Capítulo XXI
Las vacaciones se acercaban. El maestro,
siempre severo, se hizo más irascible y tiránico que nunca, pues tenía
gran empeño en que la clase hiciera un lucido papel el día de los
exámenes. La vara y la palmeta rara vez estaban ociosas, al menos entre
los discípulos más pequeños. Sólo los muchachos espigados y las
señoritas de dieciocho a veinte escaparon a los vapuleos. Los que
administraba míster Dobbins eran en extremo vigorosos, pues aunque
tenía, bajo la peluca, el cráneo mondo y coruscante, todavía era joven y
no mostraba el menor síntoma de debilidad muscular. A medida que el gran
día se acercaba, todo el despotismo que tenía dentro salió a la
superficie: parecía que se gozaba, con maligno y rencoroso placer, en
castigar las más pequeñas faltas. De aquí que los rapaces más pequeños
pasasen los días en el terror y el tormento y las noches ideando
venganzas. No desperdiciaban ocasión de hacer al maestro una mala
pasada. Pero él les sacaba siempre ventaja. El castigo que seguía a cada
propósito de venganza realizado era tan arrollador e imponente que los
chicos se retiraban siempre de la palestra derrotados y maltrechos. Al
fin se juntaron para conspirar y dieron con un plan que prometía una
deslumbrante victoria. Tomaron juramento al chico del pintor-decorador,
le confiaron el proyecto y le pidieron su ayuda. Tenía él hartas razones
para prestarla con júbilo, pues el maestro se hospedaba en su casa y
había dado al chico infinitos motivos para aborrecerle. La mujer del
maestro se disponía a pasar unos días con una familia en el campo, y no
habría inconvenientes para realizar el plan. El maestro se apercibía
siempre para las grandes ocasiones poniéndose a medios pelos, y el hijo
del pintor prometió que cuando el dómine llegase al estado preciso, en
la tarde del día de los exámenes, él «arreglaría» la cosa mientras el
otro dormitaba en la silla, y después harían que lo despertasen con el
tiempo justo para que saliera precipitadamente hacia la escuela.
En la madurez de los tiempos, llegó la
interesante ocasión. A las ocho de la noche la escuela estaba
brillantemente iluminada y adornada con guirnaldas y festones de follaje
y de flores. El maestro estaba entronizado en su poltrona sobre una alta
plataforma, con el encerado detrás de él. Parecía un tanto suavizado y
blando. Tres filas de bancos a cada lado de él y seis enfrente estaban
ocupadas por los dignatarios de la población y por los padres de los
escolares. A su izquierda, detrás de los invitados, había una espaciosa
plataforma provisional, en la cual estaban sentados los alumnos que iban
a tomar parte en los ejercicios: filas de párvulos relavados y
emperifollados hasta un grado de intolerable embarazo y malestar; filas
de bigardones encogidos y zafios; nevados bancos de niñas y señoritas
vestidas de blanco limón y muselina y muy preocupadas de sus brazos
desnudos, de las alhajas de sus abuelas, de sus cintas azules y rojas, y
de las flores que llevaban en el pelo; y todo el resto de la escuela
estaba ocupado por los escolares que no tomaban parte en el acto.
Los ejercicios comenzaron. Un chico diminuto
se levantó y, hurañamente, recitó lo de «No podían ustedes esperar que
un niño de mi corta edad hablase en público»,
etc.,
acompañándose con los ademanes trabajosos, exactos y espasmódicos que
hubiera empleado una máquina, suponiendo que la máquina estuviese un
tanto desarreglada. Pero salió del trance salvo y sano, aunque
atrozmente asustado, y se ganó un aplauso general cuando hizo su
reverencia manufacturada y se retiró.
Una niñita ruborizada tartamudeó: «María
tuvo un corderito», etcétera; hizo una cortesía que inspiraba compasión,
recibió su recompensa de aplausos y se sentó enrojecida y contenta.
Tom
Sawyer avanzó con presuntuosa
confianza y se lanzó en el inextinguible e indestructible discurso «O
libertad o muerte» con briosa furia y frenética gesticulación, y se
atascó a la mitad. Un terrible pánico le sobrecogió de pronto, las
piernas le flaquearon y le faltaba la respiración. Verdad es que tenía
la manifiesta simpatía del auditorio..., pero también su silencio, que
era aún peor que la simpatía. El maestro frunció el ceño, y esto colmó
el desastre. Aún luchó un rato, y después se retiró, completamente
derrotado. Surgió un débil aplauso, pero murió al nacer.
Siguieron otras conocidas joyas del género
declamatorio; después hubo un concurso de ortografía; la reducida clase
de latín recitó meritoriamente. El número más importante del programa
vino después: «composiciones originales», por las señoritas.
Cada una de éstas, a su vez, se adelantó hasta el borde del tablado, se
despejó la garganta y leyó su trabajo, con premioso y aprensivo cuidado
en cuanto a «expresión» y puntuación. Los temas eran los mismos que
habían sido dilucidados en ocasiones análogas, antes que por ellas, por
sus madres, sus abuelas e indudablemente por toda su estirpe, en la
línea femenina, hasta más allá de las Cruzadas. «La amistad» era uno,
«Recuerdos del pasado», «La Religión en la Historia», «Las ventajas de
la instrucción», «Comparación entre las formas de gobierno»,
«Melancolía», «Amor filial», «Anhelos del corazón»,
etc.
Una característica que prevalecía en esas
composiciones era una bien nutrida y mimada melancolía; otra, el pródigo
despilfarro de «lenguaje escogido»; otra, una tendencia a traer
arrastradas por las orejas frases y palabras de especial aprecio, hasta
dejarlas mustias y deshechas de cansancio; y una conspicua peculiaridad,
que les ponía el sello y las echaba a perder, era el inevitable e
insoportable sermón que agitaba su desmedrada cola al final de todas y
cada una de ellas. No importa cuál fuera el asunto, se hacía un
desesperado esfuerzo para buscarle las vueltas y presentarlo de modo que
pudiera parecer edificante a las almas morales y devotas. La
insinceridad, que saltaba a los ojos, de tales sermones no fue
suficiente para desterrar esa moda de las escuelas, y no lo es todavía,
y quizá no lo sea mientras el mundo se tenga en pie. No hay ni una sola
escuela en nuestro país en que las señoritas no se crean obligadas a
rematar sus composiciones con un sermón; y se puede observar que el
sermón de la muchacha más casquivana y menos religiosa de la escuela es
siempre el más largo y el más inexorablemente pío. Pero basta de esto,
porque las verdades acerca de nosotros mismos dejan siempre mal sabor de
boca, y volvamos a los exámenes. La primera composición leída fue una
que tenía por título «¿Es eso, pues, la vida?» Quizá el lector pueda
soportar un trozo:
|
En la senda de la
vida, ¡con qué ardientes ilusiones la fantasía juvenil saborea
de antemano los goces de las fiestas y mundanos placeres! La
ardorosa imaginación se afana en pintar cuadros de color de
rosa. Con los ojos de la fantasía, la frívola esclava de la moda
se ve a sí misma en medio de la deslumbrante concurrencia,
siendo el centro de todas las miradas. Ve su figura grácil,
envuelta en níveas vestiduras, girando entre las parejas del
baile, ávidas de placeres: su paso es el más ligero; su faz la
más hermosa. El tiempo transcurre veloz en tan deliciosas
fantasías, y llega la ansiada hora de penetrar en el olímpico
mundo de sus ardientes ensueños. Todo aparece como un cuento de
hadas ante sus hechizados ojos, y cada nueva escena le parece
más bella. Pero en breve descubre que bajo esa seductora
apariencia todo es vanidad: la adulación que antes encantaba su
mente, ahora hiere sus oídos; el salón de baile ha perdido su
pérfido encanto; y enferma y con el corazón destrozado, huye
convencida de que los placeres terrenales no pueden satisfacer
los anhelos del alma. |
Y así seguía y seguía por el mismo camino. De cuando en
cuando, durante la lectura, se alzaba un rumor de aprobación, acompañado
de cuchicheos como «¡qué encanto!», «¡qué elocuente!», «¡qué verdad
dice!»; y cuando, al fin, terminó con un sermón singularmente aflictivo,
los aplausos fueron entusiastas.
Después se levantó una muchacha enjuta y
melancólica, con la interesante palidez nacida de píldoras y malas
digestiones, y leyó un «Poema». Con dos estrofas bastará:
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Una doncella
de
Missouri se
despide de Alabama
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¡Adiós, bella Alabama!
¡Qué amor mi pecho siente |
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hoy que, por breve plazo,
te voy a abandonar! |
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¡Qué tristes pensamientos
se agolpan en mi frente |
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y qué recuerdos hacen mi
llanto desbordado!, |
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porque he vagado a solas
bajo tus enramadas, |
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y al borde de tus ríos me
he sentado a leer, |
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y he escuchado, entre
flores, murmurar tus cascadas |
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cuando Aurora tendía sus
rayos por doquier. |
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Pero no avergonzada de mi
dolor te dejo |
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ni mis llorosos ojos de
volver hacia ti, |
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pues no es de extraña
tierra de la que ahora me alejo, |
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ni extraños los que
pronto se apartarán de mí. |
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Porque mi hogar estaba en
tu seno, Alabama, |
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cuyos valles y torres de
vista perderé, |
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y si te abandonase sin
dolor en el alma, |
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cual de bronce serían mi
cabeza y mi «cœur». |
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Había allí muy pocos que supieran lo que «cœur»
significaba; pero, no obstante, el poema produjo general satisfacción.
Apareció enseguida una señorita de morena tez, ojinegra y pelinegra, la
cual permaneció silenciosa unos impresionantes momentos, asumió una
expresión trágica, y empezó a leer con pausado tono:
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Una visión
Lóbrega y tempestuosa
era la noche. En el alto trono del firmamento no fulgía una sola
estrella; pero el sordo retumbar del trueno vibraba
constantemente en los oídos, mientras los cárdenos relámpagos
hendían la nebulosa concavidad del cielo y parecían burlarse del
poder ejercido sobre su terrible potencia por el ilustre
Franklin. Hasta los bramadores vientos, abandonando sus místicas
miradas, se lanzaron, rugiendo, por doquiera, como para aumentar
con su ayuda el horror de la escena. En aquellos momentos de
tinieblas, de espanto, mi espíritu suspiraba por hallar
conmiseración en los humanos; pero en vez de ella,
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«Mi amiga del alma, mi
mentor, mi ayuda y mi guía, |
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mi consuelo en las penas,
y en mis gozos mi doble alegría», |
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vino a mi lado. Movíase como uno de esos
fúlgidos seres imaginados en los floridos senderos de un fantástico Edén
por las almas románticas y juveniles. Tan leve era su paso, que no
producía ningún ruido, y a no ser por el mágico escalofrío que producía
su contacto se hubiera deslizado, como otras esquivas y recatadas
bellezas, ni advertida ni buscada. Una extraña tristeza se extendió
sobre sus facciones, como heladas lágrimas en las vestiduras de
diciembre; cuando me señaló los batalladores elementos a lo lejos y me
invitó a que contemplase los dos seres que se aparecían...
Esta pesadilla ocupaba unas diez páginas
manuscritas y acababa con un sermón tan destructivo de toda esperanza
para los que no pertenecieran a la secta presbiteriana, que se llevó el
primer premio. Esta composición fue considerada como el más meritorio
trabajo de los leídos en la velada. El alcalde, al entregar el premio a
la autora, hizo un caluroso discurso, en el cual dijo que era aquello
«lo más elocuente que jamás había oído, y que el propio Daniel
Wesbster
hubiera estado orgulloso de que fuera suyo».
Después el maestro, ablandado ya casi hasta
la campechanería, puso a un lado la butaca, volvió la espalda al
auditorio y empezó a trazar un mapa de América en el encerado, para los
ejercicios de la clase de geografía. Pero aún tenía la mano insegura, e
hizo de aquello un lamentable berenjenal, y un rumor de apagadas risas
corrió por todo el público. Se dio cuenta de lo que pasaba, y se puso a
enmendarlo. Pasó la esponja por algunas líneas y las trazó de nuevo;
pero le salieron aún más absurdas y dislocadas, y las risitas fueron en
aumento. Puso toda su atención y empeño en la tarea, resuelto a no
dejarse achicar por aquel regocijo. Sentía que todas las miradas estaban
fijas en él; creyó que había triunfado al fin, y sin embargo las risas
seguían cada vez más nutridas y ruidosas. Y había razón para ello. En el
techo, sobre la cabeza del maestro, había una trampa que daba a una
buhardilla; por ella apareció un gato suspendido de una cuerda atada a
su cuerpo. Tenía la cabeza envuelta en un trapo, para que no mayase.
Según iba bajando lentamente se curvó hacia arriba y arañó la cuerda;
después se dobló hacia abajo, dando zarpazos al aire intangible. El
holgorio crecía; ya estaba el gato tan sólo a media cuarta de la cabeza
del absorto maestro. Siguió bajando, bajando, y hundió las uñas en la
peluca; se asió a ella, furibundo, y de pronto tiraron de él hacia
arriba, con el trofeo en las garras. ¡Qué fulgores lanzó la calva del
maestro! Como que el hijo del pintor se la había dorado.
Con aquello acabó la reunión. Los chicos
estaban vengados. Habían empezado las vacaciones.
Nota. -Las supuestas «composiciones» citadas
más arriba están tomadas, a la letra, de un volumen titulado Prosa y
poesía, por una señora del Oeste. Se ajustan con exacta precisión
al modelo de las colegialas, y de aquí que sean mucho más felices de lo
que hubiera sido una mera imitación.
Capítulo XXII
Tom ingresó en la nueva Orden de los
«Cadetes del Antialcoholismo», atraído por lo vistoso y decorativo de
sus insignias y emblemas. Hizo promesa de no fumar, no mascar tabaco y
no jurar en tanto que perteneciera a la Orden. Hizo enseguida un nuevo
descubrimiento, a saber: que comprometerse a no hacer una cosa es el
procedimiento más seguro para que se desee hacer precisamente aquello.
Tom se sintió inmediatamente atormentado por el prurito de beber y
jurar, y el deseo se hizo tan irresistible que sólo la esperanza de que
se ofreciera ocasión para exhibirse luciendo la banda roja lo contuvo
para que no abandonase la Orden. El «Día de la Independencia» se
acercaba; pero dejó de pensar en eso, lo dejó de lado, cuando aún no
hacía cuarenta y ocho horas que arrastraba el grillete, y fijó todas sus
esperanzas en el juez de paz, el viejísimo Grazer, que al parecer estaba
enfermo de muerte, y al que se harían grandes funerales por lo
encumbrado de su posición. Durante tres días Tom estuvo preocupadísimo
con la enfermedad del juez, pidiendo a cada instante noticias de su
estado. A veces subían tanto sus esperanzas, tan altas estaban, que
llegaba a sacar las insignias y a ensayarse frente al espejo. Pero el
juez dio en conducirse con las más desanimadoras fluctuaciones. Al fin
fue declarado fuera de peligro, y después en franca convalecencia. Tom
estaba indignado y, además, se sentía víctima de una ofensa personal.
Presentó inmediatamente la dimisión, y aquella noche el juez tuvo una
recaída y murió. Tom se juró que jamás se fiaría de un hombre como
aquél. El entierro fue estupendo. Los cadetes desfilaron con una pompa
que parecía preparada intencionadamente para matar de envidia al
dimisionario.
Tom había cobrado su libertad, en cambio, y
eso ya era algo. Podía ya jurar y beber; pero, con gran sorpresa suya,
notó que no tenía ganas de ninguna de las dos cosas. Sólo el hecho de
que podía hacerlo le apagó el deseo y privó a aquellos placeres de todo
encanto.
Empezó a darse cuenta también de que las
vacaciones, esperadas con tanto anhelo, se deslizaban tediosamente entre
sus manos. Intentó escribir un diario, pero como no le ocurrió nada
durante tres días, abandonó la idea.
Llegó al pueblo la primera orquesta de
negros de la temporada, e hizo sensación. Tom y
Joe Harper
organizaron una banda de ejecutantes, y fueron felices durante un par de
días.
Hasta el glorioso «Día de la Independencia»
fue en parte un fiasco, pues llovió de firme; no hubo, por tanto,
procesión cívica, y el hombre más eminente del mundo -según se imaginaba
Tom-, míster Benton, un senador auténtico de los Estados Unidos, resultó
un abrumador desencanto, pues no tenía dos varas de estatura, ni
siquiera andaba cerca.
Llegó un circo. Los muchachos jugaron a los
títeres los tres días siguientes, en tiendas hechas de retazos de
esteras viejas. Precio de entrada: tres alfileres los chicos y dos las
chicas. Y después se olvidaron del circo.
Llegaron un frenólogo y un magnetizador, y
se volvieron a marchar, dejando el pueblo más aburrido y soso que nunca.
Hubo algunas fiestas de chicos y chicas,
pero fueron pocas y tan placenteras que sólo sirvieron para hacer los
penosos intervalos entre ellas aún más penosos.
Becky Thatcher se había ido a su casa de
Constantinopla, a pasar las vacaciones con sus padres, y así, pues, no
le quedaba a la vida ni una faceta con brillo.
El espantable secreto del asesinato era una
crónica agonía. Era un verdadero cáncer, por la persistencia y el
sufrimiento. Después llegó el sarampión.
Durante dos largas semanas estuvo Tom
prisionero, muerto para el mundo y sus acontecimientos. Estaba muy malo;
nada le interesaba. Cuando, al fin, pudo tenerse en pie y empezó a
vagar, decaído y débil, por el pueblo, vio que una triste mudanza se
había operado en todas las cosas y en todas las criaturas. Había habido
un revival5:
todo el mundo se había «metido en religión». Tom recorrió el pueblo,
esperando sin esperanza llegar a ver alguna bendita cara pecadora; pero
en todas partes no encontró sino desengaños. Halló a
Joe Harper
enfrascado en estudiar la Biblia, y volvió la espalda y se alejó del
desconsolador espectáculo. Buscó a Ben
Rogers, y lo encontró visitando a
los pobres, con una cesta de folletos devotos. Consiguió dar con
Jim Hollis,
el cual le invitó a considerar el precioso beneficio del sarampión como
un aviso de la providencia. Cada chico que encontraba añadía otra
tonelada a su agobiadora pesadumbre; y cuando buscó al fin, desesperado,
refugio en el seno de
Huckleberry Finn y éste lo recibió
con una cita bíblica, el corazón se le bajó a los talones, y fue
arrastrándose hasta su casa y se metió en la cama, convencido de que él
solo en el pueblo estaba perdido para siempre jamás.
Y aquella noche sobrevino una terrorífica
tempestad, con lluvia, truenos y espantables relámpagos. Se tapó la
cabeza con la sábana y esperó, con horrenda ansiedad, su fin, pues no
tenía la menor duda de que toda aquella tremolina era por él. Creía que
había abusado de la divina benevolencia más allá de lo tolerable y que
ése era el resultado. Debiera haberle parecido un despilfarro de pompa y
municiones, como el de matar un mosquito con una batería de artillería;
pero no veía ninguna incongruencia en que se montase una tempestad tan
costosa como aquélla sin otro fin que el de soplar, arrancándolo del
suelo, a un insecto como él.
Poco a poco la tempestad cedió y se fue
extinguiendo sin conseguir su objeto. El primer impulso del muchacho fue
de gratitud e inmediata enmienda; el segundo, esperar... porque quizá no
hubiera más tormentas.
Al siguiente día volvió el médico; Tom había
recaído. Las tres semanas que permaneció acostado fueron como una
eternidad.
Cuando al fin volvió a la vida, no sabía si
agradecerlo, recordando la soledad en que se encontraba, sin amigos,
abandonado de todos. Echó a andar, indiferente y taciturno, calle abajo,
y encontró a Jim
Hollis actuando de juez ante un jurado infantil que estaba
juzgando a un gato, acusado de asesinato, en presencia de su víctima: un
pájaro. Encontró a
Joe Harper y
Huck Finn,
retirados en una calleja, comiéndose un melón robado, ¡Pobrecillos!
Ellos también, como Tom, habían recaído.
Capítulo XXIII
Al fin sacudió el pueblo su soñoliento
letargo, y lo hizo con gana. En el tribunal se iba a ver el proceso por
asesinato. Aquello llegó a ser el tema único de todas las
conversaciones. Tom no podía sustraerse a él. Toda alusión al crimen le
producía un escalofrío, porque su conciencia acusadora y su miedo le
persuadían de que todas esas alusiones no eran sino anzuelos que se le
tendían; no veía cómo se podía sospechar que él supiera algo acerca del
asesinato; pero, a pesar de eso, no podía sentirse tranquilo en medio de
esos comentarios y cabildeos. Vivía en un continuo estremecimiento. Se
llevó a Huck
a un lugar apartado, para hablar del asunto. Sería un alivio quitarse la
mordaza por un rato. Quería, además, estar seguro de que
Huck
no hubiera cometido alguna indiscreción.
-Huck,
¿has hablado con alguno de aquello?
-¿De cuál?
-Ya sabes de qué.
-¡Ah! Por supuesto que no.
-¿Ni una palabra?
-Ni media; y si no, que me caiga aquí mismo.
¿Por qué lo preguntas?
-Pues porque tenía miedo.
-Vamos, Tom
Sawyer; no estaríamos dos días
vivos si eso se descubriera. Bien lo sabes tú.
Tom se sintió más tranquilo. Después de una
pausa dijo:
-Huck,
¿nadie conseguiría hacer que lo dijeras, no es eso?
-¿Hacer que lo dijera? Si yo quisiera que
aquel mestizo me ahogase, podían hacérmelo decir. No tendrían otro
camino.
-Entonces, está bien. Me parece que estamos
seguros mientras no abramos el pico. Pero vamos a jurar otra vez. Es más
seguro.
-Conforme.
Y juraron de nuevo con grandes solemnidades.
-¿Qué es lo que dicen por ahí,
Huck?
Yo he oído la mar de cosas.
-¿Decir? Pues nada más que de
Muff
Potter, Muff
Potter y Muff
Potter todo el tiempo. Me hace estar siempre en un trasudor, así que
quiero ir a esconderme por ahí.
-Pues lo mismo me pasa a mí. Me parece que a
ése le dan pasaporte. ¿No te da lástima de él algunas veces?
-Casi siempre..., casi siempre. Él no vale
para nada, pero también nunca hizo mal a nadie. No hacía más que pescar
un poco para coger dinero y emborracharse..., y ganduleaba mucho de aquí
para allá; pero, ¡Señor!, todos ganduleamos...; al menos, muchos de
nosotros: predicadores y gente así. Pero tenía cosas de bueno me dio una
vez medio pez, aunque no había bastante para dos; y muchas veces, pues,
como si me echase una mano cuando yo no estaba de suerte.
-Pues a mí me componía las cometas,
Huck,
y me ataba los anzuelos a la tanza. ¡Si pudiéramos sacarlo de allí!
-¡Ca! No podemos sacarlo, Tom; y además le
volverían a echar mano enseguida.
-Sí, lo cogerían. Pero no puedo aguantar
oírles hablar de él como del demonio, cuando no fue él quien hizo...
aquello.
-Lo mismo me pasa, Tom, cuando les oigo
decir que es el mayor criminal de esta tierra y que por qué no lo habían
ahorcado antes.
-Sí, siempre están diciendo eso. Yo les he
oído que si le dejasen libre lo lincharían.
-Ya lo creo que sí.
Los dos tuvieron una larga conversación,
pero les sirvió de escaso provecho. Al atardecer se encontraron dando
vueltas en la vecindad de la solitaria cárcel, acaso con una vaga
esperanza de que algo pudiera ocurrir que resolviera sus dificultades.
Pero nada sucedió: no parecía que hubiera ángeles ni hadas que se
interesasen por aquel desventurado cautivo.
Los muchachos, como otras veces habían
hecho, se acercaron a la reja de la celda y dieron a Potter tabaco y
cerillas. Estaba en la planta baja y no tenía guardián.
Ante su gratitud por los regalos, siempre
les remordía a ambos la conciencia, pero esta vez más dolorosamente que
nunca. Se sintieron traicioneros y cobardes hasta el último grado cuando
Potter les dijo:
-Habéis sido muy buenos conmigo, hijos;
mejores que nadie del pueblo. Y no lo olvido, no. Muchas veces me digo a
mí mismo: «Yo les arreglaba las cometas y sus cosas a todos los chicos y
les enseñaba los buenos sitios para pescar, y era amigo de ellos, y
ahora ninguno se acuerda del pobre
Muff, que está en apuros, más que
Tom y Huck.
No, ellos no me olvidan -digo yo-, y yo no me olvido de ellos». Bien,
muchachos; yo hice aquello porque estaba loco y borracho entonces, y
sólo así lo puedo comprender, y ahora me van a colgar por ello, y está
bien que así sea. Está bien, y es lo mejor además, según espero. No
vamos a hablar de eso; no quiero que os pongáis tristes, porque sois
amigos míos. Pero lo que quiero deciros es que no os emborrachéis, y así
no os veréis aquí. Echaos un poco a un lado para que os vea mejor. Es un
alivio ver caras de amigos cuando se está en este paso, y nadie viene
por aquí más que vosotros. Caras de buenos amigos..., de buenos amigos.
Subíos uno en la espalda del otro para que pueda tocarlas. Así está
bien. Dame la mano; la tuya cabe por la reja, pero la mía no. Son manos
bien chicas, pero han ayudado mucho a
Muff Potter y más le ayudarían si
pudieran.
Tom llegó a su casa tristísimo y sus sueños
de aquella noche fueron una sucesión de horrores. El próximo día y al
siguiente rondó por las cercanías de la sala del tribunal, atraído por
un irresistible impulso de entrar, pero conteniéndose para permanecer
fuera. A Huck
le ocurría lo mismo. Se esquivaban mutuamente con gran cuidado. Uno y
otro se alejaban de cuando en cuando, pero la misma trágica fascinación
los obligaba a volver enseguida. Tom aguzaba el oído cuando algún ocioso
salía fuera de la sala, pero invariablemente oía malas noticias: el
cerco se iba estrechando más y más, implacable, en torno del pobre
Potter. Al cabo del segundo día la conversación del pueblo era que la
declaración de
Joe el Indio se mantenía de pie inconmovible, y que no
cabía la menor duda sobre cuál sería el veredicto del jurado.
Tom se retiró muy tarde aquella noche y
entró a acostarse por la ventana. Tenía una terrible excitación y
pasaron muchas horas antes de que se durmiera. Todo el pueblo acudió a
la siguiente mañana a la casa del tribunal, porque era aquél el día
decisivo. Ambos sexos estaban representados por igual en el compacto
auditorio. Después de una larga espera entró el jurado y ocupó sus
puestos poco después. Potter, pálido y huraño, tímido e inerte, fue
introducido, sujeto con cadenas y sentado donde todos los ojos curiosos
pudieran contemplarle; no menos conspicuo aparecía
Joe
el Indio, impasible como siempre. Hubo otra espera, y llegó el juez y el
sheriff declaró abierta la sesión. Siguieron los acostumbrados
cuchicheos entre los abogados y el manejo y reunión de papeles. Esos
detalles y las tardanzas y pausas que los acompañaban iban formando una
atmósfera de preparativos y expectación tan impresionante como
fascinadora.
Se llamó a un testigo, el cual declaró que
había encontrado a
Muff Potter lavándose en el arroyo
en las primeras horas de la madrugada, el día en que el crimen fue
descubierto, y que inmediatamente se alejó esquivándose. Después de
algunas preguntas, el fiscal dijo:
-Puede interrogarle la defensa.
El acusado levantó los ojos, pero los volvió
a bajar cuando su defensor dijo:
-No tengo nada que preguntarle.
El testigo que compareció después declaró
acerca de haberse encontrado la navaja al lado del cadáver. El fiscal
dijo:
-Puede interrogarle la defensa. Nada tengo
que preguntarle.
Un tercer testigo juró que había visto a
menudo la navaja en posesión de
Muff Potter.
El abogado defensor también se abstuvo de
interrogarle.
En todos los rostros del público empezó a
traslucirse el enojo. ¿Se proponía aquel abogado tirar por la ventana la
vida de su cliente sin hacer un esfuerzo por salvarle?
Varios testigos declararon sobre la
acusadora actitud observada por Potter cuando lo llevaron al lugar del
crimen. Todos abandonaron el estrado sin ser examinados por la defensa.
Todos los detalles, abrumadores para el
acusado, de lo ocurrido en el cementerio en aquella mañana, que todos
recordaban tan bien, fueron relatados ante el tribunal por testigos
fidedignos; pero ninguno de ellos fue interrogado por el abogado de
Potter. El asombro y el disgusto del público se tradujo en fuertes
murmullos, que provocaron una reprimenda del juez. El fiscal dijo
entonces:
-Bajo el juramento de ciudadanos cuya mera
palabra está por encima de toda sospecha, hemos probado, sin que haya
posibilidad de duda, que el autor de este horrendo crimen es el
desgraciado prisionero que está en ese banco. No tengo nada que añadir a
la acusación.
El pobre Potter exhaló un sollozo, se tapó
la cara con las manos y balanceaba su cuerpo atrás y adelante, mientras
un angustioso silencio prevalecía en la sala. Muchos hombres estaban
conmovidos y la compasión de las mujeres se exteriorizaba en lágrimas.
El abogado defensor se levantó y dijo:
-En mis primeras indicaciones, al abrirse
este juicio, dejé entrever mi propósito de probar que mi defendido había
realizado ese acto sangriento bajo la influencia ciega e irresponsable
de un delirio producido por el alcohol. Mi intención es ahora otra: no
he de alegar esa circunstancia. (Dirigiéndose al alguacil). Que
comparezca Thomas
Sawyer.
La perplejidad y el asombro se pintó en
todas las caras, sin exceptuar la de Potter. Todas las miradas, curiosas
e interrogadoras, se fijaron en Tom cuando se levantó y fue a ocupar su
puesto en la plataforma. Parecía fuera de sí, pues estaba atrozmente
asustado. Se le tomó juramento.
-Thomas
Sawyer. ¿dónde estabas el 17 de junio a eso de las doce de
la noche?
Tom echó una mirada a la férrea cara de
Joe
el Indio y se le trabó la lengua. Todos tendían ansiosamente el oído,
pero las palabras se negaban a salir. Pasados unos momentos, sin
embargo, el muchacho recuperó algo de sus fuerzas y logró poner la
suficiente fuerza en su voz para que una parte de la concurrencia
llegase a oír:
-En el cementerio.
-Un poco más alto. No tengas miedo. Dices
que estabas...
-En el cementerio.
Una desdeñosa sonrisa se dibujó en los
labios de Joe
el Indio.
-¿Estabas en algún sitio próximo a la
sepultura de
Williams?
-Sí, señor.
-Habla un poquito más fuerte. ¿A qué
distancia estabas?
-Tan cerca como estoy de usted.
-¿Dónde?
-Detrás de los olmos que hay junto a la
sepultura. Por
Joe el Indio pasó un imperceptible sobresalto.
-¿Estaba alguno contigo?
-Sí, señor. Fui allí con...
-Espera..., espera un momento. No te ocupes
ahora de cómo se llamaba tu acompañante. En el momento oportuno
comparecerá también. ¿Llevasteis allí alguna cosa?
Tom vaciló y parecía abochornado.
-Dilo, muchacho..., y no tengas escrúpulo.
La verdad es siempre digna de respeto. ¿Qué llevabas al cementerio?
-Nada más que un..., un... gato muerto.
Se oyeron contenidas risas, a las que el
tribunal se apresuró a poner término.
-Presentaré a su tiempo el esqueleto del
gato. Ahora, muchacho, dinos todo lo que ocurrió; dilo a tu manera, no
te calles nada, y no tengas miedo.
Tom comenzó, vacilante al principio, pero a
medida que se iba adentrando en el tema las palabras fluyeron con mayor
soltura. A los pocos instantes no se oyó sino la voz del testigo y todos
los ojos estaban clavados en él. Con las bocas entre abiertas y la
respiración contenida, el auditorio estaba pendiente de sus palabras,
sin darse cuenta del transcurso del tiempo, arrebatado por la trágica
fascinación del relato. La tensión de las reprimidas emociones llegó a
su punto culminante cuando el muchacho dijo: «Y cuando el doctor
enarboló el tablón y
Muff Potter cayó al suelo,
Joe
el Indio saltó con la navaja y...»
¡Zas! Veloz como una centella, el mestizo se
lanzó hacia una ventana, se abrió paso por entre los que le detenían y
desapareció.
Capítulo XXIV
Una vez más volvía a ser un héroe ilustre,
mimado de los viejos, envidiado de los jóvenes. Hasta recibió su nombre
la inmortalidad de la letra de imprenta, pues el periódico de la
localidad magnificó su hazaña. Había quien auguraba que llegaría a ser
presidente si se libraba de que lo ahorcasen.
Como sucede siempre, el mundo tornadizo e
ilógico estrujó a
Muff Potter contra su pecho y lo
halagó y festejó con la misma prodigalidad con que antes lo había
maltratado. Pero tal conducta es, al fin y al cabo, digna de elogio; no
hay, por consiguiente, que meterse a poner faltas.
Aquellos fueron días de esplendor y ventura
para Tom, pero las noches eran intervalos de horror:
Joe
el Indio turbaba todos sus sueños, y siempre con algo de fatídico en su
mirada. No había tentación que le hiciera asomar la nariz fuera de casa
en cuanto oscurecía.
El pobre
Huck estaba en el mismo
predicamento de angustia y pánico, pues Tom había contado todo al
abogado la noche antes del día de la declaración, y temía que su
participación en el asunto llegara a saberse, aunque la fuga de
Joe
el Indio le había evitado a él el tormento de dar testimonio ante el
tribunal. El cuitado había conseguido que el abogado le prometiese
guardar el secreto; pero ¿qué adelantaba con eso? Desde que los
escrúpulos de conciencia de Tom le arrastraron de noche a casa del
defensor y arrancaron la tremenda historia de unos labios sellados por
los más macabros y formidables juramentos, la confianza de
Huck
en el género humano se había casi evaporado. Todos los días la gratitud
de Potter hacía alegrarse a Tom de haber hablado, pero por las noches se
arrepentía de no haber seguido con la lengua queda. La mitad del tiempo
temía que jamás se llegase a capturar a
Joe el Indio, y la otra mitad temía
que llegasen a echarle mano. Seguro estaba de que no volvería ya a
respirar tranquilo hasta que aquel hombre muriera y él viese el cadáver.
Se habían ofrecido recompensas por la
captura, se había rebuscado por todo el país, pero
Joe
el Indio no aparecía. Una de esas omniscientes y pasmosas maravillas, un
detective, vino de San Luis; olisqueó por todas partes, sacudió la
cabeza, meditó cejijunto, y consiguió uno de esos asombrosos éxitos que
los miembros de tal profesión acostumbran a alcanzar. Quiere esto decir
que «descubrió una pista». Pero no es posible ahorcar a una pista por
asesinato, y así es que cuando el detective acabó la tarea y se fue a su
casa, Tom se sintió exactamente tan inseguro como antes.
Los días se fueron deslizando perezosamente
y cada uno iba dejando detrás, un poco aligerado, el peso de esas
preocupaciones.
Capítulo XXV
Llega un momento en la vida de todo muchacho
rectamente constituido en que siente un devorador deseo de ir a
cualquier parte y excavar en busca de tesoros. Un día, repentinamente,
le entró a Tom ese deseo. Se echó a la calle para buscar a
Joe Harper,
pero fracasó en su empeño. Después trató de encontrar a Ben
Rogers:
se había ido de pesca. Entonces se topó con
Huck Finn,
el de las Manos Rojas.
Huck serviría para el caso. Tom se
lo llevó a un lugar apartado y le explicó el asunto confidencialmente.
Huck
estaba presto.
Huck estaba siempre presto para echar una mano en
cualquier empresa que ofreciese entretenimiento sin exigir capital, pues
tenía una abrumadora superabundancia de esa clase de tiempo que no es
oro.
-¿En dónde hemos de cavar?
-¡Bah!, en cualquier parte.
-¿Qué?, ¿los hay por todos los lados?
-No, no los hay. Están escondidos en los
sitios más raros...: unas veces, en islas; otras, en cofres carcomidos,
debajo de la punta de una rama de un árbol muy viejo, justo donde su
sombra cae a medianoche; pero la mayor parte, en el suelo de casas
encantadas.
-¿Y quién los esconde?
-Pues los bandidos, por supuesto. ¿Quiénes
creías que iban a ser? ¿Superintendentes de escuelas dominicales?
-No sé. Si fuera mío el dinero no lo
escondería. Me lo gastaría para pasarlo en grande.
-Lo mismo haría yo, pero a los ladrones no
les da por ahí siempre lo esconden y allí lo dejan.
-¿Y no vuelven más a buscarlo?
-No; creen que van a volver, pero casi
siempre se les olvidan las señales o se mueren. De todos modos, allí se
queda mucho tiempo, y se pone roñoso; y después alguno se encuentra un
papel amarillento donde dice cómo se han de encontrar las señales..., un
papel que hay que estar descifrando casi una semana porque casi todo son
signos y jeroglíficos.
-Jero... ¿qué?
-Jeroglíficos...: dibujos y cosas, ¿sabes?,
que parece que no quieren decir nada.
-¿Tienes tú algún papel de ésos, Tom?
-No.
-Pues, entonces, ¿cómo vas a encontrar las
señales?
-No necesito señales. Siempre lo entierran
debajo del piso de casas de duendes, o en una isla, o debajo de un árbol
seco que tenga una rama que sobresalga. Bueno; pues ya hemos rebuscado
un poco por la isla de
Jackson, y podemos hacer la prueba
otra vez; y ahí tenemos aquella casa vieja encantada junto al arroyo de
la destilería, y la mar de árboles con ramas secas..., ¡carretadas de
ellos!
-¿Y está debajo de todos?
-¡Qué cosas dices! No.
-Pues entonces, ¿cómo saber a cuál te has de
tirar? -Pues a todos ellos.
-¡Pero eso se lleva todo el verano!
-Bueno, ¿y qué más da? Suponte que te
encuentras un caldero de cobre con cien dólares dentro, todos
enmohecidos, o un arca podrida llena de diamantes ¿Y entonces?
A
Huck le relampaguearon los ojos.
-Eso es cosa rica, ¡de primera! Que me den
los cien dólares y no necesito diamantes.
-Muy bien. Pero ten por cierto que yo no voy
a tirar los diamantes. Los hay que valen hasta veinte dólares cada uno.
Casi no hay ninguno, escasamente, que no valga cerca de un dólar.
-¡No! ¿Es de veras?
-Ya lo creo; cualquiera te lo puede decir.
¿Nunca hasta visto ninguno,
Huck?
-No, que yo me acuerde.
-Los reyes los tienen a espuertas.
-No conozco a ningún rey, Tom.
-Me figuro que no. Pero si tú fueras a
Europa verías manadas de ellos brincando por todas partes.
-¿De veras brincan?
-¿Brincar?... ¡Eres un mastuerzo! ¡No!
-Y entonces ¿por qué lo dices?
-¡Narices! Quiero decir que los verías...
sin brincar, por supuesto; ¿para qué necesitan brincar? Lo que quiero
que comprendas es que los verías esparcidos por todas partes, ¿sabes?,
así como si no fuera cosa especial. Como aquel Ricardo el de la joroba.
-Ricardo... ¿cómo se llamaba de apellido?
-No tenía más nombre que ése. Los reyes no
tienen más que nombre de pila.
-¿No?
-No lo tienen.
-Pues mira, si eso les gusta, Tom, bien
está; pero yo no quiero ser un rey y tener nada más que el nombre de
pila, como si fuera un negro. Pero dime: ¿dónde vamos a cavar primero?
-Pues no lo sé. Suponte que nos enredamos
primero con aquel árbol viejo que hay en la cuesta al otro lado del
arroyo de la destilería.
-Conforme.
Así, pues, se agenciaron un pico inválido y
una pala, y emprendieron su primera caminata de tres millas. Llegaron
sofocados y jadeantes, y se tumbaron a la sombra de un olmo vecino, para
descansar y fumarse una pipa.
-Eso me gusta -dijo Tom.
-Y a mí también.
-Dime,
Huck: si encontramos un tesoro
aquí, ¿qué vas a hacer con lo que te toque?
-Pues comer pasteles todos los días y
beberme un vaso de gaseosa, y además, ir a todos los circos que pasen
por aquí.
-Bien; ¿y no vas a ahorrar algo?
-¿Ahorrar? ¿Para qué?
-Para tener algo de qué vivir con el tiempo.
-¡Bah!, eso no sirve de nada. Papá volverla
al pueblo el mejor día y le echaría las uñas, si yo no andaba listo. Y
ya verías lo que tardaba en liquidarlo. ¿Qué vas a hacer tú con lo tuyo,
Tom?
-Me voy a comprar otro tambor, y una espada
de verdad, y una corbata colorada, y me voy a casar.
-¡Casarte! Eso es.
-Tom, tú..., tú has perdido la chaveta.
-Espera y verás.
-Pues es la cosa más tonta que puedes hacer,
Tom. Mira a papá y a mi madre. ¿Pegarse?... ¡Nunca hacían otra cosa! Me
acuerdo muy bien.
-Eso no quiere decir nada. La novia con
quien voy a casarme no es de las que pegan.
-A mí me parece que todas son iguales, Tom.
Todas le tratan a uno a patadas. Más vale que lo pienses antes. Es lo
mejor que puedes hacer. ¿Y cómo se llama la chica?
-No es una chica..., es una niña.
-Es lo mismo, se me figura. Unos dicen
chica, otros dicen niña..., y todos puede que tengan razón. Pero ¿cómo
se llama?
-Ya te lo diré más adelante; ahora no.
-Bueno, pues, déjalo. Lo único que hay es
que si te casas me voy a quedar más solo que nunca.
-No, no te quedarás; te vendrás a vivir
conmigo. Ahora, a levantarnos y vamos a cavar.
Trabajaron y sudaron durante media hora.
Ningún resultado. Siguieron trabajando media hora más. Sin resultado
todavía. Huck
dijo:
-¿Lo entierran siempre así de hondo?
-A veces, pero no siempre. Generalmente, no.
Me parece que no hemos acertado con el sitio.
Escogieron otro y empezaron de nuevo.
Trabajaron con menos bríos, pero la obra progresaba. Cavaron largo rato
en silencio. Al fin
Huck se apoyó en la pala, se enjugó
el sudor de la frente con la manga y dijo:
-¿Dónde vas a cavar primero, después que
hayamos sacado éste?
-Puede que la emprendamos con el árbol que
está allá en el monte Cardiff, detrás de la casa de la viuda.
-Me parece que ése debe de ser de los
buenos. Pero, ¿no nos lo quitaría la viuda, Tom? Está en su terreno.
-¡Quitárnoslo ella! Puede ser que quisiera
hacer la prueba. Quien encuentra uno de esos tesoros escondidos, él es
el dueño. No importa de quién sea el terreno.
Aquello era tranquilizador. Prosiguieron el
trabajo. Pasado un rato dijo
Huck:
-¡Maldita sea! Debemos de estar otra vez en
mal sitio. ¿Qué te parece?
-Es de lo más raro,
Huck.
No lo entiendo. Algunas veces andan en ello brujas. Puede que sea en eso
en lo que consista. Las brujas no tienen poder cuando es de día.
-Sí, es verdad. No había pensado en ello.
¡Ah, ya sé en qué está la cosa! ¡Qué idiotas somos! Hay que saber dónde
cae la sombra de la rama a medianoche ¡y allí es donde hay que cavar!
-¡Maldita sea! Hemos desperdiciado todo este
trabajo para nada. Pues ahora no tenemos más remedio que venir de noche,
y esto está la mar de lejos. ¿Puedes salir?
-Saldré. Tenemos que hacerlo esta noche,
porque si alguien ve estos hoyos, enseguida sabrá lo que hay aquí y se
echará sobre ello.
-Bueno; yo iré por donde tu casa y mayaré.
-Convenido, vamos a esconder la herramienta
entre las matas. Los chicos estaban allí a la hora convenida. Se
sentaron a esperar, en la oscuridad. Era un paraje solitario y una hora
que la tradición había hecho solemne. Los espíritus cuchicheaban en las
inquietas hojas, los fantasmas acechaban en los rincones lóbregos, el
ronco aullido de un can se oía a lo lejos y una lechuza le contestaba
con su graznido sepulcral. Los dos estaban intimidados por aquella
solemnidad y hablaban poco. Cuando juzgaron que serían las doce,
señalaron dónde caía la sombra trazada por la luna y empezaron a cavar.
Las esperanzas crecían. Su interés era cada vez más intenso, y su
laboriosidad no le iba en zaga. El hoyo se hacía cada vez más y más
profundo; pero cada vez que les daba el corazón un vuelco al sentir que
el pico tropezaba en algo, sólo era para sufrir un nuevo desengaño: no
era sino una piedra o una raíz.
-Es inútil -dijo Tom al fin-.
Huck,
nos hemos equivocado otra vez.
-Pues no podemos equivocarnos. Señalamos la
sombra justo donde estaba.
Ya lo sé, pero hay otra cosa.
-¿Cuál?
-Que no hicimos más que figurarnos la hora.
Puede ser que fuera demasiado temprano o demasiado tarde.
Huck dejó caer la pala.
-¡Eso es! -dijo-. Ahí está el inconveniente.
Tenemos que desistir de éste. Nunca podremos saber la hora justa con
brujas y aparecidos rondando por ahí de esa manera. Todo el tiempo me
está pareciendo que tengo alguien detrás de mí, y no me atrevo a volver
la cabeza porque puede ser que haya otros delante, aguardando la
ocasión. Tengo la carne de gallina desde que estoy aquí.
-También a mí me pasa lo mismo,
Huck.
Casi siempre meten dentro un difunto cuando entierran un tesoro debajo
de un árbol, para que esté allí guardándolo.
-¡Cristo!
-Sí que lo hacen. Siempre lo oí decir.
-Tom, a mí no me gusta andar haciendo
tonterías donde hay gente muerta. Aunque uno no quiera, se mete en
enredos con ellos; tenlo por seguro.
-A mí tampoco me gusta hurgarlos. Figúrate
que hubiera aquí uno y sacase la calavera y nos dijera algo.
-¡Cállate, Tom! Es temeroso.
-Sí que lo es. Yo no estoy nada tranquilo.
-Oye, Tom, vamos a dejar esto y a probar en
cualquier otro sitio.
-Mejor será.
-¿En cuál?
-En la casa encantada.
-¡Que la ahorquen! No me gustan las casas
con duendes. Son cien veces peores que los difuntos. Los muertos puede
ser que hablen, pero no se aparecen por detrás con un sudario cuando
está uno descuidado, y de pronto sacan la cabeza por encima del hombro
de uno y rechinan los dientes como los fantasmas saben hacerlo. Yo no
puedo aguantar eso, Tom; ni nadie podría.
-Sí, pero los fantasmas no andan por ahí más
que de noche; no nos han de quitar de que cavemos allí por el día:
-Está bien. Pero tú sabes de sobra que la
gente no se acerca a la casa encantada ni de noche ni de día.
Eso es, más que nada, porque no les gusta ir
donde han matado a uno. Pero nunca se ha visto nada de noche fuera de
aquella casa: sólo alguna luz azul que sale por la ventana; no fantasmas
de los corrientes.
-Bueno, pues si tú ves una de esas luces
azules que anda de aquí para allá, puedes apostar a que hay un fantasma
justamente detrás de ella. Eso la razón misma lo dice. Porque tú sabes
que nadie más que los fantasmas las usan.
-Claro que sí. Pero, de todos modos, no se
menean de día, y ¿para qué vamos a tener miedo?
-Pues la emprenderemos con la casa encantada
si tú lo dices, pero me parece que corremos peligro.
Para entonces ya habían comenzado a bajar la
cuesta. Allá abajo, en medio del valle, iluminado por la luna, estaba la
casa encantada, completamente aislada, desaparecidas las cercas de mucho
tiempo atrás, con las puertas casi obstruidas por la bravía vegetación,
la chimenea en ruinas, hundida una punta del tejado. Los muchachos se
quedaron mirándola, casi con el temor de ver pasar una luz azulada por
detrás de la ventana. Después, hablando en voz queda, como convenía a la
hora y aquellos lugares, echaron a andar, torciendo hacia la derecha
para dejar la casa a respetuosa distancia, y se dirigieron al pueblo,
cortando a través de los bosques que embellecían el otro lado del monte
Cardiff.
Capítulo XXVI
Serían las doce del siguiente día cuando los
dos amigos llegaron al árbol muerto: iban en busca de sus herramientas.
Tom sentía gran impaciencia por ir a la casa encantada;
Huck
la sentía también, en grado prudencial, pero de pronto dijo:
-Oye, Tom, ¿sabes qué día es hoy?
Tom repasó mentalmente los días de la semana
y levantó de repente los ojos alarmados.
-¡Anda, no se me había ocurrido pensar en
eso!
-Tampoco a mí, pero me vino de golpe la idea
de que era viernes.
-¡Qué fastidio! Todo cuidado es poco,
Huck.
Acaso hayamos escapado de buena por no habernos metido en esto un
viernes.
-¡Acaso!... Seguro que sí. Puede ser que
haya días de buena suerte, ¡pero lo que es los viernes!...
-Todo el mundo sabe eso. No creas que has
sido tú el primero que lo ha descubierto.
-¿He dicho yo que era el primero? Y no es
sólo que sea viernes, sino que además he tenido anoche un mal sueño:
soñé con ratas.
-¡No! Señal de apuros. ¿Reñían?
-No.
-Eso es bueno,
Huck.
Cuando no riñen es sólo señal de que anda rondando un apuro. No hay más
que andar listo y librarse de él. Vamos a dejar eso por hoy, y
jugaremos. ¿Sabes jugar a Robin
Hood?
-No; ¿quién es Robin
Hood?
-Pues era uno de los más grandes hombres que
hubo en Inglaterra..., y el mejor. Era un bandido.
-¡Qué gusto! ¡Ojalá lo fuera yo! ¿A quién
robaba? -únicamente a los sheriffs,
y obispos, y a los ricos, y reyes y gente así. Nunca se metía con los
pobres. Los quería mucho. Siempre iba a partes iguales con ellos, hasta
el último centavo.
-Bueno, pues debía de ser un hombre con toda
la barba.
-Ya lo creo. Era la persona más noble que ha
habido nunca. Podía a todos los hombres de Inglaterra con una mano atada
atrás; y cogía su arco de tejo y atravesaba una moneda de diez centavos,
sin marrar una vez, a milla y media de distancia.
-¿Qué es un arco de tejo?
-No lo sé. Es una especie de arco, por
supuesto. Y si daba a la moneda nada más que en el borde, se tiraba al
suelo y lloraba, echando maldiciones. Jugaremos a Robin
Hood;
es muy divertido. Yo te enseñaré.
-Conforme.
Jugaron, pues, a Robin
Hood
toda la tarde, echando de vez en cuando una ansiosa mirada a la casa de
los duendes y hablando de los proyectos para el día siguiente y de lo
que allí pudiera ocurrirles. Al ponerse el sol emprendieron el regreso
por entre las largas sombras de los árboles y pronto desaparecieron bajo
las frondosidades del monte Cardiff.
El sábado, poco después de mediodía, estaban
otra vez junto al árbol seco. Echaron la pipa, charlando a la sombra, y
después cavaron un poco en el último hoyo, con no grandes esperanzas y
tan sólo porque Tom dijo que había muchos tesoros en que algunos habían
desistido de hallar un tesoro cuando ya estaban a dos dedos de él, y
después otro había pasado por allí y lo había sacado con un solo golpe
de pala. La cosa falló esta vez, sin embargo; así es que los muchachos
echaron al hombro las herramientas y se fueron, con la convicción de que
no habían bromeado con la suerte, sino que habían llenado todos los
requisitos y ordenanzas pertinentes al oficio de cazadores de tesoros.
Cuando llegaron a la casa encantada había
algo tan fatídico y medroso en el silencio de muerte que allí reinaba
bajo el sol abrasador, y algo tan desalentador en la soledad y
desolación de aquel lugar, que por un instante tuvieron miedo de
aventurarse dentro. Después se deslizaron hasta la puerta y atisbaron,
temblando, el interior. Vieron una habitación en cuyo piso, sin
pavimento, crecía la hierba, y con los muros sin revoco; una chimenea
destrozada, las ventanas sin cierres y una escalera ruinosa; y por todas
partes telas de araña colgantes y desgarradas. Entraron de puntillas,
latiéndoles el corazón, hablando en voz baja, alerta el oído para
atrapar el más leve ruido y con los músculos tensos y preparados para la
huida.
A poco la familiaridad aminoró sus temores y
pudieron examinar minuciosamente el lugar en que estaban, sorprendidos y
admirados de su propia audacia. Enseguida quisieron echar una mirada al
piso de arriba. Subir era cortarse la retirada, pero se azuzaron el uno
al otro, y eso no podía tener más que un resultado: tiraron las
herramientas en un rincón y subieron. Allí había las mismas señales de
abandono y ruina. En un rincón encontraron un camaranchón que prometía
misterio, pero la promesa fue; un fraude: nada había allí. Estaban ya
rehechos y envalentonados. Se disponían a bajar y ponerse al trabajo
cuando...
-¡Chist! -dijo Tom.
-¿Qué? ¡Ay, Dios! ¡Corramos!
-Estate quieto,
Huck.
No te muevas. Vienen derechos hacia la puerta.
Se tendieron en el suelo, con los ojos
pegados a los resquicios de las tarimas, y esperaron en una agonía de
espanto.
-Se han parado... No, vienen... Ahí están.
No hables. Huck.
¡Dios, quién se viera lejos!
Dos hombres entraron. Cada uno de los chicos
se dijo a sí mismo:
-Ahí está el viejo español sordomudo que ha
andado una o dos veces por el pueblo estos días; al otro no lo he visto
nunca. «El otro» era un ser haraposo y sucio y de no muy atrayente
fisonomía. El español estaba envuelto en un serapé; tenía unas
barbas blancas y aborrascadas, largas greñas, blancas también, que le
salían por bajo del ancho sombrero, y llevaba anteojos verdes. Cuando
entraron, «el otro» iba hablando en voz baja. Se sentaron en el suelo,
de cara a la puerta y de espaldas al muro, y el que llevaba la palabra
continuó hablando. Poco a poco sus ademanes se hicieron menos cautelosos
y más audibles sus palabras.
-No -dijo-. Lo he pensado bien y no me
gusta. Es peligroso.
-¡Peligroso! -refunfuñó el español
«sordomudo», con gran sorpresa de los muchachos-. ¡Gallina!
Su voz dejó a aquéllos atónitos y
estremecidos. ¡Era
Joe el Indio! Hubo un largo
silencio; después dijo
Joe:
-No es más peligroso que el golpe de allá
arriba, y nada nos vino de él.
-Eso es diferente. Tan lejos río arriba y
sin ninguna otra casa cerca. Nunca se podría saber que lo habíamos
intentado si nos fallaba.
-Bueno, ¿y qué cosa hay de más peligro que
venir aquí de día? Cualquiera que nos viese sospecharía.
-Ya lo sé. Pero no había ningún otro sitio
tan a la mano después de aquel golpe idiota. Yo quiero irme de esta
conejera. Quise irme ayer, pero de nada servía tratar de asomar fuera la
oreja con aquellos condenados chicos jugando allí en lo alto, frente por
frente.
Los «condenados chicos» se estremecieron de
nuevo al oír esto, y pensaron en la suerte que habían tenido el día
antes en acordarse de que era viernes y dejarlo para el siguiente. ¡Cómo
se dolían de no haberlo dejado para otro año!
Los dos hombres sacaron algo de comer y
almorzaron. Después de una larga y silenciosa meditación dijo
Joe
el Indio:
-Óyeme, muchacho: tú te vuelves río arriba a
tu tierra. Esperas allí hasta que oigas de mí. Yo voy a arriesgarme a
caer por el pueblo nada más que por otra vez, para echar una mirada por
allí. Daremos el golpe «peligroso» después que yo haya atisbado un poco
y vea que las cosas se presentan bien. Después, ¡a Texas! Haremos el
camino juntos.
Aquello parecía aceptable. Después los dos
empezaron a bostezar, y
Joe dijo:
-Estoy muerto de sueño. A ti te toca
vigilar.
Se acurrucó entre las hierbas y a poco
empezó a roncar. Su compañero le hurgó para que guardase silencio.
Después el centinela comenzó a dar cabezadas, bajando la cabeza cada vez
más, y al poco rato los dos roncaban a la par.
Los muchachos respiraron satisfechos.
-¡Ahora es la nuestra! -murmuró Tom-. ¡Vámonos!
-No puedo -respondió
Huck-:
me caería muerto si se despertasen.
Tom insistía;
Huck
no se determinaba. Al fin Tom se levantó lentamente y con gran cuidado,
y echó a andar solo. Pero el primer paso hizo dar tal crujido al
desvencijado pavimento que volvió a tenderse en el suelo, anonadado de
espanto. No osó repetir el intento. Allí se quedaron contando los
interminables momentos, hasta parecerles que el tiempo ya no corría y
que la eternidad iba envejeciendo, y después notaron con placer que al
fin se estaba poniendo el sol.
En aquel momento cesó uno de los ronquidos.
Joe
el Indio se sentó, miró alrededor y dirigió una aviesa sonrisa a su
camarada, el cual tenía colgando la cabeza entre las rodillas. Le empujó
con el pie, diciéndole:
-¡Vamos! ¡Vaya un vigilante que estás hecho!
Pero no importa; nada ha ocurrido.
-¡Diablo! ¿Me he dormido?
-Unas miajas. Ya es tiempo de ponerse en
marcha, compadre. ¿Qué vamos a hacer con lo poco de pasta que nos queda?
-No sé qué te diga; me parece que dejarla
aquí como siempre hemos hecho. De nada sirve que nos la llevemos hasta
que salgamos hacia el sur. Seiscientos cincuenta dólares en plata pesan
un poco para llevarlos.
-Bueno, está bien...; no importa volver otra
vez por aquí.
-No; pero habrá que venir de noche, como
hacíamos antes. Es mejor.
-Sí, pero mira: puede pasar mucho tiempo
antes de que se presente una buena ocasión para ese golpe; pueden
ocurrir accidentes, porque el sitio no es muy bueno. Vamos a enterrarlo
de verdad y a enterrarlo hondo.
-¡Buena idea! -dijo el compadre; y
atravesando la habitación se puso de rodillas, levantó una de las losas
del fogón y sacó un talego del que salía un grato tintineo. Extrajo de
él veinte o treinta dólares para él y otros tantos para
Joe,
y entregó el talego a éste que estaba arrodillado en un rincón, haciendo
un agujero en el suelo con su cuchillo.
En un instante olvidaron los muchachos todos
sus terrores y angustias. Con ávidos ojos seguían hasta tos menores
movimientos. ¡Qué suerte! ¡No era posible imaginar aquello! Seiscientos
dólares era dinero sobrado para hacer ricos a media docena de chicos ya
no habría más enojosas incertidumbres sobre dónde había que cavar. Se
hacían guiños e indicaciones con la cabeza; elocuentes signos fáciles de
interpretar porque no significaban más que esto «Dime, ¿no estás
contento de estar aquí?».
El cuchillo de
Joe
tropezó con algo.
-¡Hola! -dijo aquél.
-¿Qué es eso? -preguntó su compañero.
-Una tabla medio podrida... No, es una caja.
Echa una mano y veremos para qué está aquí. No hace falta: le he hecho
un boquete.
Metió por él la mano y la sacó enseguida.
-¡Cristo! ¡Es dinero!
Ambos examinaron el puñado de monedas. Eran
de oro. Tan sobreexcitados como ellos estaban los dos rapaces allá
arriba, y no menos contentos.
El compañero de
Joe
dijo
-Esto lo arreglamos a escape. Ahí hay un
pico viejo entre la broza, en el rincón, al otro lado de la chimenea.
Acabo de verlo. Fue corriendo y volvió con el pico y la pala de los
muchachos. Joe
el Indio cogió el pico, lo examinó minuciosamente, sacudió la cabeza,
murmuró algo entre dientes y comenzó a usarlo.
En un momento desenterró la caja. No era muy
grande; estaba reforzada con herrajes, y había sido muy recia antes de
que el lento pasar de los años la averiase. Los dos hombres contemplaron
el tesoro con beatífico silencio.
-Compadre, aquí hay miles de dólares -dijo
Joe
el Indio.
-Siempre se dijo que los de la cuadrilla de
Murrell anduvieron por aquí un verano -observó el desconocido.
-Ya lo sé -dijo
Joe-,
y esto tiene traza de ser cosa de ellos.
-Ahora ya no necesitarás dar aquel golpe.
El mestizo frunció el ceño.
Tú no me conoces -dijo-. Por lo menos no
sabes nada del caso. No se trata sólo de un robo, es una venganza -y un
maligno fulgor brilló en sus ojos-. Necesitaré que tú me ayudes. Cuando
esté hecho..., entonces a Texas. Vete a tu casa con tu parienta y tus
chicos, y estate preparado para cuando yo diga.
-Bueno, si tú lo dices. ¿Qué haremos con
esto? ¿Volverlo a enterrar?
-Sí. (Gran júbilo en el piso de arriba).
No, ¡de ningún modo!, ¡no! (Profundo desencanto en lo alto). Ya
no me acordaba. Ese pico tiene pegada tierra fresca... (Terror en
los muchachos). ¿Qué hacían aquí esa pala y ese pico? ¿Quién los
trajo aquí? ¡Quia! ¿Enterrarlo aquí y que vuelvan y vean el piso
removido? No, en mis días. Lo llevaremos a mi cobijo.
-¡Claro que sí! Podíamos haberlo pensado
antes. ¿Piensas que al número uno?
-No, al número dos, debajo de la cruz. El
otro sitio no es bueno..., demasiado conocido.
-Muy bien. Ya está casi lo bastante oscuro
para irnos.
Joe el Indio fue de ventana en
ventana atisbando cautelosamente. Después dijo:
-¿Quién podrá haber traído aquí estas
herramientas?
Los muchachos se quedaron sin aliento.
Joe
el Indio puso la mano sobre el cuchillo, se detuvo un momento indeciso,
y después dio media vuelta y se dirigió a la escalera. Los chicos se
acordaron del camaranchón, pero estaban sin fuerzas, desfallecidos. Los
pasos crujientes se acercaban por la escalera... La insufrible angustia
de la situación despertó sus muertas energías, y estaban ya a punto de
lanzarse hacia el cuartucho cuando se oyó un chasquido y el
derrumbamiento de maderas podridas, y
Joe el Indio se desplomó, entre las
ruinas de la escalera. Se incorporó, echando juramentos, y su compañero
le dijo:
-¿De qué sirve todo eso? Si hay alguien y
está allá arriba, que siga ahí, ¿qué nos importa? Dentro de quince
minutos es de noche..., y que nos sigan si les apetece; no hay
inconveniente. Pienso yo que quienquiera que trajo estas cosas aquí nos
echó la vista y nos tomó por trasgos o demonios, o algo por el estilo.
Apuesto a que aún no ha acabado de correr.
Joe refunfuñó un rato; después
convino con su amigo en que lo poco que todavía quedaba de claridad
debía aprovecharse en preparar las cosas para la marcha. Poco después se
deslizaron fuera de la casa, en la oscuridad, cada vez más densa, del
crepúsculo, y se encaminaron hacia el río con su preciosa caja.
Tom y
Huck se levantaron desfallecidos,
pero grandemente tranquilizados, y los siguieron con la vista a través
de los resquicios por entre los troncos que formaban el muro.
¿Seguirlos? No estaban para ello. Se contentaron con descender otra vez
a tierra firme, sin romperse ningún hueso, y tomaron la senda que
llevaba al pueblo por encima del monte. Hablaron poco; estaban harto
ocupados en aborrecerse a sí mismos, en maldecir la mala suerte que les
había hecho llevar allí el pico y la pala. A no ser por eso, jamás
hubiera sospechado
Joe. Allí habría escondido el oro y
la plata hasta que, satisfecha su «venganza», volvería a recogerlos, y
entonces hubiera sufrido el desencanto de encontrarse con que el dinero
había volado. ¡Qué mala suerte haber dejado allí las herramientas!
Resolvieron estar en acecho para cuando el falso español volviera al
pueblo buscando la ocasión para realizar sus propósitos de venganza, y
seguirle hasta el «número dos», fuera aquello lo que fuera. Después se
le ocurrió a Tom una siniestra idea
-¿Venganza? -dijo-. ¿Y si fuera de nosotros,
Huck?
-¡No digas eso! -exclamó
Huck,
a punto de desmayarse. Discutieron el asunto, y para cuando llegaron al
pueblo se habían puesto de acuerdo en creer que
Joe
pudiera referirse a algún otro, o al menos que sólo se refería a Tom,
puesto que él era el único que había declarado.
¡Menguado consuelo era para Tom verse solo en el peligro! Estar en
compañía hubiera sido una positiva mejora, pensó.
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