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PARTE 1 / PARTE 2
Si sumamos los trabajadores de las
fábricas textiles y los de las minas de carbón y de metales,
obtenemos la cifra de 1.208.442; si sumamos los primeros y el
personal de todas las fábricas y de todas las manufacturas
metalúrgicas, tenemos un total de 1.039.605; es decir, en ambos
casos un número más pequeño que el de los esclavos domésticos
modernos. He aquí el magnífico resultado de la explotación
capitalista de las máquinas"[14].
A toda esta clase doméstica, cuya extensión indica el grado
alcanzado por la civilización capitalista, debe agregarse la
numerosa clase de los infelices dedicados exclusivamente a la
satisfacción de los gustos dispendiosos y fútiles de las clases
ricas: talladores de diamantes, encajeras, bordadoras,
encuadernadores de lujo, costureras de lujo, decoradores de
mansiones de placer, etc[15]..
Una vez acurrucada en la pereza absoluta y desmoralizada por el
goce forzado, la burguesía, a pesar del mal que le acarreó, se
adaptó a su nuevo estilo de vida. Considera con horror todo
cambio. La visión de las miserables condiciones de existencia
aceptadas con resignación por la clase obrera y de la
degradación orgánica engendrada por la pasión depravada por el
trabajo aumentaban también su repulsión por toda imposición de
trabajo y por toda restricción del goce.
Es precisamente entonces que, sin tener en cuenta la
desmoralización que la burguesía se había impuesto como un deber
social, a los proletarios se les puso en la cabeza infligir el
trabajo a los capitalistas. Los ingenuos tomaron en serio las
teorías de los economistas y de los moralistas sobre el trabajo
y se empeñaron en imponer la práctica a los capitalistas. El
proletariado enarboló la consigna "el que no trabaja, no come";
Lyon, en 1831, se rebeló por 'trabajo o plomo'; las guardias
nacionales de marzo de 1871 declararon a su levantamiento la
Revolución del Trabajo.
A este arrebato de furor bárbaro, destructor de todo goce y de
toda pereza burgueses, los capitalistas no podían responder más
que con la represión feroz; pero sabían que, si habían podido
reprimir esas explosiones revolucionarias, no habían ahogado en
la sangre de sus masacres gigantescas la absurda idea del
proletariado de querer imponer el trabajo a las clases ociosas y
mantenidas, y es para evitar esta desgracia que se rodean de
pretorianos, policías, magistrados y carceleros mantenidos en
una improductividad laboriosa. Ya no se puede conservar la
ilusión sobre el carácter de los ejércitos modernos. Ellos son
mantenidos en forma permanente sólo para reprimir al "enemigo
interno"; es así que los fuertes de París y de Lyon no fueron
construidos para defender la ciudad contra el extranjero, sino
para aplastar una revuelta. Y si fuera necesario un ejemplo
irrefutable, podemos mencionar al ejército de Bélgica, ese
paraíso del capitalismo; su neutralidad está garantizada por las
potencias europeas, y sin embargo su ejército es uno de los más
fuertes en proporción a la población. Los gloriosos campos de
batalla del valiente ejército belga son las planicies de
Borinage y de Charleroi; es en la sangre de los mineros y de los
obreros desarmados que los oficiales belgas templan sus espadas
y aumentan sus charreteras. Las naciones europeas no tienen
ejércitos nacionales, sino ejércitos mercenarios, que protegen a
los capitalistas contra la furia popular que quisiera
condenarlos a diez horas de trabajo en las minas o en el hilado.
Entonces, al ajustarse el cinturón, la clase obrera desarrolló
con exceso el vientre de la burguesía condenada al sobreconsumo.
Para ser aliviada de su penoso trabajo, la burguesía retiró de
la clase obrera una masa de hombres muy superior a la que
permanece dedicada a la producción útil, y la condenó a su vez a
la improductividad y al sobreconsumo. Pero este rebaño de bocas
inútiles, a pesar de su voracidad insaciable, no basta para
consumir todas las mercancías que los obreros, embrutecidos por
el dogma del trabajo, producen como maníacos, sin quererlas
consumir y sin siquiera pensar si se encontrará gente para
consumirlas.
Ante esta doble locura de los trabajadores -matarse de
sobretrabajo y vegetar en la abstinencia-, el gran problema de
la producción capitalista ya no es encontrar productores y
duplicar sus fuerzas, sino descubrir consumidores, excitar sus
apetitos y crearles necesidades artificiales. Puesto que los
obreros europeos, tiritando de frío y de hambre, se niegan a
vestir los tejidos que producen y a beber los vinos que
elaboran, los pobres fabricantes, rápidos como galgos, deben
correr a las antípodas para buscar a quien los vestirá y beberá:
son las centenas y miles de millones que Europa exporta todos
los años, a los cuatro rincones del mundo, a pueblos que no las
necesitan[16]. Pero los continentes explorados no son lo
suficientemente vastos; se necesitan regiones vírgenes. Los
fabricantes de Europa sueñan noche y día con el África, con el
lago sahariano, con el ferrocarril de Sudán; siguen con ansiedad
los progresos de los Livingstone, de los Stanley, de los Du
Chaillu, de los de Brazza; escuchan las historias maravillosas
de esos valientes viajeros con la boca abierta. ¡Cuántas
maravillas desconocidas encierra el "continente negro"! Los
campos están sembrados de dientes de elefante; ríos de aceite de
coco arrastran pepitas de oro; millones de culos negros,
desnudos como la cara de Dufaure o de Girardin, esperan las
telas de algodón para aprender la decencia, las botellas de
aguardiente y las biblias para conocer las virtudes de la
civilización.
Pero todo es inútil: burgueses que comen en exceso, clase
doméstica que supera a la clase productiva, naciones extranjeras
y bárbaras que se sacian de mercancías europeas; nada, nada
puede llegar a absorber las montañas de productos que se
acumulan más altas y más enormes que las pirámides de Egipto: la
productividad de los obreros europeos desafía todo consumo, todo
despilfarro. Los fabricantes, enloquecidos, no saben ya qué
hacer, ya no pueden encontrar la materia prima para satisfacer
la pasión desordenada, depravada, de sus obreros por el trabajo.
En nuestros departamentos laneros, se destejen los harapos
sucios y a medio podrir para hacer paños llamados "de
renacimiento", que duran lo que duran las promesas electorales;
en Lyon, en vez de dejar a la fibra suave su sencillez y su
flexibilidad natural, se la sobrecarga de sales minerales que,
al agregarle peso, la vuelven desmenuzable y poco durable. Todos
nuestros productos son adulterados para facilitar el flujo y
reducir las existencias. Nuestra época será llamada la "edad de
la falsificación", como las primeras épocas de la humanidad
recibieron los nombres de edad de piedra, edad de bronce, etc.,
a partir del carácter de su producción. Los ignorantes acusan de
fraude a nuestros piadosos industriales, mientras que en
realidad el pensamiento que los anima es el de proporcionar
trabajo a los obreros, que no pueden resignarse a vivir de
brazos cruzados. Si bien esas falsificaciones -cuyo único móvil
es un sentimiento humanitario, aunque brindan enormes beneficios
a los fabricantes que las practican-, son desastrosas para la
calidad de las mercancías y constituyen una fuente inagotable de
despilfarro de trabajo humano, prueban el filantrópico ingenio
de los burgueses y la horrible perversión de los obreros que,
para saciar su vicio de trabajo, obligan a los industriales a
ahogar los gritos de su conciencia e incluso violar las leyes de
la honestidad comercial.
Y sin embargo, a pesar de la sobreproducción de mercancías, a
pesar de las falsificaciones industriales, los obreros invaden
el mercado de manera innumerable, implorando: ¡trabajo!,
¡trabajo! Su superabundancia debería obligarlos a refrenar su
pasión; por el contrario, la lleva al paroxismo. En cuanto una
oportunidad de trabajo se presenta, se arrojan sobre ella;
entonces reclaman doce, catorce horas para lograr su saciedad, y
la mañana los encontrará nuevamente arrojados a la calle, sin
nada para alimentar su vicio. Todos los años, en todas las
industrias, la desocupación vuelve con la regularidad de las
estaciones. Al sobretrabajo mortal para el organismo le sucede
el reposo absoluto, durante dos a cuatro meses; y sin trabajo,
no hay comida. Puesto que el vicio del trabajo está
diabólicamente arraigado en el corazón de los obreros; puesto
que sus exigencias ahogan todos los otros instintos de la
naturaleza; puesto que la cantidad de trabajo requerida por la
sociedad está forzosamente limitada por el consumo y la
abundancia de la materia prima, ¿por qué devorar en seis meses
el trabajo de todo el año? ¿Por qué no distribuirlo
uniformemente en los doce meses y obligar a todos los obreros a
contentarse con seis o cinco horas por día durante todo el año,
en vez de indigestarse con doce horas durante seis meses?
Seguros de su parte cotidiana de trabajo, los obreros no se
celarán más, no se golpearán más para arrancarse el trabajo de
las manos y el pan de la boca; entonces, no agotados su cuerpo y
su espíritu, comenzarán a practicar las virtudes de la pereza.
Atontados por su vicio, los obreros no han podido elevarse a la
comprensión del hecho de que, para tener trabajo para todos, era
necesario racionarlo como el agua en un barco a la deriva. Sin
embargo, los industriales, en nombre de la explotación
capitalista, desde hace tiempo demandaron una limitación legal
de la jornada de trabajo. Ante la Comisión de 1860 para la
enseñanza profesional, uno de los más grandes manufactureros de
Alsacia, el señor Bourcart, de Guebwiller, declaraba:
"Que la jornada de doce horas era excesiva y debía ser reducida
a once horas, que se debía suspender el trabajo a las dos del
sábado. Aconsejo la adopción de esta medida aunque parezca
onerosa a primera vista; la hemos experimentado en nuestros
establecimientos industriales desde hace cuatro años y nos
encontramos bien, y la producción media, lejos de haber
disminuido, aumentó".
En su estudio sobre las máquinas, F. Passy cita la siguiente
carta de un gran industrial belga, M. Ottavaere:
"Nuestras máquinas, aunque iguales a las de las hilanderías
inglesas, no producen lo que deberían producir y lo que
producirían estas mismas máquinas en Inglaterra, aunque las
hilanderías trabajan dos horas menos por día. [...] Nosotros
trabajamos dos largas horas de más; tengo la convicción de que
si no se trabajara más que once horas en vez de trece,
tendríamos la misma producción y produciríamos en consecuencia
más económicamente".
Por otro lado, el señor Leroy-Beaulieu afirma que "un gran
manufacturero belga observa que las semanas en las que cae un
día feriado no aportan una producción inferior a la de semanas
comunes"[17].
A lo que el pueblo, engañado en su simpleza por los moralistas,
no se atrevió jamás, un gobierno aristocrático se atreve.
Despreciando las altas consideraciones morales e industriales de
los economistas, que, como los pájaros de mal agüero, creían que
disminuir en una hora el trabajo en las fábricas era decretar la
ruina de la industria inglesa, el gobierno de Inglaterra
prohibió por medio de una ley, estrictamente observada, el
trabajar más de diez horas por día; y como antes, Inglaterra
siguió siendo la primera nación industrial del mundo.
Ahí está la gran experiencia inglesa, ahí está la experiencia de
algunos capitalistas inteligentes, que demuestran
irrefutablemente que, para potenciar la productividad humana, es
necesario reducir las horas de trabajo y multiplicar los días de
pago y los feriados; pero el pueblo francés no está convencido.
Pero si una miserable reducción de dos horas aumentó en diez
años cerca de un tercio la producción inglesa[18], ¿qué marcha
vertiginosa imprimirá a la producción francesa una reducción
legal de la jornada de trabajo a tres horas? Los obreros no
pueden comprender que al fatigarse trabajando, agotan sus
fuerzas y las de sus hijos; que, consumidos, llegan antes de
tiempo a ser incapaces de todo trabajo; que absorbidos,
embrutecidos por un solo vicio, no son más hombres, sino pedazos
de hombres; que matan en ellos todas las facultades bellas para
no dejar en pie, lujuriosa, más que la locura furibunda del
trabajo.
Como los loros de la Arcadia, repiten la lección de los
economistas: "Trabajemos, trabajemos para incrementar la riqueza
nacional". ¡Idiotas! Es porque ustedes trabajan demasiado que la
maquinaria industrial se desarrolla lentamente. Dejen de
rebuznar y escuchen a un economista; no es un águila, no es más
que el señor L. Reybaud, que hemos tenido la alegría de perder
hace algunos meses:
"La revolución en los métodos de trabajo se determina, en
general, a partir de las condiciones de la mano de obra. En
tanto que la mano de obra brinde sus servicios a bajo precio, se
la prodiga; cuando sus servicios se vuelven más costosos, se
busca ahorrarla"[19].
Para obligar a los capitalistas a perfeccionar sus máquinas de
madera y de hierro, es necesario elevar los salarios y disminuir
las horas de trabajo de las máquinas de carne y hueso. ¿Las
pruebas que apoyan esto? Se las puede proporcionar por
centenares. En la hilandería, el telar intermitente (self acting
mule) fue inventado y aplicado en Manchester porque los
hilanderos se rehusaron a seguir trabajando tanto tiempo como
hasta entonces.
En Estados Unidos, la máquina se extiende a todas las ramas de
la producción agrícola, desde la fabricación de manteca hasta la
trilla del trigo: ¿por qué? Porque el estadounidense, libre y
perezoso, preferiría morir mil veces antes que vivir la vida
bovina del campesino francés. La actividad agrícola, tan penosa
en nuestra gloriosa Francia, tan rica en cansancio, en el oeste
americano es un agradable pasatiempo al aire libre que se hace
sentado, fumando negligentemente la pipa.
A UNA NUEVA MELODÍA, UNA NUEVA CANCIÓN
Si al disminuir las horas de trabajo, se conquistan para la
producción social nuevas fuerzas mecánicas, al obligar a los
obreros a consumir sus productos, se conquistará un inmenso
ejército de fuerzas de trabajo. La burguesía, aliviada entonces
de la tarea de ser consumidora universal, se apresurará a
licenciar la legión de soldados, magistrados, intrigantes,
proxenetas, etc., que ha retirado del trabajo útil para ayudarla
a consumir y despilfarrar. A partir de entonces el mercado de
trabajo estará desbordante; entonces será necesaria una ley
férrea para prohibir el trabajo: será imposible encontrar
ocupación para esta multitud de ex improductivos, más numerosos
que los piojos. Y luego de ellos, habrá que pensar en todos los
que proveían a sus necesidades y gustos fútiles y dispendiosos.
Cuando no haya más lacayos y generales que galardonar, más
prostitutas solteras ni casadas que cubrir de encajes, cañones
que perforar, ni más palacios que edificar, habrá que imponer a
los obreros y obreras de pasamanería, de encajes, del hierro, de
la construcción, por medio de leyes severas, el paseo higiénico
en bote y ejercicios coreográficos para el restablecimiento de
su salud y el perfeccionamiento de la raza. Desde el momento en
que los productos europeos sean consumidos en el lugar de
producción y por lo tanto, no sea necesario transportarlos a
ninguna parte, será necesario que los marinos, los mozos de
cordel y los camioneros se sienten y aprendan a girar los
pulgares. Los felices polinesios podrán entonces entregarse al
amor libre sin temer los puntapiés de la Venus civilizada y los
sermones de la moral europea.
Hay más aún. A fin de encontrar trabajo para todos los
improductivos de la sociedad actual, a fin de dejar la
maquinaria industrial desarrollarse indefinidamente, la clase
obrera deberá, como la burguesía, violentar sus gustos
ascéticos, y desarrollar indefinidamente sus capacidades de
consumo. En vez de comer por día una o dos onzas de carne dura
como el cuero -cuando las come-, comerá sabrosos bifes de una o
dos libras; en vez de beber moderadamente un vino malo, más
católico que el Papa, beberá bordeaux y borgoña, en grandes y
profundas copas, sin bautismo industrial, y dejará el agua a los
animales.
Los proletarios han resuelto imponer a los capitalistas diez
horas de forja y de refinería; allí está la gran falla, la causa
de los antagonismos sociales y de las guerras civiles. Es
necesario prohibir el trabajo, no imponerlo. A los Rothschild, a
los Say se les permitirá probar haber sido, durante su vida,
perfectos holgazanes; y si juran querer continuar viviendo como
perfectos holgazanes, a pesar del entusiasmo general por el
trabajo, se los anotará y, en sus ayuntamientos respectivos,
recibirán todas las mañanas veinte francos para sus pequeños
placeres. Los conflictos sociales desaparecerán. Los rentistas,
los capitalistas, etc., se unirán al partido popular una vez
convencidos de que, lejos de querer hacerles daño, se quiere por
el contrario desembarazarlos del trabajo de sobreconsumo y de
despilfarro, por el que han estado oprimidos desde su
nacimiento. En cuanto a los burgueses incapaces de probar sus
títulos de holgazanes, se les dejará seguir sus instintos:
existen bastantes oficios desagradables para ubicarlos -Dufaure
limpiará las letrinas públicas; Galliffet matará a puñaladas a
los cerdos sarnosos y a los caballos hinchados; los miembros de
la comisión de gracias, enviados a Poissy, marcarán los bueyes y
carneros a ser sacrificados; los senadores serán empleados de
pompas fúnebres y enterradores. Para otros, encontraremos
oficios al alcance de su inteligencia. Lorgeril y Broglie
taparán las botellas de champaña, pero se les cerrará la boca
para evitar que se emborrachen; Ferry, Freycinet y Tirard
destruirán las chinches y los gusanos de los ministerios y de
otros edificios públicos. Será necesario, sin embargo, poner los
dineros públicos fuera del alcance de los burgueses, por miedo a
sus hábitos adquiridos.
Pero dura y larga venganza se lanzará a los moralistas que han
pervertido la naturaleza humana, a los santurrones, a los
soplones, a los hipócritas "y otras sectas semejantes de gente
que se han disfrazado para engañar al mundo. Porque dando a
entender al pueblo común que se ocupan sólo de la contemplación
y la devoción, de ayunos y de la maceración de la sensualidad, y
que comen sólo para sustentar y alimentar la pequeña fragilidad
de su humanidad, por el contrario, se cagan. Curios simulant sed
Bacchanalia vivunt[20].
. Se lo puede leer en la letra grande e iluminada de sus rojos
morros y vientres asquerosos, a no ser que se perfumen con
azufre"[21].
.
En los días de grandes fiestas populares, donde, en vez de
tragar el polvo como el 15 de agosto y el 14 de julio burgueses,
los comunistas y colectivistas harán correr las botellas, trotar
los jamones y volar los vasos, los miembros de la Academia de
Ciencias Morales y Políticas, los curas con traje largo o corto
de la iglesia económica, católica, protestante, judía,
positivista y librepensadora, los propagadores del
malthusianismo y de la moral cristiana, altruista, independiente
o sumisa, vestidos de amarillo, sostendrán la vela hasta
quemarse los dedos y vivirán hambrientos junto a mujeres galas y
mesas llenas de carnes, frutas y flores, y morirán de sed junto
a toneles desbordantes. Cuatro veces al año, en el cambio de
estación, como los perros de los afiladores de cuchillos, se los
encadenará a grandes ruedas y durante diez horas se los
condenará a moler el viento. Los abogados y los legistas
sufrirán la misma pena.
En el régimen de pereza, para matar el tiempo que nos mata
segundo a segundo, habrá espectáculos y representaciones
teatrales todo el tiempo; será el trabajo adecuado para nuestros
legisladores burgueses. Se los organizará en grupos recorriendo
ferias y aldeas, dando representaciones legislativas. Los
generales, con botas de montar, el pecho adornado con cordones,
medallas, la cruz de la Legión de Honor, irán por las calles y
las plazas, reclutando espectadores entre la buena gente.
Gambetta y Cassagnac, su compadre, harán el anuncio del
espectáculo en la puerta. Cassagnac, con gran traje de
matamoros, revolviendo los ojos, retorciéndose el bigote,
escupiendo estopa encendida, amenazará a todo el mundo con la
pistola de su padre y se precipitará en un agujero cuando se le
muestre el retrato de Lullier; Gambetta discurrirá sobre
política extranjera, sobre la pequeña Grecia, que lo adoctrina y
que encendería a Europa para estafar a Turquía; sobre la gran
Rusia que le tiene harto con la compota que promete hacer con
Prusia y que anhela conflictos en el oeste de Europa para hacer
su negocio en el este y ahogar el nihilismo en el interior;
sobre el señor de Bismarck, que ha sido lo bastante bueno como
para permitirle pronunciarse sobre la amnistía...; luego,
desnudando su gran panza pintada a tres colores, golpeará sobre
ella el llamado de atención y enumerará los deliciosos
animalitos, los pajaritos, las trufas, los vasos de Margaux y de
Yquem que ha engullido para fomentar la agricultura y tener
contentos a los electores de Belleville.
En la barraca, se comenzará con la Farsa electoral. Ante los
electores, con cabezas de madera y orejas de burro, los
candidatos burgueses, vestidos con trajes de payasos, bailarán
la danza de las libertades políticas, limpiándose la cara y el
trasero con sus programas electorales con múltiples promesas, y
hablando con lágrimas en los ojos de las miserias del pueblo y
con voz estentórea de las glorias de Francia; y las cabezas de
los electores rebuznarán a coro y firmemente: hi ho! hi ho!
Luego comenzará la gran obra: El robo de los bienes de la
nación.
La Francia capitalista, enorme hembra, con vello en la cara y
pelada en la cabeza, deformada, con las carnes fláccidas,
hinchadas, débiles y pálidas, con los ojos apagados, adormilada
y bostezando, está tendida sobre un canapé de terciopelo; a sus
pies, el capitalismo industrial, gigantesco organismo de hierro,
con una máscara simiesca, devora mecánicamente hombres, mujeres
y niños, cuyos gritos lúgubres y desgarradores llenan el aire;
la banca, con hocico de garduña, cuerpo de hiena y manos de
arpía, le roba rápidamente las monedas de cobre del bolsillo.
Hordas de miserables proletarios flacos, en harapos, escoltados
por gendarmes con el sable desenvainado, perseguidos por las
furias que los azotan con los látigos del hambre, llevan a los
pies de la Francia capitalista montones de mercancías, toneles
de vino, bolsas de oro y de trigo. Langlois, con sus calzones en
una mano, el testamento de Proudhon en la otra y el libro del
presupuesto entre los dientes, se pone a la cabeza de los
defensores de los bienes de la nación y monta guardia. Una vez
descargados los fardos, hacen echar a los obreros a golpes de
bayoneta y culatazos y abren la puerta a los industriales, a los
comerciantes y a los banqueros. Se precipitan sobre la pila en
forma desordenada, y devoran las telas de algodón, las bolsas de
trigo, los lingotes de oro y vacían los toneles; cuando ya no
pueden más, sucios, repugnantes, se hunden en sus inmundicias y
sus vómitos...Entonces el trueno retumba, la tierra se mueve y
se entreabre, y surge la Fatalidad histórica; con su pie de
hierro aplasta las cabezas de los que titubean, se caen y no
pueden huir, y con su larga mano derriba la Francia capitalista,
estupefacta y aterrorizada.
Si la clase obrera, tras arrancar de su corazón el vicio que la
domina y que envilece su naturaleza, se levantara con toda su
fuerza, no para reclamar los Derechos del Hombre (que no son más
que los derechos de la explotación capitalista), no para
reclamar el Derecho al Trabajo (que no es más que el derecho a
la miseria), sino para forjar una ley de bronce que prohibiera a
todos los hombres trabajar más de tres horas por día, la Tierra,
la vieja Tierra, estremecida de alegría, sentiría brincar en
ella un nuevo universo...¿Pero cómo pedir a un proletariado
corrompido por la moral capitalista que tome una resolución
viril?
Como Cristo, doliente personificación de la esclavitud antigua,
los hombres, las mujeres y los niños del Proletariado suben
penosamente desde hace un siglo por el duro calvario del dolor;
desde hace un siglo el trabajo forzado destroza sus huesos,
mortifica sus carnes, atormenta sus músculos; desde hace un
siglo, el hambre retuerce sus entrañas y alucina sus
cerebros...¡Oh, pereza, apiádate de nuestra larga miseria! ¡Oh,
Pereza, madre de las artes y de las nobles virtudes, sé el
bálsamo de las angustias humanas!
APÉNDICE
Nuestros moralistas son gentes muy modestas; si bien inventaron
el dogma del trabajo, dudan de su eficacia para tranquilizar el
alma, regocijar el espíritu y mantener el buen funcionamiento de
los riñones y otros órganos; quieren experimentar su uso sobre
el pueblo, in anima vili, antes de volverlo contra los
capitalistas, cuyos vicios tienen la misión de excusar y
autorizar.
Pero, filósofos a cuatro centavos la docena, ¿por qué se
exprimen así los sesos para elucubrar una moral cuya práctica no
se atreven a aconsejar a sus amos? ¿Quieren que se burlen de
vuestro dogma del trabajo, del que tanto se ufanan? ¿Quieren
verlo escarnecido? Veamos la historia de los pueblos antiguos y
los escritos de sus filósofos y de sus legisladores.
"Yo no sabría afirmar", dice el padre de la historia, Heródoto,
"si los griegos han tomado de los egipcios el desprecio hacia el
trabajo, porque encuentro el mismo desprecio establecido entre
los tracios, los escitas, los persas, los lidios; en una
palabra, porque en la mayoría de los pueblos bárbaros, los que
aprenden las artes mecánicas, e incluso sus niños, son vistos
como los últimos de los ciudadanos...Todos los griegos han sido
educados en estos principios, particularmente los
lacedemonios"[22].
"En Atenas, los ciudadanos eran verdaderos nobles que no debían
ocuparse más que de la defensa y de la administración de la
comunidad, como los guerreros salvajes de los cuales provenía su
origen. Como debían entonces disponer de todo su tiempo para
velar, debido a su fuerza intelectual y corporal, por los
intereses de la república, cargaban a los esclavos con todo el
trabajo. También entre los lacedemonios, las mismas mujeres no
debían hilar ni tejer para no rebajar su nobleza"[23].
Los romanos conocían sólo dos oficios nobles y libres: la
agricultura y las armas; todos los ciudadanos vivían por derecho
a expensas del Tesoro, sin poder ser obligados a proveerse de su
subsistencia por ninguna de las sordidae artes (llamaban así a
los oficios) que correspondían por ley a los esclavos. Bruto el
antiguo, para sublevar al pueblo, acusó sobre todo a Tarquino,
el tirano, de haber convertido a ciudadanos libres en artesanos
y albañiles[24].
Los filósofos antiguos discutían sobre el origen de las ideas,
pero se ponían de acuerdo si se trataba de aborrecer del
trabajo.
"La naturaleza", dice Platón, en su utopía social, en su
República modelo, "la naturaleza no ha hecho ni zapateros ni
herreros; ocupaciones semejantes degradan a quienes las ejercen,
viles mercenarios, miserables sin nombre que son excluidos por
su estado mismo de los derechos políticos. En cuanto a los
comerciantes acostumbrados a mentir y a engañar, sólo se los
soportará en la ciudad como un mal necesario. El ciudadano que
se envilezca por el comercio será perseguido por ese delito. Si
es convicto, será condenado a un año de prisión. El castigo será
doble cada vez que reincida"[25].
En su Económica, Jenofonte escribe:
"Las personas que se entregan a los trabajos manuales no son
jamás elevadas en sus cargos, y con mucha razón. La mayoría,
condenados a estar sentados todo el día, algunos incluso a
soportar el calor de un fuego continuo, no pueden dejar de tener
el cuerpo alterado y es muy difícil que el espíritu no se
resienta".
"¿Qué puede salir de honorable de una tienda?", dice Cicerón,
"¿y qué puede producir de honesto el comercio? Todo lo que tenga
que ver con el comercio es indigno de un hombre honesto [...],
los comerciantes no pueden obtener ganancias sin mentir, ¿y qué
es más vergonzoso que la mentira? Entonces, debe considerarse
como bajo y vil el oficio de todos los que venden su trabajo y
su industria; porque el que da su trabajo por dinero se vende a
sí mismo y se coloca en la categoría de los esclavos"[26].
Proletarios, embrutecidos por el dogma del trabajo, escuchen las
palabras de estos filósofos, que se las ocultan con tanto celo:
un ciudadano que entrega su trabajo por dinero se degrada a la
categoría de los esclavos, comete un crimen, que merece años de
prisión.
La hipocresía cristiana y el utilitarismo capitalista no habían
pervertido a estos filósofos de las repúblicas antiguas;
hablando para hombres libres, expresaban ingenuamente su
pensamiento. Platón, Aristóteles, estos grandes pensadores -a
los cuales nuestros Cousin, Caro, Simon no les llegan ni a la
suela de sus zapatos poniéndose en puntas de pie-, querían que
los ciudadanos de sus repúblicas ideales vivieran en el más
grande ocio; porque, agregaba Jenofonte, "el trabajo ocupa todo
el tiempo y con él no hay ningún tiempo libre para la república
y los amigos". Según Plutarco, el gran mérito de Licurgo, "el
más sabio de los hombres", para admiración de la posteridad, fue
el de haber brindado ocio a los ciudadanos de la república
prohibiéndoles todo oficio[27].
Pero, responderán los Bastiat, Dupanloup, Beaulieu y demás
defensores de la moral cristiana y capitalista, estos
pensadores, estos filósofos preconizaban la esclavitud.
Perfecto, pero ¿podía ser de otro modo, dadas las condiciones
económicas y políticas de su época? La guerra era el estado
normal de las sociedades antiguas; el hombre libre debía
consagrar su tiempo a discutir los asuntos del estado y a velar
por su defensa; los oficios eran entonces demasiado primitivos y
demasiado toscos para que, practicándolos, se pudiera ejercer a
la vez el oficio de soldado y de ciudadano; para tener guerreros
y ciudadanos, los filósofos y legisladores debían tolerar a los
esclavos en las repúblicas heroicas. Pero los moralistas y los
economistas del capitalismo ¿no preconizan el trabajo
asalariado, la esclavitud moderna? ¿Y a qué hombres la
esclavitud capitalista proporciona ocio? A los Rothschild, a los
Schneider, a las Madame Boucicaut, inútiles y perjudiciales,
esclavos de sus vicios y de sus criados.
"El prejuicio de la esclavitud dominaba el espíritu de Pitágoras
y de Aristóteles", ha escrito alguno desdeñosamente; y sin
embargo Aristóteles preveía que "si cada herramienta pudiera
ejecutar por sí misma su función propia, como las obras maestras
de Dédalo se movían por sí mismas, o como los trípodes de
Vulcano se ocupaban espontáneamente de su trabajo sagrado; si,
por ejemplo, las lanzaderas de los tejedores tejieran por sí
mismas, el jefe del taller ya no tendría necesidad de ayudantes,
ni el amo de esclavos".
El sueño de Aristóteles es nuestra realidad. Nuestras máquinas
con aliento de fuego, con miembros de acero, infatigables, con
fecundidad maravillosa e inagotable, desempeñan dócilmente ellas
mismas su trabajo sagrado; y sin embargo el genio de los grandes
filósofos del capitalismo permanece dominado por el prejuicio
del trabajo asalariado, la peor de las esclavitudes. Todavía no
comprenden que la máquina es la redentora de la humanidad, el
Dios que liberará al hombre de las sórdidas artes y del trabajo
asalariado, el Dios que le dará el ocio y la libertad.
NOTAS
[1] Descartes, René; Las pasiones del alma.
[2] Doctor Beddoe; Memoirs of the Anthropological Society;
Darwin, Charles; Descent of Man.
[3] Los exploradores europeos se detienen sorprendidos ante la
belleza física y el aspecto orgulloso de los hombres de los
pueblos primitivos, no manchados por lo que Paeppig llamaba el
"hálito envenenado de la civilización". Refiriéndose a los
aborígenes de las islas de Oceanía, lord George Campbell
escribe: "No hay pueblo en el mundo que sorprenda más a primera
vista. La piel lisa y de un tono ligeramente cobrizo, los
cabellos dorados y ondulados, su bella y alegre figura, en una
palabra, toda su persona, formaban un nuevo y espléndido
ejemplar del genus homo; su apariencia física daba la impresión
de tratarse de una raza superior a la nuestra". Los civilizados
de la antigua Roma, los César, los Tácito, contemplaban con la
misma admiración a los germanos de las tribus comunistas que
invadían el imperio romano. Al igual que Tácito, Salvino, el
cura del siglo V que es llamado el maestro de los obispos, ponía
como ejemplo a los bárbaros ante los civilizados y los
cristianos: "Somos impúdicos entre los bárbaros, que son más
castos que nosotros. Más aún, los bárbaros se sienten ofendidos
por nuestras impudicias; los godos no sufren el hecho de que
haya entre ellos libertinos de su nación; sólo los romanos, por
el triste privilegio de su nacionalidad y de su nombre, tienen
el derecho de ser impuros. (La pederastia estaba de moda
entonces entre los paganos y los cristianos...). Los oprimidos
se van con los bárbaros en busca de humanidad y protección". (De
Gubernatione Dei). La vieja civilización y el cristianismo
naciente corrompieron a los bárbaros del viejo mundo, como el
viejo cristianismo y la civilización capitalista corrompen a los
salvajes del nuevo mundo.
El señor F. Le Play, cuyo talento para la observación debe
reconocerse, así como deben rechazarse sus conclusiones
sociológicas, contaminadas de proudhonismo filantrópico y
cristiano, dice en su libro Los obreros europeos (1885): "La
propensión de los Bachkirs por la pereza [los Bachkirs son
pastores seminómades de la ladera asiática de los Urales], los
ocios de la vida nómade, los hábitos de meditación que hacen
nacer en los individuos mejor dotados, otorgan a menudo a éstos
una distinción de maneras, una agudeza de inteligencia que
raramente se observa en el mismo nivel social en una
civilización más desarrollada...Lo que más les repugna son los
trabajos agrícolas; hacen cualquier cosa antes que aceptar el
oficio de agricultor". La agricultura es, en efecto, la primera
manifestación del trabajo servil que conoció la humanidad. Según
la tradición bíblica, el primer criminal, Caín, era un
agricultor.
[4] Hay un proverbio español que dice: Descansar es salud.
[5] "Oh Melibea, un dios nos dio esta ociosidad"; Virgilio;
Bucólicas. (Ver Apéndice)
[6] Evangelio según San Mateo, capítulo VI.
[7]Discurso pronunciado en la Sociedad Internacional de Estudios
Prácticos de Economía Social de París, en mayo de 1863, y
publicado en El economista francés de la misma época.
[8] Villermé, L. R.; Descripción del estado físico y moral de
los obreros en las fábricas de algodón, de lana y de seda, 1848.
Si los Dollfus, los Koechlin y otros fabricantes alsacianos
trataban así a sus obreros, no era porque fueran republicanos,
patriotas y filántropos protestantes; Blanqui, el académico,
Reybaud, el prototipo de Jerome Paturot y Jules Simon, el
maestro Juan Político, constataron las mismas amenidades para la
clase obrera entre los muy católicos y muy monárquicos
fabricantes de Lille y de Lyon. Estas son virtudes capitalistas
que se armonizan a las mil maravillas con todas las convicciones
políticas y religiosas.
[9]Los indios de las tribus belicosas de Brasil matan a sus
enfermos y a sus viejos; testimonian su amistad poniendo fin a
una vida que ya no se regocija con los combates, las fiestas y
los bailes. Todos los pueblos primitivos han dado a los suyos
estas pruebas de afecto: los masagetas del Mar Caspio (Heródoto),
así como los Wens de Alemania y los celtas de la Galia. En las
iglesias de Suecia, incluso hasta no hace mucho, se conservaban
las mazas llamadas mazas familiares, que se utilizaban para
librar a los padres de las tristezas de la vejez. ¡Cuán
degenerados están los proletarios modernos como para aceptar con
paciencia las espantosas miserias del trabajo fabril!
[10]En el Congreso Industrial celebrado en Berlín el 21 de enero
de 1879, se estimó en 568 millones de francos las pérdidas
sufridas por la industria del hierro alemana durante la última
crisis.
[11] La Justicia, de Clemenceau, en su sección financiera, decía
el 6 de abril de 1880: "Hemos oído sostener la opinión de que,
aun sin Prusia, Francia hubiera perdido de todas maneras los
miles de millones que perdió en la guerra de 1870, bajo la forma
de empréstitos emitidos periódicamente para equilibrar los
presupuestos extranjeros; tal es también nuestra opinión". Se
estima en cinco mil millones la pérdida de los capitales
ingleses en los empréstitos a América del Sur. Los trabajadores
franceses no sólo han producido los cinco mil millones pagados a
Bismarck, sino que siguen pagando los intereses de la
indemnización de guerra a los Ollivier, a los Girardin, a los
Bazaine y otros portadores de títulos de renta que han causado
la guerra y la derrota. Sin embargo, les queda un pequeño
consuelo: esos miles de millones no ocasionarán ninguna guerra
de recuperación.
[12]Bajo el Antiguo Régimen, las leyes de la iglesia
garantizaban al trabajador 90 días de descanso (52 domingos y 38
feriados), durante los cuales estaba estrictamente prohibido
trabajar. Era el gran crimen del catolicismo, la causa principal
de la irreligiosidad de la burguesía industrial y comercial.
Bajo la Revolución, cuando ésta se hizo dominante, abolió los
días feriados y reemplazó la semana de siete días por la de
diez. Liberó a los obreros del yugo de la iglesia para
someterlos mejor al yugo del trabajo.
El odio contra los días feriados no apareció hasta que la
moderna burguesía industrial y comercial tomó cuerpo, entre los
siglos XV y XVI. Enrique IV pidió su reducción al Papa, pero
éste se rehusó porque "una de las herejías más corrientes hoy en
día es la referida a las fiestas" (carta del cardenal d'Ossat).
Pero en 1666, Péréfixe, arzobispo de París, suprimió 17 feriados
en su diócesis. El protestantismo, que era la religión cristiana
adaptada a las nuevas necesidades industriales y comerciales de
la burguesía, fue menos celoso del descanso popular; destronó a
los santos del cielo para abolir sus fiestas sobre la tierra.
La reforma religiosa y el libre pensamiento filosófico no eran
más que los pretextos que permitieron a la burguesía jesuita y
rapaz escamotear al pueblo los días de fiesta.
[13] Esas fiestas pantagruélicas duraban semanas. Don Rodrigo de
Lara gana a su novia expulsando a los moros de Calatrava la
Vieja, y el Romancero narra que:
Las bodas fueron en Burgos,
Las tornabodas en Salas:
En bodas y tornabodas
Pasaron siete semanas.
Tantas vienen de las gentes,
Que no caben en las plazas...
[en español en el original] Los hombres de esas bodas de siete
semanas eran los heroicos soldados de las guerras de
independencia.
[14] Marx, Karl; El Capital, libro I, capítulo XV, punto 6.
[15] "La proporción en que la población de un país está empleada
como doméstica, al servicio de las clases acomodadas, indica el
progreso de ese país en lo que respecta a riqueza nacional y
civilización". (Martin, R. M.; Ireland before and after the
Union, 1818). Gambetta, que negaba la cuestión social desde que
dejó de ser el abogado pobre del Café Procope, quería sin duda
hablar de esta clase doméstica en constante crecimiento cuando
reclamaba el advenimiento de nuevas clases sociales.
[16]Dos ejemplos: el gobierno inglés, para complacer a los
países indios que, a pesar de las hambrunas periódicas que
asolan el país, se obstinan en cultivar amapolas en vez de arroz
o trigo, ha debido emprender guerras sangrientas a fin de
imponer al gobierno chino la libre introducción del opio indio.
Los salvajes de la Polinesia, a pesar de la mortalidad que ello
trajo como consecuencia, debieron vestirse y embriagarse a la
inglesa para consumir los productos de las destilerías de
Escocia y de las tejedurías de Manchester.
[17] Leroy-Beaulieu, Paul; La cuestión obrera en el siglo XIV;
1872.
[18]He aquí, según el célebre estadístico R. Giffen, de la
Oficina de Estadística de Londres, la progresión creciente de la
riqueza nacional de Inglaterra y de Irlanda: en 1814 era de 55
mil millones de francos; en 1865, era de 162,5 mil de millones
de francos; en 1875, 212,5 mil millones de francos.
[19] Reybaud, Louis; El algodón: su régimen, sus problemas;
1863.
[20] "Simulan ser Curius y viven como Bacanales" (Juvenal).
[21] Pantagruel, libro II, capítulo LXXIV.
[22] Heródoto; Tomo II de la traducción Larcher, 1876.
[23] Biot; De la abolición de la esclavitud antigua en
Occidente; 1840.
[24] Tito Livio; Libro Primero.
[25] Platón; La República, Libro V
[26] Cicerón; Los oficios [De los deberes], I, título II,
capítulo XLII.
[27] Platón; La República, V, y Las Leyes, III; Aristóteles;
Política, II y VII; Jenofonte; Económica, IV y VI; Plutarco;
Vida de Licurgo.
Traducción: María Celia Cotarelo
Digitalización: Franco Iacomella
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