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A

ABAD (abate, sacerdote). ¿A dónde vais, señor abad?, etc. ¿Sabéis que abad significa padre? Si llegáis a serlo, rendiréis un servicio al Estado, haréis sin duda la mejor obra que puede hacer un hombre, y daréis vida a un ser pensante. Hay en esta acción algo de divino.

Pero si sólo sois abad por haber sido tonsurado, por vestir hábito y por lograr un beneficio, no merecéis el nombre de abad.

 

Los antiguos monjes dieron el nombre de abad al superior que ellos elegían. Era su padre espiritual. ¡De qué manera el tiempo ha cambiado el significado de este nombre! El abad espiritual era un pobre a la cabeza de otros pobres. Pero los pobres padres espirituales tuvieron luego doscientas, cuatrocientas libras de renta, y en Alemania algunos pobres padres espirituales tienen hoy un regimiento de guardias.

 

¡Un pobre que ha hecho voto de pobreza y que, en consecuencia, es como un soberano! Y aunque esto ya se ha dicho, hay que repetirlo sin cesar porque no se puede tolerar más. Las leyes rechazan este abuso, la religión se indigna de ello y los pobres desnudos y famélicos claman al cielo ante la puerta del señor abad.

 

Sin embargo, los señores abades de Italia, de Alemania, de Flandes y de Borgoña me objetarán: «¿Por qué no hemos de acumular bienes y honores?, ¿por qué no debemos ser príncipes? ¿No lo son acaso los obispos? Al igual que nosotros, ellos eran en principio pobres, pero se han enriquecido y elevado. Uno de ellos ha llegado a ser superior a los reyes, dejadnos imitarle tanto como podamos».

 

Tenéis razón, señores, invadid la Tierra, ésta pertenece al fuerte o al astuto que se adueña de ella; os habéis aprovechado de tiempos de ignorancia, superstición y demencia, para despojarnos de nuestros bienes y pisotearnos, para engordar con la sustancia de los desvalidos: ¡ay, cuando llegue el día de la razón!

 

ABEJAS. La especie de las abejas es superior a la raza humana en cuanto extrae de su cuerpo una sustancia útil, mientras que todas nuestras secreciones son despreciables y no hay una sola que no haga desagradable al género humano.

 

Me admira que los enjambres que escapan de la colmena sean más pacíficos que los chiquillos al salir del colegio, pues en esas circunstancias las jóvenes abejas no pican a nadie, o lo hacen raras veces y en casos excepcionales. Se dejan atrapar y con la mano se les puede llevar a una colmena preparada para ello. Pero cuando en su nueva morada conocen sus verdaderos intereses, se tornan semejantes a nosotros y nos declaran la guerra. En cierta ocasión presencié cómo iban pacíficamente, durante seis meses, las abejas a libar el néctar en un prado cercano cuajado de flores. Pero en cuanto comenzaron a segar el prado, salieron furiosas de la colmena y acometiendo a los segadores que querían privarlas de su alimento les obligaron a huir.

 

No sé quién fue el primero que dijo que las abejas se regían por un sistema monárquico. Indudablemente, esta idea no la emitió ningún republicano. Tampoco sé quién descubrió que se trataba de una reina en vez de un rey, y supuso que dicha reina era una Mesalina que disponía de un serrallo fabuloso y se pasaba la vida ayuntándose y procreando, poniendo y cobijando unos cuarenta mil huevos cada año. Y en las suposiciones se ha ido más allá. Se ha pretendido que pone huevos de tres especies diferentes: de reinas, de esclavos, que se llaman zánganos, y de sirvientas, que se llaman obreras. Pero esta suposición no concuerda con las leyes ordinarias de la Naturaleza.

 

Un eminente sabio, sagaz observador de la naturaleza, inventó hace unos años la incubadora de pollos, que conocieron ya los egipcios cuatro mil años atrás, sin importarle un ardid la enorme diferencia que media entre nuestro clima y el de Egipto. Y también este sabio (1) afirma que la reina de las abejas es la madre de esas tres especies de ellas.

 

(1) Reaumur: Tratado de las singularidades de la Naturaleza.

 

Ciertos naturalistas tuvieron por buenas esas teorías, hasta que apareció un hombre que, dueño de seiscientas colmenas, creyó conocer mejor esta materia que los que sin poseer ninguna han escrito volúmenes enteros sobre esta república industriosa, tan desconocida como la de las hormigas. Ese hombre se llama Simón. Sin ínfulas de literato, escribe llanamente, pero consigue recoger miel y cera. Es buen observador y sabe más sobre esta materia que el prior de Jouval y que el autor del Espectáculo de la naturaleza. Estudió la vida de las abejas durante veinte años y afirma que es falso cuanto se ha dicho de ellas, y que los libros escritos sobre esta materia se han burlado de nosotros. Dice que hay efectivamente en cada colmena un rey y una reina que perpetúan el linaje real y dirigen el laboreo de sus súbditos, que ha visto dichos reyes y los ha dibujado. Asegura también que en las colmenas existe la grey de los zánganos y la numerosa familia de las abejas obreras, machos y hembras, y que éstas depositan sus huevos en las celdillas que han construido.

 

¿Cómo sería posible que sólo la reina pudiera poner y cobijar cuarenta mil huevos uno tras otro? El sistema más sencillo de averiguarlo suele ser el más verdadero. Sin embargo, yo he buscado muchas veces al rey y a la reina y nunca he llegado a verlos. Algunos observadores afirman que han visto a la reina rodeada de su corte, y han sacado de su colmena a ella y a su servidumbre, poniéndolas a todas en el brazo. No he verificado este experimento, pero sí he tomado con la mano las abejas de un enjambre que salía de la colmena sin que me picaran. Hay personas tan convencidas de que las abejas no causan daño alguno que se ponen enjambres de ellas en la cara y en el pecho.

 

Virgilio escribió sobre las abejas incurriendo en los errores de su época. Yo más bien me inclinaría a creer que el rey y la reina sólo son dos abejas normales que por casualidad vuelan al frente de las demás, y que cuando todas juntas van a libar el néctar de las flores hay algunas más rápidas que van delante, pero colegir de ello que en las colmenas hay rey, reina y corte, resulta muy dudoso.

 

Muchas especies de animales se agrupan y viven juntos. Se han comparado los corderos y los toros con los reyes, porque entre ellos frecuentemente hay uno que va delante y esta circunstancia ha llamado siempre la atención. El animal que muestra mayor apariencia de ser rey y de poseer su corte es el gallo: llama de continuo a las gallinas y deja caer de su pico el grano para que ellas lo coman, las dirige y las defiende, no tolera que otro aspirante a rey participe con él del dominio de su pequeño estado, y no se aleja nunca de su serrallo. Esta es la auténtica imagen de la monarquía, mejor representada en un gallinero que en una colmena.

 

En el libro de los Proverbios, atribuido a Salomón, se dice «que cuatro cosas hay entre las más pequeñas de la tierra, con más sabiduría que los mismos sabios: las hormigas, pueblo débil que en verano almacena su comida; los conejos, pueblo pacífico que construye su casa en la piedra; las langostas, que no tienen rey y salen todas en cuadrillas, y la araña, que teje con las manos y está en palacios de reyes». Ignoro por qué Salomón se olvidó hablar de las abejas, dotadas de instinto superior al de los conejos, aunque no ponen su casa en la piedra, y de instinto superior al de la araña, cuyo ingenio desconozco. Yo siempre preferiré la abeja a las langostas.

 

ABRAHÁN. No vamos a tratar ahora de la parte divina que se atribuye a Abrahán, porque la Biblia ya dice de esto todo lo que debe decir. Sólo nos vamos a ocupar con el mayor respeto de su aspecto profano, relacionado con la geografía, con el orden de los tiempos y con los usos y las costumbres, cosas todas ellas que por estar íntimamente unidas con la Historia Sagrada son arroyos que deben conservar algo de la divinidad de su origen.

 

Abrahán, aunque nacido en las orillas del Éufrates, es un personaje importante para los occidentales, pero no para los orientales, que, sin embargo, le respetan. Los mahometanos sólo poseen cronología cierta desde su hégira. La historiografía, perdida de forma absoluta en los sitios donde acaecieron los grandes sucesos, llegó al fin a nuestras latitudes donde se desconocían esos hechos. Discutimos, sobre todo, lo que sucedió en el Éufrates, el Jordán y el Nilo, ya que los actuales poseedores de esos ríos disfrutan de esos países tranquilamente sin enzarzarse en controversias y disputas.

 

A pesar de ser la época de Abrahán el comienzo de la nuestra, disentimos respecto a su nacimiento en sesenta años. Porque he aquí lo que consta en la Escritura:

 

«Y vivió Thare setenta años, y engendró a Abrahán, y a Nachor, y a Harán. Y fueron los días de Thare doscientos y cinco años, y murió Thare en Harán» (Génesis, 11, 26‑32).

 

«Empero Jehová había dicho a Abrahán: Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre a la tierra que te mostraré; y haré de ti una nación grande» (Génesis, 12, 1‑2).

 

Se ve, pues, claro en el texto que Thare tuvo a Abrahán a los setenta años, y que murió a los doscientos cinco, y que Abrahán al salir inmediatamente de Caldea al morir su padre debía tener justamente ciento treinta y cinco años cuando salió de su país. Esta es también la opinión de san Esteban, manifestada en el discurso que dirigió a los judíos; sin embargo, el Génesis dice que «Abrahán tenía setenta y cinco años» cuando salió de Harán (12, 4).

 

Este es el principal motivo de la disputa sobre la edad de Abrahán pero hay algunos más. ¿Cómo podía tener Abrahán al mismo tiempo ciento treinta y cinco años y setenta y cinco? San Jerónimo y san Agustín dicen que esa dificultad es inexplicable. Pero dom Calmet, aun confesando que ambos padres no pudieron solucionar el problema, cree que lo resuelve diciendo que Abrahán era el hijo menor de los hijos de Thare, pese a que el Génesis dice que era el primogénito. Ya hemos visto que el Génesis dice que nació Abrahán teniendo su padre setenta años, y Calmet le hace nacer cuando aquél contaba ciento treinta. Esta conciliación dio pie a una nueva disputa. En la incertidumbre que nos dejan el texto y el comentario, lo mejor que podemos hacer es adorar al patriarca y no discutir más.

 

No hay ninguna época de tiempos remotos que no haya suscitado multitud de opiniones encontradas. Según Moseri, poseemos setenta sistemas de cronología de la Historia Sagrada pese a que ésta la dictó Dios mismo. A éstas, después de Moseri, se añadieron cinco nuevas formas de conciliar los textos de la Escritura, de modo que ha habido tantas polémicas sobre Abrahán como años se le atribuyen en el texto cuando salió de Harán. Entre esos setenta y cinco sistemas no hay uno solo que nos diga cómo era la ciudad o la localidad de Harán, y dónde estaba situada. ¿Qué hilo es capaz de guiarnos en el laberinto de las controversias entabladas desde el primero al último versículo del Génesis? Ninguno. Debemos, pues, resignarnos, dado que el Espíritu Santo no quiso enseñarnos la cronología, la física y la lógica. Sólo deseó que fuéramos hombres temerosos de Dios y que no pudiendo comprenderle nos sometiéramos a él.

 

También es difícil explicarnos cómo Sara, siendo mujer de Abrahán, fue al mismo tiempo su hermana. Abrahán dijo al rey Abimelech, quien raptó a Sara prendado de su hermosura a la edad de noventa años y estando embarazada de Isaac: «Es verdaderamente mi hermana; es hija de mi padre, pero no de mi madre, y la hice mi esposa» (Génesis, 20, 12).

 

El Antiguo Testamento no nos explica que Sara fuese hermana de su marido. Dom Calmet, cuyo recto criterio y sagacidad son famosos, dice que podía ser su sobrina. Enmaridar con una hermana probablemente no sería cometer un incesto en Caldea, ni puede que tampoco en Persia. Las costumbres cambian con los tiempos y los lugares. Cabe suponer que Abrahán, hijo del idólatra Thare, seguía siendo idólatra cuando desposó a Sara, fuera su hermana o sobrina.

 

Varios padres de la Iglesia disculpan menos a Abrahán por haber dicho a Sara al entrar en Egipto: «Ahora conozco que eres mujer hermosa a la vista, y ocurrirá que cuando te vean los egipcios, dirán: su mujer es, y me matarán a mí, y a ti te guardarán la vida. Ahora, pues, di que eres mi hermana, para que yo haya bien por causa tuya y viva mi alma por amor de ti». Sara sólo tenía entonces sesenta y cinco años, pero teniendo como tuvo veinticinco años después un rey por amante, bien pudo veinticinco años antes inspirar amor al faraón de Egipto. En efecto, el faraón se prendó de ella, como después la raptó Abimelech y la llevó al desierto.

 

Abrahán recibió como regalos del faraón «ovejas y vacas, y asnos y siervos, y criadas y asnas y camellos». Tan considerables regalos prueban que los faraones eran ya entonces reyes poderosos y hacían las cosas en grande. Egipto debió de estar ya muy poblado. Mas para que fuera habitable aquel territorio y se edificaran ciudades, fue preciso que transcurrieran muchos años dedicados a hercúleos trabajos, que se construyeran multitud de canales para recoger las aguas del Nilo que inundaban Egipto todos los años durante cuatro o cinco meses, y que en seguida encenegaban la tierra; fue preciso emplazar esas ciudades veinte pies lo menos por encima de los canales. Para realizar tales obras fue indispensable el transcurso de muchos siglos.

 

Ahora bien, según la Biblia, resulta que sólo habían mediado cuatrocientos años entre el Diluvio y la época del viaje de Abrahán a Egipto. Debió de ser extraordinariamente ingenioso y trabajador infatigable el pueblo egipcio para conseguir en tan poco tiempo inventar artes y ciencias, domeñar el Nilo y cambiar el aspecto del país. Probablemente, estaban ya levantadas muchas de las grandes pirámides, porque poco tiempo después perfeccionaron el arte de embalsamar los cadáveres; sabido es que las pirámides fueron los sepulcros donde moraban los restos mortales de los príncipes tras celebrar augustas ceremonias.

 

La remota antigüedad que se atribuye a las pirámides es tan creíble que trescientos años antes, o sea cien años después del diluvio universal los asiáticos levantaron en las llanuras de Sennaar una torre que debía llegar hasta el cielo. En su exégesis de Isaías, san Jerónimo dice que esa torre tenía ya cuatro mil pasos de altura cuando Dios decidió descender para destruirla.

 

Suponiendo que cada paso comprende dos pies y medio, la torre tendría la altura de diez mil pies; por lo tanto, la torre de Babel era veinte veces más alta que las pirámides de Egipto, la más alta de las cuales mide unos quinientos pies. Prodigiosa sería la cantidad de instrumentos que necesitaron para elevar semejante fábrica, en cuya construcción debían participar todas las artes. Los exégetas afirman que los hombres de aquella época eran incomparablemente más altos, más fuertes y más industriosos que los de ahora. Esto es lo que debemos tener en cuenta al tratar de Abrahán, respecto de las artes y las ciencias.

 

En cuanto a su persona, es verosímil que fuera un personaje importantísimo. Persas y caldeos se disputaron su nacimiento. La antigua religión de los magos se conoce desde tiempo inmemorial por Rish Ibrahim, y hemos convenido en que la palabra Ibrahim significa Abrahán, siendo común entre los asiáticos, que usaban rara vez las vocales, cambiar en la pronunciación la i en a o la a en i. Se ha supuesto asimismo que Abrahán fue el Brahma de los hindúes, cuya nación mantuvo relaciones hasta con los pueblos del Éufrates, que desde tiempo inmemorial comerciaban en la India.

 

Los árabes le tienen como fundador de la Meca. Mahoma le reconoce en el Corán como el más insigne de sus antecesores. Esto dice hablando de él: «Abrahán no era judío ni cristiano; era un musulmán ortodoxo y no pertenecía al número de los que dan compañeros a Dios».

 

La audacia del espíritu humano llegó al extremo de imaginar que los judíos no se dijeron descendientes de Abrahán hasta épocas más posteriores, hasta que lograron afincarse en Palestina. Como eran extranjeros, malquistos y despreciados de los pueblos limítrofes, para que se tuviera mejor opinión de ellos idearon ser descendientes de Abrahán, reverenciado en buena parte de Asia. La fe que debemos a los libros sagrados de los judíos allana todas esas dificultades.

 

Críticos no menos audaces añaden difusas objeciones respecto al comercio inmediato que Abrahán tuvo con Dios, a sus combates y a sus victorias.

 

El Señor se le apareció después de salir de Egipto y le dijo: «Eleva ahora tus ojos y mira desde el lugar donde estás hacia el Aquilón, y al Mediodía, al Oriente y al Occidente, porque toda la tierra que ves la daré a ti y a tu posteridad para siempre» (Génesis, 13, 14‑15). Con lo que el Señor le promete todo el terreno que media desde el Nilo hasta el Éufrates.

 

Estos críticos preguntan cómo Dios pudo prometer el país inmenso que los hebreos nunca poseyeron, y cómo pudo darles para siempre, in sempiternum, la pequeña parte de Palestina de la que hace muchísimos años los expulsaron.

 

El Señor añade a esas promesas que la posteridad de Abrahán será tan numerosa como el polvo de la tierra. «Y haré tu simiente como el polvo de la tierra: que si alguno podrá contar el polvo de la tierra, también tu simiente será contada (Génesis, 13, 16).

 

Insisten en sus objeciones y dicen que en la actualidad apenas existen en la superficie de la tierra cuatrocientos mil judíos, pese a que han considerado siempre el matrimonio como un deber sagrado y a pesar de que siempre ha sido su principal objetivo aumentar la población. A estas objeciones se replica que la Iglesia ha sustituido a la Sinagoga y que la Iglesia constituye la verdadera raza de Abrahán, que de este modo resulta numerosísima. Y aunque es cierto que no posee Palestina, no se excluye que pueda poseerla algún día, como la conquistó en tiempos del papa Urbano II durante la primera cruzada. En una palabra, contemplando con ojos de fe el Antiguo Testamento, todas las promesas se han cumplido... se cumplirán, y la débil raza humana debe reducirse al silencio.

 

Los quisquillosos críticos ponen también en duda la victoria que obtuvo Abrahán en Sodoma. Dicen que es inconcebible que un extranjero, llegado a Sodoma para apacentar sus ganados, derrotara con ciento diez pastores de bueyes y corderos a un rey de Persia, a un rey del Ponto y a otro de Babilonia, y que los persiguiera hasta Damasco, ciudad distante de Sodoma más de cien millas. Semejante victoria no es, sin embargo, imposible; existen dos ejemplos semejantes en aquellos tiempos heroicos testigos de que no ha disminuido la fuerza del brazo de Dios. Gedeón con los trescientos escogidos y el truco de los cántaros, las teas y las bocinas, destruyó un ejército entero, y Sansón, él solo, con una quijada de asno mató mil filisteos. Las historias profanas nos refieren ejemplos parecidos: trescientos espartanos detienen durante un tiempo el ejército de Jerjes en las Termópilas; verdad es que, excepto uno solo que huyó, todos murieron con su rey Leónidas, y que Jerjes cometió la felonía de mandar que le ahorcaran, en vez de erigirle la estatua que merecía. Verdad es también que esos trescientos lacedemonios, apostados en un paraje escarpado, por el que no podían pasar dos hombres a la vez, se hallaban respaldados por un ejército de diez mil griegos distribuidos en puntos fortificados, amén de que contaban con cuatro mil hombres más en las mismas Termópilas, que perecieron después de defenderse largo tiempo. Puede asegurarse que si hubieran ocupado un sitio menos inexpugnable que el que defendían esos trescientos espartanos, hubieran conquistado todavía más gloria luchando a campo abierto contra el ejército persa, que los aniquiló. En el monumento que se erigió después en el campo de batalla, se mencionan esas cuatro mil víctimas, pero sólo ha llegado a la posteridad el recuerdo de los trescientos.

 

Otra acción no menos memorable, aunque no tan conocida, fue la de los trescientos soldados suizos que derrotaron en Morgarten al ejército del archiduque Leopoldo de Austria formado por veinte mil hombres. Aquellos trescientos soldados helvéticos pusieron en fuga a la totalidad de la caballería apedreándola desde lo alto de las rocas y ganando tiempo para que acudieran mil cuatrocientos soldados de Helvecia que remacharon la derrota del ejército enemigo. La batalla de Morgarten es más famosa que la de las Termópilas, porque siempre es más notable vencer que ser vencido. Y basta de digresión, pues si las digresiones agradan a quien las hace, no siempre son del gusto del que las lee, aunque a la generalidad de los lectores les complazca siempre saber la derrota de grandes ejércitos a manos de unos pocos.

 

Decíamos que Abrahán fue uno de los hombres célebres en Asia Menor y Arabia, como Tesant lo fue en Egipto, el primer Zoroastro en Persia, Hércules en Grecia, Orfeo en Tracia, Odin en las naciones septentrionales, y otros conocidos por su celebridad más que por sus verídicas historias. Sólo me refiero aquí a la historia profana, porque respecto a la historia de los judíos, nuestros antecesores y nuestros enemigos (cuya historia creemos y detestamos, a pesar de que dicen que fue escrita por el Espíritu Santo), tenemos de ella la opinión que debemos tener. En esta! ocasión nos referimos a los árabes, que se vanaglorian de descender de Abrahán por la rama de Ismael, y creen que nuestro patriarca edificó la Meca y murió allí. Pero lo cierto es que la raza de Ismael se vio mucho más favorecida por Dios que la raza de Jacob. Una y otra produjeron ladrones, indudablemente, pero los ladrones árabes fueron más rapaces que los ladrones judíos. Los descendientes de Jacob sólo conquistaron un pequeño territorio, que perdieron, y los descendientes de Ismael conquistaron parte del Asia, de Europa y del Africa, establecieron un imperio más vasto que el de los romanos, y expulsaron a los judíos de sus cavernas, que ellos llamaban la tierra de Promisión.

 

A la vista de los ejemplos que ofrecen las historias modernas, es difícil convencerse de que Abrahán fuera el padre de dos naciones tan distintas. Se asegura que nació en Caldea y que era hijo de un pobre alfarero que se ganaba el sustento fabricando pequeños ídolos de barro; lo que ya no resulta tan verosímil es que el hijo de un alfarero marchara a fundar la Meca a cuatrocientas leguas del hogar paterno, bajo el Trópico, tras salvar desiertos impracticables. De haber sido un conquistador indudablemente se hubiera dirigido al inmenso territorio de Siria, y si no fue más que un hombre pobre, como nos lo describen, no hubiera sido capaz de fundar reinos lejos de su pueblo natal.

 

Ya hemos visto que el Génesis refiere que habían pasado setenta y cinco años cuando salió de Harán tras la muerte de su padre Thare, el alfarero. Pero también el Génesis dice que Thare engendró a Abrahán a los setenta años, que Thare vivió doscientos cinco, y que cuando murió Abrahán salió de Harán. O el autor no sabe lo que dice en esa narración, o resulta muy claro en el Génesis que Abrahán tenía ciento treinta y cinco años cuando abandonó Mesopotamia. Salió de un país idólatra para ir a otro país también idólatra que se llamaba Sichem, situado en Palestina. ¿Para qué fue allí? ¿Por qué abandonó las fértiles riberas del Éufrates para ir a tan lejana y estéril región como la de Sichem? La lengua caldea debió de ser muy diferente de la que se hablaba en Sichem, y además. aquel territorio no era comercial. Sichem dista de Caldea más de cien leguas y es preciso salvar muchos desiertos para llegar allí. Pero tal vez Dios quiso que hiciera ese viaje para ver la tierra que habían de habitar sus descendientes muchos siglos después. El espíritu humano no alcanza a comprender el motivo de ese viaje.

 

Apenas hubo llegado al país montañoso de Sichem, el hambre le obligó a abandonarlo y marchó a Egipto con su mujer en busca de alimentos para vivir. Hay cien leguas desde Sichem a Memfis. ¿Es lógico ir tan lejos a buscar trigo, a un país cuya lengua se desconoce? Extraños son esos viajes emprendidos a la edad de ciento cuarenta años.

 

Lleva a Memfis a su mujer Sara, que era muy joven, casi una niña comparada con él, pues no tenía más que sesenta y cinco años, y como era muy hermosa resolvió sacar partido de su belleza: «Finge que eres mi hermana para que por tu bella cara me traten bien a mí». Debía haberle dicho: «Finge que eres mi hija». Pero en fin... sigamos. El rey se enamoró de la joven Sara y regaló a su fingido hermano corderos, bueyes, asnos, camellos, siervos y criadas. Esto prueba que Egipto era entonces ya un reino poderoso y civilizado, y consecuentemente muy antiguo, y además que recompensaban allí rumbosamente a los hermanos que ofrecían sus hermanas a los reyes de Memfis.

 

La joven Sara tenía noventa años cuando Dios le prometió que Abrahán, que había cumplido ciento sesenta, sería padre de un hijo suyo dentro de un año. Abrahán, que era muy aficionado a viajar, se fue al horrible desierto de Cades llevándose a su mujer embarazada, siempre joven y hermosa. Un rey del desierto se enamoró también de Sara, como se había enamorado un rey de Egipto. El padre de los creyentes contó allí la misma mentira que en Egipto. Hizo pasar a su mujer por hermana y la mentira le valió también corderos, bueyes, siervos y criadas. Puede decirse que Abrahán llegó a ser muy rico por el físico de su mujer. Los exégetas han escrito un abrumador número de volúmenes para justificar la conducta de Abrahán y ponerse de acuerdo con la cronología. Aconsejamos a los lectores que lean esas exégesis, escritas por autores finos y delicados, excelentes metafísicos, hombres sin preocupaciones y algo pedantes.

 

Por otro lado, los nombres de Bram y Abram eran famosos en India y Persia. Hay incluso varios autores que se empeñan en que fue el mismo legislador que los griegos llamaron Zoroastro. Otros dicen que fue el Brahma de los hindúes, pero no está demostrado. Lo que resulta probable para muchos científicos es que Abrahán fue caldeo o persa. Los judíos, con el tiempo, se vanagloriaron de ser sus descendientes, como los francos de Héctor y los bretones de Tubal. Es opinión admitida que la nación judía fue un pueblo relativamente moderno que sólo muy tarde se afincó en Fenicia, que se hallaba rodeado de pueblos antiguos cuyo idioma adoptó, y que incluso tomó de ellos el nombre de Israel, que es caldeo, según la opinión del judío Flavio Josefo. Se sabe que tomó de los babilonios los nombres de sus ángeles y que sólo conoció la palabra Dios a través de los fenicios. Probablemente, tomó de los babilonios el nombre de Abrahán o Ibraim, pues la antigua religión de todas aquellas regiones, desde el Éufrates al Oxus, se llamaba Kishibrahim, Milafibrahim. Esta opinión viene confirmada por los estudios que hizo en aquellos días el sabio Hide.

 

Sin lugar a dudas, los judíos hicieron con la historia y la fábula antigua lo que hacen los ropavejeros con los trajes usados: los reforman y los venden como nuevos al mayor precio que pueden. Ha sido un ejemplo singular de la estupidez humana creer durante mucho tiempo que los judíos constituyeron una nación que había enseñado a todas las demás, cuando su mismo historiador Josefo confiesa que fue todo lo contrario.

 

Es muy difícil penetrar en los arcanos de la Antigüedad, pero es evidente que estaban ya florecientes todos los reinos de Asia antes que la horda vagabunda de árabes, que llamamos judíos, poseyera un pequeño espacio de tierra propia, antes que fuera dueña de una sola ciudad, antes de dictar sus leyes y de tener su propia religión. Cuando hallamos un antiguo rito, una primitiva doctrina establecida en Egipto o en Asia antes de los judíos, es lógico suponer que el reducido pueblo recién formado, ignorante y grosero, copió como pudo a la nación antigua, industriosa y floreciente, y es menester ser un ignorantón o un pícaro para asegurar que los hebreos enseñaron a los griegos.

 

Abrahán no sólo fue popular entre los judíos sino que le reverenciaron en toda Asia y hasta los últimos confines de la India. Esa denominación, que significa padre de un pueblo en algunas lenguas orientales, se la dieron a un habitante de Caldea del que muchas naciones se vanagloriaron de descender. El interés que tuvieron árabes y judíos por probar que descendían de dicho patriarca no permite, ni aun a los filósofos pirrónicos, la duda de que haya existido un Abrahán.

 

Los libros hebreos dicen que es hijo de Thare, y los islámicos nieto, que Azar fue su padre, creencia que mantienen muchos cristianos. Los exégetas expresan cuarenta y dos opiniones respecto al año que nació Abrahán y no me atrevo a aventurar la cuarenta y tres, pero a la vista de las fechas parece que el patriarca debió vivir sesenta años más de los que el texto le atribuye. Estos errores de cronología no invalidan la verdad de un hecho, y aunque el libro que se ocupa de Abrahán no fuera sagrado, no por eso dejaría de existir nuestro patriarca. Los judíos distinguían entre los libros escritos por los hombres y los inspirados a algún hombre particular. Su historia, aunque ligada a su ley divina, no constituía la misma ley. ¿Cómo hemos de creer, pues, que Dios dictara fechas falsas?

 

Filón, el filósofo judío, y Suidas refieren que Thare, padre o abuelo de Abrahán, que vivía en Ur, localidad de Caldea, era un hombre pobre que se ganaba el sustento fabricando pequeños ídolos y era idólatra. Si esto es verdad, la antigua religión del Sabeísmo, que no adoraba ídolos, sino al cielo y al sol, no debía hallarse establecida aún en Caldea, o si se conocía en alguna pequeña parte del país, la idolatría debía prevalecer en la mayor parte de él. En aquella época primitiva cada pequeño pueblo tenía su religión. Todas las religiones se permitían y se confundían tranquilamente, amén de que cada familia mantenía en el seno de sus hogares diferentes hábitos y costumbres. Labán, suegro de Jacob adoraba ídolos. Cada pequeño pueblo creía lo más natural que la población vecina tuviera sus dioses, limitándose a creer que el suyo era el mejor.

 

La Biblia dice que el Dios de los judíos, que les asignó el territorio de Canaán, ordenó a Abrahán que abandonara la fértil tierra de Caldea y fuera a Palestina, prometiéndole que en su progenie bendeciría a todas las naciones del mundo. Corresponde explicar a los teólogos el sentido místico de esa alegoría, por el que se bendice a todas las naciones en una simiente de la que ellas no descienden. Pero ese sentido místico no constituye el objeto de mis estudios histórico‑críticos. Algún tiempo después de esa promesa, la familia del patriarca, acosada por el hambre, fue a Egipto en busca de trigo. Es del todo singular la suerte de los hebreos que siempre fueron a Egipto empujados por el hambre, pues más tarde Jacob, por el mismo motivo, envió allí a sus hijos.

 

Abrahán, entrado ya en la decrepitud, se arriesgó a emprender este viaje con su mujer Sara, de sesenta y cinco años de edad. Siendo muy hermosa, temió su marido que los egipcios, cegados por su belleza, le matasen a él para gozar los encantos de su esposa y le propuso que se fingiera su hermana, etc. Cabe suponer que la naturaleza humana estaba dotada entonces de un extraordinario vigor que el tiempo y la molicie de las costumbres fueron debilitando después, como opinan también todos los autores antiguos, que aseguran que Elena tenía setenta años cuando la raptó Paris. Aconteció lo que Abrahán había previsto: la juventud egipcia quedó fascinada al ver a su esposa y el mismo faraón se enamoró de ella y la encerró en el serrallo aunque probablemente tendría allí mujeres mucho más jóvenes, pero el Señor castigó al faraón y a todo su serrallo enviándoles tres grandes plagas. El texto no dice cómo averiguó el faraón que aquella beldad era la esposa de Abrahán, pero lo cierto es que al enterarse la devolvió a su marido.

 

Era preciso que permaneciera inalterable la hermosura de Sara porque veinticinco años después, hallándose embarazada a los noventa años, viajando con su esposa por Fenicia, Abrahán abrigó el mismo temor y la hizo también pasar por hermana suya. El rey fenicio Abimelech se prendó de ella como el rey de Egipto, pero Dios se le apareció en sueños y le amenazó de muerte si se atrevía a tocar a su nueva amante. Preciso es confesar que la conducta de Sara fue tan extraña como la duración de sus encantos.

 

La singularidad de estas aventuras fue probablemente el motivo que impidió que los judíos tuvieran tanta fe en sus historias como en su Levítico. Creían a pie juntillas en su ley, pero no sentían tanto respeto por su historia. Por lo que respecta a sus antiguos libros, se encontraban en igual caso que los ingleses, que admiten las leyes de san Eduardo pero no creen en absoluto que san Eduardo curara los tumores malignos. Se hallaban en el mismo caso que los romanos, que prestaban obediencia a sus antiguas leyes, pero no se consideraban obligados a creer en el milagro de la criba llena de agua, ni en el del bajel que entró en el puerto arrastrado por el cinturón de una vestal, etc. Por eso el historiador Josefo, muy ferviente de su culto, deja a sus lectores en libertad de creer o no los antiguos prodigios que refiere.

 

La parte de la historia de Abrahán referente a sus viajes a Egipto y Fenicia prueba que existían ya grandes reinos cuando la nación judía no era más que una simple familia, que se habían promulgado multitud de leyes, porque sin leyes no puede subsistir ningún reino, y que por ende la ley de Moisés, que es posterior, no puede ser la primera ley que se promulgo. No es necesario empero que una ley sea la más antigua para que sea divina, porque es indudable que Dios es dueño absoluto de todas las épocas; no obstante, parece más natural a nuestra débil razón que si Dios quiso dar una ley la hubiera dictado al principio a todo el género humano.

 

El resto de la historia de Abrahán presenta flagrantes contradicciones. Dios, que se le aparecía con frecuencia y estableció con él no pocos pactos, le envió un día tres ángeles al valle de Mombre, y el patriarca les dio para que comieran pan, carne de ternera, mantequilla y leche. Los tres comieron y después hicieron que les presentase Sara, que había amasado el pan. Uno de esos ángeles, que el texto sagrado llama el Eterno, anuncia a Sara que dentro de un año tendrá un hijo. Sara, que ha cumplido noventa y cuatro años, al paso que su marido rondaba los cien años, se echó a reír al oír tal promesa. Esto prueba que confesaba su decrepitud y que la naturaleza humana no era diferente entonces de lo que es ahora. Lo cual no fue óbice para que esa decrépita quedara embarazada y enamorara al año siguiente al rey Abimelech, como acabamos de ver. Para que esas historias sean creíbles se precisa poseer una inteligencia muy distinta de la que tenemos hoy, o considerar cada episodio de la vida de Abrahán como un milagro, o creer que en su totalidad no es más que una alegoría. De todos modos, cualquiera que sea el partido que adoptemos nos resultará muy difícil comprenderla. Por ejemplo, ¿qué valor podemos dar a la promesa que hizo Dios a Abrahán de conceder a él y a su posteridad todo el territorio de Canaán que jamás poseyó ese caldeo? Es una de esas contradicciones que nos es imposible resolver.

 

Es asombroso y sorprendente que Dios, que hizo nacer a Isaac de una madre de noventa y cinco años y de un padre centenario, ordenara a éste degollar al hijo que le concedió, siendo así que no podía esperar ya nueva descendencia. Ese extraño mandato de Dios prueba que, en la época en que se escribió esa historia, era habitual en el pueblo judío el sacrificio de víctimas humanas, lo mismo que en otras naciones. Ahora bien, puede interpretarse la obediencia de Abrahán al referido mandato del Señor como una alegoría de la resignación con que el hombre debe aceptar las órdenes que dimanan del Ser Supremo.

 

Debemos hacer una observación importante respecto a la historia de dicho patriarca, considerado como el padre de judíos y árabes. Sus principales hijos fueron Isaac, que nació de su esposa por milagroso favor de la Providencia, e Ismael, que nació de su criada. En Isaac bendijo Dios la raza del patriarca y, sin embargo, Isaac es el padre de una nación desventurada y despreciable que permaneció mucho tiempo esclava y vivió dispersa un sinfín de años. Ismael, por el contrario, fue el padre de los árabes que fundaron el imperio de los califas, que es uno de los más extensos y más poderosos del Universo.

 

Los musulmanes profesan ferviente veneración a Abrahán, que ellos llaman Ibraim, piensan que está enterrado en Hebrón y allí van peregrinando; algunos creen que está enterrado en la Meca y allí acuden a reverenciarle.

 

Algunos persas antiguos opinaron que Abrahán era el mismo Zoroastro. Les sucedió lo mismo que a otros fundadores de las naciones orientales, a los que se atribuían diferentes nombres y diferentes aventuras, pero según se desprende del texto de la Sagrada Escritura debió de ser uno de esos árabes vagabundos que no tenían residencia fija. Le hemos visto nacer en Ur, localidad de Caldea, ir a Harán, después a Palestina, a Egipto, a Fenicia y al fin verse obligado a comprar su sepulcro en Hebrón.

 

Una de las más notables circunstancias de su vida fue que a la edad de noventa y nueve años, antes de engendrar a Isaac, ordenó que le circuncidaran a él, a su hijo Ismael y a todos sus siervos. Debió de adoptar esta costumbre de los egipcios. Es difícil desentrañar el origen de tal operación. Parece lo más probable que se inventara con el fin de precaver los abusos de la pubertad. Pero, ¿a qué conducía cortarse el prepucio a los cien años?

 

Por otro lado, hay autores que aseguran que sólo los sacerdotes de Egipto practicaban antiguamente esta costumbre para distinguirse de los demás hombres. En tiempos remotísimos, en Africa y en parte de Asia, los hombres en olor de santidad tenían por costumbre presentar el miembro viril a las mujeres que encontraban al paso para que lo besasen. En Egipto, llevaban en procesión el falo, que era un príapo descomunal. Los órganos de la generación eran considerados como objeto noble y sagrado como símbolo de poder divino. Les prestaban juramento y al hacerlo ponían la mano en los testículos, y puede que de esa antigua costumbre sacaron la palabra que significa testigo, porque antiguamente servían de testimonio y garantía. Cuando Abrahán envió un criado suyo a pedir a Rebeca para esposa de su hijo Isaac, el criado puso la mano en las partes genitales de Abrahán, que la Biblia traduce por la palabra muslo (Génesis, 24, 2).

 

De lo que acabamos de decir se infiere lo distintas que eran de las nuestras las costumbres de la remota Antigüedad. Al filósofo no debe sorprenderle que antiguamente se jurara por esta parte del cuerpo, como que se jurara por otra cualquiera. Tampoco debe extrañar que los sacerdotes, siempre en su manía de distinguirse de los demás hombres, se pusieran un signo en una parte del cuerpo tan reverenciada entonces.

 

Según el Génesis, la circuncisión fue adoptada mediante un pacto entre Dios y Abrahán, por el que se estipulaba que se debía quitar la vida al que no se circuncidara en la casa del mencionado patriarca. No se dice sin embargo, que Isaac lo estuviera, y en el referido libro no se vuelve a hablar de la circuncisión hasta los tiempos de Moisés.

 

Terminamos este artículo señalando que Abrahán, además de tener de Sara y de la criada Agar dos hijos, cada uno de los cuales fue padre de una gran nación, tuvo otros seis hijos de Cethura que se afincaron en Arabia, pero su posteridad no fue célebre.

 

ABUSO. Vicio inherente a todos los usos, a todas las leyes y a todas las instituciones humanas. El catálogo de los abusos no cabría en ninguna biblioteca. Los abusos dirigen los Estados. Si preguntáramos a los chinos a los japoneses o a los ingleses y les dijéramos: «Vuestro gobierno es todo un cúmulo de abusos que nunca subsanáis», los chinos nos responderían: «Subsistimos como nación hace más de cinco mil años y tal vez somos el pueblo menos desdichado del mundo, porque somos el más apacible»; los japoneses nos arguirían poco más o menos lo mismo, y los ingleses nos contestarían: «Somos muy poderosos en el mar y vivimos muy bien en la tierra; puede que dentro de diez mil años perfeccionemos nuestros hábitos. El gran secreto consiste en estar mejor que los demás pueblos cometiendo enormes abusos».

 

En este artículo sólo vamos a ocuparnos del recurso de alzada. Erraría quien creyera que Pierre de Cugnieres, hombre de leyes y abogado del rey en el Parlamento de París, interpuso un recurso de alzada en el año 1330, en la época de Felipe de Valois, ya que la fórmula de dicho recurso no se introdujo hasta finales del reinado de Luis XII. Pierre de Cugnieres hizo cuanto pudo para suprimir el abuso de las usurpaciones eclesiales, del cual se quejaban los jueces seculares, los señores que poseían jurisdicción y los Parlamentos, pero no lo consiguió. El clero, por su parte, se quejaba también de los señores, que no eran sino tiranos ignorantes que habían conculcado la justicia, y a los ojos de estos señores los eclesiásticos eran otros tiranos que sabían leer y escribir. Felipe VI se vio obligado a convocar a estos dos partidos, para que se reunieran en palacio ante él, no en el tribunal del Parlamento como dice Pasquier. El rey presidió en su trono rodeado de los pares, de los altos barones y de elevados dignatarios que componían su Consejo, al que asistieron veinte prelados. El arzobispo de Sens y el obispo de Autun hablaron en nombre del clero. No se dice quién fue el orador por el Parlamento, ni por los señores. Es verosímil, sin embargo, que el discurso del abogado del rey fuera un resumen de las alegaciones de las dos partes, que éste hablara en nombre del Parlamento y de los señores, y que el canciller resumiera las razones alegadas por ambas partes. Sea como fuere, vamos a reseñar las quejas que expusieron los barones y el Parlamento, redactadas por Pierre de Cugnieres:

 

1. Cuando un laico citaba ante un juez real o señorial a un clérigo que no estuviera tonsurado, que sólo hubiera recibido órdenes menores, el juez de la curia debía significar a los jueces que no podían juzgarle, bajo pena de excomunión y multa.

 

2. La jurisdicción eclesiástica obligaba a los laicos a comparecer ante ella en todos los litigios que tuvieran con los clérigos en materia civil, por sucesión y por préstamo.

 

3. Los obispos y abades establecerán notarios hasta en las mismas haciendas de los laicos.

 

4. Excomulgarán a los que no pagan sus deudas a los clérigos, y si el juez civil no les obliga a pagar excomulgarán también a dicho juez.

 

5. Cuando un ladrón pase a manos del juez civil, éste debe remitir al juez eclesiástico los objetos robados; si no lo hace, incurre en excomunión.

 

6. El excomulgado sólo podrá ser absuelto mediante pago de una multa.

 

7. Los jueces civiles denunciarán a los labradores y a los braceros que trabajen para algún excomulgado.

 

8. Dichos jueces tendrán la facultad de proceder a inventarios en los dominios del rey, prevalidos de que saben escribir.

 

9. Cobrarán ciertos derechos para conceder al recién casado autorización para acostarse con su mujer.

10. Se apoderarán de todos los testamentos.

 

11. Declaran condenado a todo aquel que muere sin testar, porque en ese caso la Iglesia nada hereda de él, y para concederle al menos los honores del entierro harán testamento en nombre suyo, en el que otorgaran mandas pías.

 

Parecidas a éstas, expusieron unas setenta quejas. Para defenderlas tomó la palabra Pierre Roger, arzobispo titular de Seás, que tenía fama de ser una notabilidad y había de ocupar la Santa Sede con el nombre de Clemente XVI. Empezó puntualizando que no hablaba para que le juzgaran, sino para juzgar a sus adversarios, y para aconsejar al rey que cumpliese con su deber. Dijo que Jesucristo, siendo Dios y hombre, era dueño del poder espiritual y del temporal y, por tanto, los ministros de la Iglesia, que eran sus sucesores, eran jueces de todos los hombres sin distinción.

 

Pierre Bertrandi, obispo titular de Autun, al entrar en los detalles de la cuestión, aseguró que sólo se incurría en excomunión por haber cometido algún pecado mortal, que el culpable debía hacer penitencia y que la mejor penitencia que podía hacer era dar dinero a la Iglesia. Trató de probar que los jueces eclesiásticos tenían más capacidad que los jueces reales o señoriales para administrar justicia, porque habían estudiado las Decretales, que los demás jueces desconocían. A esto podían haberle replicado que se debía obligar a los bailíos y a los prebostes del reino a leer las Decretales para no cumplirlas nunca.

 

La reunión de esta gran asamblea no sirvió para nada. El rey necesitaba contemporizar con el Papa, que había nacido en su reino, tenía la Santa Sede en Aviñón y era enemigo mortal del emperador Luis de Baviera. En toda época la política conserva los abusos que la justicia trata de evitar. De la mentada reunión tan sólo quedó en el Parlamento el recuerdo imborrable del discurso que pronunció Pierre de Cugnieres El Parlamento se opuso desde entonces sistemáticamente a las pretensiones de los clérigos y se apeló siempre a él contra las sentencias dictadas por los jueces eclesiásticos, cuyo procedimiento recibió la denominación de recurso de alzada. Finalmente, todos los Parlamentos de Francia acordaron que la Iglesia conociera únicamente en materia de ordenamiento eclesiástico y en juzgar a todos los hombres indistintamente, con arreglo a las leyes del Estado, conservando las normativas que prescriben las ordenanzas.

 

ABUSO DE LAS PALABRAS. Las conversaciones y los libros raras veces nos proporcionan ideas precisas. Se suele leer en demasía y conversar inútilmente. Es, pues, oportuno recordar lo que Locke recomienda: Definid los términos.

 

Una dama que come con exceso y no hace ejercicio cae enferma El médico le dice que domina en ella un humor pecante, impurezas, obstrucciones y vapores, y le prescribe un medicamento que le purificará la sangre. ¿Qué idea exacta puede tener de todas esas palabras? La paciente y la familia que las oyen no las comprenden; ni el médico tampoco. Antiguamente, el facultativo recetaba buenamente una infusión de hierbas caliente o fría.

Un jurisconsulto, en el ejercicio de su profesión, anuncia que por la inobservancia de las fiestas y los domingos se comete crimen de lesa majestad divina en la persona del Hijo, esto es, el segundo jefe. La expresión majestad divina nos da la idea del más enorme de los crímenes y, desde luego, del más horrendo de los castigos. Pero, ¿a propósito de qué la pronunció el jurisconsulto? Por no haber observado las fiestas de guardar, lo que puede suceder al hombre más honrado del mundo.

 

En todas las polémicas que se entablan acerca de la libertad, uno de los argumentadores entiende casi siempre una cosa y su adversario otra. Luego surge un tercero en discordia, que no entiende al primero ni al segundo, pero que tampoco lo entienden a él. En las disputas sobre la libertad, uno posee la potencia de pensamiento de imaginar, otro la de querer y el tercero el deseo de ejecutar; corren los tres, cada uno dentro de su círculo, y no se encuentran nunca. Igual sucede en las quejas sobre la gracia. ¿Quién puede comprender su naturaleza, sus operaciones, la suficiente que no basta y la eficaz a la que nos resistimos? Hace dos mil años que se viene pronunciando la frase «forma sustancial» sin tener la menor noción de ella; esta frase se ha sustituido ahora por la de «naturaleza plástica», sin ganar nada en el cambio.

 

Se detiene un viajero ante un torrente y pregunta a un labriego que ve al otro lado por dónde está el vado: «Id hacia la derecha», contesta el buen hombre. El viajero toma la derecha y se ahoga. El labriego va corriendo hacia él y le grita: «No os dije que avanzarais hacia vuestra mano derecha, sino hacia la mía». El mundo está lleno de estas equivocaciones.

 

Al leer un noruego esta fórmula que usa el papa: servidor de los servidores de Dios, ¿cómo ha de comprender que el que la dice es el obispo de los obispos y el rey de los reyes?

 

En la época en que los papeles fragmentarios de Petronio gozaban de fama en la literatura, Meibomins, sabio de Lubeck, leyó en una carta que imprimió otro sabio de Bolonia lo siguiente: «Aquí tenemos un Petronio completo, y lo he visto y lo he admirado». Ni corto ni perezoso, Meibomins emprende viaje a Italia, se dirige a Bolonia, busca al bibliotecario Capponi y le pregunta si es verdad que tiene allí el Petronio completo. Capponi le responde que es público y notorio, y acto seguido le conduce a la iglesia donde descansa el cuerpo de san Petronio. Meibomins toma la diligencia y huye.

 

Si el jesuíta Daniel tomó a un abad guerrero, martialem abbatem, por el abad Marcial, cien historiadores han incurrido en mayores errores. El jesuita Dorleans, en su obra Revoluciones de Inglaterra, habla indiferentemente de Northampton y de Southampton, no equivocándose más que de Norte a Sur.

 

Frases metafóricas tomadas en un sentido propio han decidido muchas veces la opinión de muchas naciones. Conocida es la metáfora de Isaías: «¿Cómo caíste del cielo, estrella brillante que apareces al rayar el alba?» Supusieron que en esa imagen aludían al diablo, y como la voz hebrea que corresponde a la estrella de Venus se tradujo en latín por la palabra Lucifer, desde entonces se ha llamado siempre Lucifer al diablo.

 

El ejemplo más singular del abuso de las palabras, de los equívocos voluntarios y de los errores que han producido más trastornos, nos lo ofrece la voz Kin‑Tien, de China. Varios misioneros de Europa disputaron acaloradamente sobre la significación de esa palabra y Roma envió un francés llamado Maigrot, nombrándolo obispo imaginario de una provincia de China, para que decidiera el sentido de tal palabra. Maigrot desconocía por completo el idioma chino. El emperador se dignó explicarle lo que en su lengua significaba Kin‑Tien, Maigrot no lo quiso creer y logró que Roma excomulgase al emperador de China.

 

No acabaríamos nunca si hubiéramos de referir todos los abusos de palabras que nos acuden a la mente.

 

ACADEMIA. Las academias son a las universidades lo que la edad madura es a la infancia, lo que el arte de hablar es a la Gramática, y lo que la cultura es a las primeras lecciones de la civilización. Las academias, no siendo mercenarias, deben ser absolutamente libres. Así son las academias de Italia, la Academia Francesa y la Sociedad Real de Londres.

 

La Academia Francesa, formada por su propio impulso, aunque constituida por cédula real de Luis XIII, no estaba subvencionada y, por lo mismo, no tenía que acomodarse a ninguna sujeción; esto fue precisamente lo que indujo a los primeros hombres del reino y hasta a los príncipes a solicitar que les admitieran en corporación tan ilustre. La Sociedad Real de Londres gozó de igual ventaja.

 

El célebre Colbert, siendo miembro de la Academia Francesa, comisionó a algunos colegas suyos para que compusieran las inscripciones y las divisas de los edificios públicos.

 

Esa comisión, a la que se incorporaron inmediatamente Racine y Boileau, se convirtió en seguida en una Academia aparte, denominada en el año 1663 Academia de las Inscripciones, hoy de Bellas Letras. La Academia de Ciencias se fundó en 1666. La instalación de estos dos establecimientos se debe al ministro Colbert, que contribuyó de varios modos a dar esplendor al siglo de Luis XIV.

 

Tras la muerte de Colbert y del marqués de Louvois, el conde de Pontchartrain, secretario de Estado, encargó a su sobrino el abate Bignour la dirección de las nuevas academias. Se crearon plazas de socios honorarios para las que no se exigía ciencia alguna y no eran retribuidas, plazas de pensionados que exigían ciertos trabajos, plazas de socios sin pensión, y plazas de discípulo, título desagradable que se suprimió después.

 

La Academia de Bellas Letras se organizó sobre la misma base y las dos quedaron sometidas a la dependencia inmediata del secretario de Estado.

 

El abate Bignon se atrevió a proponer el mismo reglamento para la Academia Francesa, de la que era miembro, pero lo recibieron con indignación unánime. Los menos favorecidos en la Academia fueron los primeros que rechazaron las ofertas y prefirieron la libertad y el honor a las pensiones.

 

El vocablo Academia llegó a ser tan célebre que cuando el compositor Lulli obtuvo licencia para establecer su Academia de Opera en 1672, hizo insertar en las sucursales en que se le concedía el permiso las siguientes palabras: «Academia Real de Música, en la que los caballeros y las damas nobles pueden ir a cantar sin desdoro de su clase».

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La palabra academia, de origen griego, significaba antiguamente sociedad, escuela de filosofía en Atenas, que se reunía en un jardín legado para este objeto por el mecenas Academo. Los italianos fueron los primeros que instituyeron semejantes sociedades en la época del renacimiento de las letras. La Academia de la Crusca se fundó en el siglo XVI. En poco tiempo se fundaron otras en todas las ciudades de Italia dedicadas al cultivo de las ciencias.

 

El título de academia se prodigó tanto en Francia que durante algunos años se aplicó hasta a las reuniones de jugadores que antiguamente se llamaban garitos y se conocían por academias de juego. Los jóvenes que practicaban la equitación y la esgrima en los círculos destinados a ello se llamaron academistas, no académicos. El título de académico quedó reservado para los socios de las tres academias, la Francesa, la de Ciencias y la de Inscripciones.

 

La Academia Francesa ha prestado grandes servicios a la lengua. La de Ciencias ha sido muy útil, porque sin decantarse por ningún sistema publica los adelantos y los descubrimientos modernos. La de Inscripciones se ocupa de estudiar los monumentos de la Antigüedad y desde hace algunos años viene publicando Memorias sumamente instructivas.

 

La Sociedad Real de Londres no adoptó nunca, en cambio, el nombre de Academia.

 

Las academias de provincias han reportado grandes ventajas. Han excitado la emulación, han acostumbrado al trabajo, han hecho que los jóvenes se dediquen a lecturas útiles, han disminuido la ignorancia y las preocupaciones en algunas ciudades y han dado un golpe mortal a la pedantería.

 

ADÁN. Mucho se ha hablado y escrito sobre Adán y Eva. Los rabinos han divulgado multitud de historietas sobre Adán y resultaría tan vulgar repetir lo que otros dijeron, que vamos a aventurar respecto a Adán una idea que se nos antoja nueva o que al menos no se halla en los autores antiguos, en los Padres de la Iglesia, ni en ningún predicador teólogo conocido. Me refiero al total silencio que sobre Adán guardó toda la tierra habitable, excepto Palestina, hasta la época en que empezaron a conocerse en Alejandría los libros hebreos, cuando se tradujeron al griego en el reinado de los Tolomeos. Pero, aun entonces, fueron poco conocidos. Los libros de entonces eran escasos y caros. Además, los judíos de Jerusalén estaban tan enfadados con los de Alejandría, proferían tantas acusaciones por haber traducido la Biblia en lengua profana, les injuriaban tanto por ello, que los hebreos alejandrinos ocultaron esa traducción mientras les fue posible. Buena prueba de ello es que ningún autor griego ni romano la menciona hasta el reinado del emperador Aurelio.

 

El historiador Josefo, al responder a Apión (Historia antigua de los judíos, lib. I, capítulo IV), confiesa que los judíos estuvieron mucho tiempo sin tener trato alguno con las demás naciones. Son sus palabras: «Habitamos un territorio muy lejos del mar. No nos dedicamos al comercio y no nos comunicamos con los demás pueblos. No es, pues, de extrañar que nuestra nación, apartada del mar y sin haberse ocupado de escribir, sea tan poco conocida».

 

A nosotros sí que nos extraña que Josefo diga que su nación hacía alarde de no escribir cuando tenía publicados ya veintidós libros canónicos, sin contar el Targum de Onkelos. Aunque debemos considerar que veintidós volúmenes muy pequeños nada significaban comparados con el gran número de libros que componían la biblioteca de Alejandría, cuya mitad fue quemada en la guerra de César. De lo que no cabe duda es que los judíos habían escrito y leído muy poco, eran profundamente ignorantes en astronomía, geometría, geografía y física, no conocían la historia de los demás pueblos y que empezaron a instruirse en Alejandría. Su lengua era una mezcla bárbara del antiguo fenicio y de caldeo corrompido, y tan pobre que carecía de algunos de los modos en la conjugación de los verbos.

 

Por lo tanto, al no comunicar a ningún extranjero sus libros ni sus títulos, ningún habitante de la tierra a excepción de ellos había oído hablar de Adán, Eva, Abel, Caín y Noé. Sólo Abrahán, con el tiempo, llegó a ser conocido en los pueblos orientales, pero ningún pueblo antiguo creía que Abrahán o Ibraim fueran el tronco del pueblo hebreo

 

Tan insondables son los designios de la Providencia que el género humano ignoró a su padre y a su madre hasta tal punto que los nombres de Adán y Eva no se encuentran en ningún autor griego, en Grecia, Roma, Persia, Siria, ni en la misma Arabia, hasta la época de Mahoma. Dios permitió que los títulos de la gran familia humana los conservara la más pequeña y desventurada parte de la misma.

 

¿Cómo es posible que a Adán y Eva los desconocieran todos sus hijos? ¿A qué se debe que no hallemos en Egipto ni en Babilonia ningún rastro, ninguna tradición de nuestros primeros padres? ¿Por qué Orfeo, Limus y Tamaris no se ocupan de ellos? De haber sido citados nos lo hubieran dicho Hesiodo y Homero, que se ocupan de todo excepto de estos protoautores de la raza humana.

 

Clemente de Alejandría, que nos ha legado tan valiosos testimonios de la Antigüedad, hubiera mencionado en algún pasaje a Adán y Eva. Eusebio, en su Historia Universal, que nos ofrece las pruebas más remotas de esa misma Antigüedad hubiera podido siquiera aludir a nuestros primeros padres. Está probado, pues, que fueron por completo desconocidos de las naciones antiguas.

 

En el libro de los brahmanes titulado el Ezour‑Veidam se encuentran el nombre de Adimo y el de Procriti, su mujer. Si Adimo tiene algún parecido con Adán, los hindúes contestan a esto: «Fuimos una gran nación establecida en las riberas del Indo y en las del Ganges, muchos siglos antes que la horda hebrea se estableciera en las orillas del Jordán. Los egipcios los persas y los árabes venían a aprender de nuestro pueblo y a comerciar con él cuando los judíos eran todavía desconocidos para el resto de los hombres; es obvio, pues, que no pudimos copiar nuestro Adimo de su Adán. Nuestra Procriti en nada se parece a su Eva, y por otro lado su historia es completamente distinta. Es más, el Vedas, cuyo comentario es el Ezour‑Veidam, pasa entre nosotros por ser más antiguo que los libros judíos, y el Vedas es una nueva ley dictada a los brahmanes mil quinientos años después de la primera, llamada Shasta».

 

Esas son, poco más o menos, las objeciones que los brahmanes suelen oponer, aún hoy, a los comerciantes de nuestros países que van a la India y les hablan de Adán y Eva, Abel y Caín.

 

El fenicio Sanchoniathon, que vivía indudablemente antes de la época en que situamos a Moisés, y que Eusebio cita como autor auténtico, atribuye diez generaciones a la raza humana, al igual que Moisés, hasta la época de Noé. Pues bien, al reseñar esas diez generaciones no habla de Adán y Eva, de ninguno de sus descendientes y ni siquiera de Noé. Pero aún hay más, los nombres de los primeros hombres, sacados de la traducción griega que hizo Filón de Biblos, son: Kou, Genos, Fox, Libau, Uson, Halieus, Chrisor, Tecnites, Agrove y Anime. Ellos constituyen las diez primeras generaciones. En ninguna de las antiguas dinastías de Caldea, ni en las de Egipto, encontramos el nombre de Adán ni el de Noé. En resumen, todo el mundo antiguo calla su existencia.

 

Preciso es confesar que no ha habido ejemplo alguno de semejante olvido. Todos los pueblos se han atribuido orígenes legendarios, creyendo raras veces en su origen verdadero. Es incomprensible que el padre de todas las naciones de la tierra fuera desconocido durante muchísimo tiempo; su nombre debía haber corrido de boca en boca de un extremo a otro del mundo, siguiendo el curso natural de las cosas humanas. Humillémonos ante los decretos de la Providencia que permitió tan asombroso olvido.

 

Todo fue misterioso y recóndito en la nación que dirigía Dios, en la nación que abrió el camino del cristianismo, y que fue el olivo borde en el que se injertó el olivo cultivado. Los nombres de los progenitores del género humano, desconocidos para los hombres, deben ocupar la categoría de los grandes misterios.

 

Me atrevo a afirmar que fue necesario un verdadero milagro para cerrar los ojos y oídos de todos los pueblos, y destruir en ellos la memoria y hasta el vestigio de su primer padre. ¿Qué hubieran respondido César, Antonio, Craso, Pompeyo Cicerón, Marcelo y Metelo al infeliz judío que, al venderles un bálsamo, les hubiera dicho: «Todos nosotros descendemos del padre común llamado Adán»? El Senado romano en pleno le hubiera contestado: «Enseñadnos nuestro árbol genealógico». Entonces el judío hubiera aducido las diez generaciones hasta Noé, hasta la inundación de todo el Globo por el diluvio, que también fue otro secreto. El Senado le hubiera objetado preguntándole cuántas personas había dentro del arca para alimentar a todos los animales en diez meses y todo el año siguiente, durante el cual no se podrían procurar ninguna clase de alimento. El judío les contestaría: «Había en el arca ocho personas, Noé y su mujer, sus tres hijos Sem, Cam y Jafet, y las esposas de éstos. Toda esa familia descendía de Adán por línea directa».

 

Cicerón se habría enterado a no dudar de los monumentos y testimonios irrefutables que Noé y sus hijos hubieran dejado en el mundo de nuestro padre común. Después del diluvio, en toda la tierra hubieran resonado los nombres de Adán y de Noé, el uno como padre y el otro como restaurador de las razas humanas, sus nombres hubieran salido de todas las bocas en cuanto hablaran, figurarían en todos los pergaminos que se escribieran y en las puertas de los templos que se edificaran, en las estatuas que se les erigieran. «Conocíais tan trascendental secreto y nos lo habéis ocultado», exclamaría el Senado, y el judío replicaría: «Es que los hombres de mi nación somos puros y vosotros sois impuros». El senado romano se echaría a reír o mandaría que azotaran al judío. ¡Tan aferrados están los hombres a sus prejuicios!

 

La piadosa Madame de Bourignon afirma que Adán fue hermafrodita como todos los primeros hombres del divino Platón. Dios reveló ese gran secreto a la devota dama, pero como no me lo ha revelado a mí, no me ocuparé de él. Los rabinos judíos que leyeron los libros de Adán conocen el nombre de su preceptor y el de su segunda mujer, pero como tampoco he leído los libros de nuestro primer padre tampoco trataré de ellos. Algunos espíritus hueros, aunque muy instruidos, se asombran al leer en el Veda de los antiguos brahmanes que el primer hombre fue creado en la India, que se llamaba Adimo, que significa engendrador, y que su mujer se llamaba Procriti, que significa vida. Aseguran que la secta de los brahmanes es más antigua que la de los judíos y que éstos sólo pudieron escribir bastante más tarde en lengua cananea, puesto que ellos se establecieron muy tarde en el pequeño país de Canaán. Añaden que los hindúes siempre fueron inventores, que los judíos siempre imitaron; que aquéllos fueron ingeniosos y éstos zafios; que no se comprende que Adán, que era rubio y de pelo largo, fuera el padre de los negros, que son del color de la tinta y tienen por pelo lana negra y encrespada. Y no sé cuántas cosas más. Yo nada digo sobre esto. Dejo estas indagaciones al reverendo padre Berruyer, de la Compañía de Jesús, que es el autor más inocente que he conocido. Quemaron su obra porque juzgaron que quiso poner la Biblia en ridículo. Pero yo no puedo creer que tuviera ingenio para ello.

 

No vivimos ya en un siglo en que pueda examinarse seriamente si Adán poseyó o no la ciencia infusa. Los que promovieron durante mucho tiempo esta cuestión era porque carecían por igual de ciencia infusa y de ciencia adquirida.

 

Resulta tan difícil saber en qué época se escribió el libro del Génesis que habla de Adán, como conocer la fecha de los Vedas y de otros antiguos libros asiáticos. Pero es importante notar que no permitían a los judíos leer el primer capítulo del Génesis antes de cumplir los veinticinco años. Muchos rabinos dicen que la creación de Adán y Eva y su historia sólo es una alegoría. Todas las naciones antiguas conocidas han ideado alegorías semejantes, y como por un acuerdo singular, que denota la debilidad de nuestra naturaleza, todas han explicado el origen del mal moral y del mal físico de forma muy parecida. Los caldeos, los indios, los persas y los egipcios se han explicado casi de igual modo la mezcla del bien y del mal inherente a la naturaleza humana. Los judíos que salieron de Egipto conocían la filosofía alegórica de los egipcios; más tarde mezclaron sus vagos conocimientos adquiridos con los que aprendieron de los fenicios y de los babilonios durante su larga esclavitud. Ahora bien, como es natural y lógico que el pueblo grosero imite groseramente las ideas de un pueblo civilizado, no debe extrañar que los judíos inventaran que la primera mujer fue formada de la costilla del primer hombre, que soplase Dios en el rostro de Adán el espíritu de la vida, que prohibiera Dios comer el fruto de cierto árbol y que el quebranto de esta prohibición produjera la muerte, el mal físico y el mal moral. Imbuídos en la idea que adquirieron en pueblos más antiguos de que la serpiente es un ser muy astuto, le atribuyeron fácilmente el don de la inteligencia y el don de la palabra.

 

Este pueblo, que por estar arraigado en un rincón de la tierra la creía larga, estrecha y plana, pensó también que todos los hombres descendían de Adán sin suponer siquiera que pudieran existir los negros, cuyo aspecto es muy distinto del nuestro, y sin imaginar que éstos ocupaban vastas regiones. Como tampoco podían imaginar la existencia de América.

 

Es sumamente extraño que se permitiera al pueblo judío leer el Exodo, pródigo en milagros, y no les dejaran leer antes de los veinticinco años el primer capítulo del Génesis, en el que todo es milagroso porque trata de la creación. Debió ser, por el modo singular de expresarse el autor en el primer versículo: «En el principio hicieron los dioses el cielo y la tierra» (1). Temían, sin duda, dar ocasión a los judíos jóvenes para que adorasen múltiples dioses. Esto pudo ser también porque Dios, que creó al hombre y a la mujer en el primer capítulo, los rehace en el segundo, y no querían que la juventud se enterase de esta apariencia de contradicción. O porque se dice en este capítulo que los dioses hicieron al hombre a su imagen y semejanza y esta frase presentaba a los ojos de los judíos un Dios demasiado corporal. O porque diciéndose en el susodicho capítulo que Dios sacó una costilla a Adán para formar a la mujer, los muchachos que no se chuparan el dedo se palparían las costillas y verían que no les faltaba ninguna. O acaso también porque Dios, que acostumbraba a pasearse al mediodía por el jardín del Edén, se burló de Adán después de su caída y su tono satírico pudiera inspirar a la juventud afición a las burlas. Cada línea del capítulo en cuestión proporciona razones plausibles para prohibir su lectura, pero si nos fundamos en dichas razones no se comprende cómo se permitió la lectura de los demás capítulos. A pesar de todo, siempre resulta sorprendente que los judíos no

 

(1) Los dioses esta es la exacta traducción de la palabra elohim. Con frecuencia se cita esa palabra para demostrar que la lengua hebrea fue hablada en época muy antigua por algún pueblo politeísta. pudieran leer el referido capítulo hasta los veinticinco años.

 

No nos ocuparemos aquí de la segunda mujer de Adán, llamada Lilith, que los rabinos le atribuyen, porque reconocemos que sabemos muy pocas anécdotas de su familia.

 

ADORAR (Culto de latria, Canción atribuida a Jesús, Danza sagrada, Ceremonias). Es grave defecto de las lenguas modernas dedicar la misma palabra al Ser Supremo y a una mujer hermosa. Lo mismo se sirve el predicador en una homilía de la expresión adorar a Dios, que el amante en un baile cuando se dirige a la mujer amada y adora sus encantos.

 

Los griegos y los romanos no cayeron en esa extravagante profanación. Horacio no dice que adora a Lalage, ni Tíbulo a Delia. Si hay algún pretexto que disculpe nuestra indecencia, éste consiste en que en nuestras óperas y canciones se acostumbra mencionar los dioses mitológicos. Los poetas han dicho muchas veces que su Filis era más digna de adoración que las falsas divinidades, y nadie pudo vituperarlos porque lo dijeran. Pero poco a poco nos hemos ido acostumbrando a dicha expresión hasta el punto de que hemos llegado a tratar de la misma forma al Dios del Universo que a una tiple de ópera, sin percatarnos del ridículo en que hemos incurrido. Volvamos los ojos a otro lugar y fijemos nuestra vista en la importancia esencial del asunto.

 

No hay nación civilizada que no rinda culto público de adoración a Dios. En Asia y en Africa no se obliga a nadie a ir al templo o a la mezquita. La libre asistencia a los cultos pudo servir para hermanar a los pobres y hacerles más humanos en la sociedad; lo malo es que algunas veces se han enfrentado entre sí dentro del recinto que debía ser remanso de paz. Los feligreses fanáticos inundaron de sangre el templo de Jerusalén degollando en él a sus hermanos. Nosotros también hemos profanado algunas veces nuestras iglesias haciendo en ellas víctimas humanas.

 

En el artículo dedicado a China veremos que el emperador es allí el primer pontífice, y describiremos el culto sencillo y augusto que se practica. En otras partes es sencillo, pero no es majestuoso, como por ejemplo el de los reformistas en Europa y el de la América inglesa.

 

En nuestros países católicos se encienden cirios en los altares al mediodía, práctica considerada como una abominación en tiempos antiguos. Existen conventos de monjas que si se les redujera la cantidad de cirios creerían que se había extinguido la luz de la fe y que se aproximaba el fin del mundo. La Iglesia anglicana conserva un término medio entre las pomposas ceremonias romanas y la parquedad de los cultos calvinistas.

 

El canto, la danza y los hachones encendidos constituían ceremonias esenciales en las fiestas sagradas de Oriente. Por la historia antigua sabemos que los primitivos egipcios daban la vuelta a sus templos cantando y bailando. No había ninguna institución sacerdotal en Grecia que no utilizara cantos y danzas. Los hebreos adquirieron esa costumbre de los pueblos cercanos. David cantaba y bailaba delante del Arca.

 

San Mateo habla de un cántico entonado por el mismo Jesús y por los apóstoles después de celebrar las pascuas (1).

(1) Hymno dicto, San Mateo, 26, 39.

 

Ese cántico, que ha llegado hasta nuestros días, no está incluido en los libros canónicos, pero hallamos fragmentos del mismo en una de las cartas de san Agustín dirigidas al obispo Ceretius. San Agustín no dice que no se cantara ese himno ni rechaza sus palabras, sólo condena a los priscilianistas, (2) que aun admitiendo este himno en su evangelio le daban una interpretación errónea, que a él se le antojaba impía. He aquí el cántico tal como se encuentra dividido en partículas en el mismo san Agustín:

 

Quiero absolver y ser absuelto.

 

Quiero salvar y salvarme.

 

Quiero engendrar y ser engendrado.

 

Quiero cantar y que bailen todos de alegría.

 

Quiero llorar y que todos participen de mi dolor.

 

Quiero ataviarme y ser ataviado.

 

Soy lámpara para todos los que me veis.

 

Soy puerta para todos los que llaméis a ella.

 

Lo que veáis que haga, no lo digáis.

 

Cumplid todo lo que os digo y aún tengo más que deciros.

 

(2) Priscilianismo, herejía de Prisciliano, que fue un obispo español del siglo IV.

 

Aunque se haya puesto en duda el cántico citado, lo cierto es que el himno se entonaba en todas las ceremonias religiosas antiguas. Mahoma lo encontró instituido en Arabia, y lo estaba también en la India. Parece que no lo usaron los letrados de China. Las ceremonias tienen en todas partes semejanzas y diferencias, pero se adora a Dios en todo el mundo.

 

Es un consuelo para nosotros que los mahometanos, los indios, los chinos y los tártaros, adoren un Dios único, ya que en esto son hermanos nuestros. Existiendo un Dios único adorado en todo el mundo, ¿por qué los que le reconocen por padre le ofrecen el continuo espectáculo de ser. hijos que se detestan, que se anatematizan, se persiguen y se matan por necias disputas?

 

No es fácil explicar de manera satisfactoria lo que griegos y romanos entendían por la palabra adorar, ni si adoraban a los faunos, a los silvanos, a las dríadas y a las náyades, como adoraban a sus dioses mayores. No es verosímil que Antínoo fuese adorado por los nuevos egipcios con el mismo culto que Serapis. Lo indudable es que los antiguos egipcios no adoraban las cebollas y los cocodrilos del mismo modo que a Isis y a Osiris.

 

Respecto a si Simón, llamado el Mago, fue adorado por los romanos nosotros creemos que fue absolutamente desconocido de ellos. San Justino en su Apología, tan desconocida en Roma como el tal Simón, dice que dedicaron a dicho personaje una estatua en el Tíber, entre los dos puentes, con esta inscripción: Simoni deo santo. Ireneo y Tertuliano también lo afirman, pero ¿a quién? A gentes que no habían estado nunca en Roma, a africanos, a sirios y a algunos habitantes de Sichem. Ciertamente, no vieron la estatua a que se refieren y que contiene esta inscripción: Semo sanco deofidio, y no la que ellos dicen y hemos transcrito.

 

Debieron al menos consultar a Dionisio de Helicarnaso, que en su cuarto libro inserta la inscripción Semo sanco, que significa en sabino mitad hombre y mitad dios. Tito Livio, en el libro VIII, capítulo XX, dice: «Bona Semoni sanco censuerunt consecranda». Este dios fue uno de los más antiguos que se reverenciaron en Roma. Lo consagró Tarquinio el Soberbio y era el dios de las alianzas de buena fe. Le sacrificaban un buey y en la piel de éste escribían el tratado concertado con los pueblos limítrofes. Le erigieron un templo cerca de Tirimus y le presentaban ofrendas, bien invocándole con el nombre de padre Semo, bien con el de Sancus lidius. Esta es la deidad romana que durante muchos siglos tomaron por Simón el Mago. San Cirilo lo creyó así, y san Agustín dice en el primer libro de las Herejías, que Simón el Mago hizo erigir dicha estatua por orden del emperador y del Senado.

 

Esa increíble fábula, cuya falsedad es fácil de descubrir, se enlazó durante mucho tiempo con otra fábula, la de que san Pedro y el citado Simón comparecieron ante Nerón y en presencia de éste se desafiaron a ver quién resucitaría más pronto a un muerto que fuera pariente cercano de Nerón y quién se elevaría más alto en el aire. Simón hizo que varios diablos le elevaran en un carro de fuego, y san Pedro y san Pablo, por medio de oraciones, lo hicieron caer en tierra desde gran altura y se rompió las piernas y murió. Irritado Nerón por esto, mandó ejecutar a san Pablo y san Pedro (1).

 

(1) Véase el artículo Pedro (san).

 

Abdías, Marcelo y Hegesipo nos refieren esa historieta con diferentes detalles; Arnobo, san Cirilo, Severo Sulpicio, Filastro, san Epifanio, Isidoro, Dedamiete, Máximo de Turín y otros autores han transmitido sucesivamente este error, que fue generalmente aceptado hasta que se encontró en Roma la estatua de Semos sancus deus fidius, y hasta que el sabio Mabillos desenterró uno de los monumentos antiguos que contenía la inscripción Semoni sanco deo fidio.

 

No obstante, es cierto que existió un Simón que los judíos tuvieron por mago, y no es menos cierto que dicho Simón, hijo de Samaria, reunió y se puso al frente de algunos infelices a los que persuadió de que era el representante de la virtud en la tierra, enviado por Dios. Bautizaba como los apóstoles y erigía altares enfrente de los de éstos.

 

Los judíos de Samaria, que siempre fueron enemigos de sus hermanos de Jerusalén, se atrevieron a poner a Simón enfrente de Jesucristo, que tenía por apóstoles y discípulos a gentes de la tribu de Benjamín o de la de Judá. Simón bautizaba cual los apóstoles, pero añadía el fuego al agua del bautismo y decía que había profetizado su venida al mundo san Juan Bautista, fundándose en estas palabras: «El que debe venir detrás de mí será más poderoso que yo y os bautizará con el Espíritu Santo y con el fuego» (2).

 

(2) San Mateo, 3, 11.

 

Simón encendía encima de la pila bautismal una ligera llama con petróleo sacado del lago Asfaltide. Su secta llegó a ser bastante numerosa pero no es creíble que sus discípulos le adoraran. San Justino es el único que lo cree.

 

Menandro (3), al igual que Simón, se presentó como enviado de Dios y salvador de los hombres. Todos los falsos Mesías se daban a sí mismos el título de enviados de Dios, pero no exigían que les adorasen. Antiguamente no se divinizó en vida a ningún hombre si exceptuamos a Alejandro o a los emperadores romanos, que despóticamente lo ordenaban así a los pueblos esclavos. Con todo, no fue una adoración propiamente dicha sino veneración extraordinaria, apoteosis prematura, adulación tan ridícula como la que Virgilio y Horacio prodigaron al emperador Octavio.

 

(3) Este Menandro no es el poeta cómico, sino un discípulo de Simón el Mago, tan charlatán como su maestro.

 

ADULACIÓN. En la más remota Antigüedad no se encuentran rastros de adulación. No la usaban Hesíodo ni Homero; tampoco dirigían sus cantos a ningún griego que ostentara altas dignidades, ni a su esposa, así como Thomson dedica cada canto de su poema las Estaciones a alguna persona adinerada, ni como muchos autores de epístolas en verso, que hoy yacen en el olvido, dedicaron sus obras a personas influyentes, colmándolas de elogios. Tampoco se encuentran adulaciones en Demóstenes. La forma de mendigar dádivas en armoniosos versos empieza con Píndaro, si no me equivoco. No cabe una forma más aduladora de tender la mano.

 

Entre los romanos, el sistema de adular data de la época de Augusto. Julio César apenas tuvo tiempo para que le adularan. No conocemos ningún poema dedicado a Sila, a Mario, ni a sus esposas y amantes. Pero sí debieron dedicar versos malos a Lúculo y a Pompeyo, pero, a Dios gracias, no han llegado hasta nosotros.

 

Resulta un espectáculo poco edificante ver que Cicerón, que era igual en dignidad a César, hable delante de él defendiendo como abogado a un rey de la Bitinia y Armenia, llamado Geyotar, acusado de conspirar y hasta de pretender el asesinato de César. Dice Cicerón que se siente cohibido en presencia de tan ilustre personaje y le llama vencedor del mundo, victorem orbis terrarum, pero la adulación no llega hasta la bajeza sino que conserva cierto pudor. En la época de Augusto, lo pierde por completo y llega el famoso orador a los últimos extremos.

 

El Senado acuerda otorgar a dicho emperador la apoteosis en vida. Esta adulación se transformó en una especie de tributo que los romanos tuvieron que pagar a los emperadores siguientes y que llegó a convertirse en una especie de costumbre. Pero a nadie puede halagar una adulación que se generaliza.

En Europa no tenemos grandes ejemplos de adulación hasta Luis XIV. Su padre, Luis XIII, fue muy agasajado, pero sólo se le tributan alabanzas en algunas de las odas de Malherbe, quien siguiendo la costumbre le llama el rey más grande de los reyes, como los poetas españoles llaman al rey de Inglaterra. Pero casi todos sus elogios los dedica al cardenal Richelieu. Sobre Luis XIV cayó todo un diluvio de adulaciones, pero no le perjudicaron como al héroe de la anécdota que quedó sofocado bajo los montones de pétalos de rosa que arrojaron sobre él; las adulaciones le incitaron a portarse mejor. Cuando la adulación se funda en motivo plausible no es perniciosa, estimula a acometer grandes empresas; pero sus excesos son nocivos al igual que los excesos de la sátira.

 

Es necedad bastante frecuente que los oradores se empeñen en elogiar al príncipe incapaz de hacer nada bueno. Resulta vergonzoso que Ovidio tribute elogios a Augusto desde el lugar de su destierro.

 

ADULTERIO. No debemos esta palabra a los griegos, sino a los romanos. Adulterio significa en latín alteración, adulteración; una cosa puesta en lugar de otra; llaves falsas, contratos y signos falsos, adulterio. Por eso al que se metía en lecho ajeno se le llamó adúltero, como una llave falsa que abre la casa de otro. Por eso llamaron por antífrasis coccix cuclillo al pobre marido en cuya casa y cama pone los huevos un hombre extraño. El naturalista Plinio, dice: «Coccixova subdit in nidis alienis, ita plerique alienas uxores faciunt matres» (El cuclillo deposita sus huevos en el nido de otros pájaros; de este modo muchos romanos hacen madres a las mujeres de sus amigos). La comparación no es muy exacta porque aunque se compara al cuclillo con el cornudo, siguiendo las reglas gramaticales el cornudo debía ser el amante y no el esposo.

 

Algunos doctos sostienen que debemos a los griegos el emblema de los cuernos, porque los griegos designan con la denominación de macho cabrío al esposo de la mujer que es lasciva como una cabra. En efecto, los griegos llaman a los bastardos hijos de cabra.

 

La gente fina, que no usa nunca términos malsonantes, no pronuncia jamás la palabra adulterio. Nunca dicen la duquesa de tal comete adulterio con fulano de cual, sino la marquesa A tiene trato ilícito con el conde de B. Cuando las señoras confiesan a sus amigos o a sus amigas sus adulterios, sólo dicen: «Reconozco que le tengo afición». Antiguamente, declaraban que le apreciaban mucho, pero desde que una mujer del pueblo declaró a su confesor que apreciaba a un consejero y el confesor le preguntó: «¿Cuántas veces le habéis apreciado?», las damas de elevada condición no aprecian a nadie... ni van a confesarse.

 

Las mujeres de Lacedemonia no conocieron la confesión, ni el adulterio. Y aunque el caso de Menelao demuestra lo que Elena era capaz de hacer, Licurgo puso orden consiguiendo que las mujeres fueran comunes por acuerdo entre marido y mujer. Cada uno podía disponer de lo que le pertenecía. En tales casos, el marido no podía temer el peligro de estar alimentando en su casa a un hijo de otro, pues todos los hijos pertenecían al Estado y no a una familia determinada. De este modo no se perjudicaba a nadie. El adulterio es condenable porque es un robo, pero no puede decirse que se roba lo que nos dan. Un marido lacedemonio rogaba con frecuencia a un hombre joven, de excelente complexión y robusto, que cohabitara con su mujer. Plutarco nos ha dejado constancia de la canción que cantaban los lacedemonios cuando Acrotatus iba a acostarse con la mujer de su amigo.

 

Id, gentil Acrotatus, satisfaced bien a Kelidonida. Dad bravos ciudadanos a Esparta.

 

Los lacedemonios tenían, pues, razón para decir que el adulterio era imposible entre ellos. No acontece lo mismo en las naciones modernas, en las que todas las leyes están fundadas sobre lo tuyo y lo mío.

 

Una de las cosas más desagradables del adulterio entre nosotros es que la mujer suele burlarse con su amante del marido. En la clase baja no es raro que la mujer robe al marido para darlo al amante y que las querellas matrimoniales suscitadas por este motivo empujen a los cónyuges a cometer crueles excesos.

 

La mayor injusticia y el mayor daño del adulterio consiste en dar un hombre de bien hijos de otros, con lo que les carga con un peso que no debían llevar. Por este medio, estirpes de héroes han llegado a ser bastardas. Las mujeres de los Astolfos y de los Jocondas, por la depravación del gusto y la debilidad de un momento, han tenido hijos de un enano contrahecho o de un lacayo sin talento, y de esto se resienten los hijos en cuerpo y alma. Insignificantes mequetrefes han heredado los más famosos nombres en algunos países de Europa y conservan en el salón de su palacio los retratos de sus falsos antepasados, de seis pies de estatura, hermosos y bien formados, llevando un espadón que un hombre moderno apenas si podría sostener con las dos manos.

 

En algunos pueblos de Europa las jóvenes solteras se entregan a los mozos de su agrado, pero cuando se casan se tornan esposas prudentes y modosas. En Francia sucede todo lo contrario: encierran en conventos a las jóvenes, donde se les da una educación ridícula. Para consolarlas; sus madres les imbuyen la idea de que serán libres cuando se casen. Y en efecto, apenas viven un año con su esposo ya están deseando conocer a fondo sus propios atractivos. La joven casada pasea y va a los espectáculos con otras mujeres para que le enseñen lo que desea saber. Si no tiene amante como sus amigas se halla como avergonzada y no se atreve a presentarse en público.

 

Los orientales tienen costumbres muy contrarias a las nuestras. Les presentan jóvenes garantizando que son doncellas, se casan con ellas y las tienen siempre encerradas por precaución. Y aunque nos dan lástima las mujeres de Turquía, Persia y la India, son mucho más felices en sus serrallos que las jóvenes francesas en sus conventos.

 

Entre nosotros suele ocurrir que un marido, engañado por su mujer, no queriendo formarle proceso criminal por adulterio, se contenta con una separación de cuerpo y bienes. A propósito de esto insertaremos una Memoria escrita por un hombre honrado que se encontró en situación semejante. Los lectores decidirán de la justicia o injusticia de sus quejas.

 

Memoria de un magistrado (escrita en el año 1765). Un magistrado de una ciudad de Francia tuvo la desgracia de casarse con una mujer a quien sedujo un sacerdote antes de su boda y que después dio varios escándalos públicos. Tuvo la consideración de separarse de ella amistosamente. El magistrado era un hombre de cuarenta años, vigoroso y de rostro agraciado; necesitaba mujer, pero era demasiado escrupuloso para seducir a la esposa de otro hombre y le repugnaba recurrir a las meretrices o liarse con una viuda. Entonces, dirigió a la iglesia de su culto las siguientes quejas:

 

«Mi esposa es culpable, pero el castigado soy yo. Una mujer es necesaria para el consuelo de mi vida y para que persevere en la virtud, y la Iglesia a la que pertenezco me la niega prohibiéndome volver a contraer matrimonio con una mujer honrada. Las leyes civiles actuales, basadas por desgracia en el Derecho canónico, me privan de los derechos inherentes a la persona humana. La Iglesia me pone en la alternativa de procurarme deleites que ella reprueba o de resarcimientos vergonzosos que condena. Me impulsa a ser criminal.

 

»Examino todos los pueblos del mundo y no encuentro uno solo, salvo el pueblo católico romano, en que el divorcio y segundas nupcias no sean de derecho natural. ¿Qué arbitrario orden hace, pues, que en los países católicos sea una virtud consentir el adulterio, y un deber carecer de mujer cuando la propia nos ultrajó indignamente? ¿Por qué una coyunda indigna es indisoluble, a pesar de que dice la ley de nuestro código: «quidquid ligatur dissoluble est», lo que se liga es disoluble? Se me permite la separación de cuerpo y de bienes y no se me permite el divorcio. La ley puede quitarme mi mujer y, sin embargo, me deja una cosa llamada sacramento: no gozo ya del matrimonio y, sin embargo, estoy casado. ¡Qué contradicción y qué esclavitud!

 

»Lo más extraño es que esa ley de la Iglesia católica romana contradice directamente las palabras que esa misma Iglesia cree que pronunció Jesucristo: «Todo el que despida a su mujer, excepto por adulterio, peca si toma otra» (Mateo, 19‑9).

 

»No me detendré en examinar si los pontífices de Roma han tenido derecho para violar a su capricho la ley de su Señor, ni del hecho de que cuando un Estado necesita tener un heredero es lícito repudiar a la que no puede darlo. Tampoco trataré de averiguar si una mujer turbulenta, demente, homicida o envenenadora debe repudiarse al igual que una adúltera. Únicamente me ocuparé del triste estado en que me encuentro sumido Dios permite que me vuelva a casar y el obispo de Roma no me lo permite.

 

»El divorcio estuvo en vigor en los pueblos católicos durante el reinado de todos los emperadores, así como en todos los Estados que se desgajaron del Imperio romano. Casi todos los primeros reyes de Francia repudiaron a sus mujeres para tomar otras, hasta que ascendió al solio pontificio Gregorio IX, enemigo de los emperadores y de los reyes, y por medio de un decreto mandó que el yugo matrimonial fuera insacudible. Este decreto fue ley para toda Europa, y cuando los reyes quisieron repudiar a una mujer adúltera, pudiendo hacerlo según la ley de Jesucristo para conseguirlo tuvieron que valerse de pretextos ridículos. Luis el Joven se vio obligado, para divorciarse de Eleonora de Crineume, a alegar un parentesco que no existía. Enrique IV, para repudiar a Margarita de Valois, pretextó un motivo más falso todavía: la falta de consentimiento. Era preciso mentir para divorciarse legalmente.

 

»Un soberano puede abdicar la corona, ¿y sin licencia del Papa no podrá abdicar su mujer? ¿Es comprensible que hombres ilustrados consientan esclavitud tan absurda?

 

»Convengo en que los sacerdotes y los monjes renuncien a las mujeres. Cometen un atentado contra la población y es una desgracia para ellos, pero merecen esa desgracia porque ellos mismos se la proporcionan. Son víctimas de los papas, que los han convertido en esclavos, en soldados sin familia y sin patria, que viven únicamente para la Iglesia, pero yo, que soy magistrado, que sirvo al Estado todo el día, necesito una mujer por la noche y la Iglesia no está facultada para privarme de un bien que Dios me concede. Los apóstoles estaban casados, san José también y yo quiero estarlo. Soy alsaciano y, no obstante, dependo de un sacerdote que vive en Roma. Si ese sacerdote posee el bárbaro poder de privarme de una mujer, que me convierta en eunuco y cantaré el miserere en su capilla con voz de tiple».

 

Memoria para las mujeres. La equidad exige que, habiendo insertado la anterior Memoria en favor de los maridos, aboguemos ahora en favor de las mujeres casadas transcribiendo las quejas que presentó a la Junta de Portugal la condesa de Alcira. He aquí lo esencial de ellas:

 

«El Evangelio prohíbe el adulterio lo mismo a mi marido que a mí, y por tanto debe ser condenado como yo. Cuando cometió conmigo veinte infidelidades, cuando dio mi collar a una de mis rivales y mis pendientes a otra, no pedí que le cortaran el pelo al rape, le encerraran en un convento, ni que me entregaran sus bienes. Y yo, por haberle imitado una sola vez, por haber hecho con el barbián más majo de Lisboa lo que él hace impunemente todos los días con las casquivanas de más baja estofa de la corte y de la ciudad, tengo que sentarme en el banquillo de los acusados ante jueces que se hincarían de rodillas a mis pies si estuvieran conmigo dentro de mi alcoba. Y es preciso también que me corten el pelo, que llama la atención de todo el mundo; que luego me encierren en un convento de monjas, que carecen de sentido común; que me priven de mi dote y de mi contrato matrimonial y que entreguen todos mis bienes a mi fatuo marido para que le ayuden a seducir a otras mujeres y cometer otros adulterios. Díganme si esto es justo y si no parece que sean los cornudos los que han promulgado las leyes.

 

»Me quejo con razón, pero responden a mis quejas que debo considerarme afortunada, porque no me han lapidado en las puertas de la ciudad los canónigos, los feligreses de la parroquia y todo el pueblo, pues eso es lo que se hacía en la primera nación del mundo, en la nación predilecta y querida de Dios, la única que tuvo razón cuando las demás se equivocaban.

 

»Pero yo contesto a esos bárbaros que cuando presentaron la mujer adúltera ante el que promulgó la antigua y la nueva ley, éste no consintió que la apedrearan. Bien al contrario, les echó en cara su injusticia y les espetó este antiguo proverbio hebraico: «El que de vosotros esté sin pecado, que arroje la primera piedra». Entonces se retiraron todos y los viejos más aprisa, porque como tenían más arios habían cometido más adulterios.

 

»Los doctores en Derecho canónico me arguyen que la historia de la mujer adúltera sólo se refiere en el Evangelio de san Juan. Leontins y Maldonat aseguran que esa historia no se encuentra en ninguno de los antiguos ejemplares griegos y que no habla de ella ninguno de los veintitrés primeros apologistas. Orígenes, san Jerónimo, san Juan Crisóstomo Teofilacto y Nonuns no la conocen, ni se encuentra en la Biblia siríaca ni en la versión Ulfilas. Esto dicen los abogados de mi marido, que a más de cortarme el pelo quisieran que me lapidaran.

 

»Pero los abogados que me defienden aseguran que Amnonio, autor del siglo III, reconoce por verdadera esta historia, y que si san Jerónimo la rechaza en algunas partes, la acepta en otras; en suma, que se tiene por auténtica en la actualidad. Salgo del tribunal, busco a mi marido y le digo: «Si estáis limpio de pecado, cortadme el pelo, encerradme en un convento y apoderaos de mis bienes, pero si habéis cometido más pecados que yo, a mí me toca encerraros en un convento y apoderarme de vuestra fortuna». La Justicia debe ser igual para los dos. Mi marido me replica que es mi superior, mi dueño, que tiene una pulgada más de estatura, que es velludo como un oso y que, consecuentemente, se lo debo todo y él no me debe nada.

 

»Y yo me pregunto ahora: ¿Cómo la reina Ana de Inglaterra es superior a su marido?, ¿cómo su marido el prínciPe de Dinamarca le obedece siempre?, y ¿cómo, si no lo hiciera así le trataría el Tribunal de los Pares, caso de que cometiera con ella alguna infidelidad? Por tanto, es evidente que si las mujeres no hacen castigar a los hombres es porque son menos fuertes que ellos.»

 

Para juzgar con justicia un proceso de adulterio sería preciso que fueran jueces doce hombres y doce mujeres, y un hermafrodita con facultad decisoria en caso de empate.

 

Pero hay casos singulares en que no caben las dudas, ni nos es lícito juzgar. Uno de estos casos es la aventura que refiere san Agustín en su homilía sobre el sermón de la montaña de Jesucristo.

 

Séptimo Acindio, procónsul de Siria, mandó prender en Antioquía a un cristiano porque no pagó al fisco una libra de oro con que le multaron, y le amenazó con la muerte si no pagaba. Un hombre rico de aquel país prometió dar dos marcos de oro a la mujer del desventurado si consentía satisfacer sus deseos.

 

La mujer fue a contárselo a su marido y éste rogó que le salvara la vida, aun a costa de aquel mal trago. La mujer obedeció a su marido pero el hombre rico, en vez de entregarle los dos marcos de oro, la engañó dándole una bolsa llena de tierra. El marido no pudo pagar al fisco y no le quedó más remedio que morir. Enterado el procónsul de la infamia, pagó de su bolsillo la multa y ordenó que entregaran a los esposos cristianos el dominio del campo de donde se sacó la tierra para llenar la bolsa mencionada.

 

En este caso se ve que la mujer, en vez de ultrajar a su marido, fue dócil a su voluntad. No sólo le obedeció, sino que le salvó la vida. San Agustín no se atreve a decir si es culpable o virtuosa, teme condenarla sin razón. Lo singular es que Bayle, en este caso, pretenda ser más severo que san Agustín (1).


En lo tocante a la educación contradictoria que damos a nuestras hijas, añadamos una palabra. Las educamos infundiéndoles el deseo inmoderado de agradar, para lo cual les damos lecciones. La naturaleza por sí sola lo haría si no lo hiciéramos nosotros, pero al instinto de la naturaleza añadimos los refinamientos del arte. Y cuando están acostumbradas a nuestras enseñanzas las castigamos si practican el arte que de nosotros han aprendido. ¿Qué opinión nos merecería el maestro de baile que estuviera enseñando a un discípulo durante diez años y al cabo de ese tiempo quisiera romperle las piernas por encontrarle bailando con otro? ¿No podríamos añadir este artículo al de las contradicciones?

(1) Bayle Diccionario, artículo Acindimus. Condena resueltamente a la pobre mujer.

 

AFIRMACIÓN POR JURAMENTO. No nos ocuparemos aquí de la afirmación con que los sabios afirman con frecuencia. No se debe afirmar ni decidir más que en geometría. En todo lo demás imitemos al Marfurins de Moliere, que dice: «Puede... es fácil... no es imposible... es menester verlo». Adoptemos el quizá de Rabelais, el qué sé yo de Montaigne, el non liquet de los romanos y la duda de la Academia de Atenas. Ahora bien, esto lo decimos al tratar de cosas profanas, porque en lo que hace a las cosas sagradas ya es sabido que no es lícita la duda.

 

Al ocuparnos de este artículo en el Diccionario Enciclopédico, dijimos que los hombres llamados cuáqueros en Inglaterra hacían fe en el tribunal de justicia con una sola afirmación, y no los obligaban a prestar juramento. Los pares del reino gozan de iguales privilegios, los pares seculares afirman por su honor y los pares eclesiásticos poniendo la mano sobre el corazón. Los cuáqueros obtuvieron la misma prerrogativa en el reinado de Carlos II y es la única secta que en Europa disfruta de tal honor.

 

El canciller Cuwer quiso obligar a los cuáqueros a que prestaran juramento como los demás ciudadanos, pero el que estaba a la cabeza de ellos le contestó con gravedad:

 

— Amigo canciller, debes saber que Nuestro Señor Jesucristo nos prohíbe afirmar de otro modo, pues nos dijo expresamente: «Os prohíbo jurar por el cielo, porque es el trono de Dios, y por la tierra, porque es el escabel de mis pies; por Jerusalén, porque es la ciudad del gran rey, y por la cabeza, porque tú no puedes convertir un solo pelo en blanco ni en negro». Esto es irrefutable, amigo canciller, y no nos atrevemos a desobedecer a Dios por complacerte a ti y al Parlamento.

 

— No se puede hablar mejor —respondió el canciller—, pero voy a referiros una anécdota que acaso no sepáis. Un día, Júpiter ordenó que todas las bestias de carga se dejaran poner herraduras, y los caballos, los mulos y hasta los camellos obedecieron en seguida; sólo los asnos se resistieron a cumplir la orden alegando tantas razones y rebuznando tanto tiempo que Júpiter, que era bondadoso, les dijo por fin: «Señores asnos, os concedo lo que pedís, no os pondrán herraduras, pero a la primera falta que cometáis recibiréis cien palos».

Lo cierto es que hasta hoy los cuáqueros no han incurrido en falta.

 

AGAR. El que despide a su amante o a su concubina, si no le proporciona medios de vivir, pasa entre nosotros por hombre malvado.

 

Se nos ha dicho que Abrahán era muy rico en el desierto de Gerara, pese a que no tuvo una pulgada de tierra propia. Sabemos que derrotó a los ejércitos de cuatro poderosos reyes con trescientos dieciocho pastores de ganado. Debió regalar, pues, por lo menos, un rebaño a su concubina Agar cuando la despidió en el desierto. Hablo aquí sujetándome a las exigencias del mundo, pero reverencio las vías incomprensibles de Dios, que los demás mortales seguimos.

 

En el caso de Abrahán hubiera yo regalado algunos corderos, unas cuantas cabras y un macho cabrío a mi antigua concubina Agar, algunos trajes para ella y para mi hijo Ismael, una buena asna para la madre un borriquillo para el hijo, un camello para que les llevara el bagaje y uno o dos criados para que les acompañara y les defendiera, evitando el ser comidos por los lobos. El padre de los creyentes sólo dio un cántaro de agua y un pan a la pobre mujer y a su hijo cuando los abandonó en medio del desierto.

 

Algunos impíos sospechan que Abrahán fue un padre poco cariñoso que quería ver a su hijo bastardo muerto de hambre y cortar el cuello a su hijo legítimo. Pero eso son misterios impenetrables de los libros santos.

 

Se nos dice que la pobre Agar se fue al desierto de Bersabé. Lo único que cabe objetar es que entonces no existía semejante desierto. Sólo se conoció ese nombre muchos años después. Pero esto es una bagatela y no por ello pierde autenticidad el fondo de la historia.

 

Verdad es que la posteridad de Ismael, hijo de Agar se vengó cruelmente de la posteridad de Isaac, hijo de Sara, a favor del cual fue Ismael abandonado en el desierto. Los sarracenos, descendientes en línea recta de Ismael, se apoderaron de Jerusalén que por derecho de conquista pertenecía a la posteridad de Isaac. Yo hubiera preferido que descendieran de Sara los sarracenos, porque esta etimología estaría más justificada y sería más natural la genealogía. Supónese que la palabra sarraceno trae su origen de Sarac, que significa ladrón. No sé que ningún pueblo se haya llamado nunca ladrón. Aunque casi todos los pueblos lo han sido, ninguno ha adoptado este título.

 

AGRICULTURA. Apenas se concibe hoy que los antiguos, que cultivaban la tierra tan bien como nosotros, pudieran creer que los granos que sembraban debían necesariamente morir y pudrirse antes de nacer o de producir. Si hubieran sacado de la tierra el grano al cabo de dos o tres días, le hubieran visto muy sano, un poco hinchado, con la nariz hacia abajo y la cabeza hacia arriba. Pasado algún tiempo, si hubieran efectuado la misma operación, habrían distinguido el germen del grano del trigo, los hilillos blancos de las raíces, la materia lechosa que forma la harina, sus dos envolturas y sus hojas. Bastó que algún filósofo heleno o bárbaro les enseñara que toda generación nace de la corrupción, para que todo el mundo lo creyera; y este error, que es el mayor y el más estúpido de todos los errores, porque es opuesto a las leyes de la naturaleza, se difundió en los libros que se escribían para instrucción del género humano.

 

Los filósofos modernos, más audaces porque son más ilustrados, han abusado de su ilustración para reprochar duramente a Jesucristo, salvador del mundo, y a san Pablo, que fue su perseguidor y luego se tornó en su apóstol; han reprochado, repito, que muriera para renacer, diciendo que era el colmo del absurdo querer probar por segunda vez el nuevo dogma de la resurrección por medio de una comparación tan falsa y tan ridícula. Se han atrevido a decir en la Historia crítica de Jesucristo, que tan grandes ignorantes no habían nacido para enseñar a los hombres, y que los libros que escribieron, desconocidos durante mucho tiempo, no debían haberse conocido nunca.

 

Los autores de esas blasfemias no pensaron que Jesucristo y san Pablo no se dignaban hablar la lengua admitida, que pudiendo enseñar las verdades de la física sólo enseñaban las del Génesis. Efectivamente, en el Génesis el Espíritu Santo está siempre de acuerdo con las ideas más groseras que aceptaba el más grosero populacho. La sabiduría eterna no descendía a la tierra para instruir las academias de la ciencia. Esto es lo que respondemos siempre a los que reprochan los errores físicos de todos los profetas, y sobre todo lo que escribieron los hebreos. Sabido es que un tratado de religión no es un tratado de filosofía.

 

Además, las tres cuartas partes de los habitantes de la tierra se desenvuelven bien sin conocer el trigo, en tanto que nosotros pretendemos que no se puede vivir sin él. Los que viven voluptuosamente en las ciudades se asombrarían si supieran el trabajo que cuesta proporcionarles el pan.

 

Del grande y pequeño cultivo. En uno de los artículos de la Enciclopedia se hace distinción entre el grande y el pequeño cultivo. El grande se practica con caballos y el pequeño con bueyes; este pequeño cultivo, que es el predominante en las tierras de Francia, se considera un trabajo casi baldío y un estéril esfuerzo de la indigencia.

 

La historia crítica de Jesucristo o Análisis razonado / de los Evangelios, atribuida al barón de Holbach. se imprimió en 1770.

 

Esta idea no me parece en absoluto verdadera. No labran la tierra los caballos mejor que los bueyes, pues estos dos métodos tienen compensaciones que los hacen perfectamente iguales. Parece que los antiguos nunca emplearon caballos para el cultivo de la tierra. Sólo se dedican bueyes a este trabajo en Hesíodo, en Jenofonte, en Virgilio y en Columela. Arar la tierra con bueyes sólo es perjudicial cuando los propietarios mal aconsejados proporcionan bueyes malos y mal alimentados a los braceros que no tienen recursos y trabajan mal la tierra. Como quiera que estos braceros nada arriesgan y nada proporcionan, no trabajan los campos como se necesita tarbajarlos, y sin enriquecerse empobrecen a sus dueños. Desgraciadamente, es el caso de muchos padres de familia.

 

El servicio que prestan los bueyes es tan provechoso como el que prestan los caballos, porque si aquéllos labran más despacio, pueden en cambio trabajar más días sin cansarse, cuestan menos de alimentar, no se les ponen herraduras y pueden sus dueños revenderlos o cebarlos para el matadero, lo cual no sucede con los caballos. No se pueden emplear éstos más que en los países donde la avena está muy barata y por esto es mucho menor el cultivo con caballos que con bueyes.

 

De la roturación. El artículo roturación de la Enciclopedia sólo se ocupa de la estimación de las hierbas inútiles y perjudiciales que se arrancan de los campos para dejarlos en condiciones de poderlos sembrar. Pero el arte de preparar la tierra no se limita a ese procedimiento necesario que siempre estuvo en uso; consiste también en hacer fértiles las tierras estériles que no han producido nunca cosecha, como los terrenos pantanosos, los que contienen greda o son pedregosos.

 

Las tierras arcillosas, de creta, o de arena, son rebeldes a todo cultivo. Únicamente pueden ser productivas llenándolas de tierra fértil durante años enteros. Pero sólo pueden beneficiarse de este recurso los hombres muy ricos, porque el gasto es superior al producto durante muchos años.

 

La piedra filosofal de la agricultura debe consistir en sembrar poco y recoger mucho. Ciertos tratados de agricultura enseñan doce secretos para conseguir la multiplicación del trigo, pero es preciso someterlos todos al método de hacer nacer abejas de la piel de un toro y a otros experimentos no menos ridículos.

 

La quimera de la agricultura consiste en creer que podemos obligar a que la naturaleza produzca más de lo que naturalmente puede producir. Empeñarse en esto es como si nos empeñáramos en tener el secreto de que una mujer diera a luz diez hijos, cuando no puede alumbrar más que dos. Lo más que podemos hacer es cuidarla mucho durante el embarazo.

 

El método más seguro para recoger una buena cosecha de cereales consiste en servirse de la sembradora. Esta máquina, por medio de la cual al tiempo que se siembra, rastrilla y tapa la semilla, evita las corrientes del viento, que muchas veces aventa los granos, y libra la simiente de los pájaros, que se la comen. No debe desaprovecharse esta ventaja.

 

Además, cuanto más regularmente esté desparramada en la tierra, tanta más libertad tiene para extenderse y produce tallos más fuertes y gruesos. Pero la sembradora no conviene a toda clase de terrenos ni a todos los labradores, pues para emplearla es indispensable que la tierra esté unida, no sea pedregosa y el labrador sea diestro. La sembradora es cara, hay que componerla cuando se estropea, y para usarla hay que emplear dos hombres y un caballo, y muchos agricultores sólo tienen bueyes. Los agricultores ricos deben usar esa máquina y prestarla a los agricultores pobres.

 

De la protección que debe prestarse a la agricultura. No sabemos por qué desventura, sólo en China la agricultura está verdaderamente protegida y honrada. Los ministros de Estado en Europa deberían fijar la atención en la siguiente Memoria, aunque la haya escrito un jesuita al que ningún otro misionero contradijo nunca. Está acorde por entero con los datos que poseemos del Celeste Imperio:

 

«Al inicio de la primavera china, esto es, en el mes de febrero, habiendo recibido la orden de decidir el tribunal de las matemáticas cuál era el día conveniente para acometer la ceremonia de la labranza, señaló el día 24 de la oncena luna, y el tribunal de los ritos se lo comunicó al emperador por medio de un memorial en el que este tribunal puntualizó a Su Majestad los preparativos que había de hacer para dicha fiesta.

 

»Según el memorial, el emperador debía nombrar doce personas ilustres que le acompañaran e hicieran la ceremonia de labrar después de él. Estas personas habían de ser tres príncipes y nueve presidentes de los tribunales superiores. Si alguno de esos presidentes era de edad muy avanzada o estaba enfermo, el emperador nombraba asesores que ocupasen su sitio.

 

»La ceremonia consistía en labrar la tierra para excitar la emulación a los ciudadanos por medio del ejemplo, y en ella el emperador, en calidad de gran pontífice, hacía su sacrificio que ofrecía a Chang‑ti pidiéndole abundante cosecha para que su pueblo disfrutara de bienestar. Para prepararse a ese sacrificio, el emperador debía ayunar y guardar continencia los tres días anteriores. Lo mismo debían hacer los doce personajes ilustres que nombraba Su Majestad para que le acompañasen.

 

»La víspera de la ceremonia el emperador escogía algunos caballeros de primera calidad y los enviaba a la sala de sus antecesores para que se arrodillaran delante de la tablilla y dijeran: «Nos portaremos con los muertos como si estuvieran en vida». Allí les comunicaban al día siguiente que el emperador realizaría un gran sacrificio.

 

»He aquí en pocas palabras lo que el memorial del tribunal de los ritos ordenaba respecto al emperador. Disponía los preparativos de que habían de encargarse los diversos tribunales. El primero debía disponer todo lo referente a los sacrificios, el segundo redactar las frases que el emperador recita cuando realiza el sacrificio, el tercero llevar y levantar las tiendas de campaña en las que el emperador come y el cuarto ha de reunir cuarenta o cincuenta ancianos, labradores de profesión, para que presencien cómo el emperador labra la tierra. También debe reunir cuarenta labradores de los más jóvenes para que preparen el arado, unzan los bueyes y lleven los granos que deben sembrarse. El emperador siembra cinco clases de granos que se cree son los más necesarios en China: trigo, arroz, mijo, habas y otra especie de mijo que llaman cacleang.

 

»Con esos preparativos, el día 24 de la luna Su Majestad se presentó con su corte en traje de ceremonia en el sitio destinado para ofrecer al Chang‑ti el sacrificio de la primavera, en el que le ruega que aumente y conserve los bienes de la tierra. Por esto ofrece sacrificios antes de poner la mano en el arado.

»El emperador hizo el sacrificio y luego se adelantó con los tres príncipes y los nueve presidentes que tenían que labrar con él. Varios personajes llevaban cofres preciosos que contenían los granos que debían sembrar. La corte en pleno presenciaba la ceremonia, guardando absoluto silencio. El emperador tomó el arado y abrió varios surcos en la tierra después se lo cedió a un príncipe de sangre real que realizó la misma operación, y así lo hicieron sucesivamente los personajes que acompañaban a Su Majestad.

 

Tras labrar en diferentes partes, el emperador sembró las cinco clases de granos. El año que yo lo presencié asistieron a la ceremonia cuarenta y cuatro labradores viejos y cuarenta y dos jóvenes, y al final el emperador les dio una recompensa.

 

A la relación de esta ceremonia, tan agradable como útil, debemos añadir el edicto que publicó el emperador Yong‑Teling, en el que concedía recompensas y honores al que roturara terrenos incultos desde quince arpentas hasta ochenta en Tartaria (no hay terrenos incultos en la China propiamente dicha), y el que roturara ochenta arpentas sería nombrado mandarín de octavo orden.

 

Semejantes medidas adoptadas en China deben sonrojar a nuestros soberanos de Europa, los cuales admirándolas deben copiarlas.

 

AGUSTÍN. No voy a estudiar en este artículo a san Agustín como obispo ni como doctor y padre de la Iglesia, sino como hombre. De entrada, voy a tratar de un punto de física referente al clima de Africa.

 

Parece ser que san Agustín contaba cerca de catorce años cuando su padre, que era pobre, lo llevó a los baños públicos. Dícese que era contra la costumbre de aquella época y que se oponía al decoro que el padre tomase el baño con su hijo. Así lo asegura Valerio Máximo y también lo dice Bayle. Es cierto que en Roma los patricios y los caballeros romanos no se bañaban con sus hijos en las termas públicas, pero, ¿creéis posible que los pobres que pagaban unos céntimos por tomar el baño observaran lo que los ricos consideraban prácticas poco decorosas?

 

El hombre ricachón se acostaba en una cama de marfil y de plata sobre tapices de púrpura con su concubina. Su esposa, en otro aposento perfumado, se acostaba con su amante. Los hijos, los preceptores y los criados, dormían en estancias separadas, pero el pueblo dormía amontonado en zahúrdas. No se andaban con cumplimientos en la localidad de Tagaste, que pertenece a Africa y donde nació san Agustín, por lo que podemos asegurar que iba con su padre al baño de los pobres.

 

Nuestro santo refiere que su padre, viéndole tan viril, sintió paternal regocijo y concibió la esperanza de tener pronto nietos, como efectivamente los tuvo. El buen hombre se apresuró a comunicar esta noticia a su esposa, la futura santa Mónica. ¿La prematura pubertad de san Agustín no puede atribuirse al uso anticipado del órgano de la generación? San Jerónimo nos dice que una mujer abusó de un niño de diez años y concibió de él un hijo (Epístola ad Vitalem, tomo III).

 

San Agustín, que fue un mozuelo muy libertino, era tan precoz de espíritu como de cuerpo, y nos dice que antes de cumplir los veinte años aprendió sin maestro la geometría, la aritmética y la música (Confesiones, lib. IV, cap. XVI). Esto prueba que en Africa, que nosotros llamamos bárbara, los hombres son más precoces que nosotros en todo.

 

Estos dones que de la naturaleza obtuvo san Agustín casi nos inducen a creer que Empédocles no se equivocó completamente al afirmar que el fuego es el principio de la naturaleza. Le ayudan los otros principios, pero como subsidiarios. Es un rey que pone en acción a todos sus vasallos, aunque suele inflamar demasiado las imaginaciones de su pueblo. No deja de tener razón Sifax para decir a Juba, en el Catón de Addison que el sol, que hace rodar su carro sobre cabezas africanas, da más color a sus mejillas, más fuego a sus corazones y que las damas de Zama son superiores a las pálidas bellezas de Europa, que la naturaleza no acabó de llenar de gracias. Ni en París, ni en Estrasburgo, ni en Ratisbona, ni en Viena, hay jóvenes que aprendan la aritmética, la geometría, ni la música sin maestro y sean padres a los catorce años.

 

Por lo tanto, no debe ser una fábula que Atlas, príncipe de Mauritania, a quien los griegos llamaron hijo del cielo, fuera un célebre astrónomo e hiciera construir un observatorio esférico como el que existe en China desde hace muchos siglos. Los antiguos que se expresan por medio de alegorías comparan ese hombre con la montaña que lleva su nombre porque esconde su cumbre en las nubes y las nubes se creyó en la Antigüedad que constituían el cielo.

 

Los mismos moros cultivaron ventajosamente las ciencias y las enseñaron en España y en Italia durante cinco siglos. La marcha del mundo es ahora muy diferente. La patria de san Agustín sólo es hoy un nido de piratas, e Inglaterra, Italia, España, Alemania y Francia, que entonces eran bárbaras, cultivan hoy las artes mejor que las cultivaron nunca los árabes.

 

En este artículo sólo nos proponemos hacer ver que el mundo ha experimentado cambios extraordinarios, lo mismo que durante el breve curso de su vida los experimentan los hombres. Agustín, antiguo libertino, es luego orador, filósofo y profesor de retórica. Primero se hace maniqueo y después cristiano, administra el sacramento del bautismo le nombran obispo y llega a ser padre de la Iglesia. Su doctrina sobre ia gracia inspira, durante mil cien años, tanto respeto como un artículo de fe, y hete aquí que al cabo de dicho tiempo los jesuitas encuentran el medio de anatematizarla, palabra por palabra, al anatematizar la exposición de la referida doctrina que hicieron Jansenio, Saint‑Cyran, Arnaul y Quesnel. Dígasenos si esta revolución religiosa no es tan grande como la de África y si ante ello podemos sostener que existe algo permanente en el mundo.

 

ALCORÁN O CORÁN. Este libro gobierna despóticamente el Africa septentrional, desde el Atlas hasta el desierto de Barca; todo Egipto, las costas del Océano Etiópico en el espacio de seiscientas leguas, Siria, Asia Menor, todos los países que rodean el mar Negro y el mar Caspio, excepto el reino de Astracán, todo el imperio del Indostán, Persia, buena parte de Tartaria, y en Europa, Tracia, Macedonia, Bulgaria, Servia, Bosnia, Grecia, Epiro y casi todas las islas hasta el estrecho de Otranto.

 

En esa inmensa extensión de terreno no hay un solo mahometano que haya tenido la dicha de leer nuestros libros sagrados, y entre los hombres de letras católicos hay muy pocos que conozcan el Corán, del que casi todos nos formamos una idea ridícula a pesar de los estudios que sobre él han hecho los verdaderos sabios.

 

Veamos las primeras líneas de dicho libro:

 

«Tributemos alabanzas a Dios, que es el Soberano de todos los mundos, al Dios misericordioso, al Soberano del día de la justicia; a Ti es a quien adoramos, sólo de Ti esperamos protección. Guíanos por caminos rectos, por los caminos que recorren los que Tú colmas de Gracia, no por los caminos que siguen los que dan motivo a tu cólera y andan extraviados.»

 

Esa es la introducción del libro, a la que siguen tres letras mayúsculas, A, L, M, que según el sabio Sale son incomprensibles, pues cada comentarista las explica a su manera. Pero es opinión general que significan: Alá, Latif, Magid, esto es, Dios, la Gracia y la Gloria.

 

Continúa escribiendo Mahoma, y Dios es el que habla. He aquí sus propias palabras:

 

»Este libro no permite que se dude de él, y sirve para dirigir a los justos que creen en los arcanos de la fe, que observan todas las horas de las oraciones, que reparten como limosnas lo que nos hemos dignado concederles, que están convencidos de que la revelación descendió hasta Tim y que envió profetas que te precedieran. Los fieles deben tener firme seguridad en la vida futura, y dirigidos por el Señor, serán dichosos.

 

»En cuanto a los incrédulos, les es igual que les aconsejes, como que no les aconsejes, nada creen; tienen grabado el sello de la infidelidad en el corazón y en los oídos; sus ojos ven tinieblas y les espera tremendo castigo.

 

»Algunos dicen: creemos en Dios y en el último día. Pero en el fondo no son creyentes. Creen engañar al Eterno y se engañan a sí mismos sin pensar que su flaqueza está en el corazón y Dios la aumenta, etc.»

 

Los eruditos dicen que las palabras anteriores tienen más energía en lengua árabe y, efectivamente, el Corán pasa todavía hoy por ser el libro más elegante y más sublime que se ha escrito en dicha lengua.

 

Le hemos atribuido un sinfín de necesidades que no ha dicho. Sobre todo, los frailes europeos escribieron varios libros contra los mahometanos cuando no se podía replicar de otro modo a los conquistadores de Constantinopla. A nuestros autores, más numerosos que los autores jenízaros, no les costó gran trabajo conseguir que las mujeres siguieran su partido; las persuadieron de que Mahoma no las consideró como seres inteligentes, que debían ser esclavas según las leyes del Corán, que no podían poseer ninguna clase de bienes en este mundo, y que en el otro no les correspondería ninguna parte del Paraíso. Todo esto es falso, pero lo hicieron creer a pie juntillas.

 

Para convencerse de ello, basta leer el segundo y cuarto suras, esto es capítulos del Corán, en los que se encuentran las siguientes leyes, traducidas por Ryer, que permaneció mucho tiempo en Constantinopla, por Moroci, que nunca fue a aquellos países, y por Sale, que vivió veinticinco años entre los árabes.

 

Reglamento de Mahoma sobre las mujeres

 

I. No os caséis con mujeres idólatras hasta que sean creyentes. Una criada musulmana vale más que una gran dama idólatra.

 

II. Los que quieran pronunciar votos de castidad teniendo mujeres se tomarán cuatro meses de tiempo para decidirse. Las mujeres se portarán con sus maridos como sus maridos se porten con ellas.

 

III. Podéis divorciaros dos veces de vuestra mujer, pero si os divorciáis la tercera la despedís para siempre; la retendréis con humanidad o la despediréis bondadosamente. No es lícito quedaros nada de lo que le dierais.

 

IV. Las mujeres honestas deben ser atentas y obedientes hasta cuando estén ausentes sus maridos. Si son prudentes, absteneos de moverles la menor cuestión; pero si tenéis alguna con ellas, escoged para que la dirima un árbitro de su familia y otro de la vuestra.

 

V. Podéis tomar una mujer, dos, tres y hasta cuatro, pero si creéis no poder obrar equitativamente con todas no toméis más que una. Dadles viudedad conveniente si creéis próximo vuestro fin; cuidadlas, tratadlas siempre con cariño.

 

VI. No se os permite heredar a vuestras mujeres contra su voluntad ni impedir que se casen con otros si os divorciáis, excepto cuando se las declare culpables de algún crimen.

 

VII. Os es permitido casaros con esclavas, pero es mejor que os abstengáis de semejantes casamientos.

 

VIII. La mujer divorciada tiene obligación de amamantar a su hijo durante dos años, y el padre está obligado durante ese tiempo a pasarle alimentos proporcionados a su posición. Para destetar al hijo antes de los dos años es preciso el consentimiento del padre y de la madre. Si aquél se ve obligado a entregarlo a una nodriza, le pagará razonablemente estos cuidados.

 

Lo transcrito basta para reconciliar a las mujeres con Mahoma, que no las trató con dureza como se ha querido suponer. No pretendemos justificarle, pero no podemos condenarle por su doctrina que proclama un solo Dios. En el versículo 122, dice: «Dios es único, eterno; ni engendró ni es engendrado, nada hay semejante a él». Estas palabras, más que su espada, sometieron el Oriente.

Aparte de esto, el Corán es un acopio de revelaciones ridículas y de predicaciones vagas e incoherentes, pero, eso sí, contiene leyes muy adecuadas para el país que fueron dictadas, leyes que se obedecen todavía sin que las hayan reformado ni enmendado los intérpretes mahometanos ni nuevos decretos.

 

Fueron enemigos de Mahoma los poetas y los doctores de la Meca... Estos últimos sublevaron contra él a los magistrados que publicaron un decreto para que le prendieran como reo convicto de haber afirmado que se debía adorar a Dios y no a las estrellas. Pero sabido es que bastó decir esto para que se iniciara su grandeza. Cuando vieron que de esta forma no podían perder y que sus escritos le atraían muchísimos prosélitos, propalaron por la ciudad que no era el autor de ellos, que le ayudaban a escribirlos unas veces un sabio judío y otras un sabio cristiano, suponiendo que existieran sabios en aquel entonces.

 

En Francia también se ha dicho de algunos prelados que hacían componer a frailes las homilías y las oraciones fúnebres que predicaban. Hubo un sacerdote llamado Hércules que escribía los sermones para cierto obispo, y los que tenían por costumbre ir a oírlos se decían unos a otros: «Vamos a oír los trabajos de Hércules».

 

A la antedicha imputación responde Mahoma en el capítulo XVI, con motivo de una majadería que se dijo en el púlpito y que chocó a los oyentes:

 

«Cuando leas el Corán, invoca a Dios para que te preserve de Satán, cuyo poder sólo alcanza a los que le toman por señor y pretenden que Dios tenga compañeros.

 

»Cuando en el Corán sustituyó un versículo por otro, algunos infieles dijeron: Tú has forjado esos versículos, pero no supieron distinguir lo verdadero de lo falso. Debían decir que el Espíritu Santo me trajo esos versículos de parte de Dios, inspirándome la verdad. Otros dicen con mala intención: Hay quien le ayuda a escribir el Corán. Pero, ¿cómo el hombre a quien imputan mis obras podría hacerlo no conociendo más que una lengua extranjera y estando escrito el Corán en puro árabe?»

 

El que decían que ayudaba a escribir a Mahoma era un judío llamado Bensalén o Bensalón, pero no es verosímil que un judío ayudase en la tarea a Mahoma contra los judíos, aunque no imposible. También creyeron que un fraile escribía con Mahoma el Corán. A este fraile, unos le llaman Bohaira y otros Sergino, pero es chocante que tal regioso tuviera nombre latino y no árabe.

 

Por lo que se refiere a las controversias teológicas que han mediado entre los musulmanes, no me inmiscuyo ni me corresponde hablar de ellas. El muftí debe dictar su fallo.

 

Se ha puesto en duda si el Corán es eterno o es creado; lo cierto es que los mahometanos lo creen eterno. A continuación de la historia de Chalcondile, se imprimió el Triunfo de la Cruz, en el que se dice que el Corán es arriano, maniqueo, originiano, macedonio, etc.; sin embargo, Mahoma no pertenecía a ninguna de estas sectas. Más bien puede decirse que era jansenista, porque el fondo de su doctrina lo domina el decreto absoluto de la predestinación gratuita.

 

Mahoma, hijo de Abdalla, fue un charlatán audaz y sublime. En el capítulo X dice: «¿Quién, sino Dios, puede haber compuesto el Corán?» Como quiera que el público decía «Mahoma forjó ese libro», él replicó: «Probad a escribir un capítulo cualquiera que se parezca a los de ese libro, y aunque os ayude quien vosotros queráis, no lo consiguiréis». En el capítulo XVII exclama: «¡Loor al que transportó durante la noche a este su servidor desde el sagrado templo de la Meca hasta Jerusalén!» Fue un magnífico viaje, pero no tanto como el que hizo Mahoma aquella misma noche, de planeta en planeta, y las cosas sorprendentes que vio.

 

Supone que hizo quinientos años de camino y que cortó la luna en dos. Sus discípulos, que reunieron solemnemente los versículos del Corán tras la muerte de su autor, acortaron la duración del viaje al cielo temiendo que se les burlaran los filósofos. Fueron demasiado timoratos, pues debieron sujetarse a los apologistas, que lograron explicar el itinerario del viaje. Los amigos de Mahoma debían saber por experiencia que lo maravilloso es lo que más halaga al pueblo. Los sabios lo contradicen entre dientes, pero el pueblo los obliga a callar. Al establecer el itinerario del viaje de planeta en planeta, dejaron constancia de lo que le sucedió en la luna. No se puede estar en todo.

 

El Corán es una rapsodia sin trabazón, orden ni arte. Los árabes lo tienen por libro hermosísimo y aseguran que está escrito con una pureza y elegancia que ningún autor de esa nación ha podido alcanzar después. Es un poema, o mejor, una especie de prosa rimada, que consta de seis mil versículos. Ningún poeta en el mundo consiguió con su obra tanta fortuna. Se promovió entre los musulmanes la cuestión de averiguar si el Corán era eterno o si lo creó Dios para dictárselo a Mahoma. Los doctores decidieron que era eterno. Hicieron bien, pues lo que es eterno tiene más valor, y siempre, en cuestiones que atañen al vulgo, debe adoptarse lo más increíble.

 

Los frailes que desencadenaron contra Mahoma un sinfín de sandeces de cosecha propia opinaron que éste no sabía escribir. Pero, ¿cómo es posible creer que un hombre que fue negociante, poeta, legislador y soberano no supiera escribir? Si su libro es malo para nosotros y para nuestra época, era muy bueno para sus contemporáneos, como lo fue y lo es todavía su religión. No se puede negar que apartó a toda Asia del culto a la idolatría, que enseñó la unidad de Dios y que combatió con energía a los que le atribuyeron colegas para redactar el Corán. En el Islam prohibió ejercer la usura con los extranjeros y ordenó hacer limosnas. En su código doctrinal impone la oración como una necesidad absoluta y convierte en móvil de todo la sumisión a los decretos del Eterno. Se comprende, por tanto, que una religión tan sencilla y sabia a la vez, enseñada por un hombre que se alzaba con la victoria en todas partes, subyugara a gran parte del mundo. Los islámicos hicieron tantos prosélitos con la predicación como con la espada, convirtieron a su religión a los hindúes y hasta a los negros. Y los mismos turcos, que les vencieron, se sometieron luego al islamismo.

Mahoma convirtió en ley muchas de las prácticas que encontró establecidas en Arabia, como la circuncisión, el ayuno, la peregrinación a la Meca, que se realizaba cuatro mil años antes de su venida al mundo, las abluciones, necesarias para conservar la salud y el aseo en un país cálido, y la idea del juicio final, que acuñaron los magos y fue copiada por los árabes. Se cuenta que Mahoma anunció que los muertos resucitarían desnudos. Su mujer Aishca manifestó que esto le parecía indecente y él la tranquilizó diciendo: «No te sobresaltes por eso, que ese día nadie tendrá ganas de reír». Según el Corán, un ángel pesará en una gran balanza a los hombres y las mujeres. Esta idea también está tomada de los magos, así como la del puente etéreo que es preciso pasar tras la muerte, y su paraíso, donde los escogidos creyentes encontrarán baños, aposentos bien amueblados, camas mullidas y las famosas huríes de ojos inmensos y negros. Cierto que el Corán dice también que todos los deleites de los sentidos, que son necesarios para los que resucitan con ellos, son insignificantes comparados con el placer de la contemplación del Ser Supremo. Mahoma se manifiesta tan humilde que declara en el susodicho libro que él no irá al paraíso por propio mérito, sino por la voluntad de Dios. También por la voluntad divina ordena que la quinta parte de los pillajes sea siempre para el profeta.

 

Tampoco es verdad que excluyera las mujeres del paraíso, como se ha dicho. No es creíble que un hombre tan ladino quisiera tener en contra a esa mitad del género humano que dirige a la otra mitad. Abulfeda refiere que un día, importunándole, una vieja le preguntó qué debía hacer para ganarse el paraíso, y él le contestó: «Amiga mía, en el paraíso no hay viejas». La infeliz mujer rompió a llorar y el profeta, para consolarla, agregó: «No hay viejas en el paraíso porque en arribando allí se rejuvenecen». Doctrina tan consoladora figura confirmada en el capítulo LIV del Corán.

 

Mahoma prohibió beber vino porque un día unos adeptos se presentaron borrachos a hacer oración. Permitió tener varias mujeres ajustándose en esto a la costumbre tradicional de los orientales.

 

Las leyes civiles del Corán son buenas y su doctrina es admirable en cuanto se ahorma con la nuestra, pero los medios que emplea son horribles: se vale del engaño y del asesinato. El del engaño puede perdonársele porque se dice que los árabes tuvieron ciento veinticuatro mil profetas antes que él y no tenía nada de particular para ellos que naciera otro; además, hay quien dice que es necesario engañar a los hombres. Pero, ¿cómo es posible justificar al profeta cuando dice: «Cree que yo he hablado con el arcángel Gabriel, y si no lo crees, págame un tributo»?

 

Por eso prefiero Confucio a Mahoma. Confucio fue un sabio sin tener ninguna revelación, y para difundir su doctrina sólo se valió de la razón y no de la mentira, ni de la espada. Siendo virrey de una vasta provincia consiguió establecer la moral y las leyes; las enseñó y practicó lo mismo en su época de grandeza que cuando cayó en desgracia y en la pobreza, consiguiendo que su nación se encariñara con la virtud y fuera su discípulo el más antiguo y más prudente de los pueblos.

 

El conde de Boulainvilliers, cuyo entusiasmo por Mahoma es notorio se empeña en elogiar a los árabes, pero sus elogios no logran hacer olvidar que constituían un pueblo de bandidos. Cuando adoraban los astros, robaban antes de Mahoma y siguieron robando en tiempos del profeta, a pesar de que adoraban a Dios.

 

Hay autores que los disculpan diciendo que poseían la sencillez de los tiempos heroicos. ¿Y qué son los tiempos heroicos? Los siglos en que se degollaban los hombres unos a otros por poseer un pozo o una cisterna, como se han degollado luego por adueñarse de una provincia.

 

Mahoma enardeció a los primeros musulmanes con el ardor del entusiasmo, y nada hay tan terrible como el pueblo que nada tiene que perder y pelea al mismo tiempo por la codicia de la rapiña y por el fanatismo de la religión.

 

Tenían poca delicadeza en su forma de proceder. El contrato de primer matrimonio de Mahoma dice que en atención a que Kalidja está enamorada de él, y él enamorado de ella, es conveniente que se unan. Ahora bien, ¿se encuentra esa misma sencillez en haberle compuesto una genealogía para probar que descendía de Adán en línea directa, como hicieron descender más tarde del mismísimo Adán a algunas reales casas de España y de Escocia?

 

El gran profeta conoció también la desgracia común a muchos maridos. Sabiéndolo, nadie debe lamentarse de sufrirla. Se sabe el nombre del que gozó los favores de su segunda mujer, la hermosa Aishca: se llamaba Aassan. Mahoma se portó con ella con más altivez que César que repudió a su esposa diciendo que de la mujer de César nadie debía sospechar. El profeta, ni siquiera quiso sospechar de la suya. Hizo descender del cielo un capitulo del Corán para afirmar que su mujer le era fiel.

 

Mahoma es digno de admiración porque empezando por ser un tratante de camellos, consiguió elevarse a tal altura que fue legislador, pontífice y monarca, por haber sometido Arabia, que jamás pudo ser sometida, por haber dado las primeras sacudidas al imperio romano de Oriente y al de los persas, por haber cambiado la faz de una parte de Europa, de la mitad del Asia, de casi toda el Africa, y por faltar poco para que su religión subyugara al universo. Le admiro además por haber sabido conservar la paz en su casa teniendo varias mujeres.

 

Su yerno Alí asegura que cuando exhumaron el cadáver del profeta le encontraron como si estuviera recién enterrado, y que su viuda Aishca exclamó: «Si yo hubiera sabido que Dios tenía que conceder esa gracia al difunto le hubiera cuidado mejor».

 

Nunca se ha escrito la vida de ningún hombre con tantos pormenores como se escribió la suya. Sus menores particularidades fueron sagradas. Se conoce la clase y el número de objetos que le pertenecieron: nueve espadas, tres lanzas, tres arcos, siete corazas, tres escudos, doce mujeres un gallo blanco, siete caballos, dos mulos y cuatro camellos, sin contar la borrica Borac, con la que ascendió al cielo y tomó prestada porque era propiedad del arcángel Gabriel.

 

Todas las frases que pronunció fueron cuidadosamente recogidas. Una de las más notables que dijo fue esta: «El goce de las mujeres hace rezar con más fervor». Como consecuencia de esta máxima podía rezarse la acción de gracias al ir a la cama, lo mismo que se reza al sentarse a la mesa, pues una mujer vale tanto como una comida. Mahoma pasó también por ser un gran médico; así, pues, no careció de ninguna de las grandes condiciones que son necesarias para engañar a los hombres.

 

ALEGORÍAS. Un día, Júpiter, Neptuno y Mercurio, mientras viajaban por Francia, fueron invitados a comer por un rey llamado Hivilus. Al final de la comida, los tres dioses le dijeron que podía pedirles lo que quisiera y se lo concederían gustosamente. El hospitalario rey, que estaba ya en la edad de no tener hijos, les contestó que deseaba ser padre. Los tres dioses se orinaron en una piel de buey fresca, acabada de arrancar, y de ella nació Orión, que dio nombre a una antiquísima constelación. La constelación de Orión la conocieron los antiguos caldeos, y el libro de Job habla de ella en el capítulo IX. Ahora bien, lo incomprensible es que los orines de tres dioses puedan producir un joven. No comprendo que Dacier y Saumaise encuentren en esa historia una alegoría razonable, a no ser que deduzcan de ella que nada es imposible para los dioses.

 

Había en Grecia dos jóvenes granujas a los que un oráculo predijo que se debían guardar de melampige. Un día los cogió Hércules y los ató por los pies al extremo de su maza, llevándolos boca abajo como se lleva un par de conejos. Un día, vieron el culo a Hércules y exclamaron: «¡Ya se ha cumplido el oráculo, ya hemos visto un culo negro!» La palabra griega melampige significa culo negro. Hércules rompió a reír y los soltó.

 

Entre los que crearon la mitología hubo algunos que sólo tuvieron imaginación, pero la mayoría de ellos estaban dotados de gran ingenio. Ni nuestros académicos, ni los autores de lemas y leyendas, posiblemente no encontrarán nunca alegorías tan exactas, tan agradables y tan ingeniosas como las de las nueve Musas, la de Venus, la de las Gracias, la del Amor y tantas otras, que deleitan e instruyen en todos los siglos.

 

La Antigüedad era muy inclinada a expresarse por medio de alegorías. Los primeros padres de la Iglesia, casi todos platónicos, imitaron este método de su maestro Platón, pero hay que criticarles porque algunas veces abusan de las alegorías y alusiones.

 

San Justino, en su Apologético, dice que el signo de la cruz está marcado en los miembros del hombre, que cuando éste extiende los brazos forma una cruz perfecta, y que la nariz forma una cruz en la cara.

 

Según dice Orígenes en la explicación del Levítico, la grasa de los animales sacrificados significa iglesia, y el rabo el signo de la perseverancia.

 

San Agustín, en su homilía sobre la diferencia y la armonía de dos genealogías, explica a sus oyentes por qué san Mateo, al enumerar cuarenta y dos generaciones, no refiere más que cuarenta y una. Esto ocurre, según dice, porque es preciso contar dos veces a Jechonías, ya que éste fue de Jerusalén a Babilonia. Luego, ese viaje es la piedra angular, y si la piedra angular es la primera de la parte de una pared es también la primera de la otra parte y se puede contar dos veces esa misma piedra; por tanto, se puede contar dos veces a Jechonías. Añade que debemos pasarnos al contar el número cuarenta en las cuarenta y dos generaciones, porque el número cuarenta significa vida. El número diez representa la bienaventuranza, y diez multiplicado por cuatro, que representa los cuatro elementos y las cuatro estaciones, da cuarenta.

 

Las dimensiones de la materia (en su homilía 54) tienen sorprendentes propiedades. La latitud es la dilatación del corazón; la longitud, la longanimidad; la altura, la esperanza y la profundidad, la fe. Así, por no interrumpir la alegoría, para san Agustín las dimensiones de la materia son cuatro en vez de tres.

 

«Es claro e indudable —dice en su homilía sobre el salmo 6— que en el número cuatro figura el cuerpo humano por causa de los cuatro elementos y las cuatro cualidades: calor, frío, sequedad y humedad, y así como esas cuatro cualidades se refieren al cuerpo, tres hacen referencia al alma porque es preciso amar a Dios con un triple amor: con nuestro corazón, con nuestra alma y con nuestra inteligencia. Las cuatro cualidades se refieren al Antiguo Testamento, y las tres al Nuevo; cuatro más tres suman el número siete días, y el octavo es el día del juicio final.»

 

No puede negarse que sobresale en dichas alegorías una afectación que se opone a la verdadera elocuencia. Los Padres que empleaban tales figuras escribieron en unas épocas y en unos países en que todas las artes habían degenerado, y su genio y su erudición se sujetaban a las imperfecciones de su siglo.

 

Estos defectos no desfiguran en la actualidad las homilías de nuestros predicadores, y si bien es cierto que no son superiores a los santos padres, también es verdad que el siglo XVIII lo es a los siglos en que los padres de la Iglesia escribieron. La elocuencia, que día a día se corrompió más y más y no brilló hasta la época que acabamos de indicar llegó al mayor ridículo en todos los pueblos bárbaros hasta el siglo de Luis XIV. Todos los antiguos sermones están muy por debajo de las obras dramáticas sobre la Pasión que se representaron en el palacio de Borgoña. En todos ellos se encuentra el abuso de la alegoría. El famoso Menot, contemporáneo de Francisco I, en uno de sus sermones dijo que «los representantes de la justicia se parecen a un gato al que hubieran encargado la custodia de un queso por miedo a que los royeran los ratones; una sola dentellada del gato causaría más estropicio al queso que veinte ratones».

 

He aquí otros curiosos rasgos: «Los leñadores cortan en el bosque ramas grandes y pequeñas y con ellas forman haces; de igual manera nuestros eclesiásticos, con las dispensas de Roma, acumulan beneficios pequeños y grandes. El capelo del cardenal está lleno de obispados, los obispados están repletos de abadías y de prioratos, y todo ese conjunto está henchido de diablos. Es preciso que todos los bienes de la Iglesia pasen por los tres cordones del Ave María, porque el benedicta tú se refiere a las productivas abadías que poseen los benedictinos, in mulieribus, a caballero y a dama, y el fructus ventris a los banquetes y a las glotonerías».

 

Las homilías de Barlette y de Maillard están compuestas conforme a este mismo modelo y las pronunciaban la mitad en mal latín y la otra mitad en mal francés. Los sermones de Italia participaban de este gusto depravado, y los de Alemania aún eran peores. De esta mezcla monstruosa nació el estilo macarrónico, que fue la obra maestra de la barbarie. Semejante elocuencia, digna de los indios iroqueses, se mantuvo hasta la época de Luis XIII. El jesuita Garase fue uno de los hombres que más se distinguieron entre los enemigos del sentido común.

 

ALEJANDRÍA. Más de veinte ciudades llevaban el nombre de Alejandría y todas las fundaron Alejandro y sus capitanes, convertidos en otros tantos reyes. La fundación de estas ciudades son monumentos superiores a las estatuas que más tarde la esclavitud erigió al poderío. Pero la única de esas ciudades que llamó la atención de todo el mundo por su grandeza y sus riquezas fue la que se convirtió en capital de Egipto. Hoy no es más que un montón de ruinas. Se sabe que la mitad de dicha ciudad se reedificó en otra parte, cerca del mar. La torre del Faro, que fue una de las maravillas del mundo, ya no existe.

 

Esta ciudad floreció durante el reinado de los Tolomeos y la época de los romanos. Y no degeneró mientras la poseyeron los árabes. Los mamelucos y los turcos, que la conquistaron sucesivamente, no dejaron que decayera; sólo perdió su importancia cuando la navegación, doblando el cabo de Buena Esperanza, abrió la ruta de la India y se transformó el comercio del mundo, que Alejandro también cambió y había cambiado muchas veces antes de la época de Alejandro.

 

Lo más sobresaliente entre los habitantes de Alejandría, durante todas sus dominaciones, es la industria que poseyeron, unida a su actividad, su afición a los adelantos aplicables al comercio y a todos los trabajos que le hacen florecer, su espíritu turbulento y pendenciero, su superstición y su relajación de costumbres. En todo esto no cambiaron nunca.

 

La ciudad se pobló de egipcios, griegos y judíos que, siendo pobres en un principio, se enriquecieron con el comercio. La opulencia introdujo en Alejandría las bellas artes y la literatura. Los judíos levantaron un templo magnífico como el que tenían en Bubaste, y tradujeron sus libros al griego, que había pasado a ser la lengua del país. Los cristianos establecieron grandes escuelas. Reinó allí tan grande y tan viva animosidad entre los egipcios indígenas, los griegos, los judíos y los cristianos, que continuamente se acusaban unos a otros ante el gobernador y hubo frecuentes y sangrientas refriegas. En una de ellas, que estalló durante el imperio de Calígula, los judíos, que lo exageran todo, dicen que su celo por la religión y por el comercio les costó perder cincuenta mil hombres, degollados por los alejandrinos.

 

El cristianismo que Pantenes, Orígenes y Clemente habían establecido y que era admirable por sus buenas costumbres, degeneró hasta el punto de llegar a trocarse en partido político. Los cristianos copiaron las costumbres de los egipcios. La codicia de la ganancia dominó al espíritu religioso y los habitantes de Alejandría, enemistados unos con otros, sólo estaban acordes en profesar un amor sin límites al dinero.

 

Sobre este objeto versa la famosa carta que el emperador Adriano dirigió al cónsul Serviano, y que transcribe Vopiseo:

 

«He visitado Egipto que tanto me elogiáis y lo conozco perfectamente. Esa nación es ligera y voluble, pero va a cambiar muy pronto. Los adoradores de Serapis abrazan el cristianismo, y los que están al frente de la religión de Cristo se convierten en devotos de Serapis. Los archirrabinos judíos, los samaritanos y los sacerdotes cristianos, o son astrólogos o adivinos o alcahuetes. Cuando el patriarca griego se traslada a Egipto se apoderan de él unos para que adore a Serapis y otros a Cristo. Son sediciosos, vanos y pendencieros. La ciudad es comercial, opulenta y muy poblada, y sus habitantes nunca están ociosos: unos trabajan en la confección del vidrio, otros fabrican papel. Parece que conocen la generalidad de los oficios. Ni aún los enfermos dejan de trabajar, y el oro es un dios al que allí sirven igualmente los cristianos y los judíos.»

 

Esta carta que escribió un emperador conocido tanto por su talento como por su valor demuestra que en aquella ciudad, tanto los cristianos como los que no lo eran, se habían corrompido. Pero las costumbres de los primeros cristianos no habían degenerado en todas partes. Aunque tuvieron la desgracia de dividirse en diferentes sectas, que se detestaban entre sí y se acusaban mutuamente, los más tenaces enemigos del cristianismo tuvieron que confesar que en su seno se encontraban las almas más puras y más grandes, y lo mismo sucede en la actualidad en ciudades más desenfrenadas y más locas que Alejandría.

 

ALEJANDRO. Los historiadores sólo se deben ocupar hoy de Alejandro para decir algo nuevo de él, algo que contribuya a destruir las leyendas históricas, físicas y morales que desfiguran la historia del único grande hombre que hubo entre los conquistadores de Asia.

 

Cuando se reflexiona acerca de lo que llevó a cabo Alejandro, quien en la edad fogosa de los placeres y en la embriaguez que producen las conquistas fundó más ciudades que los demás conquistadores del Asia destruyeron; cuando se reflexiona que un joven de veintidós años cambió el comercio del mundo, nos sorprende y extraña que Boileau le trate de demente, de salteador de caminos, e incluso proponga al prefecto de policía La Reynié que le encierre en una cárcel unas veces, y otras que mande que le ahorquen. Semejante petición, si se presentara en el Palacio de Justicia, no debía admitirse porque se oponen a su admisión el derecho consuetudinario de París y el derecho de gentes. Alejandro estaba exceptuado porque fue elegido en Corinto capitán general de Grecia y por su cargo debía vengar a la patria de las invasiones de los persas, lo que cumplió destruyendo aquel imperio. Y uniendo siempre el más extraordinario valor a la magnanimidad, respetando siempre a la mujer y a las hijas de Darío, prisioneras suyas, no merecía de ningún modo ser encarcelado ni condenado a muerte, y si lo fuera tendría derecho a apelar ante el tribunal del mundo entero de la sentencia indigna y necia de La Reynié.

 

Rollin afirma que Alejandro se apoderó de la famosa ciudad de Tiro para favorecer a los hebreos, enemigos de los troyanos. Pese a esta afirmación, es probable que Alejandro tuviera otras razones, entre otras la de convenir a un caudillo prudente no dejar que dicha ciudad fuera dueña del mar mientras él se dirigía a atacar Egipto.

 

Está fuera de duda que Alejandro respetaba a Jerusalén, pero me parece que es impertinente decir que «los judíos ofrecieron un insólito ejemplo de fidelidad, digno del único pueblo que conocía entonces al verdadero Dios, negándose a entregar víveres a Alejandro porque habían jurado ser leales a Darío». Sabido es que los judíos se sublevaban contra sus soberanos en muchas ocasiones porque, según su ley, no debían servir a ningún rey pagano.

 

Si se negaron imprudentemente a pagar tributos a su vencedor, no lo hicieron por ser leales a Darío, sino porque su ley les ordenaba expresamente que miraran con horror a las naciones idólatras. En sus libros las execran continuamente y consta en ellos las reiteradas tentativas que hicieron para sacudir su yugo. Si al principio se negaban a pagar los tributos fue porque sus rivales, los samaritanos, los pagaron sin dificultad, y porque creyeron que Darío, aun vencido, era todavía bastante poderoso para sostener a Jerusalén contra Samaria.

 

Tampoco responde a la verdad que los judíos fueran entonces el único pueblo que reconoció al verdadero D¿os, como asegura Rollin. Los samaritanos adoraban a Dios, pero en otro templo; poseían el mismo Pentateuco que los judíos y con los mismos caracteres hebraicos, es decir, tirios, que los judíos habían perdido. El cisma que se promovió entre Samaria y Jerusalén fue, en pequeña escala, lo mismo que el cisma promovido entre los griegos y los latinos. El odio fue igual por ambas partes, impulsado por el mismo fondo de religión. Alejandro, así que se apoderó de Tiro con el apoyo del famoso dique que aún causa admiración a los inteligentes, fue a castigar Jerusalén, que estaba cerca del camino que pensaba seguir. Los judíos, con el sumo sacerdote al frente, se presentaron a él humildemente y le entregaron cuantiosa suma, porque es de todos sabido que el dinero apacigua a los conquistadores irritados. Alejandro se calmó y los hebreos continuaron siendo vasallos suyos y de sus sucesores. Esta es la historia verdadera y verosímil.

 

Rollin repite un extraño cuento tomándolo del exagerado historiador Flavio Josefo, que lo refirió unos cuatrocientos años después de la expedición de Alejandro. Pero en esto merece disculpa, pues trata de defender en todas las ocasiones a su desgraciada patria. Rollin dice, después de Josefo, que cuando el sumo sacerdote se prosternó ante Alejandro, éste vio el nombre de Jehová grabado en una lámina de oro que brillaba en el birrete de Jaddus, y como entendía perfectamente el hebreo se arrodilló a su vez y adoró a Jaddus. Como este exceso de cortesía asombrara a Parmenión, Alejandro le dijo que conocía a Jaddus hacía mucho tiempo pues se le apareció diez años antes con el mismo traje y el mismo birrete, mientras él estaba soñando en la conquista de Asia (conquista en la que no pensaba entonces), que el mismo Jaddus le alentó a pasar el Helesponto, asegurándole que Dios se pondría al frente de los griegos y le haría vencer a los persas. Este cuento de vieja encajaría perfectamente en la historia de los Cuatro hijos de Aymon y en la de Roberto el Diablo, pero no es digno de figurar en la vida de Alejandro.

 

Resultaría muy útil a la juventud que se publicara una historia antigua bien razonada, de la que se extirparan trolas y absurdos. La ficción de Jaddus merecería respeto si al menos se encontrara en los libros sagrados, pero como ni siquiera la mencionan nos está bien ponerla en el ridículo que merece.

 

No se puede dudar que Alejandro conquistó la parte de la India más acá del Ganges, tributaria de los persas. El señor Howell, que vivió treinta años entre los brahmanes de Benarés y aprendió su lengua moderna y su antigua lengua sagrada, nos asegura que en los anales de aquéllos está probada la invasión de Alejandro, al que llaman Mahadukoit Kunha, gran bandido y gran asesino. Esos pueblos pacíficos no podían llamarle de otro modo, y se concibe que pusieran semejantes epítetos a los reyes de Persia. Sus anales dicen que Alejandro entró en el país por la provincia llamada hoy Bandahar, y es probable que tuvieran fortalezas bien defendidas en aquella frontera.

 

Alejandro descendió luego por el río Zombodipo, que los griegos llamaron Sind. No se encuentra en la historia de Alejandro ni una sola palabra hindú. Los griegos nunca llamaron por su nombre a una sola ciudad ni a ningún príncipe asiático, e igual hicieron con los egipcios, como si temieran deshonrar la lengua griega sujetándola a una pronunciación que les parecía bárbara.

 

Si Flavio Josefo refirió una ficción ridícula protagonizada por Alejandro y un pontífice judío, Plutarco, que escribió mucho tiempo después de Josefo, también quiso adornar con alguna fábula la vida del héroe macedonio. Exageró todavía más lo que dice Quinto Curcio. Uno y otro afirman que Alejandro, al dirigirse hacia la India, ordenó que le adoraran, no sólo los persas, sino también los griegos. Es preciso, empero saber lo que Alejandro, los persas, los griegos, Quinto Curcio y Plutarco entendían por la palabra adorar.

 

Si entendemos por adorar invocar a un hombre como a una divinidad ofrecerle incienso y sacrificios, erigirle altares y templos, Alejandro no exigió nada de todo eso. Si siendo el vencedor y el dueño de los persas pretendió que le saludaran a la manera persa, que se prosternaran ante él en ciertas ocasiones y le trataran como un rey persa, no pretendió nada que no fuese para él natural y razonable.

 

Los miembros de los parlamentos de Francia hablan de rodillas a los reyes cuando presiden los tribunales de justicia. El tercer estamento habla de rodillas en los Estados Generales. Arrodillados sirven los vasos de vino al rey de Inglaterra, y de igual modo lo hacen a muchos reyes de Europa en su consagración. De rodillas hablan al Gran Mogol, al emperador de China y al emperador del Japón. Los consejeros de China de orden inferior doblan la rodilla ante los consejeros de categoría superior. Como pleitesía al Papa, le besan el pie derecho. Ninguna de tales ceremonias protocolarias se consideró nunca como una adoración en el sentido riguroso del vocablo. Por lo tanto, todo cuanto se ha dicho sobre la supuesta adoración que exigió Alejandro no responde a la verdad.

 

Sólo Octavio, que reinó con el nombre de Augusto, ordenó realmente que le adoraran, tomando la palabra en el sentido más estricto. Le erigieron templos y altares, y hubo sacerdotes de Augusto, lo cual constituyó un verdadero sacrilegio de adoración.

 

Las contradicciones respecto al carácter de Alejandro serían más difíciles de conciliar si no supiéramos que los hombres desmienten su propio carácter muchas veces, y que la vida y la muerte de los mejores ciudadanos y la suerte de una provincia han pendido con frecuencia de la buena o la mala digestión de un soberano, bien o mal aconsejado.

 

Pero, ¿cómo es posible conciliar hechos improbables referidos de manera contradictoria? Unos autores dicen que Calistenes fue sentenciado a muerte y crucificado por orden de Alejandro porque no le quiso reconocer como hijo de Zeus. A esto debemos objetar que los griegos no empleaban el suplicio de la cruz. Otros autores dicen que murió mucho tiempo después de un exceso de gordura. Ateneo asegura que le encerraron en una jaula de hierro como un pájaro y en ella se lo comieron los gusanos. No es posible deducir la verdad de hechos tan contradictorios.

 

En la historia de Alejandro figuran sucesos que Quinto Curcio supone sucedidos en una ciudad y Plutarco en otra, y las dos ciudades distan entre sí quinientas leguas. Alejandro, bien armado y solo, asalta una muralla y entra en una ciudad que estaban sitiando, ciudad que estaba cerca de Kandahar, si concedemos crédito a Quinto Curcio, y cerca de la embocadura del Indo, según Plutarco.

 

Cuando Alejandro arriba a las costas de Malabar o al Ganges (que distan unas de otro unas novecientas millas), manda que prendan a diez filósofos indios que los griegos llamaban gimosofitas e iban desnudos como los orangutanes. Les propone cuestiones dignas del Mercurio galante, de Visé, y les asegura con seriedad que primero ahorcará al que la resuelva peor y así sucesivamente mandará ahorcar a los otros.

 

Esa anécdota se parece a la de Nabucodonosor, que prometió matar a sus magos si no adivinaban uno de los sueños que había olvidado, y a la del califa de Las mil y una noches, que quería estrangular a su mujer en cuanto terminara de referirle el cuento. Plutarco es quien refiere esta tontería y es preciso respetarla: Plutarco era griego.

 

Puede parangonarse ese cuento con el del envenenamiento de Alejandro por Aristóteles. Plutarco nos refiere que oyó decir a un tal Agnotemis, el cual lo había oído decir al rey Antígono, que Aristóteles envió una botella de agua de Nonacris, localidad de la Arcadia; dicha agua era tan fría que mataba de repente a los que la bebían. Antipatra envió dicha agua en un casco de pezuña de mulo y por esto llegó fresca a Babilonia, que Alejandro la bebió y murió al cabo de seis días, víctima de pertinaz fiebre.

 

Aunque Plutarco lo refiere, se duda de la veracidad de esa anécdota. De lo que no hay la menor duda en la historia de Alejandro es que a la edad de veinticuatro años conquistó Persia en tres batallas, que tuvo tanto genio como valor, que cambió la faz de Asia y de Egipto y la del comercio del mundo, y que Boileau no debía burlarse de él no siendo capaz de realizar tan ingentes empresas ni en doble número de años.

 

ALFABETO. Si todavía viviera el sabio Dumarais le preguntaríamos qué nombre tiene el alfabeto. Pero como este sabio murió, interrogaremos a los ilustrados redactores de la Enciclopedia para que nos digan por qué el alfabeto no tiene nombre en ninguna lengua europea. Alfabeto sólo significa A B, y A B carecen de significado, o mejor dicho, no indican más que sonidos sin relación el uno con el otro: beta no se forma de alfa, éste es el primer sonido y aquél el segundo, sin que sepamos por qué.

 

¿Por qué, pues, carecemos de términos para expresar las esencias? El conocer los números, esto es, el saber contar, no se llama uno‑dos, y los rudimentos del arte de manifestar nuestros pensamientos no tienen en Europa vocablo propio que lo designe.

 

El alfabeto es la primera parte de la gramática. Los que dominan el idioma árabe, del que no tengo la mínima noción, podrían decirme si dicho idioma, que según se dice dispone de ochenta voces para expresar la palabra caballo, tiene siquiera una para significar la palabra alfabeto.

 

Confieso que, al igual que el árabe, ignoro el chino, mas sin embargo he leído en un vocabulario de China que esa nación posee dos vocablos para expresar el catálogo o lista de los caracteres de su idioma: hotu y haipien. Nosotros no podemos vanagloriarnos de que nuestras lenguas occidentales posean ninguna de las dos palabras. A los griegos les sucedía lo mismo que a nosotros, no tenían ningún término para expresar su alfa‑beta, que los griegos copiaron de los fenicios, de la nación que llamaron los hebreos el pueblo ilustrado, lo que no les impidió apoderarse de su territorio.

 

Debemos suponer que los fenicios, al enseñar sus caracteres a los griegos, les prestaron el gran servicio de librarlos de las dificultades que ofrecía la escritura egipcia que Creops les llevó de Egipto. Los fenicios como eran comerciantes, trataban de entenderse con facilidad, pero los egipcios, que se creían intérpretes de los dioses querían que les entendieran difícilmente. Me imagino oír a un comerciante fenicio que acaba de arribar a Achaix, decir a su colega griego: Mis caracteres, no sólo son fáciles de escribir y reflejan el pensamiento como los sonidos sino que expresan nuestras deudas, activas y pasivas. El sonido fenicio aief, que en Grecia pronunciáis alfa, equivale a una onza de plata; beta, a dos; ro, a cien; sigma, a doscientas. Os debo un sigma, os pago un ro y os debo otro ro; de esta manera, con facilidad haremos nuestras cuentas.

 

Probablemente, los comerciantes fueron los que establecieron la sociabilidad entre los hombres satisfaciendo sus necesidades, porque para negociar es preciso entenderse. Los egipcios conocieron muy tarde el comercio por miedo a arrostrar los peligros del mar, que para ellos era Tyfón o dios del Mal. Desde tiempos inmemoriales, los tirios fueron navegantes y por medio del comercio unieron con vínculos estrechos los pueblos que la naturaleza había separado, reparando los cataclismos y revoluciones del globo terráqueo que ahogaron a parte del género humano. A su vez, los griegos comunicaron su alfabeto y su comercio a otros pueblos que lo modificaron, al igual que los griegos cambiaron el alfabeto de los tirios. Cuando los comerciantes —considerados después como dioses— establecieron en Colcos el comercio de peletería, llamado el toisón de oro, dieron también su alfabeto a los pueblos de dichas regiones, que lo conservaron con diversas modificaciones.

 

Es probable que ni Tiro, ni Egipto, ni ningún pueblo asiático de los que habitan cerca del Mediterráneo, comunicara su alfabeto a los pueblos del Asia oriental. Si los tirios y los caldeos que habitan las márgenes del Éufrates, por ejemplo, hubieran traspasado su alfabeto a los chinos, éstos conservarían algo de él, usando sus veintidós, veintitrés o veinticuatro letras; por el contrario, usan signos distintos para todas las letras que componen su idioma, disponiendo —dícese— de ochenta mil, del todo distintos de los que usaban en Tiro. A esta ingente cantidad de signos tan prodigiosamente diferentes, hay que añadir que escriben de arriba abajo, y los tirios y los caldeos lo hacían de derecha a izquierda. Los griegos y nosotros escribimos de izquierda a derecha.

 

Si estudiamos los caracteres tártaros, hindúes, siameses y japoneses, veremos que no tienen la menor analogía con el alfabeto griego ni con el fenicio. Sin embargo, todos esos pueblos, incluyendo a los hotentotes y a los cafres, pronuncian las vocales y las consonantes casi lo mismo que nosotros, porque casi poseen nuestra misma laringe, del mismo modo que el aldeano más rudo está dotado de una garganta igual a la de la primera tiple de la Opera de Nápoles. La diferencia que hace que el aldeano tenga una voz ruda y discordante de bajo y que la tiple semeje la voz de un ruiseñor, es tan imperceptible que ningún anatomista puede conocerla.

 

Al decir que los comerciantes de Tiro enseñaron el alfabeto a los griegos no hemos querido suponer que les enseñaran a hablar. Probablemente, los atenienses se expresaban mejor que los pueblos del sur de Siria porque su garganta era más flexible, las palabras de su idioma se componían de un suave conjunto de vocales, de consonantes y diptongos, y la lengua de los pueblos de Fenicia era ruda y tosca. Suponeos que los romanos de hoy hubieran conservado el antiguo alfabeto de Etruria y que los mercaderes holandeses pretendieran que adoptasen el que éstos usan en la actualidad. Los romanos admitirían quizá dichos caracteres, pero se abstendrían de hablar la lengua bátava. Esto es precisamente lo que el pueblo de Atenas hizo con los marineros de Cafthor, que arribaban de Tiro o de Besith: adoptaron su alfabeto porque era preferible al que copiaron de Egipto, pero rechazaron su idioma.

 

Filosóficamente hablando, y dejando de lado los libros sagrados de los que no nos ocupamos aquí, la lengua primera para nosotros es sólo una quimera. ¿Qué pensaríais del hombre que tratara de averiguar cuál fue el grito primitivo que lanzaron los animales, y cómo es que en el transcurso de muchos siglos los corderos se hayan concretado a balar, los palomos a arrullarse y las serpientes a silbar? Los animales se entienden, en su lenguaje, mucho mejor que nosotros. El gato comprende perfectamente los variados maullidos de la gata. Maravilla ver cómo una yegua endereza las orejas, patea el suelo y se agita al oír los relinchos ininteligibles de un caballo. Cada especie tiene su idioma, y el de los esquimales no es el mismo que el de los indígenas del Perú. No hubo lengua ni alfabeto primitivo, como no hubo encinas ni hierba primitivas.

 

Algunos rabinos opinan que la samaria fue la lengua madre; otros aseguran que lo fue el antiguo bretón. En la incertidumbre (y que no se enojen los habitantes de Bretaña o de Samaria), no vamos a admitir ninguna lengua madre. Sin ofender a nadie, ¿no podríamos suponer que el comienzo del alfabeto fuesen los gritos y las exclamaciones? Los niños, cuando ven un objeto que les choca, dicen, ha, he; cuando lloran, hi, hi; cuando se burlan, hu, hu, y cuando les pegan, ay, ay. Estas exclamaciones son tan naturales en los niños como el croar de las ranas y constituyen casi un alfabeto. Basta que la madre diga a su niño algo equivalente a ven, toma, dame, calla, acércate, vete, y aun cuando estas palabras nada representan y nada describen, se dan a comprender con el gesto. Desde esos rudimentos hay que andar un largo camino hasta llegar a la sintaxis. Me asombro cuando reflexiono que desde la voz ven hemos conseguido llegar a decir un día: «Hubiera venido, madre mía, con gran placer, obedeciendo vuestro mandato con el respeto de siempre, si al dirigirme hacia vos no me hubiera caído en tierra y no me hubiera clavado en la pierna un pincho de las plantas del jardín». Creo que ha sido preciso el transcurso de muchos siglos para juntar esas frases y el paso de otros tantos para crearlas.

 

Los caracteres alfabéticos representando al mismo tiempo los nombres de las cosas, su número, las fechas de los sucesos y las ideas, se convirtieron pronto en misterios para los mismos que inventaron dichos signos. Los caldeos, los sirios y los egipcios, atribuyeron algo divino a la combinación de las letras y al modo de pronunciarlas, creyeron que los nombres tenían significación por sí mismos, conteniendo una fuerza y una virtud secreta, y llegaron hasta imaginar que la palabra que significaba poder era poderosa por su misma naturaleza, que la que significaba ángel era angélica y que la que expresaba la idea de Dios era divina. Por eso la esencia de los caracteres se introdujo necesariamente en la magia, y no se verificaba ninguna operación mágica sin que intervinieran las letras del alfabeto.

 

Esa puerta que se abrió a todas las ciencias dio entrada a los errores. Los magos de todas partes se aprovecharon de ella para andar por el laberinto que construyeron y que no permitía entrar a los demás hombres. El modo de pronunciar las vocales y las consonantes se convirtió en el más profundo de los misterios, y con frecuencia en el más terrible. Había un modo de pronunciar Jahvé, nombre que daban a Dios los sirios y los egipcios, que forzaba al hombre a caer en tierra muerto. San Clemente de Alejandría refiere que Moisés causó la muerte repentina de Nechepe, rey de Egipto, diciéndole al oído esa palabra, y que en seguida le resucitó pronunciando la misma palabra.

 

Nada retrasó tanto el progreso del espíritu humano como esa ciencia profunda del error que nació en los pueblos asiáticos con el origen de las verdades. El orle se embruteció con el mismo arte que debía ilustrarle. De ello se encuentran claros ejemplos en Orígenes, en san Clemente de Alejandría y en Tertuliano. Orígenes dice sin el menor empacho: «Si al invocar a Dios le llamamos el dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, se conseguirán con la invocación de estos nombres resultados de naturaleza y fuerza tan grandes que los demonios se someterán a quienes los pronuncien. Pero si le invocamos con otro apelativo, como el de Dios del mar ruidoso, como Dios suplantador, esos adjetivos carecerán de virtud. El nombre de Israel traducido al griego no tendrá ningún poder, pero pronunciado en hebreo, con las demás palabras requeridas, verificará el conJuro».

 

El mismo Orígenes dice estas frases notables: «Existen nombres que por su propia naturaleza tienen virtud. Esos nombres son los que usan los sabios en Egipto, los magos en Persia y los brahmanes en la India. Lo que se llama magia no es un arte vano y quimérico, como suponen los estoicos y los epicúreos. El nombre de Sabaoth y el de Adonai no se han inventado para los cristianos, sino que pertenecen a una teoloda misteriosa que se relaciona con el Creador y de ello viene la virtud que tienen esos nombres cuando se usan como es debido y se pronuncian según las reglas....»

 

Pronunciando las letras según el método mágico se obligaba a la luna a descender a la tierra. Hemos de perdonar a Virgilio que creyera semejantes paparruchas y hablara seriamente de ellas en el verso 69 de su égloga octava: Carmina vel caello possunt deducere lunam (Con esas palabras se conseguía que la luna descendiera a la tierra).

 

En una palabra, el alfabeto fue el origen de todos los conocimientos del hombre y de sus absurdos.

 

ALMA. Es un término vago, indeterminado, que expresa un principio desconocido, de efectos sin embargo conocidos que sentimos en nosotros mismos. La palabra alma corresponde a la voz anima de los latinos, y es un vocablo que usan todas las naciones para expresar lo que no comprendemos más que nosotros.

 

En el sentido propio y literal del latín y de las lenguas derivadas, significa lo que anima. Por eso se dice: el alma de los hombres de los animales y de las plantas, para significar su principio de vegetación y de vida.

 

Al pronunciarla, esta palabra sólo nos da una idea confusa, como cuando se dice en el Génesis: «Dios insufló en el rostro del hombre un soplo de vida y se convirtió en alma viviente. El alma de los animales está en la sangre; no matéis, pues, su alma».

 

Así, pues, el alma —en sentido general— se toma por el origen y causa de la vida, por la vida misma. Por esto, durante muchísimo tiempo las naciones antiguas creyeron que todo moría al morir el cuerpo. Aunque es difícil desentrañar la verdad en el maremagnum de las historias remotas, tiene ciertos visos de probabilidad que los egipcios fueran los primeros que distinguieron la inteligencia y el alma, y los griegos aprendieron de ellos esta doctrina. Los latinos, siguiendo el ejemplo de los griegos, hicieron distinción entre ánimus y anima, y nosotros separamos también alma e inteligencia. Pero, ¿lo que constituye el principio de nuestra vida es también el principio de nuestros pensamientos? ¿Lo que nos hace digerir, lo que nos produce sensaciones y nos da memoria, se parece a lo que es causa en los animales de la digestión, de las sensaciones y de la memoria?

 

He aquí el eterno quid de las discusiones de los hombres. Digo eterno quid porque careciendo de la noción primitiva que nos guíe en este examen tendremos que permanecer siempre encerrados en un laberinto de dudas y conjeturas.

 

No tenemos un solo escalón en el que afirmar el pie para llegar siquiera a un vago conocimiento de lo que nos hace vivir y pensar. Para poseerlo sería preciso ver cómo la vida y el pensamiento entran en un cuerpo ¿Sabe un padre cómo produce a su hijo? ¿Sabe la madre cómo lo concibe? ¿Puede alguien adivinar cómo se agita, cómo se despierta y cómo duerme? ¿Sabe alguno cómo los miembros obedecen a su voluntad? ¿Puede alguien conjeturar por qué medio las ideas se forman en su cerebro y salen de él cuando lo desea? Débiles autómatas, colocados por la mano invisible que nos gobierna en el teatro del mundo, ¿quién de nosotros ha podido ver el hilo, principio y causa de nuestros movimientos?

 

No nos atrevemos a terciar en la discusión si el alma inteligente es espíritu o materia, si fue creada antes que nosotros, si sale de la nada cuando nacemos, y si después de habernos animado durante un día en el mundo, vive, cuando morimos, en la eternidad. Estas cuestiones que parecen sublimes, es como un ciego que pregunta a otro ciego sobre la luz.

 

Cuando tratamos de conocer los elementos que contiene un pedazo de metal lo sometemos al fuego en un crisol. ¿Poseemos un crisol para someter a prueba el alma? Unos dicen que es espíritu; pero, ¿qué es espíritu? Nadie lo sabe. Es una palabra tan vacía de sentido que nos vemos obligados a decir que el espíritu no se ve porque no sabemos decir lo que es. El alma es materia, dicen otros. Pero, ¿qué es materia? Sólo conocemos algunas de sus apariencias y algunas de sus propiedades, y ni éstas ni aquéllas parecen tener la menor relación con el pensamiento.

 

Y no faltan quienes opinan que el alma está formada de algo distinto de la materia. Y aunque no tenemos pruebas de ello, tal opinión se funda en que la materia es divisible y puede tomar diferentes formas, y el pensamiento no. Ahora bien, ¿quién os ha dicho que los primeros principios de la materia sean divisibles y figurables? Es muy verosímil que no lo sean; escuelas enteras de filósofos propugnan que los elementos de la materia no tienen figura ni extensión. Creéis apabullarnos replicando: «El pensamiento no es madera, ni piedra, ni metal; luego, el pensamiento no puede ser materia». Pero eso son débiles y azarosos razonamientos. La gravitación no es metal, ni arena, ni piedra, ni madera; el movimiento, la vegetación y la vida no son ninguna de esas cosas, y sin embargo, la vida, la vegetación, el movimiento y la gravitación son cualidades de la materia. Decir que Dios no puede conseguir que la materia piense es afirmar el absurdo más insolente que se haya proferido nunca en la escuela de la demencia. No estamos seguros que Dios haya obrado así, pero tenemos la seguridad de que puede obrar de tal forma. ¿Qué importa todo cuanto se ha dicho y se dirá del alma? ¿Qué importa que la hayan llamado entelequia, quinta esencia, llama o éter, que la hayan creído universal, increada, transmigrante, etc.? En cuestiones inaccesibles a la razón, ¿qué importan esas ficciones creadas por nuestras inciertas imaginaciones? ¿Qué importa que los padres de la Iglesia de los cuatro primeros siglos creyeran que el alma era corporal? ¿Qué importa que Tertuliano, contradiciéndose, dijera que el alma es corporal, figurada y simple al mismo tiempo? Tenemos un sinfín de testimonios de nuestra ignorancia, pero ni uno solo ofrece visos de verdad.

 

¿Cómo nos atrevemos a afirmar lo que es el alma? Sabemos con certeza que existimos, que sentimos y que pensamos. Deseamos ir más allá y caemos en un abismo de tinieblas. Inmersos en ese abismo, todavía nos acomete la loca temeridad de discutir si el alma, de la que no tenemos la menor idea, se creó antes que nosotros o al mismo tiempo que nosotros, y si es perecedera o inmortal.

 

La noción de alma y todas las especulaciones metafísicas deben empezar sometiéndose sinceramente a los dogmas de la Iglesia, porque, a no dudar, la revelación vale más que toda la filosofía. Los sistemas ejercitan el espíritu, pero la fe lo ilumina y lo guía.

 

Con frecuencia pronunciamos palabras que confusamente conocemos, y algunas veces ignoramos su significado. ¿No cabe decir esto de la palabra alma? Cuando la lengüeta o la válvula de un fuelle se halla descompuesta y el aire que entra en el vientre del fuelle sale por alguna de las fisuras que tiene la válvula, y éste no está comprimido por las dos paletas, ni sale con la fuerza necesaria para encender el fuego, las mujeres dicen: «Está descompuesta el alma del fuelle». No saben más, pero esa ignorancia no turba su tranquilidad. El jardinero habla del alma de las plantas y las cultiva con mimo, sin saber lo que significa esa palabra. En muchas de nuestras manufacturas los operarios denominan alma a sus máquinas, y nunca discuten sobre el significado de dicha palabra, pero no ocurre lo mismo a los filósofos.

 

Entre nosotros, el significado general de la palabra alma sirve para denotar lo que anima. Nuestros antepasados los celtas dieron al alma el nombre de seel, del que los ingleses formaron la palabra soul y los alemanes la palabra seel; probablemente, los antiguos bretones y teutones no discutirían sobre esa palabra.

 

Los griegos distinguían tres clases de alma: el alma sensible o alma de los sentidos (he aquí por qué el Amor, hijo de Afrodita, sintió tan vehemente pasión por Psique, y por qué Psique le amó tiernamente); el soplo que da vida y movimiento a toda máquina y que nosotros traducimos por espíritu, y la tercera, que como nosotros, llamaron inteligencia. Por tanto, poseemos tres almas sin tener la más ligera noción de ninguna de ellas. Santo Tomás de Aquino admite estas tres almas, como buen peripatético, y sitúa cada una en tres partes, una en el pecho, otra en todo el cuerpo y la tercera en la cabeza. En nuestras escuelas no se conoció otra filosofía hasta el siglo XVIII... ¡Y desgraciado el hombre que hubiera tomado una de esas tres almas por otra!

 

Hay, sin embargo, motivo para esta confusión de ideas. Los hombres conocieron que cuando les excitaban las pasiones del amor, de la ira o del miedo, sentían ciertos movimientos en las entrañas. El hígado y el corazón fueron asignados como asiento de las pasiones. Cuando se medita profundamente, sentimos cierta opresión en la cabeza; luego, el alma inteligente está en el cerebro. Sin respirar no es posible la vegetación y la vida; luego, el alma vegetativa está en el pecho, que recibe el soplo del aire.

 

Cuando los hombres vieron en sueños a sus padres o a sus amigos muertos se dedicaron a estudiar qué se les había aparecido. No era el cuerpo porque lo había consumido una hoguera o lo había tragado el mar y servido de pasto a los peces. Esto no basta para que sostuvieran que algo se les había aparecido, puesto que lo habían visto; el muerto les había hablado y el que estaba soñando le dirigía preguntas. ¿Con quién habían conversado durmiendo? Se imaginaron que era un fantasma, una figura aérea, una sombra, los manes, una pequeña alma de aire y fuego extremadamente delicada que vagaba por no sé dónde.

 

Con el transcurso de los años, cuando quisieron profundizar en este estudio, convinieron en que dicha alma era corporal, y esta es la idea que de ella tuvo la Antigüedad. Más tarde, Platón sutilizó esa alma de tal forma que se llegó a pensar que la habían separado casi completamente de la materia, pero ese problema no se resolvió hasta que la fe vino a iluminarnos.

 

En vano los materialistas aducen que algunos padres de la Iglesia no se expresaron con exactitud. San Ireneo asegura que el alma es el soplo de la vida, que sólo es incorporal si se compara con el cuerpo de los mortales, pero que conserva la figura de hombre con el fin de que se la reconozca.

 

Tertuliano se expresa así, gratuitamente: «La corporalidad del alma resalta en el Evangelio, porque si el alma no tuviera cuerpo la imagen del alma no tendría imagen corpórea». Inútilmente, ese mismo apologista refiere la visión de una mujer santa que vio un alma muy brillante y del color del aire.

 

En vano aducen que san Hilario dijo en tiempos posteriores: «No hay nada de lo creado que no sea corporal, ni en el cielo ni en la tierra, ni en lo visible ni lo invisible; todo está formado de elementos, y las almas ya habiten en un cuerpo, ya salgan de él, siempre tienen una sustancia corporal».

 

Asimismo, san Ambrosio, en el siglo VI, decía: «No conocemos nada que no sea material, a excepción de la Santísima Trinidad».

 

La Iglesia ha decidido por unanimidad que el alma es inmaterial. Los referidos santos incurrieron en un error que entonces era universal eran hombres. Pero no se equivocaron respecto a la inmortalidad porque los Evangelios la anuncian con claridad.

 

Es preciso, pues, conformarnos con la decisión de la Iglesia porque carecemos de la noción exacta de lo llamado espíritu puro y de lo que se llama materia. Espíritu puro es una expresión que no nos proporciona ninguna idea, y sólo conocemos la materia por alguno de sus fenómenos. La conocemos tan poco, que la llamamos sustancia y esta palabra significa lo que está debajo, pero este debajo está oculto eternamente para nosotros; es el secreto del Creador en todas partes. No sabemos cómo recibimos la vida, ni cómo la damos, ni cómo crecemos, ni cómo digerimos, ni cómo dormimos, ni cómo pensamos, ni cómo sentimos. Es una insoslayable dificultad conocer cómo el ser humano concibe sus pensamientos.

 

De las dudas de Locke sobre el alma. El autor del artículo Alma, que publicó la Enciclopedia, siguió concienzudamente las opiniones de Jaquelet. Pero Jaquelet no nos enseña nada. Ataca a Locke porque modestamente dijo: «Quizá no seremos nunca capaces de conocer si un ser material piensa o no por la razón de que nos es imposible descubrir, mediante la contemplación de nuestras ideas, si Dios ha concedido a cualquier amasijo de materia, preparado a propósito, el poder de conocerse y de pensar, o si unió a la materia así preparada una sustancia inmaterial que piensa. Con relación a nuestras nociones, no nos es difícil concebir que Dios puede, si le place, añadir a la idea que tenemos de la materia la facultad de pensar; ni nos es difícil comprender que pueda añadirle otra sustancia a la que el Ser todopoderoso pueda conceder ese poder, y que puede crear en virtud de la voluntad omnímoda de Creador. No encuentro contradicción en que Dios, ser pensante eterno y todopoderoso, dote, si quiere de algunos grados de sentimiento, de perfección y de pensamiento a ciertos amasijos de materia creada e insensible y los una a ella cuando lo crea conveniente».

 

Como acabamos de ver, Locke habla como hombre profundo, religioso y modesto (1).

 

(1) Puede decirse que Locke creó la metafísica, como Newton creó la física, para conocer el alma, sus ideas y sus afecciones. No estudió en los libros porque le hubieran dado una instrucción errónea, sino que se concretó a estudiarse a sí mismo; después de contemplarse mucho tiempo, en el Tratado del entendimiento humano presentó a los hombres el espejo donde se había contemplado. En una palabra, redujo la metafísica a lo que debe ser: la física experimental del alma.

 

Conocidos son los sinsabores que le acarreó manifestar esta opinión que en su tiempo pareció atrevida, pero que sólo era la consecuencia de la convicción que abrigaba de la omnipotencia de Dios y de la debilidad del hombre. No afirmó que la materia piensa, pero aseguró que no sabemos bastante para demostrar que es imposible que Dios añada el don del pensamiento al ser desconocido que llamamos materia, después de haberle concedido nosotros el don de la gravitación y el don del movimiento, que nos son igualmente incomprensibles.

 

Locke no fue el único que inició esta opinión, sin duda alguna la tuvo ya la Antigüedad, puesto que consideraba el alma como una materia muy sutil y consecuentemente aseguraba que la materia podía sentir y pensar.

 

Esta fue también la opinión de Gassendi, como se deduce de las objeciones que hizo a Descartes: «Es verdad —dice Gassendi— que conocéis, que pensáis, pero no sabéis qué especie de sustancia sois. Por lo tanto, aunque conozcáis la operación del pensamiento desconoceréis lo principal de vuestra esencia, ignorando cuál es la naturaleza de esa sustancia, de la que el acto de pensar es una de las operaciones. En esto os parecéis al ciego que, al sentir el calor de los rayos solares y sabiendo que lo causa el sol creyera que tenía la idea clara y distinta de lo que es ese astro, porque si le preguntaban qué es el sol, podía responder: «Es una cosa que calienta». El mismo Gassendi, en su libro titulado Filosofía de Epicuro, repite algunas veces que no hay evidencia matemática de la pura espiritualidad del alma.

 

Descartes, en una de las cartas que dirigió a la princesa palatina Isabel, le dijo: «Confieso que mediante la razón natural podemos hacer nuestras conjeturas respecto del alma y albergar halagüenas esperanzas, pero no podemos tener ninguna seguridad». En este caso, Descartes ataca en sus cartas lo que afirma en sus libros.

 

Ya hemos visto que los padres de la Iglesia de los primeros siglos, creyendo al alma inmortal, la creían material al mismo tiempo, suponiendo que a Dios le era tan fácil conservar como crear. Por eso decían: «Dios la hizo pensante y pensante la conservará».

 

Malebranche demostró bastante bien que nosotros no adquirimos ninguna idea por nosotros mismos, y que los obispos son incapaces de dárnoslas. De esto dedujo que provienen de Dios. Lo cual equivale a decir que Dios es el autor de todas nuestras ideas. Su sistema forma algo así como un laberinto en el que uno de los caminos conduce al sistema de Espinosa, otro al estoicismo y el tercero al caos.

 

Después de un sinfín de disputas sobre el espíritu y sobre la materia, acabamos siempre por no podernos entender. Ningún filósofo logró levantar con su sistema el velo con que la naturaleza cubre los primeros principios de las cosas. Mientras ellos discuten, la naturaleza obra.

 

Del alma de las bestias. Antes de admitir el extraño sistema que supone que los animales son unas máquinas incapaces de sensación, los hombres nunca creyeron que las bestias tuvieran alma inmaterial, ni nadie fue tan temerario que se atreviera a decir que la ostra estaba dotada de alma espiritual. La opinión unánime era que los animales habían recibido de Dios sentimiento, memoria e ideas, pero no espíritu. Nadie había abusado del don de raciocinar hasta el punto de decir que la naturaleza concedió a las bestias todos los órganos del sentimiento para que no tuvieran sentimiento. Nadie había dicho que gritan cuando se las hiere, que huyen cuando se las persigue, sin sentir dolor ni miedo. No se negaba entonces la omnipotencia de Dios; al reconocer que pudo comunicar a la materia orgánica de los animales el placer, el dolor, la memoria, y la combinación de algunas ideas, pudo dotar a varios de ellos, como al mono, al elefante, y al perro de caza, del talento para perfeccionarse en las artes que se les enseñan y dar a los animales carnívoros medios para hacer la guerra. No sólo pudo, sino que así lo hizo. Pero Pereira y Descartes sostuvieron que el mundo se equivocaba, que Dios había jugado con él a los cubiletes dotando con todos los órganos de la vida y de la sensación a los animales, con el propósito deliberado de que carecieran de sensación y de vida propiamente dicha. Y otros con ínfulas de filósofos, pretendiendo contradecir la idea de Descartes, concibieron la opuesta diciendo que los animales estaban dotados de espíritu y tenían alma los sapos y los insectos.

 

Entre estas dos ideas demenciales, la primera que niega el sentimiento a los órganos que lo producen, y la segunda que hace alojar un espíritu puro en el cuerpo de una pulga, hubo autores que se decidieron por un término medio, que llamaron instinto. ¿Y qué es el instinto? Es una forma sustancial, una forma plástica, es un no sé qué. Seré de vuestra opinión cuando llaméis a la mayoría de las cosas un no sé qué, cuando vuestra filosofía empiece y acabe por yo no sé nada.

 

El autor del artículo Alma, publicado en la Enciclopedia dice: «En mi opinión, el alma de las bestias la forma una sustancia inmaterial e inteligente. Pero, ¿de qué clase es ésta? Debe consistir en un principio activo capaz de sensaciones. Si reflexionamos sobre la naturaleza del alma de las bestias no nos proporciona ningún motivo para creer que su espiritualidad las salve del anonadamiento».

 

Es para mí incomprensible tener idea de una sustancia inmaterial. Representarse algún objeto es tener en la imaginación una imagen de él y hasta hoy nadie ha conseguido pintar el espíritu. Concedo que el autor que acabo de citar entienda concebir por la palabra representar. Pero confieso que tampoco la concibo, como no concibo la creación ni la nada porque ignoro por completo el principio de todas las cosas.

 

Si trato de probar que el alma es un ser real me contestan diciendo que es una facultad; si afirmo que es una facultad y posee la de pensar, responden que me equivoco, que Dios es dueño absoluto de la naturaleza, lo hace todo en mí y dirige todos mis actos y pensamientos; que si yo produjera mis pensamientos sabría los que produzco cada minuto y no lo sé; que sólo soy un autómata con sensaciones y con ideas, que dependo exclusivamente del Ser Supremo y estoy tan sometido a El como la arcilla a las manos del alfarero.

 

Confieso, pues, mi ignorancia, y que miles de tomos de metafísica son insuficientes para enseñarnos qué es el alma.

 

Un filósofo ortodoxo decía a un filósofo heterodoxo: «¿Cómo habéis conseguido llegar a creer que por su naturaleza el alma es mortal y que sólo es eterna para la voluntad de Dios?» «Porque lo he experimentado» contestó el otro filósofo. «¿Cómo lo habéis experimentado? ¿Acaso os habéis muerto?» «Si, algunas veces. Sufría ataques de epilepsia en mi juventud y os aseguro que me quedaba completamente muerto durante algunas horas. Después, no experimentaba ninguna sensación, ni recordaba lo sucedido. Ahora me sucede lo mismo casi todas las noches. Ignoro en qué momento me duermo y duermo sin soñar. Sólo por conjeturas puedo calcular el tiempo que he dormido. Estoy, pues, muerto ordinariamente seis horas cada veinticuatro; la cuarta parte de mi vida». El ortodoxo adujo que él pensaba siempre mientras dormía, pero sin saber lo que pensaba. El heterodoxo le replicó: «Creo por la revelación que pensaré siempre en la otra vida, pero os aseguro que rara vez pienso en ella».

 

El ortodoxo no erraba al afirmar la inmortalidad del alma, porque la fe y la razón demuestran esta verdad, pero podía equivocarse al asegurar que el hombre dormido piensa siempre. Locke confesaba francamente que no pensaba siempre que dormía, y otro filósofo dijo: «El hombre posee la facultad de pensar, pero ésta no es la esencia del hombre». Dejemos a cada cual la libertad y el consuelo de estudiarse a sí mismos y de perderse en el dédalo de sus ideas.

 

Es curioso, sin embargo, saber que en el año 1730 hubo un filósofo que fue perseguido por haber confesado lo mismo que Locke, esto es, que no ejercitaba su entendimiento todos los minutos del día y de la noche como no se servía en todos ellos de los brazos y las piernas. Y no sólo la ignorancia de la corte le persiguió, sino también la ignorancia malévola de algunos que se las daban de letrados. Lo que en Inglaterra sólo produjo algunas disputas filosóficas ocasionó en Francia cobardes atrocidades. Un francés fue víctima por seguir a Locke.

 

Siempre hubo en la ciénaga de nuestra literatura algunos miserables capaces de vender su pluma y atacar hasta sus mismos bienhechores. Esta observación parece un despropósito en un artículo en el que se trata del alma, pero no debemos perder ocasión de censurar la conducta de los que quieren deshonrar el glorioso título de hombres de letras, prostituyendo su escaso talento y su conciencia a un vil interés, a una política ilusa y que traicionan a sus amigos por halagar a los necios. En Roma nadie denunció a Lucrecio por haber puesto en verso el sistema de Epicuro, ni a Cicerón por decir repetidas veces que después de morir no se siente dolor alguno, ni a Plinio ni a Varrón por haber tenido ideas particulares sobre la Divinidad. La libertad de pensar fue ilimitada en Roma. Los hombres de cortos alcances y temerosos que, en Francia, se han esforzado en ahogar esa libertad, madre de nuestros conocimientos y aguijón del entendimiento humano, para conseguir sus fines han hablado de los peligros infundados que aquélla puede traer. No reflexionaron que los romanos, que gozaban de completa libertad de pensar, no por eso dejaron de ser nuestros vencedores y nuestros legisladores, y que las discusiones de escuela tienen tan poca relación con el gobierno como el tonel de Diógenes tuvo con las victorias de Alejandro. Esta lección equivale a otra lección respecto del alma. Quizá tendremos ocasión de insistir sobre ella.

 

Aunque adoremos a Dios con toda el alma debemos confesar nuestra profunda ignorancia respecto a ella, a esa facultad de sentir y de pensar que debemos a su bondad infinita. Confesemos que nuestros entecos raciocinios nada quitan y nada añaden, y deduzcamos de esto que debemos emplear la inteligencia, cuya naturaleza desconocemos, en perfeccionar las ciencias, como los relojeros emplean los resortes en los relojes sin saber lo que es un resorte.

 

Sobre el alma y nuestras ignorancias. Fundándonos en los conocimientos adquiridos, nos hemos atrevido a poner en tela de juicio si el alma se creó antes que nosotros, si llega de la nada a introducirse en nuestro cuerpo, a qué edad viene a colocarse entre una vejiga y el páncreas, si allí recibe o aporta algunas ideas, y qué ideas son éstas; si después de animarnos algunos momentos, su esencia, tras la muerte del cuerpo, vive en la eternidad; si siendo espíritu, lo mismo que Dios, es diferente a éste o semejante. Estas cuestiones que parecen sublimes, como dijimos, son como las discusiones que entablan los ciegos respecto de la luz.

 

¿Qué nos han enseñado los filósofos antiguos y modernos? Nos han enseñado que un niño es más sabio que ellos porque éste sólo piensa en lo que puede conseguir. Hasta ahora, la naturaleza de los primeros principios es un secreto del Creador. En qué consiste que los aires propaguen el sonido? ¿A qué se debe que nuestros miembros obedezcan constantemente nuestra voluntad? ¿Qué voluntad es la que coloca las ideas en la memoria, las conserva allí como en un registro y las saca cuando queremos y cuando no? Nuestra naturaleza, la del universo y la de las plantas, están escondidas en el abismo de las tinieblas. El hombre es un ser que obra, siente y piensa, esto es todo cuanto sabemos, pero ignoramos qué nos hace pensar, sentir y obrar. La facultad de obrar es tan incomprensible para nosotros como la facultad de pensar. Menos difícil es concebir que el cuerpo de barro tenga sentimientos e ideas que concebir que un ser tenga ideas y sentimientos.

 

Comparad el alma de Arquímedes con el alma de un imbécil: ¿son las dos de una misma naturaleza? Si es esencial en ellas el pensar, ¿pensarán siempre con independencia del cuerpo, que no podrá obrar sin ellas? Si piensan por su propia naturaleza, ¿será de la misma especie el alma que no puede comprender una regla de aritmética que el alma que midió los cielos? Si los órganos corporales hacen pensar a Arquímedes, ¿por qué un idiota, mejor constituido y más vigoroso que Arquímedes, digiriendo mejor y realizando con más perfección las funciones fisiológicas, no piensa? A esto se contesta que su cerebro no es tan bueno, pero eso es una suposición, porque los que así contestan no lo saben. Nunca se encontró diferencia alguna en los cerebros disecados, y es además verosímil que el cerebelo de un bobo se encuentre en mejor estado que el de Arquímedes, que lo usó y lo fatigó prodigiosamente.

 

Deduzcamos de esto, pues, lo que antes dedujimos, que somos ignorantes ante los primeros principios.

 

De la necesitad de la revelación. El mayor beneficio que debemos al Nuevo Testamento no es otro que el de habernos revelado la inmortalidad del alma. Inútil fue que el obispo Warburton tratara de oscurecer tan importante verdad, diciendo continuamente que a los antiguos judíos desconocieron ese dogma necesario y que los saduceos no lo admitían en tiempos de Jesucristo».

 

Interpreta a su modo las palabras que, según dicen, Jesucristo pronunció: a¿Ignoráis que Dios dijo: Yo soy el Dios de Abrahán, de Isaac y Jacob? Luego Dios no es el Dios de los muertos sino el Dios de los vivos. Atribuye a la parábola del rico malvado el sentido contrario que le otorgan todas las iglesias. Sherlock, obispo de Londres, y otros muchos sabios lo refutan; los filósofos ingleses le echan en cara que es escandaloso que un obispo anglicano tenga la opinión contraria a la Iglesia anglicana, y Warburton, al verse contradecido, tilda de impíos a dichos filósofos, remedando a Arlequín, personaje de la comedia El ladrón de la casa, que después de robar y arrojar los muebles por la ventana, viendo que en la calle un hombre se llevaba algunos, gritó con toda la fuerza de sus pulmones: «¡Atrapad al ladrón!»

 

Vale más bendecir la revelación de la inmortalidad del alma y las de las penas y recompensas después de la muerte, que la soberbia filosofía de hombres que siembran la duda. Julio César no creía y lo dijo muy claro en pleno Senado cuando, para impedir que condenaran a muerte a Catilina, afirmó que la muerte no dejaba en el hombre ningún sentimiento pues todo moría con él. Nadie le refutó esta opinión.

 

El Imperio romano estaba dividido en dos grandes sectas; Ia de Epicuro, que sostenía que la divinidad era inútil en el mundo y el alma perecía con el cuerpo, y la de los estoicos, que sostenía que el alma era una porción de la divinidad, la cual a la muerte del cuerpo volvía a su origen, esto es, al gran todo de donde provenía. Unas sectas creían que el alma era mortal y otras que era inmortal, pero todas estaban acordes en burlarse de las penas y recompensas futuras.

 

Nos restan todavía bastantes pruebas de que los romanos tuvieran tal creencia, y esta opinión, profundamente grabada en los corazones de los héroes y de los ciudadanos romanos, les inducía a matarse sin el menor escrúpulo, sin esperar que el tirano los entregara al verdugo.

 

Los hombres más virtuosos de entonces, que estaban convencidos de la existencia de un Dios, no esperaban en la otra vida ninguna recompensa, ni temían ningún castigo. En el artículo Apócrifos veremos que Clemente, que había de ser papa y santo, puso en duda que los primitivos cristianos creyeran en la segunda vida, y sobre esto consultó a san Pedro en Cesárea. No creemos que san Clemente escribiera la historia que se le atribuye, pero esa historia demuestra que el género humano necesitaba guiarse por la revelación. Lo que en este asunto nos sorprende es que en un dogma tan represivo y tan beneficioso haya consentido que cometan ostensibles crímenes los hombres que viven tan poco tiempo y se ven presionados entre dos eternidades.

 

Las almas de los tontos y de los monstruos. Nace un niño deforme y absolutamente imbécil; no concibe ideas y vive sin ellas ¿Cómo hemos de definir esta clase de criatura? Unos doctos dicen que es algo entre el hombre y la bestia; otros, que posee un alma sensitiva, pero no un alma inteligente. Come, bebe y duerme, tiene sensaciones, pero no piensa. ¿Existe para él la otra vida, o no existe? Se ha propuesto este caso pero hasta hoy no ha obtenido completa solución.

 

Algún filósofo ha dicho que la referida criatura debía tener alma porque su padre y su madre la tenían, pero guiándonos por ese razonamiento si hubiera nacido sin nariz debíamos suponer que la tenía porque su padre y su madre la tuvieron.

 

Una mujer da a luz un niño que carece de barbilla, con la frente aplastada y negra, la nariz afilada y puntiaguda y los ojos redondos, pero el resto del cuerpo tiene la misma estructura que los demás mortales. Los padres deciden que reciba el bautismo y todo el mundo cree que posee alma inmortal, pero si esa misma criatura tiene las uñas en forma de punta y la boca en forma de pico, le declaran monstruo, dicen que carece de alma y no lo bautizan.

 

Sabido es que en Londres, en 1726 hubo una mujer que paría cada ocho días un gazapillo. Sin ninguna dificultad bautizaban a la criatura. El médico que asistía a la referida mujer durante el parto juraba que ese fenómeno era verdadero, y le creían. Pero ¿qué motivo tenían los crédulos para negar que tuvieran alma las criaturas de dicha mujer? Si ella la tenía, sus críos debían también tenerla. El Ser Supremo, ¿no puede conceder el don del pensamiento y el de la sensación al ser que nazca de una mujer en forma de conejo, lo mismo que el que nazca en figura de hombre? El alma que se disponía a alojarse en el feto de esa madre, ¿sería capaz de volverse al vacío?

 

Locke dice, respecto a los monstruos, que no debe atribuirse la inmortalidad a la morfología del cuerpo, y pregunta: «¿Cuál es la justa medida de deformidad a la que sujetarse para conocer si un niño tiene alma o no? ¿Desde qué grado debe ser declarado monstruo?»

 

¿Qué hemos de pensar de un niño que tenga dos cabezas y, sin embargo, su cuerpo está bien constituido? Unos dicen que tiene dos almas porque está provisto de dos glándulas pineales, y otros aseguran que. no puede tener dos almas quien no tiene más que un pecho y un ombligo.

 

Ha habido tantas discusiones sobre el alma humana, que si ésta llegara a examinarlas todas, le produciría insoportable fastidio. Le pasaría lo que sucedió al cardenal De Polignac en un cónclave. Su intendente, cansado de no poderle enterar nunca de las cuentas de intendencia, emprendió viaje a Roma y se situó en la pequeña ventana de su celda cargado con un inmenso fardo de papeles. Estuvo allí leyendo las cuentas más de dos horas, y por fin, viendo que no obtenía ninguna contestación, metió la cabeza por la ventana. Hacía unas dos horas que el cardenal había salido de su celda. Nuestras almas nos abandonan antes de que sus intendentes las hubieran enterado de lo mucho que nos hemos ocupado de ellas. Pero seamos justos ante Dios, por más ignorantes que seamos, nosotros y nuestros intendentes.

 

Debo confesar que siempre que examino al infatigable Aristóteles, al doctor Angélico y al divino Platón, tomo por motes estos epítetos que les aplican. Todos los filósofos que se han ocupado del alma humana me parecen ciegos charlatanes que hacen temerarios esfuerzos por persuadirnos de que tienen vista de águila, y veo que hay otros amantes de la filosofía, curiosos y locos, que los creen bajo palabra, imaginándose que de ese modo ven algo.

 

No vacilo en colocar en la categoría de maestros de errores a Descartes y a Malebranche. Descartes nos asegura que el alma humana es una sustancia cuya esencia es pensar que piensa siempre, y que desde el vientre de la madre se ocupa de ideas metafísicas y de acciones generales que olvida en seguida. Malebranche está convencido de que todo lo vemos en Dios. Si encontró partidarios es porque las fábulas más atrevidas son las que mejor acepta la débil imaginación del hombre.

 

Muchos filósofos han escrito la novela del alma, pero un sabio es el único que ha escrito modestamente su historia. Resumiré esa historia según la concibo. Comprendo que todo el mundo no estará de acuerdo con las ideas de Locke; puede ser que tenga razón contra Descartes y Malebranche, y que yerre para la Sorbona, pero yo hablo desde el punto de vista de la filosofía, no desde el punto de las revelaciones de la fe.

 

Sólo me corresponde pensar humanamente. Los teólogos que decidan respecto a lo divino; la razón y la fe son de naturaleza antagónica. En suma, voy a insertar un extracto de Locke, a quien censuraría si fuera teólogo, a quien defiendo como hipótesis, como conjetura filosófica, humanamente hablando. Se trata de saber lo que es el alma.

 

1º Alma es una de esas palabras que pronunciamos sin entenderlas. Sólo comprendemos las cosas cuando tenemos idea de ellas; no tenemos idea del alma, luego no la comprendemos.

 

2º Hemos convenido en llamar alma a la facultad de sentir y de pensar, así como llamamos vida a la facultad de vivir y voluntad a la facultad de querer.

 

Algunos razonadores respondieron en seguida a esto: «El hombre es un compuesto de materia y de espíritu; la materia es extensa y divisible, y el espíritu no es una cosa ni otra; luego, es de naturaleza distinta. Es una reunión de dos seres que no han sido creados el uno para el otro y que Dios unió a pesar de su naturaleza. Apenas conocemos el cuerpo y absolutamente desconocemos el alma. Esta no tiene partes; luego es eterna, tiene ideas puras y espirituales; luego no las recibe de la materia: tampoco las recibe de sí misma; luego Dios se las da, luego ella aporta al nacer la idea de Dios y del infinito, y todas las ideas generales.

 

Humanamente hablando, contesto a dichos pensadores diciéndoles que son muy sabios. Empiezan por concedernos que existe el alma y luego nos explican lo que debe ser: pronuncian la palabra materia y afirman de plano lo que la materia es. Pero yo les replico: no conocéis el espíritu ni la materia. En cuanto al espíritu, sólo le concedéis la facultad de pensar; en cuanto a la materia, comprendéis que ésta no es más que una reunión de cualidades, de colores, de extensiones y de solideces; a esa reunión llamáis materia y marcáis los límites de ésta y los del alma antes de estar seguros de la existencia de una y de otro.

 

Enseñáis con toda gravedad que las propiedades de la materia son la extensión y la solidez, y yo os repito modestamente que la materia tiene múltiples propiedades que ni vosotros ni yo conocemos. Afirmáis que el alma es indivisible y eterna, dando por seguro lo que es cuestionable. Obráis casi lo mismo que el director de un colegio que, no habiendo visto un reloj en toda su vida, le pusieran en las manos de repente un reloj de repetición inglés. Ese director, como buen peripatético, quedaría sorprendido al ver la precisión con que las saetas dividen y marcan el tiempo, y se asombraría de que el resorte pulsado por el dedo hiciera sonar la hora que la saeta marca. El peripatético no duda un momento de que dicha máquina tenga un alma que la dirija y que se manifiesta por medio de los resortes. Demuestra científicamente su opinión, compara esa máquina con los ángeles, que imprimen movimiento a las esferas celestes, sosteniendo en clase una inefable tesis sobre el alma de los relojes. Uno de sus alumnos abre el reloj y no ve más que las ruedecillas y los muelles; sin embargo, sigue sosteniendo siempre el sistema del alma de los relojes, creyéndole demostrado. Yo soy el estudiante que abre el reloj, que se llama hombre, y en vez de definir con atrevimiento lo que no comprendemos trato de examinar por grados lo que deseamos conocer.

 

Tomemos un niño recién nacido y sigamos paso a paso el progreso de su entendimiento. Me habéis enseñado que Dios se tomó el trabajo de crear un alma para que se alojara en el cuerpo de dicho niño cuando éste tuviera unas seis semanas, y que cuando se introduce en su cuerpo está provista de ideas metafísicas, conoce el espíritu, las ideas abstractas y el infinito; en una palabra, es sabia. Pero, desgraciadamente, sale del útero con una completa ignorancia, pasa dieciocho meses sin conocer más que los senos de su nodriza, y cuando a la edad de veinte años se pretende que esa alma recuerde las ideas científicas que tuvo cuando se unió a su cuerpo, es con frecuencia tan obtusa que ni siquiera puede concebir ninguna de aquellas ideas. El día que la madre da a luz dicho niño con su alma, nacen en la casa un perro, un gato y un canario. Al cabo de dieciocho meses, el perro es ya un excelente cazador, al año el canario canta perfectamente, y al término de unas seis semanas el gato tiene lo que ha de tener. El niño, al cumplir cuatro años, no sabe nada. Supongamos que yo sea un hombre tosco, testigo de tan enorme diferencia y que nunca he visto ningún niño; pues bien, creeré que el gato, el perro y el canario son criaturas muy inteligentes, y que el niño es un autómata. Poco a poco me voy dando cuenta de que el niño posee ideas, memoria y las mismas pasiones que esos animales, y entonces comprendo que es una criatura razonable como ellos. Me comunica diversas ideas por medio de las palabras que aprendió, como el perro por sus distintos ladridos me hace conocer sus diversas necesidades. Me percato de que a los siete u ocho años el niño combina en su cerebro casi tantas ideas como el perro de caza en el suyo, y que por fin, andando los años, consigue adquirir gran número de conocimientos. Entonces, ¿qué debo pensar de él? ¿que es de una naturaleza completamente distinta? No puedo creerlo, porque vosotros veis un imbécil al lado de Newton y defendéis que uno y otro son de la misma naturaleza, con la única diferencia de grado. Para asegurarme de la probable verosimilitud de mi opinión, estudio al perro y al niño cuando están despiertos y cuando duermen. Hago que los sangren a uno y a otro, y sus ideas parece que salen de ellos con la sangre. Puestos en ese estado, los llamo y no me contestan, y si me esfuerzo en hablar con ellos no lo consigo. Luego los examino durante su sueño; me doy cuenta de que el perro, después de bien comer, sueña y grita como si estuviera cazando, y el niño sueña que habla con su novia y la enamora. Si uno y otro comen frugalmente, ni uno ni otro sueña; en suma, veo en ellos que la facultad de sentir, de apercibirse, de expresar las ideas, se desarrolla poco a poco y se debilita también por grados. Encuentro entre el niño y el perro más puntos afines que los que hallo entre el hombre de talento y el absolutamente imbécil. ¿Qué opinión tendré, pues, de esa naturaleza? La que todos los pueblos tuvieron antes que la ciencia egipcia ideara la espiritualidad, la inmortalidad del alma.

 

Hasta sospecharé, con visos de verdad, que Arquímedes y un topo son de la misma especie, aunque de diferente género, que la encina y el grano de mostaza están formados por los mismos principios, aunque aquélla sea un árbol grande y ésta una planta pequeña. Creeré que Dios concedió partes de inteligencia a las porciones de materia organizada para pensar, que la materia está dotada de sensaciones proporcionadas a la finura de sus sentidos, que éstos las otorgan según la medida de nuestras ideas. Creeré que la ostra tiene menos sensaciones y menos sentido porque al tener el alma dentro de la concha los cinco sentidos le resultan inútiles. Hay muchos animales que sólo están dotados de dos sentidos; nosotros tenemos cinco, y por cierto son escasos. Puede ser que en otros mundos existan otros animales que estén dotados de veinte o treinta sentidos y otras especies más perfectas que tengan muchos más.

 

Esta parece la forma más lógica de razonar, quiero decir, de sospechar y adivinar. Indudablemente, pasó mucho tiempo antes que los hombres fueran lo bastante ingeniosos para idear un ser ignoto que está en nosotros, que nos hace obrar, que no es completamente nosotros, y que vive después que nosotros morimos. De esa manera se llegó paulatinamente a concebir idea tan atrevida. En un principio, la palabra alma significó vida, y era común para nosotros y para los demás animales; luego, nuestro orgullo nos hizo sospechar que el alma sólo correspondía al hombre y entonces ideamos una forma sustancial para las demás criaturas. El orgullo humano pregunta en qué consiste la facultad de apercibirse y de sentir que se llama alma en el hombre e instinto en el animal. Dilucidaré esta cuestión cuando los físicos me enseñen qué es la luz, el sonido, el espacio, el cuerpo y el tiempo. Repetiré con el sabio Locke: «La filosofía consiste en detenerse cuando la antorcha de la física no nos ilumina».

 

Observo los efectos de la naturaleza, pero confieso que, como vosotros, tampoco conozco los primeros principios. Todo se reduce a que no debo atribuir a muchas causas, y menos a causas desconocidas, lo que puedo atribuir a una sola causa conocida. Puedo atribuir a mi cuerpo la facultad de pensar y de sentir; luego no debo buscar la facultad de sentir y de pensar en lo que se llama alma o espíritu, del que no tengo la menor idea. Os alzáis contra esa proposición, y creéis que es irreligiosidad atreverse a decir que el cuerpo pueda pensar. Ahora bien, ¿qué contestaríais —respondería Locke— si os dijera que vosotros incurrís también en irreligiosidad porque os atrevéis a limitar el poder de Dios? ¿Quién, sin ser impío puede asegurar que es imposible para Dios dotar a la materia de la facultad de pensar y de sentir? Sois a la par débiles y atrevidos: aseguráis que la materia no piensa solamente porque no concebís que la materia pueda pensar.

 

Sabios filósofos que decidís sobre el poder de Dios y al mismo tiempo concedéis que puede Dios convertir una piedra en un ángel, (1) ¿no comprendéis que, según vuestras mismas teorías, y en ese último caso, Dios otorgaría a la piedra la facultad de pensar? Si la materia de la piedra desapareciera ya no sería piedra, sería ángel. Sean cuales fueren vuestras argumentaciones, os veréis obligados a reconocer dos cosas: vuestra ignorancia y el poder omnímodo del Creador. Vuestra ignorancia niega que la materia pueda pensar, y la omnipotencia del Creador no demuestra que le sea imposible conseguir que la materia piense.

 

Sabiendo que la materia no perece, no debéis negar a Dios el poder de conservar en esa misma materia la mejor de las cualidades de que la dotó. La extensión subsiste sin cuerpo por sí misma, ya que hay filósofos que creen en el vacío; los accidentes subsisten independientes de la sustancia para los cristianos que creen en la transustanciación. Decís que Dios no puede hacer nada que implique, en sí mismo, contradicción, mas para encontrar ésta se precisa saber más de lo que sabemos, y en esta materia sólo sabemos que tenemos cuerpo y que pensamos. Algunos que aprendieron en la escuela a no dudar, y que toman por oráculos los silogismos que en ellas les enseñaron y las supersticiones que aprendieron por religión, tienen a Locke por impío peligroso. Debemos hacerles comprender el error en que incurren y enseñarles que las opiniones de los filósofos jamás perjudicaron a la religión. Es obvio que la luz proviene del sol y que los planetas giran alrededor de ese astro, mas no por ello se lee con menos fe en la Biblia que la luz se formó antes que el sol, y que el sol se paró sobre la aldea de Gabaón. Se sabe que el arco iris lo forma la lluvia y no por ello deja de respetarse el texto sagrado, que dice que Dios puso el arco iris en las nubes, después del diluvio, como signo de que no habría más inundaciones.

 

Los misterios de la Trinidad y de la Eucaristía, que contradicen las demostraciones de la razón, no dejan de ser reverenciados por los filósofos católicos aun a sabiendas de que la razón y la fe son de diferente naturaleza. La idea de los antípodas fue condenada por los papas y los concilios y luego otros papas reconocieron los antípodas, a donde llevaron la religión cristiana, cuya destrucción creyeron segura en el caso de poder encontrar un hombre que, como se decía entonces, tuviera la cabeza abajo y los pies arriba con relación a nosotros, y que, como dice san Agustín, hubiera caído del cielo.

 

(1) San Mateo, 3, 9.

 

Supongamos que hay en una isla una docena de excelente filósofos y que en ella sólo han visto vegetales. Esta isla, y sobre todo esos filósofos, son difíciles de encontrar, pero permitidme esta ficción. Admiran la vida que circula por las fibras de las plantas, que parece que se pierde y se renueva en seguida, y de no comprender bien cómo las plantas nacen se nutren y crecen, llaman a estas operaciones alma vegetativa. «¿Qué entendéis por alma vegetativa?» «Es una expresión —responden— que sirve para explicar el resorte desconocido que mueve la vida de las plantas». «¿Pero no comprendéis —les replica un mecanicista— que ésta la desarrolla un movimiento interno natural?» «No —objetarán dichos filósofos—, en su vegetación hay algo más que movimientos ordinarios; existe en todas las plantas el poder secreto de atraerse la savia que las nutre, y ese poder, que no puede explicar ningún mecanicista, es un don que Dios concedió a la materia, cuya naturaleza desconocemos».

 

Después de esa cuestión, los filósofos descubren los animales que hay en la isla, y luego de examinarlos detenidamente comprenden que existen otros seres organizados como los hombres. Indudablemente, esos seres tienen memoria, conocimiento y están dotados de idénticas pasiones que nosotros, y perpetúan su especie. Los filósofos disecan algunos animales les encuentran corazón y cerebro, y exclaman: «El autor de esas máquinas, que no crea nada inútil, ¿les hubiera concedido todos los órganos de la sensación con el propósito de que no sintieran? Sería absurdo creerlo así. Encierran algo que llamaremos también alma, a falta de otro término más adecuado, algo que experimenta sensaciones y que en cierta medida tiene ideas. Pero, ¿qué es ese principio? ¿Es diferente de la materia? ¿Es espíritu puro? ¿Es un ser intermedio entre la materia, cuyo mecanismo apenas conocemos, y el espíritu puro, que nos es completamente desconocido? ¿Es una propiedad que Dios concedió a la materia orgánica?»

 

Los filósofos, para estudiar esa materia, hacen experimentos con los insectos y los gusanos; los cortan, dividiéndolos en muchas partes, y quedan sorprendidos al ver que, pasado algún tiempo, nacen cabezas a las partes cortadas. El mismo animal se reproduce y en su propia fragmentación encuentra el medio de multiplicarse. Hay muchas almas que están esperando, para animar las partes reproducidas, que hayan cortado la cabeza al primer tronco. Se parecen a los árboles a los que se podan las ramas y plantándolas se reproducen. ¿Estos árboles tienen muchas almas? No parece esto posible; luego, es probable que el alma de las bestias sea de otra especie que lo que llamamos alma vegetativa en las plantas, que sea una facultad de orden superior que Dios concedió a ciertas porciones de materia para darnos prueba de su poder y de otro motivo para adorarle.

 

Si oyera ese razonamiento un hombre violento que argumentase más, les diría: «Sois unos malvados que mereceríais que os quemaran el cuerpo para salvar el alma, porque negáis la inmortalidad del alma del hombre». Los filósofos, al oír esto, se mirarían unos a otros con sorpresa y después, uno de ellos, contestaría con suavidad al hombre violento: «¿Por qué creéis que deberíamos arder en una hoguera y qué os indujo a suponer que abriguemos nosotros el convencimiento de que es mortal vuestra alma cruel?» «Porque abrigáis la creencia de que Dios concedió a los animales, que están organizados como nosotros, la facultad de tener ideas y sentimientos, y como el alma de los animales muere con sus cuerpos creéis también que lo mismo muere el alma de los hombres». Uno de los filósofos le replicaría:

 

«No tenemos la seguridad de que todo lo que llamamos alma en los animales perezca cuando éstos mueren; estamos persuadidos de que la materia es eterna y suponemos que Dios haya dotado los animales de algo que puede conservar, si ésta es la voluntad divina, la facultad de tener ideas. No aseguramos que esto suceda porque no es propio de hombres ser tan confiados, pero no nos atrevemos a poner límites al poder de Dios. Decimos sencillamente que es probable que los animales, que son materia, hayan recibido de El algo de inteligencia. Descubrimos todos los días propiedades de la materia que antes no teníamos idea de que existieran. Empezamos definiendo la materia diciendo que era una sustancia que tenía extensión, luego reconocimos que también tenía solidez más tarde tuvimos que admitir que la materia posee una energía que llamamos fuerza de inercia y, últimamente, nos sorprendió a nosotros mismos tener que confesar que la materia gravita. Avanzando en nuestros estudios, nos vimos obligados a reconocer seres que se parecen en algo a la materia y que, sin embargo, carecen de los atributos de que la materia está dotada. El fuego elemental, por ejemplo, obra sobre nuestros sentidos como los demás cuerpos, pero no tiende a un centro en líneas rectas por todas partes ni parece que obedezca a las leyes de atracción y de gravitación como los demás cuerpos. La óptica tiene misterios sólo explicables atreviéndonos a suponer que los rayos de luz se compenetran. Hay efectivamente, algo en la luz que la distingue de la materia común: parece que sea un ser intermediario entre los cuerpos, y que otras especies de seres sean el punto intermedio que conduzca otras criaturas, y que así sucesivamente exista una cadena de sustancias hasta el infinito.

 

»Esa idea nos parece digna de la grandeza de Dios, si hay alguna idea humana digna de ella. Entre esas sustancias pudo Dios escoger una para alojarla en nuestros cuerpos, que es la que llamamos alma humana. Las Sagradas Escrituras nos enseñan que esa alma es inmortal y la razón concuerda en esto con la revelación: ninguna sustancia perece y las formas se destruyen, pero el ser permanece. No podemos concebir la creación de una sustancia, ni podemos concebir el aniquilamiento, pero sí nos atrevemos a afirmar que el Señor absoluto de todos los seres puede dotar de sentimientos, de percepciones, al ser que se llama materia. Estáis seguros de que pensar es la esencia de vuestra alma y nosotros no lo estamos porque cuando examinamos un feto nos cuesta trabajo creer que su alma haya tenido muchas ideas en su envoltura materna, y dudamos que en su sueño profundo, en su completo letargo haya podido dedicarse a la meditación. Por todo ello nos parece que el pensamiento pudiera ser no la esencia del ser pensante, sino el don que Dios hiciera a esos seres que denominamos pensadores; todo ello nos hace sospechar que si Dios quisiera podría otorgar ese don a un átomo, conservarlo o destruirlo, según fuera su voluntad. La dificultad reside menos en adivinar cómo la materia puede pensar que en descifrar cómo piensa una sustancia cualquiera. Sólo concebimos ideas porque Dios quiso dárnoslas. ¿Por qué os empeñáis en oponeros a que las conceda a las demás especies? ¿Os atrevéis a creer que vuestra alma sea de la misma clase que las sustancias que están más cerca de la divinidad? Hay motivo para sospechar que éstas sean de orden superior y, por lo mismo, Dios les haya concedido una manera de pensar infinitamente más hermosa, como concedió cantidad muy limitada de ideas a los animales, que son de un orden inferior a los hombres. Ni sé cómo vivo, ni cómo doy la vida, ¿y queréis que sepa cómo concibo ideas? El alma es un reloj que Dios nos concedió para dirigirnos, pero no nos ha explicado la maquinaria de que se compone el reloj.

 

»De todo ello no es posible deducir que el alma humana sea mortal. En resumen, pensamos lo mismo que vos sobre la inmortalidad que la fe nos anuncia, pero somos demasiado ignorantes para afirmar que Dios no tenga poder para conceder la facultad de pensar al ser que él quiera. Limitáis el poder del Creador, que es ilimitado, y nosotros lo extendemos hasta donde alcanza su existencia. Perdonadnos que le creamos omnipotente y nosotros os perdonaremos que restrinjáis su poder. Sin duda sabéis todo lo que puede hacer y nosotros lo ignoramos. Vivamos como hermanos, adorando tranquilamente al Padre común. Sólo hemos de vivir un día y vivámoslo en paz, sin enzarzarnos en cuestiones que se decidirán en la vida inmortal que empezará mañana».

 

El hombre violento, no encontrando nada que oponer a los filósofos enfadándose, habló y dijo muchas vaciedades. Los filósofos se dedicaron durante algunas semanas a leer historia y, después de ese estudio, he aquí lo que dijeron a aquel bárbaro, indigno de estar dotado de alma inmortal:

 

«Hemos leído que en la Antigüedad había tanta tolerancia como en nuestra época, que en ello se encuentran grandes virtudes y que por sus opiniones no perseguían a los filósofos. ¿Por qué, pues, pretendéis que nos condenen a la hoguera por las opiniones que profesamos? En la Antigüedad creyeron que la materia era eterna pero los que suponían que era creada no persiguieron a quienes no lo creían. Se dijo entonces que Pitágoras, en una vida anterior, había sido gallo y sus padres habían sido cerdos, y no obstante su secta fue querida y respetada en todo el mundo, menos por los pasteleros y por quienes tenían habas que vender. Los estoicos reconocían a un Dios más o menos semejante al que admitió después temerariamente Espinosa; el estoicismo fue, sin embargo, la secta más acreditada y la más fecunda en virtudes heroicas. Para los epicureistas, los dioses eran semejantes a nuestros canónigos, que con su indolente gordura sostenían su divinidad; aquéllos tomaban en paz el néctar y la ambrosía sin inmiscuirse en nada, y enseñaban la materialidad y la inmortalidad del alma, pero no por eso dejaron de tenerles consideración y eran admitidos a desempeñar todos los empleos.

 

»Los platónicos no creían que Dios se hubiera dignado crear al hombre por sí mismo; decían que había confiado este encargo a los genios que al realizar su tarea cometieron muchas tonterías. El Dios de los platónicos era un artífice inmejorable, pero que empleó para crear al hombre discípulos muy mediocres. No por eso la Antigüedad dejó de apreciar la escuela de Platón. En suma cuantas sectas conocieron los griegos y los romanos, si bien tenían distintos modos de opinar sobre Dios, sobre el alma, sobre el pasado y sobre el futuro, ninguna de ellas fue perseguida. Todas ellas se equivocaban, pero vivieron en amistosa paz y esto es lo que no alcanzamos a comprender, porque hoy vemos que la mayor parte de los que discuten son energúmenos y los de la Antigüedad eran verdaderos hombres.

 

»Si desde los griegos y los romanos queremos remontarnos a las naciones más antiguas, podemos fijar la atención en los judíos. Ese pueblo supersticioso, cruel, ignorante y miserable, sabía sin embargo honrar a los fariseos, que creían en la fatalidad del destino y en la metempsicosis. Respetaba también a los saduceos, que negaban la inmortalidad del alma y la existencia de los espíritus, fundándose en la ley de Moisés, que nunca habló de castigos ni de recompensas después de la muerte. Los esenios, que creían también en la fatalidad y nunca sacrificaban víctimas en el templo, eran más respetados todavía que los fariseos y saduceos. Ninguna de esas opiniones perturbó nunca el gobierno del Estado, y quizá hubieran tenido motivo para degollarse y exterminarse mutuamente unos a otros, si se hubieran empeñado en tenerlo. Debemos, pues, imitar esos loables ejemplos, debemos pensar en voz alta y dejar que piensen lo que quieran los demás. Seréis capaces de recibir cortésmente a un turco que crea que Mahoma viajó por la luna, ¿y deseáis descuartizar a un hermano vuestro porque cree que Dios puede dotar de inteligencia a todas las criaturas?» Así habló uno de los filósofos, y otro añadió:

 

«Creedme, no ha habido ejemplo de que ninguna opinión filosófica perjudique la religión de ningún pueblo. Y si los misterios pueden contradecir las demostraciones científicas, no por ello dejan de respetarlos los filósofos cristianos, que saben que la razón y la fe son asuntos de diferente naturaleza. ¿Sabéis por qué los filósofos no lograrán nunca formar una secta religiosa? Porque carecen de entusiasmo. Si dividimos el género humano en veinte partes, componen diecinueve los hombres que se dedican a trabajos manuales, y quizá éstos ignorarán siempre que existió Locke. En la otra vigésima parte se hallan unos pocos hombres que sepan leer, y entre los que leen hay veinte que sólo leen novelas por cada uno que estudia filosofía. Es muy exiguo el número de los que piensan, y éstos no se ocupan en perturbar el mundo. No encendieron en su patria la tea de la discordia Montaigne, Descartes, Gassendi, Bayle, Espinosa, Hobbes, Pascal, Montesquieu, ni ninguno de los hombres que han honrado la filosofía y la literatura. Buena parte de los que perturbaron a su país fueron teólogos, que ambicionaron ser jefes de secta o de partido. Todos los libros de filosofía juntos no han armado en el mundo tanto revuelo como produjo en otro tiempo la disputa entablada por los franciscanos respecto a la forma que debía darse a sus mangas y a sus capuchones».

 

Antigüedad del dogma de la inmortalidad del alma. El dogma de la inmortalidad del alma es la idea más consoladora y al mismo tiempo más represiva que el espíritu humano ha podido concebir. Esta consoladora doctrina era tan antigua en Egipto como sus pirámides, y antes que los egipcios la conocieron los persas. He referido ya en alguna parte la alegoría del primer Zoroastro, citada en el Sadder, en la que Dios enseña a Zoroastro el lugar para recibir el castigo que se llamaba Dardarot en Egipto, Haces y Tártaro en Grecia, y nosotros hemos traducido imperfectamente en nuestras lenguas modernas por la palabra infierno. Dios mostró a Zoroastro, en el sitio destinado a los castigos, a todos los malos reyes, a uno de los cuales le faltaba un pie, y Zoroastro preguntó por qué razón. Dios le contestó que ese rey había hecho una buena acción en toda su vida, cuya acción consistía en haber acercado con el pie la ceba da que no estaba al alcance de un pobre asno que se moría de hambre. Dios llevó al cielo el pie del rey malvado y dejó en el infierno el resto de su cuerpo.

 

Esta fábula, que nunca se repetirá bastante, demuestra la remota antigüedad de la doctrina sobre la segunda vida. Los hindúes también poseían esta doctrina y lo prueba su metempsicosis. Los chinos rendían culto a las almas de sus antepasados. Y esos pueblos fundaron poderosos imperios mucho antes que los egipcios.

Aunque el imperio de Egipto es muy antiguo, no lo es tanto como los imperios de Asia; en aquél y en éstos, el alma subsistía tras la muerte del cuerpo. Cierto es que todos esos pueblos, sin excepción, supusieron que el alma tenía forma etérea, sutil, y era imagen del cuerpo. La palabra soplo la inventaron después los griegos, pero no hay duda que creyeron que era inmortal una parte de nosotros mismos. Los castigos y recompensas en la otra vida echaron los cimientos de la antigua teología.

 

Ferecides fue el primer griego que creyó que las almas vivían una eternidad, pero no fue el primero que dijo que las almas sobrevivían a los cuerpos. Ulises, que vivió mucho tiempo antes que Ferecides, había ya visto las almas de los héroes en los infiernos, pero que las almas fueran tan antiguas como el mundo fue una doctrina que nació en Oriente y Ferecides difundió por Occidente. No creo que exista una sola doctrina moderna que no se encuentre en los pueblos antiguos. Los edificios actuales los hemos construido con los escombros de la Antigüedad.

 

Sería un magnífico espectáculo ver el alma. La máxima «Conócete a ti mismo» es un excelente precepto que sólo Dios puede practicar; porque, ¿qué mortal puede comprender su propia esencia?

 

Denominamos alma a lo que anima, pero no podemos saber más de ella porque nuestra inteligencia es limitada. Las tres cuartas partes del género humano no se ocupan de esto, y la cuarta busca, inquiere, pero ni ha encontrado ni encontrará.

 

El hombre ve una planta que vegeta y dice que tiene alma vegetativa, observa que los cuerpos tienen y dan movimiento y a esto llama fuerza ve que su perro de caza aprende el oficio y supone que tiene alma sensitiva, instinto; tiene ideas combinadas y a esta combinación llama espíritu. Pero, ¿qué entiendes tú en esas palabras? Indudablemente, la flor vegeta, pero, ¿existe realmente un ser que se llame vegetación? Un cuerpo rechaza a otro, pero, ¿posee dentro de sí un ser distinto que se llama fuerza? El perro te trae una perdiz, pero, ¿vive en él un ser que se llama instinto? ¿No te burlarías de un polemista que te dijera: «todos los animales viven; luego encierran dentro de ellos un ser, una forma sustancial, que es la vida»? Si un tulipán pudiera hablar y te dijera: «Mi vegetación y yo somos dos seres que formamos un conjunto», ¿no te burlarías del tulipán?

 

Vamos a ver qué sabes y de lo que estás seguro: sabes que andas con los pies, que digieres con el estómago, que sientes en todo el cuerpo y que piensas con la cabeza. Veamos si la única ayuda de la razón ha podido aportarte suficientes datos para deducir, sin auxilio sobrenatural, que tienes alma.

 

Los primeros filósofos, igual caldeos que egipcios, dijeron que es indispensable que haya dentro de nosotros algo que produzca los pensamientos; ese algo debe ser muy sutil, debe ser un soplo, debe ser un éter una quintaesencia, una entelequia, un nombre, una armonía... Según el divino Platón, es un compuesto del mismo y del otro. «Lo constituyen dos átomos que piensan en nosotros», dijo Epicuro después de Demócrito. Pero, ¿cómo un átomo pudo pensar? Confesad que no lo sabéis.

La opinión más aceptable es, indudablemente, que el alma es un ser inmaterial. Pero, ¿conciben los sabios lo que es un ser inmaterial? «No —contestan éstos—, pero sabemos que por naturaleza piensa». «¿Y por dónde lo sabéis?» «Lo sabemos porque piensa». «Me parece que sois tan ignorantes como Epicuro. Es natural que una piedra caiga porque cae; pero, yo os pregunto, ¿quién la hace caer?» «Sabemos que la piedra no tiene alma, sabemos que una negación y una afirmación no son divisibles porque no son partes de la materia». «Soy de vuestra opinión, pero la materia posee cualidades que no son materiales, ni divisibles, como la gravitación; la gravitación no tiene partes, no es, pues, divisible. La fuerza motriz de los cuerpos tampoco es un ser compuesto de partes. La vegetación de los cuerpos orgánicos, su vida, su instinto, no constituyen seres a partes, seres divisibles; no podéis dividir en dos la vegetación de una rosa, la vida de un caballo, el instinto de un perro, así como no podéis dividir en dos una sensación, una negación o una afirmación. El argumento que sacáis de la indivisibilidad del pensamiento no prueba nada».

 

¿Qué idea tenéis del alma? Sin revelación, sólo podéis saber que existe en vuestro interior un poder desconocido que os hace pensar y sentir.Pero, ¿ese poder de sentir y de pensar es el mismo que os hace digerir y andar? Tenéis que confesarme que no, porque aunque el entendimiento diga al estómago digiere, el estómago no digerirá si está enfermo, y si el ser inmaterial manda a los pies que anden, éstos no andarán si padecen de gota. Los griegos comprendieron que el pensamiento no tiene relación muchas veces con la función de los órganos; atribuyeron a los órganos alma animal y al pensamiento un alma más fina. Pero el alma del pensamiento, en muchas ocasiones, depende del alma animal. El alma pensante ordena a las manos que tomen y toman, pero no dice al corazón que lata, ni a la sangre que circule, ni a los jugos gástricos que se formen, y todos esos actos se realizan sin su intervención. He aquí dos almas que son muy poco dueñas de su casa.

 

De esto debe colegirse que el alma animal no existe, o que consiste en el movimiento de los órganos, amén de que al hombre su débil razón no le aporta ninguna prueba de que la otra alma exista.

 

En cuanto a las varias opiniones filosóficas que se han establecido respecto al alma, una de ellas sostiene que el alma del hombre es parte de la sustancia del mismo Dios; otra, que es parte del Gran Todo; otra asegura que el alma está creada para toda la eternidad; otra sostiene que el alma fue hecha y no creada. Varios filósofos aseguran que Dios forma las almas a medida que las necesita y llegan en el momento de la copulación; otros añaden que se alojan en el cuerpo con los animáculos seminales, etc. Filósofo hubo que dijo que se equivocaban todos los que le habían precedido, asegurando que el alma espera seis semanas para que esté formado el feto y entonces toma posesión de la glándula pineal. Pero si encuentra algún germen falso, sale del cuerpo y espera mejor ocasión. La última opinión consiste en dar al alma por morada el cuerpo calloso; éste es el sitio que le asigna Le Peyronie.

 

Santo Tomás, en su cuestión 75 y siguientes, dice «que el alma es una forma que subsiste per se, que está toda en todo, que su esencia difiere de su poder, que existen tres almas vegetativas: la nutritiva, la aumentativa y la generativa, que la memoria de las cosas espirituales es espiritual y la memoria de las corporales, corporal, que el alma raciocinadora es una forma inmaterial en lo tocante a las operaciones y material en cuanto al ser». ¿Has entendido algo? Pues santo Tomás escribió dos mil páginas tan claras como ésta. Por esto, sin duda, le llaman el Doctor Angélico. No se han inventado menos sistemas para el cuerpo, para explicar cómo oirá sin tener oídos, cómo olerá sin tener nariz y cómo tocará sin tener manos; en qué cuerpo se alojará en seguida, de qué forma el yo, la identidad de la misma persona, ha de subsistir; cómo el alma del hombre que se tornó imbécil a la edad de quince años, y murió imbécil a los setenta, volverá a reemprender el hilo de las ideas que tuvo en la pubertad y por qué medio un alma, a cuyo cuerpo se le amputó una pierna en Europa y perdió un brazo en América, podrá encontrar la pierna y el brazo, que quizá se habrán transformado en legumbres y habrán pasado a formar parte integrante de la sangre de cualquier otro animal. No terminaría nunca si detallara todas las extravagancias que acerca del alma humana se ha publicado.

 

Es sorprendente que las leyes del pueblo escogido de Dios no digan una sola palabra acerca de la espiritualidad y la inmortalidad del alma, ni hablen tampoco de esto el Deuteronomio, ni el Decálogo, ni el Levítico. En ninguna parte propone Moisés a los judíos recompensas y castigos en otra vida. No les habla nunca de la inmortalidad de sus almas, ni les hace saber que esperen ir al cielo, ni les amenaza con el infierno. En la ley de Moisés todo es temporal. En el Deuteronomio habla a los judíos en los siguientes términos:

 

«Si tras haber tenido hijos y nietos prevaricáis, seréis exterminados del país y reducidos a ínfimo número en las naciones.

 

»Yo soy un Dios celoso que castiga la iniquidad de los padres hasta la tercera y la cuarta generaciones.

 

»Honrad padre y madre a fin de que viváis mucho tiempo.

 

»Tendréis de qué comer sin que nunca os falte.

 

»Guardáos de dioses extranjeros, seréis aniquilados...

 

»Si obedecierais yo os daré la lluvia en vuestra tierra y en su tiempo, la temprana y la tardía, y cogerás tu aceite, tu grano y tu vino. Daré también hierba en tu campo para tus bestias, y comerás y te hartarás.

 

»Pondréis estas mis palabras en vuestro corazón y en vuestra alma, y las ataréis por señal en vuestra mano... y las escribiréis en los postes de tu casa y en tus portadas, para que sean acrecentados vuestros días....

 

»Cuando se levantare en medio de ti profeta y te diere señal de prodigio, y acaeciere la señal o prodigio que él te dijo, diciendo: Vamos en pos de dioses ajenos... el tal profeta ha de ser muerto, tu mano caerá primero sobre él para matarle y después la mano de todo el pueblo.

 

»Empero de las ciudades de estos pueblos que Jehová tu Dios te da por heredad, ninguna persona dejarás con vida; luego que Jehová tu Dios la entregare en tu mano, herirás a todo varón suyo a filo de espada.

 

»No comeréis aves impuras: el águila, el azor, el esmejerón, etc.

 

»No comeréis animales que rumian o tienen uña hendida: camello, liebre y conejo, ni puerco, etc.

 

»Si, empero, escucharas fielmente la voz de Jehová, tu Dios, para guardar y cumplir todos estos mandamientos... bendito serás tú en la ciudad, bendito tú en el campo... Bendito el fruto de tu vientre, y el fruto de tu bestia, la cría de tus vacas...

 

»Y si no oyeres la voz de Jehová, tu Dios, para cuidar de poner por obra todos sus mandamientos... maldito serás tú en la ciudad y maldito en el campo; maldito tu canastillo, y tus sobras... Jehová te herirá de tisis, y de fiebre, y de ardor, y de calor, y de cuchillo, y de almorranas, y de sarna...

 

»El extranjero te prestará a ti y tú no prestarás a él... por cuanto no habrás atendido la voz de Jehová, tu Dios, para guardar sus mandamientos.

 

»Y comerás el fruto de tu vientre, la carne de tus hijos y de tus hijas, etc.»

 

En todas estas promesas y amenazas es evidente que se trata de lo temporal y no se encuentra una sola palabra sobre la inmortalidad del alma, ni sobre la vida futura. Algunos comentaristas ilustres creen que Moisés conocía perfectamente esos dos grandes dogmas y prueban su opinión apoyándose en lo que dijo Jacob, quien creyendo que su hijo José había sido devorado por bestias feroces decía en su dolor: «Descenderé con mi hijo al infernum»; esto es, moriré, ya que mi hijo ha muerto. Prueban también su creencia citando pasajes de Isaías y Ezequiel, pero los hebreos a quienes habló Moisés no pudieron haber leído a los citados profetas porque escribieron muchos siglos después.

 

Es ocioso discutir sobre lo que secretamente opinaba Moisés, puesto que es irrefutable que en sus leyes no habló nunca de la vida futura, y que limita los castigos y las recompensas al tiempo presente. Si conoció la vida futura, ¿por qué no proclamó este dogma? Y si no lo conocía ¿cuál era el objeto de su misión? A esta cuestión contestan varios comentaristas diciendo que el Señor de Moisés y de todos los hombres se reservó el derecho de explicar a su debido tiempo a los judíos una doctrina que no eran capaces de comprender cuando vivían en el desierto.

 

Si Moisés hubiera anunciado la inmortalidad del alma le habría combatido una importante escuela de los judíos, la de los saduceos, autorizada por el Estado, que les permitía desempeñar los primeros cargos de la nación y nombrar pontífices máximos a sus sectarios.

 

Hasta después de la fundación de Alejandría no se dividieron los hebreos en tres sectas: fariseos, saduceos y esenios. El historiador Flavio Josefo, que era fariseo, nos refiere en el libro XIII de sus Antigüedades que los fariseos creían en la metempsicosis, los saduceos opinaban que el alma perecía con el cuerpo, y los esenios que el alma era inmortal. Según éstos, las almas, en forma aérea, descendían de la más alta región de los aires para introducirse en los cuerpos por la violenta atracción que ejercían sobre ellas, y cuando morían los cuerpos, las almas que habían pertenecido a los buenos iban a morar más allá del Océano, en un país donde no se sentía calor ni frío, ni hacía viento ni llovía. Las almas de los malos iban a morar en un clima hostil. Esta era la teología de los judíos.

 

El que debía enseñar a todos los hombres condenó estas tres sectas. Sin su enseñanza no hubiéramos llegado nunca a comprender nuestra alma, y Moisés, único legislador del mundo antiguo, que habló con Dios frente a frente, dejó a la humanidad sumida en la más profunda ignorancia respecto a este punto tan capital. Sólo al cabo de mil setecientos años tenemos la certidumbre de la existencia e inmortalidad del alma.

 

Cicerón tenía sus dudas. Su nieto y nieta le sacaron de ellas revelándole la verdad de los primeros galileos que fueron a Roma. Pero antes de esa época, y después de ella, en todo el resto del mundo donde los apóstoles no penetraron, cada cual debía preguntar a su alma: ¿Qué eres?, ¿de dónde vienes?, ¿qué haces?, ¿dónde vas? Eres un no sé qué, que piensas y sientes, pero aunque pensaras y sintieras más de cien mil millones de años no conseguirás saber más sin el auxilio de Dios, que te concedió el entendimiento para que te sirviera de guía, pero no para penetrar en la esencia de lo que creó. Así pensó Locke, y antes que Locke, Gassendi, y antes que Gassendi, multitud de sabios, pero hoy los bachilleres saben lo que esos grandes hombres ignoraban.

 

Enemigos encarnizados de la razón se han atrevido a oponerse a esas verdades reconocidas por los sabios, llevando su mala fe y su imprudencia hasta el punto de imputar al autor de esta obra la opinión de que cada alma es materia. Perseguidores de la inocencia, bien sabéis que hemos dicho lo contrario, y que dirigiéndonos a Epicuro, a Demócrito y a Lucrecio, les preguntamos: «¿Cómo podéis creer que un átomo piense? Confesad que no sabéis nada». Luego sois unos calumniadores los que me perseguís.

 

Nadie sabe lo que es el ser que llamamos espíritu, al que vosotros mismos dais un nombre material haciéndole sinónimo de aire. Los primeros padres de la Iglesia creían que el alma era corporal. Es imposible que nosotros, que somos seres limitados, sepamos si nuestra inteligencia es sustancia o facultad; no podemos conocer a fondo el ser extenso ni el ser pensante, esto es, el mecanismo del pensamiento. Apoyados en la opinión de Gassendi y de Locke, afirmamos que por nosotros mismos no podemos conocer los secretos del Creador. ¿Sois dioses que lo sabéis todo? Os repetimos que sólo podemos conocer por la revelación la naturaleza y el destino del alma, y esa revelación no os basta. Debéis ser enemigos de la revelación, porque perseguís a los que la creen y de ella lo esperan todo.

 

Nos referimos a la palabra de Dios y vosotros, que fingiendo religiosidad sois enemigos de Dios y de la razón, blasfemáis unos de otros, tratáis la humilde sumisión del filósofo como el lobo trata al cordero en las fábulas de Esopo, y le decís: «Murmuraste de mí el año pasado; debo beberme tu sangre». Pero la filosofía no se venga, más bien se ríe de esos vagos esfuerzos y enseña tranquilamente a los hombres que queréis embrutecer para que sea iguales a vosotros.

 

ALMANAQUE. Interesa poco saber si el almanaque proviene de los antiguos sajones, que no sabían leer, o de los árabes, que eran astrónomos y tenían algunos conocimientos de los astros en la época que los pueblos de Occidente estaban inmersos en una ignorancia igual a su barbarie. Me limitaré a hacer una pequeña observación.

 

Supongamos que un filósofo hindú embarca en Meliapoor y llega a Bayona. Supongamos que tiene sentido común, cosa rara entre sabios, y que se ha librado de las preocupaciones de la escuela y no cree en la influencia de los astros, cosa rara también. Y supongamos además que encuentre un tonto en nuestras latitudes, lo que ya no sería tan raro.

 

El tonto, para ponerle al corriente de nuestras artes y nuestra ciencias, le regala un ejemplar del Almanaque de Lieja, compuesto por Mateo Laensberg, y otro ejemplar del Mensajero cojo, de Antonio Souci, astrólogo e historiador, que lo imprime todos los años en Baden y del que vende veinte mil ejemplares en ocho días. En ese almanaque figura una cabeza de hombre rodeada de los signos del Zodíaco con indicaciones que demuestran que la Balanza preside a las nalgas, Aries a la cabeza, Piscis a los pies, y así sucesivamente.

 

Cada día de luna os indicará cuándo debéis tomar el bálsamo de la vida de Le Lievre, las píldoras de Keiser, colgaros al cuello una bolsita del apotecario Arnoult, sangraros, cortaros las uñas, plantar, sembrar, ir de viaje o estrenar zapatos nuevos. El hindú, así que leyera todas esas sandeces, haría muy bien en decir al que se las quisiera proporcionar que no quería sus almanaques. Y en cuanto el guía del filósofo hindú le hiciera ver algunas de nuestras ceremonias (reprobadas por todos los sabios y toleradas por halagar al vulgo), nos tendría lástima y nos tomaría por alegres insensatos. Se dirigiría al presidente del Gran Colegio de Benarés diciéndole que carecemos de sentido común, pero que si el guía deseaba que vinieran a su país personas ilustradas y discretas podrían hacer algo con el apoyo y la gracia de Dios.

 

Eso es casi, casi, lo que nuestros primeros misioneros y sobre todo san Francisco Javier, hicieron con los pueblos de la península de la India. Todavía se equivocaron más respecto a las costumbres, a las ciencias, a las opiniones y al culto de los indios. Curioso es leer las relaciones que acerca de dicho país escribieron. Para ellos toda estatua es un diablo, cada asamblea un sabat, cada figura simbólica un fetiche, cada brahmán un hechicero, y llenan de lamentaciones sus relatos. Abrigan en éstos la esperanza de recoger allí cosecha abundante, añadiendo que trabajarán eficazmente en la «viña del Señor» en un país donde jamás se conoció el vino. De manera parecida a ésta suele cada nación juzgar a los pueblos lejanos y a veces a los cercanos.

 

Al parecer, los chinos fueron los primeros que conocieron los almanaques. Uno de los derechos del emperador de China consiste en enviar el almanaque a sus vasallos y a los pueblos inmediatos. Si éstos no lo aceptaran, por semejante desaire el emperador les declararía la guerra, como los reyes hacían en Europa a los señores que se negaban a rendirles pleitesía.

 

Nosotros sólo contamos doce constelaciones y los chinos cuentan veintiocho, cuyos nombres no tienen relación con los de las nuestras, prueba de ello es que no han copiado el Zodíaco caldeo que nosotros hemos adoptado. No obstante, tienen una astronomía completa hace más de cuatro mil años y se parecen a Mateo Laensberg y a Antonio Souci en las predicciones y en los secretos que dan para conservar la salud y que llenan el almanaque imperial. Dividen el día en diez mil minutos y saben a punto fijo qué minuto es favorable o funesto. Cuando el emperador Kang‑hi encargó a los misioneros jesuitas de Francia la confección del almanaque, éstos declinaron el encargo diciendo que no podían admitirlo porque habían de llenarlo de supersticiones extravagantes. «Creo menos que vosotros en las supersticiones —les contestó el emperador—. Escribidme únicamente un buen calendario, que después los sabios de mi reino ya lo llenarán de simplezas.»

 

El sabio Fontanelle, ingenioso autor de la Pluralidad de los mundos, se chancea de los chinos que, según dice, ven caer en el mar mil estrellas a un mismo tiempo. Es verosímil que el emperador Kang‑hi se burlara también de Fontanelle. Tal vez algún Mensajero cojo de China se haya divertido haciendo creer al pueblo de dicho país que eran estrellas los fuegos fatuos. Cada país tiene sus tonterías. La Antigüedad hizo que el sol se acostara en el mar, al que nosotros enviamos las estrellas durante mucho tiempo. También creíamos que las nubes tocaban en el firmamento, y que éste era de materia dura y contenía un recipiente de agua. No hace mucho tiempo se sabe en las ciudades que el hilo que se creía de la Virgen y con frecuencia se ve en el campo, es un hilo de tela de araña. No nos burlemos de nadie. Tengamos presente que los chinos conocieron los astrolabios y las esferas antes que nosotros supiéramos leer, y que si no han adelantado en astronomía es por tener tanto respeto a sus antepasados como nosotros lo tuvimos por Aristóteles.

 

Consuela saber que el pueblo romano, el pueblo rey, estuvo en esta materia por debajo de Mateo Laensberg, del Mensajero cojo y de los astrólogos de China, hasta la época de Julio César, que reformó el año romano que nosotros hemos copiado y conocemos todavía con su antiguo nombre de Calendario Juliano, aunque no contemos ya por calendas, y su autor se viera obligado a reformarlo.

 

Los primitivos romanos calculaban el año de diez meses y de trescientos cuatro días. Este cómputo no era solar ni lunar, era bárbaro; luego arreglaron el año romano de trescientos cincuenta y cinco días, otro yerro tan mal enmendado que en la época de César las fiestas del verano se celebraban en invierno. Los generales romanos triunfaban por doquier, pero ignoraban el día que conseguían las victorias.

 

César lo reformó todo como si gobernara el cielo y la tierra. No sé por qué condescendencia con las costumbres romanas comenzó el año en el tiempo en que no empieza, ocho días después del solsticio de invierno. Todas las naciones del Imperio romano se sometieron a semejante innovación. Hasta los egipcios, que podían dictar la ley en materia de almanaques, la adoptaron, pero los diferentes pueblos no cambiaron la distribución de sus fiestas. Los judíos celebraron sus nuevas lunas, su fase, el día catorce de la luna de marzo, que llaman la luna roja, época que llegaba con frecuencia en el mes de abril; su Pascua de Pentecostés, cincuenta días después de la fase; la fiesta de las Trompetas, el primer día de julio; la de los Tabernáculos, el 15 del mismo mes, y la del Gran Sábado siete días más tarde.

 

Los primitivos cristianos siguieron el cómputo del Imperio romano y contaban por calendas, por nonas y por idus, como sus señores. Admitieron el año bisiesto que nosotros aceptamos todavía, y que fue corregido en el siglo XVI de la era vulgar, como será preciso hacerlo algún día pero continuaron los usos de los judíos en cuanto a la celebración de sus grandes fiestas.

 

En un principio fijaron la Pascua en el día catorce de la luna roja, hasta que el Concilio de Nicea determinó que fuera el domingo siguiente. Los que la celebraban desde entonces el día catorce de la referida luna fueron declarados herejes, y tanto unos como otros se equivocaban en el calculo.

 

Las fiestas de la Santa Virgen se fecharon por las nuevas lunas o neomenias. El autor del Calendario Romano dice que todo ello se fundó en el versículo de los cánticos pulchra ut luna, bella como la luna, pero por esta razón sus fiestas debían celebrarse el domingo porque el mismo versículo dice electa ut sol, (1) escogida como el sol.

 

Los cristianos celebraban también la Pascua de Pentecostés fijándola como los judíos, cincuenta días después de las pascuas ya dichas. El autor del mencionado calendario dice que las fiestas de los santos patronos reemplazaron las del Tabernáculo, y añade que la de san Juan se trasladó al 24 de junio porque por esa fecha los días comienzan a acortar, y san Juan, hablando de Jesucristo, dice: «es indispensable que él crezca y yo disminuya».

 

Es del todo singular la antigua ceremonia de encender una gran hoguera la víspera de san Juan, tiempo de más calor del año. Esta ceremonia la interpretan diciendo que era una antiquísima costumbre que se realizaba para recordar el antiguo incendio del mundo, que puede repetirse.

 

El autor de dicho calendario asegura que fijaron la fiesta de la Asunción el 15 de agosto, mes llamado así por nosotros, porque el sol está entonces en el signo de la Virgen. Asegura también que se celebra la fiesta de san Mateo en el mes de febrero porque lo intercalaron entre los doce apóstoles, como en los años bisiestos se intercala un día en el mes de febrero. En estas fantasías astronómicas quizás encontrarían motivo para burlarse los hindúes que acabamos de mencionar, y a pesar de esto, el autor del Calendario Romano fue un maestro de matemáticas del Delfín, hijo de Luis XIV, amén de ingeniero y distinguido oficial (2).

 

El defecto principal de nuestros calendarios consiste en colocar siempre los equinoccios y los solsticios donde no están, es decir que el sol entra en Aries cuando no entra, y en seguir la antigua y errónea rutina. El almanaque del año pasado nos engaña el año presente, y todos nuestros calendarios son almanaques de los pasados siglos. ¿Por qué decir que el sol está en Aries cuando está en Piscis? ¿Por qué no imitar lo que se hace en las esferas celestes, en las que se distinguen los signos verdaderos de los signos antiguos que ya son falsos?

 

(1) Cantar de los cantares, 6, 9.

 

(2) François Blondel (1617‑1686), autor de Historia del Calendario romano.

 

Hubiera sido conveniente empezar el año, no sólo por el punto preciso del solsticio de invierno o del equinoccio de primavera, sino colocar todos los signos en su verdadero signo. Estando demostrado que el sol se halla en la constelación de Piscis cuando se dice que está en Aries y que en seguida pasará a Acuario, y sucesivamente por todas las constelaciones siguientes en la época del equinoccio de primavera, debería hacerse desde ahora lo que será preciso hacer más adelante, cuando el error aparezca más grande y, por tanto, más ridículo. Lo mismo digo de otros muchos errores que son palmarios. A esto me contestan que ya los corregirán nuestros hijos. Lo malo es que nuestros padres también dijeron lo mismo de nosotros. ¿Por qué no los hemos corregido?

 

ALQUIMISTA. Con este nombre se designa al hombre que antiguamente se dedicó a la descabellada tarea de hacer oro, pues hubo una época en que pareció factible. Todavía existen en Alemania espíritus tenaces que pasan la vida buscando la piedra filosofal, como se buscó en China el agua de la inmortalidad y en Europa la fuente de la juventud. En Francia hubo también hombres que se arruinaron por emprender búsquedas tan ilusorias.

 

Muchos fueron los que creyeron en semejantes transmutaciones, pero el número de pícaros estuvo en consonancia con el de los crédulos. Conocido fue en París un tal Dammi, marqués de Conventiglio, que sacó a varios ricachos centenares de luises con la promesa de fabricarles dos o tres escudos de oro.

 

El timo más notable por medio de la alquimia fue el que dio un bribón en el año 1620 al duque de Bouillon, de la casa de Turena y príncipe soberano de Sedán: «No disponéis de una soberanía proporcionada a vuestro valor porque vuestra soberanía es insignificante —le dijo el alquimista—, pero yo os haré más rico que el emperador. Sólo puedo permanecer dos días en vuestros estados porque tengo que asistir en Venecia al gran congreso de mis hermanos, y os suplico que guardéis el secreto. Que traigan protóxido de plomo fundido de la botica del mejor boticario de la ciudad, poned en él un solo grano de este polvo rojo que os doy, colocadlo todo en un crisol y en menos de un cuarto de hora lo veréis convertido en oro».

 

El príncipe hizo la operación repitiéndola tres veces delante del alquimista. Este había hecho comprar todo el protóxido de plomo fundido que tenían los boticarios de Sedán, y mezclando en él unas onzas de oro lo volvió a vender. Al salir de allí, el alquimista regaló al duque de Bouillon toda la cantidad de polvos mágicos que poseía.

 

El príncipe creyó que habiendo hecho con tres granos tres onzas de oro haría trescientas mil onzas con trescientos mil granos, y de esta manera en una semana podría fabricar treinta y siete mil quinientos marcos de oro e igual cantidad en las semanas siguientes. El alquimista, que ardía en deseos de partir, necesitaba dinero para asistir en Venecia al congreso que celebraban los filósofos, discípulos de Hermes. Era hombre de pocas necesidades y poco gasto y sólo le pidió al duque veinte mil escudos para el viaje. Cuando el duque agotó todo el protóxido de plomo que había en Sedán ya no pudo hacer oro, ni volvió a ver al filósofo alquimista, que escapó de sus dominios con veinte mil escudos.

 

Todas las supuestas transmutaciones de los alquimistas se hicieron siempre del mismo modo. Cambiar un producto de la naturaleza en otro es una operación harto difícil, como por ejemplo convertir el hierro en plata, porque esta operación exige dos cosas que no están en nuestro poder: reducir a la nada el hierro y crear la plata.

 

Pero hay filósofos que creen en las transmutaciones por haber visto que el agua se convierte en piedra, pero es porque no han reflexionado que cuando el agua se evapora deja el depósito de arena de que estaba cargada y esa arena, juntando sus partes, se convierte en piedra desmenuzable, formada precisamente por la arena que contenía el agua.

 

Debemos desconfiar hasta de la experiencia y recordar siempre la máxima española que dice: De las cosas más seguras, la más segura es dudar. No debemos, sin embargo, rechazar a los hombres que poseen algún secreto, ni despreciar los inventos nuevos. Sucede en esto como en las obras dramáticas: entre mil, se encuentra una buena.

 

ALTARES. Es opinión universal que los paleocristianos no tuvieron templos ni altares, ni cirios, ni incienso, ni agua bendita, ni ninguno de los ritos que los pastores de la Iglesia instituyeron más tarde, conforme a las exigencias de los tiempos y las circunstancias, y sobre todo según las necesidades de los fieles.

 

Orígenes, Atenágoras, Teófilo, Justino y Tertuliano, atestiguan que los primitivos cristianos abominaban de los templos y los altares. No pensaban así tan sólo porque los gobiernos no les querían conceder el permiso para levantar templos, sino porque sentían aversión a todo cuanto se relacionaba con las demás religiones, aversión que tuvieron durante doscientos cincuenta años. Así lo demuestra Minucio Fénix, que vivía en el siglo III, diciendo: «Creéis (hablando a los romanos) que ocultamos el objeto de nuestra adoración porque no tenemos templos ni altares. ¿Por qué hemos de erigir a Dios simulacro, cuando el mismo hombre es un simulacro? ¿Qué templo le hemos de levantar si el mundo que es obra suya, no basta para contenerle? ¿Cómo hemos de encerrar el poder de su inmensa majestad en una casa sola? Es preferible que le consagremos un templo en nuestro espíritu y en nuestro corazón».

 

Los cristianos iniciaron la construcción de templos en los primeros días del reinado de Diocleciano. La Iglesia contaba ya con extraordinario número de fieles, que fueron casi desconocidos y considerados como una pequeña secta de judíos disidentes.

 

No hay duda de que mientras estuvieron confundidos entre los judíos no pudieron conseguir el permiso para edificar templos. Los judíos, que pagaban muy caro el sostenimiento de sus sinagogas, se oponían a que les dejaran construir templos. Eran enemigos mortales de los cristianos y además eran ricos. No debemos decir, copiando a Toland que entonces los cristianos despreciaban los templos y los altares, como ia zorra de la fábula que decía que las uvas estaban verdes porque no podía alcanzarlas. Esa comparación es tan injusta como impía porque los paleocristianos de todas las naciones estaban de acuerdo en opinar que el verdadero Dios no necesitaba templos ni altares.

 

La Providencia, haciendo obras las segundas causas, quiso que los cristianos levantasen un templo soberbio en Nicomedia, residencia del emperador Diocleciano, en cuanto obtuvieron la protección de dicho emperador. Luego edificaron otros templos en otras ciudades, pero todavía manifestaban aversión a los cirios, al incienso, al agua lustral y a los ropajes pontificales. Este aparato imponente les parecía el sello distintivo del paganismo. Estos usos los fueron adoptando paulatinamente durante el reinado de Constantino y uno de sus sucesores, pero han cambiado después con frecuencia.

 

Actualmente, la mayoría de las mujeres que van el domingo a oír misa rezada en latín, ayudada por un niño, se figuran que este rito se ha observado desde que el mundo existe y que la costumbre de congregarse en otros países para rezar a Dios en comunidad es una costumbre diabólica y reciente.

 

En la actualidad quizá no se practica una sola ceremonia que estuviera en uso en tiempo de los apóstoles. El Espíritu Santo se conformó siempre con las exigencias de los tiempos. Inspiró a los primeros discípulos en un miserable zaquizamí y comunica hoy sus inspiraciones en la iglesia de San Pedro de Roma, templo que costó doscientos millones, siendo igualmente divino en el zaquizamí que en la soberbia fábrica de Julio II, León X y Sixto V.

 

AMAZONAS. En tiempos de la más remota Antigüedad hubo mujeres vigorosas y aguerridas que lucharon como los hombres. La historia las nombra, y dejando aparte a Semíramis, Tomiris y Pentesilea, que quizá son personajes de fábula, es indiscutible que muchas mujeres iban en los ejércitos de los primeros califas. Sobre todo en la tribu de los homeritas, se consideraba como una ley dictada por el amor y el coraje que las esposas ayudaran y vengaran a sus maridos en las batallas, y las madres a sus hijos.

 

Cuando el famoso caudillo Derar batallaba en Siria contra los generales del emperador Heraclio, durante el reinado del califa Abubeker, Pedro, que mandaba en Damasco, se apoderó en sus correrías de muchas musulmanas y de un rico botín. Las llevó a Damasco y entre esas cautivas se hallaba la hermana del mismo Derar. La historia árabe de Alvakedi, que tradujo Ockley, dice que era extraordinariamente hermosa y que Pedro se enamoró de ella. La agasajó durante el camino y por ella trató afectuosamente a las demás cautivas. Las hicieron acampar en una vasta llanura bajo tiendas de campaña, custodiadas por tropas que estaban a alguna distancia de ellas. Canlah (así se llamaba la hermana de Derar) propuso a una de sus compañeras, de nombre Oserra, librarse de la cautividad; la convenció de que era preferible morir que ser víctima de la rijosidad de los cristianos. Su entusiasmo musulmán se comunicó a todas las prisioneras. Armadas de barras de hierro y cuchillos, una especie de puñales que llevaban en el cinturón, formaron un círculo, apretándose unas contra otras, presentando sus armas a quienes las atacaban. Pedro, al ver cómo se habían formado, empezó a reír y acto seguido avanzó hacia las mujeres que le recibieron a estacazos, titubeó mucho rato en usar de la fuerza, pero al fin se decidió. Y estaban desenvainando los sables cuando súbitamente apareció Derar, hizo huir a los griegos y puso en libertad a su hermana y a las demás cautivas.

 

Este suceso es sumamente parecido a otros de los tiempos heroicos que cantó Homero. Es como los combates singulares que a veces libran los ejércitos, en que los combatientes hablan unos con otros durante algún tiempo, antes de llegar a las manos. El suceso que acabamos de referir, sin duda alguna, justifica a Homero.

 

Tomás, gobernador de Siria, yerno de Heraclio, atacó a Sergiabil en una salida que hizo de Damasco, rezando antes a Jesucristo. Luego le dijo a Sergiabil: «Injusto agresor, no podrás resistir a Jesús, que es mi Dios ni protegerte de los vengadores de su religión». «Mientes, impío —le respondió Sergiabil—. Jesús no es superior a Adán ante Dios. Dios lo sacó del polvo y le concedió la vida como a cualquier otro hombre y después de permitirle que estuviera algún tiempo en el mundo se lo llevó al cielo (1)

 

Tras estas palabras, iniciaron el combate. Una de las flechas disparada por Tomás hirió al joven Abán, hijo de Saib, que estaba al lado del bravo Sergiabil. Abán cayó en tierra y expiró. En seguida comunicaron esta infausta noticia a su joven esposa, con la que se había casado recientemente. Su esposa, sin llorar ni lanzar gritos, se precipita al campo de batalla con el carcaj a la espalda y dos flechas en la mano. Dispara la primera y mata al abanderado de los cristianos, decisión que admira a los árabes, que gritan aá achar; la viuda dispara la segunda flecha y traspasa un ojo a Tomás, quien lleno de sangre tiene que retirarse a la ciudad.

 

La historia árabe narra muchos sucesos semejantes, pero no dice, como los antiguos, que las mujeres guerreras se quemaban el pecho derecho para disparar mejor el arco, ni que vivieran sin hombres; al contrario, que exponían la vida en los combates por sus maridos y amantes, por lo que en vez de criticar a Ariosto y a Taso, porque introducen amantes guerreras en sus poemas, debe elogiárseles por haber pintado costumbres verdaderas e interesantes.

 

(1) Esta es la creencia de los mahometanos. Pero los cristianos discípulos de Dasideles cuya doctrina estuvo en boga mucho tiempo en Arabia, creían que no crucificaron a Jesucristo.

 

En la época de locura de las Cruzadas existieron mujeres cristianas que participaron con sus maridos en las fatigas y peligros de la guerra, y su entusiasmo llegó a ser tal que las mujeres de Génova se alistaron en las Cruzadas, formando en Palestina batallones femeninos y pronunciando un voto del que las eximió un Papa con más juicio que ellas.

 

Margarita de Anjou, esposa del desgraciado Enrique IV, rey de Inglaterra, en una guerra muy justa dio pruebas de heroico valor peleando en diez batallas para libertar a su marido. La Historia ofrece otros casos comprobados de tanto valor y de tanta constancia en una mujer. Las superó la famosa condesa de Montfort, en Bretaña. «Esta princesa —dice De Argentre— era virtuosísima y valiente como ningún hombre; montaba a caballo y lo manejaba magistralmente, peleaba mano a mano y mandaba un ejército como el más hábil capitán». Espada en mano, recorrió sus estados que había invadido su competidor Carlos de Blois y no sólo aguantó dos asaltos en la brecha de Heunebon, armada de pies a cabeza, sino que se lanzó contra el campamento de los enemigos seguida de quinientos hombres. Lo incendió y lo redujo a cenizas.

 

Las hazañas de Juana de Arco, conocida como la Doncella de Orleáns, son menos sorprendentes que las de Margarita de Anjou y las de la condesa de Montfort. Estas dos princesas estaban acostumbradas a la molicie de la corte y Juana de Arco se dedicaba al rudo ejercicio de los trabajos del campo, y es más singular y difícil abandonar la corte para ir a la guerra que dejar una cabaña para lanzarse a los combates.

 

La heroína que defendió Beauvais es tal vez superior a la que hizo levantar el sitio de Orleáns. Aquélla combatió con tanto valor como ésta y no se vanaglorió de ser doncella ni de estar inspirada. En 1472, cuando el ejército borgoñés puso sitio a Beauvais, Juana Hachette, a la cabeza de muchas mujeres, sostuvo un largo asalto, arrebató el estandarte que un oficial enemigo iba a enarbolar sobre la brecha, arrojó en el foso a dicho oficial y dio tiempo para que llegaran a socorrer la ciudad las tropas del rey. Sus descendientes han quedado eximidos de pagar la alcabala de la talla. ¡Menguada y vergonzosa recompensa! Las esposas y las hijas de los ciudadanos de Beauvais están orgullosas porque se les deja ir delante de los hombres en la procesión que se celebra allí todos los años el día del aniversario de tan gloriosa jornada.

 

Casi todas las naciones se enorgullecen de haber tenido heroínas semejantes, aunque el número de éstas sea relativamente escaso porque la naturaleza, al parecer, no quiere otorgar a las mujeres tal destino. Todos los países cuentan con alguna fémina guerrera, pero el reino de las amazonas que se supuso situado cabe el Thermodón, no es más que una ficción poética, como casi todo lo que la Antigüedad refiere.

 

AMÉRICA. Ya que no se cansan de aventurar hipótesis sobre cómo pudo poblarse América, tampoco me cansaré de decir que quien hizo en el Nuevo Mundo las moscas también hizo nacer a los hombres. Por más ganas que se tengan de discutir, no puede negarse que el Ser Supremo, que preside toda la naturaleza, hiciera nacer en el grado cuarenta y ocho animales de dos pies y sin plumas, cuya piel participa del blanco y del rojo con barbas largas casi rojas. Como tampoco puede negarse que el Creador haya hecho nacer negros sin barbas en Africa y en las islas, y otros negros barbados en la misma latitud, unos con pelo que parece de lana y otros con una especie de crines, y entre unos y otros, animales enteramente blancos que no están dotados de crines ni de lana, sino de seda.

 

No se comprende qué es lo que puede impedir que Dios hiciera nacer en otro continente animales de una misma raza.

 

Véase hasta qué punto nos domina el furor de los sistemas y la tiranía de las preocupaciones. Al encontrar animales en el resto del mundo convienen todos ellos en que Dios pudo colocarlos donde están, y lo chusco es que no se hallan de acuerdo en creer que los situó allí mismo. Los que confiesan de buen grado que los castores son originarios del Canadá, sostienen que los hombres sólo consiguieron llegar allí embarcados y que únicamente pudieron poblar México algunos descendientes de Magog. Semejante aserto equivaldría a decir que si existen hombres en la luna sólo puede haberlos llevado allí Astolfo (1) a la grupa de su hipócrifo, cuando fue a buscar el sentido común de Orlando, que estaba encerrado en una botella.

 

(1) Ariosto: Orlando furioso, cap. XXXIV.

 

Si en la época de Ariosto se hubiera descubierto América y en Europa hubiese habido hombres defensores de sistemas para sostener, con el jesuita Lafitau, que los caraibos descendían de los habitantes de Caria y los hurones de los judíos, hubiera hecho muy bien en entregar a dichos polemistas la botella de su sentido común, que sin duda estaba en la luna con la del amante de Angélica.

 

Lo primero que se hace al descubrir una isla en el océano Indico o en el mar del Sur es preguntar: ¿De dónde han venido esas gentes? Y en cambio a los árboles y las tortugas del país no titubean en declararlos autóctonos, como si a la naturaleza le fuera más difícil crear hombres que tortugas. Lo que puede dar visos de verosimilitud a ese sistema es que casi no existe ninguna isla en los mares de América y de Asia en que no encuentren juglares, charlatanes, pícaros e imbéciles. Esto, sin duda, es lo que hace creer que proceden del Viejo Mundo.

 

AMISTAD. Desde tiempos remotísimos se viene hablando del templo de la amistad, y desde entonces sabemos que está muy poco concurrido. Sabemos también que la amistad no se impone, como no se impone el amor y el aprecio. Ama a tu prójimo significa préstale tu apoyo, pero no que debas gozar el deleite de su conversación si es fastidiosa, ni que le confíes tus secretos si es locuaz, ni que le prestes dinero si es manirroto.

 

La amistad es el matrimonio del alma, pero sujeto a divorcio. Es un contrato tácito que realizan dos personas sensibles y virtuosas; digo sensibles porque un fraile, un solitario, puede no ser malo y vivir sin conocer la amistad; digo virtuosos, porque los perversos sólo tienen cómplices los disipados compañeros de disolución, los comerciantes, asociados, la generalidad de los hombres ociosos, relaciones superficiales, príncipes y cortesanos. Sólo los hombres virtuosos tienen amigos. Cethegus era cómplice de Catilina y Mecenas cortesano de Octavio; sólo Cicerón era amigo de Ático.

 

¿A qué se comprometen en ese contrato que celebran los hombres sensibles y honrados? Los compromisos contraídos son mayores o menores según sean los grados de sensibilidad y el número de servicios prestados.

 

El culto a la amistad fue más vehemente entre los griegos y los árabes que entre nosotros. Los cuentos que sobre la amistad crearon esos pueblos son admirables; las naciones modernas no los tenemos equivalentes. No encuentro rasgo alguno notabilísimo de amistad en nuestras novelas, en nuestras historias, ni en nuestro teatro.

 

Entre los judíos no se cuenta otro caso de amistad que la que se profesaron Jonatás y David. Se dice que David quiso a Jonatás con afecto más profundo que pudo querer a una mujer, pero también se dijo que David, al morir su amigo, arrebató sus bienes al hijo de éste y le mató.

 

La amistad era casi materia religiosa y de legislación entre los griegos. En Tebas había un regimiento de amigos amantes. Algunos han creído que se trataba de un regimiento de inconformistas, es decir, de individuos que no profesaban la misma religión que el país, pero se equivocaron. La amistad entre los griegos la prescribían la ley y la religión; desgraciadamente, las costumbres toleraban la sodomía, pero estos abusos indignos no deben imputarse a la ley.

 

AMOR. Se dan tantas clases de amor que no sabemos a cuál de ellas referirnos para definirlo. Se llama falsamente amor al capricho de algunos días, a una relación inconsistente, a un sentimiento al que no acompaña la estima, a una costumbre fría, a una fantasía novelesca, a un gusto seguido de un rápido disgusto... en suma, se otorga ese nombre a un sinfín de quimeras.

 

Si algunos filósofos tratan de examinar a fondo esta materia poco filosófica que estudien el Banquete, de Platón, en el que Sócrates, amante honesto de Alcuzades y de Agatón, conversa con ellos sobre la metafísica del amor. Lucrecio habla del amor físico, y Virgilio sigue las huellas de Lucrecio.

 

El amor es una tela que borda la imaginación. ¿Quieres formarte idea de lo que es el amor? Contempla los gorriones y los palomos que hay en tu jardín, observa al toro que se aproxima donde está la vaca, y al soberbio caballo que dos mozos llevan hasta la yegua que apaciblemente le está esperando y al recibirle menea la cola; observa cómo chispean sus ojos, escucha sus relinchos, contempla sus saltos, sus orejas tiesas, su boca que se abre nerviosamente, la hinchazón de sus narices y el aire inflamado que de ellas sale, sus crines que se erizan y flotan y el movimiento impetuoso que los lanza sobre el objeto que la naturaleza les destinó. Pero no los envidies, porque debes comprender las ventajas de la naturaleza humana, que compensan en el amor todas las que natura concedió a los animales: fuerza, belleza, ligereza y rapidez.

 

Hay animales que no conocen el goce, como los peces que tienen concha; la hembra deja sobre el légamo millones de huevos y el macho que los encuentra pasa sobre ellos y los fecunda con su simiente, sin conocer ni buscar a la hembra que los puso.

 

La mayor parte de los animales que se aparean no disfrutan más que por un solo sentido, y cuando satisfacen su apetito termina su amor. Ningún animal, excepto el hombre siente inflamarse su corazón al mismo tiempo que se excita la sensibilidad de todo su cuerpo; sobre todo, los labios gozan de una voluptuosidad que no fatiga, y de ese placer sólo goza la especie humana. Es más, ésta, en cualquier época del año puede entregarse al amor; los animales tienen su tiempo prefijado. Si reflexionas y te haces cargo de estas preeminencias, exclamarás con el conde de Rochester: «El amor, en un país de ateos, es capaz de conseguir que adoren a la divinidad».

 

Como los hombres recibieron el don de perfeccionar todo lo que la naturaleza les concedió, llegaron a hacerlo con el amor. La limpieza y el aseo, haciendo la piel más delicada, aumentan el deleite que causa el tacto, y el cuidado que se tiene para conservar la salud hace más sensibles los órganos de la voluptuosidad. Los demás sentimientos se entremezclan con el del amor como los metales se amalgaman con el oro; la amistad y el aprecio lo favorecen, y la belleza del cuerpo y la del espíritu le añaden nuevos atractivos. Sobre todo, el amor propio estrecha esos lazos, porque el amor propio se encomia a sí mismo por la elección que hizo y las múltiples ilusiones que hace nacer, y embellece la obra cuyos cimientos inició la naturaleza.

 

Tales ventajas tienen los hombres sobre los animales. Si aquéllos disfrutan placeres que éstos desconocen, sufren en cambio pesares de los que las bestias no tienen la menor idea. Lo más terrible para el hombre es que la naturaleza haya emponzoñado en las tres cuartas partes del mundo los placeres del amor y los manantiales de la vida con esa enfermedad venérea espantosa que a él sólo ataca y a él sólo infecta los órganos de la generación.

 

De esta enfermedad no puede decirse que, como otras afecciones, es consecuencia de nuestros excesos. No es la relajación la que la introdujo en el mundo. Friné, Lais y Mesalina no sufrieron esa enfermedad, que trajeron de las islas de América, donde los hombres vivían en estado de inocencia, y se extendió por el Viejo Mundo.

 

Si de algo pudo acusarse a la naturaleza de contradecirse en su plan y de obrar contra sus propias miras es por haber difundido esa tremenda calamidad que sembró en la tierra la vergüenza y el horror. Si César, Antonio y Octavio no conocieron esa enfermedad, causó en cambio la muerte de Francisco I.

 

Los filósofos eróticos suscitaron la cuestión de si Eloisa pudo seguir amando verdaderamente a Abelardo cuando después de castrado fue fraile. Yo creo que Abelardo siguió siendo amado; la raíz del árbol cortado conserva siempre un resto de savia y la imaginación ayuda al corazón. Nos complacemos en continuar sentados a la mesa cuando no comemos ya. ¿Es esto amor?, ¿es un simple recuerdo?, ¿es amistad? Es un no sé qué compuesto de todo ello, un sentimiento confuso semejante a las pasiones fantásticas que los muertos conservaban en los Campos Elíseos. Los atletas que durante su vida habían triunfado en las carreras de carros después de muertos guiaban carros imaginarios. Allí Orfeo creía cantar aún. Eloisa vivía con Abelardo de ilusiones; ella le acariciaba con la imaginación algunas veces, con el placer superior que debía producirle haber hecho en el Paracleto voto de no amarle, y sus caricias debieron ser más deleitosas porque eran más culpables. La mujer no puede concebir pasión por un eunuco, pero puede conservar el cariño a su amante si por amarle le castran.

 

No sucede lo mismo al amante que envejeció al pie del cañón. De su exterior apuesto nada queda, sus arrugas repelen, su pelo blanco retrae los dientes que le faltan desagradan, y todo cuanto puede hacer la mujer amada, siendo virtuosa, se reduce a ser su enfermera y a soportar que le ame, dedicándose a enterrar a un muerto.

 

AMOR A DIOS. Las disputas sobre el amor a Dios han encendido tantos odios como las teológicas. Los jesuitas y los jansenistas anduvieron a la greña durante cien años para probar cuál de las dos sectas adoraba a Dios de forma más conveniente y ver cuál de ellas causaría más daño a su prójimo. Ejemplo, Fenelón y Bossuet.

 

Desde que el autor del Telémaco, que comenzaba a descollar en la corte de Luis XIV, pretendió que se amara a Dios de modo diferente al autor de las Oraciones fúnebres, éste, que era muy pendenciero, le declaró la guerra y consiguió que anatemizaran a aquél en la antigua ciudad de Rómulo, donde Dios es siempre el objeto más amado después de la dominación, la riqueza, la ociosidad y el placer.

 

Si Madame Guyon hubiera sabido el cuento de la bendita vieja que llevaba una tea para quemar el paraíso y un cántaro de agua para apagar el fuego del infierno, con la idea de que sólo amaran a Dios por sí mismo, quizá no habría escrito tantas obras porque hubiera comprendido que con un sinfín de palabras no podía decir tanto como la vieja de marras en pocas. Pero Madame Guyon amaba tan fanáticamente a Dios y los galimatías, que su acendrada ternura la llevó cuatro veces a la cárcel. Procedieron con ella con injusticia y con demasiado rigor. ¿Por qué castigaron como criminal a una pobre mujer que no cometió otro crimen que el de escribir versos Parecidos a los del abate Cotin, y prosa de tan dudoso gusto como la de Polichinela? Es extraño que el autor del Telémaco y de los desangelados amores de Eucaris dijera en sus Máximas de los santos después del bienaventurado Francisco de Sales: «Casi no tengo deseos pero si volviera a nacer, absolutamente no tendría ninguno. Si Dios viniera hacia mí, yo también iría hacia El». Sobre esa proposición versa todo el libro, y por ella no condenaron a san Francisco de Sales, pero sí a Fenelón. ¿Por qué? Porque san Francisco de Sales no tuvo un enemigo poderoso y violento en la corte de Turín mientras Fenelón, en cambio, lo tuvo en Versalles.

 

Si pasamos de las espinas de la teología a las de la filosofía menos largas y punzantes, parece indudable que se puede amar un objeto sin que se interese el amor propio. No podemos parangonar las cosas divinas con las terrestres ni el amor de Dios con ningún otro amor. Y esto porque nos faltan un sinfín de escalones para ascender desde las inclinaciones humanas a ese amor sublime. Pero a falta de otro punto de apoyo que la tierra, de ella debemos sacar nuestras comparaciones. Cuando contemplamos una obra maestra de pintura, de escultura de poesía o de elocuencia o cuando oímos una música que encanta los oídos y el alma, la admiramos y la queremos. Sin que el amor ni la admiración nos aporten la menor ventaja, experimentamos un pensamiento puro que algunas veces llega hasta la veneración.

 

Este es poco más o menos el único modo de explicar la profunda admiración y el entusiasmo que nos produce el eterno Arquitecto del mundo. Contemplamos la obra con un asombro mezclado de respeto y anonada miento, porque el corazón se eleva hasta donde puede y se acerca cuanto le es posible al artista.

 

Ahora bien, ¿qué sentimiento es ese? Un no sé qué vago e indeterminado, un pasmo que no se parece a nuestras afecciones ordinarias. Esa afección espiritual, ¿merece ser censurada? ¿Pudo condenarse por ella al tierno obispo de Cambray? ¿Pudo reprochársele alguna herejía? ¿En qué pecó? En nuestros días, su castigo es incomprensible y la disputa que tuvo con Bossuet pasó y se olvidó como otras muchas.

 

AMOR PROPIO. Nicole, en sus Ensayos de moral, escritos después de publicarse dos o tres mil volúmenes de la misma materia, dice que «por medio de ruedas y patíbulos establecidos en común deben reprimirse los pensamientos y los designios tiránicos del amor propio de cada cual».

 

No me ocuparé de si se pueden tener patíbulos en común, como se tienen prados y bosques, ni si con ruedas de tortura se pueden reprimir los pensamientos, pero sí diré que es muy extraño que Nicole tome por equivalentes el robo perpetrado en camino real y el asesinato por amor propio. Es preciso distinguir mejor una cosa de otra. El que dijera que Nerón hizo asesinar a su madre por amor a sí mismo, y que el bandido Cartouche estaba dotado de amor propio excesivo se expresaría incorrectamente. El amor propio no es una maldad, es un sentimiento natural en todos los hombres y está más cerca de la vanidad que del crimen.

 

Un mendigo que se situaba en las cercanías de Madrid pedía limosna con altivez. Un viandante le espetó: «No os da vergüenza ser un holgazán, pudiendo, como podéis, trabajar?» «Señor —le contestó el mendigo—, os pido dinero y no consejos.» Y dicho esto, le volvió la espalda conservando toda la dignidad castellana. Era un mendigo más orgulloso que el señor, cuya vanidad se ofendió sin motivo. Pedía limosna por amor a sí mismo y no consentía que le reprimiera otro amor propio.

 

Un misionero que viajaba por la India se encontró con un faquir cargado de cadenas, desnudo como un mono y acostado boca abajo, recibiendo vergajazos por los pecados cometidos por sus coterráneos, y éstos a cambio le daban algunas monedas. «¡Qué manera de renunciar a su amor propio!», exclamó uno de los espectadores. «No renuncio a mi amor propio —replicó el faquir—. Sabed que si me dejo azotar en este mundo es para devolveros los azotes en el otro, cuando vosotros seáis caballos y yo jinete.»

 

Los que creen que el amor a sí mismo es la base de los sentimientos y de las acciones de los hombres, tienen razón en España, en la India y en todo el mundo habitado. Y así como nadie escribe para probar que tiene rostro, tampoco se necesita escribir para probar que se tiene amor propio, instrumento de la propia conservación y semejante al instrumento de la perpetuidad de la especie. Dado que éste nos es necesario, nos causa placer y por esto lo ocultamos.

 

AMOR SOCRÁTICO. Si el amor que se llama socrático y platónico fuera un sentimiento honesto, lo alabaríamos, pero como fue relajación debe sonrojarnos Grecia porque lo prohijó.

 

¿Cómo es posible que sea natural un vicio que destruiría al género humano si hubiera sido general y que constituye un atentado infame contra la naturaleza? Parece que debía ser el último escalón de la corrupción reflexiva y, no obstante, lo sienten ordinariamente los que aún no han tenido tiempo para corromperse, pues penetró en seres jóvenes antes de que conocieran la ambición, el fraude y la sed de riqueza. La juventud, ciega por un instinto no definido, se precipita en esos desórdenes al salir de la infancia lo mismo que se precipita en el onanismo.

 

La inclinación que uno a otro se tienen los dos sexos se declara casi en la pubertad. Pero, dígase lo que se quiera de las africanas y de las mujeres del Asia meridional, esa inclinación es generalmente más fuerte en el hombre que en la mujer; es una ley que la naturaleza infundió en todos los animales y el macho siempre ataca a la hembra.

 

Los jóvenes machos de nuestra especie, cuando se educan juntos, sintiendo esa clase de impulso que la naturaleza empieza a desarrollar en ellos, y no encontrando el objeto natural al que debe atraernos su instinto, se arrojan sobre un objeto parecido, con frecuencia algún mozalbete. En la frescura de la piel, en el brillo de sus colores y en la dulzura de sus miradas, durante dos o tres años el mocito se parece a una hermosa jovenzuela. Si el joven le ama es porque la naturaleza se equivoca. Rinde homenaje al sexo femenino queriendo ver en él la belleza que posee éste pero cuando la edad desvanece el parecido el engaño cesa. Sabido es que esa equivocación de la naturaleza es mucho más común en los climas cálidos que en los fríos, porque en aquéllos la sangre está más encendida y las ocasiones se encuentran con más frecuencia. Así, lo que es debilidad en el joven Alcibíades, es una abominación que da asco en un marinero holandés y un cantinero ruso.

No puedo tolerar a los que quieren hacernos creer que los griegos autorizaron esta licencia. Para probarlo se cita al legislador Solón, porque dijo lo que en dos versos malos tradujo al francés Aymot:

 

Tu cheriras un beau garçon Tant qu'il n'aura barbe au menton.

 

Pero, ¿creéis de buena fe que Solón era legislador cuando pronunció las anteriores palabras? Entonces era un joven disoluto, y cuando más tarde llegó a ser sabio no puso semejante infamia en ninguna de las leyes de su república.

 

También se ha abusado del texto de Plutarco, que entre las charlatanerías del Diálogo de amor hace que uno de los interlocutores diga que las mujeres no merecen el verdadero amor, y otro interlocutor es partidario de las mujeres y las defiende; pues también en ese diálogo han tomado la objeción como máxima decisiva. Es seguro que el amor socrático no fue un amor infame: la palabra amor hizo incurrir en esa equivocación. Los que entonces se llamaban amantes de un hombre joven eran precisamente lo que son entre nosotros los gentiles hombres que sirven a los príncipes que participan de sus mismos trabajos militares. Institución guerrera y santa de la que se abusó, como se ha abusado de los saraos nocturnos y de las orgías.

 

La institución de los amantes que creó Lacus era una especie de ejército invencible de guerreros jóvenes que se comprometían mediante juramento a perder la vida unos por otros: nunca hubo institución tan hermosa en la disciplina antigua.

 

Sexto Empírico y otros, dicen que las leyes de Persia recomendaban semejante vicio, pero no citan el texto de la ley ni nos presentan el código de los persas, y aunque en él se encontrara esa abominación tampoco la creería; diría que no es verdadera por la poderosa razón de que no es posible. No, no es posible que la naturaleza humana promulgue una ley que contradiga y ultraje a su propia naturaleza, una ley que destruiría al género humano si se cumpliera al pie de la letra. Pero ya que no me enseñáis ese código, yo os mostraré la antigua ley de los persas, incluida en el Sadder, que en su artículo noveno dice que no existe en el mundo mayor pecado. Un escritor moderno trató de justificar a Sexto Empírico y la sodomía, pero las leyes de Zoroastro, que él no conoce, presentan la prueba irrecusable de que los persas no recomendaron nunca ese vicio. Lo mismo podían decir que se recomendaba a los turcos porque éstos lo cometen, pero sus leyes lo castigan. Hay comentaristas que han tomado costumbres vergonzosas y toleradas por verdaderas leyes del país. Sexto Empírico, que dudaba de todo, podía muy bien haber dudado de semejante jurisprudencia. Si hubiera vivido en nuestros días y sabido que dos o tres jesuitas habían abusado de sus discípulos, ¿se hubiera creído con derecho para sentar que les permitían esta infamia las Constituciones de Ignacio de Loyola? Séame permitido hablar en este artículo del amor socrático que se apoderó del reverendo padre Policarpo, carmelita calzado de la localidad de Gex, que el año 1771 enseñaba religión y latín a una docena de jóvenes casi niños. Era al mismo tiempo su confesor y su maestro, y luego ejerció con ellos voluntariamente otro empleo, dedicando todo su tiempo a ocupaciones espirituales y corporales. Cuando se descubrió su tejemaneje huyó a Suiza, país que está muy lejos de Grecia. Esos tejemanejes son bastante comunes entre maestros y discípulos. Los frailes encargados de educar a la juventud, siempre fueron aficionados a la sodomía, consecuencia necesaria del celibato a que se ven condenados.

 

Los señorones turcos y persas, según tenemos entendido, eligen eunucos para que eduquen a sus hijos. Extraña alternativa para un maestro, ¡ser castrado o sodomita!

 

Amarse los hombres unos a otros llegó a ser normal en Roma, donde no se atrevieron a castigar esa infamia porque la cometía casi todo el mundo. Augusto, asesino relajado y cobarde, que se atrevió a desterrar a Ovidio, encontraba bien que Virgilio cantase al efebo Alexis y que Horacio escribiera odas en metro menor a Ligurino. El mismo Horacio, que elogiaba a Augusto por haber reformado las costumbres, proponía a éste en una de sus composiciones satíricas que amara indistintamente a un jovenzuelo y a una muchacha. Y a pesar de ello, ¡la antigua ley Seantinia, que prohíbe la sodomía, subsistió siempre en Roma! El emperador Filipo la puso en vigor y expulsó de Roma a los mozuelos que se dedicaban a tan infame oficio. Si hubo allí poetas espirituales y licenciosos al mismo tiempo, como Petronio, también hubo profesores tan virtuosos como Quintiliano. Añadiré, para terminar, que no creo que ninguna nación civilizada sea capaz de dictar leyes contrarias a las buenas costumbres.

 

AMPLIFICACIÓN. Considérase la amplificación como una figura retórica. Quizá tuvieran más razón si dijeran que era un defecto. Cuando se expresa todo cuanto se debe decir, no se amplifica, y cuando se dice todo lo que debe decirse, si se amplifica se dice demasiado. Cuando se refiere a los jueces un acto, bueno o malo, bajo todos sus aspectos, en ese relato no se comete la figura amplificación, pero si se le añaden datos superfluos se exagera el relato y se fastidia al que escucha.

 

En otros tiempos conocí en las escuelas la costumbre de conceder premios de amplificación. Esto era enseñar a los alumnos a ser difusos. Hubiera sido más útil premiar a los que acertaran a concentrar los pensamientos, porque este estudio les acostumbraría a hablar con más precisión y energía. Mas no por evitar la amplificación hay que caer en la sequedad de estilo.

 

La excelente oda de Safo, en que describe los síntomas del amor, traducida a todos los idiomas, no sería tan patética de no expresar el ardor de la pasión que dicha poetisa sintió y se refiriese a otra mujer cualquiera. Sólo en este caso podría considerarse como amplificación.

 

La descripción de la tempestad en el primer libro de la Eneida tampoco es una amplificación. Es la descripción veraz de cuanto sucede en una tempestad; no hay en ella ninguna idea repetida y la repetición es el defecto en que suelen incurrir casi todas las amplificaciones.

 

La amplificación, la declamación y la exageración, fueron abusos que cometieron siempre los escritores griegos. Pero de esta regla general hay que exceptuar a Demóstenes y Aristóteles.

Andando los años se puso como un sello de aprobación casi universal a fragmentos de poesías absurdas por contener éstas algunos rasgos brillantes que hacen olvidar el poco valor de los restantes versos, y porque los poetas que aparecieron después no lo hicieron mejor y los comienzos informes de todo arte consiguen alcanzar más reputación que el mismo arte perfeccionado.

 

Actualmente, entre los franceses, la mayoría de las homilías y oraciones fúnebres, y de los enfáticos discursos que se pronuncian en ciertas ceremonias, sólo son abrumadoras amplificaciones, amén de que están henchidas de lugares comunes que se repiten hasta la saciedad. Esos discursos debían pronunciarse raras veces y de este modo resultarían soportables. ¿A qué conduce hablar mucho cuando no hay nada nuevo que decir? Hora es ya de poner freno a tan exorbitada incontinencia verbal.

 

ANALES. Varios pueblos vivieron mucho tiempo y viven todavía sin anales. En toda la América, o sea en la mitad del Globo, sólo los tuvieron México y Perú, y estos anales son relativamente modernos porque no contamos los cordelitos con nudos con que los peruanos rememoraban los principales eventos antes de conocer la escritura.

 

Las tres cuartas partes de Africa tampoco conocieron nunca anales. Entre las naciones más ilustradas, que todavía usan y abusan del arte de escribir, puede decirse que por lo menos el noventa y nueve por ciento de sus habitantes ignoran qué sucedió en su país más allá de cuatro generaciones, y apenas si conocen el nombre de sus bisabuelos. La mayoría de los vecinos de las aldeas y pueblos se encuentran en este caso, y hay en ellos familias que ni siquiera poseen los títulos de sus propiedades. Cuando se promueve algún proceso respecto a las lindes entre un campo y un prado, el juez lo decide según lo que oye decir a los ancianos del pueblo. Para muchas familias, el mejor título es la posesión de la tierra. Ciertos sucesos notables se transmiten oralmente de padres a hijos y paulatinamente van alterándose, a medida que pasan de boca en boca. No conocen otros anales.

 

Las aldeas de Europa, que hoy está civilizada, cuentan con numerosas bibliotecas y parece como agobiada bajo el peso de un descomunal acervo de libros, pero apenas hay dos hombres que sepan leer y escribir. Efectúan los trabajos de sembrar, de recoger y aventar, como se hacían en tiempos remotísimos. El labrador no tiene ratos de ocio y no echa de menos que no le hayan enseñado a dedicar el tiempo libre a la lectura. Esto prueba que el género humano no ha tenido necesidad de monumentos históricos para cultivar las artes indispensables para la vida.

 

Y aunque no debe sorprendernos que carezcan de anales muchísimas poblaciones, sí ha de causarnos sorpresa que tres o cuatro naciones los conserven desde hace cinco mil años, tras tantas revoluciones que han conmocionado el mundo. No conservamos ni una línea de los antiguos egipcios, caldeos, etruscos y latinos. Los únicos anales antiguos que se conservan son los chinos, los indios y los hebraicos.

 

No cabe llamar anales a los fragmentos de historia, vagos cuando no desconocidos, sin fechas, sin hilación y sin orden, pues son enigmas que la Antigüedad propone a la posteridad y ésta no comprende.

 

No se puede asegurar que Sanchionathon, que vivía, según se nos dice, antes de la época de Moisés, haya compuesto anales. Probablemente limitaría las indagaciones a su cosmogonía, como después hizo Hesíodo en Grecia. Aventuramos esta opinión sin tener seguridad de ella, porque escribimos para instruirnos y no para enseñar; no obstante, es digno de mencionar que Sanchionathon cite los libros del egipcio Thaut, que según afirma vivió ochocientos años antes que él; luego, Sanchionathon escribía probablemente en el siglo en que se sitúa la aventura de José en Egipto. La elevación del judío José a primer ministro de Egipto data del año 2300 de la creación.

 

Si Thaut escribió sus libros ochocientos años antes de esa fecha, los escribió en el año 1500 de la creación, o sea ciento cincuenta y seis años antes del diluvio, y si esto fuera verdad estarían grabados en piedra y se hubieran conservado después del diluvio universal. Y aún hay otra dificultad para creer lo que dice Sanchionathon, pues éste no habla del diluvio, como tampoco ningún otro autor egipcio. Pero todas estas dificultades se desvanecen ante el Génesis que inspiró el Espíritu Santo.

 

Está lejos de nuestro ánimo penetrar en el caos que varios autores han pretendido aclarar inventando diferentes cronologías. Nosotros, que nos atenemos al Antiguo Testamento, sólo nos atrevemos a preguntar si en la época de Thaut se escribía en jeroglíficos o con caracteres alfabéticos, si habían desistido ya de escribir en piedra y en ladrillo y lo hacían en pergaminos o cualquier otra materia, si Thaut escribió anales o una cosmogonía, si el Bajo Egipto estaba habitado, si habían construido ya los canales para que recibieran las aguas del Nilo, si los caldeos habían enseñado ya las artes a los egipcios, y si aquéllos los habían aprendido ya de los brahmanes.

 

Hay muchos autores que resuelven todas las cuestiones. Esto me recuerda lo que un hombre ingenioso y de buen sentido dijo un día, refiriéndose a un sesudo doctor: «Ese hombre debe de ser un gran ignorante, porque sabe contestar a todo lo que le preguntan».

 

ANATAS. Al artículo que lleva este título en la Enciclopedia (doctamente escrito, como todo lo que trata de jurisprudencia en tan importante obra) pudo añadirse que siendo incierta la época de la institución de las anatas es prueba de que esa exacción no es más que una usurpación, una costumbre contra derecho. Todo lo que no se basa en una ley auténtica es un abuso, y todo abuso debe reformarse, excepto que la reforma sea más lesiva que el mismo abuso. La usurpación empieza por tomar posesión poco a poco. La equidad y el interés público se oponen y reclaman, pero llega la política y armoniza como puede la usurpación con la equidad, dejando el abuso en pie.

 

Imitando a los papas, en muchas diócesis los capítulos y los archidiáconos establecieron anatas sobre los curatos. En Normandía denominan derecho de vacante a esta exacción. Como la política no tenía interés en sostenerla, la abolió en muchas partes, pero quedó subsistente en otras. ¡Con lo que el culto al dinero es el primero de los cultos!

 

En el Concilio de Pisa de 1409 el papa Alejandro V renunció expresamente a las anatas, Carlos VII las condenó en un edicto que publicó en abril de 1418, el Concilio de Basilea las declaró simoníacas, y la pragmática sanción las abolió otra vez. Francisco I, cumpliendo el tratado particular que hizo con León X y que no se insertó en el Concordato, permitió al Papa restablecer dicha exacción, que le produjo todos los años, durante el reinado del referido pontífice, cien mil ducados de aquella época, según calculó entonces Jacobo Cappel, abogado general del Parlamento de París.

 

Los parlamentos, las universidades, el clero, la nación entera, pedían que se suprimiera esa exacción, y Enrique IV, haciéndose eco de los clamores de su pueblo, reprodujo la ley de Carlos VII en un edicto que publicó el 5 de septiembre de 1551.

 

La prohibición de pagar anatas fue ratificada por Carlos IX en los Estados de Orleáns, en 1560. «Atendiendo a la opinión de nuestro Consejo y cumpliendo los decretos de los santos concilios y las antiguas ordenanzas de los reyes, nuestros predecesores, mandamos que nadie transporte oro ni plata fuera de nuestro reino, bajo el pretexto de pagar anatas, y el que no obedeciere será obligado a pagar el cuádruplo.»

 

Esta ley, que se promulgó en la asamblea general de la nación, parecía que debía ser irrevocable, pero dos años después, el mismo rey, obligado por la corte de Roma, entonces poderosa, restableció esa exacción. Y Enrique IV, que no temía ningún peligro, pero sí a Roma, confirmó el pago de las anatas en virtud de un edicto publicado en enero de 1596.

 

Tres célebres jurisconsultos, Dumoulin, Lanov y Duaren, escribieron contra las anatas calificándolas de verdadera simonía. Si por no pagarlas rehusaba el Papa entregar las bulas, Duaren aconsejaba a la Iglesia galicana que imitase a la Iglesia española, que en el duodécimo Concilio de Toledo encargó al arzobispo de esta ciudad que diera posesión de sus cargos a los prelados nombrados por el rey al ver que el Papa se negaba a ello.

 

Es una normativa de derecho francés, consagrada por el artículo 14 de nuestras libertades, que el obispo de Roma no tiene derecho alguno sobre la parte temporal de los beneficios y que sólo puede cobrar anatas si lo permite el rey. Y aun así, este permiso debe tener un término, porque si no, ¿de qué nos sirve la Ilustración si no sabemos acabar con los abusos?

 

Ascienden a una cantidad enorme las sumas que se pagaron y se pagan todavía al Papa. El fiscal general Jean de Saint Romain calcula que en la época de Pío II, en la que estuvieron vacantes veintidós obispados en Francia durante tres años, tuvo que pagar esta nación a Roma ciento veinte mil escudos; que habiendo vacado también sesenta y una abadías, pagó también a Roma otra cantidad equivalente; que, además, por aquel mismo tiempo hubo que entregar a la curia romana por las provisiones de prioratos, decanatos y otras dignidades, cien mil escudos; que por cada curato recibió por lo menos una gracia expectativa que costaba veinticinco escudos y, además, infinidad de dispensas que se calcula costaban cerca de dos millones de escudos. El referido fiscal general vivió en la época de Luis XI. Calculad, pues, a qué cantidad tan excesiva ascendería hoy el pago de las anatas, y agregad esta cantidad a la que las demás naciones habrán pagado por este concepto. Si la Ciudad Eterna, en la época de Lúculo, sacó con su espada vencedora oro y plata a las naciones, con la pluma extraen el oro y la plata a las naciones protegidas.

 

Supongamos que el fiscal general Saint Romain exagerara en sus cálculos y que el pago de las anatas sólo ascendiera a la mitad de lo que supone, lo cual no es creíble. ¿No queda aún cantidad suficiente para exigir su restitución a la Santa Sede, que la ha cobrado indebidamente y contraviniendo las disposiciones de los cánones?

 

ANÉCDOTAS. Si fuera posible confrontar a Suetonio con los ayudas de cámara de los doce Césares, ¿creéis que éstos estarían siempre de acuerdo con aquél? Y en caso de contradecirse, ¿quién no concedería más crédito a los ayudas de cámara que al historiador?

 

Muchos de nuestros libros sólo se fundan en las murmuraciones públicas de las ciudades, como la física antigua se fundó sobre quimeras que, repetidas de siglo en siglo, han llegado hasta nosotros. Los que se complacen en escribir durante la noche, en el silencio de su gabinete, todas las noticias que oyeron durante el día, como hizo san Agustín, deberían escribir un libro de retractaciones cada año.

 

Refiere el auditor de estrados Estoile, que Enrique IV, yendo de caza a Creteil, entró solo en una hostería en cuyo piso alto se hallaban comiendo algunos letrados de París. El rey no se dio a conocer y por medio de la hostelera les invitó a su mesa o a que le cedieran parte de la carne asada que comían, pagándola. Los togados respondieron que tenían asuntos particulares que hablar en secreto, que su comida era breve y que suplicaban al desconocido que les perdonara si no le invitaban.

 

Enrique IV llamó a sus guardias y mandó prender a los parisienses y que los azotaran, «para enseñarles a ser otra vez más corteses con los gentiles hombres». Estas son las palabras de Estoile.

 

Algunos autores que en la actualidad se han ocupado de escribir la vida de Enrique IV y copian a Estoile, refieren esta anécdota. Pero lo malo es que la elogian aplaudiendo el proceder de Enrique IV. Sin embargo, este hecho ni es verdadero, ni verosímil, pues caso de haberlo realizado, en vez de merecedor de alabanzas hubiera sido ridículo, cobarde, tiránico e imprudente.

 

En primer lugar, no es verosímil que en 1602 Enrique IV, cuya fisonomía era tan característica y trataba a todo el mundo con afabilidad fuera desconocido en Creteil, que está cerca de París. En segundo lugar Estoile, en vez de probar la exactitud de su historieta impertinente, dice que se la refirió un hombre que la oyó contar a M. de Vitry. Fue, pues, una de esas murmuraciones que corren por las ciudades. En tercer lugar sería cobarde y odioso castigar de manera infamante a unos ciudadanos que se reúnen para sus asuntos particulares y que no cometieron falta alguna negándose a compartir su comida con un desconocido indiscreto, que podía comer otras cosas en la misma hostería. En cuarto lugar, acción tan tiránica, indigna de un rey y de un hombre honrado, digna de castigo en cualquier nación, era tan imprudente como ridícula y criminal. Resultaba suficiente para que los ciudadanos de París execraran a Enrique IV y sabido es el interés que éste tenía en ser bienquisto de ellos. No debía pues, mancharse la historia incluyendo en ella un cuento tan necio, ni deshonrar a Enrique IV con tan impertinente anécdota.

 

He aquí lo que dice un libro titulado Anécdotas literarias, atribuido al abate Raynal, publicado en 1752. «Los amores de Luis XIV, obra dramática, se representó en Inglaterra y por eso dicho príncipe quiso que representaran otra obra dramática sobre los amores del rey Guillermo. El marqués de Torcy encargó al abate Brueys que escribiera la obra, que se aplaudió en la lectura, pero no llegó a representarse porque el protagonista falleció mientras se preparaba el estreno.»

 

En esas breves líneas hay tantas mentiras como palabras. En ningún teatro de Londres se representaron nunca los amores de Luis XIV, monarca incapaz de mandar que se escribiera una comedia sobre los amores del rey Guillermo, es más, el rey Guillermo no tuvo ninguna amante. Nunca habló el marqués de Torcy al abate Brueys sobre ese asunto porque no pudo comisionar para este encargo tan discreto y tan pueril ni al abate, ni a nadie, y consta que dicho abate no escribió esa comedia. ¡Para que se fíe uno de las anécdotas!

 

También dice el mentado libro que «Luis XIV quedó tan contento de la representación de la ópera Isis que obligó al Consejo a que publicara un decreto permitiendo que los personajes de la nobleza pudieran cantar en la ópera y cobrar sueldos sin desdoro de su alcurnia, cuyo decreto registró el Parlamento de París».

 

No se encuentra semejante decreto registrado en el Parlamento de París; en cambio, es cierto que Sully obtuvo en 1672 (mucho antes que se estrenara la opera Isis) licencia del rey que le permitió establecer una academia de ópera y que puso un anuncio diciendo que los gentiles hombres y sus hijos podían cantar en su teatro sin desdoro de su alcurnia.

 

Leo en la Historia filosófica y política del comercio de las Indias: «Estamos inclinados a creer que Luis XIV sólo se procuró buques para que le admiraran y castigar Génova y Argel». Esto es escribir y juzgar a tontilocas y oponerse a la verdad, siendo ignorantes, e insultar sin motivo a Luis XIV, que disponía de cien navíos de guerra y de sesenta mil marinos desde el año 1678. Y el bombardeo de Génova no se realizó hasta el año 1684.

 

También se dice en la referida obra que cuando los holandeses expulsaron a los portugueses de Malaca, el comandante holandés preguntó a su colega portugués cuándo volverían, a lo que el vencido le respondió: «Cuando vuestros pecados sean más grandes que los nuestros». Esa contestación se había atribuido antiguamente a un inglés de la época de Carlos VII de Francia, y en tiempos anteriores a un emir sarraceno en Sicilia. Al margen de esto, la tal contestación es más propia de un capuchino que de un político. No fue por ser más pecadores los franceses que los ingleses el motivo de apoderarse éstos del Canadá.

 

El autor de dicha obra refiere seriamente una anécdota que inventó Steele, e insertó el Espectador, y pretende que esa historieta sea una de las causas de las guerras que mediaron entre los ingleses y los salvajes. He aquí la historieta que Steele contrapone a otra mucho más graciosa de la matrona de Éfeso. Se trata de probar en ella que los hombres no son tan constantes como las mujeres, pero en Petronio la matrona de Éfeso sólo tiene una debilidad divertida y perdonable, y el comerciante Yukle, en el Espectador, es culpable de la más negra ingratitud. El joven viajero Yukle corre inminente peligro de que le prendan los caraibos en el continente de América, pero no nos dice el autor cuándo ni en qué parte. Karika, joven caraiba, le salva la vida y huye con él a las Barbados. Una vez allí, Yukle se lleva al mercado a su bienhechora para venderla. «¡Ingrato, bárbaro! —exclama Karika—. ¿Quieres venderme estando embarazada de ti!» «¿Estás embarazada? —responde el comerciante inglés—. Pues tanto mejor, te venderé más cara.»

 

Esta anécdota la pretenden hacer pasar por historia verdadera y por el origen de una prolongada guerra. El discurso que pronunció una mujer natural de Boston ante los jueces que la sentenciaron a prisión correccional por quinta vez, por haber parido el quinto hijo, es una broma, es un libelo del ilustre Franklin, y se refiere a la obra de que nos ocupamos como documento auténtico. Son infinitos los cuentos que desfiguran todas, las historias.

 

En un libro titulado Del Espíritu, que armó mucho revuelo, y en el que se encuentran reflexiones tan verdaderas como profundas, se dice que Malebranche es el autor de la Promoción física. Ese descuido confunde a más de un lector que desea adquirir la Promoción física y la busca en vano. En el mismo libro se dice que Galileo encontró la causa de que las bombas no puedan elevar el agua a más de treinta y dos pies de altura. Eso fue precisamente lo que Galileo no encontró: comprendió que la pesadez del aire hacía elevar el agua, pero no pudo descubrir por qué e} aire no podía obrar a más de treinta y dos pies de altura. Torricelli fue el que adivinó que una columna de aire equivalía a treinta y dos pies de agua y a veintisiete pulgadas de mercurio.

 

En la revista Mercurio, de Francia, del mes de septiembre de 1669, se atribuye a Pope un epigrama improvisado en la muerte de un famoso usurero, y hace más de doscientos años que en Inglaterra saben que fue obra de Shakespeare.

 

De todos los libros plagados de falsas anécdotas el que se lleva la palma de más mentiras absurdas fue la compilación de las supuestas Memorias de Madame de Maintenon. El fondo de ellas es verdadero, porque el autor pudo leer algunas cartas de la citada dama que le proporcionó una señora educada en Saint‑Cyr. El escaso número de verdades que contienen se ahogan en una narración novelesca que ocupa siete tomos. En esas memorias supone el autor que uno de sus ayudas de cámara suplantó a Luis XIV e inventa cartas dirigidas a dicho monarca que no escribió Mademoiselle de Mancini, haciendo decir a esta sobrina del cardenal Mazarino, en una de las cartas dirigidas al rey: «Obedecéis a un sacerdote; no sois digno de mi si servís en vez de mandar. Os amo como a mí misma, pero prefiero vuestra gloria a vuestro amor».

 

Dicen también dichas cartas: «Mademoiselle de la Valiere se dejó caer en un sillón en completo deshabillé, pensando siempre en su amante. Con frecuencia pasaba la noche en un sillón y al amanecer la encontraba todavía allí, con la mirada fija y como en éxtasis, estado en que la sumía el amor. Ocupada exclusivamente en pensar en el rey, quizá se quejaba en aquel momento de que la vigilaban los espías de Enriqueta y de la severidad de la reina madre. Un leve ruido que oyó la sacó de su éxtasis, y la hizo inclinar el cuerpo hacia atrás con sorpresa y sobresalto. Luis estaba ante ella, corrió a su lado y se arrodilló a sus pies. Trata de huir y él la detiene; amenaza y él la apacigua; llora y él seca sus lágrimas». Semejante descripción no se aguantaría hoy en la más empalagosa de las novelas que se escriben para menestralas.

 

En las citadas Memorias de Madame de Maintenon, después de ocuparse de la revocación del edicto de Nantes, se encuentra un capítulo titulado Estado del corazón. Tras esas ridiculeces se encuentran las calumnias más groseras propaladas contra el rey, contra su hijo, contra su sobrino el duque de Orleáns, contra los ministros y contra los generales. Así, la avilantez, estimulada por el hambre, produce monstruos. Hay que ponerse en guardia contra la multitud de libelos atroces que han inundado Europa desde hace tiempo.

 

Anécdota sobre Carlos V. ¿Tuvo Carlos V relaciones carnales con su hermana Margarita, gobernadora de los Países Bajos, de cuyas relaciones nació don Juan de Austria, hermano intrépido del prudente Felipe II? No tenemos de ello ninguna prueba, como tampoco de los secretos de Carlomagno, que según se dice holgó con todas sus hijas. ¿Por qué hemos de afirmar esos hechos sin tener pruebas? Si la Biblia no me asegurara que las hijas de Loth tuvieron hijos de su propio padre, y que Thamar los tuvo de su suegro, yo no me atrevería a acusarlas. Es preciso ser discretos.

 

Otra anécdota más atrevida. Cierto autor afirma que la duquesa de Montpensier se entregó al monje Jacobo Clemente con la idea de que se comprometiera a asesinar al rey. Hubiera resultado más astuta si hubiera ofrecido sus favores al monje y no se los hubiera concedido. No creemos que sea ese el medio de excitar al magnicidio a un sacerdote fanático; para conseguirlo, vale más enseñarle el cielo que enseñarle una mujer. Era más capaz de decidirle a cometer el crimen su prior Bourgoin que la mujer más hermosa del mundo. Cuando mató al rey no se le encontró en las faltriqueras ninguna carta de amor, pero sí se le encontraron las historias de Judit y de Aod, estrujadas y pringosas por haberlas leído muchas veces.

 

Anécdota sobre Enrique IV. Los regicidas Juan Chatel y Ravaillac no tuvieron cómplices. Su delito estaba de moda en la época y su único cómplice fue el crimen de la religión. Se asegura que Ravaillac, cuando fue a Nápoles, oyó que el jesuita Alagona profetizó la muerte del rey y no faltan autores modernos que lo dicen. Pero los jesuitas nunca fueron profetas. Si lo fueran, hubieran predicho su expulsión y, por el contrario, aseguraron que su institución duraría hasta el fin de los siglos.

 

De la abjuración de Enrique IV. El jesuita Daniel pretende probar baldíamente en su árida y defectuosa Historia de Francia que Enrique IV, antes de abjurar, era ya mucho tiempo católico. Ni creo a Daniel, ni creería al mismísimo Enrique IV si la dijera. En la carta que escribió a la hermosa Gabriela, comunicándole mañana daré el salto mortal, prueba que el catolicismo no había penetrado aún en su corazón. Si éste se hubiera visto iluminado por la gracia, el rey hubiera dicho a su amante: «Los obispos me han convertido», en vez de decirle «los obispos me están fastidiando». ¿Es propia esa expresión de un buen catecúmeno?

 

En las cartas que este gran monarca dirigió a la condesa de Grammont, cuyos originales se conservan todavía, dice lo siguiente: «Todos esos envenenadores son papistas: yo mismo he descubierto a uno de ellos. Los predicadores romanos dicen en alta voz que debemos vestir de luto por el envenenamiento del príncipe de Condé e instan a todos los buenos católicos a que así lo hagan: ¿seréis capaz de pertenecer a semejante religión? Si no fuera hugonote, me haría turco». Después de conocer estas pruebas que suministra el mismo Enrique IV, es muy difícil convencerse de que fue católico sincero.

 

Otra equivocación sobre Enrique IV. Bury, en su Historia de Enrique IV, publicada en 1610, acusa del asesinato de dicho monarca al duque de Lerma, asegurando que esa «es la opinión más admitida». Pero es evidente que está muy mal admitida esa opinión. Nunca se habló de semejante cosa en España, y en Francia sólo el sucesor del presidente De Thou dio cierto crédito a esas sospechas vagas y ridículas. Si el ministro español duque de Lerma comisionó para cometer el crimen a Ravaillac, le debió pagar muy mal, porque cuando prendieron a ese miserable le encontraron muy poco dinero. Si el duque de Lerma le sedujo prometiéndole recompensa proporcionada a su crimen, indudablemente Ravaillac lo hubiera dicho denunciando al duque y a sus emisarios, aunque sólo fuera para jorobarlos. Si nombró al jesuita Aubigny, al que sólo enseñó el cuchillo, ¿por qué no había de citar al duque de Lerma si hubiera intervenido en ese asunto? Es obstinación incomprensible la de no creer lo que dijo Ravaillac durante el interrogatorio y durante el tormento que le hicieron sufrir. ¿Por qué insultar a una nación noble como la española, sin tener ni asomo de prueba contra ella? Así se escribe la Historia.

 

Los españoles nunca recurrieron a crímenes vergonzosos y los grandes de España han manifestado en todas las épocas una generosa altivez que no les permitió nunca envilecerse hasta tal punto. Si Felipe II puso a precio la cabeza del príncipe de Orange, tuvo para ello el pretexto de castigar a un vasallo rebelde, lo mismo que el Parlamento de París tasó en cincuenta mil escudos la cabeza del almirante Coligny, y más tarde la del cardenal Mazarino. Esas proscripciones públicas se debían al horror causado por las guerras civiles. Pero, ¿qué motivos tenía el duque de Lerma para entrar en tratos secretos con un miserable como Ravaillac?

 

Anécdota sobre el hombre de la máscara de hierro. En mi obra El Siglo de Luis XIV me ocupé del hombre de la máscara de hierro. Conocía bien esa anécdota que asombra al siglo XV}II como asombrará a la posteridad, mas no por ello deja de ser verdadera. Cometí entonces una equivocación respecto a la fecha de la muerte de ese desconocido que fue singularmente desdichado. Le enterraron en San Pablo el 3 de marzo de 1703 y no en 1704, como dije en mi referida obra.

 

Al principio estuvo encerrado en Pignerot, luego le llevaron a las islas de Santa Margarita y finalmente lo encarcelaron en la Bastilla, siempre bajo la vigilancia de Saint‑Mars, que le vio morir. El jesuita Griffet, confesor de los presos en la Bastilla, dio a conocer al público el diario de esta fortaleza que da fe de las fechas.

 

El hombre de la máscara de hierro es un enigma que cada uno pretende descifrar a su modo. Algunos dicen que era el duque de Beaufort, pero este duque fue muerto por los turcos en la defensa de Candía en 1669 y el hombre de la máscara de hierro estaba en Pignerot en 1662. Por otro lado, ¿cómo se podía prender al duque de Beaufort estando éste en medio de su ejército? ¿Cómo le hubieran podido llevar a Francia sin que nadie lo supiera? ¿Por qué le habían de encarcelar y taparle el rostro con una máscara de hierro? Otros dicen que era el conde de Vermandois, hijo natural de Luis XIV, pero es público y notorio que éste murió de viruela maligna en 1683, estando a la cabeza de su ejército, y que le enterraron en la ciudad de Arras. Hay quien imaginó que el hombre de la máscara de hierro fue el duque de Monmouth, pero a este duque lo mandó decapitar públicamente en Londres en 1685 el rey Jacobo. Para ser ese duque, el hombre de la máscara de hierro debió haber resucitado y cambiar en seguida el orden de los tiempos, poniendo el año 1662 en el punto que ocupa el 1685; era preciso también que el rey Jacobo, que no perdonó nunca a nadie, perdonara al duque de Monmouth y que decapitaran por éste a otro hombre que se le asemejara. Al no ser ninguno de los citados personajes el hombre de la máscara de hierro, nos quedamos sin saber quién fue ese prisionero, a qué edad murió y con qué nombre le enterraron. Es indudable que si nunca le permitieron salir de la Bastilla, ni hablar con el médico, sino con la máscara puesta, era porque temían que se le descubriera un parecido extraordinario con algún alto personaje. Podía enseñar la lengua, pero tenía prohibido enseñar el rostro. Días antes de morir, dijo al boticario de la Bastilla que creía tener unos sesenta años, y Marsolan, médico que fue del mariscal de Richelieu y luego del duque de Orleáns, regente del reino, yerno del citado boticario, me lo ha referido algunas veces.

 

Anécdota sobre el mariscal de Luxemburgo. En una Historia de Holanda que estoy leyendo, al ocuparse del mariscal de Luxemburgo refiere que en 1672 dirigió esta alocución a sus tropas: «Hijos míos, corred, robad, saquead, matad y violad. Y si encontráis algún acto más abominable que éstos, cometedlo para probarme que no me he equivocado al escogeros, creyendo como creo que sois los hombres más corajudos del mundo».

 

Esa alocución es tan falsa como las de Tito Livio y de peor gusto literario que las de este célebre historiador. Para baldón de la tipografía, esa arenga se encuentra en diccionarios nuevos que sólo son una serie de imposturas puestas en orden alfabético.

 

Anécdota sobre el padre Fouquet. En 1728, el jesuita Fouquet regresó a Francia procedente de China, en cuya nación había pasado veinticinco años. Las disputas religiosas promovidas por los misioneros en el celeste Imperio le enemistaron con sus colegas. Quiso imponer allí un evangelio distinto del que predicaban sus compañeros de misión y trajo a Europa memorias escritas contra éstos. En el viaje le acompañaron dos letrados de China: uno de ellos falleció en el barco y el otro llegó a París con Fouquet. Este se proponía llevar el letrado a Roma con el fin de que sirviera de testigo del proceder de los padres misioneros que le hacían la oposición en China.

 

Fouquet y el letrado se hospedaron en París, en la casa de los jesuitas sita en el arrabal de San Antonio. Los reverendos padres se enteraron de lo que intentaba su colega y a su vez Fouquet recibió aviso de los designios de los reverendos padres, por lo que aquella misma noche emprendió viaje a Roma.

 

Los reverendos padres, aprovechándose de la influencia que ejercían, consiguieron que inmediatamente salieran al camino para prenderle, pero sólo pudieron coger al letrado, un joven que no sabía ni una palabra de francés. Los buenos padres acudieron al cardenal Dubois, que entonces los necesitaba, y le notificaron que tenían en la casa un joven que se había vuelto loco y por ello pedían que lo encerrase. El cardenal, fiándose de esta acusación, dictó en el acto una orden reservada en virtud de la cual el superintendente de policía se presentó para prender al supuesto loco, y se encontró ante un hombre que hacía reverencias de un modo muy distinto que en Francia, hablaba como si cantara y que le recibió con asombro. Lamentando mucho que se le hubiera trastornado el juicio mandó que lo atasen y lo envió al manicomio de Charenton, donde fue azotado, como el abate Desfontanes, dos veces cada semana.

 

El letrado chino no pudo comprender la extraña manera que tenían allí de recibir a los extranjeros. Sólo llevaba dos o tres días en Francia y le parecían muy extrañas las costumbres francesas. El desventurado pasó dos años a pan y agua entre los dementes y los padres guardianes. Creyó, pues, que la nación francesa sólo se componía de esas clases de hombres: una, demencial, y otra que daba azotes a la primera.

 

Al cabo de dos años cambió el ministerio y fue nombrado otro superintendente de policía, quien comenzó a desempeñar su cargo visitando las cárceles y haciendo una visita al manicomio de Charenton. Después de conversar con algunos dementes, preguntó si quedaba algún otro en el establecimiento y le contestaron que sólo un desventurado extranjero que hablaba un idioma que nadie entendía.

 

El jesuita que acompañaba al magistrado le dijo que la locura de ese hombre consistía en no contestar nunca en francés, que nada sacaría en limpio de él y, por lo tanto, le aconsejaba que no le hiciera salir. El magistrado insistió y tuvieron que sacar al infeliz letrado, que se arrojó a los pies del superintendente. Este mandó que vinieran los intérpretes del rey para que le interrogaran. Los intérpretes le hablaron en español, en griego y en inglés; el letrado decía siempre «Cantón, Cantón». El jesuita aseguraba que era un poseído.

 

El magistrado, que había oído hablar de una provincia de China llamada Cantón, sospechó que el demente sería nativo de esa provincia, llamó a un intérprete de las misiones extranjeras que entendía algo de la lengua china, y éste descubrió la verdad. El magistrado no sabía qué hacer y el jesuita no sabía qué decir. El duque de Borbón era entonces primer ministro y le refirieron lo que acababa de suceder. Mandó que entregaran al chino ropa y una considerable cantidad de dinero y lo mandó a su patria, de la que creo vendrán pocos letrados a visitar Francia. Hubiera sido más político retenerle y tratarle bien que enviarle a China, para que este país no formara una mala opinión de los franceses.

 

ÁNGEL. (Ángeles de los hindúes, de los persas, etc.) El autor del artículo Ángel, publicado en la Enciclopedia, dice: «Todas las religiones han admitido la existencia de los ángeles, aunque la razón natural no haya podido demostrarla».

 

No conocemos más razón que la natural; lo sobrenatural está sobre la razón. Por esto, el autor del citado artículo debió decir que muchas religiones, no todas, admitieron los ángeles. Las de Numa, sabeísmo, drúida, china, escitas, antiguos fenicios y antiguos egipcios no admitieron los ángeles.

 

Entendemos por la palabra ángeles a los ministros de Dios, a sus emisarios y a los seres intermedios entre Dios y el hombre, enviados al mundo para comunicarnos sus órdenes.

 

En el año actual, 1772, hace precisamente cuatro mil ochocientos setenta y ocho años que los brahmanes se vanaglorian de tener escrita su primera ley sagrada, que titulan el Shasta, la cual conocieron mil quinientos años antes que su segunda ley, llamada Vedas, que significa la palabra de Dios. El Shasta contiene cinco capítulos: el primero se ocupa de Dios y de sus atributos; el segundo, de la creación de los ángeles; el tercero, de la caída de los ángeles; el cuarto, de su castigo, y el quinto, de su perdón y de la creación del hombre.

 

Es interesante observar la manera en que habla de Dios ese libro.

 

Primer capítulo del Shasta. «Dios es uno y lo creó todo. Es una esfera perfecta, sin principio ni fin. Dios gobierna toda la creación por medio de una providencia general, que es la resultante de un principio determinado. No pretendas descubrir la esencia y la naturaleza del Eterno, ni por qué leyes la gobierna. Semejante empresa sería vana y criminal. Gózate contemplando sus obras noche y día, su sabiduría, su poder y su bondad».

 

Después de rendir este tributo de admiración al Shasta, pasemos a ocuparnos de la creación de los ángeles.

 

Segundo capítulo del Shasta. «El Eterno, absorto en la contemplación de su propia existencia, resolvió en la plenitud de los tiempos comunicar su gloria y su esencia a seres capaces de sentir y de participar de su bienaventuranza y servir a su gloria. El Eterno quiso y los creó. Los formó con parte de su esencia, capaces de perfección y de imperfección, según su voluntad.

 

»El Eterno empezó por crear a Birma, Vichnú y Siva, y luego a Mozazor y a una pléyade de ángeles. El Eterno dio la preeminencia a Birma, a Vichnú y a Siva. Birma fue el príncipe del ejército angélico, y Vichnú y Siva, sus coadjutores. El Eterno dividió el ejército de los ángeles en muchas legiones, dando a cada una un jefe. Adoraron al Eterno alineados alrededor del trono y ocupando cada uno de ellos la grada que le asignaron. El armonioso coro sonó en los cielos. Mozazor, jefe de la primera legión, entonó el cántico de alabanza y de adoración al Creador, y el canto de obediencia a Birma, la primera de las criaturas, y el Eterno se regocijó de su nueva creación.»

 

De la caída te algunos ángeles. «Desde la creación del ejército celeste el regocijo y la armonía rodearon el trono del Eterno durante mil años multiplicados por otros mil, y hubieran durado hasta la consumación de los tiempos si la envidia no se hubiera apoderado de Mozazor y otros príncipes de las legiones angélicas. Entre éstos se encontraba Raabon el primero en dignidad después de Mozazor. Olvidándose de la dicha de haber sido creados y de su deber, rechazaron el poder de perfección, ejercieron el poder de imperfección y obraron mal en presencia del Eterno. Le desobedecieron y se negaron a someterse al primer representante de Dios y a los asociados de aquel, Vichnú y Siva, y dijeron: Queremos gobernar. Y sin temer el poder y la ira del Creador, difundieron esas doctrinas sediciosas en el ejército celeste y sedujeron a varios ángeles, que tomaron parte en la rebelión y se alejaron del trono del Eterno. La tristeza se apoderó de los espíritus angélicos que permanecían fieles y por primera vez se conoció el dolor en el cielo.»

 

Castigo a los ángeles rebeldes. «El Eterno, cuyo poder infinito y cuya presencia se extiende a todo, excepto a los actos de los seres que El creó libres, vio con dolor y con cólera la defección de Mozazor, de Raabon y de otros jefes de los ángeles, pero siendo misericordioso, a pesar de estar indignado, comisionó a Birma, Vichnú y Siva para que les reprocharan el crimen que cometieron e instarles a que cumplieran con su deber; resueltos a ser independientes, persistieron en la rebelión. Al saber el Eterno su resolución, ordenó a Siva que fuera contra ellos, traspasándole su omnipotencia, y que los precipitara desde aquel sitio altísimo hasta el lugar de las tinieblas, al Ondara, para castigarlos allí durante mil años multiplicados por otros mil.»

 

Extractemos lo que dice el capítulo quinto. Cuando transcurrieron allí mil años, Birma Vichnú y Siva solicitaron del Eterno que tuviera clemencia con los rebeldes. El Eterno se dignó librarles de la prisión de Ondara y llevarlos a un sitio de prueba durante gran número de rebeliones contra Dios desde aquel sitio de penitencia.

 

En uno de esos períodos fue cuando Dios creó el mundo. Los ángeles penitentes sufrieron en él un sinfín de metempsicosis y en una de las últimas se convirtieron en vacas. De aquí que las vacas sean sagradas en la India. Finalmente, se convirtieron en hombres. Vemos, pues, que la teoría de los indios sobre los ángeles es la misma teoría del jesuita Bougeant, que supone que en los cuerpos de los animales se alojan los ángeles pecadores. Lo que los brahmanes inventaron seriamente lo imaginó un jesuita por mofa cuatro mil años después, a no ser que se le ocurriera esta chanza para conservar un resto de superstición mezclada con el espíritu desconocido, cosa que sucede con alguna frecuencia.

 

Tal es la historia de los ángeles en el antiguo pueblo de los brahmanes, historia que enseñan todavía en la actualidad, al cabo de cerca de cincuenta siglos. Nuestros comerciantes que traficaron en la India nunca se enteraron de esto, ni nuestros misioneros tampoco, y los brahmanes, que jamás vieron con buenos ojos la ciencia, ni las costumbres de los extranjeros, no quisieron comunicarles sus secretos. Para que llegáramos a descubrirlos fue preciso que el inglés Holwell viviera durante treinta años en Benarés, ciudad situada sobre el Ganges, donde tenían establecida su escuela los antiguos brahmanes, fue necesario que el citado inglés aprendiera el sánscrito, lengua sagrada, y que leyera los antiguos libros de la religión hindú para comunicar a Europa tan singulares conocimientos. Como también fue preciso que Sale residiera mucho tiempo en Arabia para poder traducir fielmente el Corán y darnos una idea exacta de lo que fue el antiguo sabeísmo, al que sucedió la religión islámica; como fue preciso, en fin, que Hyde estudiara durante veinte años en Persia todo lo concerniente a la religión de los magos.

 

De los ángeles de Persia. Los persas conocieron treinta y un ángeles. El primero de ellos, el superior, a quien sirven otros cuatro ángeles; se llama Baham, y asume la inspección de todos los animales, exceptuando al hombre, sobre el que Dios se reserva la jurisdicción inmediata.

 

Dios prescribe el día en que el sol entra en el signo de Aries, y ése es el sábado, lo que prueba que la fiesta del sábado se observaba en Persia desde tiempos muy remotos.

 

El segundo de los ángeles se llama Debadur y preside el día octavo. Al tercero lo apellidan Kur, de cuya palabra probablemente se originó Ciro, y es el ángel del sol, y el cuarto se llama Ma y preside la luna. Cada ángel tiene su distrito. Fue en Persia donde comenzó a conocerse la doctrina del ángel de la guarda y del ángel malo. Créese que Rafael fue el ángel de la guarda del Imperio persa.

 

De los ángeles entre los hebreos. Estos no conocieron la caída de los ángeles hasta los primeros años de la era cristiana. Para esto era menester que conocieran la doctrina secreta de los antiguos brahmanes, porque fue en esa época cuando se redactó el libro atribuido a Enoc, respecto a los ángeles rebeldes expulsados del cielo.

 

Enoc debió ser un autor antiquísimo, porque según afirman los judíos vivió en la séptima generación antes del diluvio. Pero dado que Set, que es más antiguo, dejó libros a los hebreos, podían también éstos jactarse de tener asimismo libros de Enoc. He aquí lo que Enoc escribió, según dicen los judíos:

 

«Habiendo crecido prodigiosamente el número de hombres y teniendo éstos hijas muy hermosas, los ángeles se enamoraron de ellas y fueron arrastrados a muchos errores. Animándose unos a otros, dijeron: "Escojamos mujeres entre las hijas de los hombres". Semiaxas, que era un príncipe, les dijo: "Temo que no os atreváis a realizar este deseo y a tener que cargar yo con todo el crimen". Los ángeles le respondieron a coro: "Juramos ejecutar nuestro designio, y nos entregamos al anatema si no lo realizamos". Se unieron por medio de este juramento y lanzaron imprecaciones. Se reunieron doscientos ángeles, partieron juntos y acudieron a la montaña que se llamaba Hermonium. Los principales ángeles conjurados se llamaban Semiaxas, Atarcuf, Araciel, Chobabiel, Sampsich, Zaciel Farmar, Thausael, Samiel, Tiriel, Jumiel, etc. Estos y los demás, hasta completar el número de doscientos, tomaron mujeres el año 1170 de la creación del mundo. Del contacto de los ángeles con las mujeres nacieron tres clases de hombres, etc.»

 

El autor de ese fragmento, por la candidez con que está escrito, parece que deba pertenecer a los primitivos tiempos. Nombra a los personajes y no olvida las fechas, pero no incluye reflexiones ni máximas; ese es el estilo oriental.

 

Claro está que esa historia se funda en el capítulo sexto del Génesis que dice: «Había gigantes en la tierra en aquellos días, y también después que entraron los hijos de Dios a las hijas de los hombres y les engendraron hijos: éstos fueron los valientes que desde la Antigüedad fueron varones de nombre».

 

El libro de Enoc y el Génesis están acordes respecto al comercio carnal de los ángeles con las hijas de los hombres y a la raza de gigantes que nació de dicha cópula. Pero ni el libro de Enoc, ni ningún otro del Antiguo Testamento, hablan de la rebelión de los ángeles contra Dios ni de su derrota, ni de su caída al infierno, ni del odio que profesan al género humano.

 

Casi todos los comentaristas del Viejo Testamento dicen unánimemente que, antes de la cautividad de Babilonia, los judíos no supieron el nombre de ningún ángel. El que se le apareció a Manué, padre de Sansón no quiso decir cómo se llamaba. Cuando los tres ángeles se aparecieron a Abrahán y éste les invitó a comer un becerro asado, no le quisieron decir sus nombres. Únicamente uno de ellos le habló así: «Volveré a veros el año próximo si Dios me concede vida, y vuestra esposa Sara tendrá entonces un hijo».

 

El abate Calmet encuentra mucha semejanza entre esa historia y la leyenda de Ovidio, que el célebre poeta latino refiere que sucedió entre Júpiter, Neptuno y Mercurio, los cuales fueron a comer en casa del anciano Hiriens, al que encontraron triste y afligido por no poder tener hijos, como los tres ángeles encontraron a Abrahán cuando se le aparecieron (1). Calmet dice también que las palabras que los ángeles dirigieron a Abrahán pueden traducirse así: «Nacerá un hijo de vuestro becerro». De todos modos, los ángeles no dijeron sus nombres a Abrahán, ni a Moisés, y sólo encontramos el nombre de Rafael en el libro de Tobías, en la época de la cautividad. Los demás nombres de los ángeles son copiados de los caldeos y persas. Rafael, Gabriel, Uriel y otros, son persas babilónicos. Hasta el nombre de Israel es caldeo. El sabio judío Filón lo dice terminantemente al referir la delegación que enviaron al emperador Calígula.

 

(1) Véase el artículo Alegorías.

 

De los ángeles en Grecia y en Roma. Tuvieron demasiados dioses mayores, menores y semidioses para necesitar otros seres subalternos. Mercurio cumplimentaba los encargos de Júpiter, Isis los de Juno y, sin embargo conocieron también genios y demonios. La doctrina de los ángeles de la guarda fue puesta en verso por Hesíodo, poeta coetáneo de Homero.

 

Cuanto más estudiamos la Antigüedad, más nos convencemos de que las naciones modernas, unas tras otras, han ido agotando los tesoros de las minas antiguas, que en la actualidad están casi abandonadas. Los griegos, que durante mucho tiempo pasaron por inventores fueron imitadores de Egipto, este país copió a los caldeos, y éstos lo copiaron casi todo de los hindúes. La teoría de los ángeles de la guarda la sofisticaron luego las escuelas, y fue todo lo que pudieron hacer. Cada hombre tuvo su genio, bueno o malo, al igual que tuvo su estrella. Sabido es que Sócrates tuvo un ángel bueno, pero indudablemente le guió su ángel malo, porque sólo un ángel malo puede inducir a un filósofo a ir de casa en casa diciendo a todo el mundo que el padre y la madre, el preceptor y el alumno, eran unos ignorantes y unos imbéciles. El ángel de su guarda no pudo impedir que le condenaran a beber la cicuta.

 

La teoría de los ángeles es de las más antiguas que se conocieron en el mundo, y precedió a la de la inmortalidad del alma. Esto es lógico. Y si bien se necesita tener filosofía para creer que es inmortal el alma del hombre, sólo se necesita imaginación y temor para inventar seres superiores a nosotros, que nos protegen o nos persiguen. Sin embargo, los antiguos egipcios no conocieron esos seres celestes, de cuerpo etéreo, ejecutores de las órdenes de Dios. Los primeros en admitir tal teología fueron los babilonios. Se menciona a los ángeles desde el primer libro del Génesis, pero este libro no se escribió hasta que los caldeos constituyeron una nación poderosa. Hasta la época de su cautividad en Babilonia, que sucedió mil años después de Moisés, los judíos no supieron los nombres de Gabriel, Rafael, Miguel y Uriel, que aquéllos pusieron a los ángeles. Fundándose la religión judeo‑cristiana en la caída de Adán y cimentándose esta caída en la tentación del ángel malo, esto es, el diablo, es extraño que el Pentateuco no diga una sola palabra a la existencia de los ángeles rebeldes, ni de su castigo y su caída al infierno.

 

El motivo de esta omisión cabe achacarlo al hecho de que los judíos desconocieron los ángeles malos hasta que estuvieron cautivos en Babilonia. Fue entonces cuando por primera vez oyeron hablar de Satanás.

La palabra Satanás es caldea, y el Libro de Job, habitante de Caldea, es el primer libro que la menciona.

 

Los antiguos persas decían que Satán era un genio que movía guerra a los Divos y a los Peris, es decir, a las hadas. Siguiendo, pues, las reglas ordinarias de la probabilidad, sólo debe permitirse a los que se valen de la razón creer que de esta teología tomaron los judíos y los cristianos la idea de que los ángeles malos fueron expulsados del cielo, y de que el príncipe de ellos tentó a Eva, apareciendo en forma de serpiente.

 

Se supone también que Isaías tuvo presente esta alegoría cuando exclamó: «¿Cómo caíste del cielo, astro de luz, que te levantabas al nacer el día?» Ese mismo versículo latino, traducido de Isaías, es el que proporcionó al diablo el nombre de Lucifer. No pensaron que Lucifer significaba «el que derrama la luz», y mucho menos ocupándose de un rey de Babilonia destronado, y usando una figura retórica, exclamó: «¿Cómo caíste de los cielos, astro brillante?»

 

Es improbable que tratara Isaías por medio de tal imagen poética de restablecer la doctrina de los ángeles rebeldes precipitados en el infierno Por eso creemos que hasta los tiempos de la primitiva Iglesia cristiana no se intentó semejante cosa, y que entonces fue cuando los santos padres y los rabinos se esforzaron en propagar dicha doctrina para salvar lo que había de increíble en la historia de la serpiente que sedujo a la madre de los hombres y que, condenada por esa mala acción a arrastrarse, fue la enemiga del hombre, que trata siempre de aplastarla, mientras ella intenta morderle. De algunas sustancias celestes precipitadas en el abismo y que sólo salen para perseguir al género humano, han imaginado que son invenciones más sublimes.

 

No puede probarse de ningún modo que esas potencias celestes e infernales existan, pero tampoco puede probarse que no existen. Tampoco se incurre en contradicción reconociendo que hay sustancias bienhechoras y sustancias malignas, que no son de la naturaleza de Dios, ni de la naturaleza del hombre, pero no basta que una cosa sea posible para creerla.

 

Los ángeles que imperaban entre los babilonios y entre los judíos eran precisamente lo mismo que los dioses de Homero, esto es seres celestes subordinados a un Ser Supremo. Probablemente, la imaginación que forjó aquéllos produjo también éstos. La religión de Homero fue aumentando el número de dioses inferiores, y andando los años la religión cristiana aumentó el número de sus ángeles.

 

Dionisio el Aeropagita y Gregorio I fijaron el número de ángeles en nueve coros, divididos en tres jerarquías: la primera era de los serafines los querubines y las del séptimo coro; la segunda, de las dominaciones, las virtudes y las potencias, y la tercera, de los principados, los arcángeles y los ángeles, que dan el nombre a las tres jerarquías. Sólo a un Papa le está permitido arreglar de esta forma las categorías del cielo.

 

En griego, la palabra ángel significa enviado. Los persas inventaron sus Peris, los hebreos sus Malakim y los helenos sus Daimon, y una de las primeras ideas que tuvieron los hombres fue la de colocar seres intermediarios entre la Divinidad y nosotros. Estos fueron los demonios y los genios que la Antigüedad inventó. El hombre imaginó siempre a los dioses semejantes a él. Vio que los príncipes dictaban órdenes a sus mensajeros y creyó que así lo debía hacer la Divinidad, por lo que Mercurio e Isis fueron los mensajeros de los dioses.

 

Los hebreos, que según ellos dicen, fueron el único pueblo que Dios protegió, no bautizaron desde el principio a los ángeles que Jehová se dignó enviarles, y copiaron los nombres que les dieron los caldeos. David siendo esclavo de Babilonia, nombró por primera vez a Miguel y a Gabriel. El judío Tobías que vivía en Nínive, conoció al ángel Rafael cuando viajaba con su hijo para ayudarle a cobrar el dinero que le debía el judío Gabael.

 

En las leyes hebraicas, esto es, en el Levítico y en el Deuteronomio, no se dice que existan los ángeles. Por esto, sin duda, los saduceos no creyeron que existían. Pero en las historias de los judíos se ocupan de ellos. Estos ángeles eran corporales; tenían alas en las espaldas, como también creyeron los gentiles que Mercurio las tenía en los tobillos, y algunas veces escondían las alas debajo del manto. No podían concebirles sin cuerpo, porque vivían y comían y porque los ciudadanos varones de Sodoma quisieron cometer el pecado de sodomía con los ángeles que fueron a casa de Lot.

 

La antigua tradición judía, según Maimónides, admite diez grados, diez órdenes de ángeles: 1) los puros, 2) los rápidos, 3) los fuertes, 4) las llamas, 5) las chispas, 6) los mensajeros, 7) los dioses o jueces, 8) los hijos de los dioses, 9) los querubines, y 10) los animados.

 

Ya dijimos que la historia de la caída de los ángeles no se encuentra en los libros de Moisés, y que la primera referencia de este hecho se atribuye a Isaías cuando apostrofó al rey de Babilonia. Dijimos también que la religión cristiana está fundada en la caída de los ángeles, los que se rebelaron fueron precipitados en el infierno y se convirtieron en demonios. Un demonio tentó a Eva en figura de serpiente y condenó al género humano. Jesucristo vino al mundo a rescatarlo y a vencer al diablo que todavía nos tienta; sin embargo, esta tradición fundamental sólo se encuentra en el libro de Enoc, que es apócrifo, y aún allí es diferente de la tradición admitida.

 

San Agustín, en su carta 109, atribuye cuerpos sutiles y ágiles a los ángeles buenos y a los malos. El papa Gregorio I redujo a nueve los coros o jerarquías de los ángeles de las diez reconocidas por los judíos. Éstos tenían en su templo dos querubines y cada uno de ellos ostentaba dos cabezas, una de toro y otra de águila, y tenían en las espaldas seis alas. Nosotros pintamos a los arcángeles y ángeles en figura de jóvenes hermosos con dos alas. En cuanto a los ángeles del séptimo coro y de las dominaciones, podemos decir que no se han pintado todavía.

 

Santo Tomás, en la cuestión 108, dice que los ángeles del séptimo coro están tan cerca de Dios como los querubines y los serafines, porque Dios se sienta encima de ellos. Escoto cuenta mil millones de ángeles. Cuando la antigua mitología de los buenos y de los malos genios pasó desde el Oriente a Grecia y Roma, quedó consagrada esta opinión al admitir que cada hombre tenía un ángel bueno y un ángel malo, un ángel que le protege y otro que le perjudica desde su nacimiento hasta su muerte. Pero todavía no se ha averiguado si esos ángeles pasan continuamente de un sitio a otro o si los relevan otros ángeles. Sobre esto debe consultarse la Suma de Santo Tomás. Porque lo cierto es que no se sabe el sitio que ocupan los ángeles, ni si están en el aire, en el vacío o en los planetas. Dios no ha querido que lo supiéramos.

 

ANTIGÜEDAD. Habréis podido ver a veces, en algún pueblecillo, a un rústico y a su mujer empeñarse en ir en la procesión a la cabeza de sus convecinos, alegando para ello tener perfecto derecho, y diciéndoles: «Nuestros abuelos repicaban ya las campanas antes que quienes nos codean hoy llegaran a ser propietarios de un mal establo». La vanidad del rústico, de su mujer y de los vecinos no alcanza más, pero se empecinan como si se tratara de un punto de honor, sobre el que no tienen otras pruebas. Un quidam que cantaba en el facistol descubre un día un antiquísimo perol oxidado y marcado con una A, inicial del apellido del calderero que lo construyó, y ese quidam se convence de que el perol es un yelmo de sus antepasados. De este modo César se hacía descender de un héroe y de la diosa Venus. Esta es la primitiva historia de todas las naciones, y poco más o menos, el conocimiento que tenemos de la más remota Antigüedad.

 

Los sabios de Armenia demuestran que en su país existió el paraíso terrenal; los suecos, que existió hacia el lago Vener, y los españoles, que estuvo en Castilla; en cambio, los japoneses, los chinos, los tártaros, los hindúes, los africanos y los americanos, son tan desgraciados que nunca supieron que en otros tiempos existió un paraíso terrestre en los manantiales del Fison, del Gehon, del Tigris y del Éufrates, o en los manantiales del Guadalquivir, del Guadiana, del Duero o del Ebro; porque de Fison se forma con facilidad la palabra Faetis y de Faetis se forma la palabra Baetis, que significa Guadalquivir. El Gehon es indudablemente el Guadiana, que empieza por G. El Ebro está en Cataluña, y es indudablemente el Éufrates, porque la E es su letra inicial.

 

Entablada esta cuestión, se presenta un escocés a demostrar que el jardín del Edén estuvo situado en Edimburgo porque aún conserva su primitivo nombre. Es de creer que esta opinión tenga salida dentro de algunos siglos.

 

En tiempos antiguos ardió todo el Globo —dice un hombre versado en la historia antigua y moderna—, porque he leído en un periódico que se ha encontrado en Alemania madera carbonizada a cien pies de profundidad y entre montañas, y hasta se sospecha que en aquella parte debió haber carboneros. La aventura de Faetón prueba que hirvió toda la tierra hasta el fondo del mar. El azufre que contiene el monte Vesubio prueba indudablemente que las riberas del Rhin, del Danubio, del Ganges, del Nilo y del gran río Amarillo, son de azufre y de nitro y están esperando el momento de la explosión para reducir el mundo a cenizas, como ya lo estuvo otra vez. La arena sobre la que caminamos es una prueba irrefutable de que el universo se ha vitrificado y que el Globo es realmente una bola de vidrio, lo mismo que nuestras ideas.

 

Pero si el fuego cambió el Globo, el agua produjo mayores revoluciones. El mar, cuyas mareas ascienden hasta veinte pies de altura en los climas meridionales, produjo las montañas que se elevan desde su nivel a unos diecisiete mil pies. Esto es tan cierto que algunos sabios que nunca han estado en Suiza encontraron una inmensa embarcación con todos sus aparejos petrificada en el monte de San Gotardo, o en el fondo de un precipicio, o no saben bien dónde, pero lo cierto es que estaba allí. Luego, originariamente, los hombres han sido peces.

 

Para descender de la remota Antigüedad a otra más cercana, hemos de ocuparnos de los tiempos en que la mayor parte de las naciones bárbaras salieron de sus países para ir a buscar otros que valían menos. Es verdad (si algo sabemos a ciencia cierta de la historia antigua) que existieron bandidos galos que fueron a saquear Roma en la época de Camilo, y que otros bandidos galos pasaron por Iliria para alquilar sus servicios de asesino a otros asesinos en Toracia, donde cambiaron su sangre por pan, estableciéndose luego en Galatia. ¿Y quiénes eran esos galos? Sin duda fueron los que los romanos bautizaron con el nombre de cisalpinos y que nosotros llamamos transalpinos, montañeses hambrientos que moraban cerca de los Alpes y del Apenino. Los galos del Sur y del Marna no sabían entonces que Roma existía, ni podían aventurarse a pasar el monte Cenis, como hizo después Aníbal, para robar el guardarropa de los senadores romanos, que entonces sólo tenían por trajes y adornos una vestidura de burdo paño gris, orlada con una banda de color de sangre de toro, dos pequeños pomos de marfil, o mejor dicho, de huesos de perro, colocados en los brazos de una silla de madera, y en sus cocinas, por toda vianda, un pedazo de tocino rancio.

 

Los galos que se morían de hambre, al no encontrar qué comer en Roma, se fueron más lejos a buscar fortuna, como luego hicieron los romanos destruyendo y conquistando muchos países y más tarde hicieron los pueblos del Norte, cuando desbarataron el Imperio romano.

 

Sabemos de esas terribles emigraciones por algunos párrafos que por casualidad escribieron los mismos romanos. Porque los celtas y los galos, al igual que los bardos (1), en aquella época no sabían leer ni escribir.

 

Deducir de lo que llevamos dicho que los galos o los celtas, que fueron conquistados por algunas legiones de César, en seguida por una horda de bodos, luego por otra de borgoñones y, finalmente, por otra de sicambros, habían anteriormente subyugado el mundo entero y dictado sus leyes en Asia me parece una exageración y una inverosimilitud. No es un hecho matemáticamente imposible; por tanto, cuando me lo demuestren lo creeré.

 

(1) Bardos (bardi; recitantes carmina bardi) eran los poetas y los filósofos de los velches.

 

De la antigüedad de las costumbres. ¿Quiénes fueron los primeros locos que existieron antiguamente en Egipto, en Siria o en otros pueblos? ¿Qué significaba el muérdago de la encina? ¿Quién fue el primero que veneró un gato? ¿Qué nación fue la primera que bailó en honor de los dioses debajo del ramaje de los árboles? ¿Qué pueblo fue el primero que organizó las procesiones y llevó delante de ellas insensatos con campanillas? ¿Quién ideó pasear por las calles un príapo y después clavarlo en las puertas a manera de aldaba? ¿A qué árabe se le ocurrió colgar los calzones blancos de su mujer, en la ventana de la casa, al día siguiente de su boda?

 

Las antiguas naciones tenían la costumbre de bailar a la luz de la luna nueva. ¿Es que se dieron esa consigna? Nada de nada, como tampoco se la dieron para regocijarse por el nacimiento de un hijo, ni para llorar la muerte del padre. Los hombres siempre se alegran de volver a disfrutar la luz de la luna, tras haber pasado algunas noches a oscuras. Hay muchas usanzas que son tan naturales en todos los hombres que no se puede decir que los vascos las han enseñado a los frigios, ni que éstos las han enseñado a aquéllos.

 

La costumbre de usar el agua y el fuego en los templos se introdujo por sí misma. Los sacerdotes no quieren tener siempre las manos sucias y necesitan tener fuego para cocer la carne inmolada, como necesitaron quemar astillas de madera resinosa para que el aroma de éstas destruyera el hedor de la sagrada matanza. Pero las ceremonias misteriosas que son difíciles de interpretar y los usos que la naturaleza no enseña, ¿en qué sitio, cuándo y por qué se han inventado? ¿Qué pueblo los comunicó a otro pueblo?

 

No es verosímil que a un árabe o a un egipcio se les ocurriera simultáneamente cortar a sus hijos el extremo del prepucio, ni que un chino y un persa pensaran a un mismo tiempo castrar a los jóvenes al llegar a la pubertad. Nunca se les hubiera ocurrido al mismo tiempo a dos padres de diferentes regiones la idea de degollar a sus hijos por complacer a Dios. Para esto es indudablemente preciso que unas naciones comuniquen a otras sus locuras serias, ridículas o bárbaras, y en la noche de los tiempos es donde se debe husmear para descubrir, si podemos, el primer insensato y el primer malvado que han pervertido al género humano.

 

Ahora bien, ¿cómo es posible saber si en Fenicia fue Jehud el inventor de los sacrificios de sangre humana al inmolar a su hijo? ¿Cómo estar seguros de que Licaón fue el primero que comió carne humana, cuando no sabemos quién fue el primero que comió pollo?

 

También se ha buscado el origen de las antiguas fiestas y creemos que la más primitiva y más agradable y útil es la de los emperadores de China, que labran y siembran con los primeros mandarines (1). La segunda son las fiestas de Ceres que se celebraban en Atenas. Festejar simultáneamente la agricultura y la justicia, demostrando a los hombres que una y otra son necesarias, unir el freno de las leyes al provecho de las artes prácticas, manantial de riqueza, es costumbre sabia y útil al mismo tiempo.

 

(1) Véase el articulo Agricultura.

 

Antiguamente se celebraban por doquier fiestas alegóricas al cambio de las estaciones. No fue necesario que una nación viniera de lejos a enseñar a otra que debían darse muestras de amistad y regocijo a los conocidos el primer día del año. Esta costumbre la tuvieron todos los pueblos. Conocemos las saturnales de los romanos, pero son desconocidas para nosotros las de los allobroges y de los pictos. Esto es porque nos quedan muchísimos escritos de los romanos y no los tenemos de los demás pueblos de la Europa occidental. La fiesta de Saturno se reducía a festejar el tiempo, al que dotaron de cuatro alas, para indicar su velocidad. Le atribuían además dos rostros, con los que querían representar el año finiquitado y el año nuevo. Los griegos decían que Cronos se había comido a su padre y se comía a sus hijos, dando a entender con esta alegoría que el tiempo se tragó el pasado, se traga el presente y se tragará el futuro.

 

¿Por qué hemos de buscar baldías y tristes explicaciones de fiesta tan universal, tan alegre y tan conocida? Examinando la Antigüedad, no veo en ella ninguna fiesta anual que sea triste; hasta la que empieza por lamentaciones termina bebiendo, riendo y bailando. En la fiesta para llorar la muerte de Adonis, éste resucita en seguida y los asistentes a la fiesta se regocijan al ver su resurrección. Lo mismo sucede en las fiestas de Isis, de Osiris y de Horus, y en las que los griegos celebraban en honor de Ceres y de Proserpina.

 

No encuentro una sola conmemoración general de un suceso infausto. Los que instituyeron las fiestas no hubieran tenido sentido común de instituir en Atenas la celebración de la batalla que los atenienses perdieron en Queronea, y en Roma la conmemoración de la batalla que ésta perdió en Cannas. Perpetuaron el recuerdo que podía animar el valor de los hombres, no el recuerdo de lo que podía inspirarles cobardía o desesperación. Esto es tan cierto que hasta inventaron leyendas por el gusto de instituir fiestas. Cástor y Pólux no lucharon en favor de los romanos en las orillas del lago Regilo, pero los sacerdotes lo hicieron creer así en Roma trescientos o cuatrocientos años después y el pueblo bailaba en su honor. Hércules tampoco libró a Grecia de la hidra de siete cabezas que le amenazaba, pero el pueblo cantó a Hércules y a la hidra.

 

Fiestas instituidas sobre leyendas. No creo que en toda la Antigüedad se celebrara fiesta alguna sobre hechos comprobados. Los comentaristas se cubren de ridículo cuando nos dicen magistralmente: «He aquí el antiguo himno que se cantó a Apolo cuando visitó Claros. Luego, Apolo estuvo en Claros. Se edificó un templo en honor de Perseo; luego, éste libertó a Andrómaca». Estas son las consecuencias que sacan. Si así no lo hicieran, ¿qué quedaría de la sabia Antigüedad que precedió a las olimpíadas? Se convertiría en lo que debe ser: en época de alegorías y de mentiras, en una época que desprecian los sabios y discuten profundamente los tontos, los cuales, como los átomos de Epicuro, se complacen en nadar en el vacío.

 

En todas las naciones hubo días señalados de penitencia y de expiación en los templos, pero esos días no recibieron un nombre equivalente al de las fiestas. Las fiestas se consagraban siempre a la diversión. Tanto es así que los sacerdotes egipcios ayunaban la víspera para comer mejor al día siguiente, costumbre excelente que han conservado los frailes. Indudablemente, existieron ceremonias lúgubres, pero no bailaban la danza griega llamada branle cuando iban a enterrar o llevaban a la pira a un hijo o a una hija. Esto era una ceremonia pública, pero no una fiesta.

 

De la antigüedad de las fiestas que suponen fueron lúgubres. Hombres ingeniosos y profundos, rastreadores de antigüedades y capaces de saber cómo estuvo constituido el mundo cien mil años atrás, si alguien pudiera saberlo, suponen que los hombres, reducidos a escaso número en ambos continentes, consternados por las numerosas conmociones que había sufrido el Globo, perpetuaron el recuerdo de tantas desventuras mediante conmemoraciones funestas y lúgubres. «Todas las fiestas —dicen— marcan un día de horror y se han instituido para recordar a los hombres cómo destruyeron a sus padres el fuego que escapó de los volcanes, las rocas que cayeron de las montañas, las irrupciones de los mares, los dientes y las garras de las fieras, el hambre, la peste y las guerras que lo asolaron todo.

 

Por más verdad que sea, nosotros no nos parecemos a los hombres de la Antigüedad. Nunca se divirtieron tanto en Londres como tras la peste y el incendio de la ciudad, durante el reinado de Carlos II. Los franceses entonaron canciones antes de terminar las matanzas de la noche de San Bartolomé, y todavía se conservan los pasquines que se pusieron al día siguiente del asesinato de Coligny, con la siguiente inscripción: «Passio domini nostri Gaspar di Coligny secundum Bartholomoeum».

 

El sultán que reina en Constantinopla hizo, en varias ocasiones, bailar a sus eunucos y a sus odaliscas en los salones bañados con la sangre fresca de sus hermanos y visires. ¿Y qué hace el público en París el día que se recibe la noticia de la pérdida de una batalla y de la muerte de muchos oficiales bravos? Asistir a la ópera o a la comedia. ¿Qué hizo cuando inmoló a la esposa del mariscal Ancre en la plaza de la Greve la barbarie de sus perseguidores? ¿Qué hizo el público cuando en una carreta arrastraron al mariscal De Marillac, en virtud de una orden que firmaron los acólitos del cardenal Richelieu? ¿Qué hizo cuando el teniente general de los ejércitos, el conde de Lally, que había vertido su sangre por el Estado y al que condenaron a muerte sus enemigos, fue llevado al cadalso en el carro de la basura con una mordaza en la boca? ¿Qué hizo cuando el caballero de La Barre, a los diecinueve años de edad, candoroso, bravo y modesto, pero muy imprudente, fue entregado a los más horribles suplicios? ¿Sabéis lo que hizo el público de París? Cantar coplas frívolas. Así es el hombre, como fue en todos los tiempos, por la misma razón que los conejos siempre tienen pelo y las alondras plumas.

 

Del origen de las artes. Pretendemos conocer a fondo la teología de Thaut, de Zerdust, de Sanchioniathon y de los primeros brahmanes, y no sabemos quién inventó la lanzadera. El primer tejedor, el primer albañil y el primer forjador, fueron sin duda grandes genios, pero nadie se acuerda de ellos. ¿Por qué? Porque ninguno inventó un arte perfeccionado. El primero que cortó una encina para que le sirviera de puerta o de puente para atravesar un río, no construyó galeras; los que arrancaron en la montaña grandes piedras valiéndose de traviesas de madera, no idearon la edificación de las pirámides. En todo se adelanta gradualmente y la gloria no corresponde a nadie.

 

Todo se hizo a través de tanteos hasta que los filósofos, con la ayuda de la geometría, enseñaron a los hombres a proceder con exactitud y seguridad. Fue preciso que Pitágoras, al regresar de sus viajes, enseñara a los obreros el modo de hacer una escuadra perfectamente exacta. Tomó tres reglas, una de tres pies, otra de cuatro y otra de cinco, y con ellas formó un triángulo rectángulo. Además, el lado quinto alcanzaba un cuadrado precisamente doble que los cuadrados de los lados tercero y cuarto método importante para la simetría de las obras. Ese famoso teorema lo trajo de la India, y como ya dijimos en otra parte, fue conocido mucho tiempo antes en China, según refiere el emperador Kang‑hi.

 

Arquitas y Eratóstenes inventaron un método para doblar el cubo, lo cual era impracticable según la geometría ordinaria.

 

Arquímedes encontró el modo de calcular con exactitud la liga que tenía mezclada el oro, y trabajaron ese dichoso metal muchísimo tiempo antes de que pudiera descubrirse el fraude que cometían los obreros. La granujería se conoció muchísimo tiempo antes que las matemáticas. Las pirámides se construyeron a escuadra, correspondiendo con exactitud a los cuatro puntos cardinales, lo que prueba que en Egipto, desde tiempo inmemorial, se conoció la geometría.

 

Sin el conocimiento de la filosofía, no seríamos superiores a los animales que cavan y elevan sus habitáculos, que preparan en ellos sus alimentos y cuidan y nutren a sus pequeñuelos, y resultan superiores a nosotros al hacer vestidos.

 

Vitrubio, que viajó por la Galia y España, refiere que todavía en su época se edificaban las casas con argamasa, compuesta de barro y paja y cubrían los techos con rastrojos o bálago, desconociendo aún el uso de las tejas. Y Vitrubio vivió en la época de Augusto. Las artes apenas eran conocidas entre los españoles, que poseían minas de oro y plata, y entre los galos, que habían guerreado diez años contra César. El mismo Vitrubio nos dice que en la opulenta Marsella, que comerciaba con muchos pueblos, los techos eran de arcilla petrificada y de paja. Sabemos también que los frigios profundizaban bajo tierra las habitaciones, fijaban estacas alrededor del foso y las juntaban en forma de punta; después, rellenaban de tierra todo el sitio que aquéllas ocupaban. Los hurones y los topos tenían mejores habitáculos. El estado en que se encontraba la arquitec­tura en tiempos de Vitrubio puede darnos idea de lo que sería mucho antes la ciudad de Troya, que edificaron los dioses, y el magnífico palacio de Príamo.

 

Los modernos poseemos nuestras artes y la Antigüedad poseyó las suyas. En la actualidad, no sabríamos construir una trirreme, pero fabri­camos barcos armados de cien cañones. No sabemos erigir obeliscos de cien pies de altura construidos de una sola pieza, pero poseemos meri­dianos exactos. Desconocemos el viso, pero las sedas de Lyon valen más que el viso. El Capitolio es magnífico, pero la iglesia de San Pedro es mu­cho mayor y más admirable. El Louvre es una fábrica magistral compa­rada con el palacio de Persépolis, cuya situación y ruinas nos dan a en­tender que fue un vasto monumento de la barbarie rica. La música de Rameau equivaldrá probablemente a la de Timoteo, y cualquier cuadro que se presente hoy en París en el salón de Apolo es superior a las pin­turas que hemos desenterrado en Herculano.

 

ANTITRINITARIOS. Nombre de una secta de herejes que bien pudiera pasar por no cristianos, pese a que reconocen a Jesucristo como Redentor y Salvador. Pero sostienen que es opuesto a la recta razón enseñar a los cristianos que existe una trinidad de personas con una sola esencia divina, que la primera engendra a la segunda y la tercera procede de las otras dos. Dicen que esa doctrina ininteligible no se encuentra en ninguna parte de la Sagrada Escritura, y no se puede aducir ningún pasaje de ella que autorice esa opinión.

 

Dicen también que defender, como hacen sus adversarios, que son tres personas distintas con una esencia divina, y que no es sólo el Eterno el único Dios verdadero, sino que también lo son el Hijo y el Espíritu Santo, es introducir en la iglesia de Jesucristo un error muy tosco y peligroso que abre la puerta al politeísmo. Que implica contradicción decir que hay un solo Dios y, sin embargo, hay en él tres personas que cada una de ellas es Dios; que la distinción de ser uno en esencia y tres en personas no la hizo nunca la Biblia y es una distinción falsa, porque no puede haber menos esencias que personas, ni más personas que esencias.

 

Y siguen diciendo:

 

Que las tres personas de la Trinidad son o tres sustancias distintas, tres accidentes de la esencia divina, o esta misma esencia. En el primer caso, son tres dioses; en el segundo, es un dios compuesto de accidentes y adoramos esos accidentes metamorfoseándolos en personas, y en el ter­cer caso, es inútil y no tiene fundamento dividir un objeto indivisible, y dividir en tres el que sólo es uno. Que si les arguyen que las tres per­sonas no son sustancias distintas de la esencia divina, ni accidentes de dicha esencia, no se les podrá convencer de que sean algo. Que no debe creerse que los trinitarios más conspicuos y más inflexibles tengan idea clara de la manera con que las tres personas subsisten en Dios, sin dividir su sustancia, y de consiguiente sin multiplicarla.

 

Que el mismo san Agustín, después de haber emitido respecto a este asunto muchos razonamientos, tan falsos como oscuros, tiene que confesar que no puede decirse sobre esto nada que resulte inteligible. Que los teólogos modernos no han dado mayor claridad al asunto, y así que se les pregunta qué es lo que entienden por persona, sólo contestan que es una distinción incomprensible que hace distinguir en una naturaleza única en número, un Padre, un Hijo y un Espíritu Santo. Que la explicación que dan de los vocablos engendrar y proceder no es más satisfactoria que la anterior, porque se reduce a decir que esos verbos indican las relaciones incomprensibles que median entre las tres personas de la Trinidad. Que se puede resumir el estado de la cuestión entre los ortodoxos y ellos diciendo que existen en Dios tres distinciones, de las que no tenemos idea alguna, entre las que median determinadas relaciones, de las que tampoco tene­mos la menor idea.

 

De todo lo dicho infieren que lo sensato sería atenerse a la autoridad de los apóstoles, que no hablaron nunca de la Trinidad, y desterrar para siempre de la religión todas las palabras que no consten en la Sagrada Es­critura, como por ejemplo: Trinidad, Personas, Esencia, Hipóstasis, En­carnación, Generación y tantas otras, vacías absolutamente de sentido por­que no tienen en la naturaleza ningún ser real a quien representar, y por lo tanto, sólo gana nuestra imaginación nociones falsas, vagas, oscuras e incompletas.

 

Para terminar este artículo transcribiremos lo que dice el abate Calmet en su disertación sobre el pasaje de la carta de San Juan Bautista: «Exis­ten tres que lo atestiguan en la tierra: el espíritu, el agua y la sangre y los tres sólo son uno. Existen tres que lo atestiguan en el cielo: el Padre el Verbo y el Espíritu, y los tres sólo son uno». Calmet declara que esos dos pasajes no se encuentran en ninguna Biblia antigua, y efectivamente, sería muy extraño que san Juan hubiera hablado de la Trinidad en una carta y no hubiera dicho de ésta ni una sola palabra en el Evangelio.

 

Nada se encuentra respecto a ese dogma en los evangelios canónicos, ni en los evangelios apócrifos. Todas esas razones y muchas otras basta­rían para justificar a los antitrinitarios si los Concilios no se hubieran manifestado contra ellos. Pero como los herejes no hacen caso de los Con­cilios, la Iglesia no sabe qué medida tomar para confundirlos.

 

ANTROPÓFAGOS. Nos hemos ocupado ya del amor, y ahora con una dura transición pasaremos de los seres que se besan a los que se comen unos a otros. Desgraciadamente, es cierto que existieron los antropófagos, por­que los encontramos en América, donde quizá los haya aún. Los cíclopes no fueron los únicos que en la Antigüedad se alimentaron de carne hu­mana. Juvenal, en una de sus sátiras, refiere que en Egipto, pueblo civi­lizado, famoso por sus leyes y, tan devoto, que adoraba a los cocodrilos y a las cebollas, los tintiritas se comieron a un enemigo que cayó en su poder. Este crimen se cometió casi a la vista de Juvenal, que estaba en­tonces en Egipto, y a corta distancia de Tintira.

 

En 1737 trajeron cuatro salvajes del Missisipí a Fontainebleau. Yo conversé con ellos. Entre los salvajes había una mujer de aquel país a la que pregunté si había comido carne humana alguna vez, y francamente me contestó que sí, que la había comido. Comprendiendo que me asombró su contestación, defendió su proceder diciéndome que era preferible co­merse al enemigo muerto que dejar a las fieras que lo devoraran, y que los vencedores debían tener esa preferencia. Nosotros matamos en las ba­tallas a nuestros enemigos y por la más insignificante recompensa propor­cionamos alimentos a los cuervos y a los gusanos; este es el verdadero crimen. Porque al muerto ¿qué le importa que se lo coma un soldado, un cuervo o un animal carnívoro?

 

Respetamos más a los muertos que a los vivos, debiendo respetar lo mismo a unos que a otros. Los pueblos que llamamos civilizados han te­nido toda la razón para no poner en el asador a los enemigos vencidos porque si se permitiera comerse a los habitantes de otras naciones pronto acabaríamos comiéndonos a nuestros compatriotas. Pero los pueblos civi­lizados no siempre lo fueron. Se mantuvieron salvajes durante mucho tiem­po, y en el infinito número de revoluciones que ha transformado el Globo el género humano fue unas veces numeroso y otras escaso. Sucedió con los hombres lo que sucede hoy con los elefantes, los leones y los tigres, cuyas especies han disminuido mucho. En las épocas en que poblaban una región pocos hombres, desconocían los primeros rudimentos de las artes y eran cazadores. La costumbre de alimentarse de lo que mataban les habituó a que trataran a sus enemigos como a los ciervos y a los jabalíes. La superstición hizo muchas víctimas humanas, y la necesidad obligó a comérselas.

 

¿Qué crimen es mayor, congregarse devotamente para degollar a una doncella adornada con cintas, para honrar así a la divinidad, o comerse a un hombre que mataron cuando se defendía como un valiente?

 

Podemos presentar muchos más casos de doncellas y muchachos sa­crificados a los dioses, que de muchachos y doncellas comidos, porque casi todos los pueblos conocidos sacrificaban jóvenes de ambos sexos y los judíos los inmolaban. Este acto se llamaba condenar al anatema y era un verdadero sacrificio. En el capítulo 21 del Levítico se manda no perdonar a las víctimas destinadas al sacrificio. Pero no se prescribe en ninguna parte que se las coman; las amenaza únicamente. Como ya sabe­mos, Moisés dijo a los judíos que si no observaban los mandamientos del Señor padecerían sarna y las madres se comerían a sus hijos. Debemos creer que en la época de Ezequiel los judíos debían estar habituados a comer carne humana, porque les predice en el capítulo 34 que Dios les hará comer, no sólo los caballos de sus enemigos, sino a los jinetes. ¿Por qué los judíos no habían de ser antropófagos? Es la única condición que hubiera faltado al pueblo de Dios para ser el más abominable del mundo.

 

Herrera nos asegura que los mexicanos se comían a las víctimas hu­manas que inmolaban. Casi todos los viajeros de la América primitiva y misioneros dicen que los brasileños, los caraibos, los iroqueses, los hu­rones y los nativos de algunas otras tribus, se comían a los prisioneros que hacían en la guerra y ese hecho lo consideran como costumbre de toda la América. Hay tantos autores antiguos y modernos que nos hablan de los antropófagos que no podemos negar su existencia. Los pueblos que sólo se ocupaban de la caza, como los brasileños y los canadienses, al tener insegura la subsistencia no es extraño que algunas veces se convir­tieran en antropófagos: el hambre y la venganza les acostumbrarían a esa clase de alimento. Cuando vemos en siglos más civilizados que el pueblo de París devora los restos sangrientos del mariscal Acre, y el pueblo de La Haya se come el corazón de Witt, no debe sorprendernos que ese horror, pasajero en las naciones civilizadas, se perpetuara en los pueblos salvajes.

 

El más antiguo de los libros que poseemos no nos permite dudar que el hambre arrastrase a los hombres a cometer semejantes excesos. El pro­feta Ezequiel, según sus apologetas, promete a los hebreos, de parte de Dios, que si se defienden contra el rey de Persia podrán comer carne de caballo y de caballero. Marco Polo refiere que en su época, en parte de Tartaria, los magos, es decir, los sacerdotes, tenían derecho a comerse la carne de los criminales sentenciados a muerte. Todo esto subleva el corazón, pero el cuadro que nos ofrece el género humano en casi todos los pueblos causa el mismo efecto con frecuencia.

 

¿Cómo pueblos que vivían a mucha distancia entre sí han podido ase­mejarse en esa horrible costumbre? ¿Debemos creer que no es absoluta­mente contraria a la naturaleza humana como parece serlo? Es indu­dable que esta costumbre resulta rara, pero no es menos cierto que existe o ha existido. Sabemos que no era frecuente que los tártaros y los judíos se comieran a sus semejantes. En las ciudades de Sancerre y París, sitia­das durante las guerras religiosas, el hambre y la desesperación obligaron a las madres a alimentarse con la carne de sus hijos. El venerable Las Casas, obispo de Chiapa, dice que ese horror sólo lo cometieron en Amé­rica algunos pueblos, por los que él no había viajado. Dampierre asegura que nunca encontró antropófagos, y acaso hoy no existan dos poblacio­nes en las que esté en uso tan horrible costumbre.

 

Américo Vespucio refiere en una de sus cartas que los brasileños se quedaron sorprendidos cuando les hizo saber que los europeos no se co­mían a sus prisioneros de guerra hacía ya mucho tiempo. Los gascones y los españoles cometieron antiguamente esa barbarie, según nos dice Juvenal en su sátira XV. El fue testigo en Egipto de semejante abomina­ción cometida durante el consulado de Junins: los habitantes de Tintira y los de Ombo tuvieron una cuestión, se batieron y uno de los primeros cayó en poder de los segundos, lo cocieron y se comieron su carne y sus huesos. Pero Juvenal no dice que eso fuera una costumbre admitida; al contrario, lo refiere como un hecho extraordinario.

 

El jesuita Charlevois, a quien traté, y era un hombre veraz, da a en­tender en su Historia del Canadá, en cuyo país residió treinta años, que todos los pueblos de la América septentrional eran antropófagos porque nota como cosa extraordinaria que los canadienses no comían carne hu­mana en 1711.

 

El jesuita Brebaeuf refiere que el primer converso iroqués fue bauti­zado por él, con el nombre de José, en 1640, pero como por desgracia se había emborrachado con aguardiente lo cogieron los hurones, que enton­ces eran enemigos de los iroqueses, y tras hacerle sufrir varios tormentos que soportó cantando, como era costumbre en el país, le cortaron un pie, una mano y la cabeza; luego, los hurones metieron todos sus miembros en una caldera, se los comieron y ofrecieron un pedazo al padre Brebaeuf.

 

Charlevois habla también en otra parte que en una ocasión los iro­queses se comieron a veintidós hurones. No podemos dudar que la natu­raleza humana llegó en más de un país a este último grado del salvajismo y que la execrable costumbre proviene de tiempos inmemoriales, porque encontramos en la Biblia la amenaza a los judíos de comerse a sus hijos si no cumplían las sagradas leyes. En el capítulo 38 del Deuteronomio dícese a los judíos «que padecerán de sarna, que sus mujeres se entre­garan a otros hombres, que se comerán a sus hijas y a sus hijos entre la agonía y la devastación, que se disputarán los hijos para alimentarse y que el marido no querrá dar a su mujer un pedazo de su hijo porque le dirá que no tiene bastante para él».

 

Verdad es que atrevidos críticos sostienen que el Deuteronomio no se compuso hasta después del sitio de Samaria, durante el cual, se dice en el libro cuarto de los Reyes, que las madres se comieron a sus hijos. Pero esos críticos, al considerar el Deuteronomio como libro escrito después del sitio de Samaria, confirman este espantoso hecho. Otros críticos opi­nan que el hecho no debió suceder como refiere el libro cuarto de los Reyes. Allí se dice que cuando el rey de Israel pasó por encima de la mu­ralla de Samaria, una mujer, implorando su protección, exclamó: « ¡Sál­vame, señor rey!», y él respondió: «Tu Dios no te salva, ¿cómo te he de salvar yo? ¿Qué deseas?», y ella le respondió: «Una mujer me pro­puso que le entregara mi hijo para comérnoslo y que mañana nos come­ríamos el suyo, hemos cocido a mi hijo y lo hemos comido; le he pedido hoy su hijo para comérnoslo y ella lo ha escondido».

 

Esos críticos sostienen que no es verosímil que el rey Benadad sitiase Samaria, ni que el rey Jorán pasara tranquilamente por la muralla para decidir allí los litigios que unos con otros tuvieron los samaritanos. To­davía es menos verosímil que dos mujeres no tuvieran bastante con un niño para alimentarse un par de días, cuando con él hubieran podido mantenerse cuatro. Pero de cualquier forma que presenten sus argumen­taciones dichos críticos, debe creerse que los padres y las madres se comieron a sus hijos durante el asedio de Samaria, como se predijo en el Deuteronomio. Lo mismo sucedió en el sitio que Nabucodonosor puso a Jerusalén, que también predijo Ezequiel.

 

Jeremías exclama en una de sus lamentaciones: «Las mujeres se co­merán a sus pequeñuelos», y en otra parte: «Las mujeres compasivas co­cieron a sus hijos con sus propias manos y se los comieron». También el poeta Barne dijo: «El hombre comió la carne de su hijo y de su hija». Por Flavio Josefo sabemos de cierta mujer que se mantenía de la carne de su hijo cuando Tito estaba sitiando Jerusalén. Semejante salvajismo se repite mucho y en muchas partes; por lo tanto no cabe la menor duda de que debe haber existido.

 

El libro que se atribuye a Enoc, citado por san Judas, dice que los gigantes que nacieron del trato de los ángeles con las hijas de los hom­bres fueron los primeros antropófagos. En la octava homilía, atribuida a san Clemente, hace hablar a san Pedro, que dice que los hijos de dichos gigantes se abrevaron de sangre humana y comieron la sangre de sus semejantes. Resultaron de esto, añade el autor, enfermedades hasta enton­ces desconocidas, naciendo monstruos de todas clases; entonces fue cuando Dios resolvió ahogar al género humano. Esto prueba que era universal la creencia de que existían antropófagos.

 

La Relación de las Indias y de la China, que en el siglo VIII escribie­ron dos árabes y tradujo el abate Renandot, es un libro al que no debe darse crédito sin examinarlo, e incluso examinándolo. No se debe, em­pero, rechazar todo lo que esos dos viajeros dicen, sobre todo cuando sus relatos los confirman otros autores que merecen crédito. Aseguran que en el mar de las Indias existen islas pobladas de negros que.comen carne humana: llaman a estas islas Ramin. Marco Polo, que no ha leído el libro de esos dos árabes, dice lo mismo cien años después. El arzo­bispo Navarrete, que viajó mucho más tarde por dichos mares, confirma los anteriores testimonios diciendo: Los europeos que atrapan, es opinión constante que se los comen vivos.

 

Texeira supone que los habitantes de Java se alimentaban de carne humana y dejaron esa abominable costumbre doscientos años antes de la época en que él escribió. Añade que sólo conocieron costumbres más morigeradas cuando abrazaron la religión de Mahoma. Lo mismo se dice de los cafres, de Perú y de muchos pueblos de Africa. El citado Marco Polo dice que algunas hordas tártaras, cuando condenaban a muerte a algún criminal, lo mataban y se lo comían.

 

Lo raro, y más que raro increíble, es que esos dos árabes atribuyan a los chinos lo que Marco Polo refiere de algunas hordas tártaras, dicien­do «que generalmente los chinos se comen a los hombres que matan». Esta idea es tan opuesta a la benignidad de las costumbres chinas, que no es verosímil. No obstante, debemos tener en cuenta que el siglo VIII, en el que escribieron los dos árabes, fue uno de los siglos más funestos para China. Doscientos mil tártaros pasaron la Gran Muralla y saquearon Pe­kín, sumiendo todo el imperio en la desolación. Es posible que se expe­rimentara allí todo el horror del hambre. China estaba entonces tan po­blada como en la actualidad, y bien pudo suceder que en las aldeas al­gunos miserables comieran cadáveres. No debían tener interés esos dos árabes en inventar tan repugnante fábula, aunque tal vez, como muchos viajeros, tomaran un caso particular por una costumbre del país.

 

Sin ir a buscar tan lejos esos casos, he aquí lo sucedido en mi patria y en la misma provincia donde estoy escribiendo. Lo atestigua el ven­cedor de las Galias, Julio César. Estaba sitiando la localidad de Alexia y los sitiados resolvieron defenderse hasta el último extremo. Cuando ca­recieron de víveres, se reunieron en gran consejo y uno de los jefes, lla­mado Critognat, propuso, para saciar el hambre, comerse los niños uno tras otro y de este modo no se debilitarían las fuerzas de los combatien­tes. Su propuesta se aprobó por mayoría de votos. En su discurso, Cri­tognat dijo que sus antepasados recurrieron también al mismo alimento cuando estuvieron en guerra con los teutones y los cimbrios.

 

Dos ingleses que dieron la vuelta al mundo descubrieron que Nueva Holanda es una isla más grande que Europa, y que los hombres se comen allí todavía unos a otros, lo mismo que en Nueva Zelanda. ¿De dónde proviene esa raza? ¿Desciende de los antiguos egipcios, de los antiguos pueblos de Etiopía, de los africanos, de los indios, o de los buitres y los lobos? ¿Qué distancia tan enorme media entre Marco Aurelio y Epicteto y los antropófagos de Nueva Zelanda? Sin embargo, poseen los mismos órganos, son también hombres. Ya me ocupé en otra parte sobre esa pro­piedad de la raza humana, pero deseo añadir algunas palabras más.

 

Dice san Jerónimo en una de sus cartas: «Puedo deciros algo de lo que sé de otras naciones, porque siendo joven vi escoceses en las Galias, los que pudiendo mantenerse en los bosques con la carne de los cerdos y otros animales preferían cortar las nalgas a los hombres jóvenes y las mamas a las doncellas, y éste era su alimento favorito».

 

Pelloutier, que trató de referir todo lo que podía honrar a los celtas, contradijo ese aserto de san Jerónimo y sostuvo que se habían burlado de él. Pero san Jerónimo habla seriamente y asegura que lo vio. Puede discutirse con un padre de la Iglesia sobre lo que oyó decir, pero sobre lo que vio con sus ojos no debe disputarse, porque siguiendo este sistema lo más seguro es desconfiar de todo, hasta de lo que uno mismo vio.

 

Terminaremos este asunto con un testimonio de Montaigne, que con­forme con lo que contaron los compañeros de Villegagnon, que regresaban del Brasil, y lo que él vio en Francia, certifica que los brasileños se co­mían a sus enemigos muertos en la guerra.

 

ANTROPOMORFISTAS. Algunos autores suponen que los componentes de una secta del siglo IV de la era vulgar eran antropomorfistas. Pero se cree generalmente que esta secta ha existido en todos los pueblos donde hubo pintores y escultores. En cuanto supieron dibujar o esculpir una figura idearon en seguida la imagen de la Divinidad.

 

Aunque los egipcios consagraban los gatos y los machos cabríos, es­culpieron sin embargo las estatuas de Isis y de Osiris. En Babilonia hicie­ron la estatua de Bel, la de Hércules en Tiro y la de Brahma en la India.

 

Los musulmanes no pintaron a Dios con figura de hombre. Los guebros no poseyeron ninguna imagen del Gran Ser. Los árabes sabeos no dieron figura humana a las estrellas, ni los judíos la dieron a Dios en su templo. Ninguno de esos pueblos conoció el dibujo, y si Salomón colocó en su templo figuras de animales es verosímil que las mandara esculpir en Tiro. Pero todos los judíos consideraron a Dios como hombre, como hombre en todas las ocasiones. Para los judíos, Dios desciende al paraíso donde se pasea a diario al mediodía, habla a sus criaturas y a la ser­piente, y detrás de la zarza deja oír su voz a Moisés, que sólo consigue verle por detrás en lo alto de la montaña. Sin embargo, le habla frente a frente y como un amigo a otro.

 

En el Corán se considera a Dios siempre como un rey, y en el capí­tulo 12 lo sienta en un trono situado encima de las aguas. Manda a un secretario suyo que escriba el Corán, como los reyes dictan sus órdenes, y dispone que el arcángel Gabriel lleve el Corán a Mahoma, así como los reyes envían a sus embajadores. En una palabra, aunque declare el Corán que Dios no engendra ni fue engendrado, dicho libro le atribuye algo de antropomorfismo. En la Iglesia griega y en la latina siempre pin­taron a Dios con barbas largas.

 

APARICIÓN. No es tan raro como se cree que la persona hiperexcitada vea lo que no existe. En 1726, una mujer, acusada en Londres de ser cómplice del asesinato de su marido, negó el hecho; le presentaron el traje del di­funto moviéndolo en su presencia, y la imaginación espantada de la mu­jer vio a su esposo ante ella, se arrojó a sus pies y quiso besarlos, confe­sando a los jurados que veía a su esposo.

 

No debe sorprendernos que Teodorico viera en el cuerpo de un pez que le sirvieron durante la comida, a la cabeza de Sima, al que mandó matar injustamente. Carlos IX, después de la matanza de la noche de San Bartolomé, veía en todas partes muertos y sangre, no en sueños, sino despierto, entre las convulsiones que le producía su espíritu perturbado que no le permitían conciliar el sueño. Su médico y su nodriza dan pro­bada fe de ello.

 

Las visiones fantásticas son frecuentes en los afectos de tabardillo, que no se figuran ver, sino que ven efectivamente. El fantasma existe para el que lo percibe. Si no estuviera dotada del don de la razón la máquina humana, cuya razón corrige todas esas ilusiones, las imagina­ciones exaltadas vivirían en continuo enajenamiento y sería imposible curarlas. Sobre todo, en el estado intermedio en que se encuentra la na­turaleza humana entre la vigilia y el sueño es cuando la mente acalorada ve objetos imaginarios y oye sonidos que nadie lanza. El amor, el temor, el dolor y el remordimiento, son los que inducen a pintar los cuadros en las imaginaciones trastornadas.

 

Los teólogos creen que a esas causas naturales se sumó la voluntad y de esta creencia son obvios testimonios el Antiguo y el Nuevo Testa­mento. La Providencia se dignó enviar apariciones y visiones en favor del pueblo hebreo, que fue en la Antigüedad su pueblo predilecto.

 

Existen innumerables historias de apariciones. En los primeros años del siglo IV, san Teodoro, dando al parecer crédito a una aparición, in­cendió el templo de Amasseo y lo redujo a cenizas. No es verosímil que Dios le mandara perpetrar semejante acto, que es un acto criminal y causó la muerte de varios ciudadanos, exponiendo a los cristianos a una justa venganza.

 

Pueden creer los católicos que Jesucristo se apareciera a san Víctor pero que san Benito viera el alma de san Germán que se la llevaban al cielo los ángeles, y que dos monjes vieran también la cabeza de san Be­nito caminar sobre una alfombra extendida desde el cielo hasta el mo­nasterio de Monte Casino, es más difícil de creer.

 

Puede también dudarse, sin inferir ofensa a la religión, que un ángel se llevara al infierno a san Eucher y que éste viera allí el alma de Carlos Martel, y que un santo ermitaño de Italia viera a los diablos, dentro de una barca, atando el alma de Dagoberto y azotándola, porque es increí­ble que un alma pueda andar sobre una alfombra, se la pueda atar dentro de una barca, ni que sea posible azotarla. Pero Sí es posible que cerebros exaltados tengan semejantes visiones, porque hay mil ejemplos de que así ha sucedido en todos los siglos.

 

El ilustre Bossuet refiere, en la Oración fúnebre de la princesa pala­tina, que dos visiones influyeron poderosamente sobre dicha princesa y decidieron todos los actos de su vida durante sus últimos años. Debemos creer que esas visiones fueron celestes, porque así las considera el sabio obispo de Meaux, que penetró en las profundidades de la teología y aco­metió la empresa de levantar el velo que cubre el Apocalipsis. Dice Bos­suet que la princesa palatina, después de prestar cien mil francos a la reina de Polonia, su hermana, de vender el ducado de Rethelois por un millón, y tras casar ventajosamente a sus hijas, siendo feliz según la opi­nión del mundo, pero dudando por desgracia de las verdades católicas, tuvo dos visiones que llevaron a su espíritu la convicción y el amor a esas verdades inefables. La primera tuvo lugar en un sueño, en el que un ciego de nacimiento le confesó que no tenía idea alguna de lo que era la luz, y le dijo que se debía creer a los demás respecto a las verdades que no podemos concebir. La segunda visión se la produjo el trastorno que experimentó su cerebro en un acceso de calentura. Vio una gallina que corría tras uno de sus polluelos, que un perro tenía en la boca; la princesa palatina se lo arrebató y una voz le gritó: «Devuélvele el po­lluelo. Si le privas de la comida el perro no vigilará». «No —contestó la princesa—, no se lo quiero dar.» Ese polluelo era el alma de Ana de Gonzaga, princesa palatina, la gallina era la Iglesia, y el perro, el diablo. Ana de Gonzaga, que no quería devolver el pollo al perro era la gracia eficaz.

 

Bossuet predicó esta oración fúnebre a las religiosas carmelitas del arrabal de Saint‑Jacques, en París, ante todos los servidores de la casa de Condé, diciéndoles estas notables frases: «Escuchadlo bien, y sobre todo guardáos de oír con desprecio la orden de las advertencias divinas y la de la gracia eficaz». Los lectores deben, pues, leer esa historia con el mismo respeto que el auditorio la escuchó. Los efectos extraordinarios de la Providencia son como los milagros de los santos canonizados: deben probarse con testimonios irreprochables. ¿Qué testimonio más irrecusable podríamos alegar en defensa de las visiones de la princesa palatina que el que alegó el sabio obispo, quien pasó toda su vida en distinguir la ver­dad de la apariencia?

 

Bossuet combatió con energía a las monjas de Port Royal sobre el for­mulario; a Paul Forri, sobre el Catecismo, al ministro Clande, sobre las variaciones de la Iglesia; al doctor Dupin, sobre China; al padre Simón sobre la inteligencia del texto sagrado; al cardenal Sfrondate, sobre la pre­destinación; al Papa, sobre los derechos de la Iglesia galicana y al arzo­bispo de Cambray, sobre el amor y el desinterés. No le arredraron los títulos ni la reputación, ni la dialéctica de sus adversarios. Si relató el referido hecho es porque lo creyó. Creámoslo nosotros también, a despe­cho de las muchas burlas que ha suscitado. Respetemos los decretos de la Providencia, pero desconfiemos de los arrebatos de la imaginación, a la que Malebranche llama no sin motivo, la loca de la casa. Todo el mundo no puede vanagloriarse de haber tenido las dos visiones que contempló la princesa palatina.

 

Jesucristo se apareció a santa Catalina de Siena, se desposó con ella y le entregó un anillo. Es respetable esta aparición mística, porque la afirman Raimundo de Capua, general de los dominicos, que era su con­fesor, y el papa Urbano VI. Pero no cree en ella el sabio Fleury, autor de la Historia eclesiástica y de Memorias de Poutis. Refiere el autor la aparición de la madre Angélica, abadesa de Port Royal, a la hermana Dorotea. La madre Angélica, mucho tiempo después de su muerte, se sentaba en la iglesia de Port Royal y ocupaba su sitio con el báculo en la mano; llamaba a la hermana Dorotea y le comunicaba terribles secretos.

 

Los franciscanos, los santiaguistas, los jansenistas y los molinistas, también tuvieron sus apariciones y sus milagros.

 

APIS. ¿Adoraron en Menfis al buey Apis como dios, como símbolo o como buey? Es de creer que los fanáticos le tuvieran por un dios, los sabios como un símbolo y el pueblo le adorara como buey. Cuando Cambises conquistó Egipto, ¿hizo bien en matar este buey con sus propias manos? ¿Por qué no? Matándolo probó a los imbéciles que podía comerse asado a su dios sin que la naturaleza se sublevara para vengar el sacrilegio que cometía. Creo que se ha elogiado con exceso a los egipcios; en mi opinión no hubo en el mundo pueblo más miserable. Debió tener siempre en su carácter y en su gobierno un vicio radical que le redujo a ser constante­mente esclavo. Concedo que en tiempos desconocidos, en épocas fabulo­sas, conquistaran los egipcios el mundo, pero en tiempos verdaderamente históricos fueron subyugados siempre por cuantos pueblos quisieron sub­yugarlos: los asirios, griegos, romanos, árabes, mamelucos, turcos, en fin, por todo el mundo excepto por nuestros cruzados, que fueron tan impru­dentes como cobardes eran los egipcios. Ese pueblo sólo tuvo dos cosas aceptables: la primera, que los que adoraban al buey Apis nunca obli­garon a los que adoraban a un mono a cambiar de religión; la segunda, que hacían salir los pollos de una incubadora.

 

Sus pirámides merecieron siempre grandes elogios, pero las pirámides son monumentos que erigió un pueblo esclavo. Fue preciso para cons­triuirlas que trabajara en ellas toda la nación, sin cuyo trabajo incesante no hubiera sido posible edificar tan enormes masas. ¿Para qué servían? Para conservar en un pequeño espacio la momia de algún príncipe, algún gobernador o algún intendente, cuya alma debía reanimarse al cabo de mil años. Pero si esperaban la resurrección de los cuerpos, ¿por qué les quitaban el cerebro antes de embalsamarlos? ¿Acaso los egipcios tienen que resucitar sin cerebro?

 

APOCALIPSIS. Justino el Mártir, que escribió hacia el año 270 de la era cristiana, fue el primero que habló del Apocalipsis. Se atribuye al apóstol san Juan Evangelista. En su diálogo con Trifón, este judío le pregunta si cree que ha de llegar un día en que Jerusalén sea restablecida. Justino le contesta que lo cree, lo mismo que los cristianos que son justos. «Vivió entre nosotros cierta persona llamada Juan, que fue uno de los apóstoles de Jesús y profetizó que los fieles vivirían mil años en Jerusalén.»

 

Fue opinión admitida durante mucho tiempo entre los cristianos la de que ese reinado duraría mil años y en igual período creían también los gentiles, porque las almas de los egipcios habían de ocupar sus cuer­pos al cabo de ese tiempo, y porque las almas del purgatorio purgaban en él, según opinión de Virgilio, también durante mil años. La nueva Jerusalén de los mil años tendría doce puertas en memoria de los doce apóstoles, su forma debía ser cuadrada, y su longitud, su latitud y altura debían ser de doce mil estadios, o sea quinientas leguas de altura. Sería muy desagradable vivir en la última planta de tales edificios, pero eso es lo que dice el Apocalipsis en el capítulo 21.

 

Aunque Justino fue el primero que atribuyó el Apocalipsis a san Juan. hubo comentaristas que recusaron su testimonio fundándose en el citado diálogo con el judío Trifón, donde se dice que, según la relación de los apóstoles, Jesucristo, cuando descendió al Jordán, hizo hervir las aguas de dicho río y las inflamó. Este hecho, sin embargo, no se encuentra en ningún escrito de los apóstoles.

 

El mismo san Justino cita confidencialmente los oráculos de las Sibilas y, además, asegura haber visto las ruinas de las pequeñas casas donde encerraron a los setenta y dos intérpretes en el faro de Egipto, en la época de Herodes. El testimonio del hombre que tuvo la desgracia de ver esas pequeñas casas parece insinuar que también le encerraron en ellas.

 

San Ireneo, que nació después y creyó también en el milenarismo, ase­gura haber oído a un anciano que san Juan era el autor del Apocalipsis. Ahora bien, critican a san Ireneo porque afirmó que no debe haber más que cuatro Evangelios, porque son cuatro las partes del mundo y cuatro los puntos cardinales, y porque Ezequiel no vio más que cuatro animales. A ese raciocinio se llama demostración. Debemos confesar que la manera de argumentar de Ireneo vale tanto como lo que san Justino vio.

 

Clemente de Alejandría sólo habla en su Electa de un Apocalipsis de san Pedro, tenido en gran consideración. Tertuliano, uno de los princi­pales partidarios del milenarismo, no sólo asegura que san Juan predijo esa resurrección y ese reinado, sino que sostiene que la nueva Jerusalén comenzaba ya a formarse en el aire y que los cristianos de Palestina y hasta los paganos la habían visto cuarenta días seguidos al terminar la noche. Pero, desgraciadamente, la ciudad desaparecía al surgir las luces de la aurora.

 

Orígenes, en el prólogo que escribió sobre el Evangelio de san Juan y en sus Homilías, cita los oráculos del Apocalipsis, pero también men­ciona los oráculos de las Sibilas. Con todo, san Dionisio de Alejandría, autor de hacia mediados del siglo III dice en uno de los fragmentos con­servados por Eusebio que casi todos los doctores rechazan el Apocalipsis, considerándolo un libro carente de razón, y añade que no lo compuso san Juan, sino un cierto Cerinto, que se aprovechó del prestigio de aquél para dar mayor valor a sus afirmaciones.

 

El Concilio de Laodicea, que se celebró en el año 360, no incluye el Apocalipsis entre los libros canónicos. Es curioso que en Laodicea, donde se rendía culto al Apocalipsis, se rechazara el tesoro que le ofrecían, y que el obispo de Éfeso, que asistió al Concilio, rechazara también un libro de san Juan Evangelista, enterrado en Éfeso.

 

Todos los mortales de aquella época habían visto que san Juan se movía continuamente dentro de la fosa y hacía levantar y bajar la tierra que le cubría, y los mismos personajes que aseguraban que san Juan no estaba enteramente muerto, afirmaban asimismo que no había escrito el Apocalipsis. Esto no obstaba para que los partidarios del milenarismo siguieran sosteniendo tenazmente su opinión. Sulpicio Severo, en su His­toria Sagrada, tacha de insensatos e impíos a los que dudan de la auten­ticidad del Apocalipsis; andando los años, y a pesar de la oposición de algunos Concilios, prevaleció la opinión de Sulpicio Severo. Este asunto quedó tan suficientemente esclarecido que la Iglesia decidió como indudable que san Juan fue el autor del Apocalipsis, y contra esta deci­sión no cabe apelar.

 

Cada comunidad cristiana se atribuyó las profecías que contiene dicho libro. En ellas, los ingleses creen que se predecían las revoluciones que conmovieron a la Gran Bretaña; los luteranos, las que sobrevinieron en Alemania, y los reformistas de Francia, el reinado de Carlos IX y la re­gencia de Catalina de Médicis. De ese modo todos quedan satisfechos y tienen razón. Bossuet y Newton han comentado el Apocalipsis, pero lo cierto es que las declamaciones elocuentes del primero y los sublimes des­cubrimientos del segundo, les han dado más nombradía que sus comentarios.

 

Así, dos grandes hombres, pero de muy distinta grandeza, comentaron el Apocalipsis en el siglo XVII. Newton, cuyo estudio no está en armonía con la ciencia que le hizo famoso, y Bossuet, en quien tal trabajo tenía verdadera relación con su carrera y sus méritos. Uno y otro dieron pá­bulo a sus enemigos haciendo los comentarios, y como se ha dicho en otra parte, el primero consoló al género humano de la superioridad que sobre él tenía, y el segundo regocijó a sus enemigos.

 

Católicos y protestantes han explicado el Apocalipsis interpretándolo a su favor; unos y otros encuentran únicamente lo que conviene a sus intereses. Sobre todo, hicieron maravillosos comentarios respecto a la gran bestia de siete cabezas y diez cuernos, pelo de leopardo, pies de oso, boca de león y fuerza de dragón, y para descifrar el misterio les faltaba conocer el carácter y el número de la bestia, que averiguaron era el nú­mero 666.

 

Bossuet supone que la bestia del Apocalipsis era indudablemente el emperador Diocleciano formando un acróstico de su nombre. Groto cre­yó que era Trajano. El cura de San Sulpicio, de apellido La Chetardie, muy conocido por sus singulares aventuras, probó que era Juliano, y para Jurieu era el Papa. Un predicador demostró que era Luis XIV. Un buen católico demostró que era el rey de Inglaterra, Guillermo. No es fácil hacer concordar todas esas opiniones.

 

Suscitaron no menos discusiones las estrellas que desde el cielo caían a la tierra, y el sol y la luna, que intensificaron las tinieblas en la tercera parte del libro. Hubo también encontrados pareceres respecto al libro que el ángel hizo comer al autor del Apocalipsis, dulce para la boca y amargo para el vientre, así como también sobre el siguiente versículo: «Oí una voz en el cielo, como la voz de los torrentes y la voz del trueno, y armo­niosa como el sonido del arpa». Está claro que es mejor respetar el Apo­calipsis que comentarlo.

 

Camus, obispo de Belly, publicó en el siglo XVI un voluminoso libro escrito contra los frailes y que un fraile secularizado compendió, titulado Apocalipsis de Melitón, porque Melitón, que fue obispo de Sardes en el siglo II murió en olor de profeta. En este libro, que revelaba los defec­tos y peligros de la vida monacal, no se encuentran las oscuridades ni los jeroglíficos del Apocalipsis de san Juan y es perfectamente claro. El refe­rido obispo se parece a cierto magistrado que dijo a un togado: «Sois un falsario y un bribón. No sé si me explico claro».

 

Dicho obispo dice en su Apocalipsis que existían en su época noventa y ocho órdenes de frailes con rentas o mendicantes, que vivían a expen­sas del pueblo, sin prestarles ningún servicio y sin trabajar. Calculaba que había seiscientos mil monjes en Europa. Este cálculo nos parece algo exagerado, pero indiscutiblemente era excesivo el número de frailes.

 

Asegura también que los frailes son enemigos de los obispos, curas y magistrados. Que entre los privilegios concedidos a los franciscanos, el sexto les asegura la salvación, aunque hayan cometido algún crimen, si obedecen y aman la orden de San Francisco. Que los monjes se parecen a los monos, pues cuanto más alto suben, mejor se les ve el culo. Que la palabra fraile ha pasado a ser de tan execrable calificación que algu­nos la consideran injuriosa y como el mayor ultraje que les puedan hacer.

 

Sea cual sea la condición social del lector, le ruego que fije la aten­ción en el siguiente fragmento, extracto del libro del obispo de Belly:

 

«Figuraos lo que serán el convento de El Escorial o de Monte Casi­no, en los que los cenobitas gozan de toda clase de comodidades necesarias, útiles, delectables, superfluas y superabundantes, porque disfrutan de cien­to cincuenta mil, de cuatrocientos mil y de quinientos mil escudos de renta; por eso juzgad si el señor abad puede permitir que duerman la siesta los que quieran.

 

»Por otra parte, figuraos un artesano o un labrador que no cuenta con mas recursos que sus brazos para mantener a su numerosa familia, que trabajan todos los días y en todas las estaciones como esclavos para ali­mentarla con el pan del dolor y con el agua de las lágrimas, y luego com­parad unos con otros y veréis la preeminencia que aquéllos tienen sobre éstos, a pesar de haber hecho voto de pobreza.»

 

He aquí un pasaje del Apocalipsis episcopal que no necesita comen­tarios. Sólo falta que venga un ángel a llenar la copa de vino de los monjes para apagar la sed de los campesinos que labran, siembran y reco­gen para los monasterios.

 

Pero dicho prelado no hizo más que una sátira en lugar de haber com­puesto un libro útil. Su dignidad le ordenaba decir lo bueno y lo malo; debía haber confesado que los benedictinos dieron muchas y excelentes obras, que los jesuitas prestaron grandes servicios a las bellas letras, que había que bendecir a los hermanos de la Caridad y a los mercedarios. El primer deber es ser justo. Camus se dejaba llevar demasiado por su imaginación. San Francisco de Sales le aconsejó componer novelas de moral, pero él abusó de ese consejo.

 

APÓCRIFOS. La palabra apócrifos es griega y significa oculto. El Diccio­nario Enciclopédico dice, con mucha razón, que las Sagradas Escrituras pueden ser al mismo tiempo sagradas y apócrifas. Sagradas, porque las dictó el mismo Dios; apócrifas, porque estuvieron ocultas para todos los pueblos y hasta para el mismo pueblo hebreo.

 

Es una verdad incontrovertible que fueron desconocidas para las na­ciones antes de que se tradujeran al griego en Alejandría, durante el rei­nado de los Tolomeos. Flavio Josefo lo confiesa en la respuesta que dio a Apión, y su opinión no tiene menos verosimilitud porque pretenda ro­bustecerla por medio de una fábula. Refiere en su historia que, como los libros hebreos eran divinos, ningún historiador ni poeta extranjero osó hablar de ellos. A continuación añade que por intentar solamente inser­tar algo de ellos en su libro, Dios trastornó el juicio durante treinta días al historiador Pheopompe e inmediatamente le advirtieron en un sueño que había perdido el juicio por haber intentado conocer las leyes divinas y darlas a conocer a los profanos. Acto seguido, pidió perdón a Dios, que le restituyó el juicio perdido. El mismo Josefo también dice que, habiendo revelado algo respecto a los libros sagrados el poeta Theodocto en una de sus tragedias, quedó ciego, y Dios sólo le devolvió la vista des­pués que hizo penitencia.

 

En cuanto al pueblo hebreo, está fuera de duda que hubo épocas en que no pudo leer las Sagradas Escrituras; según se dice en el libro IV de los Reyes y en el II de los Paralipómenos, durante el reinado de Jo­sías aún no las conocían y por casualidad encontraron un solo ejemplar de ellas en un cofre, en casa del gran sacerdote Helkia.

 

Las diez tribus que dispersó Salamanasar no volvieron a aparecer, y si tenían libros se perdieron con ellas. Las dos tribus que estuvieron es­clavas en Babilonia y regresaron a su patria al cabo de setenta años de esclavitud, tampoco tenían libros sagrados y los que poseían eran pocos o defectuosos, porque Esdras se vio obligado a corregirlos. Pero aunque estos libros fueran apócrifos durante la cautividad de Babilonia (quiero decir, aunque estuvieran ocultos y no los conociera el pueblo), no por ello dejaban de ser sagrados, pues llevaban el sello de la divinidad.

 

En nuestros días denominamos apócrifos a los libros que no merecen crédito. De esta forma cambian las lenguas el significado de las palabras andando el tiempo. En este sentido los católicos y los protestantes coin­ciden en declarar apócrifos los siguientes libros:

 

La oración de Manasés, rey de Judá, que está en el libro IV de los Reyes

 

El libro III y IV de los Macabeos.

 

El libro IV de Esdras, que aunque a no dudar lo escribieron los ju­díos, éstos niegan que Dios haya inspirado a sus autores.

 

Los otros libros hebreos que rechazan los protestantes por creer que no los ha inspirado Dios, son:

 

El libro de la Sabiduría, aunque está escrito en el mismo estilo que el Libro de los Proverbios.

 

El libro del Eclesiastés, los dos primeros de los Macabeos, y el libro de Tobías, aunque su fondo es edificante. El sabihondo Calmet sostiene que parte de ese libro la escribió el padre de Tobías, otra parte el hijo, y un tercer autor añadió la conclusión del último capítulo, en la que se dice que Tobías murió a la edad de noventa y nueve años y sus hijos le enterraron jovialmente. El mismo Calmet dice al fin de su prólogo: «Esa historia, por sí misma y por la forma de referirla, no presenta los carac­teres de fábula o de ficción. Si debiéramos rechazar todas las historias de la Biblia en que interviene lo maravilloso y lo extraordinario, no admi­tiríamos ningún libro sagrado».

 

El libro de Judit, aunque Lutero declara que es hermoso, santo y útil. Difícil es averiguar la época en que aconteció la aventura de Judit y saber dónde estaba situada la localidad de Betulia También se ha puesto en tela de juicio el grado de santidad de la acción que perpetró Judit, pero como el Concilio de Trento declaró canónico el libro, no cabe discutir.

 

El libro de Baruc, aunque está escrito en el mismo estilo que todos los libros de los profetas.

 

El libro de Ester. Los protestantes sólo rechazan las adiciones que se hallan en el capítulo 10, pero admiten el resto del libro, aunque no se sepa quién era el rey Asuero, personaje principal de dicha historia

 

El libro de Daniel. Los protestantes sólo rechazan la aventura de Su­sana y los niños en el horno pero admiten el sueño de Nabucodonosor y el tiempo que vivió entre animales.

 

De la vida de Moisés, libro apócrifo de la más remota Antigüedad Este libro, que narra la vida y muerte de Moisés, parece escrito en la época de cautividad de los judíos en Babilonia, porque entonces fue cuando em­pezaron a conocer los nombres que los caldeos y los persas pusieron a los ángeles (1), y en este libro figuran los nombres de Zinghiel, Samuel, Tsakon, Lakah y otros, de los que antes no hicieron mención alguna los hebreos.

 

(1) Véase el artículo Ángel.

 

El libro de la muerte de Moisés parece que es posterior. Se sabe que los judíos tenían varias vidas de Moisés muy antiguas y otros libros inde­pendientes del Pentateuco. En ellos le llaman Moni, no Moisés, y supo­nen que no significa agua, y ni la partícula de. También en esos libros le dieron los nombres de Joakim, Adomosi, Thetmosi y supusieron que era la misma persona que Manethon llama Ozarzif.

 

Algunos de esos antiquísimos manuscritos hebraicos los sacaron llenos de polvo de los gabinetes de los judíos en 1517. El sabio Gilberto Gaulmin, que dominaba perfectamente la lengua hebrea, los tradujo al latín el año 1635 y los publicó, dedicándolos al cardenal Berulle. Los ejempla­res de dichos manuscritos son ya extremadamente raros, y en ellos están desarrollados con exceso el rabinismo, la afición a lo maravilloso y la fantasía oriental.

 

Fragmento de la vida de Moisés. Ciento treinta años después de aposen­tarse los judíos en Egipto, y sesenta después de la muerte del patriarca José, el faraón tuvo este sueño: un anciano sostenía una balanza, en uno de cuyos platillos estaban colocados todos los habitantes de Egipto, y en el otro sólo un niño, y ese niño pesaba más que todos los egipcios juntos.

 

Inmediatamente, el faraón llamó a sus sabios para consultarles el sueño y uno de ellos le dijo: « ¡Oh rey! Ese niño es un judío que producirá grandes conmociones en tu reino. Manda que maten a todos los hijos de los judíos y de esa manera salvarás tu imperio, si es que los mortales po­demos oponernos a las leyes del destino».

 

Siguiendo el consejo, el faraón llamó a todas las comadronas y les mandó que estrangularan a los niños que pariesen las mujeres judías. Residía en Egipto un hombre llamado Amram, hijo de Kehat, casado con Jocebed, con la que tuvo una hija, María, que significa perseguida, por­que los egipcios descendientes de Cam perseguían a los israelitas descen­dientes de Sem, y un hijo, Aarón, que significa condenado a muerte, por­que el faraón había sentenciado a muerte a todos los hijos de los judíos. Aarón y María fueron librados del destino común por los ángeles del Señor, que los alimentaron en los campos y los restituyeron a sus padres cuando los niños llegaron a la adolescencia.

 

Más tarde, Jocebed tuvo el tercer hijo, Moisés, que contaba quince años menos que su hermano y lo expusieron en el Nilo. Estaba bañándose en el río la hija del faraón, y al encontrarlo se lo llevó, le dio alimento y le adoptó por hijo, aunque no era casada.

 

Tres años después, el faraón, su padre, tomó otra mujer y con este motivo celebró un gran festín en el que su mujer estaba a su derecha, y su hija a la izquierda con el niño Moisés, el cual, jugando, le tomó la corona y se la puso en la cabeza. El mago Balaam, eunuco del rey, re­cordó entonces el sueño que tuvo el faraón y le dijo: «Este es el niño que un día debe trastornar tu reino, y le anima el espíritu de Dios. Su acción prueba que abriga el designio de destronarte. Debe morir en se­guida».

 

Iban a matar al niño Moisés cuando Dios envió al ángel Gabriel dis­frazado de oficial del faraón, que dijo a éste: «Señor, no debéis matar a un niño inocente que no está en edad de ser discreto. Si se ciñó vuestra corona es porque no tiene juicio todavía. Ponedle delante un rubí y un carbón encendido: si toma el carbón, será señal de que es imbécil y no debéis temerle; si elige el rubí, será señal de que es muy avispado y entonces debéis matarle».

 

Acto seguido, le presentaron un rubí y un carbón, Moisés tomó el rubí, pero el ángel Gabriel, por medio de un escamoteo, puso el carbón en el sitio que ocupaba la piedra preciosa. Moisés se metió el carbón en­cendido en la boca y se abrasó de tal forma la lengua que quedó tarta­mudo para toda la vida. Por eso el legislador de los hebreos no pudo articular bien las palabras.

 

Moisés tenía quince años y era el favorito del faraón. Se le quejó un judío de que un egipcio, después de haberse acostado con su mujer, le había pegado y Moisés mató al egipcio. El faraón mandó entonces que cortaran la cabeza a Moisés. Al ir a herirle el verdugo, Dios convirtió súbitamente el cuello de Moisés en columna de mármol y le envió el ángel Miguel, que en el espacio de tres días condujo a Moisés fuera de las fron­teras de Egipto.

 

Moisés se refugió en la morada de Necano, rey de Etiopía, que estaba en guerra con los árabes. Necano le nombró general de su ejército, y cuando murió éste, Moisés fue elegido rey y enmaridó con la viuda del difunto. Pero Moisés, avergonzado de casarse con la esposa de su señor, no se atrevió a gozarla y puso una espada en el lecho, entre él y la reina.

 

Permaneció cuarenta años con ella sin tocarla. Resentida e irritada la reina reunió por fin los Estados del reino de Etiopía y se quejó ante ellos de que Moisés no cumplía con su obligación y le expulsaron del reino, accediendo al trono el hijo del difunto rey.

 

Moisés huyó al país de Medián y se hospedó en la casa del sacerdote Jethro. Este sacerdote se propuso hacer fortuna entregando a Moisés al rey de Egipto, y empezó por encerrarle en un calabozo a pan y agua. Pero Moisés engordaba ostensiblemente en el calabozo y Jethro quedó sorpren­dido. Ignoraba que su hija Séfora se había enamorado de su prisionero y le daba a comer perdices y codornices y a beber exquisito vino. El pro­ceder de su hija le dio a entender que Dios protegía a Moisés y desistió de entregarlo al rey de Egipto.

 

Entretanto, el sacerdote Jethro quiso casar a su hija. Tenía en el jar­dín un árbol de zafiro en cuyo tronco se veía grabada la palabra Jehová y extendió por el país la noticia de que entregaría su hija por esposa al que consiguiera arrancar el árbol de zafiro. Se presentaron varios aspi­rantes a la mano de Séfora, pero ninguno de ellos consiguió siquiera in­clinar el árbol. Moisés, que sólo tenía setenta y siete anos, lo arrancó de cuajo sin gran esfuerzo y se casó con Séfora, de la que pronto tuvo un hijo llamado Gersom.

 

Un día, mientras paseaba, encontró a Dios detrás de una zarza. Dios le mandó que fuera a obrar milagros en la corte del faraón y hacia allí fue con su mujer y su hijo. En el camino encontraron a un ángel, cuyo nombre no se cita, el cual mandó a Séfora que circuncidara a su hijo Gersom con un cuchillo de piedra. Dios envió a su encuentro a Aarón que les alcanzó en el camino y a quien le pareció muy mal que su her­mano se hubiera casado con una madianita. La trató de prostituta y llamó bastardo a Gersom, enviándolos a su país por el camino más corto.

 

Aarón y Moisés fueron solos al palacio del faraón, cuya puerta custo­diaban dos leones enormemente grandes. Balaam, el mago del rey, así que vio llegar a los dos hermanos azuzó los leones contra ellos, pero Moisés los tocó con su vara y los leones, prosternándose humildemente lamieron los pies de Aarón y de Moisés.

 

El autor de este escrito relata las diez plagas de Egipto poco más o menos como constan en el Éxodo, añadiendo que Moisés cubrió todo Egipto de piojos hasta la altura de un codo, y envió leones, lobos, osos y tigres a todas las casas de los egipcios, en las que entraron, a pesar de estar las puertas resguardadas con cerrojos, y se comieron los niños.

 

Según el autor en cuestión, los judíos no huyeron por el mar Rojo. El que emprendió ese camino fue el faraón con todo su ejército, que los judíos persiguieron y las aguas se separaron a derecha e izquierda para ver cómo peleaban unos y otros; todos los egipcios, exceptuando el rey quedaron muertos sobre la arena. Entonces, el faraón, al verse perdido pidió perdón a Dios, que envió para socorrerle a los ángeles Miguel y Ga­briel. Estos le transportaron a la ciudad de Nínive, donde reinó cuatro­cientos años.

 

De la muerte de Moisés. Dios había declarado al pueblo de Israel que no saldría de Egipto hasta encontrar el sepulcro de José. Moisés lo encontró y lo llevó en hombros mientras atravesaron el mar Rojo. Dios le dijo que no olvidaría nunca esa buena acción y que le asistiría en la hora de la muerte.

 

Cuando Moisés cumplió ciento veinte años se le presentó Dios para anunciarle que iba a morir y sólo le quedaban tres horas de vida. El ángel malo Samael asistió a esa entrevista. Así que pasó la primera hora se echó a reír creyendo que iba a apoderarse del alma de Moisés, y el ángel Miguel rompió en un lloro. «No te regocijes, malvado —dijo el án­gel bueno al ángel malo—. Moisés va a morir, pero hemos puesto a Josué en su sitio.»

 

Transcurridas las tres horas, Dios mandó a Gabriel que se apoderara del alma del moribundo. Gabriel se excusó y Miguel también. Al ver Dios que se negaban esos dos ángeles, hizo la misma proposición a Zin­ghiel, quien tampoco quiso obedecer, respondiendo: «En tiempos idos fui su preceptor, y no me atrevo a matar a mi discípulo». Entonces, en­fadándose Dios, dijo al ángel malo Samael: «Malvado, toma su alma». Samael, sonriendo de alegría, sacó la espada y corrió a apoderarse de Moisés. Colérico el moribundo, se levantó con los ojos chispeantes y dijo: «¡Bribón!, ¿te atreverás a matarme a mí, que siendo niño me ceñí la corona del faraón, que obré milagros a la edad de ochenta años, que saqué de Egipto a sesenta millones de hombres y que dividí el mar Rojo? Vete, granuja, ¡apártate de mi vista cuanto antes! »

 

Mientras duró este altercado, Gabriel preparó una camilla para trans­portar el alma de Moisés, Miguel un manto de púrpura y Zinghiel una túnica. Dios le puso las manos sobre el pecho y se llevó su alma.

 

En su Epístola, san Judas alude a esta historia cuando dice que el ángel Miguel disputó al diablo el alma de Moisés. Como este hecho sólo se en­cuentra en el libro de que vengo ocupándome, es indudable que san Judas lo había leído y lo consideraba como libro canónico.

 

La segunda historia de la muerte de Moisés, que se refiere a una con­versación que medió entre él y Dios, no es menos graciosa ni interesante que la otra. He aquí algunos rasgos de dicha conversación:

 

Moisés. Os suplico, Señor, que me dejéis entrar en la tierra prome­tida y estar en ella al menos dos o tres años.

 

Dios. No, está decretado que no debes entrar en ella.

 

Moisés. Pues al menos que me lleven allí después que muera.

 

Dios. No, no irás allí ni muerto ni vivo.

 

Moisés. ¡Dios mío! Vos que sois tan clemente con todas las criatu­ras, que las perdonáis dos o tres veces, a mí, que sólo cometí un pecado, ¿no me queréis perdonar?

 

Dios. No sabes lo que dices, porque has cometido seis pecados. Re­cuerdo que decreté tu muerte o la pérdida de Israel y se ha de cumplir uno de esos dos decretos: si deseas vivir, Israel perecerá.

 

Moisés. Señor, no sé por qué os empeñáis en coger el rábano por las hojas, pero ya que es así, muera Moisés y sálvese Israel.

 

En este sentido continuó el diálogo, y cuando termina, el eco de la montaña repite: «Sólo te quedan cinco horas de vida». Al cabo de las cinco horas, Dios llamó a Gabriel, a Zinghiel y a Samael, y como pro­metió enterrar a Moisés, se llevó su alma.

 

Cuando reflexionamos que a todo el mundo lo han engañado con his­torietas parecidas a ésta y que sirvieron de edificación al género humano, las fábulas de Esopo nos parecen razonables.

 

Libros apócrifos de la nueva ley. Han existido cincuenta evangelios dife­rentes unos de otros. De ellos, sólo conservamos cuatro enteros: el de Jacobo, el de Nicodemo, el de la infancia de Jesús y el del nacimiento de María. De los demás, sólo nos han llegado fragmentos y noticias vagas.

 

El viajero Tournefort, que Luis XIV envió a Asia, nos dice que los georgianos han conservado el Evangelio de la infancia de Jesús, que pro­bablemente les comunicarían los armenios. Varios de estos evangelios que hoy todo el mundo considera apócrifos, se citaban como auténticos en tiempos primitivos y eran los únicos que se mencionaban. En los Hechos de los apóstoles, san Pablo pronuncia estas palabras: «Debemos recor­dar las palabras de Jesús, cuando dijo: Vale más dar que recibir». San Bernabé, en su epístola católica, pone en boca de Jesús lo siguiente: «Re­sistamos toda clase de iniquidades y odiémoslas. Los que desean verme y entrar en mi reino deben seguirme por el camino de las aflicciones y de las penas».

 

San Clemente, en su segunda Epístola a los Corintios, hace decir a Jesucristo estas palabras: «Si os reunís en mi seno, pero no obedecéis mis mandatos, os rechazaré diciéndoos: Apartaos de mí, no os conozco

 

apartaos de mí, artesanos de la iniquidad». Más adelante atribuye a Jesús estas palabras: «Conservad vuestra carne casta y con el sello de inmacu­lada, y de esta manera recibiréis la vida eterna». Se encuentran muchas citas parecidas a ésta, pero ninguna está sacada de los cuatro Evangelios que son los únicos que la Iglesia reconoce como canónicos. Muchas de las citas a que aludo están tomadas del Evangelio de los Hebreos, que tradujo san Jerónimo y que hoy se considera como apócrifo.

 

San Clemente el Romano dice en su segunda epístola: «Habiéndole preguntado al Señor cuándo llegaría su reinado, respondió: Cuando dos y dos hagan uno, cuando lo que está fuera esté dentro, cuando el macho sea hembra y cuando en el mundo no haya hembra ni macho». Estas pala­bras están sacadas del Evangelio, según los egipcios, y san Clemente de Alejandría refiere el texto íntegro. Ahora bien, ¿en qué pensó al escri­birlas el autor del Evangelio egipcio, y san Clemente al traducirlas? Esas palabras son injuriosas para Jesucristo, porque dan a entender que no creía que su reinado llegara nunca. Decir que un hecho sucederá cuando dos y dos hagan uno y cuando el macho sea hembra, es decir que no sucederá nunca. Es como si dijéramos «En la semana de tres jueves, o en las calendas griegas»; semejante pasaje será rabínico, pero no es evangélico.

 

También se conocieron otros Hechos de los apóstoles apócrifos. San Epifanio los cita: en esos hechos se refiere que san Pablo fue hijo de padre y de madre idólatras y que abrazó el judaísmo para casarse con la hija de Gamabiel, pero al no encontrarla virgen se unió al partido de los discípulos de Jesús. Eso es una blasfemia inventada contra Pablo.

 

De otros libros apócrifos de los siglos I y II. Libro de Enoc, séptimo hom­bre después de Adáo. En este libro se relata la guerra que promovieron los ángeles rebeldes, capitaneados por Semexia, a los ángeles leales diri­gidos por Miguel. El móvil que promovió esa guerra fue gozar de las hijas de los hombres, como queda dicho en el artículo titulado Ángel.

 

Los hechos de santa Tecla y san Pablo. Los escribió Juan, discípulo de Pablo. En esta historia, santa Tecla, disfrazada de hombre, se escapa de sus perseguidores y va a encontrar a Pablo. Más tarde bautiza un león, pero a esta aventura no se le da crédito. En dicho libro es donde se encuentra el retrato de Pablo, descrito de la siguiente manera: «sta­tura brevi, calvastrum, cruribus curvis, surosum, superciliis junctis, naso aquilino, plenum gratia Dei». Aunque recomiendan esa historia san Gre­gorio Nacianceno, san Ambrosio, san Juan Crisóstomo y otros, no merece crédito a los doctores de la Iglesia.

 

La predicación de san Pedro. Este escrito se denomina también El Evan­gelio y la revelación de Pedro. San Clemente de Alejandría elogia mucho la obra, pero en seguida se conoce que la escribió un falsario usurpando el nombre de dicho apóstol.

 

Los hechos de Pedro. Este escrito es tan apócrifo como el anterior.

 

El testamento de los doce patriarcas. Se duda de si este libro lo compuso un hebreo o un cristiano, pero lo más probable es que su autor fuera un cristiano de los primitivos tiempos, y esto porque se afirmaba, en el Testa­mento de Leví, que al finalizar la séptima semana llegarían sacerdotes practicando la idolatría, se establecería un nuevo sacerdocio, se abrirían los cielos, y que la gloria del Altísimo, el espíritu de inteligencia y de santidad resplandecerían en el nuevo sacerdote. Todo ello parece profe­tizar la venida de Jesucristo.

 

Carta de Abgar a Jesucristo, y respuesta de Jesucristo al rey Abgar. Se cree que en la época de Tiberio hubo un toparca o gobernador de una de las provincias de Palestina, que sirviendo a los persas se pasó al ser­vicio de los romanos. Pero esta correspondencia epistolar la consideran falsa todos los buenos críticos.

 

Los hechos de Pilato, las cartas de Pilato a Tiberio con motivo de la muerte de Jesucristo. La vida de Prócula, mujer de Pilato. Todo ello es apócrifo.

 

Los hechos de Pedro y Pablo. Se refiere la historia de la cuestión que medió entre Pedro y Simón el Mago. Fueron autores de este libro Aba­días, Marcelo y Hegesipo. San Pedro disputa con Simón sobre quién de los dos resucitaría a un pariente del emperador Nerón que acababa de morir. Simón empieza a resucitarlo y san Pedro termina la resurrección. Simón en seguida vuela por el aire, pero Pedro le obliga a caer y el mago se rompe las piernas. Irritado Nerón por la muerte de su mago, manda que crucifiquen a Pedro cabeza abajo y que decapiten a san Pablo porque era partidario de Pedro.

 

Las gestas del bienaventurado Pablo, apóstol y doctor de las naciones. En este libro se refiere que Pablo vivió en Roma dos años después de la muerte de Pedro, añadiendo el autor que cuando decapitaron a Pablo le salió leche en vez de sangre, y que Lucina, mujer muy devota, le hizo en­terrar a veinte millas de Roma, en el camino de Ostia, en su casa de campo.

 

Las gestas del bienaventurado apóstol Andrés. El autor dice que Andrés fue a predicar a la ciudad de los mirmidones y que bautizó a todos los ciudadanos. El joven Sóstrates, oriundo de Amazea, se presentó al após­tol y le dijo: «Soy tan hermoso que mi madre ha concebido por mí frenética pasión, y como me causa horror crimen tan execrable vengo huyendo de ella. Enfurecida, mi madre se ha presentado al procónsul de la provincia y me acusa de que quise violarla. No me atrevo a presen­tarme al procónsul, porque prefiero morir a verme obligado a acusar a mi madre». Mientras el joven le exponía sus cuitas aparecieron los guardias del procónsul que venían con orden de apoderarse de él. Andrés se pre­sentó con el joven ante el juez y le defendió. Pero esto no desconcertó a la madre, la cual acusó a Andrés de inducir al joven a cometer tan repugnante crimen. El procónsul manda que arrojen al río a Andrés, pero el apóstol dirigió a Dios sus preces y en seguida sobrevino un gran terre­moto y la madre murió herida por un rayo. Después que el autor nos cuenta varias aventuras de esta clase, termina haciendo crucificar a An­drés en Patrás.

 

Las gestas de Santiago el Mayor. En este libro dícese que Santiago fue sentenciado a muerte en Jerusalén por el pontífice Abiathar y que bautizó al escribano antes que le crucificaran.

 

Las gestas de Juan Evangelista. El autor nos dice que, siendo Juan obispo de Éfeso y habiendo convertido a Drusila, ésta no quiso vivir ya con su marido Andrónico y se refugió en un sepulcro. Un joven llamado Calímaco, que estaba enamorado de ella, le apremiaba a veces, incluso en dicho sitio, para que correspondiera a su pasión. Solicitaba Drusila por su marido y su enamorado, deseaba morir y lo consiguió. Locamente enamorado, Calímaco sobornó a un criado de Andrónico que tenía las llaves del sepulcro. Entró en él, quitó a su amada el sudario, y exclamó: «Lo que no me has querido conceder viva, me lo concederás muerta». En el paroxismo de su demencia, sació sus horribles deseos sobre el cuerpo inanimado de Drusila. En el mismo instante, salió del sepulcro una serpiente el joven cayó en tierra sin sentido y la serpiente lo mató, lo mismo que al criado cómplice, a cuyo cuerpo quedó enroscada. Juan llegó entonces con el marido de Drusila y quedaron sorprendidos al encontrar vivo a Calímaco. Juan ordenó a la serpiente que se fuera, ésta obedeció y el apóstol preguntó al joven cómo había podido resucitar. Calímaco respondió que se le apareció un ángel, quien dijo estas palabras: «Era preciso que murieras para que al revivir fueras cristiano». En seguida pidió que le bautizaran y suplicó al apóstol que resucitara a Drusila. Juan obró inmediatamente ese milagro, y Calímaco y Drusila le suplicaron que resucitara también al criado. Este, que era un pagano terco, así que recobró la vida declaró que prefería morir otra vez a ser cristiano y quedó muerto de repente. Juan dijo entonces que el árbol malo siempre produce malos frutos. Aristodemo, gran sacerdote de Éfeso, aunque le sorprendieron grandemente esos milagros, se negó a convertirse y dijo a Juan: «Permitidme que os envenene, y si el veneno no os mata me convenceré». Juan aceptó la propuesta, pero proponiendo a Aristodemo que envenenara antes a dos ciudadanos de Éfeso que estaban sentenciados a muerte. Aristodemo les hizo beber el veneno y los mató casi instantáneamente. Juan ingirió el mismo veneno y no produjo efecto ninguno. Después resucitó a los dos muertos y el gran sacerdote se convirtió. Cuando Juan cumplió noventa y siete años se le apareció Jesucristo y le dijo: «Ya es hora de que vengas a mi ágape con tus hermanos». Poco después, el apóstol se durmió en el sueño eterno.

 

Historia de los bienaventutados Santiago el Menor, Simón y ludas hermanos. Esos apóstoles van a Persia, donde obran prodigios tan increíbles como los que el autor refiere de san Andrés.

 

Las gestas de san Mateo, apóstol y evangelista. Mateo recorre Etiopía y se instala en la gran ciudad de Nadaver, donde resucita a los hijos de la reina Candace y funda iglesias cristianas.

 

Las gestas del bienaventurado Bartolomé en la India. Bartolomé se dirige al templo de Astarot, diosa que pronunciaba oráculos y curaba todas las enfermedades. Bartolomé la obliga a callar y consigue que enfermen todas las personas que la diosa había curado. El rey Polimio disputa con él y le vence. Entonces, Bartolomé consagra al rey Polimio como obispo titular de las Indias.

 

Las gestas del bienaventurado Tomás, apóstol de la India. Tomás entra en la India por otro camino, y en ese país obra más milagros que Barto­lomé. Al fin lo martirizan, pero luego se aparece a Xiforo y a Susani.

 

Las gestas del bienaventurado Felipe. San Felipe se dirige a predicar a Seitia, donde quieren obligarle a que haga sacrificios al dios Marte, pero hace salir del altar un dragón que se come a los hijos de los sacerdotes. Muere en Hierápolis a la edad de ochenta y cinco años. No se sabe en qué ciudad murió, porque entonces había muchas que se llamaban Hierápo­lis. Créese que todas las historias que acabamos de citar las escribió Ab­días, obispo de Babilonia, y las tradujo Julio Africano.

 

Fabricio incluye entre los escritos apócrifos la Homilía atribuida a san Agustín, titulada Sobre la manera como se formó el Símbolo, pero indu­dablemente no pretende que el Símbolo que llamamos de los apóstoles deje de ser verdadero ni sagrado. Dícese en esa Homilía, según afirman Rufino y san Isidoro, que diez días después de la Ascensión, estando jun­tos y encerrados los apóstoles por miedo a los judíos, Pedro dijo Creo en Dios padre todopoderoso, Andrés continuó diciendo y en Jesucristo su hijo, y Santiago añadió: Que fue concebido por el Espíritu Santo; de esta manera, pronunciando cada uno de los demás apóstoles una frase com­pusieron el Credo.

 

Las Constituciones apostólicas. Se incluyen en la actualidad entre los libros apócrifos las Constituciones de los santos apóstoles. Antiguamente se creía autor de ellas a san Clemente el Romano. La simple lectura de algunos de sus capítulos basta para convencerse de que los apóstoles no tuvieron parte alguna en dicha obra.

 

En el capítulo IX se manda que las mujeres se laven en la hora nona. En el capítulo primero del libro II se exige que los obispos sean sabios, pero en la época de los apóstoles no existía aún la jerarquía eclesiástica, ni había prelados al frente de ninguna iglesia. Iban predicando de ciudad en ciudad, de burgo en burgo, se llamaban apóstoles y no obispos, y sobre todo no se creían sabios.

 

En el capítulo II del segundo libro dícese que el obispo sólo debe tener una mujer que cuide de su casa, de lo que se infiere que a fines del siglo I y principios del II, cuando empezó a establecerse la jerarquía, los sacerdotes eran casados. En casi todo ese libro los obispos son considerados como jueces de los fieles y está probado que los apóstoles no tenían jurisdicción ninguna. En el capítulo XXI se advierte que debe oírse a las dos partes, lo que supone estar establecida la jurisdicción.

 

En el capítulo XXVI figuran estas palabras: «El obispo es vuestro príncipe, vuestro rey, vuestro emperador, vuestro Dios en el mundo». Esas expresiones son demasiado arrogantes para que las pronunciara la humildad reconocida de los apóstoles.

 

En el capítulo XXVIII se dice: «En los ágapes debe darse al diácono doble de lo que damos a una anciana, y al sacerdote, doble de lo que se da al diácono, porque los sacerdotes son los consejeros del obispo y la corona de la Iglesia. El lector obtendrá una porción en honor de los profetas, lo mismo que el chantre y el portero. Los laicos que deseen tener algo deben para eso dirigirse al obispo por conducto del diácono». Nunca utilizaron los apóstoles la palabra laico, que señala la diferencia que hay entre profanos y sacerdotes.

 

El capítulo XXXIV dice: «Debéis reverenciar al obispo como si fuera rey, honrarle como señor, darle vuestros frutos y vuestras obras, las primicias, los diezmos, las economías, los regalos que os hagan, el trigo, el vino y el aceite que tengáis». Este artículo peca de abusivo.

 

El capítulo LVII dice: «Que la iglesia sea grande, que mire hacia Oriente, que se parezca a un barco, que el trono del obispo esté en medio de ella; que el lector lea los libros de Moisés, de Josué, de los Jueces, de los Reyes, de los Paralipómenos», etc.

 

En el capítulo XVIII del libro III, se lee: «Se administra el bautismo por la muerte de Jesús y el óleo por el Espíritu Santo. Cuando nos sumergen en la cuba bautismal, morimos; cuando salimos de ella, resucitamos. El Padre es Dios de todo, Cristo es hijo único de Dios, hijo amado y señor de gloria». Semejante doctrina se explicaría hoy con frases mas canónicas.

 

En el capítulo VII del libro V se citan versos de las Sibilas sobre el advenimiento de Jesucristo y sobre su resurrección. Esta es la primera vez que los cristianos alegan versos de las Sibilas y continuarán alegándolos más de trescientos años.

 

En el capítulo XXVIII del libro VI, se prohíbe a los fieles la sodomía y el apareamiento con bestias. En el capítulo XXIX del mismo libro se dice que el marido y la esposa son puros cuando salen del lecho, aunque no se laven.

 

En el capítulo V del libro VIII se dice: «Dios todopoderoso, da al obispo por medio de Cristo la participación del Espíritu Santo». En el capítulo IV, se dice: «Recomendaos al único Dios por medio de Jesucristo». El capítulo XV, añade: «el diácono debe decir en voz alta: inclinados ante Dios por medio de Cristo». Esa forma de expresarse sería incorrecta en nuestros días.

 

Los cánones apostólicos. El canon IV manda que ningún obispo o sacerdote se separe de su mujer con el pretexto de la religión. Que el que se separe sea excomulgado, y el que persevere en esa idea sea expulsado del territorio. El VI dispone que los sacerdotes no se ocupen de asuntos seculares. El XIX ordena que quien se case con dos hermanas no sea admitido en el clero. Los cánones XXI y XXII disponen que los eunucos no puedan ser presbíteros, exceptuando a quienes se han cortado ellos mismos los órganos genitales. A pesar de esta ley, Orígenes fue sacerdote. El canon LV manda que el obispo, sacerdote, diácono o subdiácono que coman carne que tenga sangre, sean depuestos.

 

Es evidente que los apóstoles no promulgaron semejantes cánones...

 

Del reconocimiento que manifestó san Clemente a Santiago, hermano del Señor, obra en diez libros, traducida del griego al latín por Rufino. Este libro empieza dudando de la inmortalidad del alma. Debatiéndose en esta duda, san Clemente, deseando saber a ciencia cierta si el mundo es eterno o fue creado, si existía un Tártaro, un Ixión, un Tántalo, etc., se fue a Egipto a aprender nigromancia. Pero habiendo oído decir que san Bernabé estaba predicando el cristianismo, fue a buscarle a Oriente y le encontró celebrando una fiesta judía. Luego se encontró también con Pedro en Cesárea; con Simón el Mago tuvieron una controversia, y en ella Pedro le refirió todo cuanto había sucedido desde la muerte de Jesucristo. Clemente se convirtió al cristianismo, pero Simón perseveró en ser mago.

 

Simón se enamoró de una mujer a la que llamaron la Luna, y mientras esperaba el día de la boda propuso a Pedro, Zaqueo, Lázaro, Nicodemo, Dositeo y a otros, que fueran discípulos suyos. Dositeo en vez de responderle le dio un garrotazo, pero el garrote pasó a través del cuerpo de Simón como pudiera pasar a través del humo. Al ver este prodigio, Dositeo quiso ser discípulo suyo; poco después, Simón se casó con la mujer amada afirmando que era la misma luna, que había descendido del cielo para casarse con él.

 

No vale la pena extendernos más sobre el reconocimiento de san Clemente. Sólo añadiremos que en el libro IX se juzga a los chinos como los más justos y sabios de los hombres. Tras lo cual el autor se ocupa de los brahmanes, a los que rinde justicia como se la rindió toda la Antigüedad. El autor los cita como modelos de sobriedad, dulzura y justicia.

 

Carta de san Pedro a Santiago y contestación de éste a aquél. La carta de Pedro no contiene nada que despierte curiosidad, pero la de Santiago es muy notable. Pretende que Pedro, antes de morir, le nombre obispo de Roma y su coadjutor, le imponga las manos y le mande sentarse en la silla episcopal en presencia de todos los fieles.

 

Por esa carta puede deducirse que entonces no creía que hubieran martirizado a Pedro, porque esta carta, atribuida a san Clemente, hubiera hecho mención del suplicio de Pedro, y prueba también que no contaban a Cleto y a Anacleto entre los obispos de Roma.

 

Nueve homilías de san Clemente. En la primera refiere lo que dijo en otra parte, o sea que fue a buscar a Pedro y Bernabé a Cesárea para saber si el alma es inmortal y el mundo es eterno.

 

En la segunda Homilía figura un pasaje extraordinario. En él habla Pedro del Antiguo Testamento expresándose así: «La ley escrita contiene algunas falsedades contra la ley de Dios, creador del cielo y de la tierra. Esto lo hace el diablo con justo motivo, y sucede así porque Dios lo permite, con objeto de descubrir a los que escuchen con placer lo que contra él se ha escrito».

 

En la sexta Homilía, san Clemente encuentra a Apión, que escribió contra los judíos del tiempo de Tiberio, y le dice que está enamorado de una egipcia y suplica que escriba en su nombre una carta a la mujer amada que la convenza, tomando a los dioses como ejemplo, de que se debe hacer el amor. Apión escribe la carta y san Clemente la contesta en nombre de la egipcia, tras lo cual se entretiene discutiendo sobre la naturaleza de los dioses.

 

Dos epístolas de san Clemente a los corintios. Al parecer, carece de fundamento incluir estas epístolas entre los libros apócrifos. Lo que sin duda movió a algunos sabios a no reconocerlas es que hablan del Fénix de Arabia, que vive quinientos años y se quema en Egipto, en la ciudad de Heliópolis. Es posible, sin embargo, que san Clemente creyera esa fábula que otros muchos creían y realmente escribiera esas dos cartas a los corintios. Se sabe que mantenían acalorada controversia la Iglesia de Corinto y la de Roma. La de Corinto, que creía ser la primera que se fundó, se gobernaba en común. No había distinción en ella entre sacerdotes y seculares, y menos aún entre los sacerdotes y el obispo. Unos y otros tenían voto deliberativo; esta es la opinión de muchos sabios. San Clemente dice a los corintios en la primera epístola: «Vosotros, que habéis abierto las primeras fisuras de la sedición, someteos a los sacerdotes, corregíos por medio de la penitencia, doblad las rodillas del corazón y aprended a obedecer». No debe sorprendernos que un obispo de Roma hablara de esta manera.

 

Fragmentos de los apóstoles. En este escrito figura el siguiente pasaje: «Pablo, hombre de baja estatura, nariz aguileña y rostro angélico, dijo a Plantilla, la romana, antes de morir: «Adiós, Plantilla, pequeña planta de salud eterna. Conozco tu nobleza, eres más blanca que la nieve, estás enrolada en el ejército de los soldados de Cristo, y eres heredera del reino celeste». Ese pasaje ni siquiera merece refutarse.

 

Once Apocalipsis, atribuidos a los patriarcas y a los profetas, a san Pedro, Cerinto, santo Tomás y a san Esteban protomártir, y dos de ellos a san Juan y tres a san Pablo. Todos ellos quedaron eclipsados por el del Evangelio de san Juan.

 

Las visiones, preceptos y semejanzas de Hermas. Parece probable que Hermas escribiera a fines del siglo I. Los autores que tienen por apócrifo su libro se ven obligados a reconocer la sana moral que contiene. Empieza por decir que el marido de su nodriza vendió en Roma una hija suya. Hermas la reconoció muchos años después y le profesó cariño de hermano. Un día que se bañaba en el Tíber le tendió la mano y la sacó del río, diciéndose para sí: «Sería feliz si tuviera una esposa semejante en hermosura y buenas costumbres». Apenas formulado este deseo, se abrió el cielo y vio allí dicha mujer saludándole desde aquella altura y diciéndole «buenos días, Hermas». Esa mujer simboliza la Iglesia cristiana, que le dio excelentes consejos.

 

Un año después, el espíritu le transportó al mismo sitio donde vio a la mujer hermosa, entonces ya vieja pero de lozana senectud, porque sólo envejeció por haber sido creada desde el principio del mundo y porque el mundo fue creado para ella.

 

El libro de los Preceptos no contiene tantas alegorías, pero se encuentran muchas en las Semejanzas.

 

«Un día que ayunaba —dice Hermas— estaba sentado en una colina agradeciendo a Dios todo lo que hizo por mí. Un pastor vino a sentarse a mi lado y preguntó: —¿Cómo es que habéis madrugado tanto? —Porque hoy estoy de estación. —¿Qué quiere decir estar de estación? —Quiero decir que ayuno. —¿Por qué ayunáis? —Lo tengo por costumbre. —Pues yo os digo — replicó el pastor— que de vuestro ayuno ningún provecho saca Dios, y os voy a explicar el ayuno que agradece la Divinidad. Servid a Dios con pureza de corazón, observad sus mandamientos y no abriguéis ningún deseo culpable. Si teméis a Dios y os abstenéis de practicar el mal, ese será el verdadero, el único ayuno que os agradezca.»

 

Esa doctrina sublime es uno de los singulares monumentos del siglo n Pero desconcierta que al final de las Semejanzas el pastor le entregue jóvenes castas y trabajadoras para que cuiden de su casa, y que declare que no puede observar los mandamientos de Dios si no le ayudan esas jóvenes, que indudablemente representan las virtudes.

 

No continuaremos ocupándonos de los libros apócrifos porque si entráramos en detalles seríamos interminables. Para terminar este artículo, me ocuparé de las Sibilas.

 

Las Sibilas. En la Iglesia primitiva se consideran apócrifos el sinfín de versos atribuidos a las antiguas Sibilas, referentes a los misterios de la religión cristiana. Diodoro de Sicilia sólo conoció una Sibila, de la que se apoderaron en Tebas sus seguidores y la colocaron en el templo de Delfos, antes de la guerra de Troya. Imitando a esa Sibila, pronto aparecieron diez más. La de Cumas fue la más famosa en Roma, y la de Eritrea en Grecia.

 

Como todos los oráculos se pronunciaban en verso, las Sibilas se vieron obligadas a componer muchísimos, y a veces los hicieron acrósticos. Algunos cristianos, poco instruidos, no sólo alteraron el sentido de los antiguos versos, que se suponían escritos por las Sibilas, sino que compusieron otros, y lo que es peor, escritos en acrósticos. No pararon mientes en que el penoso artificio del acróstico no podía tener semejanza alguna con la inspiración y con el entusiasmo de los versos de las profetisas, y quisieron sostener una buena causa por medio del fraude y la torpeza. Escribieron, pues, malos versos griegos, cuyas letras iniciales componían estas palabras: Jesús, Cristo, Hijo, Salvador, y esos versos decían que «con cinco panes y dos peces mantuvo cinco mil hombres en el desierto, y recogiendo los pedazos que quedaron llenó doce cestos».

 

Las Sibilas predijeron el milenarismo y la nueva Jerusalén celeste, que Justino vio en los aires cuarenta noches seguidas.

 

Lactancio, en el siglo IV, recogió casi todos los versos atribuidos a las Sibilas considerándolos como pruebas convincentes. Esta opinión fue generalmente admitida y se le dio crédito tanto tiempo que en la actualidad todavía entonamos himnos en los que el testimonio de las Sibilas se agrega a las predicciones de David.

 

Ya es hora de que terminemos el catálogo de estos errores y fraudes aunque pudiéramos referir muchos más, porque en el mundo siempre abundaron los hombres engañadores y los que desean ser engañados. Pero no insistimos en manifestar una erudición que resulta peligrosa. Profundizar una sola verdad vale más que cubrir mil mentiras.

 

APOSTATA. Todavía discuten los sabios si el emperador Juliano fue verdaderamente apóstata o si nunca llegó a ser verdadero cristiano.

 

Tenía sólo seis años cuando el emperador Constancio, más bárbaro aún que Constantino, ordenó degollar a su padre, su hermano y a siete primos suyos. A duras penas, él y su hermano Galo pudieron librarse de tal matanza, pero Constancio siempre le trató con rudeza, le amenazó con quitarle la vida y no tardó mucho tiempo en ver que por orden del tirano asesinaron al hermano que le quedaba. Los sultanes turcos más bárbaros no sobrepasaron nunca en desmanes y crueldades a la familia de Constantino. El estudio fue la única afición de Juliano desde su primera juventud. Conversaba a escondidas con los filósofos más ilustres que profesaban la antigua religión de Roma, y es más que probable que siguiera la de su tío Constancio, esto es, el cristianismo, por temor a que le asesinara como a los demás.

 

Juliano se vio obligado a ocultar sus opiniones, como hizo Bruto en el reinado de Tarquinio. Poca debió ser su fe en el cristianismo, porque su tío le obligó a ser fraile y a desempeñar en la iglesia el cargo de lector. Es difícil profesar la religión del que nos persigue, sobre todo cuando trata de dominar nuestra conciencia.

 

Otra probabilidad de lo que voy afirmando es que ninguno de sus actos demuestra que fuese cristiano. Nunca pide perdón a los pontífices de la antigua religión y en sus cartas les habla como si siempre hubiera sido fiel al culto que observaba el Senado.

 

Pero no existen pruebas de que practicara las ceremonias de Tauróbolo consistentes en sacrificar un toro a Cibeles y consideradas como expiación. Tampoco hay pruebas de que lavase con sangre de toro lo que llama la tacha de su bautismo. A pesar de todo, esta devoción pagana no probaría más de lo que pudiera probar la asociación de los misterios de Cibeles. En suma, ni sus amigos ni sus enemigos refieren ningún hecho demostrativo de que creyera alguna vez en el cristianismo y que sinceramente abandonara esta creencia para afiliarse a la de los dioses del imperio. Si es así, tienen razón quienes no le creen apóstata.

 

En la actualidad se reconoce, en general, que el emperador Juliano fue un héroe y un sabio, un estoico que igualó a Marco Aurelio. Todo el mundo es hoy de la opinión de Prudencio, poeta coetáneo suyo, que le dedicó un himno en el que dice de Juliano:

 

Famoso por sus virtudes Por sus leyes, por la guerra Si a Dios servir no le plugo Sirvió muy bien a la tierra.

 

Sus detractores no supieron más que ponerle en ridículo por nimiedades, pero tuvo más talento que los que se burlaban de él. El abate La Bletterie le critica en su historia por llevar la barba demasiado larga, menear demasiado la cabeza y su andar apresurado. Otros autores le censuran cosas parecidas, tan nimias como aquéllas. Dejemos que el ex jesuita Patouillet y el ex jesuita Nonotte llamen apóstata al emperador Juliano. En cambio, su sucesor el cristiano Jovieno le llamará divus Julianus.

 

Tratemos a Juliano como él trató a los cristianos. Magnánimamente decía de ellos: «No debemos odiarles, sino compadecerles. Bastante desgracia tienen con equivocarse respecto al asunto más importante».

 

Sabido es que administraba rectamente justicia a sus vasallos; tributémosla, pues, nosotros a su memoria. He aquí un hecho de su historia. Varios ciudadanos de Alejandría se encolerizaron con un obispo cristiano, que era un hombre malvado, cobarde, feroz y, además, supersticioso. Por calumniador y sedicioso le aborrecían todos los partidos, y los referidos ciudadanos de Alejandría le mataron a palos. He aquí la carta que el emperador Juliano dirigió a éstos, con motivo de esa conmoción popular, hablándoles como padre y como juez:

 

«En vez de dejar a mi cargo el castigo de los ultrajes que os infirieron os habéis entregado a los arrebatos de la cólera. Habéis cometido los mismos excesos que reprocháis a vuestros enemigos. El obispo Biordos merecía que se le tratara como habéis hecho, pero no debíais ser los ejecutores del castigo. Rigiendo leyes justas, debíais pedirme que las aplicara.»

 

Los enemigos de Juliano osaron llamarle infame porque le creyeron apóstata, pero no han podido llamarle intolerante, ni perseguidor, porque quiso erradicar la persecución y la intolerancia. Leed detenidamente su carta 52 y respetad su memoria. ¿Acaso no fue bastante desgraciado por no haber sido católico y tener que abrasarse en el infierno con el número inmenso de los que no son católicos, para que aún insultemos su memoria hasta el extremo inicuo de acusarle de intolerante?

 

De los globos de fuego que se supone salieron de la tierra para impedir la reedificación del templo de Jerusalén, en el reinado del emperador Juliano. Es probable que cuando el emperador Juliano resolvió declarar la guerra a Persia necesitara dinero. También es posible que los judíos se lo facilitaran con la condición de obtener licencia para reedificar su templo, que destruyó Tito, del que sólo quedaron los cimientos, una muralla y una torre. Pero, ¿es posible que salieran del fondo de los cimientos globos de fuego que destruyeran las obras y los obreros, y que éstos tuvieran que suspender sus trabajos? ¿No hay flagrante contradicción en lo que refieren los historiadores?

 

¿Es posible que empezaran los judíos por destruir los cimientos del templo, tratando como trataban de reconstruirlo en el mismo lugar? El templo debió existir necesariamente en el monte Moria. Allí lo construyó Salomón, y allí lo reedificó con mayor solidez y magnificencia Herodes, después de edificar un hermoso teatro en Jerusalén y un templo dedicado a Augusto en Cesárea. Los bloques de piedra que se emplearon cuando se fundó ese templo tenían hasta veinticinco pies de longitud, según refiere Flavio Josefo. ¿Es posible que los judíos de la época de Juliano fueran tan insensatos que arrancaran esos bloques, indispensables para sostener el peso del edificio, sobre los que más tarde los mahometanos construyeron su mezquita? Que obraran de esa manera, como suponen algunos historiadores, es de todo punto increíble.

 

¿Cómo pudieron salir haces de llamas del interior de esas piedras? Pudo haber algunos temblores de tierra cerca de allí, son frecuentes en Siria, pero que enormes bloques de piedra vomiten torbellinos de fuego es un cuento que merece puesto de honor entre los que inventó la Antigüedad más remota.

 

Si hubiera acaecido el terremoto que suponen, el emperador Juliano lo habría mencionado en la carta en que manifiesta el designio de reedificar el templo. Entonces su testimonio hubiera sido auténtico. Es también probable que dejara de tener ese designio. En la citada carta dice: «¿Qué pensarán los judíos de su templo, que quedó destruido tres veces, al ver que todavía no está reedificado? No digo esto como reproche, pues hasta yo quise reconstruirlo. Lo digo para poner de manifiesto la extravagancia de sus profetas, que consiguieron engañar a las viejas imbéciles».

 

¿No es más verosímil que, habiendo fijado el emperador su atención en las profecías judías, que aseguraban que el templo debía reedificarse con mayor magnificencia que cuando se fundó, creyera que le convenía revocar el permiso de reedificar dicho templo? La probabilidad histórica apoya las palabras que pronunció el emperador, que como despreciaba los libros judíos y los cristianos quiso desmentir a los profetas judíos.

 

El citado abate La Bletterie, historiador del emperador Juliano, dice no creer que quedara destruido tres veces el templo de Jerusalén. Eso es negar la evidencia. El templo que fundó Salomón y reconstruyó Zorobabel, lo destruyó por completo Herodes; luego el mismo Herodes lo reconstruyó con mayor magnificencia y, por último, lo arrasó Tito. Sufrió, pues, tres destrucciones y no hay motivo para que el referido historiador calumnie a Juliano. Ya le calumnia demasiado cuando dice que poseía «virtudes aparentes y vicios reales». El emperador Juliano no fue hipócrita, avaro, mentiroso, ingrato, cobarde, borracho, disoluto, perezoso, ni vengativo. ¿Qué vicios poseía, pues?

 

El único motivo para creer que los globos de fuego nacieron de las piedras es que Ammien Marcellin, autor pagano nada sospechoso, lo dijo así. Es cierto que lo dijo, pero también afirmó que cuando el emperador quiso sacrificar diez bueyes a los dioses, en agradecimiento de haber conseguido sobre los persas la primera victoria, derribó nueve en tierra antes de que los presentaran en el altar. Es más, dicho autor refiere un sinfín de predicciones y de prodigios. ¿Debemos creerle en todo? ¿Debemos creer también los ridículos milagros que refiere Tito Livio? ¿No es posible también que hayan falsificado el texto de Ammien Marcellin? ¿Sería esta la primera vez que se hubiera utilizado semejante superchería?

 

Me sorprende que ese autor no hable de las crucecitas de fuego que los obreros del templo encontraron en su cuerpo cuando se desvistieron para ir a acostarse, detalle que concordaría perfectamente con los globos de fuego que salieron de las piedras.

 

Lo cierto es que el templo de los judíos no se reedificó ni es probable que se reedifique nunca. Contentémonos con saber esto y no hagamos caso de prodigios inútiles, sabiendo como sabemos que no pueden salir globos de fuego de la tierra, ni de las piedras. Ammien y los que lo citan no sabían una palabra de física. Si el abate La Bletterie observó con atención el fuego de la noche de San Juan vería que las llamas ascienden en figura de punta o de ola, nunca adquirieron forma de globo. Por lo demás, esto carece de importancia y no interesa a la fe ni a las costumbres.

 

APÓSTOLES. Después de publicado en la Enciclopedia el artículo titulado Apóstol, tan erudito como ortodoxo, poco nos queda por decir sobre la materia. Tal vez sólo contestar a las siguientes preguntas que se formulan con frecuencia: ¿Los apóstoles eran casados? ¿Tuvieron hijos? ¿Qué hicieron esos hijos? ¿Dónde vivieron los apóstoles? ¿Dónde escribieron y murieron? ¿Tuvieron distrito propio, ejercieron su ministerio civil y jurisdicción sobre los fieles? ¿Fueron obispos, tuvieron jerarquías, ritos y ceremonias?

 

Los apóstoles eran casados. Se conserva una carta atribuida a san Ignacio mártir que contiene estas decisivas palabras: «Me acuerdo de vuestra santidad como de Elías, Jeremías, Juan Bautista y los discípulos predilectos Timoteo, Tito, Evodio y Clemente, que vivieron en estado de castidad mas no por ello vitupero a los demás bienaventurados que se ligaron con el vínculo del matrimonio. Yo deseo ser digno de Dios, siguiendo los vestigios de éstos, y entrar en el reino celestial como Abrahán, Isaac, Jacob e Isaías, como san Pedro y san Pablo y otros apóstoles casados».

 

Algunos sabios suponen que el nombre de san Pablo se añadió más tarde en esa carta famosa. Pero Turrien y otros que han leído las cartas de san Ignacio (escritas en latín, están en la Biblioteca vaticana), confiesan que en dicha carta estaba escrito el nombre de Pablo. Baronio no niega que ese pasaje figure en algunos manuscritos griegos. En la antigua biblioteca de Oxford existió un manuscrito de cartas de san Ignacio en el que se encuentran estas palabras: «Nos negamus in quibusdam graecis codicibus». Pero Baronio afirma que esas palabras las añadieron los griegos modernos. Ignoro si se quemó el citado manuscrito con otros muchos libros cuando Cromwell se apoderó de Oxford. Queda un ejemplar latino en la biblioteca oxfordiana y en él las palabras Pauli et apostolorum están borradas, pero aún se pueden leer. Además, el pasaje de san Ignacio que hemos transcrito se encuentra en varias ediciones de sus cartas, y nos parece una frivolidad suscitar una cuestión por el casamiento de Pablo. ¿Qué importa que estuviera o no casado, si los demás apóstoles lo estaban? Basta leer su primera epístola a los corintios para convencerse de que pudo ser como los demás apóstoles (1). Transcribimos: «¿Acaso no tenemos el derecho de comer y de beber en vuestra casa, de llevar a nuestra esposa, a nuestra hermana, como los demás apóstoles? ¿Seríamos los únicos, Bernabé y yo, que careceríamos de ese derecho?»

Ese pasaje da a entender de manera indudable que todos los apóstoles eran casados, incluso san Pedro. Y san Clemente de Alejandría declara terminantemente que Pedro tenía mujer.

 

La disciplina de la Iglesia romana no admite el casamiento de los clérigos, pero lo cierto es que se casaron en los primeros tiempos de la Iglesia.

 

De los hijos de los apóstoles. Apenas tenemos datos sobre las familias de los apóstoles. San Clemente de Alejandría dice que san Pedro tuvo hijos, y san Felipe tuvo hijas y las casó (2).

 

Los hechos de los Apóstoles dicen que las cuatro hijas de san Felipe eran profetisas,(3) y créese que una de ellas, casada, se llamó santa Hermiona.

 

(1) Véase los capítulos, 2, 5, 6 y 7 de la citada Epístola de San Pablo.

 

(2) Hechos de los Apóstoles, 21, 9.

 

(3) Así lo dicen Eusebio, Epifanio, Jerónimo y Clemente de Alejandría.

 

Eusebio refiere que Nicolás, elegido por los apóstoles como coadjutor de san Esteban, estaba casado con una mujer muy hermosa y era celoso. Los apóstoles le reconvinieron sus celos, de cuyo defecto logró corregirse hasta el punto de que les presentó su mujer y dijo: «Estoy dispuesto a cederla y a que se case con quien quiera». Los apóstoles no aceptaron esa proposición. Nicolás tuvo de su mujer un hijo y varias hijas.

 

Cleofás, según cuentan Eusebio y san Epifanio, era hermano de san José y padre de Santiago el Menor y de san Judas, el cual lo tuvo de María, hermana de la Virgen. Luego, san Judas apóstol era primo hermano de Jesucristo.

 

Hegesipo, citado por Eusebio, afirma que dos nietos de san Judas fueron delatados al emperador Domiciano como descendientes de David, y por tanto poseedores de un derecho incontrovertible al trono de Jerusalén. Temiendo Domiciano que hicieran valer su derecho, les interrogó para conocer sus intenciones. Ellos se pusieron de acuerdo para describirle su genealogía. El emperador les preguntó qué fortuna poseían, contestando que eran dueños de treinta y nueve fanegas de tierra, por las que pagaban tributo, y necesitaban trabajar para ganarse el sustento. El emperador les preguntó también cuándo creían que llegaría el reinado de Jesucristo y le contestaron que al finalizar el mundo. Tras este interrogatorio, les despidió Domiciano diciéndoles que podían ir donde quisieran. Esto prueba que ese emperador no era amigo de persecuciones, como generalmente se cree.

 

Si no estoy equivocado, es todo lo que sabemos acerca de los hijos de los apóstoles.

 

Dónde vivieron y murieron los apóstoles. Según Eusebio, Santiago el Justo, hermano de Jesucristo, fue el primero que ocupó el trono episcopal de la ciudad de Jerusalén. Estas son sus palabras. Así, pues, según su opinión, el primer obispo que hubo fue el de Jerusalén, suponiendo que los hebreos conocieran la palabra obispo. Parece probable que el hermano de Jesucristo fuera su segundo y que la ciudad donde tuvo lugar el milagro de la salvación fuera la metrópoli del mundo cristiano. Respecto al trono episcopal, debemos decir que eso es una expresión que Eusebio emplea prematuramente, porque es sabido que entonces no había tronos ni Santa Sede.

 

Añade Eusebio, copiándolo de san Clemente, que los demás apóstoles no disputaron a Santiago tan honrosa dignidad y le eligieron para que la asumiera inmediatamente después de la Ascensión. «El Señor —dice Eusebio, después de su resurrección, concedió a Santiago, en segundo lugar a Juan, y nombra el último a Pedro.» Parece justo que el hermano y el discípulo predilecto de Jesús ocuparan sitios preferentes al apóstol que lo negó. La Iglesia griega y los protestantes se preguntan con razón en qué documentos se funda la primacía que atribuyen a Pedro. A esto los católicos romanos contestan que si los padres de la Iglesia no le nombran el primero, está el primero en los Hechos de los Apóstoles. Los griegos y todos los que profesan la doctrina contraria les objetan que Pedro no fue el primer obispo, y esta cuestión subsistirá mientras existan Iglesia griega e Iglesia latina.

 

Santiago, primer obispo de Jerusalén y hermano de Jesús, continuó siempre observando la ley mosaica. Era recabita, nunca se afeitaba, iba descalzo, se prosternaba dos veces cada día en el templo de los judíos, y éstos le llamaban Oblia, que significa Justo. Los judíos continuamente le asediaban para que les dijera quién era Jesucristo, y en una ocasión que contestó que Jesús era «el hijo del hombre, que se sienta a la derecha de Dios y que descendía de las nubes» lo molieron a palos.

 

A Santiago el Mayor, tío del anterior, hermano de san Juan Bautista e hijo de Zebedeo y Salomé, se cree que Gipa, rey de los judíos, le hizo decapitar en Jerusalén. San Juan permaneció en Asia y gobernó la iglesia de Éfeso, en la que al parecer lo enterraron.

 

San Andrés, hermano de san Pedro, abandonó la escuela de san Juan Bautista por la de Jesucristo. No se sabe a punto fijo si predicó en Tartaria o en Argos, mas para resolver la dificultad dicen que predicó en Epiro. Nadie sabe dónde le martirizaron, ni si fue mártir, porque los hechos de su martirio son falsos según opinión de los sabios. Los pintores le representan siempre con una cruz en forma de aspa, a la que ha dado nombre. Prevaleció siempre esa costumbre, sin que podamos conocer su origen.

 

San Pedro predicó a los judíos dispersos en el Ponto, Bitinia, Capadocia, Antioquía y Babilonia. El mismo san Pablo no se ocupa de tal viaje en las cartas que escribió en esta última ciudad. San Justino es el primer autor fidedigno que se ocupa del viaje, al que los sabios no están de acuerdo. San Ireneo dice que Pedro y Pablo fueron a Roma y entregaron el gobierno a san Lino, opinión que enmaraña todavía más la cuestión de tal viaje, porque si esos dos apóstoles nombraron a san Lino jefe de la naciente sociedad cristiana en Roma, debemos inferir que ellos no la dirigieron ni permanecieron en dicha ciudad.

 

La crítica originó sobre este punto multitud de dudas. Es insostenible la opinión de que Pedro fuera a Roma durante el reinado de Nerón y de que ocupara el trono pontificio durante veinticinco años, porque Nerón sólo reinó trece. La silla de madera que se conserva en una vitrina en la basílica de San Pedro de ningún modo pudo haber pertenecido a este apóstol. La madera no dura tantos siglos, ni se puede creer que el apóstol enseñara sentado, como se hace en una escuela, porque está probado que los judíos de Roma eran los enemigos más violentos y audaces que tenían los discípulos de Cristo.

 

Quizás la mayor dificultad que ofrece esta cuestión consiste en que Pablo, en una epístola escrita en Roma, dice terminantemente que sólo le secundaron Aristarco, Marco y otro hombre llamado Jesús. Esta objeción parece inexplicable a los mejores críticos. El mismo Pablo, en otra de sus epístolas, dice que obligó a Santiago, Cefas y Juan, que eran columnas, a que reconocieran también por columnas a Bernabé y a él.

 

Nicéforo Calixto, autor del siglo XIV, dice que «san Pedro era delgado, alto y derecho, de rostro largo y pálido, con barba y cabellos espesos, cortos y crespos, de ojos negros y nariz grande». De esta forma traduce Calmet este pasaje en su Diccionario de la Biblia.

 

San Bartolomé. Este vocablo corrompido tiene su origen en la palabra Bar Tolemaios, que significa hijo de Tolomeo. Por los Hechos de los Apóstoles sabemos que nació en Galilea. Eusebio refiere que fue a predicar a la India, Arabia, Persia y Abisinia. Créese que es el mismo Natanael. Se le atribuye un evangelio, pero es inseguro cuanto se dice de su vida y su muerte. Suponen que Aastiage, rey de Armenia, le hizo despellejar vivo, pero esta historia los críticos la consideran legendaria.

 

San Felipe. Si damos crédito a las leyendas apócrifas, vivió ochenta y siete años y murió tranquilamente durante el reinado de Trajano.

 

Santo Tomás. Orígenes, citado por Eusebio, dice que fue a predicar a los medos, persas y magos (como si los magos constituyeran un pueblo). Añade que bautizó a uno de los que fueron a Belén. Los maniqueos suponen que un león devoró a un hombre que dio una bofetada a santo Tomás. Escritores portugueses aseguran que le dieron martirio en Meliapur, localidad de la península de la India. La Iglesia griega sostiene que predicó en la India y que desde allí transportaron su cadáver a Edesa.

 

San Matías. No se sabe de él ninguna particularidad. En el siglo XII, un monje de la abadía de San Matías de Treves escribió su vida, que dijo conocerla por un judío que la tradujo del hebreo al latín.

 

San Mateo. Según Rufino, Sócrates y Abdías, predicó y murió en Etiopía. Heracleón cuenta que vivió muchos años y falleció de muerte natural. Pero Abdías dice que Hirtacus, rey de Etiopía, se proponía casarse con su sobrina Ifigenia, y no permitiendo san Mateo semejante enlace, mandó que le decapitaran e incendió la casa de Ifigenia.

 

San Simón Cananeo. Festejado generalmente al mismo tiempo que san Judas, desconocemos su vida. Los griegos modernos dicen que predicó en Libia y desde allí pasó a Inglaterra. Otros autores afirman que le martirizaron en Persia.

 

San Tadeo. En el Evangelio de san Tadeo, los judíos le llaman hermano de Jesucristo, y en opinión de Eusebio sólo era primo hermano. Todas estas relaciones, la mayor parte inciertas y vagas, nos ofrecen pocas noticias de la vida de los apóstoles, pero si hay en ellas escasas materias para excitar la curiosidad, sin embargo son suficientes para instruirnos.

 

De los cuatro evangelios escogidos entre los cincuenta y cuatro que escribieron los primitivos cristianos, hay dos que no los compusieron los apóstoles: el de San Marcos y el de San Lucas.

 

San Pablo no fue uno de los doce apóstoles; no obstante, contribuyó el que más a instaurar el cristianismo. Fue el único hombre de letras entre ellos y cursó sus estudios en la escuela de Gamaliel. El gobernador de Judea, Festo, le critica que sea demasiado sabio y no alcanzando a comprender las sublimidades de su doctrina, le dice: «Estás loco, Pablo. Tus estudios te han llevado a la locura».

 

En su primera epístola a los corintios, calificándose a sí mismo de enviado, les dice: «¿No soy apóstol? ¿No soy libre? ¿No he visto a Jesús el Señor nuestro? Aunque no sea apóstol como los demás apóstoles, lo soy para vosotros; si ellos son ministros de Cristo, aunque me acuséis de imprudente, os diré que lo soy más que ellos».

 

Efectivamente, pudo ver a Jesús cuando estaba estudiando en Jerusalén, en la escuela de Gamaliel, pero esta no era razón para autorizar su apostolado. No estaba clasificado entre los discípulos de Jesús porque en tiempos anteriores los había perseguido y fue cómplice en la muerte de san Esteban. Sorprende que nos justifique su voluntario apostolado alegando el milagro que en su favor obró después Jesucristo, que consistió en la luz celestial que se le apareció en pleno día, le derribó del caballo y le elevó al tercer cielo.

 

San Epifanio cita más hechos de los apóstoles, que cree escribieron los cristianos denominados ebionitas y que rechazó la Iglesia, hechos antiquísimos, pero llenos de injurias contra Pablo. En ellos se refiere que Pablo nació en Tarso, de padres idólatras, y que de Tarso fue a Jerusalén, donde permaneció bastante tiempo y trató de casarse con la hija de Gamaliel, por lo que se hizo judío y dejó que le circuncidaran. Pero que, no habiendo conseguido a su amada, o no encontrándola virgen se encolerizó y se dedicó a escribir contra la circuncisión, el sábado j todas las leyes judías.

 

Esta actitud de Pablo denota que los primitivos cristianos, ebionitas o pobres, practicaban la ceremonia del sábado y la circuncisión y eran enemigos de Pablo, al que consideraban un intruso que quería trastocarlo todo. En suma, como eran herejes, se obstinaban en propalar la difamación de sus enemigos, procedimiento que es común al espíritu de partido. Por eso Pablo los trata de falsos apóstoles y embaucadores, los colma de injurias y hasta los llama perros en su epístola a los filipenses.

 

San Jerónimo asegura que Pablo nació en Giscala, localidad de Galilea, no en Tarso. Otros autores le niegan la cualidad de ciudadano romano, porque entonces no los había ni en Tarso ni en Giscala, y Tarso no fue colonia romana hasta cien años después. Con todo, debemos tener fe en los Hechos de los Apóstoles, que inspiró el Espíritu Santo y cuya opinión debe prevalecer sobre la de san Jerónimo, a pesar de ser un sabio.

 

Es interesante todo cuanto dice de Pedro y Pablo. Si Nicéforo nos proporciona el retrato del primero, los Hechos de santa Tecla, aunque no canónicos, son del siglo I, nos ofrecen el retrato del segundo. En esos Hechos se dice que Pablo era de corta estatura, calvo, de muslos torcidos, piernas gruesas, nariz aguileña, cejijunto y lleno de gracia del Señor. Por lo demás, esos hechos de Pablo y santa Tecla los escribió, según dice Tertuliano, un asiático discípulo del mismo Pablo.

 

Qué disciplina tuvieron los apóstoles y los primeros discípulos. Parece que todos fueron iguales. La igualdad era el gran principio de los esenios, recabitas, terapeutas, de los discípulos de Juan Bautista y, sobre todo, de Jesucristo, que la recomienda repetidas veces.

 

San Bernabé, que no era apóstol, da su voto como éstos. Pablo, que tampoco lo fue en vida de Jesús, no sólo es igual a los apóstoles, sino que ejerce ascendiente sobre ellos y amonesta duramente a Pedro. Entre ellos no hay ninguno superior cuando se reúnen; nadie preside, ni aun por turno. Al principio no se llamaron obispos. Pedro sólo da el nombre de obispo, o un vocablo equivalente, a Jesús, a quien llama vigilante de las almas. El nombre de vigilante o de obispo se aplicó en seguida indiferentemente a los ancianos, que nosotros llamamos sacerdotes, pero sin ninguna ceremonia, sin indicar el nombre ninguna dignidad ni señalar ninguna preeminencia.

 

Los ancianos estaban encargados de repartir las limosnas. Entre los más jóvenes nombraban a siete, por mayoría de votos, para tener cuidado de las mesas, cuyo hecho se prueba evidentemente con las comidas que hacían en comunidad. No encontramos el menor indicio en los documentos antiguos para creer que tuvieran jurisdicción, mando y facultad para imponer castigos.

 

Es cierto que Ananías y Safira murieron por no haber entregado integra a Pedro la cantidad que administraban, por haber retenido parte de este dinero para satisfacer sus necesidades más apremiantes, por no confesarlo, por haber mentido. Pero no fue Pedro quien los sentenció. Éste adivinando la falta que cometió Ananías, se la afeó, diciendo: «Has mentido al Espíritu Santo». Y de repente, Ananías cayó en tierra muerto. Luego se presentó Safira, y Pedro, en vez de reprenderla, la interrogó como si fuese su juez. Le tiende un lazo, diciéndole: «Mujer, dime en qué cantidad habéis vendido vuestro campo». La mujer responde como el marido. Sorprende que al presentarse ante Pedro no supiera que su marido había muerto, que nadie se lo dijera, que no advirtiera en la asamblea la excitación y el revuelo que semejante muerte debía haber producido. Sorprende que esa mujer no entrara en la casa llorando y gritando, y que la interrogaran serenamente como si estuviera ante un tribunal. Pero más sorprendente todavía es que Pedro le dijera: «Mujer, ¿ves los pies de quienes se han llevado a tu marido? Pues esos mismos hombres van a llevarte a ti también». En aquel mismo instante se ejecutó la sentencia. Aquel acto tuvo gran parecido con la audiencia que da un juez para oír a un criminal.

 

Ahora bien, es preciso considerar que Pedro, en aquella ocasión, sólo fue el instrumento de Jesucristo y del Espíritu Santo, a los que Ananías y su mujer mintieron, y que Jesucristo y el Espíritu Santo castigaron con una muerte súbita, milagro obrado para atemorizar a los que dan parte de sus bienes a la Iglesia y dicen que lo han entregado todo guardando parte de ellos para usos profanos. El sabihondo Calmet hace resaltar las opiniones contrapuestas que han manifestado los padres de la Iglesia y los exégetas respecto a la salvación de aquellos dos primitivos cristianos, cuyo pecado consistió en una sencilla retención, pero una retención punible. Mas sea como sea, lo cierto es que los apóstoles no tenían otro poder, otra jurisdicción, ni otra autoridad, que la que conseguían mediante la persuasión.

 

Por otra parte, según se infiere de esta misma historia, parece que los cristianos hacían vida común. Así que se reunían dos o tres, Jesucristo los asistía y podían recibir igualmente al Espíritu Santo. Cristo era su verdadero, su único superior, y les había dicho: «No llaméis padre a ninguno en el mundo, porque no tenéis más que un padre, que está en el cielo. No deseéis tampoco que os llamen señores, porque sólo tenéis un solo señor, y porque todos sois hermanos. Ni que os llamen doctores, porque vuestro único doctor es Jesucristo.»

 

En la época de los apóstoles no se conocieron los ritos, la liturgia ni se practicaban ceremonias, ni tenían horas señaladas para reunirse los cristianos. Los discípulos de los apóstoles bautizaban a los catecúmenos soplándoles en la boca, para que en ella entrara con el soplo el Espíritu Santo (1), lo mismo que Jesús había soplado en la boca de los apóstoles cuya práctica se observa aún hoy en algunas iglesias cuando se administra el bautismo a los niños. Todo se hacía entonces por inspiración, por entusiasmo, como entre los terapeutas y entre los judíos, si se me permite comparar las sociedades judías que condena la Iglesia católica con las sociedades que dirigió el mismo Jesús desde lo alto del cielo, donde está sentado a la diestra del Padre.

 

El paso de los siglos reportó los cambios necesarios. Y cuando la Iglesia, por su expansión, se enriqueció, necesitó promulgar nuevas leyes.

 

ÁRABE. Quien desee conocer a fondo los tiempos más antiguos de los árabes, quedará tan poco enterado de ellos como si intentara conocer los de Auvernia y el Poitou. No obstante, no hay duda que los árabes eran un pueblo importante mucho antes de venir al mundo Mahoma. Los mismos judíos confiesan que Moisés se casó con una doncella árabe y su suegro Jethro era un hombre de gran inteligencia.

 

La Meca, al parecer, es una de las ciudades más antiguas del mundo Prueba de su remota antigüedad es la imposibilidad de que haya otra causa diferente de la superstición para fundar una urbe donde la Meca se fundó. Es un desierto de arena con agua salobre y donde se muere de hambre y sed. El territorio, a poca distancia hacia Oriente es uno de los más deliciosos del mundo, el más regado y más fértil; allí es donde debieron fundar la ciudad. Pero bastó que un charlatán, un tunante, un falso profeta defendiera sus teorías, para convertir la Meca en lugar sagrado y punto de congregación de las naciones inmediatas. Así se edificó también el templo de Júpiter Ammón, en terreno solitario y arenisco.

 

Arabia se extiende desde el desierto de Jerusalén hasta Adén, hacia el grado 15, en dirección nordeste‑sudoeste. Es un país inmenso, casi tres veces Alemania. Es probable que las aguas del mar hayan traído sus desiertos de arena y que sus golfos marítimos fueran tierras fértiles en tiempos remotos.

 

Lo que parece prueba de la antigüedad del referido país es que ningún historiador refiere que haya sido subyugado nunca. Ni lo sometió Alejandro, ni los reyes de Siria, ni los romanos, sino que, por el contrario, los árabes dominaron a muchas otras naciones, desde la India hasta el Garona. Perdieron luego todo lo conquistado, se retiraron a su país y no volvieron ya a mezclarse con los demás pueblos.

 

Nunca fueron esclavizados ni se confundieron con las demás naciones, y es bastante probable que conserven sus costumbres y su lengua.

 

(1) Juan, 20, 22.

 

Por lo mismo, el árabe es, en cierto modo, la lengua madre de toda Asia, hasta la India y el territorio que habitan los escitas, suponiendo que haya efectivamente lenguas madres, porque creo que sólo hay lenguas dominantes. El genio de los árabes no ha cambiado. Todavía inventan Mil y una noches, como en los tiempos que inventaron un Bac o un Baco, que atravesaba el mar Rojo con tres millones de hombres, mujeres y niños, detenía el sol y la luna, y hacía brotar fuentes de vino con su vara, que transformaba en serpiente cuando le parecía. La nación que vive aislada, cuya sangre no se mezcla, no puede cambiar de carácter.

 

Los árabes que habitaban en los desiertos estuvieron siempre inclinados al robo y los que habitaban en ciudades tuvieron afición a las fábulas, la poesía y la astronomía. En el Prólogo histórico del Corán se refiere que cuando una de sus tribus contaba con un buen poeta, las demás enviaban comisionados a ella para felicitarla, porque Dios le había concedido la gracia de darle un poeta.

 

Las tribus se reunían todos los años por medio de sus representantes en una plaza llamada Ocad, en la que recitaban versos, poco más o menos como se hizo después en Roma en el jardín de la Academia de los Aecades, costumbre que duró hasta la época de Mahoma. En tiempos del profeta, todo el que quería fijaba sus versos en unos carteles a la puerta de la mezquita de la Meca. Labid, hijo de Rabía, era considerado el Homero de los árabes, pero cuando vio que Mahoma había fijado a la puerta de la mezquita el segundo capítulo del Corán, se prosternó ante él y le dijo: «¡Oh, Mahoma, hijo de Abdallah, hijo de Motaleb, hijo de Achem, eres mejor poeta que yo! Sin duda eres el profeta de Dios».

 

Si los árabes del desierto eran ladrones, en cambio los que vivían en Maden, en Naid y en Sanaa eran generosos. En dichas ciudades quedaba deshonrado el que se negaba a favorecer a sus amigos. En el compendio de versos titulado Tograid se dice que un día, en el atrio de la mezquita de la Meca, se hallaban discutiendo tres árabes sobre la generosidad y la amistad. Disentían acerca de quién merecía la preeminencia entre los que daban el mayor ejemplo de dichas virtudes. Uno de ellos decía que quien más sobresalía en ellas era Abdallah, hijo de Giafar y tío de Mahoma; otro afirmaba que esta preferencia la merecía Kais, hijo de Saad, y el tercero se la otorgaba a Arabad, de la tribu de As. Tras discutir largo tiempo, convinieron en enviar un amigo a Abdallah, otro a Kais y otro a Arabad, con intención de probarlos y contar luego lo sucedido a un conciliábulo de árabes.

 

El amigo de Abdallah fue a su encuentro y le dijo: «Hijo del tío de Mahoma, estoy de viaje y carezco de recursos para seguir». Abdallah estaba montado en un camello cargado de oro y seda. Al oír la demanda del amigo, bajó del camello, se lo regaló y regreso a pie a casa. El amigo de Kais fue en su busca para llevar a cabo el cometido y lo encontró durmiendo: uno de los criados preguntó al viajero qué deseaba. Este le respondió que era amigo de Kais y estaba necesitado. El criado replicó: «No quiero despertar a mi señor, pero tomad siete mil piezas de oro que es todo el dinero que tenemos hoy en casa. Id a las caballerizas y llevaos un camello y un esclavo; con eso creo que tendréis bastante para llegar a vuestra casa». Cuando despertó Kais riñó al criado porque había dado poco al viajero. El tercer amigo fue a buscar a Arabad, que era ciego, y le encontró saliendo de casa, apoyado en dos esclavos. Iba a rezar a Dios en la mezquita de la Meca. Cuando conoció la voz de su amigo le dijo: «No poseo más bienes que estos dos esclavos. Tómalos y véndelos, que yo llegaré a la mezquita como pueda, apoyándome en mi bastón».

 

Regresaron los tres viajeros, se presentaron en la asamblea y refirieron lo que les había sucedido. Elogiaron la conducta de Abdallah, de Kais y de Arabad, pero dieron la preferencia a este último.

 

Los árabes tienen muchos cuentos de este tipo. Las naciones occidentales no los conocen; nuestras novelas no son de esa índole. Por el modo de escribir de los árabes se adivina que al menos sus ideas eran nobles y elevadas.

 

Los más profundos conocedores de las lenguas orientales creen que el libro de Job, escrito en la más remota Antigüedad, es obra de un árabe idumeo. Prueba de ello es que el traductor hebreo dejó en su traducción más de cien palabras árabes, y que indudablemente no entendió a Job héroe del libro. No podía ser hebreo, porque dice en el capítulo 42 que habiendo recuperado su primer estado, distribuyó sus bienes en partes iguales entre sus hijos e hijas, y esta disposición es contraria a la ley hebrea.

 

Si el libro se hubiera compuesto más tarde, después de la época en que situamos a Moisés, el autor, que se ocupa de un sinfín de cosas y no economiza ejemplos, indudablemente hubiera mencionado los sorprendentes milagros que realizó Moisés y que sin duda conocerían entonces los pueblos asiáticos.

 

En el primer capítulo, Satanás se presenta ante Dios y le pide licencia para atormentar a Job. Satanás es desconocido en el Pentateuco, porque esta palabra es caldea. He aquí otra prueba de que el autor árabe vivió cerca de Caldea. Se creyó que podía ser judío porque en el capítulo 12 el traductor hebreo escribió la voz Jehová en vez de escribir El o Bel, o Saduí. Ahora bien, ¿qué hombre instruido no sabe que la voz Jehová la usaron los fenicios, sirios, egipcios y todos los pueblos de los países vecinos?

 

Otra prueba, más palmaria aún y sin posible réplica, es el conocimiento de la astronomía, patente en el libro de Job, quien habla de las constelaciones que llamamos Arturo, Orión y las Hyades y hasta las del medio día que están ocultas. Pero los judíos desconocían lo que era una esfera y ni siquiera tenían vocablo para expresar lo que es la astronomía. A los árabes les dio fama esta ciencia, lo mismo que a los caldeos.

 

Así, pues, creo sobradamente probado que no pudo escribir el referido libro ningún autor hebreo porque es anterior a todos los libros que escribieron los judíos. Filón y Josefo son demasiado prudentes para contar esta obra como de derecho canónico hebreo. Sin duda, es una parábola, una alegoría árabe. Es más, se encuentran en esa obra muchos conocimientos, de los usos del antiguo mundo, y sobre todo de Arabia. También trata del comercio de las Indias, al cual se dedicaron los árabes en todos los tiempos, y del que ni siquiera habrían oído hablar los hebreos.

 

No podemos pasar en silencio que el sesudo Calmet, a pesar de su profundidad falte a todas las reglas de la lógica suponiendo que Job anuncia la inmortalidad del alma, cuando en el capítulo 38 dice: «Sé que Dios, que está vivo, me tendrá compasión y me permitirá salir un día de este estercolero, me renacerá la piel y volveré a ver a Dios en mi carne. ¿Por qué en la actualidad incitáis a que me persigan y me colmen de injurias? Llegará para mí la hora de ser poderoso, temed entonces mi espada, temed que me vengue. No olvidéis que existe la justicia».

 

Las anteriores palabras sólo dan a entender que abrigaba la esperanza de curarse. La inmortalidad del alma y la resurrección de la carne el día del juicio son verdades anunciadas tan terminantemente en el Nuevo Testamento, tan claramente afirmadas por los padres de la Iglesia y los Concilios, que no hay necesidad de atribuir a un árabe la primera noción de ellas. Esos grandes misterios que no se explican en ninguna parte del Pentateuco hebreo, ¿por qué los había de aclarar Job en un solo versículo y de manera tan oscura? Así como Calmet no tiene razón al creer que Job habla de la inmortalidad del alma y de la resurrección, tampoco la tiene al suponer que la enfermedad que padecía era un ataque de viruela. La lógica y la medicina se oponen a esas opiniones del comentarista.

 

Además, siendo indudablemente árabe el libro de Job, huelga decir que carece de método, exactitud y precisión. Pero es quizá el más antiguo y notorio de los libros que se han escrito a occidente del Éufrates.

 

ARANDA. Aunque los nombres propios no son objeto de nuestros estudios enciclopédicos, en este artículo haremos una excepción para ocuparnos del conde de Aranda, presidente del Consejo Supremo de España y capitán general de Castilla la Nueva, que fue quien empezó a cortar las cabezas de la hidra de la Inquisición.

 

Era justo que un español librara al mundo de ese monstruo, pues otro español lo hizo nacer. El inventor del Tribunal de la Santa Inquisición fue santo Domingo el Mugriento, que iluminado por el Espíritu Santo y convencido de que la Iglesia católica, apostólica y romana sólo podían sostenerla los frailes y los verdugos, creó la Inquisición en el siglo XIII y sometió a ella reyes, ministros y magistrados. Pero ocurre a veces en el mundo que un gran hombre es superior a un santo en asuntos puramente civiles y que atañen directamente a la majestad de las coronas, a la dignidad del consejo de los reyes, a los derechos de la magistratura y a la seguridad de los ciudadanos.

 

La conciencia, el fuero interno (como la llaman en la Universidad de Salamanca) es de otra índole y no tiene nada que ver con las leyes del Estado. Los inquisidores y los teólogos deben rogar a Dios por la salvación de los pueblos, pero los ministros y los magistrados deben velar por el bienestar y la justicia en la tierra.

 

A comienzos del año 1770, la autoridad militar arrestó a un soldado por haber cometido el delito de bigamia, y el Santo Oficio instó al rey para que le entregara ese soldado, alegando que a él correspondía juzgar al reo. Pero el rey de España decidió que ese proceso debía fallarlo el tribunal que presidía el capitán general, conde de Aranda, por medio de un decreto que publicó en 5 de febrero del mismo año. Este decreto dice que el muy reverendo arzobispo de Farsalia, localidad perteneciente a los turcos, e inquisidor general de España, debe observar las leyes del reino, respetar las jurisdicciones reales y no extralimitarse ni inmiscuirse en encarcelar a los vasallos del rey.

 

Todo no se puede hacer a un tiempo. Hércules no pudo limpiar en un día las caballerizas del rey Augías. Las cuadras de España estaban llenas de hediondas inmundicias hacía más de quinientos anos y daba grima ver que sus caballos, tan valientes, altivos y veloces, sólo tenían por palafreneros a frailes que les destrozaban la boca con una ruin mordaza obligándolos a revolcarse en el lodo. El conde de Aranda, excelente picador, empezó a poner la caballería española bajo otro mando y consiguió limpiar poco a poco sus caballerizas.

 

ARARAT. Montaña situada en Armenia, en cuyas cumbres se detuvo el arca de Noé. Se ha discutido durante mucho tiempo la cuestión de si fue o no fue universal el diluvio, si inundó toda la tierra sin excepción, o sólo la tierra conocida entonces. Los que creen que sólo se inundaron las poblaciones existentes en aquella época se fundan en la inutilidad de anegar las tierras no pobladas, y esta razón resulta bastante lógica. Pero nosotros vamos a referirnos a Beroso, antiguo autor caldeo, algunos de cuyos fragmentos conservó Abidini, que cita Eusebio y refiere por entero Jorge Syncelle.

 

Por estos fragmentos sabemos que los orientales, antiguos moradores de las costas del Ponto Euxino, hacían de Armenia la morada de los dioses. En esto les imitaron los griegos, que situaron a sus dioses en el monte Olimpo. Los hombres adaptaron siempre las cosas humanas a las divinas. Los príncipes edificaban las ciudadelas sobre las montañas luego los dioses debían morar en éstas. Por tanto, fueron sagradas para los antiguos. Las nieblas tapan a nuestra vista la cumbre del monte Ararat, luego los dioses se ocultaban entre las nieblas y se dignaban algunas veces aparecer ante los mortales cuando hacía buen tiempo y les complacía hacerlo.

 

Un dios de aquel país, tal vez Saturno, se apareció un día a Xixutre décimo rey de Caldea, según el cómputo de Africano, Abydeno y Apolodoro. Ese dios le dijo: «El quince del mes de Oesi, el género humano será destruido por un diluvio. Encerrad todos vuestros escritos en Sipara, la ciudad del sol, para que vuestros recuerdos no se pierdan. Construid un barco, entrad en él con vuestros padres y vuestros amigos; llevad con vosotros pájaros, cuadrúpedos y provisiones, y cuando os pregunten: «¿Dónde vais con vuestro barco?» responded: «A la mansión de los dioses para suplicarles que se apiaden del género humano».

 

Xixutre construyó el barco, que tenía dos estadios de anchura y cinco de longitud. Quiero decir que su anchura era de doscientos cincuenta pasos geométricos y su longitud de seiscientos veinticinco. Era poco velero ese barco para navegar por el mar Negro. Llegó el diluvio, y en cuanto cesó Xixutre echó a volar algunas aves que llevaba, pero éstas, al no encontrar nada que comer, regresaron al barco. Unos días después, las soltó de nuevo y volvieron con las patas llenas de barro; la tercera vez que las soltó ya no regresaron. Xixutre hizo lo mismo: salió del barco, que estaba varado en una montaña de Armenia, y ya no lo volvieron a ver. Los dioses se lo llevaron.

 

En esta leyenda existe probablemente algún dato histórico. El Ponto Euxino se desbordó, inundando algunas tierras, y el rey de Caldea se apresuró a reparar ese desmadre. Rabelais escribió cuentos tan ridículos como éste sacados de algunas verdades: la mayoría de los historiadores antiguos son Rabelais serios.

 

En cuanto al monte Ararat, se cree que era una de las montañas de Frigia que se llamó de ese modo porque esa palabra significa Arca y porque la rodeaban tres ríos. Hay opiniones distintas respecto a esa montaña, siendo muy difícil saber cuál es la verdadera. La montaña que los monjes armenios llaman hoy Ararat era, en opinión de éstos, uno de los lindes del paraíso terrestre, del que no quedan vestigios. La componen una serie de peñascos y precipicios cubiertos de eternas nieves. Tournefort llegó hasta allí buscando plantas por mandato de Luis XIV y dijo «que todos sus aledaños son horribles y la montaña todavía más que sus alrededores, que allí encontró un espesor de nieve de cuatro pies, enteramente cristalizada, y que por todas partes vio hondos precipicios cortados a pico».

 

El viajero Juan Struys también dice que estuvo en dicha montaña. Subió hasta la cumbre para curar a un ermitaño que había sufrido una caída. «El ermitaño estaba en un lugar tan alto, que nos costó siete días llegar a donde se hallaba y cada día andábamos cinco leguas». Si hubiera trepado siempre, el monte Ararat debía tener treinta y cinco leguas de altura. En la época de la guerra de los gigantes, poniendo unos Ararats sobre otros, fácilmente se hubiera podido llegar hasta la luna. Juan Struys también asegura que curó al ermitaño, que en agradecimiento le regaló una cruz hecha con madera del arca de Noé. Tournefort no tuvo tanta suerte.

 

ARISTEO. ¿Será eterno sino de la humanidad engañar a los hombres en toda clase de asuntos? Un sedicente Aristeo pretende hacernos creer que hizo traducir el Antiguo Testamento al griego para uso de Tolomeo Filadelfo, y que el duque de Montpensier hizo también comentar los mejores autores latinos para uso del Delfín, que no los utilizó.

 

Si damos crédito al referido Aristeo, Tolomeo tenía grandes deseos de conocer las leyes judías y para conocerlas, cualquier hebreo de Alejandría las hubiera traducido por cien escudos, se propuso enviar una solemne embajada al sumo sacerdote de los judíos que su padre hizo prisioneros en Judea, y entregar a cada uno de ellos para que hicieran un viaje agradable cuarenta escudos, cuya suma asciende a catorce millones cuatrocientas mil libras francesas.

 

Tolomeo no se contentó con manifestar simplemente tan inaudita liberalidad. Como sin duda era un apasionado del judaísmo, envió al templo de Jerusalén una mesa de oro macizo incrustada de piedras preciosas, grabando sobre ella el mapa del Meandro, río de Frigia. El curso de dicho río lo marcó con rubíes y esmeraldas. Con la mesa iban dos jarrones de oro primorosamente trabajados. Nunca se pagó un libro tan caro. Por menos dinero hubiera podido comprar toda la biblioteca del Vaticano.

 

Eleazar, sumo sacerdote de Jerusalén, envió también sus embajadores, pero éstos sólo le entregaron una carta escrita en fino pergamino con letras de oro. Fue proceder digno de judíos no entregar más que un pergamino a cambio de cerca de treinta millones.

 

Tolomeo quedó tan admirado por el estilo de Eleazar que lloró de alegría al leer la carta. Comieron con el rey los embajadores y los principales sacerdotes de Egipto. Cuando llegó la hora de bendecir la mesa, los egipcios cedieron este honor a los judíos. Con los embajadores iban setenta y dos intérpretes, seis por cada una de las doce tribus. Todos habían estudiado griego en Jerusalén. Lo jocoso del caso es que de esas doce tribus, diez habían desaparecido sin dejar rastro desde siglos antes, pero el sumo sacerdote Eleazar las encontró para enviar traductores a Tolomeo. Los setenta y dos intérpretes quedaron aislados en la isla de Faros y cada uno hizo su traducción en setenta y dos días. Todas ellas, eran iguales y se llamaron la Traducción de los Setenta, debiendo ser más bien la traducción de los setenta y dos.

 

El rey recibió con admiración esos libros. Estamos por creer que era un buen judío. Cada uno de los intérpretes recibió tres talentos de oro, y además Tolomeo envió al gran sacrificador, a cambio del pergamino, diez camas de plata, una corona de oro, incensarios y copas de ese metal, diez vestiduras de púrpura y cien piezas de fino lino.

 

Casi todo este cuento sorprendente lo refiere el historiador Flavio Josefo, que no sabía exagerar. San Justino deja pequeño a Josefo. Dice que Tolomeo se dirigió al rey Herodes y no al sumo sacerdote Eleazar, y que Tolomeo envió dos embajadores a Herodes. Esto es ya cargar demasiado las tintas, porque sabemos que Herodes nació mucho tiempo después que muriera Tolomeo.

 

No vale la pena considerar la multitud de anacronismos de que están plagados estos cuentos y otros semejantes, ni el sinnúmero de contradicciones y de garrafales equivocaciones en que el autor judío incurre en cada párrafo. No obstante, durante muchos siglos ha pasado tal fábula por verdad incontrovertible, y para probar la credulidad del género humano cada autor que la cita quita o añade algo; de modo que para creer en esa aventura era preciso creerla de diferentes maneras. Hay críticos que se ríen de los absurdos que han servido de pábulo a las naciones, al paso que otros autores se afligen al conocer tanta impostura. Y de esta multitud de mentiras nacieron los Demócritos y los Heráclitos.

 

ARISTÓTELES. No debemos creer que el preceptor de Alejandro, elegido por Filipo, fuera un pedante y un espíritu equivocado. Filipo era sin duda un buen juez, poseía instrucción poco común y rivalizaba en elocuencia con Demóstenes.

 

De su lógica. La lógica de Aristóteles, su arte de raciocinar es tanto más apreciable cuanto que tenía que medirse con los griegos, en constante ejercicio en esgrimir argumentos capciosos, de cuyo defecto no estuvo libre su maestro Platón.

 

He aquí, por ejemplo, el argumento que emplea Platón para demostrar la inmortalidad del alma: a¿La muerte no es lo contrario de la vida? —Sí. —¿No nacen la una de la otra? —Sí. —¿Qué nace, pues, de lo vivo? —Lo muerto. —¿Y qué nace de lo muerto? —Lo vivo. —De lo muerto pues, nacen todas las cosas vivas; en consecuencia, las almas existen en los infiernos después de la muerte».

 

Sería preciso tener reglas seguras para desentrañar ese complicado galimatías con que la fama de Platón fascinaba los espíritus. Sería necesario demostrar que Platón daba sentido ambiguo a esas palabras. El muerto no nace del vivo, pero el hombre vivo cesa de tener vida. El vivo no nace del muerto, sino que ha nacido de un hombre que tuvo vida y murió después; por consiguiente, la conclusión de Platón, de que todas las cosas vivas nacen de los muertos, es ridícula. De esa conclusión saca otra, que no se contiene en las premisas, y es la siguiente: «Luego las almas están en los infiernos y el alma acompaña a los cuerpos muertos». En el argumento de Platón no se encuentra una sola palabra exacta. Era preciso haber dicho: «Lo que pienso no tiene partes, lo que no tiene partes es indestructible; luego lo que piensa en nosotros, no teniendo parte, es indestructible». O lo que es lo mismo, «El cuerpo muere porque es divisible; el alma es indivisible, luego no muere». Si Platón hubiera hablado de esta manera le hubiéramos comprendido.

 

De esa forma razonaba Platón y de esta índole eran los argumentos capciosos de los griegos. Un maestro enseña retórica a su discípulo con la condición de que le pagará en cuanto gane la primera causa que defienda. El discípulo que piensa no pagarle nunca levanta proceso a su maestro y le dice: «Nunca os deberé nada si pierdo la primera causa que defienda porque sólo debo pagaros si la gano, y si la gano, entablaré mi demanda para no pagaros». El maestro, retorciendo el argumento, dice: «Si perdéis, pagad; si ganáis, pagad, porque nuestro trato consiste en que me pagaréis después de haber ganado la primera causa».

 

Es obvio que esa argumentación está fundada en un equívoco. Aristóteles enseña a evitarlo poniendo en el argumento los términos necesarios. Sólo se debe pagar el día del vencimiento del plazo y el plazo es ganar una causa; Ia causa no se ha ganado todavía, por tanto no ha llegado el vencimiento y el discípulo no debe nada aún.

 

Ahora bien, aún no significa nunca, luego el discípulo quería entablar un proceso ridículo. El maestro no tenía derecho a exigir nada por no haber llegado el plazo del vencimiento, sino esperar que el discípulo defendiera otro proceso.

 

Si un pueblo vencedor estipulara con el pueblo vencido que sólo le devolvería la mitad de sus barcos y aquél los partiera todos por la mitad y le restituyera la mitad justa, creyendo cumplir de esta manera lo pactado, habría usado con el pueblo vencido un equívoco criminal.

 

Aristóteles, sentando las reglas de su lógica, prestó un gran servicio al espíritu humano enseñándole a evitar los equívocos, que son los que producen los fraudes en filosofía, teología y en el trato de negocios. La desgraciada guerra de 1756 tuvo por pretexto un equívoco sobre Acadia.

 

Es innegable que el buen sentido natural y la costumbre de raciocinar aventajan a las reglas de Aristóteles. Un hombre dotado de buen oído y excelente voz puede cantar bien sin conocer las reglas de la música, pero siempre es preferible saberlas.

 

De su física. Hoy no la entendemos, pero es probable que Aristóteles la comprendiera y en su época ocurriera lo mismo. El griego es una lengua extraña para nosotros; además, hoy no se aplican iguales palabras a las mismas ideas. Por ejemplo, cuando se dice en el capítulo VII que los principios de los cuerpos son la materia, la privación y la forma, parece que sea un disparate, pero no es así. En su opinión la materia es el primer principio de todo, el objeto de todo y es indiferente a todo. Le es indispensable la forma para convertirse en algo. La privación es lo que distingue un ser de las demás cosas que no son él. A la materia le es indiferente trocarse en rosa o en peral, pero cuando se convierte en peral o en rosa queda privada de todo lo que pudiera convertirla en plata o en plomo. Esa verdad casi es ocioso enunciarla, pero en Aristóteles todo es inteligible y nada es impertinente.

 

El acto de lo que está en potencia parece una frase ridícula, pero no lo es. La materia puede distinguirse en todo lo que se quiera: en fuego, en tierra, en agua, en vapor, en metal, en mineral, en animal, en árbol o en flor; eso significa la expresión acto de la potencia. Por lo tanto, no era ridículo entre los griegos decir que el movimiento era un acto de la potencia, porque la materia puede estar inmóvil y es probable que por eso creyera Aristóteles que el movimiento no es esencial a la materia.

 

Aristóteles necesariamente debió conocer mal la física en sus detalles, como sucedió a todos los filósofos, hasta que llegó la época en que Galileo, Torricelli, Gueric, Drebellius, Boyle y otros empezaron a hacer experimentos. La física es una mina a la que sólo se puede descender con ayuda de máquinas que los antiguos no conocieron. Permanecieron inclinados al borde del abismo haciendo cálculos sobre lo que podría encerrar en su fondo, pero no consiguieron verlo.

 

Tratado de Aristóteles sobre los animales. Forma una verdadera antítesis con el anterior, y es el mejor libro que nos queda de la Antigüedad porque Aristóteles, para escribirlo, sólo se sirvió de las propias observaciones. Alejandro le proporcionó todos los animales raros de Europa Africa y Asia. Este fue uno de los frutos de sus conquistas. Para conseguir este fin gastó sumas tan enormes que hoy asustarían a los administradores del tesoro real, pero eso es precisamente lo que debe inmortalizar la gloria de Alejandro.

 

En nuestros días, cuando un héroe tiene la desgracia de empeñarse en una guerra, apenas le es posible fomentar las ciencias, tiene que pedir dinero prestado a los judíos, y luego, para satisfacer sus empréstitos dejar fluir la sustancia de sus vasallos en el cofre de las Danáyades de los usureros, de donde después escapa por las rendijas. Alejandro trajo para Aristóteles elefantes, rinocerontes, tigres, leones, cocodrilos, gacelas, águilas, avestruces... Y nosotros, cuando por casualidad nos presentan un animal raro en alguna feria, vamos a admirarle pagando una corta cantidad, si no se muere antes de que satisfagamos la curiosidad de verle.

 

La metafísica. Para él, siendo Dios el primer motor es el que hace mover el alma. Pero, en su opinión, ¿qué es Dios y qué el alma? El alma es una entelequia. ¿Qué quiere decir una entelequia? Aristóteles la define diciendo que es un principio y un acto, una potencia nutritiva, sensible y razonable. Esto, dicho en lenguaje llano, significa que tenemos la facultad de alimentarnos, de sentir y de razonar. El cómo y el porqué son difíciles de comprender. Los griegos no sabían mejor lo que era una entelequia que nuestros doctos saben lo que es el alma.

 

La moral. La de Aristóteles es, como las demás, muy buena, porque no existen dos morales. Las de Confucio, Zoroastro, Pitágoras, Aristóteles Epicteto y Marco Antonio, son absolutamente la misma. Dios dotó a todos los corazones del conocimiento del bien con alguna inclinación hacia el mal.

 

Aristóteles dice que se precisan tres cosas para ser virtuosos: la naturaleza, la razón y el hábito. Es obvio que sin poseer un buen natural, es dificilísimo practicar la virtud; la razón lo robustece y el hábito hace que nos sean familiares las acciones honradas.

 

Enumera todas las virtudes, entre las cuales está la amistad. Distingue la amistad entre los iguales, los parientes, los huéspedes y entre los amantes. Las naciones modernas no conocemos la amistad que surge de los derechos adquiridos por la hospitalidad. Lo que constituía el sagrado lazo de la sociedad en los tiempos antiguos, entre nosotros sólo es la cuenta de un hostelero. Por lo que hace a la amistad entre los amantes, debemos decir que en la actualidad entra pocas veces la virtud en el amor; creemos no deber nada a la mujer a la que mil veces se lo hemos prometido todo.

 

Es lamentable que nuestros primeros doctores no hayan colocado casi nunca la amistad en la categoría de las virtudes, ni siquiera la hayan recomendado. Por el contrario, diríase que tratan de suscitar muchas veces la enemistad; se parecen a los tiranos, que temen las asociaciones.

 

También tiene razón Aristóteles al situar las virtudes en los extremos opuestos quizá fue el primero que les asignó ese sitio. Dice expresamente que ia piedad es el término medio entre el ateísmo y la superstición.

 

La retórica. Probablemente, Cicerón y Quintiliano tuvieron siempre a la vista la Retórica y la Poética de Aristóteles. Cicerón, en su libro titulado el Orador, dice: «Nadie tuvo su ciencia, ni su sagacidad, ni su inventiva, ni su criterio». Quintiliano, no sólo elogia la extensión de sus conocimientos, sino la fluidez de su elocución.

 

Aristóteles dice que el orador debe estar enterado de las leyes, la economía, los tratados, las plazas de guerra, las guarniciones, los víveres y las mercaderías. Los oradores del Parlamento de Inglaterra, de las Dietas de Polonia y de los Estados de Suecia, no consideraron inútiles estas lecciones de Aristóteles, pero quizá lo sean para otras naciones. Recomienda también que el orador conozca las pasiones humanas, costumbres y debilidades de cada clase social. No creo se le haya escapado ni una sola sutileza del arte. Insiste, sobre todo, en que se presenten ejemplos al ocuparse de los asuntos públicos; nada produce tanto efecto en el espíritu humano.

 

Por lo que dice sobre la materia, se comprende que escribió su Retórica mucho tiempo antes que Alejandro fuera nombrado general de Grecia en oposición al gran rey. Si alguno, dice, tuviera que probar a los griegos que les interesa oponerse a las empresas del rey de Persia, debía recordarles que Darío Ochus no quiso atacar Grecia hasta después de apoderarse de Egipto, y haría notar que Jerjes observó la misma conducta. No consintáis, pues, que se apodere de Egipto.

 

Aristóteles permite en los discursos que pronuncian en las asambleas que los oradores se sirvan de parábolas y fábulas, que causan gran efecto a la muchedumbre, y refiere tres muy ingeniosas sacadas de la más remota Antigüedad: como la del caballo que imploró la ayuda del hombre para vengarse del ciervo y acabó siendo su esclavo por haber querido buscar un protector.

 

En el libro II, tras referir un ejemplo que demuestra la opinión que tenía Grecia, y probablemente Asia, sobre la extensión del poder de los dioses, dice: «Si es verdad que ni los dioses pueden saberlo todo, por sabios que sean, con más razón puede decirse esto de los hombres». Este pasaje demuestra evidentemente que entonces no se atribuía la omniscencia a la Divinidad. No se concebía que los dioses pudieran saber lo que no existe, y como el futuro no existe todavía, les parecía imposible que lo conocieran. Esta es la opinión de los socinianos. Pero volvamos a ocuparnos de la retórica de Aristóteles.

 

Lo más sobresaliente en el capítulo que titula de la elocución y la dicción, es el buen sentido que demuestra al criticar a los que pretenden ser poetas en prosa. Le agrada el estilo patético, pero condena el estilo enfático y proscribe los epítetos inútiles. Demóstenes y Cicerón, que siguieron tales preceptos, jamás mostraron estilo poético en sus discursos. El estilo, dice Aristóteles, debe estar siempre en armonía con el asunto.

 

Es un despropósito hablar de física poéticamente y prodigar los tropos y las figuras retóricas en los asuntos que sólo requieren método, claridad y verdad. Proceder de esa forma es querer ser un charlatán para conseguir que se apruebe el falso sistema, acudiendo a palabras altisonantes. Este vano proceder engaña a los ignorantes, pero recaba el desdén de los hombres ilustrados.

 

En Francia, las oraciones fúnebres se han apoderado del estilo poético incorporándolo a su prosa, pero como ese género de oratoria se funda en la exageración, debe permitírsele que tome prestados los adornos de la poesía.

 

Los novelistas se permiten a veces esta licencia. Creo que fue La Calprenede el primero que traspasó de esta manera los límites del arte, abusando de su facilidad. Con gusto perdonamos esta licencia al autor del Telémaco, que quiso imitar a Homero no sabiendo escribir versos, en obsequio de la sana moral que contiene ese libro, materia en la que lleva infinita ventaja a Homero. Pero lo que le otorgó mayor celebridad fue, sin duda, la crítica del orgullo de Luis XIV y del carácter bronco de Louvois, que se creyó retratado en el Telémaco.

 

La Poética. En las naciones modernas no se encuentra un físico, un geómetra, un metafísico, ni siquiera un moralista, que hable bien de la poesía. Les abruma la reputación de Homero, Virgilio, Sófocles, Ariosto y el Tasso, y de todos los demás que encantaron el mundo con las producciones armoniosas de su genio. Parece que no comprenden las bellezas que encierran, o si las comprenden desean no comprenderlas.

 

Resulta ridículo Pascal cuando dice en la primera parte de sus Pensamientos: «Así como se dice belleza poética debería decirse también belleza geométrica y belleza medicinal. Sin embargo, no se dice, y la razón consiste en que sabemos cuál es el objeto de la geometría y cuál el de la medicina, pero no sabemos en qué consiste el placer, objeto de la poesía. No sabemos qué es ese modelo natural que debemos imitar en ella, y no sabiéndolo, para explicarlo hemos inventado expresiones tan caprichosas como siglo de oro, maravilla de nuestros días, fatal laurel, hermoso astro, etc. Y a esa jerigonza se la denomina belleza poética».

 

Se comprende a primera vista que es falso y detestable ese fragmento de Pascal. Todo el mundo sabe que nada hay bello en la medicina ni en las propiedades de un triángulo, y que sólo llamamos bello a lo que produce en nuestra alma y en nuestros sentidos deleite y admiración. Así razona Aristóteles, en contraposición a Pascal, que utiliza un razonamiento falso. Fatal laurel y bello astro jamás han sido bellezas poéticas; si Pascal quiere saber lo que son éstas que lea a Malherbe, y sobre todo a Homero, Virgilio, Horacio, Ovidio y otros grandes poetas.

 

Nicole escribió contra el teatro, del que no tenía la menor idea, y en esta tarea le secundó Dubois, tan ignorante como él en bellas letras. Montesquieu, en su divertido libro Cartas persas, se permite el desenfado de creer que Homero y Virgilio eran niños de teta comparados con el hombre que imitó con talento y éxito el Siamés, de Dufresny, y que llenó el libro de cosas atrevidas, sin las que nadie lo hubiera leído. a¿Qué son los poetas egipcios? —exclama—. No sé, desprecio a los líricos tanto como aprecio a los trágicos.» No debía despreciar, sin embargo, a Píndaro y Horacio; Aristóteles no los despreciaba.

 

Descartes compuso para la reina Cristina una especie de loa en verso del todo detestable. Malebranche no daba más valor a la belleza de la frase qu'il mourut de Corneille, que a uno de los versos malos de Jodelle o de Garnier.

 

Aristóteles fue un gran hombre porque sentó las reglas de la tragedia después de haber establecido las de la dialéctica, la moral y la política, alzando cuanto pudo el gran velo que cubría la naturaleza.

 

AROT Y MAROT. «Arot y Marot son los nombres de dos ángeles que en el sentir de Mahoma eran emisarios de Dios en el mundo para enseñar a los hombres y mandarles que se abstuvieran de jurar en falso, tener vicios y cometer delitos. Y el falso profeta (Mahoma) añade que, habiendo invitado a comer una mujer muy lozana a los dos ángeles, les hizo beber mucho vino, los embriagó y, ebrios ya, solicitaron su amor. Ella fingió consentir en la pasión que inspiraba con la única condición de que antes habían de enseñarle las palabras con las cuales, según decían, se podía ascender al cielo fácilmente. Pero así que la hermosa mujer supo lo que deseaba se negó a cumplir su promesa. Acto seguido fue transportada al cielo, donde, después de referir a Dios lo sucedido, quedó convertida en la estrella de la mañana, que se llama Lucifer o Aurora, y los dos ángeles fueron castigados severamente. Este suceso, según Mahoma, movió a Dios a prohibir que los hombres bebieran vino.»

 

Aunque se lea todo el Corán, en ninguna parte se encuentra una sola palabra de cuento tan absurdo, que dice dio pie a Mahoma para prohibir el vino a sus adeptos. Mahoma sólo prohíbe el vino en el segundo y quinto capítulos de su libro: «Te preguntarán sobre el vino y sobre los licores fuertes, y tú responderás que beberlos es un gran pecado». No debe afearse a los justos que creen y practican buenas obras, haber bebido vino y haber participado en juegos de azar antes de que estuvieran prohibidos.

 

Creen los mahometanos que su profeta sólo prohibió el vino y los licores para conservar la salud y evitar pendencias. En el caluroso clima de Arabia, los licores fermentados se suben a la cabeza con facilidad y trastornan la salud y el juicio.

 

La historieta de Arot y de Marot, que descendieron del cielo y tras beber vino con una mujer árabe quisieron cohabitar con ella, no se encuentra en ningún autor mahometano; sólo la insertan algunos cristianos impostores que escribieron sus obras para combatir la religión musulmana con un celo contrario a los principios de la ciencia. Los nombres de Arot y de Marot ni siquiera aparecen en el Corán, un escritor de nombre Sylburgius fue el primero que dijo, en un libro antiquísimo que nadie lee, que en aquél se anatematiza a los ángeles Arot y Marot, Safa y Merwa.

 

Pero Safa y Merwa son dos pequeños montículos situados cerca de la Meca, y el docto Sylburgius ha tomado dos colinas por dos ángeles. De manera parecida proceden los que entre nosotros han escrito sobre el mahometismo, hasta que el sabio Relad nos ha transmitido ideas exactas de la creencia musulmana y el sabio Sale, después de vivir veinticuatro años en Arabia, nos ha ilustrado sobre ese punto con su traducción del Corán y su instructivo prólogo.

 

El mismo Gagnier, a pesar de ser profesor de lengua oriental en Oxford, en su Vida de Mahoma ha divulgado algunas falsedades relativas a ese profeta, como si tuviéramos necesidad de valernos de mentiras para sostener la verdad de nuestra religión. El referido autor describe con detalle el viaje de Mahoma a los siete cielos cabalgando sobre el asno Alborac, y se atreve a citar el sura o capítulo LIII, pero ni en ese capítulo ni en ningún otro del Corán se trata del supuesto viaje al cielo.

 

Sólo Albufeda, setecientos años después de la muerte de Mahoma, refiere esa extraña historieta, sacada, según dice, de manuscritos antiguos que se divulgaron en la época del profeta. Pero es evidente que no son de Mahoma porque, tras la muerte de éste, Abubeker recogió las hojas del Corán en presencia de todos los jefes de tribu y al coleccionarlas sólo insertaron lo que creyeron auténtico. Además, el capítulo concerniente al viaje al cielo no existe en el Corán, está escrito en estilo diferente y es cinco veces más largo que los demás capítulos del libro. Comparen con éste y encontrarán notoria diferencia. Empieza así:

 

«Me quedé dormido una noche entre las dos colinas de Safa y de Merwa. Era una noche oscurísima, pero tan serena que ni ladraban los perros ni cantaban los gallos. De pronto, el ángel Gabriel se presentó ante mí bajo la forma con que el Dios altísimo le creó. Su tez era blanca como la nieve; su pelo, blondo y trenzado de forma admirable, le caía en bucles por la espalda; su frente era majestuosa, clara y serena; sus dientes, hermosos y brillantes; sus piernas, de color amarillo de zafir, y sus vestiduras eran de tisú, con perlas e hilos de oro. Llevaba en la frente una lámina que tenía escritas dos líneas brillantes y luminosas; la primera decía No hay más dios que Dios, y la segunda, Mahoma es el profeta de Dios. Al ver la aparición quedé admirado y confuso; percibí alrededor de ella setenta mil pebeteros o pequeñas bolsas llenas de almizcle y azafrán. El ángel tenía ciento cincuenta alas, y de un ala a otra había la distancia de quinientos años de camino.

 

»De esa forma se presentó el ángel Gabriel a mi vista. Me tocó y dijo: "Levántate, hombre dormido". Temblando de espanto, me incorporé y le pregunté, sobresaltado: "¿Quién eres?" "Dios quiere ser misericordioso contigo. Soy tu hermano Gabriel —respondió." "¡Oh, mi querido Gabriel! ¿Desciendes del cielo para hacerme una revelación o vienes a anunciarme una desgracia?" "Vengo a comunicarte algo nuevo —repuso—, levántate, ponte el manto en la espalda porque lo necesitarás y ves a visitar a tu Señor esta noche." Al mismo tiempo, Gabriel me tomó de la mano, ayudó a que me levantara, me hizo montar el asno Alborac y él mismo le condujo de la brida.»

 

Para los musulmanes es indudable que ese capítulo, que no es auténtico, lo escribió Abu Horaira, contemporáneo de Mahoma. ¿Qué contestaríamos a un turco que viniera a insultar nuestra religión pretendiendo que incluyéramos entre los libros sagrados Las cartas de san Pablo a Séneca, Las cartas de Séneca a san Pablo, Los hechos de Pilato, La vida de la esposa de Pilato, Las predicciones de las Sibilas, El testamento de los doce patriarcas y otros muchos libros de esa índole? Le contestaríamos al turco que estaba mal informado y no considerábamos auténtica ninguna de las obras citadas. Pues dicho turco nos respondería lo mismo si para confundirle le mencionáramos el viaje de Mahoma a los cielos. Nos contestaría que es un fraude de los últimos tiempos y que ese viaje no figura en el Corán. No trato de comparar en este caso la verdad con el error, el cristianismo con el mahometismo, ni el Evangelio con el Corán, sino comparar una tradición falsa con otra tradición falsa, y un abuso con otro.

 

Se ha repetido hasta la saciedad que Mahoma acostumbró una paloma a que fuera a comer granos en su oreja e hizo creer a sus adeptos que iba a hablarle de parte de Dios. ¿No es suficiente estar convencidos de la falsedad de esa secta, que aún nos empeñamos en perder el tiempo calumniando a los mahometanos, establecidos desde el Cáucaso hasta el monte Atlas, y desde los confines de Epiro hasta las extremidades de la India? Escribimos sin cesar libros malos contra ellos, y no lo saben. Decimos a gritos que han abrazado su religión muchos pueblos porque halaga los sentidos, pero eso es falso. ¿Es acaso sensualidad mandar la abstinencia de vino y licores, de los que tanto abusamos nosotros; ordenar que se dé a los pobres el dos y medio por ciento de la renta, ayunar con rigor, sufrir en la pubertad una operación dolorosa, caminar por desiertos de arena, peregrinando quinientas leguas algunas veces y rezar a Dios cinco veces cada día, aun en tiempo de guerra?

 

A todo ello se nos objeta que su religión les permite tener cuatro esposas en este mundo y en el otro mujeres celestes. Acerca de esto apostilla Grotius: «Se necesita estar muy aturdido para admitir esos delirios tan groseros como obscenos». Convenimos con Grotius que los mahometanos abusan de su fantasía. El hombre que recibía continuamente los capítulos del Corán de las manos del ángel Gabriel, más que delirante, era un impostor cuyo valor sostenía sus fantasías. Pero, ciertamente, no hay aturdimiento ni obscenidad en reducir a cuatro el indeterminado número de mujeres que los príncipes, sátrapas y nababs podían mantener en sus serrallos. También se ha dicho que Salomón tuvo setecientas esposas y trescientas concubinas. Los árabes y los judíos podían casarse con dos hermanas, y Mahoma prohibió esa clase de enlaces en el capítulo IV del Corán. ¿Qué obscenidad hay en todo esto, monsieur Grotius?

 

Reuniendo las imputaciones injustas que se han escrito contra los mahometanos podría componerse un libro muy voluminoso.

 

Consiguieron someter una de las partes más hermosas y grandes del mundo, y hubiera sido más meritorio en nosotros expulsarlos de ella que cubrirlos de injurias. La emperatriz de Rusia nos da el ejemplo. Les quita Azov y Taganrog, Moldavia, Valaquia y Georgia, lleva sus conquistas hasta las murallas de Erzerum, envía contra ellos flotas que parten desde el mar Báltico y otras que abrazan el Ponto Euxino, pero no dice en sus manifiestos que una paloma iba a hablar al oído de Mahoma.

 

ARRIO. Las grandes disputas teológicas que se suscitaron durante mil doscientos años nacieron siempre en Grecia. ¿Qué hubieran dicho Homero, Sófocles, Demóstenes y Arquímedes de haber presenciado las controversias de aquellos sutiles ergotistas que tanta sangre costaron?

 

A Arrio todavía se le atribuye el honor de ser el inventor de su doctrina, como Calvino pasa por ser el fundador del calvinismo. La vanidad de ser conquistador es la primera vanidad del mundo, y la de jefe de secta, la segunda. Sin embargo, ni Calvino, ni Arrio, pueden jactarse de la triste gloria de su invención.

 

Hacía tiempo que se había discutido sobre la Trinidad cuando Arrio se inmiscuyó en la polémica en la inquieta ciudad de Alejandría, donde Euclides no pudo apaciguar los espíritus. Jamás hubo pueblo tan frívolo como el de Alejandría, ni siquiera el de París.

 

Debió disputar acaloradamente sobre el misterio de la Trinidad, porque el patriarca que escribió Crónica de Alejandría, que se halla en Oxford, asegura que dos mil reverendos padres defendían el partido que Arrio abrazó.

 

He aquí una cuestión incomprensible, que desde hace mil seiscientos años está suscitando la curiosidad, la sutilidad sofística, el espíritu de cábala, el ansia de dominar, la rabia de perseguir, el ciego y sanguinario fanatismo y la credulidad bárbara, que causó más horrores que la ambición de los reyes, a pesar de los muchos que ésta ocasionó. ¿Jesús es el verbo? Y si es el verbo, ¿emanó de Dios con el tiempo o antes del tiempo? Si emanó de Dios, ¿es su coetáneo y su consustancial, o sólo una sustancia semejante? ¿Es distinto El o no lo es? ¿Fue creado o engendrado? ¿Puede engendrar también? ¿Tiene la paternidad o la virtud productiva sin tener la paternidad? ¿El Espíritu Santo fue creado, engendrado o producido? ¿Procede del Padre, del Hijo o procede de los dos? ¿Puede engendrar, puede producir? ¿Su hipóstasis es consustancial con la hipóstasis del Padre y del Hijo? ¿Cómo teniendo precisamente la misma naturaleza, la misma esencia que el Padre y el Hijo, no puede hacer las mismas cosas que esas dos personas que son lo mismo que El?

 

Transcribiremos aquí, para comodidad del lector, lo que dice de Arrio un pequeño libro, que no es fácil conseguir:

 

«Estas cuestiones, superiores a la razón humana, debía decidirlas la Iglesia Infalible. Se prodigaron muchos raciocinios y sofismas; se enfurecían, se odiaban y se excomulgaban unos cristianos a otros por alguno de esos dogmas que son inaccesibles para el espíritu humano antes de la época de Arrio y de Atanasio. Los griegos y egipcios eran hábiles polemistas, pero Alejandro, obispo de Alejandría, se apresura a sentar como doctrina que siendo Dios necesariamente individual, mónada, en toda la extensión de la palabra, constituye una mónada triple. El sacerdote Arrio se escandaliza de la mónada que proclama Alejandro y explica el misterio de modo diferente; expone los mismos argumentos que el sacerdote Sabelio, quien había argumentado como Praxeas y Frigio. Alejandro reúne a continuación un Concilio poco numeroso de padres que participaban de su opinión y excomulgan a Arrio. Entonces, Eusebio, obispo de Nicomedia, abraza el partido de Arrio y se encarniza la lucha religiosa.

 

»Confieso que el emperador Constantino era un malvado, un criminal que ahogó a su mujer mientras se bañaba, degolló a su hijo y asesinó a su suegro, su cuñado y su sobrino; confieso también que era un hombre henchido de orgullo y dado a los placeres excesivos, un detestable tirano. pero reconozco que tenía buen sentido. No se escala el imperio, ni se subyuga a los rivales por casualidad. Cuando vio encendida la guerra civil en las mentes escolásticas envió al campo de batalla al célebre obispo Ozius con cartas persuasivas para los dos bandos beligerantes. En una de ellas decía: "Sois unos locos de atar, porque disputáis sobre cosas que no entendéis; es indigno de la gravedad de vuestro ministerio levantar tanto revuelo por un asunto tan insignificante".»

 

Constantino no tenía como asunto insignificante ocuparse de la Divinidad, sino la manera incomprensible de esforzarse en explicar la naturaleza de la Divinidad. El patriarca árabe que escribió Historia de la Iglesia de Alejandría dice también que habló Ozius, poco más o menos en ese tono al presentar la carta del emperador. He aquí lo que dijo: «Hermanos míos, cuando el cristianismo empieza a vivir en paz le queréis enzarzar en una discordia eterna. El emperador tiene razón para deciros que disputáis por un asunto insignificante. Si el objeto de vuestra disputa fuera esencial, Jesucristo, a quien todos reconocemos como nuestro legislador. se habría ocupado de ello; Dios no hubiera enviado su hijo al mundo para enseñarnos sólo el catecismo. Todo lo que él nos ha dicho expresamente es obra de los hombres y está sujeto a los errores humanos.

 

Jesús recomendó que os amarais unos a otros, y le desobedecéis odiándoos y atizando la discordia en el imperio. Únicamente el orgullo nutre vuestra interminable disputa, y Jesús, vuestro señor, os mandó que fuerais humildes. Ninguno de vosotros puede saber si Jesús fue creado o engendrado y, ¿qué os importa su naturaleza, si a la vuestra le corresponde ser justos y razonables? ¿Qué tiene en común esa vana ciencia de palabras con la moral que debe dirigir vuestros actos? Recargáis la doctrina con misterios, cuando fuisteis nacidos para fortalecer la religión con la virtud. ¿Pretendéis acaso que la religión cristiana sea un hatajo de sofismas? ¿Para eso vino al mundo Jesucristo? Hora es ya que cesen vuestras discusiones, adorad a Dios humillaos ante El, dad limosnas a los pobres y poned paz en las familias en vez de escandalizar el imperio con vuestras discordias». Así habló Ozius a los espíritus tercos. Se reunió un Concilio en Nicea y provocó una guerra civil espiritual en el Imperio romano. Esa guerra trajo otras, y de siglo en siglo unos sectarios religiosos persiguieron a otros hasta nuestros días».

 

Lo más triste es que la persecución empezó así que hubo terminado el referido Concilio, y al empezar Constantino no sabía qué partido tomar ni a quién perseguir. Constantino no era cristiano, aunque se encontraba a la cabeza de ellos, porque el bautismo era lo único que constituía entonces el cristianismo y a él no lo bautizaron. Además, acababa de ordenar la reedificación del templo de la Concordia en Roma. Indudablemente, le era indiferente que Alejandro, Eusebio o el sacerdote Arrio, tuvieran o no razón. Por la carta que acabamos de citar se comprende con claridad que menospreciaba la enconada controversia.

 

Acaeció entonces lo que nunca se ha visto ni se verá jamás en ninguna corte. Los enemigos de los que después se llamaron arrianos acusaron a Eusebio de haber perseguido en tiempos pasados al partido que acaudillaba Licinio contra el emperador. «Tengo pruebas de ello —dijo Constantino en una carta— y me las han proporcionado los sacerdotes y los diáconos de su séquito, que he atrapado.»

 

Así, pues, desde que se celebró el primer gran Concilio la intriga y la persecución quedaron establecidas con el dogma. Constantino concedió las prebendas de las capillas de quienes no creían en la consustancialidad a los que creían en ella, confiscó los bienes de los disidentes en provecho suyo y abusó de su poder desterrando a Arrio y sus partidarios, que eran entonces los más débiles. Dícese también que sentenció a muerte a todo el que tuviera las obras de Arrio y no las quemara, pero esto no es cierto. Constantino, aunque se complacía en derramar sangre humana, no llevó su crueldad hasta el extremo de que sus verdugos asesinaran a los que poseyeran libros heréticos, mientras él dejaba con vida al hereje.

 

Pero como en el mundo todo cambia rápidamente, varios obispos arrianos vergonzantes, algunos eunucos y no pocas mujeres, intercedieron ante el emperador para que perdonara a Arrio y obtuvieron que revocara la orden de su destierro. En tiempos modernos hemos visto lo mismo muchas veces.

 

El célebre Eusebio, obispo de Cesárea, conocido por sus obras, escritas con poco discernimiento, acusaba obstinadamente a Eustaquio, obispo de Antioquía, de ser sabelino, y éste acusaba a aquél de ser arriano. En el Concilio de Antioquía salió triunfante Eusebio. Depusieron a Eustaquio y ofrecieron el obispado de Antioquía a Eusebio, pero éste no lo aceptó. Los dos partidos se enfrentaron y aquí comenzaron las guerras de controversia. Constantino, que desterró a Arrio por no creer que el Hijo era consustancial, desterró entonces a Eustaquio por creerlo. Son contrasentidos normales en la historia.

 

San Atanasio, por aquel entonces obispo de Alejandría, se negaba a admitir en dicha ciudad a Arrio, enviado por el emperador, diciendo «que Arrio estaba excomulgado y un excomulgado no debía tener casa ni patria no podía comer ni dormir en ninguna parte, y que él prefería obedecer a Dios a obedecer a los hombres». Se celebró a continuación un Concilio en Tiro en el que los padres depusieron a Atanasio, y éste fue desterrado a Trebes por el emperador. De modo que, primero Arrio y después Atanasio, su encarnizado enemigo, fueron castigados por un hombre que ni siquiera era cristiano.

 

Los dos partidos recurrían al artificio, al fraude y a la calumnia, siguiendo una antigua y eterna costumbre. Constantino les dejó disputar y que se cubrieran de injurias recíprocamente. Tenía asuntos más graves de que ocuparse. Por esa época fue cuando el buen príncipe hizo asesinar a su hijo, su esposa y a su sobrino Licinio, que apenas había cumplido doce años y era la esperanza del imperio.

 

El partido de Arrio quedó victorioso durante el reinado de Constantino. El partido contrario tuvo la vileza de escribir que el día de san Macario, uno de los más ardientes partidarios de Atanasio, sabiendo que Arrio se dirigía a la sede de Constantinopla acompañado de muchísimos seguidores, pidió con tanto fervor que confundiera a dicho hereje que Dios atendió su ruego y en el acto las tripas de Arrio le salieron por el ano, cosa imposible. Pero, en fin, Arrio murió.

 

Constantino falleció al año siguiente, en 337 de la era cristiana, créese que a consecuencia de la lepra. El emperador Juliano, en su obra Césares, dice que el bautismo que recibió Constantino horas antes de morir, no cura a nadie de la enfermedad que le llevó a la tumba. Como sus hijos reinaron cuando él murió, la adulación de los pueblos romanos, entonces esclavos, llegó al extremo de que quienes profesaban la nueva religión le tuvieron por santo. Durante mucho tiempo se celebró su fiesta junto con la de su madre.

 

A su muerte, las perturbaciones que había promovido la palabra consustancial agitaron el imperio con mayor violencia. Constancio, hijo y sucesor de Constantino, fue tan cruel como su padre y como él celebró un Concilio. Estos Concilios se anatematizaban mutuamente. Atanasio recorrió Europa y Asia para sostener su partido, pero los seguidores de Eusebio ganaron la partida. Los destierros, encarcelamientos, tumultos y asesinatos marcaron el fin del reinado de Constancio. El emperador Juliano, enemigo de la Iglesia, hizo cuanto pudo para restablecer la paz, pero no lo consiguió. Joviano y luego Valentiniano otorgaron entera libertad de conciencia, que los dos partidos, encarnizados enemigos, sólo aprovecharon para extremar su odio y su furor.

 

Teodosio se puso de parte del Concilio de Nicea, pero la emperatriz Justina, que reinaba en Italia, Iliria y Africa, como tutora del joven Valentiniano, proscribió aquel Concilio. Inmediatamente, los godos, vándalos y borgoñones, que se lanzaron sobre muchas provincias, al encontrar en ellas el arrianismo lo adoptaron para gobernar los pueblos conquistados.

 

Los godos, por el contrario, siguieron la doctrina del Concilio de Nicea. Clovis, que fue su vencedor, se adhirió a ella. En Italia, el gran Teodorico mantuvo la paz entre los dos partidos. Por fin, la doctrina del Concilio de Nicea prevaleció en Oriente y Occidente.

 

El arrianismo reapareció a mediados del siglo XVI, aprovechando la ocasión que le brindaban las controversias religiosas que se agitaban entonces en Europa. Pero reapareció armado con una nueva fuerza y con extraordinaria incredulidad. Cuarenta caballeros de Vicenza fundaron una academia en la que aprobaron los únicos dogmas que creyeron indispensables para ser cristianos. Reconocieron a Jesucristo como verbo, salvador y juez, pero negaron su divinidad, consustancialidad y rechazaron la Trinidad.

 

Los principales fundadores de esa academia fueron Lelins, Socin Ochin, Paruta y Gentilis. Miguel Servet se les agregó. Sabida es la desgraciada disputa que tuvieron con Calvino. Servet fue lo bastante imprudente para pasar por Ginebra en su viaje a Alemania, y Calvino fue lo suficientemente cobarde para hacer que le prendieran y bastante bárbaro para hacer que le condenaran a ser quemado a fuego lento, es decir, el mismo suplicio que pudo evitar Calvino huyendo de Francia. Así, casi todos los teólogos de entonces fueron sucesivamente perseguidores y perseguidos, verdugos y víctimas.

 

El propio Calvino exigió en Ginebra la muerte de Gentilis y halló cinco abogados que firmaron la petición para que le condenaran a morir en la hoguera. Estos horrores son dignos de un siglo abominable. Gentilis, que esperaba en la cárcel morir en la hoguera como el español Servet se retractó de la doctrina que había difundido, halagó a Calvino con ridículos elogios y se salvó de morir asado. Pero quiso su desgracia que poco tiempo después, por enemistarse con un bailío del cantón de Berna, le prendieran por arriano. Varios testigos declararon que había afirmado que las palabras Trinidad, esencia, hipóstasis no figuraban en la Sagrada Escritura, y por esta declaración, sin más pruebas, los jueces, que no sabían mejor que él lo que era una hipóstasis, le sentenciaron a perder la cabeza.

 

Fausto Socin, sobrino de Lelins, y sus compañeros tuvieron mejor suerte en Alemania. Penetraron en Silesia y Polonia, donde fundaron iglesias, escribieron, predicaron y consiguieron lo que se proponían, pero con el tiempo, como su religión carecía de misterios y era una apacible secta filosófica más que una secta militante, fueron perdiendo sus partidarios. Los jesuitas, más famosos que ellos, los persiguieron y los disgregaron.

 

Los restos de esa secta, que subsiste en Polonia, Alemania y Holanda permanecen silenciosos y tranquilos. Reaparecida en Inglaterra con gran fuerza levantó un gran revuelo. El gran Newton y Locke se afiliaron a ella, j Samuel Clarke, párroco de Saint James, autor de un excelente libro sobre la existencia de Dios, declaró a voz en grito que era arriano y consiguió varios discípulos. El día que se recitaba en la iglesia parroquial el símbolo de san Atanasio, no se presentaba. En esta obra verá el lector las sutilezas de que se valieron estos teólogos tercos, más filósofos que cristianos, para oponerse a la fe católica.

 

Aunque en Londres hubo muchos partidarios de Arrio entre los teólogos, las profundas verdades matemáticas que descubrió Newton y la sabia metafísica de Locke atrajeron más la atención del público. Los filósofos encontraron bizantinas las disputas sobre la consustancialidad. En Inglaterra, a Newton le sucedió lo mismo que a Corneille en Francia de quien quedaron olvidados Pertharite, Thedore y su colección de versos para ocuparse todo el mundo de la tragedia Cinna. Se consideró a Newton como el intérprete de Dios en el cálculo de las reflexiones, las leyes de la gravitación y la naturaleza de la luz, no como un teólogo. Cuando murió, los pares y el canciller del reino le dieron sepultura al lado de los reyes y fue más reverenciado que éstos. Servet, que descubrió la circulación de la sangre, tuvo menos suerte y murió quemado a fuego lento en Allobroges, condenado por un teólogo de Picardía.

 

ARTE DRAMÁTICO. (Obras dramáticas, tragedia, comedia, ópera.) Panem et circenses es el lema de todos los pueblos. En vez de ir a matar a los indios caraibos, sería mejor seducirlos con el atractivo de los espectáculos, con la habilidad de los funámbulos, con prestidigitadores y con música. Es posible que así los sometiéramos con mayor facilidad. Hay espectáculos aptos para todas las clases sociales. El populacho desea que le hablen con cosas tangibles, y en esta materia, muchos hombres de la clase superior son populacho. Las personas ilustradas y sensibles prefieren las tragedias y las comedias.

 

El arte dramático empezó en todas las naciones con las carretas de Thespis, luego tuvieron sus Esquilos y no tardaron mucho en tener sus Sófocles y sus Eurípides. Después, el arte degeneró: esta es siempre la trayectoria del género humano.

 

En este artículo no voy a ocuparme del teatro de los griegos, porque en la Europa moderna se han escrito sobre el tema más comentarios que obras escribieron Eurípides, Sófocles, Esquilo, Menandro y Aristófanes; por eso me ocuparé sólo de la tragedia moderna.

 

Esta se debe a los italianos, como se les debe el renacimiento de las bellas artes. Empezaron en el siglo XIII, quizás antes, por componer farsas mal forjadas que sacaron del Antiguo y del Nuevo Testamento, abuso indigno del que pronto se contaminaron España y Francia. Esto fue una imitación tosca de los ensayos que en ese género hizo san Gregorio Nacianceno para oponer un teatro cristiano al teatro pagano de Sófocles y de Eurípides. San Gregorio Nacianceno tuvo en esas piezas varios rasgos de elocuencia y de dignidad, pero los italianos, sus imitadores, las llenaron de simplezas y bufonerías.

 

En 1514, el prelado Trissimo, autor del poema épico L'Italia literata da'Gothi, compuso una tragedia con el título de Sofonisba, la primera que se escribió en Italia y que, no obstante, presentaba formas regulares. En ella se observan las tres unidades, de lugar, tiempo y acción. El autor introdujo en ella los coros antiguos. A esa tragedia sólo le falta el genio, pues no es más que una larga declaración, aunque para la época en que se escribió fue un prodigio. Se representó en Vicenza y la ciudad construyó expresamente un teatro para representarla. Todos los literatos de la época acudieron a las representaciones y prodigaron los aplausos que merecía el progreso que suponía la obra.

 

En 1516, el papa León X honró con su presencia la representación de la obra Rosemonda, escrita por Rusellay. Todas las tragedias que se escribieron entonces en competencia con ésta tuvieron formas regulares y estilo natural, pero casi todas adolecieron de frialdad porque el dialogar en verso es difícil y el arte de conmover el corazón humano es obra de unos pocos genios. La tragedia Torrismoud, escrita por el ilustre Tasso era tan insulsa como las demás. Únicamente en Partor fido, de Guarini, se encuentran escenas tiernas capaces de arrancar lágrimas.

 

El cardenal Bibiena, unos años antes, introdujo en Italia la verdadera comedia, como Trissimo había introducido la verdadera tragedia. En 1480, cuando las demás naciones de Europa desconocían las bellas artes dicho prelado hizo representar su comedia Calandra, de estilo cómico y dotada de intriga pero que adolece de costumbres demasiado licenciosas, lo mismo que Mandrágora, de Maquiavelo.

 

Los italianos fueron los únicos que dominaron el teatro durante un siglo, al igual que la elocuencia, la historia, las matemáticas y todos los géneros de la poesía y las artes en las que el genio dirige la mano del hombre.

 

Los franceses, como sabemos, sólo escribieron pésimas farsas durante los siglos xv y XVI. Los españoles, a pesar de su ingenio y grandeza de espíritu, han conservado hasta nuestros días la detestable costumbre de introducir bufonadas en los asuntos más serios. Un solo mal ejemplo que se dé es capaz de corromper a toda una nación, y el hábito lo convierte en tiranía.

 

Del teatro español. Los autos sacramentales prestaron un flaco servicio a la literatura española, mucho tiempo antes de que los Misterios de la Pasión, Hechos de los Santos, La Madre Tonta y otras de esta índole hicieran también escaso favor a la literatura francesa. Los autos sacramentales se han representado en Madrid hasta hace poco; sólo Calderón escribió doscientos. Uno de sus más famosos, que tengo a la vista, se imprimió en Valladolid sin fecha y se titula Devoción de la Misa. Los personajes que intervienen son: un rey mahometano de Córdoba, un ángel cristiano, una casquivana, dos soldados graciosos y el diablo; uno de los soldados, Pascual Vivas, está enamorado de Aminta y tiene por rival a Lelio, soldado mahometano.

 

El diablo y Lelio quieren matar a Vivas creyendo hacer con esto un buen negocio porque está en pecado mortal, pero Pascual resuelve encargar una misa en el teatro, a ayudarla y, de esa manera, el diablo pierde su poder sobre él. Durante la misa, se da una batalla y el diablo queda asombrado al ver que Pascual se está batiendo al mismo tiempo que ayuda a decir misa. «Sé perfectamente que un cuerpo no puede encontrarse en dos partes al mismo tiempo, si exceptuamos en el sacramento al que ese tunante tiene tanta devoción.» Pero el diablo no sabía que el ángel cristiano había tomado la figura de Vivas y estaba batiéndose por él mientras se celebraba la santa misa. El rey de Córdoba es derrotado en la batalla, como es de suponer, Pascual se casa con su cantinera y la pieza termina con un elogio a la misa.

 

En otro país cualquiera, semejante espectáculo habría parecido una profanación que la Inquisición hubiera castigado cruelmente, pero en España era un ejemplo edificante. Se escribieron entonces muchísimas piezas que no eran autos sacramentales, sino tragicomedias y tragedias, algunas de ellas son La creación del mundo, Los cabellos de Absalón, Dios es un buen pagador, La devoción a los muertos, etc., y todas se intitulan comedia famosa dividida en jornadas.

 

De entre ese centón de groserías e insulseces brotan de vez en cuando rasgos de ingenio y efectos dramáticos que divierten e interesan. Tal vez algunas de esas obras bárbaras no se diferencian mucho de aquellas de Esquilo en las que se puso en juego la religión griega, como la religión cristiana se puso en juego en Francia y España. ¿Qué son Vulcano encadenando a Prometeo en una roca por mandato de Júpiter y la Fuerza y la Vigilancia sirviendo de ayudantes de verdugo a Vulcano, sino autos sacramentales griegos? Si Calderón introdujo muchos diablos en el teatro español, Esquilo introdujo muchas furias en el teatro de Atenas. Si Pascual Vivas ayuda a decir la misa, una antigua pitonisa practica todas las ceremonias sagradas en Euménides. El parecido no puede ser mayor.

 

Los temas trágicos los trataron los españoles del mismo modo que lo hacían en los autos sacramentales, con la misma irregularidad y extravagancia. Siempre hay dos personajes graciosos, hasta en las obras de asunto trágico.

 

El Heraclius, de Calderón, que él titula Todo es mentira y todo es verdad, lo compuso veinte años antes que Corneille escribiera su Heraclius. El desaliño de la obra no impide que esté sembrada de trozos elocuentes y de rasgos de la más sublime belleza. Lope de Vega, no sólo precedió a Calderón en las extravagancias de un teatro grosero, sino que las encontró establecidas. Le indignaban y, sin embargo, se sometió a ellas porque se propuso agradar a un pueblo ignorante que se apasionaba por lo maravilloso y deslumbrante, y prefirió encandilar sus ojos a hablar a su alma.

 

La depravación del gusto español no llegó a penetrar en Francia, pero la literatura francesa padecía un vicio radical que era peor todavía: el de causar fastidio. El fastidio lo producían sus largas declamaciones sin hilación, sin argumento y sin interés, escritas en una lengua que no estaba acabada de formar. Hardi y Garnier sólo escribieron simplezas en estilo insoportable.

 

Del teatro inglés. Este, por el contrario, tuvo gran animación, pero siguiendo el gusto literario del teatro español mezcló la bufonería con el horror. La vida entera de un hombre fue el asunto de una tragedia; los actores pasaban en ella desde Roma y Venecia hasta Chipre, la hez de la canalla salía al teatro con los príncipes y los príncipes hablaban frecuentemente con la canalla.

 

En una edición de Shakespeare, publicada por Samuel Johnson, veo que se moteja de espíritus mezquinos a los extranjeros que se sorprenden de que en las obras del gran trágico «un senador romano haga reír, y un rey aparezca borracho». No me atrevo a sospechar siquiera que Johnson sea un hombre burlón, ni le guste con exceso el vino, pero me parece insensato que cuente la bufonería y la embriaguez entre las bellezas del teatro trágico. La razón en que se funda no es menos singular: dice que «el poeta desdeña esas distinciones accidentales de clase y de nación como el pintor que, satisfecho de haber pintado bien la figura, no hace caso de los planos». La comparación sería más exacta si citara a un pintor que, al desarrollar un asunto noble, introdujera detalles ridículos, como por ejemplo pintar en la batalla de Arbelles a Alejandro Magno montado en un borrico, y a la esposa de Darío bebiendo en una taberna con soldados. Hoy, no hay ningún pintor de esa clase en Europa, pero no sé si los habría entonces en Inglaterra.

 

En la tragedia Julio César, de Shakespeare, Casio dice que César pedía beber cuando tenía fiebre, y en la misma obra un zapatero dice a un tribuno que quiere ponerle suelas nuevas; dice también que el peligro y él han nacido del mismo vientre, que él es el primogénito, que el peligro sabe que César es más temible que él y todo lo que le amenaza se lo echa a las espaldas.

 

En la hermosa tragedia El moro de Venecia encontraréis en la primera escena que la hija de un senador «hace el amor por detrás con el moro, y que de su cópula nacerán caballos de Berbería». Así hablaban entonces en el teatro trágico de Londres. El genio de Shakespeare sólo podía ser discípulo de las costumbres y el espíritu de su época.

 

Del mérito te Shakespeare. A pesar de lo dicho, Shakespeare es un genio. Los italianos, franceses y hombres de letras de otros países que no han pasado algún tiempo en Inglaterra, nos lo presentan como un arlequín como el más miserable de los bufones que divierten al populacho; sin embargo, en ese escritor se encuentran muchos pasajes que arrebatan la imaginación y penetran en el alma. En ellos la verdad y la naturaleza hablan en su propio lenguaje, sin artificios que las desfiguren. El autor alcanza la cota más sublime sin pretenderlo siquiera.

 

Cuando en la tragedia Julio César, Bruto reprocha a Casio las rapiñas que consintió a sus partidarios en Asia, le dice: a ¡Acordaos de los idus de marzo! ¿No fue por hacer justicia por lo que corrió la sangre del gran Julio? ¿Qué miserable tocó su cuerpo y lo hirió que no fuera por justicia? Qué, ¿habrá alguno de nosotros, los que inmolamos a César, sólo porque amparó ladrones, que manche ahora sus dedos con bajos sobornos. . .?»

 

César, al decidirse a ir al Senado, donde habían de asesinarle, habla de este modo: « ¡Los cobardes mueren varias veces antes de expirar! ¡El valiente nunca saborea la muerte sino una vez! De todas las maravillas que he oído la que mayor asombro me causa es que los hombres tengan miedo. Visto que la muerte es un fin necesario, cuando haya de venir, vendrá!» Bruto, en la misma obra, después de fraguar la conspiración contra César, dice: « ¡Desde que Casio me excitó el primero contra César, no he podido dormir! Entre la ejecución de un acto terrible y su primer impulso todo el intervalo es como una aparición o una horrorosa pesadilla. El espíritu y las potencias corporales celebran entonces un consejo, y el estado del hombre, semejante a un pequeño reino, sufre entonces una especie de insurrección.»

 

También es sublime el monólogo de Hamlet.

 

¿Qué podemos deducir del contraste que forman la grandeza y la vulgaridad, los raciocinios sublimes y las locuras groseras que conforman el carácter de Shakespeare? Pues que hubiera sido un poeta perfecto de vivir en los tiempos de Adisson.

 

Adisson, que floreció durante la época de la reina Ana, es quizás el escritor inglés que armonizó mejor el genio con el buen gusto literario. Su estilo era correcto, su imaginación expresiva; tenía elegancia, fuerza y naturalidad en sus versos y en su prosa. Amigo del decoro y de las reglas, deseaba que la tragedia se escribiera con dignidad, y así escribió Catón. Esa obra, desde el primer acto, tiene versos que honrarían a Virgilio y sentimientos dignos de Catón. En todos los teatros de Europa, la escena entre Juba y Sifax se aplaudió como obra maestra de habilidad, de caracteres bien desarrollados, de hermosos contrastes y de dicción pura y noble. Son notabilísimos los versos que el protagonista de dicha tragedia, el héroe de la filosofía y de Roma, pronuncia en el acto quinto, cuando aparece teniendo sobre la mesa una espada desnuda y leyendo el Tratado de Platón sobre la inmortalidad del alma.

 

La obra conquistó el clamoroso éxito que merecían sus exquisitos detalles, al que en parte contribuyeron las discordias que entonces agitaban a Inglaterra, y a las que alude en varias ocasiones la referida tragedia.

 

Pero pasadas las circunstancias que dieron pie a las alusiones, quedan de dicha obra los hermosos versos, las máximas nobles y justas que suplen la frialdad de la tragedia.

 

ARTES. (Artículo dedicado al rey de Prusia, Federico el Grande.) Todos los filósofos han creído que la materia es eterna, pero han opinado que las artes eran nuevas, propugnando que hasta el de elaborar el pan es reciente. Los primeros romanos sólo sabían hacer gachas, y los vencedores del Universo no llegaron a conocer los molinos de viento, ni los de agua. A primera vista esto parece contradecir la antigüedad del planeta tal como hoy existe, o suponer que ha pasado por terribles conmociones. Las invasiones de los bárbaros no pudieron conseguir que se perdieran las artes que se hicieron necesarias. Imaginaos que un ejército de negros invada Europa, como una nube de langostas, viniendo desde las montañas de Cobonas, por el Monomotopa, el Monoemugi, los Noseguais y los Maracates, y que atraviesen Abisinia, Nubia, Egipto, Siria, Asia Menor y toda Europa, trastornando y saqueándolo todo. Pues bien, aun así, siempre quedarán algunos panaderos, algunos sastres, algunos carpinteros y algunos artesanos que se dediquen al cultivo de las artes necesarias sólo habrán desaparecido las artes suntuarias. Eso es lo que aconteció al derrumbarse el Imperio romano; el arte de escribir casi quedó perdido, y los que se dedicaban a las artes que hacen agradable la vida no florecieron hasta mucho tiempo después.

 

De ello nada puede deducirse, realmente, sobre la antigüedad de nuestro planeta. Porque si suponemos que una invasión de bárbaros consigue que perdamos hasta el arte de escribir y el de elaborar el pan, si suponemos algo peor todavía, que pasemos diez años sin pan, plumas, tinta y papel, el país que pudo pasar ese tiempo sin ellas pudo vivir también un siglo y cien mil siglos sin ellas. Es indudable que el hombre y los demás animales pueden subsistir muy bien sin panaderos, sin escritores y sin teólogos, porque así ha sucedido en toda la América y en las tres cuartas partes de nuestro continente.

 

La novedad de las artes no prueba, pues, la novedad del Globo, como asegura Epicuro, que suponía que por azar los átomos eternos, al declinar, formaron un día nuestro planeta. Pomponace decía: «Se il mondo non e eterno, per tutti santi, e molto vecchio».

 

De los pequeños inconvenientes inherentes a las artes. Los que manipulan plomo y mercurio tienen propensión a sufrir cólicos peligrosos y ataques de nervios, y los que utilizan plumas y tinta, una especie de hormiguillo y experimentan continuas sacudidas. Ese hormiguillo es el que padecían algunos ex jesuitas que escriben libelos. Afortunadamente, Majestad, no conocéis esa clase de bichos, expulsada de vuestros estados y de los de la emperatriz de Rusia, del rey de Suecia y del rey de Dinamarca. Los ex jesuitas Paulian y Nonote, que como yo cultivan las bellas artes, no cesan de perseguirme. Me aplastan con el peso de su fama y de su genio, más pesado todavía. Me considero perdido si vuestra majestad no se digna defenderme de ellos.

 

ASAMBLEA. Vocablo de sentido general que se aplica a lo profano, lo sagrado y lo político. Significa simplemente reunión de muchas personas. Esa voz evita todas las disputas sobre las palabras y las significaciones injuriosas con que los hombres suelen designar las sociedades a las que no pertenecen.

 

La asamblea legal de los atenienses se llamó Ecclesia (Iglesia). Consagrada esa palabra entre nosotros exclusivamente a la congregación de los católicos en un mismo lugar, desde luego no dimos nunca el nombre de Iglesia a la asamblea de los protestantes, que se llamó al principio reunión de hugonotes. Pero la civilización desterró luego esa expresión odiosa y se sirvió de la voz asamblea. En Inglaterra, la Iglesia dominante llama asambleas, meeting, a las iglesias de los no conformistas.

 

La palabra asamblea parece ser la más apropiada para aplicar a la reunión numerosa de personas invitadas a perder el tiempo en una casa en la que los dueños les hacen los honores y en donde se charla, se juega se cena o se baila. Si sólo se reúnen escaso número de personas no se llama asamblea, porque es una reunión de amigos y nunca es numerosa.

 

ASESINO, ASESINATO. Voz corrompida tomada de la palabra ehissessin. Sucede muchas veces a quienes visitan un país lejano, que entienden mal repiten mal y escriben mal en su idioma lo que mal comprendieron en lengua extranjera, y luego engañan a sus compatriotas y se engañan a sí mismos. El error se transmite de boca en boca y de pluma en pluma, y pasan a veces siglos para destruirlo.

 

Existía en la época de las cruzadas un desventurado burgo de montañeses que habitaban en cuevas cerca del camino de Damasco. Eran bandidos y elegían un jefe, al que llamaban Chek Elchassissin. Se cree que la voz honorífica chok o chek significaba antiguamente anciano, igual que entre nosotros el señor proviene de senior, que significaba anciano, y la palabra graf significa viejo en Alemania. En la más remota Antigüedad, el mando civil se concedía a los ancianos en casi todos los pueblos. Más tarde esta jefatura se convirtió en hereditaria.

 

Los cruzados denominaron al anciano jefe de los montañeses árabes el viejo de la montaña y creyeron que era un gran príncipe, porque ordenó que robaran y mataran en el camino real al conde de Montferrat y otros caballeros que iban con los cruzados, y éstos llamaron a esos pueblos los asesinos y a su jefe el rey del vasto país de los asesinos. Ese vasto país tiene cinco o seis leguas de longitud y dos de anchura por la parte del Anti Líbano, país horrible y peñascoso, casi como Palestina, pero cortado por agradables praderas que sirven de pasto a muchos rebaños, como atestiguan los que han hecho el viaje de Alepo a Damasco.

 

El chek, esto es, el anciano de esos asesinos, tenía que ser un jefe de bandidos porque entonces reinaba en Damasco un sultán muy poderoso.

 

Los novelistas de aquella época, tan fantásticos como los cruzados supusieron que el referido jefe de asesinos, temiendo que el rey Luis IX de Francia (que nunca oyeron nombrar) se pusiera en 1236 a la cabeza de una de las cruzadas y le privara del territorio que dominaba, envió dos emisarios a París para que asesinaran al rey. Pero al día siguiente supo que el rey francés era bueno y generoso y envió otros dos emisarios con la contraorden de que no le asesinaran. Los envió por mar a unos y a otros, porque los dos emisarios que iban a matar a Luis y los otros dos que iban a salvarle la vida, sólo podían realizar ese viaje embarcándose en Joppe, entonces en poder de los cruzados, circunstancia que aumenta lo inverosímil de ese proyecto. No obstante, varios autores, uno tras otro refieren detalladamente esa aventura a pesar de que Joinville, que fue contemporáneo y estuvo en aquellos lugares, no habla de ella.

 

Los jesuitas Maiburg, Daniel y otros, y Mezerai, que no era jesuita, copian ese absurdo. El abate Velly, en Historia de Francia, lo repite sin discutirlo ni examinarlo, dando crédito a las palabras de Guillermo de Nangis, que refirió este hecho sesenta años después de sucedido, en una época en que se compilaban para la historia todos los rumores públicos. Si sólo se escribieran los sucesos verdaderos y útiles los voluminosos libros de historia quedarían reducidos a muy pocas páginas.

 

Durante seiscientos años se está negando la veracidad del cuento del viejo de la montaña, que embriagaba con voluptuosidades a los jóvenes que seguían su partido, haciéndoles creer que moraban en el paraíso y luego los enviaba a asesinar para hacerles acreedores al paraíso eterno.

 

Siendo el asesinato, después del envenenamiento, el crimen más cobarde y que merece mayor castigo, no debe extrañarnos que en nuestros días exista un hombre que lo apruebe, un hombre cuya razón extraviada no está siempre de acuerdo con la razón de los demás hombres (1). Finge, en una novela que titula Emilio, que educa a un joven gentilhombre, al que preserva de la formación que se recibe en la escuela militar. Esto es, de enseñarle idiomas, geometría, táctica, fortificaciones y la historia del país; se abstiene de inspirarle amor al rey y a la patria; se limita a convertir al joven en carpintero, y pretende que el gentilhombre carpintero, si le insultan públicamente o le dan una bofetada, en vez de devolver el insulto y la bofetada y batirse con el insultador, lo asesine prudentemente. Cierto que Moliere, bromeando dice en su comedia El amor pintor que asesinar es lo más seguro, pero el autor de la novela afirma que es lo más razonable y digno. Lo dice seriamente, y entre el sinfín de paradojas que se encuentran en sus libros esa es una de las tres o cuatro que es el primero y último en sostener. E; mismo espíritu delicado y decente que le obliga a recomendar que el preceptor debe acompañar con frecuencia a su discípulo a los sitios de prostitución, le hace sostener que ese discípulo debe ser un asesino. De modo que la educación que Juan Jacobo Rousseau da a un gentilhombre consiste en enseñarle a manejar el cuchillo y hacerle digno de la cárcel y de la horca.

 

(1) Voltaire es injusto hacia Juan Jacobo Rousseau. Aparte de que es incierto que el autor de Emilio se propone educar a un pequeño gentilhombre, puesto que en el libro V de dicha obra dice taxativamente «Yo, que no tengo el honor de educar a un gentilhombre, me guardaré bien de imitar a Locke», en la concepción de Emilio si bien hay ambigüedades y extravagancias que desconciertan, junto a hondas cavilaciones y grandes verdades, hay también un elevado principio moral cuando dice «las etapas de la educación y de la moral son éstas: en la base, la naturaleza; en la cúspide, la virtud, y continúa la preocupación por la felicidad». La profunda antinomia de estos dos hombres comienza en 1775 con Poema de los desastres de Lisboa, de Voltaire que contradice el «todo es para bien en el mejor de los mundos posibles», de Pope, y ataca a la Providencia y a la Iglesia. Los protestantes se consideraron tan ultrajados como los curas, y un pastor de Ginebra pidió a Rousseau que redactara un texto refutando las ideas impías de Voltaire. Juan Jacobo acepta y escribe Carta sobre la Providencia, en la que se desencadena contra Voltaire: «Voltaire, aunque parece creer en Dios, nunca ha creído más que en el Diablo, puesto que su Dios no es más que un malhechor que, según él, sólo disfruta haciendo daño». Le echa en cara, además, que es rico y no tiene derecho a quejarse. La ruptura definitiva de los dos grandes hombres se produce en 1760, esto es antes de la redacción de este artículo. (Nota del T.)

 

Dudamos que los padres de familia se avengan a dar a sus hijos preceptores semejantes. Forman verdadera antítesis las máximas que postula Emilio con las que propugna Mentor en Telémaco, pero es preciso confesar que el siglo XVIII es enteramente distinto del siglo de Luis XIV.

 

Afortunadamente, los lectores de este Diccionario no encontrarán insensateces ni extravagancias; hallarán con frecuencia una filosofía que quizá parezca atrevida, pero no esa charlatanería atroz y extravagante que dos o tres locos llaman filosofía y dos o tres damas elocuencia.

 

ASFALTITE (lago de Sodoma). Palabra caldea que significa una especie de betún que abunda en los países que riega el Éufrates. Los climas europeos también lo producen, pero de mala calidad. También se recoge en grandes cantidades en Suiza. Con él quisieron llenar dos torres que se yerguen a los lados de una de las puertas de Ginebra. Sólo duró un año. La mina quedó abandonada, pero pueden cubrirse los fondos de los tazones de las fuentes mezclando ese betún con polvos de resina, y quizá llegue el día en que sea más útil. El verdadero asfaltite se recogía en los alrededores de Babilonia y se supone que tiene algo que ver el fuego griego.

 

Existen muchos lagos llenos de asfaltite o de un betún parecido, así como hay otros impregnados de nitro. De esta clase existe un gran lago en el desierto de Egipto, que se extiende desde el lago Medis hasta la entrada del Delta, y que se llama el lago de Nitro.

 

El lago Asfaltite, conocido también como el lago de Sodoma, fue famoso por su betún, pero en la actualidad los turcos no lo emplean, bien porque la mina que está debajo del agua haya disminuido, bien porque salga de peor calidad o sea difícil extraerlo del fondo del agua. Algunas veces se desprenden partículas aceitosas y hasta pedazos que sobrenadan. Los recogen, hacen con ellos una mezcla y los venden como bálsamo en la Meca. La Naturaleza no espera que le apliquen ningún bálsamo para suministrar al cuerpo la sangre y la linfa que necesita, ni para formar una nueva carne que sustituya a la que las llagas hacen perder. Los bálsamos de la Meca, de Judea y del Perú sólo sirven para impedir la acción del aire y tapar la herida, no para curarla; el aceite no hace nacer la piel.

 

Flavio Josefo dice que en su época, en el lago de Sodoma, no se criaban peces, y que el agua era tan ligera que los cuerpos más pesados no se iban al fondo. Sin duda, en vez de ligera quiso decir densa pero no lo experimentó. Después de todo, podía suceder que el agua estancada impregnada de sales y materias compactas, pesando más que un cuerpo de semejante volumen, como el de un animal o un hombre, le obligara a sobrenadar. La equivocación de Josefo consiste en dar una razón falsa de un fenómeno que pudo ser verdadero.

 

Es creíble también que en dicho lago no hubiera peces. El asfalto no es sustancia apta para alimentarlos, pero es verosímil que en ese lago no todo fuera asfalto. Tiene unas veinticuatro leguas de longitud, y al recibir en su lecho las aguas del Jordán pudiera recibir también los peces de ese río. Pero tal vez tampoco los tiene el Jordán, y por lo mismo no pueda suministrarlos. Quizá sólo se encuentren peces en el lago superior de Tiberíades.

 

Añade Josefo que los árboles que crecen a orillas del mar Muerto producen frutos de muy buen aspecto, pero que se convierten en polvo al morderlos. Esto ya no me parece tan probable y nos da motivo para suponer que Josefo no lo sabe por experiencia, y que da esta noticia exagerándola, como hace en todo. Por regla general, los terrenos sulfurosos y salados, como los de Nápoles, Catania y Sodoma producen fruta de hermosa vista y buen sabor.

 

La Biblia nos dice que el fuego del cielo destruyó cinco ciudades. En esta ocasión el Antiguo Testamento afirma lo mismo que la física, aunque no lo necesitamos para eso ni tampoco todos los comentaristas están de acuerdo. Se han conocido varios terremotos en los que cayeron muchos rayos y destruyeron ciudades más importantes que Sodoma y Gomorra.

 

El río Jordán, teniendo necesariamente su desembocadura en ese lago sin salida, en ese mar muerto, semejante al mar Caspio, debe haber existido siempre en el mismo sitio; luego, esas cinco ciudades nunca pudieron ocupar el terreno que ocupa el lago de Sodoma. La Sagrada Escritura no dice tampoco que ese terreno se convirtiera en lago, sino todo lo contra río: «Jehová hizo llover desde el cielo azufre y fuego..., y subió Abrahán por la mañana al lugar donde había estado delante de Jehová; y miró Sodoma y Gomorra y hacia toda la tierra de aquella llanura, y he aquí que el humo subía de la tierra como el humo de un horno» (Génesis, 19‑24, 27, 28).

 

Luego, las ciudades de Sodoma Gomorra, Seboán, Agama y Segor debían estar situadas en la playa del mar Muerto. Ahora bien, cualquiera objetará que es imposible que en aquel desierto inhabitable, en el que sólo se encuentran algunas hordas de ladrones árabes, existieran cinco ciudades opulentas inmersas en las delicias del vicio y en los placeres infames que constituyen el último refinamiento de la lubricidad, lo que sólo es propio de naciones ricas y decadentes. Pero a esa objeción puede contestarse que aquel terreno no era por aquel entonces un desierto.

 

Otros críticos pueden hacer esta otra objeción: ¿Cómo es posible que pudieran existir cinco ciudades en las orillas de un lago cuya agua no era potable? La Sagrada Escritura dice que ese lago contenía asfalto antes del incendio de Sodoma. «Había allí muchos pozos de betún en los valles, y los reyes de Sodoma y de Gomorra, huyendo, cayeron en ellos.»

 

Otra objeción que presentan los críticos es que Isaías y Jeremías dicen que Sodoma y Gomorra nunca serán reedificadas, Esteban el geógrafo dice que Sodoma y Gomorra estaban situadas en las riberas del mar Muerto, y en la Historia de los Concilios consta que había obispos de Sodoma y de Segor. A esta objeción puede contestarse que Dios haría nacer, cuando se reedificaran dichas ciudades, habitantes menos culpables, porque entonces no había en ellas obispos in partibus.

 

Pero, ¿qué agua beberían los nuevos habitantes, si en dichas ciudades el agua de los pozos es salobre y cuando se cava la tierra aparece asfalto y sal corrosiva? A esta objeción puede contestarse que en la actualidad aún hay árabes en aquellos terrenos que, sin duda, han podido acostumbrarse a beber agua nociva; que Sodoma y Gomorra durante el bajo imperio sólo eran miserables cabañas, y que entonces había pocos obispos cuyas diócesis se reducían a una pobre aldea. Y se puede añadir, además, que los colonos de esas aldeas preparaban el asfalto y hacían con él un comercio productivo. El desierto árido y ardiente que se extiende desde Segor hasta el territorio de Jerusalén produce bálsamo y aromas, por la misma razón que produce nafta, sal corrosiva y azufre. Dícese que en ese desierto se forman petrificaciones con sorprendente rapidez, lo que hace verosímil, según opinión de algunos físicos, la petrificación de Edit, esposa de Lot.

 

Pero el Génesis, capítulo 19, versículo 26, dice que dicha mujer «miró atrás y se volvió estatua de sal», y eso no fue una petrificación natural que operó el asfalto o la sal, sino un verdadero milagro. Flavio Josefo, en el libro primero de las Antigüedades, dice que ha visto esa estatua, y san Justino y san Ireneo se ocupan de ella como de un prodigio que subsistía en su época. Esos testimonios se consideran como leyendas ridículas.

 

Sin embargo, es probable que algunos judíos se divirtieran esculpiendo en un bloque de asfalto una figura tosca de mujer y dijeran por mofa que era la mujer de Lot. Yo he visto palanganas de asfalto muy bien hechas y de larga duración, pero es preciso confesar que san Ireneo se excede cuando dice: «La mujer de Lot permaneció en el territorio de Sodoma, no en carne corruptible, sino en estatua de sal permanente produciendo sus partes naturales sus efectos ordinarios». Uxor remansit in Sodomis, jam non caro corruptibilis, sed statua salis semper manens, et per naturales ea quae sunt consuetudinis hominis ostendens (Libro IV, cap. II). San Ireneo no se expresa con la exactitud de un buen naturalista al decir que la mujer de Lot no era de carne corruptible y tenía la menstruación.

 

En el Poema de Sodoma, atribuido a Tertuliano, también se dice lo mismo más enérgicamente:

 

Dicitur, et vivens alio sub corpore, sexus

 

Mirifice solito dispungere sanguine menses;

 

cuyos versos, traducidos muy libremente, significan: «La mujer de Lot, aunque se volvió estatua de sal, sigue siendo mujer y menstrúa».

 

El país de los aromas fue también el país de las leyendas. En las tribus de la Arabia pétrea y en sus desiertos, los antiguos mitologistas suponen que Mirra, nieta de una estatua, huyó de su patria después de haber cohabitado con su padre, como las hijas de Lot cohabitaron con el suyo, que se metamorfoseó en el árbol que produce la mirra. Otros mitologistas aseguran que huyó a la Arabia feliz, pero tan sostenible es una opinión como otra.

 

Lo cierto es que ningún viajero europeo se ha dedicado todavía a estudiar el terreno de Sodoma, su asfalto, su sal, sus árboles y sus frutos; ni a pesar el agua del lago, ni analizarla, averiguar si las materias más pesadas que el agua ordinaria del lago sobrenadan, ni hacer una descripción exacta de la historia natural de aquel país. Los peregrinos que van a Jerusalén no se ocupan de estas investigaciones; ese desierto está infestado de árabes nómadas que lo recorren hasta Damasco, refugiándose después en las cuevas de las montañas que el bajá de Damasco no puede dominar. A esto se debe que los curiosos no puedan enterarse de ninguna de las singularidades del lago Asfaltite. Es cosa que amohína a los estudiosos ver que entre tantos sodomitas como hay en Europa, no encuentren uno que pueda aportarles datos exactos de su antigua capital.

 

ASMODEO. Cualquier hombre que conozca la Antigüedad sabe que los hebreos, hasta el tiempo de su cautividad, no conocieron los ángeles, y que se los dieron a conocer los persas y caldeos. En su cautiverio, según cuenta dom Calmet, supieron que había siete ángeles principales ante el trono del Señor y también conocieron los nombres de los diablos. El demonio que nosotros llamamos Asmodeo, se llamó antiguamente Hashmodai o Chammadai. «Se sabe —dice Calmet— que había diablos de varias categorías; unos eran príncipes y señores, y otros subalternos y vasallos.»

 

Para que Hashmodai tuviera suficiente poder para estrangular a siete jóvenes que se casaron sucesivamente con la hermosa Sara, natural de Rages, distante quince leguas de Ecbatana, era preciso que los medos fueran siete veces más maniqueos que los persas. Un príncipe bondadoso proporciona marido a dicha joven, y Hashmodai, que era rey de los diablos, desbarata siete veces el casamiento que proporciona a la mencionada un príncipe bondadoso.

 

Siendo Sara hija de un judío y, por lo tanto, judía cautiva de Ecbatana, ¿cómo un demonio medo pudo tener tanto poder sobre los hebreos? Ello induce a creer que Asmodeo‑Chammadai era también hebreo, y que fue la antigua serpiente que tentó a Eva y amó furiosamente a las mujeres, a las que tan pronto engañaba como mataba a sus maridos por exceso de amor y celos.

 

En efecto, el libro de Tobías, en la traducción griega, dice que Asmodeo estaba enamorado de Sara. Los sabios de la Antigüedad creían, en general, que los genios buenos o malos tenían gran afición a las hijas de los hombres y las hadas a los mozos hijos de los mortales. La misma Sagrada Escritura, poniéndose a la altura de nuestra debilidad y dignándose adoptar el lenguaje llano, dice que «los hijos de Dios, encontrando hermosas a las hijas de los hombres eligieron esposa entre ellas».

 

Pero el ángel Rafael, que guiaba al joven Tobías, da otra razón más digna de su ministerio y que podía ilustrar mejor al mozo a quien servía de lazarillo, diciéndole que los siete maridos de Sara fueron víctimas de la crueldad de Asmodeo porque la desposaron únicamente para gozarla, y añade: «Es preciso que el esposo guarde continencia con la esposa durante tres días y que juntos recen a Dios».

 

Diríase que con semejante instrucción no hace falta otro remedio para que Asmodeo huya. Sin embargo, Rafael añade que es necesario, además, asar el corazón de un pescado con fuego de carbón. ¿Por qué, pues, no se empleó más tarde ese remedio infalible para sacar el diablo del cuerpo de las jóvenes? ¿Por qué los apóstoles, enviados expresamente para expulsar a los demonios, no pusieron nunca sobre la parrilla el corazón de ningún pescado? ¿Por qué no se recurrió a ese medio en los asuntos de Marta Brossier, de las monjas de Loudun, de las amantes del cura Urbano Grandier, de la Cadiere, y del hermano Girard y de otras poseídas, en las épocas en que hubo tanta mujer poseída por el demonio?

 

Los griegos y romanos, que conocieron tantos filtros de amor, y poseían también algunos para curar el amor, para esos casos empleaban hierbas y raíces. Recomendamos el agnus castus, que llegó a ser famoso y los modernos hicieron tomar a monjas jóvenes y les produjo efecto. Hace muchos siglos, Apolo se quejaba a Dafne de que a pesar de ser médico no podía encontrar ningún medicamento que curara el amor. También empleaban, para conseguir ese resultado, el humo de azufre, pero Ovidio, que era maestro en esa materia, declara que la receta es inútil.

 

Al parecer, fue más eficaz para expulsar a Asmodeo el humo del corazón o del hígado de un pescado asado. El reverendo padre Calmet se inquieta porque no acierta a comprender que semejante fumigación actúe sobre un puro espíritu, pero puede estar tranquilo si recuerda que los antiguos dotaron de cuerpo a los ángeles y a los demonios. Es cierto que sus cuerpos eran tan sutiles y ligeros como las pequeñas partículas que se desprenden de un pescado asado, y se parecían al humo que éste hace salir del fuego y obraba sobre ellos por simpatía.

 

Con este procedimiento no sólo se consiguió hacer huir a Asmodeo sino también que el ángel Gabriel le encadenara en el alto Egipto, donde está todavía. Vive en una cueva, cerca de la ciudad de Saata o de Taata. Pablo Lucas lo vio y nos habla de él. Es una serpiente que cortan en pedazos, pedazos que vuelven a unirse en seguida y luego desaparece. Calmetcita el testimonio de Pablo Lucas y yo quiero hacerlo también. La teoría de Pablo Lucas podría añadirse a la de los vampiros, en la primera compilación que el abate Guyon imprima.

 

ASNO. Completaremos el artículo Asno que publicó la Enciclopedia haciendo referencia al asno de Luciano, que llegó a ser de oro en manos de Apuleyo. Lo más divertido de tal relato es lo referente a Luciano. Lo jocoso consiste en que una dama se enamoró de ese hombre cuando era asno y no lo quiso cuando se transformó en hombre. Metamorfosis de esa índole son normales en la Antigüedad. El asno de Sileno hablaba y los sabios creyeron que lo hacía en árabe; probablemente sería un hombre que el poder de Baco convertiría en asno, porque Baco era árabe.

 

Virgilio hablaba de la metamorfosis de Moeris en lobo como si fuera una cosa común y corriente «Moeris, convertido en lobo, se ocultó en los bosques.»

 

¿Derivaba la idea de las metamorfosis de las antiguas leyendas de Egipto, que propalaron que los dioses se convirtieron en animales durante la guerra contra los gigantes? Los griegos, que imitaron y estudiaron detenidamente las leyendas orientales, metamorfosearon a casi todos sus dioses en hombres o bestias para que realizaran mejor sus designios amorosos. Y si convertían a sus dioses en toros, caballos, cisnes o águilas, ¿por qué no habían de hacer lo mismo con los hombres?

 

Varios comentaristas, olvidándose del respeto que merecen las Sagradas Escrituras, citan el ejemplo de Nabucodonosor, que se convirtió en buey, pero eso es un milagro, una venganza divina, un hecho contrario a las leyes de la Naturaleza, en el que no deben fijarse nuestros ojos profanos ni ha de ser objeto de nuestras investigaciones.

 

Otros sabios, quizá más puntillosos, pretenden sacar partido de un hecho que refiere el Evangelio de la Infancia de Jesús. Una muchacha, al entrar en la estancia de algunas mujeres, vio un mulo cubierto con una mantilla de seda. Dichas mujeres lo besaban y, llorando, le presentaban la comida. El mulo era hermano de aquellas mujeres. Privado de la figura de hombre por los magos, el Señor de la Naturaleza se la restituyó pronto.

 

Aunque dicho evangelio es apócrifo, el respeto que causa el nombre que lleva nos impide dar más detalles del episodio, que sólo hemos copiado para demostrar que las metamorfosis estuvieron de moda en aquellos tiempos en casi todo el mundo. Indudablemente, los cristianos que escribieron el referido evangelio eran hombres de buena fe que no trataron de escribir una novela, sino referir sencillamente lo que habían oído. La Iglesia, que rechazó ese evangelio y cuarenta y nueve más, no acusa a sus autores de impiedad ni de falsedad. Esos autores hablaban al vulgo imbuidos de las preocupaciones de su época. China fue quizá la única nación que quedó exenta de tales supersticiones.

 

La aventura de los compañeros de Ulises, que la ninfa Circe convirtió en bestias, es más antigua que la doctrina de la metempsicosis que Pitágoras anunció en Grecia y en Italia.

 

¿En qué se fundan los que defienden que no existe ningún error universal que no provenga del abuso de alguna verdad? Dicen que hay charlatanes porque hubo verdaderos médicos, y se creen los falsos prodigios porque han existido prodigios verdaderos. Pero, ¿tenemos testimonios indudables de que algunos hombres se hayan convertido en lobos, bueyes caballos o asnos? Ese error universal tuvo por origen la atracción de lo maravilloso y la inclinación humana hacia las supersticiones.

 

Basta una opinión errónea para llenar de fábulas el universo. Un médico hindú experimentó que los animales están dotados de sentimientos y memoria, de lo que dedujo que tenían alma porque los hombres también la tienen.

 

Después de la muerte, ¿dónde van las almas de los hombres y los animales? Como es preciso que vayan a alguna parte, se alojan en el primer cuerpo que se está formando; de modo que el alma de un brahmán va a morar al cuerpo de un elefante, y el alma de un asno ocupa el cuerpo de un brahmán recién nacido. Tal es la doctrina de la metempsicosis, fundada sobre un simple raciocinio.

 

Pero esta no es la doctrina de las metamorfosis. En éstas no existe el alma, que se queda sin morada y va en busca de alojamiento; es un cuerpo que se transforma en otro cuerpo, cuya alma vive siempre en la misma morada. En la naturaleza no tenemos ningún ejemplo de semejante juego de cubiletes. Averigüemos, pues, cuál puede ser el origen de opinión tan extravagante y generalmente admitida.

 

¿Habrá sucedido tal vez que un padre, al reprender a su hijo por ignorante y disoluto, le dijera «Eres un asno», le castigara poniéndole una cabeza de asno, y al verlo así alguna criada creyera que el joven se había convertido en asno en castigo de sus faltas? La criada lo referiría a sus vecinas, éstas a otras, y pasando de boca en boca, el relato daría la vuelta al mundo. Quizá las metamorfosis hayan nacido de un equívoco, y aquí viene a colación repetir lo que dice Boileau: «El equívoco fue la madre de casi todas nuestras tonterías». Añadir a todo ello el poder irresistible que tenía la magia en los pueblos antiguos, y no nos asombrará lo que hicieron en ésta y otras materias.

 

Dícese que en Mesopotamia los asnos eran guerreros, y que al califa Mervan le dieron el sobrenombre de Asno por ser muy valiente. El patriarca Focio, en el extracto de la vida de san Isidoro, refiere que Ammonio tenía un asno que conocía la poesía y dejaba el pesebre cuando oía versos. La leyenda del rey Midas vale más que la historieta de Focio.

 

Del asno de oro de Maquiavelo. Es poco conocido el asno de Maquiavelo. Los diccionarios dicen que esta obra la escribió en su juventud, pero parece redactada en la edad madura porque el autor alude a las desgracias que sufrió muchos años antes. El libro es una sátira escrita contra sus contemporáneos. Maquiavelo nombra a muchos florentinos, de los cuales uno está convertido en gato, otro en dragón, éste en perro que ladra a la luna y aquél en zorro que no se deja atrapar. A cada carácter aplica el nombre de un animal. El partido de los Médicis y el de sus enemigos también se hallan representados en la obra, y quien consiguiera descifrar el apocalipsis cómico de Maquiavelo conocería la historia secreta del papa León X y la de las perturbaciones de Florencia. El poema está henchido de moral y de filosofía, y termina con estas magníficas reflexiones de un cerdo que, poco más o menos, dice del hombre: «Sois animales de dos pies que nacéis desnudos, sin armas, sin garras, sin plumas y sin lanas y dotados de una piel muy delicada; lloráis al nacer y lloráis con razón porque prevéis que vuestras desgracias os harán derramar lágrimas. Los loros y vosotros habéis recibido el don de la palabra. Natura os concedió manos muy hábiles, pero, ¿os dio también almas virtuosas? ¿Qué hombre puede igualarse a los animales? El hombre es más salvaje, más vil y más perverso que nosotros; cobarde o valiente, se entrega al crimen y siempre sufre miedo o rabia. Tiemblan los hombres ante la muerte y se degüellan unos a otros; un cerdo jamás comete a otro tan villanas injusticias. La pocilga es para nosotros el templo de la paz. Dios me preserve toda la vida de convertirme en hombre y tener sus vicios».

 

De estas reflexiones originales debió extraer Boileau la sátira que escribió sobre el hombre, y La Fontaine su fábula sobre los compañeros de Ulises, si es que por casualidad La Fontaine y Boileau tuvieron noticia del asno de Maquiavelo.

 

Del asno de Verona. El escritor debe decir la verdad y no engañar a los lectores. Digo esto porque ignoro si el asno de Verona subsiste todavía en todo su esplendor, porque no lo he visto. Pero los viajeros que lo vieron hace cuarenta años convienen en que sus reliquias aún estaban encerradas en el vientre de un asno artificial, construido expresamente para ello; también aseguran que lo vigilaban cuarenta monjes del convento de Nuestra Señora de los Órganos de Verona y que lo sacaban en procesión dos veces al año. Constituía una de las reliquias más antiguas de la ciudad. La tradición refiere que ese asno llevó sobre sus lomos a Nuestro Señor cuando entró en Jerusalén, y no queriendo vivir en esa ciudad se fue por el mar, que se endureció tanto como sus cascos, y pasó por Chipre, Rodas, Candía, Malta y Sicilia, deteniéndose en Aquilea. Pero, por último, se afincó en Verona, en cuya ciudad vivió muchos años.

 

El origen de esta fábula es que la mayoría de los asnos tienen una especie de cruz negra en el espinazo. Indudablemente, apareció algún asno viejo en las cercanías de Verona, el público advirtió la cruz mejor hecha que en sus demás congéneres, y no faltaría alguna vieja beata que dijera que sirvió a Jesús de montura cuando entró en Jerusalén. A la muerte del asno le dedicarían magníficos funerales y la fiesta quedó establecida en Verona. Luego se celebró en otros países, sobre todo en Francia, y se representaba de este modo. Una doncella representaba a la Santa Virgen que marchaba hacia Egipto montada sobre un asno, llevando un niño en brazos, y al frente de una procesión. El sacerdote, al finalizar la misa, en vez de decir: Ite, misa est rebuznaba tres veces con toda la fuerza de sus pulmones y el pueblo, a coro, le respondía.

 

Se han escrito tantos libros sobre la fiesta del asno y la fiesta de los locos que pueden aportar material para escribir la historia universal del género humano.

 

ASTROLOGÍA. La astrología se apoya en más sólidos cimientos que la magia, porque si nadie ha visto nunca duendes, larvas, divas, peris ni diablos, en cambio hemos visto muchas veces cumplirse las predicciones de los astrólogos. Cuando los astrólogos consultados tienen que emitir su juicio sobre la vida de un niño o la predicción del tiempo y uno de ellos anuncia lluvia y el otro buen tiempo, es indudable que uno de los dos es profeta.

 

La desgracia que han tenido los astrólogos es que el cielo ha cambiado después de establecerse las reglas de la astrología. El sol, que en el equinoccio estaba en el signo de Aries en la época de los argonautas se encuentra actualmente en el signo de Tauro, y los astrólogos, por desventura de su arte, atribuyen hoy a una morada del sol lo que visiblemente pertenece a otra. No obstante, esto no es una razón apodíctica contra la astrología; prueba simplemente que los maestros del arte se equivocan, pero no demuestra que el arte no pueda existir.

 

No es un absurdo decir: el niño que nazca en el creciente de la luna durante una estación tempestuosa, o al salir tal o cual estrella será de constitución endeble y raquítica y su vida será corta, porque esto es lo que sucede a los temperamentos muy delicados. Tampoco es un absurdo afirmar lo contrario, o sea que el niño que nazca cuando la luna esté en su lleno, o el sol en toda su fuerza y en tiempo sereno, será de constitución fuerte y gozará de vida larga y feliz.

 

Si estas observaciones se hubieran repetido muchas veces y se hubiesen encontrado del todo exactas, la experiencia, al cabo de unos miles de siglos, hubiera podido formar un arte del que no cabría dudar. Creeríamos, con grandes probabilidades de acierto, que los hombres eran como los árboles y las legumbres, que se deben plantar y sembrar en determinadas estaciones. Hubiera sido inútil contradecir a los astrólogos diciéndoles: «Mi hijo nació con excelente complexión y, sin embargo, ha muerto en la cuna». El astrólogo hubiera contestado: «Muchas veces sucede que se mueren árboles plantados en la estación oportuna. Respondo de los astros pero no puedo responder del vicio de conformación que podáis haber transmitido a vuestro hijo; la astrología sólo obra cuando no hay causa que se oponga al bien que los astros pueden proporcionar».

 

Tampoco se puede desacreditar la astrología diciendo: «De dos niños que nacieron el mismo minuto, uno fue rey y el otro fue fabriquero de su parroquia», porque podrían contestar que éste hizo su suerte siendo fabriquero, y el otro también llegando a ser rey. Y si se objetara que el bandido que Sixto V mandó ahorcar nació al mismo tiempo que ese papa, que de porquerizo llegó a pontífice, los astrólogos replicarían que los dos niños habían nacido con la diferencia de unos segundos, porque es imposible, según las reglas de la astrología, que la misma estrella conceda la tiara y la horca. Y como múltiples experiencias han desmentido las predicciones, al fin han comprendido los hombres que este arte es ilusorio pero antes de desengañarse fueron crédulos mucho tiempo.

 

Uno de los más famosos matemáticos de Europa, Stoffler, que descolló a fines del siglo xv y comienzos del XVI, y trabajó muchos años en la reforma del calendario propuesta en el Concilio de Constanza, predijo que se produciría un diluvio universal en 1524. Este diluvio debía llegar en el mes de febrero, cálculo probable, porque Saturno, Júpiter y Marte, se encuentran entonces en conjunción en el signo de Piscis. Todos los pueblos de Europa, Asia y Africa que se enteraron de esa predicción quedaron consternados esperando el diluvio, a pesar de ver el arco iris. Algunos autores contemporáneos refieren que los habitantes de las provincias marítimas de Alemania se apresuraron a vender las tierras que poseían baratísimas, a los que tenían más dinero que ellos y menos credulidad. Gran número de habitantes de esas provincias compraron una embarcación para que les sirviera de arca. Un médico de Tolosa, apellidado Auriol mandó construir una gran arca para él, su familia y sus amigos, y se tomaron iguales precauciones en buena parte de Italia. Pero llegó el mes de febrero y no cayó una gota de agua. Nunca se vio un mes tan seco, y los astrólogos quedaron en ridículo. No se desanimaron, sin embargo, y el público siguió teniendo fe en ellos. Casi todos los príncipes continuaron consultándoles. No tengo el honor de ser príncipe, y sin embargo el célebre conde de Boulainvilliers y el italiano Colonna, que gozaban de gran fama en París, me predijeron que moriría infaliblemente a la edad de treinta y dos años. Pero he tenido la malicia de engañarles, hasta ahora, durante más de treinta y les pido humildemente perdón.

 

No debe sorprendernos que tantos hombres, superiores al vulgo, tantos príncipes y tantos papas, que no se hubieran dejado engañar si de sus intereses se tratara, confiaran tan ridículamente en la astrología.

 

Eran orgullosos, pero ignorantes. Sólo a ellos las estrellas predecían el destino; el resto de los mortales era pura canalla sobre los cuales los astros no se dignaban influir. Se parecían a cierto príncipe que temblaba al ver un cometa, y decía solemnemente a quienes no le temían: «Comprendo que estéis tranquilos y no le temáis, no sois príncipes».

 

El famoso duque Walstein fue uno de los hombres más dados a esta manía. Como era príncipe, creía a pie juntillas que el Zodíaco se formó para él expresamente. No sitiaba una ciudad ni emprendía una batalla sin haber celebrado consejo con el cielo, pero como el grande hombre era muy ignorante, había nombrado jefe de su Consejo a un tunante italiano que se llamaba Juan Bautista Seni, al que pagaba el sostenimiento de una carroza de seis caballos y veinte mil libras de pensión. El italiano no pudo prever que Walstein sería asesinado por orden de su soberano Fernando Il, ni que él tendría que regresar a pie a Italia.

 

Es evidente que sólo pueden hacerse conjeturas sobre el porvenir, pero éstas pueden ser tan probables que se aproximen mucho a la certidumbre. Si vemos que una ballena se traga a un hombre, podemos apostar mil contra uno que lo comerá, pero no podemos tener la misma seguridad, después de leer las aventuras de Hércules, de Jonás y de Rolando el Loco de que permanecerá mucho tiempo en el vientre de un pez.

 

Nunca se repetirá bastante que Alberto el Grande y el cardenal Ailly hicieron el horóscopo de Jesucristo. Leyeron sin duda en los astros el número de diablos que expulsaría de los cuerpos de los poseídos y la clase de muerte de que moriría, pero por desgracia esos dos sabios astrólogos lo predijeron siglos después de haber sucedido.
 

ATEÍSMO. De la comparación que se hace con frecuencia entre el ateísmo y la idolatría. Nunca se refutará bastante la opinión que sostiene el jesuita Richeome sobre los ateos y los idólatras, opinión mantenida antiguamente por san Gregorio Nacianceno, san Cipriano, Tertuliano y santo Tomás, y que Arnobe expuso con energía diciendo a los paganos: «¿No os avergonzáis de censurar que despreciemos a vuestros dioses, cuando es más justo no creer en ningún dios que imputarles acciones infames?». Esta opinión la manifestó muchos años antes Plutarco, diciendo que prefería que le dijeran que no había existido a que le creyeran inconstante, colérico y vengativo, opinión que robusteció la dialéctica contundente de Bayle.

 

El fondo de esta controversia, suscitada por el jesuita Richeome y sostenida por Bayle, es el siguiente:

 

«En la puerta de una casa había dos porteros que les preguntaron: "¿Se puede hablar con vuestro señor?" "No está", responde uno de ellos. "Sí está —afirma el otro portero—, pero se halla muy ocupado fabricando moneda falsa, falsos contratos, puñales y venenos para perder a los que han ejecutado sus deseos". El ateo se parece al primero de esos dos porteros, y el pagano, al segundo. Es, pues, evidente que el pagano ofende más a la Divinidad que el ateo».

 

Con el permiso del padre Richeome y de Bayle, les diremos que ése no es precisamente el quid de la cuestión. Para que el primer portero se parezca a los ateos no es preciso que diga «mi señor no está», sino «yo no tengo señor. El que suponéis que lo es no existe y mi compañero es un tontaina, que os dice que el señor se ocupa en hacer venenos y afilar puñales para asesinar a quienes cumplen su voluntad. Semejante ser no existe en el mundo».

 

Richeome argumenta en falso, y Bayle se olvida en sus difusos discursos del honor que hace a Richeome comentándole inoportunamente. Plutarco se expresa mejor al preferir las gentes que digan que no ha existido a las que afirman que es un hombre insociable. En efecto, nada le importa que nieguen su existencia, pero sí le importa que desdoren su reputación. No está en el mismo caso el Ser Supremo.

 

Ahora bien, Plutarco apenas se ocupa del verdadero objeto de la cuestión. No se trata de averiguar quién ofende más al Ser Supremo, si el que le niega o quien lo desfigura. No es imposible saber, excepto por la revelación, si Dios se ofende de las charlatanerías que sobre El propalan los hombres. Los filósofos, sin sospecharlo siquiera, caen con frecuencia en ideas vulgares al suponer que Dios está celoso de su gloria, que es colérico y vengativo, tomando estas figuras retóricas por ideas reales. Lo único que en verdad interesa a todo el mundo es saber si vale más, para el bienestar de los hombres, creer que existe un Dios justiciero que recompensa las buenas acciones ocultas y castiga los crímenes secretos, o creer que no existe.

 

Bayle prodiga en sus escritos todas las infamias que la leyenda imputa a los dioses paganos; sus adversarios le replican, citándole lugares comunes que nada significan, y los partidarios de Bayle y sus enemigos pelean casi siempre sin avenirse. Convienen unos y otros en que Júpiter es adúltero, Venus es impúdica y Mercurio un rateruelo, pero me parece que no es esto de lo que debían tratar, sino distinguir las Metamorfosis de Ovidio de la religión antigua de los romanos. Sabido es que ni Roma, ni Grecia, dedicaron nunca altares a Mercurio el rateruelo, a Venus la impúdica, ni a Júpiter el adúltero.

 

Al dios que los romanos llamaban Deus, optimus, maximus, jamás le atribuyeron que incitase a Clodio a acostarse con la mujer de César, ni a César a ser el Gitón (1) del rey Nicomedes. Cicerón no dice que Mercurio indujera a Verres a robar a Sicilia, aunque en la leyenda Mercurio roba las vacas a Apolo. En la verdadera religión pagana, Júpiter era bueno y justo, y los dioses secundarios castigaban a los perjuros en los infiernos. Por esto los romanos, durante muchos años, cumplían religiosamente sus juramentos, y su religión les fue muy útil. No estaban obligados a creer en los dos huevos de seda, ni en la metamorfosis de la hija de Inacus en vaca, ni en el amor de Apolo a Jacinto. No se debe, pues, decir que la religión de Numa deshonraba la divinidad.

 

(1) Gitón, joven homosexual en el que personificó Petronio el pecado de sodomía de la juventud romana.

 

A esta cuestión siguió otra: si podría subsistir un pueblo de ateos. En esto debemos distinguir entre el pueblo propiamente dicho y una sociedad compuesta de filósofos. Es indudable que en todas las naciones el pueblo necesita un freno, y el propio Bayle, si hubiera tenido que gobernar a quinientos o seiscientos individuos, les hubiera inculcado la existencia de un Dios justiciero. Pero Bayle no hubiera hablado del mismo modo a los epicúreos, que eran ricos, amantes de la paz, practicaban las virtudes sociales, sobre todo la amistad, huían de los asuntos públicos y pasaban una vida inocente y cómoda. Creo que con esto queda zanjada la cuestión por lo que toca a la sociedad y a la política.

 

Respecto a pueblos enteramente salvajes ya queda dicho en la Introducción al ensayo sobre las costumbres y el espíritu de las naciones, que no pueden contarse ni entre los ateos ni entre los teístas. Preguntarles cuál es su creencia sería lo mismo que preguntarles si seguían la doctrina de Aristóteles o la de Demócrito: ni saben ni conocen nada. Ni son ateos, ni peripatéticos. Pero se nos puede objetar que viven en sociedad y no creen en Dios; luego se puede vivir en sociedad sin religión. A esta objeción contestaré que los lobos también viven como ellos y no constituye una sociedad la reunión de bárbaros antropófagos. Además, os preguntare: ¿cuando prestáis una cantidad a algún miembro de la sociedad a que pertenecéis, quisierais que vuestro deudor, vuestro procurador, vuestro notario y vuestro juez no creyera en Dios?

 

ATEO. Entre los cristianos hubo muchos ateos, pero en la actualidad hay muchos menos. Esto, que a primera vista parece una paradoja y si bien se mira se antojará una verdad, se debe a que la teología condujo con mucha frecuencia a los espíritus al ateísmo y la filosofía los sacó de él. En los tiempos primitivos podía perdonarse a los hombres que dudaran de la, Divinidad, porque veían que los que la anunciaban disputaban unos con otros respecto a la naturaleza de ésta. Los primeros padres de la Iglesia sostuvieron que Dios era corporal; quienes les sucedieron, no le concedían extensión y, sin embargo, le hacían morar en una parte del cielo; según unos, creó el mundo al crear el tiempo, y según otros creó el tiempo después; éstos sostenían que su Hijo era semejante a El y aquéllos que el Hijo no era semejante al padre. Tampoco estaban de acuerdo acerca del modo cómo la tercera persona derivaba de las otras dos. También disputaban si el Hijo, en el mundo, se componía o no de dos personas.

 

De modo que, sin que ellos lo advirtieran, plantearon la cuestión en estos términos: si había en la Divinidad cinco personas, contando dos en Jesucristo en el mundo y tres en el cielo, o tres personas, considerando sólo a Cristo como Dios. Discutían también sobre su madre, sobre el descendimiento al infierno y al limbo, sobre la manera cómo se comía el cuerpo del hombre Dios, cómo se bebía su sangre, sobre su gracia, sobre los santos y sobre otras muchas materias.

 

Al ver tan en desacuerdo los confidentes de la Divinidad y anatematizándose recíprocamente siglo tras siglo, pero de acuerdo todos ellos en la desenfrenada ambición de riquezas y poder, al contemplar por otra parte el cúmulo de desgracias y crímenes que infectaban la tierra, muchos de ellos, provocados por las contiendas de los directores de almas, debemos confesar que era lícito al hombre razonable dudar de la existencia de un Ser Supremo de tan extraño carácter, y al hombre sensible creer que el Dios que espontáneamente había creado antes tantos desgraciados no debía existir.

 

Supongamos, por ejemplo, que un físico del siglo XV lea en la Suma de santo Tomás estas palabras: «La virtud del cielo, en lugar del esperma, es suficiente con los elementos y la putrefacción para producir la generación de los animales imperfectos». He aquí las deducciones que de ese pensamiento hubiera sacado el físico: Si la podredumbre y los elementos bastan para producir animales informes, es de suponer que con algo más de podredumbre y poco más de calor podríamos obtener animales más completos. La virtud del cielo en este caso no es más que la virtud de la naturaleza. Creeré, pues, como Epicuro y santo Tomás, que los hombres pueden nacer del limo de la tierra y de los rayos del sol, y todavía ese origen es demasiado noble para seres tan desgraciados y perversos. ¿Porqué he de creer, pues, en un Dios creador que sólo me presentan formulando ideas contradictorias e irritantes? Por fortuna nació la física y con ella la filosofía, y entonces se supo a ciencia cierta que el limo del Nilo no es capaz de producir un insecto, ni una espiga de trigo, y hemos tenido que reconocer gérmenes, relaciones, medios y correspondencia asombrosa sobre todos los seres. Hemos estudiado los rayos de luz que parten del sol y van a iluminar esferas celestes y el anillo de Saturno a trescientos millones de leguas de distancia, para llegar a la Tierra y formar dos ángulos opuestos por el vértice en el ojo de un insecto reflejando la naturaleza en su retina. Nació luego un filósofo que descubrió las sencillas y sublimes leyes que rigen los cuerpos celestes girando en el abismo del espacio. Por tanto, al conocer mejor la obra admirable del universo hemos reconocido al Supremo arquitecto, y sus leyes uniformes y constantes nos han hecho reconocer un Supremo legislador. La sana filosofía destruyó, pues el ateísmo, al que la oscura teología daba armas.

 

A un reducido número de espíritus descontentadizos, a quienes afectan más las supuestas injusticias de un Ser Supremo que halaga su sabiduría sólo les quedó el recurso de obtinarse en negar la existencia de ese primer motor. Argumentan que la naturaleza existe durante toda la eternidad y todo está en movimiento en la naturaleza; por tanto, todo cambia en ella continuamente. Así, si todo cambia siempre, es preciso que lleguen todas las combinaciones posibles, y la combinación presente de todas las cosas pudo ser efecto exclusivo del movimiento y del cambio eterno. Tomad seis dados, echadlos y apostamos uno contra mil a que no sacaréis seis veces el mismo número en los seis dados. De esa forma, en el transcurso de una infinidad de siglos, no es imposible que una de las combinaciones infinitas sea la creación del universo.

 

Este argumento ha seducido a espíritus muy lúcidos, pero que no se dan cuenta que el infinito se opone a ese raciocinio y, en cambio, no se opone a la existencia de Dios. Debían también comprender que si todo cambia, las menores especies de las cosas no debían ser inmutables, como son desde hace muchísimo tiempo. Por lo menos no tienen ninguna razón para creer que no se forman nuevas especies todos los días, y por el contrario, es muy probable que una mano poderosa, superior a esos cambios continuos, mantenga todas las especies en los límites que ha prescrito. De modo que el filósofo que reconoce a Dios tiene para defender su causa multitud de probabilidades que equivalen a la certidumbre, y el ateo sólo tiene dudas. Podríamos aducir más pruebas filosóficas que destruyen el ateísmo.

 

Respecto a la moral, es evidente que vale más reconocer a Dios que negarlo. Interesa a todos los hombres que exista una divinidad que castigue lo que la justicia humana deja impune, pero también es evidente que vale más no reconocer a ningún dios que adorar a un bárbaro al que sacrifican hombres, como sucede en algunas naciones. Esta verdad la ilustraremos con un ejemplo.

 

En la época de Moisés, los hebreos no tenían noción alguna de la inmortalidad del alma, ni de la vida futura. Su legislador sólo les anunció de parte de Dios recompensas y castigos puramente temporales; por tanto, para ellos, la cuestión es vivir. Moisés ordenó a los levitas que degollaran veintitrés mil hermanos suyos porque adoraban un becerro de oro o dorado. En otra ocasión, el pueblo de Moisés quitó la vida a veinticuatro mil hombres por haber tenido comercio carnal con las jóvenes del país, y otros doce mil fueron asesinados porque algunos quisieron sostener el arca que iba a caer. Por esto, respetando siempre los designios de la Providencia, podemos humanamente afirmar que hubiera sido preferible para esos cincuenta y nueve mil hombres que no creían en la vida futura haber sido ateos y vivir, a ser degollados de parte del Dios que reconocían.

 

Es posible que no se enseñe el ateísmo en las escuelas de los hombres de letras de China; sin embargo, es cierto que muchos de sus hombres de letras son ateos, pero es porque sólo son filósofos a medias, y aunque lo sean, no cabe duda de que es preferible vivir con ellos en Pekín, disfrutando de la benignidad de sus costumbres y de sus leyes, a vivir en Goa, expuestos a pasar los días encadenados en las prisiones de la Inquisición y salir sólo de ellas disfrazados con una ropa llena de azufre para ir a morir abrasados en las llamas de una hoguera.

 

Quienes defienden que puede subsistir una sociedad de ateos tienen razón, porque las leyes son las que forman las sociedades, y esos ateos siendo filósofos por añadidura, pueden pasar la vida tranquila y feliz al amparo de esas leyes, viviendo más fácilmente en sociedad que los fanáticos supersticiosos. Poblad una ciudad de epicúreos, de Simónides, de Protágorss y de Spinozas, y poblad otra ciudad de jansenistas y molinistas; comprobaréis de ese modo la verdad del pensamiento que acabo de sentar. El ateísmo, considerándolo sólo con relación a esta vida, sería muy peligroso en un pueblo feroz, pero no es menos pernicioso tener falsas ideas sobre la divinidad. Casi todos los grandes del mundo viven como si fueran ateos. Quien tiene gran experiencia y muchos años sabe reconocer a un dios cuya presencia y justicia no ejercen la menor influencia sobre las guerras, los tratados y los móviles de ambición, de interés o de placer, que consumen todo su tiempo, y observa todas las reglas establecidas en la sociedad, y le es mucho más grato vivir así que con supersticiosos y con fanáticos. Confieso que siempre esperaré que sea más justo quien cree en Dios que el que no cree, pero también esperaré más disgustos y persecuciones de los supersticiosos. El ateísmo y el fanatismo son dos monstruos que pueden desgarrar y destruir la sociedad, pero el ateo, aunque persevere en su error, conserva siempre el juicio, que le corta las garras, mientras el fanático está atacado de una continua locura que afila las suyas.

 

De los ateos modernos. Somos seres inteligentes que no pudieron ser creados por un ser tosco, insensible y ciego; luego la inteligencia de Newton provino de otra inteligencia. Cuando contemplamos una máquina complicada comprendemos en seguida que es producto de un experto constructor. El mundo es una máquina admirable construida por una gran inteligencia. No por antiguo este argumento es malo.

 

Todos los cuerpos vivos se componen de palancas y poleas, que actúan obedeciendo a leyes de la mecánica, de juegos que hacen circular continuamente las leyes de la hidrostática, y nos admiramos de que todos esos seres estén dotados de sentimiento, que no tiene nada que ver con su organización.

 

El movimiento de los astros y de la tierra alrededor del sol se opera en virtud de las leyes más profundas de las matemáticas. ¿Cómo Platón que no conocía ninguna de esas leyes, pudo decir que la tierra estaba cimentada sobre un triángulo equilátero y el agua sobre un triángulo rectángulo; cómo el extraño Platón, que afirmó que sólo podían existir cinco mundos, porque sólo existían cinco cuerpos regulares, y que ignoraba la trigonometría esférica, pudo tener tan gran genio e instinto perspicaz, que llamó Dios al Eterno Geómetra y pudo comprender que existía una inteligencia creadora? Hasta el propio Spinoza tiene que confesarlo. Es imposible negar esa verdad que nos rodea y abruma por todas partes.

 

Y sin embargo, conozco espíritus sediciosos y tercos que niegan la existencia de la inteligencia creadora y propugnan que únicamente el movimiento creó por sí mismo todo lo que vemos y somos. Sostienen con audacia que la combinación del universo era posible puesto que existe; luego, también es posible que sea obra del movimiento. Dicen también: elijamos cuatro planeta, Marte, Mercurio, Venus y la Tierra. Pensemos en el sitio que ocupan haciendo caso omiso de los demás, y se verá que tenemos muchas probabilidades para creer que sólo el movimiento los ha colocado en sus sitios respectivos. Tenemos de nuestra parte veinticuatro probabilidades en esta combinación; queremos decir que apostamos veinticuatro contra uno a que esos planetas no se encontrarían donde se encuentran por la relación de unos a otros. Añadamos a esos cuatro planetas el de Júpiter y tendremos ciento veinte probabilidades contra una para apostar que Júpiter, Marte, Venus, Mercurio y la Tierra, no ocuparían el sitio que hoy ocupan. Añadamos también a Saturno, y tendremos seiscientas veinte probabilidades contra una para colocar esos seis grandes planetas en los sitios que ocupan y a la distancia que están. Por tanto, queda demostrado que en setecientas veces el movimiento pudo situar los seis planetas principales en los sitios que ocupan.

 

Si consideráis en seguida los demás astros secundarios, sus combinaciones, sus movimientos y los seres que vegetan, viven, sienten, piensan y obran en todos los Globos, aumentaréis el número de las probabilidades; multiplicad ese número en toda la eternidad hasta el número que llamamos infinito y en esa multiplicación obtendremos siempre una unidad en favor de la formación del mundo tal como está formado exclusivamente por el movimiento. Por tanto, es posible que en toda la eternidad el movimiento de la materia haya creado el universo tal como existe; luego no sólo es posible que el mundo sea como es, sólo por el movimiento, sino que es imposible que deje de ser, como decimos, después de las infinitas combinaciones.

 

La suposición que acabo de describir con detalle la encuentro extraordinariamente quimérica por dos razones: la primera, porque en ese universo imaginado no existen seres inteligentes, ni me podéis demostrar que el movimiento produzca la inteligencia; la segunda razón estriba en que, según vuestra confesión, puede apostarse el infinito contra uno a que una causa inteligente y creadora anima el universo. Cuando el hombre se encuentra solo frente al infinito, comprende su insignificancia.

 

El propio Spinoza admite esa inteligencia como base de su sistema: no le habéis leído y debéis hacerlo. ¿Por qué pretendéis ir más lejos que él y, con necio orgullo, sumergir vuestra débil razón en el abismo donde Spinoza no se atrevió a descender? Convenceos de que es una extrema locura afirmar que una causa ciega consiga que el cuadro de una revolución de un planeta equivalga siempre al cuadro de las revoluciones de los demás planetas, como el cubo de su distancia equivalga al cubo de las distancias de los demás, al centro común. ¡Los astros son grandes geómetras, y el Eterno geómetra reguló la carrera de los astros!

 

Ahora bien, ¿dónde está el Eterno geómetra? ¿Está en un sitio o en todos ellos sin ocupar espacio? No lo sé. ¿Dirige el universo con su propia sustancia? Tampoco lo sé. Lo único que sé es que debemos adorarle y ser justos.

 

ÁTOMOS. Epicuro, que era un genio respetabilísimo por sus costumbres, y después Lucrecio, que conquistó la admiración de Roma, admitieron la doctrina de los átomos y del vacío. Gassendi defendió esa doctrina y Newton la demostró. Algunos cartesianos siguieron propugnando, en vano, la doctrina contraria, la de que el mundo estaba lleno. Leibnitz, que empezó adoptando el sistema razonable de Epicuro, de Lucrecio, de Gassendi y de Newton cambió de opinión sobre el vacío cuando riñó con su maestro Newton: ;a plenitud que hoy se tiene por una quimera. Todo el mundo reconoce hoy el vacío: los cuerpos más duros son verdaderas cribas. Quedó admitida la teoría de los átomos, de los principios insecables, inalterables, que constituyen la inmutabilidad de los elementos y de las especies, cuyos principios consiguen que el fuego sea siempre fuego, cuando lo vemos y cuando no lo vemos, que el agua sea siempre agua, la tierra siempre tierra, y que los gérmenes imperceptibles que forman el hombre nunca formen un pez.

 

Epicuro y Lucrecio fueron los primeros que conocieron esta verdad, aunque mezclada con innumerables errores. Lucrecio dice, hablando de los átomos: Sunt igitur solida pollentia simplicitate (Sostiene su ser su misma simplicidad).

 

Sin esos elementos de naturaleza inmutable, el universo sólo sería un caos, y en esto Epicuro y Lucrecio actúan como verdaderos filósofos. Sus intersticios, tantas veces puestos en ridículo, no son sino el espacio no resistente en el que Newton demostró que los planetas recorren sus órbitas en tiempos proporcionados a sus áreas; de modo que los intersticios de Epicuro no son ridículos, los ridículos fueron sus adversarios.

 

Pero cuando a continuación dice Epicuro que esos átomos por casualidad declinaron en el vacío, que su declinación formó por casualidad los hombres, que por casualidad se formaron los ojos en la parte de la cabeza y los pies a los extremos de las piernas, que las orejas no se nos han dado para oír, sino que la declinación de los átomos las crearon fortuitamente, y los hombres se aprovecharon también fortuitamente para oír, esa demencia, que entonces se llamó física, fue tratada de ridícula con razón.

 

Los verdaderos filósofos hace ya tiempo que han extraído de Epicuro y Lucrecio lo que tenían de bueno en el maremágnum de sus errores, hijos de su imaginación y su ignorancia. Los espíritus más renuentes adoptaron la teoría de que el mundo fue creado a la par que el tiempo. Unos creen en el universo sacado de la nada, y otros, que no comprenden tal física, creen que todos los seres son emanaciones del Gran Ser, del Ser Supremo y Universal. Pero unos y otros niegan el concurso fortuito de los átomos y reconocen que el azar es una palabra vacía de sentido. Lo que llamamos azar, no es ni puede ser otra cosa que la causa desconocida de un efecto conocido. ¿Por qué, pues, acusan todavía a los filósofos de creer que la construcción prodigiosa e inefable del universo sea producto del concurso fortuito de los átomos, esto es, efecto del azar? Ni Spinoza ni nadie defendió nunca semejante absurdo.

 

La única cuestión que se promueve hoy sobre esta materia consiste en averiguar si el autor de la naturaleza creó partes primordiales e indivisibles para que sirvieran de elementos inalterables, o si todo se divide continuamente en la naturaleza y se convierte en otros elementos.

 

El primer sistema explica la razón de todo; el segundo, no da razón de nada, al menos hasta hoy. Si los primeros elementos de las cosas no fueran indestructibles, podría llegar un día en que un elemento destruyera a los demás y los convirtiera en su propia sustancia. Esto fue probablemente lo que indujo a pensar a Empédocles que todo provenía del fuego y el fuego lo destruiría todo.

 

Sabido es cómo, en el siglo XVII, el falso experimento de un químico engañó a Robert Bayle haciéndole creer que había convertido agua en tierra. Más tarde, Boerhaave descubrió ese error haciendo mejores experimentos, pero antes de descubrirlo, Newton, engañado por Bayle, como Bayle por el químico, había ya imaginado que los elementos podían convertirse unos con otros, lo que le hizo creer que nuestro planeta iba perdiendo continuamente un poco de su humedad y se secaba, y que algún día Dios se vería obligado a corregir su obra. Leibnitz se opuso enérgicamente a la referida idea y, probablemente, tuvo razón al contradecir a Newton.

 

A pesar de la idea de que el agua puede convertirse en tierra, Newton creía que los átomos eran insecables e indestructibles, lo mismo que Gassendi y Boerhaave, lo que parece difícil de conciliar porque si el agua se convirtiera en tierra dividiéndose sus elementos, éstos se perderían. Esta cuestión coincide con la otra tan famosa de que la materia es divisible hasta el infinito. La palabra átomo significa sin partes; si lo dividimos ya no será átomo.

 

Podemos dividir un grano de oro en dieciocho millones de partes visibles. Un grano de cobre, disuelto en espíritu de sal amoníaco presenta a nuestra vista más de veintidós mil millones de partes; pero al llegar al último elemento, el microscopio ya no puede distinguir el átomo y sólo con la imaginación podemos ir dividiendo.

 

Acontece con el átomo, que se divide hasta el infinito como algunas proporciones geométricas. Podemos hacer pasar infinidad de curvas entre el círculo y su tangente, pero sólo suponiendo que éstos sean líneas que carezcan de anchura, y esa clase de líneas no se encuentran en la naturaleza. Igual podemos decir de las líneas asíntotas, que se acercan sin llegar nunca a tocarse, suponiendo que esas líneas tengan longitud y no tengan anchura, lo cual es una hipótesis. Así, pues, representamos la unidad por medio de una línea y luego dividimos esa unidad y esa línea en las fracciones que queremos, pero esa infinidad de fracciones sólo existe en nuestra imaginación. Realmente, no se ha demostrado que el átomo sea indivisible, pero las leyes de la naturaleza parecen probar que debe serlo.

AUGUR. Es preciso estar poseídos del demonio de la etimología para decir con Pezron y otros autores que el vocablo romano augurium proviene de las voces célticas au y gur. Au, según dichos sabios, debía significar el hígado entre los vascos y los bajo bretones, porque asu, que decían ellos que significaba izquierda, debía designar el hígado que está a la derecha, y gur significa hombre en lengua céltica, de cuya lengua ya no nos quedan rastros.

 

Es preciso llevar la curiosidad hasta un extremo absurdo para hacer que provengan del caldeo y del hebreo algunas palabras teutónicas y célticas. Bochard era del parecer de esa clase de curiosos, y antiguamente admiraban sus pedantes extravagancias. Da grima ver la seriedad con que algunos hombres de genio se empeñaron en probar que en las orillas del Tíber adoptaron expresiones de la jerga que hablaban los salvajes de Vizcaya, pretendiendo que esa jerga fue uno de los primeros idiomas de la lengua primitiva, madre de las lenguas que se hablan en el mundo.

 

La demencia religiosa de los primeros augures se fundó originariamente en observaciones naturales. Las aves de paso indicaron siempre las estaciones. Llegan en primavera en bandadas y se van cuando apunta el otoño. La voz del cuclillo sólo se oye cuando hace buen tiempo y parece que lo anuncia. Cuando las golondrinas vuelan casi a ras del suelo, prenuncian la lluvia. Puede decirse que cada clima tiene un pájaro que le sirve de augur. Entre los observadores de la naturaleza, debió haber algunos pillos que persuadieron a los bobos de que tenían algo de divino ciertos animales, y que su vuelo presagiaba nuestro sino, escrito lo mismo en las alas de un gorrión que en las estrellas.

 

Los comentaristas de la historia alegórica de José, que vendido por sus hermanos llegó a ser primer ministro del faraón por haberle explicado uno de sus sueños, deducen que José era sabio en la ciencia de los augurios porque su intendente se encargó de decir a los hermanos de aquél: «¿Por qué habéis robado a mi señor la copa de plata en la que bebe y de la que saca sus augurios?» (1) José mandó llamar a sus hermanos y les dijo: «¿Cómo os atrevisteis a portaros de ese modo? ¿No sabéis que nadie me iguala en la ciencia de augurar?» Judá conviene, de acuerdo con sus hermanos, en que José era un gran adivino, a quien Dios inspiraba, y entonces creyeron éstos que José era un señor egipcio. Del texto se infiere que los hermanos de José creyeron que el Dios de los egipcios y de los judíos descubrió el robo de la copa de plata.

 

He aquí, pues, establecidos los augurios y la adivinación en el libro del Génesis de modo indudable, que casi en seguida se prohibieron en el Levítico, capítulo 19, en el que se dice: «No comeréis nada que tenga sangre, no daréis crédito a los augurios ni a los sueños, no os cortaréis el pelo, no os afeitaréis la barba».

 

En cuanto a esa superstición de leer el porvenir en una taza, debemos decir que subsiste todavía: es lo que hoy llamamos ver dentro de un vaso. Basta no haber experimentado ninguna polución nocturna, mirar hacia Oriente y pronunciar las palabras abaxa per dominum nostrum y al momento, dentro de un vaso lleno de agua, se ve todo lo que se desea ver. Comúnmente, para practicar esa operación eligen niños que tengan el pelo largo. La cabeza rapada o con peluca es un obstáculo para ver dentro del vaso. Esa simpleza estuvo muy de moda en Francia en la época de la regencia del duque de Orleáns y en tiempos anteriores.

 

Los augures desaparecieron con el Imperio romano y únicamente los prelados conservan el bastón augural, el báculo, que era la marca distintiva de la dignidad de los augures. Así, el símbolo de la mentira se ha convertido en el símbolo de la verdad.

 

Muchos eran los diversos modos de adivinar, algunos de los cuales han llegado hasta nuestros días. La curiosidad de leer el porvenir es una enfermedad que sólo puede curar la filosofía, pues los espíritus débiles que siguen practicando el falso arte de la adivinación, hasta los locos que se entregan al diablo, se aprovechan de la religión para cometer estas profanaciones que la ultrajan.

 

(1) Génesis, 44. 5 y siguientes

 

Los hombres que se dedican al estudio han notado que Cicerón, que pertenecía al colegio de los augures, compuso el libro De Divinatione expresamente para burlarse de ellos. Pero también han notado que el propio Cicerón dice al final del libro que ase debe destruir la superstición, pero no la religión, porque la belleza del universo y el orden que reina en las esferas celestes nos obligan a reconocer que la naturaleza es eterna y poderosa. Debemos mantener la religión, que debe ir unida al conocimiento de la naturaleza, y extirpar todas las raíces de la superstición, porque ésta es un monstruo que os persigue y acosa por doquier. Os inquieta y perturba el encuentro de un falso adivino, un presagio, una víctima inmolada, un pájaro, un caldeo, un arúspice, un relámpago, un trueno, cualquier cosa. El mismo sueño que debía borrar vuestras penas y sobresaltos os lo redobla, presentando imágenes funestas». Cicerón, al expresarse así, creyó que sólo hablaba a algunos ciudadanos romanos, pero se dirigía a todos los hombres y a todos los siglos.

 

La mayor parte de los hombres relevantes de Roma creían tanto en los augurios como los papas Alejandro VI, Julio II y León X han creído después en Nuestra Señora de Loreto o en la sangre de san Javier. Suetonio nos cuenta que Octavio tuvo la debilidad de creer que un pez que salió del mar en la playa de Actium le presagió el triunfo en una batalla. Añade que dicho emperador encontró seguidamente a un arriero al que preguntó cómo se llamaba su jumento, y el arriero le contestó que Nicolás que significa vencedor de los pueblos. Octavio ya no dudó que obtendría la victoria y mandó eregir estatuas de bronce al arriero, al jumento y al pez. Suetonio asegura que esas estatuas se colocaron en el Capitolio.

 

Lo más verosímil es que el hábil tirano se burlara de las supersticiones de los romanos y que las estatuas las erigiera por burla. Es posible sin embargo, que a pesar de mofarse de las tonterías del vulgo él también tuviera alguna simpleza. El hipócrita y bárbaro Luis XI tenía una gran fe en la cruz de Saint‑Ló, y casi todos los príncipes, excepto los que tuvieron tiempo para leer e ilustrarse, han sido víctimas de alguna superstición.

 

AUGUSTO OCTAVIO. Sólo pueden conocerse las costumbres a través de los hechos y cuando éstos son incontrovertibles. No cabe duda de que Augusto, al que se elogió inmoderadamente por haber reinstaurado las costumbres y las leyes, fue durante mucho tiempo uno de los seres más corrompidos en la época de la república romana. El epigrama que dedicó a Fulvia, escrito tras el horror que causaron las proscripciones, demuestra que despreciaba tanto el decoro en el lenguaje como el de su conducta. Ese célebre epigrama es un testimonio palmario de la corrupción de las costumbres de Augusto. Sixto Pompeyo le reprocha debilidades infames: Effeminatum ensectatus est. Antonio, antes de ser triunviro, declaró que César, tío de Augusto, le adoptó por hijo sólo porque le servía para sus placeres contra natura: adoptionem avunculi stupro meritum.

 

Julio César le reprocha lo mismo y supone que llevó su bajeza hasta el extremo de vender su cuerpo a Hirtius por una cantidad considerable. Después, su desenfado llegó hasta el descaro de llevarse a la mujer de un cónsul, durante una cena, a una estancia inmediata, donde pasó con ella algún tiempo, y luego la acompañó a la mesa otra vez sin que él, ella, ni el marido se sonrojaran (Suetonio, Octavio, capítulo LXIX).

 

Todavía se conserva una carta de Antonio dirigida a Augusto en la que figuran estos términos: «Ita valeas uti tu, hanc epistolam quum leges, non inieres Tertullam, ant Terentiilam, ant Rufillam, ant Salviam Titisceniam, ant omnes Anne, refert, ubi, et in quam arrigas». No nos atrevemos a traducir esa licenciosa carta, pero no obstante, diremos que era común en aquella época celebrar escandalosos festines con cinco compañeros de placeres y seis de las principales damas de Roma. Los amigos de Augusto iban vestidos de dioses y ellas de diosas, y se esforzaban en imitar todas las deshonestidades inventadas por las fábulas.

 

Casi todos los autores que se han ocupado de Ovidio, afirman que Augusto desterró al poeta, que era más honrado que él, por haberle sorprendido cometiendo incesto con su hija Julia, y que sólo desterró a ésta por celos. Esto es tan probable que Calígula no se recataba en decir que su madre era hija del incesto de Augusto y de Julia. Así lo asegura Suetonio en la vida de Calígula.

 

Sabido es que Augusto repudió a la madre de Julia el día que la trajo al mundo, y el mismo día se llevó a Livia en presencia del marido, estando embarazada de Tiberio, que fue otro monstruo sucesor de Augusto.

 

Mientras Augusto estuvo durante años entregado al más desenfrenado libertinaje, su crueldad fue tranquila y reflexiva. Celebrando fiestas y banquetes ordenó las horribles proscripciones que dejaron recuerdo en la historia. Proscribió unos trescientos senadores dos mil caballeros y más de cien padres de familia, cuyo crimen consistía en poseer una fortuna. A Octavio y Antonio los condenaron a muerte para apoderarse de sus bienes, portándose con ellos como hacen los ladrones en los caminos reales.

 

Octavio, poco antes de la guerra de Perusa, entregó a sus soldados veteranos el dominio de las tierras que poseían los ciudadanos de Mantua y Cremona, recompensando así con el robo y el homicidio. No cabe duda de que asoló el mundo desde el Éufrates hasta el centro de España, un hombre sin pudor, sin fe, sin honor, sin probidad, ruin, ingrato, avaro y sanguinario, que cometía el crimen con la más asombrosa tranquilidad y que en una república bien organizada hubiera muerto en el suplicio, sentenciado por el más pequeño de los crímenes que cometió.

 

Y sin embargo, todavía se admira la época de Augusto porque durante su reinado Roma gozó de paz, abundancia y placeres. Séneca dice de Augusto: «No llamo yo clemencia al cansancio de la crueldad. Créese que Augusto fue benigno cuando no necesitó cometer crímenes, cuando fue señor absoluto y se empeñó en que le creyeran justo, pero a mi juicio siempre fue más implacable que clemente. Después de la batalla de Actium mandó que degollaran al hijo de Antonio al pie de la estatua de César y cometió la barbarie de mandar la cabeza al joven Cesarión hijo de César y de Cleopatra, tras haberle reconocido por rey de Egipto».

 

Sospechando en una ocasión que el pretor Galio Quinto se había presentado en la audiencia que le había concedido con un puñal oculto bajo del manto, mandó que en su presencia le dieran tormento, y se indignó tanto porque dicho senador le llamó tirano, que él mismo le arranco los ojos, si damos crédito a Suetonio.

 

Su padre adoptivo César tuvo grandeza de espíritu para perdonar a todos sus enemigos, pero no sé que Augusto perdonara a uno solo de los suyos. Hasta dudo que fuera clemente con Cinna. De esa aventura no hablan Tácito ni Suetonio, y éste, que refiere todas las conspiraciones que se fraguaron contra Augusto, no hubiera omitido la más célebre. La singularidad de nombrar cónsul a Cinna, en recompensa de haber cometido la más negra perfidia, debió haber sido notada por los historiadores contemporáneos, y nada dicen de ello. Dión Casio se ocupa de este hecho tomándolo de Séneca, y el fragmento parece más una declamación que una verdad histórica. Además, Séneca dice que tuvo lugar en Galia y Dión que sucedió en Roma. Semejante contradicción termina de quitar verosimilitud a la mencionada aventura. Ninguno de los historiadores modernos que se han ocupado de historia romana discute ese hecho interesante.

 

Es posible que Augusto hubiera tenido a Cinna por sospechoso de serle desleal, y después de haber averiguado su conducta le concediera los honores del consulado. Pero no es probable que Cinna se propusiera, con una conspiración, apoderarse del poder supremo no habiendo mandado nunca ningún ejército, no estar apoyado por ningún partido, ni ser hombre importante en el imperio. No es de creer que un simple cortesano se viera acometido por la locura de querer suceder a un emperador que reinaba despóticamente desde hacía veinte anos y tenía herederos. Tampoco es probable que Augusto le hubiera nombrado cónsul después de la conspiración.

 

Si la rebelión de Cinna fue verdad, Augusto le perdonó contra su voluntad, instigado por las razones o motivaciones de Livia, que había adquirido sobre él gran ascendiente y que, como dice Séneca, le convenció de que le sería más conveniente perdonar que castigar. Como conveniencia política, Augusto ejerció, pues, una sola vez la clemencia, no la practicó por ser generoso.

 

¿Cómo se puede atribuir a clemencia el que un bandido que se enriqueció y se afirmó en el trono, goce tranquilamente de sus rapiñas y no asesine a los hijos de los proscritos que se arrodillan ante él y le adoran? Augusto fue un político prudente después de haber sido un monstruo. Pero la posteridad no le llamó nunca virtuoso, como a Tito, a Trajano y a Antonino. En Roma se introdujo una costumbre al felicitar a los emperadores cuando ascendían al trono: desearles que fueran más felices que Augusto y mejores que Trajano. No es lícito, pues, considerar a Augusto como un monstruo feliz.

 

Louis Racine, hijo del gran Racine y heredero de parte de los talentos de éste, parece que se olvida de la estirpe que le engendró cuando en sus Reflexiones sobre la poesía dice que «Horacio y Virgilio mimaron a Augusto y agotaron su ingenio para envenenarle con sus elogios». Parece deducirse de estas palabras que los elogios que indignamente le prodigaron estos dos grandes poetas corrompieron las naturales prendas de dicho emperador. Pero Louis Racine no ignoraba que Augusto fue un hombre perverso, indiferente al crimen y a la virtud, que sacaba provecho de una y otra, que ensangrentó el mundo y lo pacificó, sirviéndose de las armas, las leyes, la religión y los placeres para llegar a ser señor absoluto. Por lo que Louis Racine, al decir las frases anteriores, sólo prueba que Horacio y Virgilio fueron serviles.

 

AUSTERIDADES. Era conveniente y honroso que hombres ilustrados y estudiosos se unieran después de las catástrofes que conmovieron el mundo y se ocuparan de adorar a Dios y arreglar el curso del año, como hicieron los antiguos brahmanes y los magos. Pudieron dar ejemplo al resto del mundo haciendo vida frugal, absteniéndose de beber licores enervantes y del comercio carnal con las mujeres mientras celebraban sus fiestas. Debieron vestir con modestia y con decencia. Si eran sabios, los ignorantes les consultaban; si eran justos, los respetaban y los querían. Pero la superstición, la miseria y la vanidad pronto llegaron a ocupar el sitio de esas virtudes.

 

El primer trastornado que se azotó públicamente para aplacar la cólera de los dioses, fue sin duda el que dio origen a los sacerdotes de la diosa de Siria, que se azotaban en honor de esa divinidad. De él nacieron los sacerdotes de Isis, que hacían lo mismo ciertos días de la semana; los sacerdotes de Diana, que se infligían heridas; los sacerdotes de Belona, que se daban sablazos; los sacerdotes de Viana, que con varas se ensangrentaban el cuerpo; los sacerdotes de Cibeles, que se castraban, y los faquires de la India, que se cargaban de cadenas. ¿No contribuiría a que practicaran semejantes austeridades la esperanza de sacar muchas limosnas?

 

Los pícaros que se hinchan las piernas con hierbas venenosas y se llenan de úlceras para implorar la caridad de los viandantes, ¿no se parecen en algo a los energúmenos de la Antigüedad que se hundían clavos en las nalgas y vendían esos clavos a los devotos de sus países?

 

¿La vanidad no contribuyó poderosamente a las mortificaciones públicas, que atraían las miradas de las multitudes? Yo me azoto para expiar las faltas de los demás, voy desnudo para reprochar la suntuosidad de las vestiduras ajenas, me alimento con hierbas para corregir el pecado de la gula en otro y me aprieto un anillo de hierro en el miembro para que se avergüencen los rijosos; respetadme, pues, porque soy el hombre predilecto de los dioses y por mí obtendréis sus favores. Cuando os acostumbréis a respetarme me obedeceréis gustosamente. Representando a los dioses seré vuestro señor, y el que de vosotros infrinja mis preceptos le haré empalar para que así se apacigüe la cólera celeste. Si los primeros faquires no pronunciaron esas palabras, sin duda las tenían impresas en el fondo de su corazón.

 

De estas repelentes austeridades nacieron quizá los sacrificios de sangre humana. Los hombres que se azotaban públicamente hasta sangrar y se sajaban los brazos y las piernas para adquirir la consideración de los demás, hicieron creer fácilmente a los salvajes imbéciles que debían sacrificar a los dioses los seres más queridos, que era preciso sacrificar su hija para conseguir un viento favorable, precipitar a su hijo desde lo alto de un peñón para no ser víctima de la peste y arrojar a su hija al Nilo para obtener una magnífica cosecha.

 

Esas supersticiones asiáticas han originado entre nosotros las flagelaciones que copiamos de los judíos. Sus devotos, no sólo se azotaban ellos mismos, sino unos a otros, como en la remota Antigüedad los sacerdotes de Siria y Egipto. Entre nosotros, los abades azotaban a los monjes que pertenecían a su jurisdicción y los confesores a sus penitentes de ambos sexos. San Agustín escribe a Marcelino el tribuno que «se debe azotar a los donatistas, como los maestros de escuela azotan a sus discípulos».

 

Se supone que en el siglo X los monjes y monjas empezaron a azotarse a sí mismos en determinados días del año. La costumbre de azotar a los pecadores como penitencia quedó tan establecida que el confesor de san Luis azotó a dicho rey con sus manos, y los canónigos de Canterbury azotaron a Enrique II, rey de Inglaterra. A Raimundo, conde de Tolosa, con una cuerda atada al cuello, le azotó un diácono a la puerta de la iglesia de san Gil, en presencia del legado Milón.

 

Los capellanes del rey de Francia, Luis VIII, fueron condenados por el legado del papa Inocencio III a acudir durante cuatro grandes fiestas a la catedral de París y presentar a los canónigos las varas con que debían azotarles para expiar el crimen del rey su señor, el crimen de aceptar la corona de Inglaterra, que el papa le quitó después de habérsela dado en virtud de sus plenos poderes. Todavía creyeron que el papa fue demasiado indulgente, no haciendo azotar al rey y dándose por satisfecho con mandarle que pagara a la Cámara Apostólica dos años de sus rentas.

 

A principios del siglo XIII se instituyeron cofradías de penitentes en Perusa y Bolonia. Los jóvenes que pertenecían a ellas, casi desnudos, con disciplinas en una mano y un crucifijo en la otra, iban por las calles azotándose. Las mujeres los veían a través de las celosías de las ventanas y se azotaban en sus habitaciones. Los flagelantes pululaban en Europa. Aún existen algunas cofradías de ésas en Italia, España y Francia.

 

A comienzos del siglo XVI era bastante común que los confesores azotaran a sus confesados en las nalgas. Meteren, en su Historia de Bélgica, refiere que el franciscano Adraacen, gran predicador de la ciudad de Brujas, azotaba a sus penitentes desnudos. El jesuita Edmond Auger, confesor de Enrique III, indujo a este desventurado príncipe a ponerse a la cabeza de los flagelantes.

 

En muchos conventos de frailes y de monjas se azotaban en las nalgas, y de ello resultaban algunas veces extrañas deshonestidades, sobre las que echaremos un tupido velo para que no se ruboricen los pudorosos cuyo sexo y profesión merecen que se les guarden las mayores consideraciones (1).

 

(1) Véase el artículo Gracia.

 

AUTORES. Autor es una palabra genérica que, como los nombres de las demás profesiones, puede significar bueno y malo, respetable o ridículo, útil y agradable o inútil y fastidioso. Esa palabra es tan genérica que tiene aplicaciones diferentes, pues lo mismo se dice el autor de la naturaleza, que el autor de las canciones del Puente Nuevo y que el autor del Año literario.

 

Creemos que el autor de una buena obra debe andar con pies de plomo respecto al título, a la dedicatoria y al prólogo. Los demás autores deben abstenerse de escribir. Respecto al título, si tras él tiene afán por poner su nombre, lo que a veces es peligroso, debe escribirlo en forma modesta; no nos gusta que en una obra pía, que debe dar lecciones de humildad, al nombre del autor se añadan los calificativos de consejero del rey, obispo, conde, etc. El lector, que casi siempre es maligno y muchas veces se fastidia leyendo la obra, se complace en ridiculizar el libro que se anuncia con énfasis y en seguida recordamos que el autor de la Imitación de Cristo ni siquiera firmó la obra.

 

Se me objetará que los apóstoles ponían su nombre en las obras, pero no es verdad; eran excesivamente modestos. El apóstol Mateo nunca tituló su libro Evangelio de San Mateo; eso fue un homenaje que le rindieron después. San Lucas, que recopiló todo lo que oyó decir y que dedicó su libro a Teófilo, tampoco lo tituló Evangelio de San Lucas. Sólo Juan se nombra a sí mismo en el Apocalipsis, lo que hace sospechar que Cerinto compuso ese libro y tomó el nombre de Juan para darle más autoridad.

 

Pero aparte lo que acaeció en siglos pasados, me parece osadía en el siglo XVIII poner el nombre y títulos del autor al frente de los libros. Esto es lo que hacen los obispos, y en los gruesos volúmenes que publican con el título de Mandamientos imprimen además su escudo de armas; a continuación, escriben algunos párrafos llenos de humildad cristiana, seguidos algunas veces de injurias atroces contra los que pertenecen a otra confesión religiosa o partido. Esto en cuanto a autores religiosos. Referente a los autores profanos, también podemos decir que ocurre lo mismo; por ejemplo, el duque de La Rochefoucauld publicó la colección de sus Pensamientos recordando que los había escrito Monseñor el duque de La Rochefoucauld, par de Francia, etc.

 

Sabido es que en Inglaterra la mayor parte de las dedicatorias se pagan, y los autores hacen como los capuchinos en Francia, que nos regalan hortalizas con el fin de que les hagan donativos. Los hombres de letras franceses desconocemos hasta hoy ese rebajamiento y siempre fueron más dignos, si exceptuamos a los malhadados que se llaman escritores a sí mismos y son como los pintores de brocha gorda, que se jactan de ejercer la profesión de Rafael, y como el cochero de Vestamont, que creía ser poeta.

 

Los prólogos tienen otro inconveniente. El yo es despreciable, decía Pascal. Ocúpate de ti mismo lo menos que puedas, porque el lector tiene tanto amor propio como el autor y no perdona que quieras obligarle a que te aprecie. El libro debe recomendarse por sí mismo cuando llega a abrirse paso. Nunca digas: «mi comedia fue honrada con tantos aplausos que me creo dispensado de contestar a mis adversarios», porque como es falso lo de los aplausos, nadie se acuerda de tu obra. «Algunos críticos censuran que haya excesivo enredo en el acto tercero y que la princesa descubra demasiado tarde, en el cuarto acto, el tierno sentimiento que le inspira su amante, pero a esa censura respondo que...» No respondas, amigo, porque nadie se ha ocupado en juzgar a la princesa de tu comedia que ha fracasado porque ha fastidiado al público, está mal escrita, tu prólogo es una especie de responso que cantas a la muerta, y con él no lograrás resucitarla. Algunos proclaman ante la faz de Europa que no se han comprendido los sistemas que desarrollan. Otros autores dan a la luz insulsas novelas copiadas de otras antiguas, sistemas nuevos fundados en remotas utopías o historietas sacadas de las historias generales.

 

Quien desee escribir un libro debe procurar que sea nuevo y útil, o por lo menos agradable. Hay muchos autores que escriben para vivir, y muchos críticos que lo satirizan también con la idea de ganarse el pan Los verdaderos autores son los que adquieren reputación en el arte, en la epopeya, en la tragedia, la comedia, la historia o la filosofía; los que enseñan y deleitan a los hombres. Los demás son, entre la gente de letras, lo que los zánganos entre las abejas.

 

Los autores de los libros más voluminosos de Francia han sido los directores generales de Hacienda. Pueden formarse diez tomos muy gruesos de sus declaraciones, desde el reinado de Luis XIV hasta el de Luis XVI. Los parlamentos han criticado algunas veces esos mamotretos al encontrar en ellos contradicciones y proposiciones erróneas. Nunca ha habido un autor bueno a quien alguien no haya censurado (1).

 

(1) Véase el artículo Expiación.

 

AUTORIDAD. Miserables mortales, ya vistáis uniforme verde, llevéis turbante, os ataviéis con traje negro o sobrepelliz, o portéis manteo o golilla, no os empeñéis nunca en que prevalezca la autoridad sobre la razón o resignaos a estar en ridículo durante siglos, por ser hombres impertinentes y a sufrir el odio público por injustos.

 

Cien veces se os afeó la absurda insolencia que demostrasteis condenando a Galileo y yo os la reprocho por la vez ciento una, deseando que celebréis siempre ese aniversario y se grabe en la puerta de vuestro Santo Oficio lo siguiente: «Aquí siete cardenales, con asistencia de hermanos menores, encerraron en la cárcel al primer pensador de Italia, a la edad de setenta años, haciéndole ayunar a pan y agua, porque instruía al género humano y sus jueces eran unos ignorantes».

 

Se publicó un decreto en favor de las categorías de Aristóteles y se estableció el castigo de galeras para todo aquel que tuviera opinión diferente de la del Estagirita, en el mismo sitio donde antiguamente dos Concilios quemaban los libros que se publicaban. En otra parte, una facultad que no gozaba de grandes facultades, publicó un decreto contra las ideas innatas, y casi inmediatamente, otro decreto en favor de esas mismas ideas, sin que dicha facultad tuviera siquiera noción clara de lo que es una idea. Las academias de Medicina llegaron a proceder jurídicamente contra la circulación de la sangre, y se han intentado procesos contra la inoculación. En la aduana se han apoderado de los pensamientos de veintiún volúmenes en folio porque se dijo en ellos, con aviesa intención, que los triángulos se componen siempre de tres ángulos, que un padre tenía más edad que su hijo, que Rea Silvia perdió su virginidad antes de parir, y que la harina no es una hoja de encina. En suma, la autoridad creyó siempre ser superior a Arquímedes, Euclides, Cicerón y Plinio, y se pavoneó orgullosa en el distrito de la Universidad.

 

AVARICIA. Avarities, amor habendi, afán de adquirir, codicia, concupiscencia. Estrictamente hablando, avaricia es el deseo de acumular granos, muebles, fondos o curiosidades. Existieron avaros antes de que se inventara la moneda.

 

No llamamos avaro al hombre que, siendo dueño de veinticuatro caballos de tiro, se niega a prestar un tronco a un amigo; tampoco llamamos avaro a quien tiene en la bodega dos mil botellas de vino de Borgoña para su uso particular y no nos regala media docena de ellas si se las pedimos. A quien posee diamantes que valen cien mil escudos, si le pedimos que nos preste uno que valga cincuenta luises y no nos lo presta, le tendremos por hombre opulento, pero no por avaro. Quien en negocios de la provisión de ejércitos o en grandiosas empresas gana dos millones anuales, llegando a adquirir cuarenta y tres millones, y sin embargo hace préstamos a un porcentaje usurario, tampoco pasa por avaro ante la opinión pública. No obstante, pasó su vida atormentado por la insaciable sed de adquirir y el demonio de la codicia, atosigándole continuamente, le hizo acumular caudales hasta el último día de su vida. Esa pasión, que pudo satisfacer siempre, nunca se llamó avaricia. Sin gastar la décima parte de la renta, adquirió la reputación de hombre generoso que vivía con excesivo fausto.

 

Al padre de familia que reuniendo veinte mil libras de renta no gasta anualmente más que cinco o seis mil y va acumulando sus ahorros para establecer a sus hijos, le suelen llamar los que le tratan avaricioso, ladrón, usurero, miserable, etc. Ahora bien, ese honrado padre de familia es un hombre más digno de respeto que el hombre opulento que antes puse por ejemplo, y proporcionalmente gasta tres veces más que éste. He aquí por qué hay diferencia grande entre sus dos reputaciones. Los hombres sólo odian al que llaman avaro porque no les puede proporcionar ninguna ganancia. El médico, el boticario, el comerciante en vinos, algunas señoritas y otras gentes más, sacan utilidades del hombre opulento a que aludimos y que es el verdadero avaro, y como no pueden sacar esas mismas utilidades del ahorrativo padre de familia, hablan contra él, le denuestan e injurian.

 

Los avaros, cuya pasión les arrastra a privarse de lo necesario, los entregamos a Plauto y a Moliere. Un avaro de esa clase que es vecino mío, me decía en una ocasión: «Todo el mundo habla contra nosotros, a pesar de que no somos más que unos ricos pobres».

 

AVIÑÓN. Aviñón y su condado son ejemplos vivos del extremo a que pueden llegar el abuso de la religión, la ambición, la bribonería y el fanatismo. Su reducido territorio, después de pasar por mil vicisitudes, recayó en el siglo XII en la casa de los condes de Tolosa, descendientes de Carlomagno por línea femenina.

 

Raimundo VI, conde de Tolosa, cuyos antepasados fueron héroes de las cruzadas, se vio privado de sus estados por otra cruzada que los papas suscitaron contra él, so pretexto de que en muchas localidades del condado los ciudadanos pensaban lo mismo que piensan hace más de doscientos años en Inglaterra, Suecia, Dinamarca, en las tres cuartas partes de Suiza, Holanda y en la mitad de Alemania. Pero esto no era un motivo justo para entregar en nombre de Dios los estados del conde de Tolosa al primer ocupante, ni para degollar y quemar vivos a sus vasallos con un crucifijo en la mano y una cruz blanca en la espalda. Todas las atrocidades que nos refieren de los pueblos más salvajes son insignificantes si las comparamos con la barbarie de esa guerra que llamaron Santa. La atrocidad ridícula de algunas ceremonias religiosas se unió siempre a tales horrores. Sabido es que Raimundo VI fue arrastrado hasta una iglesia ante la presencia del legado del Papa, que se llamaba Milón, desnudo hasta la cintura, sin calzas ni sandalias y con una cuerda atada al cuello de la que tiraba un diácono, mientras otro diácono le azotaba, un tercer diácono cantaba un miserere con los frailes, y el legado del Papa comía.

 

De este suceso arranca el derecho que los papas creen tener sobre Aviñón.

 

El conde Raimundo, que se dejó azotar como penitencia impuesta para conservar sus estados, sufrió esa ignominia inútilmente, pues tuvo que defender con las armas lo que creyó conservar sufriendo azote. Pasó el doloroso trago de ver sus ciudades incendiadas y murió en el año 1213 en las vicisitudes de una de las guerras más sangrientas. Su hijo Raimundo VII no era sospechoso de hereje como su padre, pero siendo hijo de hereje debía perder todos sus bienes siguiendo las disposiciones de las decretales. Así lo establecía la ley. Por tanto, subsistió la cruzada contra él y le excomulgaron en todas las iglesias, los domingos y días de fiesta, tañendo campanas y con los cirios apagados.

 

Durante la minoría de san Luis, el legado del Papa cobraba el diezmo para sostener la guerra en Languedoc y Provenza. Raimundo se defendía con valor, pero renacían sin cesar las cabezas de la hidra del fanatismo que amenazaban devorarle, hasta que al fin el papa se vio obligado a concertar la paz porque la referida guerra consumía sus fondos. Raimundo VII fue a firmar el tratado en el pórtico de la catedral de París y le obligaron a pagar dos mil marcos de plata al legado, dos mil a la abadía de Clervaux, mil a la de Grand‑Selve y trescientos a la de Belleperche, todo ello por la salvación de su alma. Así negoció la Iglesia.

 

Es digno de mención que en el documento del tratado de paz, el conde de Tolosa pone siempre al legado del Papa delante del rey. En él dice: «Juro y prometo al legado y al rey cumplir de buena fe todas las condiciones y hacer que las cumplan mis vasallos».

 

Además del pago de las citadas cantidades, el conde de Tolosa tuvo que ceder al papa Gregorio IX el condado de Venaissin, de la parte de allá del Ródano, y la soberanía de setenta y tres castillos de la parte de acá. El papa se adjudicó estas posesiones mediante un acta secreta, temiendo que constara en un instrumento público la confesión de haber exterminado multitud de cristianos para usurpar una herencia ajena. Además, exigió lo que Raimundo no podía dar sin el consentimiento del emperador Federico II de Alemania, es decir las tierras del condado de la izquierda del Ródano, que constituían un feudo imperial. Federico II no ratificó nunca esta extorsión.

 

Como Alfonso, hermano de san Luis, que había contraído matrimonio con la hija de este infortunado príncipe, no tuvo hijos de ella, los estados que Raimundo VII poseía en Languedoc fueron incorporados a la corona de Francia, según quedó estipulado en el contrato de matrimonio.

 

El condado de Venaissin, sito en Provenza, lo restituyó magnánimamente el emperador Federico II al conde de Tolosa. Su hija Juana, antes de morir, dispuso de él en su testamento en favor de Carlos de Anjou, conde de Provenza y rey de Nápoles. Felipe el Atrevido, hijo de san Luis violentado por el papa Gregorio IX, entregó el condado de Venaissin a la Iglesia romana el año 1274, pero es de advertir que Felipe dio lo que no era suyo y que esa cesión era nula.

 

Con la ciudad de Aviñón sucedió algo semejante. Cuando Juana de Francia, reina de Nápoles y descendiente del hermano de san Luis, fue acusada de haber hecho ahorcar a su marido, imploró la protección del papa Clemente VI, que tenía la sede pontificia en Aviñón, ciudad perteneciente a los dominios de Juana por ser condesa de Provenza. Los provenzales obligaron (1347) a Juana a jurar sobre los Evangelios que no vendería ninguno de sus dominios, pero ésta, poco después de prestar juramento, vendió Aviñón al papa. El acta auténtica se firmó el 14 de junio de 1348, y en ella se estipuló como precio de la venta la cantidad de ochenta mil florines de oro. El papa la declaró inocente del asesinato de su marido, pero no le pagó la cantidad estipulada. Y aunque la reclamó jurídicamente, nunca pudo cobrarla. Así que Aviñón y su condado sólo fueron desmembrados de Provenza por una rapiña repugnante e inicua que encubrió el velo de la religión.

 

Cuando Luis XI adquirió Provenza, lo hizo con todos sus derechos, que hizo valer en el año 1464 como consta en una carta que Jean de Fois escribió al referido monarca. Pero era tanto el poder de Roma, que los reyes de Francia condescendieron en dejarle disfrutar de esa provincia, pero sin reconocer nunca legítima la posesión que de ella tenían los papas. En el tratado de Pisa, que en 1664 firmaron Luis XIV y Alejandro VI, se dice que «se vencerán todos los obstáculos que se presenten para que el Papa pueda disfrutar de Aviñón, como lo hacía en tiempos anteriores». El papa, pues, sólo disfrutó de esa provincia, como los cardenales obtienen pensiones del rey, pensiones que no son vitalicias.

 

Aviñón y su condado siempre causaban quebraderos de cabeza a los gobiernos de Francia. Este pequeño territorio servía de refugio a todos los que se declaraban en bancarrota y a los contrabandistas, y por eso ocasionaba grandes pérdidas de las que el papa ningún provecho sacaba.

 

Luis XIV hizo valer sus derechos dos veces, más por castigar al papa que por incorporar Aviñón y su condado a la Corona. Luis XV hizo justicia a su dignidad y a sus vasallos. El proceder insolente y grosero de Clemente XIII le obligó a reclamar los derechos de la Corona al mencionado territorio en 1768. Dicho papa quiso obrar como si estuviéramos viviendo en el siglo XIV y Francia le demostró que vivíamos en el XVIII con el aplauso de toda Europa.

 

Cuando el oficial general, con la orden terminante del rey, entró en Aviñón, marchó directamente a la estancia donde se hallaba el legado del Papa, y sin dejarse anunciar, le dijo: «Señor legado, el rey me envía a tomar posesión de la ciudad en su nombre».

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