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Catálogo de
Textos Históricos |
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Otros textos del autor Cuarta y última parte de Así habló Zaratustra
Ay, den qué lugar del mundo se han
cometido tonterías
mayores que entre los compasivos? Así me dijo el demonio una vez: «También Dios tiene su infierno: es su amor a los hombres.» Y hace poco le oí decir esta frase: «Dios ha muerto; a causa de su compasión por los hombres ha muerto Dios». Así habló Zaratustra (II). La ofrenda de la miel Y de nuevo pasaron lunas y años sobre el alma de Zaratustra, y él no prestaba atención a eso; mas su cabello se volvió blanco. Un día, cuando se hallaba sentado sobre una piedra (437) delante de su caverna y miraba en silencio hacia afuera, - desde allí se ve el mar a lo lejos, al otro lado de abismos tortuosos - sus animales estuvieron dando vueltas, pensativos, a su alrededor y por fin se colocaron delante de él. «Oh Zaratustra, dijeron, ¿es que buscas con la mirada tu felicidad?» (438) - «¡Qué importa la felicidad!, respondió él, hace ya mucho tiempo que yo no aspiro a la felicidad, aspiro a mi obra.» - «Oh Zaratustra, hablaron de nuevo los animales, dices eso como quien está sobrado de bien. ¿No yaces tú acaso en un lago de felicidad azul como el cielo?» - «Pícaros, respondió Zaratustra, y sonrió, ¡qué bien habéis elegido la imagen! Pero también sabéis que mi felicidad es pesada, y no como una fluida ola de agua: me oprime y no quiere despegarse de mí y se parece a pez derretida.» - Entonces los animales se pusieron a dar vueltas de nuevo, pensativos, a su alrededor, y otra vez se colocaron delante de él. «Oh Zaratustra, dijeron, ¿a eso se debe, pues, el que tú mismo te estés poniendo cada vez más amarillo y oscuro, aunque tu cabello aparente ser blanco y como de lino? ¡Mira, estás sentado en tu pez!» - «¡Qué decís, animales míos, dijo Zaratustra y se rió, en verdad blasfemé cuando hablé de la pez (439). Lo que a mí me ocurre les ocurre a todos los frutos que maduran. La miel que hay en mis venas es lo que vuelve más espesa mi sangre y, también, más silenciosa mi alma.» - «Así será, oh Zaratustra, respondieron los animales, y se arrimaron a él; mas ¿no quieres subir hoy a una alta montaña? El aire es puro, y hoy se ve una parte del mundo mayor que nunca.» - «Sí, animales míos, respondió él, acertado es vuestro consejo y conforme a mi corazón: ¡hoy quiero subir a una alta montaña! Pero cuidad de que allí tenga a mano miel, miel de colmena, amarilla, blanca, buena, fresca como el hielo. Pues sabed que allá arriba quiero hacer la ofrenda de la miel.» - Sin embargo, cuando Zaratustra estuvo en la cumbre mandó a casa a sus animales, que lo habían acompañado, y vio que entonces estaba solo: - entonces se rió de todo corazón, miró a su alrededor y habló así: ¡El haber hablado de ofrendas, y de ofrendas de miel, fue sólo una argucia oratoria y, en verdad, una tontería útil! Aquí arriba me es lícito hablar con mayor libertad que delante de cavernas de eremitas y de animales domésticos de eremitas. ¡Por qué hacer una ofrenda! Yo derrocho lo que se me regala, yo derrochador de las mil manos: ¡cómo me sería lícito llamar a esto todavía - hacer una ofrenda! Y cuando yo pedía miel, lo que pedía era tan sólo un cebo y un dulce y viscoso almíbar, al que son aficionados incluso los osos gruñones y los pájaros extraños, refunfuñadores, malvados: - el mejor cebo, cual lo precisan cazadores y pescadores. Pues si el mundo es cual un oscuro bosque lleno de animales, y jardín de delicias de todos los cazadores furtivos, a mí me parece más bien, y aun mejor, un mar rico y lleno de abismos, - un mar lleno de peces y cangrejos de todos los colores, que hasta los dioses sentirían deseos de hacerse pescadores en su orilla y echadores de redes: ¡tan abundante es el mundo en rarezas grandes y pequeñas! |
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Especialmente el mundo de los hombres, el mar de los hombres: a él lanzo yo ahora mi caña de oro y digo: ¡ábrete, abismo del hombre! ¡Ábrete y arrójame tus peces y tus centelleantes cangrejos! ¡Con mi mejor cebo pesco yo hoy para mí los más raros peces humanos! - mi propia felicidad arrójola lejos, a todas las latitudes y lejanías, entre el amanecer, el mediodía y el atardecer, a ver si muchos peces humanos aprenden a tirar y morder de mi felicidad. Hasta que, mordiendo mis afilados anzuelos escondidos, tengan que subir a mi altura los más multicolores gobios de los abismos, subir hacia el más maligno de todos los pescadores de hombres440. Pues eso soy yo a fondo y desde el comienzo, tirando, atrayendo, levantando, elevando, alguien que tira, que cría y corrige, que no en vano se dijo a sí mismo en otro tiempo: «¡Llega a ser el que eres!» (441) Así, pues, que los hombres suban ahora hasta mí: pues todavía aguardo los signos (442) de que ha llegado el tiempo de mi descenso, todavía no me hundo yo mismo en mi ocaso como tengo que hacerlo, entre los hombres. A esto aguardo aquí, astuto y burlón, en las altas montañas, ni impaciente ni paciente, sino más bien como quien ha olvidado hasta la paciencia, - porque ya no «padece». Mi destino me deja tiempo, en efecto: ¿acaso me ha olvidado? ¿O está sentado a la sombra detrás de una gran piedra y se dedica a cazar moscas? Y, en verdad, le estoy reconocido, a mi eterno destino, de que no me urja ni me apremie y me deje tiempo para bromas y maldades: de modo que hoy he subido a esta alta montaña a pescar peces. ¿Ha pescado un hombre alguna vez peces sobre altas montañas? Y aunque sea una tontería lo que yo quiero y hago aquí arriba: mejor es esto que no volverme solemne allá abajo, a fuerza de aguardar, y verde y amarillo uno que resopla afectadamente de cólera a fuerza de aguardar, una santa tempestad rugiente que baja de las montañas, un impaciente que grita a los valles: «¡Oíd, u os azoto con el látigo de Dios!» No es que yo me enoje por esto con tales coléricos: ¡me hacen reír bastante! ¡Impacientes tienen que estar esos grandes tambores ruidosos, que o hablan hoy o no hablan nunca! Mas yo y mi destino - no hablamos al Hoy, tampoco hablamos al Nunca: para hablar tenemos paciencia, y tiempo, y más que tiempo. Pues un día tiene él que venir (443), y no le será lícito pasar de largo. ¿Quién tiene que venir un día, y no le será lícito pasar de largo? Nuestro gran Hazar, es decir, nuestro grande y remoto reino del hombre, el reino de Zaratustra de los mil años (444) ¿A qué distancia se encuentra ese algo «lejano»? ¡Qué me importa eso! Mas no por ello es para mí menos firme -, con ambos pies estoy yo seguro sobre ese fundamento, - sobre un fundamento eterno, sobre una dura roca primitiva (445), sobre estas montañas primitivas, las más elevadas y duras de todas, a las que acuden todos los vientos como a una divisoria meteorológica, preguntando por el ¿dónde? y por el ¿de dónde? y por el ¿hacia dónde? ¡Ríe aquí, ríe, luminosa y saludable maldad mía! ¡Desde las altas montañas arroja hacia abajo tu centelleante risotada burlona! ¡Pesca para mí con tu centelleo los más hermosos peces humanos! Y lo que en todos los mares a mí me pertenece, mi en-mí y para-m (446) en todas las cosas, - péscame eso y sácalo fuera, sube eso hasta mí: eso es lo que aguardo yo, el más maligno de todos los pescadores. ¡Lejos, lejos, anzuelo mío! ¡Dentro, hacia abajo, cebo de mi felicidad! ¡Deja caer gota a gota tu más dulce rocío, miel de mi corazón! ¡Muerde, anzuelo mío, en el vientre de toda negra tribulación! ¡Lejos, lejos, ojos míos! ¡Oh, cuántos mares a mi alrededor, cuántos futuros humanos que alborean! Y por encima de mí - ¡qué calma rosada! ¡Qué silencio despejado de nubes! 437 Esta piedra situada junto a la salida de la caverna de Zaratustra volverá a ser mencionada en el último capítulo de esta parte, El signo. Allí la llama la «gran piedra». Quizás encierrre una maliciosa alusión a la «piedra» sobre la que está asentada la Iglesia. Véase antes, La ofrenda de la miel, nota 445. 438 Zaratustra repetirá estas mismas palabras al final de obra. Véase El signo. 439 La palabra alemana Pech empleada por Zaratustra tiene el doble sentido de «pez» y de «mala suerte». 440 Véase la nota 27. 441 «Llega a ser el que eres» es frase de Píndaro (Píticas, II, 72). Nietzsche la utilizó como subtítulo de Ecce homo: «Cómo se llega a ser lo que se es». 442 Los signos que Zaratustra aguarda son la bandada de palomas y el león riente. Véase, en la tercera parte, De tablas viejas y nuevas, 1, y la nota 364. 443 En La genealogía de la moral describe Nietzsche a «ese que ha de venir» con las siguientes palabras: «Ese hombre del futuro, que nos liberará del ideal existente hasta aho ra y asimismo de lo que tuvo que nacer de ese ideal, de la gran náusea, de la voluntad de la nada, del nihilismo, ese toque de campana del mediodía y de la gran decisión, que de nuevo libera la voluntad, que devuelve a la tierra su meta y al hombre su esperanza, ese anticristo y antinihilista, ese vencedor de Dios y de la nada -alguna vez tiene que llegar». 444 «Hazar» significa período de mil años. Al usar la expresión bíblica de «reino de los mil años» (Apocalipsis, 20) Zaratustra contrapone implícitamente el «reino del hombre» al «reino de Dios», como en otra ocasión opuso el «reino de la tierra» al «reino de los cielos». 445 Sigue la contraposición implícita entre el «reino del hombre» y el «reino de Dios». También la Iglesia está «edificada sobre una piedra» (véase Evangelio de Mateo, 16, 18). 446 Véase la nota 53. El grito de socorro (447) Al día siguiente estaba sentado Zaratustra de nuevo en su piedra delante de la caverna mientras los animales andaban fuera errantes por el mundo para traer nuevo alimento, - también nueva miel: pues Zaratustra había consumido y derrochado la vieja miel hasta la última gota. Y mientras se hallaba así sentado, con un bastón en la mano, y dibujaba sobre la tierra la sombra de su figura, reflexionando, y, ¡en verdad!, no sobre sí mismo ni sobre su sombra, - de pronto se asustó y se sobresaltó: pues junto a su sombra veía otra sombra distinta. Y al mirar rápidamente a su alrededor y levantarse, he aquí que junto a él estaba el adivino, el mismo a quien en otro tiempo había dado de comer y de beber en su mesa448, el anunciador de la gran fatiga, que enseñaba: «Todo es idéntico, nada vale la pena, el mundo carece de sentido, el saber estrangula»449. Pero su rostro había cambiado entretanto; y cuando Zaratustra le miró a los ojos, su corazón volvió a asustarse: tantos eran los malos presagios y los rayos cenicientos que cruzaban por aquella cara. El adivino, que se había dado cuenta de lo que ocurría en el alma de Zaratustra, se pasó la mano por el rostro como si quisiera borrarlo; lo mismo hizo también Zaratustra. Y cuando ambos de ese modo se hubieron serenado y reanimado en silencio, diéronse las manos en señal de que querían reconocerse. «Bienvenido seas, dijo Zaratustra, tú adivino de la gran fatiga, no debe ser en vano el que en otro tiempo fueras mi comensal y mi huésped. ¡Come y bebe también hoy en mi casa, y perdona el que un viejo alegre se siente contigo a la mesa!» - «¿Un viejo alegre?, respondió el adivino moviendo la cabeza: quien quiera que seas o quieras ser, oh Zaratustra, lo has sido ya mucho tiempo aquí arriba, - ¡dentro de poco no estará ya tu barca en seco!» - «¿Es que yo estoy en seco?»450, preguntó Zaratustra riendo. - «Las olas en torno a tu montaña, respondió el adivino, suben cada vez más, las olas de la gran necesidad y tribulación pronto levantarán también tu barca y te llevarán lejos de aquí». - Zaratustra calló al oír esto y se maravilló. - «¿No oyes todavía nada?, continuó diciendo el adivino: ¿no suben de la profundidad un fragor y un rugido?» - Zaratustra siguió callado y escuchó: entonces oyó un grito largo, largo, que los abismos se lanzaban unos a otros y se devolvían, pues ninguno quería retenerlo: tan funestamente resonaba. «Tú, perverso adivino, dijo finalmente Zaratustra, eso es un grito de socorro y un grito de hombre, y sin duda viene de un negro mar. ¡Mas qué me importan las necesidades de los hombres! Mi último pecado451, que me ha sido reservado para el final, - ¿sabes tú acaso cómo se llama?» - «¡Compasión!, respondió el adivino con el corazón rebosante, y alzó las dos manos - ¡oh Zaratustra, yo vengo para seducirte a cometer tu último pecado!» - Y apenas habían sido dichas estas palabras retumbó de nuevo el grito, más largo y angustioso que antes, también mucho más cercano ya. «¿Oyes? ¿Oyes, Zaratustra?, exclamó el adivino, ese grito es para ti, a ti es a quien llama: ¡ven, ven, ven, es tiempo, ya ha llegado la hora!» -452 Zaratustra callaba, desconcertado y trastornado; finalmente preguntó, como quien vacila en su interior: «¿Y quién es el que allí me llama?» «Tú lo sabes bien, respondió con violencia el adivino ¿por qué te escondes? ¡El hombre superior es quien grita llamándote!» «¿El hombre superior?, gritó Zaratustra horrorizado: ¿qué quiere ése? ¿Qué quiere ése? ¡El hombre superior! ¿Qué quiere aqui ése?» - y su piel se cubrió de sudor. Pero el adivino no respondió a la angustia de Zaratustra, sino que siguió escuchando hacia la profundidad. Y cuando se hizo allí un largo silencio, volvió su vista atrás y vio a Zaratustra de pie y temblando. «Oh Zaratustra, empezó a decir con triste voz, no estás ahí como alguien a quien su felicidad le hace dar vueltas: ¡tendrás que bailar si no quieres caerte al suelo! Pero aunque quisieras bailar y ejecutar todas tus piruetas delante de mí: a nadie le sería lícito decirme: “Mira, ¡ahí baila el último hombre alegre!”453 En vano vendría hasta esta altura uno que buscase aquí a ese hombre: encontraría sin duda cavernas, y otras cavernas detrás de las primeras, y escondrijos para gente escondida, mas no pozos de felicidad ni tesoros ni filones vírgenes del oro de la felicidad. Felicidad - ¡cómo encontrar felicidad entre tales sepultados y tales eremitas! ¿Tengo que buscar todavía la última felicidad en islas afortunadas y a lo lejos entre mares olvidados? ¡Pero todo es idéntico, nada merece la pena, de nada sirve buscar, ya no hay tampoco islas afortunadas!» - -
Así dijo el adivino suspirando; mas al oír su último suspiro Zaratustra recobró su lucidez y su seguridad, como uno que sale desde un profundo abismo a la luz. «¡No! ¡No! ¡Tres veces no!454, exclamó con fuerte voz y se acarició la barba - ¡De eso sé yo más que tú! ¡Todavía existen islas afortunadas! ¡Calla tú de eso, suspirante saco de aflicciones! ¡Deja de chapotear acerca de eso, tú nube de lluvia en la mañana! ¿No estoy ya mojado por tu tribulación, y empapado como un perro? Ahora voy a sacudirme y a alejarme de ti, para quedar seco de nuevo: ¡de esto no tienes derecho a asombrarte! ¿Te parezco descortés? Pero aquí está mi corte. Y en lo que se refiere a tu hombre superior: ¡bien!, voy aprisa a buscarlo en aquellos bosques: de allí venía su grito. Tal vez lo acosa allí un malvado animal. Está en mis dominios455: ¡en ellos no debe sufrir ningún daño! Y, en verdad, hay muchos animales malvados en mi casa.» - Dichas estas palabras Zaratustra se dio la vuelta para irse. Entonces dijo el adivino: «Oh Zaratustra, ¡eres un bribón! Lo sé bien: ¡quieres librarte de mí! ¡Prefieres correr a los bosques y acechar animales malvados! Mas ¿de qué te sirve eso? Al atardecer me tendrás de nuevo, en tu propia caverna permaneceré sentado, paciente y pesado como un leño - ¡y te aguardaré!» «¡Así sea!, replicó Zaratustra yéndose: ¡y lo que en mi caverna es mío, también te pertenece a ti, huésped mío! Y si todavía encontrases miel ahí dentro, ¡bien!, ¡lámetela toda, oso gruñón, y endulza tu alma! Pues al atardecer queremos estar los dos de buen humor. - ¡de buen humor y contentos de que este día haya acabado! Y tú mismo debes bailar al son de mis canciones, como mi oso bailador. ¿No lo crees? ¿Mueves la cabeza? ¡Bien! ¡Adelante! ¡Viejo oso! También yo - soy un adivino.»
Así habló Zaratustra.
447 Sobre este «grito de auxilio» dice Nietzsche en Ecce homo: «Permanecer aquí dueño de la situación, lograr aquí que la altura de la tarea propia permanezca limpia de los im pulsos mucho más bajos y mucho más miopes que actúan en las llamadas acciones desinteresadas, ésta es la prueba, acaso la última prueba que un Zaratustra tiene que rendir -su auténtica demostración de fuerza». 448 Véase, en la segunda parte, El adivino. 449 Véase la nota 248. 450 La expresión alemana ¡ni Trocknen sitzen tiene un doble sentido; uno, literal: «estar (una barca) fuera del agua (en seco) », y otro, figurado: «no tener alguien nada de dinero». Esto le permite a Zaratustra dar su irónica respuesta, pues quiere decir: ¿Es que yo soy un insolvente, sin nada de dinero? 451 Véase, en la tercera parte, De tablas viejas y nuevas, 11; y en esta cuarta parte, El grito de socorro, El más feo de los hombres, y El signo. 452 Véase, en la segunda parte, De grandes acontecimientos; en la tercera parte, De la bienaventuranza no querida, y, en esta cuarta parte, A mediodía. 453 Posible réplica de Nietzsche a Goethe, quien, a la muerte del príncipe de Ligne, escribió un requiem «por el hombre más alegre de este siglo». 454 «¡No! ¡No! ¡Tres veces no!» Zaratustra repetirá varias veces en lo sucesivo esta misma exclamación; véase El más feo de los hombres, El saludo, y Del hombre superior, 6. 455 Esta afirmación de Zaratustra de que éstos son «sus dominios» será contradicha más tarde por «el concienzudo del espíritu». Véase La sanguijuela.
Coloquio con los reyes
1
No había pasado aún una hora desde que Zaratustra andaba caminando por sus montañas y bosques cuando vio de pronto un extraño cortejo. Justo por el camino por el que él iba bajando venían dos reyes a pie, adornados con coronas y con cinturones de púrpura, tan multicolores como dos flamencos456: conducían delante de ellos un asno cargado. «¿Qué quieren esos reyes en mi reino?», dijo asombrado Zaratustra a su corazón, y se escondió rápidamente detrás de unas matas. Y cuando los reyes se acercaban adonde él estaba, dijo a media voz, como quien se habla a sí solo: «¡Qué extraño! ¡Qué extraño! ¿Cómo se compagina esto? Veo dos reyes - ¡y un solo asno!» Entonces los dos reyes se detuvieron, sonrieron, miraron hacia el lugar de donde la voz venía, y luego se miraron ellos mismos cara a cara. «Esas cosas se las piensa también ciertamente entre nosotros, dijo el rey de la derecha, pero no se las dice.» El rey de la izquierda se encogió de hombros y respondió: «Sin duda será un cabrero. O un eremita que ha vivido durante demasiado tiempo entre rocas y árboles. La falta total de sociedad, en efecto, acaba por echar a perder también las buenas costumbres». «¿Las buenas costumbres?, replicó malhumorado y con amargura el otro rey: ¿de qué vamos nosotros escapando? ¿No es de las “buenas costumbres”? ¿De nuestra “buena sociedad”? Mejor es, en verdad, vivir entre eremitas y cabreros que con nuestra dorada, falsa y acicalada plebe - aunque se llame a sí misma “buena sociedad”, - aunque se llame a sí misma “nobleza”. Allí todo es falso y podrido, en primer lugar la sangre, gracias a viejas y malas enfermedades y a curanderos aun peores. El mejor y el preferido continúa siendo para mí hoy un sano campesino, tosco, astuto, testarudo, tenaz: ésa es hoy la especie más noble. El campesino es hoy el mejor; ¡y la especie de los campesinos debería dominar! Pero éste es el reino de la plebe, - ya no me dejo engañar. Y plebe quiere decir: mezcolanza. Mezcolanza plebeya: en ella todo está revuelto con todo, santo y bandido e hidalgo y judío y todos los animales del arca de Noé. ¡Buenas costumbres! Todo es entre nosotros falso y podrido. Nadie sabe ya venerar: justo de eso es de lo que nosotros vamos huyendo. Son perros empalagosos y pegajosos, pintan con purpurina hojas de palma. ¡La náusea que me estrangula es que incluso nosotros los reyes nos hemos vuelto falsos, andamos recubiertos y disfrazados con la vieja y amarillenta pompa de nuestros abuelos, siendo medallones para los más estúpidos y para los más astutos y para todo el que hoy trafica con el poder! Nosotros no somos los primeros - y, sin embargo, tenemos que pasar por tales: de esa superchería estamos ya hartos por fin, y nos produce náuseas. De la chusma hemos escapado, de todos esos vocingleros y moscardones que escriben, del hedor de los tenderos, de la agitación de los ambiciosos, del aliento pestilente -: puf, vivir en medio dula chusma, - puf, ¡pasar por los primeros en medio de la chusma! Ay, ¡náusea! ¡náusea! ¡náusea! ¡Qué importamos ya nosotros los reyes!» - «Tu vieja enfermedad te acomete, dijo entonces el rey de la izquierda, la náusea te acomete, pobre hermano mío. Pero ya sabes que hay alguien que nos está escuchando.» Inmediatamente se levantó de su escondite Zaratustra, que había abierto del todo sus oídos y sus ojos a estos discursos, acercóse a los reyes y comenzó a decir: «Quien os escucha, quien con gusto os escucha, reyes, se llama Zaratustra. Yo soy Zaratustra, que en otro tiempo457 dijo: “¡Qué importan ya los reyes!” Perdonadme que me haya alegrado cuando os decíais uno a otro: “¡Qué importamos nosotros los reyes!” Éste es mi reino y mi dominio: ¿qué andáis buscando vosotros en mi reino? Pero acaso habéis encontrado en el camino lo que yo busco, a saber: el hombre superior.» Cuando los reyes oyeron esto se dieron golpes de pecho458 y dijeron con una sola boca: «¡Hemos sido reconocidos! Con la espada de esa palabra has desgarrado la más densa tiniebla de nuestro corazón. Has descubierto nuestra necesidad, pues ¡mira! Estamos en camino para encontrar al hombre superior, - - al hombre que sea superior a nosotros: aunque nosotros seamos reyes. Para él traemos este asno. Pues el hombre supremo, el superior a todos, debe ser en la tierra también el señor supremo459. No existe desgracia más dura en todo destino de hombre que cuando los poderosos de la tierra no son también los primeros hombres. Entonces todo se vuelve falso y torcido y monstruoso. Y cuando incluso son los últimos, y más animales que hombres: entonces la plebe sube y sube de precio, y al final la virtud de la plebe llega a decir: “¡mirad, virtud soy yo únicamente!”» - ¿Qué acabo de oír?, respondió Zaratustra: ¡Qué sabiduría en unos reyes! Estoy encantado y, en verdad, me vienen ganas de hacer unos versos sobre esto: - - aunque sean unos versos no aptos para los oídos de todos. Hace ya mucho tiempo que he olvidado el tener consideraciones con orejas largas. ¡Bien! ¡Adelante! (Pero entonces ocurrió que también el asno tomó la palabra: y dijo clara y malévolamente I-A.460)
En otro tiempo - creo que en el año primero de la salvación – Dijo la Sibila, embriagada sin vino: «¡Ay, las cosas marchan mal! ¡Ruina!¡Ruina!¡Nunca cayó tan bajo el mundo! Roma bajó a ser puta y burdel, El César de Roma bajó a ser un animal, Dios mismo - ¡se hizo judío!»461
2
Los reyes se deleitaron con estos versos de Zaratustra; y el rey de la derecha dijo: «¡Oh Zaratustra, qué bien hemos hecho en habernos puesto en camino para verte! Pues tus enemigos nos mostraban tu imagen en su espejo: en él tú mirabas con la mueca de un demonio y con una risa burlona 462: de modo que teníamos miedo de ti. ¡Mas de qué servía esto! Una y otra vez nos punzabas el oído y el corazón con tus sentencias. Entonces dijimos finalmente: ¡qué importa el aspecto que tenga! Tenemos que oírle a él, a él que enseña “¡debéis amar la paz como medio para nuevas guerras, y la paz corta más que la larga!” Nadie ha dicho hasta ahora palabras tan belicosas como: “¿Qué es bueno? Ser valiente es bueno. La buena guerra es la que santifica toda causa463. Oh Zaratustra, la sangre de nuestros padres se agitaba en nuestro cuerpo al oír tales palabras: era como el discurso de la primavera a viejos toneles de vino. Cuando las espadas se cruzaban como serpientes de manchas rojas, entonces nuestros padres encontraban buena la vida; el sol de toda paz les parecía flojo y tibio, y la larga paz daba vergüenza. ¡Cómo suspiraban nuestros padres cuando veían en la pared espadas relucientes y secas! Lo mismo que éstas, también ellos tenían sed de guerra. Pues una espada quiere beber sangre y centellea de deseo.» - - - Mientras los reyes hablaban y parloteaban así, con tanto ardor, de la felicidad de sus padres, Zaratustra fue acometido por unas ganas no pequeñas de burlarse de su ardor: pues eran visiblemente reyes muy pacíficos los que él veía delante de sí, reyes con rostros antiguos y delicados. Mas se dominó. «¡Bien!, dijo, hacia allá sigue el camino, allá se encuentra la caverna de Zaratustra; ¡y este día debe tener una larga noche! Pero ahora me llama un grito de socorro que me obliga a alejarme de vosotros a toda prisa464. Es un honor para mi caverna el que unos reyes quieran sentarse en ella y aguardar: ¡pero, ciertamente, tendréis que aguardar mucho tiempo! ¡Bien! ¡Qué importa! ¿Dónde se aprende hoy a aguardar mejor que en las cortes? Y la entera virtud de los reyes, la que les ha quedado, - ¿no se llama hoy: poder-aguardar?»
Así habló Zaratustra.
456 Véase, en la tercera parte, De tablas viejas y nuevas, 12. Allí Zaratustra aplica este calificativo a los cortesanos. 457 Véase, en la tercera parte, De tablas viejas y nuevas, 12. 458 Expresión bíblica, tomada del Evangelio de Lucas, 18, 13: «El publicano... se daba golpes de pecho, diciendo: ¡Oh Dios, sé propicio a mí, pecador!» 459 Alusión a la entrada del «señor supremo» en Jerusalén, montado en un asno, entre cantos de júbilo. Véase el Evangelio de Mateo, 21. 460 Véase la nota 359. 461 En Crepúsculo de los ídolos afirma Nietzsche: «No sin sutileza se ha dicho: il est indigne des grands coeurs de répandre le trouble qu'ils ressentent: sólo hay que añadir que puede ser asimismo grandeza de alma el no tener miedo de las cosas más indignas. Una mujer que ama sacrifica su honor; un hombre del conocimiento que “ama” sacrifica acaso su humanidad; un Dios que amaba se hizo judío». 462 Véase, en la segunda parte, El niño del espejo. 463 Véase, en la primera parte, De la guerra y el pueblo guerrero. 464 Zaratustra utiliza esta misma fórmula en los capítulos siguientes para despedirse «a toda prisa» de los personajes con que va encontrándose; véase La sanguijuela, Jubilado, y El mendigo voluntario.
La sanguijuela 465
Y Zaratustra siguió pensativo su camino, bajando cada vez más, atravesando bosques y bordeando terrenos pantanosos; y como le ocurre a todo aquel que reflexiona sobre cosas difíciles pisó, sin darse cuenta, a un hombre. Y he aquí que de pronto le salpicaron la cara un grito de dolor y dos maldiciones y veinte injurias perversas: de modo que, con el susto, alzó el bastón y golpeó además a aquel al que había pisado. Pero inmediatamente recobró el juicio; y su corazón rió de la tontería que acababa de cometer. «Perdona, dijo al pisado, el cual se había erguido furioso y se había sentado, perdona y escucha antes de nada una parábola. Así como un viajero que sueña con cosas lejanas tropieza, sin darse cuenta, en una calle solitaria con un perro dormido, con un perro tendido al sol: - y ambos se encolerizan, se increpan, como enemigos mortales, los dos mortalmente asustados: así nos ha ocurrido a nosotros. ¡Y sin embargo! Y sin embargo - ¡qué poco ha faltado para que ambos se acariciasen, ese perro y ese solitario! ¡Pues ambos son - solitarios!» - «Quienquiera que seas, dijo, todavía furioso, el pisado, ¡también con tu parábola me pisoteas, y no sólo con tu pie! Mira, ¿es que yo soy un perro?» - y en ese momento el sentado se levantó y sacó su brazo desnudo del pantano. Antes, en efecto, había estado tendido en el suelo, oculto e irreconocible, como quienes acechan la caza de los pantanos. «¡Pero qué estás haciendo!, exclamó Zaratustra asustado, pues veía que por el desnudo brazo corría mucha sangre, - ¿qué te ha ocurrido? ¿Te ha mordido, desgraciado, un perverso animal?» El que sangraba rió, aunque todavía estaba encolerizado. «¡Qué te importa!, dijo, y quiso marcharse. Aquí estoy en mi casa y en mis dominios. Pregúnteme quien quiera: a un majadero difícilmente le responderé.» «Te engañas, dijo Zaratustra compadecido, y lo retuvo, te engañas: aquí no estás en tu casa, sino en mi reino466, y en él a nadie debe ocurrirle daño alguno. Llámame como quieras, - yo soy el que tengo que ser. El nombre que me doy a mí mismo es Zaratustra. ¡Bien! Por ahí sube el camino que lleva hasta la caverna de Zaratustra: no está lejos, - ¿no quieres cuidar tus heridas en mi casa? Mal te ha ido, desgraciado, en esta vida: primero te mordió el animal, y luego - ¡te pisó el hombre! » - Pero cuando el pisado oyó el nombre de Zaratustra, se transformó. «¡Qué me pasa!, exclamó, ¿quién me interesa aún en esta vida si no ese solo hombre, a saber, Zaratustra, y ese único animal que vive de la sangre, la sanguijuela? A causa de la sanguijuela estaba yo aquí tendido junto a este pantano como un pescador, y ya mi brazo extendido había sido picado diez veces cuando aún me pica, buscando mi sangre, un erizo más hermoso, Zaratustra mismo! ¡Oh felicidad! ¡Oh prodigio! ¡Bendito sea este día que me indujo a venir a este pantano! ¡Bendita sea la mejor y más viva de las ventosas que hoy viven, bendito sea Zaratustra, gran sanguijuela de conciencias!» - Así habló el pisado; y Zaratustra se alegró de sus palabras y de sus delicados y respetuosos modales: «¿Quién eres?, preguntó y le tendió la mano, entre nosotros queda mucho que aclarar y que despejar: pero ya, me parece, se está haciendo de día, un día puro y luminoso». «Yo soy el concienzudo del espíritu, respondió el interrogado, y en las cosas del espíritu difícilmente hay alguien que las tome con mayor rigor, severidad y dureza que yo, excepto aquel de quien yo he aprendido eso, Zaratustra mismo. ¡Es preferible no saber nada que saber mucho a medias! ¡Es preferible ser un necio por propia cuenta que un sabio con arreglo a pareceres ajenos! Yo - voy al fondo: - ¿qué importa que éste sea grande o pequeño? ¿Que se llame pantano o cielo? Un palmo de fondo me basta: ¡con tal que sea verdaderamente fondo y suelo! - un palmo de fondo: sobre él puede uno estar de pie. En la verdadera ciencia concienzuda no hay nada grande ni nada pequeño.» «¿Entonces tú eres acaso el conocedor de la sanguijuela?, preguntó Zaratustra; ¿y estudias la sanguijuela hasta sus últimos fondos, tú concienzudo?» «Oh Zaratustra, respondió el pisado, eso sería una enormidad, ¡cómo iba a serme lícito atreverme a tal cosa! En lo que yo soy un maestro y un conocedor es en el cerebro de la sanguijuela: - ¡ése es mi mundo! ¡También ése es un mundo! Mas perdona el que aquí tome la palabra mi orgullo, pues en esto no tengo igual. Por ello dije “aquí estoy en mi casa”. ¡Cuánto tiempo hace ya que estudio esa única cosa, el cerebro de la sanguijuela, para que la escurridiza verdad no se me escurra ya aquí! ¡Aquí está mi reino! - por esto eché por la borda todo lo demás, por esto se me volvió indiferente todo lo demás; y justo al lado de mi saber acampa mi negra ignorancia. Mi conciencia del espíritu quiere de mí que yo sepa una única cosa y que no sepa nada de lo demás: ¡siento náuseas de todas las medianías del espíritu, de todos los vaporosos, fluctuantes, soñadores. Donde mi honestidad acaba, allí yo soy ciego y quiero también serlo. Pero donde quiero saber, allí quiero también ser honesto, es decir, duro, riguroso, severo, cruel, implacable. El que en otro tiempo467 tú dijeras, oh Zaratustra: “Espíritu es la vida que se saja a sí misma en vivo”, eso fue lo que me llevó a tu doctrina y me indujo a seguirla. Y, en verdad, ¡con mi propia sangre he aumentado mi propio saber!» «Como la evidencia enseña»468, se le ocurrió a Zaratustra; pues aún seguía corriendo la sangre por el brazo desnudo del concienzudo. Diez sanguijuelas, en efecto, se habían agarrado a él. «¡Oh tú, extraño compañero, cuántas cosas me enseña esta evidencia, es decir, tú mismo! ¡Y tal vez no me sea lícito vaciarlas todas ellas en tus severos oídos! ¡Bien! ¡Separémonos aquí! Pero me gustaría volver a encontrarte. Por ahí sube el camino que lleva hasta mi caverna: ¡hoy por la noche debes ser mi huésped querido! También me gustaría reparar en tu cuerpo el que Zaratustra te haya pisado: sobre eso reflexiono. Pero ahora me llama un grito de socorro que me obliga a alejarme de ti a toda prisa.»
Así habló Zaratustra.
465 Otro título anotado por Nietzsche para este capítulo era El concienzudo del espíritu. 466 Véase antes, El grito de socorro, la nota 455. 467 Véase, en la segunda parte, De los sabios famosos. 468 Más adelante, La fiesta del asno, 1, el «concienzudo del espíritu» empleará esta misma fórmula para ironizar sobre Zaratustra.
El mago469
1
Y cuando Zaratustra dio la vuelta a una roca vio no lejos debajo de sí, en el mismo camino, a un hombre que agitaba los miembros como un loco furioso y que, finalmente, cayó de bruces en tierra. «¡Alto!, dijo entonces Zaratustra a su corazón, ése de ahí tiene que ser sin duda el hombre superior, de él venía aquel perverso grito de socorro, - voy a ver si se le puede ayudar.» Mas cuando llegó corriendo al lugar donde el hombre yacía en el suelo encontró a un viejo tembloroso, con los ojos fijos, y aunque Zaratustra se esforzó mucho por levantarlo y ponerlo de nuevo en pie, fue inútil. El desgraciado no parecía ni siquiera advertir que alguien estuviese junto a él; antes bien, no hacía otra cosa que mirar a su alrededor, con gestos conmovedores, como quien ha sido abandonado por todo el mundo y dejado solo. Pero al fin, tras muchos temblores, convulsiones y contorsiones, comenzó a lamentarse de este modo470:
«Quién me calienta, quién me ama todavía? ¡Dadme manos ardientes! ¡Dadme braseros para el corazón! ¡Postrado en tierra, temblando de horror, Semejante a un mediomuerto, a quien la gente le calienta los pies – Agitado, ¡ayl, por fiebres desconocidas, Temblando ante las agudas, gélidas flechas del escalofrío, Acosado por ti, ¡pensamiento! ¡Innombrable! ¡Encubierto! ¡Espantoso! ¡Tú, cazador oculto detrás de nubes! Fulminado a tierra por ti, Ojo burlón que me miras desde lo oscuro: - Así yazgo, Me encorvo, me retuerzo, atormentado Por todas las eternas torturas, Herido Por ti, el más cruel de los cazadores, ¡Tú desconocido - Dios!471
¡Hiere más hondo, Hiere otra vez! ¡Taladra, rompe este corazón! ¿Por qué esta tortura Con flechas embotadas? ¿Por qué vuelves a mirar, No cansado del tormento del hombre, Con ojos crueles, como rayos divinos? ¿No quieres matar, Sólo torturar, torturar? ¿Para qué - torturarme a mí, Tú cruel, desconocido Dios? –
¡Ay, ay! ¿Te acercas a escondidas? ¿En esta medianoche Qué quieres? ¡Habla! Me acosas, me oprimes – ¡Ay! ¡ya demasiado cerca! ¡Fuera! ¡Fuera! Me oyes respirar, Escuchas mi corazón. Auscultas mi corazón, Tú celoso - Pero ¿celoso de qué? ¡Fuera! ¡Fuera! ¿Para qué esa escala? ¿Quieres entrar dentro, en el corazón, Penetrar en mis más ocultos Pensamientos? ¡Desvergonzado! ¡Desconocido - ladrón! ¿Qué quieres robar? ¿Qué quieres escuchar? ¿Qué quieres arrancar con tormentos? ¡Tú atormentador! ¡Tú - Dios-verdugo! ¿O es que debo, como el perro, Arrastrarme delante de ti? ¿Sumiso, fuera de mí de entusiasmo, Menear la cola declarándote - mi amor?
¡En vano! ¡Sigue pinchando, Cruelísimo aguijón! No, No un perro - tu caza soy tan sólo, ¡Cruelísimo cazador! Tu más orgulloso prisionero, ¡Salteador oculto detrás de nubes! Habla por fin, ¿Qué quieres tú, salteador de caminos, de mí? ¡Tú oculto por el rayo! ¡Desconocido! Habla, ¿Qué quieres tú, desconocido Dios? - - ¿Cómo? ¿Dinero de rescate? ¿Cuánto dinero de rescate quieres? Pide mucho - ¡te lo aconseja mi segundo orgullo!
¡Ay, ay! ¿A mí - es a quien quieres? ¿A mí? ¿A mí - entero? ¡Ay, ay! ¿Y me torturas, necio, Atormentas mi orgullo? Dame amor - ¿quién me calienta todavía? ¿Quién me ama todavía? - dame manos ardientes, Dame braseros para el corazón, Dame a mí, al más solitario de todos, Al que el hielo, ay, un séptuplo hielo Enseña a desear Incluso enemigos, Enemigos, Dame, sí, entrégame, Cruelísimo enemigo, Dame - ¡a ti mismo! - -
¡Se fue! ¡Huyó también él, Mi último y único compañero, Mi gran enemigo, Mi desconocido, Mi Dios-verdugo! –
- ¡No! ¡Vuelve Con todas tus torturas! ¡Oh, vuelve Al último de todos los solitarios! ¡Todos los arroyos de mis lágrimas Corren hacia ti! ¡Y la última llama de mi corazón - Para ti se alza ardiente! ¡Oh, vuelve, Mi desconocido Dios!¡Mi dolor!¡Mi última -felicidad!
2
- Mas aquí Zaratustra no pudo contenerse por más tiempo, tomó su bastón y golpeó con todas sus fuerzas al que se lamentaba. «¡Deténte!, le gritaba con risa llena de rabia, ¡deténte, comediante! ¡Falsario! ¡Mentiroso de raíz! ¡Yo te conozco bien! ¡Yo voy a calentarte las piernas, mago perverso, entiendo mucho de - calentar a gentes como tú!» - «¡Basta, dijo el viejo levantándose de un salto del suelo, no me golpees más, oh Zaratustra! ¡Esto yo lo hacía tan sólo porjuego! Tales cosas forman parte de mi arte; ¡al darte esta prueba he querido ponerte a prueba a ti mismo! Y, en verdad, ¡has adivinado bien mis intenciones! Pero también tú - me has dado una prueba no pequeña de ti: ¡eres duro, sabio Zaratustra! ¡Golpeas duramente con tus “verdades”, tu garrota me fuerza a decir - esta verdad!» - «No me adules, respondió Zaratustra, todavía irritado, con mirada sombría, ¡comediante de raíz! Tú eres falso: ¡qué hablas tú - de verdad! Tú pavo real de los pavos reales, tú mar de vanidad, ¿qué papel has representado delante de mí, mago perverso, en quién debía yo creer cuando te lamentabas de aquella manera?» «El penitente del espíritu, dijo el viejo, ese personaje es el que yo representaba: ¡tú mismo inventaste en otro tiempo472 esa expresión - - el poeta y mago que acaba por volver su espíritu contra sí mismo, el transformado que se congela a causa de su malvada ciencia y de su malvada conciencia. Y confiésalo: ¡mucho tiempo pasó, oh Zaratustra, hasta que descubriste mi arte y mi mentira! Tú creías en mi necesidad cuando me sostenías la cabeza con ambas manos, - - yo te oía lamentarte “¡lo han amado demasiado poco, demasiado poco!” De haberte yo engañado hasta tal punto, de eso se regocijaba íntimamente mi maldad.» «Es posible que hayas engañado a otros más sutiles que yo, dijo Zaratustra con dureza. Yo no estoy en guardia contra los engañadores, yo tengo que estar sin cautela: así lo quiere mi suerte473. Pero tú - tienes que engañar: ¡hasta ese punto te conozco! ¡Tú tienes que tener siempre dos, tres, cuatro y cinco sentidos! ¡Tampoco eso que ahora has confesado ha sido ni bastante verdadero ni bastante falso para mí! Tú perverso falsario, ¡cómo podrías actuar de otro modo! Acicalarías incluso tu enfermedad si te mostrases desnudo a tu médico. Y así acabas de acicalar ante mí tu mentira al decir: “¡esto yo lo hacía tan sólo por juego!” También había seriedad en ello, ¡tú eres en cierta medida un penitente del espíritu! Yo te comprendo bien: te has convertido en el encantador de todos, mas para ti no te queda ya ni una mentira ni una astucia, - ¡tú mismo estás para ti desencantado! Has cosechado la náusea como tu única verdad. Ninguna palabra es ya en ti auténtica, pero sí lo es tu boca, es decir: la náusea que está pegada a tu boca». - - «¡Quién crees que eres!, gritó en este momento el mago con voz altanera, ¿a quién le es lícito hablarme así a mí, que soy el más grande de los que hoy viven?» - y un rayo verde salió disparado de sus ojos contra Zaratustra. Pero inmediatamente después cambió de expresión y dijo con tristeza: «Oh Zaratustra, estoy cansado, siento náuseas de mis artes, yo no soy grande ¡por qué fingir! Pero tú sabes bien que - ¡yo he buscado la grandeza! Yo he querido representar el papel de un gran hombre, y persuadí a muchos de que lo era: mas esa mentira era superior a mis fuerzas. Contra ella me destrozo: Oh Zaratustra, todo es mentira en mí; mas que yo estoy destrozado - ¡ese estar yo destrozado es auténtico!» - «Te honra, dijo Zaratustra sombrío, bajando y desviando la mirada, te honra, pero también te traiciona, el haber buscado la grandeza. Tú no eres grande. Viejo mago perverso, lo mejor y más honesto que tú tienes, lo que yo honro en ti, es esto, el que te hayas cansado de ti mismo y hayas dicho: “yo no soy grande”. En esto yo te honro como a un penitente del espíritu: y si bien sólo fue por un momento, en ese único instante has sido - auténtico. Mas dime, ¿qué buscas tú aquí en mis bosques y entre mis rocas? Y cuando te colocaste en mi camino, ¿qué prueba querías de mí? - - ¿en qué querías tentarme a mí?» - Así habló Zaratustra, y sus ojos centelleaban. El viejo mago calló un momento, luego dijo: «¿Te he tentado yo a ti? Yo - busco únicamente474. Oh Zaratustra, yo busco a uno que sea auténtico, justo, simple, sin equívocos, un hombre de toda honestidad, un vaso de sabiduría, un santo del conocimiento, ¡un gran hombre! ¿No lo sabes acaso, oh Zaratustra? Yo busco a Zaratustra. »
- Y en este instante se hizo un prolongado silencio entre ambos; Zaratustra se abismó profundamente dentro de sí mismo, tanto que cerró los ojos. Mas luego, retornando a su interlocutor, tomó la mano del mago y dijo, lleno de gentileza y de malicia: «¡Bien! Por ahí sube el camino, allí está la caverna de Zaratustra. En ella te es lícito buscar a aquel que tú desearías encontrar. Y pide consejo a mis animales, a mi águila y a mi serpiente: ellos te ayudarán a buscar. Pero mi caverna es grande. Yo mismo, ciertamente, - no he visto aún ningún gran hombre. Para lo que es grande el ojo de los más delicados es hoy grosero. Éste es el reino de la plebe. A más de uno he encontrado ya que se estiraba y se hinchaba, y el pueblo gritaba: “¡Mirad, un gran hombre!” ¡Mas de qué sirven todos los fuelles del mundo! Al final lo que sale es viento. Al final revienta la rana475 que se había hinchado durante demasiado tiempo: y lo que sale es viento. Pinchar el vientre de un hinchado es lo que yo llamo un buen entretenimiento. ¡Escuchad esto, muchachos! El día de hoy es de la plebe: ¡quién sabe ya qué es grande y qué es pequeño! ¡Quién buscaría con fortuna la grandeza! Un necio únicamente: los necios son afortunados. ¿Tú buscas grandes hombres, tú extraño necio? ¿Quién te ha enseñado eso? ¿Es hoy tiempo de eso? Oh tú, perverso buscador, ¿por qué - me tientas?» - -
Así habló Zaratustra, con el corazón consolado, y siguió a pie su camino riendo.
469 Otro título anotado por Nietzsche para este apartado era El penitente del espíritu. 470 El largo «lamento» del mago que viene a continuación fue compuesto por Nietzsche en el otoño de 1884 y llevaba entonces el título de El poeta. - El tormento del creador. En otra copia manus crita le puso estos dos títulos: De la séptima soledad, luego borrado, y El pensamiento. De hecho este poema no se hallaba destinado originalmente a Así habló Zaratustra, pero Nietzsche lo insertó en él al componer la cuarta parte. De la importancia que este poema tenía para Nietzsche da idea el hecho de que más tarde lo incorporase a los Ditirambos de Dioniso, bajo el título de Lamento de Ariadna. Allí lleva al final una «respuesta» de Dioniso, quien, tras un rayo, «se hace visible con una belleza de esmeralda». La citada respuesta dice así: ¡Sé inteligente, Ariadna!... Tienes oídos pequeños, tienes mis oídos: ¡Introduce en ellos una palabra inteligente! – ¿No tenemos que odiarnos primero a nosotros mismos cuando debemos amarnos a nosotros mismos?... Yo soy tu laberinto... 471 Ya en su juventud (en el otoño de 1864) había compuesto Nietzsche una poesía con el título Al dios desconocido. El «dios desconocido» alude al Dios encontrado por Pablo en el Areópago de Atenas (véase Hechos de los Apóstoles, 17, 23). 472 Véase, en la segunda parte, De los sublimes. 473 Véase, en la segunda parte, De la cordura respecto a los hombres. 474 Nietzsche juega en alemán con las palabras versuchen (tentar) y suchen (buscar), de idéntica raíz. 475 Alusión a la conocida fábula narrada por Fedro.
Jubilado
No mucho después de haberse librado Zaratustra del mago vio de nuevo a alguien sentado junto al camino que él seguía, a saber, un hombre alto y negro, de pálido y descarnado rostro: éste le causó una violenta contrariedad. «Ay, dijo a su corazón, allí está sentada la tribulación embozada476, aquello me parece pertenecer a la especie de los sacerdotes: ¿qué quieren ésos en mi reino? ¡Cómo! Acabo de escapar de aquel mago: y tiene que atravesárseme de nuevo en mi camino otro nigromante, - - un brujo cualquiera que practica la imposición de manos, un oscuro taumaturgo por gracia divina, un ungido calumniador del mundo, ¡a quien el diablo se lleve! Pero el diablo no está nunca donde debería estar: siempre llega demasiado tarde, ¡ese maldito enano y cojitranco!» - Así maldecía Zaratustra, impaciente en su corazón, y pensaba en cómo pasaría rápidamente de largo junto al hombre negro mirando a otra parte: mas he aquí que las cosas ocurrieron de otro modo. Pues en aquel mismo instante el hombre sentado le había visto ya, y semejante a uno a quien le sale al encuentro una suerte imprevista se levantó de un salto y corrió hacia Zaratustra. «¡Quienquiera que seas, caminante, dijo, ayuda a un extraviado, a uno que busca, a un anciano al que con facilidad puede ocurrirle aquí algún daño! Este mundo de aquí me es extraño y lejano, también he oído aullar a animales salvajes; y el que habría podido ofrecerme ayuda, ése no existe ya. Yo buscaba al último hombre piadoso, un santo y un eremita, que, solo en su bosque, no había oído aún nada de lo que todo el mundo sabe hoy»477. «¿Qué sabe hoy todo el mundo?, preguntó Zaratustra. ¿Acaso que no vive ya el viejo Dios en quien todo el mundo creyó en otro tiempo?» «Tú lo has dicho478, respondió el anciano contristado. Y yo he servido a ese viejo Dios hasta su última hora. Mas ahora estoy jubilado, no tengo dueño y, sin embargo, no estoy libre, tampoco estoy alegre ni una sola hora, a no ser cuando me entrego a los recuerdos. Por ello he subido a estas montañas, para celebrar por fin de nuevo una fiesta para mí, cual conviene a un antiguo papa y padre de la Iglesia: pues sábelo, ¡yo soy el último papa! - una fiesta de piadosos recuerdos y cultos divinos. Pero ahora también él ha muerto, el más piadoso de los hombres, aquel santo del bosque que alababa constantemente a su Dios cantando y gruñendo. A él no lo encontré ya cuando encontré su choza, - pero sí a dos lobos dentro, que aullaban por su muerte - pues todos los animales lo amaban. Entonces me fui de allí corriendo. ¿Inútilmente había venido yo, por tanto, a estos bosques y montañas? Mi corazón decidió entonces que yo buscase a otro distinto, al más piadoso de todos aquellos que no creen en Dios -, ¡que yo buscase a Zaratustra! » Así habló el anciano y miró con ojos penetrantes a aquel que se hallaba delante de él; mas Zaratustra cogió la mano del viejo papa y la contempló largo tiempo con admiración. «Mira, venerable, dijo luego, ¡qué mano tan bella y tan larga! Ésta es la mano de uno que ha impartido siempre bendiciones. Pero ahora esa mano agarra firmemente a aquel a quien tú buscas, a mí, Zaratustra. Yo soy Zaratustra el ateo, que dice: ¿quién es más ateo que yo, para gozarme con sus enseñanzas?479» - Así habló Zaratustra, y con sus miradas perforaba los pensamientos y las más recónditas intenciones del viejo papa. Por fin éste comenzó a decir: «Quien lo amó y lo poseyó más que ningún otro, ése lo ha perdido también más que ningún otro -: - mira, ¿no soy yo ahora, de nosotros dos, el más ateo? ¡Mas quién podría alegrarse de eso!» - - «Tú le has servido hasta el final, preguntó Zaratustra pensativo, después de un profundo silencio, ¿sabes cómo murió? ¿Es verdad, como se dice, que fue la compasión la que lo estranguló, - que vio cómo el hombre pendía de la cruz, y no soportó que el amor al hombre se convirtiese en su infierno y finalmente en su muerte?» - - Mas el viejo papa no respondió, sino que tímidamente, y con una expresión dolorosa y sombría, desvió la mirada. «Déjalo que se vaya, dijo Zaratustra tras prolongada reflexión, mirando siempre al anciano derechamente a los ojos. Déjalo que se vaya, ya ha desaparecido. Y aunque te honra el que no digas más que cosas buenas de ese muerto, tú sabes tan bien como yo quién era; y que seguía caminos extraños.» «Hablando entre tres ojos, dijo, recobrado, el viejo papa (pues era tuerto), en asuntos de Dios yo soy más ilustrado480 que el propio Zaratustra - y me es lícito serlo. Mi amor le ha servido durante largos años, mi voluntad siguió en todo a su voluntad. Pero un buen servidor sabe todo, incluso muchas cosas que su señor se oculta a sí mismo. Él era un Dios escondido481, lleno de secretos. En verdad, no supo procurarse un hijo más que por caminos tortuosos. En la puerta de su fe se encuentra el adulterio482. Quien le ensalza como a Dios del amor no tiene una idea suficientemente alta del amor mismo. ¿No quería este Dios ser también juez? Pero el amante ama más allá de la recompensa o la retribución. Cuando era joven, este Dios del Oriente, era duro y vengativo y construyó un infierno para diversión de sus favoritos483. Pero al final se volvió viejo y débil y blando y compasivo, más parecido a un abuelo que a un padre, y parecido sobre todo a una vieja abuela vacilante. Se sentaba allí, mustio, en el rincón de su estufa, se afligía a causa de la debilidad de sus piernas, cansado del mundo, cansado de querer, y un día se asfixió con su excesiva compasión.» - «Tú viejo papa, le interrumpió aquí Zaratustra, ¿tú has visto eso con tus ojos? Pues es posible que haya ocurrido así: así, y también de otra manera. Cuando los dioses mueren, mueren siempre de muchas especies de muerte. Mas ¡bien! Así o así, así y así - ¡se ha ido! Él contrariaba el gusto de mis oídos y de mis ojos, no quisiera decir nada peor sobre él. Yo amo todo lo que mira limpiamente y habla con honestidad. Pero él - tú lo sabes bien, viejo sacerdote, en él había algo de tus maneras, de maneras de sacerdote - él era ambiguo. Era también oscuro. ¡Cómo se irritaba con nosotros, resoplando cólera, porque le entendíamos mal! Mas ¿por qué no hablaba con mayor nitidez? Y si dependía de nuestros oídos, ¿por qué nos dio unos oídos que le oían mal? Si en nuestros oídos había barro, ¡bien!, ¿quién lo había introducido allí? ¡Demasiadas cosas se le malograron a ese alfarero que no había aprendido del todo su oficio! Pero el hecho de que se vengase de sus pucheros y criaturas484 porque le hubiesen salido mal a él - eso era un pecado contra el buen gusto. También en la piedad existe un buen gusto: éste acabó por decir “¡Fuera tal Dios! ¡Mejor ningún Dios, mejor construirse cada uno su destino a su manera, mejor ser un necio, mejor ser Dios mismo!”»
- «¡Qué oigo!, dijo entonces el papa aguzando los oídos; ¡oh Zaratustra, con tal incredulidad eres tú más piadoso de lo que crees! Algún Dios presente en ti te ha convertido a tu ateísmo. ¿No es tu piedad misma la que no te permite seguir creyendo en Dios? ¡Y tu excesiva honestidad te arrastrará más allá incluso del bien y del mal! Mira, pues, ¿qué se te ha reservado para el final? Tienes ojos y mano y boca predestinados desde la eternidad a bendecir. No se bendice sólo con la mano. En tu proximidad, aunque tú quieras ser el más ateo de todos, venteo yo un secreto aroma de incienso y un perfume de prolongadas bendiciones: ello me hace bien y me causa dolor al mismo tiempo. ¡Permíteme ser tu huésped, oh Zaratustra, por una sola noche! ¡En ningún lugar de la tierra me siento ahora mejor que junto a ti!» - «¡Amén! ¡Así sea!, dijo Zaratustra con gran admiración, por ahí arriba sube el camino, allí está la caverna de Zaratustra. Con gusto, en verdad, te acompañaría yo mismo hasta allí, venerable, pues amo a todos los hombres piadosos. Pero ahora me llama un grito de socorro que me obliga a separarme de ti a toda prisa. En mis dominios nadie debe sufrir daño alguno; mi caverna es un buen puerto. Y lo que más me gustaría sería colocar de nuevo en tierra firme y sobre piernas firmes a todos los tristes. Mas ¿quién te quitaría a ti de los hombros el peso de tu melancolía? Para eso soy yo demasiado débil. Largo tiempo, en verdad, vamos a aguardar hasta que alguien te resucite a tu Dios. Pues ese viejo Dios no vive ya: está muerto de verdad.» -
Así habló Zaratustra.
476 Véase, en la segunda parte, De los sacerdotes. 477 El papa jubilado viene en busca del eremita con el que Zaratustra se encontró al bajar por vez primera de las montañas. Véase Prólogo de Zaratustra, 1,, y la nota 5. 478 Frase evangélica, empleada por Jesús en su respuesta a Pilato. Véase el Evangelio de Marcos, 15, 2: «Pilato lo interrogó: ¿Tú eres el rey de los judíos? Jesús le contestó: Tú lo has dicho». 479 Véase, en la tercera parte, De la virtud empequeñecedora, 3. 480 Un poco más tarde, en La fiesta del asno, el papa jubilado volverá a replicarle a Zaratustra que, en asuntos de Dios, él es «más ilustrado». 481 El «Dios escondido» es expresión bíblica; véase Isaías, 45, 15: «Es verdad, Tú eres un Dios escondido, el Dios de Israel, el Salvador». 482 Una ampliación de esta afirmación puede verse en El Anticristo, 34 483 Un desarrollo de esta idea puede verse en el 269 de Más allá del bien y del mal. 484 Topfe und Geschópfe. Nietzsche aprovecha aquí una expresiva aliteración en alemán para aludir al hecho narrado por la Biblia de que Dios hizo al hombre de barro, como un alfarero. Véase Génesis, 2, 7: «Entonces el Señor Dios modeló al hombre de arcilla del suelo».
El más feo de los hombres
Y de nuevo corrieron los pies de Zaratustra por montañas y bosques, y sus ojos buscaron y buscaron, mas en ningún lugar pudieron ver a aquel a quien querían ver, al gran necesitado que gritaba pidiendo socorro. Durante todo el camino, sin embargo, se regocijaba en su corazón y estaba agradecido. «¡Qué buenas cosas, decía, me ha regalado este día para compensarme de haber comenzado mal!485 ¡Qué extraños interlocutores he encontrado! Quiero rumiar durante largo tiempo sus palabras, como si fueran buenos granos; ¡mis dientes deberán desmenuzarlas y molerlas hasta que fluyan a mi alma como leche!» - Mas cuando el camino volvió a girar en torno a una roca, el paisaje se transformó de repente y Zaratustra penetró en un reino de muerte. En él peñascos negros y rojos miraban rígidos hacia arriba: ni una brizna de hierba, ni un árbol, ni el canto de un pájaro. Era, en efecto, un valle que todos los animales evitaban, incluso los animales de rapiña; sólo una especie de serpientes feas, gordas, verdes, cuando se volvían viejas, iban allí a morir. Por esto los pastores llamaban a este valle: Muerte de la Serpiente486. Zaratustra se sumergió en un negro recuerdo, pues le parecía que él había estado ya una vez en aquel valle. Y muchas cosas pesadas oprimieron su ánimo: de modo que comenzó a caminar cada vez más lentamente, hasta que por fin se detuvo. Entonces, al abrir los ojos, vio algo que se hallaba sentado junto al camino, algo que tenía una figura como de hombre, pero que apenas lo parecía, algo inexpresable. Y de golpe se apoderó de Zaratustra una gran vergüenza por haber visto con sus ojos algo así: enrojeciendo hasta la raíz de sus blancos cabellos apartó la vista y levantó el pie para abandonar aquel triste lugar. En ese instante aquel muerto desierto produjo un ruido: del suelo, en efecto, salía un gorgoteo y un resuello487 como los que hace el agua por la noche en tuberías atrancadas; y por fin surgió de allí una voz humana y unas palabras de hombre: - que decían así: «¡Zaratustra! ¡Zaratustra! ¡Resuelve mi enigma! ¡Habla, habla! ¿Cuál es la venganza que se toma del testigo? Yo te invito a que te vuelvas atrás, ¡aquí hay hielo resbaladizo! ¡Cuida, cuida de que tu orgullo no se rompa aquí las piernas! ¡Tú te crees sabio, orgulloso Zaratustra! Resuelve, pues, el enigma, tú duro cascanueces, - ¡el enigma que yo soy! ¡Di, pues: quién soy yo!» - Mas cuando Zaratustra hubo oído estas palabras, - ¿qué creéis que ocurrió en su alma? La compasión lo acometió; y se desplomó de golpe, como una encina que ha resistido durante largo tiempo a muchos leñadores, - de manera pesada, súbita, causando espanto incluso a quienes querían abatirla. Pero enseguida volvió a levantarse del suelo, y su rostro se endureció «Te conozco bien, dijo con voz de bronce: ¡tú eres el asesino de Dios! Déjame irme. No soportabas a Aquel que te veía, - que te veía siempre y de parte a parte, ¡tú el más feo de los hombres! ¡Te vengaste de ese testigo!» Así habló Zaratustra y quiso irse de allí; mas el inexpresable agarró una punta de su vestido y comenzó de nuevo a gorgotear y a buscar palabras. «¡Quédate!, dijo por fin - - ¡quédate! ¡No pases de largo! He adivinado qué hacha fue la que te derribó: ¡Enhorabuena, Zaratustra, por estar de nuevo en pie! Has adivinado, lo sé bien, qué sentimientos experimenta el que lo mató a Él, - el asesino de Dios. ¡Quédate! Toma asiento aquí cerca de mí, no será inútil. ¿A quién quería yo ir si no a ti? ¡Quédate, siéntate! ¡Pero no me mires! ¡Honra así - mi fealdad! Ellos me persiguen: ahora eres tú mi último refugio. No con su odio, no con sus esbirros: - ¡oh, de tal persecución yo me burlaría y estaría orgulloso y contento! ¿No estuvo hasta ahora siempre el éxito de parte de los bien perseguidos? Y quien persigue bien, aprende con facilidad a seguir488: - ¡pues marcha - detrás! Pero es de su compasión - - es de su compasión de lo que yo he huido, buscando refugio en ti. Oh Zaratustra, protégeme, tú mi último refugio, tú el único que me ha adivinado: - tú has adivinado qué sentimientos experimenta el que lo mató a Él. ¡Quédate! Y si quieres irte, impaciente: no vayas por el camino que yo he seguido. Ese camino es malo. ¿Estás irritado conmigo porque hace ya mucho tiempo que hablo y chapurreo? ¿De que yo te dé consejos? Pero tú sabes que yo, el más feo de los hombres, - yo soy también el que tiene asimismo los pies más grandes y más pesados. Por donde yo he pasado, allí el camino es malo. Todos los caminos pisados por mí quedan muertos y estropeados. Mas en el hecho de que tú pasases a mi lado en silencio; de que te ruborizases, bien lo vi: en eso he reconocido que tú eres Zaratustra. Cualquier otro me habría arrojado su limosna, su compasión, con miradas y palabras. Mas para esto - no soy yo bastante mendigo, eso tú lo has adivinado - - para esto soy yo demasiado rico, ¡rico en cosas grandes, terribles, en las cosas más feas, más inexpresables! ¡Tu vergüenza, oh Zaratustra, me ha honrado! A duras penas logré escapar de la muchedumbre de los compasivos, - para encontrar al único que hoy enseña “la compasión es importuna489 - ¡a ti, oh Zaratustra! - ya sea compasión de un Dios, ya sea compasión de los hombres: la compasión va contra el pudor. Y no querer-ayudar puede ser más noble que aquella virtud que se apresura solícita. Mas entre todas las gentes pequeñas se da hoy el nombre de virtud a eso, a la compasión: - ellas no tienen respeto por la gran desgracia, por la gran fealdad, por el gran fracaso. Yo miro por encima de todos éstos al modo como el perro mira por encima de los lomos de los pululantes rebaños de ovejas. Son pequeñas gentes grises, lanosas, benévolas. Como una garza mira despectivamente por encima de los estanques poco profundos, con la cabeza echada hacia atrás: así miro yo por encima del hormigueo de grises y pequeñas olas y voluntades y almas. Durante demasiado tiempo se les ha dado la razón a esas gentes pequeñas: con ello se les ha acabado por dar, finalmente, también el poder - ahora enseñan: “Bueno es tan sólo aquello que las gentes pequeñas llaman bueno”. Y “verdad” se llama hoy lo que dijo el predicador que procedía de ellos, aquel extraño santo y abogado de las gentes pequeñas, que atestiguó de sí mismo “yo - soy la verdad”. Desde hace ya mucho tiempo ese presuntuoso hace hinchar la cresta a las gentes pequeñas, - él, que enseñó un error nada pequeño cuando enseñó “yo - soy la verdad”490. ¿Se ha dado nunca una respuesta más cortés a un presuntuoso? - Pero tú, oh Zaratustra, lo dejaste de lado al pasar y dijiste: “¡No! ¡No! ¡Tres veces no!” Tú pusiste en guardia contra la compasión - no a todos, no a nadie491, sino a ti y a los de tu especie. Tú te avergüenzas de la vergüenza del que sufre mucho; y en verdad, cuando dices “de la compasión procede una gran nube, ¡atención, hombres!” - cuando enseñas “todos los creadores son duros, todo gran amor está por encima de su propia compasión492: ¡oh Zaratustra, qué bien me pareces entender de signos meteorológicos! Pero tú mismo - ¡ponte en guardia también a ti mismo contra tu compasión! Pues muchos se encuentran en camino hacia ti, muchos que sufren, que dudan, que desesperan, que se ahogan, que se hielan - También contra mí te pongo en guardia. Tú has adivinado mi mejor, mi peor enigma, a mí mismo y lo que yo había hecho. Yo conozco el hacha que te derriba. Pero Él - tenía que morir: miraba con unos ojos que lo veían todo, - veía las profundidades y las honduras del hombre, toda la encubierta ignominia y fealdad de éste. Su compasión carecía de pudor: penetraba arrastrándose hasta mis rincones más sucios493. Ese máximo curioso, superindiscreto, super-compasivo, tenía que morir. Me veía siempre: de tal testigo quise vengarme - o dejar de vivir. El Dios que veía todo, también al hombre: ¡ese Dios tenía que morir! El hombre no soporta que tal testigo viva.»
Así habló el más feo de los hombres. Y Zaratustra se levantó y se dispuso a irse: pues estaba aterido hasta las entrañas. «Tú, inexpresable, dijo, me has puesto en guardia contra tu camino. Para agradecértelo voy a alabarte los míos. Mira, allá arriba está la caverna de Zaratustra. Mi caverna es grande y profunda y tiene muchos rincones; allí encuentra su escondrijo el más escondido de los hombres. Y junto a ella hay cien agujeros y hendiduras para los animales que se arrastran, que revolotean y que saltan. Tú, expulsado que te has expulsado a ti mismo, ¿no quieres vivir en medio de los hombres y de la compasión humana? ¡Bien, obra como yo! Así aprenderás también de mí; sólo obrando se aprende. ¡Y ante todo y sobre todo, habla con mis animales! El animal más orgulloso y el animal más inteligente - ¡ellos son sin duda los adecuados consejeros para nosotros dos!» - - Así habló Zaratustra y siguió sus caminos, aún más pensativo y lento que antes: pues se hacía muchas preguntas a sí mismo y no le era fácil darse respuesta. «¡Qué pobre es el hombre!, pensaba en su corazón, ¡qué feo, qué resollante, qué lleno de secreta vergüenza! Me dicen que el hombre se ama a sí mismo: ¡ay, qué grande tiene que ser ese amor a sí mismo! ¡Cuánto desprecio tiene en su contra! También ése de ahí se amaba a sí mismo tanto como se despreciaba, - para mí es alguien que ama mucho y que desprecia mucho. A nadie encontré todavía que se despreciase más profundamente: también esto es altura. Ay, ¿acaso era ése el hombre superior, cuyo grito oí? Yo amo a los grandes despreciadores. Pero el hombre es algo que tiene que ser superado.» - -
485 En El saludo, 1, Zaratustra comprobará que este día que comenzó de modo tan malo y difícil «va a acabar bien». 486 En Las mil y una noches Sindbad el marino describe con palabras muy parecidas un valle que contempló desde una colina durante su segundo viaje: también aquel valle está llena de serpientes gordas. 487 Zaratustra mencionará otras dos veces este «gorgoteo» que produce el más feo de los hombres cuando quiere comenzar a hablar, como si fuera tartamudo; véase El despertar, y La canción del sonámbulo, 1. 488 Alusión al Evangelio de Mateo, 5, 10: «Bienaventurados los perseguidos por razón de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.» Nietzsche juega aquí además con las palabras alemanas, de idéntica raíz, Erfolg (éxito), verfolgen (perseguir) y folgen (seguir). El «éxito» aludido es la bienaventuranza. 489 Véase, en la segunda parte, De los compasivos. 490 Véase el Evangelio de Juan, 14,6: «Yo soy el camino, la verdad y la vida». 491 Alusión al subtítulo de esta obra: Un libro para todos y para nadie. 492 Véase, en la segunda parte, De los compasivos. 493 Véase el 16 de El Anticristo: «Ese Dios penetra a rastras en la caverna de toda virtud privada».
El mendigo voluntario
Cuando Zaratustra hubo dejado al más feo de los hombres tuvo frío y se sintió solo: por su ánimo cruzaban, en efecto, muchos pensamientos fríos y solitarios, de modo que por este motivo también sus miembros se enfriaron más. Pero mientras continuaba su camino, subiendo, bajando, pasando unas veces al lado de verdes prados, pero también por barrancos salvajes y pedregosos, donde en otro tiempo, sin duda, un impaciente arroyo había tendido su lecho: de pronto sus pensamientos comenzaron a volverse más cálidos y cordiales. «¿Qué me ha sucedido?, se preguntó, algo caliente y vivo me reconforta, y tiene que hallarse cerca de mí. Ya estoy menos solo; desconocidos hermanos y compañeros de viaje andan vagando a mi alrededor, su cálido aliento llega hasta mi alma.» Mas cuando atisbó a su alrededor buscando a los consoladores de su soledad: ocurrió que eran unas vacas que se hallaban reunidas en una altura; su cercanía y su olor habían caldeado su corazón494. Aquellas vacas parecían escuchar con interés a alguien que les hablaba y no prestaban atención al que se acercaba. Y cuando Zaratustra estuvo junto a ellas oyó claramente que una voz de hombre salía de en medio de las vacas; y era manifiesto que todas ellas habían vuelto sus cabezas hacia quien hablaba. Entonces Zaratustra se lanzó presurosamente en medio de los animales y los apartó, pues temía que le hubiese ocurrido una desgracia a alguien, al cual difícilmente podía servirle de ayuda la compasión de unas vacas. Pero en esto se había engañado; pues he aquí que había allí un hombre sentado en tierra y parecía exhortar a las vacas a que no tuviesen miedo de él, hombre pacífico y predicador de la montaña495, en cuyos ojos predicaba la bondad misma. «¿Qué buscas tú aquí?», exclamó Zaratustra con asombro. «¿Que qué busco yo aquí?, respondió aquél: lo mismo que tú, ¡aguafiestas!, a saber, la felicidad en la tierra. Mas para lograrlo quisiera aprender de estas vacas. Pues, sin duda lo sabes, hace ya media mañana que les estoy hablando, y justo ahora iban ellas a darme una respuesta. ¿Por qué las perturbas? Mientras no nos convirtamos y nos hagamos como vacas no entraremos en el reino de los cielos496. De ellas deberíamos aprender, en efecto, una cosa: el rumiar. Y, en verdad, si el hombre conquistase el mundo entero y no aprendiese esa única497 cosa, el rumiar: ¡de qué le serviría! No escaparía a su tribulación, - a su gran tribulación: la cual tiene hoy el nombre de náusea. ¿Quién no tiene hoy llenos de náusea el corazón, la boca y los ojos? ¡También tú! ¡También tú! ¡Contempla, en cambio, a estas vacas!» - Así habló el predicador de la montaña, y luego volvió su mirada hacia Zaratustra, - pues hasta ese momento estuvo amorosamente pendiente de las vacas -: mas entonces se transformó. «¿Con quién estoy hablando?, exclamó espantado, y se levantó de un salto del suelo. Éste es el hombre sin náusea, éste es Zaratustra en persona, el vencedor de la gran náusea, éstos son los ojos, ésta es la boca, éste es el corazón de Zaratustra en persona. Y mientras esto decía besábale las manos a aquel a quien hablaba, con ojos bañados en lágrimas, y se comportaba exactamente como uno a quien de improviso le cae del cielo un precioso regalo y un tesoro. Mas las vacas contemplaban todo esto y se maravillaban. «No hables de mí, ¡hombre extraño!, ¡hombre encantador!, dijo Zaratustra defendiéndose de su ternura, ¡háblame primero de ti! ¿No eres tú el mendigo voluntario, que en otro tiempo arrojó lejos de sí una gran riqueza, - - que se avergonzó de su riqueza y de los ricos, y huyó a los pobres para regalarles la abundancia y su corazón? Pero ellos a él no lo aceptaron.» «Pero ellos a mí no me aceptaron, dijo el mendigo voluntario, lo sabes bien. Por esto acabé marchándome a los animales y a estas vacas.» |