere, después de deslindar cada parcela con mojones y vallas de rectitud ideal, había colocado en todas partes unos postes con placas de madera, donde escribía lo que se había sembrado y cuánto. Los colonos -probablemente los encargados de cuidar los cultivos contra los cuervos- pusieron una mañana sus propias inscripciones en esos carteles, hiriendo profundamente a Shere con su proceder. Shere exigió con carácter de urgencia una convocatoria del Soviet de jefes y de un modo inusitado para nosotros gritó:
-¿Qué burlas, qué tonterías son éstas? Yo doy a esas especies el nombre que tienen en todas partes. Si es aceptado generalmente que esta especie se llame "rey de Andalucía", porque así se llama en todo el mundo, ¿cómo voy a darle yo otro nombre? ¡Lo que habéis hecho es una bribonada! ¿Para qué habéis puesto "general Remolacha", "coronel Guisante"? ¿Y qué significa eso de "capitanes Sandías" y "alféreces Tomates"?
Los jefes sonreían sin saber qué hacer con toda esa camarilla y preguntaban concretamente:
-¿Quién es el autor de esta cochinada? Hace poco eran reyes y ahora son simples capitanes, el diablo sabe qué...
Los muchachos no podían reprimir una sonrisa, aunque tenían un poco de miedo a Shere.
Silanti comprendió la intensidad del conflicto y trató de moderarlo:
-Fíjate qué historia: un rey que puede ser comido por las vacas, no es peligroso. Puede seguir siendo rey.
También Kalina Ivánovich estaba de parte de Shere:
-¿Por qué razón os habéis alborotado? ¿Queréis mostrar lo revolucionarios que sois y que estáis dispuestos a luchar contra los reyes, a cortarles la cabeza a los parásitos? ¿Por qué os inquietáis? Os daremos cuchillos y vais a cortar hasta que sudéis a cántaros.
Los colonos sabían qué significaba "cortar" y acogieron las palabras de Kalina Ivánovich con profunda satisfacción. Así terminó el asunto de la contrarrevolución en nuestros campos; y cuando Shere plantó frente a nuestra casa doscientos arbustos de rosas criadas en el invernadero y puso un cartelito: "Reina de las nieves", no hubo un solo colono que protestase. Únicamente Karabánov dijo:
-Que sea reina y el diablo se la lleve, con tal de que huela bien.
Lo que más nos atormentaba era la remolacha. Hablando honradamente, la remolacha es un cultivo detestable: tan sólo es fácil de sembrar, pero después comienza una verdadera histeria. Apenas asoma sobre la tierra -y asoma lenta y pausada-, ya hay que escardarla. La primera escarda es todo un drama. La joven remolacha, para el novato, no se distingue en absoluto de las malas hierbas, y por ello Shere reclamaba para este trabajo a los colonos mayores.
-Pero, ¿cómo? -decían los colonos mayores-. ¡Escardar la remolacha! ¡Como si no hubiéramos ya escardado bastante!
Ha concluido la primera escarda, la segunda, y cuando todos sueñan con ir a las coles, a los guisantes y huele ya a la siega del heno, de pronto leemos en la petición dominical de Shere esta modesta demanda: "¡Cuarenta personas para aporcar la remolacha!"
Vérshnev, el secretario del Soviet, lee irritado la insolente línea y aporrea la mesa con el puño:
-Pero, ¿qué es eso? ¿Otra vez la remolacha? ¡Cuándo terminará la maldita!... ¿A lo mejor nos ha dado usted por error una petición vieja?
-Es una petición nueva -responde tranquilamente Shere-. Cuarenta personas y de las mayores, por favor.
María Kondrátievna, que vive en una jata, cerca de nosotros, asiste a la reunión del Soviet. Los hoyuelos de sus mejillas contemplan coquetones a los indignados colonos..
-¡Qué chiquillos tan vagos sois! Y en el borsch os gusta la remolacha, ¿verdad?
Semión inclina la cabeza y declama expresivamente:
-En primer lugar, la remolacha es forrajera, ¡así se hunda! En segundo lugar, venga usted con nosotros a aporcar. Si nos hace usted este favor y trabaja con nosotros aunque no sea más que un día, entonces, yo, para que vea, formo un destacamento mixto y trabajo en la remolacha hasta que enterremos a la maldita.
En busca de ayuda, María Kondrátievna me sonríe y señala a los colonos:
-¡Cómo son! ¡Cómo son!...
María Kondrátievna está de vacaciones. Por eso se la puede ver también de día en la colonia. Pero durante el día la colonia está aburrida; los muchachos vienen sólo a la hora de comer, negros, polvorientos, tostados. Después de arrojar los azadones en el rincón de Kudlati, vuelan a galope como la caballería de Budionny por la abrupta pendiente, desabrochándose de paso las cintas de los calzones, y a los pocos segundos el Kolomak hierve en la ardiente ebullición de sus cuerpos, gritos, juegos y fantasías de toda clase. Las muchachas pían desde los arbustos de la orilla:
-¡Bueno, basta ya, marchaos! ¡Chicos, vamos, chicos! Ahora nos toca a nosotras.
El de guardia, con el rostro preocupado, pasa a la orilla, y los muchachos enfundan sus cuerpos húmedos en los calzones todavía calientes. Luego, con los hombros constelados de gotas brillantes de agua, se reúnen ante las mesas instaladas alrededor de la fuente, en el viejo jardín. Aquí hace tiempo que les espera María Kondrátievna, el único ser de la colonia que conserva una piel blanca humana y unos cabellos no quemados. Por eso, entre nosotros parece especialmente delicada, y hasta Kalina Ivánovich no puede dejar de observar esa circunstancia:
-Es una mujer muy guapa, ¿sabes? y aquí se pierde sin provecho. Tú, Antón Semiónovich, no la mires teóricamente. Ella te mira como a una persona, y tú, lo mismo que un mujik, no le haces caso.
-¡Cómo no te da vergüenza! -reproché a Kalina Ivánovich-. No faltaba más que eso: que también yo me dedicase a las aventuras amorosas en la colonia.
-¡Eh, tú! -carraspeó senilmente Kalina Ivánovich, encendiendo su pipa-. Siempre serás un tonto en la vida, ya lo verás...
Yo no tenía tiempo de efectuar un análisis teórico y práctico de las cualidades de María Kondrátievna, tal vez por eso ella no hacía más que invitarme a tomar el té y se ofendía mucho conmigo cuando yo le aseguraba cortésmente:
-Palabra de honor, no me gusta el té.
Un día, después de la comida, una vez que los colonos se dispersaron por sus lugares de trabajo, María Kondrátievna y yo seguimos un rato junto a las mesas, y ella me dijo con afectuosa sencillez:
-¡Óigame, Diógenes Semiónovich! Si esta noche no viene usted a verme, le consideraré simplemente como un mal educado.
-¿Y qué tiene usted? ¿Té? -pregunté yo.
-Tengo helado, ¿comprende?, no té, sino helado... Lo haré especialmente para usted.
-Bueno -accedí yo, haciendo un esfuerzo-, ¿a qué hora debo ir a tomar el helado?
-A las ocho.
-No puedo: a las ocho y media tengo los partes de los jefes.
-¡Vaya una víctima de la pedagogía!... Bueno, venga a las nueve.
Pero a las nueve, inmediatamente después de escuchar los partes, cuando estaba en el despacho y me abrumaba la idea de tener que ir al helado y de no haber encontrado tiempo para afeitarme, llegó corriendo Mitka Zheveli y me gritó:
-Antón Semiónovich, venga usted, venga...
-¿Qué ocurre?
Los muchachos han traído a Chóbot y a Natasha. Ese abuelo, ¿cómo se llama?... ¡ah!, Musi Kárpovich...
-¿Dónde están?
-Allí, en el jardín...
Corrí al jardín. En la avenida de las lilas estaba Natasha en un banco, toda asustada. La rodeaba una multitud de muchachos y de mujeres de la colonia. Los muchachos, en grupos a lo largo de toda la avenida, hablaban de algo. Karabánov peroraba:
-¡Bien hecho! Lástima que no haya matado a ese bicho...
Zadórov tranquilizaba al trémulo y lloroso Chóbot:
-No ha pasado nada terrible. Ya verás, ahora vendrá Antón y él lo arreglará.
Interrumpiéndose el uno al otro, los muchachos me contaron lo siguiente:
Natasha no había puesto a secar unas piezas de tela -sin duda, se le había olvidado-, Musi Kárpovich decidió castigarla y ya la había golpeado dos veces con unas riendas, cuando entró Chóbot en la jata. Era difícil precisar qué había hecho -Chóbot callaba-, pero a los gritos desesperados de Musi Kárpovich se congregaron los vecinos del caserío y una parte de los colonos y encontraron medio muerto al dueño, ensangrentado y escondido en un rincón. En la misma triste situación se hallaba uno de los hijos de Musi Kárpovich. El propio Chóbot, en el centro de la jata, "rugía como un perro", según la expresión de Karabánov, Natasha apareció más tarde en casa de unos vecinos.
Con motivo de todos esos sucesos hubo negociaciones entre los colonos y los vecinos del caserío. Ciertos indicios daban a entender que durante las negociaciones habían sido empleados los puños y otros medios de defensa, pero los muchachos, sin decir nada acerca de ello, relataban de un modo épico y emocionante:
-Nosotros, ¿sabe? no hicimos nada de particular... practicamos la cura de urgencia como es debido en casos de accidente, y Karabánov dijo a Natasha: "Vamos, Natasha a la colonia: tú no tengas miedo a nada, encontraremos buena gente, en la colonia arreglaremos este asunto".
Yo invité a los participantes a entrar en mi despacho.
Natasha contemplaba seriamente con los ojos muy abiertos el ambiente nuevo para ella, y sólo en los imperceptibles movimientos de su boca y en la lágrima solitaria que enfríabase en su mejilla se podía discernir en ella huellas de susto.
-¿Qué hacer? -dijo apasionadamente Karabánov- Hay que terminar este asunto.
-Vamos a terminarlo -asentí.
-Casarlos -sugirió Burún.
Yo repuse:
-Para casarlos siempre hay tiempo; esto no es cosa de hoy. Tenemos derecho a admitir a Natasha en la colonia. ¿No se opone nadie?... ¡Más bajo! ¿Por qué chilláis? Tenemos sitio para la muchacha. Kolka, da mañana una orden incluyéndola en el quinto destacamento.
-¡A la orden! -vociferó Kolka.
Natasha arrojó de repente su terrible toquilla, y sus ojos refulgieron como una hoguera al viento. Se acercó corriendo a mí y rompió a reír con alegría, como no ríen más que los niños.
-¿Es posible? ¿En la colonia? ¡Oh, gracias, muchísimas gracias!
Los muchachos ocultaron entre risas su profunda emoción. Karabánov golpeó el piso con el pie:
-Muy sencillo. Tan sencillo que... ¡maldito sea!... Naturalmente, en la colonia. ¡Que se atrevan a tocar a un colono!
Las muchachas se llevaron alegremente a Natasha a su dormitorio. Los muchachos estuvieron bullendo todavía mucho tiempo. Chóbot, sentado frente a mí, me agradeció:
-Jamás se me habría ocurrido tal solución... Gracias por haber defendido a una persona tan insignificante... Y en cuanto a casarnos, eso es secundario... Hasta muy entrada la noche estuvimos discutiendo lo sucedido. Los muchachos relataron algunos casos semejantes. Silanti expuso su opinión, las muchachas trajeron a Natasha vestida de educanda para que yo la viese y resultó que Natasha no tenía nada de novia: era una niña pequeña y delicada. Después llegó Kalina Ivánovich y dijo, resumiendo la jornada:
-Basta ya de atizar el fuego. Si a una persona no le quitan la cabeza, quiere decir que sigue viviendo y, por lo tanto, todo irá bien. Vamos a dar una vuelta por el prado... Verás cómo esos parásitos han puesto las parvas, que ojalá los pongan así a ellos en el ataúd cuando se mueran.
Era más de media noche cuando Kalina Ivánovich y yo nos dirigimos al prado. La noche, tibia y silenciosa, escuchaba atentamente lo que Kalina Ivánovich me refería por el camino. Los álamos, aristocráticamente educados, esbeltos, conservando su eterno amor a las filas rectas, montaban la guardia de nuestra colonia y también pensaban en algo. Tal vez se sentían asombrados de que todo en torno suyo hubiese cambiado tanto: se habían alineado para guardar la finca de los Trepke y ahora tenían que guardar la colonia Gorki.
En medio de un grupo aislado de álamos estaba la jata de María Kondrátievna. Nos miraba directamente con sus negras ventanas. De pronto, una de las ventanas se abrió sin ruido y de ella saltó un hombre. Venía ya hacia nosotros cuando, después de detenerse un instante, echó a correr hacia el bosque. Kalina Ivánovich interrumpió su relato acerca de la evacuación de Mírgorod en 1918 y me dijo tranquilamente:
-Es ese parásito de Karabánov. ¿Ves?, él no mira las cosas teórica, sino prácticamente. Y tú has quedado en ridículo, aunque eres un hombre instruido...

7. REFUERZOS

Musi Kárpovich vino a la colonia. Pensábamos que iría a comenzar un litigio acerca de las libertades excesivas que el irritado Chóbot se había permitido con su cabeza. Y, en realidad, Musi Kárpovich llevaba la cabeza demostrativamente vendada y hablaba con una voz, que no parecía que fuera Musi Kárpovich, sino un cisne agonizante. Pero sobre el tema que nos tenía preocupados se expresó pacíficamente y con cristiana sumisión:
-No he venido por lo de la chiquilla. Es por otro asunto. No vengo a reñir con vosotros. ¡Dios me libre! Que así sea... Quiero tratar con vosotros acerca del molino. Vengo de parte del Soviet rural a proponeros un buen asunto.
Kóval miró, cejijunto, a Musi Kárpovich:
-¿Acerca del molino?
-Claro. Vosotros estáis gestionando el arriendo del molino, ¿no? Y también el Soviet rural ha presentado una solicitud en el mismo sentido. Entonces, nosotros pensamos así: como vosotros sois el Poder soviético, y el Soviet rural también es el Poder soviético, no puede ocurrir que vosotros vayáis por un lado y nosotros por otro...
-¡Ah! -dijo Kóval con un matiz de ironía..
Así comenzó en la colonia un breve período diplomático. Yo persuadí a Kóval, y a los muchachos de que se pusieran los fracs diplomáticos y las corbatas blancas, y Luká Semiónovich y Musi Kárpovich pudieron presentarse durante algún tiempo en el territorio de la colonia sin peligro para su vida.
En aquel periodo, la colonia estaba muy preocupada por la compra de caballos. Nuestros famosos trotadores envejecían a ojos vistas. Incluso al Pelirrojo había comenzado a salirle una barba senil, y en cuanto al Malish, el Soviet de jefes lo había transferido ya a la situación de inválido con pensión y todo: el Malish obtuvo a perpetuidad un lugar fijo en la cochera y una ración de avena y se le podía enganchar solamente con mi autorización. Shere había desdeñado siempre a la Banditka, a la Mary y al Korshun y decía:
-Una hacienda buena es la que tiene buenos caballos, pero si los caballos son una porquería, la hacienda también lo es.
Antón Brátchenko, que se había enamorado sucesivamente de todos nuestros caballos, aunque siempre había preferido al Pelirrojo, ahora, bajo la influencia de Shere comenzó a soñar con cierto caballo futuro, que esperaba ver aparecer de un momento a otro en su reino. Kalina Ivánovich, Shere, Brátchenko y yo no dejábamos pasar ninguna feria, vimos millares de caballos, pero no logramos comprar ninguno. Unas veces los caballos eran malos, iguales a los que teníamos; otras veces nos pedían mucho; otras veces era Shere quien descubría en el caballo alguna enfermedad oculta o un defecto. A decir verdad, en las ferias no había buenos caballos. La guerra y la Revolución, habían acabado con las familias equinas de raza y aún no habían aparecido los caballos de la nueva remonta. Antón volvía de las ferias casi ofendido:
-¿Cómo es posible? No hay caballos. Y si necesitamos un buen caballo, un verdadero caballo, ¿qué vamos a hacer? ¿Pedírselo a los burgueses o qué?
Kalina Ivánovich recordaba sus viejos tiempos de húsar y gustaba de inmiscuirse en la cuestión caballuna, y hasta Shere confiaba en sus conocimientos, traicionando en este caso sus eternos celos. Un día, Kalina Ivánovich se expresó así en un círculo de gente entendida:
-Dicen los parásitos, Luká y el Musi ese, que los campesinos de los caseríos tienen buenos caballos, pero que no quieren llevarlos a las ferias. Les da miedo.
-No es verdad -objetó Shere-, no tienen buenos caballos. Tienen caballos como los que hemos visto. Dentro de poco conseguiremos buenos caballos de los centros de remonta, pero ahora es pronto aún.
-Pues yo le digo que hay -seguía afirmando Kalina Ivánovich-. Luká lo sabe; ese hijo de perra conoce todos los alrededores. Y, además, ¿dónde va a haber un buen animal más que en las casas ricas? Y, en los caseríos, los campesinos son ricos. Ese parásito está ahí agazapado, cría un potrito y el muy canalla lo guarda en secreto. Es decir, tiene miedo a que se lo quiten. Pero, si vamos, podemos comprarlo...
Yo también decidí la cuestión sin el menor indicio de ideología.
-El próximo domingo iremos a ver. Tal vez podamos comprar algo.
Shere asintió:
-¿Y por qué no ir? Por supuesto, no compraremos ningún caballo, pero podemos darnos un paseo. Veré qué trigo tienen esos "amos ricos".
El domingo enganchamos el faetón y nos balanceamos por los suaves caminos vecinales. Dejamos atrás Gonchárovka, cruzamos la carretera de Járkov, nos arrastramos por un pinar lleno de arena y llegamos, en fin, a cierto reino, donde no habíamos estado jamás.
Desde una meseta suave y ondulada se ofreció a nuestra vista un paisaje bastante agradable. De horizonte a horizonte extendíase una llanura como nivelada. No asombraba por su variedad; tal vez en esta misma sencillez había también algo bello. El llano estaba sembrado espesamente de trigo; olas doradas, de un dorado verdoso o amarillento, se agitaban, amplias, en derredor, subrayadas a veces por las manchas intensamente verdes del mijo o por algún campo abigarrado de alfordón. Y sobre ese fondo de oro habían sido dispuestos con inverosímil uniformidad grupos de jatas blancas como la nieve, rodeadas de bajos jardincillos disformes. Junto a cada grupo de jatas, uno o dos árboles: sauces, pobos, muy raras veces álamos, y sandiares con su choza de un marrón sucio. Todo eso se atenía a un estilo riguroso; el artista más exigente no hubiera podido descubrir aquí ni una sola pincelada falsa.
También a Kalina Ivánovich le gustó el cuadro.
-¿Ven cómo viven los amos ricos? Aquí vive gente ordenada.
-Sí -accedió Shere de mala gana
-Venga, vamos a entrar aquí -propuso Kalina Ivánovich.
Antón torció por un sendero cubierto de hierba hacia una puerta primitiva hecha de tres finos troncos de sauce, atados con ligaduras de corteza. Un can gris, todo despellejado, se deslizó de debajo de un carro y ladró con una voz ronca, venciendo difícilmente su pereza. De la jata salió el dueño y, sacudiéndose algo de su barba despeinada, fijó su vista con asombro y un poco de miedo en mi indumentaria semimilitar.
-¡Buenos días, patrón! -saludó alegremente Kalina Ivánovich-. ¿De vuelta de la iglesia, eh?
-Voy poco a la iglesia -respondió el dueño con la misma voz ronca y perezosa que el guardián de sus bienes-. La mujer alguna que otra vez... ¿De dónde son ustedes?
Venimos a tratar un buen negocio: la gente dice que en su casa se puede comprar un buen caballo, ¿eh?
El campesino trasladó su mirada a nuestro faetón. La pareja poco armónica del Pelirrojo y de la negra Mary le tranquilizó, por lo visto.
-¡Qué decirles! ¡De caballos buenos, ni hablar! Pero tengo un caballejo de tres años. Tal vez les sirva.
Se fue a la cochera y sacó del rincón más profundo una yegua de tres años, alegre y cebada.
-¿No la ha enganchado usted? -preguntó Shere.
-Enganchar para ir a algún sitio, no la he enganchado; pero he montado en ella. Sirve. Corre bien. Otra cosa no puedo decir.
-No -dijo Shere-, es joven para nosotros. La necesitamos para trabajar.
-Joven, joven -asintió el dueño-. Pero con buenos amos puede crecer. Así es. Yo la he cuidado tres años. La he cuidado bien, como pueden ver ustedes.
La yegua estaba, efectivamente, bien cuidada: brillante, la piel limpia, las crines peinadas. En todos los terrenos era más pulcra que su educador y dueño.
-Y, por ejemplo, ¿cuánto vale esta yegua, eh? -preguntó Kalina Ivánovich.
-Según veo, quieren comprarla buenos amos. En este caso, si pagan un buen convite, serán seiscientos.
Antón se quedó mirando a lo alto de un sauce y, por fin, al darse cuenta del precio, exclamó:
-¿Cuánto? ¿Seiscientos rublos?
-Seiscientos -repitió modestamente el campesino.
-¿Seiscientos rublos por esta m...? -gritó Antón, incapaz de contener la ira.
-¡La m... serás tú, mocoso! Primero cría un caballo y después habla.
Kalina Ivánovich intervino conciliador:
-No se puede decir que sea una m... La yegua es buena, sólo que no nos sirve.
Shere sonrió en silencio. Montamos en el faetón y proseguimos nuestro viaje. El can gris nos despidió con los mismos ladridos, y el dueño, al cerrar la puerta, ni siquiera nos acompañó con la mirada.
Visitamos una decena de caseríos. En casi todos ellos había caballos, pero no compramos nada.
Volvimos ya al anochecer. Shere había dejado ya de contemplar los campos y meditaba, reconcentrado, en algo. Antón reñía al Pelirrojo, hostigándole continuamente con el látigo y diciéndole:
-¿Estás tonto o qué? ¿Nunca has visto matorrales?...
Kalina Ivánovich contemplaba con rabia las matas de ajenjo que bordeaban el camino y no hacia más que gruñir:
-Fíjate si son malos esos parásitos. Va gente a verles, no importa que compren o no, pero hay que ser humanos, hay que ser hospitalarios, ¡miserables! Bien puede ver el parásito que la gente está de viaje desde por la mañana, y hay que darle de comer, lo que se tenga, borsch, aunque sea patatas... Tú fíjate: ni siquiera se peina la barba, pero por un jamelgo sarnoso quiere seiscientos rublos. "Lo he criado". Y seguramente no lo ha criado él... ¿Has visto cuántos braceros hay por allí?
Yo había visto a esos seres harapientos y silenciosos que se mantenían inmovilizados por el susto junto a cobertizos y cocheras y observaban ávidamente el insólito acontecimiento: la llegada de gente de la ciudad. Estaban estupefactos por la rara concentración de tantas personas distinguidas en un solo patio. A veces, esos mudos personajes sacaban de la cochera a los caballos y tendían tímidamente las riendas al amo; a veces, incluso daban palmadas en las ancas del caballo, expresando así quizá su amor al ser vivo a que estaban acostumbrados.
Por fin. Kalina Ivánovich calló y se puso a fumar con irritación su pipa. Sólo a la misma entrada de la colonia dijo alegremente:
-¡Nos han matado de hambre los parásitos del diablo!...
En la colonia encontramos a Luká Semiónovich y a Musi Kárpovich. Luká se asombró mucho al conocer el fracaso de nuestra expedición y protestó:
-¡Es imposible que haya ocurrido eso! Ya que yo se lo he dicho a Antón Semiónovich y a Kalina Ivánovich, así será. Usted, Kalina Ivánovich, no se disguste, porque no hay nada peor que cuando un hombre tiene mal los nervios. La semana que viene iremos juntos. Sólo que vale más que no venga Antón Semiónovich, porque tiene un aspecto... ¡je, je, je!... tan bolchevique, que la gente se asusta.
El domingo siguiente, Kalina Ivánovich se fue a los caseríos con Luká Semiónovich, que había traído su caballo. Brátchenko se mostraba frío y pesimista y bromeó pérfidamente al despedirles:
-Llévense aunque no sea más que pan para el camino; si no, van a morirse de hambre.
Luká Semiónovich se atusó la bellísima barba pelirroja sobre la camisa bordada de los días de fiesta y sonrió golosamente con sus labios sonrosados:
-¿Cómo es posible, camarada Brátchenko? Vamos a ver gente. ¿Cómo podemos llevar pan? Hoy comeremos verdadero borsch y cordero, y tal vez alguien nos invite a empanadas.
Guiñó un ojo a Kalina Ivánovich, que le escuchaba sumamente interesado, y tiró de las riendas pintadas de color rojo oscuro. El caballo, ancho y cebado, arrancó en seguida bajo el arco muy abierto, arrastrando el coche, bien hecho, profusamente guarnecido de hierro.
Al anochecer, todos los colonos, como a una señal de alarma, se congregaron para ver un fenómeno inesperado: Kalina Ivánovich regresaba triunfador. Seguía al coche el caballo de Luká Semiónovich y venía enganchada una hermosa y grande yegua tordilla. Tanto en Kalina Ivánovich como en Luká Semiónovich se advertían las huellas de la buena acogida que les habían dispensado los dueños de los caballos; Kalina Ivánovich salió difícilmente del coche, procurando por todos los medios que los colonos no observaran esas huellas. Karabánov ayudó a Kalina Ivánovich:
-Entonces, ¿ha habido convite?
-¡Y cómo no! ¿No ves qué animal?...
Kalina Ivánovich daba palmadas en la grupa enorme de la yegua. El animal era, efectivamente, magnífico: piernas peludas y potentes, buena talla, pecho gigantesco, una figura airosa y gallarda. Incluso Shere no pudo descubrir en la yegua ningún defecto, aunque invirtió mucho tiempo en reconocer su vientre y a cada instante le pedía con una voz alegre y tierna:
-La patita, dame la patita...
Los muchachos aprobaron la compra. Burún, entornando seriamente los ojos, examinó la yegua por todos lados y opinó:
-Por fin tenemos en la colonia un caballo como es debido.
También a Karabánov le gustó la yegua:
-Sí, es un animal bien cuidado. Vale quinientos rublos. Si tuviéramos una docena de caballos semejantes, podríamos comer empanadas.
Brátchenko recibió a la yegua con cariñosa atención, andaba alrededor de ella y chascaba la lengua de gusto, asombrándose con alegre animación de su fuerza enorme y tranquila, de su carácter confiado y pacífico. Ante el muchacho se abrían perspectivas, y empezó a exigir tenazmente de Shere:
-Necesitamos un buen macho. Tendremos remonta propia, ¿comprende usted?
Shere comprendía; miraba con aire serio y aprobatorio a Zorka (así se había bautizado a la yegua) y decía entre dientes:
-Buscaré un potro. Tengo pensado un sitio. En cuanto recojamos el trigo, iré.
En aquel tiempo, el trabajo transcurría en la colonia desde por la mañana hasta la puesta del sol, siguiendo rítmicamente los raíles lisos y exactos trazados por Shere. Los destacamentos mixtos de los colonos, bien grandes, bien pequeños, bien integrados por los muchachos mayores, bien deliberadamente por los pequeños, armados bien con azadones, bien con guadañas o rastrillos, bien con sus propias manos, iban al campo y regresaban con la precisión del horario de un tren rápido, brillando de risas y de bromas, de ánimo y de seguridad en sí mismos, sabiendo hasta el fin qué había que hacer, dónde y cómo. A veces, Olia Vóronova, nuestra ayudante de agrónomo, llegaba del campo y, entre trago y trago de agua, decía en el despacho al jefe de guardia:
-Hay que mandar ayuda al quinto mixto.
-¿Qué pasa?
-Andan retrasados con las gavillas... hace calor.
-¿Cuántos hacen falta?
-Unos cinco. ¿Hay niñas?
-Queda una.
Olía se seca los labios con la manga y se va. El jefe de guardia se dirige con un block de notas en la mano al estado mayor del destacamento mixto de reserva, instalado desde por la mañana a la sombra de un peral. En pos del jefe de guardia corre, dando unos pequeños y cómicos pasitos, el corneta de guardia. Un minuto más tarde bajo el peral resuena el corto staccato de asamblea del destacamento de reserva. De entre los arbustos, del río, de los dormitorios, salen corriendo los muchachos; junto al peral se reúne un círculo, y un minuto más tarde cinco colonos dirígense rápidamente al campo de trigo.
Hablamos admitido ya a un refuerzo de cuarenta muchachos. Los colonos les dedicaron un domingo íntegro: los lavaron, los vistieron, los distribuyeron en destacamentos. No aumentamos el número de destacamentos. Simplemente trasladamos nuestros once destacamentos a la casa roja, dejando en cada uno de ellos un número determinado de puestos. Por eso, los novatos, bajo la influencia de los viejos colonos, se sienten orgullosamente "gorkianos", pero aún no saben andar, "trepan", como dice Karabánov.
Los novatos son todos jóvenes, de trece a catorce años, y hay algunos morritos muy agradables, singularmente simpáticos cuando el chico acaba de salir del baño con el rostro todo colorado y luciendo los nuevos calzones de satín; y si los pequeños no tienen muy bien cortado el pelo, Belujin explica:
-Hoy se lo han cortado ellos mismos; así que, como usted comprenderá, no está muy bien... Esta tarde vendrá el peluquero y lo arreglaremos...
El refuerzo anda unos dos días por la colonia con las pupilas dilatadas, absorbiendo todas las nuevas impresiones. Entran en la porqueriza y miran sorprendidos al severo Stupitsin. Antón no habla con los nuevos. Para él es una cuestión de principio.
-¿A qué venís? -les pregunta-. Vuestro puesto, por ahora, está en el comedor.
-¿Y por qué en el comedor?
-¿Y qué es lo que sabes hacer? Tú no sabes más que comer pan.
-No, yo trabajaré.
-Ya sabemos cómo trabajáis; hay que poner dos vigilantes detrás de ti. ¿Verdad?
-Pues el jefe dice que pasado mañana iré a trabajar; ya verás entonces.
-¡Pues sí que hay que ver! ¿No os he visto ya? ¡Ay, qué calor! ¡Ay, quiero beber! ¡Ay, papá:
-¡ay, mamá!...
Los novatos sonríen confusos:
-¡Qué mamá!... ¡Nada de eso!
Pero ya al anochecer del primer día Antón empieza a sentir simpatía por algunos. Por no se sabe qué procedimiento elige a los aficionados a los caballos. De pronto, vemos que por un camino corre ya hacia el campo el barril del agua. En lo alto del barril va sentado Petka Zadorozhni, un nuevo gorkiano, conduciendo al Korshun, mientras desde la puerta de la cochera le llueven recomendaciones:
-No arrees al caballo, no le arrees. No vas a apagar ningún fuego.
A los dos días, los novatos forman en los destacamentos mixtos, tropiezan y gimen en aquel trabajo inusitado para ellos, pero la fila de colonos pasa sin detenerse por el patatar, casi sin alterar la línea, y al novato le parece que también él va a la altura de los demás. Sólo una hora después advierte que para cada dos nuevos se ha asignado un surco de patatas, mientras que los viejos colonos tienen cada uno un surco. Todo bañado en sudor, pregunta en voz baja al vecino:
-¿Terminaremos pronto?
Hemos recogido el trigo. En la era ha comenzado el ajetreo alrededor de la trilladora. Shere, sucio y sudoroso como todos, comprueba los engranajes y examina la parva preparada para la trilla.
-Pasado mañana comenzaremos a trillar y mañana iremos por el caballo.
-Iré yo -dice con precaución Karabánov, mirando a Antón Brátchenko.
-Ve tú, si quieres -accede Antón-. ¿Y el potro es bueno?
-No está mal -responde Shere.
-¡Lo ha comprado usted en el sovjós?
-En el sovjós.
-¿Cuánto?
-Trescientos.
-Barato.
-¡Ya lo creo!
-Entonces, ¿es Soviético? -pregunta Kalina Ivánovich, mirando la trilladora-. ¿Y por qué está ese elevador tan alto?
-Es soviético -contesta Shere-. No está alto; la paja es ligera.
El domingo se descansó, los muchachos se bañaron, pasearon en lancha, se dedicaron a los novatos, y, al anochecer, toda la aristocracia, como siempre, se congregó en el umbral de la casa blanca, aspirando el aroma de las "reinas de las nieves" y asombrando a los novatos, agazapados en un lado, con el relato de diversas historias.
De pronto, tras una esquina del molino, levantando polvo y girando bruscamente ante una vieja caldera abandonada, un jinete apareció a galope. Semión, a lomos de un caballo dorado, volaba derecho hacia nosotros, y todos nos callamos súbitamente y contuvimos el aliento: cosas así habíamos visto tan sólo en los cuadros, en las ilustraciones de los cuentos y de La terrible venganza. El caballo llevaba ahora a Semión a un trote libre y ligero, aunque, al mismo tiempo, impetuoso, agitando una cola amplia y rica y sacudiendo al viento sus crines esponjosas, bañadas en una luz áurea. Estupefactos, apenas pudimos advertir en su movimiento nuevos e impresionantes detalles: un cuello potente arqueado en una línea altiva y graciosamente caprichosa, y unas patas finas, que movía con gallardía al andar.
Semión detuvo al caballo ante nosotros y atrajo hacia el pecho su cabeza pequeña y hermosa. Los ojos del caballo, negros, ardientes, inyectados en sangre por los extremos, se clavaron de improviso en lo más hondo del corazón del turbado Antón Brátchenko. Antón se llevó las manos a las orejas, prorrumpió en una exclamación y preguntó, estremeciéndose:
-¿Es nuestro? ¿Qué? ¿Este potro es nuestro?
-Nuestro -contestó orgullosamente Karabánov.
-¡Baja de él ahora mismo! -vociferó dé pronto Antón-. ¿Qué haces ahí sentado? ¿Te ha parecido poco? ¡Mira cómo lo has dejado de jadeante! ¡No es un jamelgo de aldea!
Y, apoderándose de las riendas, Antón remitió la orden con los ojos brillantes de cólera.
Semión se apeó.
-Comprendo, hermano, comprendo. Quizá únicamente Napoleón ha tenido alguna vez un caballo parecido.
Antón, como impulsado por el viento, se subió al caballo y le dio unas palmadas cariñosas en el cuello. Después se volvió confuso y se secó los ojos con la manga. Los muchachos se echaron a reír discretamente. Kalina Ivánovich sonrió, carraspeó y sonrió otra vez.
-No se puede oponer nada. Es un caballo que... Incluso diré más: es demasiado para nosotros. Sí... nos lo echarán a perder.
-¿Quién nos lo echará a perder? -Antón se inclinó ferozmente hacia Kalina Ivánovich y rugió mirando a los colonos-: ¡Lo mataré! ¡Al que lo toque, lo mato! ¡Con un palo, con una barra de hierro en la cabeza!
Hizo girar en redondo al caballo, y el animal le llevó dócilmente a la cuadra con un galope corto y coqueto, como alegrándose de que, por fin, se hubiera sentado en la silla el verdadero amo.
El potro fue llamado Molodiets.

8. LOS DESTACAMENTOS NOVENO Y DÉCIMO

A principios de julio, obtuvimos en arriendo el molino. Nos lo dieron por tres años -tres mil rublos cada año-, completamente a nuestra disposición, es decir, sin compañías de ninguna índole.
Las relaciones diplomáticas con el Soviet rural se interrumpieron de nuevo, pero, además, los días del propio Soviet rural estaban ya contados. La conquista del molino fue un triunfo de nuestro Komsomol en el segundo sector del frente de combate.
De un modo inesperado para nosotros, la colonia comenzó a enriquecerse visiblemente y a cobrar el aspecto, de una hacienda sólida, culta y ordenada.
Si todavía poco antes, comprar un par de caballos nos suponía cierto esfuerzo, en cambio, ahora, a mediados del verano, pudimos ya asignar sin dificultad sumas bastante crecidas para la adquisición de buenas vacas, un rebaño de ovejas, nuevo mobiliario.
Entre una faena y otra, casi sin afectar nuestro presupuesto, Shere emprendió la construcción de un nuevo establo, y no habíamos tenido tiempo de recobrarnos cuando en un extremo del patio apareció un nuevo edificio, agradable y sólido, ante el que Shere plantó un parterre, haciendo añicos el viejo prejuicio de que el establo es un lugar de suciedad y de hedor. En el nuevo establo había cinco nuevas vacas de raza Simmenthal, y de nuestros terneros creció y se desarrolló extraordinariamente, sorprendiendo incluso a Shere con sus inauditas propiedades, un toro llamado César.
A Shere le costó trabajo obtener cédula para César, pero sus propiedades de raza eran tan sorprendentes, que a pesar de todo, nos dieron la cédula. También tenía cédula el Molodiets; con cédula vivía igualmente Vasili Ivánovich, un cerdo de dieciséis puds, que yo había sacado hacía mucho de una estación experimental, un inglés puro, llamado Vasili Ivánovich en honor del viejo Trepke.
Con estos distinguidos extranjeros -un alemán, un belga, un inglés- era más fácil organizar una verdadera granja de cría de animales de raza.
El reino del décimo destacamento de Stupitsin -la porqueriza- era desde hacía ya tiempo una institución seria, que, por su potencia y la pureza racial del ganado, tenía fama en nuestro distrito de ser la primera después de la estación experimental.
El décimo destacamento -catorce colonos- trabajó siempre de un modo ejemplar. La porqueriza era un sitio del que jamás dudaba nadie en la colonia. La porqueriza, magnífico local de hormigón de la época de los Trepke, se hallaba en medio de nuestro patio. Era nuestro centro geométrico, y estaba tan pulida y nos imponía tanto respeto que a nadie se le ocurría pensar que alteraba el armónico conjunto de la colonia Gorki.
Era raro el colono a quien se dejaba entrar en la porqueriza. Muchos novatos visitaban la porqueriza sólo formando parte de alguna excursión especial con fines instructivos; en general, para entrar en la porqueriza se exigía un salvoconducto, firmado por Shere o por mí. Esta era la razón de que, a los ojos de los colonos y de los campesinos, el trabajo del décimo destacamento estuviera rodeado de muchos misterios, penetrar en los cuales se consideraba un honor especial.
Era relativamente fácil el acceso -con permiso de Stupitsin, el jefe del décimo destacamento- a la llamada sala. En este local vivían los lechones destinados a la venta y se procedía a la remonta de las cerdas aldeanas.
Los clientes pagaban aquí tres rublos por visita; el ayudante de Stupitsin y el tesorero, Ovcharenko, extendían los recibos. También en esta sala se vendían lechones por kilos a precios del Estado, aunque los campesinos trataban de demostrar que era ridículo vender los lechones al peso. Eso, decían, no se había visto nunca.
Cuando paría alguna cerda, se congregaba siempre mucha gente. Shere dejaba de cada vez sólo siete cerditos, los más grandes, los primeros, y regalaba todos los demás a quien los quisiera. Allí mismo Stupitsin instruía a los compradores acerca de cómo había que cuidar a un lechón quitado de la madre, cómo había que alimentarlo por medio de biberones, qué composición se debía dar a la leche, cómo bañarle, cuándo se podía pasar a otra comida. Los lechones eran distribuidos solamente entre quienes presentaban un certificado del Comité de campesinos pobres, y como Shere sabía de antemano el día en que las cerdas debían parir, de la puerta de la porqueriza pendía siempre un gráfico, en el que constaba cuándo debía venir por el lechón uno u otro ciudadano.
La distribución de los lechones nos dio fama por todo el distrito y nos proporcionó muchos buenos amigos entre el campesinado. En todas las aldeas vecinas aparecieron buenos cerdos ingleses, que tal vez no sirvieran para procrear, pero que eran excelentes para el engorde.
La sección siguiente de la porqueriza era el lugar de los lechones. Verdadero laboratorio, aquí se llevaban a cabo tenaces investigaciones de cada individuo antes de determinar su camino vital. Shere llegaba a reunir varios centenares de lechones, sobre todo en primavera. Los colonos conocían de vista a muchos "pequeños" de talento y seguían celosamente su desarrollo. Kalina Ivánovich, el Soviet de jefes, muchos colonos y yo conocíamos también a las personalidades más relevantes. Por ejemplo, a partir del mismo día de su nacimiento gozó de nuestra atención general el vástago de Vasili Ivánovich y de Matilde. Nació hecho un titán, y desde el principio reveló todas las cualidades precisas y se le destinó a heredero de su padre. No defraudó nuestras esperanzas y pronto fue instalado en un local aparte junto a su padre, y llamado Piotr Vasílievich en honor del joven Trepke.
Más lejos aún estaba el cebadero. Este era el reino de las recetas, de los datos de la balanza, de la quietud y de la felicidad, pequeño-burguesa elevada a la perfección. Si, al principio del cebo, algunos individuos aún daban señales de filosofía e incluso exponían de una manera bastante ruidosa ciertas fórmulas de concepción y percepción del mundo, un mes después permanecían tumbados silenciosamente en su jergoncillo dedicados a la dócil digestión de sus raciones. Sus biografías finalizaban con la nutrición obligatoria hasta que llegaba, por fin, el momento en que el individuo pasaba al negociado de Kalina Ivánovich, y en una pequeña colina arenosa, junto al viejo parque, Silanti transformaba las individualidades en productos alimenticios, sin sentir la menor convulsión filosófica, mientras Alioshka Vólkov preparaba en la puerta de la despensa los toneles para la grasa.
La última sección estaba destinada a las cerdas de cría, pero aquí podían entrar únicamente los sumos sacerdotes. Yo mismo ignoraba todos los misterios de ese santuario.
La porqueriza nos proporcionaba grandes ingresos; el hecho de que pudiéramos llegar tan rápidamente a constituir una hacienda rentable era algo que ni siquiera nos había pasado por la cabeza. Nuestra agricultura, definitivamente ordenada bajo la dirección de Shere, nos daba enormes reservas de forraje: remolacha, calabaza, maíz, patata. En otoño conseguíamos a duras penas almacenarlo todo.
La obtención del molino abría ante nosotros amplias perspectivas. Además del pago de la molienda -cuatro libras por pud de grano-, el molino nos daba salvado, el alimento más valioso para nuestros animales.
El molino tenía también importancia en otro sentido: nos ponía en nuevas relaciones con todos los campesinos de los alrededores, y gracias a ellas podíamos desarrollar una política de gran responsabilidad. El molino era el Comisariado del Pueblo de Negocios Extranjeros de la colonia. Aquí no se podía dar un paso sin caer en las complicadísimas redes de las coyunturas campesinas de aquel tiempo. En cada aldea había comités de campesinos pobres, en su mayor parte activos y disciplinados; había campesinos medios, redondos y firmes como el guisante, y, como el guisante, dispersos en fuerzas aisladas que se repelían mutuamente; había "amos acomodados", los kulaks, sombríamente amurallados en sus caseríos-reductos y vueltos al estado salvaje por la ira reconcentrada y los recuerdos ingratos.
Después de obtener el molino a nuestra disposición, declaramos inmediatamente que deseábamos tratar, ante todo, con colectividades y que a ellas les concederíamos preferencia. Pedimos que las colectividades se inscribieran de antemano. Los campesinos pobres constituían fácilmente esas colectividades, llegaban a su tiempo, obedecían inflexiblemente a sus apoderados, liquidaban las cuentas con facilidad y rapidez, y el trabajo en el molino se deslizaba como sobre ruedas. Los "amos" formaban colectividades pequeñas, pero firmemente unidas por simpatías mutuas y vínculos de parentesco. Maniobraban con silencioso aplomo, y había veces en que costaba trabajo discernir quién de ellos era el responsable.
En cambio, cuando llegaba al molino un grupo de campesinos medios, el trabajo de los colonos se transformaba en un trabajo de forzados. Jamás llegaban juntos, sino que iban presentándose todos a lo largo del día. Tenían también su apoderado, pero él, claro está, daba a moler su trigo antes que nadie y se iba inmediatamente a su casa, dejando inquieta a la muchedumbre con sospechas y recelos de toda índole. Después del desayuno, regado con samogón por el aquél del viaje, nuestros clientes adquirían una profunda inclinación a resolver inmediatamente muchos conflictos domésticos y, al cabo de debates verbales y no verbales -había momentos en que se llegaba a las manos-, nuestros clientes se transformaban hacia la hora del almuerzo en pacientes del botiquín de Ekaterina Grigórievna, enfureciendo a los colonos. Osadchi, el jefe del noveno destacamento que trabajaba en el molino, iba expresamente al botiquín para reprender a Ekaterina Grigórievna.
-¿Por qué le venda usted? ¿Es que se les puede curar? Son unos mujiks; usted no les conoce. Si ven que usted les cura, se degollarán todos entre sí. Dénoslos a nosotros; en el acto les curaremos. ¡Valdría más que fuera usted, a ver lo que está pasando en el molino!
Tanto Denís Kudlati, el encargado del molino, como el noveno destacamento -es preciso decir la verdad- sabían curar a los alborotadores y hacerles entrar en razón. Con el transcurso del tiempo los muchachos adquirieron gran reputación en este terreno y una autoridad Infalible.
Hasta la hora de comer, los muchachos todavía permanecen tranquilos en sus puestos entre el mar revuelto de epigramas ofensivos para toda la familia, de emanaciones de samogón, de brazos en alto, de sacos arrancados y de infinitos conflictos con motivo del turno en la cola, a los que se añaden cuentas y conflictos viejos. Por fin, los muchachos no pueden resistir ya más. Osadchi cierra el molino y pasa a la represión. Los miembros, del noveno destacamento, después de sujetar unos instantes a los tres o cuatro más borrachos y más turbulentos, les cogen del brazo y les llevan a la orilla del Kolomak. Con el aspecto más serio, hablándoles amable-mente y tratando de convencerles, les obligan a sentarse en la orilla y, poseídos de escrupulosidad ejemplar, vierten sobre ellos una docena de cubos de agua. Al principio, la víctima de la ejecución no comprende lo que ocurre y vuelve obstinadamente a los temas tratados en el molino. Osadchi, abriendo las piernas tostadas por el sol y hundiendo las manos en los bolsillos de los calzones, escucha atento el balbuceo del paciente y sigue con sus ojos grises y fríos cada uno de sus movimientos.
-Éste ha mentado tres veces más a la madre. Dale otros tres cubos.
Lápot trae diligente desde abajo, es decir, desde la orilla, la cantidad indicada de cubos, y después examina con fingida seriedad, lo mismo que un médico, la fisonomía del paciente.
El paciente empieza, por fin, a comprender algo, se frota los ojos, sacude la cabeza y hasta protesta:
-¿Qué derecho tenéis a hacer esto? Sois unos...
Osadchi ordena tranquilamente:
-Una ración más.
-¡A la orden, una ración más! -replica Lápot con voz cariñosa y amable y, como si fuera la última dosis de una preciosa medicina, vierte solícita y delicadamente sobre la cabeza del campesino otro cubo de agua. Después, inclinándose sobre el pecho mojado de la sufrida víctima, exige igual de cariñoso e insistente:
-No respire... Respire fuerte... más... No respire.
En medio del entusiasmo general, el paciente, aturdido por completo, ejecuta dócilmente las exigencias de Lápot; bien permanece inmóvil del todo, bien infla el vientre y respira con fuerza.
Lápot se incorpora con el rostro resplandeciente:
-Estado satisfactorio: pulso, 370: temperatura, 15.
Lápot sabe no sonreír en estos casos, y todo el tratamiento se mantiene en un tono rigurosamente científico. Sólo los muchachos que están junto al río con los cubos vacíos en las manos se ríen a carcajadas, y desde la colina un grupo numeroso de campesinos sonríe con aprobadora simpatía. Lápot se acerca a los campesinos y les pregunta serio y cortés:
-¿Quién es el siguiente? ¿A quién le toca el turno para pasar al gabinete hidroterápico?
Los campesinos acogen boquiabiertos cada palabra de Lápot, como si fuera néctar, y comienzan, a reírse medio minuto antes de que la pronuncie.
-Camarada profesor -dice Lápot a Osadchi-, no hay más enfermos.
-Secad a los convalecientes -dispone Osadchi.
El noveno destacamento se pone celosamente a tender en la hierba a los pacientes y a volverles de un costado a otro bajo el sol. En efecto, los pacientes comienzan a recobrarse. Uno de ellos, ya con la voz normal, pide, sonriente:
-No es necesario... Yo solo... Ya estoy bien.
Únicamente ahora Lápot se ríe franco y bonachón e informa:
-Éste ya está curado: puede dársele de alta.
Otros se resisten todavía y hasta pretenden emplear las viejas fórmulas: "Iros a...", pero basta que Osadchi mencione el cubo para que vuelvan plenamente al estado normal y empiecen a suplicar:
-No es necesario, palabra de honor. Se me ha escapado. Es la costumbre, ¿sabe?...
Lápot examina a ésos con mucho detalle -son los más graves-, y, en tales casos, la risa de los colonos y de los campesinos llega al máximo grado, interrumpida tan sólo para no perder las nuevas perlas del diálogo:
-¿Dice que la costumbre? ¿Y hace tiempo, que le ocurre a usted eso?
-¡Qué dice, alabado sea Dios! -se sonroja azorado el paciente, pero tiene miedo a protestar más enérgicamente, porque en el río sigue aún el noveno destacamento con los cubos.
-¿Entonces es reciente? ¿Y sus padres blasfemaban también?
-Claro -sonríe, turbado, el paciente
-¿Y el abuelo?
-También...
-¿Y el tío?
-Pues...
-¿Y la abuela?
-Ella, claro... Pero, ¿qué dice? ¡Dios sea con usted! La abuela, seguramente, no...
Lo mismo que todos, Lápot se alegra de que la abuela estuviera completamente sana y abraza al enfermo mojado:
-Curará, le digo a usted que curará. Venga a vernos más a menudo. No cobramos nada por el tratamiento.
Tanto el enfermo como sus amigos y enemigos se desternillan de risa. Lápot prosigue con toda seriedad, yendo ya hacia el molino, donde Osadchi abre el cerrojo:
-Y, si lo desea, podemos visitarle en su casa. También gratuitamente. Sólo que debe solicitarlo con dos semanas de anticipación y enviar un caballo en busca del profesor. Además, los cubos y el agua debe ponerlos usted. Si quiere, podemos curar también a su padre. Y a la madre.
-Pero si su madre no padece de tal enfermedad -dice alguien entre carcajadas.
-Permítame, cuando yo le pregunté por sus padres, usted me contestó: "claro".
-¡No me diga! -se asombra el convaleciente.
Los campesinos llegan a la cumbre del entusiasmo:
-¡Ja, ja, ja!... ¡Vaya con él!... ¡Lo que ha dicho de su propia madre!...
-¿Quién?
Ese... Yavtuj... el enfermo, el enfermo... ¡Huy, no puedo más, no puedo, qué demonio! ¡Vaya muchacho! ¡Y no ha sonreído ni siquiera una vez! ¡Es un buen doctor!
Lápot es llevado casi triunfalmente al molino, y en la sección de máquinas se da la orden de proseguir. Ahora el tono del trabajo es diametralmente opuesto: los clientes cumplen incluso con excesivo celo todas las disposiciones de Kudlati, se someten incondicionalmente al turno establecido y escuchan con avidez cada palabra de Lápot, que es, en efecto, inagotable en palabras y en mímica. Al caer la tarde, termina la molienda; y los campesinos estrechan afectuosamente la mano de los colonos y, mientras se instalan en los carros, recuerdan con animación:
-Hasta la abuela... ¡Qué, chico! Si en las aldeas hubiera, por lo menos, uno así nadie iría a la iglesia.
-¡Eh, Karpó! ¿Te has secado ya? ¿Eh? ¿Y la cabeza qué tal? ¿Todo va bien? ¿Y la abuela? ¡Ja, ja, ja, ja!...
Karpó sonríe, confuso, para su barba, arreglando los sacos en el carro, y mueve la cabeza:
-Sin pensarlo, he ido a parar al hospital...
-¡A ver, blasfema otra vez!
-¡Qué va! Ahora, si acaso después de pasar Storozhevoie, es posible que insulte al caballo...
-Ja, ja, ja!
La fama del balneario del noveno destacamento se extendió pronto por los alrededores. Los que acudían al molino no hacían más que recordar esa magnífica Institución y querían conocer de cerca a Lápot. Y Lápot, serio y cordial, les estrechaba la mano:
-Yo no soy más que el primer asistente. El profesor principal es éste: el camarada Osadchi.
Osadchi miraba fríamente a los campesinos. Los aldeanos palmoteaban con precaución la espalda desnuda de Lápot.
-¿Asistente? Ahora, en la aldea, si uno cae enfermo, en seguida decimos: ¿no quieres que te traigamos de la colonia al curandero del agua? Porque dice que puede visitar a domicilio...
Pronto conseguimos instaurar, en el molino el mismo ambiente que en la colonia. Había animación, alegría, la disciplina andaba con pisadas suaves y severas, agarraba cuidadosamente, delicadamente, a los Infractores casuales y los colocaba en su sitio.
En julio procedimos a la reelección del Soviet rural. Luká Semiónovich y sus amigos entregaron las posiciones sin combate. Pável Pávlovich Nikoláienko fue elegido presidente, y de los colonos pasó al Soviet rural Denís Kudlati.

II PARTE
 

9. EL CUARTO DESTACAMENTO MIXTO

A fines de Julio empezó a funcionar el cuarto destacamento mixto, compuesto por cincuenta personas al mando de Burún. Burún era el jefe reconocido del cuarto mixto, y ninguno de los colonos aspiraba a ese papel difícil, aunque honroso.
El cuarto destacamento mixto trabaja "de sol a sol". Los muchachos dicen frecuentemente que trabajan "sin señal", porque, para el cuarto mixto no se da señal ni de salir al trabajo ni de terminarlo. El cuarto destacamento mixto de Burún trabaja ahora en la trilla.
A las cuatro de la madrugada, después de la diana y el desayuno, el cuarto mixto forma a lo largo del parterre, frente a la entrada principal de la casa blanca. En el flanco derecho de la fila de los colonos forman todos los educadores. Hablando en propiedad, los educadores no están obligados a participar en el trabajo del cuarto mixto, a excepción de los dos designados como responsables de guardia, pero hace ya mucho que se considera de buen tono en la colonia trabajar en el cuarto mixto, y por ello, nadie que se respete, pierde la ocasión de ser incluido en el cuarto destacamento mixto. En el flanco derecho se sitúan Shere, y Kalina Ivánovich, y Silanti Otchenash, y Oxana, y Rajil, y las dos lavanderas, y Spiridón, el secretario, y el mecánico del molino, que está de vacaciones, y Kósir, el instructor del taller de ruedas, y nuestro jardinero, el sombrío y pelirrojo Miziak, y su mujer, la hermosa Nádenka, y la, mujer de Zhurbín, y no recuerdo quién más: yo ni siquiera conozco a todos.
También entre los colonos hay muchos voluntarios: los miembros libres de los destacamentos noveno y décimo, del segundo destacamento de cocheros, del tercer destacamento de vaqueros, todos están aquí.
Únicamente María Kondrátievna Bókova, aunque se ha molestado en levantarse temprano y se ha presentado en la colonia con un viejo delantal de percal, no forma en las filas. Sentada en un peldaño de la terracilla, está hablando con Burún. Desde hace tiempo, María Kondrátievna no me invita a tomar té ni a probar sus helados, pero no me trata menos cariñosamente que a los demás, y yo no estoy ofendido con ella. Incluso me gusta más que antes: sus ojos son ahora más serios y severos y sus bromas, más cordiales. Durante este tiempo, María Kondrátievna ha conocido a bastantes muchachos y muchachas, se ha hecho amiga de Silanti, ha visto lo que son algunos pesados caracteres de la colonia. María Kondrátievna es una mujer buena y simpática, pero a pesar de ello, le digo en voz baja:
-María Kondrátievna, forme usted. Todos se alegrarán de verla en las filas de los trabajadores.
María Kondrátievna sonríe al alba matutina, corrige con sus deditos sonrosados un bucle caprichoso, también color de rosa, y con una voz vagamente ronca, que le sale de lo más hondo de su pecho, responde:
-Gracias. ¿Y qué voy a hacer hoy... moler? ¿Sí?
-Moler no, trillar -rectifica Burún-. Usted llevará la cuenta del grano.
-¿Y podré hacerlo bien?
-Yo le enseñaré cómo.
-¿No me habrá dado usted un trabajo excesivamente fácil?
Burún sonríe:
-Todo nuestro trabajo es igual. Por la noche, cuando se sirva la cena del cuarto destacamento, ya me dirá.
-¡Dios mío, qué bien! ¡La cena por la noche, después del trabajo!
Veo la emoción de María Kondrátievna y, sonriendo, vuelvo la cabeza. María Kondrátievna, ya en el flanco derecho, se ríe de algo con su risa musical, y Kalina Ivánovich le estrecha la mano con una galantería barata y se ríe también como un fauno calificado.
Salen corriendo, y se ponen a redoblar ocho tambores, mientras forman a la derecha. Cuatro cornetas se adelantan, cimbreando sus flexibles talles juveniles, y se preparan. Los colonos se yerguen, se ponen serios.
-¡Firmes, bajo la bandera!
En las filas se alzan ligeros, saludando, los desnudos brazos. Bajo el estruendo de los tambores y el saludo argentino de las cornetas, la responsable de la guardia en la colonia, Nastia Nochévnaia, con su mejor vestido y un brazalete rojo, coloca en el flanco derecho la sedeña bandera de la colonia, guardada por dos frías bayonetas.
-¡Derecha, de a cuatro, march!...
Algo se embrolla en las filas de los mayores, de pronto chilla y me mira asustada María Kondrátievna, pero la marcha de los tambores ordena la columna. El cuarto destacamento mixto sale a trabajar.
Burún alcanza de una carrera al destacamento, da unos brincos, intentando ponerse al paso, y conduce el destacamento allí donde desde hace ya tiempo se alza en toda su belleza la esbelta hacina de trigo levantada por Silanti y unas cuantas hacinas, más pequeñas y no tan esbeltas, de centeno, de avena, de cebada y de ese magnífico centeno, que ni los propios campesinos han podido reconocer y han tomado por cebada. Estas hacinas han sido preparadas por Karabánov, Chóbot, Fedorenko, y es preciso reconocer que, a pesar de todos sus sudores y esfuerzos, no han podido superar a Silanti.
Junto a una locomóvil, alquilada en la aldea vecina, esperan la llegada del cuarto destacamento mixto maquinistas serios y manchados de grasa. La trilladora es de nuestra propiedad, comprada a plazos en primavera, nuevecita, como toda nuestra vida.
Burún distribuye rápidamente sus brigadas. Todo lo tiene calculado desde el día anterior, no en vano, es un viejo jefe del cuarto destacamento mixto. Sobre una hacina de avena -la última que se trille- ondea nuestra bandera.
A la hora de comer se termina con el trigo. La plazoleta superior de la trilladora mecánica es el lugar más concurrido y más alegre. Aquí brillan los ojos de las muchachas, cubiertas del polvo gris-dorado del trigo; de los muchachos, sólo está Lápot. Incansable, no endereza la espalda ni da paz a la lengua. En el lugar más importante, en el más responsable, se divisa la calva de Silanti y sus bigotes caídos, nevados del mismo polvo.
Lápot la toma ahora con Oxana.
-Los colonos os han dicho en broma que esto es trigo. ¿Acaso esto es trigo? Son guisantes.
Oxana recoge una gavilla de trigo, todavía atada, y la coloca sobre la cabeza de Lápot, pero su ocurrencia no disminuye la hilaridad general producida por las palabras de Lápot.
A mí me gusta la trilla. Sobre todo; al anochecer, En el monótono batir de las, máquinas se empieza ya a sentir la música; el oído se ha acostumbrado ya y la original frase musical, infinitamente variada a cada momento y, a pesar de ello, parecida a la anterior. Y esta música es un fondo tan apropiado para ese movimiento complejo, ya cansino, pero continuo y tenaz; como obedeciendo a un fantástico exorcismo, se alzan las gavillas de la hacina descabezada y, después de un breve roce con las manos de los colonos en su camino hacia la muerte, se desploman repentinamente en las entrañas de la máquina ávida e insaciable, dejando en pos de sí un torbellino de partículas desmenuzadas, de gemidos de corpúsculos voladores, arrancados, a un organismo vivo. Y entre el torbellino y el ruido, en el ajetreo de la muerte de muchas y muchas gavillas tambaleándose de fatiga y de excitación, burlándose del cansancio, se inclinan, corren, se doblan bajo la pesada carga, se ríen y hacen travesuras los colonos, envueltos en polvo de trigo y bañados ya en el frescor del sereno crepúsculo estival. Los muchachos añaden a la sinfonía general, al uniforme tema del golpear de las máquinas, a las estridentes disonancias de la plazoleta superior la música triunfal, jubilosa y optimista del alegre cansancio humano. Ya es difícil distinguir los detalles, es difícil apartarse de este movimiento vertiginoso, que parece desencadenado por la propia naturaleza. Apenas se reconoce a los colonos en las figuras grises y doradas, semejantes a un negativo fotográfico. Rubios, castaños, morenos, ahora todos se parecen entre sí. Es difícil admitir que la figura espectral que está desde por la mañana con un block de notas en la mano debajo mismo de los torbellinos más espesos es María Kondrátievna; es difícil reconocer en su acompañante -una sombra desgarbada, cómica, arrugada- a Eduard Nikoláievich, y sólo por su voz adivino yo quién es cuando pregunta con su deferente cortesía de siempre:
-Camarada Bókova, ¿cuánta cebada tenemos ahora?
María Kondrátievna vuelve su block de notas hacia el poniente:
-Ya tenemos cuatrocientos puds -responde con una voz de discante, tan cansada, que yo empiezo a sentir verdaderamente pena de ella.
Feliz Lápot, que, en medio del mayor cansancio, puede bromear.
-¡Galatenko! -grita por toda la era-. ¡Galatenko!
Galatenko lleva sobre su cabeza una brazada de paja como de dos puds en lo alto de una horquilla y contesta tambaleándose, por debajo de ella:
-¿Qué se te ha ocurrido?
-Ven un momento, me haces falta...
Galatenko siente veneración por Lápot. Le quiere por su ingenio, por su animoso carácter y por su cariño, le quiere porque solamente Lápot aprecia a Galatenko y asegura a todos que Galatenko jamás ha sido vago.
Galatenko deja caer la paja junto a la locomóvil y corre a la trilladora. Apoyándose en la horquilla y dichoso, en el fondo, de poder descansar un poco en medio del ajetreo general, empieza su conversación con Lápot:
-¿Para qué me has llamado?
-Óyeme, amigo -se inclina desde arriba Lápot, y todos los que les rodean se ponen a seguir la conversación, seguros de que no terminará bien.
-Te escucho...
-Ve a nuestro dormitorio...
-Bueno, ¿qué?
-Ahí, bajo mi almohada...
-¿Qué?
-Bajo mi almohada, te digo...
-¿Bajo tu almohada?
-Allí, bajo mi almohada encontrarás...
-Ya te he entendido que bajo la almohada...
-Allí hay unas manos de repuesto.
-¿Y qué hacer con ellas? -pregunta Galatenko.
-Tráelas aquí corriendo, porque éstas ya no sirven para nada -contesta Lápot, mostrando sus manos bajo la risa general.
-¡Ah! -dice, Galatenko.
Comprende que todos se ríen de las palabras de Lápot y quizá de él. Se ha esforzado por no decir nada tonto o ridículo, y le parece que no lo ha dicho: únicamente ha hablado Lápot. Pero, todos se ríen todavía con más fuerza, la trilladora golpea vacía y Burún empieza a enfurecerse ya:
-¿Qué ocurre aquí? ¿Por qué os habéis detenido. Siempre tú, Galatenko...
-Pero si yo no hago nada...
Todos se callan, porque Lápot, con la voz más seria, con un magnífico juego de cansancio, de preocupación y de amistosa confianza hacia Burún, le dice:
-¿Comprendes? Estas manos ya no funcionan. Deja que Galatenko me traiga las manos de repuesto.
Burún capta inmediatamente el tono y dice a Galatenko con un leve reproche:
-Pues, claro, tráeselas. ¿Es que cuesta trabajo? ¡Cuidado que eres perezoso, Galatenko!
Ya no suena la sinfonía de la trilla. Ahora resuena en el ambiente una alta y sonora cacofonía de carcajadas y de gemidos. Hasta Shere se ríe, hasta los maquinistas han abandonado la máquina y ríen a carcajadas con las manos puestas en las sucias rodillas. Galatenko da media vuelta, camino de los dormitorios. Silanti clava la mirada en su espalda:
-Fíjate, hermano, qué historia...
Galatenko se detiene y piensa algo. Karabánov le grita desde lo alto de un montón de paja:
-¿Qué haces ahí parado? Ve.
Pero Galatenko abre la boca hasta las orejas. Ha comprendido de qué se trata. Sin apresurarse, vuelve, a su faena y sonríe. En la paja, los muchachos le preguntan:
-¿A dónde has ido?
-A ese Lápot, ¿comprendes?, se le ha ocurrido pedirme que le trajera las manos de repuesto.
-Bueno, y ¿qué?
-Pero ¡si no tiene ninguna mano de repuesto! Todo es mentira.
Burún ordena:
-¡Basta de manos de repuesto! ¡Seguid el trabajo!
-Bien, seguiremos trabajando -dice Lápot-, ya nos arreglaremos con éstas de algún modo.
A las nueve, Shere detiene la máquina y se acerca a Burún:
-Los muchachos se caen de cansancio, y aún tenemos para media hora.
-No importa -responde Burún-. Terminaremos.
Lápot vocifera desde lo alto:
-¡Camaradas gorkianos! Todavía nos queda trabajo para media hora. Pero temo que en media hora nos cansemos demasiado. Yo no estoy de acuerdo.
-¿Y qué es lo que quieres? -pregunta Burún, poniéndose en guardia.
-¡Protesto! En media hora estiraremos la pata; ¿Verdad, Galatenko?
-Claro que es verdad. Media hora es mucho.
Lápot alza el puño.
-Nada de media hora. Hay que terminar todo esto, todo este montón, en quince minutos. Nada de media hora.
-¡Es verdad! -vocifera también Galatenko-. En eso tiene razón.
Bajo una nueva explosión de risa, Shere conecta la máquina. Veinte minutos más, y el trabajo está terminado. Y en el acto se apodera de todos nosotros el deseo de tendernos en la paja y de dormir. Pero Burún ordena:
-¡A formar!
Corren a la primera fila los tambores y los cornetas, que hace ya tiempo están esperando su momento. El cuarto destacamento mixto escolta la bandera hasta el lugar que ocupa en la casa blanca. Yo sigo todavía en la era, y de la casa blanca llegan los sonidos del saludo familiar. En la oscuridad se me acerca una figura desconocida con un largo palo en la mano.
-¿Quién es?
-Soy yo, Antón Semiónovich. He venido a hablar con usted acerca de la trilladora. Soy del caserío de Volovi, y mi apellido es Volovik...
-Bien, vámonos a la jata.
También nosotros nos dirigimos a la casa blanca. Volovik, que, por lo visto, es un hombre viejo, arrastra los pies en la oscuridad.
-Está bien lo que hacéis. Lo mismo hacia antes la gente...
-¿Qué es lo que está bien?
-Pues eso: que trilláis con procesión, como debe ser.
-¡Pero qué va a ser eso, procesión! Es solamente una bandera. Además, no tenemos pope.
Volovik se adelanta un poco y acciona con el palo en el aire:
-El pope no tiene importancia. Lo importante es que la gente lo celebra como si se tratara de una fiesta. ¿Sabes? Recoger el trigo es la fiesta de las fiestas, pero entre nosotros la gente se ha olvidado de ello.
Frente a la casa blanca hay bullicio. A pesar del cansancio, los colonos se han ido al río, y la fatiga ha desaparecido con el baño. En el jardín la gente está alegre y locuaz en torno a las mesas, y María Kondrátievna tiene ganas de llorar por diferentes motivos: el cansancio, el amor a los colonos, el hecho de haber restablecido en su vida la justa ley humana, de haber probado también ella los encantos de una colectividad libre y laboriosa.
-¿Ha sido fácil su trabajo? -le pregunta Burún.
-No lo sé -responde María Kondrátievna-. Seguramente ha sido difícil, pero no se trata de eso. Un trabajo así, de todas formas es una felicidad.
A la hora de la cena, se me acercó Silanti y secreteó
-Mire, me han dicho, eso, que le diga que, ¿sabe?, el domingo vendrán a verle, como se dice, con motivo de Olia. Fíjate qué historia.
-¿De parte de Nikoláienko?
-De parte de Pável Ivánovich, es decir, del viejo. Con que tú, Antón Semiónovich, como suele decirse, procura lucirte. Aquí se acostumbra los rushnikí y el pan y la sal, y no hay más que hablar.
-Querido Silanti, organízalo tú todo.
-Bien, yo lo organizaré, como se dice, fíjate qué historia, hermano: hay costumbre, ¿sabes?, de beber samogón en una oportunidad así.
-Samogón es imposible, Silanti, pero puedes comprar dos botellas de vino dulce.

10. LA BODA

El domingo llegaron los emisarios de Pável Ivánovich Nikoláienko. Era gente conocida: Kuzmá Petróvich Mogarich y Osip Ivánovich Stomuja. Todos en la colonia conocían a Kuzmá Petróvich, porque vivía cerca de nosotros, al otro lado del río. Era un hombre locuaz, aunque poco serio. Tenía un campo arenoso y lleno de hierbas, y, como no lo trabajaba casi, allí crecía toda suerte de inmundicia, en su, mayoría por iniciativa propia. Una infinidad de senderos atravesaban ese campo, porque se hallaba en el camino de todos. El rostro de Kuzmá Petróvich tenía cierto parecido con su campo: en él no nacía nada razonable, y también se hubiera dicho que cada breña de su barba sucia y negruzca surgía por iniciativa propia, sin tener en cuenta los intereses del dueño; también su rostro estaba surcado por numerosísimos senderos: arrugas, pliegues, surcos. La única diferencia que había entre Kuzmá Petróvich y su campo era que en el campo no se alzaba una nariz tan fina y tan larga.
Osip Ivánovich Stomuja se distinguía, al contrario, por su belleza. En toda Gonchárovka no había un hombre tan gallardo y tan apuesto como Osip Ivánovich. Tenía unos bigotes largos y pelirrojos y unos ojos bien dibujados; insolentes como los de una escultura; vestía un traje, entre civil y militar y siempre se mostraba correcto y atildado. Osip tenía muchos familiares entre los campesinos pudientes, pero -no sé por qué- él carecía de tierra y se ganaba la vida con la caza. Vivía en la misma orilla del río, en una jata solitaria, que parecía escapada de la aldea.
Aunque aguardábamos a los forasteros, nos encontraron poco preparados, y además, ¡cualquiera sabía cómo era preciso prepararse para una ceremonia tan insólita! No obstante, cuando entraron en mi despacho, en él reinaba un tono solemne, serio e imponente. Estábamos sólo Kalina Ivánovich y yo. Los emisarios entraron, nos estrecharon la mano y tomaron asiento en el diván. Yo no sabía cómo empezar. Y me alegré cuando Osip Ivánovich arrancó sin más exordios:
-Antes, en asuntos de esta índole se empezaba hablando de los cazadores, de que habían ido de caza y habían visto una loba y que la tal loba había resultado una hermosa doncella... Pero yo, aunque cazador, opino que eso no sirve ahora.
-Tiene usted razón -asentí.
Kuzmá Petróvich, sentado en el diván, agitó los pies y sacudió la barbita:
-Eso son tonterías; así opino yo.
-No es que sean tonterías, sino que no son tiempos adecuados para ello -corrigió Stomuja.
-Los tiempos cambian -comenzó Kalina Ivánovich en tono doctrinal-. Hay veces en que el pueblo es ignorante, paro aún le parece poco y se mete en el cuerpo toda suerte de supersticiones, y después vive como un asno cualquiera, teniendo miedo de todo: de los truenos, y de la luna, y del gato. Ahora tenemos Poder soviético, ¡je, je!, y quizá sólo a un destacamento-barrera se le puede tener miedo, que todo lo demás no es terrible..., Stomuja interrumpió a Kalina Ivánovich, olvidando, por lo visto, de que no nos habíamos reunido para mantener una conversación científica:
-Diremos simplemente que nos han enviado Pável Ivánovich, a quien ustedes conocen, y su esposa Evdokía Stepánovna. Usted es como un padre en la colonia. Así, pues, ¿no querrá dar a su... ¿cómo decirlo?... a su hija aproximada Olia Vóronova para su hijo Pável Pávlovich, hoy presidente del Soviet rural?
-Le rogamos que nos responda -pió también Kuzmá Petróvich-. Si está usted de acuerdo, como el padre de él está conforme, dennos los rushnikí y el pan, y, si no está de acuerdo, le rogamos que no se ofenda por haberle molestado.
-¡Je, je, je! Me parece que es poco eso de pedir que no se ofenda - dijo Kalina Ivánovich-. Según vuestra estúpida ley, os correspondería llevaros a casa una calabaza.
-La calabaza no nos hace falta -sonrió Osip Ivánovich- y, además, ahora no es tiempo de calabazas.
-Eso es verdad -asintió Kalina Ivánovich-. Pero antes, las muchachas, sea por tontería, sea por orgullo, tenían a intento la despensa llena de calabazas. Y si no venían los novios, la muy parásita se hacía papilla de calabaza. La papilla de calabaza es muy buena, sobre todo si es con mijo...
-¿Cuál será su contestación paterna? -preguntó Osip Ivánovich.
Yo respondí:
-Gracias a usted, a Pável Ivánovich y a Evdokía Stepánovna por el honor. Pero yo no soy el padre y no tengo tal autoridad. Naturalmente, hay que preguntar a Olia, y después para todos los detalles tendrá que decidir el Soviet de jefes.
-En eso nosotros no somos quiénes para enseñarles a ustedes. Háganlo según corresponde a las nuevas costumbres -accedió simplemente Osip Ivánovich.
Salí del despacho. En la habitación contigua encontré al responsable de la guardia de la colonia y le pedí que tocase a reunión de jefes. En la colonia se sentía una fiebre y una agitación desusadas. Nastia corrió a mí y me preguntó riéndose:
-¿Dónde debemos guardar estos rushnikí? Allí no los podemos llevar -,dijo señalando el despachó.
-Esperad con vuestros rushnikí. Aún no nos hemos puesto de acuerdo. Vosotros estad por aquí cerca, que yo os llamaré.
-¿Y quién los atará?
-¿Atar qué?
-¡Hay que ponérselos a esos... casamenteros, o como se llamen!
Cerca de mí, Toska Soloviov sujetaba bajo el brazo un gran pan de trigo; en las manos tenía un salero y lo sacudía, contemplando cómo saltaban las gruesas partículas de sal. También llegó corriendo Silanti.
-¿Qué haces aquí con el pan y la sal? Eso hay que ponerlo en una bandeja...
Y se inclinó, ocultando la risa.
-¡Qué desesperación de muchachos!... ¿Y los entremeses dónde están?
Entró Ekaterina Grigórievna y yo me alegré al verla llegar:
-Ayúdeme usted en este asunto.
-Pero si llevo ya mucho tiempo buscándoles. Desde por la mañana están dando vueltas con este pan por la colonia. Venid conmigo. Arreglaremos este asunto; no se preocupe usted. Estaremos donde las niñas. Allí pueden ir a buscarnos.
Llenaron mi despacho jefes de piernas desnudas.
Conservo la relación dé los jefes de aquella época feliz.
Eran:
Jefe del primer destacamento, zapateros: Gud.
Jefe del segundo destacamento, cocheros: Brátchenko.
Jefe del tercer destacamento, vaqueros: Oprishko.
Jefe del cuarto destacamento, carpinteros: Taraniets.
Jefe del quinto destacamento, niñas: Nochévnaia.
Jefe del sexto destacamento, herreros: Belujin.
Jefe del séptimo destacamento: Vetkovski.
Jefe del octavo destacamento: Karabánov
Jefe del noveno destacamento, molino: Osadchi.
Jefe del décimo destacamento, porqueriza: Stupitsin.
Jefe del undécimo destacamento, pequeños: Gueórguievski.
Secretario del Soviet de jefes: Kolka Vérshnev.
Encargado del molino: Kudlati.
Encargado del depósito: Aliosha Vólkov.
Ayudante de agrónomo: Olia Vóronova.
A decir la verdad, en el Soviet de jefes se reunió mucha más gente; con pleno e indiscutible derecho se congregaron allí los miembros del Komsomol, Zadórov, Zhorka Vólkov, Vólojov, Burún; los veteranos de blancas canas, Prijodko, Soroka, Golos, Chóbot, Ovcharenko, - Fedorenko, Korito; en el suelo se instalaron los pequeños, los aficionados, y, entre ellos, obligatoriamente Mitka, Vitka, Toska y Vañka Shelaputin. Siempre asistían al Soviet los educadores, Kalina Ivánovich y Silanti Semiónovich. Por eso, en el Soviet faltaban eternamente sillas: la gente se acomodaba en los alféizares de las ventanas, se recostaba contra la pared, miraba por la ventana desde fuera.
Kolka Vérshnev abrió la reunión. Los casamenteros habían perdido todo su aspecto solemne, apretujados en el diván por una decena de colonos y entremezclados con sus piernas y sus brazos desnudos.
Yo comuniqué a los jefes la llegada de los casamenteros. No era ninguna novedad para el Soviet de jefes. Hacía ya mucho tiempo que todos habían reparado en la amistad de Pável Pávlovich y Olga. Sólo para cumplir una formalidad Vérshnev preguntó a Olga:
-¿Quieres casarte con Pável?
Olga se sonrojó un poco y repuso:
-¡Hombre, claro!
Lápot. infló los labios:
-Nadie lo hace así. Deberías haberte negado, y entonces nosotros hubiéramos procurado convencerte. Así es aburrido.
Kalina Ivánovich intervino:
-Aburrido o no, pero hay que tratar del asunto. Vosotros debéis decirnos claramente cómo van a vivir, de qué van a disponer, etc.
Osip lvánovich se atusó los bigotes:
-Entonces, si estáis de acuerdo celebraremos la boda, los esponsales, y después la pareja se irá con los viejos; es decir, vivir juntos y los bienes en común.
-¿Y para quién han construido, entonces, la jata nueva? -preguntó Karabánov.
-Esa jata será para Mijaíl.
-¡Pero si Pável es el mayor!
-Claro que es el mayor, pero es el viejo quien lo decidido así. Porque Pável se casa con una de la colonia.
-Bueno, y ¿qué importa que sea de la colonia?
Masculló, hostil, Kóval.
Osip lvánovich tardó en encontrar palabras. Con una fina vocecilla tatareó Kuzmá Petróvich:
-Pável Ivánovich dice que el amo ama necesita, y el ama que se lleva Mijaíl tiene padre, pues se casa con la hija de Serguéi Grechani. Y la vuestra, por lo tanto, será la nuera en casa del padre de Pável Pávlovich. Y el mismo Pável Pávlovich ha dado su conformidad.
Karabánov hizo un ademán evasivo:
-Por ese camino, podremos llegar a hablar de calabazas. ¿Qué nos importa a nosotros que Pável Pávlovich haya dado su conformidad? Si es así, es un, pingajo, y no hay más que hablar. En esas condiciones, el Soviet de jefes no puede casar a Olga. Si es para que vaya como jornalera del viejo diablo...
-Semión... -frunció Kolka el entrecejo.
-Bueno, bueno, retiro lo del diablo. Eso es una cosa. Y después, ¿de qué esponsales habéis hablado?
-Pues de los que corresponde. No ha habido ningún caso de boda sin popes. En nuestra aldea jamás lo han habido.
-Pues lo habrá - terció Kóval.
Kuzmá Petróvich se rascó la barba.
-¡Quién sabe si lo habrá o no! Entre nosotros eso no se considera bien; es como si vivieran juntos sin casarse, por la iglesia.
El Soviet guardó silencio. Todos pensaban lo mismo: no habría boda. Yo incluso temía que, si fracasaban las gestiones, los muchachos despidieran a los casamenteros sin honores especiales.
-Olga, ¿te casarás con pope? -preguntó Kolka.
-¿Qué dices? ¿Has desayunado mal? ¿Te has olvidado que soy del Komsomol?
-De los popes, ni hablar -dije yo a los casamenteros-; piensen alguna otra cosa. Ustedes sabían a dónde venían. ¿Cómo ha podido ocurrírseles que nosotros aceptaríamos una boda por la iglesia?
Silanti se levantó de su sitio y alzó un dedo: señal de que iba a hacer uso de la palabra.
-Silanti, ¿vas a hablar? - le preguntó Kolka.
-Quiero preguntar una cosa.
-Bueno; pregunta.
Este Kuzmá es, como se dice un hombre soñador. Pero que nos diga Osip lvánovich, ¿para qué narices nos hacen falta aquí los popes? Valdría más que nos cebaras, eso, un cerdo.
-¡Así se hundan! -rompió a reír Stomuja- Si encuentro a algún pope cuando voy de caza me vuelvo escapado a casa.
-Entonces, es a Kuzmá a quien le hacen falta los melenudos, como se dice.
Kuzmá Petróvich sonrió:
-¡Ji, ji! No se trata de que me hagan falta, porque, en realidad, ¿qué provecho se saca con ellos? Eso se entiende por sí solo. Pero ¿sabes?, es que nuestros abuelos y tatarabuelos lo hacían así y, además, Pável Ivánóvich dice que, como nos llevamos a una muchacha pobre, es decir, sin eso, sin dote, pues...
Kalina Ivánovich golpeó la mesa con el puño:
-Pero ¿qué estás diciendo? ¿Quién te ha dado derecho a maullar cosa semejante? ¿Quién es el rico que ha venido aquí a presumir? ¿Tú crees que, como tú y tu Pável Ivánovich habéis levantado una jata, ya podéis despreciar a todo el mundo? El parásito ese, por tener una mesa y dos bancos y una pelliza en el arca, se cree ya un millonario.
Kuzmá Petróvich chilló, asustado:
-¿Pero es que nosotros hemos presumido aquí? Hemos hablado de la dote, sin intención de molestar.
-¿Es que tú sabes a dónde has venido o no lo sabes? Aquí es el Poder soviético o ¿tú no sabes tal vez lo que es, el Poder soviético? El Poder soviético puede dar una dote que todos tus hediondos abuelos se darán tres vueltas en el ataúd, los parásitos.
-Pero si nosotros... - objetaba débilmente Kuzmá Petróvich.
Los muchachos se reían a carcajadas y aplaudían a Kalina lvánovich.
Kalina Ivánovich estaba verdaderamente sulfurado.
-Que el Soviet de jefes examine bien esta cuestión. Es un hecho que han venido a pedirnos novia y debemos pensar si casamos o no a nuestra hija Olga con un harapiento como ese Nikoláienko, que sólo come patatas y cebolla y cultiva malezas el muy parásito en lugar de trigo. Nosotros somos gente rica; tenemos que pensarlo bien.
El entusiasmo general del Soviet de jefes y de todos los asistentes a la reunión demostró que no había ningún problema. Se invitó a los casamenteros a salir del despacho por algún tiempo, y el Soviet de jefes empezó a deliberar acerca de lo que se debía dar como dote a Olga.
Los muchachos, afectados en lo más vivo por todo lo anterior, asignaron una dote a Olga que, desde todos los puntos de vista, era completamente excepcional. Se llamó a Shere; temíase que protestara contra algunas entregas. Pero Shere, sin pensarlo un instante, dijo severamente:
-Eso está bien. Aunque nos sea gravoso, tenemos que dotar espléndidamente a Vóronova, mejor que a todas las novias de la comarca. Hay que dar una lección a los kulaks.
Por eso si, durante la discusión de la dote, hubo objeciones, fueron del siguiente género:
-¿Qué estás diciendo? ¡Un potrito! hay que darle un caballo y no un potrito.
Una hora más tarde, los casamenteros, que habían estado respirando aire fresco, fueron convocados al Soviet y Kolka Vérshnev se levantó y, tartamudeando un poco, pronunció este imponente discurso:
-El Soviet de jefes ha, decidido casar a Olga con Pável. Pável pasará a vivir en una jata aparte, y el padre le cederá lo que buenamente pueda. Nada de popes; el matrimonio será inscrito en el Registro Civil. El primer día de la boda lo celebraremos aquí, y después vosotros haréis lo que os de la gana. A Olga, para que organice su economía, se le da:
Una vaca con un ternero de raza.
Una yegua con un potrillo.
Cinco ovejas.
Un cerdo de raza inglesa...
Kolka tuvo tiempo de enronquecer mientras acababa de leer la larguísima relación de la dote de Olga. Allí había herramientas de trabajo; y semillas, y reservas de forraje, ropa, muebles y hasta una máquina de coser. Kolka terminó así:
-Nosotros ayudaremos a Olga siempre que haga falta, y ellos están obligados, en caso necesario, a ayudar a la colonia sin negativa de ningún género. A Pável se le confiere el título de colono.
Los asustados casamenteros parpadeaban y parecían en vísperas de tomar la extremaunción. Sin preocuparse ya de si era oportuno o no, entraron corriendo los muchachos y, entre risas, ataron los rushnikí a los casamenteros, y los muchachos, con Toska a la cabeza, les ofrecieron en una bandeja, cubierta por un rushnik, el pan y la sal. Los casamenteros, desorientados, tomaron torpemente el pan sin saber qué hacer con él. Toska sacó la bandeja de debajo del brazo de Kuzmá Petróvich y le dijo alegremente:
-¡Eh! Eso devuélvalo; si no, tendré lío con el molinero. La bandeja es de él.
Las muchachas extendieron un mantel sobre mi mesa y colocaron en ella tres botellas de Kagor y unos quince vasos. Kalina Ivánovich escanció a todos y levantó su vaso:
-Bien, que viva y sea obediente.
-¿A quién debe obedecer? -preguntó Osip Ivánovich.
-Pues ya se sabe: al Soviet de jefes y, en general, al Poder soviético.
Todos brindamos, bebimos el vino y tomamos bocadillos de salchichón.
Kuzmá Petróvich hacía reverencias:
-Bueno, gracias por lo bien que se han hecho las cosas. Entonces, vamos a felicitar a Pável Ivánovich y a Evdokía Stepánovna.
-Felicítales, felicítales -asintió Kalina Ivánovich. Osip Ivánovich nos estrechó las manos:
-Y vosotros... vamos, sois gente de verdad... ¡A nosotros nos falta mucho para poder compararnos con vosotros!
Los casamenteros, suaves y modestos como colegiales, salieron del despacho y se dirigieron a la aldea. Nosotros les seguíamos con la mirada. De pronto, Kalina Ivánovich entornó alegremente los ojos y se encogió, descontento, de hombros:
-¡No, así no vale! ¿Por que se van como unos idiotas? Alcánzales, Petró, y diles que vayan a mi casa, y tú, Antón, engancha dentro de una hora y acércate.
Una hora más tarde, los muchachos, entre risas, acomodaron en el carruaje a los casamenteros, todavía atados con los rushnikí, aunque habiendo perdido ya otros muchos indicios de su rango de embajadores oficiales y, entre ellos, la palabra articulada. Cierto, Kuzmá Petróvich no se había olvidado del pan, que estrechaba amorosamente contra su pecho. El Molodiéts tiró del pesado carruaje, como si llevara una plumita, por el camino de arena.
Kalina Ivánovich escupió:
-Ha enviado intencionadamente a los más pobres el muy parásito.
-¿Quién?
-Pues ese Nikoláienko. Quería demostrarnos que a tal novia, tales casamenteros.
-Aquí no se trata de eso -intervino Silanti-. Aquí fíjate qué historia, otros casamenteros no habrían aceptado la boda sin pope, y ésos, ¿qué más les da?, se ríen de los popes, son así... Y el viejo diablo les ha dicho, ¿sabes?, así: vosotros exigid que sea con pope, pero, en caso de que no, que se vaya el pope al cuerno. Fíjate qué historia.
La boda fue señalada, para mediados de agosto; funcionaban las comisiones, se ensayaba un espectáculo. Había muchas preocupaciones, y todavía más gastos, y Kalina Ivánovich incluso andaba, triste:
-Si tuviéramos que casar así a todas nuestras muchachas, valdría más, Antón Semiónovich, que nos cogieras a los muchachos y a mí, viejo memo, y nos mandaras a pedir limosna... Pero no se puede hacer de otro modo...
El día de la boda, la colonia fue rodeada de centinelas desde por la mañana: tuvimos que dedicar a ellos dos destacamentos. Sólo a setenta personas enviamos invitaciones impresas. En ellas se leía:

"El Soviet de jefes de la colonia, de trabajo Máximo Gorki le invita a asistir a la comida y al espectáculo que se celebrará por la noche con motivo de la salida de la colonia de la educanda Olga Vóronova y de su boda con el camarada N. Nikoláienko.
El Soviet de jefes".

A las dos de la tarde todo está dispuesto en la colonia. Se han instalado las mesas engalanadas en el jardín, en torno al surtidor. El ornato de este lugar es un regalo del círculo de Zinovi Ivánovich: sobre finas cañas, que rodean el comedor por todas partes, allí donde han penetrado difícilmente las manos de los colonos y donde ahora penetra la vista con tanta facilidad, penden finas y verdes guirnaldas, hechas de tiernos brotes de abedul. Sobre las mesas, floreros con ramos de "reinas de las nieves".
Hoy se puede ver con serena alegría cómo ha crecido y se ha engalanado la colonia. En el parque, amplios senderos, espolvoreados de arena, subrayan la verde riqueza de las tres terrazas, en las que cada árbol, cada grupo de matorrales, cada línea del parterre -fruto de largas reflexiones nocturnas- están regados por el sudor del trabajo de los destacamentos mixtos, están ornados como de piedras preciosas por la solicitud y el amor de la colectividad. Las alturas y las hondonadas de la orilla del río han tenido que plegarse a una disciplina severa, aunque amplia y cariñosa: bien una docena de peldaños de madera, bien una pasarela de abedul, bien una alfombra rectangular de flores, bien unos estrechos y tortuosos senderos, bien la plataforma de la ribera espolvoreada de arena, todo ello demuestra de nuevo hasta qué punto el hombre es más inteligente que la naturaleza y superior a ella, incluso un hombre así, con los pies descalzos. Y en los amplios patios de este dueño descalzo, sobre el lugar de las profundas heridas que le dejaron por toda herencia, él, hijastro de la vieja humanidad, también ha puesto en todas partes su mano de artista. Ya en el otoño, los colonos plantaron aquí doscientos arbustos de rosas y un número incontable de asters, de, claveles, de girofleas, de geranios intensamente rojos, de campánulas azules y otras flores desconocidas y no bautizadas. A los lados del patio se extendieron auténticas carreteras uniendo y delimitando el emplazamiento de las distintas casas; cuadrados y triángulos de césped rellenaron y rejuvenecieron los pasos libres, convirtiéndose aquí y allá en verdes divanes.
La colonia es ahora hermosa y confortable, todo en ella tiene sentido, y yo, al verla, me enorgullezco de mi participación en el embellecimiento de la tierra. Pero yo también tengo mis caprichos estéticos: ni las flores, ni los senderos, ni los rincones umbríos son capaces de eclipsar por un momento a estos muchachos de calzones azules y blancas camisas. Corren, se pasean tranquilamente entre los invitados, se afanan alrededor de las mesas, montan la guardia, conteniendo a los cientos de curiosos que han llegado para ver esta insólita boda: son los gorkianos, esbeltos y bien proporcionados, con el talle ágil y flexible, muchachos de cuerpos musculosos y sanos que ignoran la medicina y rostros frescos de labios encendidos. Estos rostros son un producto de la colonia. Los muchachos nos llegan de la calle con el rostro completamente distinto.
Cada uno de ellos tiene su propio camino, y también tiene su camino la colonia Gorki. Yo siento en mis manos el comienzo de muchos de esos caminos, pero ¡qué difícil es entrever en la bruma inmediata el futuro de su rumbo, su continuación, su fin! En la bruma bailan y giran elementos espontáneos, todavía no domeñados por el hombre, todavía no bautizados en el plan y en las matemáticas. Y nuestra marcha en medio de esos elementos espontáneos tiene igualmente su propia estética, pero la estética de las flores y de los parques ya no me emociona.
No me emociona. además, porque se me acerca María Kondrátievna y me dice:
-¿Qué le ocurre, papaíto, que está tan solo y tan triste?
-¡Cómo no voy a estar triste, si todos, incluso usted me han abandonado!
-Me alegro de servirle de consuelo. Hasta le he buscado intencionadamente y no he querido ver sin usted la exposición de la dote de Olga. Vamos.
En dos aulas ha sido reunido todo el ajuar de Olga. Ante la exposición se agrupan los invitados; las mujeres, envidiosas y enfadadas, contraen los labios y me asaetean con una mirada atenta y hostil. Han despreciado altivamente a nuestra novia y han casado a sus hijos con muchachas del caserío, y ahora resulta que tenían bajo las narices a las novias más pudientes. Yo reconozco su derecho a tratarme con indignación.
Bókova dice:
-¿Pero qué va a hacer usted si los casamenteros empiezan a acudir en tropel a la colonia?
-Estoy asegurado -respondo-; nuestras novias son muy exigentes.
De pronto llega corriendo un pequeño, terriblemente asustado:
-¡Ya vienen!
En el patio resuena ya, apremiante, el toque de asamblea general. A la entrada se extiende la fila de los colonos con la bandera y la sección de los tambores, como corresponde. Tras el molino aparece nuestro coche: los caballos adornados con cintas rojas; en el pescante, Brátchenko, también adornado con un lazo. Saludamos a los recién casados. Antón tira de las riendas y Olga se arroja alegremente a mi cuello. Está emocionada, y me dice riendo y llorando al mismo tiempo:
-Mire, no me abandone ahora; si no, empezaré ya a tener miedo.
Comenzamos un pequeño mitin. María Kondrátievna me conmueve inesperadamente: en nombre del Comisariado del Pueblo de Instrucción Pública, regala a los recién casados una biblioteca agrícola. Dos colonos traen todo un montón de libros sobre unas parihuelas adornadas de flores.
Después del mitin, colocamos a la joven pareja bajo la bandera, y todos, formados, la escoltamos hasta las mesas. Se ha asignado a los recién casados el puesto de honor y tras ellos sitúase la brigada de la bandera. El colono de guardia releva solícitamente a los centinelas. Veinte colonos, con delantales de nítida blancura, empiezan a servir la comida. El destacamento mixto especial de Taraniets vigila atentamente el nivel de los bolsillos de los invitados y, sin hacer ruido, arroja al Kolomak unas cuantas botellas de samogón, requisadas con habilidad de prestidigitadores y cortesía de anfitriones.
Yo estoy sentado junto a la joven pareja; al otro lado están Pável Ivánovich y Evdokía Stepánovna. Pável Ivánovich, un hombre severo, con una barbita al estilo de San Nicolás el Milagroso, suspira pesadamente: quizá le fastidia tener que dotar al hijo, quizá le aburre contemplar la botella de cerveza, ya que Taraniets acaba de quitarle el samogón.
Los colonos son hoy maravillosos, y yo no me canso de admirarles. Alegres, hospitalarios, afables e irónicos de un modo especial. Incluso el undécimo destacamento, que está en el otro extremo de la mesa, entabla largas y animosas conversaciones con los cinco invitados adscritos a su grupo. Yo los contemplo un poco preocupado: ¿no se manifestarán con excesiva sinceridad? Me acerco. Shelaputin, que conserva todavía su voz de discante, escancia cerveza a Kósir y le dice:
-A usted, como fueron los popes quienes le casaron, así le ha resultado de mal.
-Si quiere, podemos recasarle - sugiere Toska.
Kósir sonríe:
-Es tarde para recasarme, hijitos.
Kósir se santigua y bebe cerveza. Toska se ríe a carcajadas.
-Ahora le dolerá a usted la tripa...
-Dios me libre, ¿por qué?
-Por haberse santiguado.
Al lado está un campesino, con una barba de color paja, toda enmarañada: un invitado de Pável Ivánovich. Es la primera vez que, visita la colonia y todo le sorprende:
-Muchachos, ¿y es verdad que vosotros sois aquí los amos?
-¿Pues quién si no? -responde Shurka.
-¿Y para qué queréis esta hacienda?
Toska Soloviov se vuelve hacia él con todo el cuerpo:
-¿Es que no sabe usted para qué? Sin esto, seríamos braceros; y así no lo somos.
-¿Y tú qué vas a ser, por ejemplo?
-¡Oh! -exclama Toska, levantando una empanada por encima de la oreja. Yo seré ingeniero. Así lo dice también Antón Semiónovich. En cuanto a Shelaputin, será piloto.
Toska, mira burlonamente a su amigo Shelaputin. Lo hace porque su futuro de piloto no ha sido aún reconocido por nadie en la colonia. Shelaputin mastica enérgicamente:
-Sí, yo seré piloto.
-Y para las faenas del campo, por ejemplo; no tenéis aficionados?
-¡Cómo no! Tenemos. Sólo que los nuestros no serán campesinos como vosotros -y Toska lanza una rápida mirada a su interlocutor.
-¿Ah, sí? ¿De qué manera hay que entender eso: no como vosotros?
-Pues distintos. Tendremos tractores. ¿Usted ha visto algún tractor?
-No, no he tenido oportunidad.
-Pues nosotros los hemos visto. Hay por allí un sovjós, al que nosotros hemos llevado cerdos. Allí hay un tractor, así como un escarabajo...
La larga hilera de invitados está bien encuadrada por nuestros destacamentos.
Distingo netamente los límites de cada destacamento y veo sus centros, donde ahora es mayor el bullicio. La máxima alegría reina en el noveno destacamento, porque allí está Lápot, alrededor del cual se ríen a carcajadas colonos e invitados. Hoy Lápot, puesto, previamente de acuerdo con su amigo Taraniets, ha hecho una jugada grande y complicada al grupo de la, dirección del molino, que está sentado en las mesas del noveno, destacamento y que, según la orden del Soviet de jefes, se halla confiado a él. Son el molinero, fuerte y peludo, el contable, delgado y largo, y el mecánico, un hombre modesto. Para Taraniets, en otro tiempo carterista, no ofrecida dificultad alguna extraer del bolsillo del molinero una botella de samogón y sustituirla por otra, llena de agua corriente del Kolomak.
Ya sentados ante la mesa, el molinero y el contable titubearon durante mucho tiempo, sin quitar la vista del destacamento mixto de Taraniets. Pero Lápot les guiñó un ojo, tranquilizándoles:
-Sois de la casa, yo lo arreglaré. Y luego inclina hacia sí la cabeza de Taraniets cuando pasa a su lado y le susurra algo. Taraniets asiente con la cabeza.
Lápot aconseja, confidencial:
-Vertedlo en los vasos debajo de la mesa y teñidlo con cerveza. Así no se notará.
Después de unos cuantos ejercicios acrobáticos de bajo de la mesa, frente a los sedientos aparecen vasos llenos de una cerveza sospechosamente blanca, sus felices poseedores preparan nerviosos los entremeses bajo la atenta mirada del noveno destacamento, pendiente de ellos. Por fin, todo está listo y el molinero guiña, pícaro, un ojo a Lápot, levantando el vaso hacia la barba. El contable y el mecánico miran todavía prudentemente a derecha e izquierda, pero alrededor todo está tranquilo. Taraniets se aburre al pie de un álamo. Lapot siente que los ojos comienzan a echarle llamas y los oculta con sus párpados.
El molinero dice en voz baja:
-Bueno, ¡felicidades para todos!
El noveno, destacamento, inclinado la cabeza, observa cómo los tres invitados vacían los vasos. Ya en los últimos tragos se nota cierta inseguridad. El molinero deposita el vaso vacío sobre la mesa y mira receloso a Lápot, pero el muchacho mastica aburrido, y piensa en algo muy remoto. El contable y el mecánico tratan por todos los medios de demostrar que no ha ocurrido nada de particular e incluso ensartan en el tenedor los entremeses preparados.
El experto molinero examina la botella bajo la mesa, pero alguien le agarra cariñosamente la mano. El molinero levanta la cabeza y contempla el rostro pecoso y astuto de Taraniets.
-Pero ¿cómo no le da a usted vergüenza? - dice Taraniets y es tal su sinceridad, que hasta se sonroja -. Se había advertido que no se podía traer samogón, y usted, que es de la casa... Y, además, han bebido ya ¿Quién ha bebido con usted?
-¡El diablo lo sabe! -responde, desconcertado, el molinero-. Yo no comprendo si hemos bebido o no.
-¿Cómo que no lo comprende? A ver, ¡écheme usted el aliento!... ¿Qué hay que comprender? Huele usted lo mismo que un barril. No sé cómo no le da vergüenza: venir a la colonia con esas cosas...
-¿Qué pasa? -se interesa desde lejos Kalina Ivánovich.
-Samogón -dice Taraniets, mostrando la botella.
Kalina Ivánovich mira terriblemente al molinero. El noveno destacamento se encuentra hace ya tiempo presa de un ataque de risa, seguramente porque Lápot está contando algo muy cómico acerca de Galatenko. Los muchachos han dejado caer la cabeza sobre la mesa y ya no pueden resistir nada más cómico.
Aquí sobra alegría hasta el final de la comida, porque Lápot pregunta de vez en cuando al molinero:
-¿Qué, es poco?, ¿Y no hay más? ¡Qué pena!... ¿Y era bueno? ¿Regular?... ¡Qué lástima que ese Fiódor sea tan exigente! ¿Por qué eres así, Fiódor? ¡Si es gente de casa!
-Está prohibido -dice seriamente Taraniets-. Fíjate, apenas pueden sostenerse.
Lápot tiene todavía por delante un amplio programa. Todavía levantará cuidadosamente de la mesa al molinero y le musitará al oído:
-Venga; vamos a llevarle por el jardín; si no, se notará mucho...
El octavo destacamento de Karabánov está hoy de guardia, pero el propio Karabánov no hace más que aparecer alrededor de las mesas, allí donde arde en una hoguera la filosofía excitada por la boda extraordinaria. Aquí están Kóval, Spiridón, Kalina Ivánovich, Zadórov, Vérshnev, Vólojov y el presidente de la comuna, Lunacharski, el inteligente Nestrenko, con su barbita pelirroja de macho cabrío.
La comuna del otro lado del río no prospera, no puede cultivar los campos, no sabe calcular y distribuir los deberes y los derechos, no sabe domeñar el díscolo carácter de las mujeres y no es capaz de organizar la paciencia en el presente y la fe en el día de mañana. Nesterenko resume tristemente:
-Es preciso traer gente nueva... ¿dónde podemos encontrarla?
Kalina Ivánovich responde calurosamente:
-No tienes razón, camarada Nesterenko, no tienes razón... Los nuevos, parásitos, no sabrán hacer nada como es debido. Al contrario, es preciso aumentar el número de los viejos...
Hay más bullicio en las mesas. Han sido servidas las manzanas y las peras de nuestros jardines, y en el horizonte han aparecido toneles con helado, el orgullo de la guardia de hoy.
Detrás de la casa suena un acordeón, y un estridente cántico femenil -uno de los castigos del ritual de bodas- nos echa a perder el día. Media docena de mujeres giran y patean ante un acordeonista borracho, de rostro avinagrado, y se acercan poco a poco hacia nosotros.
-Han venido por la dote -dice Taraniets.
Una mujer huesuda, con la cara sonrosada, empieza a patear, por lo visto en honor mío, echando los codos hacia delante y arrastrando por la arena sus zapatos grandes y desgarbados.
-Padrecito querido, padrecito querido, despide, a la hija, dótala.
En sus manos aparecen no sé de dónde una botella de samogón y una copa afiligranada de color marrón oscuro. Con ímpetu de borracha la mujer llena la copa, regando la tierra y su vestido. Taraniets se interpone entre ella y yo:
-Ya está bien.
Taraniets retira sin dificultad de sus manos la botella, pero la mujer, olvidándose de mí, se lanza ávidamente hacia Olga y dice con un alegre estribillo de borracha:
-¡Olga Petrovna, guapísima! Te has dejado las trenzas sueltas... Eso no puede ser, eso no puede ser... Mañana te pondremos una cofia y andarás con ella.
-No me la pondré -dice Olga con inesperada severidad.
-¿Qué piensas hacer, entonces? ¿Vas a andar con las trenzas sueltas?
-Pues claro.
Las mujeres se ponen a chillar, a decir algo, avanzando hacia Olga. Vólojov, irritado y furioso, las dispersa y pregunta a quemarropa, a la que lleva la voz cantante.
-Y si no se la pone ¿qué?
-¡Pues que no se la ponga, que no se la ponga! Vosotros sabréis mejor lo que hay que hacer. De todas formas, no han recibido la bendición nupcial.
Los hombres intervienen diplomáticos y separan en diversas direcciones a las mujeres ebrias, que no dejan de reírse a carcajadas. Olga y yo salimos del parque.
-No les tengo miedo -dice Olga-, pero me costará trabajo.
Los muchachos pasan cerca de nosotros, llevando muebles y hatillos de ropa. Hoy representamos La boda, de Gógol, y antes del espectáculo Zhurbín dará una conferencia acerca de las bodas en los diferentes pueblos.
Todavía falta mucho, muchísimo para que acabe la fiesta.

11. LÍRICA

Poco después de la boda de Olga se abatió sobre nosotros una calamidad que esperábamos desde hacía tiempo: era preciso despedir a los que se iban a estudiar al Rabfak. Aunque acerca del Rabfak se hablaba ya en los tiempos del "más guapo" y para el Rabfak los muchachos se preparaban cotidianamente, aunque nuestra máxima ilusión era tener "rabfakianos" propios, y aunque todo esto era un motivo de alegría y de satisfacción, cuando llegó el día de la despedida todos sintieron que se les oprimía el corazón, que los ojos se les llenaban de lágrimas, y una sensación como de miedo embargó a los colonos: la colonia existía, trabajaba, se reía, y ahora de pronto empezaban a irse, se dispersaban, y parecía que esto no lo esperaba nadie. También yo me desperté aquel día con un sentimiento de inquietud y la sensación de perder algo.
Después del desayuno, todos se pusieron trajes limpios, se colocó en el jardín las mesas engalanadas, en mi despacho la brigada de la bandera quitaba la funda a la enseña y los tambores se ajustaban los instrumentos a la cintura. Pero tampoco esos indicios de fiesta pudieron apagar los destellos de tristeza; los ojos azules de Lídochka estaban llorosos desde por la mañana; las muchachas lloraban a lágrima viva tendidas en sus camas, y Ekaterina Grigórievna las consolaba sin éxito, porque ella misma apenas podía reprimir su emoción. Los muchachos estaban serios y silenciosos. Lápot parecía el hombre más aburrido del mundo; los pequeñuelos, distribuidos en inusitadas líneas rigurosas, como gorriones montados en alambres, no emplearon nunca el pañuelo para sonarse tanto como aquel día. Sentados muy formalitos en bancos y empalizadas, con las manos entre las rodillas, examinaban los objetos situados bastante por encima de su habitual campo de vista: los techos, las cimas de los árboles, el cielo..
Yo comparto su perplejidad infantil, yo comprendo su tristeza, la tristeza de los hombres que creen en la justicia. Estoy de acuerdo con Toska Soloviov: ¿por qué razón no estará ya mañana en la colonia Matvéi Belujin? ¿Acaso es imposible organizar más racionalmente la vida, de manera que Matvéi no tenga que irse a ningún sitio, de manera que Toska no deba sufrir un gran dolor, injusto e irremediable? ¿ Y acaso no tiene Matvéi otro amigo que Toska y acaso se marcha únicamente Matvéi? Se marchan: Burún, Karabánov, Zadórov, Kráinik, Vérshnev, Golos, Nastia Nochévnaia y cada uno de ellos tiene decenas de amigos, y Matvéi, Burún, Semión son hombres de verdad, a los que es tan dulce imitar y sin los que será preciso comenzar de nuevo la vida.
No eran sólo esos sentimientos los que deprimían a la colonia. Tanto para mí como para cada colono estaba claro que la colonia había sido puesta en el tajo y que sobre ella se había alzado una pesada hacha para decapitarla.
Los propios "rabfakianos" tenían el mismo aspecto que si se les preparase a ser sacrificados "a los múltiples dioses de la necesidad y del destino". Karabánov no se separaba de mí y decía sonriendo:
-La vida está organizada de tal modo que nada sale bien. Ir al Rabfak, si se piensa en ello, es una felicidad, es, puede decirse, un sueño, el mirlo blanco, el diablo sabe qué. Pero, en realidad, tal vez no sea así, y tal vez nuestra felicidad se termina hoy, aquí mismo, ¡porque me da tanta, tanta pena dejar la colonia!... Si no me viera nadie, levantaría la cabeza y aullaría... ¡Cómo aullaría!... Tal vez entonces me sentiría mejor... No hay verdad en el mundo.
Desde un rincón de mi despacho Vérshnev nos lanza una mirada rabiosa:
-La única verdad es la gente.
-Habló el buey y dijo mu -se ríe Karabánov-. ¿Y tú qué?... ¿Has buscado ya la verdad entre los gatos?
-N-n-no, no se trata de eso... sino de que la gente debe ser buena; si no, que se vaya al dia-diablo to-toda ver-dad. Si hay un canalla, ¿comprendes?, igual estorbará en el socialismo. Hoy lo he comprendido.
Yo contemplé, atentamente a Nikolái:
-¿Porqué hoy?
Hoy la gente se v-ve como en un espejo. Yo no sé; antes siempre había trabajo... y cada día era igual... de trabajo todo lo demás. Y hoy, no sé por qué, pero se ve, Gorki ha escrito la verdad. Yo antes no lo comprendía, es decir, lo comprendía, pero no le daba importancia: ser hombre. Esto no lo consigue un canalla cualquiera. Y es justo: hay gente y hay hombres.
Con esas palabras disimulaban los "rabfakianos" sus heridas recientes al abandonar la colonia. Pero ellos sufrían menos que nosotros, porque tenían en perspectiva el radiante Rabfak y nosotros no teníamos en perspectiva nada radiante.
La víspera, de noche, se reunieron los pedagogos en la terracilla de mi casa. Unos sentados, otros de pie, pensativos y turbados, tenían necesidad de estar juntos, apoyados los unos en los otros. La colonia dormía, había silencio, un aire quieto y tibio, el cielo estaba estrellado. El mundo me parecía un delicioso jarabe terriblemente complejo; sabroso, agradable, pero no se sabía de qué estaba hecho, no se sabía qué inmundicias había diluidas en él. En tales momentos, escarabajos filosóficos atacan al hombre, y el hombre quiere comprender lo antes posible las cosas y los problemas incomprensibles. Y si mañana os abandonan "para siempre" vuestros amigos, a los que vosotros habéis extraído con cierto trabajo de la nada social, en tal caso el hombre contempla también el apacible firmamento y calla, y por un instante le parece que los tilos, los fresnos, los álamos próximos le dictan en voz baja soluciones justas de los problemas.
Así también nosotros, en grupo impotente, cada uno por aislado y todos en común, guardábamos silencio y reflexionábamos, escuchando el susurro de los árboles y mirando fijamente a las estrellas. Así se conducen los salvajes después de una partida fracasada de caza.
Yo pensaba al mismo tiempo que los demás. Aquella noche, la noche de mi primera y verdadera promoción, pensé en muchas tonterías. A nadie se lo dije entonces; incluso a mis colegas les parecía que sólo ellos estaban emocionados y que, yo seguía en mi puesto como un roble, fuerte e inconmovible. A ellos, seguramente, les daba vergüenza dar señales de debilidad en mi presencia.
Yo pensaba que mi vida era injusta, la vida de un forzado. Que yo había sacrificado el mejor trozo de mi vida sólo para que media docena de "delincuentes" pudieran ingresar en el Rabfak; que en el Rabfak y en la gran ciudad serían sometidos a nuevas influencias que yo no podría dirigir y que ¡quién sabe cómo terminaría todo eso! ¿Quizá mi trabajo y mi sacrificio eran simplemente un coágulo de energía innecesaria, gastada en vano?
También pensaba en otra cosa: ¿por qué tal injusticia? Yo había hecho una buena obra, algo mil veces más difícil y más digno que cantar una romanza en la velada de algún club, incluso más difícil que desempeñar un papel en una buena obra, aunque fuera en el Teatro de Arte de Moscú... ¿Por qué allí centenares de personas aplauden a los artistas, por qué los artistas se van a dormir a su casa con la sensación del interés y de la gratitud humana, mientras que yo permanezco angustiado de noche, a oscuras, en una colonia perdida en los campos? ¿Por qué no me aplauden aunque no sean más que los habitantes de Gonchárovka? Incluso peor: yo volvía continuamente, alarmado, a la idea de que, había invertido mil rublos en "dotar" a los "rabfakianos" y de que semejante dispendio no estaba previsto en ningún capítulo del presupuesto, que el inspector de la sección de hacienda, cuando le consulté con ese motivo, me contempló con una mirada seca y condenatoria y me dijo:
-Si lo desea, puede usted gastarlos, pero tenga en cuenta, que tiene asegurado el descuento de su salario.
Sonreí, recordando ese diálogo. En mí mente comenzó a funcionar en el acto toda una institución: en un despacho alguien componía una ardiente filípica contra el inspector, y, en la habitación contigua, otro decía en voz alta con un tono despreocupado: "¡Ríete de eso!" y al lado, inclinándose sobre las mesas, la servicial banda cerebral calculaba durante cuántos meses tendrían que descontarme del sueldo los mil rublos. Esta institución funcionaba a conciencia, a pesar de que en mi mente, funcionaban, además, otras instituciones. En el edificio vecino se celebraba una sesión solemne: en la escena nuestros educadores y los "rabfakianos", una orquesta de cien voces ejecutaba La Internacional, un sabio pedagogo pronunciaba un discurso.
De nuevo pude sonreír: ¿qué cosas buenas podría decir el sabio pedagogo? ¿Acaso había visto él a Karabánov, salteador de caminos, con un revólver en la mano, o al ratero Burún en el alféizar de una ventana ajena, a Burún, cuyos amigos cayeron a tiros en esos mismos alféizares? No, él no los había visto.
-¿En qué piensa usted todo el tiempo? -me pregunta Ekaterina Grigónevn -. ¿En qué piensa y por qué sonríe?
-Estoy celebrando una sesión solemne -respondo yo.
-Ya se ve. Y, sin embargo, díganos, ¿qué vamos a hacer ahora sin núcleo?
-¡Ah! Ahí tiene usted una sección más de la futura ciencia pedagógica, la sección del núcleo.
-¿Qué sección?
-Me refiero al núcleo. Si hay colectividad, habrá núcleo.
-Según como sea el núcleo.
-El que necesitemos. Hay que tener una opinión más elevada de nuestra colectividad, Ekaterina Grigórievna. Nosotros nos inquietamos aquí pensando en el núcleo y, mientras tanto, la colectividad ha destacado ya a un núcleo, y usted ni siquiera lo ha advertido. El buen núcleo se multiplica por la división; apúntelo en su libro de notas para la futura ciencia acerca de la educación.
-Bueno, lo apuntaré -accede, condescendiente, Ekaterina Grigórievna.
Al día siguiente, el grupo de los educadores no expresaba para nada sus sentimientos, y la solemnidad transcurrió en medio de una severidad oficial. Yo no quise profundizar ese estado de ánimo y representé, lo mismo que en la escena, el papel de un hombre alegre que festeja el logro de sus mejores deseos.
A mediodía almorzamos ante las mesas engalanadas y, para nuestra sorpresa, nos reímos mucho. Lápot mostraba por gestos lo que sería de nuestros "rabfakianos" dentro de siete u ocho años. Representaba cómo moría de tuberculosis el ingeniero Zadórov, y cómo, junto a su cama, los médicos Burún y Vérshnev se repartían, los honorarios, cómo el músico Kráinik exigía el pago inmediato de la marcha fúnebre y, en caso contrario, se negaba a tocar. Pero en nuestra risa y en las bromas de Lápot resaltaba en primer plano no una alegría verdadera, sino una voluntad bien gobernada.
A las tres de la tarde formamos y sacamos la bandera. Los "rabfakianos" ocuparon el flanco derecho. De la cochera salió Antón montado en el Molodiets, y los muchachos cargaron en el carro las cestas de los que se iban. Se dio la voz de mandó, batieron los tambores, y la columna se puso en marcha, camino de la estación. Media hora más tarde salíamos de las movedizas arenas del Kolomak y pisamos, con un suspiro de alivio, la hierba firme y menuda del amplio camino, por el que antaño marcharon los tártaros y los zaporogos. Los tambores enderezaron la espalda, y, en sus manos, los palillos batieron con más viveza y más gracia.
-¡Derechos, la cabeza alta! -exigí con severidad.
Karabánov volvió la cabeza sin perder el paso y manifestó un raro talento: con una simple sonrisa me demostró simultáneamente orgullo, y alegría, y amor, y seguridad en sí mismo, en su bella vida futura. Zadórov, que marchaba a su lado, comprendió inmediatamente su movimiento y tímido como siempre, se apresuró a ocultar su emoción; tan sólo disparó la mirada de sus ojos vivos por el horizonte y alzó la cabeza hacia la cima de la bandera. De pronto, Karabánov empezó a cantar con su voz alta y arrogante:

Tiéndete, tapiz bajito,
ponte, cosaco, cerquita.

Las filas corearon alegremente la canción. Me pareció estar en la plaza en un desfile del Primero de Mayo. Intuí con exactitud que tanto yo como todos los colonos sentíamos lo mismo: todo había cobrado de repente importancia, se había subrayado lo principal: la colonia Gorki despedía a sus primeros estudiantes. En su honor flameaba la bandera roja de seda, y batían los tambores, y la columna se mecía gallardamente en la marcha, y el sol, sonrosado de alegría, nos cedía el camino, inclinándose hacia el Oeste, como si cantara con nosotros la bella y aguda canción, que parecía hablar de un cosaco enamorado, pero que, en realidad, hablaba del destacamento de los "rabfakianos", que iban a Járkov, cumpliendo la orden dictada ayer por el Soviet de jefes, del "séptimo destacamento mixto al, mando de Alexandr Zadórov". Los muchachos cantaban con deleite y me miraban de reojo: estaban contentos de que yo compartiera su alegría.
Detrás de nosotros hacía ya tiempo que se levantaban unos remolinos de polvo y pronto reconocimos al, jinete: era Olia Vóronova.
Saltó del caballo y me invitó:
-Monte usted. Es una buena silla, cosaca. A poco llego tarde.
-Yo no tengo nada de gran capitán -respondí-. Que monte Lápot; él es ahora el secretario del Soviet de jefes.
-Eso está bien -asintió Lápot y, encaramándose al caballo, se puso a la cabeza de la columna, irguiendo el talle y retorciéndose el inexistente bigote.
Me vi obligado a ordenar "en su lugar descanso" porque Olga tenía gana de hablar y Lápot hacía reír con exceso a los colonos.
En la estación, todo transcurrió con una tristeza solemne y, al mismo tiempo, con una alegría algo descabellada. Desde el vagón, los estudiantes contemplaban con orgullo nuestras filas y al público emocionado por nuestra llegada.
Después del segundo toque de campana, Lápot, pronunció un pequeño discurso:
-Cuidado, hijitos, con dejarnos mal. Tú, Shurka, tírales bien de las riendas. Y no os olvidéis de entregar este vagón al museo. Y que digan en la inscripción: "En esté vagón marchó al Rabfak Semión Karabánov".
Volvimos a través de los prados, siguiendo estrechos senderos, arroyos, zanjas, que era preciso atravesar de un salto. Por eso nos distribuíamos en grupos de amigos, y entre las sombras del crepúsculo desnudábamos en voz baja nuestros pensamientos más íntimos y los exhibíamos sin ninguna fanfarronería los unos a los otros.
-Yo -decía Gud- no quiero ir a ningún Rabfak. Seré zapatero y haré buenas botas. ¿Acaso esto es peor que ir al Rabfak? No, no es peor. Pero es una lástima que se hayan ido los muchachos. ¿Verdad que es una lástima?
El torcido, patizambo y serio Kudlati miró severamente a Gud:
-Tú serás malo hasta como zapatero. La semana pasada me echaste un remiendo a las botas, y a la noche ya se me había caído. Francamente, un zapatero así es peor que un doctor. Y un buen zapatero puede ser mejor que un doctor.
Por la noche reinaba en la colonia un silencio abrumador. Antes del toque de silencio, Osadchi, jefe de guardia de aquel día, se presentó en mi despacho, trayendo borracho a Gud. Dicho sea de paso, más que borracho estaba tierno y lírico. Sin reparar en la indignación general, permanecía ante mí y hablaba en voz baja, mirando a mi tintero:
-He bebido porque era necesario. Yo soy zapatero, pero ¿tengo alma? La tengo. Si se han ido tantos muchachos, el diablo sabe a dónde, y Zadórov se ha ido también con ellos, ¿puedo yo soportarlo tranquilamente? ¡No, no puedo! Por eso he bebido con el dinero que he ganado. ¿Eché al molinero un par de suelas? Se las eché. Y he bebido con mi dinero. ¿He matado a alguien? ¿He ofendido a alguien? ¿Me he metido con alguna muchacha? No, no me he metido con ninguna. Y él grita: ¡Vamos al despacho de Antón! Bueno, vamos. ¿Y quién es Antón?... Ese es usted, Antón Semiónovich. ¿Quién es? ¿Una fiera? No, no es una fiera. ¿Tal vez es un hombre quisquilloso? No, no es un hombre, quisquilloso. ¿Y entonces qué? He venido; aquí me tienen. Ante usted está el mal zapatero. Gud.
-¿Puedes escuchar lo que voy a decirte?
-Puedo. Puedo escuchar lo que me diga.
-Pues bien, escúchame. Hacer botas es una cosa buena, necesaria. Serás un buen zapatero y llegarás a dirigir una fábrica de calzado sólo en caso de que no bebas.
-Bueno, y ¿si se va tanta gente?
-De todas formas..
-Entonces, según usted ¿no debía haber bebido?
-No.
-¿Y ya no puedo corregirlo? -Gud inclinó profundamente la cabeza-. Entonces, castígueme usted.
-Vete a dormir. Por esta vez no te castigaré.
-¡Ya os lo decía yo! -lanzó Gud a los que le rodeaban y, después de pasear una mirada despreciativa sobre todos ellos, saludó al estilo de la colonia:
-A la orden, ir a dormir.
Lápot le tomó del brazo y le condujo cuidadosamente al dormitorio, como si fuera un concentrado de la tristeza de la colonia.
Media hora más tarde, Kudlati comenzó en mi despacho la distribución del calzado para el otoño. Sacaba amorosamente de la caja los, zapatos nuevos y los repartía entre los destacamentos de colonos según una lista hecha por él. En la puerta resonaban con frecuencia gritos.
-¿Cuándo vas a cambiarlos? Estos me aprietan.
Kudlati respondía, respondía y, por fin, se enfadó:
-Os he dicho veinte veces que hoy no los cambio. Mañana los cambiaré. ¡Qué burros!
Junto a mi mesa, Lápot entorna, fatigado, los ojos y dice a Kudlati:
-Camaradas, observad la cortesía, entre comprador y vendedor.

12. OTOÑO

De nuevo se avecinaba el invierno. En octubre cubrimos las numerosas burtas, llenas de remolacha, y Lápot propuso en el Soviet de jefes:
-Hemos decidido: suspirar con alivio.
Las burtas -eran unas zanjas largas y profundas, de veinte metros cada una. Shere había preparado más de diez zanjas de éstas para el invierno y todavía aseguraba que eran pocas, que se debía, gastar la remolacha con mucha prudencia.
Había que depositar la remolacha en esas zanjas con el mismo cuidado que si fueran aparatos ópticos. Shere sabía estar desde por la mañana hasta por la noche encima del destacamento mixto y repetir machaconamente:
-Por favor, camaradas, no tiradla así: os lo ruego encarecidamente. Tened en cuenta que, si dais un golpe fuerte a una remolacha, el lugar del golpe quedará lesionado. Después comenzará a pudrirse y acabará pudriéndose toda la burta. Por favor, camaradas, más cuidado.
Los muchachos, hartos del trabajo uniforme y, sobre todo, del trabajo "remolachero", no pierden la ocasión de aprovechar el tema señalado por Shere para distraerse y descansar un poco. Eligen la remolacha más redondita del montón, la más simpática y sonrosada, la rodean con todo su destacamento mixto, y el jefe del destacamento, un muchacho por el estilo de Mitka o de Vitka, alza las manos, separando los dedos, y dice en voz alta:
-Apartaos, no respiréis. ¿Quién tiene las manos limpias?
Aparece una camilla. El jefe del destacamento mixto levanta delicadamente la remolacha, pero ya resuena una exclamación de alarma:
-¿Qué haces? Pero, ¿qué haces?
Todos se detiene asustados y después asienten con la cabeza cuando la misma voz dice:
-¡Hay que tener más cuidado!
El primer mono de trabajo que encuentran al alcance de las manos es enrollado en forma de pequeña almohada suave y blanda; la almohada se coloca en la camilla, sobre ella descansa y, efectivamente, comienza a emocionar una pequeña remolacha sonrosada, redondita, entrada en carnes. Para disimular un poco su sonrisa, Shere muerde el tallo de una hierba. Los muchachos levantan la camilla y Mitka susurra:
-¡Cuidado, cuidado, camaradas! Tened en cuenta el peligro de la lesión; os lo ruego encarecidamente...
En la voz de Mitka se nota un remoto parecido con la voz de Shere, y por eso Eduard Nikoláievich no arroja el tallo.
Habíamos terminado la labranza de la tierra para la siembra de otoño. En aquella época únicamente empezábamos a soñar con el tractor, y con el arado tirado por un par de caballos no podíamos labrar más de media, hectárea al día. Por eso, Shere observaba, sumamente preocupado, el trabajo del primero y del segundo destacamento mixto. En estos destacamentos trabajaban los muchachos más antiguos de la colonia, y sus jefes eran colonos tan fuertes, como Fedorenko, Korito, Chóbot. Por desgracia, estos camaradas, que estaban dotados de una fuerza no inferior a la de un par de caballos y que conocían en todos sus por menores el trabajo de la labranza, aplicaban equivocadamente los métodos de la labranza a todas las demás ramas de la vida. Tanto en la colectividad como en sus amistades y en la esfera personal eran aficionados a los surcos directos y profundos y a los tajos brillantes y poderosos. Del mismo modo, el trabajo del pensamiento, entre ellos, no transcurría en las celdillas cerebrales, sino en algún otro lugar: en los músculos de sus brazos de hierro, en la caja blindada del pecho, en las caderas de un aguante monumental. En la colonia resistían firmemente a las tentaciones, del Rabfak y eludían con silencioso desprecio toda conversación sobre temas científicos. Pero de algo estaban completamente seguros, y ninguno de los colonos sabía girar la cabeza de un modo tan benévolo y orgulloso y ninguno empleaba expresiones tan seguras y tan parcas.
Estos colonos, como elementos activos de los destacamentos mixtos primero y segundo, gozaban de gran estimación entre todos, pero nuestros guasones no siempre podían abstenerse de dirigirles alguna pulla.
Aquel otoño, el primero y el segundo destacamentos se embrollaron con motivo de la emulación. Entonces, la emulación no era todavía un indicio general de trabajo soviético, y yo incluso fui sometido a tormento en la delegación del Comisariado del Pueblo de Instrucción Pública por culpa de la emulación. Para justificarme, puedo decir tan sólo que la emulación comenzó inesperadamente en nuestra colonia y al margen de mi voluntad.
El primer destacamento mixto trabajaba desde las seis de la mañana hasta las doce del día y el segundo, desde las doce del día hasta las seis de la tarde. Los destacamentos mixtos eran formados por una semana. A la semana siguiente cambiaba siempre un poco la combinación de fuerzas en los destacamentos mixtos, aunque la especialización desempeñaba cierto papel.
Todos los días, antes de que el destacamento mixto terminara el trabajo, salía al campo nuestro ayudante de agrónomo Aliosha Vólkov y medía la cantidad de metros cuadrados que había labrado el destacamento mixto.
Los destacamentos mixtos trabajaban bien en la labranza, pero había oscilaciones, que dependían de la tierra, de los caballos, de la pendiente del terreno, del tiempo y de otras causas, en realidad objetivas. Aliosha Vólkov anotaba con tiza, en un tablero; utilizado para los avisos de toda índole:

19 de octubre 1 mixto de Korito...............2.850 m2
19 de octubre 1 mixto de Vetkovski.........2.300 m2
19 de octubre 2 mixto de Fedorenko........2.410 m2
19 de octubre 2 mixto de Nechitailo.........2.270 m2

Y ocurrió espontáneamente que los muchachos se dejaron arrebatar por la comparación de los frutos de su trabajo, y cada destacamento mixto quiso superar a sus antecesores. Se puso de manifiesto que los mejores jefes, los que tenían mayores posibilidades de quedar vencedores, eran Fedorenko y Korito. Aunque buenos amigos desde hacía tiempo, eso no impedía que cada uno siguiera celosamente los éxitos del otro y encontrase toda suerte de fallos en el trabajo del amigo. En este terreno, a Fedorenko le ocurrió un drama, que demostró a todos que también él tenía sus nervios. Durante cierto tiempo, Fedorenko estuvo marchando a la cabeza de los demás destacamentos mixtos, y en el tablero de Vólkov repetíanse día tras día cifras que oscilaban entre 2.500 y 2.600. El destacamento mixto de Korito trataba de alcanzar esos límites, pero siempre se quedaba atrás en unos cuarenta o cincuenta metros cuadrados.
-No te molestes, compadre se burlaba Fedorenko de su amigo-; ya se ve que eres un labrador novato...
A finales de octubre enfermó Zorka, y Shere mandó al campo sólo un par de caballos. Para mayor efecto, pidió al Soviet de jefes que incluyera a Fedorenko en el destacamento mixto de Korito.
Al principio, Fedorenko no captó todo el dramatismo de la situación, porque la enfermedad de Zorka y la necesidad de acabar pronto la labranza con un solo par de caballos le abatían profundamente. Se dedicó con afán al trabajo, y únicamente se recobró cuando Aliosha Vólkov apuntó en su tablero:

24 de octubre 2 mixto de Korito............2.730 m2

El orgulloso Korito celebraba la victoria, y Lápot decía irónicamente a todos:
-¡Pero qué comparación puede haber entre Fedorenko y Korito! Korito es un agrónomo perfecto. ¡Cómo va Fedorenko a compararse con él!
Los muchachos manteaban a Korito y gritaban "hurra", -mientras Fedorenko, con las manos metidas en los bolsillos de los pantalones, palidecía de envidia y vociferaba:
-¿Que Korito es un agrónomo? ¡En mi vida he visto un agrónomo parecido!
Los muchachos no dejaban en paz a Fedorenko y le hacían preguntas inocentes:
-¿Reconoces que ha ganado Korito?
Sin embargo, Fedorenko acabó cayendo en la cuenta. En el Soviet de jefes dijo:
-¿Dé qué presume Korito? La semana que viene tendremos otra vez un par de caballos. Incluid en el primer mixto a Korito y os daré tres mil metros.
El Soviet de jefes se entusiasmó con el ardid de Fedorenko y cumplió su ruego, Korito exclamó, moviendo la cabeza:
-¡Qué diablo tan astuto es ese Fedorenko!
-¡Ten cuidado! -le dijo Fedorenko-. Yo he trabajado a conciencia en tu destacamento; prueba ahora tú a simular...
Todavía antes de comenzar el trabajo, Korito reconoció lo difícil de su situación:
-¡Qué se le va a hacer! Fedorenko es Fedorenko y, además, estamos en el campo. Y si los muchachos dicen que le he hecho una faena a Fedorenko, que he trabajado de cualquier modo, eso tampoco estará bien.
Tanto Fedorenko cómo Korito se reían al ir al trabajo por la mañana. Fedorenko colocó un enorme palo en el arado y se lo enseñó a su amigo:
-¿Ves este palo? No pienso estar muy tierno contigo en el campo.
Al principio, Korito enrojeció de pensar en la seriedad de la situación y después, de la risa.
Cuando Aliosha regresó del campo y empezó a rebuscar en sus bolsillos un pedazo de tiza, fue recibido por toda la colonia.
-¿Qué tal? -le preguntaban, impacientes, los muchachos.
Aliosha, en silencio, escribía lentamente en el tablero:

28 de octubre 1 mixto de Fedorenko............3.010 m2

-¡Oh! ¡Mira Fedorenko! ¡Tres mil!
Fedorenko y Korito volvieron del campo. Los muchachos aclamaron a Fedorenko como, un triunfador, y Lápot observó:
-Si yo siempre he dicho: ¡Korito no puede ni compararse con Fedorenko! ¡Fedorenko es un verdadero agrónomo!
Fedorenko contemplaba, desconfiado, a Lápot, pero tenía miedo a decir algo acerca de su pérfida política, porque la cosa no ocurría en el campo, sino en el patio, y las manos de Fedorenko no estrechaban las manceras del firme y vibrante arado.
-¿Cómo te has dejado adelantar, Korito? -preguntó Lápot.
Es que la cosa no se ha hecho como es debido, camaradas colonos. Debo deciros que Fedorenko ha ido al campo con un palo; eso es lo que ha hecho.
-Con un palo -confirmó Fedorenko-. ¿No ves que tenía que limpiar el arado?...
-Y me dijo: no pienso estar muy tierno contigo.
-¿Y para qué iba a estar tierno contigo? Lo mismo diré ahora: ¿por qué iba a tratarte con ternura? No eres una mocita...
-¿Y cuántas veces te ha dado con el palo? -interrogaron los muchachos.
-Como me asusté al ver el palo, he trabajado bien y no me ha dado ni una vez. Pero tú, Fedorenko, tampoco has limpiado el arado con el palo ese.
-Es que era un palo de reserva. Allí encontré otro... un palito más cómodo.
-Si no te ha dado ni una vez, no se puede -hacer nada. -Explicó Lápot-. Tú, Korito, has llevado una política errónea. ¿Sabes? Debías haber trabajado sin prisa y haber regañado con el jefe. Entonces, él te habría dado con el palo, y la cosa hubiera sido distinta: el Soviet de jefes, el Buró, la asamblea general, ¡huy, huy, huy!
-No se me ha ocurrido -respondió Korito.
Y así venció Fedorenko, gracias a su obstinación y su astucia.
El otoño tocaba a su fin, abundante, bien preparado, seguro. Echábamos un poco de menos a los colonos que se habían ido a Járkov, pero los días de trabajo y los hombres vivos seguían aportando a nuestras veladas buenas dosis de risas y de ánimos, y hasta Ekaterina Grigórievna reconoció:
-¿Sabe? Nuestra colectividad es un encanto. Parece que no hubiera ocurrido nada.
Ahora yo comprendía mejor aún que antes que, en realidad, no tenía por qué ocurrir nada. El éxito de nuestros "rabfakianos" en los exámenes de Járkov y la continua sensación de que, incluso habitando en otra ciudad y siendo estudiantes, no habían dejado de ser colonos del séptimo destacamento mixto, añadieron en gran cantidad a la colonia cierta risueña esperanza. Zadórov, el jefe del séptimo, destacamento mixto nos enviaba regularmente partes semanales, que nosotros leíamos en las reuniones bajo aprobatorios y agradables rumores. Los informes de Zadórov eran detallados, con indicación de la asignatura en que cojeaba cada uno y, de paso, añadía consideraciones no oficiales:

"Semión se dispone a enamorarse de una muchacha de Chernigov. Escribidle que no haga el tonto. Vérshnev no hace más que rezongar, diciendo que en el Rabfak no se estudia ninguna medicina y que la gramática le tiene ya harto. Escribidle para que no se de importancia".

En otra carta, Zadórov escribía:

"Vienen a vernos con frecuencia Oxana y Rajil. Les damos tocino, y ellas nos ayudan también en algunas cosas, ya que, si no la gramática de Kolka y la aritmética de Golos flojean. Así, pues, pedimos que el Soviet de jefes las incluya en el séptimo destacamento mixto; son muchachas disciplinadas".

Y Zadórov nos escribía también:

"Oxana y Rajil no tienen zapatos ni dinero para comprarlos. Nosotros hemos reparado nuestros zapatos, pero tenemos que andar mucho y todo por piedra. El dinero que nos envió Antón Semiónovich ha sido gastado ya, porque tuvimos que comprar libros y una caja de dibujo para mí. A Oxana y a Rajil hay que comprarles zapatos; en la cooperativa cuestan siete rublos. No nos dan mal de comer; la lástima es que no es más que una vez al día, y el tocino nos lo hemos comido ya. Semión come mucho tocino. Escribidle que coma menos tocino en caso de que nos enviéis más".

Los muchachos, arrebatados de alegría, decidieron en la asamblea general: enviar dinero, mandar más tocino, incluir a Oxana y a Rajil en el séptimo destacamento mixto, enviarles las insignias de la colonia y no escribir nada a Semión a propósito del tocino; ya que allí tenían jefe, que él lo racionase, como correspondía a un jefe; escribir a Vérshnev que no hiciera el tonto y a Semión, con motivo de la chernigoviana, que tuviese cuidado y no se llenara de chernigovianas la cabeza. Y si era preciso, que la muchacha escribiese al Soviet de jefes.
Lápot sabía convertir las asambleas generales en reuniones prácticas, rápidas y alegres, sabía proponer fórmulas admirables para la correspondencia con los "rabfakianos". La idea de que la muchacha de Chernígov se dirigiera al Soviet de jefes fue del agrado de todos en el futuro adquirió hasta, cierto desarrollo.
La vida del séptimo destacamento mixto en Járkov modificó de raíz el ambiente de nuestra escuela. Ahora todos estaban convencidos de que el Rabfak era una cosa real y de que cada uno podía llegar a él en caso de desearlo. Por eso, a partir del otoño observamos un notable incremento en el estudio. Brátchenko, Gueórguievski, Osadchi, Schnéider, Gléizer y Marusia Lévchenko tendían manifiestamente al Rabfak.
Marusia había abandonado por completo su histeria y durante aquel tiempo había cobrado un cariño extraordinario por Ekaterina Grigórievna; siempre la acompañaba, le ayudaba cuando estaba de guardia, la seguía continuamente con una ardiente mirada. A mí me agradaba que Marusia se hubiera vuelto tan atildada en su atavío y que hubiese empezado a elevar cuellos altos y severos y blusas viejas arregladas con mucho gusto. A nuestros ojos Marusia estaba convirtiéndose en una mujer de gran belleza.
También en los grupos de los pequeños empezó a cundir el aroma del Rabfak aún lejano, y los diligentes chiquillos preguntaban muchas veces con anhelo hacia que Rabfak les convendría más encaminar sus pasos.
Natasha Petrenko se había lanzado con particular avidez al estudio. Le faltaba poco para cumplir dieciséis años, pero no sabía leer ni escribir. Desde los primeros días del estudio se pusieron de manifiesto sus sorprendentes aptitudes, y yo le planteé la tarea de terminar durante el invierno el primero y el segundo cursos. Natasha me lo agradeció con un simple movimiento de sus pestañas y me dijo lacónicamente:
-¿Y por qué no?
Había dejado ya de llamarme "tío"' y se había acostumbrado sensiblemente a la colectividad. Todos la estimaban por el indescriptible encanto de su ser, por su eterna sonrisa luminosa y confiada, por su dientecito oblicuo y la gracia de su mímica. Como antes, seguía siendo amiga de Chóbot, y como antes, Chóbot, silencioso y taciturno, seguía protegiendo de los enemigos a este ser precioso. Pero la situación de Chóbot era cada día más embarazosa, porque Natasha no tenía ningún enemigo y gradualmente iba entablando amistades tanto entre las chicas como entre los muchachos. Hasta Lápot trataba a Natasha de un modo nuevo: sin burlas y sin travesuras, atento, cariñoso y solícito. Por eso, Chóbot tenía que esperar mucho tiempo a que Natasha se quedara sola para hablar con ella o, mejor dicho, para callar acerca de no se sabía qué asuntos rigurosamente confidenciales.
Yo comencé a discernir en la actitud de Chóbot un principio de alarma y no me sorprendí cuando Chóbot entró un anochecer en mi despacho y me dijo:
-Antón Semiónovich, déjeme usted ir a ver a mi hermano.
-¿Es que tienes un hermano?
-Claro que sí. Tiene una finca cerca de Bogodújovo. He recibido carta suya.
Chóbot me tendió la carta. Decía así:

"Respecto a lo que me escribes acerca de tu situación, ven a mi casa, querido hermano Mikola Fiódorovich, y quédate a vivir aquí sin pensarlo más, porque mi jata es grande y tengo una hacienda como nadie. Me sentiré a gusto por haber encontrado a mi hermano, ya que te has enamorado de una muchacha, tráela sin titubear".

-Por eso quiero ir y echar una ojeada.
-¿Has hablado con Natasha?
-Sí.
-¿Y qué?
-Natasha entiende poco. Pero yo tengo que ir, porque desde que me marché de casa no he vuelto a ver a mi hermano.
-Pues bien, ve y mira. ¿Seguramente tu hermano es un kulak?
-No, kulak no es, porque no tenía más que un Caballo, pero ahora no sé cómo está.
Chóbot se fue a principios de diciembre y tardó en volver mucho tiempo. Parecía que Natasha no había advertido su marcha; conservaba, su alegría reservada y seguía estudiando con él mismo afán. Yo veía que durante el invierno podría acabar tres cursos.
La nueva actitud de los colonos en la escuela cambió, la fisonomía de la colonia. La colonia se hizo más culta y más próxima a una sociedad escolar normal. Ningún colono ponía ya en duda la importancia y la necesidad del estudio. Este nuevo estado de ánimo se incrementaba porque todos pensábamos en Máximo Gorki. En una de sus cartas a los colonos Gorki escribía:

"Me gustaría que los colonos leyeran mi Infancia en algún anochecer de otoño. Entonces verían que yo soy un hombre absolutamente igual a ellos, sólo que desde mis años de juventud supe ser perseverante en mi deseo de estudiar y no me arredró ninguna clase de trabajo. Creía que, efectivamente, el estudio y el trabajo podían con todo".

Hacía ya mucho tiempo que los colonos mantenían correspondencia con Gorki. Nuestra primera carta, enviada a la escueta dirección "Sorrento, Máximo Gorki", le había sido entregada, para nuestra sorpresa, y Gorki nos respondió inmediatamente con una carta afable y atenta, que leímos y releíamos durante toda una semana hasta dejarla casi en jirones. Desde entonces, nuestra correspondencia transcurría regularmente. Los colonos escribían a Gorki por destacamentos, me traían las cartas para que yo las retocase, pero a mí me parecía que no era preciso ningún retoque, que cuanto más naturales fueran las cartas, con más agrado las leería Gorki. Por eso, mi trabajo como corrector de estilo se limitaba a observaciones de este género:
-¡Qué papel tan malo habéis elegido!
-¿Y por qué no habéis firmado?
Cuando llegaba alguna carta de Italia, antes de que cayera en mi poder tenía que pasar por las manos de cada colono. Los muchachos se asombraban de que el propio Gorki hubiera escrito la dirección en el sobre y la contemplaban con una mirada condenatoria la efigie del rey en el sello:
-¿Cómo pueden esos italianos aguantar tanto tiempo? ¿Qué falta hace... un rey?
La carta podía ser abierta únicamente por mí, y yo la leía en voz alta primero una vez y luego otra, y después se la entregaba al secretario del Soviet de jefes y la leían todos los que lo deseaban y cuantas veces querían. Para ello, Lápot exigía que se observase una sola condición:
-No manchéis la carta con los dedos. Tenéis ojos y podéis leer con ellos, ¿para qué necesitáis los dedos?
Los muchachos sabían encontrar en cada línea escrita por Gorki todo un sistema de filosofía, tanto más importante porque aquellas líneas no podían ser puestas, en duda. Los libros eran otra cosa. Con los libros se podía discutir, se les podía negar en caso de que hicieran afirmaciones erróneas. Pero ahora no se trataba de un libro, sino de una carta viva del propio Máximo Gorki.
Cierto, al principio los muchachos trataban a Gorki con cierta veneración casi religiosa, le consideraban un ser superior a todos los hombres, e imitarle les parecía casi un sacrilegio. Los colonos no creían que en Infancia se describieran hechos de su vida:
-¡Pero si es un escritor! ¿Ha visto acaso pocas vidas humanas? Habrá descrito lo que ha visto, pero él, de pequeño, no era probablemente -igual que todos.
Me costó gran trabajo persuadir a, los colonos de que Gorki escribía la verdad en su carta; que también un hombre de talento necesita trabajar y estudiar mucho. Los rasgos humanos del hombre vivo, por ejemplo de ese mismo Aliosha, cuya vida se parecía tanto a la vida de muchos colonos, iban haciéndose poco a poco próximos y comprensibles para nosotros sin ningún esfuerzo. Y entonces fue cuando los muchachos quisieron con particular afán ver a Gorki, entonces fue cuando comenzaron a soñar con su visita a la colonia, pero sin creer jamás plenamente que eso pudiera ocurrir algún día.
-¡Cómo que va a venir a la colonia! Tú crees que eres el mejor de todos. Gorki tiene miles como tú. No; miles no, decenas de miles...
-¿Cómo?, ¿tú crees que escribe a todos?
-¿Y tú crees que no? Escribirá unas veinte cartas al día. Calcula cuántas cartas salen al mes. Seiscientas cartas. ¿Ves?
Con ese motivo, los muchachos, emprendieron una verdadera investigación y se presentaron especialmente en mi despacho para preguntarme cuántas cartas diarias escribía Gorki.
-Yo creo que una o dos cartas y, además, no todos los días.
-¡Es imposible! ¡Más! ¡Muchas más!...
-Nada de eso. Tened en cuenta que escribe libros, y para esto hace falta tiempo. ¿Y cuánta gente le visita? ¿Y tú crees que no necesita descansar?
-Entonces, según usted, resulta que, como nos ha escrito, eso significa que somos conocidos de Gorki.
-No somos conocidos -repliqué yo- sino gorkianos. Es nuestro padrino. Y cuanto más le escribamos y si, además, llegamos a conocernos personalmente, acabaremos siendo amigos. Y Gorki tiene pocos amigos como nosotros.
Por fin, la animación de la imagen de Gorki llegó a lo normal en la colonia, y sólo entonces comencé a advertir no veneración ante un gran hombre, no admiración por un escritor ilustre, sino auténtico amor vivo a Gorki y una verdadera gratitud de los gorkianos hacia este hombre lejano, un tanto incomprensible, extraordinario, pero, a pesar de todo, verdaderamente vivo.
Para los colonos era muy difícil manifestar su amor. No sabían escribir cartas que lo expresaran, incluso se azoraban al hablar de ello, porque se habían acostumbrado severamente a no patentizar ningún sentimiento. Sólo Gud y su destacamento hallaron una salida. En una carta a Gorki le pidieron la medida de su pie para hacerle unas botas altas. El primer destacamento estaba seguro de que Gorki accedería sin falta a su petición, porque las botas eran, sin duda, una cosa de valor: en nuestra zapatería se encargaban botas contadísimas personas, y éste era un asunto bastante complicado: había que ir muchas veces al mercado y encontrar el cuero necesario, había que comprar suelas, y plantillas, y forros. Además, se precisaba un buen zapatero para que las botas no apretasen, para que fueran bonitas. A Gorki las botas le vendrían siempre bien y, además, le sería agradable calzar unas botas confeccionadas por los colonos y no por cualquier zapatero italiano.
Un zapatero conocido de la ciudad, considerado un gran especialista en su oficio, confirmó la opinión de los muchachos un día que vino a la colonia a moler un saco de harina:
-Los italianos y los franceses no llevan botas como nosotros ni saben hacerlas -dijo-. Pero, ¿qué botas pensáis hacerle a Gorki? Hay que saber cómo le gustan: qué tacón y qué caña... Si la quiere suave, hay que hacerla de una manera, pero suele haber gente que prefiere la caña dura. Y luego el material: yo creo que hay que hacerle botas de tafilete con la caña de piel de becerro. Y otra cuestión es la altura.
Gud se quedó estupefacto ante lo complicado de la cuestión y acudió a consultar conmigo:
-¡Menuda vergüenza si nos salen mal las botas! ¡Qué vergüenza seria! ¿Y de qué hacerlas, de cabritilla o de charol? ¿Y quién va a conseguir el charol? ¿Yo? ¿Tal vez Kalina Ivánovich? Él dice: pero ¿qué ilusiones son ésas? ¡Hacerle unas botas a Gorki! Kalina Ivánovich dice que a Gorki le hace las botas el zapatero del rey de Italia.
Kalina Ivánovich intervino en la conversación:
-¿Acaso no te he dicho la verdad? Todavía no existe la casa Gud y Compañía. No sois capaces de hacer unas botas elegantes. Botas buenas son las que se ponen sobre el calcetín sin levantar callo. ¿Y vosotros cómo las hacéis? Se pone uno tres peales y todavía hacen daño, parásitos. ¡Estaría bien que le levantaseis callos a Gorki! Gud andaba triste y hasta enflaqueció a causa de todas esas cavilaciones.
Un mes más tarde nos llegó la respuesta. Gorki escribía:

"No necesito botas altas. Vivo casi en una aldea y aquí se puede andar sin necesidad de botas".

Kalina Ivánovich encendió la pipa y enderezó la cabeza con un aire importante:
-Es un hombre inteligente y comprende, que vale más andar sin botas altas que ponerse las que tú hubieras hecho, porque hasta Silanti maldice la vida con tus botas, y eso que él está acostumbrado a todo...
Gud decía, parpadeando:
-Claro, ¿acaso se puede hacer buenas botas, si el zapatero está aquí y el cliente en Italia? No importa, Kalina Ivánovich, todavía hay tiempo. ¡Si viene a vernos, ya verá qué botas le fabricamos!...
El otoño transcurría apaciblemente.
Fue un acontecimiento la llegada de Liubov Savélievna Dzhurínskaia, inspector del Comisariado del Pueblo de instrucción Pública. Venia de Járkov exclusivamente para ver la colonia y yo la recibí como solía recibir a los inspectores: con la cautela de un lobo que tiene la costumbre de sentirse acosado. Con ella llegó a la colonia María Kondrátievna, sonrosada, y feliz.
-Aquí tiene usted a este salvaje -me presentó María Kondrátievna-. También yo pensaba antes que era un hombre interesante, pero no es más que un asceta. Con él me da miedo: comienza a atormentarme la conciencia.
-Dzhurínskaia cogió a Bókova por los hombros y la dijo:
-Vete de aquí; nos pasaremos sin tu frivolidad.
-Como queráis -asintieron cariñosamente los hoyuelos de María Kondrátievna-. Aquí encontraré gente que sepa apreciar mi frivolidad. ¿Dónde están ahora sus muchachos? ¿En el río?
-¡María Kondrátievna! -gritaba ya, desde el río la voz de contralto de Shelaputin-. ¡Venga aquí, tenemos una montaña de hielo!
-¿Y cabremos los dos? -preguntó María Kondrátievna ya camino del río.
-¡Cabremos y aún habrá sitio para Kolka! Pero usted lleva falda y, si se cae, no será muy cómodo.
-No importa, yo sé caerme respondió María Kondrátievna, disparando una mirada a Dzhurínskaia
Se precipitó hacia la montaña de hielo del Kolomak, y Dzhurínskaia, después de seguirla con una mirada cariñosa, exclamó:
-¡Qué ser tan extraño! Está aquí como en su casa.
-Incluso peor -respondí yo-. Pronto le impondré trabajos extraordinarios por su conducta demasiado bulliciosa.
-Me ha recordado usted mis obligaciones directas. He venido precisamente a hablar con usted acerca del sistema de la disciplina. Es decir, ¿usted no niega que impone castigo? Me refiero a los trabajos extraordinarios. Además, también se dice que practica usted el arresto y que deja a los muchachos a pan y agua.
Dzhurínskaia era una mujer alta, con un rostro puro y unos ojos jóvenes y límpidos. No, sé porqué sentí el deseo de tratarla sin ninguna, diplomacia:
-A pan y agua no les dejo, pero a veces les castigo sin comer. Y también les impongo trabajos extraordinarios. Y naturalmente, puedo arrestarles, pero no en una celda, sino en mi despacho. Está usted bien informada
-Pero todo eso está prohibido.
-Por la ley no está prohibido, y yo no leo lo que escriben diversos chupatintas.
-¿No lee usted literatura paidológica? ¿Está usted hablando en serio?
-Hace ya tres años que no la leo.
-Pero, ¿cómo no le da vergüenza? Y, en general, ¿lee usted?
-En general, leo y no me da vergüenza, téngalo en cuenta. Y me dan mucha pena los que leen literatura paidológica.
-Tendré que disuadirle a usted de eso. Debemos regirnos por una pedagogía soviética.
Decidí poner término a la discusión y dije a Liubov Savélievna:
-¿Sabe usted una cosa? No pienso discutir. Estoy profundamente convencido de que aquí, en la colonia, aplicamos la más auténtica pedagogía soviética, más aún, de que aquí damos una educación comunista. A usted puede convencerla bien la experiencia, bien una investigación seria, una monografía. Y en un diálogo de paso, estas cosas no se resuelven. ¿Va usted a pasar mucho tiempo con nosotros?
-Dos días.
-Perfectamente. Tiene usted a su disposición diversos medios. Mire, hable con los colonos, puede comer con ellos, trabajar, descansar. Haga usted las conclusiones que desee. Incluso puede destituirme, si lo estima pertinente. Puede escribir las conclusiones más extensas y prescribirme el método que sea de su agrado. Es su derecho. Pero yo obraré como crea necesario y como sepa. No sé educar sin castigos. Todavía necesito aprender ese arte.
Liubov Savélievna no pasó con nosotros dos días, sino cuatro, y, durante este tiempo, yo no la vi casi. Los muchachos decían de ella:
-¡Oh, es una mujer muy lista! Todo lo entiende.
Un día, durante su estancia en la colonia, Vetkovski se presentó en mi despacho:
-Antón Semiónovich, me marcho de la colonia...
-¿A dónde?
-Algo encontraré. Esto ha perdido todo interés. Al Rabfak no pienso ir y carpintero no quiero ser. Iré a ver mundo.
-¿Y después qué?
-Después ya veré. Usted deme sólo un documento.
-Bueno. Por la noche se reunirá el Soviet de jefes. Que ellos decidan.
En el Soviet de jefes, Vetkovski se mantuvo hostil y trató de limitarse a responder con evasivas:
-No me gusta esto. ¿Y quién puede obligarme? Iré a donde quiera. Y es asunto mío lo que haga. A lo mejor, robo.
Kudlati se indignó:
-¿Cómo que no es asunto nuestro? ¿Tú vas a robar y crees que eso no es asunto nuestro? Y si yo ahora, por semejantes palabras, te diera en los hocicos, ¿seguirás creyendo que no es asunto nuestro?
Liubov Savélievna palideció, quiso decir algo, pero no tuvo tiempo. Los colonos, enardecidos, empezaron a gritar a Vetkovski. Vólojov se situó frente a Kostia:
-Hay que enviarte a un hospital. Nada más. ¡Mírale, quiere documentos!... Di la verdad. ¿Has encontrado algún trabajo?
El más acalorado de todos era Gud:
-¿Es que hay verjas en la colonia? No las hay. Ya que eres un bandido así, lárgate con viento fresco. ¿Crees que vamos a enganchar al Molodiets y a correr detrás de ti? No. Vete a donde quieras. ¿Para qué has venido a la colonia?
Lápot cortó el debate:
-Basta de hablar. La cosa está clara, Kostia: no te daremos ningún documento.
Kostia inclinó la cabeza y barbotó:
-Ni falta que me hace; me iré sin él. Dadme diez rublos para el camino.
-¿Se los damos? -preguntó Lápot.
Todos callaron. Dzhurínskaia era toda oídos y hasta había cerrado los ojos, recostando la cabeza en el respaldo del diván. Kóval dijo:
-También se ha dirigido al Komsomol para lo mismo. Nosotros le hemos echado del Komsomol. Pero creo que se le deben dar los diez rublos para el camino.
-Esto está bien -dijo alguien-. Por diez rublos no vamos a arruinarnos.
Yo saqué la cartera.
-Le daré veinte rublos. Firma el recibo.
En medio del silencio general. Kostia firmó el recibo, se guardó el dinero en el bolsillo y se puso la gorra.
-Hasta la vista, camaradas.
No le respondió nadie. Solamente Lápot dio un salto y le gritó, ya desde la puerta:
-¡Eh, tú, siervo de Dios! ¡Cuando se te acaben los veinte rublos, no tengas reparo y vuelve a la colonia! ¡Ya los pagarás con tu trabajo!
Los jefes se dispersaban de mal humor. Liubov Savélievna, ya recobrada, exclamó:
-¡Qué horror! Habría que hablar con el chico...
Después se quedó pensativa y dijo:
-¡Pero qué fuerza tan terrible es su Soviet de jefes! ¡Que gente!...
Debía, marcharse al día siguiente por la mañana. Antón llegó con el trineo. En el trineo había paja sucia y no sé qué papeles. Liubov Savélievna se acomodó en el trineo, y yo pregunté a Antón:
-¿Por qué hay tanta porquería en el trineo?
-No he tenido tiempo -masculló Antón, enrojeciendo.
-Estás arrestado hasta que vuelva de la ciudad.
-A la orden -dijo Antón y se apartó del trineo-. ¿En el despacho?
-Sí.
Antón, vejado por mi seriedad, se dirigió lentamente al despacho, y, nosotros salimos en silencio de la colonia. Sólo al llegar a la estación Liubov Savélievna me cogió del brazo y me dijo:
-Basta de dárselas de hombre feroz. Tiene usted una excelente colectividad. Es algo milagroso. Estoy completamente estupefacta... Pero dígame, ¿está usted seguro que ese... Antón cumplirá ahora el castigo?
Miré, asombrado, a Dzhurínskaia:
-Antón es un hombre de una gran dignidad. Claro que lo cumple. Pero, en realidad, son unas... auténticas fierecillas.
-Eso no es razonable. ¿Lo dice usted por Kostia? Estoy segura de que volverá. ¡Y esto es maravilloso! Tiene usted unos muchachos admirables, y Kostia es el mejor de todos... Yo suspiré sin responder nada.

13. MUECAS DE AMOR Y DE POESÍA

Llegó el año 1925. Comenzó de un modo bastante desagradable.
En el Soviet de jefes, Oprishko declaró que deseaba casarse, pero que el viejo Lukashenko no le daría a Marusia por esposa más que si la colonia le dotaba igual que a Olga Vóronova; en este caso, Lukashenko le admitiría en la casa y los dos se encargarían juntos de la hacienda.
En el Soviet de jefes, Oprishko observó una actitud desagradable de heredero de Lukashenko y de hombre de posición.
Los jefes guardaban silencio, no sabiendo cómo interpretar toda esa historia. Por fin, Lápot, contemplando a Oprishko a través de la punta de un lápiz que tenía casualmente en la mano, le preguntó en voz baja:
-Bien, Dmitró, ¿y tú qué piensas? Supongamos que te dedicas a la hacienda con Lukashenko. ¿Eso quiere decir que vas a ser un campesino?
Oprishko miró a Lápot un poco por encima del hombro y sonrió sarcásticamente:
-Supongamos que sea como dices tú: un campesino.
-¿Y tú cómo supones?
-Ya veremos.
-Bien -cortó Lápot-. ¿Quién desea hablar?
Tomó la palabra Vólojov, jefe del sexto destacamento:
-Hace falta que los muchachos piensen en su destino, eso es verdad. No vamos a estarnos en la colonia hasta la vejez. Y, además, ¿qué oficio tenemos? Los que están en el destacamento sexto, o en el cuarto, o en el noveno, ésos menos mal; pueden salir de la colonia como herreros, carpinteros, molineros... Pero de los destacamentos agrícolas no se sale con ningún oficio. Así, que, si quiere ser campesino, que lo sea. Pero la conducta, de Oprishko es un poco sospechosa. ¿Tú eres miembro del Komsomol?
-¿Y qué importa que sea miembro del Komsomol?
-Yo opino -prosiguió Vólojov- que no estaría mal hablar antes de esto en el Komsomol. El Soviet de jefes necesita conocer la opinión del komsomol sobre este asunto.
-El Buró del Komsomol tiene ya su opinión -replicó Kóval-. La colonia Gorki no existe para criar kulaks. Y Lukashenko es un kulak...
-¿Por qué es un kulak? -objetó Oprishko-. El hecho de que tenga la casa techada de hierro no quiere decir nada.
-¿Tiene dos caballos'?
-Sí dos.
-¿Tiene jornalero?
-No.
-¿Y Serioga?
-A Serioga lo tiene porque estaba en una casa de niños y se lo dio el Comisariado del Pueblo de Instrucción Pública. Eso se llama patrocinio.
-Es lo mismo -dijo Kóval-. Del Comisariado o no, de todas formas es un jornalero.
-Pero si se lo han dado...
-Pues tú no lo admitas si eres un hombre decente.
Oprishko no esperaba tal giro del asunto y preguntó perplejo:
-Pero ¿por qué? ¿A Olga, la habéis dotado?
Kóval respondió:
-En primer lugar, lo de Olga es, distinto. Olga se casó con un hombre afecto a nosotros, y ahora los dos se disponen a ingresar en la comuna, y nuestros bienes serán allí de provecho. En segundo lugar Olga no era como tú. Y, en tercer lugar, nosotros no debemos criar kulaks.
-¿Y qué voy a hacer yo ahora?
-Haz lo que quieras.
-No, así no está bien -intervino Stupitsin-. Si se quieren, que se casen. Incluso podemos dotar a Oprishko, pero que no vaya a vivir a casa de Lukashenko sino que ingrese en la comuna. Ahora será Olga quien mande allí.
-El padre no dejará marchar a Marusia.
-Pues que se vaya ella sin, su permiso.
-No podrá.
-Entonces es que te quiere poco y... además es otra kulak.
-¿Y a ti qué te importa si me quiere o no?
-Pues ya ves, me importa. Eso significa que se casa contigo por interés. Si te quisiera...
-Ella quizás me quiere, pero obedece a su padre. Y no puede ingresar en la comuna.
-Pues si no puede, no tienes, por qué dar la lata al Soviet de jefes -respondió groseramente Kudlati-. Tú lo que quieres es arrimarte a un kulak, y a Lukashenko le hace falta un yerno rico, en la casa. Pero ¿a nosotros qué nos importa eso? Se levanta la sesión...
Lápot abrió la boca de oreja a oreja en una sonrisa de satisfacción:
Se levanta la sesión con motivo de débil enamoramiento de Marusia.
Oprishko salió aplanado del Soviet. Andaba por la colonia más sombrío que una nube; se metía con los pequeños, y al día siguiente se embriagó y alborotó en el dormitorio.
El Soviet de jefes se reunió para juzgar a Oprishko por la borrachera.
Todos estaban sombríos, y Oprishko, no menos sombrío, se recostaba contra la pared. Lápot, dijo:
-Aunque eres jefe, ahora se trata de un asunto personal. Por eso sal al centro.
Entre nosotros existía esa costumbre: el culpable debía colocarse en el centro de la habitación.
Oprishko paseó una mira da taciturna por el rostro, del presidente Y masculló:
-No he robado nada y no me pondré en él centro.
-Te pondremos nosotros -dijo Lápot en voz baja.
Oprishko recorrió con la vista al Soviet y comprendió que, efectivamente, los muchachos serían más fuertes que él. Se apartó de la pared y avanzó hasta el centro de la habitación.
-Bueno.
-Ponte firme -exigió Lápot.
Oprishko se encogió de hombros y sonrió sarcásticamente, pero bajó los brazos y se puso firme.
-Y ahora explica cómo te has atrevido a emborracharte y a alborotar en el dormitorio siendo miembro del Komsomol, jefe y colono. Habla.
Oprishko había sido siempre, un hombre de dos estilos: si la situación le era favorable, no escatimaba los gestos temerarios, la audacia y el "yo me río de todo", pero, en realidad, nunca había dejado de ser un diplomático cauteloso y astuto. Los colonos lo sabían muy bien, y por eso la docilidad de Oprishko en el Soviet de jefes no sorprendió a nadie. Zhorka Vólkov, jefe del séptimo destacamento recientemente elegido en lugar de Vetkovski, hizo un ademán despectivo mirando a Oprishko y dijo:
-Ya se ha disfrazado de angelito. Y mañana se las dará otra vez de valiente.
-Déjale que hable -gruñó Osadchi.
-¿Y qué voy a decir? Soy culpable y nada más.
-No, tú habla. ¿Cómo te has atrevido?
Oprishko dio a sus ojos un brillo bien intencionado y se encogió de hombros:
-¿Es que hace falta atreverse para eso? He bebido porque: sentía pena y, cuando un hombre está bebido: no responde de sus actos.
-Mientes -dijo Antón-. Tú responderás. Te equivocas si crees que no vas a responder. Hay que echarle de la colonia, y se acabó. Y echar a todo el que beba... ¡Sin contemplaciones!
-Pero se perderá. -dijo Gueórguievski abriendo los ojos-. Se perderá en la calle.
-¡Que se pierda!
-Pero ¡si ha bebido porque tenía pena! ¿Cómo sois tan exigentes? El hombre tiene una pena, y vosotros le dais la lata con el Soviet de jefes. -Osadchi examinaba con franca ironía el rostro fingidamente bonachón de Oprishko.
-Y Lukashenko no le admitirá si no lleva algo a la casa -intervino Taraniets.
-¿Y a nosotros qué nos importa eso? -gritó Antón-. Si no le admite, que se busque Oprishko otro kulak...
-¿Por qué hemos de expulsarle? -comenzó tímidamente Gueórguievski-. Es un colono viejo; cierto que ha procedido mal, pero puede corregirse. Y hay que tener en cuenta que Marusia y él están enamorados. Hay que ayudarles de algún modo...
-¿Acaso es un niño desamparado? -intervino sorprendido, Lápot-. ¿De qué tiene que corregirse? Es un colono.
Tomó la palabra Schnéider, el nuevo jefe del octavo de destacamento, que había sustituido a Karabánov en este heroico grupo. En el octavo destacamento había titanes como Fedorenko y Korito. Dirigidos por Karabánov, habían limado perfectamente uno contra otro sus personalidades angulosas, y Karabánov sabía dispararles como de un tirador para cualquier tarea, y ellos poseían el talento de sacar adelante el trabajo más difícil con el orgullo de unos zaporogos y la bandera de la colonia muy en alto. Al principio Schnéider había sido una cosa extraña en el destacamento. Había llegado pequeño, débil, morenito, con el pelo rizado. Después de la vieja historia de Osadchi, el antisemitismo no había vuelto nunca a levantar cabeza en la colonia, pero la actitud con relación a Schnéider había continuado siendo irónica durante mucho tiempo. Efectivamente, Schnéider combinaba a veces de un modo muy cómico las palabras y las expresiones rusas y trabajaba de un modo cómico y torpón en el campo. Pero, pasaba el tiempo, y gradualmente fueron estableciéndose nuevas relaciones en el octavo destacamento: Schnéider había pasado a ser el favorito del destacamento; los caballeros de Karabánov se enorgullecían de él. Schnéider era muy inteligente y poseía una profunda y delicada organización espiritual. Con sus grandes ojos negros, sabía verter una serena luz sobre el malentendido más difícil de desembrollar del destacamento, sabía decir la palabra precisa. Y aunque casi no había crecido durante su permanencia en la colonia, estaba mucho más fuerte y había echado músculos; así que no le daba vergüenza andar con camiseta sin mangas durante el verano y nadie reparaba en él cuando se le confiaban las vibrantes manceras del arado. El octavo destacamento le había elegido jefe por unanimidad, y Kóval y yo interpretamos este hecho de la manera siguiente:
-Nosotros mismos sacaremos adelante al destacamento, pero Schnéider nos dará realce.
Sin, embargo, Schnéider, ya al día siguiente de su designación como jefe, demostró que no había cursado en vano la escuela de Karabánov: reveló intenciones no sólo de realzar, sino también de dirigir; y Fedorenko, acostumbrado a los rayos y truenos de Karabánov, empezó a habituarse con la misma facilidad a la reprimenda tranquila y amistosa de que a veces le hacía objeto el nuevo jefe.
-Si Oprishko fuera de los nuevos -dijo Schnéider-, podríamos haberle perdonado. Pero ahora no podemos perdonarle de ningún modo. Oprishko ha demostrado que la colectividad le importa un bledo. ¿Vosotros creéis que lo ha demostrado por última vez? Todos saben que no. Yo no quiero que Oprishko, sufra. ¿Qué falta nos hace eso? Pero que viva algún tiempo fuera de nuestra colectividad, y entonces comprenderá. Y también hay que demostrar a los demás que no toleraremos salidas propias de un kulak. El octavo destacamento exige la expulsión.
La exigencia del octavo destacamento era una razón de peso: en el octavo destacamento casi no había novatos. Los jefes me miraban. y lápot me ofreció la palabra:
-La cosa está clara, Antón Semiónovich, diga usted su opinión.
-Expulsar -pronuncié yo lacónicamente
Oprishko comprendió que no había salvación y renunció a la fingida reserva diplomática.
-¿Expulsarme? ¿Y a dónde voy a ir? ¿A robar? ¿Vosotros creéis que no hay quien os ajuste las cuentas? Iré a Járkov...
En el Soviet de jefes se echaron a reír.
-¡Eso sí que está bien ve a Járkov, allí te darán una notita, y volverás a la colonia y vivirás entre nosotros con plenos poderes. ¡Qué bien vas a estar, qué bien!
Oprishko comprendió que había dicho una tontería y guardó silencio.
-Entonces, sólo Gueórguievski está en contra -dijo Lápot, recorriendo con la vista el Soviet-, ¡Jefe de guardia!
-Presente -se irguió severamente Gueórguievski.
-Ponga a Oprishko fuera de la colonia.
-A la orden -respondió Gueórguievski con el saludo habitual y, haciendo un movimiento de cabeza, invitó a Oprishko a seguirle.
A los dos días nos enteramos de que Oprishko vivía en casa de Lukashenko. Ignorábamos en qué condiciones se habían puesto de acuerdo, pero los muchachos afirmaban que era Marusia quien resolvía todas las cuestiones.
Pasó el invierno. En marzo los muchachos se pasearon por los hielos del Kolomak y tomaron los baños primaverales, porque las viejas fuerzas espontáneas les empujaban al agua en calzones y camisetas desde yolas de construcción propia, pedazos de hielo y ramas de árboles. También hubo las consabidas gripes.
Pero pasaron las gripes, se dispersaron, las nieblas, y pronto Kudlati empezó a encontrar ropa de abrigo abandonada en medio del patio y a armar el escándalo de todas las primaveras, amenazando con entregar los calzones y las camisetas dos semanas antes de la fecha establecida por el calendario.

II PARTE
 

14. ¡NO GEMIR!

A mediados de abril vinieron a la colonia para pasar las vacaciones de primavera nuestros primeros "rabfakianos".
Vinieron más delgados y morenos, y Lápot recomendó que se les confiara al décimo destacamento, a la sección encargada del cebo. Estaba bien que no se enorgullecieran ante los colonos de sus peculiaridades de estudiantes. Karabánov ni siquiera tuvo paciencia para saludar a todos y se precipitó por los campos y los talleres. Belujin, rodeado de pequeñuelos, les hablaba de Járkov y de la vida estudiantil.
Al anochecer, todos nos sentamos bajo el cielo primavera, y, recordando los viejos tiempos, nos pusimos a hablar de los asuntos de la colonia. A Karabánov no le gustaban mucho los últimos sucesos.
-Habéis procedido en justicia -decía-, no se puede objetar nada. Puesto que Kostia dijo que no le gustaba estar aquí, habéis hecho bien: ¡vete al diablo, búscate mejor vida! Y, naturalmente, Oprishko es un kulak y ha ido a reunirse con otro como él: era su sino. Pero, si pensamos un poco, veremos que aquí hay algo que no marcha. Es preciso discurrir algo. Nosotros hemos conocido ya otra vida en Járkov. Allí la vida es distinta y la gente también.
-¿Es qué nosotros tenemos mala gente en la colonia?
-En la colonia hay buena gente -contestó Karabánov-, muy buena, pero mire usted alrededor: cada día hay más kulaks. ¿Es que la colonia puede vivir aquí? Aquí hay que andar a mordiscos o salir huyendo.
-No se trata de eso -pronunció lentamente Burún después de pensar un poco sus palabras-. Todos debemos luchar contra los kulaks. Eso es cuestión aparte. Pero no es lo esencial. Lo esencial es que en la colonia no hay nada que hacer: los colonos son ciento veinte, toda una fuerza, y ¿qué trabajo tienen aquí? Sembrar y recoger, sembrar y recoger. Y todo eso a costa de grandes sudores, pero con poco fruto. La hacienda es pequeña. Dentro de un año, los muchachos se aburrirán aquí, querrán buscar un destino mejor...
-En eso Grishka tiene razón -intervino Belujin; acercándose a mí-. Nuestros colonos han sido niños desamparados, como se les llama, pero, son proletarios, con ansia de producir. En el campo, claro está, es agradable trabajar y hasta divertido, pero ¿qué sacan del campo los colonos? Ir a la aldea, convertirse en pequeño burgueses, les da cierto reparo y, además, ¿con qué van a ir? Para eso hace falta tener instrumentos de producción, y jata, y caballo, y arado, y todo. Y vivir a costa de la mujer, como Oprishko, no sirve. Pero ¿a dónde ir? No hay más que la fábrica de reparación de locomotoras, pero hasta los obreros que trabajan allí no saben qué hacer con sus hijos.
Todos los "rabfakianos" se entregaron alegremente a las faenas del campo, y el Soviet de jefes con refinada cortesía, les confiaba el mando de los destacamentos mixtos. Karabánov volvía excitado del campo:
-¡Oh, cómo me gusta trabajar en el campo! ¡Y qué pena que sea un trabajo que rinde tan poco, el diablo se lo lleve! Estaría bien, por ejemplo, trabajar así: has trabajado en el campo, luego vienes a segar y crecen telas, crecen zapatos, en el campo se mecen máquinas, tractores, acordeones, relojes, gafas, cigarrillos... ¡Huy, huy, huy! ¿Por qué los canallas no me consultaron al crear el mundo?...
Los "rabfakianos" debían pasar con nosotros, el Primero de Mayo. Esto embellecía mucho la fiesta, ya de por sí alegre para nosotros.
La colonia seguía despertándose al toque de diana y, en destacamentos bien formados; se lanzaba al campo, sin mirar hacia atrás y sin perder energías en el análisis de la vida. Incluso nuestras viejas calamidades, como Evguéniev, Nazarenko, Perepeliátchenko, dejaron de atormentarnos.
La colonia llegaba al verano de 1925 como una colectividad compacta y, por añadidura, muy animosa: así, al menos, parecía vista desde afuera. Sólo Chóbot Se nos atravesó en el camino. Con Chóbot yo no pude hacer nada.
En marzo volvió de ver a su hermano y nos contó que vivía bien, aunque sin braceros: era un campesino medio. Chóbot no pidió ninguna ayuda a la colonia, pero habló de Natasha.
-¿Por qué hablas conmigo? -le dije yo-. Que decida ella... Una semana más tarde volvió a mi despacho, ya alarmantemente agitado.
-Sin Natasha yo no puedo vivir. Hable usted con ella; convénzala de que venga conmigo.
-Escúchame, Chóbot, ¡qué hombre tan raro eres! Tú eres quien debe hablar con ella no yo.
-Si usted le dice que venga conmigo, lo hará. Pero cuando hablo con ella, la cosa no sale bien.
-¿Ella qué dice?
-No dice nada.
-¿Cómo "nada"?
-No dice nada, llora.
Chóbot me miraba entre anhelante e inquieto. Quería ver el efecto que me había causado su información. Yo no oculté a Chóbot que mi impresión era penosa:
-Eso está muy mal... Yo hablaré con ella.
Chóbot me miró con los ojos inyectados en sangre, miró a lo más íntimo de mi ser y me dijo con una voz ronca:
-Hable con ella. Pero sepa usted que, si Natasha no viene conmigo, me suicidaré.
-¿Qué tonterías son ésas? -grité-. ¿Eres un hombre o un trapo? ¿Cómo no te da vergüenza?
Pero Chóbot no me dejó terminar se tiró sobre el banco y rompió a llorar de un modo indescriptiblemente triste y desesperanzado. Yo le contemplaba en silencio, con una mano puesta sobre su congestionada cabeza. Repentinamente se alzó de un salto, me agarró de los codos y comenzó a balbucear rápidamente, cerca de mi rostro palabras que salían a borbotones y se atropellaban unas a otras.
-Perdóneme... Sé que estoy haciéndole sufrir... pero no puedo ya hacer nada... Yo soy así, usted lo ve y lo sabe todo... Me pondré de rodillas... ¡Sin Natasha no puedo vivir!
Hablé con él durante toda la noche, y en el transcurso de aquella noche sentí mi impotencia y mi debilidad. Le hablé de la gran vida, de los caminos luminosos, de la diversidad de la dicha humana, de planes y realidades, de que Natasha debía estudiar, de que tenía notables aptitudes, de que ella, a su vez, le ayudaría luego a él, de que no se la debía confinar en una lejana aldea, de que allí sucumbiría de tristeza, pero nada de eso llegaba a Chóbot. El muchacho escuchaba lúgubremente mis palabras y musitaba:
-Soy capaz de hacer todo lo que haga falta para que venga conmigo...
Se fue igual de agitado, como un hombre que ha perdido la dirección y los frenos. A la noche siguiente llamé a Natasha. Escuchó mi breve pregunta estremeciendo tan sólo las pestañas, después alzó los ojos hasta mí y dijo con una voz nada cohibida, que parecía brillante de tan pura:
-Chóbot me ha salvado... pero yo ahora quiero estudiar.
-Entonces, ¿no quieres casarte y marcharte con él?
-Quiero estudiar... Pero si usted me dice que me vaya, me iré.
Una vez más contemplé estos ojos claros y francos, quise preguntarle si conocía el estado de ánimo de Chóbot, pero -ignoro por qué no se lo pregunté- me limité a decirle:
-Bueno, ve a dormir tranquila.
-Entonces, ¿puedo no irme? -me preguntó infantilmente, ladeando un poco la cabeza.
-No, no te irás; seguirás estudiando -contesté yo sombrío y pensativo, y ni siquiera me di cuenta de cómo salió Natasha del despacho.
Al día siguiente, por la mañana, vi a Chóbot. Estaba ante la entrada principal de la casa blanca y era evidente que me esperaba. Con un movimiento de cabeza le invité a entrar en el despacho. Mientras anduve manipulando con las llaves y los cajones de mí mesa, me observó en silencio y, de repente, me preguntó como si hablase para sí mismo:
-Entonces, ¿Natasha no quiere ir?
Le miré y me di cuenta de que no sentía nada, aparte de la pérdida de Natasha. Apoyándose con un hombro en la puerta, Chóbot miraba fijamente el ángulo superior de la ventana y musitaba algo ininteligible.. Yo le grité:
-¡Chóbot!...
Creo que ni siquiera me oyó. Se apartó de la puerta y, sin mirarme, salió silencioso y ligero, como un fantasma.
Yo no le perdía de vista. Después de comer ocupó su puesto en el destacamento mixto. Por la noche llamé a su jefe, Schnéider.
-¿Qué tal Chóbot?
-No habla.
-¿Cómo ha trabajado?
-El jefe del mixto, Nechitailo, dice que bien.
-No le pierdas de vista en unos cuantos días. Si notáis algo, comunicádmelo en seguida.
-Así lo haremos -dijo Schnéider.
Durante varios días Chóbot anduvo silencioso, pero iba a trabajar, se presentaba también en el comedor. Yo veía que evitaba a intento coincidir conmigo. En vísperas de la fiesta le encomendé personalmente a él en la orden que clavase las consignas en todos los edificios. Preparó cuidadosamente la escalera y me pidió:
-Hágame un encargo de clavos.
-¿Cuántos?
Miró el techo, movió los labios y me respondió:
-Creo que con un kilo será bastante...
Comprobé su trabajo. Cuidadosamente, a conciencia, igualaba los transparentes con las consignas y decía a su compañero de trabajo, subido a otra escalera:
-¡No, más arriba... más aún!... Bien. Clava.
A los colonos les gustaba prepararse para las fiestas, y, entre todas preferían la del Primero de Mayo por ser una fiesta primaveral. Sin embargo, aquel año el Primero de Mayo se nos presentaba de mal humor. El día anterior había llovido desde por la mañana. Escampaba media horita, pero de nuevo caía, igual que en el otoño, una lluvia fina, estúpida y tenaz. En cambio, por la noche el cielo se llenó de estrellas, y sólo en el Oeste se extendía sombríamente un cardenal azul marino, que arrojaba sobre la colonia una sombra sucia y hostil. Los colonos corrían por la colonia para terminar, antes de la reunión, diversos asuntos: los trajes, el peluquero, el baño, la ropa. En la terracilla de la casa blanca -ya casi seca- los tambores limpiaban con tiza el cobre de sus instrumentos. Eran los héroes del día siguiente.
Nuestros tambores eran especiales. No tenían nada de común con los lastimosos profanos que producían una multitud desordenada de sonidos. No en vano los tambores de Gorki habían aprendido su arte durante medio año con los especialistas de los regimientos, y sólo Iván Ivánovich protestó entonces:
-¿Sabe usted? ¡Tienen un método terrible, terrible! Con los ojos fijos de espanto, Iván Ivánovich me informó a cerca de ese método, que consistía en una magnífica alteración, donde se hablaba de mujeres, de tabaco, de queso, de brea y de una palabra que no puede ser citada aquí, pero que también servia honradamente a la causa tamboril. Sin embargo, este terrible método cumplía bien sus funciones educadoras, y las marchas de nuestros tambores se distinguían por la belleza y la expresividad. Había varias: de campaña, de diana en honor de la bandera, de desfile militar, y en cada una de ellas había originales vibraciones de trinos, staccatos exactos y secos, redobles ahogados y suaves, frases inesperadamente explosivas y travesuras coquetas y bailables. Nuestros tambores cumplían tan bien su trabajo, que incluso muchos inspectores del Comisariado del Pueblo de Instrucción Pública, después de oírles, se veían, por fin, obligados a reconocer que no introducían en la educación social ninguna ideología particularmente hostil.
Por la noche, en la asamblea de los colonos comprobamos nuestra preparación para la fiesta, y sólo un detalle quedó sin aclarar por completo: si llovería o no al día siguiente. En broma proponíamos que constase en la orden: se invita a los responsables de la guardia a asegurar el buen tiempo. Yo afirmaba que llovería infaliblemente; de la misma opinión eran Kalina Ivánovich, Silanti y otros camaradas versados en lluvias. Pero los colonos rechazaban nuestras aprensiones y preguntaban:
-¿Y si llueve, qué?
-Os mojaréis.
-¿Es que somos de azúcar?
Tuve que recurrir a la votación: ¿ir o no a la ciudad si llovía desde por la mañana? En contra se alzaron tres manos, una de ellas la mía. En la reunión resonaron risas triunfales y alguien vociferó:
-¡Hemos ganado nosotros!
Después de oírles yo dije:
-Pues bien, ya que lo habéis decidido, iremos, aunque caigan piedras del cielo.
-¡Aunque caigan! -gritó Lápot.
-Sólo que cuidado con gemir. Ahora estáis muy valientes, pero mañana encogeréis el rabo y chillaréis: ¡ay, qué frío! ¡ay, qué humedad!...
-¿Cuándo hemos gemido nosotros?
-Entonces, ¿de acuerdo con no gemir?
-De acuerdo.
La mañana nos acogió con el cielo completamente gris y una lluvia pérfida y menuda, que arreciaba a veces, y entonces caía sobre la tierra como vertida por una regadera y luego empezaba de nuevo a chispear sin ruido. No había ninguna esperanza de sol.
En la casa blanca, los colonos me recibieron ya preparados para la marcha y examinaron minuciosamente la expresión de mi rostro, pero yo intencionadamente me había colocado una máscara de piedra, y muy pronto comenzó a resonar desde diversos sitios un irónico recuerdo:
-¡No gemir!
Enviado, por lo visto, como explorador, llegó el abanderado y me preguntó:
-¿Llevo la bandera?
-¿Y cómo vamos a ir sin bandera?
-Es que... como está lloviendo...
-Pero, ¿se puede llamar lluvia a esto? Llevadla enfundada hasta que lleguemos a la ciudad.
-A la orden -respondió dócilmente el abanderado.
A las siete se dio el toque de asamblea. La columna salió exactamente tal como establecía la orden. Hasta el centro de la ciudad había unos diez kilómetros, y a cada kilómetro apretaba la lluvia. En la plaza de la ciudad no encontramos a nadie: era evidente que la manifestación había sido suspendida. Emprendimos el regreso bajo una lluvia torrencial; pero ya todo nos era indiferente: todos estábamos empapados, y mis botas chorreaban agua como un cubo repleto. Hice detenerse a la columna y dije a los muchachos:
-Los tambores están mojados. Vamos a cantar. Os advierto que ciertas filas pierden la formación. Además, hay que llevar más erguida la cabeza.
Los colonos se echaron a reír. Por sus rostros corrían ríos enteros de agua.
-¡De frente, marchen!...
Karabánov se puso a cantar:

¡Oh, compadre, compadre!
¡Qué vida perruna la tuya!

Pero las palabras de la cancioncilla parecieron a todos tan apropiadas a la situación, que también las recibieron a carcajadas. El segundo estribillo fue coreado por todos y llevado por las calles desiertas, inundadas de torrentes de lluvia.
Junto a mí, en la primera fila iba Chóbot. No cantaba y parecía no reparar en la lluvia; de un modo mecánico y obstinado miraba más allá de los tambores y no advertía mi tenaz atención.
Pasada la estación, permití que los muchachos fueran en columna de viaje. Lo malo era que a nadie le quedaba ni un pitillo seco, ni un puñado de "majorka"; por eso todos cayeron sobre mi petaca de cuero. Los muchachos me rodearon y recordaron con orgullo:
-A pesar de todo, no ha gemido nadie.
-Esperad un poco; en cuanto pasemos aquel recodo caerán piedras sobre nosotros. ¿Qué diréis entonces?
-Claro que las piedras son peor -dijo Lápot-, pero hay cosas todavía peores que las piedras. Una ametralladora, por ejemplo.
Antes de entrar en la colonia, formamos de nuevo y otra vez entonamos la canción, aunque la melodía era ya incapaz de dominar el creciente ruido del aguacero y los bramidos de los truenos, los primeros del año, inesperados y agradables, como si saludaran nuestro regreso. En la colonia entramos con la cabeza orgullosamente erguida, a paso muy rápido. Como siempre, rendimos honores a la bandera, y sólo después de ello todos se dispusieron a salir corriendo para los dormitorios. Yo grité:
-¡Viva el Primero de Mayo! ¡Hurra!
Los muchachos lanzaron al aire sus gorras mojadas, vociferaron y, ya sin esperar la voz de mando, se lanzaron hacia mí. Me mantearon, y de mis botas fluyeron nuevos chorros de agua.
Una hora más tarde, fue clavada en el club una consigna más. En un enorme lienzo había escritas dos únicas palabras:
-¡No gemir!

15. GENTE DIFÍCIL

Chóbot se ahorcó el 2 de mayo, por la noche.
Me despertó el destacamento de guardia. En cuanto oí los golpes en mi ventana, adiviné de qué se trataba. Junto a la cochera, a la luz de las linternas, los muchachos hacían la respiración artificial a Chóbot, al que acababan de quitar el nudo. Después de largos esfuerzos de Ekaterina Grigórievna y de los colonos, Chóbot recobró la respiración, pero no volvió en sí y murió al anochecer. Los médicos llegados de la ciudad nos explicaron que hubiera sido imposible salvar a Chóbot: se había ahorcado del balcón de la cochera; por lo visto, después de subirse al balcón y de ceñirse la soga al cuello, había saltado. Tenía rotas las vértebras cervicales.
Los muchachos acogieron con reserva el suicidio de Chóbot. Nadie manifestaba un dolor especial, y sólo Fedorenko comentó:
-Lástima de cosaco. ¡Hubiera sido un buen jinete de la caballería de Budionny!
Pero Lápot respondió a Fedorenko:
-Le faltaba mucho a Chóbot para llegar a Budionny: vivió como un mujik y ha muerto como un mujik. De codicia ha muerto.
Kóval miraba con iracundo desprecio hacia el club, donde había sido colocado el féretro de Chóbot, se negó a formar en la guardia de honor y no asistió al entierro.
-¡Yo mismo ahorcaría a tipos como Chóbot! ¡Qué nos importan a nosotros sus estúpidos dramas!
Solamente las muchachas lloraban, pero también Marusia Lévchenko se secaba los ojos de vez en cuando y decía rabiosamente:
-¡Qué imbécil, qué tarugo! ¡Vaya un marido! ¡Menuda suerte para Natasha! ¡Qué bien hizo en no irse con él! Como Chóbot hay muchos. ¡No va a andar una contentándoles a todos! ¡Anda y que se ahorquen todos los que quieran!
Natasha no lloraba. Cuando yo entré en el dormitorio de las muchachas, me miró con miedo y asombro y me preguntó en voz baja:
-¿Qué debo hacer ahora?
Marusia respondió por mí:
-¿También tú quieres ahorcarte? Da las gracias a que ese tonto ha decidido quitarse de en medio, que, si no, te hubiera amargado toda la vida. ¡A quién se le ocurre preguntar: "¿qué hacer?" Cuando estés en el Rabfak, ya podrás meditar en ello...
Natasha levantó los ojos hacia la enfadada Marusia y se abrazó a ella.
-Bueno.
-Yo apadrinaré a Natasha -dijo Marusia, lanzándome una mirada brillante y retadora.
Yo en broma, me incliné ante ella:
-Por favor, por favor, camarada Lévchenko. ¿Y puedo servirle yo de pareja?
-Sólo a condición de que no se ahorque. Porque ya ve usted cómo resultan a veces los padrinos. Que se vayan a paseo. Más disgustos que provecho.
-A la orden, no ahorcarse.
Natasha se separó de Marusia y sonrió a sus nuevos padrinos. Incluso sus mejillas se colorearon un poco.
-Vamos a desayunar, infeliz -dijo alegremente Marusia.
En ese sector, mi corazón quedó, más o menos, tranquilo. Al atardecer llegaron el juez de instrucción y María Kondrátievna. Conseguí que el juez no interrogara a Natasha. No hubiera sido necesario pedírselo: era un hombre inteligente. Después de levantar una breve acta, comió y se fue. María Kondrátievna se quedó para compartir nuestra tristeza. Ya avanzada la noche, cuando todos dormían, entró en mi despacho con Kalina Ivánovich y se dejó caer, fatigada, en el diván.
-¡Son indignantes sus colonos! Ha muerto un camarada, y ellos se ríen a carcajadas y ese Lápot suyo no para de hacer el tonto, igual que antes.
Al día siguiente, despedí a los "rabfakianos". Camino de la estación, Vérshnev decía:
-Los mu-muchachos n-no comprenden de qué se trata. Cuando un hombre de-decide m-morir, eso significa que la vi-vida es mala. Les pa-parece que es-es por N-natasha, pero no es por-por eso, sino por la vi-vida.
Belujin movió la cabeza:
-Nada de eso. Chóbot, de todas maneras, no tenía ninguna vida. No era un hombre, sino un esclavo. Le quitaron al señor, y entonces inventó a Natasha.
-Os pasáis de listos, muchachos -intervino Semión-. A mí eso no me gusta. ¿Se ha ahorcado una persona? Bueno, pues borradla de la lista. Hay que pensar en el día de mañana. Y yo le diré una cosa: lárguese de aquí con la colonia; si no, se ahorcarán todos.
De regreso, medité en los destinos de nuestra colonia. Ante mí se erguía en toda su magnitud la visión de una crisis terrible, en la que corrían el peligro de hundirse en un abismo valores indudables para mí, valores vivos, vitales, creados, como un milagro, por cinco años de trabajo de la colectividad, cuyas cualidades excepcionales ni siquiera por modestia quería ocultar ante mí mismo.
En una colectividad como la nuestra, la falta de claridad en las rutas personales no podía originar la crisis. Las rutas personales son siempre confusas. ¿Y qué es una ruta personal clara? Es la renuncia a la colectividad, es un espíritu pequeño-burgués concentrado: preocuparse, desde la más tierna edad, de algo tan fastidioso como el futuro pedazo de pan, como esa misma decantada calificación. ¿Calificación de qué? De carpinteros, de zapateros, de molineros. No, yo creo con firmeza que, para un muchacho de dieciséis años, la calificación más valiosa en nuestra vida soviética es la calificación de combatiente y de hombre.
Me imaginé la fuerza de la colectividad de los colonos y repentinamente comprendí en qué consistía la cuestión: naturalmente, ¡cómo había podido tardar tanto en darme cuenta! Todo consistía en el estancamiento. No se podía tolerar ningún estancamiento en la vida de la colectividad.
Me alegré como un niño: ¡qué encanto! ¡Qué magnífica, qué absorbente es la dialéctica! Una libre colectividad obrera no es capaz de estancarse. La ley universal del desarrollo general comenzaba únicamente ahora a poner de manifiesto su verdadera fuerza. La forma de existencia de una colectividad humana libre es el movimiento adelante; la forma de su muerte es el estancamiento.
Sí, nosotros habíamos permanecido casi dos años en el mismo sitio: los mismos campos, los mismos parterres, los mismos talleres y el mismo ciclo anual.
Me apresuré a llegar a la colonia para mirar a los ojos de los colonos y comprobar mi gran descubrimiento.
Junto a la terracilla de la casa blanca había dos coches de alquiler, y Lápot me recibió con esta noticia:
-Ha venido una comisión de Járkov.
"¡Qué bien! -pensé yo-. Ahora mismo resolveremos este asunto".
En mi despacho me aguardaban Liubov Savélievna Dzhurínskaia; una dama gruesa, con un vestido de color frambuesa oscuro, no muy limpio, ya no joven, pero con los ojos vivos y penetrantes, y un hombre de aspecto insignificante, medio pelirrojo, medio rubio, no se sabe si con barba o sin ella; llevaba unas gafas muy torcidas y no hacía más que enderezarlas con la mano que le dejaba libre la cartera.
Liubov Savélievna hizo un esfuerzo para sonreír afablemente mientras me presentaba a los demás:
-Aquí está el camarada Makárenko. Le presento a Varvara Víktorovna Bréguel y a Serguéi Vasílievich Chaikin.
¿Por qué no recibir en la colonia a Varvara Víktorovna Bréguel, que era mi jefe inmediato superior? Pero ¿con qué motivó había venido también ese Chaikin? Había oído hablar de él: era un profesor de pedagogía. ¿No dirigiría alguna casa de niños?
Bréguel me dijo:
-Hemos venido especialmente para comprobar su método.
-Protesto enérgicamente -repuse- No existe ningún método mío.
-En ese caso, ¿qué método sigue usted?
-Un método corriente soviético.
Bréguel sonrió aviesamente:
-Tal vez sea soviético, pero, en cualquier caso, no es corriente. A pesar de todo, hay que comprobarlo.
Empezó un diálogo de lo más desagradable, uno de esos diálogos en que la gente juega con los términos, profundamente convencida de que los términos determinan la realidad. Por ello me opuse:
-De esa manera yo no seguiré hablando. Si ustedes lo desean, puedo hacerles un informe, pero les prevengo que no me llevará menos de tres horas.
Bréguel accedió. Inmediatamente nos sentamos, cerré el despacho y me dediqué a algo torturante: traducir a palabras las impresiones, las reflexiones, las dudas y las pruebas acumuladas en mí durante cinco años. Me parecía que hablaba con elocuencia, que encontraba expresiones exactas para conceptos muy delicados, que con el bisturí analítico ponía al desnudo con precaución y audacia regiones ignotas hasta entonces, que esbozaba las perspectivas del futuro y las dificultades del mañana. En cualquier caso, era sincero hasta más no poder, no respetaba ningún prejuicio y no tenía miedo a demostrar que en algunos lugares la "teoría" me parecía ya ajena y digna de lástima.
Dzhurínskaia me oía con el rostro encendido y radiante. Bréguel parecía haberse puesto una máscara. En cuanto a Chaikin, me ocupaba poco de él.
Cuando terminé, Bréguel tamborileó en la mesa con sus gruesos dedos y dijo con un tono en que era difícil descifrar si hablaba con sinceridad o si se burlaba:
-Bien... Francamente, es interesante, muy interesante, ¿verdad, Serguéi Vasílievich?
Chaikin probó a enderezar las gafas, se sumió en su block de notas y muy cortésmente, como corresponde a un hombre de ciencia, con toda clase de visajes galantes y con una mímica seudo respetuosa, pronunció el siguiente discurso:
-Está bien. Esto, claro está, debe ser dilucidado, pero... incluso ahora yo pondría en duda algunos de los teoremas, si es que podemos calificarlos así, que usted nos ha expuesto amablemente con tanto ardor, cosa que, claro está, pregona su convencimiento. Bien. Nosotros, por ejemplo, sabíamos ya, y usted, sin embargo, lo ha pasado por alto, que ha organizado aquí una especie de concurrencia entre los educandos: el que hace más, es alabado; el que hace menos, es denigrado. Cuando han arado ustedes la tierra, ha habido una concurrencia semejante, ¿no es verdad? Me gustaría que me contestase usted a lo siguiente: ¿sabe usted que nosotros consideramos la concurrencia como un método profundamente burgués, ya que sustituye la relación directa a la cosa por una relación indirecta? Eso es lo primero. Segundo: usted da a los muchachos dinero para sus gastos menudos, cierto que para las fiestas, y no se lo da por igual a todos, sino, ¿cómo decirlo?, en proporción a los méritos: ¿No le parece a usted que así sustituye el estímulo interior por el estímulo exterior y además, profundamente material? Sigamos: los castigos, cómo usted dice. Usted debe saber que el castigo educa al esclavo, y nosotros necesitamos personalidades libres que no determinen sus actos por el miedo al palo o a otra medida de coacción, sino por estímulos interiores y por autoconciencia política...
Todavía me dijo muchas cosas ese Chaikin. Yo le escuchaba y recordaba el cuento de Chéjov en que se describe un asesinato con un pisapapeles; después pensaba que no era necesario matar a Chaikin, sino simplemente azotarle, pero no con una vara o con el knut del antiguo régimen zarista, sino con la correa vulgar y corriente que un obrero emplea para sujetarse los pantalones. Ideológicamente eso estaría en la línea.
Bréguel me preguntó, interrumpiendo a Chaikin:
-¿Por qué sonríe usted?- ¿Acaso es cómico lo que dice el camarada Chaikin?
-¡Oh, no! -respondí-. No es cómico...
-¿Es triste, verdad? -sonrió también, por fin, Bréguel.
-No, ¿por qué? Tampoco es triste. Es vulgar...
Bréguel me miró con atención y, suspirando, bromeó:
-Le es a usted difícil tratar con nosotros, ¿verdad?
-No importa; estoy acostumbrado a la gente difícil. Suelo tenerla mucho más difícil.
Bréguel se echó de repente a reír.
-No hace usted más que bromear, camarada Makárenko -dijo, calmándose por fin-. Pero contesté algo a Serguéi Vasílievich.
Miré suplicante a Bréguel:
-Creo que el Consejo Científico de Pedagogía se ocupará también de estas cuestiones. Allí lo harán todo como es debido. Vale más que vayamos a comer.
-Bueno -dijo, un poco enfadada, Bréguel-. Pero contésteme ¿qué historia es ésa de la expulsión de un educando, de Oprishko?
-Por emborracharse.
-¿Y dónde está ahora? ¿En la calle, naturalmente?
-No, vive aquí cerca, en casa de un kulak.
-Entonces, ¿qué? ¿Lo han entregado ustedes en patrocinio? -
-Una cosa así -repuse sonriendo.
-¿Vive allí? ¿Lo sabe usted bien?
-Sí, lo sé bien. Vive en casa de un kulak de la localidad, Lukashenko. Este alma caritativa "patrocina" ya a dos desamparados.
-Bueno, eso lo comprobaremos.
-Como ustedes gusten.
Fuimos a comer. Después de la comida, Bréguel y Chaikin quisieron convencerse de algo por sí mismos y yo me incliné ante Liubov Savélievna:
-¡Mi amado, mi querido Comisariado del Pueblo de Instrucción Pública! Aquí estamos estrechos y, además, ya lo hemos hecho todo. Dentro de medio año nos habremos vuelto todos neurasténicos. ¡Denos algo grande, para que sintamos vértigo de trabajo! ¡Usted tiene mucho de todo! ¡Usted no tiene sólo principios!
Liubov Savélievna se echó a reír.
-Yo le comprendo a usted -dijo-. Eso podrá hacerse. Venga, vamos a hablar con más detalle. Pero espere, usted habla siempre del futuro. ¿Le molesta mucho esta revisión?
-¡Oh, no! ¿Cómo podía ser de otro modo?
-Bueno, ¿y las conclusiones, todas esas preguntas de Chaikin no le preocupan?
-¿Por qué? ¿Es que no va a tratar de ellas el Consejo Científico de Pedagogía? La preocupación será para él, no para mí...
Por la noche, Bréguel, al irse a dormir, me expuso sus impresiones:
-Tiene usted una colectividad maravillosa. Pero esto no significa nada. Sus métodos son terribles.
En el fondo del alma me alegré; menos mal que no sabía nada del aprendizaje de nuestros tambores.
-Buenas noches -dijo Bréguel-. ¡Ah! Tenga en cuenta que nadie piensa culparle de la muerte de Chóbot... Me incliné ante ella con profunda gratitud.

16. ZAPOROZHIE

De nuevo llegó el verano. De nuevo, sin quedarse rezagados del sol, los destacamentos mixtos recorrieron campos, de nuevo volvieron a funcionar de vez en cuando los famosos destacamentos mixtos número cuatro, mandados, como siempre, por Burún.
Los "rabfakianos" llegaron a la colonia a mediados de junio y trajeron consigo, además de la alegría de haber pasado al segundo curso, a dos miembros más de la colonia, a Oxana y a Rajil, que, en su calidad de colonas, no tenían otro remedio que disfrutar sus vacaciones en la colonia. Y también llegó la muchacha de Chernígov, un ser de cejas negras y ojos negros hasta más no poder. La chernigoviana se llamaba Galia Podgórnaia. Semión la presentó en la asamblea general de los colonos y dijo:
-Shurka escribió a la colonia que yo había perdido la cabeza por esta chernigoviana. No ha habido nada, palabra de Komsomol. Pero lo importante es que Galia Podgórnaia no tiene, por decirlo así, ningún territorio donde pasar las vacaciones. Juzgadnos, camaradas colonos; decid quién tiene razón y quién es culpable.
Semión se sentó en la tierra: la reunión transcurría en el parque.
La chernigoviana examinaba, asombrada, nuestra sociedad de pies desnudos, de brazos desnudos y, en ciertas partes, también de barrigas desnudas. Lápot apretó los labios, entornó los ojos, dejando caer sus enormes párpados sin pestañas, y dijo con una voz ronca:
-Dígame, por favor, camarada chernigoviana... eso... ¿cómo se llama?...
La chernigoviana y la asamblea aguzaron el oído.
-... ¿sabe usted el Padrenuestro?
La chernigoviana sonrió, azorada, y, enrojeciendo, respondió con timidez:
-No lo sé...
-¡Ah, no lo sabe! -Lápot apretó todavía más los labios y parpadeó otra vez-. ¿Y el Credo?
-No, tampoco lo sé...
-¡Vaya, hombre! ¿Y puede usted cruzar a nado el Dniéper?
La chernigoviana miró, perpleja, en torno suyo:
-¿Cómo decirles? Nado bien. Seguramente podría cruzarlo...
Lápot se volvió hacia la asamblea con esa expresión que suelen adoptar los tontos cuando se ponen a pensar intensamente en algo: inflando la cara, parpadeaba, levantaba un dedo, alzaba la nariz, todo ello sin la más leve insinuación de sonrisa:
-Entonces, quedamos en que el Padrenuestro no lo sabe, del Credo ni palabra y el Dniéper puede cruzarlo. ¿O a lo mejor no puede?
-¡Puede! -grita la asamblea.
-Bueno, ya que no el Dniéper, ¿puede cruzar el Kolomak?
-¡Cruzará el Kólomak! -chillan los muchachos, riéndose a carcajadas.
-¿Resulta que sirve para nuestra colonia de caballeros de Zaporozhie?
-Sirve.
-¿En qué destacamento la incluimos?
-En el quinto.
-En tal caso, echadle arenita en la cabeza y llevadla al quinto.
-Pero, ¿has perdido el juicio o qué? -grita Karabánov-. Si antes se echaba arenita únicamente a los atamanes...
-Y tú dime, cosaco -pregunta Lápot a Semión- ¿Progresa la vida o no progresa?
-Progresa. ¿Y qué?.
-Pues bien, antes se echaba arenita sólo a los atamanes, pero ahora se echa a todos.
-¡Ah! -dice Karabánov-. ¡Bien hecho!
La idea del traslado a Zaporozhie había surgido en la colonia después de una carta de Dzhurínskaia, en la que nos comunicaba los vagos rumores que corrían acerca de la organización de una gran colonia infantil en la isla de Jórtitsa y de que el Comisariado del Pueblo de Instrucción Pública vería con agrado que el organizador central de esa colonia fuese la colonia Gorki.
El estudio detallado del proyecto no había comenzado aún: Dzhurínskaia contestaba a mis preguntas que no se debía esperar una rápida solución definitiva de este asunto, y a que todo eso estaba relacionado con el proyecto de construcción de la Dnieprogués*(*Central hidroeléctrica del Dniéper. (N. de la Edit.)).
Nosotros no sabíamos exactamente lo que pasaba en Járkov, pero en la colonia pasaban muchas cosas. Era difícil decir con qué soñaban los colonos: con el Dniéper, con la isla, con los grandes campos, con alguna fábrica. A muchos les seducía la idea de tener nuestro barco propio. Lápot hacía rabiar a las muchachas, afirmando que en la isla de Jórtitsa, según las viejas reglas, no se admitía a las muchachas y que, por lo tanto, sería preciso construir algo para ellas en la orilla del Dniéper.
-Sin embargo, no os preocupéis -las consolaba luego-. Iremos a veros, pero nos ahorcaremos en la isla. Así estaréis más tranquilas.
Los "rabfakianos" participaban también en los sueños, acariciados en broma, de obtener en herencia la isla de los zaporogos y rendían tributo de buen grado al afán, todavía no extinto en ellos, de jugar. Durante las veladas nocturnas, la colonia entera se reía hasta saltársele las lágrimas, viendo en el patio amplias imitaciones de la vida de los zaporogos: para ello la mayoría de los colonos se aprendía como es debido el Taras Bulba. En esas imitaciones los muchachos eran inagotables. Unas veces, Karabánov aparecía en el patio con unos pantalones hechos de una cortina teatral y nos daba una conferencia acerca de cómo se debía hacer tales pantalones, para los que, según él, hacían falta ciento veinte varas de tela. Otras veces, se representaba en el patio la terrible ejecución de un zaporogo, acusado de robo por toda la comunidad. En este caso, los muchachos trataban, sobre todo, de conservar intacto el siguiente detalle legendario: la ejecución se efectuaba por medio de mazas, pero únicamente tenía derecho a golpear el que antes se bebía una jarra de aguardiente. Por falta de aguardiente para los colonos encargados de la ejecución, se ponía un enorme cántaro de agua, que hasta los mayores tragones de agua eran incapaces de beber. Otras veces, el cuarto destacamento mixto, al ir al trabajo, ofrecía a Burún la maza y el cetro de mando de "hetman". La maza era de calabaza y el bastón, de corteza, pero Burún estaba obligado a recibir respetuosamente esos "atributos" y a saludar: en todas direcciones.
Así iba pasando el verano y, sin embargo, el proyecto del traslado a Zaporozhie no pasaba de ser un proyecto, y los muchachos se aburrían ya de jugar a él. En agosto se fueron los "rabfakianos" y se llevaron consigo a una nueva partida: Perdimos a cinco nuevos jefes, y la herida más sangrienta quedó en el lugar del jefe del Segundo destacamento: a pesar de todo, se fue al Rabfak Antón Brátchenko, mi amigo más próximo y uno de los fundadores de la colonia Máximo Gorki. Se fue también Osadchi, por quien había pagado yo con un buen pedazo de mi vida. Había sido un bandido entre los bandidos, y sé iba al Instituto Tecnológico de Járkov un muchacho esbelto y guapo, alto, discreto, que se distinguía por una fuerza y un valor especiales. Kóval decía refiriéndose a él:
-¡Qué Komsomol es Osadchi! Da pena despedir a un Komsomol semejante.
Era verdad: Osadchi había soportado sobre sus espaldas por espacio de dos años el complicadísimo trabajo de jefe del destacamento encargado del molino, trabajo lleno de interminables preocupaciones, de infinitas cuentas con las aldeas y los comités de campesinos pobres.
También se fue Gueórguievski, el hijo del gobernador de Irkutsk, que no había podido borrar esa mancha ignominiosa, aunque en los documentos oficiales de Gueórguievski rezaba: "No recuerda a sus padres".
También se fueron Schnéider, el jefe del famoso destacamento octavo, y Marusia Lévchenko, jefe del quinto.
Despedimos a los "rabfakianos" y de repente nos dimos cuenta de cómo había rejuvenecido la sociedad de los gorkianos. Incluso en el Soviet de jefes se reunían ahora los pequeñuelos de hace poco: en el segundo destacamento estaba Vitka Bogoiavlenski, en él tercero Oprishko había sido reemplazado por Kostia Sharovski, en el quinto estaba Natasha Petrenko, en el noveno Mitka Zheveli, y sólo en el octavo había conseguido, por fin, el puesto de jefe el enorme Fedorenko. Después de tres años de mando, Gueórguievski cedió el destacamento de los pequeños a Toska Soloviov.
De nuevo enterramos la remolacha y la patata, rodeamos de paja las cocheras, limpiamos y guardamos las semillas para la primavera, y de nuevo salieron a arar el primero y el segundo destacamentos mixtos, pero esta vez ya sin concurrencia. Y sólo entonces recibimos de Járkov la propuesta oficial del Comisariado del Pueblo de Instrucción Pública de ver en la región de Zaporozhie la finca de Popov.
La asamblea general de los colonos, después de escuchar mi informe y de hacer rodar el papelito del Comisariado por las manos de todos, comprendió en el acto que la cosa iba en serio. No en balde teníamos en nuestro poder otro papelito, en el que el Comisariado del Pueblo de Instrucción Pública rogaba al Comité Ejecutivo Regional de Zaporozhie que pusiera la finca de Popov a disposición de la colonia.
En aquel instante esos papelitos nos parecían la solución definitiva del asunto: lo único que nos faltaba por hacer era respirar a nuestras anchas olvidar las interminables conversaciones acerca de las diversas haciendas vacías, de las colonias fracasadas, de los monasterios que aún no habían muerto y de los nidos de terratenientes que aún no habían recobrado la vida, poner punto final a los sueños relacionados con la isla de Jórtitsa, hacer las maletas y marcharnos.
Para conocer y tomar posesión de la finca de Popov salimos Mitka Zheveli, elegido por la asamblea general, y yo. Mitka tenía ya quince años. Hacía tiempo que sobresalía notablemente entre los pequeños, había pasado la difícil prueba de jefe de destacamento mixto, hacía ya más de un año que era Komsomol, y en el último tiempo había sido promovido merecidamente al puesto responsable de jefe del noveno destacamento. Mitka era el representante de una nueva formación de gorkianos: a los quince años poseía una gran experiencia administrativa, un talle flexible y la habilidad de un buen organizador, contaminándose, al mismo tiempo, de muchos hábitos de la experta generación adulta. Desde el primer día, Mitka había sido amigo de Karabánov, y parecía haber heredado de él los ojos negros y ardientes y los movimientos bellos y enérgicos, pero, al mismo tiempo, Mitka se diferenciaba sensiblemente de Semión, aunque no fuera más que por el hecho de que, a los quince años, Mitka estaba ya en el quinto grado de la escuela.
Mitka y yo salimos un día frío, despejado, sin nieve, de finales de noviembre, y veinticuatro horas más tarde estábamos ya en Zaporozhie. En nuestra inexperiencia nos imaginábamos que la nueva era feliz de la colonia de trabajo Gorki comenzaría aproximadamente así: el presidente del Comité Ejecutivo Regional, un hombre con el rostro agradable de un revolucionario, nos recibiría afablemente, se alegraría al vernos y nos diría:
-¿La finca de Popov? ¿Para la colonia Gorki? ¡Cómo no, cómo no, ya lo sé! ¡Por favor, por favor! Aquí tienen la orden de entrega. Vayan ustedes y tomen posesión.
Lo único que nos quedaría por hacer después sería averiguar el camino para ir a la finca y volver corriendo a la colonia con la invitación:
-¡Preparaos de prisa, de prisa!...
No poníamos en duda que nos gustaría la finca de Popov. La propia Bréguel, mujer severa, nos había dicho a Mitka y a mí cuando la saludamos en Járkov, en el Comisariado del Pueblo de Instrucción Pública:
-¿La finca de Popov? ¡ Precisamente lo que necesita Makárenko! Ese Popov era un poco excéntrico. Construyó allí muchas cosas... ya lo verán. Es una buena finca, y les gustará.
Dzhurínskaia decía también:
-Es un lugar bueno, rico y bello. Parece hecho especialmente para una colonia infantil.
Y, a su vez, María Kondrátievna confirmó:
-¡Es un encanto!
Ya el simple hecho de que todos conocieran la finca, tenía gran importancia, y tanto Mitka como yo nos sentíamos fatalistas: el destino había preparado especialmente esa propiedad para los gorkianos.
Sin embargo, de todas nuestras esperanzas la única fundada resultó una: el rostro del presidente del Comité Ejecutivo Regional era, efectivamente, simpático y revolucionario. Todo lo demás -sobre todo su discurso- fue distinto a como pensábamos nosotros.
Después de leer el papelito del Comisariado de Instrucción Pública, el presidente exclamó:
-¡Pero si hay allí una comuna campesina! ¿Y qué es eso de la colonia Gorki?
Nos miraba con franca curiosidad a Mitka y a mí, y me parece que Mitka le gustó más que yo, porque sonrió al ver el recelo que expresaban los ojos negros de Mitka y preguntó:
-Entonces, ¿muchachos como éste son los que van a organizar aquello?
Mitka enrojeció decididamente y empezó a insolentarse:
-¿Es que nosotros somos muchachos de poca monta? Seguramente no lo haremos peor que sus mujiks.
Después de pronunciar esas palabras, Mitka se sonrojó todavía más y el presidente sonrió más aún y reconoció con franqueza:
-¿A quién llama usted mujiks? ¿A los campesinos? Sí, efectivamente, los campesinos lo hacen mal. Pero se debe tener en cuenta que hay allí mil quinientas hectáreas. Este asunto rebasa la competencia del Comité Ejecutivo Regional. Tendrán ustedes que librar la batalla con el Comisariado del Pueblo de Agricultura...
Mirando al presidente, Mitka entornó con desconfianza los ojos:
-¿Ha dicho usted que se sale... cómo es... competencia? ¿Qué significa eso?
-Resulta que yo entiendo mejor su lenguaje que usted el mío... Pero, bueno, su director le explicará lo que es competencia. ¿Y qué puedo hacer yo? Les daré un coche, vayan y vean la finca. Y, de paso, hablen con la comuna; tal vez lleguen a un acuerdo. Pero el asunto tendrán que decidirlo en Járkov, en el Comisariado del Pueblo de Agricultura.
Sonriendo, el presidente estrechó la mano a Mitka:
-Si todos sus muchachos son como éste; les apoyaré.
Mitka y yo visitamos la finca de Popov, y su belleza nos cautivó.
En el extremo del famoso Veliki Lug, parece que en el mismo sitio donde estuvo la jata de Taras Bulba, en el ángulo entre el Dniéper y el Kara-Chekrak, se extendían, de pronto, en la estepa unas largas colinas. Entre ellas, el Kara-Chekrak, como una flecha enhiesta, corría al Dniéper; ni siquiera parecía un río, sino más bien un canal, y en su abrupta ribera se alzaba una maravilla. Altos muros almenados, tras ellos palacios de techos puntiagudos y redondos, entremezclados en fabulosa fantasía. En algunas torres todavía se agitaban las veletas, pero las ventanas nos miraban con sus huecos negros y vacíos, y en ello había una profunda contradicción con el vivo barroquismo de la fantasía morisca o árabe.
Por la puerta de un torreón afiligranado de dos pisos, entramos en un enorme patio recubierto de losas cuadradas. Entre las losas manchadas por las vacas, los cerdos y las cabras, sobresalían con lúgubre insolencia unos tallos secos de abrojos, que la helada hacía tiritar. Entramos en el primer palacio. En él no había ya nada, a excepción de las corrientes de aire y del olor a cal, y en el vestíbulo yacía, tirada en un montón de escombros, una Venus de Milo de yeso, no sólo sin brazos, sino incluso sin piernas. En otros palacios, lo mismo de altos y de elegantes, también olía intensamente aún a revolución. Con la mirada experta de un restaurador, yo calculaba cuánto nos costaría la reparación de todo aquello. En realidad, la cosa no era terrible: ventanas, puertas, arreglo del piso, revoco de las paredes. La Venus podía quedar sin reparación; las escaleras, las estufas, el techo estaban enteros.
Mitka era menos prosaico que yo. Ningún destrozo podía apagar su entusiasmo estético. Vagaba por las salas, los torreones, los pasillos, los patios pequeños y grandes, y se extasiaba:
-¡Oh, qué maravilla! ¡Pero mire! ¡Esto es formidable, palabra de honor! ¡Qué sitio tan bueno, Antón Semiónovich! ¡Qué contentos van a ponerse los muchachos! ¡Qué bonito ¿Y cuántos muchachos se podrá instalar aquí? ¿Mil seguramente?
Según mis cálculos, se podía instalar a unos ochocientos muchachos.
-¿Y podremos con ellos? Ochocientos que vendrán, probablemente, de la calle. Y todos nuestros jefes están en el Rabfak...
No había tiempo de pensar en si podríamos o no. Seguimos recorriendo la finca. Del patio posterior disponía la comuna y disponía de manera detestable. Una cochera interminable estaba llena de basura, y en medio de esa basura, amontonada hacía tiempo, sin ninguna paja, se podía ver, aquí y allá, los clásicos jamelgos de huesos salientes y traseros sucios, muchos de ellos sarnosos. La enorme porqueriza estaba toda agujereada, había pocos cerdos y los que había eran malos. En los montículos helados del patio yacían abandonados carros, sembradoras, ruedas, piezas sueltas, y sobre todo ello, como un barniz, una soledad salvaje. Sólo en la porqueriza un viejo reumático de barba sucia salió a nuestro encuentro y nos dijo:
-Si tienen que ir a la oficina, vayan a aquella jata.
-¿Y dónde están vuestros cerdos? -preguntó Mitka.
-¿Cómo dice?... ¡Ah!... ¿Los cerdos?
El abuelo se balanceó un poco, se llevó los dedos transparentes a los bigotes y miró en torno suyo. Se veía que la pregunta de Mitka era superior a las aptitudes diplomáticas del abuelo. Pero con un valeroso ademán sacudió la mano:
-Se los han... comido los canallas, se los han comido los sinvergüenzas...
-¿Quiénes?
-¿Quiénes van a ser? Los nuestros... la misma comuna.
-¡Pero si usted, abuelito, también es de la comuna!
-¡Je, je! Yo, amiguito, estoy en la comuna como gallina en corral ajeno. Ahora el que sabe chillar es el que manda. Y al abuelo no le han dado tocino. ¿Y ustedes a qué vienen?
-A tratar un asunto.
-¡Ah, a tratar un asunto!... Pues, si es para eso, vayan allí. Están reunidos... Reunidos, ¿cómo no?... No hacen más que reunirse... y aquí...
El abuelo, por lo visto, tomaba impulso para explayarse en mayores sinceridades, pero nosotros no teníamos tiempo.
En una estrecha oficina sobre agonizantes sillas señoriales, se celebraba, efectivamente, una reunión. A través del humo de la majorka costaba trabajo discernir cuánta gente había, pero el ruido que armaban correspondía a unas veinte personas. Desgraciadamente, no pudimos conocer el orden del día, porque en cuanto entramos, un hombre de barba oscura y rizosa, con unos ojos tiernos y redondos de doncella, nos preguntó:
-¿Quiénes sois?
Comenzó un diálogo al principio frío y oficial, después apasionado y hostil, y sólo dos horas después simplemente práctico.
Era evidente que yo me había equivocado. La comuna estaba enferma de gravedad, pero no se disponía a fenecer y, al descubrir en nosotros a los inoportunos sepultureros, se indignó y, concentrando sus últimas fuerzas, puso de manifiesto su afán de vivir.
Una sola cosa estaba clara: mil quinientas hectáreas eran demasiado para la comuna. En este exceso de riqueza residía una de las causas de su indigencia. Acordamos con facilidad el reparto de las tierras. Con facilidad todavía mayor accedió la comuna a entregarnos los palacios, las almenas y los torreones con la Venus de Milo. Pero cuando llegó el turno al patio en que estaban los cobertizos y los depósitos, se inflamaron las pasiones tanto entre los miembros de la comuna como entre nosotros. Mitka ni siquiera pudo mantenerse en la línea de la discusión y pasó al ataque personal:
-¿Y por qué tenéis todavía la remolacha en el campo?
Y el presidente respondió:
-¡Eres demasiado joven para pedirme cuentas de la remolacha!
Sólo ya avanzada la noche nos pusimos también de acuerdo en este punto. Mitka dijo:
-¿Pero por qué estamos discutiendo como asnos? Podemos dividir el patio con un muro.
Y así lo decidimos.
No recuerdo por qué procedimiento llegamos a la colonia Gorki, pero debió ser en una especie de alas. Nuestro relato en la asamblea general fue acogido con una ovación inaudita. Mitka y yo fuimos manteados, faltó poco para que me rompieran las gafas, y a Mitka le rompieron, efectivamente, algo, no sé si la frente o la nariz.
En la colonia se inició una era realmente dichosa. Durante tres meses los colonos vivieron de planes. Bréguel me reprochó un día que pasó por la colonia:
-¿Makárenko, a quiénes está educando usted? ¿A soñadores?
Aunque fuera a soñadores. La palabra "sueño" no me entusiasma. Efectivamente, huele a sentimentalismo o tal vez a algo peor. Pero hay sueños y sueños: una cosa es soñar con un caballero jinete en blanco corcel y otra cosa soñar con ochocientos niños en una colonia infantil. Cuando vivíamos en estrechos cuartuchos, ¿acaso no soñábamos con habitaciones altas y llenas de luz? Al envolvernos los pies en trapos, soñábamos con calzado humano. Soñábamos con el Rabfak, con el Komsomol, con el Molodiéts, con un rebaño de raza. Cuando un día traje en un saco dos lechones de raza inglesa, uno de estos soñadores, el pequeño y melenudo Vañka Shelaputin, sentado sobre sus manos en un alto banco, dijo, balanceando las piernas y contemplando el techo:
-Esos son únicamente dos lechones. Pero después nos darán otros tantos y éstos, otros tantos... Y dentro de cinco años tendremos cien cerdos. ¡Jo, jo! ¡Ja, ja! ¡Oyes, Toska, cien cerdos!
Y tanto el soñador como Toska se rieron de una manera desusada, sofocando las conversaciones serias en mi despacho. Pero hoy tenemos más de trescientos cerdos, y nadie se acuerda de cómo entonces soñaba Shelaputin.
Tal vez la diferencia principal entre nuestro sistema de educación y el sistema burgués resida, precisamente, en que en nuestro país una colectividad infantil debe, sin falta, crecer y enriquecerse, debe ver por delante un futuro mejor y tender a él en una alegre tensión de todos sus componentes, en un sueño optimista y tenaz. Tal vez en ello radique la verdadera dialéctica de la pedagogía.
Por eso yo no ponía ningún freno a los sueños de los colonos y, en común con ellos, me metía a veces quizá en demasiadas honduras. Pero aquélla fue una época muy feliz en la colonia, y todos mis amigos la recuerdan con alegría. También Máximo Gorki, al que, informábamos detalladamente de los asuntos de la colonia, compartía nuestros sueños.
En la colonia sólo unas cuantas personas no sentían alegría ni soñaban. Una de ellas era Kalina Ivánovich. Tenía joven el alma, pero resulta que, para soñar, el alma no es suficiente. El propio Kalina Ivánovich lo explicaba, así:
-¿Tú has visto cómo un buen caballo tiene miedo al auto? Eso es porque el parásito quiere vivir, pero un carcamal cualquiera no tiene miedo no ya a un auto, sino ni siquiera al diablo, porque todo le es igual, lo mismo si es pan que si son tortas, como suele decirse...
Yo trataba de convencerle de que nos acompañara a Zaporozhie, y los muchachos se lo suplicaban también, pero Kalina Ivánovich seguía firme en sus trece:
Yo ahora no tengo ya miedo a nada, y parásitos semejantes no os hacen falta. He vivido algún tiempo con vosotros, ya está bien. Ahora me retiraré a vivir de la pensión: bajo el Poder soviético viven bien los holgazanes, los viejos chochos.
También los Osipov declararon que no irían a ninguna parte con la colonia. Ya habían experimentado bastantes emociones fuertes.
-Somos gente modesta -decía Natalia Márkovna-. Ni siquiera comprendemos qué falta le hacen a usted esos ochocientos niños. Fracasará usted en esta empresa, Antón Semiónovich, palabra de honor.
En respuesta a esa declaración, yo declamé "Cantamos a la temeridad de los valientes".
Los muchachos aplaudían y se reían, pero era imposible turbar de ese modo a los Osipov. Sin embargo, Silanti me consolaba:
-Pues que se queden aquí. A ti, Antón Semiónovich, te gusta, como se dice, enganchar a todos a coches de carreras. La vaca, sabes, no sirve para una cosa así, y tú no quieres dejarla en paz. Fíjate qué historia.
-¿Y a ti se te puede enganchar, Silanti Semiónovich?
-¿Dónde?
-¡Pues al coche de carreras!
-A mí, ¿sabes?, puedes engancharme a donde se te antoje, hasta a la silla de Budionny. ¿Comprendes? Los muy canallas me querían dejar sólo para traer agua. ¡Y no se han dado cuenta los miserables de lo animoso que es el caballo!
Silanti erguía la cabeza y golpeaba el suelo con el pie, añadiendo un poco retrasado:
-¡Fíjate qué historia!
El hecho de que casi todos los educadores, y Silanti, y Kósir, y Elisov, y el herrero Godanóvich, y todas las lavanderas y cocineras, y hasta los trabajadores del molino decidieran irse con nosotros infundió a este traslado seguridad y cierto aire de familia.
Mientras tanto, en Járkov los asuntos marchaban mal. Yo iba allí con frecuencia. El Comisariado del Pueblo de Instrucción Pública nos apoyaba calurosamente. Hasta Bréguel se contaminó de nuestros sueños, aunque en aquel periodo no me llamaba más que Don Quijote de Zaporozhie.
Hasta el Comisariado del Pueblo de Agricultura, aunque confundiendo siempre desdeñosamente nuestro nombre -unas veces la colonia Gorki, otras veces la colonia Korolenko, otras veces la colonia Shevchenko-, transigió: llevaos las ochocientas desiatinas y la finca de Popov, pero dejadnos en paz.
Nuestros enemigos no estaban en el frente de combate, sino en una emboscada. Yo choqué con ellos en un ardiente ataque, imaginándome que éste sería mi último golpe triunfal, después del cual me quedaría tan sólo cantar victoria. Sin embargo, para hacer frente a mi ataque salió de entre los matorrales un hombrecillo pequeño, con una chaqueta corta. Pronunció sólo unas palabras, y yo quedé destrozado por completo y retrocedí vertiginosamente, abandonando cañones y banderas y desbaratando las filas de los colonos, ya lanzadas a toda marcha.
-El Comisariado del Pueblo de Hacienda no puede acceder a este negocio: dar treinta mil rublos para la reparación de un palacio que no le hace falta a nadie, mientras que sus casas de niños están en ruinas.
-Pero si no es solamente para la reparación. En el presupuesto entran también las herramientas y él traslado.
-¡Ya lo sabemos, ya lo sabemos! Ochocientas desiatinas, ochocientos niños desamparados y ochocientas vacas. Ha terminado la época de semejantes negocios. Hay qué ver cuántos millones hemos dado al Comisariado del Pueblo de Instrucción Pública y, sin embargo, no se ha conseguido nada: lo robarán todo, lo romperán y se dispersarán.
Y el hombrecillo puso el pie sobre el pecho de nuestro hermoso y vivo sueño, tan inesperadamente derrumbado. Y por mucho que el sueño llorase bajo este pie, por mucho que tratara de probar que era un sueño de los gorkianos, nada le ayudó: dejó de existir.
Y heme aquí, apesadumbrado, de regreso a la casa, recordando febrilmente que en nuestra escuela se está estudiando el tema: Nuestra hacienda de Zaporozhie. Shere había visitado dos veces la finca de Popov y había comunicado a los colonos un plan económico compuesto por él, un plan todo refulgente de diamantes, de perlas, de rubíes, en el que brillaban, resplandecían, deslumbraban tractores, cientos de vacas, millares de cabras, varios centenares de miles de aves, la exportación de mantequilla y de huevos a Inglaterra, incubadoras, desnatadoras, jardines.
Todavía la semana pasada, yo, lo mismo que ahora, regresaba de Járkov y los muchachos me recibían excitados, me sacaban del coche y vociferaban:
-¡Antón Semiónovich! ¡Antón Semiónovich!. Zorka tiene un potrillo. ¡Venga usted a verlo! ¡Ahora mismo!...
Me arrastraron a la cochera y allí rodearon a un potrillo dorado, todavía húmedo y tembloroso. Sonreían en silencio y sólo uno dijo como para sí mismo:
-Lo hemos llamado Zaporozhets...
¡Queridos pequeños míos! No iréis tras el arado en Veliki Lug, no residiréis en un palacio fabuloso, no tocarán vuestros tambores la diana desde lo alto de los torreones moros y en vano habéis dado al potrillo dorado el nombre de Zaporozhets.

17. COMO HAY QUE CONTAR

El golpe asestado por el hombrecillo del Comisariado del Pueblo de Hacienda resultó un golpe duro. Se oprimió el corazón de los colonos, sonrieron y relincharon los enemigos y yo me desorienté profundamente. Pero a nadie se le ocurría ya pensar que podíamos seguir a orillas del Kolomak. Y también en el Comisariado de Instrucción Pública sentían dócilmente nuestra resistencia, y la cuestión ante ellos se planteaba sólo de una forma: ¿a dónde ir?
Por eso, los meses de febrero y marzo de 1926 fueron de un contenido muy complejo. El fracaso del traslado a Zaporozhie apagó los últimos destellos de nuestra esperanza jubilosa y triunfal, pero en su lugar quedó en la colonia una obstinada seguridad. No pasaba semana sin que en asamblea general de los colonos se discutiera alguna nueva propuesta. En las anchurosas estepas de Ucrania había aún muchos sitios no ocupados por nadie u ocupados por malos administradores. Uno tras otro iban proponiéndolos nuestros amigos del Comisariado del Pueblo de Instrucción Pública, las organizaciones del Komsomol, viejos vecinos y lejanos conocidos que trabajaban en organismos económicos. Shere, los muchachos y yo recorrimos muchas carreteras y muchos caminos y senderos en aquel tiempo en tren, en coche, a lomos del Molodiéts o de diferentes caballos y jamelgos del transporte local.
Sin embargo, los exploradores no traían a la colonia más que cansancio: en las asambleas generales los colonos les escuchaban con frío practicismo, y, disponiéndose ya a volver a sus obligaciones los muchachos lanzaban al informante la primera pregunta embarazosa:
-¿Y cuántos caben allí? ¿Ciento veinte? ¡Qué absurdo!
-¿Y dónde está? ¿En Piriatin? ¡Ni hablar!
Y los propios informantes se alegraban de ese desenlace, porque lo que más temían en el fondo de su alma era que la asamblea se dejara seducir por algo.
Así desfilaron ante nuestros ojos la finca de Staritski en Valki, el monasterio de Piriatin y el de Lubni, los palacios de los príncipes Kochubéi en Dikanka y otras porquerías por el estilo.
Se nos seguía ofreciendo sitios, pero eran rechazados sin que mereciesen siquiera un reconocimiento. Uno de estos sitios era Kuriazh, una colonia infantil a dos pasos de Járkov, en la que había cuatrocientos muchachos, según rumores, completamente relajados. La imagen de una institución infantil relajada nos era tan repulsiva, que la idea de Kuriazh, no cobraba más que la forma de burbujas menudas y enclenques, que estallaban en el momento mismo de su aparición.
Un día, durante un nuevo viaje a Járkov, asistí casualmente a una reunión del Comité de Ayuda a la infancia. Se examinaba el problema de la colonia de Kuriazh, que dependía de esa organización. El inspector del Comisariado del Pueblo de Instrucción Pública, Yúriev, hablaba, seco e irritado, de la situación en la colonia, concretaba y acortaba las expresiones, y por ello parecían más indignantes y estúpidos los asuntos de la colonia. Cuarenta educadores y cuatrocientos educandos le parecían al oyente, a través de centenares de anécdotas humillantes para el hombre, la invención de algún miserable degenerado, misántropo y corrompido. Yo sentía ganas de golpear la mesa con el puño y de gritar:
-¡No puede ser! ¡Es una calumnia!
Sin embargo, Yúriev parecía un hombre respetable, y, a través de su seca cortesía de informante, se sentía netamente la vieja tristeza asentada en el Comisariado de Instrucción Pública, de la que yo podía dudar menos que nadie. Yúriev, avergonzado de mi presencia; me miraba a veces con la expresión de un hombre que tiene algún deterioro en el traje. Después de la reunión, se acercó a mí y me dijo francamente:
-Palabra de honor, me daba no se qué hablar de todas estas porquerías delante de usted. La gente dice que en su colonia, si un muchacho llega con cinco minutos de retraso a la comida, usted le arresta y le deja veinticuatro horas a pan y agua y él sonríe y dice: "A la orden".
-No es del todo así. Si yo practicara un método tan afortunado, usted tendría que informar acerca de la Colonia Gorki por el estilo de su informe de hoy. Yúriev y yo empezamos a hablar, discutimos. Me invitó a almorzar, y, durante el almuerzo, me propuso:
-¿Sabe usted una cosa? ¿Por qué no se queda con Kuriazh?
-¿Y qué hay allí de notable? Y, además, aquello está lleno.
-¿Cómo lleno? Dejaremos libres para usted ciento veinte plazas.
No me seduce la cosa. Es un trabajo ingrato. Y, además, no me dejarán ustedes actuar...
Le dejaremos. ¿Por qué nos tiene tanto miedo? Le daremos carta blanca: haga usted lo que se le antoje. Ese Kuriazh es un horror. Imagínese usted: a dos pasos de la capital semejante guarida de bandidos. Usted me ha oído. ¡Son salteadores de caminos! Sólo en la propia colonia han desvalijado por valor de dieciocho mil rublos en cuatro meses.
-Entonces, hay que echar de allí a todo el personal.
-No, ¿por qué?... Allí hay magníficos elementos.
-En tales casos yo soy partidario de la asepsia total.
-Bueno, échelos, échelos...
-Aunque no; no iremos a Kuriazh.
-¡Pero si usted no lo ha visto todavía!
-No, no lo he visto.
-¿Sabe usted una cosa? Quédese aquí hasta mañana. Llamaremos a Jalabuda e iremos a ver la colonia.
Accedí. Al día siguiente fuimos los tres a Kuriazh. Yo me puse en camino sin presentir que iba a elegir una tumba para mi colonia.
Con nosotros iba Sídor Kárpovich Jalabuda, presidente del Comité de Ayuda a la Infancia. Presidía honradamente esta institución, que entonces se componía de casas y colonias infantiles malas y relajadas, tiendas de comestibles, cinematógrafos, almacenes de muebles de mimbre, jardines de recreó, ruletas y contadurías. Sídor Kárpovich estaba rodeado de parásitos: comerciantes, comisionistas, crupiers, charlatanes, bribones, sinvergüenzas, malversadores, y yo sentía ardientes deseos de regalarle una gran botella de líquido desinfectante. Hacía ya mucho tiempo que Jalabuda estaba aturdido por consideraciones de diversa índole que le sugerían desde todas partes -consideraciones económicas, pedagógicas, sicológicas, etc... etc., y por ello hacía también mucho tiempo que había perdido la esperanza de comprender la razón de que en sus colonias hubiera miseria, desbandada general, robos y granujería. Había aceptado sumisamente la realidad, creía de todo corazón que el niño desamparado era la suma de los siete pecados capitales, y de su antigua bonachonería conservaba tan sólo la fe en un futuro mejor y en el centeno.
Yo descubrí más tarde ese último rasgo de su carácter, pero ahora, yendo en el auto, escuchaba sin ninguna sospecha sus razonamientos:
-Es necesario que la gente tenga Centeno. Si la gente tiene centeno, no hay miedo a nada. ¿Qué sacas tú enseñándole a leer a Gógol si no tiene pan? Tú dale pan y después el libro... Y esos bandidos, no saben sembrar centeno pero robar sí que saben...
-¿Es mala, gente?
-¿Ellos? ¡Menuda gente! Me dicen: dame cinco rublos, Sídor Kárpovich; tengo ganas de fumar. Yo, naturalmente, se los di, y una semana más tarde, me dicen otra vez: Sídor Kárpovich, dame cinco rublos. Yo le digo: pero ¡si ya te los he dado! Y él responde: me diste para tabaco; ahora dame para vodka...
Después de recorrer unos seis kilómetros por un camino arenoso y aburrido, subimos una pendiente y entramos por las puertas desvencijadas de un monasterio. En medio de un patio redondo, veíase la mole informe de un templo antiguo, aunque horrible, tras él algo de tres pisos y, por los alrededores, varios pabellones largos y bajos, apuntalados por pequeñas terracillas semiderruidas. Algo aparte, casi en el borde del talud, había un hotel de dos pisos, todo de madera, en período de reconstrucción. Por rincones y esquinas se habían agazapado casitas, cobertizos, cocinas, toda una serie de porquerías, hechas no se sabía de qué y acumuladas en el curso de trescientos años de rezos. Ante todo, me sorprendió el olor que dominaba en la colonia. Era una mezcla compleja de olor a retretes, a sopa, a estiércol y a... incienso. En la iglesia se oficiaba, y, acurrucadas en los peldaños de la escalinata que daba acceso al templo, había unas viejas sarmentosas y antipáticas que recordaban probablemente los felices tiempos en que había a quién pedir limosna. Pero no se veía a los colonos.
El director de la colonia, un hombre gris y arrugado, contempló con angustia nuestro Fiat, golpeó con la mano en una aleta del coche y nos llevó a ver la colonia. Se veía que estaba ya acostumbrado a mostrarla no para recibir plácemes, sino para ser amonestado, y conocía perfectamente las estaciones de su calvario.
-Aquí están los dormitorios de la primera colectividad -dijo pasando por un sitio donde antes había una puerta y ahora se veía solamente su marco; ni siquiera habían quedado las jambas. Con la misma facilidad atravesamos también el segundo umbral y torcimos por el pasillo, a la izquierda. Sólo entonces comprendí que aquel pasillo no estaba separado por nada del aire, que algún día había sido puro. Esto se demostraba, entre otras cosas, por los montoncitos de nieve traídos por el viento y cubiertos ya de polvo.
-¿Qué es esto? ¿No tenéis puertas? -pregunté.
El director nos demostró trabajosamente que en otro tiempo había sabido sonreír y continuó andando. Yúriev dijo en voz alta:
-Las puertas ardieron hace ya mucho tiempo. ¡Y si no fuesen más que las puertas!. Ahora están arrancando y quemando el piso, también han quemado los cobertizos de los depósitos y hasta una parte de los carros.
-¿Y la leña?
-¡Cualquiera sabe por qué no tienen leña! Se les ha dado dinero para comprarla.
Jalabuda se sonó y dijo:
-Seguramente todavía ahora hay leña. No quieren serrarla y partirla, y no tenemos dinero para pagar a alguien. Los muy canallas tienen leña... No sabe usted qué gente son. ¡Verdaderos bandidos!...
Por fin, llegamos a una puerta cerrada de verdad que daba paso a un dormitorio. Jalabuda pegó un puntapié contra ella, y la puerta quedó pendiente en el acto de un solo gozne en la parte inferior, amenazando con caer sobre nuestras cabezas: Jalabuda sujetó la puerta con una mano y se echó a reír:
-¡Ah, no, bruja del diablo, ya te conozco bien!...
Entramos en el dormitorio. En unas camas rotas y sucias estaban sentados sobre montones de trapos informes, dignos de ser arrojados a la basura, unos auténticos niños desamparados en toda su magnificencia; envolviéndose en unos andrajos parecidos, trataban de entrar en calor. Junto a una estufa medio rota, dos muchachos partían a hachazos una tabla pintada, al parecer, recientemente de amarillo. En los rincones y hasta en medio de la habitación había porquería. Aquí dominaba el mismo olor que en el patio, salvo el incienso.
Los muchachos nos seguían con la vista, pero ninguno volvió la cabeza. Me fijé que todos tenían más de dieciséis años.
-¿Estos son los mayores? -pregunté.
-Sí, ésta es la primera colectividad, los mayores -me explicó afablemente el director.
Desde un rincón lejano alguien gritó con voz de bajo:
-¡No crea usted lo que le digan! ¡Todo es mentira! Desde otro rincón alguien manifestó libremente, sin recalcar nada:
-¡Enseñan!... ¿Qué hay que enseñar? Valdría más que enseñaran lo que han robado.
No prestamos ninguna atención a esas exclamaciones. Solo Yúriev enrojeció y me miró de reojo.
Salimos al pasillo.
En este edificio hay seis dormitorios -dijo el director-. ¿Quieren verlos?
-Enséñeme los talleres -pedí yo.
Jalabuda se animó y comenzó un largo relato acerca de la suerte que había tenido en la compra de los tornos.
De nuevo salimos al patio. Viniendo hacia nosotros, un pequeñuelo, arrebujado en su klift, saltaba de montículo en montículo con cuidado de no pisar con sus negros pies descalzos las franjas de nieve. Y me quedé un poco rezagado de los demás y le pregunté:
-¿De dónde vienes, pequeño?
Se detuvo y alzó el rostro:
-He ido a enterarme de si iban a enviarnos o no.
-¿A dónde?
-Decían que iban a mandarnos no sé a donde.
-¿Es que estáis mal aquí?
-Aquí ya no se puede vivir -repuso tristemente en voz baja el pequeño, rascándose la oreja con un extremo del klift-. Aquí hasta se puede helar uno además, nos pegan...
-¿Quién os pega?
-Todos.
El pequeño era inteligente y, al parecer, no corrompido por la calle; tenía unos grandes ojos azules no deformados todavía por las muecas callejeras. Lavándole, hubiera resultado un chico guapo.
-¿Y por qué os pegan?
-Porque sí. Si no se les da algo, otras veces nos quitan la comida. Hay aquí muchachos que no comen hace ya tiempo. A veces, les quitan también el pan... O, si no robas... te dicen que robes, y tu no robas... ¿Y usted no sabe si van a enviarnos a algún sitio?
-No lo sé, hijito.
-Y dicen que pronto será verano...
-¿Y qué falta te hace a ti el verano?
-Cuando sea verano, me marcharé.
Me llamaron para ver los talleres. Me parecía imposible dejar al pequeño sin prestarle ninguna ayuda, pero él saltaba ya por los montículos, acercándose a los dormitorios: probablemente allí, a pesar de todo, hacía más calor que en el patio.
No pudimos ver los talleres: un ser misterioso tenía las llaves, y el director, a pesar de todas sus investigaciones, no pudo desvelar ese misterio. Nos limitamos a mirar por las ventanas. Había allí prensas de estampar, máquinas de cepillar madera y dos tornos, en total doce. En pabellones aislados estaban los talleres de zapatería y confección, soporte y confirmación de la pedagogía.
-¿Es que hoy es fiesta en la colonia?
El director no respondió. Yúriev asumió otra vez este trabajo de forzados:
-Me admira usted, Antón Semiónovich. Debería haberlo comprendido ya todo. Aquí no trabaja nadie: ésta es la situación general. Y, además han robado los instrumentos, no hay material, no hay energía, no hay encargos, no hay nada. Y nadie sabe trabajar.
La central eléctrica de la colonia, acerca de la que Jalabuda nos contó también toda una larga historia, no funcionaba, naturalmente: en ella había algo roto.
-¿Y la escuela?
-Escuela hay -repuso personalmente el director-. Sólo que... no estamos para escuelas...
Jalabuda insistía en que fuéramos al campo. Salimos del círculo, limitado por murallas de una toesa de grosor, y vimos la gran hendidura de un antiguo estanque y detrás de él, hasta el lindero del bosque, unos campos cubiertos de una fina capa de nieve levantada por el viento. Jalabuda tendió la mano como Napoleón y pronunció solemnemente:
-Ciento veinte desiatinas. ¡Un tesoro!
¿Habéis sembrado el trigo de otoño? -pregunté yo, imprudente.
-¡De otoño! -exclamó con entusiasmo Jalabuda-
Treinta desiatinas de centeno. Calcula usted a razón de cien puds; salen tres mil puds sólo de cereales. No les faltará pan. ¡Y qué centeno! No importa que la gente siembre únicamente centeno: se puede vivir únicamente con centeno. ¿Sabe? El trigo no tiene tanta importancia. Los alemanes no pueden comer pan de centeno, y tampoco los franceses... Pero nuestra gente si tiene pan de centeno...
Ya habíamos vuelto al coche; pero Jalabuda continuaba hablando del centeno. Al principio, esto nos irritaba, pero después acabó por interesarnos: ¿qué más se podría decir aún del centeno?
Subimos al coche y nos marchamos, despedidos por el solitario y aburrido director. Guardamos silencio hasta la misma Jolódnaia Gorá. Cuando cruzábamos el mercado Yúriev me indicó con un movimiento de cabeza a un grupo de harapientos:
-Son educandos del Kuriazh... Bueno, ¿qué, se los lleva usted?
-No.
-¿A qué tiene miedo? Recuerde usted que la colonia Gorki es de delincuentes. De cualquier forma, la comisión ucraniana envía aquí toda clase de granujas. Y nosotros le ofrecemos muchachos normales.
Hasta Jalabuda se echó a reír:
-¡También tú! ¡Normales!
Yúriev seguía insistiendo:
-Vamos a hablar ahora con Dzhurínskaia. La Ayuda a la Infancia cederá la colonia al Comisariado del Pueblo de Instrucción Pública. A Járkov le es violento enviarle delincuentes, pero carece de una colonia propia. En cambio, aquí tendría su colonia, y, además, qué colonia: ¡con capacidad para cuatrocientas personas! Esto sería magnífico. Los talleres aquí no son malos. Sídor Kárpovich, ¿cederá usted la colonia?
Jalabuda reflexioné:
-Treinta desiatinas de centeno son doscientos cuarenta puds de semillas. ¿Y el trabajo? ¿Lo pagaréis? ¿Y por qué razón no hemos de ceder la colonia? La cederemos.
-Vamos a ver a Dzhurínskaia. -insistía Yúriev-. Trasladaremos a algún sitio a ciento veinte colonos de los más jóvenes, y los doscientos ochenta restantes se los dejaremos a usted. Aunque desde el punto de vista formal no puede considerárseles delincuentes. Después de una educación como la que han recibido en Kuriazh son todavía peores.
-¿Por qué voy a meterme yo en esta pocilga? -pregunté a Yúriev-. Y, además, aquí hay que reparar algo. La reparación no saldrá por menos de veinte mil rublos.
-Sídor Kárpovich dará el dinero.
Jalabuda se despertó.
-¿Para qué veinte mil rublos?
-Es el precio de la sangre -explicó Yúriev-, el precio del crimen.
-¿Para qué veinte mil rublos? -volvió a asombrarse Jalabuda.
-La reparación, las puertas, los instrumentos, la ropa de cama, los trajes, todo.
Jalabuda se enfadó:
-¡Veinte mil rublos! ¡Por veinte mil rublos haremos todo eso nosotros mismos!
En el despacho de Dzhurínskaia, Yúriev prosiguió su trabajo de agitación. Liubov Savélievna le escuchaba sonriente y me contemplaba con curiosidad.
-Ese sería un experimento demasiado caro. No podemos poner en peligro la colonia Gorki. Hay que proceder más sencillamente: clausurar Kuriazh y distribuir a los muchachos por otras colonias. Y, además, el camarada Makárenko no querrá ir a Kuriazh.
-No -confirmé yo.
-¿Es la respuesta definitiva? -preguntó Yúriev.
-Yo hablaré con los colonos, pero, probablemente, no aceptarán.
Jalabuda parpadeó.
-¿Quién no aceptará?
-Los colonos.
-¿Cómo... sus educandos?
-Sí.
-¿Y ellos qué entienden?
Dzhurínskaia puso una mano sobre el brazo de Jalabuda:
-¡Querido Sídor! Ellos entienden allí más que tú y yo. Me gustaría ver la cara que pondrían si viesen tu Kuriazh.
Jalabuda se enfadó:
-¿Pero por qué la tomáis conmigo: "tu Kuriazh"? ¿Por qué es mío? Yo os he dado cincuenta mil rublos. Y un motor. Y doce tornos. Pero los pedagogos son vuestros... ¿Qué culpa tengo yo de que trabajen mal?...
Dejé a esas personalidades de la "educación socialista" ajustando sus cuentas familiares y corrí al tren. Karabánov y Zadórov me acompañaron a la estación. Después de oír mi relato acerca de Kuriazh, se quedaron pensativos. Durante unos segundos guardaron silencio, contemplando las ruedas del vagón. Por fin, habló Karabánov:
-Limpiar retretes no es un gran honor para los gorkianos. Sin embargo, habría que pensarlo...
-En cambio, nosotros estaremos cerca y podremos ayudarles -dijo Zadórov, enseñando los dientes-. ¿Sabes qué, Semión? Vamos a verlo mañana.
La asamblea general, como todas las asambleas en el último tiempo, escuchó mi informe con reserva y atención. Mientras hablaba, yo oía con curiosidad no sólo a la asamblea, sino también a mí mismo. De pronto sentí el deseo de sonreír tristemente. ¿Qué ocurría? ¿No sería yo acaso un niño cuatro meses atrás, cuando, lo mismo que los colonos, bullía y exultaba en los palacios de Zaporozhie, creados por nosotros? ¿Habría crecido en estos cuatro meses o únicamente había empobrecido? En mis palabras, en el tono, en el movimiento del rostro sentía claramente una molesta inseguridad. Durante todo el año habíamos anhelado espacios claros y amplios. ¿Sería posible que nuestros afanes se vieran coronados por algún ridículo y emporcado Kuriazh? ¿Cómo podía ocurrir que yo mismo, por mi voluntad, hablase con los muchachos acerca de un futuro tan insoportable? ¿Qué podía atraernos en Kuriazh? ¿En nombre de qué valores era preciso abandonar nuestra vida, embellecida por las flores y por el Kolomak, nuestro suelo entarimado, la finca restaurada por nosotros?
Pero al mismo tiempo, en mis frases escuetas y verídicas, donde era de todo punto imposible incluir una sola palabra optimista, yo sentía, inesperadamente, hasta para mí mismo, una llamada grandiosa y austera, tras de la que se ocultaba, a lo lejos, una alegría confusa, todavía tímida.
A veces, los muchachos interrumpían con risas mi informe, precisamente en los lugares donde yo esperaba despertar confusión entre ellos. Reprimiendo la risa, me hacían preguntas y, después de oír mis respuestas, se reían con más ganas aún. No era una risa de esperanza o de felicidad. Era una risa sarcástica.
-¿Y qué hacen los cuarenta educadores?
-No lo sé.
Risas.
-Antón Semiónovich, ¿no ha abofeteado usted allí a nadie? Yo no hubiera podido contenerme, palabra de honor. Risas.
-¿Hay comedor?
-Comedor hay, pero, como todos los muchachos están descalzos, se llevan las cazuelas a los dormitorios y allí comen. Risas.
-¿Y quién lleva las cazuelas?
-No lo he visto. Probablemente los muchachos...
-¿Por turno o cómo?
-Probablemente por turno.
-Entonces lo tienen bien organizado.
Risas.
-¿Y hay organización del Komsomol?
Aquí las risas, sin esperar mi respuesta, se hicieron estruendosas. No obstante, cuando terminé mi informe todos me miraban de un modo serio y preocupado.
-¿Y cuál es su opinión? -preguntó alguien.
-Pues yo, lo que digáis vosotros...
Lápot me miró fijamente, pero por lo visto no descifró nada.
-Bueno, hablad... ¿Por qué calláis?... Es interesante ver cuánto tiempo vais a estar callados. Denís Kudlati levantó la mano.
-¡Ah, Denís! Vamos a ver qué dices.
Denís intentó rascarse el cogote con su ademán habitual, pero, al recordar que esta debilidad era siempre señalada por los colonos, dejó caer la mano innecesaria.
A pesar de ello, los muchachos advirtieron la maniobra, y se echaron a reír.
-En realidad yo no voy a decir nada. Claro que Járkov está allí cerca: eso es verdad... Pero, a pesar de todo, cargar con un asunto así..., ¿Con quiénes contamos? Todos se han ido al Rabfak...
Volvió la cabeza, lo mismo que si se hubiera tragado una mosca.
-En realidad, ni siquiera valdría la pena de hablar de Kuriazh. ¿Para qué vamos a meternos allí? Y, además, hay que tener en cuenta que ellos son doscientos ochenta y nosotros ciento veinte, y, entre los nuestros, hay muchos novatos, ¿y los viejos quiénes son? Toska es jefe, y Natasha es jefe también, ¿y Perepeliátchenko y Sujoiván, y Galatenko?
-¿Qué pasa con Galatenko? -se oyó una voz soñolienta y rezongona-. En cuanto ocurre algo, se saca a relucir a Galatenko.
-Cállate -le contuvo Lápot.
-¿Por qué voy a callarme? Antón Semiónovich ha hablado de la gente que hay allí. ¿Es que yo no trabajo o qué?
-Bueno, bueno -transigió Denís-, perdona, pero, de todas formas, allí nos darán de bofetadas y así acabará la cosa...
-Eso de las bofetadas ya lo veremos -dijo Mitka Zheveli, levantando la cabeza.
-¿Y tú qué piensas hacer?
-Estate tranquilo.
Kudlati se sentó. Tomó la palabra Iván Ivánovich:
-Camaradas colonos, yo, de todas maneras, no iré a ningún sitio; así que yo, por decirlo así, veo las cosas desde fuera y, por lo tanto, con mayor claridad. ¿Para qué ir a Kuriazh? Nos dejarán a trescientos muchachos de los peores, y además de Járkov...
-¿Es que aquí no nos mandan también muchachos de Járkov? -preguntó Lápot.
-Nos los mandan, pero fijaos que allí son trescientos. Y Antón Semiónovich dice que en Kuriazh los muchachos son ya grandes. Y, además, tened en cuenta que sois vosotros quienes llegan y que ellos están en su casa. Si han sido capaces de robar solamente ropa por valor de dieciocho mil rublos, ¿os imagináis que harán con vosotros?
-¡Nos asarán! -gritó alguien.
-Asarnos no, porque hay que trabajar para el asado: nos comerán vivos.
-Y, además, a muchos de vosotros os enseñarán a robar -prosiguió Iván Ivánovich. ¿Tenemos muchachos así?
-Todos los que quiera -respondió Kudlati-; tenemos unos cuarenta que proceden del hampa, sólo que les da miedo robar.
-¡Ya lo veis! -se alegró Iván Ivánovich-. Contad, pues. Vosotros seréis ochenta y ellos trescientos veinte, y, además, de entre vosotros, hay que excluir a las muchachas y a los pequeños... ¿Y todo esto para qué? ¿Para qué hundir la colonia Gorki? ¡Antón Semiónovich, va usted a la perdición!
Iván Ivánovich se sentó, mirando triunfalmente en torno suyo. Entre los colonos resonaron murmullos semiaprobatorios, pero yo no distinguí en este rumor general ninguna decisión.
Bajo la aprobación general, salió a hablar Kalina Ivánovich. Vestía su viejo impermeable, pero estaba afeitado y pulcro, como siempre. A Kalina Ivánovich le causaba un gran dolor la necesidad de separarse de la colonia, y en sus ojos azules, que fulguraban con una incierta luz senil, yo veía un gran dolor humano.
-Entonces -comenzó sin apresurarse Kalina Ivánovich-, la cuestión es que tampoco yo iré con vosotros y, por lo tanto, veo el asunto desde fuera, pero no desde lejos. Hay diferencia entre dónde se piensa ir y a dónde le lleva a uno la vida. El mes pasado decíamos: exportaremos manteca a los ingleses. Por favor, decidme a mí, a un viejo: ¿cómo se puede admitir eso: trabajar para esos parásitos de ingleses? Yo mismo he visto, las ganas que tenían los muchachos de ir allá: ¡vamos, vamos! Y si hubieran ido, ¿qué habría pasado después? Teóricamente, eso, claro está, hubiera sido Zaporozhie, pero prácticamente os hubierais limitado a apacentar vacas y nada más. ¿Habéis calculado cuanto habríais tenido que sudar antes de que vuestra manteca llegara a los ingleses? Hubierais tenido que apacentar a las vacas, y sacar el estiércol, y lavarles el trasero, porque si no, los ingleses no habrían querido comer vuestra manteca. Pero vosotros, tontos, no habéis pensado en eso; no queríais más que iros. Y está muy bien que no hayáis ido: que los ingleses coman pan seco. Y ahora os proponen Kuriazh. Y vosotros os ponéis a pensar. ¿Y qué hay que pensar? Sois gente avanzada y no veis que trescientos hermanos vuestros están al borde de la perdición, trescientos Máximo Gorki como vosotros. Antón Semiónovich os ha estado contando lo que ha visto y vosotros le escuchabais riendo, pero ¿qué hay aquí de cómico? ¿Cómo puede el Poder soviético consentir que en la propia capital, en Járkov, al lado mismo del Gobierno, se críen cuatrocientos bandidos? Y el Poder soviético os dice: venga, muchachos, a trabajar para que salga de ellos gente decente: ¡son trescientas personas, fijaos! Y tened en cuenta que no será gentuza como Luká Semiónovich quien ha de seguir vuestro trabajo, sino todo el proletariado de Járkov. ¡Pero vosotros no queréis! Preferís alimentar a los ingleses para que se atraganten con vuestra manteca. Y aquí os da pena. Os da pena separaros de las rosas y tenéis miedo: nosotros somos tantos y ellos, los parásitos, cuántos. Y cuando Antón Semiónovich y yo empezamos a trabajar solos en la colonia, ¿entonces qué? ¿O puede que también nosotros celebrásemos asambleas y pronunciáramos discursos? Que digan Vólojov, Taraniets y Gud si teníamos miedo a los parásitos. Y este trabajo será un trabajo de Estado, un trabajo que necesita el Poder soviético. Y yo os aconsejo: id sin pensarlo más tiempo. Y Máximo Gorki dirá: ¡hay que ver mis gorkianos, han ido, no les ha dado miedo!
A medida que iba hablando Kalina Ivánovich, se coloreaban sus mejillas, y los ojos de los colonos ardían con más fuego. Muchos de los que estaban sentados en el suelo se acercaron a nosotros, y algunos, con la barbilla apoyada en los hombros de los vecinos, no clavaban su mirada en Kalina Ivánovich, sino más lejos, en alguna futura proeza. Y cuando Kalina Ivánovich habló de Máximo Gorki, las fijas pupilas de los colonos fulguraron en un estallido ardiente y humano. Los pequeños empezaron a alborotar, a gritar, a agitarse, se lanzaron a aplaudir, pero ni para aplaudir había tiempo. Mitka Zheveli, de pie entre los sentados en el suelo, gritaba a las últimas filas, como si esperase resistencia de allí:
-Vamos, parásitos, palabra que sí!
Pero también las filas de atrás hacían fuego graneado contra Mitka y gesticulaban con enérgicas muecas, y entonces Mitka se lanzó hacia Kalina Ivánovich rodeado de un enjambre de pequeñuelos, capaces ahora solamente de chillar:
-Kalina Ivánovich, ¿entonces también usted viene con nosotros?
Kalina Ivánovich sonrió amargamente, llenando su pipa. Lápot dijo:
-¿Qué hay escrito allí? ¡Leed!
Todos gritaron a coro:
-¡No gemir!
-A ver, ¡leedlo otra vez!
Lápot bajó el puño y todos repitieron con una voz sonora y exigente:
-¡No gemir!
-¡Y nosotros gemimos! ¡Hay que ver cuántos matemáticos nos han salido! Cuentan: ochenta y trescientos veinte. ¿Quién cuenta así? Hemos admitido a cuarenta muchachos de Járkov. ¿Acaso los hemos contado? ¿Dónde están?
-¡Aquí estamos, aquí! -gritaron los muchachos.
-Bueno, ¿y qué?
Los muchachos gritaron:
-¡Sirven!
-Entonces, ¿para qué contar? Yo, en lugar de Iván Ivánovich, contaría así: nosotros no tenemos piojos y ellos tienen diez mil. Vale más no moverse de donde estamos.
La asamblea, riéndose a carcajadas, miró a Iván Ivánovich, rojo de vergüenza.
-Nuestras cuentas son de lo más sencillo -siguió Lápot-. Nosotros aportamos la colonia Gorki y ellos, ¿qué? Nada.
Lápot terminó su discurso; los colonos gritaron:
-¡Tiene razón! Vamos, y no hay más que hablar. ¡Que Antón Semiónovich escriba al Comisariado del Pueblo de Instrucción Pública!
Kudlati dijo:
-¡Bueno! Si lo acordáis así, iremos. Sólo que también para ir se necesita cabeza. Mañana es ya marzo; no se puede perder ni un solo día. No hay que escribir, sino enviar un telegrama; de lo contrario, nos quedaremos sin huerta. Y otra cosa: tampoco podemos ir sin dinero. Ya sean veinte mil o lo que sea, dinero hace falta de todos modos.
-¿Votamos? -me, preguntó Lápot.
-¡Que diga su opinión Antón Semiónovich! -gritaron voces de la multitud.
-¿Acaso no ves lo que opina? -replicó Lápot-. Pero, de todas maneras, hay que guardar las formas. Tiene la palabra Antón Semiónovich.
Me puse en pie y exclamé lacónicamente:
-¡Viva la colonia Gorki!
Media hora más tarde, Vitka Bogoiavlenski, nuevo encargado de la cochera y jefe del segundo destacamento, salía a caballo para la ciudad.
En el gorro llevaba el siguiente telegrama:

"Járkov. Comisariado Instrucción Pública. Dzhurínskaia.
Insistentemente rogamos transferencia Kuriazh lo antes posible para asegurar siembra presupuestos siguen.
Asamblea general colonos.
Makárenko"

18. SALIDA DE RECONOCIMIENTO

Dzhurínskaia me convocó telegráficamente al otro día. Los colonos atribuyeron confiadamente una gran significación a este telegrama.
-Fijaos cómo van las cosas, pim-pam, telegrama va, telegrama viene...
Pero, a decir la verdad, la historia se desarrollaba sin ningún ímpetu especial. A pesar de que Kuriazh, según el aviso general, era inadmisible, aunque, no fuese más que porque todas las casas de campo, poblados y aldeas de los alrededores pedían insistentemente la liquidación de esa "cueva de bandidos", Kuriazh halló defensores. Hablando en plata, sólo Dzhurínskaia y Yúriev exigían incondicionalmente el traslado de la colonia. Yúriev no dudaba ni un instante del éxito de la operación planeada. En cuanto a Dzhurínskaia, accedía a ella sólo por la confianza que tenía en mí.
-A pesar de todo, Antón Semiónovich, tengo miedo -me confesó en un instante de sinceridad-. No puedo evitarlo: tengo miedo...
Bréguel apoyaba el traslado, pero proponía formas inaceptables para mí: un trío especial se encargaría de organizar toda la operación, el estilo gorkiano iría siendo inculcado poco a poco en la nueva colectividad, y durante un mes me ayudarían cincuenta komsomoles de Járkov, movilizados para tal fin.
Jalabuda, influido por alguien de su corrompido séquito, no quería ni oír hablar de la asignación inmediata de veinte mil rublos y repetía continuamente la misma frase:
-Por veinte mil rublos lo haremos todo nosotros mismos.
Enemigos inesperados nos atacaban desde el sindicato. El que armaba más ruido era Kliámer, un ardoroso moreno, "amigo del pueblo". Todavía hoy no comprendo por qué le irritaba la colonia Gorki, pero hablaba de ella con todo el rostro contraído de rabia, escupía furiosamente y golpeaba con los puños:
-¡Reformadores a cada paso! ¿Quién es Makárenko? ¿Por qué debemos infringir las leyes y los intereses de los trabajadores en nombre de un Makárenko cualquiera? ¿Y quién conoce la colonia Gorki? ¿Quién la ha visto? La ha visto Dzhurínskaia. Bueno, ¿y, qué? ¿Es que Dzhurínskaia entiende de todo?
A Kliámer le ponían fuera de sí mis reivindicaciones:
1. Licenciar a todo el personal de Kuriazh sin ninguna discusión.
2. Admitir en la colonia Gorki a quince educadores (según las normas, correspondían cuarenta).
3. Pagar a los educadores no cuarenta rublos al mes, sino ochenta.
4. El personal pedagógico sería reclutado por mí, reservando al sindicato el derecho a la no admisión.
Estas modestas reivindicaciones enfurecían a Kliámer hasta hacerle casi llorar:
-Me interesaría saber quiénes se atreverán a discutir ese insolente ultimátum. Cada palabra es un ultraje al derecho soviético. Le hacen falta quince educadores, y los veinticinco restantes que se queden fuera. Quiere cargar sobre los pedagogos un trabajo de forzados, y, claro, cuarenta educadores le dan miedo...
Yo no entraba en discusión con Kliámer porque no discernía cuáles eran sus verdaderos móviles.
En general, yo procuraba no participar en los debates y en las discusiones, ya que, en conciencia, no podía asegurar el éxito y no quería obligar a nadie a aceptar una responsabilidad no justificada por la lógica. En realidad, tenía a mi disposición un solo argumento: la colonia Gorki. Pero nada más que unos cuantos habían visto la colonia, y hablar yo de ella no me parecía muy adecuado.
En torno al problema del traslado de la colonia comenzaron a girar tantas personas, pasiones y relaciones, que también yo perdí muy pronto toda orientación, más aún porque iba a Járkov únicamente por un día y no asistí a reunión alguna. Yo mismo ignoraba por qué, pero no creía en la sinceridad de mis enemigos y sospechaba que tras las razones aducidas por ellos se ocultaban otros fundamentos.
Sólo en un lugar del Comisariado del Pueblo de Instrucción Pública tropecé con una persona apasionadamente convencida y yo la admiré con toda sinceridad. Era una mujer, a juzgar por la indumentaria, pero, probablemente, se trataba de un ser asexual: baja de estatura, con un rostro caballuno, una tabla rasa en vez de pecho y unos pies enormes y desgarbados. Continuamente agitaba sus manos rojas, bien accionando, bien arreglándose unos mechones lacios de pelo color de paja clara. Todos la llamaban la camarada Zoia. Tenía cierta influencia en el despacho de Bréguel.
La camarada Zoia me odió desde el primer minuto y, sin ocultarlo, no renunciaba a las expresiones más violentas.
-Usted, Makárenko, es un soldado y no un pedagogo. Dicen que usted es un coronel retirado, y eso tiene trazas de ser verdad. No comprendo por qué le guardan tantas consideraciones. Yo no le dejaría trabajar con niños.
A mí me gustaban la sinceridad cristalina y el diáfano apasionamiento de la camarada Zoia, y tampoco lo ocultaba en mis respuestas habituales:
-Para mí es un deleite oírla, camarada Zoia, pero yo nunca he sido coronel.
La camarada Zoia consideraba el traslado de la colonia como una catástrofe inevitable, y, golpeando la mesa de Bréguel con la palma de la mano, vociferaba:
-¡No sé qué les ha cegado! No sé con qué les ha embrujado a todos este... -decía, volviendo la cabeza hacia mí.
-... coronel -apuntaba yo seriamente.
-Sí, coronel... Yo les diré cómo va a terminar todo esto: ¡con una matanza! Él traerá a sus ciento veinte muchachos, ¡y habrá una carnicería! ¿Qué piensa usted de esto, camarada Makárenko?
-Me entusiasman sus consideraciones, pero sería curioso saber: ¿quién degollará a quién?
Bréguel trataba de sofocar nuestros altercados:
-¡Zoia! ¿Cómo no te da vergüenza? ¿De qué matanza hablas?... Y usted, Antón Semiónovich, déjese de bromas.
La madeja de las discusiones y las divergencias rodaba hacia las altas esferas del Partido, y esto me tranquilizaba. También me tranquilizaba otra cosa: Kuriazh olía cada vez peor, se descomponía más y más y requería medidas urgentes y decisivas. Kuriazh apremiaba la solución de este asunto, a pesar, incluso, de que los propios pedagogos de Kuriazh también protestaban:
-La colonia está acabando de descomponerse por las conversaciones acerca del traslado de los de Gorki.
Los mismos educadores comunicaban en secreto que los de Kuriazh se disponían a recibir a navajazos a los de Gorki. La camarada Zoia me gritaba:
-¿Lo ve usted? ¿Lo ve?
-Sí -respondía yo-. La cosa está ya clara: son ellos quienes van a degollarnos y no nosotros a ellos...
-Sí, la cosa está ya clara... ¡Varvara, tú serás la responsable de todo, compréndelo! ¿Dónde se ha visto semejante cosa? ¡Azuzar mutuamente a dos grupos de niños desamparados!
Por fin fui llamado al despacho de un dirigente del Partido. Un hombre de cabeza afeitada levantó la mirada de los papeles y me dijo:
-Siéntese, camarada Makárenko.
En el despacho estaban Dzhurínskaia y Kliámer.
Yo me senté.
El hombre de la cabeza afeitada preguntó en voz baja:
-¿Está usted seguro que podrá superar con sus educandos la descomposición de Kuriazh?
Yo debí de palidecer, porque tuve que mentir en respuesta a la pregunta honradamente planteada:
-Estoy seguro.
El hombre de la cabeza afeitada me miró fijamente y continuó:
-Ahora una cuestión de carácter técnico, téngalo usted en cuenta, camarada Makárenko, una cuestión técnica y no de principio; dígame, pero sólo brevemente: ¿por qué no necesita cuarenta educadores, sino quince, y por qué está en contra del sueldo de cuarenta rublos?
Después de reflexionar un poco, contesté:
-¿Sabe? Si hay que contestar brevemente, le diré que cuarenta pedagogos a cuarenta rublos mensuales pueden llevar a la descomposición completa no sólo una colectividad de niños desamparados, sino cualquier colectividad.
El hombre de la cabeza afeitada se echó de pronto contra el respaldo del sillón en una franca carcajada, y, señalando con el dedo, preguntó entre lágrimas de risa:
-¿Hasta una colectividad integrada por gente como Kliámer?
-Sin duda -respondí en serio.
Como por encanto desapareció del hombre de la cabeza afeitada su aire precavido y oficial.
-¿No se lo decía yo? -exclamó, tendiendo la mano hacia Liubov Savélievna-. ¡Más vale menos, pero bueno!
De repente movió, cansado, la cabeza y, volviendo a su tono oficial, práctico, dijo a Dzhurínskaia:
-Que se traslade. ¡Y lo antes posible!
-Veinte mil -dije yo, levantándome.
-Los recibirá usted. ¿No es mucho?
-Es poco.
-Bueno. Hasta la vista. Trasládense, pero cuidado: el triunfo debe ser completo.
Mientras tanto, en la colonia, Gorki la primera y ardorosa decisión iba adquiriendo gradualmente la forma de una preparación tranquila y precisa, de una preparación militar. Lápot era quien dirigía prácticamente la colonia con ayuda de Kóval en los casos complicados, pero no costaba trabajo dirigir. Jamás había existido en la colonia un ambiente tan cordial, una sensación tan profunda del deber recíproco. Hasta los pequeños pecados eran acogidos con extraordinaria sorpresa y una protesta breve y expresiva:
-¡Y tú te dispones todavía a ir a Kuriazh!
Para todo el mundo estaba ya claro en la colonia el sentido de la tarea. La necesidad de cederlo todo a la colectividad flotaba en el aire, pero los colonos, más que darse cuenta de esta necesidad, la intuían con un sentido especial y sutilísimo y no la consideraban como un sacrificio. Era un placer, quizá el placer más dulce del mundo: sentir este vínculo mutuo, la fuerza y la elasticidad de las relaciones, esa potencia de la colectividad vibrante en la quietud saturada de fuerza. Y todo esto se leía en los ojos, en los movimientos, en la mímica, en la manera de andar, en el trabajo. Los ojos de todos miraban hacia allá, hacia el Norte, donde entre las murallas de una toesa de grosor gruñía y nos amenazaba una horda tenebrosa, aglutinada por la miseria, por la arbitrariedad, por la estupidez y la obstinación.
Advertí que los colonos no daban ninguna señal de presunción. En algún rincón secreto todos sentían un poco de miedo y de inseguridad, sentimiento tanto más natural cuanto que ninguno había visto aún al enemigo.
Esperaban con afán e impaciencia cada regreso mío, montaban la guardia en los caminos y en los árboles, avizoraban desde los tejados. Tan pronto como mi coche entraba en el patio, el trompeta corría y tocaba a asamblea sin solicitar mi permiso. Yo iba dócilmente a la reunión. En aquel tiempo se puso de moda recibirme con aplausos como a un Artista del Pueblo. Esto, naturalmente, no se refería tanto a mí como a nuestra obra común.
Por fin, en las primeras fechas de mayo llegué a una reunión de ésas con el contrato ya firmado.
Según el contrato y por orden del Comisariado del Pueblo de Instrucción Pública, la colonia Gorki, con sus efectivos completos de educandos y de personal, con todos sus bienes muebles y sus herramientas, se trasladaba a Kuriazh. La Colonia de Kuriazh era declarada disuelta y sus doscientos ochenta educandos y todos sus bienes cedidos a disposición de la colonia Gorki. Todo el personal de la colonia de Kuriazh quedaba despedido desde el momento en que la colonia Gorki tomara posesión de ella, a excepción de algunos trabajadores técnicos.
Se me proponía tomar posesión de la colonia el 5 de mayo. Y tener terminado el traslado de la colonia Gorki para el día 15.
Los gorkianos, después de oír el contrato y la orden, no gritaron ¡"Hurra"! ni mantearon a nadie. Sólo Lápot dijo en medio del silencio general:
-Se lo contaremos a Gorki. Y, sobre todo, muchachos: ¡no gemir!
-¡Eso, eso! ¡No gemir! -pió un pequeñuelo.
Y Kalina Ivánovich hizo un ademán con la mano y añadió:
-¡Venga, muchachos, no tengáis miedo!

Le ha apuntado, le darán de cenar?
La antigua nave de la iglesia era incapaz de contener esta masa de mineral humano. Desde el altar, yo contemplaba el amontonamiento de haraposos, asombrándome de su volumen y de su mísera expresividad. En raros puntos de la muchedumbre resaltaban rostros vivos e interesantes, se oían voces humanas y una franca risa infantil. Las niñas se apiñaban junto a la estufa próxima a la salida, y entre ellas reinaba un asustadizo silencio. En el mar negro-sucio de los klift; de las pelambreras hirsutas y de los olores a herrumbre había -redondas manchas sin vida- rostros apáticos, primitivos, con la boca abierta, la mirada áspera y los músculos como de estopa.
Yo les hablé brevemente de la colonia Gorki, de su vida y su trabajo. Brevemente expuse nuestras tareas: limpieza, trabajo, estudio, nueva vida, nueva felicidad humana. Les hablé de que vivían en un país feliz, donde no había ni señores ni capitalistas, donde el hombre podía, crecer y desarrollarse libremente en un trabajo placentero. Me cansé pronto, no sostenido por la viva atención de los oyentes. Parecía qué me dirigía a los armarios, a los toneles, a los cajones. Expliqué que los educandos debían organizarse por destacamentos a razón de veinte muchachos en cada uno, y pedí que designaran a catorce muchachos en calidad de jefes. Ellos permanecían callados. Pedí que hicieran preguntas. También callaron. Kudlati subió al altar y dijo:
-Hablando francamente, ¿cómo no os da vergüenza? Coméis pan, patatas, borsch, ¿y quién está obligado a daros todo esto? ¿Quién está obligado? ¿Y si yo no os doy de comer mañana? Entonces, ¿qué pasará?.
Tampoco a esa pregunta respondió nadie. En general, "el pueblo callaba".
Kudlati se enfadó:
-En tal caso, propongo que a partir de mañana se trabaje seis horas. Hay que sembrar, ¡demonios! ¿Trabajaréis?
Alguien gritó de desde un rincón lejano:
-¡Trabajaremos!
Toda la muchedumbre, sin apresurarse, volvió la cabeza hacia el sitio de dónde había partido la voz, y la línea de fisonomías inexpresivas se enderezó de nuevo.
Miré a Zadórov. Se echó a reír en respuesta a mi turbación y puso una mano sobre mi hombro:
-¡No importa, Antón Semiónovich, esto pasará!

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