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Esta nueva relación que instaura el lenguaje con respecto a sí
mismo no es simple ni unilateral. Al parecer, la crítica se
opone al comentario como el análisis de una forma visible al
descubrimiento de un contenido oculto. Pero, dado que esta forma
es la de una representación, la crítica sólo puede analizar el
lenguaje en términos de verdad, de exactitud, de propiedad o de
valor expresivo. De allí, el papel mixto de la crítica y la
ambigüedad de la que nunca ha podido deshacerse. Interroga al
lenguaje como si fuera función pura, conjunto de mecanismos,
gran juego autónomo de los signos; pero no puede a la vez dejar
de plantearle la pregunta acerca de su verdad o de su mentira,
de su transparencia o de su opacidad, así pues, del modo de
presencia de lo que dice en las palabras por medio de las cuales
lo representa. A partir de esta doble necesidad fundamental
puede ir saliendo, poco a poco, a luz la oposición entre el
fondo y la forma para ocupar el lugar que se sabe. Pero, sin
duda, esta oposición no se consolida sino tardíamente, cuando,
en el siglo XIX, la relación crítica se vuelve frágil a su vez.
En la época clásica, la crítica se ejerce, sin disociación y
como en bloque, sobre el papel representativo del lenguaje.
Toma, pues, cuatro formas distintas, si bien solidarias y
articuladas la una sobre la otra. Se despliega, desde luego, en
el orden reflexivo, como una crítica de las palabras:
imposibilidad de construir una ciencia o una filosofía con el
vocabulario recibido; denuncia de los términos generales que
confunden lo que es claro y distinto en la representación y de
los términos abstractos que separan lo que debe permanecer
solidario; necesidad de constituir el tesoro de una lengua
perfectamente analítica. Se manifiesta también en el orden
gramatical como un análisis de los valores representativos de la
sintaxis, del orden de las palabras, de la construcción de las
frases: ¿acaso es más perfecta una lengua cuando tiene
declinaciones o cuando tiene un sistema de proposiciones?, ¿es
preferible que el orden de las palabras sea libre o
rigurosamente determinado?, ¿qué régimen de tiempos expresa
mejor las relaciones de sucesión? La crítica se da también su
espacio en el examen de las formas de la retórica: análisis de
las figuras, es decir, de los tipos de discurso con el valor
expresivo de cada uno, análisis de los tropos, es decir, de las
diferentes relaciones que la palabras pueden tener con un mismo
contenido representativo (designación por la parte o por el
todo, lo esencial o lo accesorio, el suceso o la circunstancia,
la cosa misma o sus análogos). Por último, la crítica, frente al
lenguaje existente y ya escrito, se pone la tarea de definir la
relación que tiene con lo que representa: de esta manera, la
exégesis de los textos religiosos se ha cargado, a partir del
siglo XVII, de métodos críticos: en efecto, ya no se trataba de
repetir lo que ya se decía en ellos, sino de definir a través de
qué figuras e imágenes, en qué orden, con qué fines expresivos y
para decir qué verdad, tal discurso había sido dado por Dios o
por los Profetas en la forma en que nos ha sido trasmitido.
Tal es, en su diversidad, la dimensión crítica que se instaura
necesariamente cuando el lenguaje se interroga sobre sí mismo a
partir de su función. Desde la época clásica, el comentario y la
crío tica se oponen profundamente. Al hablar del lenguaje en
términos de representación y de verdad, la crítica lo juzga y lo
profana. Manteniendo al lenguaje en la irrupción de su ser y
preguntándole por lo que respecta a su secreto, el comentario se
detiene ante el escarpe del texto anterior y se propone la tarea
imposible, siempre renovada, de repetir el nacimiento en sí: lo
sacraliza. Estas dos maneras del lenguaje de fundar una relación
consigo mismo van a entrar de ahora en adelante en una rivalidad
de la que aún no hemos salido. y que quizá se refuerce de día en
día. Pues la literatura, objeto privilegiado de la crítica, no
ha dejado de aproximarse, desde Mallarmé, a lo que el lenguaje
es en su ser mismo y, por ello, pide un segundo lenguaje que no
tenga ya la forma de crítica sino de comentario. En efecto,
todos los lenguajes críticos, desde el siglo XIX, están cargados
de exégesis, un poco a la manera en que, en la época clásica,
las exégesis estaban cargadas de métodos críticos. Sin embargo,
en tanto que no se desate la pertenencia del lenguaje a la
representación en nuestra cultura o, cuando menos, se la
delimite, todos los segundos lenguajes seguirán presos en la
alternativa de la crítica o el comentario. Y proliferarán al
infinito en su indeterminación.
2. LA GRAMÁTICA
GENERAL
Una vez elidida la existencia
del lenguaje, sólo subsiste su funcionamiento en la
representación: su naturaleza y sus virtudes de discurso. Esto
no es más que la representación misma representada por medio de
signos verbales. Pero ¿cuál es entonces la particularidad de
estos signos y este extraño poder que les permite, mejor que a
todos los demás, anotar la representación, analizarla y
recomponerla? Entre todos los sistemas de signos, ¿cuál es el
propio del lenguaje?
En un primer examen, es posible definir las palabras por su arbitrariedad o su carácter colectivo. En su raíz primera, el
lenguaje está hecho -como dijo Hobbes- de un sistema de notas que
los individuos han elegido de antemano por sí mismos: por medio
de estas marcas, pueden recordar las representaciones, ligadas,
disociarlas y trabajar con ellas. Son las notas que una
convención o una violencia han impuesto a la colectividad; pero
de cualquier manera, el sentido de las palabras sólo pertenece a
la representación de cada uno y por mucho que sea aceptado por
todos, no tiene otra existencia que la que tiene en el
pensamiento de los individuos tomados uno por uno: "Aquello,
pues, de que las palabras son signos -dice Locke-, son las ideas
del que habla; ni tampoco puede nadie aplicadas, como señales,
de un modo inmediato a ninguna otra cosa, salvo a las ideas que
él mismo tiene". Lo que distingue al lenguaje de todos los demás
signos y le permite desempeñar un papel decisivo en la
representación no es tanto que sea individual o colectivo,
natural o arbitrario, sino que analice la representación según
un orden necesariamente sucesivo: los sonidos, en efecto, sólo
pueden ser articulados uno a uno; un lenguaje no puede
representar al pensamiento, de golpe, en su totalidad; es
necesario que lo disponga parte a parte según un orden lineal.
Ahora bien, éste es extraño a la representación. Es verdad que
los pensamientos se suceden en el tiempo, pero cada uno forma
una unidad, ya sea que se admita, con Condillac, que todos los
elementos de una representación son dados en un instante y que
sólo la reflexión quede desarrollados uno a uno, ya sea que se
admita con Destutt de Traey que se suceden con una rapidez tan
grande que no es prácticamente posible observada ni retener su
orden. Son estas representaciones, así encerradas en sí mismas,
las que hay que desarrollar en las proposiciones: para mi
mirada, "el abrirse es interior a la rosa"; pero no puedo evitar
que, en mi discurso, la preceda o la siga. Si el espíritu
tuviera el poder de pronunciar las ideas "tal como las percibe",
es indudable que "las pronunciaría todas a la" vez". Pero es
justo esto lo que no es posible, pues, si "el pensamiento es una
operación simple, su enunciación es una operación sucesiva".
Allí reside lo propio del lenguaje, lo que lo distingue a la vez
de la representación (de la que no es a su vez sino
representación) y de los signos (a los que pertenece sin otro
privilegio particular). No se opone al pensamiento como el
exterior. al interior o la expresión a la reflexión; no se opone
a los otros Signos -gestos, pantomimas, versiones, pinturas,
emblemas- como lo arbitrario o lo colectivo a lo natural y a lo
singular, sino a todo esto corno lo sucesivo a lo contemporáneo.
Es, con respecto al pensamiento y a los signos, lo que el
álgebra respecto a la geometría: sustituye la comparación
simultánea de las partes (o de las magnitudes) por un orden
cuyos grados han de recorrerse unos tras otros. En este sentido
estricto, el lenguaje es el análisis del pensamiento: no un
simple recorte, sino la profunda instauración del orden en el
espacio.
Allí se sitúa este dominio epistemológico nuevo al que la época
clásica dio el nombre de "gramática general". Sería un
contrasentido ver en ella sólo la aplicación pura y simple de
una lógica a la teoría del lenguaje. Pero también sería un
contrasentido el quererla descifrar como prefiguración de una
lingüística. La gramática general es el estudio del orden
verbal en su relación con la simultaneidad que está encargado de
representar. Así, pues, no tiene corno objeto propio ni al
pensamiento ni al lenguaje: sino al discurso, entendido corno
sucesión de signos verbales. Esta sucesión es artificial en
relación con la simultaneidad de las representaciones y en esta
medida el lenguaje se opone al pensamiento corno lo reflexionado
a lo inmediato. Y, sin embargo, esta sucesión no es la misma en
todas las lenguas: algunas colocan la acción en la mitad de la
frase; otras al final; algunas nombran desde el principio el
objeto principal de la representación, ctras las circunstancias
accesorias: corno lo señala la Encyclopédie, lo que
hace que las lenguas extrañas sean opacas unas a otras y tan
difíciles de traducir, es la incompatibilidad de su sucesión,
más que la diferencia de las palabras. Con relación al orden
evidente, necesario, universal, que la ciencia y, en especial,
el álgebra, introducen en la representación, el lenguaje es
espontáneo, irreflexionado; es, por así decirlo, natural. Es
también y según el punto de vista desde el cual se lo mire, una
representación ya analizada, más que una reflexión en estado
salvaje. A decir verdad, es el lazo concreto entre la
representación y la reflexión. No es tanto un instrumento de
comunicación de los hombres entre sí, corno el camino por el
cual la representación se comunica necesariamente con la
reflexión. Por ello, la gramática general ha adquirido tanta
importancia para la filosofía en el curso del siglo XVIII: era,
en un solo acto, la forma espontánea de la ciencia, como una
lógica incontrolada del espíritu y la primera descomposición
reflexionada del pensamiento: una de las rupturas más primitivas
con lo inmediato. Constituía una especie de filosofía inherente
al espíritu -"cuánta metafísica no ha- sido indispensable, dijo
Adam Smith, para formar el menor de los adjetivos"- y lo que
toda filosofía debía retomar a fin de reencontrar, a través de
tantas diversas elecciones, el orden necesario y evidente de la
representación. Forma inicial de toda reflexión, tema primero de
toda crítica, tal es el lenguaje. Lo que la gramática
general toma como objeto es esta cosa ambigua, tan amplia
como el conocimiento, pero siempre interior a la representación.
1. Pero es necesario sacar en seguida un cierto número de
consecuencias. La primera es que se ve bien cómo se dividen, en
la época clásica, las ciencias del lenguaje: por un lado, la
retórica, que trata de las figuras y de los tropos, es decir, de
la manera en que el lenguaje se espacializa en los signos
verbales; por el otro, la gramática, que trata de la
articulación y del orden, es decir, de la manera en que se
dispone el análisis de la representación según un orden
sucesivo. La retórica define la espacialidad de la
representación, tal como nace con el lenguaje; la gramática
define, respecto de cada lengua, el orden que reparte esta
espacialidad en el tiempo. Por ello, como se verá más adelante,
la gramática supone la naturaleza retórica de los idiomas, aun
de los más primitivos y los más espontáneos.
2. Por otra parte, la gramática, como reflexión sobre el
lenguaje en general, manifiesta la relación que éste tiene con
la universalidad. Esta relación puede recibir dos formas según
que se tome en consideración la posibilidad de una lengua
universal o de un discurso universal. En la época clásica, lo
que recibe el nombre de lengua universal no es el idioma
primitivo inmaculado y puro, que podría restablecer, si se le
volvía a encontrar más allá de los castigos del olvido, el
entendimiento anterior a Babel. Se trata de una lengua que sería
susceptible de dar a cada representación y a cada elemento de
cada representación el signo que pudiera marcarlos de una manera
inequívoca; sería también capaz de indicar de qué manera se
componen los elementos en una representación y cómo se ligan
unos a otros; al estar en posesión de los instrumentos que
permiten indicar todas las relaciones eventuales entre los
segmentos de la representación, tendría por ello mismo la
facultad de recorrer todos los órdenes posibles. A la vez
característica y combinatoria, la lengua universal no restablece
el orden de las épocas pasadas: inventa signos, una sintaxis,
una gramática en la que debe encontrar su lugar todo orden
concebible. En cuanto al discurso universal, tampoco es el texto
único que conserva en la cifra de su secreto la clave que aclara
todo saber; es más bien la posibilidad de definir la macha
natural y necesaria del espíritu desde las representaciones más
simples hasta los más finos análisis o las combinaciones más
complejas: este discurso es el saber puesto en el orden único
que le prescribe su origen. Recorre todo el campo de los
conocimientos, pero de modo subterráneo, en cierta forma, para
hacer surgir la posibilidad de tales conocimientos a partir de
la representación, para mostrar cómo nacen y poner en vivo el
lazo natural, lineal y universal. Este común denominador, este
fundamento de todos los conocimientos, este origen manifestado
en un discurso continuo, es la Ideología, un lenguaje que
duplica en toda su extensión el hilo espontáneo del
conocimiento: "El hombre, por naturaleza, tiende siempre al
resultado más cercano y más apremiante. Piensa, en primer lugar,
en sus necesidades y después en sus placeres. Se ocupa de
agricultura, de medicina, de guerra, de política práctica,
después de poesía y de arte, antes de soñar con la filosofía; y
desde que se vuelve hacia sí mismo y empieza a reflexionar,
prescribe reglas a su juicio, la lógica, a sus discursos, la
gramática, a sus deseos, la moral. Se cree entonces en la cima
de la teoría"; pero se da cuenta de que todas estas operaciones
tienen "una fuente común" y que "este centro único de todas las
verdades es el conocimiento de sus facultades intelectuales".
La Característica universal y la Ideología se oponen como la
universalidad del lenguaje en general (despliega todos los
órdenes posibles en la simultaneidad de un solo cuadro
fundamental) y la universalidad de un discurso exhaustivo
(reconstituye la génesis única y valedera para cada uno de todos
los conocimientos posibles en su encadenamiento). Pero su
proyecto y su posibilidad común residen en un poder que la época
clásica otorga al lenguaje: el de dar signos adecuados a todas
las representaciones, sean las que fueren, y de establecer entre
ellas todos los lazos posibles. En la medida en que el lenguaje
puede representar todas las representaciones, es con pleno
derecho el elemento de lo universal. Debe haber un lenguaje,
posible cuando menos, que recoja la totalidad del mundo en sus
palabras y, a la inversa, el mundo, como totalidad de lo
representable, debe poder convertirse, en su conjunto, en una
enciclopedia. El gran sueño de Gharles Bonnet reúne aquí lo que
el lenguaje es en su lugar y en su pertenencia a la
representación: "Me complazco en contemplar la multitud
innumerable de los mundos oomo otros tantos libros cuya
colección forma la inmensa biblioteca del universo o la
verdadera enciclopedia universal. Concibo que la gradación
maravillosa que hay entre estos mundos diferentes facilita a las
inteligencias superiores, a las que les ha sido dado recorrerlos
o más bien leedos, la adquisición de verdades de todo género que
encierra y pone en su conocimiento este orden y este
encadenamiento que son su principal belleza. Pero estos
enciclopedistas celestes no poseen todos en el mismo grado la
enciclopedia del universo; unos no poseen más que algunas ramas;
otros las poseen en número mayor, otros a su vez las apresan aún
más; pero todos tienen la eternidad para aumentar y perfeccionar
sus conocimientos y desarrollar todas sus facultades". Sobre el
fondo de una enciclopedia absoluta, las humanas constituyen
formas intermedias de universalidad compuesta y limitada:
enciclopedias alfabéticas que alojan la mayor cantidad posible
de conocimientos en el orden arbitrario de las letras;
caligrafías que permiten transcribir según un mismo y único
sistema de figuras todas las lenguas del mundo, léxicos
polivalentes que establecen las sinonimias entre un número más o
menos considerable de idiomas; por último, las enciclopedias
razonadas que pretenden "exponer, en la medida de lo posible, el
orden y encadenamiento de los conocimientos humanos", examinando
"su genealogía y su filiación, las causas que los han hecho
nacer y las características que los distinguen". Sea cual fuere
el carácter parcial de todos estos proyectos, hayan sido los que
fueren las circunstancias empíricas de su empresa, el fundamento
de su posibilidad en la episteme clásica es que, si el ser del
lenguaje estaba ligado a su funcionamiento en la representación,
ésta a su vez no tenía otra relación con lo universal que no
fuera por intermedio del lenguaje.
3. Conocimiento y lenguaje se entrecruzan estrictamente. Tienen
el mismo origen y el mismo principio de funcionamiento en la
representación; se apoyan uno en otro, se complementan y se
critican sin cesar. En su forma más general, conocer y hablar
consisten, en primer lugar, en analizar lo simultáneo de la
representación, distinguir sus elementos, establecer las
relaciones que los combinan, las posibles sucesiones de acuerdo
con las cuales se puede desarrollarlos: en el mismo movimiento,
el espíritu habla y conoce, "por los mismos procesos por los que
se aprende a hablar se descubren los principios del sistema del
mundo o el de las operaciones del espíritu humano, es decir,
todo aquello que de sublime hay en nuestros conocimientos". Pero
el lenguaje sólo es conocimiento en una forma irreflexionada; se
impone del exterior a los individuos, que guía, de grado o por
fuerza, hacia las nociones concretas o abstractas, exactas o
poco fundadas; el conocimiento, por el contrario, es como un
lenguaje en el que cada palabra habría sido examinada y cada
relación verificada. Saber es hablar como se debe y como lo
prescribe la marcha cierta del espíritu; hablar es saber como se
puede y según el modelo que imponen quienes comparten el
nacimiento. Las ciencias son idiomas bien hechos, en la medida
misma en que los idiomas son ciencias sin cultivo. Así, pues,
todo idioma está por rehacer: es decir, por explicar y juzgar a
partir de este orden analítico que ninguno de ellos sigue con
exactitud; y por reajustar eventualmente a fin de que la cadena
de los conocimientos pueda aparecer con toda claridad, sin
sombras ni lagunas. Así, pertenece a la naturaleza misma de la
gramática el ser prescriptiva, no porque quiera imponer las
normas de un lenguaje bello, fiel a las reglas del gusto, sino
porque refiere la posibilidad radical de hablar al ordenamiento
de la representación. Destutt de Tracy dijo un día que los
mejores tratados de lógica del siglo XVIII habían sido escritos
por gramáticas: porque las prescripciones de la gramática eran
de orden analítico y no estético.
Y esta pertenencia del idioma al saber nos entrega todo un campo
histórico que no había existido en épocas precedentes. Se hace
posible algo así como una historia del conocimiento. Pues si el
lenguaje es una ciencia espontánea, oscuro para sí mismo y torpe
-es a su vez perfeccionado por los conocimientos que no pueden
depositarse en sus palabras sin dejar en ellas su huella y como
el emplazamiento vacío de su contenido. Los idiomas, saber
imperfecto, son la memoria fiel de su perfeccionamiento. Inducen
a error, pero registran lo que se ha aprendido. En su
desordenado orden, hacen surgir ideas falsas; pero las ideas
verdaderas depositan en ellos la marca imborrable de un orden
que el solo azar no habría podido disponer. Lo que nos dejan las
civilizaciones y los pueblos como monumentos de su pensamiento,
no son los textos, sino más bien los vocabularios y las
sintaxis, los sonidos de sus idiomas más que las palabras
pronunciadas, menos sus discursos que lo que los hizo posibles:
la discursividad de su lenguaje. "El idioma de un pueblo nos da
su vocabulario, y su vocabulario es una Biblia bastante fiel de
todos los conocimientos de ese pueblo; sólo por la comparación
del vocabulario de una nación en épocas distintas, nos
formaremos una idea de su progreso. Cada ciencia tiene su
nombre, cada noción de la ciencia tiene el suyo, todo lo que se
conoce de la naturaleza ha recibido una designación, lo mismo
que lo que se ha inventado en las artes, y los fenómenos, las
maniobras y los instrumentos." De allí, la posibilidad de hacer
una historia de la libertad y de la esclavitud a partir de los
idiomas o aun una historia de las opiniones, de los prejuicios,
de las supersticiones, de las creencias de todos los órdenes,
sobre las cuales los escritos dan siempre un testimonio menos
bueno que las palabras mismas. De allí también el proyecto de
hacer una enciclopedia "de las ciencias y de las artes" que no
seguirá el encadenamiento de los conocimientos mismos, sino que
se alojará en la forma del lenguaje, en el interior de espacio
abierto en las palabras; los tiempos venideros buscarán ahí
necesariamente lo que nosotros sabemos o pensamos, pues las
palabras, en su corte gastado, se reparten sobre esta línea
median era por la cual la ciencia se avecina a la percepción y
la reflexión a las imágenes. En ello, lo que uno imagina se
convierte en lo que sabe y, a la inversa, lo que sabe se
convierte en lo que se representa todos los días. La vieja
relación al texto, por medio de la cual el Renacimiento definía
la erudición, se transforma ahora: en la época clásica se
convierte en la relación con el puro elemento del idioma.
Vemos así aclararse el elemento luminoso en el cual se comunican
con pleno derecho el lenguaje y el conocimiento, discurso bien
hecho y saber, idioma universal y análisis del pensamiento,
historia de los hombres y ciencias del lenguaje. Aun cuando
estuviera destinado a la publicación, el saber del Renacimiento
se disponía de acuerdo con un espacio cerrado. La "Academia" era
un círculo cerrado que proyectaba a la superficie de las
configuraciones sociales la forma esencialmente secreta del
saber. Y la primera tarea de este saber era el hacer hablar a
los signos mudos: debía reconocer sus formas, interpretarlas y
retranscribirlas en, otros trazos que, a su vez, debían ser
descifrados; de suerte que aun el descubrimiento del secreto no
escapaba a esta disposición sutil que lo había hecho a la vez
tan difícil y tan precioso. En la época clásica, conocer y
hablar se entremezclan en la misma trama: se trata, con respecto
al saber y al lenguaje, de dar a la representación signos por
medio de los cuales se la pueda desarrollar según un orden
necesario y visible. Al ser enunciado, el saber del siglo XVI
era un secreto aunque compartido. Al estar oculto, el de los
siglos xvn y xvm es un discurso sobre el cual se ha corrido un
velo. Pues pertenece a la naturaleza más original de la ciencia
el entrar en el sistema de las comunicaciones verbales, y a la
del lenguaje el ser conocimiento desde su primera palabra.
Hablar, aclarar y saber son, en el sentido estricto del término,
de un mismo orden. El interés que la época clásica pone en la
ciencia, la publicidad de los debates, su carácter fuertemente
esotérico, su apertura a lo profano, la astronomía a la manera
de Fontenelle, Newton leído por Voltaire, no son, sin duda, más
que un fenómeno sociológico. No provocó la menor alteración en
la historia del pensamiento, no modificó una sola pulgada el
devenir del saber. No explica nada, a no ser, desde luego, en el
nivel doxográfico, donde es necesario situado en efecto; pero su
condición de posibilidad está ahí, en esta pertenencia recíproca
entre el saber y el lenguaje. Más tarde, el siglo XIX, la
desatará y logrará poner uno frente a otro, un saber cerrado
sobre sí mismo y un lenguaje puro convertido, en su ser y su
función, en enigmático -algo que, a partir de esta época, se
llama literatura. Entre ambos se despliegan al infinito los
idiomas intermediarios, derivados o, si se quiere, caídos, del
saber lo mismo que de las obras.
4. Dado que se ha convertido en análisis y orden, el lenguaje
anuda relaciones hasta ahora inéditas con el tiempo. El siglo
XVI admitía que los idiomas se sucedían en la historia y podían
engendrarse unos a otros. Los más antiguos eran las lenguas
madres. La más arcaica de todas, por ser el idioma del Eterno al
dirigirse a los hombres, era el hebreo que se consideraba había
dado nacimiento al sirio y al árabe; después venía el griego,
del que habían surgido el copto lo mismo que el egipcio; el
latín tenía entre su filiación al italiano, al español y al
francés; por último, del "teutónico" se derivaban el alemán, el
inglés y el flamenco. A partir del siglo XVII, se invierte la
relación del lenguaje con el tiempo: éste ya no deposita por
turno las hablas en la historia del mundo; son los idiomas los
que desarrollan las representaciones y las palabras según una
sucesión cuya ley definen ellos mismos. Por este orden interno y
este emplazamiento que reserva a las palabras, cada idioma
define su especificidad, y no por su lugar en una serie
histórica. El tiempo es, para el lenguaje, su modo interior de
análisis; no es su lugar de nacimiento. De ahí, el poco interés
que la época clásica pone en la filiación cronológica, al grado
de negar, contra toda "evidencia" -se trata de la nuestra-, el
parentesco del italiano o del francés con el latín. Las series
que existían en el siglo XVI y que reaparecerán en el XIX son
sustituidas por tipologías, Y se trata de tipologías del orden.
Hay un grupo de idiomas que coloca primero el sujeto del que se
habla; después la acción ejecutada o sufrida por él; por último
el agente sobre el cual se ejerce: ejemplos, el francés, el
inglés, el español. Frente a él, está el grupo de los idiomas
que hace "preceder ya la acción, ya el objeto, ya la
modificación o la circunstancia": el latín, por ejemplo, o el'
"esclavón" en los cuales la función de la palabra no. se indica
por su lugar sino. par su flexión. Par última, el tercer grupa
está formada par las idiomas mixtas (cama el griega o el
teutónico) "que can tienen a las atros dos, par tener un
artículo y casas". Pera es necesario comprender que no. es la
presencia a la ausencia de flexiones lo. que define, respecta de
cada idioma, el arden pasible o necesario de sus palabras.
Es el orden, en cuanto análisis y alineamiento sucesivo de las
representaciones, la que forma la previa y prescribe la
utilización de declinaciones o artículos. Las idiomas que siguen
el arden "de la imaginación y del interés" no determinan un
lugar constante para las palabras: deben marcarlas por flexiones
(se trata de los idiomas "traspositivos"). Si, a la inversa,
siguen el orden uniforme de la reflexión, les basta con indicar,
por medio de un artículo, el número y el género de los
sustantivos; el lugar en el ordenamiento analítico tiene en sí
un valor funcional: se trata de los idiomas "análogos". Los
idiomas están emparentados y se distinguen sobre el cuadro de
los posibles tipos de sucesión. Cuadro que es simultáneo, pero
que sugiere cuáles son las lenguas más antiguas: en efecto,
puede admitirse que el orden más espontáneo (el de las imágenes
y las pasiones) ha debido preceder al más reflexionado (el de la
lógica): el fechamiento externo es fijado por las formas
internas del análisis y del orden. El tiempo se ha convertido en
algo interior al lenguaje.
Por lo que respecta a la historia misma de los idiomas, no es m
ás que erosión o accidente, introducción, reencuentro y mezcla
de elementos diversos; no tiene ni ley, ni movimiento, ni
necesidad propios. ¿Cómo se formó, por ejemplo, la lengua
griega? "Son los mercaderes de Fenicia, los aventureros de
Frigia, de Macedonia y de Iliria, los gálatas, los escitas, los
grupos de exilados o de fugitivos, los que cargaron el primer
fondo del idioma griego con tantas especies de partículas
innumerables y tantos dialectos." En cuanto al francés, está
formado de nombres latinos y godos, de giros y de construcciones
galos, de artículos y de cifras árabes, de palabras tomadas de
los ingleses y de lós italianos, en el curso de los viajes, de
las guerras o de las transacciones comerciales. Las lenguas
evolucionan por el efecto de las migraciones, de las victorias y
de las derrotas, de las modas, de los cambios; pero no por la
fuerza de una historicidad que llevarían en sí mismas. No
obedecen a ningún principio interno de desarrollo; son ellas las
que desarrollan a lo largo de una línea las representaciones y
sus elementos. Si existe, con respecto a los idiomas, un tiempo
positivo, no hay que buscarlo en el exterior, del lado de la
historia, sino en el ordenamiento de las palabras, en el hueco
del discurso.
Ahora podemos circunscribir el campo epistemológico de la
gramática general, que apareció en la segunda mitad del siglo
XVII y se borró en los últimos años del siglo siguiente. La
gramática general no es una gramática comparada: su tema no son
los paralelos entre los idiomas, ni los utiliza como método.
Pues su generalidad no consiste en encontrar leyes gramaticales
propiamente dichas que serían comunes a todos los dominios
lingüísticos y que harían aparecer, en una unidad ideal y
apremiante, la estructura de cualquier idioma posible; si es
general, lo es en la medida en que logra hacer aparecer, por
debajo de las reglas de la gramática, pero al nivel de su
fundamento, la función representativa del discurso -lo que es la
función vertical que designa algo representado o la horizontal
que lo liga en el mismo modo que el pensamiento. Dado que hace
aparecer el lenguaje como una representación que articula otra,
es "general" con pleno derecho: lo que trata es el
desdoblamiento interior de la representación. Pero, como esta
articulación puede hacerse muy bien de maneras diferentes,
habrá, de modo paradójico, diversas gramáticas generales: la del
francés, la del inglés, la del latín, la del alemán, etc. La
gramática general no intenta definir las leyes de todas las
lenguas, sino tratar, por turno, cada lengua particular como un
modo de articulación del pensamiento en sí mismo. En cualquier
lengua tomada en forma aislada, la representación se da
"características". La gramática general definirá el sistema de
identidades y de diferencias que suponen y utilizan estas
características espontáneas. Establecerá la taxonomía de cada
lengua. Es decir, lo que fundamente, en cada una de ellas, la
posibilidad de sostener un discurso.
De allí, las dos direcciones que toma necesariamente. Dado que
el discurso liga sus partes como la representación sus
elementos, la gramática general deberá estudiar el
funcionamiento representativo de las palabras, en relación unas
con otras: esto supone, en primer lugar, un análisis del lazo
que anuda las palabras (teoría de la proposición y, en especial,
del verbo), después un análisis de los diversos tipos de
palabras y de la manera en que recortan la representación y se
distinguen entre sí (teoría de la articulación). Pero dado que
el discurso no es simplemente un conjunto representativo, sino
una representación duplicada que designa a otra -a la misma que
representa-, la gramática general debe estudiar la manera en que
las palabras designan lo que dicen, primero en su valor
primitivo (teoría del origen y de la raíz), después en su
capacidad permanente de deslizamiento, de extensión, de
reorganización (teoría del espacio retórico y de la derivación).
Traducción Elsa Cecilia Frost |