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Jueves, 27 de septiembre
Navegó a su vía al Oeste. Anduvo entre día y noche veinticuatro leguas;
contó a la gente veinte leguas. Vinieron muchos dorados; mataron uno.
Vieron un rabo de junco.
Viernes, 28 de septiembre
Navegó a su camino al Oeste,
anduvieron día y noche con calma catorce leguas; contaron trece.
Hallaron poca hierba; tomaron dos peces dorados, y en los otros navíos
más.
Sábado, 29 de septiembre
Navegó a su camino al Oeste.
Anduvieron veinticuatro leguas; contó a la gente veintiuna. Por calmas
que tuvieron, anduvieron entre día y noche poco. Vieron un ave que se
llamaba rabihorcado, que hace vomitar a los alcatraces lo que comen para
comerlo ella, y no se mantiene de otra cosa. Es ave de la mar, pero no
posa en la mar ni se aparta de tierra veinte leguas. Hay de éstas muchas
en las islas de Cabo Verde. Después vinieron dos alcatraces. Los aires
eran muy dulces y sabrosos, que dice que no faltaba sino oir al ruiseñor,
y la mar llana como un río. Parecieron después en tres veces tres
alcatraces y un horcado. Vieron mucha hierba.
Domingo, 30 de septiembre
Navegó su camino al Oeste. Anduvo
entre día y noche, por las calmas, catorce leguas; contó once. Vinieron
al navío cuatro rabos de junco, que es gran señal de tierra, porque
tantas aves de una naturaleza juntas es señal que no andan desmandadas
ni perdidas. Viéronse cuatro alcatraces en dos veces. Hierba, mucha.
Nota: Que las estrellas que se llaman las Guardas, cuando anochece,
están junto al brazo de la parte del Poniente, y cuando amanece están en
la línea debajo del brazo al Nordeste, que parece que en toda la noche
no andan salvo tres líneas, que son nueve horas, y esto cada noche: esto
dice aquí el Almirante. También en anocheciendo las agujas noroestean
una cuarta, y en amaneciendo están con la estrella justo; por lo cual
parece que la estrella hace movimiento como las otras estrellas, y las
agujas piden siempre la verdad.
Lunes, 1 de octubre
Navegó su camino al Oeste.
Anduvieron veinticinco leguas; contó a la gente veinte leguas. Tuvieron
grande aguacero. El piloto del Almirante tenía hoy, en amaneciendo, que
habían andado desde la isla de Hierro hasta aquí quinientas sesenta y
ocho leguas al Oeste. La cuenta menor que el Almirante mostraba a la
gente eran quinientas ochenta y cuatro leguas; pero la verdadera que el
Almirante juzgaba y guardaba eran setecientas siete.
Martes, 2 de octubre
Navegó su camino al Oeste noche y
día treinta y nueve leguas, contó a la gente obra de treinta leguas. La
mar, llana y buena siempre. «A Dios muchas gracias sean dadas», dijo
aquí el Almirante. Hierba venía del Este al Oeste, por el contrario de
lo que solía: parecieron muchos peces; matóse uno. Vieron un ave blanca
que parecía gaviota.
Miércoles, 3 de octubre
Navegó su vía ordinaria. Anduvieron
cuarenta y siete leguas; contó a la gente cuarenta leguas. Aparecieron
pardelas, hierba mucha, alguna muy vieja y otra muy fresca, y traía como
fruta; y no vieron aves algunas. Creía el Almirante que le quedaban
atrás las islas que traía pintadas en su carta. Dice aquí el Almirante
que no se quiso detener barloventeando la semana pasada y estos días que
había tantas señales de tierra, aunque tenía noticia de ciertas islas en
aquella comarca, por no se detener, pues su fin era pasar a las Indias;
y si se detuviera, dice él, que no fuera buen seso.
- Jueves, 4 de octubre
Navegó a su camino al Oeste. Anduvieron entre día y noche
sesenta y tres leguas; contó a la gente cuarenta y seis leguas.
Vinieron al navío más de cuarenta pardelas juntos y dos
alcatraces, y al uno dio una pedrada un mozo de la carabela.
Vino a la nao un rabihorcado y una blanca como gaviota.
-
- Viernes, 5 de octubre
Navegó a su camino. Andarían once millas por hora. Por la noche
y día andarían cincuenta y siete leguas, porque aflojó la noche
algo el viento; contó a su gente cuarenta y cinco. La mar en
bonanza y llana. «A Dios -dice- muchas gracias sean dadas.» El
aire muy dulce y templado, hierba ninguna, aves pardelas muchas,
peces golondrinas volaron en la nao muchos.
-
- Sábado, 6 de octubre
Navegó su camino al Oeste o Güeste, que es lo mismo. Anduvieron
cuarenta leguas entre día y noche; contó a la gente treinta y
tres leguas. Esta noche dijo Martín Alonso que sería bien
navegar a la cuarta del Oeste, a la parte del Sudoeste; y al
Almirante pareció que no decía esto Martín Alonso por la isla de
Cipango, y el Almirante veía que si la erraban que no pudieran
tan presto tomar tierra y que era mejor una vez ir a la tierra
firme y después a las islas.
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- Domingo, 7 de octubre
Navegó a su camino al Oeste; anduvieron doce millas por hora dos
horas, y después ocho millas por hora; y andaría hasta una hora
de sol veintitrés leguas. Contó a la gente dieciocho. En este
día, al levantar el sol, la carabela Niña, que iba delante por
ser velera, y andaban quien más podía por ver primero tierra,
por gozar de la merced que los Reyes a quien primero la viese
habían prometido, levantó una bandera en el topo del mástil y
tiró una lombarda por señal que veían tierra, porque así lo
había ordenado el Almirante. Tenía también ordenado que al salir
del sol y al ponerse se juntasen todos los navíos con él, porque
estos dos tiempos son más propios para que los humores den más
lugar a ver más lejos. Como en la tarde no viesen tierra, la que
pensaban los de la carabela Niña que habían visto, y porque
pasaban gran multitud de aves de la parte del Norte al Sudoeste
(por lo cual era de creer que se iban a dormir a tierra o huían
quizá del invierno, que en las tierras de donde venían debía de
querer venir, porque sabía el Almirante que las más de las islas
que tienen los portugueses por las aves las descubrieron), por
esto el Almirante acordó dejar el camino del Oeste y poner la
proa hacia Oessudoeste, con determinación de andar dos días por
aquella vía. Esto comenzó antes una hora del sol puesto.
Andarían en toda la noche obra de cinco leguas, y veintitrés del
día. Fueron por todas veintiocho leguas noche y día.
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- Lunes, 8 de octubre
Navegó al Oessudoeste y andarían entre día y noche once leguas y
media o doce, y a ratos parece que anduvieron en la noche quince
millas por hora, si no está mentirosa la letra. Tuvieron la mar
como el río de Sevilla; gracias a Dios, dice el Almirante. Los
aires muy dulces como en abril en Sevilla, que es placer estar a
ellos: tan olorosos son. Pareció la hierba muy fresca; muchos
pajaritos del campo, y tomaron uno que iba huyendo al Sudoeste,
grajaos y ánades y un alcatraz.
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- Martes, 9 de octubre
Navegó al Sudoeste. Anduvo cinco leguas; mudóse el viento y
corrió al Oeste cuarta al Noroeste, y anduvo cuatro leguas.
Después con todas once leguas de día y a la noche veinte leguas
y media. Contó a la gente diecisiete leguas. Toda la noche
oyeron pasar pájaros.
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- Miércoles, 10 de octubre
Navegó al Oessudoeste. Anduvieron a diez millas por hora y a
ratos doce y algún rato a siete, y entre día y noche cincuenta y
nueve leguas. Contó a la gente cuarenta y cuatro leguas no más.
Aquí la gente ya no lo podía sufrir: quejábase del largo viaje.
Pero el Almirante los esforzó lo mejor que pudo, dándoles buena
esperanza de los provechos que podrían haber. Y añadía que por
demás era quejarse, pues que él había venido a las Indias, y que
así lo había de proseguir hasta hallarlas con la ayuda de
Nuestro Señor.
-
- Jueves, 11 de octubre
Navegó al Oessudoeste. Tuvieron mucha mar y más que en todo el
viaje habían tenido. Vieron pardelas y un junco verde junto a la
nao. Vieron los de la carabela Pinta una caña y un palo y
tomaron otro palillo labrado a lo que parecía con hierro, y un
pedazo de caña y otra hierba que nace en tierra, y una tablilla.
Los de la carabela Niña también vieron otras señales de tierra y
un palillo cargado de escaramujos. Con estas señales respiraron
y alegráronse todos. Anduvieron en este día, hasta puesto el
sol, veintisiete leguas.
- Después del sol puesto, navegó a su
primer camino, al Oeste; andarían doce millas cada hora y hasta
dos horas después de media noche andarían noventa millas, que
son veintidós leguas y media. Y porque la carabela Pinta era más
velera e iba delante del Almirante, halló tierra e hizo las
señas que el Almirante había mandado. Esta tierra vio primero un
marinero que se decía Rodrigo de Triana; puesto que el
Almirante, a las diez de la noche, estando en el castillo de
popa, vio lumbre, aunque fue cosa tan cerrada que no quiso
afirmar que fuese tierra; pero llamó a Pedro Gutiérrez,
repostero de estrados del Rey, y díjole que parecía lumbre, que
mirase él, y así lo hizo y viola; díjole también a Rodrigo
Sánchez de Segovia, que el Rey y la Reina enviaban en el armada
por veedor, el cual no vio nada porque no estaba en lugar do la
pudiese ver. Después de que el Almirante lo dijo, se vio una vez
o dos, y era como una candelilla de cera que se alzaba y
levantaba, lo cual a pocos pareciera ser indicio de tierra. Pero
el Almirante tuvo por cierto estar junto a la tierra. Por lo
cual, cuando dijeron la Salve, que la acostumbraban decir y
cantar a su manera todos los marineros y se hallan todos, rogó y
amonestólos el Almirante que hiciesen buena guarda al castillo
de proa, y mirasen bien por la tierra, y que al que le dijese
primero que veía tierra le daría luego un jubón de seda, sin las
otras mercedes que los Reyes habían prometido, que eran diez mil
maravedís de juro a quien primero la viese.
A las dos horas después de media noche pareció la tierra de la
cual estarían dos leguas Amañaron todas las velas, y quedaron
con el treo, que es la vela grande sin bonetas, y pusiéronse a
la corda, temporizando hasta el día viernes, que llegaron a una
islita de los Lucayos, que se llamaba en lengua de indios
Guanahaní. Luego vinieron gente desnuda, y el Almirante salió a
tierra en la barca armada, y Martín Alonso Pinzón y Vicente
Yáñez, su hermano, que era capitán de la Niña. Sacó el Almirante
la bandera real y los capitanes con dos banderas de la Cruz
Verde, que llevaba el Almirante en todos los navíos por seña,
con una F y una Y: encima de cada letra su corona, una de un
cabo de la cruz y otra de otro. Puestos en tierra vieron árboles
muy verdes y aguas muchas y frutas de diversas maneras. El
Almirante llamó a los dos capitanes y a los demás que saltaron
en tierra, y a Rodrigo de Escobedo, escribano de toda el armada,
y a Rodrigo Sánchez de Segovia, y dijo que le diesen por fe y
testimonio cómo él por ante todos tomaba, como de hecho tomó,
posesión de la dicha isla por el Rey y por la Reina sus señores,
haciendo las protestaciones que se requerían, como más largo se
contiene en los testimonios que allí se hicieron por escrito.
- Luego se ajuntó allí mucha gente de la
isla. Esto que se sigue son palabras formales del Almirante, en
su libro de su primera navegación y descubrimiento de estas
Indias. «Yo -dice él-, porque nos tuviesen mucha amistad, porque
conocí que era gente que mejor se libraría y convertiría a
nuestra Santa Fe con amor que no por fuerza, les di a algunos de
ellos unos bonetes colorados y unas cuentas de vidrio que se
ponían al pescuezo, y otras cosas muchas de poco valor, con que
hubieron mucho placer y quedaron tanto nuestros que era
maravilla. Los cuales después venían a las barcas de los navíos
adonde nos estábamos, nadando, y nos traían papagayos e hilo de
algodón en ovillos y azagayas y otras cosas muchas, y nos las
trocaban por otras cosas que nos les dábamos, como cuentecillas
de vidrio y cascabeles. En fin, todo tomaban y daban de aquello
que tenían de buena voluntad. Mas me pareció que era gente muy
pobre de todo. Ellos andan todos desnudos como su madre los
parió, y también las mujeres, aunque no vi más de una harto moza.
Y todos los que yo vi eran todos mancebos, que ninguno vi de
edad de más de treinta años: muy bien hechos, de muy hermosos
cuerpos y muy buenas caras: los cabellos gruesos casi como sedas
de cola de caballo, y cortos: los cabellos traen por encima de
las cejas, salvo unos pocos detrás que traen largos, que jamás
cortan. De ellos se pintan de prieto, y ellos son de la color de
los canarios ni negros ni blancos, y de ellos se pintan de
blanco, y de ellos de colorado, y de ellos de lo que hallan, y
de ellos se pintan las caras, y de ellos todo el cuerpo, y de
ellos solos los ojos, y de ellos sólo el nariz. Ellos no traen
armas ni las conocen, porque les mostré espadas y las tomaban
por el filo y se cortaban con ignorancia. No tienen algún hierro:
sus azagayas son unas varas sin hierro, y algunas de ellas
tienen al cabo un diente de pez, y otras de otras cosas. Ellos
todos a una mano Son de buena estatura de grandeza y buenos
gestos, bien hechos. Yo vi algunos que tenían señales de heridas
en sus cuerpos, y les hice señas qué era aquello, y ellos me
mostraron cómo allí venían gente de otras islas que estaban
cerca y les querían tomar y se defendían. Y yo creí y creo que
aquí vienen de tierra firme a tomarlos por cautivos. Ellos deben
ser buenos servidores y de buen ingenio, que veo que muy presto
dicen todo lo que les decía, y creo que ligeramente se harían
cristianos; que me pareció que ninguna secta tenían. Yo,
placiendo a Nuestro Señor, llevaré de aquí al tiempo de mi
partida seis a Vuestras Altezas para que aprendan a hablar.
Ninguna bestia de ninguna manera vi, salvo papagayos, en esta
isla.» Todas son palabras del Almirante.
-
- Sábado, 13 de octubre
« Luego que amaneció vinieron a la playa muchos de estos
hombres, todos mancebos, como dicho tengo, y todos de buena
estatura, gente muy hermosa: los cabellos no crespos, salvo
corredios y gruesos, como sedas de caballo, y todos de la
frente y cabeza muy ancha más que otra generación que hasta aquí
haya visto, y los ojos muy hermosos y no pequeños, y ellos
ninguno prieto, salvo de la color de los canarios, ni se debe
esperar otra cosa, pues está Este Oeste con la isla de Hierro,
en Canaria, bajo una línea. Las piernas muy derechas, todos a
una mano, y no barriga, salvo muy bien hecha. Ellos vinieron a
la nao con almadías, que son hechas del pie de un árbol, como un
barco luengo, y todo de un pedazo, y labrado muy a maravilla,
según la tierra, y grandes, en que en algunas venían cuarenta o
cuarenta y cinco hombres, y otras más pequeñas, hasta haber de
ellas en que venía un solo hombre. Remaban con una pala como de
hornero, y anda a maravilla; y si se le trastorna, luego se
echan todos a nadar y la enderezan y vacían con calabazas que
traen ellos. Traían ovillos de algodón hilado y papagayos y
azagayas y otras cositas que sería tedio de escribir, y todo
daban por cualquier cosa que se los diese. Y yo estaba atento y
trabajaba de saber si había oro, y vi que algunos de ellos
traían un pedazuelo colgado en un agujero que tienen a la nariz,
y por señas pude entender que yendo al Sur o volviendo la isla
por el Sur, que estaba allí un rey que tenía grandes vasos de
ello, y tenía muy mucho. Trabajé que fuesen allá, y después vi
que no entendían en la ida. Determiné de aguardar hasta mañana
en la tarde y después partir para el Sudeste, que según muchos
de ellos me enseñaron decían que había tierra al Sur y al
Sudoeste y al Noroeste, y que éstas del Noroeste les venían a
combatir muchas veces, y así ir al Sudoeste a buscar el oro y
piedras preciosas. Esta isla es bien grande y muy llana y de
árboles muy verdes y muchas aguas y una laguna en medio muy
grande, sin ninguna montaña, y toda ella verde, que es placer de
mirarla; y esta gente harto mansa, y por la gana de haber de
nuestras cosas, y temiendo que no se les ha de dar sin que den
algo y no lo tienen, toman lo que pueden y se echan luego a
nadar; que hasta los pedazos de las escudillas y de las tazas de
vidrio rotas rescataban hasta que vi dar dieciséis ovillos de
algodón por tres ceotís de Portugal, que es una blanca de
Castilla, y en ellos habría más de una arroba de algodón hilado.
Esto defendiera y no dejara tomar a nadie, salvo que yo lo
mandara tomar todo para Vuestras Altezas si hubiera en cantidad.
Aquí nace en esta isla, mas por el poco tiempo no pude dar así
del todo fe. Y también aquí nace el oro que traen colgado a la
nariz; más, por no perder tiempo quiero ir a ver si puedo topar
a la isla de Cipango. Ahora, como fue noche, todos se fueron a
tierra con sus almadías.»
-
- Domingo, 14 de octubre
«En amaneciendo mandé aderezar el batel de la nao y las barcas
de las carabelas, y fui al luengo de la isla, en el camino del
Nordeste, para ver la otra parte, que era de la otra parte, del
Este que había, y también para ver las poblaciones, y vi luego
dos o tres, y la gente que venían todos a la playa llamándonos y
dando gracias a Dios. Los unos nos traían agua; otros, otras
cosas de comer; otros, cuando veían que yo no curaba de ir a
tierra, se echaban a la mar nadando y venían, y entendíamos que
nos preguntaban si éramos venidos del cielo. Y vino uno viejo en
el batel dentro, y otros a voces grandes llamaban todos, hombres
y mujeres: «Venid a ver los hombres que vinieron del cielo;
traedles de comer y de beber». Vinieron muchos y muchas mujeres,
cada uno con algo, dando gracias a Dios, echándose al suelo, y
levantaban las manos al cielo, y después nos llamaban que
fuésemos a tierra. Mas yo temía de ver una grande restinga de
piedras que cerca toda aquella isla alrededor, y entre medias
queda hondo el puerto para cuantas naos hay en toda la
Cristiandad, y la entrada de ello muy angosta. Es verdad que
dentro de esta cinta hay algunas bajas, mas la mar no se mueve
más que dentro en un pozo. Y para ver todo esto me moví esta
mañana, porque supiese dar de todo relación a Vuestras Altezas y
también adónde pudiera hacer fortaleza, y vi un pedazo de tierra
que se hace como isla, aunque no lo es, en que había seis casas,
el cual se pudiera atajar en dos días por isla; aunque yo no veo
necesario, porque esta gente es muy simplice en armas, como
verán Vuestras Altezas de siete que yo hice tomar para les
llevar y aprender nuestra habla y volverlos, salvo que Vuestras
Altezas cuando mandaren puédenlos todos llevar a Castilla o
tenerlos en la misma isla cautivos, porque con cincuenta hombres
los tendrán todos sojuzgados y les harán hacer todo lo que
quisieren. Y después junto con la dicha isleta están huertas de
árboles las más hermosas que yo vi, y tan verdes y con sus hojas
como las de Castilla en el mes de abril y de mayo, y mucha agua.
Yo miré todo aquel puerto y después me volví a la nao y di a la
vela, y vi tantas islas que yo no sabía determinarme a cuál iría
primero. Y aquellos hombres que yo tenía tomado me decían por
señas que eran tantas y tantas que no había número, y nombraron
por su nombre más de ciento. Por ende yo miré por la más grande,
y a aquélla determiné andar, y así hago, y será lejos de ésta de
San Salvador cinco leguas; y las otras de ellas más, de ellas
menos. Todas son muy llanas, sin montañas y muy fértiles y todas
pobladas, y se hacen la guerra la una a la otra, aunque éstos
son muy símplices y muy lindos cuerpos de hombres.»
-
- Martes, 16 de octubre
«Partí de las islas de Santa Maria de la Concepción, que sería
ya cerca del medio día, para la isla Fernandina, la cual muestra
ser grandísima al Oeste, y navegué todo aquel día con calmeria.
No pude llegar a tiempo de poder ver el fondo para surgir en
limpio, porque es en esto mucho de haber gran diligencia por no
perder las anclas; y así temporicé toda esta noche hasta el día
que vine a una población, adonde yo surgí y donde había venido
aquel hombre que yo hallé ayer en aquella almadía a medio golfo,
el cual había dado tantas buenas nuevas de nos que toda esta
noche no faltaron almadías a bordo de la nao, que nos traían
agua y de lo que tenían. Yo a cada uno le mandaba dar algo, es a
saber, algunas cuentecillas, diez o doce de ellas de vidrio en
un hilo, y algunas sonajas de latón de éstas que valen en
Castilla un maravedí cada una, y algunas agujetas, de que todo
tenían en grandísima excelencia, y también los mandaba dar, para
que comiesen cuando venían en la nao, y miel de azúcar. Y
después, a horas de tercia, envié al batel de la nao en tierra
por agua, y ellos de muy buena gana le enseñaban a mi gente
adónde estaba el agua, y ellos mismos traían los barriles llenos
al batel y se holgaban mucho de nos hacer placer. Esta isla es
grandísima y tengo determinado de la rodear, porque, según puedo
entender, en ella o cerca de ella hay mina de oro. Esta isla
está desviada de la de Santa María ocho leguas casi Este Oeste;
y este cabo adonde yo vine y toda esta costa se corre Noroeste y
Sursudeste, y vi bien veinte leguas de ella, mas ahí no acababa.
Ahora escribiendo esto, di la vela con el viento Sur para pujar
a rodear toda la isla, y trabajar hasta que halle Samaot, que es
la isla o ciudad adonde es el oro, que así lo dicen todos estos
que aquí vienen en la nao, y nos lo decían los de la isla de San
Salvador y de Santa María. Esta gente es semejante a aquellas de
las dichas islas, y una habla y unas costumbres, salvo que éstos
ya me parecen algún tanto más doméstica gente y de trato y más
sutiles, porque veo que han traído algodón aquí a la nao y otras
cositas, que saben mejor refetar el pagamento que no hacían los
otros. Y aun en esta isla vi paños de algodón hechos como
mantillos, y la gente más dispuesta, y las mujeres traen por
delante su cuerpo una cosita de algodón que escasamente les
cobija su natura. Ella es isla muy verde y llana y fertilísima,
y no pongo duda de que todo el año siembran panizo y cogen, y
así todas otras cosas. Y vi muchos árboles muy disformes de los
nuestros, y de ellos muchos que tenían los ramos de muchas
maneras y todo en un pie, y un ramito es de una manera y otro de
otra, y tan disforme que es la mayor maravilla del mundo cuánta
es la diversidad de una manera a la otra; verbigracia, un ramo
tenía las hojas a manera de cañas y otro de la manera de
lentisco, y así en un solo árbol de cinco o seis de estas
maneras, y todos tan diversos; ni éstos son injertados, porque
se pueda decir que el injerto lo hace, antes son por los montes,
ni cura de ellos esta gente. No les conozco secta ninguna, y
creo que muy presto se tornarían cristianos, porque ellos son de
muy buen entender. Aquí son los peces tan disformes de los
nuestros que es maravilla. Hay algunos hechos como gallos, de
las más finas colores del mundo, azules, amanlíos, colorados y
de todas colores, y otros pintados de mil maneras; y las colores
son tan finas que no hay hombre que no se maraville y no tome
gran descanso a verlos. También hay ballenas. Bestias en tierra
no vi ninguna de ninguna manera, salvo papagayos y lagartos. Un
mozo me dijo que vio una grande culebra. Ovejas ni cabras ni
otra ninguna bestia vi; aunque yo he estado aquí muy poco, que
es medio día: mas si las hubiese no pudiera errar de ver alguna.
El cerco de esta isla escribiré después que yo la hubiese
rodeado.»
-
- Miércoles, 17 de octubre
«A mediodía partí de la población adonde yo estaba surgido y
adonde tomé agua para ir a rodear esta isla Fernandina, y el
viento era Sudoeste y Sur, y como mi voluntad fuese de seguir
esta costa de esta isla adonde yo estaba al Sudeste, porque así
se corre toda Nornoroeste y Sursudeste y quería llevar el dicho
camino de Sur y Sudeste, porque aquella parte todos estos indios
que traigo y otro de quien hube señas en esta parte del Sur a la
isla a que ellos llaman Samoet, adonde es el oro, y Martín
Alonso Pinzón, capitán de la carabela Pinta, en la cual yo mandé
a tres de estos indios, vino a mi y me dijo que uno de ellos muy
certificadamente le había dado a entender que por la parte del
Nornoroeste muy más presto arrodearía la isla. Yo vi que el
viento no me ayudaba por el camino que yo quería llevar, y era
bueno por el otro. Di la vela al Nornoroeste, y cuando fui cerca
del cabo de la isla, a dos leguas, hallé un muy maravilloso
puerto con una boca, aunque dos bocas se le puede decir, porque
tiene un isleo en medio y son ambas muy angostas y dentro muy
ancho para cien navíos, si fuera hondo y limpio y hondo a la
entrada. Parecióme razón de lo ver bien y sondear, y así surgí
fuera de él y fui en él con todas las barcas de los navíos y
vimos que no había fondo. Y porque pensé cuando yo le vi que era
boca de algún río, había mandado llevar barriles para tomar
agua, y en tierra hallé unos ocho o diez hombres que luego
vinieron a nos y nos mostraron ahí cerca la población, adonde yo
envié la gente por agua, una parte con armas, otros con
barriles, y así la tomaron; y porque era lejuelos me detuve por
espacio de dos horas. En este tiempo anduve así por aquellos
árboles, que era la cosa más hermosa de ver que otra se haya
visto, viendo tanta verdura en tanto grado como en el mes de
mayo en el Andalucía, y los árboles todos están tan disformes de
los nuestros como el día de la noche; y así las frutas y así las
hierbas y las piedras y todas las cosas. Verdad es que algunos
árboles eran de la naturaleza de otros que hay en Castilla: por
ende había muy gran diferencia, y los otros árboles de otras
maneras eran tantos que no hay persona que lo pueda decir ni
asemejar a otros en Castilla. La gente toda era una con los
otros ya dichos, de las mismas condiciones, y así desnudos y de
la misma estatura, y daban de lo que tenían por cualquier cosa
que les diesen; y aquí vi que unos mozos de los navíos les
trocaron azagayas por unos pedazuelos de escudillas rotas y de
vidrio. Y los otros que fueron por el agua me dijeron cómo
habían estado en sus casas y que eran de adentro muy barridas y
limpias, y sus camas y paramentos de cosas que son como redes de
algodón; ellas, las casas, son todas a manera de alfaneques y
muy altas y buenas chimeneas; mas no vi entre muchas poblaciones
que yo vi que ninguna pasase de doce hasta quince casas. Aquí
hallaron que las mujeres casadas traían bragas de algodón, las
mozas no, sino salvo algunas que eran ya de edad de dieciocho
años. Y ahí había perros mastines y branchetes, y ahí hallaron
uno que había al nariz un pedazo de oro que sería como la mitad
de un castellano, en el cual vieron letras. Reñí yo con ellos
porque no se lo rescataron y dieron cuanto pedía, por ver qué
era y cúya esta moneda era; y ellos me respondieron que nunca se
lo osó rescatar. Después de tomada la agua volví a la nao, y di
la vela y salí al Noroeste, tanto que yo descubrí toda aquella
parte de la isla hasta la costa que se corre Este Oeste, y
después todos estos indios tornaron a decir que esta isla era
más pequeña que no la isla Samoet y que sería bien volver atrás
por ser en ella más presto. El viento allí luego más calmo y
comenzó a ventear Oesnoroeste, el cual era contrario para donde
habíamos venido, y así tomé la vuelta y navegué toda esta noche
pasada al Estesudeste, y cuándo al Este todo y cuándo al
Sudeste; y esto para apartarme de la tierra, porque hacia muy
gran cerrazón y el tiempo muy cargado; él era poco y no me dejó
llegar a tierra a surgir. Así que esta noche llovió muy fuerte
después de media noche hasta casi el día, y aún está nublado
para llover, y nos, al cabo de la isla de la parte del Sudeste,
adonde espero surgir hasta que aclarezca para ver las otras
islas adonde tengo de ir. Y así todos estos días después que en
estas Indias estoy ha llovido poco o mucho. Crean Vuestras
Altezas que es esta tierra la mejor y más fértil y temperada y
llana y buena que haya en el mundo.»
-
- Jueves, 18 de octubre
«Después que aclareció seguí el viento, y fui en derredor de la
isla cuanto pude, y surgí al tiempo que ya no era de navegar;
mas no fui en tierra, y en amaneciendo di la vela.»
-
- Viernes, 19 de octubre
«En amaneciendo levanté las anclas y envié la carabela Pinta al
Este y Sudeste y la carabela Niña al Sursudeste, y yo con la nao
fui al Sudeste, y dado orden que llevasen aquella vuelta hasta
medio día, y después que ambas se mudasen las derrotas, y se
recogieron para mí. Y luego, antes que andásemos tres horas,
vimos una isla al Este sobre la cual descargamos, y llegamos a
ella todos tres navíos antes de medio día a la punta del Norte,
adonde hace un isleo y una restinga de piedra fuera de él al
Norte y otro entre él y la isla grande; la cual nombraron estos
hombres de San Salvador que yo traigo la isla Samoet, a la cual
puse nombre de la Isabela. El viento era Norte, y quedaba el
dicho isleo en derrota de la isla Fernandina, de adonde yo había
partido Este Oeste; y se corría después la costa desde el isleo
al Oeste y había en ella doce leguas hasta un cabo, al que yo
llamé el Cabo Hermoso, que es de la parte del Oeste. Y así es
hermoso, redondo y muy hondo, sin bajas fuera de él, y al
comienzo de piedra y bajo y más adentro es playa de arena como
casi la dicha costa es. Y ahí surgí esta noche viernes hasta la
mañana. Esta costa toda y la parte de la isla que yo vi es toda
casi playa, y la isla más hermosa cosa que yo vi; que si las
otras son muy hermosas, ésta es más. Es de muchos árboles y muy
verdes y muy grandes, y esta tierra es más alta que las otras
islas halladas, y en ella algún altillo, no que se le pueda
llamar montaña, mas cosa que hermosea lo otro, y parece de
muchas aguas allá al medio de la isla. De esta parte al Nordeste
hace una gran angla, y hay muchos arboledos y muy espesos y muy
grandes. Yo quise ir a surgir en ella para salir a tierra y ver
tanta hermosura; mas era el fondo bajo y no podía surgir salvo
largo de tierra, y el viento era muy bueno para venir a este
cabo adonde yo surgí ahora, al cual puse nombre Cabo Hermoso,
porque así lo es. Y así no surgí en aquella angla, y aun porque
vi este cabo de allá tan verde y tan hermoso, así como todas las
otras cosas y tierras de estas islas que yo no sé adónde me vaya
primero ni me sé cansar los ojos de ver tan hermosas verduras y
tan diversas de las nuestras. Y aun creo que hay en ella muchas
hierbas y muchos árboles que valen mucho en España para tinturas
y medicinas de especiería, mas yo no los conozco, de que llevo
grande pena. Y llegando yo aquí a este cabo vino el olor tan
bueno y suave de flores o árboles de la tierra, que era la cosa
más dulce del mundo. De mañana, antes que yo de aquí vaya iré en
tierra a ver qué es. Aquí en el cabo no es la población salvo
allá más adentro, donde dicen otros hombres que yo traigo que
está el rey que trae mucho oro; y yo de mañana quiero ir tanto
avante que halle la población y vea o haya lengua con este rey
que, según éstos dan las señas, él señorea todas estas islas
comarcanas y va vestido y trae sobre sí mucho oro; aunque yo no
doy mucha fe a sus decires, así por no los entender yo bien como
en conocer que ellos son tan pobres de oro que cualquiera poco
que este rey traiga les parece a ellos mucho. Este al que yo
digo Cabo Hermoso creo que es la isla apartada de Samoeto, y aun
hay ya otras entremedias pequeñas. Yo no curo así de ver tanto
por menudo 69, porque no lo podría hacer en cincuenta años,
porque quiero ver y descubrir lo más que yo pudiere para volver
a Vuestras Altezas, a Nuestro Señor aplaciendo, en abril. Verdad
es que, hallando adonde haya oro o especiería en cantidad, me
detendré hasta que yo haya de ello cuanto pudiere; y por esto no
hago sino andar para ver de topar en ello.»
Sábado, 20 de octubre
«Hoy, el sol salido, levanté las anclas de donde yo estaba con la nao
surgido en esta isla de Samoeto al cabo del Sudoeste, al que yo puse
nombre el Cabo de la Laguna, y a la isla la Isabela, para navegar al
Nordeste y al Este de la parte Sudeste y Sur, adonde entendí de estos
hombres que yo traigo que era la población y el rey de ella. Y hallé
todo tan bajo el fondo que no pude entrar ni navegar a ello, y vi que
siguiendo el camino del Sudoeste era muy gran rodeo, y por esto
determiné de me volver por el camino que yo había traído del Nornordeste
de la parte del Oeste, y rodear esta isla para... el viento me fue tan
escaso que yo nunca pude haber la tierra al longo de la costa, salvo en
la noche. Y, porque es peligro surgir en estas islas, salvo en el día
que se vea con el ojo adónde se echa el anda, porque es todo manchas,
una de limpio y otra de non, yo me puse a temporejar a la vela toda esta
noche del domingo. Las carabelas surgieron porque se hallaron en tierra
temprano y pensaron que a sus señas, que eran costumbradas de hacer,
iría a surgir; mas no quise.»
Domingo, 21 de octubre
«A las diez horas llegué aquí a este cabo del isleo y surgí, y asimismo
las carabelas. Y después de haber comido fui en tierra, adonde aquí no
había otra población que una casa, en la cual no hallé a nadie, que creo
con temor se habían huido, porque en ella estaban todos sus aderezos de
casa. Yo no les dejé tocar nada, salvo que me salí con estos capitanes y
gente a ver la isla; que si las otras ya vistas son muy hermosas y
verdes y fértiles, ésta es mucho más y de grandes arboledos y muy verdes.
Aquí es unas grandes lagunas, y sobre ellas y a la rueda es el arboledo
en maravilla, y aquí y en toda la isla son todos verdes y las hierbas
como en abril en el Andalucía; y el cantar de los pajaritos que parece
que el hombre nunca se querría partir de aquí, y las manadas de los
papagayos que oscurecen el sol; y aves y pajaritos de tantas maneras y
tan diversas de las nuestras que es maravilla; y después hay árboles de
mil maneras y todos de su manera fruto, y todos huelen que es maravilla,
que yo estoy el más apenado del mundo de no conocerlos, porque soy bien
cierto que todos son cosa de valía, y de ellos traigo la muestra y
asimismo de las hierbas. Andando así en cerco de una de estas lagunas vi
una sierpe la cual matamos y traigo el cuero a Vuestras Altezas. Ella
como nos vio se echó en la laguna y nos la seguimos dentro, porque no
era muy honda, hasta que con lanzas la matamos. Es de siete palmos de
largo; creo que de estas semejantes hay aquí en esta laguna muchas. Aquí
conocí del liñáloe, y mañana he determinado de hacer traer a la nao diez
quintales, porque me dicen que vale mucho. También andando en busca de
muy buena agua fuimos a una población aquí cerca, adonde estoy surto
media legua; y la gente de ella, como nos sintieron, dieron todos a huir
y dejaron las casas y escondieron su ropa y lo que tenían por el monte.
Yo no dejé tomar nada ni la valía de un alfiler. Después se llegaron a
nos unos hombres de ellos, y uno se llegó a quien yo di unos cascabeles
y unas cuentecillas de vidrio y quedó muy contento y muy alegre, y por
que la amistad creciese más y los requiriese algo, le hice pedir agua, y
ellos, después que fui en la nao, vinieron luego a la playa con sus
calabazas llenas y holgaron mucho de dárnosla. Y yo les mandé dar otro
ramalejo de cuentecillas de vidrio y dijeron que de mañana vendrían acá.
Yo quería henchir aquí toda la vasija de los navíos de agua; por ende,
si el tiempo me da lugar, luego me partiré a rodear esta isla hasta que
yo haya lengua con este rey y ver si puedo haber de él oro que oigo que
trae, y después partir para otra isla grande mucho, que creo que debe
ser Cipango, según las señas que me dan estos indios que yo traigo, a la
cual ellos llaman Colba, en la cual dicen que hay naos y mareantes
muchos y muy grandes, y de esta isla otra que llaman Bofío que también
dicen que es muy grande. Y a las otras que son entremedio veré así de
pasada, y según yo hallare recaudo de oro o especiería determinaré lo
que he de hacer. Más todavía, tengo determinado de ir a la tierra firme
y a la ciudad de Quisay y dar las cartas de Vuestras Altezas al Gran Can
y pedir respuesta y venir con ella.»
Lunes, 22 de octubre
«Toda esta noche y hoy estuve aquí aguardando si el rey de aquí u otras
personas traerían oro u otra cosa de sustancia, y vinieron muchos de
esta gente, semejantes a los otros de las otras islas, así desnudos y
así pintados, de ellos de blanco, de ellos de colorado, de ellos de
prieto y así de muchas maneras.Traían azagayas y algunos ovillos de
algodón a rescatar, el cual trocaban aquí con algunos marineros por
pedazos de vidrio, de tazas quebradas y por pedazos de escudillas de
barro. Algunos de ellos traían algunos pedazos de oro colgados al nariz,
el cual de buena gana daban por un cascabel de esos de pie de gavilano
76 y por cuentecillas de vidrio: mas es tan poco, que no es nada: que es
verdad que cualquiera poca cosa que se les dé. Ellos también tenían a
gran maravilla nuestra venida, y creían que éramos venidos del cielo.
Tomamos agua para los navíos en una laguna que aquí está cerca del cabo
del Isleo, que así nombré; y en la dicha laguna Martín Alonso Pinzón,
capitán de la Pinta, mató otra sierpe tal como la otra de ayer de siete
palmos, e hice tomar aquí del liñábe cuanto se halló.»
Martes, 23 de octubre
«Quisiera hoy partir para la isla de Cuba, que creo que debe ser
Cipango, según las señas que dan esta gente de la grandeza de ella y
riqueza, y no me detendré más aquí ni...esta isla alrededor para ir a la
población, como tenía determinado, para haber lengua con este rey o
señor, que es por no me detener mucho, pues veo que aquí no hay mina de
oro; y al rodear de estas islas ha menester muchas maneras de viento, y
no vienta así como los hombres querrían. Y pues es de andar donde haya
trato grande, digo que no es razón de se detener, salvo ir a camino y
calar mucha tierra hasta topar en tierra muy provechosa, aunque mi
entender es que ésta sea muy provechosa de especiería, mas que yo no la
conozco que llevo la mayor pena del mundo, que veo mil maneras de
árboles que tienen cada uno su manera de fruta y verde ahora como en
España en el mes de mayo y junio y mil maneras de hierbas, eso mismo con
flores, y de todo no se conoció salvo este liñáloe de que hoy mandé
también traer a la nao mucho para llevar a Vuestras Altezas. Y no he
dado ni doy la vela para Cuba porque no hay viento, salvo calma muerta,
y llueve mucho. Y llovió ayer mucho sin hacer ningún frío; antes el día
hace calor y las noches temperadas como en mayo en España en el
Andalucía.»
Miércoles, 24 de octubre
«Esta noche a media noche levanté las anclas de la isla Isabela del cabo
del Isleo, que es de la parte del Norte, adonde yo estaba posado para ir
a la isla de Cuba, adonde oí de esta gente que era muy grande y de gran
trato y había en ella oro y especierías y naos grandes y mercaderes, y
me mostró que al Oessudoeste iría a ella; y yo así lo tengo, porque creo
que si es así, como por señas que me hicieron todos los indios de estas
islas y aquellos que llevo yo en los navíos, porque por lengua no los
entiendo, es la isla de Cipango, de que se cuentan cosas maravillosas, y
en las esferas que yo vi y en las pinturas de mapamundos es ella en esta
comarca. Y así navegué hasta el día al Oessudoeste, y amaneciendo calmó
el viento y llovió, y así casi toda la noche. Y estuve así con poco
viento hasta que pasaba de medio día y entonces tomó a ventear muy
amoroso, y llevaba todas mis velas de la nao: maestra y dos bonetas y
trinquete y cebadera y mesana y vela de gabia, y el batel por popa. Así
anduve el camino hasta que anocheció; y entonces me quedaba el Cabo
Verde de la isla Fernandina, el cual es de la parte del Sur a la parte
de Oeste. Me quedaba al Noroeste, y hacía de mí a él siete leguas. Y
porque ventaba ya recio y no sabía yo cuánto camino hubiese hasta la
dicha isla de Cuba, y por no la ir a demandar de noche, porque todas
estas islas son muy hondas a no hallar fondo todo en derredor salvo a
tiro de dos lombardas, y esto es todo manchado un pedazo de roquedo y
otro de arena, y por esto no se puede seguramente surgir salvo a vista
de ojo, y por tanto acordé de amainar las velas todas, salvo el
trinquete, y andar con él; y de a un rato crecía mucho el viento y hacía
mucho camino de que dudaba, y era muy gran cerrazón y llovía. Mandé
amainar el trinquete y no anduvimos esta noche dos leguas, etc.»
Jueves, 25 de octubre
Navegó después del sol salido al Oessudoeste hasta
las nueve horas. Andarían cinco leguas. Después mudó el camino al Oeste.
Andaban ocho millas por hora hasta la una después de mediodía, y de allí
hasta las tres y andarían cuarenta y cuatro millas. Entonces vieron
tierra, y eran siete u ocho islas, en luengo todas de Norte a Sur;
distaban de ellas cinco leguas, etcétera.
Viernes, 26 de octubre
Estuvo de las dichas islas de la parte del Sur.
Era todo bajo cinco o seis leguas; surgió por allí. Dijeron los indios
que llevaba que había de ellas a Cuba andadura de día y medio con sus
almadías, que son navetas de un madero adonde no llevan vela. Estas son
las canoas. Partió de allí para Cuba, porque por las señas que los
indios le daban de la grandeza y del oro y perlas de ella, pensaba que
era ella, conviene a saber: Cipango.
Sábado, 27 de octubre
Levantó las anclas salido el sol, de aquellas
islas, que llamó las islas de Arena por el poco fondo que tenían de la
parte del Sur hasta seis leguas. Anduvo ocho millas por hora hasta la
una del día al Sursudoeste, y habrían andado cuarenta millas, y hasta la
noche andarían veintiocho millas al mismo camino; y antes de noche
vieron tierra. Estuvieron la noche al reparo con mucha lluvia que llovió.
Anduvieron el sábado hasta el poner del sol diecisiete leguas al
Sursudoeste.
Domingo, 28 de octubre
Fue de allí en demanda de la isla de Cuba al
Sursudoeste, a la tierra de ella más cercana, y entró en un río muy
hermoso y muy sin peligro de bajas ni otros inconvenientes; y toda la
costa que anduvo por allí era muy hondo y muy limpio hasta tierra: tenía
la boca del río doce brazas, y es bien ancha para barloventear. Surgió
dentro, dice que a tiro de lombarda. Dice el Almirante que nunca tan
hermosa cosa vio, lleno de árboles, todo cercado el río, hermosos y
verdes y diversos de los nuestros, con flores y con su fruto, cada uno
de su manera. Aves muchas y pajaritos que cantaban muy dulcemente; había
gran cantidad de palmas de otra manera que las de Guinea y de las
nuestras, de una estatura mediana y los pies sin aquella camisa y las
hojas muy grandes, con las cuales cobijan las casas; la tierra muy
llana. Saltó el Almirante en la barca y fue a tierra, y llegó a dos
casas que creyó ser de pescadores y que con temor se huyeron, en una de
las cuales halló un perro que nunca ladró; y en ambas casas halló redes
de hilo de palma y cordeles y anzuelo de cuerno y fisgas de hueso y
otros aparejos de pescar y muchos fuegos dentro, y creyó que en cada una
casa se juntan muchas personas. Mandó que no se tocase en cosa de todo
ello, y así se hizo. La hierba era grande como en el Andalucía por abril
y mayo. Halló verdolagas muchas y bledos. Tornóse a la barca y anduvo
por el río arriba un buen rato, y dice que era gran placer ver aquellas
verduras y arboledas, y de las aves que no podía dejarlas para se
volver. Dice que es aquella isla la más hermosa que ojos hayan visto,
llena de muy buenos puertos y ríos hondos, y la mar que parecía que
nunca se debía de alzar porque la hierba de la playa llegaba hasta casi
el agua, la cual no suele llegar donde la mar es brava. Hasta entonces
no había experimentado en todas aquellas islas que la mar fuese brava.
La isla dice que es llena de montañas muy hermosas, aunque no son muy
grandes en longura, salvo altas, y toda la otra tierra es alta de la
manera de Sicilia; llena es de muchas aguas, según pudo entender de los
indios que consigo lleva, que tomó en la isla de Guanahaní, los cuales
le dicen por señas que hay diez ríos grandes y que con sus canoas no la
pueden cercar en veinte días. Cuando iba a tierra con los navíos
salieron dos almadías o canoas, y como vieron que los marineros entraban
en la barca y remaban para ir a ver el fondo del río para saber dónde
habían de surgir, huyeron las canoas. Decían los indios que en aquella
isla había minas de oro y perlas, y vio el Almirante lugar apto para
ellas y almejas, que es señal de ellas, y entendía el Almirante que allí
venían naos del Gran Can, y grandes, y que de allí a tierra firme había
jornada de diez días Llamó el Almirante aquel río y puerto de San
Salvador.
Lunes, 29 de octubre
Alzó las anclas de aquel puerto y navegó al
Poniente para ir dice que a la ciudad donde le parecía que le decían los
indios que estaba aquel rey. Una punta de la isla le salía a noroeste
seis leguas. Andada otra legua vio un río no de tan grande entrada, al
cual puso nombre de río de la Luna; anduvo hasta hora de vísperas. Vio
otro río más grande que los otros, y así se lo dijeron por señas los
indios, y cerca de él vio buenas poblaciones de casas: llamó al río el
río de Mares. Envió dos barcas a una población por haber lengua, y a una
de ellas un indio de los que traía, porque ya los entendían algo y
mostraban estar contentos con los cristianos, de los cuales todos los
hombres y mujeres y criaturas huyeron, desamparando las casas con todo
lo que tenían; y mandó el Almirante que no se tocase en cosa. Las casas
dice que eran ya más hermosas que las que había visto, y creía que
cuanto más se allegase a la tierra firme serían mejores. Eran hechas a
manera de alfanaques, muy grandes, y parecían tiendas en real, sin
concierto de calles, sino una acá y otra acullá y dentro muy barridas y
limpias y sus aderezos muy compuestos. Todas son de ramas de palma muy
hermosas. Hallaron muchas estatuas en figura de mujeres y muchas cabezas
en manera de caratona muy bien labradas. No sé si esto tienen por
hermosura o adoran en ellas. Había perros que jamás ladraron; había
avecitas salvajes mansas por sus casas; había maravillosos aderezos de
redes y anzuelos y artificios de pescar. No le tocaron en cosa de ello.
Creyó que todos los de la costa debían de ser pescadores que llevan el
pescado la tierra dentro, porque aquella isla es muy grande y tan
hermosa que no se hartaba de decir bien de ella. Dice que halló árboles
y frutas de muy maravilloso sabor; y dice que debe haber vacas en ella y
otros ganados, porque vio cabezas en hueso que le parecieron de vaca.
Aves y pajaritos y el cantar de los grillos en toda la noche con que se
holgaban todos: los aires sabrosos y dulces de toda la noche, ni frío ni
caliente. Mas por el camino de las otras islas a aquélla dice que hacía
gran calor y allí no, salvo templado como en mayo; atribuye el calor de
las otras islas por ser muy llanas y por el viento que traían hasta allí
ser Levante y por eso cálido. El agua de aquellos ríos era salada a la
boca: no supieron de dónde bebían los indios, aunque tenían en sus casas
agua dulce. En este río podían los navíos voltejar para entrar y para
salir, y tiene muy buenas señas o marcas: tiene siete u ocho brazas de
fondo a la boca y dentro cinco. Toda aquella mar dice que le parece que
debe ser siempre mansa como el río de Sevilla y el agua aparejada para
criar perlas. Halló caracoles grandes, sin sabor, no como los de España.
Señala la disposición del río y del puerto que arriba dijo y nombró San
Salvador, que tiene sus montañas hermosas y altas como la Peña de los
Enamorados, y una de ellas tiene encima otro montecillo a manera de una
hermosa mezquita. Este otro río y puerto en que ahora estaba tiene de la
parte del Sudeste dos montañas así redondas y de la parte del
Oesnoroeste un hermoso cabo llano que sale fuera.
Martes, 30 de octubre
Salió del río de Mares al Noroeste, y vio un cabo
lleno de palmas y púsole Cabo de Palmas, después de haber andado quince
leguas. Los indios que iban en la carabela Pinta dijeron que detrás de
aquel cabo había un río y del río a Cuba había cuatro jornadas; y dijo
el capitán de la Pinta que entendía que esta Cuba era ciudad y que
aquella tierra era tierra firme muy grande que va mucho al Norte, y que
el rey de aquella tierra tenía guerra con el Gran Can, al cual ellos
llamaban Cami, y a su tierra o ciudad Faba, y otros muchos nombres.
Determinó el Almirante de llegar a aquel río y enviar un presente al rey
de la tierra y enviarle la carta de los reyes, y para ella tenía una
marinero que había andado en Guinea en lo mismo, y ciertos indios de
Guanahaní que querían ir con él, con que después los tornasen a su
tierra. Al parecer del Almirante, distaba de la línea equinoccial
cuarenta y dos grados hacia la banda del Norte no está corrupta la letra
de donde trasladé esto, y dice que había de trabajar de ir al Gran Can,
que pensaba que estaba allí, o en la ciudad de Catay, que es del Gran
Can, que dice que es muy grande, según le fue dicho antes que partiese
de España. Toda aquesta tierra dice ser baja y hermosa y honda la mar.
Miércoles, 31 de octubre
Toda la noche martes anduvo barloventeando, y vio
un río donde no pudo entrar por ser baja la entrada; y pensaron los
indios que pudieran entrar los navíos como entraban sus canoas. Y,
navegando adelante, halló un cabo que salía muy fuera y cercado de
bajos, y vio una concha o bahía donde podían estar navíos pequeños, y no
lo pudo encabalgar porque el viento se había tirado del todo al Norte y
toda la costa se corría al Nornoroeste y Sudeste, y otro cabo que vio
adelante le salía más afuera. Por esto y porque el cielo mostraba de
ventar recio se hubo de tornar al río de Mares.
Jueves, 1 de noviembre
En saliendo el sol envió el Almirante las barcas a
tierra a las casas que allí estaban, y hallaron que era toda la gente
huida, y desde a buen rato pareció un hombre y mandó el Almirante que lo
dejasen asegurar, y volvieron las barcas. Y después de comer tomó a
enviar a tierra uno de los indios que llevaba, el cual desde lejos le
dio voces diciendo que no hubiesen miedo porque era buena gente y no
hacían mal a nadie, ni eran del Gran Can, antes daban de lo suyo en
muchas islas que habían estado; y echóse a nadar el indio y fue a
tierra, y dos de los de allí lo tomaron de brazos y lleváronlo a una
casa donde se informaron de él. Y como fueron ciertos que no se les
había de hacer mal, se aseguraron y vinieron luego a los navíos más de
dieciséis almadías o canoas con algodón hilado y otras cosillas suyas,
de las cuales mandó el Almirante que no se tomase nada, porque supiesen
que no buscaba el Almirante salvo oro, al que ellos llamaban nucay. Y
así en todo el día anduvieron y vinieron de tierra a los navíos, y
fueron de los cristianos a tierra muy seguramente. El Almirante no vio a
alguno de ellos oro, pero dice el Almirante que vio a uno de ellos un
pedazo de plata labrado colgado a la nariz, que tuvo por señal que en la
tierra había plata. Dijeron por señas que antes de tres días vendrían
muchos mercaderes de la tierra dentro a comprar de las cosas que allí
llevan los cristianos y darían nuevas del rey de aquella tierra, el
cual, según se pudo entender por las señas que daban, que estaba de allí
cuatro jornadas, porque ellos habían enviado muchos por toda la tierra a
le hacer saber del Almirante. «Esta gente -dice el Almirante- es de la
misma calidad y costumbre de los otros hallados, sin ninguna secta que
yo conozca, que hasta hoy aquestos que traigo no he visto hacer ninguno
oración, antes dicen la Salve y el Ave María, con las manos al cielo
como le muestran, y hacen la señal de la cruz. Toda la lengua también es
una y todos amigos, y creo que sean todas estas islas y que tengan
guerra con el Gran Can, a que ellos llaman Cavila y a la provincia
Bafan. Y así andan también desnudos como los otros.» Esto dice el
Almirante. El río dice que es muy hondo, y en la boca pueden llegar los
navíos con el bordo hasta tierra; no llega el agua dulce a la boca con
una legua, y es muy dulce. «Y es cierto -dice el Almirante- que ésta es
la tierra firme y que estoy -dice él- ante Zaitón y Quinsay cien leguas
poco más o poco menos lejos de lo uno y de lo otro, y bien se muestra
por la mar que viene de otra suerte que hasta aquí no ha venido, y ayer
que iba al Noroeste hallé que hacía frío.»
Viernes, 2 de noviembre
Acordó el Almirante enviar dos hombres españoles:
el uno se llamaba Rodrigo de Jerez, que vivía en Ayamonte, y el otro era
un Luis de Torres, que había vivido con el Adelantado de Murcia y había
sido judío, y sabía dice que hebraico y caldeo y aun algo arábigo; y con
éstos envió dos indios, uno de los que consigo traía de Guanahaní y el
otro de aquellas casas que en el río estaban poblados. Dióles sartas de
cuentas para comprar de comer si los faltase y seis días de término para
que volviesen. Dióles muestras de especiería para ver si alguna de ellas
topasen. Dióles instrucción de cómo habían de preguntar por el rey de
aquella tierra y lo que le habían de hablar de parte de los Reyes de
Castilla, cómo enviaban al Almirante para que les diese de su parte sus
cartas y un presente y para saber de su estado y cobrar amistad con él y
favorecerle en lo que hubiese de ellos menester, etc., y que supiesen de
ciertas provincias y puertos y ríos de que el Almirante tenía noticia y
cuánto distaban de allí, etc. Aquí tomó el Almirante el altura con un
cuadrante esta noche, y halló que estaba 42 grados de la línea
equinoccial, y dice que por su cuenta halló que había andado desde la
isla de Hierro mil y ciento y cuarenta y dos leguas, y todavía afirma
que aquella es tierra firme.
Sábado, 3 de noviembre
En la mañana entró en la barca el Almirante, y
porque hace el río en la boca un gran lago, el cual hace un
singularísimo puerto muy hondo y limpio de piedras, muy buena playa para
poner navíos a monte y mucha leña, entró por el río arriba hasta llegar
al agua dulce, que sería cerca de dos leguas, y subió en un montecillo
por descubrir algo de la tierra, y no pudo ver nada por las grandes
arboledas, las cuales eran muy frescas, odoríferas, por lo cual dicen no
tener duda que no haya hierbas aromáticas. Dice que todo era tan hermoso
lo que veía, que no podía cansar los ojos de ver tanta lindeza y los
cantos de las aves y pajaritos. Vinieron en aquel día muchas almadías o
canoas a los navíos a rescatar cosas de algodón hilado y redes en que
dormían, que son hamacas.
Domingo, 4 de noviembre
Luego, en amaneciendo, entró el Almirante en la
barca, y salió a tierra a cazar de las aves que el día antes había
visto. Después de vuelto, vino a él Martín Alonso Pinzón con dos
pedazos de canela, y dijo que un portugués que
tenía en su navío había visto a un indio que traía dos manojos de ella
muy grandes, pero que no se la osó rescatar por la pena que el Almirante
tenía puesta que nadie rescatase. Decía más: que aquel indio traía unas
cosas bermejas como nueces. El contramaestre de la Pinta dijo que había
hallado árboles de canela. Fue el Almirante luego allá y halló que no
eran. Mostró el Almirante a unos indios de allí canela y pimienta
-parece que de la que llevaba de Castilla para muestra- y conociéronla,
dice que, y dijeron por señas que cerca de allí había mucho de aquello
al camino del Sudeste. Mostróles oro y perlas, y respondieron ciertos
viejos que en un lugar que llamaron Bohío había infinito y que lo traían
al cuello y a las orejas y a los brazos y a las piernas, y también
perlas. Entendió más: que decían que había naos grandes y mercaderías, y
todo esto era al Sudeste. Entendió también que lejos de allí había
hombres de un ojo y otros con hocicos de perros que comían los hombres y
que en tomando uno lo degollaban y le bebían su sangre y le cortaban su
natura. Determinó de volver a la nao el Almirante a esperar los dos
hombres que había enviado para determinar de partirse a buscar aquellas
tierras, si no trajesen aquéllos alguna buena nueva de lo que deseaban.
Dice más el Almirante: «Esta gente es muy mansa y muy temerosa, desnuda
como dicho tengo, sin armas y sin ley. Estas tierras son muy fértiles:
ellos las tienen llenas de mames, que son como zanahorias, que tienen
sabor de castañas, y tienen faxones y habas muy diversas de las nuestras
y mucho algodón, el cual no siembran, y nacen por los montes árboles
grandes, y creo que en todo tiempo lo hay para coger, porque vi los
cogujos abiertos y otros que se abrían y flores todo en un árbol, y
otras mil maneras de frutas que me no es posible escribir; y todo debe
ser cosa provechosa.» Todo esto dice el Almirante.
Lunes, 5 de noviembre
En amaneciendo mandó poner la nao a monte y los
otros navíos, pero no todos juntos, sino que quedasen siempre dos en el
lugar donde estaban, por la seguridad, aunque dice que aquella gente era
muy segura y sin temor se pudieran poner todos los navíos juntos en
monte. Estando así vino el contramaestre de la Niña a pedir albricias al
Almirante porque había hallado almáciga, mas no traía la muestra porque
se le había caído. Prometióselas el Almirante y envió a Rodrigo Sánchez
y a Maestre Diego a los árboles y trajeron un poco de ella, la cual
guardó para llevar a los Reyes y también del árbol; y dice que se
conoció que era almáciga, aunque se ha de coger a sus tiempos, y que
había en aquella comarca para sacar mil quintales cada año. Halló dice
que allí mucho de aquel palo que le pareció liñáloe. Dice más, que aquel
puerto de Mares es de los mejores del mundo y mejores aires y más mansa
gente, y porque tiene un cabo de peña altillo se puede hacer una
fortaleza, para que si aquello saliese rico y cosa grande estarían allí
los mercaderes seguros de cualquiera otras nacienes. Y dice: «Nuestro
Señor, en cuyas manos están todas las victorias, aderezca todo lo que
fuere a su servicio.» Dice que dijo un indio por señas que el almáciga
era buena para cuando les dolía el estómago.
Martes, 6 de noviembre
Ayer en la noche, dice el Almirante, vinieron los
dos hombres que había enviado a ver a la tierra dentro, y le dijeron
cómo habían andado doce leguas que había hasta una población de
cincuenta casas, donde dice que había mil vecinos, porque viven muchos
en una casa. Estas casas son de manera de alfaneques grandísimos.
Dijeron que los habían recibido con gran solemnidad, según su costumbre,
y todos, así hombres como mujeres, los venían a ver, y aposentáronlos en
las mejores casas; los cuales los tocaban y les besaban las manos y los
pies, maravillándose y creyendo que venían del cielo, y así se lo daban
a entender. Dábanles de comer de lo que tenían. Dijeron que en llegando
los llevaron de brazos los más honrados del pueblo a la casa principal,
y diéronles dos sillas en que se asentaron, y ellos todos se asentaron
en el suelo en derredor de ellos. El indio que con ellos iba les
notificó la manera de vivir de los cristianos y cómo eran buena gente.
Después, saliéronse los hombres y entraron las mujeres, y sentáronse de
la misma manera en derredor de ellos, besándoles las manos y los pies,
atentándolos si eran de carne y de hueso como ellos. Rogábanles que se
estuviesen allí con ellos al menos por cinco días. Mostraron la canela y
pimienta y otras especias que el Almirante les había dado, y dijéronles
por señas que mucha de ella había cerca de allí al Sudeste; pero que en
allí no sabían si la había. Visto cómo no tenían recaudo de ciudades, se
volvieron, y que si quisieran dar lugar a los que con ellos se querían
venir, que más de quinientos hombres y mujeres vinieran con ellos,
porque pensaban que se volvían al cielo. Vino empero, con ellos, un
principal del pueblo y un su hijo y un hombre suyo. Habló con ellos el
Almirante, hízoles mucha honra, señaló muchas tierras e islas que había
en aquellas partes, pensó de traerlos a los Reyes, y dice que no supo
qué se le antojó; parece que de miedo, y de noche oscuro quisose ir a
tierra. Y el Almirante dice que porque tenía la nao en seco en tierra,
no le queriendo enojar, le dejó ir, diciendo que en amaneciendo tornaría;
el cual nunca tomó. Hallaron los dos cristianos por el camino mucha
gente que atravesaba a sus pueblos, mujeres y hombres, con un tizón en
la mano, hierbas para tomar sus sahumerios que acostumbra. No hallaron
población por el camino de más de cinco casas, y todas les hacían el
mismo acatamiento. Vieron muchas maneras de árboles e hierbas y flores
odoríferas. Vieron aves de muchas maneras diversas de las de España,
salvo perdices y ruiseñores que cantaban y ánsares, y de esto hay allí
harto; bestias de cuatro pies no vieron, salvo perros que no ladraban La
tierra muy fértil y muy labrada de aquellos mames y faxoes y habas muy
diversas de las nuestras; eso mismo panizo y mucha cantidad de algodón
cogido e hilado y obrado, y que en una sola casa habían visto más de
quinientas arrobas y que se pudiera haber allí cada año cuatro mil
quintales. Dice el Almirante que le parecía que no lo sembraban y que da
fruto todo el año: es muy fino, tiene el capullo muy grande. Todo lo que
aquella gente tenía dice que daba por muy vil precio, y que una gran
espuerta de algodón daba por cabo de agujeta u otra cosa que se le dé.
Son gente, dice el Almirante, muy sin mal ni guerra: desnudos todos,
hombres y mujeres, como su madre los parió. Verdad es que las mujeres
traen una cosa de algodón solamente tan grande que les cobija su natura
y no más, y son ellas de muy buen acatamiento, ni muy negras, salvo
menos que canarias. «Tengo por dicho, serenísimos Príncipes -dice el
Almirante- que sabiendo la lengua dispuesta suya personas devotas
religiosas, que luego todos se tornarían cristianos; y así espero en
Nuestro Señor que Vuestras Altezas se determinarán a ello con mucha
diligencia para tornar a la Iglesia tan grandes pueblos, y los
convertirán, así como han destruido aquellos que no quisieron confesar
el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo; y después de sus días, que todos
somos mortales, dejarán sus reinos en muy tranquilo estado y limpios de
herejía y maldad, y serán bien recibidos delante del Eterno Criador, al
cual plega de les dar larga vida y acrecentamiento grande de mayores
reinos y señoríos y voluntad y disposición para acrecentar la santa
religión cristiana, así como hasta aquí tienen hecho, amén. Hoy tiré la
nao de monte y me despacho para partir el jueves en nombre de Dios e ir
al Sudeste a buscar del oro y especierías y descubrir tierra.» Estas
todas son palabras del Almirante, el cual pensó partir el jueves; pero
porque le hizo el viento contrario no pudo partir hasta doce días de
noviembre.
- Lunes, 12 de noviembre
Partió del puerto y río de Mares al rendir del cuarto de alba para
ir a una isla que mucho afirmaban los indios que traía, que se
llamaba Babeque, adonde, según dicen por señas, que la gente de ella
coge el oro con candelas de noche en la playa, y después con
martillo dice que hacían vergas de ello, y para ir a ella era
menester poner la proa al Este cuarta del Sudeste. Después de haber
andado ocho leguas por la costa delante, halló un río que parecía
muy caudaloso y mayor que ninguno de los otros que había hallado. No
se quiso detener ni entrar en algunos de ellos por dos respectos: el
uno y principal porque el tiempo y viento era bueno para ir en
demanda de la dicha isla de Babeque; el otro, porque si en él
hubiera alguna populosa o famosa ciudad cerca de la mar se pareciera,
y para ir por el río arriba era menester navíos pequeños, lo que no
eran los que llevaban; y así se perdiera también mucho tiempo, y los
semejantes ríos son cosa para descubrirse por sí. Toda aquella costa
era poblada mayormente cerca del río, a quien puso por nombre el río
del Sol. Dijo que el domingo antes, 11 de noviembre, le había
parecido que fuera bien tomar algunas personas de las de aquel río
para llevar a los Reyes porque aprendieran nuestra lengua, para
saber lo que hay en la tierra y porque volviendo sean lenguas de los
cristianos y tomen nuestras costumbres y las cosas de la Fe, «porque
yo vi y conozco -dice el Almirante- que esta gente no tiene secta
ninguna ni son idólatras, salvo muy mansos y sin saber qué sea mal
ni matar a otros ni prender, y sin armas y tan temerosos que a una
persona de los nuestros huyen ciento de ellos, aunque burlen con
ellos, y crédulos y conocedores que hay Dios en el cielo, y firmes
que nosotros habemos venido del cielo, y muy presto a cualquiera
oración que nos les digamos que digan y hacen el señal de la cruz.
Así que deben Vuestras Altezas determinarse a los hacer cristianos,
que creo que si comienzan, en poco tiempo acabarán de los haber
convertido a nuestra Santa Fe multidumbre de pueblos, y cobrando
grandes señoríos y riqueza y todos sus pueblos de la España, porque
sin duda es en estas tierras grandísimas sumas de oro, que no sin
causa dicen estos indios que yo traigo, que hay en estas islas
lugares adonde cavan el oro y lo traen al pescuezo, a las orejas y a
los brazos y a las piernas, y son manillas muy gruesas, y también
hay piedras y hay perlas preciosas e infinitas especierías; y en
este río de Mares, de donde partí esta noche, sin duda hay
grandísima cantidad de almáciga y mayor si mayor se quisiere hacer,
porque los mismos árboles plantándolos prenden de ligero y hay
muchos y muy grandes y tienen la hoja como lentisco y el fruto,
salvo que es mayor, así los árboles como la hoja, como dice Plinio,
y yo he visto en la isla de Xío, en el Archipiélago, y mandé sangrar
muchos de estos árboles para ver si echarían resma para traer, y
como haya siempre llovido el tiempo que yo he estado en el dicho río,
no he podido haber de ella, salvo muy poquita que traigo a Vuestras
Altezas, y también puede ser que conviene al tiempo que los árboles
comienzan a salir del invierno y quieren echar la flor; y acá ya
tienen el fruto casi maduro ahora. Y también aquí se habría grande
suma de algodón y creo que se vendería muy bien acá sin le llevar a
España, salvo a las grandes ciudades del Gran Can que se des
cubrirán sin duda y otras muchas de otros señores que habrán en
dicha servir a Vuestras Altezas, y adonde se les darán de otras
cosas de España y de las tierras de Oriente, pues éstas son a nos en
Poniente. Y aquí hay también infinito liñáloe, aunque no es cosa
para hacer gran caudal, mas del almáciga es de entender bien, porque
no la hay salvo en dicha isla de Xío, y creo que sacan de ello bien
cincuenta mil ducados, si mal no me acuerdo. Y hay aquí, en la boca
de dicho río, el mejor puerto que hasta hoy vi, limpio y ancho y
hondo y buen lugar y asiento para hacer una villa y fuerte, y que
cualesquier navíos se puedan llegar el bordo a los muros, y tierra
muy temperada y alta y muy buenas aguas. Así que ayer vino a bordo
de la nao una almadía con seis mancebos, y los cinco entraron en la
nao; estos mandé detener y los traigo. Y después envié a una casa
que es de la parte del río del Poniente, y trajeron siete cabezas de
mujeres entre chicas y grandes y tres niños. Esto hice porque mejor
se comportan los hombres en España habiendo mujeres de su tierra que
sin ellas, porque ya otras muchas veces se acaeció traer los hombres
de Guinea para que aprendiesen la lengua en Portugal, y después que
volvían y pensaban de se aprovechar de ellos en su tierra por la
buena compañía que les había hecho y dádivas que se les había dado,
en llegando en tierra jamás parecían. Otros no lo hacían así. Así
que, teniendo sus mujeres, tendrán ganas de negociar lo que se les
encargare, y también estas mujeres mucho enseñarán a los nuestros su
lengua, la cual es toda una en todas estas islas de India, y todos
se entienden y todas las andan con sus almadías, lo que no han en
Guinea, adonde es mil maneras de lenguas que la una no entiende la
otra. Esta noche vino a bordo en una almadía el marido de una de
estas mujeres y padre de tres hijos, un macho y dos hembras, y dijo
que yo le dejase venir con ellos, y a mí me aplogó mucho, y quedan
ahora todos consolados con el que deben todos ser parientes, y él es
ya hombre de cuarenta y cinco años.» Todas estas palabras son
formales del Almirante. Dice también arriba que hacía algún frío, y
por esto que no le fuera buen consejo en invierno navegar al Norte
para descubrir. Navegó este lunes, hasta el sol puesto, dieciocho
leguas al Este cuarta del Sudeste hasta un cabo, al que puso por
nombre el Cabo de Cuba.
Martes, 13 de noviembre
Esta noche toda estuvo a la corda, como dicen los marineros, que es
andar barloventeando y no andar nada, por ver un abra, que es una
abertura de sierras como entre sierra y sierra, que le comenzó a ver
al poner del sol, adonde se mostraban dos grandísimas montañas, y
parecía que se apartaba la tierra de Cuba con aquella de Bohío, y
esto decían los indios que consigo llevaban, por señas. Venido el
día claro, dio las velas sobre la tierra y pasó una punta que le
pareció anoche obra de dos leguas, y entró en un grande golfo, cinco
leguas al Sursudoeste, y le quedaban otras cinco para llegar al cabo
adonde, en medio de dos grandes montes, hacía un degollado, el cual
no pudo determinar si era entrada de mar. Y porque deseaba ir a la
isla que llamaban Babeque, adonde tenía nueva, según él entendía,
que había mucho oro, la cual isla le salía al Este, como no vio
alguna grande población para ponerse al rigor del viento que le
crecía más que nunca hasta allí, acordó de hacerse a la mar y andar
al Este con el viento que era Norte; y andaba ocho millas cada hora,
y desde las diez del día que tomó aquella derrota hasta el poner del
sol anduvo cincuenta y seis millas, que son catorce leguas al Este,
desde el Cabo de Cuba. Y de la otra tierra del Bohío que le quedaba
a sotaviento comenzando del cabo del sobredicho golfo, descubrió a
su parecer ochenta millas, que son veinte leguas, y corriase toda
aquella costa Essueste y Oesnoroeste.
Miércoles, 14 de noviembre
Toda la noche de ayer anduvo al reparo y barloventeando (porque
decía que no era razón de navegar entre aquellas islas de noche
hasta que las hubiese descubierto), porque los indios que traía le
dijeron ayer martes que habría tres jornadas desde el río de Mares
hasta la isla de Babeque, que se debe entender jornadas de sus
almadías, que pueden andar siete leguas, y el viento también le
escaseaba, y habiendo de ir al Este no podía sino a la cuarta del
Sudeste, y por otros inconvenientes que allí refiere se hubo de
detener hasta la mañana. Al salir del sol determinó de ir a buscar
puerto, porque de Norte se había mudado el viento al Nordeste, y si
puerto no hallara fuérale necesario volver atrás a los puertos que
dejaba en la isla de Cuba. Llegó a tierra habiendo andado aquella
noche veinticuatro millas al Este cuarta del Sudeste. Anduvo al
Sur... millas hasta tierra, adonde vio muchas entradas y muchas
isletas y puertos, y porque el viento era mucho y la mar muy
alterada no osó acometer a entrar; antes corrió por la costa al
Noroeste cuarta del Oeste, mirando si había puerto, y vio que había
muchos, pero no muy claros. Después de haber andado así sesenta y
cuatro millas halló una entrada muy honda, ancha un cuarto de muía,
y buen puerto y río, donde entró y puso la popa al Sursudoeste y
después al Sur hasta llegar al Sudeste, todo de buena anchura y muy
hondo, donde vio tantas islas que no las pudo contar todas, de buena
grandeza y muy altas tierras llenas de diversos árboles de mil
maneras e infinitas palmas. Maravillóse en gran manera al ver tantas
islas y tan altas, y certifica a los Reyes que las montañas que
desde anteayer ha visto por estas costas y las de estas islas que le
parece que no las hay más altas en el mundo ni tan hermosas y claras,
sin niebla ni nieve, y al pie de ellas grandísimo fondo; y dice que
cree que estas islas son aquellas innumerables que en los mapamundos
en fin de Oriente se ponen. Y dijo que creía que había grandísimas
riquezas y piedras preciosas y especiería en ellas, y que duran muy
mucho al Sur y se ensanchan a toda parte. Púsoles nombre la mar de
Nuestra Señora, y al puerto que está cerca de la boca de la entrada
de las dichas islas puso puerto del Príncipe, en el cual no entró,
mas de verlo desde fuera hasta otra vuelta que dio el sábado de la
semana venidera, como allí aparecerá. Dice tantas y tales cosas de
la fertilidad y hermosura y altura de estas islas que hailó en este
puerto, que dice a los Reyes que no se maravillen de encarecerías
tanto, porque les certifica que cree que no dice la centésima parte:
algunas de ellas que parecía que llegan al cielo y hechas como
puntas de diamantes; otras que sobre su gran altura tienen encima
como una mesa y al pie de ellas fondo grandísimo, que podrá llegar a
ellas una grandísima carraca todas llenas de arboledas y sin peñas.
Jueves, 15 de noviembre
Acordó de andarías estas islas con las barcas de los navíos, y dice
maravillas de ellas y que halió almáciga e infinito liñáloe, y
algunas de ellas eran labradas de las raíces de que hacen su pan los
indios, y halló haber encendido fuego en algunos lugares. Agua dulce
no vio; gente había alguna y huyeron. En todo lo que anduvo halló
fondo de quince y dieciséis brazas, y todo basa, que quiere decir
que el suelo de abajo es arena y no peñas, lo que mucho desean los
marineros, porque las peñas cortan los cables de las anclas de las
naos.
Viernes, 16 de noviembre
Porque en todas las partes, islas y tierras donde entraba dejaba
siempre puesta una cruz, entró en la barca y fue a la boca de
aquellos puertos y en una punta de la tierra halló dos maderos muy
grandes, uno más largo que el otro y el uno sobre el otro hechos una
cruz, que dice que un carpintero no los pudiera poner más
proporcionados; y, adorada aquella cruz, mandó hacer de los mismos
maderos una muy grande y alta cruz. Halló cañas por aquella playa
que no sabía dónde nacían, y creía que las traería algún río y las
echaba a la playa, y tenía en esto razón. Fue a una caía dentro de
la entrada del puerto de la parte del sudeste (caía es una entrada
angosta que entra el agua del mar en la tierra): allí hacía un alto
de piedra y peña como cabo y al pie de él era muy hondo, que la
mayor carraca del mundo pudiera poner el bordo en tierra, y había un
lugar o rincón donde podían estar seis navíos sin anclas como en una
caía. Parecióle que se podía hacer allí una fortaleza a poca costa,
si en algún tiempo en aquella mar de islas resultase algún rescate
famoso. Volviéndose a la nao, halló los indios que consigo traía que
pescaban caracoles muy grandes que en aquellas mares hay, e hizo
entrar la gente allí y buscar si había nácaras, que son las ostras
donde se crían las perlas, y hallaron muchas, pero no perlas, y
atribuyó a que no debía de ser el tiempo de ellas; que creía él que
era por mayo y junio. Hallaron los marineros un animal que parecía
taso o taxo. Pescaron también con redes y hallaron un pez, entre
otros muchos, que parecía un propio puerco, no como tonina, el cual
dice que era todo concha muy tiesta y no tenía cosa blanda sino la
cola y los ojos, y un agujero debajo de ella para expeler sus
superfluidades. Mandólo salar para llevarlo que viesen los Reyes
Sábado, 17 de noviembre
Entró en la barca por la mañana y fue a ver las islas que no había
visto por la banda del Sudoeste. Vio muchas otras y muy fértiles y
muy graciosas, y entre medio de ellas muy gran fondo: algunas de
ellas dividían arroyos de agua dulce, y creía que aquella agua y
arroyos salían de algunas fuentes que manaban en los altos de las
sierras de las islas. De aquí yendo adelante, halló una ribera de
agua muy hermosa y dulce, y salía muy fría por lo enjuto de ella:
había un prado muy lindo y palmas muchas y altísimas más que las que
había visto. Halló nueces grandes de las de India, creo que dice, y
ratones grandes de los de India también y cangrejos grandísimos.
Aves vio muchas y olor vehemente de almizque, y creyó que lo debía
de haber allí. Este día, de seis mancebos que tomó en el río de
Mares, que mandó que fuesen en la carabela Niña, se huyeron los dos
más viejos.
Domingo, 18 de noviembre
Salió en las barcas otra vez con mucha gente de los navíos y fue a
poner la gran cruz que había mandado hacer de los dichos dos maderos
a la boca de la entrada de dicho puerto del Príncipe, en un lugar
vistoso y descubierto de árboles: ella muy alta y muy hermosa vista.
Dice que la mar crece y descrece allí mucho más que en otro puerto
de lo que por aquella tierra haya visto, y que no es más maravilla
por las muchas islas, y que la marea es al revés de las nuestras,
porque allí la luna al Sudoeste cuarta del Sur es bajamar en aquel
puerto. No partió de aquí por ser domingo.
-
- Lunes, 19 de noviembre
Partió antes que el sol saliese y con calma; y después al medio día
ventó algo el Este y navegó al Nornordeste. Al poner del sol le
quedaba el puerto del Príncipe al Sursudoeste, y estaría de él siete
leguas. Vio la isla de Babeque al Este justo, de la cual estaría
sesenta millas. Navegó toda esta noche al Nordeste escaso, andaría
sesenta millas y hasta las diez del día martes otras doce, que son
por todas diez y ocho leguas, y al Nordeste cuarta del Norte.
Martes, 20 de noviembre
Quedábanle el Babeque o las islas del Babeque al Essueste, de donde
salía el viento que llevaba contrario. Y viendo que no se mudaba y
la mar se alteraba, determinó de dar la vuelta al puerto del
Príncipe, de donde había salido, que le quedaba veinticinco leguas.
No quiso ir a la isleta que llamó Isabela, que le estaba doce leguas,
que pudiera ir a surgir aquel día, por dos razones. La una porque
vio dos islas al Sur: las quería ver; la otra porque los indios que
traía, que había tomado en Guanahaní, que llamó San Salvador, que
estaba a ocho leguas de aquella Isabela, no se le fuesen, de los
cuales dice que tiene necesidad y por traerlos a Castilla, etc.
Tenían dice que entendido que en hallando oro los había el Almirante
de dejar tornar a su tierra. Llegó en paraje del puerto del
Príncipe; pero no lo pudo tomar, porque era de noche y porque le
decayeron las corrientes al Noroeste. Tomó a dar la vuelta y puso la
proa al Nordeste con viento recio; amansó y mudóse el viento al
tercero cuarto de la noche, puso la proa en el Este cuarta del
Nordeste: el viento era Sursudeste y mudóse al alba de todo en Sur,
y tocaba en el Sudeste. Salido el sol marcó el puerto del Príncipe,
y quedábale al Sudoeste y casi a la cuarta del Oeste, y estaría de
él a cuarenta y ocho millas, que son doce leguas.
Miércoles, 21 de noviembre
Al sol salido navegó al Este con viento Sur; anduvo poco por la mar
contraria. Hasta horas de vísperas hubo andado veinticuatro millas.
Después se mudó el viento al Este y anduvo al Sur cuarta del Sudeste,
y al poner del sol había andado doce millas. Allí se halló el
Almirante en cuarenta y dos grados de la línea equinoccial a la
parte del Norte, como en el puerto de Mares; pero aquí dice que
tiene suspenso el cuadrante hasta llegar a tierra que lo adobe 118
Por manera que le parecía que no debía distar tanto, y tenía razón,
porque no era posible como no estén estas islas sino en... 119
grados. Para creer que el cuadrante andaba bueno le movía ver dice
que el Norte tan alto como en Castilla, y si esto es verdad mucho
allegado y alto andaba con la Florida; pero ¿dónde están luego ahora
estas islas que entre manos traía? Ayudaba a esto que hacia dice que
gran calor; pero claro es que si estuviera en la costa de Florida
que no hubiera calor sino frío. Y es también manifiesto que en
cuarenta y dos grados en ninguna parte de la tierra se cree hacer
calor, y si no fuese por alguna causa de per accidens, lo que hasta
hoy no creo yo que se sabe. Por este calor que allí el Almirante
dice que padecía, arguye que en estas Indias y por allí donde andaba
debía de haber mucho oro. Este día se apartó Martín Alonso Pinzón
con la carabela Pinta, sin obediencia y voluntad del Almirante, por
codicia, dice que pensando que un indio que el Almirante había
mandado poner en aquella carabela le había de dar mucho oro, y así
se fue sin esperar, sin causa de mal tiempo, sino porque quiso. Y
dice aquí el Almirante: «otras muchas me tiene hecho y dicho»
Jueves, 22 de noviembre
Miércoles en la noche navegó al Sur cuarta del Sudeste con el viento
Este, y era casi calma. Al tercer cuarto ventó Nornordeste. Todavía
iba al Sur por ver aquella tierra que por allí le quedaba, y cuando
salió el sol se halló tan lejos como el día pasado por las
corrientes contrarias, y quedábale la tierra a cuarenta millas. Esta
noche Martín Alonso siguió el camino del Este para ir a la isla de
Babeque, donde dicen los indios que hay mucho oro, el cual iba a
vista del Almirante, y habría hasta él dieciséis millas. Anduvo el
Almirante toda la noche la vuelta de tierra e hizo tomar algunas de
las velas y tener farol toda la noche, porque le pareció que venía
hacia él, y la noche hizo muy clara y el vientecillo bueno para
venir a él.
Viernes, 23 de noviembre
Navegó el Almirante todo el día hacia la tierra, al Sur siempre, con
poco viento, y la corriente nunca le dejó llegar a ella, antes
estaba hoy tan lejos de ella al poner del sol como en la mañana. El
viento era Esnordeste y razonable para ir al Sur, sino que era poco;
y sobre este cabo encabalga otra tierra o cabo que va también al
Este, a quien aquellos indios que llevaba llamaban Bohío, la cual
decían que era muy grande y que había en ella gente que tenía un ojo
en la frente, y otros que se llamaban caníbales, a quien mostraban
tener gran miedo. Y desde que vieron que lleva este camino, dice que
no podían hablar, porque los comían y que son gente muy armada. El
Almirante dice que bien cree que había algo de ello, mas que, pues
eran armados, serían gente de razón, y creía que habrían cautivado
algunos y que porque no volvían dirían que los comían. Lo mismo
creían de los cristianos y del Almirante al principio que algunos
los vieron.
-
- Sábado, 24 de noviembre
Navegó aquella noche toda, y a la hora de tercia del día tomó la
tierra sobre la isla Llana, en aquel mismo lugar donde había
arribado la semana pasada cuando iba a la isla de Babeque. Al
principio no osó llegar a la tierra, porque le parecía que aquella
abra de sierras rompía la mar mucho en ella. Y en fin llegó a la mar
de Nuestra Señora, donde había las muchas islas, y entró en el
puerto que está junto a la boca de la entrada de las islas, y dice
que si él antes supiera este puerto y no se ocupara en ver las islas
de la mar de Nuestra Señora, no le fuera necesario volver atrás,
aunque dice que lo da por bien empleado por haber visto las dichas
islas. Así que llegando a tierra envió la barca y tentó el puerto y
halló muy buena barra, honda de seis brazas hasta veinte y limpio,
todo basa. Entró en él, poniendo la proa al Sudoeste y después
volviendo al Oeste, quedando la isla Llana de la parte del Norte, la
cual, con otra su vecina, hacen una laguna de mar en que cabrían
todas las naos de España y podían estar seguras, sin amarras, de
todos los vientos. Y esta entrada de la parte del Sudeste, que se
entra poniendo la proa al Sursudoeste, tiene la salida al Oeste muy
honda y muy ancha; así que se puede pasar entremedio de las dichas
islas; y por conocimiento de ellas a quien viniese de la mar de la
parte del Norte, que es su travesía de esta costa, están las dichas
islas al pie de una grande montaña que es su longura de Este Oeste,
y es harto luenga y más alta y luenga que ninguna de todas las otras
que están en esta costa, adonde hay infinitas; y hace fuera una
restinga al luengo de la dicha montaña como un banco que llega hasta
la entrada. Todo esto de la parte del Sudeste, y también de la parte
de la isla Llana hace otra restinga, aunque ésta es pequeña, y así
entremedias de ambas hay grande anchura y fondo grande, como dicho
es. Luego a la entrada, a la parte del Sudeste, dentro en el mismo
puerto, vieron un río grande y muy hermoso y de más agua que hasta
entonces habían visto, y que venía el agua dulce hasta la mar. A la
entrada tiene un banco, mas después adentro es muy hondo de ocho y
nueve brazas. Está todo lleno de palmas y de muchas arboledas como
los otros.
Domingo, 25 de noviembre
Antes del sol salido entró en la barca y fue a ver un cabo o punta
de tierra al Sudeste de la isleta Llana, obra de una legua y media,
porque le parecía que había de haber algún río bueno. Luego, a la
entrada del cabo de la parte del Sudeste, andando dos tiros de
ballesta, vio venir un grande arroyo de muy linda agua que descendía
de una montaña abajo y hacía gran ruido. Fue al río y vio en él unas
piedras relucir, con unas manchas en ellas de color de oro, y
acordándose que en el río Tejo, al pie de él, junto a la mar, se
halla oro, y parecióle que cierto debía tener oro, y mandó coger
ciertas de aquellas piedras para llevar a los Reyes. Estando así dan
voces los mozos grumetes, diciendo que veían pinales Miró por la
sierra y viólos tan grandes y maravillosos que no podía encarecer su
altura y derechura como husos gordos y delgados, donde conoció que
se podían hacer navíos e infinita tablazón y mástiles para las
mayores naos de España. Vio robles y madroños, y un buen río y
aparejo para hacer sierras de agua. La tierra y los aires más
templados que hasta allí, por la altura y hermosura de las sierras.
Vio por la playa muchas otras piedras de color de hierro, y otras
que decían algunos que eran Ininas de plata, todas las cuales trae
el río. Allí cogió una entena y mástil para la mesana de la carabela
Niña. Llegó a la boca del río y entró en una cala al pie de aquel
cabo de la parte del Sudeste muy honda y grande, en que cabrían cien
naos sin alguna amarra ni anclas; y el puerto, que los ojos otro tal
nunca vieron. Las sierras altísimas, de las cuales descendían muchas
aguas lindísimas; y todas las sierras llenas de pinos y por todo
aquello diversísimas y hermosísimas florestas de árboles. Otros dos
o tres ríos le quedaban atrás. Encarece todo esto en gran manera a
los Reyes y muestra haber recibido de verlo, y mayormente los pinos,
inestimable alegría y gozo, porque se podían hacer allí cuantos
navíos desearen, trayendo los aderezos, si no fuere madera y pez,
que allí se hará harta; y afirma no encarecerlo la centésima parte
de lo que es, y que plugo a Nuestro Señor de le mostrar siempre una
cosa mejor que otra, y siempre en lo que hasta aquí había
descubierto iba de bien en mejor, así en las tierras y arboledas y
hierbas y frutos y flores como en las gentes, y siempre de diversa
manera, y así en un lugar como en otro, lo mismo en los puertos y en
las aguas. Y finalmente dice que, cuando el que lo ve le es tanta la
admiración, cuánto más será a quien lo oyere, y que nadie lo podrá
creer si no lo viere.
Lunes, 26 de noviembre
Al salir el sol levantó las anclas del puerto de Santa Catalina,
adonde estaba dentro de la isla Llana, y navegó de luengo de la
costa con poco viento Sudoeste al camino del Cabo del Pico, que era
al Sudeste. Llegó al Cabo tarde, porque le calmó el viento, y,
llegado, vio al Sudeste cuarta del Este otro cabo que estaría de él
sesenta millas, y de allí vio otro cabo que estaría hacia el navío
al Sudeste cuarta del Sur, y parecióle que estaría de él veinte
millas, al cual puso nombre el Cabo de Campana, al cual no pudo
llegar de día porque le tornó a calmar del todo el viento. Andaría
en todo aquel día treinta y dos millas, que son ocho leguas; dentro
de las cuales notó y marcó nueve puertos muy señalados, los cuales
todos los marineros hacían maravillas, y cinco ríos grandes, porque
iba siempre junto con tierra para verlo bien todo. Toda aquella
tierra es montañas altísimas muy hermosas, y no secas ni de peñas
sino todas andables y valles hermosísimos. Y así los valles como las
montañas eran llenos de árboles altos y frescos, que es gloria
mirarlos, y parecía que eran muchos pinales. Y también detrás del
dicho Cabo del Pico, de la parte del Sudeste, están dos isletas que
tendrán cada una en cerco dos leguas y dentro de ellas tres
maravillosos puertos y dos grandes ríos. En toda esta costa no vio
poblado ninguno desde la mar; podría ser haberlo, y hay señales de
ello, porque donde quiera que saltaban en tierra hallaban señales de
haber gente y fuegos muchos. Estimaba que la tierra que hoy vio de
la parte Sudeste del Cabo de Campana era la isla que llamaban los
indios Bohío: parécelo porque el dicho cabo está apartado de aquella
tierra. Toda la gente que hasta hoy ha hallado dice que tiene
grandísimo temor de los Caniba o Canima, y dicen que viven en esta
isla de Bohío, la cual debe ser muy grande, según le parece y cree
que van a tomar a aquellos a sus tierras y casas, como sean muy
cobardes y no saber de armas. Y a esta causa le parecía que aquellos
indios que traía no suelen poblarse a la costa de la mar, por ser
vecinos a esta tierra, los cuales dice que después que le vieron
tomar la vuelta de esta tierra no podían hablar temiendo que los
habían de comer, y no les podía quitar el temor, y decían que no
tenían sino un ojo y la cara de perro, y creía el Almirante que
mentían, y sentía el Almirante que debían de ser del señorío del
Gran Can, que los cautivaban.
Martes, 27 de noviembre
Ayer al poner del sol llegó cerca de un cabo, que llamó Campana, y
porque el cielo claro y el viento poco no quiso ir a tierra a surgir,
aunque tenía de sotavento cinco o seis puertos maravillosos, porque
se detenía más de lo que quería por el apetito y deleitación que
tenía y recibía de ver y mirar la hermosura y frescura de aquellas
tierras donde quiera que entraba, y por no se tardar en proseguir lo
que pretendía. Por estas razones se tuvo aquella noche a la corda y
temporejar hasta el día. Y porque los aguajes y corrientes lo habían
echado aquella noche más de cinco o seis leguas al Sudeste adelante
de donde había anochecido y le había parecido la tierra de Campana;
y allende aquel cabo parecía una grande entrada que mostraba dividir
una tierra de otra y hacía como isla en medio, acordó volver atrás
con viento Sudoeste, y vino adonde le había parecido la abertura, y
halló que no era sino una grande bahía, y al cabo de ella, de la
parte del Sudeste, un cabo, en el cual hay una montaña alta y
cuadrada que parecía isla. Saltó el viento en el Norte y tomó a
tomar la vuelta del Sudeste, por correr la costa y descubrir todo lo
que allí hubiese. Y vio luego al pie de aquel Cabo de Campana un
puerto maravilloso y un gran río, y de allí a un cuarto de legua
otro río, y de allí a media legua otro río, y dende a media legua
otro río, y dende a otra otro río, y dende a otro cuarto, otro río,
y dende a otra legua otro río grande, desde el cual hasta el Cabo de
Campana habría veinte millas, y le quedaban al Sudeste. Y los más de
estos ríos tenían grandes entradas y anchas y limpias, con sus
puertos maravillosos para naos grandísimas, |