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Catálogo de
Textos Históricos |
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Segunda parte - y sólo cuando todos hayáis renegado de mí volveré entre vosotros. En verdad, con otros ojos, hermanos míos, buscaré yo entonces a mis perdidos; con un amor distinto os amaré entonces. Zaratustra, De la virtud que hace regalos El niño del espejo (139) Zaratustra volvió a continuación a las montañas y a la soledad de su caverna y se apartó de los hombres: aguardando como un sembrador que ha lanzado su semilla140. Mas su alma se llenó de impaciencia y de deseos de aquellos a quienes amaba: pues aún tenía muchas cosas que darles. Esto es, en efecto, lo más difícil, el cerrar por amor la mano abierta y el conservar el pudor al hacer regalos141. Así transcurrieron para el solitario meses y años; mas su sabiduría crecía y le causaba dolores por su abundancia. Una mañana se despertó antes de la aurora, estuvo meditando largo tiempo en su lecho y dijo por fin a su corazón: «¿De qué me he asustado tanto en mis sueños, que me he despertado? ¿No se acercó a mí un niño que llevaba un espejo? “Oh Zaratustra - me dijo el niño -, ¡mírate en el espejo!” Y al mirar yo al espejo lancé un grito, y mi corazón quedó aterrado: pues no era a mí a quien veía en él, sino la mueca y la risa burlona de un demonio. En verdad, demasiado bien comprendo el signo y la advertencia del sueño: ¡mi doctrina está en peligro, la cizaña quiere llamarse trigo!142 Mis enemigos se han vuelto poderosos y han deformado la imagen de mi doctrina, de modo que los más queridos por mí tuvieron que avergonzarse de los dones que yo les había entregado. ¡He perdido a mis amigos; me ha llegado la hora de buscar a los que he perdido! »143 - Al decir estas palabras Zaratustra se levantó de un salto, pero no como un angustiado que busca aire, sino más bien como un vidente y cantor de quien se apodera el espíritu. Extrañados miraron hacia él su águila y su serpiente: pues, semejante a la aurora, sobre su rostro yacía una felicidad cercana. ¿Qué me ha sucedido, pues, animales míos? - dijo Zaratustra. ¿No estoy transformado? ¿No vino a mí la bienaventuranza como un viento tempestuoso? Loca es mi felicidad, y cosas locas dirá: es demasiado joven todavía - ¡tened, pues, paciencia con ella! Herido estoy por mi felicidad144: ¡todos los que sufren deben ser médicos para mí! ¡De nuevo me es lícito bajar a mis amigos y también a mis enemigos! ¡De nuevo le es lícito a Zaratustra hablar y hacer regalos y dar lo mejor a los amados! Mi impaciente amor se desborda en ríos que bajan hacia levante y hacia poniente145. ¡Desde silenciosas montañas y tempestades de dolor desciende mi alma con estruendo a los valles! Demasiado tiempo he estado anhelando y mirando a lo lejos. Demasiado tiempo he pertenecido a la soledad: así he olvidado el callar. Me he convertido todo yo en una boca, y en estruendo de arroyo que cae de elevados peñascos: quiero despeñar mis palabras a los valles. ¡Y lo haré aunque el río de mi amor se precipite en lo infranqueable! ¡Cómo no va a acabar encontrando tal río el camino hacia el mar! |
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Sin duda hay en mí un lago, un lago eremítico, que se basta a sí mismo; mas el río de mi amor lo arrastra hacia abajo consigo - ¡al mar! Nuevos caminos recorro, un nuevo modo de hablar llega a mí; me he cansado, como todos los creadores, de las viejas lenguas. Mi espíritu no quiere ya caminar sobre sandalias usadas. Con demasiada lentitud corre para mí todo hablar: - ¡a tu carro salto, tempestad! ¡E incluso a ti quiero arrearte con el látigo de mi maldad! Como un grito y una exclamación jubilosa quiero correr sobre anchos mares, hasta encontrar las islas afortunadas146 donde moran mis amigos: - ¡Y mis enemigos entre ellos! ¡Cómo amo ahora a todo aquel a quien me sea lícito hablarle! También mis enemigos forman parte de mi bienaventuranza. Y si quiero montar en mi caballo salvaje, lo que mejor me ayuda siempre a subir es mi lanza: ella es el servidor constantemente dispuesto de mi pie: - ¡La lanza que arrojo contra mis enemigos! ¡Cómo les agradezco a mis enemigos el que por fin se me permita arrojarla! Demasiado grande era la tensión de mi nube: entre carcajadas de rayos quiero lanzar granizadas a la profundidad. Poderoso se hinchará entonces mi pecho, poderoso exhalará su tempestad por encima de los montes: así quedará aliviado. ¡En verdad, semejantes a una tempestad llegan mi felicidad y mi libertad! Pero mis enemigos deben creer que es el Maligno147 el que se enfurece sobre sus cabezas. Sí, también os asustaréis vosotros, amigos míos, a causa de mi sabiduría salvaje148; y tal vez huyáis de ella juntamente con mis enemigos. ¡Ay, si yo supiese atraeros con flautas pastoriles a volver atrás! ¡Ay, si mi leona Sabiduría aprendiese a rugir con dulzura! ¡Y muchas cosas hemos ya aprendido juntos! Mi sabiduría salvaje quedó preñada en montañas solitarias; sobre ásperos peñascos parió su nueva, última cría. Ahora corre enloquecida por el duro desierto y busca y busca blando césped - ¡mi vieja sabiduría salvaje! ¡Sobre el blando césped de vuestros corazones, amigos míos! - ¡sobre vuestro amor le gustaría acostar lo más querido para ella!
Así habló Zaratustra.
139 En los borradores Nietzsche había previsto para este capítulo el título de La segunda aurora. 140 «El sembrador» es imagen evangélica. Véase Evangelio de Mateo, 13, 3 ss. 141 Nietzsche desarrolla con detalle esta idea en esta misma segunda parte, La canción de la noche. 142 Sobre la cizaña y el trigo véase el Evangelio de mateo, 13, 24 y ss. (parábola de la cizaña). También aquí son los «enemigos» del sembrador los que plantan cizaña entre el trigo. 143 La imagen de «salir en busca de los perdidos» es asimismo reminiscencia evangélica. Véase Evangelio de Lucas, 15,4 y ss. (parábola de la oveja perdida). 144 Esta frase es, incluso por su estructura verbal (verwundet bin ich von meinem Glücke), reminiscencia de las muy conocidas, entre wagnerianos, palabras de Brunilda en el tercer acto del Sigfrido: «Herido me ha quien me despertó» (verwundet hat mich der mich erweckt). Nietzsche cuenta que, cuando fue a visitar por vez primera a Wagner en Tribschen, estuvo «largo tiempo en silencio ante la casa y escuchaba un acorde doloroso, continuamente repetido». Ese acorde correspondía al tema del «despertar de Brunilda». 145 Expresión bíblica. Véase el Salmo 50, 1: «Desde el poniente hasta el levante...» 146 Anticipación del título del apartado siguiente. Véase la nota 149. 147 Expresión bíblica para designar al demonio. 148 El tema de la «sabiduría salvaje» tiene gran importancia como caracterización del saber propio de Zaratustra. Véase, en el párrafo siguiente, «leona Sabiduría». Véase también, en esta misma se gunda parte, De los sabios famosos, donde Zaratustra contrapone esta sabiduría suya al saber de los «sabios famosos» que aparecen como «animales de carga». Véase asimismo, en la tercer parte, De tablas viejas y nuevas, 2.
En las islas afortunadas149
Los higos caen de los árboles, son buenos y dulces; y, conforme caen, su roja piel se abre. Un viento del norte soy yo para higos maduros. Así, cual higos, caen estas enseñanzas hasta vosotros, amigos míos: ¡bebed su jugo y su dulce carne! Nos rodea el otoño, y el cielo puro, y la tarde150. ¡Ved qué plenitud hay en torno a nosotros! Y es bello mirar, desde la sobreabundancia, hacia mares lejanos. En otro tiempo decíase Dios cuando se miraba hacia mares lejanos; pero ahora yo os he enseñado a decir: superhombre. Dios es una suposición; pero yo quiero que vuestro suponer no vaya más lejos que vuestra voluntad creadora. ¿Podríais vosotros crear un Dios? - ¡Pues entonces no me habléis de dioses! Mas el superhombre sí podríais crearlo. ¡Acaso no vosotros mismos, hermanos míos! Pero podríais transformaros en padres y antepasados del superhombre: ¡y sea éste vuestro mejor crear!- Dios es una suposición: mas yo quiero que vuestro suponer se mantenga dentro de los límites de lo pensable. ¿Podríais vosotros pensar un Dios? - Mas la voluntad de verdad signifique para vosotros esto, ¡que todo sea transformado en algo pensable para el hombre, visible para el hombre, sensible para el hombre! ¡Vuestros propios sentidos debéis pensarlos hasta el final! Y eso a lo que habéis dado el nombre de mundo, eso debe ser creado primero por vosotros: ¡vuestra razón, vuestra imagen, vuestra voluntad, vuestro amor deben devenir ese mundo! ¡Y, en verdad, para vuestra bienaventuranza, hombres del conocimiento! ¿Y cómo ibais a soportar la vida sin esta esperanza, vosotros los que conocéis? No os ha sido lícito estableceros por nacimiento en lo incomprensible, ni tampoco en lo irracional. Mas para revelaros totalmente mi corazón a vosotros, amigos: si hubiera dioses, ¡cómo soportaría yo el no ser Dios! Por lo tanto, no hay dioses. Es cierto que yo he sacado esa conclusión; pero ahora ella me saca a mí151. - Dios es una suposición: mas ¿quién bebería todo el tormento de esa suposición sin morir? ¿Su fe le debe ser quitada al creador, y al águila su cernerse en lejanías aquilinas? Dios es un pensamiento que vuelve torcido todo lo derecho y que hace voltearse a todo lo que está de pie. ¿Cómo? ¿Estaría abolido el tiempo, y todo lo perecedero sería únicamente mentira? Pensar esto es remolino y vértigo para osamentas humanas, y hasta un vómito para el estómago: en verdad, la enfermedad mareante llamo yo a suponer tal cosa. ¡Malvadas llamo, y enemigas del hombre, a todas esas doctrinas de lo Uno y lo Lleno y lo Inmóvil y lo Saciado y lo Imperecedero! ¡Todo lo imperecedero - no es más que un símbolo!152 Y los poetas mienten demasiado153. - De tiempo y de devenir es de lo que deben hablar los mejores símbolos; ¡una alabanza deben ser y una justificación de todo lo perecedero! Crear - ésa es la gran redención del sufrimiento, así es como se vuelve ligera la vida. Mas para que el creador exista son necesarios sufrimiento y muchas transformaciones. ¡Sí, muchos amargos morires tiene que haber en nuestra vida, creadores! De ese modo sois defensores y justificadores de todo lo perecedero. Para ser el hijo que vuelve a nacer, para ser eso el creador mismo tiene que querer ser también la parturienta y los dolores de la parturienta. En verdad, a través de cien almas he recorrido mi camino, y a través de cien cunas y dolores de parto. Muchas son las veces que me he despedido, conozco las horas finales que desgarran el corazón. Pero así lo quiere mi voluntad creadora, mi destino. O, para decíroslo con mayor honestidad: justo tal destino - es el que mi voluntad quiere. Todo lo sensible en mí sufre y se encuentra en prisiones: pero mi querer viene siempre a mí como mi liberador y portador de alegría. El querer hace libres154: ésta es la verdadera doctrina acerca de la voluntad y la libertad - así os lo enseña Zaratustra. ¡No-querer-ya y no-estimar-ya y no-crear-ya! ¡Ay, que ese gran cansancio permanezca siempre alejado de mí! También en el conocer yo siento únicamente el placer de mi voluntad de engendrar y devenir; y si hay inocencia en mi conocimiento, esto ocurre porque en él hay voluntad de engendrar. Lejos de Dios y de los dioses me ha atraído esa voluntad; ¡qué habría que crear si los dioses - existiesen! Pero hacia el hombre vuelve siempre a empujarme mi ardiente voluntad de crear; así se siente impulsado el martillo hacia la piedra. ¡Ay, hombres, en la piedra dormita para mí una imagen, la imagen de mis imágenes! ¡Ay, que ella tenga que dormir en la piedra más dura, más fea! Ahora mi martillo se enfurece cruelmente contra su prisión. De la piedra saltan pedazos: ¿qué me importa? Quiero acabarlo: pues una sombra155 ha llegado hasta mí -¡la más silenciosa y más ligera de todas las cosas vino una vez a mí! La belleza del superhombre llegó hasta mí como una sombra. ¡Ay, hermanos míos! ¡Qué me importan ya - los dioses! –
Así habló Zaratustra.
149 En los borradores Nietzsche había previsto para este capítulo el título De los dioses. A pesar de la designación de «afortunadas», Nietzsche no se refiere ciertamente a las islas Canarias ni a unas «islas afortunadas» concretas. Si acaso, Nietzsche las situaba junto a Nápoles y aludiría a Ischia y Capri, muy conocidas y amadas por él desde su estancia en Sorrento. En una carta a Peter Gast (12 de agosto de 1883) dice Nietzsche lo siguiente: «Esta isla (Ischia) me obsesiona; cuando usted haya leído Así habló Zaratustra II hasta el final comprenderá con claridad dónde he situado yo mis “islas afortunadas”». 150 Palabras citadas por Nietzsche en Ecce homo para subrayar lo que él llama el tempo delicadamente lento de estos discursos. 151 El verbo alemán ziehen, que significa «sacar» (una conclusión, por ejemplo), «extraer», «arrastrar», permite a Nietzsche este juego de palabras, que, desarrollado, diría lo siguiente: Es cierto que yo he «sacado» la conclusión de la inexistencia de Dios; pero a la vez esa inexistencia de Dios me «saca», como conclusión suya, a mí. O lo que es lo mismo: Yo sólo existo en cuanto conclusión de la inexistencia de Dios. 152 Inversión de la frase de Goethe, que dice exactamente lo contrario: «Todo lo perecedero no es más que un símbolo» (Fausto, final, verso 12104). Véase, en esta misma parte, De los poetas, así como la nota 223. 153 En La gaya ciencia, aforismo 84, al final, dice Nietzsche: «¡Para una verdad es más peligroso que un poeta esté de acuerdo con ella que no que la contradiga! Pues como dice Homero: “Mucho mienten los poetas.”» Aristóteles, que cita esta misma frase, afirma que se trata de un «proverbio» (Metafísica, 983 a 3). Véase Solón, fragmento 26 (Hiller). Véase también, en esta misma parte, De los poetas, donde, en diálogo con uno de sus discípulos, Zaratustra desarrolla este «proverbio». 154 Esta misma frase se repite y amplifica en la tercera parte, De tablas viejas y nuevas, 16. Es antitética de la frase evangélica: «La verdad os hará libres» (Evangelio de Juan, 8, 32). 155 A esta sombra, llamada más tarde «la sombra de Zaratustra», le estará dedicado en la parte tercera, todo un capítulo.
De los compasivos
Amigos míos, han llegado unas palabras de mofa hasta vuestro amigo: «¡Ved a Zaratustra! ¿No camina entre nosotros como si fuésemos animales?» Pero está mejor dicho así: «¡El que conoce camina entre los hombres como entre animales que son!». Mas, para el que conoce, el hombre mismo se llama: el animal que tiene mejillas rojas. ¿Cómo le ha ocurrido eso? ¿No es porque ha tenido que avergonzarse con demasiada frecuencia? ¡Oh, amigos míos! Así habla el que conoce: Vergüenza, vergüenza, vergüenza - ¡ésa es la historia del hombre! Y por ello el noble se ordena a sí mismo no causar vergüenza: se exige a sí mismo tener pudor ante todo lo que sufre. En verdad, yo no soporto a ésos, a los misericordiosos que son bienaventurados en su compasión156: les falta demasiado el pudor. Si tengo que ser compasivo, no quiero, sin embargo, ser llamado así; y si lo soy, entonces prefiero serlo desde lejos. Con gusto escondo también la cabeza y me marcho de allí antes de ser reconocido: ¡y así os mando obrar a vosotros, amigos míos! ¡Quiera mi destino poner siempre en mi senda a gentes sin sufrimiento, como vosotros, y a gentes con quienes me sea lícito tener en común la esperanza y la comida y la miel! En verdad, yo he hecho sin duda esto y aquello en favor de los que sufren: pero siempre me parecía que yo obraba mejor cuando aprendía a alegrarme mejor. Desde que hay hombres el hombre se ha alegrado demasiado poco: ¡tan sólo esto, hermanos míos, es nuestro pecado original! Y aprendiendo a alegrarnos mejor es como mejor nos olvidamos de hacer daño a otros y de imaginar daños. Por eso yo me lavo la mano que ha ayudado al que sufre, por eso me limpio incluso el alma. Pues me he avergonzado de haber visto sufrir al que sufre, a causa de la vergüenza de él157; y cuando le ayudé, ofendí duramente su orgullo. Los grandes favores no vuelven agradecidos a los hombres, sino vengativos; y si el pequeño beneficio no es olvidado acaba convirtiéndose en un gusano roedor. «¡Sed reacios en el aceptar! ¡Honrad por el hecho de aceptar!» - esto aconsejo a quienes nada tienen que regalar. Pero yo soy uno que regala: me gusta regalar, como amigo a los amigos. Los extraños, en cambio, y los pobres, que ellos mismos cojan el fruto de mi árbol: eso avergüenza menos. ¡Mas a los mendigos se los debería suprimir totalmente!158 En verdad, molesta el darles y molesta el no darles. ¡E igualmente a los pecadores, y a las conciencias malvadas! Creedme, amigos míos: los remordimientos de conciencia enseñan a morder. Lo peor, sin embargo, son los pensamientos mezquinos. ¡En verdad, es mejor haber obrado con maldad que haber pensado con mezquindad! Es cierto que vosotros decís: «El placer obtenido en maldades pequeñas nos ahorra más de una acción malvada grande». Pero aquí no se debería querer ahorrar. Como una llaga es la acción malvada: escuece e irrita y revienta, - habla sinceramente. «Mira, yo soy enfermedad» - así habla la acción malvada; ésa es su sinceridad. Mas el pensamiento mezquino es igual que el hongo: se arrastra y se agacha y no quiere estar en ninguna parte - hasta que el cuerpo entero queda podrido y mustio por los pequeños hongos. A quien, sin embargo, está poseído por el diablo yo le digo al oído esta frase: «¡Es mejor que cebes a tu diablo! ¡También para ti sigue habiendo un camino de grandeza!» - ¡Ay, hermanos míos! ¡Se sabe de cada uno algo de más! Y muchos se nos vuelven transparentes, mas aun así estamos muy lejos todavía de poder penetrar a través de ellos. Es difícil vivir con hombres, porque callar es muy difícil159. Y con quien más inicuos somos no es con aquel que nos repugna, sino con quien nada en absoluto nos importa. Si tú tienes, sin embargo, un amigo que sufre, sé para su sufrimiento un lugar de descanso, mas, por así decirlo, un lecho duro, un lecho de campaña: así es como más útil le serás. Y si un amigo te hace mal, di: «Te perdono lo que me has hecho a mí; pero el que te hayas hecho eso a ti - ¡cómo podría yo perdonarlo!» Así habla todo amor grande: él supera incluso el perdón y la compasión. Debemos sujetar nuestro corazón; pues si lo dejamos ir, ¡qué pronto se nos va entonces la cabeza! Ay, ¿en qué lugar del mundo se han cometido tonterías mayores que entre los compasivos? iY qué cosa en el mundo ha provocado más sufrimiento que las tonterías de los compasivos? ¡Ay de todos aquellos que aman y que no tienen todavía una altura que esté por encima de su compasión! Así me dijo el demonio una vez: «También Dios tiene su infierno: es su amor a los hombres.» Y hace poco le oí decir esta frase: «Dios ha muerto; a causa de su compasión por los hombres ha muerto Dios»160. - Por ello, estad prevenidos contra la compasión: ¡de ella continúa viniendo a los hombres una nube! ¡En verdad, yo entiendo de señales del tiempo! Mas recordad también esta frase: todo gran amor está por encima incluso de toda su compasión: pues él quiere además - ¡crear lo amado! «De mí mismo hago ofrecimiento a mi amor, y de mi prójimo igual que de mí»- éste es el lenguaje de todos los creadores. Mas todos los creadores son duros. –
Así habló Zaratustra.
156 Cita de la bienaventuranza de Jesús (Evangelio de Mateo, 5, 7): «Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.» 157 Véase, en la cuarta parte, El más feo de los hombres, cómo el propio Zaratustra practica esta doctrina al encontrarse con el más feo de los hombres. 158 En la cuarta parte, La Cena, el mendigo voluntario recordará a Zaratustra esta frase. 159 Véase, en esta segunda parte, De la redención, donde Zaratustra aplica irónicamente esta doctrina a sí mismo. 160 Los cuatro párrafos que van desde «Ay, ¿en qué lugar? ...» hasta aquí fueron colocados por Nietzsche como motto al frente de la cuarta parte de esta obra. Y en el capítulo de esa misma parte titulado Jubilado, Zaratustra pregunta con curiosidad al viejo papa si es cierto que Dios murió de esa manera: «de compasión».
De los sacerdotes
Y una vez Zaratustra hizo una señal a sus discípulos y les dijo estas palabras: «Ahí hay sacerdotes: y aunque son mis enemigos, ¡pasad a su lado en silencio y con la espada dormida!161 También entre ellos hay héroes; muchos de ellos han sufrido demasiado - : por esto quieren hacer sufrir a otros. Son enemigos malvados: nada es más vengativo que su humildad. Y fácilmente se ensucia quien los ataca. Pero mi sangre está emparentada con la suya; y yo quiero que mi sangre sea honrada incluso en la de ellos». - Y cuando hubieron pasado a su lado le acometió a Zaratustra el dolor; y no había luchado mucho tiempo con el dolor cuando empezó a hablar así: Me da pena de estos sacerdotes. También repugnan a mi gusto; mas esto es para mí lo de menos desde que estoy entre hombres. Pero yo sufro y he sufrido con ellos: prisioneros son para mí, y marcados. Aquel a quien ellos llaman redentor los arrojó en cadenas: - ¡En cadenas de falsos valores y de palabras ilusas! ¡Ay, si alguien los redimiese de su redentor!162 En una isla creyeron desembarcar en otro tiempo, cuando el mar los arrastró lejos; pero mira, ¡era un monstruo dormido!163 Falsos valores y palabras ilusas: ésos son los peores monstruos para los mortales, - largo tiempo duerme y aguarda en ellos la fatalidad. Mas al fin ésta llega y vigila y devora y se traga aquello que construyó tiendas para sí encima de ella. ¡Oh, contemplad esas tiendas que esos sacerdotes se han construido! Iglesias llaman ellos a sus cavernas de dulzona fragancia. ¡Oh, esa luz falsa, ese aire que huele a moho! ¡Aquí donde al alma no le es lícito - elevarse volando hacia su altura! Su fe, por el contrario, ordena esto: «¡De rodillas subid la escalera, pecadores!»164 ¡En verdad, prefiero ver incluso al hombre carente de pudor que los torcidos ojos de su pudor y devoción! ¿Quién creó para sí tales cavernas y escaleras de penitencia? ¿No fueron aquellos que querían esconderse y se avergonzaban del cielo puro? Y sólo cuando el cielo puro vuelva a mirar a través de techos derruidos y llegue hasta la hierba y la roja amapola crecidas junto a muros derruidos165, - sólo entonces quiero yo volver a dirigir mi corazón hacia los lugares de ese Dios. Ellos llamaron Dios a lo que les contradecía y causaba dolor: y en verdad, ¡mucho heroísmo había en su adoración! ¡Y no supieron amar a su Dios de otro modo que clavando al hombre en la cruz! Como cadáveres pensaron vivir, de negro vistieron su cadáver; también en sus discursos huelo yo todavía el desagradable aroma de cámaras mortuorias. Y quien vive cerca de ellos, cerca de negros estanques vive, desde los cuales canta el sapo su canción con dulce melancolía. Mejores canciones tendrían que cantarme para que yo aprendiese a creer en su redentor: ¡más redimidos tendrían que parecerme los discípulos de ese redentor! Desnudos quisiera verlos: pues únicamente la belleza debiera predicar penitencia. ¡Mas a quién persuade esa tribulación embozada!166 ¡En verdad, sus mismos redentores no vinieron de la libertad y del séptimo cielo de la libertad! ¡En verdad, ellos mismos no caminaron nunca sobre las alfombras del conocimiento! De huecos se componía el espíritu de esos redentores; mas en cada hueco habían colocado su ilusión, su tapahuecos, al que ellos llamaban Dios. En su compasión se había ahogado su espíritu, y cuando se hinchaban y desbordaban de compasión, siempre nadaba en la superficie una gran tontería. Celosamente y a gritos conducían su rebaño por su vereda: ¡como si hacia el futuro no hubiera más que una sola vereda! ¡En verdad, también estos pastores continuaban formando parte de las ovejasl167 Espíritus pequeños y almas voluminosas tenían estos pastores: pero, hermanos míos, ¡qué comarcas tan pequeñas han sido hasta ahora incluso las almas más voluminosas! Signos de sangre escribieron en el camino que ellos recorrieron, y su tontería enseñaba que con sangre se demuestra la verdad168. Mas la sangre es el peor testigo de la verdad; la sangre envenena incluso la doctrina más pura, convirtiéndola en ilusión y odio de los corazones. Y si alguien atraviesa una hoguera por defender su doctrina, - ¡qué demuestra eso! ¡Mayor cosa es, en verdad, que del propio incendio salga la propia doctrina! Corazón tórrido y cabeza fría: cuando estas cosas coinciden surge el viento impetuoso, el «redentor». ¡Ha habido, en verdad, hombres más grandes y de nacimiento más elevado que aquellos a quienes el pueblo llama redentores, esos arrebatadores vientos impetuosos! ¡Y vosotros, hermanos míos, tenéis que ser redimidos por hombres aún más grandes que todos los redentores, si queréis encontrar el camino que lleva a la libertad! Nunca ha habido todavía un superhombre. Desnudos he visto yo a ambos, al hombre más grande y al más pequeño: - Demasiado semejantes son todavía entre sí. En verdad, también al más grande lo he encontrado - ¡demasiado humano! -
Así habló Zaratustra.
161 «La espada dormida» es imagen que Nietzsche vuelve a usar en la tercera parte, De tablas viejas y nuevas, 21. 162 Alusión irónica al último verso de la ópera Parsifal: «Erlösung dem Erlóser» (redención para el Redentor). 163 Reminiscencia de lo que, en Las mil y una noches, le ocurre a Sindbad el marino en su primer viaje: desembarca sobre el lomo de un pez enorme, creyendo que se trata de una isla. 164 Estos tres últimos párrafos transparentan la vivencia nietzscheana de las iglesias católicas de Italia y, en general, de todo templo. Nietzsche había visto en Roma cómo los peregrinos subían de rodillas la Santa Scala; véase carta escrita desde Roma, en mayo de 1883, a F. Overbeck, donde cuenta esto. A este «subir de rodillas» contrapone Zaratustra el «subir volando». 165 Véase, en la tercera parte, Los siete sellos, 2, donde Zaratustra repite esta misma descripción. 166 «Tribulación embozada» es calificación que Zaratustra volverá a aplicar al sacerdote en la cuarta parte, Jubilado. 167 Sobre el sacerdote como pastor véase la explicación de Nietzsche en La genealogía de la moral. 168 Sobre la sangre como demostración de la verdad puede verse el 53 de El Anticristo.
De los virtuosos
Con truenos y con celestes fuegos artificiales hay que hablar a los sentidos flojos y dormidos. Pero la voz de la belleza habla quedo: sólo se desliza en las almas más despiertas. Suavemente vibró y rió hoy mi escudo; éste es el sagrado reír y vibrar de la belleza. De vosotros, virtuosos, se rió hoy mi belleza. Y así llegó la voz de ésta hasta mí: «¡Ellos quieren además - ser pagados!» ¡Vosotros queréis ser pagados además, virtuosos! ¿Queréis tener una recompensa a cambio de la virtud, y el cielo a cambio de la tierra, y la eternidad a cambio de vuestro hoy? ¿Y os irritáis conmigo porque enseño que no existe ni remunerador ni pagador? Y en verdad, ni siquiera enseño que la virtud sea su propia recompensa. Ay, esto es lo que me aflige: mentirosamente se ha situado en el fondo de las cosas recompensa y castigo - ¡y ahora también en el fondo de vuestras almas, virtuosos! Mas, semejante al hocico del jabalí, mi palabra debe desgarrar el fondo de vuestras almas; reja de arado169 quiero ser para vosotros. Todos los secretos de vuestro fondo deben salir a luz; y cuando vosotros yazgáis al sol hozados y destrozados, entonces también vuestra mentira estará separada de vuestra verdad. Pues ésta es vuestra verdad: sois demasiado limpios para la suciedad de estas palabras: venganza, castigo, recompensa, retribución. Vosotros amáis vuestra virtud como la madre a su hijo; pero ¿cuándo se ha oído decir que una madre quisiera ser pagada por su amor? Vuestro sí-mismo más querido es vuestra virtud. Sed de anillo hay en vosotros: para volver a alcanzarse a sí mismo lucha y gira todo anillo. Y semejante a la estrella que se extingue es toda obra de vuestra virtud: su luz continúa estando siempre en camino y en marcha - ¿y cuándo dejará de estar en camino? Así la luz de vuestra virtud continúa estando en camino aunque ya la obra esté hecha. Ésta puede estar olvidada y muerta: su rayo de luz vive todavía y camina. Que vuestra virtud sea vuestro sí-mismo, y no algo extraño, una piel, un manto: ¡ésa es la verdad que brota del fondo de vuestra alma, virtuosos! - Mas recientemente hay algunos para quienes la virtud significa convulsiones bajo un látigo: ¡y, para mí, vosotros habéis escuchado demasiado los gritos de ellos! Y hay otros que llaman virtud al hecho de que sus vicios se vuelvan perezosos; y cuando su odio y sus celos estiran alguna vez los miembros, entonces su «justicia» se despabila y se restriega los adormilados ojos. Y hay otros que son arrastrados hacia abajo: sus demonios los arrastran. Pero cuanto más se hunden, tanto más ardientes relucen sus ojos y el ansia de su Dios. Ay, también los gritos de éstos llegaron hasta vuestros oídos, virtuosos: «lo que yo no soy, ¡eso, eso son para mí Dios y virtud! Y hay otros que llevan mucho peso y por ello rechinan, igual que carros que conducen piedras cuesta abajo: hablan mucho de dignidad y de virtud - ¡a su freno llámanlo virtud! Y hay otros que son semejantes a relojes a los que se les ha dado cuerda; producen su tic-tac, y quieren que al tic-tac - se lo llame virtud. En verdad, con éstos me divierto: cuando yo encuentre tales relojes les daré cuerda con mi mofa; ¡y ellos deberán encima ronronear!170 Y otros están orgullosos de su puñado de justicia y a causa de ella cometen crímenes contra todas las cosas: de tal manera que el mundo se ahoga en su injusticia. ¡Ay, qué desagradablemente les sale de la boca la palabra «virtud»! Y cuando dicen: «Yo soy justo», esto suena siempre igual que: «¡yo estoy vengado!171» Con su virtud quieren sacar los ojos a sus enemigos; y se elevan tan sólo para humillar a otros172. Y también hay quienes se sientan en su charca y hablan así desde el cañaveral: «Virtud - es sentarse en silencio en la charca. Nosotros no mordemos a nadie y nos apartamos del camino de quien quiere morder; y en todo tenemos la opinión que se nos da.» Y también hay quienes aman los gestos y piensan: la virtud es una especie de gesto. Sus rodillas adoran siempre, y sus manos son alabanzas de la virtud, pero su corazón nada sabe de ello. Y también hay quienes consideran virtud el decir: «La virtud es necesaria»; pero en el fondo creen únicamente que la policía es necesaria. Y muchos que son incapaces de ver lo elevado en los hombres llaman virtud a ver ellos muy de cerca su bajeza: así llaman virtud a su malvada mirada173. Y algunos quieren ser edificados y elevados, y llaman a eso virtud; y otros quieren ser derribados - y también lo llaman virtud. Y de este modo casi todos creen participar de la virtud; y al menos quiere cada uno ser experto en «bien» y «mal»174. Mas Zaratustra no ha venido para decir a todos estos mentirosos y necios: «¡Qué sabéis vosotros de virtud! ¡Qué podríais vosotros saber de virtud!» Sino para que vosotros, amigos míos, os canséis de las viejas palabras que habéis aprendido de los necios y mentirosos: Os canséis de las palabras «recompensa», «retribución», «castigo», «venganza en la justicia» - Os canséis de decir: «Una acción es buena si es desinteresada». ¡Ay, amigos míos! Que vuestro sí-mismo esté en la acción como la madre está en el hijo: ¡sea ésa vuestra palabra acerca de la virtud! En verdad, os he quitado sin duda cien palabras y los juguetes más queridos a vuestra virtud; y ahora os enfadáis conmigo como se enfadan los niños. Estaban ellos jugando a orillas del mar, - entonces vino la ola y arrastró su juguete al fondo: ahora lloran. ¡Pero la misma ola debe traerles nuevos juguetes y arrojar ante ellos nuevas conchas multicolores! Así serán consolados; e igual que ellos, también vosotros, amigos míos, tendréis vuestros consuelos - ¡y nuevas conchas multicolores! -
Así habló Zaratustra.
169 La reja del arado es el título que Nietzsche pensó dar en un principio a su obra Aurora. 170 En esta misma segunda parte, De los doctos, repetirá Zaratustra esta irónica metáfora de los relojes, aplicándola allí a los «doctos». 171 Nietzsche puede afirmar que, en alemán, «yo soy justo» suena igual que «yo soy vengado», valiéndose de la semejanza fonética existente en aquella lengua entre ambas expresiones: ich bin gerecht (yo soy justo), ich bin gerácht (yo estoy vengado). 172 Paráfrasis del Evangelio de Mateo, 23, 12: «Pues el que se ensalce será humillado; y el que se humille será ensalzado.» 173 En Más allá del bien y del mal hace Nietzsche la siguiente variación sobre este pensamiento: «Quien no quiere ver lo elevado de un hombre fija su vista de un modo tanto más penetrante en aquello que en él es bajo y superficial -traicionándose a sí mismo con ello.» La variación fundamental está en el paso de «no ser capaz de ver» (aquí) a «no querer ver» (allí). 174 Véase, en la parte tercera, De tablas viejas y nuevas, 2, donde Zaratustra volverá a reprobar la vieja presunción de los hombres de saber ya hace mucho tiempo qué es el bien y el mal para ellos.
De la chusma
La vida es un manantial de placer; pero donde la chusma va a beber con los demás, allí todos los pozos quedan envenenados. Por todo lo limpio siento inclinación; pero no soporto ver los hocicos de mofa y la sed de los impuros. Han lanzado sus ojos al fondo del pozo: ahora me sube del pozo el reflejo de su repugnante sonrisa. El agua santa la han envenenado con su lascivia; y como llamaron placer a sus sucios sueños, han envenenado incluso las palabras. Se enfada la llama cuando ellos ponen al fuego sus húmedos corazones; también el espíritu borbotea y humea cuando la chusma se acerca al fuego. Dulzona y excesivamente blanda se pone en su mano la fruta: al árbol frutal su mirada lo vuelve fácil de desgajar por el viento y le seca el ramaje. Y más de uno que se apartó de la vida, se apartó tan sólo de la chusma: no quería compartir pozo y llama y fruta con la chusma. Y más de uno que se marchó al desierto y padeció sed con los animales rapaces, únicamente quería no sentarse con camelleros sucios en torno a la cisterna. Y más de uno que vino como aniquilador y como granizada para todos los campos de frutos, sólo quería meter su pie en la boca de la chusma y así tapar su gaznate. Y el bocado que más se me ha atragantado no es saber que la vida misma necesita enemistad y muerte y cruces de tortura: - Sino que una vez pregunté, y casi me asfixié con mi pregunta: ¿Cómo? ¿La vida tiene necesidad también de la chusma? ¿Se necesitan pozos envenenados, y fuegos malolientes, y sueños ensuciados, y gusanos en el pan de la vida? ¡No mi odio, sino mi náusea es la que se ha cebado insaciablemente en mi vida! ¡Ay, a menudo me cansé del espíritu cuando encontré que también la chusma es rica de espíritu! Y a los que dominan les di la espalda cuando vi lo que ellos llaman ahora dominar: chalanear y regatear por el poder - ¡con la chusma! Entre pueblos de lengua extraña he habitado con los oídos cerrados: para que la lengua de su chalaneo permaneciese extraña a mí, y su regatear por el poder. Y tapándome la nariz he pasado con disgusto a través de todo ayer y todo hoy: ¡en verdad, todo ayer y todo hoy hiede a chusma que escribe! Igual que un lisiado que se hubiera quedado sordo y ciego y mudo: así viví yo largo tiempo, para no vivir con la chusma del poder, de la pluma y de los placeres. Fatigosamente subía escaleras mi espíritu, y con cautela; limosnas de placer fueron su alivio; apoyada en el bastón se arrastraba la vida para el ciego. ¿Qué me ocurrió, sin embargo? ¿Cómo me redimí de la náusea? ¿Quién rejuveneció mis ojos? ¿Cómo volé hasta la altura en la que ninguna chusma se sienta ya junto al pozo? ¿Mi propia náusea me proporcionó alas y me dio fuerzas que presienten las fuentes? ¡En verdad, hasta lo más alto tuve que volar para reencontrar el manantial del placer! ¡Oh, lo encontré, hermanos míos! ¡Aquí en lo más alto brota para mí el manantial del placer! ¡Y hay una vida de la cual no bebe la chusma con los demás! ¡Casi demasiado violenta resulta tu corriente para mí, fuente del placer! ¡Y a menudo has vaciado de nuevo la copa queriendo llenarla! Y todavía tengo que aprender a acercarme a ti con mayor modestia: con demasiada violencia corre aún mi corazón a tu encuentro: - Mi corazón, sobre el que arde mi verano, el breve, ardiente, melancólico, sobrebienaventurado: ¡cómo apetece mi corazón estival tu frescura! ¡Disipada se halla la titubeante tribulación de mi primavera! ¡Pasada está la maldad de mis copos de nieve de junio! ¡En verano me he transformado enteramente y en mediodía de verano! Un verano en lo más alto, con fuentes frías y silencio bienaventurado: ¡oh, venid, amigos míos, para que el silencio resulte aún más bienaventurado! Pues ésta es nuestra altura y nuestra patria: en un lugar demasiado alto y abrupto habitamos nosotros aquí para todos los impuros y para su sed. ¡Lanzad vuestros ojos puros en el manantial de mi placer, amigos míos! ¡Cómo habría él de enturbiarse por ello! ¡En respuesta os reirá con su pureza! En el árbol Futuro construimos nosotros nuestro nido; ¡águilas deben traernos en sus picos alimento a nosotros los solitarios!175 ¡En verdad, no un alimento del que también a los impuros les esté permitido comer! ¡Fuego creerían devorar y se abrasarían los hocicos! ¡En verdad, aquí no tenemos preparadas moradas para impuros! ¡Una caverna de hielo significaría para sus cuerpos nuestra felicidad, y para sus espíritus! Y cual vientos fuertes queremos vivir por encima de ellos, vecinos de las águilas, vecinos de la nieve, vecinos del sol: así es como viven los vientos fuertes. E igual que un viento quiero yo soplar todavía alguna vez entre ellos, y con mi espíritu cortar la respiración a su espíritu: asílo quiere mi futuro. En verdad, un viento fuerte es Zaratustra para todas las hondonadas; y este consejo da a sus enemigos y a todo lo que esputa y escupe: «¡Guardaos de escupir contra el viento!»176
Así habló Zaratustra.
175 Reminiscencia de 1 Reyes, 17, 6: «Los cuervos le llevaban [a Elías] pan por la mañana y carne por la tarde.» Aquí son águilas las que llevan la comida a los solitarios. 176 En Ecce homo cita Nietzsche un largo fragmento de este capítulo (desde «¿Pero qué me ha sucedido?»... hasta aquí) como ejemplo de la manera de hablar Zaratustra sobre «la redención de la náusea».
De las tarántulas177
Mira, ésa es la caverna de la tarántula! ¿Quieres verla a ella misma? Aquí cuelga su tela; tócala, para que tiemble. Ahí viene dócilmente: ¡bien venida, tarántula! Negro se asienta sobre tu espalda tu triángulo y emblema; y yo conozco también lo que se asienta en tu alma. Venganza se asienta en tu alma: allí donde tú muerdes, se forma una costra negra; ¡con la venganza produce tu veneno vértigos al alma! Así os hablo en parábola a vosotros los que causáis vértigos a las almas, ¡vosotros los predicadores de la igualdad! ¡Tarántulas sois vosotros para mí, y vengativos escondidos! Pero yo voy a sacar a luz vuestros escondrijos: por eso me río en vuestra cara con mi carcajada de la altura. Por eso desgarro vuestra tela, para que vuestra rabia os induzca a salir de vuestras cavernas de mentiras, y vuestra venganza destaque detrás de vuestra palabra «justicia». Pues que el hombre sea redimido de la venganza: ése es para mí el puente hacia la suprema esperanza y un arco iris después de prolongadas tempestades. Mas cosa distinta es, sin duda, lo que las tarántulas quieren. «Llámese para nosotras justicia precisamente esto, que el mundo se llene de las tempestades de nuestra venganza» - así hablan ellas entre sí. «Venganza queremos ejercer, y burla de todos los que no son iguales a nosotros» - esto se juran a sí mismos los corazones de tarántulas. «Y “voluntad de igualdad” - éste debe llegar a ser en adelante el nombre de la virtud; ¡y contra todo lo que tiene poder queremos nosotros elevar nuestros gritos!» Vosotros predicadores de la igualdad, la demencia tiránica de la impotencia es lo que en vosotros reclama a gritos «igualdad»: ¡vuestras más secretas ansias tiránicas se disfrazan, pues, con palabras de virtud! Presunción amargada, envidia reprimida, tal vez presunción y envidia de vuestros padres: de vosotros brota eso en forma de llama y de demencia de la venganza. Lo que el padre calló, eso habla en el hijo; y a menudo he encontrado que el hijo era el desvelado secreto del padre. A los entusiastas se asemejan: pero no es el corazón lo que los entusiasma, - sino la venganza. Y cuando se vuelven sutiles y fríos, no es el espíritu, sino lo envidia lo que los hace sutiles y fríos. Sus celos los conducen también a los senderos de los pensadores; y éste es el signo característico de sus celos - van siempre demasiado lejos: hasta el punto de que su cansancio tiene finalmente que echarse a dormir incluso sobre nieve. En cada una de sus quejas resuena la venganza, en cada uno de sus elogios hay un agravio; y ser jueces les parece la bienaventuranza. Mas yo os aconsejo así a vosotros, amigos míos: ¡desconfiad de todos aquellos en quienes es poderosa la tendencia a imponer castigos! Ése es pueblo de índole y origen malos; desde sus rostros miran el verdugo y el sabueso. ¡Desconfiad de todos aquellos que hablan mucho de su justicia! En verdad, a sus almas no es miel únicamente lo que les falta. Y si se llaman a sí mismos «los buenos y justos», no olvidéis que a ellos, para ser fariseos, no les falta nada más que - ¡poder! Amigos míos, no quiero que se me mezcle y confunda con otros. Hay quienes predican mi doctrina acerca de la vida: y a la vez son predicadores de la igualdad, y tarántulas. Su hablar en favor de la vida, aunque ellos están sentados en su caverna, esos arañas venenosas, y apartados de la vida: débese a que ellos quieren así hacer daño. Quieren así hacer daño a quienes ahora tienen el poder: pues entre éstos es donde mejor acogida sigue encontrando la predicación acerca de la muerte. Si fuera de otro modo, los tarántulas enseñarían algo distinto: y justamente ellos fueron en otro tiempo los que mejor calumniaron el mundo y quemaron herejes. Con estos predicadores de la igualdad no quiero ser yo mezclado ni confundido. Pues a mí la justicia me dice así: «los hombres no son iguales»178. ¡Y tampoco deben llegar a serlo! ¿Qué sería mi amor al superhombre si yo hablase de otro modo? Por mil puentes y veredas deben los hombres darse prisa a ir hacia el futuro, y débese implantar entre ellos cada vez más guerra y desigualdad: ¡así me hace hablar mi gran amor! ¡Inventores de imágenes y de fantasmas deben llegar a ser en sus hostilidades, y con sus imágenes y fantasmas deben combatir aún unos contra otros la batalla suprema! Bueno y malo, y rico y pobre, y elevado y minúsculo, y todos los nombres de los valores: ¡armas deben ser, y signos ruidosos de que la vida tiene que superarse continuamente a sí misma! Hacia la altura quiere edificarse, con pilares y escalones, la vida misma: hacia vastas lejanías quiere mirar, y hacia bienaventurada belleza, - ¡por eso necesita altura! ¡Y como necesita altura, por eso necesita escalones, y contradicción entre los escalones y los que suben! Subir quiere la vida, y subiendo, superarse a sí misma. ¡Y ved, amigos míos! Aquí, donde está la caverna de la tarántula, levántanse hacia arriba las ruinas de un viejo templo - ¡contempladlo con ojos iluminados! ¡En verdad, quien en otro tiempo elevó aquí en piedra sus pensamientos como una torre, ése sabía del misterio de toda vida tanto como el más sabio! Que existen lucha y desigualdad incluso en la belleza, y guerra por el poder y por el sobrepoder: esto es lo que él nos enseña aquí con símbolo clarísimo179. Igual que aquí bóvedas y arcos divinamente se derrumban, en lucha a brazo partido: igual que con luz y sombra ellos, los llenos de divinas aspiraciones, se oponen recíprocamente - ¡Así, con igual seguridad y belleza, seamos tambien nosotros enemigos, amigos míos! ¡Divinamente queremos oponernos unos a otros en nuestras aspiraciones! - ¡Ay! ¡A mí mismo me ha picado la tarántula, mi vieja enemiga! ¡Divinamente segura y bella me ha picado en el dedo! «Castigo tiene que haber, y justicia - así piensa ella: ¡no debe cantar él aquí de balde cánticos en honor de la enemistad!» ¡Sí, se ha vengado! Y ¡ay!, ¡ahora, con la venganza, producirá vértigo también a mi alma! Mas para que yo no sufra vértigo, amigos míos, ¡atadme fuertemente aquí a esta columna!180 ¡Prefiero ser un santo estilita que remolino de la venganza! En verdad, no es Zaratustra un viento que dé vueltas, ni un remolino; y si es un bailarín, ¡nunca será un bailarín picado por la tarántula!181 -
Así habló Zaratustra.
177 Este apartado es un ejemplo más de la «atmósfera italiana» de esta segunda parte de Así habló Zaratustra. De ese modo se entiende igualmente la alusión final a la «tarantela». 178 Véase, en esta segunda parte, De los doctos. 179 Variación sobre el fragmento 51 (Diels-Kranz) de Heraclito: «No entienden cómo, al diverger, se converge consigo mismo: armonía propia del tender en direcciones opuestas, como la del arco y la de la lira». 180 Reminiscencia clásica: también Ulises pide a sus compañeros que lo aten al mástil de la nave para no ser arrastrado por los cantos de las sirenas. Véase Odisea, canto XII. 181 La traducción castellana manifiesta sólo uno de los dos sentidos que tiene simultáneamente la expresión alemana Tarantel-Tänzer: el que baila la tarantela y el que gira bailando por haber sido picado por una tarántula. A la picadura de la tarántula se le atribuían antiguamente extraños efectos nerviosos; y también a la danza llamada «tarantela» se le atribuían poderes curativos contra esa picadura.
De los sabios famosos
Al pueblo habéis servido, y a la superstición del pueblo, todos vosotros, sabios famosos! - ¡y no a la verdad! Y precisamente por esto se os tributaba veneración. Y también por esto se soportaba vuestra incredulidad, ya que ésta era un ardid y un camino indirecto para llegar al pueblo. Así deja el señor plena libertad a sus esclavos y se divierte además con la petulancia de éstos. Mas quien al pueblo le resulta odioso, como se lo resulta un lobo a los perros: ése es el espíritu libre, el enemigo de las cadenas, el que no adora, el que habita en los bosques. Arrojarlo de su cobijo - eso es lo que ha significado siempre para el pueblo el «sentido de lo justo»: contra él continúa azuzando a sus perros de más afilados dientes. «Pues la verdad está aquí: ¡ya que aquí está el pueblo! ¡Ay, ay de los que buscan!» - así se viene diciendo desde siempre. A vuestro pueblo queríais darle razón en su veneración: ¡a eso lo llamasteis «voluntad de verdad» vosotros, sabios famosos! Y vuestro corazón se decía siempre a sí mismo: «del pueblo he venido: de allí me ha venido también la voz de Dios»182. Duros de cerviz y prudentes, como el asno, habéis sido siempre vosotros en cuanto abogados del pueblo. Y más de un poderoso que quería marchar bien con el pueblo enganchó delante de sus corceles - un asnillo, un sabio famoso. ¡Y ahora yo quisiera, sabios famosos, que por fin arrojaseis totalmente de vosotros la piel de león! ¡La piel del animal de presa, de manchas multicolores, y las melenas del que investiga, busca, conquista! ¡Ay, para que yo aprendiera a creer en vuestra «veracidad» tendríais primero que hacer pedazos vuestra voluntad veneradora! Veraz - así llamo yo a quien se marcha a desiertos sin dioses y ha hecho pedazos su corazón venerador. En medio de la arena amarilla, y quemado por el sol, ciertamente mira a hurtadillas, sediento, hacia los oasis abundantes en fuentes, en donde seres vivos reposan bajo oscuros árboles. Pero su sed no le persuade a hacerse igual a aquellos comodones: pues donde hay oasis, allí hay también imágenes de ídolos. Hambrienta, violenta, solitaria, sin dios: así es como se quiere a sí misma la voluntad leonina. Emancipada de la felicidad de los siervos, redimida de dioses y adoraciones, impávida y pavorosa, grande y solitaria: así es la voluntad del veraz. En el desierto han habitado desde siempre los veraces, los espíritus libres, como señores del desierto; pero en las ciudades habitan los bien alimentados y famosos sabios, - los animales de tiro. Siempre, en efecto, tiran ellos, como asnos, - ¡del carro del pueblo! No es que yo me enfade por esto con ellos: mas para mí siguen siendo servidores, y uncidos, aunque brillen con arreos de oro. Y a menudo han sido servidores buenos y dignos de alabanza. Pues así habla la virtud: «¡Si tienes que ser servidor, busca a aquel a quien más aprovechen tus servicios! El espíritu y la virtud de tu señor deben crecer por el hecho de ser tú su servidor: ¡así creces tú mismo junto con el espíritu y con la virtud de aquél!» Y en verdad, ¡vosotros sabios famosos, vosotros servidores del pueblo! Vosotros mismos habéis crecido junto con el espíritu y con la virtud del pueblo - ¡y el pueblo mediante vosotros! ¡En vuestro honor digo yo esto! Mas pueblo seguís siendo vosotros para mí, incluso en vuestras virtudes, pueblo de ojos miopes, - ¡pueblo que no sabe qué es espíritu! Espíritu es la vida que se saja a sí misma en vivo183: con el propio tormento aumenta su propio saber - ¿sabíais ya esto? Y la felicidad del espíritu es ésta: ser ungido y ser consagrado con lágrimas para víctima del sacrificio - ¿sabíais ya esto? Y la ceguera del ciego y su buscar y tantear deben seguir dando testimonio del poder del sol al que miró - ¿sabíais ya esto? ¡Y el hombre que conoce debe aprender a edificar con montañas! Es poco que el espíritu traslade montañas184 - ¿sabíais ya esto? Vosotros conocéis sólo chispas del espíritu: ¡pero no veis el yunque que él es, ni la crueldad de su martillo! ¡En verdad, no conocéis el orgullo del espíritu! ¡Pero aún menos soportaríais la modestia del espíritu, si alguna vez ella quisiera hablar! Y nunca todavía os ha sido lícito arrojar vuestro espíritu a una fosa de nieve; ¡no sois bastante ardientes para ello! Por esto tampoco conocéis los éxtasis de su frialdad. Para mí vosotros os tomáis en todo demasiadas confianzas con el espíritu; y de la sabiduría hacéis con frecuencia un asilo y un hospital para malos poetas. No sois águilas: por ello no habéis experimentado tampoco la felicidad que hay en el terror del espíritu. Y quien no es pájaro no debe hacer su nido sobre abismos. Me resultáis tibios185: pero fría es la corriente de todo conocimiento profundo. Gélidos son los pozos más íntimos del espíritu: un alivio para manos y trabajadores ardientes. Respetables estáis ahí para mí, y tiesos, y con la espalda derecha, ¡vosotros, sabios famosos! - a vosotros no os empujan un viento y una voluntad poderosos. ¿No habéis visto jamás una vela caminar sobre el mar, redondeada e hinchada y temblorosa por el ímpetu del viento? Igual que la vela, temblorosa por el ímpetu del espíritu, camina mi sabiduría sobre el mar - ¡mi sabiduría salvaje! Pero vosotros servidores del pueblo, vosotros sabios famosos, - ¡cómo podríais vosotros marchar junto a mí! -
Así habló Zaratustra.
182 Alusión a la conocida frase vox populi, vox Dei (la voz del pueblo es la voz de Dios). 183 El «concienzudo del espíritu» dirá más tarde a Zaratustra, en la conversación que mantendrá con él, que fue precisamente esa enseñanza la que lo indujo a seguirlo. Véase, en la cuarta parte, La sanguijuela. Véase también, en la tercera parte, De tablas viejas y nuevas, 7. 184 «Trasladar montañas» es expresión bíblica. Véase el Evangelio de Mateo, 17, 20: «Tenéis poca fe. Os aseguro que si tuvierais fe como un grano de mostaza le diríais a aquella montaña de allí que viniera y vendría». 185 Alusión ala frase del Apocalipsis, 3,15-16: «¡Ojalá fueras frío o caliente! Mas como eres tibio, y ni frío ni caliente, voy a vomitarte de mi boca.»
La canción de la noche186
Es de noche: ahora hablan más fuerte todos los surtidores. Y también mi alma es un surtidor187. Es de noche: sólo ahora se despiertan todas las canciones de los amantes. Y también mi alma es la canción de un amante. En mí hay algo insaciado, insaciable, que quiere hablar. En mí hay un ansia de amor, que habla asimismo el lenguaje del amor. Luz soy yo: ¡ay, si fuera noche! Pero ésta es mi soledad, el estar circundado de luz. ¡Ay, si yo fuese oscuro y nocturno! ¡Cómo iba a sorber los pechos de la luz! ¡Y aun a vosotras iba a bendeciros, vosotras pequeñas estrellas centelleantes y gusanos relucientes allá arriba! - y a ser dichoso por vuestros regalos de luz. Pero yo vivo dentro de mi propia luz, yo reabsorbo en mí todas las llamas que de mí salen. No conozco la felicidad del que toma; y a menudo he soñado que robar tiene que ser aún más dichoso que tornar188. Ésta es mi pobreza, el que mi mano no descansa nunca de dar; ésta es mi envidia, el ver ojos expectantes y las despejadas noches del anhelo. ¡Oh desventura de todos los que regalan! ¡Oh eclipse de mi sol! ¡Oh ansia de ansiar! ¡Oh hambre ardiente en la saciedad! Ellos toman de mí: ¿pero toco yo siquiera su alma? Un abismo hay entre tomar y dar; el abismo más pequeño es el más difícil de salvar189. Un hambre brota de mi belleza: daño quisiera causar a quienes ilumino, saquear quisiera a quienes colmo de regalos: - tanta es mi hambre de maldad. Retirar la mano cuando ya otra mano se extiende hacia ella; semejante a la cascada, que sigue vacilando en su caída: - tanta es mi hambre de maldad. Tal venganza se imagina mi plenitud; tal perfidia mana de mi soledad. ¡Mi felicidad en regalar ha muerto a fuerza de regalar, mi virtud se ha cansado de sí misma por su sobreabundancia! Quien siempre regala corre peligro de perder el pudor; a quien siempre distribuye fórmansele, a fuerza de distribuir, callos en las manos y en el corazón. Mis ojos no se llenan ya de lágrimas ante la vergüenza de los que piden; mi mano se ha vuelto demasiado dura para el temblar de manos llenas. ¿Adónde se fueron la lágrima de mi ojo y el plumón de mi corazón? ¡Oh soledad de todos los que regalan! ¡Oh taciturnidad de todos los que brillan! Muchos soles giran en el espacio desierto: a todo lo que es oscuro háblanle con su luz, - para mí callan. Oh, ésta es la enemistad de la luz contra lo que brilla, el recorrer despiadada sus órbitas. Injusto en lo más hondo de su corazón contra lo que brilla: frío para con los soles, - así camina cada sol. Semejantes a una tempestad recorren los soles sus órbitas, ése es su caminar. Siguen su voluntad inexorable, ésa es su frialdad. ¡Oh, sólo vosotros los oscuros, los nocturnos, sacáis calor de lo que brilla! ¡Oh, sólo vosotros bebéis leche y consuelo de las ubres de la luz! ¡Ay, hielo hay a mi alrededor, mi mano se abrasa al tocar lo helado!190 ¡Ay, en mí hay sed, que desfallece por vuestra sed! Es de noche: ¡ay, que yo tenga que ser luz! ¡Y sed de lo nocturno! ¡Y soledad! Es de noche: ahora, cual una fuente, brota de mí mi deseo, - hablar es lo que deseo. Es de noche: ahora hablan más fuerte todos los surtidores. Y también mi alma es un surtidor Es de noche: ahora se despiertan todas las canciones de los amantes. Y también mi alma es la canción de un amante. –
Así cantó Zaratustra.
186 Títulos anteriores previstos por Nietzsche para este apartado fueron: Luz soy yo y La canción de la soledad. El propio Nietzsche hace en Ecce homo interesantes consideraciones sobre este poema. Le llama «el inmortal lamento de estar condenado, por la sobreabundancia de luz y poder, por la propia naturaleza solar, a no amar». Y después de trascribirlo íntegramente añade: «Nada igual se ha compuesto nunca, ni sentido nunca, ni sufrido nunca, así sufre un dios, un Dioniso. La respuesta a este ditirambo del aislamiento solar en la luz sería Ariadna... ¡Quien sabe, excepto yo, qué es Ariadna!»... Véase Ecce homo. 187 La alusión a los «surtidores» es, una vez más, reminiscencia italiana, y se refiere a la fontana del Tritone, obra de Bernini, que adorna la piazza Barberini en Roma. Es Nietzsche mismo el que dice esto: «En una loggia situada sobre la mencionada piazza (Barberini], desde la cual se domina Roma con la vista y se oye, allá abajo en el fondo, murmurar la fontana, fue compuesta aquella canción, la más solitaria que jamás se ha compuesto, La canción de la noche.» 188 En Hechos de los Apóstoles, 20, 35, dice Pablo a los presbíteros de la Iglesia de Efeso: «Hay que tener presentes las palabras del Señor Jesús, que dijo: Mayor felicidad hay en dar que en tomar.» Esta frase atribuida a Jesús por Pablo no la han conservado los Evangelios. Nietzsche invierte la sentencia: la infelicidad, dice, la otorga el dar; es mejor tomar; y aun mejor, robar y arrebatar. Véase, en la tercera parte, El retorno a casa, y, en la cuarta parte, El mendigo voluntario. 189 Véase, en la tercera parte, El convaleciente. 190 Una variación de esta idea puede verse en Más allá del bien y del mal: «¡Es tan frío, tan gélido, que al tocarlo nos quemamos los dedos! ¡Toda mano que lo agarra se espanta! - Y justo por ello no son pocos los que lo tienen por ardiente.»
La canción del baile
Un atardecer caminaba Zaratustra con sus discípulos por el bosque; y estando buscando una fuente he aquí que llegó a un verde prado a quien árboles y malezas silenciosamente rodeaban: en él bailaban, unas con otras, unas muchachas. Tan pronto como las muchachas reconocieron a Zaratustra dejaron de bailar; mas Zaratustra se acercó a ellas con gesto amistoso y dijo estas palabras «¡No dejéis de bailar, encantadoras muchachas! No ha llegado a vosotras, con mirada malvada, ningún aguafiestas, ningún enemigo de muchachas. Abogado de Dios soy yo ante el diablo: mas éste es el espíritu de la pesadez. ¿Cómo habría yo de ser, oh ligeras, hostil a bailes divinos? ¿O a pies de muchacha de hermosos tobillos? Sin duda soy yo un bosque y una noche de árboles oscuros: sin embargo, quien no tenga miedo de mi oscuridad encontrará también taludes de rosas debajo de mis cipreses. Y asimismo encontrará ciertamente al pequeño dios que más querido les es a las muchachas: junto al pozo está tendido, quieto, con los ojos cerrados. ¡En verdad, se me quedó dormido en pleno día, el haragán! ¿Es que acaso corrió demasiado tras las mariposas? ¡No os enfadéis conmigo, bellas bailarinas, si castigo un poco al pequeño dios! Gritará ciertamente y llorará, - ¡mas a risa mueve él incluso cuando llora! Y con lágrimas en los ojos debe pediros un baile; y yo mismo quiero cantar una canción para su baile: Una canción de baile y de mofa contra el espíritu de la pesadez, mi supremo y más poderoso diablo, del que ellos dicen que es “el señor de este mundo”»191. - Y ésta es la canción que Zaratustra cantó mientras Cupido y las muchachas bailaban juntos:
En tus ojos he mirado hace un momento, ¡oh vida!192 Y en lo insondable me pareció hundirme. Pero tú me sacaste fuera con un anzuelo de oro; burlonamente te reíste cuando te llamé insondable. «Ése es el lenguaje de todos los peces, dijiste; lo que ellos no pueden sondar, es insondable. Pero yo soy tan sólo mudable, y salvaje, y una mujer en todo, y no virtuosa: Aunque para vosotros los varones me llame ‘la profunda’, o ‘la fiel’, ‘la eterna’, ‘la llena de misterio’. Vosotros los varones, sin embargo, me otorgáis siempre como regalo vuestras propias virtudes - ¡ay, vosotros virtuosos!» Así reía la increíble; mas yo nunca la creo, ni a ella ni a su risa, cuando habla mal de sí misma. Y cuando hablé a solas con mi sabiduría salvaje, me dijo encolerizada: «Tú quieres, tú deseas, tú amas, ¡sólo por eso alabas tú la vida!» A punto estuve de contestarle mal y de decirle la verdad a la encolerizada; y no se puede contestar peor que «diciendo la verdad» a nuestra propia sabiduría. Así están, en efecto, las cosas entre nosotros tres. A fondo yo no amo más que a la vida - ¡y, en verdad, sobre todo cuando la odio! Y el que yo sea bueno con la sabiduría, y a menudo demasiado bueno: ¡esto se debe a que ella me recuerda totalmente a la vida! Tiene los ojos de ella, su risa, e incluso su áurea caña de pescar: ¿qué puedo yo hacer si las dos se asemejan tanto? Y una vez, cuando la vida me preguntó: ¿Quién es, pues, ésa, la sabiduría? - yo me apresuré a responder: «¡Ah sí!, ¡la sabiduría! Tenemos sed de ella y no nos saciamos, la miramos a través de velos, la intentamos apresar con redes. ¿Es hermosa? ¡Qué se yo! Pero hasta las carpas más viejas continúan picando en. su cebo. Mudable y terca es; a menudo la he visto morderse los labios y peinarse a contrapelo. Acaso es malvada y falsa, y una mujer en todo; pero cabalmente cuando habla mal de sí es cuando más seduce.» Cuando dije esto a la vida ella rió malignamente y cerró los ojos. «¿De quién estás hablando?, dijo, ¿sin duda de mí? Y aunque tuvieras razón, - ¡decirme eso así a la cara! Pero ahora habla también de tu sabiduría.» ¡Ay, y entonces volviste a abrir tus ojos, oh vida amada! Y en lo insondable me pareció hundirme allí de nuevo. -
Así cantó Zaratustra. Mas cuando el baile acabó y las muchachas se hubieron ido de allí sintióse triste. «Hace ya mucho que se puso el sol, dijo por fin; el prado está húmedo, de los bosques llega frío. Algo desconocido está a mi alrededor y mira pensativo. ¡Cómo! ¿Tú vives todavía, Zaratustra? ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Con qué? ¿Hacia dónde? ¿Dónde? ¿Cómo? ¿No es tontería vivir todavía? - Ay, amigos mios, el atardecer es quien así pregunta desde mí. ¡Perdonadme mi tristeza! El atardecer ha llegado: ¡perdonadme que el atardecer haya llegado!»
Así habló Zaratustra.
191 Así llama el Evangelio de Juan, 12, 31, al demonio (palabras de Jesús a Andrés y Felipe, anunciando su glorificación por la muerte): «Ahora comienza un juicio contra el orden presente, y ahora el señor de este mundo será arrojado fuera. Pero yo, cuando me levanten de la tierra, tiraré de todos hacia mí». 192 Con estas mismas palabras comenzará también La otra canción del baile, en la tercera parte de esta obra.
La canción de los sepulcros193
Allí está la isla de los sepulcros, la silenciosa; allí están también los sepulcros de mi juventud. A ella quiero llevar una corona siempre verde de vida». Con este propósito en el corazón atravesé el mar. - ¡Oh vosotras, visiones y apariciones de mi juventud! ¡Oh vosotras, miradas todas del amor, vosotros instantes divinos! ¡Qué aprisa habéis muerto para mí! Me acuerdo de vosotros hoy como de mis muertos. De vosotros, muertos queridísimos, llega hasta mí un dulce aroma que desata el corazón y las lágrimas. En verdad, ese aroma conmueve y alivia el corazón al navegante solitario. Aún continúo siendo el más rico y el más digno de envidia - ¡yo el más solitario! Pues yo os tuve a vosotros, y vosotros me tuvisteis a mí: decid, La quién le cayeron del árbol, como a mí, tales manzanas de rosa?194 Aún continúo siendo heredero de vuestro amor, y tierra que en recuerdo vuestro florece con multicolores virtudes silvestres, ¡oh vosotros amadísimos! Ay, estábamos hechos para permanecer próximos unos a otros, oh propicios y extraños prodigios; y vinisteis a mí y a mi deseo no como tímidos pájaros - ¡no, sino como confiados al confiado! Sí, hechos para la fidelidad, como yo, y para delicadas eternidades: y ahora tengo que denominaros por vuestra infidelidad, oh miradas e instantes divinos: ningún otro nombre he aprendido todavía. En verdad, demasiado aprisa habéis muerto para mí, vosotros fugitivos. Pero no huisteis de mí, tampoco yo huí de vosotros: inocentes somos unos para otros en nuestra infidelidad. ¡Para matarme a mí os estrangularon a vosotros, pájaros cantores de mis esperanzas! Sí, contra vosotros, queridísimos, disparó la maldad siempre sus flechas - ¡para dar en mi corazón! ¡Y acertó! Porque vosotros erais lo más querido a mi corazón, mi posesión y mi ser-poseído: ¡por eso tuvisteis que morir jóvenes y demasiado pronto! Contra lo más vulnerable que yo poseía dispararon ellos la flecha: ¡lo erais vosotros, cuya piel es semejante a una suave pelusa, y, más todavía, a la sonrisa que fenece a causa de una mirada! Pero estas palabras quiero decir a mis enemigos: ¡qué son todos los homicidios al lado de lo que me habéis hecho! Algo peor me habéis hecho que todos los homicidios; algo irrecuperable me habéis quitado: - ¡así os hablo a vosotros, enemigos míos! ¡Pues habéis asesinado las visiones y los amadísimos prodigios de mi juventud! ¡Me habéis quitado mis compañeros de juego, los espíritus bienaventurados! En recuerdo suyo deposito esta corona y esta maldición. ¡Esta maldición contra vosotros, enemigos míos! ¡Pues acortasteis mi eternidad, así como un sonido se quiebra en noche fría! Casi tan sólo como un relampagueo de ojos divinos llegó hasta mí, - ¡como un instante! Así dijo una vez en hora favorable mi pureza: «Divinos deben ser para mí todos los seres». Entonces caísteis sobre mí con sucios fantasmas, ¡ay, adónde huyó aquella hora favorable! «Todos los días deben ser santos para mí» - así habló en otro tiempo la sabiduría de mi juventud195: ¡en verdad, palabras de una sabiduría gaya! Pero entonces vosotros los enemigos me robasteis mis noches y las vendisteis a un tormento insomne: ay, ¿adónde huyó aquella sabiduría gaya? En otro tiempo yo estaba ansioso de auspicios felices: entonces hicisteis que se me cruzase en el camino un búho monstruoso, repugnante. Ay, ¿adónde huyó entonces mi tierna ansia? A toda náusea prometí yo en otro tiempo renunciar: entonces transformasteis a mis allegados y prójimos en llagas purulentas. Ay, ¿adónde huyó entonces mi más noble promesa? Como un ciego recorrí en otro tiempo caminos bienaventurados: entonces arrojasteis inmundicias al camino del ciego: y él sintió náuseas del viejo sendero de ciegos. Y cuando realicé mi empresa más dificil y celebraba la victoria de mis superaciones: entonces hicisteis gritar a quienes me amaban que yo era quien más daño les hacía. En verdad, ése fue siempre vuestro obrar: transformasteis en hiel mi mejor miel y la laboriosidad de mis mejores abejas. A mi benevolencia enviasteis siempre los mendigos más insolentes; en torno a mi compasión amontonasteis siempre a aquellos cuya desvergüenza no tenía curación. Así heristeis a mi virtud en su fe. Y si yo llevaba al sacrificio lo más santo de mí: al instante vuestra «piedad» añadía sus dones más grasientos: de tal manera que en el vaho de vuestra grasa quedaba sofocado hasta lo más santo de mí. Y en otro tiempo quise bailar como jamás había bailado yo hasta entonces: más allá de todos los cielos quise bailar. Entonces persuadisteis a mi cantor más amado. Y éste entonó una horrenda y pesada melodía; ¡ay, la tocó a mis oídos como un tétrico cuerno! ¡Cantor asesino, instrumento de la maldad, inocentísimo! Ya estaba yo dispuesto para el mejor baile: ¡entonces asesinaste con tus sones mi éxtasis! Sólo en el baile sé yo decir el símbolo de las cosas supremas: - ¡y ahora mi símbolo supremo se me ha quedado inexpreso en mis miembros! ¡Inexpresa y no liberada quedó en mí la suprema esperanza! ¡Y se me murieron todas las visiones y consuelos de mi juventud! ¿Cómo soporté aquello? ¿Cómo vencí y superé tales heridas?196 ¿Cómo volvió mi alma a resurgir de esos sepulcros? Sí, algo invulnerable, insepultable hay en mí, algo que hace saltar las rocas: se llama mi voluntad. Silenciosa e incambiada avanza a través de los años. Su camino quiere recorrerlo con mis pies mi vieja voluntad; duro de corazón e invulnerable es para ella el sentido. Invulnerable soy únicamente en mi talón197. ¡Todavía sigues viviendo ahí y eres idéntica a ti misma, pacientísima! ¡Siempre conseguiste atravesar todos los sepulcros! En ti vive todavía lo irredento de mi juventud; y como vida y juventud estás tú ahí sentada, llena de esperanzas, sobre amarillas ruinas de sepulcros. Sí, todavía eres tú para mí la que reduce a escombros todos los sepulcros: ¡salud a ti, voluntad mía! Y sólo donde hay sepulcros hay resurrecciones. -
Así cantó Zaratustra.
193 Otro título previsto por Nietzsche para este apartado en sus manuscritos era La fiesta de los muertos. Ciertos comentaristas han querido ver en La canción de los sepulcros una sumaria enumeración de las diversas desilusiones y afrentas, reales o imaginarias, sufridas por Nietzsche en su vida. El propio título es sin duda una reminiscencia de la isla de San Michele, cementerio de Venecia, llamada también «isla de los muertos», y que ciertamente Nietzsche veía desde su ventana cuando en Venecia residía en Fundamenta Nuove. El «buho monstruoso y repugnante» representaría al filólogo (Wilamowitz von Möllendorff) que se atravesó en su carrera de catedrático universitario. El «cantor más amado», que, sin embargo, le entona una «horrenda y pesada melodía», sería Wagner, que le había insultado en su artículo Público y popularidad, publicado en los Bayreuther Blätter (Hojas de Bayreuth); y así sucesivamente. 194 Sobre las «manzanas de rosa» véase luego la nota 416. 195 La primera edición de La gaya ciencia llevaba como motto esta cita de Emerson: «El poeta y el sabio consideran amigas y sagradas todas las cosas, |