Catálogo de Textos Históricos
Diccionario filosófico
Voltaire

Ir al catálogo
de monografías y textos
sobre otros temas

Glosarios
Biografías
Libros en línea

Buscador
Central

- Thomas S Eliot - Voltaire - Nicolás Maquiavelo -Carlos Marx

Otros textos del autor

A - B - C - D - E - F/G - H/I - J/K/L - M/N - O/P - R/S - T/U/V/Z
 

B

 

BABEL. Babel significa para los orientales Dios Padre, El poder de Dios y La puerta de Dios, según cómo se pronuncie la palabra. Por eso Babilonia fue la ciudad de Dios, la ciudad santa. Cada capital de nación se llamó la ciudad de Dios, la ciudad sagrada. Los griegos las llamaron todas Hierápolis, y tuvieron más de treinta ciudades con ese nombre. Torre de Babel significaba, pues, la torre del Dios Padre.

 

Flavio Josefo dice que Babel significaba confusión. Calmet y otros afirman lo mismo, pero los orientales mantienen la opinión contraria. De significar confusión, sería extraño el origen de la capital de un vasto imperio.

 

Los comentaristas se han esforzado por averiguar hasta qué altura llegó la famosa torre. San Jerónimo dice que tenía veinte mil pies de altura y el antiquísimo libro hebreo Jacu't le atribuye ochenta mil. Pablo Lucas asegura que vio las ruinas (lo que es mucho ver). Las dimensiones sin embargo, no han sido las únicas dificultades con que han tropezado los eruditos.

 

Han querido averiguar cómo los hijos de Noé, «habiéndose repartido las islas de las naciones, estableciéndose en diferentes países donde cada uno hablaba su lengua, tenía sus familias y su pueblo particular», según dice el Génesis; se congregaron todos los hombres en seguida en la llanura de Sennaar para construir allí una torre, diciendo: «Hagamos célebre nuestro nombre antes que nos dispersemos por toda la tierra».

 

El Génesis habla de los estados que fundaron los hijos de Noé. No se ha podido averiguar cómo pudieron los pueblos de Europa, Asia y Africa congregarse de manera total en Sennaar, hablando todos los misma lengua e impulsados por el mismo deseo.

 

La Biblia sitúa el diluvio en el año 1656 de la creación del mundo, y la destrucción de la torre de Babel en 1771, o sea ciento quince años después de la destrucción del género humano y durante la vida de Noé. Los hombres debieron multiplicarse con prodigiosa rapidez, y las artes resurgieron en muy poco tiempo. Si pensamos en los múltiples oficios que se necesita emplear para edificar una torre tan alta, resulta una obra asombrosa.

 

Pero aún se nos presentan mayores dificultades, siguiendo la Escritura, Abrahán nació cerca de cuatrocientos años después del diluvio y ya habían existido una serie de reyes poderosos en Egipto y en Asia. En vano se afanan Bochart y otros escritores doctos en recargar sus voluminosos libros de sistemas y palabras fenicias y caldeas que ellos no comprenden; inútilmente se empeñan en tomar Tracia por Capadocia, Grecia por Creta y la isla de Chipre por la de Tiro. A pesar de todo, nadan en el mar de una ignorancia sin fondo ni playas. Hubiera sido mejor confesar que Dios nos proporcionó, al cabo de unos siglos, los libros sagrados para hacernos hombres de bien y no para que fuéramos geógrafos, cronologistas y etimologistas.

 

Babel es Babilonia y la fundó, según los historiadores persas, un príncipe llamado Tamurath. La única noticia que tenemos de esos tiempos remotos son las observaciones astronómicas de mil novecientos años, que envió Calisteno, por orden de Alejandro, a su preceptor Aristóteles. A esa certeza debe añadirse la gran probabilidad de que una nación, que contaba con una serie de observaciones celestes de cerca de dos mil años, debió fundarse y constituir una potencia considerable muchos siglos antes de hacerse la primera observación astronómica.

 

Es de lamentar que ningún cálculo de los antiguos autores profanos coincida con los de nuestros escritores sagrados, y que ningún príncipe de los que reinaron después de las distintas épocas en que se sitúa el diluvio fuera conocido de los egipcios, los sirios, los babilónicos, ni los griegos.

 

No es menos de lamentar que no quede en el mundo, ni en los autores profanos, vestigio alguno de la torre de Babel, ni del episodio de la con fusión de lenguas. Un hecho tan memorable permaneció desconocido para todo el universo, al igual que los nombres de Noé, Matusalén, Caín, Abel, Adán y Eva.

 

Este contratiempo espolea más nuestra curiosidad. Herodoto, que viajó mucho, no menciona a Noé, Sem, Rehu, Sale, ni Nemrod. A éste lo desconoce toda la Antigüedad profana. Sólo algunos árabes y persas modernos lo mencionan, falsificando los libros de los hebreos. Para avanzar por las ruinas de la Antigüedad no tenemos otro guía que la fe en la Biblia, desconocida de todas las naciones del planeta durante varios siglos.

 

Herodoto, que con algunas verdades mezcla muchas fábulas, afirma que en su época (la de mayor esplendor de los persas, soberanos de Babilonia) todas las ciudadanas de esa famosa ciudad tenían la obligación de ir, una vez en su vida, al templo de Milita, diosa que parece ser la misma Venus Afrodita, a prostituirse a los extranjeros, y que su ley mandaba recibir dinero de ellos como tributo sagrado que se pagaba a la diosa.

 

Ese cuento, digno de Las mil y una noches, es del mismo género que el que Herodoto refiere en la página siguiente, en la que dice que Ciro dividió el río de la India en trescientos sesenta canales que tenían la desembocadura en el mar Caspio. ¿Creerías a Mezerai si nos refiriera que Carlomagno dividió el Rhin en trescientos sesenta canales que desembocaban en el Mediterráneo, y que todas las damas de su corte estaban obligadas a ir una vez a la vida a la iglesia de santa Genoveva y allí prostituirse por dinero a todos los extranjeros?

 

Téngase en cuenta, además, que la fábula de Herodoto es más absurda en el siglo de Jerjes, contemporáneo suyo, que lo sería en la época de Carlomagno. Y esto porque los orientales eran más celosos que los francos y los galos, y las esposas de los grandes señores de aquellos países eran continuamente vigiladas por eunucos. Esa costumbre subsistía desde tiempo inmemorial. Hasta en la historia hebrea encontramos que, cuando un pueblo pequeño deseaba, como los pueblos numerosos, que les gobernara un rey, Samuel, para que desistiera de esa idea y conservar su autoridad, les decía que «un rey los tiranizaría y les cobraría el diezmo de las viñas y los trigos para darlo a sus eunucos». Los reyes realizaron esa predicción, ya que en el libro que ellos dan título, consta que el rey Acab tenía eunucos, y Joram, Jelin, Joaquín y Sedechías también los tuvieron.

 

El Génesis menciona también a los eunucos del faraón y dice que Putifar, que compró a José, era eunuco del rey. No es extraño, pues, que hubiera en Babilonia numerosos eunucos para vigilar a las mujeres, siendo imposible que las obligaran a acostarse por dinero con el primero que las solicitara. Babilonia, la ciudad de Dios, no era un vasto burdel como se ha querido suponer.

 

Esos cuentos de Herodoto, como todos los de esa clase, no los creen los hombres honrados, ni siquiera las viejas y los niños.

 

En nuestros días, sólo un hombre, Larcher, ha tratado de justificar el cuento de Herodoto y la mencionada infamia le parece lo más normal del mundo. Trata de demostrar que las princesas babilonias se prostituían por lástima al primero que llegaba, porque dice la Sagrada Escritura que los amonitas hacían pasar por el fuego a sus hijos cuando se los presentaban a Moloc, pero esa costumbre de algunas hordas bárbaras, la superstición de hacer pasar los niños por entre las llamas o quemarlos con hogueras sacrificándolos a Moloc, esos horrores iroqueses, propios de una horda infame, ¿tienen acaso alguna conexión con una prostitución increíble en la nación más celosa y civilizada del Oriente conocido? Lo que sucede entre los iroqueses, ¿puede ser una prueba de las costumbres en la corte de Francia o en la de España?

 

Aduce también el citado autor, como prueba, la fiesta de las Lupercales que celebraban los romanos, «durante la cual, según dice, los jóvenes de la clase alta y los respetables magistrados corrían por la ciudad desnudos, con un látigo en la mano, dando latigazos a las principales damas, que se acercaban a ellos sin ruborizarse con la esperanza de tener así un parto feliz». En primer lugar, los distinguidos romanos a que alude, no es verdad que corrían desnudos por las calles. Plutarco dice que iban vestidos de cintura para abajo. En segundo lugar, por la manera de defender costumbres infames, parece que el autor quiera decir que las damas romanas se levantaban las vestiduras para recibir los latigazos en el vientre desnudo, lo que es falso. En tercer lugar, la fiesta de las Lupercales no tiene ninguna relación con la supuesta ley de Babilonia que ordena a las mujeres, a las hijas del rey, de los sátrapas y de los magos, venderse y prostituirse, por devoción, a los extranjeros.

 

Cuando no se conoce el espíritu humano, ni las costumbres de los pueblos, y no se tiene más remedio que limitarse a compilar pasajes de los autores antiguos, que casi todos se contradicen, debemos presentar nuestra opinión con modestia. Tenemos que saber dudar y sacudirnos el polvo del colegio, y no expresarnos nunca con insolencia que ultraje. Herodoto, Clesías y Diodoro de Sicilia refieren un hecho; lo leemos en griego, luego debe ser verdadero. No es ésa la manera de raciocinar en Euclides, pero todavía nos sorprende más en el siglo XVIII, aunque siempre habrá más escritores que compilen que escritores que piensen.

 

En este artículo no nos ocuparemos de la confusión de lenguas que se produjo durante la construcción de la torre de Babel, porque fue un milagro que refiere la Biblia y nosotros no explicamos ni examinamos milagros.

La CIA Agresiones de EEUU a América latina - La relación entre el Neoliberalismo y el ALCA - ¿Qué es la globalización? - ¿Qué es la Cocaína?

Nos limitaremos a decir que la destrucción del Imperio romano produjo más confusión y más idiomas nuevos que la caída de la torre de Babel. Desde el reinado de Augusto hasta los tiempos de Atila, Clodovico y Goudeband, o sea, durante seis siglos, terra erat unius habii?, en la tierra conocida sólo se hablaba una lengua: el latín. Desde el Éufrates hasta el monte Atlas. Las leyes que gobernaban a todas las naciones estaban escritas en latín, y el griego era sólo una diversión; el dialecto bárbaro de cada provincia sólo lo usaba el pueblo bajo. Pleiteaban en latín tanto en los tribunales de Africa como en los de Roma. El vecino de Cornuailles que salía de su pueblo para viajar hasta el Asia Menor podía estar seguro de que le entenderían en todas partes en el largo camino que iba a recorrer. La lengua única fue un gran progreso que los romanos otorgaron a los hombres; éstos fueron ciudadanos de todas las naciones, lo mismo en las márgenes del Danubio que en las riberas del Guadalquivir. En la actualidad, un vecino de Bérgamo que se dirija a los cantones suizos, de los que sólo le separa una montaña, necesita un intérprete como si fuera a China. Esta es una de las mayores calamidades que tenemos.

 

BACO. De todos los personajes verdaderos o fabulosos de la Antigüedad profana, el más importante para nosotros es Baco, no por la excelente invención que le atribuyen todos los pueblos del mundo, excepto el judío sino por la gran semejanza que tiene su historia fabulosa con la historia verdadera de Moisés.

 

Los primitivos poetas dicen que Baco nació en Egipto y le expusieron en el Nilo. Por eso el primer Orfeo le llama Mises, que en la lengua del antiguo egipcio significa salvado de las aguas, según aseguraban los que la entendían y hoy nadie entiende. Le educaron en una montaña de Arabia llamada Nisa, que al parecer era el monte Sinaí. Se supone que una diosa le ordenó que fuera a destruir una nación bárbara y cruzó a pie el mar Rojo acompañado de multitud de hombres, mujeres y niños. En una ocasión, el río Oronte apartó sus aguas a derecha e izquierda para dejarle pasar, y el río Hidaspe hizo lo mismo. Mandó al sol que se parara y dos rayos luminosos le salieron de la cabeza. Hizo brotar una fuente de vino golpeando la tierra con su tirso y grabó sus leyes en dos planchas de mármol. Sólo le faltó haber atraído diez plagas sobre Egipto para ser la réplica exacta de Moisés.

 

Si no estoy equivocado, Vossius fue el primero que se le ocurrió hacer ese paralelo. Huet, obispo de Abranche, también lo hizo, y en su demostración evangélica añadió que Moisés no sólo es Baco, sino también Osiris y Tifón. Y puesto ya en esta pendiente, se desliza tanto que para él Moisés es también Esculapio, Anfión, Apolo, Adonis y hasta Príapo. Resulta divertido que Huet, para probar que Moisés es Adonis, se basa en que uno y otro guardan corderos. Demuestra que es Príapo diciendo que algunas veces pintaban a Príapo con un pollino y que los gentiles creyeron que los judíos adoraban a un asno. Además, aduce esta otra prueba que no tiene nada de canónica: que la vara de Moisés podía compararse con el cetro de Príapo. Como puede comprobarse, estas demostraciones no se parecen en nada a las de Euclides.

 

En este artículo no nos ocuparemos de otros Bacos menos antiguos, como por ejemplo el que precedió doscientos años a la guerra de Troya y los griegos festejaron por suponerle hijo de Júpiter, encerrado en un muslo de éste. Nos limitaremos únicamente al que nació en los confines de Egipto, por haber realizado numerosos prodigios. El respeto que profesamos a los libros sagrados hebreos no nos permite dudar que los egipcios, árabes y después los griegos, hayan querido imitar la historia de Moisés. Lo único que nos intriga es averiguar cómo pudieron saber esa historia.

 

Respecto a los egipcios, no es posible que hayan tratado de escribir los milagros de Moisés, pues les hubiera avergonzado. De hacerlo, la habrían copiado Josefo y Filón. Flavio Josefo, en su respuesta a Apión, se cree obligado a citar todos los autores de Egipto que mencionaron a Moisés, y no encuentra ninguno que refiera un solo milagro de aquél. Por tanto, no pueden ser los egipcios quienes dieron pie para establecer el escandaloso paralelo entre el divino Moisés y el profano Baco.

 

No cabe duda de que si un autor egipcio hubiera referido algún milagro de Moisés, la Sinagoga de Alejandría y la Iglesia discutidora de tan célebre ciudad, hubieran citado el autor hebreo y el milagro que refiriera. Atenágoras, Clemente y Orígenes, que tantas cosas baladíes cuentan, habrían repetido hasta la saciedad ese pasaje temerario que habría constituido el mejor argumento para los padres de la Iglesia. Si todos callaron sobre este punto, es que nada sabían y nada podían decir. Pero, ¿cómo es posible que ningún egipcio refiriera las hazañas del hombre que ordenó matar a los primogénitos de todas las familias de Egipto, que ensangrentó el Nilo, que ahogó en el mar al rey y a todo su ejército, etc.?

 

Los historiadores franceses refieren unánimemente que el sicambro Clodovico subyugó las Galias con un puñado de bárbaros, y los ingleses reconocen que los sajones, daneses y normandos, sucesivamente, consiguieron exterminar parte de su país. Si unos y otros no lo hubieran confesado, Europa entera lo proclamaría a gritos. Todo el mundo tenía que haber publicado los espantosos prodigios de Moisés, Josué, Gedeón, Sansón y otros muchos profetas, y sin embargo, el mundo entero los silenció. Por un lado, es indudable que se trata de sucesos verdaderos porque los refiere la Sagrada Escritura, que merece la aprobación de la Iglesia, y por otro, es también indudable que ningún pueblo se ocupó de tales hechos. Adoremos a la Providencia y sometámonos a sus designios.

 

En cuanto a los árabes, dados siempre a lo maravilloso, serán probablemente los autores de las fábulas que sobre Baco se inventaron, y que luego copiaron y embellecieron los griegos. Pero, ¿cómo los árabes y griegos pudieron copiarlas de los hebreos? Sabemos que éstos no comunicaron sus libros a nadie hasta la época de los Tolomeos, pues consideraban esa comunicación como un sacrilegio, y el propio Josefo, para justificar la terquedad de los judíos en ocultar el Pentateuco al resto del mundo, dice que Dios castigaba a todos los extranjeros que se atrevieran a referir las historias hebreas. Así explica Flavio Josefo por qué los judíos ocultaron tanto tiempo sus libros sagrados. Estos eran tan raros que sólo se encontró un ejemplar en la época del rey Josías, y aun este ejemplar estaba olvidado hacía mucho tiempo en el fondo de un cofre, como ya se ha dicho.

 

El hecho sucedió, según el libro IV de los Reyes, en 624 antes de la era vulgar, cuatrocientos después de Homero y en los tiempos más florecientes de Grecia. Los griegos ignoraban entonces que existían hebreos en el mundo. La cautividad de los judíos en Babilonia aumentó la ignorancia de sus libros y fue menester que Esdras los restaurara al cabo de setenta años, cuando hacía más de quinientos que la fábula de Baco corría de boca en boca por toda Grecia.

 

Si los griegos hubieran copiado sus fábulas y mitos de la historia hebrea, habrían conocido esos sucesos tan interesantes para el género humano. Las aventuras de Abrahán, Noé, Matusalén, Set, Enoc, Caín y Eva, fueron ignoradas durante muchos años, y los griegos sólo tuvieron una vaga noticia del pueblo hebreo después de la revolución que realizó Alejandro en Asia y en Europa. El historiador Flavio Josefo así lo afirma. Al contestar a Apión (ya fallecido cuando publicó su respuesta, pues Apión murió durante el reinado de Claudio, y Josefo escribió en la época de Vespasiano), dice: «Apartados del mar, no nos dedicamos al comercio, ni tenemos trato con las demás naciones. Nos limitamos a cultivar nuestras tierras, que son muy fértiles, y sobre todo a educar a nuestros hijos, porque creemos indispensable enseñarles nuestras santas leyes e inculcarles el deseo de cumplirlas. Estas razones, añadidas a cuanto dije sobre nuestro particular modo de vivir, demuestran que en siglos pasados nunca tuvimos relaciones con los griegos, como las tuvieron los egipcios y fenicios».

 

Tras la afirmación del historiador judío, defensor acérrimo del honor de su pueblo, es imposible creer que los antiguos griegos sacaran la fábula de Baco de los libros sagrados de los judíos, ni de ningún otro. ¿Por qué, pues, los griegos tuvieron como fábulas lo que los judíos consideraban verdadera historia? ¿Tal vez porque estaban dotados de invención o porque los grandes talentos coinciden en sus hallazgos? Lo ignoramos. Dios lo permitió y esto debe bastarnos. ¿Qué importa que los árabes y los griegos refieran los mismos hechos que los hebreos? Debemos leer el Antiguo Testamento para prepararnos a leer el nuevo, y en uno y otro sólo debemos buscar lecciones edificantes, de moderación, de indulgencia y de verdadera caridad.

 

BACON (Francisco). El mayor servicio que Bacon prestó a la filosofía, fue descubrir la atracción. A finales del siglo XVI, decía en su libro Nuevo método de saber: «Falta averiguar si existe una especie de fuerza magnética que opera entre la tierra y los objetos que tienen peso, entre la luna y el Océano. Es preciso que los cuerpos graves se dirijan hacia el centro de la tierra, o que se atraigan mutuamente, y en este último caso, es evidente que cuanto más se aproximan a la tierra los cuerpos al caer, con tanta más fuerza se atraen unos a otros. Es preciso experimentar si el reloj de péndulo anda con más celeridad en lo alto de una montaña que colocado en el fondo de una mina, y esto indicará la probabilidad de que la tierra está dotada de verdadera atracción».

 

Cerca de cien años después, el gran Newton encontró, calculó y demostró esa atracción, esa gravitación, esa propiedad universal de la materia que es la causa que mantiene los planetas en sus órbitas, que influye en el sol y dirige una paja hasta el centro de la tierra. Pero Bacon dio prueba de admirable sagacidad al sospechar que debía existir esa fuerza cuando nadie pensaba en semejante cosa.

 

Bacon la sospechó y Newton demostró la existencia de un principio desconocido hasta entonces, y acaso los hombres no pasen de ahí si no llegan a ser dioses. Newton fue muy prudente cuando, al demostrar las leyes de la atracción, dijo que ignoraba la causa, añadiendo que quizás es una impulsión, quizás una sustancia ligera prodigiosamente elástica difundida en la naturaleza. Indudablemente, trató de sosegar con esos quizás a sus contrarios, sublevados contra la palabra atracción y contra una propiedad de la materia que actúa en el universo sin tocar los cuerpos sobre los que actúa.

 

BACON (Rogelio). Creeréis, sin duda, que el famoso monje del siglo XIII apellidado Bacon fue un hombre eminentísimo, poseedor de la verdadera ciencia, porque los ignorantes le persiguieron y le encarcelaron en Roma. Confieso que le favorece esa opinión general. Pero, ¿no ocurre todos los días que unos charlatanes critican desfavorablemente a otros charlatanes, y que unos desequilibrados castigan a otros? El mundo se pareció durante mucho tiempo a uno de esos manicomios en los que el orate que se cree el Padre Eterno anatemiza al que se tiene por el Espíritu Santo. Semejantes hechos se repiten en la actualidad.

 

Entre las causas de la fama de Bacon figura, en primer lugar, haber sido encerrado en una cárcel, y en segundo lugar la osadía de decir que debían quemarse todos los libros de Aristóteles, temeridad incalculable en una época en que los escolásticos profesaban a Aristóteles mucho más respeto que los jansenistas a san Agustín. ¿Pronunció Bacon ese fallo absoluto por haber escrito una obra mejor que La Poética, La Retórica y La Lógica de Aristóteles? Estas tres importantes obras prueban que Aristóteles fue un genio sutil, profundo y metódico, pero un mal físico, porque era imposible avanzar en esa ciencia en tiempos que no se conocían instrumentos para estudiarla.

 

En su mejor obra, que trata de la luz y la visión, Bacon se expresa con más claridad que Aristóteles cuando dice: «La luz hace por vía de multiplicación su especie luminosa, y esta acción se llama unívoca y conforme al agente, pero existe otra multiplicación equívoca por medio de la cual la luz engendra el calor y el calor engendra la putrefacción».

 

En otra parte, Bacon afirma que se puede prolongar la vida con el esperma ceti, con el aloes y con la carne de dragón, pero que sólo se puede alcanzar la inmortalidad con la piedra filosofal. Nuestros lectores creerán sin dificultad que, siendo dueño dicho monje de secretos tan importantes, debía poseer también los secretos relativos a la astrología judicial. Sin duda, por eso asegura en su libro Opus majus que la cabeza del hombre está sometida a las influencias del signo Aries, el cuello a las de Tauro, y los brazos a las de Géminis. Prueba todo eso con experimentos y elogia extraordinariamente a un gran astrólogo de París, que evitó que un médico pusiera un emplasto en la pierna de un enfermo porque el sol estaba entonces en el signo de Acuario, y ese signo es mortal para las piernas cuando se les aplican emplastos.

 

Es opinión general que Rogelio Bacon fue el inventor de la pólvora. Cierto que en su época se habían realizado estudios para lograr tan horrible descubrimiento. Tengo observado que el espíritu de invención se da en todas las épocas, y aunque los doctores y gobernantes sean profundamente ignorantes y campeen las preocupaciones, siempre surgen hombres desconocidos y animados de un instinto superior que efectúan admirables inventos, explicados más tarde por los sabios.

 

He aquí lo que sobre la pólvora dice Bacon en la página 474 de su libro Opus majus, edición de Londres: «El fuego gregüísco (1) se extingue con dificultad porque el agua no lo apaga. Existen ciertos fuegos cuya explosión produce tanto ruido que si los encendieran súbitamente y de noche no podría resistirlos una ciudad ni un ejército; serían más ruidosos que los truenos. Existen fuegos que deslumbran tanto como los relámpagos. Cabe suponer que con artificios como éstos aterró Gedeón al ejército de los madianítas. Nos da una prueba de esto ese juego de niños que se hace en todo el mundo. Introducen en un tubo una cantidad de salitre, apretándolo con una pequeña bola del tamaño de una pulgada, y la hacen estallar, produciendo un ruido semejante al del trueno, y del tubo sale un haz de fuego que parece un rayo». Por este párrafo se comprende que Bacon sólo hizo la experiencia con una pequeña bola llena de salitre puesta al fuego y desde este experimento hasta el de la invención de la pólvora media bastante distancia. De ésta no se ocupa Bacon en ninguna parte, aunque se inventó poco después.

 

(1) Fuego gregüísco era una mezcla incendiaria que no se apagaba con agua.

 

Siempre me sorprendió que Bacon no conociera la dirección de la aguja imantada que en su época empezaba a conocerse en Italia. En cambio, supo el secreto de la vara del avellano y otras cosas parecidas de las que trata en su libro Dignidad del arte experimental. A pesar del sinfín de absurdos y desvaríos que contienen sus obras, debemos confesar que Bacon fue un hombre admirable, con relación a su siglo, aunque puede objetárseme que su siglo fue el del gobierno feudal y el de los escolásticos. Bacon sabía algo de geometría y de óptica, y porque conocía algo de eso le tuvieron por hechicero en Roma y en París. Sin embargo, no sabía tanto como el árabe Alhazen, porque en aquella época los árabes, además de ser los maestros en todo, eran los médicos y astrólogos de todos los reyes cristianos. El bufón del rey era indígena, pero su médico era árabe o judío. Si pudiéramos trasladar a Bacon a los tiempos actuales, sería sin discusión un gran hombre. Era oro amalgamado con los excrementos de la época en que le tocó vivir; hoy sería oro puro.

 

BANCARROTA. Las bancarrotas no se conocieron en Francia hasta el siglo XVI, por la sencilla razón de que aún no habían banqueros. Los lombardos y los judíos prestaban con garantía al 5 % y el comercio se ejercía sólo con dinero contante y sonante. Esto no quiere decir que algunos comerciantes no se arruinaran, pero su ruina no se llamaba bancarrota, sino quiebra, que no suena tan mal. El actual significado de bancarrota trae su origen del vocablo italiano bancarrotto, bancarrotta. Cada negociante tenía su banco en la plaza donde efectuaba el cambio, y cuando le salían mal los negocios se declaraba fallito y dejaba sus bienes a los acreedores, guardándose parte de ellos para vivir. Quedaba libre y le consideraban como hombre honrado. No procedían contra él porque confesaba que se había roto su banco, bancarrotto, bancarrotta. En algunas ciudades, podía conservar todos sus bienes y dejar burlados a sus acreedores, si se subía sobre una piedra y enseñaba las nalgas a los comerciantes. Esta costumbre derivaba del antiguo refrán latino solvere aut in aere au in cute: pagar con el dinero o con la piel. Pero esta costumbre ya no existe. Los acreedores prefieren recobrar las cantidades que se les deben a ver el trasero del que hizo bancarrota.

 

En Inglaterra y otros países, las bancarrotas se publican en las gacetas. Los asociados y los acreedores se reúnen en cuanto lo saben y tratan de arreglarse, si pueden. Como algunas veces las bancarrotas son fraudulentas, en estos casos se forma proceso a los que han quebrado y se les condena por robo. No es cierto que en Francia se haya instituido la pena de muerte indistintamente para todos los que han ido a la quiebra. Las quiebras sencillas no se castigan con ninguna pena. Las quiebras fraudulentas se castigaban con la pena de muerte en los Estados de Orleáns y en los de Blois en 1576, durante el reinado de Carlos IX. Pero esos edictos, que renovó Enrique IV, ya sólo fueron conminatorios.

 

Es muy difícil demostrar que un hombre se deshonra cediendo voluntariamente sus bienes a los acreedores con objeto de engañarlos, al comprender esta dificultad, la ley se ha circunscrito a poner en la picota a esos desgraciados o sentenciarlos a galeras. Los quebrados fueron tratados con gran consideración el último año del reinado de Luis XI y durante la regencia. El lamentable estado a que llegó el interior del reino los muchos negociantes que no podían o no querían pagar, la cantidad de mercaderías invendibles que se acumularon y el temor de que se arruinara el comercio, obligó a los gobiernos desde 1715 a 1726, a suspender todos los procesos que se seguían a los quebrados. Como el Estado había hecho bancarrota, le pareció injusto y cruel castigar a los particulares que se declararan en quiebra.

 

BANCO. La banca es un cambio de dinero por papel. Hay bancos privados y bancos públicos. Aquéllos hacen operaciones por medio de letras de cambio que un particular os entrega para que recibáis vuestro dinero en el lugar indicado. El primero recibe el medio por ciento, y su corresponsal, donde vais a cobrar, recibe otro medio por ciento cuando os paga. Esta primera ganancia es un convenio entre ellos y no es necesario advertir al comprador.

 

La segunda ganancia, mucho más considerable se consigue por el valor del dinero. Esta ganancia depende de la inteligencia del banquero y la ignorancia del que remite el dinero. Los banqueros se entienden entre sí hablando una jerga particular, como los químicos; y el profano, no iniciado en esos misterios, suele ser su víctima. Dicen por ejemplo: «Remitimos de Berlín a Amsterdam lo incierto por lo cierto; el cambio está alto, a treinta y cuatro o treinta y cinco». Y hablando ese lenguaje, el hombre que cree entenderlos pierde un seis o un siete por ciento; de modo, que si hace quince viajes a Amsterdam, remitiendo siempre dinero con letras de cambio, al final los dos banqueros se habrán quedado con todo el dinero del remitente. Esto es lo que ordinariamente hace adquirir a los banqueros una extraordinaria fortuna. Si preguntáis qué es lo incierto por lo cierto, os contestará por mí el ejemplo que acabo de presentaros.

 

En Francia se trató de establecer un Banco del Estado en 1717, tomando como ejemplo el de Inglaterra. Tuvo por objeto pagar con billetes de ese banco los gastos corrientes del Estado, recibir las imposiciones del mismo modo y satisfacer las deudas con billetes, entregar sin descuento las cantidades que giraran sobre el Banco los franceses o los extranjeros, y de esa forma asegurarle un gran crédito. Esa operación doblaba el valor del dinero emitiendo billetes del Banco mientras hubiera moneda corriente en el reino, y lo triplicaba si, emitiendo doble número de billetes que valor tenía la moneda, se tenía cuidado de efectuar los pagos en el tiempo preciso, porque acreditándose la caja todos dejarían en ella su dinero y así adquiría un crédito tres veces mayor, como le ocurría al Banco de Inglaterra.

 

Muchos hacendistas y banqueros opulentos, envidiosos de Law, inventor de este banco, trataron de arruinarle desde su fundación, y coaligándose con los comerciantes holandeses libraron contra él todos sus fondos en el espacio de ocho días. El gobierno, en vez de suministrar nuevos fondos para efectuar los pagos, único medio de sostener el banco, quiso castigar la mala fe de sus enemigos, y mediante un decreto dio a la moneda un tercio más de su valor real, con lo que cuando los agentes holandeses se presentaron para que les satisficieran los últimos pagos sólo recibieron en dinero las dos terceras partes de sus letras de cambio. Pero ya habían dado al banco el gran golpe y éste quedó exhausto, y el alza del valor numerario de la moneda acabó de desacreditarle. Esa fue la primera época de la destrucción del famoso sistema de Law. Desde entonces, ya no hubo en Francia banco público, y lo que no había acaecido a Suecia, Venecia, Inglaterra y Holanda en sus épocas más calamitosas, sucedió a Francia cuando nadaba en la paz y la abundancia.

 

BARAC Y DÉBORA. En este artículo no vamos a discutir la época en que Barac era jefe del pueblo hebreo, ni por qué siéndolo dejó que una mujer dirigiera su ejército; tampoco discutiremos si esta mujer, que se llamó Débora, estaba casada con Lapidoth, si era pariente o amiga de Barac, ni qué día tuvo lugar la batalla de Thabor, en Galilea, entre Débora y Sisara, general de los ejércitos del rey Jacobino, cuyo general mandaba en Galilea un ejército de trescientos mil infantes, diez mil jinetes y tres mil carros de guerra, si hay que dar crédito al historiador Flavio Josefo.

 

Tampoco nos ocuparemos de Jacobino, rey de una aldea que se llamaba Azor, a pesar de lo cual podía disponer de más soldados que el Gran Turco. Nos da pena la mala suerte del gran visir Sisara, que al perder la batalla de Galilea saltó de su carro de batalla del que tiraban cuatro caballos y huyó a pie para correr con más celeridad. Se dirigió a pedir hospitalidad a una santa mujer hebrea, que le dio leche y hundió en su cabeza un clavo grande de carreta en cuanto se quedó dormido. Lo sentimos mucho, pero no vamos a ocuparnos de esto, sino de los carros de guerra.

 

Al pie del monte Thabor, cerca del torrente de Cisón, se libró la batalla antes citada. El monte Thabor es una montaña escarpada, cuyas laderas más bajas se extienden por casi todo el territorio de Galilea. Entre esa montaña y los peñascos inmediatos hay una pequeña llanura sembrada de piedras y guijarros, en la que no puede evolucionar la caballería. Se extiende en unos cuatrocientos o quinientos pasos. Es inconcebible que el general Sisara pudiera formar allí en orden de batalla sus trescientos mil soldados y sus tres mil carros, que no hubieran podido maniobrar ni siquiera en una llanura más grande.

 

Cabe suponer que los judíos no poseían carros de guerra en un país que únicamente era famoso por los pollinos, pero los asiáticos los utilizaban en las grandes llanuras. Confucio dice positivamente que desde tiempo inmemorial los virreyes de las provincias de China tenían obligación de suministrar al emperador, cada uno de ellos, mil carros de combate tirados por cuatro caballos. Esos carros debieron utilizarse mucho antes de la guerra de Troya, puesto que Homero, al ocuparse de ella, no habla de una nueva invención. Pero esos carros antiquísimos no estaban construidos como los de Babilonia; ni las ruedas ni el eje llevaban hierros cortantes. Ese invento debió ser muy eficaz en las grandes llanuras, sobre todo cuando los carros eran numerosos y corrían con impetuosidad, dotados de hoces y largas picas. Pero una vez se acostumbraron a ellos, evitaban sus choques con tanta facilidad que dejaron de usarse en todo el mundo.

 

En Francia, durante la guerra de 1741, trataron de reproducir ese antiguo invento, rectificándolo. Uno de los ministros de Estado ordenó construir un carro de combate y hasta lo probaron. Pensaron que en llanuras extensas como las de Lutzen podrían ser muy útiles ocultándolos detrás de la caballería, cuyos escuadrones debían abrirse para dejar paso a los carros y luego correr tras ellos. Pero los generales opinaron de otra forma. Creyeron que esa maniobra era inútil y hasta peligrosa en tiempos en que los cañones solos ganan las batallas. Replicaron a los generales que en los ejércitos que llevaran carros de combate se pondrían tantos cañones para protegerlos como tuvieran los enemigos para destruirlos, añadiendo que al principio los carros estarían al abrigo de los cañones enemigos detrás de los batallones o escuadrones, que después éstos se abrirían para que los carros corrieran impetuosamente y que su ataque inesperado podía producir un efecto prodigioso. Los generales no contestaron nada que pudiera refutar las anteriores razones, pero se negaron a hacer la guerra como en la Antigüedad la hicieron los persas.

 

BARBA. Los naturalistas afirman que la secreción que produce la barba es la misma que perpetúa al género humano, asegurando que los eunucos no tienen barba por haberles privado de los dos receptáculos en que se elabora el líquido procreador que hace nacer al mismo tiempo los hombres y la barba. Añaden que la mayor parte de los impotentes no tienen barba por carecer de ese líquido, que de los vasos absorbentes pasa a la linfa nutritiva y lo suministran a los diminutos bulbos de los que nacen los pelos en la barba, etc.

 

Existen hombres llenos de vello de la cabeza a los pies, como los monos, y se supone que son los más vigorosos y aptos para propagar su especie. Con frecuencia, son muy favorecidos en el amor, como ciertas damas que tienen bastante vello. Por regla general, hombres y mujeres, rubios o morenos, tienen algo de vello en todo el cuerpo, y puede decirse que no hay más partes absolutamente desprovistas de pelo que la palma de la mano y la planta del pie.

 

La afinidad constante que existe entre el pelo y el líquido seminal no puede ponerse en tela de juicio. Pero permítasenos preguntar por qué los eunucos y los impotentes carecen de barba y tienen cabello. La cabellera, ¿es acaso de otro género que la barba y los demás pelos? ¿No tendrá ninguna relación con el líquido seminal? Los eunucos tienen también cejas y pestañas, siendo ésta otra excepción que contradice la opinión dominante de que el origen de la barba está en los testículos. Siempre se encuentran dificultades que se oponen a las suposiciones más generalizadas. Los sistemas son como los ratones, que después de pasar por veinte agujeros se encuentran con dos o tres que les cierran el paso.

 

Todo un hemisferio parece oponerse a la unión de la barba y el semen. Los americanos de cualquier región, color y estatura, ni tienen barba ni pelo alguno en el cuerpo, si exceptuamos las cejas y el cabello. Puedo presentar pruebas jurídicas de ello, proporcionadas por hombres que han conversado y se han batido con varias tribus de la América septentrional. Afirman que jamás les vieron un pelo en el cuerpo, burlándose con razón de los escritores que copiándose unos a otros dicen.que los americanos no tienen pelo porque se lo arrancan con pinzas. Como si Cristóbal Colón, Hernán Cortés y demás conquistadores hubieran llevado sus barcos cargados de esas diminutas pinzas que usan nuestras damas para depilarse y las hubieran distribuido entre los pueblos de América.

 

Durante mucho tiempo creí que los esquimales eran una excepción a esa ley general del Nuevo Mundo, pero viajeros serios me han asegurado que son tan imberbes como los demás americanos y, no obstante, tienen hijos como en Chile, Perú y el Canadá, como los tenemos en nuestro continente los hombres barbudos. La virilidad no es, pues, inherente en América a los pelos negros o amarillentos. Existe, sin embargo, una diferencia específica entre esos bípedos y nosotros. La misma que existe entre sus leones, que no tienen crines y no son de la misma especie que los de Africa.

 

Es de advertir, sin embargo, que los orientales siempre tuvieron la misma consideración a la barba. El casamiento marca para ellos el punto de la vida en que empiezan a dejarse la barba. La vestidura larga y la barba imponen respeto. Los pueblos occidentales han variado de traje con mucha frecuencia, y hasta me atrevo a decir que han cambiado de barba. Llevaron bigotes durante el reinado de Luis XIV, hasta el año 1672. En la época de Luis XIII usaron una barba corta que terminaba en punta. Enrique V la llevaba cuadrada, Carlos V, Julio II y Francisco I pusieron de moda en sus cortes la barba larga, que hacía mucho tiempo nadie usaba. Los togados, para respetar la costumbre de sus padres y por seriedad, se afeitaban entonces, en tanto que los cortesanos y los elegantes se dejaban crecer la barba todo lo que podían. En aquellas épocas, cuando los reyes querían enviar en una embajada a algún togado, suplicaban a los colegas de éste le permitieran dejarse la barba, sin que se burlaran de él en los juzgados y los demás tribunales. Pero ya hemos hablado demasiado sobre la barba.

 

BASTARDOS. Bala, criada de Raquel, y Zelfa, criada de Lía, dieron cada una de ellas dos hijos al patriarca Jacob, haciendo notar que como hijos legítimos heredaron lo mismo que los otros hijos que tuvo Jacob de las dos hermanas Lía y Raquel. Aunque no es menos cierto que por toda herencia recibieron su bendición.

 

No les sucedió lo que a Guillermo el Bastardo, que heredó Normandía, ni como Thierry, hijo bastardo de Clovis, que heredó la mejor parte de las Galias, que su padre había invadido.

 

Muchos reyes de España y de Nápoles fueron bastardos. En España, el rey Enrique Trastamara fue considerado como legítimo rey, a pesar de ser hijo ilegítimo, y esta casta de bastardos, fundida con la casa de Austria, reinó hasta Felipe IV.

 

También fue bastarda la casa de Aragón que reinó en Nápoles durante el reinado de Luis XII. El conde de Duvois firmaba el bastardo de Orleáns, y en las casas del duque de Normandía, rey de Inglaterra, que se conservaron mucho tiempo, firmaba Guillermo el Bastardo.

 

En Alemania no sucede lo mismo. En ese país quieren que las estirpes sean puras. Los bastardos nunca heredan haciendas y carecen de estado. En Francia, desde hace mucho tiempo, el hijo bastardo de un rey no puede ser sacerdote sin tener dispensa de Roma, pero es príncipe sin ninguna dificultad desde que el rey le reconoce como hijo de su pecado, aunque sea adulterino de padre y madre. El bastardo de un rey de Inglaterra no puede ser príncipe, pero sí duque. Los bastardos de Jacob no fueron duques, ni príncipes, ni heredaron haciendas, por la sencilla razón de que su padre no las tenía. Pero después les llamaron patriarcas.

 

Puede preguntársenos si los hijos bastardos de los papas pueden serlo a su vez cuando les toque el turno. Creemos que no es posible, a pesar de que Juan XI fue hijo bastardo de Sergio III y de la famosa Marozia. Pero un caso aislado no constituye ley.

 

BATALLÓN. La cantidad de hombres que sucesivamente han constituido un batallón, ha variado mucho. Y hará variar aún los cálculos con los cuales, para un número dado de hombres, se deben encontrar los lados del cuadro, los medios de formar ese cuadro, lleno o vacío, y de formar de un batallón un triángulo, imitando el cuneus de los antiguos, que no era un triángulo.

 

El modo de ordenar los batallones de tres hombres en fondo en opinión de muchos oficiales, les da demasiada extensión y les hace presentar flancos muy débiles. El balanceamiento les impide avanzar con ligereza contra el enemigo y la debilidad de los flancos les expone a que los derroten siempre, si no los apoyan o protegen, viéndose obligados a formar cuadro y a tener que permanecer casi inmóviles. Las ventajas de ese sistema, mejor dicho, la única ventaja, consiste en hacer un fuego muy nutrido, porque todos los soldados del batallón pueden disparar. Pero esa ventaja no compensa los inconvenientes, sobre todo en Francia.

 

La forma de hacer la guerra en la actualidad es distinta de la antigua. Se alinea un ejército en orden de batalla para que sirva de blanco a la artillería enemiga; a continuación, avanza un poco para disparar y recibir tiros de fusil, y el ejército que se cansa primero de ese tejemaneje es el que pierde la batalla. La artillería francesa es notable, pero su infantería raras veces es superior a la de otras naciones. Puede decirse, sin faltar a la verdad, que la nación francesa es tan impetuosa en el ataque que resulta dificilísimo resistir su choque. El soldado que no tiene paciencia para resistir los disparos de los cañones cuando está inmóvil, y quizá tiene miedo, acometerá con rabia al enemigo, se dejará matar o silenciará los cañones. Esto se ha visto muchas veces. Los grandes generales coinciden en juzgar de este modo a los franceses.

 

Es digno de notarse que el orden, la marcha y las evoluciones de los batallones, casi como hoy se practican, la restableció en Europa un hombre que no era militar, Maquiavelo, secretario del gobierno de Florencia. Ordenó batallones de a tres, cuatro y cinco en fondo: formando en cuadro para que no los destruyan después de una derrota; de cuatro en fondo sostenidos por otros batallones, formando columna, y flanqueados por la caballería. Puede decirse que enseñó a Europa el arte de hacer la guerra.

 

El gran duque de Florencia insistía en que el autor de Mandrágora y Clitia dirigiera el ejército según su nuevo sistema, pero Maquiavelo se negó a complacerle, temiendo que los oficiales y soldados se burlaran de un general de capa y limitándose a pedir que aquéllos mandaran en su presencia el ejercicio a las tropas. No deben omitirse las cualidades que Maquiavelo exige en el soldado: gallardía, es decir vigor; ojos vivaces y poco alegres; cuello nervioso, pecho ancho, brazo musculoso, formas plenas y poco vientre, y piernas y pies delgados. En suma, exige todas las características de agilidad y de fuerza. Sobre todo, desea que el soldado ame el honor para que éste le empuje a batirse. «La guerra —afirma—  corrompe las costumbres (y recordando un refrán italiano, añade): la guerra da vida a los ladrones y la paz les levanta los patíbulos.»

 

Maquiavelo hace muy poco caso de la infantería francesa, y es preciso confesar que fue muy floja hasta la batalla de Rocroi. Maquiavelo fue un hombre extraño; se divertía escribiendo versos y comedias, en enseñar desde su gabinete el arte de matarse técnicamente y a los príncipes el arte de ser perjuros y asesinar y envenenar en casos dados. Ese gran arte que el papa Alejandro VI y su hijo bastardo César Borgia ejercieron magistralmente sin necesitar las lecciones de Maquiavelo.

 

Nótese que en todas las obras de Maquiavelo, que tratan de asuntos muy diferentes, no se encuentra ni una palabra que mueva a amar la virtud, ni una tan sólo que nazca del corazón. Lo mismo se ha notado en Boileau, pero aunque éste no nos incite a amar la virtud trata de demostrar al menos que es necesaria.

 

BAUTISMO. (Voz griega que significa inmersión.) No vamos a ocuparnos del bautismo como teólogos, pues somos únicamente humildes y profanos hombres de letras que no debemos entrar en este santuario.

 

Desde tiempo inmemorial, los hindúes se sumergen en el Ganges y siguen haciéndolo todavía. Los egipcios, cuyo máximo guía eran los sentidos, creyeron fácilmente que lo que lavaba el cuerpo podía también lavar el alma, y en consecuencia instalaron enormes cubas en los subterráneos de los templos de Egipto para que en ellas se sumergieran los sacerdotes y los iniciados.

 

Como todo signo es por sí mismo indiferente, Dios se dignó consagrar esa costumbre del pueblo hebreo y los judíos bautizaron a todos los extranjeros que se afincaban en Palestina. No se obligaba a éstos a que se circuncidaran, pero sí a cumplir los siete preceptos de los noaquidas y no hacer sacrificios a los dioses foráneos. Los prosélitos del país eran circuncidados y bautizados, bautizando también a las prosélitas, desnudas y en presencia de tres hombres.

 

Los hebreos más devotos recibían el bautismo de manos de los profetas más venerados, y por eso recurrieron a san Juan, que bautizaba en el río Jordán. El propio Jesús, que no bautizó a nadie, se dignó permitir que Juan le bautizara. Esa costumbre, que fue durante mucho tiempo accesoria en la religión hebraica, recibió de nuevo valor y dignidad, llegando a ser el principal rito y el sello del cristianismo. Y como los quince primeros obispos de Jerusalén fueron judíos, los cristianos de Palestina siguieron circuncidándose durante mucho tiempo y los cristianos de san Juan nunca recibieron el bautismo de Jesucristo.

 

Otras sectas cristianas aplicaban a los bautizados un cauterio con un hierro candente, movidos a realizar esa operación por las palabras que dijo san Juan Bautista y que refiere san Lucas: «Bautizo con agua, pero el que viene tras de mí bautizará con fuego». Esas palabras no se han podido explicar nunca.

 

Hay diversas opiniones respecto al bautismo de fuego que citan Lucas y Mateo. Tal vez la más verosímil es que fuera una alusión a la antigua costumbre de quienes rendían culto a la diosa de Siria, que tras sumergirse en el agua se imprimían caracteres en el cuerpo con un hierro candente.

 

En los primeros siglos del cristianismo, de ordinario esperaban estar en la agonía para recibir el bautismo. Prueba de ello es el ejemplo del emperador Constantino. San Ambrosio no había recibido aún el bautismo cuando le nombraron obispo de Milán. Pronto quedó abolida la costumbre de esperar la muerte para bautizarse, siendo sustituida por la de sumergirse en el baño sagrado.

 

El bautismo te los muertos. También bautizaban a los muertos. Esa clase de bautismo está demostrada por el siguiente pasaje de Pablo en su carta a los corintios: «Si no resucitamos, ¿qué les sucederá a los que reciben el bautismo por los muertos?». O bautizaban a los mismos muertos o los vivos recibían el bautismo por ellos, al igual que en tiempos posteriores se concedieron indulgencias para librar del purgatorio las almas de los amigos y los padres.

 

San Epifanio y san Juan Crisóstomo nos refieren que algunas sectas cristianas metían un hombre en la cama de un muerto, después le preguntaban si quería recibir el bautismo y el vivo contestaba afirmativamente; acto seguido, tomaban al muerto y lo sumergían en una cuba llena de agua. Esta costumbre quedó abolida muy pronto. San Pablo la menciona y la aprovecha como argumento irrebatible para probar la resurrección.

 

El bautismo de aspersión. Los griegos conservaron siempre la costumbre de bautizarse por inmersión. Los romanos, a fines del siglo VIII, tras expandir su religión por las Galias y Germania, al ver que la inmersión mataba a algunos niños en los países fríos, sustituyeron esa clase de bautismo por el de aspersión, lo que motivó el anatema de la Iglesia griega.

 

Preguntado san Cipriano, obispo de Cartago si realmente estaban bautizados quienes sólo se les rociaba el cuerpo, dicho obispo contestó en su carta 76 que «muchas iglesias no creen que los rociados sean cristianos pero él opina que sí son cristianos, aunque gozan de gracia infinitamente menor que los sumergidos tres veces, según es costumbre».

 

Los cristianos no llegaban a ser iniciados hasta después de sumergidos. Antes, sólo eran catecúmenos. Para pertenecer a los iniciados necesitaban tener quien respondiera de ellos, una especie de padrino, para que la Iglesia pudiera tener garantía de la fidelidad de los nuevos cristianos y de que los misterios no serían divulgados. Por eso, en los primeros siglos del cristianismo, los gentiles desconocían los misterios de los cristianos tanto como éstos ignoraban los de Isis y Ceres.

 

Cirilo de Alejandría, en el escrito que dirigió contra el emperador Juliano, se expresa en estos términos: «Me ocuparía del bautismo si no temiera que lo que digo de él llegue a oídos de quienes no están iniciados». Entonces no había ningún culto que no tuviera sus misterios, sus sectas, sus catecúmenos, sus iniciados y sus profesos. Cada secta exigía nuevas virtudes y recomendaba a sus adeptos que hicieran nueva vida initium novae vitae; de esto provino la palabra iniciación. La de los cristianos de ambos sexos consistía en sumergirse desnudos en un cuba llena de agua fría para asegurar la remisión de todos los pecados. La misma diferencia había entre el bautismo cristiano y las ceremonias griegas, que entre la verdad y la mentira. Jesucristo fue el gran sacerdote de la nueva ley.

 

A partir del siglo II comenzaron a bautizar a los niños. Era natural que los cristianos desearan administrar ese sacramento a sus hijos para que no se condenaran si no lo recibían, y decidieron que se les debía bautizar a los ocho días de haber nacido, porque entre los judíos entonces estaban ya circuncidados. La Iglesia griega sigue todavía esa antigua costumbre.

 

Los niños que morían en la primera semana de su nacimiento estaban condenados, según la opinión de los más rigurosos padres de la Iglesia. Pero en el siglo v, Pedro Crisólogo inventó el limbo, que era como la playa o el arrabal del infierno, para los niños sin bautismo y donde permanecieron los patriarcas hasta que Jesucristo descendió a los infiernos. Más tarde prevaleció la opinión de que Cristo no descendió a los infiernos, sino al limbo.

 

Puesto a discusión si un cristiano nacido en los desiertos de Arabia podía ser bautizado con arena, se ha decidido que no. Se discutió también si podía bautizarse con agua de rosas, y se acordó que era indispensable el agua pura, pero podían utilizar agua cenagosa. Como vemos, esta disciplina dependió de la prudencia de los primeros pastores que la establecieron.

 

Los anabaptistas y otras sectas que se hallan fuera del seno de la Iglesia preconizaban que no se debía bautizar ni iniciar a nadie sin conocimiento de causa. «Obligáis a prometer —dicen— que pertenecerá a la sociedad cristiana al que no tiene conocimiento, porque un niño no puede comprometerse a nada y para ello le nombráis un padrino, pero esto es un abuso de la antigua costumbre. Esa precaución era conveniente cuando se estableció el bautismo, cuando hombres y mujeres desconocidos acudían a los primeros discípulos para que los admitieran en la sociedad cristiana, y para participar de las limosnas necesitaban presentar una garantía que respondiera de su fidelidad, pero un niño está en el caso diametralmente opuesto. Sucede con frecuencia que un niño que los griegos bautizaron en Constantinopla, casi a continuación lo circuncidaron los turcos, y fue cristiano ocho días y musulmán a los trece años, faltó al juramento que hizo su padrino.» Esa es una de las razones que los anabaptistas pueden alegar, pero esa razón, que es válida en Turquía, carece de valor en los países cristianos, en los que el bautismo asegura el estado de los ciudadanos y ha de ajustarse a las leyes y ritos de su patria.

 

Los griegos rebautizaban a los romanos que pasaban de una confesión latina a la confesión griega. Era costumbre en el siglo pasado que esos catecúmenos pronunciaran estas palabras: «Escupo a mi padre y a mi madre porque me bautizaron mal». Tal vez esa costumbre perdure todavía y se conserve mucho tiempo en las provincias.

 

El bautismo, la inmersión en el agua, la aspersión y la purificación, provienen de la más remota Antigüedad. Estar limpios equivalía a estar puros en presencia de los dioses. Ningún sacerdote se atrevió nunca a acercarse a los altares con manchas en el cuerpo.

 

Los judíos se creían obligados a bañarse después de una profanación cuando tocaban un animal impuro, un cadáver y en otras muchas ocasiones.

 

Para los judíos, ser bautizados y renacer era la misma cosa y esa idea ha sido inherente al bautismo hasta nuestros días. Cuando Juan el Precursor se dedicó a bautizar en el Jordán, no hizo más que continuar una costumbre inmemorial. Los sacerdotes de la ley no le pidieron cuentas por dedicarse a bautizar, como si estableciera una nueva práctica; le acusaron porque se arrogaba un derecho que les pertenecía exclusivamente, como los sacerdotes católicos romanos podrían quejarse de que un laico se arrogara el derecho a decir misa. Juan Bautista desempeñaba funciones legales, pero ilegalmente.

 

Juan tuvo discípulos y llegó a ser jefe de una secta popular que le acarreó perder la cabeza. Créese que Jesús fue al principio uno de sus discípulos, puesto que le bautizó en el Jordán, sabiendo, como sabemos, que envió poco tiempo antes de su muerte partidarios suyos para que le ayudaran.

 

El historiador Flavio Josefo habla de Juan y no de Jesús, prueba incontrovertible de que Juan Bautista, en la época del historiador, era más famoso que aquel a quien bautizó. «La multitud le seguía —dice Josefo— y parecía que los judíos estaban dispuestos a hacer cuanto les ordenara.» Este pasaje indica que Juan, además de ser jefe de secta, era jefe de partido. Josefo añade que llegó a inquietar a Herodes, siendo tan temible para éste que le sentenció a muerte. Jesús sólo tuvo discrepancias con los fariseos. Por eso, Josefo describe a Juan como hombre que hacía sublevar a los hebreos contra el rey Herodes, a quien éste consideró como criminal del Estado. Jesús, como estaba lejos de la corte, pasó inadvertido para el historiador.

 

La secta de Juan Bautista subsistió, teniendo una regla diferente a la de Jesucristo. Según consta en los Hechos de los Apóstoles, veinte años después del suplicio de Jesucristo, Apolo de Alejandría, convertido al cristianismo, sólo conocía el bautismo de Juan y no tenía idea del Espíritu Santo. Muchos viajeros, entre otros Chardin, el más relevante de todos, dicen que todavía existen en Persia discípulos de Juan, que se llaman Sabis los cuales se bautizan en nombre de éste y reconocen a Jesús como profeta, no como Dios.

 

Respecto a Jesús, repetimos que recibió el bautismo, pero no lo confió a nadie. Sus apóstoles bautizaban a los catecúmenos y, en ciertas circunstancias, los circuncidaban, prueba de ello es la operación que practicó Pablo en su discípulo Timoteo.

 

Se asegura que cuando los apóstoles bautizaban lo hacían en nombre de Jesucristo. Los Hechos de los Apóstoles no mencionan a ningún catecúmeno bautizado en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, lo que nos induce a creer que el autor de los Hechos no conoció el Evangelio de San Mateo, que dice: «Id a enseñar a todas las naciones y bautizad en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo». La religión cristiana no había adquirido aún la verdadera forma, ni se había escrito el Símbolo de los Apóstoles. La carta de Pablo a los corintios nos da a entender la singular costumbre de bautizar a los muertos, pero la naciente Iglesia pronto reservó el bautismo para los vivos y empezó por bautizar a los adultos. Con frecuencia, esperaba que cumplieran cincuenta años o su última enfermedad, con la idea de que se llevaran a la otra vida toda la virtud del reciente bautismo.

 

En la actualidad bautizan a todos los niños. Sólo los anabaptistas reservan esta ceremonia para la edad adulta y la practican sumergiendo el cuerpo en el agua. Los cuáqueros, que constituyen una secta muy numerosa en Inglaterra y en América, no se bautizan, fundándose en que Jesucristo no bautizó a ninguno de sus discípulos y ellos se vanaglorian de ser cristianos como en la época de Jesús.

 

El emperador Juliano el Filósofo, en su libro Sátira de los Césares, pone estas palabras en boca de Constancio hijo de Constantino: «Todo el que sea culpable de violación, homicidio, rapiña, sacrilegio y crímenes más abominables, quedará limpio y puro así que yo lo lave con el agua bautismal». Esta fue la fatal doctrina que indujo a los emperadores romanos y a los grandes del Imperio a diferir el bautismo hasta el postrer momento. Creyeron haber encontrado el secreto de vivir como criminales y morir como hombres virtuosos. ¡Extraña fue la idea que extrajeron del agua lustral, es decir, que una cantidad de agua lavaba todos los crímenes! Actualmente bautizamos a los niños obedeciendo a otra idea tan absurda como la que acabamos de mencionar o sea suponer que todos son criminales y así los salvamos hasta la edad de la razón en la que ya pueden convertirse en culpables. ¡Ahogadlos, pues, pronto, porque así aseguráis el paraíso! Esta consecuencia es tan lógica que existió una secta religiosa que mataba por envenenamiento a las criaturas recién bautizadas. Esos sectarios razonaban perfectamente cuando decían: «De esa forma hacemos a esos niños inocentes el mayor bien, porque les evitamos ser desdichados y perversos en el mundo y los enviamos a gozar la vida eterna».

 

BEKKER (o del mundo encantado, del diablo, del libro de Enoc y de los hechiceros). Baltasar Bekker, teólogo y predicador alemán, hombre excelente, enemigo del infierno eterno y del diablo y más enemigo todavía de la precisión, levantó mucho revuelo en su época con un voluminoso libro que con el título El mundo encantado publicó en 1694.

 

Jacobo Jorge de Chaufepie, que pretende ser el continuador de Bayle, asegura que Bekker aprendió el griego en Gromingua, y Nicerón aduce buenas razones para asegurar que lo aprendió en Franeker, pero no está firme en punto tan interesante. Lo cierto es que en la época de Bekker, ministro del Santo Evangelio de Holanda, el diablo gozaba de extraordinaria fama entre los teólogos de todas las confesiones. Sucedía esto hacia mediados del siglo XVII, pese a los esfuerzos de Bayle y de otros sabios que empezaban a ilustrar a la humanidad. Por toda Europa estaban en boga los poseídos y los hechiceros, y con frecuencia los resultados eran funestos.

 

Apenas pasado un siglo, el rey Jacobo, acervo enemigo de la Iglesia romana y del poder del Papa, hizo imprimir su libro Deomología, en que reconocía los maleficios, íncubos y súcubos, y confiesa el poder del diablo y del Papa, que en su opinión puede sacar a Satanás del cuerpo de los poseídos como los demás sacerdotes. Los propios franceses, que se vanaglorian en la actualidad de haber recobrado el buen sentido, estaban sumidos en la hórrida cloaca de la más estúpida barbarie. No existía en Francia un solo tribunal que no se ocupara en juzgar causas de hechicería, ni jurisconsulto serio que no escribiera respecto a los poseídos del diablo. Católicos y protestantes creían en esta absurda superstición fundándose en que lo dice uno de los evangelios cristianos que fueron enviados a los discípulos para expulsar a los diablos. Creían deber sagrado someter a tortura a las muchachas de mala vida para hacerlas confesar que habían fornicado con Satanás, el cual se presentaba a ellas en forma de macho cabrío y con el miembro viril en el ano, y en los procesos criminales que formaban a esas infortunadas describían detalladamente las citas del macho cabrío con las prostitutas. Esos procesos terminaban siempre quemándolas en la hoguera, tanto si confesaban como si negaban. Así, Francia llegó a ser un vasto escenario de matanzas legales.

 

Tengo a la vista una colección de procesos infernales recogidos por un consejero de la Cámara del Parlamento de Burdeos, llamado Lancre, publicada en 1613 y dedicada a Monseñor Sillery, canciller de Francia. El país pasó entonces por una interminable noche de San Bartolomé, y así continuó, desde la matanza de Vassy, hasta los asesinatos del mariscal Ancre y su inocente esposa.

En Ginebra, en 1652, en la época de Bekker, quemaron en la hoguera a una infeliz mujer llamada Micaela Chandrón, convenciéndola de que era una hechicera.

 

He aquí, en extracto, el proceso que se incoó contra esa desventurada: «Micaela, al salir de la ciudad, encontró al diablo. Este le dio un beso, recibió su homenaje y luego imprimió en el labio superior y en la mama derecha de la joven el sello con que acostumbra a marcar las personas que reconoce por favoritas suyas. El sello del diablo es una firma diminuta que da insensibilidad a la piel, como aseguran los jurisconsultos de Monógrafos. El diablo ordenó a Micaela Chandrón que hechizara a dos muchachas y ella obedeció humildemente a su señor».

 

Los padres de las jóvenes la acusaron judicialmente de haber hechizado a sus hijas, y éstas declararon que sentían continuamente un gran comezón en ciertas partes del cuerpo y que estaban poseídas del diablo. Llamaron a los médicos para que las visitaran y después buscaron en todo el cuerpo de Micaela el sello del diablo, que el atestado denomina marca satánica. Clavaron en su cuerpo una aguja larga que le hizo sufrir dolorosa tortura y salir mucha sangre; la infeliz Micaela dio a entender con sus gritos que las marcas del diablo no la hicieron insensible. No encontrando los jueces prueba concluyente de que Micaela Chandrón fuera bruja, le aplicaron el tormento, que infaliblemente otorga las pruebas que se desean y la desventurada confesó lo que querían que confesara. Los médicos siguieron buscando la marca satánica y la encontraron en una pequeña señal negra que tenía en una pierna, en la que volvieron a hundirle la aguja, pero fueron tan tremendos los dolores que le causaba el tormento que la pobre mujer, que estaba expirando, apenas sintió el efecto de la aguja y no exhaló un solo grito. Con ello quedó comprobado el crimen, pero como las costumbres empezaban a suavizarse, no la quemaron hasta después de haberla ahorcado.

 

En todos los tribunales de la Europa cristiana aún tienen lugar esas salvajes sentencias. Duró tanto la imbecilidad bárbara, que a mediados del siglo XVIII, en 1750, en Vurtzburg quemaron a una bruja. ¡Y vaya bruja! Una joven de la alta sociedad que era abadesa de un convento de monjas. Y esto sucedió durante el reinado de María Teresa de Austria.

 

Semejantes horrores, difundidos por toda Europa, movieron a Bekker a luchar contra el diablo. Y aunque le dijeron en prosa y en verso que hacía mal en atacarle, siendo tan feo como era y pareciéndosele mucho, no dio su brazo a torcer. Empezó por negar rotundamente el poder de Satanás, y tanto se enardeció combatiéndole que llegó a propugnar que Satanás, no existe. «Si existiera el diablo —exclamaba— se vengaría de mí por la guerra que le muevo». Bekker razonaba bien: si el diablo existiera le castigaría. Los sacerdotes, sus colegas, se pusieron contra él afiliándole al partido de Satanás y le anatematizaron.

 

Bekker entra en materia en el segundo tomo. Opina que la serpiente que sedujo a nuestros primeros padres no era el diablo, sino una verdadera serpiente, como la burra de Balaam era una verdadera burra y como la ballena que se tragó a Jonás era una verdadera ballena. Tan cierto resultaba que era una serpiente, que toda su especie, que antes andaba con los pies, fue condenada a andar arrastrándose. El Pentateuco nunca llama a la serpiente Satanás, Belcebú, ni Diablo, ni siquiera nombra a Satanás. Bekker admite la existencia de los ángeles, aunque al propio tiempo asegura que la razón humana no puede demostrar que existen. «Si existen —dice en el capítulo VIII del tomo segundo— es difícil decir lo que son. La Sagrada Escritura no dice en qué consiste su naturaleza ni en qué consiste el ser de un espíritu. La Biblia no está escrita para los ángeles, sino para los hombres, y Jesucristo, para redimirnos, no tomó la forma de ángel sino la de hombre».

 

Si Bekker tiene tanto miramiento sobre la existencia de los ángeles no es de extrañar que lo tenga también para los diablos, y es ocupación divertida observar las elucubraciones que obliga a hacer a su ingenio para que prevalezca en los textos favorables a la doctrina que sustenta y para eludir los contrarios. Hace cuanto puede para demostrar que el diablo no tuvo parte en las calamidades que afligieron a Job, siendo en esto más prolijo que los exégetas del santo varón. Es hasta verosímil que sólo le condenaran por despecho de haber perdido el tiempo leyéndole. Estoy convencido de que si el diablo se hubiera visto obligado a leer el Mundo Encantado, no perdonaría nunca a Bekker los demoledores ataques que le dirige.

 

Una de las mayores dificultades que encontró el teólogo alemán fue explicar estas palabras del Evangelio de San Mateo: «Jesús fue transportado por el espíritu al desierto, para que allí le tentara el diablo Kuathbull». No encontró nunca un texto más terrible. El teólogo pudo escribir cuanto quiso contra Belcebú, pero era imprescindible que admitiera su existencia, y una vez admitida interpretaba los textos difíciles como podía.

 

Quien desee saber qué es el diablo, debe recurrir al jesuita Escoto, que se ocupa de él con prolija extensión, más todavía que Bekker.

 

Si consultamos sólo la historia, sabremos que el origen del diablo existe ya en la remota doctrina de los persas. Harimán o Arimane, que es el principio del mal, corrompe todo lo que el principio del bien hizo beneficioso. En Egipto, Tifón causa todo el mal que puede, y Oshireth, que nosotros llamamos Osiris, proporciona con Isis todo el bien de que es capaz. Antes de la época de los egipcios y de los persas, Maizazor, en la India, se reveló contra Dios y quedó convertido en diablo, pero al fin Dios le perdonó. Si Bekker y los socicianos hubieran conocido la anécdota de los ángeles hindúes sobre su rehabilitación, se habría aprovechado de ello para afirmarse en la opinión de que el infierno no es eterno y para prometer el perdón a los condenados que lean sus libros.

 

Debemos confesar que los judíos no mencionan la caída de los ángeles en el Antiguo Testamento, pero sí trata de ella el Nuevo. Cuando se estableció el cristianismo, atribuyeron un libro a Enoc, séptimo hombre después de Adán, concerniente al diablo y sus asociados. Enoc dice que el jefe de los ángeles se llama Semianzas y sus lugartenientes eran Areciel, Atarcuf y Sampsic (1), y los capitanes de los ángeles fieles eran Rafael, Gabriel, Uriel, etc., pero no dice que la guerra se librara en el cielo, sino en una montaña del mundo por intentar casarse con las hijas de los hombres. San Judas cita dicho libro en su epístola: «Dios retuvo —dice— encadenados en las tinieblas hasta el juicio final a los ángeles que, pervirtiendo su origen, abandonaron su morada. Desgraciados los que siguen las huellas de Caín, cuya desventura profetizó Enoc, séptimo hombre después de Adán». En su segunda epístola, san Pedro alude al libro de Enoc diciendo: «Dios no perdonó a los ángeles que pecaron y los lanzó al Tártaro, donde los tiene sujetos con cables de hierro».

 

(1) Ya hemos citado los ángeles principales en el artículo Ángel.

 

Era difícil que Bekker pudiera contradecir pasajes tan explícitos no obstante, todavía fue más inflexible con los diablos que con los ángeles. Para que no le subyugue el libro de Enoc, sostiene que así como no existe el diablo, tampoco existe dicho libro, o lo que es lo mismo, que es apócrifo. Añade que el diablo pertenece a la antigua mitología que el cristianismo ha copiado, porque no somos más que unos plagiarios.

 

¿Puede preguntarse, en la actualidad, por qué denominamos Lucifer al espíritu maligno, que la traducción hebraica y el libro atribuido a Enoc llaman Semiaxah o Semexiah? Porque, sin duda, entendemos mejor el latín que el hebreo. Isaías inserta una parábola contra un rey de Babilonia, que dice: «Al saber tu muerte se oyeron cantos de alegría y se regocijaron los abetos, porque tus recaudadores no vendrían ya a cobrarnos la contribución de la talla. ¿Cómo desde tu altura descendiste al sepulcro? ¿Cómo fuiste a dar entre los gusanos y la podredumbre? ¿Cómo caíste del cielo, Helel, estrella de la mañana? etc. La palabra caldea hebraica Helel se tradujo por Lucifer, y la estrella de la mañana, la estrella de Venus; desde entonces fue el diablo Lucifer caído del cielo y precipitado a los infiernos. De tal modo se forman las opiniones, y a veces una sola palabra, una sílaba mal traducida, una letra equivocada o suprimida son el principio de la creencia de todo un pueblo. De la palabra Soracte se ha formado San Orestes, de la voz Rabboni se ha formado San Raboni y de Semo Sancus se ha formado San Simón el Mago. Y como estos, hay un sinfín de ejemplos.

 

Pero ya sea el diablo, la estrella Venus, el Semiaxah de Enoc, el Satán de los babilonios, el Mozaizor de los hindúes o el Tifón de los egipcios, Bekker tiene razón al decir que no debe atribuírsele el inmenso poder que se le otorgó hasta estos últimos tiempos. Es excesivo haber inmolado a la noble abadesa de Vurtzburg, a Micaela Chandrón, al sacerdote Gaufridi, a la esposa del mariscal Ancre y a más de cien mil brujos, en trescientos años, en las naciones cristianas. Si Baltasar Bekker se hubiera limitado a cortar las uñas al diablo le habrían aplaudido, pero siendo sacerdote, querer matar al demonio le costó perder su curato.

 

BELLO. Ya que citamos a Platón al ocuparnos del amor, citémosle también al tratar de lo bello. Es curioso saber cómo se expresaba un griego, al tratar de lo bello, hace dos mil años. «Purificado el hombre mediante los misterios sagrados, al ver un bello rostro adornado con forma divina o alguna especie incorporal, siente inmediatamente secreto temblor y cierto temor respetuoso, y contempla ese semblante que se le figura una divinidad. Cuando la influencia de la belleza se le cuela en el alma por la vista, su cuerpo entra en calor, se rocían las alas de su alma, pierden la dureza que retenía su germen, se liquida, y sus gérmenes, hinchados en las raíces de esas alas, se esfuerzan para salir por toda el alma». (Porque antiguamente el alma tenía alas.)

 

Estoy de acuerdo en creer que es bello ese pasaje de Platón, pero no nos proporciona ideas exactas de la naturaleza de lo bello.

 

Preguntad a un sapo qué es la belleza, el ideal de lo bello, y os contestará que la hembra de su especie, con dos ojos gruesos y redondos

 

que resaltan de su pequeña cabeza, boca ancha y aplastada, vientre amarillento y espalda oscura. Preguntad a un negro de Guinea; para él, la belleza consiste en la piel negra y aceitosa, los ojos hundidos y la nariz chata. Preguntádselo al diablo y os contestará que la belleza consiste en un par de cuernos, cuatro garras y una cola larga. Preguntádselo, por último, a los filósofos y contestarán mediante galimatías que no comprenderéis, porque falta algo que esté conforme con el arquetipo de lo bello en su esencia.

 

Asistí un día a la representación de una tragedia y estuve sentado al lado de un filósofo, que exclamó: « ¡Eso es bello! » «¿Qué encontráis de bello en esa obra?, le dije. ¡Que el autor haya logrado lo que se propuso». Al día siguiente, el filósofo tomó una medicina y le sentó bien. «Esa medicina logró su objetivo —le dije—, por tanto es un bella medicina». En seguida comprendió el filósofo que no se puede decir de una medicina que es bella, que para aplicar a una cosa el calificativo de belleza es menester que nos produzca admiración y deleite. Y convino conmigo que la tragedia que vimos representar inspiraba esos dos sentimientos.

 

Con el referido filósofo hice un viaje a Inglaterra, donde vimos representar la misma obra, perfectamente traducida, y en dicha nación hizo bostezar de aburrimiento a todos los espectadores. Entonces el filósofo exclamo: «Los ingleses no tienen la misma idea de la belleza que los franceses». Dedujo, tras muchas reflexiones, que lo bello es con frecuencia muy relativo, al igual que lo decente en el Japón es indecente en Roma, y lo que está de moda en París no lo está en Pekín, y se ahorró el trabajo de escribir un largo tratado de lo bello.

 

Hay acciones que son bellas en todo el planeta. Dos oficiales de Julio César que eran enemigos mortales, se desafiaron, no a matarse uno al otro, sino a ver quién defendería mejor el campamento romano que los bárbaros iban a atacar. Uno de ellos, tras rechazar a los enemigos, está a punto de sucumbir, el otro acude en su ayuda, le salva la vida y obtienen la victoria. Un amigo se deja matar por otro y un hijo por su padre. Todas las naciones, indistintamente, dirán que ambas acciones son bellas, las admiran y les produce deleite. Lo mismo dirán de las grandes máximas de moral de la obra de Zoroastro. «Cuando dudes de la justicia de un acto, abstente de realizarlo», y de esta otra de Confucio: «Olvida las injurias, pero no olvides nunca los beneficios».

 

El negro de ojos redondos y nariz chata, que no llamará bellas a las damas de las cortes europeas, llamará bellos esos actos y esas máximas; hasta el hombre malvado reconocerá la belleza de las virtudes que él no se atreve a imitar. Lo bello, que sólo afecta a los sentidos o la imaginación, es muchas veces incierto y variable, pero lo bello que conmueve al corazón, nunca lo es. Muchas personas os dirán que no han encontrado nada bello en las tres cuartas partes de la Ilíada, pero no encontraréis ninguna que no reconozca que el sacrificio que hace Crodus por su pueblo es fabulosamente bello, suponiendo que sea verdad.

 

El padre Attiret, jesuita, natural de Dijón, empleado como dibujante en la casa de campo del emperador Kang‑hi, cerca de Pekín, dice en una carta que dirigió a M. Dassant:

 

«Esta casa de campo, más grande que la ciudad de Dijón, está dividida en muchos edificios construidos en la misma línea; cada uno de ellos tiene patios, parterres, jardines y juegos de agua, y todas sus fachadas están barnizadas, llenas de pinturas y adornos de oro. En el vasto recinto del parque se han levantado a mano varias colinas que tienen de veinte a sesenta pies de altura. Riegan los valles múltiples canales que van a juntarse muy lejos formando estanques y mares diminutos. Puede pasearse por esos mares en esquifes barnizadas y dorados, que miden unas trece toesas de longitud y cuatro de anchura. En esas embarcaciones hay salones magníficos, y las playas de esos canales, de esos estanques y de esos mares están salpicadas de casas construidas de distintas maneras: todas tienen jardines y cascadas. Desde cualquiera de los valles se pasa a los demás por grandes andenes adornados con pabellones y grutas; los valles se diferencian unos de otros. El más grande se halla rodeado de columnas detrás de las cuales se elevan magníficos palacetes, y sus departamentos corresponden a la magnificencia de las fachadas. Los canales tienen muchos puentes, con balaustradas de mármol blanco y talladas con bajorrelieves. En medio del mar se ha elevado un gigantesco peñasco sobre el que han construido un pabellón cuadrado que consta de más de cien habitaciones, y desde ese pabellón se ven todos los palacios, las casas y los jardines que contiene el inmenso recinto. Cuando el emperador da alguna fiesta, todos los edificios se iluminan instantáneamente y en cada uno disparan fuegos artificiales. Al extremo de lo que llaman mar, se instala una gran feria que disponen los oficiales del emperador, y muchos barcos vienen por el mar verdadero trayendo gente a la feria. Los cortesanos se disfrazan de comerciantes, de vendedores y de obreros de todas clases; unos ponen un café, otros una taberna, unos hacen de rateros y otros de alguaciles que los persiguen. El emperador, la emperatriz y las damas de la corte, van a la feria a comprar toda clase de ropas, y los supuestos vendedores los engañan siempre que pueden, diciéndoles que es vergonzoso que regateen señoras tan principales si ellas contestan que tratan con pillos. Los comerciantes se enfadan y quieren marcharse de allí y tienen que apaciguarlos; entonces, el emperador lo compra todo y lo divide en lotes, que se quedan y pagan los personajes de la corte».

 

Cuando el padre Attiret regresó a Versalles le pareció que esta localidad era pequeña y triste. Varios alemanes que se extasiaban recorriendo sus jardines quedaron asombrados de que al padre Attiret no le llamaran la atención. El ejemplo que acabo de exponer es una razón más que me decide a no componer un tratado sobre lo bello.

 

BESAR. Pido perdón a los jóvenes de ambos sexos si no encuentran en este artículo lo que buscan, pero lo escribo para la gente seria y los doctos, que son a quienes puede interesar.

 

En la época de Moliere se abusaba de los besos. En La madre coqueta, de Quinaul, Champagne pide besos a Laura y ésta le contesta: «¿No estás satisfecho, todavía? Pues yo ya tengo vergüenza, porque te he besado dos veces». Champagne le replica: «¿Qué cuentas cuando besas?» Los menestrales pedían besos a las modistillas y unos y otros se besaban en el teatro. Esto era fastidioso e insoportable, sobre todo cuando los actores eran repelentes o feos. El autor amigo de los besos debe leer Pastor fido, obra en que figura un coro que sólo habla de besar y su argumento se basa en un beso que Mirtilo dio a la hermosa Amarilis jugando a la gallina ciega. Un bacio molto saporito, como dice el autor.

 

Es asimismo bastante conocido el trabajo sobre los besos, en el cual Juan de La Casa, arzobispo de Benavente, dice que podemos besarnos de la cabeza a los pies. Le dan lástima las narices largas, que difícilmente pueden acercarse unas a otras, y recomienda a las damas de nariz larga que elijan amantes chatos.

 

Besarse era la manera de saludar más común en la Antigüedad. Plutarco nos dice que los conjurados contra César, antes de matarle, le besaron en la cara, la mano y el pecho. Tácito refiere que cuando su suegro Agrícola regresó de Roma Domiciano le recibió besándole con frialdad y luego le dejó confundido entre la muchedumbre. El inferior que no lograba saludar a su superior besándole, llevaba a la boca a su propia mano y le enviaba un beso, y el superior lo devolvía de la misma manera cuando le placía hacerlo. Igual signo empleaban para adorar a los dioses. Job, en su Parábola (quizá el libro más antiguo que conocemos), dice que.no adora al sol ni a la luna como los demás árabes porque no se lleva la mano a la boca cuando contempla a los astros que él no adora. De esa antiquísima costumbre sólo quedó en Occidente la fórmula pueril, que todavía se enseña a los niños en algunos pueblos, de besarse la mano derecha cuando se les regala alguna golosina.

 

Era un proceder ruin hacer traición besando, y este proceder hace inicuo el asesinato de César. Pasaremos por alto el beso de Judas, porque ya se ha convertido en proverbio. Joab, uno de los capitanes de David, odiaba a Amasa, que era otro capitán, y le dijo: «Buenos días, hermano mío», y agarrando con la mano la barba de Amasa para besarle, con la otra sacó la espada y le traspasó el pecho. No se encuentran más besos en los asesinatos que cometieron los hebreos, que los que Judit dio a Holofernes antes de cortarle la cabeza cuando se quedó dormido en el lecho. En el Otelo, de Shakespeare, este moro negro da dos besos a su esposa antes de asesinarla. Este proceder, que parece monstruoso a las personas sensibles, lo encuentran natural los partidarios de Shakespeare y acorde con las supersticiones de los negros. Al menos, no besaron en la catedral de Milán, el día de San Esteban, cuando asesinaron allí a Juan Galeas Sforza, ni cuando mataron al almirante Coligny, al príncipe de Orange, al mariscal Ancre, a los hermanos Wit y a otros.

 

Los antiguos opinaban que había algo de simbólico y sagrado en el beso porque besaban las estatuas de los dioses y las barbas, cuando a los escultores se les ocurría ponérselas. En los misterios de Ceres, los iniciados se besaban para demostrar su concordia. Los paleocristianos de ambos sexos se besaban en la boca en los ágapes, es decir, en las comidas que efectuaban en las iglesias, porque la voz ágape significaba comida de amor. Se daban recíprocamente el ósculo santo, el beso fraternal, el beso de la paz. Esa costumbre duró más de cuatro siglos, pero por sus consecuencias tuvo que abolirse. Esos besos fraternales atrajeron mucho tiempo sobre los cristianos, que aún eran poco conocidos, el epíteto de libertinos con que los calificaron los sacerdotes de Júpiter y las sacerdotisas de Vesta. En palabras de Petronio y otros autores, los disolutos se llamaban hermano y hermana, y creyeron que entre los cristianos dichas voces significaban idénticas infamias, por lo que contribuyeron ellos mismos, inocentemente, a difundir tales acusaciones.

 

En un principio existieron diecisiete confesiones cristianas distintas como existieron nueve entre los hebreos, incluyendo en ellas dos clases de samaritanos. Las confesiones que alardeaban de ser más ortodoxas, acusaban a las otras de cometer las impurezas más inconcebibles. El vocablo gnóstico, que al principio significaba sabio, ilustrado, puro, se tornó palabra despreciable e indigna. San Epifanio, que escribió en el siglo III afirma que en los primitivos tiempos del cristianismo los hombres y las mujeres se hacían cosquillas, luego se dieron besos muy impúdicos, juzgando el grado de fe que tenían quienes los daban por la voluptuosidad que ponían en este acto, y que el marido decía a la esposa al presentarle un joven iniciado, Celebra el ágape como mi hermano, y ellos celebraban el ágape.

 

No nos atrevemos a transcribir en la casta lengua francesa lo que añade San Epifanio en griego (1). Únicamente, que dicho santo se excedió al defender el cristianismo y que todos los herejes no son libertinos relajados.

 

(1) San Epifanio: Contra hoeres, libro I, tomo I.

 

La secta de los pietistas, tratando de imitar a los cristianos, se dan actualmente besos de paz al terminar sus reuniones y el tratamiento de hermanos, según me confesó hace veinte años una pietista muy hermosa y sensible. Los pietistas conservan religiosamente la antigua costumbre de besarse en la boca.

 

Esta era la manera de saludar a las damas en Francia, Alemania, Inglaterra e Italia. Los cardenales tenían derecho a besar a las reinas en la boca, incluso en España. Es singular que no gozaran de esa prerrogativa en Francia, donde las damas disfrutaron siempre de mayor libertad que en otras naciones. Pero cada país tiene sus ceremonias y no existe ningún uso, en general, al que las circunstancias y la costumbre no pongan excepción. Hubiera sido una falta de cortesía y hasta un agravio que una dama honrada, al recibir la primera visita de un caballero no le besara en la boca, a pesar de sus mostachos. «Es una costumbre desagradable y afrentosa para las damas‑‑dice Montaigne‑‑tener que ofrecer sus labios al señor que lleve tres criados, por repugnante que sea». Sin embargo, esa es quizá la costumbre más antigua del mundo.

 

Si era desagradable para una joven y hermosa boca pegarse por cortesía a otros labios secos y viejos, en cambio era peligroso que se juntaran dos bocas frescas y rojizas de veinte a veinticinco años, y este peligro obligó a abolir la ceremonia de besarse en los misterios y en los ágapes. Ese peligro obligó a los orientales a tener a sus mujeres encerradas para que sólo besaran a sus padres y a sus hermanos, costumbre que los árabes, con muy buen sentido, hacía mucho tiempo que habían introducido en España.

 

El peligro de besarse estriba en que hay un nervio del quinto par que va desde la boca al corazón, y desde allí más abajo, ya que la naturaleza todo lo dispuso con la más delicada industria. Las pequeñas glándulas de los labios, su tejido esponjoso, su piel fina, dan una sensación exquisita y voluptuosa que tiene analogía con una parte más oculta y todavía más sensible. El pudor puede perderse en un prolongado beso que saboreen dos pietistas de dieciocho años.

 

Nótese que, en la especie animal, sólo se besan las tórtolas y los palomos. De esto proviene el vocablo latino columbatim, que en las lenguas modernas carece de equivalente. Como en el mundo se abusa de todo, se abusó asimismo de los besos. El beso que la naturaleza destinó para la boca se envileció con frecuencia destinándolo a sitios que no se crearon para ese uso. Sabido es de lo que se acusó a los templarios.

 

La decencia nos impide seguir tratando de esta cuestión interesante, Aunque Montaigne haya dicho: «Se debe hablar sin vergüenza de este asunto; no nos abstenemos de hablar en voz alta de matar, herir y hacer traición, y de esto apenas osamos hablar entre dientes».

 

BESTIALIDAD, HECHICERÍA. Los muchos honores que rindió la Antigüedad a los machos cabríos nos sorprenderían, si algo pudiera sorprender a los familiarizados en el estudio del mundo antiguo y el mundo moderno. Los egipcios y los hebreos designaban con frecuencia a los reyes y jefes del pueblo con la voz macho. Zacarías dice: «El Señor está encolerizado con los pastores del pueblo y con los machos, y El los visitará. Visitó a su rebaño de la casa de Judá y lo convirtió en su caballo de batalla». «Salid de Babilonia‑‑dice Jeremías a los jefes del pueblo‑‑, sed los machos que van al frente del rebaño». Isaías usa también la palabra macho en los capítulos X y XIV, que han traducido por la de príncipe.

 

Los egipcios no se limitaron a llamar machos a sus reyes, sino que en Memfis les consagraron un macho cabrío y lo adoraron. Es verosímil que el pueblo tomara un emblema por una divinidad, como ha sucedido otras veces. Lo increíble es que los sacerdotes de Egipto inmolaran y adoraran a los machos al propio tiempo. Sin embargo, sabemos que tuvieron el macho Hazazel, que despeñaban adornado y coronado de flores para expiación del pueblo, y que los hebreos copiaron de los egipcios esta ceremonia y hasta el nombre del macho, al igual que adoptaron otros muchos de sus ritos.

 

Sabemos también que los machos cabríos todavía recibieron un honor más singular. Parece casi probado que algunas mujeres de Egipto se apareaban con los machos cabríos, imitando el mito de Pasifae con el toro. Herodoto nos dice que, estando en Egipto, una mujer ejercía públicamente un comercio abominable en la ciudad de Memfis. Y añade que le asombró ese hecho, pero no dice que castigaran a la mujer. Plutarco y Píndaro que vivieron en diferente siglo, coinciden en decir que se ofrecían mujeres al macho cabrío consagrado.

 

Los hebreos imitaron esas abominaciones. Jeroboán puso sacerdotes para que sirvieran a sus becerros y a sus machos cabríos; así consta expresamente en el texto hebreo (1). El mayor ultraje que recibió la naturaleza humana fue el brutal extravío de algunas hebreas que se apasionaron de los machos cabríos y el de varios hebreos que cohabitaron con cabras. Fue preciso publicar expresamente una ley en el Levítico. Empieza por prohibir que las mujeres se prostituyan con las bestias y los hombres cometan el mismo crimen, y luego dispone que el culpable de tal bestialismo sea sentenciado a muerte con el animal del que haya abusado. Este se considera tan criminal como el hombre y la mujer, y dicha ley dice que su sangre caerá sobre ellos.

 

(1) Libro segundo de los Paralipómenos, 11, 15.

 

Otras varias leyes respecto a los machos y a las cabras establecieron para el pueblo hebreo, cuya abominable depravación se extendió por varios países cálidos. Los judíos iban entonces errantes por el desierto y sólo podían proporcionarse cabras y machos cabríos. Este atentado contranatural fue también común entre los pastores de Calabria y otras regiones de Italia. Hasta el propio Virgilio se ocupa de ello en su Égloga III.

 

No se contentaron con esas abominaciones. El culto del macho cabrío quedó establecido en Egipto y en los arenales de gran parte de Palestina. Creyeron hacer encantamientos mediante machos cabríos y otros animales y la magia y la hechicería pasaron pronto desde Oriente hasta Occidente extendiéndose por todo el planeta. Los romanos llamaron sabbatum a la hechicería procedente de los hebreos, confundiendo así el día sagrado de éstos con sus secretos infames. De esto provino que ser hechicero y asistir al sabat fuera lo mismo para las naciones modernas.

 

Infelices mujeres de pueblos de escaso vecindario, engañadas por varios pícaros, pero a las que engañó más su ignorancia, creyeron que tras pronunciar la palabra abrazá y de frotarse con un ungüento mezclado de boñiga de vaca y pelo de cabra, mientras dormían serían transportadas al sabat por los aires montadas en un palo de escoba y allí adorarían un macho cabrío y gozarían de él. Esta creencia fue entonces universal y los doctores suponían que era el diablo que se metamorfoseaba en macho. Puede leerse esto en las Disquisiciones de Del Río y en otros autores. El teólogo Grillandus, uno de los promotores de la Inquisición, dice que los hechiceros llaman al tal macho Martinet, y asegura que una mujer que se entregó a Martinet, montada en sus hombros fue transportada por los aires a un sitio llamado la nuez de Benavente.

 

Se publicaron libros que describían los misterios de los hechiceros. Yo he visto uno en cuya cubierta había un macho cabrío muy mal dibujado y una mujer de rodillas, detrás de él. Los libros de esa clase se llamaban Grimuires, en Francia, y en otras partes Alfabetos del diablo. El que leí sólo tenía cuatro hojas impresas con caracteres casi indescifrables.

 

El raciocinio y la educación hubieran bastado para erradicar de Europa semejante extravagancia, mas para conseguirlo quisieron valerse de los suplicios. Si los brujos contaban con libros, los jueces disponían de códigos para castigarlos. El jesuita del Río, doctor por Lovaina, publicó en 1599 su obra Disquisiciones mágicas, en la que asegura que todos los herejes son magos y recomienda que se les dé tormento. No duda de que el diablo se transforma en macho cabrío, y cree que no concede sus favores a todas las mujeres que se le presentan. Cita a muchos jurisconsultos que llama demonógrafos y supone que Lutero fue hijo de un macho cabrío y una mujer. Asegura que en 1595, en Bruselas, parió una mujer un niño que le hizo el diablo disfrazado de macho cabrío, y que la castigaron, pero no dice con qué suplicio.

 

Boguet, juez supremo de la abadía de San Claudio, en el Franco Condado, fue el que más profundizó en la jurisprudencia de la hechicería. Presenta una relación detallada de los suplicios a que condenó a los brujos de ambos sexos, cuyo número es considerable. Suponía que casi todas las brujas habían fornicado con el macho cabrío.

 

Ya queda dicho que en Europa fueron sentenciados a muerte más de cien mil supuestos brujos. La filosofía logró curar a los hombres de tan abominable quimera, así como enseñar a los jueces que no deben sentenciar a que mueran en una hoguera los imbéciles.

 

BESTIAS. Es una pena, una pobreza de espíritu, haber dicho que los animales son máquinas que carecen de conocimientos y sentimientos, que siempre realizan sus cosas del mismo modo y no perfeccionan nada.

 

¡Que equivocación! El pájaro que hace su nido en semicírculo cuando lo fija en un pared, que lo construye en forma de cuarto de círculo cuando lo hace en un ángulo, y en círculo perfecto cuando lo coloca en un árbol, no hace siempre lo mismo. El perro de caza que adiestramos durante tres meses, sabe mucho más pasado ese tiempo que antes de empezar a enseñarle. El canario al que enseñamos un aire cualquiera, no lo repite al instante, sino que necesita tiempo para aprenderlo, pero vemos que va corrigiéndose hasta que lo canta bien.

 

Porque el hombre habla, ¿juzgas que tiene sentimientos, memoria e ideas? Pues bien, sin pronunciar una palabra, verás que entro en mi casa entristecido, busco un papel con inquietud, abro un cajón porque recuerdo que allí lo guardé, lo encuentro y lo leo con alegría. Sin hablar, conocerás que experimenté el sentimiento de la aflicción y el del placer, que estoy dotado de memoria y de conocimiento.

 

Juzga, pues, con el mismo criterio al perro que ha perdido su amo, lo busca por todos los caminos lanzando lastimeros ladridos, que entra en la casa agitado, inquieto, que baja y sube, y va de estancia en estancia hasta que al fin encuentra al dueño que ama y atestigua la alegría que siente mediante gruñidos, saltos y caricias.

 

Varios bárbaros atrapan a ese perro, que aventaja al hombre en ser fiel a la amistad, le atan en una mesa y le abren en vivo para examinarle las entrañas, descubriendo en él los mismos órganos del sentimiento que tiene el hombre. Contestadme, mecanicistas, ¿la naturaleza les concedió los órganos del sentimiento a los animales con el fin de que no sintieran? ¿Teniendo nervios, pueden ser insensibles? ¿No supone esto contradecir las leyes de la naturaleza?

 

En cambio, hay otros filósofos que preguntan qué es el alma de las bestias. No comprendo esta cuestión. El árbol tiene la facultad de recibir en sus fibras la savia que circula por ellas, y de abrir los botones de sus hojas y sus frutos. ¿Me preguntaréis por eso qué es el alma de ese árbol que ha recibido sus dones, y el animal los del sentimiento, la memoria y un limitado número de ideas. ¿Quién creó esos dones, quién concedió esas facultades? El que hace crecer la hierba en los campos y gravitar la Tierra alrededor del sol.

 

Las almas de las bestias son formas sustanciales, dijo Aristóteles; después de él, la escuela árabe; luego, la escuela angélica, la Sorbona, y después de la Sorbona, nadie.

 

Las almas de las bestias son materiales, dijeron otros filósofos, y estos tuvieron tan poca suerte como los demás. En vano se les preguntó qué es un alma material; es preciso que convengan en que significa la materia que siente; mas ¿quién le concedió el don de sentir? El alma es material, es decir la materia da sensación a la materia, y no salen de ese círculo vicioso.

 

Escuchad a otras bestias lo que dicen razonando sobre las bestias: su alma es un ser espiritual que muere con el cuerpo. Pero, ¿qué prueba tienen de eso? ¿Qué idea tienen de ese ser espiritual que está dotado de sentimiento, de memoria y en cierta medida de ideas y combinaciones, pero que nunca podrá saber lo que sabe un niño de seis años? ¿En qué se basan para creer que ese ser, que según ellos no es corporal, muere con el cuerpo? Son más bestias aún los hombres que han supuesto que el alma no es corporal ni espiritual. Ese es el sistema más necio. Sólo podemos explicar lo que es espíritu diciendo que es algo desconocido, que no es corporal‑ así, pues, el sistema de esos señores viene a decir que el alma de las bestias es una sustancia que no es corporal ni algo que sea corporal.

 

¿De dónde provienen tan contradictorios errores? De la costumbre que siempre tuvieron los hombres de examinar una cosa antes de saber si ésa existe. Decimos la lengüeta, la válvula de un fuelle, el alma del fuelle. ¿Qué es, pues, esta alma? Es el nombre que doy a esa válvula que baja, deja entrar el aire, se levanta y le hace pasar por un tubo, cuando hago mover el fuelle. Esta alma no es diferente del alma de una máquina. Pero, ¿quién hace mover el fuelle de los animales? Ya lo he dicho, el que hace mover los astros. El filósofo que dijo Deus est anima brutorum tenía razón, pero debió ir más allá.

 

BETHSANES O BETHSHEMESH. La mayor parte de los lectores quedarán sorprendidos al leer la palabra que encabeza este artículo, pero va dedicada a los doctos, con el fin de que nos instruyan sobre ella.

 

Bethsanes o Bethshemesh era una localidad del pueblo de Dios, situada a dos millas al norte de Jerusalén, según dice los comentaristas.

 

En la época de Samuel, tras derrotar a los hebreos y apoderarse del Arca de la Alianza en una batalla donde les mataron treinta mil hombres, el Señor castigó a los fenicios severamente. Percussit eos in secretiori parte natium..., et ebullierunt villae et agri... et nati sunt mures, et facta est confusio mortis magna in civitate. Este párrafo latino, traducido literalmente, dice: «Los hirió en la parte más secreta de las nalgas... y las granjas y los campos hirvieron, y nacieron ratones y reinó confusión de muerte en la ciudad».

 

Los profetas de los fenicios, o sea de los filisteos, les predijeron que sólo podrían librarse de tal desastre dando al Señor cinco ratones y cinco pollinos de oro y devolviendo el arca judía. Obedeciendo esa orden de sus profetas, enviaron el arca con los cinco ratones y los cinco pollinos, colocándola en una carreta tirada por dos vacas, cada una de las cuales daba de mamar un choto, pero sin que nadie guiara la carreta. Las dos vacas se dirigieron a Bethsanes, a donde llevaron el arca, y los bethsanitas se congregaron a su paso deseando ver el arca. Esa curiosidad se castigó todavía con mayor severidad que la profanación de los fenicios. El Señor castigó con muerte repentina a setenta personas del pueblo y a cincuenta mil hombres del populacho.

 

El reverendo doctor Kenniccot, irlandés, publicó en 1768 un comentario francés, dedicado al obispo de Ausfort sobre el referido suceso. Notifica al público los puntos donde se venden sus libros en varias naciones. En dicho comentario pretende demostrar que se ha corrompido el texto de la Sagrada Escritura. Nos permitirá el reverendo doctor que discrepemos de su opinión. Casi todas las Biblias coinciden en decir que murieron setenta personas del pueblo y cincuenta mil del populacho, como puede cotejarse leyendo el libro de Los Reyes. Dice Kennicot al obispo de Oxford: «Antiguamente, hubo gran preocupación en favor del texto hebreo, pero desde hace diecisiete años el señor obispo y él se han librado de esa preocupación, tras estudiar y reflexionar sobre ese capítulo». A nosotros nos sucede lo contrario que al reverendo doctor; cuanto más leemos ese capítulo, más respetamos las vías del Señor, que no son las nuestras.

 

«Es imposible ‑‑dice Kenniccot‑‑ que el lector de buena fe no se asombre ni se afecte viendo más de cincuenta mil hombres muertos en una sola aldea, quedando todavía otros cincuenta mil ocupados en la siega». Vemos que esas dos cantidades, sumadas, ascenderían a cerca de cien mil habitantes en un sola aldea; pero, ¿acaso el señor doctor se olvida de que el Señor prometió a Abrahán que su posteridad se multiplicaría como la arena de los mares?

 

«Los judíos y los cristianos‑‑añade‑‑no tienen escrúpulo en confesar que les repugna tener fe en la destrucción de cincuenta mil setenta hombres». A eso respondemos que somos cristianos y no nos repugna tener fe en todo lo que dice la Sagrada Escritura, y aún añadiremos, con palabras del reverendo padre Calmet, «que si tuviéramos que rechazar todo lo que es extraordinario y no está al alcance de nuestro espíritu, tendríamos que rechazar toda la Biblia». Estamos convencidos de que, dirigiendo a los judíos el propio Dios, debían pasar por eventos marcados con el sello de la Divinidad y diferentes por entero de los que acontecen a los demás hombres. Y hasta nos atrevemos a afirmar que la muerte de esos cincuenta mil setenta hombres es uno de los hechos menos sorprendentes que se encuentran en el Antiguo Testamento. Hay en él cosas todavía más asombrosas.

 

Nos causa más respetuoso asombro el que hablen la serpiente de Eva y la burra de Balaam; nos sorprendemos cuando el agua de las cataratas se eleva, mezclada con la de lluvia, quince codos por encima de las montañas, cuando leemos en las plagas de Egipto que seiscientos treinta mil hebreos combatientes huyen a pie a través del mar que se abre, cuando Josué detiene el sol y la luna a mediodía, cuando Sansón mata mil filisteos con una quijada de asno. Todo es milagroso en aquellos tiempos divinos y respetamos profundamente esos prodigios y el mundo antiguo, que no es el nuestro, y aquella naturaleza que no es nuestra naturaleza, ya que todo figura en un libro divino que no puede tener nada de humano.

 

Nos deja atónitos la libertad que se toma Kenniccot de llamar deístas y ateos a quienes, reverenciando la Biblia más que él, tienen opinión distinta de la suya. Cuesta trabaJo creer que el hombre que expresa semejantes ideas pertenezca a la Academia de Bellas Letras.

 

BIBLIOTECA. Las grandes bibliotecas abruman a quien las visita. Doscientos mil volúmenes desaniman al que siente la tentación de publicar una obra, aunque por desgracia tarde escaso tiempo en reanimarse, diciéndose a sí mismo: No es posible leer todos esos libros, pero puede leerse el que yo publique. Y quien así piensa, se compara con la gota de agua que se quejaba de vivir confundida y desconocida en el inmenso Océano, hasta que un genio se compadeció e hizo que se la tragara una ostra, dentro de la cual quedó convertida en la más hermosa perla del Oriente y fue el principal adorno del trono del Gran Mogol. Quienes sólo son compiladores, imitadores, comentaristas, críticos de dos al cuarto, en suma, todos aquellos a quienes el genio no tiene compasión, continuarán siendo gotas de agua toda la vida, pero los que tienen alientos y trabajan sin cesar en su humilde buhardilla, pueden llegar a convertirse en perlas.

 

Aunque en la inmensa colección de libros que forman una biblioteca hay muchos que nunca se leen, o se leen transcurrido algún tiempo, hay bastantes que la necesidad nos obliga a consultar. Para quien trate de instruirse es una ventaja encontrar a mano, en el palacio de los reyes o en otros sitios públicos, el volumen y página que busca, leerla y tomar notas. La instalación de bibliotecas es una de las instituciones más nobles, y sus grandes gastos proporcionan una utilidad general.

 

La biblioteca pública del rey de Francia es una de las más útiles del mundo, no tanto por el número y rareza de las obras que contiene, cuanto por la ductilidad y el carácter amable de los bibliotecarios para servir a los doctos que solicitan la lectura de muchos libros.

 

Posee una fabulosa cantidad de volúmenes, pero esto no debe extrañarnos porque París tiene en la actualidad setecientos mil habitantes. El joven que desee aprender algo respecto a su existencia y tenga poco tiempo que perder, se ve en un aprieto para elegir los libros más útiles para sus propósitos. Quisiera leer a Hobbes al mismo tiempo que a Spinoza y a Bayle, que escribió contra estos dos filósofos, a Leibnitz, que polemizó con Bayle, y Clarke que disputó con Leibnitz; a Malebranche, que discrepa de todos ellos; a Stillingfleet, que pensó, haber vencido a Locke, y a Cudworth, que se creyó superior a ellos porque nadie consiguió entenderle. Nos moriríamos de viejos antes de terminar la lectura de la centésima parte de los mamotretos metafísicos que se han escrito.

 

En las bibliotecas se trata de coleccionar libros antiguos y raros, colecciones que les proporcionan mayor honra. Los más antiguos del mundo son los cinco Kings, de China; el Shasta, de los brahmas, de cuya obra Holwell nos ha dado a conocer pasajes admirables; lo que nos queda del antiguo Zoroastro, y los fragmentos de Shanchoniathon, que debemos a Eusebio y contienen todos los caracteres de la más remota Antigüedad. Existe todavía la plegaria del verdadero Orfeo, que el hierofante recitaba en los antiguos misterios de los griegos, que decía: «Caminad por el camino de la justicia, adorad al único Señor del universo. Es único y solo por sí mismo, y todos los seres le deben la existencia‑ obra en ellos y por ellos; todo lo ve, y a él nunca le vieron ojos mortales». San Clemente de Alejandría, que fue el más sabio de los padres de la Iglesia, o mejor dicho, el único sabio de la Antigüedad profana, le llama Orfeo de Tracia, u Orfeo el Teólogo, para distinguirle de los del mismo nombre que escribieron después.

 

No conservamos ningún fragmento de Museo ni de Limus, y es de lamentar porque algunos pasajes de esos dos predecesores de Homero darían gran valor a las bibliotecas, Augusto formó la biblioteca, que llamó palatina, presidida por la estatua de Apolo y la adornó con bustos de los autores relevantes. En Roma hubo veintinueve bibliotecas públicas; hoy se cuentan en Europa más de cuatro mil bibliotecas importantes.

 

BIEN. (Todo está bien.) Ruego a los filósofos que me expliquen la expresión todo está bien, porque no la comprendo

 

¿Significa que todo está arreglado, todo está regulado, según la teoría de las fuerzas que actúan en la naturaleza? Si es así, lo comprendo y confieso que es verdad. Pero si entendéis por esa expresión que todos tienen buena salud y medios para vivir y que nadie sufre, sabéis tan bien como yo que es falsa. Y si creéis por la susodicha frase que las lamentables calamidades que afligen al mundo son un bien con relación a Dios y le regocijan, no creo semejante horror ni vosotros tampoco.

 

Hacedme el favor de explicarme qué significa todo está bien. Platón le otorga a Dios libertad para hacer cinco mundos, fundándose en la razón de que existen cinco cuerpos sólidos regulares en la geometría, el tetraedro, el cubo, el exaedro, el dodecaedro y el icosaedro. Mas ¿por qué redujo de ese modo el poder divino? ¿Por qué no quiso permitirle la esfera, que es un cuerpo más regular todavía, el cono, la pirámide de muchos lados y el cilindro?

 

Dios eligió necesariamente, según Platón, el mejor de los mundos posibles; y esa opinión la adoptaron muchos filósofos cristianos, aunque parece opuesta al dogma del pecado original, porque el mundo, después de esa transgresión, no es ya el mejor. Lo era antes y pudiera serlo todavía, pese a que muchos creen que es el peor de los mundos, en vez de ser el mejor.

 

En su Teodicea, Leibnitz siguió el sistema de Platón. Muchos de sus lectores se han quejado de no entender a ninguno de ambos filósofos. Nosotros, después de leer a los dos, confesamos lo mismo, y puesto que el Evangelio nada nos ha revelado sobre tal cuestión, sin remordimiento la seguimos ignorando.

 

Leibnitz, que lo trata todo, se ocupa también del pecado original, y como el que defiende una opinión, impugna todo lo que la contradice, imagino que la desobediencia a Dios y las tremendas desgracias que le siguieron eran las partes integrantes del mejor de los mundos, los ingredientes necesarios para alcanzar la felicidad posible.

 

Por lo tanto, vivir en el mejor de los mundos posibles es ser expulsados del paraíso, donde los hombres hubiéramos vivido eternamente si no hubiéramos comido una manzana, procrear en la miseria hijos miserables y criminales que sufrirán todas las penalidades y las harán sufrir a los demás, padecer toda clase de enfermedades, morir entre dolores y, para colmo de deleites, arder entre llamas durante una eternidad. ¿Es todo esto lo mejor posible? ¿Esto, que es malo para nosotros, puede ser bueno para Dios? Leibnitz sabía que estos argumentos no tenían réplica. Por eso, sin duda, escribió voluminosos libros que ni él mismo entendía.

 

Negar que existe el mal puede hacerlo Lúculo, que goza de buena salud y se ríe en la embriaguez de un festín celebrado con sus amigos y su amante en el salón de Apolo, pero si se asoma a la ventana verá a hombres desgraciados, y si le atormenta la fiebre será también poco dichoso.

 

No soy partidario de citas, en un asunto espinoso, porque aislándolas de su contexto nos exponemos a reclamaciones. No obstante, estimo necesario citar a Lactancio, padre de la Iglesia, que en el capítulo XIII de su libro De la cólera de Dios hace decir a Epicuro: «O Dios quiso quitar el mal del mundo y no pudo, o pudo y no quiso; o no quiso ni pudo, o quiso y pudo. Si quiso y no pudo es impotente, y esto es contrario a la naturaleza de Dios; si pudo y no quiso, es perverso y esto también es contrario a su naturaleza; si no quiso ni pudo, es al mismo tiempo perverso e impotente; si quiso y pudo (que son los únicos partidos que convienen a Dios) ¿por qué existe el mal en el mundo?»

 

Esa argumentación es irrebatible y Lactancio la refuta muy mal, diciendo que Dios quiere el mal pero nos concedió el conocimiento y la templanza para conseguir el bien. Preciso es confesar que esa respuesta es endeble en comparación con la objeción, porque supone que Dios sólo pudo concedernos el juicio produciendo el mal, y además nuestro juicio no deja de ser una divertida broma.

 

El origen del mal fue siempre un abismo, cuyo fondo nadie pudo ver. Ello obligó a los filósofos y a los legisladores antiguos a recurrir a dos principios, el del bien y el del mal. Tifón era el principio del mal en Egipto y Arimanes en Persia. Sabido es que los maniqueos adoptaron esa teología. Entre los absurdos que proliferan en el mundo, y que podemos contar entre el número de males que nos asedian, uno de los mayores es haber ideado la existencia de dos seres todopoderosos peleándose continuamente para ver cuál de ambos ejercerá más influencia en el mundo y celebrando un convenio como los dos médicos de Moliere, uno de los cuales dice: «Pasadme el emético y yo os pasaré la sangría».

 

Basílides, después de los platónicos, en el primer siglo de la Iglesia, pretendió que Dios hizo el encargo de crear el mundo a ángeles de la última clase, y como éstos eran poco hábiles realizan las cosas como las vemos nosotros. Esa fábula queda por entero invalidada, objetando que es contrario a la naturaleza de Dios omnipotente y sabio hacer construir el mundo a arquitectos ignorantes. Simón, consciente del rigor de la objeción, sale al paso afirmando que el ángel que presidió la creación del mundo fue condenado al infierno por haberlo construido mal. Pero el que ese ángel arda en el infierno, de poco nos sirve. La aventura de Pandora en Grecia también corresponde a dicha objeción. La caja que contenía todos los males y en cuyo fondo sólo se conservaba la esperanza, es una hermosa alegoría, pero Vulcano sólo construyó la caja de Pandora para vengarse de Prometeo, que con barro había creado un hombre.

 

Los hindúes también explican a su modo el origen del mal en el mundo, diciendo que cuando Dios creó al hombre le entregó una droga que le aseguraba la salud permanente, pero el hombre cargó a su asno con la droga, el asno tuvo sed, la serpiente le enseñó un manantial y, mientras el asno estaba bebiendo, la serpiente le quitó la droga.

 

Los sirios imaginaron que el hombre y la mujer creados en el cuarto cielo decidieron comerse una galleta por variar de la ambrosía, que era su natural alimento. La ambrosía la exhalaban por los poros, pero tras haberse comido la galleta necesitaron evacuarla por la vía natural. El hombre y la mujer pidieron a un ángel que les enseñara dónde estaba el retrete y el ángel les dijo: «¿Veis ese pequeño planeta que está a unas sesenta millones de leguas de aquí?, pues es el retrete del universo. Id allí de prisa». y fueron a la Tierra, donde se quedaron. Desde entonces, fue el mundo lo que es ahora.

 

Siempre podrá preguntarse a los sirios por qué Dios permitió que el hombre se comiera la galleta, hecho, que nos acarreó tan innumerables males.

 

Paso sin más desde el cuarto cielo de los sirios hasta lord Bolingbrocke, para no aburrirme. Éste, hombre de gran ingenio, proporcionó al célebre Pope el plan de su Todo está bien, que se encuentra palabra por palabra en las obras póstumas de Bolingbrocke, que lord Shaftesbury había inventado antes en su obra Característicos. Si en ese libro leéis el capítulo que trata de los moralistas, encontraréis este pasaje:

 

«Muchas réplicas pueden hacerse a quienes se lamentan de los defectos que aquejan a la naturaleza. Una de las cosas que no comprenden es que haya surgido tan impotente y defectuosa de las manos de un ser perfecto. No niego que sea defectuosa, pero su belleza resulta de las contrariedades, y la armonía universal nace precisamente de la lucha eterna. Es indispensable que existan seres que se inmolen a otros, los vegetales a los animales, los animales a la tierra. Las leyes del poder central y de la gravitación, que dan a los cuerpos celestes su peso y movimiento, no deben ser alteradas por amor a un miserable animal que, aunque le protegen esas leyes, ellas mismas lo han de convertir en polvo».

 

Bolingbrocke, Shaftesbury y Pope, no dan más adecuada salvación a esta cuestión que los anteriores que se han ocupado de ella. Su frase Todo está bien sólo significa que todo está regido por leyes inmutables, y eso todo el mundo lo sabe. No enseñan nada cuando dicen cosas archisabidas, por ejemplo: que las moscas han nacido para que coman las aranas, las aranas para que se las coman las golondrinas, las golondrinas para que las devoren las picazas, las picazas para que se las coman las águilas, las águilas para que las maten los hombres y los hombres para matarse unos a otros, y que luego se los coman los gusanos y después los diablos, lo menos uno por cada mil.

 

He aquí un orden claro y constante en el que se hallan insertos los animales de todas las especies, y ese orden reina en todas partes. Cuando en mi vejiga se forma una piedra, es por una mecánica admirable. Los juegos pedregosos llegan lentamente a mi sangre, se infiltran en los riñones, a través del uréter se depositan en la vejiga y se juntan allí mediante una excelente atracción newtoniana; se forma el cálculo, va creciendo y sufro dolores horrendos por lo bien arreglado que está el mundo. Un cirujano, perfeccionando el arte que inventó Tubalcaín, me introduce un hierro terminado en finas pinzas, toma con ellas el cálculo, lo tritura y muero en medio de horribles tormentos. Y Todo está bien, porque tal es la consecuencia evidente de unos principios físicos inalterables: estoy de acuerdo y lo sabía tan bien como vosotros.

 

Si fuéramos insensibles nada tendríamos que objetar a las leyes físicas. Pero no se trata de esto. Os preguntamos si existen males sensibles y cuál es su origen. «No hay males totales dice Pope en la epístola cuarta de su obra Todo está bien. Si existen males parciales, es para componer el bien general». He aquí un singular bien general compuesto de mal de piedra, gota, crímenes, sufrimientos, muerte y condenación.

 

La caída del hombre es la cataplasma que ponemos a todas esas enfermedades del cuerpo y del alma, que los mencionados autores llaman salvación general. Pero Shaftesbury y Bloingbroke se atrevieron a atacar el pecado original, y aunque Pope no habla de ello no cabe duda que su opinión mina los cimientos de la religión cristiana y no consigue explicar lo que se propone.

 

Sin embargo, esa opinión la han aprobado después varios teólogos que admiten gustosamente las teorías contrarias. ¡Enhorabuena! No debemos negar a nadie el consuelo de que supone como pueda sobre el diluvio de males que nos inunda. Es justo permitir a los enfermos deshauciados que coman lo que quieran. Hasta se ha llegado a defender que dicho sistema es consolador. «Dios‑‑dice Pope‑‑ve con mirada indiferente que perezca un héroe o un gorrión, que un átomo o varios planetas se destruyan, que se forme un mundo o una burbuja de jabón».

 

He aquí, lo confieso, un maravilloso consuelo. Se parece al lenitivo que nos ofrece lord Shaftesbury cuando dice que Dios no ha de infringir las leyes eternas por complacer a un animal tan ruin como el hombre. Hay que confesar al menos que ese ruin animal tiene derecho a quejarse humildemente y a preguntar por qué las leyes eternas no se establecieron de forma que proporcionaran el mayor bienestar a todos los mortales.

 

La teoría de Todo está bien sólo representa al autor de la naturaleza como un rey poderoso y maléfico que le importa un comino que pierdan la vida cuatrocientos o quinientos mil hombres y que los demás vivan en la miseria y la aflicción, con tal que se cumplan sus designios.

 

La creencia en el mejor de los mundos, en vez de consolar desespera a los filósofos que la adoptan. La cuestión del bien y del mal resulta un caos indescifrable para quienes se ocupan de ella de buena fe. Es un ejercicio de ingenio para los que se enzarzan en disputas, verdaderos presidiarios que juegan con las cadenas que arrastran. Y para las gentes que no piensan, esta cuestión se parece bastante a los peces que transportan desde un río a un vivero, los cuales no barruntan siquiera que están allí para que se los coman en Cuaresma. Así, pues, por nosotros mismos, no podemos saber nada respecto a las causas de nuestro destino.

 

Añadamos, por tanto, al final de casi todos los capítulos de la metafísica las dos iniciales que ponían los jueces romanos cuando no entendían una causa, N.L., non liquet, cuya traducción es: No está claro.

 

BIEN, SUPREMO BIEN. De la quimera del supremo bien. La felicidad es una idea abstracta que se compone de algunas sensaciones de placer. Platón, más escritor que raciocinador, inventó su Mundo arquetipo es decir, un mundo original con sus ideas generales sobre el bien, sobre lo bello, sobre el orden y sobre lo justo, como si existieran entidades eternas que se llamaran orden, bello y justo, de las que derivaran como copias imperfectas lo que en el mundo nos parece justo, bello y bueno.

Después de la época de Platón, los filósofos se han esforzado por buscar el supremo bien, como los alquimistas intentaban hallar la piedra filosofal. Pero el supremo bien es una entelequia y las pesquisas que se hicieron para encontrar un ideal quimérico perjudicaron a la filosofía durante mucho tiempo. Los animales experimentan placer cuando realizan sus funciones naturales. La felicidad anhelada debía consistir en una ininterrumpida serie de placeres, pero esa serie es incompatible con nuestros órganos y nuestro destino. Así como la comida y la bebida producen placer, también lo origina la unión de los dos sexos, pero es evidente que si el hombre estuviera comiendo siempre y pasara la vida en el éxtasis del gozo, sus órganos no podrían resistir estos deleites excesivos, ni cumplir su misión en la vida, y en este caso el placer acabaría con el género humano.

 

Pasar continua e ininterrumpidamente de un placer a otro es también otra quimera. Es imprescindible que la mujer que concibe dé a luz, lo cual le produce dolor, y que el hombre corte la madera y talle la piedra, y esto tampoco es un placer. Si se da el nombre de felicidad a algunos placeres que de vez en cuando se disfrutan en la vida, la felicidad existe en el mundo, pero si se otorga este nombre al placer permanente o a la serie continua y variada de sensaciones placenteras, la felicidad no existe en el planeta. Por tanto, hay que buscarla en otras partes.

 

Si denominamos felicidad a cierto estado especial en que se encuentra el hombre, como por ejemplo, cuando alcanza la cúspide de la fortuna, del poder o de la fama, también nos equivocamos si estimamos que es feliz, porque existen carboneros que son más felices que los reyes. Si se le hubiera preguntado a Cromwell si era más feliz siendo Protector que yendo a la cervecería durante su juventud, probablemente hubiera contestado que disfrutó mucho más entonces que en la época de su tiranía. Muchas mujeres de la clase baja viven más satisfechas y contentas que vivieron Elena y Cleopatra.

 

Ahora bien, en estos casos debemos tener en cuenta que cuando decimos que es probable que un hombre sea más feliz que otro, que un joven arriero no envidie nada a Carlos V, que una comerciante de modas viva más satisfecha que una princesa, debemos limitarnos a decir que es probable. Aparentemente, parece que el arriero joven con buena salud debe vivir más contento que Carlos V afligido por la gota, pero también puede suceder que aunque Carlos V, apoyado en un bastón, disfrute recordando que consiguió tener prisioneros a un rey de Francia y a un papa, y viva más dichoso que el joven y vigoroso arriero. Sólo Dios, que penetra en todos los corazones, puede decidir qué hombre es el más feliz. Únicamente en un caso puede el hombre afirmar que su estado actual es mejor o peor que e! de su prójimo, este caso es el de la rivalidad en el momento de la victoria.

 

Supongamos que Arquímedes tiene una cita con su amante por la no che y Nomentano tiene otra cita con igual mujer y a la misma hora. Arquímedes se presenta y le echan a cajas destempladas, pero dan paso a su rival, entra en la casa y cena opíparamente con tal mujer. Durante la cena se burla de Arquímedes y goza de su querida, en tanto que éste se queda en la calle expuesto al frío, a la lluvia y al granizo. Es indudable que Nomentano disfruta de más placer que Arquímedes, pero téngase en cuenta que esto será suponiendo que disguste a Arquímedes el no haber cenado bien, y el desprecio y engaño de una mujer hermosa, o que le suplante su rival y tener que aguantar la lluvia, el granizo o el frío. Porque si el filósofo se queda en la calle, reflexiona y comprende que no deben afligir su espíritu una prostituta ni el mal tiempo, y se va a su casa para resolver un apasionante problema y descubrir la proporción del cilindro y de la esfera, puede experimentar un placer cien veces superior al que sintió Nomentano.

 

Por lo tanto, únicamente en el caso del placer y del dolor actual puede compararse la suerte de dos hombres haciendo abstracción de lo demás. No cabe duda de que quien goza de su amante es más dichoso en aquel momento que el rival despreciado que lamenta su mala suerte. El hombre pletórico de salud que se come una perdiz indiscutiblemente está pasando un momento mejor que el que está sufriendo un cólico. A esto se limita con seguridad la comparación. No podemos valorar el ser de un hombre con el ser de otro porque carecemos de la balanza para pesar los deseos y las sensaciones.

 

Hemos iniciado este artículo con una cita de Platón y haciendo reflexiones sobre el supremo bien. Ahora vamos a transcribir la célebre frase del sabio Solón: «No se debe llamar dichoso a nadie antes de su muerte». En el fondo, esta máxima es una puerilidad, como uno de tantos axiomas que la Antigüedad consagró. El postrer momento nada tiene que ver con la suerte que nos ocupo en vida. Podemos perecer por muerte violenta e infame, y haber disfrutado hasta entonces todos los placeres de que es susceptible la naturaleza humana. Es posible, y de ordinario sucede, que el hombre feliz deje de serlo, mas no por eso dejará de tener un momento de dicha. ¿Significa la frase de Solón que no es seguro que el hombre que hoy disfruta de placeres los disfrute mañana? De significar esto, sienta una verdad tan incontrovertible y tan trivial que no vale la pena decirla.

 

El bienestar raras veces se encuentra. Cada hombre tiene por supremo bien lo que le deleita tan imperiosamente que le hace incapaz de entregarse con entusiasmo a cualquier otra cosa de la vida; como el supremo mal es el que consigue privarnos de los demás sentimientos. El bien supremo y el mal supremo son por tanto dos quimeras.

 

Es oportuno traer aquí a colación la hermosa fábula de Crantor, quien hace competir en los juegos olímpicos la riqueza, la voluptuosidad, la salud y la virtud, y cada una solicita el premio de la manzana de oro. La Riqueza dice: Yo soy el supremo bien porque puedo comprar todos los demás bienes. La Voluptuosidad afirma: Yo gano la manzana porque sólo se desean riquezas para poseerme. La Salud afirma que, sin ella, no puede gozarse de la voluptuosidad y la riqueza es inútil. Finalmente, la Virtud asegura que es superior a las otras tres porque con oro, placeres y salud el hombre puede ser desgraciado si obra mal. Y la Virtud ganó la manzana.

 

Esa fábula es por demás ingeniosa y lo sería más aún si Crantor hubiera dicho que el supremo bien consiste en reunir las cuatro rivales: virtud, salud, riqueza y voluptuosidad. Con todo, esta fábula no resuelve ni puede resolver la cuestión absurda del supremo bien. La virtud no es un bien, es un deber; es de un género diferente y de un orden superior y nada tiene de común con las sensaciones deleitosas o dolorosas. El hombre virtuoso afecto de mal de piedra o de gota, que se halla desamparado sin amigos, privado de lo necesario y encadenado por un tirano voluptuoso que goza de buena salud, es muy desgraciado. Y el perseguidor inhumano que acaricia a la nueva amante en su lecho de púrpura es muy feliz. Decid que el sabio perseguido es preferible a su indigno perseguidor, decid que amáis a aquél y que aborrecéis a éste, pero reconoced que el sabio que arrastra cadenas, rabia. Y si el sabio no admite lo que digo es un charlatán y trata de engañaros.

 

BIENES DE LA IGLESIA. A quienes desean alcanzar la perfección el Evangelio les prohíbe acumular riquezas y conservar los bienes temporales como tajantemente puede verse en san Mateo.

 

Los apóstoles y sus primeros sucesores rehusaban los bienes inmuebles y sólo aceptaban su valor. Después de gastar lo necesario para subsistir repartían el resto entre los pobres. Safira y Ananía no entregaron sus bienes a san Pedro; los vendieron y le entregaron su valor.

 

Sin embargo, la Iglesia poseía ya haciendas considerables a fines del siglo III, prueba de ello es que Diocleciano y Maximio las confiscaron en el año 302.

 

Desde que Constantino ciñó la corona de los Césares permitió que pudieran dotar a las iglesias como se hacía con los templos de la antigua religión, y desde entonces la Iglesia adquirió excelentes tierras. San Jerónimo se queja de ese abuso en una de las cartas que dirige a Eustaquio, diciendo: «Cuando les veáis abordar con candorosa y santa actitud a las viudas ricas que encuentran creeréis que tienden la mano para bendecirlas pero de eso, nada; la tienden para recibir el pago de su hipocresía».

 

Los sacerdotes recibían dinero y bienes sin pedirlos. Valentiniano I prohibió que los curas percibieran por testamento cosa alguna de las esposas y viudas ni de ninguna otra forma. Esta ley, que insertó en el Código Teodosiano, la revocaron Marciano y Justiniano.

 

Justiniano, con la idea de favorecer a los sacerdotes, prohibió a los jueces anular los testamentos que se otorgaran a favor de la Iglesia, aunque carecieran de los requisitos que prescribe la ley.

 

Anastasio dispuso en el ano 491 que los bienes de la Iglesia prescribieran a los cuarenta años. Justiniano insertó esa ley en el código que lleva su nombre, pero extendiendo la prescripción hasta los cien anos. Entonces, algunos eclesiásticos indignos amañaron títulos falsos que extrajeron de antiguos testamentos, que eran nulos según las leyes antiguas, pero válidos según las leyes nuevas, y mediante este fraude despojaron de su patrimonio a muchos ciudadanos. El derecho de posesión, que se consideraba sagrado hasta entonces, fue invadido por la Iglesia, y el abuso que cometían los eclesiásticos alcanzó tal descaro que el propio Justiniano se vio obligado a restablecer lo que disponía la ley que decretó Anastasio.

 

Durante los cinco primeros siglos de la era cristiana, los bienes de la Iglesia eran administrados por diáconos, que los distribuían entre el clero y los pobres. Esta comunidad de bienes existió hasta fines del siglo v. Los dividían en cuatro partes: la primera la entregaban a los obispos, la segunda a los sacerdotes, la tercera al templo y la cuarta a los pobres. Pasada esa época, los obispos se encargaron de repartir los bienes. Por esto el clero inferior es generalmente muy pobre.

 

Y es que con los arzobispados, obispados y demás prebendas que rinden sustanciales rentas, sucede igual que con las mujeres hermosas: sólo pueden conseguirlas ciertos hombres poderosos. El príncipe del Imperio, segundón de la familia, es poco cristiano si no tiene más que un obispado‑ necesita poseer cuatro o cinco para demostrar su catolicismo. En cambio, el pobre cura, que apenas saca para malvivir, no puede aspirar a tener dos prebendas, pues rara vez se da este caso.

 

El papa que dijo cumplir con los cánones porque sólo poseía un beneficio que estimaba harto satisfecho, tuvo razón.

 

Dícese que el obispo de Poitiers, Ebrouin, fue el primero que poseyó al mismo tiempo una abadía y un obispado. El emperador Carlos el Calvo le hizo esos dos regalos, pero con anterioridad a Ebrouin hubo muchos eclesiásticos que poseyeron varias abadías. Alcuino, diácono predilecto de Carlomagno, poseyó a la vez las de San Martín de Tours, de Ferrieres, de Comery y otras. Se desean más abadías porque, si el poseedor es santo, convierte más almas, y si es hombre entregado a los deleites del mundo, vive más agradablemente.

 

En aquellos tiempos es probable que los abades mencionados tuvieran coadjutores, porque ellos no podían celebrar el oficio divino en cinco o seis lugares al mismo tiempo. Carlos Martel y su hijo Pepino, que se adjudicaron motu proprio muchas abadías, ni siquiera fueron abades regulares. ¿Qué diferencia existe entre un abad comendatario y un abad regular? La que se da entre el hombre que disfruta de una renta de cincuenta mil escudos para gozar de la vida y el hombre que sólo tiene cincuenta mil escudos para vivir. Esto no quiere decir que en su tiempo libre los abades regulares no gocen también de la vida. Sobre esto, voy a transcribir lo que Juan Trithemo dijo en uno de sus discursos ante algunos abades benedictinos:

 

«Se burlan del cielo y de la Providencia, prefiriendo a Baco y a Venus, que son sus dos grandes santos. De día y de noche venden la sustancia de los pobres a peso de oro, con oro pagan a sus amantes y, pasando agradablemente de la cama a la mesa, se mofan de las leyes, del rey, de Dios y del diablo.»

 

Como se infiere de estas palabras, Juan Trithemo tenía malas pulgas. Podía replicársele lo que dijo César antes de los idus de marzo: «No temo a los voluptuosos, pero sí a los argumentistas flacos y pálidos».

 

Los monjes que cantan el Pervigilium Veneris en los maitines no son peligrosos‑ causan más danos sus cofrades que argumentan, predican y son intrigantes, que los aludidos por Juan Trithemo.

 

El célebre obispo de Belley en su libro Apocalipsis de Meliton, vapulea a los frailes y les aplica estas palabras de Oseo: «Vacas gordas que quitáis a los pobres lo que debiera tocarles y decís continuamente "traed vino y beberemos". El Señor ha jurado por su santo nombre que van a llegar días en que os crujirán los dientes y careceréis de pan en vuestras casas.» La predicción aún no se ha cumplido, pero la civilización, al extenderse por Europa, puso coto a la avaricia de los frailes y los obligó a tener más decencia.

 

En la actualidad, no subsisten los abusos groseros que se cometieron en la distribución de prebendas desde los siglos X al XIII, y aunque esos abusos son connaturales a la naturaleza humana, lo cierto es que hoy nos repelen menos, porque van encubiertos en decencia. El padre Maillard no diría, hoy, desde el púlpito: «Señora que colmáis de delicias al señor obispo, si preguntáis por qué un niño de diez años obtuvo una prebenda os contestarán que su madre tiene poderosa influencia con el señor obispo». Ni se dirían las descocadas insolencia que en lo tocante a esta materia pronunciaba en sus homilías el franciscano Menot.

 

Más intolerable todavía fue permitir a los benedictinos, bernardos y hasta a los cartujos, que tuvieran manos muertas, esclavos. Durante su dominación existió en muchas provincias de Francia y Alemania la esclavitud de la persona y de los bienes a un mismo tiempo.

 

La esclavitud de la persona consistía en negarle el derecho a disponer de sus bienes en favor de sus hijos si éstos no habían vivido siempre en la casa paterna y sentado a la misma mesa. De no ser así, heredaban los frailes sus bienes. La hacienda de un habitante del Monte‑Jura, puesta en manos de un notario de París, llegaba a se} el botín de quienes en principio habían hecho voto de pobreza evangélica en Monte‑Jura. El hijo quedaba reducido a pedir limosna a la puerta de la casa que edificara su padre, y los frailes, en vez de socorrerle, se arrogaban el derecho de negarse a pagar a los acreedores del padre y consideraban nulas las deudas hipotecarias que pesaban sobre la casa de que se apoderaron. La viuda suplicaba en vano a los frailes que le entregaran parte de su dote‑ ésta los créditos y los bienes paternales, todo les correspondía a ellos por derecho divino, y los acreedores, la viuda y los hijos morían de miseria entregados a la mendicidad.

 

Todo el que se domiciliaba en los dominios de esos monjes, al cabo de un año y un día quedaba siervo de ellos para siempre. Acaeció algunas veces que un mercader francés y padre de familia, llevado por sus negocios a esa región bárbara, habiendo alquilado una casa durante un año y falleciendo después en su provincia de Francia, al poco de morir, su viuda y sus hijos veían asombrados entrar en la casa del difunto gentes que se apoderaban de los muebles y enseres, los vendían en nombre de San Claudio y echaban a la familia.

 

La esclavitud mixta que acabamos de describir era lo más abominable que la rapacidad pudo inventar y no la hubieran ideado los más desalmados bandidos. Hubo, pues, pueblos cristianos afligidos por una triple esclavitud, impuesta por monjes que hacían voto de humildad y de pobreza. ¿Cómo consentían los gobiernos semejantes injusticias? Porque los monjes eran ricos y sus siervos pobres, porque los monjes, para seguir tiranizando, hacían valiosos regalos a los poderosos y a las amantes de quienes podían impedir tan inicua opresión. El fuerte avasalla al débil. ¿Por qué los monjes eran los más fuertes?

 

El monje de un convento rico se halla en una horrible situación, porque la comparación continua que hace de su servidumbre y miseria con el poderío y opulencia del abad o prior, le inquieta el alma en la iglesia y en el refectorio. Maldice el día en que pronunció sus votos imprudentes y absurdos, se desespera y desea que los demás hombres sean tan desgraciados como él. Si tiene habilidad para falsificar escritos, falsea antiguos privilegios por complacer al abad y oprime a los campesinos que tienen la desgracia de ser siervos del convento. Y si se supera en el arte de la falsificación, consigue obtener pingües cargos y, como ha vivido en la mentira, muere en la duda.

 

BLASFEMIA. La palabra blasfemia deriva de otra griega que significa ataque a la reputación, que se encuentra en las obras de Demóstenes. De ella según Menage, deriva el vocablo vituperar. El vocablo blasfemia sólo lo empleó la Iglesia griega para designar la injuria que se hace a Dios. Los romanos nunca la emplearon, porque sin duda no creyeron que pudiera ofenderse el honor de Dios como se ofende el de los hombres.

 

Puede decirse que los sinónimos no existen. La palabra, en sí, no conlleva la idea de sacrilegio. Al hombre que jure en nombre de Dios, poniéndole por testigo en un arrebato de cólera, puede tachársele de blasfemo, pero no le llamaremos sacrílego. Persona sacrílega es la que jura en falso sobre los Evangelios, la que extiende su rapacidad hasta los objetos de culto, la que destruye los altares, la que mancha sus manos con sangre de sacerdote.

 

Los grandes sacrilegios se han castigado siempre con la pena de muerte en todos los pueblos, sobre todo los sacrilegios con efusión de sangre.

 

Vale la pena advertir que quien es blasfemo en un país es, con frecuencia, respetuoso en otro. El comerciante de Tiro que desembarca en el puerto de Canope puede escandalizarse de ver que llevan en procesión, solemnemente, una cebolla, un gato y un macho cabrío, puede ofender groseramente a los falsos dioses Ishe, Oshireth y Horet y volverles la cabeza en señal de desprecio, y no hincar las rodillas al ver pasar procesionalmente unas partes genitales de hombre de mayor tamaño que las naturales. Puede manifestar libremente su opinión durante la cena y entonar una canción con la que los marineros tirios se burlen de los absurdos de los egipcios. La moza de la taberna puede haberle oído, su conciencia no permitirle que silencie tan horrendo crimen, y denunciar al culpable al primer sacerdote que encuentre, llevando la imagen de la verdad en el pecho. El tribunal eclesial condena al blasfemo a muerte cruel y le confisca el barco. Pero el tal mercader puede ser en Tiro una de las personas más religiosas de Fenicia.

 

Numa advierte que su horda de romanos constituye un hatajo de filibusteros que roban a diestro y siniestro todo lo que encuentran al paso, bueyes, carneros, aves, mujeres... Les hace creer que en una gruta habló con la ninfa Egeria y ésta le entregó unas leyes de parte de Júpiter. Los senadores le tachan de blasfemo y le amenazan con arrojarle desde la roca Tarpeya. Pero en su deseo de organizar un partido numeroso soborna con regalos a los senadores y consigue que vayan con él a la gruta de la ninfa; ésta les habla y les convence y ellos a su vez convencen al Senado y al pueblo. Desde entonces, Numa ya no fue blasfemo; lo fueron los que dudaron de la existencia de la ninfa Egeria.

 

Es triste y lamentable que lo que se considera blasfemia en Roma, en Nuestra Señora de Loreto, o de paredes adentro de los canónigos de San Jenaro, sea religiosidad en Londres, Amsterdam, Estocolmo, Berlín y Copenhague. Y más triste todavía que en el mismo país, la misma ciudad y en la misma calle, unos a otros se tengan recíprocamente por blasfemos. De los diez mil judíos afincados en Roma, no hay uno solo que deje de creer que el papa es el jefe de los blasfemos, y recíprocamente, los cien mil cristianos avecindados en Roma (en vez de los dos millones de adoradores de Júpiter que habitaban dicha ciudad en tiempos de Trajano) creen firmemente que los judíos se congregan los sábados en sus sinagogas para blasfemar.

 

El hermano franciscano no se recata en llamar blasfemo al hermano dominico, que afirma que la Santa Virgen nació con el pecado original, pese a que los dominicos tienen una bula del papa que les permite enseñar en sus conventos la concepción maculada y, además la declaración que al respecto les hizo santo Tomás de Aquino.

 

El motivo que engendró el cisma de las tres cuartas partes de Suiza y una parte de la Baja Alemania, fue una discusión que entablaron en la catedral de Francfort un franciscano, cuyo nombre ignoro, y un dominico apellidado Vigan. Los dos estaban ebrios, según era costumbre en aquella época. El franciscano, que estaba predicando borracho, dio en su homilía gracias a Dios por no ser dominico y juró que era imprescindible exterminar a los blasfemos dominicos, que creían que la Virgen nació en pecado original, de cuyo pecado la libraron los méritos de su Hijo. El dominico borracho también, le apostrofó en voz alta, diciendo: «Es mentira cuanto dices, y tú eres el que blasfema». Fuera de sí el franciscano bajó del púlpito y con un pesado crucifijo de hierro que encontró a mano machacó la cabeza al adversario, dejándole moribundo.

 

Para vengarse de esta afrenta, los dominicos realizaron muchos milagros en Alemania y Suecia, convencidos de que así demostraban la fortaleza de su fe. Finalmente, encontraron el medio de que apareciera en Berna con los estigmas de Cristo uno de los hermanos legos, que se llamaba Jetser. La propia Santísima Virgen le hizo esa operación, pero fue sirviéndose de la mano del provincial, que se disfrazó de mujer y rodeó su cabeza de una aureola. El desventurado hermano lego, chorreando sangre, fue expuesto en el altar de los dominicos a la veneración del pueblo gritando con fuerza: « ¡Muera el asesino, muera el sacrílego! », y los frailes, para calmarle, le dieron en seguida la comunión con una hostia impregnada de sublimado corrosivo, pero el paroxismo de su excitación le incitó a rechazar la hostia. En vista de eso, los frailes, indignados, le acusaron ante el obispo de Lausana de haber cometido nefasto sacrilegio y los ciudadanos de Berna, también indignados, acusaron a los frailes y consiguieron que cuatro de ellos fueran quemados en la hoguera, en la misma ciudad, el 31 de mayo de 1509. De este modo terminó la abominable historia que decidió al pueblo de Berna a elegir otra confesión, que es herética para los católicos, pero que consiguió librarles de los franciscanos y los dominicos.

 

Es increíble la proliferación de sacrilegios semejantes, suscitados por el espíritu de partido. Los jesuitas sostuvieron durante cien años que los jansenistas eran blasfemos, y lo demostraron mediante las órdenes secretas que contra ellos se dictaron, y los jansenistas replicaron escribiendo más de cuatro mil volúmenes para demostrar que eran los jesuitas quienes blasfemaban.

 

Al menos es consoladora la idea de que, en ninguna nación del mundo ni aun entre los idólatras más desequilibrados, se haya acusado de blasfemo a ningún hombre por reconocer la existencia de un Dios Supremo Eterno y Todopoderoso. Es indudable que no hicieron beber a Sócrates la cicuta por reconocer esta verdad, porque el dogma de un Dios Supremo se había ya anunciado en los misterios de Grecia. A Sócrates le perdieron sus enemigos, le acusaron de que no quería reconocer a los dioses menores, y sólo por eso le consideraron blasfemo. Por igual motivo, tacharon de blasfemos a los paleocristianos. Pero los adeptos de la antigua religión del imperio, o sea los adoradores de Júpiter que acusaron de blasfemos a aquéllos, con el tiempo fueron también acusados del mismo delito, durante el reinado de Teodosio II.

 

BRAHMANES. Nótese que el padre Thomassin, uno de los hombres más sabios de Europa, deriva la voz brahman de la palabra hebrea barac, con C, suponiendo que los hebreos la tuviesen. Barac significa, según él, huir, y los brahmanes huían de las ciudades, suponiendo que entonces las hubieran.

 

Es posible que los brahmanes fueran los primeros legisladores, los primeros filósofos y los primeros teólogos del mundo. Esto lo inferimos de las escasas obras que han llegado hasta nosotros de su remota historia, unido al hecho de que los primeros filósofos griegos fueron a aprender matemáticas de ellos y de que las curiosidades antiquísimas que recogieron los emperadores de China todas son hindúes.

 

El Shasta, primer libro de teología de los brahmanes, fue compuesto cerca de mil quinientos años antes que el Vedas, y es anterior a los demás libros indios.

 

Sus anales no registran guerra alguna emprendida por dicha nación en ninguna época; las palabras ejército, matar y mutilar no figuran en los fragmentos de Shasta, ni en el Cormo Vedas. Puedo asegurar que no las he visto escritas en esas dos colecciones que he repasado, y ello es tanto más extraño porque el Shasta, que se ocupa de una conspiración acaecida en el cielo, no menciona ningún conflicto bélico en la gran península situada entre el Indo y el Ganges.

 

Los hebreos, que históricamente aparecen mucho después, no hablan nunca de los brahmanes. Conocieron la India después de las conquistas de Alejandro, ya establecidos en Egipto, de cuya nación habían hablado muy mal. La palabra India sólo figura en el libro de Ester y el de Job, que como sabemos no es hebreo. Por otra parte, presentan singular contraste los libros sagrados de los hebros y de los indios. Los libros indios predican tranquilidad y paz y prohíben matar los animales; los libros hebreos sólo hablan de matar y asesinar hombres y bestias. En ellos se degüella en nombre del Señor. Son distintos por entero unos de otros.

 

No cabe duda que de los brahmanes hemos adquirido la idea de la caída de los ángeles que se sublevaron contra el Soberano de la naturaleza, y es probable que de ellos tomaron los griegos la leyenda de los titanes. Los hebreos copiaron también de ellos la rebelión de Lucifer, en el siglo I de la era cristiana.

 

¿Cómo pudieron los indios inventar la insurrección acaecida en el cielo sin haber presenciado ninguna en la Tierra? No acertamos a comprender que la naturaleza humana pudiera dar tal salto hasta la naturaleza divina, pues el hombre va casi siempre de lo conocido a lo desconocido. No inventó la guerra de los titanes hasta que vio que los hombres más robustos tiranizaban a sus semejantes. Por tanto, era preciso que los primeros brahmanes hubieran tenido discordias violentas o las hubieran presenciado en las naciones vecinas y las trasladaran después al ámbito del cielo.

 

Sea como fuere, nos sorprende que una nación que desconoció la guerra inventara una lucha librada en los espacios imaginarios, en un mundo lejano del nuestro o en lo que denominamos firmamento. Nótese además que en esa sublevación de seres celestes empeñada contra su Soberano no la emprendieron unos contra otros a montañazo limpio, ni hubieron ángeles cortados por la mitad, como ocurre en el poema de Milton, sublime y grotesco a la par.

 

Según el Shasta, dicha rebelión consistió en desobedecer las órdenes del Altísimo, desobediencia que castigó Dios desterrando a los ángeles rebeldes a un inmenso y tenebroso sitio llamado Ondera durante un mononthur, o sea 426 millones de años. Pero Dios se dignó perdonar a los culpables al cabo de cincuenta mil años y Ondera sólo les sirvió de purgatorio. Ahora bien, los transformó en hombres y les obligó a habitar el mundo, imponiéndoles la condición de que no debían comer ninguna clase de animales ni cohabitar con los machos de su nueva especie, bajo la pena de volverlos a desterrar en Ondera.

 

Esos son los principales preceptos de la ley de los brahmanes, que desde tiempos inmemoriales observan sin interrupción hasta nuestros días por más extraño que nos parezca que, por ellos, es pecado tan grave comerse un pollo como entregarse a la sodomía.

 

Lo que llevamos dicho es una pequeña parte de la antigua cosmogonía de los brahmanes. Sus ritos y sus templos evidencian que allí todo es alegórico. Todavía representan a la virtud en forma de mujer con diez brazos, con los que lucha contra los diez pecados representados por otros tantos monstruos. Los misioneros enviados allí tomaron esa imagen de la virtud por la imagen del diablo y por eso aseguraban que en la India rendían culto al demonio. Por regla general, los europeos sólo hemos visitado pueblos lejanos para enriquecernos primero y calumniarlos después.

 

De la metempsicosis de los brahmanes. La doctrina de la metempsicosis deriva de la antigua ley de alimentarse con leche de vaca, verduras, frutas y arroz. Sin duda, pareció horrible a los brahmanes matar y comerse a su nodriza y no tardaron en profesar igual respeto a las cabras, ovejas y todos los demás animales. Creyeron que en ellos vivían los ángeles rebeldes purgando sus culpas en los cuerpos de las bestias, al igual que en los cuerpos de los hombres. La naturaleza del clima coadyuvó a consolidar la mencionada ley o, mejor dicho, fue su origen. Los que viven en climas cálidos se mantienen con alimentos ligeros y miran con horror la costumbre que tenemos en otros países de comer cadáveres.

 

La creencia de que los animales tenían alma fue general en Oriente y de ello hallamos vestigios en los antiguos libros sagrados. Por ejemplo en el capítulo IX del Génesis, Dios prohíbe a los hombres que coman la carne de los animales, su sangre y su alma: «Vengaré ‑‑dice el texto hebreo‑‑ la sangre de vuestras almas de las garras de las bestias y de las manos de los hombres». En el capítulo XVIII del Levítico, añade: «El alma de la carne está en la sangre». Además, celebra un pacto solemne con los hombres y animales, como consta en el capítulo IX del Génesis lo cual supone que los animales tienen inteligencia.

 

Y en el capítulo III del Eclesiastés puede leerse: «Dios hace ver que los hombres son semejantes a las bestias, mueren como ellas, son de igual condición, y unos y otras respiran lo mismo. El hombre no tiene nada que no tenga la bestia». Jonás, cuando predicó en Nínive, hizo ayunar a los hombres y a los animales.

 

Todos los autores antiguos suponen inteligencia en las bestias, como lo evidencian los libros sagrados y los profanos. Algunas veces, incluso las hacen hablar. Por tanto, no es de sorprender que los brahmanes primero y los pitagóricos después creyeran que las almas pasaban sucesivamente a los cuerpos de los animales y a los cuerpos de los hombres y, en consecuencia, defendieran que las almas de los ángeles culpables, para concluir el tiempo de su purgatorio, moraban unas veces en los cuerpos de las bestias y otras en los de los hombres. Esta es una parte de la historieta del jesuita Bougeaut, que inventó que los diablos eran espíritus que moraban en los cuerpos de los animales. Así, en nuestros días y en Occidente, un jesuita resucitó sin saberlo un artículo de fe en los sacerdotes orientales más antiguos.

De las mujeres que se arrojan en la hoguera. Los brahmanes actuales, que son como los antiguos, han conservado la inicua costumbre de arrojarse a las llamas. ¿Cómo se explica que un pueblo donde no se derramó nunca la sangre de los hombres ni la de los animales considere todavía como el mayor acto de devoción quemarse públicamente en una pira? La superstición, que aúna todas las ideas contradictorias, es el único origen de este tremendo sacrificio, y la costumbre de realizarlo es más antigua que las más antiguas leyes de los países que conocemos.

 

Suponen los brahmanes que Brahma, su gran profeta e hijo de Dios, descendió a la Tierra, tuvo muchas mujeres y cuando murió, la mujer que más le amaba se arrojó a las llamas de su pira para reunirse con él en el cielo. Y murió abrasada como Porcia, esposa de Bruto, que tragó carbones encendidos para reunirse con su marido. Esta historia, ¿es una fábula inventada por los sacerdotes? ¿Existió Brahma y consiguió efectivamente que le tuvieran por profeta e hijo de Dios? Es posible que existiera, así como más tarde Zoroastro y Baco, y que la leyenda se apoderara de su historia como acostumbra hacer en todas las épocas.

 

Cuando presenciaron que la mujer del hijo de Dios se arrojaba a la pira, las mujeres de condición inferior quisieron imitarla. Pero ¿cómo habían de reunirse con sus maridos, que la transmigración de las almas podía transformar en caballos, elefantes o gavilanes? ¿Cómo conocer la bestia en que el difunto moraba? Y reconociéndola, ¿cómo podían continuar siendo su mujer? Este obstáculo lo allanan los teólogos indios encontrando fácilmente distingos, soluciones in sensu composito, in senso divisa. La metempsicosis sólo existe para el pueblo llano; tocante al alma de los demás, profesan una doctrina más rara. Esas almas, que son las de los ángeles que se rebelaron contra su Soberano, están purificándose. Las de las viudas que se sacrifican son beatificadas y encuentran a sus maridos purificados por entero. En resumen, los sacerdotes tienen siempre razón y las viudas siguen quemándose en las hogueras.

 

Este horrible fanatismo viene durando más de cuatro mil años en un pueblo tranquilo y apacible, que cree cometer un crimen si mata una cigarra. Los sacerdotes no pueden obligar a las viudas a quemarse en las hogueras porque es ley inderogable en la nación que ese sacrificio sea voluntario. Tal honor se reserva a la primera de las esposas del difunto; si ésta se niega al sacrificio, se reserva este honor a la segunda, y así sucesivamente. Dícese que en una ocasión diecisiete mujeres se arrojaron a la vez en la pira de un rajá. Pero semejantes sacrificios son raros en la actualidad: la fe se debilitó desde que los mahometanos gobiernan la mayor parte del país y los europeos negocian en la otra parte. Y aun así, ni un solo gobernador de Madrás y de Pondichery ha dejado de ver alguna india arrojarse voluntariamente a las llamas. Honwell refiere que una viuda de diecinueve años, muy hermosa y madre de tres hijos, se abrasó en la hoguera en presencia de la señora Russel, esposa del almirante, que estaba en la rada de Madrás. Dicha joven resistió a los ruegos y lágrimas de los asistentes. La señora Russel le suplicó en nombre de sus hijos que no los dejara huérfanos y abandonados en el mundo; la viuda respondió: «Dios, que los hizo nacer, cuidará de ellos». Acto seguido, dispuso los preparativos, prendió fuego a la pira con su mano y consumó el sacrificio con la misma serenidad que una monja enciende los cirios del altar.

 

Shernoc, comerciante inglés que en una ocasión vio que una hermosa viuda iba a arrojarse a la hoguera que ella misma había encendido, la apartó de allí a la fuerza y con la ayuda de otros ingleses la raptó y después se casó con ella. El pueblo indio consideró ese acto como horrible sacrilegio.

 

¿Por qué los maridos no se lanzaban a las llamas para ir a reunirse con sus esposas? ¿Por qué razón el sexo que es naturalmente débil y apocado fue el único capaz de inmolarse fanáticamente? ¿Obedece a que la tradición no dice que un hombre maridó con la hija de Brahma, y sí asegura que una india se casó con el hijo de dicho dios? ¿Obedece a que las mujeres son más supersticiosas que los hombres? ¿Que su imaginación es más débil, tierna y más adecuada para ser dominada?

 

Los antiguos brahmanes se arrojaban algunas veces en la hoguera para no sufrir los achaques de la vejez, y sobre todo para que los admirasen. Calano no se hubiera arrojado a la hoguera a no ser por la satisfacción de que Alejandro presenciara su sacrificio. El cristiano renegado Pelegrino se quemó en una hoguera públicamente por el mismo motivo que algunos necios se disfrazaban a veces de armenio para llamar la atención.

 

Creemos que la vanidad interviene en amplia medida en el tremendo sacrificio de las mujeres indias. Quizá si se publicara una ley ordenando que se quemaran secretamente quedaría abolida esa inhumana costumbre.

 

Para terminar, añadamos unas palabras. Si un centenar de mujeres indias han ofrecido el abominable espectáculo de quemarse, en cambio nuestros inquisidores y aquellos locos de atar que se llamaban jueces, en otros siglos hicieron morir abrasados por las llamas más de cien mil hermanos nuestros, hombres, mujeres y niños, por cuestiones enrevesadas que nadie entiende. Compadezcamos y condenemos el proceder de los brahmanes, pero no nos dejemos embaucar por el sentido figurado de las alegorías y declaraciones de Birna, Brahma y Visnú. Con esto cierran la boca a todo el que trata de presentar objeciones.

 

BRINDAR. ¿De dónde proviene esta costumbre? ¿Tiene su origen en la época en que el hombre empezó a beber? Parece natural que bebamos el vino a nuestra salud, pero no a la salud de los demás.

 

El propino de los griegos, más tarde adoptado por los romanos, no significaba: «Bebo para desearle buena salud», sino «Bebo antes que tú para darte ejemplo; te invito a beber».

 

En el regocijo de los banquetes bebían para celebrar a sus amantes, no para desearles buena salud. Los ingleses que tienen a gala reproducir muchas costumbres de la Antigüedad clásica, brindan por el honor de las damas, que llaman toagfer, y entre ellos es objeto de discusión si una dama es o no digna de tal honor.

 

En Roma brindaban por las victorias de Augusto y porque recuperase la salud perdida. Dión Casio refiere que tras la batalla de Actium el Senado decretó que en todas las comidas, después del segundo plato, los ciudadanos de Roma brindaran por dicha victoria. Cabe suponer que tan extraño decreto fue dictado por la más baja adulación. En una de las odas de Horacio figura algo parecido a la frase, hoy en uso, que dice: «Hemos brindado a la salud de vuestra majestad». De aquí probablemente provino el uso entre las naciones bárbaras de brindar por la salud de sus invitados, costumbre absurda porque aunque se beba copiosamente no se conseguirá mejorar la salud de las personas en cuyo obsequio se bebe.

 

El Diccionario de Trevoux dice «que no se debe brindar por la salud de los superiores en su presencia». Esto es verdad en Francia y en Alemania, pero en Inglaterra es costumbre admitida‑ hay menos distancia de hombre a hombre en Londres que en Viena. En Inglaterra reviste especial importancia brindar por la salud del príncipe pretendiente al trono: equivale a declararse partidario suyo. A algunos escoceses e irlandeses les costó muy caro haber brindado por la salud de los Estuardos.

 

Brindaron todos los whigs después del fallecimiento del rey Guillermo no a su salud, sino a su memoria. El tory Brown, obispo de la irlandesa ciudad de Cork, enemigo mortal de Guillermo, dijo que actuaría de tapón para impedir que se bebiera a la gloria de dicho monarca, porque en inglés cork significa tapón. El obispo no se contentó con hacer este juego de palabras, sino que en 1702 escribió un folleto que contiene los mandamientos de su país para convencer a los irlandeses de que es impío brindar por la salud de los reyes y por su memoria porque es profanar las palabras de Jesús, que dice: «Bebed todos, hacedlo a mi memoria».

 

Pero el mencionado obispo no fue el primero que concibió semejante necedad. Antes que él, el presbiteriano Pyrenne compuso un libro voluminoso contra la costumbre impía de beber a la salud de los cristianos, y Juan Geré, que fue párroco de la iglesia de la Santa Fe, publicó otro con este largo título: La divina porción para conservar la salud espiritual y para curar la enfermedad crónica de brindar por la salud, con argumentos claros y sólidos contra esa costumbre criminal, para la satisfacción del público.

 

Ni los reverendos frailes franceses Farasse, Patouillet y Nonotte, escribieron nada superior a estas profundidades inglesas. Las dos naciones mantuvieron durante mucho tiempo un verdadero pugilato para ver cuál de las dos diría más tonterías.

 

BUEY APIS (sacerdotes tel). Herodoto nos cuenta que Cambises, tras haber matado con sus manos al dios buey, hizo bien en azotar a sus sacerdotes. No hubiera sido meritoria su acción si los citados sacerdotes hubieran sido hombres honrados que se limitaran a ganar el sustento dirigiendo el culto del buey Apis, sin causar molestias a los ciudadanos. Pero si fueron perseguidores, violentaron conciencias, practicaron una especie de inquisición y violaron el derecho natural, entonces Cambises no procedió bien azotándolos... debía haberlos ahorcado (1).

 

(1) Véase el artículo Apis.

 

BUFÓN, BURLESCO. Agudico fue el escoliador que dijo que la etimología de la palabra bufón dimana de un sacrificador ateniense llamado Bufo, que cansado de su oficio huyó para siempre de la ciudad. El Areópago, ante la imposibilidad de castigarle, formó proceso al hacha que usaba dicho sacerdote para desempeñar su profesión. Dícese que esa farsa se representaba todos los años en el templo de Júpiter y la titulaban bufonía, pero esta historia no es creíble. La palabra bufón no era un nombre propio; bufonos significaba inmolador de bueyes. Los griegos nunca dieron el nombre de bufonía a ninguna de sus burlas. La mencionada ceremonia, aunque parece frívola, pudo haber tenido un origen más humano, digno de los verdaderos atenienses.

 

Una vez al año, el sacrificador subalterno o, mejor dicho, el carnicero sagrado, al iniciar el gesto de inmolar un buey, huía fingiendo ser presa de cierto terror, sin duda para recordar a los hombres que en los tiempos más sencillos y dichosos sólo consagraban a los dioses frutos y flores, y que la barbarie de sacrificarles animales útiles no se introdujo hasta que hubo sacerdotes que engordaban con la sangre que hacían derramar y que vivían a expensas de los pueblos. Esta idea no tiene nada de bufonada.

 

Italia y España admitieron más tarde el vocablo bufón para designar al mismo, al farsante y al juglar. Menaje, después de Saumaise, lo deriva de Hinflata bocca, y en efecto, los bufones suelen tener el rostro redondo y mofletudo. Los italianos llaman buffone magro al hombre que se las da de gracioso y no consigue hacer reír a nadie.

 

Bufonerías son las farsas más grotescas que se representan en los barracones para avergonzar al espíritu humano. Thespis fue un bufón antes que Sófocles fuera un gran hombre. En los XVI y XVII, las tragedias españolas e inglesas estaban envilecidas por las bufonerías más abyectas, y los bufones deshonraron las cortes de los reyes más que deshonraban el teatro. La roña que dejó la barbarie estaba tan adherida, que los hombres no gozaban aún de los deleites intelectuales.

 

BULA. Esta palabra significa la bola o el sello de oro, plata, cera o plomo que pende de un documento o de un título cualquiera. El sello de plomo que cuelga de ciertos documentos pontificios representa por un lado las cabezas de san Pedro y san Pablo y por el otro el nombre del papa. La bula está escrita en un pergamino.

 

En la salutación el papa sólo usa el título de siervo de los siervos de Dios, copiándolo de las divinas palabras que Jesús dirigió a sus discípulos: «El que de nosotros pretenda ser el primero, será vuestro servidor».

 

Los herejes afirman que los papas, con esta fórmula de aparente humildad, tratan de imponer una especie de sistema feudal en el que la cristiandad queda sometida a un jefe que es Dios, y a cuyos grandes vasallos Pedro y Pablo representa el pontífice de su servidor. Los primeros vasallos del papa son los príncipes, los emperadores, los reyes y los duques. Sin duda, se fundan para decir esto en la famosa bula in Coena Domini, que un cardenal diácono lee públicamente todos los años el Jueves Santo ante el papa, al que acompañan varios cardenales y obispos. Concluida la lectura de la bula, Su Santidad lanza a la plaza pública un hacha encendida en señal de anatema.

 

La referida bula figura en la página 714, tomo I del Bulario impreso en Lyon en 1763, y en la página 118 de la edición de 1727. La edición más antigua del bulario data de 1536. Pablo III, sin explicar el origen de esta ceremonia, dice que es costumbre antigua de los soberanos pontífices publicar la citada excomunión el Jueves Santo, para conservar la pureza de la religión cristiana y mantener la unión de los fieles. Dicha bula se compone de veinticuatro puntos, en los que el citado papa lanza estas excomuniones:

 

1. A los herejes, a sus autores y a los que lean sus libros.

 

2. A los piratas, sobre todo a los corsarios que se atrevan a penetrar en los mares del Soberano Pontífice.

 

3. A los que impongan en sus haciendas nuevas gabelas.

 

10. A los que impidan de cualquier modo que se cumplan las cartas apostólicas, bien se concedan en ellas prebendas, bien se impongan penas.

 

11. A los jueces laicos que juzguen a los eclesiásticos y los convoquen a su tribunal, sea el tribunal que sea, audiencia, cancillería, consejo o parlamento.

 

14. A todos los que hagan o publiquen edictos, reglamentos y pragmáticas que ofendan o cercenen la menor cosa, tácita o expresamente, que coarte la libertad eclesiástica, los derechos del Papa y también los de la Santa Sede.

 

15. A los cancilleres, consejeros ordinarios o extraordinarios de cualquier rey, a los presidentes de las cancillerías, de los consejos y los parlamentos, y a los fiscales generales que promueven causas eclesiásticas o que impidan el cumplimiento de las cartas apostólicas, aunque lo hicieran con el pretexto de evitar alguna violencia.

 

En ese mismo punto, el papa se reserva también el derecho de absolver a los mencionados cancilleres, consejeros, fiscales generales y a otros excomulgados, que sólo podrán ser absueltos después que revoquen públicamente sus edictos y sus decretos y los supriman de los registros.

 

20. A los que se arroguen el derecho de absolver a los excomulgados que acabamos de mencionar, y para que no puedan alegar ingnorancia manda:

 

21 Que esta Bula se publique y se fije en la puerta de la basílica del príncipe de los apóstoles y en la de San Juan de Letrán.

 

22. Que todos los patriarcas, primados, arzobispos y obispos, en virtud de santa obediencia, publiquen solemnemente esta bula al menos una vez cada año.

 

24. Declara el Papa, que si alguno se atreve a obrar contra lo que dispone esta bula, debe saber que incurre en la indignación de Dios Todopoderoso y en la de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo.

 

Las demás bulas posteriores llamadas también in Coena Domini, sólo son aplicaciones de ésta. Por ejemplo, el punto 21 de la bula de Pío V publicada en el año 1567, añade al punto 3 de la transcrita, que los príncipes que establezcan en sus Estados nuevas exacciones, de cualquier naturaleza que sean, o aumenten las antiguas sin haber obtenido la aprobación de la Santa Sede, quedan excomulgados ipso facto.

 

La tercera bula in Coena Domini data de 1610 y contiene treinta puntos, en los que Pablo V renueva las disposiciones de las bulas anteriores. La cuarta y última bula in Coena Domini, inserta en el Bulario, está fechada en 1º de abril de 1627. En ella anuncia Urbano VIII que siguiendo el ejemplo de sus antecesores, para mantener la integridad de la fe, la justicia y la tranquilidad pública se sirve de la espada espiritual de la disciplina eclesiástica para excomulgar en dicho día (aniversario de la cena del Señor) a los herejes y a quienes apelan del fallo del Papa en el futuro concilio. El resto de la bula es similar al de las tres citadas. En opinión de algunos, la que se lee actualmente es de época más moderna y tiene varias adiciones.

 

Giannone, en su Historia de Nápoles, relata los desórdenes que los eclesiásticos promovieron en dicho reino y los desafueros que sufrieron los vasallos del rey, negándose incluso a administrarles los sacramentos con el fin de obligarles a que admitieran la bula, que finalmente fue proscrita de allí solemnemente, así como en la Lombardía austriaca, en los Estados de la emperatriz, en los territorios del duque de Parma y en otras partes (1).

 

En 1580, el clero de Francia se aprovechó de las vacaciones del Parlamento para publicar la bula in Coena Domini. Pero el fiscal general se opuso a tal publicación y la Cámara de las vacaciones, que presidía el célebre y desventurado Brisson, redactó el 4 de octubre un decreto que ordenaba a todas las autoridades que averiguaran quiénes eran los arzobispos, obispos o vicarios mayores que habían admitido dicha bula o la copia de ella, y quién el que la mandaba publicar. Les conminaba también a impedir la publicación y si se había realizado a secuestrar los ejemplares y remitirlos al tribunal, y en este caso citar a las mencionadas jerarquías eclesiásticas a comparecer ante la Cámara y contestar a la requisitoria del fiscal general, amén de confiscar sus bienes temporales en beneficio del rey. Dicho decreto prohibía asimismo que nadie se opusiera a su ejecución, bajo pena de ser castigado como enemigo de la nación y culpable del delito de lesa majestad. Este decreto se imprimió y se publicó (2).

 

Con ello, el Parlamento siguió el ejemplo que le dio Felipe el Hermoso. El 5 de diciembre de 1301, el papa Bonifacio VIII se dirigió al mencionado monarca en su bula Ausculta Fili, exhortándole a que la cumpliera humildemente y diciéndole estas palabras: «Dios nos colocó sobre los reyes y los reinos para extirpar, destruir, disipar, construir y plantar en su nombre, difundiendo su doctrina. No prestéis oídos a quienes dicen que no existe superior vuestro y que no estáis sometido al jefe de la jerarquía eclesiástica; quien así opina es un insensato y el que mantiene tercamente esta opinión es un infiel y se separa del rebaño del Buen Pastor». A continuación, el papa se ocupaba detalladamente del gobierno de Francia, reconviniendo al rey por alguna de las reformas que había establecido.

 

En vez de obedecer al papa, el rey ordenó quemar esta bula en París y publicar a son de trompeta dicha ejecución por toda la ciudad el 11 de febrero de 1302. El papa, en el Concilio celebrado en Roma el mismo año, lanzó injurias y amenazas contra Felipe el Hermoso, pero sin llegar a cumplir tales amenazas. Fruto de dicho Concilio fue la famosa decretal titulada Unam Sanctam, que en sustancia es como sigue:

 

«Creemos y confesamos que existe una Iglesia santa, católica y apostólica, fuera de la cual no hay salvación posible‑ reconocemos también que es única, que forma un solo cuerpo con un solo jefe, y que no tiene dos como los monstruos. Su jefe es Jesucristo, y su vicario san Pedro y el sucesor de san Pedro. Por lo tanto, los griegos y demás que pertenecen a otras sectas y afirman no estar sometidos a ese sucesor, deben confesar que no pertenecen al número de las ovejas de Jesucristo, pues éste dijo que había un solo rebaño y un solo pastor.

 

(1) El papa Ganganelli, enterado de la resolución de los príncipes católicos y observando que los pueblos empezaban a abrir los ojos, no quiso publicar la famosa bula el Jueves Santo del año 1770.

 

(2) La refutación de la bula In Coena Domini se convirtió en uno de los artículos más importantes de lo que se llamaron «libertades de la Iglesia galicana».

 

»Confesamos que esta Iglesia tiene dos espadas en su poder, la espiritual y la temporal: una la utiliza la Iglesia por medio de la mano del Pontífice, y la otra la blande también la Iglesia por medio de los reyes y los guerreros, por orden o con licencia del pontífice. Pero es imprescindible que una espada se someta a otra, esto es, que el poder temporal esté sujeto al poder espiritual porque de otra forma andarían en desacuerdo, y deben estar acordes en opinión del apóstol. El poder espiritual debe instituir y juzgar al temporal, y de esta manera se cumple respecto a la Iglesia la profecía de Jeremías, que dice: «Te establecí sobre las naciones y sobre los reinos», etc.

 

Por su parte, Felipe el Hermoso reunió los Estados Generales y los comunes. En la exposición que presentaron a dicho monarca, dijeron: «Es una abominación oír que Bonifacio, como verdadero búlgaro (hereje) que es, interprete mal la frase espiritual que figura en el evangelio de san Mateo, que dice: Lo que atares en la tierra atado será en el cielo, como si esa frase significara que si el papa encerrara a un hombre en prisión temporal tuviera Dios que encarcelarle en el cielo».

 

Clemente V, sucesor de Bonifacio VII, derogó y anuló el odioso punto de la bula Unam Sanctam, que extiende el poder de los papas sobre el poder temporal de los reyes, y declara herejes a quienes no reconocen ese poder quimérico. En efecto, Bonifacio insistió en que ese pretendido poder debía considerarse una herejía fundándose en este principio, de los teólogos: «El que peca contra la regla de la fe es hereje, lo mismo si niega lo que la fe nos enseña que si recusa lo que se establece como artículo de fe, aunque no lo sea».

 

Antes del pontificado de Bonifacio VIII, otros papas se habían arrogado mediante bulas la propiedad de diferentes reinos. Conocida es la bula de Gregorio VII, en la que dirigiéndose a un rey de España dice: «Deseo que sepáis que el reino de España, según consta en las antiguas ordenanzas eclesiásticas, se dio en propiedad a san Pedro y a la Santa Iglesia romana».

 

Enrique II de Inglaterra pidió permiso al papa Adriano IV para invadir Irlanda y dicho pontífice se lo permitió, a condición de que impusiera a cada familia irlandesa el tributo de un carolus para la Santa Sede y de que conservara ese reino como feudo de la Iglesia romana. «Porque‑‑le escribió el papa‑‑no se debe dudar de que todas las islas que Jesucristo, como sol de justicia, iluminó y han aprendido las enseñanzas de la fe cristiana, pertenecen de derecho a san Pedro y a la Sagrada y Santa Iglesia romana.

 

Bulas de la Cruzada y de la Composición. Si dijéramos a un africano o a un asiático con sentido común que en Europa, donde unos hombres han prohibido a otros comer carne los días de Cuaresma, el papa autoriza a comerla previo el pago de una bula, y que con otra bula permite conservar el dinero que se ha robado, ¿qué opinión formarían de nosotros esos tales? Convendrían, por lo menos, en que cada país tiene sus costumbres, y en el mundo, por más que se cambie el nombre de las cosas y se las disfrace, todo se hace para sacar dinero.

 

Hay dos bulas denominadas de la Cruzada: la primera es de la época de los Reyes Católicos y la segunda de la época de Felipe V. La primera vende el permiso para comer carne los sábados, y la segunda, concedida por el papa Urbano VIII, permite comer carne la Cuaresma y absuelve de todo delito, menos la herejía. Esas bulas no sólo se venden, sino que está ordenado que se compren y su precio es más alto, como es natural, en Perú y México que en España, pues ya que producen oro y plata es justo que paguen más que los demás países.

 

El pretexto para publicar esas bulas fue el de hacer la guerra a la morisca infiel. Pero los espíritu inconformistas no comprenden la relación que pueda haber entre comer carne y la guerra con los musulmanes, y añaden que Jesucristo nunca mandó mover la guerra a los sarracenos, bajo pena de excomunión.

 

La bula que permite conservar los bienes ajenos se llama Bula de la Composición, y hace mucho tiempo que viene produciendo grandes sumas en España, el Milanesado, Sicilia y Nápoles. Las personas a las que se adjudica el arrendamiento de dicha bula encargan su predicación a los frailes más elocuentes. Los pecadores, que robaron al rey, al Estado o a los particulares, buscan a esos predicadores, se confiesan con ellos y les dicen contritos lo desagradable que sería que les obligaran a restituir lo robado. Ofrecen a los frailes que les entregarán el cinco, el seis o el siete por ciento, si les convencen de que pueden conservar el resto sin escrúpulo de conciencia. Cierran el cambalache y los pecadores quedan absueltos.

 

El fraile predicador que compuso Viaje a España e Italia, libro que con privilegio se publicó en París, se expresa de esta forma, haciendo propaganda de la bula: «¿No es agradable y gracioso saldar las cuentas pagando tan escasa cantidad, y quedar libres para robar otra mayor cuando se tenga necesidad de ella?»

 

Bula Unigenitus. Si la bula in Coena Domini soliviantó a los monarcas católicos, que al fin tuvieron que proscribirla de sus Estados, la bula Unigenitus sólo produjo alteraciones en Francia. La primera atacaba los derechos de los soberanos y los magistrados de Europa, y unos y otros se esforzaron por conservarlos. Pero como la segunda sólo proscribía algunas máximas de moral y doctrina cristiana, únicamente se opusieron a ella las partes interesadas y éstas llegaron a perturbar toda Francia. Se inició la lucha por una cuestión entre los jesuitas y los jansenistas.

 

Quesnel, sacerdote del Oratorio, refugiado entonces en Holanda, dedicó sus Comentarios al Nuevo Testamento al cardenal Noailles, entonces obispo de Chalons‑sur‑Marne, y el obispo los aprobó, recibiendo éste la obra con el sufragio de todos los que leen esta clase de libros.

 

El jesuita Le Tellier, confesor de Luis XIV y enemigo declarado del cardenal Noailles, por encocorar a éste consiguió que Roma condenara el libro que Quesnel le había dedicado. El tal jesuita, hijo de un fiscal de Vite, Baja Normandía, conocía todos los recursos y triquiñuelas propias de la profesión de su padre. Además de malquistar al cardenal Noailles con el papa, intentó enemistarle con el rey, y a este fin hizo que emisarios suyos redactaran despachos contra el cardenal, firmados por cuatro obispos, y cartas dirigidas al rey, también con la firma de los mismos obispos. Estas maniobras que los tribunales debieran haber castigado produjeron en la corte el efecto intentado por el jesuita. El monarca se incomodó y Madame de Maintenon dejó de protegerle.

 

A raíz de esto se produjeron una serie de intrigas en las que todo el mundo participó de un extremo a otro del reino, y cuanto más se enconaban los ánimos en guerra tan funesta, más se encendían los espíritus por una simple cuestión teológica.

 

Así las cosas, Le Tellier consiguió que Luis XIV propusiera al papa la condena del libro de Quesnel, del cual el rey no había leído ni una página. Le Tellier y otros dos jesuitas, Doucin y Lallemant, extrajeron ciento tres proposiciones con la idea de que Clemente XI las condenara, y la curia romana apartó dos de ellas para dar a entender que juzgaba por sí misma. El cardenal Fabroni, entregado en cuerpo y alma a los jesuitas, se encargó de este asunto y ordenó que redactaran la bula el franciscano Palermo, el capuchino Elías, el barnabita Terrovi, el servita Castelli y el jesuita Alfaro.

 

Clemente XI les dejó hacer lo que quisieran, con el deseo de congraciarse con el rey de Francia, pues sus relaciones con éste estaban tirantes por haber reconocido al archiduque Carlos como rey de España. Para ello no necesitaba hacer ningún sacrificio, le bastaba llenar a satisfacción de Luis XIV un trozo de pergamino del que pendiera un sello, sentenciando un asunto que le era indiferente. Por eso el papa, sin hacerse rogar, despachó y envió la bula. Pero fue extraordinaria su sorpresa cuando se enteró de que en casi toda Francia se había recibido con denuestos y manifestaciones hostiles. Dícese que al saberlo, dijo al cardenal Carpegne: «Me piden que envíe la bula, les complazco en seguida y todo el mundo se ríe de ella».

 

Todo el mundo, en efecto, se sorprendió que un papa, en nombre de Jesucristo, condenara por heréticas y ofensivas a los oídos cristianos estas dos proposiciones: «Es conveniente dedicarse los domingos a la lectura de libros sagrados, sobre todo de la Biblia», y «El temor a una excomunión injusta no debe impedir que cumplamos con nuestro deber».

 

Hasta los partidarios de los jesuitas consideraron inconveniente esa censura eclesial, pero no se atrevieron a oponerse públicamente. Los hombres prudentes y desinteresados la juzgaron escandalosa y el resto de la nación la tildó de ridícula.

 

No por eso dejó de salirse con la suya el jesuita Le Tellier, hasta la muerte de Luis XIV. Francia le detestaba, pero él la gobernaba. Se valió de todos los medios para deponer al cardenal Noailles, pero finalmente este intrigante fue condenado al destierro cuando falleció el monarca que le protegía. El duque de Orleáns, durante su regencia, puso punto final a esta guerra mofándose de ella. Y aunque del incendio pasado brotaron algunas chispas, pronto se apagaron para siempre. Con todo, habrían durado medio siglo. Los hombres podrían considerarse felices si sólo se enemistaran por tonterías como éstas, que no hacen derramar sangre humana.

A - B - C - D - E - F/G - H/I - J/K/L - M/N - O/P - R/S - T/U/V/Z


Principal-|-Consulta a Avizora |-Sugiera su Sitio | Temas Que Queman | Libros Gratis
Publicaciones | Glosarios Libro de Visitas-|-Horóscopo | Gana Dinero


AVIZORA
TEL: +54 (3492) 434313 /+54 (3492) 452494 / +54 (3492) 421382 /
+54 (3492) 15 669515 ARGENTINA
Web master: webmaster@avizora.com
Copyright © 2001 m. Avizora.com