"Porque de los hombres en
general se puede afirmar esto: que son desagradecidos, veleidosos, falsos,
cobardes, codiciosos, y en la medida en que te vaya bien son tuyos por
completo".
Esta frase, y frases similares sacadas de su contexto, han sido
causa de molestia e irritación en las mentes de los hombres durante más de
cuatrocientos años: las palabras de un inofensivo y callado patriota
florentino en retiro, ocupado en cortar árboles y conversar con campesinos
en su magra propiedad.
Maquiavelo ha sido el tormento de jesuitas y
calvinistas, el ídolo de los Napoleones y los Nietzsches, una figura de
suministro para el drama isabelino, y el modelo de un Mussolini o un
Lenin.
A Maquiavelo se le ha llamado cínico; pero no podría haber mayor fuente de
inspiración para el "cinismo" que la historia de la reputación de Maquiavelo.
Nada como la historia de la reputación de Maquiavelo podría ilustrar mejor
la trivialidad y la irrelevancia de la influencia. Desde su muerte, un
persistente romanticismo ha falsificado su mensaje. Maquiavelo ha
contribuido a las trapacerías de cada siglo. Pero a ningún hombre tan grande
se le ha malentendido tan completamente. Siempre se le ve con cierto desdén.
Su lugar no está con Aristóteles, o con Dante, en teoría política;
Maquiavelo intentó algo diferente. Su lugar no está con Napoleón, y mucho
menos con Nietzsche. Sus observaciones sirven por sí mismas a cualquier
teoría moderna del Estado, pero no pertenecen a ninguno.
En ocasión del aniversario de Nicolás Maquiavelo, debíamos ocuparnos no
tanto de la historia de su influencia -que es meramente la historia de los
diversos modos en que se le ha malentendido- como de la naturaleza de su
pensamiento y las razones de por qué debió tener tal influencia.
"Así que en primer lugar yo pongo como una inclinación general de toda la
humanidad un deseo perpetuo y sin reposo del poder tras el de toda la
humanidad un deseo perpetuo y sin reposo del poder tras el poder, que sólo
cesa con la muerte". Parecería a primera vista que estas palabras de Hobbes
están pronunciadas en el mismo tono que las ya citadas de Maquiavelo, y con
frecuencia se han puesto juntos estos dos nombres; pero el espíritu y el
propósito de Hobbes y de Maquiavelo son totalmente distintos. Con frecuencia
se toma a El Príncipe en el mismo sentido que el Leviatán. Pero Maquiavelo
no sólo no es un filósofo de la política en el sentido de Aristóteles y
Dante; es, incluso, menos un filósofo en el sentido de Hobbes. Tiene la
lucidez de Aristóteles y el patriotismo de Dante, pero con Hobbes tiene poco
en común. Maquiavelo es totalmente devoto: a la tarea de su propio lugar y
tiempo; no obstante, al subordinarse a la causa de su Estado particular, y a
la causa más grande de la Italia unida que él deseaba, Maquiavelo llega a
una mayor impersonalidad y a un mayor distanciamiento que Hobbes. A Hobbes
no lo conmueve apasionadamente el espectáculo del desastre nacional; Hobbes
está interesado en su propia teoría, y podemos ver su teoría, en parte, como
un resultado de las debilidades y las distorsiones de su propio
temperamento. En las observaciones de Hobbes sobre la naturaleza humana hay
con frecuencia un énfasis de más, un toque de spleen surgido probablemente
de alguna percepción de la debilidad y el fracaso de su propia vida y
carácter. A este énfasis de más, tan común en cierto tipo de filósofo desde
el tiempo de Hobbes, se le puede asociar atinadamente con el cinismo.
Porque el verdadero cinismo es una falta
del temperamento del observador, no una conclusión surgida con
naturalidad de la contemplación del objeto; es con mucho el reverso de
"enfrentar los hechos". En Maquiavelo no hay cinismo por ningún lado.
Ninguna mácula de las debilidades y fracasos de su propia vida y
carácter mancha el claro cristal de su visión. En los detalles, sin
duda, donde el significado de las palabras sufre una ligera alteración,
sentimos una ironía consciente; pero la totalidad de su visión está
limpia de cualquier tinte emocional. Una visión de la vida como la de
Maquiavelo implica un estado del alma que puede llamarse un estado de
inocencia. Una visión como la de Hobbes es ligeramente teatral y casi
sentimental. La impersonalidad y la inocencia de Maquiavelo es algo tan
raro que bien puede ser la clave tanto para su influencia perpetua sobre
los hombres como para la distorsión perpetua que sufre en las mentes de
hombres menos puros que él mismo.
No queremos decir que Maquiavelo es del todo frío e impasible. Por el
contrario, ofrece una prueba más de que el gran poder intelectual surge
de grandes pasiones. Maquiavelo no sólo era un patriota, sino que su
pasión patriótica es el motor de su mente. A escritores como Lord Morley
les acomoda presentar a Maquiavelo como un cirujano embozado lleno de
inhumanidad, indiferente a la exhortación moral y a quien sólo le
importa el examen clínico. A diferencia de Maquiavelo, Lord Morley no
había visto a su país desgarrado y saqueado, humillado no sólo por
invasores extranjeros, sino por invasores extranjeros traídos por los
facciosos príncipes nativos. La humillación de Italia era para
Maquiavelo una humillación personal, y el origen de su pensamiento y de
sus escritos.
Este intenso nacionalismo de ningún modo suprimió o distorsionó en
Maquiavelo los otros valores morales o espirituales. Sólo que en sus
escritos él se ocupa de ellos siempre desde un punto de vista, y se
ocupa de ellos siempre en relación con el Estado. Su concepción del
Estado es una concepción vasta y generosa. El es el consejero del
Príncipe sólo porque le importa apasionadamente el bien de la república.
Por un hombre como Napoleón -quien tenía una gran opinión de Maquiavelo,
y cuyo sentido de realidad hizo que Maquiavelo le simpatizara-
Maquiavelo sólo podría sentir aversión; Napoleón le habría parecido un
usurpador extranjero y un violento egotista. Y a Maquiavelo no le
interesa la idea moderna del Imperio; una Italia unida era el límite de
su visión; y de hecho sentimos con frecuencia, al leer la más importante
de sus obras, los Discursos sobre la primera década de Tito Livio, que
tiene mucha mayor admiración por la Roma republicana que por la Roma
imperial. Su primer pensamiento siempre está por la paz y la prosperidad
y la felicidad de los gobernados; pero sabe muy bien que esta felicidad
no reside meramente en la paz y en la riqueza. Esta depende de, y a su
vez apoya a, la virtud de los ciudadanos. La virtud cívica no puede
existir sin una medida de libertad, y a Maquiavelo lo ocupa
constantemente en relación con qué la libertad es obtenible:
Rara vez ocurre que las demandas de un pueblo libre resultan ya sea
irrazonables o ya sea perjudiciales para la libertad, siendo que
comúnmente proceden ya sea de la opresión real o del miedo a ella; pero
si resulta que ese temor no tiene fundamento, no es materia difícil
pacificarlo mediante una conferencia pública, donde el pueblo siempre
está dispuesto a escuchar a cualquier hombre con méritos y autoridad al
que crea adecuado para la arenga: porque aunque el pueblo puede estar a
veces en un error, como dice Cicerón, está abierto a una mejor
información, y se le puede convencer pronto, cuando una persona de cuya
veracidad e integridad el pueblo tiene una buena opinión se encarga de
mostrarles su error.
La actitud de Maquiavelo hacia la religión y hacia la religión de su
país, ha sido con frecuencia objeto de malentendidos. Su actitud es la
de un estadista, y es tan noble como la de cualquier estadista, qua
estadista. De hecho, tal actitud no podría ser otra de la que es.
Maquiavelo no se opone ni a la religión ni a la Iglesia católica. Vio
muy claramente, y era difícil que no lo hubiera visto, la corrupción de
la Iglesia y la bajeza de los eclesiásticos eminentes con los que trató.
Y en La mandrágora, su brillante comedia, hace una burla excelente de
las corrupciones más despreciables del clero. Vio, por una parte, el
grado en que la Iglesia y los poderosos individuos nobles de la Iglesia
habían contribuido a la desunión y a la desolación de su país. Pero él
sostuvo firmemente que una Iglesia establecida era de gran valía para un
Estado.
Luego de considerar todas estas cosas, concluyo que el establecimiento
de la religión en Roma hecho por Numa fue una de las causas que
contribuyeron principalmente a su dicha y grandeza: porque la religión
produjo buen orden, y el buen orden generalmente trae buena fortuna y
éxito a cualquier empeño. Y del mismo modo en que la estricta
observancia del culto a lo divino y de los deberes religiosos tiende
siempre al engrandecimiento de un Estado, el rechazo y el desprecio por
ellos puede contarse entre las primeras causas de su ruina. Porque,
donde no hay temor de Dios, puede ocurrir que el Estado caiga en la
destrucción o se sostenga mediante la reverencia mostrada a un buen
Príncipe; esto puede sostenerlo por un tiempo, y suplir la necesidad de
religión en sus súbditos. Pero como la vida humana es corta, por
supuesto que el gobierno entrará en decadencia cuando se haya extinguido
la virtud que le daba forma y lo animaba.
Y más adelante (en los Discursos) Maquiavelo dice aún más
afirmativamente:
Los gobernantes de todos los Estados, ya sean reinos o repúblicas, que
buscan preservar firmes y enteros a sus gobiernos, deberían sobre todas
las cosas encargarse de que a la religión se le mantenga en la más alta
de las veneraciones, y que sus ceremonias en todo tiempo sean
incorruptibles e inviolables; porque no hay un pronóstico más seguro de
que la ruina amenaza a un Estado, que ver descuido y desprecio en el
culto a lo divino.
Y Maquiavelo sigue hasta mostrar, en el mismo capítulo, cómo el descuido
de la religión, ocasionado por los caprichos de la Iglesia de Roma,
había contribuido a la ruina de Italia. Es muy posible que una iglesia
nacional establecida, como la Iglesia Anglicana, pudo haberle parecido a
Maquiavelo el mejor establecimiento para una república cristiana; pero
de lo que está seguro es de que para una nación es necesario un
establecimiento religioso de algún tipo. Si sus palabras fueron ciertas,
lo siguen siendo. En lo que respecta a la religión "personal" de
Maquiavelo, fue al parecer tan genuina y sincera como la de cualquier
hombre que no es un especialista en devoción sino, intensamente, un
especialista en las cuestiones del Estado; y murió atendido por un
sacerdote. Vio con gran claridad y supo instintivamente que los
esfuerzos de un hombre como Savonarola no podrían traer ningún bien; su
objeción real no era al espíritu de Savonarola como a la contradicción
entre los métodos de Savonarola y el buen manejo del Estado. Pero con
una mente destructiva como la de Voltaire, la mente constructiva en lo
esencial de Maquiavelo no habría sentido nada en común.
En varios capítulos de El Príncipe y de El arte de la guerra es muy
claro que al ocuparse de las cuestiones de la guerra a Maquiavelo le
interesa siempre lo positivo y lo constructivo. En cuestiones de guerra,
y en el gobierno militar y en la ocupación, le interesan tanto las
fuerzas morales como los recursos técnicos. En sus observaciones sobre
la colonización, sobre la manera de ocupar un territorio extranjero, y
en sus repetidas advertencias contra el uso de tropas mercenarias,
Maquiavelo siempre pone como ejemplo de admiración al príncipe patriota
y a la ciudadanía patriota. Tiene poca paciencia para el príncipe que es
meramente un general; de un imperio como el de Napoleón habría dicho,
desde el principio, que no podía durar. Uno no puede gobernar a la gente
por siempre contra su voluntad, y hay algunos pueblos extranjeros a los
que uno no puede gobernar de ninguna manera; pero si uno tiene que
gobernar a un pueblo extraño e inferior -un pueblo inferior en el arte
de gobernar- entonces uno debe usar todos los medios para tenerlos
contentos y para persuadirlos de que el gobierno de uno va en su
interés. La libertad es buena, pero el orden es más importante; y el
mantenimiento del orden justifica todos los medios. Pero sus soldados
debían ser soldados ciudadanos, peleando por algo realmente valioso; y
el príncipe debe ser siempre un estadista, y un guerrero sólo cuando sea
necesario.
Ningún registro de las ópticas de Maquiavelo puede ser más que
fragmentario. Porque, aunque Maquiavelo es constructivo, no es un
constructor de sistemas; y sus pensamientos pueden repetirse pero no
compendiarse. Es quizás una característica de la sorprendente exactitud
de su visión y de sus observaciones el hecho de que Maquiavelo no tenga
un "sistema"; porque es casi inevitable que un sistema requiera ligeras
distorsiones y omisiones, y Maquiavelo no distorsionó ni omitió nada.
Pero lo más curioso es que ningún registro o recapitulación de su
pensamiento parece dar una clave ya sea de su grandeza o de su gran y
grotesca reputación. Cuando lo leemos por primera vez no recibimos la
impresión ni de estar ante una gran alma ni ante un intelecto demoníaco,
sino meramente ante un observador modesto y honesto que apunta los
hechos como son y hace comentarios tan verdaderos que parecen planos.
Sólo después de la lenta absorción y el impacto en la mente de los
repetidos contrastes entre una honestidad así, y los engaños comunes,
las deshonestidades y las tergiversaciones de la mente humana en
general, se abre paso hacia nosotros la grandeza única de Maquiavelo. No
queremos decir con esto que el pensamiento de Maquiavelo es una
excepción solitaria. Un escritor francés, M. Charles Benoist, ha
dedicado un volumen a Le machiavélisme avant Machiavel. Hay paralelos en
su propio tiempo. Es difícil que Maquiavelo conociera a Comynes, pero la
mente y la visión de este gran diplomático belga, quien sirvió tan bien
y por tan largo tiempo a Luis de Francia, se relacionan cercanamente con
las de Maquiavelo. Pero Maquiavelo, aparte de su diferencia de método,
es un espíritu mucho más puro e intenso.
Es muy poco probable que el apasionado nacionalismo de Maquiavelo fuera
entendido en su propio tiempo, y mucho menos por sus compatriotas. Pero
la honestidad de su mente es tal que difícilmente se le entiende en
cualquier tiempo. Al parecer, sus escritos fascinaron y aterrorizaron a
Europa desde un principio. La gente no pudo escapar de la fascinación;
del terror, la gente escapó convirtiendo a Maquiavelo en un mito de
terror. Incluso en Italia, como lo muestra Charbonnel en La pensée
italienne au XVI siècle, su pensamiento fue distorsionado de inmediato.
Al parecer los papas y los príncipes han tomado de sus libros lo que
querían, pero no lo que Maquiavelo quería transmitir. Pero cuando su
obra rebasó las fronteras la distorsión se hizo aún más grande. En
Francia, y sobre todo entre los hugonotes, desató las más violentas
respuestas. Apenas se le trató como algo más que un astuto sicofante que
daba consejos a los tiranos sobre las mejores maneras de oprimir a sus
súbditos. En Francia no sólo los religiosos partidarios sino los
politiques -notablemente Jean Bodin- se le fueron encima. Bodin no pudo
pasar por alto el elogio de Maquiavelo a César Borgia en El Príncipe
aunque, para cualquiera que lea este libro sin prejuicios, debía quedar
muy claro respecto a qué, y con cuantas reservas, Maquiavelo hace su
elogio. En Inglaterra, Thomas Cromwell y otros admiraban su obra, aunque
es muy improbable que lo entendieran mejor. Pero la impresión general de
Maquiavelo en Inglaterra se debe a la influencia francesa, a la
traducción de Contre-Machiavel de Gentillet. A cada desplazamiento
Maquiavelo sufría. En cierta medida la civilización de Francia estaba
por abajo que la de Italia, y la civilización de Inglaterra ciertamente
no había alcanzado a la civilización de Francia. Uno sólo tiene que
comparar el desarrollo del estilo de la prosa en las tres lenguas.
Maquiavelo es un maestro de estilo de prosa en cualquier época; su prosa
es madura. En Francia no hay nada comparable hasta Montaigne, y
Montaigne no es un classique para la crítica francesa. Y en Inglaterra
no hay nada comparable hasta Hobbes y Clarendon. Pero para ese tiempo,
cuando la civilización de los tres países estaba ya muy nivelada, hay un
deterioro en todas partes. Montaigne es inferior a Maquiavelo, y Hobbes
es inferior a Montaigne. En su Maquiavelo y el drama isabelino, Edward
Mayer ha catalogado la dramatización de Maquiavelo en Inglaterra, y
Wyndham Lewis lo ha discutido más filosóficamente en su muy interesante
estudio de Shakespeare: El león y la zorra. La figura de Ricardo III es
el testimonio de la impresión que dejaba Maquiavelo, y la falsedad de
esta impresión.
Por tanto debemos inquirir qué hay en Maquiavelo que impresiona la mente
de Europa de un modo tan prodigioso y tan curioso, y por qué la mente
europea sintió la necesidad de deformar su doctrina tan absurdamente. En
efecto, hay causas que han contribuido. La reputación de Italia como el
hogar del crimen fantástico, pícaro y diabólico, llenó la imaginación de
los franceses, y más aún de los ingleses, como ahora está llena con las
glorias de Chicago o Los Ángeles, y predispuso a la imaginación a crear
un representante mítico de esta criminalidad. Pero el crecimiento del
protestantismo -y Francia, lo mismo que Inglaterra, era entonces un país
protestante en gran parte- creó aún más una disposición contra un hombre
que en sus propias costumbres aceptaba la óptica ortodoxa del pecado
original. A Calvino, cuya visión de la humanidad era mucho más extrema,
y ciertamente más falsa que la de Maquiavelo, nunca se le trató con
tanto oprobio; pero cuando la reacción inevitable contra el calvinismo
surgió del propio calvinismo, y de Ginebra, en la doctrina de Rousseau,
esto también fue hostil a Maquiavelo. Porque Maquiavelo es un doctor de
lo basto, y lo basto siempre es insoportable para los partidarios de lo
extremo. Un fanático puede ser tolerado. El fracaso de un fanatismo como
el de Savonarola asegura su tolerancia por la posteridad e incluso su
aprobación como patrono. Pero Maquiavelo no era un fanático; él
meramente dijo la verdad sobre la humanidad. El mundo de los motivos
humanos que él describe es verdadero -es decir, se trata de la humanidad
sin el añadido de la Gracia sobrehumana. Por tanto es tolerable sólo a
personas que tienen también una creencia religiosa definida; el credo de
Maquiavelo es insoportable para el esfuerzo de los últimos tres siglos
de suplir la creencia religiosa por la creencia en la Humanidad. Lord
Morley se hace eco de la habitual admiración hostil moderna hacia
Maquiavelo cuando insinúa que Maquiavelo vio muy claramente lo que en
efecto vio, pero que vio sólo la mitad de la verdad sobre la naturaleza
humana. Lo que Maquiavelo no vio sobre la naturaleza humana es el mito
de la bondad humana que para el pensamiento liberal reemplaza la
creencia en la Gracia Divina.
Es fácil admirar a Maquiavelo de un modo sentimental. Es sólo una de las
poses histriónicas y sentimentales de la naturaleza humana -y la
naturaleza humana es incorregiblemente histriónica- posar como
"realista", como una persona "que no admite el sinsentido", admirar la
"franqueza brutal" o el "cinismo" de Maquiavelo. Esta es una forma de
autosatisfacción y autoengaño, que meramente propaga el mito "Judío de
Malta-Nietzsche" de Maquiavelo. En la Inglaterra isabelina la reputación
de Maquiavelo fue mera e inconscientemente manipulada para alimentar la
tendencia perpetua a recurrir a la herejía maniquea: el deseo de un mal
al que adorar. Los impulsos heréticos permanecen muy constantes; vuelven
a darse en el Satán de Milton y en el Caín de Byron. Pero Maquiavelo no
tiene comercio alguno con estas gratificaciones de las debilidades
humanas. No tiene nada del instinto para posar; y por tanto los seres
humanos, para aceptarlo, tienen que convertirlo en una figura dramática.
Su reputación es la historia del intento de la humanidad de protegerse a
sí misma, cubriéndose con una capa de falsedad, contra cualquier
exposición de la verdad.
Se ha dicho, en un tono de reproche, que Maquiavelo no hace ningún
intento "por persuadir". Ciertamente él no era un profeta. Porque él
estaba interesado primero que nada en la verdad, no en la persuasión, lo
cual es un motivo de que su prosa sea gran prosa, no sólo de la italiana
sino un modelo de estilo para cualquier lengua. El es un Aristóteles
parcial de la política. Pero es parcial no porque su visión esté
distorsionada o su juicio sesgado, o por cualquier falta de interés
moral, sino por su sola pasión por la unidad, la paz y la prosperidad de
su país. Lo que lo vuelve un gran escritor, y para siempre una figura
solitaria, es la pureza y la sinceridad de su pasión. Nadie fue nunca
menos "maquiavélico" que Maquiavelo. Sólo un puro de corazón puede
lanzar el arpón sobre la naturaleza humana como lo ha hecho Maquiavelo.
El cínico nunca puede hacerlo; porque el cínico es siempre impuro y
sentimental. Pero es fácil entender por qué Maquiavelo no fue él mismo
un político exitoso. Por un lado, no tenía la capacidad para el
autoengaño o la autodramatización. La receta dors ton sommeil de brute
(algo así como "hazte el tonto") es aplicable en muchas formas, de las
cuales Calvino y Rousseau dan dos variaciones; pero la utilidad de
Maquiavelo está en sus llamados perpetuos a examinar las debilidades y
la impureza del alma. Es probable que nunca olvidemos sus lecciones
políticas, pero a su examen de la conciencia no habría que pasarlo por
alto tan fácilmente.
Traducción de Luis Miguel Aguilar