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JPS:
Hay casos, cuando la situación es revolucionaria, en que un movimiento
como el vuestro no se detiene, pero también suele suceder que el impulso
declina. En este caso, es preciso tratar de ir lo más lejos posible
antes de su detención. ¿Cuál es en su opinión la parte irreversible en
el movimiento actual, suponiendo que acabe enseguida?
DC-B:
Los obreros lograrán el cumplimiento de cierto número de
reivindicaciones materiales, al mismo tiempo que importantes reformas
tendrán lugar en la Universidad por obrar de las tendencias moderadas
del movimiento estudiantil y de los profesores. No serán reformas
radicales a las que aspiramos, pero de todos modos tendremos cierto
peso: presentaremos propuestas precisas, y sin duda algunas serán
aceptadas porque no se atreverán a negarnos todo. De seguro será un
progreso, pero nada fundamental habrá cambiado, por lo que continuaremos
a cuestionar el sistema en su conjunto.
De 1848 a 1968
De todas maneras no creo que la revolución sea posible de un día para
otro. Creo que sólo será posible obtener mejoras sucesivas, más o menos
importantes, pero estas mejoras no podrán ser impuestas sino por
acciones revolucionarias. Por esta razón, el movimiento estudiantil, que
habrá alcanzado, pese a todo, una reforma importante en la Universidad,
aunque transitoriamente pierda energía, toma un valor de ejemplo para
muchos jóvenes trabajadores. Utilizando los medios de acción
tradicionales del movimiento obrero –la huelga, la ocupación de la calle
y de los lugares de trabajo-, hemos derribado el primer obstáculo: el
mito por el cual “nada puede hacerse contra el régimen”. Hemos probado
que eso no era verdad. Y los obreros se han lanzado por la brecha. Puede
ser que esta vez no sigan hasta el final. Pero habrá otras explosiones
más tarde. Lo importante es que se ha demostrado la eficacia de los
métodos revolucionarios.
La unión de estudiantes y obreros sólo puede hacerse en la dinámica de
la acción si el movimiento de los estudiantes y el delos obreros
conservan cada uno su impulso y convergen hacia un mismo objetivo. Por
el momento existe una desconfianza natural y comprensible de los
obreros.
JPS:
Esta desconfianza no es natural sino adquirida. No existía a comienzos
del siglo XIX y sólo apareció después de las masacres de junio de 1848.
Antes, los republicanos –que eran intelectuales y pequeños burgueses- y
los obreros marchaban juntos. Después, no hubo ya perspectivas de unión,
ni siquiera en el partido comunista, que siempre ha separado
cuidadosamente a los obreros de los intelectuales.
DC-B:
De todos modos algo ha sucedido en el curso de esta crisis. En
Billancourt, los obreros no han dejado entrar en la fábrica a los
estudiantes. Pero el hecho mismo de que los estudiantes hayan ido a
Billancourt constituye algo nuevo e importante. Ha habido, en realidad,
tres etapas. Primero la desconfianza franca, no sólo de la prensa obrera
sino del medio obrero. Decían: “¿Qué quieren esos nenes de papá que
vienen a fastidiarnos?” Y más tarde, después de los combates en la
calle, después de la lucha de los estudiantes contra los policías, ese
sentimiento ha desaparecido y la solidaridad se vuelve efectiva.
En este momento estamos en un tercer estadio: los obreros y los
campesinos han entrado a su vez en lucha pero nos dicen: “Esperen un
poco, queremos manejar nosotros mismos nuestro combate”. Es normal. La
unión sólo podrá realizarse más tarde si los dos movimientos, el de los
estudiantes y el de los obreros, conservan su impulso. Después de
cincuenta años de desconfianza, no creo que lo que se denomina “diálogo”
sea posible. No se trata solamente de hablar. Es natural que los obreros
no nos reciban con los brazos abiertos. El contacto sólo se establecerá
si combatimos juntos. Se puede, por ejemplo, crear grupos conjuntos de
acción revolucionaria, en los que obreros y estudiantes planteen juntos
los problemas y actúen juntos. Habrá lugares en los que eso funcione y
otros en los que no funcione.
JPS:
El problema sigue siendo el mismo: mejoras o revolución. Como usted
dice, todo lo que ustedes hacen a través de la violencia es recuperado
por los reformistas de una manera positiva. La Universidad, gracias a lo
que ustedes han hecho, se verá mejorada, pero siempre dentro del marco
de la sociedad burguesa.
DC-B:
Es evidente; pero creo que no hay otro modo de avanzar. Tomemos el
ejemplo de los exámenes. No se discute que se seguirá con ellos. Pero
seguramente no se desarrollarán como antes. Se encontrará una fórmula
nueva. Y si una sola vez se efectúan de un modo desacostumbrado, un
proceso de reforma se pondrá en marcha de modo irreversible. No sé hasta
qué punto llegará, lo que sé es que se hará lentamente; pero es la única
estrategia posible.
Para mí, no se trata de hacer metafísica, ni de indagar cómo habrá que
realizar la revolución. Ya he dicho que creo que vamos más bien hacia un
cambio perpetuo de la sociedad, provocado, en cada etapa, por acciones
revolucionarias. El cambio radical de las estructuras de nuestra
sociedad sólo sería posible si se produjera de golpe la coincidencia de
una crisis económica grave, con la acción de un potente movimiento
obrero y de un fuerte movimiento estudiantil. Hoy estas condiciones no
están reunidas. Como máximo puede pretenderse la caída del gobierno.
Pero no puede soñarse en hacer estallar la sociedad burguesa. Lo que no
quiere decir que no haya que hacer nada: todo lo contrario, es necesario
luchar paso a paso a partir de un cuestionamiento global.
La cuestión de saber si puede haber todavía revoluciones en las
sociedades capitalistas evolucionadas y de lo que hay que hacer para
provocarlas realmente no me interesa.
Cada cual con su teoría; unos dicen: las revoluciones del tercer mundo
son las que provocarán el derrumbe del mundo capitalista. Otros: sólo
gracias a la revolución en el mundo capitalista podrá haber desarrollo
del tercer mundo. Todos los análisis están más o menos fundados, pero en
mi opinión, eso no tiene mayor importancia.
Observemos lo que acaba de pasar. Desde hace mucho tiempo hay gente que
busca el mejor modo de provocar una explosión en el medio estudiantil.
Nadie lo ha encontrado y finalmente ha sido una situación objetiva la
que ha provocado la explosión. Influyó sin duda el manotón del poder –la
ocupación de la Sorbona por la policía-, pero es evidente que esta
“gaffe” monumental no es el único origen del movimiento. La policía ya
había entrado en Nanterre, algunos meses atrás, y eso no había
despertado ninguna reacción en cadena. Esta vez se despertó una que no
fue posible detener, lo que permite examinar el papel que puede
desempeñar una minoría activa.
Lo que ha sucedido desde hace dos semanas constituye, a mi entender, una
refutación de la famosa teoría de “las vanguardias revolucionarias”
consideradas como las fuerzas dirigentes de un movimiento popular. En
Nanterre y París ha habido simplemente una situación objetiva, derivada
de lo que se llama de un modo vago “el malestar estudiantil” y de la
voluntad de acción de una parte de la juventud, decepcionada por la
inacción de las clases que ejercen el poder. La minoría activa pudo, por
el hecho de ser teóricamente más consciente y estar mejor preparada,
encender el detonador y penetrar por la brecha. Pero eso es todo. Los
otros podían seguir o no seguir. Sucede que han seguido. Pero después,
ninguna vanguardia, sea la UEC, la JCR o los “marxistas-leninistas”, ha
podido tomar la dirección del movimiento. Sus militantes pudieron
participar en las acciones de un modo decidido pero desaparecieron
absorbidos por el movimiento. Se los encuentra en los comités de
coordinación, donde su papel es importante, pero en ningún momento hubo
oportunidad de que estas vanguardias desempeñaran un papel directivo.
No más vanguardias
Es el punto esencial. Sirve para destacar que es necesario abandonar la
teoría de “la vanguardia dirigente” para adoptar aquella –más simple y
más honrada- de “la minoría activa” que desempeña el papel de un
fermento permanente, impulsando a la acción sin pretender la dirección.
En efecto, aunque nadie quiera admitirlo, el partido bolchevique no
dirigió la revolución rusa. Fue empujado por las masas. Pudo elaborar su
teoría en la marcha, dar ciertos impulsos hacia un lado o hacia otro,
pero no desencadenó, solo, un movimiento que fue en su mayor parte
espontáneo. En determinadas situaciones objetivas –con la ayuda de una
minoría activa- la espontaneidad retoma su lugar en el movimiento
social. Es ella la que promueve el avance, y no las órdenes de un grupo
dirigente.
JPS:
Lo que mucha gente no comprende, es que ustedes no buscan elaborar un
programa, ni dar una estructura al movimiento. Les reprochan querer
“destruirlo todo” sin saber –en todo caso sin decir- lo que ustedes
quieren colocar en lugar de lo que derrumban.
DC-B:
¡Claro! Todo el mundo se tranquilizaría –Pompidou en primer lugar- si
fundáramos un partido anunciando: “Toda esta gente está con nosotros.
Aquí están nuestros objetivos y el modo cómo pensamos lograrlos...” Se
sabría a que atenerse y por lo tanto la forma de anularnos. Ya no se
estaría frente a “la anarquía”, el “desorden”, la “efervescencia
incontrolable”.
La fuerza de nuestro movimiento reside precisamente en que se apoya en
una espontaneidad “incontrolable”, que da el impulso sin pretender
canalizar o sacar provecho de la acción que ha desencadenado. Para
nosotros existen hoy dos soluciones evidentes. La primera consiste en
reunir cinco personas de buena formación política y pedirles que
redacten un programa, que formulen reivindicaciones inmediatas de
aspecto sólido y digan: “Esta es la posición del movimiento estudiantil,
hagan según eso lo que quieran”. Es la mala solución. La segunda
consiste en tratar de hacer comprender la situación, no a la totalidad
de los estudiantes ni siquiera a la totalidad de los manifestantes, pero
a un gran número de entre ellos. Para eso, es preciso evitar la creación
inmediata de una organización o definir un programa que serían
inevitablemente paralizantes. La única oportunidad del movimiento es
justamente ese desorden que permite a las gentes hablar libremente y que
puede desembocar, por fin, en cierta forma de autoorganización. Por
ejemplo, es necesario ahora renunciar a las reuniones de gran
espectáculo y llegar a formar grupos de trabajo y de acción. Fue lo que
tratamos de hacer en Nanterre.
Ante la repentina libertad de palabra en París, se hace preciso que en
primer término la gente se exprese. Dicen cosas confusas, vagas, a
menudo sin interés, porque se las han dicho cien veces, pero eso les
permite, después de haber dicho todo eso, de plantearse la siguiente
pregunta: “¿Y ahora?” Eso es lo más importante, y lo que la mayor parte
de los estudiantes se preguntan: “¿Y ahora?” Sólo después podrá hablarse
de programa o de estructuración. Si nos planteáramos desde el comienzo
el tema: “¿Qué harán con los exámenes?” Significaría asfixiar las
posibilidades, sabotear el movimiento, interrumpir la dinámica. Los
exámenes tendrán lugar y nosotros presentaremos propuestas, pero que nos
den tiempo. Primero hay que hablar, reflexionar, buscar fórmulas nuevas.
Las encontraremos. Pero no hoy.
Una reiniciación de clases catastrófica
JPS:
El movimiento estudiantil como usted ha dicho, está ahora en la cresta
de la ola. Pero están por llegar las vacaciones, una pausa, seguramente
un retroceso. El gobierno aprovechará para realizar reformas. Invitará a
estudiantes a participar en ellas, y muchos aceptarán diciendo:
“Nosotros sólo pretendemos reformas”, o si no: “Son sólo reformas, pero
es mejor que nada y las hemos obtenido por la fuerza”. Tendrán una
Universidad transformada, pero los cambios pueden muy bien ser sólo
superficiales, limitarse al progreso de los equipos materiales, de los
locales, de los restaurantes universitarios. Todo eso no cambiará la
esencia del sistema. Son reivindicaciones que el poder puede satisfacer
sin que sea cuestionado el régimen. ¿Creen ustedes poder obtener
“mejoras” que introduzcan realmente elementos revolucionarios en la
Universidad burguesa; que hagan, por ejemplo, que la enseñanza impartida
en la Universidad esté en contradicción con la función principal de la
Universidad en el régimen actual: formar cuadros bien integrados en el
sistema?
DC-B:
En primer término, las reivindicaciones puramente materiales pueden
tener un contenido revolucionario. Con respecto a los restaurantes
universitarios tenemos una reivindicación de fondo. Pedimos su supresión
en cuanto a su carácter de restaurantes “universitarios”. Es necesario
que se transformen en restaurantes “de la juventud”, en los que todos
los jóvenes, estudiantes o no, puedan comer por 1,40 francos. Y nadie
puede estar en contra: si los trabajadores jóvenes trabajan todo el día,
no se justifica el que de noche no puedan comer por 1.40 F. Igual cosa
en lo que respecta a las ciudades universitarias: pedimos que se
conviertan en ciudades para la juventud. Hay muchos obreros jóvenes,
muchos aprendices que desean independizarse de sus padres pero que no
pueden arrendar un cuarto porque cuesta 30.000 francos viejos por mes;
queremos que se los acoja en las ciudades donde el alquiler es de 9.000
o 10.000 francos viejos. Los hijos de familias acomodadas que estudian
derecho o ciencias políticas pueden ir a otra parte.
En el fondo, no pienso que las reformas que podrá hacer el gobierno sean
las suficientes para desmovilizar a los estudiantes. Las vacaciones
señalarán indudablemente un retroceso, pero no quebrarán el movimiento.
Algunos dirán: “Nuestro golpe ha fracasado”, sin tratar de explicarse lo
que sucedió. Otros dirán: “La situación no estaba madura”. Pero muchos
militantes comprenderán que hay que capitalizar lo que acaba de pasar,
analizarlo teóricamente y prepararse para una nueva acción en la
reapertura. Porque la reapertura de cursos será catastrófica, sean las
que fueren las reformas gubernamentales. Y la experiencia de la acción
desordenada, imprevista, provocada por el poder, que acabamos de
conducir, nos permitirá volver más eficaz la acción que podría
desencadenarse en otoño. Las vacaciones permitirán a los estudiantes
esclarecer su propio desconcierto, que se manifestó en estos quince días
de crisis, y a reflexionar sobre lo que quieren y pueden hacer.
En cuanto a la posibilidad de lograr que la enseñanza impartida en la
Universidad se vulva una “contra-enseñanza” que forme, no cuadros bien
integrados sino revolucionarios, es una esperanza que me parece un poco
idealista. La enseñanza burguesa, aún reformada, producirá cuadros
burgueses. La gente será aprisionada en el engranaje del sistema. En el
mejor de los casos, se volverán miembros de una izquierda benévola pero
seguirán siendo, objetivamente, engranajes que aseguren el
funcionamiento de la sociedad.
Nuestro objetivo es lograr poner en marcha una “enseñanza paralela”
tanto técnica como ideológica. Se trata de que nosotros mismos volvamos
a poner en marcha la Universidad sobre bases completamente nuevas,
aunque esto no dure más que unas pocas semanas. Acudiremos a los
profesores de izquierda y de extrema izquierda que estén dispuestos a
trabajar con nosotros en los seminarios y a apoyarnos con sus
conocimientos –renunciando a su condición de profesores- en la
experiencia que emprenderíamos.
Podríamos inaugurar seminarios en todas las facultades –por supuesto
nada de clases magistrales- sobre los problemas del movimiento obrero,
sobre la utilización de la técnica al servicio del hombre, sobre las
posibilidades que ofrece la automación. Y todo esto no simplemente desde
un punto de vista teórico (no hay un solo libro de sociología que no
comience con la frase: “Hay que poner la técnica al servicio del
hombre”) sino planteando problemas concretos. Esta enseñanza tendría
inevitablemente una orientación contraria a la del sistema en uso, por
lo que la experiencia no podría durar mucho tiempo: el sistema
reaccionaría inmediatamente y el movimiento sucumbiría. Pero lo
importante no es elaborar una reforma de la sociedad capitalista sino
lanzar una experiencia de ruptura completa con esta sociedad; una
experiencia que no dure pero que deje entrever una posibilidad: se
percibe algo, fugitivamente, que luego se extingue. Pero basta para
probar que ese algo puede existir.
No esperamos construir una universidad de tipo socialista en nuestra
sociedad, porque sabemos que la función de la Universidad seguirá siendo
la misma en tanto que no cambie la totalidad del sistema. Pero creemos
que puede haber momentos de ruptura en la cohesión del sistema y que se
puede aprovecharlos para abrir brechas.
JPS:
Eso supone la existencia permanente de un movimiento
“anti-institucional” que impida a las fuerzas estudiantiles estancarse.
Lo que ustedes pueden reprochar a UNEF, en efecto, es de ser un
sindicato, es decir una institución forzosamente esclerosada.
DC-B:
Le reprochamos ser, sobre todo en sus formas de organización, incapaz de
lanzar una reivindicación. La defensa de los intereses de los
estudiantes resulta, de todos modos, una cosa problemática. ¿Cuáles son
esos intereses? Los estudiantes no constituyen una clase. Los
trabajadores, los campesinos, forman una clase social y tienen intereses
objetivos. Sus reivindicaciones son claras y van dirigidas a los
patrones, a los representantes de la burguesía. ¿Pero los estudiantes?
¿Quiénes son sus opresores, salvo el sistema?
Nuevos medios
JPS:
En efecto, los estudiantes no constituyen una clase. Ellos se definen
por la edad y por una relación con el conocimiento. El estudiante es
alguien que, por definición, un día dejará de ser estudiante, en no
importa cuál sociedad, incluso en aquella en la que soñamos.
DC-B:
Eso es lo que justamente hay que cambiar. En el sistema actual se dice:
existen los que trabajan y los que estudian. Y todo queda en una
división, aunque sea sensata, del trabajo social. Pero es posible
imaginar otro sistema en el cual todo el mundo toma parte en las tareas
de producción –reducidas al máximo gracias a los progresos de la
técnica- y en el cual todos tengan la posibilidad de proseguir
paralelamente estudios continuos. Es el sistema del trabajo productivo y
del estudio concomitante.
Evidentemente habrá casos especiales: no se puede dedicarse a las
matemáticas avanzadas, o a la medicina y ejercer otra actividad al mismo
tiempo. No se trata de instituir reglas uniformes. Pero es el principio
de base el que ha de ser cambiado. Es preciso rechazar, desde un
comienzo, la distinción entre estudiante y trabajador.
Por supuesto, nada de esto tendrá lugar mañana mismo, pero algo hay que
se ha puesto en marcha y que proseguirá ineludiblemente.
JPS:
Lo interesante de la acción que ustedes desarrollan es que lleva a la
imaginación al poder. Ustedes poseen una imaginación limitada como todo
el mundo, pero tienen muchas más ideas que sus mayores. Nosotros estamos
formados de un modo tal que tenemos ideas precisas sobre lo que es
posible y lo que no lo es. Un profesor dirá: “¿Suprimir los exámenes?
Jamás. Se puede perfeccionarlos, pero no suprimirlos”. ¿Por qué esto?
Porque ha pasado por los exámenes durante la mitad de su vida.
La clase obrera ha imaginado a menudo nuevos métodos de lucha, pero
siempre en función de la situación precisa en la que se encontraba. En
1936 inventó la ocupación de las fábricas, porque era la única arma que
tenía para consolidar y sacar provecho de una victoria electoral.
Ustedes tienen una imaginación mucho más rica y las frases que se leen
en los muros de la Sorbona lo prueban. Hay algo que ha surgido de
ustedes que asombra, que trastorna, que reniega de todo lo que ha hecho
de nuestra sociedad lo que ella es. Se trata de lo que yo llamaría la
expansión del campo de lo posible . No renuncien a eso
Le Nouvel Observateur, Edición Especial Nº 183.
París, 20 de mayo 1968. |