Catálogo de Textos Históricos
La decadencia de occidente
Oswald Spengler

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Oswald Spengler Vida y obra / Biography

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Continuación del Capítulo V
El Estado

 

FILOSOFÍA DE LA POLÍTICA

 

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Sobre el concepto de la política hemos meditado más de lo que para nosotros era conveniente. Por eso hemos sido menos capaces de observar la política real. Los grandes estadistas suelen obrar inmediatamente, con un sentido seguro de los hechos. Es esto para ellos tan evidente, que la posibilidad de meditar sobre conceptos generales de esa acción no les viene a las mientes, aun suponiendo que tales conceptos existan. Saben desde luego lo que tienen que hacer. Una teoría sobre esto no corresponde ni a su talento ni a su gusto. Pero los pensadores de profesión, que dirigen su mirada a los hechos creados por los hombres, son tan ajenos a esa acción, que van a perderse en abstracciones, sobre todo en figuras místicas, como la justicia, la virtud, la libertad, y por ellas aprecian el suceder histórico del pasado y principalmente del futuro. Olvidan, al fin, el rango de los meros conceptos y llegan a la convicción de que la política existe para configurar el curso del mundo según una receta idealista. Mas como esto no ha ocurrido ni ocurre nunca, la actividad política les parece tan nimia frente al pensamiento abstracto, que llegan en sus libros a discutir si existe en general un «genio de la acción».

Frente a esto inténtase dar aquí, en vez de un sistema ideológico, una fisiognómica de la política, tal como ha sido realmente hecha en el transcurso de la historia y no tal como hubiera debido hacerse. El problema es, pues, penetrar en el último sentido de los grandes hechos, verlos, sentir y describir lo que tienen de importancia simbólica. Los bosquejos de quienes aspiran a mejorar el mundo no tienen nada que ver con la realidad histórica [234].

Las corrientes de la existencia humana llamárnoslas historia cuando las percibimos como movimiento. Las llamamos generación, estirpe, clase, pueblo, nación, cuando las percibimos como algo movido [235]. Política es el modo y manera cómo esa existencia fluyente se afirma, crece, triunfa sobre otras corrientes de vida. Toda la vida es política, en el menor asgo instintivo, como en la médula interna [236]. Lo que solemos llamar hoy energía vital, vitalidad, ese «quid» en nosotros que a toda costa quiere ir arriba y adelante, el impulso cósmico y añorante hacia la preeminencia y la prepotencia, impulso vegetativo y racial que va unido a la tierra, a la «patria», orientación, dirección, necesidad de acción, eso es lo que entre los hombres superiores busca, como vida política, las grandes decisiones, para resolver sí ha de serse sino o si ha de sufrirse el sino. Pues o se crece o se muere. No hay una tercera posibilidad.

Por eso la nobleza, como expresión de una raza fuerte, es la clase propiamente política; y la crianza, no la enseñanza, es el modo de hacer políticos. Todo gran político, centro de fuerzas en el torrente del suceder, tiene algo de nobleza en su vocación y en sus vínculos internos. En cambio, todo lo microcósmico, todo «espíritu», es impolítico; por eso la política y la ideología programáticas tienen algo de sacerdotal. Los mejores diplomáticos son los niños cuando juegan o quieren obtener algo. Ábrese camino inmediatamente, y con seguridad sonambúlica, ese elemento cósmico vinculado en el ser individual. Esa maestría de los primeros años va desapareciendo con la creciente conciencia vigilante de la juventud. Por eso es tan raro entre los hombres el hombre de Estado.

Esas corrientes de existencia en la esfera de una cultura superior son sólo posibles en plural; en ellas y entre ellas existe la gran política. Un pueblo existe realmente sólo con relación a otros pueblos [237]. Pero por eso la relación natural, racial entre ellos es la guerra. Es éste un hecho que las verdades no pueden alterar. La guerra es la política primordial de todo viviente, hasta el grado de que en lo profundo lucha y vida son una misma cosa y el ser se extingue cuando se extingue la voluntad de lucha. Viejos vocablos germánicos, para indicarlo, como orrusta y orlog, significan seriedad y sino, en oposición a broma y juego; es más bien una sublimación que una diferencia esencial. Y si es cierto que toda alta política quiere substituir la espada por otras armas más espirituales y la ambición del hombre de Estado en la cúspide de todas las culturas consiste en no necesitar ya casi de la guerra, queda siempre la  primordial afinidad entre la diplomacia y el arte militar: el carácter de la lucha, igual táctica, igual astucia guerrera, la necesidad de fuerzas materiales en retaguardia, para dar peso a las operaciones. También es el fin idéntico: el crecimiento de la propia unidad vital—clase o nación—a costa de las demás. Y todo intento de eliminar ese elemento racial conduce tan sólo a desviarlo hacia otra esfera; en vez de actuar entre Estados actuará entre partidos, entre comarcas, y si también aquí se extingue la voluntad de crecimiento, actuará entre los séquitos de aventureros a quienes voluntariamente se somete el resto de la población.

En toda guerra entre potencias vitales se trata de saber quién gobernará el conjunto. Siempre es una vida, nunca un sistema, una ley o un programa, quien lleva el compás en el curso del suceder [238]. Ser el centro de acción, el elemento actuante de una multitud [239], elevar la forma interna de la propia persona a forma de pueblos enteros y de épocas enteras, tener el mando de la historia para colocar el propio pueblo o la estirpe propia, con sus fines propios, a la cabeza de los acontecimientos, éste es el instinto apenas consciente e irresistible que actúa en todo individuo de vocación histórica. No hay más que historia personal y, por tanto, política personal. La lucha, no de principios, sino de hombres, no de ideales, sino de rasgos raciales por el poder, es lo primero y lo último; y las revoluciones no constituyen en esto excepción ninguna, pues la «soberanía del pueblo» no es más que una palabra que expresa que el poder soberano adopta el nombre de «jefe popular» en vez del nombre de rey. El método de gobierno casi no varia, y desde luego no varía la situación de los gobernados. Y aun la paz universal, siempre que ha existido, no ha sido otra cosa que la esclavitud de toda una humanidad bajo el mando de un escaso número de tipos fuertes, decididos a mandar. Al concepto del poder efectivo le es esencial el estar dividida una unidad vital—-incluso entre los animales—en sujetos y objetos del gobierno. Es esto tan evidente, que ni en las más difíciles crisis—como la de 1789—se pierde ni un momento siquiera esta estructura interna de toda unidad de masas. Desaparece el titular, pero no el cargo, y cuando realmente pierde un pueblo toda dirección en el torrente de los acontecimientos y camina sin regla ni rumbo, esto quiere decir que su dirección se ha trasladado afuera, que se ha convertido, como conjunto, en un objeto.

No hay pueblos dotados de talento político. Sólo hay pueblos que están firmemente en la mano de una minoría gobernante y que, por tanto, se sienten bien «en forma». Los ingleses, considerados como pueblo, son tan imprudentes, tan estrechos y poco prácticos en cosas políticas como cualquier otra nación. Pero poseen una tradición de confianza, pese a su gusto por los debates y controversias públicos. La diferencia está en que el inglés es objeto de un gobierno con antiquísimos y triunfantes hábitos, gobierno al que el inglés se acomoda gustoso porque por experiencia conoce su utilidad. Esa conformidad, que, vista desde fuera, parece comprensión, se convierte fácilmente en la convicción de que el gobierno depende de su voluntad, aunque en realidad es al revés: el gobierno es quien, por motivos técnicos, impone esa creencia al pueblo. La clase gobernante en Inglaterra ha desarrollado sus fines y sus métodos con entera independencia del «pueblo», y trabaja con y en una constitución no escrita, cuyas finezas, completamente ateórcas, nacidas del uso, son tan imperceptibles como incomprensibles para el no iniciado. Pero el valor de una tropa depende de su confianza en la dirección, y confianza significa involuntaria renuncia a toda crítica. El oficial es quien convierte el cobarde en héroe o el héroe en cobarde. Y esto es cierto para los ejércitos, los pueblos, las clases, como para los partidos. El talento político de una, masa, no es sino confianza en la dirección. Pero esta confianza precisa ser conquistada; madura lentamente, se confirma en los éxitos y se solidifica con la tradición. Cuando en la capa dominante faltan capacidades directivas, en los dominados falta el sentimiento de seguridad, y ello se revela en toda suerte de crítica, sin instinto ni prudencia, crítica que por su sola existencia hace que el pueblo «pierda su forma».

 

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¿Cómo se hace política? El verdadero hombre de Estado es ante todo un conocedor, conocedor de hombres, situaciones, cosas. Tiene una «visión» que sin vacilar, inmediatamente, abarca el circulo de las posibilidades. El conocedor de caballos examina de un golpe de vista la actitud del animal y sabe qué probabilidades tiene en la carrera. El jugador lanza una mirada al adversario y sabe la jugada inmediata. Hacer lo conveniente sin «saberlo», tener la mano segura, la mano que acorta o alarga insensiblemente las riendas; esto es justamente lo contrario del talento propio del hombre teórico. El compás secreto de todo devenir es en el político y en las cosas históricas uno y el mismo. Se adivinan, se acoplan perfectamente. Nunca el hombre de los hechos corre el peligro de construir política de sentimientos y programas. No cree en las palabras sonoras.

Continuamente tiene en la boca la pregunta de Pilatos. El verdadero hombre de Estado está allende lo verdadero y lo falso. No confunde la lógica de los acontecimientos con la lógica de los sistemas. Las verdades—o los errores, que aquí es lo mismo — no significan para él sino corrientes espirituales que computa por sus efectos y cuya fuerza, duración y dirección estima e introduce en sus cálculos, para el sino del poder dirigido por él. Posee, sin duda, convicciones que le son muy caras; pero las posee como hombre privado. Ningún político de alto rango se ha sentido al actuar vinculado por sus convicciones. «El que obra no tiene conciencia; sólo el que contempla tiene conciencia» (Goethe). Esto puede decirse de Sila y de Robespierre, como de Bismarck y de Pitt. Los grandes papas y los jefes de los partidos ingleses, cuando tenían que dominar las cosas, no han seguido otros principios que los que siguieron los conquistadores y caudillos de todos los tiempos. Si de los actos de Inocencio III, que llevó a la Iglesiacasi al dominio universal, se deducen las reglas fundamentales, se obtiene un catecismo del éxito, que representa el extremo opuesto de toda moral religiosa; pero sin el cual no habría Iglesia, ni colonias inglesas, ni capitales americanos, ni revolución victoriosa, ni, finalmente. Estado, partido, pueblo, en situación soportable. Es la vida, no el individuo, quien carece de conciencia.

Por eso hace falta comprender el tiempo, para el cual se ha nacido. Quien no vislumbre y comprenda las potencias más íntimas de la época; quien no sienta en si mismo algo afín a ellas, algo que le empuja por vías indescriptibles en conceptos; quien crea en lo superficial, en la opinión pública, en las palabras sonoras y en los ideales del día, ese no está a la altura de los acontecimientos. Los acontecimientos le tienen a él, no él a ¡os acontecimientos. ¡N0 mirar hacia atrás ni buscar el criterio en el pasado! ¡Menos aún mirar de lado hacia un sistema! En épocas como la actual o la de los Gracos, hay dos clases de idealismo, ambas fatales: el reaccionario y el democrático. El primero cree en la reversibilidad de la historia; el segundo, en un fin de la historia. Pero para el inevitable fracaso que ambos vierten sobre la nación, en cuyo sino tienen poder, es indiferente que haya sido sacrificado el país a un recuerdo o a un concepto. El verdadero hombre de Estado es la historia en persona, es su dirección como voluntad individual, es su lógica orgánica como carácter.

El político de alto bordo debe, empero, ser educador en un sentido superior, no representar una moral o doctrina, sino ofrecer un ejemplo en su acción [240]. Es bien conocido el hecho de que ninguna nueva religión ha cambiado nunca el estilo de la existencia. Ha penetrado la conciencia, ha impregnado el hombre espiritual, ha lanzado nueva luz sobre un mundo allende este mundo, ha creado inmensurable beatitud por la fuerza de la limitación, de la renuncia, de la paciencia, hasta la muerte. Pero no ha tenido nunca el menor poder sobre las fuerzas de la vida. Sólo la gran personalidad, sólo el elemento racial en ella, sólo la fuerza cósmica vinculada en la persona pueden realizar creaciones en lo viviente, no por enseñanza, sino por crianza, transformando el tipo de clases y pueblos enteros. No la verdad, el bien, lo sublime, sino el romano, el puritano, el prusiano son hechos. El sentido del honor, el sentimiento del deber, la disciplina, la decisión—nada de esto se aprende en libros, sino que se despierta en el curso vital, por medio deun modelo vivo. Por eso fue Federico Guillermo I uno de los primeros educadores de todos los tiempos, cuya personal actitud educativa de la raza no ha desaparecido en la serie de las generaciones. Lo que distingue al verdadero hombre de Estado del mero político, del jugador que juega por el gozo de jugar, del cazador afortunado en las simas de la historia, del interesado avariento, del vanidoso, del vulgar, es que le es lícito exigir sacrificios y los recibe, porque su sentimiento de ser necesario para la época y la nación es compartido por miles de personas, transformándolas interiormente y capacitándolas para hazañas a cuya altura no estarían de otro modo [241].

Pero lo supremo no es obrar, sino poder mandar. Con el mando crece el individuo sobre si mismo y se convierte en centro de un mundo activo. Hay una manera de mandar que hace de la obediencia un hábito libre, orgulloso y distinguido. Napoleón no poseía esta manera. Un resto de sentido subalterno le impidió educar hombres y no instrumentos registradores. No dominó por medio de personalidades, sino por órdenes. Y habiéndole faltado este refinado tacto del mando, tuvo que hacer siempre por sí mismo lo realmente decisivo y hubo de perecer lentamente en la desproporción entre los problemas de su posición y los límites de la capacidad humana. Pero quien posee este último y supremo don de humanidad perfecta, como César o Federico el Grande, ese siente sin duda, en la noche de una batalla, cuando las operaciones llegan al término deseado y con la victoria se decide la campaña, o al poner la firma última que cierra una época de la historia, un maravilloso sentimiento de poder, que el hombre de las verdades nunca conocerá. Hay momentos, y ellos señalan las cumbres de las corrientes cósmicas, en que un individuo se sabe idéntico con el sino y centro del universo y siente su personalidad casi como la cáscara en que la historia del futuro está formándose.

Lo primero es hacer uno mismo algo; lo segundo—menos aparente, pero más difícil y de efecto lejano más profundo— es crear una tradición, empujar en ella a los demás, para que prosigan la propia obra, su ritmo y su espíritu, desencadenar un torrente de actividades uniformes que ya no necesiten del primer jefe para mantenerse «en forma». Así, el hombre de Estado se eleva a un rango que los antiguos hubieran calificado de divino. Tómase creador de una nueva vida, fundador «espiritual» de una raza joven. El mismo, como ser, desaparecerá a los pocos años. Pero una minoría por él creada—otroser de extraña índole—aparece en su lugar para un tiempo incalculable. Ese algo cósmico, ese alma de una capa dominadora y gobernante puede un individuo engendrarlo y dejarlo en herencia; esto es lo que ha producido en toda historia los efectos más duraderos. El gran hombre de Estado es raro. Que aparezca, que se imponga y que esto suceda demasiado pronto o demasiado tarde, depende del azar. Los grandes individuos destruyen a veces mas que edifican—por el hueco que su muerte deja en el torrente del suceder. Pero crear una tradición significa eliminar el azar. Una tradición cría hombres de un nivel medio superior; con los cuales puede contar el futuro. No crea un César, pero si un Senado; no un Napoleón, pero si un incomparable cuerpo de oficiales. Una fuerte tradición atrae los talentos y con pequeñas dotes alcanza grandes éxitos. Demuéstranlo las escuelas de pintura en Italia y Holanda, no menos que el ejército prusiano y la diplomacia de la curia romana.

Fue una gran debilidad de Bismarck, en comparación con Federico Guillermo I, el que, sabiendo actuar, no supiera crear una tradición. No pudo producir junto al cuerpo de oficiales de Moltke una raza correspondiente de políticos que se sintiese idéntica con su Estado y los nuevos problemas de éste y que acogiese de continuo los hombres importantes de abajo, infundiéndoles para siempre su ritmo de acción. Cuando no sucede esto, queda, en lugar de una capa gobernante, una colección de cabezas que no pueden valerse ante lo imprevisto. Pero si se realiza, entonces surge un pueblo «soberano», en el único sentido digno de un pueblo y posible en el mundo de los hechos: una minoría perfectamente criada y que se completa y renueva a si misma; una minoría con tradición segura, probada en larga experiencia; una minoría que incluye en su esfera todos los talentos y los emplea, y, por tanto, se encuentra en armonía con el resto del país gobernado. Semejante minoría se convierte lentamente en una verdadera raza, incluso si una vez ha sido un partido, y decide con la seguridad de la sangre y no del intelecto. Pero precisamente por eso sucede en ella todo «por si mismo», sin necesidad del genio. Esto significa, por decirlo asi, la substitución del gran político por la gran política.

Mas ¿qué es política?—Es el arte de lo posible; este viejo vocablo casi lo dice todo. El jardinero puede extraer una planta de la semilla o ennoblecer su tallo. Puede desenvolver o destruir en ella disposiciones ocultas, el tronco y el aspecto, las flores y los frutos. De la percepción que el hortelano tenga de lo posible y, por lo tanto, necesario, depende la perfección, la fuerza, el sino todo de la planta. Pero la figura fundamental y la dirección de su existencia, los periodos, la rapidez y duración de su desarrollo, la «ley según la cual se suceden», no están en poder del hortelano. Tiene que cumplirlos ella misma o perecer. Y otro tanto sucede a esas plantas enormes llamadas «culturas» y a los torrentes de generaciones humanas inclusos en su mundo de formas políticas. El gran hombre de Estado es el hortelano de un pueblo.

Todo individuo activo ha nacido en un tiempo y para un tiempo. Con esto queda definido el circulo de lo asequible para él. Para sus abuelos y sus nietos, otras fueron las condiciones dadas y, por lo tanto, otros los fines y los problemas. El círculo de lo asequible estréchase, además, por los limites de su personalidad y por las propiedades del pueblo, situación y hombres con quienes ha de trabajar. El político de alto rango se caracteriza porque rara vez ha de sacrificar algo que crea posible, ilusionándose sobre esos limites, ni tampoco es frecuente que deje de ver lo que realmente puede realizarse. A esta cualidad pertenece—y ello debe repetirse una y otra vez para enseñanza precisamente de los alemanes—el no confundir lo que debe ser con lo que tiene que ser. Las formas fundamentales del Estado y de la vida política, la dirección y estado de su evolución están vinculados a una época y son inalterables. Todos los éxitos políticos se consiguen con ellos, no contra ellos. Los adoradores de ideales políticos crean de la nada. Son en su espíritu libres; pero sus construcciones ideológicas, basadas en los conceptos aéreos de sabiduría, justicia, libertad, igualdad, son al cabo siempre las mismas y reaparecen una y otra vez. Al que domina los hechos le basta empujar imperceptiblemente lo que para él existe absolutamente. Esto parece poco, y, sin embargo, aquí es donde comienza la libertad en sentido superior. Lo que aquí importa son los pequeños rasgos, la última presión providente sobre el timón, el fino sentido de las más delicadas oscilaciones en los pueblos y las almas particulares, El arte político es la visión clara de las grandes líneas, trazadas inmutables, y la mano segura para lo singular, lo personal, que dentro de esas líneas puede convertir una inminente fatalidad en un éxito decisivo. El secreto de todas las victorias está en la organización de lo imperceptible. Quien sabe desenvolverse de esta manera puede, como representante del vencido, dominar al vencedor. así, Talleyrand en Viena. César, cuando su situación era casi desesperada, puso en Luca el poder de Pompeyo insensiblemente al servicio de sus fines, con lo que logró enterrarlo. Pero existe un limite peligroso de la posibilidad, límite con el que casi nunca ha chocado el perfecto tacto de los diplomáticos barrocos, siendo, en cambio, privilegio de ideólogos el tropezar de continuo con él. Hay giros en la historia por los que el entendido se deja llevar durante buen tiempo para no perder la dominación. Cada situación tiene determinada elasticidad, que conviene apreciar con la mayor exactitud. El estallido de una revolución demuestra siempre falta de tacto político en los gobernantes y en sus adversarios.

Lo necesario debe hacerse a tiempo, cuando es aún una merced o regalo con que la fuerza gobernante se afirma en la confianza de los gobernados. No debe realizarse como un sacrificio que revela debilidad y provoca menosprecio. Las formas políticas son formas vivientes que inevitablemente cambian en determinado sentido. Y cesa de estar «en forma» quien pretenda obstaculizar ese curso o desviarlo en el sentido de un ideal. La nobleza romana tuvo buen tacto en esto; la espartana, no. En el periodo de la democracia creciente se ha alcanzado una y otra vez el momento fatal (en Francia 17891 en Alemania 1918) en que ya era demasiado tarde para ofrecer la necesaria reforma como un libre obsequio; y entonces hubiera sido mejor negarla con energía decidida, porque ya lo que significaba era un sacrificio y, por tanto, la disolución. Pero quien no sabe ver la primera necesidad a tiempo, desconocerá más seguramente la segunda. La marcha hacia Canossa puede comenzar o demasiado pronto o demasiado tarde. Esta precisión es lo que decide que los pueblos en lo futuro sean un sino para los demás o padezcan el sino de los demás. Ahora bien; la democracia ascendente repite el mismo error y se empeña en conservar lo que era el ideal de ayer. Este es el peligro del siglo XX. En todos los senderos del cesarismo se encuentrasiempre un Catón.

La influencia que un hombre de Estado, incluso el de posición excepcionalmente fuerte, ejerce sobre los métodos políticos es muy escasa. El politice de rango no se engaña tampoco sobre este punto. Es su problema el laborar con la forma y en la forma histórica dada. Sólo el teórico se entusiasma inventando formas mas ideales. Mas para «estar en forma» política hace falta dominar en absoluto los recursos y medios más modernos. En esto no hay elección posible. Los medios y los métodos están dados con el tiempo y pertenecen a la forma interna del tiempo. Quien se equivoque en esto, quien deje que sus gustos y sentimientos tengan más fuerza que su tacto, abandonará los hechos, que se le irán de la mano. El peligro de una aristocracia consiste en ser conservadora en los medios; el peligro de la democracia es confundir la fórmula con la forma. Los medios del presente son todavía por muchos años los parlamentarios; elecciones y prensa. Podrá pensarse acerca de ellos lo que se quiera, podrá admirárseles o despreciarlos; pero hay que dominarlos. Bach y Mozart dominaban los medios musicales de su época. Tal es el signo de toda maestría. No de otra suerte sucede en el arte del Estado. Pero lo que importa no es la forma exterior visible para todos; ésta es simplemente la vestidura de la otra. Por eso puede cambiar sin que nada cambie en la esencia del suceder; puede reducirse a conceptos y textos constitucionales sin tocar siquiera a la realidad, y la ambición de todos los revolucionarios y doctrinarios se limita a mezclarse en ese juego de derechos, principios y libertades sobre la superficie histórica. El hombre de Estado sabe que la extensión de un derecho electoral es inesencial, comparada con la técnica de hacer elecciones, técnica diferente entre atenienses o romanos, entre jacobinos, americanos y aun alemanes. ¿Qué importa el texto de la Constitución inglesa ante el  hecho de que su aplicación está dominada por un pequeño número de familias distinguidas, de suerte que Eduardo VII era un ministro de su Ministerio? Y por lo que se refiere a la prensa moderna, podrá el místico descansar en la idea de que es constitucionalmente una prensa «libre»; el entendido, en cambio, pregunta tan sólo: ¿A la disposición de quién está?.

La política es, por último, la forma en que se cumple la historia de una nación dentro de una pluralidad de naciones. El gran arte consiste en mantener la nación propia «en forma» interiormente, para afrontar los acontecimientos exteriores. Esta es, no sólo para los pueblos, los Estados y las clases sociales, sino para toda unidad viva, hasta los más sencillos enjambres animales y aun hasta el cuerpo singular, la relación natural entre política interior y política exterior, la primera de las cuales existe exclusivamente para la segunda y no al revés. El genuino demócrata suele considerar la política interior como un fin en si; el diplomático de término medio no piensa más que en la política exterior. Por esta razón los éxitos de uno y de otro están todos en el aire. El maestro político se muestra sin duda del modo más visible en la táctica de reformas interiores, en su actividad económica y social, en la habilidad para mantener la forma pública del conjunto, los «derechos y libertades» armónicos con el gusto de la época y al mismo tiempo  dotados de capacidad de ejercicio, en la educación de los sentimientos, sin los que es imposible que un pueblo permanezca «en forma»: confianza, respeto a la dirección, conciencia de la fuerza, contento y, si es necesario, entusiasmo. Pero todo eso recibe su valor cuando se refiere al hecho fundamental de la historia superior: que un pueblo no está solo en el mundo y que sobre su futuro decide la proporción de sus fuerzas respecto de los demás pueblos y no la mera ordenación interna. Y como la visión del hombre corriente no llega tan lejos, ha de poseer esa visión aguda la minoría regente, esa minoría en donde el hombre de Estado encuentra el instrumento para realizar sus propósitos [242]

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Para la política primitiva de todas las culturas están fijamente dadas las potencias directivas. Toda la existencia está estrictamente en forma patriarcal y simbólica; los vínculos de la madre tierra son tan fuertes, la relación feudal y también el Estado de clase son tan evidentes para la vida, que la política de los tiempos homéricos y góticos se limita a actuar en el marco de la forma absolutamente dada. Estas formas varían en cierto modo por si mismas. A nadie se le ocurre clara la idea de que esa sea una tarea de la política, incluso cuando una monarquía es derrocada o una nobleza sojuzgada. No hay más que política de clase, política imperial, papal, de los vasallos. La sangre, la raza habla en empresas instintivas, semi conscientes; pues también el sacerdote, por cuanto hace política, obra como hombre de raza. Todavía no han aparecido los «problemas» del Estado. La soberanía y las clases primordiales, todo el mundo de las formas primitivas, está establecido por Dios y dentro de su supuesto es como combaten las minorías orgánicas, las facciones.

Pertenece a la esencia de la facción la imposibilidad en que se halla de concebir que sea posible cambiar el plan de las cosas. Lo que la facción quiere es conquistar un rango dentro del orden dado; quiere fuerza y riqueza, como todo cuanto crece en un mundo creciente. Las facciones son grupos en los que la afinidad de las casas, el honor, la fidelidad, las alianzas de una intimidad casi mística, representan un papel y las ideas abstractas quedan por completo excluidas. Así son las facciones en la época homérica y gótica, Telémaco y los pretendientes en Itaca, los azules y los verdes bajo Justiniano, los güelfos y los gibelinos, las casas de Lancaster y de York, los protestantes [243], los hugonotes y también las fuerzas impulsivas de la fronda y de la primera tiranía. El libro de Maquiavelo alienta todo él en este espíritu.

El cambio aparece cuando, con la gran ciudad, toma la dirección la burguesía, la tercera clase o la no-clase [244]. Ahora, por el contrario, es la forma política la que se convierte en objeto de la lucha, en problema. Hasta entonces había sido producida por maduramiento; ahora debe ser creada. Despierta la política; no es sólo que ahora es entendida, sino que es, además, reducida a conceptos. Frente a la sangre y a la tradición álzanse los poderes del espíritu y del dinero. En lugar de lo orgánico aparece lo organizado; en lugar de la clase, el partido. Un partido no es un producto de la raza, sino una colección de individuos. Por eso es tan superior a las viejas clases en espíritu, como les es inferior en instinto. El partido es enemigo mortal de toda articulación espontánea de las clases, cuya mera existencia contradice a la esencia del partido. Justamente por eso el concepto de partido va unido siempre al concepto negativo, destructivo, nivelador, de la igualdad. Ya no son reconocidos los ideales de clase, sino los intereses de profesión [245]. Pero lo mismo ocurre con el concepto de la libertad, que también es negativo [246]: los partidos son un fenómeno puramente urbano. Con la completa liberación de la ciudad respecto del campo, la política de clase cede el paso a la política de partido, ya tengamos de ello conocimiento o no; en Egipto al final del Imperio medio, en China con los Estados en lucha, en Bagdad y Bizancio con la época de los Abbassidas. En las grandes ciudades de Occidente fórmanse los partidos de estilo parlamentario; en las ciudades-Estados de la Antigüedad, los partidos del foro; y en los mavalí y en los frailes de Teodoro de Studion [247] reconocemos partidos de estilo mágico.

Pero siempre es la clase tercera, la no-clase, la unidad de la protesta contra la esencia misma de la clase, la que en su minoría directiva—«educación y posesión»—se presenta como un partido, con un programa, con un fin no sentido, sino definido y la negación de todo cuanto no concibe el entendimiento. Por eso, en el fondo, no hay más que un solo partido, el de la burguesía, el liberal, que tiene perfecta conciencia de ese rango. Se equipara al «pueblo». Sus enemigos, los que forman verdaderas clases, los «aristócratas y los curas», son enemigos del «pueblo» y traidores al «pueblo». Su opinión es la «voz del pueblo», que es inyectada en éste por todos los medios de la propaganda política—la oración del foro, la prensa de Occidente—para luego ser representada.

Las clases primordiales son la nobleza y la clase sacerdotal. El partido primordial es el del dinero y el espíritu, el liberal, el de la gran ciudad. Aquí está la profunda justificación de los conceptos de democracia y aristocracia, para todas las culturas. Es aristocrático el desprecio del espíritu urbano; es democrático el desprecio del aldeano, el odio a la tierra [248]. Es la diferencia entre la política de clase y la política de partido, entre la conciencia de clase y la opinión de partido, entre la raza y el espíritu, entre el crecimiento espontáneo y la construcción. Es aristocrática la cultura plena; es democrática la incipiente civilización de las ciudades mundiales; hasta que la oposición queda anulada por el cesarismo. Asi como la nobleza es la clase y el «tiers» resulta siempre incapaz de estar realmente «en forma» de ese modo. asi también la nobleza no puede nunca, no diré organizarse, pero ni sentirse como partido.

Pero no es libre de renunciar a ello. Todas las constituciones modernas niegan las clases y se fundan sobre los partidos, como forma fundamental evidente de la política. El siglo XIX —y, por tanto, también el siglo ni antes de Jesucristo—es la época más brillante de la política de partido. Su rasgo democrático obliga a la formación de contrapartidos, y si antaño — aun en el siglo XVIII — el tiers se constituyó según el modelo de la nobleza, como clase, ahora se forma según el modelo del partido liberal, un partido conservador como arma defensiva [249], partido dominado enteramente por las formas del liberal, partido aburguesado sin ser burgués y atenido a una táctica cuyos modos y métodos están exclusivamente determinados por el liberalismo. Sólo les queda la elección: o manejar estos métodos mejor que sus adversarios [250], o perecer. Pero uno de los más profundos rasgos de la clase consiste en no comprender esta situación y combatir no al enemigo, sino la forma, apelando a los extremos recursos, cosa que al comienzo ,de toda civilización devasta la política interior de Estados enteros y los entrega inermes al enemigo exterior. La necesidad para todo partido de aparecer en forma burguesa se convierte en caricatura, cuando bajo las capas urbanas cultas y ricas se organiza el resto en partido. El marxismo, que en teoría es una negación de la burguesía, es hasta la médula burgués en su actitud y conducta como partido. Existe un conflicto permanente entre la voluntad, por una parte, que necesariamente se sale del marco de toda política de partido y, por ende, de toda constitución—ambas cosas son exclusivamente liberales—, y que honradamente sólo podría denominarse guerra civil, y, por otra parte, la actitud, que se cree obligatoria y que desde luego hay que adoptar para conseguir en esta época algún éxito duradero. Pero la actitud de un partido de la nobleza en un Parlamento es íntimamente tan falsa como la del proletariado. Sólo la burguesía está aquí en su elemento.

En Roma, los patricios y los plebeyos lucharon esencialmente como clases desde la institución de los tribunos (471) hasta el reconocimiento de su poder legislativo en la revolución de 287. A partir de este instante, su hostilidad no tiene ya mas que un sentido genealógico. Nacen partidos que muy bien pueden llamarse liberal y conservador, el populus [251], que da el tono en el foro, y la nobilitas, que se apoya en el Senado. Hacia 287 se convierte éste, de un consejo familiar de las viejas estirpes, en un consejo político de la aristocracia administrativa. Próximos al populus se hallan los comicios centuriados, escalonados según la fortuna, y los equites, grupo de los grandes ricachos. Próxima a la nobilitas se halla la clase aldeana muy influyente en los comicios tribunos. Recuérdese, en el primer caso, a los Gracos y a Mario; en el segundo, a C. Flaminio; y basta con mirar detenidamente para ver cambiada la posición de los cónsules y tribunos. Estos ya no son los hombres de con-fianza, nombrados, respectivamente, por la primera y la tercera clase y cuya actitud está definida por ello; ahora representan los partidos y cambian con estos. Hay cónsules «liberales», como Catón el Antiguo, y tribunos «conservadores», como Octavio, el enemigo de Ti. Graco. Ambos partidos designan sus candidatos para las elecciones e intentan sacarlos por todos los medios de la propaganda demagógica; y si el dinero no ha tenido éxito en las elecciones, lo tiene—y cada día más—en los elegidos.

En Inglaterra, los torys y los whigs se han constituido como partidos a principios del siglo XVIII. En la forma ambos se han aburguesado, ambos han aceptado la letra del programa liberal, con lo que la opinión pública—como siempre—se ha quedado perfectamente convencida y satisfecha [252]. Este habilísimo y oportunísimo giro ha hecho que no se formara un partido hostil a la clase, como en la Francia de 1789. Los miembros de la Cámara baja convirtiéronse de delegados de la clase dominante en representantes del pueblo, siguiendo, empero, en dependencia económica de aquella clase; la dirección siguió en las mismas manos, y la oposición entre los partidos, para los que desde 1830 se introdujo espontánea la denominación de liberal y conservador, consistió en un más o menos, pero no en un esto o aquello. Son los mismos años en que el sentimiento liberal literario de la «Joven Alemania» se convirtió en un credo de partido; y los mismos también en que en América, bajo el presidente Jackson, se organizó el partido republicano frente al democrático, y se reconoció en toda forma el principio de que las elecciones son un negocio y que todos los funcionarios del Estado son el botín del vencedor [253].

Pero la forma de la minoría gobernante sigue un desenvolvimiento que de la clase pasa al partido y de éste, inevitablemente, al séquito de un individuo. El final de la democracia y su conversión en cesarismo se manifiesta, pues, no en que desaparezca el partido de la tercera clase, sino en que desaparece el partido como forma en general. La convicción, el fin popular, los ideales abstractos de toda auténtica política de partido dejan de existir y en su lugar aparece la política privada, la irreprimida voluntad de poder, que manifiestan unos pocos hombres de raza. Una clase posee instintos, un partido tiene un programa; pero un séquito tiene un señor: este es el camino que del patriciado y la plebe pasa por los optimates y populares para llegar a los pompeyanos y cesarianos. La época de la auténtica dominación de los partidos comprende apenas dos siglos, y para nosotros hállase ya desde la guerra mundial en plena decadencia. El hecho de que toda la masa electoral, movida por un común impulso, envié hombres para que gestionen sus ideales, como creen ingenuamente todas las constituciones, no es posible mas que en los comienzos, en el primer ímpetu, y supone que no existen ni los indicios de una organización de determinados grupos. Así era en la Francia de 1789; así en la Alemania de 1848. Pero con la existencia de una asamblea va unida en seguida la formación de unidades tácticas, cuya cohesión obedece a la voluntad de afirmar la posición dominante conquistada, y que no se consideran, ni mucho menos, como los altavoces por donde hablan sus electores, sino al revés, se esfuerzan por todos los medios de la propaganda en captar el ánimo de los votantes, para utilizarlos en pro de sus propios fines. Una dirección popular, cuando se ha organizado, se convierte en el instrumento de la organización, y avanza incesantemente por ese camino, hasta que la organización misma se convierte en instrumento de su jefe. La voluntad de poderío es más fuerte que toda teoría. Al principio surge la dirección y el aparato para servir al programa; luego son éstos defendidos por sus posesores para conservar el poderío y el provecho, como es hoy muy general el caso de que en todos los países miles de personas viven del partido y de los cargos y negocios que el partido da. Por último, el programa desaparece del recuerdo y la organización labora por sí sola.

Todavía con Escipión el viejo y Quincio Flaminino puede hablarse de amigos que los acompañan en la guerra; pero Escipión el joven se ha formado ya una cohors amicorum primer ejemplo de un séquito organizado, que trabaja también en los tribunales de justicia y en las elecciones [254]. Igualmente la relación de fidelidad entre el patrón y el cliente, relación que primordialmente era toda patriarcal y aristocrática, se desarrolla en forma de una comunidad de intereses con bases materiales; y ya antes de César existen acuerdos escritos entre candidatos y electores, con exacta determinación del pago y de la contraprestación. Por otra parte se forman, exactamente como hoy en América, clubs y sociedades electorales, que dominan la masa de los electores del distrito, para tratar sobre el negocio electoral, de potencia a potencia, con los grandes Jefes, precursores de los Césares [255]. Esto no es un fracaso de la democracia, sino su sentido y su necesario resultado final, y las quejas de los idealistas soñadores sobre esta destrucción de sus esperanzas caracteriza tan sólo la ceguera que padecen para la inflexible dualidad de las verdades y los hechos, y el vinculo interior del espíritu y el dinero.

La teoría político-social es sólo una base—aunque necesaria—de la política de partido. La orgullosa serie que va de Rousseau a Marx tiene su «pendant» en los antiguos, desde los sofistas hasta Platón y Zenón. En China, los rasgos fundamentales de las doctrinas correspondientes pueden reconocerse en la literatura confuciana y taoística. Basta citar el nombre del socialista Moh-Ti. En la literatura bizantina y arábiga de la época abbassida, donde el radicalismo aparece siempre en forma severamente ortodoxa, ocupan un amplio espacio y actúan como fuerzas impulsoras en todas las crisis del siglo IX. En Egipto y en la India su existencia se demuestra por el espíritu de los acontecimientos en las épocas de los Hycsos y de Buda. No necesitan expresión literaria. No menos eficaz es la propaganda oral, la predicación en sectas y hermandades, tan corrientes en las direcciones puritanas, esto es, en el Islam y en el Cristianismo anglo americano.

¿Son esas doctrinas «verdaderas» o «falsas»? Esta pregunta carece de sentido para el mundo de la historia política. Hay que repetirlo constantemente. La «refutación», por ejemplo, del marxismo pertenece a la esfera de las disertaciones académicas o debates públicos, donde siempre tiene cada cual razón y los demás nunca. Lo que importa es si son eficaces, desde cuándo y para cuánto tiempo es la creencia en la posibilidad de mejorar el mundo, según un sistema ideológico, una potencia con la cual haya de contar la política. Nos encontramos en un tiempo de ilimitada confianza en la omnipotencia de la razón. Los grandes conceptos universales, libertad, derecho, humanidad, progreso, son sagrados. Las grandes teorías son evangelios. Su fuerza de persuasión no descansa en razones, pues la masa de un partido no tiene ni la energía crítica ni la distancia suficiente para examinarlas en serio, sino en la consagración sacramental de sus grandes lemas. Sin duda este encanto se limita a la población de las grandes urbes y a la época del racionalismo, «religión de los educados» [256]. No tiene influjo sobre el aldeano, y sí lo tiene sobre la masa ciudadana es por cierto tiempo; pero lo tiene con la energía de una nueva revelación. Hay conversiones; las gentes se adhieren con devoción a las palabras y a sus profetas; hay mártires en las barricadas, en los campos de batalla, en los cadalsos; ante las miradas febriles se abre un paraíso futuro político y social, y la crítica sobria parece mezquina y profana y digna de la muerte.

Por eso libros como el Contrato social y el Manifiesto comunista son poderes de primer orden, en la mano de hombres de voluntad que han sabido encumbrarse en la vida de partido y formar y utilizar la convicción de las masas dominadas [257].

Pero la fuerza de estas ideas abstractas no se extiende más de los dos siglos que dura la política de partido. Al fin ya no son refutadas, sino tediosas. Hace ya tiempo que Rousseau es aburrido. Marx lo será en breve. Por último, no es ya esta o aquella teoría lo que se abandona, sino la fe misma en toda teoría, y con ella el optimismo del siglo XVIII, que creyó poder mejorar los hechos insuficientes merced a la aplicación de conceptos. Cuando Platón, Aristóteles y sus contemporáneos definieron y mezclaron las formas antiguas de constitución para obtener la más sabia y la más bella, todo el mundo escuchó atento, y precisamente Platón, en su intento de transformar a Siracusa, según receta ideológica, arruinó esta ciudad [258]. Creo también seguro que los Estados meridionales de China fueron estropeados por experimentos filosóficos de la misma especie, cayendo inermes en manos del imperialismo de Tsin [259]. Los jacobinos, fanáticos de la libertad e igualdad, han entregado a Francia, desde el directorio, para siempre, al dominio alternativo del ejército y de la bolsa, y toda revuelta socialista abre nuevas vías al capitalismo. Pero cuando Cicerón escribió su libro del Estado para Pompeyo, y Salustio escribió sus dos libros de advertencias para César, nadie ya hizo caso. En Ti. Graco quizá pueda reconocerse aún una influencia de aquel entusiasta estoico Blossio, que se suicidó después, habiendo causado la ruina de Aristoneikos de Pergamo [260]. Pero en el último siglo anterior a Cristo ya las teorías son un tema manido de la escuela y ya de lo que se trata es de la fuerza nada más.

Nadie debe engañarse: para nosotros termina ahora la época de la teoría. Los grandes sistemas del liberalismo y el socialismo han nacido todos entre 1750 y 1850. El de Marx tiene ya casi un siglo y es el último que ha quedado. Interiormente significa, con su concepción materialista de la historia, la consecuencia extrema del racionalismo y, por lo tanto, un punto final. Pero así como la fe en los derechos del hombre (Rousseau) perdió su energía hacia 1848, así la fe en Marx pierde su fuerza con la guerra mundial. El que compare la devoción hasta la muerte que las ideas de Rousseau hallaron en la Revolución francesa, con la actitud de los socialistas en 1918, que hubieron de mantener ante sus partidarios y en éstos mismos una convicción que ya no poseían, y no por la idea, sino por el poder que de ello dependía; quien haga esa comparación verá prefijado el camino por donde ha de ir al fin todo programa, pues que ya sólo representa un obstáculo en la pugna por el poder. La fe en los programas caracteriza al abuelo; para el nieto esa fe es prueba de provincialismo. En su lugar empieza a germinar ya hoy una nueva devoción resignada, que arraiga en la miseria del alma y la tortura de la conciencia, una devoción que ya no pretende reformar este mundo y que en lugar de los conceptos crudos busca el misterio, y ha de encontrarlo en las profundidades de la segunda religiosidad [261].

 

18

Este es un aspecto, el aspecto verbal del gran hecho democracia. Réstanos considerar el otro—decisivo—, el de la raza [262]. La democracia hubiera permanecido en las cabezas y en el papel, si no hubiese habido entre sus defensores algunas naturalezas señoriales para quienes el pueblo no era sino objeto y los ideales sino medios, bien que esos hombres no se hayan dado siempre cuenta de ello. Todos los métodos, incluso los más inocentes, de la demagogia—que es por dentro lo mismo que la diplomacia del antiguo régimen, sólo que aplicada a las masas en vez de a los príncipes y embajadores, enderezada a opiniones violentas y explosiones de voluntad en vez de dirigida a refinados espíritus, una orquesta de instrumentos de cobre en vez de la vieja música de cámara—, han sido elaborados por demócratas honrados, pero prácticos, y los partidos de la tradición los han aprendido de éstos.

Pero, desde luego, lo que caracteriza la vía de la democracia es que los creadores de constituciones populares no han adivinado jamás los efectos reales de sus bosquejos; ni el creador de la constitución «serviana» en Roma, ni la Asamblea nacional de París. Estas formas no han crecido espontáneamente, como el feudalismo, sino que han sido obra de reflexión, y no sobre la base de un profundo conocimiento de hombres y cosas, sino sobre representaciones abstractas del derecho y la justicia; por eso se abre un abismo entre el espíritu de las leyes y las costumbres prácticas, que se forman en silencio bajo la presión de las leyes, para adaptarlas al ritmo de la vida real o mantenerlas alejadas de ésta. Sólo la experiencia ha mostrado, al cabo de la evolución, que los derechos del pueblo y la influencia del pueblo son cosas distintas. Cuanto más general es el sufragio, tanto menor es el poder de los electores.

En los comienzos de una democracia todo el campo pertenece al espíritu. Nada hay más noble y puro que la sesión de la noche del 4 de agosto de 1789 y el juramento del juego de Pelota o los entusiasmos en la iglesia de San Pablo, de Francfort, donde con el poder en las manos se discutió sobre verdades universales, tanto tiempo, que los poderes de la realidad pudieron reunirse y eliminar a los soñadores. Pero bien pronto se presenta la otra magnitud de toda democracia, haciendo patente el hecho de que para hacer uso de los derechos constitucionales hay que tener dinero [263]. Para que un derecho electoral realice aproximadamente lo que el idealista imagina, hace falta que no haya jefatura organizada que influya sobre los electores en su propio interés y en la medida del dinero disponible. Pero cuando dicha jefatura existe, ya la elección sólo significa una como censura que la masa ejerce sobre las organizaciones particulares, en cuya formación no tiene, al fin, la menor influencia. Igualmente el derecho fundamental, ideal, de las constituciones occidentales, el derecho de la masa a escoger libremente sus representantes, es mera teoría, pues toda organización desarrollada se completa, en realidad, a sí misma [264]. Por último, despunta el sentimiento de que el sufragio universal no contiene ningún derecho real, ni siquiera el de elegir entre los partidos; porque los poderes, alimentados por el sufragio, dominan merced al dinero todos los medios espirituales de la palabra y la prensa, y de esta suerte desvían la opinión del individuo sobre los partidos, a su gusto, mientras que, por otra parte, disponiendo de los cargos, la influencia y las leyes, educan un plantel de partidarios incondicionales, justamente el «Caucus», que elimina a los restantes y los reduce a un cansancio electoral que ni en las grandes crisis puede ya ser superado.

Al parecer, existe una poderosa diferencia entre la democracia occidental parlamentaría y las democracias de la civilización egipcia, china, árabe, que no conocen la idea de elecciones populares. Pero para nosotros, en esta época, la masa, como cuerpo electoral, está «en forma», en el mismo sentido exactamente en que lo estaba antes, cuando era cuerpo de subditos, esto es, que sigue siendo un objeto para un sujeto, como lo era en Bagdad y Bizancio en figura de secta o clero regular, y en otros lugares en figura de ejército dominante, o asociación secreta o Estado particular dentro del Estado. La libertad es, como siempre, puramente negativa [265]. Consiste en la repulsa de la tradición, de la dinastía, de la oligarquía, del califato. Pero el poder efectivo pasa en seguida de estas formas a otras potencias nuevas, jefes de partido, dictadores, pretendientes, profetas y su séquito. Y ante éstos sigue siendo la masa objete sin condiciones [266]. El «derecho del pueblo a regirse a sí mismo» es una frase cortés; en realidad, todo sufragio universal—inorgánico—. nula bien pronto el sentido primordial de la elección. Cuanto más a fondo quedan eliminadas las espontáneas articulaciones de clases y profesiones, tanto más amorfa se toma la masa electoral y tanto más indefensa queda entregada a los nueves poderes, a los jefes de partido que dictan a la masa su voluntad, con todos los medios de la coacción espiritual, que luchan entre si la lucha por el poder con métodos ignorados e incomprendidos por la masa y que esgrimen la opinión pública como arma para atacarse unos a otros. Así, la democracia va empujada por un impulso irresistible que la conduce a anularse a si misma [267].

Los derechos fundamentales de un pueblo antiguo (demos, populus] se extienden a la ocupación de las altas magistraturas políticas y a la justicia [268]. Para ello estaba «en forma» en el foro. Estaba allí en sentido euclidiano, masa corporalmente presente, reunida en un punto, en donde era objeto de una preparación típicamente antigua, con medios próximos, corpóreos, sensibles; con una retórica que actuaba inmediatamente sobre todos los oídos y los ojos, retórica que, con sus recursos, para nosotros repugnantes e insoportables—lágrimas fingidas, vestiduras rasgadas [269], desvergonzado encomio de los presentes, extravagantes mentiras sobre los adversarios, copioso arsenal de brillantes giros y sonoras cadencias—, nació exclusivamente en ese punto y para ese fin. También actuaban sobre aquella masa los juegos, los regalos, las amenazas, los golpes, pero sobre todo el dinero. Conocemos los comienzos de esto por la Atenas de 400 [270] y el! final, en proporciones horrorosas, por la Roma de César y Cicerón. Ocurre lo de siempre: el nombramiento de los representantes de la clase se convierte en pugna entre candidatos de partido. Con lo cual queda preparado el campo para la actuación del dinero, actuación que desde Zaina crece en dimensiones de un modo tremendo. «Cuanta mayor fue la riqueza que se encontraba en las manos de algunos individuos, tanto más se convertía la lucha política en cuestión de dinero» [271]. Con esto está dicho todo. Sin embargo, en un sentido profundo sería falso hablar de corrupción.

No se trata de una degeneración de la práctica; es la práctica misma, la práctica de la democracia madura, la que toma estas formas con necesidad fatal. El censor Appio Claudio (310), que sin duda era un auténtico helenista, un ideólogo de la Constitución—como cualquier personaje del circulo de madame Roland—, pensó seguramente siempre, al hacer su reforma, en derechos electorales y no en el arte de hacer elecciones; pero aquellos derechos preparan este arte. En este arte es donde se revela la raza, que pronto se impone por completo. Dentro de una dictadura del dinero no puede considerarse la labor del dinero como una corrupción.

La carrera romana de las magistraturas, desde que se verificaba en forma de elecciones, requería un capital que hacia del político incipiente el deudor de los que le rodeaban. Sobre todo el cargo de edil, en el que había que sobrepujar a los antecesores mediante juegos públicos, para obtener en adelante los votos de los espectadores. Sila perdió su primera elección de pretor porque no había sido antes edil. Añádase a esto el brillante séquito con que habla que presentarse en el foro para adular a la masa ociosa. Había una ley que prohibía el pago de los acompañantes; pero todavía era más caro obligar a personas distinguidas con préstamos, recomendaciones para cargos y negocios y defensas ante los tribunales, que imponían a los defendidos el deber de acompañar y visitar por las mañanas al defensor. Pompeyo era patrón de medio mundo, desde los aldeanos de Picenum hasta los reyes de Oriente; representaba y protegía a todos; éste era su capital político, capital que pudo oponer a los préstamos sin interés de Craso y a los «dorados» [272], que el conquistador de Galia confería a todos los ambiciosos. A los electores se les servían comidas por distritos [273], se les señalaban entradas para los juegos  de gladiadores o, como Milón hacia, se les remitía el dinero a casa. Cicerón llama a esto respetar las costumbres de los padres. El capital electoral llegó a adquirir dimensiones americanas y a veces alcanzó a centenares de millones de sestercios. Durante las elecciones del 54 el interés del dinero subió de 4 a 8 por 100, porque la mayor parte de las enormes masas metálicas que había en Roma fue dedicada a la propaganda. César, siendo edil, gastó tanto, que Craso hubo de garantizarlo por veinte millones para que los acreedores le dejasen marchar a la provincia; y en las elecciones de pontífice máximo volvió a abusar de su crédito hasta tal punto, que su adversario Cátulo pudo ofrecerle dinero si se retiraba, pues de no vencer estaba perdido. Pero la conquista y explotación de Galia—que por eso mismo acometió—hizo de él el hombre más rico del mundo.

En este momento ya propiamente estaba ganada la batalla de Farsalia [274]. Pues César conquistó esos millares de millones para tener poder, como Cecil Rhodes, y no por afición a la riqueza, como Verres, y, en el fondo, como Craso, gran financiero con aficiones políticas. Comprendió César que sobre el suelo de una gran democracia los derechos constitucionales no son nada sin dinero y lo son todo con dinero. Cuando Pompeyo soñaba con poder sacar legiones de la tierra, ya César las había obtenido merced a su dinero. César se encontró con estos métodos; los aplicó con maestría, pero no se identificó con ellos. Hay que comprender claramente que hacia 150 los partidos que se habían formado en torno a ciertos principios, comienzan a convertirse en los séquitos personales de ciertos hombres, que tenían fines políticos personales y dominaban el manejo de las armas de su tiempo.

Además del dinero era necesario tener influencia en los tribunales. Como las asambleas populares antiguas se limitaban a votar, y no deliberaban, el proceso ante los Rostra era una forma de la lucha partidista, y propiamente constituía la escuela de la elocuencia política. El joven político comenzaba su carrera acusando y si le era posible aniquilando alguna gran personalidad [275], como Craso, a los diecinueve años, acusó y venció al famoso Papirio Carbon, amigo de los Gracos, que más tarde se pasó a los optimates. Catón fue, por el mismo motivo, acusado cuarenta y cuatro veces y siempre absuelto. La cuestión de derecho no era en esto lo importante [276]. La posición política de los jueces, el número de los patronos, la extensión y cuantía del séquito constituyen los elementos decisivos; y el número de los testigos sirve sólo propiamente para poner de manifiesto el poder político y financiero del acusador.

Toda la elocuencia de Cicerón contra Verres tiende, bajo la máscara de un suntuoso pathos moral, a convencer a los jueces de que su interés de clase les manda condenar al acusador. Según la concepción antigua general, es evidente que el que tiene asiento en el tribunal ha de servir a los intereses privados y a los intereses de partido. Los acusadores democráticos en Atenas solían, al término de sus discursos, advertir a los jurados del pueblo que sí absolvían al acusado rico perderían sus devengos procesales [277]. La gran fuerza del Senado descansa en gran parte en el hecho de que, ocupando todos los tribunales, tenía en sus manos el destino de todo ciudadano. Puede, pues, comprenderse la trascendencia de la ley de 122, presentada por C. Graco, transfiriendo los tribunales a la clase de los equites (caballeros), lo cual equivalía a entregar la nobleza, esto es, los altos magistrados, al mundo financiero [278]. Sila, en el año 83, además de las proscripciones de los grandes ricachos, decretó también la devolución al Senado de los tribunales, como arma política, naturalmente, y la lucha final de los poderosos halla también su expresión en el constante cambio en el modo de nombrar a los jueces.

Así, pues, la antigüedad—y el foro romano el primero— reunía la masa popular en un cuerpo sólido y visible, para obligarla a hacer de sus derechos el uso que los dirigentes querían. En época «correspondiente», la política europeo- americana ha creado por la prensa un campo de fuerza, con tensiones espirituales y monetarias, que se extiende sobre la tierra entera y en el que todo individuo está incluso, sin darse cuenta, de modo que ha de pensar, querer y obrar como tiene por conveniente cierta dominante personalidad en lejano punto del globo. Es esto dinamismo en vez de estática; es sentimiento fáustico en vez del apolíneo y pathos de la tercera dimensión en vez de presente puro y sensible. No se habla de hombre a hombre; la prensa, y con ella el servicio de noticias radiotelefónicas y telegráficas, mantienen la conciencia de pueblos y continentes enteros bajo el fuego graneado de frases, lemas, puntos de vista, escenas, sentimientos, y ello día por día, año por año, de modo que el individuo se convierte en mera función de una «realidad» espiritual enorme. El dinero hace su camino político, bien que no como metal que pasa de una mano a otra. No se transforma tampoco en juegos y en vino. Se transforma en energía y determina por su cuantía la intensidad de la propaganda.

La pólvora y la imprenta guardan una relación íntima. Ambas han sido inventadas en el alto gótico; ambas proceden del pensamiento germánico de la técnica; ambas son los grandes medios de la táctica fáustica a larga distancia. La Reforma, a principios de la época posterior, vio las primeras hojas volantes y las primeras piezas de campaña. La Revolución francesa, a principios de. la civilización, vio el primer gran ataque de folletos, en otoño de 1788 y en Valmy el primer fuego en masa de la artillería. Con esto la palabra impresa, preparada en enormes masas y extendida sobre infinitos planos, se convierte en arma terrible en las manos de quien sepa manejarla. En  Francia tratábase en 1788 de una expresión espontánea de convicciones privadas; pero en Inglaterra ya se había llegado al punto de producir metódicamente cierta impresión en los lectores. El primer gran ejemplo de esta táctica es la guerra de artículos, hojas volantes, memorias apócrifas que desde Londres se lanzaban contra Napoleón, incluso en territorio francés. Las hojas sueltas del siglo XVIII se convierten en «la prensa», como se dice con significativa anonimidad [279]. La campaña de prensa surge como continuación—o preparación— de la guerra con otros medios; y su estrategia, combates de vanguardia, maniobras aparentes, sorpresas, ataques en masa, se ha ido perfeccionando durante el siglo XIX, hasta el punto de que una guerra puede estar perdida antes de disparar el primer tiro, porque la prensa, entretanto, la ha ganado.

Hoy vivimos tan entregados sin resistencia a la acción de esa artillería espiritual, que pocos son los que conservan la distancia interior suficiente para ver con claridad lo monstruoso de este espectáculo. La voluntad de poderío, revestida en forma puramente democrática, ha llegado a su obra maestra, ya que el sentimiento de libertad se siente acariciado y halagado por la misma técnica que le impone la más completa servidumbre que ha existido Jamás. El sentido liberal burgués está orgulloso de haber suprimido la censura, la última barrera; mientras tanto el dictador de la prensa—Northcliffe—mantiene a sus rebaños de esclavos lectores bajo el látigo de sus artículos, telegramas e ilustraciones. La democracia ha substituido en la vida espiritual Se las masas populares el libro por el diario. El mundo de los libros, con su abundancia de puntos de vista, que obligaba el pensamiento a crítica y selección, ya sólo existe en realidad para círculos pequeños. El pueblo lee un diario, «su» diario, que en millones de ejemplares entra todos los días en todas las casas, mantiene a los espíritus bajo su encanto, hace que se olviden los libros y, si uno u otro de éstos se insinúa alguna vez en el circulo visual, elimina su efecto mediante una critica parcial,

¿Qué es la verdad? Para la masa, es la que a diario lee y oye. Ya puede un pobre tonto recluirse y reunir razones para establecer «la verdad»—seguirá siendo simplemente su verdad. La otra, la verdad pública del momento, la única que importa en el mundo efectivo de las acciones y de los éxitos, es hoy un producto de la prensa. Lo que ésta quiere es la verdad. Sus jefes producen, transforman, truecan verdades. Tres meses de labor periodística, y todo el mundo ha reconocido la verdad [280]. Sus fundamentos son irrefutables mientras haya dinero para repetirlos sin cesar. La antigua retórica también procuraba más impresionar que razonar—Shakespeare, en el discurso de Antonio, ha mostrado brillantemente que éralo importante—; pero se limitaba a los presentes y al instante. El dinamismo de la prensa quiere efectos permanentes. Ha de tener a los espíritus permanentemente bajo presión. Sus argumentos quedan refutados tan pronto como una potencia económica mayor tiene interés en los contra argumentos y los ofrece con más frecuencia a los oídos y a los ojos. En el instante mismo, la aguja magnética de la opinión pública se vuelve hacia el polo más fuerte. Todo el mundo se convence en seguida de la nueva verdad. Es como si de pronto se despertase de un error.

Con la prensa política se relaciona la necesidad de educación escolar, educación que la antigüedad desconocía por completo. Hay en esto un afán inconsciente de reducir las masas, como objeto de la política de partido, a la violencia del diario. Para el idealista de la democracia primera esto era «ilustración»; y aun hoy existen acá y allá algunas cabezas débiles que se entusiasman con la idea de la libertad de la prensa. Pero eso precisamente es lo que da vía libre a los futuros césares de la prensa mundial. El que sepa leer cae bajo su imperio; y la ensoñada autonomía se convierte, para la democracia posterior, en una radical servidumbre de los pueblos bajo los poderes que disponen de la palabra impresa.

La lucha hoy gira alrededor de esas armas. En los ingenuos primeros tiempos, el poderío periodístico era menoscabado por la censura, que servía de arma defensiva a los representantes de la tradición. Entonces la burguesía puso el grito en el cielo, proclamando en peligro la libertad del espíritu. Hoy la masa sigue tranquilamente su camino; ha conquistado definitivamente esa libertad; pero entre bastidores se combaten invisibles los nuevos poderes, comprando la prensa. Sin que el lector lo note, cambia el periódico y, por tanto, el amo [281]. También aquí triunfa el dinero y obliga a su servicio a los espíritus libres. No hay domador de fieras que tenga mejor domesticada a su jauría. Cuando se le da suelta al pueblo—masa de lectores—precipitase por las calles, lánzase sobre el objetivo señalado, amenaza, ruge, rompe. Basta un gesto al estado mayor de la prensa para que todo se apacigüe y serene. La prensa es hoy un ejército, con armas distintas, cuidadosamente organizadas; los periodistas son los oficiales; los lectores son los soldados. Pero sucede aquí lo que en todo ejército: el soldado obedece ciegamente y los cambios de objetivo y de plan de operaciones se verifican sin su conocimiento. El lector no sabe nada de lo que sucede y no ha de saber tampoco el papel que él representa. No hay más tremenda sátira contra la libertad de pensamiento. Antaño no era licito pensar libremente; ahora es licito hacerlo, pero ya no puede hacerse. Piénsase tan sólo qué sea lo que debe quererse; y esto es lo que se llama hoy libertad.

Otro aspecto de esta libertad es que, siéndole licito a todo el mundo decir lo que quiera, la prensa es también libre de tomarlo en cuenta y conocimiento o no. Puede la prensa condenar a muerte una «verdad»; bástale con no comunicarla al mundo. Es esta una formidable censura del silencio, tanto más poderosa cuanto que la masa servil de los lectores de periódicos no nota su existencia [282]. Resurge aquí, como siempre sucede en los alumbramientos del cesarismo, un trozo de la época primitiva desaparecida [283]. El circulo del acontecer está a punto de cerrarse. Así como en los edificios de cemento y acero resurge de nuevo la voluntad expresiva del primer goticismo, pero fría, dominada, civilizada, así también anunciase aquí la férrea potencia de la iglesia gótica sobre los espíritus— en forma de «libertad democrática». La época del «libro» queda encuadrada entre el sermón y el periódico. Los libros son expresión personal; pero el sermón y el periódico obedecen a un fin impersonal. Los años de la escolástica ofrecen en la historia universal el único ejemplo de una crianza espiritual que no permite en ningún país libro, discurso, pensamiento alguno que contradiga a la unidad querida. Es este un dinamismo espiritual. Los antiguos, los indios, los chinos hubieran visto con horror este espectáculo. Pero Justamente resurge esto como resultado necesario del liberalismo europeo-americano; como decía Robespierre, es: «el despotismo de la libertad contra los tiranos». En lugar de la hoguera aparece ahora el gran silencio. La dictadura de los Jefes de partido se apoya sobre la dictadura de la prensa. Por medio del dinero se pretende arrebatar a la esfera enemiga enjambres de lectores y pueblos enteros, para reducirlos al propio alimento intelectual. El lector se entera de lo que debe saber y una voluntad superior informa la imagen de su mundo. Ya no hace falta obligar a los subditos al servicio de las armas, como hacían los príncipes de la época barroca. Ahora se fustigan sus espíritus con artículos, telegramas, ilustraciones—¡Northcliffe!—hasta que ellos mismos exigen las armas y obligan a sus jefes a una guerra a la que estos jefes querían ser obligados.

Este es el final de la democracia. Si en el mundo de las verdades la prueba lo decide todo, en el mundo de los hechos es el éxito lo decisivo. El éxito significa el triunfo de una corriente vital sobre otras. La vida se ha impuesto; los ensueños de místicos filántropos se han convertido en instrumentos que manejan las naturalezas dominadoras. En la democracia posterior resurge la raza y esclaviza los ideales o los tira con sarcasmo al arroyo. Asi sucedió en la Tebas egipcia, en Roma, en China; pero en ninguna civilización adoptó la voluntad de poderío una forma tan implacable. El pensamiento, y con él la acción de la masa, queda sujeto bajo una presión de hierro. Por eso, y sólo por eso, se es lector y elector, esto es, dos veces esclavo. Mientras tanto los partidos se convierten en obedientes séquitos de unos pocos, sobre los cuales el cesarismo ya empieza alanzar sus sombras. Así como la monarquía inglesa en el siglo XIX, asi los Parlamentos en el XX serán poco a poco un espectáculo solemne y vano. Como allí el cetro y la corona, asi aquí los derechos populares serán expuestos a la masa con gran ceremonia y reverenciados con tanto más cuidado cuanto menos signifiquen. Esta es la razón de por qué el prudente Augusto no desperdició ocasión de acentuar los usos sagrados de la libertad romana. Pero ya hoy el poder se muda de casa y de los Parlamentos se traslada a círculos privados; igualmente las elecciones se convierten en una comedía. lo mismo para nosotros que en la antigua Roma. El dinero organiza la cosa en interés de los que lo tienen [284] y las elecciones se tornan un juego preparado que se pone en escena como si fuera la autonomía del pueblo. Y si primordialmente toda elección era una revolución en formas legales, esta forma ya se ha agotado y no queda más que «elegir» uno mismo su sino con los medios primitivos de la fuerza sangrienta, cuando la política del dinero resulta intolerable.

Por el dinero la democracia se anula a sí misma, después que el dinero ha anulado el espíritu. Mas justamente porque todos los ensueños han volado, aquellos ensueños de que la realidad pudiera cambiarse por las ideas de un Zenón o de un Marx; Justamente por haber aprendido que, en el reino de la realidad, una voluntad de poderío sólo puede ser derribada por otra voluntad de poderío—esta es la gran experiencia en la época de los Estados en lucha—; justamente por eso despierta al fin un anhelo profundo de todo cuanto vive de viejas y nobles tradiciones. La economía monetaria hastía hasta producir asco.

Espérase una salvación; escúchase atento por si llegara un sonido claro de honor y caballerosidad, de nobleza interior, de renuncia, de deber. Y despunta entonces de nuevo una época en la que despiertan en lo hondo los poderes formales de la sangre, que habían sido reprimidos por el racionalismo de las grandes urbes. Todo lo que se ha conservado de tradición dinástica, de vieja nobleza, de distinguidos hábitos superiores al dinero; todo lo que es en si bastante fuerte para ser, según la frase de Federico el Grande, servidor del Estado en labor dura, precavida, renunciadora, en posesión precisamente de un poder ilimitado; todo lo que frente al capitalismo he llamado yo socialismo [285], todo eso se tornará de pronto centro de enormes fuerzas vitales. El cesarismo crece sobre el suelo de la democracia; pero sus raíces penetran en los subsuelos de la sangre y de la tradición. El César antiguo debe su poder al tribunado, y su dignidad—y, por tanto, su duración—la posee como príncipe. También retorna aquí otra vez el alma del gótico primero; el espíritu de las órdenes de caballería superaa la rapiña de los Wikingos. Aunque los poderosos del futuro —ya que la gran forma política de la cultura está irremediablemente superada—dominen el mundo como su posesión privada, sin embargo, este poderío informe e ilimitado tiene una misión que cumplir: la de cuidar sin descanso por ese mundo, cuidado que es lo contrarío de los intereses en la época del dominio del dinero, y que requiere un alto sentimiento y conciencia del deber. Pero justamente por eso se produce entonces la lucha final entre la democracia y el cesarismo, entre los poderes directivos de una economía dictatorial y la voluntad de los Césares que es puramente de orden político. Para comprender esto, para comprender esta lucha final entre la economía y la política, lucha en la que la política reconquista, su imperio, hace falta dedicar una mirada a la fisonomía de la historia económica.

 

Notas:

[234] «Perecen los imperios, pero un buen verso perdura», dijo W. v. Humboldt en el campo de batalla de Waterloo. Pero la personalidad de Napoleón ha informado toda la historia de los siglos  próximos.

Los buenos versos—¿por qué no preguntó por ellos a un aldeano, en el camino?--son buenos para la enseñanza de la literatura. Platón es eterno - para los filólogos—. Pero Napoleón nos domina intensamente a todos: domina nuestros Estados y ejércitos, nuestra opinión pública, toda nuestra realidad política y tanto más cuanto menos conscientes somos de ello.

[235] Véase pág. 147.

[236] Tomo III, pág. 165, y este tomo, pág. 117.

[237] Véase pág. 150.

[238] Esto es lo que significa el principio inglés men not mensures. Que revela propiamente el secreto de toda política triunfante.

[239] Véase L III, pág. 34, y el presente tomo, pág. 151.

[240] Véase pág. 119.

[241] Lo mismo puede decirse de las iglesias, que son algo muy diferente de las religiones. Las iglesias son elementos en el mundo de los hechos, por lo cual, en el carácter de su dirección, son políticas y no religiosas. No la predicación cristiana, sino el mártir cristiano conquistó el mundo; y si tuvo fuerza para ello, débela no a la doctrina, sino al ejemplo del Crucificado.

[242] No hay necesidad de insistir en que estos principios no son los de un Gobierno aristocrático, sino los del gobernar en general.

Ningún jefe de masas—si tiene talento—, ni Cleón, ni Robespierre, ni Lenin, han actuado nunca de otro modo. Quien se considere realmente como apoderado de la masa en vez de regente de los que no saben lo que quieren, ese no tendrá ni un día el gobierno. La cuestión es si los grandes jefes populares administran su posición para sí o para otros; y sobre este punto podrían decirse muchas cosas.

[243] Primitivamente, reunión de diecinueve príncipes y ciudades (1529).

[244] Véase pág. 141.

[245] Por eso sobre el suelo de la igualdad burguesa la posesión del dinero toma en seguida el puesto del rango genealógico.

[246] Véase pág. 139.

[247] Véase pág. 240. Véase también Wellhausen, Die relig. Polit. Oppositionsparteien im alten Islam [Los partidos religiosos y políticos de oposición en el viejo Islam], 1901.

[248] Para la democracia, en Inglaterra y en América, es esencial que la clase aldeana esté muerta en Inglaterra y no haya existido nunca en América. El cortijero norteamericano es psíquicamente un urbano, y practica la agricultura como una industria. En vez de aldeas, sólo hay fragmentos de grandes ciudades.

[249] Y dondequiera que existe entre las dos clases primordiales una oposición política—como en Egipto, en la India y en Occidente— fórmase también un partido clerical, esto es, que representa no la religión, sino la iglesia; no a los fieles, sino al clero como partido.

[250] Y su mayor contenido de elementos raciales les da mayor probabilidad para ello.

[251] Plebs; corresponde al tiers —burgueses y aldeanos—del siglo XVIII.

Populus corresponde a la «masa» de las grandes ciudades en el siglo XIX.

La diferencia se revela en la actitud frente a los libertos, en su mayoría de origen no itálico. La plebs. como clase, reducía los libertos al menor número de tribus posible, mientras que en el populus, como partido, tuvieron pronto una preponderancia decisiva.

[252] Véase pág. 233.

[253] Silenciosamente fue al mismo tiempo la Iglesia católica pasando de la política de clase a la de partido, y lo hizo con una seguridad estratégica que nunca será demasiado admirada. En el siglo XVIII había sido completamente aristocrática por lo que se refiere al estilo de su diplomacia, a los altos nombramientos y al espíritu de sus círculos superiores. Recuérdese el tipo del «abate» y a los príncipes de la Iglesia que fueron ministros y embajadores, como el joven cardenal de Rohan. Ahora, con sentido enteramente «liberal», ocupa la convicción el lugar de la ascendencia y la laboriosidad el lugar del buen gusto; ahora se emplean los grandes medios de la democracia—prensa, elecciones, dinero—con una habilidad, que raras veces ha alcanzado y nunca ha superado el propio liberalismo.

[254] Sobre lo que sigue, véase: M. Gelzer., Die Nobilität der römischen Republik [La nobleza en la república, romana], 1912, págs. 43 y ss., y A. Rosemberg, Untersüch. z. röm. Centurienverf. [Investigaciones sobre la constitución de las centurias en Roma], 1911, págs. 62 y ss,

[255] Bien conocido es Tammany Hall en Nueva York. Pero las cosas caminan hacia el mismo estado en todos los países regidos

por partidos. El Caucus americano que distribuye los cargos del Estado entre sus socios e impone luego a la masa electoral su nombre, ha sido introducido en Inglaterra por Chamberlain como National Liberal Federation, y desde 1919 se halla en Alemania en evolución rápida.

[256] Véase pág. 70.

[257] Véase t. III, págs. 34 y s.

[258] Sobre la historia de este experimento trágico véase Ed. Meyer Gesch. d. Alt. [Historia de la Antigüedad]. § 987 y ss.

[259] Véase pág. 331. Los «planes de los Estados en lucha», el Tschun Tsin-fan-lu y las biografías de Se-ma-tsien están llenos de ejemplos de una intrusión pedantesca de la «sabidurías en la política.

[260] Sobre este Estado de esclavos y jornaleros, «Estado del Sol», véase PAULY-WISSOWA, Real. Enciclop. 2, 961. Igualmente, el rey revolucionario Cleómenes III de Esparta (235) se hallaba bajo la influencia del estoico Sphairos. Se comprende por qué el Senado romano repetidas veces desterró a los «filósofos y rotores», esto es, a los políticos de negocio, fantásticos, agitadores.

[261] Véase pág. 77.

[262] Véase t. III, pág. 161.

[263] La democracia primera, la de las esperanzadas Constituciones, que para nosotros llega hasta Lincoln, Bismarck y Gladstone, tiene que pasar por esa experiencia. La democracia posterior, que para nosotros es la del parlamentarismo maduro, parte ya de esa experiencia.

Las verdades y los hechos, en la forma de ideal del partido y caja del partido, están ya definitivamente separados. El auténtico parlamentario se siente libertado por el dinero de la dependencia que va implícita en la ingenua concepción que del elegido tiene el elector.

[264] Véase pág. 278.

[265] Véase pág. 139.

[266] Si, sin embargo, se siente libertada, ello demuestra una vez más la honda incompatibilidad entre el espíritu urbano y la tradición espontáneamente formada, mientras que existe una interior relación entre su actividad y el régimen y gobierno del dinero.

[267] La Constitución alemana de 1919, esto es, una constitución hecha ya en los umbrales de la decadencia democrática, contiene con toda ingenuidad una dictadura de los partidos, que han asumido todos los derechos, sin ser en serio responsables ante nadie. La famosa representación proporcional y la lista del Imperio les aseguran la posibilidad de completarse a sí mismos. En vez de los derechos del «pueblo», como en idea estaban en la Constitución de 1848, aparecen sólo los derechos de los partidos; esto parece poca cosa, pero implica ya el cesarismo de las organizaciones. En este sentido, es la Constitución más adelantada de la época; deja entrever el final; bastan unas ligeras modificaciones para conceder al individuo el poder ilimitado.

[268] En cambio, la legislación está vinculada en una magistratura, Aun en el caso de que la aceptación de una ley se someta por la forma a una asamblea, sólo un magistrado, por ejemplo, el tribuno, puede proponerla. Los deseos legislativos de la masa, casi siempre sugeridos por los poderosos, se manifiestan, pues, en las elecciones de magistrados, como el período de los Gracos lo demuestra.

[269] Todavía el quincuagenario César hubo de representar esta comedia, ante el Rubicón, a sus soldados, porque estaban acostumbrados a ella, cuando se les pedía algo. Corresponde próximamente a la oratoria de nuestros mítines.

[270] Pero el tipo de Cleón existió, naturalmente, también en Esparta y en Roma en la época de los tribunos consulares.

[271] Gelzer, op. cit., pág. 94. Este libro, con el Cesar de Ed. Meyer, contiene la mejor exposición de los métodos usados por la democracia romana.

[272] Inaurari. Con este fin recomienda Cicerón a su amigo Trebatio a César.

[273] Tributim ad prandium vocare, Cicerón en Pro Murena, 72.

[274] Se trata de millares de millones de sestercios que, desde entonces, pasaron por sus manos. Las alhajas consagradas en los templos galos, que mandó traer a Italia, ocasionaron una baja del oro. Del rey Ptolomeo sacaron él y Pompeyo, por su reconocimiento, 144 millones —y Gabinio otra vez sacó 240—. El cónsul Emilio Paulo (año 50) fue comprado por 36 millones. Curión, por 60. Esto da idea de las fortunas —muy envidiadas—que tenían sus amigos. En el triunfo del año 46 recibió cada soldado (eran más de cien mil) 24.000 sestercios y los oficiales y jefes sumas mayores en proporción. A pesar de todo, a su muerte, su tesoro bastó para asegurar la posición de Antonio.

[275] Gelzer, pág. 68.

[276] Se trata generalmente de exacción ilegal y venalidad. Pero estos delitos eran entonces idénticos con la política misma. Los jueces, como los acusadores, los habían cometido, y todo el mundo lo sabia muy bien. El arte consistía, pues, en vestir con las formas de la pasión moral un discurso político de partido, cuyo fin propio sólo el iniciado comprendía. Esto corresponde por completo a los usos parlamentarios moderaos. El «pueblo» se quedarla muy admirado de ver cómo después de haberse maltratado con epítetos tremendos en la sesión (para la reseña de la prensa) los adversarios charlan cordialmente en los pasillos. Recuérdense también los casos en que un partido defiende con pasión una proposición que, por acuerdo previo con los contrarios, está convenido rechazar. En Roma lo importante, pues, no era el fallo; bastaba con que el acusado saliera de Roma voluntariamente, renunciando así a la lucha política y a la ocupación de cargos.

[277] Véase v. Pöhlmann, Griech. Geschichte [Historia de Grecia], 1914, pág. 236.

[278] Así, Rutilio Rufo, en el famoso proceso de 93, pudo ser condenado por haberse opuesto, como era su deber, siendo gobernador, a las exacciones abusivas de los arrendatarios de impuestos.

[279] Y como en correspondencia con «la artillería».

[280] El ejemplo más fuerte será, para las generaciones futuras, la cuestión de la «culpa» de la guerra mundial, es decir, la cuestión de quién, por su dominio de la prensa y de los cables internacionales, tendrá el poder de producir para la opinión mundial aquella verdad que necesite para sus fines políticos, y mantenerla todo el tiempo que la necesite. Otra cuestión muy distinta, que sólo en Alemania se confunde aún con la primera, es la cuestión, puramente científica, de quién tuvo interés en que se produjera justamente en el verano de 1914 un acontecimiento sobre el cual ya entonces existía una copiosa literatura.

[281] En la preparación de la guerra mundial la prensa de países enteros fue económicamente reducida a obedecer a Londres y París.

De este modo los pueblos correspondientes cayeron en una esclavitud espiritual rigurosa. Cuanto más democrática sea la forma de una nación tanto más fácil y completamente sucumbirá a este peligro. Es el estilo del siglo XX. Un demócrata de viejo cuño no pediría hoy libertad para la prensa, sino libertad con respecto a la prensa. Pero entretanto los jefes se han convertido en gentes «que han llegado», y tienen interés por asegurar su posición sobre las masas.

[282] Comparada con esto, resulta inofensiva la quema de libros en China (véase pag. 255).

[283] Véase pág. 256.

[284] Aquí está el secreto de por qué todos los partidos radicales —esto es, pobres—se convierten necesariamente en el instrumento del dinero—equites. Bolsa—. En teoría atacan al capital; prácticamente dejan intacta la Bolsa y sólo en interés de ésta atacan la tradición. Esto sucedió en la época de los Gracos, como sucede hoy, y en todos los países.

La mitad de los jefes populares se venden por dinero, cargos, participación en negocios. Y con ellos todo el partido.

[285] Preussentum und Sozialismus [Prusianismo y socialismo], páginas 41 y ss.

 

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