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De la Guerra
Karl von Clausewitz

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Índice

PREFACIO DEL AUTOR

LIBRO I      Sobre la naturaleza de la guerra

Cap. I.        ¿En qué consiste la guerra?

Cap. II.      El fin y los medios en la guerra

Cap. III.     El genio para la guerra

Cap. IV.      Del peligro en la guerra

Cap. V.       Del esfuerzo físico en la guerra

Cap. VI.      La información en la guerra

Cap. VII.    Las fricciones en la guerra

Cap. VIII. Consideraciones finales al libro I

LIBRO II     Sobre la teoría de la guerra

Cap. I.        Introducción al arte de la guerra

Cap. II.      Sobre la teoría de la guerra

Cap. III.     Arte de la guerra o ciencia de la guerra

Cap..IV.      Metodología

Cap. V.       Crítica

Cap. VI.      De los ejemplos

LIBRO III Sobre la estrategia en general

Cap. I.        La estrategia

Cap. II.      Elementos de la estrategia

Cap. III.     Las fuerzas morales

Cap. IV.      Las principales potencias morales

Cap. V.       Virtud militar de un ejército

Cap. VI.      La audacia

Cap. VII.    La perseverancia

Cap. VIII. La superioridad numérica

Cap. IX.      La sorpresa

Cap. X.       La estratagema

Cap. XI.      Concentración de fuerzas en el espacio

Cap. XII.    Concentración de fuerzas en el tiempo

Cap. XIII.   Las reservas estratégicas

Cap. XIV. La economía de fuerzas

Cap. XV.     El elemento geométrico

Cap. XVI. Sobre la suspensión de la acción en la guerra

Cap. XVII. Del carácter de la guerra moderna

Cap. XVIII. Tensión y reposo

LIBRO IV. El encuentro

LIBRO V.     Las fuerzas militares

LIBRO VI. La defensa

Cap. I.        Ataque y defensa

Cap. II.      Las relaciones mutuas del ataque y la defensa en la táctica

Cap. III.     Las relaciones mutuas del ataque y la defensa en la estrategia

Cap. XXVI. El pueblo en armas

LIBRO VII. El ataque

Cap. XXII.  Sobre el punto culminante de la victoria

LIBRO VIII. Plan de una guerra

Cap. VI.      A. Influencia del objetivo político sobre el propósito militar

B. La guerra como instrumento de la política

EPÍLOGO. Clausewitz en la actualidad

La CIA Agresiones de EEUU a América latina - La relación entre el Neoliberalismo y el ALCA - ¿Qué es la globalización? - ¿Qué es la Cocaína?

PREFACIO DEL AUTOR

Hoy en día, el hecho de que el concepto de ciencia no se resume de manera única y esencial en un sistema o método de enseñanza no requiere sin duda ser puesto en claro. En una pri­mera impresión, en la presente exposición no se hallará ningún sistema y, en vez de un método definitivo de enseñanza, no se pondrá en evidencia sino un cúmulo de materiales reunidos.

La parte científica que le corresponde radica en la intención de poner a examen la esencia de los fenómenos que caracterizan la guerra, de demostrar de qué modo se vinculan con la natura­leza de las cosas. El autor no ha rehuido en todo caso establecer conclusiones filosóficas. Sin embargo, en el momento en que ha percibido que el hilo de su pensamiento se apartaba de su obje­tivo, ha preferido romperlo y relacionarlo más bien con los fenó­menos que atañen a la experiencia. Porque de la misma manera que ciertas plantas no producen fruto más que cuando no expe­rimentan una sobrecarga excesiva, se requiere que las hojas y las flores teóricas de las artes prácticas no crezcan demasiado, sino más bien relacionarlas con la experiencia, que es su ámbito natu­ral.

Constituiría un error absoluto intentar servirse de los com­ponentes químicos de un grano de trigo para estudiar la forma de una espiga: más fácil resulta acudir a los campos para ver allí las espigas ya formadas. Jamás la investigación y la observación, la filosofía y la experiencia deben menospreciarse o excluirse mutuamente: todas ellas encierran una garantía una para con la otra. Las proposiciones que se ofrecen en la presente obra y la estricta estructura de su necesidad interna tienen su fundamento en la experiencia o en el concepto mismo de la guerra, conside­rado desde el punto de vista externo, de tal modo que no se ven privadas de base.[1]

Quizá no resulte imposible establecer una teoría sistemática de la guerra, pródiga en ideas y de gran altura, pero el hecho cierto es que hasta el presente todas cuantas disponemos se apartan muy lejos de ese objetivo. Sin tomar en consideración el espíritu acientífico que las caracteriza, no constituyen más que un hatillo de trivialidades, lugares comunes y sandeces que pre­tenden ser coherentes y absolutas. De ello cabe hacerse una idea con la lectura del siguiente párrafo de un reglamento referido a casos de incendio, debido a Lichtenberg:

«Cuando una casa es presa del fuego, ante todo hay que tratar de proteger el muro derecho del edificio de la izquierda; porque si se intentara, por ejemplo, proteger el muro de la izquierda del edificio de la izquierda, el muro de la derecha de la propia casa se encontraría a la derecha del muro de la izquierda, y como el fuego está a la derecha de ese muro y del muro de la derecha (porque suponemos que la casa está situada a la izquier­da del incendio), el muro de la derecha estará más cerca del fue­go que el de la izquierda y el muro de la derecha de la casa po­dría ser destruido por el fuego si no fuese protegido antes de que el fuego alcance el muro de la izquierda, que está protegido; en consecuencia, algo que no esté protegido podría ser destrui­do, y destruido más rápidamente que otra cosa, incluso aunque no estuviera protegido; por lo tanto es preciso abandonar aquél y proteger éste. Para representarse la cosa, debemos notar ade­más: si la casa está a la derecha del incendio, es el muro de la iz­quierda y si la casa está a la izquierda, es el muro de la derecha.»

Para no provocar el cansancio del lector, sin duda hombre de espíritu, con la relación de otras paparruchadas como ésta, y no restar sabor a lo que tengan de bueno, diluyéndoselo, el autor se ha inclinado a presentar, como si de pequeños granos de metal puro se trataran, las ideas que largos años de reflexión so­bre la guerra, el trato con hombres inteligentes que la conocían y un considerable número de experiencias personales han hecho nacer y han quedado fijadas en su ánimo.

Este es el origen de los diferentes capítulos que forman este libro, cuya unidad podrá parecer débil, si bien confío en que no carecerán de cohesión interna. Tal vez no habrá que esperar mucho tiempo para ver cómo un espíritu superior al del autor sabe presentar, en lugar de estos granos dispersos, un conjunto fundi­do y exento de toda aleación.

LIBRO PRIMERO

SOBRE LA NATURALEZA DE LA GUERRA

Capítulo I

¿EN QUÉ CONSISTE LA GUERRA?

1. Introducción

Nos proponemos considerar, en primer lugar, los distintos elementos que conforman nuestro tema; luego las diversas partes o miembros que los componen y, finalmente, el todo en su ínti­ma conexión. Es decir, iremos avanzando de lo simple a lo com­plejo. Pero en la cuestión que nos ocupa, más que en ninguna otra, será preciso comenzar con una referencia a la naturaleza del todo, ya que aquí, más que en otro lado, cuando se piensa en la parte debe pensarse simultáneamente en el todo. 

2. Definición 

No queremos comenzar con una definición altisonante y grave de la guerra, sino limitarnos a su esencia, el duelo. La gue­rra no es más que un duelo en una escala más amplia. Si quisié­ramos concebir como una unidad los innumerables duelos resi­duales que la integran, podríamos representárnosla como dos lu­chadores, cada uno de los cuales trata de imponer al otro su vo­luntad por medio de la fuerza física; su propósito siguiente es abatir al adversario e incapacitarlo para que no pueda proseguir con su resistencia.

La guerra constituye, por tanto, un acto de fuerza que se lle­va a cabo para obligar al adversario a acatar nuestra voluntad.

La fuerza, para enfrentarse a la fuerza, recurre a las creacio­nes del arte y de la ciencia. Se acompañan éstas de restricciones insignificantes, que apenas merecen ser mencionadas, las cuales se imponen por sí mismas bajo el nombre de usos del derecho de gentes, pero que en realidad no debilitan su poder. La fuerza, es decir, la fuerza física (porque no existe una fuerza moral fuera de los conceptos de ley y de Estado) constituye así el medio; imponer nuestra voluntad al enemigo es el objetivo. Para estar se­guros de alcanzar este objetivo tenemos que desarmar al enemi­go, y este desarme constituye, por definición, el propósito espe­cífico de la acción militar: reemplaza al objetivo y en cierto senti­do prescinde de él como si no formara parte de la propia guerra.  

3. Caso extremo del uso de la fuerza 

Muchos espíritus dados a la filantropía podrían fácilmente imaginar que existe una manera artística de desarmar o abatir al adversario sin un excesivo derramamiento de sangre, y que esto sería la verdadera tendencia del arte de la guerra. Se trata de una concepción falsa que debe ser rechazada, pese a todo lo agrada­ble que pueda resultar. En temas tan peligrosos como es el de la guerra, las falsas ideas surgidas del sentimentalismo son precisa­mente las peores. Siendo así que el uso de la fuerza física en su máxima extensión no excluye en modo alguno la cooperación de la inteligencia, el que se sirva de esta fuerza sin miramiento ni recato ante el derramamiento de sangre habrá de obtener ventaja sobre el adversario, siempre que éste no actúe del mismo modo. Así, cada uno justifica al adversario y cada cual impulsa al otro a adoptar medidas extremas, cuyo límite no es otro que el contra­peso de la resistencia que le oponga el contrario.

Forzosamente tenemos que darle al tema este enfoque, ya que tratar de ignorar como elemento constitutivo la brutalidad porque despierta repugnancia significaría una tentativa inútil o algo peor.

Si las guerras entre naciones civilizadas son presuntamente menos crueles y destructoras que las que enfrentan a unas no ci­vilizadas, la razón estriba en la condición social de los Estados considerados en sí mismos y en sus relaciones recíprocas. La guerra estalla, adquiere sus rasgos y limitaciones y se modifica de acuerdo con esa condición y sus circunstancias. Pero tales elementos no constituyen una parte de la guerra, sino que exis­ten por sí mismos. En la filosofía de la guerra no se puede intro­ducir en absoluto un principio modificador sin acabar cayendo en el absurdo.

En las luchas entre los hombres intervienen en realidad dos elementos dispares: el sentimiento hostil y la intención hostil. Hemos elegido el último de ellos como rasgo distintivo de nuestra definición porque es el más general. Es inconcebible que un odio salvaje, casi instintivo, exista sin una intención hostil, mien­tras que se dan casos de intenciones hostiles que no van acom­pañados de ninguna hostilidad o, por lo menos, de ningún senti­miento hostil que predomine. Entre los seres salvajes prevalecen las intenciones de origen emocional; entre los pueblos civiliza­dos, las determinadas por la inteligencia. Pero tal diferencia no reside en la naturaleza intrínseca del salvajismo o de la civiliza­ción, sino en las circunstancias en que están inmersos, sus insti­tuciones, etc. Por lo tanto, no existe indefectiblemente en todos los casos, pero prevalece en la mayoría de ellos. En una palabra, hasta las naciones más civilizadas pueden inflamarse con pasión en un odio recíproco.

Vemos, pues, cuán lejos nos hallaríamos de la verdad si atribuyéramos la guerra entre hombres civilizados a actos pura­mente racionales de sus gobiernos, y si concibiésemos aquélla como un acto libre de todo apasionamiento, de tal modo que en definitiva no tendría que ser necesaria la existencia física de los ejércitos, sino que bastaría una relación teórica entre ellos, o lo que podría ser una especie de álgebra de la acción.

La teoría empezaba a orientarse en esta dirección cuando los acontecimientos de la última guerra nos hicieron ver un ca­mino mejor.[2] Si la guerra constituye un acto de fuerza, las emo­ciones están necesariamente implicadas en ella. Si las emociones no son las que dan origen a la guerra, ésta ejerce, sin embargo, una acción de carácter mayor o menor sobre ellas, y la intensi­dad de la reacción depende no del estado de la civilización, sino de la importancia y la permanencia de los intereses hostiles.

Por lo tanto, si constatamos que los pueblos civilizados no li­quidan a sus prisioneros, no saquean las ciudades ni arrasan los campos, ello se debe a que la inteligencia desempeña un papel importante en la conducción de la guerra, y les ha enseñado a aqué­llos a aplicar su fuerza recurriendo a medios más eficaces que los que pueden representar esas brutales manifestaciones del instinto.

La invención de la pólvora y el perfeccionamiento constante de las armas de fuego muestran por sí mismos, de manera suficien­temente explícita, que la necesidad inherente al concepto teórico de la guerra, la destrucción del adversario, no se ha visto en modo alguno debilitada o desviada por el avance de la civilización. Reiteramos, pues, nuestra afirmación: la guerra es un acto de fuerza, y no hay un límite para su aplicación. Los adversarios se justifican uno al otro, y esto redunda en acciones recíprocas llevadas por principio a su extremo. Es esta la primera acción re­cíproca que se nos presenta y el primer caso extremo con que nos encontramos.

4. El objetivo es desarmar al enemigo

Hemos afirmado que el desarme del enemigo es el propósito de la acción militar, y ahora conviene mostrar que esto es necesa­riamente así, por lo menos en teoría. Para que al oponente se so meta a nuestra voluntad, debemos colocarlo en una tesitura más desventajosa que la que supone el sacrificio que le exigimos. Las desventajas de tal posición no tendrán que ser naturalmente transi­torias, o al menos no tendrán que parecerlo, pues de lo contrario el oponente tendería a esperar momentos más favorables y se mostraría remiso a rendirse. Como resultado de la persistencia de la acción militar, toda modificación de su posición tiene que con­ducirlo, por lo menos teóricamente, a posiciones todavía menos ventajosas. La peor posición a la que puede ser conducido un be­ligerante es la del desarme completo. Por lo tanto, si hemos de obligar por medio de la acción militar al oponente a cumplir con nuestra voluntad, tenemos o bien que desarmarlo de hecho, o bien colocarlo en tal posición que se sienta amenazado por la po­sibilidad de que lo logremos. De ahí se desprende que el desarme o la destrucción del adversario (sea cual fuere la expresión que es­cojamos) debe consistir siempre el objetivo de la acción militar.

Pero no cabe considerar la fuerza como la acción de una fuerza viva sobre una masa inerte (el aguante absoluto no sería guerra en modo alguno), sino que es siempre el choque entre dos fuerzas vivas. En ese sentido, lo que hemos afirmado sobre el objetivo último de la acción militar es aplicable a uno y otro bando. De nuevo nos hallamos aquí ante una acción recíproca. Mientras no haya derrotado a mi oponente, tengo que albergar el temor de que sea él quien pueda derrotarme. Por tanto, no soy ya dueño de mí mismo, sino que aquél me justifica, al tiempo que yo lo justifico a él. Es esta la segunda acción recíproca que conduce a un segundo caso extremo.

5. Caso extremo de la aplicación de las fuerzas

Si queremos abatir a nuestro oponente, tenemos que regu­lar nuestro esfuerzo de acuerdo con su poder de resistencia. Tal poder se pone de manifiesto como producto de dos factores in­disolubles: la magnitud de los medios con que el oponente cuenta y la fuerza de su voluntad. Será posible calcular la magnitud de los medios de que dispone, ya que ésta se basa en números (aunque no del todo); pero la fuerza de la voluntad no se deja medir tan fácilmente y sólo en forma aproximada, por la fortale­za del motivo que la impulsa. Si mediante esta apreciación lográ­ramos calcular de manera razonablemente aproximada el poder de resistencia de nuestro oponente, podríamos regular nuestros esfuerzos de acuerdo con dicho cálculo y estar en disposición de intensificarlos para obtener una ventaja o bien extraer de ellos el máximo resultado posible, en caso de que nuestros medios no fueran suficientes como para asegurarnos esa ventaja. Pero nues­tro oponente procederá del mismo modo, y a tenor de ello se produce entre nosotros una nueva puja que, desde el punto de vista de la teoría pura, nos conduce una vez más a un punto ex­tremo. Es la tercera acción recíproca que se presenta, y el tercer caso extremo con el que nos encontramos.

6. Modificaciones en la práctica

En el ámbito abstracto de las concepciones puras, el pensa­miento reflexivo no descansa hasta alcanzar el punto extremo, porque es con casos extremos con los que tiene que enfrentarse, con un conflicto de fuerzas libradas a sí mismas y que no obede­cen a otra ley que la propia. Por lo tanto, si pretendemos dedu­cir de la concepción puramente teórica de la guerra un propósito absoluto, que podamos tener presente, así como los medios a poner en uso, estas acciones recíprocas mantenidas de forma continua nos conducirán a extremos que no serán más que un juego de la imaginación elaborado por el encadenamiento apenas entrevisto de sutilezas de la lógica. Si, al ceñirnos estrechamente a lo absoluto, pretendemos librarnos de una tacada de la totali­dad de las dificultades, y con rigor lógico insistimos en estar pre­parados para ofrecer en toda ocasión el máximo de resistencia y aportar el máximo de esfuerzo, esa intención derivará en una simple norma carente de valor y sin aplicación en la práctica.

Asimismo, en el supuesto también de que ese máximo de esfuerzo sea una cantidad absoluta, fácilmente determinable, ha­bremos de admitir no obstante que no resulta fácil que la mente humana se someta al dominio de esas elucubraciones. En mu­chos casos, el resultado redundaría en un derroche inútil de fuer­za que se vería limitado por otros principios del arte de gobernar. Esto requeriría un esfuerzo desproporcionado en relación con el objetivo a fijar, devenido de imposible realización. Efecti­vamente, la voluntad del hombre no extrae nunca su fuerza de las sutilezas lógicas.

Todo cambia de aspecto, empero, al pasar del mundo abs­tracto a la realidad. En la abstracción, todo permanecía supedita­do al optimismo; era preciso concebir que ambos campos no só­lo se inclinarían por la perfección, sino también por lograr con­seguirla. ¿Sucede esto siempre en la práctica? Las condiciones pa­ra ello tendrían que ser las siguientes:

1. Que la guerra fuera un hecho totalmente aislado; que se produjera de improviso, y sin conexión con la previa vida política.

2. Que el conflicto bélico dependiera de una decisión única o de varias decisiones simultáneas.

3. Que su decisión fuera definitiva y que la consecuente si­tuación política no fuera tenida en cuenta ni influyera sobre ella.

7. La guerra nunca constituye un hecho aislado

Al referirnos al primero de estos puntos hemos de recordar que ninguno de los dos oponentes es para el otro un ente abs­tracto, ni aun considerándolo como factor de la capacidad de re­sistencia, que no depende de algo externo, o sea, de la voluntad. Tal voluntad no constituye un hecho totalmente desconocido; lo que ha sido hasta hoy nos indica lo que puede ser mañana. La guerra nunca estalla de improviso ni su preparación tiene lugar en un instante. De ese modo, cada uno de los oponentes puede, en buena medida, formarse una opinión del otro por lo que éste realmente es y hace, y no por lo que teóricamente debería ser y hacer. Sin embargo, debido a su imperfecta organización, el hombre suele mantenerse por debajo del nivel de la perfección absoluta, y así estas deficiencias, inherentes a ambos bandos, se convierten en un principio reductor.

8. La guerra no consiste en un golpe insostenido

El segundo de los tres puntos enumerados nos sugiere las observaciones que siguen.

Si el resultado de la guerra dependiera de una decisión úni­ca, o de varias decisiones tomadas simultáneamente, los prepara­tivos para esa decisión o para esas decisiones diversas deberían ser llevados hasta el último extremo. Nunca podría recuperarse una oportunidad perdida; la sola norma que podría aportarnos el mundo real para los preparativos a efectuar sería, en el mejor de los casos, la medida de los preparativos que lleva a cabo nuestro oponente, o lo que de ellos alcanzáramos a conocer, y todo lo demás tendría que quedar de nuevo relegado al terreno de la abstracción. Si la decisión consistiera en varios actos sucesivos, cada uno de éstos, con las circunstancias que lo acompañan, po­dría suministrar una norma para los siguientes y, así, el mundo real ocuparía el lugar del mundo abstracto, modificando, de acuerdo con ello, la tendencia hacia el extremo.

Sin embargo, si toda guerra tuviese que limitarse indefecti­blemente a una decisión única o a una serie de decisiones simul­táneas, si los medios disponibles para la beligerancia fueran pues­tos en acción a un tiempo o pudieran serlo de este modo, una decisión adversa tendería a reducir estos medios, y, de haber sido éstos todos empleados o agotados en la primera decisión, no ha­bría porqué pensar en que se produjera una segunda. Todas las acciones bélicas que pudieran producirse después formarían, en esencia, parte de la primera, y sólo constituirían su persistencia.

Pero tal como hemos visto, en los preparativos para la gue­rra el mundo real ocupa el lugar de la idea abstracta, y una me­dida real el lugar de un caso extremo hipotético. Cada uno de los oponentes, aunque no fuera por otra razón, se detendrá por tanto, en su acción recíproca, alejado del esfuerzo máximo y no pondrá en juego al mismo tiempo la totalidad de sus recursos.

Sin embargo, la naturaleza misma de tales recursos, y de su mismo empleo, torna imposible su entrada en acción simultánea. Estos recursos comprenden las fuerzas militares propiamente di­chas, el país, con su superficie y su población, y los aliados.

El país, con su superficie y su población, no sólo constituye la fuente de las fuerzas militares propiamente dichas, sino que es, en sí mismo, también una parte integrante de los factores que actúan en la guerra, aunque sólo sea aquel que proporciona el teatro de operaciones o tiene marcada influencia sobre él.

Ahora bien, los recursos militares móviles pueden ser pues­tos en funcionamiento simultáneamente, pero esto no concierne a las fortalezas, los ríos, las montañas, los habitantes, etc., en una palabra, al país entero, a menos que éste sea tan pequeño que la primera acción bélica lo afecte totalmente. Además, la coopera­ción de los aliados no es algo que depende de la voluntad de los beligerantes, y con frecuencia resulta, por la misma naturaleza de las relaciones políticas, que no se hace efectiva sino con posterioridad, cuando de lo que se trata es restablecer el equilibrio de fuerzas alterado.

Más adelante intentaremos explicar con todo detalle que es­ta parte de los medios de resistencia que no puede ser puesta en acción a un tiempo es, en muchos casos, una parte del total mucho más grande de lo que podría pensarse y que, por lo tanto, es capaz de restablecer el equilibrio de fuerzas, aun cuando la primera decisión se haya producido con gran violencia y aquél haya sido alterado seriamente. Por ahora bastará con dejar senta­do que resulta contrario a la naturaleza de la guerra el que todos los recursos entren en juego al mismo tiempo. Esto, en sí mismo, no tendrá que ser motivo para disminuir la intensidad de los es­fuerzos en la toma de decisión de las acciones iniciales. Ya que un comienzo desfavorable significa una desventaja a la cual na­die querría exponerse por propia voluntad, dado que, si bien la primera decisión es seguida por otras, mientras más decisiva re­sulte aquélla, mayor será su influencia sobre las que la sigan. Pe­ro el hombre suele eludir el esfuerzo excesivo amparándose en la posibilidad de que se produzca una decisión subsiguiente y, por lo tanto, no concreta ni pone en acción todos sus recursos a efectos de la primera decisión, en la medida en que hubiera po­dido hacerlo de no mediar aquella circunstancia. Lo que uno de los oponentes no hace por debilidad se convierte para el otro en base real y motivo para reducir sus propios esfuerzos y, así, de resultas de esta acción recíproca, la tendencia hacia el caso ex­tremo conduce una vez más a efectuar un esfuerzo limitado. 

9. La guerra, con su resultado, no es nunca algo absoluto  

Finalmente, tengamos en cuenta que la decisión final de una guerra no siempre es considerada como absoluta, sino que el estado derrotado a menudo ve en ese final un mal transitorio al que cabe encontrar remedio en las circunstancias políticas posteriores. Es evidente que también esto minora, en gran medi­da, la violencia de la tensión y la intensidad del esfuerzo.

10. Las probabilidades de la vida real ocupan el lugar de lo extremo y absoluto de la teoría

Así, todo el acto de la guerra deja de estar sujeto a la ley estricta de las fuerzas impulsadas hacia el punto extremo. Dado que no se teme ni se busca ya el caso extremo, se deja que la ra­zón determine en vez de ello los límites del esfuerzo, y esto sólo puede ser llevado a cabo de acuerdo con la ley de las probabili­dades, por deducción de los datos que suministran los fenóme­nos del mundo real. Si los dos oponentes no son ya abstraccio­nes puras sino estados o gobiernos individuales, y si la guerra no es ya un desarrollo ideal de los acontecimientos, sino uno deter­minado de acuerdo con sus propias leyes, entonces la situación real suministra suficientes datos como para determinar lo que se espera, la incógnita que tiene que ser despejada.

De acuerdo con las leyes de la probabilidad, por el carác­ter, las instituciones, la situación y las circunstancias que definen al oponente, cada bando extraerá sus conclusiones respecto de cuál será la acción del contrario y, a tenor de ello, determinará la suya propia.

11. El objetivo político asume de nuevo el primer plano

Requiere ahora de nuevo nuestra atención un tema que ha­bíamos obviado, o sea, el que se refiere al objetivo político de la guerra. Hasta ahora, esto había sido absorbido, por así decir, por la ley del caso extremo, por el intento de desarmar y abatir al enemigo. El objetivo político de la guerra debe aflorar nueva­mente a un primer plano a medida que la ley pierde su vigor y la posibilidad de realizar aquel intento se aleja. Si toda la consi­deración es un cálculo de probabilidades tomando como base unas personas y unas circunstancias determinadas, el objetivo político, como causa original, tiene que asumir el papel de factor esencial en este proceso. Cuanto menor sea el sacrificio que exi­jamos de nuestro oponente, debemos esperar que sean tanto más débiles los esfuerzos que haga para realizar ese sacrificio. Sin embargo, cuanto más débil sea su esfuerzo, tanto menor po­dría ser el nuestro. Por añadidura, cuanto menor sea nuestro ob­jetivo político, tanto menor será el valor que le asignaremos y tanto más pronto estaremos dispuestos a dejarlo a su arbitrio. Por ello, también por ello nuestros propios esfuerzos serán más débiles.

Así, el objetivo político, como causa original de la guerra, será la medida tanto para el propósito a alcanzar mediante la ac­ción militar como para los esfuerzos necesarios para cumplir con ese propósito. En sí misma, esa medida no puede ser absoluta, pero, ya que estamos tratando de cosas reales y no de simples ideas, lo será en relación con los dos Estados oponentes. Un mis­mo objetivo político puede originar reacciones diferentes, en di­ferentes naciones e incluso en una misma nación, en diferentes épocas. Por lo tanto, cabe dejar que el objetivo político actúe co­mo medida, siempre que no olvidemos su influencia sobre las masas a las que afecta. Corresponde considerar, por tanto, tam­bién la naturaleza de estas masas. Será fácil comprobar que las consecuencias pueden variar en gran medida según que la ac­ción resulte fortalecida o debilitada por el sentimiento de las ma­sas. En dos naciones y estados pueden producirse tales tensiones y tal cúmulo de sentimientos hostiles que un motivo para la gue­rra, insignificante en sí mismo, puede originar, no obstante, un efecto totalmente desproporcionado con su naturaleza, como es el de una verdadera explosión.

Esto resulta cierto en relación con los esfuerzos que el ob­jetivo político pueda exigir en uno y otro estado y en relación con el fin que pueda asignarse a la acción militar. Algunas ve­ces puede convertirse en ese fin, por ejemplo, cuando se trata de la conquista de cierto territorio. Otras, el objetivo político no se ajustará a la necesidad de proporcionar un fin para la acción militar y en tales casos tendremos que recurrir a una elección de ese tipo, capaz de servir de equivalente y de ocupar su lu­gar para firmar la paz. Pero también en estos casos siempre se presupone que tiene que guardarse la consideración debida al carácter de los estados interesados. Hay circunstancias en las que el equivalente debe tener mucha más importancia que el objetivo político, si es que éste ha de ser alcanzado por su me­diación. Cuanto mayor sea la indiferencia presente en las masas y menos grave la tensión que se produzca en otros terrenos tanto de los dos estados como en sus relaciones, mayor será el objetivo político, como norma y por su propio carácter deciso­rio. Hay casos en los que, casi por sí mismo, constituye el fac­tor determinante.

Si el fin de la acción militar se erige en equivalente del ob­jetivo político, aquélla disminuirá, en general, en la medida en que lo haga el objetivo político. Más evidente resultará esto mientras más claro aparezca el objetivo. Así se explica por qué razón, sin que exista contradicción interna, pueden producirse guerras de todos los grados en importancia e intensidad, desde la de exterminio a la simple vigilancia armada. Pero ello nos conduce a una cuestión de otro tipo, que deberemos analizar y explicitar.

12. La suspensión de la acción militar no se ha explicado hasta ahora

¿Es posible que una acción militar pueda ser suspendida, aun por un momento, sea cual fuere el carácter y la medida de las reclamaciones políticas hechas por cualquiera de los dos ban­dos, sea cual fuere la debilidad de los medios puestos a disposi­ción, o sea cual fuere la futileza del fin perseguido por esa mis­ma acción? Es esta una pregunta que atañe a la esencia misma del tema.

Cada acción requiere para su realización cierto tiempo, que es lo que llamamos persistencia. Esta puede ser más larga o más corta, según quienes actúen en ella se muestren más o menos rá­pidos en sus movimientos.

No vamos a detenernos aquí en esto. Cada cual realiza las cosas a su manera, pero lo cierto es que la persona lenta no ac­túa lentamente porque quiera emplear más tiempo, sino porque, debido a su propia naturaleza, necesita más tiempo, y si hubiera de hacerlo con mayor rapidez no lo haría tan bien. En conse­cuencia, ese tiempo depende de las causas subjetivas, o queda reflejado en la duración real de la acción.

Si a cada acción de la guerra se le reconoce una duración, tenemos que admitir, por lo menos al pronto, que todo gasto de tiempo más allá de esa duración, o, lo que es lo mismo, cual­quier suspensión de la acción militar, parece ser absurda. En re­lación con ello, tendremos que recordar siempre que la cuestión no se centra en el progreso de uno u otro de los oponentes, sino en el progreso de la acción militar como un todo.

13. Existe únicamente una causa que puede suspender la ac­ción, y esto parece ocurrir siempre tan sólo en un solo bando  

Si dos bandos se han armado para la lucha, tiene que exis­tir un motivo hostil que los haya impulsado a hacerlo. Así, pues, mientras se mantengan en pie de guerra, es decir, mientras no hagan la paz, este motivo permanecerá presente y sólo dejará de actuar en cualquiera de los dos oponentes por una sola razón, la de que se prefiere esperar un momento más favorable para la ac­ción. Obviamente esta razón sólo puede surgir en uno de los dos bandos, debido a que, por su propia naturaleza, se opone dia­metralmente a la del otro. Si a uno de los que ejercen la jefatura le conviene actuar, al otro le convendrá esperar.

Un equilibrio cabal de fuerzas no puede producir jamás una interrupción de la acción, porque una tal suspensión supon­dría necesariamente la minoración de iniciativa del que tenga el propósito positivo, es decir, el atacante.

Pero de concebir un equilibrio en el que quien asume la fi­nalidad positiva, y por tanto el motivo más poderoso, es al mis­mo tiempo quien dispone de menor número de fuerzas, de manera que la ecuación surgiría del producto de las fuerzas y de los motivos, aun así tendríamos que afirmar que si no se vislumbra un cambio en este estado de equilibrio, ambos bandos tienen que firmar la paz. Pero de vislumbrar un cambio, éste redundaría en favor de uno de los bandos solamente y, por la misma razón, el otro se vería obligado a actuar. Constatamos, por tanto, que la idea de un equilibrio no puede justificar una suspensión de las hostilidades, pero sirve para fundamentar la espera de un mo­mento más favorable. Por ejemplo, supongamos que uno de los dos estados oponentes tiene un propósito positivo, o sea, el de conquistar un territorio del adversario que podría ser usado co­mo moneda de cambio en la negociación de la paz. Lograda esa conquista, se ha alcanzado el objetivo político; la acción ya no resulta necesaria y cabe tomarse un descanso. Si el oponente acepta el resultado, deberá firmar la paz; en caso contrario, debe actuar. Si en ese momento cree que en un período de tiempo determinado se encontrará en mejores condiciones para hacerlo, entonces cuenta con razones suficientes como para posponer su acción.

Pero desde ese momento, la necesidad de actuar parece por lógica recaer en su oponente, a fin de no darle tiempo al que se halla en desventaja para que se prepare para la acción. Todo ello, por descontado, en el supuesto de que tanto uno co­mo otro bando tengan un conocimiento cabal de las circunstan­cias. 

14. La acción militar tendría de este modo una continuidad que de nuevo impulsaría todo hacia una situación extrema  

Si la acción militar estuviera realmente dotada de esa conti­nuidad, todo sería empujado de nuevo hacia el caso extremo. Porque, además de que tal actividad sostenida enconaría aún más los sentimientos e impregnaría al todo de un mayor apasio­namiento y un mayor grado de fuerza elemental, también haría surgir, en la continuidad de la acción, un encadenamiento aún más fuerte de acontecimientos y una conexión causal más conse­cuente entre ellos. En consecuencia, cada acción llegaría a ser más importante y, por lo tanto, más peligrosa.

Pero la experiencia nos dice que la acción militar rara vez, o nunca, presenta esta continuidad, y que en muchas guerras la acción asume la menor parte del tiempo, mientras que la inacti­vidad ocupa el resto. Esto quizá no siempre constituya una ano­malía. La suspensión de la acción militar debe ser posible, es de­cir, no implica una contradicción. Que esto es así y por qué ocu­rre así, lo mostraremos a continuación.

15. Surge aquí por tanto la evidencia de un principio de polaridad

Al suponer que los intereses de uno de los que ejercen la jefatura son siempre diametralmente opuestos a los del otro, de­jamos sentada la existencia de una verdadera polaridad. Más adelante dedicaremos todo un capítulo a este principio, pero mientras tanto nos parece oportuno hacer una observación con referencia a ello.

El principio de polaridad sólo es válido si, como tal, es la misma cosa, en la que lo positivo y su contrario, lo negativo, se destruyen mutuamente. En una batalla, cada uno de los bandos oponentes desea vencer, lo que constituye una verdadera polari­dad, porque la victoria del uno resulta la derrota del otro. Pero si nos referimos a dos cosas diferentes entre las que exista una re­lación común objetiva, no serán las cosas, sino sus relaciones, las que posean polaridad.

16. El ataque y la defensa son cosas de clase distinta y de fuer­za desigual. Debido a ello no pueden ser objeto de polaridad

Si sólo existiera una forma de guerra, digamos la que co­rresponde al ataque del enemigo, no habría defensa; ello es tan­to como decir que si hubiera de distinguirse al ataque de la de­fensa sólo por el motivo positivo que el uno posee y del que la otra carece, si los métodos de lucha fueran siempre invariable­mente los mismos, en tal empeño, cualquier ventaja de un ban­do tendría que representar una desventaja equivalente para el otro, existiendo entonces una verdadera polaridad.

Pero la acción militar adopta dos formas distintas, la de ataque y la de defensa, que son muy diferentes y de fuerza desigual, como mostraremos más adelante con detalle. La polari­dad reside, pues, en que ambos bandos guardan una relación, como es la decisión, pero no en el ataque o en la defensa mis­mos. Si uno de los comandantes en jefe deseara posponer la decisión, el otro debería desear acelerarla, pero, por supuesto, solamente en la misma forma de conflicto. Si a A le interesara no atacar a su oponente inmediatamente, sino cuatro semanas más tarde, el interés de B se centraría en ser atacado inmediata­mente y no cuatro semanas más tarde. Se trata de una oposi­ción directa; pero no se desprende necesariamente de ello que a B le beneficie atacar a A de inmediato. Evidentemente, es al­go muy distinto 

17. El efecto de la polaridad es anulado a menudo por la su­perioridad que muestra la defensa sobre el ataque. Ello ex­plica la suspensión de la acción militar

Si la forma de defensa se muestra más fuerte que la de ata­que, como vamos a demostrar, se plantea la cuestión de saber si la ventaja de una decisión diferida es tan grande para el bando que se apresta a atacar como la de la defensa lo es para el otro. Cuando no lo es, no puede esa ventaja, mediante su contrario, superar éste e influir de ese modo en el curso de la acción mili­tar. Comprobamos, por lo tanto, que la fuerza impulsiva inheren­te a la polaridad de intereses puede ser anulada por la diferencia existente entre la fuerza del ataque y la de la defensa, y dejar así de tener eficacia.

Por lo tanto, si el bando para el cual el momento presente es favorable se muestra demasiado débil hasta el punto de re­nunciar a la ventaja de permanecer a la defensiva, debe resignar se a afrontar un futuro menos favorable. Porque puede ser mejor librar un combate defensivo en un futuro desfavorable que uno defensivo en el momento presente, o que entablar la paz. Al es­tar convencidos de que la superioridad de la defensa (correcta­mente entendida) es muy grande, mucho más de lo que al pron­to podría parecer, se explica la notable proporción que ocupan en la guerra los períodos carentes de acción, sin que esto impli­que necesariamente una contradicción. Cuanto más débiles sean los motivos para la acción, tanto más serán neutralizados por esa diferencia entre el ataque y la defensa. Por lo tanto, la acción mi­litar será impulsada con harta frecuencia a una pausa, que es en realidad lo que nos muestra la experiencia

18. Una segunda causa reside en el conocimiento imperfec­to de la situación

Todavía existe otra causa que puede suspender la acción militar, y es la del conocimiento imperfecto de la situación. Cada comandante en jefe sólo tiene un conocimiento personal exacto de su propia posición y no conoce la de su adversario más que por informes inciertos. Puede cometer errores de interpretación y, como consecuencia de ello, puede llegar a creer que la inicia­tiva corresponde a su oponente, cuando en realidad le corres­ponde a él mismo. Esta merma de conocimientos podría, en ver­dad, dar lugar tanto a acciones inoportunas como a inoportunas inacciones, y contribuir por sí misma a causar tanto retrasos co­mo aceleramientos en la acción militar. Pero siempre deberá ser considerada como una de las causas naturales que, sin que im­plique una contradicción subjetiva, puede llevar a la acción mili­tar a un estancamiento. Así como consideramos, sin embargo, que por lo general nos sentimos más inclinados e inducidos a deducir que la fuerza de nuestro oponente es demasiado grande antes que demasiado pequeña, ya que hacerlo así es propio de la naturaleza humana, tendremos que admitir también que el co­nocimiento imperfecto de la situación en general deberá contri­buir sensiblemente a detener la acción militar y a perturbar los principios en que se basa su dirección.

La posibilidad de una pausa introduce una nueva reducción en la acción militar, diluyéndola, por así decir, en el factor tiem­po, lo que corta el avance del peligro y aumenta la capacidad de restablecer el equilibrio de fuerzas. Cuanto más grandes sean las tensiones que han determinado la explosión de la guerra y cuan­to mayor sea, en consecuencia, la energía que se imprime a esta última, más breves serán los períodos de inacción; cuanto más débil sea el sentimiento hostil, más largos serán aquéllos. En efecto, los motivos más poderosos acrecientan nuestra fuerza de voluntad y ésta, como se sabe, constituye siempre un factor, un producto de nuestras fuerzas.

19. Los períodos frecuentes de inacción alejan aún más a la guerra del ámbito de la teoría absoluta y la convierten toda­vía más en un cálculo de probabilidades

Cuanto mayor sea la lentitud con que se desarrolle la ac­ción militar y cuanto más largos y frecuentes sean los períodos de inacción, tanto más fácilmente se podrá rectificar un error. El comandante en jefe se aventurará a ampliar sus suposiciones y al propio tiempo se mantendrá con mayor holgura por debajo del punto extremo que preconiza la teoría, y basará todas sus deduc­ciones en la probabilidad y la conjetura. En consecuencia, el cur­so más o menos pausado de la acción militar dejará más o me­nos tiempo para aquello que la naturaleza de la situación con­creta reclame por sí misma, es decir, un cálculo de probabilida­des acorde con las circunstancias que concurran en el caso.

20. El azar es el único elemento que falta para hacer de la guerra un juego, y es de este elemento del que menos carece

Lo que se ha expuesto hasta aquí nos ha mostrado cómo la naturaleza objetiva de la guerra hace de ella un cálculo de pro­babilidades. Ahora sólo se requiere un elemento más para consi­derarla como un juego, y ciertamente ese elemento no le falta en absoluto: es el azar. Ninguna actividad humana guarda una rela­ción más universal y constante con el azar como la guerra. El azar, juntamente con lo accidental y la buena suerte, desempeña un gran papel en la guerra.

21. Tanto por su naturaleza subjetiva como por su naturale­za objetiva, la guerra se convierte en un juego

Si reparamos ahora en la naturaleza subjetiva de la guerra, o sea, en las fuerzas necesarias para llevarla a cabo, se nos mos­trará todavía más como un juego. El elemento dentro del cual se mueve la acción bélica es el peligro; pero ¿cuál es, en el peligro, la cualidad moral que predomina? El valor. Este es por cierto compatible con el cálculo prudente, pero el valor y el cálculo son distintos por naturaleza y pertenecen a ámbitos dispares del espíritu. Por otro lado, la osadía, la confianza en la buena fortu­na, la intrepidez y la temeridad son todas manifestaciones del va­lor, y tales esfuerzos del espíritu tienden hacia lo accidental, por­que es su propio elemento.

Vemos, pues, que, desde el principio, el factor absoluto, el llamado matemático, no cuenta con ninguna base segura en los cálculos del arte de la guerra. De entrada nos hallamos ante un juego de posibilidades y de probabilidades, de buena y de mala suerte, que hace acto de presencia en todos los hilos, grandes o pequeños, de su trama y es el responsable de que, de todas las ramas de la actividad humana, sea la guerra la que más se pare­ce a un juego de cartas.

22. Cómo esto concuerda mejor, en general, con el espíritu humano

Aunque nuestro entendimiento se siente por lo general in­clinado a asentarse en la certeza y la claridad, nuestro espíritu es preso a menudo de la incertidumbre. En lugar de abrirse camino de la mano de la inteligencia por el estrecho sendero de la in­vestigación filosófica y de la deducción lógica, prefiere moverse con lentitud, con la imaginación puesta en el dominio del azar y de la suerte, a fin de llegar, casi de modo inconsciente, a un te­rreno donde se siente extraño y donde todos los objetos que le son familiares parecen abandonarlo. En lugar de sentirse aprisio­nado, como en el primer caso, por la necesidad elemental, goza ahora de toda una gama de posibilidades. Extasiado, el valor al­za el vuelo, y la osadía y el peligro se convierten en el elemento al que aquél se precipita, del mismo modo que un nadador au­daz se arroja a la corriente.

¿Tiene la teoría que abandonar aquí ese punto y seguir sa­tisfecha hasta establecer reglas y conclusiones absolutas? Si es así no tiene una aplicación práctica. La teoría debe tener en cuenta el elemento humano y destinar el lugar que les corresponde al valor, al arrojo e incluso a la temeridad. El arte de la guerra tiene que vérselas con fuerzas vivas y morales, de donde se deriva que lo absoluto y lo seguro le resultan inaccesibles; siempre que­da un margen para lo accidental, tanto en las cosas grandes co­mo en las pequeñas. Así como por un lado aparece ese elemen­to accidental, por el otro el valor y la confianza en uno mismo deben hacer acto de presencia y llenar el hueco abierto. Cuanto mayor sea el valor y la confianza en uno mismo, más grande se­rá el margen que cabe dejar para lo accidental. Por lo tanto, el valor y la confianza en uno mismo son elementos absolutamente esenciales para la guerra. Y en consecuencia, la teoría sólo debe formular aquellas reglas que ofrezcan un libre campo de acción para esas virtudes militares más necesarias y esclarecidas, en to­dos sus grados y variaciones. Hasta en la osadía hay sabiduría y prudencia, pero su apreciación responde a una escala diferente de valores.

23. La guerra sigue siendo todavía un medio serio para al­canzar un objetivo serio

Así es la guerra, así el jefe que la dirige y así la teoría que le atañe. Pero la guerra no constituye un pasatiempo, ni una sim­ple pasión por la osadía y el triunfo, ni el fruto de un entusiasmo sin límites; es un medio serio para alcanzar un fin serio. Todo el encanto del azar que exhibe, todos los estremecimientos de pa­sión, valor, imaginación y entusiasmo que acumula, son tan sólo propiedades particulares de ese medio.

La guerra entablada por una comunidad ––la guerra entre naciones enteras––, y particularmente entre naciones civilizadas, surge siempre de una circunstancia política, y no tiene su mani­festación más que por un motivo político. Es, pues, un acto polí­tico. Ahora bien, si en sí misma fuera un acto completo e inalte­rable, una manifestación absoluta de violencia, como hubo que deducir considerándola en su concepción pura, en cuanto se pu­siera de manifiesto por medio de la política ocuparía el lugar de ésta y, como algo completamente independiente de ella, la des­cartaría y sólo se regiría por sus propias leyes. Algo parecido a lo que ocurre cuando se acciona una mina y no puede variarse su rumbo hacia otra dirección como no sea la marcada en el ajuste previo. Hasta ahora, también en la práctica esto ha sido conside­rado de esta forma, siempre que la carencia de armonía entre la política y la conducción de la guerra ha llevado a distinciones teóricas de esta naturaleza. Pero tal idea es básicamente falsa. Como hemos visto, la guerra, en el mundo real, no es un acto extremo que libera su tensión mediante una sola descarga; es una acción de fuerzas que no se desarrollan en todos los casos de la misma forma y en la misma proporción, pero que en un momento preciso llegan a un extremo suficiente como para ven­cer la resistencia que les oponen la inercia y la fricción, mientras que a la par son demasiado débiles para producir efecto alguno. La guerra constituye, por así decir, un embate regular de violen­cia, de mayor o menor intensidad y vehemencia, y que, a conse­cuencia de ello, libera las tensiones y agota las fuerzas de una forma más o menos rápida o, en otras palabras, conduce al obje­tivo propuesto con mayor o menor rapidez. Pero siempre tiene una duración suficiente como para ejercer, durante su transcurso, una influencia sobre ese objetivo, de modo que puede hacerlo cambiar en uno u otro sentido. En definitiva, puede durar lo sufi­ciente como para estar sujeta a la voluntad de una inteligencia directora. Si es cierto que la guerra tiene su origen en un objeti­vo político, resulta que ese primer motivo, que es el que la pro­mueve, constituye, de modo natural, la primera y más importante de las consideraciones que deben ser tenidas en cuenta en la conducción de la guerra. Pero el objetivo político no se convier­te, por ello, en una regla despótica. Debe adaptarse a la natura­leza de los medios a su disposición, y, de ese modo, cambiará a menudo por completo. Pero siempre deberá ser considerado en primer término. La política, por lo tanto, asumirá un papel en la acción total de la guerra, y ejercerá una influencia continua so­bre ella, hasta donde lo permita la naturaleza de las fuerzas ex­plosivas que contiene.

24. La guerra es una mera continuación de la política por otros medios

Vemos, pues, que la guerra no constituye simplemente un acto político, sino un verdadero instrumento político, una conti­nuación de la actividad política, una realización de ésta por otros medios. Lo que resta de peculiar en la guerra guarda relación con el carácter igualmente peculiar de los medios que utiliza. El arte de la guerra en general, y el jefe que la conduce en cada ca­so particular, pueden determinar que las tendencias y los planes políticos no encierren ninguna compatibilidad con estos medios. Esta exigencia no resulta baladí; pero, por más que se imponga poderosamente en casos particulares sobre los designios políti­cos, debe considerársela siempre sólo como una modificación de esos designios, ya que el propósito político es el objetivo, mien­tras que la guerra constituye el medio, y nunca el medio cabe ser pensado como desposeído de objetivo.

25. Naturaleza diversa de las guerras

Cuanto más intensos y poderosos sean los motivos y las tensiones que justifiquen la guerra, más estrecha relación guarda­rá ésta con su concepción abstracta. Cuanto más encaminada se halle en la destrucción del enemigo, tanto más coincidirán el propósito militar y el objetivo político, y la guerra aparecerá más como puramente militar y menos como política. Pero cuanto más débiles sean las motivaciones y las tensiones, la tendencia natu­ral del elemento militar, o sea la tendencia a la violencia, coinci­dirá menos con las directrices políticas; por tanto, cuanto más se aparte la guerra de su trascendencia natural, mayor será la dife­rencia que separa el objetivo político del propósito de una gue­rra ideal, y mayor apariencia tendrá la guerra de ser política.

Pero con el fin de impedir que el lector llegue a conclusio­nes erróneas, es preciso hacer notar que por esa tendencia natu­ral de la guerra entendemos solamente la tendencia filosófica, estrictamente lógica, y de ningún modo la de las fuerzas que real­mente intervienen en el conflicto, hasta el punto de que, por ejemplo, deberíamos incluir todas las emociones y pasiones de los combatientes. Es cierto que éstas pueden, en muchos casos, ser avivadas hasta tal extremo que sólo con dificultad cabrá man­tenerlas reducidas al campo político; pero por lo general no se plantea esta contradicción, porque la existencia de emociones tan fuertes implica también la elaboración de un gran plan que las englobe. Si este plan se dirige tan sólo hacia un objetivo va­no, la agitación emotiva de las masas será tan débil, que en todo caso necesitará ser alentada antes que contenida.

26. Todas las guerras tienen que ser consideradas como ac­tos políticos

En relación con nuestro tema principal, podemos apreciar que, si bien es verdad que en cierta clase de guerras la política parece haber desaparecido por completo, mientras que en otras aparece de forma bien definida, cabe afirmar, sin embargo, que unas son tan políticas como las otras. Efectivamente, si conside­ramos la política como la inteligencia del Estado personificado, entre las combinaciones de circunstancias que deben ser tenidas en cuenta en los cálculos debemos incluir aquella en que la na­turaleza de las circunstancias provoca una guerra de la primera clase. Pero si el término política no es entendido como un cono­cimiento amplio de la situación, sino como la idea convencional de una añagaza cautelosa, astuta y hasta deshonesta, contraria a la violencia, es en este caso cuando el último tipo de guerra co­rrespondería, más que el primero, a la política.

27. Consecuencias de este punto de vista para la comprensión de la historia de la guerra y para los fundamentos de la teoría

En primer lugar vemos, pues, que en toda circunstancia tie­ne que considerarse a la guerra no como algo independiente, si­no como un instrumento político. Tan sólo si adoptamos este punto de vista podremos evitar caer en contradicción con toda la historia de la guerra y hacer una apreciación inteligente de su to­talidad. En segundo lugar, este mismo punto de vista nos mues­tra cómo pueden variar las guerras de acuerdo con la naturaleza de las motivaciones y de las circunstancias de las cuales aquéllas surgen.

El primer acto de discernimiento, el mayor y el más decisi­vo que llevan a cabo un estadista y un jefe militar, es el de esta­blecer correctamente la clase de guerra en la que están empeña dos y no tomarla o convertirla en algo diferente de lo que dicte la naturaleza de las circunstancias. Este es, por lo tanto, el prime­ro y el más amplio de todos los problemas estratégicos. Más ade­lante, en el capítulo referente a la planificación de la guerra, pro­cederemos a examinarlo con mayor detención.

Contentémonos por ahora con haber expuesto el tema y es­tablecido, al hacerlo, el punto de vista principal desde el cual de­ben ser examinadas tanto la guerra como su teoría.

28. Conclusión para la teoría

La guerra no es, pues, no sólo un verdadero camaleón, por el hecho de que en cada caso concreto cambia de carácter, sino que constituye también una singular trinidad, si se la considera como un todo, en relación con las tendencias que predominan en ella. Esta trinidad está integrada tanto por el odio, la enemis­tad y la violencia primigenia de su esencia, elementos que deben ser considerados como un ciego impulso natural, como por el juego del azar y de las probabilidades, que hacen de ella una ac­tividad desprovista de emociones, y por el carácter subordinado de instrumento político, que la inducen a pertenecer al ámbito del mero entendimiento.

El primero de estos tres aspectos interesa especialmente al pueblo; el segundo, al comandante en jefe y a su ejército, y el tercero, solamente al gobierno. Las pasiones que deben prender en la guerra tienen que existir ya en los pueblos afectados por ella; el alcance que lograrán el juego del talento y del valor en el dominio de las probabilidades del azar dependerá del carácter del comandante en jefe y del ejército; los objetivos políticos, sin embargo, incumbirán solamente al gobierno.

Estas tres tendencias, que se ponen de manifiesto al igual que lo hacen muchas diferentes legislaciones, se asientan profundamente en la naturaleza de la cuestión y, al mismo tiempo, varían en magnitud. Una teoría que rehuyera tomar en cuenta cualquiera de ellas o fijara una relación arbitraria entre ellas incu­rriría en tal contradicción con la realidad que por este solo he­cho debería ser considerada como nula.

El problema consiste, pues, en mantener a la teoría en equilibrio entre estas tres tendencias, como si fueran éstas tres polos de atracción.

En el libro que trata sobre la teoría de la guerra nos propo­nemos investigar la manera de resolver tal problema del modo más concluyente. Esa definición del concepto de la guerra se convierte para nosotros en el primer rayo de luz que ilumina los fundamentos de la teoría, que evidenciará por vez primera sus rasgos principales y nos permitirá distinguirlos.

Capítulo II

EL FIN Y LOS MEDIOS EN LA GUERRA

Al haber determinado en el capítulo anterior la naturaleza compleja y variable de la guerra, corresponde ahora considerar qué influencia ejerce ésta sobre el fin y los medios de la guerra.

De inquirir, en primer término, cuál es el propósito hacia el cual debe encaminarse la guerra total, de modo que sea el me­dio adecuado para alcanzar el objetivo político, nos encontramos con que aquél es tan variable como lo son el objetivo político y las circunstancias particulares de la guerra.

De comenzar ateniéndonos, una vez más estrictamente, a la teoría pura de la guerra, estamos obligados a decir que el objeti­vo político debe ser situado realmente fuera de la esfera de la guerra. En efecto, siendo la guerra un acto de violencia para obligar al enemigo a acatar nuestra voluntad, entonces, en cada caso, todo dependerá sólo y necesariamente de derrotar al ene­migo, es decir, de desarmarlo. Este objetivo, que se deduce de la teoría pura, pero que cuenta en realidad con muchos casos simi­lares, será examinado ante todo a la luz de esa realidad.

Más adelante, cuando consideremos la planificación de una guerra, abordaremos con mayor detención lo que significa desar­mar a un estado; pero ahora tenemos que diferenciar en princi­pio tres cosas que, como tres objetos generales, incluyen todo lo demás: son las fuerzas militares, el territorio y la voluntad del enemigo.

Las fuerzas militares tienen que ser destruidas, es decir, de­ben ser situadas en un estado tal que no puedan continuar la lu­cha. Aprovechamos la ocasión para aclarar que la expresión «destrucción de las fuerzas militares del enemigo» debe ser siem­pre interpretada únicamente en este sentido.

El territorio debe ser conquistado, porque de un país pue­den extraerse siempre nuevas fuerzas militares.

Pero, a pesar de que se hayan producido estas dos cosas, la guerra, es decir, la tensión hostil y el efecto de las fuerzas hostiles, no puede considerarse como finalizada hasta que la voluntad del enemigo no haya sido sometida. Es decir, hasta que el gobierno y sus aliados hayan sido impelidos a firmar la paz, o hasta que la población haya sido sometida. En efecto, aunque se cuente con una posesión completa del país, el con­flicto puede estallar nuevamente en el interior o mediante la ayuda de los aliados. Sin duda esto puede suceder también des­pués de firmada la paz, pero ello demostrará tan sólo que no todas las guerras admiten una decisión y una componenda completas. Incluso en este caso, la firma de la paz extingue siempre, por su mera eclosión, una serie de chispas que pue­den haber permanecido ocultas, y las tensiones se aflojan por­que el ánimo de aquellos que se sienten abocados a la paz, de los que siempre abundan en todas las naciones y en todas las circunstancias, se aparta por completo de la idea de resistencia. Sea como fuere, hay que considerar siempre que con la paz se llega a un fin, y que con ella la guerra finaliza.

De los tres puntos que hemos enumerado, las fuerzas mili­tares son las destinadas a la defensa del país. El orden natural marca que son ellas las que deben ser destruidas primero; luego habrá que conquistar el territorio, y, como resultado de estos dos triunfos y de la fuerza que entonces se posea, el enemigo será impelido a firmar la paz. Por lo general, la destrucción de las fuerzas militares del adversario se produce de manera gradual y es sucedida de inmediato por la conquista del país en una medi­da pertinente. Estos dos hechos reaccionan por lo común uno respecto del otro, ya que la pérdida de territorio contribuye a de­bilitar a las fuerzas militares. Pero este orden no es en absoluto indispensable y no siempre ocurre así. Las fuerzas enemigas, in­cluso antes de haber sido debilitadas de modo notable, pueden retroceder al extremo opuesto del país, o bien penetrar en terri­torio extranjero. Cuando esto ocurre, por tanto, una gran parte, o incluso todo el país, puede ser conquistado.

El desarme del enemigo, como objetivo de la guerra consi­derado en abstracto, y último medio de alcanzar el objetivo polí­tico, en el cual deben englobarse todos los demás, de ningún modo se produce siempre en la práctica, ni es condición necesa­ria para la paz. De ninguna forma, por lo tanto, se le puede teó­ricamente dar la categoría de ley. Existen un sinnúmero de trata­dos de paz que fueron concluidos antes de que cualquiera de los dos bandos pudiera considerarse desarmado, e incluso antes de que el equilibrio de fuerzas hubiese sido alterado de forma más o menos evidente. E incluso la observación de los casos reales nos induce a admitir que en toda una serie de ellos, especial­mente en los que las fuerzas del enemigo son evidentemente más fuertes, la derrota comportaría un juego vano de ideas.

La razón por la cual el objetivo de la guerra, según la teo­ría, no siempre concuerda con la guerra real, reside en la dife­rencia existente entre ambos, a la cual nos hemos referido en el capítulo anterior. Según la teoría pura, una guerra entre Estados de fuerza desigual evidente quedaría abocada a un absurdo y, en consecuencia, no sería posible. La desigualdad en la fuerza física no tendría que ser mayor, todo lo más, que lo neutralizable por la fuerza moral, y esto no significaría mucho en Europa, en nues­tra situación social actual. Por lo tanto, si es un hecho probado que ciertas guerras se producen entre estados de poderío desi­gual, esto se debe a que, en la realidad, la guerra tiende a alejar­se en gran medida de nuestra concepción teórica original.

Existen dos motivos que inducen a firmar la paz, suscepti­bles, en la práctica, de substituir la imposibilidad de ofrecer ma­yor resistencia: el primero es lo aleatorio que pueda resultar el éxito y el segundo, el precio excesivo que haya que pagar por él.

Como se ha explicado en el capítulo anterior, la guerra tie­ne que verse libre, desde el principio hasta el fin, de la ley es­tricta de la necesidad interna, y someterse al cálculo de probabilidades. Ello será tanto más evidente cuanto más se adapte a las circunstancias de las que ha surgido, o sea, mientras menos enti­dad tengan los motivos para ello y para las tensiones existentes. Siendo así, cabe perfectamente concebir que incluso el motivo para firmar la paz puede surgir de un cálculo de probabilidades. En la guerra no es necesario, por lo tanto, luchar hasta que uno de los bandos sea derrotado, y cabe suponer que, cuando las motivaciones y las tensiones son débiles, una ligera probabili­dad, apenas perceptible, es suficiente como para hacer que el bando que se halla en desventaja ceda en sus propósitos.

En caso de que el otro bando estuviera convencido de an­temano de ello, entra en la lógica que se esforzaría tan sólo en inclinar tal probabilidad a su favor, en lugar de preocuparse por obtener la derrota completa del adversario.

La consideración del gasto de fuerzas que se haya hecho y del que todavía se requiera influirá también en la decisión de fir­mar la paz. No siendo la guerra un acto de pasión ciega, sino que está dominada por el objetivo político, la entidad y la impor­tancia de ese objetivo determinan la medida de los sacrificios que hay que realizar para obtenerlo. Lo cual se refiere no sola­mente al alcance de esos sacrificios, sino también a su duración.

En consecuencia, tan pronto como el gasto de fuerzas sea tan grande que el objetivo político no lo compense, ese objetivo ten­derá a ser abandonado y el resultado lógico será la paz.

Vemos, pues, que en las guerras en las que un bando no puede desarmar completamente al otro, los motivos para la paz emergerán y desaparecerán en ambos frentes a tenor de las probabilidades de ulteriores éxitos y del gasto de fuerzas que se re­quiera. Si los motivos son igualmente fuertes en ambos bandos, se harán patentes en medio de sus diferencias políticas. Lo que ganarán en fuerza en un lado lo perderán en el otro. Cuando la suma de su adición sea suficiente, el resultado será la paz, pero, como es lógico, con ventaja para el bando cuyos motivos sean más débiles.

A estas alturas, pasamos adrede por alto la diferencia que indefectiblemente debe originar en la práctica el carácter positivo o negativo del objetivo político. Si bien ello asume la mayor importancia, como mostraremos más adelante, aquí tenemos que atenernos a una consideración más general, porque las intencio­nes políticas originales varían mucho en el transcurso de la gue­rra y al final pueden ser totalmente diferentes, precisamente por­que están condicionadas en parte por los éxitos que se obtienen y sujetas por otra a los resultados aleatorios.

Surge ahora el problema de cómo se puede influir sobre la probabilidad de éxito. En primer lugar, se puede conseguir, co­mo es lógico, utilizando los mismos medios aplicados para de­rrotar al enemigo, es decir, la destrucción de sus fuerzas militares y la conquista de su territorio, si bien ninguno de ellos sería igual a este respecto como cuando se utilizaran con este objeti­vo. El ataque a las fuerzas enemigas será algo muy distinto si tra­tamos de reforzar el primer golpe con una sucesión de otros has­ta alcanzar la total destrucción, o bien si nos contentamos con una victoria destinada tan sólo a quebrantar el sentimiento de se­guridad del enemigo, haciéndole percibir nuestra superioridad y suscitando así la desconfianza en su futuro. Si esta es nuestra in­tención, proseguiremos con la destrucción de las fuerzas enemi­gas solamente hasta donde sea necesario para el logro de ese propósito. De manera análoga, la conquista de territorio enemigo resultará una medida diferente, y el objetivo no consistirá en de­rrotar al adversario. Si tal fuera nuestro objetivo, la destrucción de las fuerzas enemigas sería una acción realmente efectiva y la apropiación de sus territorios sería mera consecuencia de ello. El hecho de apoderarse de esos territorios antes de que las fuerzas contrarias hayan sido desmembradas tiene que ser siempre con­siderado sólo como un mal necesario. Por otro lado, si nuestro propósito no fuera el de derrotar por completo a las fuerzas ene­migas y si tenemos la convicción de que el enemigo no busca, sino que incluso teme llevar la lucha a un terreno sangriento, el hecho de apoderarse de una parte de su territorio, parcial o completamente desguarnecido, constituirá en sí mismo una ven­taja. Y si esta ventaja es suficientemente grande como para que el enemigo desconfíe del resultado final, habrá que considerar entonces ésta como una vía más corta hacia la paz.

Veamos ahora otros medios especiales de influir sobre la probabilidad de éxito sin recurrir a la derrota de las fuerzas ene­migas, es decir, aquellas actividades que surten efecto inmediato sobre la política. Si es posible realizar acciones tendentes a des­baratar las alianzas del enemigo o volverlas ineficaces, a atraer nuevos aliados a nuestro bando, a estimular las actividades polí­ticas en nuestro favor, y otras parecidas, resultará fácil concebir entonces que tales actividades pueden acrecentar la probabilidad de éxito y convertirse en una vía mucho más corta para el logro de nuestro objetivo que el que puede implicar la derrota de las fuerzas enemigas.

La segunda cuestión es cómo influir sobre el desgaste de esas fuerzas del enemigo, o sea, cómo hacer más costoso el pre­cio de sus éxitos. El desgaste de las fuerzas enemigas reside en la merma de su poder, o sea, en su destrucción, así como en la pérdida de territorio, por lo tanto, en su conquista por nuestra parte.

Un examen más preciso pondrá de nuevo en evidencia que el significado de cada uno de estos términos tiende a variar, y que cada operación difiere en su carácter según el objetivo que tenga en perspectiva. Aunque estas diferencias sean por regla ge­neral nimias, ello no debe ser motivo de asombro, ya que en la práctica, cuando los motivos carecen de fuerza, resulta a menu­do que los matices diferenciales más insignificantes son decisivos a la hora de escoger tal o cual método de aplicar la fuerza. Por ahora sólo nos interesa mostrar que, bajo ciertas condiciones, existen otras vías posibles para alcanzar nuestro objetivo, no siendo ni contradictorias, ni absurdas, y ni siquiera erróneas.

Además de aquellos dos medios, se pueden también llevar a cabo tres maneras especiales de acrecentar en forma directa el desgaste del enemigo. En primer término aludiremos a la inva­sión, es decir, la ocupación del territorio enemigo, no con el pro­pósito de permanecer en él, sino para exigir una contribución so­bre él o para devastarlo. El objetivo inmediato no es aquí ni la conquista del territorio enemigo ni la derrota de sus fuerzas, sino solamente el de causarle daño en un sentido general. La segunda vía es la que dirige nuestra acción con preferencia hacia allí don­de cabe causar mayores daños al adversario. Nada resulta más fácil que concebir dos direcciones distintas en las que pueden ser empleadas nuestras fuerzas, la primera de las cuales debe ser preferida si nuestro objetivo es derrotar al enemigo, mientras que la otra es más ventajosa si no constituye esa nuestra intención. A tenor de nuestro modo de expresarnos, la primera sería conside­rada como la forma más militar, mientras que la segunda sería la más política. Pero, desde un punto de vista más elevado, ambas son igualmente militares, y cada una resultará efectiva si se adap­ta a las condiciones presentes. La tercera vía, sin duda en mayor grado la más importante, debido al gran número de casos en que se aplica, es el desgaste del enemigo. Elegimos esta expre­sión, no sólo para dar con ella una definición verbal, sino por­que la representa exactamente, y no es tan figurada como de pronto parece. La idea de desgaste en una lucha implica un ago­tamiento gradual del poder físico y de la voluntad del adversario por la prolongada continuidad de acción.

Ahora bien, si por nuestra parte queremos sobrevivir al enemigo en esa continuidad de la lucha, debemos limitarnos a fi­jar objetivos lo más modestos posibles, porque es evidente que un objetivo de altos vuelos exige un gasto de fuerzas mayor que uno pequeño. El objetivo más modesto que podemos plantear­nos, empero, es la resistencia pura, es decir, una lucha sin ningu­na intención positiva. En este caso, por tanto, nuestros medios serán utilizados casi al máximo y la seguridad de éxito será ma­yor. ¿Hasta que punto es posible perseverar en este modo negati­vo de actuar? Evidentemente, no hasta llegar a la pasividad abso­luta, porque un simple aguante cesaría de ser un combate; pero la resistencia es algo activo, y mediante ella es posible que la destrucción causada surta efecto, hasta el punto de lograr que el enemigo abandone su intento. Este será nuestro único propósito en cada caso aislado, y en ello residirá, en rigor, el carácter nega­tivo de nuestra intención.

Sin duda la intención negativa, en su acción aislada, no tie­ne la misma eficacia que una acción positiva realizada en el mis­mo sentido, siempre, por descontado, que esta última sea victoriosa; pero precisamente la diferencia en su favor es la de lograr el éxito con mayor facilidad que la positiva, y, en consecuencia, ofrecer mayor seguridad. Lo que pierde en eficacia en su acción aislada puede ser recuperado con el tiempo, esto es, con la con­tinuidad de la lucha; por tanto, esa intención negativa, que cons­tituye la esencia de la resistencia pura, es también el medio natu­ral de sobrevivir al enemigo en la continuación de la lucha, o sea, de rendirlo por cansancio.

En ello reside el origen de la diferencia entre ofensiva y de­fensiva, tema dominante en todo el ámbito de la guerra. Sin em­bargo, en su análisis no cabe ir aquí más allá de la observación de que esa intención negativa encierra todas las ventajas y las formas más potentes de combate que aparecen como propias de la defensiva, en las cuales queda englobada esa ley filosófico––di­námica que establece una relación constante entre la magnitud y la seguridad del éxito. Más adelante procederemos a resumir es­tas consideraciones.

Por tanto, si la intención negativa, o sea, la concentración de todos los medios en una resistencia pura, permite alcanzar una superioridad en el combate, y si esto resulta suficiente para equilibrar cualquier ventaja que pueda haber adquirido el ene­migo, entonces la simple continuidad del combate será suficien­te para conseguir, de forma gradual, que la pérdida de fuerzas sufrida por el enemigo llegue a un punto en que su objetivo po­lítico no tenga una adecuada compensación, y en este punto ten­derá por tanto a abandonar la lucha. Este método de agotar al enemigo es el que caracteriza el gran número de casos en los que el más débil se impone ofrecer resistencia al más fuerte.

Federico el Grande nunca habría podido derrotar a la mo­narquía austríaca, en la guerra de los Siete Años, y de haber in­tentado llevarlo a cabo a la manera de Carlos XII habría termina do inevitablemente en el desastre; pero la inteligente destreza con la que economizó sus fuerzas, durante siete años, hizo ver a las potencias aliadas que se le oponían que el gasto de fuerzas que estaban realizando superaba en gran medida el nivel que se habían fijado al comienzo, y firmaron la paz. Vemos, pues, que en la guerra existe más de una vía para alcanzar nuestros objeti­vos; que en ello no siempre está necesariamente implicada la de­rrota del enemigo; que la destrucción de las fuerzas del adversa­rio, la conquista de sus territorios, su simple ocupación, o inva­sión, las acciones dirigidas directamente a afectar las relaciones políticas y, finalmente, la espera pasiva del ataque enemigo, son todos ellos medios, cada uno en particular, que cabe utilizar para doblegar la voluntad del adversario, de acuerdo con las circuns­tancias especiales que concurren, al tiempo que nos permiten es­perar más de uno que del otro. A ello todavía cabe agregar toda una serie de objetivos, a modo de medios más breves de lograr nuestro propósito, que podríamos denominar argumentos ad bo­minem. ¿En qué momento del curso de la vida humana no dejan de aparecer estos destellos de personalidad, que superan todas las circunstancias materiales? Y a buen seguro no pueden dejar de aparecer en la guerra, donde la personalidad de los comba­tientes desempeña un papel tan significativo, ya sea en los des­pachos como en el campo de batalla. Sólo nos limitamos a seña­larlo, pues nos parecería una pedantería tratar de clasificarlo. Con la inclusión de éstos, puede afirmarse que la cantidad de vías que cabe emprender para alcanzar el objetivo deseado se eleva al infinito.

Con el fin de no subestimar el valor que entrañan esas di­versas vías más cortas para la consecución de nuestros fines, ya sea por considerarlas simplemente como raras excepciones, ya por sostener que los cambios que ocasionan en la dirección de la guerra son insignificantes, sólo debemos tener en cuenta la di­versidad de objetivos políticos que pueden ser causa de una guerra, o medir la distancia que separa una lucha a muerte por la existencia política, de una guerra en que una alianza forzada o dudosa la convierte en un deber desdeñable. En la práctica, en­tre ambas pueden existir un gran número de gradaciones. Si re­chazamos una de éstas, con el mismo derecho podemos recha­zarlas todas, es decir, podemos dejar de ver por completo el mundo real.

En general, tal es la sustancia del fin a perseguir en una guerra. Dediquemos ahora nuestra atención a los medios. Uno solo es el que existe: es el combate. Cuales fueren las diferencias que presente en su forma, cuan lejos se mantenga de la explo­sión de odio y de animosidad propia del encuentro cuerpo a cuerpo, cualesquiera que sean los factores que se le agreguen y que no sean en realidad formas del combate mismo, en la con­cepción de la guerra resulta siempre implícito que todos los efectos que en ella puedan manifestarse tienen su origen en el combate.

Que esto será siempre así, a pesar de la diversidad y com­plicación que ofrece la realidad, es algo que puede ser probado por una vía muy sencilla. Todo cuanto ocurre en la guerra, lo ha­ce mediante las fuerzas militares; allí donde se emplea una fuer­za, es decir, hombres armados, la idea del combate tiene que prevalecer necesariamente por encima de todo.

Por tanto, todo cuanto se relaciona con las fuerzas militares y, en consecuencia, todo lo que pertenece a su creación, mante­nimiento y empleo, es propio de la actividad de la guerra.

La creación y el mantenimiento constituyen, evidentemente, sólo los medios, mientras que el empleo corresponde al objetivo a perseguir.

En la guerra, el combate no es una lucha de individuos contra individuos, sino un todo organizado que integran muchas partes. En este gran conjunto tienen que diferenciarse unidades de dos tipos: una, la determinada por el sujeto, la otra, por el objeto. En un ejército, las masas de combatientes constituyen siempre nuevas unidades, cuyos miembros forman una ordena­ción superior. El combate que llevan a cabo cada uno de esos miembros da lugar, en consecuencia, a unidades más o menos diferenciadas. Además, el propósito del combate ––y por lo tan­to, su objetivo–– convierte a éste en una unidad.

Cada una de estas unidades que se diferencian en el com­bate se distinguen con el nombre de un encuentro.

Siendo así que la idea de combate tiene como fundamento el empleo de fuerzas armadas, entonces el empleo en general de estas fuerzas no es otra cosa que la determinación y la ordena­ción de cierto número de encuentros.

De modo que toda actividad militar se refiere necesaria­mente a los encuentros, ya sea en forma directa como indirecta. El soldado es reclutado, vestido, armado, adiestrado, se le hace dormir, comer, beber y marchar, solamente para combatir en el lugar indicado y en el momento oportuno.

En consecuencia, si todos los hilos de la actividad finalizan en el encuentro, podremos también aferrarlos todos cuando dis­pongamos los preparativos de los encuentros; los efectos provie­nen solamente de estos preparativos y de su ejecución, y nunca proceden en forma directa de las condiciones que los han moti­vado. Ahora bien, en el encuentro, toda actividad está dirigida a destrui