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Las aventuras de Tom Sawyer
Mark Twain

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Cervantes Virtual - Traducción del inglés de J. Torroba - Espasa calpe - Madrid

Capítulos:
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Capítulo XXVII

La aventura de aquel día obsesionó a Tom durante la noche, perturbando sus sueños. Cuatro veces tuvo en las manos el rico tesoro y cuatro veces se evaporó entre sus dedos al abandonarle el sueño y despertar a la realidad de su desgracia. Cuando, despabilado ya, en las primeras horas de la madrugada, recordaba los incidentes del magno suceso, parecíanle extrañamente amortiguados y lejanos, como si hubieran ocurrido en otro mundo o en un pasado remoto. Pensó, entonces, que acaso la gran aventura no fuera también un sueño. Había un decisivo argumento en favor de esa idea, a saber: que la cantidad de dinero que había visto era demasiado cuantiosa para tener existencia real. Jamás habían visto sus ojos cincuenta dólares juntos, y, como todos los chicos de su edad y de su condición, se imaginaba que todas las alusiones a «cientos» y a «miles» no eran sino fantásticos modos de expresión y que no existían tales sumas en el mundo. Nunca había sospechado, ni por un instante, que cantidad tan considerable como cien dólares pudiera hallarse en dinero contante en posesión de nadie. Si se hubieran analizado sus ideas sobre tesoros escondidos, se habría visto que consistían éstos en un puñado de monedas reales y una fanega de otras vagas, maravillosas, impalpables.

Pero los incidentes de su aventura fueron apareciendo con mayor relieve y más relucientes y claros a fuerza de frotarlos pensando en ellos; y así se fue inclinando a la opinión de que quizás aquello no fuera un sueño, después de todo. Había que acabar con aquella incertidumbre. Tomaría un bocado y se iría en busca de Huck.

El cual estaba sentado en la borda de una chalana, abstraído, chapoteando los pies en el agua, sumido en una intensa melancolía. Tom decidió dejar que Huck llevase la conversación hacia el tema. Si así no lo hacía, señal era de que todo ello fuese un sueño.

-¡Hola, Huck!

-¡Hola, tú!

Un minuto de silencio.

-Tom, si hubiéramos dejado las condenadas herramientas en el árbol seco, habríamos cogido el dinero. ¡Maldita sea!

-¡Pues entonces no es sueño! ¡No era un sueño! Casi quisiera que lo fuese. ¡Que me maten si no lo digo de veras!

-¿Qué es lo que no es un sueño?

-Lo de ayer. Casi creía que lo era.

-¡Sueño! ¡Si no se llega a romper la escalera ya hubieras visto si era sueño! Hartas pesadillas he tenido toda la noche con aquel maldito español del parche corriendo tras de mí... ¡Así lo ahorquen!

-No, ahorcarlo no...: ¡encontrarlo! ¡Descubrir el dinero!

-Tom, no hemos de dar con él. Una ocasión como ésa de dar con un tesoro sólo se le presenta a uno una vez, y ésa la hemos perdido. ¡El temblor que me iba a entrar si volviera a ver a ese hombre!

-A mí lo mismo; pero, con todo, quisiera verlo y seguir tras él hasta dar con su «número dos».

-Número dos, eso es. He estado pensando en ello, pero no caigo en lo que pueda ser... ¿Qué crees tú que será?

-No lo sé. Es cosa demasiado oculta. Dime, Huck, ¿será el número de una casa?

-¡Eso es!... No, Tom, no es eso. Si lo fuera, no sería en esta población de pito. Aquí no tienen número las casas.

-Es verdad. Déjame pensar un poco. Ya está: es el número de un cuarto... en una posada; ¿qué te parece?

-¡Ahí está el clavo! Sólo hay dos posadas aquí. Vamos a averiguarlo a escape.

Estate aquí, Huck, hasta que yo vuelva.

Tom se alejó al punto. No gustaba de que le vieran en compañía de Huck en sitios públicos. Tardó media hora en volver. Había averiguado que en la mejor posada el número dos estaba ocupado por un abogado joven. En la más modesta, el número dos era un misterio. El hijo del posadero dijo que aquel cuarto estaba siempre cerrado y nunca había visto entrar ni salir a nadie, a no ser de noche; no sabía la razón de que así fuera; le había picado a veces la curiosidad, pero flojamente; había sacado el mejor partido del misterio solazándose con la idea de que el cuarto estaba «encantado»; había visto luz en él la noche antes.

-Eso es lo que he descubierto, Huck. Me parece que éste es el propio número dos tras el que andamos.

-Me parece que sí... Y ahora, ¿qué vas a hacer?

-Déjame pensar.

Tom meditó largo rato. Después habló así:

-Voy a decírtelo. La puerta trasera de ese número dos es la que da a aquel callejón sin salida que hay entre la posada y aquel nidal de ratas del almacén de ladrillos. Pues ahora vas a reunir todas las llaves de puertas a que puedas echar mano y yo cogeré todas las de mi tía; y en la primera noche oscura vamos allí y las probamos. Y cuidado con que dejes de estar en acecho de Joe el Indio, puesto que dijo que había de volver otra vez por aquí para buscar una ocasión para su venganza. Si le ves, le sigues; y si no va al número dos, es que aquél no es el sitio.

-¡Cristo!, ¡no me gusta eso de seguirle yo solo!

-Será de noche, seguramente. Puede ser que ni siquiera te vea, y si te ve, puede que no se le ocurra pensar nada.

-Puede ser que si está muy oscuro me atreva a seguirle. No lo sé, no lo sé... Trataré de hacerlo.

A mí no me importaría seguirle siendo de noche, Huck. Mira que acaso descubra que no puede vengarse y se vaya derecho a coger el dinero.

Tienes razón; así es. Le seguiré..., ¡le he de seguir aunque se hunda el mundo!

-Eso es hablar. No te ablandes, Huck, que tampoco he de aflojar yo.

Capítulo XXVIII

Tom y Huck se aprestaron aquella noche para la empresa. Rondaron por las cercanías de la posada hasta después de las nueve, vigilando uno el callejón a distancia y el otro la puerta de la posada. Nadie penetró en el callejón ni salió por allí; nadie que se pareciese al español traspasó la puerta. La noche parecía serena; así es que Tom se fue a su casa después de convenir que si llegaba a ponerse muy oscuro, Huck iría a buscarle y mayaría, y entonces él se escaparía para que probasen las llaves. Pero la noche continuó clara y Huck abandonó la guardia y se fue a acostar en un barril de azúcar vacío a eso de las doce.

No tuvieron el martes mejor suerte, y el miércoles tampoco. Pero la noche del jueves se mostró más propicia.

Tom se evadió en el momento oportuno con una maltrecha linterna de hojalata, de su tía, y una toalla para envolverla. Ocultó la linterna en el barril de azúcar de Huck y montaron la guardia. Una hora antes de medianoche se cerró la taberna, y sus luces únicas que por allí se veían se extinguieron. No se había visto al español; nadie había pasado por el callejón. Todo se presentaba propicio. La oscuridad era profunda; la perfecta quietud sólo se interrumpía de tarde en tarde, por el rumor de truenos lejanos.

Tom sacó la linterna, la encendió dentro del barril envolviéndola cuidadosamente en la toalla, y los dos aventureros fueron avanzando en las tinieblas hacia la posada. Huck se quedó de centinela y Tom entró a tientas en el callejón. Después hubo un intervalo de ansiosa espera, que pesó sobre el espíritu de Huck como una montaña. Empezó a anhelar que se viese algún destello de la linterna de Tom: eso le alarmaría, pero al menos sería señal de que aún vivía su amigo.

Parecía que ya habían transcurrido horas enteras desde que Tom desapareció. Seguramente le había dado un soponcio; puede ser que estuviese muerto; quizá se le había paralizado el corazón de puro terror y sobresalto. Arrastrado por su ansiedad, Huck se iba acercando más y más al callejón, temiendo toda clase de espantables sucesos y esperando a cada segundo el estallido de alguna catástrofe que le dejase sin aliento. No parecía que le pudiera quitar mucho, porque respiraba apenas y el corazón le latía como si fuera a rompérsele. De pronto hubo un destello de luz y Tom pasó ante él como una exhalación.

-¡Corre! -le dijo-. ¡Sálvate! ¡Corre!

No hubiera necesitado que se lo repitiera: la primera advertencia fue suficiente; Huck estaba haciendo treinta o cuarenta millas por hora cuando se oyó la segunda. Ninguno de los dos se detuvo hasta que llegaron bajo el cobertizo de un matadero abandonado, en las afueras del pueblo. A tiempo que llegaban estalló la tormenta y empezó a llover a cántaros. Tan pronto como Tom recobró el resuello, dijo:

-Huck, ¡ha sido espantoso! Probé dos llaves con toda la suavidad que pude; pero hacían tal ruido que casi no podía tenerme en pie de puro miedo. Además, no daban vuelta en la cerradura. Bueno, pues sin saber lo que hacía, cogí el tirador de la puerta y... ¡se abrió! No estaba cerrada. Entré de puntillas y tiré la toalla, y... ¡Dios de mi vida!...

-¡Qué!..., ¿qué es lo que viste, Tom?

-Huck, ¡de poco le piso una mano a Joe el Indio! -¡No!

-¡Sí! Estaba tumbado, dormido como un leño, en el suelo, con el parche en el ojo y los brazos abiertos.

-¿Y qué hiciste? ¿Se despertó?

-No, no se rebulló. Borracho, me figuro. No hice más que recoger la toalla y salir disparado.

-Nunca hubiera yo reparado en la toalla.

-Yo sí. ¡Habría que haber visto a mi tía si llego a perdérsela!

-Dime, Tom, ¿viste la caja?

-No me paré a mirar. No vi la caja ni la cruz. No vi más que una botella y un vaso de estaño en el suelo a la vera de Joe. Sí, y vi dos barricas y la mar de botellas en el cuarto. ¿No comprendes ahora qué es lo que le pasa a aquel cuarto?

-¿Qué?

-Pues que está encantado de whisky. Puede ser que en todas las «Posadas de Templanza»6 tengan un cuarto encantado, ¿eh?

-Puede que sea así. ¡Quién iba a haberlo pensado! Pero oye, Tom, ahora es la mejor ocasión para hacernos con la caja, si Joe el Indio está borracho.

-¿De veras? ¡Pues haz la prueba! Huck se estremeció.

-No, me parece que no.

-Y a mí también me parece que no. Una sola botella junto a Joe no es suficiente. Si hubiera habido tres, estaría tan borracho que yo me atrevería a intentarlo.

Meditaron largo rato y al fin dijo Tom:

-Mira, Huck, más vale que no intentemos más eso hasta que sepamos que Joe no está allí. Es cosa de demasiado miedo. Pero si vigilamos todas las noches, estamos seguros de verlo salir alguna vez, y entonces atrapamos la caja en un santiamén.

-Conforme. Yo vigilaré todas las noches, sin dejar ninguna, si tú haces la otra parte del trabajo.

-Muy bien, lo haré. Todo lo que tú tienes que hacer es ir corriendo a mi calle y mayar, y si estoy durmiendo tiras una china a la ventana, y ya me tienes dispuesto.

-Conforme. ¡De primera!

-Ahora, Huck, ya ha pasado la tormenta, y me voy a casa. Dentro de un par de horas empezará a ser de día. Tú te vuelves y vigilas todo ese rato, ¿quieres?

-He dicho que lo haría, y lo haré. Voy a rondar esa posada todas las noches, aunque sea un año. Dormiré de día y haré la guardia por la noche.

-Eso es. ¿Y dónde vas a dormir?

-En el pajar de Ben Rogers. Ya sé que él me deja y también el negro de su padre, el tío Jake. Acarreo agua para tío Jake cuando la necesita, y siempre que yo se lo pido me da alguna cosa de comer, si puede pasar sin ella. Es un negro muy bueno, Tom. Si me quiere porque yo nunca me doy importancia con él. Algunas veces me he sentado con él a comer. Pero no lo digas por ahí. Uno tiene que hacer cosas cuando le aprieta mucho el hambre que no quisiera hacer de ordinario.

-Bueno; si no te necesito por el día, Huck, te dejaré que duermas. No quiero andarte fastidiando. A cualquier hora que descubras tú algo de noche, echas a correr y mayas.

Capítulo XXIX

Lo primero que llegó a oídos de Tom en la mañana del viernes fue una jubilante noticia: la familia del juez Thatcher había regresado al pueblo aquella noche. Tanto Joe el Indio como el tesoro pasaron enseguida a segundo término, y Becky ocupó el lugar preferente en el interés del muchacho. La vio y gozaron hasta hartarse jugando al escondite y a las cuatro esquinas con una bandada de condiscípulos. La felicidad del día tuvo digno remate y corona. Becky había importunado a su madre para que celebrase al siguiente día la merienda campestre, de tanto tiempo atrás prometida y siempre aplazada, y la mamá accedió. El gozo de la niña no tuvo limites, y el de Tom no fue menor. Las invitaciones se hicieron al caer la tarde e instantáneamente cundió la fiebre de preparativos y de anticipado júbilo entre la gente menuda. La nerviosidad de Tom le hizo permanecer despierto hasta muy tarde, y estaba muy esperanzado de oír el «¡miau!» de Huck y de poder asombrar con su tesoro al siguiente día a Becky y demás comensales de la merienda; pero se frustró su esperanza. No hubo señal aquella noche.

Llegó al fin la mañana, y hacia las diez o las once una alborotada y ruidosa compañía se hallaba reunida en casa del juez, y todo estaba presto para emprender la marcha. No era costumbre que las personas mayores aguasen estas fiestas con su presencia. Se consideraba a los niños seguros bajo las alas protectoras de unas cuantas señoritas de dieciocho y unos cuantos caballeros de veintitrés o cosa así. La vieja barcaza de vapor que servía para cruzar el río había sido alquilada para la fiesta, y a poco la jocunda comitiva, cargada de cestas con provisiones, llenó la calle principal. Sid estaba malo y se quedó sin fiesta; Mary se quedó en casa para hacerle compañía. La última advertencia que la señora de Thatcher hizo a Becky fue:

-No volveréis hasta muy tarde. Quizá sea mejor que te quedes a pasar la noche con alguna de las niñas que viven cerca del embarcadero.

-Entonces me quedaré con Susy Harper, mamá.

-Muy bien. Y ten cuidado, y sé buena, y no des molestias. Poco después, ya en marcha, dijo Tom a Becky:

-Oye, voy a decirte lo que hemos de hacer. En vez de ir a casa de Joe Harper subimos al monte y vamos a casa de la viuda de Douglas. Tendrá helados. Los toma casi todos los días..., carretadas de ellos. Y se ha de alegrar de que vayamos.

-¡Qué divertido será!

Después Becky reflexionó un momento y añadió:

-Pero ¿qué va a decir mamá?

-¿Cómo va a saberlo?

La niña rumió un rato la idea y dijo vacilante:

-Me parece que no está bien..., pero...

-Pero... ¡nada! Tu madre no lo ha de saber, y así, ¿dónde está el mal? Lo que ella quiere es que estés en lugar seguro, y apuesto a que te hubiera dicho que fueses allí si se le llega a ocurrir. De seguro que sí.

La generosa hospitalidad de la viuda era un cebo tentador. Y ello y las persuasiones de Tom ganaron la batalla. Se decidió, pues, no decir nada a nadie en cuanto al programa nocturno.

Después se le ocurrió a Tom que quizá Huck pudiera ir aquella noche y hacer la señal. Esta idea le quitó gran parte del entusiasmo por su proyecto. Pero, con todo, no se avenía a renunciar a los placeres de la mansión de la viuda. ¿Y por qué había de renunciar? -pensaba-. Si aquella noche no hubo señal, ¿era más probable que la hubiera la noche siguiente? El placer cierto que le aguardaba le atraía más que el incierto tesoro, y como niño que era, decidió dejarse llevar por su inclinación y no volver a pensar en el cajón del dinero en todo el resto del día.

Tres millas más abajo de la población la barcaza se detuvo a la entrada de una frondosa ensenada y echó las amarras. La multitud saltó a tierra, y en un momento las lejanías del bosque y los altos peñascales resonaron por todas partes con gritos y risas.

Todos los diversos procedimientos de llegar a la sofocación y al cansancio se pusieron en práctica, y después los expedicionarios fueron regresando poco a poco al punto de reunión, armados de fieros apetitos, y comenzó la destrucción y aniquilamiento de los gustosos comistrajos. Después del banquete hubo un rato de charla y refrescante descanso bajo los corpulentos y desparramados robles. Al fin, alguien gritó:

-¿Quién quiere venir a la cueva?

Todos estaban dispuestos. Se buscaron paquetes de bujías y enseguida todo el mundo se puso en marcha monte arriba. La boca de la cueva estaba en la ladera y era una abertura en forma de A. La recia puerta de roble estaba abierta. Dentro había una pequeña cavidad, fría como una cámara frigorífica, construida por la naturaleza con sólidos muros de roca caliza que rezumaba humedad, como un sudor frío. Era romántico y misterioso estar allí en la profundidad sombría y ver allá fuera el verde valle resplandeciente de sol. Pero pronto se disipó lo impresionante de la situación y el alboroto se reanudó enseguida. En el momento en que cualquiera encendía una vela todos se lanzaban sobre él, se tramaba una viva escaramuza de ataque y defensa, hasta que la bujía rodaba por el suelo o quedaba apagada de un soplo, entre grandes risas y nuevas repeticiones de la escena. Pero todo acaba, y al fin la procesión empezó a subir la abrupta cuesta de la galería principal; la vacilante hilera de luces permitía entrever los ingentes muros de roca casi hasta el punto en que se juntaban, a sesenta pies de altura. Esta galería principal no tenía más de ocho o diez pies de ancha. A cada pocos pasos otras altas resquebrajaduras, aún más angostas, se abrían por ambos lados, pues la cueva de Mac Dougall no era sino un vasto laberinto de retorcidas galerías que se separaban unas de otras, se volvían a encontrar y no conducían a parte alguna. Se decía que podía uno vagar días y noches por la intrincada red de grietas y fisuras sin llegar nunca al término de la cueva, y que se podía bajar y bajar a las profundidades de la tierra y por todas partes era lo mismo un laberinto debajo del otro y todos ellos sin fin ni término. Nadie se sabía la caverna. Era cosa imposible. La mayor parte de los muchachos conocía sólo un trozo, y no acostumbraba aventurarse mucho más allá de la parte conocida. Tom Sawyer sabía tanto como cualquier otro.

La comitiva avanzó por la galería principal como tres cuartos de milla, y después grupos y parejas fueron metiéndose por las cavernas laterales, correteando por las tétricas galerías para sorprenderse unos a otros en las encrucijadas donde aquéllas se unían. Unos grupos podían eludir la persecución de los otros durante más de media hora sin salir del terreno conocido.

Poco a poco, un grupo tras otro, fueron llegando a la boca de la cueva, sin aliento, cansados de reír, cubiertos de la cabeza a los pies de goterones de esperma, manchados de barro y encantados de lo que se habían divertido.

Se quedaban todos sorprendidos de no haberse dado cuenta del transcurso del tiempo y de que ya la noche se venía encima. Hacía media hora que la campana del barco los estaba llamando; pero aquel final de las aventuras del día les parecía también novelesco y romántico y, por consiguiente, satisfactorio. Cuando el vapor, con su jovial y ruidoso cargamento, avanzó en la corriente, a nadie importaba un ardite por el tiempo perdido, a no ser el capitán de la embarcación.

Huck estaba ya en acecho cuando las luces del vapor se deslizaron, relampagueantes, frente al muelle. No oyó ruido alguno a bordo porque la gente joven estaba ya muy formal y apaciguada, como ocurre siempre a quien está medio muerto de cansancio. Se preguntaba qué barco sería aquél y por qué no atracaba al muelle, y con esto no volvió a acordarse más de él y puso toda su atención en sus asuntos. La noche se estaba poniendo anubarrada y oscura. Dieron las diez, y cesó el ruido de vehículos; luces dispersas empezaron a hacer guiños en la oscuridad; los transeúntes rezagados desaparecieron, la población se entregó al sueño y dejó al pequeño vigilante a solas con el silencio y los fantasmas. Sonaron las once y se apagaron las luces de las tabernas, y entonces la oscuridad lo invadió todo. Huck esperó un largo rato, que le pareció interminable y tedioso, pero no ocurrió nada. Su fe se debilitaba. ¿Serviría de algo? ¿Sería realmente de alguna utilidad? ¿Por qué no desistir y marcharse a acostar?

Oyó un ruido. En un instante fue todo atención. La puerta de la calleja se abrió suavemente. Se puso de un salto en el rincón del almacén de ladrillos. Un momento después dos hombres pasaron ante él rozándole, y uno de ellos parecía llevar algo bajo el brazo. ¡Debía de ser aquella caja! Así, pues, se llevaban el tesoro. ¿Por qué llamar entonces a Tom? Sería insensato: los dos hombres desaparecían con la caja para no volverlos a ver jamás. No, se iba a pegar a sus talones y seguirlos; confiaba en la oscuridad para no ser descubierto. Así arguyendo consigo mismo, Huck salió de su escondrijo y se deslizó tras ellos como un gato, con los pies desnudos, dejándoles la delantera precisa para no perderlos de vista.

Siguieron un trecho subiendo por la calle frontera al río y torcieron a la izquierda por una calleja transversal. Avanzaron por allí en línea recta hasta llegar a la senda que conducía al monte Cardiff, y tomaron por ella. Pasaron por la antigua casa del galés, a mitad de la subida del monte, y, sin vacilar, siguieron cuesta arriba. «Bien está -pensó Huck-, van a enterrarla en la cantera abandonada». Continuaron hasta la cumbre; se metieron por el estrecho sendero entre los matorrales, y al punto se desvanecieron en las sombras. Huck se apresuró y acortó la distancia, pues ahora ya no podrían verle. Trotó durante un rato; después moderó el paso, temiendo que se iba acercando demasiado; siguió andando un trecho, y se detuvo. Escuchó; no se oía ruido alguno, y sólo creía oír los latidos de su propio corazón. El graznido de una lechuza llegó hasta él desde el otro lado de la colina... ¡Mal agüero!...; pero no se oían pasos. ¡Cielos!, ¿estaría todo perdido? Estaba a punto de lanzarse a correr cuando oyó un carraspeo a dos pasos de él. El corazón se le subió a la garganta, pero se lo volvió a tragar, y se quedó allí, tiritando como si media docena de intermitentes le hubieran atacado a un tiempo, y tan débil, que creyó que se iba a desplomar en el suelo. Conocía bien el sitio: sabía que estaba a cinco pasos del portillo que conducía a la finca de la viuda de Douglas. «Muy bien -pensó-, que lo entierren aquí; no ha de ser difícil encontrarlo».

Una voz le interrumpió, apenas audible: la de Joe el Indio.

-¡Maldita mujer! Quizá tenga visitas... Hay luces, tan tarde como es.

-Yo no las veo.

Esta segunda voz era la del desconocido, el forastero de la casa de los duendes. Un escalofrío corrió por todo el cuerpo de Huck. ¡Ésta era, pues, la empresa de venganza! Su primera idea fue huir; después se acordó de que la viuda había sido buena para él más de una vez, y acaso aquellos hombres iban a matarla. ¡Si se atreviera a prevenirla! Pero bien sabía que no había de atreverse podían venir y atraparlo. Todo ello y mucho más pasó por su pensamiento en el instante que medió entre las palabras del forastero y la respuesta de Joe el Indio.

-Porque tienes las matas delante. Ven por aquí y lo verás. ¿Ves?

-Sí. Parece que hay gente con ella. Más vale dejarlo.

-¡Dejarlo, y precisamente cuando me voy por siempre de esta tierra! ¡Dejarlo, y acaso no se presente nunca otra ocasión! Ya te he dicho, y lo repito, que no me importa su bolsa: puedes quedarte con ella. Pero me trató mal su marido, me trató mal muchas veces, y, sobre todo, él fue el juez de paz que me condenó por vagabundo. Y no es eso todo; no es ni siquiera la milésima parte. Me hizo azotar, ¡azotar delante de la cárcel como a un negro, con todo el pueblo mirándome! ¡Azotado!, ¿entiendes? Se fue sin pagármelo, porque se murió. Pero cobraré en ella.

-No, no la mates. No hagas eso.

-¡Matar! ¿Quién habla de matar? Le mataría a él si le tuviera a mano, pero no a ella. Cuando quiere uno vengarse de una mujer no se la mata, ¡bah!, se le estropea la cara. ¡No hay más que desgarrarle las narices y cortarle las orejas como a una verraca!

-¡Por Dios! ¡Eso es...!

-Guárdate tu parecer. Eso es lo más seguro para ti. Pienso atarla a la cama. Si se desangra y se muere, eso no es cuenta mía: no he de llorar por ello. Amigo mío, me has de ayudar en esto, que es negocio mío, y para eso estás aquí: quizá no pudiera manejarme yo solo. Si te echas atrás, te mato, ¿lo entiendes? Y si tengo que matarte a ti, la mataré a ella también, y me figuro que entonces nadie ha de saber quién lo hizo.

-Bueno; si se ha de hacer, vamos a ello. Cuanto antes, mejor...; estoy todo temblando.

-¿Hacerlo ahora y habiendo allí gente? Anda con ojo, que voy a sospechar de ti, ¿sabes? No, vamos a esperar a que se apaguen las luces. No hay prisa.

Huck comprendió que iba a seguir un silencio aún más medroso que cien criminales coloquios; así es que contuvo el aliento y dio un paso hacia atrás, plantando primero un pie cuidadosa y firmemente, y después manteniéndose en precario equilibrio sobre el otro y estando a punto de caer a la derecha o a la izquierda. Retrocedió otro paso con el mismo minucioso cuidado y no menos riesgo; después, otro y otro, y... ¡una rama crujió bajo el pie! Se quedó sin respirar y escuchó. No se oía nada: la quietud era absoluta; su gratitud a la suerte, infinita. Después volvió sobre sus pasos entre los muros de matorrales: dio la vuelta con las mismas precauciones que si fuera una embarcación, y anduvo ya más ligero, aunque no con menos cuidado. No se sintió seguro hasta que llegó a la cantera, y allí apretó los talones y echó a correr. Fue volando cuesta abajo hasta la casa del galés. Aporreó la puerta, y a poco las cabezas del viejo y de sus dos muchachotes aparecían en diferentes ventanas.

-¿Qué escándalo es ése? ¿Quién llama? ¿Qué quiere?

-¡Ábranme, de prisa! Ya lo diré todo.

-¿Quién es usted?

-Huckleberry Finn... ¡De prisa, ábranme!

Huckleberry Finn! No es un nombre que haga abrir muchas puertas, me parece. Pero abridle la puerta, muchachos, y veamos qué es lo que le pasa.

-¡Por Dios, no digan que lo he hecho yo! -fueron sus primeras palabras cuando se vio dentro-. No lo digan, por Dios, porque me matarán, de seguro; pero la viuda ha sido a veces buena conmigo y quiero decirlo; lo diré si me prometen que no dirán nunca que fui yo.

-Apuesto a que algo de peso tiene que decir, o no se pondría así. Fuera con ello, muchacho, que aquí nadie ha de decir nada. Tres minutos después el viejo y sus dos hijos, bien armados, estaban en lo alto del monte y penetraban en el sendero de los matorrales, con las armas preparadas. Huck los acompañó hasta allí, se agazapó tras un peñasco y se puso a escuchar. Hubo un postrado y anheloso silencio; después, de pronto, una detonación de arma de fuego y un grito. Huck no esperó a saber detalles. Pegó un salto y echó a correr monte abajo como una liebre.

Capítulo XXX

Antes del primer barrunto del alba, en la madrugada del domingo, Huck subió a tientas por el monte y llamó suavemente a la puerta del galés. Todos los de la casa estaban durmiendo, pero era un sueño que pendía de un hilo, a causa de los emocionantes sucesos de aquella noche. Desde una de las ventanas gritó una voz:

-¿Quién es?

Huck, con medroso y cohibido tono, respondió:

-Hágame el favor de abrir. Soy Huck Finn.

-De noche o de día siempre tendrás esta puerta abierta, muchacho. Y bien venido.

Eran éstas palabras inusitadas para los oídos del chico vagabundo. No se acordaba de que la frase final hubiera sido pronunciada nunca tratándose de él.

La puerta se abrió enseguida. Le ofrecieron asiento y el viejo y sus hijos se vistieron a escape.

-Bueno, muchacho; espero que estarás bien y que tendrás buen apetito, porque el desayuno estará a punto tan pronto como asome el sol, y será de lo bueno; tranquilízate en cuanto a eso. Yo y los chicos esperábamos que hubieras venido anoche a dormir aquí.

-Estaba muy asustado -dijo Huck- y eché a correr. Me largué en cuanto oí las pistolas, y no paré en tres millas. He venido ahora porque quería enterarme de lo ocurrido, ¿sabe usted?; y he venido antes que sea de día porque no quería tropezarme con aquellos condenados aunque estuviesen muertos.

-Bien, hijo, bien; tienes cara de haber pasado mala noche; pero ahí tienes una cama para echarte después de desayunar. No, no están muertos, muchacho, y bien que lo sentimos. Ya ves, sabíamos bien dónde, podíamos echarles mano, por lo que tú nos dijiste; así es que nos fuimos acercando de puntillas hasta menos de cinco varas de donde estaban. El sendero se hallaba oscuro como una cueva. Y justamente en aquel momento sentí que iba a estornudar. ¡Suerte perra! Traté de contenerme, pero no sirvió de nada: tenía que venir y, vino. Yo iba delante, con la pistola levantada, y cuando estornudé se oyó moverse a los canallas para salir del sendero; yo grité: «¡Fuego, muchachos!», y disparó contra el sitio donde se oyó el ruido. Lo mismo hicieron los chicos. Pero escaparon como exhalaciones aquellos bandidos, y nosotros tras ellos a través del bosque. No creo que les hicimos nada. Cada uno de ellos soltó un tiro al escapar, pero las balas pasaron zumbando sin hacernos daño. En cuanto dejamos de oír sus pasos abandonamos la caza y bajamos a despertar a los policías. Juntaron una cuadrilla y se fueron a vigilar la orilla del río, y tan pronto como amanezca va a dar una batida el sheriff por el bosque, y mis hijos van a ir con él y su gente. Lástima que no sepamos las señas de esos bribones: eso nos ayudaría mucho. Pero me figuro que tú no podrías ver en la oscuridad la pinta que tenían, ¿no es eso?

-Sí, sí; los vi abajo en el pueblo y los seguí.

-¡Magnífico! Dime cómo son; dímelo, muchacho.

-Uno de ellos es el viejo mudo español que ha andado por aquí una o dos veces, y el otro es uno de mala traza, destrozado...

-¡Basta, muchacho, basta!; ¡los conocemos! Nos encontramos con ellos un día en el bosque, por detrás de la finca de la viuda, y se alejaron con disimulo. ¡Andando, muchachos, a contárselo al sheriff...; ya os desayunaréis mañana.

Los hijos del galés se fueron enseguida. Cuando salían de la habitación, Huck se puso en pie y exclamó:

-¡Por favor, no digan a nadie que yo di el soplo! ¡Por favor!

-Muy bien, si tú no quieres, Huck; pero a ti se te debe el agradecimiento por lo que has hecho.

-¡No, no! No digan nada.

Después de irse sus hijos, el anciano galés dijo:

-Ésos no dirán nada, ni yo tampoco. Pero ¿por qué no quieres que se sepa?

Huck no se extendió en explicaciones más allá de decir que sabía demasiadas cosas de uno de aquellos hombres y que por nada del mundo quería que llegase a su noticia que él, Huck, sabía algo en contra suya, pues lo mataría por ello, sin la menor duda.

El viejo prometió una vez más guardar secreto, y añadió:

-¿Cómo se te ocurrió seguirlos? ¿Parecían sospechosos? Huck permaneció callado mientras fraguaba una respuesta con la debida cautela. Después dijo:

-Pues verá usted: yo soy una especie de chico malo; al menos, todo el mundo lo dice, y yo no tengo nada que responder. Y algunas veces ocurre que no puedo dormir a gusto por ponerme a pensar en ello y como tratando de seguir por mejor camino. Y eso me pasó anoche. No podía dormir y subía por la calle, dándole vueltas al asunto, y cuando llegaba a aquel almacén de ladrillos junto a la Posada de Templanza me recosté de espalda a la pared para pensar otro rato. Bueno; pues en aquel momento llegan esos dos prójimos y pasan a mi lado con una cosa bajo el brazo, y yo pensé que la habrían robado. El uno iba fumando y el otro le pidió fuego; así es que se pararon delante de mí, y la lumbre de los cigarros les alumbró las caras, y vi que el alto era el español sordomudo, por la barba blanca y el parche en el ojo, y el otro era un facineroso roto y lleno de jirones.

-¿Y pudiste ver los jirones con la lumbre de los cigarros? Esto azoró a Huck por un momento. Después prosiguió:

-Bueno, no sé; pero me parece que lo vi.

-Después ellos echarían a andar, y tú...

-Sí, los seguí. Eso es: quería ver lo que traían entre manos, pues marchaban con tanto recelo. Los seguí hasta el portillo de la finca de la viuda, y me quedé en lo oscuro, y oí al de los harapos interceder por la viuda, y el español juraba que le había de cortar la cara, lo mismo que les dije a usted y a sus dos...

-¿Cómo? ¡El mudo dijo todo eso!

Huck había dado otro irremediable tropezón. Hacía cuanto podía para impedir que el viejo tuviera el menor barrunto de quién pudiera ser el español, y parecía que su lengua tenía empeño en crearle dificultades, a pesar de todos sus esfuerzos. Intentó por diversos medios salir del atolladero, pero el anciano no le quitaba ojo, y se embarulló cada vez más.

-Muchacho -dijo el galés-, no tengas miedo de mí; por nada del mundo te haría el menor daño.

- No, yo te protegeré..., he de protegerte. Ese español no es sordomudo; se te ha escapado sin querer, y ya no puedes enmendarlo. Tú sabes algo de ese español y no quieres sacarlo a colación. Pues confía en mí; dime lo que es y fíate de mí; no he de hacerte traición.

Huck miró un momento los ojos sinceros y honrados del viejo, y después se inclinó y murmuró en su oído:

-No es español..., ¡es Joe el Indio! El galés casi saltó de la silla.

-Ahora se explica todo -dijo-. Cuando hablaste de lo de abrir las narices y despuntar orejas, creí que todo eso lo habías puesto de tu cosecha, para adorno, porque los blancos no toman ese género de venganzas. ¡Pero un indio!... Eso ya es cosa distinta.

Mientras despachaban el desayuno siguió la conversación, y el galés dijo que lo último que hicieron él y sus hijos aquella noche antes de acostarse fue coger un farol y examinar el portillo y sus cercanías para descubrir manchas de sangre. No encontraron ninguna, pero sí cogieron un abultado lío...

-¿De qué? -gritó Huck.

Un rayo no hubiera salido con más sorprendente rapidez que esa pregunta de los pálidos labios de Huck. Tenía los ojos fuera de las órbitas, y no respiraba..., esperando la respuesta. El galés se sobresaltó, le miró también fijamente durante uno, dos, tres..., diez segundos, y entonces replicó:

-Herramientas de las que usan los ladrones. Pero ¿qué es lo que te pasa?

Huck se reclinó en el respaldo, jadeante, pero profunda, indeciblemente gozoso. El galés le miró grave, con curiosidad, y al fin le dijo:

-Sí, herramientas de ladrón. Eso parece que te ha consolado. Pero ¿por qué te pusiste así? ¿Qué creías que íbamos a encontrar en el bulto?

Huck estaba en un callejón sin salida; el ojo escrutador no se apartaba de él; hubiera dado cualquier cosa por encontrar materiales para una contestación aceptable. Nada se le ocurría; el ojo zahorí iba penetrando más y más profundamente; se le ocurrió una respuesta absurda; no tuvo tiempo para sopesarla, y la soltó, a la buena de Dios, débilmente.

-Catecismos quizá.

El pobre Huck estaba harto embarazado para sonreír; pero el viejo soltó una alegre y ruidosa carcajada, hizo sacudirse convulsivamente todas las partes de su anatomía, y acabó diciendo que risas así eran mejor que dinero en el bolsillo, porque disminuían la cuenta del médico como ninguna otra cosa. Después añadió:

-¡Pobre chico! Estás sin color y cansado. No debes de estar bueno. No es de extrañar que se te vaya la cabeza y no estés en tus cabales. Con descansar y dormir quedarás como nuevo.

Huck estaba rabioso de ver que se había conducido como un asno y que había dejado traslucir su sospechosa nerviosidad, pues ya había desechado la idea de que el bulto traído de la posada pudiera ser el tesoro, tan pronto como oyó el coloquio junto al portillo de la finca de la viuda. No había hecho, sin embargo, más que pensar que no era el tesoro, pero no estaba cierto de ello, y por eso la mención de un bulto capturado bastó para hacerle perder la serenidad. Pero, en medio de todo, se alegraba de lo sucedido, pues ahora sabía, sin posibilidad de duda, que lo que llevaban no era el tesoro, y esto le devolvía la tranquilidad y el bienestar a su espíritu. La verdad era que todo parecía marchar por buen camino. El tesoro tenía que estar aún en el número dos; no había de pasar el día sin que aquellos hombres fueran detenidos y encarcelados, y Tom y él podrían apoderarse del oro sin dificultad alguna y sin temor a interrupciones.

Cuando acababan de desayunar llamaron a la puerta. Huck se levantó de un salto para esconderse, pues no estaba dispuesto a que se le atribuyera ni la más remota conexión con los sucesos de aquella noche. El galés abrió la puerta a varios señores y señoras, entre éstas la viuda de Douglas, y notó que algunos grupos subían la cuesta para contemplar el portillo, señal de que la noticia se había propagado.

El galés tuvo que hacer el relato de los sucesos a sus visitantes. La viuda no se cansaba de expresar su agradecimiento a los que la habían salvado.

-No hable usted más de ello, señora. Hay otro a quien tiene que estar más agradecida que a mí y a mis muchachos, pero no quiere que se diga su nombre. De no ser por él, nosotros no hubiéramos estado allí.

Esto, como es de suponer, despertó tan viva curiosidad que casi aminoró la que inspiraba el principal suceso; pero el galés dejó que corroyera las entrañas de sus visitantes y por mediación de ellos las de todo el pueblo, pues no quiso descubrir su secreto. Cuando supieron todo lo que había que saber, la viuda dijo:

-Me quedé dormida leyendo en la cama, y seguí durmiendo durante todo el bullicio. ¿Por qué no fue usted y me despertó?

-Creíamos que no valía la pena. No era fácil que aquellos prójimos volvieran: no les habían quedado herramientas para trabajar, y ¿de qué servía despertar a usted y darle un susto mortal? Mis tres negros se quedaron guardando la casa toda la noche. Ahora acaban de volver.

Llegaron más visitantes y hubo que contar y recontar la historia durante otras dos horas.

No había escuela dominical durante las vacaciones, pero todos fueron temprano a la iglesia. Se supo que aún no se había encontrado el menor rastro de los malhechores. Al acabarse el sermón, el juez Thatcher se acercó a la señora de Harper, que salía por el centro de la nave, entre la multitud.

-Pero ¿es que mi Becky se va a pasar durmiendo todo el día? -le dijo-. Ya me figuraba yo que estaría muerta de cansancio.

-¿Su Becky?

-Sí -contestó el juez, alarmado-. ¿No ha pasado la noche en casa de usted?

-¡Ca! No, señor.

La esposa del juez palideció y se dejó caer sobre un banco, en el momento que pasaba la tía Polly hablando apresuradamente con una amiga.

-Buenos días, señoras -dijo-. Uno de mis chicos no aparece. Me figuro que se quedaría a dormir en casa de una de ustedes, y que luego habrá tenido miedo de presentarse en la iglesia. Ya le ajustaré las cuentas.

La señora de Thatcher hizo un débil movimiento negativo con la cabeza y se puso aún más pálida.

-No ha estado con nosotros -dijo mistress Harper, un tanto inquieta.

Una viva ansiedad contrajo el rostro de tía Polly.

-Joe Harper, ¿has visto a mi Tom esta mañana?

Joe hizo memoria, pero no estaba seguro de si le había visto o no. La gente que salía se iba deteniendo. Fueron extendiéndose los cuchicheos y en todas las caras se iba viendo la preocupación y la intranquilidad. Se interrogó ansiosamente a los niños y a los instructores. Todos decían que no habían notado si Tom y Becky estaban a bordo del vapor en el viaje de vuelta; la noche era muy oscura y nadie pensó en averiguar si faltaba alguno. Un muchacho dejó escapar su temor de que estuviera aún en la cueva. La madre de Becky se desmayó; tía Polly rompió a llorar, retorciéndose las manos.

La alarma corrió de boca en boca, de grupo en grupo y de calle en calle, y aún no habían pasado cinco minutos y todo el pueblo se había echado a la calle. Lo ocurrido en el monte Cardiff se sumió de pronto en la insignificancia; nadie volvió a acordarse de los malhechores; se ensillaron caballos, se tripularon botes, la barca de vapor fue requisada, y antes de media hora doscientos hombres se apresuraron por la carretera o río abajo hacia la caverna.

Durante el lento transcurrir de la tarde el pueblo parecía deshabitado y muerto. Muchas vecinas visitaron a tía Polly y a la señora de Thatcher para tratar de consolarlas y lloraron con ellas además, y eso era más elocuente que las palabras.

El pueblo entero pasó la interminable noche en espera de noticias; pero la única que se recibió, cuando ya clareaba el día, fue la de «que hacían falta más velas y que enviasen comestibles». La señora de Thatcher y tía Polly estaban como locas. El juez les mandaba recados desde la cueva para darles ánimos y tranquilizarlas, pero ninguno motivaba esperanzas.

El viejo galés volvió a su casa al amanecer, cubierto de barro y de goterones de sebo de velas, sin poder tenerse de cansancio. Encontró a Huck todavía en la cama que le habían proporcionado, y delirando de fiebre. Los médicos todos estaban en la cueva, así es que la viuda de Douglas había ido para hacerse cargo del paciente. «No sé si es bueno, malo o mediano -dijo-; pero es hijo de Dios y nada que es cosa de Él puede dejarse abandonada». El galés dijo que no le faltaban buenas cualidades, a lo que replicó la viuda:

-Esté usted seguro de ello. Ésa es la marca del Señor y no deja de ponerla nunca. La pone en alguna parte en toda criatura que sale de sus manos.

Al empezar la tarde, grupos de hombres derrengados fueron llegando al pueblo; pero los más vigorosos de entre los vecinos continuaron la busca. Todo lo que se llegó a saber fue que se estaban registrando profundidades tan remotas de la cueva que jamás habían sido exploradas; que no había recoveco ni hendidura que no fuera minuciosamente examinada; que por cualquier lado que se fuese por entre el laberinto de galerías se veían luces que se movían de aquí para allá, y los gritos y las detonaciones de pistolas repercutían en los ecos de los oscuros subterráneos. En un sitio muy lejos de donde iban ordinariamente los turistas habían sido encontrados los nombres de Tom y Becky trazados con humo sobre la roca, y a poca distancia, un trozo de cinta manchado de sebo. La señora de Thatcher lo había reconocido deshecha en lágrimas, y dijo que aquello sería el más preciado de todos, porque sería el último que habría dejado en el mundo antes de su horrible fin. Contaban que, de cuando en cuando, se veía oscilar en la cueva un débil destello de luz en la lejanía, y un tropel de hombres se lanzaba corriendo hacia allá con gritos de alegría, y se encontraban con el amargo desengaño de que no estaban allí los niños, no era sino la luz de algunos de los exploradores.

Tres días y tres noches pasaron lentos, abrumadores, y el pueblo fue cayendo en un sopor sin esperanza. Nadie tenía ánimos para nada. El descubrimiento casual de que el propietario de la Posada de Templanza escondía licores en el establecimiento casi no interesó a la gente, a pesar de la tremenda importancia y magnitud del acontecimiento. En un momento de lucidez, Huck, con débil voz, llevó la conversación a recaer sobre posadas, y acabó por preguntar, temiendo vagamente lo peor, si se había descubierto algo, desde que él estaba malo, en la Posada de Templanza.

-Sí -contestó la viuda.

Huck se incorporó con los ojos fuera de las órbitas.

-¿Qué? ¿Qué han descubierto?

-¡Bebidas!..., y han cerrado la posada. Échate, hijo; ¡qué susto me has dado!

-No me diga más que una cosa..., nada más que una, ¡por favor! ¿Fue Tom Sawyer el que las encontró?

La viuda se echó a llorar.

-¡Calla, calla! Ya te he dicho antes que no tienes que hablar. Estás muy malito.

Nada habían encontrado, pues, más que licores, pensó Huck; de ser el oro se hubiera armado gran batahola. Así, pues, el tesoro estaba perdido, perdido para siempre. Pero ¿por qué lloraría ella? Era cosa rara.

Esos pensamientos pasaron oscura y trabajosamente por el espíritu de Huck, y la fatiga que le produjeron le hizo dormirse.

-Vamos, ya está dormido el pobrecillo. ¡Pensar que fuera Tom Sawyer el que lo descubrió! ¡Lástima que no puedan descubrirlo a él! Ya no va quedando nadie que aún conserve bastante esperanza ni bastantes fuerzas para seguir buscándolo.

Capítulo XXXI

Volvamos ahora a las aventuras de Tom y Becky en la cueva. Corretearon por los lóbregos subterráneos con los demás excursionistas, visitando las consabidas maravillas de la caverna, maravillas condecoradas con hombres un tanto enfáticos como «El Salón», «La Catedral», «El Palacio de Aladino», y otros por el estilo. Después empezó el juego y algazara del escondite, y Becky y Tom tomaron parte en él con tal ardor, que no tardaron en sentirse fatigados; se internaron entonces por el sinuoso pasadizo, alzando en alto las velas para leer la enmarañada confusión de nombres, fechas, direcciones y lemas con los cuales los rocosos muros habían sido ilustrados -con humo de velas-. Siguieron adelante, charlando y apenas se dieron cuenta de que estaban ya en una parte de la cueva cuyos muros permanecían inmaculados. Escribieron sus propios nombres bajo una roca salediza, y prosiguieron su marcha. Poco después llegaron a un lugar donde una diminuta corriente de agua, impregnada de un sedimento calcáreo, caía desde una laja, y en el lento pasar de las edades había formado un Niágara con encajes y rizos de brillante e imperecedera piedra. Tom deslizó su cuerpo menudo por detrás de la pétrea cascada para que Becky pudiera verla iluminada. Vio que ocultaba una especie de empinada escalera natural encerrada en la estrechez de dos muros, y al punto le entró la ambición de ser un descubridor. Becky respondió a su requerimiento. Hicieron una marca con el humo, para servirles más tarde de guía y emprendieron el avance. Fueron torciendo a derecha e izquierda, hundiéndose en las ignoradas profundidades de la caverna; hicieron otra señal, y tomaron por una ruta lateral en busca de novedades que poder contar a los de allá arriba. En sus exploraciones dieron con una gruta, de cuyo techo pendían multitud de brillantes estalactitas de gran tamaño. Dieron la vuelta a toda la cavidad, sorprendidos y admirados, y luego siguieron por uno de los numerosos túneles que allí desembocan. Por allí fueron a parar a un maravilloso manantial, cuyo cauce estaba incrustado como con una escarcha de fulgurantes cristales. Se hallaban en una caverna cuyo techo parecía sostenido por muchos y fantásticos pilares formados al unirse las estalactitas con las estalagmitas, obra del incesante goteo durante siglos y siglos. Bajo el techo, grandes ristras de murciélagos se habían agrupado por miles en cada racimo. Asustados por el resplandor de las velas, bajaron en grandes bandadas, chillando y precipitándose contra las luces. Tom sabía sus costumbres y el peligro que en ello había. Cogió a Becky por la mano y tiró de ella hacia la primera abertura que encontró; y no fue demasiado pronto, pues un murciélago apagó de un aletazo la vela que llevaba en la mano, en el momento de salir de la caverna. Los murciélagos persiguieron a los niños un gran trecho; pero los fugitivos se metían por todos los pasadizos con que topaban, y al fin se vieron libres de la persecución. Tom encontró poco después un largo subterráneo que extendía su indecisa superficie a lo lejos, hasta desvanecerse en la oscuridad. Quería explorar sus orillas, pero pensó que sería mejor sentarse y descansar un rato antes de emprender la exploración. Y fue entonces cuando, por primera vez, la profunda quietud de aquel lugar posó como una mano húmeda y fría sobre los ánimos de los dos niños.

-No me he dado cuenta -dijo Becky-, pero me parece que hace tanto tiempo que ya no oímos a los demás...

-Yo creo, Becky, que estamos mucho más abajo que ellos, y no sé si muy lejos, al norte, sur, este o lo que sea. Desde aquí no podemos oírlos.

Becky mostró cierta inquietud.

-¿Cuánto tiempo habremos estado aquí, Tom? Más vale que volvamos para atrás.

-Sí, será lo mejor. Puede ser que sea lo mejor.

-¿Sabrás el camino, Tom? Para mí no es más que un enredijo intrincadísimo.

-Creo que daré con él, pero lo malo son los murciélagos. Si nos apagasen las dos velas sería un apuro grande. Vamos a ver si podemos ir por otra parte, sin pasar por allí.

-Bueno, pero espero que no nos perderemos. ¡Qué miedo! -y la niña se estremeció ante la horrenda posibilidad.

Echaron a andar por una galería y caminaron largo rato en silencio, mirando cada nueva abertura para ver si encontraban algo que les fuera familiar en su aspecto. Cada vez que Tom examinaba el camino, Becky no apartaba los ojos de su cara, buscando algún signo tranquilizador, y él decía alegremente:

-¡Nada, no hay que tener cuidado! Ésta no es, pero ya daremos con otra enseguida. Pero iba sintiéndose menos esperanzado con cada fiasco, y empezó a meterse por las opuestas galerías, completamente al azar, con la vana esperanza de dar con la que hacía falta. Aún seguía diciendo: «¡No importa!», pero el miedo le oprimía de tal modo el corazón, que las palabras habían perdido su tono alentador y sonaban como si dijera: «¡Todo está perdido!» Becky no se apartaba de su lado, luchando por contener las lágrimas, sin poder conseguirlo.

-¡Tom! -dijo al fin-. No te importen los murciélagos. Volvamos por donde hemos venido. Parece que cada vez estamos más extraviados.

Tom se detuvo.

-¡Escucha! -dijo.

Silencio absoluto; silencio tan profundo que hasta el rumor de sus respiraciones resaltaba en aquella quietud. Tom gritó. La llamada fue despertando ecos por las profundas oquedades y se desvaneció en la lejanía con un rumor que parecía las convulsiones de una risa burlona.

-¡No! ¡No lo vuelvas a hacer, Tom! ¡Es horrible! -exclamó Becky.

-Sí, es horroroso, Becky; pero más vale hacerlo. Puede que nos oigan -y Tom volvió a gritar.

El puede constituía un horror aún más escalofriante que la risa diabólica, pues era la confesión de una esperanza que se iba perdiendo. Los niños se quedaron quietos, aguzando el oído; todo inútil. Tom volvió sobre sus pasos, apresurándose. A los pocos momentos una cierta indecisión en sus movimientos reveló a Becky otro hecho fatal: ¡que Tom no podía dar con el camino de vuelta!

-Tom, ¡no hiciste ninguna señal!

-Becky, ¡he sido un idiota! ¡No pensé que tuviéramos nunca necesidad de volver al mismo sitio! No, no doy con el camino. Todo está tan revuelto...

-¡Tom, estamos perdidos!, ¡estamos perdidos! ¡Ya no saldremos nunca de este horror! ¡Por qué nos separaríamos de los otros! Se dejó caer al suelo y rompió en tan frenético llanto, que Tom se quedó anonadado ante la idea de que Becky podía morirse o perder la razón. Se sentó a su lado, rodeándola con los brazos; reclinó ella la cabeza en su pecho, y dio rienda suelta a sus terrores, sus inútiles arrepentimientos, y los ecos lejanos convirtieron sus lamentaciones en mofadora risa. Tom le pedía que recobrase la esperanza, y ella le dijo que la había perdido del todo. Culpose él y se colmó a sí mismo de insultos por haberla traído a tan terrible trance, y esto produjo mejor resultado. Prometió ella no desesperar más y levantarse y seguirle a donde la llevase, con tal de que no volviese a hablar así, pues no había sido ella menos culpable que él.

Se pusieron de nuevo en marcha, sin rumbo alguno, al azar. Era lo único que podían hacer: andar, no cesar de moverse. Durante un breve rato pareció que la esperanza revivía, no porque hubiera razón alguna para ello; sino tan sólo porque es natural en ella revivir cuando sus resortes no se han gastado por la edad y la resignación con el fracaso.

Poco después cogió Tom la vela de Becky y la apagó. Aquella economía significaba mucho; no hacía falta explicarla. Becky se hizo cargo y su esperanza se extinguió de nuevo. Sabía que Tom tenía una vela entera y tres o cuatro cabos en el bolsillo..., y sin embargo había que economizar.

Después el cansancio empezó a hacerse sentir; los niños trataron de no hacerle caso, pues era terrible pensar en sentarse cuando el tiempo valía tanto. Moverse en alguna dirección, en cualquier dirección, era al fin progresar y podía dar fruto; pero sentarse era invitar a la muerte y acortar su persecución.

Al fin las piernas de Becky se negaron a llevarla más lejos. Se sentó en el suelo. Tom se sentó a su lado, y hablaron del pueblo, los amigos que allí tenían, las camas cómodas, y sobre todo, ¡la luz! Becky lloraba, y Tom trató de consolarla; pero todos sus consuelos se iban quedando gastados con el uso y más bien parecían sarcasmos. Tan cansada estaba, que se fue quedando dormida. Tom se alegró de ello y se quedó mirando la cara dolorosamente contraída de la niña, y vio cómo volvía a quedar natural y serena bajo la influencia de sueños placenteros, y hasta vio aparecer una sonrisa en sus labios. Y lo apacible del semblante de Becky se reflejó con una sensación de paz y consuelo en el espíritu de Tom, sumiéndole en gratos pensamientos de tiempos pasados y de vagos recuerdos. Aún seguía en esas ensoñaciones, cuando Becky se despertó riéndose; pero la risa se heló al instante en sus labios y se trocó en un sollozo.

-¡No sé cómo he podido dormir! ¡Ojalá no hubiera despertado nunca, nunca! No, Tom; no me mires así. No volveré a decirlo.

-Me alegro que hayas dormido, Becky. Ahora ya no te sentirás tan cansada y encontraremos el camino.

-Podemos probar, Tom; ¡pero he visto un país tan bonito mientras dormía! Me parece que iremos allí.

-Puede que no, Becky; puede que no. Ten valor y vamos a seguir buscando.

Se levantaron y otra vez se pusieron en marcha, descorazonados. Trataron de calcular el tiempo que llevaban en la cueva, pero todo lo que sabían era que parecía que habían pasado días y hasta semanas; y sin embargo, era evidente que no, pues aún no se habían consumido las velas.

Mucho tiempo después de esto -no podían decir cuánto-, Tom dijo que tenían que andar muy calladamente para poder oír el goteo del agua, pues era preciso encontrar un manantial. Hallaron uno a poco trecho, y Tom dijo que ya era hora de darse otro descanso. Ambos estaban desfallecidos de cansancio, pero Becky dijo que aún podía ir un poco más lejos. Se quedó sorprendida al ver que Tom no opinaba así: no lo comprendía. Se sentaron, y Tom fijó la vela en el muro, delante de ellos, con un poco de barro. Aunque sus pensamientos no se detenían, nada dijeron por algún tiempo. Becky rompió al fin el silencio

-Tom, ¡tengo tanta hambre! Tom sacó una cosa del bolsillo.

-¿Te acuerdas de esto? -dijo.

Becky casi se sonrió.

-Es nuestro pastel de boda, Tom.

-Sí, y más valía que fuera tan grande como una barrica, porque esto es todo lo que tenemos.

-Lo separé de la merienda para que jugásemos con él... como la gente mayor hace con el pastel de bodas... Pero va a ser... Dejó sin acabar la frase. Tom hizo dos partes del pastel y Becky comió con apetito la suya, mientras Tom no hizo más que mordiscar la que le tocó. No les faltó agua fresca para completar el festín. Después indicó a Becky que debían ponerse en marcha. Tom guardó silencio un rato y al cabo dijo:

-Becky, ¿tienes valor para que te diga una cosa? La niña palideció, pero dijo que sí, que se la dijera.

-Bueno; pues entonces oye: tenemos que estarnos aquí donde hay agua para beber. Ese cabito es lo único que nos queda de las velas.

Becky dio rienda suelta al llanto y a las lamentaciones. Él hizo cuanto pudo para consolarla, pero fue en vano.

-Tom -dijo después de un rato-, ¡nos echarán de menos y nos buscarán!

-Seguro que sí. Claro que nos buscarán.

-¿Nos estarán buscando ya?

-Me parece que sí. Espero que así sea.

-¿Cuándo nos echarán de menos, Tom?

-Puede ser que cuando vuelvan a la barca.

-Para entonces ya será de noche... ¿Notarán que no hemos ido nosotros?

-No lo sé. Pero, de todos modos, tu madre te echará de menos en cuanto estén de vuelta en el pueblo.

La angustia que se pintó en los ojos de Becky hizo darse cuenta a Tom de la pifia que había cometido. ¡Becky no debía pasar aquella noche en su casa! Los dos se quedaron callados y pensativos. Enseguida una nueva explosión de llanto indicó a Tom que el mismo pensamiento que tenía en su mente había surgido también en la de su compañera: que podía pasar casi toda la mañana del domingo antes de que la madre de Becky descubriera que su hija no estaba en casa de los Harper. Los niños permanecieron con los ojos fijos en el pedacito de vela y miraron cómo se consumía lenta e inexorablemente; vieron el trozo de pabilo quedarse solo al fin; vieron alzarse y encogerse la débil llama, subir y bajar, trepar por la tenue columna de humo, vacilar un instante en lo alto, y después... el horror de la absoluta oscuridad.

Cuánto tiempo pasó después, hasta que Becky volvió a recobrar poco a poco los sentidos y a darse cuenta de que estaba llorando en los brazos de Tom, ninguno de ellos supo decirlo. No sabían sino que, después de lo que les pareció un intervalo de tiempo larguísimo, ambos despertaron de un pesado sopor y se vieron otra vez sumidos en sus angustias. Tom dijo que quizá fuese ya domingo, quizá lunes. Quiso hacer hablar a Becky, pero la pesadumbre de su pena la tenía anonadada, perdida ya toda esperanza. Tom le aseguró que tenía que hacer mucho tiempo que habrían notado su falta y que sin duda alguna los estaban ya buscando. Gritaría, y acaso alguien viniera. Hizo la prueba; pero los ecos lejanos sonaban en la oscuridad de modo tan siniestro que no osó repetirla.

Las horas siguieron pasando y el hambre volvió a atormentar a los cautivos. Había quedado un poco de la parte del pastel que le tocó a Tom, y 1o repartieron entre los dos; pero se quedaron aún más hambrientos: el mísero bocado no hizo sino aguzarles el ansia de alimento.

A poco rato dijo Tom:

-¡Chist! ¿No oyes? Contuvieron el aliento y escucharon.

Se oía algo como un grito remotísimo y débil. Tom contestó al punto, y cogiendo a Becky por la mano echó a andar a tientas por la galería en aquella dirección. Se paró y volvió a escuchar: otra vez se oyó el mismo sonido, y al parecer más cercano.

-¡Son ellos! -exclamó Tom-. ¡Ya vienen! ¡Corre, Becky! ¡Estamos salvados!

La alegría enloquecía a los prisioneros. Avanzaban, con todo, muy despacio, porque abundaban los hoyos y despeñaderos y era preciso tomar precauciones. A poco llegaron a uno de ellos y tuvieron que detenerse. Podía tener una vara de hondo o podía tener ciento. Tom se echó de bruces al suelo y estiró el brazo cuanto pudo, sin hallar fondo. Tenían que quedarse allí y esperar hasta que llegasen los que los buscaban. Escucharon; no había duda de que los gritos lejanos se iban haciendo más y más remotos.

Un momento después dejaron del todo de oírse. ¡Qué mortal desengaño! Tom gritó hasta ponerse ronco, pero fue inútil. Aún daba esperanzas a Becky, pero pasó toda una eternidad de anhelosa espera y nada volvió a oírse.

Palpando en las tinieblas, volvieron hacia el manantial. El tiempo siguió pasando cansado y lento; volvieron a dormir y a despertarse, más hambrientos y despavoridos. Tom creía que ya debía ser martes por entonces.

Le vino una idea. Por allí cerca se abrían algunas galerías. Más valía explorarlas que soportar en la ociosidad la abrumadora pesadumbre del tiempo. Sacó del bolsillo la cuerda de la cometa, la ató a una saliente de la roca, y él y Becky avanzaron, soltando la tramilla del ovillo según caminaban a tientas. A los veinte pasos la galería acababa en un corte vertical. Tom se arrodilló, y estirando el brazo cuanto pudo hacia abajo palpó la cortadura, y fue corriéndose después hasta el muro; hizo un esfuerzo para alcanzar con la mano un poco más lejos a la derecha, y en aquel momento, a menos de veinte varas, una mano sosteniendo una vela apareció por detrás de un peñasco. Tom lanzó un grito de alegría; enseguida se presentó, siguiendo a la mano, el cuerpo al cual pertenecía... ¡Joe el Indio! Tom se quedó paralizado; no podía moverse. En el mismo instante, con indecible placer, vio que el «español» apretaba los talones y desaparecía de su vista. Tom no se explicaba que Joe no hubiera reconocido su voz y no hubiera venido a matarlo por su delación ante el Tribunal. Sin duda, los ecos habían desfigurado su voz. Eso tenía que ser, pensaba. El susto le había aflojado todos los músculos de su cuerpo. Se prometía a sí mismo que si le quedaban bastantes fuerzas para volver al manantial, allí se quedaría, y nada le tentaría a correr el riesgo de volver a encontrase otra vez con Joe. Tuvo gran cuidado de no decir a Becky lo que había visto. Le dijo que sólo había gritado para probar suerte.

Pero el hambre y la desventura acababan al fin por sobreponerse al miedo. Otra interminable espera en el manantial y otro largo sueño trajeron cambios consigo. Los niños se despertaron torturados por un hambre rabiosa. Tom creía que ya estarían en el miércoles o jueves, o quizá en viernes o sábado, y que los que los buscaban habían abandonado la empresa. Propuso explorar otra galería. Estaba dispuesto a afrontar el peligro de Joe el Indio y cualquier otro terror. Pero Becky estaba muy débil. Se había sumido en una mortal apatía y no quería salir de ella. Dijo que esperaría allí donde estaba, y se moriría... sin tardar ya mucho. Tom podía ir a explorar con la cuerda de la cometa, si quería; pero le suplicaba que volviera de cuando en cuando para hablarle; y le hizo prometer que cuando llegase el momento terrible estaría a su lado y la cogería de la mano hasta que todo acabase. Tom la besó, con un nudo en la garganta que le ahogaba, e hizo ver que tenía esperanza de encontrar a los buscadores o un escape para salir de la cueva. Y llevando la cuerda en la mano empezó a andar a gatas por otra de las galerías, martirizado por el hambre y agobiado por los presentimientos del fatal desenlace.

Capítulo XXXII

Transcurrió la tarde del martes y llegó el crepúsculo. El pueblecito de San Petersburgo guardaba aún un fúnebre recogimiento. Los niños perdidos no habían aparecido. Se habían hecho rogativas públicas por ellos y muchas en privado, poniendo los que las hacían todo su corazón en las plegarias; pero ninguna buena noticia llegaba de la cueva. La mayor parte de los exploradores habían abandonado ya la tarea y habían vuelto a sus ocupaciones, diciendo que era evidente que nunca se encontraría a los desaparecidos. La madre de Becky estaba gravemente enferma y deliraba con frecuencia. Decían que desgarraba el corazón oírla llamar a su hija y quedarse escuchando largo rato, y después volver a hundir la cabeza entre las sábanas con un sollozo. Tía Polly había caído en una fija y taciturna melancolía y sus cabellos grises se habían tornado blancos casi por completo. Todo el pueblo se retiró a descansar aquella noche triste y descorazonado.

Más tarde, a más de medianoche, un frenético repiqueteo de las campanas de la iglesia puso en conmoción a todo el vecindario, y en un momento las calles se llenaron de gente alborotada y a medio vestir, que gritaba: «¡Arriba, arriba! ¡Ya han aparecido! ¡Los han encontrado!» Sartenes y cuernos añadieron su estrépito al tumulto; el vecindario fue formando grupos, que marcharon hacia el río y se encontraron a los niños que venían en un coche descubierto arrastrado por una multitud que los aclamaba, que rodearon el coche y se unieron a la comitiva y entraron con gran pompa por la calle principal lanzando hurras entusiastas.

Todo el pueblo estaba iluminado; nadie pensó en volverse a la cama; era la más memorable noche en los anales de aquel apartado lugar. Durante mucho más de media hora una gran procesión de vecinos desfiló por la casa del juez Thatcher, abrazó y besó a los recién encontrados, estrechó la mano de la señora de Thatcher, trató de hablar sin que la emoción se lo permitiese, y se marchó regando de lágrimas toda la casa.

La dicha de tía Polly era completa, y casi lo era también la de la madre de Becky. Lo sería del todo tan pronto como el mensajero enviado a toda prisa a la cueva pudiese dar la noticia a su marido.

Tom estaba tendido en un sofá, rodeado de un impaciente auditorio, y contó la historia de la pasmosa aventura, introduciendo en ella muchos emocionantes aditamentos para mayor adorno; y la terminó con el relato de cómo dejó a Becky y se fue a hacer una exploración; cómo recorrió dos galerías hasta donde se lo permitió la longitud de la cuerda de la cometa; cómo siguió después una tercera hasta el límite de la cuerda, y ya estaba a punto de volverse atrás cuando divisó un puntito remoto que le parecía luz del día; abandonó la cuerda y se arrastró hasta allí, sacó la cabeza y los hombros por un angosto agujero, y vio el ancho y ondulante Misisipí deslizarse a su lado. Y si llega a ocurrir que fuera de noche, no hubiera visto el puntito de luz y no hubiera vuelto a explorar la galería. Contó cómo volvió donde estaba Becky y le dio, con precauciones, la noticia, y ella le dijo que no la mortificase con aquellas cosas porque estaba cansada y sabía que iba a morir y lo deseaba. Relató cómo se esforzó para persuadirla, y cómo ella pareció que iba a morirse de alegría cuando se arrastró hasta donde pudo ver el remoto puntito de claridad azulada; cómo consiguió salir por el agujero y después ayudó para que ella saliese; cómo se quedaron allí sentados y lloraron de gozo; cómo llegaron unos hombres en un bote y Tom los llamó y les contó su situación y que perecían de hambre; cómo los hombres no querían creerle al principio, «porque -decía- estáis cinco millas río abajo del valle en que está la cueva», y después los recogieron en el bote, los llevaron a una casa, les dieron de cenar, los hicieron descansar hasta dos o tres horas después de anochecido y, por fin, los trajeron al pueblo.

Antes de que amaneciese se descubrió el paradero, en la cueva, del juez Thatcher y de los que aún seguían con él, por medio de los cordeles que habían ido tendiendo para servirles de guías, y se les comunicó la gran noticia.

Los efectos de tres días y tres noches de fatiga y de hambre no eran cosa baladí y pasajera, según pudieron ver Tom y Becky. Estuvieron postrados en cama los dos días siguientes, y cada vez parecían más cansados y desfallecidos. Tom se levantó un poco el jueves, salió a la calle el viernes, y para el sábado estaba ya como nuevo; pero Becky siguió en cama dos o tres días más, y cuando se levantó parecía que había pasado una larga y grave enfermedad.

Tom se enteró de la enfermedad de Huck y fue a verlo; pero no le dejaron entrar en la habitación del enfermo ni aquel día ni en los dos siguientes. Le dejaron verle después todos los días, mas le advirtieron que nada debía decirle de su aventura ni hablar de cosas que pudieran excitar al paciente. La viuda de Douglas presenció las visitas para ver que se cumplían esos preceptos. Tom supo en su casa el acontecimiento del monte Cardiff, y también que el cadáver del hombre harapiento había sido encontrado junto al embarcadero: sin duda se había ahogado mientras intentaba escapar.

Un par de semanas después de haber salido de la cueva fue Tom a visitar a Huck, el cual estaba ya sobradamente repuesto y fortalecido para oír hablar de cualquier tema, y Tom sabía de algunos que, según pensaba, habían de interesarle en alto grado. La casa del juez Thatcher le cogía de camino, y Tom se detuvo allí para ver a Becky. El juez y algunos de sus amigos le hicieron hablar, y uno de ellos le preguntó, con ironía, si le gustaría volver a la cueva. Tom dijo que sí y que ningún inconveniente tendría en volver.

-Pues mira -dijo el juez-, seguramente que no serás tú el único. Pero ya hemos pensado en ello. No volverá nadie a perderse en la cueva.

-¿Por qué?

-Porque hace dos semanas que he hecho forrar la puerta con chapa de hierro y ponerle tres cerraduras. Y tengo yo las llaves. Tom se quedó blanco como un papel.

-¿Qué te pasa, muchacho?, ¿qué es eso? ¡Que traigan agua a escape!

-Vamos, ya estás mejor. ¿Qué era lo que te pasaba, Tom?

-¡Señor juez, Joe el Indio está en la cueva!

Capítulo XXXIII

En pocos minutos cundió la noticia, y una docena de botes estaba en marcha, y detrás siguió el vapor, repleto de pasajeros. Tom Sawyer iba en el mismo bote que conducía al juez. Al abrir la puerta de la cueva, un lastimoso espectáculo se presentó a la vista: en la densa penumbra de la entrada, Joe el Indio estaba tendido en el suelo, muerto, con la cara pegada a la juntura de la puerta, como si sus ojos anhelantes hubieran estado fijos hasta el último instante en la luz y en la gozosa libertad del mundo exterior. Tom se sintió conmovido porque sabía por experiencia propia cómo habría sufrido aquel desventurado. Sentía compasión por él, pero al propio tiempo una bienhechora sensación de descanso y seguridad, que le hacía ver, pues hasta entonces no había sabido apreciarlo por completo, la enorme pesadumbre del miedo que le agobiaba desde que había levantado su voz contra aquel proscrito sanguinario.

Junto a Joe estaba su cuchillo, con la hoja partida. La gran viga que servía de base a la puerta había sido cortada poco a poco, astilla por astilla, con infinito trabajo: trabajo que además era inútil, pues la roca formaba un umbral por fuera y sobre aquel durísimo material la herramienta no había producido efecto: el único daño había sido para el propio cuchillo. Pero aunque no hubiera habido el obstáculo de la piedra, el trabajo también hubiera sido inútil, pues aun cortada la viga por completo, Joe no hubiera podido hacer pasar su cuerpo por debajo de la puerta, y él lo sabía de antemano. Había estado, pues, desgastando con el cuchillo únicamente por hacer algo, para no sentir pasar el tiempo, para dar empleo a sus facultades impotentes y enloquecidas. Siempre se encontraban algunos cabos de velas clavados en los intersticios de la roca que formaba este vestíbulo, dejados allí por los excursionistas; pero no se veía ninguno. El prisionero los había buscado para comérselos. También había logrado cazar algunos murciélagos y los había devorado sin dejar más que las uñas. El desventurado había muerto de hambre. Allí cerca se había ido elevando lentamente desde el suelo, durante siglos y siglos, una estalagmita en lo alto. El prisionero había roto la estalagmita y sobre el muñón había colocado un canto en el cual había tallado una ligera oquedad para recibir la preciosa gota que caía cada veinte minutos, con la precisión desesperante de un mecanismo de relojería: una cucharadita cada veinticuatro horas. Aquella gota estaba cayendo cuando las pirámides de Egipto eran nuevas, cuando cayó Troya, cuando se pusieron los cimientos de Roma, cuando Cristo fue crucificado, cuando el Conquistador creó el imperio británico, cuando Colón se hizo a la vela. Cae ahora y caerá todavía cuando todas esas cosas se hayan desvanecido en las lejanías de la historia y en la penumbra de la tradición y se hayan perdido para siempre en la densa noche del olvido. ¿Tienen todas las cosas una finalidad y una misión? ¿Ha estado esta gota cayendo pacientemente cinco mil años para estar preparada a satisfacer la necesidad de este efímero insecto humano, y tiene algún otro importante fin que llenar dentro de diez mil años? No importa. Hace ya muchos que el desdichado mestizo ahuecó la piedra para recoger las gotas inapreciables; pero aún hoy día nada atrae y fascina los ojos del turista como la trágica piedra y el pausado gotear del agua, cuando va a contemplar las maravillas de la cueva de Mac Dougall. «La copa de Joe el Indio» ocupa el primer lugar en la lista de las curiosidades de la caverna. Ni siquiera el «Palacio de Aladino» puede competir con ella.

Joe el Indio fue enterrado cerca de la boca de la cueva; la gente acudió al acto en botes y carros desde el pueblo y desde todos los caseríos y granjas de siete millas a la redonda; trajeron con ellos los chiquillos y toda suerte de provisiones de boca, y confesaban que lo habían pasado casi tan bien en el entierro como lo hubieran pasado viéndolo ahorcar.

Este entierro impidió que tomase mayores vuelos una cosa que estaba ya en marcha: la petición de indulto en favor de Joe el Indio al gobernador del Estado. La petición tenía ya numerosas firmas; se habían celebrado multitud de lacrimosos y elocuentes mítines y se había elegido un comité de mujeres sin seso para ver al gobernador, enlutadas y llorosas, e implorar de él que se condujese como un asno benévolo y echase a un lado todos sus deberes. Se decía que Joe el Indio había matado a cinco habitantes de la localidad; pero ¿qué importaba eso? Si hubiera sido Satanás en persona, no hubieran faltado gentes tiernas de corazón para poner sus firmas al pie de una solicitud de perdón y mojarla con una lágrima siempre pronta a escaparse del inseguro y agujereado depósito.

Al día siguiente del entierro Tom se llevó a Huck a un lugar solitario para departir con él de graves asuntos. Ya para entonces la viuda de Douglas y el galés habían enterado a Huck de todo lo concerniente a la aventura de Tom; pero éste dijo que debía de haber una cosa de la cual no le habían dicho nada, y de ella precisamente querían hablarle ahora.

A Huck se le ensombreció el semblante.

-Ya sé lo que es -dijo-. Tú fuiste al número dos y no encontraste más que whisky. Nadie me ha dicho que fueras tú; pero yo me figuré que tú eras en cuanto oí hablar de lo del whisky; y me figuré que no habías cogido el dinero, porque ya te hubieras puesto al habla conmigo de un modo o de otro, y me lo hubieras contado a mí aunque no se lo dijeses a nadie más. Ya me daba el corazón que nunca nos haríamos con aquel tesoro.

-No, Huck, no acusé yo al amo de la posada. Tú sabes que nada le había ocurrido cuando yo fui a la merienda. ¿No te acuerdas que tú ibas a estar allí de centinela aquella noche?

-¡Es verdad! Parece que ya hace años de eso. Fue la noche en que fui siguiendo a Joe el Indio hasta la casa de la viuda.

-¿Le seguiste tú?

-Sí..., pero no hables de eso. Puede ser que Joe haya dejado amigos. No quiero que vengan contra mí y me jueguen malas partidas. Si no hubiera sido por mí, estaría a estas horas en Texas tan fresco.

Entonces contó Huck, confidencialmente, todos los detalles de su aventura, pues el galés sólo le había contado a Tom una parte de ella.

-Bueno -dijo Huck después, volviendo al asunto principal-; quienquiera que cogió el whisky, echó mano también al dinero y, a lo que a mí me parece, ya no lo veremos nosotros, Tom.

-Huck, el dinero no estuvo nunca en el número dos.

-¡Qué! -exclamó Huck examinando ansiosamente la cara de su compañero-. ¿Estás otra vez en la pista de esos cuartos?

-¡Están en la cueva!

Los ojos de Huck resplandecieron.

-¡Vuelve a decirlo, Tom!

-El dinero está en la cueva.

-Tom, ¡di la verdad! ¿Es en broma o en serio?

-En serio, Huck. En mi vida hablé más en serio. ¿Quieres venir a la cueva y ayudarme a sacarlo?

-¡Ya lo creo! Cuando quieras, si está donde podamos llegar sin que nos perdamos.

-Lo podemos hacer de la manera más fácil del mundo.

-¡Qué gusto! ¿Y qué te hace pensar que el dinero está allí?

-Espérate a que estemos allí, Huck. Si no lo encontramos, me comprometo a darte mi tambor y todo lo que tengo en el mundo. Te lo juro.

-Muy bien. ¿Cuándo quieres que vayamos?

-Ahora mismo, si tú lo dices. ¿Tendrás bastantes fuerzas?

-¿Está muy adentro de la cueva? Ya hace tres o cuatro días que me tengo de pie, pero no podré andar más de una milla; al menos, me parece que podría andarla.

-Hay cinco millas hasta allí, por el camino que iría otro cualquiera que no fuera yo; pero hay un atajo que nadie sabe más que yo. Huck, yo te llevaré hasta allí en un bote. Voy a dejar que el bote baje con la corriente hasta cierto sitio, y luego lo traeré yo solo remando. No necesitas mover una mano.

-Vámonos enseguida, Tom.

-Está bien; necesitamos pan y algo de comida, las pipas, un par de saquitos, dos o tres cuerdas de cometas y algunas de esas cosas nuevas que llaman cerillas fosfóricas. ¡Cuántas veces las eché de menos cuando estuve allí la otra vez!

Un poco después de mediodía los muchachos tomaron en préstamo un pequeño bote, de un vecino que estaba ausente, y enseguida se pusieron en marcha.

Cuando ya estaban algunas millas más abajo del «Barranco de la Cueva» dijo Tom:

-Ahora estás viendo esa ladera que parece toda igual según se baja desde el «Barranco de la Cueva»: no hay casas, serrerías, nada sino matorrales, todos parecidos. Pero ¿ves aquel sitio blanco allá arriba, donde ha habido un desprendimiento de tierra? Pues ésa es una de mis señales. Ahora vamos a desembarcar.

Saltaron a tierra.

-Mira, Huck, desde donde estás ahora podías tocar el agujero con una caña de pescar. Anda a ver si das con él.

Huck buscó por todas partes y nada encontró. Tom, con aire de triunfo, penetró en una espesura de matorrales.

-¡Aquí está! -dijo-. Míralo, Huck. Es el agujero mejor escondido que hay en todo el país. No se lo digas a nadie. Siempre he estado queriendo ser bandolero, pero sabía que necesitaba una cosa como ésta, y la dificultad estaba en tropezar con ella. Ahora ya la tenemos, y hay que guardar el secreto. Sólo se lo diremos a Joe Harper y Ben Rogers, porque, por supuesto, tiene que haber una cuadrilla, y si no, no parecería bien. ¡La cuadrilla de Tom Sawyer! W: suena bien, ¿no es verdad, Huck?

-Ya lo creo, Tom. ¿Y a quién vamos a robar?

-Pues a casi todo el mundo. Secuestrar gente... es lo que más se acostumbra.

-Y matarlos.

-No, no siempre. Tenerlos escondidos en la cueva hasta que paguen rescate.

-Dinero. Se les hace que sus parientes reúnan todo el dinero que puedan, y después que se los ha tenido un año presos, si no pagan, se los mata. Únicamente no se mata a las mujeres: se las tiene encerradas, pero se les perdona la vida. Son siempre guapísimas y ricas y están la mar de asustadas. Se les roban los relojes y cosa así, pero siempre se quita uno el sombrero y se les habla con finura. No hay nadie tan fino como los bandoleros: eso lo puedes ver en cualquier libro. Bueno, las mujeres acaban por enamorarse de uno, y después que han estado en la cueva una semana o dos, ya no lloran más, y después de eso ya no hay modo de hacer que se marchen. Si uno las echa fuera, enseguida dan la vuelta y allí están otra vez. Así está en todos los libros.

-Pues, entonces, es la cosa mejor del mundo. Me parece que es mejor que ser pirata.

-Sí; en algunas cosas es mejor, porque se está más cerca de casa y de los circos y de todos eso...

Para entonces ya estaban hechos los preparativos, y los muchachos, yendo Tom delante, penetraron por el boquete. Llegaron trabajosamente hasta el final del túnel; después ataron las cuerdas y prosiguieron la marcha. A los pocos pasos estaban en el manantial, y Tom sintió correrle un escalofrío por todo el cuerpo. Enseñó a Huck el trocito de pabilo sujeto al muro con una pella de barro, y le contó cómo Becky y él habían estado mirando la agonía de la llama hasta que se apagó.

Siguieron hablando en voz muy baja, porque el silencio y la lobreguez de aquel lugar sobrecogía sus espíritus. Marcharon adelante y entraron después por la otra galería, explorada por Tom, hasta que llegaron al borde cortado a pico. Con las velas pudieron ver que no era realmente un despeñadero, sino un declive de arcilla de veinte o treinta pies de altura. Tom murmuró:

-Ahora voy a enseñarte una cosa, Huck. Levantó la vela cuanto pudo y prosiguió:

-Mira al otro lado de la esquina estirándote todo lo que puedas. Allí en aquel peñasco grande..., pintada con humo de vela...

-¡Es una cruz, Tom!

-Y ahora ¿dónde está tu número dos? Debajo de la cruz, ¿eh? Allí mismo es donde vi a Joe el Indio sacar la mano con la vela.

Huck se quedó mirando un rato al místico emblema y luego dijo con trémula voz:

-¡Vamos a escapar de aquí, Tom!

-¡Qué! ¿Y dejar el tesoro?

-Sí, dejarlo. El ánima de Joe el Indio anda por aquí, de seguro.

-No, Huck; no anda por aquí. Rondará por el sitio donde murió, allá en la entrada de la cueva, a cinco millas de aquí.

-No, Tom. Estará aquí rondando los dólares. Yo sé lo que les gusta a los fantasmas, y tú también.

Tom empezaba a pensar que, acaso, Huck tuviera razón. Mil temores le asaltaban. Pero de pronto se le ocurrió una idea.

-¡No seamos tontos, Huck! ¡El espíritu de Joe el Indio no puede venir a rondar donde hay una cruz!

El argumento no tenía vuelta de hoja. Produjo su efecto.

-No se me ha ocurrido, Tom; pero es verdad. Suerte ha sido que esté ahí la cruz. Bajaremos por aquí y nos pondremos a buscar la caja.

Tom bajó primero, excavando huecos en la arcilla para servir de peldaños. Huck siguió detrás. Cuatro galerías se abrían en la caverna donde estaba la roca grande. En la más próxima a la base de la roca encontraron un escondrijo con una yacija de mantas extendida en el suelo; había, además, unos tirantes viejos, unas cortezas de tocino y los huesos, mondos y bien roídos, de dos o tres gallinas. Pero no había caja con dinero. Los muchachos buscaron y rebuscaron en vano. Tom reflexionó:

-Él dijo bajo la cruz. Bien; esto viene a ser lo que está más cerca de la cruz. No puede ser bajo la roca misma, porque no queda hueco entre ella y el piso.

Rebuscaron de nuevo por todas partes y al cabo se sentaron desalentados. A Huck no se le ocurría ninguna idea.

-Mira, Huck -dijo Tom, después de un rato-; hay pisadas y goterones de vela en el barro por un lado de esta peña, pero no por los otros. ¿Por qué es eso? Apuesto a que el dinero está debajo de la peña. Voy a cavar en la arcilla.

-¡No está eso mal, Tom! -dijo Huck, reanimándose.

«El verdadero Barlow» de Tom entró enseguida en acción, y no había ahondado cuatro pulgadas cuando tocó en madera.

-¡Eh, Huck! ¿Lo oyes?

Huck empezó a escarbar con furia. Pronto descubrieron unas tablas y las levantaron. Ocultaban una ancha grieta natural que se prolongaba bajo la roca. Tom se metió dentro, alumbrado con la vela lo más lejos que pudo por debajo de la peña; pero dijo que no veía el fin de aquello. Propuso que lo explorasen y se metió por debajo de la roca, con Huck a la zaga. La estrecha cavidad descendía gradualmente. Siguieron su quebrado curso, primero hacia la derecha, y a la izquierda después. Tom dobló una rápida curva y exclamó:

Huck, Huck!, ¡mira aquí!

Era la caja del tesoro, sin duda posible, colocada en una diminuta caverna, en compañía de un barril de pólvora, dos fusiles con fundas de cuero, dos o tres pares de mocasinas7 viejas, un cinturón y otras cosas heterogéneas, todo empapado por la humedad de las goteras.

-¡Ya lo tenemos! -dijo Huck hundiendo las manos en las mohosas monedas-. ¡Pero si somos ricos, Tom!

-Huck, yo siempre pensé que sería para nosotros. Parece cosa demasiado buena para ser creída, pero aquí lo tenemos. ¡Aquí está! Ahora no gastemos tiempo; vamos a sacarlo fuera. Déjame ver si puedo sacar la caja.

Pesaba unas cincuenta libras. Tom podía levantarla un poco, pero no podía cargar con ella.

-Ya lo pensaba yo -dijo-; parecía que les pesaba mucho cuando se la llevaban de la casa encantada, y me fijé en ello. He hecho bien en traer las talegas.

En un momento metieron el dinero en los sacos y los subieron hasta la roca donde estaba la cruz.

Ahora vamos a buscar las escopetas y aquellas otras cosas -dijo Huck.

-No, Huck; déjalas allí. Son precisamente lo que nos hace falta cuando nos metamos en el bandidaje. Vamos a tenerlas allí siempre, y además celebraremos allí nuestras orgías. Es un sitio que ni pintado para orgías.

-¿Qué son orgías?

-No lo sé. Pero los bandoleros siempre tienen orgías y, por supuesto, nosotros tendremos que tenerlas también. Vamos andando, Huck, que hemos estado aquí mucho tiempo y se nos hace tarde. Además, tengo hambre. Comeremos y fumaremos en el bote.

Aparecieron después en la espesura del matorral. Miraron cautelosamente en torno, vieron que no andaba nadie por allí, y poco después estaban almorzando en el bote. Cuando el sol descendía ya hacia el ocaso desatracaron y emprendieron la vuelta. Tom fue bordeando la orilla durante el largo crepúsculo, charlando alegremente con Huck, y desembarcaron ya de noche.

-Ahora, Huck -dijo Tom-, vamos a esconder el dinero en el desván de la leñera de la viuda, y yo iré por la mañana a contarlo para hacer el reparto, y después buscaremos un sitio en el bosque donde esté seguro. Tú te quedas aquí y cuidas de los sacos, mientras yo voy corriendo y cojo el carrito de Benny Taylor. No tardo un minuto.

Desapareció, y a poco se presentó con el carro, puso en él los dos sacos, los tapó con unos trapos y echó a andar arrastrando su carga. Cuando llegaron frente a la casa del galés se pararon para descansar. Ya se disponían a seguir su camino cuando salió el galés a la puerta.

-¡Eh!, ¿quién va ahí? -dijo.

-Huck y Tom Sawyer.

-¡Magnífico! Veníos conmigo, chicos, que estáis haciendo esperar a todos. ¡Hala, de prisa! Yo os llevaré el carro. Pues pesa más de lo que parece... ¿Qué lleváis aquí, ladrillos o hierro viejo?

-Metal viejo -contestó Tom.

-Ya me parecía. Los chicos de este pueblo gastan más trabajo y más tiempo en buscar cuatro pedazos de hierro viejo para venderlo en la fundición, que gastarían en ganar doble dinero trabajando como Dios manda. Pero así es la humanidad. ¡Deprisa, chicos, deprisa!

Los chicos le preguntaron el porqué de aquel apresuramiento.

-No os preocupéis; ya habéis de verlo en cuanto lleguemos a casa de la viuda.

Huck dijo, con una cierta escama, porque estaba de antiguo acostumbrado a falsas acusaciones

-Míster Jones, no hemos estado haciendo nada. El galés se echó a reír.

-De eso no sé nada, Huck. Yo no sé nada. ¿No estáis la viuda y tú en buenos términos?

-Sí. Al menos, ella ha sido buena conmigo.

-Pues, entonces, ¿qué tienes que temer?

Esta pregunta no estaba aún satisfactoriamente resuelta en la despaciosamente de Huck cuando fue empujado, juntamente con Tom, en el salón de recibir de la viuda. Jones dejó el carro junto a la puerta y entró tras ellos.

El salón estaba profusamente iluminado, y toda la gente de alguna importancia en el pueblo estaba allí: los Thatcher, los Harper, los Rogers, tía Polly, Sid, Mary, el reverendo pastor, el director del periódico y muchos más, todos vestidos con el fondo del arca. La viuda recibió a los muchachos con tanta amabilidad como hubiera podido mostrar cualquiera ante dos seres de aquellas trazas. Estaban cubiertos de la cabeza a los pies de barro y de sebo. Tía Polly se puso colorada como un tomate, de pura vergüenza, y frunció el ceño e hizo señas amenazadoras a Tom. Pero nadie sufrió tanto, sin embargo, como los propios chicos.

-Tom no estaba en casa todavía -dijo el galés-; así es que desistí de traerlo; pero me encontré con él y con Huck en mi misma puerta y me los traje más que a paso.

-Hizo usted muy bien -dijo la viuda-. Venid conmigo, muchachos.

Se los llevó a una alcoba y les dijo

-Ahora os laváis y os vestís. Ahí están dos trajes nuevos, camisas, calcetines, todo completo. Son de Huck. No, no me des las gracias, Huck. Míster Jones ha comprado uno y yo el otro. Pero os vendrán bien a los dos. Vestíos deprisa. Os esperaremos, y en cuanto estéis lo bastante limpios vais allá.

Después se marchó.

Capítulo XXXIV

Huck dijo:

-Nos podemos descolgar si encontramos una soga. La ventana no está muy alta.

-¡Un cuerno! ¿Para qué quieres tú descolgarte?

-No estoy hecho a esa clase de gente. No puedo aguantar esto. Yo no voy abajo, Tom.

-¡Cállate! Eso no es nada. A mí no me importa un pito. Yo estaré contigo.

Sid apareció en aquel momento.

-Tom -dijo-, la tía te ha estado aguardando toda la tarde. Mary te había ya sacado el traje de los domingos y todo el mundo estaba rabiando contra ti. Dime, ¿no es sebo y barro esto que tienes en la ropa?

-Anda con ojos, señor Sid, y no te metas en lo que no te importa. Y oye, ¿por qué han armado aquí todo esto?

-Es una de esas fiestas que siempre está dando la viuda. Esta vez es para míster Jones y sus hijos, a causa de haber salvado de lo de aquella noche. Y todavía puedo decirte otra cosa, si quieres saberla.

-¿Cuál?

-Pues que míster Jones se figura que va a dar un gran golpe contando aquí a la gente una cosa que nadie sabe; pero yo se la oí mientras se la decía a tía Polly el otro día, en secreto, y me parece que ya no tiene mucho de secreto para estas horas. Todo el mundo lo sabe y la viuda también, por mucho que ella quiera hacer como que no se ha enterado. Míster Jones tenía empeño en que Huck estuviera aquí. No podía lucir su gran secreto sin Huck, ¿sabes?

-¿Qué secreto, Sid?

-El de Huck siguiendo a los ladrones hasta aquí. Me figuro que míster Jones iba a darse mucho tono con su sorpresa, pero le va a fallar-. Y Sid parecía muy contento y satisfecho.

-Sid, ¿has sido tú el que lo ha dicho?

-No importa quién fuese. Alguien lo ha dicho, y con eso basta.

-Sólo hay una persona en el pueblo lo bastante baja para hacer eso, y ése eres tú, Sid. Si tú hubieras estado en lugar de Huck, te hubieras escurrido por el monte abajo y no hubieras dicho a nadie ni una palabra de los ladrones. No puedes hacer más que cosas bajas y no puedes ver que elogien a nadie por hacerlas buenas. Toma, y «no des las gracias», como dice la viuda. Y Tom sacudió a Sid un par de guantadas y le ayudó a ir hasta la puerta a puntapiés.

-Ahora vete -le dijo-, y cuéntaselo a tu tía, si te atreves, y mañana te atraparé.

Pocos momentos después los invitados de la viuda estaban sentados a la mesa para comer, y una docena de chiquillos acomodados en mesitas laterales, según la moda de aquella tierra y de aquel tiempo. En el momento oportuno, míster Jones pronunció su discursito, en el que dio las gracias a la viuda por el honor que dispensaba a él y a sus hijos; pero dijo que había otra persona, cuya modestia...

Y siguió adelante por aquel camino. Disparó su secreto de la participación de Huck en la aventura, en el más dramático estilo que su habilidad le permitió; pero la sorpresa que produjo era en gran parte fingida y no tan clamorosa y efusiva como lo hubiera sido en más propicias circunstancias. La viuda, sin embargo, representó bastante bien su asombro, y amontonó tantos elogios y tanta gratitud sobre la cabeza de Huck, que casi se olvidó al cuitado la incomodidad, apenas soportable, que le causaba el traje nuevo, ante el embarazo, insoportable del todo, de ser ofrecido como blanco a las miradas de todos y sus laudatorios comentarios.

Dijo la viuda que pensaba dar albergue a Huck bajo su techo y que recibiese una educación, y que cuando pudiera hacerlo le pondría en camino de ganarse la vida modestamente. La ocasión era única, y Tom la aprovechó.

-Huck no lo necesita -dijo-. Huck es rico.

Sólo el temor de faltar a la etiqueta impidió que estallase la risa que merecía aquella broma. Pero el silencio era un tanto embarazoso. Tom lo rompió.

-Huck tiene dinero -dijo-. Puede que ustedes no lo crean, pero lo tiene a montones. No hay para que reírse; yo se lo demostraré. Esperen un minuto.

Salió corriendo del comedor. Todos se miraron unos a otros curiosos y perplejos, y después las miradas interrogantes se dirigieron a Huck, que seguía silencioso como un pez.

-Sid, ¿qué le pasa a Tom? -preguntó tía Polly-. Ese chico... ¡Nada! ¡No acaba una de entenderle! Yo nunca...

Entró Tom, abrumado bajo el peso de los sacos, y tía Polly no pudo acabar la frase. Tom derramó el montón de monedas amarillas sobre la mesa, diciendo:

-¡Ahí está! ¿Qué había dicho yo? La mitad es de Huck y la otra mitad mía.

El espectáculo dejó a todos sin aliento. Todos miraban; nadie hablaba. Después, unánimemente, pidieron explicaciones. Tom dijo que podía darlas, y así lo hizo. El relato fue largo, pero rebosante de interés: nadie se atrevió a romper con interrupciones el encanto de su continuo fluir. Cuando llegó a su fin, míster Jones dijo:

-Me creía yo que tenía preparada una ligera sorpresa para esta ocasión; pero ahora se ha quedado en menos que nada. Al lado de ésta no se la ve. Tengo que confesarlo.

Se contó el dinero. Ascendía a un poco más de doce mil dólares. Ninguno de los presentes había visto junta una cantidad semejante, aunque algunos de ellos poseían mayor riqueza en propiedades.

Capítulo XXXV

Como el lector puede suponer, la inesperada fortuna de Tom y Huck produjo una intensa conmoción en el pobre lugarejo de San Petersburgo. Tan enorme suma, toda en dinero contante, parecía cosa increíble. Se habló de ella, se soñó con ella, se la magnificó hasta que la insana excitación llegó a perturbar la cabeza de más de un vecino. Todas las casas encantadas de San Petersburgo y de los pueblos cercanos fueron disecadas tabla por tabla, y arrancados y analizados los cimientos piedra por piedra, en busca de ocultos tesoros; y no por chicuelos, sino por hombres talludos, y de los más graves y menos noveleros muchos de ellos. Dondequiera que Tom y Huck se presentaban eran agasajados, despertaban la admiración y los contemplaban con embelesamiento. Los muchachos no lograban acordarse de que sus opiniones hubieran sido consideradas de peso en otro tiempo; pero ahora sus dichos se atesoraban y se repetían; todo cuanto hacían parecía ser considerado como cosa notable; era evidente que habían perdido el poder de hacer o decir cosas corrientes y adocenadas; además, se hicieron excavaciones en su historia pasada y se descubrieron en ella señales de rara originalidad. El periódico de la localidad publicó bosquejos biográficos de los dos chicos.

La viuda de Douglas colocó el dinero de Huck al seis por ciento, y otro tanto hizo el juez Thatcher con el de Tom, a instancias de tía Polly. Cada uno de ellos tenía ahora una renta que era simplemente prodigiosa: un dólar por cada día de entre semana durante todo el año, y medio los domingos. Era precisamente lo mismo que el pastor ganaba...; es decir, no: era precisamente lo que le habían prometido, aunque nunca conseguía recaudarlo. Un dólar y cuarto por semana bastaba para mantener, alojar y pagar la escuela a un muchacho en aquellos inocentes días de antaño, y hasta para vestirlo y lavarlo, de añadidura.

El juez Thatcher había formado un alto concepto de Tom. Decía que un muchacho como otro cualquiera no hubiera logrado sacar a su hija de la cueva. Cuando Becky le contó, muy confidencialmente, cómo Tom se había hecho cargo del vapuleo que le correspondía a ella, en la escuela, el juez se emocionó visiblemente; y cuando ella trató de disculpar la gran mentira que había dicho Tom para evitarle aquel vapuleo y echárselo él a cuestas, el juez dijo con gran entusiasmo que era aquélla una noble, una generosa, una magnánima mentira; una mentira que podía tenérselas tiesas y pasar a la historia con la tan ponderada veracidad de Jorge Washington acerca del hacha. Becky pensó que nunca le había parecido su padre tan alto y magnífico como mientras se paseaba y al dar una patada en el suelo diciendo aquello. Salió a escape y fue a contárselo a Tom.

El juez Thatcher esperaba ver de Tom algún día hecho un gran abogado o un gran militar. Dijo que pensaba ocuparse en que el chico fuera admitido en la Academia Militar Nacional y después enseñado en la mejor escuela de Derecho del país, para que estuviera así en disposición de seguir una de las dos carreras, o las dos a la vez.

Las riquezas de Huck Finn y el hecho de estar bajo la protección de la viuda de Douglas le introdujeron en la buena sociedad, o, mejor dicho, le arrastraron a ella o le metieron dentro de un empellón, y sus sufrimientos fueron casi superiores a sus fuerzas. Los criados de la viuda le tenían limpio y acicalado, peinado y cepillado; le acostaban todas las noches entre antipáticas sábanas que no tenían ni una mota ni mancha que pudiera él apretar contra su corazón y reconocerla como amigo. Tenía que comer con tenedor y cuchillo; tenía que usar plato, copa y servilleta; tenía que estudiar en un libro; tenía que ir a la iglesia; tenía que hablas con tal corrección que el lenguaje se volvió insípido en su boca; de cualquier lado que se volvía, las rejas y grilletes de la civilización le cerraban el paso y le ataban de pies y manos.

Durante tres semanas soportó heroicamente sus angustias, y un buen día desapareció. Dos días y dos noches le buscó la acongojada viuda por todas partes. El público tomó el asunto con gran interés: registraron todas las cercanías de arriba abajo; dragaron el río en busca del cadáver. El tercer día, muy de mañana, Tom, con certero instinto, fue a hurgar por entre unas barricas viejas, detrás del antiguo matadero, y en una de ellas encontró al fugitivo. Huck se había dormido allí; acababa de desayunarse con heterogéneos artículos que había hurtado, y estaba tendido voluptuosamente, fumando una pipa. Estaba sucio, despeinado y cubierto con los antiguos andrajos que le habían hecho pintoresco en los tiempos en que era libre y dichoso. Tom lo sacó de allí, le contó los trastornos que había causado y trató de convencerle de que volviera a casa. El semblante de Huck perdió su plácida expresión de bienestar y se puso sombrío y melancólico.

-No hables de eso, Tom -dijo-. Ya he hecho la prueba y no marcha; no marcha, Tom. No es para mí; no estoy hecho a eso. La viuda es buena para mí y cariñosa; pero no puedo aguantarla. Me hace levantar a la misma hora justa todas las mañanas; hace que me laven, me peinen y cepillen hasta sacarme chispas; no me deja dormir en el cobertizo de la leña; tengo que llevar esa condenada ropa que me estrangula, Tom: parece como que no deja entrar el aire, y es tan condenadamente fina que no puedo sentarme, ni tumbarme, ni echarme a rodar; hace ya... años, parece, que no me he dejado resbalar por la entrada de un sótano; tengo que ir a la iglesia, y sudar y sudar; ¡no resisto aquellos sermones! Allí no puedo cazar una mosca ni mascar tabaco, y todo el domingo tengo que llevar puestos los zapatos. La viuda come a toque de campana, se acuesta a toque de campana, se levanta a toque de campana...; todo se hace con un orden tan atroz que no hay nacido que lo resista.

-Pues mira, Huck, todo el mundo vive así.

Eso no cambia nada, Tom. Yo no soy todo el mundo y no puedo con ello. Es horrible estar atado así. Y la comida le viene a uno demasiado fácilmente: ya no me tira el alimento. Tengo que pedir permiso para ir a pescar, y para ir a nadar, y hasta para toser. Además, tengo que hablar tan por lo fino que se me quitan las ganas de abrir el pico; y todos los días tengo que subirme al desván a jurar un rato, para quitarme el mal gusto de boca, y si no me moriría, Tom. La viuda no me deja fumar ni dar gritos; no me deja quedarme con la boca abierta, ni estirarme, ni que me rasque delante de la gente-. Y después prosiguió, con una explosión de cólera y sentimiento: -Y, ¡maldita sea mi suerte!, ¡no para de rezar en todo el tiempo! Tenía que largarme, Tom; no había otro remedio. Y además iba a empezar la escuela, y yo tenía que ir; y eso no puedo sufrirlo. Mira, Tom: ser rico no es lo que se dice por ahí. No es más que reventarse y reventarse, y sudar y más sudar, y querer uno morirse cuanto antes. En cambio, esta ropa es de mi gusto y esta barrica es de mi gusto, y no estoy por dejarlas. Nunca me hubiera yo visto en esta desgracia si no hubiera sido por aquel dinero. Anda y coge mi parte para ti, y me das diez centavos de vez en cuando, pero no muy a menudo, porque no se me da nada por una cosa que no le cuesta a uno conseguirla. Y vas y le hablas a la viuda por mí para que me deje.

-Huck, ya sabes que no puedo hacer eso. No está bien; y además, si haces la prueba un poco más de tiempo, ya verás cómo acaba por gustarte.

-¡Gustarme! Sí, ¡como me gustaría un brasero si tuviera que estar sentado encima el tiempo que hiciera falta! No, Tom, no quiero ser rico, y no he de vivir en esas malditas casas donde se ahoga uno. A mí me gustan las arboledas, y el río, y las barricas, y con ellos me quedo. ¡Maldita sea! ¡Ahora que teníamos escopetas y la cueva y todo arreglado para ser bandoleros, viene esta condenada tontería y lo estropea todo!

Tom vio su oportunidad.

-Mira, Huck -le dijo-, el ser rico no me ha de quitar de ser bandido.

-¿No? ¿Lo dices de veras? ¿Es en serio, Tom?

-Tan en serio como estoy aquí sentado. Pero mira, Huck, no podemos admitirte en la cuadrilla si no vives decentemente, ¿sabes? A Huck se le aguó la alegría.

-¿No me podéis admitir, Tom? ¿No me dejaste que fuera de pirata?

-Sí, pero no es lo mismo. Un bandido es persona de más tono de lo que es un pirata..., por regla general. En muchos países son de lo más alto de la nobleza: duques y cosas así.

-¡Tom! ¡Tan amigo como has sido mío! No me dejarás fuera, ¿verdad? Eso no lo haces tú, Tom.

-Huck, yo no quisiera; pero ¿qué diría la gente? Pues diría ¡Bah, la cuadrilla de Tom Sawyer! ¡Hay en ella personas de malos antecedentes! Y eso lo dirían por ti, Huck. A ti no te gustaría, y yo no quiero que lo digan.

Huck permaneció callado largo rato. En su mente se libraba una batalla. Al cabo dijo:

-Bueno; pues me volveré con la viuda por un mes, y lo probaré de nuevo, a ver si puedo llegar a aguantarlo, si tú me dejas entrar en la cuadrilla.

-¡Corriente! ¡Trato hecho, Huck! Vente conmigo, compadre, y yo pediré a la viuda que te afloje una miaja.

-¿De veras, Tom? Muy bien. Si afloja un poco en las cosas en que me cuestan más trabajo, fumaré a escondidas y juraré a solas, y saldré adelante o reventaré. ¿Cuándo vas a armar la cuadrilla para hacemos bandoleros?

-A escape. Reuniremos a los chicos y esta misma noche celebraremos la iniciación.

-¿Celebraremos qué?

-La iniciación.

-¿Qué es eso?

-Es jurar que nos hemos de defender unos a otros y no decir nunca los secretos de la cuadrilla aunque le piquen a uno en tajadas, y matar a cualquiera, y a toda su familia, que haga daño a alguno de nosotros.

-Eso es divertido..., la mar de divertido. Te lo digo yo.

-Ya lo creo. Y todos esos juramentos hay que hacerlos a medianoche, en el sitio más solitario y de más miedo que se pueda encontrar. Una casa encantada sería lo mejor, pero ahora están todas hechas escombros.

-Bueno, pero con hacerlo a medianoche vale.

-Sí, vale. Y hay que jurar sobre una caja de muerto y firmarlo con sangre.

-¡De primera! Vamos, ¡si es un millón de veces mejor que piratear! No me voy a apartar de la viuda hasta que me pudra, Tom. Y si llego a ser un bandido de los de primer orden y todo el mundo habla de mí, me parece que se sentirá orgullosa de haber sido ella la que me recogió de la calle.

Conclusión

Así se acaba esta crónica. Siendo exclusivamente la historia de un rapaz, tiene que terminar aquí; no podría ir mucho más lejos sin trocarse en la historia de un hombre. El que escribe una novela de personas mayores ya sabe exactamente dónde hay que rematarla: en una boda; pero cuando escribe de chiquillos tiene que pararse donde mejor pueda.

Muchos de los personajes que actúan en este libro viven todavía, prósperos y dichosos. Quizá valga la pena de reanudar algún día la historia de los más jóvenes y ver en qué clase de hombres y mujeres llegaron a convertirse; será por tanto, lo más prudente no revelar por ahora nada de esa parte de sus vidas.

FIN

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