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Cervantes Virtual -
Traducción del inglés de J.
Torroba - Espasa calpe - Madrid
Capítulos:
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Capítulo X
Los dos muchachos corrían y
corrían hacia el pueblo, mudos de espanto. De cuando en cuando volvían
medrosamente la cabeza, como temiendo que los persiguieran. Cada tronco
que aparecía ante ellos en su camino se les figuraba un hombre y un
enemigo, y los dejaba sin aliento; y al pasar, veloces, junto a algunas
casitas aisladas cercanas al pueblo, el ladrar de los perros alarmados
les ponía alas en los pies.
-¡Si lográramos llegar a la
tenería antes de que no podamos ya más! -murmuró Tom, a retazos
entrecortados, falto de aliento-. Ya no podré aguantar mucho.
El fatigoso jadear de
Huck
fue la única respuesta, y los muchachos fijaron los ojos en la meta de
sus esperanzas, renovando sus esfuerzos para alcanzarla. Ya iban
teniéndola cerca, y al fin, los dos a un tiempo, se precipitaron por la
puerta y cayeron al suelo, gozosos y extenuados, entre las sombras
protectoras del interior.
Poco a poco se fue calmando
su agitación, y Tom pudo decir, muy quedo
-Huckleberry,
¿en qué crees tú que parará todo esto?
-Si el doctor Robinson muere,
me figuro que esto acabará en la horca.
-¿De veras?
-Lo sé, de cierto, Tom.
Tom meditó un rato, y
prosiguió:
-¿Y quién va a decirlo?
¿Nosotros?
-¿Qué estás diciendo, Tom?
Suponte que algo ocurre y que no ahorcasen a
Joe
el Indio; pues nos mataría; tarde o temprano, tan seguro como estamos
aquí.
-Eso mismo estaba yo
pensando, Huck.
-Si alguien ha de contarlo,
deja que sea Muff
Potter, porque es lo bastante tonto para ello. Y además siempre está
borracho.
Tom no contestó, siguió
meditando. Al cabo, murmuró:
-Huck:
Muff
Potter no lo sabe. ¿Cómo va a decirlo?
-¿Por qué no va a saberlo?
-Porque recibió el golpazo
cuando Joe
el Indio lo hizo. ¿Crees tú que podía ver algo? ¿Se te figura que tiene
idea de nada?
-Tienes razón. No había yo
caído.
-Y además fíjate: puede ser
que el trompazo haya acabado con él.
-No; eso no, Tom. Estaba
lleno de bebida; bien lo vi yo, y además lo está siempre. Pues mira:
cuando papá está lleno, puede ir uno a sacudirle en la cabeza con la
torre de una iglesia, y se queda tan fresco. Él mismo lo dice. Pues lo
mismo le pasa a
Muff Potter, por supuesto. Pero si se tratase de uno que
no estuviera bebido, puede ser que aquel estacazo lo hubiera dejado en
el sitio. ¡Quién sabe!
Después de otro reflexivo
silencio dijo Tom:
-Huck,
¿estás seguro de que no has de hablar?
-No tenemos más remedio. Bien
lo sabes. A ese maldito indio le importaría lo mismo ahogarnos que a un
par de gatos, si llegásemos a soltar la lengua y a él no lo ahorcasen.
Mira, Tom, tenemos que jurarlo. Eso es lo que hay que hacer: jurar que
no hemos de decir palabra.
-Lo mismo digo,
Huck.
Eso es lo mejor. Dame la mano y jura que...
-¡No, hombre, no! Eso no vale
para una cosa como ésta. Eso está bien para cosas de poco más o menos;
sobre todo, para con chicas, porque, de todos modos, se vuelven contra
uno y charlan en cuanto se ven en apuros; pero esto tiene que ser por
escrito. Y con sangre.
Nada podría ser más del gusto
de Tom. Era misterioso, y sombrío, y trágico; la hora, las
circunstancias y el lugar donde se hallaban eran los más apropiados.
Cogió una tablita de pino que estaba en el suelo y garrapateó con gran
trabajo las siguientes líneas, apretando la lengua entre los dientes e
inflando los carrillos en cada lento trazo hacia abajo y dejando escapar
presión en los ascendentes:
Huck Finn
y
Tom Sawyer
juran
que no han de decir
nada de esto y que
si dicen algo caigan
allí mismo muertos
y fenezcan.
No menos pasmado quedó
Huckleberry
de la facilidad con que Tom escribía que de la fluidez y grandiosidad de
su estilo. Sacó enseguida un alfiler de la solapa y se disponía a
pincharse un dedo, pero Tom le detuvo.
-¡Quieto! -le dijo-. No hagas
eso. Los alfileres son de cobre y pueden tener cardenillo.
-¿Qué es eso?
-Veneno. Eso es lo que es. No
tienes más que tragar un poco... y ya verás.
Tom quitó el hilo de una de
sus agujas, y cada uno de ellos se picó la yema del pulgar y se la
estrujó hasta sacar sendas gotas de sangre.
Con el tiempo, y después de
muchos estrujamientos, Tom consiguió firmar con sus iniciales usando la
propia yema del dedo como pluma. Después enseñó a
Huck
la manera de hacer una H y una F, y el juramento quedó completo.
Enterraron la tablilla junto al muro, con ciertas lúgubres ceremonias y
conjuros, y el candado que se habían echado en las lenguas se consideró
bien cerrado y la llave tirada a lo lejos.
Una sombra se escurrió
furtiva a través de una brecha en el otro extremo del ruinoso edificio,
pero los muchachos no se percataron de ello.
-Tom -cuchicheó
Huckleberry-,
¿con esto ya no hay peligro de que hablemos nunca jamás?
-Por supuesto que no. Ocurra
lo que ocurra, tenemos que callar. Nos caeríamos muertos... ¿no lo
sabes?
-Me figuro que sí.
Continuaron cuchicheando un
rato. De pronto un perro lanzó un largo y lúgubre aullido al lado de la
misma casa, a dos varas de ellos. Los chicos se abrazaron
impetuosamente, muertos de espanto.
-¿Por cuál de nosotros dos
será? -balbuceó
Huckleberry.
-No lo sé...; mira por la
resquebrajadura. ¡De prisa!
-No; mira tú, Tom.
-No puedo..., no puedo,
Huck.
-Anda, Tom... ¡Ya vuelve otra
vez!
-¡Ah! ¡Gracias a Dios!
Conozco el ladrido; ése es
Bull Harbison2.
-¡Cuánto me alegro! Te digo
que estaba medio acabado del susto. Hubiera apostado a que era un perro
sin amo.
El perro repitió el aullido.
A los chicos se les encogió de nuevo el corazón.
-¡Dios nos socorra! Ese no es
Bull Harbison
-murmuró
Huckleberry-. ¡Mira, Tom, mira!
Tom, tiritando de miedo,
cedió y asomó el ojo a la rendija. Apenas se percibía su voz cuando
dijo:
-¡Ay,
Huck!
Es un perro sin amo.
-Dime, Tom, ¿por cuál de los
dos será?
-Debe de ser por los dos,
puesto que estamos juntos.
-¡Ay, Tom! Me figuro que
muertos somos. Y bien me sé a dónde iré cuando me muera, ¡He sido tan
malo!
-¡Y me lo he buscado! Esto
viene de hacer novillos,
Huck, y de hacer todo lo que le
dicen a uno que no haga. Yo podía haber sido bueno, como Sid, si hubiera
querido...; pero no quise, no, señor. Pero si salgo de ésta, aseguro que
me voy a atracar de escuelas dominicales.
Y Tom empezó a sorber un poco
con la nariz.
-¡Tú, malo!... -y
Huckleberry
comenzó también a hablar gangoso-. ¡Vamos, Tom, que tú eres una alhaja
al lado de lo que yo soy! ¡Dios, Dios, Dios, si yo tuviese la mitad de
tu suerte! Tom recobró el habla y dijo:
-¡Mira,
Huck,
mira! ¡Está vuelto de espaldas a nosotros!
Huck
miró, con el corazón saltándole de gozo.
-¡Verdad es! ¿Estaba así
antes?
-Sí, así estaba. Pero, ¡tonto
de mí!, no pensé en ello. ¡Qué alegría,
Huck! Y ahora, ¿por quién será?
El aullido cesó. Tom aguzó el
oído.
-¡Chist!... ¿Qué es eso?
-murmuró.
-Parece..., parece gruñir de
cerdos. No, es alguno que ronca, Tom.
-¿Será eso? ¿Hacia dónde,
Huck?
-Yo creo que es allí, en la
otra punta. Parece como ronquido. Mi padre solía dormir allí algunas
veces con los cerdos; pero él ronca, ¡madre mía!, que levanta las cosas
del suelo. Además, me parece que no ha de volver ya nunca por este
pueblo.
El prurito de aventuras se
despertó en ellos de nuevo.
-Huck,
¿te atreves a ir si yo voy delante?
-No me gusta mucho. Suponte
que fuera Joe
el Indio.
Tom se amilanó. Pero la
tentación volvió sobre ellos con más fuerza, y los chicos decidieron
hacer la prueba, pero en la inteligencia de que saldrían disparados si
el ronquido cesaba. Fueron, pues, hacia allá en puntillas,
cautelosamente, uno tras otro. Cuando ya estaban a cinco pasos del
roncador, Tom pisó un palitroque, que se rompió con un fuerte chasquido.
El hombre lanzó un gruñido, se removió un poco, y su cara quedó
iluminada por la luna. Era
Muff Potter. A los chicos se les
habla paralizado el corazón, y los cuerpos también, cuando el hombre se
movió; pero se disipó ahora su temor. Salieron, otra vez en puntillas,
por entre los rotos tablones que formaban el muro, y se pararon a poca
distancia para cambiar unas palabras de despedida. El prolongado y
lúgubre aullido se alzó otra vez en la quietud de la noche. Volvieron
los ojos y vieron al perro vagabundo parado a pocos pasos de donde yacía
Potter y vuelto hacia él, con el hocico apuntando al cielo.
-¡Es por él! -dijeron a un
tiempo los dos.
-Oye, Tom, dicen que un perro
sin amo estuvo aullando alrededor de la casa de
Johnny Miller,
a medianoche, hace ya dos semanas, y un chotacabras vino y se posó en la
barandilla y cantó la misma noche, y nadie se ha muerto allí todavía.
-Bien, ya lo sé. Y aunque no
se han muerto, ¿no se cayó
Gracie Miller en el fogón de la
cocina y se quemó toda el mismo sábado siguiente?
-Sí, pero no se ha muerto. Y
además dicen que está mejor.
-Bueno, pues aguarda y ya
verás. Ésa se muere: tan seguro como
Muff Potter ha de morir. Eso es lo
que dicen los negros, y ellos saben todo lo de esa clase de cosas,
Huck.
Después se separaron
pensativos.
Cuando Tom trepó a la ventana
de su alcoba la noche tocaba a su término. Se desnudó con extremada
precaución y quedó dormido, congratulándose de que nadie supiera su
escapatoria. No sabía que Sid, el cual roncaba tranquilamente, estaba
despierto y lo había estado desde más de una hora.
Cuando Tom despertó, Sid se
había vestido y ya no estaba allí. En la luz, en la atmósfera misma,
notó Tom vagas indicaciones de que era tarde. Se quedó sorprendido. ¿Por
qué no le habían llamado, martirizándole hasta que le hacían levantarse,
como de costumbre? Esa idea le llenó de fatídicos presentimientos. En
cinco minutos se vistió y bajó las escaleras, sintiéndose dolorido y
mareado. La familia estaba todavía a la mesa, pero ya habían terminado
el desayuno. No hubo ni una palabra de reproche, pero sí miradas que se
esquivaban, un silencio y un aire tan solemne, que el culpable sintió
helársele la sangre. Se sentó y trató de aparecer alegre, pero era
machacar en hierro frío: no despertó una sonrisa, no halló en nadie
respuesta, y se sumergió en el silencio, dejando que el corazón se le
bajase a los talones.
Después del desayuno su tía
lo llevó aparte, y Tom casi se alegró con la esperanza de que le
aguardaba una azotaina, pero se equivocó. Su tía se echó a llorar,
preguntándole cómo podía ser así y cómo no le daba lástima atormentarla
de aquella manera; y, por fin, le dijo que siguiera adelante por la
senda de perdición y acabase matando a disgustos a una pobre vieja,
porque ella ya no había de intentar corregirle. Esto era peor que mil
vapuleos, y Tom tenía el corazón aún más dolorido que el cuerpo. Lloró,
pidió que le perdonase, hizo promesas de enmienda, y se terminó la
escena sintiendo que no había recibido más que un perdón a medias y que
no había logrado inspirar más que una mediocre confianza.
Se apartó de su tía demasiado
afligido para sentir ni siquiera deseos de venganza contra Sid, y por
tanto, la rápida retirada de éste por la puerta trasera fue innecesaria.
Con abatido paso se dirigió a la escuela, meditabundo y triste, y
soportó la acostumbrada paliza, juntamente con
Joe Harper,
por haber hecho novillos el día antes, con el aire del que tiene el
ánimo ocupado por grandes pesadumbres y no está para hacer caso de
niñerías. Después ocupó su asiento, apoyó los codos en la mesa y la
quijada en las manos, y se quedó mirando la pared frontera con la mirada
petrificada, propia de un sufrimiento que ha llegado al límite y ya no
puede ir más lejos. Bajo el codo sentía una cosa dura. Después de un
gran rato cambió de postura lenta y tristemente, y cogió el objeto,
dando un suspiro. Estaba envuelto en un papel. Lo desenvolvió. Siguió
otro largo, trémulo, descomunal suspiro, y se sintió aniquilado. ¡Era el
boliche de latón! Esta última pluma acabó de romper el espinazo del
dromedario.
Capítulo XI
Cerca del mediodía toda el
pueblo fue repentinamente electrizado por la horrenda noticia. Sin
necesidad del telégrafo -aún no soñado en aquel tiempo-, el cuento voló
de persona a persona, de grupo a grupo, de casa a casa, con poco menos
que telegráfica velocidad. Por supuesto, el maestro de escuela dio
asueto por la tarde: a todo el pueblo le habría parecido muy extraño si
hubiera obrado de otro modo. Una navaja ensangrentada había sido hallada
junto a la víctima, y alguien la había reconocido como perteneciente a
Muff
Potter: así corría la historia. Se decía también que un vecino que se
retiraba tarde había sorprendido a Potter lavándose en un arroyo a eso
de la una o las dos de la madrugada, y que Potter se había esquivado
enseguida: detalles sospechosos, especialmente el del lavado, por no ser
costumbre de Muff
Potter. Se decía, además, que toda la población había sido registrada en
busca del «asesino» (el público no se hace esperar en cuanto a
desentenderse de pruebas y llegar al veredicto), pero no habían podido
encontrarlo. Había salido gente a caballo por todos los caminos, y el
sheriff tenía seguridad de que lo cogerían antes de la noche. Toda la
población marchaba hacia el cementerio. Las congojas de Tom se
disiparon, y se unió a la procesión, no porque no hubiera preferido mil
veces ir a cualquier otro sitio, sino porque una temerosa, inexplicable
fascinación, le arrastraba hacia allí. Llegado al siniestro lugar, fue
introduciendo su cuerpecillo por entre la compacta multitud, y vio el
macabro espectáculo. Le parecía que había pasado una eternidad desde que
había estado allí antes. Sintió un pellizco en un brazo. Al volverse se
encontraron sus ojos con los de
Huckleberry. Enseguida miraron los
dos a otra parte, temiendo que alguien hubiera notado algo en aquel
cruce de miradas. Pero todo el mundo estaba de conversación y no tenía
ojos más que para el cuadro trágico que tenía delante.
«¡Pobrecillo! ¡Pobre
muchacho! Esto ha de servir de lección para los violadores de
sepulturas. Muff
Potter irá a la horca por esto, si lo atrapan». Tales eran los
comentarios. Y el pastor dijo:
-Ha sido un castigo; aquí se
ve la mano de Dios.
Tom se estremeció de la
cabeza a los pies, pues acababa de posar su mirada en la impenetrable
faz de Joe
el Indio. En aquel momento la muchedumbre empezó a agitarse y a
forcejear, y se oyeron gritos de: «¡Es él, es él! ¡Viene él solo!»
-¿Quién? ¿Quién? -preguntaron
veinte voces.
-¡Muff
Potter!
-¡Eh, que se ha parado!
¡Cuidado, que da la vuelta! ¡No dejarle escapar!
Algunos, que estaban en las
ramas de los árboles, sobre la cabeza de Tom, dijeron que no trataba de
escapar, sino que parecía perplejo y vacilante.
-¡Vaya un desparpajo! -dijo
un espectador-. Se conoce que ha sentido capricho por venir y echar
tranquilamente un vistazo a su obra...; no esperaba hallarse en
compañía.
La muchedumbre abrió paso, y
el sheriff, ostentosamente, llegó
conduciendo a Potter, cogido del brazo. Tenía el citado la cata
descompuesta y mostraba en los ojos el miedo que le embargaba. Cuando le
pusieron ante el cuerpo del asesinado tembló como con perlesía y,
cubriéndose la cara con las manos, rompió a llorar.
-No he sido yo, vecinos -dijo
sollozando-; mi palabra de honor que no he hecho tal cosa.
-¿Quién te ha acusado a ti?
-gritó una voz.
El tiro dio en el blanco.
Potter levantó la cara y miró en torno con una patética desesperanza en
su mirada. Vio a
Joe el Indio y exclamó:
-¡Joe,
Joe! ¡Tú me prometiste que nunca!...
-¿Es esta navaja de usted?
-dijo el sheriff, poniéndosela de
pronto delante de los ojos.
Potter se hubiera caído a no
sostenerle los demás, ayudándole a sentarse en el suelo. Entonces dijo:
-Ya me decía yo que si no
volvía aquí y recogía la... -se estremeció, agitó las manos inertes, con
un ademán de vencimiento, y dijo:
-Díselo,
Joe,
díselo todo...; ya no sirve callarlo.
Huckleberry
y Tom se quedaron mudos y boquiabiertos, mientras el desalmado mentiroso
iba soltando serenamente su declaración, y esperaban a cada momento que
se abriría el cielo y Dios dejaría caer un rayo sobre aquella cabeza,
admirándose de ver cómo se retrasaba el golpe. Y cuando hubo terminado
y, sin embargo, continuó vivo y entero, su vacilante impulso de romper
el juramento y salvar la mísera vida del prisionero se disipó por
completo, porque claramente se veía que el infame se había vendido a
Satán, y sería fatal entrometerse en cosas pertenecientes a un ser tan
poderoso y formidable.
-¿Por qué no te has ido?
¿Para qué necesitabas volver aquí? -preguntó alguien.
-No lo pude remediar..., no
lo pude remediar -gimoteó Potter-. Quería escapar, pero parecía que no
podía ir a ninguna parte más que aquí.
Joe
el Indio repitió su declaración con la misma impasibilidad, pocos
minutos después, al verificarse la encuesta, bajo juramento; y los dos
chicos, viendo que los rayos seguían sin aparecer, se afirmaron en la
creencia de que
Joe se había vendido al demonio. Habíase convertido para
ellos en el objeto más horrendo e interesante que habían visto jamás, y
no podían apartar de su cara los fascinados ojos. Resolvieron en su
interior vigilarle de noche, con la esperanza de que quizá lograsen
atisbar alguna vez a su diabólico dueño y señor.
Joe
ayudó a levantar el cuerpo de la víctima y a cargarlo en un carro, y se
cuchicheó entre la estremecida multitud..., ¡que la herida había
sangrado un poco! Los dos muchachos pensaron que aquella feliz
circunstancia encaminaría las sospechas hacia donde debían ir; pero
sufrieron un desengaño, pues varios de los presentes hicieron notar «que
ese Joe
estaba a menos de una vara cuando
Muff Potter cometió el crimen».
El terrible secreto y el
torcedor de la conciencia perturbaron el sueño de Tom por más de una
semana, y una mañana, durante el desayuno, dijo Sid:
-Das tantas vueltas en la
cama y hablas tanto mientras duermes que me tienes despierto la mitad de
la noche.
Tom palideció y bajó los
ojos.
-Mala señal es ésa- dijo
gravemente tía
Polly-. ¿Qué traes en las mientes, Tom?
-Nada. Nada, que yo sepa...,
pero la mano le temblaba de tal manera que vertió el café.
-¡Y hablas unas cosas!
-continuó Sid-. Anoche decías «¡Es sangre, es sangre!, ¡eso es!» Ya lo
dijiste la mar de veces. Y también decías: «¡No me atormentéis así...,
ya lo diré!» Dirás ¿qué? ¿Qué es lo que ibas a decir?
El mundo daba vueltas ante
Tom. No es posible saber lo que hubiera pasado; pero, felizmente, en la
cara de tía Polly
se disipó la preocupación, y sin saberlo vino en ayuda de su sobrino.
-¡Chitón! -dijo-. Es ese
crimen tan atroz. También yo sueño con él casi todas las noches. A veces
sueño que soy yo la que lo cometió.
Mary
dijo que a ella le pasaba lo mismo. Sid parecía satisfecho. Tom
desapareció de la presencia de su tía con toda la rapidez que era
posible sin hacerla sospechosa, y desde entonces, y durante una semana,
se estuvo quejando de dolor de muelas, y por las noches se ataba las
mandíbulas con un pañuelo. Nunca llegó a saber que Sid permanecía de
noche en acecho, que solía soltarle el vendaje y que, apoyado en un
codo, escuchaba largos ratos, y después volvía a colocarle el pañuelo en
su sitio. Las angustias mentales de Tom se fueron desvaneciendo poco a
poco, y el dolor de muelas se le hizo molesto y lo dejó de lado. Si
llegó Sid, en efecto, a deducir algo de los murmullos incoherentes de
Tom, se lo guardó para él. Le parecía a Tom que sus compañeros de
escuela no iban a acabar nunca de celebrar «encuestas» con gatos
muertos, manteniendo así vivas sus cuitas y preocupaciones. Sid observó
que Tom no hacía nunca de
coroner3
en ninguna de esas investigaciones, aunque era hábito suyo ponerse al
frente de toda nueva empresa; también notó que nunca actuaba como
testigo..., y eso era sospechoso; y tampoco echó en saco roto la
circunstancia de que Tom mostraba una decidida aversión a esas encuestas
y las huía siempre que le era posible. Sid se maravillaba, pero nada
dijo. Sin embargo, hasta las encuestas pasaron de moda al fin, y cesaron
de atormentar la cargada conciencia de Tom.
Todos los días, o al menos un
día sí y otro no, durante aquella temporada de angustias, Tom, siempre
alerta para aprovechar las ocasiones, iba hasta la ventanita enrejada de
la cárcel y daba a hurtadillas al asesino cuantos regalos podía
proporcionarse. La cárcel era una mísera covacha de ladrillos que estaba
en un fangal, al extremo del pueblo, y no tenía nadie que la guardase;
verdad es que casi nunca estaba ocupada. Aquellas dádivas contribuían
grandemente a aligerar la conciencia de Tom. La gente del pueblo tenía
muchas ganas de emplumar a
Joe el Indio y sacarlo a la
vergüenza por violador de sepulturas; pero tan temible era su fama, que
nadie quería tomar la iniciativa y se desistió de ello. Había él tenido
muy buen cuidado de empezar sus dos declaraciones con el relato de la
pelea, sin confesar el robo del cadáver que le precedió, y por eso se
consideró lo más prudente no llevar el caso al tribunal por el momento.
Capítulo XII
Una de las razones por las
cuales el pensamiento de Tom se había ido apartando de sus ocultas
cuitas era porque había encontrado un nuevo y grave tema en que
interesarse. Becky Thatcher había dejado de acudir a la escuela. Tom
había batallado con su amor propio por unos días y trató de «mandarla a
paseo» mentalmente, pero fue en vano. Sin darse cuenta de ello, se
encontró rondando su casa por las noches y presa de honda tristeza.
Estaba enferma. ¡Y si se muriese! La idea era para enloquecer. No sentía
ya interés alguno por la guerra, y ni siquiera por la piratería. La vida
había perdido su encanto y no quedaba en ella más que aridez. Guardó en
un rincón el aro y la raqueta: ya no encontraba goce en ellos. La tía
estaba preocupada; empezó a probar toda clase de medicinas en el
muchacho. Era una de esas personas que tienen la chifladura de los
específicos y de todos los métodos flamantes para fomentar la salud o
recomponerla. Era una inveterada experimentadora en ese ramo. En cuanto
aparecía alguna cosa nueva, ardía en deseos de ponerla a prueba, no en
sí misma, porque ella nunca estaba enferma, sino en cualquier persona
que tuviera a mano. Estaba suscrita a todas las publicaciones de
Salud y fraudes frenológicos, y la solemne ignorancia de que
estaban henchidas era como oxígeno para sus pulmones. Todas las
monsergas que en ellas leía acerca de la ventilación, y el modo de
acostarse y el de levantarse, y qué se debe comer, y qué se debe beber,
y cuánto ejercicio hay que hacer, y en qué estado de ánimo hay que
vivir, y qué ropas debe uno ponerse, eran para ella el evangelio; y no
notaba nunca que sus periódicos salutíferos del mes corriente
habitualmente echaban por tierra todo lo que habían recomendado el mes
anterior. Su sencillez y su buena fe le hacían una víctima segura.
Reunía todos sus periódicos y sus medicamentos charlatanescos, y así,
armada con la muerte, iba de un lado para otro en su cabalgadura
espectral, metafóricamente hablando, y llevaba «el infierno tras ella».
Pero jamás se le ocurrió la idea de que no era ella un ángel consolador
y un bálsamo de
Gilead, disfrazado, para sus vecinos dolientes.
El tratamiento de agua era a
la sazón cosa nueva, y el estado de debilidad de Tom fue para la tía un
don de la providencia. Sacaba al rapaz al rayar el día, le ponía en pie
bajo el cobertizo de la leña y lo ahogaba con un diluvio de agua fría;
le restregaba con una toalla como una lima, y como una lima lo dejaba;
lo enrollaba después en una sábana mojada y lo metía bajo mantas,
haciéndole sudar hasta dejarle el alma limpia, y «las manchas que tenía
en ella le salían por los poros», como decía Tom.
Sin embargo, y a pesar de
todo, estaba el muchacho cada vez más taciturno y pálido y decaído. La
tía añadió baños calientes, baños de asiento, duchas y zambullidos. El
muchacho siguió tan triste como un féretro. Comenzó entonces a ayudar al
agua con gachas ligeras como alimento, y sinapismos. Calculó la cabida
del muchacho como la de un barril, y todos los días lo llenaba hasta el
borde con panaceas de curandero.
Tom se había hecho ya para
entonces insensible a las persecuciones. Esta frase llenó a la anciana
de consternación. Había que acabar con aquella «indiferencia» a toda
costa. Oyó hablar entonces por primera vez del «matadolores». Encargó en
el acto una buena remesa. Lo probó y se quedó extasiada. Era simplemente
fuego en líquida forma. Abandonó el tratamiento del agua y todo lo demás
y puso toda su fe en el «matadolores». Administró a Tom una cucharadita
llena y le observó con profunda ansiedad para ver el resultado. Al
instante se calmaron todas sus aprensiones y recobró la paz del alma: la
«indiferencia» se hizo añicos y desapareció al punto. El chico no podía
haber mostrado más intenso y desaforado interés si le hubiera puesto una
hoguera debajo.
Tom sintió que ya era hora de
despertar: aquella vida podía ser todo lo romántica que convenía a su
estado de ánimo, pero iba teniendo muy poco de sentimentalismo y era
excesiva y perturbadoramente variada. Meditó, pues, diversos planes para
buscar alivio, y finalmente dio en fingir que le gustaba el «matadolores».
Lo pedía tan a menudo que llegó a hacerse insoportable, y la tía acabó
por decirle que tomase él mismo lo que tuviera en gana y no la marease
más. Si hubiese sido Sid, no hubiera ella tenido ninguna suspicacia que
alterase su gozo; pero como se trataba de Tom, vigiló la botella
clandestinamente. Se convenció así de que, en efecto, el medicamento
disminuía; pero no se le ocurrió pensar que el chico estaba devolviendo
la salud, con él, a una resquebrajadura que había en el piso de la sala.
Un día estaba Tom en el acto
de administrar la dosis a la grieta, cuando el gato amarillo de su tía
llegó ronroneando, con los ojos ávidos fijos en la cucharilla y
mendigando para que le diesen un poco, Tom dijo:
-No lo pidas, a menos que lo
necesites, Perico. Pero Perico dejó ver que lo
necesitaba.
-Más te vale estar bien
seguro. Perico estaba seguro.
-Pues tú lo has pedido, voy a
dártelo para que no creas que es tacañería; pero si luego ves que no te
gusta, no debes echar la culpa a nadie más que a ti.
Perico
asintió; así es que Tom le hizo abrir la boca y le vertió dentro el «matadolores».
Perico saltó un par de varas en el aire, exhaló enseguida un salvaje
grito de guerra y se lanzó a dar vueltas y vueltas por el cuarto,
chocando contra los muebles, volcando tiestos y causando general
estrago. Después se irguió sobre las patas traseras y danzó alrededor,
en un frenesí de deleite, con la cabeza caída sobre el hombro y
proclamando a voces su desaforada dicha. Marchó enseguida, disparado,
por toda la casa, esparciendo el caos y la desolación en su camino. La
tía Polly
entró a tiempo de verle ejecutar unos dobles saltos mortales, lanzar un
formidable ¡hurra! final y salir volando por la ventana, llevándose con
él lo que quedaba de los tiestos. La anciana se quedó petrificada por el
asombro, mirando por encima de las gafas a Tom, tendido en el suelo,
descoyuntado de risa.
-Tom, ¿qué es lo que le pasa
a ese gato?
-No lo sé, tía -balbuceó el
muchacho.
-Nunca he visto cosa igual.
¿Qué le habrá hecho ponerse de ese modo?
-De veras que no lo sé, tía;
los gatos siempre se ponen de esa manera cuando lo están pasando bien.
-¿Se ponen así? ¿No es
cierto?
Había algo en el tono de esta
pregunta que escamó a Tom.
-Sí, tía. Vamos, me parece a
mí.
-¿Te parece?
La anciana estaba agachada, y
Tom la observaba con interés, avivado por cierta ansiedad. Cuando
adivinó por «dónde iba» ya era demasiado tarde. El mango de la
cucharilla delatora se veía bajo las faldas de la cama. Tom parpadeó y
bajó los ojos. La tía
Polly lo levantó del suelo por el
acostumbrado agarradero, la oreja, y le dio un fuerte papirotazo en la
cabeza con el dedal.
-Y ahora, dígame usted: ¿Por
qué ha tratado a ese pobre animal de esa manera?
-Lo hice de pura lástima...
porque no tiene tías.
-¡Porque no tiene tías!
¡Simple! ¿Qué tiene que ver con eso?
-La mar. ¡Porque si hubiera
tenido una tía le hubiera quemado vivo ella misma! Le hubiera asado las
entrañas hasta que las echase fuera, sin darle más lástima que si fuera
un ser humano.
La tía
Polly
sintió de pronto la angustia del remordimiento. Eso era poner la cosa
bajo una nueva luz: lo que era crueldad para un gato, podía también ser
crueldad para un chico. Comenzó a enternecerse; sentía pena. Se le
humedecieron los ojos; puso la mano sobre la cabeza de Tom y dijo
dulcemente:
-Ha sido con la mejor
intención, Tom. Y además, hijo, te ha hecho bien.
Tom levantó los ojos y la
miró a la cara con un imperceptible guiño de malicia asomando a través
de su gravedad.
-Ya sé que lo hiciste con la
mejor intención, tía, y lo mismo me ha pasado a mí con Perico. También a
él le ha hecho bien: no le he visto nunca dar vueltas con tanta soltura.
-¡Anda, vete de aquí antes de
que me hagas enfadar de nuevo! Y trata de ver si puedes ser bueno por
una vez, y no necesites tomar ya más medicina.
Tom llegó a la escuela antes
de la hora. Se había notado que ese hecho tan desusado se venía
repitiendo algún tiempo atrás. Y aquel día, como también en los
anteriores, se quedó por los alrededores de la puerta del patio, en vez
de jugar con sus compañeros. Estaba malo, según decía, y su aspecto lo
confirmaba. Aparentó que estaba mirando en todas direcciones menos en la
que realmente miraba: carretera abajo. A poco apareció a la vista
Jeff
Thatcher, y a Tom se le iluminó el semblante; miró un momento y apartó
la vista, compungido. Cuando
Jeff Thatcher llegó, Tom se le
acercó y fue llevando hábilmente la conversación para darle motivo de
decir algo de Becky; pero el atolondrado rapaz no vio el cebo. Tom
siguió en acecho, lleno de esperanza cada vez que una falda revoloteaba
a lo lejos, y odiando a su propietaria cuando veía que no era la que
esperaba. Al fin cesaron de aparecer faldas, y cayó en desconsolada
murria. Entró en la escuela vacía y se sentó a sufrir. Una falda más
penetró por la puerta del patio, y el corazón le pegó un salto. Un
instante después estaba Tom fuera y lanzado a la palestra como un indio
bravo: rugiendo, riéndose, persiguiendo a los chicos, saltando la valla
a riesgo de perniquebrarse, dando volteretas, quedándose en equilibrio
con la cabeza en el suelo, y en suma, haciendo todas las heroicidades
que podía concebir, y sin dejar ni un momento, disimuladamente, de
observar si Becky le veía. Pero no parecía que ella se diese cuenta no
miró ni una sola vez. ¿Era posible que no hubiera notado que estaba
allí? Trasladó el campo de sus hazañas a la inmediata vecindad de la
niña: llegó lanzando el grito de guerra de los indios; arrebató a un
chico la gorra y la tiró al tejado de la escuela; atropelló por entre un
grupo de muchachos, tumbándolos cada uno por su lado, y se dejó caer de
bruces delante de Becky, casi haciéndole vacilar. Y ella volvió la
espalda, con la nariz respingada, y Tom le oyó decir:
-¡Puf! Algunos se tienen por
muy graciosos... ¡siempre presumiendo!
Sintió Tom que le ardían las
mejillas. Se puso en pie y se escurrió fuera, abochornado y abatido.
Capítulo XIII
Tom se decidió entonces.
Estaba desesperado y sombrío. Era un chico, se decía, abandonado de
todos y a quien nadie quería cuando supieran al extremo a que le habían
llevado, tal vez lo deplorarían. Había tratado de ser bueno y obrar
derechamente, pero no le dejaban. Puesto que lo único que querían era
deshacerse de él, que fuera así. Sí, le habían forzado al fin, llevaría
una vida de crímenes. No le quedaba otro camino.
Para entonces ya se había
alejado del pueblo, y el tañido de la campana de la escuela, que llamaba
a la clase de la tarde, sonó débilmente en su oído. Sollozó pensando que
ya no volvería a oír aquel toque familiar nunca jamás. No tenía él la
culpa; pero puesto que se lanzaba a la fuerza en el ancho mundo, tenía
que someterse..., aunque los perdonaba. Entonces los sollozos se
hicieron más acongojados y frecuentes.
Precisamente en aquel
instante encontró a su amigo del alma,
Joe Harper, torva la mirada y, sin
duda alguna, alimentando en su pecho alguna grande y tenebrosa
resolución. Era evidente que se juntaban allí «dos almas, pero un solo
pensamiento». Tom, limpiándose las lágrimas con la manga, empezó a
balbucear algo acerca de una resolución de escapar a los malos tratos y
falta de cariño en su casa, lanzándose a errar por el mundo, para nunca
volver, y acabó expresando la esperanza de que
Joe
no le olvidaría.
Pero pronto se traslució que
ésta era la misma súplica que
Joe iba a hacer en aquel momento a
Tom. Le había azotado su madre por haber goloseado una cierta crema que
jamás había entrado en su boca y cuya existencia ignoraba. Claramente se
veía que su madre estaba cansada de él y que quería que se fuera; y si
ella lo quería, no le quedaba otro remedio que sucumbir.
Mientras seguían su paseo
condoliéndose, hicieron un nuevo pacto de ayudarse mutuamente y ser
hermanos y no separarse hasta que la muerte los librase de sus cuitas.
Después empezaron a trazar sus planes.
Joe se inclinaba a ser anacoreta y
vivir de mendrugos, en una remota cueva, y morir, con el tiempo, de
frío, privaciones y penas; pero después de oír a Tom reconoció que había
ventajas notorias en una vida consagrada al crimen y se avino a ser
pirata.
Tres millas aguas abajo de
San Petersburgo, en un sitio donde el Misisipí tenía más de una milla de
ancho, había una isla larga, angosta y cubierta de bosque, con una barra
muy somera en la punta más cercana, y que parecía excelente para base de
operaciones. No estaba habitada; se hallaba del lado de allá del río,
frente a una densa selva casi desierta. Eligieron, pues, aquel lugar,
que se llamaba la isla de
Jackson. Quiénes iban a ser las
víctimas de sus piraterías, era un punto en el que no pararon mientes.
Después se dedicaron a la caza de
Huckleberry Finn, el cual se les
unió desde luego, pues todas las profesiones eran iguales para él: le
era indiferente. Luego se separaron, conviniendo en volver a reunirse en
un paraje solitario, en la orilla del río, dos millas más arriba del
pueblo, a la hora favorita, esto es, a medianoche. Había allí una
pequeña balsa de troncos que se proponían apresar. Todos ellos traerían
anzuelos y tanzas y los mantenimientos que pudieran robar, de un modo
tenebroso y secreto, como convenía a gentes fuera de la ley; y aquella
misma tarde todos se proporcionaron el delicioso placer de esparcir la
noticia de que muy pronto todo el pueblo iba a oír «algo gordo». Y a
todos los que recibieron esa vaga confidencia se les previno que debían
«no decir nada y aguardar».
A eso de medianoche llegó Tom
con un jamón cocido y otros pocos víveres, y se detuvo en un pequeño
acantilado cubierto de espesa vegetación, que dominaba el lugar de la
cita. El cielo estaba estrellado y la noche tranquila. El grandioso río
susurraba como un océano en calma. Tom escuchó un momento, pero ningún
ruido turbaba la quietud. Dio un largo y agudo silbido. Otro silbido se
oyó debajo del acantilado. Tom silbó dos veces más, y la señal fue
contestada del mismo modo. Después se oyó una voz sigilosa:
-¿Quién vive?
-Tom
Sawyer,
el Tenebroso Vengador de la América Española. ¿Quiénes sois vosotros?
-Huck
Finn, el Manos Rojas, y
Joe Harper, el Terror de los Mares.
(Tom les había provisto de esos títulos, sacados de su literatura
favorita).
-Bien está; decid la
contraseña.
Dos voces broncas y apagadas
murmuraron, en el misterio de la noche, la misma palabra espeluznante:
-¡SANGRE!
Entonces Tom dejó deslizarse
el jamón por el acantilado abajo y siguió él detrás, dejando en la
aspereza del camino algo de ropa y de su propia piel. Había una como
senda a lo largo de la orilla y bajo el acantilado, pero le faltaba la
ventaja de la dificultad y el peligro, tan apreciables para un pirata.
El Terror de los Mares había
traído una hoja de tocino y llegó aspeado bajo su pesadumbre.
Finn,
el de las Manos Rojas, había hurtado una cazuela y buena cantidad de
hoja de tabaco a medio curar y había aportado, además, algunas mazorcas
para hacer con ellas pipas. Pero ninguno de los piratas fumaba o
masticaba tabaco más que él. El Tenebroso Vengador dijo que no era
posible lanzarse a las aventuras sin llevar fuego. Era una idea
previsora: en aquel tiempo apenas se conocían los fósforos. Vieron un
rescoldo en una gran almadía, cien varas río arriba, y fueron
sigilosamente allí y se apoderaron de unos tizones. Hicieron de ello una
imponente aventura, murmurando «¡chist!» a cada paso y parándose de
repente con un dedo en los labios, llevando las manos en imaginarias
empuñaduras de dagas y dando órdenes, en voz temerosa y baja, de «si el
enemigo» se movía, hundírselas «hasta las cachas», porque los «muertos
no hablan». Sabían de sobra que los tripulantes de la almadía estaban en
el pueblo abasteciéndose, o de zambra y bureo; pero eso no era bastante
motivo para que no hicieran la cosa a estilo piratesco.
Poco después desatracaban la
balsa, bajo el mando de Tom, con
Huck en el remo de popa y
Joe
en el de proa. Tom iba erguido en mitad de la embarcación, con los
brazos cruzados y la frente sombría, y daba las órdenes con bronca e
imperiosa voz.
-¡Cíñete al viento!... ¡No
guiñar, no guiñar!... ¡Una cuarta a barlovento!...
Como los chicos no cesaban de
empujar la balsa hacia el centro de la corriente, era cosa entendida que
esas órdenes se daban sólo por el buen parecer y sin que significasen
absolutamente nada.
-¿Qué aparejo lleva?
-Gavias, juanetes y foque.
-¡Larga las monterillas! ¡Que
suban seis de vosotros a las crucetas!... ¡Templa las escotas!... ¡Todo
a babor! ¡Firme!
La balsa traspasó la fuerza
de la corriente, y los muchachos enfilaron hacia la isla, manteniendo la
dirección con los remos. En los tres cuartos de hora siguientes apenas
hablaron palabra. La balsa estaba pasando por delante del lejano pueblo.
Dos o tres lucecillas parpadeantes señalaban el sitio donde yacía,
durmiendo plácidamente, más allá de la vasta extensión de agua tachonada
de reflejos de estrellas, sin sospechar el tremendo acontecimiento que
se preparaba. El Tenebroso Vengador permanecía aún con los brazos
cruzados, dirigiendo una «última mirada» a la escena de sus pasados
placeres y de sus recientes desdichas, y sintiendo que «ella» no pudiera
verle en aquel momento, perdido en el proceloso mar, afrontando el
peligro y la muerte con impávido corazón y caminando hacia su perdición
con una amarga sonrisa en los labios. Poco le costaba a su imaginación
trasladar la isla
Jackson más allá de la vista del
pueblo; así es que lanzó su «última mirada» con ánimo a la vez
desesperado y satisfecho. Los otros piratas también estaban dirigiendo
«últimas miradas», y tan largas fueron que estuvieron a punto de dejar
que la corriente arrastrase la balsa fuera del rumbo de la isla. Pero
notaron el peligro a tiempo y se esforzaron en evitarlo. Hacia las dos
de la mañana la embarcación varó en la barra, a doscientas varas de la
punta de la isla, y sus tripulantes estuvieron vadeando entre la balsa y
la isla hasta que desembarcaron su cargamento. Entre los pertrechos
había una vela decrépita, y la tendieron sobre un cobijo, entre los
matorrales, para resguardar las provisiones. Ellos pensaban dormir al
aire libre cuando hiciera buen tiempo, como correspondía a gente
aventurera.
Hicieron una hoguera al
arrimo de un tronco caído a poca distancia de donde comenzaban las demás
umbrías del bosque; guisaron tocino en la sartén, para cenar, y gastaron
la mitad de la harina de maíz que habían llevado. Parecíales cosa grande
estar allí de orgía, sin trabas, en la selva virgen de una isla desierta
e inexplorada, lejos de toda humana morada, y se prometían que no
volverían nunca a la civilización. Las llamas se alzaban iluminando sus
caras, y arrojaban su fulgor rojizo sobre las columnatas del templo de
árboles del bosque y sobre el coruscante follaje y los festones de las
plantas trepadoras. Cuando desapareció la última sabrosa lonja de tocino
y devoraron la ración de borona, se tendieron sobre la hierba,
rebosantes de felicidad. Fácil hubiera sido buscar sitio más fresco,
pero no se querían privar de un detalle tan romántico como la abrasadora
fogata del campamento.
-¿No es esto cosa rica? -dijo
Joe.
-De primera -contestó Tom.
-¿Qué dirían los chicos si
nos viesen?
-¿Decir? Se morirían de ganas
de estar aquí. ¿Eh,
Huck?
-Puede que sí -dijo
Huckleberry-;
a mí, al menos, me va bien, no necesito cosa mejor. Casi nunca tengo lo
que necesito de comer..., y además, aquí no pueden venir y darle a uno
patadas y no dejarle en paz.
-Es la vida que a mí me gusta
-prosiguió Tom-: no hay que levantarse de la cama temprano, no hay que
ir a la escuela, ni que lavarse, ni todas esas malditas boberías. Ya
ves, Joe,
un pirata no tiene nada que hacer cuando está en tierra; pero un
anacoreta tiene que rezar una atrocidad y no tiene ni una diversión,
porque siempre está solo.
-Es verdad -dijo
Joe-,
pero no había pensado bastante en ello, ¿sabes? Quiero mucho más ser un
pirata, ahora que ya he hecho la prueba.
-Tal vez -dijo Tom- a la
gente no le da mucho por los anacoretas en estos tiempos, como pasaba en
los antiguos; pero un pirata es siempre muy bien mirado. Y los
anacoretas tienen que dormir siempre en los sitios más duros que pueden
encontrar, y se ponen harpillera y cenizas en la cabeza, y se mojan si
llueve, y...
-¿Para qué se ponen
harpilleras y cenizas en la cabeza? -preguntó
Huck.
-No sé. Pero tienen que
hacerlo. Los anacoretas siempre hacen eso. Tú tendrías que hacerlo si lo
fueras.
-¡Un cuerno haría yo! -dijo
Huck.
-Pues ¿qué ibas a hacer?
-No sé; pero eso, no.
-Pues tendrías que hacerlo,
Huck.
¿Cómo te ibas a arreglar si no?
-Pues no lo había de
aguantar. Me escaparía.
-¿Escaparte? ¡Vaya una
porquería de anacoreta que ibas a hacer tú! ¡Sería una vergüenza!
Manos Rojas no contestó por
estar en más gustosa ocupación. Había acabado de agujerear una mazorca
y, clavando en ella un tallo hueco para servir de boquilla, la llenó de
tabaco y apretó un ascua contra la carga, lanzando al aire una nube de
humo fragante. Estaba en la cúspide del solaz voluptuoso. Los otros
piratas envidiaban aquel vicio majestuoso y resolvieron en su interior
adquirirlo enseguida.
Huck preguntó:
-¿Qué es lo que tienen que
hacer los piratas?
-Pues pasarlo en grande...;
apresar barcos y quemarlos, y coger el dinero y enterrarlo en unos
sitios espantosos, en su isla; y matar a todos los que van en los
barcos...; les hacen «pasear la tabla».
-Y se llevan las mujeres a la
isla -dijo Joe-;
no matan a las mujeres.
-No -asintió Tom-, no las
matan; son demasiado nobles. Y las mujeres son siempre preciosísimas,
además.
-¡Y que no llevan trajes de
lujo!... ¡Ca! Todos de plata y oro y diamantes -añadió
Joe
con entusiasmo.
-¿Quién? -dijo
Huck.
-Pues los piratas.
Huck
echó un vistazo lastimero a su indumento.
-Me parece que yo no estoy
vestido propiamente para un pirata -dijo con un patético desconsuelo en
la voz-, pero no tengo más que esto.
Pero los otros le dijeron que
los trajes lujosos lloverían a montones en cuanto empezasen sus
aventuras. Le dieron a entender que sus míseros pingos bastarían para el
comienzo, aunque era costumbre que los piratas opulentos debutasen con
un guardarropa adecuado.
Poco a poco fue cesando la
conversación y se iban cerrando los ojos de los solitarios. La pipa se
escurrió de entre los dedos de Manos Rojas y se quedó dormido con el
sueño del que tiene la conciencia ligera y el cuerpo cansado. El Terror
de los Mares y el Tenebroso Vengador de la América Española no se
durmieron tan fácilmente. Recitaron sus oraciones mentalmente y
tumbados, puesto que no había allí nadie que los obligase a decirlas en
alta voz y de rodillas; verdad es que estuvieron tentados a no rezar,
pero tuvieron miedo de ir tan lejos como todo eso, por si llamaban sobre
ellos un especial y repentino rayo del cielo. Poco después se cernían
sobre el borde mismo del sueño, pero sobrevino un intruso que no les
dejó caer en él: era la conciencia. Empezaron a sentir un vago temor de
que se habían portado muy mal escapando de sus casas; y después se
acordaron de los comestibles robados, y entonces comenzaron verdaderas
torturas. Trataron de acallarlas recordando a sus conciencias que habían
robado antes golosinas no era más que «coger», mientras que llevarse
jamón aplacaba con tales sutilezas. Les parecía que, con todo, no había
medio de saltar sobre el hecho inconmovible de que apoderarse de
golosinas no era más que «coger», mientras que llevarse un jamón y
tocinos y cosas por el estilo era, simple y sencillamente, «robar»; y
había contra eso un mandamiento en la Biblia. Por eso resolvieron en su
fuero interno que, mientras permaneciesen en el oficio, sus piraterías
no volverían a envilecerse con el crimen del robo. Con esto la
conciencia les concedió una tregua, y aquellos raros e inconsecuentes
piratas se quedaron pacíficamente dormidos.
Capítulo XIV
Cuando Tom despertó a la
siguiente mañana se preguntó dónde estaba. Se incorporó, frotándose los
ojos, y se dio cuenta al fin. Era el alba gris y fresca, y producía una
deliciosa sensación de paz y reposo la serena calma en que todo yacía y
el silencio de los bosques. No se movía una hoja; ningún ruido osaba
perturbar el gran recogimiento meditativo de la naturaleza. Gotas de
rocío temblaban en el follaje y en la hierba. Una capa de ceniza cubría
el fuego y una tenue espiral de humo azulado se alzaba recta, en el
aire. Joe
y Huck
dormían aún. Se oyó muy lejos, en el bosque, el canto de un pájaro; otro
le contestó. Después se percibió el martilleo de un picamaderos. Poco a
poco el gris indeciso del amanecer fue blanqueando, y al propio tiempo
los sonidos se multiplicaban y la vida surgía. La maravilla de la
naturaleza sacudiendo el sueño y poniéndose al trabajo se mostró ante
los ojos del muchacho meditabundo. Una diminuta oruga verde llegó
arrastrándose sobre una hoja llena de rocío, levantando dos tercios de
su cuerpo en el aire de tiempo en tiempo, y como oliscando en derredor,
para luego proseguir su camino, porque estaba «midiendo», según dijo Tom;
y cuando el gusano se dirigió hacia él espontáneamente, el muchacho
siguió sentado, inmóvil como una estatua, con sus esperanzas en vilo o
caídas según que el animalito siguiera viniendo hacia él o pareciera
inclinado a irse a cualquier otro sitio; y cuando, al fin, la oruga
reflexionó, durante un momento angustioso, con el cuerpo enarcado en el
aire, y después bajó decididamente sobre una pierna de Tom y emprendió
un viaje por ella, el corazón le brincó de alegría porque aquello
significaba que iba a recibir un traje nuevo: sin sombra de duda, un
deslumbrante uniforme de pirata. Después apareció una procesión de
hormigas, procedentes de ningún sitio en particular, y se afanaron en
sus varios trabajos; una de ellas forcejeaba virilmente con una araña
muerta, cinco veces mayor que ella, en los brazos, y la arrastró
verticalmente por un tronco arriba. Una mariquita, con lindas motas
oscuras, trepó la vertiginosa altura de una hierba, y Tom se inclinó
sobre ella y le dijo:
|
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Mariquita; mariquita, a tu casa
vuela |
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En tu casa hay fuego, tus hijos
se queman; |
|
|
y la mariquita levantó el vuelo y marchó
a enterarse; lo cual no sorprendió al muchacho, porque sabía de antiguo
cuán crédulo era aquel insecto en materia de incendios, y se había
divertido más de una vez a costa de su simplicidad. Un escarabajo llega
después, empujando su pelota con enérgica tozudez, y Tom le tocó con el
dedo para verle encoger las patas y hacerse el muerto. Los pájaros
armaban ya una bulliciosa algarabía. Un pájaro-gato, el mismo de los
bosques del norte, se paró en un árbol, sobre la cabeza de Tom, y empezó
a imitar el canto de todos sus vecinos con un loco entusiasmo; un «gayo»
chillón se abatió con una llamarada azul y relampagueante y se detuvo
sobre una rama, casi al alcance de Tom; torció la cabeza a uno y otro
lado, y miró a los intrusos con ansiosa curiosidad. Una ardilla gris y
un zorro-ardilla pasaron inquietos y veloces, sentándose de cuando en
cuando a charlar y examinar a los muchachos, porque no habían visto
nunca, probablemente, un ser humano y apenas sabían si temerle o no.
Toda la naturaleza estaba para entonces despierta y activa; los rayos
del sol se introducían como rectas lanzas por entre el tupido follaje y
algunas mariposas llegaron revoloteando.
Tom despertó a los otros dos
piratas, y todos tres echaron a correr dando gritos, y en un instante
estaban en pelota, persiguiéndose y saltando unos sobre otros en el agua
límpida y poco profunda del banco, de blanquísima arena. No sintieron
nostalgia alguna por el pueblo, que dormitaba a lo lejos, más allá de la
majestuosa planicie líquida. Una corriente errabunda o una ligera
crecida de río se había llevado la balsa; pero se congratulaban de ello,
puesto que su pérdida era algo así como quemar el puente entre ellos y
la civilización.
Volvieron al campamento
frescos y vigorizados, locos de contento y con un hambre rabiosa, y
enseguida reanimaron el fuego y se levantaron las llamas de la hoguera.
Huck
descubrió un manantial de agua clara y fresca muy cerca de allí;
hicieron vasos de «hickory»4
y vieron que el agua, con tal selvático procedimiento, podía remplazarse
muy bien al café. Mientras
Joe cortaba lonjas de tocino para
el desayuno, Tom y
Huck le dijeron que esperase un
momento, se fueron a un recodo prometedor del río y echaron los aparejos
de pesca. Al instante se colmaron sus esperanzas.
Joe
no había aún tenido tiempo para impacientarse cuando ya estaban los
otros de vuelta con un par de hermosas percas, un pez-gato y otros
pescados peculiares del Misisipí, mantenimiento sobrado para toda una
familia. Frieron los peces con el tocino, y se maravillaron de que nunca
habían probado peces tan exquisitos. No sabían que el pescado de agua
dulce es mejor cuanto antes pase del agua a la sartén; y tampoco
reflexionaron en la calidad de la salsa en que entran el dormir al aire
libre, el ejercicio, el baño y una buena proporción de hambre.
Después del desayuno se
tendieron a la sombra, mientras
Huck se regodeaba con una pipa, y
luego echaron a andar a través del bosque, en viaje de exploración.
Vieron que la isla tenía tres millas de largo por un cuarto de anchura,
y que la orilla del río más cercana sólo estaba separada por un estrecho
canal que apenas tenía doscientas varas de ancho. Tomaron un baño por
hora, así es que era ya cerca de media tarde cuando regresaron al
campamento. Tenían demasiado apetito para entretenerse con los peces,
pero almorzaron espléndidamente con jamón, y después se volvieron a
echar en la sombra para charlar. Pero no tardó la conversación en
desanimarse y al cabo cesó por completo. La quietud, la solemnidad que
transpiraban los bosques, la sensación de soledad, empezaron a gravitar
sobre sus espíritus. Se quedaron pensativos. Una especie de vago e
indefinido anhelo se apoderaba de ellos. A poco tomaba forma más
precisa: era nostalgia de sus casas, en embrión. Hasta
Huck,
el de las Manos Rojas, se acordaba de sus quicios de puertas y de sus
barricas vacías. Pero todos se avergonzaban de su debilidad y ninguno
tenía arrestos para decir lo que pensaba.
Por algún tiempo habían
notado vagamente un ruido extraño y distante, como a veces percibimos el
tictac de un reloj sin darnos cuenta precisa de ello. Pero después el
ruido misterioso se hizo más pronunciado y se impuso a la atención. Los
muchachos se incorporaron, mirándose unos a otros, y se pusieron a
escuchar. Hubo un prolongado silencio, profundo, no interrumpido:
después, un sordo y medroso trueno llegó al ras del agua desde la
lejanía.
-¿Qué será? -dijo
Joe,
sin aliento.
-¿Qué será? -repitió Tom en
voz baja.
-Eso no es trueno -dijo
Huck,
alarmado-, porque el trueno...
-¡Chist! -dijo Tom-. Escucha.
No habléis.
Escucharon un rato, que les
pareció interminable, y después el mismo sordo fragor turbó el solemne
silencio.
-¡Vamos a ver lo que es!
Se pusieron en pie de un
salto y corrieron hacia la orilla en dirección al pueblo. Apartaron las
matas y arbustos y miraron a lo lejos, sobre el río. La barca de vapor
estaba una milla más abajo del pueblo, dejándose arrastrar por la
corriente. Su ancha cubierta parecía llena de gente. Había muchos botes
bogando de aquí para allá o dejándose llevar por el río, próximos a la
barca; pero los muchachos no podían discernir qué hacían los que los
tripulaban. En aquel momento una gran bocanada de humo blanco salió del
costado de la barca, y según se iba esparciendo y elevándose como una
perezosa nube del mismo sordo y retumbante ruido llegó a sus oídos.
-¡Ya sé lo que es! -exclamó
Tom-. Uno que se ha ahogado.
-Eso es -dijo
Huck-;
eso mismo hicieron el verano pasado cuando se ahogó
Bill Turner:
tiran un cañonazo encima del río y eso hace al cuerpo subir encima. Sí,
y también echan hogazas de pan con azogue dentro, y las ponen sobre el
agua, y van y donde hay alguno ahogado se quedan paradas encima.
-Sí, ya he oído eso -dijo
Joe-.
¿Qué será lo que hace al pan detenerse?
-A mí se me figura -dijo Tom-
que no es tanto cosa del pan mismo como de lo que le dicen al
botarlo al agua,
-¡Pero si no le dicen nada!
-replicó Huck-.
Les he visto hacerlo y no dicen palabra.
-Es raro -dijo Tom-. Puede
ser que lo digan para sus adentros. Por supuesto que sí. A cualquiera se
le ocurre.
Los otros dos convinieron en
que no faltaba razón en lo que Tom decía, pues no se puede esperar que
un pedazo de pan ignorante, no instruido ni aleccionado por un conjuro,
se conduzca de manera muy inteligente cuando se le envía en misión de
tanta importancia.
-¡Lo que yo daría por estar
ahora allí! exclamó
Joe.
-Y yo también -dijo
Huck-.
Daría una mano por saber quién ha sido.
Continuaron escuchando sin
apartar los ojos de allí. Una idea reveladora fulguró en la mente de Tom,
y éste exclamó:
-¡Chicos! ¡Ya sé quién se ha
ahogado! ¡Somos nosotros!
Se sintieron al instante
héroes. Era una gloriosa apoteosis. Los echaban de menos, vestían luto
por ellos; se acongojaban todos y se vertían lágrimas por su causa;
había remordimientos de conciencia por malos tratos infligidos a los
pobres chicos e inútiles y tardíos arrepentimientos; y lo que valía más
aún: eran la conversación de todo el pueblo y la envidia de todos los
muchachos, al menos, por aquella deslumbradora notoriedad. Cosa rica.
Valía la pena de ser pirata, después de todo.
Al oscurecer volvió el vapor
a su ordinaria ocupación y los botes desaparecieron. Los piratas
regresaron al campamento. Estaban locos de vanidad por su nueva grandeza
y por la gloriosa conmoción que habían causado. Pescaron, cocinaron la
cena y dieron cuenta de ella, y después se pusieron a adivinar lo que en
el pueblo se estaría pensando de ellos y las cosas que se dirían; y las
visiones que se forjaban de la angustia pública eran gratas y
halagadoras para contemplarlas desde su punto de vista. Pero cuando
quedaron envueltos en las tinieblas de la noche cesó poco a poco la
charla, y permanecieron mirando al fuego con el pensamiento vagando
lejos de allí. El entusiasmo había ya desaparecido, y Tom y
Joe
no podían apartar de su mente la idea de ciertas personas que allá en
sus casas no se estaban solazando con aquel gustoso juego tanto como
ellos. Surgían recelos y aprensiones; se sentían intranquilos y
descontentos; sin darse cuenta, dejaron escapar algún suspiro. Al fin
Joe,
tímidamente, les tendió un disimulado anzuelo para ver cómo los otros
tomarían la idea de volver a la civilización..., «no ahora precisamente,
pero...»
Tom lo abrumó con sarcasmos;
Huck,
como aún no había soltado prenda, se puso del lado de Tom, y el
vacilante se apresuró a dar explicaciones, y se dio por satisfecho con
salir del mal paso con las menos manchas posibles, de casero y apocado,
en su fama. La rebelión quedaba apaciguada por el momento.
Al cerrar la noche,
Huck
empezó a dar cabezadas y a roncar después;
Joe
le siguió. Tom permaneció echado de codos por algún tiempo, mirando
fijamente a los otros dos. Al fin se puso de rodillas con gran
precaución y empezó a rebuscar por la hierba a la oscilante claridad que
despedía la hoguera. Cogió y examinó varios trozos de la corteza
enrollada, blanca y delgada del sicomoro, y escogió dos que, al parecer,
le acomodaban. Después se agachó junto al fuego y con gran trabajo
escribió algo en cada uno de ellos con su inseparable tejo. Uno lo
enrolló y se lo metió en el bolsillo de la chaqueta; el otro lo puso en
la gorra de Joe,
apartándola un poco de su dueño. Y también puso en la gorra ciertos
tesoros muchachiles de inestimable valor, entre ellos un trozo de tiza,
una pelota de goma, tres anzuelos y una canica de la especie conocida
como «de cristal de verdá». Después siguió andando en puntillas, con
gran cuidado, por entre los árboles, hasta que juzgó que no podría ser
oído, y entonces echó a correr en dirección al banco de arena.
Capítulo XV
Pocos minutos después Tom
estaba metido en el agua somera de la barra, vadeando hacia la ribera de
Illinois. Antes de que le llegase a la cintura ya estaba a la mitad del
canal. La corriente no le permitía ya seguir andando, y se echó a nadar,
seguro de sí mismo, las cien varas que aún le faltaban. Nadaba sesgando
la corriente, pero aun así ésta le arrastraba más abajo de lo que él
esperaba. Sin embargo, alcanzó la costa al fin, y se dejó llevar del
agua por la orilla hasta que encontró un sitio bajo y salió a tierra. Se
metió la mano en el bolsillo: allí seguía el trozo de corteza, y,
tranquilo sobre este punto, se puso en marcha, a través de los bosques,
con la ropa chorreando. Poco antes de las diez llegó a un lugar
despejado, frente al pueblo, y vio la barca fondeada al abrigo de los
árboles y del terraplén que formaba la orilla. Todo estaba tranquilo
bajo las estrellas parpadeantes. Bajó goteando por la cuesta, ojo
avizor; se deslizó en el agua, dio tres o cuatro brazadas y se encaramó
al bote que hacía oficio de chinchorro, a popa de la barca. Se agazapó
bajo las bancadas, y allí esperó, recobrando aliento. Poco después sonó
la campana cascada y una voz dio la orden de desatracar. Transcurrieron
unos momentos, y el bote se puso en marcha remolcado, con la proa
alzándose sobre los remolinos de la estela que dejaba la barca: el viaje
había empezado, y Tom pensaba satisfecho que era la última travesía de
aquella noche. Al cabo de un cuarto de hora, que parecía eterno, las
ruedas se pararon, y Tom se echó por la borda del bote al agua y nadó en
la oscuridad hacia la orilla, tomando tierra unas cincuenta varas más
abajo, fuera del peligro de posibles encuentros. Fue corriendo por
callejas poco frecuentadas, e instantes después llegó a la valla trasera
de su casa. Salvó el obstáculo y trepó hasta la ventana de la salita,
donde se veía luz.
Allí estaban la tía
Polly,
Sid, Mary
y la madre de Joe
Harper reunidas en conciliábulo. Estaban sentadas junto a
la cama, la cual se interponía entre el grupo y la puerta. Tom fue a la
puerta y empezó a levantar suavemente la falleba; después empujó un
poquito y se produjo un chirrido; siguió empujando con gran cuidado y
temblando cada vez que los goznes chirriaban, hasta que vio que podía
entrar de rodillas, e introduciendo primero la cabeza, siguió, poco a
poco, con el resto de su persona.
-¿Por qué oscila tanto la
vela? -dijo tía
Polly (Tom se apresuró)-. Creo que está abierta esa
puerta. Por cierto que sí. No acaban de pasar ahora cosas raras. Anda y
ciérrala, Sid.
Tom desapareció bajo la cama
en el momento preciso. Descansó un instante, respirando a sus anchas, y
después se arrastró hasta casi tocar los pies de su tía.
-Pero, como iba diciendo
-prosiguió ésta-, no era lo que se llama malo, sino enredador y
travieso. Nada más que tarambana y atolondrado, sí, señor. No tenía más
reflexión que pudiera tener un potro. Nunca lo hacía con mala idea, y no
había otro de mejor corazón... -y empezó a llorar ruidosamente.
-Pues lo mismo le pasaba a mi
Joe...,
siempre dando guerra y dispuesto para una trastada; pero era lo menos
egoísta y todo lo bondadoso que podía pedirse... ¡Y pensar, Dios mío,
que le zurré por golosear la crema, sin acordarme de que yo misma la
había tirado porque se avinagró! ¡Y ya no lo veré nunca, nunca en este
mundo, al pobrecito maltratado!
Y también ella se echó a
llorar sin consuelo.
-Yo espero que Tom lo pasará
bien donde está -dijo Sid-; pero si hubiera sido algo mejor en algunas
cosas...
-¡Sid!... (Tom sintió, aun
sin verla, la relampagueante mirada de su tía.) ¡Ni una palabra contra
Tom, ahora que ya lo hemos perdido! Dios lo protegerá..., no tiene usted
que preocuparse. ¡Ay, señora
Harper! ¡No puedo olvidarlo! ¡No
puedo resignarme! Era mi mayor consuelo, aunque me mataba a desazones.
-El Señor da y el Señor
quita. ¡Alabado sea el nombre del Señor! ¡Pero es tan atroz..., tan
atroz! No hace ni una semana que hizo estallar un petardo ante mi propia
nariz y le di un bofetón que le tiré al suelo. ¡Cómo iba a figurarme
entonces que pronto...! ¡Ay! Si lo volviera a hacer otra vez, me lo
comería a besos y le daría las gracias.
-Sí, sí; ya me hago cargo de
su pena; ya sé lo que está usted pensando. Sin ir más lejos, ayer a
mediodía fue mi Tom y rellenó al gato de «matadolores», y creí que el
animalito iba a echar la casa al suelo. Y..., ¡Dios me perdone!, le di
un dedalazo al pobrecito..., que ya está en el otro mundo. Pero ya está
descansando ahora de sus cuidados. Y las últimas palabras que de él oí
fueron para reprocharme...
Pero aquel recuerdo era
superior a sus fuerzas, y la anciana ya no pudo contenerse. El propio
Tom estaba ya haciendo pucheros..., más compadecido de sí mismo que de
ningún otro. Oía llorar a
Mary y balbucir de cuando en cuando
una palabra bondadosa en su defensa. Empezó a tener una más alta idea de
sí mismo de la que había tenido hasta entonces. Pero, con todo, estaba
tan enternecido por el dolor de su tía, que ansiaba salir de su
escondrijo y colmarla de alegría..., y lo fantástico y teatral de la
escena tenía además, para él, irresistible atracción; pero se contuvo y
no se movió. Siguió escuchando, y coligió, de unas cosas y otras, que al
principio se creyó que los muchachos se habían ahogado bañándose;
después se había echado de menos la balsa; más tarde, unos chicos
dijeron que los desaparecidos habían prometido que en el pueblo se iba
«a oír algo gordo» muy pronto; los sabihondos del lugar «ataron los
cabos sueltos» y decidieron que los chicos se habían ido en la balsa y
aparecerían enseguida en el pueblo inmediato, río abajo; pero a eso de
mediodía hallaron la balsa varada en la orilla, del lado de
Missouri,
y entonces se perdió toda esperanza: tenían que haberse ahogado, pues de
no ser así, el hambre los hubiera obligado a regresar a sus casas al
oscurecer, si no antes. Se creía que la busca de los cadáveres no había
dado fruto porque los chicos debieron ahogarse en medio de la corriente,
puesto que de otra suerte, y siendo los muchachos buenos nadadores,
hubieran ganado la orilla. Era la noche del miércoles: si los cadáveres
no aparecían para el domingo, no quedaba esperanza alguna, y los
funerales se celebrarían aquella mañana. Tom sintió un escalofrío.
La señora
Harper
dio, sollozando, las buenas noches e hizo ademán de irse. Por un mutuo
impulso, las dos afligidas mujeres se echaron una en brazos de la otra,
hicieron un largo llanto consolador, y al fin se separaron. Tía
Polly
se enterneció más de lo que hubiera querido al dar las buenas noches a
Sid y Mary.
Sid gimoteó un poco, y
Mary se marchó llorando a gritos.
La anciana se arrodilló y
rezó por Tom con tal emoción y fervor y tan intenso amor en sus palabras
y en su cascada y temblorosa voz, que ya estaba él bañado en lágrimas
antes que ella hubiera acabado.
Tuvo que seguir quieto largo
rato después que la tía se metió en la cama, pues continuó lanzando
suspiros y lastimeras quejas de cuando en cuando, agitándose inquieta y
dando vueltas. Pero al fin se quedó tranquila, aunque dejaba escapar
algún sollozo entre sueños. Tom salió entonces fuera, se incorporó
lentamente al lado de la cama, cubrió con la mano la luz de la bujía y
se quedó mirando a la durmiente. Sentía honda compasión por ella. Sacó
el rollo de corteza y lo puso junto al candelero; pero alguna idea le
asaltó, y se quedó suspenso, meditando. Después se le iluminó la cara
como con un pensamiento feliz; volvió a guardar, apresuradamente, la
corteza en el bolsillo; luego se inclinó y besó la marchita faz, y
enseguida salió sigilosamente del cuarto, cerrando la puerta tras él.
Siguió el camino de vuelta al
embarcadero. No se veía a nadie por allí y entró sin empacho en la
barca, porque sabía que no iban a molestarle, pues aunque quedaba en
ella un guarda, tenía la inveterada costumbre de meterse en la cama y
dormir como un santo de piedra. Desamarró el bote, que estaba a popa; se
metió en él y remó con precaución río arriba. Cuando llegó a una milla
por encima del pueblo, empezó a sesgar la corriente, trabajando con
brío. Fue a parar exactamente al embarcadero, en la otra orilla, pues,
era empresa con la que estaba familiarizado. Tentado estuvo de capturar
el bote, arguyendo que podía ser considerado como un barco y, por tanto,
legítima presa para un pirata; pero sabía que se le buscaría por todas
partes, y eso podía acabar en descubrimientos. Así, pues, saltó a tierra
y penetró en el bosque, donde se sentó a descansar un largo rato,
luchando consigo mismo para no dormirse, y después se echó a andar,
fatigado de la larga caminata, hasta la isla. La noche tocaba a su
término; ya era pleno día cuando llegó frente a la barra de la isla. Se
tomó otro descanso hasta que el sol estuvo ya alto y doró el gran río
con su esplendor, y entonces se echó a la corriente. Un poco después se
detenía, chorreando, a un paso del campamento, y oyó decir a
Joe:
-No; Tom cumple su palabra y
volverá, Huck.
Sabe que sería un deshonor para un pirata, y Tom es demasiado orgulloso
para eso. Algo trae entre manos. ¿Qué podrá ser?
-Bueno; las cosas son ya
nuestras, sea como sea, ¿no es verdad?
-Casi casi, pero todavía no.
Lo que ha escrito dice que son para nosotros si no ha vuelto para el
desayuno.
-¡Y aquí está! -exclamó Tom,
con gran efecto dramático, avanzando con aire majestuoso.
Un suculento desayuno de
torreznos y pescado fue en un momento preparado, y mientras lo
despachaban, Tom relató (con adornos) sus aventuras. Cuando el cuento
acabó, el terceto de héroes no cabía en sí de vanidad y orgullo. Después
buscó Tom un rincón umbrío donde dormir a su sabor hasta mediodía, y los
otros dos piratas se aprestaron para la pesca y las exploraciones.
Capítulo XVI
Después de comer, toda la
cuadrilla se fue a la caza de huevos de tortuga en la barra. Iban de un
lado a otro metiendo palitos en la arena, y cuando encontraban un sitio
blando se ponían de rodillas y escarbaban con las manos. A veces sacaban
cincuenta o sesenta de un solo agujero. Eran redonditos y blancos, un
poco menores que una nuez. Tuvieron aquella noche una soberbia fritada
de huevos y otra el viernes por la mañana. Después de desayunarse
corrieron a la barra, dando relinchos y cabriolas, persiguiéndose unos a
otros y soltando prendas de ropa por el camino hasta quedar desnudos, y
entonces continuaron la algazara dentro del agua hasta un sitio donde la
corriente impetuosa les hacía perder pie de cuando en cuando, aumentando
con ello el holgorio y los gritos. Se echaban unos a otros agua a la
cara, acercándose con las cabezas vueltas para evitar la lucha, y se
venían a las manos y forcejeaban hasta que el más fuerte chapuzaba a su
adversario; y luego los tres juntos cayeron bajo el agua en un agitado
revoltijo de piernas y brazos, y volvieron a salir, resoplando,
jadeantes y sin aliento.
Cuando ya no podían más de
puro cansancio, corrían a tenderse en la arena seca y caliente, y se
cubrían con ella; y a poco volvían otra vez al agua a repetir, una vez
más, todo el programa. Después se les ocurrió que su piel desnuda
imitaba bastante bien unas mallas de titiritero, e inmediatamente
trazaron un redondel en la arena y jugaron al circo: un circo con tres
payasos, pues ninguno quiso ceder a los demás posición de tanta
importancia y brillo.
Más tarde sacaron las canicas
y jugaron con ellas a todos los juegos conocidos, hasta que se hastiaron
de la diversión.
Joe y
Huck se fueron otra vez a nadar,
pero Tom no se atrevió, porque al echar los pantalones por el aire había
perdido la pulsera de escamas de serpiente de cascabel que llevaba al
tobillo. Cómo había podido librarse de un calambre tanto tiempo sin la
protección de aquel misterioso talismán, era cosa que no comprendía. No
se determinó a volver al agua hasta que lo encontró, y para entonces ya
estaban los otros fatigados y con ganas de descansar. Poco a poco se
desperdigaron, se pusieron melancólicos y miraban anhelosos a través del
ancho río, al sitio donde el pueblo sesteaba al sol. Tom se sorprendió a
sí mismo escribiendo Becky en la arena con el dedo gordo del pie; lo
borró y se indignó contra su propia debilidad. Pero, sin embargo, lo
volvió a escribir de nuevo: no podía remediarlo. Lo borró una vez más, y
para evitar la tentación fue a juntarse con los otros.
Pero los ánimos de
Joe
habían decaído a punto en que ya no era posible levantarlos. Sentía la
querencia de su casa y ya no podía soportar la pena de no volver a ella.
Tenía las lágrimas prontas a brotar.
Huck también estaba melancólico.
Tom se sentía desanimado, pero luchaba para no mostrarlo. Tenía guardado
un secreto que aún no estaba dispuesto a revelar; pero si aquella
desmoralización de sus secuaces no desaparecía pronto, no tendría más
remedio que descubrirlo. En tono amistoso y jovial les dijo:
-Apostaría a que ya ha habido
piratas en esta isla. Tenemos que explorarla otra vez. Habrán escondido
tesoros por aquí. ¿Qué os parecería si diésemos con un cofre carcomido
todo lleno de oro y plata, eh?
Pero no despertó más que un
desmayado entusiasmo que se desvaneció sin respuesta. Tom probó otros
medios de seducción, pero todos fallaron: era ingrata e inútil tarea.
Joe
estaba sentado, con fúnebre aspecto, hurgando la arena con un palo, y al
fin dijo:
-Vamos, chicos, dejemos ya
esto. Yo quiero irme a casa. Está esto tan solitario...
-No,
Joe,
no; ya te encontrarás mejor poco a poco -dijo Tom-. Piensa en lo que
podemos pescar aquí.
-No me importa la pesca. Lo
que quiero es ir a casa.
-Pero mira que no hay otro
sitio como éste para nadar...
-No me gusta nadar. Por lo
menos, parece como que no me gusta cuando no tengo nadie que me diga que
no lo haga. Me vuelvo a mi casa.
-¡Vaya un nene! Quieres ver a
tu mamá, por supuesto.
-Sí, quiero ver a mi madre, y
también tú querrías, si la tuvieses. ¡El nene serás tú! -y
Joe
hizo un puchero:
-Bueno, bueno; que se vuelva
a casa el niño llorón con su mamá, ¿no es verdad,
Huck?
¡Pobrecito, que quiere ver a su mamá! Pues que la vea... A ti te gusta
estar aquí, ¿no es verdad,
Huck? Nosotros nos quedaremos, ¿no
es eso?
Huck
dijo un «sí...» por compromiso.
-No me vuelvo a juntar
contigo mientras viva -dijo
Joe levantándose-. ¡Ya está! -y se
alejó enfurruñado y empezó a vestirse.
-¿Qué importa? -dijo Tom-.
¡Como si yo quisiera juntarme! Vuélvete a casa para que se rían de ti.
¡Vaya un pirata!
Huck y yo no somos nenes lloricones. Aquí nos estamos,
¿verdad, Huck?
Que se largue si quiere. Nos podemos pasar sin él.
Pero Tom estaba, sin embargo,
inquieto, y se alarmó al ver que
Joe, ceñudo, seguía vistiéndose.
También era poco tranquilizador ver a
Huck, que miraba aquellos
preparativos con envidia y guardando un ominoso silencio. De pronto
Joe,
sin decir palabra, empezó a vadear hacia la ribera de Illinois. A Tom se
le encogió el corazón. Miró a
Huck.
Huck
no pudo sostener la mirada y bajó los ojos.
-También yo quiero irme, Tom
-dijo-; se va poniendo esto muy solitario y después lo estará más.
Vámonos nosotros también.
-No quiero; podéis iros todos
si os da la gana. Estoy resuelto a quedarme.
-Tom, pues yo creo que mejor
es que me vaya.
-Pues vete..., ¿quién te lo
impide?
Huck
empezó a recoger sus pingos dispersos, y después dijo -Tom, más valiera
que vinieras tú. Piénsalo bien. Te esperaremos cuando lleguemos a la
orilla.
-Bueno, pues vais a esperar
un rato largo.
Huck
echó a andar apesadumbrado y Tom le siguió con la mirada, y sentía un
irresistible deseo de echar a un lado su amor propio y marcharse con
ellos. Tuvo una lucha final con su vanidad y después echó a correr tras
sus compañeros gritando:
-¡Esperad!, ¡esperad! ¡Tengo
que deciros una cosa!
Los otros se detuvieron,
aguardándole. Cuando los alcanzó, comenzó a explicarles su secreto y le
escucharon de mala gana, hasta que al fin vieron «dónde iba a paran», y
lanzaron gritos de entusiasmo y dijeron que era una cosa «de primera» y
que si antes lo hubiera dicho no habrían pensado en irse. Tom dio una
disculpa aceptable; pero el verdadero motivo de su tardanza había sido
el temor de que ni siquiera el secreto tendría fuerza bastante para
retenerlos a su lado mucho tiempo, y por eso lo había guardado como el
último recurso para seducirlos.
Los chicos dieron la vuelta
alegremente y tornaron a sus juegos con entusiasmo, alabando sin cesar
el estupendo plan de Tom y admirados de su genial inventiva. Después de
una gustosa comida de huevos y pescado, Tom declaró su intención de
aprender a fumar allí mismo. A
Joe le sedujo la idea y añadió que
a él también le gustaría probar. Así, pues,
Huck
fabricó las pipas y las cargó. Los dos novicios no habían fumado nunca
más que cigarros hechos de hojas secas, los cuales, además de quemar la
lengua, eran tenidos por cosa poco varonil.
Tendidos y reclinándose sobre
los codos, empezaron a fumar con brío y con no mucha confianza. El humo
sabía mal y carraspeaban a menudo, pero Tom dijo:
-¡Bah! ¡Es cosa fácil! Si
hubiese sabido que no era más que esto, hubiera aprendido mucho antes.
-Igual me pasa a mí -dijo
Joe-.
Esto no es nada.
-Pues mira -prosiguió Tom-.
Muchas veces he visto fumar a la gente, y decía: «¡Ojalá pudiera yo
fumar!»; pero nunca se me ocurrió que podría. Eso es lo que me pasaba,
¿no es verdad,
Huck? ¿No me lo has oído decir?
-La mar de veces -contestó
Huck.
-Una vez lo dije junto al
matadero, cuando estaban todos los chicos delante. ¿Te acuerdas,
Huck?
-Eso fue el día que perdí la
canica blanca..., no, el día antes.
-Podría estar fumando esta
pipa todo el día -dijo
Joe-. No me marea.
-Ni a mí tampoco -dijo Tom-;
pero apuesto a que
Jeff Thatcher no era capaz.
-¡Jeff
Thatcher! ¡Ca! Con dos chupadas estaba rodando por el suelo. Que haga la
prueba. ¡Lo que yo daría porque los chicos nos estuviesen viendo ahora!
-¡Y yo! Lo que tenéis que
hacer es no decir nada, y un día, cuando estén todos juntos, me acerco y
te digo: «Joe,
¿tienes tabaco? Voy a echar una pipa.» Y tú dices, así como si no fuera
nada: «Sí, tengo mi pipa vieja y además otra; pero el tabaco vale poco».
Y yo te digo: «¡Bah!, ¡con tal que sea fuerte!...»
Y entonces sacas las pipas y
las encendemos, tan frescos, y ¡habrá que verlos!
-¡Qué bien va a estar! ¡Qué
lástima que no pueda ser ahora mismo, Tom!
-Y cuando nos oigan decir que
aprendimos mientras estábamos pirateando, ¡lo que darían por haberlo
hecho ellos también!
Así siguió la charla; pero de
pronto empezó a flaquear un poco y a hacerse desarticulada. Los
silencios se prolongaban y aumentaban prodigiosamente las
expectoraciones. Cada poro dentro de las bocas de los muchachos se había
convertido en un surtidor y apenas podían achicar bastante de prisa las
lagunas que se les formaban bajo las lenguas para impedir una
inundación; frecuentes desbordamientos les bajaban por la garganta a
pesar de todos sus esfuerzos y cada vez los asaltaban repentinas
náuseas. Los dos chicos estaban muy pálidos y abatidos. A
Joe
se le escurrió la pipa de entre los dedos fláccidos. La de Tom hizo lo
mismo. Ambas fuentes fluían con ímpetu furioso, y ambas bombas achicaban
a todo vapor; Joe
dijo con voz tenue:
-Se me ha perdido la navaja.
Más vale que vaya a buscarla. Tom dijo, con temblorosos labios y
tartamudeando:
-Voy a ayudarte. Tú te vas
por allí y yo buscaré junto a la fuente. No, no vengas,
Huck;
nosotros la encontraremos.
Huck
se volvió a sentar y esperó una hora. Entonces empezó a sentirse
solitario y marchó en busca de sus compañeros. Los encontró muy
apartados, en el bosque, ambos palidísimos y profundamente dormidos.
Pero algo le hizo saber que, si habían tenido alguna incomodidad, se
habían desembarazado de ella.
Hablaron poco aquella noche a
la hora de la cena. Tenían un aire humilde, y cuando
Huck
preparó su pipa después del ágape y se disponía a preparar las de ellos,
dijeron que no, que no se sentían bien..., alguna cosa habían comido a
mediodía que les había sentado mal.
A eso de medianoche
Joe
se despertó y llamó a los otros. En el aire había una angustiosa
pesadez, como el presagio amenazador de algo que se fraguaba en la
oscuridad. Los chicos se apiñaron y buscaron la amigable compañía del
fuego, aunque el calor bochornoso de la atmósfera era sofocante.
Permanecieron sentados, sin moverse, sobrecogidos, en anhelosa espera.
Más allá del resplandor del fuego todo desaparecía en una negrura
absoluta. Una temblorosa claridad dejó ver confusamente el follaje por
un instante y se extinguió enseguida. Poco después vino otra algo más
intensa, y otra y otra la siguieron. Se oyó luego como un débil lamento
que suspiraba por entre las ramas del bosque, y los muchachos sintieron
un tenue soplo sobre sus rostros, y se estremecieron imaginando que el
Espíritu de la noche había pasado sobre ellos. Hubo una pausa. Un
resplandor espectral convirtió la noche en día y mostró nítidas y
distintas hasta las más diminutas briznas de hierba, y mostró también
tres caras lívidas y asustadas. Un formidable trueno fue retumbando por
los cielos y se perdió, con sordas repercusiones, en la distancia. Una
bocanada de aire frío barrió el bosque agitando el follaje y esparció
como copos de nieve las cenizas del fuego. Otro relámpago cegador
iluminó la selva, y tras él siguió el estallido de un trueno que pareció
desgajar las copas de los árboles sobre las cabezas de los muchachos.
Los tres se abrazaron, aterrados, en la densa oscuridad en que todo
volvió a sumergirse. Gruesas gotas de lluvia empezaron a golpear las
hojas.
-¡A escape, chicos! ¡A la
tienda!
Se irguieron de un salto y
echaron a correr, tropezando en las raíces y en las lianas, cada uno por
su lado. Un vendaval furioso rugió por entre los árboles, sacudiendo y
haciendo crujir cuanto encontraba en su camino. Deslumbrantes relámpagos
y truenos ensordecedores se sucedían sin pausa. Y después cayó una
lluvia torrencial, que el huracán impelía en líquidas sábanas al ras del
suelo. Los chicos se llamaban a gritos, pero los bramidos del viento y
el retumbar de la tronada ahogaban por completo sus voces. Sin embargo,
se juntaron al fin y buscaron cobijo bajo la tienda, ateridos, temblando
de espanto, empapados de agua, pero gozosos de hallarse en compañía en
medio de su angustia. No podían hablar por la furia con que aleteaba la
maltrecha vela, aunque otros ruidos lo hubiesen permitido. La tempestad
crecía por momentos, y la vela, desgarrando sus ataduras, marchó volando
en la turbonada. Los chicos, cogidos de la mano, huyeron, arañándose y
dando tumbos, a guarecerse bajo un gran roble que se erguía a la orilla
del río. La batalla estaba en su punto culminante. Bajo la incesante
conflagración de los relámpagos que flameaban en el cielo todo se
destacaba crudamente y sin sombras: los árboles doblegados; el río
ondulante cubierto de blancas espumas, que el viento arrebataba, y las
indecisas líneas de los promontorios y acantilados de la otra orilla se
vislumbraban a ratos a través del agitado velo de la oblicua lluvia. A
cada momento algún árbol gigante se rendía en la lucha y se desplomaba
con estruendosos chasquidos sobre los otros más jóvenes, y el fragor
incesante de los truenos culminaba ahora en estallidos repentinos y
rápidos, explosiones que desgarraban el oído y producían indecible
espanto. La tempestad realizó un esfuerzo supremo, como si fuera a hacer
la isla pedazos, incendiarla, sumergirla hasta los ápices de los
árboles, arrancarla de su sitio y aniquilar a todo ser vivo que en ella
hubiese, todo a la vez, en el mismo instante. Era una tremenda noche
para pasarla a la intemperie aquellos pobres chiquillos sin hogar.
Pero al cabo la batalla llegó
a su fin, y las fuerzas contendientes se retiraron, con amenazas y
murmullos cada vez más débiles y lejanos, y la paz recuperó sus fueros.
Los chicos volvieron al campamento, todavía sobrecogidos de espanto;
pero vieron que aún tenían algo que agradecer, porque el gran sicomoro
resguardo de sus yacijas no era ya más que una ruina, hendido por los
rayos, y no habían estado ellos allí, bajo su cobijo, cuando la
catástrofe ocurrió.
Todo el campamento estaba
empapado, incluso la hoguera, pues no eran sino imprevisoras criaturas,
como su generación, y no habían tomado precauciones para en caso de
lluvia. Gran desdicha era, porque estaban chorreando y escalofriados.
Hicieron gran lamentación; pero enseguida descubrieron que el fuego
había penetrado tanto bajo el enorme tronco que servía de respaldar a la
hoguera, que un pequeño trecho había escapado a la mojadura. Así, pues,
con paciente trabajo y arrimando briznas y cortezas de otros troncos
resguardados del chaparrón, consiguieron reanimarlo. Después apilaron
encima una gran provisión de palos secos, hasta que surgió de nuevo una
chisporroteante hoguera, y otra vez se les alegró el corazón. Sacaron el
jamón cocido y tuvieron un festín; y sentados después en tomo del fuego
comentaron, exageraron y glorificaron su aventura nocturna hasta que
rompió el día, pues no había sitio seco donde tenderse a dormir en todos
aquellos alrededores.
Cuando el sol empezó a
acariciar a los muchachos, sintieron éstos invencible somnolencia y se
fueron al banco de arena a tumbarse y dormir. El sol les abrasó la piel
muy a su sabor, y mohínos se pusieron a preparar el desayuno. Después se
sintieron con los cuerpos anquilosados, sin coyunturas, y además un
tanto nostálgicos de sus casas. Tom vio los síntomas y se puso a
reanimar a lo piratas lo mejor que pudo. Pero no sentían ganas de
canicas, ni de circo, ni de nadar, ni de cosa alguna. Les hizo recordar
el imponente secreto, y así consiguió despertar en ellos un poco de
alegría. Antes de que se desvaneciese, logró interesarlos en una nueva
empresa. Consistía en dejar de ser piratas por un rato y ser indios,
para variar un poco. La idea los sedujo; así es que se desnudaron en un
santiamén, y se embadurnaron con barro, a franjas, como cebras. Todos
los tres eran jefes, por supuesto, y marcharon a escape, a través del
bosque, a atacar un poblado de colonos ingleses.
Después se dividieron en tres
tribus hostiles, y se dispararon flechas unos a otros desde emboscadas,
con espeluznantes gritos de guerra, y se mataron y se arrancaron las
cabelleras a miles. Fue una jornada sangrienta y, por consiguiente,
satisfactoria.
Se reunieron en el campamento
a la hora de cenar, hambrientos y felices. Pero surgió una dificultad:
indios enemigos no podían comer juntos el pan de la hospitalidad sin
antes hacer las paces, y esto era, simplemente, una imposibilidad sin
fumar la pipa de la paz. Jamás habían oído de ningún otro procedimiento.
Dos de los salvajes casi se arrepentían de haber dejado de ser piratas.
Sin embargo, ya no había remedio, y con toda la jovialidad que pudieron
simular pidieron la pipa y dieron su chupada, según iba pasando a la
redonda, conforme al rito.
Y he aquí que se dieron por
contentos de haberse dedicado al salvajismo, pues algo habían ganado con
ello: vieron que ya podían fumar un poco sin tener que marcharse a
buscar navajas perdidas, y que se llegaban a marear del todo. No era
probable que por la falta de aplicación desperdiciasen tontamente tan
halagüeñas esperanzas como aquello prometía. No; después de cenar
prosiguieron, con prudencia, sus ensayos, y el éxito fue lisonjero,
pasando por tanto una jubilosa velada. Se sentían más orgullosos y
satisfechos de |