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PARTE 1 /
PARTE 2
PRÓLOGO
En el seno de la Comisión sobre Educación
Primaria de 1849, el señor Thiers decía: "Quiero recuperar con
toda su fuerza la influencia del clero, porque cuento con él
para propagar esa buena filosofía que enseña al hombre que está
aquí para sufrir, y oponerla a esa otra filosofía que dice al
hombre lo contrario: 'Disfruta'". El señor Thiers formulaba así
la moral de la clase burguesa, cuyo feroz egoísmo y estrecha
inteligencia él encarnaba.
Mientras luchaba contra la nobleza, sostenida por el clero, la
burguesía enarbolaba el libre examen y el ateísmo; pero, una vez
triunfante, cambió de tono y de conducta; y hoy pretende
apuntalar con la religión su supremacía económica y política. En
los siglos XV y XVI, había retomado alegremente la tradición
pagana y glorificaba la carne y sus pasiones, reprobadas por el
cristianismo; en nuestros días, saciada de bienes y de placeres,
reniega de las enseñanzas de sus pensadores -los Rabelais, los
Diderot- y predica la abstinencia a los asalariados. La moral
capitalista, lastimosa parodia de la moral cristiana, anatemiza
la carne del trabajador; su ideal es reducir al productor al
mínimo de las necesidades, suprimir sus placeres y sus pasiones
y condenarlo al rol de máquina que produce trabajo sin tregua ni
piedad.
Los socialistas revolucionarios deben recomenzar el combate que
han librado en otro tiempo los filósofos y los panfletarios de
la burguesía; deben embestir contra la moral y las teorías
sociales del capitalismo; deben desterrar de las cabezas de la
clase llamada a la acción, los prejuicios sembrados por la clase
dominante; deben proclamar, ante los hipócritas de todas las
mora les, que la tierra dejará de ser el valle de lágrimas del
trabajador; que, en la sociedad comunista del porvenir, que
construiremos "pacíficamente si es posible, y si no
violentamente", se dará rienda suelta a las pasiones de los
hombres; y ya que "todas son buenas por naturaeza, nosotros sólo
tenemos que limitarnos a evitar su mal uso y su exceso"[1].
Estos serán evitados por su mutuo equilibrio, por el desarrollo
armónico del organismo humano, pues, como dice el Dr. Beddoe,
"una raza alcanza su más alto punto de energía y de vigor moral
en el momento en que alcanza su máximo desarrollo físico". Tal
era también la opinión del gran naturalista Charles Darwin[2].
La refutación del Derecho al Trabajo, que reedito con algunas
adicionales, fue publicada en el semanario L'Égalité, según da
serie, 1880.
P.L.
Prisión de Sainte-Pélagie, 1883.
UN DOGMA DESASTROSO
"Seamos perezosos en todas las cosas, excepto al amar y al
beber, excepto al ser perezosos". Lessing
Una extraña locura se ha apoderado de las clases obreras de las
naciones donde domina la civilización capitalista. Esta locura
trae como resultado las miserias individuales y sociales que,
desde hace siglos, torturan a la triste humanidad. Esta locura
es el amor al trabajo, la pasión moribunda por el trabajo,
llevada hasta el agotamiento de las fuerzas vitales del
individuo y de sus hijos. En vez de reaccionar contra esta
aberración mental, los curas, los economistas y los moralistas
han sacralizado el trabajo. Hombres ciegos y de escaso talento,
quisieron ser más sabios que su dios; hombres débiles y
despreciables, quisieron rehabilitar lo que su dios había
maldecido. Yo, que no me declaro cristiano, economista ni
moralista, planteo frente a su juicio, el de su Dios; frente a
las predicaciones de su moral religiosa, económica y libre
pensadora, las espantosas consecuencias del trabajo en la
sociedad capitalista.
En la sociedad capitalista, el trabajo es la causa de toda
degeneración intelectual, de toda deformación orgánica.
Comparen, por ejemplo, el pura sangre de las caballerizas de
Rothschild, atendido por una turba de lacayos bimanos, con la
tosca bestia de los arrendamientos normandos, que trabaja la
tierra, recoge el estiércol y cosecha. Observen al noble salvaje
que los misioneros del comercio y los comerciantes de la
religión no corrompieron todavía con el cristianismo, la sífilis
y el dogma del trabajo, y observen luego a nuestros miserables
sirvientes de máquinas[3].
Cuando en nuestra civilizada Europa se quiere volver a encontrar
un rastro de belleza natural del hombre, debe írsela a buscar a
las naciones donde los prejuicios económicos todavía no
extirparon el odio al trabajo. España, que lamentablemente se
está degenerando, puede todavía vanagloriarse de poseer menos
fábricas que nosotros prisiones y cuarteles; el artista se
regocija admirando al atrevido andaluz, moreno como las
castañas, derecho y flexible como una vara de acero; y el
corazón del hombre se conmueve al oír al mendigo, soberbiamente
envuelto en su capa agujereada, tratar de amigo a los duques de
Osuna. Para el español, en el que el animal primitivo no está
aún atrofiado, el trabajo es la peor de las esclavitudes[4].
También los griegos de la época dorada despreciaban el trabajo:
sólo a los esclavos les estaba permitido trabajar: el hombre
libre sólo conocía los ejercicios corporales y los juegos de la
inteligencia. Era también el tiempo en que se caminaba y se
respiraba en un pueblo de hombres como Aristóteles, Fidias,
Aristófanes; era el tiempo en el que un puñado de valientes
aplastaban en Maratón a las hordas del Asia que Alejandro iba
luego a conquistar. Los filósofos de la antigüedad enseñaban el
desprecio al trabajo, esa degradación del hombre libre; los
poetas cantaban a la pereza, ese regalo de los dioses:
O Melibae, Deus nobis haec otia fecit[5].
Cristo, en su sermón de la montaña, predicó la pereza: "Miren
cómo crecen los lirios en los campos; ellos no trabajan ni
hilan, y sin embargo, yo les digo: Salomón, en toda su gloria,
no estuvo nunca tan brillantemente vestido"[6].
Jehová, el dios barbado y huraño, dio a sus adoradores el
supremo ejemplo de la pereza ideal; después de seis días de
trabajo, descansó por toda la eternidad.
Por el contrario, ¿cuáles son las razas para las que el trabajo
es una necesidad orgánica? Los auverneses; los escoceses, esos
auverneses de las Islas Británicas; los gallegos, esos
auverneses de España; los pomeranios, esos auverneses de
Alemania; los chinos, esos auverneses del Asia. En nuestra
sociedad, ¿cuáles son las clases que aman el trabajo por el
trabajo mismo? Los campesinos propietarios y los pequeños
burgueses: unos inclinados sobre sus tierras, los otros
apasionados en sus tiendas, se mueven como el topo en su galería
subterránea, sin enderezarse jamás para observar a gusto la
naturaleza.
Y sin embargo, el proletariado, la gran clase que abarca a todos
los productores de las naciones civilizadas, la clase que, al
emanciparse, emancipará a la humanidad del trabajo servil y hará
del animal humano un ser libre; el proletariado, traicionando
sus instintos y olvidando su misión histórica, se dejó pervertir
por el dogma del trabajo. Rudo y terrible fue su castigo. Todas
las miserias individuales y sociales nacieron de su pasión por
el trabajo.
BENDICIONES DEL TRABAJO
En 1770 apareció en Londres un escrito anónimo titulado "An
Essay on Trade and Commerce", que provocó en la época un cierto
alboroto. Su autor, gran filántropo, se indignaba por el hecho
de que "a la plebe manufacturera de Inglaterra se le había
metido en la cabeza la idea fija de que por ser ingleses, todos
los individuos que la componen tienen, por derecho de
nacimiento, el privilegio de ser más libres y más independientes
que los obreros de cualquier otro país de Europa. Esta idea
puede tener su utilidad para los soldados, dado que estimula su
valor; pero cuanto menos estén imbuidos de ella los obreros de
las manufacturas, mejor será para ellos mismos y para el estado.
Los obreros no deberían jamás considerarse independientes de sus
superiores. Es extremadamente peligroso estimular semejantes
caprichos en un estado comercial como el nuestro, donde, quizás,
siete octavos de la población tienen poca o ninguna propiedad.
La cura no será completa en tanto que nuestros pobres de la
industria no se resignen a trabajar seis días por la misma suma
que ganan ahora en cuatro".
De esta manera, cerca de un siglo antes de Guizot, se predicaba
abiertamente en Londres el trabajo como un freno a las nobles
pasiones del hombre.
"Cuanto más trabajen mis pueblos, menos vicios habrá", escribía
Napoleón desde Osterode el 5 de mayo de 1807. "Yo soy la
autoridad [...] y estaría dispuesto a ordenar que el domingo,
luego de la hora de la misa, las tiendas se abrieran y los
obreros volvieran a su trabajo".
Para extirpar la pereza y doblegar los sentimientos de
arrogancia e independencia que ella engendra, el autor del Essay
on Trade... proponía encarcelar a los pobres en las casas de
trabajo ideales (ideal workhouses) que se convertirían en "casas
de terror donde se haría trabajar catorce horas por día, de tal
manera que, restando el tiempo de la comida, quedarían doce
horas de trabajo plenas y completas".
Doce horas de trabajo por día: he ahí el ideal de los
filántropos y de los moralistas del siglo XVIII. ¡Cómo hemos
sobrepasado ese nec plus ultra! Los talleres modernos se han
convertido en casas ideales de corrección donde se encarcela a
las masas obreras, donde se condena a trabajos forzados durante
doce y catorce horas, no solamente a los hombres, sino también a
las mujeres y a los niños!¡Y pensar que los hijos de los héroes
del Terror se dejaron degradar por la religión del trabajo al
punto de aceptar después de 1848, como una conquista
revolucionaria, la ley que limitaba a doce horas el trabajo en
las fábricas! Proclamaban, como un principio revolucionario, el
derecho al trabajo. ¡Vergüenza al proletariado francés! Sólo los
esclavos hubiesen sido capaces de tal bajeza. Hubieran sido
necesarios veinte años de civilización capitalista para que un
griego de los tiempos heroicos concebiera tal envilecimiento.
Y si las penas del trabajo forzado, si las torturas del hambre
se abatieron sobre el proletariado, en mayor cantidad que las
langostas de la biblia, es porque ha sido él quien las ha
llamado.
Este trabajo, que en junio de 1848 los obreros reclamaban con
las armas en la mano, lo impusieron a sus familias; entregaron a
sus mujeres y a sus hijos a los barones de la industria. Con sus
propias manos, demolieron su hogar; con sus propias manos,
secaron la leche de sus mujeres; las infelices, embarazadas y
amamantando a sus bebés, debieron ir a las minas y a las
manufacturas a estirar su espinazo y fatigar sus músculos; con
sus propias manos, quebrantaron la vida y el vigor de sus hijos.
¡Vergüenza a los proletarios! ¿Dónde están esas comadres de las
que hablan nuestras fábulas y nuestros viejos cuentos, osadas en
la conversación, francas al hablar, amantes de la divina
botella? ¿Dónde están esas mujeres decididas, siempre
correteando, siempre cocinando, siempre cantando, siempre
sembrando la vida y engendrando la alegría, pariendo sin dolor
niños sanos y vigorosos? ...¡Hoy tenemos niñas y mujeres de
fábrica, enfermizas flores de pálidos colores, de sangre sin
brillo, con el estómago destruido, con los miembros
debilitados!... ¡Ellas no conocieron jamás el placer robusto y
no sabrían contar gallardamente cómo perdieron su virginidad! ¿Y
los niños? Doce horas de trabajo para los niños. ¡Oh, miseria!
Pero todos los Jules Simon de la Academia de Ciencias Morales y
Políticas, todos los Germinys de la jesuitería, no habrían
podido inventar un vicio más embrutecedor para la inteligencia
de los niños, más corruptor de sus instintos, más destructor de
su organismo, que el trabajo en la atmósfera viciada del taller
capitalista.
Nuestra época es, dicen, el siglo del trabajo; es en efecto el
siglo del dolor, de la miseria y de la corrupción.
Y sin embargo, los filósofos, los economistas burgueses -desde
el penosamente confuso Augusto Comte hasta el ridículamente
claro Leroy-Beaulieu; los hombres de letras burguesas -desde el
charlatanescamente romántico Víctor Hugo hasta el ingenuamente
grotesco Paul de Kock-, todos han entonado sus cánticos
nauseabundos en honor del dios Progreso, el hijo primogénito del
Trabajo. Al escucharlos, puede pensarse que la felicidad reinará
sobre la tierra: ya se siente su llegada. Ellos fueron a indagar
en el polvo y la miseria feudales de los siglos pasados para
recuperar de la oscuridad las delicias de los tiempos presentes.
¿Nos cansaron los bien alimentados, los satisfechos, hasta hace
poco todavía miembros de la servidumbre de grandes señores, y
hoy sirvientes literarios de la burguesía, muy bien pagos? ¿Nos
cansaron con la rusticidad del retórico La Bruyère? Y bien, he
aquí el brillante cuadro de los gozos proletarios en el año del
progreso capitalista de 1840, pintado por uno de ellos, el Dr.
Villermé, miembro del Instituto, el mismo que, en 1848, formó
parte de esa sociedad de sabios (Thiers, Cousin, Passy, Blanqui,
el académico, etc.) que propagaba en las masas las tonterías de
la economía y de la moral burguesas.
El Dr. Villermé habla de la Alsacia manufacturera, de la Alsacia
de Kestner, de Dollfus, la flor y nata de la filantropía y del
republicanismo industrial. Pero antes de que el doctor muestre
ante nosotros el cuadro de las miserias proletarias, escuchemos
a un manufacturero alsaciano, el señor Th. Mieg, de la casa
Dollfus, Mieg y Compañía, describiendo la situación del artesano
de la antigua industria:
"En Mulhouse, hace cincuenta años (en 1813, cuando nacía la
moderna industria mecánica), los obreros eran todos naturales
del territorio, que habitaban la ciudad y los pueblos
circundantes y que poseían casi todos una casa y a menudo un
pequeño campo"[7].
Era la edad de oro del trabajador. Pero, entonces, la industria
alsaciana no inundaba el mundo con sus telas de algodón y no
enriquecía a sus Dollfus y sus Koechlin. Pero veinticinco años
después, cuando Villermé visitó a Alsacia, el minotauro moderno
-el taller capitalista-, había conquistado la región; en su
hambre de trabajo humano, había arrancado a los obreros de sus
hogares para retorcerlos mejor y para exprimir mejor el trabajo
que ellos contenían. Los obreros acudían por millares al silbido
de la máquina.
"Un gran número", dice Villermé, "cinco mil sobre diecisiete
mil, fueron obligados, por la carestía de los alquileres, a
alojarse en los pueblos vecinos. Algunos habitaban a dos leguas
y cuarto de la manufactura donde trabajaban.
En Mulhouse, en Dornach, el trabajo comenzaba a las cinco de la
mañana y terminaba a las cinco de la tarde, tanto en verano como
en invierno. [...] Hay que verlos llegar cada mañana a la ciudad
y partir cada tarde. Hay entre ellos una multitud de mujeres
pálidas, flacas, caminando descalzas en medio del barro y que, a
falta de paraguas, se protegen la cara y el cuello con sus
delantales y sus enaguas, volcados sobre la cabeza, tanto si
llueve como si nieva; y un número más considerable aún de
pequeños niños no menos sucios, no menos pálidos, cubiertos de
harapos, todos engrasados de aceite de los telares que cae sobre
ellos mientras trabajan. Estos últimos, mejor protegidos de la
lluvia por la impermeabilidad de sus vestimentas, no tienen en
el brazo, como las mujeres de las que se acaba de hablar, una
cesta con las provisiones de la jornada; pero llevan en la mano,
o cubren bajo su chaleco o como pueden, el pedazo de pan que
debe alimentarlos hasta la hora de su vuelta a casa.
De esta manera, a la fatiga de una jornada desmesuradamente
larga -ya que es de por lo menos quince horas-, se suma para
estos infelices la fatiga de las idas y venidas tan frecuentes,
tan penosas. El resultado es que a la noche llegan a sus casas
abrumados por la necesidad de dormir, y que a la mañana salen
antes de estar completamente descansados, para encontrarse en el
taller a la hora de su apertura".
Veamos ahora los cuartuchos donde se amontonaban aquéllos que
habitaban en la ciudad:
"Vi en Mulhouse, en Dornach y en las casas vecinas, esos
miserables alojamientos donde dos familias se acostaban cada una
en un rincón, sobre la paja arrojada sobre el piso y sostenida
por dos tablas. Esta miseria en la que viven los obreros de la
industria del algodón en el departamento del Alto Rin es tan
profunda que produce este triste resultado: mientras que en las
familias de los fabricantes negociantes, fabricantes de paños,
directores de fábricas, etc., la mitad de los niños alcanzan los
21 años, esa misma mitad deja de existir antes de cumplir los
dos años en las familias de tejedores y de obreros de las
hilanderías de algodón".
Refiriéndose al trabajo en el taller, Villermé agrega:
"No es un trabajo, una tarea, sino una tortura, y se la inflige
a los niños de seis a ocho años. [...] Es este largo suplicio de
todos los días el que mina principalmente a los obreros de las
hilanderías de algodón".
Y a propósito de la duración del trabajo, Villermé observaba que
los presidiarios de las mazmorras no trabajaban más que diez
horas, los esclavos de las Antillas nueve horas promedio,
mientras que en la Francia que había hecho la revolución del 89
y que había proclamado los pomposos Derechos del Hombre,
existían manufacturas donde la jornada era de dieciséis horas,
sobre las que se otorgaba a los obreros una hora y media para
comer[8].
¡Oh miserable aborto de los principios revolucionarios de la
burguesía! ¡Oh lúgubre regalo de su dios Progreso! Los
filántropos aclaman como benefactores de la humanidad a los que,
para enriquecerse holgazaneando, dan su trabajo a los pobres;
mejor valdría sembrar la peste o envenenar las fuentes que
levantar una fábrica en medio de una población rural.
Introduzcan el trabajo fabril, y adiós alegría, salud, libertad;
adiós todo lo que hace la vida bella y digna de ser vivida[9].
Y los economistas siguen repitiendo a los obreros: ¡trabajen
para aumentar la riqueza social! Y sin embargo un economista,
Destut de Tracy, les responde:
"Es en las naciones pobres donde el pueblo vive con comodidad;
es en las naciones ricas donde es, comúnmente, pobre".
Y su discípulo Cherbuliez continúa:
"Los trabajadores mismos, cooperando en la acumulación de
capitales productivos, contribuyen al hecho que, tarde o
temprano, debe privarlos de una parte de su salario".
Pero aturdidos e idiotizados por sus propios alaridos, los
economistas responden: ¡Trabajen, trabajen siempre para crear su
propio bienestar! Y en nombre de la mansedumbre cristiana, un
cura de la iglesia anglicana, el reverendo Townshend, salmodia:
Trabajen, trabajen noche y día; trabajando, ustedes hacen crecer
su miseria, y su miseria nos dispensa de imponerles el trabajo
por la fuerza de la ley. La imposición legal del trabajo "es
demasiado penosa, exige demasiada violencia y hace demasiado
ruido; el hambre, por el contrario, es no sólo una presión
apacible, silenciosa, incesante, sino que, en tanto el móvil más
natural del trabajo y de la industria, provoca también los
esfuerzos más poderosos".
Trabajen, trabajen, proletarios, para aumentar la riqueza social
y sus miserias individuales; trabajen, trabajen, para que,
volviéndose más pobres, tengan más razones para trabajar y ser
miserables. Tal es la ley inexorable de la producción
capitalista.
Prestando oído a las falsas palabras de los economistas, los
proletarios se han entregado en cuerpo y alma al vicio del
trabajo, precipitando así a toda la sociedad en las crisis
industriales de sobreproducción que convulsionan el organismo
social. Entonces, debido a que hay una plétora de mercancías y
escasez de compradores, los talleres se cierran y el hambre
azota las poblaciones obreras con su látigo de mil tiras. Los
proletarios, embrutecidos por el dogma del trabajo, no
comprenden que el sobretrabajo que se infligieron en los tiempos
de pretendida prosperidad es la causa de su miseria presente; no
corren al granero de trigo y gritan: "¡Tenemos hambre y queremos
comer! Cierto, no tenemos ni un centavo pero por más pobres que
seamos, sin embargo somos nosotros los que segamos el trigo y
recolectamos la uva...". No asedian los almacenes del señor
Bonnet, de Jujuriex, el inventor de los conventos industriales y
exclaman: "Señor Bonnet, he aquí a sus obreras ovalistas,
torcedoras, hilanderas, tejedoras; tiritan bajo sus telas de
algodón, que están tan remendadas que perturbarían hasta a un
judío y sin embargo, son ellas las que hilaron y tejieron los
vestidos de seda de las mujerzuelas de toda la cristiandad. Las
pobres, trabajando trece horas por día, no tenían tiempo de
pensar en acicalarse; hoy, holgazanean y pueden hacer crujir los
vestidos que hicieron. Desde que perdieron sus dientes de leche,
se han dedicado a vuestra riqueza y han vivido en la
abstinencia; ahora, tienen tiempo libre y quieren gozar un poco
de los frutos de su trabajo. Vamos, señor Bonnet, entregue sus
vestidos; el señor Harmel proporcionará sus muselinas, el señor
Pouyer-Quertier sus telas de algodón, el señor Pinet sus botines
para sus queridos piecitos fríos y húmedos. Vestidas de pies a
cabeza y vivaces, será un placer contemplarlas. Vamos, nada de
tergiversaciones: ¿usted es amigo de la humanidad, verdad? ¿Y
cristiano antes que mercader, no? Ponga entonces a disposición
de sus obreras la riqueza que ellas le construyeron con la carne
de su carne. ¿Usted es amigo del comercio? Facilite la
circulación de las mercancías; he aquí a los consumidores todos
juntos; ábrales créditos ilimitados. Usted está obligado a
dárselo a negociantes que no conoce, que no le han dado nada, ni
siquiera un vaso con agua. Sus obreras cumplirán como puedan: si
el día del vencimiento, ellas dejan que protesten su firma,
usted las declarará en quiebra, y si ellas no tienen nada que
pueda ser embargado, usted les exigirá que le paguen con
plegarias: ellas lo enviarán al paraíso, mejor que sus ?bolsas
negras? [curas] con su nariz llena de tabaco".
En vez de aprovechar los momentos de crisis para una
distribución general de los productos y una holganza y regocijo
universales, los obreros, muertos de hambre, van a golpearse la
cabeza contra las puertas del taller. Con rostros pálidos,
cuerpos enflaquecidos, con palabras lastimosas, acometen a los
fabricantes: "¡Buen señor Chagot, dulce señor Schneider, dénnos
trabajo; no es el hambre sino la pasión del trabajo lo que nos
atormenta!". Y estos miserables, que apenas tienen la fuerza
como para mantenerse en pie, venden doce y catorce horas de
trabajo a un precio dos veces menor que en el momento en que
tenían pan sobre la mesa. Y los filántropos de la industria
aprovechan la desocupación para fabricar a mejor precio.
Si las crisis industriales siguen a períodos de sobretrabajo tan
fatalmente como la noche al día, arrastrando tras ellas el
descanso forzado y la miseria sin salida, ellas traen también la
bancarrota inexorable. Mientras el fabricante tiene crédito, da
rienda suelta al delirio del trabajo, pidiendo más y más dinero
para proporcionar la materia prima a los obreros. Hay que
producir, sin reflexionar que el mercado se abarrota y que, si
sus mercancías no se venden, sus pagarés se vencerán.
Aguijoneado, va a implorar al judío, se arroja a sus pies, le
ofrece su sangre, su honor. "Una pequeña pieza de oro haría
mejor mi negocio", responde el Rothschild; "usted tiene 20.000
pares de medias en su tienda; valen veinte monedas de cobre, yo
los tomo a cuatro". Obtenidas las medias, el judío las vende a
seis u ocho monedas de cobre y se embolsa las inquietas cien
monedas de cobre que no le deben nada a nadie: pero el
fabricante retrocedió para saltar mejor. Finalmente llega la
debacle y las tiendas estallan; se arrojan entonces tantas
mercancías por la ventana, que no se sabe cómo entraron por la
puerta. El valor de las mercancías destruidas se calcula en
centenas de millones; en el siglo XVIII, se las quemaba o se las
tiraba al agua[10].
Pero antes de llegar a esta conclusión, los fabricantes recorren
el mundo en busca de salida para las mercancías que se
amontonan; obligan a su gobierno a anexar el Congo, a apoderarse
de Tonkin, a demoler a cañonazos las murallas de la China, para
esparcir allí sus telas de algodón. En los siglos pasados, hubo
un duelo a muerte entre Francia e Inglaterra para definir quién
tendría el privilegio exclusivo de vender en América y en las
Indias. Miles de hombres jóvenes y fuertes enrojecieron los
mares con su sangre durante las guerras coloniales de los siglos
XVI, XVII y XVIII.
Los capitales abundan tanto como las mercancías. Los rentistas
ya no saben dónde ubicarlos; van entonces a las naciones felices
que se tiran al sol a fumar cigarrillos, para construir líneas
férreas, levantar fábricas e importar la maldición del trabajo.
Hasta que esta exportación de capitales franceses se termina una
mañana por complicaciones diplomáticas; en Egipto, Francia,
Inglaterra y Alemania estuvieron a punto de tomarse de los
cabellos para saber a qué usureros les pagarían primero; o por
las guerras de México, donde se envía a soldados franceses para
hacer el trabajo de alguaciles para cobrar las deudas
impagas[11].
Estas miserias individuales y sociales, por grandes e
innumerables que sean, por eternas que parezcan, desaparecerán
como las hienas y los chacales ante la proximidad del león,
cuando el proletariado diga: "Yo quiero que terminen". Pero para
que tome conciencia de su fuerza, el proletariado debe aplastar
con sus pies los prejuicios de la moral cristiana, económica y
librepensadora; debe retornar a sus instintos naturales,
proclamar los Derechos de la Pereza, mil veces más nobles y más
sagrados que los tísicos Derechos del Hombre, proclamados por
los abogados metafísicos de la revolución burguesa; que se
limite a trabajar no más de tres horas por día, a holgazanear y
comer el resto del día y de la noche.
Hasta aquí, mi tarea fue fácil: no tenía más que describir los
males reales bien conocidos -lamentablemente- por todos
nosotros. Pero convencer al proletariado de que la palabra que
se les inoculó es perversa, de que el trabajo desenfrenado al
que se entregó desde comienzos del siglo es la calamidad más
terrible que haya jamás golpeado a la humanidad, de que el
trabajo sólo se convertirá en un condimento de placer de la
pereza, un ejercicio benéfico para el organismo humano, una
pasión útil para el organismo social en el momento en que sea
sabiamente reglamentado y limitado a un máximo de tres horas por
día, es una tarea ardua superior a mis fuerzas; sólo los
médicos, los higienistas, los economistas comunistas podrían
emprenderla. En las páginas que siguen, me limitaré a demostrar
que estando dados los medios de producción modernos y su
potencia reproductiva ilimitada, hay que debilitar la pasión
extravagante de los obreros por el trabajo y obligarlos a
consumir las mercancías que producen.
LAS CONSECUENCIAS DE LA SOBREPRODUCCIÓN
Un poeta griego de la época de Cicerón, Antipatros, celebraba
así la invención del molino de agua (para la molienda del
grano), que iba a emancipar a las mujeres esclavas y a recuperar
la edad de oro:
"¡Ahorren la fuerza del brazo que hace girar la piedra del
molino, oh molineras, y duerman apaciblemente! ¡Que el gallo les
advierta en vano que ya es de día! Dao impuso a las ninfas el
trabajo de las esclavas y miren cómo saltan alegremente en el
camino y cómo el eje del carro rueda con sus rayos, haciendo
girar la pesada piedra rodante. ¡Vivamos la vida de nuestros
padres y, ociosos, regocijémonos de los dones que la diosa
otorga!"
Lamentablemente el ocio que el poeta pagano anunciaba no llegó;
la pasión ciega, perversa y homicida del trabajo transforma la
máquina liberadora en un instrumento de servidumbre de los
hombres libres: su productividad los empobrece.
Una buena obrera hace con el huso sólo cinco mallas por minuto;
algunos telares circulares hacen treinta mil en el mismo tiempo.
Cada minuto a máquina equivale entonces a cien horas de trabajo
de la obrera; o bien cada minuto de trabajo de la máquina da a
la obrera diez días de descanso. Lo que es cierto para la
industria del tejido es más o menos cierto para todas las
industrias renovadas por la mecánica moderna. ¿Pero qué vemos
nosotros? A medida que la máquina se perfecciona y quita el
trabajo del hombre con una rapidez y una precisión
constantemente crecientes, el obrero, en vez de prolongar su
descanso en la misma proporción, redobla su actividad, como si
quisiera rivalizar con la máquina. ¡Qué competencia absurda y
mortal!
Para que la competencia del hombre y de la máquina se acelerara,
los proletarios abolieron las sabias leyes que limitaban el
trabajo de los artesanos de las antiguas corporaciones;
suprimieron los días feriados[12]. Puesto que los productores de
entonces trabajaban sólo cinco días sobre siete, ¿creen pues,
tal como dicen los economistas mentirosos, que no vivían más que
del aire y del agua fresca? ¡Vamos! Tenían tiempo libre para
disfrutar de las alegrías de la tierra, para hacer el amor y
divertirse; para hacer banquetes jubilosamente en honor del
alegre dios de la Holgazanería. La melancólica Inglaterra, hoy
sumida en el protestantismo, se llamaba entonces la "alegre
Inglaterra" (Merry England). Rabelais, Quevedo, Cervantes y los
autores desconocidos de novelas picarescas, hacen que se nos
haga agua la boca con sus pinturas de esas monumentales
francachelas[13], con las que se regalaban entonces entre dos
batallas y entre dos devastaciones, y en las cuales "se tiraba
la casa por la ventana". Jordaens y la escuela flamenca las han
plasmado en sus divertidas pinturas. Sublimes estómagos
gargantuescos, ¿en qué se han convertido? Sublimes cerebros que
abarcaban todo el pensamiento humano, ¿en qué se han convertido?
Ahora estamos muy disminuidos y muy degenerados. La carne en mal
estado, la papa, el vino adulterado y el aguardiente prusiano
sabiamente combinados con el trabajo forzado debilitaron
nuestros cuerpos y redujeron nuestros espíritus. ¿Y es
precisamente cuando el hombre ha achicado su estómago y la
máquina ha agrandado su productividad, que los economistas nos
predican la teoría malthusiana, la religión de la abstinencia y
el dogma del trabajo? Habría que arrancarles la lengua y
arrojársela a los perros.
Puesto que la clase obrera, con su buena fe simplista, se dejó
adoctrinar; puesto que, con su impetuosidad natural, se
precipitó ciegamente en el trabajo y la abstinencia, la clase
capitalista se vio condenada a la pereza y al disfrute forzados,
a la improductividad y al sobreconsumo. Pero si el sobretrabajo
del obrero martiriza su carne y atormenta sus nervios, también
es fecundo en dolores para la burguesía.
La abstinencia a la que se condena la clase productiva obliga a
los burgueses a dedicarse al sobreconsumo de los productos que
ella produce en forma desordenada. Al comienzo de la producción
capitalista, hace uno o dos siglos, el burgués era un hombre
ordenado, de costumbres razonables y apacibles; se contentaba
casi exclusivamente con su mujer; sólo bebía cuando tenía sed y
comía cuando tenía hambre. Dejaba a los cortesanos y a las
cortesanas las nobles virtudes de la vida libertina. Hoy en día,
no hay hijo de cualquier advenedizo que no se crea obligado a
desarrollar la prostitución y mercurializar su cuerpo para darle
un objetivo al trabajo que se imponen los obreros de las minas
de mercurio; no es un burgués que se precie el que no se atraque
con capones trufados y con vinos exquisitos para alentar a los
ganaderos de La Flèche y a los viñateros de Bordelais. En este
trabajo, el organismo se arruina rápidamente: se cae el pelo,
los dientes se descarnan, el tronco se deforma, el vientre se
hincha, la respiración se altera, los movimientos se hacen más
pesados, las articulaciones se anquilosan, las falanges se
traban. Otros, demasiado débiles para soportar las fatigas de la
vida libertina, pero dotados de la joroba del proudhonismo,
consumen sus sesos como los Garnier de la economía política y
los Acollas de la filosofía jurídica, elucubrando gruesos libros
soporíferos para ocupar el tiempo libre de los tipógrafos e
impresores.
Las mujeres de mundo viven una vida de martirio. Para probar y
hacer valer las telas maravillosas que las costureras se matan
para fabricar, ellas se pasan el día y la noche cambiándose
constantemente de vestido; durante horas, entregan su cabeza
hueca a los artistas peluqueros que, a toda costa, quieren
satisfacer su pasión por edificar postizos. Apretadas dentro de
sus corsets, incómodas en sus zapatos, con escotes que hacen
enrojecer hasta a un granadero, giran durante noches enteras en
sus bailes de caridad a fin de recolectar algunas monedas de
cobre para los pobres. ¡Santas almas!
Para cumplir su doble función social de no productor y de
sobreconsumidor, el burgués debió no solamente violentar sus
gustos modestos, perder sus hábitos laboriosos de hace dos
siglos y entregarse al lujo desenfrenado, a las indigestiones
trufadas y a libertinajes sifilíticos, sino también sustraer al
trabajo productivo una masa enorme de hombres a fin de
procurarse ayudantes.
He aquí algunas cifras que prueban cuán colosal es este
desperdicio de fuerzas productivas:
"Según el censo de 1861, la población de Inglaterra y del país
de Gales comprendía 20.066.224 personas, de las cuales 9.776.259
eran del sexo masculino y 10.289.965, del sexo femenino. Si se
restan aquéllos que son demasiado viejos o demasiado jóvenes
para trabajar, las mujeres, los adolescentes y los niños
improductivos, más las profesiones ideológicas como el gobierno,
la policía, el clero, la magistratura, el ejército, los
eruditos, artistas, etc., luego las personas exclusivamente
dedicadas a comer del trabajo de otros, bajo la forma de renta
de la tierra, de intereses, de dividendos, etc., y finalmente,
los pobres, los vagabundos, los criminales, etc., quedan
aproximadamente ocho millones de individuos de los dos sexos y
de todas las edades, incluyendo a los capitalistas ocupados en
la producción, el comercio, las finanzas, etc. Entre estos ocho
millones, se cuentan:
Trabajadores agrícolas (incluyendo pastores, criados y criadas
que habitan en el establecimiento agrícola) 1.098.261;
Obreros de las fábricas de algodón, de lana, de worsted, de
lino, de cáñamo, de seda, de encajes y otros 642.607;
Obreros de las minas de carbón y de metal 565.835;
Obreros empleados en las fábricas metalúrgicas (altos hornos,
laminados, etc.) y en las manufacturas de metal de todo tipo
396.998;
Clase doméstica 1.208.648
PARTE 1 /
PARTE 2
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