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Así habló Zaratustra
Friedrich Nietzsche

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Tercera parte de

Así habló Zaratustra

Vosotros miráis hacia arriba cuando deseáis elevación. Y yo miro hacia abajo, porque estoy elevado.

¿Quién de vosotros puede a la vez reír y estar elevado?

Quien asciende a las montañas más altas se ríe de todas las tragedias, de las del teatro y de las de la vida.

Zaratustra, Del leer y el escribir, I.

El caminante

  Fue alrededor de la medianoche cuando Zaratustra emprendió su camino sobre la cresta de la isla para llegar de madrugada a la otra orilla: pues en aquel lugar quería embarcarse. Había allí, en efecto, una buena rada, en la cual gustaban echar el ancla incluso barcos extranjeros; éstos recogían a algunos que querían dejar las islas afortunadas y atravesar el mar. Mientras Zaratustra iba subiendo la montaña pensaba en las muchas caminatas solitarias que había realizado desde su juventud y en las muchas montañas y crestas y cimas a que ha había ascendido.

  Yo soy un caminente yun escalador de montañas, decía a su corazón, no me gustan las llanuras, y parece que no puedo estarme sentado tranquilo largo tiempo.

  Y sea cual sea mi destino, sean cuales sean las vivencias que aún haya yo de experimentar, - siempre habrá en ello un caminar y un escalar montañas: en última instancia uno no tiene vivencias más que de sí mismo277.

  Pasó ya el tiempo en que era lícito que a mí me sobrevinieran acontecimientos casuales; ¡y qué podría ocurrirme todavía que no fuera ya algo mío!

  Lo único que hace es retornar, por fin vuelve a casa - mi propio sí-mismo y cuanto de él estuvo largo tiempo en tierra extraña y disperso entre todas las cosas y acontecimientos casuales.

  Y una cosa más sé: me encuentro ahora ante mi última cumbre y ante aquello que durante más largo tiempo me ha sido ahorrado. ¡Ay, mi más duro camino es el que tengo que subir! ¡Ay, he comenzado mi caminata más solitaria!

  Pero quien es de mi especie no se libra de semejante hora: de la hora que le dice: «¡Sólo en este instante recorres tu camino de grandeza! ¡Cumbre y abismo - ahora eso está fundido en una sola cosa!

  Recorres tu camino de grandeza: ¡ahora se ha convertido en tu último refugio lo que hasta el momento se llamó tu último peligro!

  Recorres tu camino de grandeza: ¡ahora es necesario que tu mejor valor consista en que no quede ya ningún camino a tus espaldas!

  Recorres el camino de tu grandeza: ¡nadie debe seguirte aquí a escondidas! Tu mismo pie ha borrado detrás de ti el camino, y sobre él está escrito: Imposibilidad.

  Y si en adelante te faltan todas las escaleras, tienes que saber subir incluso por encima de tu propia cabeza: ¿cómo querrías, de otro modo, caminar hacia arriba?

  ¡Por encima de tu propia cabeza y más allá de tu propio corazón! Ahora lo más suave de ti tiene aún que convertirse en lo más duro.

  Quien siempre se ha tratado a sí mismo con mucha indulgencia acaba por enfermar a causa de ello. ¡Alabado sea lo que endurece! ¡Yo no alabo el país donde corren - manteca y miel278

  Es necesario aprender a apartar la mirada de sí para ver muchas cosas: - esa dureza necesítala todo aquel que escala montañas.

  Mas quien tiene ojos importunos como hombre del conocimiento, ¡cómo iba a ver ése en todas las cosas algo más que los motivos superficiales de ellas!

  Tú, sin embargo, oh Zaratustra, has querido ver el fondo y el trasfondo de todas las cosas: por ello tienes que subir por encima de ti mismo, - ¡arriba, cada vez más alto, hasta que incluso tus estrellas las veas por debajo de ti!

  ¡Sí! Bajar la vista hacia mí mismo e incluso hacia mis estrellas: ¡sólo esto significaría mi cumbre, esto es lo que me ha quedado aún como mi última cumbre!

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  Así iba diciéndose Zaratustra a sí mismo al ascender, consolando su corazón con duras sentenzuelas: pues tenía el corazón herido como nunca antes. Y cuando llegó a la cima de la cresta de la montaña, he aquí que el otro mar yacía allí extendido ante su vista: entonces se detuvo y calló largo rato. La noche era fría en aquella cumbre, y clara y estrellada.

  Conozco mi suerte, se dijo por fin con pesadumbre. ¡Bien! Estoy dispuesto. Acaba de empezar mi última soledad.

  ¡Ay, ese mar triste y negro a mis pies! ¡Ay, esa grávida desazón nocturna! ¡Ay, destino y mar! ¡Hacia vosotros tengo ahora que descender!

  Me encuentro ante mi montaña más alta y ante mi más larga caminata: por eso tengo primero que descender más bajo de lo que nunca descendí:

  - ¡Descender al dolor más de lo que nunca descendí, hasta su más negro oleaje! Así lo quiere mi destino: ¡Bien! Estoy dispuesto.

  ¿De dónde vienen las montañas más altas?, pregunté en otro tiempo. Entonces aprendí que vienen del mar.

  Este testimonio está escrito en sus rocas y en las paredes de sus cumbres. Lo más alto tiene que llegar a su altura desde lo más profundo. - Así dijo Zaratustra en la cima del monte, donde hacía frío; mas cuando se acercó al mar y se encontró por fin únicamente entre los escollos, el camino lo había cansado y vuelto aún más anheloso que antes.

  Todo continúa aún dormido, dijo; también el mar duerme. Ebrios de sueño y extraños miran sus ojos hacia mí.

  Pero su aliento es cálido, lo siento. Y siento también que sueña. Y soñando se retuerce sobre duras almohadas.

  ¡Escucha! ¡Escucha! ¡Cómo gime el mar a causa de recuerdos malvados! ¿O tal vez a causa de expectativas malvadas?

  Ay, triste estoy contigo, oscuro monstruo, y enojado conmigo mismo por tu causa.

  ¡Ay, por qué no tendrá mi mano bastante fortaleza! ¡En verdad, me gustaría redimirte de sueños malvados! –

 

  Y mientras Zaratustra hablaba así, se reía de sí mismo con melancolía y amargura. «¡Cómo! ¡Zaratustra!, dijo, ¿quieres consolar todavía al mar cantando?

  ¡Ay, Zaratustra, necio rico en amor, sobrebienaventurado de confianza! Pero así has sido siempre: siempre te has acercado confiado a todo lo horrible.

  Has querido incluso acariciar a todos los monstruos. Un vaho de cálida respiración, un poco de suave vello en las garras -: y enseguida estabas dispuesto a amar y a atraer.

  El amor es el peligro del más solitario, el amor a todas las cosas, ¡con tal de que vivan! ¡De risa son, en verdad, mi necedad y mi modestia en el amor!» -

 

  Así habló Zaratustra, y rió por segunda vez: entonces pensó en sus amigos abandonados -, y como si los hubiera ofendido con sus pensamientos, enojóse consigo mismo a causa de éstos. Y pronto ocurrió que el que reía se puso a llorar: - de cólera y de anhelo lloró Zaratustra amargamente279.

 

   277 Véase Más allá del bien y del mal, aforismo 70: «Si uno tiene carácter, tiene también una vivencia típica y propia, que retorna siempre.»

   278 Cita de Éxodo, 3, 8, donde de la Tierra Prometida se dice que en ella «corren leche y miel.»

   279 Véase la nota 71.

De la visión y enigma (280)

  Cuando se corrió entre los marineros la voz de que Zaratustra se encontraba en el barco, - pues al mismo tiempo que él había subido a bordo un hombre que venía de las islas afortunadas - prodújose una gran curiosidad y expectación. Mas Zaratustra estuvo callado durante dos días, frío y sordo de tristeza, de modo que no respondía ni a las miradas ni a las preguntas. Al atardecer del segundo día, sin embargo, aunque todavía guardaba silencio, volvió a abrir sus oídos: pues había muchas cosas extrañas y peligrosas que oír en aquel barco, que venía de lejos y que quería ir aún más lejos. Zaratustra era amigo, en efecto, de todos aquellos que realizan largos viajes y no les gusta vivir sin peligro. Y he aquí que, por fin, a fuerza de escuchar, su propia lengua se soltó y el hielo de su corazón se rompió: - entonces comenzó a hablar así:

 

  A vosotros los audaces buscadores e indagadores, y a quienquiera que alguna vez se haya lanzado con astutas velas a mares terribles, -

  a vosotros los ebrios de enigmas, que gozáis con la luz del crepúsculo, cuyas almas son atraídas con flautas a todos los abismos laberínticos:

  - pues no queréis, con mano cobarde, seguir a tientas un hilo; y allí donde podéis adivinar, odiáis el deducir -

  a vosotros solos os cuento el enigma que he visto, - la visión del más solitario -

  Sombrío281 caminaba yo hace poco a través del crepúsculo de color de cadáver, - sombrío y duro, con los labios apretados. Pues más de un sol se había hundido en su ocaso para mí.

  Un sendero que ascendía obstinado a través de pedregales, un sendero maligno, solitario, al que ya no alentaban ni hierbas ni matorrales: un sendero de montaña crujía bajo la obstinación de mi pie.

  Avanzando mudo sobre el burlón crujido de los guijarros, aplastando la piedra que lo hacía resbalar: así se abría paso mi pie hacia arriba.

  Hacia arriba: - a pesar del espíritu que de él tiraba hacia abajo, hacia el abismo, el espíritu de la pesadez, mi demonio y enemigo capital.

  Hacia arriba: - aunque sobre mí iba sentado ese espíritu, mitad enano, mitad topo; paralítico; paralizante; dejando caer plomo en mi oído282, pensamientos-gotas de plomo en mi cerebro.

  «Oh Zaratustra, me susurraba burlonamente, silabeando las palabras, ¡tú piedra de la sabiduría! Te has arrojado a ti mismo hacia arriba, mas toda piedra arrojada - ¡tiene que caer!

  ¡Oh Zaratustra, tú piedra de la sabiduría, tú piedra de honda, tú destructor de estrellas! A ti mismo te has arrojado muy alto, - mas toda piedra arrojada - ¡tiene que caer!

  Condenado a ti mismo, y a tu propia lapidación: oh Zaratustra, sí, lejos has lanzado la piedra, - ¡mas sobre ti caerá de nuevo!»

  Calló aquí el enano; y esto duró largo tiempo. Mas su silencio me oprimía; ¡y cuando se está así entre dos, se está, en verdad, más solitario que cuando se está solo!

  Yo subía, subía, soñaba, pensaba, - mas todo me oprimía. Me asemejaba a un enfermo al que su terrible tormento lo deja rendido, y a quien un sueño más terrible todavía vuelve a despertarlo cuando acaba de dormirse. -

  Pero hay algo en mí que yo llamo valor: hasta ahora éste ha matado en mí todo desaliento. Ese valor me hizo al fin detenerme y decir: «¡Enano! ¡Tú! ¡O yo!» -

  El valor es, en efecto, el mejor matador, - el valor que ataca: pues todo ataque se hace a tambor batiente.

  Pero el hombre es el animal más valeroso: por ello ha vencido a todos los animales. A tambor batiente ha vencido incluso todos los dolores; pero el dolor por el hombre es el dolor más profundo.

  El valor mata incluso el vértigo junto a los abismos: ¡y en qué lugar no estaría el hombre junto a abismos! ¿El simple mirar no es - mirar abismos?

  El valor es el mejor matador: el valor mata incluso la compasión. Pero la compasión es el abismo más profundo: cuanto el hombre hunde su mirada en la vida, otro tanto la hunde en el sufrimiento.

  Pero el valor es el mejor matador, el valor que ataca: éste mata la muerte misma, pues dice: «¿Era esto la vida? ¡Bien! ¡Otra vez! »283.

  En estas palabras, sin embargo, hay mucho sonido de tambor batiente. Quien tenga oídos, oiga. -

 

  2

 

  «¡Alto! ¡Enano!, dije. ¡Yo! ¡O tú! Pero yo soy el más fuerte de los dos -: ¡tú no conoces mi pensamiento abismal! ¡Ése - no podrías soportarlo!» -

  Entonces ocurrió algo que me dejó más ligero: ¡pues el enano saltó de mi hombro, el curioso! Y se puso en cuclillas sobre una piedra delante de mí. Cabalmente allí donde nos habíamos detenido había un portón.

  «¡Mira ese portón! ¡Enano!, seguí diciendo: tiene dos caras. Dos caminos convergen aquí: nadie los ha recorrido aún hasta su final.

  Esa larga calle hacia atrás: dura una eternidad. Y esa larga calle hacia adelante - es otra eternidad.

  Se contraponen esos caminos; chocan derechamente de cabeza: -y aquí, en este portón, es donde convergen. El nombre del portón está escrito arriba: ‘Instante’.

  Pero si alguien recorriese uno de ellos - cada vez y cada vez más lejos: ¿crees tú, enano, que esos caminos se contradicen eternamente?”

  «Todas las cosas derechas mienten, murmuró con desprecio el enano. Toda verdad es curva, el tiempo mismo es un círculo.» «Tú, espíritu de la pesadez, dije encolerizándome, ¡no tomes las cosas tan a la ligera! O te dejo en cuclillas ahí donde te encuentras, cojitranco, - ¡y yo te he subido hasta aquí!

  ¡Mira, continué diciendo, este instante! Desde este portón llamado Instante corre hacia atrás una calle larga, eterna: a nuestras espaldas yace una eternidad.

  Cada una de las cosas que pueden correr, ¿no tendrá que haber recorrido ya alguna vez esa calle? Cada una de las cosas que pueden ocurrir, ¿no tendrá que haber ocurrido, haber sido hecha, haber transcurrido ya alguna vez?

  Y si todo ha existido ya: ¿qué piensas tú, enano, de este instante? ¿No tendrá también este portón que - haber existido ya?

  ¿Y no están todas las cosas anudadas con fuerza, de modo que este instante arrastra tras sí todas las cosas venideras? ¿Por lo tanto - - incluso a sí mismo?

  Pues cada una de las cosas que pueden correr: ¡también por esa larga calle hacia adelante - tiene que volver a correr una vez más! -

  Y esa araña que se arrastra con lentitud a la luz de la luna, y esa misma luz de la luna, y yo y tú, cuchicheando ambos junto a este portón, cuchicheando de cosas eternas - ¿no tenemos todos nosotros que haber existido ya?

  - y venir de nuevo y correr por aquella otra calle, hacia adelante, delante de nosotros, por esa larga, horrenda calle - ¿no tenemos que retornar eternamente?» -

  Así dije, con voz cada vez más queda: pues tenía miedo de mis propios pensamientos y de sus trasfondos. Entonces, de repente, oí aullar a un perro cerca.

  ¿Había oído yo alguna vez aullar así a un perro? Mi pensamiento corrió hacia atrás. ¡Sí! Cuando era niño, en remota infancia284:

  - entonces oí aullar así a un perro. Y también lo vi con el pelo erizado, la cabeza levantada, temblando, en la más silenciosa medianoche, cuando incluso los perros creen en fantasmas:

  - de tal modo que me dio lástima. Pues justo en aquel momento la luna llena, con un silencio de muerte, apareció por encima de la casa, justo en aquel momento se había detenido, un disco incandescente, - detenido sobre el techo plano, como sobre propiedad ajena: -

  esto exasperó entonces al perro: pues los perros creen en ladrones y fantasmas. Y cuando de nuevo volví a oírle aullar, de nuevo volvió a darme lástima.

  ¿Adónde se había ido ahora el enano? ¿Y el portón? ¿Y la araña? ¿Y todo el cuchicheo? ¿Había yo soñado, pues? ¿Me había despertado? De repente me encontré entre peñascos salvajes, solo, abandonado, en el más desierto claro de luna.

  ¡Pero allí yacía por tierra un hombre! ¡Y allí! El perro saltando, con el pelo erizado, gimiendo, - ahora él me veía venir - y entonces aulló de nuevo, gritó: - ¿había yo oído alguna vez a un perro gritar así pidiendo socorro?

  Y, en verdad, lo que vi no lo había visto nunca. Vi a un joven pastor retorciéndose, ahogándose, convulso, con el rostro descompuesto, de cuya boca colgaba una pesada serpiente negra285.

  ¿Había visto yo alguna vez tanto asco y tanto lívido espanto en un solo rostro? Sin duda se había dormido. Y entonces la serpiente se deslizó en su garganta y se aferraba a ella mordiendo.

  Mi mano tiró de la serpiente, tiró y tiró: - ¡en vano! No conseguí arrancarla de allí. Entonces se me escapó un grito: «¡Muerde! ¡Muerde!

  ¡Arráncale la cabeza! ¡Muerde!» - éste fue el grito que de mí se escapó, mi horror, mi odio, mi náusea, mi lástima, todas mis cosas buenas y malas gritaban en mí con un solo grito. -

  ¡Vosotros, hombres audaces que me rodeáis! ¡Vosotros, buscadores, indagadores, y quienquiera de vosotros que se haya lanzado con velas astutas a mares inexplorados! ¡Vosotros, que gozáis con enigmas!

  ¡Resolvedme, pues, el enigma que yo contemplé entonces, interpretadme la visión del más solitario!286.

  Pues fue una visión y una previsión: - ¿qué vi yo entonces en símbolo? ¿Y quién es el que algún día tiene que venir aún?287

  ¿Quién es el pastor a quien la serpiente se le introdujo en la garganta? ¿Quién es el hombre a quien todas las cosas más pesadas, más negras, se le introducirán así en la garganta?

  - Pero el pastor mordió, tal como se lo aconsejó mi grito; ¡dio un buen mordisco! Lejos de sí escupió la cabeza de la serpiente -: y se puso en pie de un salto288. -

  Ya no pastor, ya no hombre, - ¡un transfigurado, iluminado, que reía! ¡Nunca antes en la tierra había reído hombre alguno como él rió!

  Oh hermanos míos, oí una risa que no era risa de hombre, - - y ahora me devora una sed, un anhelo que nunca se aplaca.

  Mi anhelo de esa risa me devora: ¡oh, cómo soporto el vivir aún! ¡Y cómo soportaría el morir ahora! -

 

  Así habló Zaratustra.

 

   280 Otro título para este apartado, anotado por Nietzsche en sus manuscritos, fue La visión del más solitario de los hombres. Es la primera exposición de la idea del eterno retorno.

   281 La descripción del ascenso de Zaratustra por el sendero pedregoso, llevando sobre sus hombros «el espíritu de la pesadez», guarda un extraordinario parecido con lo que, según Las mil y una noches, le ocurrió a Sindbad el marino en el quinto de sus viajes: también Sindbad carga sobre sus hombros a un anciano que luego se niega a bajar de allí y martiriza a su portador. Sindbad se libera de él emborrachándolo.

   282 Reminiscencia de Hamlet, I, 5 (palabras de la Sombra a Hamlet): «Durmiendo, pues, en mi jardín según mi costumbre, después del mediodía, en esa hora de quietud, entró tu tío furtiva mente con un pomo de maldito veneno en las manos y lo vertió en mi oído».

   283 En la cuarta parte, La canción del noctámbulo, 1, «el más feo de los hombres» repitirá esta frase. Ortega puso estas palabras como motto al frente del apartado VII (titulado «Las valoraciones de la vida») de su obra El tema de nuestro tiempo (Obras Completas, volumen III).

   284 Una vivencia profundamente grabada en Nietzsche fue la del traslado de su familia, tras la muerte de su padre, desde Röcken, donde Nietzsche había nacido, a Naumburgo. El traslado se hizo un día de abril de 1850, mucho antes del amanecer. Mientras los carros cargados esperaban en el patio, un perro empezó a ladrar tristemente a la luna. Véase la descripción de esta escena en los escritos autobiográficos recogidos por K. Schlechta en el tomo III de su edición de las Obras de Nietzsche.

   285 Una escena similar aparece en Las mil y una noches en el séptimo viaje de Sindbad el marino. En Las mil y una noches es la serpiente la que «llevaba en la boca a un hombre, al que se había tragado hasta el ombligo». Sindbad golpea la cabeza de la serpiente con su vara de oro y la serpiente vomita al hombre.

   286 Recuérdese lo dicho en la nota 280 sobre el proyectado título de este capítulo.

   287 «El que ha de venir», «el que viene detrás de mí» es expresión evangélica aplicada por Juan el Bautista a Jesús; véase Evangelio de Mateo, 3, 11: «El que viene detrás de mí es más fuerte que yo, y yo no merezco ni quitarle las sandalias».

   288 Véase, en esta tercera parte, El convaleciente, 2.

 

  De la bienaventuranza no querida 289

 

  Con tales enigmas y amarguras en el corazón cruzó Zaratustra el mar. Mas cuando estuvo a cuatro días de viaje de las islas afortunadas y de sus amigos, había superado todo su dolor -: victorioso y con pies firmes se hallaba erguido de nuevo sobre su destino. Y entonces Zaratustra habló así a su conciencia jubilosa:

 

  Solo estoy de nuevo, y quiero estarlo, solo con el cielo puro y el mar libre; y de nuevo me rodea la tarde.

  En una tarde encontré por vez primera en otro tiempo a mis amigos, en una tarde también la vez segunda290: - en la hora en que toda luz se vuelve más silenciosa.

  Pues lo que de felicidad se encuentra aún en camino entre el cielo y la tierra, eso búscase como asilo un alma luminosa: a causa de la felicidad se ha vuelto toda luz más silenciosa ahora.

  ¡Oh tarde de mi vida! En otro tiempo también mi felicidad descendió al valle para buscarse un asilo: allí encontró esas almas abiertas y hospitalarias

  ¡Oh tarde de mi vida! ¡Qué no he entregado yo a cambio de tener una sola cosa: este viviente plantel de mis pensamientos y esta luz matinal de mi más alta esperanza!

  Compañeros de viaje buscó en otro tiempo el creador, e hijos de su esperanza: y ocurrió que no pudo encontrarlos, a no ser que él mismo los crease.

  Así estoy en medio de mi obra, yendo hacia mis hijos y volviendo de ellos: por amor a sus hijos tiene Zaratustra que consumarse a sí mismo.

  Pues radicalmente se ama tan sólo al propio hijo291 y a la propia obra; y donde existe gran amor a sí mismo, allí hay señal de embarazo: esto es lo que he encontrado.

  Todavía verdean mis hijos en su primera primavera, unos junto a otros y agitados por vientos comunes, árboles de mi jardín y de mi mejor tierra.

  ¡Y en verdad!, ¡donde se apiñan tales árboles, allí existen islas afortunadas!

  Pero alguna vez quiero trasplantarlos y ponerlos separados unos de otros: para que cada uno aprenda soledad, y tenacidad, y cautela.

  Nudoso y retorcido y con flexible dureza deberá estar entonces para mí junto al mar, faro viviente de vida invencible.

  Allí donde las tempestades se precipitan en el mar y la trompa de las montañas bebe agua, allí debe realizar cada uno alguna vez sus guardias de día y de noche, para su examen y conocimiento.

  Conocido y examinado debe ser, para que se sepa si es de mi especie y de mi procedencia, - si es señor de una voluntad larga, callado aun cuando habla, y de tal modo dispuesto a dar, que al dar tome. -

  - para que algún día llegue a ser mi compañero de viaje y concree y concelebre las fiestas junto con Zaratustra292 -: alguien que me escriba mi voluntad en mis tablas: para más plena consumación de todas las cosas.

  Y por amor a él y a su igual tengo yo mismo que consumarme a mí: por ello me aparto ahora de mi felicidad y me ofrezco a toda infelicidad - para mi último examen y mi último conocimiento.

  Y en verdad era llegado el tiempo de irme; y la sombra del caminante y el instante más largo y la hora más silenciosa - todos me decían: «¡Ya ha llegado la hora!»293

  El viento me soplaba por el agujero de la cerradura y decía: «¡Ven!» La puerta se me abría arteramente y decía: «¡Ve!»

  Mas yo yacía encadenado al amor de mis hijos: el ansia me tendía esos lazos, el ansia de amor, de llegar a ser presa de mis hijos y perderme en ellos.

  Ansiar - esto significa ya para mí: haberme perdido. ¡Yo os tengo, hijos míos! En este tener, todo tiene que ser seguridad y nada tiene que ser ansiar.

  Pero encobándome yacía sobre mí el sol de mi amor, en su propio jugo cocíase Zaratustra, - entonces sombras y dudas se alejaron volando por encima de mí.

  De frío e invierno sentía yo ya deseos: «¡Oh, que el frío y el invierno vuelvan a hacerme crujir y chirriar!», suspiraba yo: - entonces se levantaron de mí nieblas glaciales.

  Mi pasado rompió sus sepulcros, más de un dolor enterrado vivo se despertó -: tan sólo se había adormecido, oculto en sudarios.

  Así me gritaron todas las cosas por signos: «¡Ya es tiempo!» Mas yo - no oía: hasta que por fin mi abismo se movió y mi pensamiento me mordió.

  ¡Ay, pensamiento abismal, que eres mi pensamiento! ¿Cuándo encontraré la fuerza para oírte cavar, y no temblar yo ya?

  ¡Hasta el cuello me suben los latidos del corazón cuando te oigo cavar! ¡Tu silencio quiere estrangularme, tú abismalmente silencioso!

  Todavía no me he atrevido nunca a llamarte arriba: ¡ya es bastante que conmigo - te haya yo llevado! Aún no era yo bastante fuerte para la última arrogancia y petulancia del león.

  Bastante terrible ha sida ya siempre para mí tu pesadez: ¡mas alguna vez debo encontrar la fuerza y la voz del león, que te llame arriba!

  Cuando yo haya superado esto, entonces quiero superar algo todavía mayor; ¡y una victoria será el sello de mi consumación! -

  Entretanto vago todavía por mares inciertos; el azar me adula, el azar de lengua lisa; hacia adelante y hacia atrás miro -, aún no veo final alguno.

  Todavía no me ha llegado la hora de mi última lucha -, ¿o acaso me llega en este momento? ¡En verdad, con pérfida belleza me contemplan el mar y la vida que me rodean!

  ¡Oh tarde de mi vida! ¡Oh felicidad antes del anochecer! ¡Oh puerto en alta mar! ¡Oh paz en la incertidumbre! ¡Cómo desconfío de todos vosotros!

  ¡En verdad, desconfío de vuestra pérfida belleza! Me parezco al amante, que desconfía de la sonrisa demasiado aterciopelada.

  Así como el celoso rechaza lejos de sí a la más amada, siendo tierno incluso en su dureza -, así rechazo yo lejos de mí esta hora bienaventurada.

  ¡Aléjate, hora bienaventurada! ¡Contigo me llegó una bienaventuranza no querida! Dispuesto a mi dolor más profundo me encuentro aquí: - ¡a destiempo has venido!

  ¡Aléjate, hora bienaventurada! Es mejor que busques asilo allí -¡entre mis hijos! ¡Apresúrate!, ¡y bendícelos con mi felicidad antes del anochecer!

  Ya se aproxima el anochecer: el sol se pone. ¡Vete - felicidad mía! -

 

  Así habló Zaratustra, y aguardó a su infelicidad durante toda la noche: mas aguardó en vano. La noche permaneció clara y silenciosa, y la felicidad misma se le fue acercando cada vez más. Hacia la mañana Zaratustra rió a su corazón y dijo burlonamente: «La felicidad corre detrás de mí. Esto se debe a que yo no corro detrás de las mujeres. Pero la felicidad es una mujer».

 

   289 Otro título previsto por Nietzsche, en sus manuscritos para este apartado era Hacia alta mar.

   290 Véase, en la primera parte, Del arbol de la montaña, y De la virtud que hace regalos.

   291 Primera alusión a los que Zaratustra llama «sus hijos» y que serán el objeto de su gran anhelo en la cuarta parte. Véase El saludo.

   292 En el Prólogo de Zaratustra, 9, aparecen idénticas calificaciones aplicadas a los hombres deseados por Zaratustra como compañeros.

   293 Esta expresión ya ha aparecido en la segunda parte, De grandes acontecimientos, y volverá a aparecer en la cuarta parte, El grito de socorro, y A mediodía.

 

  Antes de la salida del sol294

 

  Oh cielo por encima de mí, tú puro! ¡Profundo! ¡Abismo de luz! Contemplándote me estremezco de ansias divinas.

  Arrojarme a tu altura - ¡ésa es mi profundidad! Cobijarme en tu pureza - ¡ésa es mi inocencia!

  Al dios su belleza lo encubre: así me ocultas tú tus estrellas No hablas: así me anuncias tu sabiduría.

  Mudo sobre el mar rugiente has salido hoy para mí, tu amor y tu pudor dicen revelación a mi rugiente alma.

  El que hayas venido bello a mí, encubierto en tu belleza, el que mudo me hables, manifiesto en tu sabiduría:

  ¡Oh, cómo no iba yo a adivinar todos los pudores de tu alma! ¡Antes del sol has venido a mí tú, el más solitario de todos!

  Somos amigos desde el comienzo: comunes nos son la tristura y la pavura y la hondura295; hasta el sol nos es común.

  No hablamos entre nosotros, pues sabemos demasiadas cosas -: callamos juntos, sonreímos juntos a nuestro saber.

  ¿No eres tú acaso la luz para mi fuego? ¿No tienes tú el alma gemela de mi conocimiento?

  Juntos aprendimos todo; juntos aprendimos a ascender por encima de nosotros hacia nosotros mismos, y a sonreír sin nubes: -

  - a sonreír sin nubes hacia abajo, desde ojos luminosos y desde una remota lejanía, mientras debajo de nosotros la coacción y la finalidad y la culpa exhalan vapores como si fuesen lluvia.

  Y cuando yo caminaba solo: ¿de quién tenía hambre mi alma por las noches y en los senderos errados? Y cuando yo subía montañas, ¿a quién buscaba siempre en las montañas sino a ti?

  Y todo mi caminar y subir montañas: una necesidad era tan sólo, y un recurso del desvalido: - ¡volar es lo único que mi entera voluntad quiere, volar dentro de ti!

  ¿Y a quién odiaba yo más que a las nubes pasajeras y a todas las cosas que te manchan? ¡Y hasta a mi propio odio odiaba yo, porque te manchaba!

  Estoy enojado con las nubes pasajeras, con esos gatos de presa que furtivamente se deslizan: nos quitan a ti y a mí lo que nos es común, - el inmenso e ilimitado decir sí y amén.

  Estamos enojados con esas mediadoras y entrometidas, las nubes pasajeras: mitad de esto mitad de aquello, que no han aprendido a bendecir ni a maldecir a fondo.

  ¡Prefiero estar sentado en el tonel bajo un cielo cubierto, prefiero estar sentado sin cielo en el abismo, que verte a ti, cielo de luz, manchado con nubes pasajeras!

  Y a menudo he sentido deseos de sujetarlas con los dentados alambres áureos del rayo, y golpear los timbales, como el trueno, sobre su panza de caldera: -

  - ser un encolerizado timbalero, porque me roban tu ¡sí! y ¡amén!, ¡cielo por encima de mí, tú puro! ¡Luminoso! ¡Abismo de luz! - porque te roban mi ¡sí! y ¡amén!

  Pues prefiero el ruido y el trueno y las maldiciones del mal tiempo a esta circunspecta y dubitante quietud gatuna; y también entre los hombres, a los que más odio es a todos los que andan sin ruido, y a todos los medias tintas, y a los que son como dubitantes e indecisas nubes pasajeras.

  ¡Y «el que no pueda bendecir, debe aprender a maldecir»!296. - esta luminosa enseñanza me cayó de un cielo luminoso, esta estrella brilla en mi cielo hasta en las noches negras.

  Mas yo soy uno que bendice y que dice sí, con tal de que tú estés a mi alrededor, ¡tú puro!, ¡luminoso!, ¡tú abismo de luz! - a todos los abismos llevo yo entonces, como una bendición, mi decir sí.

  Me he convertido en uno que bendice y que dice sí, y he luchado durante largo tiempo, y fui un luchador, a fin de tener un día las manos libres para bendecir.

  Pero ésta es mi bendición: estar yo sobre cada cosa como su cielo propio, como su techo redondo, su campana azur y su eterna seguridad: ¡bienaventurado quien así bendice!

  Pues todas las cosas están bautizadas en el manantial de la eternidad y más allá del bien y del mal; el bien y el mal mismos no son más que sombras intermedias y húmedas tribulaciones y nubes pasajeras.

  En verdad, una bendición es, y no una blasfemia, el que yo enseñe: «Sobre todas las cosas está el cielo Azar, el cielo Inocencia, el cielo Casualidad y el cielo Arrogancia».

  «De casualidad» - ésta es la más vieja aristocracia del mundo297, yo se la he restituido a todas las cosas, yo la he redimido de la servidumbre a la finalidad.

  Esta libertad y esta celestial serenidad yo las he puesto como campana azur sobre todas las cosas al enseñar que por encima de ellas y a través de ellas no hay ninguna «voluntad eterna» que - quiera.

  Esta arrogancia y esta necedad púselas yo en lugar de aquella voluntad cuando enseñé: «En todas las cosas sólo una es imposible - ¡racionalidad!»

  Un poco de razón, ciertamente, una semilla de sabiduría, esparcida entre estrella y estrella, - esa levadura está mezclada en todas las cosas298: ¡por amor a la necedad hay mezclada sabiduría en todas las cosas!

  Un poco de sabiduría sí es posible; mas ésta fue la bienaventurada seguridad que encontré en todas las cosas: que prefieren - bailar sobre los pies del azar.

  Oh cielo por encima de mí, ¡tú puro!, ¡elevado! Ésta es para mí tu pureza, ¡que no existe ninguna eterna araña y ninguna eterna telaraña de la razón: -

  - que tú eres para mí una pista de baile para azares divinos, que tú eres para mí una mesa de dioses para dados y jugadores divinos!299 -

  Pero ¿te sonrojas? ¿He dicho tal vez cosas que no pueden decirse? ¿He blasfemado queriendo bendecirte?

  ¿O acaso es el pudor compartido el que te ha hecho enrojecer? - ¿Acaso me ordenas irme y callar porque ahora - viene el día?

  El mundo es profundo -: y más profundo de lo que nunca ha pensado el día300. No a todas las cosas les es lícito tener palabras antes del día. Pero el día viene: ¡por eso ahora nos separamos!

  Oh cielo por encima de mí, ¡tú pudoroso!, ¡ardiente! ¡Oh tú felicidad mía antes de la salida del sol! El día viene: ¡por eso ahora nos separamos! -

 

  Así habló Zaratustra.

 

   294 Respecto a este capítulo quizá tenga interés citar el siguiente texto de Freud: «No puede hacérseme responsable de la monotonía de las soluciones psicoanalíticas si ahora afirmo que el sol no es, nuevamente, más que un símbolo sublimado del padre. El simbolismo se sobrepone aquí al género gramatical, por lo menos en alemán, pues en la mayoría de los demás idiomas el sol es de género masculino. Su compañera en este reflejo de la pareja parental es la generalmente llamada “madre tierra”. En la solución psicoanalítica de las fantasías patógenas de sujetos neuróticos hallamos constantemente comprobada esta interpretación. Sólo una observación dedicaremos a su relación con los mitos cósmicos. Uno de mis pacientes, que había perdido tempranamente a su padre e intentaba volver a encontrarlo en todos los elementos grandes y sublimes de la naturaleza, me hizo vislumbrar que el himno de Nietzsche Antes de la salida del sol daba expresión a igual nostalgia.» Y Freud añade en nota: «Tampoco Nietzsche conoció de niño a su padre.» Véase Freud, «Observaciones psicoanalíticas sobre un caso de paranoia (dementia paranoides) autobiográficamente descrito», en Obras Completas (Biblioteca Nueva, Madrid, 1968, 11, p. 772).

   295 La traducción «la tristura y la pavura y la hondura» pretende reflejar de alguna manera la aliteración existente en el original alemán: Gram und Grauen und Grund.

   296 Véase el aforismo 181 de Más allá del bien y del mal: «Es inhumano bendecir cuando se nos ha maldecido».

   297 De casualidad: Von Ohngefähr, en alemán. La partícula von, significativa de ascendencia aristocrática cuando precede al apellido, permite a Nietzsche decir que ésta (la casualidad, el azar) es la más vieja aristocracia del mundo.

   298 El tema de la levadura es de procedencia evangélica. Véase el Evangelio de Mateo, 13, 33 (parábola de la levadura): «Semejante es el reino de Dios a la levadura que metió una mujer en medio quintal de harina; todo acabó por fermentar».

   299 Aquí es el cielo la mesa sobre la que Zaratustra juega a los dados con los dioses; más adelante lo será la tierra; véase, en esta tercera parte, Los siete sellos, 3.

   300 Aquí emergen aislados dos versos pertenecientes a la poesía que aparecerá luego en La otra canción del baile, y que será glosada en la cuarta parte, La canción del noctámbulo.

 

  De la virtud empequeñecedora301

 

  1

 

  Cuando Zaratustra estuvo de nuevo en tierra firme no marchó derechamente a su montaña y a su caverna, sino que hizo muchos caminos y preguntas y se informó de esto y de lo otro, de modo que, bromeando, decía de sí mismo: «¡He aquí un río que con numerosas curvas refluye hacia la fuente!» Pues quería enterarse de lo que entretanto había ocurrido con el hombre: si se había vuelto más grande o más pequeño. Y en una ocasión vio una fila de casas nuevas; entonces se maravilló y dijo:

  ¿Qué significan esas casas? ¡En verdad, ningún alma grande las ha colocado ahí como símbolo de sí misma!

  ¿Las sacó acaso un niño idiota de su caja de juguetes? ¡Ojalá otro niño vuelva a meterlas en su caja!

  Y esas habitaciones y cuartos: ¿pueden salir y entrar ahí varones? Parécenme hechas para muñecas de seda; o para gatos golosos, que también permiten sin duda que se los golosinee a ellos.

  Y Zaratustra se detuvo y reflexionó. Finalmente dijo turbado: «¡Todo se ha vuelto más pequeño!

  Por todas partes veo puertas más bajas: quien es de mi especie puede pasar todavía por ellas sin duda - ¡pero tiene que agacharse!

  Oh, cuándo regresaré a mi patria, donde ya no tengo que agacharme - ¡dónde ya no tengo que agacharme ante los pequeños!» - Y Zaratustra suspiró y miró a la lejanía. -

  Y aquel mismo día pronunció su discurso sobre la virtud empequeñecedora.

 

  2

 

  Yo camino a través de este pueblo y mantengo abiertos mis ojos: no me perdonan que no esté envidioso de sus virtudes.

  Tratan de morderme porque les digo: para gentes pequeñas son necesarias virtudes pequeñas - ¡y porque me resulta duro que sean necesarias gentes pequeñas!

  Todavía me parezco aquí al gallo caído en corral ajeno, al que picotean incluso las gallinas; sin embargo, no por ello me enfado yo con estas gallinas.

  Soy cortés con ellas, como con toda molestia pequeña; ser espinoso con lo pequeño paréceme una sabiduría de erizos.

  Todos ellos hablan de mí cuando por las noches están sentados en torno al fuego - hablan de mí, mas nadie piensa - ¡en mí!

  Éste es el nuevo silencio que he aprendido: su ruido a mi alrededor extiende un manto sobre mis pensamientos.

  Meten ruido entre ellos: «¿Qué quiere de nosotros esa nube sombría? ¡Cuidemos de que no nos traiga una peste!»

  Y hace poco una mujer atrajo a sí violentamente a su hijo, que quería venir a mí: «¡Llevaos los niños!», gritó; «esos ojos chamuscan las almas infantiles»302.

  Tosen cuando yo hablo: creen que toser es un argumento contra vientos poderosos - ¡no adivinan nada del rugir de mi felicidad!

  «Todavía no tenemos tiempo para Zaratustra» - esto es lo que objetan; pero ¿qué importa un tiempo que «no tiene tiempo» para Zaratustra?

  Y hasta cuando me alaban: ¿cómo podría yo adormecerme sobre su alabanza? Un cinturón de espinas es para mí su alabanza: me araña todavía después de haberlo apartado de mí.

  Y también he aprendido esto entre ellos: el que alaba se imagina que restituye algo, ¡pero en verdad quiere recibir más regalos!

  ¡Preguntad a mi pie si le agrada la forma de alabar y de atraer de ellos! En verdad, a ese ritmo y a ese tictac no le gusta a mi pie ni bailar ni estar quieto.

  Hacia la virtud pequeña quisieran atraerme y elogiármela; hacia el tictac de la felicidad pequeña quisieran persuadir a mi pie.

  Camino a través de este pueblo y mantengo abiertos los ojos: se han vuelto más pequeños y se vuelven cada vez más pequeños: - y esto se debe a su doctrina acerca de la felicidad y la virtud.

  En efecto, también en la virtud son modestos - pues quieren comodidad. Pero con la comodidad no se aviene más que la virtud modesta.

  Sin duda ellos aprenden también, a su manera, a caminar y a marchar hacia adelante: a esto lo llamo yo su renquear -. Con ello se convierten en obstáculos para todo el que tiene prisa.

  Y algunos de ellos marchan hacia adelante y, al hacerlo, miran hacia atrás, con la nuca rígida303: a éstos me gusta atropellarlos.

  Pies y ojos no deben mentirse ni desmentirse mutuamente. Pero hay demasiada mentira entre las gentes pequeñas. Algunos de ellos quieren, pero la mayor parte únicamente son queridos304. Algunos de ellos son auténticos, pero la mayoría son malos comediantes.

  Hay entre ellos comediantes sin saberlo y comediantes sin quererlo -, los auténticos son siempre raros, y en especial los comediantes auténticos.

  Hay aquí pocos varones: por ello se masculinizan sus mujeres. Pues sólo quien es bastante varón - redimirá en la mujer - a la mujer.

  Y la hipocresía que peor me pareció entre ellos fue ésta: que también los que mandan fingen hipócritamente tener las virtudes de quienes sirven.

  «Yo sirvo, tú sirves, nosotros servimos» - así reza aquí también la hipocresía de los que dominan, - ¡y ay cuando el primer señor es tan sólo el primer servidorl305

  Ay, también en sus hipocresías se extravió volando la curiosidad de mis ojos; y bien adiviné yo toda su felicidad de moscas y su zumbar en torno a soleados cristales de ventanas.

  Cuanta bondad veo, esa misma debilidad veo. Cuanta justicia y compasión veo, esa misma debilidad veo.

  Redondos, justos y bondadosos son unos con otros, así como son redondos, justos y bondadosos los granitos de arena con los granitos de arena.

  Abrazar modestamente una pequeña felicidad - ¡a esto lo llaman ellos «resignación»! Y, al hacerlo, ya bizquean con modestia hacia una pequeña felicidad nueva.

  En el fondo lo que más quieren es simplemente una cosa: que nadie les haga daño. Así son deferentes con todo el mundo y le hacen bien.

  Pero esto es cobardía: aunque se llame «virtud». -

  Y cuando alguna vez estas pequeñas gentes hablan con aspereza: yo escucho allí tan sólo su ronquera, - cualquier corriente de aire, en efecto, los pone roncos.

  Son listos, sus virtudes tienen dedos listos. Pero les faltan los puños, sus dedos no saben esconderse detrás de puños.

  Virtud es para ellos lo que vuelve modesto y manso: con ello han convertido al lobo en perro, y al hombre mismo en el mejor animal doméstico del hombre.

  «Nosotros ponemos nuestra silla en el medio - esto me dice su sonrisa complacida - y a igual distancia de los gladiadores moribundos que de las cerdas satisfechas.»

  Pero esto es - mediocridad: aunque se llame moderación. -

 

  3

 

  Yo camino a través de este pueblo y dejo caer algunas palabras: mas ellos no saben ni tomar ni conservar.

  Se extrañan de que yo no haya venido a306 censurar placeres ni vicios; ¡y en verdad, tampoco he venido a poner en guardia contra los carteristas!

  Se extrañan de que no esté dispuesto a hacer aún más avisada y aguda su listeza: ¡como si ellos no tuvieran ya suficiente número de listos, cuya voz rechina a mis oídos igual que los pizarrines!

  Y cuando yo clamo: «Maldecid a todos los demonios cobardes que hay en vosotros, a los que les gustaría gimotear y juntar las manos y adorar»307: entonces ellos claman: «Zaratustra es ateo»308.

  Y en especial claman así sus maestros de resignación -; mas precisamente a éstos me gusta gritarles al oído: ¡Sí! ¡Yo soy Zaratustra el ateo!

  ¡Estos maestros de resignación! En todas partes en donde hay algo pequeño y enfermo y tiñoso se deslizan ellos, igual que piojos; y sólo mi asco me impide aplastarlos.

  ¡Bien! Éste es mi sermón para sus oídos: yo soy Zaratustra el ateo, el que dice «¿quién es más ateo que yo, para disfrutar de su enseñanza?»309.

  Yo soy Zaratustra el ateo: ¿dónde encuentro a mis iguales? Y mis iguales son todos aquellos que se dan a sí mismos su propia voluntad y apartan de sí toda resignación310.

  Yo soy Zaratustra el ateo: yo me cuezo en mi puchero cualquier azar. Y sólo cuando está allí completamente cocido, le doy la bienvenida, como alimento mío.

  Y en verdad, más de un azar llegó hasta mí con aire señorial: pero más señorialmente aún le habló mi voluntad, - y entonces se puso de rodillas implorando -

  - implorando para encontrar en mí un asilo y un corazón, y diciendo halagadoramente: «¡Mira, oh Zaratustra, cómo sólo el amigo viene al amigo!» -

  Sin embargo, ¡para qué hablar si nadie tiene mis oídos! Y por eso quiero clamar a todos los vientos:

  ¡Vosotros os volvéis cada vez más pequeños, gentes pequeñas! ¡Vosotros os hacéis migajas, oh cómodos! ¡Vosotros vais a la ruina -

  - a causa de vuestras muchas pequeñas virtudes, a causa de vuestras muchas pequeñas omisiones, a causa de vuestras muchas pequeñas resignaciones!

  Demasiado indulgente, demasiado condescendiente: ¡así es vuestro terreno! ¡Mas para volverse grande, un árbol ha de echar duras raíces en torno a rocas duras!

  También lo que vosotros omitís teje en el tejido de todo el futuro humano; también vuestra nada es una telaraña y una araña que vive de sangre del futuro.

  Y cuando vosotros tomáis algo, eso es como un hurto, vosotros pequeños virtuosos; mas incluso entre bribones dice el honor: «Se debe hurtar tan sólo cuando no se puede robar».

  «Se da» - ésta es también una doctrina de la resignación. Pero yo os digo a vosotros los cómodos: ¡se toma, y se tomará cada vez más de vosotros!

  ¡Ay, ojalá alejaseis de vosotros todo querer a medias y os volvieseis decididos tanto para la pereza como para la acción!

  Ay, ojalá entendieseis mi palabra: «¡Haced siempre lo que queráis, - pero sed primero de aquellos que pueden querer!» «¡Amad siempre a vuestros prójimos igual que a vosotros, - pero sed primero de aquellos que a sí mismos se aman311 -

  - que aman con el gran amor, que aman con el gran desprecio!» Así habla Zaratustra el ateo. -

  ¡Mas para qué hablar si nadie tiene mis oídos! Aquí es todavía una hora demasiado temprana para mí.

  Mi propio precursor soy yo en medio de este pueblo, mi propio canto del gallo a través de oscuras callejuelas.

  ¡Pero la hora de ellos llega! ¡Y llega también la mía! De hora en hora se vuelven más pequeños, más pobres, más estériles, - ¡pobre vegetación!, ¡pobre terreno!

  Y pronto estarán ante mí como hierba seca y como rastrojo, y, en verdad, cansados de sí mismos - ¡y, aún más que de agua, sedientos de fuego!

  ¡Oh hora bendita del rayo! ¡Oh misterio antes del mediodía! - En fuegos que se propagan voy a convertirlos todavía alguna vez, y en mensajeros con lenguas de fuego312: -

  - ellos deben anunciar alguna vez con lenguas de fuego: ¡Llega, está próximo el gran mediodía!313.

 

  Así habló Zaratustra.

 

   301 Otro título anotado por Nietzsche para este apartado era Del empequeñecimiento de sí mismo.

   302 Alusión a la escena evangélica en que las madres acercan a Jesús unos niños para que les imponga las manos y rece por ellos; véase Evangelio de Mateo, 19, 13. Aquí, por el contrario, los apartan de Zaratustra a fin de que éste no les cause daño.

   303 Imagen bíblica de la mujer de Lot al huir del incendio de Sodoma; véase Génesis, 19, 26.

   304 La expresión «son queridos» (werden gewollt) no significa «son amados», sino: «son conducidos por una voluntad ajena a la suya». Es decir: no son sujeto de una voluntad propia, sino objeto de una voluntad ajena. Zaratustra repite este mismo pensamiento más tarde, en De tablas viejas y nuevas, 16.

   305 Alusión a la conocida frase de Federico II de Prusia: «Un príncipe es el primer servidor y el primer magistrado del Estado.»

   306 «Yo no he venido a...» es frase empleada por Jesús y repetida numerosas veces en los Evangelios.

   307 Véase, en esta tercera parte, De los apóstatas,  2.

   308 Véase la nota 28.

   309 En la cuarta parte, Jubilado, Zaratustra discutirá con el papa jubilado sobre cual de ellos dos es más ateo.

   310 Paráfrasis, con inversión del sentido, del Evangelio de Mateo, 12, 50: «Pues todo el que cumple la voluntad de mi Padre celestial, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre.»

   311 Paráfrasis de Evangelio de Mateo, 22, 39: «¡Amarás a tu prójimo como a ti mismo.» Según la Biblia, éste es el «segundo» mandamiento. Y el «primero» es: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo co razón, con toda tu alma y con toda su mente.» Zaratustra, conservando el «segundo» mandamiento, invierte el «primero», que para él dice: «Te amarás a ti mismo.»

   312 Reminiscencia bíblica: véase Isaías, 5,24: «Por eso, como la lengua de fuego devora un rastrojo, y la hierba seca inflamada se desploma...»

   313 Véase la nota 137.

 

  En el monte de los olivos314

 

  El invierno, mal huésped, se ha asentado en mi casa; azuladas se han puesto mis manos del apretón de manos de su amistad.

  Yo honro a este mal huésped, pero me gusta dejarlo solo. Me gusta alejarme de él; ¡y si uno corre bien, consigue escaparse de él!

  Con pies calientes y pensamientos calientes corro yo hacia donde el viento está tranquilo, - hacia el rincón soleado de mi monte de los olivos.

  Allí me río de mi severo huésped, y hasta le estoy agradecido porque me expulsa de casa las moscas y hace callar muchos pequeños ruidos.

  Él no soporta, en efecto, que se ponga a cantar un solo mosquito, y mucho menos dos; incluso a la calleja la deja tan solitaria que la luna tiene miedo de penetrar en ella por la noche.

  Es un huésped duro, - pero yo lo honro, y no rezo, como los delicados, al panzudo ídolo del fuego.

  ¡Es preferible dar un poco diente con diente que adorar ídolos! - así lo quiere mi modo de ser. Y soy especialmente hostil a todos los ardorosos, humeantes y enmohecidos ídolos del fuego.

  A quien yo amo, lo amo mejor en el invierno que en el verano; y ahora me burlo de mis enemigos, y lo hago más cordialmente desde que el invierno se ha asentado en mi casa.

  Cordialmente en verdad, incluso cuando me arrastro a la cama -: allí continúa riendo y gallardeando mi encogida felicidad; incluso mis sueños embusteros se ríen.

  ¿Yo uno - que se arrastra? Jamás me he arrastrado en mi vida ante los poderosos; y si alguna vez mentí, mentí por amor. Por ello estoy contento incluso en la cama de invierno.

  Una cama sencilla me calienta más que una cama rica, pues estoy celoso de mi pobreza. Y en invierno es cuando ella más fiel me es.

  Con una maldad comienzo cada día, con un baño frío me burlo del invierno: eso hace gruñir a mi severo amigo de casa. También me gusta hacerle cosquillas con una velita de cera: para que permita por fin que el cielo salga de un crepúsculo ceniciento.

  Especialmente maligno soy, ciertamente, por la mañana: a una hora temprana, cuando el cubo rechina en el pozo y los caballos relinchan por las grises callejas: -

  aguardo impaciente a que acabe de levantarse el cielo luminoso, el cielo invernal de barbas de nieve, el anciano de blanca cabeza, -

  - ¡el cielo invernal, callado, que a menudo guarda en secreto incluso su sol!

  ¿Acaso de él he aprendido yo el prolongado y luminoso callar? ¿O lo ha aprendido él de mí? ¿O acaso cada uno de nosotros lo ha inventado por sí solo?

  El origen de todas las cosas buenas es de mil formas diferentes, - todas las cosas buenas y petulantes saltan de placer a la existencia: ¡cómo iban a hacerlo tan sólo - una sola vez!

  Una cosa buena y petulante es también el largo silencio y el mirar, lo mismo que el cielo invernal, desde un rostro luminoso de ojos redondos: -

  - como él, guardar en secreto el propio sol y la propia indómita voluntad solar: ¡en verdad, ese arte y esa invernal petulancia los he aprendido bien!

  Mi maldad y mi arte más queridos están en que mi silencio haya aprendido a no delatarse por el callar.

  Haciendo ruido con palabras y con dados consigo yo engañar a mis solemnes guardianes: a todos esos severos espías deben escabullírseles mi voluntad y mi finalidad.

  Para que nadie hunda su mirada en mi fondo y en mi voluntad última, - para ello me he inventado el prolongado y luminoso callar.

  Así he encontrado a más de una persona inteligente: se cubría el rostro con velos y enturbiaba su agua para que nadie pudiera verla a través de aquéllos y hacia abajo de ésta.

  Pero cabalmente a él acudían hombres desconfiados y cascanueces aún más inteligentes: ¡cabalmente a él le pescaban su pez más escondido!

  Pero los luminosos, los bravos, los transparentes - ésos son para mí los más inteligentes de todos los que callan: su fondo es tan profundo que ni siquiera el agua más clara - lo traiciona. -

  ¡Tú silencioso cielo invernal de barbas de nieve, tú cabeza blanca de redondos ojos por encima de mí! ¡Oh tú símbolo celeste de mi alma y de su petulancia!

  ¿Y no tengo que esconderme, como alguien que ha tragado oro, - para que no me abran con un cuchillo el alma?

  ¿No tengo que llevar zancos, para que no vean mis largas piernas, - todos esos envidiosos y apenados que me rodean?

  Esas almas sahumadas, caldeadas, consumidas, verdinosas, amargadas - ¡cómo podría su envidia soportar mi felicidad!

  Por ello les enseño tan sólo el hielo y el invierno sobre mis cumbres - ¡y no que mi montaña se ciñe también en torno a sí todos los cinturones del sol!

  Ellos oyen silbar tan sólo mis tempestades invernales: y no que yo navego también por mares cálidos, como lo hacen los anhelosos, graves, ardientes vientos del sur.

  Ellos continúan sintiendo lástima de mis reveses y de mis azares: - pero mi palabra dice: «¡Dejad venir a mí el azar: es inocente, como un niño pequeño!»315.

  ¡Cómo podrían ellos soportar mi felicidad si yo no colocara en torno a ella reveses, y miserias invernales, y gorras de oso blanco, y velos de cielo nevoso!

  - ¡si yo no tuviera lástima aun de su compasión: de la compasión de esos envidiosos y apenados!

  - ¡si yo mismo no suspirase y temblase de frío ante ellos, y no me dejase envolver pacientemente en su misericordia! Ésta es la sabia petulancia y la sabia benevolencia de mi alma, el no ocultar su invierno ni sus tempestades de frío; tampoco oculta sus sabañones.

  La soledad de uno es la huida propia del enfermo; la soledad de otro, la huida de los enfermos.

  ¡Que me oigan crujir y sollozar, a causa del frío del invierno, todos esos pobres y bizcos bribones que me rodean! Con tales suspiros y crujidos huyo incluso de sus cuartos caldeados.

  Que me compadezcan y sollocen conmigo a causa de mis sabañones: «¡En el hielo del conocimiento él nos helará incluso a nosotros!» - así se lamentan.

  Entretanto yo corro con pies calientes de un lado para otro en mi monte de los olivos: en el rincón soleado de mi monte de los olivos yo canto y me burlo de toda compasión. -

 

  Así cantó Zaratustra.

 

   314 Otro título anotado por Nietzsche en sus manuscritos para este apartado era La canción del invierno. El «monte de los olivos» es ciertamente expresión evangélica (Evangelio de Mateo, 26, 30). Mas aquí no aparece la angustia de Jesús en la noche anterior a su pasión. Por el contrario, su monte de los olivos le ofrece a Zaratustra un «rincón soleado» donde se ríe del invierno. La escena evangélica del monte de los olivos tiene propiamente su correspondencia en el capítulo titulado La más silenciosa de todas las horas.

   315 Remedo del Evangelio de Mateo, 19,14: «Dejad que los niños vengan a mí».

 

  Del pasar de largo

 

  Así, atravesando lentamente muchos pueblos y muchas ciudades volvía Zatatustra, dando rodeos, hacia sus montañas y su caverna. Y he aquí que también llegó, sin darse cuenta, a la puerta de la gran ciudad. pero allí un necio cubierto de espumarajos saltó hacia él con las manos extendidas y le cerró el paso. Y éste era el mismo necio que el pueblo llamaba «el mono de Zaratustra»: pues había copiado algo de la construcción y del tono de sus discursos y le gustaba también tomar en préstamo ciertas cosas del tesoro de su sabiduría. Y el necio dijo así a Zaratustra:

  «Oh, Zaratustra, aquí está la gran ciudad: aquí tú no tienes nada que buscar y todo que perder.

  ¿Por qué querrías vadear este fango? ¡Ten compasión de tu piel! Es preferible que escupas a la puerta de la ciudad - ¡y te des la vuelta!316.

  Aquí está el infierno para los pensamientos de eremitas: aquí a los grandes pensamientos se los cuece vivos y se los reduce a papilla.

  Aquí se pudren todos los grandes sentimientos: ¡aquí sólo a los pequeños sentimientos muy flacos les es lícito crujir!

  ¿No percibes ya el olor de los mataderos y de los figones del espíritu? ¿No exhala esta ciudad el vaho del espíritu muerto en el matadero?

  ¿No ves pender las almas como pingajos desmadejados y sucios? - ¡Y hacen hasta periódicos de esos pingajos!317.

  ¿No oyes cómo aquí el espíritu se ha transformado en un juego de palabras? ¡Una repugnante enjuagadura de palabras vomita el espíritu! - ¡Y hacen hasta periódicos con esa enjuagadura de palabras!

  Se provocan unos a otros, y no saben a qué. Se acaloran unos con otros, y no saben para qué. Cencerrean con su hojalata, tintinean con su oro.

  Son fríos y buscan calor en los aguardientes; están acalorados y buscan frescura en espíritus congelados; todos ellos están enfermizos y calenturientos de opiniones públicas.

  Todos los placeres y todos los vicios tienen aquí su casa; pero también hay virtuosos aquí, hay mucha virtud obsequiosa y asalariada: -

  Mucha virtud obsequiosa, con dedos de escribano y con un trasero duro a fuerza de aguardar, bendecida con pequeñas estrellas para el pecho y con hijitas rellenadas de paja y carentes de culo.

  También hay aquí mucha piedad, y mucho crédulo servilismo, y mucho adulador pasteleo ante el dios de los ejércitos 318.

  «De arriba» es de donde gotean, en efecto, la estrella y el esputo benigno; hacia arriba se levanta anheloso todo pecho sin estrellas319.

  La luna tiene su corte, y la corte tiene sus imbéciles: mas a todo lo que viene de la corte le imploran el pueblo de mendigos y toda obsequiosa virtud de pordioseros.

  «Yo sirvo, tú sirves, nosotros servimos»320 - así eleva sus plegarias al príncipe toda virtud obsequiosa: ¡para que la merecida estrella se prenda por fin al estrecho tórax!

  Mas la luna continúa girando en torno a todo lo terreno: así continúa girando también el príncipe en torno a lo más terreno de todo -: y eso es el oro de los tenderos.

  El dios de los ejércitos no es el dios de las barras de oro; el príncipe propone ¡pero el tendero - dispone!

  ¡Por todo lo que en ti es luminoso, y fuerte, y bueno, oh Zaratustra! ¡Escupe a esta ciudad de tenderos y date la vuelta!

  Aquí toda sangre corre perezosa y floja y espumosa por todas las venas: ¡escupe a la gran ciudad, que es el gran vertedero donde espumea junta toda la escoria!

  Escupe a la ciudad de las almas aplastadas y de los pechos estrechos, de los ojos afilados, de los dedos viscosos -

  - a la ciudad de los importunos, de los desvergonzados, de los escritorzuelos y vocingleros, de los ambiciosos sobrerecalentados: -

  - en donde todo lo podrido, desacreditado, lascivo, sombrío, superputrefacto, ulcerado, conjurado supura todo junto: -

  - ¡escupe a la gran ciudad y date la vuelta!» - -

 

  Pero aquí Zaratustra interrumpió al necio cubierto de espumarajos y le tapó la boca.

  «¡Acaba de una vez!, gritó Zaratustra, ¡hace ya tiempo que tus palabras y tus modales me producen náuseas!

  ¿Por qué has habitado durante tanto tiempo en la ciénaga, hasta el punto de que tú mismo tuviste que convertirte en rana y en sapo?

  ¿No corre incluso por tus venas una perezosa y espumosa sangre de ciénaga, de modo que también tú has aprendido a croar y a blasfemar así?

  ¿Por qué no te has marchado tú al bosque? ¿O has arado la tierra? ¿No está acaso el mar lleno de verdes islas?

  Yo desprecio tu despreciar; y puesto que me has advertido a mí, - ¿por qué no te advertiste a ti?

  Sólo del amor deben salir volando mi despreciar y mi pájaro amonestador: ¡pero no de la ciénaga! -

  Te llaman mi mono, necio cubierto de espumarajos: mas yo te llamo mi cerdo gruñón, - con tu gruñido me estropeas incluso mi elogio de la necedad.

  ¿Qué fue, pues, lo que te llevó a gruñir? El que nadie te haya adulado bastante: - por eso te pusiste junto a esta inmundicia, para tener motivo de gruñir mucho, -

  - ¡para tener motivo de vengarte mucho! ¡Venganza, en efecto, necio vanidoso, es todo tu echar espumarajos, yo te he adivinado bien!

  ¡Pero tu palabra de necio me perjudica incluso allí donde tienes razón! Y si la palabra de Zaratustra tuviese incluso cien veces razón: ¡con mi palabra tú siempre harías - la sinrazón!

  Asi habló Zaratustra; y contempló la gran ciudad; suspiró y calló durante largo tiempo321. Finalmente, dijo así:

 

  Me produce náuseas también esta gran ciudad, y no sólo este necio. Ni en una ni en otro hay nada que mejorar, nada que empeorar.

  ¡Ay de esta gran ciudad!322. - ¡Yo quisiera ver ya la columna de fuego que ha de consumirla!

  Pues tales columnas de fuego deben preceder al gran mediodía323. Mas éste tiene su tiempo y su propio destino.

  Esta enseñanza te doy a ti, necio, como despedida: donde no se puede continuar amando se debe - ¡pasar de largo! –

 

  Así habló Zaratustra y pasó de largo junto al necio y la gran ciudad.

 

   316 Remedo del Evangelio de Mateo, 10, 14-15: «Si alguno no os recibe o no os escucha, al salir de su casa o del pueblo sacudíos el polvo de los pies. Os aseguro que el día del juicio les será más llevadero a Sodoma y Gomorra que a aquel pueblo».

   317 Véase, en la primera parte, Del nuevo ídolo, donde Zaratustra emplea una expresión similar para referirse a los periódicos.

   318 Expresión de origen bíblico. Véase el Salmo 103, 21: «Bendecid al Señor, ejércitos suyos, servidores que cumplís sus deseos».

   319 Un desarrollo de estas ideas puede verse en el 199 de Más allá del bien y del mal. «Arriba» significa aquí el soberano, pero también el cielo; y el «pecho sin estrellas» es aquel en el que no lucen todavía las condecoraciones.

   320 Zaratustra repite aquí lo mismo que ya ha dicho poco antes en De la virtud empequeñecedora, 2.

   321 En el Evangelio de Lucas, 19, 41, aparece una escena parecida, en la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén sobre un pollino: «Así que Jesús estuvo cerca de Jerusalén, al ver la ciudad, lloró sobre ella y dijo: ¡Si también tú comprendieras en este día lo que lleva a la paz! Pero no, no tienes ojos para verlo».

   322 Cita de Apocalipsis, 18,16: «¡Ay, ay de la gran ciudad!»

   323 Las «columnas de fuego» son imagen bíblica; véase Éxodo, 13, 21: «Iba Jahvé delante de ellos, de día en una columna de nube, para guiarlos, de noche en una columna de fuego, para alumbrarlos».

 

  De los apóstatas

 

  1

 

  Ay, ¿ya está marchito y gris todo lo que hace un momento estaba aún verde y multicolor en este prado? ¡Y cuánta miel de esperanza he extraído yo de ahí para llevarla a mis colmenas!

  Todos estos corazones jóvenes se han vuelto ya viejos, - ¡y ni siquiera viejos!, sólo cansados, vulgares, cómodos: - dicen «hemos vuelto a hacernos piadosos»324.

  Hace todavía un momento los veía yo salir afuera a hora temprana para correr con pies valientes: pero sus pies del conocimiento se han cansado, ¡y ahora calumnian incluso su valentía matinal!

  En verdad, algunos de ellos levantaron en otro tiempo las piernas como un bailarín, a ellos hízoles señas la risa que hay en mi sabiduría: - entonces se pusieron a reflexionar. Y acabo de verlos curvados - arrastrándose hacia la cruz325.

  En torno a la luz y a la libertad revoloteaban en otro tiempo como mosquitos y jóvenes poetas. Un poco más viejos, un poco más fríos: y ya son hombres oscuros, y refunfuñadores y trashogueros.

  ¿Se acobardó acaso su corazón porque la soledad, como una ballena, me tragó?326 ¿Tal vez sus oídos, anhelosos, estuvieran esperándome en vano largo tiempo a mí y a mis toques de trompeta y a mis gritos de heraldo?

  - ¡Ay! Pocos son siempre aquellos cuyo corazón tiene un largo valor y una larga arrogancia; y en éstos tampoco el espíritu deja de ser paciente. Pero el resto es cobarde.

  El resto: son siempre los más, los triviales, los sobrantes, los demasiados - ¡todos ellos son cobardes!

  A quien es de mi especie le saldrán también al encuentro las vivencias de mi especie: de modo que sus primeros compañeros tienen que ser cadáveres y bufones327.

  Pero sus segundos compañeros - se llamarán sus creyentes: un enjambre animado, mucho amor, mucha tontería, mucha veneración imberbe.

  ¡A estos creyentes no debe ligar su corazón el que entre los hombres sea de mi especie; en estas primaveras y en estos multicolores prados no debe creer quien conoce la huidiza y cobarde especie humana!

  Si pudiesen de otro modo, entonces querrían también de otro modo. Las gentes de medias tintas corrompen todo el conjunto. El que las hojas se marchiten, - ¡qué hay que lamentar en ello!

  ¡Déjalas ir y caer, oh Zaratustra, y no te lamentes! Es preferible que soples entre ellas con vientos veloces, -

  - que soples entre las hojas, oh Zaratustra: ¡para que todo lo marchito se aleje de ti aún más rápidamente! -

 

  2

 

  «Hemos vuelto a hacernos piadosos» - así confiesan estos apóstatas; y algunos de ellos son incluso demasiado cobardes para confesarlo.

  A éstos los miro a los ojos, - a éstos les digo a la cara y al rubor de sus mejillas: ¡vosotros sois los que vuelven a rezar!

  ¡Pero rezar es una vergüenza! No para todos, pero sí para ti y para mí y para quien tiene su conciencia también en la cabeza. ¡Para ti es una vergüenza rezar!

  Lo sabes bien: el demonio cobarde que hay dentro de ti, a quien le gustaría juntar las manos y cruzarse de brazos y sentirse más cómodo: - ese demonio cobarde te dice: «¡Existe Dios!»

  Pero con ello formas parte de la oscurantista especie de aquellos a quienes la luz no les deja nunca reposo; ¡ahora tienes que esconder cada día más hondo tu cabeza en la noche y en la bruma!

  Y en verdad, has escogido bien la hora: pues en este momento salen a volar de nuevo las aves nocturnas. Ha llegado la hora de todo pueblo enemigo de la luz, ha llegado la hora vespertina y de fiesta en que no - «se hace fiesta».

  Lo oigo y lo huelo: ha llegado la hora de su caza y de su procesión: no, ciertamente, la hora de una caza salvaje, sino de una caza mansa, tullida, husmeante y propia de gentes que andan sin ruido y rezan sin ruido, -

  - de una caza para cazar gentes mojigatas y de mucha alma: ¡todas las ratoneras de corazones están ahora apostadas de nuevo! Y si levanto una cortina, allí se precipita fuera una mariposita nocturna.

  ¿Es que acaso estaba acurrucada allí con otra mariposita nocturna? Pues por todas partes siento el olor de pequeñas comunidades agazapadas; y donde existen conventículos, allí dentro hay nuevos rezadores y vaho de rezadores.

  Durante largas noches se sientan unos junto a otros y dicen: «¡Hagámonos de nuevo como niños pequeños328 y digamos “Dios mío”!» - con la cabeza y el estómago estropeados por los piadosos confiteros.

  O contemplan durante largas noches una astuta y acechante araña crucera329, que predica también astucia a las arañas y enseña así: «¡Bajo las cruces es bueno tejer la tela!»

  O se sientan durante el día, con cañas de pescar, junto a ciénagas, y con ello se creen profundos; ¡mas a quien pesca allí donde no hay peces, yo ni siquiera lo llamo superficial!

  O aprenden a tocar el arpa, con piadosa alegría, de un coplero que de muy buena gana se insinuaría con el arpa en el corazón de las jovencillas: - pues se ha cansado de las viejecillas y de sus alabanzas.

  O aprenden a estremecerse de horror con un semiloco docto que aguarda en oscuras habitaciones a que los espíritus se le aparezcan - ¡y el espíritu escapa de allí completamente!330.

  O escuchan con atención a un ronroneante y gruñidor músico viejo y vagabundo que aprendió de los vientos sombríos el tono sombrío de sus sonidos; ahora silba a la manera del viento y predica tribulación con tonos atribulados.

  Y algunos de ellos se han convertido incluso en vigilantes nocturnos: éstos entienden ahora de soplar en cuernos y de rondar por la noche y de desvelar cosas viejas, que hace ya mucho tiempo que se adormecieron.

  Cinco frases sobre cosas viejas oí yo ayer por la noche junto al muro del jardín: venían de tales viejos, atribulados y secos vigilantes nocturnos.

  «Para ser un padre, no se preocupa bastante de sus hijos: ¡los padres-hombres lo hacen mejor!» -

  «¡Es demasiado viejo! Ya no se preocupa en absoluto de sus hijos» - respondió el otro vigilante nocturno.

  «Pero ¿tiene hijos? ¡Nadie puede demostrarlo si él mismo no lo demuestra! Hace ya mucho tiempo que yo quisiera que lo demostrase alguna vez de verdad.»

  «¿Demostrar? ¡Como si él hubiera demostrado alguna vez algo! El demostrar le resulta difícil; da mucha importancia a que se le crea.»

  «¡Sí! ¡Sí! La fe le hace bienaventurado331, la fe en él. ¡Tal es el modo de ser de los viejos! ¡Así nos va también a nosotros!» -

  - De este modo hablaron entre sí los dos viejos vigilantes nocturnos y los dos temerosos de la luz, y después se pusieron, atribulados, a soplar en sus cuernos: esto ocurrió ayer por la noche junto al muro del jardín.

  Pero a mí el corazón se me retorcía de risa, y quería explotar, y no sabía hacia dónde, y se hundió en el diafragma.

  En verdad, ésta llegará a ser mi muerte, asfixiarme de risa al ver asnos ebrios y al oír a vigilantes nocturnos dudar de Dios.

  ¿No hace ya mucho que pasó el tiempo de tales dudas? ¡A quién le es lícito seguir desvelando tales cosas viejas y adormecidas, que temen la luz!

  Los viejos dioses hace ya mucho tiempo, en efecto, que se acabaron: - ¡y en verdad, tuvieron un buen y alegre final de dioses!

  No encontraron la muerte en un «crepúsculo»332, - ¡ésa es la mentira que se dice! Antes bien, encontraron su propia muerte - ¡riéndose!

  Esto ocurrió cuando la palabra más atea de todas fue pronunciada por un dios mismo, - la palabra: «¡Existe un único dios! ¡No tendrás otros dioses junto a mí!»333 -

  - un viejo dios huraño, un dios celoso se sobrepasó de ese modo: -

  Y todos los dioses rieron entonces, se bambolearon en sus asientos y gritaron: «¿No consiste la divinidad precisamente en que existan dioses, pero no dios?»334

  El que tenga oídos, oiga. -

 

  Así dijo Zaratustra en la ciudad que él amaba y que se denomina «La Vaca Multicolor». Desde allí, en efecto, le faltaban tan sólo dos días de camino para retornar a su caverna y a sus animales; y su alma se regocijaba continuamente por la proximidad de su retorno a casa. -

 

   324 En la cuarta parte, El despertar, 2, y La fiesta del asno, , se repiten como un estribillo estas palabras: «Hemos vuelto a hacernos piadosos».

   325 Si alguna vivencia personal de Nietzsche se transparenta aquí, sin duda estas palabras aluden al menos a dos episodios de su vida: la conversión al catolicismo de su amigo Romundt, que en otro tiempo convivió con él en Basilea; y el «arrodillarse» de Wagner ante la cruz, con su Parsifal. Sobre esto último, véase Ecce homo, y sobre todo La genealogía de la moral. Véase aquí la nota 51.

   326 Reminiscencia del episodio bíblico de Jonás, al que tragó una ballena. Véase Jonás, 2, 1. En la parte cuarta, Entre hijas del desierto, 2, aparece otra alusión al mismo episodio bíblico. Véase la nota 549.

   327 Véase el Prólogo de Zaratustra, 6, donde los dos primeros compañeros de Zaratustra son el volatinero que cae de la cuerda y al que Zaratustra entierra, y el bufón que hace caer al primero.

   328 Alusión al Evangelio de Mateo, 18, 3: «Si no os hicierais como niños no entraréis en el reino de los cielos.»

   329 El vocablo alemán Kreuzspinne (araña con una cruz) subraya todavía con más fuerza esta irónica designación de los sacerdotes.

   330 Hay aquí una sarcástica alusión al espiritismo, tan de moda en Europa por la época en que Nietzsche escribió esta obra. El propio Nietzsche asistió a una sesión de espiritismo en Leipzig. Véase su carta de octubre de 1882 a P Gast, en la que le habla de ella.

   331 Véase la nota 226.

   332 Sarcástica alusión a la ópera de Wagner Crepúsculo de los dioses, título que luego el mismo Nietzsche remedaría con su obra Crepúsculo de los ídolos.

   333 Cita de las palabras de Yahvé en Éxodo, 20, 3-4: «No tendrás otro Dios que a mí. No te harás escultura ni imagen alguna de lo que hay en lo alto de los cielos, ni lo que hay abajo sobre la tierra, ni lo que hay en las aguas debajo de la tierra».

   334 En esta tercera parte, De tablas viejas y nuevas, 11, se repite esta misma frase.

 

  El retorno a casa335

 

  Oh soledad! ¡Tú patria mía, soledad! ¡Ha sido demasiado el tiempo que he vivido de modo salvaje en salvajes países extraños como para que no retorne a ti con lágrimas en los ojos!

  Pero ahora amenázame tan sólo con el dedo, como amenazan las madres, ahora sonríeme como sonríen las madres, ahora di únicamente: «iY quién fue el que, en otro tiempo, como un viento tempestuoso se alejó de mí? -

  - que al despedirse exclamó: ¡demasiado tiempo he estado sentado junto a la soledad, allí he desaprendido a callar! ¿Esto - lo has aprendido ahora acaso?

  Oh Zaratustra, yo lo sé todo: ¡y que tú has estado más abandonado entre los muchos, tú uno solo, que jamás lo estuviste a mi lado!

  Una cosa es abandono, y otra cosa distinta, soledad: ¡Esto - lo has aprendido ahora! Y que entre los hombres serás tú siempre salvaje y extraño:

  - salvaje y extraño aun cuando te amen: ¡pues lo que ellos quieren ante todo es que se los trate con indulgencia!

  Mas aquí, en tu casa, aquí te hallas en tu patria y en tu hogar; aquí puedes decirlo todo y manifestar con franqueza todas tus razones, nada se avergüenza aquí de sentimientos escondidos, empedernidos.

  Aquí todas las cosas acuden acariciadoras a tu discurso y te halagan: pues quieren cabalgar sobre tu espalda. Sobre todos los simbolos cabalgas tú aquí hacia todas las verdades336.

  Con franqueza y sinceridad te es lícito hablar aquí a todas las cosas: y, en verdad, como un elogio suena a sus oídos el que alguien hable con todas las cosas - ¡derechamente!

  Pero otra cosa distinta es el estar abandonado. Pues ¿lo sabes aún, Zaratustra? Cuando en otro tiempo tu pájaro lanzó un grito por encima de ti, hallándote tú en el bosque, sin saber adónde ir, inexperto, cerca de un cadáver: -

  - y tú dijiste: ¡que mis anima