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Lippmann respaldó todo esto con una teoría bastante
elaborada sobre la democracia progresiva, según la cual en una
democracia con un funcionamiento adecuado hay distintas clases de
ciudadanos. En primer lugar, los ciudadanos que asumen algún papel
activo en cuestiones generales relativas al gobierno y la
administración. Es la clase especializada, formada por personas que
analizan, toman decisiones, ejecutan, controlan y dirigen los procesos
que se dan en los sistemas ideológicos, económicos y políticos, y que
constituyen, asimismo, un porcentaje pequeño de la población total. Por
supuesto, todo aquel que ponga en circulación las ideas citadas es parte
de este grupo selecto, en el cual se habla primordialmente acerca de qué
hacer con aquellos otros, quienes, fuera del grupo pequeño y siendo la
mayoría de la población, constituyen lo que Lippmann llamaba el
rebaño desconcertado: hemos de protegemos de este rebaño
desconcertado cuando brama y pisotea. Así pues, en una democracia se
dan dos funciones: por un lado, la clase especializada, los
hombres responsables, ejercen la función ejecutiva, lo que significa que
piensan, entienden y planifican los intereses comunes; por otro, el
rebaño desconcertado también con una función en la democracia, que,
según Lippmann, consiste en ser espectadores en vez de miembros
participantes de forma activa. Pero, dado que estamos hablando de una
democracia, estos últimos llevan a término algo más que una función: de
vez en cuando gozan del favor de liberarse de ciertas cargas en la
persona de algún miembro de la clase especializada; en otras palabras,
se les permite decir queremos que seas nuestro líder, o, mejor,
queremos que tú seas nuestro líder, y todo ello porque estamos en
una democracia y no en un estado totalitario. Pero una vez se han
liberado de su carga y traspasado esta a algún miembro de la clase
especializada, se espera de ellos que se apoltronen y se conviertan en
espectadores de la acción, no en participantes. Esto es lo que ocurre en
una democracia que funciona como Dios manda.
Y la verdad es que hay una lógica detrás
de todo eso. Hay incluso un principio moral del todo convincente: la
gente es simplemente demasiado estúpida para comprender las cosas. Si
los individuos trataran de participar en la gestión de los asuntos que
les afectan o interesan, lo único que harían sería solo provocar líos,
por lo que resultaría impropio e inmoral permitir que lo hicieran. Hay
que domesticar al rebaño desconcertado, y no dejarle que brame y pisotee
y destruya las cosas, lo cual viene a encerrar la misma lógica que dice
que sería incorrecto dejar que un niño de tres años cruzara solo la
calle. No damos a los niños de tres años este tipo de libertad porque
partimos de la base de que no saben cómo utilizarla. Por lo mismo, no se
da ninguna facilidad para que los individuos del rebaño desconcertado
participen en la acción; solo causarían problemas.
Por ello, necesitamos algo que sirva para
domesticar al rebaño perplejo; algo que viene a ser la nueva revolución
en el arte de la democracia: la fabricación del consenso. Los medios de
comunicación, las escuelas y la cultura popular tienen que estar
divididos. La clase política y los responsables de tomar decisiones
tienen que brindar algún sentido tolerable de realidad, aunque también
tengan que inculcar las opiniones adecuadas. Aquí la premisa no
declarada de forma explícita —e incluso los hombres responsables tienen
que darse cuenta de esto ellos solos— tiene que ver con la cuestión de
cómo se llega a obtener la autoridad para tomar decisiones. Por
supuesto, la forma de obtenerla es sirviendo a la gente que tiene el
poder real, que no es otra que los dueños de la sociedad, es decir, un
grupo bastante reducido. Si los miembros de la clase especializada
pueden venir y decir Puedo ser útil a sus intereses, entonces
pasan a formar parte del grupo ejecutivo. Y hay que quedarse callado y
portarse bien, lo que significa que han de hacer lo posible para que
penetren en ellos las creencias y doctrinas que servirán a los intereses
de los dueños de la sociedad, de modo que, a menos que puedan ejercer
con maestría esta autoformación, no formarán parte de la clase
especializada. Así, tenemos un sistema educacional, de carácter privado,
dirigido a los hombres responsables, a la clase especializada, que han
de ser adoctrinados en profundidad acerca de los valores e intereses del
poder real, y del nexo corporativo que este mantiene con el Estado y lo
que ello representa. Si pueden conseguirlo, podrán pasar a formar parte
de la clase especializada. Al resto del rebaño desconcertado básicamente
habrá que distraerlo y hacer que dirija su atención a cualquier otra
cosa. Que nadie se meta en líos. Habrá que asegurarse que permanecen
todos en su función de espectadores de la acción, liberando su carga de
vez en cuando en algún que otro líder de entre los que tienen a su
disposición para elegir.
Muchos otros han desarrollado este punto
de vista, que, de hecho, es bastante convencional. Por ejemplo, él
destacado teólogo y crítico de política internacional Reinold Niebuhr,
conocido a veces como el teólogo del sistema, gurú de George
Kennan y de los intelectuales de Kennedy, afirmaba que la racionalidad
es una técnica, una habilidad, al alcance de muy pocos: solo algunos la
poseen, mientras que la mayoría de la gente se guía por las emociones y
los impulsos. Aquellos que poseen la capacidad lógica tienen que crear
ilusiones necesarias y simplificaciones acentuadas desde
el punto de vista emocional, con objeto de que los bobalicones ingenuos
vayan más o menos tirando. Este principio se ha convertido en un
elemento sustancial de la ciencia política contemporánea. En la década
de los años veinte y principios de la de los treinta, Harold Lasswell,
fundador del moderno sector de las comunicaciones y uno de los analistas
políticos americanos más destacados, explicaba que no deberíamos
sucumbir a ciertos dogmatismos democráticos que dicen que los hombres
son los mejores jueces de sus intereses particulares. Porque no lo
son. Somos nosotros, decía, los mejores jueces de los intereses y
asuntos públicos, por lo que, precisamente a partir de la moralidad más
común, somos nosotros los que tenemos que asegurarnos de que ellos no
van a gozar de la oportunidad de actuar basándose en sus juicios
erróneos. En lo que hoy conocemos como estado totalitario, o estado
militar, lo anterior resulta fácil. Es cuestión simplemente de blandir
una porra sobre las cabezas de los individuos, y, si se apartan del
camino trazado, golpearles sin piedad. Pero si la sociedad ha acabado
siendo más libre y democrática, se pierde aquella capacidad, por lo que
hay que dirigir la atención a las técnicas de propaganda. La lógica es
clara y sencilla: la propaganda es a la democracia lo que la cachiporra
al estado totalitario. Ello resulta acertado y conveniente dado que, de
nuevo, los intereses públicos escapan a la capacidad de comprensión del
rebaño desconcertado.
Relaciones públicas
Los Estados Unidos crearon los cimientos
de la industria de las relaciones públicas. Tal como decían sus líderes,
su compromiso consistía en controlar la opinión pública. Dado que
aprendieron mucho de los éxitos de la Comisión Creel y del miedo
rojo, y de las secuelas dejadas por ambos, las relaciones públicas
experimentaron, a lo largo de la década de 1920, una enorme expansión,
obteniéndose grandes resultados a la hora de conseguir una subordinación
total de la gente a las directrices procedentes del mundo empresarial a
lo largo de la década de 1920. La situación llegó a tal extremo que en
la década siguiente los comités del Congreso empezaron a investigar el
fenómeno. De estas pesquisas proviene buena parte de la información de
que hoy día disponemos.
Las relaciones públicas constituyen una
industria inmensa que mueve, en la actualidad, cantidades que oscilan en
torno a un billón de dólares al año, y desde siempre su cometido ha sido
el de controlar la opinión pública, que es el mayor peligro al
que se enfrentan las corporaciones. Tal como ocurrió durante la Primera
Guerra Mundial, en la década de 1930 surgieron de nuevo grandes
problemas: una gran depresión unida a una cada vez más numerosa clase
obrera en proceso de organización. En 1935, y gracias a la Ley Wagner,
los trabajadores consiguieron su primera gran victoria legislativa, a
saber, el derecho a organizarse de manera independiente, logro que
planteaba dos graves problemas. En primer lugar, la democracia estaba
funcionando bastante mal: el rebaño desconcertado estaba consiguiendo
victorias en el terreno legislativo, y no era ese el modo en que se
suponía que tenían que ir las cosas; el otro problema eran las
posibilidades cada vez mayores del pueblo para organizarse. Los
individuos tienen que estar atomizados, segregados y solos; no puede ser
que pretendan organizarse, porque en ese caso podrían convertirse en
algo más que simples espectadores pasivos.
Efectivamente, si hubiera muchos
individuos de recursos limitados que se agruparan para intervenir en el
ruedo político, podrían, de hecho, pasar a asumir el papel de
participantes activos, lo cual sí sería una verdadera amenaza. Por ello,
el poder empresarial tuvo una reacción contundente para asegurarse de
que esa había sido la última victoria legislativa de las organizaciones
obreras, y de que representaría también el principio del fin de esta
desviación democrática de las organizaciones populares. Y funcionó. Fue
la última victoria de los trabajadores en el terreno parlamentario, y, a
partir de ese momento —aunque el número de afiliados a los sindicatos se
incrementó durante la Segunda Guerra Mundial, acabada la cual empezó a
bajar— la capacidad de actuar por la vía sindical fue cada vez menor. Y
no por casualidad, ya que estamos hablando de la comunidad empresarial,
que está gastando enormes sumas de dinero, a la vez que dedicando todo
el tiempo y esfuerzo necesarios, en cómo afrontar y resolver estos
problemas a través de la industria de las relaciones públicas y otras
organizaciones, como la National Association of Manufacturers
(Asociación nacional de fabricantes), la Business Roundtable (Mesa
redonda de la actividad empresarial), etcétera. Y su principio es
reaccionar en todo momento de forma inmediata para encontrar el modo de
contrarrestar estas desviaciones democráticas.
La primera prueba se produjo un año más
tarde, en 1937, cuando hubo una importante huelga del sector del acero
en Johnstown, al oeste de Pensilvania. Los empresarios pusieron a prueba
una nueva técnica de destrucción de las organizaciones obreras, que
resultó ser muy eficaz. Y sin matones a sueldo que sembraran el terror
entre los trabajadores, algo que ya no resultaba muy práctico, sino por
medio de instrumentos más sutiles y eficientes de propaganda. La
cuestión estribaba en la idea de que había que enfrentar a la gente
contra los huelguistas, por los medios que fuera. Se presentó a estos
como destructivos y perjudiciales para el conjunto de la sociedad, y
contrarios a los intereses comunes, que eran los nuestros, los
del empresario, el trabajador o el ama de casa, es decir, todos
nosotros. Queremos estar unidos y tener cosas como la armonía y el
orgullo de ser americanos, y trabajar juntos. Pero resulta que estos
huelguistas malvados de ahí afuera son subversivos, arman jaleo, rompen
la armonía y atenían contra el orgullo de América, y hemos de pararles
los pies. El ejecutivo de una empresa y el chico que limpia los suelos
tienen los mismos intereses. Hemos de trabajar todos juntos y hacerlo
por el país y en armonía, con simpatía y cariño los unos por los otros.
Este era, en esencia, el mensaje. Y se hizo un gran esfuerzo para
hacerlo público; después de todo, estamos hablando del poder financiero
y empresarial, es decir, el que controla los medios de información y
dispone de recursos a gran escala, por lo cual funcionó, y de manera muy
eficaz. Más adelante este método se conoció como la fórmula Mohawk
VaIley, aunque se le denominaba también métodos científicos para
impedir huelgas. Se aplicó una y otra vez para romper huelgas, y
daba muy buenos resultados cuando se trataba de movilizar a la opinión
pública a favor de conceptos vacíos de contenido, como el orgullo de ser
americano. ¿Quién puede estar en contra de esto? O la armonía. ¿Quién
puede estar en contra? O, como en la guerra del golfo Pérsico, apoyad
a nuestras tropas. ¿Quién podía estar en contra? O los lacitos
amarillos. ¿Hay alguien que esté en contra? Sólo alguien completamente
necio.
De hecho, ¿qué pasa si alguien le
pregunta si da usted su apoyo a la gente de lowa? Se puede contestar
diciendo Sí, le doy mi apoyo, o No, no la apoyo. Pero ni
siquiera es una pregunta: no significa nada. Esta es la cuestión La
clave de los eslóganes de las relaciones públicas como Apoyad a
nuestras tropas es que no significan nada, o, como mucho, lo mismo
que apoyar a los habitantes de Iowa. Pero, por supuesto había una
cuestión importante que se podía haber resuelto haciendo la pregunta:
¿Apoya usted nuestra política? Pero, claro, no se trata de que la
gente se plantee cosas como esta. Esto es lo único que importa en la
buena propaganda. Se trata de crear un eslogan que no pueda recibir
ninguna oposición, bien al contrario, que todo el mundo esté a favor.
Nadie sabe lo que significa porque no significa nada, y su importancia
decisiva estriba en que distrae la atención de la gente respecto de
preguntas que sí significan algo: ¿Apoya usted nuestra política?
Pero sobre esto no se puede hablar. Así que tenemos a todo el mundo
discutiendo sobre el apoyo a las tropas: Desde luego, no
dejaré de apoyarles. Por tanto, ellos han ganado. Es como lo del
orgullo americano y la armonía. Estamos todos juntos, en tomo a
eslóganes vacíos, tomemos parte en ellos y asegurémonos de que no habrá
gente mala en nuestro alrededor que destruya nuestra paz social con sus
discursos acerca de la lucha de clases, los derechos civiles y todo este
tipo de cosas.
Todo es muy eficaz y hasta hoy ha
funcionado perfectamente. Desde luego consiste en algo razonado y
elaborado con sumo cuidado: la gente que se dedica a las relaciones
públicas no está ahí para divertirse; está haciendo un trabajo, es
decir, intentando inculcar los valores correctos. De hecho, tienen una
idea de lo que debería ser la democracia: un sistema en el que la clase
especializada está entrenada para trabajar al servicio de los amos, de
los dueños de la sociedad, mientras que al resto de la población se le
priva de toda forma de organización para evitar así los problemas que
pudiera causar. La mayoría de los individuos tendrían que sentarse
frente al televisor y masticar religiosamente el mensaje, que no es otro
que el que dice que lo único que tiene valor en la vida es poder
consumir cada vez más y mejor y vivir igual que esta familia de clase
media que aparece en la pantalla y exhibir valores como la armonía y el
orgullo americano. La vida consiste en esto. Puede que usted piense que
ha de haber algo más, pero en el momento en que se da cuenta que está
solo, viendo la televisión, da por sentado que esto es todo lo que
existe ahí afuera, y que es una locura pensar en que haya otra cosa. Y
desde el momento en que está prohibido organizarse, lo que es totalmente
decisivo, nunca se está en condiciones de averiguar si realmente está
uno loco o simplemente se da todo por bueno, que es lo más lógico que se
puede hacer.
Así pues, este es el ideal, para alcanzar
el cual se han desplegado grandes esfuerzos. Y es evidente que detrás de
él hay una cierta concepción: la de democracia, tal como ya se ha dicho.
El rebaño desconcertado es un problema. Hay que evitar que brame y
pisotee, y para ello habrá que distraerlo. Será cuestión de conseguir
que los sujetos que lo forman se queden en casa viendo partidos de
fútbol, culebrones o películas violentas, aunque de vez en cuando se les
saque del sopor y se les convoque a corear eslóganes sin sentido, como
Apoyad a. nuestras tropas. Hay que hacer que conserven un miedo
permanente, porque a menos que estén debidamente atemorizados por todos
los posibles males que pueden destruirles, desde dentro o desde fuera,
podrían empezar a pensar por sí mismos, lo cual es muy peligroso ya que
no tienen la capacidad de hacerlo. Por ello es importante distraerles y
marginarles.
Esta es una idea de democracia. De hecho,
si nos re montamos al pasado, la última victoria legal de los
trabajadores fue realmente en 1935, con la Ley Wagner. Después tras el
inicio de la Primera Guerra Mundial, los sindicatos entraron en un
declive, al igual que lo hizo una rica y fértil cultura obrera vinculada
directamente con aquellos. Todo quedó destruido y nos vimos trasladados
a una sociedad dominada de manera singular por los criterios
empresariales. Era esta la única sociedad industrial, dentro de un
sistema capitalista de Estado, en la que ni siquiera se producía el
pacto social habitual que se podía dar en latitudes comparables. Era la
única sociedad industrial —aparte de Sudáfrica, supongo— que no tenía un
servicio nacional de asistencia sanitaria. No existía ningún compromiso
para elevar los estándares mínimos de supervivencia de los segmentos de
la población que no podían seguir las normas y directrices imperantes ni
conseguir nada por sí mismos en el plano individual. Por otra parte, los
sindicatos prácticamente no existían, al igual que ocurría con otras
formas de asociación en la esfera popular. No había organizaciones
políticas ni partidos: muy lejos se estaba, por tanto, del ideal, al
menos en el plano estructural. Los medios de información constituían un
monopolio corporativizado; todos expresaban los mismos puntos de vista.
Los dos partidos eran dos facciones del partido del poder financiero y
empresarial. Y así la mayor parte de la población ni tan solo se
molestaba en ir a votar ya que ello carecía totalmente de sentido,
quedando, por ello, debidamente marginada. Al menos este era el
objetivo. La verdad es que el personaje más destacado de la industria de
las relaciones públicas, Edward Bernays, procedía de la Comisión Creel.
Formó parte de ella, aprendió bien la lección y se puso manos a la obra
a desarrollar lo que él mismo llamó la ingeniería del consenso,
que describió como la esencia de la democracia.
Los individuos capaces de fabricar
consenso son los que tienen los recursos y el poder de hacerlo —la
comunidad financiera y empresarial— y para ellos trabajamos.
Fabricación de la opinión
También es necesario recabar el apoyo de
la población a las aventuras exteriores. Normalmente la gente es
pacifista, tal como sucedía durante la Primera Guerra Mundial, ya que no
ve razones que justifiquen la actividad bélica, la muerte y la tortura.
Por ello, para procurarse este apoyo hay que aplicar ciertos estímulos;
y para estimularles hay que asustarles. El mismo Bernays tenía en su
haber un importante logro a este respecto, ya que fue el encargado de
dirigir la campaña de relaciones públicas de la United Fruit Company en
1954, cuando los Estados Unidos intervinieron militarmente para derribar
al gobierno democrático-capitalista de Guatemala e instalaron en su
lugar un régimen sanguinario de escuadrones de la muerte, que se ha
mantenido hasta nuestros días a base de repetidas infusiones de ayuda
norteamericana que tienen por objeto evitar algo más que desviaciones
democráticas vacías de contenido. En estos casos, es necesario hacer
tragar por la fuerza una y otra vez programas domésticos hacia los que
la gente se muestra contraria, ya que no tiene ningún sentido que el
público esté a favor de programas que le son perjudiciales. Y esto,
también, exige una propaganda amplia y general, que hemos tenido
oportunidad de ver en muchas ocasiones durante los últimos diez años.
Los programas de la era Reagan eran abrumadoramente impopulares. Los
votantes de la victoria arrolladora de Reagan en 1984 esperaban,
en una proporción de tres a dos, que no se promulgaran las medidas
legales anunciadas. Si tomamos programas concretos, como el gasto en
armamento, o la reducción de recursos en materia de gasto social, etc.,
prácticamente todos ellos recibían una oposición frontal por parte de la
gente. Pero en la medida en que se marginaba y apartaba a los individuos
de la cosa pública y estos no encontraban el modo de organizar y
articular sus sentimientos, o incluso de saber que había otros que
compartían dichos sentimientos, los que decían que preferían el gasto
social al gasto militar —y lo expresaban en los sondeos, tal como
sucedía de manera generalizada— daban por supuesto que eran los únicos
con tales ideas disparatadas en la cabeza. Nunca habían oído estas cosas
de nadie más, ya que había que suponer que nadie pensaba así; y si lo
había, y era sincero en las encuestas, era lógico pensar que se trataba
de un bicho raro. Desde el momento en que un individuo no encuentra la
manera de unirse a otros que comparten o refuerzan este parecer y que le
pueden transmitir la ayuda necesaria para articularlo, acaso llegue a
sentir que es alguien excéntrico, una rareza en un mar de normalidad. De
modo que acaba permaneciendo al margen, sin prestar atención a lo que
ocurre, mirando hacia, otro lado, como por ejemplo la final de Copa.
Así pues, hasta cierto punto se alcanzó
el ideal, aunque nunca de forma completa, ya que hay instituciones que
hasta ahora ha sido imposible destruir: por ejemplo, las iglesias. Buena
parte de la actividad disidente de los Estados Unidos se producía en las
iglesias por la sencilla razón de que estas existían. Por ello, cuando
había que dar una conferencia de carácter político en un país europeo
era muy probable que se celebrara en los locales de algún sindicato,
cosa harto difícil en América ya que, en primer lugar, estos apenas
existían o, en el mejor de los casos, no eran organizaciones políticas.
Pero las iglesias sí existían, de manera que las charlas y conferencias
se hacían con frecuencia en ellas: la solidaridad con Centroamérica se
originó en su mayor parte en las iglesias, sobre todo porque existían.
El rebaño desconcertado nunca acaba de
estar debidamente domesticado: es una batalla permanente. En la década
de 1930 surgió otra vez, pero se pudo sofocar el movimiento. En los años
sesenta apareció una nueva ola de disidencia, a la cual la clase
especializada le puso el nombre de crisis de la democracia. Se
consideraba que la democracia estaba entrando en una crisis porque
amplios segmentos de la población se estaban organizando de manera
activa y estaban intentando participar en la arena política. El conjunto
de élites coincidían en que había que aplastar el renacimiento
democrático de los sesenta y poner en marcha un sistema social en el que
los recursos se canalizaran hacia las clases acaudaladas privilegiadas.
Y aquí hemos de volver a las dos concepciones de democracia que hemos
mencionado en párrafos anteriores. Según la definición del diccionario,
lo anterior constituye un avance en democracia; según el criterio
predominante, es un problema, una crisis que ha de ser vencida. Había
que obligar a la población a que retrocediera y volviera a la apatía, la
obediencia y la pasividad, que conforman su estado natural, para lo cual
se hicieron grandes esfuerzos, si bien no funcionó. Afortunadamente, la
crisis de la democracia todavía está vivita y coleando, aunque no ha
resultado muy eficaz a la hora de conseguir un cambio político. Pero,
contrariamente a lo que mucha gente cree, sí ha dado resultados en lo
que se refiere al cambio de la opinión pública.
Después de la década de 1960 se hizo todo
lo posible para que la enfermedad diera marcha atrás. La verdad es que
uno de los aspectos centrales de dicho mal tenía un nombre técnico: el
síndrome de Vietnam, término que surgió en torno a 1970 y que de
vez en cuando encuentra nuevas definiciones. El intelectual reaganista
Norman Podhoretz habló de élcomo las inhibiciones enfermizas respecto
al uso de la fuerza militar. Pero resulta que era la mayoría de la
gente la que experimentaba dichas inhibiciones contra la violencia, ya
que simplemente no entendía por qué había que ir por el mundo
torturando, matando o lanzando bombardeos intensivos. Como ya supo
Goebbels en su día, es muy peligroso que la población se rinda ante
estas inhibiciones enfermizas, ya que en ese caso habría un límite a las
veleidades aventureras de un país fuera de sus fronteras. Tal como decía
con orgullo el Washington Post durante la histeria colectiva que
se produjo durante la guerra del golfo Pérsico, es necesario infundir en
la gente respeto por los valores marciales. Y eso sí es
importante. Si se quiere tener una sociedad violenta que avale la
utilización de la fuerza en todo el mundo para alcanzar los fines de su
propia élite doméstica, es necesario valorar debidamente las virtudes
guerreras y no esas inhibiciones achacosas acerca del uso de la
violencia. Esto es el síndrome de Vietnam: hay que vencerlo.
La representación como realidad
También es preciso falsificar totalmente
la historia. Ello constituye otra manera de vencer esas inhibiciones
enfermizas, para simular que cuando atacamos y destruimos a alguien lo
que estamos haciendo en realidad es proteger y defendernos a nosotros
mismos de los peores monstruos y agresores, y cosas por el estilo. Desde
la guerra del Vietnam se ha realizado un enorme esfuerzo por reconstruir
la historia. Demasiada gente, incluidos gran número de soldados y muchos
jóvenes que estuvieron involucrados en movimientos por la paz o
antibelicistas, comprendía lo que estaba pasando. Y eso no era bueno. De
nuevo había que poner orden en aquellos malos pensamientos y recuperar
alguna forma de cordura, es decir, la aceptación de que sea lo que fuere
lo que hagamos, ello es noble y correcto. Si bombardeábamos Vietnam del
Sur, se debía a que estábamos defendiendo el país de alguien, esto es,
de los sudvietnamitas, ya que allí no había nadie más. Es lo que los
intelectuales kenedianos denominaban defensa contra la agresión
interna en Vietnam del Sur, expresión acuñada por Adiai Stevenson,
entre otros. Así pues, era necesario que esta fuera la imagen oficial e
inequívoca; y ha funcionado muy bien, ya que si se tiene el control
absoluto de los medios de comunicación y el sistema educativo y la
intelectualidad son conformistas, puede surtir efecto cualquier
política. Un indicio de ello se puso de manifiesto en un estudio llevado
a cabo en la Universidad de Massachusetts sobre las diferentes actitudes
ante la crisis del Golfo Pérsico, y que se centraba en las opiniones que
se manifestaban mientras se veía la televisión. Una de las preguntas de
dicho estudio era: ¿Cuantas víctimas vietnamitas calcula usted que hubo
durante la guerra del Vietnam? La respuesta promedio que se daba era en
torno a 100.000, mientras que las cifras oficiales hablan de dos
millones, y las reales probablemente sean de tres o cuatro millones. Los
responsables del estudio formulaban a continuación una pregunta muy
oportuna: ¿Qué pensaríamos de la cultura política alemana si cuando se
le preguntara a la gente cuantos judíos murieron en el Holocausto la
respuesta fuera unos 300.000? La pregunta quedaba sin respuesta,
pero podemos tratar de encontrarla. ¿Qué nos dice todo esto sobre
nuestra cultura? Pues bastante: es preciso vencer las inhibiciones
enfermizas respecto al uso de la fuerza militar y a otras desviaciones
democráticas. Y en este caso dio resultados satisfactorios y demostró
ser cierto en todos los terrenos posibles: tanto si elegimos Próximo
Oriente, el terrorismo internacional o Centroamérica. El cuadro del
mundo que se presenta a la gente no tiene la más mínima relación con la
realidad, ya que la verdad sobre cada asunto queda enterrada bajo
montañas de mentiras. Se ha alcanzado un éxito extraordinario en el
sentido de disuadir las amenazas democráticas, y lo realmente
interesante es que ello se ha producido en condiciones de libertad. No
es como en un estado totalitario, donde todo se hace por la fuerza. Esos
logros son un fruto conseguido sin violar la libertad. Por ello, si
queremos entender y conocer nuestra sociedad, tenemos que pensar en todo
esto, en estos hechos que son importantes para todos aquellos que se
interesan y preocupan por el tipo de sociedad en el que viven.
La cultura disidente
A pesar de todo, la cultura disidente
sobrevivió, y ha experimentado un gran crecimiento desde la década de
los sesenta. Al principio su desarrollo era sumamente lento, ya que, por
ejemplo, no hubo protestas contra la guerra de Indochina hasta algunos
años después de que los Estados Unidos empezaran a bombardear Vietnam
del Sur. En los inicios de su andadura era un reducido movimiento
contestatario, formado en su mayor parte por estudiantes y jóvenes en
general, pero hacia principios de los setenta ya había cambiado de forma
notable. Habían surgido movimientos populares importantes: los
ecologistas, las feministas, los antinucleares, etcétera. Por otro lado,
en la década de 1980 se produjo una expansión incluso mayor y que afectó
a todos los movimientos de solidaridad, algo realmente nuevo e
importante al menos en la historia de América y quizás en toda la
disidencia mundial. La verdad es que estos eran movimientos que no solo
protestaban sino que se implicaban a fondo en las vidas de todos
aquellos que sufrían por alguna razón en cualquier parte del mundo. Y
sacaron tan buenas lecciones de todo ello, que ejercieron un enorme
efecto civilizador sobre las tendencias predominantes en la opinión
pública americana. Y a partir de ahí se marcaron diferencias, de modo
que cualquiera que haya estado involucrado es este tipo de actividades
durante algunos años ha de saberlo perfectamente. Yo mismo soy
consciente de que el tipo de conferencias que doy en la actualidad en
las regiones más reaccionarias del país —la Georgia central, el Kentucky
rural— no las podría haber pronunciado, en el momento culminante del
movimiento pacifista, ante una audiencia formada por los elementos más
activos de dicho movimiento. Ahora, en cambio, en ninguna parte hay
ningún problema. La gente puede estar o no de acuerdo, pero al menos
comprende de qué estás hablando y hay una especie de terreno común en el
que es posible cuando menos entenderse.
A pesar de toda la propaganda y de todos
los intentos por controlar el pensamiento y fabricar el consenso, lo
anterior constituye un conjunto de signos de efecto civilizador. Se está
adquiriendo una capacidad y una buena disposición para pensar las cosas
con el máximo detenimiento. Ha crecido el escepticismo acerca del poder.
Han cambiado muchas actitudes hacia un
buen número de cuestiones, lo que ha convertido todo este asunto en algo
lento, quizá incluso frío, pero perceptible e importante, al margen de
si acaba siendo o no lo bastante rápido como para influir de manera
significativa en los aconteceres del mundo. Tomemos otro ejemplo: la
brecha que se ha abierto en relación al género. A principios de la
década de 1960 las actitudes de hombres y mujeres eran aproximadamente
las mismas en asuntos como las virtudes castrenses, igual que lo
eran las inhibiciones enfermizas respecto al uso de la fuerza militar.
Por entonces, nadie, ni hombres ni mujeres, se resentía a causa de
dichas posturas, dado que las respuestas coincidían: todo el mundo
pensaba que la utilización de la violencia para reprimir a la gente de
por ahí estaba justificada. Pero con el tiempo las cosas han cambiado.
Aquellas inhibiciones han experimentado un crecimiento lineal, aunque al
mismo tiempo ha aparecido un desajuste que poco a poco ha llegado a ser
sensiblemente importante y que según los sondeos ha alcanzado el 20%.
¿Qué ha pasado? Pues que las mujeres han formado un tipo de movimiento
popular semiorganizado, el movimiento feminista, que ha ejercido una
influencia decisiva, ya que, por un lado, ha hecho que muchas mujeres se
dieran cuenta de que no estaban solas, de que había otras con quienes
compartir las mismas ideas, y, por otro, en la organización se pueden
apuntalar los pensamientos propios y aprender más acerca de las
opiniones e ideas que cada uno tiene. Si bien estos movimientos son en
cierto modo informales, sin carácter militante, basados más bien en una
disposición del ánimo en favor de las interacciones personales, sus
efectos sociales han sido evidentes. Y este es el peligro de la
democracia: si se pueden crear organizaciones, si la gente no permanece
simplemente pegada al televisor, pueden aparecer estas ideas
extravagantes, como las inhibiciones enfermizas respecto al uso de la
fuerza militar. Hay que vencer estas tentaciones, pero no ha sido
todavía posible.
Desfile de enemigos
En vez de hablar de la guerra pasada,
hablemos de la guerra que viene, porque a veces es más útil estar
preparado para lo que puede venir que simplemente reaccionar ante lo que
ocurre. En la actualidad se está produciendo en los Estados Unidos —y no
es el primer país en que esto sucede— un proceso muy característico. En
el ámbito interno, hay problemas económicos y sociales crecientes que
pueden devenir en catástrofes, y no parece haber nadie, de entre los que
detentan el poder, que tenga intención alguna de prestarles atención. Si
se echa una ojeada a los programas de las distintas administraciones
durante los últimos diez años no se observa ninguna propuesta seria
sobre lo que hay que hacer para resolver los importantes problemas
relativos a la salud, la educación, los que no tienen hogar, los
parados, el índice de criminalidad, la delincuencia creciente que afecta
a amplias capas de la población, las cárceles, el deterioro de los
barrios periféricos, es decir, la colección completa de problemas
conocidos. Todos conocemos la situación, y sabemos que está empeorando.
Solo en los dos años que George Bush estuvo en el poder hubo tres
millones más de niños que cruzaron el umbral de la pobreza, la deuda
externa creció progresivamente, los estándares educativos experimentaron
un declive, los salarios reales retrocedieron al nivel de finales de los
años cincuenta para la gran mayoría de la población, y nadie hizo
absolutamente nada para remediarlo. En estas circunstancias hay que
desviar la atención del rebaño desconcertado ya que si empezara a darse
cuenta de lo que ocurre podría no gustarle, porque es quien recibe
directamente las consecuencias de lo anterior. Acaso entretenerles
simplemente con la final de Copa o los culebrones no sea suficiente y
haya que avivar en él el miedo a los enemigos. En los años treinta
Hitler difundió entre los alemanes el miedo a los judíos y a los
gitanos: había que machacarles como forma de autodefensa. Pero nosotros
también tenemos nuestros métodos. A lo largo de la última década, cada
año o a lo sumo cada dos, se fabrica algún monstruo de primera línea del
que hay que defenderse. Antes los que estaban más a mano eran los rusos,
de modo que había que estar siempre a punto de protegerse de ellos.
Pero, por desgracia, han perdido atractivo como enemigo, y cada vez
resulta más difícil utilizarles como tal, de modo que hay que hacer que
aparezcan otros de nueva estampa. De hecho, la gente fue bastante
injusta al criticar a George Bush por haber sido incapaz de expresar con
claridad hacia dónde estábamos siendo impulsados, ya que hasta mediados
de los años ochenta, cuando andábamos despistados se nos ponía
constantemente el mismo disco: que vienen los rusos. Pero al perderlos
como encamación del lobo feroz hubo que fabricar otros, al igual que
hizo el aparato de relaciones públicas reaganiano en su momento. Y así,
precisamente con Bush, se empezó a utilizar a los terroristas
internacionales, a los narcotraficantes, a los locos caudillos árabes o
a Sadam Husein, el nuevo Hitler que iba a conquistar el mundo. Han
tenido que hacerles aparecer a uno tras otro, asustando a la población,
aterrorizándola, de forma que ha acabado muerta de miedo y apoyando
cualquier iniciativa del poder. Así se han podido alcanzar
extraordinarias victorias sobre Granada, Panamá, o algún otro ejército
del Tercer Mundo al que se puede pulverizar antes siquiera de tomarse la
molestia de mirar cuántos son. Esto da un gran alivio, ya que nos hemos
salvado en el último momento.
Tenemos así, pues, uno de los métodos con
el cual se puede evitar que el rebaño desconcertado preste atención a lo
que está sucediendo a su alrededor, y permanezca distraído y controlado.
Recordemos que la operación terrorista internacional más importante
llevada a cabo hasta la fecha ha sido la operación Mongoose, a cargo de
la administración Kennedy, a partir de la cual este tipo de actividades
prosiguieron contra Cuba. Parece que no ha habido nada que se le pueda
comparar ni de lejos, a excepción quizás de la guerra contra Nicaragua,
si convenimos en denominar aquello también terrorismo. El Tribunal de La
Haya consideró que aquello era algo más que una agresión.
Cuando se trata de construir un monstruo
fantástico siempre se produce una ofensiva ideológica, seguida de
campañas para aniquilarlo. No se puede atacar si el adversario es capaz
de defenderse: sería demasiado peligroso. Pero si se tiene la seguridad
de que se le puede vencer, quizá se le consiga despachar rápido y lanzar
así otro suspiro de alivio.
Percepción selectiva
Esto ha venido sucediendo desde hace
tiempo. En mayo de 1986 se publicaron las memorias del preso cubano
liberado Armando Valladares, que causaron rápidamente sensación en los
medios de comunicación. Voy a brindarles algunas citas textuales. Los
medios informativos describieron sus revelaciones como «el relato
definitivo del inmenso sistema de prisión y tortura con el que Castro
castiga y elimina a la oposición política». Era «una descripción
evocadora e inolvidable» de las «cárceles bestiales, la tortura inhumana
[y] el historial de violencia de estado [bajo] todavía uno de los
asesinos de masas de este siglo», del que nos enteramos, por fin,
gracias a este libro, que «ha creado un nuevo despotismo que ha
institucionalizado la tortura como mecanismo de control social» en el
«infierno que era la Cuba en la que [Valladares] vivió». Esto es lo que
apareció en el Washington Post y el New York
Times en sucesivas reseñas. Las atrocidades de Castro —descrito como
un «matón dictador»— se revelaron en este libro de manera tan
concluyente que «solo los intelectuales occidentales fríos e insensatos
saldrán en defensa del tirano», según el primero de los diarios citados.
Recordemos que estamos hablando de lo que le ocurrió a un hombre. Y
supongamos que todo lo que se dice en el libro es verdad. No le hagamos
demasiadas preguntas al protagonista de la historia. En una ceremonia
celebrada en la Casa Blanca con motivo del Día de los Derechos Humanos,
Ronald Reagan destacó a Armando Valladares e hizo mención especial de su
coraje al soportar el sadismo del sangriento dictador cubano. A
continuación, se le designó representante de los Estados Unidos en la
Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas. Allí tuvo la
oportunidad de prestar notables servicios en la defensa de los gobiernos
de El Salvador y Guatemala en el momento en que estaban recibiendo
acusaciones de cometer atrocidades a tan gran escala que cualquier
vejación que Valladares pudiera haber sufrido tenía que considerarse
forzosamente de mucha menor entidad. Así es como están las cosas.
La historia que viene ahora también
ocurría en mayo de 1986, y nos dice mucho acerca de la fabricación del
consenso. Por entonces, los supervivientes del Grupo de Derechos Humanos
de El Salvador —sus líderes habían sido asesinados— fueron detenidos y
torturados, incluyendo al director, Herbert Anaya. Se les encarceló en
una prisión llamada La Esperanza, pero mientras estuvieron en ella
continuaron su actividad de defensa de los derechos humanos, y, dado que
eran abogados, siguieron tomando declaraciones juradas. Había en aquella
cárcel 432 presos, de los cuales 430 declararon y relataron bajo
juramento las torturas que habían recibido: aparte de la picana y otras
atrocidades, se incluía el caso de un interrogatorio, y la tortura
consiguiente, dirigido por un oficial del ejército de los Estados Unidos
de uniforme, al cual se describía con todo detalle. Ese informe —160
páginas de declaraciones juradas de los presos— constituye un testimonio
extraordinariamente explícito y exhaustivo, acaso único en lo referente
a los pormenores de lo que ocurre en una cámara de tortura. No sin
dificultades se consiguió sacarlo al exterior, junto con una cinta de
vídeo que mostraba a la gente mientras testificaba sobre las torturas, y
la Marin County Interfaith Task Force (Grupo de trabajo
multiconfesional Marin County) se encargó de distribuirlo. Pero la
prensa nacional se negó a hacer su cobertura informativa y las emisoras
de televisión rechazaron la emisión del vídeo. Creo que como mucho
apareció un artículo en el periódico local de Marin County, el San
Francisco Examiner. Nadie iba a tener interés en aquello. Porque
estábamos en la época en que no eran pocos los intelectuales
insensatos y ligeros de cascos que estaban cantando alabanzas a José
Napoleón Duarte y Ronald Reagan.
Anaya no fue objeto de ningún homenaje.
No hubo lugar para él en el Día de los Derechos Humanos. No fue elegido
para ningún cargo importante. En vez de ello fue liberado en un
intercambio de prisioneros y posteriormente asesinado, al parecer por
las fuerzas de seguridad siempre apoyadas militar y económicamente por
los Estados Unidos. Nunca se tuvo mucha información sobre aquellos
hechos: los medios de comunicación no llegaron en ningún momento a
preguntarse si la revelación de las atrocidades que se denunciaban —en
vez de mantenerlas en secreto y silenciarlas— podía haber salvado su
vida.
Todo lo anterior nos enseña mucho acerca
del modo de funcionamiento de un sistema de fabricación de consenso. En
comparación con las revelaciones de Herbert Anaya en El Salvador, las
memorias de Valladares son como una pulga al lado de un elefante. Pero
no podemos ocuparnos de pequeñeces, lo cual nos conduce hacia la próxima
guerra. Creo que cada vez tendremos más noticias sobre todo esto, hasta
que tenga lugar la operación siguiente.
Solo algunas consideraciones sobre lo
último que se ha dicho, si bien al final volveremos sobre ello.
Empecemos recordando el estudio de la Universidad de Massachusetts ya
mencionado, ya que llega a conclusiones interesantes. En él se
preguntaba a la gente si creía que los Estados Unidos debía intervenir
por la fuerza para impedir la invasión ilegal de un país soberano o para
atajar los abusos cometidos contra los derechos humanos. En una
proporción de dos a uno la respuesta del público americano era
afirmativa. Había que utilizar la fuerza militar para que se diera
marcha atrás en cualquier caso de invasión o para que se respetaran los
derechos humanos. Pero si los Estados Unidos tuvieran que seguir al pie
de la letra el consejo que se deriva de la citada encuesta, habría que
bombardear El Salvador, Guatemala, Indonesia, Damasco, Tel Aviv, Ciudad
del Cabo, Washington, y una lista interminable de países, ya que todos
ellos representan casos manifiestos, bien de invasión ilegal, bien de
violación de derechos humanos. Si uno conoce los hechos vinculados a
estos ejemplos, comprenderá perfectamente que la agresión y las
atrocidades de Sadam Husein —que tampoco son de carácter extremo— se
incluyen claramente dentro de este abanico de casos. ¿Por qué, entonces,
nadie llega a esta conclusión? La respuesta es que nadie sabe lo
suficiente. En un sistema de propaganda bien engrasado nadie sabrá de
qué hablo cuando hago una lista como la anterior. Pero si alguien se
molesta en examinarla con cuidado, verá que los ejemplos son totalmente
apropiados.
Tomemos uno que, de forma amenazadora,
estuvo a punto de ser percibido durante la guerra del Golfo. En febrero,
justo en la mitad de la campaña de bombardeos, el gobierno del Líbano
solicitó a Israel que observara la resolución 425 del Consejo de
Seguridad de las Naciones Unidas, de marzo de 1978, por la que se le
exigía que se retirara inmediata e incondicionalmente del Líbano.
Después de aquella fecha ha habido otras resoluciones posteriores
redactadas en los mismos términos, pero desde luego Israel no ha acatado
ninguna de ellas porque los Estados Unidos dan su apoyo al mantenimiento
de la ocupación. Al mismo tiempo, el sur del Líbano recibe las
embestidas del terrorismo del estado judío, y no solo brinda espacio
para la ubicación de campos de tortura y aniquilamiento sino que también
se utiliza como base para atacar a otras partes del país. Desde 1978,
fecha de la resolución citada, el Líbano fue invadido, la ciudad de
Beirut sufrió continuos bombardeos, unas 20.000 personas murieron —en
torno al 80% eran civiles—, se destruyeron hospitales, y la población
tuvo que soportar todo el daño imaginable, incluyendo el robo y el
saqueo. Excelente... los Estados Unidos lo apoyaban. Es solo un ejemplo.
La cuestión está en que no vimos ni oímos nada en los medios de
información acerca de todo ello, ni siquiera una discusión sobre si
Israel y los Estados Unidos deberían cumplir la resolución 425 del
Consejo de Seguridad, o cualquiera de las otras posteriores, del mismo
modo que nadie solicitó el bombardeo de Tel Aviv, a pesar de los
principios defendidos por dos tercios de la población. Porque, después
de todo, aquello es una ocupación ilegal de un territorio en el que se
violan los derechos humanos. Solo es un ejemplo, pero los hay incluso
peores. Cuando el ejército de Indonesia invadió Timor Oriental dejó un
rastro de 200.000 cadáveres, cifra que no parece tener importancia al
lado de otros ejemplos. El caso es que aquella invasión también recibió
el apoyo claro y explícito de los Estados Unidos, que todavía prestan al
gobierno indonesio ayuda diplomática y militar. Y podríamos seguir
indefinidamente.
La guerra del Golfo
Veamos otro ejemplo mas reciente. Vamos
viendo cómo funciona un sistema de propaganda bien engrasado. Puede que
la gente crea que el uso de la fuerza contra Iraq se debe a que América
observa realmente el principio de que hay que hacer frente a las
invasiones de países extranjeros o a las transgresiones de los derechos
humanos por la vía militar, y que no vea, por el contrario, qué pasaría
si estos principios fueran también aplicables a la conducta política de
los Estados Unidos. Estamos antes un éxito espectacular de la
propaganda.
Tomemos otro caso. Si se analiza
detenidamente la cobertura periodística de la guerra desde el mes de
agosto (1990), se ve, sorprendentemente, que faltan algunas opiniones de
cierta relevancia. Por ejemplo, existe una oposición democrática iraquí
de cierto prestigio, que, por supuesto, permanece en el exilio dada la
quimera de sobrevivir en Iraq. En su mayor parte están en Europa y son
banqueros, ingenieros, arquitectos, gente así, es decir, con cierta
elocuencia, opiniones propias y capacidad y disposición para
expresarlas. Pues bien, cuando Sadam Husein era todavía el amigo
favorito de Bush y un socio comercial privilegiado, aquellos miembros de
la oposición acudieron a Washington, según las fuentes iraquíes en el
exilio, a solicitar algún tipo de apoyo a sus demandas de constitución
de un parlamento democrático en Iraq. Y claro, se les rechazó de plano,
ya que los Estados Unidos no estaban en absoluto interesados en lo
mismo. En los archivos no consta que hubiera ninguna reacción ante
aquello.
A partir de agosto fue un poco más
difícil ignorar la existencia de dicha oposición, ya que cuando de
repente se inició el enfrentamiento con Sadam Husein después de haber
sido su más firme apoyo durante años, se adquirió también conciencia de
que existía un grupo de demócratas iraquíes que seguramente tenían algo
que decir sobre el asunto. Por lo pronto, los opositores se sentirían
muy felices si pudieran ver al dictador derrocado y encarcelado, ya que
había matado a sus hermanos, torturado a sus hermanas y les había
mandado a ellos mismos al exilio. Habían estado luchando contra aquella
tiranía que Ronald Reagan y George Bush habían estado protegiendo. ¿Por
qué no se tenía en cuenta, pues, su opinión? Echemos un vistazo a los
medios de información de ámbito nacional y tratemos de encontrar algo
acerca de la oposición democrática iraquí desde agosto de 1990 hasta
marzo de 1991: ni una línea. Y no es a causa de que dichos resistentes
en el exilio no tengan facilidad de palabra, ya que hacen repetidamente
declaraciones, propuestas, llamamientos y solicitudes, y, si se les
observa, se hace difícil distinguirles de los componentes del movimiento
pacifista americano. Están contra Sadam Husein y contra la intervención
bélica en Iraq. No quieren ver cómo su país acaba siendo destruido,
desean y son perfectamente conscientes de que es posible una solución
pacífica del conflicto. Pero parece que esto no es políticamente
correcto, por lo que se les ignora por completo. Así que no oímos ni una
palabra acerca de la oposición democrática iraquí, y si alguien está
interesado en saber algo de ellos puede comprar la prensa alemana o la
británica. Tampoco es que allí se les haga mucho caso, pero los medios
de comunicación están menos controlados que los americanos, de modo que,
cuando menos, no se les silencia por completo.
Lo descrito en los párrafos anteriores ha
constituido un logro espectacular de la propaganda. En primer lugar, se
ha conseguido excluir totalmente las voces de los demócratas iraquíes
del escenario político, y, segundo, nadie se ha dado cuenta, lo cual es
todavía más interesante. Hace falta que la población esté profundamente
adoctrinada para que no haya reparado en que no se está dando cancha a
las opiniones de la oposición iraquí, aunque, caso de haber observado el
hecho, si se hubiera formulado la pregunta ¿por qué?, la
respuesta habría sido evidente: porque los demócratas iraquíes piensan
por sí mismos; están de acuerdo con los presupuestos del movimiento
pacifista internacional, y ello les coloca en fuera de juego.
Veamos ahora las razones que justificaban
la guerra. Los agresores no podían ser recompensados por su acción, sino
que había que detener la agresión mediante el recurso inmediato a la
violencia: esto lo explicaba todo. En esencia, no se expuso ningún otro
motivo. Pero, ¿es posible que sea esta una explicación admisible?
¿Defienden en verdad los Estados Unidos estos principios: que los
agresores no pueden obtener ningún premio por su agresión y que esta
debe ser abortada mediante el uso de la violencia? No quiero poner a
prueba la inteligencia de quien me lea al repasar los hechos, pero el
caso es que un adolescente que simplemente supiera leer y escribir
podría rebatir estos argumentos en dos minutos. Pero nunca nadie lo
hizo. Fijémonos en los medios de comunicación, en los comentaristas y
críticos liberales, en aquellos que declaraban ante el Congreso, y
veamos si había alguien que pusiera en entredicho la suposición de que
los Estados Unidos era fiel de verdad a esos principios. ¿Se han opuesto
los Estados Unidos a su propia agresión a Panamá, y se ha insistido, por
ello, en bombardear Washington? Cuando se declaró ilegal la invasión de
Namibia por parte de Sudáfrica, ¿impusieron los Estados Unidos sanciones
y embargos de alimentos y medicinas? ¿Declararon la guerra?
¿Bombardearon Ciudad del Cabo? No, transcurrió un período de veinte años
de diplomacia discreta. Y la verdad es que no fue muy divertido
lo que ocurrió durante estos años, dominados por las administraciones de
Reagan y Bush, en los que aproximadamente un millón y medio de personas
fueron muertas a manos de Sudáfrica en los países limítrofes. Pero
olvidemos lo que ocurrió en Sudáfrica y Namibia: aquello fue algo que no
lastimó nuestros espíritus sensibles. Proseguimos con nuestra
diplomacia discreta para acabar concediendo una generosa recompensa
a los agresores. Se les concedió el puerto más importante de Namibia y
numerosas ventajas que tenían que ver con su propia seguridad nacional.
¿Dónde está aquel famoso principio que defendemos? De nuevo, es un juego
de niños el demostrar que aquellas no podían ser de ningún modo las
razones para ir a la guerra, precisamente porque nosotros mismos no
somos fieles a estos principios.
Pero nadie lo hizo; esto es lo
importante. Del mismo modo que nadie se molestó en señalar la conclusión
que se seguía de todo ello: que no había razón alguna para la guerra.
Ninguna, al menos, que un adolescente no analfabeto no pudiera refutar
en dos minutos. Y de nuevo estamos ante el sello característico de una
cultura totalitaria. Algo sobre lo que deberíamos reflexionar ya que es
alarmante que nuestro país sea tan dictatorial que nos pueda llevar a
una guerra sin dar ninguna razón de ello y sin que nadie se entere de
los llamamientos del Líbano. Es realmente chocante.
Justo antes de que empezara el bombardeo,
a mediados de enero, un sondeo llevado a cabo por el Washington Post
y la cadena abc revelaba un dato interesante. La pregunta formulada era:
si Iraq aceptara retirarse de Kuwait a cambio de que el Consejo de
Seguridad estudiara la resolución del conflicto árabe-israelí, ¿estaría
de acuerdo? Y el resultado nos decía que, en una proporción de dos a
uno, la población estaba a favor. Lo mismo sucedía en el mundo entero,
incluyendo a la oposición iraquí, de forma que en el informe final se
reflejaba el dato de que dos tercios de los americanos daban un sí como
respuesta a la pregunta referida. Cabe presumir que cada uno de estos
individuos pensaba que era el único en el mundo en pensar así, ya que
desde luego en la prensa nadie había dicho en ningún momento que aquello
pudiera ser una buena idea. Las órdenes de Washington habían sido muy
claras, es decir, hemos de estar en contra de cualquier conexión,
es decir, de cualquier relación diplomática, por lo que todo el mundo
debía marcar el paso y oponerse a las soluciones pacíficas que pudieran
evitar la guerra. Si intentamos encontrar en la prensa comentarios o
reportajes al respecto, solo descubriremos una columna de Alex Cockbum
en Los Angeles Times, en la que este se mostraba favorable a la
respuesta mayoritaria de la encuesta.
Seguramente, los que contestaron la
pregunta pensaban estoy solo, pero esto es lo que pienso. De
todos modos, supongamos que hubieran sabido que no estaban solos, que
había otros, como la oposición democrática iraquí, que pensaban igual. Y
supongamos también que sabían que la pregunta no era una mera hipótesis,
sino que, de hecho, Iraq había hecho precisamente la oferta señalada, y
que esta había sido dada a conocer por el alto mando del ejército
americano justo ocho días antes: el día 2 de enero. Se había difundido
la oferta iraquí de retirada total de Kuwait a cambio de que el Consejo
de Seguridad discutiera y resolviera el conflicto árabe-israelí y el de
las armas de destrucción masiva. (Recordemos que los Estados Unidos
habían estado rechazando esta negociación desde mucho antes de la
invasión de Kuwait). Supongamos, asimismo, que la gente sabía que la
propuesta estaba realmente encima de la mesa, que recibía un apoyo
generalizado, y que, de hecho, era algo que cualquier persona racional
haría si quisiera la paz, al igual que hacemos en otros casos, más
esporádicos, en que precisamos de verdad repeler la agresión. Si
suponemos que se sabía todo esto, cada uno puede hacer sus propias
conjeturas. Personalmente doy por sentado que los dos tercios
mencionados se habrían convertido, casi con toda probabilidad, en el 98%
de la población. Y aquí tenemos otro éxito de la propaganda. Es casi
seguro que no había ni una sola persona, de las que contestaron la
pregunta, que supiera algo de lo referido en este párrafo porque
seguramente pensaba que estaba sola. Por ello, fue posible seguir
adelante con la política belicista sin ninguna oposición. Hubo mucha
discusión, protagonizada por el director de la CIA, entre otros, acerca
de si las sanciones serían eficaces o no. Sin embargo no se discutía la
cuestión más simple: ¿habían funcionado las sanciones hasta aquel
momento? Y la respuesta era que sí, que por lo visto habían dado
resultados, seguramente hacia finales de agosto, y con más probabilidad
hacia finales de diciembre. Es muy difícil pensar en otras razones que
justifiquen las propuestas iraquíes de retirada, autentificadas o, en
algunos casos, difundidas por el Estado Mayor estadounidense, que las
consideraba serias y negociables. Así la pregunta que hay que hacer es:
¿Habían sido eficaces las sanciones? ¿Suponían una salida a la crisis?
¿Se vislumbraba una solución aceptable para la población en general, la
oposición democrática iraquí y el mundo en su conjunto? Estos temas no
se analizaron ya que para un sistema de propaganda eficaz era decisivo
que no aparecieran como elementos de discusión, lo cual permitió al
presidente del Comité Nacional Republicano decir que si hubiera habido
un demócrata en el poder, Kuwait todavía no habría sido liberado. Puede
decir esto y ningún demócrata se levantará y dirá que si hubiera sido
presidente habría liberado Kuwait seis meses antes. Hubo entonces
oportunidades que se podían haber aprovechado para hacer que la
liberación se produjera sin que fuera necesaria la muerte de decenas de
miles de personas ni ninguna catástrofe ecológica. Ningún demócrata dirá
esto porque no hubo ningún demócrata que adoptara esta postura, si acaso
con la excepción de Henry González y Barbara Boxer, es decir, algo tan
marginal que se puede considerar prácticamente inexistente.
Cuando los misiles Scud cayeron sobre
Israel no hubo ningún editorial de prensa que mostrara su satisfacción
por ello. Y otra vez estamos ante un hecho interesante que nos indica
cómo funciona un buen sistema de propaganda, ya que podríamos preguntar
¿y por qué no? Después de todo, los argumentos de
Sadam
Husein eran tan válidos como los de
George
Bush: ¿cuáles eran, al fin y al cabo? Tomemos el ejemplo del Líbano.
Sadam
Husein dice que rechaza que Israel se anexione el sur del país, de
la misma forma que reprueba la ocupación israelí de los Altos del Golán
sirios y de Jerusalén Este, tal como ha declarado repetidamente por
unanimidad el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Pero para el
dirigente iraquí son inadmisibles la anexión y la agresión. Israel ha
ocupado el sur del Líbano desde 1978 en clara violación de las
resoluciones del Consejo de Seguridad, que se niega a aceptar, y desde
entonces hasta el día de hoy ha invadido todo el país y todavía lo
bombardea a voluntad. Es inaceptable. Es posible que
Sadam
Husein haya leído los informes de Amnistía Internacional sobre las
atrocidades cometidas por el ejército israelí en la Cisjordania ocupada
y en la franja de Gaza. Por ello, su corazón sufre. No puede soportarlo.
Por otro lado, las sanciones no pueden mostrar su eficacia porque los
Estados Unidos vetan su aplicación, y las negociaciones siguen
bloqueadas. ¿Qué queda, aparte de la fuerza? Ha estado esperando durante
años: trece en el caso del Líbano; veinte en el de los territorios
ocupados.
Este argumento nos suena. La única
diferencia entre este y el que hemos oído en alguna otra ocasión está en
que
Sadam Husein podía decir, sin temor a equivocarse, que las sanciones
y las negociaciones no se pueden poner en práctica porque los Estados
Unidos lo impiden. George Bush no podía decir lo mismo, dado que, en su
caso, las sanciones parece que sí funcionaron, por lo que cabía pensar
que las negociaciones también darían resultado: en vez de ello, el
presidente americano las rechazó de plano, diciendo de manera explícita
que en ningún momento iba a haber negociación alguna. ¿Alguien vio que
en la prensa hubiera comentarios que señalaran la importancia de todo
esto? No, ¿por qué?, es una trivialidad. Es algo que, de nuevo, un
adolescente que sepa las cuatro reglas puede resolver en un minuto. Pero
nadie, ni comentaristas ni editorialistas, llamaron la atención sobre
ello. Nuevamente se pone de relieve, los signos de una cultura
totalitaria bien llevada, y demuestra que la fabricación del consenso sí
funciona.
Solo otro comentario sobre esto último.
Podríamos poner muchos ejemplos a medida que fuéramos hablando.
Admitamos, de momento, que efectivamente
Sadam
Husein es un monstruo que quiere conquistar el mundo —creencia
ampliamente generalizada en los Estados Unidos—. No es de extrañar, ya
que la gente experimentó cómo una y otra vez le martilleaban el cerebro
con lo mismo: está a punto de quedarse con todo; ahora es el momento de
pararle los pies. Pero, ¿cómo pudo Sadam Husein llegar a ser tan
poderoso? Iraq es un país del Tercer Mundo, pequeño, sin infraestructura
industrial. Libró durante ocho años una guerra terrible contra Irán,
país que en la fase posrevolucionaria había visto diezmado su cuerpo de
oficiales y la mayor parte de su fuerza militar. Iraq, por su lado,
había recibido una pequeña ayuda en esa guerra, al ser apoyado por la
Unión Soviética, los Estados Unidos, Europa, los países árabes más
importantes y las monarquías petroleras del Golfo. Y, aun así, no pudo
derrotar a Irán. Pero, de repente, es un país preparado para conquistar
el mundo. ¿Hubo alguien que destacara este hecho? La clave del asunto
está en que era un país del Tercer Mundo y su ejército estaba formado
por campesinos, y en que —como ahora se reconoce— hubo una enorme
desinformación acerca de las fortificaciones, de las armas químicas,
etc.; ¿hubo alguien que hiciera mención de todo aquello? No, no hubo
nadie. Típico.
Fíjense que todo ocurrió exactamente un
año después de que se hiciera lo mismo con Manuel Noriega. Este, si
vamos a eso, era un gángster de tres al cuarto, comparado con los amigos
de Bush, sean
Sadam
Husein o los dirigentes chinos, o con Bush mismo. Un desalmado de
baja estofa que no alcanzaba los estándares internacionales que a otros
colegas les daban una aureola de atracción. Aun así, se le convirtió en
una bestia de exageradas proporciones que en su calidad de líder de los
narcotraficantes nos iba a destruir a todos. Había que actuar con
rapidez y aplastarle, matando a un par de cientos, quizás a un par de
miles, de personas. Devolver el poder a la minúscula oligarquía blanca
—en torno al 8% de la población— y hacer que el ejército estadounidense
controlara todos los niveles del sistema político. Y había que hacer
todo esto porque, después de todo, o nos protegíamos a nosotros mismos,
o el monstruo nos iba a devorar. Pues bien, un año después se hizo lo
mismo con Sadam Husein. ¿Alguien dijo algo? ¿Alguien escribió algo
respecto a lo que pasaba y por qué? Habrá que buscar y mirar con mucha
atención para encontrar alguna palabra al respecto.
Démonos cuenta de que todo esto no es tan
distinto de lo que hacía la Comisión Creel cuando convirtió a una
población pacífica en una masa histérica y delirante que quería matar a
todos los alemanes para protegerse a sí misma de aquellos bárbaros que
descuartizaban a los niños belgas. Quizás en la actualidad las técnicas
son más sofisticadas, por la televisión y las grandes inversiones
económicas, pero en el fondo viene a ser lo mismo de siempre.
Creo que la cuestión central, volviendo a mi comentario
original, no es simplemente la manipulación informativa, sino algo de
dimensiones mucho mayores. Se trata de si queremos vivir en una sociedad
libre o bajo lo que viene a ser una forma de totalitarismo auto
impuesto, en el que el rebaño desconcertado se encuentra, además,
marginado, dirigido, amedrentado, sometido a la repetición inconsciente
de eslóganes patrióticos, e imbuido de un temor reverencial hacia el
líder que le salva de la destrucción, mientras que las masas que han
alcanzado un nivel cultural superior marchan a toque de corneta
repitiendo aquellos mismos eslóganes que, dentro del propio país, acaban
degradados. Parece que la única alternativa esté en servir a un estado
mercenario ejecutor, con la esperanza añadida de que otros vayan a
pagamos el favor de que les estemos destrozando el mundo. Estas son las
opciones a las que hay que hacer frente. Y la respuesta a estas
cuestiones está en gran medida en manos de gente como ustedes y yo. |