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Catálogo de Textos Históricos
Las palabras y las cosas
Michel Foucault

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Capítulo 1 - Capítulo 2 - Capítulo 3 - Capítulo 4

HABLAR

1. CRÍTICA Y COMENTARIO

La existencia del lenguaje en la época clásica es, a la vez, soberana y discreta. Soberana dado que sobre las palabras ha recaído la tarea y el poder de "representar el pensamiento". Pero representar no quiere decir aquí traducir, proporcionar una versión visible, fabricar un doble material que sea capaz de reproducir, sobre la vertiente externa del cuerpo el pensamiento en toda su exactitud. Representar es oír en el sentido estricto: el lenguaje representa el pensamiento, como éste se representa a sí mismo. Para constituir el lenguaje o para animado desde el interior, no hay un acto esencial y primitivo de significación, sino sólo, en el núcleo de la representación, este poder que le pertenece de representarse a sí misma, es decir, de analizarse, yuxtaponiéndose, parte a parte, bajo la mirada de la reflexión, y delegándose a sí misma en un sustituto que la prolonga. En la época clásica no se da nada que no se dé en la representación; pero por este hecho mismo, no surge ningún signo, no se enuncia ninguna palabra, ninguna frase ni ninguna proposición se dirige jamás a ningún contenido sino por el juego de una representación que se pone a distancia de sí misma, se desdobla y se refleja en otra representación que es equivalente a ella. Las representaciones no se enraízan en un mundo del que tomarían .su sentido; se abren por sí mismas sobre un espacio propio, cuya nervadura interna da lugar al sentido. Y el lenguaje está ahí en este rodeo que la representación establece con respecto a sí misma. Así, pues, las palabras no forman la más mínima película que duplique el pensamiento por el lado de la fachada; lo recuerdan, lo indican, pero siempre desde el interior, entre todas esas representaciones que representan otras.

El lenguaje clásico está mucho más cercano de 10 que se cree al pensamiento que está encargado de manifestar; pero no es paralelo a él; está cogido en su red y entretejido en la trama misma que desarrolla. No es un efecto exterior del pensamiento, sino pensamiento en sí mismo.

Y, por ello, se hace invisible o casi invisible. En todo caso, se ha hecho tan transparente a la representación que su ser deja de ser un problema. El Renacimiento se detuvo ante el hecho en bruto de que hay un lenguaje: en el espesor del mundo, un grafismo mezclado a las cosas o que corre por debajo de ellas; siglos depositados sobre los manuscritos o sobre las hojas de los libros. Y todas estas marcas insistentes apelaban a un segundo lenguaje -el del comentario, de la exégesis, de la erudición- para hacer hablar y hacer al fin móvil al lenguaje que ponía en ellas; el ser del lenguaje precedía, como una muda obstinación, a lo que se podía leer en él y a las palabras en que se le hacía resonar. A partir del siglo XVII, lo que se elide es esta existencia maciza e intrigante del lenguaje. No aparece ya oculta en el enigma de la marca: aparece más bien desplegada en la teoría de la significación. En el límite, se podría decir que el lenguaje clásico no existe, sino que funciona: toda su existencia tiene lugar en su papel representtaivo, se limita exactamente a él y acaba por agotarse en él. El lenguaje no tiene otro lugar que no sea la representación, ni tiene valor a no ser en ella: en este molde que ha podido arreglarse.

Por ello, el lenguaje clásico descubre una cierta relación consigo mismo que hasta entonces no había sido posible ni aun concebible. Con respecto a sí mismo, el lenguaje del siglo XVI se encontraba en una posición de comentario perpetuo: ahora bien, éste no puede hacerse a no ser que exista el lenguaje -un lenguaje que preexiste silenciosamente al discurso por medio del cual se intenta hacerlo hablar; para comentar, es necesario el antecedente absoluto del texto; y a la inversa, si el mundo es un entrelazamiento de marcas y de palabras, ¿cómo hablar a no ser en la forma de comentario? A partir de la época clásica, el lenguaje se despliega en el interior de la representación y en este desdoblamiento de sí misma que la ahueca. De ahora en adelante, el Texto primero se borra y, con él, todo el fondo inextinguible de las palabras cuyo ser mudo estaba inscrito en las cosas; lo único que permanece es la representación que se desarrolla en los signos verbales- que la manifiestan y que se convierte, por ello, en discurso. El enigma de una palabra que debe ser interpretada por un segundo lenguaje es sustituido por la discursividad esencial de la representación: posibilidad abierta, aun neutra e indiferente, pero que el discurso se encargará de completar y fijar. Ahora bien, cuando este discurso se convierte a su vez en objeto del lenguaje, no se le interroga como si dijera algo sin decido, como si fuera un lenguaje retenido en sí mismo y una palabra cerrada; no se trata ya de hacer surgir el gran propósito enigmático que se oculta bajo estos signos; se le pregunta cómo funciona: qué representaciones designa, qué elementos recorta y descuenta, cómo se analiza y compone, qué juego de sustituciones le permite asegurar su papel de representación. El comentario deja su lugar a la crítica.

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Esta nueva relación que instaura el lenguaje con respecto a sí mismo no es simple ni unilateral. Al parecer, la crítica se opone al comentario como el análisis de una forma visible al descubrimiento de un contenido oculto. Pero, dado que esta forma es la de una representación, la crítica sólo puede analizar el lenguaje en términos de verdad, de exactitud, de propiedad o de valor expresivo. De allí, el papel mixto de la crítica y la ambigüedad de la que nunca ha podido deshacerse. Interroga al lenguaje como si fuera función pura, conjunto de mecanismos, gran juego autónomo de los signos; pero no puede a la vez dejar de plantearle la pregunta acerca de su verdad o de su mentira, de su transparencia o de su opacidad, así pues, del modo de presencia de lo que dice en las palabras por medio de las cuales lo representa. A partir de esta doble necesidad fundamental puede ir saliendo, poco a poco, a luz la oposición entre el fondo y la forma para ocupar el lugar que se sabe. Pero, sin duda, esta oposición no se consolida sino tardíamente, cuando, en el siglo XIX, la relación crítica se vuelve frágil a su vez. En la época clásica, la crítica se ejerce, sin disociación y como en bloque, sobre el papel representativo del lenguaje. Toma, pues, cuatro formas distintas, si bien solidarias y articuladas la una sobre la otra. Se despliega, desde luego, en el orden reflexivo, como una crítica de las palabras: imposibilidad de construir una ciencia o una filosofía con el vocabulario recibido; denuncia de los términos generales que confunden lo que es claro y distinto en la representación y de los términos abstractos que separan lo que debe permanecer solidario; necesidad de constituir el tesoro de una lengua perfectamente analítica. Se manifiesta también en el orden gramatical como un análisis de los valores representativos de la sintaxis, del orden de las palabras, de la construcción de las frases: ¿acaso es más perfecta una lengua cuando tiene declinaciones o cuando tiene un sistema de proposiciones?, ¿es preferible que el orden de las palabras sea libre o rigurosamente determinado?, ¿qué régimen de tiempos expresa mejor las relaciones de sucesión? La crítica se da también su espacio en el examen de las formas de la retórica: análisis de las figuras, es decir, de los tipos de discurso con el valor expresivo de cada uno, análisis de los tropos, es decir, de las diferentes relaciones que la palabras pueden tener con un mismo contenido representativo (designación por la parte o por el todo, lo esencial o lo accesorio, el suceso o la circunstancia, la cosa misma o sus análogos). Por último, la crítica, frente al lenguaje existente y ya escrito, se pone la tarea de definir la relación que tiene con lo que representa: de esta manera, la exégesis de los textos religiosos se ha cargado, a partir del siglo XVII, de métodos críticos: en efecto, ya no se trataba de repetir lo que ya se decía en ellos, sino de definir a través de qué figuras e imágenes, en qué orden, con qué fines expresivos y para decir qué verdad, tal discurso había sido dado por Dios o por los Profetas en la forma en que nos ha sido trasmitido.

Tal es, en su diversidad, la dimensión crítica que se instaura necesariamente cuando el lenguaje se interroga sobre sí mismo a partir de su función. Desde la época clásica, el comentario y la crío tica se oponen profundamente. Al hablar del lenguaje en términos de representación y de verdad, la crítica lo juzga y lo profana. Manteniendo al lenguaje en la irrupción de su ser y preguntándole por lo que respecta a su secreto, el comentario se detiene ante el escarpe del texto anterior y se propone la tarea imposible, siempre renovada, de repetir el nacimiento en sí: lo sacraliza. Estas dos maneras del lenguaje de fundar una relación consigo mismo van a entrar de ahora en adelante en una rivalidad de la que aún no hemos salido. y que quizá se refuerce de día en día. Pues la literatura, objeto privilegiado de la crítica, no ha dejado de aproximarse, desde Mallarmé, a lo que el lenguaje es en su ser mismo y, por ello, pide un segundo lenguaje que no tenga ya la forma de crítica sino de comentario. En efecto, todos los lenguajes críticos, desde el siglo XIX, están cargados de exégesis, un poco a la manera en que, en la época clásica, las exégesis estaban cargadas de métodos críticos. Sin embargo, en tanto que no se desate la pertenencia del lenguaje a la representación en nuestra cultura o, cuando menos, se la delimite, todos los segundos lenguajes seguirán presos en la alternativa de la crítica o el comentario. Y proliferarán al infinito en su indeterminación.

2. LA GRAMÁTICA GENERAL

Una vez elidida la existencia del lenguaje, sólo subsiste su funcionamiento en la representación: su naturaleza y sus virtudes de discurso. Esto no es más que la representación misma representada por medio de signos verbales. Pero ¿cuál es entonces la particularidad de estos signos y este extraño poder que les permite, mejor que a todos los demás, anotar la representación, analizarla y recomponerla? Entre todos los sistemas de signos, ¿cuál es el propio del lenguaje?

En un primer examen, es posible definir las palabras por su arbitrariedad o su carácter colectivo. En su raíz primera, el lenguaje está hecho -como dijo Hobbes- de un sistema de notas que los individuos han elegido de antemano por sí mismos: por medio de estas marcas, pueden recordar las representaciones, ligadas, disociarlas y trabajar con ellas. Son las notas que una convención o una violencia han impuesto a la colectividad; pero de cualquier manera, el sentido de las palabras sólo pertenece a la representación de cada uno y por mucho que sea aceptado por todos, no tiene otra existencia que la que tiene en el pensamiento de los individuos tomados uno por uno: "Aquello, pues, de que las palabras son signos -dice Locke-, son las ideas del que habla; ni tampoco puede nadie aplicadas, como señales, de un modo inmediato a ninguna otra cosa, salvo a las ideas que él mismo tiene". Lo que distingue al lenguaje de todos los demás signos y le permite desempeñar un papel decisivo en la representación no es tanto que sea individual o colectivo, natural o arbitrario, sino que analice la representación según un orden necesariamente sucesivo: los sonidos, en efecto, sólo pueden ser articulados uno a uno; un lenguaje no puede representar al pensamiento, de golpe, en su totalidad; es necesario que lo disponga parte a parte según un orden lineal. Ahora bien, éste es extraño a la representación. Es verdad que los pensamientos se suceden en el tiempo, pero cada uno forma una unidad, ya sea que se admita, con Condillac, que todos los elementos de una representación son dados en un instante y que sólo la reflexión quede desarrollados uno a uno, ya sea que se admita con Destutt de Traey que se suceden con una rapidez tan grande que no es prácticamente posible observada ni retener su orden. Son estas representaciones, así encerradas en sí mismas, las que hay que desarrollar en las proposiciones: para mi mirada, "el abrirse es interior a la rosa"; pero no puedo evitar que, en mi discurso, la preceda o la siga. Si el espíritu tuviera el poder de pronunciar las ideas "tal como las percibe", es indudable que "las pronunciaría todas a la" vez". Pero es justo esto lo que no es posible, pues, si "el pensamiento es una operación simple, su enunciación es una operación sucesiva". Allí reside lo propio del lenguaje, lo que lo distingue a la vez de la representación (de la que no es a su vez sino representación) y de los signos (a los que pertenece sin otro privilegio particular). No se opone al pensamiento como el exterior. al interior o la expresión a la reflexión; no se opone a los otros Signos -gestos, pantomimas, versiones, pinturas, emblemas- como lo arbitrario o lo colectivo a lo natural y a lo singular, sino a todo esto corno lo sucesivo a lo contemporáneo. Es, con respecto al pensamiento y a los signos, lo que el álgebra respecto a la geometría: sustituye la comparación simultánea de las partes (o de las magnitudes) por un orden cuyos grados han de recorrerse unos tras otros. En este sentido estricto, el lenguaje es el análisis del pensamiento: no un simple recorte, sino la profunda instauración del orden en el espacio.

Allí se sitúa este dominio epistemológico nuevo al que la época clásica dio el nombre de "gramática general". Sería un contrasentido ver en ella sólo la aplicación pura y simple de una lógica a la teoría del lenguaje. Pero también sería un contrasentido el quererla descifrar como prefiguración de una lingüística. La gramática general es el estudio del orden verbal en su relación con la simultaneidad que está encargado de representar. Así, pues, no tiene corno objeto propio ni al pensamiento ni al lenguaje: sino al discurso, entendido corno sucesión de signos verbales. Esta sucesión es artificial en relación con la simultaneidad de las representaciones y en esta medida el lenguaje se opone al pensamiento corno lo reflexionado a lo inmediato. Y, sin embargo, esta sucesión no es la misma en todas las lenguas: algunas colocan la acción en la mitad de la frase; otras al final; algunas nombran desde el principio el objeto principal de la representación, ctras las circunstancias accesorias: corno lo señala la Encyclopédie, lo que hace que las lenguas extrañas sean opacas unas a otras y tan difíciles de traducir, es la incompatibilidad de su sucesión, más que la diferencia de las palabras. Con relación al orden evidente, necesario, universal, que la ciencia y, en especial, el álgebra, introducen en la representación, el lenguaje es espontáneo, irreflexionado; es, por así decirlo, natural. Es también y según el punto de vista desde el cual se lo mire, una representación ya analizada, más que una reflexión en estado salvaje. A decir verdad, es el lazo concreto entre la representación y la reflexión. No es tanto un instrumento de comunicación de los hombres entre sí, corno el camino por el cual la representación se comunica necesariamente con la reflexión. Por ello, la gramática general ha adquirido tanta importancia para la filosofía en el curso del siglo XVIII: era, en un solo acto, la forma espontánea de la ciencia, como una lógica incontrolada del espíritu y la primera descomposición reflexionada del pensamiento: una de las rupturas más primitivas con lo inmediato. Constituía una especie de filosofía inherente al espíritu -"cuánta metafísica no ha- sido indispensable, dijo Adam Smith, para formar el menor de los adjetivos"- y lo que toda filosofía debía retomar a fin de reencontrar, a través de tantas diversas elecciones, el orden necesario y evidente de la representación. Forma inicial de toda reflexión, tema primero de toda crítica, tal es el lenguaje. Lo que la gramática general toma como objeto es esta cosa ambigua, tan amplia como el conocimiento, pero siempre interior a la representación.

1. Pero es necesario sacar en seguida un cierto número de consecuencias. La primera es que se ve bien cómo se dividen, en la época clásica, las ciencias del lenguaje: por un lado, la retórica, que trata de las figuras y de los tropos, es decir, de la manera en que el lenguaje se espacializa en los signos verbales; por el otro, la gramática, que trata de la articulación y del orden, es decir, de la manera en que se dispone el análisis de la representación según un orden sucesivo. La retórica define la espacialidad de la representación, tal como nace con el lenguaje; la gramática define, respecto de cada lengua, el orden que reparte esta espacialidad en el tiempo. Por ello, como se verá más adelante, la gramática supone la naturaleza retórica de los idiomas, aun de los más primitivos y los más espontáneos.

2. Por otra parte, la gramática, como reflexión sobre el lenguaje en general, manifiesta la relación que éste tiene con la universalidad. Esta relación puede recibir dos formas según que se tome en consideración la posibilidad de una lengua universal o de un discurso universal. En la época clásica, lo que recibe el nombre de lengua universal no es el idioma primitivo inmaculado y puro, que podría restablecer, si se le volvía a encontrar más allá de los castigos del olvido, el entendimiento anterior a Babel. Se trata de una lengua que sería susceptible de dar a cada representación y a cada elemento de cada representación el signo que pudiera marcarlos de una manera inequívoca; sería también capaz de indicar de qué manera se componen los elementos en una representación y cómo se ligan unos a otros; al estar en posesión de los instrumentos que permiten indicar todas las relaciones eventuales entre los segmentos de la representación, tendría por ello mismo la facultad de recorrer todos los órdenes posibles. A la vez característica y combinatoria, la lengua universal no restablece el orden de las épocas pasadas: inventa signos, una sintaxis, una gramática en la que debe encontrar su lugar todo orden concebible. En cuanto al discurso universal, tampoco es el texto único que conserva en la cifra de su secreto la clave que aclara todo saber; es más bien la posibilidad de definir la macha natural y necesaria del espíritu desde las representaciones más simples hasta los más finos análisis o las combinaciones más complejas: este discurso es el saber puesto en el orden único que le prescribe su origen. Recorre todo el campo de los conocimientos, pero de modo subterráneo, en cierta forma, para hacer surgir la posibilidad de tales conocimientos a partir de la representación, para mostrar cómo nacen y poner en vivo el lazo natural, lineal y universal. Este común denominador, este fundamento de todos los conocimientos, este origen manifestado en un discurso continuo, es la Ideología, un lenguaje que duplica en toda su extensión el hilo espontáneo del conocimiento: "El hombre, por naturaleza, tiende siempre al resultado más cercano y más apremiante. Piensa, en primer lugar, en sus necesidades y después en sus placeres. Se ocupa de agricultura, de medicina, de guerra, de política práctica, después de poesía y de arte, antes de soñar con la filosofía; y desde que se vuelve hacia sí mismo y empieza a reflexionar, prescribe reglas a su juicio, la lógica, a sus discursos, la gramática, a sus deseos, la moral. Se cree entonces en la cima de la teoría"; pero se da cuenta de que todas estas operaciones tienen "una fuente común" y que "este centro único de todas las verdades es el conocimiento de sus facultades intelectuales".

La Característica universal y la Ideología se oponen como la universalidad del lenguaje en general (despliega todos los órdenes posibles en la simultaneidad de un solo cuadro fundamental) y la universalidad de un discurso exhaustivo (reconstituye la génesis única y valedera para cada uno de todos los conocimientos posibles en su encadenamiento). Pero su proyecto y su posibilidad común residen en un poder que la época clásica otorga al lenguaje: el de dar signos adecuados a todas las representaciones, sean las que fueren, y de establecer entre ellas todos los lazos posibles. En la medida en que el lenguaje puede representar todas las representaciones, es con pleno derecho el elemento de lo universal. Debe haber un lenguaje, posible cuando menos, que recoja la totalidad del mundo en sus palabras y, a la inversa, el mundo, como totalidad de lo representable, debe poder convertirse, en su conjunto, en una enciclopedia. El gran sueño de Gharles Bonnet reúne aquí lo que el lenguaje es en su lugar y en su pertenencia a la representación: "Me complazco en contemplar la multitud innumerable de los mundos oomo otros tantos libros cuya colección forma la inmensa biblioteca del universo o la verdadera enciclopedia universal. Concibo que la gradación maravillosa que hay entre estos mundos diferentes facilita a las inteligencias superiores, a las que les ha sido dado recorrerlos o más bien leedos, la adquisición de verdades de todo género que encierra y pone en su conocimiento este orden y este encadenamiento que son su principal belleza. Pero estos enciclopedistas celestes no poseen todos en el mismo grado la enciclopedia del universo; unos no poseen más que algunas ramas; otros las poseen en número mayor, otros a su vez las apresan aún más; pero todos tienen la eternidad para aumentar y perfeccionar sus conocimientos y desarrollar todas sus facultades". Sobre el fondo de una enciclopedia absoluta, las humanas constituyen formas intermedias de universalidad compuesta y limitada: enciclopedias alfabéticas que alojan la mayor cantidad posible de conocimientos en el orden arbitrario de las letras; caligrafías que permiten transcribir según un mismo y único sistema de figuras todas las lenguas del mundo, léxicos polivalentes que establecen las sinonimias entre un número más o menos considerable de idiomas; por último, las enciclopedias razonadas que pretenden "exponer, en la medida de lo posible, el orden y encadenamiento de los conocimientos humanos", examinando "su genealogía y su filiación, las causas que los han hecho nacer y las características que los distinguen". Sea cual fuere el carácter parcial de todos estos proyectos, hayan sido los que fueren las circunstancias empíricas de su empresa, el fundamento de su posibilidad en la episteme clásica es que, si el ser del lenguaje estaba ligado a su funcionamiento en la representación, ésta a su vez no tenía otra relación con lo universal que no fuera por intermedio del lenguaje.

3. Conocimiento y lenguaje se entrecruzan estrictamente. Tienen el mismo origen y el mismo principio de funcionamiento en la representación; se apoyan uno en otro, se complementan y se critican sin cesar. En su forma más general, conocer y hablar consisten, en primer lugar, en analizar lo simultáneo de la representación, distinguir sus elementos, establecer las relaciones que los combinan, las posibles sucesiones de acuerdo con las cuales se puede desarrollarlos: en el mismo movimiento, el espíritu habla y conoce, "por los mismos procesos por los que se aprende a hablar se descubren los principios del sistema del mundo o el de las operaciones del espíritu humano, es decir, todo aquello que de sublime hay en nuestros conocimientos". Pero el lenguaje sólo es conocimiento en una forma irreflexionada; se impone del exterior a los individuos, que guía, de grado o por fuerza, hacia las nociones concretas o abstractas, exactas o poco fundadas; el conocimiento, por el contrario, es como un lenguaje en el que cada palabra habría sido examinada y cada relación verificada. Saber es hablar como se debe y como lo prescribe la marcha cierta del espíritu; hablar es saber como se puede y según el modelo que imponen quienes comparten el nacimiento. Las ciencias son idiomas bien hechos, en la medida misma en que los idiomas son ciencias sin cultivo. Así, pues, todo idioma está por rehacer: es decir, por explicar y juzgar a partir de este orden analítico que ninguno de ellos sigue con exactitud; y por reajustar eventualmente a fin de que la cadena de los conocimientos pueda aparecer con toda claridad, sin sombras ni lagunas. Así, pertenece a la naturaleza misma de la gramática el ser prescriptiva, no porque quiera imponer las normas de un lenguaje bello, fiel a las reglas del gusto, sino porque refiere la posibilidad radical de hablar al ordenamiento de la representación. Destutt de Tracy dijo un día que los mejores tratados de lógica del siglo XVIII habían sido escritos por gramáticas: porque las prescripciones de la gramática eran de orden analítico y no estético.

Y esta pertenencia del idioma al saber nos entrega todo un campo histórico que no había existido en épocas precedentes. Se hace posible algo así como una historia del conocimiento. Pues si el lenguaje es una ciencia espontánea, oscuro para sí mismo y torpe -es a su vez perfeccionado por los conocimientos que no pueden depositarse en sus palabras sin dejar en ellas su huella y como el emplazamiento vacío de su contenido. Los idiomas, saber imperfecto, son la memoria fiel de su perfeccionamiento. Inducen a error, pero registran lo que se ha aprendido. En su desordenado orden, hacen surgir ideas falsas; pero las ideas verdaderas depositan en ellos la marca imborrable de un orden que el solo azar no habría podido disponer. Lo que nos dejan las civilizaciones y los pueblos como monumentos de su pensamiento, no son los textos, sino más bien los vocabularios y las sintaxis, los sonidos de sus idiomas más que las palabras pronunciadas, menos sus discursos que lo que los hizo posibles: la discursividad de su lenguaje. "El idioma de un pueblo nos da su vocabulario, y su vocabulario es una Biblia bastante fiel de todos los conocimientos de ese pueblo; sólo por la comparación del vocabulario de una nación en épocas distintas, nos formaremos una idea de su progreso. Cada ciencia tiene su nombre, cada noción de la ciencia tiene el suyo, todo lo que se conoce de la naturaleza ha recibido una designación, lo mismo que lo que se ha inventado en las artes, y los fenómenos, las maniobras y los instrumentos." De allí, la posibilidad de hacer una historia de la libertad y de la esclavitud a partir de los idiomas o aun una historia de las opiniones, de los prejuicios, de las supersticiones, de las creencias de todos los órdenes, sobre las cuales los escritos dan siempre un testimonio menos bueno que las palabras mismas. De allí también el proyecto de hacer una enciclopedia "de las ciencias y de las artes" que no seguirá el encadenamiento de los conocimientos mismos, sino que se alojará en la forma del lenguaje, en el interior de espacio abierto en las palabras; los tiempos venideros buscarán ahí necesariamente lo que nosotros sabemos o pensamos, pues las palabras, en su corte gastado, se reparten sobre esta línea median era por la cual la ciencia se avecina a la percepción y la reflexión a las imágenes. En ello, lo que uno imagina se convierte en lo que sabe y, a la inversa, lo que sabe se convierte en lo que se representa todos los días. La vieja relación al texto, por medio de la cual el Renacimiento definía la erudición, se transforma ahora: en la época clásica se convierte en la relación con el puro elemento del idioma.

Vemos así aclararse el elemento luminoso en el cual se comunican con pleno derecho el lenguaje y el conocimiento, discurso bien hecho y saber, idioma universal y análisis del pensamiento, historia de los hombres y ciencias del lenguaje. Aun cuando estuviera destinado a la publicación, el saber del Renacimiento se disponía de acuerdo con un espacio cerrado. La "Academia" era un círculo cerrado que proyectaba a la superficie de las configuraciones sociales la forma esencialmente secreta del saber. Y la primera tarea de este saber era el hacer hablar a los signos mudos: debía reconocer sus formas, interpretarlas y retranscribirlas en, otros trazos que, a su vez, debían ser descifrados; de suerte que aun el descubrimiento del secreto no escapaba a esta disposición sutil que lo había hecho a la vez tan difícil y tan precioso. En la época clásica, conocer y hablar se entremezclan en la misma trama: se trata, con respecto al saber y al lenguaje, de dar a la representación signos por medio de los cuales se la pueda desarrollar según un orden necesario y visible. Al ser enunciado, el saber del siglo XVI era un secreto aunque compartido. Al estar oculto, el de los siglos xvn y xvm es un discurso sobre el cual se ha corrido un velo. Pues pertenece a la naturaleza más original de la ciencia el entrar en el sistema de las comunicaciones verbales, y a la del lenguaje el ser conocimiento desde su primera palabra. Hablar, aclarar y saber son, en el sentido estricto del término, de un mismo orden. El interés que la época clásica pone en la ciencia, la publicidad de los debates, su carácter fuertemente esotérico, su apertura a lo profano, la astronomía a la manera de Fontenelle, Newton leído por Voltaire, no son, sin duda, más que un fenómeno sociológico. No provocó la menor alteración en la historia del pensamiento, no modificó una sola pulgada el devenir del saber. No explica nada, a no ser, desde luego, en el nivel doxográfico, donde es necesario situado en efecto; pero su condición de posibilidad está ahí, en esta pertenencia recíproca entre el saber y el lenguaje. Más tarde, el siglo XIX, la desatará y logrará poner uno frente a otro, un saber cerrado sobre sí mismo y un lenguaje puro convertido, en su ser y su función, en enigmático -algo que, a partir de esta época, se llama literatura. Entre ambos se despliegan al infinito los idiomas intermediarios, derivados o, si se quiere, caídos, del saber lo mismo que de las obras.

4. Dado que se ha convertido en análisis y orden, el lenguaje anuda relaciones hasta ahora inéditas con el tiempo. El siglo XVI admitía que los idiomas se sucedían en la historia y podían engendrarse unos a otros. Los más antiguos eran las lenguas madres. La más arcaica de todas, por ser el idioma del Eterno al dirigirse a los hombres, era el hebreo que se consideraba había dado nacimiento al sirio y al árabe; después venía el griego, del que habían surgido el copto lo mismo que el egipcio; el latín tenía entre su filiación al italiano, al español y al francés; por último, del "teutónico" se derivaban el alemán, el inglés y el flamenco. A partir del siglo XVII, se invierte la relación del lenguaje con el tiempo: éste ya no deposita por turno las hablas en la historia del mundo; son los idiomas los que desarrollan las representaciones y las palabras según una sucesión cuya ley definen ellos mismos. Por este orden interno y este emplazamiento que reserva a las palabras, cada idioma define su especificidad, y no por su lugar en una serie histórica. El tiempo es, para el lenguaje, su modo interior de análisis; no es su lugar de nacimiento. De ahí, el poco interés que la época clásica pone en la filiación cronológica, al grado de negar, contra toda "evidencia" -se trata de la nuestra-, el parentesco del italiano o del francés con el latín. Las series que existían en el siglo XVI y que reaparecerán en el XIX son sustituidas por tipologías, Y se trata de tipologías del orden. Hay un grupo de idiomas que coloca primero el sujeto del que se habla; después la acción ejecutada o sufrida por él; por último el agente sobre el cual se ejerce: ejemplos, el francés, el inglés, el español. Frente a él, está el grupo de los idiomas que hace "preceder ya la acción, ya el objeto, ya la modificación o la circunstancia": el latín, por ejemplo, o el' "esclavón" en los cuales la función de la palabra no. se indica por su lugar sino. par su flexión. Par última, el tercer grupa está formada par las idiomas mixtas (cama el griega o el teutónico) "que can tienen a las atros dos, par tener un artículo y casas". Pera es necesario comprender que no. es la presencia a la ausencia de flexiones lo. que define, respecta de cada idioma, el arden pasible o necesario de sus palabras.

Es el orden, en cuanto análisis y alineamiento sucesivo de las representaciones, la que forma la previa y prescribe la utilización de declinaciones o artículos. Las idiomas que siguen el arden "de la imaginación y del interés" no determinan un lugar constante para las palabras: deben marcarlas por flexiones (se trata de los idiomas "traspositivos"). Si, a la inversa, siguen el orden uniforme de la reflexión, les basta con indicar, por medio de un artículo, el número y el género de los sustantivos; el lugar en el ordenamiento analítico tiene en sí un valor funcional: se trata de los idiomas "análogos". Los idiomas están emparentados y se distinguen sobre el cuadro de los posibles tipos de sucesión. Cuadro que es simultáneo, pero que sugiere cuáles son las lenguas más antiguas: en efecto, puede admitirse que el orden más espontáneo (el de las imágenes y las pasiones) ha debido preceder al más reflexionado (el de la lógica): el fechamiento externo es fijado por las formas internas del análisis y del orden. El tiempo se ha convertido en algo interior al lenguaje.
Por lo que respecta a la historia misma de los idiomas, no es m ás que erosión o accidente, introducción, reencuentro y mezcla de elementos diversos; no tiene ni ley, ni movimiento, ni necesidad propios. ¿Cómo se formó, por ejemplo, la lengua griega? "Son los mercaderes de Fenicia, los aventureros de Frigia, de Macedonia y de Iliria, los gálatas, los escitas, los grupos de exilados o de fugitivos, los que cargaron el primer fondo del idioma griego con tantas especies de partículas innumerables y tantos dialectos." En cuanto al francés, está formado de nombres latinos y godos, de giros y de construcciones galos, de artículos y de cifras árabes, de palabras tomadas de los ingleses y de lós italianos, en el curso de los viajes, de las guerras o de las transacciones comerciales. Las lenguas evolucionan por el efecto de las migraciones, de las victorias y de las derrotas, de las modas, de los cambios; pero no por la fuerza de una historicidad que llevarían en sí mismas. No obedecen a ningún principio interno de desarrollo; son ellas las que desarrollan a lo largo de una línea las representaciones y sus elementos. Si existe, con respecto a los idiomas, un tiempo positivo, no hay que buscarlo en el exterior, del lado de la historia, sino en el ordenamiento de las palabras, en el hueco del discurso.

Ahora podemos circunscribir el campo epistemológico de la gramática general, que apareció en la segunda mitad del siglo XVII y se borró en los últimos años del siglo siguiente. La gramática general no es una gramática comparada: su tema no son los paralelos entre los idiomas, ni los utiliza como método. Pues su generalidad no consiste en encontrar leyes gramaticales propiamente dichas que serían comunes a todos los dominios lingüísticos y que harían aparecer, en una unidad ideal y apremiante, la estructura de cualquier idioma posible; si es general, lo es en la medida en que logra hacer aparecer, por debajo de las reglas de la gramática, pero al nivel de su fundamento, la función representativa del discurso -lo que es la función vertical que designa algo representado o la horizontal que lo liga en el mismo modo que el pensamiento. Dado que hace aparecer el lenguaje como una representación que articula otra, es "general" con pleno derecho: lo que trata es el desdoblamiento interior de la representación. Pero, como esta articulación puede hacerse muy bien de maneras diferentes, habrá, de modo paradójico, diversas gramáticas generales: la del francés, la del inglés, la del latín, la del alemán, etc. La gramática general no intenta definir las leyes de todas las lenguas, sino tratar, por turno, cada lengua particular como un modo de articulación del pensamiento en sí mismo. En cualquier lengua tomada en forma aislada, la representación se da "características". La gramática general definirá el sistema de identidades y de diferencias que suponen y utilizan estas características espontáneas. Establecerá la taxonomía de cada lengua. Es decir, lo que fundamente, en cada una de ellas, la posibilidad de sostener un discurso.

De allí, las dos direcciones que toma necesariamente. Dado que el discurso liga sus partes como la representación sus elementos, la gramática general deberá estudiar el funcionamiento representativo de las palabras, en relación unas con otras: esto supone, en primer lugar, un análisis del lazo que anuda las palabras (teoría de la proposición y, en especial, del verbo), después un análisis de los diversos tipos de palabras y de la manera en que recortan la representación y se distinguen entre sí (teoría de la articulación). Pero dado que el discurso no es simplemente un conjunto representativo, sino una representación duplicada que designa a otra -a la misma que representa-, la gramática general debe estudiar la manera en que las palabras designan lo que dicen, primero en su valor primitivo (teoría del origen y de la raíz), después en su capacidad permanente de deslizamiento, de extensión, de reorganización (teoría del espacio retórico y de la derivación).

Traducción Elsa Cecilia Frost

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