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La mayor parte de las
aventuras relatadas en este libro son cosas que han sucedido: una o dos
me ocurrieron a mí; el resto, a muchachos que fueron mis compañeros de
escuela. Huck
Finn está tomado del natural; Tom
Sawyer
también, pero no los de una sola persona: es una combinación de los
rasgos característicos de tres mozalbetes conocidos míos, y pertenece,
por tanto, arquitectónicamente, al orden compuesto.
Todas las raras
supersticiones a que se hace alusión prevalecían en la época de esta
historia, es decir, hace treinta o cuarenta años, entre los niños y los
esclavos en el Oeste.
Aunque este libro esté
compuesto principalmente para solaz de muchachos y muchachas, espero que
no por eso haya de ser desdeñado por la gente talluda, pues entró
también en mi propósito el intento de hacer que los mayores recordasen
con agrado cómo fueron en otro tiempo y cómo sentían y pensaban y
hablaban, y en qué curiosos trances se vieron a veces enredados. El
Autor
Capítulo I
-¡Tom!
Silencio.
-¡Tom!
Silencio.
-¡Dónde andará metido ese
chico!..., ¡Tom!
La anciana se bajó las gafas
y miró por encima todo alrededor del cuarto; después se las subió a la
frente y miró por debajo. Rara vez o nunca miraba a través de los
cristales a cosa de tan poca monta como un chicuelo: eran aquéllas las
gafas de ceremonia, su mayor orgullo, construidas para ornato, que no
para servicio, y no hubiera visto mejor mirando a través de un par de
coberteras. Se quedó un instante perpleja y dijo, no con cólera, pero lo
bastante alto para que la oyeran los muebles:
-Bueno; pues te aseguro que
si te echo la mano te voy a...
No terminó la frase, porque
para entonces estaba agachada dando estocadas con la escoba por debajo
de la cama; así es que necesitaba todo su aliento para puntuar los
escobazos con resoplidos. Lo único que consiguió desenterrar fue el
gato.
-¡No se ha visto cosa igual
que ese chico!
Fue hasta la puerta y se
detuvo allí recorriendo con la mirada las plantas de tomate y las
hileras silvestres que constituían el jardín. Ni sombra de Tom. Alzó,
pues, la voz a un ángulo de puntería calculado para larga distancia, y
gritó:
-¡Tú! ¡Toooom!
Oyó tras ella un ligero ruido
y se volvió a punto para atrapar a un rapaz por el borde de la chaqueta
y detener su vuelo.
-¡Ya estás! ¡Que no se me
haya ocurrido pensar en esa despensa!... ¿Qué estabas haciendo ahí?
-Nada.
-¿Nada? Mírate esas manos,
mírate esa boca... ¿Qué es eso pegajoso?
-No lo sé, tía.
-Bueno, pues yo sí lo sé. Es
dulce, eso es. Mil veces te he dicho que como no dejes en paz ese dulce
te voy a despellejar vivo. Dame esa vara.
La vara se cernió en el aire.
Aquello tomaba mal cariz.
-¡Dios mío! ¡Mire lo que
tiene detrás, tía!
La anciana giró en redondo,
recogiéndose las faldas para esquivar el peligro, y en ese mismo
instante escapó el chico, se encaramó por la alta valla de tablas y
desapareció tras ella. Su tía
Polly se quedó un momento
sorprendida, y después se echó a reír bondadosamente.
«¡Diablo de chico! ¡Cuándo
acabaré de aprender sus mañas! ¡Cuántas jugarretas como ésta no me habrá
hecho, y aún le hago caso! Pero las viejas bobas somos más bobas que
nadie. Perro viejo no aprende gracias nuevas, como suele decirse. Pero,
¡Señor!, si no me la pega del mismo modo dos días seguidos, ¿cómo va una
a saber por dónde irá a salir? Parece que adivina hasta dónde puede
atormentarme antes de que llegue a montar en cólera, y sabe, el muy
pillo, que si logra desconcertarme o hacerme reír, todo se ha acabado y
no soy capaz de pegarle. No; la verdad es que no cumplo mi deber para
con este chico; ésa es la pura verdad. Tiene el diablo en el cuerpo,
pero ¡qué le voy a hacer! Es el hijo de mi pobre hermana difunta, y no
tengo entrañas para zurrarle. Cada vez que le dejo sin castigo me
remuerde la conciencia, y cada vez que le pego se me parte el corazón.
¡Todo sea por Dios! Pocos son los días del hombre nacido de mujer y
llenos de tribulación, como dice la Escritura, y así lo creo. Esta tarde
hará novillos y no tendré más remedio que hacerle trabajar mañana como
castigo. Cosa dura es obligarle a trabajar los sábados, cuando todos los
rapaces tienen asueto; pero aborrece el trabajo más que ninguna otra
cosa; yo tengo que ser un poco rígida con él, o voy a ser la perdición
de ese niño».
Tom hizo, en efecto,
novillos, y lo pasó en grande. Volvió a casa con el tiempo justo para
ayudar a Jim,
el negrito, a aserrar la leña para el día siguiente y a hacer astillas
antes de la cena; pero, al menos, llegó a tiempo para contar sus
aventuras a Jim
mientras éste hacía tres cuartas partes de la tarea. Sid, el hermano
menor de Tom -o mejor dicho, hermanastro-, ya había dado fin a la suya
de recoger astillas, pues era un muchacho tranquilo, poca dado a
aventuras ni calaveradas. Mientras Tom cenaba y escamoteaba terrones de
azúcar cuando la ocasión se le ofrecía, su tía le hacía preguntas llenas
de malicia y trastienda, con el intento de hacerle picar el anzuelo y
sonsacarle reveladoras confesiones. Como otras muchas personas,
igualmente sencillas y candorosas, se envanecía de poseer un talento
especial para la diplomacia tortuosa y sutil, y se complacía en mirar
sus más obvios y transparentes artificios como maravillas de artera
astucia. Así, le dijo:
-Hacía bastante calor en la
escuela, Tom, ¿no es cierto?
-Sí, señora.
-Muchísimo calor, ¿verdad?
-Sí, señora.
-¿Y no te entraron ganas de
irte a nadar?
Tom sintió una vaga escama,
un barrunto de alarmante sospecha. Examinó la cara de su tía
Polly,
pero nada sacó en limpio. Así es que contestó
-No, tía; vamos..., no
muchas.
La anciana alargó la mano y
le palpó la camisa.
-Pero ahora no tienes
demasiado calor, con todo.
Y se quedó tan satisfecha por
haber descubierto que la camisa estaba seca sin dejar traslucir qué era
lo que tenía en las mientes. Pero bien sabía ya Tom de dónde soplaba el
viento. Así es que se apresuró a parar el próximo golpe.
Algunos chicos nos estuvimos
echando agua por la cabeza. Aún la tengo húmeda. ¿Ve usted?
La tía
Polly
se quedó mohína, pensando que no había advertido aquel detalle acusador
y, además, le había fallado un tiro. Pero tuvo una nueva inspiración.
-Dime, Tom: para mojarte la
cabeza, ¿no tuviste que descoserte el cuello de la camisa por donde yo
te lo cosí? ¡Desabróchate la chaqueta!
Toda sombra de alarma
desapareció de la faz de Tom. Abrió la chaqueta. El cuello estaba
cosido, y bien cosido.
-¡Diablo de chico! Estaba
segura de que habrías hecho novillos y de que te habrías ido a nadar. Me
parece, Tom, que eres como gato escaldado, como suele decirse, y mejor
de lo que pareces. Al menos, por esta vez.
Le dolía un poco que su
sagacidad le hubiera fallado, y se complacía de que Tom hubiera
tropezado y caído en la obediencia por una vez.
Pero Sid dijo:
-Pues mire usted, yo diría
que el cuello estaba cosido con hilo blanco y ahora es negro.
-¡Cierto que lo cosí con hilo
blanco! ¡Tom!
Pero Tom no esperó al final.
Al escapar gritó desde la puerta:
-Sid, buena zurra te va a
costar.
Ya en lugar seguro, sacó dos
largas agujas que llevaba clavadas debajo de la solapa. En una había
enrollado hilo negro, y en la otra, blanco.
«Si no es por Sid no lo
descubre. ¡Caray! Unas veces lo cose con blanco y otras con negro. ¡Por
qué no se decidirá de una vez por uno u otro! Así no hay quien lleve la
cuenta. Pero Sid me las ha de pagar, ¡reconcho!»
No era el niño modelo del
lugar. Al niño modelo lo conocía de sobra, y lo detestaba con toda su
alma.
Aún no habían pasado dos
minutos cuando ya había olvidado sus cuitas y pesadumbres. No porque
fueran ni una pizca menos graves y amargas de lo que son para los
hombres de la edad madura, sino porque un nuevo y absorbente interés las
redujo a la nada y las apartó por entonces de su pensamiento, del mismo
modo que las desgracias de los mayores se olvidan en el anhelo y la
excitación de nuevas empresas. Este nuevo interés era cierta
inapreciable novedad en el arte de silbar, en el que acababa de
adiestrarle un negro, y que ansiaba practicar a solas y tranquilo.
Consistía en ciertas variaciones a estilo de trino de pájaro, una
especie de líquido gorjeo que resultaba de hacer vibrar la lengua contra
el paladar y que se intercalaba en la silbante melodía. Probablemente el
lector recuerda cómo se hace, si es que ha sido muchacho alguna vez. La
aplicación y la perseverancia pronto le hicieron dar en el quid, y echó
a andar calle adelante con la boca rebosando armonías y el alma llena de
regocijo. Sentía lo mismo que experimentaba el astrónomo al descubrir
una nueva estrella. No hay duda que en cuanto a lo intenso, hondo y
acendrado del placer, la ventaja estaba del lado del muchacho, no del
astrónomo.
Los crepúsculos caniculares
eran largos. Aún no era de noche. De pronto Tom suspendió el silbido: un
forastero estaba ante él; un muchacho que apenas le llevaba un dedo de
ventaja en la estatura. Un recién llegado, de cualquier edad o sexo, era
una curiosidad emocionante en el pobre lugarejo de San Petersburgo. El
chico, además, estaba bien trajeado, y eso en un día no festivo. Esto
era simplemente asombroso. El sombrero era coquetón; la chaqueta de paño
azul, nueva, bien cortada y elegante; y a igual altura estaban los
pantalones. Tenía puestos los zapatos, aunque no era más que viernes.
Hasta llevaba corbata: una cinta de colores vivos. En toda su persona
había un aire de ciudad que le dolía a Tom como una injuria. Cuanto más
contemplaba aquella esplendorosa maravilla, más alzaba en el aire la
nariz, con un gesto de desdén por aquellas galas, y más rota y
desastrada le iba pareciendo su propia vestimenta. Ninguno de los dos
hablaba. Si uno se movía, movíase el otro; pero sólo de costado,
haciendo rueda. Seguían cara a cara y mirándose a los ojos sin
pestañear. Al fin, Tom dijo:
-Yo te puedo.
-Pues anda y haz la prueba.
-Pues sí que te puedo.
-¡A que no!
-¡A que sí!
-¡A que no!
Siguió una pausa embarazosa.
Después prosiguió Tom:
-¿Y tú, cómo te llamas?
-¿Y a ti qué te importa?
-Pues si me da la gana vas a
ver si me importa.
-Pues ¿por qué no te atreves?
-Como hables mucho lo vas a
ver.
-¡Mucho..., mucho..., mucho!
-Tú te crees muy gracioso,
pero con una mano atada atrás te puedo dar una tunda si quiero.
-¿A que no me la das?
-¡Vaya un sombrero!
-Pues atrévete a tocármelo.
-Lo que eres tú es un
mentiroso.
-Más eres tú.
-Como me digas cosas agarro
una piedra y te la estrello en la cabeza.
-¡A que no!
-Lo que tú tienes es miedo.
-Más tienes tú.
Otra pausa, y más miradas, y
más vueltas alrededor. Después empezaron a empujarse hombro con hombro.
-Vete de aquí -dijo Tom.
-Vete tú -dijo el otro.
-No quiero.
-Pues yo tampoco.
Y así siguieron, cada uno
apoyado en una pierna como en un puntal, y los dos empujando con toda su
alma y lanzándose furibundas miradas. Pero ninguno sacaba ventaja.
Después de forcejear hasta que ambos se pusieron encendidos y
arrebatados, los dos cedieron en el empuje, con desconfiada cautela, y
Tom dijo
-Tú eres un miedoso y un
mamón. Voy a decírselo a mi hermano grande, que te puede deshacer con el
dedo meñique.
-¡Bastante me importa de tu
hermano! Tengo yo uno mayor que el tuyo y que si lo coge lo tira por
encima de esa cerca.
Ambos hermanos eran
imaginarios.
Eso es mentira.
-¡Porque tú lo digas!
Tom hizo una raya en el polvo
con el dedo gordo del pie y dijo:
-Atrévete a pasar de aquí y
soy capaz de pegarte hasta que no te puedas tener. El que se atreva se
la gana.
El recién venido traspasó
enseguida la raya y dijo:
-Ya está; a ver si haces lo
que dices.
No te vengas con ésas; anda
con ojo.
-Bueno, pues ¡a que no lo
haces!
-¡A que sí! Por dos centavos
lo haría.
El recién venido sacó dos
centavos del bolsillo y se los alargó burlonamente.
Tom los tiró contra el suelo.
En el mismo instante rodaron
los dos chicos, revolcándose en la tierra, agarrados como dos gatos, y
durante un minuto forcejearon: asiéndose del pelo y de las ropas se
apuñaron y arañaron las narices, y se cubrieron de polvo y de gloria.
Cuando la confusión tomó forma, a través de la polvareda de la batalla,
apareció Tom sentado a horcajadas sobre el forastero y moliéndolo a
puñetazos.
-¡Date por vencido!
El forastero no hacía sino
luchar para libertarse. Estaba llorando, sobre todo de rabia.
-¡Date por vencido! -y siguió
el machacamiento.
Al fin el forastero balbuceó
un «me doy», y Tom le dejó levantarse y dijo:
-Eso para que aprendas. Otra
vez ten ojo con quién te metes. El vencido se marchó sacudiéndose el
polvo de la ropa, entre hipos y sollozos, y de cuando en cuando se
volvía moviendo la cabeza y amenazando a Tom con lo que le iba a hacer
«la primera vez que lo cogiera». A lo cual Tom respondió con mofa, y se
echó a andar con orgulloso continente. Pero tan pronto corno volvió la
espalda, su contrario cogió una piedra y se la arrojó, dándole en mitad
de la espalda, y enseguida volvió grupas y corrió como un antílope. Tom
persiguió al traidor hasta su casa, y supo así dónde vivía. Tomó
posiciones por algún tiempo junto a la puerta del jardín y desafió a su
enemigo a salir a campo abierto; pero el enemigo se contentó con sacarle
la lengua y hacerle muecas detrás de la vidriera. Al fin apareció la
madre del forastero, y llamó a Tom malo, tunante y ordinario,
ordenándole que se largase de allí. Tom se fue, pero no sin prometer
antes que aquel chico se las pagaría.
Llegó muy tarde a casa
aquella noche, y al encaramarse cautelosamente a la ventana, cayó en una
emboscada preparada por su tía, la cual, al ver el estado en que traía
las ropas, se afirmó en la resolución de tomar al asueto del sábado en
cautividad y trabajos forzados.
Capítulo II
Llegó la mañana del sábado y
el mundo estival apareció luminoso, fresco y rebosante de vida. En cada
corazón resonaba un canto, y si el corazón era joven, la música subía
hasta los labios. Todas las caras parecían alegres, y los cuerpos,
anhelosos de movimiento. Las acacias estaban en flor y su fragancia
saturaba el aire.
El monte de Cardiff, al otro
lado del pueblo, y alzándose por encima de él, estaba todo cubierto de
verde vegetación y lo bastante alejado para parecer como una deliciosa
tierra prometida que invitaba al reposo y al ensueño.
Tom apareció en la calle con
un cubo de lechada y una brocha atada en la punta de una pértiga. Echó
una mirada a la cerca y la naturaleza perdió toda alegría, y una
aplanadora tristeza descendió sobre su espíritu. ¡Treinta varas de valla
de nueve pies de altura! Le pareció que la vida era vana y sin objeto y
la existencia una pesadumbre. Lanzando un suspiro, mojó la brocha y la
pasó a lo largo del tablón más alto; repitió la operación; la volvió a
repetir; comparó la insignificante franja enjalbegada con el vasto
continente de cerca sin encalar, y se sentó sobre el boj, descorazonado.
Jim
salió a la puerta haciendo cabriolas, con un balde de cinc y cantando
«Las muchachas de
Buffalo». Acarrear agua desde la
fuente del pueblo había sido siempre a los ojos de Tom cosa aborrecible;
pero entonces no le pareció así. Se acordó de que allí no faltaba
compañía. Allí había siempre rapaces de ambos sexos, blancos, mulatos y
negros, esperando vez, y entretanto holgazaneaban, hacían cambios,
reñían, se pegaban y bromeaban. Y se acordó de que, aunque la fuente
sólo distaba ciento cincuenta varas, jamás estaba de vuelta
Jim
con una balde de agua en menos de una hora, y aun entonces era porque
alguno había tenido que ir en su busca. Tom le dijo:
-Oye,
Jim:
yo iré a traer el agua si tú encalas un pedazo.
Jim
sacudió la cabeza y contestó:
-No puedo, amo Tom. El ama
vieja me ha dicho que tengo que traer el agua y no entretenerme con
nadie. Ha dicho que se figuraba que el amo Tom me pediría que encalase,
y que lo que tenía yo que hacer era andar listo y no ocuparme más que de
lo mío..., que ella se ocuparía del encalado.
-No te importe lo que haya
dicho, Jim.
Siempre dice lo mismo. Déjame el balde, y no tardo ni un minuto. Ya
verás cómo no se entera.
-No me atrevo, amo Tom. El
ama me va a cortar el pescuezo. ¡De veras que sí!
-¿Ella?... Nunca pega a
nadie. Da capirotazos con el dedal, y eso ¿a quién le importa? Amenaza
mucho, pero aunque hable no hace daño, al menos que se ponga a llorar.
Jim,
te daré una canica. Te daré una de las blancas.
Jim
empezó a vacilar.
-Una blanca,
Jim,
y es de primera.
-¡Anda! ¡De ésas se ven
pocas! Pero tengo un miedo muy grande al ama vieja.
Pero
Jim
era débil, de carne mortal. La tentación era demasiado fuerte. Puso el
cubo en el suelo y cogió la canica. Un instante después iba volando
calle abajo con el cubo en la mano y un gran escozor en las posaderas;
Tom enjalbegaba con furia, y la tía
Polly se retiraba del campo de
batalla con una zapatilla en la mano y el brillo de la victoria en los
ojos.
Pero la energía de Tom duró
poco. Empezó a pensar en todas las diversiones que había planeado para
aquel día, y sus penas se exacerbaron. Muy pronto los chicos que tenían
asueto pasarían retozando, camino de las tentadoras excursiones, y se
reirían de él porque tenía que trabajar..., y esta idea le encendía la
sangre como un fuego. Sacó todas sus mundanales riquezas y les pasó
revista: pedazos de juguetes, tablas y desperdicios heterogéneos; lo
bastante quizá para lograr un cambio de tareas, pero no lo suficiente
para poderlo trocar por media hora de libertad completa. Se volvió,
pues, a guardar en el bolsillo sus escasos recursos, y abandonó la idea
de intentar el soborno de los muchachos. En aquel tenebroso y
desesperado momento sintió una inspiración. Cogió la brocha y se puso
tranquilamente a trabajar. Ben
Rogers apareció a la vista en aquel
instante; de entre todos los chicos, era de aquél precisamente de quien
más había temido las burlas. Ben venía dando saltos y zapatetas, señal
evidente de que tenía el corazón libre de pesadumbres y grandes
esperanzas de divertirse. Estaba comiéndose una manzana, y de cuando en
cuando lanzaba un prolongado y melodioso alarido, seguido de un bronco y
profundo «ti-lín, ti-lín, ti-lón, ti-lín, ti-lín, ti-lón», porque venía
imitando a un vapor del Mississipi. Al acercarse acortó la marcha,
enfiló hacia el medio de la calle, se inclinó hacia estribor y tomó la
vuelta de la esquina pesadamente y con gran aparato y solemnidad, porque
estaba representando al Gran
Missouri y se consideraba a sí
mismo con nueve pies de calado. Era buque, capitán y campana de las
máquinas, todo en una pieza; y así es que tenía que imaginarse de pie en
su propio puente, dando órdenes y ejecutándolas.
-¡Para! ¡Ti-lín, ti-lín, ti-lín!
(La arrancada iba disminuyendo y el barco se acercaba lentamente a
la acera). ¡Máquina atrás! ¡Ti-lín-lin-lin! (Con los brazos
rígidos, pegados a los costados). ¡Atrás la de estribor! ¡Ti-lín-lin-lin!
¡Chu-chu-chu! (Entretanto el brazo derecho describía grandes
círculos porque representaba una rueda de cuarenta pies de diámetro).
¡Atrás la de babor! ¡Ti-lín, ti-lín, ti-lín!... (El brazo izquierdo
empezó a voltear). ¡Avante la de babor! ¡Alto la de estribor!
¡Despacio a babor! ¡Listo con la amarra! ¡Alto! ¡Ti-lín, ti-lín, ti-lín!
¡Chistsss!... (Imitando las llaves de escape).
Tom siguió encalando, sin
hacer caso del vapor. Ben se le quedó mirando un momento y dijo:
-¡Je, je! Las estás pagando,
¿eh?
Se quedó sin respuesta. Tom
examinó su último toque con mirada de artista; después dio otro ligero
brochazo y examinó, como antes, el resultado. Ben atracó a su costado. A
Tom se le hacia la boca agua pensando en la manzana, pero no cejó en su
trabajo.
-¡Hola, compadre! -le dijo
Ben-. Te hacen trabajar, ¿eh?
-¡Ah! ¿Eres tú, Ben? No te
había visto.
-Oye, me voy a nadar. ¿No te
gustaría venir? Pero, claro, te gustará más trabajar. Claro que te
gustará.
Tom se le quedó mirando un
instante y dijo:
-¿A qué llamas tú trabajo?
-¡Qué! ¿No es eso trabajo?
Tom reanudó su blanqueo y le
contestó, distraídamente:
-Bueno, puede ser que lo sea
y puede que no. Lo único que sé es que le gusta a Tom
Sawyer.
-¡Vamos! ¿Me vas a hacer
creer que a ti te gusta?
La brocha continuó
moviéndose.
-¿Gustar? No sé por qué no va
a gustarme. ¿Es que le dejan a un chico blanquear una cerca todos los
días?
Aquello puso la cosa bajo una
nueva luz. Ben dejó de mordisquear la manzana. Tom movió la brocha,
coquetonamente, atrás y adelante; se retiró dos pasos para ver el
resultado. Y en tanto Ben no perdía de vista un solo movimiento, cada
vez más y más interesado y absorto. Al fin dijo
-Oye, Tom: déjame encalar un
poco.
Tom reflexionó. Estaba a
punto de acceder, pero cambió de propósito.
-No, no; eso no podría ser,
Ben. Ya ves..., mi tía
Polly es muy exigente para esta
cerca, porque está aquí, en mitad de la calle, ¿sabes? Pero si fuera la
cerca trasera no me importaría, ni a ella tampoco. No sabes tú lo que le
preocupa esta cerca; hay que hacerlo con la mar de cuidado; puede ser
que no haya un chico entre mil, ni aun entre dos mil, que pueda
encalarla de la manera que hay que hacerlo.
-¡Quia!... ¿Lo dices de
veras? Vamos, déjame que pruebe un poco, nada más que una miaja. Si tú
fueras yo, te dejaría, Tom.
-De veras que quisiera
dejarte, Ben; pero la tía
Polly... Mira
Jim
también quiso, y ella no le dejó. Sid también quiso, y no lo consintió.
¿Ves por qué no puedo dejarte? ¡Si tú fueras a encargarte de esta cerca
y ocurriese algo!
Anda..., ya lo haré con
cuidado. Déjame probar. Mira, te doy el corazón de la manzana.
-No puede ser. No, Ben; no me
lo pidas; tengo miedo...
-¡Te la doy toda!
Tom le entregó la brocha, con
desgana en el semblante y con entusiasmo en el corazón. Y mientras el ex
vapor Gran
Missouri trabajaba y sudaba al sol, el artista
retirado se sentó allí cerca, en una barrica, a la sombra, balanceando
las piernas, se comió la manzana y planeó el degüello de más inocentes.
No escaseó el material: a cada momento aparecían muchachos; venían a
burlarse, pero se quedaban a encalar. Para cuando Ben se rindió de
cansancio, Tom había ya vendido el turno siguiente a
Billy Fisher
por una cometa en buen uso; cuando éste se quedó aniquilado,
Johnny Miller
compró el derecho por una rata muerta con un bramante para hacerla
girar, y así siguió y siguió hora tras hora. Y cuando avanzó la tarde,
Tom, que por la mañana había sido un chico en la miseria, nadaba
materialmente en riquezas. Tenía, además de las cosas que he mencionado,
doce tabas, parte de un cornetín, un trozo de vidrio azul de botella
para mirar las cosas a través de él, un carrete, una llave incapaz de
abrir nada, un pedazo de tiza, un tapón de cristal, un soldado de plomo,
un par de renacuajos, seis cohetillos, un gatito tuerto, un tirador de
puerta, un collar de perro (pero sin perro), el mango de un cuchillo y
una falleba destrozada. Había, entretanto, pasado una tarde deliciosa,
en la holganza, con abundante y grata compañía, y la cerca ¡tenía tres
manos de cal! A no habérsele agotado las existencias de lechada, habría
hecho declararse en quiebra a todos los chicos del lugar.
Tom se decía que, después de
todo, el mundo no era un páramo. Había descubierto, sin darse cuenta,
uno de los principios fundamentales de la humana conducta, a saber: que
para hacer que alguien, hombre o muchacho, anhele alguna cosa, sólo es
necesario hacerla difícil de conseguir. Si hubiese sido un eximio y
agudo filósofo, como el autor de este libro, hubiera comprendido
entonces que el trabajo consiste en lo que estamos obligados a hacer,
sea lo que sea, y que el juego consiste en aquello a lo que no se nos
obliga. Y esto le ayudaría a entender por qué confeccionar flores
artificiales o andar en el
tread-mill1
es trabajo, mientras que jugar a los bolos o escalar el Mont-Blanc no es
más que divertimiento. Hay en Inglaterra caballeros opulentos que
durante el verano guían las diligencias de cuatro caballos y hacen el
servicio diario de veinte o treinta millas porque el hacerlo les cuesta
mucho dinero; pero si se les ofreciera un salario por su tarea, eso la
convertiría en trabajo, y entonces dimitirían.
Capítulo III
Tom se presentó ante su tía,
que estaba sentada junto a la ventana, abierta de par en par, en un
alegre cuartito de las traseras de la casa, el cual servía a la vez de
alcoba, comedor y despacho.
La tibieza del aire estival,
el olor de las flores y el zumbido adormecedor de las abejas habían
producido su efecto, y la anciana estaba dando cabezadas sobre la
calceta..., pues no tenía otra compañía que la del gato, y éste se
hallaba dormido sobre su falda. Estaba tan segura de que Tom habría ya
desertado de su trabajo hacía mucho rato, que se sorprendió de verle
entregarse así, con tal intrepidez, en sus manos. Él dijo
-¿Me puedo ir a jugar, tía?
-¡Qué! ¿Tan pronto? ¿Cuánto
has enjalbegado?
-Ya está todo, tía.
-Tom, no me mientas. No lo
puedo sufrir.
-No miento, tía; ya está
hecho todo.
La tía
Polly
confiaba poco en tal testimonio. Salió a ver por sí misma, y se hubiera
dado por satisfecha con haber encontrado un veinticinco por ciento de
verdad en lo afirmado por Tom. Cuando vio toda la cerca encalada, y no
sólo encalada, sino primorosamente repasada con varias manos de lechada,
y hasta con una franja de añadidura en el suelo, su asombro no podía
expresarse en palabras.
-¡Alabado sea Dios! -dijo-.
¡Nunca lo creyera! No se puede negar: sabes trabajar cuando te da por
ahí-. Y después añadió, aguando el elogio: -Pero te da por ahí rara vez,
la verdad sea dicha. Bueno, anda a jugar; pero acuérdate y no tardes una
semana en volver, porque te voy a tundir.
Tan emocionada estaba por la
brillante hazaña de su sobrino, que lo llevó a la despensa, escogió la
mejor manzana y se la entregó, juntamente con una edificante disertación
sobre el gran valor y el gusto especial que adquieren los dones cuando
nos vienen no por pecaminosos medios, sino por nuestro propio virtuoso
esfuerzo. Y mientras terminaba con un oportuno latiguillo bíblico, Tom
le escamoteó una rosquilla.
Después se fue dando saltos,
y vio a Sid en el momento en que empezaba a subir por la escalera
exterior que conducía a las habitaciones altas, por detrás de la casa.
Había abundancia de terrones a mano, y el aire se llenó de ellos en un
segundo. Zumbaban en tomo de Sid como una granizada, y antes de que la
tía Polly
pudiera volver de su sorpresa y acudir en socorro, seis o siete pedazos
habían producido efecto sobre la persona de Sid, y Tom había saltado la
cerca y desaparecido. Había allí una puerta; pero Tom, por regla
general, andaba escaso de tiempo para poder usarla. Sintió descender la
paz sobre su espíritu una vez que ya había ajustado cuentas con Sid por
haber descubierto lo del hilo, poniéndole en dificultades.
Dio la vuelta a toda la
manzana y vino a parar a una calleja fangosa, por detrás del establo
donde su tía tenía las vacas. Ya estaba fuera de todo peligro de captura
y castigo, y se encaminó apresurado hacia la plaza pública del pueblo,
donde dos batallones de chicos se habían reunido para librar una
batalla, según tenían convenido. Tom era general de uno de los dos
ejércitos; Joe
Harper (un amigo del alma), general del otro. Estos
eximios caudillos no descendían hasta luchar personalmente -eso se
quedaba para la morralla-, sino que se sentaban mano a mano en una
eminencia y desde allí conducían las marciales operaciones dando órdenes
que transmitían sus ayudantes de campo. El ejército de Tom ganó una gran
victoria tras rudo y tenaz combate. Después se contaron los muertos, se
canjearon prisioneros y se acordaron los términos del próximo
desacuerdo; y hecho esto, los dos ejércitos formaron y se fueron, y Tom
se volvió solo hacia su morada.
Al pasar junto a la casa
donde vivía Jeff
Thatcher vio en el jardín a una niña desconocida: una linda criaturita
de ojos azules, con el pelo rubio peinado en dos largas trenzas,
delantal blanco de verano y pantalón con puntillas. El héroe, recién
coronado de laureles, cayó sin disparar un tiro. Una cierta
Amy Lawrence
se disipó en su corazón y no dejó ni un recuerdo atrás. Se había creído
locamente enamorado, habíale parecido su pasión un fervoroso culto, y he
aquí que no era más que una trivial y efímera debilidad. Había dedicado
meses a su conquista; apenas hacía una semana que ella se había rendido;
había él sido durante siete breves días el más feliz y orgulloso de los
chicos, y allí, en un instante, la había despedido de su pecho sin un
adiós.
Adoró a esta repentina y
seráfica aparición con furtivas miradas, hasta que notó que ella le
había visto; fingió entonces que no había advertido su presencia, y
empezó «a presumir» haciendo toda suerte de absurdas e infantiles
habilidades para ganarse su admiración. Continuó por un rato la grotesca
exhibición; pero a poco, y mientras realizaba ciertos ejercicios
gimnásticos arriesgadísimos, vio con el rabillo del ojo que la niña se
dirigía hacia la casa. Tom se acercó a la valla y se apoyó en ella
afligido, con la esperanza de que aún se detendría un rato. Ella se paró
un momento en los escalones y avanzó hacia la puerta. Tom lanzó un hondo
suspiro al verle poner el pie en el umbral; pero su faz se iluminó de
pronto, pues la niña arrojó un pensamiento por encima de la valla antes
de desaparecer. El rapaz echó a correr y dobló la esquina, deteniéndose
a corta distancia de la flor; y entonces se entoldó los ojos con la
mansa y empezó a mirar calle abajo, como si hubiera descubierto en
aquella dirección algo de gran interés. Después cogió una paja del suelo
y trató de sostenerla en equilibrio sobre la punta de la nariz, echando
hacia atrás la cabeza; y mientras se movía de aquí para allá, para
sostener la paja, se fue acercando más y más al pensamiento, y al cabo
le puso encima su pie desnudo, lo agarró con prensiles dedos, se fue con
él renqueando y desapareció tras la esquina. Pero nada más que por un
instante; el preciso para colocarse la flor en un ojal, por dentro de la
chaqueta, próxima al corazón o probablemente al estómago, porque no era
ducho en anatomía, y en modo alguno supercrítico.
Volvió enseguida y rondó en
torno de la valla hasta la noche, «presumiendo» como antes; pero la niña
no se dejó ver, y Tom se consoló pensando que quizá se habría acercado a
alguna ventana y habría visto sus homenajes. Al fin se fue a su casa de
mala gana, con la cabeza llena de ilusiones.
Durante la cena estaba tan
inquieto y alborotado, que su tía se preguntaba «qué es lo que le
pasaría a ese chico». Sufrió una buena reprimenda por el apedreamiento,
y no le importó ni un comino. Trató de robar azúcar, y recibió un golpe
en los nudillos. Tía -dijo-, a Sid no le pegas cuando la coge.
-No; pero no la atormenta a
una como me atormentas tú. No quitarías mano al azúcar si no te
estuviera mirando.
A poco se metió la tía en la
cocina, y Sid, glorioso de su inmunidad, alargó la mano hacia el
azucarero, lo cual era alarde afrentoso para Tom, a duras penas
soportable. Pero a Sid se le escurrieron los dedos y el azucarero cayó y
se hizo pedazos. Tom se quedó suspenso, en un rapto de alegría; tan
enajenado, que pudo contener la lengua y guardar silencio. Pensaba que
no diría palabra, ni siquiera cuando entrase su tía, sino que seguiría
sentado y quedo hasta que ella preguntase quién había hecho el
estropicio; entonces se lo diría, y no habría cosa más gustosa en el
mundo que ver al «modelo» atrapado. Tan entusiasmado estaba que apenas
se pudo contener cuando volvió la anciana y se detuvo ante las ruinas,
lanzando relámpagos de cólera por encima de las gafas. «¡Ahora se
arma!», pensó Tom. Y en el mismo instante estaba despatarrado en el
suelo. La recia mano vengativa estaba levantada en el aire para repetir
el golpe, cuando Tom gritó:
-¡Quieta! ¿Por qué me zurra?
¡Sid es el que lo ha roto!
Tía
Polly
se detuvo perpleja, y Tom esperaba una reparadora compasión. Pero cuando
ella recobró la palabra, se limitó a decir:
-¡Vaya! No te habrá venido de
más la tunda, se me figura. De seguro que habrás estado haciendo alguna
otra trastada mientras yo no estaba aquí.
Después le remordió la
conciencia, y ansiaba decir algo tierno y cariñoso; pero pensó que esto
se interpretaría como una confesión de haber obrado mal, y la disciplina
no se lo permitió; prosiguió, pues, sus quehaceres con un peso sobre el
corazón. Tom, sombrío y enfurruñado, se agazapó en un rincón, y exageró,
agravándolas, sus cuitas. Bien sabía que su tía estaba, en espíritu, de
rodillas ante él, y eso le proporcionaba una triste alegría. No quería
arriar la bandera ni darse por enterado de las señales del enemigo. Bien
sabía que una mirada ansiosa se posaba sobre él de cuando en cuando, a
través de lágrimas contenidas; pero se negaba a reconocerlo. Se
imaginaba a sí mismo postrado y moribundo y a su tía inclinada sobre él,
mendigando una palabra de perdón; pero volvía la cara a la pared, y
moría sin que la palabra llegase a salir de sus labios. ¿Qué pensaría
entonces su tía? Y se figuraba traído a casa desde el río, ahogado, con
los rizos empapados, las manos flácidas y su mísero corazón en reposo.
¡Cómo se arrojaría sobre él, y lloraría a mares, y pediría a Dios que le
devolviese su chico, jurando que nunca volvería a tratarle mal! Pero él
permanecería pálido y frío, sin dar señal de vida...; ¡pobre mártir
cuyas penas habían ya acabado para siempre! De tal manera excitaba su
enternecimiento con lo patético de esos en sueños, que tenía que estar
tragando saliva, a punto de atosigarse; y sus ojos enturbiados nadaban
en agua, la cual se derramaba al parpadear y se deslizaba y caía a gotas
por la punta de la nariz. Y tal voluptuosidad experimentaba al mirar y
acariciar así sus penas, que no podía tolerar la intromisión de
cualquier alegría terrena o de cualquier inoportuno deleite; era cosa
tan sagrada que no admitía contactos profanos; y por eso, cuando su
prima Mary
entró dando saltos de contenta, encantada de verse otra vez en casa
después de una eterna ausencia de una semana en el campo, Tom se levantó
y, sumido en brumas y tinieblas, salió por una puerta cuando ella entró
por la otra trayendo consigo la luz y la alegría. Vagabundeó lejos de
los sitios frecuentados por los rapaces y buscó parajes desolados, en
armonía con su espíritu. Una larga almadía de troncos, en la orilla del
río, le atrajo, y sentándose en el borde, sobre el agua, contempló la
vasta y desolada extensión de la corriente. Hubiera deseado morir
ahogado; pero de pronto y sin darse cuenta, y sin tener que pasar por el
desagradable y rutinario programa ideado para estos casos por la
naturaleza. Después se acordó de su flor. La sacó, estrujada y lacia, y
su vista acrecentó en alto grado su melancólica felicidad. Se preguntó
si ella se compadecería si lo supiera. ¿Lloraría? ¿Querría poder echarle
los brazos al cuello y consolarlo? ¿O le volvería fríamente la espalda,
como todo el resto de la humanidad? Esta visión le causó tales agonías
de delicioso sufrimiento, que la reprodujo una y otra vez en su magín y
la volvía a imaginar con nuevos y variados aspectos, hasta dejarla
gastada y pelada por el uso. Al fin se levantó dando un suspiro, y
partió entre las sombras. Serían las nueve y media o las diez cuando
vino a dar a la calle, ya desierta, donde vivía la amada desconocida. Se
detuvo un momento: ningún ruido llegó a sus oídos; una bujía proyectaba
un mortecino resplandor sobre la cortina de una ventana del piso alto.
¿Estaba ella allí? Trepó por la valla; marchó con cauteloso paso por
entre las plantas hasta llegar bajo la ventana; miró hacia arriba largo
rato, emocionado; después se echó en el suelo, tendiéndose de espaldas,
con las manos cruzadas sobre el pecho y en ellas la pobre flor marchita
Y así quisiera morir..., abandonado de todos, sin cobijo sobre su
cabeza, sin una mano querida que enjugase el sudor de su frente, sin una
cara amiga que se inclinase sobre él, compasiva, en el trance final. Y
así lo vería ella cuando se asomase a mirar la alegría de la mañana...,
y ¡ay!, ¿dejaría caer una lágrima sobre el pobre cuerpo inmóvil,
lanzaría un suspiro al ver una vida juvenil tan intempestivamente
tronchada?
La ventana se abrió; la voz
áspera de una criada profanó el augusto silencio, y un diluvio de agua
dejó empapados los restos del mártir tendido en tierra.
El héroe, medio ahogado, se
irguió de un salto, resoplando; se oyó el zumbido de una piedra en el
aire, entremezclado con el murmullo de una imprecación; después, como un
estrépito de cristales rotos, y una diminuta forma fugitiva saltó por
encima de la valla y se alejó, disparada, en las tinieblas.
Poco después, cuando Tom,
desnudo para acostarse, examinaba sus ropas remojadas a la luz de un
cabo de vela, Sid se despertó; pero si es que tuvo alguna idea de hacer
«alusiones personales», lo pensó mejor y se estuvo quieto..., pues en
los ojos de Tom había un brillo amenazador. Tom se metió en la cama sin
añadir a sus enojos el de rezar, y Sid apuntó en su memoria esta
emisión.
Capítulo IV
El sol se levantó sobre un
mundo tranquilo y lanzó sus esplendores, como una bendición, sobre el
pueblecito apacible. Acabado el desayuno, tía
Polly
reunió a la familia para las prácticas religiosas, las cuales empezaron
por una plegaria construida, desde el cimiento hasta arriba, con sólidas
hiladas de citas bíblicas, trabadas con un débil mortero de
originalidad; y desde su cúspide, como desde un Sinaí, recitó un adusto
capítulo de la ley mosaica.
Tom se apretó los calzones,
por decirlo así, y se puso a trabajar para «aprenderse sus versículos».
Sid se los sabía ya desde días antes. Tom reconcentró todas sus energías
para grabar en su memoria cinco nada más, y escogió un trozo del Sermón
de la Montaña porque no pudo encontrar otros versículos que fueran tan
cortos.
Al cabo de media hora tenía
una idea vaga y general de la lección, pero nada más, porque su mente
estaba revoloteando por todas las esferas del pensamiento humano, y sus
manos, ocupadas en absorbentes y recreativas tareas.
Mary
le cogió el libro para tomarle la lección, y él trató de hacer camino
entre la niebla.
-Bienaventurados los...,
los...
-Pobres...
-Sí, pobres; bienaventurados
los pobres de..., de...
-Espíritu...
-De espíritu; bienaventurados
los pobres de espíritu, porque ellos..., ellos...
-De ellos...
-Porque de ellos...
Bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos... será el reino
de los cielos. Bienaventurados los que lloran, porque ellos..., porque
ellos...
-Re...
-Porque ellos re...
-Reci...
-Porque ellos reci... ¡No sé
lo que sigue!
-Recibirán...
-¡Ah! Porque ellos
recibirán..., recibirán..., los que lloran. Bienaventurados los que
recibirán, porque ellos... llorarán, porque recibirán... ¿Qué recibirán?
¿Por qué no me lo dices,
Mary? ¿Por qué eres tan tacaña?
-¡Ay Tom, simple! No creas
que es por hacerte rabiar. No soy capaz. Tienes que volver a estudiarlo.
No te apures, Tom; ya verás cómo lo aprendes; y si te lo sabes, te voy a
dar una cosa preciosa. ¡Anda!, a ver si eres bueno.
-Bien; pues dime lo que me
vas a dar, Mary.
¡Dime lo que es!
-Eso no importa, Tom. Ya
sabes que cuando prometo algo es de verdad.
Te creo,
Mary.
Voy a darle otra mano.
Y se la dio; y bajo la doble
presión de la curiosidad y de la prometida ganancia, lo hizo con tal
ánimo que tuvo un éxito deslumbrador.
Mary le dio una flamante navaja «Barlow»
que valía doce centavos y medio, y las convulsiones de deleite que
corrieron por su organismo lo conmovieron hasta los cimientos. Verdad es
que la navaja era incapaz de cortar cosa alguna; pero era una «Barlow»
de las «de verdad», y en eso había imponderable grandiosidad..., aunque
de dónde sacarían la idea los muchachos del Oeste de que tal arma
pudiera llegar a ser falsificada con menoscabo para ella, es un grave
misterio y quizá lo será siempre. Tom logró hacer algunos cortes en el
aparador, y se preparaba a empezar con la mesa de escribir cuando le
llamaron para vestirse y asistir a la escuela dominical.
Mary
le dio una jofaina de estaño y un trozo de jabón, y él salió fuera de la
puerta y puso la jofaina en un banquillo que allí había; después mojó el
jabón en el agua y lo colocó sobre el banco; se remangó los brazos,
vertió suavemente el agua en el suelo, y enseguida entró en la cocina y
empezó a restregarse vigorosamente con la toalla que estaba tras la
puerta. Pero Mary
se la quitó y le dijo:
-¿No te da vergüenza, Tom? No
seas tan malo. No tengas miedo al agua.
Tom se quedó un tanto
desconcertado. Llenaron de nuevo la jofaina y esta vez Tom se inclinó
sobre ella, sin acabar de decidirse; reuniendo ánimos, hizo una profunda
aspiración, y empezó. Cuando entró a poco en la cocina, con los ojos
cerrados, buscando a tientas la toalla, un honroso testimonio de agua y
burbujas de jabón le corría por la cara y goteaba en el suelo. Pero
cuando salió a luz de entre la toalla aún no estaba aceptable, pues el
territorio limpio terminaba de pronto en la barbilla y las mandíbulas,
como un antifaz, y más allá de esa línea había una oscura extensión de
terreno de secano que corría hacia abajo por el frente y hacia atrás,
dando la vuelta al pescuezo.
Mary le cogió por su cuenta, y
cuando acabó con él era un hombre nuevo y un semejante, sin distinción
de color, y el pelo empapado estaba cuidadosamente cepillado, y sus
cortos rizos ordenados para producir un general efecto simétrico y
coquetón (a solas se alisaba los rizos con gran dificultad y trabajo, y
se dejaba el pelo pegado a la cabeza, porque tenía los rizos por cosa
afeminada y los suyos le amargaban la existencia).
Mary
sacó después un traje que Tom sólo se había puesto los domingos, durante
dos años. Le llamaban «el otro traje», y por ello podemos deducir lo
sucinto de su guardarropa. La muchacha «le dio un repaso». Después que
él se hubo vestido; le abotonó la chaqueta hasta la barbilla; le volvió
el ancho cuello de la camisa sobre los hombros; le coronó la cabeza,
después de cepillarlo, con un sombrero de paja moteado. Parecía,
después, mejorado y atrozmente incómodo; y no lo estaba menos de lo que
parecía, pues había en el traje completo y en la limpieza una sujeción y
entorpecimiento que le atormentaban. Tenía la esperanza de que
Mary
no se acordaría de los zapatos, pero resultó fallida; se los untó
concienzudamente con una capa de sebo, según era el uso, y se los
presentó. Tom perdió la paciencia, y protestó de que siempre le
obligaban a hacer lo que no quería. Pero
Mary le dijo, persuasiva.
-Anda, Tom; sé un buen chico.
Y Tom se los puso, gruñendo.
Mary
se arregló enseguida, y los tres niños marcharon a la escuela dominical,
lugar que Tom aborrecía con toda su alma; pero a Sid y a
Mary
les gustaba.
Las horas de la escuela eran
de nueve a diez y media, y después seguía el oficio religioso. Dos de
los niños se quedaban siempre, voluntariamente, al sermón, y el otro
siempre se quedaba también..., por más contundentes razones. Los
asientos, sin tapizar, y altos de respaldo, de la iglesia podrían
acomodar unas trescientas personas; el edificio era pequeño e
insignificante, con una especie de cucurucho de tablas puesto por
montera, a guisa de campanario. Al llegar a la puerta, Tom se echó un
paso atrás y abordó a un compinche, también endomingado
-Oye,
Bill,
¿tienes un vale amarillo?
-Sí.
-¿Qué quieres por él?
-¿Qué me das?
-Un cacho de regaliz y un
anzuelo.
-Enséñalos.
Tom los presentó. Eran
aceptables, y las pertenencias cambiaron de mano. Después hizo el
cambalache de un par de canicas por tres vales rojos, y de otras
cosillas por dos azules. Salió al encuentro de otros muchachos, según
iban llegando, y durante un cuarto de hora siguió comprando vales de
diversos colores. Entró en la iglesia, al fin, con un enjambre de chicos
y chicas, limpios y ruidosos; se fue a su silla e inició una riña con el
primer muchacho que encontró a mano. El maestro, hombre grave, ya
entrado en años, intervino; después volvió la espalda un momento, y Tom
tiró del pelo al rapaz que tenía delante, y ya estaba absorto en la
lectura de su libro cuando la víctima miró hacia atrás; pinchó a un
tercero con un alfiler, para oírle chillar, y se llevó nueva reprimenda
del maestro. Durante todas las clases Tom era siempre el mismo:
inquieto, ruidoso y pendenciero. Cuando llegó el momento de dar las
lecciones, ninguno se las sabía bien y había que irles apuntando durante
todo el trayecto. Sin embargo, fueron saliendo trabajosamente del paso,
y a cada uno se le recompensaba con vales azules, en los que estaban
impresos pasajes de las Escrituras. Cada vale azul era el precio de
recitar dos versículos; diez vales azules equivalían a uno rojo, y
podían cambiarse por uno de éstos; diez rojos equivalían a uno amarillo,
y por diez vales amarillos el superintendente regalaba una Biblia,
modestamente encuadernada (valía cuarenta centavos en aquellos tiempos
felices), al alumno. ¿Cuántos de mis lectores hubieran tenido
laboriosidad y constancia para aprenderse de memoria dos mil versículos,
ni aun por una Biblia de las ilustradas por Doré? Y sin embargo,
Mary
había ganado dos de esa manera: fue la paciente labor de dos años, y un
muchacho de estirpe germánica había conquistado cuatro o cinco. Una vez
recitó tres mil versículos sin detenerse; pero sus facultades mentales
no pudieron soportar tal esfuerzo y se convirtió en un idiota, o poco
menos, desde aquel día: dolorosa pérdida para la escuela, pues en
ocasiones solemnes, y delante de compañía, el superintendente sacaba
siempre a aquel chico y (como decía Tom) «le abría la espita». Sólo los
alumnos mayorcitos llegaban a conservar los vales y a persistir en la
tediosa labor bastante tiempo para lograr una Biblia, y por eso la
entrega de uno de estos premios era un raro y notable acontecimiento. El
alumno premiado era un personaje tan glorioso y conspicuo por aquel día,
que en el acto encendía en el pecho de cada escolar una ardiente
emulación, que solía durar un par de semanas. Es posible que el estómago
mental de Tom nunca hubiera sentido verdadera hambre de uno de esos
premios, pero no hay duda de que mucho tiempo atrás había anhelado con
toda su alma la fama y el éclat o
brillo que traía consigo.
Al llegar el momento preciso,
el superintendente se colocó en pie frente al púlpito, teniendo en la
mano un libro de himnos cerrado y el dedo índice inserto entre sus
hojas, y reclamó silencio. Cuando un superintendente de escuela
dominical pronuncia su acostumbrado discursito, un libro de himnos en la
mano es tan necesario como el inevitable papel de música en la de un
cantor que avanza hasta las candilejas para ejecutar un solo, aunque el
porqué sea un misterio, puesto que ni el libro ni el papel son nunca
consultados por el paciente. Este superintendente era un ser enjuto, de
unos treinta y cinco años, con una sotabarba de estopa y pelo corto del
mismo color; llevaba un cuello almidonado y tieso, cuyo borde le llegaba
hasta las orejas y cuyas agudas puntas se curvaban hacia adelante a la
altura de las comisuras de los labios: una tapia que le obligaba a mirar
fijamente a proa y a dar la vuelta todo el cuerpo cuando era necesaria
una mirada lateral. Tenía la barbilla apuntalada por un amplio lazo de
corbata de las dimensiones de un billete de Banco y con flecos en los
bordes, y las punteras de las botas dobladas hacia arriba, a la moda del
día, como patines de trineo, resultado que conseguían los jóvenes
elegantes, con gran paciencia y trabajo, sentándose con las puntas de
los pies apoyadas contra la pared y permaneciendo así horas y horas.
Míster Walters
tenía un aire de ardoroso interés y era sincero y cordial en el fondo, y
consideraba las cosas y los lugares religiosos en tal reverencia y tan
aparte de los afanes mundanos, que, sin que se diera cuenta de ello, la
voz que usaba en la escuela dominical había adquirido una entonación
peculiar, que desaparecía por completo en los días de entre semana.
Empezó de esta manera;
-Ahora, niños, os vais a
estar sentados, todo lo derechitos y quietos que podáis, y me vais a
escuchar con toda atención durante dos minutos. ¡Así, así me gusta! Así
es como los buenos niños y las niñas tienen que estar. Estoy viendo a
una pequeña que mira por la ventana: me temo que se figura que yo ando
por ahí fuera, acaso en la copa de uno de esos árboles, echando un
discurso a los pajaritos. (Risitas de aprobación). Necesito
deciros el gozo que me causa ver tantas caritas alegres y limpias
reunidas en un lugar como éste, aprendiendo a hacer buenas obras y a ser
buenos.
Y siguió por la senda
adelante. No hay para qué resaltar el resto de la oración. Era de un
modelo que no cambia, y por eso nos es familiar a todos.
El último tercio del discurso
se malogró en parte por haberse reanudado las pendencias y otros
escarceos entre algunos de los chicos más traviesos, y por inquietudes y
murmullos que se extendían cada vez más, llegando su oleaje hasta las
bases aisladas e inconmovibles rocas, como Sid y
Mary.
Pero todo ruido cesó de repente al extinguirse la voz de míster
Walters,
y el término del discurso fue recibido con una silenciosa explosión de
gratitud.
Buena parte de los cuchicheos
había sido originada por un acontecimiento más o menos raro: la entrada
de visitantes. Eran éstos el abogado Thatcher acompañado por un anciano
decrépito, un gallardo y personudo caballero de pelo gris, entrado en
años, y una señora solemne que era, sin duda, la esposa de aquél. La
señora llevaba una niña de la mano. Tom había estado intranquilo y lleno
de angustias y aflicciones, y aun de remordimientos; no podía cruzar su
mirada con la de
Amy Lawrence ni soportar las que ésta le dirigía. Pero
cuando vio a la niña recién llegada, el alma se le inundó de dicha. Un
instante después estaba «presumiendo» a toda máquina: puñadas a los
otros chicos, tirones de pelos, contorsiones con la cara, en una
palabra: empleando todas las artes de seducción que pudieran fascinar a
la niña y conseguir su aplauso. Su loca alegría no tenía más que una
mácula: el recuerdo, escrito en la arena, iba siendo barrido rápidamente
por las oleadas de felicidad que en aquel instante pasaban sobre él. Se
dio a los visitantes el más encumbrado asiento de honor, y tan pronto
como míster
Walters terminó su discurso, los presentó a la escuela. El
caballero del pelo gris resultó ser un prodigioso personaje: nada menos
que el juez del condado; sin duda, el ser más augusto en que los niños
habían puesto nunca sus ojos. Y pensaban de qué sustancia estaría
formado, y hubieran deseado oírle rugir, y hasta tenían un poco de miedo
de que lo hiciera. Había venido desde Constantinopla, a doce mil millas
de distancia, y, por consiguiente, había viajado y había visto mundo;
aquellos mismos ojos habían contemplado la Casa de Justicia del Condado,
la que se decía que tenía el techo de cinc. El temeroso pasmo que
inspiraban estas reflexiones se atestiguaba por el solemne silencio y
por las filas de ojos abiertos en redondo. Aquél era el gran juez
Thatcher, hermano del abogado de la localidad.
Jeff
Thatcher se adelantó enseguida para mostrarse familiar con el grande
hombre y excitar la envidia de la escuela. Música celestial hubiera sido
para sus oídos escuchar los comentarios.
-¡Mírale,
Jim!
Se va arriba con ellos. ¡Mira, mira!, va a darle la mano. ¡Ya se la da!
¡Lo que darías tú por ser
Jeff!
Míster
Walters
se puso a «presumir» con toda suerte de bullicios y actividades
oficialescas, dando órdenes, emitiendo juicios y disparando
instrucciones aquí y allá y hacia todas partes donde podía encontrar un
blanco. El bibliotecario «presumió» corriendo de acá para allá con
brazadas de libros, y con toda la barahúnda y aspavientos en que se
deleita la autoridad-insecto. Las señoritas instructoras «presumieron»
inclinándose melosamente sobre escolares a los que acababan de tirar de
las orejas, levantando deditos amenazadores delante de los muchachos
malos y dando amorosas palmaditas a los buenos. Los caballeretes
instructores «presumían» prodigando regañinas y otras pequeñas muestras
de incansable celo por la disciplina, y unos y otros tenían grandes
quehaceres en la librería, que los obligaban a ir y venir incesantemente
y, al parecer, con gran agobio y molestia. Las niñas «presumían» de mil
distintos modos, y los rapaces «presumían» con tal diligencia que
llenaban el aire los proyectiles de papel y rumor de reyertas. Y
cerniéndose sobre todo ello, el grande hombre seguía sentado, irradiaba
una majestuosa sonrisa judicial sobre toda la concurrencia y se
calentaba al sol de su propia grandeza, pues estaba «presumiendo»
también. Sólo una cosa faltaba para hacer el gozo de míster
Walters
completo, y era la ocasión de dar el premio de la Biblia y exhibir un
fenómeno. Algunos escolares tenían vales amarillos, pero ninguno tenía
los necesarios: ya había él investigado entre las estrellas de mayor
magnitud. Hubiera dado todo el oro del mundo, en aquel momento, porque
le hubieran restituido, con la mente recompuesta, aquel muchacho alemán.
Y entonces, cuando había
muerto toda esperanza, Tom
Sawyer se adelantó con nueve vales
amarillos, nueve vales rojos y diez azules, y solicitó una Biblia. Fue
un rayo cayendo de un cielo despejado.
Walters no esperaba una petición
semejante, de tal persona, en los próximos diez años. Pero no había que
darle vueltas: allí estaban los vales y era moneda legal. Tom fue
elevado en el acto al sitio que ocupaban el juez y los demás elegidos, y
la gran noticia fue proclamada desde el estrado. Era la más pasmosa
sorpresa de la década, y tan honda sensación produjo, que levantó al
héroe nuevo hasta la altura misma del héroe judicial. Todos los chicos
estaban muertos de envidia; pero los que sufrían más agudos tormentos
eran los que se daban cuenta, demasiado tarde, de que ellos mismos
habían contribuido a aquella odiosa apoteosis por ceder sus vales a Tom
a cambio de riquezas que había amontonado vendiendo permisos para
enjalbegar. Sentían desprecio por sí mismos por haber sido víctimas de
un astuto defraudador, de una embaucadora serpiente escondida en la
hierba.
El premio fue entregado a Tom
con toda la efusión que el superintendente, dando a la bomba, consiguió
hacer subir hasta la superficie en aquel momento; pero le faltaba algo
del genuino surtidor espontáneo, pues el pobre hombre se daba cuenta,
instintivamente, de que allí había un misterio que quizá no podría
resistir fácilmente la luz. Era simplemente absurdo pensar que aquel
muchacho tenía almacenadas en su granero dos mil gavillas de sabiduría
bíblica, cuando una docena bastarían, sin duda, para forzar y distender
su capacidad. Amy
Lawrence estaba orgullosa y contenta y trató de hacérselo
ver a Tom, pero no había modo de que la mirase. No, no adivinaba la
causa; después se turbó un poco; enseguida la asaltó una vaga sospecha,
y se disipó y tornó a surgir. Vigiló atenta; una furtiva mirada fue una
revelación, y entonces se le encogió el corazón, y experimentó celos y
rabia, y brotaron lágrimas, y sintió aborrecimiento por todos, y más que
por nadie, por Tom.
El cual fue presentado al
juez, pero tenía la lengua paralizada, respiraba con dificultad y le
palpitaba el corazón; en parte, por la imponente grandeza de aquel
hombre; pero sobre todo porque era el padre de ella. Hubiera querido
postrarse ante él y adorarlo, si hubieran estado a oscuras. El juez le
puso la mano sobre la cabeza y le dijo que era un hombrecito de
provecho, y le preguntó cómo se llamaba. El chico tartamudeó, abrió la
boca, y lo echó fuera:
-No, Tom, no...; es...
-Thomas.
-Eso es. Ya pensé yo que
debía de faltar algo. Bien está. Pero algo te llamarás además de eso, y
me lo vas a decir, ¿no es verdad?
-Dile a este caballero tu
apellido, Thomas -dijo
Walters-; y dile, además, «señor».
No olvides las buenas maneras.
-Thomas
Sawyer, señor.
-¡Muy bien! Así hacen los
chicos buenos. ¡Buen muchacho! ¡Un hombrecito de provecho! Dos mil
versículos son muchos, muchísimos. Y nunca te arrepentirás del trabajo
que te costó aprenderlos, pues el saber es lo que más vale en el mundo;
él es el que hace los grandes hombres y los hombres buenos; tú serás
algún día un hombre grande y virtuoso, Thomas, y entonces mirarás hacia
atrás y has de decir: «Todo se lo debo a las ventajas de la inapreciable
escuela dominical, en mi niñez; todo se lo debo a mis queridos
profesores, que me enseñaron a estudiar; todo se lo debo al buen
superintendente, que me alentó y se interesó por mí y me regaló una
magnífica y lujosa Biblia para mí solo; ¡todo lo debo a haber sido bien
educado!» Eso dirás, Thomas, y por todo el oro del mundo no darías esos
dos mil versículos. No, no los darías. Y ahora, ¿querrás decirnos a esta
señora y a mí algo de lo que sabes? Ya sé que nos lo dirás, porque a
nosotros nos enorgullecen los niños estudiosos. Seguramente sabes los
nombres de los doce discípulos. ¿No quieres decirnos cómo se llamaban
los dos primeros que fueron elegidos?
Tom se estaba tirando de un
botón, con aire borreguil. Se ruborizó y bajó los ojos. Míster
Walters
empezó a trasudar, diciéndose a sí mismo: «No es posible que el muchacho
conteste a la menor pregunta... ¡En qué hora se le ha ocurrido al juez
examinarlo!» Sin embargo, se creyó obligado a intervenir, y dijo:
-Contesta a este señor,
Thomas. No tengas miedo. Tom continuó mudo.
-Me lo va a decir a mí -dijo
la señora-. Los nombres de los dos primeros discípulos fueron...
-¡David y Goliat!
Dejemos caer un velo
compasivo sobre el resto de la escena.
Capítulo V
A eso de las diez y media la
campana de la iglesita empezó a tañer con voz cascada, y la gente fue
acudiendo para el sermón matinal. Los niños de la escuela dominical se
distribuyeron por toda la iglesia, sentándose junto a sus padres, para
estar bajo su vigilancia. Llegó tía
Polly, y Tom, Sid y
Mary
se sentaron a su lado. Tom fue colocado del lado de la nave para que
estuviera lo más lejos posible de la ventana abierta y de las seductoras
perspectivas del campo en un día de verano. La multitud iba llenando la
iglesia: el administrador de Correos, un viejecito venido a menos y que
había conocido tiempos mejores; el alcalde y su mujer -pues tenían allí
alcalde, entre las cosas innecesarias-; el juez de paz. Después entró la
viuda de Douglas,
guapa, elegante, cuarentona, generosa, de excelente corazón y rica, cuya
casa en el monte era el único palacio de los alrededores, y ella la
persona más hospitalaria y desprendida para dar fiestas, de las que San
Petersburgo se podía envanecer; el encorvado y venerable comandante
Ward
y su esposa; el abogado Riverson, nueva notabilidad en el pueblo. Entró
después la más famosa belleza local, seguida de una escolta de juveniles
tenorios vestidos de dril y muy peripuestos; siguieron todos los
horteras del pueblo, en corporación, pues habían estado en el vestíbulo
chupando los puños de sus bastones y formando un muro circular de caras
bobas, sonrientes, acicaladas y admirativas, hasta que la última
muchacha cruzó bajo su batería; y detrás de todos, el niño modelo
Willie Mufferson,
acompañando a su madre con tan exquisito cuidado como si fuera de
cristal de Bohemia. Siempre llevaba a su madre a la iglesia, y era el
encanto de todas las matronas. Todos los muchachos le aborrecían, a tal
punto era bueno; y además porque a cada uno se lo habían «echado en
cara» mil veces. La punta del blanquísimo pañuelo le colgaba del
bolsillo como por casualidad. Tom no tenía pañuelo, y consideraba a
todos los chicos que lo usaban como unos cursis. Reunidos ya todos los
fieles, tocó una vez más la campana, para estimular a los rezagados y
remolones, y se hizo un solemne silencio en toda la iglesia, sólo
interrumpido por las risitas contenidas y los cuchicheos del coro, allá
en la galería. El coro siempre se reía y cuchicheaba durante el servicio
religioso. Hubo una vez un coro de iglesia que no era mal educado, pero
se me ha olvidado en dónde. Ya hace de ello muchísimos años y apenas
puedo recordar nada sobre el caso, pero creo que debió de ser en el
extranjero.
El pastor indicó el himno que
se iba a cantar, y lo leyó, deleitándose en ello, en un raro estilo,
pero muy admirado en aquella parte del país. La voz comenzaba en un tono
medio, y se iba alzando, alzando, hasta llegar a un cierto punto; allí
recalcaba con recio énfasis la palabra que quedaba en la cúspide, y se
hundía de pronto como desde un trampolín:
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¿He de llegar yo a los cielos
pisando nardos |
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y rosas,
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mientras otros van luchando entre
mares |
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borrascosas?
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Se le tenía por un pasmoso lector. En las
«fiestas de sociedad» que se celebraban en la iglesia se le pedía
siempre que leyese versos, y cuando estaba en la faena, las señoras
levantaban las manos y las dejaban caer desmayadamente en la falda, y
cerraban los ojos, y sacudían las cabezas como diciendo: «Es indecible;
es demasiado hermoso; ¡demasiado hermoso para este mísero mundo!».
Después del himno, el
reverendo míster
Sprague se trocó a sí mismo en un tablón de anuncios y
empezó a leer avisos de mítines y de reuniones y cosas diversas, de tal
modo que parecía que la lista iba a estirarse hasta el día del juicio:
extraordinaria costumbre que aún se conserva en América, hasta en las
mismas ciudades, aun en esta edad de abundantes periódicos. Ocurre a
menudo que cuando menos justificada está una costumbre tradicional, más
trabajo cuesta desarraigarla.
Y después el pastor oró. Fue
una plegaria de las buenas, generosa y detalladora: pidió por la Iglesia
y por los hijos de la iglesia; por las demás iglesias del pueblo; por el
propio pueblo; por el condado; por el Estado; por los funcionarios del
Estado; por los Estados Unidos; por las iglesias de los Estados Unidos;
por el Congreso; por el Presidente; por los empleados del Gobierno; por
los pobres navegantes, en tribulación en el proceloso mar; por los
millones de oprimidos que gimen bajo el talón de las monarquías europeas
y de los déspotas orientales; por los que tienen ojos y no ven, y oídos
y no oyen; por los idólatras en las lejanas islas del mar; y acabó con
una súplica de que las palabras que iba a pronunciar fueran recibidas
con agrado y fervor y cayeran como semillas en tierra fértil, dando
abundosa cosecha de bienes. Amén.
Hubo un movimiento general,
rumor de faldas, y la congregación, que había permanecido en pie, se
sentó. El muchacho cuyos hechos se relatan en este libro no saboreó la
plegaria: no hizo más que soportarla, si es que llegó a tanto. Mientras
duró, estuvo inquieto; llevó cuenta de los detalles inconscientemente
-pues no escuchaba, pero se sabía el terreno de antiguo y la senda que
de ordinario seguía el cura por él-, y cuando se injertaba en la oración
la menor añadidura, su oído la descubría y todo su ser se rebelaba
contra ello. Consideraba las adiciones como trampas y picardías. Hacia
la mitad del rezo se posó una mosca en el respaldo del banco que estaba
delante del suyo, y le torturó el espíritu frotándose con toda calma las
patitas delanteras; abrazándose con ellas la cabeza y cepillándola con
tal vigor que parecía que estaba a punto de arrancarla del cuerpo,
dejando ver el tenue hilito del pescuezo; restregándose las alas con las
patas de atrás y amoldándoselas al cuerpo como si fueran los faldones de
un chaqué, puliéndose y acicalándose con tanta tranquilidad como si se
diese cuenta de que estaba perfectamente segura. Y así era en verdad,
pues aunque Tom sentía en las manos una irresistible comezón de
atraparla, no se atrevía: creía de todo corazón que sería
instantáneamente aniquilado si hacía tal cosa en plena oración. Pero al
llegar la última frase empezó a ahuecar la mano y a adelantarla con
cautela, y al mismo instante de decirse el «amén», la mosca era un
prisionero de guerra. La tía le vio y le obligó a soltarla.
El pastor citó el texto sobre
el que iba a versar el sermón, y prosiguió con monótono zumbido de
moscardón, a lo largo de una homilía tan apelmazada que a poco muchos
fieles empezaron a dar cabezadas, y sin embargo, en «el sermón» se
trataba de infinito fuego y llamas sulfurosas, y se dejaban reducidos
los electos y predestinados a un grupo tan escaso que casi no valía la
pena de salvarlos. Tom contó las páginas del sermón; al salir de la
iglesia siempre sabía cuántas habían sido, pero casi nunca sabía nada
más acerca del discurso. Sin embargo, esta vez hubo un momento en que
llegó a interesarse de verás. El pastor trazó un cuadro solemne y
emocionante de la reunión de todas las almas de este mundo en el
milenio, cuando el león y el cordero yacerían juntos y un niño pequeño
los conduciría. Pero lo patético, lo ejemplar, la moraleja del gran
espectáculo, pasaron inadvertidos para el rapaz: sólo pensó en el
conspicuo papel del protagonista y en lo que se luciría a los ojos de
todas las naciones; se le iluminó la faz con tal pensamiento, y se dijo
a sí mismo todo lo que daría por poder ser él aquel niño, si el león
estaba domado.
Después volvió a caer en
abrumador sufrimiento cuando el sermón siguió su curso. Se acordó de
pronto de que tenía un tesoro, y lo sacó. Era un voluminoso insecto
negro, una especie de escarabajo con formidables mandíbulas: un «pillizquero»,
según él lo llamaba. Estaba encerrado en una caja de pistones. Lo
primero que hizo el escarabajo fue cogerle de un dedo. Siguió un
instintivo papirotazo; el escarabajo cayó dando tumbos en medio de la
nave, y se quedó panza arriba, y el dedo herido fue, no menos rápido, a
la boca de su dueño. El animalito se quedó allí, forcejeando inútilmente
con las patas, incapaz de dar la vuelta. Tom no apartaba de él la
mirada, con ansia de cogerlo, pero estaba a salvo, lejos de su alcance.
Otras personas, aburridas del sermón, encontraron alivio en el
escarabajo y también se quedaron mirándolo.
En aquel momento un perro de
lanas, errante, llegó con aire desocupado, amodorrado con la pesadez y
el calor de la canícula, fatigado de la cautividad, suspirando por un
cambio de sensaciones. Descubrió el escarabajo; el rabo colgante se
irguió y se cimbreó en el aire. Examinó la presa; dio una vuelta en
derredor; la olfateó desde una prudente distancia; volvió a dar otra
vuelta en torno; se envalentonó, y la olió de más cerca; después enseñó
los dientes y le tiró una dentellada tímida, sin dar en el blanco; le
tiró otra embestida, y después otra; la cosa empezó a divertirle; se
tendió sobre el estómago, con el escarabajo entre las zarpas, y continuó
sus experimentos; empezó a sentirse cansado, y después, indiferente y
distraído, comenzó a dar cabezadas de sueño, y poco a poco el hocico fue
bajando y tocó a su enemigo, el cual lo agarró en el acto. Hubo un
aullido estridente, una violenta sacudida de la cabeza del perro, y el
escarabajo fue a caer un par de varas más adelante, y aterrizó, como la
otra vez, de espaldas. Los espectadores vecinos se agitaron con un suave
regocijo interior; varias caras se ocultaron tras abanicos y pañuelos, y
Tom estaba en la cúspide de la felicidad. El perro parecía
desconcertado, y probablemente lo estaba; pero tenía además
resentimiento en el corazón y sed de venganza. Se fue, pues, al
escarabajo, y de nuevo emprendió contra él un cauteloso ataque, dando
saltos en su dirección desde todos los puntos del compás, cayendo con
las manos a menos de una pulgada del bicho, tirándole dentelladas cada
vez más cercanas y sacudiendo la cabeza hasta que las orejas le
abofeteaban. Pero se cansó, una vez más, al poco rato; trató de
solazarse con una mosca, pero no halló consuelo; siguió a una hormiga,
dando vueltas con la nariz pegada al suelo, y también de eso se cansó
enseguida; bostezó, suspiró, se olvidó por completo del escarabajo... ¡y
se sentó encima de él! Se oyó entonces un desgarrador alarido de agonía,
y el perro salió disparado por la nave adelante; los aullidos se
precipitaban, y el perro también; cruzó la iglesia frente al altar, y
volvió, raudo, por la otra nave; cruzó frente a las puertas; sus
clamores llenaban la iglesia entera; sus angustias crecían al compás de
su velocidad, hasta que ya no era más que un lanoso cometa, lanzado en
su órbita con el relampagueo y la velocidad de la luz. Al fin, el
enloquecido mártir se desvió de su trayectoria y saltó al regazo de su
dueño; éste lo echó por la ventana, y el alarido de pena fue haciéndose
más débil por momentos y murió en la distancia.
Para entonces toda la
concurrencia tenía las caras enrojecidas y se atosigaban con reprimida
risa, y el sermón se había atascado, sin poder seguir adelante. Se
reanudó enseguida, pero avanzó claudicante y a empellones, porque se
había acabado toda posibilidad de producir impresión, pues los más
graves pensamientos eran constantemente recibidos con alguna ahogada
explosión de profano regocijo, a cubierto del respaldo de algún banco
lejano, como si el pobre párroco hubiese dicho alguna gracia
excesivamente salpimentada. Y todos sintieron como un alivio cuando el
trance llegó a su fin y el cura echó la bendición.
Tom fue a casa contentísimo,
pensando que había un cierto agrado en el servicio religioso cuando se
intercalaba en él una miaja de variedad. Sólo había una nube en su
dicha: se avenía a que el perro jugase con el «pillizquero», pero no
conceptuaba decente y recto que se lo hubiese llevado consigo.
Capítulo VI
La mañana del lunes encontró
a Tom Sawyer
afligido. Las mañanas de los lunes le hallaban siempre así, porque eran
el comienzo de otra semana de lento sufrir en la escuela. Su primer
pensamiento en esos días era lamentar que se hubiera interpuesto un día
festivo, pues eso hacía más odiosa la vuelta a la esclavitud y al
grillete.
Tom se quedó pensando. Se le
ocurrió que ojalá estuviese enfermo: así se quedaría en casa sin ir a la
escuela. Había allí una vaga posibilidad. Pasó revista a su organismo.
No aparecía enfermedad alguna, y lo examinó de nuevo. Esta vez creyó que
podía barruntar ciertos síntomas de cólico, y comenzó a alentarlos con
grandes esperanzas. Pero se fueron debilitando y desaparecieron a poco.
Volvió a reflexionar. De pronto hizo un descubrimiento: se le movía un
diente. Era una circunstancia feliz, y estaba a punto de empezar a
quejarse, «para dar la alarma», como él decía, cuando se le ocurrió que
si acudía ante el tribunal con aquel argumento, su tía se lo arrancaría,
y eso le iba a doler. Decidió, pues, dejar el diente en reserva por
entonces y buscar por otro lado. Nada se ofreció por el momento; pero
después se acordó de haber oído al médico hablar de una cierta cosa que
tuvo a un paciente en cama dos o tres semanas y le puso en peligro de
perder un dedo. Sacó de entre las sábanas un pie, en el que tenía un
dedo malo, y procedió a inspeccionarlo; pero se encontró con que no
conocía los síntomas de la enfermedad. Le pareció, sin embargo, que
valía la pena intentarlo, y rompió a sollozar con gran energía...
Pero Sid continuó dormido,
sin darse cuenta.
Tom sollozó con más brío, y
se le figuró que empezaba a sentir dolor en el dedo enfermo.
Ningún efecto en Sid.
Tom estaba ya jadeante de
tanto esfuerzo. Se tomó un descanso, se proveyó de aire hasta inflarse,
y consiguió lanzar una serie de quejidos admirables.
Sid seguía roncando.
Tom estaba indignado. Le
sacudió, gritándole: «¡Sid, Sid!» Ese método dio resultado, y Tom
comenzó a sollozar de nuevo. Sid bostezó, se desperezó, después se
incorporó sobre un codo, dando un relincho, y se quedó mirando fijamente
a Tom. El cual siguió sollozando.
-¡Tom! ¡Oye, Tom! -le gritó
Sid. No obtuvo respuesta.
-¡No, Sid, no! -gimoteó Tom-.
¡No me toques!
-¿Qué te pasa? Voy a llamar a
la tía.
-No, no importa. Ya se me
pasará. No llames a nadie.
-Sí, tengo que llamarla. No
llores así, Tom, que me da miedo. ¿Cuánto tiempo hace que estás así?
-Horas. ¡Ay! No me muevas,
Sid, que me matas.
-¿Por qué no me llamaste
antes? ¡No, Tom, no! ¡No te quejes así, que me pones la carne de
gallina! ¿Qué es lo que te pasa?
-Todo te lo perdono, Sid.
(Quejido). Todo lo que me has hecho. Cuando me muera...
-¡Tom! ¡Que no te mueres!
¿Verdad? ¡No, no! Acaso...
-Perdono a todos, Sid.
Díselo. (Quejido). Y Sid, le das mi falleba y mi gato tuerto a
esa niña nueva que ha venido al pueblo, y le dices...
Pero Sid, asiendo de sus
ropas, se había ido. Tom estaba sufriendo ahora de veras -con tanta
buena voluntad estaba trabajando su imaginación-, y así, sus gemidos
habían llegado a adquirir un tono genuino.
Sid bajó volando las
escaleras, y gritó
-¡Tía
Polly,
corra! ¡Tom se está muriendo!
-¿Muriendo?
-¡Sí, tía!... ¡De prisa, de
prisa!
-¡Pamplinas! No lo creo.
Pero corrió escaleras arriba,
sin embargo, con Sid y
Mary a la zaga. Y había palidecido
además, y le temblaban los labios. Cuando llegó al lado de la cama dijo,
sin aliento:
-¡Tom! ¿Qué es lo que te
pasa?
-¡Ay! ¡tía, estoy...!
-¿Qué tienes? ¿Qué es lo que
tienes?
-¡Ay, tía, tengo el dedo del
pie irritado!
La anciana se dejó caer en
una silla y rió un poco, lloró otro poco, y después hizo ambas cosas a
un tiempo. Esto la tranquilizó, y dijo:
-Tom, ¡qué rato me has dado!
Ahora, basta de esas tonterías y a levantarse a escape.
Los gemidos cesaron y el
dolor desapareció del dedo. El muchacho se quedó corrido, y añadió:
-Tía
Polly,
parecía que estaba irritado, y me hacía tanto daño que no me importaba
nada del diente.
-¿El diente? ¿Qué es lo que
le pasa al diente?
-Tengo uno que se menea y me
duele una barbaridad.
Calla, calla; no empieces la
murga otra vez. Abre la boca. Bueno; pues se te menea, pero por eso no
te has de morir.
Mary, tráeme un hilo de seda y un tizón encendido del
fogón.
-¡Por Dios, tía! ¡No me lo
saques, que ya no me duele! ¡Que no me mueva de aquí si es mentira! ¡No
me lo saques, tía! Que no es que quiera quedarme en casa y no ir a la
escuela.
-¡Ah!, ¿de veras? De modo que
toda esta trapatiesta ha sido por no ir a la escuela y marcharte a
pescar, ¿eh? ¡Tom, Tom, tanto como yo te quiero, y tú tratando de
matarme a disgustos con tus bribonadas!
Para entonces ya estaban
prestos los instrumentos de cirugía dental. La anciana sujetó el diente
con un nudo corredizo y ató el otro extremo del hilo a un poste de la
cama. Cogió después el tizón hecho ascuas, y de pronto lo arrimó a la
cara de Tom, casi hasta tocarle. El diente quedó balanceándose en el
hilo, colgado del poste.
Pero todas las penas tienen
sus compensaciones. Camino de la escuela, después del desayuno, Tom
causó la envidia de cuantos chicos le encontraron porque la mella le
permitía escupir de un modo nuevo y admirable. Fue reuniendo un cortejo
de rapaces interesados en aquella habilidad, y uno de ellos, que se
había cortado un dedo y había sido hasta aquel momento un centro de
fascinante atracción, se encontró de pronto sin un solo adherente y
desnudo de su gloria. Sintió encogérsele el corazón y dijo, con fingido
desdén, que era cosa de nada escupir como Tom; pero otro chico le
contestó: «¡Están verdes!», y él se alejó solitario, como un héroe
olvidado.
Poco después se encontró Tom
con el paria infantil de aquellos contornos,
Huckleberry Finn,
hijo del borracho del pueblo.
Huckleberry era cordialmente
aborrecido y temido por todas las madres, porque era holgazán, y
desobediente, y ordinario y malo..., y porque los hijos de todas ellas
lo admiraban tanto y se deleitaban en su vedada compañía y se sentían no
atreverse a ser como él. Tom se parecía a todos los muchachos decentes
en que envidiaba a
Huckleberry su no disimulada
condición de abandonado, en que había recibido órdenes terminantes de no
jugar con él. Por eso jugaba con él en cuanto tenía ocasión.
Huckleberry
andaba siempre vestido con los desechos de gente adulta, y su ropa
parecía estar en una perenne floración de jirones, toda llena de flecos
y colgajos. El sombrero era una vasta ruina con media ala de menos; la
chaqueta, cuando la tenía, le llegaba cerca de los talones; un solo
tirante le sujetaba los calzones, cuyo fondillo le colgaba muy abajo,
como una bolsa vacía, y eran tan largos que sus bordes deshilachados se
arrastraban por el barro cuando no se los remangaba.
Huckleberry
iba y venía según su santa voluntad. Dormía en los quicios de las
puertas en el buen tiempo, y si llovía, en bocoyes vacíos; no tenía que
ir a la escuela o a la iglesia, y no reconocía amo ni señor, ni tenía
que obedecer a nadie; podía ir a nadar o de pesca cuando le venía en
gana y estarse todo el tiempo que se le antojaba; nadie le impedía andar
a cachetes; podía trasnochar cuando quería; era el primero en ir
descalzo en primavera y el último en ponerse zapatos en otoño; no tenía
que lavarse nunca ni ponerse ropa limpia, sabía jurar prodigiosamente.
En una palabra: todo lo que hace la vida apetecible y deliciosa lo tenía
aquel muchacho. Así lo pensaban todos los chicos, acosados, cohibidos,
decentes de San Petersburgo. Tom saludó al romántico proscrito.
-¡Hola,
Huckleberry!
-¡Hola, tú! Mira a ver si te
gusta.
-¿Qué es lo que tienes?
-Un gato muerto.
-Déjame verlo,
Huck.
¡Mira qué tieso está! ¿Dónde lo encontraste?
-Se lo cambié a un chico.
-¿Qué le diste por él?
-Un vale azul y una vejiga
que me dieron en el matadero.
-¿Y de dónde sacaste el vale
azul?
-Se lo cambié a Ben
Rogers
hace dos semanas por un bastón.
-Dime: ¿para qué sirven los
gatos muertos,
Huck?
-¿Servir? Para curar
verrugas.
-¡No! ¿Es de veras? Yo sé una
cosa que es mejor.
-¿A que no? Di lo que es.
-Pues agua de yesca.
-¡Agua de yesca! No daría un
pito por agua de yesca.
-¿Que no? ¿Has hecho la
prueba?
-Yo no. Pero Bob Tanner la
hizo.
-¿Quién te lo ha dicho?
-Pues él se lo dijo a
Jeff
Thatcher, y Jeff
se lo dijo a
Johnny Baker, y
Johnny a
Jim Hollis,
y Jim
a Ben Rogers,
y Ben se lo dijo a un negro, y el negro me lo dijo a mí. ¡Conque ahí
tienes!
-Bueno, ¿y qué hay con eso?
Todos mienten. Por lo menos, todos, a no ser el negro; a ése no le
conozco. Pero no he conocido a un negro que no mienta. Y dime, ¿cómo lo
hizo Bob Tanner?
-Pues fue y metió la mano en
un tronco podrido donde había agua de lluvia.
-¿Por el día?
-Por el día.
-¿Con la cara vuelta al
tronco?
-Puede que sí.
-¿Y dijo alguna cosa?
-Me parece que no. No lo sé.
-¡Ah! ¡Vaya un modo de curar
verrugas con agua de yesca! Eso no sirve para nada. Tiene uno que ir
solo en medio del bosque, donde sepa que hay un tronco con agua, y al
dar la medianoche, tumbarse de espaldas en el tronco y meter la mano
dentro y decir:
¡Tomates, tomates, tomates y
lechugas
agua de yesca, quítame las
verrugas!
y enseguida dar once pasos de
prisa, y después dar tres vueltas, y marcharse a casa sin hablar con
nadie. Porque si uno habla, se rompe el hechizo.
-Bien, parece un buen
remedio; pero no es como lo hizo Bob Tanner.
-Ya lo creo que no. Como que
es el más plagado de verrugas del pueblo, y no tendría ni una si supiera
manejar lo del agua de yesca. Así me he quitado yo de las manos más de
mil. Como juego tanto con ranas, me salen siempre a montones. Algunas
veces me las quito con una judía.
-Sí, las judías son buenas.
Ya lo he hecho yo.
-¿Sí? ¿Y cómo te las
arreglas?
-Pues se coge la judía y se
la parte en dos y se saca una miaja de sangre de la verruga; se moja con
ella un pedazo de judía, y se hace un agujero en una encrucijada hacia
medianoche, cuando no haya luna, y después se quema el otro pedazo. Pues
oye: el pedazo que tiene la sangre tira, tira, para juntarse al otro
pedazo, y eso ayuda a la sangre a tirar de la verruga, y enseguida las
arranca.
-Así es,
Huck;
es verdad. Pero si cuando lo estás enterrando dices: «¡Abajo la judía,
fuera la verruga!», es mucho mejor. Así como lo hace
Joe Harper,
que ha ido hasta cerca de
Coonville, y casi a todas partes.
Pero dime: ¿cómo las curas tú con gatos muertos?
-Pues coges el gato y vas y
subes al camposanto, cerca de medianoche, donde hayan enterrado a alguno
que haya sido muy malo; y al llegar la medianoche vendrá un diablo a
llevárselo o, pueda ser, dos o tres; pero uno no los ve, no se hace más
que oír algo, como si fuera el viento, o se les llega a oír hablar; y
cuando se estén llevando al enterrado, les tiras el gato y dices;
«Diablo, sigue al difunto; gato, sigue al diablo; verruga, sigue al
gato, ya acabé contigo!» No queda ni una.
-Parece bien. ¿Lo has
probado, Huck?
-No; pero me lo dijo la tía
Hopkins,
la vieja.
-Pues, entonces, verdad será,
porque dicen que es bruja.
-¿Dicen? ¡Si yo sé que lo es!
¡Fue la que embrujó a mi padre! Él mismo lo dice. Venía andando un día y
vio que le estaba embrujando; así es que cogió un peñasco y si no se
desvía allí la deja. Pues aquella misma noche rodó por un cobertizo,
donde estaba durmiendo borracho, y se partió un brazo.
-¡Qué cosa más tremenda!
¿Cómo conoció que le estaba embrujando?
-Mi padre lo conoce a escape.
Dice que cuando le miran a uno fijo le están embrujando, y más si
cuchichean. Porque si cuchichean es que están diciendo el «Padrenuestro»
al revés.
-Y dime,
Huck,
¿cuándo vas a probar con ese gato?
-Esta noche. Apuesto a que
vienen a llevarse esta noche a
Hoss Williams.
-Pero le enterraron el
sábado. ¿No crees que se lo llevarían el mismo sábado por la noche?
-¡Vamos, hombre! ¡No ves que
no tienen poder hasta medianoche, y para entonces ya es domingo! Los
diablos no andan mucho por ahí los domingos, se me figura.
-No se me había ocurrido. Así
tiene que ser. ¿Me dejas ir contigo?
-Ya lo creo..., si no tienes
miedo.
-¡Miedo! Vaya una cosa... ¿Mayarás?
-Sí, y tú me contestarás con
otro mayido. La última vez me hiciste estar mayando hasta que el tío
Hays
empezó a tirarme piedras y a decir: «¡Maldito gato!» Así es que cogí un
ladrillo y se lo metí por la ventana, pero no lo digas.
-No lo diré. Aquella noche no
pude mayar porque mi tía me estaba acechando, pero esta vez mayaré. Di,
Huck:
¿qué es eso que tienes?
-Nada, una garrapata.
-¿Dónde la has cogido?
-Allá en el bosque.
-¿Qué quieres por ella?
-No sé. No quiero cambiarla.
-Bueno. Es una garrapatilla
que no vale nada.
-¡Bah! Cualquiera puede echar
por el suelo una garrapata que no es suya. A mí me gusta. Para mí, buena
es.
-Hay todas las que se
quieran. Podía tener yo mil si me diera la gana.
-¿Y por qué no las tienes?
Pues porque no puedes. Ésta es una garrapata muy temprana. Es la primera
que he visto este año.
-Oye,
Huck:
te doy mi diente por ella.
-Enséñalo.
Tom sacó un papelito y lo
desdobló cuidadosamente.
Huckleberry lo miró codicioso. La
tentación era muy grande. Al fin dijo:
-¿Es de verdad?
Tom levantó el labio y le
enseñó la mella.
-Bueno -dijo
Huckleberry-,
trato hecho.
Tom encerró la garrapata en
la caja de pistones que había sido la prisión del «pillizquero», y los
dos muchachos se separaron, sintiéndose ambos más ricos que antes.
Cuando Tom llegó a la casita
aislada, de madera, donde estaba la escuela, entró con apresuramiento,
con el aire de uno que había llegado con diligente celo. Colgó el
sombrero en una percha y se precipitó en su asiento con afanosa
actividad. El maestro, entronizado en su gran butaca desfondada,
dormitaba arrullado por el rumor del estudio. La interrupción lo
despabiló:
-¡Thomas
Sawyer!
Tom sabía que cuando le
llamaban por el nombre y apellido era signo de tormenta.
-¡Servidor!
-Ven aquí. ¿Por qué llega
usted tarde, como de costumbre? Tom estaba a punto de cobijarse en una
mentira, cuando vio dos largas trenzas de pelo dorado colgando por una
espalda que reconoció por amorosa simpatía magnética, y junto a aquel
pupitre estaba el único lugar vacante, en el lado de la escuela
destinado a las niñas.
Al instante dijo:
-Me he estado hablando
con Huckleberry Finn.
Al maestro se le paralizó el
pulso y se quedó mirándole atónito, sin pestañear. Cesó el zumbido del
estudio. Los discípulos se preguntaban si aquel temerario rapaz había
perdido el juicio. El maestro dijo:
-¿Has estado..., haciendo
qué?
-Hablando con
Huckleberry Finn.
La declaración era terminante.
-Thomas
Sawyer, és |