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La emboscadura
Ernst Jünger

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Sumario

1. Las preguntas que se nos hacen van simplificándose y exacerbándose. 2. Llevan a disyuntivas, como lo muestran las elecciones. 3. La libertad de «decir no» es restringida sistemáticamente. 4. Está destinada a dejar patente la superioridad de quien hace las preguntas 5. y se ha convertido en un riesgo 6. que se asume en un sitio tácticamente equivocado. 7. Lo dicho no pretende ser una objeción contra su significado moral.

8. La emboscadura representa una nueva respuesta de la libertad. 9. Los hombres libres son poderosos, aunque constituyen únicamente una minoría pequeñísima. 10. Nuestro tiempo es pobre en grandes hombres, pero produce figuras. 11. La amenaza configura pequeñas minorías selectas. 12. Junto a las figuras del Trabajador y del Soldado Desconocido aparece una tercera figura, el Emboscado. 13. El miedo 14. puede ser vencido por la persona singular 15. si ésta adquiere conocimiento de su poder. 16. La emboscadura, en cuanto conducta libre en la catástrofe, 17. es independiente de las fachadas político-técnicas y de sus agrupaciones. 18. La emboscadura no contradice a la evolución, 19. sino que introduce libertad en ella mediante la decisión de la persona singular. 20. En la emboscadura la persona singular se confronta consigo misma en su sustancia individual e indestructible. 21. Esa confrontación expulsa el miedo a la muerte. 22. Aquí las Iglesias no pueden dar más que asistencia, 23. pues, en su decisión, la persona singular está solitaria, 24. y el teólogo puede, ciertamente, hacerla cobrar consciencia de su situación, 25. mas no sacarla de ella.

26. El emboscado atraviesa por su propia fuerza el meridiano cero. 27. En las esferas de la medicina, 28. del derecho 29. y del empleo de las armas la decisión soberana corresponde al emboscado, 30. quien tampoco en la moral actúa de acuerdo con doctrinas 31. y se reserva la aceptación de las leyes. El emboscado no participa en el culto del crimen. 32. El decide la naturaleza de su propiedad y el modo de afirmarla. 33. Es consciente de la inatacable profundidad 34. desde la que también la Palabra otorga una y otra vez plenitud al mundo. En eso está el cometido del «Aquí y ahora».

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1

«Irse al bosque», «emboscarse» - lo que detrás de esas expresiones se esconde no es una actividad idílica. Antes al contrario, el lector de este escrito habrá de disponerse a emprender una excursión que da que pensar, una caminata que conducirá no sólo allende los senderos trillados, sino también allende los límites de este libro.

La cuestión de que aquí se trata es una cuestión medular de nuestro tiempo, es decir, una cuestión que en todo caso entraña peligros amenazadores. Al igual que lo hicieron en su momento nuestros padres y nuestros abuelos, también nosotros hablamos mucho de «cuestiones». De entonces acá eso que se denomina en este sentido una cuestión ha sufrido ciertamente cambios significativos. ¿Hemos llegado a cobrar consciencia de esto en grado suficiente?

No quedan tan lejos de nosotros los tiempos en que tales cuestiones eran vistas como grandes enigmas -como el «enigma del mundo», por ejemplo- y abordadas con optimismo, con un optimismo que se creía capaz de hallarles solución. Las otras cuestiones diferentes de éstas eran consideradas más bien como problemas prácticos; así, la cuestión femenina o la cuestión social en general. También de estos problemas se pensaba que eran solucionables, aunque la solución no se esperaba tanto de la investigación cuanto de la evolución de la sociedad hacia unos órdenes nuevos.

Entretanto la cuestión social ha quedado resuelta en vastas zonas de nuestro planeta. La sociedad sin clases ha hecho evolucionar de tal manera esa cuestión, que ésta ha pasado a convertirse más bien en una parte de la política exterior. Esto no quiere decir, naturalmente, que estén desapareciendo sin más las cuestiones, como se creyó en los primeros momentos de euforia -afloran a la superficie, por el contrario, otras cuestiones, unas cuestiones que son distintas de las anteriores y más candentes que ellas. Con una de estas cuestiones vamos a ocuparnos aquí.


 

2

El lector habrá hecho ya en sí mismo la experiencia de que la esencia de las «cuestiones» ha sufrido cambios. Vivimos en unos tiempos en que continuamente están acercándose a nosotros poderes que vienen a hacernos preguntas, a plantearnos cuestiones. Yesos poderes no están llenos únicamente de un afán ideal de saber. Al aproximarse a nosotros con sus cuestiones, lo que de nosotros aguardan no es que aportemos una contribución a la verdad objetiva; más aún, ni siquiera aguardan que contribuyamos a la solución de los problemas. A lo que esos poderes conceden valor no es a nuestra solución, sino a nuestra contestación a las preguntas que nos hacen.

Esta diferencia es importante. Aproxima la cuestión al cuestionario, la interrogación al interrogatorio. Eso puede estudiarse bien en la evolución que lleva de la papeleta del voto al folio del cuestionario. La papeleta de voto tiene como objetivo verificar unas relaciones numéricas y evaluarlas. Pretende averiguar qué es lo que el votante quiere, y el proceso electoral se orienta a que esa voluntad del votante pueda expresarse con limpieza, sin sujeción a influencias ajenas. De ahí que la votación vaya acompañada también de un sentimiento de seguridad y aun de un sentimiento de poder, tal como corresponde a un acto libre de la voluntad ejecutado en el ámbito del derecho.

El hombre de nuestros días que se ve precisado a responder a un cuestionario está muy lejos de sentir tal seguridad. Las respuestas que da se hallan cargadas de graves consecuencias; de las contestaciones que ese hombre dé depende a menudo su propia suerte. Vemos cómo el ser humano está llegando a una situación en la cual se le exige que él mismo genere unos documentos que están calculados para provocar su ruina. y son a menudo cosas tan irrelevantes las que hoy en día provocan la ruina...

Es evidente que lo que empieza a manifestarse en este cambio del modo de hacer preguntas es un orden de cosas enteramente diferente del que encontrábamos a comienzos de este siglo. En este nuevo orden no existe ya la antigua seguridad, y nuestro pensamiento se ve forzado a acomodarse a ello. Las preguntas arremeten contra nosotros con un rigor y una urgencia cada vez mayores, y nuestro modo de contestar adquiere una significación cada vez más grave. Aquí es preciso tener en cuenta que también el callar es una respuesta. Nos preguntarán entonces por qué hemos callado en tal momento y en tal lugar y nos pasarán la factura. Tales son las disyuntivas de nuestro tiempo, a las que nadie escapa.

Es notable el modo en que, así las cosas, todo se convierte en una respuesta, tal como aquí la entendemos, con lo cual todo se convierte también en materia de responsabilidad. Tal vez no se vea todavía con claridad suficiente, ni siquiera hoy, en qué medida la papeleta de voto, por poner un ejemplo, se ha transformado en folio de cuestionario. Pero eso lo tiene desde luego bien claro, en la medida en que actúa, todo ser humano que no posea realmente la suerte de vivir en un parque de protección de la naturaleza. Son nuestras actuaciones, más bien que las teorías que hacemos, las que hacen que estemos a tono con los peligros que nos amenazan. Ahora bien, no adquiriremos una seguridad nueva más que si recapacitamos sobre esto.

El votante en que aquí estamos pensando se acercará, pues, a la urna con unos sentimientos enteramente distintos de aquéllos que experimentaban su padre o su abuelo. Desde luego que hubiera preferido con mucho mantenerse alejado de la urna; ahora bien, en ese alejamiento se hubiera expresado una respuesta inequívoca. Pero también aparece peligrosa la participación, puesto que no debe olvidarse que existe la dactiloscopia, la ciencia de las huellas digitales, y también unos métodos estadísticos muy sutiles. ¿Por qué, pues, votar, es decir, elegir, en una situación en que ya no queda elección?

La respuesta que a esta pregunta se da es que, al ofrecerle a nuestro votante la papeleta de voto, se le ofrece la ocasión de participar en un acto de aclamación. No a todo el mundo se lo considera digno de semejante ventaja - así, en las listas faltarán, sin ningún género de duda, los nombres de los innumerables desconocidos de los que se reclutan los nuevos ejércitos de esclavos. De ahí que el votante acostumbre a saber qué es lo que de él se aguarda.

Hasta aquí las cosas están claras. A medida que van desarrollándose las dictaduras, van reemplazando también las elecciones libres por los plebiscitos. Pero el ámbito abarcado por éstos es mayor que el que, con anterioridad a ellos, ocupaban las elecciones. Lo que ocurre es, más bien, que la elección misma se convierte ahora en una de las modalidades del plebiscito.

Este puede tener un carácter público, lo cual ocurre en los sitios donde se exponen a la vista los caudillos o los símbolos del Estado. El espectáculo de grandes masas movidas por las pasiones es uno de los más importantes signos indicativos de que hemos entrado en una edad nueva. En los sitios donde se ejerce tal fascinación, domina, si no la unidad de ánimo, sí la unidad de voces, pues si aquí se alzase una voz diferente formarían se a su alrededor remolinos que aniquilarían a quien la dijese. De ahí que la persona singular que quiere hacerse notar de esa manera pueda también decidirse en el acto a cometer un atentado: en sus consecuencias aboca a lo mismo.

Pero en los sitios donde el plebiscito se disfraza con la modalidad de las elecciones libres se concederá valor a mantener secreto su carácter de plebiscito. La dictadura pretende de ese modo aducir una demostración no solamente de que se apoya en la mayoría, sino de que el aplauso de ésta tiene al mismo tiempo sus raíces en la libre voluntad de cada cual. El arte del caudillaje no consiste sólo en plantear bien la pregunta, sino, a la vez, en escenificarla bien, en su puesta en escena; y ésta es un monopolio. La puesta en escena tiene la misión de presentar el proceso como un coro avasallador, que mueve a terror y admiración.

Hasta aquí las cosas parecen clarísimas, aunque a un espectador de cierta edad le resultan desde luego novedosas. El votante se ve confrontado a una pregunta tal, que resulta recomendable contestarla en el sentido deseado por quien la hizo, y ello por motivos aplastantes. Pero la verdadera dificultad está en que al mismo tiempo debe conservarse la ilusión de la libertad. Con ello la cuestión desemboca en la estadística, como en ella desembocan todos los procesos morales que se dan en estos ámbitos. Vamos a ocuparnos en sus detalles con cierto detenimiento. Ellos serán los que nos conduzcan a nuestro tema.


 

3

Unas votaciones en las cuales el cien por cien de los votos concuerde con lo deseado es una cosa que casi no plantea ninguna dificultad desde el punto de vista técnico. Ya ha habido casos en que se ha alcanzado esa cifra; incluso se han dado casos en que se la ha sobrepasado, al aparecer en algunos distritos electorales un número de votos mayor que de votantes. Lo que tales incidentes ponen de manifiesto son fallos en la dirección escénica, fallos que no todas las poblaciones están dispuestas a consentir. En los sitios en que operan propagandistas más sagaces, las cosas se presentan más o menos de la manera siguiente: El cien por cien: una cifra ideal y, como todos los ideales, algo que nunca puede alcanzarse. Pero es posible acercarse a esa cifra - de modo muy similar a como en los deportes cabe acercarse en fracciones de segundo o de metro a ciertos records que también son inalcanzables. Una muchedumbre de cálculos complicados es lo que a su vez determina en qué grado cabe acercarse al ideal.

En aquellos sitios donde las dictaduras están ya firmemente asentadas, un noventa por ciento de «síes» sería algo que se apartaría demasiado del ideal. No cabe confiar en que a las masas se les ocurra la idea de que en todo diez por ciento se oculta un enemigo secreto. En cambio, una cifra de votos nulos y de «noes» que se moviese en torno al dos por ciento sería no sólo soportable, sino también favorable. Pero nosotros no vamos a considerar ese dos por ciento como algo residual ni a dejarlo, por tanto, de lado. Ese dos por ciento merece que le dediquemos un estudio detallado. Precisamente en los residuos es donde hoy en día se encuentran las cosas ,insospechadas.

El provecho que de ese dos por ciento saca el organizador de las elecciones es doble: por un lado, ese dos por ciento otorga curso legal al restante noventa y ocho por ciento de los votos, pues testifica que cada uno de los que votaron de este t11timo modo podría haber votado en el mismo sentido en que lo hizo aquel dos por ciento. Con ello adquieren valor los «síes», se convierten en algo auténtico y que tiene completa validez. Para las dictaduras es importante demostrar que en ellas no está extinguida la libertad de decir «no». Este es uno de los máximos cumplidos que cabe rendir a la libertad.

La segunda ventaja de ese dos por ciento que estamos estudiando consiste en que mantiene el movimiento continuo del que no pueden prescindir las dictaduras. Tal es el motivo por el que éstas suelen presentarse siempre a sí mismas como un «partido», cuando en realidad eso es absurdo. Si se alcanzase el cien por cien de los votos, se alcanzaría el ideal. Pero esto traería consigo los peligros que siempre van anejos al cumplimiento pleno de algo. También es posible dormirse en los laureles de la guerra civil. En presencia de toda gran fraternización es preciso preguntarse: pero el enemigo ¿dónde está? Tales inclusiones son al mismo tiempo exclusiones - exclusiones de un tercero, de un tercero al que se odia, pero del que no es posible prescindir. La propaganda ha de recurrir a una situación en la cual, ciertamente, al enemigo del Estado, al enemigo de la clase, al enemigo del pueblo se le han propinado recios golpes en la cabeza y aun se lo ha convertido casi en una cosa ridícula, pero que, a pesar de ello, todavía no se ha extinguido del todo. Las dictaduras no pueden vivir de la adhesión pura, si al mismo tiempo el odio y con él el terror no procuran los contrapesos. Ahora bien, el terror se tornaría absurdo si los votos fueran buenos en un cien por cien; en ese caso el terror golpearía Únicamente a hombres justos. Este es el segundo significado que posee el aludido dos por ciento. El es la demostración de que los buenos son, sí, una inmensa mayoría, pero no se hallan enteramente libres de peligros. En cambio, cabe suponer que, en presencia de una unidad tan convicta, solamente una contumacia muy especial puede negarse con su comportamiento a participar en aquélla. Quienes así actúan son saboteadores que utilizan la papeleta de voto -¿y qué hay más sencillo que pensar que tales individuos pasarán a otras formas de sabotaje, si se les presenta la ocasión ?

Este es el punto en que la papeleta de voto se transforma en folio de cuestionario. Aquí no es necesario suponer que vayan a exigirse responsabilidades individuales por la respuesta dada, mas de lo que sí se puede estar seguro es de que existen relaciones numéricas. Se puede estar seguro de que ese dos por ciento aparecerá también, de acuerdo con las reglas de la doble contabilidad, en unos registros diferentes de los de la estadística electoral; aparecerá, por ejemplo, en las listas de nombres de los presidios y de los campos de trabajo, o en aquellos lugares donde es Dios el único que cuenta las víctimas.

Tal es la segunda función que esa diminuta minoría desempeña con respecto a la inmensa mayoría - la primera función consistía, como hemos visto, en ser la minoría la que otorgaba valor, más aún, realidad a la mayoría del noventa y ocho por ciento. Más importante que esto es, empero, lo siguiente: nadie desea que lo cuenten entre ese dos por ciento; ese dos por ciento pone a la vista un insidioso tabú. Al contrario, cada cual otorgará importancia a que se difunda bien difundido que el voto emitido por él ha sido un voto bueno. y si el individuo en cuestión formase por acaso parte del mencionado dos por ciento, ocultará eso aun a sus mejores amigos.

Otra ventaja del aludido tabú consiste en que está dirigido también contra la clase de los que no votan, contra los que se abstienen. La actitud consistente en no participar en las elecciones es una de las que llenan de inquietud a Leviatán; pero quien es ajeno al asunto tiende a sobreestimar la posibilidad de la abstención. A la vista de los peligros que la amenazan, esa actitud se esfuma con rapidez. Siempre podrá contarse, pues, con una participación casi total en las elecciones, y no será mucho menor el número de los votos emitidos en el sentido deseado por quien hizo la pregunta.

El votante dará importancia a que lo vean emitiendo su voto. Si desea proceder con total seguridad, también mostrará a algunos de sus conocidos la papeleta antes de introducirla en la urna. Lo mejor es hacer eso recíprocamente; así se podrá luego testificar que la cruz estaba puesta en el lugar debido. En esto hay un gran número de instructivas variantes; el buen europeo que no ha podido estudiar tales situaciones no puede hacerse idea de ellas ni aun en sueños. Así, un personaje que siempre se repite es el buen señor que entrega su papeleta al tiempo que dice, más o menos, esta frase:

-Pues también cabría depositarla abierta.

A lo que el funcionario electoral responde, con una sonrisa benévola y sibilina:

-Desde luego, desde luego... Pero no debe hacerse.

Realizar una visita a tales lugares es algo que aguza la vista para estudiar los problemas del poder. Uno se aproxima aquí a uno de sus centros vitales. Pero nos llevaría demasiado lejos el ocuparnos en los pormenores del montaje. Vamos a contentarnos con el estudio de un personaje singular, el del hombre que entra en uno de esos locales con el firme propósito de votar «no».


 

4

Tal vez no sea tan singular el propósito de nuestro hombre; es posible que otros muchos compartan esa misma intención; probablemente su número represente una cantidad significativamente mayor que el mencionado dos por ciento del cuerpo electoral. La puesta en escena de las elecciones se propone hacer creer a nuestro hombre, por el contrario, que se encuentra muy solo. y no sólo eso - la mayoría debe resultar imponente no sólo por su número, sino también por los signos de una superioridad moral.

Cabe suponer que nuestro votante ha sabido resistir, gracias a su capacidad de discernimiento, a la propaganda, a una propaganda prolongada e inequívoca, que con gran habilidad ha ido intensificándose hasta el día mismo de las elecciones. No ha sido fácil la tarea de resistir; a lo anterior se añade que la adhesión que de él se demanda se ha revestido con la modalidad de unas preguntas sumamente respetables; se le invita a participar en unas votaciones en favor de la libertad o en pro de la paz. Ahora bien, ¿quién no ama la paz y la libertad? Un monstruo habría que ser para no amarlas. Esta mera circunstancia confiere un carácter criminal al «no». El votante que emite un voto malo se asemeja al criminal que se aproxima sigilosamente al lugar del delito.

En cambio, el votante que emite un voto bueno, ¡de qué modo tan diferente se siente reconfortado por el día de las elecciones! Ya mientras estaba desayunando recibió a través de la radio la última incitación, las últimas instrucciones. Sale luego a la calle, donde reina un ambiente de jornada festiva. En todas las casas, en todas las ventanas hay banderas colgadas. En el patio del local donde se vota lo recibe una pequeña banda que está interpretando marchas militares. Los músicos van vestidos de uniforme; tampoco en la sala donde se vota faltan los uniformes. Como se halla entusiasmado, al elector bueno se le escapará, en cambio, que apenas puede decirse que exista una cabina cerrada donde rellenar la papeleta.

Es en ese detalle en lo que ante todo se fija, claro está, la atención del elector malo. Con el bolígrafo en la mano, se ve enfrentado a un colegio electoral que va vestido de uniforme; su proximidad le produce desconcierto. Las papeletas se rellenan sobre una mesa que tal vez se halle cubierta por los restos de un paño verde. No cabe duda de que el montaje está muy bien pensado. No es probable que pueda verse la casilla que el votante va a marcar con una cruz. ¿Pero está enteramente excluido lo contrario? La víspera ha oído susurrar que las papeletas han sido numeradas con unas máquinas de escribir carentes de cinta. Al mismo tiempo ha de asegurarse de que el hombre que se encuentra a sus espaldas no está mirando por encima de su hombro lo que escribe. Desde la parte alta de la pared lo contempla, con una sonrisa helada, un retrato gigantesco del jefe del Estado, vestido asimismo de uniforme.

La papeleta de voto, a la que ahora vuelve su atención nuestro hombre, irradia asimismo una fuerza sugestiva. Esa papeleta es el resultado de unos cálculos cuidadosos. Debajo de la frase «Elecciones en favor de la libertad» se ve un gran círculo: «Aquí es donde debes poner tu "sí"». Junto a él casi desaparece un segundo círculo, un círculo pequeño, destinado al «no».

Ha llegado el gran momento: el votante se dispone a poner una marca en su papeleta. Coloquémonos mentalmente a su lado; efectivamente, ha votado «no». Es cierto que ese acto constituye una encrucijada de ficciones, que ya investigaremos - las elecciones, los electores, los carteles electorales, todas esas cosas son etiquetas que aluden a realidades y procesos enteramente distintos. Son un espejismo. Mientras se hallan en proceso de ascenso, la dictaduras viven en gran parte del hecho de que aún no haya sido posible descifrar sus jeroglíficos. Hasta más tarde no encuentran su Champollion, el cual, ciertamente, no restituye la antigua libertad. Pero sí enseña a dar una respuesta correcta.

Tenemos la impresión de que nuestro hombre ha ido a caer en una trampa. Esto no hace menos admirable su comportamiento. Es cierto que su «no» constituye un mero gesto ejecutado en una posición perdida; a pesar de todo, causará efecto. Esto no se notará, desde luego, en aquellos sitios donde el viejo mundo continúa bañándose en los rayos del sol poniente, no se notará en las hermosas colinas, en las islas, en suma, allí donde reinan climas más templados. En cambio, el otro noventa y ocho por ciento de los votos emitidos sí que causa en los citados sitios una impresión enorme. y como hace ya mucho tiempo que viene celebrándose, de una manera cada vez más irreflexiva, el culto de la mayoría, se pasa por alto el mencionado dos por ciento. El papel que éste representa consiste en hacer visible, aplastante, la mayoría, pues ésta dejaría de serlo si se hubiera alcanzado el cien por cien de los votos.

Por tanto, en los países donde aún se conocen las elecciones auténticas un éxito tan grande como ése, la obtención de un noventa y ocho por ciento de los votos, provocará primero asombro y respeto, y luego envidia. Si el efecto de semejante éxito se deja sentir también en la política exterior, entonces esos sentimientos pueden trocarse de repente en odio y desprecio. Pero también en este caso se pasará por alto a los dos justos, al contrario de lo que hizo Dios en Sodoma. Se oirá decir que en aquel país se han conjurado todos con el mal y que se hallan maduros para una ruina bien merecida.


 

5

Vamos a prescindir ahora del noventa y ocho por ciento ya fijar nuestra atención en el dos por ciento restante; son las pepitas de oro que han quedado en el cedazo. Vamos a traspasar con este fin la puerta cerrada detrás de la cual está haciéndose el recuento de los votos. Al entrar allí penetramos en uno de los ámbitos tabú de la democracia plebiscitaria, acerca de la cual existe una única opinión pública e innumerables opiniones dichas en voz baja.

Los miembros del colegio electoral con que aquí nos encontramos irán también vestidos de uniforme, pero tal vez se hallen en mangas de camisa; los invade el espíritu propio de un ambiente agradable y familiar. Ese colegio estará compuesto de representantes locales del partido y, además, de propagandistas y de policías. El estado de ánimo que allí reina es el que corresponde al dueño de un negocio que va a hacer el recuento de caja; no deja de haber tensión, pues todos los allí presentes son más o menos responsables del resultado. Se procede a la lectura de los « síes » y de los «noes» - los primeros son acogidos con una satisfacción benévola; los segundos, con una satisfacción malévola. A los «síes» y a los «noes» se agregan los votos nulos y los votos en blanco. Cuando más desagradable se torna el ambiente es cuando en alguna de las papeletas aparece el epigrama escrito por un guasón; tales epigramas se han vuelto escasos, desde luego. En el ámbito donde ejerce su imperio la tiranía se echa de menos el humor, como se echan de menos también todas aquellas cosas que constituyen el acompañamiento de la libertad; pero el chiste será tanto más agudo cuando alguien arriesga su cabeza a cambio.

Vamos a suponer que nos encontramos en un punto en que la propaganda ha avanzado ya bastante en sus esfuerzos intimidatorios. En este caso circulará entre la población el rumor de que grandes cantidades de «noes» han sido transformados en «síes». Lo probable es que esto no resulte necesario en absoluto. Incluso podría haberse dado el caso contrario, a saber, que quien hizo la pregunta tuviera que inventar algunos «noes» para llegar así a la cifra que había calculado. Lo cierto es que es él quien dicta la ley a los votantes, y no a la inversa. Este hecho pone de manifiesto el destronamiento político de las masas que el siglo XIX había desarrollado.

En estas circunstancias tendría una gran significación el mero hecho de que entre cien votos depositados en la urna se encontrase un solo «no». De quien lo emitió cabe aguardar que hará sacrificios por defender su opinión y su concepto del derecho y de la libertad.


 

6

También pudiera ser que de ese único voto, o, más bien, de quien lo emitió dependiera el que no se hiciese realidad el estado de termitas que siempre está amenazándonos. En este punto no cuadran las cuentas, esas cuentas que al espíritu le parece que han de cuadrar, aunque bien es cierto que lo único que falta es una fracción minúscula.

Topamos aquí, por tanto, con una oposición efectiva y real, la cual, sin embargo, no ha llegado aún a adquirir conocimiento ni de su propia fortaleza ni tampoco del modo en que ha de emplearse. Lo que nuestro votante ha hecho al poner una cruz en el lugar peligroso ha sido lo que de él estaba aguardando su prepotente adversario. La acción aquí ejecutada es, con toda seguridad, la acción de un hombre valiente, pero es a la vez la acción de uno de los innumerables analfabetos en las nuevas cuestiones del poder. Es alguien al que es menester prestar ayuda.

En la sala donde se votaba lo asaltó la sensación de estar entrando en una trampa yeso lo hizo reparar en cuál era la situación en que se hallaba. Encontrábase en un lugar donde las palabras no concordaban con los hechos. Ante todo, como hemos visto, lo que él rellenó no fue una papeleta de voto, sino el folio de un cuestionario; nuestro votante no se encontraba, pues, en una situación de libertad, sino que estaba confrontado a sus gobernantes. Al ser él el único entre ciento en poner «no» en la papeleta, lo que con ello hizo fue cooperar a una estadística de la autoridad. Exponiéndose a unos riesgos enteramente desproporcionados, lo que hizo fue dar a su adversario las informaciones que éste deseaba. A su adversario lo hubiera desasosegado más el alcanzar el cien por cien de los votos.

Entonces, ¿cuál debe ser la conducta de nuestro hombre si deja de utilizar la última posibilidad que se le ha otorgado de exteriorizar su opinión? Al hacer esa pregunta abordamos una ciencia nueva, a saber, la doctrina de la libertad del ser humano enfrentado a una violencia que se ha modificado. Esto nos lleva mucho más allá de nuestro caso particular. Por el momento vamos a emitir, sin embargo, nuestro dictamen acerca de éste.

El votante se encuentra en el aprieto siguiente: lo ha invitado a tomar una decisión libre un poder que no piensa atenerse, por su lado, a las reglas del juego. Es el mismo poder que le exige un juramento, en tanto él mismo vive de perjurar. Lo que el votante hace es, pues, depositar una puesta buena en una banca fraudulenta. De ahí que nadie pueda reprocharle que no entre en esos problemas y silencie su «no». Tiene derecho a hacerlo, y no sólo por motivos de autoconservación; su conducta puede ser también una manifestación de desprecio a quien tiene el poder, un desprecio que es superior incluso a un «no».

Con lo dicho no pretende afirmarse que el «no» de nuestro hombre vaya ahora a quedar necesariamente perdido para el mundo exterior. Al contrario - sólo que ese «no» no debe aparecer en el lugar que para él ha escogido quien tiene el poder. Hay otros sitios donde a éste le desagrada mucho más ese «no» - por ejemplo, el borde en blanco de un cartel electoral, o una guía telefónica expuesta en un lugar público, o el pretil de un puente por donde pasan a diario millares de personas. Este sería un lugar mejor para una frase breve; por ejemplo: «yo he dicho "no"».

Al joven al que se aconseja que actúe de ese modo habría que decirle además otras muchas cosas que únicamente enseña la experiencia; por ejemplo, lo siguiente: «La semana pasada apareció escrita en uno de los muros de la fábrica de tractores de nuestra ciudad la palabra "hambre". Se hizo comparecer a los obreros y se les ordenó que vaciasen sus bolsillos. Se encontró un lapicero cuya punta tenía rastros de cal».

Por otro lado las dictaduras ofrecen, en razón de la propia presión que ejercen, una serie de puntos vulnerables que simplifican y abrevian el ataque contra ellas. Así, para seguir con el ejemplo anterior, ni siquiera es menester escribir la frase que acabamos de mencionar. También sería suficiente la palabrita «no». Y todo aquel cuyos ojos se fijaran en ella sabría perfectamente lo que quiere decir. Es un signo de que la opresión no ha logrado triunfar del todo. Los símbolos tienen un brillo especial precisamente cuando aparecen sobre basamentos monótonos. Lo que a las superficies grises corresponde es la concentración en el espacio más reducido posible.

Tales signos pueden adoptar la forma de colores, de dibujos, de objetos. Cuando su carácter es el de letras, la escritura se transforma entonces en pictografía y vuelve de ese modo a sus orígenes. Con ello adquiere una vida inmediata, se torna jeroglífica y, en vez de dar explicaciones, proporciona materia para explicaciones. Aún se podría abreviar más y, en vez de poner la palabra «no», poner, por ejemplo, una sola letra. Supongamos que sea la letra E. Tal letra podría significar entonces cosas como éstas: Elecciones, Entérate, Empleo, Embuste, Explotación. Pero también podría querer decir: Emboscado.

Esto sería un primer paso para salir del mundo vigilado y dominado por la estadística. y en seguida surge la pregunta de si la persona singular es lo bastante fuerte como para poder correr tal riesgo.


 

7

Dos son las objeciones que en este punto es menester considerar. Lo primero que puede preguntarse es lo siguiente: ¿es que es absurdo ese repudio aislado manifestado con la papeleta de voto? En un plano moral elevado no existen los escrúpulos a que antes nos hemos referido. Lo que nuestro hombre dice es su opinión, y da igual cuál sea el foro ante el que lo haga. Nuestro hombre toma en consideración incluso la posibilidad de que su acción le acarree la ruina.

Nada hay que oponer a esto, aunque el exigir en la práctica tal cosa vendría a significar el exterminio de la élite, de la minoría selecta; de hecho se dan casos en que se propugna con mala intención esa exigencia. No, un voto como ése no puede considerarse perdido, aunque es cierto que se lo emite en una posición perdida. Es precisamente esto lo que le confiere una significación especial. Ese voto no quebrantará al adversario, pero sí produce un cambio en quien se decidió a emitirlo. Este había sido hasta ese momento alguien que defendía una convicción política entre otras - a partir de ahora se convierte, frente al nuevo empleo de la violencia, en un combatiente que hace un sacrificio inmediato, se transforma tal vez en un mártir. El mencionado cambio es independiente del contenido de su convicción - también los viejos sistemas, también los viejos partidos sufren un cambio cuando se llega al enfrentamiento. No encuentran el camino de vuelta a la libertad heredada. Un demócrata que haya votado en favor de la democracia con su solo voto, al cual se oponen los otros noventa y nueve, se ha salido, al obrar así, no sólo de su sistema político, sino también de su individualidad. Esto tiene luego efectos que van mucho más allá del fugaz suceso, por cuanto, después de éste, no puede ya haber ni democracias ni individuos entendidos en el viejo sentido.

Ese fue el motivo de que fracasaran todas las numerosas tentativas de retornar a la República bajo los césares. Los republicanos habían sucumbido en la guerra civil o bien habían salido de ella cambiados.


 

8

Más difícil resulta refutar la segunda objeción - ya la habrá hecho una parte de los lectores: ¿por qué ha de tener peso solamente ese único «no»? Pues cabe pensar que entre los otros noventa y nueve se encuentren algunos emitidos por convicción, por una convicción total y honesta y por motivos que son concluyentes.

Esto es, efectivamente, algo que no puede discutirse. Hemos arribado aquí al punto donde no parece posible llegar a un entendimiento. Aun cuando sólo se haya emitido un «sí» auténtico, esa objeción es irrebatible.

Supongamos un «sí» ideal y un «no» ideal. En quienes los emitieron se pondría de manifiesto la disensión que nuestro tiempo alberga en su seno y que también alza sus pros y sus contras dentro incluso del pecho de cada cual. El «sí« estaría a favor de la necesidad; el «no», a favor de la libertad. El proceso histórico discurre de tal manera que ambos poderes, tanto la necesidad como la libertad, influyen en él. Cuando en ese proceso falta uno de los dos mencionados poderes, se degrada.

No depende sólo de la situación, sino que depende principalmente del espectador cuál de esos dos lados es el que se ve. Pero el espectador no dejará nunca de sentir también el lado opuesto. El espectador se ve coartado en su libertad por lo necesario, pero es él, con su libertad precisamente, quien otorga un estilo a lo necesario. Esto es lo que establece una diferencia entre que los hombres y los pueblos den satisfacción a su tiempo o perezcan a causa de él.

En el hecho de irse al bosque, de emboscarse, esto es, en lo que en adelante llamaremos «emboscadura» contemplamos la libertad de la persona singular dentro de este mundo. Además de esto, es preciso describir la dificultad, más aún, el mérito que hay en ser en este mundo una persona singular. No se discute que este mundo ha cambiado y sigue cambiando, y que lo hace por necesidad; mas con ello ha cambiado también la libertad; no ha cambiado en su esencia, desde luego, pero sí en su forma. Estamos viviendo en la Edad del Trabajador; es ésta una tesis que, desde que se formuló, se habrá vuelto más clara.* La emboscadura crea dentro de ese orden el movimiento que lo separa de las formaciones zoológicas. La emboscadura no es ni un acto liberal ni un acto romántico, sino el espacio de juego de pequeñas minorías selectas; éstas saben qué es lo que viene exigido por nuestro tiempo, pero saben también algunas cosas más.

* La tesis a que aquí se refiere el autor fue formulada por él mismo en su libro El trabajador (1932), de próxima publicación en Tusquets Ediciones. (N. del T.)


 

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El hombre que emitió aquel único voto no es todavía un emboscado. Visto históricamente es alguien que incluso camina con retraso. Esto se deja ver también en el hecho de que lo que él hace es negar. Hasta que no tenga una visión de conjunto de la partida que se juega no podrá ese hombre aparecer con sus rasgos propios, que acaso serán sorprendentes.

Lo que ante todo ha de hacer, a fin de que eso ocurra, es salirse del marco de las viejas nociones acerca de la mayoría, nociones que aún siguen operando, aunque tanto Burke como Rivarol dejaron ya bien claro su significado. Dentro de ese marco carecería de toda importancia una minoría del uno por ciento. Antes hemos visto que la minoría sirve más bien para corroborar a la aplastante mayoría.

Tan pronto como uno se sale de la estadística, las cosas cambian en favor de las consideraciones valorativas. En este aspecto ese único voto se diferencia de todos los demás hasta tal punto que es él incluso el que les otorga curso legal. De quien lo emitió nos está permitido pensar que sabe no sólo forjarse una opinión propia, sino también atenerse firmemente a ella. De ahí que nos sea lícito conceder asimismo coraje a nuestro hombre. Si en tiempos, acaso prolongados, de puro empleo de la violencia se encuentran personas singulares que conservan el conocimiento del derecho aun a costa de sacrificios, ése es el lugar donde hay que buscarlas. Aunque guarden silencio, siempre habrá movimiento a su alrededor, como sobre escolleras invisibles. En esas personas singulares se pone de manifiesto que la mera superioridad de poder no es capaz de crear derecho, no es capaz de crearlo ni siquiera allí donde produce también cambios históricos.

Si miramos las cosas desde este ángulo, no aparece entonces tan parvo el poder de la persona singular en el seno de las masas carentes de rango. Es preciso no olvidar que esa persona singular está casi siempre rodeada de otras personas que le son próximas, de personas en las cuales influye y que comparten su sino cuando ella sucumbe. Esas personas, próximas a la persona singular, a que aquí estamos refiriéndonos se diferencian también tanto de los miembros de la familia burguesa cuanto de los buenos conocidos de antaño. Se trata de unos vínculos más fuertes. Lo que de aquí resulta es una oposición, una oposición que no es sólo de uno de cada cien votantes, sino de uno de cada cien habitantes. Este cálculo tiene un fallo, y es que en él se incluye también a los niños; pero en la guerra civil el ser humano adquiere pronto mayoría de edad y asimismo adquiere pronto responsabilidad. Por otro lado, en países que poseen una vieja historia jurídica habrá seguramente que elevar la mencionada cifra del uno por ciento. Pero aquí no se trata de relaciones numéricas, sino de condensaciones ontológicas; con ello penetramos en un orden diferente, en el cual da igual que la opinión de la persona singular contradiga a la opinión de cien o a la opinión de mil. De la misma manera, su inteligencia, su voluntad, su influjo pueden compensar los de veinte o los de mil. Si la persona singular se ha decidido a salirse de la estadística, verá entonces, a la vez que el riesgo, también la insensatez que hay en cultivarla; es una actividad que queda lejos de las fuentes.

Vamos a contentarnos con la sospecha de que en una ciudad de diez mil habitantes hay cien personas que están decididas a demoler la violencia. En una ciudad de un millón de habitantes viven diez mil «emboscados», si es que queremos servirnos de esa palabra, aunque todavía no tenemos una visión completa de su alcance. Esto representa un poder enorme. Basta para derribar incluso a tiranos muy poderosos. Pues las dictaduras no son sólo peligrosas, están a la vez expuestas a peligros, ya que su brutal despliegue de fuerza provoca también un amplio repudio. En tal situación resultará inquietante la disposición a la lucha de minorías minúsculas, sobre todo si han desarrollado una táctica.

Esto es lo que explica el gigantesco incremento de la policía. A primera vista parecerá absurdo que ésta crezca hasta el punto de llegar a constituir verdaderos ejércitos y que ello ocurra en imperios donde ha llegado a ser aplastante el aplauso. Por tanto, ese incremento de la policía es por fuerza un signo de que el potencial de la minoría ha crecido en igual proporción. Y eso es lo que efectivamente acaece. De un hombre que vota «no» en unas, así llamadas, «elecciones en favor de la paz» cabrá aguardar que ofrezca oposición en cualesquiera circunstancias y de modo especial cuando pasan apuros los dueños de la violencia. En cambio, no existe en absoluto la misma seguridad de que se mantenga el aplauso de los otros noventa y nueve si las cosas empiezan a tambalearse. En tales circunstancias la minoría se asemeja a un virus que causa un efecto enorme, imposible de calcular, y que impregna la totalidad del Estado.

Para averiguar dónde se hallan los puntos en que ataca ese virus, para observarlos y vigilarlos son necesarios grandes contingentes de policía. A medida que va creciendo la adhesión de las masas, también va creciendo la desconfianza respecto de ellas. Cuanto más se aproxima al cien por cien la cifra de los votos buenos, tanto más crece el número de los sospechosos. Pues cabe suponer que quienes portan en sí la oposición se habrán trasladado de un orden abarcable mediante la estadística a aquel orden invisible que nosotros denominamos la «emboscadura», el «irse al bosque». Ahora es preciso vigilar a todos. El espionaje introduce sus tentáculos en cada bloque de viviendas, en cada domicilio; intenta penetrar incluso en las familias y alcanza sus máximos triunfos en las autoinculpaciones que contemplamos en los grandes procesos públicos; en ellos vemos al individuo representar el papel de policía de sí mismo, lo vemos cooperar a su propia aniquilación. El individuo no es ya indivisible, como sí lo fue en el mundo liberal; ahora el Estado lo ha partido en dos mitades: una mitad que es culpable y otra mitad que se autoinculpa. .

Qué espectáculo tan chocante es ése de ver cómo unos Estados que están fuertemente armados, cómo unos Estados que se ufanan de hallarse en posesión de todos los medios de poder, son al mismo tiempo sumamente susceptibles. Los cuidados que tales Estados han de prestar a la policía reducen su poder exterior. La policía recorta los presupuestos del ejército, y no sólo los presupuestos. Si las grandes masas fueran tan transparentes como asevera la propaganda, si sus átomos estuvieran tan orientados en una misma dirección, entonces se precisaría una cantidad de policía no mayor que el número de canes que necesita el pastor para cuidar de su rebaño. No es eso lo que ocurre, sin embargo; pues en el seno del gris rebaño se esconden lobos, es decir, personas que continúan sabiendo lo que es la libertad. y esos lobos no son sólo fuertes en sí mismos; también existe el peligro de que contagien sus atributos a la masa, cuando amanezca un mal día, de modo que el rebaño se convierta en horda. Tal es la pesadilla que no deja dormir tranquilos a los que tienen el poder.


 

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Una de las notas características y específicas de nuestro tiempo es que en él van unidas las escenas significativas y los actores insignificantes. Esto es algo que se pone de manifiesto sobre todo en los grandes hombres que aparecen en su escenario; uno tiene la impresión de que todos ellos son personajes de ésos que pueden encontrarse en las cantidades que se desee tanto en los cafés de Ginebra o de Viena cuanto en provincianos mesas de oficiales del ejército o también en oscuros caravasares. En aquellos sitios donde, además de la mera fuerza de voluntad, aparecen también rasgos espirituales, nos está permitido sacar la conclusión de que allí perdura un material antiguo; tal es, por ejemplo, el caso de Clemenceau, del que puede decirse que era un hombre de una pieza.

Lo que en este espectáculo resulta irritante es que en él la mediocridad va asociada a un poder funcional enorme. Estos son los hombres en cuya presencia se ponen a temblar millones de seres humanos, los hombres de cuyas decisiones dependen millones de personas. Y, sin embargo, son los mismos hombres de los cuales es preciso decir que han sido elegidos con un zarpazo infalible por el Zeitgeist, el Espíritu del Tiempo, si es que queremos contemplar aquí a tal espíritu en uno de sus aspectos posibles, el de un enérgico empresario de demoliciones. Ninguna de esas expropiaciones, socializaciones, electrificaciones, concentraciones de tierras, fraccionamientos y pulverizaciones que se llevan a cabo presupone ni cultura ni carácter; antes al contrario, esas dos cualidades resultan nocivas para el automatismo. De ahí que en aquellos sitios del paisaje de talleres donde se puja por el poder, éste sea adjudicado a aquél en quien la insignificancia está peraltada por una voluntad fuerte. En otro lugar volveremos a abordar este tema y en especial sus implicaciones morales.

Pero en la misma medida en que las actuaciones comienzan a perder interés desde la perspectiva de la psicología, en esa misma medida se tornan más significativas desde la perspectiva de la tipología. El ser humano penetra en unas circunstancias que él no abarca en seguida con su conocimiento consciente ya las que mucho menos aún configura - sólo con el paso del tiempo va adquiriendo la óptica que hace comprensible el espectáculo. Sólo entonces será posible el dominio. Antes de poder actuar sobre un proceso es preciso haberlo comprendido.

Con las catástrofes vemos aflorar a la superficie figuras que muestran estar a la altura de ellas y que las sobrevivirán cuando hayan quedado hace mucho tiempo olvidados los nombres casuales. Entre esas figuras se cuenta sobre todo la del Trabajador, la cual avanza con paso seguro e imperturbable hacia sus objetivos. Lo único que el fuego de la catástrofe hace es realzar más y más esa figura, tornarla cada vez más resplandeciente. Aún brilla iluminada por la incierta luz de los Titanes; no barruntamos en qué ciudades regias, en qué metrópolis cósmicas alzará esa figura su trono. El mundo lleva ahora el uniforme y las armas de la figura del Trabajador - y alguna vez llevará también su vestido de día de fiesta. Dado que por el momento esa figura se halla en los primeros pasos de su carrera, el compararla con lo que ya ha llegado a su acabamiento no le hace justicia.

En el séquito de la figura del Trabajador aparecen otras figuras - también aquéllas en que se sublima el sufrimiento. Entre ellas se encuentra el Soldado Desconocido, el Soldado Anónimo, que precisamente por estar desprovisto de nombre se halla vivo no sólo en todas las capitales, sino también en todas las aldeas, en todas las familias. Los lugares del combate, sus objetivos temporales, incluso los pueblos de que esos soldados desconocidos fueron representantes, todas esas cosas van difuminándose. Se enfrían los incendios - y lo que queda es otra cosa, algo que es común a todos y hacia lo cual no se vuelven ya la voluntad y la pasión, sino el arte y la veneración.

¿A qué se debe el que la figura del Soldado Desconocido vaya claramente asociada al recuerdo de la primera guerra mundial, pero no al de la segunda? Se debe a que en la última resaltan con claridad las modalidades y los objetivos de la guerra civil mundial. Con ello vuelve a pasar a segundo plano lo propiamente bélico, el soldado. En cambio, el Soldado Desconocido de la primera guerra mundial continúa siendo un héroe, un domeñador de los mundos del fuego, que toma sobre sí grandes cargas en medio de aniquilaciones mecánicas. Ello lo convierte en un descendiente legítimo de la caballería de Occidente.

La segunda guerra mundial se diferencia de la primera no sólo porque las cuestiones nacionales pasan abiertamente a formar parte de las cuestiones de la guerra civil y quedan subordinadas a éstas, sino a la vez porque en ella se intensifica el desarrollo mecánico y de ese modo se acerca, en el automatismo, a los últimos límites. Esto comporta ataques exacerbados contra el nomos y contra el ethos. En este contexto se llega a batidas efectuadas por un poder que supera en mucho el del adversario, a batidas que no dejan ninguna esperanza. La batalla de material se intensifica hasta convertirse en una batalla de cerco, hasta transformarse en un Cannas, al cual le falta, empero, la grandeza antigua. El sufrimiento crece hasta tal punto que por fuerza queda excluido lo heroico. Al igual que todas las otras modalidades de la estrategia, también ésta nos procura una imagen exacta de nuestro tiempo; éste intenta clarificar en el fuego las cuestiones que le son propias. Desde hace ya mucho está preparada la batida del ser humano, una batida que no deja escapatoria ninguna; y está preparada por teorías que aspiran a dar una explicación lógica y compacta del mundo y que corren parejas con el desarrollo técnico. Al adversario sé lo cerca primero en el campo de la razón y luego también en el campo social; a esto se agrega, llegada la hora, su exterminio. No hay destino más desesperanzado que el caer en un proceso como ése, en un proceso en el cual el derecho se ha convertido en un arma.


 

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Tales fenómenos han venido dándose desde siempre en la historia humana; podríamos contarlos entre las atrocidades que raras veces faltan cuando se producen grandes cambios. Más desasosiego causa el hecho de que la crueldad amenace con convertirse en un elemento constitutivo, en una institución de las nuevas formaciones de poder, así como el ver entregada inerme a ella la persona singular.

Esto tiene varios motivos; el principal es que el pensamiento racional es cruel. Esa cualidad suya se contagia luego a los planes que se hacen. En esto desempeña un papel especial la extinción de la libre competencia. Tal extinción provoca curiosas imágenes reflejas de sí misma. Como su propio nombre indica, la competencia o concurrencia se asemeja a la carrera de competición, en la cual conquistan el premio los más hábiles. Donde desaparece la competencia se corre el riesgo de que surja una especie de estirpe de rentistas mantenida a costa del Estado, mientras en la política exterior perdura la competencia, es decir, la carrera de competición entre los diferentes Estados. Por esa brecha es por donde penetra el terror. Sin duda son otras circunstancias las que lo provocan: en esto queda al descubierto uno de los motivos que hacen que subsista el terror. La velocidad generada por la carrera competitiva de los Estados entre sí causa ahora necesariamente miedo. En un caso el nivel depende de las altas presiones; en el otro, del vacío. En el primer caso quien marca el ritmo es el ganador; en el segundo, aquél a quien cada vez le van peor las cosas.

Con esto se halla relacionado el hecho de que el Estado se ve forzado en el segundo caso a someter permanentemente una parte de su población a unas intromisiones horrorosas. La vida se ha vuelto gris, pero aún puede parecerle soportable a quien divisa a su lado la oscuridad, el negro absoluto. Ahí, y no en el terreno de la economía, es donde residen los peligros de las grandes planificaciones.

No deja de ser caprichosa la selección de los estratos de la sociedad que son perseguidos de ese modo; siempre se tratará de minorías que o bien llevan por naturaleza una marca que las distingue de los otros o bien han sido inventadas con ese fin. Es evidente que con ello quedan coamenazados también todos los que sobresalen por herencia y talento. Este mismo clima se contagia al trato acordado a los vencidos en la guerra; en conexión con la recriminación de una culpabilidad general se llega entonces a dejar morir de hambre a la gente en los campos de concentración, se llega a imponer trabajos forzados, a exterminar a los seres humanos en vastos territorios ya deportar a los supervivientes.

Es comprensible que en una situación como ésa el hombre prefiera Soportar las cargas más pesadas a ser contado entre los «otros». El automatismo parece quebrantar con gran facilidad, como si lo hiciera jugando, lo que queda de la voluntad libre; la persecución se ha tornado compacta y universal, como un elemento de la naturaleza. Tal vez algunos privilegiados puedan tener abierta la puerta de la huida; pero la huida suele conducir a cosas peores. La oposición parece dar estímulos a los dueños de la violencia, les procura el anhelado pretexto para intervenir. Frente a esto, la última esperanza que queda es que el proceso acabe devorándose a sí mismo, como un volcán que ha arrojado toda su lava. Pero entretanto sólo puede haber dos preocupaciones para el hombre que está batido de ese modo: ejecutar el trabajo que le asignan y no desviarse de la norma. Esto repercute incluso en las zonas de seguridad; en ellas se apodera de los seres humanos un pánico propio de la catástrofe. En este punto surge la cuestión -y lo hace no sólo en la teoría, sino en toda existencia real de hoy-, en este punto surge la cuestión de si no se podrá tomar todavía un camino diferente. Existen, en efecto, pasos de montaña, senderos de herradura que sólo se descubren después de una prolongada ascensión. Se ha llegado a una concepción nueva del poder, se ha llegado a unas concentraciones de poder inmediatas, vigorosas. Para poder plantarles cara se necesita una concepción nueva de la libertad, una concepción que no puede tener nada que ver con los desvaídos conceptos que hoy van asociados a esa palabra. Esto presupone, para empezar, que uno no quiera simplemente que no lo esquilen, sino que esté dispuesto a que lo despellejen.

Y de hecho habrá que reconocer que no han quedado extinguidos todos los movimientos en estos Estados que disponen de una masa enorme de policías y que han adquirido una ingente superioridad de poder. Las corazas de los nuevos Leviatanes tienen sus brechas propias, que continuamente están siendo palpadas, y esa operación tiene como premisas una prudencia y una audacia de una especie nunca antes conocida. Así, uno se inclina a pensar que existen aquí minorías selectas que están iniciando la lucha en favor de una libertad nueva, una lucha que requiere grandes sacrificios; no es lícito dar a esa lucha una interpretación que resulte indigna de ella. Para encontrar algo parangonable con esa lucha es preciso dirigir la mirada a tiempos y lugares esforzados; por ejemplo, a los de los hugonotes o a los de las guerrillas que Goya vio en sus Desastres. Comparado con estas cosas, el asalto a La Bastilla, del cual sigue alimentándose todavía hoy la consciencia de libertad del individuo, no pasa de ser un paseo dominguero por las afueras de la ciudad.

En el fondo no es posible considerar por separado la tiranía y la libertad, aunque es cierto que, cuando se las ve temporalmente, la una releva a la otra. Desde luego puede decirse que la tiranía deja en suspenso la libertad y la aniquila - mas, por otro lado, la tiranía sólo puede llegar a ser posible en aquellos sitios donde la libertad se ha domesticado y diluido en un huero concepto de sí misma.

El ser humano tiende a edificar sobre los aparatos o a seguir cediendo a ellos aun en los sitios donde le es preciso sacar el agua de fuentes que le son propias. Esto representa un defecto de fantasía. El ser humano ha de saber cuáles son aquellos puntos donde no le es lícito traficar con su decisión soberana. Mientras marchen bien las cosas, siempre habrá agua en las tuberías y corriente eléctrica en los enchufes. Cuando la vida y la propiedad están amenazadas, un simple grito de alarma basta para que hagan acto de presencia, como por arte de magia, los bomberos y la policía. El gran peligro está en que el hombre confíe demasiado en las ayudas de otros y, cuando faltan aquéllas, quede desvalido. Todas las comodidades hay que pagarlas. La situación de animal doméstico arrastra consigo la situación de animal de matadero.

Las catástrofes son una prueba que permite averiguar en qué medida siguen conservando un fundamento originario los hombres y los pueblos. Allende la civilización y las seguridades que son procuradas por ella, la salud y las esperanzas de vida dependen de que una cuando menos de las raíces continúe nutriéndose directamente del reino telúrico.

Esto se pone de manifiesto en aquellos tiempos en que se atraviesan fases de amenazas muy intensas; en esas fases los aparatos no sólo dejan en la estacada al ser humano, sino que lo baten de tal manera que no parece quedar esperanza ninguna. Entonces es cuando el hombre ha de decidir si da por perdida la partida o si desea continuarla, apoyándose para ello en su fuerza más íntima, en su fuerza propia. En este último caso se decide a irse al bosque, a emboscarse.


 

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Hemos dicho que el Trabajador y el Soldado Desconocido son dos de las grandes figuras de nuestro tiempo. En el Emboscado divisamos una tercera, que va apareciendo con una claridad cada vez mayor.

En el Trabajador el principio activo se despliega en la tentativa de imponerse al universo y dominarlo de una manera nueva, en el ensayo de alcanzar proximidades y lejanías no vistas antes por ningún ojo, impartir órdenes a unas energías que hasta este momento nadie había desencadenado.

El Soldado Desconocido está en la zona de sombra de las acciones, cual víctima sacrificada que porta las cargas en los grandes desiertos del fuego y que es evocada como espíritu bueno y unificador; esa tarea unificadora la realiza no sólo en el interior de los pueblos, sino también entre los pueblos.

Llamamos Emboscado, en cambio, a quien, privado de patria por el gran proceso y transformado por él en un individuo aislado, acaba viéndose entregado al aniquilamiento. Este destino podría ser el destino de muchos y aun el de todos - no es posible dejar de añadir, por tanto, una precisión. y ésta consiste en lo siguiente: el emboscado está decidido a ofrecer resistencia y se propone llevar adelante la lucha, una lucha que acaso carezca de perspectivas. Un emboscado es, pues, quien posee una relación originaria con la libertad; vista en el plano temporal, esa relación se exterioriza en el hecho de que el emboscado piensa oponerse al automatismo y piensa no sacar la consecuencia ética de éste, a saber, el fatalismo.

Si lo contemplamos de ese modo, no dejará de hacérsenos evidente el papel desempeñado por el emboscado no sólo en los pensamientos, sino también en la realidad de estos años que estamos atravesando. Todos y cada uno de nosotros nos encontramos hoy en una situación de coacción, y los intentos de conjurarla se asemejan a experimentos audaces, a experimentos de los cuales depende un destino mucho mayor aún que el de quienes están decididos a correr el riesgo de llevarlos a cabo.

Acciones arriesgadas como ésas pueden tener esperanzas de éxito únicamente si les prestan su ayuda, y les abren nuevas vías allí donde no hay salida, las tres grandes potencias: el arte, la filosofía y la teología. Estudiaremos esto con detenimiento. Por ahora anticipemos tan sólo que el tema de la persona singular sometida a una batida va ocupando de hecho un espacio cada vez mayor en el arte. Es natural que ese tema resalte de manera especial en la descripción del ser humano que corresponde realizar al teatro y al cine y, ante todo, a la novela. Vemos realmente cómo está cambiando la perspectiva, pues la descripción de la sociedad que progresa o se descompone va dejando paso a la confrontación de la persona singular con el colectivo técnico y con el mundo peculiar de ese colectivo. Penetrando en sus profundidades, el autor mismo se convierte en un emboscado; la palabra «autoría» es sólo otro nombre para decir «independencia».

Hay una línea recta que lleva de estas descripciones a Edgar Allan Poe. Lo extraordinario de este espíritu está en su economía de medios. Ya antes de que se alce el telón escuchamos el motivo conductor, y por los primeros compases nos enteramos de que el espectáculo llegará a ser amenazador. Los personajes, que son sobrios, matemáticos, son a la vez fatídicos; en eso estriba su inaudita fascinación. El Maelstrom es el embudo, es la resaca irresistible hacia la cual atraen el vacío y la nada. El pozo nos presenta la imagen del asedio, del cerco cada vez más angosto; el espacio comienza a reducirse ya empujar hacia las ratas. El péndulo es el símbolo del tiempo muerto, susceptible de medición; es la afilada guadaña de Cronos, colgada de él, guadaña que se mueve de un lado para otro y amenaza al prisionero, pero que a la vez lo libera, si éste sabe servirse de ella. *

De entonces acá ha ido llenándose de mares y países la apretada cuadrícula que cubre el mapa de la Tierra. Se ha agregado la experiencia histórica. Ciudades cada vez más artificiales, comunicaciones automáticas, guerras entre naciones y guerras civiles, infiernos de máquinas, despotismos grises, cárceles, asechanzas sutiles -. todas esas cosas han ido recibiendo un nombre geográfico y ocupan día y noche al ser humano. Vemos

a éste meditar, como planificador y pensador audaz, sobre el avance de los procesos y sobre el modo de encontrarles una salida; en las acciones lo vemos como conductor de máquinas, como guerrero, como prisionero, como partisano en medio de las ciudades, las cuales unas veces arden en llamas y otras se iluminan para celebrar fiestas. Vemos al ser humano en el papel de despreciador de los valores, en el papel de frío calculador, pero también lo contemplamos sumido en la desesperación cuando, en medio de los laberintos, la mirada busca las estrellas.

El proceso tiene dos polos - por un lado, el polo del Todo, el cual progresa, en configuraciones cada vez mayores, a través de todas las resistencias. Aquí está el movimiento completo, el despliegue imperial, la seguridad total. En el otro polo vemos a la persona singular; ésta es el hombre que sufre, y que se encuentra desprotegido, y cuya inseguridad es también total. Ambos polos se condicionan mutuamente, pues es del miedo de lo que vive el gran despliegue del poder, y la coacción adquiere especial eficacia en aquellos sitios donde se ha intensificado la sensibilidad.

El arte se ocupa con esta nueva situación del ser humano; la considera su tema propio y realiza copiosos ensayos en ese sentido; tales ensayos van, sin embargo, más allá de la mera descripción. Constituyen, antes bien, experimentos que apuntan a un objetivo supremo: el de aunar en una armonía nueva la libertad y el mundo. Allí donde esto se hace visible en la obra de arte, no puede por menos de desvanecerse el miedo acumulado, cual se desvanece la niebla al primer rayo del Sol.

 

* A los lectores de Poe no se les escapa que Jünger está aludiendo aquí a dos de sus más conocidos relatos: Un descenso al Maelstrom y El pozo y el péndulo. La magistral traducción de esos relatos por Julio Cortázar puede leerse ahora en el tomo I de los Cuentos de E.A. Poe (Alianza Editorial, El Libro de Bolsillo, n~ 277). (N. del T.)


 

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El miedo es uno de los síntomas de nuestro tiempo. La consternación causada por el miedo es tanto mayor cuanto que ese miedo viene a continuación de una época en la cual hubo una gran libertad individual y en la que también se había vuelto casi desconocida esa clase de penurias que nos describe, por ejemplo, Dickens.

La transición de aquella seguridad a este miedo, ¿cómo se ha producido? Si quisiéramos elegir una fecha concreta, probablemente ninguna otra resultaría más apropiada que el día en que se hundió el Titanic. En esa fecha chocan de frente, con toda violencia, la luz y las sombras: aparecen juntos la hybris del progreso y el pánico, las máximas comodidades y la destrucción, el automatismo y la catástrofe; esta última se presenta como un accidente de tráfico.

De hecho el automatismo y el miedo van estrechamente unidos, por cuanto el ser humano coarta sus propias decisiones en beneficio de las facilidades técnicas. Estas procuran numerosas comodidades. Pero también aumenta, y ello de manera necesaria, la pérdida de libertad. La persona singular no está ya en la sociedad como está un árbol en el bosque; antes al contrario, se asemeja al pasajero de una nave que se mueve a una velocidad cada vez mayor; la nave puede llamarse Titanic o puede llamarse también Leviatán. Mientras el tiempo sea bueno y agradables las perspectivas, el pasajero casi no reparará en la situación a que ha ido a parar y que es una situación en que la libertad es menor. Lo que hace aparición, por el contrario, es un optimismo, es una consciencia de poder generada por la velocidad. Pero las cosas cambian cuando emergen a la superficie islas que escupen fuego o aparecen icebergs. No sólo ocurre entonces que la técnica se traslada de las confortables comodidades a otros ámbitos, sino que al mismo tiempo se hace visible la falta de libertad; yeso se pone de manifiesto bien en el triunfo de las fuerzas de los elementos bien en el hecho de que en ese instante quienes ejercen el poder absoluto de mando son las personas singulares que han permanecido fuertes.

Los detalles son conocidos, han sido descritos muchas veces; forman parte de nuestra experiencia más propia. Aquí podría pensarse en la objeción siguiente: ha habido otros tiempos de miedo, de pánico apocalíptico, sin que su acompañamiento -su instrumentación-estuviera constituido por ese carácter de automatismo. No vamos a entrar en esa cuestión, pues lo automático no se torna terrible hasta que no se revela como una de las modalidades de la fatalidad, como su estilo, tal como fue descrito de manera insuperable por Jerónimo Hosco. No vamos a detenernos en la cuestión de si el miedo moderno es un miedo enteramente especial o si es sólo el estilo que hoy ostenta la angustia cósmica que retorna; la pregunta que vamos a hacer, y que todos llevamos en nuestro corazón, es la contraria: en tanto perdure el automatismo y en tanto vaya aproximándose cada vez más, como es previsible, a su perfección, ¿ es acaso posible disminuir el miedo? ¿Sería, pues, posible permanecer en la nave y reservarse la decisión propia? Es decir, ¿sería posible no sólo conservar, sino también fortalecer las raíces que aún siguen ligadas al fondo primordial? Esta es la verdadera cuestión de nuestra existencia.

Y ésa es también la cuestión que hoy se halla detrás de todas las congojas del presente. El ser humano pregunta si no puede escapar a la aniquilación. Durante estos años, si uno se sienta a charlar en cualquier punto de Europa con conocidos o desconocidos verá que la conversación se desvía pronto hacia los asuntos generales y que afloran allí todas las miserias. Uno reparará en que de casi todos esos hombres y mujeres se ha apoderado un pánico que no había vuelto a conocerse entre nosotros desde los inicios de la Edad Media. Observará que esos hombres y esas mujeres se precipitan en su miedo cual si fueran unos posesos y que subrayan con franqueza y sin rubor los síntomas de ese miedo. Uno asiste a reuniones donde los espíritus discuten, en una especie de competición, qué es lo mejor: si huir, si esconderse, o si suicidarse. Aunque todavía disfrutan de total libertad, meditan ya sobre los recursos y tretas con que podrán comprar el favor de los viles, cuando éstos lleguen a dominar. y uno vislumbra, horrorizado, que no hay ninguna vileza a la que no vayan a dar su aquiescencia esos espíritus si se les demanda que lo hagan. Uno ve allí hombres robustos, sanos, con un cuerpo de atleta. y se pregunta para qué practicarán los deportes.

Ahora bien, esos mismos seres humanos no están sólo angustiados; son a la vez temibles. Su estado de ánimo pasa de la angustia a un odio declarado si ven que se debilita aquél a quien hasta ese mismo instante han estado temiendo. Y no sólo en Europa se encuentra uno con grupos de ese género. El pánico se hará más compacto todavía en aquellos sitios donde el automatismo aumenta y está aproximándose a formas perfectas, como ocurre en Norteamérica. En esos sitios es donde encuentra el pánico su mejor alimento; es difundido a través de redes que compiten en rapidez con el rayo. La simple necesidad que la gente siente de absorber varias veces al día noticias es ya un signo de angustia; la imaginación gira y gira y de esa manera va creciendo y paralizándose. A lo que se asemejan todas esas antenas que hay en las ciudades gigantescas es al cabello erizado. Constituyen una invitación a establecer contacto con demonios.

El Este no representa ciertamente una excepción. El Oeste tiene miedo del Este, el Este tiene miedo del Oeste. En todos los puntos del mundo está viviéndose a la espera de agresiones horribles y en muchos de esos puntos se añade a lo anterior el miedo a la guerra civil.

El gran mecanismo político no es lo único que mueve a sentir ese miedo. Hay además una cantidad innumerable de angustias particulares. Ellas traen consigo la incertidumbre y ésta deposita siempre su esperanza en médicos, en salvadores, en taumaturgos. Todo puede convertirse, efectivamente, en objeto de miedo. y esto es uno de los signos indicadores de la catástrofe, un indicador más diáfano que todos los peligros físicos.


 

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La pregunta básica en estos remolinos dice así: ¿es posible librar del miedo al ser humano? Tal cosa es mucho más importante que proporcionarle armas o que proveerle de medicamentos. El poder y la salud están en quien no siente miedo. Por otro lado, el miedo pone cerco también a quienes van armados hasta los dientes - es precisamente a ellos a quienes pone cerco. Y esto mismo puede decirse de quienes nadan en la abundancia. Ni con las armas ni con los tesoros se conjuran las amenazas; armas y riquezas son únicamente medios auxiliares.

Es tan estrecha la conexión que hay entre el miedo y los peligros amenazadores que resulta muy difícil decir cuál de esos dos poderes es el que engendra al otro. El miedo es más importante; de ahí que haya que empezar por él si se quiere desatar el nudo.

Es menester prevenir de lo contrario, es decir, del intento de comenzar por los peligros que nos amenazan. Si tratásemos de hacernos más peligrosos que aquéllos a quienes tememos no contribuiríamos a la solución. Es la relación clásica que se da entre los rojos y los blancos, entre los rojos y los rojos, y tal vez, mañana, entre los blancos y los negros. El terror es semejante a un fuego que se dispone a devorar el mundo entero.

A la vez se multiplica el miedo. Quien pone fin al terror se legitima como llamado a ejercer el dominio. Y quien pone fin al terror es el mismo que antes ha vencido al miedo.

Es importante, además, saber que no es posible expulsar por completo el miedo. Tal cosa no llevaría tampoco allende el automatismo - al contrario, lo introduciría en el interior del ser humano. Siempre que éste delibere consigo mismo continuará teniendo al miedo como su gran interlocutor en el diálogo. En esa operación el miedo aspira al monólogo, a ser él el único en hablar; el miedo se reserva la última palabra tan sólo cuando representa ese papel.

Si, en cambio, se reconduce el miedo al diálogo, entonces también puede el ser humano tomar la palabra. Con ello deja de imaginarse que está batido. Además de la solución del automatismo se deja ver también en todo momento otra solución que es distinta de aquélla. Es decir, ahora hay dos caminos; o expresado con otras palabras: ahora queda restablecida la libre decisión.

Aun en el supuesto de la peor de las catástrofes, siempre subsiste una diferencia, como la que se da entre la luz y las tinieblas. En el primer caso, el de la luz, el camino va ascendiendo hacia reinos que están en las alturas, hacia la muerte en sacrificio o hacia el destino de quien sucumbe con las armas en la mano; en el segundo caso, el de las tinieblas, el camino desciende hacia los hondones de los campos de esclavos y los mataderos, donde unos hombres primitivos se asocian criminalmente con la técnica. En este último caso no hay destino, lo único que hay son números. O bien poseer un destino propio o bien tener el valor de un número: ésa es la disyuntiva que hoy nos viene impuesta a todos y cada uno de nosotros, impuesta ciertamente a la fuerza; pero el decidirse por lo uno 0 por lo otro es algo que cada cual ha de hacer por sí solo. La persona singular es hoy exactamente igual de soberana que en cualquier otro período de la historia y aun es probable que sea más fuerte que nunca. Pues a medida que van ganando terreno los grandes poderes colectivos va también el ser humano quedando aislado de sus viejas asociaciones, de aquellas asociaciones que habían crecido de una manera espontánea; de lo único de que el hombre sale garante ahora es de sí mismo. y es ahora cuando se convierte en el antagonista de Leviatán, más aún, en su domeñador, en su vencedor .

Retornemos a la imagen de las elecciones. Como vimos, el proceso electoral se ha transformado en un concierto automático que viene dictaminado por quienes lo organizan. La persona singular puede ser forzada, será forzada a participar en él. Lo que ella ha de saber es que todas las posiciones que pueda llegar a ocupar dentro de ese campo son igualmente vanas. Da igual que la caza se mueva por este o por aquel sitio, con tal de que la haga entre los filopos, entre las redes que la encaminan a un sitio determinado.

El lugar de la libertad es completamente distinto de la mera oposición; también es diferente del lugar que la huida puede brindar. «Bosque» es el nombre que hemos dado al lugar de la libertad. En él hay otros medios, unos medios diferentes del «no» que uno escribe en el círculo predispuesto para ello en la papeleta de voto. Desde luego hemos visto que, dada la situación a que se ha llegado, tal vez esté capacitado para irse al bosque, para la emboscadura, nada más que uno solo entre cien. Pero de lo que aquí se trata no es de relaciones numéricas. Cuando se incendia un teatro basta una cabeza clara, basta un corazón enérgico para contener el pánico de millares de personas que amenazan con aplastarse unas a otras y que se entregan a una angustia propia de animales.

Cuando aquí hablamos de la «persona singular» estamos refiriéndonos al «ser humano», al «hombre» tal cual, pero desprovisto del regusto añadido que esa palabra ha ido adquiriendo en el transcurso de los dos últimos siglos. Estamos refiriéndonos a la persona libre, tal como fue creada por Dios. Ese hombre no representa una excepción, no es una minoría selecta. Antes al contrario, se halla oculto en el interior de todos y cada uno de nosotros; las diferencias que aquí aparecen son únicamente el resultado de la diferencia de grado en que el ser humano haya sido capaz de hacer realidad la libertad que le ha sido otorgada. Para eso es preciso prestarle ayuda - y se le ha de prestar con el pensamiento, con el conocimiento, con la amistad, con el amor.

También cabe decir que en el bosque el ser humano duerme. El orden queda restablecido en el instante mismo en que, al despertarse, repara en el poder que tiene. Es posible dar al ritmo superior de la historia la interpretación siguiente: el ser humano se redescubre a sí mismo periódicamente. Siempre hay poderes que intentan colocarle sus máscaras propias, poderes que unas veces son totémicos, y otras mágicos, y otras técnicos. Entonces aumenta la rigidez; y al aumentar la rigidez, crece también el miedo. Las artes se petrifican, el dogma se absolutiza. Pero desde los tiempos más remotos viene repitiéndose una y otra vez el mismo espectáculo: el hombre se quita la máscara ya ese acto sigue la jovialidad, la cual es el reflejo luminoso de la libertad.

Sometidos como estamos a la fascinación de potentes ilusiones ópticas, nos hemos habituado a ver en el ser humano un simple grano de arena, si se lo compara con sus máquinas y con sus aparatos. Ahora bien, los aparatos son, y no dejarán de ser, decorados de teatro colocados por la imaginación inferior. El ser humano es quien ha fabricado tales decorados y él es quien puede desmontarlos o bien darles un sentido nuevo. Es posible hacer saltar las cadenas de la técnica; y quien puede hacerlo es la persona singular .


 

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Aquí hemos de señalar todavía una posibilidad de error - estamos aludiendo a la confianza depositada en la imaginación pura. Desde luego, lo concedemos, esa imaginación lleva a la victoria espiritual. Pero lo que no puede ser es que eso aboque a la fundación de escuelas de yoga. Y, sin embargo, en eso es en lo que piensan no sólo numerosas sectas, sino también una especie de nihilismo cristiano que se toma las cosas muy a la ligera. No podemos limitarnos a conocer en el piso de arriba la verdad y la bondad mientras en el sótano están arrancando la piel a otros seres humanos como nosotros. Eso es algo que no puede hacerse ni aunque uno se encuentre en una posición no sólo bien asegurada, sino también superior; y no puede hacerse porque el sufrimiento inaudito de millones de seres humanos esclavizados es algo que clama al cielo. Todavía permanece en la atmósfera el vaho de los desolladeros. Con meras palabrerías no se eluden esas cosas. De ahí que no nos esté concedido a nosotros quedarnos en la imaginación, no obstante ser ella la que otorga su fuerza básica a las acciones. La nivelación de las imágenes y su derribo preceden a la lucha por el poder. Por este motivo no podemos prescindir de los poetas. Ellos son los que introducen la subversión y los que inician también el derrocamiento de los Titanes. De la emboscadura forman parte la imaginación y con ella el canto.

Volvamos ahora a la segunda de las imágenes que hemos utilizado. El mundo histórico en que nos hallamos se asemeja a una embarcación que se desplaza con un movimiento rápido y que unas veces exhibe rasgos de comodidad confortable y otras veces muestra signos de terror. Unas veces es Titanic y otras veces es Leviatán. Lo que se mueve sirve de señuelo a los ojos y por ello a los más de los pasajeros de la nave les queda oculto que ellos habitan al mismo tiempo en un mundo diferente, en el cual reina una quietud total. Es tan superior el segundo de estos reinos al primero, que parece contener a éste dentro de sí como un juguete; es tan superior a él como lo es una de esas innumerables epifanías que acontecen. El segundo de esos reinos es puerto, es patria, es paz y seguridad, cosas que todos nosotros llevamos dentro. A esto es a lo que damos el nombre de « bosque».

Travesía marítima y bosque - tal vez parezca difícil aunar en una sola imagen cosas tan dispares. Pero al mito le resulta familiar ese género de contrastes - así, el Dioniso raptado por unos marineros tirrenos hizo que en torno a los remos se enroscasen pámpanos y mirto y que crecieran hasta envolver el mástil. De aquella espesura surgió luego el tigre que despedazó a los piratas.

El mito no es historia ocurrida en un tiempo anterior; es realidad intemporal que se reitera en la historia. El hecho de que nuestro siglo vuelva a encontrar sentido en los mitos es uno de los indicadores favorables. También hoy existen poderes fuertes que llevan a alta mar al ser humano, que lo conducen al interior de los desiertos ya su mundo de máscaras. Tal viaje perderá su condición amenazadora si el ser humano vuelve en sí y recuerda la fuerza divina que posee.


 

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Si queremos salir de la coacción que viene representada por la mera jugada aislada y deseamos llegar a tener una visión de conjunto de la partida, dos son los hechos que hemos de conocer y reconocer.

En primer lugar hemos de saber lo que ya hemos visto en el ejemplo de las elecciones: que sólo una pequeña fracción de las grandes masas humanas está capacitada para hacer frente a las poderosas ficciones de nuestro tiempo ya las amenazas que irradian de ellas. Es verdad que esa pequeña fracción puede asumir la representación de la totalidad.

En segundo lugar hemos de saber lo que hemos visto en el ejemplo de la nave: que los poderes del presente no bastan para resistir a las mencionadas ficciones.

Estas dos averiguaciones no encierran en sí novedad ninguna. Están en el orden normal de las cosas y volverán a imponerse siempre que se anuncian catástrofes. La actuación pasará entonces a manos de minorías selectas que prefieren el peligro a la esclavitud. y las acciones habrán ido precedidas siempre de una reflexión. Por un lado esta reflexión se expresa en la crítica de la actualidad, es decir: en el conocimiento de que ya no bastan los valores que están vigentes. Por otro lado se expresa en el recuerdo. Este puede orientarse hacia los padres y hacia los órdenes que les fueron propios, padres y órdenes que están más próximos al origen que nosotros. Entonces el recuerdo tendrá como objetivo unas restauraciones conservadoras. En los grandes peligros se buscará lo salvador a mayor profundidad, se lo buscará en las Madres; al contacto con éstas se liberan fuerzas primordiales a las que no pueden hacer frente los puros poderes temporales.

Dos son, pues, las cualidades que en el emboscado se presuponen. En primer lugar, el emboscado no le permite a ningún poder, por muy superior que sea, que le prescriba la ley, ni por la propaganda ni por la violencia. Y, en segundo lugar, el emboscado se propone defenderse; para ello no sólo utiliza los medios y las ideas que son propios de su tiempo, sino que a la vez mantiene abierto el acceso a unos poderes que son superiores a los temporales y que nunca podrán ser diluidos en puro movimiento. Uno puede correr el riesgo de la emboscadura, puede osar emboscarse, si se cumplen esas dos condiciones.

La cuestión que ahora se plantea es la siguiente: ¿ cuál es el propósito perseguido por tales esfuerzos? Ya hemos apuntado que ese propósito no puede limitarse a la conquista de puros reinos interiores. Después de las derrotas es ésa una de las ideas que suelen difundirse. Igualmente insuficiente sería el limitarse a objetivos reales; por ejemplo, a la conducción de la lucha para recuperar la libertad nacional. Antes al contrario, veremos que los esfuerzos de que estamos hablando son coronados también por la libertad nacional; pero ésta es aquí algo añadido. Pues la catástrofe en que nos vemos envueltos no es simplemente una catástrofe nacional; es una catástrofe mundial. Y con respecto a ella resulta muy difícil decir, y mucho más difícil aún profetizar, quiénes son propiamente los vencedores y quiénes son propiamente los vencidos.

Ocurre más bien que quien ha captado la situación mejor que todos los gobiernos y que todos los teorizantes es el hombre sencillo, el hombre de la calle, la persona con que nos encontramos todos los días y en todos los sitios. Esto se debe a que continúan estando vivos en ese hombre vestigios de un saber que llegan más hondo que no los lugares comunes de la actualidad. De ahí que se adopten en congresos y en conferencias unas resoluciones cuya estupidez y cuya peligrosidad son mucho mayores que las que contendría la sentencia dictada por una persona cualquiera a la que sacásemos de un tranvía que pasase por delante de nosotros.

La persona singular continúa teniendo órganos en los que está viva mayor cantidad de sabiduría que en toda la organización en su conjunto. Esto es algo que se pone de manifiesto incluso en el desconcierto, en el miedo de la persona singular. Cuando ésta se tortura intentando averiguar dónde hay una salida, un camino para huir, se comporta de una manera que toma en consideración la inminencia y la magnitud de la amenaza. Cuando desconfía del papel moneda y se atiene a los objetos reales, la persona singular se comporta como alguien que todavía sabe distinguir el oro de la tinta de imprenta. Cuando en países que son ricos y se hallan en paz se despierta aterrorizada por las noches, es esto algo tan natural como el sentir vértigo del abismo. Tratar de persuadirla de lo contrario, de la inexistencia del abismo, es algo que no tiene sentido. Además, cuando alguien delibera consigo mismo es bueno que lo haga al borde del abismo.

¿Cómo se comporta el ser humano en presencia de la catástrofe y en el interior de ella? Ese es el tema que se plantea con una urgencia cada vez mayor. En esa cuestión, que es la más importante, se conjuntan todas las demás. También en el interior de los pueblos que parecen estar planificando un ataque mutuo, también en el interior de ellos medita la gente, en el fondo, sobre las mismas amenazas.

Mirar cara a cara a la catástrofe y enfrentarse al modo en que uno puede verse envuelto en ella es algo útil en todo caso. Equivale a unas maniobras militares en el campo del espíritu, a unos ejercicios espirituales.' El miedo disminuirá si abordamos este asunto como es debido; yeso representa ya un primer paso hacia la seguridad, un paso importante. Tiene no sólo efectos curativos, sino también efectos preventivos sobre la persona. Pues en la misma medida en que disminuye en las personas singulares el miedo, en esa misma medida decrece la probabilidad de la catástrofe.


 

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La nave significa el ser temporal; el bosque, el ser sobretemporal. En esta época nuestra, que es una época nihilista, se acrecienta la ilusión óptica que parece multiplicar las cosas que se mueven, en menoscabo de las cosas que están quietas. En verdad, todos los poderes técnicos que hoy están desplegándose son un brillo fugaz que viene de las cámaras que guardan los tesoros del Ser. El hombre adquirirá seguridad si logra penetrar, aunque sólo sea por unos instantes brevísimos, en tales cámaras; no sólo perderán entonces su cariz amenazador las cosas temporales, sino que producirán la impresión de estar llenas de sentido.

Emboscadura vamos a llamar a ese giro favorable; a quien lo ejecuta, emboscado. De modo semejante a lo que ocurre con la palabra «trabajador», también la palabra «emboscado» designa una escala muy amplia, pues se refiere no sólo a campos ya modalidades muy diversos, sino también a los diferentes grados de un modo de comportarse. El hecho de que esa palabra tenga ya una historia anterior -es una de las viejas palabras islandesas- no puede ser perjudicial. Aunque aquí, ciertamente, vamos a entender esa palabra en un sentido más amplio. El irse al bosque, la «emboscadura», era un acto que seguía a la proscripción; mediante la emboscadura proclamaba el hombre su voluntad de depender de su propia fuerza y afirmarse en ella sola. Hacer eso se consideraba honroso; y también hoy continúa siéndolo, digan lo que digan todos los lugares comunes que por ahí corren.

La proscripción había ido precedida casi siempre de un homicidio; hoy, en cambio, la proscripción golpea al ser humano de manera automática, al girar de la ruleta. Nadie sabe si mañana no lo contarán en un grupo que se encuentra fuera de la ley. Sufre entonces un cambio el barniz civilizado de la vida, pues desaparecen los decorados confortables y se truecan en signos de aniquilamiento. El vapor de lujo se transforma en un buque de guerra o bien en un navío en el que se izan las banderas negras de los piratas o las banderas rojas de los verdugos.

En los tiempos de nuestros remotos antepasados el hombre que sufría la proscripción era alguien habituado a pensar por sí mismo, a llevar una vida dura ya actuar de manera autócrata. En tiempos posteriores tal vez se sentía aún lo bastante fuerte como para tomar en consideración la excomunión y para ser por sus propios medios no sólo un guerrero, un médico y un juez, sino también un sacerdote. Hoy no ocurren esas cosas. De tal manera están insertos los seres humanos en colectivos y en constructivos, que se tornan muy indefensos. Casi no se dan cuenta de la fuerza tan especial que en estos ilustrados tiempos nuestros han ido adquiriendo los prejuicios. A esto se agrega que el modo de vivir depende de enchufes eléctricos, de alimentos conservados, de tuberías que conducen el agua; es decir, que depende de coordinaciones, de repeticiones, de mítico, sino que volvemos a encontrarnos con ello cuando se tambalea en sus estructuras el tiempo y estamos sometidos al imperio de un peligro máximo.

La emboscadura tampoco significa: la viña o..., sino que significa: la viña y la nave. Es creciente el número de las personas que desean abandonar la nave y entre ellas se cuentan también cabezas agudas y espíritus buenos. Pero en el fondo esto equivale a querer desembarcar en alta mar. Hacen entonces su aparición el hambre, el canibalismo y los tiburones, en suma, todos aquellos horrores que se nos han contado de la balsa de la Medusa. De ahí que en todo caso sea aconsejable permanecer a bordo y en cubierta, aunque se corra el riesgo de volar también uno mismo por los aires con la nave.

Esta objeción no va dirigida contra el poeta; tanto con su obra como con su existencia pone él de manifiesto la inmensa superioridad del mundo de las Musas sobre el mundo de la Técnica. El poeta ayuda al ser humano a encontrar el camino de vuelta a sí mismo: él es un emboscado.

No menos peligroso sería restringir el significado de la palabra «emboscadura» haciendo que designase la lucha por la libertad de Alemania. La situación en que la catástrofe ha colocado a Alemania condiciona una reordenación de sus ejércitos. No ha habido una reorganización de ellos desde la derrota de 1806 - pues aunque es cierto que han cambiado mucho tanto por lo que respecta a sus efectivos como en lo que se refiere a su técnica ya su táctica, la verdad es que los ejércitos continúan basándose, igual que todas nuestras instituciones políticas, en el pensamiento fundamental de la Revolución francesa. Una auténtica reorganización de los ejércitos alemanes no consiste en integrarlos en una estrategia aérea o atómica. Antes al contrario, de lo que se trata es de que adquiera poder y figura una idea nueva de la libertad, tal como ocurrió después de 1789 en los ejércitos de la Revolución y tal como aconteció después de 1806 en el ejército prusiano. En este aspecto son posibles, desde luego, también hoy unos despliegues de poder que se alimenten de unos principios diferentes de los de la Movilización Total.* Pero esos principios no van asociados con las naciones; habrán de ser aplicados en todos los sitios donde se despierte la libertad. Vistas las cosas técnicamente hemos llegado a una situación en la que tan sólo dos potencias son ya del todo autárquicas, es decir: en la que ya sólo dos potencias tienen capacidad de adoptar un comportamiento estratégico-político que, apoyándose en los grandes medios de combate, esté a la altura de unos objetivos planetarios. La emboscadura será posible, en cambio, en todos los puntos de la Tierra.

Con ello ha quedado dicho también que esta palabra no encierra un propósito hostil al Este. El miedo que hoy recorre nuestro planeta viene inspirado en gran medida por el Este. Ese miedo se exterioriza en los ingentes preparativos que se efectúan tanto en el ámbito material como en el espiritual. Esto llama mucho la atención, pero no constituye, sin embargo, un motivo fundamental; es una simple secuela de la situación mundial. Los rusos se encuentran metidos en el mismo atolladero que todos los demás; incluso es posible que estén pasando más apuros que los otros, si es que queremos usar como criterio el miedo. Pero las armas son incapaces de hacer que decrezca el miedo; el miedo sólo podrá disminuir si se encuentra un nuevo acceso a la libertad. En este aspecto son muchas las cosas que los rusos y los alemanes habrán de decirse todavía; disponen de las mismas experiencias. También para los rusos constituye la emboscadura un problema medular. El ruso, en la medida en que es un bolchevique, se encuentra en la nave; en la medida en que es un ruso, en el bosque. Esta situación define tanto los peligros que lo amenazan como la seguridad de que goza.

El propósito de la emboscadura no se orienta en general ni a las simples fachadas políticas ni tampoco a sus agrupaciones. Esas cosas pasan, son fugaces, mientras que las amenazas permanecen y aun regresan con mayor rapidez y más fuerza que antes. Los adversarios llegan a hacerse tan semejantes que puede adivinarse sin ninguna dificultad que son meros disfraces de un solo y único poder. No se trata de forzar las apariencias en este o en aquel lugar, sino de domeñar el tiempo. Esto requiere soberanía. Y no será tanto en las grandes decisiones cuanto en el ser humano que en su interior abjura del miedo donde hoy se encontrará soberanía. Los monstruosos preparativos antes mencionados se dirigen únicamente contra el hombre y, sin embargo, en última instancia están destinados a su triunfo. Este conocimiento hace libre al ser humano. Y entonces se hunden en el polvo las dictaduras. Aquí es donde se hallan las reservas, apenas explotadas todavía, de nuestro tiempo, y no sólo del nuestro. Esa libertad es el tema de la historia como tal y es lo que la deslinda por un lado frente a los reinos de los demonios y por el otro frente al acontecer meramente zoológico. Esto se halla prefigurado en el mito y en las religiones y es algo que retorna siempre; los Gigantes y los Titanes aparecen siempre con la misma prepotencia. Y, sin embargo, ya ha habido casos en los cuales han bastado la piedra lanzada por la honda de un pastor o la bandera empuñada por la mano de una doncella o una ballesta capaz de disparar flechas.


 

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Viene aquí a propósito una nueva pregunta que se formula de la manera siguiente: ¿hasta qué punto es deseable la libertad? Más aún, ¿hasta qué punto tiene siquiera sentido la libertad dentro de nuestra situación histórica y de su singularidad específica? El hecho de que el hombre de nuestros días sepa renunciar en amplia medida a la libertad, ¿no es un mérito especial suyo, un mérito que fácilmente se subestima? Son muchas las cosas en que ese hombre se asemeja a un soldado que marcha hacia objetivos desconocidos o a un trabajador que está laborando en la construcción de un palacio que otros habitarán, y no es ése el peor de los aspectos del hombre de nuestros días. Mientras el movimiento prosiga, ¿ es lícito distraerlo de su tarea?

Quien hoy pretende encontrarles unos rasgos llenos de sentido a unos acontecimientos que van asociados con tantos sufrimientos se convierte en piedra de escándalo. No obstante, todos los pronósticos que se basan en un puro ambiente de catástrofe son erróneos. Antes al contrario, estamos avanzando a través de una serie de imágenes que se tornan cada vez más claras, a través de una serie de improntas que cada vez se vuelven más precisas. También ellas, las catástrofes, interrumpen apenas la marcha; más bien la acortan en muchos aspectos. No cabe duda de que esa marcha tiene unos objetivos. Millones de seres humanos están fascinados por ellos, millones de personas llevan una vida que sin esa perspectiva resultaría insoportable. Y la mera coacción no puede explicar ese género de vida. Tal vez sean coronados tardíamente los sacrificios, pero inútiles no habrán sido.

Lo que aquí estamos rozando es lo necesario, el destino que determina la figura del trabajador. Los nacimientos no se producen nunca sin dolor. Los procesos continuarán; y, como siempre ocurre en todas las situaciones en que interviene el destino, todas las tentativas de detener los procesos o de hacerlos volver a la línea de partida lo que harán será más bien fomentarlos y acelerarlos.

De ahí que hagamos bien en no perder de vista lo necesario si no queremos entregarnos a meras ilusiones. Por supuesto, la libertad viene dada a la vez que lo necesario, y la nueva estructura del mundo no hará acto de presencia hasta que la libertad no entre en relación con lo necesario. Vistas las cosas históricamente, todo cambio acaecido en lo necesario comporta también una modificación de la libertad. Esto es lo que explica que hayan caducado los conceptos de libertad de 1789 y que esos conceptos sean incapaces de hacer valer su autoridad frente a la violencia. La Libertad, en cambio, aunque siempre se recubra con los ropajes propios de cada tiempo, es inmortal. A lo cual se añade que es preciso readquirirla una y otra vez. La libertad heredada es menester afirmarla en las modalidades que vienen acuñadas por su encuentro con las cosas que históricamente son necesarias.

Ha de admitirse, de todos modos, que hoy resulta especialmente difícil sostener la libertad. La oposición exige grandes sacrificios; eso explica el ingente número de seres humanos que prefieren la coacción. No obstante, sólo los hombres libres pueden hacer auténtica histor