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Entre los
lluviosos campos y aldeas del Lancashire apareció así, con notable
rapidez y facilidad, un nuevo sistema industrial basado en una nueva
tecnología, aunque, como hemos visto, surgió por una combinación de la
nueva y de la antigua. Aquélla prevaleció sobre ésta. El capital
acumulado en la industria sustituyó a las hipotecas rurales y a los
ahorros de los posaderos, los ingenieros a los inventivos constructores
de telares, los telares mecánicos a los manuales, y un proletariado
fabril a la combinación de unos pocos establecimientos mecanizados con
una masa de trabajadores domésticos dependientes. En las décadas
posteriores a las guerras napoleónicas los viejos elementos de la nueva
industrialización fueron retrocediendo gradualmente y la industria
moderna pasó a ser, de conquista de una minoría pionera, a la norma de
vida del Lancashire. El número de telares mecánicos de Inglaterra pasó
de 2.400 en 1813 a 55.000 en 1829, 85.000 en 1833 y 224.000 en 1850,
mientras que el número de tejedores manuales, que llegó a alcanzar un
máximo de 250.000 hacia 1820, disminuyó hasta unos 100.000 hacia 1840 y
a poco más de 50.000 a mediados de la década de 1850. No obstante, sería
desatinado despreciar el carácter aún relativamente primitivo de esta
segunda fase de transformación y la herencia de arcaísmo que dejaba
atrás.
Hay que mencionar dos consecuencias de lo que antecede. La primera hace
referencia a la descentralizada y desintegrada estructura comercial de
la industria algodonera (al igual que la mayoría de las otras industrias
decimonónicas británicas), producto de su emergencia a partir de las
actividades no planificadas de unos pocos. Surgió, y así se mantuvo
durante mucho tiempo, como un complejo de empresas de tamaño medio
altamente especializadas (con frecuencia muy localizadas): comerciantes
de varias clases, hiladores, tejedores, tintoreros, acabadores,
blanqueadores, estampadores, etc., con frecuencia especializados incluso
dentro de sus ramos, vinculados entre sí por una compleja red de
transacciones comerciales individuales en . Semejante forma de
estructura comercial tiene la ventaja de la flexibilidad y se presta a
una rápida expansión inicial, pero en fases posteriores del desarrollo
industrial, cuando las ventajas técnicas y económicas de planificación e
integración son mucho mayores, genera rigideces e ineficacias
considerables. La segunda consecuencia fue el desarrollo de un fuerte
movimiento de asociación obrera en una industria caracterizada
normalmente por una organización laboral inestable o extremadamente
débil, ya que empleaba una fuerza de trabajo consistente sobre todo en
mujeres y niños, inmigrantes no cualificados, etc. Las sociedades
obreras de la industria algodonera del Lancashire se apoyaban en una
minoría de hiladores (de mule) cualificados masculinos que no fueron, o
no pudieron ser, desalojados de su fuerte posición para negociar con los
patronos por fases de mecanización más avanzadas -los intentos de 1830
fracasaron- y que con el tiempo consiguieron organizar a la mayoría no
cualificada que les rodeaba en asociaciones subordinadas, principalmente
porque éstas estaban formadas por sus mujeres e hijos. Así pues el
algodón evolucionó como industria fabril organizada a partir de una
suerte de métodos gremiales de artesanos, métodos que triunfaron porque
en su fase crucial de desarrollo la industria algodonera fue un tipo de
industria fabril muy arcaico.
Sin embargo, en el contexto del siglo XVIII fue una industria
revolucionaria, hecho que no debe olvidarse una vez aceptadas sus
características transicionales y persistente arcaísmo. Supuso una nueva
relación económica entre las gentes, un nuevo sistema de producción, un
nuevo ritmo de vida, una nueva sociedad, una nueva era histórica. Los
contemporáneos eran conscientes de ello casi desde el mismo punto de
partida:
Como arrastradas por súbita corriente, desaparecieron las constituciones
y limitaciones medievales que pesaban sobre la industria, y los
estadistas se maravillaron del grandioso fenómeno que no podían
comprender ni seguir. La máquina obediente servía la voluntad del
hombre. Pero como la maquinaria redujo el potencial humano, el capital
triunfó sobre el trabajo y creó una nueva forma de esclavitud [...] La
mecanización y la minuciosa división del trabajo disminuyen la fuerza e
inteligencia que deben tener las masas, y la concurrencia reduce sus
salarios al mínimo necesario para subsistir. En tiempos de crisis
acarreadas por la saturación de los mercados, que cada vez se dan con
más frecuencia, los salarios descienden por debajo de este mínimo de
subsistencia. A menudo el trabajo cesa totalmente durante algún tiempo
[...] y una masa de hombres miserables queda expuesta al hambre y a las
torturas de la penuria.(9)
Estas palabras -curiosamente similares a las de revolucionarios
socialistas tales como Friedrich Engels- son las de un negociante
liberal alemán que escribía hacia 1840. Pero aun una generación antes
otro industrial algodonero había subrayado el carácter revolucionario
del cambio en sus Observations on the Effect of the Manufacturing System
(1815):
La difusión general de manufacturas a través de un país [escribió Robert
Owen] engendra un nuevo carácter en sus habitantes; y como que este
carácter está basado en un principio completamente desfavorable para la
felicidad individual o general, acarreará los males más lamentables y
permanentes, a no ser que su tendencia sea contrarrestada por la
ingerencia y orientación legislativas. El sistema manufacturero ya ha
extendido tanto su influencia sobre el Imperio británico como para
efectuar un cambio esencial en el carácter general de la masa del
pueblo.
El nuevo sistema que sus contemporáneos veían ejemplificado sobre todo
en el Lancashire, se componía, o eso les parecía a ellos, de tres
elementos. El primero era la división de la población industrial entre
empresarios capitalistas y obreros que no tenían más que su fuerza de
trabajo, que vendían a cambio de un salario. El segundo era la
producción en la , una combinación de máquinas especializadas con
trabajo humano especializado, o, como su primitivo teórico, el doctor
Andrew Ure, las llamó, .(10) El tercero era la sujeción de toda la
economía -en realidad de toda la vida- a los fines de los capitalistas y
la acumulación de beneficios. Algunos de ellos -aquellos que no veían
nada fundamentalmente erróneo en el nuevo sistema- no se cuidaron de
distinguir entre sus aspectos técnicos y sociales. Otros -aquellos que
se veían atrapados en el nuevo sistema contra su voluntad y no obtenían
de él otra cosa que la pobreza, como aquel tercio de la población de
Blackburn que en 1833 vivía con unos ingresos familiares de cinco
chelines y seis peniques semanales (o una cifra media de alrededor de un
chelín por persona)-(11) estaban tentados de rechazar ambos. Un tercer
grupo -Robert Owen fue su portavoz más caracterizado- separaba la
industrialización del capitalismo. Aceptaba la Revolución industrial y
el progreso técnico como portadores de saberes y abundancia para todos.
Rechazaba su forma capitalista como generadora de la explotación y la
pobreza extrema.
Es fácil, y corriente, criticar en detalle la opinión contemporánea,
porque la estructura del industrialismo no era de ningún modo tan como
sugería incluso en vísperas de la era del ferrocarril, por no hablar ya
del año de Waterloo. Ni el ni el eran corrientes en estado puro. Las (no
comenzaron a llamarse a sí mismas hasta el primer tercio del siglo XIX)
estaban compuestas por gentes deseosas de hacer beneficios, pero sólo
había una minoría dispuesta a aplicar a la obtención de beneficios toda
la insensible lógica del progreso técnico y el mandamiento de . Estaban
llenas de gentes que vivían tan sólo del trabajo asalariado, a pesar de
un nutrido grupo compuesto aún por versiones degeneradas de artesanos
antiguamente independientes, pegujaleros en busca de trabajo para sus
horas libres, minúsculos empresarios que disponían de tiempo, etc. Pero
había pocos operarios auténticos. Entre 1778 y 1830 se produjeron
constantes revueltas contra la expansión de la maquinaria. Que esas
revueltas fueran con frecuencia apoyadas cuando no instigadas por los
negociantes y agricultores locales, muestra lo restringido que era aún
el sector de la economía, ya que quienes estaban dentro de él tendían a
aceptar, cuando no a saludar con alborozo, el advenimiento de la
máquina. Los que trataron de detenerlo fueron precisamente los que no
estaban dentro de él. El hecho de que en conjunto fracasaran demuestra
que el sector estaba dominando en la economía.
Había que esperar a la tecnología de mediados del presente siglo para
que fueran viables los sistemas semiautomáticos en la producción fabril
que los filósofos del de la primera mitad del siglo XIX habían previsto
con tanta satisfacción y que columbraban en los imperfectos y arcaicos
obradores de algodón de su tiempo. Antes de la llegada del ferrocarril,
probablemente no existió ninguna empresa (excepto quizá fábricas de gas
o plantas químicas) que un ingeniero de producción moderno pudiera
considerar con algún interés más allá del puramente arqueológico. Sin
embargo, el hecho de que los obradores de algodón inspiraran visiones de
obreros hacinados y deshumanizados, convertidos en o antes de ser
eximidos en todas partes por la maquinaria automática, es igualmente
significativo. La , con su lógica dinámica de procesos -cada máquina
especializada atendida por un especializado, vinculados todos por el
inhumano y constante ritmo de la y la disciplina de la mecanización-,
iluminada por gas, rodeada de hierros y humeante, era una forma
revolucionaria de trabajar. Aunque los salarios de las fábricas tendían
a ser más altos que los que se conseguían con las industrias domésticas
(excepto aquellas de obreros muy cualificados y versátiles), los obreros
recelaban de trabajar en ellas, porque al hacerlo perderían su más caro
patrimonio: la independencia. Esta es una razón que explica la captación
de mujeres y niños -más manejables- para trabajar en las fábricas: en
1838 sólo un 23 por ciento de los obreros textiles eran adultos.
Ninguna otra industria podía compararse con la del algodón en esta
primera fase de la industrialización británica. Su proporción en la
renta nacional quizá no era impresionante -alrededor del siete o el ocho
por ciento hacia el final de las guerras napoleónicas- pero sí mayor que
la de otras industrias. La industria algodonera comenzó su expansión y
siguió creciendo más rápidamente que el resto, y en cierto sentido su
andadura midió la de la economía.(12) Cuando el algodón se desarrolló a
la notable proporción del seis al siete por ciento anual, en los
veinticinco años siguientes a Waterloo, la expansión industrial
británica estaba en su apogeo. Cuando el algodón dejó de expansionarse
-como sucedió en el último cuarto de siglo XIX al bajar su tasa de
crecimiento al 0,7 por ciento anual- toda la industria británica se
tambaleó. La contribución de la industria algodonera a la economía
internacional de Gran Bretaña fue todavía más singular. En las décadas
postnapoleónicas los productos de algodón constituían aproximadamente la
mitad del valor de todas las exportaciones inglesas y cuando éstas
alcanzaron su cúspide (a mediados de la década de 1830) la importación
de algodón en bruto alcanzó el 20 por ciento de las importaciones netas
totales. La balanza de pagos británica dependía propiamente de los
azares de esta única industria, así como también del transporte marítimo
y del comercio ultramarino en general. Es casi seguro que la industria
algodonera contribuyó más a la acumulación de capital que otras
industrias, aunque sólo fuera porque su rápida mecanización y el uso
masivo de mano de obra barata (mujeres y niños) permitió una afortunada
transferencia de ingresos del trabajo al capital. En los veinticinco
años que siguieron a 1820 la producción neta de la industria creció
alrededor del 40 por ciento (en valores), mientras que su nómina sólo lo
hizo en un cinco por ciento
Difícilmente hace falta poner de relieve que el algodón estimuló
la industrialización y la revolución tecnológica en general. Tanto la
industria química como la construcción de máquinas le son deudoras:
hacia 1830 sólo los londinenses disputaban la superioridad de los
constructores de máquinas de Lancashire. En este aspecto la industria
algodonera no fue singular y careció de la capacidad directa de
estimular lo que, como analistas de la industrialización, sabemos más
necesitaba del estímulo, es decir, las industrias pesadas de base como
carbón, hierro y acero, a las que no proporcionó un mercado
excepcionalmente grande. Por fortuna el proceso general de urbanización
aportó un estímulo sustancial para el carbón a principios del siglo XIX
como había hecho en el XVIII. En 1842 los hogares británicos aún
consumían dos tercios de los recursos internos de carbón, que se
elevaban entonces a unos 30 millones de toneladas, más o menos dos
tercios de la producción total del mundo occidental. La producción de
carbón de la época seguía siendo primitiva: su base inicial había sido
un hombre en cuclillas que picaba mineral en un corredor subterráneo,
pero la dimensión misma de esa producción forzó a la minería a emprender
el cambio técnico: bombear las minas cada vez más profundas y sobre todo
transportar el mineral desde las vetas carboníferas hasta la bocamina y
desde aquí a los puertos y mercados. De este modo la minería abrió el
camino a la máquina de vapor mucho antes de James Watt, utilizó sus
versiones mejoradas para caballetes de cabria a partir de 1790 y sobre
todo inventó y desarrolló el ferrocarril. No fue accidental que los
constructores, maquinistas y conductores de los primeros ferrocarriles
procedieran con tanta frecuencia de las riberas del Tyne: empezando por
George Stephenson. Sin embargo, el barco de vapor, cuyo desarrollo es
anterior al del ferrocarril, aunque su uso generalizado llegará más
tarde, nada debe a la minería.
El hierro tuvo que afrontar dificultades mayores. Antes de la Revolución
industrial, Gran Bretaña no producía hierro ni en grandes cantidades ni
de calidad notable, y en la década de 1780 su demanda total difícilmente
debió haber superado las 100.000 toneladas.(13) La guerra en general y
la flota en particular proporcionaron a la industria del hierro
constantes estímulos y un mercado intermitente; el ahorro de combustible
le dio un incentivo permanente para la mejora técnica. Por estas
razones, la capacidad de la industria del hierro -hasta la época del
ferrocarril- tendió a ir por delante del mercado, y sus rápidas
eclosiones se vieron seguidas por prolongadas depresiones que los
industriales del hierro trataron de resolver buscando desesperadamente
nuevos usos para su metal, y de paliar por medio de cárteles de precios
y reducciones en la producción (la Revolución industrial apenas si
afectó al acero). Tres importantes innovaciones aumentaron su capacidad:
la fundición de hierro con carbón de coque (en lugar de carbón vegetal),
las invenciones del pudelaje y laminado, que se hicieron de uso común
hacia 1780, y el horno con inyección de aire caliente de James Neilson a
partir de 1829. Asimismo estas innovaciones fijaron la localización de
la industria junto a las carboneras. Después de las guerras
napoleónicas, cuando la industrialización comenzó a desarrollarse en
otros países, el hierro adquirió un importante mercado de exportación:
entre el quince y el veinte por ciento de la producción ya podía
venderse al extranjero. La industrialización británica produjo una
variada demanda interior de este metal, no sólo para máquinas y
herramientas, sino también para construir puentes, tuberías, materiales
de construcción y utensilios domésticos, pero aun así la producción
total siguió estando muy por debajo e lo que hoy consideraríamos
necesario para una economía industrial, especialmente si pensamos que
los metales no ferrosos eran entonces de poca importancia. Probablemente
nunca llegó a medio millón de toneladas antes de 1820, y difícilmente a
700.000 en su apogeo previo al ferrocarril, en 1828.
El hierro sirvió de estimulante no sólo para todas las industrias que lo
consumían sino también para el carbón (del que consumía alrededor de una
cuarta parte de la producción en 1842), la máquina de vapor y, por las
mismas razones que el carbón, el transporte. No obstante, al igual que
el carbón, el hierro no experimentó su revolución industrial real hasta
las décadas centrales del siglo XIX, o sea unos 50 años después del
algodón; mientras que las industrias de productos para el consumo poseen
un mercado de masas incluso en las economías preindustriales, las
industrias de productos básicos sólo adquieren un mercado semejante en
economías ya industrializadas o en vías de industrialización. La era del
ferrocarril fue la que triplicó la producción de carbón y de hierro en
veinte años y la que creó virtualmente una industria del acero.(14)
Es evidente que tuvo lugar un notable crecimiento económico generalizado
y ciertas transformaciones industriales, pero todavía no una revolución
industrial. Un gran número de industrias, como las del vestido (excepto
géneros de punto), calzado, construcción y enseres domésticos, siguieron
trabajando según las pautas tradicionales, aunque utilizando
esporádicamente los nuevos materiales. Trataron de satisfacer la
creciente demanda recurriendo a un sistema similar al , que convirtió a
artesanos independientes en mano de obra sudorosa, empobrecida y cada
vez más especializada, luchando por la supervivencia en los sótanos y
buhardillas de las ciudades. La industrialización no creó fábricas de
vestidos y ajuares, sino que produjo la conversión de artesanos
especializados y organizados en obreros míseros, y levantó aquellos
ejércitos de costureras y camiseras tuberculosas e indigentes que
llegaron a conmover la opinión de la clase media, incluso en aquellos
tiempos tan insensibles.
Otras industrias mecanizaron sumariamente sus pequeños talleres y los
dotaron de algún tipo de energía elemental, como el vapor, sobre todo en
la multitud de pequeñas industrias del metal tan características de
Sheffield y de las Midlands, pero sin cambiar el carácter artesanal o
doméstico de su producción. Algunos de estos complejos de pequeños
talleres relacionados entre sí eran urbanos, como sucedía en Sheffield y
Birmingham, otros rurales, como en las aldeas perdidas de ; algunos de
sus obreros eran viejos artesanos especializados, organizados y
orgullosos de su gremio (como sucedía en las cuchillerías de
Sheffield).(15) Hubo pueblos que degeneraron progresivamente hasta
convertirse en lugares atroces e insanos de hombres y mujeres que se
pasaban el día elaborando clavos, cadenas y otros artículos de metal
sencillos. (En Dudley, Worcestershire, la esperanza media de vida al
nacer era, en 1841-1850, de dieciocho años y medio). Otros productos,
como la alfarería, desarrollaron algo parecido a un primitivo sistema
fabril o unos establecimientos a gran escala -relativa- basados en una
cuidados división interior del trabajo. En conjunto, sin embargo, y a
excepción del algodón y de los grandes establecimientos característicos
del hierro y del carbón, el desarrollo de la producción en fábricas
mecanizadas o en establecimiento análogos tuvo que esperar hasta la
segunda mitad del siglo XIX, y aun entonces el tamaño medio de la planta
o de la empresa fue pequeño. En 1851, 1.670 industriales del algodón
disponían de más establecimientos (en los que trabajaban cien hombres o
más) que el total conjunto de los 41.000 sastres, zapateros,
constructores de máquinas, constructores de edificios, constructores de
carreteras, curtidores, manufactureros de lana, estambre y seda,
molineros, encajeros y alfareros que indicaron al censo del tamaño de
sus establecimientos.
Una industrialización así limitada, y basada esencialmente en un sector
de la industria textil, no era ni estable ni segura. Nosotros, que
podemos contemplar el período que va de 1780 a 1840 a la luz de
evoluciones posteriores, la vemos simplemente como fase inicial del
capitalismo industrial. ¿Pero no podía haber sido también su fase final?
La pregunta parece absurda porque es evidente que no lo fue, pero no hay
que subestimar la inestabilidad y tensión de esta fase inicial
-especialmente en las tres décadas después de Waterloo- y el malestar de
la economía y de aquellos que creían seriamente en su futuro. La Gran
Bretaña industrial primeriza atravesó una crisis, que alcanzó su punto
culminante en la década de 1830 y primeros años de 1840. El hecho de que
no fuera en absoluto una crisis sino tan sólo una crisis de crecimiento,
no debe llevarnos a subestimar su gravedad, como han hecho con
frecuencia los historiadores de la economía (no los de la sociedad).(16)
La prueba más clara de esta crisis fue la marea de descontento social
que se abatió sobre Gran Bretaña en oleadas sucesivas entre los últimos
años de las guerras y la década de 1840: luditas y radicales,
sindicalistas y socialistas utópicos, demócratas y cartistas. En ningún
otro período de la historia moderna de Gran Bretaña, experimentó el
pueblo llano una insatisfacción tan duradera, profunda y, a menudo,
desesperada. En ningún otro período desde el siglo XVII podemos
calificar de revolucionarias a grandes masas del pueblo, o descubrir tan
sólo un momento de crisis política (entre 1830 y la Ley de Reforma de
1832) en que hubiera podido surgir algo semejante a una situación
revolucionaria. Algunos historiadores han tratado de explicar este
descontento argumentando que simplemente las condiciones de vida de los
obreros (excepción hecha de una minoría deprimida) mejoraban menos de
prisa de lo que les había hecho esperar las doradas perspectivas de la
industrialización. Pero la es más libresca que real. Conocemos numerosos
ejemplos de gentes dispuestas a levantar barricadas porque aún no han
podido pasar de la bicicleta al automóvil (aunque es probable que su
grado de militancia aumente si, una vez han conocido la bicicleta, se
empobrecen hasta el extremo de no poder ya comprarla). Otros
historiadores han sostenido, más convincentemente, que el descontento
procede tan sólo de las dificultades de adaptación a un nuevo tipo de
sociedad. Pero incluso para esto se requiere una excepcional situación
de penuria económica -como pueden demostrar los archivos de emigración a
Estados Unidos- para que las gentes comprendan que no ganan nada a
cambio de lo que dan. Este descontento, que fue endémico en Gran Bretaña
en estas décadas, no se da sin la desesperanza y el hambre. Por aquel
entonces, había bastante de ambas.
La pobreza de los ingleses fue en sí misma un factor importante en las
dificultades económicas del capitalismo, ya que fijó límites reducidos
en el tamaño y expansión del mercado interior para los productos
británicos. Esto se hace evidente cuando contrastamos el elevado aumento
del consumo per capita de determinados productos de uso general después
de 1840 (durante los de los victorianos) con el estancamiento de su
consumo anterior. El inglés medio consumía entre 1815 y 1844 menos de 9
kg de azúcar al año; en la década de 1830 y primeros años de los
cuarenta, alrededor de 7 kg pero en los diez años que siguieron a 1844
su consumo se elevó a 15 kg anuales; en los treinta años siguientes a
1844 a 24 kg y hacia 1890 consumía entre 36 y 40 kg. Sin embargo, ni la
teoría económica, ni la práctica económica de la primera fase de la
Revolución industrial se cimentaban en el poder adquisitivo de la
población obreras, cuyos salarios, según el consenso general, no debían
estar muy alejados del nivel de subsistencia. Si por algún azar (durante
los económicos) un sector de los obreros ganaba lo suficiente para
gastar su dinero en el mismo tipo de productos que sus , la opinión de
clase media se encargaba de deplorar o ridiculizar aquella presuntuosa
falta de sobriedad. Las ventajas económicas de los salarios altos, ya
como incentivos para una mayor productividad ya como adiciones al poder
adquisitivo, no fueron descubiertas hasta después de mediado el siglo, y
aun entonces sólo por una minoría de empresarios adelantados e
ilustrados como el contratista de ferrocarriles Thomas Brassey. Hasta
1869 John Stuart Mill, cancerbero de la ortodoxia económica, no abandonó
la teoría del , es decir una teoría de salarios de subsistencia.(17)
Por el contrario, tanto la teoría como la práctica económicas hicieron
hincapié en la crucial importancia de la acumulación de capital por los
capitalistas, es decir del máximo porcentaje de beneficios y la máxima
transferencia de ingresos de los obreros (que no acumulaban) a los
patronos. Los beneficios, que hacían funcionar la economía, permitían su
expansión al ser reinvertidos: por lo tanto, debían incrementarse a toda
costa.(18) Esta opinión descansaba en dos supuestos: a) que el progreso
industrial requería grandes inversiones y b) que sólo se obtendrían
ahorros insuficientes si no se mantenían bajos los ingresos de las masas
no capitalistas. El primero de ellos era más cierto a largo plazo que en
aquellos momentos. Las primeras fases de la Revolución industrial
(digamos que de 1780 a 1815) fueron, como hemos visto, limitadas y
relativamente baratas. La formación de capital bruto puede haber llegado
a no más del siete por ciento de la renta nacional a principios del
siglo XIX, lo que está por debajo del índice del 10 por ciento que
algunos economistas consideran como esencial para la industrialización
hoy en día, y muy por debajo de las tasas de más del 30 por ciento que
han podido hallarse en las rápidas industrializaciones de algunos países
o en la modernización de los ya adelantados. Hasta las décadas de 1830 y
1840 la formación de capital bruto en Gran Bretaña no pasó del umbral
del 10 por ciento, y por entonces la era de la industrialización
(barata) basada en artículos como los tejidos hacía cedido el paso a la
era del ferrocarril, del carbón, del hierro y del acero. El segundo
supuesto de que los salarios debían mantenerse bajos era completamente
erróneo, pero tenía alguna plausibilidad inicial dado que las clases más
ricas y los mayores inversores potenciales del período -los grandes
terratenientes y los intereses mercantiles y financieros- no invertían
de modo sustancial en las nuevas industrias. Los industriales del
algodón y otros industriales en ciernes se vieron pues obligados a
reunir un pequeño capital inicial y a ampliarlo reinvirtiendo los
beneficios, no por falta de capitales disponibles, sino tan sólo porque
tenían poco acceso al dinero en grande. Hacia 1830, seguía sin haber
escasez de capital en ningún sitio.(19)
Dos cosas, sin embargo, traían de cabeza a los negociantes y economistas
del siglo XIX: el monto de sus beneficios y el índice de expansión de
sus mercados. Ambas les preocupaban por igual aunque hoy en día nos
sintamos inclinados a prestar más atención a la segunda que a la
primera. Con la industrialización la producción se multiplicó y el
precio de los artículos acabados cayó espectacularmente. (Dada la tenaz
competencia entre productores pequeños y a media escala, rara vez podían
mantenerse artificialmente altos por cárteles o acuerdos similares para
fijar precios o restringir la producción). Los costos de producción no
se redujeron -la mayoría no se podían- en la misma proporción. Cuando el
clima económico general pasó de una inflación de precios a largo término
a una deflación subsiguiente a las guerras aumentó la presión sobre los
márgenes de beneficio, ya que con la inflación los beneficios
disfrutaron de un alza extra(20) y con la deflación experimentaron un
ligero retroceso. Al algodón le afectó sensiblemente esta compresión de
su tasa de beneficios:
Costo y precio de venta
de una libra de algodón hilado (21)
Año Materias Precio Margen para otros primas de venta costos y
beneficios
1784 2s. 10s. 11d. 8 s. 11d.
1812 1s. 6d. 2s. 6d. 1s.
1832 7 1/2 d. 11 1/4 d. 3 3/4 d.
Nota: £ = libra esterlina, s. = chelines, d. = peniques.
Por supuesto, cien veces cuatro peniques era más dinero que sólo once
chelines, pero ¿qué pasaba cuando el índice de beneficios caía hasta
cero, llevando así el vehículo de la expansión económica al paro a
través del fracaso de su máquina y creando aquel que tanto temían los
economistas?
Si se parte de una rápida expansión de los mercados, la perspectiva nos
parece irreal, como también se lo pareció cada vez más (quizá a partir
de 1830) a los economistas. Pero los mercados no estaban creciendo con
la rapidez suficiente como para absorber la producción al nivel de
crecimiento a que la economía estaba acostumbrada. En el interior
crecían lentamente, lentitud que se agudizó, con toda probabilidad, en
los hambrientos años treinta y principios de los cuarenta. En el
extranjero los países en vías de desarrollo no estaban dispuestos a
importar tejidos británicos (el proteccionismo británico aún les ayudó),
y los no desarrollados, sobre los que se apoyaba la industria
algodonera, o no eran lo bastante grandes o no crecían con la rapidez
suficiente como mercados capaces de absorber la producción británica. En
las décadas postnapoleónicas, las cifras de la balanza de pagos nos
ofrecen un extraordinario espectáculo: la única economía industrial del
mundo, y el único exportador importante de productos manufacturados, es
incapaz de soportar un excedente para la exportación en su comercio de
mercaderías (véase infra, cap. 7). Después de 1826 el país experimentó
un déficit no sólo en el comercio, sino también en los servicios
(transporte marítimo, comisiones de seguros, beneficios en comercio y
servicios extranjeros, etc.).(22)
Ningún período de la historia británica ha sido tan tenso ni ha
experimentado tantas conmociones políticas y sociales como los años 30 y
principios del 40 del siglo pasado, cuando tanto la clase obrera como la
clase media, por separado o unidas, exigieron la realización de cambios
fundamentales. Entre 1829 y 1832 sus descontentos se coaligaron en la
demanda de reforma parlamentaria, tras la cual las masas recurrieron a
disturbios y algaradas y los hombres de negocios al poder del boicot
económico. Después de 1832, una vez que los radicales de la clase media
hubieron conseguido algunas de sus demandas, el movimiento obrero luchó
y fracasó en solitario. A partir de la crisis de 1837, la agitación de
clase media renació bajo la bandera de la liga contra la ley de cereales
y la de las masas trabajadoras estalló en el gigantesco movimiento por
la Carta del Pueblo, aunque ahora ambas corrientes actuaban con
independencia y en oposición. En los dos bandos rivales, y especialmente
durante la peor de las depresiones decimonónicas, entre 1841 y 1842, se
alimentaba el extremismo: los cartistas iban tras la huelga general; los
extremistas de clase media en pos de un lock-out nacional que, al llenar
las calles de trabajadores hambrientos, obligaría al gobierno a
pronunciarse. Las tensiones del período comprendido entre 1829 y 1846 se
debieron en gran parte a esta combinación de clases obreras desesperadas
porque no tenían lo suficiente para comer y fabricantes desesperados
porque creían sinceramente que las medidas políticas y fiscales del país
estaban asfixiando poco a poco la economía. Tenían motivo de alarma. En
la década de 1830 el índice más tosco del progreso económico, la renta
per capita real (que no hay que confundir con el nivel de vida medio)
estaba descendiendo por primera vez desde 1700. De no hacer algo ¿no
quedaría destruida la economía capitalista? ¿Y no estallaría la revuelta
entre las masas de obreros empobrecidas y desheredadas, como empezaba a
temerse hacia 1840 en toda Europa? En 1840 el espectro del comunismo se
cernía sobre Europa, como señalaron Marx y Engels atinadamente. Aunque a
este espectro se le temiera relativamente menos en Gran Bretaña, el de
la quiebra económica aterraba por igual a la clase media.
NOTAS
(1) Ver y la nota I del capítulo 2. La obra de * P. Mantoux, The
Industrial Revolution in the 18th Century (hay traducción castellana: La
Revolución industrial en el siglo XVIII, Madrid, 1962) es todavía útil;
la de T. S. Ashton, The Industrial Revolution (1948), breve y muy clara
(hay traducción castellana:La Revolución industrial, 1760-1830, México,
1964). Para el algodón la obra de A. P. Wadsworth y J. L. Mann, The
Cotton Trade and Industrial Lancashire (1931), es básica, pero termina
en 1780. El libro de N. Smelser, Social Change in the Industrial
Revolution (1959), toca el tema del algodón, pero analiza otros muchos.
Sobre empresarios e ingeniería son indispensables las obras de Samuel
Smiles, Lives of the Engineers, Industrial Biography, sobre el sistema
de fábrica y El Capital, de K. Marx. Ver también A. Redford, Labour
Migration in England 1800-1850 (1926) y S. Pollard, The Genesis of
Modern Management (1965). Ver también las figuras 1-3, 7, 13, 15-16, 22,
27-28, 37.
(2) Las poblaciones de las dos áreas urbanas en 1841 eran de unos
280.000 y 180.000 habitantes, respectivamente.
(3) No fue idea original del que la patentó, Richard Arkwright
(1732-1792), un operario falto de escrúpulos que se hizo muy rico a
diferencia de la mayoría de los auténticos inventores de la época.
(4) Fabriken-Kommissarius, mayo de 1814, citado en J. Kuczynski,
Geschichte der Lage der Arbeiter unter Kapitalismus (1964), vol. 23, p.
178.
(5) No estoy diciendo con esto que para realizar tales trabajos no se
requiriesen determinados conocimientos y algunas técnicas concretas, o
que la industria británica del carbón no poseyera o desarrollase equipos
más complicados y potentes, como la máquina de vapor.
(6) Esto vale tanto para el obrero metalúrgico cualificado como para el
técnico superior especializado, como por ejemplo el ingeniero .
(7) T. Barton, History of the Borough of Bury (1874), p. 59.
(8) P. A. Whittle, Blackburn as it is (1852), p. 262.
(9) F. Harkort, Bemerkungen über die Hindernisse der Civilisation und
Emancipation der unteren Klassen (1844), citado en J. Kuczynski, op. cit.,
vol. 9, p. 127.
(10) Andrew Ure, The Philosophy of Manufactures (1835) citado en K. Marx,
El Capital, p. 419 (edición británica de 1938).
(11) (P. A. Whittle, op. cit., p. 223). Ver también el próximo capítulo
4.
(12) Tasa de crecimiento de la producción industrial británica (aumento
porcentual por década):
1800 a 1810 22,9
1810 a 1820 38,6
1820 a 1830 47,2
1830 a 1840 37,4
1840 a 1850 39,3
1850 a 1860 27,8
1860 a 1870 33,2
1870 a 1880 20,8
1880 a 1890 17,4
1890 a 1900 17,9
La caída entre 1850 y 1860 se debe en buena parte al ocasionado por la
guerra de Secesión americana.
(13) Pero el consumo británico per capita fue mucho más alto que el de
los otros países comparables. Era, por ejemplo, unas tres veces y media
el consumo francés de 1720 a 1740.
(14) Producción (en miles de toneladas):
Año Carbón Hierro
1830 16.000 600
1850 49.000 2.000
(15) Los describió como un visitante alemán, quien se maravilló de
encontrar allí un fenómeno continental familiar.
(16) S. G.Checkland, The Rise of Industrial Society in England (1964),
estudia esta cuestión; ver también R. C. O. Matthews, A Study in Trade
Cycle History (1954).
(17) Sin embargo, algunos economistas no se mostraron satisfechos con
esta teoría por lo menos desde 1830.
(18) Es imposible decir en qué grado se desarrollaron como parte de la
renta nacional en este período, pero hay indicios de una caída del
sector de los salarios en la renta nacional entre 1811 y 1842, y esto en
una época en que la población asalariada crecía muy rápidamente con
respecto al conjunto de la población. Sin embargo, la cuestión es
difícil y el material sobre el que basar una respuesta completamente
inadecuado.
(19) Sin embargo, en Escocia sí se dio probablemente una ausencia de
capital semejante, a causa de que el sistema bancario escocés desarrolló
una organización y participación accionaria en la industria muy por
delante de los ingleses, ya que un país pobre necesita un mecanismo para
concentrar los numerosos picos de dinero procedentes de ahorros en una
reserva accesible para la inversión productiva en gran escala, mientras
que un país rico puede recurrir para conseguirlo a las numerosas formas
de financiación locales.
(20) Porque los salarios tienden a ir a remolque de los precios y en
cualquier caso el nivel de precios cuando se vendían los productos,
tendía a ser más alto de lo que había sido anteriormente, cuando fueron
producidos.
(21) T. Ellison, The Cotton Trade of Great Britain (1886), p. 61.
(22) Para ser más precisos, esta balanza fue ligeramente negativa en
1826-1830, positiva en 1831-1835 y de nuevo negativa en todos los
quinquenios que van desde 1836 a 1855. |