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De la Guerra
Karl von Clausewitz

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Índice

PREFACIO DEL AUTOR

LIBRO I      Sobre la naturaleza de la guerra

Cap. I.        ¿En qué consiste la guerra?

Cap. II.      El fin y los medios en la guerra

Cap. III.     El genio para la guerra

Cap. IV.      Del peligro en la guerra

Cap. V.       Del esfuerzo físico en la guerra

Cap. VI.      La información en la guerra

Cap. VII.    Las fricciones en la guerra

Cap. VIII. Consideraciones finales al libro I

LIBRO II     Sobre la teoría de la guerra

Cap. I.        Introducción al arte de la guerra

Cap. II.      Sobre la teoría de la guerra

Cap. III.     Arte de la guerra o ciencia de la guerra

Cap..IV.      Metodología

Cap. V.       Crítica

Cap. VI.      De los ejemplos

LIBRO III Sobre la estrategia en general

Cap. I.        La estrategia

Cap. II.      Elementos de la estrategia

Cap. III.     Las fuerzas morales

Cap. IV.      Las principales potencias morales

Cap. V.       Virtud militar de un ejército

Cap. VI.      La audacia

Cap. VII.    La perseverancia

Cap. VIII. La superioridad numérica

Cap. IX.      La sorpresa

Cap. X.       La estratagema

Cap. XI.      Concentración de fuerzas en el espacio

Cap. XII.    Concentración de fuerzas en el tiempo

Cap. XIII.   Las reservas estratégicas

Cap. XIV. La economía de fuerzas

Cap. XV.     El elemento geométrico

Cap. XVI. Sobre la suspensión de la acción en la guerra

Cap. XVII. Del carácter de la guerra moderna

Cap. XVIII. Tensión y reposo

LIBRO IV. El encuentro

LIBRO V.     Las fuerzas militares

LIBRO VI. La defensa

Cap. I.        Ataque y defensa

Cap. II.      Las relaciones mutuas del ataque y la defensa en la táctica

Cap. III.     Las relaciones mutuas del ataque y la defensa en la estrategia

Cap. XXVI. El pueblo en armas

LIBRO VII. El ataque

Cap. XXII.  Sobre el punto culminante de la victoria

LIBRO VIII. Plan de una guerra

Cap. VI.      A. Influencia del objetivo político sobre el propósito militar

B. La guerra como instrumento de la política

EPÍLOGO. Clausewitz en la actualidad

La CIA Agresiones de EEUU a América latina - La relación entre el Neoliberalismo y el ALCA - ¿Qué es la globalización? - ¿Qué es la Cocaína?

PREFACIO DEL AUTOR

Hoy en día, el hecho de que el concepto de ciencia no se resume de manera única y esencial en un sistema o método de enseñanza no requiere sin duda ser puesto en claro. En una pri­mera impresión, en la presente exposición no se hallará ningún sistema y, en vez de un método definitivo de enseñanza, no se pondrá en evidencia sino un cúmulo de materiales reunidos.

La parte científica que le corresponde radica en la intención de poner a examen la esencia de los fenómenos que caracterizan la guerra, de demostrar de qué modo se vinculan con la natura­leza de las cosas. El autor no ha rehuido en todo caso establecer conclusiones filosóficas. Sin embargo, en el momento en que ha percibido que el hilo de su pensamiento se apartaba de su obje­tivo, ha preferido romperlo y relacionarlo más bien con los fenó­menos que atañen a la experiencia. Porque de la misma manera que ciertas plantas no producen fruto más que cuando no expe­rimentan una sobrecarga excesiva, se requiere que las hojas y las flores teóricas de las artes prácticas no crezcan demasiado, sino más bien relacionarlas con la experiencia, que es su ámbito natu­ral.

Constituiría un error absoluto intentar servirse de los com­ponentes químicos de un grano de trigo para estudiar la forma de una espiga: más fácil resulta acudir a los campos para ver allí las espigas ya formadas. Jamás la investigación y la observación, la filosofía y la experiencia deben menospreciarse o excluirse mutuamente: todas ellas encierran una garantía una para con la otra. Las proposiciones que se ofrecen en la presente obra y la estricta estructura de su necesidad interna tienen su fundamento en la experiencia o en el concepto mismo de la guerra, conside­rado desde el punto de vista externo, de tal modo que no se ven privadas de base.[1]

Quizá no resulte imposible establecer una teoría sistemática de la guerra, pródiga en ideas y de gran altura, pero el hecho cierto es que hasta el presente todas cuantas disponemos se apartan muy lejos de ese objetivo. Sin tomar en consideración el espíritu acientífico que las caracteriza, no constituyen más que un hatillo de trivialidades, lugares comunes y sandeces que pre­tenden ser coherentes y absolutas. De ello cabe hacerse una idea con la lectura del siguiente párrafo de un reglamento referido a casos de incendio, debido a Lichtenberg:

«Cuando una casa es presa del fuego, ante todo hay que tratar de proteger el muro derecho del edificio de la izquierda; porque si se intentara, por ejemplo, proteger el muro de la izquierda del edificio de la izquierda, el muro de la derecha de la propia casa se encontraría a la derecha del muro de la izquierda, y como el fuego está a la derecha de ese muro y del muro de la derecha (porque suponemos que la casa está situada a la izquier­da del incendio), el muro de la derecha estará más cerca del fue­go que el de la izquierda y el muro de la derecha de la casa po­dría ser destruido por el fuego si no fuese protegido antes de que el fuego alcance el muro de la izquierda, que está protegido; en consecuencia, algo que no esté protegido podría ser destrui­do, y destruido más rápidamente que otra cosa, incluso aunque no estuviera protegido; por lo tanto es preciso abandonar aquél y proteger éste. Para representarse la cosa, debemos notar ade­más: si la casa está a la derecha del incendio, es el muro de la iz­quierda y si la casa está a la izquierda, es el muro de la derecha.»

Para no provocar el cansancio del lector, sin duda hombre de espíritu, con la relación de otras paparruchadas como ésta, y no restar sabor a lo que tengan de bueno, diluyéndoselo, el autor se ha inclinado a presentar, como si de pequeños granos de metal puro se trataran, las ideas que largos años de reflexión so­bre la guerra, el trato con hombres inteligentes que la conocían y un considerable número de experiencias personales han hecho nacer y han quedado fijadas en su ánimo.

Este es el origen de los diferentes capítulos que forman este libro, cuya unidad podrá parecer débil, si bien confío en que no carecerán de cohesión interna. Tal vez no habrá que esperar mucho tiempo para ver cómo un espíritu superior al del autor sabe presentar, en lugar de estos granos dispersos, un conjunto fundi­do y exento de toda aleación.

LIBRO PRIMERO

SOBRE LA NATURALEZA DE LA GUERRA

Capítulo I

¿EN QUÉ CONSISTE LA GUERRA?

1. Introducción

Nos proponemos considerar, en primer lugar, los distintos elementos que conforman nuestro tema; luego las diversas partes o miembros que los componen y, finalmente, el todo en su ínti­ma conexión. Es decir, iremos avanzando de lo simple a lo com­plejo. Pero en la cuestión que nos ocupa, más que en ninguna otra, será preciso comenzar con una referencia a la naturaleza del todo, ya que aquí, más que en otro lado, cuando se piensa en la parte debe pensarse simultáneamente en el todo. 

2. Definición 

No queremos comenzar con una definición altisonante y grave de la guerra, sino limitarnos a su esencia, el duelo. La gue­rra no es más que un duelo en una escala más amplia. Si quisié­ramos concebir como una unidad los innumerables duelos resi­duales que la integran, podríamos representárnosla como dos lu­chadores, cada uno de los cuales trata de imponer al otro su vo­luntad por medio de la fuerza física; su propósito siguiente es abatir al adversario e incapacitarlo para que no pueda proseguir con su resistencia.

La guerra constituye, por tanto, un acto de fuerza que se lle­va a cabo para obligar al adversario a acatar nuestra voluntad.

La fuerza, para enfrentarse a la fuerza, recurre a las creacio­nes del arte y de la ciencia. Se acompañan éstas de restricciones insignificantes, que apenas merecen ser mencionadas, las cuales se imponen por sí mismas bajo el nombre de usos del derecho de gentes, pero que en realidad no debilitan su poder. La fuerza, es decir, la fuerza física (porque no existe una fuerza moral fuera de los conceptos de ley y de Estado) constituye así el medio; imponer nuestra voluntad al enemigo es el objetivo. Para estar se­guros de alcanzar este objetivo tenemos que desarmar al enemi­go, y este desarme constituye, por definición, el propósito espe­cífico de la acción militar: reemplaza al objetivo y en cierto senti­do prescinde de él como si no formara parte de la propia guerra.  

3. Caso extremo del uso de la fuerza 

Muchos espíritus dados a la filantropía podrían fácilmente imaginar que existe una manera artística de desarmar o abatir al adversario sin un excesivo derramamiento de sangre, y que esto sería la verdadera tendencia del arte de la guerra. Se trata de una concepción falsa que debe ser rechazada, pese a todo lo agrada­ble que pueda resultar. En temas tan peligrosos como es el de la guerra, las falsas ideas surgidas del sentimentalismo son precisa­mente las peores. Siendo así que el uso de la fuerza física en su máxima extensión no excluye en modo alguno la cooperación de la inteligencia, el que se sirva de esta fuerza sin miramiento ni recato ante el derramamiento de sangre habrá de obtener ventaja sobre el adversario, siempre que éste no actúe del mismo modo. Así, cada uno justifica al adversario y cada cual impulsa al otro a adoptar medidas extremas, cuyo límite no es otro que el contra­peso de la resistencia que le oponga el contrario.

Forzosamente tenemos que darle al tema este enfoque, ya que tratar de ignorar como elemento constitutivo la brutalidad porque despierta repugnancia significaría una tentativa inútil o algo peor.

Si las guerras entre naciones civilizadas son presuntamente menos crueles y destructoras que las que enfrentan a unas no ci­vilizadas, la razón estriba en la condición social de los Estados considerados en sí mismos y en sus relaciones recíprocas. La guerra estalla, adquiere sus rasgos y limitaciones y se modifica de acuerdo con esa condición y sus circunstancias. Pero tales elementos no constituyen una parte de la guerra, sino que exis­ten por sí mismos. En la filosofía de la guerra no se puede intro­ducir en absoluto un principio modificador sin acabar cayendo en el absurdo.

En las luchas entre los hombres intervienen en realidad dos elementos dispares: el sentimiento hostil y la intención hostil. Hemos elegido el último de ellos como rasgo distintivo de nuestra definición porque es el más general. Es inconcebible que un odio salvaje, casi instintivo, exista sin una intención hostil, mien­tras que se dan casos de intenciones hostiles que no van acom­pañados de ninguna hostilidad o, por lo menos, de ningún senti­miento hostil que predomine. Entre los seres salvajes prevalecen las intenciones de origen emocional; entre los pueblos civiliza­dos, las determinadas por la inteligencia. Pero tal diferencia no reside en la naturaleza intrínseca del salvajismo o de la civiliza­ción, sino en las circunstancias en que están inmersos, sus insti­tuciones, etc. Por lo tanto, no existe indefectiblemente en todos los casos, pero prevalece en la mayoría de ellos. En una palabra, hasta las naciones más civilizadas pueden inflamarse con pasión en un odio recíproco.

Vemos, pues, cuán lejos nos hallaríamos de la verdad si atribuyéramos la guerra entre hombres civilizados a actos pura­mente racionales de sus gobiernos, y si concibiésemos aquélla como un acto libre de todo apasionamiento, de tal modo que en definitiva no tendría que ser necesaria la existencia física de los ejércitos, sino que bastaría una relación teórica entre ellos, o lo que podría ser una especie de álgebra de la acción.

La teoría empezaba a orientarse en esta dirección cuando los acontecimientos de la última guerra nos hicieron ver un ca­mino mejor.[2] Si la guerra constituye un acto de fuerza, las emo­ciones están necesariamente implicadas en ella. Si las emociones no son las que dan origen a la guerra, ésta ejerce, sin embargo, una acción de carácter mayor o menor sobre ellas, y la intensi­dad de la reacción depende no del estado de la civilización, sino de la importancia y la permanencia de los intereses hostiles.

Por lo tanto, si constatamos que los pueblos civilizados no li­quidan a sus prisioneros, no saquean las ciudades ni arrasan los campos, ello se debe a que la inteligencia desempeña un papel importante en la conducción de la guerra, y les ha enseñado a aqué­llos a aplicar su fuerza recurriendo a medios más eficaces que los que pueden representar esas brutales manifestaciones del instinto.

La invención de la pólvora y el perfeccionamiento constante de las armas de fuego muestran por sí mismos, de manera suficien­temente explícita, que la necesidad inherente al concepto teórico de la guerra, la destrucción del adversario, no se ha visto en modo alguno debilitada o desviada por el avance de la civilización. Reiteramos, pues, nuestra afirmación: la guerra es un acto de fuerza, y no hay un límite para su aplicación. Los adversarios se justifican uno al otro, y esto redunda en acciones recíprocas llevadas por principio a su extremo. Es esta la primera acción re­cíproca que se nos presenta y el primer caso extremo con que nos encontramos.

4. El objetivo es desarmar al enemigo

Hemos afirmado que el desarme del enemigo es el propósito de la acción militar, y ahora conviene mostrar que esto es necesa­riamente así, por lo menos en teoría. Para que al oponente se so meta a nuestra voluntad, debemos colocarlo en una tesitura más desventajosa que la que supone el sacrificio que le exigimos. Las desventajas de tal posición no tendrán que ser naturalmente transi­torias, o al menos no tendrán que parecerlo, pues de lo contrario el oponente tendería a esperar momentos más favorables y se mostraría remiso a rendirse. Como resultado de la persistencia de la acción militar, toda modificación de su posición tiene que con­ducirlo, por lo menos teóricamente, a posiciones todavía menos ventajosas. La peor posición a la que puede ser conducido un be­ligerante es la del desarme completo. Por lo tanto, si hemos de obligar por medio de la acción militar al oponente a cumplir con nuestra voluntad, tenemos o bien que desarmarlo de hecho, o bien colocarlo en tal posición que se sienta amenazado por la po­sibilidad de que lo logremos. De ahí se desprende que el desarme o la destrucción del adversario (sea cual fuere la expresión que es­cojamos) debe consistir siempre el objetivo de la acción militar.

Pero no cabe considerar la fuerza como la acción de una fuerza viva sobre una masa inerte (el aguante absoluto no sería guerra en modo alguno), sino que es siempre el choque entre dos fuerzas vivas. En ese sentido, lo que hemos afirmado sobre el objetivo último de la acción militar es aplicable a uno y otro bando. De nuevo nos hallamos aquí ante una acción recíproca. Mientras no haya derrotado a mi oponente, tengo que albergar el temor de que sea él quien pueda derrotarme. Por tanto, no soy ya dueño de mí mismo, sino que aquél me justifica, al tiempo que yo lo justifico a él. Es esta la segunda acción recíproca que conduce a un segundo caso extremo.

5. Caso extremo de la aplicación de las fuerzas

Si queremos abatir a nuestro oponente, tenemos que regu­lar nuestro esfuerzo de acuerdo con su poder de resistencia. Tal poder se pone de manifiesto como producto de dos factores in­disolubles: la magnitud de los medios con que el oponente cuenta y la fuerza de su voluntad. Será posible calcular la magnitud de los medios de que dispone, ya que ésta se basa en números (aunque no del todo); pero la fuerza de la voluntad no se deja medir tan fácilmente y sólo en forma aproximada, por la fortale­za del motivo que la impulsa. Si mediante esta apreciación lográ­ramos calcular de manera razonablemente aproximada el poder de resistencia de nuestro oponente, podríamos regular nuestros esfuerzos de acuerdo con dicho cálculo y estar en disposición de intensificarlos para obtener una ventaja o bien extraer de ellos el máximo resultado posible, en caso de que nuestros medios no fueran suficientes como para asegurarnos esa ventaja. Pero nues­tro oponente procederá del mismo modo, y a tenor de ello se produce entre nosotros una nueva puja que, desde el punto de vista de la teoría pura, nos conduce una vez más a un punto ex­tremo. Es la tercera acción recíproca que se presenta, y el tercer caso extremo con el que nos encontramos.

6. Modificaciones en la práctica

En el ámbito abstracto de las concepciones puras, el pensa­miento reflexivo no descansa hasta alcanzar el punto extremo, porque es con casos extremos con los que tiene que enfrentarse, con un conflicto de fuerzas libradas a sí mismas y que no obede­cen a otra ley que la propia. Por lo tanto, si pretendemos dedu­cir de la concepción puramente teórica de la guerra un propósito absoluto, que podamos tener presente, así como los medios a poner en uso, estas acciones recíprocas mantenidas de forma continua nos conducirán a extremos que no serán más que un juego de la imaginación elaborado por el encadenamiento apenas entrevisto de sutilezas de la lógica. Si, al ceñirnos estrechamente a lo absoluto, pretendemos librarnos de una tacada de la totali­dad de las dificultades, y con rigor lógico insistimos en estar pre­parados para ofrecer en toda ocasión el máximo de resistencia y aportar el máximo de esfuerzo, esa intención derivará en una simple norma carente de valor y sin aplicación en la práctica.

Asimismo, en el supuesto también de que ese máximo de esfuerzo sea una cantidad absoluta, fácilmente determinable, ha­bremos de admitir no obstante que no resulta fácil que la mente humana se someta al dominio de esas elucubraciones. En mu­chos casos, el resultado redundaría en un derroche inútil de fuer­za que se vería limitado por otros principios del arte de gobernar. Esto requeriría un esfuerzo desproporcionado en relación con el objetivo a fijar, devenido de imposible realización. Efecti­vamente, la voluntad del hombre no extrae nunca su fuerza de las sutilezas lógicas.

Todo cambia de aspecto, empero, al pasar del mundo abs­tracto a la realidad. En la abstracción, todo permanecía supedita­do al optimismo; era preciso concebir que ambos campos no só­lo se inclinarían por la perfección, sino también por lograr con­seguirla. ¿Sucede esto siempre en la práctica? Las condiciones pa­ra ello tendrían que ser las siguientes:

1. Que la guerra fuera un hecho totalmente aislado; que se produjera de improviso, y sin conexión con la previa vida política.

2. Que el conflicto bélico dependiera de una decisión única o de varias decisiones simultáneas.

3. Que su decisión fuera definitiva y que la consecuente si­tuación política no fuera tenida en cuenta ni influyera sobre ella.

7. La guerra nunca constituye un hecho aislado

Al referirnos al primero de estos puntos hemos de recordar que ninguno de los dos oponentes es para el otro un ente abs­tracto, ni aun considerándolo como factor de la capacidad de re­sistencia, que no depende de algo externo, o sea, de la voluntad. Tal voluntad no constituye un hecho totalmente desconocido; lo que ha sido hasta hoy nos indica lo que puede ser mañana. La guerra nunca estalla de improviso ni su preparación tiene lugar en un instante. De ese modo, cada uno de los oponentes puede, en buena medida, formarse una opinión del otro por lo que éste realmente es y hace, y no por lo que teóricamente debería ser y hacer. Sin embargo, debido a su imperfecta organización, el hombre suele mantenerse por debajo del nivel de la perfección absoluta, y así estas deficiencias, inherentes a ambos bandos, se convierten en un principio reductor.

8. La guerra no consiste en un golpe insostenido

El segundo de los tres puntos enumerados nos sugiere las observaciones que siguen.

Si el resultado de la guerra dependiera de una decisión úni­ca, o de varias decisiones tomadas simultáneamente, los prepara­tivos para esa decisión o para esas decisiones diversas deberían ser llevados hasta el último extremo. Nunca podría recuperarse una oportunidad perdida; la sola norma que podría aportarnos el mundo real para los preparativos a efectuar sería, en el mejor de los casos, la medida de los preparativos que lleva a cabo nuestro oponente, o lo que de ellos alcanzáramos a conocer, y todo lo demás tendría que quedar de nuevo relegado al terreno de la abstracción. Si la decisión consistiera en varios actos sucesivos, cada uno de éstos, con las circunstancias que lo acompañan, po­dría suministrar una norma para los siguientes y, así, el mundo real ocuparía el lugar del mundo abstracto, modificando, de acuerdo con ello, la tendencia hacia el extremo.

Sin embargo, si toda guerra tuviese que limitarse indefecti­blemente a una decisión única o a una serie de decisiones simul­táneas, si los medios disponibles para la beligerancia fueran pues­tos en acción a un tiempo o pudieran serlo de este modo, una decisión adversa tendería a reducir estos medios, y, de haber sido éstos todos empleados o agotados en la primera decisión, no ha­bría porqué pensar en que se produjera una segunda. Todas las acciones bélicas que pudieran producirse después formarían, en esencia, parte de la primera, y sólo constituirían su persistencia.

Pero tal como hemos visto, en los preparativos para la gue­rra el mundo real ocupa el lugar de la idea abstracta, y una me­dida real el lugar de un caso extremo hipotético. Cada uno de los oponentes, aunque no fuera por otra razón, se detendrá por tanto, en su acción recíproca, alejado del esfuerzo máximo y no pondrá en juego al mismo tiempo la totalidad de sus recursos.

Sin embargo, la naturaleza misma de tales recursos, y de su mismo empleo, torna imposible su entrada en acción simultánea. Estos recursos comprenden las fuerzas militares propiamente di­chas, el país, con su superficie y su población, y los aliados.

El país, con su superficie y su población, no sólo constituye la fuente de las fuerzas militares propiamente dichas, sino que es, en sí mismo, también una parte integrante de los factores que actúan en la guerra, aunque sólo sea aquel que proporciona el teatro de operaciones o tiene marcada influencia sobre él.

Ahora bien, los recursos militares móviles pueden ser pues­tos en funcionamiento simultáneamente, pero esto no concierne a las fortalezas, los ríos, las montañas, los habitantes, etc., en una palabra, al país entero, a menos que éste sea tan pequeño que la primera acción bélica lo afecte totalmente. Además, la coopera­ción de los aliados no es algo que depende de la voluntad de los beligerantes, y con frecuencia resulta, por la misma naturaleza de las relaciones políticas, que no se hace efectiva sino con posterioridad, cuando de lo que se trata es restablecer el equilibrio de fuerzas alterado.

Más adelante intentaremos explicar con todo detalle que es­ta parte de los medios de resistencia que no puede ser puesta en acción a un tiempo es, en muchos casos, una parte del total mucho más grande de lo que podría pensarse y que, por lo tanto, es capaz de restablecer el equilibrio de fuerzas, aun cuando la primera decisión se haya producido con gran violencia y aquél haya sido alterado seriamente. Por ahora bastará con dejar senta­do que resulta contrario a la naturaleza de la guerra el que todos los recursos entren en juego al mismo tiempo. Esto, en sí mismo, no tendrá que ser motivo para disminuir la intensidad de los es­fuerzos en la toma de decisión de las acciones iniciales. Ya que un comienzo desfavorable significa una desventaja a la cual na­die querría exponerse por propia voluntad, dado que, si bien la primera decisión es seguida por otras, mientras más decisiva re­sulte aquélla, mayor será su influencia sobre las que la sigan. Pe­ro el hombre suele eludir el esfuerzo excesivo amparándose en la posibilidad de que se produzca una decisión subsiguiente y, por lo tanto, no concreta ni pone en acción todos sus recursos a efectos de la primera decisión, en la medida en que hubiera po­dido hacerlo de no mediar aquella circunstancia. Lo que uno de los oponentes no hace por debilidad se convierte para el otro en base real y motivo para reducir sus propios esfuerzos y, así, de resultas de esta acción recíproca, la tendencia hacia el caso ex­tremo conduce una vez más a efectuar un esfuerzo limitado. 

9. La guerra, con su resultado, no es nunca algo absoluto  

Finalmente, tengamos en cuenta que la decisión final de una guerra no siempre es considerada como absoluta, sino que el estado derrotado a menudo ve en ese final un mal transitorio al que cabe encontrar remedio en las circunstancias políticas posteriores. Es evidente que también esto minora, en gran medi­da, la violencia de la tensión y la intensidad del esfuerzo.

10. Las probabilidades de la vida real ocupan el lugar de lo extremo y absoluto de la teoría

Así, todo el acto de la guerra deja de estar sujeto a la ley estricta de las fuerzas impulsadas hacia el punto extremo. Dado que no se teme ni se busca ya el caso extremo, se deja que la ra­zón determine en vez de ello los límites del esfuerzo, y esto sólo puede ser llevado a cabo de acuerdo con la ley de las probabili­dades, por deducción de los datos que suministran los fenóme­nos del mundo real. Si los dos oponentes no son ya abstraccio­nes puras sino estados o gobiernos individuales, y si la guerra no es ya un desarrollo ideal de los acontecimientos, sino uno deter­minado de acuerdo con sus propias leyes, entonces la situación real suministra suficientes datos como para determinar lo que se espera, la incógnita que tiene que ser despejada.

De acuerdo con las leyes de la probabilidad, por el carác­ter, las instituciones, la situación y las circunstancias que definen al oponente, cada bando extraerá sus conclusiones respecto de cuál será la acción del contrario y, a tenor de ello, determinará la suya propia.

11. El objetivo político asume de nuevo el primer plano

Requiere ahora de nuevo nuestra atención un tema que ha­bíamos obviado, o sea, el que se refiere al objetivo político de la guerra. Hasta ahora, esto había sido absorbido, por así decir, por la ley del caso extremo, por el intento de desarmar y abatir al enemigo. El objetivo político de la guerra debe aflorar nueva­mente a un primer plano a medida que la ley pierde su vigor y la posibilidad de realizar aquel intento se aleja. Si toda la consi­deración es un cálculo de probabilidades tomando como base unas personas y unas circunstancias determinadas, el objetivo político, como causa original, tiene que asumir el papel de factor esencial en este proceso. Cuanto menor sea el sacrificio que exi­jamos de nuestro oponente, debemos esperar que sean tanto más débiles los esfuerzos que haga para realizar ese sacrificio. Sin embargo, cuanto más débil sea su esfuerzo, tanto menor po­dría ser el nuestro. Por añadidura, cuanto menor sea nuestro ob­jetivo político, tanto menor será el valor que le asignaremos y tanto más pronto estaremos dispuestos a dejarlo a su arbitrio. Por ello, también por ello nuestros propios esfuerzos serán más débiles.

Así, el objetivo político, como causa original de la guerra, será la medida tanto para el propósito a alcanzar mediante la ac­ción militar como para los esfuerzos necesarios para cumplir con ese propósito. En sí misma, esa medida no puede ser absoluta, pero, ya que estamos tratando de cosas reales y no de simples ideas, lo será en relación con los dos Estados oponentes. Un mis­mo objetivo político puede originar reacciones diferentes, en di­ferentes naciones e incluso en una misma nación, en diferentes épocas. Por lo tanto, cabe dejar que el objetivo político actúe co­mo medida, siempre que no olvidemos su influencia sobre las masas a las que afecta. Corresponde considerar, por tanto, tam­bién la naturaleza de estas masas. Será fácil comprobar que las consecuencias pueden variar en gran medida según que la ac­ción resulte fortalecida o debilitada por el sentimiento de las ma­sas. En dos naciones y estados pueden producirse tales tensiones y tal cúmulo de sentimientos hostiles que un motivo para la gue­rra, insignificante en sí mismo, puede originar, no obstante, un efecto totalmente desproporcionado con su naturaleza, como es el de una verdadera explosión.

Esto resulta cierto en relación con los esfuerzos que el ob­jetivo político pueda exigir en uno y otro estado y en relación con el fin que pueda asignarse a la acción militar. Algunas ve­ces puede convertirse en ese fin, por ejemplo, cuando se trata de la conquista de cierto territorio. Otras, el objetivo político no se ajustará a la necesidad de proporcionar un fin para la acción militar y en tales casos tendremos que recurrir a una elección de ese tipo, capaz de servir de equivalente y de ocupar su lu­gar para firmar la paz. Pero también en estos casos siempre se presupone que tiene que guardarse la consideración debida al carácter de los estados interesados. Hay circunstancias en las que el equivalente debe tener mucha más importancia que el objetivo político, si es que éste ha de ser alcanzado por su me­diación. Cuanto mayor sea la indiferencia presente en las masas y menos grave la tensión que se produzca en otros terrenos tanto de los dos estados como en sus relaciones, mayor será el objetivo político, como norma y por su propio carácter deciso­rio. Hay casos en los que, casi por sí mismo, constituye el fac­tor determinante.

Si el fin de la acción militar se erige en equivalente del ob­jetivo político, aquélla disminuirá, en general, en la medida en que lo haga el objetivo político. Más evidente resultará esto mientras más claro aparezca el objetivo. Así se explica por qué razón, sin que exista contradicción interna, pueden producirse guerras de todos los grados en importancia e intensidad, desde la de exterminio a la simple vigilancia armada. Pero ello nos conduce a una cuestión de otro tipo, que deberemos analizar y explicitar.

12. La suspensión de la acción militar no se ha explicado hasta ahora

¿Es posible que una acción militar pueda ser suspendida, aun por un momento, sea cual fuere el carácter y la medida de las reclamaciones políticas hechas por cualquiera de los dos ban­dos, sea cual fuere la debilidad de los medios puestos a disposi­ción, o sea cual fuere la futileza del fin perseguido por esa mis­ma acción? Es esta una pregunta que atañe a la esencia misma del tema.

Cada acción requiere para su realización cierto tiempo, que es lo que llamamos persistencia. Esta puede ser más larga o más corta, según quienes actúen en ella se muestren más o menos rá­pidos en sus movimientos.

No vamos a detenernos aquí en esto. Cada cual realiza las cosas a su manera, pero lo cierto es que la persona lenta no ac­túa lentamente porque quiera emplear más tiempo, sino porque, debido a su propia naturaleza, necesita más tiempo, y si hubiera de hacerlo con mayor rapidez no lo haría tan bien. En conse­cuencia, ese tiempo depende de las causas subjetivas, o queda reflejado en la duración real de la acción.

Si a cada acción de la guerra se le reconoce una duración, tenemos que admitir, por lo menos al pronto, que todo gasto de tiempo más allá de esa duración, o, lo que es lo mismo, cual­quier suspensión de la acción militar, parece ser absurda. En re­lación con ello, tendremos que recordar siempre que la cuestión no se centra en el progreso de uno u otro de los oponentes, sino en el progreso de la acción militar como un todo.

13. Existe únicamente una causa que puede suspender la ac­ción, y esto parece ocurrir siempre tan sólo en un solo bando  

Si dos bandos se han armado para la lucha, tiene que exis­tir un motivo hostil que los haya impulsado a hacerlo. Así, pues, mientras se mantengan en pie de guerra, es decir, mientras no hagan la paz, este motivo permanecerá presente y sólo dejará de actuar en cualquiera de los dos oponentes por una sola razón, la de que se prefiere esperar un momento más favorable para la ac­ción. Obviamente esta razón sólo puede surgir en uno de los dos bandos, debido a que, por su propia naturaleza, se opone dia­metralmente a la del otro. Si a uno de los que ejercen la jefatura le conviene actuar, al otro le convendrá esperar.

Un equilibrio cabal de fuerzas no puede producir jamás una interrupción de la acción, porque una tal suspensión supon­dría necesariamente la minoración de iniciativa del que tenga el propósito positivo, es decir, el atacante.

Pero de concebir un equilibrio en el que quien asume la fi­nalidad positiva, y por tanto el motivo más poderoso, es al mis­mo tiempo quien dispone de menor número de fuerzas, de manera que la ecuación surgiría del producto de las fuerzas y de los motivos, aun así tendríamos que afirmar que si no se vislumbra un cambio en este estado de equilibrio, ambos bandos tienen que firmar la paz. Pero de vislumbrar un cambio, éste redundaría en favor de uno de los bandos solamente y, por la misma razón, el otro se vería obligado a actuar. Constatamos, por tanto, que la idea de un equilibrio no puede justificar una suspensión de las hostilidades, pero sirve para fundamentar la espera de un mo­mento más favorable. Por ejemplo, supongamos que uno de los dos estados oponentes tiene un propósito positivo, o sea, el de conquistar un territorio del adversario que podría ser usado co­mo moneda de cambio en la negociación de la paz. Lograda esa conquista, se ha alcanzado el objetivo político; la acción ya no resulta necesaria y cabe tomarse un descanso. Si el oponente acepta el resultado, deberá firmar la paz; en caso contrario, debe actuar. Si en ese momento cree que en un período de tiempo determinado se encontrará en mejores condiciones para hacerlo, entonces cuenta con razones suficientes como para posponer su acción.

Pero desde ese momento, la necesidad de actuar parece por lógica recaer en su oponente, a fin de no darle tiempo al que se halla en desventaja para que se prepare para la acción. Todo ello, por descontado, en el supuesto de que tanto uno co­mo otro bando tengan un conocimiento cabal de las circunstan­cias. 

14. La acción militar tendría de este modo una continuidad que de nuevo impulsaría todo hacia una situación extrema  

Si la acción militar estuviera realmente dotada de esa conti­nuidad, todo sería empujado de nuevo hacia el caso extremo. Porque, además de que tal actividad sostenida enconaría aún más los sentimientos e impregnaría al todo de un mayor apasio­namiento y un mayor grado de fuerza elemental, también haría surgir, en la continuidad de la acción, un encadenamiento aún más fuerte de acontecimientos y una conexión causal más conse­cuente entre ellos. En consecuencia, cada acción llegaría a ser más importante y, por lo tanto, más peligrosa.

Pero la experiencia nos dice que la acción militar rara vez, o nunca, presenta esta continuidad, y que en muchas guerras la acción asume la menor parte del tiempo, mientras que la inacti­vidad ocupa el resto. Esto quizá no siempre constituya una ano­malía. La suspensión de la acción militar debe ser posible, es de­cir, no implica una contradicción. Que esto es así y por qué ocu­rre así, lo mostraremos a continuación.

15. Surge aquí por tanto la evidencia de un principio de polaridad

Al suponer que los intereses de uno de los que ejercen la jefatura son siempre diametralmente opuestos a los del otro, de­jamos sentada la existencia de una verdadera polaridad. Más adelante dedicaremos todo un capítulo a este principio, pero mientras tanto nos parece oportuno hacer una observación con referencia a ello.

El principio de polaridad sólo es válido si, como tal, es la misma cosa, en la que lo positivo y su contrario, lo negativo, se destruyen mutuamente. En una batalla, cada uno de los bandos oponentes desea vencer, lo que constituye una verdadera polari­dad, porque la victoria del uno resulta la derrota del otro. Pero si nos referimos a dos cosas diferentes entre las que exista una re­lación común objetiva, no serán las cosas, sino sus relaciones, las que posean polaridad.

16. El ataque y la defensa son cosas de clase distinta y de fuer­za desigual. Debido a ello no pueden ser objeto de polaridad

Si sólo existiera una forma de guerra, digamos la que co­rresponde al ataque del enemigo, no habría defensa; ello es tan­to como decir que si hubiera de distinguirse al ataque de la de­fensa sólo por el motivo positivo que el uno posee y del que la otra carece, si los métodos de lucha fueran siempre invariable­mente los mismos, en tal empeño, cualquier ventaja de un ban­do tendría que representar una desventaja equivalente para el otro, existiendo entonces una verdadera polaridad.

Pero la acción militar adopta dos formas distintas, la de ataque y la de defensa, que son muy diferentes y de fuerza desigual, como mostraremos más adelante con detalle. La polari­dad reside, pues, en que ambos bandos guardan una relación, como es la decisión, pero no en el ataque o en la defensa mis­mos. Si uno de los comandantes en jefe deseara posponer la decisión, el otro debería desear acelerarla, pero, por supuesto, solamente en la misma forma de conflicto. Si a A le interesara no atacar a su oponente inmediatamente, sino cuatro semanas más tarde, el interés de B se centraría en ser atacado inmediata­mente y no cuatro semanas más tarde. Se trata de una oposi­ción directa; pero no se desprende necesariamente de ello que a B le beneficie atacar a A de inmediato. Evidentemente, es al­go muy distinto 

17. El efecto de la polaridad es anulado a menudo por la su­perioridad que muestra la defensa sobre el ataque. Ello ex­plica la suspensión de la acción militar

Si la forma de defensa se muestra más fuerte que la de ata­que, como vamos a demostrar, se plantea la cuestión de saber si la ventaja de una decisión diferida es tan grande para el bando que se apresta a atacar como la de la defensa lo es para el otro. Cuando no lo es, no puede esa ventaja, mediante su contrario, superar éste e influir de ese modo en el curso de la acción mili­tar. Comprobamos, por lo tanto, que la fuerza impulsiva inheren­te a la polaridad de intereses puede ser anulada por la diferencia existente entre la fuerza del ataque y la de la defensa, y dejar así de tener eficacia.

Por lo tanto, si el bando para el cual el momento presente es favorable se muestra demasiado débil hasta el punto de re­nunciar a la ventaja de permanecer a la defensiva, debe resignar se a afrontar un futuro menos favorable. Porque puede ser mejor librar un combate defensivo en un futuro desfavorable que uno defensivo en el momento presente, o que entablar la paz. Al es­tar convencidos de que la superioridad de la defensa (correcta­mente entendida) es muy grande, mucho más de lo que al pron­to podría parecer, se explica la notable proporción que ocupan en la guerra los períodos carentes de acción, sin que esto impli­que necesariamente una contradicción. Cuanto más débiles sean los motivos para la acción, tanto más serán neutralizados por esa diferencia entre el ataque y la defensa. Por lo tanto, la acción mi­litar será impulsada con harta frecuencia a una pausa, que es en realidad lo que nos muestra la experiencia

18. Una segunda causa reside en el conocimiento imperfec­to de la situación

Todavía existe otra causa que puede suspender la acción militar, y es la del conocimiento imperfecto de la situación. Cada comandante en jefe sólo tiene un conocimiento personal exacto de su propia posición y no conoce la de su adversario más que por informes inciertos. Puede cometer errores de interpretación y, como consecuencia de ello, puede llegar a creer que la inicia­tiva corresponde a su oponente, cuando en realidad le corres­ponde a él mismo. Esta merma de conocimientos podría, en ver­dad, dar lugar tanto a acciones inoportunas como a inoportunas inacciones, y contribuir por sí misma a causar tanto retrasos co­mo aceleramientos en la acción militar. Pero siempre deberá ser considerada como una de las causas naturales que, sin que im­plique una contradicción subjetiva, puede llevar a la acción mili­tar a un estancamiento. Así como consideramos, sin embargo, que por lo general nos sentimos más inclinados e inducidos a deducir que la fuerza de nuestro oponente es demasiado grande antes que demasiado pequeña, ya que hacerlo así es propio de la naturaleza humana, tendremos que admitir también que el co­nocimiento imperfecto de la situación en general deberá contri­buir sensiblemente a detener la acción militar y a perturbar los principios en que se basa su dirección.

La posibilidad de una pausa introduce una nueva reducción en la acción militar, diluyéndola, por así decir, en el factor tiem­po, lo que corta el avance del peligro y aumenta la capacidad de restablecer el equilibrio de fuerzas. Cuanto más grandes sean las tensiones que han determinado la explosión de la guerra y cuan­to mayor sea, en consecuencia, la energía que se imprime a esta última, más breves serán los períodos de inacción; cuanto más débil sea el sentimiento hostil, más largos serán aquéllos. En efecto, los motivos más poderosos acrecientan nuestra fuerza de voluntad y ésta, como se sabe, constituye siempre un factor, un producto de nuestras fuerzas.

19. Los períodos frecuentes de inacción alejan aún más a la guerra del ámbito de la teoría absoluta y la convierten toda­vía más en un cálculo de probabilidades

Cuanto mayor sea la lentitud con que se desarrolle la ac­ción militar y cuanto más largos y frecuentes sean los períodos de inacción, tanto más fácilmente se podrá rectificar un error. El comandante en jefe se aventurará a ampliar sus suposiciones y al propio tiempo se mantendrá con mayor holgura por debajo del punto extremo que preconiza la teoría, y basará todas sus deduc­ciones en la probabilidad y la conjetura. En consecuencia, el cur­so más o menos pausado de la acción militar dejará más o me­nos tiempo para aquello que la naturaleza de la situación con­creta reclame por sí misma, es decir, un cálculo de probabilida­des acorde con las circunstancias que concurran en el caso.

20. El azar es el único elemento que falta para hacer de la guerra un juego, y es de este elemento del que menos carece

Lo que se ha expuesto hasta aquí nos ha mostrado cómo la naturaleza objetiva de la guerra hace de ella un cálculo de pro­babilidades. Ahora sólo se requiere un elemento más para consi­derarla como un juego, y ciertamente ese elemento no le falta en absoluto: es el azar. Ninguna actividad humana guarda una rela­ción más universal y constante con el azar como la guerra. El azar, juntamente con lo accidental y la buena suerte, desempeña un gran papel en la guerra.

21. Tanto por su naturaleza subjetiva como por su naturale­za objetiva, la guerra se convierte en un juego

Si reparamos ahora en la naturaleza subjetiva de la guerra, o sea, en las fuerzas necesarias para llevarla a cabo, se nos mos­trará todavía más como un juego. El elemento dentro del cual se mueve la acción bélica es el peligro; pero ¿cuál es, en el peligro, la cualidad moral que predomina? El valor. Este es por cierto compatible con el cálculo prudente, pero el valor y el cálculo son distintos por naturaleza y pertenecen a ámbitos dispares del espíritu. Por otro lado, la osadía, la confianza en la buena fortu­na, la intrepidez y la temeridad son todas manifestaciones del va­lor, y tales esfuerzos del espíritu tienden hacia lo accidental, por­que es su propio elemento.

Vemos, pues, que, desde el principio, el factor absoluto, el llamado matemático, no cuenta con ninguna base segura en los cálculos del arte de la guerra. De entrada nos hallamos ante un juego de posibilidades y de probabilidades, de buena y de mala suerte, que hace acto de presencia en todos los hilos, grandes o pequeños, de su trama y es el responsable de que, de todas las ramas de la actividad humana, sea la guerra la que más se pare­ce a un juego de cartas.

22. Cómo esto concuerda mejor, en general, con el espíritu humano

Aunque nuestro entendimiento se siente por lo general in­clinado a asentarse en la certeza y la claridad, nuestro espíritu es preso a menudo de la incertidumbre. En lugar de abrirse camino de la mano de la inteligencia por el estrecho sendero de la in­vestigación filosófica y de la deducción lógica, prefiere moverse con lentitud, con la imaginación puesta en el dominio del azar y de la suerte, a fin de llegar, casi de modo inconsciente, a un te­rreno donde se siente extraño y donde todos los objetos que le son familiares parecen abandonarlo. En lugar de sentirse aprisio­nado, como en el primer caso, por la necesidad elemental, goza ahora de toda una gama de posibilidades. Extasiado, el valor al­za el vuelo, y la osadía y el peligro se convierten en el elemento al que aquél se precipita, del mismo modo que un nadador au­daz se arroja a la corriente.

¿Tiene la teoría que abandonar aquí ese punto y seguir sa­tisfecha hasta establecer reglas y conclusiones absolutas? Si es así no tiene una aplicación práctica. La teoría debe tener en cuenta el elemento humano y destinar el lugar que les corresponde al valor, al arrojo e incluso a la temeridad. El arte de la guerra tiene que vérselas con fuerzas vivas y morales, de donde se deriva que lo absoluto y lo seguro le resultan inaccesibles; siempre que­da un margen para lo accidental, tanto en las cosas grandes co­mo en las pequeñas. Así como por un lado aparece ese elemen­to accidental, por el otro el valor y la confianza en uno mismo deben hacer acto de presencia y llenar el hueco abierto. Cuanto mayor sea el valor y la confianza en uno mismo, más grande se­rá el margen que cabe dejar para lo accidental. Por lo tanto, el valor y la confianza en uno mismo son elementos absolutamente esenciales para la guerra. Y en consecuencia, la teoría sólo debe formular aquellas reglas que ofrezcan un libre campo de acción para esas virtudes militares más necesarias y esclarecidas, en to­dos sus grados y variaciones. Hasta en la osadía hay sabiduría y prudencia, pero su apreciación responde a una escala diferente de valores.

23. La guerra sigue siendo todavía un medio serio para al­canzar un objetivo serio

Así es la guerra, así el jefe que la dirige y así la teoría que le atañe. Pero la guerra no constituye un pasatiempo, ni una sim­ple pasión por la osadía y el triunfo, ni el fruto de un entusiasmo sin límites; es un medio serio para alcanzar un fin serio. Todo el encanto del azar que exhibe, todos los estremecimientos de pa­sión, valor, imaginación y entusiasmo que acumula, son tan sólo propiedades particulares de ese medio.

La guerra entablada por una comunidad ––la guerra entre naciones enteras––, y particularmente entre naciones civilizadas, surge siempre de una circunstancia política, y no tiene su mani­festación más que por un motivo político. Es, pues, un acto polí­tico. Ahora bien, si en sí misma fuera un acto completo e inalte­rable, una manifestación absoluta de violencia, como hubo que deducir considerándola en su concepción pura, en cuanto se pu­siera de manifiesto por medio de la política ocuparía el lugar de ésta y, como algo completamente independiente de ella, la des­cartaría y sólo se regiría por sus propias leyes. Algo parecido a lo que ocurre cuando se acciona una mina y no puede variarse su rumbo hacia otra dirección como no sea la marcada en el ajuste previo. Hasta ahora, también en la práctica esto ha sido conside­rado de esta forma, siempre que la carencia de armonía entre la política y la conducción de la guerra ha llevado a distinciones teóricas de esta naturaleza. Pero tal idea es básicamente falsa. Como hemos visto, la guerra, en el mundo real, no es un acto extremo que libera su tensión mediante una sola descarga; es una acción de fuerzas que no se desarrollan en todos los casos de la misma forma y en la misma proporción, pero que en un momento preciso llegan a un extremo suficiente como para ven­cer la resistencia que les oponen la inercia y la fricción, mientras que a la par son demasiado débiles para producir efecto alguno. La guerra constituye, por así decir, un embate regular de violen­cia, de mayor o menor intensidad y vehemencia, y que, a conse­cuencia de ello, libera las tensiones y agota las fuerzas de una forma más o menos rápida o, en otras palabras, conduce al obje­tivo propuesto con mayor o menor rapidez. Pero siempre tiene una duración suficiente como para ejercer, durante su transcurso, una influencia sobre ese objetivo, de modo que puede hacerlo cambiar en uno u otro sentido. En definitiva, puede durar lo sufi­ciente como para estar sujeta a la voluntad de una inteligencia directora. Si es cierto que la guerra tiene su origen en un objeti­vo político, resulta que ese primer motivo, que es el que la pro­mueve, constituye, de modo natural, la primera y más importante de las consideraciones que deben ser tenidas en cuenta en la conducción de la guerra. Pero el objetivo político no se convier­te, por ello, en una regla despótica. Debe adaptarse a la natura­leza de los medios a su disposición, y, de ese modo, cambiará a menudo por completo. Pero siempre deberá ser considerado en primer término. La política, por lo tanto, asumirá un papel en la acción total de la guerra, y ejercerá una influencia continua so­bre ella, hasta donde lo permita la naturaleza de las fuerzas ex­plosivas que contiene.

24. La guerra es una mera continuación de la política por otros medios

Vemos, pues, que la guerra no constituye simplemente un acto político, sino un verdadero instrumento político, una conti­nuación de la actividad política, una realización de ésta por otros medios. Lo que resta de peculiar en la guerra guarda relación con el carácter igualmente peculiar de los medios que utiliza. El arte de la guerra en general, y el jefe que la conduce en cada ca­so particular, pueden determinar que las tendencias y los planes políticos no encierren ninguna compatibilidad con estos medios. Esta exigencia no resulta baladí; pero, por más que se imponga poderosamente en casos particulares sobre los designios políti­cos, debe considerársela siempre sólo como una modificación de esos designios, ya que el propósito político es el objetivo, mien­tras que la guerra constituye el medio, y nunca el medio cabe ser pensado como desposeído de objetivo.

25. Naturaleza diversa de las guerras

Cuanto más intensos y poderosos sean los motivos y las tensiones que justifiquen la guerra, más estrecha relación guarda­rá ésta con su concepción abstracta. Cuanto más encaminada se halle en la destrucción del enemigo, tanto más coincidirán el propósito militar y el objetivo político, y la guerra aparecerá más como puramente militar y menos como política. Pero cuanto más débiles sean las motivaciones y las tensiones, la tendencia natu­ral del elemento militar, o sea la tendencia a la violencia, coinci­dirá menos con las directrices políticas; por tanto, cuanto más se aparte la guerra de su trascendencia natural, mayor será la dife­rencia que separa el objetivo político del propósito de una gue­rra ideal, y mayor apariencia tendrá la guerra de ser política.

Pero con el fin de impedir que el lector llegue a conclusio­nes erróneas, es preciso hacer notar que por esa tendencia natu­ral de la guerra entendemos solamente la tendencia filosófica, estrictamente lógica, y de ningún modo la de las fuerzas que real­mente intervienen en el conflicto, hasta el punto de que, por ejemplo, deberíamos incluir todas las emociones y pasiones de los combatientes. Es cierto que éstas pueden, en muchos casos, ser avivadas hasta tal extremo que sólo con dificultad cabrá man­tenerlas reducidas al campo político; pero por lo general no se plantea esta contradicción, porque la existencia de emociones tan fuertes implica también la elaboración de un gran plan que las englobe. Si este plan se dirige tan sólo hacia un objetivo va­no, la agitación emotiva de las masas será tan débil, que en todo caso necesitará ser alentada antes que contenida.

26. Todas las guerras tienen que ser consideradas como ac­tos políticos

En relación con nuestro tema principal, podemos apreciar que, si bien es verdad que en cierta clase de guerras la política parece haber desaparecido por completo, mientras que en otras aparece de forma bien definida, cabe afirmar, sin embargo, que unas son tan políticas como las otras. Efectivamente, si conside­ramos la política como la inteligencia del Estado personificado, entre las combinaciones de circunstancias que deben ser tenidas en cuenta en los cálculos debemos incluir aquella en que la na­turaleza de las circunstancias provoca una guerra de la primera clase. Pero si el término política no es entendido como un cono­cimiento amplio de la situación, sino como la idea convencional de una añagaza cautelosa, astuta y hasta deshonesta, contraria a la violencia, es en este caso cuando el último tipo de guerra co­rrespondería, más que el primero, a la política.

27. Consecuencias de este punto de vista para la comprensión de la historia de la guerra y para los fundamentos de la teoría

En primer lugar vemos, pues, que en toda circunstancia tie­ne que considerarse a la guerra no como algo independiente, si­no como un instrumento político. Tan sólo si adoptamos este punto de vista podremos evitar caer en contradicción con toda la historia de la guerra y hacer una apreciación inteligente de su to­talidad. En segundo lugar, este mismo punto de vista nos mues­tra cómo pueden variar las guerras de acuerdo con la naturaleza de las motivaciones y de las circunstancias de las cuales aquéllas surgen.

El primer acto de discernimiento, el mayor y el más decisi­vo que llevan a cabo un estadista y un jefe militar, es el de esta­blecer correctamente la clase de guerra en la que están empeña dos y no tomarla o convertirla en algo diferente de lo que dicte la naturaleza de las circunstancias. Este es, por lo tanto, el prime­ro y el más amplio de todos los problemas estratégicos. Más ade­lante, en el capítulo referente a la planificación de la guerra, pro­cederemos a examinarlo con mayor detención.

Contentémonos por ahora con haber expuesto el tema y es­tablecido, al hacerlo, el punto de vista principal desde el cual de­ben ser examinadas tanto la guerra como su teoría.

28. Conclusión para la teoría

La guerra no es, pues, no sólo un verdadero camaleón, por el hecho de que en cada caso concreto cambia de carácter, sino que constituye también una singular trinidad, si se la considera como un todo, en relación con las tendencias que predominan en ella. Esta trinidad está integrada tanto por el odio, la enemis­tad y la violencia primigenia de su esencia, elementos que deben ser considerados como un ciego impulso natural, como por el juego del azar y de las probabilidades, que hacen de ella una ac­tividad desprovista de emociones, y por el carácter subordinado de instrumento político, que la inducen a pertenecer al ámbito del mero entendimiento.

El primero de estos tres aspectos interesa especialmente al pueblo; el segundo, al comandante en jefe y a su ejército, y el tercero, solamente al gobierno. Las pasiones que deben prender en la guerra tienen que existir ya en los pueblos afectados por ella; el alcance que lograrán el juego del talento y del valor en el dominio de las probabilidades del azar dependerá del carácter del comandante en jefe y del ejército; los objetivos políticos, sin embargo, incumbirán solamente al gobierno.

Estas tres tendencias, que se ponen de manifiesto al igual que lo hacen muchas diferentes legislaciones, se asientan profundamente en la naturaleza de la cuestión y, al mismo tiempo, varían en magnitud. Una teoría que rehuyera tomar en cuenta cualquiera de ellas o fijara una relación arbitraria entre ellas incu­rriría en tal contradicción con la realidad que por este solo he­cho debería ser considerada como nula.

El problema consiste, pues, en mantener a la teoría en equilibrio entre estas tres tendencias, como si fueran éstas tres polos de atracción.

En el libro que trata sobre la teoría de la guerra nos propo­nemos investigar la manera de resolver tal problema del modo más concluyente. Esa definición del concepto de la guerra se convierte para nosotros en el primer rayo de luz que ilumina los fundamentos de la teoría, que evidenciará por vez primera sus rasgos principales y nos permitirá distinguirlos.

Capítulo II

EL FIN Y LOS MEDIOS EN LA GUERRA

Al haber determinado en el capítulo anterior la naturaleza compleja y variable de la guerra, corresponde ahora considerar qué influencia ejerce ésta sobre el fin y los medios de la guerra.

De inquirir, en primer término, cuál es el propósito hacia el cual debe encaminarse la guerra total, de modo que sea el me­dio adecuado para alcanzar el objetivo político, nos encontramos con que aquél es tan variable como lo son el objetivo político y las circunstancias particulares de la guerra.

De comenzar ateniéndonos, una vez más estrictamente, a la teoría pura de la guerra, estamos obligados a decir que el objeti­vo político debe ser situado realmente fuera de la esfera de la guerra. En efecto, siendo la guerra un acto de violencia para obligar al enemigo a acatar nuestra voluntad, entonces, en cada caso, todo dependerá sólo y necesariamente de derrotar al ene­migo, es decir, de desarmarlo. Este objetivo, que se deduce de la teoría pura, pero que cuenta en realidad con muchos casos simi­lares, será examinado ante todo a la luz de esa realidad.

Más adelante, cuando consideremos la planificación de una guerra, abordaremos con mayor detención lo que significa desar­mar a un estado; pero ahora tenemos que diferenciar en princi­pio tres cosas que, como tres objetos generales, incluyen todo lo demás: son las fuerzas militares, el territorio y la voluntad del enemigo.

Las fuerzas militares tienen que ser destruidas, es decir, de­ben ser situadas en un estado tal que no puedan continuar la lu­cha. Aprovechamos la ocasión para aclarar que la expresión «destrucción de las fuerzas militares del enemigo» debe ser siem­pre interpretada únicamente en este sentido.

El territorio debe ser conquistado, porque de un país pue­den extraerse siempre nuevas fuerzas militares.

Pero, a pesar de que se hayan producido estas dos cosas, la guerra, es decir, la tensión hostil y el efecto de las fuerzas hostiles, no puede considerarse como finalizada hasta que la voluntad del enemigo no haya sido sometida. Es decir, hasta que el gobierno y sus aliados hayan sido impelidos a firmar la paz, o hasta que la población haya sido sometida. En efecto, aunque se cuente con una posesión completa del país, el con­flicto puede estallar nuevamente en el interior o mediante la ayuda de los aliados. Sin duda esto puede suceder también des­pués de firmada la paz, pero ello demostrará tan sólo que no todas las guerras admiten una decisión y una componenda completas. Incluso en este caso, la firma de la paz extingue siempre, por su mera eclosión, una serie de chispas que pue­den haber permanecido ocultas, y las tensiones se aflojan por­que el ánimo de aquellos que se sienten abocados a la paz, de los que siempre abundan en todas las naciones y en todas las circunstancias, se aparta por completo de la idea de resistencia. Sea como fuere, hay que considerar siempre que con la paz se llega a un fin, y que con ella la guerra finaliza.

De los tres puntos que hemos enumerado, las fuerzas mili­tares son las destinadas a la defensa del país. El orden natural marca que son ellas las que deben ser destruidas primero; luego habrá que conquistar el territorio, y, como resultado de estos dos triunfos y de la fuerza que entonces se posea, el enemigo será impelido a firmar la paz. Por lo general, la destrucción de las fuerzas militares del adversario se produce de manera gradual y es sucedida de inmediato por la conquista del país en una medi­da pertinente. Estos dos hechos reaccionan por lo común uno respecto del otro, ya que la pérdida de territorio contribuye a de­bilitar a las fuerzas militares. Pero este orden no es en absoluto indispensable y no siempre ocurre así. Las fuerzas enemigas, in­cluso antes de haber sido debilitadas de modo notable, pueden retroceder al extremo opuesto del país, o bien penetrar en terri­torio extranjero. Cuando esto ocurre, por tanto, una gran parte, o incluso todo el país, puede ser conquistado.

El desarme del enemigo, como objetivo de la guerra consi­derado en abstracto, y último medio de alcanzar el objetivo polí­tico, en el cual deben englobarse todos los demás, de ningún modo se produce siempre en la práctica, ni es condición necesa­ria para la paz. De ninguna forma, por lo tanto, se le puede teó­ricamente dar la categoría de ley. Existen un sinnúmero de trata­dos de paz que fueron concluidos antes de que cualquiera de los dos bandos pudiera considerarse desarmado, e incluso antes de que el equilibrio de fuerzas hubiese sido alterado de forma más o menos evidente. E incluso la observación de los casos reales nos induce a admitir que en toda una serie de ellos, especial­mente en los que las fuerzas del enemigo son evidentemente más fuertes, la derrota comportaría un juego vano de ideas.

La razón por la cual el objetivo de la guerra, según la teo­ría, no siempre concuerda con la guerra real, reside en la dife­rencia existente entre ambos, a la cual nos hemos referido en el capítulo anterior. Según la teoría pura, una guerra entre Estados de fuerza desigual evidente quedaría abocada a un absurdo y, en consecuencia, no sería posible. La desigualdad en la fuerza física no tendría que ser mayor, todo lo más, que lo neutralizable por la fuerza moral, y esto no significaría mucho en Europa, en nues­tra situación social actual. Por lo tanto, si es un hecho probado que ciertas guerras se producen entre estados de poderío desi­gual, esto se debe a que, en la realidad, la guerra tiende a alejar­se en gran medida de nuestra concepción teórica original.

Existen dos motivos que inducen a firmar la paz, suscepti­bles, en la práctica, de substituir la imposibilidad de ofrecer ma­yor resistencia: el primero es lo aleatorio que pueda resultar el éxito y el segundo, el precio excesivo que haya que pagar por él.

Como se ha explicado en el capítulo anterior, la guerra tie­ne que verse libre, desde el principio hasta el fin, de la ley es­tricta de la necesidad interna, y someterse al cálculo de probabilidades. Ello será tanto más evidente cuanto más se adapte a las circunstancias de las que ha surgido, o sea, mientras menos enti­dad tengan los motivos para ello y para las tensiones existentes. Siendo así, cabe perfectamente concebir que incluso el motivo para firmar la paz puede surgir de un cálculo de probabilidades. En la guerra no es necesario, por lo tanto, luchar hasta que uno de los bandos sea derrotado, y cabe suponer que, cuando las motivaciones y las tensiones son débiles, una ligera probabili­dad, apenas perceptible, es suficiente como para hacer que el bando que se halla en desventaja ceda en sus propósitos.

En caso de que el otro bando estuviera convencido de an­temano de ello, entra en la lógica que se esforzaría tan sólo en inclinar tal probabilidad a su favor, en lugar de preocuparse por obtener la derrota completa del adversario.

La consideración del gasto de fuerzas que se haya hecho y del que todavía se requiera influirá también en la decisión de fir­mar la paz. No siendo la guerra un acto de pasión ciega, sino que está dominada por el objetivo político, la entidad y la impor­tancia de ese objetivo determinan la medida de los sacrificios que hay que realizar para obtenerlo. Lo cual se refiere no sola­mente al alcance de esos sacrificios, sino también a su duración.

En consecuencia, tan pronto como el gasto de fuerzas sea tan grande que el objetivo político no lo compense, ese objetivo ten­derá a ser abandonado y el resultado lógico será la paz.

Vemos, pues, que en las guerras en las que un bando no puede desarmar completamente al otro, los motivos para la paz emergerán y desaparecerán en ambos frentes a tenor de las probabilidades de ulteriores éxitos y del gasto de fuerzas que se re­quiera. Si los motivos son igualmente fuertes en ambos bandos, se harán patentes en medio de sus diferencias políticas. Lo que ganarán en fuerza en un lado lo perderán en el otro. Cuando la suma de su adición sea suficiente, el resultado será la paz, pero, como es lógico, con ventaja para el bando cuyos motivos sean más débiles.

A estas alturas, pasamos adrede por alto la diferencia que indefectiblemente debe originar en la práctica el carácter positivo o negativo del objetivo político. Si bien ello asume la mayor importancia, como mostraremos más adelante, aquí tenemos que atenernos a una consideración más general, porque las intencio­nes políticas originales varían mucho en el transcurso de la gue­rra y al final pueden ser totalmente diferentes, precisamente por­que están condicionadas en parte por los éxitos que se obtienen y sujetas por otra a los resultados aleatorios.

Surge ahora el problema de cómo se puede influir sobre la probabilidad de éxito. En primer lugar, se puede conseguir, co­mo es lógico, utilizando los mismos medios aplicados para de­rrotar al enemigo, es decir, la destrucción de sus fuerzas militares y la conquista de su territorio, si bien ninguno de ellos sería igual a este respecto como cuando se utilizaran con este objeti­vo. El ataque a las fuerzas enemigas será algo muy distinto si tra­tamos de reforzar el primer golpe con una sucesión de otros has­ta alcanzar la total destrucción, o bien si nos contentamos con una victoria destinada tan sólo a quebrantar el sentimiento de se­guridad del enemigo, haciéndole percibir nuestra superioridad y suscitando así la desconfianza en su futuro. Si esta es nuestra in­tención, proseguiremos con la destrucción de las fuerzas enemi­gas solamente hasta donde sea necesario para el logro de ese propósito. De manera análoga, la conquista de territorio enemigo resultará una medida diferente, y el objetivo no consistirá en de­rrotar al adversario. Si tal fuera nuestro objetivo, la destrucción de las fuerzas enemigas sería una acción realmente efectiva y la apropiación de sus territorios sería mera consecuencia de ello. El hecho de apoderarse de esos territorios antes de que las fuerzas contrarias hayan sido desmembradas tiene que ser siempre con­siderado sólo como un mal necesario. Por otro lado, si nuestro propósito no fuera el de derrotar por completo a las fuerzas ene­migas y si tenemos la convicción de que el enemigo no busca, sino que incluso teme llevar la lucha a un terreno sangriento, el hecho de apoderarse de una parte de su territorio, parcial o completamente desguarnecido, constituirá en sí mismo una ven­taja. Y si esta ventaja es suficientemente grande como para que el enemigo desconfíe del resultado final, habrá que considerar entonces ésta como una vía más corta hacia la paz.

Veamos ahora otros medios especiales de influir sobre la probabilidad de éxito sin recurrir a la derrota de las fuerzas ene­migas, es decir, aquellas actividades que surten efecto inmediato sobre la política. Si es posible realizar acciones tendentes a des­baratar las alianzas del enemigo o volverlas ineficaces, a atraer nuevos aliados a nuestro bando, a estimular las actividades polí­ticas en nuestro favor, y otras parecidas, resultará fácil concebir entonces que tales actividades pueden acrecentar la probabilidad de éxito y convertirse en una vía mucho más corta para el logro de nuestro objetivo que el que puede implicar la derrota de las fuerzas enemigas.

La segunda cuestión es cómo influir sobre el desgaste de esas fuerzas del enemigo, o sea, cómo hacer más costoso el pre­cio de sus éxitos. El desgaste de las fuerzas enemigas reside en la merma de su poder, o sea, en su destrucción, así como en la pérdida de territorio, por lo tanto, en su conquista por nuestra parte.

Un examen más preciso pondrá de nuevo en evidencia que el significado de cada uno de estos términos tiende a variar, y que cada operación difiere en su carácter según el objetivo que tenga en perspectiva. Aunque estas diferencias sean por regla ge­neral nimias, ello no debe ser motivo de asombro, ya que en la práctica, cuando los motivos carecen de fuerza, resulta a menu­do que los matices diferenciales más insignificantes son decisivos a la hora de escoger tal o cual método de aplicar la fuerza. Por ahora sólo nos interesa mostrar que, bajo ciertas condiciones, existen otras vías posibles para alcanzar nuestro objetivo, no siendo ni contradictorias, ni absurdas, y ni siquiera erróneas.

Además de aquellos dos medios, se pueden también llevar a cabo tres maneras especiales de acrecentar en forma directa el desgaste del enemigo. En primer término aludiremos a la inva­sión, es decir, la ocupación del territorio enemigo, no con el pro­pósito de permanecer en él, sino para exigir una contribución so­bre él o para devastarlo. El objetivo inmediato no es aquí ni la conquista del territorio enemigo ni la derrota de sus fuerzas, sino solamente el de causarle daño en un sentido general. La segunda vía es la que dirige nuestra acción con preferencia hacia allí don­de cabe causar mayores daños al adversario. Nada resulta más fácil que concebir dos direcciones distintas en las que pueden ser empleadas nuestras fuerzas, la primera de las cuales debe ser preferida si nuestro objetivo es derrotar al enemigo, mientras que la otra es más ventajosa si no constituye esa nuestra intención. A tenor de nuestro modo de expresarnos, la primera sería conside­rada como la forma más militar, mientras que la segunda sería la más política. Pero, desde un punto de vista más elevado, ambas son igualmente militares, y cada una resultará efectiva si se adap­ta a las condiciones presentes. La tercera vía, sin duda en mayor grado la más importante, debido al gran número de casos en que se aplica, es el desgaste del enemigo. Elegimos esta expre­sión, no sólo para dar con ella una definición verbal, sino por­que la representa exactamente, y no es tan figurada como de pronto parece. La idea de desgaste en una lucha implica un ago­tamiento gradual del poder físico y de la voluntad del adversario por la prolongada continuidad de acción.

Ahora bien, si por nuestra parte queremos sobrevivir al enemigo en esa continuidad de la lucha, debemos limitarnos a fi­jar objetivos lo más modestos posibles, porque es evidente que un objetivo de altos vuelos exige un gasto de fuerzas mayor que uno pequeño. El objetivo más modesto que podemos plantear­nos, empero, es la resistencia pura, es decir, una lucha sin ningu­na intención positiva. En este caso, por tanto, nuestros medios serán utilizados casi al máximo y la seguridad de éxito será ma­yor. ¿Hasta que punto es posible perseverar en este modo negati­vo de actuar? Evidentemente, no hasta llegar a la pasividad abso­luta, porque un simple aguante cesaría de ser un combate; pero la resistencia es algo activo, y mediante ella es posible que la destrucción causada surta efecto, hasta el punto de lograr que el enemigo abandone su intento. Este será nuestro único propósito en cada caso aislado, y en ello residirá, en rigor, el carácter nega­tivo de nuestra intención.

Sin duda la intención negativa, en su acción aislada, no tie­ne la misma eficacia que una acción positiva realizada en el mis­mo sentido, siempre, por descontado, que esta última sea victoriosa; pero precisamente la diferencia en su favor es la de lograr el éxito con mayor facilidad que la positiva, y, en consecuencia, ofrecer mayor seguridad. Lo que pierde en eficacia en su acción aislada puede ser recuperado con el tiempo, esto es, con la con­tinuidad de la lucha; por tanto, esa intención negativa, que cons­tituye la esencia de la resistencia pura, es también el medio natu­ral de sobrevivir al enemigo en la continuación de la lucha, o sea, de rendirlo por cansancio.

En ello reside el origen de la diferencia entre ofensiva y de­fensiva, tema dominante en todo el ámbito de la guerra. Sin em­bargo, en su análisis no cabe ir aquí más allá de la observación de que esa intención negativa encierra todas las ventajas y las formas más potentes de combate que aparecen como propias de la defensiva, en las cuales queda englobada esa ley filosófico––di­námica que establece una relación constante entre la magnitud y la seguridad del éxito. Más adelante procederemos a resumir es­tas consideraciones.

Por tanto, si la intención negativa, o sea, la concentración de todos los medios en una resistencia pura, permite alcanzar una superioridad en el combate, y si esto resulta suficiente para equilibrar cualquier ventaja que pueda haber adquirido el ene­migo, entonces la simple continuidad del combate será suficien­te para conseguir, de forma gradual, que la pérdida de fuerzas sufrida por el enemigo llegue a un punto en que su objetivo po­lítico no tenga una adecuada compensación, y en este punto ten­derá por tanto a abandonar la lucha. Este método de agotar al enemigo es el que caracteriza el gran número de casos en los que el más débil se impone ofrecer resistencia al más fuerte.

Federico el Grande nunca habría podido derrotar a la mo­narquía austríaca, en la guerra de los Siete Años, y de haber in­tentado llevarlo a cabo a la manera de Carlos XII habría termina do inevitablemente en el desastre; pero la inteligente destreza con la que economizó sus fuerzas, durante siete años, hizo ver a las potencias aliadas que se le oponían que el gasto de fuerzas que estaban realizando superaba en gran medida el nivel que se habían fijado al comienzo, y firmaron la paz. Vemos, pues, que en la guerra existe más de una vía para alcanzar nuestros objeti­vos; que en ello no siempre está necesariamente implicada la de­rrota del enemigo; que la destrucción de las fuerzas del adversa­rio, la conquista de sus territorios, su simple ocupación, o inva­sión, las acciones dirigidas directamente a afectar las relaciones políticas y, finalmente, la espera pasiva del ataque enemigo, son todos ellos medios, cada uno en particular, que cabe utilizar para doblegar la voluntad del adversario, de acuerdo con las circuns­tancias especiales que concurren, al tiempo que nos permiten es­perar más de uno que del otro. A ello todavía cabe agregar toda una serie de objetivos, a modo de medios más breves de lograr nuestro propósito, que podríamos denominar argumentos ad bo­minem. ¿En qué momento del curso de la vida humana no dejan de aparecer estos destellos de personalidad, que superan todas las circunstancias materiales? Y a buen seguro no pueden dejar de aparecer en la guerra, donde la personalidad de los comba­tientes desempeña un papel tan significativo, ya sea en los des­pachos como en el campo de batalla. Sólo nos limitamos a seña­larlo, pues nos parecería una pedantería tratar de clasificarlo. Con la inclusión de éstos, puede afirmarse que la cantidad de vías que cabe emprender para alcanzar el objetivo deseado se eleva al infinito.

Con el fin de no subestimar el valor que entrañan esas di­versas vías más cortas para la consecución de nuestros fines, ya sea por considerarlas simplemente como raras excepciones, ya por sostener que los cambios que ocasionan en la dirección de la guerra son insignificantes, sólo debemos tener en cuenta la di­versidad de objetivos políticos que pueden ser causa de una guerra, o medir la distancia que separa una lucha a muerte por la existencia política, de una guerra en que una alianza forzada o dudosa la convierte en un deber desdeñable. En la práctica, en­tre ambas pueden existir un gran número de gradaciones. Si re­chazamos una de éstas, con el mismo derecho podemos recha­zarlas todas, es decir, podemos dejar de ver por completo el mundo real.

En general, tal es la sustancia del fin a perseguir en una guerra. Dediquemos ahora nuestra atención a los medios. Uno solo es el que existe: es el combate. Cuales fueren las diferencias que presente en su forma, cuan lejos se mantenga de la explo­sión de odio y de animosidad propia del encuentro cuerpo a cuerpo, cualesquiera que sean los factores que se le agreguen y que no sean en realidad formas del combate mismo, en la con­cepción de la guerra resulta siempre implícito que todos los efectos que en ella puedan manifestarse tienen su origen en el combate.

Que esto será siempre así, a pesar de la diversidad y com­plicación que ofrece la realidad, es algo que puede ser probado por una vía muy sencilla. Todo cuanto ocurre en la guerra, lo ha­ce mediante las fuerzas militares; allí donde se emplea una fuer­za, es decir, hombres armados, la idea del combate tiene que prevalecer necesariamente por encima de todo.

Por tanto, todo cuanto se relaciona con las fuerzas militares y, en consecuencia, todo lo que pertenece a su creación, mante­nimiento y empleo, es propio de la actividad de la guerra.

La creación y el mantenimiento constituyen, evidentemente, sólo los medios, mientras que el empleo corresponde al objetivo a perseguir.

En la guerra, el combate no es una lucha de individuos contra individuos, sino un todo organizado que integran muchas partes. En este gran conjunto tienen que diferenciarse unidades de dos tipos: una, la determinada por el sujeto, la otra, por el objeto. En un ejército, las masas de combatientes constituyen siempre nuevas unidades, cuyos miembros forman una ordena­ción superior. El combate que llevan a cabo cada uno de esos miembros da lugar, en consecuencia, a unidades más o menos diferenciadas. Además, el propósito del combate ––y por lo tan­to, su objetivo–– convierte a éste en una unidad.

Cada una de estas unidades que se diferencian en el com­bate se distinguen con el nombre de un encuentro.

Siendo así que la idea de combate tiene como fundamento el empleo de fuerzas armadas, entonces el empleo en general de estas fuerzas no es otra cosa que la determinación y la ordena­ción de cierto número de encuentros.

De modo que toda actividad militar se refiere necesaria­mente a los encuentros, ya sea en forma directa como indirecta. El soldado es reclutado, vestido, armado, adiestrado, se le hace dormir, comer, beber y marchar, solamente para combatir en el lugar indicado y en el momento oportuno.

En consecuencia, si todos los hilos de la actividad finalizan en el encuentro, podremos también aferrarlos todos cuando dis­pongamos los preparativos de los encuentros; los efectos provie­nen solamente de estos preparativos y de su ejecución, y nunca proceden en forma directa de las condiciones que los han moti­vado. Ahora bien, en el encuentro, toda actividad está dirigida a destruir al enemigo, o, más bien, de privarle de su capacidad de luchar, ya que esto es inherente a su concepción. La destrucción de las fuerzas contrarias constituye siempre, en consecuencia, el medio de alcanzar el objetivo que busca el encuentro.

Tal objetivo puede ser asimismo la simple destrucción de las fuerzas del enemigo; pero esto no es, de ningún modo, nece­sario, y puede adoptar también una forma bastante diferente. Ya que, por ejemplo, como hemos señalado, la derrota del enemigo no constituye el único medio de alcanzar el objetivo político, pues hay otras cosas que pueden conformar el objetivo de la guerra, se desprende de ello que esas cosas pueden convertirse en objetivos de actos bélicos aislados, y, por tanto, en objetivos también de esos encuentros.

Pero ni siquiera esos encuentros, que, como actos subordi­nados, están destinados, en el estricto sentido de la palabra, a la derrota de las fuerzas enemigas, precisan tener como objetivo in­mediato la destrucción de éstas.

Si tomamos en consideración la compleja organización que entraña una gran fuerza armada, y la cantidad de detalles que entran en acción en cuanto se la emplea, percibiremos que el combate de una fuerza tal tiene que corresponder también a una organización compleja, con partes subordinadas las unas a las otras y que actúan correlativamente. Es posible que surja, y tiene que surgir, cierto número de objetivos aislados que en sí mismos no persiguen la destrucción de las fuerzas del enemigo y, que, aun cuando contribuyan sin duda a esa destrucción, no lo harán más que indirectamente. Si, por ejemplo, se ordena a un batallón desalojar al enemigo de una cota o de un puente, la ocupación de esa posición es, por norma, el objetivo real, y la destrucción del enemigo apostado en ella será una cuestión de nivel secun­dario. El objetivo se alcanza de igual manera si el enemigo pue­de ser desalojado mediante una simple escaramuza, pero esa co­ta o ese puente serán ocupados únicamente con el propósito de causar más tarde una destrucción mayor a las fuerzas del enemi­go. Si así es como se presenta en el campo de batalla, debe ocu­rrir en mayor medida en todo el ámbito de la guerra, en donde no se trata solamente de la oposición de un ejército contra otro, sino de la pugna entre un estado, una nación o un país contra otro. Entonces habrá que multiplicar notablemente el número de relaciones posibles, y, en consecuencia, el de combinaciones. La diversidad de los preparativos se verá aumentada y, por la mis­ma graduación de los objetivos, cada uno subordinado al otro, el medio original se alejará todavía más del objetivo final.

Es muy posible, por tanto, que, por muchas razones, el ob­jetivo de un encuentro no se ciña a la destrucción de las fuerzas enemigas o de aquéllas que se nos oponen directamente, sino que esto se ofrezca sólo como un medio. En tales casos, no se tratará de lograr una destrucción completa, puesto que el en­cuentro no será entonces más que una prueba de fuerza. La des­trucción no tiene valor en sí misma, sino por sus resultados, es decir, por la decisión que entraña.

Pero en los casos en que las fuerzas sean muy desiguales, unas y otras pueden ser medidas por simple cálculo. Entonces cabe que no haya encuentro, y la fuerza más débil se dará inme­diatamente por vencida.

Si el objetivo de un encuentro no busca siempre la destruc­ción de las fuerzas enemigas en combate y si es posible alcanzar aquél sin que el encuentro se produzca, por el simple cálculo de sus resultados y de las circunstancias que podrían llegar a concu­rrir, será dado comprender cómo pueden emprenderse campañas enteras sin que en ellas desempeñe el encuentro real un papel significativo.

Cientos de ejemplos en la historia, de la guerra demuestran que así puede ocurrir. No nos detendremos a considerar cuántos han sido los casos en que se produjo una decisión incruenta justificada, es decir, que no encerraron una contradicción manifies­ta, y dedicaremos nuestra atención a determinar si algunas de las imputaciones fundamentadas resisten la crítica, ya que todo cuanto nos interesa ahora es establecer la posibilidad de que ocurra un semejante tipo de desarrollo bélico.

En la guerra se dispone de un solo medio: el encuentro. Pero este medio, debido a las múltiples vías por las que puede ser empleado, nos conduce a esa diversidad de senderos que da lugar a la multiplicidad de objetivos, hasta tal punto que parece­ría que no hubiéramos ganado nada. Pero no es este el caso, ya que de esta unidad de medios proviene un hilo que podemos observar en su recorrido por toda la trama de la actividad bélica y que es la que la mantiene realmente unida.

Anteriormente hemos considerado la destrucción de las fuerzas enemigas como uno de los objetivos que cabe buscar en la guerra; pero no hemos hablado de la importancia que debe asignárseles en relación con los otros objetivos. En casos deter­minados, esto dependerá de las circunstancias y es por un prin­cipio general por lo que hemos dejado sin determinar su valor. Ahora nos referiremos de nuevo a este tema y analizaremos el valor que forzosamente hay que atribuirle.

En la guerra, el encuentro es la única actividad efectiva; en él, la destrucción de las fuerzas oponentes es el medio para al­canzar el fin. Esto es así, aun cuando en realidad no llegue a producirse el encuentro, ya que, sea como fuere, en la raíz de la decisión yace el supuesto de que tal destrucción debe ser llevada a cabo sin paliativos. Así, la destrucción de las fuerzas del ene­migo constituye la piedra fundamental de todas las combinacio­nes que descansan sobré la actividad bélica, al igual que el arco descansa sobre sus pilares. En consecuencia, todas las acciones se llevan a cabo sobre la base de que, si la decisión por la fuerza de las armas hubiera de tener una traducción en los hechos, ha­bría de ser una decisión favorable. En la guerra, la decisión por las armas equivale, tanto en las operaciones grandes como en las pequeñas, al pago al contado en las transacciones comerciales. Por remotas que sean estas relaciones, por más que las liquida­ciones rara vez se produzcan, al final tienen que realizarse.

Si la decisión por la fuerza de las armas se halla en la base de todas las combinaciones posibles, resulta que nuestro opo­nente podrá hacer impracticable cualquiera de ellas, no sólo me­diante una decisión semejante a la que atañe directamente a nuestra combinación, sino también a través de cualquier otra, siempre que ésta tenga suficiente entidad. Pues toda decisión ar­mada significativa, vale decir, la destrucción de las fuerzas del enemigo, reacciona respecto de todas las que la precedieron, puesto que, como si de un líquido se tratara, tiende a alcanzar su nivel.

Así se presenta la destrucción de las fuerzas enemigas siem­pre como el medio superlativo y más eficaz, al que deben ceder paso todos los demás.

Sin embargo, sólo cabe asignar una superior eficacia a la destrucción de las fuerzas oponentes cuando exista una supuesta igualdad en las demás condiciones. Sería, por lo tanto, un grave error concluir que un ataque a ciegas tendría que imponerse in­variablemente a la destreza prudente. Atacar sin ton ni son con­duciría no a la destrucción de las fuerzas enemigas, sino a la de las nuestras, lo cual no puede ser nunca nuestro propósito. La eficacia mayor corresponde no al medio, sino al fin, y al decir esto sólo comparamos el efecto de un fin alcanzado con el otro.

Al referirnos a la destrucción de las fuerzas enemigas tene­mos que dejar expresamente indicado que no se está obligado a ceñir esta idea a la simple fuerza física. Por el contrario, la fuerza moral resulta del mismo modo necesariamente implícita, debido a que, en efecto, ambas están entrelazadas hasta en los menores detalles y, por tanto, no pueden ser realmente separadas. En re­lación con el efecto inevitable sobre las otras decisiones por las armas, al que nos hemos referido al mencionar un gran acto de destrucción (una gran victoria), es precisamente el elemento mo­ral el que presenta mayor fluidez, si es que cabe usar esta expre­sión, y el que se distribuye con mayor facilidad por todas las de­más partes. En oposición al valor superior que tiene la destruc­ción de las fuerzas enemigas respecto de todos los demás me­dios se encuentran el gasto y el riesgo que éste implica, provo­cando el empleo de otros métodos sólo con el propósito de evi­tarlo.

Es razonable que los medios en cuestión tengan que ser los más costosos, ya que, si bien otras cosas son equiparables, el gasto de nuestras fuerzas será siempre mayor cuanto mayor sea el propósito de destruir las del enemigo. El riesgo de este medio reside empero en el hecho de que, cuanto mayor sea la eficacia que se busque, si fracasamos se volverá contra nosotros, lo cual representa una gran desventaja. Otros medios serán, por lo tanto, menos costosos cuando determinen el éxito y menos arriesgados cuando conduzcan al fracaso; pero esto implica necesariamente la condición de que deben oponérseles otros semejantes, es de­cir, que el enemigo emplee los mismos métodos. Porque si éste resolviera adoptar el método de tomar una gran decisión por las armas, bastaría ese solo hecho para que tuviéramos que cambiar nuestro propio método, incluso contra nuestra voluntad, por uno similar. Todo depende, pues, del resultado del acto de des­trucción. Es evidente que, siendo otras cosas equiparables, en es­te caso estaremos en desventaja en todos los aspectos, porque nuestras intenciones y nuestros métodos han tenido que ser diri­gidos parcialmente hacia otras cosas, lo que no ha ocurrido en el caso del enemigo. Dos objetivos diferentes, de los cuales uno no forma parte del otro, se excluyen entre sí, y, de ese modo, la fuerza aplicada a alcanzar uno de esos objetivos no puede servir al mismo tiempo para el otro. Por lo tanto, si uno de los beligeran­tes está decidido a adoptar una gran decisión por las armas, cuen­ta con muchas posibilidades de obtener éxito tan pronto como tenga la certeza de que el otro no quiere seguir ese camino, sino que busca alcanzar un objetivo diferente. Y, cualquiera que se de­cida por ese otro objetivo, sólo podrá hacerlo razonablemente en el supuesto de que su adversario tenga tan pocas intenciones co­mo él mismo de adoptar una gran decisión por las armas.

Pero la mención que hasta ahora hemos hecho sobre otra dirección de las intenciones y las fuerzas sólo se refiere a otros objetivos positivos que, aparte del de la destrucción de las fuerzas oponentes, pudiéramos proponernos en la guerra, y de ninguna manera a la resistencia pura, que puede adoptarse con el fin de agotar las fuerzas del enemigo. En la resistencia pura falta la in­tención positiva, y, por lo tanto, en este caso nuestras fuerzas no pueden ser dirigidas hacia otros objetivos, sino que deben limi­tarse a hacer fracasar las intenciones del enemigo.

Ahora corresponde considerar el lado negativo de la des­trucción de las fuerzas enemigas, o sea, la conservación de las nuestras. Estos dos esfuerzos siempre van juntos, puesto que re accionan uno respecto del otro; son partes integrantes de una idéntica intención y sólo habrá que examinar los efectos produ­cidos por el predominio de uno o de otro. El esfuerzo destinado a destruir las fuerzas enemigas tiene un objetivo positivo y con­duce a resultados positivos, cuyo propósito final sería la derrota del adversario. La conservación de nuestras propias fuerzas tiene un objetivo negativo, y consiste en intentar desbaratar las inten­ciones del enemigo, es decir, conduce a la resistencia pura, cuyo propósito último no puede ser otro que el de prolongar la dura­ción de la contienda, para que el enemigo agote sus propias fuerzas.

El esfuerzo con objetivo positivo da por resultado el acto de destrucción; el esfuerzo con objetivo negativo permanece a su espera.

Cuando nos ocupemos ampliamente de la teoría del ataque y de la defensa, en cuyo origen aún nos encontramos, considera­remos con mayor detalle cuál tendrá que ser la duración de esa espera y hasta dónde podrá llevarse a cabo. Por ahora tenemos que limitarnos a decir que la espera no debe ser un simple aguante pasivo, y que la acción ligada a ella para la destrucción de las fuerzas enemigas involucradas en el conflicto puede ser uno de los propósitos, tanto como cualquier otro. Sería un grave error relativo a los principios fundamentales suponer que el es­fuerzo negativo tiene como consecuencia impedirnos elegir co­mo objetivo la destrucción de las fuerzas del enemigo, viéndo­nos obligados a preferir una decisión incruenta. Sin duda el ma­yor peso del esfuerzo negativo puede conducir a esto, pero sola­mente a riesgo de que no sea el método más conveniente, cues­tión esta que depende de condiciones totalmente diferentes, que yacen no en nosotros mismos, sino en nuestro oponente. Esta otra vía, la incruenta, no puede, por lo tanto, ser considerada de ninguna manera como el medio natural de satisfacer la creciente necesidad de conservar nuestras propias fuerzas. Por el contra­rio, en los casos en que esa vía no fuera la adecuada a las cir­cunstancias imperantes, lo más probable sería que condujera a una ruina total. Gran número de generales en jefe han cometido este error y se han visto arrastrados al fracaso por él. La demora en tomar una decisión es el único efecto que necesariamente re­sulta de ese mayor peso que corresponde al esfuerzo negativo, de modo que el defensor se refugia, por así decir, en la espera del momento decisivo. Por lo general, esto tiene como conse­cuencia el retraso de la acción en el tiempo y también en el es­pacio, hasta donde éste está relacionado con ello, tanto como lo permitan las circunstancias. Si ha llegado el momento en que ya no es posible seguir haciendo esto sin caer en una aplastante desventaja, debe considerarse que la ventaja del esfuerzo negati­vo se ha esfumado, y entonces surge inalterado el esfuerzo enca­minado a destruir las fuerzas del enemigo, reservado como con­trapeso, y nunca descartado.

Las consideraciones anteriores nos han hecho ver que en la guerra existen muchas vías para alcanzar su propósito, es decir, para cumplir con el objetivo político; se ha comprobado, sin embargo, que el encuentro es el único medio y que, por tanto, todo debe estar sometido a una ley suprema: la decisión por las ar­mas; que, cuando la acción del enemigo exige esta decisión, ese recurso no puede ser rechazado, y que, por lo tanto, cuando uno de los bandos beligerantes se propone tomar otra vía, debe estar seguro de que su oponente no echará mano de ese recur­so, a no ser que quiera correr el riesgo de perder su caso ante ese tribunal supremo. Vemos, pues, en suma, que la destrucción de las fuerzas enemigas se presenta siempre como el objetivo primordial entre todos los otros que puedan perseguirse en la guerra.

Más adelante, pero sólo de manera gradual, nos será dado definir lo que es posible lograr en la guerra mediante combina­ciones de otra naturaleza. Aquí nos limitaremos a reconocer, en términos generales, su posibilidad como algo que refleja la des­viación de la práctica respecto del concepto que otorga jurisdic­ción a las circunstancias particulares. Pero no podemos dejar de señalar, ya aquí, que cabe atribuir a la solución sangrienta de la crisis, el esfuerzo por destruir las fuerzas del enemigo, el carácter y la condición de hijo primogénito de la guerra. Es posible que ante unos objetivos políticos carentes de relevancia, ante motiva­ciones débiles y reducida tensión de las fuerzas, un general en jefe cuya característica sea la prudencia intente otras vías por las cuales, sin caer en grandes crisis ni soluciones sangrientas, pue­de inclinarse la balanza hacia la paz, tomando por base las debi­lidades características de su contrario, tanto en los despachos co­mo en el campo de batalla. No tendríamos derecho a vituperarlo si sus suposiciones contaran con un buen fundamento y fueran susceptibles de alcanzar el éxito, pero deberemos exigirle, no obstante, que sea consciente de que está recorriendo caminos si­nuosos en los que el dios de la guerra puede sorprenderlo, y que debe vigilar constantemente al enemigo, a fin de que cuan­do éste empuñe una afilada espada, él no tenga que defenderse con un espadín.

En nuestras consideraciones futuras, debemos observar y tener siempre presentes las consecuencias que entraña la natura­leza de la guerra, la forma como actúan en ella los medios y los fines, la manera como las desviaciones de la práctica hacen que la guerra se aparte, unas veces más y otras menos, de su estricta concepción original, sus fluctuaciones tanto hacia adelante como hacia atrás, a la vez que su constante permanencia bajo esa con­cepción estricta, a modo de ley suprema, si es que deseamos ajustarnos a una correcta comprensión de sus relaciones verda­deras y de su cabal importancia, para no vernos envueltos en evidentes contradicciones con la realidad y, en definitiva, con nosotros mismos. 

Capítulo III

EL GENIO PARA LA GUERRA

Para ser realizada con cierta perfección, toda actividad de carácter especial exige cualidades especiales de entendimiento y temperamento. Cuando estas cualidades poseen un alto grado de excelencia y se ponen de manifiesto a través de realizaciones ex­traordinarias, se distingue al espíritu al cual pertenecen con el término de «genio».

No nos cabe la menor duda que este término tiene signifi­cados que varían en gran manera, tanto en su aplicación como en su naturaleza, y que constituye una labor muy ardua distinguir la esencia del genio en muchos de estos significados. Pero como no pretendemos ejercer ni de gramáticos ni de filósofos, nos será permitido atenernos al sentido usual en el lenguaje co­rriente, y entender por «genio» una capacidad mental eminente para la ejecución de ciertas actividades.

Conviene dedicar por un momento la atención sobre este valor y esta aptitud del espíritu humano, para señalar con más precisión su justificación y conocer con más detalle el contenido que entraña su concepto. Pero no podemos ocuparnos del genio que ha obtenido su título gracias a un talento superlativo, del ge­nio propiamente dicho, porque este es un concepto que no pre­senta unos límites definidos. Lo que tenemos que hacer es consi­derar todas las tendencias combinadas de las fuerzas del espíritu hacia la actividad militar, y considerar entonces a éstas como la esencia del genio militar. Decimos tendencias combinadas, por­que el genio militar no consiste en una cualidad única para la guerra, por ejemplo, el valor, al tiempo que pueden faltar otras cualidades del entendimiento o del carácter, o tomar una direc­ción inútil para la guerra, sino que resulta una combinación ar­moniosa de fuerzas, en la cual puede predominar una u otra, pe­ro ninguna debe hallarse en oposición.

Si se exigiera que cada combatiente poseyese en una medi­da u otra genio militar, probablemente nuestros ejércitos serían muy débiles, dado que, justamente porque el genio implica una tendencia especial de las fuerzas del espíritu, sólo se dará en ra­ras ocasiones, allí donde en un pueblo se presenten y sean adiestradas en aspectos muy diversos. Pero cuantas menos activi­dades diferentes ofrezca un pueblo, y cuanto más predomine en ellas la militar, tanto más predominante será en ese pueblo el ge­nio militar. Esto, sin embargo, sólo determina su alcance y de ninguna manera su grado, pues este último depende por lo ge­neral del desarrollo espiritual general del pueblo. Si dirigimos nuestra mirada a un pueblo agreste y belicoso, comprobaremos que el espíritu guerrero de sus individuos es mucho más patente que entre los pueblos civilizados, pues en el primero casi todos los combatientes lo poseen, mientras que en los últimos hay to­da una multitud de personas que han sido movilizadas tan sólo por necesidad, y de ningún modo por su inclinación interior. En realidad, en los pueblos agrestes nunca encontraremos a un gran general en jefe, y muy raramente lo que podríamos denominar un genio militar, porque esto exige un desarrollo de las fuerzas intelectuales que no puede darse en un pueblo poco civilizado. De más está decir que incluso los pueblos civilizados pueden presentar también una tendencia y un desarrollo más o menos belicosos, y, cuanto mayores sean éstos, con mayor persistencia aparecerá el espíritu militar en los individuos que componen sus ejércitos. Cuando ello coincide con el más elevado grado de civi­lización, esos pueblos proporcionan un brillante cuadro de reali­zaciones militares, como lo demostraron los romanos y los fran­ceses. En estos y en el resto de los pueblos famosos por sus em­presas guerreras, los grandes nombres surgen siempre tan sólo en épocas de elevado nivel de formación.

De aquí podemos inferir en seguida la importancia de parti­cipación que las fuerzas intelectuales tienen en el genio militar superior. Examinaremos esto con más atención.

La guerra implica un peligro, y, en consecuencia, el valor es, por sobre todas las cosas, la primera cualidad que debe ca­racterizar a un combatiente. El valor puede ser de dos clases: en primer lugar, el que hace acto de presencia ante un peligro con­tra la persona, y en segundo, el que requiere la existencia de una responsabilidad, ya sea ante el tribunal de una autoridad ex­terna ya ante el de una autoridad interna, que es la conciencia. Nos referiremos aquí únicamente a la primera clase.

El valor ante un peligro personal comporta también dos clases. En la primera, puede consistir en una indiferencia hacia el peligro, debida ya sea a la forma en que está constituido el indi­viduo, ya al desprecio por la muerte o al hábito; en cualquiera de estos casos el valor debe considerarse como una condición permanente. En la segunda, el valor puede proceder de motivos positivos, como la ambición, el patriotismo, el entusiasmo de cualquier naturaleza; en este caso, el valor es más bien una emo­ción, un sentimiento, antes que una condición permanente.

Cabe comprender que estas dos clases de valor actúan de forma diferente. La primera es más segura, pues, habiéndose transformado en una segunda naturaleza, nunca abandona al hombre; la segunda, a menudo lo induce a ir más allá. La prime­ra pertenece más a la constancia, la intrepidez, a la segunda. La primera procura más sosiego al entendimiento; la segunda, a ve­ces acrecienta su poder, pero también a menudo le causa perple­jidad. Las dos clases combinadas constituyen la forma más per­fecta del valor.

La guerra implica un esfuerzo físico y un sufrimiento. Para no verse desbordados por ellos se necesita cierta fortaleza de cuerpo y de espíritu que, de manera natural o adquirida, produz­ca indiferencia ante uno y otro.

Dotado de estas cualidades, entre las cuales se encuentra el simple sentido común, el hombre puede constituir un buen ins­trumento para la guerra, y así es como estas cualidades se encuentran muy comúnmente entre los pueblos semicultivados y agrestes. Si ahondamos en las exigencias que la guerra plantea a sus secuaces, encontraremos que predominan en ellas las cuali­dades intelectuales. La guerra implica una incertidumbre; tres cuartas partes de las cosas sobre las que se basa la acción bélica yacen ofuscadas en la bruma de una incertidumbre más o menos intensa. Por tanto, aquí se precisa, antes que nada, un entendi­miento fino y penetrante que perciba la verdad con un juicio ati­nado.

Una inteligencia normal puede ocasionalmente dar con esta verdad, y por azar, un valor anormal puede, en ocasiones, en­mendar un error; pero en la mayoría de los casos el promedio de los resultados revelará siempre un entendimiento escaso.

La guerra es el territorio del azar. En ningún otro ámbito de la actividad humana hay que dejar tanto margen para ese intru­so, porque ninguno esta en contacto tan constante con él, en to­dos sus aspectos. El azar aumenta la incertidumbre que preside todas las circunstancias y llega a trastornar el curso de los acon­tecimientos.

Debido a esta incertidumbre respecto de todas las informa­ciones y suposiciones, y a esta continua incursión del azar, el in­dividuo que actúa en la guerra suele encontrarse con que las cosas son distintas de lo que esperaba que fueran. Esto no deja de ejercer influencia sobre su plan, o en todo caso, sobre las espe­ranzas cifradas en él. Si esta influencia es tan grande como para desbaratar los planes prefijados, por regla general deberán subs­tituirse éstos por otros nuevos; pero a menudo se carece de los datos necesarios para hacerlo al momento, porque, en el curso de la acción, las circunstancias pueden exigir una decisión inme­diata y no dejar tiempo para una observación del entorno, y, a veces, ni mucho menos para una atenta consideración. Pero con mayor frecuencia ocurre que la corrección de las premisas y el conocimiento de los elementos azarosos que se han entremetido no permiten que se derrumbe nuestro plan, pero sí hacerlo vaci­lar. Nuestro conocimiento de las circunstancias ha mejorado, pe­ro nuestra incertidumbre no ha disminuido por ello, sino que se ha intensificado. La razón de esto estriba en que no adquirimos tales experiencias de modo simultáneo, sino por grados, porque nuestras decisiones se ven incesantemente asediadas por ellas y nuestra mente tiene que permanecer siempre «en armas», por así decir.

Si pretendemos permanecer a salvo de este continuo con­flicto con lo inesperado, son indispensables dos cualidades: en primer lugar, un entendimiento que, aun en medio de la oscuri­dad más intensa, no deje de contar con vestigios de una luz inte­rior que conduzcan a la verdad y, en segundo lugar, el valor pa­ra seguir los trazos de esa tenue luz. A la primera se la conoce fi­guradamente por la expresión francesa coup d'oeil; la segunda es la determinación.

Ya que en la guerra los encuentros son su rasgo distintivo y a tenor de ello se les prestó una atención prioritaria, y dado que en los encuentros el tiempo y el espacio son elementos determi­nantes, y lo eran más aún en el tiempo en que la caballería, con su poder de decisión rápida, era el arma principal, la idea de una decisión correcta y rápida se basó desde el principio en el cálculo de estos dos elementos, adoptándose para significar esta idea una expresión que se aplica solamente al correcto juicio vi­sual. Gran número de maestros en el arte de la guerra le han da­do asimismo por ello este sentido limitado. Pero no hay duda de que todas las decisiones justas tomadas en el momento de la eje­cución pronto pasan a ser sobreentendidas por esa expresión, como, por ejemplo, al reconocer el momento justo para el ata­que, etc. En consecuencia, lo que se entiende por coup d'oeil se refiere no sólo al aspecto físico, sino, con mayor frecuencia, al mental. Es lógico que esta expresión, al igual que el hecho en sí, ocupe siempre una mejor situación en el terreno de la táctica, lo que no la excluye del de la estrategia, pues también aquí son ne­cesarias a menudo las decisiones rápidas.

Despojar a este concepto de los dos elementos figurados y limitados que se le adjudican con tal expresión equivale simple­mente a establecer una verdad no visible para la mente común o que sólo aparece después de un largo examen y de notable re­flexión.

La determinación constituye un acto de valor desplegado en un caso particular, que si se transforma en rasgo característico será un hábito mental. Pero aquí no nos referimos al valor para afrontar el peligro físico, sino al que hace falta para hacer frente a las responsabilidades, o sea, para encarar, en cierta medida, el peligro moral. A esto se le ha llamado con frecuencia courage d’esprit, teniendo en cuenta que surge del intelecto, pero que no por ello es un acto del intelecto, sino del sentimiento. El simple entendimiento no implica todavía valor, ya que a menudo se comprueba que la gente más clarividente carece de determina­ción. Así, el entendimiento debe despertar primero el sentimien­to de valor que él mismo mantendrá y afirmará, porque en un momento de emergencia el hombre es dominado más por sus sentimientos que por sus pensamientos.

Hemos asignado a la determinación la labor de eliminar el tormento de la duda y los peligros de la indecisión cuando se carece de una orientación suficiente. Es cierto que el lenguaje fa­miliar no duda en denominar «determinación» a la simple pro­pensión a la osadía, el arrojo, la intrepidez o la temeridad. Pero cuando un hombre alberga motivos suficientes, tanto subjetivos como objetivos, tanto verdaderos como falsos, no hay razón para referirse a su determinación, porque al hacerlo nos colocaríamos en su lugar y cargaríamos el platillo de la balanza con dudas de las que carece.

Se trata tan sólo de una cuestión de fuerza y de debilidad. No caeremos en la pedantería de discutir el lenguaje familiar que da un mal uso a esta palabra; nuestra observación tiene única­mente por objeto rehuir las objeciones injustificadas.

Esta determinación; que supera el eventual estado de duda, sólo puede ser llevada a la práctica por el entendimiento, y, de hecho, por una dirección de éste totalmente particular. Sostene­mos que la mera unión de un raciocinio superior y de los senti­mientos necesarios no basta para dar lugar a la determinación. Hay personas que poseen una capacidad muy aguda para perci­bir los problemas más difíciles y que no carecen de valor para afrontar graves responsabilidades, y que, sin embargo, en casos difíciles no saben tomar una determinación. Su valor y su enten­dimiento permanecen como ajenos al hecho, no se prestan ayuda mutua, y a causa de ello no forman una determinación. Esta sólo surge de un acto del raciocinio, que hace evidente la nece­sidad de la audacia, y en consecuencia determina la voluntad. Esta dirección completamente particular del entendimiento, que combate y anula todos los otros temores del hombre con el te­mor a la irresolución o a la vacilación, es la que origina la deter­minación en las mentalidades fuertes. Por ello los hombres con escaso raciocinio no pueden distinguirse por su determinación, de acuerdo con el sentido que le damos a esa palabra. En situa­ciones difíciles pueden actuar sin vacilar, pero entonces lo hacen sin reflexión, y un hombre que actúa sin reflexionar no es ator­mentado por duda alguna. Este desarrollo de la acción puede re­sultar correcto de vez en cuando, pero consideramos, ahora co­mo antes, que el resultado medio es el que denota la existencia del genio militar. Si esta afirmación resultara impropia para quien conozca a muchos oficiales de húsares que se caracterizan por su decisión, pero que carecen de profundidad de pensamiento, tenemos que recordar que se trata aquí de una dirección particu­lar del raciocinio y no de una disposición para la meditación profunda.

Creemos, por tanto, que la determinación debe su existen­cia a una dirección particular del entendimiento, una dirección propia de una mentalidad fuerte, antes que de una brillante. Para confirmar esta genealogía de la decisión, cabe añadir que han habido muchos hombres que han demostrado una gran determi­nación en escalas inferiores pero que han dejado de tenerla en posiciones más elevadas. Mientras en una ocasión ven la necesi­dad de obrar con determinación, en otra comprenden los peli­gros que entraña tomar una decisión errónea y, como no están familiarizados con las cosas que les interesan, su entendimiento pierde la fuerza original, y se vuelven tanto más tímidos cuanto más conscientes sean del peligro de la vacilación que los mantie­ne como petrificados, y cuanto más sostenida haya sido su cos­tumbre de actuar por impulsos momentáneos.

El coup d'oeil y la determinación nos llevan, por lógica, a ocuparnos de su cualidad hermana, la presencia de ánimo, que debe desempeñar un papel importante en la guerra, como sede que es de lo inesperado; porque no es, en efecto, más que el magno ejemplo de la conquista de lo inesperado.

Así como admiramos la presencia de ánimo manifestada en una réplica oportuna a algo expresado de manera inesperada, así también la admiramos en la rapidez para echar mano de un re­curso en un momento de peligro inopinado. Ni la réplica ni el recurso necesitan ser extraordinarios en sí mismos, porque lo que como resultado de una reflexión madura no sería nada ex­cepcional, incluso pudiéndose tildar de insignificante, puede complacernos como acto instantáneo del entendimiento. La ex­presión «presencia de ánimo» significa de manera muy apropiada la rapidez y la prontitud de la ayuda prestada por el entendi­miento.

De la naturaleza del caso depende que esta excelsa cuali­dad de un individuo sea atribuida más a la calidad particular de su inteligencia que a la firmeza de su equilibrio emocional, aun que ninguna de las dos puede faltar por completo. Una réplica certera es más bien propia de un ingenio veloz; un contragolpe que contrarresta un peligro inopinado entraña más que nada un equilibrio emocional estable.

Si tomamos en su forma amplia los cuatro componentes del ambiente en que se desarrolla la guerra, el peligro, el esfuerzo físico, la incertidumbre y el azar, fácil será comprender que se re quiere una gran fuerza moral y mental para que avance con se­guridad y posibilidades de éxito en este elemento desconcertante una fuerza que los historiadores y cronistas de los hechos milita­res describen como energía, firmeza, constancia, fortaleza de es­píritu y de carácter, de acuerdo con las diferentes modificaciones introducidas por las circunstancias. Todas estas manifestaciones de la naturaleza heroica pueden ser consideradas como producto de la fuerza de voluntad y su equivalente, con las modificaciones que dictan las circunstancias; pero por más relacionadas que es­tén una con la otra, no son, sin embargo, idénticas, por lo cual creemos conveniente diferenciar con más detalle estas cualidades morales y su relación mutua.

En primer lugar, para fijar nuestras ideas es esencial obser­var que el peso, la carga, la resistencia, o como quiera que quie­ra llamársele, por lo cual se pone de manifiesto la fuerza espiritual de la persona que actúa, sólo en una mínima medida tiene que ver con la actividad del enemigo, la resistencia del enemigo, la acción del enemigo. La actividad del enemigo sólo afecta di­rectamente al general en jefe, en primer lugar en relación con su persona, sin afectar a su acción como comandante. Si el enemigo resiste cuatro horas en lugar de dos, el jefe se hallará en peligro durante cuatro horas en lugar de dos. Esta es una consideración que cede en importancia a medida que se eleva la jerarquía de la jefatura. ¿Qué importancia tiene para el que ocupa la posición de general en jefe? Sin duda, ninguna.

En segundo lugar, la resistencia del enemigo surte un efecto directo sobre el jefe, debido a la pérdida de medios en que incu­rre cuando aquélla se prolonga y a la responsabilidad que con trae en relación con esa pérdida. Es precisamente en este mo­mento, debido a la carga de ansiedad de sus consideraciones, donde se manifiesta y se pone a prueba su fuerza de voluntad. Afirmamos, sin embargo, que dista de ser esta la carga más pesa­da que el jefe debe soportar, pues es algo que tiene que resolver solo por sí mismo, mientras que todos los otros efectos de la re­sistencia del enemigo actúan sobre los combatientes que están bajo su mando e influyen en él a través de éstos.

Mientras los hombres henchidos de coraje luchan con ardor guerrero, su jefe raramente tendrá ocasión de hacer alarde de gran fuerza de voluntad en la prosecución de sus objetivos. Pero en cuanto surgen las dificultades, y esto nunca deja de ocurrir cuando tienen que alcanzarse grandes resultados, las cosas dejan de funcionar como una máquina bien engrasada, sino que esta misma comienza a ofrecer resistencia y, para superar el trance, el jefe tiene que actuar con gran fuerza de voluntad. Tal resistencia no debe interpretarse como si se tratara de una desobediencia o una réplica, aunque éstas se presenten con bastante frecuencia en los individuos, sino que la lucha que debe librar el jefe en su interior es con la impresión general de la disolución de todas las fuerzas físicas y morales y el espectáculo angustioso del sacrificio sangriento, y luego con todos aquellos que, directa o indirecta­mente, depositan en él sus impresiones, sus sentimientos, sus an­siedades y sus esfuerzos. A medida que los individuos, uno tras otro, van agotando sus fuerzas, y cuando su propia voluntad ya no basta para alentarlos y mantenerlos, la inercia de toda la masa comienza a descargar su peso sobre las espaldas del comandan­te. Será la fuerza de su aliento, la llama de su espíritu, la firmeza de su propósito las que harán brillar de nuevo la luz de la espe­ranza en los otros. Sólo en la medida en que sea capaz de hacer­lo, el jefe dominará a las masas y seguirá comandándolas. Cuan­do ocurra un descalabro, y su valor no tenga la fuerza suficiente como para hacer revivir el valor de los demás, las masas lo arras­trarán consigo hacia el abismo, hacia las profundas regiones de la más baja animalidad, en las que se rehuye el peligro y no se concibe vergüenza alguna. Tal es la carga que deben soportar el valor y la fuerza espiritual de un jefe en la lucha si éste desea realizar algo extraordinario. Esta carga aumenta en relación con las masas que se hallan bajo su mando, y, en consecuencia, para que las fuerzas en cuestión continúen igualando el peso que re­cae sobre sus hombros, deberán aumentar en proporción con el rango que ocupe.

La energía en la acción expresa la fuerza de la motivación por la cual la acción se pone de manifiesto, ya tenga el móvil su origen en una convicción propia del entendimiento, ya en un impulso de los sentimientos. Este último difícilmente puede estar ausente cuando haya que hacer una gran demostración de fuer­za. Debemos admitir que, de todos los excelsos sentimientos que colman el pecho humano en ––el esfuerzo cruel de la lucha, no hay ninguno tan poderoso y constante como el de la sed de ho­nores y de fama, a los que tan injustamente trata el idioma ale­mán, que no se recata en menospreciarlos con dos indignas aso­ciaciones: Ehrgeiz (codicia de honores) y Ruhmsucht (búsqueda de gloria). Sin duda, el mal uso de estas gallardas aspiraciones del espíritu produjo, especialmente en la guerra, más de una in­soportable injusticia para la especie humana, pero por su origen estos sentimientos deben ser considerados entre los más nobles de nuestra naturaleza, y en la guerra constituyen el verdadero soplo de vida que anima a ese cuerpo gigantesco. Aunque otros sentimientos pueden ejercer una influencia más general, y mu­chos de ellos, como el amor a la patria, la sujeción fanática a una idea, la venganza, el entusiasmo de cualquier índole, etc., pare­cería que ocuparan una posición más elevada, no convierten en superfluas la ambición y la búsqueda de la fama. Esos otros sen­timientos pueden animar en general a grandes masas, e inspirar­les sentimientos sublimes, pero no producen en el jefe el deseo de descollar entre sus compañeros, lo cual constituye el requisito esencial de su posición, si es que se propone lograr algo digno de mención. A diferencia de la ambición, estos sentimientos no convierten al acto militar individual en una propiedad particular del jefe, quien se esfuerza luego en utilizarlos para sacar una ma­yor ventaja, labrando trabajosamente y sembrando con cuidado para poder recoger una abundante cosecha. Estas aspiraciones, compartidas por todos los jefes, desde el de mayor graduación hasta el menos importante, esta especie de diligencia, este espíri­tu de emulación, este acicate, son los que determinan en particu­lar la eficiencia de un ejército y lo hacen triunfar. Y en lo que respecta a los hombres de vértice, preguntamos: ¿ha habido algu­na vez un gran general en jefe desprovisto de ambición, o puede siquiera concebirse tal circunstancia?

La firmeza denota la capacidad de resistencia de la voluntad frente a la dureza de un choque, la constancia en relación con la duración. A pesar de la analogía existente entre ambas, así como de la frecuencia con que una es usada en vez de la otra, existe sin embargo una diferencia notable entre ellas que no se presta a confusión, puesto que la firmeza frente a una impresión poderosa puede tener su raíz en la simple intensidad de su ex­perimentación, pero la constancia debe estar más bien sostenida por el raciocinio, ya que con la duración de una acción se acre­cienta su regularidad, y la constancia extrae en cierto modo de ello su fuerza.

Examinemos ahora lo que entendemos por fortaleza de es­píritu y de ánimo.

Es evidente que no se trata de la intensidad en la expresión del sentimiento o de la emotividad, porque esto se opondría a todos los usos del idioma, sino del poder de obedecer al raciocinio, incluso en medio de la excitación más intensa, en medio de la tormenta de las más enconadas emociones. ¿Dependerá este poder únicamente de la fuerza del raciocinio? Es dudoso. El he­cho de que haya hombres de inteligencia sobresaliente que no saben controlarse a sí mismos no prueba lo contrario, pues cabe decir que esto tal vez requiera una inteligencia más bien de ín­dole fuerte que de un carácter comprensivo; pero tal vez nos acercamos más a la verdad si suponemos que, incluso en los momentos de la expresión más intensa de los sentimientos, la fuerza, para someterse al control del raciocinio, que llamamos dominio sobre uno mismo, hinca sus raíces en el espíritu. Se trata en realidad de otro sentimiento que, en los hombres de espíritu fuerte, equilibra la emotividad desaforada sin destruirla, y sólo gracias a este equilibrio queda asegurado el dominio del racioci­nio. Como contrapartida no existe nada más que el sentimiento de dignidad del hombre, ese orgullo excelso, esa necesidad ocul­ta del alma, que actúa siempre como un ser dotado de juicio y capacidad de raciocinio. En consecuencia, puede decirse que un espíritu fuerte es aquel que no pierde su equilibrio ni aun por el impulso de los estímulos más intensos.

Si tendemos una mirada a la gran diversidad existente entre los hombres, desde el punto de vista sentimental, encontramos en primer término personas que muestran escasa capacidad de excitación, a las que se las llama flemáticas o indolentes; en se­gundo lugar, otras personas son muy excitables, con unos senti­mientos, sin embargo, que no exceden nunca de cierto límite, y en este caso se conocen como sensibles, pero calmosas; en ter­cer lugar, otras se excitan con facilidad, y sus sentimientos se in­flaman con la rapidez y la intensidad de la pólvora, pero sin per­durar; en cuarto lugar, finalmente, existen quienes no se con­mueven por causas pequeñas, y que por lo general entran en ac­ción de forma gradual y no súbitamente, demostrando unos sen­timientos que llegan a ser muy poderosos y mucho más durade­ros, personas con pasiones fuertes, ocultas en lo más profundo de su ser.

Esta diferencia entre los hombres en relación con su consti­tución emocional linda con las fuerzas físicas que actúan en el organismo humano, y pertenece a esa organización dual que lla­mamos sistema nervioso, relacionado por un lado con la materia y por el otro con el espíritu. Nuestra frágil filosofía no pretende buscar nada más en este ámbito de penumbra; pero conviene a nuestros planteamientos dedicar un momento a calibrar el efecto que estas diferencias producen sobre la acción en la guerra y hasta qué punto cabe esperar de ellas una gran fortaleza de ca­rácter.

A los hombres indolentes no se les saca de sus casillas con facilidad, pero indudablemente no puede decirse que existe for­taleza de carácter donde hay una ausencia total de manifestación de fuerza. No obstante, tampoco cabe negar que tales hombres muestran cierta eficacia, siquiera parcial en la guerra, justamente debido a su inmutable equilibrio. Con frecuencia carecen de mo­tivos positivos para la acción, o sea, de fuerza impulsora, y, por tanto, de actividad; pero no acostumbran a echar a perder nada.

La peculiaridad del segundo tipo, como se ha dicho, es la de excitarse con facilidad ante asuntos insignificantes, pero fren­te a cuestiones relevantes se quedan también en suspenso. Los hombres de este tipo muestran una gran actividad cuando se tra­ta de ayudar a un semejante en desgracia, pero el peligro que amenaza a una nación no hace más que deprimirlos en lugar de animarlos a la acción.

En la guerra, tales hombres no dejarán de mostrarse activos ni carentes de equilibrio, pero no realizarán nada de envergadu­ra, a menos que un planteamiento inteligente muy poderoso les procure los motivos para ello. Pero muy raramente tales tempe­ramentos van ligados a una inteligencia muy fuerte e indepen­diente.

Los sentimientos excitables e inflamables no suelen adap­tarse a la vida práctica, y, por tanto, no son muy apropiados para la guerra. Es cierto que cuentan con la ventaja de promover im­pulsos fuertes pero éstos no duran. No obstante, si la vitalidad de tales hombres se inclina por el valor y la ambición, pueden llegar a ser muy útiles en la guerra cuando ocupan posiciones in­feriores, simplemente porque en la acción bélica que controlan los jefes situados en una escala inferior tiene por lo general una duración más corta. A veces bastará con una decisión valerosa, una expansión de las fuerzas del espíritu. Un ataque intrépido, un fuerte embate son cuestiones de pocos minutos, mientras que la valerosa lucha en el campo de batalla puede desarrollarse du­rante todo un día, y una campaña abarcar como tarea todo un año.

Debido a la rápida evolución de sus sentimientos, resulta doblemente difícil para los hombres que hemos descrito mante­ner el equilibrio emocional, y pierden por ello con frecuencia la cabeza. Es este, por tanto, el peor de sus defectos respecto de su capacidad para la conducción de la guerra. Pero sería ir en con­tra de la experiencia afirmar que los hombres de temperamento explosivo no son nunca fuertes, es decir, que no son capaces de mantener su equilibrio bajo el efecto de un estímulo poderoso. ¿Por qué no habría de existir en ellos el sentimiento de su propia dignidad, ya que por lo general son de naturaleza noble? Tal sentimiento raramente falta en ellos, pero lo que ocurre es que no tiene tiempo de manifestarse. En su mayoría, después de un arranque son presa de un sentimiento de humillación. Si gracias a la educación, a la vigilancia de sus propios actos y a la expe­riencia aprenden tarde o temprano a defenderse de sí mismos, y en momentos de excitación desatada alcanzan con rapidez a te­ner conciencia del choque de sus fuerzas interiores, pueden tam­bién llegar a ser capaces de dar fe de una gran fortaleza de espí­ritu.

Por último, encontramos a hombres que difícilmente se conmueven, pero que por esa misma razón tienden a hacerlo en profundidad; hombres que con respecto a los precedentes están en la misma relación que el calor con la llama. Son los más indi­cados para poner en movimiento, haciendo uso de su fuerza titá­nica, masas ingentes, entre las cuales caben ser representadas fi­gurativamente las dificultades que entraña la acción en la guerra. El efecto de sus sentimientos se equipara al movimiento de gran­des masas, que, aunque más lento, resulta sin embargo avasalla­dor.

Aunque tales hombres no se ven tan desbordados por sus sentimientos ni tan arrastrados por la propia vergüenza como los anteriores, sería también contrario a la experiencia creer que no pueden perder nunca el equilibrio o que nunca pueden ser obje­to de una pasión ciega. Por el contrario, esto ocurrirá tan pronto como falte el noble orgullo del dominio de uno mismo o cuando éste no tenga un peso suficiente. Muy a menudo nos lo demues­tran hombres eminentes pertenecientes a pueblos agrestes, en los que el escaso cultivo de la inteligencia favorece el predomi­nio de la pasión. Pero, incluso entre las clases más elevadas de los pueblos cultivados, la vida rebosa de este tipo de ejemplos, de hombres obnubilados por la violencia de sus pasiones, del mismo modo que el cazador furtivo de la Edad Media, atraído por el venado, se sentía arrastrado a internarse en la floresta.

Repetimos, pues, que un espíritu fuerte no es simplemente aquel que se muestra capaz de sentir emociones fuertes, sino el que mantiene su equilibrio incluso bajo el peso de las emociones más intensas, de modo que, a pesar de las tormentas que se libran en su interior, la convicción y el entendimiento pueden ac­tuar con perfecta libertad, como la aguja de la brújula en un bar­co sacudido por la tormenta.

La expresión fortaleza de carácter, o simplemente carácter, significa una tenaz convicción, ya sea ésta el resultado de nues­tro propio juicio o el de otros, ya esté basada en principios, opiniones, inspiraciones momentáneas o cualquier otro producto del entendimiento. Pero es bien cierto que esta clase de firmeza no puede manifestarse si los mismos juicios están sujetos a cam­bios frecuentes. Esta variabilidad no necesita ser el resultado de alguna influencia exterior. Puede surgir de la actividad continua de nuestro propio entendimiento, pero, en ese caso, indica sin duda una inestabilidad peculiar de la inteligencia. No afirmare­mos en verdad que un hombre tiene carácter cuando cambia de opinión a cada momento, por mucho que este cambio pueda provenir de su interior. Por tanto, sólo diremos que posee esta cualidad aquel que ponga de manifiesto una convicción muy constante, ya sea porque esté arraigada profundamente, y poco expuesta por sí misma a sufrir cambios, ya porque escasea la ac­tividad mental, como es el caso de las personas indolentes, y por ello se carezca de motivos para el cambio o, por último, porque un acto explícito de la voluntad, proveniente de un principio im­perioso del entendimiento, rechaza cualquier cambio de opinión.

En la guerra, más que en ninguna otra actividad humana, ocurren acontecimientos que pueden desviar a un hombre del camino que se ha trazado, haciéndole dudar de sí mismo y de los demás, a causa de las muchas y poderosas impresiones que acosan al espíritu y de la incertidumbre en que se ve envuelto el entendimiento.

El espectáculo desgarrador del peligro y del sufrimiento conduce fácilmente a sentimientos que ganan ascendiente sobre la convicción del entendimiento, y, en medio de las tinieblas que ofuscan todo a su alrededor, la claridad de juicio profundo resul­ta tan problemático que provoca que el cambio sea más com­prensible y disculpable. Se tiene que actuar siempre con conjetu­ras y suposiciones sobre la verdad. Por esta razón, en ningún otro lugar son tan grandes como en la guerra las diferencias de opinión, y en ella no cesa de fluir la corriente de impresiones que van en contra de nuestras propias convicciones. Ni siquiera la flema del intelecto más intensa sirve para defenderse de ellas, porque tales impresiones son demasiado fuertes y vívidas, y siempre al mismo tiempo contrarias al temperamento.

Sólo los principios generales y modos de ver las cosas que gobiernan la actividad desde el punto de vista más elevado pue­den ser el fruto de un claro y profundo juicio, y en ellos descansa, a manera de pivote, la opinión que se forme respecto de un caso particular considerado de manera inmediata. Sin embargo, la dificultad reside precisamente en afirmarse en estos resultados de reflexión previa, en oposición a la corriente de opiniones y fenómenos que aporta el presente. Entre el caso particular y el principio se crea a menudo una larga distancia, que no siempre puede ser recorrida mediante una cadena visible de conclusio­nes, y en la que es necesaria cierta confianza en uno mismo y es útil cierta dosis de escepticismo. Con frecuencia, poca ayuda se encuentra aquí fuera del principio imperioso que, independiente de la reflexión, la controla; es un principio que, en todos los ca­sos dudosos, tiene que avenirse a nuestra primera opinión y no abandonarla hasta que se esté convencido de la necesidad de hacerlo. Se tiene que estar firmemente convencido de la autori­dad superior que entrañan los principios contrastados, y no per­mitir que el brillo de las apariencias momentáneas nos lleve a ol­vidar que su verdad siempre pertenece a un nivel inferior. Nues­tras acciones adquirirán esa estabilidad y consistencia que llama­mos carácter, por esta preferencia que otorgamos, en casos du­dosos, a nuestras convicciones previas, y por la avenencia que les atribuimos.

Fácilmente vemos cómo un temperamento bien equilibrado estimula en gran medida la fortaleza de carácter; es por eso, tam­bién, por lo que hombres de gran fortaleza espiritual tienen por lo general mucho carácter.

La fortaleza de carácter nos conduce a una de sus formas degeneradas: la obstinación.

En ciertos casos resulta a menudo muy difícil dilucidar cuándo termina una y cuándo empieza la otra; en el terreno abs­tracto, por contra, no parece difícil determinar la diferencia entre ellas.

La obstinación no es un defecto del entendimiento. Usamos ese término para significar la resistencia a un juicio mejor, y ésta no puede, sin implicar una contradicción en sí misma, emplazar­se en el intelecto, que es precisamente la capacidad de juzgar. La obstinación constituye un defecto del temperamento. Este carácter inflexible de la voluntad, ese encono en oponerse a réplicas aje­nas tienen su fundamento simplemente en un tipo particular de egolatría, que sitúa por encima de cualquier otro placer el de go­bernarse a sí mismo y a los demás, únicamente por el propio ca­pricho. Podríamos denominar esto una forma de vanidad, si no fuera, por supuesto, algo mejor; la vanidad encuentra satisfac­ción en la apariencia, pero la obstinación descansa sobre el de­leite de la circunstancia.

Afirmamos, por tanto, que la fortaleza de carácter se con­vierte en obstinación tan pronto como la resistencia a un juicio ajeno proviene de un sentimiento de oposición y no de una convicción mejor o de la confianza en un principio más elevado. Si bien esta definición, como ya hemos admitido, poca ayuda pres­ta en la práctica, impide, no obstante, que la obstinación sea considerada meramente como la intensificación de la fuerza de carácter, siendo así que es algo esencialmente diferente, algo que, si bien es verdad que se le acerca hasta lindar con ella, al mismo tiempo se halla tan alejado de una forma más intensa, que hay hombres muy obstinados que, por falta de entendimien­to, se muestran dotados de poca fortaleza de carácter.

En nuestro análisis de los elevados atributos que caracteri­zan a un gran conductor hemos considerado como corrientes aquellas cualidades en las cuales participan el intelecto y el temperamento. Nos hallamos ahora ante una peculiaridad de la acti­vidad militar que cabe estimar quizá como la más influyente, aunque no sea la más importante, y que sólo exige una cierta ca­pacidad mental, a despecho de las cualidades temperamentales. Se trata de la relación que existe entre la guerra y el lugar y el terreno.

En primer lugar, esta relación se encuentra presente de ma­nera constante, haciendo por completo inconcebible que una ac­ción bélica por parte de nuestro ejército en formación se produz­ca de otro modo que no sea en un espacio definido; en segundo lugar, tal relación asume una importancia muy decisiva porque modifica, y a veces la altera por entero, la acción de todas las fuerzas; y, en tercer lugar, mientras que por un lado puede al­canzar a los detalles más nimios de la localidad, por otro puede abarcar los más amplios espacios.

Así, la relación que existe entre la guerra y el terreno y el lugar otorga a la acción de aquélla un carácter muy particular. Si hiciéramos mención de otras actividades humanas que guardan relación con estos elementos (la horticultura, la agricultura, la construcción, las obras hidráulicas, la minería, la caza, la silvicul­tura, etc.), veríamos que todas ellas se efectúan en espacios cier­tamente limitados, que pueden ser explorados y determinados con exactitud suficiente. Pero el jefe en la guerra tiene que ceñir la tarea en que está empeñado dentro de un espacio que le obli­ga a limitarse, que sus ojos no pueden abarcar, que el celo más aguzado no puede explorar siempre y con el cual rara vez puede familiarizarse adecuadamente, a causa de los cambios constantes que se producen. Es cierto que el oponente se encuentra por lo general en la misma situación; sin embargo, en primer lugar, la dificultad, aunque sea común a ambos, no deja de constituir por ello una dificultad, y el que la domine con su talento y su expe­riencia adquirirá una gran ventaja; en segundo lugar, esta igual­dad en las dificultades se produce sólo de modo general y no necesariamente en un caso particular, en el cual, como norma, uno de los dos combatientes (el defensor) suele tener un mayor conocimiento del lugar que el otro.

Esta dificultad tan peculiar debe ser superada mediante un tipo especial de capacidad mental, llamado sentido del lugar, que no deja de ser un término muy restringido. Consiste en la capaci­dad para formarse con rapidez una representación geométrica correcta de cualquier porción de territorio y, en consecuencia, para encontrar en cualquier momento, de modo ajustado y fácil, una posición en él. Esto constituye, evidentemente, un acto de la imaginación. La percepción está formada, sin duda, en parte por la apreciación visual y en parte por la del intelecto, el cual, por medio de juicios derivados del conocimiento de la ciencia y de la experiencia, proporciona los datos que faltan y forma un todo con los fragmentos visibles para el ojo. Pero, para que este todo se presente vívidamente a nuestra mente, y se convierta en una imagen en el mapa dibujado en el cerebro, para que esta imagen sea permanente y los detalles no se dispersen de nuevo, todo es­to sólo puede efectuarse por medio de la facultad mental que llamamos imaginación. Si algún poeta o pintor se sintiera herido porque atribuimos a su diosa una tarea semejante, si se encoge de hombros ante la idea de que a un hábil guardabosque se le tiene que reconocer, por ese motivo, una imaginación de primer orden, admitiremos de buena gana que en ese caso nos referi­mos sólo a una aplicación muy limitada del término, y a su uso en una tarea realmente inferior. Pero, por pequeño que sea su servicio, tiene que ser, no obstante, obra de ese don natural, por­que si éste faltara, sería difícil formarse una idea clara y coheren­te de las cosas, como si las tuviéramos delante de los ojos. Admi­timos sin vacilar que una buena memoria resulta una gran ayuda para ello, pero tenemos que dejar pendiente de decisión si la memoria ha de ser considerada como una facultad independien­te de la mente, o si se trata tan sólo de una capacidad para for­mar imágenes que fijan mejor estas cosas en la mente; en efecto, resulta realmente difícil pensar en estas dos facultades mentales separadas una de la otra.

No negamos que la práctica y una conclusión inteligente tienen mucho que ver con el sentido del lugar. Puysegur, el ad­ministrador militar del famoso general Luxemburg, solía afirmar que al principio tenía poca confianza en sí mismo a este respec­to porque había notado que, si tenía que dar la contraseña a dis­tancia, siempre se desviaba del camino.

El ámbito para la aplicación de este talento aumenta, natu­ralmente, cuanto más nos elevamos en la jerarquía. Así como el húsar o el cazador al mando de una patrulla tienen que ser capaces de localizar fácilmente su posición en veredas y atajos apar­tados, necesitando para este propósito pocas señales y sólo un don limitado de observación e imaginación, el general en jefe, por su parte, que se ve obligado a poseer un conocimiento de los rasgos geográficos generales de una región o de un país, ha de tener siempre vívidamente ante sus ojos la dirección de los caminos, de los ríos y de las montañas, pudiendo prescindir, al mismo tiempo, del sentido limitado del lugar. Sin duda, en líneas generales constituirán una gran ayuda las informaciones de toda clase que pueda poseer, mapas, libros o memorias, y, para los detalles, la colaboración de su entorno; sin embargo, es evidente que la posesión de un talento capaz de comprender rápida y cla­ramente las características de un terreno presta a su acción un desarrollo más fácil y más firme, lo libra de cierta orfandad men­tal y lo convierte en menos dependiente de los demás.

Si esta capacidad es atribuida en definitiva a la imaginación, será casi el único servicio que la actividad militar exige de esa diosa excéntrica, cuya influencia resulta más dañina que útil.

Creemos haber pasado revista a aquellas manifestaciones de las fuerzas de la mente y del espíritu que la actividad militar exige de la naturaleza humana. En todas las cuestiones, el enten­dimiento aparece como una fuerza cooperadora primordial, y por ello podemos comprender porqué la tarea de la guerra, aun­que parece simple y sencilla, no puede ser nunca dirigida con éxito por personas que no posean una capacidad intelectual so­bresaliente.

Desde este punto de vista, no precisamos considerar como el resultado de un gran esfuerzo mental algo tan natural como conseguir un cambio de posición del enemigo, lo cual ha sido realizado mil veces, u otras cien acciones como ésa.

Evidentemente estamos acostumbrados a ver en el soldado simple y eficiente algo opuesto a las mentes reflexivas, a esos hombres que rebosan de capacidad de invención y de ideas, esos espíritus esplendentes que nos deslumbran con su prodiga­lidad intelectual. Tal antítesis no está en modo alguno reñida con la realidad, pero no nos dice que la eficiencia del soldado con­sista simplemente en su valor ni que no exija asimismo una cier­ta energía especial y una eficiencia mental para ser algo más que lo que se llama un buen espada. Tenemos que insistir una y otra vez en que no hay nada más común que la existencia de hom­bres que pierden su capacidad de acción al ser promocionados a una posición superior, para la cual sus facultades ya no obran de la misma manera. Pero tenemos que recordar también que esta­mos hablando de hazañas notables, que dan lustre a la rama de la profesión a la que pertenecen. Cada grado de mando en la guerra crea, pues, su propio tipo de cualidades necesarias del es­píritu, su honor y su fama.

Existe un inmenso abismo entre un general en jefe, es de­cir, un general que asume el mando supremo de toda una guerra o del teatro de la guerra, y su segundo en el escalafón, por la simple razón de que este último está sometido a una dirección y supervisión mucho más detallada y está limitado, en consecuen­cia, a un ámbito mucho menor de actividad mental independien­te. Es por ese motivo por el cual la opinión corriente no aprecia que se requiera una actividad intelectual notable, excepto en las posiciones superiores, y piensa que basta una inteligencia ordi­naria para ocupar las inferiores; es por eso también por lo que la gente común se siente inclinada a otorgar un punto de incapaci­dad a un jefe subalterno que ha envejecido en el servicio y cu­yas actividades exclusivas han producido en él un evidente em­pobrecimiento del espíritu, y, con todo respeto hacia su valentía, se mofan de su simplicidad. No constituye nuestro objetivo in­tentar conseguir para esta brava gente una mejor distinción; ello no contribuiría en nada a su eficiencia y muy poco a su felici­dad. Deseamos únicamente presentar las cosas tal como son y apercibir contra el error de suponer que un simple valentón des­provisto de entendimiento puede prestar servicios remarcables en la guerra.

Si consideramos que, incluso, en las posiciones más inferio­res, el jefe llamado a sobresalir debe poseer cualidades espiritua­les notables y que, cuanto más elevado sea su rango, más eleva das habrán de ser sus capacidades, se deduce por sí mismo que tenemos formada una opinión por completo distinta respecto de aquellos que ocupan debidamente la posición de segundos en el mando de un ejército; y que su aparente simplicidad, en compa­ración con un polígrafo universal, o con un poderoso hombre de negocios dado a la pluma, o con un estadista conferenciante, no debería llamarnos a engaño sobre su inteligencia práctica. Suce­de a veces que los hombres llevan consigo, al acceder a una po­sición más elevada, la reputación que han alcanzado en una in­ferior, y no se hacen merecedores de ella en la posición más al­ta. Si entonces no son muy utilizados y por tanto no corren el riesgo de ponerse de manifiesto, el juicio no distingue tan clara­mente qué clase de mérito se les tiene que reconocer. Tales hombres constituyen a menudo la causa de que se forme una opinión pobre sobre su personalidad, la cual en ciertas posicio­nes puede, sin embargo, brillar con todo merecimiento.

Se requiere un genio particular en cada rango, desde el más bajo hasta el más alto, para poder prestar servicios notables en la guerra. Sin embargo, la historia y el juicio de la posteridad con­fieren por lo general el título de genio sólo a aquellos hombres que han desempeñado con gran brillantez la función de general en jefe. La razón reside en que para ello, en efecto, se requiere una aportación mucho mayor de cualidades mentales y morales. Dirigir la guerra o sus grandes acciones, llamadas campañas, has­ta un fin brillante, demanda una aguda perspicacia para com­prender la política de Estado en sus relaciones más encumbra­das. Coinciden aquí la conducción de la guerra y la política de Estado, y el general se convierte al mismo tiempo en estadista. Se le niega a Carlos XII de Suecia el título de genio porque no pudo poner el poder de su espada al servicio de un juicio supe­rior, y la sabiduría no pudo alcanzar, por su intermedio, un obje­tivo glorioso. Se niega ese título a Enrique IV de Francia porque no vivió lo suficiente como para influir con sus proezas en el de­sarrollo histórico de varios estados, y adquirir experiencia en ese ámbito en el cual los sentimientos nobles y el carácter caballeresco son menos eficaces para dominar a un enemigo que para su­perar un conflicto interno.

Si se desea corroborar todo lo que un general en jefe tiene que comprender y prever correctamente de una sola mirada, re­mitimos al lector al capítulo primero. Afirmamos que ese general se convierte en estadista, pero que no debe dejar de ser lo pri­mero. Por un lado debe ser capaz de captar todas las relaciones de Estado; por el otro, conocer exactamente lo que puede hacer con los medios que están en su mano.

La diversidad y los límites indefinidos de todas las relacio­nes existentes en la guerra ponen en evidencia un gran número de factores. Dado que muchos de ellos pueden ser calculados apelando a las leyes de la probabilidad, y si, en consecuencia, la persona que actúa no percibiera las cosas con el brillo de una mente capaz de inquirir intuitivamente la verdad en todas las cir­cunstancias, se produciría una confusión tal de opiniones y con­sideraciones que daría como resultado que su juicio ya no sabría encontrar una salida. En este sentido, a Napoleón le asistía por completo la razón cuando afirmaba que muchas de las decisio­nes que tiene que tomar un general constituyen un problema de cálculo matemático, digno del talento de un Newton o de un Eu­ler.

De entre las fuerzas superiores de la mente, las que aquí se exigen son un sentido de la unidad y el juicio, elevado hasta un extremo maravilloso de visión mental, que en su ámbito de actividad elabore rápidamente y aparte miles de ideas confusas, que un entendimiento normal no descubre si no es con gran esfuerzo y desgaste hasta el agotamiento. Pero estas actividades superio­res de la mente, ese alarde de genialidad, no adquieren una tras­cendencia histórica a menos que estén sostenidas por aquellas cualidades de temperamento y carácter a las que nos hemos re­ferido.

La verdad sola no resulta más que un motivo muy débil en el hombre, y por esta razón existe siempre una gran diferencia entre el conocimiento y el acto de voluntad, entre saber qué hacer y la capacidad para hacerlo. El hombre adquiere en cada mo­mento el estímulo más fuerte para la acción a través de sus emo­ciones, y consigue su apoyo más poderoso, si se nos permite la expresión, de esa aleación entre temperamento e inteligencia que hemos identificado como decisión, firmeza, constancia y for­taleza de carácter.

Sin embargo, si esta actividad exaltada del corazón y del cerebro en el general en jefe no tuviera una traducción práctica en el éxito final de su empeño y fuera aceptada solamente a títu­lo gratuito, rara vez llegaría a adquirir una trascendencia históri­ca.

Todo cuanto llega a percibirse en la guerra sobre el curso de los acontecimientos es, por lo general, muy simple y presenta en apariencia una gran uniformidad. Por la simple narración de estos acontecimientos, nadie puede apreciar toda la dificultad que ofrecen y que debe ser vencida. Solamente en alguna oca­sión, en las memorias de los generales o de aquellos que goza­ban de su confianza, o en el caso de que se someta un aconteci­miento a una investigación histórica especial, se descubre una parte de los muchos hilos que componen la trama. La mayoría de las reflexiones y de las pugnas mentales que preceden a la ejecución de un gran plan son ocultadas a propósito, porque afectan a intereses políticos o porque su recuerdo se ha perdido accidentalmente, por ser consideradas como un simple andamia­je que tiene que ser retirado cuando se haya culminado la cons­trucción del edificio.

Como conclusión, si bien obviamos dar una definición más ajustada de las fuerzas superiores del espíritu, tenemos que ad­mitir, sin embargo, una distinción en la facultad intelectual misma, de acuerdo con las interpretaciones fijadas en el idioma. En este sentido, si se plantea la pregunta sobre cuál es la clase de intelecto que se halla más íntimamente asociado con el genio mi­litar, una visión general sobre este tema, tanto como la experien­cia, nos muestra que en tiempos de guerra preferiríamos confiar el bienestar de nuestros hermanos y nuestros hijos y el honor y la seguridad de nuestro país antes a una mente inquisidora que a una creadora, más a una mente generalizadora que a la que se empecina en una sola dirección, más a una cabeza fría que a una ardorosa.

Capítulo IV

DEL PELIGRO EN LA GUERRA

Por lo general, antes de experimentar lo que constituye en realidad el peligro nos formamos de él una idea que resulta más atractiva que repulsiva. En la embriaguez entusiasta que nos embarga cuando acosamos al enemigo en el ataque, ¿quién se preo­cupa de los proyectiles y de los hombres que van cayendo? ¿Es posible que, a ojos cerrados, nos libremos por un momento a los fríos brazos de la muerte, ignorando si seremos nosotros u otros los que escaparán de ella, cuando nos hallamos cercanos a la meta dorada de la victoria, próximos al fruto reconfortante al que aspira la ambición? No será esto difícil, y menos aún lo pare­cerá. Pero tales momentos, que no proceden, sin embargo, de un único impulso, como se podría suponer, sino que son algo así como los tónicos recetados por los médicos, que deben ser diluidos y tomados a intervalos de tiempo, tales momentos, repe­timos, son los que más escasean.

Acompañemos al militar bisoño en el campo de batalla. A medida que nos acercamos a éste, el tronar de los cañones se hace más intenso y pronto es acompañado por el estampido de los disparos, que acapara ahora la atención de los inexpertos. Los proyectiles empiezan a batir contra el suelo, cerca de noso­tros, por delante y por detrás. Nos dirigimos hacia el cerro don­de se encuentra el comandante en jefe y su nutrida escolta. Aquí, el fragor cercano de los obuses y el estallido de las granadas son tan frecuentes que la trascendencia de la vida se impone por en­cima del cuadro juvenil de la imaginación. De pronto cae alguien que nos es conocido. Una granada explota entre la tropa y causa algunos movimientos involuntarios. Empezamos a sentirnos incó­modos e intranquilos, e incluso el más valiente se muestra atur­dido, por lo menos hasta cierto punto. Luego nos adentramos más en la batalla que se desarrolla ante nosotros, y nos dirigimos al siguiente general de división, tal como si estuviéramos en un escenario teatral. Aquí las balas suceden a las balas, y el tronar de nuestros propios cañones acrecienta el grado de confusión.

Del general de división al brigadier. Éste, hombre de probada bravura, se mantiene precavidamente detrás de una loma, una casa o unos árboles, segura señal de que existe un peligro cre­ciente. La metralla estalla sobre los techos de las casas y en los campos; los obuses zumban por encima de nosotros, en todas direcciones, y ya se siente un constante silbido de balas de mos­quete. Otro paso más hacia la tropa, hacia esa aguerrida infante­ría que, con indescriptible resistencia, se ha mantenido durante horas bajo el fuego, aferrada a su terreno. Aquí el aire se colma con el silbido de las balas que, al pasar a poca distancia del oí­do, la cabeza o el pecho, anuncian su proximidad con un ruido seco y breve. A todo ello se agrega el sentimiento de compasión que agita nuestros corazones, la piedad que nos inspira la con­templación de los heridos y los que se desploman con lamentos de desesperación.

El militar bisoño no pasará por ninguna de estas etapas de peligro creciente sin tener la sensación de que la luz de la razón se mueve aquí a través de otros medios, y se refleja por otra for­ma que cuando se encuentra imbuida por la actividad. Más toda­vía, tendrá que ser un hombre muy extraordinario aquel que, ba­jo la presión de esas primeras impresiones, no pierda la capaci­dad de tomar una decisión rápida. Es cierto que el hábito suele embotar con prontitud esas impresiones; a la media hora empe­zamos a mostrarnos más indiferentes, en mayor o menor grado, a todo lo que ocurre en nuestro entorno. Pero el hombre común nunca alcanza una plena frialdad y una elasticidad de espíritu natural. Comprobemos, por tanto, una vez más, que no bastan las cualidades comunes, lo cual será tanto más cierto en cuanto se amplíe el ámbito de actividad que haya de ser abarcado. Se requiere una entusiasta, estoica e innata valentía, una ambición imperiosa, o una dilatada familiaridad con el peligro, para que todos los efectos producidos en este medio cada vez más agra­vante no escapen a la medida que desde un despacho puede aparecer solamente como común.

El peligro pertenece a la fricción propia de la guerra. Para comprenderlo de manera real se precisa apreciarlo correctamen­te, y es por esta razón por la que nos hemos referido a él en este capítulo.

Capítulo V

DEL ESFUERZO FÍSICO EN LA GUERRA

Si no se consintiera que nadie pudiese dar su opinión sobre los acontecimientos de la guerra excepto en el momento en que se encontrara entumecido por el frío, sofocado por el calor y la sed o dominado por el hambre y la fatiga, sin duda contaríamos con muy pocos juicios correctos objetivamente, pero lo serían por lo menos subjetivamente, es decir, expondrían la relación exacta entre la persona que juzga y el objeto juzgado. Esto lo percibimos con claridad cuando vemos cuán despreciativo, po­bre y falto de espíritu es el juicio que, sobre los resultados de un hecho enojoso, manifiestan los que han sido sus testigos ocula­res, especialmente si han estado involucrados en él. Según nues­tra opinión, ello indica la influencia que ejerce el esfuerzo físico y la importancia que debe darse a éste al emitir un juicio.

El esfuerzo físico tiene ante todo que ser incluido en la guerra entre los muchos factores cuyo valor no puede tasarse de forma tajante. A condición de que no se lo malgaste, es el coefi­ciente que regula la eficacia de todas las fuerzas, y nadie puede decir con precisión hasta dónde puede ser llevado. Pero la cues­tión más interesante es que del mismo modo que solamente un músculo fuerte permite al arquero estirar al máximo la cuerda de su arco, sólo de un espíritu fuerte cabe esperar que extraiga el máximo posible de la potencia de su ejército. Una cosa es que un ejército, tras haber sufrido un grave descalabro y verse acosa­do por el peligro, se desmorone como se derrumba un muro, y que solamente pueda encontrar su salvación en el esfuerzo má­ximo de sus fuerzas físicas, y otra cosa completamente distinta es que un ejército victorioso, llevado solamente por sentimientos de orgullo, sea conducido por su jefe con libre arbitrariedad. El mis­mo esfuerzo, que, en el primer caso, podría como máximo pro­vocar nuestra conmiseración, en el último no deja de colmarnos de admiración porque resulta mucho más difícil de mantener.

A los ojos del inexperto, esto iluminará una de las cosas que traban en la oscuridad, por decirlo así, los movimientos del pensamiento y agotan reservadamente las fuerzas del alma.

Si bien sólo se trata aquí del esfuerzo que un comandante en jefe exige de su ejército, o que un jefe exige de sus subordi­nados, y se refiere, por lo tanto, al valor para recabar ese esfuer­zo y al arte para mantenerlo, no debemos, sin embargo, pasar por alto el esfuerzo físico exigible al mismo comandante. Tras haber efectuado escrupulosamente hasta aquí el análisis de la guerra, debemos tener en cuenta también el peso que entraña este extremo residual.

Nos referimos al esfuerzo físico en particular porque, lo mismo que el peligro, pertenece a las causas fundamentales de la fricción, y porque su indefinida magnitud lo convierte en una masa elástica cuya fricción resulta, evidentemente, difícil de cal­cular.

Para evitar caer en un mal uso de estas consideraciones y de este examen de las condiciones que empeoran las dificultades de la guerra, la naturaleza nos proporciona, junto con nuestros sentimientos, una guía segura para emitir un juicio. Del mismo modo que un individuo no puede aludir con ventaja a sus im­perfecciones personales si es difamado o maltratado, pero puede hacerlo si ha contrarrestado la difamación con éxito o se ha ven­gado de ella de manera brillante, del mismo modo ningún gene­ral en jefe ni ningún ejército cambiarán el signo de una derrota vergonzosa describiendo el mismo peligro, la angustia y el es­fuerzo en que han incurrido, ya que no harían más que acrecen­tar indefinidamente la brillantez del que ha conseguido la victo­ria. Así, nuestro sentimiento, que constituye al fin y al cabo una forma superior de juicio, nos impide realizar un acto de aparente equidad, hacia el que ese mismo juicio se sentiría inclinado.

Capítulo VI

LA INFORMACIÓN EN LA GUERRA

Con el término «información» significamos todo el conoci­miento que poseemos sobre el enemigo y su territorio. De hecho constituye, por tanto, el fundamento de todos nuestros planes y nuestras acciones. Considérese la naturaleza de este fundamento, su incertidumbre y su volubilidad y bien pronto se tendrá la im­presión de que la guerra es una estructura peligrosa, que puede desmoronarse fácilmente y sepultarnos entre sus escombros. Aunque en todos los libros se nos dice que sólo debemos con­fiar en la información segura y que no tenemos que dejar de ser desconfiados, esto no es más que un consuelo libresco, producto de esa sabiduría en que se refugian los artífices de sistemas y de compendios cuando no tienen nada mejor que decir.

Una gran parte de la información que se obtiene en la gue­rra resulta contradictoria, otra parte más grande es falsa, y la par­te mayor es, con mucho, un tanto dudosa. Lo que en este caso se puede exigir de un oficial es la posesión de cierto poder de discriminación que sólo puede obtenerse gracias al juicio y al co­nocimiento de los hombres y de las cosas. La ley de la probabili­dad tiene que ser su guía. Esta no representa una dificultad insig­nificante, ni siquiera con referencia a los primeros planes, aque­llos que se preparan en los despachos y que permanecen toda­vía fuera del ámbito real de la guerra; pero aquélla se acrecienta enormemente cuando en el fragor de la batalla un informe sigue al otro. Hay que dar gracias a la fortuna si estos informes, al con­tradecirse unos a los otros, producen una especie de equilibrio y provocan por sí mismos la crítica. El inexperto se encuentra en una situación conflictiva cuando la suerte no le presta tal servi­cio, sino que un informe sirve de fundamento al otro, lo confir­ma, lo magnifica, y aporta al cuadro un nuevo colorido, hasta que la necesidad, con urgente prisa, le obliga a tomar una deci­sión que bien pronto se revelará como un desatino, dado que to­dos esos informes no eran más que falsedades, exageraciones, errores, etc. En pocas palabras: la mayoría de los informes son falsos, y la timidez de los hombres insufla nueva fuerza a las mentiras y las falacias. Como regla general, todo el mundo se siente inclinado a creer más en lo malo que en lo bueno. Todos tienden a magnificar lo malo en cierta medida y, aunque los peli­gros asi proclamados se apaciguen como las olas en el mar, pue­den, lo mismo que éstas, cobrar altura sin causa aparente. El jefe confiado en su mejor conocimiento interno debe mantenerse fir­me y no ceder, como la roca contra la cual rompe la ola. La co­yuntura no es fácil. Aquel que por naturaleza no sea de estirpe débil, o se haya ejercitado con la experiencia en la guerra y for­talecido en su juicio, puede adoptar como regla inclinarse fuerte­mente, es decir contra el íntimo nivel de sus propias conviccio­nes, desde el lado del temor al lado de la esperanza. Sólo así se­rá capaz de mantener un equilibrio verdadero. La dificultad de ver las cosas de manera correcta, que es una de las mayores fuentes de fricción en la guerra, hace que las cosas parezcan completamente distintas de lo que se esperaba. La impresión de los sentidos es más poderosa que la fuerza de las ideas proce­dentes de un cálculo fundamentado, y esto llega tan lejos que probablemente no se ha ejecutado nunca un plan de cierta im­portancia sin que el comandante en jefe, en los primeros mo­mentos de la ejecución, no haya tenido que dominar nuevas du­das surgidas en su pensamiento. Debido a ello, los hombres co­munes, que suelen hacer caso de las sugestiones de los demás, por lo general se tornan indecisos cuando han de entrar en ac­ción; creen que las circunstancias con que se encuentran son dis­tintas a lo que habían esperado, en mayor medida en cuanto de nuevo ceden aquí ante las sugestiones de los demás. Pero inclu­so el hombre que traza por sí mismo sus planes pierde fácilmen­te la fe en su primera opinión cuando alcanza a ver las cosas con sus propios ojos. La firme confianza que tenga en sí mismo puede armarle contra la presión aparente del momento. Su pri­mera convicción quedará confirmada por el mismo desarrollo de los acontecimientos, cuando sea descartada la decoración inicial que el destino introduce, con sus formas exageradas de peligro, en el escenario de la guerra, y el horizonte se amplíe. Esta es uno de las grandes honduras que separa la concepción de la eje­cución.

Capítulo VII

LAS FRICCIONES EN LA GUERRA 

Mientras no se tenga un conocimiento personal de la guerra no se podrá apreciar dónde residen las dificultades que encierra, ni la importancia que realmente asumen el genio y las extraordi­narias cualidades espirituales que se le exigen a un comandante en jefe. Todo parece tan simple, parecen tan sencillas las formas de conocimiento requeridas, y tan fútiles sus combinaciones, que, en comparación con ellas, el problema más elemental de matemáticas superiores adquiere una significación científica evi­dente. Pero en cuanto se conoce la guerra, todo se vuelve inteli­gible. Sin embargo, resulta extraordinariamente difícil describir qué es lo que produce este cambio y designar con un nombre ese factor invisible y universalmente operativo.

Todo es muy simple en la guerra, pero hasta lo más simple resulta difícil. Estas dificultades se acumulan y causan una fric­ción, de la cual nadie que no haya asistido a una guerra puede formarse una idea ajustada. Supongamos que un viajero decide, al final de una jornada, realizar dos etapas más, lo que puede significarle cuatro o cinco horas por carretera, con caballos de posta. Al cubrir la penúltima etapa, no encuentra caballos o los encuentra en deficiente estado; luego le espera un terreno mon­tañoso, caminos en mal estado, etc.; la oscuridad ya es completa, y el viajero, tras muchas dificultades, se alegra de haber alcanza­do la próxima parada y de encontrar allí alguna comodidad, por escasa que sea. Del mismo modo ocurre en la guerra, debido a la influencia de innumerables circunstancias cuya insignificancia ha hecho que no las tomáramos en cuenta de antemano; todo nos deprime y nos aleja de nuestro propósito. Una poderosa vo­luntad de hierro supera esta fricción: pulveriza los obstáculos, pero al mismo tiempo destruye a la máquina. Nos encontraremos a menudo ante esta coyuntura. Como un obelisco hacia el cual convergen las principales calles de una ciudad, del mismo modo la firme voluntad de un espíritu orgulloso se yergue imperiosa en el centro del arte de la guerra.

La fricción es la única concepción que de un modo bastan­te general corresponde a lo que distingue la guerra real de la guerra sobre el papel. La máquina militar, el ejército y todo lo que le corresponde, es en el fondo muy simple, y por esa razón parece fácil de manejar. Pero hay que tener presente que ningu­na parte de esa máquina se compone de una sola pieza, sino que está compuesta de múltiples individuos, cada uno de los cuales mantiene su propia fricción hacia todas las direcciones. En teoría, esto suena muy bien: el jefe de un batallón es respon­sable de ejecutar la orden recibida, y como el batallón, por su disciplina, está como fundido en una sola pieza, y su jefe tiene que ser un militar de reconocida diligencia, la palanca gira sobre ese pivote de hierro con poca fricción.

Pero no ocurre así en la realidad, y todo lo que encierra de exagerado y falso la concepción se pone inmediatamente de ma­nifiesto en la guerra. El batallón sigue estando compuesto de un número determinado de hombres, y, si el azar lo dicta, el menos significado de ellos es capaz de causar una demora o una ano­malía. Los peligros que la guerra entraña, los esfuerzos físicos que exige intensifican de tal forma la posibilidad de un infortu­nio, que unos y otros deben ser considerados como sus causas más importantes.

Esta terrible fricción, que no se halla concentrada, como en la mecánica, en unos pocos puntos, aparece por lo tanto en to­das partes en contacto con el azar, y produce así incidentes casi imposibles de prever, justamente porque corresponden en gran medida al azar. Un ejemplo de ese azar lo constituye el tiempo. Aquí la niebla provoca que el enemigo sea descubierto a des­tiempo, que un fusil se dispare en el momento menos oportuno, o que un informe no llegue a manos del general en jefe; allí, la lluvia impide la llegada de un batallón y hace que otro no apa­rezca en el momento exigido, porque tal vez ha tenido que mar­char ocho horas en lugar de tres, o no deja que la caballería ata­que eficazmente, porque la pesadez del terreno la tiene como anclada en el suelo.

Estos detalles se dan a guisa tan sólo de ejemplo y con el fin de que el lector pueda seguir al autor en este tema, pues de otro modo deberían escribirse volúmenes enteros sobre tales dificultades. Para dar una idea de la multitud de los pequeños obs­táculos a los que hay que hacer frente en la guerra podríamos apelar a un sinnúmero de ejemplos, pero confiamos que basta­rán los pocos que hemos dado para evitar el riesgo de resultar pesados.

La acción en la guerra equivale a un movimiento en un me­dio penoso. Al igual que un hombre sumergido en el agua es in­capaz de ejecutar incluso el más simple y natural de los movimientos, como es el de caminar, del mismo modo, en la guerra, mediante el uso de las fuerzas corrientes no podemos mantener­nos siquiera en el plano de la medianía. Esta es la razón por la cual el teórico que actúa con corrección es como el maestro de natación que manda hacer en seco los movimientos que serán necesarios en el agua, los cuales pueden parecer ridículos y exa­gerados a quienes no piensan en la naturaleza del agua. Tam­bién es esta la razón por la cual los teóricos que nunca se han sumergido en ese elemento, o que no saben abstraer ninguna generalización de sus experiencias, se muestran faltos de práctica y hasta devienen absurdos, porque solamente enseñan algo que cualquiera sabe: caminar.

Por añadidura, toda guerra abunda en aspectos individua­les. En consecuencia, es como un mar inexplorado, repleto de escollos, que el juicio del comandante en jefe, aunque nunca los haya visto con sus propios ojos, puede presentir, de tal modo que sea capaz de esquivarlos en la noche oscura. Si se desenca­dena un viento adverso, o sea, si se produce accidentalmente un grave acontecimiento en su contra, deberá realizar denodados esfuerzos, mostrar presencia de ánimo y la habilidad más consu­mada para hacerle frente, en tanto que para un observador dis­tante todo parecerá desarrollarse por sí mismo. El conocimiento de esta fricción constituye una parte principal de esa experiencia bélica de la que tanto se alardea y que se exige a todo buen ge­neral. Es cierto que no es el mejor el que la tenga en mayor me­dida presente y por tanto la tema (es el tipo de generales inquie­tos en exceso, que tanto abunda entre los más experimentados). Pero el general en jefe tiene que ser consciente de la existencia de esa fricción, para poder superarla hasta donde le sea posible, y a fin de no confiar en que sus acciones posean tal grado de precisión en sus efectos como el que no cabe obtener precisa­mente por la existencia de esa fricción. Además, nunca se alcan­zará ese conocimiento por la vía teórica, e incluso si ello fuera posible, faltaría siempre ese juicio práctico que llamamos instinto y cuya necesidad resulta mayor en ese ámbito repleto de minu­cias diversas que en situaciones mayores y más decisivas, ante las cuales solemos deliberar con nosotros mismos y con los de­más. Del mismo modo que el juicio instintivo, que se convierte casi en hábito, hace que el hombre mundano hable, actúe y se mueva sólo en la forma que corresponde a cada ocasión, así también será sólo el oficial experimentado en la guerra quien de­cida y actúe siempre en forma adecuada a cada situación, sea grande o pequeña, a cada pulsación, desearíamos decir, de la guerra. De esta experiencia y de esta práctica nace por sí misma en su mente la reflexión sobre lo que funciona y lo que no. Y así le será posible evitar caer con facilidad en situaciones que le lleven a mostrar debilidad, lo cual, si ocurre con frecuencia en la guerra, hace tambalear la base fundamental de la confianza y re­sulta extremadamente peligroso.

En consecuencia, la fricción, o lo que aquí hemos denomi­nado así, constituye lo que en la realidad convierte en difícil aquello que parece fácil. A medida que prosigamos con nuestra exposición saldrá a relucir más de una vez este tema, y por ello ha de resultar evidente que, además de la experiencia y una fir­me voluntad, se requieren algunas otras cualidades especiales del espíritu para hacer que un general se distinga por su exce­lencia.

Capítulo VIII

CONSIDERACIONES FINALES AL LIBRO I 

Hemos designado al peligro, al esfuerzo físico, a la informa­ción y a la fricción como elementos que concurren en la atmós­fera de la guerra y hacen de ésta un medio penoso para la reali­zación de toda actividad. En consecuencia, por los efectos obs­tructores que presentan, tales elementos pueden ser incluidos nuevamente dentro de la idea colectiva de fricción general. ¿No existe, pues, ningún lubricante capaz de aminorar esa fricción? Se cuenta sólo con uno, que no siempre se halla al dictado del comandante en jefe y de su ejército: es el hábito de la guerra.

El hábito fortalece el cuerpo sometido a los esfuerzos extre­mos, otorga fuerzas al pensamiento ante el peligro, afirma el jui­cio frente a las primeras impresiones. Por su intermedio se ad­quiere una valiosa presencia de ánimo en todos los niveles, des­de el húsar y el tirador hasta el general de división, lo cual no deja de facilitar la tarea del general en jefe.

Así como en una estancia sumida en la oscuridad el ojo hu­mano dilata su pupila, capta la escasa luz existente, distingue los objetos de forma gradual e imperfecta y al final los ve con bas­tante exactitud, lo mismo ocurre en la guerra con el soldado ex­perimentado, mientras al novel sólo le rodea la noche cerrada. No hay ningún general en jefe que pueda proporcionar a su ejército el hábito de la guerra, y los ejercicios en tiempo de paz sólo proporcionan un débil sucedáneo; débil en compara­ción con la experiencia que otorga la participación real en la guerra, pero no en relación con los ejercicios que en otros ejérci­tos se limitan a simples actos mecánicos de rutina. Por lo tanto, efectuar esos ejercicios en tiempo de paz de modo que se inclu­yan en ellos alguna de las causas de fricción para que el juicio, la prudencia y hasta la decisión de los distintos jefes puedan ser puestos en práctica encierra un valor mucho más grande de lo que piensan los que no conocen la cuestión por experiencia. Re­sulta enormemente importante que el soldado, cualquiera que sea su rango, superior o inferior, no se enfrente por primera vez en la guerra con esos fenómenos que, al ser contemplados con nuevos ojos, asombran y confunden. Si de algún modo los expe­rimenta con anterioridad, aun cuando sólo sea una vez, se senti­rá ya medio confiado ante ellos. Esto se aplica incluso a los es­fuerzos físicos, que deben ser practicados, no tanto para acos­tumbrar el cuerpo a ellos, sino para adiestrar la mente. En la guerra, el soldado novel tiende a considerar los esfuerzos desu­sados como una consecuencia de faltas serias, errores y dificulta­des en la conducción del conjunto, y por esa razón se siente do­blemente deprimido. Esto no le sucederá si ha sido preparado de antemano mediante ejercicios en tiempo de paz.

Otro medio menos amplio, pero sin embargo importante, a efectos de habituarse a la guerra en tiempo de paz, es fomentar la incorporación a las propias filas de oficiales de ejércitos extranjeros que tengan una experiencia bélica. La paz reina rara vez en toda Europa, y nunca en todo el mundo. Un estado que goce de paz durante largo tiempo tratará siempre, por lo tanto, de asegurarse la colaboración de oficiales que hayan actuado en los teatros de guerra, por supuesto, sólo de quienes hayan acre­ditado un buen desempeño, o bien enviará a esos escenarios a algunos de sus propios oficiales para que puedan extraer la de­bidas lecciones del conflicto bélico.

Por muy reducido que parezca el número de oficiales de este tipo, en relación con la gran masa de un ejército, su influen­cia se hará no obstante sentir con todo vigor. Su experiencia, su manera de ser, el desarrollo de su carácter influirán sobre sus su­bordinados y sus camaradas. Además, aunque no ocupen posi­ciones de mando superior, siempre podrán ser considerados co­mo hombres familiarizados con el tema, a los cuales cabrá con­sultar en muchos casos particulares.

LIBRO II

SOBRE LA TEORÍA DE LA GUERRA

Capítulo I

INTRODUCCIÓN AL ARTE DE LA GUERRA

Guerra, en su significado real, es sinónimo de combate, porque únicamente el combate es el principio válido en la activi­dad múltiple que llamamos en un sentido amplio guerra. El combate es una prueba de la intensidad que adquieren las fuerzas espirituales y físicas por su intermedio. Es de por sí evidente que la parte espiritual no puede ser omitida, porque el estado de áni­mo es el que ejerce la más decisiva influencia sobre las fuerzas que se emplean en la guerra.

Las necesidades del combate han conducido a los hombres a efectuar invenciones particulares con el fin de decantar en su favor las ventajas que aquél puede depararles. Como consecuencia de estos hallazgos, el combate ha experimentado grandes cambios, pero cualquiera que sea la dirección por la que se en­camine, su concepto permanece inalterado, siendo él el que defi­ne a la guerra.

Los inventos se refieren, en primer término, a armas y equi­pos para uso de los combatientes individuales. Tienen que ser suministrados y aprendidos en su manejo antes de entrar en combate. Se crean de acuerdo con la naturaleza de éste y, por lo tanto, se supeditan a él; pero es evidente que su invención se aparta del combate en sí: se trata tan sólo de una preparación para el combate, y no de su ejecución. De ello se desprende que ni las armas y ni los equipos forman una parte esencial del con­cepto de combate, ya que una simple lucha constituye asimismo un combate.

El combate determina todo cuanto se refiere a las armas y los equipos, y éstos a su vez modifican la esencia del combate. En consecuencia, existe una relación recíproca entre unos y otro.

No obstante, el combate constituye una forma bastante pe­culiar de actividad, tanto más cuanto que se desarrolla en torno a un elemento muy especial, como es el peligro.

Por lo tanto, si en algún lugar se presenta la necesidad de trazar una línea entre dos actividades diferentes, ese lugar es és­te, y para darnos claramente cuenta de la importancia práctica que encierra esta idea bastará con recordar cuán a menudo la aptitud personal, capaz de obtener un buen resultado en un te­rreno, no se manifiesta en otros, por grande que sea, sino en for­ma de pedantería trivial.

Tampoco resulta difícil hacer una distinción en su aplica­ción en una actividad u otra, si consideramos a las fuerzas arma­das y equipadas como unos medios que nos son dados. Para el uso eficaz de esas fuerzas no necesitamos conocer otra cosa que sus resultados más importantes.

En consecuencia, el arte de la guerra, en su verdadero sen­tido, es el arte de hacer uso en combate de los medios dados, y a ello no cabe asignarle un nombre mejor que el de «conducción de la guerra». Por otra parte, en el más amplio de los sentidos, todas aquellas actividades que concurren, por descontado, en la guerra ––todo el proceso de creación de las fuerzas armadas, es decir, el reclutamiento, el armamento, el equipamiento y el adiestramiento–– pertenecen a ese arte de la guerra.

Para establecer una teoría ajustada a la realidad resulta fun­damental separar esas actividades de conducción y preparación, ya que fácilmente se advierte que, si todo el arte de la guerra se agotara en cómo organizar y adiestrar las fuerzas armadas para la conducción de la guerra, de acuerdo con las exigencias de ésta, tan sólo sería posible su aplicación en la práctica a los pocos ca­sos en que las fuerzas realmente existentes respondieran exacta­mente a esas exigencias. Si, por otro lado, nuestro deseo se en­camina a disponer de una teoría que se adecúe a la mayoría de los casos y sea aplicable a todos ellos, debe tener ésta como fun­damento la gran mayoría de los medios usuales que sirven para hacer la guerra, y, con respecto a ellos, basarse sólo en sus resul­tados más importantes.

La dirección de la guerra equivale, por lo tanto, a la prepa­ración y la conducción del combate. Si éste fuera un acto único, no habría necesidad de ninguna otra subdivisión. Pero el combate está compuesto de un número más o menos grande de actos aislados, cada uno completo en sí mismo, que llamamos encuen­tros (como hemos señalado en el libro I, capítulo I) y que for­man unas nuevas unidades. Se derivan de aquí dos actividades distintas: preparar y conducir individualmente estos encuentros aislados, y combinarlos unos con otros para alcanzar el objetivo de la guerra. La primera de estas actividades es llamada táctica, la segunda se denomina estrategia.

Tal división en táctica y estrategia se usa ahora de forma bastante general, de manera que todos saben medianamente bien en qué parte cabe colocar cualquier hecho aislado, sin ne­cesidad de conocer con claridad sobre qué base se efectuó esa división. Pero para que esa distinción entre una y otra sea adop­tada ciegamente en la práctica, tiene que existir una razón pro­funda. Nuestras inquisiciones nos permiten afirmar que ha sido tan sólo el uso de la mayoría el que nos ha hecho tener concien­cia de ella. Por otro lado, debemos considerar como ajenas al uso corriente ciertas definiciones arbitrarias y fuera de lugar naci­das de la búsqueda realizada por algunos escritores.

Por lo tanto, siempre de acuerdo con nuestra clasificación, la táctica constituye la enseñanza del uso de las fuerzas armadas en los encuentros, y la estrategia, la del uso de los encuentros pa­ra alcanzar el objetivo de la guerra.

Porqué la idea del encuentro aislado e independiente es más concretamente definida, y sobre qué condiciones descansa esta unidad, será cosa difícil de elucidar, hasta tanto no examinemos con más detalle el encuentro. Por ahora nos limitaremos a decir que, en relación con el espacio, esto es, en el caso de en­cuentros simultáneos, la unidad se extiende sólo hasta el mando personal, pero en relación con el tiempo, o sea, en el caso de encuentros sucesivos, aquélla se prolonga hasta que haya termi­nado por completo la crisis presente en todo encuentro.

El hecho de que puedan surgir casos dudosos, en los cua­les varios encuentros pueden ser igualmente considerados como una unidad, no bastará para desestimar el principio de clasifica­ción que hemos adoptado, porque comparte esa peculiaridad con todos los principios similares que se aplican a las realidades que, aunque distintas, tienen siempre lugar siguiendo uno a otro tipo de transición gradual. Así podrá haber, por descontado, ca­sos particulares de acción que cabe también considerar, sin que ello implique cambio alguno en nuestro punto de vista, como pertenecientes tanto a la táctica como a la estrategia: por ejem­plo, posiciones muy amplias, semejantes a cadenas de puestos, disposiciones efectuadas para ciertos cruces de ríos, y casos aná­logos.

Nuestra clasificación comprende y agota solamente el uso de las fuerzas armadas. Pero existe en la guerra cierto número de actividades, subordinadas y sin embargo diferentes, que están relacionadas con este uso más o menos estrechamente. Todas ellas se refieren al mantenimiento de las fuerzas armadas. Así como la creación y el adiestramiento de estas fuerzas prece­de a su uso, así su mantenimiento es inseparable y resulta una condición necesaria para él. Pero, en un sentido estricto, todas esas actividades relacionadas entre sí deben ser consideradas siempre como preparativos para el combate. Por supuesto, por estar relacionadas muy estrechamente con la acción, están pre­sentes en todo el desarrollo de la guerra y aparecen alternativa­mente durante el uso de las fuerzas. En consecuencia, podemos con todo derecho excluirlas del arte de la guerra en su sentido estricto, es decir, de la conducción de la guerra propiamente di­cha, y tenemos que proceder así si queremos cumplir con el principio original de toda teoría: la separación de las cosas que son distintas. ¿Quién incluiría en la conducción misma de la gue­rra cosas tales como la manutención o la administración? Es cier­to que se hallan en constante relación recíproca con el uso de las tropas, pero difieren esencialmente de él.

Hemos afirmado en el libro I, capítulo II, que mientras se defina el combate o el encuentro como la única actividad direc­tamente eficaz, los hilos conductores de todas las actividades estarán incluidos en él, porque en él finalizan. Con esto queremos significar que así queda fijado el objetivo de todas las demás, y que éstas tratan entonces de alcanzarlo de acuerdo con las leyes que las atañen. Aquí convendrá dar una explicación más detalla­da.

Los temas de las actividades existentes, excluido el encuen­tro, son de naturaleza muy variada.

En un aspecto, una parte todavía se halla en relación con el combate mismo, y se identifica con él, mientras que en otro sirve para el mantenimiento de las fuerzas armadas. La otra parte per­tenece exclusivamente al mantenimiento y, como consecuencia de su acción recíproca, sólo ejerce una influencia condicionante sobre el combate por medio de sus resultados.

Aquello que depende de su relación con el encuentro son las marchas, los campamentos y los cuarteles, porque los tres comprenden situaciones diferentes en que pueden encontrarse las tropas, y al referirnos a éstas siempre debemos tener presente la idea de un encuentro.

Las otras cuestiones que sólo pertenecen al mantenimiento son: el abastecimiento, el cuidado de los enfermos y el suministro y la reparación de las armas y los equipos.

Las marchas se identifican por completo con el uso de las tropas. Es cierto que la acción de marcha en el encuentro, llama­da generalmente maniobra, no equivale al uso real de las armas, pero se relaciona con él en forma tan estrecha y necesaria, que forma una parte integral de lo que llamamos encuentro. Pero, fuera de éste, la marcha no consiste en otra cosa que la ejecu­ción de un plan estratégico. Por medio de este plan se establece cuándo, dónde y con qué fuerzas se librará la batalla, y la mar­cha es el único medio por el cual esto puede llevarse a cabo.

En consecuencia, la marcha es, fuera del encuentro, un ins­trumento de la estrategia, pero por esa razón no consiste sólo en un tema estratégico, sino que su realización se halla asimismo sometida tanto a leyes tácticas como a leyes estratégicas, porque las fuerzas que llevan a cabo la marcha se pueden ver involucra­das en todo momento en un encuentro. Si ordenamos a una co­lumna que siga el camino que queda de este lado de un río o de una montaña, ésta será una medida estratégica, porque contiene la intención de presentar batalla al enemigo en este lado más bien que en el otro, si durante la marcha se produjera un en­cuentro.

Pero si una columna, en lugar de seguir el camino a través del valle, avanza a lo largo de las cimas que corren paralelas a él, o, por conveniencia de la marcha, las fuerzas se dividen en varias columnas, entonces estas acciones responderán a unas medidas tácticas, porque se relacionan con la forma como desea­mos usar nuestras fuerzas en el caso de producirse un encuen­tro.

La ordenación particular de la marcha guarda una relación constante con la disposición para el encuentro, y por lo tanto presenta una naturaleza táctica, porque no es más que la primera disposición preliminar que puede tomarse con vistas al encuen­tro.

Como la marcha es el instrumento mediante el cual la estra­tegia dispone los elementos en que se basa su eficacia para los encuentros, y éstos suelen valer tan sólo por lo que valen sus re­sultados y no por el curso real que tomen, ocurre a menudo que, al considerar los encuentros, el instrumento es colocado en lugar del elemento efectivo. Nos referimos entonces a una mar­cha decisiva, hábilmente concebida, y con ello queremos signifi­car la forma en que fue librado el encuentro al cual condujo esa marcha. Esta sustitución de una idea por otra es demasiado lógi­ca y la concisión de la expresión demasiado expresa para ser re­chazada, pero se trata únicamente de un encadenamiento abre­viado de ideas, y al recurrir a él no debemos dejar de tener pre­sente su significado estricto, si no deseamos caer en el error.

Tal error consistiría en atribuir a las combinaciones estraté­gicas un poder independiente de los resultados tácticos. Las mar­chas y las maniobras se combinan, el objetivo es alcanzado y sin embargo no se trata de ningún encuentro; la conclusión que extraemos es que existen medios para vencer al enemigo sin que se produzca un encuentro. Sólo más adelante podremos mostrar toda la magnitud de este error, tan proclive a funestas conse­cuencias.

Pero aunque una marcha pueda ser considerada absoluta­mente como una parte integral del combate, existen no obstante ciertas cuestiones relacionadas con ella que no pertenecen al combate y que, en consecuencia, no son ni tácticas ni estratégi­cas. Se trata de todos los preparativos concernientes al aloja­miento de las tropas, a la construcción de puentes, a la apertura de vías de tránsito, etc. Éstos constituyen tan sólo requisitos pre­vios; en numerosos casos pueden asemejarse mucho al uso de las tropas y llegar casi a ser idénticos a él, como es el de la cons­trucción de un puente bajo el fuego enemigo, pero en sí mismos siempre serán actividades ajenas, cuya teoría no forma parte de la correspondiente a la conducción de la guerra.

Los campamentos, que responden a la disposición de las tropas en concentración, o sea, listas para el combate, son luga­res donde las tropas descansan y se reponen. Al mismo tiempo entrañan también la decisión estratégica de presentar batalla en el mismo lugar donde están situados, de modo que la forma en que son establecidos indica ya a las claras el plan general del en­cuentro, condición ésta de la cual se desprende todo encuentro defensivo. Los campamentos son, por lo tanto, partes esenciales de la estrategia y de la táctica.

Los cuarteles reemplazan a los campamentos en la función de lograr que las tropas puedan recuperar sus fuerzas. Como los campamentos, corresponden a la estrategia en relación con su posición y extensión, y a la táctica con respecto a su organiza­ción interna, cuyo propósito es el aprontamiento para la batalla. Los campamentos y los cuarteles, además de contribuir a la recuperación de fuerzas, tienen generalmente otro objetivo; por ejemplo, el dominio sobre una parte del territorio o el manteni­miento de una posición. Pero también pueden centrarse en cum­plir sólo con aquel primer objetivo. No cabe olvidar que los ob­jetivos que persigue la estrategia pueden ser extremadamente va­riados, porque todo lo que parece constituir una ventaja puede ser el objetivo de un encuentro, y la conservación del instrumen­to con el cual se conduce la guerra se convierte, muy a menudo, en el objetivo de combinaciones estratégicas especiales.

En consecuencia, si en un caso así la estrategia procura so­lamente la conservación de las tropas, no nos encontraremos por ello en un país extraño, por así decir, por el hecho de estar con­siderando todavía el uso de las fuerzas armadas, ya que este uso engloba toda disposición de esas fuerzas en cualquier punto del teatro de la guerra.

El mantenimiento de las tropas en campamentos y cuarteles pone de manifiesto actividades que no corresponden al uso de las fuerzas armadas propiamente dichas, como la construcción de barracones, levantamiento de tiendas, servicios de subsisten­cia y de sanidad, de tal modo que no forman parte ni de la tácti­ca ni de la estrategia.

Incluso las mismas trincheras, cuya situación y excavación integran evidentemente el orden de batalla y son, por lo tanto, una cuestión de táctica, no pertenecen a la teoría de la conducción de la guerra en cuanto a la realidad de su construcción. El conocimiento y la habilidad necesarios para esa tarea deben existir de antemano en una fuerza adiestrada. La técnica del en­cuentro lo da por sobrentendido.

Entre las cuestiones que corresponden al mero manteni­miento de las fuerzas armadas, dado que ninguna parte de ellas se identifica con el encuentro, la que se halla, sin embargo, más próxima a él es la alimentación de las tropas, porque ésta debe funcionar diariamente y para cada individuo. Así ocurre que afecta por completo a la acción militar en las partes constitutivas de la estrategia, y decimos «constitutivas de la estrategia» porque, en un encuentro en particular, la alimentación de las tropas muy rara vez tendrá una influencia suficientemente intensa como para modificar el plan de aquél, aunque esto sea bastante concebible. La preocupación por el sustento de las fuerzas guardará por lo tanto una especial acción recíproca con la estrategia, y no hay nada más corriente que proyectar los principales lineamientos de una campaña o una guerra tomando en consideración tal susten­to. Pero por más que esta consideración sea tenida en cuenta con frecuencia y por más importante que sea, la provisión del sustento de las tropas sigue constituyendo, sin embargo, una ac­tividad esencialmente diferente del uso de éstas, y sólo influye en ella por los resultados que obtenga.

Las otras ramas de la actividad administrativa que hemos mencionado se encuentran mucho más alejadas del uso de las tropas. El cuidado de los enfermos y heridos, a pesar de ser su­mamente importante para el bienestar de un ejército, lo afecta en forma directa sólo en una pequeña porción de los individuos que lo componen y, en consecuencia, tiene una influencia esca­sa e indirecta sobre el uso del resto. La renovación y la repara­ción de las armas y de los equipos, que, excepto en lo que se refiere a la organización de las fuerzas, constituyen una actividad continua implícita en ésta, se producen sólo periódicamente y, por lo tanto, rara vez afectan a los planes estratégicos.

No obstante, tenemos que precavernos de caer aquí en un malentendido. En casos individuales, estos temas pueden asumir realmente una importancia decisiva. La distancia que separa al grueso del ejército de hospitales y depósitos de municiones pue­de ser considerada con razón como el único motivo para tomar decisiones estratégicas muy importantes. No pretendemos discu­tir este punto ni subestimar su importancia. Pero aquí nos esta­mos ocupando no de los hechos concretos de un caso particular, sino de la teoría abstracta. En consecuencia, aducimos que tal in­fluencia no resulta tan común como para asignar a las medidas sanitarias y de aprovisionamiento de municiones y armas una importancia significativa en la teoría sobre la dirección de la gue­rra, de modo que valga la pena incluir los diferentes métodos y sistemas que puedan componer las teorías correspondientes, jun­tamente con sus resultados, igual como es ciertamente necesario hacerlo con respecto al sustento de las tropas.

Si revisamos una vez más las conclusiones a que hemos lle­gado con nuestras reflexiones, veremos que las actividades pre­sentes en la guerra están divididas en dos clases principales: aquellas que sólo constituyen preparativos para la guerra y aquellas que son la guerra misma. Esta división, por lo tanto, también tiene que ser establecida en la teoría.

Los conocimientos y las habilidades comprendidos en los preparativos para la guerra tendrán que ver con la creación, el adiestramiento y el mantenimiento de todas las fuerzas armadas. Dejamos abierta la cuestión de la denominación que debe darse a estos preparativos, pero es evidente que en ellos están inclui­das la artillería, el arte de la fortificación, las llamadas tácticas elementales y toda la organización y la administración de las fuerzas armadas así como todas las materias similares. Pero la teoría de la guerra en sí misma se ocupa del uso de tales ele­mentos para su aplicación a los fines de la guerra. Reclama de los primeros solamente sus resultados, esto es, el conocimiento de los elementos de los que se ha adueñado a tenor de sus prin­cipales propiedades. En sentido restringido, a esto lo llamamos arte de la guerra o teoría de la conducción de la guerra o teoría del uso de las fuerzas armadas, lo cual tiene para nosotros un significado idéntico.

La teoría tratará en consecuencia de los encuentros, como si tuvieran carácter de combate real, y de las marchas, los cam­pamentos y los alojamientos en cuarteles, como materiales más o menos identificadas con aquéllos. El mantenimiento de las tropas será tenido en cuenta únicamente como otras determinadas cir­cunstancias en relación con sus resultados, y no como una acti­vidad perteneciente a la teoría propiamente dicha.

Este arte de la guerra, en su sentido más restringido, se di­vide a su vez en táctica y estrategia. La primera está dedicada a la forma de los encuentros aislados y la segunda a sus usos. Ambas tienen que ver con las circunstancias de las marchas, los campamentos y los alojamientos en cuarteles sólo en relación con el encuentro, y serán tácticas o estratégicas según sea la rela­ción con la forma o con el significado del encuentro.

No cabe duda que habrá muchos lectores que considerarán innecesaria esta cuidadosa separación de dos cosas que se hallan tan cerca una de la otra, como son la táctica y la estrategia, por que ello no afecta directamente a la dirección de la guerra en sí. Habría que ser en realidad muy pedante para esperar que pue­dan encontrarse en el campo de batalla efectos directos de una distinción teórica.

Pero la primera tarea de toda teoría es aclarar conceptos y puntos de vista que hayan sido confundidos o que, se podría de­cir, se presentan muy confusos y mezclados. Solamente cuando hayamos llegado a una comprensión respecto a términos y con­cepciones podremos abrigar la esperanza de avanzar con clari­dad y facilidad en el terreno de la discusión de las cosas a que se refieren, y tener la seguridad de que tanto el autor como el lector consideran las cosas bajo el mismo punto de vista. La tácti­ca y la estrategia son dos actividades que se imbrican mutua­mente en el tiempo y en el espacio, pero constituyen asimismo actividades esencialmente diferentes, y, a menos que se establez­ca un concepto claro de la naturaleza de cada una de ellas, las leyes que les son propias y sus relaciones mutuas serán difícil­mente inteligibles para el intelecto.

Aquel para quien todo esto carezca de significado deberá desestimar cualquier consideración teórica o no preocuparse en absoluto por la confusión en que ésta se halla inmersa, mante­niendo puntos de vista titubeantes que suelen conducir a resulta­dos insatisfactorios, a veces oscuros, a veces fantásticos, fluctuan­do en vanas generalidades, como las que a menudo tenemos que escuchar o leer respecto a cómo debe conducirse la guerra de forma adecuada, debido a que, hasta ahora, la investigación científica apenas si se ha ocupado del tema.

Capítulo II

SOBRE LA TEORÍA DE LA GUERRA

1. Al principio se entendía por arte de la guerra tan sólo la preparación de las fuerzas armadas

Antiguamente se calificaba con el término de «arte de la guerra» o «ciencia de la guerra» sólo aquellas ramas del conoci­miento y de la habilidad que atañen a las cosas materiales. La adaptación, la preparación y el uso de las armas, la construcción de fortificaciones y trincheras, la organización del ejército y el mecanismo de sus movimientos, constituían el tema de esos co­nocimientos y habilidades y conducían a la descripción de una fuerza armada que pudiera ser utilizada en la guerra.

Aquí había que entender sobre cosas materiales y sobre una actividad unilateral que, en el fondo, no era otra cosa que una actividad que se elevaba gradualmente desde el trabajo ma­nual hasta un refinado arte mecánico. La relación de todo ello con el combate recordaba mucho más a la que existe entre el ar­te de forjar espadas y el de esgrimirlas. Hasta aquel entonces no se hacía cuestión del empleo del combate en un momento de peligro y bajo el constante efecto recíproco de los movimientos reales del pensamiento y del valor en la dirección que se les marcaba.

2. La conducción de la guerra hizo su primera aparición en el arte del asedio

En el arte del asedio fue donde, por vez primera, se aludió a la conducción de la guerra en sí y a los movimientos del pen­samiento a los que eran confinadas esas cuestiones materiales; pero, en líneas generales, se evidenció como tal por sus resulta­dos, en la medida en que el pensamiento incorporaba nuevos objetos materiales, como son los ataques, las trincheras, los con­trataques, las baterías, etc. Lo único que hacía falta era cómo ensartar todas estas creaciones materiales aisladas. Dado que en esta clase de guerra la mente encuentra su expresión casi única­mente en esas cosas, la forma de encararlas fue, por lo tanto, más o menos adecuada.

3. Entonces la táctica trató de abrirse camino en la misma dirección

Más tarde, la táctica trató de imponer al mecanismo de sus combinaciones el carácter de un orden universalmente válido y fundado en las propiedades particulares del instrumento. Sin du­da ello conduce al campo de batalla, pero no a una libre activi­dad mental. Por el contrario, con un ejército convertido en autó­mata, debido a la rigidez de la formación y del orden de batalla, y que sólo se ponía en movimiento gracias a la voz de mando, se entendía que su actividad debía ser como el movimiento de un reloj.

4. La conducción real de la guerra apareció tan sólo de for­ma incidental y de manera solapada

La conducción de la guerra propiamente dicha, el libre uso de los medios disponibles, preparados con anterioridad ––y li­bres en el sentido de su adaptabilidad a las necesidades más específicas––, se pensó que no podía constituir el material para una teoría, sino que debía ser dejada en las únicas manos del ta­lento natural. De manera gradual, al igual como se pasó de la guerra de los encuentros cuerpo a cuerpo medievales a una for­ma más regular y compuesta, las reflexiones erradas sobre esta materia se impusieron en el pensamiento de los hombres, pero en la mayor parte de los casos solamente aparecieron en memo­rias y narraciones, en forma incidental y, por así decirlo, de ma­nera solapada.

5. Las reflexiones sobre los acontecimientos militares pu­sieron en evidencia la necesidad de contar con una teoría

A la vez que tales reflexiones se hicieron más numerosas y la historia adquirió un carácter cada vez más crítico, surgió la ne­cesidad urgente de contar con principios y reglas básicas que pusieran fin, de algún modo, a la controversia que, como es lógi­co, se había entablado respecto de la historia militar, resultado del conflicto de opiniones. Esa vorágine de opiniones, sin un punto central sobre el cual girar y sin leyes reconocidas a las cuales obedecer, no podía sino desagradar al pensamiento hu­mano.

6. Intentos para establecer una teoría positiva

Surgió entonces el intento de establecer principios, reglas y hasta sistemas para la conducción de la guerra. Se estableció, en consecuencia, un fin positivo, sin que se vislumbraran de forma apropiada las innumerables dificultades que, en relación con ello, presenta la conducción de la guerra. Tal conducción no te­nía, como hemos demostrado, límites fijos en ninguna dirección. Sin embargo, todo sistema, toda construcción teórica posee la naturaleza limitante de una síntesis, y el resultado es una oposi­ción irrefragable entre esa teoría y la práctica.

7. Limitación a los objetivos materiales

Los autores de teorías experimentaron muy pronto las difi­cultades que implicaba el. tema y encontraron la excusa para evi­tarlas limitando sus principios y sus sistemas a las cosas materia­les y a una actividad unilateral. Pretendían, como ocurre en las ciencias que tratan de la preparación para la guerra, llegar a re­sultados perfectamente establecidos y positivos y, como resulta­do de ello, tomar en consideración solamente aquello que pudie­ra convertirse en materia de cálculo. 

8. La superioridad numérica 

La superioridad numérica, al consistir en un tema material, fue la escogida entre todos los factores que pueden conducir a la victoria, debido a que, mediante combinaciones de tiempo y de espacio, podía ser incluida en una codificación matemática. Se pensó que cabía abstraerla de cualquier otra circunstancia, me­diante la suposición de creer que era igual por uno y otro lado y que, en consecuencia, producía una neutralización mutua. Esto habría sido en cierto modo correcto si se hubiera tenido la inten­ción de ceñirlo a unos límites temporales, con el fin de llegar a conocer ese factor según sus relaciones; pero hacerlo en forma permanente ––considerar la superioridad numérica como la úni­ca ley y pensar que todo el secreto de la guerra radicaba en la fórmula: lograr superioridad numérica en cierto lugar, en deter­minado momento––, constituía una restricción totalmente insos­tenible frente al poder de la realidad.

9. Sustento de las tropas

En un desarrollo más que nada teórico, se intentó sistemati­zar otro elemento material, convirtiendo al sustento de las tropas, de acuerdo con la proposición de cierto carácter orgánico del ejército, en árbitro supremo de la conducción de la guerra en la cúspide.

Por esta vía se llegó realmente a cifras definidas, pero eran cifras basadas en un cúmulo de suposiciones bastante arbitrarias, que no pudieron superar la prueba de la experiencia.

10. La base 

Un autor agudo trató de conjugar en una sola concepción, la de base, todo un conjunto de cosas entre las que también se abrieron camino algunas relaciones con las fuerzas espirituales. La lista comprendía el sustento del ejército, el mantenimiento de su número y de sus medios de avituallamiento, la seguridad de las comunicaciones con el propio país y, finalmente, la seguridad de la retirada en caso de que ésta se hiciera necesaria. Primero trató de substituir esta concepción de una base por la de todas esas funciones por separado, y luego, nuevamente, por la base misma para que substituyera a su propia magnitud y, finalmente, al ángulo que las fuerzas armadas formaban con esta base. Y to­do ello para llegar a meros resultados geométricos, lo que carece totalmente de valor. Efectivamente, esta última cuestión es inevi­table, si consideramos que no cabe realizar ninguna de esas substituciones sin violentar la verdad y sin excluir algunas de las cuestiones que figuraban en las concepciones iniciales. Para la estrategia, la concepción de una base es una necesidad real, y sin duda constituye un mérito haberla establecido; pero hacer un uso tal de ella, como el que se ha indicado, es totalmente inad­misible, y sólo podía conducir a conclusiones unilaterales, que es lo que indujo a esos teóricos a tomar una dirección absurda, como la asignación, por ejemplo, de una eficacia superior a la forma envolvente de ataque.

11. Líneas internas

Como reacción frente a esta falsa dirección se dio prepon­derancia a otro principio geométrico, es decir, el de las llamadas líneas internas. A pesar de que este principio reposa sobre una base justa, la de que el encuentro es el único medio eficaz en la guerra, sin embargo, debido precisamente a su simple naturaleza geométrica, no constituye sino una nueva parcialidad que de ningún modo debe privar sobre la vida real.

12. Todos estos intentos son reprobables

Todos estos intentos de establecer una teoría tienen que ser considerados como un progreso en el terreno de la verdad sólo en la medida en que son analíticos; en su parte sintética son inú­tiles tanto en sus progresos como en sus reglas.

Se ciñen a cantidades determinadas, mientras que en la guerra todo es indeterminado, y los cálculos deben ser realiza­dos con cantidades claramente variables.

Dirigen su atención sólo a cantidades materiales, mientras que la acción militar está por completo impregnada de fuerzas y efectos espirituales.

Consideran sólo la acción unilateral, mientras que la guerra es una acción recíproca constante entre un bando y el otro.

13. Excluyen al genio de las reglas

Todo ello no podía ser abarcado por esa sapiencia escati­mosa que desestimaba cualquier elemento, excepto uno que se situaba fuera del coto cerrado de la ciencia, el correspondiente al ámbito del genio, que se eleva por sí mismo por encima de todas las reglas.

¡Ay del guerrero que tenga que arrastrarse en ese mezquino mundo de las reglas, carentes de valor para el genio, quien se considera superior a ellas y de las cuales en todo caso puede burlarse! Lo que el genio haga será siempre la más hermosa de las reglas, y la teoría no puede hacer nada mejor que mostrar có­mo y por qué esto es así.

¡Ay de la teoría que se oponga al espíritu! No podrá com­pensar esta contradicción con sumisión alguna, y cuanto más su­misa se muestre, tanto más pronto el menosprecio y el ridículo la alejarán de la vida real.

14. Dificultades de la teoría en cuanto se consideran las magnitudes espirituales

Cualquier teoría encuentra fenomenales dificultades en el mo­mento en que trata con magnitudes espirituales. La arquitectura y la pintura son conscientes del lugar que ocupan, mientras tengan que vérselas sólo con la materia; no hay discusión acerca de la construcción óptica y la mecánica. Pero estas reglas se diluyen en conceptos vagos tan pronto como empiezan a actuar los efectos es­pirituales, tan pronto como aparecen impresiones y sentimientos.

Por su lado, el arte de la medicina se circunscribe, en su mayor parte, a fenómenos físicos. Tiene que tratar con el orga­nismo animal, que está sujeto a cambios continuos y no es nun­ca enteramente igual en dos momentos diferentes. Esto dificulta en gran medida su tarea y coloca el juicio del médico por enci­ma de su conocimiento. ¡Qué difícil resulta su tarea, por tanto, cuando intervienen los efectos espirituales, y qué excelsitud te­nemos que atribuirle al médico del alma!

15. En la guerra no cabe excluir las magnitudes espirituales

En cuanto a la guerra, su actividad nunca es dirigida única­mente contra la materia, sino siempre, al mismo tiempo, contra la fuerza espiritual que da vida a esa materia, y es imposible se­parar una de la otra. Pero las magnitudes espirituales pueden apreciarse únicamente por medio de la visión interior, y ésta di­fiere en cada individuo y a menudo varía en la misma persona en distintos momentos y épocas.

Como el peligro es, en la guerra, el elemento general en cuyo entorno se desarrolla toda la acción, nuestro juicio es influi­do de distintas maneras, pero principalmente por el valor, por el sentimiento de nuestra propia fuerza. El valor constituye en cier­to modo la lente a través de la cual se filtran todas las represen­taciones antes de llegar al entendimiento.

Y, sin embargo, no cabe poner en duda de que hay que atribuir a estas cosas cierto valor objetivo, aunque sólo sea a tra­vés de la experiencia.

Son bien conocidos los efectos morales que causa un ata­que por sorpresa, o uno efectuado por el flanco o por la reta­guardia. Todo el mundo piensa que el valor del enemigo disminuye tan pronto como retrocede, y que se arriesga mucho más cuando se persigue que cuando se es perseguido. Se juzga al oponente por su supuesta capacidad, por su edad y por su expe­riencia, y se actúa de acuerdo con ello. Todo el mundo dirige una mirada crítica a la moral y al espíritu de sus propias tropas y a las del enemigo. En el terreno de la naturaleza espiritual del hombre, todos esos efectos, y otros similares, han sido verifica­dos por la experiencia y se repiten constantemente. Por lo tanto, resulta justificado que se consideren en su género como magni­tudes reales. ¿Qué restaría, pues, de una teoría que quisiera igno­rarlos?

Evidentemente, estas verdades tienen que ser refrendadas por la experiencia. Ninguna teoría ni ningún general en jefe tie­nen que ocuparse de sutilezas psicológicas y filosóficas.

16. Dificultad principal que entraña una teoría de la con­ducción de la guerr 

Para comprender claramente la índole del problema que implica una teoría de la conducción de la guerra y para deducir de ello el carácter que debe corresponder a dicha teoría, habrá que examinar más de cerca las principales particularidades que determinan la naturaleza de la acción bélica.

17. Primera característica: fuerzas y efectos espirituales

La primera de esas particularidades consiste en la presencia de fuerzas y efectos espirituales.

Por su origen, el combate es la expresión de un sentimiento hostil, pero en nuestros grandes combates, que llamamos gue­rras, ese sentimiento hostil se convierte, a menudo, en simple­mente una intención hostil, y, al menos en términos generales, no existe sentimiento hostil de un individuo contra otro. Mucho menos por ello, el combate no se produce nunca sin que actúen tales sentimientos. El odio nacional, que rara vez tampoco falta en nuestras guerras, se convierte en un substituto más o menos poderoso de la hostilidad personal de un individuo en contra de otro. Pero en el caso de que éste falte o bien no exista la animo­sidad al comienzo, el combate mismo será el que prenda la lla­ma del sentimiento hostil. Si por orden de su superior alguien realizara un acto de violencia contra nosotros, excitaría nuestro deseo de desquitarnos y de vengarnos antes del ejecutor que del poder superior bajo cuyo mando ese acto fue realizado. Esto es humano, animal, si se quiere, pero es un hecho cierto. Teórica­mente, tendemos a considerar el combate como una prueba abs­tracta de fuerza, como un fenómeno aislado en el cual los senti­mientos no tienen intervención. Éste es uno de los muchos erro­res en que caen deliberadamente las teorías, porque nunca están dispuestas a apreciar las consecuencias de ello.

Además de esa exacerbación de los sentimientos que nace de la propia naturaleza del combate, existen otros que no perte­necen esencialmente a él ––la ambición, el deseo de dominio, exaltaciones de cualquier clase, etc.––, pero que pueden asociár­sele fácilmente por la afinidad de que hacen gala.

18. Las impresiones del peligro

Por último, el combate origina el elemento que conforma el peligro, en el cual se desarrollan todas las actividades de la gue­rra, como lo hacen el pájaro en el aire y el pez en el agua. Pero los efectos del peligro influyen en las emociones, ya sea de mo­do directo, es decir, instintivamente, ya por medio del entendi­miento. En el primer caso se provocaría el deseo de escapar al peligro, y, si esto no pudiera lograrse, podría surgir el miedo y la inquietud. Si este efecto no se produce, es el valor el que actúa como un contrapeso para ese instinto. Sin embargo, el valor no constituye en forma alguna un acto del entendimiento, sino un sentimiento, del mismo modo que lo es el miedo. Este último persigue la preservación física, mientras que el valor busca la preservación moral. El valor es un instinto más noble. Pero, pre­cisamente por serlo, no puede ser usado como un instrumento inanimado, que cause sus efectos en un grado exactamente pre­determinado. Por lo tanto, el valor no constituye un simple con­trapeso del peligro, para contrarrestar los efectos que produzca, sino una magnitud en sí mismo.

19. Alcance de la influencia que ejerce el peligro

Sin embargo, para poder apreciar correctamente la influen­cia que en la guerra ejerce el peligro sobre los jefes, no cabe li­mitar su esfera de acción al peligro físico del momento. El peli­gro domina al jefe no sólo porque lo amenaza a él personalmen­te, sino también mediante la amenaza a todos aquellos que se hallan bajo sus órdenes; no sólo en el momento en que se hace presente en realidad, sino por medio de la imaginación en todos los momentos relacionados con el presente, y, por último, no só­lo directamente, por sí mismo, sino también de manera indirecta, por la responsabilidad que asume, la cual provoca que en la mente del jefe el peligro adquiera un peso diez veces mayor. ¿Quién podría afrontar o resolver una gran batalla sin sentir su espíritu más o menos excitado y paralizado por el peligro y la responsabilidad que implica ese gran acto de decisión? Cabe afir­mar que la acción en la guerra, siempre que se trate de una ac­ción verdadera y no de una simple presencia, no se halla nunca por entero fuera del ámbito del peligro. 

20. Otras fuerzas emotivas 

Si consideramos como características de la guerra esas fuer­zas emotivas que son excitadas por la hostilidad y el peligro, no podemos excluir de ella, por lo tanto, todas las otras que acom­pañan al hombre durante su vida. Aquí también harán a menudo acto de presencia esas fuerzas. Es cierto que, en la dura tarea que compone la vida, se silencia más de una mezquina manifes­tación pasional; pero esto se aplica sólo a los que ocupan los grados inferiores, los cuales, fluctuando de un estado de esfuer­zo y de peligro a otro, pierden de vista las otras cosas de la vida y se acostumbran al engaño, porque se lo dicta la cercanía de la muerte, y adquieren así esa simplicidad de carácter del soldado, que ha sido siempre la cualidad mejor y más característica de la profesión militar. No ocurre lo mismo en los grados superiores, ya que, cuanto más elevada sea la posición que ocupa un hom­bre, tanto más tiene que preocuparse de sí mismo. Entonces sur­gen por todas partes los intereses y la actividad múltiple de las pasiones, las buenas y las malas. La envidia y la nobleza de espí­ritu, el orgullo y la humildad, la cólera y la compasión, todas pueden hacer su aparición como fuerzas activas en el gran dra­ma. 

21. Cualidades mentales 

Las peculiaridades del espíritu en aquel que actúa, junto con las emotivas, ejercen también una gran influencia. Cabe es­perar cosas muy diferentes de una mente imaginativa, extrava­gante e inexperta, en comparación con las que proceden de un entendimiento frío y poderoso. 

22. La diversidad de caminos que conducen al fin entrevisto surge de la diversidad de características espirituales del in­dividuo 

La diversidad de caminos para alcanzar un fin, indicada en el libro I, es producida principalmente por la gran diversidad existente en la individualidad de las características espirituales, cuya influencia se hace sentir sobre todo en los grados superio­res, porque se acrecienta a medida que se asciende en la escala jerárquica. Es esto asimismo lo que da lugar a que el juego de la suerte y la probabilidad participe en forma tan desigual en el de­sarrollo de los acontecimientos.

23. Segunda cualidad: la rapidez de reacción

La segunda cualidad en un soldado gira en torno a su rápi­da reacción y la acción recíproca que ésta origina. No nos referi­mos aquí a la dificultad de calcular dicha reacción, pues ésta se halla incluida en la dificultad, ya mencionada, de tener que tratar con cualidades espirituales consideradas como magnitudes. Lo que se debe tener presente es el hecho de que la acción recípro­ca se opone a ser sometida a cualquier regularidad. El efecto que cualquier medida produce sobre el enemigo es el más particular de todos los casos que figuran entre los datos necesarios para determinar la acción. Pero toda teoría debe ceñirse estrictamente a la categoría del fenómeno y no puede ocuparse nunca del caso realmente individual; éste debe quedar sujeto siempre al discer­nimiento y a la capacidad. Por lo tanto, es lógico que, en asuntos como los de la guerra, cuyo plan, trazado con tanta frecuencia sobre circunstancias generales, resulta a menudo alterado por lo imprevisto, los acontecimientos particulares tengan que dejarse librados generalmente al talento, y en tales casos la guía teórica será menos seguida que en cualquier otro 

24. Tercera cualidad 

Por último, la gran incertidumbre que rodea los datos dis­ponibles en la guerra constituye una dificultad característica, por­que, hasta cierto punto, la acción debe ser dirigida prácticamente a oscuras, lo que, por añadidura, como la niebla y la luz de la luna, otorga con frecuencia a las cosas un contorno exagerado y una apariencia engañosa.

Todo aquello que esa débil luz prive de una clara visión debe ser adivinado por el talento o quedar librado a la suerte. Es así como, una vez más, el talento o el simple vaivén de la fortu­na tendrán que servir de guía a falta de un saber objetivo 

25. Resulta imposible establecer un sistema positivo de reglas  

Ante esta naturaleza de la cuestión, hay que admitir como imposibilidad pura el dotar al arte de la guerra, mediante un conjunto de reglas positivas, una estructura que pueda apuntalar, como si de un andamiaje se tratara, por todos lados la posición del que actúa. En todos los casos en que queda librado a su ca­pacidad, éste se encontrará fuera de ese armazón de reglas e in­cluso en oposición a él. Por versátil que pudiera ser su construc­ción, se obtendría un resultado idéntico a aquel del cual ya he­mos hablado: el talento y el genio actuarían por encima de la ley, y la teoría se apartaría por completo de la realidad. 

26. Vías posibles para una teoría 

Se presentan ante nosotros dos maneras de afrontar esta di­ficultad.

En primer lugar, lo que hemos indicado respecto de la na­turaleza de la acción militar en general no se corresponde del mismo modo a la acción en todos sus grados. En los inferiores se requiere mayor coraje para la abnegación, pero son infinita­mente menores las dificultades que afrontan el entendimiento y el juicio. El ámbito en el que se desarrollan los acontecimientos es mucho más limitado, y es menor el número de fines y de me­dios. Los datos son más precisos y, en la mayor parte de los casos, se deducen incluso de visiones reales. Pero, cuanto más nos elevemos, serán cada vez mayores las dificultades, que cul­minarán cuando lleguemos al comandante en jefe, a tal punto que, en lo que a él se refiere, casi todo habrá de quedar librado al genio.

Pero también con una división objetiva del tema las dificul­tades no son las mismas en todas partes, sino que disminuyen en la medida en que los efectos se ponen de manifiesto en el mun­do material y se acrecientan en la medida en que pasan a serlo del espiritual, y se transforman en motivos determinantes de la voluntad. En razón de ello resulta más fácil determinar la orde­nación interna, el plan y la dirección de un encuentro mediante reglas teóricas que fijar el uso que cabe hacer del encuentro mis­mo. En el encuentro, las fuerzas físicas se enfrentan entre ellas y, si bien no estarán ausentes los elementos espirituales, también hay que otorgarle a lo material sus derechos. Sin embargo, en el efecto del encuentro, donde los resultados materiales pasan a ser motivos, sólo tenemos que vérnoslas con la naturaleza espiritual. En suma, la táctica dispondrá con menos dificultad de una teoría que la estrategia. 

27. La teoría debe ser una consideración, no una regla para la acción

La segunda vía para la posibilidad de establecer una teoría es adoptar el principio de que no hace falta que ésta sea un cuerpo de reglas positivas, es decir, que no sea indefectiblemen­te una guía para la acción. Siempre que una actividad, en su ma­yor proporción, se halle referida a las mismas cosas, a los mis­mos fines y los mismos medios, incluso con pequeñas diferen­cias y la correspondiente variedad de combinaciones, esas cosas deberán disponer de la capacidad de transformarse en objetos de consideración mediante la razón. Sin embargo, tal consideración constituye la parte más esencial de toda teoría y reclama con to­do derecho ese nombre. Es una investigación analítica de la cuestión; conduce a un conocimiento exacto y, si tuviera que ba­sarse en la experiencia, que en nuestro caso sería la historia de la guerra, nos llevaría a familiarizarnos con él.

Cuanto más cerca se halle de la obtención de este último ob­jetivo, mayor será su paso de la forma objetiva de conocimiento a la forma subjetiva de poder hacer; y, en consecuencia, demostrará en mayor medida su efectividad en casos en que la naturaleza de la cuestión no admita otra decisión que la que emana del talento; surtirá efecto sobre el talento en sí mismo. Si la teoría investiga las cuestiones que constituyen la guerra; si distingue claramente aquello que a primera vista parece confuso; si explica totalmente las propiedades de los medios; si permite elucidar sus probables efec­tos; si define con exactitud la naturaleza de los propósitos; si arro­ja sobre el escenario de la guerra la luz de una predominante ob­servación crítica, entonces habrá logrado el objetivo principal en la tarea que le corresponde. Entonces se convertirá en guía para todo aquel que quiera familiarizarse con la guerra a través de los libros, y en todo momento iluminará su camino, facilitará sus pro­gresos, educará su juicio y evitará que se desvíe de él.

Si un experto ocupa la mitad de su vida con el intento de esclarecer en todos sus detalles un asunto oscuro, llegará proba­blemente a conocer más sobre el tema que una persona que de­dique poco tiempo a su estudio. La teoría, por tanto, sirve para que cada uno no tenga que explorar el terreno y estudiarlo de nuevo, sino que pueda encontrarlo ya desbrozado y ordenado. Tendrá que adiestrar la mente del futuro jefe en la guerra, o por lo menos guiarlo en su autoeducación, pero no acompañarlo al campo de batalla. De manera semejante, un tutor inteligente guía y procura el desarrollo intelectual del joven, sin que por ello lo tenga que llevar con andadores el resto de su vida.

Si los principios y las reglas se evidencian por las conside­raciones que fundamenta la teoría; si su propia verdad cristaliza en esas formas, entonces la teoría no se opondrá a esa ley natu­ral del espíritu. Por el contrario, si el arco termina en esa clave, le dará mayor relieve; pero lo hará tan sólo para cumplir con la ley filosófica del pensamiento, con el fin de mostrar con claridad el punto hacia el cual convergen todas las líneas, y no con el propósito de construir sobre esa base una fórmula algebraica pa­ra ser usada en el campo de batalla. Porque incluso esos princi­pios y esas reglas revelan su más alto valor al determinar en el espíritu reflexivo las características principales de sus movimien­tos usuales, que, a manera de señales de tránsito, indican la vía que hay que tomar para su ejecución.

28. Bajo este punto de vista, la teoría se convierte en posi­ble y deja de contraponerse a la práctica

Este punto de vista posibilita el establecimiento de una teo­ría satisfactoria de la dirección de la guerra, es decir, una teoría que sea útil y no se contraponga con la realidad. La conciliación con la práctica dependerá tan sólo de que sea utilizada de mane­ra inteligente, haciendo desaparecer por completo esa diferencia absurda entre teoría y práctica, producida a menudo por teorías erróneas, alejadas del sentido común, y que han sido con fre­cuencia manejadas por mentes ignorantes y de criterio estrecho que insisten en continuar en su ineptitud.

29. La teoría, pues, toma en consideración la naturaleza de los fines y de los medios. Fines y medios en la táctic 

La teoría, por lo tanto, tiene que considerar la naturaleza de los medios y los fines.

En la táctica, los medios están constituidos por las fuerzas armadas adiestradas, que han de llevar a cabo el combate. El fin es la victoria. Más adelante, al considerar el encuentro, explicare­mos esta idea de manera más precisa. Por ahora nos limitaremos a calificar la retirada del enemigo del campo de batalla como un indicio de victoria. A través de esta victoria, la estrategia logra el objetivo fijado para el encuentro, el cual constituye su significa­do real. Este significado ejerce una influencia indudable en la na­turaleza de la victoria. Una victoria que tenga por objeto debilitar las fuerzas del enemigo difiere de la que se propone simplemen­te dominar una posición. En consecuencia, el significado de un encuentro puede ejercer una influencia notable en su planea­miento y en su dirección, y de ahí que sea un elemento a consi­derar al tratar de la táctica,

30. Circunstancias que acompañan siempre el uso de los medios

Dado que existen determinadas circunstancias que acompa­ñan siempre al encuentro y ejercen sobre él una mayor o menor influencia, tenemos que tomarlas también en consideración al re­ferirnos al uso de las fuerzas armadas.

Estas circunstancias son el lugar del encuentro (el terreno), la hora del día y el estado del tiempo.

31. El lugar del encuentro 

El lugar del encuentro, que conviene limitar a la idea de re­gión y de terreno, podría no ejercer, en términos estrictos, in­fluencia alguna si el encuentro se produjera en una llanura árida y completamente uniforme.

Ese caso puede ocurrir en regiones provistas de grandes es­tepas, pero en las comarcas cultivadas de Europa es casi una fic­ción. En consecuencia, difícilmente puede concebirse entre na­ciones civilizadas un encuentro en el cual la región y el terreno no tengan influencia. 

32. La hora del día 

La hora influye en el encuentro por la diferencia existente entre el día y la noche; pero esa influencia se extiende, como es lógico, más allá de los simples límites de estos períodos, pues cada encuentro transcurre en un cierto plazo de tiempo y las grandes batallas suelen durar muchas horas. Al planear una gran batalla, el que ésta comience por la mañana o por la tarde cons­tituye una diferencia esencial. Sin embargo, en muchas la cues­tión de la hora no tiene casi importancia, y en la mayoría de los casos su influencia es irrelevante.

33.
Estado del tiempo

Resulta aún mucho más infrecuente que el tiempo ejerza una influencia decisiva, y, en la mayoría de los casos, esto sólo ocurre cuando se levanta la neblina. 

34. Fines y medios en la estrategia

La victoria, es decir, el éxito táctico, en principio es tan sólo un medio para la estrategia y en última instancia, los hechos que han de conducir a la paz son los que constituyen su objetivo fi­nal. El empleo de ese medio para alcanzar el objetivo va acom­pañado también de circunstancias que ejercen más o menos in­fluencia sobre él.

35. Circunstancias que acompañan el uso de los medios de la estrategia

Estas circunstancias son la región y el terreno, incluyendo en primer lugar el territorio y los ocupantes del escenario de la guerra; luego, la hora del día y la época del año; y, finalmente, el tiempo, en particular en sus manifestaciones menos comunes, como las heladas pertinaces, etcétera.

36. Estas circunstancias posibilitan la adopción de nuevos medios

Al combinar estas cosas con el resultado de un encuentro, la estrategia ––y por lo tanto el encuentro–– da un significado particular a este resultado, asignándole un objetivo especial. Pe­ro tal objetivo tendrá que ser considerado como un medio, por cuanto no conduce directamente a la paz y es, en consecuencia, un objetivo subordinado. Por lo tanto, en la estrategia, los en­cuentros afortunados o las victorias, con todos sus distintos sig­nificados, tienen que ser considerados como medios. La con­quista de una posición es el éxito de un encuentro aplicado al terreno. Pero no sólo han de ser considerados como medios los diferentes encuentros con sus fines particulares. Siempre que en la combinación de los encuentros para alcanzar un fin común se ponga de manifiesto un juicio más profundo, éste ha de ser tam­bién concebido como un medio. Una campaña invernal consti­tuye una combinación de ese tipo aplicada a la época del año.

En consecuencia, restarán sólo como objetivos los que con­duzcan directamente a la paz. La teoría ha de abarcar todos estos fines y medios de acuerdo con la naturaleza de sus efectos y de sus relaciones recíprocas. 

37. La estrategia extrae únicamente de la experiencia los fi­nes y los medios que han de ser abarcados

La primera pregunta que se plantea es la siguiente: ¿cómo llega la estrategia a una enumeración completa de estas cosas? Si la investigación filosófica hubiera de conducir a un resultado absoluto, quedaría enmarañada en todas las dificultades que excluyen la necesidad lógica de la dirección de la guerra y de su teoría. Por lo tanto, recurrirá a la experiencia y dirigirá su atención hacia esos precedentes que ya ha desvelado la historia militar. De esta forma se tratará, sin duda, de una teoría limita­da, que se ajustará solamente a las circunstancias, tal como las presenta la historia de la guerra. Pero desde el comienzo, esta limitación resultará inevitable, debido a que aquello que la teo­ría afirme de las cosas en cada caso tiene que haber sido extraído de la historia de la guerra o, por lo menos, comparado con esa historia. Además, tal limitación será, en todo caso, más teó­rica que real.

Una de las grandes ventajas de este método es que la teoría no puede perderse en sutilezas, artificios y ficciones, sino que debe continuar siendo práctica. 

38. Hasta dónde debería abarcar el análisis de los medios  

He aquí otra cuestión: ¿hasta dónde debería abarcar la teo­ría en el análisis de los medios? Es evidente que sólo hasta el punto en que los diferentes componentes se pongan en eviden­cia para el uso que se considere oportuno. El alcance y los efec­tos de las distintas armas tienen especial importancia para la tác­tica; su formación, aunque tales efectos resulten de esta última, es una cuestión que no tiene ningún interés. Porque la conduc­ción de una guerra no consiste en la producción de pólvora y de cañones sobre la base de determinadas cantidades de carbón ve­getal, azufre y salitre, de cobre y de estaño; las cantidades preci­sas para la conducción de la guerra son las armas ya terminadas y sus efectos. La estrategia hace uso de mapas, sin preocuparse por la triangulación; no investiga qué instituciones debe tener un país y cómo deber ser adiestrado y gobernado un pueblo para que dé los mejores resultados en la guerra, sino que toma estos extremos tal como se encontrarán en el conjunto de los estados europeos y advierte acerca de dónde la existencia de unas condi­ciones muy diferentes puede ejercer una influencia notable sobre la guerra. 

39. Necesidad de una gran simplificación del conocimiento

Así, resulta fácil percibir que se ve muy simplificado el nú­mero de materias que puede elaborar la teoría y que es muy li­mitado el conocimiento requerido para la conducción de la gue­rra. La gran masa de conocimientos prácticos y de habilidades que sirven para la actividad militar en general, y que son necesa­rias antes de que entre en acción un ejército armado, se concen­tran en unos cuantos grupos principales, antes de alcanzar el punto en que se presente en la guerra la finalidad última de su utilización, del mismo modo que las corrientes de agua de un país se unen en ríos antes de dar al mar.

El estudioso que desee canalizar el curso de estas activida­des sólo debe familiarizarse con las que desembocan directa­mente en el mar de la guerra. 

40. Esto explica por qué se forman tan rápidamente los grandes generales y por qué los generales no son hombres de estudio

El resultado de nuestra investigación resulta, en efecto, tan evidente, que cualquier otro no podría sino restar confianza en su exactitud. Solamente así se explica que muy a menudo hayan aparecido hombres, incluso en los rangos elevados del mando supremo, que lograron grandes éxitos en la guerra, cuando sus actividades anteriores habían sido de una naturale­za totalmente diferente; que los más destacados generales no hayan surgido de entre la clase de oficiales más instruidos o realmente eruditos, sino que en su mayoría fueron hombres que, por las posiciones que ocupaban, no tuvieron ocasión de alcanzar un gran nivel de conocimientos. Es por esa razón por la cual los que han considerado necesario, o por lo menos útil, comenzar la educación de los futuros generales mediante una enseñanza pormenorizada, siempre han sido tildados de pre­suntuosos absurdos. Resulta muy fácil demostrar que esta for­mación les sería perniciosa, debido a que el entendimiento hu­mano se ejercita con el tipo de conocimientos que se le impar­te y por la dirección que se imprime a sus ideas. Únicamente lo que es grande puede crear grandeza: lo pequeño determinará sólo pequeñez, si es que la mente no lo rechaza como algo que le repugna. 

41. Primera contradicción

Debido a que no se tuvo en cuenta esta simplicidad del co­nocimiento requerido para la guerra, sino que fue confundido con todo el enojoso conjunto de conocimientos y habilidades su­bordinadas de que está provisto, sólo se pudo solucionar la con­tradicción obvia en que se vio sumergido ante las manifestacio­nes del mundo real, asignando toda la tarea al genio, que no ne­cesita ninguna teoría y para el cual se descartaba que ésta debie­ra haberse formulado.

42. Por esta razón fue negado el uso del conocimiento y to­do fue atribuido al talento natural

Las personas dotadas de sentido común comprendieron cuán distante se halla el genio de orden superior del pedante ilustrado. En cierta manera se convirtieron en librepensadores, rechazaron toda creencia en la teoría y sostuvieron que la con­ducción de la guerra era una función natural del hombre, que éste ejecuta más o menos bien de acuerdo con las aptitudes ma­yores o menores que posea para esa tarea. No puede negarse que tales personas se hallaban más cerca de la verdad que los que asignaban un valor al falso conocimiento, pero al mismo tiempo cabe advertir que el punto de vista del cual partían no es sino una exageración. No existe actividad alguna de la mente hu­mana que no posea cierto caudal de ideas, y, por lo menos en su mayor parte, éstas no son innatas sino adquiridas y son lo que constituye el conocimiento. La única pregunta que restaría, por tanto, se centra en cuáles deberían ser estas ideas, y creemos haberla contestado al afirmar que, en relación con la guerra, ha­brían de ser aquellas concernientes a las cuestiones que, en la guerra, atañen al hombre de forma inmediata. 

43. El conocimiento debe variar con el grado

En el campo de la actividad militar, el conocimiento requeri­do debe variar de acuerdo con la posición que ocupa el jefe. Si es de grado inferior, su conocimiento estará dirigido hacia objeti­vos menos importantes, y más limitados, mientras que, si su posi­ción es más elevada, los objetivos serán mayores y más amplios. Muchos comandantes en jefe no hubieran sobresalido si hubiesen estado al mando de un regimiento de caballería, y viceversa. 

44. En la guerra el conocimiento es muy simple, pero no muy fácil 

Pero aunque en la guerra el conocimiento es muy simple, es decir, está relacionado con muy pocas cuestiones y las abarca solamente en su resultado final, en realidad llevarlo a la práctica no resulta muy fácil. Ya nos hemos referido en el libro I a las di­ficultades a que por lo general está sujeta la acción en la guerra; pasaremos aquí por alto aquellas que sólo pueden ser superadas mediante el valor y mantendremos que la actividad adecuada de la inteligencia únicamente es simple y fácil en las posiciones in­feriores, pero que su dificultad se acrecienta a medida que nos elevamos de grado, y la posición más encumbrada, la del gene­ral en jefe, es considerada como una de las cosas más difíciles de asumir por la mente humana.

45. Naturaleza de este conocimiento

El jefe de un ejército no necesita ser ni un erudito estudioso de la historia ni un ensayista, pero debe estar familiarizado con las cuestiones más importantes de Estado; debe reconocer y ser capaz de juzgar correctamente las tendencias tradicionales, los intereses en juego, los asuntos en disputa y las personalidades sobresalientes. No necesita ser un observador sutil de los hom­bres, ni un hábil analista de las mentes humanas, pero debe co­nocer el carácter, la manera de pensar y los hábitos, así como los puntos fuertes y débiles de aquellos a quienes tiene que dirigir. No necesita entender un ápice de la construcción de un vehículo ni de aparejar caballerías, pero ha de saber cómo calcular exacta­mente, en diferentes circunstancias, la marcha de una columna, de acuerdo con el tiempo que ésta requiera. Es todo ello una clase de conocimiento que no puede obtenerse mediante un complejo de fórmulas y maquinarias científicas; solamente puede ser adquirido a través de un juicio preciso para observar las co­sas en la vida y de un talento especial para comprenderlas.

Por lo tanto, el conocimiento idóneo para ocupar una posi­ción elevada en la actividad militar se distingue por el hecho de que solamente puede ser adquirido mediante un talento especial para la observación, es decir, para el estudio y la reflexión, el cual, como instinto intelectual, sabe cómo extraer la esencia de los fenómenos de la vida, del mismo modo que las abejas prepa­ran la miel, cuya esencia han extraído de las flores. Este instinto también puede ser adquirido a través de la experiencia de la vi­da, tanto como por el estudio y la reflexión. La vida, con sus ri­cas enseñanzas, no producirá nunca un Newton o un Euler, pero puede muy bien producir el poder superior de cálculo que po­seían un Condé o un Federico el Grande.

En consecuencia, no es necesario que para defender la dig­nidad intelectual de la actividad militar tengamos que caer en la falsedad y en la presuntuosa pedantería. No ha habido nunca un jefe eminente y notable que tuviera una inteligencia inferior, pero son muy numerosos los ejemplos de hombres que, después de haberse distinguido sirviendo en posiciones inferiores, se mostraron mediocres en posiciones más elevadas, debido a su insuficiente capacidad intelectual. Es natural que incluso entre los que ocupan la posición de general en jefe puedan hacerse distinciones, de acuerdo con el nivel de su capacidad. 

46. El conocimiento tiene que convertirse en capacidad 

Es preciso considerar todavía una condición que es más ne­cesaria que cualquier otra para el conocimiento de la conducción de la guerra: la de que este conocimiento tiene que llegar a formar por completo parte de uno mismo. En casi todas las otras artes y actividades de la vida, la persona que actúa puede servir­se de verdades que ha aprendido una sola vez, pero de las cua­les ya no percibe su sentido ni su espíritu, sino que las extrae de libros polvorientos. Incluso las verdades que maneja y usa diaria­mente pueden convertirse para ella en algo completamente ex­terno. Si el arquitecto toma la pluma para determinar, por medio de un cálculo complicado, la resistencia de un contrafuerte, la verdad que obtiene como resultado no es una emanación de su propia mente. En primer lugar, ha tenido que buscar los datos la­boriosamente y someterlos a una operación mental cuya regla no ha descubierto y de cuya necesidad en ese momento sólo es consciente en parte, pero que por lo general aplica mecánica­mente. Esto no sucede nunca en la guerra. La reacción mental, la forma siempre cambiante de las cosas, hacen necesario que la persona que actúa sea portadora de la totalidad de su provisión mental de conocimientos y sea capaz de tomar por sí misma las decisiones oportunas, en todas partes y en cualquier momento. Por lo tanto, al asimilar completamente el conocimiento y aco­plarlo a su propia mente y a su propia vida, lo transformará en una habilidad real. Esta es la razón de que parezca tan fácil el conocimiento en los hombres que descuellan en la guerra y de que todo sea atribuido a su talento natural; y lo denominamos talento natural para diferenciarlo del que se forma y madura gra­cias a la observación y al estudio.

Creemos haber explicado, mediante estas reflexiones, el problema que entraña una teoría de la conducción de la guerra e indicado cómo puede ser éste resuelto. De los dos ámbitos en que hemos dividido la conducción de la guerra, la táctica y la es­trategia, la teoría de la segunda, como hemos manifestado antes, es la que presenta, sin duda alguna, las dificultades mayores, porque la primera está limitada casi enteramente a un conjunto circunscrito de objetos, mientras que la última, en lo que se re­fiere a los objetivos que conducen directamente a la paz, tiene ante sí un campo indefinido de posibilidades. Pero como es el general en jefe el único que no ha de perder de vista estos fines, la parte de la estrategia en la que actúa estará también particular­mente afectada por esta dificultad.

En la estrategia, especialmente cuando se trate de realizar actos de primera magnitud, la teoría se detendrá mucho menos que la táctica en la pura consideración de las cosas. Se contenta­rá con proporcionar a la persona que actúa una visión de las co­sas que, mezclada con la totalidad del pensamiento, otorgue a su desarrollo soltura y seguridad, sin ponerla jamás en oposición consigo misma, a fin de mantenerse adherida a una verdad obje­tiva.

Capítulo III

ARTE DE LA GUERRA O CIENCIA DE LA GUERRA

1. El uso que hace de ello el idioma todavía no es conforme  

Parece ser que todavía no ha recaído la elección entre los términos de arte y ciencia y que nadie sabe sobre qué base ha de ser decidida, pese a la sencillez que preside el tema. Ya he­mos afirmado en otra parte que el conocimiento es algo distinto de la capacidad. La diferencia es tal, que no debería confundirse uno con otra. La capacidad no puede ser contenida, en forma adecuada, en los límites de un texto y el «arte» nunca tendría que figurar, en consecuencia, en el título de un libro. Pero, debido a que nos hemos acostumbrado a colocar juntas las ramas de co­nocimiento requeridas para la práctica de un arte (ramas que por separado pueden constituir una ciencia entera) bajo la denomi­nación de «teoría del arte», o simplemente «arte», resulta coheren­te mantener esta distinción y llamar arte a todo, cuando el objeti­vo es la capacidad creadora ––por ejemplo, el arte de edificar––, y ciencia, cuando se trata simplemente de conocimiento ––como en las matemáticas, por ejemplo, y en la astronomía––. Es evi­dente, y convendría no confundirse en ello, el hecho de que en cada teoría individual del arte puedan aparecer ciencias enteras. Pero también cabe hacer notar que resulta casi imposible la exis­tencia de un conocimiento sin arte. En matemáticas, por ejemplo, el empleo de la aritmética y del álgebra constituye un arte, pero no representa esto ningún límite. La razón reside en que, pese a lo claramente perceptible que pueda ser la diferencia existente entre conocimiento y capacidad, dentro de la combinación de di­ferentes ramas del conocimiento humano, resulta difícil para el hombre mismo trazar una clara línea de demarcación. 

2. Dificultades para separar el conocimiento del juicio 

Todo pensamiento constituye, en verdad, un arte. Allí don­de la lógica traza una línea, allí donde encuentran su límite las premisas que son el resultado del conocimiento, y comienza a actuar el juicio, allí empieza el arte. Pero todavía más: incluso el conocimiento del espíritu es juicio y, en consecuencia, arte, y fi­nalmente lo es también el conocimiento mediante los sentidos. En suma, resulta tan imposible imaginar a un ser humano que posea tan sólo la facultad del conocimiento sin la del juicio co­mo lo inverso, y así el arte y el conocimiento nunca pueden se­pararse completamente el uno del otro. En cuanto esos sutiles elementos iluminadores tomen en mayor medida la forma corpo­ral de cosas del mundo exterior, mayor será la separación exis­tente entre sus reinos. Afirmémoslo una vez más: allí donde se trata de creación y de producción, allí se encuentra el ámbito del arte. Si el objetivo es la investigación y el conocimiento, allí reina la ciencia. En consecuencia, resulta evidente que corresponde más hablar de «arte de la guerra» que de «ciencia de la guerra».

Con esto debería ser suficiente, ya que no se puede pres­cindir de esas concepciones. Pero ahora sale a nuestro encuentro la constatación de que la guerra no es ni arte ni ciencia en el verdadero sentido de la palabra, y que es precisamente por ha­ber adoptado ese punto de partida ideológico por lo que se ha tomado una falsa dirección, y lo que ha determinado que se co­locara a la guerra al nivel de otras artes y otras ciencias, y con­ducido a establecer muchas analogías erróneas.

Ciertamente se había advertido ya antes sobre ello y a partir de esa base se había sostenido que la guerra es un oficio. Pero con esta afirmación fue más lo que se perdió que lo que se ganó, ya que un oficio es tan sólo un arte inferior y, como tal, está sujeto a leyes más definidas y rígidas. Para ser exactos, el arte de la guerra tuvo, en cierto momento, el espíritu de un oficio, por ejemplo, en el tiempo de los condottieri. Pero si tomó esta direc­ción fue por razones externas, no internas, y la historia de la guerra demuestra cuán antinatural e insatisfactoria fue esa cir­cunstancia.

3. La guerra constituye una acción de la relación humana

Afirmamos, en consecuencia, que la guerra no pertenece al terreno de las artes o de las ciencias, sino al de la vida social. Es un conflicto de grandes intereses, resuelto mediante derrama­miento de sangre, y solamente en esto se diferencia de otros conflictos. Sería mejor si, en vez de equipararlo a cualquier otro arte, lo comparáramos con el comercio, que es también un con­flicto de intereses y actividades humanas; y se parece mucho más a la política, la cual, a su vez, puede ser considerada como una especie de comercio en gran escala. Todavía más, la política constituye la matriz en que se desarrolla la guerra, dentro de la cual yacen esbozadas sus formas generales, al igual que las cua­lidades de las criaturas vivientes se contienen en su embrión.

4. Diferencia 

La diferencia esencial consiste en que la guerra no constitu­ye una actividad de la voluntad que se ejerza, como en las artes mecánicas, sobre la materia inerte, ni como el entendimiento y las emociones humanas en las bellas artes, sobre objetos que, si bien vivientes, son, sin embargo, pasivos e inactivos, sino que atañe a elementos vivientes y capaces de reaccionar. En seguida nos llama la atención cuán reducido es el número de esquemas mentales de las artes y las ciencias que son aplicables a tal activi­dad y podemos entender, por ello, la razón por la cual la cons­tante búsqueda de leyes y su seguimiento, similares a aquellas que pueden extraerse del mundo inerte de la materia, no podría sino conducirnos a caer constantemente en el error. Y, sin em­bargo, ha sido precisamente la forma mecánica de arte la que se ha querido tomar como modelo para el arte de la guerra, debido a que ésta muy raramente establece leyes y reglas, y cuando se ha tratado de hacer, invariablemente se ha reconocido que eran insuficientes y limitadas, y continuamente se han visto desvirtua­das y reducidas por las corrientes de opinión, los sentimientos y las costumbres.

En este libro se analizará, en parte, si ese conflicto de ele­mentos vivientes, tal como surge y se resuelve en la guerra, está sujeto a leyes generales, y si esas leyes pueden facilitar una guía útil para la acción. Pero esto es, en gran medida, de por sí evi­dente, o sea que, al igual que cualquier otro tema que no exceda nuestra capacidad de comprensión, puede ser enfocado o más o menos esclarecido en sus íntimas relaciones por una mente in­quisidora, y esto solo resulta suficiente para establecer el con­cepto de la teoría.

Capítulo IV

METODOLOGÍA 

Para exponer con claridad la idea de método y de «metodo­logía», que tan importante papel desempeñan en la guerra, nos detendremos a considerar rápidamente la jerarquía lógica por medio de la cual es gobernado el mundo de la acción, como si fuera mediante autoridades regularmente constituidas.

La ley, la más general entre las concepciones válidas para el conocimiento y la acción, contiene evidentemente, en su signifi­cado literal, algo subjetivo y arbitrario y, no obstante, expresa con exactitud aquello de lo que dependemos tanto nosotros co­mo las cosas externas. Como sujeto del conocimiento, la ley con­tiene la relación entre las cosas y sus efectos entre sí; como suje­to de la voluntad, constituye una determinante de la acción y equivale entonces a mandato y prohibición.

El principio es también una ley para la acción, con la dife­rencia de que no dispone del significado formal y definido que la ley posee, sino que sólo constituye el espíritu y el sentido de la ley, que de esta manera permite al juicio una mayor libertad de aplicación, cuando la diversidad del mundo real no puede ser incluida dentro del concepto definido de una ley. Como el juicio debe encontrar razones para explicar los casos en que no es aplicable el principio, éste se convierte, en ese sentido, en una verdadera ayuda o destello orientador para la persona que actúa.

El principio es objetivo cuando es el resultado de verdades objetivas y, por tanto, adquiere igual valor para todos los hom­bres; es subjetivo, llamándose entonces por lo general axioma, o sea, una regla de conducta propia, si contiene relaciones subjeti­vas y, por lo tanto, adquiere un valor positivo sólo para la perso­na que lo formula.

La regla es tomada con frecuencia en el sentido de ley, sig­nificando entonces lo mismo que el principio, ya que decimos «no hay regla sin excepción», pero no que «no hay ley sin excepción», lo que demuestra que con la regla conservamos una ma­yor libertad de aplicación.

En otro sentido, regla constituye el medio utilizado para re­conocer la verdad que subyace en el fondo de un signo particu­lar más próximo, a fin de aplicar a este signo la ley de acción que atañe a la verdad en su conjunto. De este tipo son todas las leyes que rigen los juegos, todas las formas abreviadas de proce­dimiento en matemáticas, etcétera.

Las regulaciones e instrucciones son hechos determinantes de la acción que se refieren a circunstancias menores, que serían demasiado numerosas e insubstanciales para ser abarcadas por las leyes generales, pero que ayudan a indicar con mayor clari­dad el camino a seguir.

Por último, el método, o modo de procedimiento, constitu­ye una forma de acción que se repite constantemente y es elegi­da entre varias posibles. Por metodología entendemos la deter­minación de la acción por medio de métodos y no de principios generales o regulaciones individuales. Cuando ello ocurre, hay que suponer necesariamente que los casos tratados con dicho método serán iguales en sus rasgos esenciales. Como esto difícil­mente será así, el problema consiste en que deberían serlo tanto como fuera posible; en otras palabras, el método debería basarse en los casos más probables. Por lo tanto, la metodología no se funda en premisas particulares y definidas, sino en la probabili­dad media de casos análogos, y su tendencia final es establecer una verdad media, cuya aplicación uniforme y constante adquie­ra, a medida que avanza, la naturaleza de una destreza mecáni­ca, que termina por actuar con competencia casi inconsciente­mente.

Para la conducción de la guerra descartamos la idea de la ley relacionada con el conocimiento, porque los fenómenos com­plejos de la guerra no son tan regulares y los fenómenos regula­res tan complejos como para que avancemos algo más mediante esta concepción que por la simple verdad. Y donde son suficien­tes la concepción simple y el lenguaje sencillo, recurrir a lo com­plejo resulta afectado y presentuoso. La idea de ley en relación con la acción no puede ser usada por la teoría de la conducción de la guerra, porque, debido a la variabilidad y diversidad de los fenómenos, no hay en ella una determinación de naturaleza ge­neral que pueda adoptar el nombre de ley.

Pero los principios, las reglas, las regulaciones y los méto­dos son concepciones indispensables para una teoría de la con­ducción de la guerra, en cuanto esa teoría lleve a una instrucción positiva, porque en ésta la verdad sólo puede residir en esas for­mas de cristalización.

Como la táctica es la parte de la conducción de la guerra donde la teoría puede llevar con mayor frecuencia a enseñanzas positivas, estas concepciones aparecerán también más frecuente­mente en ella.

No utilizar la caballería contra la infantería incólume excep­to en caso de necesidad; no emplear las armas de fuego hasta que el enemigo se halle dentro del radio de su alcance efectivo, para economizar tantas fuerzas como sea posible; estos son prin­cipios tácticos. Ninguno de ellos puede ser aplicado en forma absoluta en todos los casos, pero el jefe debe tenerlos siempre presentes para que la ventaja de la verdad que contienen no se desvanezca en aquellos en que esa aplicación sea posible.

Si de una actividad inusitada en el campo enemigo deduci­mos que nuestro oponente está a punto de entrar en acción, o si la exposición intencional de tropas en un encuentro nos indica que se trata sólo de un amago, entonces esta manera de recono­cer la verdad de las cosas es llamada regla, debido a que el pro­pósito al que sirve se deduce de una circunstancia visible deter­minada.

Si constituye una regla atacar al enemigo con dureza tan pronto como se observe que coloca el armón en el encuentro, es porque se liga a este hecho particular una línea de acción dirigi­da a la situación general del enemigo tal como se deduce de ella misma, o sea, que está en trance de desistir del encuentro, que está comenzando a retirar sus tropas y no es capaz ni de oponer una resistencia seria mientras prepara su retirada, ni de contra­rrestar el acoso del oponente en su transcurso.

Las regulaciones y los métodos son incorporados a la con­ducción de la guerra por las teorías de la preparación, en la me­dida en que se insuflen, a modo de principios activos, en las tro­pas ya formadas. Todas las instrucciones para las formaciones, los ejercicios y los servicios de campaña son regulaciones y mé­todos. En los ejercicios de instrucción predominan las primeras, y en las instrucciones de servicios de campaña, los últimos. La conducción real de la guerra va unida a ellos; recurre a ellos, por tanto, a modo de formas dadas de procedimiento, y raíz de tal carácter tienen que integrar la teoría de la conducción de la gue­rra.

Pero para aquellas actividades que conserven una libertad de uso de esas fuerzas no puede haber regulaciones, esto es, no puede haber instrucciones definidas, precisamente porque esto excluiría la libertad de acción. Los métodos, por otra parte, cons­tituyen una forma general de realizar una tarea, a medida que vayan apareciendo, sobre la base, tal como ya pusimos de relie­ve, de la probabilidad media. Como conjunto que aporta princi­pios y reglas aptos para ser aplicados, pueden formar ciertamen­te parte de la teoría de la conducción de la guerra, siempre que no adopten una representación diferente de lo que son en reali­dad, o se presenten como leyes de acción absoluta y de relación necesaria (sistemas), sino como la mejor forma que puede ser aplicada o sugerida como vía más corta en lugar de una decisión individual.

Se advertirá que la aplicación de un método constituirá con frecuencia el factor más esencial en la conducción de la guerra, teniendo en cuenta las múltiples acciones que se realizan sobre la base de meras conjeturas o en una completa incertidumbre. Las medidas, en la guerra, deben ser siempre establecidas según un cierto número de posibilidades. Uno de los bandos parece in­capaz de apreciar las circunstancias que influyen en las disposi­ciones del otro. Aun en el caso de que se conocieran, realmente las circunstancias que influyen en las decisiones del oponente, uno no cuenta con tiempo suficiente como para poner en prácti­ca las medidas necesarias para contrarrestarlas, debido a su ex­tensión y complejidad. Cada acontecimiento se ve envuelto en un número de circunstancias menores que deben ser tenidas en cuenta, y no existe otro medio de hacerlo sino deduciendo una de la otra y basando los cálculos tan sólo sobre lo que es general y probable. Por último, debido al aumento creciente de oficiales, a medida que se desciende en la escala jerárquica, y cuanto más bajo sea el ámbito de acción, tanto menor será la cantidad de co­sas que pueden ser dejadas a merced del juicio individual. Cuan­do se accede al grado en que no cabe esperar otro reconoci­miento que el que permiten las regulaciones del servicio y la ex­periencia, se debe afrontar el acontecimiento con métodos de ru­tina surgidos de esas regulaciones. Ello será válido tanto como afirmación de aquel juicio como de dique contra las deducciones extravagantes y erróneas, especialmente temibles en un ámbito en el que la experiencia resulta tan costosa.

Además de su carácter indispensable, cabe asimismo atri­buir a la metodología una ventaja positiva, es decir, el hecho de que, mediante la aplicación constante de fórmulas invariables, se gana en rapidez, precisión y firmeza en la dirección de las tro­pas, lo cual conduce a una disminución de la fricción natural y permite a la maquinaria moverse con mayor presteza.

El método, por tanto, tendrá un uso más general y resultará más indispensable en la medida en que las personas actuantes ocupen un menor puesto jerárquico, mientras que, al ascender en la escala, ese uso disminuirá, hasta desaparecer por completo en las posiciones más elevadas. Por dicha razón, más indicado estará en la táctica que en la estrategia.

La guerra, en sus aspectos más encumbrados, no consiste en una cantidad infinita de pequeños acontecimientos ––análo­gos entre sí pese a su diversidad y, por tanto, mejor o peor con­trolados por métodos mejores o peores––, sino que es un acon­tecimiento que ocurre de modo aislado, grave y decisivo, que debe ser tratado en particular. No se trata de un terreno sembra­do que, mediante una guadaña más o menos eficaz, pueda ser mejor o peor segado, independientemente de la forma en que se efectúan los tallos, sino que se trata de un campo poblado de grandes árboles, sobre los cuales debe actuar el hacha con buen juicio, según la naturaleza particular y la inclinación de cada uno de los troncos.

Hasta dónde cabe asumir la metodología de las acciones militares queda naturalmente supeditado no a la escala jerárqui­ca, sino a la realidad de las cosas. Y esto afecta a las posiciones más elevadas en un grado menor, debido solamente a que esas posiciones cuentan con un mayor campo de acción. Un orden permanente de batalla, una formación permanente de avanzada y vanguardia, constituyen sendos ejemplos de métodos rutinarios mediante los cuales el general no sólo coarta la capacidad de de­cisión de sus subordinados, sino también, en ciertos casos, la su­ya propia. Es cierto que dichos métodos pueden haber sido crea­dos por él mismo, y los puede haber adoptado de acuerdo con las circunstancias, pero también pueden pertenecer a la teoría, en la medida en que se basen sobre las características generales de las tropas y los armamentos. Por otra parte, cualquier método aplicado a delinear el plan de una guerra o de una campaña que sea rutinario y comunicado para el uso, como si fuera a ser eje­cutado por una máquina; carecería por completo de valor.

Mientras no exista de por medio una teoría aceptable, esto es, mientras no se disponga de una forma inteligible para la con­ducción de la guerra, la metodología ––la rutina en los méto­dos–– debe inmiscuirse ––aún en las esferas más elevadas de acti­vidad, ya que los que las integran no siempre se han formado a través del estudio y el contacto con las capas superiores de la vi­da. No serán capaces de encontrar su camino entre las discusio­nes estériles y contradictorias de los teóricos y los críticos; su sentido común las rechazará de manera espontánea y, en conse­cuencia, no dispondrán de otro conocimiento que el que les aporte la experiencia. Por tanto, en aquellos casos que admitan un tratamiento libre e individual, y que también lo requieran, echarán en seguida mano de los medios que les brinda la expe­riencia, es decir, apelarán a los procedimientos característicos de los grandes generales, ya que lo que hemos llamado metodolo­gía es algo que surge por sí mismo. Al constatar que los genera­les de Federico el Grande siempre avanzaban con el llamado or­den oblicuo de batalla, al verificar asimismo que los generales de la Revolución francesa practicaban siempre movimientos envol­ventes con una línea de batalla ampliamente extendida, y que los lugartenientes de Bonaparte se lanzaban al ataque con el san­griento despliegue de unas masas concentradas, advertiremos en la repetición del procedimiento lo que constituye evidentemente un método prestado y, por tanto, comprobaremos que la meto­dología puede extenderse hasta ámbitos lindantes con las esferas más elevadas. Si es cierto que una teoría evolucionada facilita el estudio de la conducción de la guerra y favorece la educación de la mente y el juicio de los responsables de los mandos superio­res, entonces la metodología no alcanzará cimas tan elevadas, y esto será considerado tanto más indispensable en la medida en que se deduzca de la teoría misma y no sea un producto de la simple imitación. Por excelente que sea la forma como un gran general haga las cosas, siempre habrá algo subjetivo en cómo las hace, y si tiene cierta manera de hacerlas, ésta contendrá buena parte de su individualidad, que no siempre concordará con la in­dividualidad de la persona que lo imite.

Al propio tiempo, no sería ni posible ni justo eliminar por completo de la conducción de la guerra la metodología subjeti­va; por el contrario, ésta debe ser considerada como una manifestación de la influencia que ejerce el carácter general de la guerra sobre sus acontecimientos aislados, la cual solamente puede ser asumida de esa forma si la teoría no ha podido pre­verla y tomarla en cuenta. ¿Puede haber algo más lógico que el hecho de que la guerra de la Revolución francesa tuviera su pro­pio modo de hacer las cosas? ¿Qué teoría podría haber incluido ese método peculiar? El problema reside en que esa manera de hacer las cosas, originada en un caso especial, pervive fácilmen­te, debido a que continúa, al tiempo que las circunstancias cam­bian de modo imperceptible. Esto es lo que la teoría tiene que prevenir, mediante una critica precisa y racional. Cuando, en el año 1806, el príncipe Ludwig en Saalfeld, Tauentzien sobre el Dornberg, cerca de Jena, Grawert delante y Ruchel detrás de Kappellendorf, dispuestos a manos llenas a destruir el orden oblicuo de Federico el Grande, se las compusieron para desarti­cular al ejército de Hohenlohe de un modo como nunca fue diezmado ejército alguno en el campo de batalla, ello se debió no sólo a una manera de actuar que pervivió en el futuro, sino a la más patente estupidez a la que puede haber conducido jamás la metodología. 

Capítulo V

CRÍTICA

La influencia de las verdades teóricas sobre la vida práctica siempre se ejerce más por medio de la crítica que por medio de la instrucción, ya que la crítica equivale a la aplicación de verda­des teóricas a acontecimientos reales, de tal modo que no sólo acerca esas verdades a la vida, sino que permite que el entendi­miento se acostumbre más a éstas, gracias a una aplicación repe­tida hasta la saciedad. Debido a ello, creemos necesario estable­cer el punto de vista de la crítica junto con el de la teoría.

En principio tenemos que diferenciar la narración crítica de la narración simple de los acontecimientos históricos, la cual si­túa simplemente las cosas una al lado de la otra y a lo sumo to­ma en cuestión sus relaciones causales más inmediatas.

En esa narración crítica se hacen patentes tres actividades distintas del entendimiento.

En primer lugar, el descubrimiento y la constatación históri­ca de los hechos dudosos. Nos encontramos aquí con la investi­gación histórica pura, que no tiene nada en común con la teoría.

En segundo lugar, la deducción del efecto, partiendo de sus causas. Esto es la investigación crítica propiamente dicha, que resulta indispensable para cualquier teoría, porque, en teoría, to­do lo que ha de ser establecido, sustentado o incluso sólo expli­cado a través de la experiencia únicamente puede ser resuelto de esta forma.

En tercer lugar, la constatación de los medios empleados, es decir, la crítica propiamente dicha, que contiene elogios y re­proches. Es aquí donde la teoría resulta útil a la historia, o más bien a la enseñanza que se deriva de ella.

En estas dos últimas partes, estrictamente críticas, de la con­sideración histórica, todo depende de la investigación de las co­sas hasta sus elementos finales, o sea, hasta las verdades que permanecen fuera de toda duda, y no de la detención a mitad de camino con suposiciones arbitrarias o hipótesis, sin seguir ade­lante, como sucede tan a menudo.

Con respecto a la deducción de un efecto por sus causas, se tropieza a menudo con la dificultad externa e insuperable de que las causas verdaderas son apenas conocidas. En ninguna otra circunstancia de la vida se produce ello con tanta frecuencia como en la guerra, en la cual los acontecimientos rara vez son totalmente conocidos y aún menos lo son los motivos, que, o bien son ocultados a propósito por las personas que han interve­nido en ellos, o bien pueden desvanecerse para la historia cuan­do tienen un carácter muy transitorio y accidental. Por tanto, la narración crítica tiene que correr parejas con la investigación his­tórica, e incluso así, con frecuencia persiste una disparidad tal entre causa y efecto que no se justifica que la historia considere los efectos como consecuencias necesarias de las causas conoci­das. En este caso, por tanto, aparecerán necesariamente lagunas, es decir, se llegará a resultados históricos de los que no se puede extraer enseñanza alguna. Lo único que la teoría puede exigir es que la investigación sea conducida con rigidez hasta esas lagu­nas, y allí tendrá que dejar en suspenso sus exigencias. El pro­blema real sólo surge si, indefectiblemente, lo que se conoce tie­ne que bastar para explicar los resultados, y se le atribuye así una engañosa importancia.

Unida a esta dificultad, la investigación crítica encuentra también otra de carácter intrínseco muy profunda en el hecho de que en la guerra los efectos rara vez proceden de una sola causa, sino de varias causas unidas, y, en consecuencia, no basta recons­truir con disposición sincera e imparcial las series de aconteci­mientos hasta sus comienzos, sino que además es necesario asig­nar el valor que les corresponde a cada una de las causas origina­rias. Por lo tanto, ello conduce a una investigación más detallada de su naturaleza, y es así como la investigación crítica puede de­rivar hacia el terreno propio de la teoría.

La consideración crítica, es decir, la constatación de los medios, lleva a la cuestión de saber cuáles son los efectos pro­pios de los medios aplicados, y si estos efectos eran los que se proponía la persona actuante.

Los efectos propios de los medios conducen a la investiga­ción de su naturaleza y, de esta forma, nuevamente al terreno de la teoría.

Hemos visto que, en la crítica, todo consiste en alcanzar verdades que estén fuera de cualquier duda, es decir, no dete­nerse en proposiciones arbitrarias que no sean válidas para otros, a las que se oponen entonces otras afirmaciones quizás igualmente arbitrarias, de modo que no habrá límite para los pros y los contras y el conjunto carecerá de resultados y, por lo tanto, de valor como enseñanza.

Hemos visto también que la investigación de las causas y la constatación de los medios conducen al terreno de la teoría, es decir, al terreno de la verdad universal que no se deduzca única­mente del caso individual que se está examinando. Si se dispone de una teoría útil, la investigación crítica recurrirá a lo que ha si­do resuelto en ella, y en ese punto debe detenerse la investiga­ción. Pero allí donde no se dispone de esa verdad teórica, la in­vestigación debe ser proseguida hasta los elementos finales. Si aparece a menudo esta necesidad, el historiador se verá obligado a ocuparse de detalles cada vez mayores. Se verá de este modo muy atareado y le será casi imposible tratar todos los puntos con la debida reflexión. Como consecuencia, para limitar su examen se detendrá en afirmaciones arbitrarias que, aunque no lo sean realmente para él, continuarán sin embargo siéndolo para los de­más, porque no son ni evidentes por sí mismas ni han sido de­mostradas.

Por lo tanto, una teoría útil es el fundamento esencial para la crítica, y sin la ayuda de una teoría razonable es imposible que la crítica alcance el punto en que realmente comienza a ser instructiva, es decir, a ser una demostración convincente.

Pero equivaldría a una esperanza quimérica creer en la po­sibilidad de una teoría que se ocupara de toda verdad abstracta y sólo dejara a la crítica la tarea de situar el caso individual bajo la ley que le corresponda. Constituiría una pedantería ridícula esta­blecer como regla que la crítica debe siempre detenerse y girar en redondo al llegar a los límites de la sagrada teoría. El mismo espíritu de investigación analítica, que es el origen de la teoría, debe guiar también al crítico en su trabajo; en consecuencia, puede y suele suceder que se desvíe hacia el terreno de la teoría y que siga adelante hasta explicar por sí mismo esos puntos que para él tienen especial importancia. Por el contrario, es mucho más probable que la crítica deje por completo de alcanzar su ob­jetivo si se convierte en una aplicación mecánica de la teoría. Cuanto más carezcan de universalidad y de verdad absoluta los resultados de la investigación teórica, tanto más llegarán a ser to­dos los principios, reglas y métodos que pueda establecer, reglas positivas para la práctica. Existen para el uso requerido y debe dejarse siempre que el buen juicio decida si son adecuados o no. Esos resultados de la teoría nunca deben ser usados en la crítica como reglas o normas fijas, sino simplemente como una ayuda para el juicio, en la misma forma en que tendrá que usarlas la persona que actúa. Si en la táctica es cosa decidida que, en el or­den general de la batalla, la caballería debe ser colocada detrás de la infantería y no en la misma línea, sería sin embargo un dis­parate reprobar toda desviación a esa norma. La crítica debe in­vestigar las razones que han determinado la desviación, y sólo si éstas son inadecuadas tendrá el derecho de hacer referencia a lo que ha establecido la teoría. Además, si la teoría acepta que un ataque dividido disminuye la probabilidad de éxito, siempre que se produzca ese ataque dividido y con ello un resultado desafor­tunado sería poco razonable considerar este último como una consecuencia del primero, sin investigar con más detalle si real­mente ha sido ese el caso. Del mismo modo, sería también poco razonable deducir de ello que sea engañoso lo que afirma la teo­ría. El espíritu crítico investigador se niega a asentir a cualquiera de las dos premisas. En consecuencia, la crítica se basa esencial­mente en los resultados de la investigación analítica obtenidos por medio de la teoría. Lo que ésta ha admitido no necesita ser establecido de nuevo por la crítica, y ha sido así para que la cri­tica pueda encontrarlo ya establecido.

Esta tarea de la crítica de investigar qué efecto ha sido pro­ducido por una causa, y si el medio empleado ha sido el que se necesitaba para alcanzar su fin, resultará fácil si se hallan próxi­mos la causa y el efecto, el fin y los medios.

Si un ejército es sorprendido y no puede por tanto hacer uso normal e inteligente de sus fuerzas y recursos, el efecto de esa sorpresa no será dudoso. Si la teoría ha establecido que, en una batalla, un ataque envolvente conduce a un mayor éxito pero con menor seguridad, la cuestión, entonces, radica en saber si quien emplea el ataque envolvente ha considerado como princi­pal objetivo la magnitud del éxito. En ese caso, el medio fue ele­gido correctamente. Pero si el deseo del atacante sólo fuera ase­gurar el éxito y si esta esperanza estuviese basada no en circuns­tancias particulares, sino en la naturaleza del ataque envolvente, entonces se habría equivocado al calibrar la naturaleza de ese medio y habría cometido un error, como ha sucedido cientos de veces.

Aquí resulta fácil el trabajo de investigación militar y de­mostrativo, y siempre lo será, si se limita a los efectos y los fines inmediatos. Se podrá hacer esto exactamente a gusto de cada cual, a condición de que se consideren las cosas separadamente de su relación con el conjunto, y que sólo se estudien así separa­das.

Pero en la guerra, lo mismo que en general en el mundo común, existe una relación entre todo lo que pertenece al con­junto; en consecuencia, toda causa, por pequeña que sea, debe influir con sus efectos sobre el resto de la guerra y modificar en cierto grado el resultado final, por más débil que pueda ser ese grado. Del mismo modo, todo medio puede ejercer su influencia hasta la obtención del fin último.

Por lo tanto, podemos deducir los efectos de una causa, hasta donde se observen señales indicativas, y, de la misma ma­nera, no sólo se puede poner a prueba un medio para su fin in­mediato, sino también probar este mismo como medio para un fin más elevado y ascender así a lo largo de un encadenamiento, subordinado cada fin al superior, hasta que lleguemos a uno que no requiera ser puesto a prueba, porque su necesidad es induda­ble. En muchos casos, especialmente si se trata de medidas im­portantes y decisivas, el examen tendrá que extenderse hasta el fin último, o sea, el que dé lugar a la paz.

Es evidente que, al ascender de este modo, en cada nuevo tramo al que se llegue se adaptará para el juicio un punto de vis­ta nuevo, de forma tal que el mismo medio que parece ventajoso desde un punto de vista inmediato debe ser rechazado cuando se considera desde un punto de vista más alejado.

Al analizar en forma crítica un capítulo de la historia, siem­pre deben ir acompasadas la investigación de las causas de los fenómenos y la constatación de los medios, de acuerdo con los fines a los que sirven, porque sólo la investigación de la causa nos conduce a objetos dignos de ser puestos a prueba.

Este intento de recorrer de un extremo a otro el encadena­miento causal implica una dificultad considerable, porque, cuan­to más lejos de un acontecimiento se halle la causa que se bus­que, tanto mayor habrá de ser el número de otras causas que, al mismo tiempo, deben ser examinadas y analizadas en relación con la participación que puedan haber tenido en dar forma a los acontecimientos, y eliminadas en consecuencia; porque cuanto más elevado se halle un fenómeno en esa cadena causal, más numerosas serán las fuerzas y circunstancias separadas que lo condicionan. Si hemos dilucidado las causas de una batalla per­dida, también habremos dilucidado, sin duda, parte de las causas que corresponden a las consecuencias de esa batalla perdida en el conjunto de la guerra. Pero sólo habremos dilucidado una par­te, porque los efectos de otras causas contribuirán en mayor o menor medida, de acuerdo con las circunstancias, a determinar el resultado final.

En la constatación de los medios, a medida que nuestros puntos de vista se eleven sucesivamente se presentará la misma multiplicidad en lo que habremos de tratar, porque cuanto más elevados sean los fines, más cuantiosos tendrán que resultar los medios empleados para alcanzarlos. El fin último de la guerra es perseguido simultáneamente por todos los ejércitos y, por lo tan­to, se tiene también que tomar en consideración cuanto a su res­pecto ha sido llevado a cabo, o hubiera podido ser llevado a ca­bo.

Evidentemente, ello puede conducir, a veces, a un terreno muy amplio de investigación, donde es fácil perderse y en el que prevalecen las dificultades, porque deben avanzarse gran núme­ro de suposiciones sobre cosas que no han sucedido realmente, pero que eran probables y, en este sentido, no pueden dejar de ser consideradas.

Cuando, en 1797, Bonaparte, a la cabeza del Ejército de Ita­lia, avanzó desde el río Tagliamento contra el archiduque Carlos, lo hizo con la intención de obligarle a tomar una decisión antes de que éste recibiera los refuerzos que esperaba procedentes del Rin. Si consideramos solamente la decisión inmediata, el medio fue bien elegido. Y el resultado lo demostró, pues el archiduque quedó tan debilitado que no efectuó más que un intento de re­sistencia sobre el Tagliamento. Cuando vio la resolución y forta­leza de su adversario, abandonó el campo de batalla y los pasos que conducían a los Alpes Nóricos. Ahora bien, ¿qué se había propuesto Napoleón con esta acción? ¿Penetrar en el corazón mismo del imperio austríaco? ¿Facilitar el avance de los ejércitos del Rin al mando de Moreau y Hoche y lograr una estrecha co­municación con ellos? Esta fue la posición adoptada por Bona­parte y desde este punto de vista actuó con acierto. Pero si la crítica se sitúa en un punto de vista más elevado, o sea, el del Directorio francés, cuyo mando era incapaz de ver, y debió ha­ber visto, que la campaña del Rin no tenía que haberse iniciado hasta seis semanas más tarde, entonces el avance de Napoleón sobre los Alpes Nóricos sólo puede ser considerado como una baladronada extemporánea, porque si los austríacos hubieran he­cho intervenir en masa a sus ejércitos del Rin para reforzar su presencia en Estiria, permitiendo de este modo que el archidu­que se arrojara sobre el Ejército de Italia, no sólo ese ejército probablemente habría sido derrotado, sino que quizá se habría perdido para Francia toda la campaña. Fue esta consideración, que se impuso por sí misma a Napoleón en Villach, la que indu­jo a éste a firmar con tanta celeridad el armisticio de Leoben.

Si la crítica parte de una posición aún más elevada y se sabe que los austriacos no poseían reserva alguna desplegada en­tre el ejército del archiduque Carlos y la ciudad de Viena, se de­duce, entonces, que la capital austríaca habría caído bajo la ame­naza del Ejército de Italia.

Supongamos que Bonaparte hubiera sabido que Viena se hallaba de esa forma desprotegida y también que contaba en Es­tiria con esa decisiva superioridad numérica sobre el archiduque.

Entonces, su precipitado avance contra el corazón de los estados austríacos ya no habría carecido de propósito, puesto que su va­lor habría dependido sólo de aquel que los austríacos hubieran asignado a la conservación de Viena. Si ese valor hubiese sido para ellos tan grande como para haberles inducido a aceptar las condiciones de paz que Bonaparte estaba dispuesto a ofrecerles, antes que perder la ciudad, la amenaza contra Viena debería ser considerada como el propósito esencial del avance. Si por algu­na razón Bonaparte hubiera sabido esto, la crítica podría dete­nerse aquí; pero si se hubiera mostrado indeciso a ese respecto, la crítica debería situarse en una posición aún más elevada y pre­guntarse qué habría ocurrido si los austríacos hubieran abando­nado Viena y se hubiesen retirado más allá, en el confín de las vastas extensiones cuyo dominio todavía poseían. Pero resulta fácil advertir que esta cuestión no puede ser contestada sin to­mar en consideración el curso probable de los acontecimientos en la confrontación de los ejércitos del Rin por ambos bandos. En vista de la decidida superioridad numérica del lado de los franceses ––130.000 contra 80.000––, no cabrían muchas dudas respecto del resultado. Pero entonces surgiría otra cuestión: ¿qué uso habría hecho el Directorio de esa probable victoria? ¿Habría ampliado su triunfo hasta alcanzar los límites de la monarquía austríaca, intentando desmembrar y destruir, por lo tanto, ese po­der, o se habría contentado con la conquista de una parte consi­derable del territorio, que le pudiera servir como garantía de la paz? Debe estimarse, en cada caso, el resultado probable, a fin de llegar a una conclusión sobre la plausible elección del Direc­torio. Supongamos que el resultado de estas consideraciones hu­biera sido el de que las fuerzas francesas eran demasiado débiles para derrotar completamente a la monarquía austríaca, de suerte que el intento por sí mismo habría invertido completamente la situación, y que incluso la conquista y ocupación de una parte considerable del territorio de aquélla habría colocado a los fran­ceses en una posición estratégica para la cual sus fuerzas proba­blemente eran insuficientes. Entonces ese resultado habría condi­cionado su juicio sobre la situación del Ejército de Italia, hasta hacerle ver la conveniencia de disminuir sus posibilidades. Sin duda, esto fue lo que indujo a Bonaparte ––aun cuando pudo darse cuenta, a primera vista, de la impotencia del archiduque­a firmar la paz de Campoformio, que no impuso a los austríacos mayores sacrificios que los de la pérdida de regiones que no ha­brían reconquistado ni tras las campañas más afortunadas. Pero los franceses no podrían haber contado siquiera con el modera­do tratado de Campoformio, y, por lo tanto, no podrían haberlo fijado como objetivo de su osado avance, si no hubieran entrado en consideración dos cuestiones. La primera, determinar qué va­lor habrían asignado los austríacos a cada uno de los resultados antes mencionados; si, no obstante la probable obtención de un resultado satisfactorio en cualquiera de los dos casos, habría vali­do la pena hacer el sacrificio que implicaban, es decir, continuar la guerra, cuando ese sacrificio podría haber sido ahorrado me­diante una paz basada en cláusulas no demasiado humillantes. La segunda, saber si el gobierno austríaco habría sopesado seria­mente el posible resultado final de una resistencia continuada, y si no se habría dejado llevar por el desaliento bajo la impresión causada por los descalabros del momento.

La consideración que entraña la primera cuestión no consti­tuye una sutileza baladí, sino que tiene una importancia práctica tan decisiva que surge siempre que se discute un plan para llevarlas cosas hasta sus últimos extremos. Esto es lo que con gran fre­cuencia evita que esos planes se ejecuten.

La segunda cuestión es igualmente necesaria, porque la guerra se entabla no con un oponente abstracto, sino con uno real, que siempre debe ser tenido en cuenta. Podemos estar se­guros de que el audaz Bonaparte no descuidaba este punto de vista, es decir, no desdeñaba la confianza basada en el temor que despertaba en sus enemigos. Esta misma confianza fue la que, en 1812, lo condujo a Moscú, y allí lo abandonó en el infor­tunio. El terror que inspiraba se había evaporado en cierto modo en las gigantescas luchas en las que se vio implicado. Por su­puesto, no había sufrido ningún desgaste en 1797 y no se había revelado todavía el secreto de su fuerza de resistencia llevada hasta el último extremo. Sin embargo, incluso en 1797 su intrepi­dez lo habría conducido a un resultado negativo si, como ya he­mos dicho, gracias a una especie de presentimiento, no hubiera elegido la paz moderada de Campoformio como una tabla de salvación.

Tenemos que examinar esto de manera terminante. Bastará mostrar con un ejemplo la amplia esfera de actividad, la diversidad y la dificultad que puede presentar un examen crítico si nos adentramos en los fines esenciales, es decir, si nos referimos a medidas de carácter importante y decisivo que necesariamente deben influir sobre ellos. Este examen revelará que, además de la comprensión teórica de la cuestión, el talento natural debe también ocupar su lugar a la hora de enjuiciar el valor del exa­men crítico, porque de él dependerá principalmente la posibili­dad de aclarar la relación de las cosas, distinguiendo las que son esenciales de las incontables relaciones recíprocas de los aconte­cimientos.

Pero el talento se emplea todavía de otra manera. La consi­deración crítica no constituye una mera constatación de los me­dios empleados realmente, sino un examen de todos los posi­bles, que, por lo tanto, primero deben ser descubiertos y especi­ficados; y, evidentemente, no estamos en disposición de desde­ñar ningún medio en particular, a menos que seamos capaces de especificar uno mejor. Sin embargo, por pequeño que sea el nú­mero de combinaciones posibles en la mayoría de los casos, de­be admitirse que señalar las que no han sido usadas no constitu­ye un simple análisis de las cosas reales, sino una realización es­pontánea que no se deja prescribir sino que depende de la capa­cidad de producción de la mente.

Estamos lejos de considerar que un caso en el cual todo de­be ser investigado hasta que se llega a unas pocas combinacio­nes prácticamente posibles y muy simples constituye el terreno abonado para el genio. Encontramos sumamente ridículo consi­derar, como ha ocurrido tan a menudo, el cambio de una posi­ción como un descubrimiento que revela la presencia de un gran genio; sin embargo, este acto de realización espontánea es nece­sario y el valor del examen crítico es determinado esencialmente por él.

Cuando, el 30 de julio de 1796, Bonaparte decidió levantar el sitio de Mantua para contrarrestar el avance de Wurmser y con toda su fuerza caer sobre sus filas, separadas por el lago de Gar­da y el río Mincio, esta pareció la vía más segura para alcanzar una brillante victoria. Tal victoria se produjo realmente, y des­pués se repitió con los mismos medios y con éxito todavía más fulminante cuando se reanudó el intento de asediar aquella forta­leza. Nos consta sólo una opinión sobre estas hazañas, la cual se rinde completamente a la admiración.

Pero Bonaparte no pudo seguir ese rumbo el 30 de julio sin abandonar completamente la idea del asedio de Mantua, porque era imposible apoyar a las tropas ocupadas en ello, las cuales no podían ser reemplazadas por otras en esa campaña. En realidad, el asedio se convirtió en un simple bloqueo. La ciudad, que ha­bría caído pronto si la acción hubiera continuado, resistió duran­te seis meses, pese a los éxitos de Bonaparte en el campo de ba­talla.

Los críticos generalmente han considerado esto como un mal más bien inevitable, porque no han sido capaces de sugerir ningún medio de resistencia mejor. La resistencia a un ejército de relevo, dentro de la circunvalación, ha caído en tal descrédito, que no se la considera en absoluto como un medio. Sin embar­go, en los tiempos de Luis XIV esa medida era usada tan a me­nudo con éxito, que si cien años más tarde no se le ocurrió a na­die que por lo menos cabía tomarla en cuenta, esto sólo tiene que ser considerado como un capricho de la moda. Si esta posi­bilidad hubiera sido admitida, una investigación más atenta de las circunstancias habría demostrado que los 40.000 hombres de la mejor infantería del mundo, bajo el mando de Bonaparte, co­locados detrás de la fuerte circunvalación de Mantua, tenían tan poco que temer de los 50.000 austíacos que acudían en socorro de la ciudad, al mando de Wurmser, que era muy improbable que se hubiera realizado ni siquiera un solo intento de ataque sobre sus líneas. No trataremos aquí de demostrar este punto, pero creemos que se ha dicho lo bastante como para mostrar que este medio tiene derecho a ser considerado. No discutiremos tampoco si, durante la acción, Bonaparte mismo pensó en este medio. No se encuentra indicio alguno de ello en sus memorias ni en otras fuentes impresas. Ninguno de los críticos posteriores reparó en él, porque esa medida quedó por completo fuera del alcance de su campo visual. El mérito de recordarlo no es tan grande, porque para pensar en él sólo hemos tenido que rehuír el engreído capricho de la moda. No obstante, es necesario te­nerlo en cuenta y compararlo con los medios que empleó Bona­parte. Sea cual sea el resultado de esta comparación, la crítica no debería omitirla.

Cuando, en febrero de 1814, Bonaparte se distanció del ejército de Blücher, al que había derrotado en los encuentros de Étogues, Champ-Aubert, Montmirail, etc., y acosó nuevamente a las tropas de Schwarzenberg, a las que venció en Montereau y Mormant, todo el mundo se mostró rendido de admiración, por­que Bonaparte, con sólo utilizar su fuerza concentrada, primero sobre un adversario y luego sobre el otro, aprovechó brillante­mente el error cometido por los Aliados al avanzar con sus fuer­zas divididas. Generalmente se ha considerado que al menos no fue su culpa si estos ataques fulminantes en todas direcciones no sirvieron para ponerlo a salvo. Nadie ha formulado todavía esta pregunta: ¿cuál habría sido el resultado si, en lugar de atacar nuevamente a Schwarzenberg, Bonaparte hubiera continuado apremiando a Blücher y lo hubiese presionado hasta el Rin? Esta­mos convencidos de que se habría producido una inversión completa de la campaña y que el ejército de los Aliados, en lu­gar de marchar hacia París, se habría retirado detrás del Rin. No pretendemos que otros compartan nuestra convicción, pero ya que esta alternativa ha sido mencionada, ningún experto pondría en duda que esa crítica tendría que ser considerada junto con las demás posibilidades.

En este caso los medios de comparación se encuentran también mucho más cerca que el primero. Fueron igualmente pasados por alto, porque se siguió ciegamente una tendencia de­terminada, sin recurrir a un juicio imparcial.

De la necesidad de proponer un medio mejor en lugar del que fue rechazado ha surgido una clase de crítica que es casi la única que se usa y que se contenta con señalar un procedimiento supuestamente mejor, sin aducir la verdadera prueba para ello. Consecuencia de esto es que mientras algunos no están convencidos, otros actúan exactamente de la misma forma y sur­ge, entonces, una controversia que no proporciona base ninguna para la discusión. Toda la literatura de la guerra abunda en esta clase de ejemplos.

La prueba que solicitamos es siempre necesaria cuando la posibilidad que pone de manifiesto el medio no es tan evidente como para desechar todas las dudas, y consiste en investigar ca­da uno de los medios sobre la base de sus propios méritos y compararlo con el fin propuesto. Si, de esta forma, la cuestión ha sido investigada hasta alcanzar la simple verdad, la controversia debería cesar, o por lo menos conducir a nuevos resultados, mientras que, en la otra forma de procedimiento, los pros y los contras siempre se destruyen entre sí. Si, por ejemplo, no nos sa­tisface la afirmación hecha en el caso antes mencionado, y de­seamos probar que haber persistido en perseguir a Blücher hu­biera sido mejor que acosar a Schwarzenberg, debemos tener en cuenta las realidades siguientes:

1. En general, resulta más ventajoso perseverar en los gol­pes en una misma dirección que golpear en diferentes direccio­nes, porque esto último implica una pérdida de tiempo, y, ade­más, porque cuando la fuerza moral del enemigo se ha visto de­bilitada por haber sufrido bajas considerables, es más fácil obte­ner nuevos éxitos. En ese sentido, por lo tanto, la superioridad ya ganada es aprovechada íntegramente.

2. Blücher, aun siendo más débil que Schwarzenberg, debi­do a su espíritu combativo era todavía el adversario más impor­tante; por lo tanto, en él se encontraba el centro de gravedad en el que confluía todo lo demás.

3. Las pérdidas sufridas por Blücher equivalían a una derro­ta y habían otorgado a Bonaparte un tal predominio en la situa­ción, que casi no podía dudarse de la retirada de aquél sobre el Rin, porque en la zona en que se hallaba no existían refuerzos de importancia.

4. Ningún otro éxito posible hubiera parecido tan formida­ble o hubiera adquirido proporciones tan gigantescas para la imaginación; tener que enfrentarse a un Estado Mayor indeciso y timorato, como era notoriamente el de Schwarzenberg, constituía una ventaja inmensa. El principe Schwarzenberg tenía que cono­cer bastante aproximadamente las pérdidas sufridas por el prínci­pe de Eugenio de Württemberg, en Montereau, y por el conde Wingenstein en Mormant. Por otro lado, de la serie de descala­bros que Blücher habría experimentado en su zona completa­mente separada e inconexa, que se extendía desde el Marne has­ta el Rin, sólo le habrían llegado noticias a través de rumores. El movimiento desesperado que Bonaparte realizó sobre Vitry, a fi­nales de marzo, para probar qué efectos ejercería sobre los Alia­dos la amenaza de un movimiento envolvente, estaba basado, evidentemente, en el principio de terror sorpresivo, pero bajo circunstancias bastante diferentes a las que le llevaron a la derro­ta en Laon y Arcis, y cuando Blücher, con sus 100.000 hombres, estaba secundando a Schwarzenberg.

Sin duda habrá muchos que no se mostrarán convencidos ante estos argumentos, pero, por lo menos, no podrán replicar­nos diciendo que «mientras Bonaparte, al avanzar hacia el Rin, amenazaba la base de Schwarzenberg, éste, al mismo tiempo, amenazaba París, base de Bonaparte», porque creemos haber de­mostrado, con las razones antes expuestas, que no estuvo nunca en el ánimo de Schwarzenberg marchar contra París.

En relación con el ejemplo que hemos citado, extraído de la campaña de 1796, podríamos exponer lo siguiente: Bonaparte consideraba el plan que había adoptado como el camino más se­guro para derrotar a los austríacos. Incluso si hubiera sido así, el objetivo que se hubiese logrado habría constituido una gloria mi­litar inútil, que apenas podría haber ejercido una influencia per­ceptible en el asedio de Mantua. A nuestro entender, el camino indicado habría llevado con mayor seguridad a impedir la ayuda a Mantua. Pero aun en contra de esta opinión, como pensó el general francés, esto no sucedió, y si prefiriéramos considerar menor la seguridad de éxito, la cuestión llegaría a ser, una vez más, la de contrapesar, en un caso, un éxito probable, pero casi inútil y, por lo tanto, débil, y, en el otro, un éxito no del todo probable, pero mucho más productivo. Si el asunto es presenta­do de esta forma, la intrepidez habría tenido que pronunciarse en favor de la segunda solución, que es exactamente lo contrario de lo que nos hubiera inducido a creer un punto de vista super­ficial sobre la cuestión. Sin duda, Bonaparte no pensó en acome­ter ninguna acción audaz, y nos caben dudas sobre si no habría apreciado la naturaleza del caso, ni comprendido sus consecuen­cias, con la misma claridad con que la experiencia nos ha permi­tido hacerlo a nosotros.

Naturalmente, al considerar los medios, a menudo el crítico debe recurrir a la historia militar, ya que en el arte de la guerra la experiencia tiene mayor valor que cualquier verdad filosófica. Pero sin duda esta evidencia histórica se halla sujeta a sus pro­pias condiciones, que trataremos en un capítulo especial; y por desgracia, estas condiciones se cumplen tan raras veces que, por lo general, las referencias históricas sólo sirven para aumentar la confusión de las ideas.

Debemos considerar todavía un asunto muy importante, que es el siguiente: al juzgar un acontecimiento en particular, te­nemos que ver hasta dónde está obligada o le es permitido a la crítica hacer uso de su modo superior de ver las cosas y, por lo tanto, de lo que han establecido los resultados, o cuándo y dón­de se ve obligada a dejar de considerar estas cosas, para colocar­se exactamente en el lugar de la persona que actúa.

Si la crítica quiere loar o censurar a la persona actuante, es evidente que tiene que colocarse exactamente en su lugar, es de­cir, debe recoger todo lo que esa persona conocía y todos los móviles que la impulsaron a actuar y, por otro lado, tiene que hacer caso omiso de todo lo que aquélla desconocía o no podía conocer, o sea, ante todo, el resultado que se produjo. Pero este es sólo un fin por el que nos esforzamos pero que nunca pode­mos alcanzar por completo, porque el estado de cosas del cual surge un acontecimiento nunca se presenta ante los ojos del críti­co como lo hizo ante los de la persona actuante. Se han desva­necido por completo una multitud de circunstancias menores que pudieron haber influido sobre la decisión tomada, y muchas de las motivaciones subjetivas nunca se ponen de relieve. Tales móviles sólo pueden ser conocidos a través de las memorias de la persona actuante o de sus relaciones muy íntimas y, a menu­do, en tales memorias, estas cuestiones son tratadas de forma muy vaga, o incluso son tergiversadas a propósito. En conse­cuencia, la crítica siempre tendrá que renunciar a saber por com­pleto qué es lo que pasaba por la mente de la persona que ac­tuaba.

Por otro lado, todavía le resulta más difícil renunciar a lo que conoce tal vez demasiado. Esto solamente es fácil respecto de las circunstancias accidentales, es decir, de aquellas que no guardaban necesariamente una relación con la situación, sino que habían llegado a estar mezcladas con ella. Pero, en todas las cuestiones esenciales, la crítica resulta extremadamente difícil y nunca se logra llevarla a cabo por completo.

Consideremos en primer lugar el resultado. Si éste no pro­viniera de circunstancias accidentales, sería casi imposible que su conocimiento no influyera sobre el juicio de las circunstancias de las que provenía realmente porque vemos estas circunstancias desde el punto de vista de ese resultado, y en cierto modo, sola­mente gracias a él adquirimos nuestro conocimiento de las cir­cunstancias y establecemos nuestra opinión sobre su importan­cia. La historia de la guerra, con todos sus acontecimientos, constituye una fuente de enseñanza para la propia crítica, y es natural que ésta arroje sobre las cosas la misma luz que ha obte­nido de la consideración del conjunto. Por lo tanto, si en muchos casos la crítica hubiera intentado prescindir por completo de ello, nunca lo habría conseguido plenamente.

Pero esto ocurre no sólo en lo que se refiere al resultado, es decir, a lo que no se produce hasta más tarde, sino también en lo que respecta a lo que ya existe, o sea, a los datos que de­terminan la acción. En la mayoría de los casos, la crítica dispon­drá de un mayor número de datos que el que tenía la persona que actuaba. Ahora bien, podríamos suponer que habría sido fá­cil descartarlos por completo, y sin embargo no es así. El conoci­miento de las circunstancias anteriores y simultáneas no descan­sa sólo sobre informaciones definidas, sino sobre un amplio nú­mero de conjeturas y suposiciones. En realidad, apenas no hay una información referente a las cosas que no son puramente ac­cidentales, que no haya sido precedida por conjeturas o suposi­ciones, las cuales substituirán a la información auténtica, si ésta continúa faltando. Entonces puede concebirse que la crítica, que en una época posterior tiene delante de sí, como hechos, todas las circunstancias precedentes y presentes en el acto, no se sienta con ello prevenida cuando se pregunta qué parte de las cir­cunstancias desconocidas habría considerado como probable en el momento de la acción. Mantenemos que, en este caso, como en el de los resultados, y por la misma razón, es imposible llegar a una abstracción.

En consecuencia, si el crítico quiere loar o censurar cual­quier acto aislado, sólo hasta cierto punto logrará colocarse en la posición de la persona que actuaba. En muchísimos casos estará en disposición de hacer esto hasta un grado suficiente como pa­ra alcanzar un propósito práctico, pero en otros no podrá hacer­lo en forma alguna, lo cual no debemos perder nunca de vista.

Pero no es necesario ni deseable que la crítica se identifi­que completamente con la persona actuante. En la guerra, como en todas las actividades que exigen cierta capacidad, se requiere una aptitud natural que llamamos maestría. Esta puede ser gran­de o pequeña. En el primer caso, fácilmente puede ser superior a la del crítico, porque, ¿qué crítico pretenderá poseer la maestría de un Federico el Grande o de un Bonaparte? Por lo tanto, si la crítica no tiene que abstenerse de emitir su opinión en lo que respecta a un talento eminente, se le debe permitir hacer uso de la ventaja que le proporciona la visión de un amplio horizonte. En consecuencia, la crítica no puede verificar la solución dada por un gran general a su acción con los mismos datos como se verifica una suma en aritmética, sino que, estudiando el resulta­do, estudiando la forma en que invariablemente éste es confir­mado por los acontecimientos, debe reconocer con admiración lo que corresponda a la actividad superior del genio, y aprender a considerar como un hecho establecido la relación esencial que éste presiente con su visión.

Pero incluso para las manifestaciones más pequeñas de vir­tuosidad es necesario que la crítica adopte un punto de vista más elevado, para que, rica en las razones que han conducido a la decisión, sea lo menos subjetiva posible, y para que la limitación mental del crítico no se convierta en medida para el juicio.

La posición superior de la crítica, sus loas y sus censuras, emitidas de acuerdo con el conocimiento completo de las cir­cunstancias, no encierran en sí mismas nada que ofenda nuestros sentimientos; solamente lo hacen cuando el crítico se adelanta y se expresa como si toda la sabiduría obtenida por su conoci­miento cabal del acontecimiento considerado fuera debida a su propio talento. Por más burdo que pueda ser este engaño, la va­nidad lo comete con facilidad y esto, naturalmente, molesta a los demás. Pero con gran frecuencia, aunque no se halle en la in­tención del crítico caer en esa autoexaltación presuntuosa, el lec­tor apresurado se la atribuye, a menos que expresamente se ponga en guardia contra ello, y, en ese caso surge la acusación de falta de juicio crítico.

Por lo tanto, cuando el crítico señala un error cometido por un Federico el Grande o un Bonaparte, esto no significa que él mismo no lo habría cometido. En realidad podría admitir que, de haber ocupado el lugar de esos generales, habría podido come­ter errores mucho más grandes, pero no deja de saber cuáles son estos errores, y, por la relación general de los acontecimientos, exige de la sagacidad del general en cuestión que haya reparado en ellos.

En consecuencia, se trata de una opinión formada sobre la base de la relación de los acontecimientos y, por lo tanto, tam­bién sobre la base del resultado. Pero el resultado en sí tiene so­bre el juicio otro efecto bastante diferente, es decir, cuando es usado simplemente como evidencia, en pro o en contra de la procedencia de una medida. Esto puede ser llamado juicio de acuerdo con el resultado. A primera vista, este juicio parece inú­til, y sin embargo, no lo es en absoluto.

Cuando Bonaparte, en 1812, marchó sobre Moscú, todo de­pendía de si, gracias a la toma de la ciudad y los acontecimien­tos precedentes, habría sido capaz de llevar al emperador Alejan­dro a firmar la paz, como había hecho después de la batalla de Friedland en 1807, y como había obligado a hacer al emperador Francisco I en 1805 y 1809, después de Austerlitz y Wagram. Por­que si Bonaparte no obtenía la paz en Moscú, no le quedaba otra alternativa que el regreso, o sea, una derrota estratégica. Omitiremos lo que hizo Bonaparte para llegar a Moscú y si, en su avance, habría perdido muchas oportunidades de inducir al emperador Alejandro a firmar la paz. Excluiremos también toda consideración sobre las circunstancias desastrosas que jalonaron su retirada y que tal vez tuvieron su origen en la conducción ge­neral de la campaña. La cuestión será siempre la misma, porque, aunque el resultado hasta el momento de llegar a Moscú podría haber sido mucho más brillante, siempre quedará la incertidum­bre de saber si el emperador Alejandro se habría atemorizado y habría firmado la paz. Y aun si la retirada no hubiera contenido en sí misma esos gérmenes de desastre, nunca hubiese podido ser sino una gran derrota estratégica. Si el emperador Alejandro hubiera convenido en una paz desventajosa para él, la campaña habría estado al nivel de las de Friedland, Austerlitz y Wagram. Pero éstas, si no hubieran conducido a la paz, probablemente habrían terminado también en catástrofes similares. Por lo tanto, por grandes que fueran la fuerza, la habilidad y la sabiduría con que el conquistador del mundo encaró su tarea, esta última «cuestión expuesta al azar» continuó siendo la misma. ¿Descarta­remos, entonces, las campañas de 1805, 1807 y 1809 y, a causa de la de 1812, diremos que fueron actos de imprudencia, que su éxito iba en contra de la naturaleza de las cosas y que en 1812 la justicia estratégica finalmente encontró por sí misma expedito el camino contra la ciega fortuna? Sería esta una conclusión injusti­ficable, un juicio muy arbitrario al que le faltaría necesariamente parte de la prueba, porque ningún ser humano puede investigar el hilo que enlaza el encadenamiento necesario de los aconteci­mientos, hasta llegar a la decisión tomada por los generales ven­cidos.

Tampoco podemos decir que la campaña de 1812 merecía el mismo éxito que las otras y que la razón por la que dio uno resultado distinto residía en algo que era antinatural, pues difícil­mente la firmeza de Alejandro puede ser considerada como tal.

¿Qué más natural que decir que, en 1805, 1807 y 1809, Bo­naparte juzgó correctamente a sus oponentes, y que en 1812 se equivocó? Por lo tanto, en los primeros casos tuvo razón; en el último, cayó en el error, y debemos admitir que la justificación para nuestra opinión reside siempre en el resultado.

Como ya hemos afirmado, en la guerra las acciones no se rigen por resultados seguros, sino por los probables. Todo lo que adolece de incertidumbre debe quedar siempre librado al destino o al azar, como se quiera llamar. Podemos pedir que esto ocurra lo menos posible, pero sólo en relación con el caso parti­cular, es decir, tan poco como sea posible en este caso particular, pero no podemos pedir que se prefiera siempre el caso en que la incertidumbre sea menor. Esto sería un craso error, como cabe deducir de todos nuestros puntos de vista teóricos. Hay casos en que la osadía más grande constituye la sabiduría más grande.

Ahora bien, en todo aquello que la persona que actúa debe dejar librado a la suerte parece haberse agotado completamente su mérito personal y, por lo tanto, extinguido su responsabilidad.

No mucho menos sabemos reprimir un íntimo sentimiento de sa­tisfacción cuando nuestras esperanzas se realizan y, si éstas han sido defraudadas, nos quedamos embargados por un cierto ma­lestar. Y aun el juzgar si una medida es justa o equivocada no debería significar nada más que lo que deducimos del simple re­sultado, o, más bien, de lo que encontramos en él.

Pero no puede negarse que la satisfacción que nos produce el éxito, así como el disgusto que causa el fracaso, reposan sobre el vago sentimiento de que existe una relación sutil, invisible pa­ra los ojos del espíritu, entre el éxito atribuido a la suerte y el que cabe atribuir al genio de la persona que actúa, y esta suposi­ción nos proporciona placer. Lo que tiende a confirmar esta idea es el hecho de que nuestra simpatía aumenta y se convierte en un sentimiento más definido si el éxito o el fracaso se repiten frecuentemente en el caso de la misma persona. Así, llega a comprenderse por qué en la guerra el azar adquiere un carácter mucho más noble que en el juego. Por lo general, nos complace­rá seguir al militar afortunado siempre que no afecte a nuestros intereses a lo largo de su carrera.

Por lo tanto, la crítica, después de haber sopesado todo lo que integra el cálculo y la convicción humanos, permitirá que el resultado sea la norma para juzgar esa parte donde la correlación profunda y misteriosa de las cosas no da forma a fenómenos vi­sibles, y por un lado protegerá a este juicio sereno ante una au­toridad superior basada en un tumulto de opiniones imperfectas, mientras que, por el otro, rechazará el burdo abuso que pueda hacerse de esa instancia suprema. Este veredicto del resultado tiene, en consecuencia, que proporcionarnos lo que la sagacidad humana no puede descubrir, y esto será exigido, principalmente, por las condiciones y las actividades de la mente, en parte por­que lo menos que éstas admiten es que se forme con ellas un juicio aceptable, y en parte debido a que su íntima relación con la voluntad les permite ejercer más fácilmente una mayor in­fluencia. Cuando el miedo o el valor precipitan una decisión, no hay nada objetivo que permita decidir entre ellos y, en conse­cuencia, no hay nada gracias a lo cual la sagacidad y el cálculo puedan llegar al resultado probable.

Incluiremos ahora aquí algunas observaciones sobre el ins­trumento de la crítica, o sea, el lenguaje que usa, porque en cier­to sentido éste se halla estrechamente relacionado con la acción en la guerra, ya que el examen crítico no es otra cosa que la de­liberación que tiene que haber precedido a esa acción. Por lo tanto, consideramos muy esencial que el lenguaje de la crítica tenga el mismo carácter que debe asumir el de la deliberación en la guerra, porque, de otro modo, dejaría de ser práctico y no proporcionaría a la crítica acceso a las realidades de la vida.

Al considerar la teoría de la conducción de la guerra, afir­mamos que debe educar la mente del jefe, o, más bien, que de­be guiar su educación, lo cual no tiene por objeto suministrarle enseñanzas y sistemas que podría usar como instrumentos mentales. Pero así como en la guerra, para juzgar el caso que se plantee, no se necesita apelar a la ayuda científica, o por lo me­nos en escala tal como sea admisible, si la verdad no ha de parti­cipar en ello, por lo menos en forma sistemática, y si no ha de encontrársela nunca en forma indirecta, sino de modo directo, mediante la visión mental librada a sí misma, esto también habrá de ocurrir en el examen crítico.

Es verdad que, como ya hemos observado, en todos los ca­sos en que sería muy complicado definir la naturaleza real de las circunstancias la crítica debe confiar en las verdades que la teoría ha establecido sobre ese punto. Pero del mismo modo que en la guerra la persona que actúa se somete a estas verdades teóricas, no porque las considere como leyes exteriores e inflexibles, sino porque ha asimilado el espíritu de esas verdades, también la crí­tica debería utilizarlas no como ley exterior o fórmula algebraica cuya verdad no necesita ser demostrada en cada caso, sino que debería permitir que esas verdades brillaran desde el principio hasta el fin, dejando sólo a la teoría la prueba más pormenoriza­da y circunstancial. Así evitaría la fraseología misteriosa y oscura y adoptaría el camino de un lenguaje sencillo y de un claro en­cadenamiento de ideas, o sea, siempre visible.

Es evidente que esto no puede ser obtenido en todo mo­mento de forma completa, pero aun así tiene que ser el propósi­to que se imponga la exposición crítica. Ésta habrá de usar las formas complejas del conocimiento lo menos posible y no debe­rá nunca apelar a la interpretación científica como si se tratara de un aparato que contuviese en sí mismo la verdad, sino que ha­brá de realizar todo mediante una percepción interior libre y na­tural.

Pero, lamentablemente, hasta ahora rara vez ha prevalecido en los exámenes críticos tal intención piadosa, si se nos permite esta expresión; la mayoría de ellos, encabezados por la vanidad, hacen gala más bien de un ostentoso despliegue de ideas.

El primer defecto con el que nos encontramos indefectible­mente es la aplicación torpe, totalmente inadmisible, de ciertos sistemas unilaterales como si se tratara de un verdadero código de leyes. Pero no resulta problemático mostrar la unilateralidad de este sistema, y no se necesita nada más para rechazar definiti­vamente su veredicto. Aquí tenemos que tratar con un objetivo definido, y como, después de todo, el número de sistemas posi­ble no puede ser grande, también en sí mismos sólo constituyen un mal menor.

Una desventaja mucho más seria reside en el hecho de que estos sistemas se acompañan ostentosamente de términos técni­cos, expresiones científicas y metáforas, que son llevados a uno y otro lado como si fueran el populacho alborotado o los civiles que siguen sin jefe visible a un ejército. Todo crítico que no haya adoptado todavía un sistema completo, ya sea porque ninguno le satisface o porque aún no ha conseguido dominar uno a fon­do, querrá al menos aplicarlo en forma fragmentaria, del mismo modo que uno aplicaría una regla a fin de mostrar las equivoca­ciones cometidas por un general. La mayoría de estos críticos son incapaces de razonar sin apoyarse, siquiera en un fragmento, en teorías militares científicas. Los fragmentos más insignifican­tes, que consisten en meras palabras científicas y metáforas, a menudo no son más que artificios decorativos de la narración crítica. Naturalmente, todas las expresiones técnicas y científicas que pertenecen a un sistema pierden su propiedad, si alguna vez la han tenido, tan pronto como son separadas de ese sistema pa­ra ser usadas como preceptos generales, o como diminutas aris­tas de verdad que rivalizan en fuerza de demostración con el lenguaje sencillo.

Así ha sucedido que nuestros libros teóricos y críticos, en lugar de ser simples y sencillos, en los cuales el autor por lo me­nos siempre sabe lo que dice y el lector lo que lee, rebosan de términos técnicos que constituyen puntos oscuros de intersec­ción, donde el autor y el lector se alejan uno de otro. Pero con gran frecuencia son algo todavía peor: cáscaras huecas sin ger­men alguno. El mismo autor no tiene una percepción clara de lo que desea decir, y recurre entonces a ideas vagas que si fueran expresadas con claridad no serían satisfactorias ni siquiera para él.

El tercer defecto de la crítica es el del abuso de los ejemplos históricos y el gran despliegue de material de lectura y erudición. Ya hemos definido qué entendemos por historia del arte de la guerra, y en capítulos especiales desarrollaremos nuestros puntos de vista sobre los ejemplos y sobre la historia de la guerra en ge­neral. El uso a la ligera y en forma precipitada de un hecho pue­de conducir a sostener los puntos de vista más opuestos, y cuan­do se describen en la forma más heterogénea tres o cuatro de estos hechos, evidenciados a tenor de tierras lejanas y tiempos remotos, y puestos juntos, sólo conducen por lo general a dis­traer y conturbar el juicio, sin que se obtenga demostración algu­na; porque, al ser expuestos a la luz, resultan ser sólo floreos y hojarasca, que sirvieron de material para que el autor hiciera alarde de erudición.

¿Qué beneficio para la vida práctica puede deducirse de es­tas concepciones oscuras, parcialmente falsas, confusas y arbitra­rias? Tan escaso es el beneficio, que por causa de ellas la teoría siempre fue la verdadera antítesis de la práctica, y con frecuencia cayó en el ridículo ante aquellos cuyas cualidades militares en el campo de batalla los colocaban por encima de toda cuestión.

Sería imposible que esto hubiera ocurrido si la teoría, con lenguaje sencillo y mediante un modo natural de tratar las cosas que constituyen la conducción de la guerra, hubiera tratado sim­plemente de demostrar sólo lo que admitía ser demostrado; si, evitando todas las pretensiones falsas y el despliegue extemporá­neo de formas científicas y paralelos históricos, se hubiera limita­do a tratar el tema y hubiese actuado al unísono con los que de­ben conducir los asuntos en el campo de batalla, sirviéndose de su íntima percepción natural.

Capítulo VI

DE LOS EJEMPLOS

Los ejemplos históricos aclaran todas las cuestiones y pro­porcionan, por añadidura, el tipo de prueba más convincente en el terreno empírico del conocimiento. Esto reza para el arte de la  guerra más que para cualquier otro. El general Scharrihorst, cuyo compendio sobre la guerra real es el mejor de todos cuantos ha­yan sido escritos, declara que los ejemplos históricos constituyen en este tema la parte más importante, y los utiliza de forma ad­mirable. Si hubiera sobrevivido a la gran guerra en la que cayó, nos habría proporcionado una prueba aún más explícita del es­píritu observador y esclarecedor con el que trataba todas sus ex­periencias.

Pero rara vez los escritores teóricos hacen un uso adecuado de los ejemplos históricos. En su mayoría, la forma en que los utilizan más bien está planteada no sólo para dejar descontenta a la inteligencia, sino incluso para ofenderla. En consecuencia, creemos que es importante considerar en especial el uso correc­to y el abuso de los ejemplos.

Sin duda, los conocimientos que constituyen la base del ar­te de la guerra pertenecen a las ciencias empíricas. Pero si bien derivan principalmente de la naturaleza de las cosas, sin embar­go, en su mayor parte sólo partiendo de la experiencia podemos llegar a conocer la esencia de esa naturaleza. Además, la aplica­ción práctica es modificada por tantas circunstancias, que los efectos nunca pueden ser percibidos por completo a partir de la mera naturaleza de los medios.

Los efectos de la pólvora, ese gran agente de la actividad militar, sólo fueron aprehendidos a través de la experiencia, y hasta la fecha se realizan continuamente experimentos para investigarlos de forma más completa. Es obvio, sin duda, que una bala de plomo a la que por medio de la pólvora se le ha dado una velocidad de 1000 pies por segundo, tiene que destrozar to­das las cosas vivientes que alcanza en su recorrido.

No necesitamos que la experiencia nos lo demuestre. Pero, al determinar este efecto, ¡cuántas circunstancias conexas se hallan implicadas, algunas de las cuales sólo pueden ser percibidas por medio de la experiencia! Y no consideramos únicamente el efecto físico; nos interesa también el efecto moral, y el único ca­mino para percibirlo y calcularlo es el de la experiencia. En la Edad Media, cuando las armas de fuego acababan de ser inven­tadas, su efecto físico, debido a su construcción imperfecta, era insignificante, como es lógico, comparado con el que tiene aho­ra, pero su efecto moral era mucho mayor. Uno tendría que ha­ber visto realmente la firmeza de esas masas adiestradas y con­ducidas por Bonaparte, en su ciclo de conquistas, bajo el caño­neo más intenso e ininterrumpido, para comprender lo que pue­den realizar tropas curtidas por la extensa práctica en el peligro, cuando una retahíla de victorias las ha llevado a actuar siguiendo la excelsa regla de exigir de sí mismas el máximo posible. Esto nunca sería verosímil para la simple imaginación. Por otra parte, es bien sabido que, aún hoy, en los ejércitos europeos existen tropas que pueden ser dispersadas fácilmente con algunos dispa­ros de cañón, como son las de los tártaros, los cosacos, los croa­tas, etc.

Pero ningún campo empírico del conocimiento, y en conse­cuencia ninguna teoría de la guerra, puede complementar siem­pre sus verdades con pruebas históricas; en cierta medida, tam­bién sería difícil ilustrar cada caso individual con la única base de la experiencia.

Si en la guerra cierto medio se muestra muy eficaz, se tien­de a repetirlo. Uno copia al otro, y el medio llega a ser una for­ma corriente y de uso, con base en la experiencia ocupando su lugar en la teoría, que se contenta con recurrir a la experiencia, para indicar su origen, pero no para demostrar su eficacia.

Pero cosa distinta es si la experiencia ha de ser usada para reemplazar un medio en uso, para demostrar la eficacia de uno dudoso, o para introducir uno nuevo; entonces los ejemplos par­ticulares extraídos de la historia deben citarse como prueba.

Si consideramos más detenidamente el uso de un ejemplo histórico, podemos distinguir fácilmente cuatro puntos de vista.

En primer lugar, cabe ser usado simplemente como explica­ción de una idea. En toda discusión abstracta resulta muy fácil ser mal comprendido o completamente ininteligible. Cuando un autor teme incurrir en ello, recurre a los ejemplos históricos, que servirán para presentar más claramente sus ideas y asegurarse de que es comprendido por sus lectores.

En segundo lugar, puede servir como aplicación de una idea, porque por medio de un ejemplo se crea la ocasión de mostrar la acción de esas circunstancias menores que no pueden ser percibidas por la expresión general de una idea, ya que en ello consiste, precisamente, la diferencia entre la teoría y la ex­periencia. En uno y otro caso nos referimos a ejemplos verdade­ros.

En tercer lugar, podemos considerar especialmente el he­cho histórico para fundamentar lo antes dicho. Esto basta en to­dos los casos en que se desea comprobar la mera posibilidad de un fenómeno o un efecto.

En cuarto y último lugar, cabe deducir alguna teoría de la presentación circunstancial de unos hechos históricos y de la comparación entre alguno de ellos, teoría que encuentra enton­ces su prueba verdadera en este mismo testimonio.

Para el primero de estos propósitos, todo lo que se requie­re generalmente es una mención rápida del caso, porque sólo es usado desde un único punto de vista.

Incluso la exactitud histórica resulta ser una consideración secundaria. Un caso inventado puede asimismo servir a ese pro­pósito; pero los ejemplos históricos tienen que ser siempre preferidos porque acercan más la idea que ilustran a la vida práctica misma.

El segundo uso presupone una presentación más circuns­tancial de los hechos, pero de nuevo la exactitud histórica tiene aquí una importancia secundaria, y en relación con este punto podemos decir lo mismo que en el primer caso.

Para el tercer propósito, por lo general basta la simple men­ción de un hecho indudable. Si se afirma que las posiciones for­tificadas pueden cumplir su objetivo bajo ciertas circunstancias, sólo es necesario mencionar la posición de Bunzelwitz en apoyo de esa afirmación.

Pero si tiene que ser demostrada una verdad general por medio de la narración de un caso histórico, entonces todo lo que se relacione con la afirmación debe ser analizado exacta y cuidadosamente; por así decir, debe ser reconstruido minuciosamente ante los ojos del lector. Cuanto menor sea la eficacia con que es­to puede ser realizado, más débil será la prueba y se hará más necesario compensar el poder demostrativo del que adolece el caso aislado, citando un número más amplio de casos, porque tenemos el derecho de suponer que los detalles más minuciosos que nos es imposible mencionar se neutralizan recíprocamente en relación con sus efectos, en cierto número de casos.

Si queremos probar, por medio de la experiencia, que la caballería está mejor situada detrás de la infantería que en idéntica línea con ella: que es muy peligroso, si no se cuenta con una decidida superioridad numérica, efectuar un movimiento envol­vente con columnas ampliamente separadas, ya sea en el campo de batalla o en el teatro de la guerra, o sea, táctica o estratégica­mente, entonces, en el primero de estos casos, no bastaría con citar algunas derrotas en las cuales la caballería se encontraba en los flancos de la infantería y algunas victorias en las que la caba­llería se hallaba en la retaguardia, y, en el último caso, no sería suficiente remitirnos a las batallas de Rívoli y Wagram, al ataque de los austríacos sobre el teatro de la guerra en Italia en 1796 o al de los franceses en el teatro de la guerra alemán, en el mismo año. Por medio de la investigación detallada de las circunstancias y de los acontecimientos considerados uno por uno debe ser mostrada la forma en que estos diferentes ataques y posiciones pudieron contribuir a que se produjera el mal resultado en cada uno de estos casos. Sólo entonces sabremos en qué medida pue­den ser censuradas esas formas, punto que es muy necesario se­ñalar, ya que una censura total, efectuada de cualquier modo, no se correspondería con la verdad.

Ya ha sido demostrado que, cuando es imposible un relato detallado de los hechos, una prueba deficiente puede ser reem­plazada en alguna medida por la cita de un cierto número de casos; pero es indudable que es este un recurso peligroso y del cual se ha hecho demasiado abuso. En lugar de un ejemplo ex­puesto con gran detalle, se tratan ligeramente tres o cuatro, dán­dose así la apariencia de una prueba convincente. Pero hay cuestiones en las que no se prueba nada por mucho que se pre­senten una docena de casos similares, como son aquellas que se producen con frecuencia, frente a las cuales pueden ser presen­tados con la misma facilidad otros doce casos de resultado opuesto. Si se enumeran doce batallas perdidas en las que el bando derrotado atacó en columnas separadas, podemos citar otras doce ganadas en las que se usó el mismo orden. Es eviden­te que por este camino no puede obtenerse ningún resultado.

Mediante la cuidadosa consideración de estas diferentes cir­cunstancias podemos ver con cuánta facilidad cabe hacer mal uso de los ejemplos.

Un acontecimiento que es mencionado en forma superfi­cial, en lugar de ser reconstruido minuciosamente en todas sus partes, es como un objeto observado a gran distancia, que presenta la misma apariencia por todos sus lados y en el que no puede distinguirse su verdadera composición. Tales ejemplos han servido en realidad para fundamentar las opiniones más contradictorias. Para algunos, las campañas de Daun constituyen un modelo de restricción. Para otros no son otra cosa que un ejemplo de timidez y falta de resolución. El paso de Bonaparte por los Alpes Nóricos, en 1797, puede parecer la más eximia de las resoluciones, pero también un acto de pura temeridad. La de­rrota estratégica de Bonaparte en 1812 puede ser interpretada como la consecuencia ya sea de un exceso de energía como de una falta de ella. Estas dos opiniones han sido expresadas, y es fácil ver que pueden haber surgido porque cada una interpretó la relación existente entre los acontecimientos de forma diferen­te. Al propio tiempo, estas opiniones antagónicas no pueden re­conciliarse recíprocamente y, por lo tanto, una de las dos debe ser necesariamente falsa.

Por más que agradezcamos al excelente Feuquiéres los nu­merosos ejemplos que incluye en sus memorias ––en parte por­que con ello se han conservado gran número de incidentes his­tóricos que de otra forma se habrían perdido, y en parte porque fue el primero en relacionar las ideas teóricas, o sea abstractas, con la vida práctica, hasta donde los casos presentados pueden considerarse que explican y definen con mayor precisión lo que es afirmado teóricamente––, no obstante, de acuerdo con la opi­nión de los lectores imparciales de nuestros días, apenas alcanzó el objetivo que se propuso a sí mismo: el de probar los princi­pios teóricos por medio de ejemplos históricos. Porque, aunque a veces describe los hechos con gran minuciosidad, sin embargo deja de mostrar que las deducciones extraídas provienen necesa­riamente de la relación existente entre estos acontecimientos.

Otro mal que resulta de la observación superficial de los acontecimientos históricos es el de que algunos lectores no tie­nen suficiente conocimiento o memoria de ellos como para ser capaces ni siquiera de captar la intención del autor; de modo que no les queda otro remedio que aceptar ciegamente lo que el autor afirma o continuar careciendo de una verdadera convic­ción.

Es cierto que resulta extremadamente difícil reconstruir o desarrollar los acontecimientos históricos delante de los ojos del lector de forma adecuada, de tal modo que aquéllos puedan ser usados como pruebas, ya que el escritor carece, por lo general, tanto de los medios como del tiempo o del espacio para obrar así. Pero mantenemos que, cuando nuestro objetivo se centra en sancionar una opinión nueva o dudosa, un solo acontecimiento, analizado a fondo, resulta ser mucho más instructivo que diez tratados superficialmente. El defecto de este tratamiento superficial no es que el escritor presente su historia con la pretensión injustificada de querer probar algo por medio de ella misma, si­no que no ha conocido los acontecimientos en forma adecuada, y de esta manera descuidada y veleidosa de encarar la historia surgen puntos de vista falsos e intentos de elaboración de teorías que nunca habrían aparecido si el escritor hubiera considerado como un deber deducir de la estricta relación de los aconteci­mientos todo lo nuevo de la historia que quisiera ofrecer y bus­cara probar, y ello de modo concluyente.

Cuando estemos convencidos de las dificultades que entra­ña el uso de los ejemplos históricos y, al mismo tiempo, de la necesidad de exigirlos, también coincidiremos en que la historia de la guerra más sobresaliente ha de ser siempre el campo más natural de donde seleccionar ejemplos, con la sola condición de que esa historia sea conocida y haya sido recopilada de forma satisfactoria.

No se trata sólo de que los períodos más remotos guardan relación con circunstancias diferentes y, por lo tanto, con una conducción distinta de la guerra, y que, en consecuencia, los acontecimientos producidos en esos períodos son menos instruc­tivos para nosotros, ya sea teórica o prácticamente, sino también que es lógico que la historia de la guerra, como cualquier otra, pierde gradualmente cierto número de pequeños rasgos y deta­lles que existían originariamente, que cede cada vez más en vida y en colorido, al igual que una pintura oscurecida o desvaída, de la que al final sólo se conservan las grandes masas y los rasgos sobresalientes, adquiriendo de este modo proporciones excesi­vas.

Si consideramos el estado actual de la conducción de la guerra, podemos decir que, desde la guerra de Sucesión austría­ca, las contemporáneas a ella son casi las únicas que guardan una considerable similitud con el presente, al menos en lo que respecta al armamento, y que, a pesar de los muchos cambios que se han producido, en circunstancias grandes y pequeñas, es­tán suficientemente cerca de las guerras modernas como para proporcionarnos enseñanzas considerables. Bastante distinto es el caso de la guerra de Sucesión española, ya que en aquel tiem­po el uso de las armas de fuego no estaba todavía bien desarro­llado y la caballería era aún el arma más importante. Cuanto más retrocedemos, a medida que la historia de la guerra se hace más árida y más pobre en detalles, menos útil nos resulta. Necesaria­mente la historia más estéril tiene que ser la de los tiempos anti­guos.

Pero esta inutilidad no es en verdad absoluta; se relaciona sólo con esas cuestiones que dependen del conocimiento de de­talles minuciosos o con aquellas en que ha variado el método de conducción de la guerra. Aunque conocemos muy poco sobre la táctica empleada en las batallas entabladas entre suizos y austría­cos, o en las de los borgoñones contra los franceses, encontra­mos sin embargo en ellas la evidencia inequívoca de que fueron las primeras en las que se puso de manifiesto la superioridad de una buena infantería sobre la mejor caballería. Una mirada gene­ral a la época de los condottieri nos enseña cómo el método to­tal de conducir la guerra depende del instrumento que se use, porque en ningún otro período las fuerzas utilizadas en la guerra habían presentado en tal alto grado las características de un ins­trumento especializado y habían sido separadas en forma tan completa del resto de la vida civil y política. La forma extraordi­naria como los romanos, en la segunda guerra púnica, atacaron a los cartagineses en España y África, mientras Aníbal se encontra­ba en Italia sin haber sido todavía derrotado, puede ser estudia­da como un caso muy instructivo, ya que se conocen suficiente­mente bien las relaciones generales de los estados y los ejércitos en las cuales residía la eficacia de esa resistencia indirecta.

Pero cuanto más descienden las cosas a lo particular y más se desvían de las generalidades puras, tanto menos podremos buscar ejemplos y experiencias en los períodos muy remotos, porque no tenemos el medio de juzgar en forma adecuada acon­tecimientos análogos, ni podemos aplicarlos a nuestros medios, por completo diferentes.

Lamentablemente, sin embargo, siempre ha existido una gran tendencia al apriorismo al tratar los acontecimientos de los tiempos antiguos. No discutiremos qué participación pudieron haber tenido en ello la vanidad y la palabrería, pero en la mayo­ría de los casos no somos capaces de descubrir ninguna inten­ción honesta ni ningún esfuerzo serio para enseñar y convencer y, en consecuencia, sólo podemos considerar esas alusiones co­mo adornos floreados destinados a tapar resquicios y ocultar de­fectos.

Sería de inmensa utilidad enseñar el arte de la guerra por medio de ejemplos históricos, como se propuso hacer Feuquié­res. Pero sería este un trabajo que ocuparía toda una vida, si he­mos de concluir en que el que lo emprendiera debería primero adquirir la competencia para la tarea mediante una larga expe­riencia personal en la guerra real.

Quienquiera que, llevado por convicciones íntimas, desee emprender esa tarea, tiene que prepararse para cumplirla como si tuviera que efectuar un largo peregrinaje. Tendrá que sacrificar su tiempo, no retroceder ante esfuerzo alguno, ni temer a ningún poder temporal, y habrá de elevarse por encima de todo senti­miento de vanidad personal y de falso pundonor, para decir, de acuerdo con el código francés, sólo la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad.

LIBRO III

SOBRE LA ESTRATEGIA EN GENERAL

Capítulo I

LA ESTRATEGIA

El concepto de estrategia ha sido definido en el capítulo II del libro II. La estrategia es el uso del encuentro para alcanzar el objetivo de la guerra. Propiamente hablando, sólo tiene que ver con el encuentro, pero su teoría debe tener en cuenta, al mismo tiempo, al agente de su propia actividad, o sea, las fuerzas arma­das, consideradas en sí mismas y en sus relaciones principales; el encuentro es determinado por éstas y, a su vez, ejerce sobre ellas unos efectos inmediatos. El encuentro mismo debe ser estu­diado en relación tanto con sus resultados posibles como con las fuerzas espirituales y del carácter, que son las más importantes en el uso de ese encuentro.

La estrategia es el uso del encuentro para alcanzar el objeti­vo de la guerra. Por lo tanto, debe imprimir un propósito a toda la acción militar, propósito que debe concordar con el objetivo de la guerra. En otras palabras, la estrategia traza el plan de la guerra y, para el propósito aludido, añade la serie de actos que conducirán a ese propósito; es decir, traza los planes para las campañas por separado y prepara los encuentros que serán li­brados en cada una de ellas. Como todas estas son cuestiones que en gran medida sólo pueden ser determinadas sobre la base de suposiciones, algunas de las cuales no se materializan, mien­tras que cierto número de decisiones referentes a detalles no pueden ser tomadas de antemano en forma alguna, es evidente que la estrategia debe estar presente en el campo de batalla, pa­ra concertar esos detalles sobre el terreno y hacer las modifica­ciones al plan general, cosa que es en todo momento necesaria. En consecuencia, la estrategia no puede ni por un instante dejar de ejercer su tarea.

Tal punto de vista no siempre había sido adoptado, al me­nos en cuanto al conjunto, lo cual se pone de manifiesto por la antigua costumbre de mantener a la estrategia en los despachos y no en el seno del ejército. Esto sólo es aceptable si el despa­cho permanece tan próximo al ejército que puede ser considera­do como su cuartel general.

En consecuencia, la teoría seguirá a la estrategia en este plan, o, hablando con mayor propiedad, arrojará luz tanto sobre las cosas mismas como sobre sus relaciones recíprocas, y hará hincapié en lo poco que se desprendía de ellas como principios o reglas.

Si recordamos lo expresado en el primer capítulo del libro I, en el sentido de que la guerra atañe a tantas cuestiones de la mayor importancia, comprenderemos que la consideración de to­das ellas presupone una singular intervención del espíritu.

Un príncipe o un general que sabe cómo organizar la gue­rra exactamente de acuerdo con sus objetivos y sus medios, los cuales no utiliza ni demasiado ni muy poco, proporciona con ello la prueba más grande de su genio. Pero los efectos de esa genialidad se ponen de manifiesto no tanto en la invención de nuevas formas de acción, que podrían causar una inmediata im­presión, como en la conclusión afortunada del conjunto. Lo que debería ser admirado es el cumplimiento exacto de las suposicio­nes silenciosas, la armonía sosegada de toda acción que única­mente se hace patente en el resultado total.

El investigador que, partiendo del resultado total, no perci­ba esa armonía es el que buscará la genialidad donde ésta no existe y donde no puede existir.

En realidad, los medios y las formas que utiliza la estrategia son tan extremadamente sencillos, tan bien conocidos por su re­petición constante, que resulta ridículo para el sentido común que los críticos se refieran a ellos con tanta frecuencia y presuntuoso énfasis. La acción de rodear un flanco, que ha sido realizada miles de veces, es considerada por unos como indicio de la genialidad más brillante, y por otros como prueba de la penetración más pro­funda y hasta del conocimiento más amplio. ¿Es posible que se caiga en el mundo libresco en aberraciones tan absurdas?

Esto resulta todavía más risible si pensamos en que los mis­mos críticos, de acuerdo con la opinión más común, excluyen de la teoría todas las fuerzas espirituales y no le permiten a ésta considerar más que las fuerzas materiales, de modo que todo queda limitado a algunas relaciones matemáticas de equilibrio y preponderancia, de tiempo y de espacio, y a algunas líneas y án­gulos. Si sólo se tratara de esto, entonces no cabría siquiera for­mular, partiendo de una premisa tan desdeñable, un problema científico para usos escolares.

Pero admitamos que no se trata aquí de fórmulas científicas ni de problemas. Las relaciones entre las cosas materiales son to­das muy sencillas. Más difícil resulta la comprensión de las fuer­zas que entran en juego. Pero aun respecto de ellas, las compli­caciones intelectuales y la gran diversidad de cantidades y rela­ciones sólo han de ser buscadas en los ámbitos superiores de la estrategia. A este nivel, la estrategia limita con la política y con el gobierno, o, más bien, pasa a ser ambos a la vez, y, como he­mos observado antes, éstos tienen más influencia sobre lo mu­cho o lo poco que ha de hacerse que sobre cómo ha de realizar­se. Allí donde es esta la cuestión principal, como en los actos aislados de la guerra, tanto grandes como pequeños, las magni­tudes espirituales se reducen a un número muy reducido.

Así, en la estrategia todo resulta muy simple, pero no por ello muy fácil. Una vez que, por las relaciones de Estado, se de­termina lo que la guerra podrá y tendrá que ser, entonces el ca­mino para alcanzar esto será fácilmente encontrado; pero seguir­lo en línea recta, llevar a cabo el plan sin verse obligado a des­viarse mil veces por mil influencias variables, requiere, además de fuerza de carácter, una gran claridad y firmeza mental. De mil hombres que puedan sobresalir, unos por su espíritu, otros por su agudeza y otros por su intrepidez o por su fuerza de volun­tad, quizá ninguno podrá aunar en sí mismo las cualidades que lo eleven por encima de la mediocridad en la carrera de general.

Podrá parecer extraño que se necesite mucha mas fuerza de voluntad para tomar una decisión importante en la estrategia que en la táctica, pero es un hecho fuera de duda para todos los que conocen la relación que guarda la guerra con ello. En la tác­tica se cae en el entusiasmo con rapidez; el que actúa se siente arrastrado por un remolino contra el cual no debe luchar sin te­ner que afrontar las consecuencias más destructivas, reprime las dudas que puedan conturbarlo y se aventura a avanzar intrépida­mente. En la estrategia, donde todo se mueve con mayor lenti­tud, hay mucho más lugar para nuestras propias dudas y las de los demás, para las objeciones y las protestas, y, en consecuen­cia, también para los remordimientos inoportunos. Y ya que en la estrategia no vemos con nuestros propios ojos ni siquiera la mitad de las cosas que percibimos en la táctica, pues todo debe ser conjeturado y supuesto, también en ella la convicción es me­nos firme. El resultado es que la mayoría de los generales, en el momento en que deberían actuar, se aferran fuertemente a dudas estériles.

Dirigiendo nuestra mirada a la historia, nos referiremos a la campaña de 1760 de Federico el Grande, que se ha hecho famo­sa por la excelencia de sus marchas y maniobras, una perfecta obra maestra de habilidad estratégica, como nos dicen los críti­cos. ¿Nos sentiremos, entonces, embargados por la admiración al ver cómo el rey prusiano intentó primero rodear el flanco dere­cho de Daun, luego el izquierdo, después nuevamente el dere­cho, etc.? ¿Hemos de ver una profunda sabiduría en esto? Evi­dentemente, no, si hemos de formular nuestra opinión natural­mente y sin afectación. Más bien debemos admirar, por encima de todo, la sagacidad de ese rey, quien, al perseguir un objetivo grande con medios muy limitados, no emprendió nada que estu­viera más allá de sus fuerzas, sino sólo lo suficiente para lograr su objetivo. Su sagacidad no sólo se hizo patente en esta campaña, sino durante las tres guerras que libró posteriormente.

Su objetivo fue llevar a Prusia al puerto seguro de una paz con garantías.

Puesto a la cabeza de un pequeño estado, que se parecía a los otros en la mayoría de las cosas y sólo estaba más adelantado que éstos en algunos aspectos de la administración, no podía llegar a ser un Alejandro, pero sí podía, como Carlos XII de Suecia, acabar sumido en el desastre. Por lo tanto, en la totalidad de su conducción de la guerra encontramos un poder restringido, siempre bien equilibrado y nunca falto de vigor, que en los mo­mentos críticos se elevó hasta realizar proezas asombrosas e in­mediatamente después osciló de manera paulatina, ajustándose al juego de las influencias políticas más sutiles. Ni la vanidad, ni la sed de gloria, ni las ansias de desquite pudieron hacerle des­viar de su camino, y sólo este proceder lo condujo a la feliz con­clusión de la contienda.

¡Qué poca justicia hacen estas palabras a ese aspecto de la genialidad de un gran general! Sólo si observamos cuidadosa­mente el resultado extraordinario de la guerra en que estaba em­peñado e investigamos las causas que produjeron su resultado, llegaremos a la convicción de que únicamente su discernimiento agudo fue lo que condujo al rey a sortear todos los peligros.

Este es el rasgo de ese gran jefe que admiramos en la cam­paña de 1760 ––y también en todas las otras, pero en ésta en es­pecial––, porque en ninguna otra mantuvo el equilibrio contra una fuerza hostil tan superior haciendo un sacrificio tan peque­ño.

Otro rasgo se refiere a la dificultad de ejecución. Las mar­chas para rodear un flanco derecho o izquierdo tienen un fácil planteamiento; la idea de mantener siempre una pequeña fuerza bien concentrada para poder enfrentar al enemigo disperso, en iguales condiciones y en cualquier punto, y la de multiplicar una fuerza por medio de movimientos rápidos, es concebida con tan­ta facilidad como es expresada. En consecuencia, su descubri­miento no puede despertar nuestra admiración, y con respecto a estas cosas sencillas basta con admitir que son sencillas.

Pero dejemos que un general trate de imitar en estas cosas a Federico el Grande. Algunos autores que fueron testigos ocula­res se han referido mucho tiempo después al peligro, o, más aún, a la imprudencia con que fueron establecidos los campa­mentos del rey, y, sin duda, en la época en que los levantó, el peligro parecía tres veces mayor que en épocas ulteriores.

Lo mismo sucedió con sus marchas, realizadas a cuerpo descubierto, e incluso bajo el fuego de los cañones enemigos. El rey Federico levantó sus campamentos y realizó esas marchas porque, en el modo de proceder de Daun, en su método de for­mar el ejército, en su sentido de responsabilidad y en su carácter, encontró esa seguridad que hizo que sus marchas y sus campa­mentos fueran aventurados pero no temerarios. Pero para ver las cosas desde este punto de vista se requeriría poseer la audacia, la determinación y la fuerza de voluntad que caracterizaron a ese rey, y no dejarse intimidar por el peligro del que la gente todavía escribía y hablaba treinta años después. En esta situación, pocos generales hubieran considerado practicables estos simples me­dios estratégicos.

En aquella campaña se planteaba además otra dificultad de ejecución, a saber, que el ejército del rey prusiano se mantenía en constante movimiento. El ejército se desplazó dos veces por vericuetos en pésimas condiciones, desde el Elba hasta Silesia, detrás de Daun y perseguido por Lascy (principios de julio y de agosto). Tenía que estar preparado para la batalla en cualquier momento, y sus marchas tenían que ser organizadas con un gra­do de habilidad que necesariamente conduciría a un esfuerzo igualmente grande. Aunque contó con él pese a ser demorado en sus movimientos por el desplazamiento de miles de vehícu­los, su sistema de mantenimiento era todavía en extremo insufi­ciente. En Silesia, durante los ocho días anteriores a la batalla de Liegnitz tuvo que realizar constantemente marchas nocturnas y se vio forzado a dirigirse de modo alternativo hacia la derecha y hacia la izquierda, a lo largo del frente enemigo. Esto le costó un gran esfuerzo y le impuso asimismo inmensas privaciones.

¿Cabe suponer que todo esto pudo hacerse sin producir una gran fricción en la maquinaría? ¿Puede un general en jefe realizar esos movimientos con la misma facilidad con que la mano de un topógrafo maneja la alidada? ¿No se sentirá conmo­vido mil veces el corazón del jefe y el de sus generales a la vis­ta de los sufrimientos de sus soldados hambrientos y sedientos? ¿No habrán de llegar a sus oídos las quejas y dudas que éstos manifiesten? ¿Tendrá un hombre corriente el valor de exigir ta­les sacrificios? ¿No desmoralizarían inevitablemente al ejército esos esfuerzos, no destruirían su disciplina y, en suma, no mi­narían sus virtudes militares si no los compensara una sólida confianza en la grandeza e infalibilidad del jefe? Por lo tanto, ante eso es ante lo que habremos de inclinarnos; estos milagros de ejecución son los que tenemos que admirar. Pero no es po­sible comprender esto en toda su magnitud sin haberlo experi­mentado de antemano. Para la persona que conoce la guerra sólo por los libros y los campos de adiestramiento, no existe en realidad ninguno de estos efectos paralizantes sobre la acción; por lo tanto, le pedimos que acepte de nosotros, con fe y con­fianza, todo lo que ella es incapaz de aportar por experiencia personal.

Por medio de este ejemplo nos propusimos clarificar el de­sarrollo de nuestras ideas, y al cerrar este apartado nos apresura­mos a decir que, al considerar la estrategia, describiremos los as­pectos individuales que nos parezcan más importantes, sean de naturaleza material o espiritual. Procederemos de lo simple a lo complejo y concluiremos con la relación interna de todo el acto de la guerra, en otras palabras, con el plan para una guerra o pa­ra una campaña.

Un encuentro llega a ser posible por la mera disposición de las fuerzas armadas en un punto, pero no siempre se produce realmente allí. ¿Debe considerarse esa posibilidad como una rea­lidad y por lo tanto como algo factible? Evidentemente. Es así en virtud de sus consecuencias, y estos efectos, cualesquiera que sean, no pueden faltar nunca.

1. Los encuentros posibles han de ser considerados como reales debido a sus consecuencias

Si un destacamento es enviado para cortar la retirada del enemigo que huye y éste se rinde sin ofrecer mayor resistencia, su decisión se debe al encuentro que podría provocar ese desta­camento.

Si una parte de nuestro ejército ocupa una zona enemiga que estaba indefensa y priva así al enemigo de medios conside­rables con los que podría reforzar su propio ejército, continua­mos en posesión de esa zona solamente gracias al encuentro, ya que, en el caso de que el enemigo se propusiera recuperar la zo­na, ese destacamento haría que el enemigo preyera la posibili­dad de ese encuentro.

Por lo tanto, en ambos casos, la mera posibilidad de un en­cuentro ha producido consecuencias y, por consiguiente, ha ac­cedido a la categoría de cosa real. Supongamos que en estos ca­sos el enemigo hubiese opuesto a nuestras tropas otras superio­res en fuerza, y de este modo hubiera obligado a las nuestras a abandonar su objetivo sin que se produjese el encuentro; enton­ces, sin duda, nuestro plan habría fallado, pero el encuentro que propusimos al enemigo no habría dejado de surtir efecto, porque habría atraído a las fuerzas enemigas. Incluso si toda la empresa hubiera significado una pérdida para nosotros, no podremos de­cir que estas posiciones, estos encuentros posibles, no hayan surtido efecto. Tales efectos, por lo tanto, son similares a los de un encuentro perdido.

Así, vemos que solamente se logra la destrucción de las fuerzas militares del enemigo y la aniquilación del poder enemi­go por medio de los efectos del encuentro, ya sea que el en­cuentro se produzca realmente o que sólo sea propuesto y no aceptado.

2. El objetivo doble del encuentro

Pero estos efectos también son dobles, o sea, directos e in­directos. Son indirectos si intervienen otras cuestiones que pasan a ser el objetivo del encuentro, cuestiones que en sí mismas no pueden ser consideradas como la destrucción de las fuerzas ene­migas, sino que sólo se supone que conducen a ella, sin duda en forma indirecta, pero con mayor fuerza. La posesión de zonas, ciudades, fortalezas, caminos, puentes, polvorines, etc., puede ser el objeto inmediato de un encuentro, pero nunca el objetivo final. Cosas como las descritas sólo deben ser consideradas como un medio de lograr una superioridad, para que el encuentro pueda ser finalmente propuesto al oponente, de tal forma que éste se vea imposibilitado de aceptarlo. Por lo tanto, todas estas cuestiones solamente deben ser consideradas como pasos inter­medios, o sea, como guías para el principio efectivo, pero nunca como el principio mismo.

3. Ejemplos          

En 1814, con la conquista de la capital de Bonaparte se al­canzó el objetivo de la guerra. Las divisiones políticas que tenían sus raíces en París se hicieron efectivas; una profunda resquebra­dura causó el derrumbamiento del poder del emperador. Sin em­bargo, es necesario considerar esto desde el punto de vista de que por este medio fueron reducidos en un instante la fuerza mi­litar de Bonaparte y su poder de oposición, y que la superiori­dad de los Aliados aumentó proporcionalmente, haciendo impo­sible para aquél ofrecer más resistencia. Fue esta imposibilidad la que dió lugar a la paz. De suponer que las fuerzas militares de los Aliados hubieran sido reducidas proporcionalmente en ese momento por influencia de causas externas, la superioridad ha­bría desaparecido y con ella también todo el efecto y la impor­tancia de la conquista de París.

Hemos examinado con detención esta cadena de argumen­tos para mostrar que es ese el único punto de vista verdadero y natural, del que se deriva su importancia. Ello nos conduce de nuevo a la siguiente cuestión: ¿cuál tendrá que ser, en cualquier momento dado de la guerra o de la campaña, el resultado proba­ble de los encuentros grandes y pequeños que los dos bandos puedan proponerse mutuamente? En la consideración del plan para una campaña o una guerra, sólo esta cuestión es decisiva, por lo que respecta a las medidas que deben ser tomadas desde un principio.

4. Cuando no se adopta este punto de vista, se otorga en­tonces un valor falso a otras cosas

Si no consideramos la guerra y las campañas aisladas de la guerra como una cadena compuesta sólo de encuentros, de los cuales uno siempre es causa del otro; si aceptamos la idea de que la conquista de ciertos puntos geográficos o la ocupación de zonas indefensas constituyen algo en sí mismas, entonces es muy probable que consideremos esto como una ventaja que puede ser obtenida como de pasada; y si lo consideramos así y no como un eslabón de toda la serie de acontecimientos, no nos preguntaremos si esa posesión puede acarrearnos más tarde una desventaja. ¡Cuán a menudo vemos repetirse este error en la his­toria de la guerra! Podemos decir que, del mismo modo que, en el comercio, el comerciante no puede poner aparte y a buen re­caudo ganancias provenientes de una transacción aislada, tampo­co en la guerra puede separarse una ventaja aislada del resultado del conjunto. De la misma manera que el comerciante no puede operar siempre con la suma total de sus medios, igualmente en la guerra sólo el total final decidirá si un caso particular constitu­ye una ganancia o una pérdida.

Pero si la mente no deja de considerar las series de encuen­tros hasta donde sea posible advertirlo de antemano, entonces ha escogido el camino que lleva directamente a su objetivo y, por lo tanto, nuestro poder adquiere esa rapidez o, lo que es igual, nuestros actos de voluntad y nuestras acciones adquieren ese vigor que reclama la ocasión y que no se ve ensombrecido por influencias extrañas.

Capítulo II

ELEMENTOS DE LA ESTRATEGIA

Las causas que condicionan el uso del encuentro en la es­trategia caben ser divididas convenientemente en elementos de distinta clase, es decir, en elementos morales, físicos, matemáti­cos, geográficos y estadísticos.

La primera clase incluye todo lo que se pone de manifiesto por medio de cualidades y efectos espirituales; la segunda abarca la magnitud de la fuerza militar, su composición, la proporción de armamentos, etc.; la tercera comprende el ángulo de las lí­neas de operación, los movimientos concéntricos y excéntricos, en cuanto su naturaleza geométrica adquiere algún valor en el cálculo; la cuarta considera la influencia del terreno, como son los puntos dominantes, las montañas, los ríos, los bosques, los ca­minos; y, por último, la quinta clase incluye todos los medios de abastecimiento, etc. El hecho de que por el momento considere­mos separadamente estos elementos tiene la ventaja de que acla­ra nuestras ideas y nos ayuda a calcular el valor más alto o más bajo de las diferentes clases a medida que avanzamos. Porque, al considerarlas por separado, muchas de ellas pierden espontánea­mente su importancia. Por ejemplo, vemos con bastante claridad que, si no deseamos considerar más que la posición de la línea operativa, el valor de una base de operaciones, aun incluso bajo esa simple forma; depende mucho menos del elemento geométri­co, del ángulo que esas operaciones constituyen entre sí, que de la naturaleza de los caminos y del país que éstos atraviesan.

Sin embargo, sería una idea de las más desafortunadas tra­tar la estrategia de acuerdo con estos elementos, pues por lo ge­neral son múltiples y están relacionados íntimamente unos con otros en cada operación aislada de la guerra. En tal caso nos per­deríamos en el análisis más deslabazado y, como en una pesadi­lla, en vano buscariamos trazar un arco que relacionara estos fundamentos abstractos con los hechos pertenecientes al mundo real. ¡Que el cielo proteja a todo teórico que intente esta empre­sa! Nosotros nos ocuparemos del mundo de los fenómenos com­plejos, y en cada ocasión no llevaremos nuestro análisis más allá de lo necesario para dar claridad a la idea que deseamos expo­ner; idea que nos hemos formado no mediante una investigación especulativa, sino a través de la impresión surgida de la realidad de la guerra en su totalidad. 

Capítulo III

LAS FUERZAS MORALES

Tenemos que referirnos de nuevo a esta cuestión, que fue tratada ligeramente en el libro II, capítulo III, porque las fuerzas morales constituyen uno de los temas más importantes en la guerra. Son el espíritu que impregna toda el ámbito bélico. Se adhieren más tarde o más temprano, y con conformidad mayor, a la voluntad que activa y guía a toda la masa de fuerzas y, por así decir, se confunden con ella en un todo, porque ella misma es una fuerza moral. Lamentablemente tratan de apartarse de la ciencia libresca, porque no pueden ser ni medidas en números ni agrupadas en clases, mientras que, al mismo tiempo, requie­ren ser vistas y sentidas.

El espíritu y otras cualidades morales de un ejército, de un ge­neral o de un gobierno, la opinión pública en las zonas donde se desarrolla la guerra, el efecto moral de una victoria o de una derrota, son cosas que en sí mismas varían mucho de naturaleza y que pueden ejercer también una influencia muy diferente, según como se planteen con respecto a nuestro objetivo y nuestras relaciones.

Aunque poco o nada cabe encontrar en los libros sobre es­tas cosas, pertenecen sin embargo a la teoría del arte de la gue­rra tanto como todo lo demás que constituye esta última. Porque tenemos que repetir aquí una vez más que nuestra filosofía sería mezquina si, de acuerdo con los viejos moldes, estableciéramos reglas y principios prescindiendo de todas las fuerzas morales, y después, tan pronto como estas fuerzas fueran apareciendo, co­menzáramos a considerar las excepciones, que de tal modo for­mularíamos hasta cierto punto científicamente, o sea, erigiríamos en regla; o si recurriéramos a hacer una llamada al genio, que está por encima de todas las reglas, con lo cual daríamos a en­tender que las reglas no sólo fueron hechas para los necios, sino que en sí mismas tienen que constituir realmente una necedad.

Aun cuando la teoría de la guerra no hiciera en realidad más que recordar estas cosas, mostrando la necesidad de adjudi­car todo su valor a las fuerzas morales y tomándolas siempre en consideración, aun así habría abarcado dentro de sus límites este ámbito de las fuerzas inmateriales y, al adoptar dicho punto de vista, habría condenado de antemano a todo el que hubiera tra­tado de justificarse ante sí mismo apelando a las meras condicio­nes físicas de las fuerzas.

Además, en consideración a todas las otras susodichas reglas, la teoría no puede desterrar a las fuerzas morales de su campo de acción, porque los efectos de las fuerzas físicas y morales están completamente fusionados y no pueden ser separados como una aleación por medio de un proceso químico. En toda regla relacio­nada con las fuerzas físicas, la teoría debe tener presente al mismo tiempo la participación que cabe asignar a las fuerzas morales, si no quiere caer en el error de establecer proposiciones categóricas, que son a veces tan demasiado pobres y limitadas como demasia­do amplias y dogmáticas. Aun las teorías menos espirituales han perdido su rumbo, inconscientemente, dentro de este ámbito de la moral, porque, por ejemplo, los efectos de una victoria nunca pueden ser totalmente explicados sin considerar las impresiones morales. En consecuencia, la mayoría de las cuestiones que exa­minaremos en este libro están compuestas de causas y efectos, mi­tad físicos, mitad morales, y podemos decir que lo físico no es casi nada más que el asa de madera, mientras que lo moral es el metal noble, la verdadera arma, brillantemente pulida.

El valor de las fuerzas morales y la influencia que ejercen, a menudo increíble, se hallan muy bien ejemplificados en la histo­ria. Con respecto a ello, debe tenerse en cuenta que los gérme­nes de la sabiduría, que habrán de producir sus frutos en el pen­samiento, son sembrados no tanto por medio de demostraciones, exámenes críticos y tratados eruditos, sino por medio de senti­mientos, impresiones generales y rasgos de intuición aislados y clarificadores.

Podemos examinar los fenómenos morales más importantes en la guerra y tratar de ver, con todo el esmero de un maestro diligente, lo que podríamos afirmar sobre cada uno, ya fuera al­go bueno o malo. Pero al aplicar tal método caeríamos con mu­cha facilidad en lo vulgar y común, mientras que desaparecería el verdadero espíritu del análisis y, sin saberlo, no haríamos más que repetir las cosas que todo el mundo conoce. Por lo tanto, aquí más que en ninguna otra parte preferimos ser incompletos y permanecer estables, contentándonos con haber atraído la atención sobre la importancia de la cuestión, en un sentido ge­neral, y con haber señalado el espíritu del que han surgido los puntos de vista desarrollados en este libro.

Capítulo IV

LAS PRINCIPALES POTENCIAS MORALES

Las principales potencias morales son las siguientes: las ca­pacidades del jefe, las virtudes militares del ejército y su espíritu nacional. Nadie puede determinar de forma general cuál de es tas potencias tiene mayor valor, porque resulta muy difícil aseve­rar algo concerniente a su fuerza y más aún comparar la fuerza de una con la de la otra. Lo mejor es no subestimar a ninguna de ellas, defecto en el que incurre el juicio cuando se inclina, en va­cilación caprichosa, ora a un lado, ora al otro. Es mejor basarse en la historia para poner en evidencia suficiente la eficacia inne­gable de estas tres potencias.

Sin embargo, es cierto que en los tiempos modernos los ejércitos de los estados europeos han alcanzado casi el mismo nivel en relación con la disciplina y el adiestramiento. La conducción de la guerra se ha desarrollado con tal naturalidad, co­mo expresarían los filósofos, que ha pasado a ser una especie de método, común a casi todos los ejércitos, haciendo que ni si­quiera en lo que al jefe se refiere podamos contar con la aplica­ción de planes especiales en el sentido más limitado. En conse­cuencia, no puede negarse que la influencia del espíritu nacional y del hábito de un ejército para la guerra proporciona una mayor capacidad de acción. Una paz prolongada podría alterar de nue­vo las cosas.

El espíritu nacional de un ejército (el entusiasmo, el fervor fanático, la fe, la opinión) se pone de manifiesto sobre todo en la guerra de montaña, donde todo el mundo, hasta el último sol dado, depende de sí mismo. Por esta razón las montañas consti­tuyen los mejores campos de batalla para unas fuerzas popula­res.

La habilidad técnica en un ejército y ese valor bien templa­do que mantiene unida a la tropa, como si hubiera sido fundida en un molde, muestran claramente su ventaja máxima en la lla­nura abierta.

El talento de un general tiene un mayor campo de acción en terrenos quebrados y ondulados. En las montañas surte muy poco efecto sobre las partes separadas, y la dirección de todas ellas desborda su capacidad; en llanuras abiertas resulta ésta muy sencilla y no agota esa capacidad.

Los planes deben ser formulados de conformidad con estas afinidades electivas evidentes.

Capítulo V 

VIRTUD MILITAR DE UN EJÉRCITO 

Ésta se diferencia de la simple valentía, y aún más del entu­siasmo que despierta la causa de la guerra. La valentía constitu­ye, por supuesto, una parte necesaria de la virtud militar, pero así como la valentía, que en el hombre común es un don natu­ral, también puede hacer acto de presencia en el soldado, como miembro de un ejército, a través del hábito y del adiestramiento, del mismo modo la virtud militar ha de adoptar en él una direc­ción diferente de la que toma en el hombre común.

Debe perder ese impulso hacia la desenfrenada actividad y manifestación de fuerza que es su característica en el individuo, y tiene que someterse a exigencias de nivel superior, como son la obediencia, el orden, la regla y el método. El entusiasmo por la causa proporciona vida y mayor ardor a la virtud militar de un ejército, pero no constituye una parte necesaria de ella.

La guerra es una ocupación determinada. Y por más gene­ral que pueda ser su relación y aun si hubiera de practicarla toda la población masculina de un país en condiciones de llevar ar­mas, sin embargo continuaría siendo diferente y permanecería separada de todas las demás actividades que ocupan la vida del hombre. Estar imbuido del espíritu y la esencia de esta ocupa­ción, adiestrar, mover y asimilar las fuerzas que habrán de ser ac­tivas en ella, abrirse camino en ella con inteligencia, adquirir confianza y destreza en su desarrollo por medio del ejercicio, compenetrarse con ella en cuerpo y alma, identificarse con el pa­pel que se nos ha asignado en ella, esta es la virtud militar de un ejército en particular.

Por más escrupuloso que se sea en concebir la coexistencia del ciudadano y del soldado en un mismo individuo, por más que consideremos las guerras como cuestiones nacionales, y por más alejadas que estén nuestras ideas de las de los condottieri de los tiempos antiguos, no será nunca posible suprimir la indivi­dualidad de la rutina profesional. Y si esto no puede hacerse, en­tonces todos los que pertenecen a dicha profesión, y mientras pertenezcan a ella, se considerarán siempre como una especie de corporación, en cuyas regulaciones, leyes y costumbres se manifiesta de forma predominante el espíritu de la guerra. Así es esto en la realidad. Aun si nos inclináramos de forma decidida a considerar la guerra desde el punto de vista más elevado, sería muy erróneo menospreciar ese espíritu corporativo, ese esprit de corps que puede y debe existir en mayor o menor grado en todo ejército. Este espíritu corporativo forma, por así decir, el lazo de unión entre las fuerzas naturales que están activas en lo que he­mos llamado virtud militar. Los gérmenes de la virtud militar fructifican más fácilmente en el espíritu corporativo.

Un ejército que mantiene su formación usual bajo el fuego más intenso, que nunca vacila ante temores imaginarios y resiste con todas sus fuerzas a los bien fundados, que, orgulloso de sus victorias, no pierde nunca el sentido de la obediencia, el respeto y la confianza en sus jefes, aun en medio del descalabro de la derrota; un ejército con sus potencias físicas templadas en la práctica de las privaciones y el esfuerzo, como los músculos de un atleta; un ejército que considera todas sus tareas como me­dios para conseguir la victoria, no como una maldición que se posa sobre sus hombros, y que siempre recuerda sus deberes y virtudes mediante el código conciso de una sola idea, o sea, el honor de sus armas, un ejército como este se halla imbuido del verdadero espíritu militar.

Los soldados pueden luchar con valentía, como los vandea­nos, y realizar grandes proezas, como los suizos, los americanos o los españoles, sin desarrollar esta virtud militar. Un jefe puede alcanzar el éxito a la cabeza de ejércitos permanentes, como el príncipe Eugenio de Saboya o Marlborough, sin gozar de los be­neficios de su ayuda. Por lo tanto, no cabe decir que sin esa vir­tud no puede ser imaginada una guerra victoriosa. Prestamos una atención especial a este punto para poder proporcionar ma­yor individualidad a la concepción aquí expuesta, a fin de que nuestras ideas no se diluyan en generalizaciones vagas y no cai­gamos en la consideración de que la virtud militar es lo único que importa. Esto no es así. La virtud militar en un ejército apa­rece como una potencia moral definida que puede ser dilucidada y con una influencia, en consecuencia, que cabe considerar co­mo un instrumento cuya fuerza puede ser calculada.

Habiéndola caracterizado de este modo, nos referiremos a su influencia y a los medios con los que ésta puede ser adquirida. La virtud militar es siempre para las partes lo que el genio del jefe es para el todo. El general sólo puede dirigir el conjunto, no cada parte por separado, y allí donde no pueda dirigir la par­te, el espíritu militar debe convertirse en conductor. Un general es elegido por la fama de sus cualidades sobresalientes; los jefes más distinguidos de grandes masas lo son tras un examen cuida­doso. La consistencia de este examen disminuye a medida que se desciende en la escala jerárquica y, precisamente, en la misma medida cabe confiar cada vez menos en las capacidades indivi­duales; pero lo que falta a este respecto debe ser suministrado por la virtud militar. Este papel está representado justamente por las cualidades naturales del pueblo movilizado para la guerra: bravura, aplomo, capacidad de resistencia y entusiasmo. En con­secuencia, estas propiedades pueden substituir la virtud militar y viceversa, de lo que puede deducirse que:

1. La virtud militar es sólo una cualidad propia de los ejérci­tos permanentes, y éstos están muy necesitados de ella. En las insurrecciones nacionales y en la guerra, las cualidades naturales que se desarrollan con mayor rapidez son substituidas por la vir­tud militar.

2. Los ejércitos permanentes que se enfrentan con ejércitos permanentes pueden renunciar a esta virtud con más facilidad que un ejército permanente que se opone a una insurrección nacional, porque en este caso las tropas están más dispersas y las partes dependen más de sí mismas. Pero allí donde el ejército pueda mantenerse concentrado, el genio del general desempeña un papel muy importante y compensa lo que falta en el espíritu del ejército. En consecuencia, la virtud militar por lo general se hace más necesaria cuanto más se complica la guerra y más se dispersan las fuerzas debido al escenario de las operaciones y a otras circunstancias.

La única lección que ha de extraerse de estas realidades es que si un ejército cede en esa potencia debería hacer todo lo po­sible para simplificar sus operaciones bélicas o duplicar la aten­ción puesta en otros puntos del dispositivo militar y no esperar de su simple nombradía como ejército permanente lo que sólo las circunstancias mismas pueden dar.

Por lo tanto, la virtud militar de un ejército constituye una de las fuerzas morales más importantes en la guerra, y donde ha faltado esta virtud vemos que o bien ha sido reemplazada por una de las otras, como son la superior grandeza del jefe o el en­tusiasmo del pueblo, o bien se han producido resultados que no guardaban relación con el esfuerzo realizado. En la historia de los macedonios bajo Alejandro Magno, de las legiones romanas bajo César, de la infantería española bajo Alejandro Farnesio, de los suecos bajo Gustavo Adolfo y Carlos XII, de los prusianos ba­jo Federico el Grande y de los franceses bajo Bonaparte, vemos cuántas hazañas grandiosas se llevaron a cabo gracias a este es­píritu, este valor genuino del ejército, este refinamiento del mine­ral que se transforma en metal brillante. Si nos negáramos a ad­mitir que los éxitos magníficos de estos generales y su gran ca­pacidad para hacer frente a situaciones de extrema dificultad só­lo fueron posibles con ejércitos que, por medio de la virtud mili­tar, adquirieron un poder de eficacia superior, mentalmente ha­bríamos echado a propósito un cerrojo a todas las pruebas histó­ricas.

Este espíritu sólo puede surgir de dos fuentes, y éstas sólo pueden engendrarlo si se presentan juntas. La primera implica una serie de guerras y resultados afortunados; la otra es la práctica de hacer rendir frecuentemente al ejército hasta la última par­tícula de su ser. Sólo al realizar este esfuerzo el soldado aprende a conocer sus fuerzas. Cuanto más exija el general de sus tropas, más seguro estará de que sus exigencias serán satisfechas. El sol­dado se siente tan orgulloso de los escollos vencidos como lo es­tá del peligro superado. Por lo tanto, este germen sólo florecerá en el terreno de la actividad y del esfuerzo incesantes, pero lo hará también sólo bajo los rayos de la victoria. Una vez que se haya transformado en un árbol consistente, resistirá las tormentas más intensas de la desgracia y la derrota y, al menos por un tiempo, incluso la indolente inactividad de la paz. En consecuen­cia, sólo puede originarse en la guerra y bajo el mando de gran­des generales, pero indudablemente puede ser duradero por lo menos durante varias generaciones, incluso a lo largo de perío­dos de paz considerables.

No cabe comparar ese esprit de corps excelso y comprensi­vo de un grupo de veteranos marcados por las cicatrices y endu­recidos por la guerra, con el amor propio y la vanidad de los ejércitos permanentes que sólo se mantienen unidos por el lazo de las regulaciones de servicio y disciplinarias.

Una severidad inflexible y la disciplina estricta pueden mantener vigente la virtud militar de una tropa, pero no la crean. Sin embargo, por más que estas cosas conserven cierto valor, tampoco conviene exagerarlo. El orden, la habilidad, la buena disposición y también cierto grado de orgullo y un sobresaliente temple son cualidades de un ejército adiestrado en época de paz que deben ser valoradas, pero que, sin embargo, no tienen una importancia por sí mismas. El conjunto sostiene al conjunto y, al igual que el cristal que es enfriado muy rápidamente, una sola grieta puede quebrar toda la masa. En especial, el temple más firme del mundo se sume con demasiada facilidad en la depre­sión ante la primera desgracia, o, podríamos decir, en una espe­cie de jactancia temerosa, en el sauve qui peut francés. Un ejérci­to como ese sólo puede lograr algo por medio de su jefe, pero nunca por sí mismo. Debe ser conducido con doble precaución, hasta que gradualmente, en la victoria y en el esfuerzo, vaya ad­quiriendo fortaleza en su severa preparación. ¡Cuidado entonces con confundir el espíritu de un ejército con su temple! 

Capítulo VI

LA AUDACIA

En el capítulo sobre la certidumbre del éxito se ha determi­nado el lugar y el papel que la audacia representa en el sistema dinámico de fuerzas, donde se opone a la previsión y a la prudencia, para mostrar, con ello, que la teoría no tiene derecho a restringirla tomando como pretexto su legislación.

Pero esta excelsa desenvoltura con la que el alma humana se eleva por encima de los peligros más extraordinarios tiene que ser considerada en la guerra como un agente activo aislado. En realidad, ¿en qué terreno de la actividad humana tendría la audacia derecho de ciudadanía si no fuera en la guerra?

Es la más excelsa de las virtudes, el verdadero acero que da al arma su agudeza y brillantez, tanto en el corneta y en el ciu­dadano que sigue al ejército como en el general en jefe.

Admitamos, en efecto, que goza hasta de prerrogativas es­peciales en la guerra. Además del resultado que se obtenga del cálculo del espacio, el tiempo y la magnitud, debemos conceder le cierto porcentaje de participación, que siempre, cuando se muestra superior, se aprovecha de la debilidad de los demás. Constituye, por tanto, una verdadera potencia creadora, lo cual no resulta difícil de demostrar, ni siquiera filosóficamente. Allí donde la audacia encuentre indecisión, las probabilidades de éxito se decantarán necesariamente a su favor, debido a que ese estado de indecisión implica una pérdida de equilibrio. Se en­cuentra únicamente en desventaja, podríamos decir, cuando se enfrenta con una cautelosa previsión, que resulta tan audaz, tan fuerte y poderosa en cada caso como lo es ella misma; pero es­tos casos difícilmente se presentan. Entre los hombres cautelosos hay una considerable mayoría que se muestran sujetos a la timi­dez.

En las grandes masas, la audacia constituye una fuerza cuyo cultivo especial nunca puede ejercerse en detrimento de otras fuerzas, debido a que aquéllas se hallan ligadas a una voluntad superior, a través del armazón y la estructura del orden de batalla y del servicio, y están en consecuencia guiadas por una inteli­gencia ajena. Así, la audacia equivale aquí solamente a un resor­te, que se mantiene bajo presión hasta el momento en que es li­berado.

Mientras más elevado sea el orden jerárquico, mayor será la necesidad de que la audacia vaya acompañada por la reflexión, o sea, que no debería ser la expresión ciega de una pasión sin finalidad, ya que con el aumento de jerarquía se trata cada vez menos de un autosacrificio y cada vez más de la preservación de otros y del bien común de la gran totalidad. Lo que las regula­ciones del servicio prescriben a manera de segunda naturaleza para las grandes masas debe ser prescrito para el general en jefe por la reflexión, y en este caso la audacia individual en actos ais­lados puede convertirse muy fácilmente en un error. De todas maneras, será un estupendo error que no debe ser considerado de la misma forma que cualquier otro. ¡Feliz del ejército en el que se manifieste la audacia con frecuencia, aunque sea de ma­nera inoportuna! Es una floración excesivamente esplendorosa, pero que indica la presencia de un rico suelo. Incluso la temeri­dad, que equivale a la audacia sin objetivo alguno, no tiene que menospreciarse; fundamentalmente, es la misma fuerza de carác­ter, pero usada a modo de pasión sin ninguna participación de las facultades intelectuales. La audacia deberá ser reprimida co­mo un mal peligroso únicamente cuando se rebele contra la obe­diencia del espíritu, cuando se manifieste de manera categórica en contra de una autoridad superior competente; pero habrá de serlo no por ella misma, sino en relación con el acto de desobe­diencia que cometa, ya que nada en la guerra tiene mayor im­portancia que la obediencia.

Decir que, a igual nivel de inteligencia, en la guerra se pier­de mil veces más por causa de la timidez que de la audacia sólo cabe expresarlo para asegurarnos la aprobación de nuestros lec­tores.

Substancialmente, la intervención de un motivo razonable facilitaría la acción de la audacia y, en consecuencia, aminoraría el mérito que puede encerrar; pero en realidad resulta todo lo contrario.

La participación del pensamiento lúcido y, más aún, la su­premacía del espíritu despojan a las fuerzas emotivas de una gran parte de su intensidad. Por esa causa, la audacia pasa a ser menos frecuente, mientras más se asciende en la escala jerárqui­ca, ya que, si bien es posible que la perspicacia y el entendi­miento no aumenten con la jerarquía, también es cierto que las magnitudes objetivas, las circunstancias y las consideraciones se inponen a los jefes en sus distintas fases de tal forma y con tanta fuerza desde el exterior, que el peso que recae sobre ellos por estas causas aumenta en la medida en que disminuye su propia perspicacia. Esto, por lo que a la guerra se refiere, es el funda­mento básico de la verdad que encierra el proverbio francés: Tel brille au second qui s'éclipse au premier.

Casi todos los generales que la historia nos ha presentado como simples mediocridades y como carentes de decisión, mien­tras estaban a cargo del mando supremo, fueron hombres que sobresalieron por su audacia y decisión cuando ocupaban un lu­gar inferior en la escala jerárquica.

Debemos hacer una distinción con los motivos de un com­portamiento audaz que surge bajo la presión de la necesidad. La necesidad presenta diversos grados de intensidad. Si es inmedia­ta, si la persona que actúa en persecución de un objetivo se ve acosado por un grave peligro cuando intenta escapar de otros peligros igualmente grandes, entonces lo único digno de admirar es la determinación, la cual, no obstante, tiene también de por sí su valor. Si un joven salta por encima de un profundo abismo para mostrar su habilidad como jinete, entonces es audaz, pero si da el mismo salto al verse perseguido por un grupo de turcos desaforados, sólo muestra determinación. Pero cuanto más lejana se encuentre la necesidad de acción y mayor sea el número de circunstancias que tenga que considerar el espíritu para realizar­la, tanto mayor será el descrédito de la audacia. Si Federico el Grande consideró, en el año 1756, que la guerra era inevitable y solamente pudo rehuír la destrucción adelantándose a sus ene­migos, tuvo la necesidad de comenzar él la guerra, pero al mis­mo tiempo es evidente que fue muy audaz, ya que muy pocos hombres en su lugar hubieran decidido hacerlo.

Aunque la estrategia pertenece solamente al terreno propio de los comandantes en jefe o de los generales en las posiciones más elevadas, la audacia sigue siendo en todos los demás miem­bros del ejército una cuestión tan indiferente para ellos como lo son las otras virtudes militares. Con un ejército proveniente de un pueblo audaz y en el que siempre se haya alimentado el es­píritu de audacia, todas las cosas pueden ser emprendidas, me­nos aquellas que sean extrañas a esa virtud. Por esta razón es por la que hemos mencionado la audacia en conexión con el ejército. Pero nuestro objetivo se centra en la audacia del coman­dante en jefe y, sin embargo, todavía no hemos manifestado gran cosa sobre ello, después de haber descrito esa virtud militar en un sentido general, de la mejor forma como hemos sabido hacer­lo.

Cuanto más nos elevamos en las posiciones de mando, ma­yor será el predominio del intelecto y de la perspicacia en la ac­tividad de la mente, y, por ello, tanto más será dejada de lado la audacia, que es una propiedad del temperamento. Por esta razón la encontramos tan raramente en las posiciones elevadas, pero es en ellas donde más merecedora es de admiración. La audacia di­rigida por el predominio del espíritu es el signo del héroe: no consiste en ir contra la naturaleza de las cosas, en una clara vio­lación de las leyes de la probabilidad, sino en un enérgico apoyo de esos elevados cálculos que el genio, con su juicio instintivo, realiza con la velocidad del rayo e incluso a medias consciente cuando toma su decisión. Cuanto más preste la audacia alas a la mente y a la perspicacia, mayor altura alcanzarán éstas en su vuelo y mucho más amplia será la visión y mayor la posibilidad de corrección del resultado; pero, evidentemente, sólo en el sen­tido de que a mayores objetivos, mayores serán los peligros. El hombre común, para no hablar del débil y del indeciso, llega a un resultado correcto en la medida en que es posible hacerlo sin una experiencia vivida, y mediante una eficacia concebida en su imaginación, alejado del peligro y de la responsabilidad. En cuanto el peligro y la responsabilidad lo acosen desde todas di­recciones, perderá su perspectiva, y si la mantuviera en cualquier medida debido a la influencia ajena, habría perdido no obstante su poder de decisión, debido a que en este punto no hay quien pueda ayudarle.

Creemos, entonces, que no puede pensarse en un general distinguido carente de audacia, es decir, éste no puede surgir de un hombre que no haya nacido con esta fortaleza de temperamento, que consideramos, en consecuencia, como requisito pun­tual de esa carrera. La segunda cuestión es la de establecer qué grado de fortaleza innata, desarrollada y moldeada por la educa­ción y las circunstancias de la vida le resta al hombre cuando al­canza una elevada posición. Cuanto mayor sea la conservación de este poder, mayor será el vuelo del genio y más altura ganará. El riesgo se hace mayor, pero el objetivo se acrecienta también en concordancia. Que las líneas emanen y adopten su dirección de una necesidad distante, o que converjan hacia la base funda­mental de un edificio que la ambición ha levantado, que sea un Federico el Grande o un Alejandro quienes actúen, es práctica­mente lo mismo desde el punto de vista crítico. Si la última alter­nativa alimenta más la imaginación porque es la más audaz, la anterior satisface más al entendimiento porque contiene en sí misma una mayor necesidad.

Resta, sin embargo, considerar aún una circunstancia muy importante.

En un ejército puede hacer acto de presencia el espíritu de audacia, ya sea porque exista en el pueblo o porque haya surgi­do de una guerra victoriosa conducida por generales audaces. En este último caso habrá que convenir, sin embargo, que faltaba al comienzo.

En nuestros días, difícilmente habrá otro modo de educar el espíritu de un pueblo, a este respecto, como no sea mediante la guerra y bajo una dirección audaz. Únicamente esto puede con­trarrestar ese sentimiento de lasitud y esa inclinación a gozar de las comodidades en que se sumerge un pueblo en condiciones de creciente prosperidad y de floreciente actividad comercial.

Una nación puede confiar en alcanzar una posición firme en el mundo político únicamente si el carácter nacional y el há­bito de la guerra se apoyan uno al otro en una constante acción recíproca. 

Capítulo VII

LA PERSEVERANCIA

El lector espera oír hablar de ángulos y de líneas y encuen­tra, en vez de esos integrantes del mundo científico, solamente gente de la vida común, tal como las que ve a diario por la calle. Sin embargo, el autor no puede mostrarse ni un ápice más mate­mático de lo que el tema parece requerirle y no teme el asombro que pueda causar.

En la guerra, más que en cualquier otra actividad en este mundo, las cosas ocurren en forma distinta de lo que hubiéra­mos esperado, y vistas desde cerca éstas aparecen diferentes de lo que parecían a distancia. ¡Con qué serenidad el arquitecto puede observar la forma gradual en que surge su trabajo y toma la que contiene en sus planos! El médico, aunque situado más a merced de contingencias y aconteceres inexplicables que el ar­quitecto, conoce sin embargo a la perfección las formas y los efectos de sus medios. Por otro lado, en la guerra, el jefe de un gran conjunto se enfrenta al constante embate de datos falsos y verdaderos, de errores que se derivan del temor, de la negligen­cia, de la falta de atención, o de actos de desobediencia a sus ór­denes, cometidos ya sea por apreciaciones erróneas o correctas, por mala voluntad, por un sentido cierto o falso del deber, o por indolencia o agotamiento, por accidentes que no cabe de ningún modo prever. En suma, es víctima de cientos de miles de impre­siones, de las cuales la mayoría tienen una propensión intimida­toria y la minoría alentadora. El instinto, que permite apreciar rá­pidamente el valor de esos incidentes, se adquiere mediante una prolongada experiencia de la guerra; gran valentía y fortaleza de carácter son sus soportes, al igual que las rocas resisten los gol­pes de las olas. El que ceda a esas impresiones nunca llevará a término ninguna de sus empresas, y a este respecto la perseve­rancia en el camino decidido es un necesario contrapeso, en tanto que las razones contrarias más concluyentes no se hagan presentes. Más todavía, difícil resulta que haya empresa gloriosa en la guerra que no sea lograda mediante inagotables esfuerzos, penurias y privaciones; y como aquí la debilidad física y espiri­tual propia de la naturaleza humana está siempre dispuesta a ce­der, sólo una gran fuerza de voluntad, puesta de manifiesto con esa perseverancia admirada ahora y en la posteridad, conducirá a lograr el objetivo propuesto.

Capítulo VIII

LA SUPERIORIDAD NUMÉRICA

Tanto en la táctica como en la estrategia es este el más ge­neral de los principios de la victoria, y será desde ese punto de vista general como empezaremos a examinarlo. A tal fin nos aventuramos a ofrecer la siguiente exposición.

La estrategia determina el lugar donde habrá de emplearse la fuerza militar en el combate, el tiempo en que ésta será utili­zada y la magnitud que tendrá que adquirir. Esa triple determina­ción asume una influencia fundamental en el resultado del en­cuentro. Así como es la táctica la que ha podido dar lugar al en­cuentro, en cuanto al resultado, sea éste tanto la victoria como la derrota, es guiado por la estrategia como corresponde, de acuer­do con los objetivos finales de la guerra, que son, por naturale­za, muy distantes y se hallan muy raras veces al alcance de la mano.

A ellos se subordinan como medios una serie de otros obje­tivos. Éstos, que son al propio tiempo medios para uno mayor, pueden ser en la práctica de varias clases, e incluso el objetivo final de toda la guerra es casi siempre distinto en cada caso. Nos familiarizaremos con estas cuestiones en cuanto vayamos cono­ciendo los apartados de los que forman parte, de modo que no nos proponemos abarcar aquí todo el tema y dar de él una com­pleta enumeración, aun en el caso de que esto fuera posible. En consecuencia, no consideraremos por ahora el uso de encuentro.

Esas cosas por medio de las cuales la estrategia influye so­bre el resultado del encuentro, dado que son las que lo determi­nan (en cierta medida lo imponen), no son tampoco tan simples como para poder ser abarcadas en una sola investigación. Si es cierto que la estrategia indica el tiempo, el lugar y la magnitud de la fuerza, en la práctica puede hacerlo de muchas formas, ca­da una de las cuales influye en forma diferente, tanto sobre el desenlace como sobre el éxito del encuentro. Por lo tanto, nos familiarizaremos con esto sólo gradualmente, es decir, a través de los temas que la práctica determina de modo más preciso.

Si despojamos al encuentro de todas las modificaciones que puede sufrir, de acuerdo con su finalidad y con las circunstancias de las que procede, si, finalmente, dejamos de lado el valor de las tropas, porque éste se da por sobreentendido, sólo queda la mera concepción del encuentro, o sea, un combate sin forma, del que no distinguimos más que el número de combatientes.

Este número determinará, en consecuencia, la victoria. Aho­ra bien, por la cantidad de abstracciones que hemos tenido que realizar para llegar a este punto, se deduce que la superioridad numérica sólo es uno de los factores que producen la victoria y que, por lo tanto, lejos de haberlo conseguido todo o ni siquiera lo principal mediante esa superioridad, quizá hayamos obtenido muy poco con ella, de acuerdo con lo que varíen las circunstan­cias concurrentes.

Pero esta superioridad numérica presenta diversos grados: puede ser imaginada como doble, triple o cuádruple, y es fácil comprender que, al aumentar de esta forma, debe imponerse a todo lo demás.

En este sentido convenimos en que la superioridad numéri­ca es el factor más importante a la hora de determinar el resulta­do del encuentro; pero debe ser suficientemente grande como para contrapesar todas las demás circunstancias. Consecuencia directa de esto es la conclusión de que en el punto decisivo del encuentro debería ponerse en acción el mayor número posible de tropas.

Sean estas tropas suficientes o insuficientes, se habrá hecho a este respecto todo lo que permitían los medios. Este es el pri­mer principio de la estrategia y, en la forma general en que aquí ha sido formulado, puede ser aplicado tanto a los griegos y los persas o a los ingleses y los hindúes, como a los franceses y los alemanes. Pero dediquemos nuestra atención a las condiciones militares propias de Europa, a fin de llegar a algunas ideas más concretas sobre este asunto.

Aquí encontramos ejércitos que se parecen mucho más a equipos, en organización y habilidad práctica de todo tipo. Sólo cabe distinguir todavía una diferencia momentánea en la virtud militar del ejército y en el talento del general. Si estudiamos la historia de la guerra en la Europa moderna, no encontramos en ella ninguna batalla como la de Maratón.

Federico el Grande, con aproximadamente 30.000 hombres, venció en Leuthen a 80.000 austríacos y en Rossbach, con 25.000, hizo lo propio frente a unos 50.000 de los Aliados. Pero estos son los únicos ejemplos de victorias obtenidas contra un enemigo que contaba con una superioridad numérica doble o aun mayor. No cabe citar con propiedad la batalla que Carlos XII libró en Narva, porque en esa época los rusos apenas podían ser considerados como europeos, y, además, las circunstancias prin­cipales de esta confrontación no son demasiado bien conocidas. Bonaparte contaba en Dresde con 120.000 hombres contra 220.000 y, por lo tanto, la superioridad no llegaba a duplicar su propio número. En Kollin, Federico el Grande, con 30.000 hom­bres, no alcanzó el éxito contra 50.000 austríacos, ni tampoco triunfó Bonaparte en la batalla de Leipzig, donde se encontró lu­chando con 160.000 hombres contra 380.000, siendo por lo tanto la superioridad del enemigo mucho más del doble.

Podemos deducir de esto que, en la Europa actual, resulta muy dificil, incluso para el general más dotado de talento, alcan­zar una victoria sobre un enemigo dos veces más fuerte. Ahora bien, así como vemos que la superioridad numérica doble de­muestra tener un peso de envergadura en la balanza, incluso contra los generales más sobresalientes, podemos estar seguros de que, en los casos comunes, tanto en los encuentros grandes como en los pequeños, por más desventajosas que puedan ser otras circunstancias, para asegurar la victoria será suficiente con disponer de una superioridad numérica importante, sin que ne­cesite ser mayor del doble. Por supuesto podemos concebir el caso de un paso en la montaña, en el que ni siquiera una supe­rioridad diez veces mayor sería suficiente para doblegar al ene­migo, pero entonces no cabría hablar de ningún modo de un en­cuentro.

Por lo tanto, creemos que, en nuestras propias circunstan­cias tanto como en todas las similares, la acumulación de fuerza en el punto decisivo es una cuestión de capital importancia y que, en la mayoría de los casos, resulta categóricamente lo más importante de todo. La fuerza en el punto decisivo depende de la fuerza absoluta del ejército y de la habilidad con que ésta se emplea.

En consecuencia, la primera regla sería adentrarse en el campo de batalla con un ejército lo más fuerte posible. Esto pa­recerá una perogrullada, pero en realidad no lo es.

Para demostrar que durante largo tiempo la magnitud de las fuerzas militares de ningún modo fue considerada como una cuestión vital, sólo necesitamos observar que en la historia de la mayoría de las guerras del siglo XVIII, incluso en las más reseña­das, no se menciona en absoluto la magnitud de los ejércitos, o sólo se hace ocasionalmente, y en ningún caso se le adjudica un valor especial. Tempelhoff, en su historia sobre la guerra de los Siete Años, es el primer escritor que se refiere a ella con regulari­dad, pero sólo lo hace muy superficialmente.

Incluso Messenbach, en sus múltiples observaciones criticas sobre las campañas prusianas de 1793-1794 en los Vosgos, da una amplia referencia de las colinas y los valles, de los caminos y los senderos, pero nunca dice una palabra sobre la fuerza que integraba uno y otro bando.

Otra prueba reside en una idea portentosa que obsesionaba las mentes de muchos críticos, de acuerdo con la cual existía cierta medida que era la mejor para un ejército, una cantidad normal, más allá de la cual las fuerzas excesivas eran más gravo­sas que útiles.[3]

Por último, encontramos cierto número de casos en los que todas las fuerzas disponibles no fueron usadas realmente en la batalla, o en el transcurso de la guerra, porque no se consideró que la superioridad numérica tuviera esa importancia que corres­ponde a la naturaleza de las cosas.

Si estamos convencidos de que por medio de una superio­ridad numérica manifiesta se puede obtener cualquier victoria, no cabe dejar de señalar esa convicción ante los preparativos de la guerra, a fin de que se pueda afrontar la batalla con tantas tro­pas como sea posible y obtener una supremacía o por lo menos contrarrestar la que demuestre poseer el enemigo. Eso basta en cuanto a la potencia absoluta con la que debe conducirse la gue­rra.

La medida de esta potencia viene determinada por el go­bierno, y si bien con esta determinación comienza la verdadera actividad militar, si bien forma una parte esencial de la estrategia de la guerra, todavía en la mayoría de los casos el general res­ponsable del mando debe considerar su fuerza absoluta como al­go fijado de antemano, bien porque no hubiera intervenido en su determinación, bien porque las circunstancias hubiesen impe­dido darle una magnitud suficiente.

Por lo tanto, en el caso de que no pudiera lograrse una su­perioridad absoluta, no queda otra cosa que conseguir una relati­va en el punto decisivo, por medio del hábil uso de la que se posea.

El cálculo del espacio y del tiempo aparece entonces como la cuestión más importante. Ello ha inducido a considerar que esta parte de la estrategia abarca casi todo el arte de utilización de las fuerzas militares. En realidad, algunos han ido tan lejos como para atribuir la estrategia y la táctica de los grandes gene­rales a un órgano interno adaptado particularmente a este propó­sito.

Pero aunque la coordinación del tiempo y del espacio resi­de en los fundamentos de la estrategia, y es, por así decir, su sustento diario, sin embargo no constituye ni la más difícil de sus tareas, ni la más decisiva.

Si recorremos con una mirada imparcial la historia de la guerra, veremos que son muy raros los casos en los que los erro­res en dicho cálculo han demostrado ser la causa de pérdidas se­rias, al menos en la estrategia. Pero si el concepto de una corre­lación hábil del tiempo y del espacio hubiera de explicar todos los casos en que un comandante en jefe activo y resuelto vence con el mismo ejército a varios de sus oponentes, por medio de marchas rápidas (Federico el Grande, Bonaparte), entonces no haríamos más que crear una confusión innecesaria con un len­guaje convencional. Para que las ideas sean claras y útiles, es ne­cesario que las cosas sean siempre llamadas por sus justos nom­bres.

La correcta estimación de los oponentes (Daun, Schwarzen­berg), la audacia para hacerles frente con sólo una fuerza peque­ña durante corto tiempo, la energía en emprender marchas pro­longadas, la osadía en ejecutar los ataques repentinos, la activi­dad intensificada de que hacen gala los espíritus selectos en mo­mentos de peligro, estos son los fundamentos de sus victorias. ¿Qué tienen éstos que ver con la capacidad para coordinar co­rrectamente dos cosas tan simples como el tiempo y el espacio?

Pero si queremos ser claros y exactos debemos señalar que sólo rara vez se produce en la historia esa repercusión de fuer­zas, por la cual las victorias en Rossbach y Montmirail determina­ron las victorias en Leuthen y Montereau, y en la que a menudo han confiado grandes generales que se mantenían a la defensiva. La superioridad relativa, o sea, la concentración hábil de fuerzas que devienen superiores en el punto decisivo, se basa con harta frecuencia en la apreciación correcta de tales puntos, en la dirección apropiada que por esos medios se les da a las fuerzas desde un principio y en la decisión requerida, si se ha de sacrificar lo insignificante en favor de lo importante, o sea, si se ha de mantener las fuerzas concentradas en una masa abru­madura. En este sentido son particularmente característicos los logros de Federico el Grande y de Bonaparte.

Con esto creemos haberle asignado a la superioridad numé­rica su debida importancia. Debe ser considerada como la idea fundamental, así como buscada siempre antes que cualquier otra cosa y llevar su investigación tan lejos como sea posible.

Pero designarla por esta razón como una condición necesa­ria para la victoria constituiría una mala interpretación de nuestra exposición. Como conclusión que cabe extraer de todo ello no resta más que el valor que deberíamos asignar a la fuerza numé­rica en el encuentro. Si hacemos que esa fuerza sea lo más gran­de posible, concordará entonces con el principio y sólo el estu­dio de la situación general decidirá si el encuentro habrá o no de ser rehuido por falta de una fuerza suficiente. 

Capítulo IX

LA SORPRESA

El esfuerzo general por lograr una superioridad relativa, que ocupó como tema el capítulo precedente, es seguido de otro esfuerzo que, por ser correlativo, tiene que ser de naturaleza igualmente general: este es la sorpresa que se causa en el enemi­go, la cual constituye, más o menos, la base de todas las iniciati­vas, porque sin ella no cabe concebir que se cree una superiori­dad en el punto decisivo.

La sorpresa deviene, pues, el medio con el cual puede lo­grarse la superioridad numérica; pero también cabe considerarla en sí misma como un principio independiente, a causa del efecto moral que provoca. Cuando la sorpresa consigue alcanzar el éxi­to en alto grado, las consecuencias que acarrea son la confusión y el desaliento en las filas enemigas, y esto multiplica el efecto del éxito, como puede ser mostrado mediante suficientes ejem­plos, tanto grandes como pequeños. No nos referimos ahora a una súbita irrupción, que corresponde al capítulo correspondien­te al ataque, sino al esfuerzo para sorprender al enemigo por medio de medidas generales y, en especial, por la distribución de las fuerzas, que es igualmente concebible en posiciones de defensa y constituye un factor importante, sobre todo cuando se trata de una defensa táctica.

Afirmamos que la sorpresa constituye, sin excepción algu­na, el fundamento básico de todas las iniciativas, sólo que en grados muy diferentes, de acuerdo con la naturaleza de cada ini­ciativa en particular y de otras circunstancias.

Esta diferencia comienza ya con las características tanto del ejército como de su jefe, y hasta con las del gobierno.

El secreto y la rapidez con que se emprende son los dos factores fundamentales de este producto. Ambos presuponen una gran energía por parte del gobierno y del general en jefe, así como un sentido elevado del deber por parte del ejército. Es inú­til contar con la sorpresa cuando se dan elementos de molicie e indicios de relajamiento. Pero por más que este esfuerzo sea general y, todavía más, realmente indispensable, y si bien es ver­dad que nunca será totalmente ineficaz, no es menos cierto que rara vez alcanza el éxito en grado notable, lo que deriva de su naturaleza misma.

Por lo tanto, se formaría un concepto erróneo quien creye­ra que a través de este medio, por encima de todos los demás, se halla en disposición de alcanzar grandes logros en la guerra.

Teóricamente promete mucho; en la práctica, con la fricción se atasca toda la máquina.

En la táctica, la sorpresa se halla mucho más en su elemen­to, en razón de que los tiempos y las distancias son en ella más cortos. Por lo que respecta a la estrategia, ésta será más factible cuanto más se aproximen sus medidas al terreno de la táctica, y más difícil cuanto más se acerquen al de la política.

Los preparativos para la guerra requieren, por lo general, varios meses; la concentración del ejército en sus posiciones principales exige usualmente el establecimiento de depósitos, al­macenes y movimientos considerables, cuya dirección puede ser deducida con bastante presteza.

En consecuencia, muy rara vez un estado sorprende a otro con una guerra o con la dirección general de sus fuerzas. Duran­te los siglos XVII y XVIII, cuando la guerra estaba relacionada principalmente con los asedios, el rodear una fortaleza en forma inesperada constituía un objetivo frecuente y un capítulo bastan­te característico e importante del arte de la guerra, pero aun en estos casos sólo rara vez se alcanzaba el éxito.

Por otro lado, la sorpresa resulta mucho más concebible en cosas que pueden realizarse en uno o dos días. En consecuencia, no es difícil a menudo sorprender a un ejército en marcha y con ello apoderarse de una posición, un punto del territorio, un ca­mino, etc. Pero es evidente que lo que de esta forma gana la sor­presa en fácil ejecución lo pierde en eficacia, al tiempo que esta eficacia aumenta en la parte opuesta. El que busque relacionar los grandes resultados con esas sorpresas en pequeña escala, co­mo, por ejemplo, ganar una batalla puntual, hacerse con un im­portante depósito, etc., parte de algo que, sin duda, es bastante concebible, pero para lo cual no existen testimonios fehacientes en la historia, siendo en general muy pocos los casos en que se ha obtenido algo significativo de esos hechos. Cabe deducir, pues, con justicia, que existen dificultades que son inherentes a la cuestión.

Es evidente que quien recurra a la historia para estudiar es­tos temas no debe depositar su confianza en ciertas obras espectaculares de algunos críticos históricos, muy dados a anunciar sa­bios aforismos y en autocomplacerse pomposamente con la utili­zación de términos técnicos, sino que debe encarar los hechos con toda buena fe. Por ejemplo, existe cierta jornada en la cam­paña de Silesia, en 1761, que, en este sentido, ha alcanzado una especial notoriedad. Es el 22 de julio, el día en que Federico el Grande sorprendió la marcha de Laudon hacia Nossen, cerca del Neisse, con lo cual, como se afirma, fue abortada la unión de los ejércitos austríaco y ruso en la Alta Silesia. Con ello el rey prusia­no ganó un período de cuatro semanas. Quienquiera que lea cuidadosamente en las principales historias todo lo referente a este acontecimiento y lo considere de modo imparcial, no acaba­rá de encontrar este significado en la marcha del 22 de julio; por lo general, en todas las argumentaciones en torno a esta cuestión no verá nada más que contradicciones, puesto que tenderá a ob­servar en las acciones de Laudon, durante este famoso período, decisiones sin objeto. ¿Cómo podrá aceptar tal evidencia históri­ca quien anhele adquirir una convicción clara y conocer la ver­dad?

Cuando esperamos grandes efectos del principio de sorpre­sa en el curso de una campaña, pensamos que los medios para producirla son una gran actividad, resoluciones rápidas y mar­chas forzadas. Sin embargo, aun cuando estos elementos estén presentes en alto grado, no siempre causarán el efecto deseado. Ello puede verse en sendos ejemplos que afectan a Federico el Grande y a Bonaparte, quienes pueden ser considerados como los generales que usaron esos medios con mayor despliegue de talento. Cuando Federico el Grande se precipitó desde Bauzen sobre Lascy, en julio de 1760, y atacó luego Dresde, no ganó ningún terreno en todo ese intervalo, sino que más bien empeo­ró su situación de forma notable, ya que, mientras tanto, la forta­leza de Glatz cayó en manos del enemigo[4]. Por su parte, cuando Bonaparte se abalanzó en 1813 por dos veces repentinamente desde Dresde contra Blücher, para no mencionar la invasión de Bohemia desde la Alta Lusacia, en ninguna de las dos ocasiones alcanzó el objetivo deseado. Fueron golpes en el aire, que sólo le costaron tiempo y potencia y podrían haberlo colocado en el mismo Dresde en una posición peligrosa.

En consecuencia, una sorpresa que alcance un elevado gra­do de éxito tampoco proviene, en este terreno, de la mera activi­dad, la energía y la resolución del comandante en jefe. Debe ver­se favorecida por otras circunstancias. En forma alguna negamos que pueda tener éxito; sólo deseamos relacionarla con la necesi­dad de que concurran circunstancias favorables, que, por su­puesto, no se presentan con demasiada frecuencia, y que rara vez pueden ser producidas por el comandante en jefe.

Los mismos generales que hemos mencionado nos propor­cionan un ejemplo extraordinario sobre ello. Consideraremos pri­mero a Bonaparte en su famosa acción contra el ejército de Blü­cher, en 1814, cuando, separado del ejército principal, éste se di­rigía a lo largo del Marne río abajo. Una marcha de dos días para sorprender al enemigo difícilmente podría haber dado mejores resultados. El ejército de Blücher, desplegado sobre un terreno equivalente a la distancia recorrida en una marcha de tres días, fue derrotado parte a parte, y sufrió una pérdida igual a la que provoca la derrota en una batalla más importante. Esto fue debi­do, por completo, al efecto de la sorpresa, porque, si Blücher hubiera imaginado que la posibilidad de un ataque de Bonaparte se hallaba tan cercana, habría organizado su marcha de forma completamente diferente. El resultado debe ser atribuido al error en que cayó Blücher. Por supuesto, Bonaparte desconocía estas circunstancias, por lo que, en lo que a él respecta, el éxito tiene que achacarse a la intervención de la buena fortuna.

Algo semejante ocurrió en la batalla de Liegnitz, en 1760. Federico el Grande alcanzó esta victoria admirable al cambiar, durante la noche, la posición que había conquistado justamente un momento antes. Con esto Laudon fue tomado completamente por sorpresa, y el resultado fue la pérdida en sus filas de setenta piezas de artillería y 10.000 hombres. Aunque Federico el Gran­de había adoptado en esa época el principio de avanzar y retro­ceder, para impedir con ello el planteamiento de una batalla, o por lo menos para desconcertar al enemigo, sin embargo, los cambios introducidos en la noche del 14-15 no fueron realizados exactamente con esa intención, sino porque la posición del 14 no le satisfacía, como declaró el mismo rey. Por lo tanto, aquí también el azar desempeñó un gran papel. El resultado no ha­bría sido el mismo sin la feliz coincidencia del ataque y del cam­bio de posición durante la noche.

También en el terreno supremo de la estrategia existen al­gunos ejemplos de sorpresas que han dado lugar a importantes resultados. Citaremos solamente las brillantes marchas del Gran Elector contra los suecos, desde Franconia hasta Pomerania y desde el Mark (Brandeburgo) hasta el Pregel, en la campaña de 1757. Y el famoso paso de los Alpes efectuado por Bonaparte en 1800. En este último caso, un ejército entero capituló dejando atrás todo su equipo de guerra; y en 1757, otro ejército estuvo a punto de abandonar todos sus pertrechos y darse por vencido. Por último, como ejemplo de acción totalmente inesperada, po­demos citar la invasión de Silesia por Federico el Grande. Culmi­nantes y arrolladores fueron los éxitos en todos estos casos, pero estos acontecimientos no son corrientes en la historia, si no in­cluimos en ellos los casos en que un Estado, por falta de activi­dad y energía (Sajonia en 1756 y Rusia en 1812), no completó a tiempo sus preparativos.

Todavía resta una observación a hacer referente a la esen­cia de la cuestión.

La sorpresa sólo puede ser efectuada por la parte que dicta la ley a la otra; y el que realiza la acción justa dicta esta ley. Si sorprendemos al enemigo con un despliegue erróneo, entonces, en lugar de obtener un buen resultado, podriamos tener que so­portar un fuerte contrataque. En todo caso, el adversario no pre­cisará prestar mucha atención a nuestra sorpresa, porque habría encontrado en nuestro mismo error el medio de evitar la acción adversa. Como la ofensiva contiene una acción positiva mucho mayor que la defensiva, la sorpresa encontrará por lo tanto un lugar más idóneo en el ataque, pero de ninguna manera de for­ma exclusiva, como veremos más adelante. Pueden producirse sorpresas mutuas tanto en la ofensiva como en la defensiva, y entonces el que sepa acertar será el que triunfe.

Esto debería ser así, pero la vida práctica no sigue exacta­mente esta línea, por una razón muy simple. Los efectos morales que acarrea la sorpresa transforman a menudo el peor de los ca­sos en uno favorable para el lado que disfruta de su asistencia, y no permiten al otro tomar la decisión adecuada. Aquí, más que en ninguna otra parte, tenemos en cuenta no sólo al comandante en jefe principal, sino a cada uno de los individuos, porque la sorpresa surte el efecto muy peculiar de desatar violentamente el vínculo de unión, de modo que aflora rápidamente la individua­lidad de cada jefe por separado.

En gran medida depende el resultado de la relación general que las dos partes guardan entre sí. Si uno de los bandos, gracias a una superioridad moral de conjunto, es capaz de intimidar e imponerse al otro, entonces podrá usar la sorpresa con mayor éxito, y hasta logrará buenos resultados allí donde en realidad le acechaba el desastre.

Capítulo X

LA ESTRATAGEMA

La estratagema presupone una intención oculta y, por lo tanto, es opuesta al modo de obrar recto, simple y directo, del mismo modo que la respuesta ingeniosa se opone a la argumen­tación directa. Por lo tanto, no tiene nada en común con los me­dios de persuasión, del interés y de la vehemencia, pero tiene mucho que ver con el engaño, porque éste también oculta su in­tención. Incluso es un engaño en sí misma, pero sin embargo di­fiere de lo que comúnmente se considera como tal, por la razón de que no constituye una directa violación de una promesa. Quien emplee la estratagema deja que la persona a la que desea engañar cometa por sí misma los errores del entendimiento que, al final, confluyendo en un efecto, modifican de pronto la natu­raleza de las cosas ante sus ojos. Por lo tanto, podemos decir que así como la respuesta ingeniosa es una prestidigitación basa­da en las ideas y los conceptos, del mismo modo la estratagema es una prestidigitación con los modos de obrar.

A primera vista parece como si, no sin justificación, la estra­tegia hubiera derivado su nombre de la estratagema y que, pese a todos los cambios aparentes y reales que ha sufrido la guerra desde la época de los griegos, este término indicara todavía su verdadera naturaleza. Si confiamos a la táctica la tarea de asestar realmente el golpe, el encuentro propiamente dicho, considera­remos a la estrategia como el arte de usar con habilidad los me­dios concernientes a ello. Así, además de las fuerzas del espíritu, tales como una ambición que suele actuar como un resorte, o la voluntad enérgica, que se somete con dificultad, etc., no parece existir otro don subjetivo de la naturaleza que sea tan apropiado como la estratagema para guiar e inspirar la acción estratégica. La tendencia general a la sorpresa, tratada en el capítulo anterior, lleva a esta conclusión, porque existe un grado en la estratage­ma, aunque sea muy pequeño, que se encuentra en el funda­mento de todo intento de sorpresa.

Pero por más que deseemos ver que los que actúan en la guerra se eclipsen mutuamente en su astucia, habilidad y capacidad de estratagema, tenemos que admitir, sin embargo, que tales cualidades se ponen muy poco de manifiesto en la historia, y ra­ramente han logrado abrirse camino entre el cúmulo de aconte­cimientos y circunstancias.

La razón de ello puede percibirse con bastante facilidad y resulta casi idéntica a la del tema del capítulo precedente.

La estrategia no conoce otra actividad que los preparativos para el encuentro, junto con las medidas que se relacionan con ellos. A diferencia de la vida común, no se ocupa de acciones que consisten simplemente en palabras, es decir, declaraciones, enunciados, etc. Pero es con estos medios, nada difíciles de ob­tener, con los que la persona que echa mano de la estratagema suele embaucar a la gente.

Lo que en la guerra cabe considerar como similar, como son los planes y las órdenes enunciadas sólo para salvar las apa­riencias, los falsos informes divulgados a propósito para que lle­guen a oídos del enemigo, etc., tiene por lo general un efecto tan pequeño en el campo de la estrategia, que sólo se recurre a ello en casos particulares, surgidos de manera espontánea. Por lo tanto, no puede ser considerado como una actividad libre ema­nada de la persona que actúa.

Pero representaría un gasto considerable de tiempo y de fuerzas llevar a cabo ciertas medidas, como son los preparativos para un encuentro, hasta un grado tal que pudiera producir una impresión sobre el enemigo; por supuesto, cuanto mayor tuviera que ser la impresión, mayor sería el gasto. Pero como casi nunca estamos dispuestos a realizar el sacrificio requerido, muy pocas de las llamadas demostraciones producen en la estrategia el efec­to deseado. En realidad, resulta peligroso usar fuerzas considera­bles durante cualquier lapso de tiempo sólo como apariencia, porque siempre existe el riesgo de que esto sea efectuado en va­no, y que entonces estas fuerzas puedan estar faltando en el punto decisivo.

La persona que actúa en la guerra conoce siempre esta pro­saica verdad y, por lo tanto, no está interesada en participar en este juego de ágil astucia. La amarga seriedad que entraña la ne­cesidad obliga generalmente a la acción directa, de modo que no hay lugar para ese juego. En una palabra, las piezas que se en­cuentran sobre el tablero de ajedrez estratégico carecen de esa agilidad que constituye uno de los elementos de la astucia y la estratagema.

La conclusión a extraer es que, para el general en jefe, el discernimiento correcto y penetrante constituye una cualidad mucho más necesaria y útil que la estratagema, aunque ésta no sea nociva mientras no se lleve a cabo a expensas de las cualida­des del espíritu, cosa que se produce demasiado a menudo.

Pero cuanto más se debiliten las fuerzas que gobiernan la estrategia, tanto más se adaptarán para la estratagema, de modo que ésta se ofrece como último recurso para las fuerzas muy dé­biles y pequeñas, en momentos en que ni la prudencia ni la sa­gacidad llegan a bastarles y todas las artes parecen abandonarlas. Cuanto más desesperada sea la situación y más se concentre to­do en un golpe temerario, tanto más dispuesta estará la estrata­gema en secundar a la audacia. Desprovistas de todo cálculo ul­terior, liberadas de toda retribución subsiguiente, la audacia y la estratagema podrán reforzarse mutuamente y concentrar en un solo punto un rayo imperceptible que pueda servir de destello para prender una llama.

Capítulo XI

CONCENTRACIÓN DE FUERZAS EN EL ESPACIO

La mejor estrategia consiste en ser siempre muy fuerte, pri­mero en un sentido general, y luego en el punto decisivo. Por lo tanto, aparte del esfuerzo en crear las fuerzas suficientes y que no siempre corresponde al general en jefe, no hay ley más sim­ple y más imperativa para la estrategia que la de mantener con­centradas las fuerzas. Nada tiene que ser separado del conjunto principal, a menos que lo exija algún objetivo perentorio. Nos mantenemos firmes en este criterio y lo consideramos como guía en la que se puede y se debe confiar. Veremos muy pronto sobre qué bases razonables puede ser realizada la separación de fuer­zas. Comprobaremos entonces que este principio no puede pro­ducir en todas las guerras los mismos resultados generales, sino que éstos difieren de acuerdo con los medios y el fin.

Parece increíble, y sin embargo ha sucedido cientos de ve­ces, que unas fuerzas puedan haber sido divididas y separadas solamente a causa de una adhesión nebulosa a ciertas costumbres tradicionales, sin que se supiera claramente la razón por la cual se actuaba de esa forma.

Si se reconoce como norma la concentración de toda la fuerza, y toda división y separación como la excepción que tiene que ser justificada, no sólo se evitará por completo ese desatino, sino que también serán eliminadas muchas de las razones erró­neas que conducen a separar a las fuerzas.

Capítulo XII

CONCENTRACIÓN DE FUERZAS EN EL TIEMPO

Abordaremos aquí una concepción que, cuando se aplica a la vida activa, contribuye a crear una serie de ilusiones engaño­sas. Por lo tanto, consideramos que es necesario formular una definición clara de la idea y de su desarrollo, y confiamos en que nos sea permitido efectuar otro breve análisis.

La guerra es el choque de unas fuerzas opuestas entre sí, de lo que resulta, en consecuencia, que la más fuerte no sólo destruye a la otra, sino que la arrastra en su movimiento. Básica­mente, esto no admite la acción sucesiva de fuerzas, sino que es­tablece como ley principal de la guerra la aplicación simultánea de todas las fuerzas destinadas a intervenir en el choque.

Esto es así en la realidad, pero sólo en la medida en que la lucha tenga también una semejanza real a un choque mecánico. Siempre que consista en una duradera acción recíproca de fuer­zas destructivas podremos imaginar por supuesto la acción suce­siva de esas fuerzas. Este es el caso en la táctica, principalmente porque las armas de fuego forman la base de toda táctica, pero también por otras razones. Si en un encuentro con armas de fue­go se utilizan 1.000 hombres contra 500, entonces el total de las pérdidas será la suma de las sufridas por las fuerzas enemigas y por las nuestras. Mil hombres disparan dos veces más tiros que quinientos hombres, pero los disparos alcanzarán más a los 1.000 que a los 500, porque hemos de suponer que permanecen en un orden más cerrado que estos últimos. Si supusiéramos que el número de impactos es doble, entonces las pérdidas en cada bando serían iguales. De los 500 habría, por ejemplo, 200 heri­dos, y de los 1.000 habría la misma cantidad; ahora bien, si los 500 han mantenido otro cuerpo de igual número en reserva, completamente alejado del fuego, entonces ambos bandos ten­drían 800 hombres disponibles; pero de éstos, por un lado per­manecerían 500 frescos, completamente equipados con municio­nes y en posesión de su fuerza y de su vigor; por el otro lado habría sólo 800, todos igualmente desorganizados, sin municiones suficientes y con su fuerza física debilitada. La suposición de que 1.000 hombres, sólo debido a que su número fuera mayor sufriesen pérdidas dos veces mayores que las que en su lugar habrían experimentado 500 no es por supuesto correcta; en con­secuencia, tiene que ser considerada como una desventaja la pérdida mayor que sufre el bando que ha mantenido en reserva la mitad de su fuerza. Además, ha de admitirse que, en la mayo­ría de los casos, los 1.000 hombres podrían obtener al pronto la ventaja de hacer abandonar su posición al adversario y obligarlo a retirarse. Pero si estas dos ventajas son equivalentes o no a la desventaja de encontrarse con 800 hombres desorganizados en cierta medida por el encuentro, que se oponen a un enemigo que al menos es materialmente más débil en número y que cuenta con 500 hombres completamente frescos, es una cuestión que no podrá ser decidida por medio de nuevos análisis. Debe­mos aquí confiar en la experiencia, y será raro encontrar un ofi­cial con un cierto historial bélico que, en la mayoría de los ca­sos, no conceda la ventaja al bando que cuenta con las tropas frescas.

De esta forma se hace evidente cómo puede ser desventa­joso el empleo de demasiadas fuerzas en un encuentro; porque, sean cuales fueren las ventajas que en el primer momento pueda proporcionar la superioridad, luego se tendrá que pagar caro por ello.

Pero este peligro llega sólo hasta donde alcanzan el desor­den, el estado de desintegración y la debilidad, en una palabra, hasta la crisis que todo encuentro acarrea, incluso para el vence­dor. Mientras dure ese estado de debilidad será decisiva la apari­ción de cierto número adecuado de tropas frescas.

Pero donde termina este efecto desintegrante de la victoria, y por lo tanto sólo resta la superioridad moral que esa misma proporciona, ya no es posible que las tropas frescas subsanen esas pérdidas, pues se verían arrastradas por el movimiento ge­neral. Un ejército derrotado no puede ser conducido de improvi­so a la victoria mediante la aportación de fuertes reservas. Nos encontramos aquí en el origen de la diferencia más esencial en­tre táctica y estrategia.

Los resultados tácticos, obtenidos durante el encuentro, y antes de su culminación, se encuentran en su mayor parte dentro de los límites de ese período de desintegración y debilidad. Pero el resultado estratégico, es decir, el resultado del encuentro con­siderado en su conjunto, el resultado de la victoria alcanzada, ya sea grande o pequeña, se halla fuera de los límites de ese perío­do. Solamente cuando los resultados de los encuentros parciales se han combinado en un todo independiente se logra el éxito es­tratégico, pero entonces el estado de crisis ha terminado, las fuerzas han recobrado su forma original y sólo han sido debilita­das en la medida de las pérdidas reales que hayan sufrido.

La consecuencia de esta diferencia es que la táctica puede usar las fuerzas de forma sucesiva, mientras que la estrategia lo hace de modo simultáneo.

Si, en la táctica, no puedo decidir todo por el primer éxito obtenido, si he de temer el momento próximo, resulta lógico que emplee mi fuerza sólo lo necesario para obtener el éxito del pri­mer momento y que mantenga el resto fuera de los efectos de la lucha, tanto por las armas como en el cuerpo a cuerpo, para po­der oponer tropas frescas a las tropas frescas del enemigo o ven­cer con ellas a las que están debilitadas. Pero no sucede así en la estrategia. En parte, como acabamos de demostrar, porque no tiene tantos motivos para temer una reacción después de haber logrado el éxito, ya que con ese éxito la crisis llega a su fin; y en parte porque no resulta indefectible que todas las fuerzas em­pleadas estratégicamente estén debilitadas. Sólo lo están por la estrategia las que tácticamente hayan entrado en conflicto con la fuerza del enemigo, o sea, las que hayan intervenido en un en­cuentro parcial. En consecuencia, a menos que la táctica las haya gastado inútilmente, sólo se debilitan en la medida en que es inevitablemente necesario, pero de ningún modo todas las que estratégicamente se hallen en conflicto con el enemigo. Muchas unidades que debido a su superioridad numérica general han in­tervenido muy poco o nada en la lucha, cuya mera presencia ha contribuido a determinar una decisión, después de ésta se en­contrarán tal como estaban con anterioridad y se hallarán tan preparadas para intervenir en nuevas iniciativas como si hubie­ran permanecido completamente inactivas. Resulta de por sí evi­dente en qué gran medida estas unidades, que constituyen nues­tra superioridad, pueden contribuir a alcanzar el éxito total; en realidad, es fácil ver que incluso pueden hacer que disminuya considerablemente la pérdida de fuerzas de nuestro bando, com­prometido en el conflicto táctico.

Por lo tanto, si en la estrategia la pérdida no se acrecienta con el número de tropas empleadas, sino que, por el contrario, a menudo incluso disminuye, y si, como resultado lógico, la deci­sión a nuestro favor es más segura por ese medio, se deducirá, naturalmente, que nunca serán demasiadas las fuerzas que poda­mos emplear y que, en consecuencia, las que se encuentran disponibles para la acción deberán ser utilizadas de forma simultá­nea.

Pero deberemos justificar esta proposición sobre otra base. Hasta aquí sólo nos hemos referido al combate mismo, que es la actividad realmente propia de la guerra. Pero también deben ser tenidos en cuenta los hombres, el tiempo y el espacio, que apa­recen como agentes de esa actividad, e igualmente han de ser considerados los efectos de su influencia.

La fatiga, el esfuerzo y las privaciones constituyen en la guerra un agente especial de destrucción, que no pertenece esencialmente al combate, pero que está ligado con él en forma más o menos inseparable y que, por supuesto, corresponde de modo especial a la estrategia. Sin duda existen también en la tác­tica, y tal vez en grado más elevado; pero desde el momento en que la duración de las acciones tácticas es más corta, los efectos del esfuerzo y de la penuria no podrán ser tomados en cuenta. Por el contrario, en la estrategia, donde el tiempo y el espacio asumen una escala mayor, su influencia no sólo es siempre digna de atención, sino que muy a menudo resulta completamente de­cisiva. El hecho de que un ejército victorioso pierda muchos más hombres por enfermedad que en el campo de batalla no es de ningún modo excepcional.

Por lo tanto, si en la estrategia consideramos este ámbito de destrucción en la misma forma en que hemos tenido en cuenta la lucha por las armas y cuerpo a cuerpo en la táctica, podremos entonces imaginar perfectamente que todo lo que se exponga a ese nivel de destrucción habrá de ser debilitado, al final de la campaña o en cualquier otro período estratégico, lo que torna decisiva la llegada de fuerzas nuevas. En consecuencia, podemos deducir que existe un motivo, tanto en el primer caso como en el segundo, para esforzarse en obtener el primer éxito con las menores fuerzas posibles, y poder así reservar esta nueva fuerza para intentar alcanzar el éxito final.

Para determinar exactamente el valor de esta conclusión, que en numerosos casos de la vida real tendrá grandes visos de verdad, debemos dirigir nuestra atención a las ideas aisladas que contiene. En primer lugar, no debemos confundir la idea de un simple refuerzo con la de unas tropas frescas no utilizadas. Exis­ten pocas campañas en cuyo tramo final no sería sumamente de­seable cierto aumento de las fuerzas, tanto para un bando como para el otro, y en realidad parecería decisivo; pero este no es el caso aquí, porque ese aumento no sería necesario si la fuerza hubiera sido suficientemente grande al comienzo del encuentro.

Sin embargo, sería ir en contra de toda experiencia suponer que un ejército recién llegado al campo de batalla haya de ser tenido en más alta estima, desde el punto de vista del valor mo­ral, que el ejército que se encontraba ya en aquél, como si una reserva táctica tuviera que ser más valorada que un cuerpo de tropas baqueteado en el encuentro. Así como una campaña in­fortunada afecta al valor y a la fuerza moral del ejército, del mis­mo modo una campaña victoriosa acrecienta ese valor. Por lo tanto, en la mayoría de los casos, estas influencias se equilibran entre sí, y entonces queda el hábito para la guerra como ganan­cia adicional. Además, debemos considerar aquí antes las campa­ñas con un resultado favorable que las que no lo ofrecen, por­que, si bien el curso de estas últimas puede ser previsto con ma­yor probabilidad, las fuerzas faltarán ya de todos modos y, por lo tanto, no puede pensarse en reservar parte de ellas para su uso ulterior.

Habiendo dejado establecido este punto, queda todavía la siguiente cuestión: ¿las pérdidas que sufre una fuerza por la fati­ga y las penurias se acrecientan en proporción a la magnitud de esa fuerza, como sucede en el encuentro? A esto tenemos que contestar negativamente.

La fatiga proviene en mayor grado de los peligros que en todo momento acechan y se hacen más o menos presentes en el acto de la guerra. Enfrentarse con estos peligros en todos los puntos, avanzar con seguridad en el camino trazado, es el objeto de gran número de actividades que constituyen el dispositivo táctico y estratégico del ejército. Este dispositivo encierra tanta más dificultad cuanto más débil sea el ejército, y resulta más fácil a medida que aumenta la superioridad numérica sobre la del enemigo. ¿Quién dudará de ello? La campaña contra un enemigo mucho más débil costará menos fatiga, por lo tanto, que contra un enemigo igualmente fuerte o mucho más fuerte.

Esto basta en cuanto a la fatiga. Sucede algo diferente con las penurias. Estas consisten principalmente en dos cosas: falta de alimento y falta de refugio para las tropas, ya sea por aloja­miento en cuarteles o en campamentos adecuados. Por supuesto, cuanto mayor sea el número de hombres que se encuentran en un lugar, mayores podrán ser estas deficiencias. Pero, ¿no pro­porciona también la superioridad numérica mejores medios para ocupar más lugar y, por lo tanto, para conseguir más medios de subsistencia y de cobijo?

Si en su avance hacia el interior de Rusia, en 1812, Bona­parte concentró su ejército en grandes masas en un único desplazamiento, de forma nunca vista hasta entonces, y de este mo­do produjo una penuria igualmente única, debemos atribuirlo a la aplicación de su principio de que, por fuerte que sea el ejérci­to en el punto decisivo, nunca lo es demasiado. Estaría fuera de lugar decidir aquí si en ese caso no extremó demasiado el alcan­ce de ese principio. Pero es evidente que si se hubiera propues­to evitar las penalidades así causadas sólo habría tenido que avanzar en un frente más amplio. No era precisamente lugar pa­ra este fin lo que faltaba en Rusia, y en muy pocos casos sería escaso en cualquier otra parte. Por lo tanto, ello no puede servir como prueba de que el empleo simultáneo de fuerzas muy supe­riores produzca obligadamente una mayor debilidad. Pero su­pongamos ahora que el viento, el estado del tiempo y las fatigas inevitables de la guerra hubieran producido pérdidas incluso en esa parte del ejército que, como fuerza suplementaria, pudiese haberse reservado para un uso ulterior en cualquier caso. Enton­ces, pese a la eventual ayuda que podía proporcionar al conjun­to dicha fuerza, nos vemos obligados, no obstante, a examinar de forma amplia y general toda la situación, y por lo tanto, pre­guntarnos: ¿afectará esa disminución a la compensación de fuer­zas que tenemos que ser capaces de lograr a través de más de un medio, gracias a nuestra superioridad numérica?

Pero todavía queda por hacer mención de uno de los pun­tos más importantes. En un encuentro limitado, cabe determinar aproximadamente, sin mucha dificultad, la fuerza necesaria para obtener el resultado que ha sido planeado, y, en consecuencia, del mismo modo determinaremos la que sería superflua. En la estrategia esto es prácticamente imposible, porque el éxito estra­tégico no tiene unos objetivos tan bien definidos ni unos límites tan circunscritos como el táctico. Así, lo que en la táctica puede considerarse como exceso de fuerzas, en la estrategia tiene que adoptarse como un medio de ampliar el éxito, si se presenta la oportunidad. Con la magnitud de ese éxito aumenta al mismo tiempo el porcentaje de ganancia, y de esta forma la superiori­dad numérica pronto alcanzaría un punto que nunca hubiera proporcionado la más esmerada economía de fuerzas.

De resultas de su enorme superioridad numérica, Bonapar­te pudo llegar hasta Moscú en 1812 y apoderarse de esa capital. Si, además de esto, por medio de su superioridad hubiera logra­do aniquilar completamente al ejército ruso, con toda probabili­dad habría podido imponer en Moscú una paz que hubiese sido mucho menos posible por cualquier otra vía. Este ejemplo sirve sólo para explicar la idea, no para probarla, ya que ello requeri­ría su demostración circunstancial, y no es este el lugar adecua­do para efectuarla.

Todas estas reflexiones se refieren tan sólo a la idea del empleo sucesivo de fuerzas y no a la concepción de la reserva propiamente dicha, que aquéllas en realidad contemplan, pero que está relacionada con otras ideas, como veremos en el capítu­lo siguiente.

Lo que deseamos dejar aquí sentado es que, mientras en la táctica la fuerza militar sufre, por la simple duración de su em­pleo real, una disminución de poder, y, por lo tanto, el tiempo aparece como un factor determinante en el resultado, no es este básicamente el caso de la estrategia. Los efectos destructivos, que también produce el tiempo sobre las fuerzas de la estrategia, disminuyen en parte por el volumen de esas fuerzas, y en parte mejoran en otro sentido. En la estrategia, por lo tanto, el objetivo no puede consistir en convertir el tiempo en un aliado a favor, al hacer entrar a las tropas en acción de manera sucesiva.

Decimos «a favor» porque, a causa de otras circunstancias que también produce, pero que son diferentes, el valor que el tiempo pueda tener, o más bien el que debe tener necesariamen­te para una de las partes, puede variar en cada caso, pero nunca será insignificante o irrelevante. Esto es una cuestión que consi­deraremos más adelante.

Por lo tanto, la ley que estamos tratando de establecer es la de que todas las fuerzas que se disponen y destinan para alcan­zar un objetivo estratégico deberían ser aplicadas a él de modo simultáneo. Y esta aplicación será tanto más completa cuanto más concentrado esté todo en un acto único y en un solo mo­mento.

Pero en la estrategia se produce, sin embargo, una presión posterior y una acción sucesiva que obligan a descuidar lo me­nos posible el que se erige en el medio esencial para alcanzar el éxito final. Nos referimos al desarrollo continuo de nuevas fuer­zas. También esto constituye el tema de otro capítulo, y sólo alu­dimos aquí a ello para salir al paso de la impresión que pueda producir en el lector el hecho de no mencionarlo.

Consideraremos ahora un punto que se relaciona muy es­trechamente con lo que hemos estado tratando y cuyo conoci­miento arrojará completa luz sobre el conjunto: se trata de las re­servas estratégicas,

Capítulo XIII

LAS RESERVAS ESTRATÉGICAS

Las reservas tienen dos objetivos que se diferencian clara­mente uno del otro; o sea, en primer lugar renovar y prolongar el combate, y en segundo ser usadas en caso de cualquier acontecimiento imprevisto. El primer objetivo implica la utilidad de la aplicación sucesiva de fuerzas y, a causa de ello, no puede apa­recer en la estrategia. Los casos en los que un cuerpo de ejército es enviado a cierto lugar que está a punto de ser conquistado tienen que ser incluidos, evidentemente, en la categoría del se­gundo objetivo, ya que la resistencia que cabe encontrar en él pudo no haber sido suficientemente prevista. Sin embargo, un cuerpo de ejército que sólo tuviera por objeto prolongar el com­bate, y que con ese propósito se mantuviera en la retaguardia, estaría situado fuera del alcance del fuego, pero permanecería en el encuentro bajo el mando y a disposición del comandante en jefe y, por consiguiente, constituiría una reserva táctica y no es­tratégica.

Pero también puede surgir en la estrategia la necesidad de disponer de una fuerza para hacer frente a un acontecimiento imprevisto y, en consecuencia, también pueden existir reservas estratégicas, pero sólo allí donde se conciba la posibilidad de un acontecimiento de esa naturaleza. En la táctica, donde las medi­das que haya tomado el enemigo generalmente se descubren só­lo de forma visual directa y pueden ser encubiertas por bosques o valles en terrenos ondulados, siempre habremos de estar pre­parados de algún modo para afrontar la posibilidad de que se produzcan acontecimientos imprevistos, a fin de poder fortalecer los puntos que se hayan debilitado y modificar, de hecho, la dis­posición de nuestras tropas, de manera que su emplazamiento corresponda mejor al que hayan adoptado las enemigas.

Tales casos se producirán asimismo en la estrategia, porque el acto estratégico se halla directamente ligado al acto táctico. En la estrategia se adoptan también muchas medidas como consecuencia de la comprobación visual, por los informes inciertos que llegan de día en día o aun de hora en hora y, en último ex­tremo, por los resultados reales de los encuentros. Por lo tanto, una condición esencial del mando estratégico es que las fuerzas deben ser mantenidas en reserva para ser usadas más tarde, de acuerdo con el grado de incertidumbre existente.

Como es sabido, esto es algo que se presenta constante­mente en la defensa en general, pero en particular en la defensa de ciertas partes del terreno, como son los ríos, las colinas, etc.

Pero esta incertidumbre disminuye proporcionalmente a medida que la actividad estratégica se aparta de la táctica y cesa casi por completo allí donde limita con la política.

La dirección en que el enemigo conduce sus columnas al campo de batalla sólo puede ser percibida por la visión directa. Por algunos preparativos que son revelados poco tiempo antes sabemos en qué punto el enemigo intentará cruzar el río; la par­te desde la cual invadirá nuestro país es anunciada generalmente por todos los periódicos antes de que se haya disparado un solo tiro. Cuanto más grande es la magnitud de la medida, menos po­sible será producir una sorpresa con ella. El tiempo y el espacio son tan considerables, las circunstancias que determinan la ac­ción son tan públicas y están tan poco sujetas a cambios, que el resultado, o bien es conocido a tiempo, o bien puede ser descu­bierto con toda certeza.

Por otro lado, el uso de reservas en este campo de la estra­tegia, en el caso de que una estrategia fuera realmente posible, será también siempre menos eficaz cuanto más general tienda a ser la naturaleza de la medida.

Hemos visto que la decisión de un encuentro parcial ape­nas implica algo en sí misma, pero que todos los encuentros par­ciales sólo encuentran su solución completa en la decisión del encuentro total.

Pero incluso esta decisión del encuentro total sólo tiene una importancia relativa, con gradaciones muy diferentes, según que la fuerza sobre la que ha sido obtenida la victoria constituya una parte más o menos amplia e importante del todo. La pérdida de una batalla por un cuerpo de ejército puede ser subsanada con la victoria de un ejército en su conjunto. Incluso la pérdida de una batalla por un ejército puede ser contrarrestada no sólo por una victoria obtenida en una batalla más importante, sino que podría ser transformada en un acontecimiento afortunado (los dos días de Kulm, el 29 y 30 de agosto de 1813). Nadie pue­de ponerlo en duda; pero es completamente evidente que el pe­so de cada victoria (el resultado afortunado de cada encuentro total) es tanto más independiente cuanto más importante resulte la parte conquistada y que, en consecuencia, disminuye en la misma proporción la posibilidad de remediar la pérdida por los acontecimientos subsecuentes. Tendremos que examinar esto con más detalle en otro lugar, pero por el momento bastará con haber llamado la atención sobre la existencia incuestionable de esta progresión.

Por último, si añadimos a estas dos consideraciones la ter­cera, o sea, si en la táctica el uso sucesivo de las fuerzas siempre traslada la decisión principal hacia el final de toda la acción, por el contrario, en la estrategia, la ley del uso simultáneo de las fuerzas invita a dejar que la decisión principal (que no necesita ser la final) tenga lugar casi siempre al principio de la acción principal.

Con estas tres conclusiones contamos, pues, con un funda­mento suficiente para considerar que las reservas estratégicas son tanto más superfluas, inútiles y peligrosas cuanto más general sea su propósito.

No resulta difícil determinar el punto donde comienza a ha­cerse insostenible la idea de las reservas estratégicas: ese punto es la decisión principal. Todas las fuerzas tienen que ceñirse a la decisión principal y es absurda cualquier reserva (fuerzas activas disponibles) que sólo esté destinada a ser usada después de esa decisión.

Por lo tanto, así como la táctica dispone en sus reservas no sólo de un medio para enfrentar disposiciones imprevistas de parte del enemigo, sino también para subsanar las que nunca pueden ser previstas, o sea, el resultado del encuentro, en caso de ser éste desfavorable, la estrategia, por el contrario, al menos en lo que al fin principal se refiere, debe renunciar al uso de es­tos medios. Como regla general, sólo en algunos casos, por me­dio del movimiento de tropas de un lugar a otro, la estrategia puede remediar las pérdidas sufridas en cierto punto por venta­jas adquiridas en otro. La idea de prepararse de antemano para esos reveses, manteniendo las fuerzas en reserva, no debe nunca ser tomada en consideración en la estrategia.

Hemos señalado como absurda la idea de una existencia de reservas estratégicas que no estén en disposición de cooperar en la decisión principal. Como esto está tan fuera de duda, no habríamos sido conducidos al análisis que hemos hecho en estos dos capítulos si no fuera porque esa idea aparece con frecuencia enmascarada por otros conceptos y parece entonces tener una apariencia mejor.

Una persona la considera el colmo de la sagacidad y la cau­tela estratégicas; otra la rechaza y con ello la idea de cualquier clase de reservas, aun las de carácter táctico. Esta confusión de ideas se traslada a la vida real, y para demostrarlo sólo tenemos que recordar que Prusia, en 1806, dejó una reserva de 20.000 hombres acuartelada en el Mark (Brandeburgo), bajo el mando del príncipe Eugenio de Württemberg, que no pudo llegar al Saale a tiempo para prestar su colaboración, y que otra fuerza de 25.000 hombres, perteneciente al mismo poder militar, permane­ció en el este y el sur del país, a la espera de ser puesta en pie de guerra como reserva.

Estos dos ejemplos bastarían para rechazar la acusación de haber estado pugnando con molinos de viento.

Capítulo XIV

LA ECONOMÍA DE FUERZAS

El hilo de la razón, como ya hemos dicho, rara vez admite ser reducido por principios y opiniones a una mera línea. Siem­pre queda cierto margen. Es lo que sucede en todas las artes prácticas de la vida. Para las líneas de la belleza no existen absci­sas y ordenadas; los círculos y las elipses no se producen por medio de sus fórmulas algebraicas. Por lo tanto, la persona que actúa en la guerra debe confiar en un momento dado en el juicio instintivo y sutil que, fundado en la sagacidad natural y formado en la reflexión, encuentra la vía justa casi de manera inconscien­te; en otro momento debe simplificar la ley, reduciéndola a ras­gos distintivos sobresalientes que constituyen su regla, y, aun en otro, la rutina establecida debe pasar a ser la norma a la que ca­be adherirse.

Consideremos el principio de procurar continuamente la cooperación de todas las fuerzas o; en otras palabras, de cuidar constantemente que ninguna parte de ellas permanezca ociosa, como uno de esos rasgos distintivos simplificados o como un asidero para el espíritu. Será un mal administrador de sus fuerzas quienquiera que las mantenga en lugares donde su adaptación a las actuaciones del enemigo no les dé suficiente destinación, quien tenga parte de sus fuerzas sin ningún uso ––es decir, que les permita estar ociosas––, mientras que las del enemigo perma­necen en pie de guerra. En este caso existe un derroche de fuer­zas que es peor que su uso inapropiado. Si tiene que producirse una acción, la primera necesidad, entonces, sería que actuaran todas las partes, porque incluso la actividad más inadecuada ocupa y contrarresta una parte de las fuerzas del enemigo, mien­tras que las tropas completamente inactivas son neutralizadas en todo momento de forma total.

Es evidente que esta idea guarda relación con los principios contenidos en los tres últimos capítulos. Es la misma verdad, pe­ro considerada desde un punto de vista algo más amplio y resu­mida en una sola concepción.

Capítulo XV

EL ELEMENTO GEOMÉTRICO

En el arte de la fortificación, donde la geometría asume la dirección de casi todas las cosas, grandes o pequeñas, es donde puede verse en qué medida cabe ser usado el elemento o la for­ma geométrica como principio básico para la disposición de las fuerzas militares. También en la táctica ese elemento desempeña un gran papel, ya que constituye su base en el sentido más es­tricto de la teoría del movimiento de tropas. En la fortificación de campaña, lo mismo que en la teoría de las posiciones y del mo­do de atacarlas, rigen los ángulos y las líneas de ese elemento geométrico como si fueran codificadores que tuvieran que deci­dir la contienda. Muchas teorías han sido aquí mal aplicadas y otras constituyen simples banalidades. Sin embargo, incluso en la táctica actual, en la que el propósito de todo encuentro es el de cercar al enemigo, el elemento geométrico ha alcanzado nueva­mente una gran influencia. Pero en la táctica, donde todo es más movible, donde las fuerzas morales, los rasgos individuales y el azar asumen mayor importancia que en la guerra de asedio, el elemento geométrico nunca puede alcanzar el mismo grado de supremacía que logra en esta última. Su influencia es menor aún en la estrategia. Sin duda alguna, aquí también tienen gran in­fluencia la disposición de las tropas y la configuración de los países, pero el elemento geométrico no es tan decisivo como lo es en el arte de las fortificaciones, ni tan importante como en la táctica. La forma en que se manifiesta esta influencia sólo podrá ser mostrada más adelante en los puntos donde aparezca y me­rezca ser considerada. Aquí más bien procedemos a dirigir nues­tra atención hacia la diferencia que en esta cuestión existe entre la táctica y la estrategia.

En la táctica, el tiempo y el espacio disminuyen con rapidez hasta llegar a un mínimo absoluto. Si un cuerpo de ejército es atacado por el enemigo en el flanco y en la retaguardia, pronto se alcanzará un punto en el que la retirada ya no es factible, tal posición estará muy próxima a la imposibilidad total de continuar la lucha. Por lo tanto, ese ejército intentará rehuir esa difi­cultad o evitar caer en ella. Así, todos los recursos que se utilicen para lograr este propósito resultarán, desde el comienzo, muy eficaces, principalmente a causa del efecto moral que sus conse­cuencias producen en el enemigo. Por esta razón, la disposición geométrica de las fuerzas deviene un factor de máxima impor­tancia con vistas al resultado.

Esto sólo se manifiesta débilmente en la estrategia, debido a que abarca tiempos y espacios mayores. En efecto, en ella no nos precipitamos de un teatro de guerra al otro; y, a menudo, pasan semanas y meses antes de que pueda ser ejecutado un movimiento estratégico destinado a cercar al enemigo. Además, las distancias son tan grandes que, aun adoptando los mejores preparativos, la probabilidad de acertar al fin con el punto justo resulta escasa.

Por lo tanto, en la estrategia es mucho menor el alcance de tales recursos, o sea, el del elemento geométrico y, por la misma razón, será mucho mayor el efecto de la ventaja realmente obte­nida en cualquier punto. Esta ventaja tendrá tiempo de mostrar sus efectos antes de que sea superada o más bien neutralizada por golpes de efecto contrarios. En consecuencia, en la estrategia no vacilamos en considerar como verdad comprobada que todo depende más del número y de la magnitud de los encuentros victoriosos que de la forma general en que éstos se relacionan.

La teoría moderna ha tendido a adoptar como tema central un punto de vista justamente opuesto, porque de este modo ha supuesto que se otorgaba mayor importancia a la estrategia. En la estrategia se ha considerado que intervienen las funciones mentales más elevadas, y con ello se ha pensado ennoblecer la guerra y hacerla más científica, por así decir, mediante una nue­va substitución de ideas. Sostenemos que uno de los servicios más útiles que puede prestar toda teoría completa es el de poner de manifiesto esas conclusiones caprichosas, y como por lo ge­neral el elemento geométrico resulta la idea fundamental de la que provienen, hemos hecho expresamente hincapié en este punto.

Capítulo XVI

 SOBRE LA SUSPENSIÓN DE LA ACCIÓN EN LA GUERRA

Si consideramos a la guerra como un acto de destrucción mutua, debemos imaginar necesariamente que ambas partes rea­lizan por lo general algún progreso. Pero, al mismo tiempo, en relación con lo que corresponde a cada momento, hay que su­poner igualmente que una parte se mantiene a la espera y que sólo la otra avanza en realidad, porque las circunstancias nunca pueden ser absolutamente las mismas en ambos bandos o no pueden continuar siéndolo. Con el tiempo debe producirse un cambio, de lo que se deduce que el momento presente es más favorable para un bando que para el otro. Si suponemos que ambos comandantes en jefe tienen un conocimiento completo de esta circunstancia, entonces uno de ellos tendrá un motivo para la acción, que al mismo tiempo será para el otro motivo para la espera. De acuerdo con esto, los dos no podrán tener interés en avanzar al mismo tiempo, ni lo tendrán en mantenerse a la espe­ra al mismo tiempo. Esta exclusión mutua del mismo objetivo no se deduce aquí del principio de polaridad general y, por lo tan­to, no está en contradicción con la aseveración efectuada en el libro I, capítulo I, pero surge del hecho de que, en realidad, la misma cuestión llega a ser un motivo decisivo para uno y otro jefe, o sea, la probabilidad de mejorar su posición por medio de una acción futura, o la eventualidad de que aquélla empeore.

Pero incluso si entreviéramos que existe una igualdad per­fecta de las circunstancias a este respecto, o si los dos jefes cre­yesen que existe esa igualdad debido al conocimiento imperfecto de su mutua posición, la diferencia de objetivos políticos supri­miría esa posibilidad de suspensión. Por necesidad tenemos que dar por sentado que políticamente uno de los dos bandos ha de ser el agresor, porque ninguna guerra podría originarse de una intención defensiva por parte de ambos bandos. Pero el agresor es el que fija el objetivo positivo; el defensor, sólo el negativo. Al primero le corresponde entonces la acción positiva, porque sólo por ese medio podrá alcanzar el objetivo positivo; en los casos en que ambas partes estén precisamente en circunstancias simila­res, el agresor tendrá por tanto la obligación de actuar en virtud de su objetivo positivo.

Desde este punto de vista, la suspensión de la acción en la guerra se halla, estrictamente hablando, en contradicción con la que es la naturaleza de ésta, porque los dos ejércitos, al igual que dos elementos incompatibles, deben destruirse uno al otro incesantemente, del mismo modo que el agua y el fuego nunca pueden permanecer en equilibrio entre sí, sino que accionan y reaccionan mutuamente, hasta que uno de ellos desaparece por completo. ¿Qué diríamos de dos luchadores que permanecieran durante varias horas abrazados fuertemente sin hacer ningún movimiento? Por lo tanto, la acción en la guerra, como el reloj al que se le ha dado cuerda, se irá gastando en un movimiento constante. Pero, por salvaje que sea la naturaleza de la guerra, se encuentra sin embargo en la cadena de las debilidades humanas, y no asombrará a nadie la contradicción que vemos aquí: es de­cir, que el hombre busca y crea los peligros que teme al mismo tiempo.

Si encaramos la historia militar en general, encontraremos con tanta frecuencia precisamente lo contrario del avance ince­sante hacia el objetivo, que se nos hace patente que la suspen­sión y la inactividad son sin duda la condición normal del ejér­cito en medio de la guerra y que la acción constituye la excep­ción. Esto cabría provocar dudas sobre la justeza de la concep­ción que nos hemos formado. Pero si la historia militar nos lleva a estas dudas cuando se toma en cuenta el grueso de sus aconte­cimientos, las últimas series de estos acontecimientos confirma­rán la posición adoptada por nosotros. La guerra de la Revolu­ción francesa muestra palpablemente su realidad y prueba su ne­cesidad. En dicha guerra, y especialmente en las campañas de Bonaparte, la conducción de la guerra alcanzó ese grado ¡limita­do de energía que hemos representado como su ley natural y elemental. Por lo tanto, este grado es posible; y, si es posible, entonces es necesario.

¿Cómo podría alguien justificar de hecho, a la luz de la ra­zón, el gasto de fuerzas en la guerra si la acción no fuera el ob­jetivo? El panadero sólo calienta su horno si tiene una hogaza para introducir en él; los caballos sólo son enjaezados si se pre­tende proceder a la conducción. ¿Por qué entonces realizar el es­fuerzo enorme de una guerra, si no intentamos con ello producir nada más que esfuerzos similares de parte del enemigo?

Esto en cuanto a la justificación del principio general. Vol­vemos ahora a sus modificaciones, en la medida en que residan en la naturaleza de la cuestión y no dependan de casos especia­les.

Podemos mencionar aquí tres causas que aparecen como contrapesos implícitos e impiden el movimiento demasiado rápi­do e ininterrumpido de las ruedas de la máquina.

La primera, que produce la tendencia constante a la dila­ción y por esto llega a convertirse en una influencia retardadora, es la timidez natural y la falta de determinación que alberga la mente humana, una especie de fuerza de gravedad en el mundo moral que, sin embargo, se produce no por fuerzas de atracción, sino, por el contrario, de repulsión; es decir, por temor al peligro y a la responsabilidad.

Las condiciones normales tienen que aparecer como más penosas en la conflagración de la guerra; por lo tanto, los impul­sos deben ser más fuertes y han de repetirse con más frecuencia si el movimiento tiene que ser continuo. La simple concepción del objetivo por el que han sido empuñadas las armas rara vez basta para vencer esta fuerza resistente, y si en la cima no se ha­lla un espíritu emprendedor y belicoso que se sienta en la guerra como en su elemento natural, al igual que el pez en el agua, o si no presiona desde arriba alguna responsabilidad grande, la sus­pensión de la acción será la regla, y el avance la excepción.

La segunda causa es la imperfección del entendimiento y el juicio humanos, que es mayor en la guerra que en parte alguna, porque una persona difícilmente puede conocer con cierta exac­titud su propia posición de un momento a otro, y sólo puede presumir sobre una base débil la del enemigo, que permanece oculta. A menudo esto da lugar a que ambos bandos consideren un mismo objetivo como ventajoso, cuando en realidad debe predominar el interés de uno sobre el otro; es así, entonces, có­mo cada uno de ellos puede pensar que está en lo justo, si aguarda otro momento para actuar, como ya hemos expresado en el libro I, capítulo I.

La tercera causa engrana como una rueda dentada dentro de la maquinaria, produciendo de vez en cuando la suspensión completa, que es la fuerza suprema de la defensa. A puede sen­tirse demasiado débil para atacar a B, de lo que no se deduce que B sea bastante fuerte como para atacar a A. La suma de fuer­zas que otorga la defensa no sólo se pierde al iniciar la ofensiva, sino que, además, pasa al enemigo, del mismo modo que, si nos expresamos figuradamente, la diferencia de a + b y a - b es igual a 2b. Por lo tanto, puede suceder que ambas partes no sólo se sientan al mismo tiempo demasiado débiles para atacar, sino también que lo sean en realidad.

Así, en medio del mismo arte de la guerra, la perspicacia anhelante y el temor ante un peligro demasiado grande encuen­tran bases de opinión suficientes como para hacer valer sus de­rechos y aminorar la violencia propia de aquélla.

Sin embargo, estos factores difícilmente pueden explicar, sin ser violentos, las largas suspensiones que sufrían las acciones en las guerras primitivas, las cuales no se veían perturbadas por ninguna causa importante y en las que la inactividad consumía las nueve décimas partes del tiempo en que las tropas permane­cían en pie de guerra. Este fenómeno tiene que provenir, princi­palmente, de la influencia que ejercen en la conducción de la guerra las exigencias de un bando y las condiciones y sentimien­tos del otro, como hemos observado en el capítulo sobre la esencia y el objetivo de la guerra.

Estas cuestiones pueden adquirir tal preponderancia que lleguen a hacer de la guerra un asunto frío y carente de entusias­mo. A menudo la guerra no es más que una neutralidad armada o una actitud amenazadora destinada a entablar unas negociacio­nes, o un intento moderado de ganar alguna ventaja y esperar luego el resultado, o bien una obligación desagradable impuesta por una alianza y que se cumple en la forma menos onerosa po­sible.

En todos estos casos en que el impulso que motiva el inte­rés es débil y asimismo lo es el principio de hostilidad, en que no se desea causar gran daño al contrario, y tampoco éste es de temer, en suma, en donde no haya motivos poderosos que im­pulsen y presionen, los gobiernos no tenderán a violentar el jue­go. De ahí esa forma suave de propiciar una guerra, en la que se mantiene agazapado el espíritu hostil de una guerra verdadera.

De esta manera, cuanto más se transforme la guerra en una cuestión fría e irrelevante, tanto más llegará a estar su teoría des­provista del sostén y del soporte necesarios para el razonamien­to; lo necesario disminuye constantemente, lo accidental aumen­ta igualmente de forma constante.

Sin embargo, en este tipo de guerra actuará también cierta sutileza; en realidad, su acción se halla quizá más diversificada y ejercida en un ambiente más amplio que en el otro tipo de gue­rra. El juego de azar que se lleva a cabo con monedas de oro pa­rece haberse transformado en un intercambio comercial efectua­do con centavos. Y en este terreno, donde la conducción de la guerra dilata el tiempo, medio en serio y medio en broma, con cierta cantidad de pequeños artificios, con escaramuzas en las avanzadas, con prolongadas maniobras carentes de sentido, con posiciones y marchas, que después son llamadas científicas sólo porque sus causas infinitamente pequeñas han sido olvidadas y el sentido común no repara en ellas, aquí, en este terreno, mu­chos teóricos sitúan el elemento del arte de la guerra.

En estas fintas, estos desplazamientos y estos ataques in­completos de las guerras pasadas encuentran la base para toda teoría, la supremacía del espíritu sobre la materia. Las guerras modernas son para ellos simples luchas salvajes, de las que nada puede ser aprendido y que deben considerarse como meros pro­gresos hacia la barbarie. Esta opinión es tan superficial como ba­nales son los objetivos a que se refiere. Por supuesto, donde fal­te una gran fuerza y una gran pasión será más fácil que la saga­cidad ponga de manifiesto su destreza. Pero dirigir grandes fuer­zas, llevar el timón con mano firme en medio del embate de las olas y de la tempestad, ¿no es en sí mismo un ejercicio superior de las facultades del espíritu?, ¿no está incluido e implícito en la otra forma de conducir la guerra esa especie de maniobra de es­grima convencional?, ¿no guarda la misma relación con ella que la de los movimientos que se producen sobre un barco con res­pecto al movimiento del barco mismo? Ciertamente sólo puede suceder bajo la condición tácita de que el adversario no actúe mejor. ¿Podemos asegurar hasta cuándo optará éste por respetar esas condiciones? ¿No se desencadenó sobre nosotros la Revolu­ción francesa en medio de la seguridad imaginaria de nuestro viejo sistema de guerra y nos condujo desde Chalons hasta Mos­cú? ¿Y no sorprendió Federico el Grande de la misma forma a los austríacos que se escudaban en sus viejas tradiciones militares e hizo temblar a su monarquía? ¡Pobre del gobierno que con una política de paños tibios y un sistema militar atenazado por las ca­denas acosara a un adversario que no conozca otra ley que la de su fuerza intrínseca! De este modo, toda deficiencia en la activi­dad y el esfuerzo resulta en la balanza un peso a favor del ene­migo. Entonces no resulta tan fácil cambiar la actitud del esgri­mista por la de un atleta, y el golpe más débil bastará a menudo para echar todo por tierra.

Se desprende de todas las causas que acabamos de mencio­nar que la acción hostil de la campaña no se desarrolla mediante un movimiento continuo, sino de forma intermitente y que, por lo tanto, entre las acciones sangrientas aisladas hay un período presidido por la expectativa, durante el cual ambos bandos permanecen a la defensiva, y también que, por lo común, un objeti­vo de mayor enjundia hace que en un bando predomine el prin­cipio de agresión, permitiéndole en líneas generales permanecer en una posición de avanzada, con lo que sus decisiones se mo­difican en cierta medida.

Capítulo XVII

DEL CARÁCTER DE LA GUERRA MODERNA

 La atención que requiere el carácter de la guerra moderna ejerce una gran influencia sobre los planes, especialmente los es­tratégicos.

Todos los métodos convencionales fueron trastocados por la suerte y la audacia de Bonaparte, y fuerzas de primer orden fueron aniquiladas casi de un solo golpe. Los españoles, con su obstinada resistencia, mostraron lo que puede realizar la movili­zación general de una nación y las medidas insurgentes en gran escala, pese a la debilidad y falta de consistencia que evidencia­ban en ciertos aspectos particulares. Rusia, en la campaña de 1812, nos enseñó que un imperio de grandes dimensiones no puede ser conquistado (lo que fácilmente podría haberse sabido antes) y, además, que la probabilidad del éxito final no disminu­ye en todos los casos en la misma medida en que se pierden ba­tallas, regiones y capitales (lo que constituía antiguamente un principio irrebatible para todos los diplomáticos y hacía que es­tuvieran siempre prontos a aceptar cualquier paz temporal por onerosa que fuera). Por el contrario, Rusia probó que a menudo una nación es más poderosa en el corazón de su propio país cuando el poder ofensivo del enemigo se ha agotado y permite poner en evidencia con qué enorme fuerza la defensa puede pa­sar entonces a la ofensiva. Además, Prusia (1813) demostró que los esfuerzos súbitos pueden multiplicar seis veces un ejército por medio de la milicia y que esta milicia es tan apta para el ser­vicio en el extranjero como en su propio país. Estos aconteci­mientos mostraron que el corazón y los sentimientos de una na­ción pueden ser un factor influyente en su total fuerza política y militar, y, puesto que los gobiernos han descubierto todas estas ayudas adicionales, no cabe esperar que en las guerras futuras dejen de utilizarlas, va sea porque el peligro amenace su propia existencia, ya porque los impulse una ambición fervorosa.

Es fácil percibir que la guerra librada con todo el peso del poder nacional en ambos bandos debe ser organizada sobre la base de otros principios que aquellos en los que todo estaba cal­culado de acuerdo con las relaciones recíprocas de los ejércitos permanentes. En otros tiempos, los ejércitos permanentes guar­daban una cierta relación con las flotas, la fuerza terrestre se ase­mejaba a la fuerza naval en sus lazos de unión con el resto del Estado, y por esto el arte de la guerra terrestre tenía algo de la táctica naval, que ahora casi ha perdido.

Capítulo XVIII

TENSIÓN Y REPOSO

La ley dinámica de la guerra

En el capítulo XVI de este libro hemos visto que, en la ma­yoría de las campañas, se solía pasar mucho más tiempo en sus­pensión e inactividad que en acción. Ahora bien, aunque, como hemos observado en el capítulo anterior, la forma actual de la guerra tiene un carácter bastante diferente, sin embargo es indu­dable que la acción real quedará siempre interrumpida por pau­sas más o menos largas, y esto conduce a la necesidad de exami­nar más detalladamente la naturaleza de estas dos fases bélicas.

Si en la guerra hay una suspensión de la acción, es decir, si ningún bando aspira a algo positivo, habrá reposo y, en conse­cuencia, equilibrio; pero, por supuesto, un equilibrio en el senti­do más amplio, en el que se toman en consideración no sólo las fuerzas militares, morales y físicas, sino todas las circunstancias e intereses concurrentes. Tan pronto como uno de los oponentes se propone un objetivo positivo y da los pasos necesarios para lograrlo, aunque sólo sea por medio de preparativos, y en cuan­to el adversario se opone a esto, se creará una tensión de fuer­zas. Esto perdurará hasta que se produzca la decisión, o sea, has­ta que un bando abandone su objetivo o bien el otro le permita alcanzarlo.

Esta decisión ––cuya base siempre reside en la eficacia de las combinaciones de encuentros que se originan en ambos ban­dos–– es seguida por un movimiento en una u otra dirección.

Cuando este movimiento se haya agotado, ya sea por las dificultades que ha tenido que superar para vencer su propia fricción interna, ya por la intervención de nuevos contrapesos, entonces, o bien se llega nuevamente al estado de reposo o se produce una nueva tensión y una nueva decisión, y, luego, un nuevo movimiento, en dirección opuesta en la mayoría de los casos.

Esta distinción teórica entre equilibrio, tensión y movimien­to es más importante para la acción práctica de lo que pudiera parecer a simple vista.

En el estado de reposo y equilibrio pueden prevalecer va­rias clases de actividad que resultan de meras causas accidenta­les, y no cambian mucho en sus objetivos. Esta actividad puede incluir encuentros importantes ––incluso grandes batallas––, pero en ese caso su naturaleza es muy diferente, y por eso actúa por lo general de modo distinto.

Si existe un estado de tensión, los efectos de la decisión siempre serán más grandes, en parte porque se pone de mani­fiesto una mayor fuerza de voluntad y una presión más grande de las circunstancias, en parte porque todo ha sido preparado y dispuesto para un movimiento notable. La decisión en tales ca­sos recuerda el efecto de una mina bien afirmada y apisonada, mientras que el acontecimiento, tal vez igualmente grande en sí mismo, que se produjera en el estado de reposo sería más o me­nos un montón de pólvora, cuyo efecto se disipa al aire libre.

Además, el estado de tensión debe ser concebido, por su­puesto, con diferentes grados de intensidad, con el resultado de que en las últimas gradaciones puede hallarse tan próximo al es­tado de reposo que exista muy poca diferencia entre uno y otro. El beneficio más significativo que se deriva de estas refle­xiones es la conclusión de que toda medida tomada durante un estado de tensión es más apreciable y más eficaz que lo que ha­bría sido la misma medida tomada en estado de equilibrio, y que esta importancia aumenta enormemente en los grados de tensión más elevados.

Por ejemplo, el cañoneo de Valmy fue más decisivo que la batalla de Hochkirch.

Si el enemigo abandona una parte del territorio porque no puede defenderla, podemos establecernos en ella de forma muy diferente de la que habríamos adoptado si la retirada del enemi­go sólo hubiera sido efectuada con el propósito de tomar una decisión bajo circunstancias más favorables. Una posición imper­fecta, una sola marcha equivocada pueden tener consecuencias decisivas contra el ataque estratégico en vías de ejecución; mien­tras que, en un estado de equilibrio, tales errores habrán de ser muy evidentes para estimular de alguna manera la actividad del enemigo.

Como ya hemos expresado, la mayoría de las guerras pasa­das transcurrían casi todo el tiempo en este estado de equilibrio o, al menos, en tensiones pequeñas con intervalos largos entre ellas y de efectos tan débiles que los acontecimientos que se producían rara vez tenían grandes consecuencias. A menudo se trataba de representaciones teatrales para celebrar el aniversario del nacimiento del rey (Hochkirch), o bien de una simple satis­facción del honor militar (Kunersdorf), o de la vanidad personal del comandante en jefe (Freiberg).

Mantenemos que constituye un requisito importante que el jefe comprenda a fondo estas circunstancias, que posea el instin­to para actuar de acuerdo con su espíritu, instinto que a veces falta en gran medida, como hemos puesto en evidencia al co­mentar la campaña de 1806. Durante ese tremendo período de tensión, cuando todo presionaba para que se produjera la deci­sión suprema, y sólo esto, con todas sus consecuencias, debería haber acaparado la atención del jefe, se propusieron, e incluso en parte se llevaron a cabo medidas que en estado de equilibrio todo lo más podrian haber producido una especie de oscilación suave (como podía ser el reconocimiento de Franconia). Las me­didas verdaderamente necesarias, con las que podría haberse mantenido la fuerza, se perdieron entre esquemas y propósitos confusos que absorbieron por completo la actividad del ejército.

Pero la distinción teórica que hemos hecho es necesaria también para poder avanzar en la elaboración de nuestra teoría, porque todo lo que tenemos que decir sobre la relación del ata­que y la defensa y sobre el cumplimiento de esta acción bilateral concierne al estado de crisis en que las fuerzas han de encontrar­se durante la tensión y el movimiento, y porque toda la actividad que puede desarrollarse durante el estado de equilibrio sólo será considerada y tratada como corolario.

Porque esa crisis es la guerra real y ese estado de equilibrio sólo constituye su reflejo.

LIBRO IV

EL ENCUENTRO

El libro IV trata del ENCUENTRO que produce la batalla. El encuentro es el momento en el que el recurso a la fuerza para do­minar al contrario es directo: es preciso destruir su voluntad y su posibilidad de combatir. Deben ser examinadas sucesivamente la ruptura del equilibrio y la duración del encuentro, el desenlace y después el papel que asume la batalla principal, y esencialmente sus efectos derivados, es decir, la explotación estratégica de la vic­toria o la retirada después de un descalabro o de una derrota.

LIBRO V

LAS FUERZAS MILITARES

El libro V está consagrado a las FUERZAS MILITARES, estu­diadas según su potencia y su composición, su estado fuera del encuentro y en relación con su mantenimiento, así como en su relación general con la localidad y el terreno. Son examinados sucesivamente los conceptos del teatro de guerra y de la campa­ña, las relaciones entre las diversas fuerzas y armas, el orden de batalla y la disposición general del ejército, las diferentes formas de los cuerpos avanzados, los campamentos, las marchas y el alo­jamiento en cuarteles, el avituallamiento y las nociones genera­les, ya expuestas por Jomini, de bases de operaciones y de líneas de comunicaciones. Finalmente, se analiza la naturaleza del te­rreno, en particular la de las alturas dominantes.

LIBRO VI

LA DEFENSA

Capítulo I

ATAQUE Y DEFENSA

1. Concepto de la defensa

¿Qué concepto define a la defensa? La detención de un gol­pe. ¿Cuál es, entonces, su signo característico? La espera de ese golpe. Este es el rasgo que hace de cualquier acto un acto defen sivo, y sólo mediante él la defensa puede distinguirse, en la gue­rra, del ataque. Pero debido a que la defensa absoluta contradice por completo el concepto sobre la guerra, pues entonces sólo un bando llevaría a cabo la lucha, síguese que en la guerra la defen­sa sólo puede ser relativa, y el signo característico mencionado sólo debe aplicarse, por lo tanto, al concepto considerado como un todo; no debe extenderse a todas sus partes. Un encuentro parcial es defensivo si esperamos la acometida, la carga del ene­migo; una batalla es defensiva si esperamos el ataque, o sea, la aparición del enemigo ante nuestra posición, de tal modo que se ponga al alcance de nuestro fuego; la campaña es defensiva si esperamos que el enemigo entre en nuestro teatro de guerra. En todos estos casos, el signo de esperar y de detener el golpe co­rresponde a la concepción general, sin que surja contradicción alguna con la concepción sobre la guerra, porque puede consti­tuir una ventaja para nosotros esperar la carga contra nuestras bayonetas o el ataque a nuestra posición y a nuestro teatro de guerra. Pero, puesto que estamos obligados a devolver los gol­pes del enemigo si hemos de librar realmente la guerra en nues­tro lado, esta acción ofensiva en la guerra defensiva hay que de­finirla, pues, en cierto sentido, con el título de defensa, es decir, que la ofensiva, de la que hacemos uso, se adscribe al concepto de posición o teatro de la guerra. Por lo tanto, podemos guerrear atacando en una campaña defensiva; en ella podemos usar algu­nas fuerzas con propósitos ofensivos, y, por último, mientras permanecemos simplemente en posición, aguardando la acome­tida del enemigo, podemos enfrentarnos con él, atacando sus fi­las con nuestro fuego de fusilería. En consecuencia, en la guerra, la forma defensiva no es un simple escudo, sino un escudo que va acompañado de golpes asestados con habilidad.

2. Ventajas de la defensa

¿Cuál es el objetivo de la defensa? La preservación. Preser­var es más fácil que ganar, de donde se deduce que, si se supo­ne que los medios en ambos bandos son iguales, la defensa será más fácil que el ataque. ¿Pero en qué reside la facilidad mayor de la preservación y la protección? En que todo plazo de tiempo que transcurre sin actividad pesa en la balanza en favor del de­fensor. El defensor cosecha donde no ha sembrado. Toda tregua en el ataque, ya sea debida a puntos de vista erróneos, al temor o a la negligencia, favorece al defensor. Así se salvó más de una vez de la ruina el estado de Prusia en la guerra de los Siete Años. Derivada de la concepción y del objetivo de la defensa, esa ventaja se encuentra en la naturaleza de toda defensa, tanto como en otros ámbitos de la vida. En los asuntos legales, que muestran tanta semejanza con la guerra, está expresada por el proverbio latino beati sunt possidentes. También surge de la natu­raleza de la guerra la ventaja que proporciona la composición del terreno, de la que la defensa hace un uso preferente.

Una vez establecidos estos conceptos generales, volvere­mos a considerar la cuestión de forma más directa.

En la táctica, todo encuentro, grande o pequeño, resulta un encuentro defensivo si dejamos la iniciativa al enemigo y espera­mos que se adentre en nuestro frente. Desde ese momento en adelante podemos hacer uso de todos los medios ofensivos sin perder las dos ventajas de la defensa mencionadas arriba, es de­cir, la de espera y la del terreno. En la estrategia, en primer lu­gar, la campaña ocupa el lugar de la batalla, y el teatro de la guerra el de la posición; más tarde, toda la guerra toma el lugar de la campaña y todo el país el lugar del teatro de la guerra, y en ambos casos la defensa sigue siendo lo que era en la táctica.

Hemos dicho antes, de forma general, que la defensa resul­ta más fácil que el ataque. Pero, ya que la defensa tiene un obje­tivo negativo, el de preservar, y el ataque uno positivo, el de conquistar, y ya que el último aumenta nuestros propios recur­sos bélicos, cosa que no hace el primero, a fin de expresarnos con claridad debemos decir que, en abstracto, la forma defensiva de guerra es más poderosa que la ofensiva. Este es el resultado al que queríamos llegar, porque, si bien es absolutamente natural y ha sido confirmado miles de veces por la experiencia, es todavía contrario por entero a la opinión predominante, lo que prueba cómo las ideas pueden confundirse en manos de escritores su­perficiales.

Si la defensiva contiene la forma más poderosa de conducir la guerra, pero tiene un objetivo negativo, es evidente por sí mis­mo que sólo debemos hacer uso de ella cuando estemos obliga­dos a ello por nuestra debilidad, y que debemos abandonarla tan pronto como nos sintamos suficientemente fuertes como para proponernos el objetivo positivo. Ahora bien, como nuestra fuer­za relativa mejora por lo general si alcanzamos una victoria me­diante el sostén de la defensa, por lo tanto, el curso natural de la guerra es comenzar con la defensa y terminar con el ataque. En consecuencia, se halla tan en contradicción con el concepto de la guerra suponer que la defensa constituye su objetivo funda­mental, como era una contradicción entender que la pasividad pertenece no sólo a la defensa como un todo, sino también a to­das las partes de la defensa. En otras palabras: una guerra en la que las victorias son usadas meramente para detener los golpes, y donde no se intenta devolver éstos, sería tan absurda como una batalla en la que prevaleciera la defensa más absoluta (pasi­vidad) en todas las medidas que se tomasen.

Contra la exactitud de este punto de vista general pueden ser citados muchos ejemplos de guerras en las que la defensa continuó siendo tal hasta el fin y no se intentó nunca una reac­ción ofensiva; pero sólo podríamos hacer esa objeción si perdié­ramos de vista el hecho de que aquí se trata de una concepción general, y que todos los ejemplos que cabe oponer a ella deben ser considerados como casos en los que todavía no se había pre­sentado la posibilidad de una reacción ofensiva.

Por ejemplo, en la guerra de los Siete Años, al menos en sus últimos tres años, Federico el Grande no pensó nunca en atacar. En realidad, creemos que el rey prusiano incluso llegó a considerar el ataque en esta guerra sólo como un medio mejor para defenderse. Toda su situación le obligó a seguir este cami­nó, siendo natural que sólo tuviera en cuenta aquello que guar­daba relación inmediata con ella. Sin embargo, no podemos con­siderar este ejemplo de ––defensa en gran escala sin suponer que la idea de una posible reacción ofensiva contra Austria se encon­traba en el fondo de todo ello, y sin pensar que el momento pa­ra esa reacción ofensiva simplemente todavía no había llegado. La conclusión de la paz muestra que, aun en este caso, esta idea no carece de fundamento; porque nada podría haber inducido a los austríacos a firmar la paz, excepto el pensamiento de que no estaban en condiciones de hacer frente al talento del rey prusia­no únicamente con sus propias fuerzas; que en cualquier caso sus esfuerzos habrían de ser aún más grandes que los realizados hasta entonces y que el relajamiento más leve en sus filas podía conducirles a nuevas pérdidas de territorio. Y, en efecto, ¿quién puede dudar que Federico el Grande habría tratado de conquis­tar de nuevo Bohemia y Moravia si Rusia, Suecia y el Sacro Im­perio Romano no hubieran desviado sus fuerzas?

Definida de este modo la concepción de la defensa en su verdadero significado, y habiendo establecido sus límites, recal­camos nuestra afirmación de que la defensa es la forma más po­derosa de hacer la guerra.

Esto aparecerá con perfecta claridad si examinamos y com­paramos más de cerca el ataque y la defensa. Pero por el mo­mento nos limitaremos a observar que un punto de vista opuesto estaría en contradicción consigo mismo y con los resultados de la experiencia. Si la forma ofensiva fuera la más fuerte, no habría nunca ocasión para usar la defensa. Pero como la defensa en to­dos los casos tiene sólo un objetivo negativo, todos necesaria­mente querrían atacar, y la defensa resultaría un absurdo. Por otra parte, es muy natural que el objetivo más elevado tenga que ser logrado con un sacrificio mayor. Quien se sienta suficiente­mente fuerte como para hacer uso de la forma más débil puede proponerse el objetivo más grande; quien se proponga el objeti­vo más pequeño sólo puede hacer esto a fin de obtener el bene­ficio de la forma más fuerte. Si recurrimos a la experiencia, sería probablemente algo raro que, en el caso de dos teatros de la guerra, la ofensiva fuera adoptada por el ejército más débil y la defensa fuera dejada en manos del más fuerte. Pero si en todas partes y en todo tiempo se ha producido precisamente lo contra­rio, ello indica con claridad que los generales responsables sos­tienen todavía que la defensa constituye la forma más fuerte, aunque su propia inclinación los impulse al ataque. En los capí­tulos próximos procederemos a explicar algunos puntos adicio­nales.

Capítulo II

LAS RELACIONES MUTUAS DEL ATAQUE Y LA DEFENSA EN LA TÁCTICA

 En primer término tenemos que investigar cuáles son las condiciones que conducen a la victoria en un encuentro.

No nos referiremos aquí a la superioridad numérica ni a la valentía, a la disciplina y a otras cualidades de un ejército, por­que, por norma, dependen de cosas que se encuentran fuera del ámbito del arte de la guerra, en el sentido en que lo estamos considerando ahora. Además, habrían de ejercer el mismo efecto en la ofensiva que en la defensiva. Ni siquiera puede considerar­se aquí la superioridad numérica en general, ya que el número de tropas es también una cantidad dada y no depende de la vo­luntad del general. Estas cosas no guardan una relación particu­lar con el ataque y la defensa. Pero, aparte de éstas, sólo existen otras tres cuestiones que nos parecen de importancia decisiva, y son la sorpresa, las ventajas del terreno y el ataque desde varios lados. La sorpresa produce su efecto al oponer al enemigo, en algún punto particular, muchas más tropas que las que éste espe­raba. La superioridad numérica en este caso es muy diferente de la superioridad numérica general; es el agente más poderoso en el arte de la guerra. La forma en que la ventaja del terreno con­tribuye a la victoria es en sí misma bastante comprensible, y sólo tenemos que observar que no se trata simplemente de una cues­tión de obstáculos que obstruyan el avance del enemigo, como pudieran ser los terrenos empinados, las montañas elevadas, las corrientes de agua cenagosas, los setos, etc., sino que también puede provenir de que el terreno nos proporcione la oportuni­dad de organizarnos sin ser vistos. En realidad, podemos decir que, incluso si el terreno no presenta unas características espe­ciales, la persona que conoce el terreno puede extraer de él un buen partido. El ataque desde varios lados incluye todos los mo­vimientos tácticos envolventes, grandes y pequeños, y sus efec­tos derivan, en parte, de la eficacia duplicada del fuego, y en parte del temor que pueda albergar el enemigo de verse aislado.

¿Cómo se relacionan entre sí el ataque y la defensa con res­pecto a estas cosas?

Teniendo en cuenta los tres principios de la victoria recién descritos, la respuesta a esta pregunta es que sólo una pequeña parte del primero y del último de ellos se inclina a favor de la ofensiva, mientras que la parte más grande de ambos y el segun­do están exclusivamente a disposición de la defensa.

El agresor sólo cuenta con la ventaja de la sorpresa real de toda la masa con el todo, mientras que el agredido está en con­dición de sorprender de forma incesante, durante el curso del encuentro, por la intensidad y la forma que dé a sus ataques.

El agresor encuentra mayores facilidades que el defensor para rodear y aislar al conjunto del enemigo, ya que el defensor ocupa una posición fija, mientras que aquél está en estado de movimiento con referencia a esa posición. Pero este movimiento envolvente se aplica nuevamente al conjunto, porque en el curso del encuentro, y para las secciones separadas, un ataque desde varios lados resulta más fácil para el defensor que para el agre­sor, porque, como dijimos más arriba, la defensa está en mejores condiciones para sorprender, mediante la intensidad y la forma de sus ataques.

Es evidente que el defensor goza en un grado más elevado de la ayuda del terreno; su superioridad en la sorpresa, mediante la intensidad y la forma de sus ataques, resulta del hecho de que el agresor está obligado a acercarse por caminos y senderos don­de puede llegar a ser observado con facilidad, mientras que el defensor oculta su posición y permanece casi invisible para su agresor hasta el momento decisivo. En el momento en que el método correcto de defensa se ha hecho general, los reconoci­mientos casi han pasado de moda, es decir, han llegado a ser irrelevantes. Es verdad que a veces se practican todavía recono­cimientos, pero raras veces proporcionan mucha información. Siendo tan considerable la ventaja de poder elegir el terreno para disponer las tropas y de llegar a familiarizarse perfectamente con él antes de la batalla, no es menos evidente que el defensor que acecha en esa posición elegida puede sorprender a su adversario mucho más fácilmente que lo que podría hacerlo el agresor. Sin embargo, hasta este momento no ha sido descartada todavía la vieja concepción de que una batalla aceptada es una batalla me­dio perdida. Esto se debe al antiguo tipo de defensa practicado hace veinte años y también, en parte, durante la guerra de los Siete Años, cuando la única ayuda que se esperaba del terreno era que formaba un frente que sólo con dificultad pudiera ser atravesado (laderas empinadas, etc.), donde la falta de profundi­dad en la disposición y la dificultad de mover los flancos produ­jera tal debilidad que los ejércitos se esquivasen mutuamente de una montaña a la otra, haciendo con esto que las cosas empeo­raran cada vez más. Si se encontraba cierto apoyo sobre el que descansaran las alas, todo dependía entonces de impedir que el ejército, extendido entre estos puntos, al igual que un delicado trozo de tela en un bastidor, pudiera ser roto y en parte atravesa­do. El terreno ocupado poseía valor directo en cada punto y, por lo tanto, en todas partes se necesitaba una defensa directa. En estas circunstancias, estaba fuera de cuestión cualquier movi­miento o sorpresa durante la batalla; era precisamente lo opues­to a lo que constituye una buena defensa y a lo que ésta es en realidad en la guerra moderna.

En verdad, el menosprecio por la defensa fue en todo mo­mento el resultado de una época en la que perduró cierto estilo defensivo; y este fue también el caso del método arriba mencio­nado, porque, en épocas anteriores al período a que nos hemos referido, ese método se consideraba superior a la ofensiva.

Si estudiamos el desarrollo del arte moderno de la guerra, encontramos que al principio, o sea, en la guerra de los Treinta Años y en la de Sucesión española, el despliegue y la disposi­ción del ejército constituía uno de los puntos más importantes en la batalla. Revelaban la parte más significativa del plan de ac­ción. Esto otorgaba al defensor, por norma, una gran ventaja, puesto que se encontraba ya en su posición y estaba desplegado antes de que el ataque pudiera comenzar. Tan pronto como las tropas adquirieron una capacidad mayor de maniobra, cesó esta ventaja y por un tiempo la superioridad se decantó hacia el lado de la ofensiva. Entonces, la defensa buscó protección detrás de los ríos o valles profundos, o en las montanas. Recuperó de este modo una ventaja decisiva y continuó manteniéndola hasta que el agresor adquirió tal movilidad y tal destreza en los movimien­tos que pudo aventurarse en terrenos quebrados y atacar en co­lumnas separadas, y por lo tanto fue capaz de atacar de flanco a su adversario. Esto condujo a una expansión que iba continua­mente en aumento, como resultado de la cual sucedió, natural­mente, que la ofensiva se concentró en algunos puntos y se abrió paso entre las líneas débiles del enemigo. Así, por tercera vez, la ofensiva alcanzó la superioridad y la defensa se vio obli­gada de nuevo a alterar su sistema. Esto lo realizó en las guerras más recientes, manteniendo sus fuerzas concentradas en grandes masas sin desplegar la mayor parte de ellas y ocultándolas donde era posible, ocupando simplemente una posición y aprestán­dose a actuar de acuerdo con las medidas que tomara el enemi­go, tan pronto como se pusieran de manifiesto de forma sufi­ciente.

Esto no excluye por completo una defensa parcialmente pasiva del terreno; su ventaja es demasiado grande como para impedir que fuera usada cientos de veces en una campaña. Pero esta defensa pasiva del terreno, por lo común, deja de constituir el punto principal, el punto que aquí nos interesa.

Si la ofensiva descubriera algún método nuevo y poderoso que pudiese otorgarle una ventaja decisiva ––hecho este no muy probable, si consideramos que ahora todo tiende y marcha hacia la sencillez y la necesidad esencial––, entonces la defensa tendría que alterar nuevamente su método. Pero siempre contará con la ayuda del terreno, que le asegurará en general su superioridad natural, ya que las características especiales del país y del terreno ejercen ahora más influencia que nunca en la guerra.

Capítulo III

LAS RELACIONES MUTUAS DEL ATAQUE Y LA DEFENSA EN LA ESTRATEGIA

En primer lugar, séanos permitido formular de nuevo la si­guiente pregunta: ¿cuáles son las circunstancias que aseguran la victoria en la estrategia?

Como hemos dicho antes, en la estrategia no hay victoria. Por una parte, el éxito estratégico es la preparación ventajosa de la victoria táctica: cuanto más grande es este éxito estratégico, tanto menos dudosa será la victoria en el encuentro. Por otra parte, el buen éxito estratégico reside en hacer uso de la victoria ganada. Después de ganar una batalla, cuantos más éxitos pueda incluir la estrategia, mediante sus combinaciones, en los resulta­dos obtenidos, tanto más podrá elevarse de los escombros que ha provocado la lucha; cuanto más recaude en grandes trazos lo que en la batalla ha debido ser ganado trabajosamente, parte a parte, mayor será su éxito. Los factores que conducen principal­mente al éxito o lo facilitan, los principios fundamentales, por lo tanto, de la eficacia estratégica, son los siguientes:

1. La ventaja del terreno.

2. La sorpresa, ya sea en forma de un verdadero ataque o por la disposición inesperada, en ciertos puntos, de fuerzas su­periores.

3. El ataque desde varios lados (tres, como en la táctica).

4. La ayuda del teatro de la guerra, mediante la instalación de fortificaciones y todo lo que corresponde a ellas.

5. El apoyo del pueblo.

6. La utilización de fuerzas morales importantes.

Ahora bien, ¿cuáles son las relaciones que mantienen el ata­que y la defensa con respecto a estas cuestiones?

El defensor cuenta con la ventaja del terreno; el agresor, con la del ataque por sorpresa. Este es el caso tanto en la estrategia como en la táctica. Pero, en lo concerniente a la sorpresa, tenemos que observar que en estrategia constituye un medio in­finitamente más eficaz e importante que en la táctica. En la tácti­ca, el ataque por sorpresa raras veces alcanza el nivel de una gran victoria, mientras que en la estrategia a menudo ha conse­guido terminar con toda la guerra de un golpe. Pero debemos observar nuevamente que el uso ventajoso de este medio depen­de de que por parte del adversario se cometan errores de enver­gadura, inusitados y decisivos, por lo cual no puede decantar la balanza en gran medida en favor de la ofensiva.

La sorpresa del enemigo, obtenida al colocar fuerzas supe­riores en ciertos puntos, representa de nuevo una gran semejan­za con el caso análogo en la táctica. Si el defensor fuera obliga do a distribuir sus fuerzas en varios puntos de acceso a su teatro de la guerra, entonces el agresor tendría claramente la ventaja de poder caer sobre un punto con todo su peso. Pero también aquí el nuevo arte de la defensa ha aplicado imperceptiblemente nue­vos principios mediante un procedimiento diferente. Si el defen­sor no se percata de que el enemigo, al utilizar un camino inde­fenso, se arrojará sobre algún almacén o depósito importante, o sobre alguna fortificación desguarnecida, o sobre la capital, y si, por esta razón, no cree estar obligado a oponerse al enemigo en el camino que él mismo ha elegido, porque de otra manera ten­dría cortada su retirada, entonces no tendrá ningún motivo para dividir sus fuerzas. Porque si el agresor elige un camino diferente de aquel que cubre el defensor, entonces, algunos días después, este último podrá todavía salir a su encuentro con todas sus fuer­zas en ese camino; en verdad, en muchos casos puede incluso estar seguro de que él mismo tendrá el honor de ser buscado por su adversario. Si este último está obligado a avanzar con sus fuerzas divididas en columnas, lo cual a menudo resulta casi ine­vitable debido a las imposiciones del sustento, entonces, eviden­temente, el defensor cuenta con la ventaja de ser capaz de caer con todo su peso sobre una parte del enemigo.

En la estrategia, los ataques por los flancos y por la reta­guardia, que se relacionan con los lados y la espalda del teatro de la guerra, cambian en gran medida de carácter.

1. No se coloca al enemigo bajo dos fuegos, porque no po­demos hacer fuego desde un extremo del teatro de la guerra hasta el otro.

2. La aprensión a perder la línea de retirada es mucho me­nor, porque en la estrategia las extensiones son tan grandes que no pueden ser obstruidas como ocurre en la táctica.

3. En la estrategia, debido a que abarca una extensión más grande, la eficacia de las líneas interiores, o sea, las más cortas, es mucho más considerable, y esto constituye una gran oposi­ción contra los ataques desde varias direcciones.

4. Un nuevo principio hace su aparición en la sensibilidad de las líneas de comunicación; o sea, en el efecto que se produ­ce simplemente al interrumpirlas.

Sin duda cae por su base que, en la estrategia, debido a la extensión más grande que se abarca, el ataque envolvente, o desde varios lados, sólo es posible como norma para el bando que mantiene la iniciativa, o sea, la ofensiva, y que el defensor, en el curso de la acción, no está en condiciones, como no lo es­tá en la táctica, de devolver el golpe al enemigo cercándolo a su vez. No puede hacer esto porque no es capaz ni de alinear sus fuerzas en esa profundidad relativa ni tampoco de maniobrar con ellas en secreto. Pero, entonces, ¿qué utilidad tiene para el agresor la facilidad de cercar al enemigo, si sus ventajas no son evidentes? En consecuencia, no cabría en la estrategia considerar de ningún modo el ataque envolvente como un principio para alcanzar la victoria si no pasa por la influencia que ejerce sobre las líneas de comunicación. Pero este factor raras veces es signi­ficativo en un primer momento, cuando el ataque y la defensa se hallan enfrentados y todavía opuestos uno a la otra en su posi­ción original. Sólo adquiere importancia a medida que avanza la campaña, cuando el atacante situado en territorio enemigo se convierte más y más en defensor. Entonces, las líneas de comu­nicación de este nuevo defensor se debilitan y la parte que origi­nariamente se encontraba en la defensiva, al tomar la ofensiva, puede extraer una ventaja de esa debilidad. ¿Pero quién no ve que esta superioridad de la ofensiva no cabe atribuírsela como algo general, ya que en realidad ha sido creada en una gran pro­porción por la defensa?

El cuarto principio, la ayuda que proporciona el teatro de la guerra, constituye, naturalmente, una ventaja para el bando de la defensa. Si el ejército atacante inicia la campaña, se aleja de su propio teatro de la guerra y, de este modo, se debilita; o sea, de­ja tras de sí fortificaciones y depósitos de todas clases. Cuanto más grande es el campo de operaciones que ha de atravesar, más se debilitará el ejército atacante (mediante marchas y esta­blecimiento de guarniciones); el ejército defensor continúa man­teniendo todas sus conexiones; o sea, cuenta con el apoyo de sus fortificaciones, no se debilita en forma alguna y se mantiene próximo a sus fuentes de abastecimiento.

En cuanto al quinto principio, el apoyo del pueblo, es ver­dad que no cabe encontrarlo en todas las defensas, porque una campaña defensiva puede ser llevada a cabo en territorio enemi­go; pero en realidad, este principio deriva solamente de la idea de defensa y se aplica en la gran mayoría de los casos. Además, tiene que ver principalmente, aunque no de forma exclusiva, con la eficacia del llamamiento general y del armamento nacional, aportando por añadidura una disminución de la fricción y ha­ciendo que las fuentes de abastecimiento estén más próximas y fluyan con mayor abundancia.

La campaña napoleónica de 1812 nos proporciona, como a través de un cristal de aumento, un ejemplo muy claro de la efi­cacia que entrañan los medios especificados en los principios tercero y cuarto. Medio millón de hombres cruzaron el Nieman, 120.000 lucharon en Borodino, y muchos menos llegaron a Mos­cú.

Podemos decir que el efecto mismo de ese asombroso in­tento fue tan grande que los rusos, incluso si no hubieran em­prendido ninguna ofensiva, se habrían visto durante un tiempo considerable fuera del peligro de enfrentar cualquier nuevo in­tento de invasión. Es verdad que, con excepción de Suecia, no hay país en Europa que se halle en una posición similar a la de Rusia, pero el principio eficaz es siempre el mismo, y la única distinción que puede hacerse se refiere al grado mayor o menor de su intensidad.

Si añadimos a los principios cuarto y quinto la considera­ción de que estas fuerzas de la defensa corresponden a la defen­sa original, o sea, a la defensa llevada a cabo en nuestro propio suelo, y que resultan mucho más débiles si aquélla se produce en territorio enemigo y está mezclada con operaciones ofensivas, entonces de ello se deriva una nueva desventaja para la ofensiva, casi como la mencionada arriba, con respecto al tercer principio. Porque la ofensiva está compuesta por entero de elementos acti­vos en escala tan pequeña como la defensa lo está de elementos destinados simplemente a detener los golpes del adversario. En realidad, todo ataque que no conduce de modo directo a la vic­toria debe terminar inevitablemente en defensa.

Ahora bien, si todos los elementos defensivos utilizados en atacar son debilitados por su naturaleza, o sea, por pertenecer al ataque, entonces esto deberá también ser considerado como una desventaja general de la ofensiva.

Esta circunstancia está tan lejos de ser una sutileza banal que, por el contrario, diremos más bien que en ella reside la principal desventaja de la ofensiva en general. Por lo tanto, en todo plan para un ataque estratégico debe prestarse desde el principio la mayor atención a este punto, o sea, a la defensa que le seguirá. Esto lo veremos con mayor claridad cuando tratemos sobre el plan de la guerra.

Las grandes fuerzas morales, que a veces impregnan el ele­mento de la guerra como un singular germen fermentativo y que, por lo tanto, el comandante en jefe puede usar en ciertos casos para fortalecer los otros medios a su disposición, cabe su­poner que existen tanto en el bando de la defensa como en el del ataque. Al menos las que relucen más especialmente en el ataque, tales como la confusión y el desconcierto en las filas enemigas, no aparecen por lo general hasta después que se haya asestado el golpe decisivo, y, en consecuencia, raras veces con­tribuyen a imprimir a éste una dirección.

Creemos haber expuesto ya de forma suficiente nuestra proposición de que la defensa es una forma más poderosa de guerra que el ataque. Pero queda todavía por mencionar un pe­queño factor pasado por alto hasta ahora. Es el valor, el senti­miento de superioridad en un ejército, que surge de la concien­cia de pertenecer a la parte atacante. Es algo que constituye en sí mismo un hecho, pero ese sentimiento muy pronto se funde con otro más poderoso y general, que es inculcado al ejército por la victoria o por la derrota, por el talento o por la ineptitud de su general.

Los capítulos siguientes (IV al XXX) del libro Vl tratan del carácter concéntrico y excéntrico del ataque y de la defensa; del alcance de los medios de defensa desde el punto de vista estratégi­co y en su acción recíproca con el ataque; de la defensa en la montaña y a lo largo de ríos y corrientes de agua; de las nociones de cordón, de llave del país, de acción contra un flanco y de la retirada hacia el interior del propio país, lo cual conduce a la no­ción del «teatro de la guerra» (capítulos XXVII y XXVIII).

Capítulo XXVI

EL PUEBLO EN ARMAS

La guerra del pueblo en la Europa civilizada es una mani­festación del siglo XIX. Tiene sus partidarios y sus opositores; los últimos, porque la consideran, o bien en sentido político, como un medio revolucionario, un estado de anarquía declarado legal, tan peligroso para el orden social de nuestro país como para el del enemigo, o bien, en sentido militar, como un resultado que no guarda proporción con la fuerza empleada. El primer punto no nos interesa aquí, porque estamos considerando la guerra del pueblo simplemente como un medio de lucha y, por consiguien­te, en su relación con el enemigo; pero, con referencia al segun­do punto, cabe observar que, en general, una guerra del pueblo ha de ser considerada como consecuencia de la forma en que, en nuestros días, el elemento bélico ha roto sus antiguas barreras artificiales; por consiguiente, como una expansión y un fortaleci­miento de todo el proceso fermentativo que llamamos guerra. El sistema de requisiciones, el enorme aumento del volumen de los ejércitos mediante ese sistema, el reclutamiento general y el em­pleo de la milicia son cosas que siguen todas la misma dirección, si tomamos el limitado sistema militar de épocas anteriores como punto de partida; y la levée en masse, o el pueblo en armas, se encuentra también en la misma dirección. Si las primeras de es­tas nuevas ayudas para la guerra son una consecuencia natural y necesaria de las barreras derribadas y si han acrecentado en for­ma tan enorme el poder de aquellos que las utilizaron en primer término, hasta el punto que el enemigo fue arrastrado por la co­rriente y obligado a adoptarlas de la misma forma, también ocu­rrirá lo mismo con las guerras nacionales. En la mayoría de los casos, la nación que hace un uso acertado de este medio adqui­rirá una superioridad proporcional sobre aquellos que lo despre­cian. Si esto es así, entonces el único problema consiste en saber si esta nueva intensificación del elemento bélico es, en conjunto, beneficioso o no para la humanidad, problema éste que resulta­ría casi tan fácil de solucionar como el de la guerra misma. Dejamos ambos problemas en manos de los filósofos. Pero cabe ade­lantar la opinión de que los recursos que requiere la guerra del pueblo podrían ser empleados más provechosamente si se utili­zaran para proporcionar otros medios militares; por tanto, no se necesita una investigación muy profunda para convencerse de que tales fuerzas, en su mayor parte, no se hallan a nuestra dis­posición y no pueden ser utilizadas a voluntad. No sólo esto, si­no que una parte esencial de esas fuerzas, o sea, el elemento moral, solamente se pone de manifiesto cuando se emplea de esta forma.

Por consiguiente, ya no nos preguntamos ¿cuánto cuesta a la nación la resistencia que todo el pueblo en armas es capaz de ofrecer?, sino ¿cuál es la influencia que puede tener esa resisten­cia? ¿Cuáles son sus condiciones y cómo ha de ser usada?

Naturalmente, una resistencia realizada en forma tan amplia no es apropiada para efectuar golpes de magnitud notable, que requieran una acción concentrada en el tiempo y en el espacio.

Su acción, como el proceso de evaporación en la naturaleza, de­pende de la extensión de la superficie expuesta. Cuando mayor sea ésta, mayor será el contacto con el ejército enemigo, y cuan­to más se extienda ese ejército, tanto mayores serán los efectos de armar a la nación. Al igual que un fuego que continúa ardien­do silenciosamente, destruye los fundamentos del ejército enemi­go. Como necesita tiempo para producir sus efectos, existe, mientras los elementos hostiles actúan uno sobre otro, un estado de tensión que, o bien cede gradualmente si la guerra del pue­blo se extingue en algunos puntos y prosigue lentamente su ac­ción en otros, o bien conduce a una crisis, si las llamas de esta conflagración general envuelven al ejército enemigo y lo obligan a evacuar el país antes de quedar destruido totalmente.

Que una simple guerra del pueblo pueda producir esa cri­sis presupone o bien que la extensión superficial del estado in­vadido excede la de cualquier país de Europa, excepto Rusia, o bien que existe una desproporción entre la fuerza del ejército in­vasor y la extensión del país, que nunca se presenta en la reali­dad. Por lo tanto, para evitar aferrarnos a una cuestión irreal, de­bemos imaginar siempre una guerra del pueblo en combinación con una llevada a cabo por un ejército regular, y que ambas se realicen de acuerdo con un plan que abarque las operaciones del conjunto.

Las condiciones bajo las cuales la guerra del pueblo puede llegar a ser eficaz son las siguientes:

1. que la guerra se realice en el interior del país;

2. que no la decida una catástrofe aislada;

3. que el teatro de la guerra abarque una extensión consi­derable del país;

4. que el carácter nacional favorezca las medidas a tomar;

5. que el terreno del país sea muy accidentado e inaccesi­ble, ya sea a causa de las montañas, o de los bosques y los pan­tanos, ya por el tipo de cultivo que se utilice.

Que la población sea o no numerosa tiene poca importan­cia, ya que hay menos probabilidad de que exista escasez de hombres que de cualquier otra cosa. Que los habitantes sean ri­cos o pobres tampoco es un punto relevante, o al menos no de­bería serlo. Pero cabe admitir que, por lo general, una población pobre, acostumbrada al trabajo duro y pesado y a las privacio­nes, se muestra más vigorosa y se adapta mejor a la guerra.

Una peculiaridad del país, que favorece en gran medida la acción de la guerra del pueblo, es la distribución diseminada de los núcleos habitados, tal como la que se da en muchas partes de Alemania. De este modo, el país está más dividido y más pro­tegido; los caminos se vuelven peores, aunque más numerosos; el alojamiento de las tropas se acompaña de dificultades infinitas, pero especialmente se repite en pequeña escala esa peculiaridad que una guerra del pueblo posee en gran escala, a saber, que el espíritu de resistencia existe en todas partes, pero no es percepti­ble en ninguna.

Si los habitantes viven en aldeas, muchas veces las tropas son acuarteladas donde se encuentran los más rebeldes, o bien como castigo aquéllas son saqueadas, sus casas quemadas, etc., sistema que no podría llevarse a cabo con mucha facilidad en la comunidad campesina de Westfalia.

Las levas nacionales y las masas de campesinos armados no pueden ni deben ser empleadas contra el cuerpo principal del ejército enemigo, ni siquiera contra ninguna fuerza considerable; no deben intentar romper el núcleo central, sino atacar sólo la superficie y por sus límites. Deberían actuar en regiones situadas a los lados del teatro de la guerra y allí donde el agresor no apa­rezca con toda su fuerza, a fin de alejar a esas regiones de su in­fluencia. Donde todavía no hace acto de presencia el enemigo no falta el valor para oponérsele, y el grueso de la población se enardece gradualmente con ese ejemplo. De este modo, el fuego se propaga como en un brezal y llega finalmente a esa parte de terreno en la que se encuentra el agresor; se apodera de sus lí­neas de comunicación y destruye el hilo vital mediante el cual se mantiene en pie. Porque incluso si no abrigáramos una idea exagerada sobre la omnipotencia de una guerra del pueblo, incluso si no la consideráramos como un elemento inagotable e incon­quistable, sobre el cual la simple fuerza de un ejército tuviera tan poco control, como la voluntad humana tiene sobre el viento o la lluvia, en otras palabras, aunque nuestra opinión no estuviera fundada en opúsculos retóricos, debemos admitir que no cabe conducir delante dé nosotros a los campesinos armados como si se tratara de un cuerpo de soldados que se mantienen unidos al igual que un rebaño y que por lo común unos siguen a otros. Por el. contrario, los campesinos armados, cuando están despa­rramados, se dispersan en todas direcciones, para lo cual no se requiere ningún plan elaborado. Con esto se hace muy peligrosa la marcha de cualquier pequeño grupo de tropas en territorio montañoso, muy boscoso o accidentado, porque en cualquier momento la expedición puede convertirse en un encuentro. En realidad, aun si durante algún tiempo no se hubiera sabido nada de estos cuerpos armados, no obstante, los campesinos que ha­yan sido ahuyentados por la cabeza de una columna pueden en cualquier momento hacer su aparición en su retaguardia. Si se trata de destruir caminos y bloquear desfiladeros estrechos, los medios que las avanzadas y los destacamentos de incursión de un ejército pueden aplicar para ese propósito guardan más o menos la misma relación con los medios suministrados por un cuerpo de campesinos insurgentes que la que tienen los movi­mientos del autómata en relación con los del ser humano. El enemigo no cuenta con otros medios de oponerse a la acción de las levas nacionales, excepto el de destacar numerosas partidas para proporcionar escoltas a los convoyes, para ocupar puestos militares, desfiladeros, puentes, etc. Si los primeros esfuerzos de las levas nacionales no son intensos, serán, en proporción, nu­méricamente débiles los destacamentos enviados por el enemigo, porque éste teme dividir mucho sus fuerzas. En estos cuerpos débiles prende entonces con mucha más fuerza el fuego de la guerra nacional. El enemigo se ve superado numéricamente en algunos puntos, el valor se acrecienta, la combatividad gana fuerza y la intensidad de la lucha aumenta hasta que se acerca al punto culminante que ha de decidir el resultado.

Según la idea que tenemos sobre la guerra del pueblo, ésta, al igual que una esencia en forma de nube o de vapor, no se condensa en ninguna parte ni forma un cuerpo sólido. De otro modo el enemigo enviaría una fuerza adecuada contra su centro, lo aplastaría y tomaría muchos prisioneros. A consecuencia de ello el valor se extinguiría, todos pensarían que la principal cues­tión se hallaba ya decidida, y que cualquier otro esfuerzo sería inútil y las armas caerían de las manos del pueblo. Es, pues, ne­cesario que ese valor se reúna en algunos puntos en masas más densas y forme nubes amenazadoras desde las cuales de vez en cuando se produzca un relámpago formidable. Estos puntos se encuentran principalmente en los flancos del teatro de la guerra del enemigo, como hemos dicho antes. Allí el levantamiento na­cional debe organizarse en unidades más amplias y más ordena­das, apoyadas por una fuerza reducida de tropas regulares de modo que se le dé la apariencia de una fuerza regular y la ade­cúe para que pueda aventurarse en empresas de mayor enverga­dura. Partiendo de estos puntos, la organización del pueblo en armas debe adquirir un carácter más irregular en la proporción en que haya que hacer más uso de él en la zona de retaguardia del enemigo, donde pueda aplicar sus golpes más contundentes. Las masas mejor organizadas sirven para caer sobre las guarni­ciones que el enemigo deja tras de sí. Además, permiten crear un sentimiento de desasosiego y de temor y aumentan el efecto moral del conjunto; sin ellas, el efecto total carecería de fuerza y el enemigo no sería colocado en una situación suficientemente penosa.

El camino más fácil que debe seguir un general en jefe para producir esta forma más eficaz de levantamiento nacional es apoyar el movimiento por medio de pequeños destacamentos procedentes del ejército. Sin ese apoyo de algunas tropas regula­res, que actúa como estímulo, los habitantes, por lo general, ca­recen del impulso y la confianza suficientes para empuñar las ar­mas. Cuanto más fuertes sean los cuerpos destacados para este propósito, mayor será su poder de atracción, y más grande será la concurrencia que ha de producirse. Pero esto tiene sus límites, en parte porque sería perjudicial dividir a todo el ejército para cumplir con ese objetivo secundario, disolviéndolo, por así decir, en un cuerpo de irregulares, y formar con él una línea defensiva extensa y débil, mediante cuyo procedimiento podemos estar se­guros de que tanto el ejército regular como las levas nacionales resultarían a la postre destruidos; y en parte, porque la experien­cia parece indicarnos que cuando existen demasiadas tropas re­gulares en una región, la guerra del pueblo cede en vigor y en eficacia. Las causas de esto son, en primer lugar, que demasiadas tropas del enemigo son atraídas de este modo a esa región; en segundo lugar, que los habitantes confían entonces en sus pro­pias tropas regulares; y, en tercer lugar, que la presencia de cuer­pos notables de tropas exige demasiado del pueblo en otros sentidos, o sea, en el suministro de alojamientos, transporte, contri­buciones, etcétera.

Otro medio de prevenir cualquier reacción demasiado seria de parte del enemigo contra la guerra del pueblo constituye, al mismo tiempo, un principio capital en el método de usar esas le­vas. Tal es la regla, o sea, que con estos poderosos medios estra­tégicos de defensa, la defensa táctica no se produciría nunca o muy raras veces. El carácter de los encuentros librados por levas nacionales es el mismo que el de todos los encuentros de tropas de calidad inferior: gran impetuosidad y ardor vehemente al principio, pero poca serenidad o firmeza si el combate se pro­longa. Además, si bien no asume gran importancia el hecho de que una fuerza de la leva nacional sea derrotada o dispersada, puesto que ha sido formada para eso, un cuerpo de esas caracte­rísticas no debería ser desmembrado o dividido por pérdidas de­masiado grandes en muertos, heridos o prisioneros, ya que un estrago de esta clase pronto enfriaría su ardor. Pero dichas pecu­liaridades son totalmente contrarias a la naturaleza de la defensa táctica. En el encuentro defensivo se requiere una acción siste­mática, lenta, persistente, y en él se corren grandes riesgos. Un simple intento, del cual podemos desistir tan pronto como que­ramos, nunca conducirá a resultados positivos en la defensa. Por lo tanto, si la leva nacional ha de encargarse de la defensa de cualquier obstáculo natural, su objetivo nunca tendrá que ser en­tablar un encuentro decisivo; porque, por más favorables que sean las circunstancias, la leva nacional será derrotada. Por con­siguiente, puede y debería defender, mientras fuera posible, los accesos a las montañas, los diques de los pantanos, los pasos so­bre los ríos; pero en el caso de que haya quedado debilitada, de­berá dispersarse y continuar su defensa mediante ataques ines­perados, antes que concentrarse y permitir que la encierren en algún último reducto, en una posición defensiva regular. Por más valerosa que sea una nación, por más guerreras que sean sus costumbres, por más intenso que sea el odio que sienta por el enemigo, por más favorable que sea la naturaleza del terreno en el que se opera, constituye un hecho innegable que la guerra del pueblo no puede mantenerse viva en un ambiente cargado de peligro. Por consiguiente, si su material combustible ha de ser aventado para que produzca una llama considerable, debe serlo en puntos lejanos, donde disponga de aire y donde no pueda ser extinguido mediante un golpe poderoso.

Estas consideraciones son antes una percepción de la ver­dad que un análisis objetivo, porque el tema todavía no ha sido en realidad puesto en evidencia y muy poco tratado por aquellos que lo han observado desde hace tiempo personalmente. Sólo tenemos que añadir que el plan de defensa estratégico puede in­cluir la cooperación de una leva general de dos formas diferen­tes, ya sea como último recurso, después de una batalla perdida, ya como ayuda natural antes que se haya librado una batalla de­cisiva. El último caso supone una retirada hacia el interior del país, en un tipo de acción indirecta del que ya nos hemos ocu­pado anteriormente. Por lo tanto, sólo dedicamos algunas pala­bras a la convocatoria de la leva nacional después de que se ha­ya perdido una batalla.

Ningún estado debería creer que su destino, o sea, toda su existencia, pueda depender de una batalla, por más decisiva que ésta sea. Si es derrotado, la llegada de nuevos refuerzos y el de­bilitamiento natural que sufre toda ofensiva pueden, a la larga, producir un vuelco de la suerte, o se puede recibir ayuda del ex­terior. Siempre hay un tiempo para morir, y del mismo modo que el impulso natural del hombre que se está ahogando es el de asirse a la más pequeña rama, ocurre de manera similar en el orden natural del mundo moral, y el pueblo apelará a los últimos medios de salvación cuando se vea situado al borde del abismo.

Por más pequeño y débil que sea un estado en compara­ción con su enemigo, si renuncia a realizar un último esfuerzo supremo, deberemos convenir en que ya no queda alma alguna en su interior. Esto no excluye la posibilidad de que se salve de la destrucción completa mediante la conclusión de una paz col­mada de sacrificio. Pero ni siquiera este propósito extinguirá la utilidad de las nuevas medidas para la defensa; éstas harán que la paz no sea ni más difícil ni peor, sino más fácil y mejor.

Todavía son más necesarias esas medidas si se espera una ayuda de aquellos que están interesados en mantener nuestra existencia política. Por lo tanto, cualquier gobierno que después de la pérdida de una gran batalla se apresure a permitir que su pueblo goce de los beneficios de la paz, y, abrumado por un sentimiento de esperanza defraudada, no sienta dentro de sí el valor y el deseo de estimular y aguijonear todas y cada una de sus fuerzas, se hace culpable por debilidad de una grave incon­secuencia y demuestra que no merece la victoria, y tal vez preci­samente por esa razón fue completamente incapaz de obtenerla.

Por más decisiva que sea la derrota experimentada por un Estado, será preciso, pues, que mediante la retirada del ejército hacia el interior del país, ponga en acción sus fortificaciones y sus levas nacionales. En relación con esto, resultará ventajoso que los flancos del principal teatro de la guerra estén limitados por montañas o partes de territorio que sean muy accidentadas. Estas se presentan entonces como bastiones cuyo fuego de flan­queo estratégico podrá castigar al agresor.

Si el enemigo se dedica tras su victoria a acciones de ase­dio, si ha dejado tras de sí fuertes guarniciones para asegurar sus comunicaciones o, más aún, si ha destacado tropas para obtener un más amplio espacio y mantener bajo control a las zonas adya­centes, si ya está debilitado por diversas pérdidas en hombres y en material de guerra, entonces ha llegado el momento de que el ejército defensivo se apreste de nuevo y, mediante un golpe bien dirigido, haga tambalear al agresor en la posición desventa­josa en la que se halla.

LIBRO VII

EL ATAQUE

El libro VII está dedicado al ATAQUE. Clausewitz declara en este sentido: «Si dos ideas forman una exacta antítesis lógica, es decir, si una es el complemento de la otra, entonces, fundamen­talmente, una estará implícita en la otra». Y añade: «Creemos que los primeros capítulos sobre la defensa arrojan suficiente luz so­bre los puntos de ataque que no tratan más que ligeramente».

En relación con los otros temas, el autor examina la bús­queda del punto culminante del ataque» y las diferentes posicio­nes en que se encuentra el atacante (frente a obstáculos como ríos, posiciones fortificadas, montañas, bosques, etc.). Precisa asi­mismo lo que debemos entender por «acciones de diversión» e «in­vasión». Finalmente, define deforma penetrante el .punto culmi­nante de la victoria», que es, para él, la resultante del ataque.

Capítulo XXII

SOBRE EL PUNTO CULMINANTE DE LA VICTORIA

En la guerra, el agresor no está siempre en condiciones de derrotar por completo a su oponente. A menudo, y de hecho la mayoría de las veces, se produce un punto culminante de la victoria. La experiencia nos lo muestra de forma suficiente. Pero co­mo el tema tiene una particular importancia para la teoría de la guerra y para la base de casi todos los planes de campaña, mien­tras que, al mismo tiempo, campa por su superficie, ondeando con los colores del arco iris, la llama vacilante de las contradic­ciones aparentes, queremos examinarlo con más detención y considerar sus causas esenciales.

Como regla general, la victoria surge de una supremacía en la suma de todas las fuerzas materiales y morales y sin duda en ella esta supremacía aumenta, de lo contrario no se buscaría y se pagaría por ella tan alto precio. La misma victoria lo hace así sin pensar y también lo hacen sus consecuencias, pero éstas no has­ta el fin último, sino, por lo general, sólo hasta cierto punto. Este punto puede estar muy próximo, y a veces se halla tan cerca, que todos los resultados de una batalla victoriosa pueden redu­cirse a un simple acrecentamiento de la superioridad moral. Exa­minaremos ahora cómo se produce esto.

Durante el desarrollo de la acción en la guerra, la fuerza militar se encuentra constantemente con elementos que la acre­cientan y con otros que la disminuyen. En consecuencia, se trata de la supremacía de los unos o de los otros. Como toda disminu­ción de fuerza en un bando ha de considerarse como un aumen­to en el bando enemigo, se deduce, por supuesto, que esta do­ble corriente, este flujo y reflujo, tiene lugar igualmente tanto si las tropas avanzan como si retroceden.

Sólo bastará encontrar en un caso la causa principal de esta alteración para determinar la otra.

Al avanzar, las causas más importantes del aumento de fuerza en el bando del agresor son:

1) La pérdida que sufre la fuerza militar del enemigo, por­que, por lo general, esa pérdida es más grande que la del agre­sor.

2) Las pérdidas que sufre el enemigo en cuanto a los recur­sos militares materiales, como son almacenes, depósitos, puen­tes, etc., y que el agresor no comparte con él de ninguna forma.

3) Desde el momento en que el agresor penetra en territo­rio enemigo, la defensa sufre la pérdida de ciertas zonas y, en consecuencia, la de fuentes de renovación de las fuerzas milita­res.

4) El ejército que avanza gana parte de esos recursos; en otras palabras, obtiene la ventaja de vivir a expensas del enemi­go.

5) La pérdida de la organización interna y de los movimien­tos normales en el bando enemigo.

6) Los aliados del enemigo pueden abandonar a éste y otros unirse al agresor.

7) Por último, el desaliento que invade al enemigo hace, en cierta medida, que deje caer las armas de sus manos.

Las causas de la disminución de fuerza en el ejército ata­cante son:

1) Que se esté obligado a sitiar las fortificaciones enemi­gas, a bloquear su acceso y a vigilarlas; o que el enemigo haya hecho lo mismo antes del desenlace y en el curso de la retirada atraiga estas tropas hacia el cuerpo principal.

2) Desde el momento en que el agresor penetra en territo­rio enemigo, cambia la naturaleza del teatro de la guerra; éste se hace hostil; se tiene que ocupar porque sólo nos pertenece mientras lo ocupemos, lo cual crea dificultades a toda la maqui­naria en todas partes y tenderá necesariamente a debilitar sus efectos.

3) Nos alejamos mucho de nuestras fuentes de recursos, mientras que el enemigo se acerca a las suyas; esto causa un re­traso en la reposición de las fuerzas gastadas.

4) El peligro que amenaza a la nación enemiga provoca en ella el reclutamiento de otras fuerzas para su protección.

5) Finalmente, los esfuerzos más grandes que realiza el ad­versario, debido a la intensificación del peligro; por otro lado, se produce en el bando de la nación agresora un debilitamiento de esos esfuerzos.

Todas estas ventajas y desventajas pueden coexistir, encon­trarse unas con otras, por así decir, y proseguir su camino en di­recciones opuestas. Sólo las últimas se enfrentan como verdade­ros contrarios; no pueden complementarse y, por lo tanto, se ex­cluyen mutuamente. Esto muestra de por sí cuán diferente puede ser el efecto de la victoria, según que el vencido sea aplastado o estimulado a realizar un esfuerzo más grande.

Trataremos ahora de precisar por separado los puntos que afectan al aumento de fuerzas, haciendo algunas observaciones.

1) Las pérdidas de las fuerzas enemigas pueden alcanzar el nivel máximo en el primer momento de la derrota y luego dismi­nuir diariamente en cantidad, hasta que lleguen a un punto en el que se equilibren con las nuestras; pero también pueden aumen­tar cada día en progresión geométrica. Esto viene determinado por la diferencia de las situaciones y las condiciones. En general, podemos decir que el primer caso se producirá con un buen ejército, y el segundo con uno malo. Además del estado de áni­mo de las tropas, el del gobierno constituye aquí uno de los fac­tores más relevantes. En la guerra es muy importante distinguir entre los dos casos, a fin de no detenernos en el punto donde precisamente deberíamos comenzar, y viceversa.

2) Las pérdidas que sufre el enemigo en lo referente a los recursos naturales pueden aumentar y disminuir de la misma for­ma, y esto dependerá de la situación eventual y de la naturaleza de los depósitos. Sin embargo, este asunto, en la actualidad, no tiene una importancia comparable con la de los otros.

3) La tercera ventaja debe acrecentarse necesariamente a medida que avanza el ejército. En realidad cabe decir que no se la toma en consideración hasta que el ejército haya penetrado profundamente en territorio enemigo. Es decir, hasta que haya si­do dejado atrás un tercio o un cuarto del territorio. Además, el valor intrínseco que tenga la zona, en relación con la guerra, de­be tomarse también en consideración.

Del mismo modo, la cuarta ventaja debe aumentar con el avance.

Pero con respecto a las dos últimas tiene que observarse tam­bién que raras veces se siente de forma inmediata su influencia so­bre las fuerzas militares que intervienen en la lucha; éstas sólo ac­túan lentamente y de forma vaga e indirecta. En consecuencia, no deberíamos aventurarnos a tensar el arco, es decir, no deberíamos colocarnos en una posición demasiado peligrosa a causa de ellas.

La quinta ventaja es de nuevo considerada cuando se ha realizado un avance considerable y cuando, por la forma del te­rritorio enemigo, algunas zonas pueden separarse de la parte principal, ya que éstas, al igual que los miembros unidos a un cuerpo, si se desmembran tienden a dejar de existir.

En cuanto a los puntos 6 y 7, cuando menos resulta proba­ble que se produzcan con el avance. Volveremos a ocuparnos de ellos más adelante.

Consideremos ahora las causas que llevan al debilitamiento.

1) El asedio, ataque o bloqueo de las fortificaciones aumen­tará por lo general a medida que avanza el ejército. Esta sola in­fluencia debilitante actúa en forma tan poderosa sobre la condi­ción inmediata de las fuerzas militares que puede contrapesar con facilidad todas las ventajas obtenidas. Es evidente que en las épocas modernas se ha introducido el sistema de atacar las forti­ficaciones con un número pequeño de tropas o de vigilarlas con un número aún más reducido. En estas fortificaciones el enemigo suele mantener guarniciones, constituyendo sin duda un gran elemento de seguridad. La mitad de las guarniciones están inte­gradas, por lo general, por hombres que no han tomado parte previamente en la lucha. Para el asedio de estas plazas fuertes, situadas por lo común cerca de las líneas de comunicación, el agresor tiene que dedicar una fuerza que duplique al menos la de la guarnición; y si se desea sitiar seriamente una fortificación importante o vencerla por el hambre, se requerirá para ese pro­pósito un pequeño ejército.

2) La segunda causa, el establecimiento del teatro de la guerra en territorio enemigo, aumenta necesariamente con el avance y surte todavía un efecto mayor sobre la situación permanente de las fuerzas militares, aunque no sobre sus condiciones momentáneas.

Sólo debemos considerar como nuestro teatro de la guerra la parte de aquel territorio enemigo que podamos ocupar; es de­cir, allí donde hayamos dejado pequeños destacamentos a cielo descubierto o guarniciones diseminadas en las ciudades más im­portantes, o puestos militares a lo largo de los caminos, etc. Por más pequeñas que sean las guarniciones que dejamos atrás, de­bilitan, sin embargo, de manera considerable a las fuerzas milita­res. Pero este es el menor de los males.

Todo ejército presenta unos flancos estratégicos, o sea, el territorio que limita ambos lados de sus líneas de comunicación. Sin embargo, como el ejército del enemigo posee igualmente esos flancos, la debilidad de estas partes no se pone de relieve de manera ostensible. Pero ello sólo puede ocurrir en tanto nos encontremos en nuestro propio territorio; tan pronto como nos adentremos en el del enemigo se percibe en gran manera la de­bilidad, porque de la operación más insignificante cabe esperar algún resultado cuando va dirigida contra una línea muy larga protegida sólo débilmente, o que no lo está en forma alguna; y estos ataques pueden realizarse desde cualquier dirección en el territorio enemigo.

Cuanto más se avanza, tanto más dilatados se hacen esos flancos, y el peligro que surge de ellos crece en progresión geo­métrica. Porque no sólo son difíciles de proteger, sino que tien­den a activar el espíritu combativo del enemigo, haciendo que éste se aproveche de las largas e inseguras líneas de comunica­ción, cuya pérdida puede ocasionar, en caso de una retirada, consecuencias extremadamente graves.

Todo esto contribuye a imponer una nueva carga sobre el ejército atacante, en cada etapa de su avance. De manera que si no ha iniciado su ataque con una gran superioridad, se verá cada vez más impedido para realizar sus planes. Su fuerza de ataque se debilitará gradualmente y, por último, podrá caer en un esta­do de incertidumbre y de angustia con respecto a su situación.

3) La tercera causa, o sea, la distancia hasta la fuente desde la cual la fuerza militar en constante disminución tiene que ser también constantemente reforzada, aumenta con el avance. A es te respecto, el ejército atacante es como una lámpara: cuanto más disminuya el aceite en el recipiente y se aleje del centro de luz, tanto más pequeña se hará esa luz, hasta que al fin se extin­gue por completo.

La riqueza de las zonas conquistadas puede hacer disminuir en gran medida este perjuicio, pero no lo hará desaparecer por completo, porque siempre existe un cierto número de cosas que tienen que obtenerse del propio país, en especial los hombres. Los suministros que proporciona el territorio del enemigo no lle­gan en la mayoría de los casos ni con tanta rapidez ni tanta se­guridad como los aportados por el nuestro, siendo así que los medios para hacer frente a cualquier necesidad inesperada no pueden ser obtenidos con tanta diligencia; y porque las confu­siones y los errores de toda índole no pueden ser descubiertos y remediados tan pronto.

Si el príncipe no conduce personalmente su ejército, como sucedió habitualmente en las últimas guerras, o si no se encuen­tra siempre cerca de él, surgirá entonces otro inconveniente muy grande, debido a la pérdida de tiempo que representa el ir y ve­nir de las comunicaciones, porque los plenos poderes conferidos a un comandante de ejército nunca son suficientes como para encarar cada caso con la amplitud que alcanzan sus actividades.

4) Si los cambios en las alianzas políticas, nacidos de la vic­toria, llegaran a ser desventajosos para el atacante, lo serían probablemente en relación directa con su avance, del mismo modo que lo serían si fueran de naturaleza ventajosa. Todo depende aquí de las alianzas políticas existentes, de los intereses, las cos­tumbres y las tendencias de los príncipes, los ministros, los favo­ritos y otros. En general, sólo cabe decir que cuando se conquis­ta un gran Estado que cuenta con aliados más pequeños, éstos por lo común rompen muy pronto sus alianzas, de suerte que el triunfador, en este aspecto, se hace más fuerte con cada golpe. Pero si la nación conquistada es pequeña, surgen mucho más pronto los protectores cuando su existencia se ve amenazada, y otros, que habían contribuido a hacer flaquear su estabilidad, cambiarán de frente para impedir su caída completa.

5) La resistencia creciente, puesta de manifiesto por parte del enemigo. Algunas veces, el enemigo, aterrorizado y atónito, deja que las armas caigan de sus manos. Otras veces se apodera de él un entusiasmo exacerbado: todo el mundo se apresura a tomar las armas y, después de la primera derrota, la resistencia es mucho más firme y fuerte de lo que lo fue anteriormente. El carácter del pueblo y del gobierno, la naturaleza del país y sus alianzas políti­cas son los datos de los cuales cabe predecir un efecto probable.

¡Cuántos cambios infinitamente diferentes no producen es­tos dos últimos puntos en los planes que pueden y deberían tra­zarse en la guerra, en uno y otro caso! Mientras en uno despilfarramos y dejamos escapar la mejor oportunidad de éxito, debido a nuestros escrúpulos y al llamado procedimiento metódico, en el otro nos precipitamos de bruces en la destrucción, llevados por la temeridad y la imprudencia.

Además, cabe mencionar la lasitud y la debilidad que expe­rimenta el triunfador en su propio país cuando ha pasado el peli­gro, en el momento en que, por el contrario, sería necesario mantener el esfuerzo para llevar la victoria hasta el fin. Si echa­mos una mirada general sobre estos principios diferentes y anta­gónicos, podemos deducir, sin duda, que en la mayoría de los casos, la persecución de la victoria final, la marcha hacia adelan­te en una guerra de agresión, provocan a la postre la disminu­ción de la supremacía con la que se partió al comienzo o que ha sido obtenida mediante un triunfo.

Nos enfrentamos necesariamente con la siguiente pregunta: si esto es así, ¿qué es entonces lo que impulsa al atacante a pro­seguir su senda victoriosa, a continuar la ofensiva? ¿Puede esto llamarse en realidad persecución de la victoria? ¿No sería mejor detenerse en el punto en el que aún no se pone de manifiesto una disminución de la supremacía obtenida?

A esto debemos responder, lógicamente, lo siguiente: la su­premacía de las fuerzas militares no es un fin, sino sólo un me­dio. El fin consiste, ya sea en derrotar al enemigo, ya sea al me­nos en apoderarse de parte de sus tierras, a fin de colocarse con ello en posición de hacer que las ventajas ganadas puedan tener peso en la conclusión de la paz. Aun si nuestro propósito fuera la derrota completa del enemigo, debemos conformarnos con el hecho de que quizá con cada paso que damos en nuestro avan­ce disminuye nuestra supremacía. Sin embargo, no se deduce de esto, necesariamente, que la; supremacía se reduzca a cero antes de la derrota del enemigo. Esta puede tener lugar antes, y si ha de obtenerse con el mínimo posible de supremacía, constituiría un error no utilizarla para ese propósito.

Por consiguiente, la supremacía con que contemos o que adquiramos en la guerra constituye sólo el medio, no el objetivo, y debe ponerse en juego y arriesgarla para lograr ese objetivo. Pero es necesario saber hasta dónde llegará, a fin de no ir más allá de ese punto, y de no cosechar infortunios en vez de nuevas ventajas.

No es necesario recurrir a los ejemplos especiales que nos proporciona la experiencia a fin de probar que este es el camino por el cual la supremacía estratégica se agota durante el ataque estratégico; más bien ha sido la gran cantidad de esos ejemplos la que nos ha inducido y forzado a investigar las causas de ello. Sólo a partir de la aparición de Bonaparte tuvieron lugar campa­ñas entre naciones civilizadas en las cuales la supremacía condu­jo, sin dilación, a la derrota del enemigo. Antes de esa época, to­das las campañas terminaban del mismo modo: el ejército victo­rioso buscaba conquistar un punto donde pudiera simplemente mantenerse en estado de equilibrio. En este punto se detenía el movimiento de la victoria, si es que no llegaba a ser necesario proceder a una retirada. Este punto culminante de la victoria aparecerá también en el futuro, en todas las guerras en las que la derrota del enemigo no sea el objetivo militar de la guerra; y la mayoría de las guerras serán todavía de esta clase. La meta natu­ral de todo plan de campaña es el punto en el cual la ofensiva se transforma en defensa.

Ir más allá de esta meta constituye no sólo un simple gasto de fuerza inútil, que no produce ya un resultado significativo, si­no que resulta un gasto ruinoso, que causa ciertas reacciones, las cuales, de acuerdo con la experiencia universal, producen siem­pre unos efectos descomunales. Este último hecho es tan común y parece tan lógico y fácil de comprender que no necesitamos inquirir meticulosamente sus causas. Las causas principales, en todo caso, son la falta de acomodación en la tierra conquistada y el violento contraste de sentimientos que se produce cuando se malogra el nuevo éxito perseguido. Por lo general comienzan a entrar en acción de forma muy activa las fuerzas morales; por un lado, la exaltación, que se convierte a menudo en arrogancia, y por otro, el abatimiento extremo. Con ello aumentan las pérdidas durante la retirada, y el hasta entonces bando triunfador eleva sus preces al cielo si puede salir de ello con la única pérdida de lo que haya ganado, sin tener que abandonar parte de su propio territorio.

Aclaremos ahora una contradicción aparente.

Se podría pensar, por supuesto, que desde el momento que la continuidad del avance en el ataque implica la existencia de una supremacía y dado que la defensa, que comenzará al final del avance victorioso, es una forma de guerra más poderosa que el ataque, habrá tanto menos peligro de que el triunfador se con­vierta inesperadamente en la parte más débil. Sin embargo, este peligro existe, y, teniendo en cuenta la historia, debemos admitir que el peligro más grande de que se produzca un revés no apa­rece a menudo hasta el momento en que cesa la ofensiva y ésta se convierte en defensa. Trataremos de averiguar la causa de ello.

La superioridad que hemos atribuido a la forma de guerra defensiva consiste en lo siguiente:

1) la utilización del terreno;

2) la posesión de un teatro de la guerra preparado de ante­mano;

3) el apoyo de la población;

4) la ventaja de permanecer a la espera del enemigo.

Es evidente que estas ventajas no pueden aparecer siempre y ser activas en igual grado; que, en consecuencia, una defensa no es siempre igual a otra, y que, por lo tanto, la defensa no ten­drá siempre esta misma superioridad sobre la ofensiva. Este debe ser particularmente el caso en la defensa que comienza después de la consumación de la ofensiva y que tiene situado su teatro de la guerra, por lo común, en el vértice del triángulo ofensivo dirigido muy hacia adelante. De las cuatro ventajas mencionadas arriba, esta defensa sólo mantiene la primera sin alterar, o sea, la utilización del terreno. La segunda desaparece por completo, la tercera se convierte en negativa y la cuarta resulta en gran mane­ra debilitada. A manera de explicación, nos extenderemos un po­co más con respecto al último punto.

Bajo la influencia de un equilibrio imaginario, campañas enteras se desarrollan a menudo sin que se produzca resultado alguno, porque el bando que debería asumir la iniciativa carece de la resolución necesaria. Precisamente en esto reside la ventaja de mantenerse a la espera. Pero si este equilibrio es alterado por una acción ofensiva, si se acosa al enemigo y su voluntad es in­citada a la acción, entonces disminuirá en gran medida la proba­bilidad de que permanezca en ese estado de indecisión indolen­te. La defensa que se organiza en territorio conquistado tiene un carácter mucho más desafiante que la que se desarrolla sobre nuestro propio suelo; el principio ofensivo se inserta en ella, por así decir, y con ello se debilita su naturaleza. La paz que Daun concedió a Federico II en Silesia y Sajonia nunca le habría sido otorgada a éste en Bohemia.

De este modo se hace evidente que la defensa, que está entretejida con una acción de carácter ofensivo, se debilita en to­das sus principales principios y, por consiguiente, no contará ya con la superioridad que se le atribuía originariamente.

Así como ninguna campaña defensiva está totalmente com­puesta de elementos defensivos, del mismo modo ninguna cam­paña ofensiva está constituida por entero de elementos ofensi­vos; porque, además de los cortos intervalos que existen en toda campaña, en los cuales ambos bandos permanecen a la defensi­va, todo ataque que no conduzca a la paz debe terminar necesa­riamente en una defensa.

De este modo, la defensa misma es la que contribuye al de­bilitamiento de la ofensiva. Esto está lejos de constituir una suti­leza estéril; por el contrario, la consideramos la principal desven­taja que encierra el ataque, debido a que, una vez efectuado, quedamos a causa de ello reducidos a una defensa muy desven­tajosa.

Y esto explica de qué modo en la guerra se reduce en for­ma gradual la diferencia que existe originariamente entre la fuer­za de la forma ofensiva y la de la defensiva. Mostraremos ahora que esta diferencia puede desaparecer por completo y que, por corto tiempo, la ventaja puede transformarse en desventaja.

Si se nos permitiera utilizar un concepto extraído de la na­turaleza para explicar nuestro punto de vista, podríamos expre­sarnos con más concisión. Es el tiempo que requiere toda fuerza del mundo material para producir su efecto. La fuerza que, apli­cada lentamente y por grados, basta para que un cuerpo en mo­vimiento pase al estado de reposo, será vencida por este mismo, si se decide de nuevo a actuar. Esta ley del mundo material es una imagen sorprendente de muchos de los fenómenos de nues­tra vida interior. Si nuestro pensamiento sigue cierta dirección, no todas las razones, suficientes en sí mismas, serán capaces de cambiar o de detener esa corriente. Se requiere tiempo, tranquili­dad e impresiones duraderas sobre nuestra conciencia. Lo mismo ocurre en la guerra. Cuando la mente ha adoptado una tenden­cia decidida hacia cierto objetivo o bien retrocede hacia un bas­tión de refugio, puede suceder con facilidad que los motivos que obligan a un hombre a detenerse, y que desafían a otro a entrar en acción y a arriesgarse, no se hagan sentir inmediatamente con toda su fuerza; y mientras continúa desarrollándose la acción, esos hombres son arrastrados por la corriente del movimiento más allá de los límites del equilibrio, más allá del punto culmi­nante, sin siquiera darse cuenta de ello. En verdad, hasta puede suceder que, pese al agotamiento de sus fuerzas, el agresor, apo­yado por las fuerzas morales que residen principalmente en la ofensiva, encuentre que le resulta menos difícil avanzar que de­tenerse, al igual que un caballo que lleva su carga cuesta arriba. Creemos haber demostrado, sin caer en contradicción alguna, cómo el agresor puede rebasar ese punto que, en el momento en que se detiene y asume la forma defensiva, le promete toda­vía buenos resultados, o sea, el equilibrio. Por lo tanto, la deter­minación de ese punto es importante al proyectar el plan de campaña, tanto para el agresor, de modo que no emprenda lo que está más allá de sus fuerzas y no incurra en débitos, por de­cirlo así, como para el defensor, de suerte que pueda percibir y sacar provecho de ese error, si lo cometiera el agresor.

Si echamos una mirada retrospectiva a todos los puntos que el comandante en jefe debe tener presente al tomar su decisión, y si recordamos que sólo puede estimar la tendencia y el valor de los que sean más importantes, gracias a la consideración de muchas otras circunstancias cercanas y lejanas, que en cierta me­dida deberá adivinar ––adivinar si el ejército enemigo, después del primer golpe, mostrará un núcleo central más fuerte y una solidez que se acrecienta firmemente o si, al igual que un frasco boloñés, quedará pulverizado tan pronto como se dañe su super­ficie; adivinar el grado de debilidad y de paralización que produ­cirá en la situación del enemigo el agotamiento de ciertas fuen­tes, la interrupción de ciertas comunicaciones; adivinar si el ene­migo se desplomará impotente debido al dolor intenso que le produzca el golpe asestado, o si, al igual que un toro herido, se excitará hasta entrar en un estado de furia, y por último adivinar si las otras potencias serán presas del terror o se encolerizarán y qué alianzas políticas serán disueltas o se formarán––, entonces diremos que tiene que apuntar con tino y acertar con su juicio en todo esto y mucho más aún, del mismo modo que el tirador da en el centro del blanco, y concederemos que esa proeza del espíritu humano no constituye ninguna menudencia. Miles de sendas diferentes que corren en una u otra dirección se presen­tan ante nuestro juicio; y lo que no consiguen el número, la con­fusión y la complejidad de las materias lo logran el sentido del peligro y la responsabilidad.

Esto explica que la gran mayoría de los generales prefieran mantenerse muy alejados de la meta, antes que aproximarse a ella demasiado. De este modo suele suceder que un espíritu do­tado de iniciativa y valor actúe por encima de sus límites y, por lo tanto, no logre cumplir con su objetivo. Sólo aquel que realice grandes hechos con medios pequeños habrá acertado felizmente.

LIBRO VIII

PLAN DE UNA GUERRA

El libro VIII ofrece una reconsideración de los conceptos ge­nerales expuestos anteriormente, al hablar de la guerra en cual­quiera de sus variantes. En los diversos apartados de que consta, se expone la verdadera esencia de la guerra, con sus característi­cas más amplias e importantes. Así, en el capítulo II, Clausewitz afirma: «Si la gente actuara sabiamente, ninguna guerra comen­zaría, o al menos no debería comenzar, sin que se encontrara primero respuesta a la siguiente pregunta: ¿qué es lo que tiene que lograrse por la guerra y en la guerra? El primero es el objetivo final, el otro es el propósito intermedio (...) Dijimos en el primer capítulo que la derrota del enemigo es el propósito natural de to­do acto de guerra y que si nos mantuviéramos dentro de los lími­tes estrictamente filosóficos de la concepción, no podría funda­mentalmente existir otro objetivo. Como esta idea debe aplicarse a ambas partes beligerantes, se deduciría que no puede existir la suspensión del acto militar, y que esa suspensión no puede tener lugar hasta que una u otra de las partes resulte realmente derro­tada».

Esto debiera ser una verdad irreversible, porque la guerra posee una cohesión interna que canaliza todo el conjunto de fac­tores que la componen hacia la consecución del fin propuesto (capítulos III, IV y V). Pero la historia ha demostrado suficiente­mente que no es así y Clausewitz expone una de las causas prin­cipales en el capítulo VI (el que sigue a continuación).

Capítulo VI

A. INFLUENCIA DEL OBJETIVO POLÍTICO SOBRE EL PROPÓSITO MILITAR 

Nunca se verá que un estado que abraza la causa de otro tome ésta tan seriamente como si se tratara de la suya propia. Por lo general, lo que hace es enviar un ejército auxiliar de fuer­za moderada y, si éste no tiene éxito, entonces el aliado conside­ra que el asunto está, en cierta forma, zanjado, y trata de desem­barazarse de él en las mejores condiciones posibles.

En la política europea es cosa establecida que los Estados convengan entre sí una asistencia mediante alianzas ofensivas. Esto no tiene tal alcance como para que uno participe en los in­tereses y las disputas del otro, sino sólo constituye la promesa, hecha de antemano, de prestar una ayuda mutua mediante un contingente de tropas determinado, por lo general muy modesto, sin tomar en consideración el objetivo de la guerra o las inten­ciones puestas de manifiesto por el enemigo. En un tratado de alianza de este tipo, el aliado no se considera involucrado en la guerra, propiamente dicha, con el enemigo, la cual, necesaria­mente, tendrá que comenzar con una declaración formal y termi­nar con un tratado de paz. Más aún, esta idea no está fijada con claridad en parte alguna y su uso varía aquí y allá.

La cuestión presentaría cierta coherencia y la teoría de la guerra tendría menos dificultad en relacionarse con ella, si el contingente de 10.000, 20.000 o 30.000 hombres fuera puesto en su totalidad a disposición del Estado que lleva a cabo la guerra, de modo que éste pudiera utilizarlo de acuerdo con sus necesi­dades; podría entonces considerarse como una fuerza alquilada. Pero la manera usual es por completo diferente. Por lo común, la fuerza auxiliar tiene su propio jefe, que depende exclusiva­mente de su gobierno, el cual le fija el objetivo que mejor con­venga a los planes circunscritos que tiene en perspectiva.

Pero incluso en el caso de que dos Estados entablen real­mente una guerra con un tercero, no siempre consideran ambos en la misma medida que deban destruir a ese enemigo común o arriesgarse a ser destruidos por él. A menudo la cuestión se arre­gla al igual que una transacción comercial. Cada uno de los esta­dos, de acuerdo con el riesgo que corre o con el provecho que puede esperar, participa en la empresa con 30.000 o 40.000 hom­bres, y actúa como si no pudiera perder más que la cantidad que ha invertido.

No sólo se adopta este punto de vista cuando un Estado acude en ayuda de otro en una causa que le es más bien ajena, sino que, aun cuando ambos pongan en juego intereses conside­rables y comunes, nada podrá hacerse sin un apoyo diplomático, y las partes contratantes, por lo general, sólo convienen en sumi­nistrar un pequeño contingente estipulado, a fin de reservar el empleo del resto de sus fuerzas militares para los fines especiales hacia los cuales puede conducirlos su política.

Esta forma de considerar la guerra de alianza prevaleció durante mucho tiempo, y sólo en la época moderna se vio obli­gada a dejar paso al punto de vista natural, cuando el peligro evidente condujo los sentimientos por esa senda (como contra Bonaparte) y cuando el poder ilimitado los obligó a seguirla (co­mo bajo Bonaparte). Fue una acción a medias, una anomalía, porque la guerra y la paz son en el fondo conceptos que no pueden tener ninguna gradación. Sin embargo, no era una sim­ple práctica diplomática a la cual la razón podía dejar de tener en cuenta, sino una profundamente arraigada en las limitaciones naturales y en las debilidades de la naturaleza humana.

En definitiva, incluso cuando se entabla sin aliados, la cau­sa política de una guerra siempre tiene gran influencia sobre la manera como ésta es dirigida.

Si no exigimos del enemigo más que un pequeño sacrificio, estaremos satisfechos con sólo obtener, mediante la guerra, un pequeño equivalente y esperaremos alcanzarlo por medio de es­fuerzos moderados. El enemigo razona más o menos de la mis­ma forma. Si uno u otro encuentra que ha errado en sus cálcu­los, que, en lugar de ser ligeramente superior a su enemigo, co­mo supuso, es algo más débil, en ese momento, el capital y to­dos los otros medios, al igual que el impulso moral requerido para los grandes esfuerzos, son muy a menudo insuficientes. En ese caso, el implicado se arreglará lo mejor que pueda y espera­rá que se presenten, en el futuro, acontecimientos favorables, aunque no tenga la más ligera base para esa esperanza. Y mien­tras tanto, la guerra se arrastrará penosa y débilmente, al igual que un cuerpo agostado y rendido por la enfermedad.

De este modo llega a suceder que la acción recíproca, el esfuerzo para imponerse, la violencia y la idefectibilidad de la guerra se esfumen por el hecho de estancarse en móviles débiles y secundarios, y porque ambas partes sólo se mueven con cierta seguridad en ámbitos muy reducidos.

Si se permite la imposición de esta influencia del objetivo político sobre la guerra, como debe ser, no quedará ya ningún lí­mite y habrá que tolerar que se recurra a ese método de guerra que consiste en la simple amenaza al enemigo y en la negocia­ción. Es evidente que la teoría de la guerra, si ha de constituir y seguir siendo una reflexión filosófica, se encontrará aquí en difi­cultades. Parece escapar de ella todo lo inherente al concepto de lo que es esencial en la guerra, y cae en el peligro de restar sin ningún punto de apoyo. Pero pronto aparece la solución natural. A medida que el principio moderador se impone sobre el acto de guerra o, más bien, a medida que los motivos para la acción se tornan más débiles, tanto más se convierte la acción en una resistencia pasiva, tanto menos se produce y tanto menos necesi­ta de principios conductores. El arte militar se convierte entonces en mera prudencia, y su principal objetivo será apercibirse de que el equilibrio inconstante no se vuelva súbitamente en contra de nosotros y esa guerra a medias no se convierta en una guerra verdadera.

B. LA GUERRA COMO INSTRUMENTO DE LA POLÍTICA

Hasta aquí hemos tenido que considerar, ya sea de un lado o del otro, el antagonismo en que se halla la naturaleza de la guerra con relación a los demás intereses de los hombres, consi­derados individualmente o en grupos sociales, a fin de no des­cuidar ninguno de los elementos opuestos, antagonismo que se funda en nuestra propia naturaleza y que, en consecuencia, nin­guna razón filosófica puede descifrar y aclarar. Nos ocuparemos ahora de esa unidad a la cual confluyen, en la vida práctica, es­tos elementos antagónicos, al neutralizarse en parte uno al otro. Habríamos considerado esta unidad desde el comienzo, si no hu­biera sido tan necesario subrayar estas contradicciones evidentes como considerar también separadamente los diferentes elemen­tos. Esta unidad es la concepción de que la guerra es sólo una parte del intercambio político y, por lo tanto, de ninguna manera constituye algo independiente en sí mismo.

Sabemos, por supuesto, que la guerra sólo se produce a través del intercambio político de los gobiernos y de las naciones. Pero en general se supone que ese intercambio queda inte­rrumpido con la guerra y que sigue un curso de las cosas total­mente diferente, no sujeto a ley alguna fuera de las suyas pro­pias.

Sostenemos, por el contrario, que la guerra no es más que la continuación del intercambio político con una combinación de otros medios. Decimos «con una combinación de otros medios» a fin de afirmar, al propio tiempo, que este intercambio político no cesa en el curso de la guerra misma, no se transforma en algo di­ferente, sino que, en su esencia, continúa existiendo, sea cual fuere el medio que utilice, y que las líneas principales a lo largo de las cuales se desarrollan los acontecimientos bélicos y a las cuales éstos están ligados son sólo las características generales de la política que se prolonga durante toda la guerra hasta que se concluye la paz. ¿Cómo podría concebirse que esto fuera de otra manera? ¿Acaso la interrupción de las notas diplomáticas pa­raliza las relaciones políticas entre los diferentes gobiernos y na­ciones? ¿No es la guerra, simplemente, otra clase de escritura y de lenguaje para sus pensamientos? Es seguro que posee su pro­pia gramática, pero no su propia lógica.

De acuerdo con esto, la guerra nunca puede separarse del intercambio político y si, al considerar la cuestión, esto sucede en alguna parte, se romperán en cierto sentido todos los hilos de las diferentes relaciones, y tendremos ante nosotros algo sin sen­tido, carente de objetivo.

Esta forma de considerar la cuestión sería de rigor incluso si la guerra fuera una guerra total, un elemento de hostilidad com­pletamente desenfrenado. Todas las circunstancias sobre las cuales descansa y que determinan sus características principales, es decir, nuestro propio poder, el poder del enemigo, los aliados de ambas partes, las características del pueblo y del gobierno res­pectivamente, etc., tal como han sido enumeradas en el libro I, capítulo I, ¿no son acaso de naturaleza política, y no están co­nectadas tan íntimamente con todo el intercambio político que es imposible separarlas de él? Pero este punto de vista es doble­mente indispensable si pensamos que la guerra real no consiste en un esfuerzo consecuente que tiende hacia el último extremo, como debería serlo de acuerdo con la teoría abstracta, sino que es algo hecho a medias, una contradicción en sí misma; que, co­mo tal, no puede seguir sus propias leyes, sino que debe ser considerada como una parte de un todo, y este todo es la políti­ca.

La política, al hacer uso de la guerra, evita todas las conclu­siones rigurosas que provienen de su naturaleza; se preocupa poco por las posibilidades finales y sólo se atiene a las probabili­dades inmediatas. Si, debido a ello, toda la transacción está en­vuelta en la incertidumbre, si la guerra se convierte con ello en una especie de juego, la política de cada gobierno alimenta la creencia segura de que en este juego superará a su adversario en habilidad y discernimiento.

De este modo, la política convierte a los elementos podero­sos y temibles de la guerra en un simple instrumento; la formida­ble espada de las batallas, que debería empuñarse con ambas manos y descargarse con toda la fuerza del cuerpo, para que diera un solo golpe, es convertida por ella en un arma liviana y manejable, que a veces no es nada más que un espadín que la política usa, a su vez, para las acometidas, las fintas y las para­das.

Así es como se pueden solventar las contradicciones en las que el hombre, naturalmente tímido, se ve envuelto en la guerra, si aceptamos esto como una solución.

Si la guerra pertenece a la política, adquirirá naturalmente su carácter. Si la política es grande y poderosa, igualmente lo se­rá la guerra, y esto puede ser llevado al nivel en que la guerra alcanza su forma absoluta.

Al concebir la guerra de esta manera, no debemos por tan­to perder de vista la forma de guerra absoluta, mejor dicho, su imagen debe estar siempre presente en el fondo de la cuestión.

Solamente gracias a esta forma de concebirla la guerra se convierte una vez más en una unidad, solamente así podemos considerar todas las guerras como cuestiones de una sola clase; y sólo así el juicio podrá obtener las bases y los puntos de vista reales y exactos con los cuales habrán de trazarse y juzgarse los grandes planes.

Es verdad que el elemento político no penetra profunda­mente en los detalles de la guerra. Los centinelas no son aposta­dos ni las patrullas enviadas a hacer sus rondas basándose en consideraciones políticas. Pero su influencia es muy decisiva con respecto al plan de toda la guerra, de la campaña y a menudo incluso de la batalla.

Por esta razón no nos hemos apresurado a establecer este punto de vista desde el comienzo. Mientras nos ocupábamos de detalles y circunstancias menores, nos hubiera servido de poca ayuda y más bien, en cierta medida, habría distraído nuestra atención; pero no por ello resulta menos indispensable en el plan de la guerra o de la campaña.

En general, no hay nada más importante en la vida que es­tablecer de forma exacta el punto de vista desde el cual deben juzgarse y considerarse las cosas y mantenerlo luego, porque só­lo podemos comprender el conjunto de acontecimientos en su unidad, desde un punto de vista, y sólo manteniendo estricta­mente este punto de vista podemos evitar caer en la inconse­cuencia.

Por lo tanto, si al apoyar un plan de guerra no cabe mante­ner dos o tres puntos de vista, desde los cuales las cosas podrían considerarse ––por ejemplo, en un momento determinado, adop­tar el punto de vista del soldado, en otro momento el del gobe­mante o el del político, etc.––, entonces el siguiente problema será dilucidar si la política es necesariamente lo principal y si to­do lo demás tiene que estar subordinado a ella.

Se ha supuesto que la política une y concilia dentro de sí todos los intereses de la administración interna, incluso aquellos que la humanidad y todo aquello que la razón filosófica pueda poner en evidencia, porque no es nada en sí misma, sino una mera representación de todos esos intereses en contra de otros estados. No nos interesa aquí el hecho de que la política pueda tomar una dirección errónea y prefiera fomentar un fin ambicio­so, unos intereses privados o la vanidad de los gobernantes, por­que en ninguna circunstancia el arte de la guerra puede conside­rarse como el preceptor de la política, y sólo podemos conside­rar aquí a la política como la representación de los intereses de la comunidad entera.

En consecuencia, la cuestión estriba en si, al proyectar y trazar los planes para una guerra, el punto de vista político debe­ría desaparecer o supeditarse al puramente militar (si fuera con­cebible un punto de vista como ése), o si aquél debería seguir siendo el rector y el militar someterse a él.

Que el punto de vista político debiera cesar por completo en sus funciones cuando comienza la guerra sólo sería concebi­ble si las guerras fueran luchas de vida o muerte, originadas en el odio puro. Tal como son las guerras en realidad, sólo constitu­yen, como hemos dicho antes, manifestaciones de la política misma. La subordinación del punto de vista político al militar se­ría irrazonable, porque la política ha creado la guerra; la política es la facultad inteligente, la guerra es sólo el instrumento y no a la inversa. La subordinación del punto de vista militar al político es, en consecuencia, lo único posible.

Si reflexionamos en la naturaleza de la guerra real y recor­damos lo que se ha manifestado en el capítulo III de este libro, o sea, que toda guerra deberá ser comprendida de acuerdo con la posibilidad de su carácter y de sus características principales, tal como ha de deducirse de las fuerzas y de las condiciones políti­cas, y que a menudo, en la realidad de nuestros días, podemos afirmar con seguridad que, casi siempre, la guerra ha de conside­rarse como un todo orgánico, del cual no pueden separarse los miembros individuales, y en el cual, por consiguiente, toda acti­vidad individual fluye dentro del todo y tiene también su origen en la idea de este todo, entonces se pondrá perfectamente en claro y se afirmará con seguridad que el punto de vista más ele­vado para la conducción de la guerra, del cual provienen sus ca­racterísticas principales, no puede ser otro que el de la política.

A partir de este punto de vista, nuestros planes emergen al igual que de un molde; nuestra comprensión y nuestro juicio se hacen más fáciles y más naturales; nuestras convicciones ganan fuerza, los móviles son más satisfactorios y la historia se hace más inteligible.

A partir de él, por lo menos, no existe ya el conflicto natu­ral entre los intereses militares y los políticos, y donde este con­flicto aparece ha de considerársele meramente como producto de un conocimiento imperfecto. Que la política exigiera de la guerra lo que ésta no puede cumplir sería contrario a la presun­ción de que la política conoce el instrumento que ha de usar, contrario, por lo tanto, a una presunción que es natural e indis­pensable. Pero si la política juzga correctamente el curso de los acontecimientos militares, será de su incumbencia determinar qué acontecimientos y qué dirección de éstos es la que corres­ponde a los propósitos de la guerra.

En una palabra, bajo el punto de vista más elevado, el arte de la guerra se transforma en política, pero, por supuesto, en una política que entabla batallas en lugar de redactar notas di­plomáticas.

De acuerdo con este punto de vista, ntiene que descartarse y es incluso perjudicial admitir la distinción de que un gran acontecimiento militar o el plan para ese acontecimiento debiera llevar a la aprobación de un juicio puramente militar; en verdad, no resulta un procedimiento razonable consultar a soldados pro­fesionales acerca del plan de la guerra, de modo que puedan dar una opinión puramente militar, tal como hacen los gabinetes con frecuencia. Pero es aún más absurda la exigencia de los teó­ricos de que deba hacerse ante el comandante en jefe una decla­ración sobre los medios disponibles para la guerra, de modo que aquél pueda desarrollar, de acuerdo con esos medios, un plan puramente militar para la guerra o la campaña. La experiencia nos enseña también que, pese a la gran diversidad y el desarro­llo del sistema de guerra actual, el esquema principal de una guerra ha sido determinado siempre por el gobierno, o sea, ex­presado en lenguaje técnico, por un organismo puramente políti­co y no por uno militar.

Esto se halla completamente en la naturaleza de las cosas. Ninguno de los planes principales que son necesarios para la guerra pueden ser trazados sin tener conocimiento de las condiciones políticas, y cuando la gente se refiere, como hace a me­nudo, a la influencia perjudicial de la política en la conducción de la guerra, expresa realmente algo muy diferente de lo que se propone decir. No es esta influencia, sino la política misma, la que debería ser censurada. Si la política es justa, es decir, si logra sus fines, sólo podrá afectar a la guerra favorablemente, en el sentido de esa política. Allí donde esa influencia se desvía del fin, la causa tiene que buscarse en una política errónea.

Sólo cuando la política espera equivocadamente un deter­minado efecto de ciertos medios y medidas militares, un efecto opuesto a su naturaleza, podrá ejercer, mediante el curso que imprime a las cosas, un efecto perjudicial sobre la guerra. Así co­mo una persona que no domina por completo un idioma dice muchas veces lo que no se proponía, del mismo modo la políti­ca dará con frecuencia órdenes que no corresponden a sus pro­pias intenciones. Esto ha sucedido muy a menudo y muestra que cierto conocimiento de los asuntos militares es esencial para la administración del intercambio político.

Pero antes de seguir adelante debemos apercibirnos contra una interpretación errónea que se insinúa con prontitud. Estamos lejos de sostener la opinión de que un ministro de la guerra, en­frascado en sus papeles oficiales, o un ingeniero erudito, o hasta un militar que ha sido bien adiestrado en el campo de batalla constituirían, necesariamente, el mejor ministro de Estado en un país donde el soberano no actuara por sí mismo. En otras pala­bras, no queremos decir que esta familiaridad con los asuntos militares sea la cualidad principal que deba poseer un ministro de Estado. Las principales cualidades que tienen que caracterizar a éste son una mente extraordinaria, de índole superior, y forta­leza de carácter; ya que el conocimiento de la guerra le puede ser suministrado de una u otra forma. Francia nunca fue peor aconsejada en sus asuntos militares y políticos que cuando lo es­taba por los dos hermanos Belleisle y el duque de Choiseul, aun­que los tres eran buenos soldados.

Si la guerra tiene que concordar por entero con los propó­sitos de la política y la política ha de adaptarse a los medios dis­ponibles para la guerra, en el caso en que el estadista y el soldado no estén conjugados en una sola persona sólo quedará una alternativa satisfactoria, que es la de integrar al general en jefe en el gabinete, de suerte que pueda tomar parte en sus consejos y decisiones en ocasiones importantes. Pero esto sólo es posible si el gabinete, o sea, el mismo gobierno, se halla próximo al teatro de la guerra, de modo que las cosas puedan decidirse sin gran pérdida de tiempo.

Esto es lo que hicieron el emperador de Austria en 1809 y los soberanos aliados en 1813, 1814 y 1815, y esta disposición resultó ser completamente satisfactoria.

La influencia que sobre el gabinete ejerce cualquier militar, a excepción del general en jefe, es peligrosa en extremo; muy raras veces conduce a una acción sana y vigorosa. El ejemplo de Francia entre 1793 y 1795, cuando Carnot, mientras residía en París, asumía al propio tiempo la conducción de la guerra, es completamente censurable, porque un sistema de terror no está a disposición de nadie que no sea un gobierno revolucionario.

Terminaremos con algunas reflexiones extraídas del estudio de la historia.

En la última década del siglo pasado, cuando se produjo en Europa un cambio notable en el arte de la guerra, a raíz de lo cual los mejores ejércitos vieron que una_ parte de su manera de conducir la guerra se tornaba ineficaz y los éxitos militares se producían con una magnitud que hasta entonces nadie había podido concebir, parecía, sin duda, que todos los cálculos erró­neos debían ser atribuidos al arte de la guerra. Era evidente que, mientras se hallaba limitada por la costumbre y la práctica dentro de un círculo de ideas estrechas, Europa había sido sor­prendida por posibilidades que se hallaban fuera de este círcu­lo, pero que sin lugar a dudas no eran ajenas a la naturaleza de las cosas.

Los observadores que adoptaron un punto de vista más am­plio atribuyeron la circunstancia a la influencia general que la política había ejercido durante siglos sobre el arte de la guerra, para su gran detrimento, y como resultado de lo cual había llega­do a ser una cuestión a medias, a menudo un simple simulacro de lucha. Tenían razón en cuanto al hecho, pero se equivocaban al considerarlo como una condición evitable que surgía por ca­sualidad.

Otros pensaron que todo tenía su explicación por la influencia momentánea de la política particular desarrollada por Austria, Prusia, Inglaterra, etc.

Pero ¿era verdad que la sorpresa real experimentada se de­bía a un factor en la conducción de la guerra o más bien a algo que se hallaba dentro de la política misma? O sea, según nuestra manera de expresarnos, ¿procedía la desgracia de la influencia de la política sobre la guerra o de una política intrínsecamente errónea?

El formidable efecto producido en el exterior por la Revolu­ción francesa fue causado, evidentemente, mucho menos por los nuevos métodos y puntos de vista introducidos por los franceses en la conducción de la guerra que por el cambio en el arte de gobernar y en la administración civil, en el carácter del gobierno, en la situación del pueblo, etc. Que otros gobiernos consideraran todas estas cosas desde un punto de vista inadecuado, que se es­forzaran, con sus medios corrientes, en defenderse contra fuerzas de nuevo tipo y de poder abrumador, todo esto fue un craso error de la política.

¿Habría sido posible advertir y corregir esos errores desde el punto de vista de una concepción puramente militar de la guerra? No lo creemos. Porque aun cuando hubiera habido un estratega filosófico que hubiese previsto todas las consecuencias y captado las posibilidades remotas, partiendo simplemente de la naturaleza de los elementos hostiles, habría sido casi imposible, sin embargo, que ese argumento totalmente teórico produjera el menor resultado.

Solamente si se hubiera elevado hasta el punto de efectuar una apreciación ajustada de las fuerzas que habían despertado en Francia y de las nuevas relaciones en la situación política de Europa, la política podría haber previsto las consecuencias que habían de sobrevenir con respecto a las grandes características de la guerra, y sólo por este camino podría haber llegado a adoptar un punto de vista correcto sobre el alcance de los me­dios necesarios y el mejor uso que podía hacerse de ellos.

En consecuencia, podemos decir que los veinte largos años de victorias de la Revolución francesa pueden ser atribuidos principalmente a la política errónea de los gobiernos que se le oponían.

Es verdad que estos errores fueron puestos de manifiesto primero en la guerra, y los acontecimientos bélicos frustraron por completo las esperanzas que acariciaba la política. Pero esto no se produjo porque la política descuidara consultar a sus con­sejeros militares. El arte de la guerra en el que creían los políti­cos de esa época, es decir, el que se desprendía de la realidad de ese tiempo, el que pertenecía a la política del momento, ese instrumento familiar que había sido usado hasta ese entonces, ese arte de la guerra, estaba imbuido, por naturaleza, del mismo error en que incurría la política y, en consecuencia, no podía en­señarle a ésta nada mejor.

Es verdad que la misma guerra ha sufrido cambios impor­tantes, tanto en su naturaleza como en sus formas, que la han aproximado más a su configuración absoluta; pero estos cambios no se produjeron porque el gobierno francés se hubiera libera­do, por así decir, de las andaderas de la política, sino que surgie­ron de un cambio de política que provenía de la Revolución francesa, no sólo en Francia, sino también en el resto de Europa.

Esta política había puesto de manifiesto otros medios y otras fuerzas, mediante los cuales 'se pudo conducir la guerra con un grado de energía que nadie hubiera imaginado factible hasta entonces.

Los cambios reales en el arte de la guerra son también con­secuencia de las alteraciones en la política, y lejos de ser un ar­gumento para la posible separación de una y otras constituyen, por el contrario, una evidencia muy intensa de su íntima cone­xión.

Reiteramos, pues, una vez más: la guerra es un instrumento de la política; debe incluir en sí misma, necesariamente, el carác­ter de la política; debe medir con la medida de la política. La conducción de la guerra, en sus grandes delineaciones, es, en consecuencia, la política misma que empuña la espada en lugar de la pluma, pero que no cesa, por esa razón, de pensar de acuerdo con sus propias leyes.

Los capítulos VII y VIII contienen unas consideraciones ge­nerales acerca de los propósitos de la guerra ofensiva y defensiva, según los conceptos ya expuestos anteriormente. Y el capítulo LV y último presenta un esbozo de lo que debe ser un plan de guerra «cuando el objetivo es la destrucción del enemigo». Clausewitz afirma que hay «dos principios fundamentales que abarcan el conjunto del plan de guerra y que determinan la orientación de todo lo demás. El primero es el siguiente: atraer al grueso de las fuerzas enemigas hacia centros de gravedad tan poco numerosos como sea posible, y si se puede a uno solo. A continuación, limi­tar el ataque contra esos centros de gravedad a un número de acciones principales tan poco numerosas como sea posible, y si se puede a una sola; finalmente, mantener todas las acciones se­cundarias tan subordinadas como sea posible. En una palabra, el primer principio es: concentrarse tanto como se pueda. El se­gundo es: actuar tan rápidamente como sea posible, no permi­tiendo retrasos ni retrocesos sin una razón de peso».

EPÍLOGO - CLAUSEWITZ EN LA ACTUALIDAD

 ¿Siguen teniendo validez las concepciones de Clausewitz, pese a las transformaciones económicas, políticas y técnicas que se han producido en más de siglo y medio? El armamento nuclear y el despliegue técnico de los satélites artificiales, ¿no des­virtúan en particular los principios y la estrategia establecidos en tiempos de Napoleón?

De creer a ciertos críticos, Clausewitz ha sido completa­mente superado. Habría que buscar, por tanto, las lecciones mili­tares en otra dirección. Pero ¿dónde? Nadie se atreve a reivindicar el título, tan prestigioso antaño, de «teórico de la guerra», hoy teórico de la guerra nuclear. Los críticos son principalmente aquellos que piensan que esa conflagración tiene que ser evitada y calibran las posibilidades de mantener un aplazamiento indefi­nido.

Ciertamente Clausewitz no era un teórico de la paz. Fue el teórico de la guerra y no de las condiciones de paz, salvo en cuanto ésta resulta de una suspensión de los conflictos, de un equilibrio de fuerzas estáticas y de la finalización provisional de una batalla o de una guerra. La cuestión radica, por tanto, en sa­ber si las teorías de Clausewitz resultan todavía válidas en caso de guerra y no en un período de paz, un período en el que, por definición, las acciones violentas se encuentran contenidas, y son inoperantes.

Ya hace mucho tiempo ––casi desde el comienzo y mucho antes de que hiciera aparición la desintegración nuclear–– que las ideas de Clausewitz han sido impugnadas. Unos, como Thomas E. Lawrence, agente político británico y eminencia gris de la revuelta árabe antiotomana de 1916-1918, le reprochan su omi­sión de los principios de la estrategia indirecta, la maniobra polí­tico-social, la voluntad de entablar batalla, el objetivo de aniqui­lación. Reivindican contra Clausewitz el espíritu de Sun Tse y de los antiguos príncipes chinos e hindúes, del general bizantino Belisario, o de los mariscales franceses del siglo XVIII. Aunque de una forma más tenue y cautelosa, el historiador militar británi­co Liddell Hart se ha erigido en portavoz de esa crítica.

¿Qué podemos manifestar hoy en día acerca de esta cues­tión? Lamentablemente, tenemos que convenir en que las con­cepciones de Clausewitz no solamente continúan siendo válidas, sino que deben ser recalcadas, por supuesto siempre y cuando se las considere en toda su amplitud y complejidad. Ya que, ¿qué constituye en el fondo la amenaza de una guerra nuclear? Ante todo es la preparación de una batalla de aniquilación sin prece­dentes. Constituye, además, una maniobra para preparar esa ba­talla (y sobrevivir a ella) de una envergadura y una complejidad sin parangón hasta el presente. El «teatro de la guerra» puede lle­gar a ser cósmico (y no solamente terrestre, marítimo y aéreo), gracias a la introducción de los satélites artificiales en el arsenal de armamento; y no por ello dejará de ser un «teatro de la gue­rra». Y ciertamente lo que expresa Clausewitz en relación con ello no depende de la dimensión ni de la ordenación en el espa­cio de los antagonistas de hace más de ciento cincuenta años.

Otros autores han hecho referencia a las transformaciones experimentadas por el armamento, a la formidable multiplicación de la «potencia de fuego» y la casi absoluta omnipresencia de los puntos de ataque. No hay zona del planeta que pueda escapar a una impacción. A ello se suma que la acción de los medios de destrucción nuclear, química o bioclimática, no pueda ser inte­rrumpida. De lo que se deduce que resultaría imposible librar una batalla, o siquiera efectuar una maniobra, sin que tanto el vencedor como el vencido no se expusieran a caer en la aniqui­lación.

La Historia permite contestar que el mismo razonamiento fue planteado ya otras veces, siempre en vano. En su tiempo, Maquiavelo salió al paso de aquellos que aducían que el empleo generalizado de la recién aparecida artillería descartaría las bata­llas libradas cuerpo a cuerpo y con presencia de infantes y de caballeros. Y lo hizo recalcando que los medios técnicos debían integrarse en una nueva significación social y política de las ba­tallas. Así fue como las lecciones aportadas por Julio César le fueron de provecho a César Borgia, a pesar de la diferencia exis­tente entre los medios de guerra. Siglos más tarde, las armas au­tomáticas y de largo alcance, capaces de destruir al enemigo fue­ra del campo de visión, parecieron restar toda posibilidad de rea­lizar combates y batallas al estilo clásico, presagiando el final de cualquier guerra. El mismo Engels fue presa de esa ilusión técni­ca. Tras la sangrienta orgía que representó la guerra europea de 1914/1918, la inclusión del carro blindado, del avión y de los tóxi­cos en el arsenal de armamento hicieron creer asimismo en la in­capacidad ulterior de sostener guerras de larga duración. Un re­lativo equilibrio de fuerzas alimentaba el temor a cualquier aper­tura de hostilidades o cualquier intento de decidir el destino en escaso plazo de tiempo. La guerra ––o mejor el encadenamiento de una serie de guerras–– entre 1939 y 1945 iba a demostrar por el contrario que desde el momento en que estalla un conflicto, y aunque sea a costa de tener que afrontar problemas cada vez más difíciles de resolver, los nuevos medios de lucha disponibles se ajustan a la perfección. Las dos explosiones nucleares de 1945 pusieron fin, con su inmensa combustión, a un conflicto que ya estaba dando paso a uno nuevo.

En resumen, el aumento del poder destructivo, en idéntica medida que el progreso de la producción, de los transportes y del crecimiento de la población, no ha implicado nunca la imposibilidad de que se libren nuevas guerras. Todo lo contrario po­dría afirmarse si se analiza la cuestión fríamente. Apelando a la máxima de Clausewitz según la cual la estrategia superior es la de los medios, C. Rougeron ha puesto de relieve con acierto el punto esencial: los nuevos medios, cualesquiera que éstos sean, promueven la estrategia adecuada, precisamente por no ser más que medios. Es el fin, mediante la orientación de la estrategia, el que define su utilización.

Todo consiste, pues, en saber si la guerra nuclear puede re­presentar todavía un fin aceptable, es decir, con palabras de Clausewitz, una política legítima, oportuna y rentable. La objeción lleva implícitas muchas consideraciones. En primer término, la apuesta no llega a compensar el riesgo; en segundo lugar, el privilegio de iniciar el ataque se torna desorbitante, ya que resul­ta problemático detener los satélites o el viento en movimiento; finalmente, ninguno de los beligerantes puede esperar extraer una ventaja unilateral de una victoria, porque cualquier iniciativa de uno de ellos acarrearía la destrucción simultánea de ambos. En tales condiciones, la razón debería inducir a los potenciales oponentes a preferir, sea cual fuere el precio, la paz a la guerra. Los mecanismos de defensa y de contraataque que los Estados juzgan indispensables con carácter inmediato deberían ser, por tanto, ajustados y controlados de tal modo que permitieran que las diferencias discutidas en paz fructificaran al máximo. Una simple amenaza debería promover la negociación pacífica de los puntos de fricción. En tales condiciones habría que renunciar a la máxima de Clausewitz según la cual la guerra no es más que la política proseguida por medio de las armas. Sólo el deseo de una situación de paz podría ser, pues, «la continuación» de la po­lítica, fuera de la cual no habría más que un suicidio y una des­trucción de la civilización.

Un autor[5], que ha sido secundado por otros muchos, resu­me como sigue la situación. «Los postulados de Clausewitz tenían validez cuando las guerras, si bien podían poner en peligro a la sociedad, no la sacudían hasta las raíces; es decir, cuando los países beligerantes eran capaces de controlar no solamente el principio de la guerra, sino también su desarrollo ulterior, hasta el final. Pero el postulado según el cual la guerra es una conti­nuación de la política con otros medios no es aplicable a una guerra basada en las bombas nucleares, porque las devastaciones que resultarían de su caso destruirían con toda probabilidad los Estados, las naciones y las sociedades implicadas, de tal modo que no subsistiría política alguna, del género que fuese, y cierta­mente no la política exterior».

El deseo de vivir en paz y en seguridad puede contribuir, evidentemente, a suscribir esas afirmaciones. Pero quien haya leído a Clausewitz como es debido dudará de su mérito y buscará una solución en otra dirección. Lo que inspira a Clausewitz es precisamente el hecho de que las guerras de la Revolución fran­cesa y del imperio, de las cuales fue contemporáneo, sacudieron la sociedad hasta las raíces, no limitándose a «ponerla en peligro» (por otro lado, ¿qué diferencia existe entre esos dos conceptos?). Bien es cierto que no todas las guerras son radicales hasta ese extremo: una amplia gama de acciones de fuerza no ponen en juego ni los fundamentos económicos de las sociedades ni los recursos políticos del Estado, acciones tales como una amenaza, un medio de presión, de distracción a veces, de represalia o de chantaje. De la misma manera, cuando la desigualdad entre las fuerzas en oposición es muy grande, la guerra aparece al más fuerte como el extremo de una acción política de objetivo limita­do. Pero si se confrontan las fuerzas políticas y sociales esencia­les de una sociedad, incluso aunque no sean conscientes de ello sus protagonistas ––como fue el caso de las guerras de la Revo­lución francesa analizadas por Clausewitz––, el choque se torna decisivo, la apuesta resulta vital y la sociedad vencida se ve «sa­cudida hasta las raíces», mientras que el vencedor continúa incó­lume. Esto fue así en la antigüedad grecorromana, en Eurasia y en la América precolombina. ¿Qué fueron las empresas de Ale­jandro Magno, de Gengis Kan, de Pizarro y de Cortés sino expe­diciones militares que convulsionaron las relaciones sociales en los países en los que se introdujeron y que abocaron a sus pue­blos a una nueva situación de prosperidad, o de declive?

Por otro lado, ¿es cierto que los beligerantes controlaban siempre y de forma efectiva la guerra desde sus comienzos hasta el final? Si se entiende por ello el que, en ciertos casos, los jefes militares o políticos permanecían dotados hasta el final del poder de continuar los combates o de detenerlos, esa circunstancia se observa efectivamente a menudo. Pero en la guerra cuyo objeti­vo sea la aniquilación del enemigo se requiere precisamente al­canzar ese objetivo haciéndole perder todo dominio de sus fuer­zas y de sus recursos, es decir, de todo el país. El vencido, en­tonces, es aquel que pierde el control de los acontecimientos y abandona la partida porque ha cesado de dirigirla, y aquel que, por la misma razón, queda a merced de su oponente. La ampli­tud de medios de que disponen en la actualidad los grandes Es­tados no varía en lo esencial esta relación. Las constantes modifi­caciones del armamento y de su modo de empleo, de las normas tácticas y de las disposiciones estratégicas, tienden a proporcio­nar a los estados, hoy como ayer, el medio de controlar hasta el final, por encima de las pérdidas y la destrucción, el desarrollo de la guerra. Y si llega el día en que ese control les parezca sufi­ciente a ambos bandos, los riesgos de una conflagración serán reales y amenazantes, porque parecerán razonables. A pesar de los pesares, el desarrollo de la guerra conducirá poco a poco a un desequilibrio y uno de los bandos terminará por perder el control sobre el curso de los acontecimientos.

No hace falta insistir en que el trasfondo industrial de la guerra nuclear convierte en cada vez más exigente y frágil un control eficaz y perdurable, en el curso de las hostilidades, de la capacidad de producción precisa y de la sujeción a una discipli­na de la población. Pesé a todo, no se comprendería qué signifi­cado tiene esa acomodación permanente de las técnicas de des­trucción, esa investigación constante o los ajustes sociales, si di­cho control pareciera realmente imposible de mantener una vez desencadenado por ambas partes el poder de aniquilación. Las estrategias nucleares actuales, en cualquiera de sus variantes, es­tán basadas en la probabilidad que tendría el vencedor de con­servar el control de sus fuerzas durante «el cuarto de hora» de Nogi, ese discípulo de Mahan y de Clausewitz. Nada prueba, salvo que los cálculos fueran muy aleatorios, que las mutuas des­trucciones hayan de ser tan simétricas que lleguen a neutralizar­se. Todo permite suponer que los desequilibrios son previsibles y que pueden acentuarse con rapidez, aun por encima de cual­quier hecatombe. Una vez más, la guerra constituye el campo de lo relativo, aun cuando sea monstruoso. En suma, sea cual fuere el poder de los armamentos, cualquiera de los oponentes iniciará las hostilidades siempre que considere factible conservar el con­trol hasta el final, y resulta inevitable que uno u otro termine por perderlo. Ese será el verdadero fin.

Pero algunos pueden entender la cuestión de manera dife­rente. Ese exterminio de de la población, esos desarraigos, esos destrozos del trabajo del agricultor y del artesano, que eran la se cuela de las guerras del pasado, podrían no ser más que simples episodios. Las dos guerras mundiales del siglo XX no causaron grave daño más que a una proporción escasa del aparato indus­trial y aun de forma limitada, aunque esencial (por lo menos en Europa). Las destrucciones del pasado no hicieron más que per­turbar las esperanzas de una sociedad agraria consumida pero dispuesta a recuperar su tono porque continuaba siendo tan vital como la guerra misma; y las contiendas recientes no han llegado a esterilizar completamente una vitalidad industrial que la guerra misma había estimulado hasta su punto culminante. En las even­tuales guerras futuras, por el contrario, la gran industria, médula de la vida social, se vería devastada casi por completo y sin asis­tencia alguna; la apuesta sería global y los estados industriales no sabrían ponerla sobre el tapete sin arriesgar, con la derrota, la muerte inmediata. Más aún: la exterminación del vencido, debi­do a la respuesta nuclear entrecruzada que precedería a su ago­nía, alcanzaría también al vencedor. La represalia sería tan des­tructiva como la agresión; lo cual, dicho sea de paso, constituye un modo de homenaje a las virtudes que Clausewitz concede a la defensa. Las fuentes energéticas, químicas y mecánicas de los estados industriales oponentes serían destruidas conjunta, simul­tánea y recíprocamente. Ningún estado que sea capaz de prever este final se decidiría a poner en la balanza, por defender lo que quiere conservar, la certeza de perderlo todo en cualquier caso. Son los individuos los que se suicidan, no así las sociedades.

Este razonamiento constituye en verdad un razonamiento y no una experiencia. Como afirma a menudo Clausewitz, no son las destrucciones materiales las que ponen fin a las guerras, ni su probabilidad lo que impide que estallen. Sólo el entumecimiento de la voluntad adversa puede detener la lucha. Eso es lo que sig­nificaba la rendición incondicional exigida por las fuerzas arma­das hitlerianas. Al margen de ciertas profecías periodísticas sin fundamento, un conflicto nuclear mayor no provocaría de inme­diato la aniquilación completa de los dos oponentes. Las estrate­gias que se han discutido en nuestros días tanto en la U.R.S.S. como en China, en los Estados Unidos y en Europa occidental, han descansado siempre sobre la posibilidad, en caso de una conflagración abierta, de conservar un potencial bélico que so­breviva a las primeras destrucciones. A partir de ahí, los princi­pios estratégicos establecidos por Clausewitz conservan toda su validez, incluso si sus condiciones de aplicación resultan profun­damente modificadas.

Es preciso que, hoy como ayer, la guerra y la amenaza de una guerra no puedan ser más que la continuación de la política «por otros medios». Tal vez convenga hacer hincapié en el sentido de ese postulado: la guerra y la amenaza de una guerra se han convertido en el medio constante de la política y ya no cons­tituyen su continuación excepcional. Si observamos sin prejuicios la política internacional en lo que encierra de obsesivo y de ine­vitable para el mundo entero, comprobaremos que gira actual­mente en torno a la guerra. La paz en nuestro tiempo no resulta más que el subproducto de un estado de guerra latente, una amenaza de guerra abierta. Por tanto, lo que debemos preguntar­nos es lo siguiente: ¿no puede surgir de ese exceso de política guerrera una política de paz? Dicho de otro modo, las condicio­nes de una paz internacional duradera, ¿no pueden surgir de la política y no de la técnica de las armas y de las combinaciones estratégicas de la guerra? Y de ser así, ¿no podría vislumbrarse una metamorfosis de las condiciones de la política que conducen a la guerra en el camino fijado por el mismo Clausewitz? ¿No ca­bría conceder pleno significado a la idea de que es la política la que conduce a la guerra, para extraer la consecuencia de que cambiando el sentido mismo de esa política podría evitarse su forma más brutal, que es la guerra?

El sentido común responde de buena gana a esas cuestio­nes manifestando que bastaría con que los estados substituyeran la política de guerra por una de paz, y que en virtud de esa política se desarmaran. Por otro lado, ¿no es esto lo que los dos gi­gantes, Estados Unidos y la U.R.S.S., proclamaban cada uno por su cuenta, tal como lo hicieron las grandes potencias del pasado? Lo lamentable es que la política en nombre de la cual se hacen esas proclamaciones, la misma que el propio Clausewitz propug­naba, continúa siendo una política nacional, de Estado, y que esa política presupone por su misma esencia una sanción supre­ma que sigue constituyendo la guerra, llamada en nuestros días «defensa nacional». Las guerras que se autotitulan de defensa, jus­tas o legítimas, son en definitiva producto de políticas naciona­les, de las cuales provienen. Tales políticas no son por otra parte incompatibles con las alianzas o los bloques, sino todo lo contra­rio. Y sirven de alimento, asimismo, para las neutralidades tem­porales.

En suma, cabe presumir que sea en la modificación profun­da de las políticas nacionales donde resida la posibilidad de evi­tar que una próxima guerra pueda trascender el conflicto emana do de una política particular. El postulado de Clausewitz, por ser controvertido, no sería falso por ello: habría caducado. O, más bien, no resultaría verdadero más que para definir de otro modo los conflictos en curso y la política que implican, conflictos que cabe calificarlos de sociales y que por ello mismo rebasan las fronteras nacionales y los imperativos de Estado. Para Clause­witz, los conflictos sociales, elemento popular de la guerra, no pueden revestir más que una forma: la de nación. El pueblo es el Estado nacional, el de la burguesía triunfante a principios del siglo XIX.

Pero la definición de Estado nacional ha experimentado grandes cambios desde entonces. Ciertos añadidos «nacionales», en el Islam, por ejemplo, sirven de cobertura para algo muy diferente a lo que es la política burguesa y capitalista tradicional. El mundo soviético, a su vez, atribuía al poder nacional el carácter sin precedentes del socialismo de Estado burocrático. En el Occi­dente industrial, los nacionalismos se sostienen porque no son combatidos, a pesar de la variada gama de contradicciones que subsisten entre ellos. La razón estriba en que en todas esas polí­ticas nacionales o nacionalizadas subyacen corrientes profundas que revelan estructuras sociales que son en definitiva estructuras de clase a escala internacional. Así, la política tiende cada vez más a manifestarse en conflictos sociales que atraviesan las fron­teras. Lo que aún era simbólico a los ojos de los socialistas del siglo XIX se ha convertido en una realidad práctica a nivel inter­nacional. Y en esa evolución reside el impulso primordial de una posible transformación de las condiciones que pueden llevar al desencadenamiento de una guerra. Las condiciones técnicas y estratégicas de la gran guerra de hoy en día y del mañana entran en una contradicción cada vez más clara con la forma actual de los conflictos sociales que animan la escena internacional, aparte de la forma de oposición nacional recibida como herencia del pasado. Cabría concluir, pues, que una guerra nuclear constituirá un recurso tanto menos probable y necesario para la política en cuanto ésta se concilie con los conflictos sociales.

En este sentido tan amplio, los postulados de Clausewitz to­davía conservan su fuerza. Pero la contienen en un sentido mu­cho más estricto. Las «guerras pequeñas» actuales, las guerras «revolucionarias» limitadas, las guerrillas o las «expediciones» parti­culares demuestran poseer al menos tantos principios estableci­dos por Clausewitz como los que fueron elaborados por Lenin, Trotski o Mao Zedong. Lo cual no constituye la razón menos convincente de su actualidad. En suma, si Clausewitz continúa siendo uno de los grandes pensadores de la «cosa bélica» es por­que fue más un lógico de los conflictos que un técnico en arma­mentos, en doctrinas militares o incluso en estrategias.


[1] No es este, por lo general, el caso de los cronistas militares, sobre todo de aquellos cuyo propósito es tratar de manera científica la guerra. Sería suficiente hacer referencia a los numerosos ejemplos en los que el pro y el contra de los razonamien­tos se fagocitan unos a otros, hasta el punto de no restar ni la cola, como en el caso de la fábula de los leones.

[2]  La guerra que enfrentó a Alemania con Napoleón. (N. del Ed.)

[3] Tempelhoff y Montalembert son los autores que nos vienen a la memoria con respecto a esto, el primero expresándolo en un pasaje de la primera parte de su obra, el segundo en su correspondencia relacionada con el plan de operaciones ruso para 1759

[4] . Tempelhoff, Der Vetercan Fríedrich der Grosse.

[5] Fritz Sternberg, Die Militärische und die Industrielle Revolution, 1958.


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