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Cervantes Virtual -
Traducción del inglés de J.
Torroba - Espasa calpe - Madrid
Capítulos:
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Capítulo XXVII
La aventura de aquel día
obsesionó a Tom durante la noche, perturbando sus sueños. Cuatro veces
tuvo en las manos el rico tesoro y cuatro veces se evaporó entre sus
dedos al abandonarle el sueño y despertar a la realidad de su desgracia.
Cuando, despabilado ya, en las primeras horas de la madrugada, recordaba
los incidentes del magno suceso, parecíanle extrañamente amortiguados y
lejanos, como si hubieran ocurrido en otro mundo o en un pasado remoto.
Pensó, entonces, que acaso la gran aventura no fuera también un sueño.
Había un decisivo argumento en favor de esa idea, a saber: que la
cantidad de dinero que había visto era demasiado cuantiosa para tener
existencia real. Jamás habían visto sus ojos cincuenta dólares juntos,
y, como todos los chicos de su edad y de su condición, se imaginaba que
todas las alusiones a «cientos» y a «miles» no eran sino fantásticos
modos de expresión y que no existían tales sumas en el mundo. Nunca
había sospechado, ni por un instante, que cantidad tan considerable como
cien dólares pudiera hallarse en dinero contante en posesión de nadie.
Si se hubieran analizado sus ideas sobre tesoros escondidos, se habría
visto que consistían éstos en un puñado de monedas reales y una fanega
de otras vagas, maravillosas, impalpables.
Pero los incidentes de su
aventura fueron apareciendo con mayor relieve y más relucientes y claros
a fuerza de frotarlos pensando en ellos; y así se fue inclinando a la
opinión de que quizás aquello no fuera un sueño, después de todo. Había
que acabar con aquella incertidumbre. Tomaría un bocado y se iría en
busca de Huck.
El cual estaba sentado en la
borda de una chalana, abstraído, chapoteando los pies en el agua, sumido
en una intensa melancolía. Tom decidió dejar que
Huck
llevase la conversación hacia el tema. Si así no lo hacía, señal era de
que todo ello fuese un sueño.
-¡Hola,
Huck!
-¡Hola, tú!
Un minuto de silencio.
-Tom, si hubiéramos dejado
las condenadas herramientas en el árbol seco, habríamos cogido el
dinero. ¡Maldita sea!
-¡Pues entonces no es sueño!
¡No era un sueño! Casi quisiera que lo fuese. ¡Que me maten si no lo
digo de veras!
-¿Qué es lo que no es un
sueño?
-Lo de ayer. Casi creía que
lo era.
-¡Sueño! ¡Si no se llega a
romper la escalera ya hubieras visto si era sueño! Hartas pesadillas he
tenido toda la noche con aquel maldito español del parche corriendo tras
de mí... ¡Así lo ahorquen!
-No, ahorcarlo no...:
¡encontrarlo! ¡Descubrir el dinero!
-Tom, no hemos de dar con él.
Una ocasión como ésa de dar con un tesoro sólo se le presenta a uno una
vez, y ésa la hemos perdido. ¡El temblor que me iba a entrar si volviera
a ver a ese hombre!
-A mí lo mismo; pero, con
todo, quisiera verlo y seguir tras él hasta dar con su «número dos».
-Número dos, eso es. He
estado pensando en ello, pero no caigo en lo que pueda ser... ¿Qué crees
tú que será?
-No lo sé. Es cosa demasiado
oculta. Dime,
Huck, ¿será el número de una casa?
-¡Eso es!... No, Tom, no es
eso. Si lo fuera, no sería en esta población de pito. Aquí no tienen
número las casas.
-Es verdad. Déjame pensar un
poco. Ya está: es el número de un cuarto... en una posada; ¿qué te
parece?
-¡Ahí está el clavo! Sólo hay
dos posadas aquí. Vamos a averiguarlo a escape.
Estate aquí,
Huck,
hasta que yo vuelva.
Tom se alejó al punto. No
gustaba de que le vieran en compañía de
Huck en sitios públicos. Tardó
media hora en volver. Había averiguado que en la mejor posada el número
dos estaba ocupado por un abogado joven. En la más modesta, el número
dos era un misterio. El hijo del posadero dijo que aquel cuarto estaba
siempre cerrado y nunca había visto entrar ni salir a nadie, a no ser de
noche; no sabía la razón de que así fuera; le había picado a veces la
curiosidad, pero flojamente; había sacado el mejor partido del misterio
solazándose con la idea de que el cuarto estaba «encantado»; había visto
luz en él la noche antes.
-Eso es lo que he
descubierto, Huck.
Me parece que éste es el propio número dos tras el que andamos.
-Me parece que sí... Y ahora,
¿qué vas a hacer?
-Déjame pensar.
Tom meditó largo rato.
Después habló así:
-Voy a decírtelo. La puerta
trasera de ese número dos es la que da a aquel callejón sin salida que
hay entre la posada y aquel nidal de ratas del almacén de ladrillos.
Pues ahora vas a reunir todas las llaves de puertas a que puedas echar
mano y yo cogeré todas las de mi tía; y en la primera noche oscura vamos
allí y las probamos. Y cuidado con que dejes de estar en acecho de
Joe
el Indio, puesto que dijo que había de volver otra vez por aquí para
buscar una ocasión para su venganza. Si le ves, le sigues; y si no va al
número dos, es que aquél no es el sitio.
-¡Cristo!, ¡no me gusta eso
de seguirle yo solo!
-Será de noche, seguramente.
Puede ser que ni siquiera te vea, y si te ve, puede que no se le ocurra
pensar nada.
-Puede ser que si está muy
oscuro me atreva a seguirle. No lo sé, no lo sé... Trataré de hacerlo.
A mí no me importaría
seguirle siendo de noche,
Huck. Mira que acaso descubra que
no puede vengarse y se vaya derecho a coger el dinero.
Tienes razón; así es. Le
seguiré..., ¡le he de seguir aunque se hunda el mundo!
-Eso es hablar. No te
ablandes, Huck,
que tampoco he de aflojar yo.
Capítulo XXVIII
Tom y
Huck
se aprestaron aquella noche para la empresa. Rondaron por las cercanías
de la posada hasta después de las nueve, vigilando uno el callejón a
distancia y el otro la puerta de la posada. Nadie penetró en el callejón
ni salió por allí; nadie que se pareciese al español traspasó la puerta.
La noche parecía serena; así es que Tom se fue a su casa después de
convenir que si llegaba a ponerse muy oscuro,
Huck
iría a buscarle y mayaría, y entonces él se escaparía para que probasen
las llaves. Pero la noche continuó clara y
Huck
abandonó la guardia y se fue a acostar en un barril de azúcar vacío a
eso de las doce.
No tuvieron el martes mejor
suerte, y el miércoles tampoco. Pero la noche del jueves se mostró más
propicia.
Tom se evadió en el momento
oportuno con una maltrecha linterna de hojalata, de su tía, y una toalla
para envolverla. Ocultó la linterna en el barril de azúcar de
Huck
y montaron la guardia. Una hora antes de medianoche se cerró la taberna,
y sus luces únicas que por allí se veían se extinguieron. No se había
visto al español; nadie había pasado por el callejón. Todo se presentaba
propicio. La oscuridad era profunda; la perfecta quietud sólo se
interrumpía de tarde en tarde, por el rumor de truenos lejanos.
Tom sacó la linterna, la
encendió dentro del barril envolviéndola cuidadosamente en la toalla, y
los dos aventureros fueron avanzando en las tinieblas hacia la posada.
Huck
se quedó de centinela y Tom entró a tientas en el callejón. Después hubo
un intervalo de ansiosa espera, que pesó sobre el espíritu de
Huck
como una montaña. Empezó a anhelar que se viese algún destello de la
linterna de Tom: eso le alarmaría, pero al menos sería señal de que aún
vivía su amigo.
Parecía que ya habían
transcurrido horas enteras desde que Tom desapareció. Seguramente le
había dado un soponcio; puede ser que estuviese muerto; quizá se le
había paralizado el corazón de puro terror y sobresalto. Arrastrado por
su ansiedad, Huck
se iba acercando más y más al callejón, temiendo toda clase de
espantables sucesos y esperando a cada segundo el estallido de alguna
catástrofe que le dejase sin aliento. No parecía que le pudiera quitar
mucho, porque respiraba apenas y el corazón le latía como si fuera a
rompérsele. De pronto hubo un destello de luz y Tom pasó ante él como
una exhalación.
-¡Corre! -le dijo-. ¡Sálvate!
¡Corre!
No hubiera necesitado que se
lo repitiera: la primera advertencia fue suficiente;
Huck
estaba haciendo treinta o cuarenta millas por hora cuando se oyó la
segunda. Ninguno de los dos se detuvo hasta que llegaron bajo el
cobertizo de un matadero abandonado, en las afueras del pueblo. A tiempo
que llegaban estalló la tormenta y empezó a llover a cántaros. Tan
pronto como Tom recobró el resuello, dijo:
-Huck,
¡ha sido espantoso! Probé dos llaves con toda la suavidad que pude; pero
hacían tal ruido que casi no podía tenerme en pie de puro miedo. Además,
no daban vuelta en la cerradura. Bueno, pues sin saber lo que hacía,
cogí el tirador de la puerta y... ¡se abrió! No estaba cerrada. Entré de
puntillas y tiré la toalla, y... ¡Dios de mi vida!...
-¡Qué!..., ¿qué es lo que
viste, Tom?
-Huck,
¡de poco le piso una mano a
Joe el Indio! -¡No!
-¡Sí! Estaba tumbado, dormido
como un leño, en el suelo, con el parche en el ojo y los brazos
abiertos.
-¿Y qué hiciste? ¿Se
despertó?
-No, no se rebulló. Borracho,
me figuro. No hice más que recoger la toalla y salir disparado.
-Nunca hubiera yo reparado en
la toalla.
-Yo sí. ¡Habría que haber
visto a mi tía si llego a perdérsela!
-Dime, Tom, ¿viste la caja?
-No me paré a mirar. No vi la
caja ni la cruz. No vi más que una botella y un vaso de estaño en el
suelo a la vera de
Joe. Sí, y vi dos barricas y la mar
de botellas en el cuarto. ¿No comprendes ahora qué es lo que le pasa a
aquel cuarto?
-¿Qué?
-Pues que está encantado de
whisky. Puede ser que en todas
las «Posadas de Templanza»6
tengan un cuarto encantado, ¿eh?
-Puede que sea así. ¡Quién
iba a haberlo pensado! Pero oye, Tom, ahora es la mejor ocasión para
hacernos con la caja, si
Joe el Indio está borracho.
-¿De veras? ¡Pues haz la
prueba! Huck
se estremeció.
-No, me parece que no.
-Y a mí también me parece que
no. Una sola botella junto a
Joe no es suficiente. Si hubiera
habido tres, estaría tan borracho que yo me atrevería a intentarlo.
Meditaron largo rato y al fin
dijo Tom:
-Mira,
Huck,
más vale que no intentemos más eso hasta que sepamos que
Joe
no está allí. Es cosa de demasiado miedo. Pero si vigilamos todas las
noches, estamos seguros de verlo salir alguna vez, y entonces atrapamos
la caja en un santiamén.
-Conforme. Yo vigilaré todas
las noches, sin dejar ninguna, si tú haces la otra parte del trabajo.
-Muy bien, lo haré. Todo lo
que tú tienes que hacer es ir corriendo a mi calle y mayar, y si estoy
durmiendo tiras una china a la ventana, y ya me tienes dispuesto.
-Conforme. ¡De primera!
-Ahora,
Huck,
ya ha pasado la tormenta, y me voy a casa. Dentro de un par de horas
empezará a ser de día. Tú te vuelves y vigilas todo ese rato, ¿quieres?
-He dicho que lo haría, y lo
haré. Voy a rondar esa posada todas las noches, aunque sea un año.
Dormiré de día y haré la guardia por la noche.
-Eso es. ¿Y dónde vas a
dormir?
-En el pajar de Ben
Rogers.
Ya sé que él me deja y también el negro de su padre, el tío Jake.
Acarreo agua para tío Jake cuando la necesita, y siempre que yo se lo
pido me da alguna cosa de comer, si puede pasar sin ella. Es un negro
muy bueno, Tom. Si me quiere porque yo nunca me doy importancia con él.
Algunas veces me he sentado con él a comer. Pero no lo digas por ahí.
Uno tiene que hacer cosas cuando le aprieta mucho el hambre que no
quisiera hacer de ordinario.
-Bueno; si no te necesito por
el día, Huck,
te dejaré que duermas. No quiero andarte fastidiando. A cualquier hora
que descubras tú algo de noche, echas a correr y mayas.
Capítulo XXIX
Lo primero que llegó a oídos
de Tom en la mañana del viernes fue una jubilante noticia: la familia
del juez Thatcher había regresado al pueblo aquella noche. Tanto
Joe
el Indio como el tesoro pasaron enseguida a segundo término, y Becky
ocupó el lugar preferente en el interés del muchacho. La vio y gozaron
hasta hartarse jugando al escondite y a las cuatro esquinas con una
bandada de condiscípulos. La felicidad del día tuvo digno remate y
corona. Becky había importunado a su madre para que celebrase al
siguiente día la merienda campestre, de tanto tiempo atrás prometida y
siempre aplazada, y la mamá accedió. El gozo de la niña no tuvo limites,
y el de Tom no fue menor. Las invitaciones se hicieron al caer la tarde
e instantáneamente cundió la fiebre de preparativos y de anticipado
júbilo entre la gente menuda. La nerviosidad de Tom le hizo permanecer
despierto hasta muy tarde, y estaba muy esperanzado de oír el «¡miau!»
de Huck
y de poder asombrar con su tesoro al siguiente día a Becky y demás
comensales de la merienda; pero se frustró su esperanza. No hubo señal
aquella noche.
Llegó al fin la mañana, y
hacia las diez o las once una alborotada y ruidosa compañía se hallaba
reunida en casa del juez, y todo estaba presto para emprender la marcha.
No era costumbre que las personas mayores aguasen estas fiestas con su
presencia. Se consideraba a los niños seguros bajo las alas protectoras
de unas cuantas señoritas de dieciocho y unos cuantos caballeros de
veintitrés o cosa así. La vieja barcaza de vapor que servía para cruzar
el río había sido alquilada para la fiesta, y a poco la jocunda
comitiva, cargada de cestas con provisiones, llenó la calle principal.
Sid estaba malo y se quedó sin fiesta;
Mary se quedó en casa para hacerle
compañía. La última advertencia que la señora de Thatcher hizo a Becky
fue:
-No volveréis hasta muy
tarde. Quizá sea mejor que te quedes a pasar la noche con alguna de las
niñas que viven cerca del embarcadero.
-Entonces me quedaré con Susy
Harper,
mamá.
-Muy bien. Y ten cuidado, y
sé buena, y no des molestias. Poco después, ya en marcha, dijo Tom a
Becky:
-Oye, voy a decirte lo que
hemos de hacer. En vez de ir a casa de
Joe Harper subimos al monte y vamos
a casa de la viuda de
Douglas. Tendrá helados. Los toma
casi todos los días..., carretadas de ellos. Y se ha de alegrar de que
vayamos.
-¡Qué divertido será!
Después Becky reflexionó un
momento y añadió:
-Pero ¿qué va a decir mamá?
-¿Cómo va a saberlo?
La niña rumió un rato la idea
y dijo vacilante:
-Me parece que no está
bien..., pero...
-Pero... ¡nada! Tu madre no
lo ha de saber, y así, ¿dónde está el mal? Lo que ella quiere es que
estés en lugar seguro, y apuesto a que te hubiera dicho que fueses allí
si se le llega a ocurrir. De seguro que sí.
La generosa hospitalidad de
la viuda era un cebo tentador. Y ello y las persuasiones de Tom ganaron
la batalla. Se decidió, pues, no decir nada a nadie en cuanto al
programa nocturno.
Después se le ocurrió a Tom
que quizá Huck
pudiera ir aquella noche y hacer la señal. Esta idea le quitó gran parte
del entusiasmo por su proyecto. Pero, con todo, no se avenía a renunciar
a los placeres de la mansión de la viuda. ¿Y por qué había de renunciar?
-pensaba-. Si aquella noche no hubo señal, ¿era más probable que la
hubiera la noche siguiente? El placer cierto que le aguardaba le atraía
más que el incierto tesoro, y como niño que era, decidió dejarse llevar
por su inclinación y no volver a pensar en el cajón del dinero en todo
el resto del día.
Tres millas más abajo de la
población la barcaza se detuvo a la entrada de una frondosa ensenada y
echó las amarras. La multitud saltó a tierra, y en un momento las
lejanías del bosque y los altos peñascales resonaron por todas partes
con gritos y risas.
Todos los diversos
procedimientos de llegar a la sofocación y al cansancio se pusieron en
práctica, y después los expedicionarios fueron regresando poco a poco al
punto de reunión, armados de fieros apetitos, y comenzó la destrucción y
aniquilamiento de los gustosos comistrajos. Después del banquete hubo un
rato de charla y refrescante descanso bajo los corpulentos y
desparramados robles. Al fin, alguien gritó:
-¿Quién quiere venir a la
cueva?
Todos estaban dispuestos. Se
buscaron paquetes de bujías y enseguida todo el mundo se puso en marcha
monte arriba. La boca de la cueva estaba en la ladera y era una abertura
en forma de A. La recia puerta de roble estaba abierta. Dentro había una
pequeña cavidad, fría como una cámara frigorífica, construida por la
naturaleza con sólidos muros de roca caliza que rezumaba humedad, como
un sudor frío. Era romántico y misterioso estar allí en la profundidad
sombría y ver allá fuera el verde valle resplandeciente de sol. Pero
pronto se disipó lo impresionante de la situación y el alboroto se
reanudó enseguida. En el momento en que cualquiera encendía una vela
todos se lanzaban sobre él, se tramaba una viva escaramuza de ataque y
defensa, hasta que la bujía rodaba por el suelo o quedaba apagada de un
soplo, entre grandes risas y nuevas repeticiones de la escena. Pero todo
acaba, y al fin la procesión empezó a subir la abrupta cuesta de la
galería principal; la vacilante hilera de luces permitía entrever los
ingentes muros de roca casi hasta el punto en que se juntaban, a sesenta
pies de altura. Esta galería principal no tenía más de ocho o diez pies
de ancha. A cada pocos pasos otras altas resquebrajaduras, aún más
angostas, se abrían por ambos lados, pues la cueva de
Mac Dougall
no era sino un vasto laberinto de retorcidas galerías que se separaban
unas de otras, se volvían a encontrar y no conducían a parte alguna. Se
decía que podía uno vagar días y noches por la intrincada red de grietas
y fisuras sin llegar nunca al término de la cueva, y que se podía bajar
y bajar a las profundidades de la tierra y por todas partes era lo mismo
un laberinto debajo del otro y todos ellos sin fin ni término. Nadie
se sabía la caverna. Era cosa imposible. La mayor parte de los
muchachos conocía sólo un trozo, y no acostumbraba aventurarse mucho más
allá de la parte conocida. Tom
Sawyer sabía tanto como cualquier
otro.
La comitiva avanzó por la
galería principal como tres cuartos de milla, y después grupos y parejas
fueron metiéndose por las cavernas laterales, correteando por las
tétricas galerías para sorprenderse unos a otros en las encrucijadas
donde aquéllas se unían. Unos grupos podían eludir la persecución de los
otros durante más de media hora sin salir del terreno conocido.
Poco a poco, un grupo tras
otro, fueron llegando a la boca de la cueva, sin aliento, cansados de
reír, cubiertos de la cabeza a los pies de goterones de esperma,
manchados de barro y encantados de lo que se habían divertido.
Se quedaban todos
sorprendidos de no haberse dado cuenta del transcurso del tiempo y de
que ya la noche se venía encima. Hacía media hora que la campana del
barco los estaba llamando; pero aquel final de las aventuras del día les
parecía también novelesco y romántico y, por consiguiente,
satisfactorio. Cuando el vapor, con su jovial y ruidoso cargamento,
avanzó en la corriente, a nadie importaba un ardite por el tiempo
perdido, a no ser el capitán de la embarcación.
Huck
estaba ya en acecho cuando las luces del vapor se deslizaron,
relampagueantes, frente al muelle. No oyó ruido alguno a bordo porque la
gente joven estaba ya muy formal y apaciguada, como ocurre siempre a
quien está medio muerto de cansancio. Se preguntaba qué barco sería
aquél y por qué no atracaba al muelle, y con esto no volvió a acordarse
más de él y puso toda su atención en sus asuntos. La noche se estaba
poniendo anubarrada y oscura. Dieron las diez, y cesó el ruido de
vehículos; luces dispersas empezaron a hacer guiños en la oscuridad; los
transeúntes rezagados desaparecieron, la población se entregó al sueño y
dejó al pequeño vigilante a solas con el silencio y los fantasmas.
Sonaron las once y se apagaron las luces de las tabernas, y entonces la
oscuridad lo invadió todo.
Huck esperó un largo rato, que le
pareció interminable y tedioso, pero no ocurrió nada. Su fe se
debilitaba. ¿Serviría de algo? ¿Sería realmente de alguna utilidad? ¿Por
qué no desistir y marcharse a acostar?
Oyó un ruido. En un instante
fue todo atención. La puerta de la calleja se abrió suavemente. Se puso
de un salto en el rincón del almacén de ladrillos. Un momento después
dos hombres pasaron ante él rozándole, y uno de ellos parecía llevar
algo bajo el brazo. ¡Debía de ser aquella caja! Así, pues, se llevaban
el tesoro. ¿Por qué llamar entonces a Tom? Sería insensato: los dos
hombres desaparecían con la caja para no volverlos a ver jamás. No, se
iba a pegar a sus talones y seguirlos; confiaba en la oscuridad para no
ser descubierto. Así arguyendo consigo mismo,
Huck
salió de su escondrijo y se deslizó tras ellos como un gato, con los
pies desnudos, dejándoles la delantera precisa para no perderlos de
vista.
Siguieron un trecho subiendo
por la calle frontera al río y torcieron a la izquierda por una calleja
transversal. Avanzaron por allí en línea recta hasta llegar a la senda
que conducía al monte Cardiff, y tomaron por ella. Pasaron por la
antigua casa del galés, a mitad de la subida del monte, y, sin vacilar,
siguieron cuesta arriba. «Bien está -pensó
Huck-,
van a enterrarla en la cantera abandonada». Continuaron hasta la cumbre;
se metieron por el estrecho sendero entre los matorrales, y al punto se
desvanecieron en las sombras.
Huck se apresuró y acortó la
distancia, pues ahora ya no podrían verle. Trotó durante un rato;
después moderó el paso, temiendo que se iba acercando demasiado; siguió
andando un trecho, y se detuvo. Escuchó; no se oía ruido alguno, y sólo
creía oír los latidos de su propio corazón. El graznido de una lechuza
llegó hasta él desde el otro lado de la colina... ¡Mal agüero!...; pero
no se oían pasos. ¡Cielos!, ¿estaría todo perdido? Estaba a punto de
lanzarse a correr cuando oyó un carraspeo a dos pasos de él. El corazón
se le subió a la garganta, pero se lo volvió a tragar, y se quedó allí,
tiritando como si media docena de intermitentes le hubieran atacado a un
tiempo, y tan débil, que creyó que se iba a desplomar en el suelo.
Conocía bien el sitio: sabía que estaba a cinco pasos del portillo que
conducía a la finca de la viuda de
Douglas. «Muy bien -pensó-, que lo
entierren aquí; no ha de ser difícil encontrarlo».
Una voz le interrumpió,
apenas audible: la de
Joe el Indio.
-¡Maldita mujer! Quizá tenga
visitas... Hay luces, tan tarde como es.
-Yo no las veo.
Esta segunda voz era la del
desconocido, el forastero de la casa de los duendes. Un escalofrío
corrió por todo el cuerpo de
Huck. ¡Ésta era, pues, la empresa
de venganza! Su primera idea fue huir; después se acordó de que la viuda
había sido buena para él más de una vez, y acaso aquellos hombres iban a
matarla. ¡Si se atreviera a prevenirla! Pero bien sabía que no había de
atreverse podían venir y atraparlo. Todo ello y mucho más pasó por su
pensamiento en el instante que medió entre las palabras del forastero y
la respuesta de
Joe el Indio.
-Porque tienes las matas
delante. Ven por aquí y lo verás. ¿Ves?
-Sí. Parece que hay gente con
ella. Más vale dejarlo.
-¡Dejarlo, y precisamente
cuando me voy por siempre de esta tierra! ¡Dejarlo, y acaso no se
presente nunca otra ocasión! Ya te he dicho, y lo repito, que no me
importa su bolsa: puedes quedarte con ella. Pero me trató mal su marido,
me trató mal muchas veces, y, sobre todo, él fue el juez de paz que me
condenó por vagabundo. Y no es eso todo; no es ni siquiera la milésima
parte. Me hizo azotar, ¡azotar delante de la cárcel como a un negro, con
todo el pueblo mirándome! ¡Azotado!, ¿entiendes? Se fue sin pagármelo,
porque se murió. Pero cobraré en ella.
-No, no la mates. No hagas
eso.
-¡Matar! ¿Quién habla de
matar? Le mataría a él si le tuviera a mano, pero no a ella. Cuando
quiere uno vengarse de una mujer no se la mata, ¡bah!, se le estropea la
cara. ¡No hay más que desgarrarle las narices y cortarle las orejas como
a una verraca!
-¡Por Dios! ¡Eso es...!
-Guárdate tu parecer. Eso es
lo más seguro para ti. Pienso atarla a la cama. Si se desangra y se
muere, eso no es cuenta mía: no he de llorar por ello. Amigo mío, me has
de ayudar en esto, que es negocio mío, y para eso estás aquí: quizá no
pudiera manejarme yo solo. Si te echas atrás, te mato, ¿lo entiendes? Y
si tengo que matarte a ti, la mataré a ella también, y me figuro que
entonces nadie ha de saber quién lo hizo.
-Bueno; si se ha de hacer,
vamos a ello. Cuanto antes, mejor...; estoy todo temblando.
-¿Hacerlo ahora y habiendo
allí gente? Anda con ojo, que voy a sospechar de ti, ¿sabes? No, vamos a
esperar a que se apaguen las luces. No hay prisa.
Huck
comprendió que iba a seguir un silencio aún más medroso que cien
criminales coloquios; así es que contuvo el aliento y dio un paso hacia
atrás, plantando primero un pie cuidadosa y firmemente, y después
manteniéndose en precario equilibrio sobre el otro y estando a punto de
caer a la derecha o a la izquierda. Retrocedió otro paso con el mismo
minucioso cuidado y no menos riesgo; después, otro y otro, y... ¡una
rama crujió bajo el pie! Se quedó sin respirar y escuchó. No se oía
nada: la quietud era absoluta; su gratitud a la suerte, infinita.
Después volvió sobre sus pasos entre los muros de matorrales: dio la
vuelta con las mismas precauciones que si fuera una embarcación, y
anduvo ya más ligero, aunque no con menos cuidado. No se sintió seguro
hasta que llegó a la cantera, y allí apretó los talones y echó a correr.
Fue volando cuesta abajo hasta la casa del galés. Aporreó la puerta, y a
poco las cabezas del viejo y de sus dos muchachotes aparecían en
diferentes ventanas.
-¿Qué escándalo es ése?
¿Quién llama? ¿Qué quiere?
-¡Ábranme, de prisa! Ya lo
diré todo.
-¿Quién es usted?
-Huckleberry
Finn... ¡De prisa, ábranme!
-¡Huckleberry
Finn! No es un nombre que haga abrir muchas puertas, me
parece. Pero abridle la puerta, muchachos, y veamos qué es lo que le
pasa.
-¡Por Dios, no digan que lo
he hecho yo! -fueron sus primeras palabras cuando se vio dentro-. No lo
digan, por Dios, porque me matarán, de seguro; pero la viuda ha sido a
veces buena conmigo y quiero decirlo; lo diré si me prometen que no
dirán nunca que fui yo.
-Apuesto a que algo de peso
tiene que decir, o no se pondría así. Fuera con ello, muchacho, que aquí
nadie ha de decir nada. Tres minutos después el viejo y sus dos hijos,
bien armados, estaban en lo alto del monte y penetraban en el sendero de
los matorrales, con las armas preparadas.
Huck
los acompañó hasta allí, se agazapó tras un peñasco y se puso a
escuchar. Hubo un postrado y anheloso silencio; después, de pronto, una
detonación de arma de fuego y un grito.
Huck no esperó a saber detalles.
Pegó un salto y echó a correr monte abajo como una liebre.
Capítulo XXX
Antes del primer barrunto del
alba, en la madrugada del domingo,
Huck subió a tientas por el monte y
llamó suavemente a la puerta del galés. Todos los de la casa estaban
durmiendo, pero era un sueño que pendía de un hilo, a causa de los
emocionantes sucesos de aquella noche. Desde una de las ventanas gritó
una voz:
-¿Quién es?
Huck,
con medroso y cohibido tono, respondió:
-Hágame el favor de abrir.
Soy Huck Finn.
-De noche o de día siempre
tendrás esta puerta abierta, muchacho. Y bien venido.
Eran éstas palabras
inusitadas para los oídos del chico vagabundo. No se acordaba de que la
frase final hubiera sido pronunciada nunca tratándose de él.
La puerta se abrió enseguida.
Le ofrecieron asiento y el viejo y sus hijos se vistieron a escape.
-Bueno, muchacho; espero que
estarás bien y que tendrás buen apetito, porque el desayuno estará a
punto tan pronto como asome el sol, y será de lo bueno; tranquilízate en
cuanto a eso. Yo y los chicos esperábamos que hubieras venido anoche a
dormir aquí.
-Estaba muy asustado -dijo
Huck-
y eché a correr. Me largué en cuanto oí las pistolas, y no paré en tres
millas. He venido ahora porque quería enterarme de lo ocurrido, ¿sabe
usted?; y he venido antes que sea de día porque no quería tropezarme con
aquellos condenados aunque estuviesen muertos.
-Bien, hijo, bien; tienes
cara de haber pasado mala noche; pero ahí tienes una cama para echarte
después de desayunar. No, no están muertos, muchacho, y bien que lo
sentimos. Ya ves, sabíamos bien dónde, podíamos echarles mano, por lo
que tú nos dijiste; así es que nos fuimos acercando de puntillas hasta
menos de cinco varas de donde estaban. El sendero se hallaba oscuro como
una cueva. Y justamente en aquel momento sentí que iba a estornudar.
¡Suerte perra! Traté de contenerme, pero no sirvió de nada: tenía que
venir y, vino. Yo iba delante, con la pistola levantada, y cuando
estornudé se oyó moverse a los canallas para salir del sendero; yo
grité: «¡Fuego, muchachos!», y disparó contra el sitio donde se oyó el
ruido. Lo mismo hicieron los chicos. Pero escaparon como exhalaciones
aquellos bandidos, y nosotros tras ellos a través del bosque. No creo
que les hicimos nada. Cada uno de ellos soltó un tiro al escapar, pero
las balas pasaron zumbando sin hacernos daño. En cuanto dejamos de oír
sus pasos abandonamos la caza y bajamos a despertar a los policías.
Juntaron una cuadrilla y se fueron a vigilar la orilla del río, y tan
pronto como amanezca va a dar una batida el
sheriff por el bosque, y mis
hijos van a ir con él y su gente. Lástima que no sepamos las señas de
esos bribones: eso nos ayudaría mucho. Pero me figuro que tú no podrías
ver en la oscuridad la pinta que tenían, ¿no es eso?
-Sí, sí; los vi abajo en el
pueblo y los seguí.
-¡Magnífico! Dime cómo son;
dímelo, muchacho.
-Uno de ellos es el viejo
mudo español que ha andado por aquí una o dos veces, y el otro es uno de
mala traza, destrozado...
-¡Basta, muchacho, basta!;
¡los conocemos! Nos encontramos con ellos un día en el bosque, por
detrás de la finca de la viuda, y se alejaron con disimulo. ¡Andando,
muchachos, a contárselo al sheriff...;
ya os desayunaréis mañana.
Los hijos del galés se fueron
enseguida. Cuando salían de la habitación,
Huck
se puso en pie y exclamó:
-¡Por favor, no digan a nadie
que yo di el soplo! ¡Por favor!
-Muy bien, si tú no quieres,
Huck;
pero a ti se te debe el agradecimiento por lo que has hecho.
-¡No, no! No digan nada.
Después de irse sus hijos, el
anciano galés dijo:
-Ésos no dirán nada, ni yo
tampoco. Pero ¿por qué no quieres que se sepa?
Huck
no se extendió en explicaciones más allá de decir que sabía demasiadas
cosas de uno de aquellos hombres y que por nada del mundo quería que
llegase a su noticia que él,
Huck, sabía algo en contra suya,
pues lo mataría por ello, sin la menor duda.
El viejo prometió una vez más
guardar secreto, y añadió:
-¿Cómo se te ocurrió
seguirlos? ¿Parecían sospechosos?
Huck permaneció callado mientras
fraguaba una respuesta con la debida cautela. Después dijo:
-Pues verá usted: yo soy una
especie de chico malo; al menos, todo el mundo lo dice, y yo no tengo
nada que responder. Y algunas veces ocurre que no puedo dormir a gusto
por ponerme a pensar en ello y como tratando de seguir por mejor camino.
Y eso me pasó anoche. No podía dormir y subía por la calle, dándole
vueltas al asunto, y cuando llegaba a aquel almacén de ladrillos junto a
la Posada de Templanza me recosté de espalda a la pared para pensar otro
rato. Bueno; pues en aquel momento llegan esos dos prójimos y pasan a mi
lado con una cosa bajo el brazo, y yo pensé que la habrían robado. El
uno iba fumando y el otro le pidió fuego; así es que se pararon delante
de mí, y la lumbre de los cigarros les alumbró las caras, y vi que el
alto era el español sordomudo, por la barba blanca y el parche en el
ojo, y el otro era un facineroso roto y lleno de jirones.
-¿Y pudiste ver los jirones
con la lumbre de los cigarros? Esto azoró a
Huck
por un momento. Después prosiguió:
-Bueno, no sé; pero me parece
que lo vi.
-Después ellos echarían a
andar, y tú...
-Sí, los seguí. Eso es:
quería ver lo que traían entre manos, pues marchaban con tanto recelo.
Los seguí hasta el portillo de la finca de la viuda, y me quedé en lo
oscuro, y oí al de los harapos interceder por la viuda, y el español
juraba que le había de cortar la cara, lo mismo que les dije a usted y a
sus dos...
-¿Cómo? ¡El mudo dijo todo
eso!
Huck
había dado otro irremediable tropezón. Hacía cuanto podía para impedir
que el viejo tuviera el menor barrunto de quién pudiera ser el español,
y parecía que su lengua tenía empeño en crearle dificultades, a pesar de
todos sus esfuerzos. Intentó por diversos medios salir del atolladero,
pero el anciano no le quitaba ojo, y se embarulló cada vez más.
-Muchacho -dijo el galés-, no
tengas miedo de mí; por nada del mundo te haría el menor daño.
- No, yo te protegeré..., he
de protegerte. Ese español no es sordomudo; se te ha escapado sin
querer, y ya no puedes enmendarlo. Tú sabes algo de ese español y no
quieres sacarlo a colación. Pues confía en mí; dime lo que es y fíate de
mí; no he de hacerte traición.
Huck
miró un momento los ojos sinceros y honrados del viejo, y después se
inclinó y murmuró en su oído:
-No es español..., ¡es
Joe
el Indio! El galés casi saltó de la silla.
-Ahora se explica todo
-dijo-. Cuando hablaste de lo de abrir las narices y despuntar orejas,
creí que todo eso lo habías puesto de tu cosecha, para adorno, porque
los blancos no toman ese género de venganzas. ¡Pero un indio!... Eso ya
es cosa distinta.
Mientras despachaban el
desayuno siguió la conversación, y el galés dijo que lo último que
hicieron él y sus hijos aquella noche antes de acostarse fue coger un
farol y examinar el portillo y sus cercanías para descubrir manchas de
sangre. No encontraron ninguna, pero sí cogieron un abultado lío...
-¿De qué? -gritó
Huck.
Un rayo no hubiera salido con
más sorprendente rapidez que esa pregunta de los pálidos labios de
Huck.
Tenía los ojos fuera de las órbitas, y no respiraba..., esperando la
respuesta. El galés se sobresaltó, le miró también fijamente durante
uno, dos, tres..., diez segundos, y entonces replicó:
-Herramientas de las que usan
los ladrones. Pero ¿qué es lo que te pasa?
Huck
se reclinó en el respaldo, jadeante, pero profunda, indeciblemente
gozoso. El galés le miró grave, con curiosidad, y al fin le dijo:
-Sí, herramientas de ladrón.
Eso parece que te ha consolado. Pero ¿por qué te pusiste así? ¿Qué
creías que íbamos a encontrar en el bulto?
Huck
estaba en un callejón sin salida; el ojo escrutador no se apartaba de
él; hubiera dado cualquier cosa por encontrar materiales para una
contestación aceptable. Nada se le ocurría; el ojo zahorí iba penetrando
más y más profundamente; se le ocurrió una respuesta absurda; no tuvo
tiempo para sopesarla, y la soltó, a la buena de Dios, débilmente.
-Catecismos quizá.
El pobre
Huck
estaba harto embarazado para sonreír; pero el viejo soltó una alegre y
ruidosa carcajada, hizo sacudirse convulsivamente todas las partes de su
anatomía, y acabó diciendo que risas así eran mejor que dinero en el
bolsillo, porque disminuían la cuenta del médico como ninguna otra cosa.
Después añadió:
-¡Pobre chico! Estás sin
color y cansado. No debes de estar bueno. No es de extrañar que se te
vaya la cabeza y no estés en tus cabales. Con descansar y dormir
quedarás como nuevo.
Huck
estaba rabioso de ver que se había conducido como un asno y que había
dejado traslucir su sospechosa nerviosidad, pues ya había desechado la
idea de que el bulto traído de la posada pudiera ser el tesoro, tan
pronto como oyó el coloquio junto al portillo de la finca de la viuda.
No había hecho, sin embargo, más que pensar que no era el tesoro, pero
no estaba cierto de ello, y por eso la mención de un bulto capturado
bastó para hacerle perder la serenidad. Pero, en medio de todo, se
alegraba de lo sucedido, pues ahora sabía, sin posibilidad de duda, que
lo que llevaban no era el tesoro, y esto le devolvía la tranquilidad y
el bienestar a su espíritu. La verdad era que todo parecía marchar por
buen camino. El tesoro tenía que estar aún en el número dos; no había de
pasar el día sin que aquellos hombres fueran detenidos y encarcelados, y
Tom y él podrían apoderarse del oro sin dificultad alguna y sin temor a
interrupciones.
Cuando acababan de desayunar
llamaron a la puerta.
Huck se levantó de un salto para
esconderse, pues no estaba dispuesto a que se le atribuyera ni la más
remota conexión con los sucesos de aquella noche. El galés abrió la
puerta a varios señores y señoras, entre éstas la viuda de
Douglas,
y notó que algunos grupos subían la cuesta para contemplar el portillo,
señal de que la noticia se había propagado.
El galés tuvo que hacer el
relato de los sucesos a sus visitantes. La viuda no se cansaba de
expresar su agradecimiento a los que la habían salvado.
-No hable usted más de ello,
señora. Hay otro a quien tiene que estar más agradecida que a mí y a mis
muchachos, pero no quiere que se diga su nombre. De no ser por él,
nosotros no hubiéramos estado allí.
Esto, como es de suponer,
despertó tan viva curiosidad que casi aminoró la que inspiraba el
principal suceso; pero el galés dejó que corroyera las entrañas de sus
visitantes y por mediación de ellos las de todo el pueblo, pues no quiso
descubrir su secreto. Cuando supieron todo lo que había que saber, la
viuda dijo:
-Me quedé dormida leyendo en
la cama, y seguí durmiendo durante todo el bullicio. ¿Por qué no fue
usted y me despertó?
-Creíamos que no valía la
pena. No era fácil que aquellos prójimos volvieran: no les habían
quedado herramientas para trabajar, y ¿de qué servía despertar a usted y
darle un susto mortal? Mis tres negros se quedaron guardando la casa
toda la noche. Ahora acaban de volver.
Llegaron más visitantes y
hubo que contar y recontar la historia durante otras dos horas.
No había escuela dominical
durante las vacaciones, pero todos fueron temprano a la iglesia. Se supo
que aún no se había encontrado el menor rastro de los malhechores. Al
acabarse el sermón, el juez Thatcher se acercó a la señora de
Harper,
que salía por el centro de la nave, entre la multitud.
-Pero ¿es que mi Becky se va
a pasar durmiendo todo el día? -le dijo-. Ya me figuraba yo que estaría
muerta de cansancio.
-¿Su Becky?
-Sí -contestó el juez,
alarmado-. ¿No ha pasado la noche en casa de usted?
-¡Ca! No, señor.
La esposa del juez palideció
y se dejó caer sobre un banco, en el momento que pasaba la tía
Polly
hablando apresuradamente con una amiga.
-Buenos días, señoras -dijo-.
Uno de mis chicos no aparece. Me figuro que se quedaría a dormir en casa
de una de ustedes, y que luego habrá tenido miedo de presentarse en la
iglesia. Ya le ajustaré las cuentas.
La señora de Thatcher hizo un
débil movimiento negativo con la cabeza y se puso aún más pálida.
-No ha estado con nosotros
-dijo mistress
Harper, un tanto inquieta.
Una viva ansiedad contrajo el
rostro de tía
Polly.
-Joe
Harper, ¿has visto a mi Tom esta mañana?
Joe
hizo memoria, pero no estaba seguro de si le había visto o no. La gente
que salía se iba deteniendo. Fueron extendiéndose los cuchicheos y en
todas las caras se iba viendo la preocupación y la intranquilidad. Se
interrogó ansiosamente a los niños y a los instructores. Todos decían
que no habían notado si Tom y Becky estaban a bordo del vapor en el
viaje de vuelta; la noche era muy oscura y nadie pensó en averiguar si
faltaba alguno. Un muchacho dejó escapar su temor de que estuviera aún
en la cueva. La madre de Becky se desmayó; tía
Polly
rompió a llorar, retorciéndose las manos.
La alarma corrió de boca en
boca, de grupo en grupo y de calle en calle, y aún no habían pasado
cinco minutos y todo el pueblo se había echado a la calle. Lo ocurrido
en el monte Cardiff se sumió de pronto en la insignificancia; nadie
volvió a acordarse de los malhechores; se ensillaron caballos, se
tripularon botes, la barca de vapor fue requisada, y antes de media hora
doscientos hombres se apresuraron por la carretera o río abajo hacia la
caverna.
Durante el lento transcurrir
de la tarde el pueblo parecía deshabitado y muerto. Muchas vecinas
visitaron a tía
Polly y a la señora de Thatcher para tratar de consolarlas
y lloraron con ellas además, y eso era más elocuente que las palabras.
El pueblo entero pasó la
interminable noche en espera de noticias; pero la única que se recibió,
cuando ya clareaba el día, fue la de «que hacían falta más velas y que
enviasen comestibles». La señora de Thatcher y tía
Polly
estaban como locas. El juez les mandaba recados desde la cueva para
darles ánimos y tranquilizarlas, pero ninguno motivaba esperanzas.
El viejo galés volvió a su
casa al amanecer, cubierto de barro y de goterones de sebo de velas, sin
poder tenerse de cansancio. Encontró a
Huck todavía en la cama que le
habían proporcionado, y delirando de fiebre. Los médicos todos estaban
en la cueva, así es que la viuda de
Douglas había ido para hacerse
cargo del paciente. «No sé si es bueno, malo o mediano -dijo-; pero es
hijo de Dios y nada que es cosa de Él puede dejarse abandonada». El
galés dijo que no le faltaban buenas cualidades, a lo que replicó la
viuda:
-Esté usted seguro de ello.
Ésa es la marca del Señor y no deja de ponerla nunca. La pone en alguna
parte en toda criatura que sale de sus manos.
Al empezar la tarde, grupos
de hombres derrengados fueron llegando al pueblo; pero los más vigorosos
de entre los vecinos continuaron la busca. Todo lo que se llegó a saber
fue que se estaban registrando profundidades tan remotas de la cueva que
jamás habían sido exploradas; que no había recoveco ni hendidura que no
fuera minuciosamente examinada; que por cualquier lado que se fuese por
entre el laberinto de galerías se veían luces que se movían de aquí para
allá, y los gritos y las detonaciones de pistolas repercutían en los
ecos de los oscuros subterráneos. En un sitio muy lejos de donde iban
ordinariamente los turistas habían sido encontrados los nombres de Tom y
Becky trazados con humo sobre la roca, y a poca distancia, un trozo de
cinta manchado de sebo. La señora de Thatcher lo había reconocido
deshecha en lágrimas, y dijo que aquello sería el más preciado de todos,
porque sería el último que habría dejado en el mundo antes de su
horrible fin. Contaban que, de cuando en cuando, se veía oscilar en la
cueva un débil destello de luz en la lejanía, y un tropel de hombres se
lanzaba corriendo hacia allá con gritos de alegría, y se encontraban con
el amargo desengaño de que no estaban allí los niños, no era sino la luz
de algunos de los exploradores.
Tres días y tres noches
pasaron lentos, abrumadores, y el pueblo fue cayendo en un sopor sin
esperanza. Nadie tenía ánimos para nada. El descubrimiento casual de que
el propietario de la Posada de Templanza escondía licores en el
establecimiento casi no interesó a la gente, a pesar de la tremenda
importancia y magnitud del acontecimiento. En un momento de lucidez,
Huck,
con débil voz, llevó la conversación a recaer sobre posadas, y acabó por
preguntar, temiendo vagamente lo peor, si se había descubierto algo,
desde que él estaba malo, en la Posada de Templanza.
-Sí -contestó la viuda.
Huck
se incorporó con los ojos fuera de las órbitas.
-¿Qué? ¿Qué han descubierto?
-¡Bebidas!..., y han cerrado
la posada. Échate, hijo; ¡qué susto me has dado!
-No me diga más que una
cosa..., nada más que una, ¡por favor! ¿Fue Tom
Sawyer
el que las encontró?
La viuda se echó a llorar.
-¡Calla, calla! Ya te he
dicho antes que no tienes que hablar. Estás muy malito.
Nada habían encontrado, pues,
más que licores, pensó
Huck; de ser el oro se hubiera
armado gran batahola. Así, pues, el tesoro estaba perdido, perdido para
siempre. Pero ¿por qué lloraría ella? Era cosa rara.
Esos pensamientos pasaron
oscura y trabajosamente por el espíritu de
Huck,
y la fatiga que le produjeron le hizo dormirse.
-Vamos, ya está dormido el
pobrecillo. ¡Pensar que fuera Tom
Sawyer el que lo descubrió!
¡Lástima que no puedan descubrirlo a él! Ya no va quedando nadie que aún
conserve bastante esperanza ni bastantes fuerzas para seguir buscándolo.
Capítulo XXXI
Volvamos ahora a las
aventuras de Tom y Becky en la cueva. Corretearon por los lóbregos
subterráneos con los demás excursionistas, visitando las consabidas
maravillas de la caverna, maravillas condecoradas con hombres un tanto
enfáticos como «El Salón», «La Catedral», «El Palacio de Aladino», y
otros por el estilo. Después empezó el juego y algazara del escondite, y
Becky y Tom tomaron parte en él con tal ardor, que no tardaron en
sentirse fatigados; se internaron entonces por el sinuoso pasadizo,
alzando en alto las velas para leer la enmarañada confusión de nombres,
fechas, direcciones y lemas con los cuales los rocosos muros habían sido
ilustrados -con humo de velas-. Siguieron adelante, charlando y apenas
se dieron cuenta de que estaban ya en una parte de la cueva cuyos muros
permanecían inmaculados. Escribieron sus propios nombres bajo una roca
salediza, y prosiguieron su marcha. Poco después llegaron a un lugar
donde una diminuta corriente de agua, impregnada de un sedimento
calcáreo, caía desde una laja, y en el lento pasar de las edades había
formado un Niágara con encajes y rizos de brillante e imperecedera
piedra. Tom deslizó su cuerpo menudo por detrás de la pétrea cascada
para que Becky pudiera verla iluminada. Vio que ocultaba una especie de
empinada escalera natural encerrada en la estrechez de dos muros, y al
punto le entró la ambición de ser un descubridor. Becky respondió a su
requerimiento. Hicieron una marca con el humo, para servirles más tarde
de guía y emprendieron el avance. Fueron torciendo a derecha e
izquierda, hundiéndose en las ignoradas profundidades de la caverna;
hicieron otra señal, y tomaron por una ruta lateral en busca de
novedades que poder contar a los de allá arriba. En sus exploraciones
dieron con una gruta, de cuyo techo pendían multitud de brillantes
estalactitas de gran tamaño. Dieron la vuelta a toda la cavidad,
sorprendidos y admirados, y luego siguieron por uno de los numerosos
túneles que allí desembocan. Por allí fueron a parar a un maravilloso
manantial, cuyo cauce estaba incrustado como con una escarcha de
fulgurantes cristales. Se hallaban en una caverna cuyo techo parecía
sostenido por muchos y fantásticos pilares formados al unirse las
estalactitas con las estalagmitas, obra del incesante goteo durante
siglos y siglos. Bajo el techo, grandes ristras de murciélagos se habían
agrupado por miles en cada racimo. Asustados por el resplandor de las
velas, bajaron en grandes bandadas, chillando y precipitándose contra
las luces. Tom sabía sus costumbres y el peligro que en ello había.
Cogió a Becky por la mano y tiró de ella hacia la primera abertura que
encontró; y no fue demasiado pronto, pues un murciélago apagó de un
aletazo la vela que llevaba en la mano, en el momento de salir de la
caverna. Los murciélagos persiguieron a los niños un gran trecho; pero
los fugitivos se metían por todos los pasadizos con que topaban, y al
fin se vieron libres de la persecución. Tom encontró poco después un
largo subterráneo que extendía su indecisa superficie a lo lejos, hasta
desvanecerse en la oscuridad. Quería explorar sus orillas, pero pensó
que sería mejor sentarse y descansar un rato antes de emprender la
exploración. Y fue entonces cuando, por primera vez, la profunda quietud
de aquel lugar posó como una mano húmeda y fría sobre los ánimos de los
dos niños.
-No me he dado cuenta -dijo
Becky-, pero me parece que hace tanto tiempo que ya no oímos a los
demás...
-Yo creo, Becky, que estamos
mucho más abajo que ellos, y no sé si muy lejos, al norte, sur, este o
lo que sea. Desde aquí no podemos oírlos.
Becky mostró cierta
inquietud.
-¿Cuánto tiempo habremos
estado aquí, Tom? Más vale que volvamos para atrás.
-Sí, será lo mejor. Puede ser
que sea lo mejor.
-¿Sabrás el camino, Tom? Para
mí no es más que un enredijo intrincadísimo.
-Creo que daré con él, pero
lo malo son los murciélagos. Si nos apagasen las dos velas sería un
apuro grande. Vamos a ver si podemos ir por otra parte, sin pasar por
allí.
-Bueno, pero espero que no
nos perderemos. ¡Qué miedo! -y la niña se estremeció ante la horrenda
posibilidad.
Echaron a andar por una
galería y caminaron largo rato en silencio, mirando cada nueva abertura
para ver si encontraban algo que les fuera familiar en su aspecto. Cada
vez que Tom examinaba el camino, Becky no apartaba los ojos de su cara,
buscando algún signo tranquilizador, y él decía alegremente:
-¡Nada, no hay que tener
cuidado! Ésta no es, pero ya daremos con otra enseguida. Pero iba
sintiéndose menos esperanzado con cada fiasco, y empezó a meterse por
las opuestas galerías, completamente al azar, con la vana esperanza de
dar con la que hacía falta. Aún seguía diciendo: «¡No importa!», pero el
miedo le oprimía de tal modo el corazón, que las palabras habían perdido
su tono alentador y sonaban como si dijera: «¡Todo está perdido!» Becky
no se apartaba de su lado, luchando por contener las lágrimas, sin poder
conseguirlo.
-¡Tom! -dijo al fin-. No te
importen los murciélagos. Volvamos por donde hemos venido. Parece que
cada vez estamos más extraviados.
Tom se detuvo.
-¡Escucha! -dijo.
Silencio absoluto; silencio
tan profundo que hasta el rumor de sus respiraciones resaltaba en
aquella quietud. Tom gritó. La llamada fue despertando ecos por las
profundas oquedades y se desvaneció en la lejanía con un rumor que
parecía las convulsiones de una risa burlona.
-¡No! ¡No lo vuelvas a hacer,
Tom! ¡Es horrible! -exclamó Becky.
-Sí, es horroroso, Becky;
pero más vale hacerlo. Puede que nos oigan -y Tom volvió a gritar.
El puede constituía
un horror aún más escalofriante que la risa diabólica, pues era la
confesión de una esperanza que se iba perdiendo. Los niños se quedaron
quietos, aguzando el oído; todo inútil. Tom volvió sobre sus pasos,
apresurándose. A los pocos momentos una cierta indecisión en sus
movimientos reveló a Becky otro hecho fatal: ¡que Tom no podía dar con
el camino de vuelta!
-Tom, ¡no hiciste ninguna
señal!
-Becky, ¡he sido un idiota!
¡No pensé que tuviéramos nunca necesidad de volver al mismo sitio! No,
no doy con el camino. Todo está tan revuelto...
-¡Tom, estamos perdidos!,
¡estamos perdidos! ¡Ya no saldremos nunca de este horror! ¡Por qué nos
separaríamos de los otros! Se dejó caer al suelo y rompió en tan
frenético llanto, que Tom se quedó anonadado ante la idea de que Becky
podía morirse o perder la razón. Se sentó a su lado, rodeándola con los
brazos; reclinó ella la cabeza en su pecho, y dio rienda suelta a sus
terrores, sus inútiles arrepentimientos, y los ecos lejanos convirtieron
sus lamentaciones en mofadora risa. Tom le pedía que recobrase la
esperanza, y ella le dijo que la había perdido del todo. Culpose él y se
colmó a sí mismo de insultos por haberla traído a tan terrible trance, y
esto produjo mejor resultado. Prometió ella no desesperar más y
levantarse y seguirle a donde la llevase, con tal de que no volviese a
hablar así, pues no había sido ella menos culpable que él.
Se pusieron de nuevo en
marcha, sin rumbo alguno, al azar. Era lo único que podían hacer: andar,
no cesar de moverse. Durante un breve rato pareció que la esperanza
revivía, no porque hubiera razón alguna para ello; sino tan sólo porque
es natural en ella revivir cuando sus resortes no se han gastado por la
edad y la resignación con el fracaso.
Poco después cogió Tom la
vela de Becky y la apagó. Aquella economía significaba mucho; no hacía
falta explicarla. Becky se hizo cargo y su esperanza se extinguió de
nuevo. Sabía que Tom tenía una vela entera y tres o cuatro cabos en el
bolsillo..., y sin embargo había que economizar.
Después el cansancio empezó a
hacerse sentir; los niños trataron de no hacerle caso, pues era terrible
pensar en sentarse cuando el tiempo valía tanto. Moverse en alguna
dirección, en cualquier dirección, era al fin progresar y podía dar
fruto; pero sentarse era invitar a la muerte y acortar su persecución.
Al fin las piernas de Becky
se negaron a llevarla más lejos. Se sentó en el suelo. Tom se sentó a su
lado, y hablaron del pueblo, los amigos que allí tenían, las camas
cómodas, y sobre todo, ¡la luz! Becky lloraba, y Tom trató de
consolarla; pero todos sus consuelos se iban quedando gastados con el
uso y más bien parecían sarcasmos. Tan cansada estaba, que se fue
quedando dormida. Tom se alegró de ello y se quedó mirando la cara
dolorosamente contraída de la niña, y vio cómo volvía a quedar natural y
serena bajo la influencia de sueños placenteros, y hasta vio aparecer
una sonrisa en sus labios. Y lo apacible del semblante de Becky se
reflejó con una sensación de paz y consuelo en el espíritu de Tom,
sumiéndole en gratos pensamientos de tiempos pasados y de vagos
recuerdos. Aún seguía en esas ensoñaciones, cuando Becky se despertó
riéndose; pero la risa se heló al instante en sus labios y se trocó en
un sollozo.
-¡No sé cómo he podido
dormir! ¡Ojalá no hubiera despertado nunca, nunca! No, Tom; no me mires
así. No volveré a decirlo.
-Me alegro que hayas dormido,
Becky. Ahora ya no te sentirás tan cansada y encontraremos el camino.
-Podemos probar, Tom; ¡pero
he visto un país tan bonito mientras dormía! Me parece que iremos allí.
-Puede que no, Becky; puede
que no. Ten valor y vamos a seguir buscando.
Se levantaron y otra vez se
pusieron en marcha, descorazonados. Trataron de calcular el tiempo que
llevaban en la cueva, pero todo lo que sabían era que parecía que habían
pasado días y hasta semanas; y sin embargo, era evidente que no, pues
aún no se habían consumido las velas.
Mucho tiempo después de esto
-no podían decir cuánto-, Tom dijo que tenían que andar muy calladamente
para poder oír el goteo del agua, pues era preciso encontrar un
manantial. Hallaron uno a poco trecho, y Tom dijo que ya era hora de
darse otro descanso. Ambos estaban desfallecidos de cansancio, pero
Becky dijo que aún podía ir un poco más lejos. Se quedó sorprendida al
ver que Tom no opinaba así: no lo comprendía. Se sentaron, y Tom fijó la
vela en el muro, delante de ellos, con un poco de barro. Aunque sus
pensamientos no se detenían, nada dijeron por algún tiempo. Becky rompió
al fin el silencio
-Tom, ¡tengo tanta hambre!
Tom sacó una cosa del bolsillo.
-¿Te acuerdas de esto? -dijo.
Becky casi se sonrió.
-Es nuestro pastel de boda,
Tom.
-Sí, y más valía que fuera
tan grande como una barrica, porque esto es todo lo que tenemos.
-Lo separé de la merienda
para que jugásemos con él... como la gente mayor hace con el pastel de
bodas... Pero va a ser... Dejó sin acabar la frase. Tom hizo dos partes
del pastel y Becky comió con apetito la suya, mientras Tom no hizo más
que mordiscar la que le tocó. No les faltó agua fresca para completar el
festín. Después indicó a Becky que debían ponerse en marcha. Tom guardó
silencio un rato y al cabo dijo:
-Becky, ¿tienes valor para
que te diga una cosa? La niña palideció, pero dijo que sí, que se la
dijera.
-Bueno; pues entonces oye:
tenemos que estarnos aquí donde hay agua para beber. Ese cabito es lo
único que nos queda de las velas.
Becky dio rienda suelta al
llanto y a las lamentaciones. Él hizo cuanto pudo para consolarla, pero
fue en vano.
-Tom -dijo después de un
rato-, ¡nos echarán de menos y nos buscarán!
-Seguro que sí. Claro que nos
buscarán.
-¿Nos estarán buscando ya?
-Me parece que sí. Espero que
así sea.
-¿Cuándo nos echarán de
menos, Tom?
-Puede ser que cuando vuelvan
a la barca.
-Para entonces ya será de
noche... ¿Notarán que no hemos ido nosotros?
-No lo sé. Pero, de todos
modos, tu madre te echará de menos en cuanto estén de vuelta en el
pueblo.
La angustia que se pintó en
los ojos de Becky hizo darse cuenta a Tom de la pifia que había
cometido. ¡Becky no debía pasar aquella noche en su casa! Los dos se
quedaron callados y pensativos. Enseguida una nueva explosión de llanto
indicó a Tom que el mismo pensamiento que tenía en su mente había
surgido también en la de su compañera: que podía pasar casi toda la
mañana del domingo antes de que la madre de Becky descubriera que su
hija no estaba en casa de los
Harper. Los niños permanecieron con
los ojos fijos en el pedacito de vela y miraron cómo se consumía lenta e
inexorablemente; vieron el trozo de pabilo quedarse solo al fin; vieron
alzarse y encogerse la débil llama, subir y bajar, trepar por la tenue
columna de humo, vacilar un instante en lo alto, y después... el horror
de la absoluta oscuridad.
Cuánto tiempo pasó después,
hasta que Becky volvió a recobrar poco a poco los sentidos y a darse
cuenta de que estaba llorando en los brazos de Tom, ninguno de ellos
supo decirlo. No sabían sino que, después de lo que les pareció un
intervalo de tiempo larguísimo, ambos despertaron de un pesado sopor y
se vieron otra vez sumidos en sus angustias. Tom dijo que quizá fuese ya
domingo, quizá lunes. Quiso hacer hablar a Becky, pero la pesadumbre de
su pena la tenía anonadada, perdida ya toda esperanza. Tom le aseguró
que tenía que hacer mucho tiempo que habrían notado su falta y que sin
duda alguna los estaban ya buscando. Gritaría, y acaso alguien viniera.
Hizo la prueba; pero los ecos lejanos sonaban en la oscuridad de modo
tan siniestro que no osó repetirla.
Las horas siguieron pasando y
el hambre volvió a atormentar a los cautivos. Había quedado un poco de
la parte del pastel que le tocó a Tom, y 1o repartieron entre los dos;
pero se quedaron aún más hambrientos: el mísero bocado no hizo sino
aguzarles el ansia de alimento.
A poco rato dijo Tom:
-¡Chist! ¿No oyes?
Contuvieron el aliento y escucharon.
Se oía algo como un grito
remotísimo y débil. Tom contestó al punto, y cogiendo a Becky por la
mano echó a andar a tientas por la galería en aquella dirección. Se paró
y volvió a escuchar: otra vez se oyó el mismo sonido, y al parecer más
cercano.
-¡Son ellos! -exclamó Tom-.
¡Ya vienen! ¡Corre, Becky! ¡Estamos salvados!
La alegría enloquecía a los
prisioneros. Avanzaban, con todo, muy despacio, porque abundaban los
hoyos y despeñaderos y era preciso tomar precauciones. A poco llegaron a
uno de ellos y tuvieron que detenerse. Podía tener una vara de hondo o
podía tener ciento. Tom se echó de bruces al suelo y estiró el brazo
cuanto pudo, sin hallar fondo. Tenían que quedarse allí y esperar hasta
que llegasen los que los buscaban. Escucharon; no había duda de que los
gritos lejanos se iban haciendo más y más remotos.
Un momento después dejaron
del todo de oírse. ¡Qué mortal desengaño! Tom gritó hasta ponerse ronco,
pero fue inútil. Aún daba esperanzas a Becky, pero pasó toda una
eternidad de anhelosa espera y nada volvió a oírse.
Palpando en las tinieblas,
volvieron hacia el manantial. El tiempo siguió pasando cansado y lento;
volvieron a dormir y a despertarse, más hambrientos y despavoridos. Tom
creía que ya debía ser martes por entonces.
Le vino una idea. Por allí
cerca se abrían algunas galerías. Más valía explorarlas que soportar en
la ociosidad la abrumadora pesadumbre del tiempo. Sacó del bolsillo la
cuerda de la cometa, la ató a una saliente de la roca, y él y Becky
avanzaron, soltando la tramilla del ovillo según caminaban a tientas. A
los veinte pasos la galería acababa en un corte vertical. Tom se
arrodilló, y estirando el brazo cuanto pudo hacia abajo palpó la
cortadura, y fue corriéndose después hasta el muro; hizo un esfuerzo
para alcanzar con la mano un poco más lejos a la derecha, y en aquel
momento, a menos de veinte varas, una mano sosteniendo una vela apareció
por detrás de un peñasco. Tom lanzó un grito de alegría; enseguida se
presentó, siguiendo a la mano, el cuerpo al cual pertenecía... ¡Joe
el Indio! Tom se quedó paralizado; no podía moverse. En el mismo
instante, con indecible placer, vio que el «español» apretaba los
talones y desaparecía de su vista. Tom no se explicaba que
Joe
no hubiera reconocido su voz y no hubiera venido a matarlo por su
delación ante el Tribunal. Sin duda, los ecos habían desfigurado su voz.
Eso tenía que ser, pensaba. El susto le había aflojado todos los
músculos de su cuerpo. Se prometía a sí mismo que si le quedaban
bastantes fuerzas para volver al manantial, allí se quedaría, y nada le
tentaría a correr el riesgo de volver a encontrase otra vez con
Joe.
Tuvo gran cuidado de no decir a Becky lo que había visto. Le dijo que
sólo había gritado para probar suerte.
Pero el hambre y la
desventura acababan al fin por sobreponerse al miedo. Otra interminable
espera en el manantial y otro largo sueño trajeron cambios consigo. Los
niños se despertaron torturados por un hambre rabiosa. Tom creía que ya
estarían en el miércoles o jueves, o quizá en viernes o sábado, y que
los que los buscaban habían abandonado la empresa. Propuso explorar otra
galería. Estaba dispuesto a afrontar el peligro de
Joe
el Indio y cualquier otro terror. Pero Becky estaba muy débil. Se había
sumido en una mortal apatía y no quería salir de ella. Dijo que
esperaría allí donde estaba, y se moriría... sin tardar ya mucho. Tom
podía ir a explorar con la cuerda de la cometa, si quería; pero le
suplicaba que volviera de cuando en cuando para hablarle; y le hizo
prometer que cuando llegase el momento terrible estaría a su lado y la
cogería de la mano hasta que todo acabase. Tom la besó, con un nudo en
la garganta que le ahogaba, e hizo ver que tenía esperanza de encontrar
a los buscadores o un escape para salir de la cueva. Y llevando la
cuerda en la mano empezó a andar a gatas por otra de las galerías,
martirizado por el hambre y agobiado por los presentimientos del fatal
desenlace.
Capítulo XXXII
Transcurrió la tarde del
martes y llegó el crepúsculo. El pueblecito de San Petersburgo guardaba
aún un fúnebre recogimiento. Los niños perdidos no habían aparecido. Se
habían hecho rogativas públicas por ellos y muchas en privado, poniendo
los que las hacían todo su corazón en las plegarias; pero ninguna buena
noticia llegaba de la cueva. La mayor parte de los exploradores habían
abandonado ya la tarea y habían vuelto a sus ocupaciones, diciendo que
era evidente que nunca se encontraría a los desaparecidos. La madre de
Becky estaba gravemente enferma y deliraba con frecuencia. Decían que
desgarraba el corazón oírla llamar a su hija y quedarse escuchando largo
rato, y después volver a hundir la cabeza entre las sábanas con un
sollozo. Tía
Polly había caído en una fija y taciturna melancolía y sus
cabellos grises se habían tornado blancos casi por completo. Todo el
pueblo se retiró a descansar aquella noche triste y descorazonado.
Más tarde, a más de
medianoche, un frenético repiqueteo de las campanas de la iglesia puso
en conmoción a todo el vecindario, y en un momento las calles se
llenaron de gente alborotada y a medio vestir, que gritaba: «¡Arriba,
arriba! ¡Ya han aparecido! ¡Los han encontrado!» Sartenes y cuernos
añadieron su estrépito al tumulto; el vecindario fue formando grupos,
que marcharon hacia el río y se encontraron a los niños que venían en un
coche descubierto arrastrado por una multitud que los aclamaba, que
rodearon el coche y se unieron a la comitiva y entraron con gran pompa
por la calle principal lanzando hurras entusiastas.
Todo el pueblo estaba
iluminado; nadie pensó en volverse a la cama; era la más memorable noche
en los anales de aquel apartado lugar. Durante mucho más de media hora
una gran procesión de vecinos desfiló por la casa del juez Thatcher,
abrazó y besó a los recién encontrados, estrechó la mano de la señora de
Thatcher, trató de hablar sin que la emoción se lo permitiese, y se
marchó regando de lágrimas toda la casa.
La dicha de tía
Polly
era completa, y casi lo era también la de la madre de Becky. Lo sería
del todo tan pronto como el mensajero enviado a toda prisa a la cueva
pudiese dar la noticia a su marido.
Tom estaba tendido en un
sofá, rodeado de un impaciente auditorio, y contó la historia de la
pasmosa aventura, introduciendo en ella muchos emocionantes aditamentos
para mayor adorno; y la terminó con el relato de cómo dejó a Becky y se
fue a hacer una exploración; cómo recorrió dos galerías hasta donde se
lo permitió la longitud de la cuerda de la cometa; cómo siguió después
una tercera hasta el límite de la cuerda, y ya estaba a punto de
volverse atrás cuando divisó un puntito remoto que le parecía luz del
día; abandonó la cuerda y se arrastró hasta allí, sacó la cabeza y los
hombros por un angosto agujero, y vio el ancho y ondulante Misisipí
deslizarse a su lado. Y si llega a ocurrir que fuera de noche, no
hubiera visto el puntito de luz y no hubiera vuelto a explorar la
galería. Contó cómo volvió donde estaba Becky y le dio, con
precauciones, la noticia, y ella le dijo que no la mortificase con
aquellas cosas porque estaba cansada y sabía que iba a morir y lo
deseaba. Relató cómo se esforzó para persuadirla, y cómo ella pareció
que iba a morirse de alegría cuando se arrastró hasta donde pudo ver el
remoto puntito de claridad azulada; cómo consiguió salir por el agujero
y después ayudó para que ella saliese; cómo se quedaron allí sentados y
lloraron de gozo; cómo llegaron unos hombres en un bote y Tom los llamó
y les contó su situación y que perecían de hambre; cómo los hombres no
querían creerle al principio, «porque -decía- estáis cinco millas río
abajo del valle en que está la cueva», y después los recogieron en el
bote, los llevaron a una casa, les dieron de cenar, los hicieron
descansar hasta dos o tres horas después de anochecido y, por fin, los
trajeron al pueblo.
Antes de que amaneciese se
descubrió el paradero, en la cueva, del juez Thatcher y de los que aún
seguían con él, por medio de los cordeles que habían ido tendiendo para
servirles de guías, y se les comunicó la gran noticia.
Los efectos de tres días y
tres noches de fatiga y de hambre no eran cosa baladí y pasajera, según
pudieron ver Tom y Becky. Estuvieron postrados en cama los dos días
siguientes, y cada vez parecían más cansados y desfallecidos. Tom se
levantó un poco el jueves, salió a la calle el viernes, y para el sábado
estaba ya como nuevo; pero Becky siguió en cama dos o tres días más, y
cuando se levantó parecía que había pasado una larga y grave enfermedad.
Tom se enteró de la
enfermedad de
Huck y fue a verlo; pero no le dejaron entrar en la
habitación del enfermo ni aquel día ni en los dos siguientes. Le dejaron
verle después todos los días, mas le advirtieron que nada debía decirle
de su aventura ni hablar de cosas que pudieran excitar al paciente. La
viuda de Douglas
presenció las visitas para ver que se cumplían esos preceptos. Tom supo
en su casa el acontecimiento del monte Cardiff, y también que el cadáver
del hombre harapiento había sido encontrado junto al embarcadero: sin
duda se había ahogado mientras intentaba escapar.
Un par de semanas después de
haber salido de la cueva fue Tom a visitar a
Huck,
el cual estaba ya sobradamente repuesto y fortalecido para oír hablar de
cualquier tema, y Tom sabía de algunos que, según pensaba, habían de
interesarle en alto grado. La casa del juez Thatcher le cogía de camino,
y Tom se detuvo allí para ver a Becky. El juez y algunos de sus amigos
le hicieron hablar, y uno de ellos le preguntó, con ironía, si le
gustaría volver a la cueva. Tom dijo que sí y que ningún inconveniente
tendría en volver.
-Pues mira -dijo el juez-,
seguramente que no serás tú el único. Pero ya hemos pensado en ello. No
volverá nadie a perderse en la cueva.
-¿Por qué?
-Porque hace dos semanas que
he hecho forrar la puerta con chapa de hierro y ponerle tres cerraduras.
Y tengo yo las llaves. Tom se quedó blanco como un papel.
-¿Qué te pasa, muchacho?,
¿qué es eso? ¡Que traigan agua a escape!
-Vamos, ya estás mejor. ¿Qué
era lo que te pasaba, Tom?
-¡Señor juez,
Joe
el Indio está en la cueva!
Capítulo XXXIII
En pocos minutos cundió la
noticia, y una docena de botes estaba en marcha, y detrás siguió el
vapor, repleto de pasajeros. Tom
Sawyer iba en el mismo bote que
conducía al juez. Al abrir la puerta de la cueva, un lastimoso
espectáculo se presentó a la vista: en la densa penumbra de la entrada,
Joe
el Indio estaba tendido en el suelo, muerto, con la cara pegada a la
juntura de la puerta, como si sus ojos anhelantes hubieran estado fijos
hasta el último instante en la luz y en la gozosa libertad del mundo
exterior. Tom se sintió conmovido porque sabía por experiencia propia
cómo habría sufrido aquel desventurado. Sentía compasión por él, pero al
propio tiempo una bienhechora sensación de descanso y seguridad, que le
hacía ver, pues hasta entonces no había sabido apreciarlo por completo,
la enorme pesadumbre del miedo que le agobiaba desde que había levantado
su voz contra aquel proscrito sanguinario.
Junto a
Joe
estaba su cuchillo, con la hoja partida. La gran viga que servía de base
a la puerta había sido cortada poco a poco, astilla por astilla, con
infinito trabajo: trabajo que además era inútil, pues la roca formaba un
umbral por fuera y sobre aquel durísimo material la herramienta no había
producido efecto: el único daño había sido para el propio cuchillo. Pero
aunque no hubiera habido el obstáculo de la piedra, el trabajo también
hubiera sido inútil, pues aun cortada la viga por completo,
Joe
no hubiera podido hacer pasar su cuerpo por debajo de la puerta, y él lo
sabía de antemano. Había estado, pues, desgastando con el cuchillo
únicamente por hacer algo, para no sentir pasar el tiempo, para dar
empleo a sus facultades impotentes y enloquecidas. Siempre se
encontraban algunos cabos de velas clavados en los intersticios de la
roca que formaba este vestíbulo, dejados allí por los excursionistas;
pero no se veía ninguno. El prisionero los había buscado para
comérselos. También había logrado cazar algunos murciélagos y los había
devorado sin dejar más que las uñas. El desventurado había muerto de
hambre. Allí cerca se había ido elevando lentamente desde el suelo,
durante siglos y siglos, una estalagmita en lo alto. El prisionero había
roto la estalagmita y sobre el muñón había colocado un canto en el cual
había tallado una ligera oquedad para recibir la preciosa gota que caía
cada veinte minutos, con la precisión desesperante de un mecanismo de
relojería: una cucharadita cada veinticuatro horas. Aquella gota estaba
cayendo cuando las pirámides de Egipto eran nuevas, cuando cayó Troya,
cuando se pusieron los cimientos de Roma, cuando Cristo fue crucificado,
cuando el Conquistador creó el imperio británico, cuando Colón se hizo a
la vela. Cae ahora y caerá todavía cuando todas esas cosas se hayan
desvanecido en las lejanías de la historia y en la penumbra de la
tradición y se hayan perdido para siempre en la densa noche del olvido.
¿Tienen todas las cosas una finalidad y una misión? ¿Ha estado esta gota
cayendo pacientemente cinco mil años para estar preparada a satisfacer
la necesidad de este efímero insecto humano, y tiene algún otro
importante fin que llenar dentro de diez mil años? No importa. Hace ya
muchos que el desdichado mestizo ahuecó la piedra para recoger las gotas
inapreciables; pero aún hoy día nada atrae y fascina los ojos del
turista como la trágica piedra y el pausado gotear del agua, cuando va a
contemplar las maravillas de la cueva de
Mac Dougall. «La copa de
Joe
el Indio» ocupa el primer lugar en la lista de las curiosidades de la
caverna. Ni siquiera el «Palacio de Aladino» puede competir con ella.
Joe
el Indio fue enterrado cerca de la boca de la cueva; la gente acudió al
acto en botes y carros desde el pueblo y desde todos los caseríos y
granjas de siete millas a la redonda; trajeron con ellos los chiquillos
y toda suerte de provisiones de boca, y confesaban que lo habían pasado
casi tan bien en el entierro como lo hubieran pasado viéndolo ahorcar.
Este entierro impidió que
tomase mayores vuelos una cosa que estaba ya en marcha: la petición de
indulto en favor de
Joe el Indio al gobernador del
Estado. La petición tenía ya numerosas firmas; se habían celebrado
multitud de lacrimosos y elocuentes mítines y se había elegido un comité
de mujeres sin seso para ver al gobernador, enlutadas y llorosas, e
implorar de él que se condujese como un asno benévolo y echase a un lado
todos sus deberes. Se decía que
Joe el Indio había matado a cinco
habitantes de la localidad; pero ¿qué importaba eso? Si hubiera sido
Satanás en persona, no hubieran faltado gentes tiernas de corazón para
poner sus firmas al pie de una solicitud de perdón y mojarla con una
lágrima siempre pronta a escaparse del inseguro y agujereado depósito.
Al día siguiente del entierro
Tom se llevó a
Huck a un lugar solitario para departir con él de graves
asuntos. Ya para entonces la viuda de
Douglas y el galés habían enterado
a Huck
de todo lo concerniente a la aventura de Tom; pero éste dijo que debía
de haber una cosa de la cual no le habían dicho nada, y de ella
precisamente querían hablarle ahora.
A
Huck
se le ensombreció el semblante.
-Ya sé lo que es -dijo-. Tú
fuiste al número dos y no encontraste más que
whisky. Nadie me ha dicho que
fueras tú; pero yo me figuré que tú eras en cuanto oí hablar de lo del
whisky; y me figuré que no habías
cogido el dinero, porque ya te hubieras puesto al habla conmigo de un
modo o de otro, y me lo hubieras contado a mí aunque no se lo dijeses a
nadie más. Ya me daba el corazón que nunca nos haríamos con aquel
tesoro.
-No,
Huck,
no acusé yo al amo de la posada. Tú sabes que nada le había ocurrido
cuando yo fui a la merienda. ¿No te acuerdas que tú ibas a estar allí de
centinela aquella noche?
-¡Es verdad! Parece que ya
hace años de eso. Fue la noche en que fui siguiendo a
Joe
el Indio hasta la casa de la viuda.
-¿Le seguiste tú?
-Sí..., pero no hables de
eso. Puede ser que
Joe haya dejado amigos. No quiero
que vengan contra mí y me jueguen malas partidas. Si no hubiera sido por
mí, estaría a estas horas en Texas tan fresco.
Entonces contó
Huck,
confidencialmente, todos los detalles de su aventura, pues el galés sólo
le había contado a Tom una parte de ella.
-Bueno -dijo
Huck
después, volviendo al asunto principal-; quienquiera que cogió el
whisky, echó mano también al
dinero y, a lo que a mí me parece, ya no lo veremos nosotros, Tom.
-Huck,
el dinero no estuvo nunca en el número dos.
-¡Qué! -exclamó
Huck
examinando ansiosamente la cara de su compañero-. ¿Estás otra vez en la
pista de esos cuartos?
-¡Están en la cueva!
Los ojos de
Huck
resplandecieron.
-¡Vuelve a decirlo, Tom!
-El dinero está en la cueva.
-Tom, ¡di la verdad! ¿Es en
broma o en serio?
-En serio,
Huck.
En mi vida hablé más en serio. ¿Quieres venir a la cueva y ayudarme a
sacarlo?
-¡Ya lo creo! Cuando quieras,
si está donde podamos llegar sin que nos perdamos.
-Lo podemos hacer de la
manera más fácil del mundo.
-¡Qué gusto! ¿Y qué te hace
pensar que el dinero está allí?
-Espérate a que estemos allí,
Huck.
Si no lo encontramos, me comprometo a darte mi tambor y todo lo que
tengo en el mundo. Te lo juro.
-Muy bien. ¿Cuándo quieres
que vayamos?
-Ahora mismo, si tú lo dices.
¿Tendrás bastantes fuerzas?
-¿Está muy adentro de la
cueva? Ya hace tres o cuatro días que me tengo de pie, pero no podré
andar más de una milla; al menos, me parece que podría andarla.
-Hay cinco millas hasta allí,
por el camino que iría otro cualquiera que no fuera yo; pero hay un
atajo que nadie sabe más que yo.
Huck, yo te llevaré hasta allí en
un bote. Voy a dejar que el bote baje con la corriente hasta cierto
sitio, y luego lo traeré yo solo remando. No necesitas mover una mano.
-Vámonos enseguida, Tom.
-Está bien; necesitamos pan y
algo de comida, las pipas, un par de saquitos, dos o tres cuerdas de
cometas y algunas de esas cosas nuevas que llaman cerillas fosfóricas.
¡Cuántas veces las eché de menos cuando estuve allí la otra vez!
Un poco después de mediodía
los muchachos tomaron en préstamo un pequeño bote, de un vecino que
estaba ausente, y enseguida se pusieron en marcha.
Cuando ya estaban algunas
millas más abajo del «Barranco de la Cueva» dijo Tom:
-Ahora estás viendo esa
ladera que parece toda igual según se baja desde el «Barranco de la
Cueva»: no hay casas, serrerías, nada sino matorrales, todos parecidos.
Pero ¿ves aquel sitio blanco allá arriba, donde ha habido un
desprendimiento de tierra? Pues ésa es una de mis señales. Ahora vamos a
desembarcar.
Saltaron a tierra.
-Mira,
Huck,
desde donde estás ahora podías tocar el agujero con una caña de pescar.
Anda a ver si das con él.
Huck
buscó por todas partes y nada encontró. Tom, con aire de triunfo,
penetró en una espesura de matorrales.
-¡Aquí está! -dijo-. Míralo,
Huck.
Es el agujero mejor escondido que hay en todo el país. No se lo digas a
nadie. Siempre he estado queriendo ser bandolero, pero sabía que
necesitaba una cosa como ésta, y la dificultad estaba en tropezar con
ella. Ahora ya la tenemos, y hay que guardar el secreto. Sólo se lo
diremos a Joe
Harper y Ben
Rogers, porque, por supuesto, tiene
que haber una cuadrilla, y si no, no parecería bien. ¡La cuadrilla de
Tom Sawyer!
W: suena bien, ¿no es verdad,
Huck?
-Ya lo creo, Tom. ¿Y a quién
vamos a robar?
-Pues a casi todo el mundo.
Secuestrar gente... es lo que más se acostumbra.
-Y matarlos.
-No, no siempre. Tenerlos
escondidos en la cueva hasta que paguen rescate.
-Dinero. Se les hace que sus
parientes reúnan todo el dinero que puedan, y después que se los ha
tenido un año presos, si no pagan, se los mata. Únicamente no se mata a
las mujeres: se las tiene encerradas, pero se les perdona la vida. Son
siempre guapísimas y ricas y están la mar de asustadas. Se les roban los
relojes y cosa así, pero siempre se quita uno el sombrero y se les habla
con finura. No hay nadie tan fino como los bandoleros: eso lo puedes ver
en cualquier libro. Bueno, las mujeres acaban por enamorarse de uno, y
después que han estado en la cueva una semana o dos, ya no lloran más, y
después de eso ya no hay modo de hacer que se marchen. Si uno las echa
fuera, enseguida dan la vuelta y allí están otra vez. Así está en todos
los libros.
-Pues, entonces, es la cosa
mejor del mundo. Me parece que es mejor que ser pirata.
-Sí; en algunas cosas es
mejor, porque se está más cerca de casa y de los circos y de todos
eso...
Para entonces ya estaban
hechos los preparativos, y los muchachos, yendo Tom delante, penetraron
por el boquete. Llegaron trabajosamente hasta el final del túnel;
después ataron las cuerdas y prosiguieron la marcha. A los pocos pasos
estaban en el manantial, y Tom sintió correrle un escalofrío por todo el
cuerpo. Enseñó a
Huck el trocito de pabilo sujeto al muro con una pella de
barro, y le contó cómo Becky y él habían estado mirando la agonía de la
llama hasta que se apagó.
Siguieron hablando en voz muy
baja, porque el silencio y la lobreguez de aquel lugar sobrecogía sus
espíritus. Marcharon adelante y entraron después por la otra galería,
explorada por Tom, hasta que llegaron al borde cortado a pico. Con las
velas pudieron ver que no era realmente un despeñadero, sino un declive
de arcilla de veinte o treinta pies de altura. Tom murmuró:
-Ahora voy a enseñarte una
cosa, Huck.
Levantó la vela cuanto pudo y prosiguió:
-Mira al otro lado de la
esquina estirándote todo lo que puedas. Allí en aquel peñasco grande...,
pintada con humo de vela...
-¡Es una cruz, Tom!
-Y ahora ¿dónde está tu
número dos? Debajo de la cruz, ¿eh? Allí mismo es donde vi a
Joe
el Indio sacar la mano con la vela.
Huck
se quedó mirando un rato al místico emblema y luego dijo con trémula
voz:
-¡Vamos a escapar de aquí,
Tom!
-¡Qué! ¿Y dejar el tesoro?
-Sí, dejarlo. El ánima de
Joe
el Indio anda por aquí, de seguro.
-No,
Huck;
no anda por aquí. Rondará por el sitio donde murió, allá en la entrada
de la cueva, a cinco millas de aquí.
-No, Tom. Estará aquí
rondando los dólares. Yo sé lo que les gusta a los fantasmas, y tú
también.
Tom empezaba a pensar que,
acaso, Huck
tuviera razón. Mil temores le asaltaban. Pero de pronto se le ocurrió
una idea.
-¡No seamos tontos,
Huck!
¡El espíritu de
Joe el Indio no puede venir a rondar donde hay una cruz!
El argumento no tenía vuelta
de hoja. Produjo su efecto.
-No se me ha ocurrido, Tom;
pero es verdad. Suerte ha sido que esté ahí la cruz. Bajaremos por aquí
y nos pondremos a buscar la caja.
Tom bajó primero, excavando
huecos en la arcilla para servir de peldaños.
Huck
siguió detrás. Cuatro galerías se abrían en la caverna donde estaba la
roca grande. En la más próxima a la base de la roca encontraron un
escondrijo con una yacija de mantas extendida en el suelo; había,
además, unos tirantes viejos, unas cortezas de tocino y los huesos,
mondos y bien roídos, de dos o tres gallinas. Pero no había caja con
dinero. Los muchachos buscaron y rebuscaron en vano. Tom reflexionó:
-Él dijo bajo la
cruz. Bien; esto viene a ser lo que está más cerca de la cruz. No puede
ser bajo la roca misma, porque no queda hueco entre ella y el piso.
Rebuscaron de nuevo por todas
partes y al cabo se sentaron desalentados. A
Huck
no se le ocurría ninguna idea.
-Mira,
Huck
-dijo Tom, después de un rato-; hay pisadas y goterones de vela en el
barro por un lado de esta peña, pero no por los otros. ¿Por qué es eso?
Apuesto a que el dinero está debajo de la peña. Voy a cavar en la
arcilla.
-¡No está eso mal, Tom! -dijo
Huck,
reanimándose.
«El verdadero
Barlow»
de Tom entró enseguida en acción, y no había ahondado cuatro pulgadas
cuando tocó en madera.
-¡Eh,
Huck!
¿Lo oyes?
Huck
empezó a escarbar con furia. Pronto descubrieron unas tablas y las
levantaron. Ocultaban una ancha grieta natural que se prolongaba bajo la
roca. Tom se metió dentro, alumbrado con la vela lo más lejos que pudo
por debajo de la peña; pero dijo que no veía el fin de aquello. Propuso
que lo explorasen y se metió por debajo de la roca, con
Huck
a la zaga. La estrecha cavidad descendía gradualmente. Siguieron su
quebrado curso, primero hacia la derecha, y a la izquierda después. Tom
dobló una rápida curva y exclamó:
-¡Huck,
Huck!,
¡mira aquí!
Era la caja del tesoro, sin
duda posible, colocada en una diminuta caverna, en compañía de un barril
de pólvora, dos fusiles con fundas de cuero, dos o tres pares de
mocasinas7
viejas, un cinturón y otras cosas heterogéneas, todo empapado por la
humedad de las goteras.
-¡Ya lo tenemos! -dijo
Huck
hundiendo las manos en las mohosas monedas-. ¡Pero si somos ricos, Tom!
-Huck,
yo siempre pensé que sería para nosotros. Parece cosa demasiado buena
para ser creída, pero aquí lo tenemos. ¡Aquí está! Ahora no gastemos
tiempo; vamos a sacarlo fuera. Déjame ver si puedo sacar la caja.
Pesaba unas cincuenta libras.
Tom podía levantarla un poco, pero no podía cargar con ella.
-Ya lo pensaba yo -dijo-;
parecía que les pesaba mucho cuando se la llevaban de la casa encantada,
y me fijé en ello. He hecho bien en traer las talegas.
En un momento metieron el
dinero en los sacos y los subie |