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Las
principales condiciones previas para la industrialización ya estaban
presentes en la Inglaterra del XVIII o bien podían lograrse con
facilidad. Atendiendo a las pautas que se aplican generalmente a los
países hoy en día “subdesarrollados”, Inglaterra no lo estaba, aunque sí
lo estaban determinadas zonas de Escocia y Gales y desde luego toda
Irlanda. Los vínculos económicos, sociales e ideológicos que
inmovilizaron a la mayoría de las gentes preindustriales en situaciones
y ocupaciones tradicionales ya eran débiles y podían ser desterrados con
facilidad. Veamos un ejemplo fácil: hacia 1750 es dudoso, tal como ya
hemos visto, que se pudiera hablar con propiedad de un campesino
propietario de la tierra en extensas zonas de Inglaterra, y es cierto
que ya no se podía hablar de agricultura de subsistencia. 4 De ahí que
no hubieran obstáculos insalvables para la transferencia de gentes
ocupadas en menesteres no industriales a industriales. El país había
acumulado y estaba acumulando un excedente lo bastante amplio como para
permitir la necesaria inversión en un equipo no muy costoso, antes de
los ferrocarriles, para la transformación económica. Buena parte de este
excedente se concentraba en manos de quienes deseaban invertir en el
progreso económico, en tanto que una cifra reducida pertenecía a gentes
deseosas de invertir sus recursos en otras instancias (económicamente
menos deseables) como la mera ostentación. No existió escasez de capital
ni en términos absolutos ni en términos relativos. El país no era
simplemente una economía de mercado —es decir, una economía en la que se
compran y venden la mayoría de bienes y servicios—, sino que en muchos
aspectos constituía un solo mercado nacional. Y además poseía un extenso
sector manufacturero altamente desarrollado y un aparato comercial
todavía más desarrollado.
Es más: problemas que hoy son graves en los países subdesarrollados que
tratan de industrializarse eran poco importantes en la Gran Bretaña del
XVIII. Tal como hemos visto, el transporte y las comunicaciones eran
relativamente fáciles y baratos, ya que ningún punto del país dista
mucho más allá de los 100 km. del mar, y aún menos de algunos canales
navegables. Los problemas tecnológicos de la primera Revolución
industrial fueron francamente sencillos. No requirieron trabajadores con
calificaciones científicas especializadas, sino meramente los hombres
suficientes, de ilustración normal, que estuvieran familiarizados con
instrumentos mecánicos sencillos y el trabajo de los metales, y
poseyeran experiencia práctica y cierta dosis de iniciativa. Los años
posteriores a 1500 habían proporcionado ese grupo de hombres. Muchas de
las nuevas inversiones técnicas y establecimientos productivos podían
arrancar económicamente a pequeña escala, e irse engrosando
progresivamente por adición sucesiva. Es decir, requerían poca inversión
inicial y su expansión podía financiarse con los beneficios acumulados.
El desarrollo industrial estaba dentro de las capacidades de una
multiplicidad de pequeños empresarios y artesanos cualificados
tradicionales. Ningún país del siglo XX que emprenda la
industrialización tiene, o puede tener, algo parecido a estas ventajas.
Esto no quiere decir que no surgieran obstáculos en el camino de la
industrialización británica, sino sólo que fueron fáciles de superar a
causa de que ya existían las condiciones sociales y económicas
fundamentales, porque el tipo de industrialización del siglo XVIII era
comparativamente barato y sencillo, y porque el país era lo
suficientemente rico y floreciente como para que le afectaran
ineficiencias que podían haber dado al traste con economías menos
dispuestas. Quizá sólo una potencia industrial tan afortunada como Gran
Bretaña podía aportar aquella desconfianza en la lógica y la
planificación (incluso la privada), aquella fe en la capacidad de
salirse con la suya tan característica de los ingleses del siglo XIX. Ya
veremos más adelante cómo se superaron algunos de los problemas de
crecimiento. Ahora lo importante es advertir que nunca fueron realmente
graves.
El problema referido al origen de la Revolución industrial que aquí nos
concierne no es, por tanto, cómo se acumuló el material de la explosión
económica, sino cómo se prendió la mecha; y podemos añadir, qué fue lo
que evitó que la primera explosión abortara después del impresionante
estallido inicial. Pero ¿era en realidad necesario un mecanismo
especial? ¿No era inevitable que un período suficientemente largo de
acumulación de material explosivo produjera, más pronto o más tarde, de
alguna manera, en alguna parte, la combustión espontánea? Tal vez no.
Sin embargo, los términos que hay que explicar son “de alguna manera” y
“en alguna parte”; y ello tanto más cuanto que el modo en que una
economía de empresa privada suscita la Revolución industrial, plantea un
buen número de acertijos. Sabemos que eso ocurrió en determinadas partes
del mundo; pero también sabemos que fracasó en otras, y que incluso la
Europa occidental necesitó largo tiempo para llevar a cabo tal
revolución.
El acertijo reside en las relaciones entre la obtención de beneficios y
las innovaciones tecnológicas. Con frecuencia se acepta que una economía
de empresa privada tiene una tendencia automática hacia la innovación,
pero esto no es así. Sólo tiende hacia el beneficio. Revolucionará la
fabricación tan sólo si se pueden conseguir con ello mayores beneficios.
Pero en las sociedades preindustriales éste apenas puede ser el caso. El
mercado disponible y futuro —el mercado que determina lo que debe
producir un negociante— consiste en los ricos, que piden artículos de
lujo en pequeñas cantidades, pero con un elevado margen de beneficio por
cada venta, y en los pobres —si es que existen en la economía de mercado
y no producen sus propios bienes de consumo a nivel doméstico o local—
quienes tienen poco dinero, no están acostumbrados a las novedades y
recelan de ella, son reticentes a consumir productos en serie e incluso
pueden no estar concentrados en ciudades o no ser accesibles a los
fabricantes nacionales. Y lo que es más, no es probable que el mercado
de masas crezca mucho más rápidamente que la tasa relativamente lenta de
crecimiento de la población. Parecería más sensato vestir a las
princesas con modelos haute couture que especular
con las oportunidades de atraer a las hijas de los campesinos a la
compra de medias de seda artificial. El negociante sensato, si tenía
elección, fabricaría relojes-joya carísimos para los aristócratas y no
baratos relojes de pulsera, y cuanto más caro fuera el proceso de lanzar
al mercado artículos baratos revolucionarios, tanto más dudaría en
jugarse su dinero en él. Esto lo expresó admirablemente un millonario
francés de mediados del siglo XIX, que actuaba en un país donde las
condiciones para el industrialismo moderno eran relativamente pobres:
“Hay tres maneras de perder
el dinero —decía el gran Rothschild—, las mujeres, el juego y los
ingenieros. Las dos primeras son más agradables, pero la última es con
mucho la más segura”. 5 Nadie podía acusar a Rothschild de desconocer
cuál era el mejor camino para conseguir los mayores beneficios. En un
país no industrializado no era por medio de la industria.
La industrialización cambia todo esto permitiendo a la producción
—dentro de ciertos límites— que amplíe sus propios mercados, cuando no
crearlos. Cuando Henry Ford fabricó su modelo “T”, fabricó también algo
que hasta entonces no había existido: un amplio número de clientes para
un automóvil barato, de serie y sencillo. Por supuesto que su empresa ya
no eran tan descaradamente especulativa como parecía. Un siglo de
industrialización había demostrado que la producción masiva de productos
baratos puede multiplicar sus mercados, acostumbrar a la gente a comprar
mejores artículos que sus padres y descubrir necesidades en las que sus
padres ni siquiera habían soñado. La cuestión es que antes de la
Revolución industrial, o en paises que aún no hubieran sido
transformados por ella, Henry Ford no habría sido un pionero económico,
sino un chiflado condenado al fracaso.
¿Cómo se presentaron en la Gran Bretaña del siglo XVIII las condiciones
que condujeron a los hombres de negocios a revolucionar la
producción?¿Cómo se las apañaron los empresarios para prever no ya la
modesta aunque sólida expansión de la demanda que podía ser satisfecha
del modo tradicional, o por medio de una pequeña extensión y mejora de
los viejos sistemas, sino la rápida e ilimitada expansión que la
revolución requería? Una revolución pequeña, sencilla y barata, según
nuestros patrones, pero no obstante una revolución, un salto en la
oscuridad. Hay dos escuelas de pensamiento sobre esta cuestión. Una de
ellas hace hincapié sobre todo en el mercado interior, que era con mucho
la mayor salida para los productos del país; la otra se fija en el
mercado exterior o de exportación, que era mucho más dinámico y
ampliable. La respuesta correcta es que probablemente ambos eran
esenciales de forma distinta, como también lo era un tercer factor, con
frecuencia descuidado: el gobierno.
El mercado interior, amplio y en expansión, sólo podía crecer de cuatro
maneras importantes, tres de las cuales no parecían ser excepcionalmente
rápidas. Podía haber crecimiento de la población, que creara más
consumidores (y, por supuesto, productores); una transferencia de las
gentes que recibían ingresos no monetarios a monetarios que creara más
clientes; un incremento de la renta per capita, que creara mejores
clientes; y que los artículos producidos industrialmente sustituyeran a
las formas más anticuadas de manufactura o a las importaciones.
La cuestión de la población es tan importante, y en años recientes ha
estimulado tan gran cantidad de investigaciones, que debe ser brevemente
analizada aquí. Plantea tres cuestiones de las cuales sólo la tercera
atañe directamente al problema de la expansión del mercado, pero todas
son importantes para el problema más general del desarrollo económico y
social británico. Estas cuestiones son: 1) ¿Qué sucedió a la población
británica y por qué? 2) ¿Qué efecto tuvieron estos cambios de población
en la economía? 3) ¿Qué efecto tuvieron en la estructura del pueblo
británico?
Apenas si existen cómputos fiables de la población británica antes de
1840, cuando se introdujo el registro público de nacimientos y muertes,
pero no hay grandes dudas sobre su movimiento general. Entre finales del
siglo XVII, cuando Inglaterra y Gales contaban con unos cinco millones y
cuarto de habitantes, y mediados del siglo XVIII, la población creció
muy lentamente y en ocasiones puede haberse estabilizado o incluso
legado a declinar. Después e la década de 1740 se elevó sustancialmente
y a partir de la década de 1770 lo hizo con una gran rapidez para las
cifras de la época, aunque no para las nuestras. 6 Se duplicó en cosa de
50 o 60 años después de 1780, y lo hizo de nuevo durante los 60 años que
van desde 1841 a 1901, aunque de hecho tanto las tasas de nacimiento
como las de muerte comenzaron a caer rápidamente desde la década de
1870. Sin embargo, estas cifras globales esconden variaciones muy
sustanciales, tanto cronológicas como regionales. Así, por ejemplo,
mientras que en la primera del siglo XVIII, e incluso hasta 1780, la
zona de Londres hubiera quedado despoblada a no ser por la masiva
inmigración de gentes del campo, el futuro centro de la
industrialización, el noroeste y las Midlands orientales ya estaban
aumentando rápidamente. Después del inicio real de la Revolución
industrial, las tasas de crecimiento natural de las regiones principales
(aunque no de migración) tendieron a hacerse similares, excepto por lo
que respecta al insano cinturón londinense.
Estos movimientos no se vieron afectados, antes del siglo XIX, por la
migración internacional, ni siquiera por la irlandesa. ¿Se debieron a
variaciones en el índice de nacimientos o de mortalidad? Y si es así
¿cuáles fueron las causas? Estas cuestiones, de gran interés, son
inmensamente complicadas aun sin contar con que las informaciones
que poseemos al respecto son muy deficientes. 7 Nos preocupan aquí tan
sólo en cuanto que pueden arrojar luz sobre la cuestión. En qué grado el
aumento de población fue causa, o consecuencia, de factores económicos;
esto es, hasta qué punto la gente se casó o concibió hijos más pronto,
porque tuvo mejores oportunidades de conseguir un trozo de tierra para
cultivar, o un empleo, o bien —como se ha dicho— por la demanda de
trabajo infantil. Hasta qué punto declinó su mortalidad porque estaban
mejor alimentados o con más regularidad, o a causa de mejoras
ambientales. (Ya que uno de los pocos hechos que sabemos con alguna
certeza es que la caída de los índices de mortalidad se debió a que
morían menos lactantes, niños y quizás adultos jóvenes antes que a una
prolongación real de la vida más allá del cómputo bíblico de setenta
años, 8 tales disminuciones pudieron acarrear un amento en el índice de
nacimientos. Por ejemplo, si morían menos mujeres antes de los treinta
años, la mayoría de ellas es probable que tuvieran los hijos que podían
esperar entre los treinta años y la menopausia).
Como de costumbre, no podemos responder a estas cuestiones con certeza.
Parece claro que la gente tenía mucho más en cuenta los factores
económicos al casarse y al tener hijos de lo que se ha supuesto algunas
veces, y que determinados cambios sociales (por ejemplo, el hecho de que
cada vez los obreros vivieron menos en casas pertenecientes a sus
patronos) puedan haber alentado o incluso requerido familias más
precoces y, tal vez, más numerosas. Es también claro que una economía
familiar que tan sólo podía ser compensada por el trabajo de todos sus
miembros, y formas de producción que empleaban trabajo infantil
estimulaban también el crecimiento de la población. Los contemporáneos
opinaban que ésta respondía a los cambios en la demanda de trabajo, y es
probable que la tasa de nacimientos aumentara entre las décadas de 1740
y 1780, aunque no debe haberse incrementado de forma significativa a
partir de esa fecha. Por lo que hace a la mortalidad, los adelantos
médicos casi no desempeñaron ningún papel importante en su reducción
(excepto quizás por lo que hace a la vacuna antivariólica) hasta
promediado el siglo XIX, por lo que sus cambios se deberán, sobre todo,
a cambios económicos, sociales o ambientales. Pero hasta muy avanzado el
siglo XIX no parece que hubiera disminuido sensiblemente. Hoy por hoy no
podemos ir mucho más allá de semejantes generalizaciones sin entrar en
una batalla académica envuelta en la polvareda de la polémica erudita.
¿Cuáles fueron los efectos económicos de estos cambios? Más gente quiere
decir más trabajo y más barato, y con frecuencia se supone que esto es
un estímulo para el crecimiento económico en el sistema capitalista.
Pero por lo que podemos ver hoy en día en muchos países
subdesarrollados, esto no es así. Lo que sucederá simplemente es el
hacinamiento y el estancamiento, o quizás una catástrofe, como sucedió
en Irlanda y en las Highlands escocesas a principios del siglo XIX (ver
infra, p. 287). La mano de obra barata puede retardar la
industrialización. Si en la Inglaterra del siglo XVIII una fuerza de
trabajo cada vez mayor coadyuvó al desarrollo fue porque la economía ya
era dinámica, no porque alguna extraña inyección demográfica la hubiera
hecho así. La población creció rápidamente por toda la Europa
septentrional, pero la industrialización no tuvo lugar en todas partes.
Además, más gente significa más consumidores y se sostiene firmemente
que esto proporciona un estímulo tanto para la agricultura (ya que hay
que alimentar a esa gente) como para las manufacturas.
Sin embargo, la población británica creció muy gradualmente en el siglo
anterior a 1750, y su rápido aumento coincidió con la Revolución
industrial, pero (excepto en unos pocos lugares) no la precedió. Si Gran
Bretaña hubiera sido un país menos desarrollado, podían haberse
realizado súbitas y amplias transferencias de gente digamos que desde
una economía de subsistencia a una economía monetaria, o de la
manufactura doméstica y artesana a la industria. Pero, como hemos visto,
el país era ya una economía de mercado con un amplio y creciente sector
manufacturero. Los ingresos medios de los ingleses aumentaron
sustancialmente en la primera mitad del siglo XVIII, gracias sobre todo
a una población que se estancaba y a la falta de trabajadores. La gente
estaba en mejor posición y podía comprar más; además en esta época es
probable que hubiera un pequeño porcentaje de niños (que orientaban los
gastos de los padres pobres hacia la compra de artículos indispensables)
y una proporción más amplia de jóvenes adultos pertenecientes a familias
reducidas (con ingresos para ahorrar). Es muy probable que en este
período muchos ingleses aprendieran a “cultivar nuevas necesidades y
establecer nuevos niveles de expectación”, 9 y por lo que parece, hacia
1750 comenzaron a dedicar su productividad extra a un mayor número de
bienes de consumo que al ocio. Este incremento se asemeja más a las
aguas de un plácido río que a los rápidos saltos de una catarata.
Explica por qué se reconstruyeron tantas ciudades inglesas (sin
revolución tecnológica alguna) con la elegancia rural de la arquitectura
clásica, pero no por qué se produjo una revolución industrial.
Quizás tres casos especiales sean excepción: el transporte, los
alimentos y los productos básicos, especialmente el carbón.
Desde principios del siglo XVIII se llevaron a cabo mejoras muy
sustanciales y costosas en el transporte tierra adentro —por río, canal
e incluso carretera—, con el fin de disminuir los costos prohibitivos
del transporte de superficie: a mediados del siglo, treinta kilómetros
de transporte por tierra podían doblar el costo de una tonelada de
productos. No podemos saber con certeza la importancia que estas mejoras
supusieron para el desarrollo de la industrialización, pero no hay duda
de que el impulso para realizarlas provino del mercado interior, y de
modo muy especial de la creciente demanda urbana de alimentos y
combustible. Los productores de artículos domésticos que vivían en zonas
alejadas del mar en las Midlands occidentales (alfareros de
Staffordshire, o los que elaboraban utensilios metálicos en la región
de Birmingham) presionaban en busca de un transporte más barato. La
diferencia en los costos del transporte era tan brutal que las mayores
inversiones eran perfectamente rentables. El costo por tonelada entre
Liverpool y Manchester o Birmingham se veía reducido en un 80 por ciento
recurriendo a los canales.
Las industrias alimenticias compitieron con las textiles como
avanzadas de la industrialización de empresa privada, ya que existía
para ambas un amplio mercado (por lo menos en las ciudades) que no
esperaba más que ser explotado. El comerciante menos imaginativo podía
darse cuenta de que todo el mundo, por pobre que fuese, comía, bebía y
se vestía. La demanda de alimentos y bebidas manufacturados era más
limitada que la de tejidos, excepción hecha de productos como harina, y
bebidas alcohólicas, que sólo se preparan domésticamente en economías
primitivas, pero, por otra parte, los productos alimenticios eran mucho
más inmunes a la competencia exterior que los tejidos. Por lo tanto, su
industrialización tiende a desempeñar un papel más importante en los
países atrasados que en los adelantados. Sin embargo, los molinos
harineros y las industrias cerveceras fueron importantes pioneros de la
revolución tecnológica en Gran Bretaña, aunque atrajesen menos la
atención que los productos textiles porque no transformaban tanto la
economía circundante pese a su apariencia de gigantescos monumentos de
la modernidad, como las cervecerías Guinness en Dublín y los celebrados
molinos de vapor Albión (que tanto impresionaron al poeta William Blake)
en Londres cuanto mayor fuera la ciudad (y Londres era con mucho la
mayor de la Europa occidental) y más rápida su urbanización, mayor era
el objetivo para tales desarrollos. ¿No fue la invención de la espita
manual de cerveza, conocida por cualquier bebedor inglés, uno de los
primeros triunfos de Henry Maudslay, uno de los grandes pioneros de la
ingeniería?
El mercado interior proporcionó también una salida importante para lo
que más tarde se convirtieron en productos básicos. El consumo de carbón
se realizó casi enteramente en el gran número de hogares urbanos,
especialmente londinenses; el hierro —aunque en mucha menor cantidad— se
refleja en la demanda de enseres domésticos como pucheros, cacerolas,
clavos, estufas, etc. Dado que las cantidades de carbón consumidas en
los hogares ingleses eran mucho mayores que la demanda de hierro
(gracias en parte a la ineficacia del hogar-chimenea británico comparado
con la estufa continental), la base preindustrial de la industria del
carbón fue más importante que la de la industria del hierro. Incluso
antes de la Revolución industrial, su producción ya podía contabilizarse
en millones de toneladas, primer artículo al que podían aplicarse tales
magnitudes astronómicas. las máquinas de vapor fueron productos de las
minas: en 1769 ya se habían colocado un centenar de “máquinas
atmosféricas” alrededor de Newcastle-on-Tyne, de las que 57 estaban en
funcionamiento. (Sin embargo, las máquinas más modernas, del tipo Watt,
que fueron realmente las fundadoras de la tecnología industrial,
avanzaban muy lentamente en las minas.)
Por otra parte, el consumo total británico de hierro en 1720 era
inferior a 50.000 toneladas, e incluso en 1788, después de iniciada la
Revolución industrial, no puede haber sido muy superior a las 100.000.
La demanda de acero era prácticamente despreciable al precio de
entonces. El mayor mercado civil para el hierro era quizá todavía el
agrícola —arados y otras herramientas, herraduras, coronas de ruedas,
etc.— que aumentaba sustancialmente, pero que apenas era lo bastante
grande como para poner en marcha una transformación industrial. De
hecho, como veremos, la auténtica Revolución industrial en el hierro y
el carbón tenía que esperar a la época en que el ferrocarril
proporcionara un mercado de masas no sólo para bienes de consumo, sino
para las industrias de base. El mercado interior preindustrial, e
incluso la primera fase de la industrialización, no lo hacían aún a
escala suficiente.
La principal ventaja del mercado interior preindustrial era, por lo
tanto, su gran tamaño y estabilidad. Es posible que su participación en
la Revolución industrial fuera modesta pero es indudable que promovió el
crecimiento económico y, lo que es más importante, siempre estuvo en
condiciones de desempeñar el papel de amortiguador para las industrias
de exportación más dinámicas frente a las repentinas fluctuaciones y
colapsos que eran el precio que tenían que pagar por su superior
dinamismo. Este mercado acudió al rescate de las industrias de
exportación en la década de 1780, cuando la guerra y la revolución
americana las quebrantaron y quizás volvió a hacerlo tras las guerras
napoleónicas. Además, el mercado interior proporcionó la base para una
economía industrial generalizada. Si Inglaterra había de pensar mañana
lo que Manchester hoy, fue porque el resto del país estaba dispuesto a
seguir el ejemplo del Lanchashire. A diferencia de Shangai en la China
precomunista, a Ahmedabad en la India colonial, Manchester no constituyó
un enclave moderno en el atraso general, sino que se convirtió en modelo
para el resto del país. Es posible que el mercado interior no
proporcionara la chispa, pero suministró el combustible y el tiro
suficiente para mantener el fuego.
Las industrias para exportación trabajaban en condiciones muy distintas
y potencialmente mucho más revolucionarias. Estas industrias fluctuaban
extraordinariamente —más del 50 por ciento en un solo año—, por lo que
el empresario que andaba lo bastante listo como para alcanzar las
expansiones podía hacer su agosto. A la larga, estas industrias se
extendieron más, y con mayor rapidez, que las de los mercados
interiores. Entre 1700 y 1750 las industrias domésticas aumentaron su
producción en un siete por ciento, en tanto que las orientadas a la
exportación lo hacían
en un 76 por ciento; entre 1750 y 1770 (que podemos considerar como el
lecho del take-off industrial) lo hicieron en otro siete por ciento y 80
por ciento respectivamente. La demanda interior crecía, pero la exterior
se multiplicaba. Si era precisa una chispa, de aquí había de llegar. La
manufactura del algodón, primera que se industrializó, estaba vinculada
esencialmente al comercio ultramarino. Cada onza de material en bruto
debía ser importada de las zonas subtropicales o tropicales, y, como
veremos, sus productos habían de venderse mayormente en el exterior.
Desde fines del siglo XVIII ya era una industria que exportaba la mayor
parte de su producción total, tal vez dos tercios hacia 1805.
Este extraordinario potencial expansivo se debía a que las industrias de
exportación no dependían del modesto índice “natural” de crecimiento de
cualquier demanda interior del país. Podían crear la ilusión de un
rápido crecimiento por dos medios principales: controlando una serie de
mercados de exportación de otros países y destruyendo la competencia
interior dentro de otros, es decir, a través de los medios políticos o
semipolíticos de guerra y colonización. El país que conseguía concentrar
los mercados de exportación de otros, o monopolizar los mercados de
exportación de una amplia parte del mundo en un período de tiempo lo
suficientemente breve, podía desarrollar sus industrias de exportación a
un ritmo que hacía la Revolución industrial no sólo practicable para sus
empresarios, sino en ocasiones virtualmente compulsoria. Y esto es lo
que sucedió en Gran Bretaña en el siglo XVIII. 10
La conquista de mercados por la guerra y la colonización requería no
sólo una economía capaz de explotar esos mercados, sino también un
gobierno dispuesto a financiar ambos sistemas de penetración en
beneficio de los manufactureros británicos. Esto nos lleva al tercer
factor en la génesis de la Revolución industrial: el gobierno. Aquí la
ventaja de Gran Bretaña sobre sus competidores potenciales es totalmente
obvia. A diferencia de algunos (como Francia), Inglaterra está dispuesta
a subordinar toda la política exterior a sus fines económicos. Sus
objetivos bélicos eran comerciales, es decir, navales. El gran Chatham
dio cinco razones en un memorando en le que abogaba por la conquista de
Canadá: las cuatro primeras eran puramente económicas. A diferencia de
otros países (como Holanda), los fines económicos de Inglaterra no
respondían exclusivamente a intereses comerciales y financieros, sino
también, y con signo creciente, a los del grupo de presión de los
manufactureros; al principio la industria lanera de gran importancia
fiscal, luego las demás. Esta pugna entre la industria y el comercio
(que ilustra perfectamente la compañía de las Indias Orientales) quedó
resuelta en el mercado interior hacia 1700, cuando los productores
ingleses obtuvieron medidas proteccionistas contra las importaciones de
tejidos de la India; en el mercado exterior no se resolvió hasta 1813,
cuando la Compañía de las Indias Orientales fue privada de su monopolio
en la India, y este subcontinente quedó sometido a la
desindustrialización y a la importación masiva de tejidos de algodón del
Lancashire. Finalmente, a diferencia de todos sus demás rivales, la
política inglesa del siglo XVIII era de agresividad sistemática, sobre
todo contra su principal competidor: Francia. De las cinco grandes
guerras de la época, Inglaterra sólo estuvo a la defensiva en una. 11 El
resultado de este siglo de guerras intermitentes fue el mayor triunfo
jamás conseguido por ningún estado: los monopolios virtuales de las
coloniales ultramarinas y del poder naval a escala mundial. Además, la
guerra misma, al desmantelar los principales competidores de Inglaterra
en Europa, tendió a aumentar las exportaciones; la paz, por el
contrario, tendían reducirlas.
La guerra —y especialmente aquella organización de clases medias
fuertemente mentalizada por el comercio: la flota británica —contribuyó
aún más directamente a la innovación tecnológica y a la
industrialización. Sus demandas no eran despreciables: el tonelaje de la
flota pasó de 100.000 toneladas en 1685 a unas 325.000 en 1760, y
también aumentó considerablemente la demanda de cañones, aunque no de un
modo tan espectacular. La guerra era, por supuesto, el mayor consumidor
de hierro, y el tamaño de empresas como Wilkinson, Walkers y Carron
Works obedecía en buena parte a contratos gubernamentales para la
fabricación de cañones, en tanto que la industria de hierro de Gales del
Sur dependía también de las batallas. Los contratos del gobierno, o los
de aquellas grandes entidades cuasi gubernamentales como la Compañía de
las Indias Orientales, cubrían partidas sustanciosas que debían servirse
a tiempo. Valía la pena para cualquier negociante la introducción de
métodos revolucionarios con tal de satisfacer los pedidos de semejantes
contratos. Fueron muchos los inventores o empresarios estimulados por
aquel lucrativo porvenir. Henry Cort, que revolucionó la manufactura del
hierro, era en la década de 1760 agente de la flota, deseoso de mejorar
la calidad del producto británico “para suministrar hierro a la flota”.
12 Henry Maudslay pionero de las máquinas-herramienta, inició su carrera
comercial en el arsenal de Woolwich y sus caudales (al igual que los del
gran ingeniero Mark Isambard Brunel, que había prestado servicio en la
flota francesa) estuvieron estrechamente vinculados a los contratos
navales. 13
El papel de los tres principales sectores de demanda en la génesis de la
industrialización puede resumirse como sigue: las exportaciones,
respaldadas por la sistemática y agresiva ayuda del gobierno,
proporcionaron la chispa, y —con los tejidos de algodón— el “sector
dirigente” de la industria. Dichas exportaciones indujeron también
mejoras de importancia en el transporte marítimo. El mercado interior
proporcionó la base necesaria para una economía industrial generalizada
y —a través del proceso de urbanización— el incentivo para mejoras
fundamentales en el transporte
terrestre, así como una amplia plataforma para la industria del carbón y
para ciertas innovaciones tecnológicas importantes. El gobierno ofreció
su apoyo sistemático al comerciante y al manufacturero y determinados
incentivos, en absoluto despreciables, para la innovación técnica y el
desarrollo de las industrias de base.
Si volvemos a nuestras preguntas previas —¿por qué Gran Bretaña y no
otro país? ¿por qué a fines del siglo XVII y no antes o después?—, la
respuesta ya no es tan simple. Es cierto que hacia 1750 era bastante
evidente que si algún estado iba a ganar la carrera de la
industrialización ese sería Gran Bretaña. Los holandeses se habían
instalado cómodamente en los negocios al viejo estilo, la explotación de
su vasto aparto financiero y comercial, y sus colonias; los franceses,
aunque su desarrollo corría parejas con el de los ingleses (cuando éstos
no se lo impedían con la guerra), no pudieron reconquistar el terreno
perdido en la gran época de depresión económica, el siglo XVII. En
cifras absolutas y hasta la Revolución industrial ambos países podían
aparecer como potencias de tamaño equivalente, pero aun entonces tanto
el comercio como los productos per capita franceses estaban muy lejos de
los británicos.
Pero esto no explica por qué el estallido industrial sobrevino cuando lo
hizo, en el último tercio o cuarto del siglo XVIII. La respuesta precisa
a esta cuestión aún es incierta, pero es claro que sólo podemos hallarla
volviendo la vista hacia la economía general europea o “mundial” de la
que Gran Bretaña formaba parte; 14 es decir, a las zonas “adelantadas”
(la mayor parte) de la Europa occidental y sus relaciones con las
economías coloniales y semicoloniales dependientes, los asociados
comerciales marginales, y las zonas aún no involucradas sustancialmente
en el sistema europeo de intercambios económicos.
El modelo tradicional de expansión europea —mediterráneo, y cimentado en
comerciantes italianos y sus socios, conquistadores españoles y
portugueses, o báltico y basado en las ciudades-estado alemanas— había
periclitado en la gran depresión económica del siglo XVII. Los nuevos
centros de expansión eran los estados marítimos que bordeaban el Mar del
Norte y el Atlántico Norte. Este desplazamiento no era sólo geográfico,
sino también estructural. El nuevo tipo de relaciones establecido entre
las zonas “adelantadas” y el resto del mundo tendió constantemente, a
diferencia del viejo, a intensificar y ensanchar los flujos del
comercio. La poderosa creciente y dinámica corriente de comercio
ultramarino que arrastró con ella a las nacientes industrias europeas —y
que, de hecho, algunas veces las creó — era difícilmente imaginable sin
este cambio, que se apoyaba en tres aspectos: en Europa, en la
constitución de un mercado para productos ultramarinos de uso diario,
mercado que podía ensancharse a medida que estos productos fueron
disponibles en mayores cantidades y a más bajo costo; en ultramar en la
creación de sistemas económicos para la producción de tales artículos
(como, por ejemplo, plantaciones basadas en el trabajo de esclavos), y
en la conquista de colonias destinadas a satisfacer las ventajas
económicas de sus propietarios europeos.
Para ilustrar el primer aspecto: hacia 1650 un tercio del valor de las
mercancías procedente de la India vendidas en Ámsterdam consistía en
pimienta —el típico producto en el que se hacían los beneficios
“acaparando” un pequeño suministro y vendiéndolo a precios
monopolísticos—; hacia 1780 esta proporción había descendido el 11 por
ciento. Por el contrario, hacia 1780 el 56 por ciento de tales ventas
consistía en productos textiles, té y café, mientras que en 1650 estos
productos sólo constituían el 17,5 por ciento. Azúcar, té, café, tabaco
y productos similares, en lugar de oro y especias, eran ahora las
importaciones características de los Trópicos, del mismo modo que en
lugar de pieles ahora se importaba del este europeo trigo, lino, hierro,
cáñamo y madera. El segundo aspecto puede ser ilustrado por la expansión
del comercio más inhumano, el tráfico de esclavos. En el siglo XVI menos
de un millón de negros pasaron de África a América; en el siglo XVII
quizá fueron tres millones —principalmente en la segunda mitad, ya que
antes se les condujo a las plantaciones brasileñas precursoras del
posterior modelo colonial—; en el siglo XVIII el tráfico de esclavos
negros llegó quizás a siete millones. 15 El tercer aspecto apenas si
requiere clarificación. En 1650 ni Gran Bretaña ni Francia eran aún
potencias imperiales, mientras que la mayor parte de los viejos imperios
español y portugués estaba en ruinas o eran sólo meras siluetas en el
mapa mundial. El siglo XVIII no contempló tan sólo el resurgir de los
imperios más antiguos (por ejemplo en Brasil y México), sino la
expansión y explotación de otros nuevos: el británico y el francés, por
no mencionar ensayos ya olvidados a cargo de daneses, suecos y otros. Lo
que es más, el tamaño total de estos imperios como economías aumentó
considerablemente. En 1701 los futuros Estados Unidos tenían menos de
300.000 habitantes; en 1790 contaban con casi cuatro millones, e incluso
Canadá pasó de 14.000 habitantes en 1695 hasta casi medio millón en
1800.
Al espesarse la red del comercio internacional, sucedió otro tanto con
el comercio ultramarino en los intercambios con Europa. En 1680 el
comercio con las Indias orientales alcanzó un ocho por ciento del
comercio exterior total de los
holandeses, pero en la segunda mitad del siglo XVIII llegó a la cuarta
parte. La evolución del comercio francés fue similar. Los ingleses
recurrieron antes al comercio colonial. Hacia 1700 se elevaba ya a un
quince por ciento de su comercio total, y en 1775 llegó a un tercio. La
expansión general del comercio en el siglo XVIII fue bastante
impresionante en casi todos los países, pero la expansión del comercio
conectado con el sistema colonial fue espléndida. Por poner un solo
ejemplo: tras la guerra de sucesión española, salían cada año de
Inglaterra con destino a África entre dos y tres mil toneladas de barcos
ingleses, en su mayoría esclavistas; después de la guerra de los Siete
Años entre quince y diecinueve mil, y tras la guerra de Independencia
americana (1787) veintidós mil.
Esta extensa y creciente circulación de mercancías no sólo trajo a
Europa nuevas necesidades y el estímulo de manufacturar en el interior
importaciones de materias primas extranjeras: “Sajonia y otros países de
Europa fabrican finas porcelanas chinas —escribió el abate Raynal en
1777—, 16 Valencia manufactura pequines superiores a los chinos; Suiza
imita las ricas muselinas e indianas de Bengala; Inglaterra y Francia
estampan linos con gran elegancia; muchos objetos antes desconocidos en
nuestros climas dan trabajo a nuestros mejores artistas, ¿no estaremos,
pues, por todo ello, en deuda con la India?” 17 Además de esto, la India
significaba un horizonte ilimitado de ventas y beneficios para
comerciantes y manufactureros. Los ingleses —tanto por su política y su
fuerza como por su capacidad empresarial e inventiva— se hicieron con el
mercado.
Detrás de la Revolución industrial inglesa, está esa proyección en los
mercados coloniales y “subdesarrollados” de ultramar y la victoriosa
lucha para impedir que los demás accedieran a ellos. Gran Bretaña les
derrotó en Oriente: en 1766 las ventas británicas superaron ampliamente
a los holandeses en el comercio con China. Y también en Occidente: hacia
1780 más de la mitad de los esclavos desarraigados de África (casi el
doble del tráfico francés) aportaba beneficios a los esclavistas
británicos. Todo ello en beneficio de las mercancías británicas. Durante
unas tres décadas después de la guerra de Sucesión española, los barcos
que zarpaban rumbo a África aún transportaban principalmente mercancías
extranjeras (incluidas indias), pero desde poco después de la guerra de
Sucesión austriaca transportaban sólo mercancías británicas. La economía
industrial británica creció a partir del comercio, y especialmente del
comercio, y especialmente del comercio con el mundo subdesarrollado. A
todo lo largo del siglo XIX iba a conservar este peculiar modelo
histórico: el comercio y el transporte marítimo mantenían la balanza de
pagos británica y el intercambio de materias primas ultramarinas para
las manufacturas británicas iba a ser la base de la economía
internacional de Gran Bretaña.
Mientras aumentaba la corriente de intercambios internacionales, en
algún momento del segundo tercio del siglo XVIII pudo advertirse una
revitalización general de las economías internas. Este no fue un
fenómeno específicamente británico, sino que tuvo lugar de modo muy
general, y ha quedado registrado en los movimientos de los precios (que
iniciaron un largo período de lenta inflación, después de un siglo de
movimientos fluctuantes e indeterminados), en lo poco que sabemos sobre
la población, la producción y otros aspectos. La Revolución industrial
se forjó en las décadas posteriores a 1740, cuando este masivo pero
lento crecimiento de las economías internas se combinó con la rápida
(después de 1750 extremadamente rápida) expansión de la economía
internacional, y en el país que supo movilizar las oportunidades
internacionales para llevarse la parte del león en los mercados de
ultramar.
NOTAS
1. El debate moderno sobre la Revolución industrial y el desarrollo
económico se inicia con Karl Marx, El Capital, libro primero, sección
VII, caps. 23-24 (edición castellana del Fondo de Cultura Económica,
México, 1946). Para opiniones marxistas recientes véase M. H. Dobb,
Studdies in Economic Development (1946) (hay traducción castellana:
Estudios sobre el desarrollo del capitalismo, Buenos Aires, 1971). Some
Aspects of Economic Development (1951), y la estimulante obra de K.
Polanyi, Origins of our Time (1945). D. S. Landes, Cambridge Economic
History of Europe, vol. VI, 1965, ofrece una penetrante introducción a
tratamientos académicos modernos del tema; véase también Phyllis Deane,
The First Industrial Revolution (1965) (B) (hay traducción castellana:
La primera revolución industrial, Barcelona, 1968). Para comparaciones
anglo-americanas y anglo-francesas, ver H. J. Habbakuk, American and
British Technology in the 19th Century (1962). P. Bairoch, Révolution
industrielle et sous-développement (1963) (hay traducción castellana:
Revolución industrial y subdesarrollo, Madrid, 1967).
Para verse con respecto de las teorías académicas sobre el desarrollo
económico en general, pueden verse algunos manuales, entre ellos B.
Higins, Economic Development (1959). Para aproximaciones más
sociológicas, ver Brt Hoselitz, Sociological Aspects of Economic Growth
9160); Wilbert Moore, Industrialization and Labour (1951); Everett Hagen,
On the Theory of Social Change (1964) B. Ver también las figuras 1-3,
14, 23, 26, 28, 37.
Sobre Gran Bretaña en la economía mundial del siglo XVIII, véase F.
Mauro, L’expansion européenne 1600-1870 (1964) (hay traducción
castellana: La expansión europea 1600-1870, Barcelona 1968); Ralph Davis,
“English Foreign Trade 1700-1774”, en Economic History Review (1962).
2 Para nuestros fines es irrelevante si ello fue puramente fortuito o
(como es mucho más probable) resultado de primitivos logros económicos y
sociales europeos.
3 Además, la teoría de que el desarrollo económico francés en el siglo
XVIII fue abortado por la expulsión de los protestantes a fines del XVI,
hoy en día no está aceptada generalmente o, como mínimo, es muy
controvertida.
4 Cuando los escritores de principios del siglo XIX hablaban del
“campesinado”, solían referirse a los “jornaleros agrícolas”.
5 C. P. Kindleberger, Economic Growth in France and Britain 1964), p.
153.
6 En 1965 la población del continente que crecía con mayor rapidez,
Latinoamérica, aumentaba a un ritmo no muy alejado del doble de este
índice.
7 Para una guía sobre estos problemas, véase D. V. Glass y E. Grebenik,
“World Population 1800-1950”, en Cambridge Economic History of Europe,
vol, pp. 60-138.
8 Esto aún es sí. Mucha gente sobrevive a su cómputo bíblico, pero en
conjunto los viejos no mueren de mayor edad que en el pasado.
9 De un documento inédito “Population and Labour Suply”, por H. C.
Pentland.
10 Se sigue de ello que si un país lo lograba, difícilmente podrían
desarrollar otros la base para al Revolución industrial. En otras
palabras es probable que en condiciones preindustriales sólo fuera
viable un único pionero de la industrialización nacional (Gran Bretaña)
y no la industrialización simultánea de varias “economías adelantadas”.
En consecuencia, pues —al menos por algún tiempo—, sólo fue posible un
único “taller del mundo”.
11 La guerra de Sucesión española (1702-1713), la de Sucesión austríaca
(1739-1748), la guerra de los Siete Años (1756-1763), la de
Independencia americana (1776-1783) y las guerras revolucionarias y
napoleónicas (1793-1815).
12 Samuel Smiles, Industrial Biography, p. 114.
13 No hay que olvidar el papel pionero de los propios establecimientos
del gobierno. Durante las guerras napoleónicas fueron los precursores de
las cintas transportadoras y la industria conservera, entre otras cosas.
14 Esto ha de entenderse solamente como indicativo de que la economía
europea era el centro de una red a escala mundial, pero no debe
deducirse que todas las partes del mundo estuvieran unidas por esta red.
15 Aunque probablemente estas cifras son exageradas, los órdenes de
magnitud son realistas.
16 Abbé Rayal, The Philosophical and Political History of the
Settlements and Trade of the European in the East and West Indies
(1776), vol. II, p. 288 (título de la obra original: Historie
philosophique et politieque des établissements et du commerce des
eurpéens dans les deux Indes; hay traducción castellana de los cinco
primeros libros: Historia política de los establecimientos ultramarinos
de las naciones europeas, Madrid, 1784-1790).
17 Sólo unos pocos años después no hubiera dejado de mencionar a los más
felices imitadores de los indios: Manchester. |