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Catálogo de Textos Históricos / Historical Text Catalogue
Asombro y escepticismo / Wonder and Skepticism
Carl Sagan

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Contenidos disponibles en español y en inglés - Availables resources in spanish and english - Compilador / Compiler: Jorge Tobías colombo

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. Wonder and skepticism
(English Original)
 

Asombro y escepticismo (Español) - Traducido para  por Manuel Hermán - Fuente Astroseti

Excelente artículo de Carl Sagan publicado en 1995 donde deja clara su opinión sobre el lugar que debe tomar la ciencia dentro de la sociedad y en su lucha contra la pseudociencia.

Yo era un niño en una época de esperanza. Crecí cuando la expectación por la ciencia era muy alta en los años treinta y cuarenta. Fui a la universidad a principios de los cincuenta y obtuve mi doctorado en 1960. Había un sentimiento de optimismo sobre la ciencia y el futuro.. Soñaba con ser capaz de hacer ciencia. Crecí en Brooklyn, Nueva York, y fui un chico de la calle. Vine de un buen núcleo familiar, pero pasé mucho tiempo en las calles, como todos los chicos de entonces. Conocía cada arbusto y cada seto, cada farola y cada porche y cada muro del teatro donde jugar al balonmano chino1. Pero hubo un aspecto de aquel entorno que, por alguna razón, me impactó de forma distinta, y eran las estrellas.

Incluso yendo temprano a la cama en invierno podías ver las estrellas. ¿Qué eran? No eran como los setos, ni siquiera como las farolas; eran distintas. Así que pregunté a mis amigos qué eran. Ellos dijeron, "Son luces en el cielo, chaval”. Yo podía decir que en luces en el cielo, pero eso no era una explicación. Yo quería decir, ¿qué eran? ¿Pequeñas bombillas en largos cables negros, y por eso no se podía ver dónde estaban colgadas? ¿Qué eran?

No sólo nadie pudo contestarme, sino que incluso nadie tenía la sensación de que era una pregunta interesante. Me miraban divertidos. Pregunté a mis padres; pregunté a los amigos de mis padres; pregunté a otros adultos. Ninguno de ellos lo sabía.

Mi madre me dijo, "Mira, acabamos de conseguirte una tarjeta de la biblioteca. Tómala, sube en el autobús, ve hasta la sucursal de Nueva Utrecht de la Biblioteca Pública de Nueva York, saca un libro y encuentra la respuesta".

Esto me pareció una idea fantásticamente inteligente. Hice el camino. Pregunté a la bibliotecaria por un libro sobre estrellas. (Era muy pequeño; aún puedo recordarme mirándola, ella se estaba sentando.) Se marchó durante unos minutos, trajo un libro de vuelta y me lo dio. Me senté ansiosamente y abrí las páginas. Pero trataba de Jean Harlow y Clark Gable, sentí una terrible decepción. Así que volví a ella y le expliqué (no fue fácil para mi hacerlo) que eso no era en absoluto lo que tenía en mente, que quería un libro sobre las estrellas de verdad. Ella pensó que era divertido, lo que me avergonzó aún más. Pero sea como fuere, volvió con otro libro, el tipo correcto de libro. Lo tomé y lo abrí y pasé lentamente las páginas, hasta que llegué a la respuesta.

Estaba allí. Era impresionante. La respuesta era que el Sol era una estrella, sólo que muy alejada. Las estrellas eran soles; si estás muy cerca de ellas las verías como nuestro Sol. Intenté imaginar a qué distancia del Sol tendrías que estar para verlo como una tenue estrella. Por supuesto yo no conocía la ley del cuadrado inverso de la propagación de la luz; no tenía ni la más remota posibilidad de imaginarlo. Pero me había quedado muy clara la idea de que tenías que estar muy lejos. Mucho más lejos, posiblemente, que Nueva Jersey. La deslumbrante idea de un vasto universo más allá de la imaginación pasó sobre mi. Y ha estado conmigo desde entonces.

Me sentí sobrecogido. Y más tarde (me llevó varios años descubrir ésto), me di cuenta de que estábamos en un planeta – un pequeño y no autoluminoso mundo que iba alrededor de nuestra estrella. Y que todas esas otras estrellas podrían tener planetas alrededor de ellas. Si había planetas, entonces vida, inteligencia, otros Brooklyns -- ¿quién sabe? La diversidad de esos mundos posibles me impactó. No tendrían que ser exactamente como nosotros, estaba seguro de eso.

Esto parecía la cosa más excitante para estudiar. No me daba cuenta de que se podía ser un científico profesional; tenía la idea de a lo que habría tenido que dedicarme, no sé, un vendedor (mi padre decía que era mejor que fabricar las cosas), y hacer ciencia los fines de semana y por las tardes. No fue hasta mi segundo año de instituto cuando mi profesor de biología me reveló que había una cosa que se llamaba científico profesional, a quien le pagaban por hacer eso; así que podías pasar todo tu tiempo aprendiendo sobre el universo. Fue un día glorioso.

Aquí llegó mi enorme buena suerte – nací justo en el momento adecuado – por haber tenido, en bastante medida, aquellas ambiciones de la niñez satisfechas. He estado involucrado en la exploración del Sistema Solar, en el paralelismo más sorprendente con la ciencia-ficción de mi niñez. En realidad enviamos naves espaciales a otros mundos. Volamos en ellos; los orbitamos; aterrizamos en ellos. Diseñamos y controlamos los robots: Les decíamos que cavaran y cavaban. Les decíamos que determinasen la química de una muestra de tierra, y la determinaban. Para mi, el continuo de las maravillas de mi niñez y la ciencia-ficción inicial a la realidad profesional ha sido prácticamente sin saltos. Nunca ha sido, "¡Oh, caramba, esto no es en absoluto como lo imaginaba!", justo al contrario: Es exactamente lo que imaginaba. Y por esto me siento enormemente afortunado.

Carl Sagan - Nicolás Maquiavelo Vida y obra

 

La CIA Agresiones de EEUU a América latina - La relación entre el Neoliberalismo y el ALCA - ¿Qué es la globalización? - ¿Qué es la Cocaína?

 

La ciencia es aún una de mis principales diversiones. La popularización de la ciencia que hizo tan bien Isaac Asimov – la comunicación no sólo de los hallazgos sino de los métodos de la ciencia – se me hace tan natural como respirar. Después de todo, cuando estás enamorado, quieres decírselo a todo el mundo. La idea de que los científicos no hablase sobre la ciencia me parecía totalmente bizarra.

Hay otra razón por la que creo que es importante la popularización de la ciencia, por la que intento hacerlo. Tengo una premonición – tal vez descolocada – de una América en la generación de mis hijos, o en la de mis nietos, cuando todas las industrias de manufacturación se hayan desplazado a otros países; cuando seamos una economía de servicios y proceso de información; cuando impresionantes poderes tecnológicos estén en manos de sólo unos pocos, y nadie represente el interés público en el conocimiento de los temas; cuando la gente (por "la gente" me refiero a la gran masa de población en una democracia) han perdido la capacidad de configurar sus propias agendas, o incluso de cuestionar eruditamente a aquellos que configurar las agendas; cuando no hay una práctica en cuestionar a la autoridad; cuando, agarrando nuestros cristales y consultando religiosamente nuestros horóscopos, nuestras facultades críticas estén en claro declive y seamos incapaces de distinguir entre lo que es cierto y lo que nos hace sentir bien, nos deslizaremos, casi sin notarlo, en la superstición y la oscuridad. CSICOP desempeña un a veces solitario pero aún así – y en este caso la palabra es correcta – heroico papel en intentar contrarrestar esta tendencia.

Tenemos una civilización basada en la ciencia y la tecnología, y hemos ordenado de forma clara las cosas de tal forma que casi nadie comprende la ciencia y la tecnología. Esto es una clara prescripción para un desastre como puedes imaginarte. Aunque podríamos escapar durante un tiempo con esta inflamable mezcla de ignorancia y poder, tarde o temprano nos estallará en la cara, los poderes de la tecnología moderna son tan formidables que no es bastante decir, "Bueno, estoy seguro de que aquellos con la responsabilidad están haciendo un buen trabajo". Esto es una democracia, y debemos asegurarnos por nosotros mismos que los poderes de la ciencia y la tecnología se usar adecuadamente y de forma prudente, nosotros mismos debemos comprender la ciencia y la tecnología. Debemos involucrarnos en el proceso de toma de decisiones.

Los poderes predictivos en algunas áreas, al menos, de la ciencia son fenomenales. Son en contraargumento más claro que puedo imaginar a los que dicen,”Oh, la ciencia es circunstancial, es como la moda actual; es la promoción de los intereses propios de los que están en el poder". Seguramente hay algo de esto. Es seguro que si hay una herramienta potente, los que están en el poder intentarán usarla o incluso monopolizarla. Es seguro que los científicos, como seres humanos, crecen en una sociedad y reflejan los prejuicios de la misma. ¿Cómo podría ser de otra forma? Algunos científicos han sido nacionalistas, otros racistas y otros sexistas. Pero esto no socava la validez de la ciencia. Es sólo una consecuencia del ser humano.

Así que imagina – hay muchas áreas sobre las que podemos pensar – imagina que quieres saber el sexo de tu hijo nonato. Hay varias formas de hacerlo. Podrías, por ejemplo, hacer lo que la última estrella del cine a quien Annie y yo admiramos mucho -- Cary Grant – hizo antes de ser actor: En un carnaval, o feria, o sala de consulta, suspender un reloj o una plomada sobre el abdomen de la futra madre; si se mueve de derecha a izquierda es un chico, y si se mueve de adelante hacia atrás es una chica. El método funciona una vez de cada dos. Por supuesto él estaba muy lejos de allí cuando el niño nació, por lo que nunca escuchó quejas de los clientes sobre que se había equivocado. Acertar una vez de cada dos – no está mal. Es mejor que, digamos, el acierto de los Kremlinólogos. Pero si de verdad quieres saberlo, entonces usa la amniocentesis, o sonogramas; y tendrás una opción del 99 por ciento de acertar. No es perfecto, pero es muchísimo mejor que una entre dos. Si realmente quieres saberlo, acude a la ciencia.

O supón que quieres saber cuando tendrá lugar el siguiente eclipse solar. La ciencia hace algo realmente asombroso: Puede decirte con un siglo de adelante dónde tendrá lugar un eclipse en la Tierra, y digamos, cuando será la totalidad, con una precisión de un segundo. Piensa en el poder predictivo que esto implica. Piensa en cuanto debes comprender para ser capaz de decir cuando tendrá lugar un eclipse con tanto adelanto.

O (usando exactamente la misma física) imagina el lanzamiento de una nave espacial desde la Tierra, como la nave Voyager en 1977; 12 años más tarde la Voyager I llegó a Neptuno aproximadamente a unos 100 kilómetros de donde se suponía que tenía que hacerlo sin tener que usar los sistemas de corrección a mitad de recorrido que estaban disponibles; 12 años, 5 mil millones de kilómetros, ¡en la diana!

Por lo que si realmente quieres ser capaz de predecir el futuro – no todo, pero en algunas áreas – sólo hay un régimen del conocimiento humano, de las afirmaciones de conocimiento, que trae el acierto de verdad, y es la ciencia. Las religiones darían un brazo por ser capaces de predecir con esa exactitud. Piensa en cuanto habrían avanzado si fuesen capaces de hacer predicciones con tal precisión y falta de ambigüedad.

Ahora, ¿cómo funciona? ¿Por qué tiene tanto éxito?

La ciencia ha incorporado los mecanismos de error-corrección – debido a que la ciencia reconoce que los científicos, como todo el mundo, son falibles, que cometemos errores, que estamos dirigidos por los mismos prejuicios que cualquier otro. No hay preguntas prohibidas. Los argumentos de autoridad no tienen valor. Las afirmaciones deben demostrarse. Los argumentos ad hominem -- argumentos sobre la personalidad de alguien que está en desacuerdo contigo – son irrelevantes; pueden ser unas balas perdidas y tener razón, y tú puedes ser una pilar de la comunidad y estar equivocado.

Si echas un vistazo a la ciencia en su función cotidiana, por supuesto encontrarás que los científicos pasan por toda la gama de emociones humanas y personalidades y caracteres etc.. Pero hay algo que es realmente impactante para el forastero, y es que tener que someterte a las críticas se considera aceptable o incluso deseable. El pobre estudiante licenciado en su examen oral de doctorado está sujeto a un fulminante fuego cruzado de preguntas que a veces parecen ser hostiles o despectivas; por parte de los profesores que tienen el futuro del candidato en sus manos. Los estudiantes, naturalmente, están nerviosos; ¿quién no lo estaría? Cierto, se han preparado para esto durante años. Pero comprenden que en este momento crucial realmente tienen que ser capaces de contestar a las preguntas. Por lo que en la preparación para defender sus tesis, deben anticiparse a las preguntas; tienen que pensar, “Dónde hay en mi tesis una debilidad que alguien pueda encontrar – porque debo asegurarme de encontrarla antes de que ellos lo hagan, dado que si ellos la encuentran y no estoy preparado, estoy en graves problemas”.

Echa un vistazo a los encuentros científicos argumentativos. Encontrarás coloquios universitarios en los que el ponente tiene a duras penas 30 segundos para presentar lo que está diciendo, y de pronto hay interrupciones, tal vez preguntas fulminantes, desde el público. Mira las convenciones de publicación en las cuales envías un artículo científico a una revista, y se envía a árbitros anónimos cuyo trabajo es pensar, ¿has hecho alguna tontería? Si no hiciste ninguna tontería, ¿hay algo aquí lo bastante interesante como para publicarse? ¿Qué deficiencias hay el este artículo? ¿Ha sido hecho por alguien antes? ¿Es adecuado el argumento, o deberías reenviar el artículo después de que hayas demostrado en realidad sobre lo que estás especulando? Y mucho más. Y es anónimo: No sabes quien te está criticando. Tienes que confiar en el editor para enviarlo a verdaderos expertos que no sean abiertamente maliciosos. Estas son las expectativas cotidianas de la comunidad científica. Y aquellos que no lo soportan – incluso buenos científicos que no pueden mantenerse bajo las críticas – tienen dificultades en sus carreras.

¿Por qué contribuimos con esto? ¿Nos gusta que nos critiquen? No, a ningún científico le gusta que le critiquen. Todos los científicos sienten un cariño por sus ideas y resultados científicos. Sientes que debes protegerlos. Pero no replicas a los críticos: "Espera un minuto, espera un minuto; esta es una idea muy buena. Le tengo mucho cariño. Está hecha sin malicia. Por favor, no la ataques". Esta no es la forma de hacerlo. La dura pero justa regla es que si las ideas no funcionan, debes arrojarlas lejos. No pierdas ni una neurona en algo que no funciona. Dedica esas neuronas a esas nuevas ideas que explican mejor los datos. La crítica válida te está haciendo un favor.

Existe una estructura de recompensa en la ciencia que es muy interesante: Nuestros mayores honores van hacia aquellos que refutan los hallazgos de los más reverenciados entre nosotros. De esta forma Einstein es reverenciado no sólo debido a que hizo muchas contribuciones fundamentales a la ciencia, sino porque encontró una imperfección en la contribución fundamental de Isaac Newton. (Isaac Newton fue con certeza el físico más grande antes de Albert Einstein.)

Ahora piensa en qué otras áreas de la sociedad humana tienes tal estructura de recompensa, en la que reverenciamos a aquellos que prueban que las doctrinas fundamentales que hemos adoptado son incorrectas. Piensa en la política, o en la economía, o en la religión; piensa en cómo organizamos nuestra sociedad. A menudo, es exactamente lo opuesto: Recompensamos a los que reafirman que lo que hemos dicho es lo correcto, que no tenemos que preocuparnos sobre eso. Esta es la diferencia, creo que esta es al menos una de las razones básicas por las que hemos hecho tantos progresos en la ciencia y tan pocos en otras áreas.

Somos falibles. No podemos esperar forzar nuestros deseos en el universo. Por lo que otro aspecto clave en la ciencia es el experimento. Los científicos no confían en lo que es obvio de forma intuitiva, porque lo obvio a la intuición no te lleva a ninguna parte. El que la Tierra era plana fue una vez algo obvio. Es decir, verdaderamente obvio; ¡obvio! Ve a un campo liso y echa un vistazo: ¿Es redondo o plano? No me escuches; ve y pruébalo por ti mismo. El que los cuerpos pesados caen más rápido que los ligeros fue obvio en un tiempo. El que las sanguijuelas curaban enfermedades fue obvio también. El que alguna gente era esclava por naturaleza y designio divino fue obvio en una época. El que la Tierra era el centro del universo también fue obvio. ¿Eres escéptico? Sal fuera, echa un vistazo: Las estrellas se elevan por es este y se ponen por es oeste y aquí estamos nosotros, quietos (¿sientes que la Tierra gire?); las vemos girando a nuestro alrededor. Somos el centro; ellas giran en torno a nosotros.

La verdad puede ser misteriosa. Puede llevar algún tiempo lidiar con ella. Puede ser contraria a la intuición. Puede contradecir profundamente los prejuicios impuestos. Puede no estar en consonancia con lo que desesperadamente queremos que sea cierto. Pero nuestras preferencias no determinan lo que es verdad. Tenemos un método, y este método nos ayuda a alcanzar no la verdad absoluta, sino sólo una aproximación asintótica a la verdad – nunca allí, siempre más y más cerca, siempre buscando nuevos vastos océanos de posibilidades sin descubrir. Los experimentos diseñados con claridad son la clave

En los años 20, hubo una comida en la que se pidió al físico Robert W. Wood que respondiese a un brindis. Este era un momento en el que la gente se levantaba, hacía un brindis, y elegían a alguien para responder. Nadie sabía a qué brindis tendría que responder, por lo que era un reto de agudeza mental. En este caso el brindis fue: "Por los físicos y metafísicos". Por metafísicos se quería decir algo similar a la filosofía – verdades que se pueden obtener sólo pensando en ellas. Wood se tomó un segundo, se miró, y contestó con estas palabras: Los físicos tienen una idea, dijo. Cuanto más piensan en ella, más sentido le ven. Va a la literatura científico, y cuanto más lee, más prometedora parece la idea. Preparado de esta forma, desarrolla un experimento que prueba esta idea. El experimento es meticuloso. Se toman en cuenta o eliminan muchas posibilidades; la precisión de la medida es refinada. Al final de todo su trabajo, el experimento está completo y ... la idea resulta no tener sentido. Entonces los físicos descartan la idea, liberan su mente (como dije hace un momento) del cúmulo de errores y se mueven hacia otra cosa.

La diferencia entre los físicos y los metafísicos, concluye Wood, es que la metafísica no tiene laboratorio.

¿Por qué es tan importante tener distribuida una amplia comprensión de la ciencia y la tecnología? Por una cosa, es el camino dorado para sacar de la pobreza a los países en desarrollo. Y las naciones en desarrollo lo comprenden, sólo tienes que mirar a los graduados en las escuelas americanas modernas -- en matemáticas, ingeniería, física – para ver, en un caso tras otro, que más de la mitad de los estudiantes son de otros países. Esto es algo que Estados Unidos está haciendo por el mundo. Pero transmite un claro significado de que las naciones en desarrollo saben lo que es esencial para su futuro. Lo que me preocupa es que los estadounidenses no tengan este tema tan claro.

Toquemos ahora el tema de los peligros de la tecnología. Casi todos los astronautas que han visitado la órbita de la Tierra han apuntado esto: Estaba allí arriba, dicen, y miré hacia el horizonte, y allí estaba esa delgada y azul banda que es la atmósfera de la Tierra. Me han dicho que vivimos en un océano de aire. Pero era tan frágil, de un azul tan delicado: me preocupé por ella.

De hecho, el grosor d la atmósfera de la Tierra, comparada con el tamaño de la Tierra, está en la misma escala que el grosor de la capa de barniz que cubre un globo del mundo en una escuela con respecto al diámetro del globo. Ese es el aire que nos abriga a nosotros y a todas las otras formas de vida de la Tierra, que nos protege de los letales rayos ultravioleta del Sol, que a través del efecto invernadero nos da una temperatura superficial por encima del punto de congelación. (Sin el efecto invernadero, toda la Tierra se sumergiría bajo el punto de congelación dela agua y todos estaríamos muertos.) Ahora esta atmósfera, tan delgada y frágil, está bajo el asalto de nuestra tecnología. Estamos bombeando toda clase de productos en ella. Ya conoces la preocupación acerca de que los clorofluorocarbonos están acabando con la capa de ozono; y que el dióxido de carbono y el metano y otros gases invernadero están provocando un calentamiento global, una tendencia estable entre las fluctuaciones producidas por las erupciones volcánicas y otras fuentes. ¿Quién sabe a qué otros retos estamos exponiendo a esta vulnerable capa de aire que no hemos sido lo bastante sabios como para prever?

Los efectos colaterales inadvertidos de la tecnología pueden retar al entorno del que dependen nuestras propias vidas. Esto significa que debemos comprender la ciencia y la tecnología; debemos anticiparnos a las consecuencias a largo plazo de forma inteligente – no sólo en la última línea de la columna de ganancias y pérdidas para la empresa este año, sino en las consecuencias para la nación y las especies a 10, 20, 50, 100 años en el futuro. Si detenemos por completo los clorofluorocarbonos y los la producción de compuestos químicos similares (como de hecho estamos haciendo),la ozonosfera se curará a sí misma en unos cientos de años. Además, nuestro hijos, nuestros nietos, nuestros bisnietos deben sufrir por los errores que nosotros hemos cometido. Esta es una segunda razón para la educación científica: los peligros de la tecnología. Debemos comprenderlos mejor.

Una tercera razón: los orígenes. Cada cultura humana ha dedicado alguno de sus recursos intelectuales, morales y materiales a intentar comprender de dónde vino todo – nuestra nación, nuestra especia, nuestro planeta, nuestra galaxia, nuestro universo. Par a alguien por la calle y pregúntale sobre ésto. No encontrarás a nadie que nunca haya pensado sobre ello, que no tenga curiosidad sobre el origen último.

Mantengo que hay un tipo de Ley de Gresham que se aplica en la confrontación entre ciencia y pseudociencia: En la imaginación popular, al menos, la mala ciencia desplaza a la buena. Lo que quiero decir es esto: Si estás inundado de continentes perdidos, los canalizadores, los OVNIs y toda esa larga letanía de afirmaciones tan bien expuestas en Skeptical Inquirer, puede que no tengas el bagaje intelectual para los hallazgos de la ciencia. Está saturado de asombro. Nuestra cultura por una parte produce los fantásticos hallazgos de la ciencia, y por otra los corta antes de que hayan llegado al ciudadano medio. Por lo que la gente que es curiosa, inteligente y dedicada a la comprensión del mundo, puede estar sin embargo (desde nuestro punto de vista) embarrados de superstición y pseudociencia. Podrías decir, Bien, deberían saber más, deberían ser más críticos, etc; pero esto es demasiado duro. No es ni mucho menos error suyo. Es fallo de la sociedad que programa preferentemente las chorradas y contiene la ambrosía.

El camino menos efectivo para que los escépticos obtengan atención de esta gente brillante, curiosa e interesada es menospreciarlos, o ser condescendientes, o mostrar arrogancia hacia sus creencias. Pueden ser crédulos, pero no estúpidos. Si tenemos presente la fragilidad y falibilidad de la mente humana, comprenderemos su apremiante situación.

Por ejemplo: Últimamente he estado pensando en las abducciones alienígenas, y las falsas afirmaciones de abusos sexuales a niños, y las historias de abusos en rituales satánicos en el contexto de recuperaciones de memoria. Existen interesantes similitudes entre todos esos tipos de casos. Creo que si comprendemos alguno de ellos, debemos comprenderlos todos. Pero existe una exasperante tendencia en los escépticos cuando señalan historias inventadas de abusos sexuales a olvidar que los abusos reales y atroces ocurren. No es cierto que todas estas afirmaciones de abusos sexuales en la niñez sean tonterías y estén provocadas por terapeutas sin ética. El periódico de ayer informaba que una investigación en 13 estados había hallado que un sexto de todas las víctimas de violación informadas a la policía estaban por debajo de 12 años. Y esta es una categoría de violación que preferentemente se informa en pocos casos, por razones obvias. De estas niñas, un quinto habían sido violadas por sus padres. Esto es mucha gente, y muchos traidores. Debemos tener esto presente cuando consideramos a pacientes que, digamos, debido a un desorden alimenticio, han suprimido el abuso sexual de su niñez diagnosticado por su psiquiatra.

La gente no es estúpida. Cree en cosas por razones. No rechacemos la pseudociencia o la superstición con desprecio.

En el siglo XIX estaban los médiums: Tú ibas a una sesión de espiritismo y te ponían en contacto con tus parientes muertos. Hoy en día en un poco distinto; se le llama canalización. Ambos básicamente tratan del miedo humano a la muerte. No se a ti; pero a mi la idea de morir me resulta desagradable. Si tuviese la opción, al menos durante un momento, preferiría no morir tan pronto. Dos veces en mi vida estuve muy cerca de que sucediera. (No he tenido ninguna experiencia cercana a la muerte, siento decirlo). Puedo comprender esta ansiedad sobre la muerte.

Hace unos 14 años que murieron mis padres. Teníamos una relación muy buena. Estaba muy unido a ellos. Aún los echo mucho de menos. No pediría mucho: Me gustaría tener cinco minutos al año con ellos; para decirles qué hacen sus hijos y nietos, y qué hacemos Annie y yo. Sé que suena estúpido, pero me gustaría preguntarles, "¿Os va todo bien?" Sólo un pequeño contacto. Por eso no me burlo de las mujeres que van a las tumbas de sus maridos y charlan con ellos de vez en cuando. No es difícil de entender. Y si tenemos dificultades con el estado ontológico de con quien están hablando, está todo bien. Ese no es el tema. Son humanos siendo humanos.

En el contexto de la abducción alienígena, ha estado intentando comprender el hecho de que las alucinaciones humanas son algo corriente bajo condiciones de privación sensorial, drogas o de sueño REM, pero también en el curso normal de la vida. He oído tal vez en una docena de ocasiones desde que murieron mis padres, a alguno de ellos decir mi nombre: sólo una simple palabra, "Carl". Los echo de menos, ellos me llamaron por mi nombre durante el tiempo que vivieron; estaba acostumbrado a responder al instante cuando me llamaban; es una profunda raíz psíquicas. Por lo que mi cerebro lo reproduce de vez en cuando. No me sorprende en absoluto; en cierto modo me gusta. Pero es una alucinación. Si fuese menos escéptico, podría ver la facilidad de decir, "Esto por ahí en alguna parte. Puedo oirlos”.

Raymond Moody, que es Doctor en Medicina, creo, es un autor que escribe innumerables libros de vida tras la muerte, en realidad me citó en el primer capítulo de su último libro, diciendo que escuchaba a mis padres llamándome Carl, y por tanto, mira, incluso él cree en la vida después de la muerte. Esto no se ajusta a mi visión. Si este es uno de los argumentos del capítulo I de su último libro de uno de los principales exponentes de la vida tras la muerte, sospecho que a pesar de sus más fervientes deseos, el tema es débil.

Pero aún así, supón que no estamos iniciados en las virtudes del escepticismo científico y los siento como mis padres, y viene alguien que dice, "Puedo ponerte en contacto con ellos". Supón que es inteligente, y encuentra algo sobre mis padres en el pasado, y el bueno imitando voces, etc – una habitación oscura e incienso por todas partes. Podría dejarme llevar por la emoción.

¿Pensarías peor de mi por caer en eso? Imagina que nunca fui educado en el escepticismo, no tengo idea de sus virtudes, sino que en lugar de eso creía que era gruñón y negativo rechazar todo lo que es humano. ¿No puedes entender mi apertura a estar conectado a través de un médium o un canalizador?

La mayor deficiencia que veo en el movimiento escéptico es su polarización: Nosotros contra Ellos – en el sentido de que tenemos el monopolio de la verdad; que aquella otra gente que cree en todas esas estúpidas doctrinas son idiotas; que si eres sensato, no escucharás; y si no, al infierno contigo. Esto no es constructivo. Esto no es propagar nuestro mensaje. Esto nos condena a un estatus minoritario permanente. Mientras que una aproximación que desde el principio reconozca las raíces humanas de la pseudociencia y la superstición, que reconozca que la sociedad ha organizado cosas porque el escepticismo no se enseña bien, podría ser aceptado con mayor amplitud.

Si los hábitos escépticos se distribuyesen y apreciasen, ¿a quiénes se aplicaría principalmente? A aquellos en el poder. Aquellos en el poder, además, no tienen un interés personal en que todo el mundo sea capaz de hacer preguntas agudas.

Si comprendemos esto, entonces por supuesto sentimos compasión por los abducidos y los que creen que los círculos en los campos de cereales son sobrenaturales, o al menos de fabricación extraterrestre. Esto es clave para hacer la ciencia y el método científico más atractivo, especialmente para los jóvenes, debido a que es una batalla por el futuro.

La ciencia involucra una aparente mezcla de actitudes autocontradictorias: Por una parte requiere una apertura casi completa a todas las ideas, ni importa lo bizarras o extrañas que suenen, una propensión al asombro. Conforme avanzo mi tiempo se hace más lento; me hago más pequeño en la dirección del movimiento y me hago más masivo. ¡Es una locura! En la escala de lo muy pequeño, la molécula puede esta en esta posición o en esa posición, pero tiene prohibido estar en ninguna posición intermedia. ¡Es descabellado! Pero la primera es una afirmación de la relatividad especial, y la segunda es una consecuencia de la mecánica cuántica. Nos guste o no, el mundo es de esta forma. Si insistes en que es ridículo, te cerrarás para siempre a los principales hallazgos de la ciencia. Pero al mismo tiempo, la ciencia requiere del escepticismo más vigoroso e inflexible, debido a que la gran inmensidad de las ideas son simplemente erróneas, y la única forma de distinguir la correcta de la incorrecta, el trigo de la paja, es a través de la experimentación y el análisis.

Demasiada apertura y aceptaras cualquier noción, idea e hipótesis – lo que es equivalente a no saber nada. Demasiado escepticismo – especialmente el rechazo a las nuevas ideas antes de que hayan sido convenientemente probadas – y no serás más que un gruñón desagradable, pero también cerrado al avance de la ciencia. Lo que necesitamos es una mezcla juiciosa.

No es divertido, como dije al principio, estar al final del cuestionamiento escéptico. Pero es un precio asequible el que pagamos por tener los beneficios de una herramienta tan potente como la ciencia.


1: El balonmano chino era un juego muy popular entre los chicos de las calles de Nueva York y Nueva Jersey. Aunque aún se sigue practicando tuvo especial aceptación durante los años 60 y 70.


Wonder and skepticism - Carl Sagan

I was a child in a time of hope. I grew up when the expectations for science were very high: in the thirties and forties. I went to college in the early fifties, got my Ph.D. in 1960. There was a sense of optimism about science and the future. I dreamt of being able to do science. I grew up in Brooklyn, New York, and I was a street kid. I came from a nice nuclear family, but I spent a lot of time in the streets, as kids did then. I knew every bush and hedge, streetlight and stoop and theater wall for playing Chinese handball. But there was one aspect of that environment that, for some reason, struck me as different, and that was the stars.

Even with an early bedtime in winter you could see the stars. What were they? They weren't like hedges or even streetlights; they were different. So I asked my friends what they were. They said, "They're lights in the sky, kid." I could tell they were lights in the sky, but that wasn't an explanation. I mean, what were they? Little electric bulbs on long black wires, so you couldn't see what they were held up by? What were they?

Not only could nobody tell me, but nobody even had the sense that it was an interesting question. They looked at me funny. I asked my parents; I asked my parents' friends; I asked other adults. None of them knew.

My mother said to me, "Look, we've just got you a library card. Take it, get on the streetcar, go to the New Utrecht branch of the New York Public Library, get out a book and find the answer."

That seemed to me a fantastically clever idea. I made the journey. I asked the librarian for a book on stars. (I was very small; I can still remember looking up at her, and she was sitting down.) She was gone a few minutes, brought one back, and gave it to me. Eagerly I sat down and opened the pages. But it was about Jean Harlow and Clark Gable, I think, a terrible disappointment. And so I went back to her, explained (it wasn't easy for me to do) that that wasn't what I had in mind at all, that what I wanted was a book about real stars. She thought this was funny, which embarrassed me further. But anyway, she went and got another book, the right kind of book. I took it and opened it and slowly turned the pages, until I came to the answer.

It was in there. It was stunning. The answer was that the Sun was a star, except very far away. The stars were suns; if you were close to them, they would look just like our sun. I tried to imagine how far away from the Sun you'd have to be for it to be as dim as a star. Of course I didn't know the inverse square law of light propagation; I hadn't a ghost of a chance of figuring it out. But it was clear to me that you'd have to be very far away. Farther away, probably, than New Jersey. The dazzling idea of a universe vast beyond imagining swept over me. It has stayed with me ever since.

I sensed awe. And later on (it took me several years to find this), I realized that we were on a planet -- a little, non-self-luminous world going around our star. And so all those other stars might have planets going around them. If planets, then life, intelligence, other Brooklyns -- who knew? The diversity of those possible worlds struck me. They didn't have to be exactly like ours, I was sure of it.

It seemed the most exciting thing to study. I didn't realize that you could be a professional scientist; I had the idea that I'd have to be, I don't know, a salesman (my father said that was better than the manufacturing end of things), and do science on weekends and evenings. It wasn't until my sophomore year in high school that my biology teacher revealed to me that there was such a thing as a professional scientist, who got paid to do it; so you could spend all your time learning about the universe. It was a glorious day.

It's been my enormous good luck -- I was born at just the right time -- to have had, to some extent, those childhood ambitions satisfied. I've been involved in the exploration of the solar system, in the most amazing parallel to the science fiction of my childhood. We actually send spacecraft to other worlds. We fly by them; we orbit them; we land on them. We design and control the robots: Tell it to dig, and it digs. Tell it to determine the chemistry of a soil sample, and it determines the chemistry. For me the continuum from childhood wonder and early science fiction to professional reality has been almost seamless. It's never been, "Oh, gee, this is nothing like what I had imagined." just the opposite: It's exactly like what I imagined. And so I feel enormously fortunate.

Science is still one of my chief joys. The popularization of science that Isaac Asimov did so well -- the communication not just of the findings but of the methods of science -- seems to me as natural as breathing. After all, when you're in love, you want to tell the world. The idea that scientists shouldn't talk about their science to the public seems to me bizarre.

There's another reason I think popularizing science is important, why I try to do it. It's a foreboding I have -- maybe ill-placed -- of an America in my children's generation, or my grandchildren's generation, when all the manufacturing industries have slipped away to other countries; when we're a service and information-processing economy; when awesome technological powers are in the hands of a very few, and no one representing the public interest even grasps the issues; when the people (by "the people" I mean the broad population in a democracy) have lost the ability to set their own agendas, or even to knowledgeably question those who do set the agendas; when there is no practice in questioning those in authority; when, clutching our crystals and religiously consulting our horoscopes, our critical faculties in steep decline, unable to distinguish between what's true and what feels good, we slide, almost without noticing, into superstition and darkness. CSICOP plays a sometimes lonely but still -- and in this case the word may be right -- heroic role in trying to counter some of those trends.

We have a civilization based on science and technology, and we've cleverly arranged things so that almost nobody understands science and technology. That is as clear a prescription for disaster as you can imagine. While we might get away with this combustible mixture of ignorance and power for a while, sooner or later it's going to blow up in our faces, The powers of modern technology are so formidable that it's insufficient just to say, "Well, those in charge, I'm sure, are doing a good job." This is a democracy, and for us to make sure that the powers of science and technology are used properly and prudently, we ourselves must understand science and technology. We must be involved in the decision-making process.

The predictive powers of some areas, at least, of science are phenomenal. They are the clearest counterargument I can imagine to those who say, "Oh, science is situational; science is just the current fashion; science is the promotion of the self-interests of those in power." Surely there is some of that. Surely if there's any powerful tool, those in power will try to use it, or even monopolize it. Surely scientists, being people, grow up in a society and reflect the prejudices of that society. How could it be otherwise? Some scientists have been nationalists; some have been racists; some have been sexists. But that doesn't undermine the validity of science. It's just a consequence of being human.

So, imagine -- there are so many areas we could think of -- imagine you want to know the sex of your unborn child. There are several approaches. You could, for example, do what the late film star who Annie and I admire greatly -- Cary Grant -- did before he was an actor: In a carnival or fair or consulting room, you suspend a watch or a plumb bob above the abdomen of the expectant mother; if it swings left-right it's a boy, and if it swings forward-back it's a girl. The method works one time in two. Of course he was out of there before the baby was born, so he never heard from customers who complained he got it wrong. Being right one chance in two -- that's not so bad. It's better than, say, Kremlinologists used to do. But if you really want to know, then you go to amniocentesis, or to sonograms; and there your chance of being right is 99 out of 100. It's not perfect, but it's a whole lot better than one out of two. If you really want to know, you go to science.

Or suppose you wanted to know when the next eclipse of the sun is. Science does something really astonishing: It can tell you a century in advance where the eclipse is going to be on Earth and when, say, totality will be, to the second. Think of the predictive power this implies. Think of how much you must understand to be able to say when and where there's going to be an eclipse so far in the future.

Or (the same physics exactly) imagine launching a spacecraft from Earth, like the Voyager spacecraft in 1977; 12 years later Voyager I arrives at Neptune within 100 kilometers or something of where it was supposed to be not having to use some of the mid-course corrections that were available; 12 years, 5 billion kilometers, on target!

So if you want to really be able to predict the future -- not in everything, but in some areas -- there's only one regime of human scholarship, of human claims to knowledge, that really delivers the goods, and that's science. Religions would give their eyeteeth to be able to predict anything like that well. Think of how much mileage they would make if they ever could do predictions comparably unambiguous and precise.

Now how does it work? Why is it so successful?

Science has built-in error-correcting mechanisms -- because science recognizes that scientists, like everybody else, are fallible, that we make mistakes, that we're driven by the same prejudices as everybody else. There are no forbidden questions. Arguments from authority are worthless. Claims must be demonstrated. Ad hommem arguments -- arguments about the personality of somebody who disagrees with you -- are irrelevant; they can be sleazeballs and be right, and you can be a pillar of the community and be wrong.

If you take a look at science in its everyday function, of course you find that scientists run the gamut of human emotions and personalities and character and so on. But there's one thing that is really striking to the outsider, and that is the gauntlet of criticism that is considered acceptable or even desirable. The poor graduate student at his or her Ph.D. oral exam is subjected to a withering crossfire of questions that sometimes seem hostile or contemptuous; this from the professors who have the candidate's future in their grasp. The students naturally are nervous; who wouldn't be? True, they've prepared for it for years. But they understand that at that critical moment they really have to be able to answer questions. So in preparing to defend their theses, they must anticipate questions; they have to think, "Where in my thesis is there a weakness that someone else might find -- because I sure better find it before they do, because if they find it and I'm not prepared, I'm in deep trouble."

You take a look at contentious scientific meetings. You find university colloquia in which the speaker has hardly gotten 30 seconds into presenting what she or he is saying, and suddenly there are interruptions, maybe withering questions, from the audience. You take a look at the publication conventions in which you submit a scientific paper to a journal, and it goes out to anonymous referees whose job it is to think, Did you do anything stupid? If you didn't do anything stupid, is there anything in here that is sufficiently interesting to be published? What are the deficiencies of this paper? Has it been done by anybody else? Is the argument adequate, or should you resubmit the paper after you've actually demonstrated what you're speculating on? And so on. And it's anonymous: You don't know who your critics are. You have to rely on the editor to send it out to real experts who are not overtly malicious. This is the everyday expectation in the scientific community. And those who don't expect it -- even good scientists who just can't hold up under criticism -- have difficult careers.

Why do we put up with it? Do we like to be criticized? No, no scientist likes to be criticized. Every scientist feels an affection for his or her ideas and scientific results. You feel protective of them. But you don't reply to critics: "Wait a minute, wait a minute; this is a really good idea. I'm very fond of it. It's done you no harm. Please don't attack it." That's not the way it goes. The hard but just rule is that if the ideas don't work, you must throw them away. Don't waste any neurons on what doesn't work. Devote those neurons to new ideas that better explain the data. Valid criticism is doing you a favor.

There is a reward structure in science that is very interesting: Our highest honors go to those who disprove the findings of the most revered among us. So Einstein is revered not just because he made so many fundamental contributions to science, but because he found an imperfection in the fundamental contribution of Isaac Newton. (Isaac Newton was surely the greatest physicist before Albert Einstein.)

Now think of what other areas of human society have such a reward structure, in which we revere those who prove that the fundamental doctrines that we have adopted are wrong. Think of it in politics, or in economics, or in religion; think of it in how we organize our society. Often, it's exactly the opposite: There we reward those who reassure us that what we've been told is right, that we need not concern ourselves about it. This difference, I believe, is at least a basic reason why we've made so much progress in science, and so little in some other areas.

We are fallible. We cannot expect to foist our wishes on the universe. So another key aspect of science is experiment. Scientists do not trust what is intuitively obvious, because intuitively obvious gets you nowhere. That the Earth is flat was once obvious. I mean, really obvious; obvious! Go out in a flat field and take a look: Is it round or flat? Don't listen to me; go prove it to yourself That heavier bodies fall faster than light ones was once obvious. That blood-sucking leeches cure disease was once obvious. That some people are naturally and by divine right slaves was once obvious. That the Earth is at the center of the universe was once obvious. You're skeptical? Go out, take a look: Stars rise in the east, set in the west; here we are, stationary (do you feel the Earth whirling?); we see them going around us. We are at the center; they go around us.

The truth may be puzzling. It may take some work to grapple with. It may be counterintuitive. It may contradict deeply held prejudices. It may not be consonant with what we desperately want to be true. But our preferences do not determine what's true. We have a method, and that method helps us to reach not absolute truth, only asymptotic approaches to the truth -- never there, just closer and closer, always finding vast new oceans of undiscovered possibilities. Cleverly designed experiments are the key

In the 1920s, there was a dinner at which the physicist Robert W. Wood was asked to respond to a toast. This was a time when people stood up, made a toast, and then selected someone to respond. Nobody knew what toast they'd be asked to reply to, so it was a challenge for the quick-witted. In this case the toast was: "To physics and metaphysics." Now by metaphysics was meant something like philosophy -- truths that you could get to just by thinking about them. Wood took a second, glanced about him, and answered along these lines: The physicist has an idea, he said. The more he thinks it through, the more sense it makes to him. He goes to the scientific literature, and the more he reads, the more promising the idea seems. Thus prepared, he devises an experiment to test the idea. The experiment is painstaking. Many possibilities are eliminated or taken into account; the accuracy of the measurement is refined. At the end of all this work, the experiment is completed and ... the idea is shown to be worthless. The physicist then discards the idea, frees his mind (as I was saying a moment ago) from the clutter of error, and moves on to something else.

The difference between physics and metaphysics, Wood concluded, is that the metaphysicist has no laboratory.

Why is it so important to have widely distributed understanding of science and technology? For one thing, it's the golden road out of poverty for developing nations. And developing nations understand that, because you have only to look at modern American graduate schools -- in mathematics, in engineering, in physics -- to find, in case after case, that more than half the students are from other countries. This is something America is doing for the world. But it conveys a clear sense that the developing nations understand what is essential for their future. What worries me is that Americans may not be equally clear on the subject.

Let me touch on the dangers of technology. Almost every astronaut who has visited Earth orbit has made this point: I was up there, they say, and I looked toward the horizon, and there was this thin, blue band that's the Earth's atmosphere. I had been told we live in an ocean of air. But there it was, so fragile, such a delicate blue: I was worried for it.

In fact, the thickness of the Earth's atmosphere, compared with the size of the Earth, is in about the same ratio as the thickness of a coat of shellac on a schoolroom globe is to the diameter of the globe. That's the air that nurtures us and almost all other life on Earth, that protects us from deadly ultraviolet light from the sun, that through the greenhouse effect brings the surface temperature above the freezing point. (Without the greenhouse effect, the entire Earth would plunge below the freezing point of water and we'd all be dead.) Now that atmosphere, so thin and fragile, is under assault by our technology. We are pumping all kinds of stuff into it. You know about the concern that chlorofluorocarbons are depleting the ozone layer; and that carbon dioxide and methane and other greenhouse gases are producing global warming, a steady trend amidst fluctuations produced by volcanic eruptions and other sources. Who knows what other challenges we are posing to this vulnerable layer of air that we haven't been wise enough to foresee?

The inadvertent side effects of technology can challenge the environment on which our very lives depend. That means that we must understand science and technology; we must anticipate long-term consequences in a very clever way -- not just the bottom line on the profit-and-loss column for the corporation for this year, but the consequences for the nation and the species 10, 20, 50, 100 years in the future. If we absolutely stop all chlorofluorocarbon and allied chemical production right now (as we're in fact doing), the ozonosphere will heal itself in about a hundred years. Therefore our children, our grandchildren, our great-grandchildren must suffer through the mistakes that we've made. That's a second reason for science education: the dangers of technology. We must understand them better.

A third reason: origins. Every human culture has devoted some of its intellectual, moral, and material resources to trying to understand where everything comes from -- our nation, our species, our planet, our star, our galaxy, our universe. Stop someone on the street and ask about it. You will not find many people who never thought about it, who are incurious about their ultimate origins.

I hold there's a kind of Gresham's Law that applies in the confrontation of science and pseudoscience: In the popular imagination, at least, the bad science drives out the good. What I mean is this: If you are awash in lost continents and channeling and UFOs and all the long litany of claims so well exposed in the Skeptical Inquirer, you may not have intellectual room for the findings of science. You're sated with wonder. Our culture in one way produces the fantastic findings of science, and then in another way cuts them off before they reach the average person. So people who are curious, intelligent, dedicated to understanding the world, may nevertheless be (in our view) enmired in superstition and pseudoscience. You could say, Well, they ought to know better, they ought to be more critical, and so on; but that's too harsh. It's not very much their fault, I say. It's the fault of a society that preferentially propagates the baloney and holds back the ambrosia.

The least effective way for skeptics to get the attention of these bright, curious, interested people is to belittle, or condescend, or show arrogance toward their beliefs. They may be credulous, but they're not stupid. If we bear in mind human frailty and fallibility, we will understand their plight.

For example: I've lately been thinking about alien abductions, and false claims of childhood sexual abuse, and stories of satanic ritual abuse in the context of recovered memories. There are interesting similarities among those classes of cases. I think if we are to understand any of them, we must understand all of them. But there's a maddening tendency of the skeptics, when addressing invented stories of childhood sexual abuse, to forget that real and appalling abuse happens. It is not true that all these claims of childhood sexual abuse are silly and pumped up by unethical therapists. Yesterday's paper reported that a survey of 13 states found that one-sixth of all the rape victims reported to police are under the age of 12. And this is a category of rape that is preferentially under-reported to police, for obvious reasons. Of these girls, one-fifth were raped by their fathers. That's a lot of people, and a lot of betrayal. We must bear that in mind when we consider patients who, say, because they have an eating disorder, have suppressed childhood sexual abuse diagnosed by their psychiatrists.

People are not stupid. They believe things for reasons. Let us not dismiss pseudoscience or even superstition with contempt.

In the nineteenth century it was mediums: You'd go to the seance, and you'd be put in touch with dead relatives. These days it's a little different; it's called channeling. What both are basically about is the human fear of dying. I don't know about you; I find the idea of dying unpleasant. If I had a choice, at least for a while, I would just as soon not die. Twice in my life I came very close to doing so. (I did not have a near-death experience, I'm sorry to say.) I can understand anxiety about dying.

About 14 years ago both my parents died. We had a very good relationship. I was very close to them. I still miss them terribly. I wouldn't ask much: I would like five minutes a year with them; to tell them how their kids and their grandchildren are doing, and how Annie and I are doing. I know it sounds stupid, but I'd like to ask them, "Is everything all right with you?" Just a little contact. So I don't guffaw at women who go to their husbands' tombstones and chat them up every now and then. That's not hard to understand. And if we have difficulties on the ontological status of who it is they're talking to, that's all right. That's not what this is about. This is humans being human.

In the alien-abduction context, I've been trying to understand the fact that humans hallucinate that it's a human commonplace yes, under conditions of sensory deprivation or drugs or deprival of REM sleep, but also just in the ordinary course of existence. I have, maybe a dozen times since my parents died, heard one of them say my name: just the single word, "Carl." I miss them, they called me by my first name so much during the time they were alive; I was in the practice of responding instantly when I was called; it has deep psychic roots. So my brain plays it back every now and then. This doesn't surprise me at all; I sort of like it. But it's a hallucination. If I were a little less skeptical, though, I could see how easy it would be to say, "They're around somewhere. I can hear them."

Raymond Moody, who is an M.D., I think, an author who writes innumerable books on life after death, actually quoted me in the first chapter of his latest book, saying that I heard my parents calling me Carl, and so, look, even he believes in life after death. This badly misses my point. If this is one of the arguments from chapter I of the latest book of a principal exponent of life after death, I suspect that despite our most fervent wishes, the case is weak.

But still, suppose I wasn't steeped in the virtues of scientific skepticism and felt as I do about my parents, and along comes someone who says, "I can put you in touch with them." Suppose he's clever, and found out something about my parents in the past, and is good at faking voices, and so on -- a darkened room and incense and all of that. I could see being swept away emotionally.

Would you think less of me if I fell for it? Imagine I was never educated about skepticism, had no idea that it's a virtue, but instead believed that it was grumpy and negative and rejecting of everything that's humane. Couldn't you understand my openness to being conned by a medium or a channeler?

The chief deficiency I see in the skeptical movement is its polarization: Us vs. Them -- the sense that we have a monopoly on the truth; that those other people who believe in all these stupid doctrines are morons; that if you're sensible, you'll listen to us; and if not, to hell with you. This is nonconstructive. It does not get our message across. It condemns us to permanent minority status. Whereas, an approach that from the beginning acknowledges the human roots of pseudoscience and superstition, that recognizes that the society has arranged things so that skepticism is not well taught, might be much more widely accepted.*


    * If skeptical habits of thought are widely distributed and prized, then who is the skepticism going to be mainly applied to? To those in power. Those in power, therefore, do not have a vested interest in everybody being able to ask searching questions.

If we understand this, then of course we have compassion for the abductees and those who come upon crop circles and believe they're supernatural, or at least of extraterrestrial manufacture. This is key to making science and the scientific method more attractive, especially to the young, because it's a battle for the future.

Science involves a seemingly self-contradictory mix of attitudes: On the one hand it requires an almost complete openness to all ideas, no matter how bizarre and weird they sound, a propensity to wonder. As I walk along, my time slows down; I shrink in the direction of motion, and I get more massive. That's crazy! On the scale of the very small, the molecule can be in this position, in that position, but it is prohibited from being in any intermediate position. That's wild! But the first is a statement of special relativity, and the second is a consequence of quantum mechanics. Like it or not, that's the way the world is. If you insist that it's ridiculous, you will be forever closed to the major findings of science. But at the same time, science requires the most vigorous and uncompromising skepticism, because the vast majority of ideas are simply wrong, and the only way you can distinguish the right from the wrong, the wheat from the chaff, is by critical experiment and analysis.

Too much openness and you accept every notion, idea, and hypothesis -- which is tantamount to knowing nothing. Too much skepticism -- especially_ ally rejection of new ideas before they are adequately tested -- and you're not only unpleasantly grumpy, but also closed to the advance of science. A judicious mix is what we need.

It's no fun, as I said at the beginning, to be on the receiving end of skeptical questioning. But it's the affordable price we pay for having the benefits of so powerful a tool as science.

From Skeptical Enquirer - Volume 19, Issue 1, January-February 1995 - ©1994 Carl Sagan.

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