Reproducción de la fuerza de trabajo
No obstante,
no habrá dejado de asombrarle al lector que nos hayamos referido a la
reproducción de los medios de producción, pero no a la reproducción de
las fuerzas productivas. Hemos omitido, pues, la reproducción de aquello
que distingue las fuerzas productivas de los medios de producción, o sea
la reproducción de la fuerza de trabajo.
Si bien la
observación de lo que sucede en la empresa, especialmente el examen de
la práctica financiera contable de las previsiones de
amortización-inversión, podía darnos una Idea aproximada de la
existencia del proceso material de la reproducción, entramos ahora en un
terreno en el cual la observación de lo que pasa en la empresa es casi
enteramente ineficaz, y esto por una sencilla razón: la reproducción de
la fuerza de trabajo se opera, en lo esencial, fuera de la empresa.
¿Cómo se
asegura la reproducción de la fuerza de trabajo? Dándole a la fuerza de
trabajo el medio material para que se reproduzca: el salario. El salario
figura en la contabilidad de la empresa, pero no como condición de la
reproducción material de la fuerza de trabajo, sino como "capital mano
de obra".
Sin embargo
es as! como "actúa", ya que el salario representa solamente la parte del
valor producido por el gasto de la fuerza de trabajo, indispensable para
su reproducción, aclaremos, indispensable para reconstituir la fuerza de
trabajo del asalariado (para vivienda, vestimenta y alimentación, en
suma, para que esté en condiciones de volver a presentarse a la mañana
siguiente -y todas las santas mañanas- a la entrada de la empresa), y
agreguemos: indispensable para criar y educar a los niños en que el
proletario se reproduce (en X unidades: pudiendo ser X Igual a 0, 1, 2,
etc.) como fuerza de trabajo.
Recordemos
que el valor (el salario) necesario para la reproducción de la fuerza de
trabajo no está determinado solamente por las necesidades de un S.M.I.G*
"biológico", sino también por las necesidades de un mínimo histórico (Marx
señalaba: los obreros ingleses necesitan cerveza y los proletarios
franceses, vino) y, por lo tanto, históricamente variable.
Señalemos
también que este mínimo es doblemente histórico, en cuanto no está
definido por las necesidades históricas de la clase obrera que la clase
capitalista "reconoce" sino por las necesidades históricas impuestas por
la lucha de clase proletaria (lucha de clase doble: contra el aumento de
la jornada de trabajo y contra la disminución de los salarios).
Empero, no
basta con asegurar a la fuerza de trabajo las condiciones materiales de
su reproducción para que se reproduzca como tal. Dijimos que la fuerza
de trabajo disponible debe ser "competente", es decir apta para ser
utilizada en el complejo sistema del procesó de producción. El
desarrollo de las fuerzas productivas y el tipo de unidad históricamente
constitutivo de esas fuerzas productivas en un momento. dado determinan
que la fuerza de trabajo debe ser (diversamente) calificada y por lo
tanto reproducida como tal. Diversamente, o sea según las exigencias de
la división social-técnica del trabajo, en sus distintos "puestos" y
"empleos".
Ahora bien,
¿cómo se asegura esta reproducción de la calificación (diversificada) de
la fuerza de trabajo en el régimen capitalista? Contrariamente a lo que
sucedía en las formaciones sociales esclavistas y serviles, esta
reproducción de la calificación de la fuerza de trabajo tiende (se trata
de una ley tendencial) a asegurarse no ya "en el lugar de trabajo"
(aprendizaje en la producción misma), sino, cada vez más, fuera de la
producción, por medio del sistema educativo capitalista y de otras
instancias e Instituciones.
¿Qué se
aprende en la escuela? Es posible llegar hasta un punto más o menos
avanzado de los estudios, pero de todas maneras se aprende a leer,
escribir y contar, o sea algunas técnicas, y también otras cosas,
incluso elementos (que pueden ser rudimentarios o por el contrario
profundizados) de "cultura científica" o "literaria" utilizables
directamente en los distintos puestos de la producción (una instrucción
para los obreros, una para los técnicos, una tercera para los
ingenieros, otra para los cuadros superiores, etc.). Se aprenden
"habilidades" (savor-faire).
Pero al
mismo tiempo, y junto con esas técnicas y conocimientos, en la escuela
se aprenden las "reglas" del buen uso, es decir de las conveniencias que
debe observar todo agente de la división del trabajo, según el puesto
que está "destinado" a ocupar: reglas de moral y de conciencia cívica y
profesional, lo que significa en realidad reglas del respeto a la
división social-técnica del trabajo y, en definitiva, reglas del orden
establecido por la dominación de clase. Se aprende también a "hablar
bien el idioma", a "redactar" bien, lo que de hecho significa (para los
futuros capitalistas y sus servidores) saber "dar órdenes", es decir
(solución ideal), "saber dirigirse" a los obreros, etcétera.
Enunciando
este hecho en un lenguaje más científico, diremos que la reproducción de
la fuerza de trabajo no sólo exige una reproducción de su calificación
sino, al mismo tiempo, la reproducción de su sumisión a las reglas del
orden establecido, es decir una reproducción de su sumisión a la
Ideología dominante por parte de los obreros y una reproducción de la
capacidad de buen manejo de la ideología dominante por parte de los
agentes de la explotación y la represión, a fin de que aseguren también
"por la palabra" el predominio de la clase dominante.
En otros
términos, la escuela (y también otras instituciones del Estado, como la
Iglesia, y otros aparatos como el Ejército) enseña las "habilidades"
bajo formas que aseguran el sometimiento a la ideología dominante o el
dominio de su "práctica". Todos los agentes de la producción, la
explotación y la represión, sin hablar de los "profesionales de la
ideología" (Marx) deben estar "compenetrados" en tal o cual carácter con
esta ideología para cumplir "concienzudamente" con sus tareas, sea de
explotados (los proletarios), de explotadores (los capitalistas), de
auxiliares de la explotación (los cuadros), de grandes sacerdotes de la
ideología dominante (sus "funcionarios", etcétera.
La condición
sine qua non de la reproducción de la fuerza de trabajo no sólo radica
en la reproducción de su "calificación" sino también en la reproducción
de su sometimiento a la ideología dominante, o de la "práctica" de esta
ideología, debiéndose especificar que no basta decir. "no solamente sino
también", pues la reproducción de la calificación de la fuerza de
trabajo se asegura en y bajo las formas de sometimiento ideológico,
con lo que reconocemos la presencia eficaz de una nueva realidad: la
ideología.p>
Haremos aquí
dos observaciones.
La primera
servirá para completar nuestro análisis de la reproducción.
Acabamos de
estudiar rápidamente las formas de la reproducción de las fuerzas
productivas, es decir de los medios de producción por un lado y de la
fuerza de trabajo por el otro.
Pero no
hemos abordado aún la cuestión de la reproducción de las relaciones
de producción. Es éste un problema crucial de la teoría marxista del
modo de producción. Si lo pasáramos por alto cometeríamos una omisión
teórica y peor aún, una grave falta política.
Hablaremos
pues de tal cuestión, aunque para poder hacerlo debamos realizar
nuevamente un gran desvío. Y como segunda advertencia señalaremos que
para hacer ese desvío nos vemos obligados a replantear un viejo
problema: ¿qué es una sociedad?
Infraestructura y superestructura
Ya hemos
tenido ocasión de insistir sobre el carácter revolucionario de la
concepción marxista de "totalidad social" en lo que la distingue de la
"totalidad" hegeliana. Hemos dicho (y esta tesis sólo repetía célebres
proposiciones del materialismo histórico) que según Marx la estructura
de toda sociedad está constituida por "niveles" o "instancias"
articuladas por una determinación específica: la infraestructura
o base económica ("unidad" de fuerzas productivas y relaciones de
producción), y la superestructura, que comprende dos "niveles" o
"instancias": la jurídico-política (el derecho y el Estado) y la
ideológica (las distintas ideologías, religiosa, moral, jurídica,
política, etcétera).
Además de su
interés teórico-pedagógico (consistente en hacer notar la diferencia que
separa a Marx de Hegel), esta representación ofrece una fundamental
ventaja teórica: permite inscribir en el dispositivo teórico de sus
conceptos esenciales lo que nosotros hemos llamado su índice de
eficacia respectivo. ¿Qué quiere decir esto?
Cualquiera
puede convencerse fácilmente de que representar la estructura de toda
sociedad como un edificio compuesto por una base (Infraestructura) sobre
la que se levantan los dos "pisos" de la superestructura constituye una
metáfora, más exactamente una metáfora espacial: la de una tópica. Como
toda metáfora, ésta sugiere, hace ver alguna cosa. ¿Qué cosa? Que los
pisos superiores no podrían "sostenerse" (en el aire) por sí solos si no
se apoyaran precisamente sobre su base.
La metáfora
del edificio tiene pues por objeto representar ante todo la
"determinación en última instancia" por medio de la base económica. Esta
metáfora espacial tiene así por resultado afectar a la base con un
índice de eficacia conocido por la célebre expresión: determinación en
última instancia de lo que ocurre en los "pisos" (de la superestructura)
por lo que ocurra en la base económica.
A partir de
este índice de eficacia "en última instancia", los "pisos" de la
superestructura se hallan evidentemente afectados por diferentes índices
de eficacia. ¿Qué clase de índices?
Se puede
decir que los pisos de la superestructura no son determinantes en última
instancia sino que son determinados por la eficacia básica; que si son
determinantes a su manera (no definida aún), lo son en tanto están
determinados por la base.
Su índice de
eficacia (o de determinación), en tanto ésta se halla determinada por la
determinación en última instancia de la base, es pensado en la tradición
marxista bajo dos formas: 1) existe una "autonomía relativa" de la
superestructura con respecto a la base; 2) existe una "reacción" de la
superestructura sobre la base.
Podemos
decir entonces que la gran ventaja teórica de la tópica marxista, y por
lo tanto de la metáfora espacial del edificio (base y superestructura),
consiste a la vez en hacer ver que las cuestiones de determinación (o
índice de eficacia) son fundamentales, y en hacer ver que es la base lo
que determina en última instancia todo el edificio; por lógica
consecuencia, obliga a plantear el problema teórico del tipo de eficacia
"derivada" propio de la superestructura, es decir, obliga a pensar en lo
que la tradición marxista designa con los términos conjuntos de
autonomía relativa de la superestructura y reacción de la
superestructura sobre la base.
El mayor
inconveniente de esta representación de la estructura de toda sociedad
con la metáfora espacial del edificio radica evidentemente en ser
metafórica: es decir, en permanecer en el plano de lo descriptivo.
Nos parece
por lo tanto deseable y posible representar las cosas de otro modo.
Entiéndase bien: no desechamos en absoluto la metáfora clásica, pues
ella misma obliga a su superación. Y no la superaremos rechazándola como
caduca. Deseamos simplemente tratar de pensar lo que ella nos da bajo la
forma de una descripción.
Pensamos que
a partir de la reproducción resulta posible y necesario pensar en lo que
caracteriza lo esencial de la existencia y la naturaleza de la
superestructura. Es suficiente ubicarse en el punto de vista de la
reproducción para que se aclaren muchas cuestiones cuya existencia
indicaba, sin darles respuesta conceptual, la metáfora espacial del
edificio.
Sostenemos
como tesis fundamental que sólo es posible plantear estas cuestiones (y
por lo tanto responderlas) desde el punto de vista de la reproducción.
Analizaremos
brevemente el Derecho, el Estado y la ideología desde ese punto de
vista. Y vamos a mostrar a la vez lo que pasa desde el punto de
vista de la práctica y de la producción por una parte, y de la
reproducción por la otra.
El Estado
La tradición
marxista es formal: desde el Manifíesto y El 18 Brumario (y en
todos los textos clásicos posteriores, ante todo el de Marx sobre La
comuna de París y el de Lenin sobre El Estado y la Revolución) el
Estado es concebido explícitamente como aparato represivo. El Estado es
una "máquina" de represión que permite a las clases dominantes (en el
siglo XIX a la clase burguesa y a la "clase" de los grandes
terratenientes) asegurar su dominación sobre la clase obrera para
someterla al proceso de extorsión de la plusvalía (es decir a la
explotación capitalista).
El Estado es
ante todo lo que los clásicos del marxismo han llamado el aparato de
Estado. Se incluye en esta denominación no sólo al aparato
especializado (en sentido estricto), cuya existencia y necesidad
conocemos a partir de las exigencias de la práctica jurídica, a saber la
policía -los tribunales- y las prisiones, sino también el ejército, que
interviene directamente como fuerza represiva de apoyo (el proletariado
ha pagado con su sangre esta experiencia) cuando la policía y sus
cuerpos auxiliares son "desbordados por los acontecimientos", y, por
encima de este conjunto, al Jefe de Estado, al Gobierno y la
administración.
Presentada
en esta forma, la "teoría" marxista-leninista del Estado abarca lo
esencial, y ni por un momento se pretende dudar de que allí está lo
esencial. El aparato de Estado, que define a éste como fuerza de
ejecución y de Intervención represiva "al servicio de las clases
dominantes", en la lucha de clases librada por la burguesía y sus
aliados contra el proletariado, es realmente el Estado y define
perfectamente su "función" fundamental.
De la teoría descriptiva a la teoría a secas
Sin embargo,
también allí, como lo señalamos al referimos a la metáfora del edificio
(infraestructura y superestructura), esta presentación de la naturaleza
del Estado sigue siendo en parte descriptiva.
Como vamos a
usar a menudo este adjetivo (descriptivo), se hace necesaria una
explicación que elimine cualquier equivoco.
Cuando, al
hablar de la metáfora del edificio o de la "teoría" marxista del Estado,
decimos que son concepciones o representaciones descriptivas de su
objeto, no albergamos ninguna segunda intención crítica. Por el
contrario, todo hace pensar que los grandes descubrimientos científicos
no pueden dejar de pasar por la etapa de lo que llamaremos una "teoría"
descriptiva Esta sería la primera etapa de toda teoría, al menos en el
terreno de la ciencia de las formaciones sociales. Se podría -y a
nuestro entender se debe- encarar esta etapa como transitoria y
necesaria para el desarrollo de la teoría. Nuestra expresión: "teoría
descriptiva" denota tal carácter transitorio al hacer aparecer en la
conjunción de los términos empleados el equivalente de una especie de
"contradicción". En efecto, el término teoría "choca" en parte con el
adjetivo "descriptiva" que lo acompaña. Eso quiere decir exactamente: 1)
que la teoría descriptiva" es, sin ninguna duda, el comienzo ineludible
de la teoría, pero 2) que la forma "descriptiva" en que se presenta la
teoría exige por efecto mismo de esta "contradicción" un desarrollo de
la teoría que supere la forma de la "descripción".
Aclaremos
nuestro pensamiento volviendo sobre nuestro objeto presente: el Estado.
Cuando
decimos que la "teoría" marxista del Estado, que nosotros utilizamos, es
en parte "descriptiva", esto significa en primer lugar y ante todo que
esta "teoría" descriptiva es, sin ninguna duda, el comienzo de la teoría
marxista del Estado, y que tal comienzo nos da lo esencial, es decir el
principio decisivo de todo desarrollo posterior de la teoría.
Diremos,
efectivamente, que la teoría descriptiva del Estado es justa, puesto que
puede hacer corresponder perfectamente la definición que ella da de su
objeto con la inmensa mayoría de hechos observables en el campo que le
concierne. Así la definición del Estado como Estado de clase, eidstente
en el aparato represivo de Estado, aclara de manera fulgurante todos los
hechos observables en los diversos órdenes de la represión, cualquiera
que sea su campo: desde las masacres de junio de 1848 y de la Comuna de
Paris, las del domingo sangriento de mayo de 1905 en Petrogrado, de la
Resistencia de Charonne, etc., hasta las simples (y relativamente
anodinas) intervenciones de una "censura" que prohibe La Religiosa
de Diderot o una obra de Gatti sobre Franco: aclara todas las formas
directas o indirectas de explotación y exterminio de las masas populares
(las guerras imperialistas); aclara esa sutil dominación cotidiana en la
cual estalla (por ejemplo en las formas de la democracia política) lo
que Lenin llamó después de Marx la dictadura de la burguesía.
Sin embargo,
la teoría descriptiva del Estado representa una etapa de la constitución
de la teoría que exige a su vez la "superación" de tal etapa. Pues está
claro que si la definición en cuestión nos provee de medios para
identificar y reconocer los hechos de opresión y conectarlos con el
Estado concebido como aparato represivo de Estado, esta "conexión" da
lugar a un tipo de evidencia muy especial, al cual tendremos ocasión de
referirnos un poco más adelante: "¡Sí, es así, es muy cierto!..". Y la
acumulación de hechos en la definición del Estado, aunque multiplica su
ilustración, no hace avanzar realmente esta definición, es decir, la
teoría científica del Estado. Toda teoría descriptiva corre así el
riesgo de "bloquear" el indispensable desarrollo de la teoría.
Por esto
pensamos que, para desarrollar esta teoría descriptiva en teoría a
secas, es decir, para comprender mejor los mecanismos del Estado en su
funcionamiento, es indispensable agregar algo a la definición clásica
del Estado como aparato de Estado.
Lo esencial de la teoría marxista del Estado
Es necesario
especificar en primer lugar un punto importante: el Estado (y su
existencia dentro de su aparato) sólo tiene sentido en función del
poder de Estado. Toda la lucha política de las clases gira alrededor
del Estado. Aclaremos: alrededor de la posesión, es decir, de la toma y
la conservación del poder de Estado por cierta clase o por una alianza
de clases o de fracciones de clases. Esta primera acotación nos obliga a
distinguir el poder de Estado (conservación del poder de Estado o toma
del poder de Estado), objetivo de la lucha política de clases por una
parte, y el aparato de Estado por la otra.
Sabemos que
el aparato de Estado puede seguir en pie, como lo prueban las
"revoluciones" burguesas del siglo = en Francia (1830, 1848), los golpes
de estado (2 de diciembre de 1851, mayo de 1958), las conmociones de
estado (caída del Imperio en 1870, caída de la III República en 1940),
el ascenso político de la pequeña-burguesía (1890-1895 en Francia),
etcétera, sin que el aparato de Estado fuera afectado o modificado:
puede seguir en pie bajo acontecimientos políticos que afecten a la
posesión del poder de Estado.
Aun después
de una revolución social como la de 1917, gran parte del aparato de
Estado seguía en pie luego de la toma del poder por la alianza del
proletariado y el campesinado pobre: Lenin lo repitió muchas veces.
Se puede
decir que esta distinción entre poder de Estado y aparato de Estado
forma parte, de manera explícita, de la "teoría marxista" del Estado
desde el 18 Brumario y las Luchas de clases en Francia, de Marx.
Para resumir
este aspecto de la "teoría marxista del Estado", podemos decir que los
clásicos del marxismo siempre han afirmado que: 1) el Estado es el
aparato represivo de Estado; 2) se debe distinguir entre el poder de
Estado y el aparato de Estado; 3) el objetivo de la lucha de clases
concierne al poder de Estado y, en consecuencia, a la utilización del
aparato de Estado por las clases (o alianza de clases o fracciones de
clases) que tienen el poder de Estado en función de sus objetivos de
clase y 4) el proletariado debe tomar el poder de Estado para destruir
el aparato burgués existente, reemplazarlo en una primera etapa por un
aparato de Estado completamente diferente, proletario, y elaborar en las
etapas posteriores un proceso radical, el de la destrucción del Estado
(fin del poder de Estado y de todo aparato de Estado).
Por
consiguiente, desde este punto de vista, lo que propondríamos que se
agregue a la "teoría marxista" de Estado ya figura en ella con todas sus
letras. Pero nos parece que esta teoría, completada así, sigue siendo
todavía en parte descriptiva, aunque Incluya en lo sucesivo elementos
complejos y diferenciales cuyas reglas y funcionamiento no pueden
comprenderse sin recurrir a una profundización teórica suplementaria.
Los aparatos ideológicos de Estado
Lo que se
debe agregar a la "teoría marxista" del Estado es entonces otra cosa.
Aquí debemos
avanzar con prudencia en un terreno en el que los clásicos del marxismo
nos precedieron hace mucho tiempo, pero sin haber sistematizado en forma
teórica los decisivos progresos que sus experiencias y análisis
implican. En efecto, sus experiencias y análisis permanecieron ante todo
en el campo de la práctica política.
En realidad,
los clásicos del marxismo, en su práctica política, han tratado al
Estado como una realidad más compleja que la definición dada en la
"teoría marxista del Estado" y que la definición más completa que
acabamos de dar. Ellos reconocieron esta complejidad en su práctica,
pero no la expresaron correspondientemente en teoría.
Desearíamos
tratar de esbozar muy esquemáticamente esa teoría correspondiente. Con
este fin proponemos la siguiente tesis.
Para hacer
progresar la teoría del Estado es indispensable tener en cuenta no sólo
la distinción entre poder de Estado y aparato de Estado, sino
también otra realidad que se manifiesta junto al aparato (represivo) de
Estado, pero que no se confunde con él. Llamaremos a esa realidad por su
concepto: los aparatos ideológicos de Estado.
¿Qué son los
aparatos ideológicos de Estado (AIE)?
No se
confunden con el aparato (represivo) de Estado. Recordemos que en la
teoría marxista el aparato de Estado (AE) comprende: el gobierno, la
administración, el ejército, la policía, los tribunales, las prisiones,
etc., que constituyen lo que llamaremos desde ahora el aparato represivo
de Estado. Represivo significa que el aparato de Estado en cuestión
1unciona mediante la violencia", por lo menos en situaciones límite
(pues la represión administrativa, por ejemplo, puede revestir formas no
físicas).
Designamos
con el nombre de aparatos ideológicos de Estado cierto número de
realidades que se presentan al observador inmediato bajo la forma de
instituciones distintas y especializadas. Proponemos una lista empírica
de ellas, que exigirá naturalmente que sea examinada en detalle, puesta
a prueba, rectificada y reordenada. Con todas las reservas que implica
esta exigencia podemos por el momento considerar como aparatos
ideológicos de Estado las instituciones siguientes (el orden en el cual
los enumeramos no tiene significación especial):
AIE
religiosos (el sistema de la distintas Iglesias),
AIE escolar
(el sistema de las distintas "Escuelas", públicas y privadas),
AIE
familiar,
AIE
jurídico,
AIE político
(el sistema político del cual forman parte los distintos partidos),
AIE
sindical,
AIE de
información (prensa, radio, T.V., etc.),
AIE cultural
(literatura, artes, deportes, etc.).
Decimos que
los AIE no se confunden con el aparato (represivo) de Estado. ¿En qué
consiste su diferencia?
En un primer
momento podemos observar que si existe un aparato (represivo) de Estado,
existe una pluralidad de aparatos ideológicos de Estado. Suponiendo que
ella exista, la unidad que constituye esta pluralidad de AIE en un
cuerpo no es visible inmediatamente.
En un
segundo momento, podemos comprobar que mientras que el aparato
(represivo) de Estado (unificado) pertenece enteramente al dominio
público, la mayor parte de los aparatos ideológicos de Estado (en su
aparente dispersión) provienen en cambio del dominio privado. Son
privadas las Iglesias, los partidos, los sindicatos, las familias,
algunas escuelas, la mayoría de los diarios, las instituciones
culturales, etc., etc.
Dejemos de
lado por ahora nuestra primera observación. Pero será necesario tomar en
cuenta la segunda y preguntamos con qué derecho podemos considerar como
aparatos ideológicos de Estado instituciones que en su mayoría no poseen
carácter público sino que son simplemente privadas. Gramsci,
marxista consciente, ya había previsto esta objeción. La distinción
entre lo público y lo privado es una distinción interna del derecho
burgués, válida en los dominios (subordinados) donde el derecho burgués
ejerce sus "poderes". No alcanza al dominio del Estado, pues éste está
"más allá del Derecho` el Estado, que es el Estado de la clase
dominante, no es ni público ni privado; por el contrario, es la
condición de toda distinción entre público y privado. Digamos lo mismo
partiendo esta vez de nuestros aparatos ideológicos de Estado. Poco
importa si las instituciones que los materializan son "públicas" o
"privadas"; lo que importa es su funcionamiento. Las instituciones
privadas pueden "funcionar" perfectamente como aparatos ideológicos de
Estado. Para demostrarlo bastaría analizar un poco más cualquiera de los
AIE.
Pero vayamos
a lo esencial. Hay una diferencia fundamental entre los AIE y el aparato
(represivo) de Estado: el aparato represivo de Estado "funciona mediante
la violencia", en tanto que los AIE funcionan mediante la ideología.
Rectificando
esta distinción, podemos ser más precisos y decir que todo aparato de
Estado, sea represivo o ideológico, "funciona" a la vez mediante la
violencia y la ideología, pero con una diferencia muy importante que
impide confundir los aparatos ideológicos de Estado con el aparato
(represivo) de Estado. Consiste en que el aparato (represivo) de Estado,
por su cuenta, funciona masivamente con la represión (incluso
física), como forma predominante, y sólo secundariamente con la
ideología. (No existen aparatos puramente represivos.) Ejemplos: el
ejército y la policía utilizan también la ideología, tanto para asegurar
su propia cohesión y reproducción, como por los 'Valores" que ambos
proponen hacia afuera.
De la misma
manera, pero a la inversa, se debe decir que, por su propia cuenta, los
aparatos ideológicos de Estado funcionan masivamente con la ideología
como forma predominante pero utilizan secundariamente, y en situaciones
límite, una represión muy atenuada, disimulada, es decir simbólica. (No
existe aparato puramente ideológico.) Así la escuela y las iglesias
"adiestran" con métodos apropiados (sanciones, exclusiones, selección,
etc.) no sólo a sus oficiantes sino a su grey. También la familia...
También el aparato ideológico de Estado cultural (la censura, por
mencionar sólo una forma), etcétera.
¿Sería útil
mencionar que esta determinación del doble "funcionamiento" (de modo
predominante, de modo secundario) con la represión y la ideología, según
se trate del aparato (represivo) de Estado o de los aparatos ideológicos
de Estado, permite comprender que se tejan constantemente sutiles
combinaciones explícitas o tácitas entre la acción del aparato
(represivo) de Estado y la de los aparatos ideológicos del Estado? La
vida diaria ofrece innumerables ejemplos que habrá que estudiar en
detalle para superar esta simple observación.
Ella, sin
embargo, nos encamina hacia la comprensión de lo que constituye la
unidad del cuerpo, aparentemente dispar, de los AIE. Si los AIE
"funcionan" masivamente con la ideología como forma predominante, lo que
unifica su diversidad es ese mismo funcionamiento, en la medida en que
la ideología con la que funcionan, en realidad está siempre unificada, a
pesar de su diversidad y sus contradicciones, bajo la ideología
dominante, que es la de "la clase dominante". Si aceptamos que, en
principio, "la clase dominante" tiene el poder del Estado (en forma
total o, lo más común, por medio de alianzas de clases o de fracciones
de clases) y dispone por lo tanto del aparato (represivo) de Estado,
podremos admitir que la misma clase dominante sea parte activa de los
aparatos ideológicos de Estado, en la medida en que, en definitiva, es
la ideología dominante la que se realiza, a través de sus
contradicciones, en los aparatos ideológicos de Estado. Por supuesto que
es muy distinto actuar por medio de leyes y decretos en el aparato
(represivo) de Estado y "actuar" por intermedio de la ideología
dominante en los aparatos ideológicos de Estado. Sería necesario
detallar esa diferencia que, sin embargo, no puede enmascarar la
realidad de una profunda identidad. Por lo que sabemos, ninguna clase
puede tener en sus manos el poder de Estado en forma duradera sin
ejercer al mismo tiempo su hegemonía sobre y en los aparatos ideológicos
de Estado. Ofrezco al respecto una sola prueba y ejemplo: la
preocupación aguda de Lenin por revolucionar el aparato ideológico de
Estado en la enseñanza (entre otros) para permitir al proletariado
soviético, que se había adueñado del poder de Estado, asegurar el futuro
de la dictadura del proletariado y el camino al socialismo.
Esta última
observación nos pone en condiciones de comprender que los aparatos
ideológicos de Estado pueden no sólo ser objeto sino también lugar de la
lucha de clases, y a menudo de formas encarnizadas de lucha de clases.
La clase (o la alianza de clases) en el poder no puede imponer su ley en
los aparatos ideológicos de Estado tan fácilmente como en el aparato
(represivo) de Estado, no sólo porque las antiguas clases dominantes
pueden conservar en ellos posiciones fuertes durante mucho tiempo, sino
además porque la resistencia de las clases explotadas puede encontrar el
medio y la ocasión de expresarse en ellos, ya sea utilizando las
contradicciones existentes, ya sea conquistando allí posiciones de
combate mediante la lucha.
Puntualicemos nuestras observaciones:
Si la tesis
que hemos propuesto es válida, debemos retomar, determinándola en un
punto, la teoría marxista clásica del Estado. Diremos que es necesario
distinguir el poder de Estado (y su posesión por ... ) por un
lado, y el aparato de Estado por el otro. Pero agregaremos que el
aparato de Estado comprende dos cuerpos: el de las instituciones que
representan el aparato represivo de Estado por una parte, y el de las
instituciones que representan el cuerpo de los aparatos ideológicos de
Estado por la otra.
Pero, si
esto es así, no puede dejar de plantearse, aun en el estado muy somero
de nuestras indicaciones, la siguiente cuestión: ¿cuál es exactamente la
medida del rol de los aparatos ideológicos de Estado? ¿Cuál puede ser el
fundamento de su importancia? En otras palabras: ¿a qué corresponde la
"función" de esos aparatos ideológicos de Estado, que no funcionan con
la represión sino con la ideología?
Sobre la reproducción de las relaciones de producción
Podemos
responder ahora a nuestra cuestión central, que hemos dejado en suspenso
muchas páginas atrás: ¿cómo se asegura la reproducción de las
relaciones de producción?p>
En lenguaje
tópico (infraestructura, superestructura) diremos: está asegurada en
gran parte por la superestructura jurídico-política e ideológica.
Pero dado
que hemos considerado indispensable superar ese lenguaje todavía
descriptivo, diremos: está asegurada, en gran parte, por el ejercicio
del poder de Estado en los aparatos de Estado, por un lado el aparato
(represivo) de Estado, y por el otro los aparatos ideológicos de Estado.
.
Se deberá
tener muy en cuenta lo dicho precedentemente y que reunirnos ahora bajo
las tres características siguientes:
1) Todos los
aparatos de Estado funcionan a la vez mediante la represión y la
ideología, con la diferencia de que el aparato (represivo) de Estado
funciona masivamente con la represión como forma predominante, en tanto
que los aparatos ideológicos de Estado funcionan masivamente con la
ideología como forma predominante.
2) En tanto
que el aparato (represivo) de Estado constituye un todo organizado cuyos
diferentes miembros están centralizados bajo una unidad de mando -la de
la política de lucha de clases aplicada por los representantes políticos
de las clases dominantes que tienen el poder de Estado-, los aparatos
ideológicos de Estado son múltiples, distintos, "relativamente
autónomos" y susceptibles de ofrecer un campo objetivo a contradicciones
que, bajo formas unas veces limitadas, otras extremas, expresan los
efectos de los choques entre la lucha de clases capitalista y la lucha
de clases proletaria, así como sus formas subordinadas.
3) En tanto
que la unidad del aparato (represivo) de Estado está asegurada por su
organización centralizada y unificada bajo la dirección de
representantes de las clases en el poder, que ejecutan la política de
lucha de clases de las clases en el poder, la unidad entre los
diferentes aparatos ideológicos de Estado está asegurada, muy a menudo
en formas contradictorias, por la ideología dominante, la de la clase
dominante.
Si se tienen
en cuenta estas características, se puede entonces representar la
reproducción de las relaciones de producción, de acuerdo con una especie
de "división del trabajo", de la manera siguiente:
El rol del
aparato represivo de Estado consiste esencialmente, en tanto aparato
represivo, en asegurar por la fuerza (sea o no física) las condiciones
políticas de reproducción de las relaciones de producción que son, en
última instancia, relaciones de explotación. El aparato de Estado
no solamente contribuye en gran medida a su propia reproducción (existen
en el Estado capitalista dinastías de hombres políticos, dinastías de
militares, etc.) sino también, y sobre todo, asegura mediante la
represión (desde la fuerza física más brutal hasta las más simples
ordenanzas y prohibiciones administrativas, la censura abierta o tácita,
etc.) las condiciones políticas de la actuación de los aparatos
ideológicos de Estado.
Ellos, en
efecto, aseguran en gran parte, tras el "escudo" del aparato represivo
de Estado, la reproducción misma de las relaciones de producción. Es
aquí donde interviene masivamente el rol de la ideología dominante, la
de la clase dominante, que tiene el poder de Estado. A través de la
ideología dominante se asegura la "armonía" (a veces estridente) entre
el aparato represivo de Estado y los aparatos ideológicos de Estado y
entre los diferentes aparatos ideológicos de Estado.
Nos vemos
llevados así a encarar la hipótesis siguiente, en función de la
diversidad de los aparatos ideológicos de Estado en su rol único -por
ser común- de reproducir las relaciones de producción.
En efecto,
hemos enumerado en las formaciones sociales capitalistas contemporáneas
una cantidad relativamente elevada de aparatos ideológicos de Estado: el
aparato escolar, el aparato religioso, el aparato familiar, el aparato
político, el aparato sindical, el aparato de información, el aparato
"cultural", etcétera.
Ahora bien,
en las formaciones sociales del modo de producción "servil" (comúnmente
llamado feudal) comprobamos que, aunque existe (no sólo a partir de la
monarquía absoluta sino desde los primeros estados antiguos conocidos)
un aparato represivo de Estado único, formalmente muy parecido al que
nosotros conocemos, la cantidad de aparatos ideológicos de Estado es
menor y su individualidad diferente. Comprobamos, por ejemplo, que la
Iglesia (aparato ideológico de Estado religioso) en la Edad Media
acumulaba numerosas funciones (en especial las escolares y culturales)
hoy atribuidas a muchos aparatos ideológicos de Estado diferentes,
nuevos con respecto al pasado que evocamos. Junto a la Iglesia existía
el aparato ideológico de Estado familiar, que cumplía un considerable
rol, no comparable con el que cumple en las formaciones sociales
capitalistas. A pesar de las apariencias, la iglesia y la familia no
eran los únicos aparatos ideológicos de Estado. Existía también un
aparato ideológico de Estado político (los Estados Generales, el
Parlamento, las distintas facciones y ligas políticas, antecesoras de
los partidos políticos modernos, y todo el sistema político de comunas
libres, luego de las ciudades). Existía asimismo un poderoso aparato
ideológico de Estado "pre-sindical", si podemos arriesgar esta expresión
forzosamente anacrónica (las poderosas cofradías de comerciantes, de
banqueros, y también las asociaciones de compagnons, etcétera).
Las ediciones y la Información también tuvieron un innegable desarrollo,
así como los espectáculos, al comienzo partes integrantes de la iglesia
y luego cada vez más independientes de ella.
Ahora bien,
es absolutamente evidente que en el período histórico pre-capitalista
que acabamos de examinar a grandes rasgos, existía un aparato
ideológico de Estado dominante, la Iglesia, que concentraba
no sólo las funciones religiosas sino también las escolares y buena
parte de las funciones de información y "cultura". Si toda la lucha
Ideológica del siglo XVI al XVII, desde la primera ruptura de la
Reforma, se concentró en la lucha anticlerical y antirreligiosa, ello no
sucedió por azar sino a causa de la posición dominante del aparato
ideológico de Estado religioso.
La
revolución francesa tuvo ante todo por objetivo y resultado no sólo
trasladar el poder de Estado de la aristocracia feudal a la burguesía
capitalista-comercial, romper parcialmente el antiguo aparato represivo
de Estado y reemplazarlo por uno nuevo (el ejército nacional popular,
por ejemplo), sino también atacar el aparato ideológico de Estado ni' 1,
la iglesia. De allí la constitución civil del clero, la confiscación de
los bienes de la iglesia y la creación de nuevos aparatos ideológicos de
Estado para reemplazar el aparato ideológico de Estado religioso en su
rol dominante.
Naturalmente, las cosas no fueron simples: lo prueba el Concordato, la
restauración, y la larga lucha de clases entre la aristocracia
terrateniente y la burguesía industrial durante todo el siglo XIX para
imponer la hegemonía burguesa sobre las funciones desempeñadas hasta
entonces por la iglesia, ante todo en la escuela. Puede decirse que la
burguesía se apoyó en el nuevo aparato ideológico de Estado político,
democrático-parlamentario, implantado en los primeros años de la
Revolución, restaurado luego por algunos meses, después de largas y
violentas luchas, en 1848, y durante decenas de años después de la caída
del Segundo Imperio, para dirigir la lucha contra la iglesia y
apoderarse de sus funciones ideológicas, en resumen, para asegurar no
sólo su hegemonía política sino también la hegemonía ideológica
indispensable para la reproducción de las relaciones capitalistas de
producción.
Por esto nos
creemos autorizados para ofrecer la tesis siguiente, con todos los
riesgos que implica. Pensamos que el aparato ideológico de Estado que ha
sido colocado en posición dominante en las formaciones capitalistas
maduras, como resultado de una violenta lucha de clase política e
ideológica contra el antiguo aparato ideológico de Estado dominante, es
el aparato ideológico escolar.
Esta tesis
puede parecer paradójica, si es cierto que cualquier persona acepta
-dada la representación ideológica que la burguesía quería darse a sí
misma y dar a las clases que explota- que el aparato ideológico de
Estado dominante en las formaciones sociales capitalistas no es la
escuela sino el aparato de Estado político, es decir, el régimen de
democracia parlamentaria combinado del sufragio universal y las luchas
partidarias.
No obstante,
la historia, incluso la historia reciente, demuestra que la burguesía
pudo y puede adaptarse perfectamente a aparatos ideológicos de Estado
políticos distintos de la democracia parlamentaria: el Primer y Segundo
Imperio, la Monarquía Constitucional (Luis XVIII, Carlos X), la
Monarquía parlamentaria (Luis Felipe), la democracia presidencial (de
Gaulle), por hablar sólo de Francia. En Inglaterra las cosas son todavía
más evidentes. La revolución fue allí particularmente lograda desde el
punto de vista burgués ya que, contrariamente a lo ocurrido en Francia
-donde la burguesía, a causa de la necedad de la pequeña nobleza, tuvo
que aceptar su elevación al poder por intermedio de 'Jornadas
revolucionarias" plebeyas y campesinas, que le costaron terriblemente
caras-, la burguesía inglesa pudo 1legar a un acuerdo" con la
aristocracia y "compartir" con ella el poder de Estado y el uso del
aparato de Estado durante mucho tiempo (¡paz entre todos los hombres de
buena voluntad de las clases dominantes!). En Alemania las cosas son aún
más asombrosas, pues la burguesía imperialista hizo su estruendosa
entrada en la historia (antes de "atravesar" la República de Weimar y
entregarse al nazismo), bajo un aparato ideológico de Estado político en
el que los junkers imperiales (Bismark es el símbolo), su. ejército y su
policía le servían de escudo y de equipo dirigente.
Por eso
creemos tener buenas razones para pensar que detrás del funcionamiento
de su aparato ideológico de Estado político, que ocupaba el primer
plano, lo que la burguesía pone en marcha como aparato ideológico de
Estado n9 1, y por lo tanto dominante, es el aparato escolar que
reemplazó en sus funciones al antiguo aparato ideológico de Estado
dominante, es decir, la Iglesia. Se podría agregar: la pareja
Escuela-Familia ha reemplazado a la pareja Iglesia-Farnilia.
¿Por qué el
aparato escolar es realmente el aparato ideológico de Estado dominante
en las formaciones sociales capitalistas y cómo funciona?
Por ahora
nos limitaremos a decir que:
1) Todos los
aparatos ideológicos de Estado, sean cuales fueren, concurren al mismo
resultado: la reproducción de las relaciones de producción, es decir,
las relaciones capitalistas de explotación.
2) Cada uno
de ellos concurre a ese resultado único de la manera que le es propia:
el aparato político sometiendo a los individuos a la ideología política
de Estado, la ideología "democrática", "indirecta" (parlamentaria) o
"directa" (plebiscitaria o fascista); el aparato de información
atiborrando a todos los "ciudadanos" mediante la prensa, la radio, la
televisión, con dosis diarias de nacionalismo, chauvinismo, liberalismo,
moralismo, etcétera. Lo mismo sucede con el aparato cultural (el rol de
los deportes es de primer orden en el chauvinismo), etcétera: el aparato
religioso recordando en los sermones y en otras grandes ceremonias de
nacimiento, casamiento, o muerte que el hombre sólo es polvo, salvo que
sepa amar a sus hermanos hasta el punto de ofrecer su otra mejilla a
quien le abofeteó la primera. El aparato familiar.... no insistimos más.
3) Este
concierto está dominado por una partitura única, ocasionalmente
perturbada por contradicciones, las de restos de las antiguas clases
dominantes, las de proletarios y sus organizaciones: la partitura de la
ideología de la clase actualmente dominante que integra en su música los
grandes temas del humanismo de los ilustres antepasados que, antes del
cristianismo, hicieron el milagro griego y después la grandeza de Roma,
la ciudad eterna, y los temas del interés, particular y general, etc.,
nacionalismo, moralismo y economicismo.
4) No
obstante, un aparato ideológico de Estado cumple muy bien el rol
dominante de ese concierto, aunque no se presten oídos a su música: ¡tan
silenciosa es! Se trata de la Escuela.
Toma a su
cargo a los niños de todas las clases sociales desde el jardín de
infantes, y desde el jardín de infantes les inculca -con nuevos y viejos
métodos, durante muchos años, precisamente aquellos en los que el niño,
atrapado entre el aparato de Estado-familia y el aparato de
Estado-escuela, es más vulnerable- "habilidades" recubiertas por la
ideología dominante (el idioma, el cálculo, la historia natural, las
ciencias, la literatura) o, más directamente, la ideología dominante en
estado puro (moral, instrucción cívica, filosofia).
Hacia el
sexto año, una gran masa de niños cae "en la producción": son los
obreros o los pequeños campesinos. Otra parte de la juventud
escolarizable continúa: bien que mal se encamina y termina por cubrir
puestos de pequeños y medianos cuadros, empleados, funcionarios pequeños
y medianos, pequeño-burgueses de todo tipo.
Una última
parte llega a la meta, ya sea para caer en la semidesocupación
intelectual, ya para proporcionar, además de los "intelectuales del
trabajador colectivo", los agentes de la explotación (capitalistas,
empresarios), los agentes de la represión (militares, policías,
políticos, administradores, etc.) y los profesionales de la ideología
(sacerdotes de todo tipo, la mayoría de los cuales son "laicos"
convencidos).
Cada grupo
está prácticamente provisto de la ideología que conviene al rol que debe
cumplir en la sociedad de clases: rol de explotado (con "conciencia
profesional", "moral", "cívica", "nacional" y apolítica altamente
"desarrollada"), rol de agente de la explotación (saber mandar y hablar
a los obreros: las "relaciones humanas"): de agentes de la represión
(saber mandar y hacerse obedecer "sin discutir" o saber manejar la
demagogia de la retórica de los dirigentes políticos), o de
profesionales de la ideología que saben tratar a las conciencias con el
respeto, es decir el desprecio, el chantaje, la demagogia convenientes
adaptados a los acentos de la Moral, la Virtud¡ la "Trascendencia", la
Nación, el rol de Francia en el Mundo, etcétera.
Por
supuesto, muchas de esas virtudes contrastadas (modestia, resignación,
sumisión por una parte, y por otra cinismo, desprecio, altivez,
seguridad, grandeza, incluso bien decir y habilidad) se enseñan también
en la familia, la iglesia, el ejército, en los buenos libros, en los
filmes, y hasta en los estadios. Pero ningún aparato ideológico de
Estado dispone durante tantos años de la audiencia obligatoria (y, por
si fuera poco, gratuita ...), 5 a 6 días sobre 7 a razón de 8 horas
diarias, de formación social capitalista.
Ahora bien,
con el aprendizaje de algunas habilidades recubiertas en la inculcación
masiva de la ideología de la clase dominante, se reproduce gran parte de
las relaciones de producción de una formación social capitalista, es
decir, las relaciones de explotados a explotadores y de explotadores a
explotados. Naturalmente, los mecanismos que producen este resultado
vital para el régimen capitalista están recubiertos y disimulados por
una ideología de la escuela universalmente reinante, pues ésta es una de
las formas esenciales de la ideología burguesa dominante: una ideología
que representa a la escuela como un medio neutro, desprovisto de
ideología (puesto que es ... laico), en el que maestros respetuosos de
la "conciencia" y la libertad de los niños que les son confiados (con
toda confianza) por sus "padres" (que también son libres, es decir,
propietarios de sus hijos), los encaminan hacia la libertad, la
moralidad y la responsabilidad de adultos mediante su propio ejemplo,
los conocimientos, la literatura y sus virtudes "liberadoras".
Pido perdón
por esto a los maestros que, en condiciones espantosas, intentan volver
contra la ideología, contra el sistema y contra las prácticas de que son
prisioneros, las pocas armas que pueden hallar en la historia y el saber
que ellos "enseñan". Son una especie de héroes. Pero no abundan, y
muchos (la mayoría) no tienen siquiera la más remota sospecha del
"trabajo" que el sistema (que los rebasa y aplasta) les obliga a
realizar y, peor aún, ponen todo su empeño e ingenio para cumplir con la
última directiva (¡los famosos métodos nuevos!). Están tan lejos de
imaginárselo que contribuyen con su devoción a mantener y alimentar esta
representación ideológica de la escuela, que la hace tan "natural" e
indispensable, y hasta bienhechora, a los ojos de nuestros
contemporáneos como la iglesia era "natural", indispensable y generosa
para nuestros antepasados hace algunos siglos.
En realidad,
la iglesia es reemplazada hoy por la escuela en su rol de aparato
ideológico de Estado dominante. Está combinada con la familia, como
antes lo estuvo la iglesia. Se puede afirmar entonces que la crisis, de
una profundidad sin precedentes, que en el mundo sacude el sistema
escolar en tantos Estados, a menudo paralela a la crisis que conmueve al
sistema familiar (ya anunciada en el Manifiesto), tiene un
sentido político si se considera que la escuela (y la pareja
escuela-familia) constituye el aparato ideológico de Estado dominante.
Aparato que desempeña un rol determinante en la reproducción de las
relaciones de producción de un modo de producción amenazado en su
existencia por la lucha de clases mundial.
Acerca de la Ideología
Al enunciar
el concepto de aparato ideológico de Estado, al decir que los AIE
1uncionan con la ideología", invocamos una realidad: la ideología, de la
que es necesario decir algunas palabras.
Se sabe que
la expresión "ideología" fue forjada por Cabanis, Destutt de Tracy y sus
amigos, quienes le asignaron por objeto la teoría (genética) de las
ideas. Cuando Marx retoma el término 50 años después le da, desde sus
obras de juventud, un sentido muy distinto. La ideología pasa a ser el
sistema de ideas, de representaciones, que domina el espíritu de un
hombre o un grupo social. La lucha ideológico-política llevada por Marx
desde sus artículos de la Gaceta Renana debía confrontarlo muy pronto
con esta realidad y obligarlo a profundizar sus primeras intuiciones.
Sin embargo,
tropezamos aquí con una paradoja sorprendente. Todo parecía llevar a
Marx a formular una teoría de la ideología. De hecho, después de los
Manuscritos del 44 la Ideología Alemana nos ofrece una teoría
explícita de la ideología, pero ... no es marxista (lo veremos en
seguida), En cuanto a El Capital, si bien contiene muchas
indicaciones para una teoría de las ideologías (la más visible: la
ideología de los economistas vulgares), no contiene esta teoría misma;
ella depende en gran parte de una teoría de la ideología en general.
Desearía correr el riesgo de proponer un primer y muy esquemático
esbozo. Las tesis que voy a enunciar no son por cierto improvisadas,
pero sólo pueden ser sostenidas y probadas, es decir confirmadas o
rectificadas, por estudios y análisis más profundos.
La ideología no tiene historia
Una
advertencia para exponer la razón de principio que, a mi parecer, si
bien no fundamenta, por lo menos autoriza el proyecto de una teoría de
la ideología en genera[ y no de una teoría de las ideologías
particulares, que siempre expresan, cualquiera que sea su forma
(religiosa, moral, jurídica, política), posiciones de clase.
Evidentemente, será necesario emprender una teoría de las ideologías
bajo la doble relación que acaba de señalarse. Se verá entonces que una
teoría de las Ideologías se basa en última instancia en la historia de
las formaciones sociales, por lo tanto de los modos de producción
combinados en ésta y de las luchas de clases que en ellas se
desarrollan.
Resulta
claro en ese sentido que no puede tratarse de una teoría de las
ideologías en general pues las ideologías (definidas bajo la doble
relación indicada: particular y de clase) tienen una historia cuya
determinación, aunque les concierne, en última instancia se halla sin
duda situada fuera de las ideologías exclusivamente.
En cambio,
si puedo presentar el proyecto de una teoría de la ideología en genera y
si esta teoría es uno de los elementos del cual dependen las teorías de
las ideologías, esto implica una proposición de apariencia paradójica,
que enunciaré en los siguientes términos: la ideología no tiene
historia.
Es sabido
que esa fórmula figura con toda sus letras en un pasaje de la
Ideología Alemana. Marx la enuncia al referirse a la metafísica que,
dice, no tiene más historia que la moral (sobreentendido: y que las
otras formas de la ideología).
En la
Ideología Alemana esta fórmula aparece en un contexto claramente
positivista. La ideología es concebida como pura ilusión, puro sueño, es
decir, nada. Toda su realidad está fuera de sí misma. La ideología es
pensada por lo tanto como una construcción imaginaria cuyo estatuto es
exactamente similar al estatuto teórico del sueño en los autores
anteriores a Freud. Para estos autores, el sueño era el resultado
puramente imaginario, es decir nulo, de "residuos diurnos" presentados
bajo una composición y un orden arbitrarios, además a veces "invertidos"
y, resumiendo, "en desorden". Para ellos el sueño era lo imaginario
vacío y nulo, bricolé arbitrariamente, con los ojos cerrados, con
residuos de la única realidad plena y positiva, la del día. Este es
exactamente el estatuto de la filosofía y de la ideología en la
Ideología Alemana (puesto que la filosofía es la ideología por
excelencia).
La ideología
es pues para Marx un bricolage imaginario, un puro sueño, vacío y vano,
constituido con los "residuos diurnos" de la única realidad plena y
positiva, la de la historia concreta de individuos concretos,
materiales, que producen materialmente su existencia. En este sentido,
en la Ideología Alemana la ideología no tiene historia: su
historia está fuera de ella, allí donde existe la única historia
existente, la de los individuos concretos, etc. La tesis de que la
ideología no tiene historia es en la Ideología Alemana una tesis
puramente negativa ya que significa a la vez:
1) La
ideología no es nada en tanto que es puro sueño (fabricado no se sabe
por qué potencia, a menos que lo sea por la alienación de la división
del trabajo, pero en tal caso también se trata de una determinación
negativa).
2) La
ideología no tiene historia, lo cual no quiere decir en absoluto que no
tenga historia (al contrario, puesto que no es más que el pálido
reflejo, vacío e invertido, de la historia real), sino que no tiene
historia propia.
Ahora bien,
la tesis que deseo defender, retornando formalmente los términos de la
Ideología Alemana (1a ideología no tiene historia"), es
radicalmente diferente de la tesis positivista-historicista de la
Ideología Alemana.
Por una
parte, puedo sostener que las ideologías tienen una historia propia
(aunque esté determinada en última instancia por la lucha de clases); y,
por otra, puedo sostener al mismo tiempo que la ideología en general no
tiene historia, pero no en un sentido negativo (su historia está fuera
de ella), sino en un sentido absolutamente positivo.
Este sentido
es positivo si realmente es propio de la ideología el estar dotada de
una estructura y un funcionamiento tales que la constituyen en una
realidad no-histórica, es decir omnihistórica, en el sentido en que esa
estructura y ese funcionamiento, bajo una misma forma, inmutable, están
presentes en lo que se llama la historia toda, en el sentido en que el
Manifiesto define la historia como historia de la lucha de
clases, es decir, como historia de las sociedades de clases.
Para proveer
aquí un hito teórico, retomando esta vez el ejemplo del sueño según la
concepción freudiana, diré que nuestra proposición ("la ideología no
tiene historia") puede y debe -de una manera que no tiene nada de
arbitraria sino que, por el contrario, es teóricamente necesaria, pues
existe un lazo orgánico entre las dos proposiciones- ser puesta en
relación directa con aquella proposición de Freud que afirma que el
inconsciente es eterno, o sea, que no tiene historia.
Si eterno no
quiere decir trascendente a toda historia (temporal), sino omnipresente,
transhistórico y, por lo tanto, inmutable en su forma en todo el
transcurso de la historia, yo retomaré palabra por palabra la expresión
de Freud y escribiré: la ideología es eterna, igual que el inconsciente,
y agregaré que esta comparación me parece teóricamente justificada por
el hecho de que la eternidad del inconsciente está en relación con la
eternidad de la ideología en general.
He aquí por
qué me creo autorizado, al menos presuntivamente, para proponer una
teoría de la ideología en general, en el sentido en que Freud presentó
una teoría del inconsciente en general.
Para
simplificar la expresión, teniendo en cuenta lo dicho sobre las
ideologías será conveniente emplear la palabra ideología a secas para
designar la ideología en general, de la cual acabo de decir que no tiene
historia o, lo que es igual, que es eterna, es decir, omnipresente bajo
su forma inmutable, en toda la historia (= la historia de las
formaciones sociales incluyendo las clases sociales). En efecto, me
limito provisoriamente a las "sociedades de clase" y a su historia.
La ideología es una "representación" de la relación
imaginaria de los individuos con sus condiciones reales de existencia
Para abordar
la tesis central sobre la estructura y el funcionamiento de la
ideología, deseo presentar primeramente dos tesis, una negativa y otra
positiva. La primera se refiere al objeto "representado" bajo la forma
imaginaria de la ideología, la segunda a la materialidad de la
ideología.
Tesis 1:
la ideología representa la relación imaginaria de los individuos con sus
condiciones reales de existencia.
Comúnmente
se dice de las ideologías religiosa, moral, jurídica, política, etc. que
son otras tantas "concepciones del mundo". Por supuesto se admite, a
menos que se viva una de esas ideologías como la verdad (por ejemplo si
se "cree" en Dios, el Deber, la Justicia, etc.). que esa ideología de la
que se habla desde el punto de vista crítico, examinándola como un
etnólogo lo hace con los mitos de una "sociedad primitiva", que esas
"concepciones del mundo" son en gran parte imaginarias, es decir, que no
"corresponden a la realidad.
Sin embargo,
aun admitiendo que no correspondan a la realidad, y por lo tanto que
constituyan una ilusión, se admite que aluden a la realidad, y que basta
con 1nterpretarlas" para encontrar en su representación imaginaria del
mundo la realidad misma de ese mundo (ideología = ilusión/alusión).
Existen
diferentes tipos de interpretación; los más conocidos son el
mecanicista, corriente en el siglo XVIII (Dios es la representación
imaginaria del Rey real), y la interpretación "hermenéutica"
inaugurada por los primeros Padres de la Iglesia y adoptada por
Feuerbach y la escuela teológico-filosófica surgida de él, ejemplificada
por el teólogo Barth. (Para Feuerbach, por ejemplo, Dios es la esencia
del Hombre real.) Voy a lo esencial al decir que, con tal que se
interprete la transposición (y la inversión) imaginaria de la ideología,
se llega a la conclusión de que en la ideología "los hombres se
representan en forma imaginaria sus condiciones reales de existencia".
Lamentablemente, esta interpretación deja en suspenso un pequeño
problema: ¿por qué los hombres "necesitan" esta transposición imaginaria
de sus condiciones reales de existencia para "representarse" sus
condiciones de existencia reales?
La primera
respuesta (la del siglo VIII) propone una solución simple: ello es culpa
de los Curas o de los Déspotas que "forjaron" las "Bellas mentiras" para
que los hombres, creyendo obedecer a Dios, obedezcan en realidad a los
Curas o a los Déspotas, por lo general aliados en la impostura, ya que
los Curas se hallan al servicio de los Déspotas o viceversa, según la
posición política de dichos 1eóricos". Existe pues una causa de la
transposición imaginaria de las condiciones reales de existencia: la
existencia de un pequeño grupo de hombres cínicos que basan su
dominación y explotación del "pueblo" en una representación falseada del
mundo que han imaginado para esclavizar los espíritus mediante el
dominio de su imaginación.
La segunda
respuesta (la de Feuerbach, adoptada al pie de la letra por Marx en sus
Obras de juventud) es más "profunda" pero igualmente falsa.
También ella busca y encuentra una causa de la transposición y la
deformación imaginaria de las condiciones reales de existencia de los
hombres (en una palabra, de la alienación en lo imaginario de la
representación de las condiciones de existencia de los hombres). Esta
causa no son ya los curas ni los déspotas, ni su propia imaginación
activa y la imaginación pasiva de sus víctimas. Esta causa es la
alienación material que reina en las condiciones de existencia de los
hombres mismos. Es así como Marx defiende en la Cuestión judía y otras
obras la idea feuerbachiana de que los hombres se forman una
representación alienada (= imaginaria) de sus condiciones de existencia
porque esas condiciones son alienantes (en los Manuscritos del 44,
porque esas condiciones están dominadas por la esencia de la sociedad
alienada: el "trabajo alienado".
Todas estas
interpretaciones toman al pie de la letra la tesis que suponen y sobre
la cual se basan: que en la representación imaginaria del mundo que se
encuentra en una ideología están reflejadas las condiciones de
existencia de los hombres, y por lo tanto su mundo real.
Ahora bien,
repito aquí una tesis que ya he anticipado: no son sus condiciones
reales de existencia, su mundo real, lo que los "hombres" "se
representan" en la ideología sino que lo representado es ante todo la
relación que existe entre ellos y las condiciones de existencia. Tal
relación es el punto central de toda representación ideológica, y por lo
tanto imaginaria, del mundo real. En esa relación está contenida la
"causa" que debe dar cuenta de la deformación imaginaria de la
representación ideológica del mundo real. O más bien, para dejar en
suspenso el lenguaje causal, es necesario emitir la tesis de que es la
naturaleza imaginaria de esa relación la que sostiene toda la
deformación imaginaria que se puede observar (si no se vive en su
verdad) en toda ideología.
Para
utilizar un lenguaje marxista, si bien aceptamos que la representación
de las condiciones reales de existencia de los individuos que se
desempeñan como agentes de la producción, de la explotación, de la
represión, de la ideologización y de la práctica científica, está
determinada en última instancia por las relaciones de producción y las
relaciones derivadas de ellas, diremos lo siguiente: toda ideología, en
su deformación necesariamente imaginaria, no representa las relaciones
de producción existentes (y las otras relaciones que de allí derivan)
sino ante todo la relación (imaginaria) de los individuos con las
relaciones de producción y las relaciones que de ella resultan. En la
ideología no está representado entonces el sistema de relaciones reales
que gobiernan la existencia de los individuos, sino la relación
imaginaria de esos individuos con las relaciones reales en que viven.
Sí esto es
así, la pregunta sobre la "causa" de la deformación imaginaria de las
relaciones reales en la ideología desaparece y debe ser reemplazada por
otra: ¿por qué la representación dada a los individuos de su relación
(individual) con las relaciones sociales que gobiernan sus condiciones
de existencia y su vida colectiva e individual es necesariamente
imaginaria? ¿Y cuál es la naturaleza de este ente imaginario? La
cuestión así planteada halla solución en la existencia de una
"camarilla" de individuos (curas o déspotas) autores de la gran
mistificación Ideológica, o bien en el carácter alienado del mundo real.
Veremos el porqué al desarrollar nuestra exposición. Por el momento, no
iremos más lejos.
Tesis 2:
la ideología tiene una existencia material.
Ya hemos
tocado esta tesis al decir que las "ideas" o "representaciones", etc. de
las que parece compuesta la ideología, no tienen existencia ideal,
idealista, espiritual, sino material. Hemos sugerido incluso que la
existencia ideal, idealista, espiritual de las "ideas" deriva
exclusivamente de una ideología de la "idea" y de la ideología y,
agreguemos, de una ideología de lo que parece 1undar" esta concepción
desde la aparición de las ciencias, es decir, lo que los que practican
las ciencias se representan, en su ideología espontánea, como las
"ideas", verdaderas o falsas. Por supuesto que esta tesis, presentada
bajó la forma de una afirmación, no está demostrada. Pedimos solamente
que se le conceda, digamos en nombre del materialismo, un juicio previo
simplemente favorable. Para su demostración serían necesarios extensos
razonamientos.
En efecto,
para avanzar en nuestro análisis de la naturaleza de la ideología
necesitamos una tesis presuntiva de la existencia no espiritual sino
material de las "ideas" u otras "representaciones". O nos es simplemente
útil para que aparezca más claramente lo que todo análisis más o menos
serio de una ideología cualquiera muestra inmediatamente de manera
empírica a todo observador, aun al que no posea gran sentido crítico.
Cuando nos referimos a los aparatos ideológicos de Estado y a sus
prácticas, hemos dicho que todos ellos son la realización de una
Ideología (ya que la unidad de esas diferentes Ideologías particulares
-religiosa, moral, jurídica, política, estética, etc.- está asegurada
por su subordinación a la ideología dominante). Retomamos esta tesis: en
un aparato y su práctica, o sus prácticas, existe siempre una ideología.
Tal existencia es material.
Por
supuesto, la existencia material de la ideología en un aparato y sus
prácticas no posee la misma modalidad que la existencia material de una
baldosa o un fusil. Pero aun con riesgo de que se nos tilde de
neoaristotélicos (señalemos que Marx sentía gran estima por Aristóteles)
diremos que la materia se dice en varios sentidos" o más bien que existe
bajo diferentes modalidades, todas en última instancia arraigadas en la
materia "fisica".
Dicho esto,
veamos lo que pasa en los 'Individuos" que viven en la ideología, o sea
con una representación determinada del mundo (religiosa, moral, etc.)
cuya deformación imaginaria depende de su relación imaginaria con sus
condiciones de existencia, es decir, en última instancia, con las
relaciones de producción y de clase (ideología = relación imaginaria con
las relaciones reales). Diremos que esta relación está dotada de
existencia material.
He aquí
entonces lo que se puede comprobar. Un individuo cree en Dios, o en el
Deber, o en la Justicia, etcétera. Tal creencia depende (para todo el
mundo, o sea, para todos los que viven en una representación ideológica
de la ideología, que reduce la ideología a ideas dotadas por definición
de existencia espiritual) de las ideas de dicho individuo, por lo tanto,
de él mismo en tanto sujeto poseedor de una conciencia en la cual están
contenidas las ideas de su creencia. A través de lo cual, es decir,
mediante el dispositivo "conceptual" perfectamente ideológico así puesto
en juego (el sujeto dotado de una conciencia en la que forma o reconoce
libremente las ideas en que cree), el comportamiento (material) de dicho
sujeto deriva de él naturalmente.
El individuo
en cuestión se conduce de tal o cual manera, adopta tal o cual
comportamiento práctico y, además, participa de ciertas prácticas
reguladas, que son las del aparato ideológico del cual "dependen" las
ideas que él ha elegido libremente, con toda conciencia, en su calidad
de sujeto. Si cree en Dios, va a la iglesia para asistir a la misa, se
arrodilla, reza. se confiesa, hace penitencia (antes ésta era material
en el sentido corriente del término) y naturalmente se arrepiente, y
continúa, etc. Si cree en el deber tendrá los comportamientos
correspondientes, inscritos en prácticas rituales "conformes a las
buenas costumbres". Si cree en la justicia, se someterá sin discutir a
las reglas del derecho, podrá incluso protestar cuando sean violadas,
firmar petitorios, tomar parte en una manifestación, etcétera.
Comprobamos
en todo este esquema que la representación ideológica de la ideología
está obligada a reconocer que todo "sujeto" dotado de, una "conciencia"
y que cree en las "ideas" que su "conciencia" le inspira y acepta
libremente, debe "actuar según sus ideas", debe por lo tanto traducir en
los actos de su práctica material sus propias ideas de sujeto libre. Si
no lo hace, eso "no está bien".
En realidad,
si no hace lo que debería hacer en función de lo que cree, hace entonces
otra cosa, lo cual -siempre en función del mismo esquema idealista- da a
entender que tiene otras ideas que las que proclama y que actúa según
esas otras ideas, como hombre "inconsecuente" ("nadie es malvado
voluntariamente"), cínico, o perverso.
En todos los
casos, la ideología de la ideología reconoce, a pesar de su deformación
imaginaria, que las "ideas" de un sujeto humano existen o deben existir
en sus actos, y si eso no sucede, le proporciona otras ideas
correspondientes a los actos (aun perversos) que el sujeto realiza.
Esa
ideología habla de actos: nosotros hablaremos de actos insertos en
prácticas. Y destacaremos que tales prácticas están reguladas por
rituales en los cuales se inscriben, en el seno de la existencia
material de un aparato ideológico, aunque sólo sea de una pequeña parte
de ese aparato: una modesta misa en una pequeña iglesia, un entierro, un
match de pequeñas proporciones en una sociedad deportiva, una jornada de
clase en una escuela, una reunión o un mitin de un partido político,
etcétera.
Debemos
además a la "dialéctica" defensiva de Pascal la maravillosa fórmula que
nos permitirá trastrocar el orden del esquema nocional de la ideología.
Pascal dijo, poco más o menos: "Arrodillaos, moved los labios en
oración, y creeréis". Trastroca así escandalosamente el orden de las
cosas, aportando, como Cristo, la división en lugar de la paz y, por
añadidura, el escándalo mismo, lo que es muy poco cristiano (¡pues
desdichado aquél por quien el escándalo llega al mundo. Bendito
escándalo que le hizo mantener, por un acto de desafío jansenista, un
lenguaje que designa la realidad en persona.
Se nos
permitirá dejar a Pascal con sus argumentos de lucha ideológica en el
seno del aparato ideológico de Estado religioso de su tiempo. Y se nos
dejará usar un lenguaje más directamente marxista, si es posible, pues
entramos en terrenos todavía mal explorados.
Diremos
pues, considerando solo un sujeto (un individuo), que la existencia de
las ideas de su creencia es material, en tanto esas ideas son actos
materiales insertos en prácticas materiales, reguladas por rituales
materiales definidos, a su vez, por el aparato ideológico material del
que proceden las ideas de ese sujeto. Naturalmente los cuatro adjetivos
"materiales" inscritos en nuestra proposición deben ser afectados por
modalidades diferentes, ya que la materialidad de un desplazamiento para
ir a misa, del acto de arrodillarse, de un ademán para persignarse o
para indicar mea culpa, de una frase, de una oración, de un acto de
contrición, de una penitencia, de una mirada, de un apretón de manos, de
un discurso verbal externo o de un discurso verbal "interno" (la
conciencia), no son una sola y misma materialidad. Dejamos en suspenso
la teoría de la diferencia de las modalidades de la materialidad.
En esta
presentación trastrocada de las cosas, no nos encontramos en absoluto
ante un "trastrocamiento", pues comprobamos que ciertas nociones han
desaparecido pura y simplemente de nuestra nueva presentación, en tanto
que, por el contrario, otras subsisten y aparecen nuevos términos.
Ha
desaparecido: el término ideas.
Subsisten:
los términos sujeto, conciencia, creencia, actos.
Aparecen:
los términos prácticas, rituales, aparato ideológico.
No se trata
pues de un trastrocamiento (salvo en el sentido en que se dice que un
gobierno se ha trastrocado), sino de un reordenamiento (de tipo
no-ministerial) bastante extraño, pues obtenemos el siguiente resultado.
Las ideas en
tanto tales han desaparecido (en tanto dotadas de una existencia ideal,
espiritual), en la misma medida en que se demostró que su existencia
estaba inscrita en los actos de las prácticas reguladas por los rituales
definidos, en última instancia, por un aparato ideológico. Se ve así que
el sujeto actúa en la medida en que es actuado por el siguiente sistema
(enunciado en su orden de determinación real): ideología existente en un
aparato ideológico material que prescribe prácticas materiales reguladas
por un ritual material, prácticas éstas que existen en los actos
materiales de un sujeto que actúa con toda conciencia según su creencia.
Pero esta
misma presentación prueba que hemos conservado las nociones siguientes:
sujeto, conciencia, creencia, actos. De esta secuencia extraemos luego
el término central, decisivo, del que depende todo: la noción de sujeto.
Y enunciamos
en seguida dos tesis conjuntas:
1) No hay
práctica sino por y bajo una ideología.
2) No hay
ideología sino por el sujeto y para los sujetos.
Podemos
pasar ahora a nuestra tesis central.
La ideología interpela a los individuos como sujetos
Esta tesis
viene simplemente a explicitar nuestra última proposición: la ideología
sólo existe por el sujeto y para los sujetos. O sea: sólo existe
ideología para los sujetos concretos, y esta destinación de la ideología
es posible solamente por el sujeto: es decir por la categoría de sujeto
y su funcionamiento.
Con esto
queremos decir que aun cuando no aparece bajo esta denominación (el
sujeto) hasta el advenimiento de la ideología burguesa, ante todo con el
advenimiento de la ideología jurídica, la categoría de sujeto (que puede
funcionar bajo otras denominaciones: por ejemplo, en Platón, el alma,
Dios, etc.) es la categoría constitutiva de toda ideología, cualquiera
que sea su determinación (particular o de clase) y cualquiera que sea su
fecha histórica, ya que la ideología no tiene historia.
Decimos que
la categoría de sujeto es constitutiva de toda ideología, pero agregamos
en seguida que la categoría de sujeto es constitutiva de toda ideología
sólo en tanto toda ideología tiene por función (función que la define)
la "constitución" de los individuos concretos en sujetos. El
funcionamiento de toda ideología existe en ese juego de doble
constitución, ya que la ideología no es nada más que su funcionamiento
en las formas materiales de la existencia de ese funcionamiento.
Para
comprender claramente lo que sigue es necesario tener presente que tanto
e1 autor de estas líneas como el lector que las lee son sujetos y, por
lo tanto, sujetos ideológicos (proposición tautológica), es decir que
tanto el autor como el lector de estas líneas viven "espontáneamente" o
"naturalmente" en la ideología, en el sentido en que hemos dicho que "el
hombre es por naturaleza un animal ideológico".
Que el
autor, al escribir las líneas de un discurso que pretende ser
científico, esté completamente ausente, como "sujeto", de "su" discurso
científico (pues todo discurso científico es por definición un discurso
sin sujeto y sólo hay "sujeto de la ciencia" en una ideología de la
ciencia), es otra cuestión, que por el momento dejaremos de lado.
Tal como
dijo admirablemente San Pablo, es en el "Logos" (entendamos, en la
ideología) donde tenemos "el ser, el movimiento y la vida". De allí
resulta que, tanto para ustedes como para mi, la categoría de sujeto es
una "evidencia" primera (las evidencias son siempre primeras): está
claro que ustedes y yo somos sujetos (libres, morales, etc.). Como todas
las evidencias, incluso aquellas por las cuales una palabra "designa una
cosa" o "posee una significación" (incluyendo por lo tanto las
evidencias de la "transparencia" del lenguaje), esta "evidencia" de que
ustedes y yo somos sujetos -y el que esto no constituya un problema- es
un efecto ideológico, el efecto ideológico elemental. En efecto, es
propio de la ideología imponer (sin parecerlo, dado que son
"evidencias") las evidencias como evidencias que no podemos dejar de
reconocer, y ante las cuales tenemos la inevitable y natural
reacción de exclamar (en voz alta o en el "silencio de la conciencia"):
"¡Es evidente! ¡Eso es! ¡Es muy cierto!"
En esta
reacción se ejerce la función de reconocimiento ideológico que es una de
las dos funciones de la ideología como tal (su contrario es la función
de desconocimiento).p> <p>Tomemos un ejemplo muy
"concreto": todos nosotros tenemos amigos que cuando llaman a nuestra
puerta y nosotros preguntamos "¿quién es?' a través de la puerta
cerrada, responden (pues es "evidente") "¡Soy yo!" De hecho, nosotros
reconocemos que "es ella" o "es él'. Abrimos la puerta, y "es cierto que
es ella quien está ahí. Para tomar otro ejemplo, cuando reconocemos en
la calle a alguien de nuestro conocimiento, le mostramos que lo hemos
reconocido (y que hemos reconocido que nos ha reconocido) diciéndole
"¡Buen día, querido amigo!" y estrechándole la mano (práctica material
ritual del reconocimiento ideológico de la vida diaria, al menos en
Francia: otros rituales en otros lugares).
Con esta
advertencia previa y sus Ilustraciones concretas, deseo solamente
destacar que ustedes y yo somos siempre ya sujetos que, como tales,
practicamos sin interrupción los rituales del reconocimiento ideológico
que nos garantizan que somos realmente sujetos concretos, individuales,
inconfundibles e (naturalmente) irremplazables. La escritura a la cual
yo procedo actualmente y la lectura a la cual ustedes se dedican
actualmente son, también ellas, desde este punto de vista, rituales de
reconocimiento ideológico, incluida la "evidencia" con que pueda
imponérseles a ustedes la "verdad" de mis reflexiones o su falsedad.
Pero
reconocer que somos sujetos, y que funcionamos en los rituales prácticos
de la vida cotidiana más elemental (el apretón de manos, el hecho de
llamarlo a usted por su nombre, el hecho de saber, aun cuando lo ignore,
que usted "tiene" un nombre propio que lo hace reconocer como sujeto
único, etc.), tal reconocimiento nos da solamente la "conciencia" de
nuestra práctica incesante (eterna) del reconocimiento ideológico -su
conciencia, es decir su reconocimiento, pero no nos da en absoluto el
conocimiento (científico) del mecanismo de este reconocimiento. Ahora
bien, en este conocimiento hay que ir a parar si se quiere, mientras se
hable en la ideología y desde el seno de la ideología, esbozar un
discurso que intente romper con la ideología para atreverse a ser el
comienzo de un discurso científico (sin sujeto) sobre la ideología.
Entonces,
para representar por qué la categoría de sujeto es constitutiva de la
ideología, la cual sólo existe al constituir a los sujetos concretos en
sujetos, voy a emplear un modo de exposición especial, lo bastante
"concreto" como para que sea reconocido, pero suficientemente abstracto
como para que sea pensable y pensado dando lugar a un conocimiento.
Diría en una
primera fórmula: toda ideología interpela a los individuos concretos
como sujetos concretos, por el funcionamiento de la categoría de
sujeto.
He aquí una
proposición que implica que por el momento distinguirnos los individuos
concretos por una parte y los sujetos concretos por la otra, a pesar de
que, en este nivel, no hay sujeto concreto si no está sostenido por un
individuo concreto.
Sugerimos
entonces que la ideología "actúa" o "funciona" de tal modo que "recluta"
sujetos entre los individuos (los recluta a todos), o "transforma" a los
individuos en sujetos (los transforma a todos) por medio de esta
operación muy precisa que llamamos interpelación, y que se puede
representar con la más trivial y corriente interpelación, policial (o
no) "¡Eh, usted, oiga!".
Si suponemos
que la hipotética escena ocurre en la calle, el individuo interpelado se
vuelve. Por este simple giro físico de 180 grados se convierte en
sujeto. ¿Por qué? Porque reconoció que la interpelación se dirigía
precisamente" a él y que "era precisamente él quien había sido
interpelado" (y no otro). La experiencia demuestra que las
telecomunicaciones prácticas de la interpelación son tAIEs que la
interpelación siempre alcanza al hombre buscado: se trate de un llamado
verbal o de un toque de silbato, el interpelado reconoce siempre que era
precisamente él a quien se interpelaba. No deja de ser éste un fenómeno
extraño que no sólo se explica por "el sentimiento de culpabilidad",
pese al gran número de personas que "tienen algo que reprocharse".
Naturalmente, para comodidad y claridad de la exposición de nuestro
pequeño teatro teórico, hemos tenido que presentar las cosas bajo la
forma de una secuencia, con un antes y un después, Por lo tanto bajo la
forma de una sucesión temporal. Hay individuos que se pasean. En alguna
parte (generalmente a sus espaldas) resuena la interpelación: "¡Eh,
usted, oiga!". Un individuo (en el 90% de los casos aquel a quien va
dirigida) se vuelve, creyendo-suponiendo-sabiendo que se trata de él,
reconociendo pues que "es precisamente a él" a quien apunta la
interpelación. En realidad las cosas ocurren sin ninguna sucesión. La
existencia de la ideología y la interpelación de los individuos como
sujetos son una sola y misma cosa.
Podemos
agregar que lo que parece suceder así fuera de la ideología (con más
exactitud en la calle) pasa en realidad en la ideología. Lo que sucede
en realidad en la ideología parece por lo tanto que sucede fuera de
ella. Por eso aquellos que están en la ideología se creen por definición
fuera de ella; uno de los efectos de la ideología es la negación
práctica por la ideología del carácter ideológico de la ideología: la
ideología no dice nunca "soy ideológica". Es necesario estar fuera de la
ideología, es decir en el conocimiento científico, para poder decir: yo
estoy en la ideología (caso realmente excepcional) 0 (caso general): yo
estaba en la ideología. Se sabe perfectamente que la acusación de estar
en la Ideología sólo vale para los otros, nunca para sí (a menos que se
sea realmente spinozista o marxista, lo cual respecto de este punto
equivale a tener exactamente la misma posición). Esto quiere decir que
la ideología no tiene afuera (para ella), pero al mismo tiempo
que no es más que afuera (para la ciencia y la realidad).
Esto lo
explicó perfectamente Spinoza doscientos años antes que Marx, quien lo
practicó sin explicarlo en detalle. Pero dejemos este punto, pletórico
de consecuencias no sólo teóricas sino directamente políticas, ya que de
él depende, por ejemplo, toda la teoría de la crítica y de la
autocrítica, regla de oro de la práctica de la lucha de clases
marxista-leninista.
La ideología
interpela, por lo tanto, a los individuos como sujetos. Dado que la
ideología es eterna, debemos ahora suprimir la forma de temporalidad con
que hemos representado el funcionamiento de la ideología y decir: la
ideología ha siempre-ya interpelado a los individuos como sujetos: esto
equivale a determinar que los individuos son siempre-ya interpelados por
la ideología como sujetos, lo cual necesariamente nos lleva a una última
proposición: los individuos son siempre-ya sujetos. Por lo tanto los
individuos son "abstractos" respecto de los sujetos que ellos mismos son
siempre-ya. Esta proposición puede parecer una paradoja.
Sin embargo,
el hecho de que un individuo sea siempre-ya sujeto, aun antes de nacer,
es la simple realidad, accesible a cualquiera y en absoluto paradójica.
Freud demostró que los individuos son siempre "abstractos" respecto de
los sujetos que ellos mismos son siempre-ya, destacando simplemente el
r1tual que rodeaba a la espera de un "nacimiento", ese "feliz
acontecimiento". Cualquiera sabe cuánto y cómo se espera a un niño que
va a nacer. Lo que equivale a decir más prosaicamente, si convenirnos en
dejar de lado los "sentimientos", es decir las formas de la ideología
familiar, paternal/maternal/conyugal/fraternal, en las que se espera el
niño por nacer: se sabe de antemano que llevará el Apellido de su Padre,
tendrá pues una identidad y será irremplazable. Ya antes de nacer el
niño es por lo tanto siempre-ya sujeto, está destinado a serlo en y por
la configuración Ideológica familiar específica en la cual es "esperado"
después de haber sido concebido. Inútil decir que esta configuración
ideológica familiar está en su unicidad fuertemente estructurada y que
en esta estructura implacable más o menos "patológica" (suponiendo que
este término tenga un sentido asignable), el antiguo 1futuro-sujeto debe
"encontrar" "su" lugar, es decir "devenir" el sujeto sexal (varón o
niña) que ya es por anticipado. Es evidente que esta sujeción y
preasignación ideológica y todos los rituales de la crianza y la
educación familiares tienen alguna relación con lo que Freud estudió en
las formas de las "etapas" pregenitales y genitales de la sexualidad,
por lo tanto en la "toma" de lo que Freud señaló, por sus efectos, como
el Inconsciente. Pero dejemos también este punto.
Avancemos
otro paso. Lo que va a retener ahora nuestra atención es la forma en que
los "actores" de esta puesta en escena de la interpelación y sus roles
específicos son reflejados en la estructura misma de toda ideología.
Un ejemplo. la ideología religiosa cristiana
Como la
estructura formal de toda ideología es siempre la misma, nos limitaremos
a analizar un solo ejemplo, accesible a todos, el de la ideología
religiosa; puntualizarnos que puede reproducirse la misma demostración
con respecto a la ideología moral, jurídica, política, estética,
etcétera.
Consideremos
pues la ideología religiosa cristiana. vamos a emplear una figura
retórica y, "hacerla hablar`, es decir, reunir en un discurso ficticio
lo que "dice", no sólo en sus dos Testamentos, en sus teólogos y sus
Sermones, sino adeniás en sus prácticas, sus rituales, sus ceremonias y
sus sacramentos. La ideología religiosa cristiana dice poco más 0 menos
lo que sigue:
Yo me dirijo
a ti, individuo humano llamado Pedro (todo individuo es llamado por su
nombre, en sentido p . o, y nunca es él mismo quien se da su Nombre),
para decirte que Dios existe y que tú le debes rendir cuentas. Agrega:
es Dios quien se dirige a ti por intermedio de mi voz (ya que la
Escritura ha recogido la palabra de Dios, la Tradición la ha
transmitido, la Infalibilidad Pontificia la fija para siempre en sus
puntos "delicado?). Dice: he aquí quién eres tú; ¡tú eres Pedro! ¡He
aquí cuál es tu origen, has sido creado por Dios por la eternidad,
aunque hayas nacido en 1920 después de Jesucristo! ¡He aquí tu lugar en
el mundo! ¡He aquí lo que debes hacer! ¡Gracias a lo cual, si observas
la "ley del amor", serás salvado, tú, Pedro, y formarás parte del Cuerpo
Glorioso de Cristo!, etcétera.
Es ése un
discurso totalmente conocido y trivial, pero al mismo tiempo totalmente
sorprendente. Sorprendente, pues si consideramos que la ideología
religiosa se dirige precisamente a los individuos para "transformarlos
en sujetos", interpelando al individuo Pedro para hacer de él un sujeto,
libre de obedecer o desobedecer al llamado, es decir a las órdenes de
Dios: si los llama por su Nombre, reconociendo así que ellos son
siempre-ya interpelados como sujetos dotados de una identidad personal
(hasta el punto de que el Cristo de Pascal dice: "Por ti yo he derramado
esta gota de mi sangre"); si los interpela de tal modo que el sujeto
responde "Sí, ¡soy precisamente yo!"; si obtiene el reconocimiento de
que ellos ocupan exactamente el lugar que ella les ha asignado como suyo
en el mundo, una residencia fija ("¡Es verdad, estoy aquí, obrero,
patrón, soldado!") en este valle de lágrimas, si obtiene de ellos el
reconocimiento de un destino (la vida o la condena eternas) según el
respeto o el desprecio con que traten los "mandamientos de Dios", la Ley
convertida en Amor;, si todo esto sucede exactamente así (en las
prácticas de los muy conocidos rituales del bautismo, de la
confirmación, de la comunión, de la confesión y de la extremaunción,
etc.), debemos señalar que todo este "procedimiento" que pone en escena
sujetos religiosos cristianos está dominado por un fenómeno extraño: tal
multitud de sujetos religiosos posibles existe sólo con la condición
absoluta de que exista Otro Sujeto Unico, Absoluto, a saber, Dios.
Convengamos
en designar este nuevo y singular Sujeto con la grafía Sujeto con
mayúscula, para distinguirlo de los sujetos ordinarios, sin mayúscula.
Resulta
entonces que la interpelación a los individuos como sujetos supone la
"existencia" de otro Sujeto, Unico y central, en Nombre del cual la
ideología religiosa interpela a todos los individuos como sujetos. Todo
esto está claramente escrito en las justamente llamadas Escrituras. "En
aquellos tiempos, el Señor Dios (Yahvé) habló a Moisés en la zarza. Y el
Señor llamó a Moisés: '¡Moisés' '¡Soy (precisamente) yo!', dijo Moisés,
'¡yo soy Moisés tu servidor, habla y yo te escucharé!' y el Señor habló
a Moisés y dijo: 'Yo Soy El que Soy'."
Dios se
definió a si mismo como el Sujeto por excelencia, aquel que es por sí y
para sí ("Yo soy Aquel que soy"), y aquel que interpela a su sujeto, el
individuo que le está sometido por su interpelación misma, a saber el
individuo denominado Moisés. Y Moisés, interpelado-llamado por su
Nombre, reconociendo que era "precisamente" él quien era llamado por
Dios, reconoce que es sujeto, sujeto de Dios, sujeto sometido a Dios,
sujeto por el Sujeto y sometido al Sujeto. La prueba es que lo
obedece y hace obedecer a su pueblo las órdenes de Dios.
Dios es pues
el Sujeto, y Moisés, y los innumerables sujetos del pueblo de Dios, sus
interlocutores-interpelados: sus espejos, sus reflejos.
¿Acaso los hombres no fueron creados a imagen de Dios? Como toda la
reflexión teológica lo prueba, mientras que El "podría" perfectamente
prescindir de ellos.... Dios necesita a los hombres, el Sujeto necesita
a los sujetos, tanto como los hombres necesitan a Dios, los sujetos
necesitan al Sujeto. Mejor dicho: Dios necesita a los hombres, el gran
Sujeto necesita a los sujetos incluso en la espantosa inversión de su
imagen en ellos (cuando los sujetos se revuelcan en el desenfreno, en el
pecado).
Mejor aun:
Dios se desdobla y envía su Hijo a la tierra, como simple sujeto
"abandonado" por él (la larga queja del Huerto de los Olivos que termina
en la Cruz), sujeto pero también Sujeto, hombre pero Dios. para cumplir
aquello para lo cual se prepara la Redención final, la Resurrección del
Cristo. Dios necesita pues "hacerse" hombre él mismo, el Sujeto necesita
convertirse en sujeto, como para demostrar empíricamente, de manera
visible para los ojos, tangible para las manos (véase Santo Tomás) de
los sujetos que, si son sujetos sometidos al Sujeto, es únicamente para
regresar finalmente, el día del Juicio Final, al seno del Señor, como el
Cristo, es decir al Sujeto.
Descifremos
en lenguaje teórico esta admirable necesidad del desdoblamiento del
Sujeto en sujetos y del Sujeto mismo en sujeto-Sujeto.p>
Observamos
que la estructura de toda ideología, al interpelar a los individuos como
sujetos en nombre de un Sujeto Unico y Absoluto es especular, es
decir en forma de espejo, y doblemente especular: este redoblamiento
especular es constitutivo de la ideología y asegura su funcionamiento.
Lo cual significa que toda ideología está centrada, que el Sujeto
Absoluto ocupa el lugar único del Centro e interpela a su alrededor a la
infinidad de los individuos como sujetos en una doble relación especular
tal que somete a los sujetos al Sujeto, al mismo tiempo que les da en el
Sujeto en que todo sujeto puede contemplar su propia imagen (presente y
futura), la garantía de que se trata precisamente de ellos y de El y de
que, al quedar todo en Familia (la Santa Familia: la Familia es por
esencia santa), "Dios reconocerá en ella a los suyos", es decir que
aquellos que hayan reconocido a Dios y se hayan reconocido en El serán
salvados.
Resumamos lo
que hemos obtenido sobre la ideología en general.
La
estructura especular redoblada de la ideología asegura a la vez:
1) la
interpelación de los 'Individuos" como sujetos,
2) su
sujeción al Sujeto,
3) el
reconocimiento mutuo entre los sujetos y el Sujeto, y entre los sujetos
mismos, y finalmente el reconocimiento del sujeto por él mismo.
4) la
garantía absoluta de que todo está bien como está y de que, con la
condición de que los sujetos reconozcan lo que son y se conduzcan en
consecuencia, todo irá bien: "Así sea".
Resultado:
tomados en este cuádruple sistema de interpelación como sujetos, de
sujeción al Sujeto, de reconocimiento universal y de garantía absoluta,
los sujetos "marchan", "marchan solos" en la inmensa mayoría de los
casos, con excepción de los "malos sujetos" que provocan la intervención
ocasional de tal o cual destacamento del aparato (represivo) de Estado.
Pero la inmensa mayoría de los (buenos) sujetos marchan bien "solos", es
decir con la ideología (cuyas formas concretas están realizadas en los
aparatos ideológicos de Estado). Se insertan en las prácticas gobernadas
por los rituales a los AIE. "Reconocen" el estado de cosas existente (das
Bestehende), que "es muy cierto que es así y no de otro modo", que
se debe obedecer a Dios, a su conciencia, al cura, a de Gaulle, al
patrón, al ingeniero, que se debe "amar al prójimo como a sí mismo".
etc. Su conducta ¡concreta, material, no es más que la inscripción en la
vida de las admirables palabras de su plegaria "¡Así sea!".
Sí, los
sujetos "marchan solos". Todo el misterio de este efecto reside en los
dos primeros momentos del cuádruple sistema de que acabamos de hablar,
o, si se prefiere, en la ambigüedad del término sujeto. En la
acepción corriente del término, sujeto significa efectivamente 1) una
subjetividad libre: un centro de iniciativas, autor y responsable de sus
actos; 2) un ser sojuzgado, sometido a una autoridad superior, por lo
tanto despojado de toda libertad, salvo la de aceptar libremente su
sumisión. Esta última connotación nos da el sentido de esta ambigüedad,
que no refleja sino el efecto que la produce: el individuo es
interpelado como sujeto (libre) para que se someta
libremente a las órdenes del Sujeto, por lo tanto para que acepte
(libremente) su sujeción, por lo tanto para que
"cumpla solo" los gestos y acto |