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BABEL. Babel significa para los orientales Dios Padre, El poder de Dios y La puerta de Dios, según cómo se pronuncie la palabra. Por eso Babilonia fue la ciudad de Dios, la ciudad santa. Cada capital de nación se llamó la ciudad de Dios, la ciudad sagrada. Los griegos las llamaron todas Hierápolis, y tuvieron más de treinta ciudades con ese nombre. Torre de Babel significaba, pues, la torre del Dios Padre.
Flavio Josefo dice que Babel significaba confusión. Calmet y otros afirman lo mismo, pero los orientales mantienen la opinión contraria. De significar confusión, sería extraño el origen de la capital de un vasto imperio.
Los comentaristas se han esforzado por averiguar hasta qué altura llegó la famosa torre. San Jerónimo dice que tenía veinte mil pies de altura y el antiquísimo libro hebreo Jacu't le atribuye ochenta mil. Pablo Lucas asegura que vio las ruinas (lo que es mucho ver). Las dimensiones sin embargo, no han sido las únicas dificultades con que han tropezado los eruditos.
Han querido averiguar cómo los hijos de Noé, «habiéndose repartido las islas de las naciones, estableciéndose en diferentes países donde cada uno hablaba su lengua, tenía sus familias y su pueblo particular», según dice el Génesis; se congregaron todos los hombres en seguida en la llanura de Sennaar para construir allí una torre, diciendo: «Hagamos célebre nuestro nombre antes que nos dispersemos por toda la tierra».
El Génesis habla de los estados que fundaron los hijos de Noé. No se ha podido averiguar cómo pudieron los pueblos de Europa, Asia y Africa congregarse de manera total en Sennaar, hablando todos los misma lengua e impulsados por el mismo deseo.
La Biblia sitúa el diluvio en el año 1656 de la creación del mundo, y la destrucción de la torre de Babel en 1771, o sea ciento quince años después de la destrucción del género humano y durante la vida de Noé. Los hombres debieron multiplicarse con prodigiosa rapidez, y las artes resurgieron en muy poco tiempo. Si pensamos en los múltiples oficios que se necesita emplear para edificar una torre tan alta, resulta una obra asombrosa.
Pero aún se nos presentan mayores dificultades, siguiendo la Escritura, Abrahán nació cerca de cuatrocientos años después del diluvio y ya habían existido una serie de reyes poderosos en Egipto y en Asia. En vano se afanan Bochart y otros escritores doctos en recargar sus voluminosos libros de sistemas y palabras fenicias y caldeas que ellos no comprenden; inútilmente se empeñan en tomar Tracia por Capadocia, Grecia por Creta y la isla de Chipre por la de Tiro. A pesar de todo, nadan en el mar de una ignorancia sin fondo ni playas. Hubiera sido mejor confesar que Dios nos proporcionó, al cabo de unos siglos, los libros sagrados para hacernos hombres de bien y no para que fuéramos geógrafos, cronologistas y etimologistas.
Babel es Babilonia y la fundó, según los historiadores persas, un príncipe llamado Tamurath. La única noticia que tenemos de esos tiempos remotos son las observaciones astronómicas de mil novecientos años, que envió Calisteno, por orden de Alejandro, a su preceptor Aristóteles. A esa certeza debe añadirse la gran probabilidad de que una nación, que contaba con una serie de observaciones celestes de cerca de dos mil años, debió fundarse y constituir una potencia considerable muchos siglos antes de hacerse la primera observación astronómica.
Es de lamentar que ningún cálculo de los antiguos autores profanos coincida con los de nuestros escritores sagrados, y que ningún príncipe de los que reinaron después de las distintas épocas en que se sitúa el diluvio fuera conocido de los egipcios, los sirios, los babilónicos, ni los griegos.
No es menos de lamentar que no quede en el mundo, ni en los autores profanos, vestigio alguno de la torre de Babel, ni del episodio de la con fusión de lenguas. Un hecho tan memorable permaneció desconocido para todo el universo, al igual que los nombres de Noé, Matusalén, Caín, Abel, Adán y Eva.
Este contratiempo espolea más nuestra curiosidad. Herodoto, que viajó mucho, no menciona a Noé, Sem, Rehu, Sale, ni Nemrod. A éste lo desconoce toda la Antigüedad profana. Sólo algunos árabes y persas modernos lo mencionan, falsificando los libros de los hebreos. Para avanzar por las ruinas de la Antigüedad no tenemos otro guía que la fe en la Biblia, desconocida de todas las naciones del planeta durante varios siglos.
Herodoto, que con algunas verdades mezcla muchas fábulas, afirma que en su época (la de mayor esplendor de los persas, soberanos de Babilonia) todas las ciudadanas de esa famosa ciudad tenían la obligación de ir, una vez en su vida, al templo de Milita, diosa que parece ser la misma Venus Afrodita, a prostituirse a los extranjeros, y que su ley mandaba recibir dinero de ellos como tributo sagrado que se pagaba a la diosa.
Ese cuento, digno de Las mil y una noches, es del mismo género que el que Herodoto refiere en la página siguiente, en la que dice que Ciro dividió el río de la India en trescientos sesenta canales que tenían la desembocadura en el mar Caspio. ¿Creerías a Mezerai si nos refiriera que Carlomagno dividió el Rhin en trescientos sesenta canales que desembocaban en el Mediterráneo, y que todas las damas de su corte estaban obligadas a ir una vez a la vida a la iglesia de santa Genoveva y allí prostituirse por dinero a todos los extranjeros?
Téngase en cuenta, además, que la fábula de Herodoto es más absurda en el siglo de Jerjes, contemporáneo suyo, que lo sería en la época de Carlomagno. Y esto porque los orientales eran más celosos que los francos y los galos, y las esposas de los grandes señores de aquellos países eran continuamente vigiladas por eunucos. Esa costumbre subsistía desde tiempo inmemorial. Hasta en la historia hebrea encontramos que, cuando un pueblo pequeño deseaba, como los pueblos numerosos, que les gobernara un rey, Samuel, para que desistiera de esa idea y conservar su autoridad, les decía que «un rey los tiranizaría y les cobraría el diezmo de las viñas y los trigos para darlo a sus eunucos». Los reyes realizaron esa predicción, ya que en el libro que ellos dan título, consta que el rey Acab tenía eunucos, y Joram, Jelin, Joaquín y Sedechías también los tuvieron.
El Génesis menciona también a los eunucos del faraón y dice que Putifar, que compró a José, era eunuco del rey. No es extraño, pues, que hubiera en Babilonia numerosos eunucos para vigilar a las mujeres, siendo imposible que las obligaran a acostarse por dinero con el primero que las solicitara. Babilonia, la ciudad de Dios, no era un vasto burdel como se ha querido suponer.
Esos cuentos de Herodoto, como todos los de esa clase, no los creen los hombres honrados, ni siquiera las viejas y los niños.
En nuestros días, sólo un hombre, Larcher, ha tratado de justificar el cuento de Herodoto y la mencionada infamia le parece lo más normal del mundo. Trata de demostrar que las princesas babilonias se prostituían por lástima al primero que llegaba, porque dice la Sagrada Escritura que los amonitas hacían pasar por el fuego a sus hijos cuando se los presentaban a Moloc, pero esa costumbre de algunas hordas bárbaras, la superstición de hacer pasar los niños por entre las llamas o quemarlos con hogueras sacrificándolos a Moloc, esos horrores iroqueses, propios de una horda infame, ¿tienen acaso alguna conexión con una prostitución increíble en la nación más celosa y civilizada del Oriente conocido? Lo que sucede entre los iroqueses, ¿puede ser una prueba de las costumbres en la corte de Francia o en la de España?
Aduce también el citado autor, como prueba, la fiesta de las Lupercales que celebraban los romanos, «durante la cual, según dice, los jóvenes de la clase alta y los respetables magistrados corrían por la ciudad desnudos, con un látigo en la mano, dando latigazos a las principales damas, que se acercaban a ellos sin ruborizarse con la esperanza de tener así un parto feliz». En primer lugar, los distinguidos romanos a que alude, no es verdad que corrían desnudos por las calles. Plutarco dice que iban vestidos de cintura para abajo. En segundo lugar, por la manera de defender costumbres infames, parece que el autor quiera decir que las damas romanas se levantaban las vestiduras para recibir los latigazos en el vientre desnudo, lo que es falso. En tercer lugar, la fiesta de las Lupercales no tiene ninguna relación con la supuesta ley de Babilonia que ordena a las mujeres, a las hijas del rey, de los sátrapas y de los magos, venderse y prostituirse, por devoción, a los extranjeros.
Cuando no se conoce el espíritu humano, ni las costumbres de los pueblos, y no se tiene más remedio que limitarse a compilar pasajes de los autores antiguos, que casi todos se contradicen, debemos presentar nuestra opinión con modestia. Tenemos que saber dudar y sacudirnos el polvo del colegio, y no expresarnos nunca con insolencia que ultraje. Herodoto, Clesías y Diodoro de Sicilia refieren un hecho; lo leemos en griego, luego debe ser verdadero. No es ésa la manera de raciocinar en Euclides, pero todavía nos sorprende más en el siglo XVIII, aunque siempre habrá más escritores que compilen que escritores que piensen.
En este artículo no nos ocuparemos de la confusión de lenguas que se produjo durante la construcción de la torre de Babel, porque fue un milagro que refiere la Biblia y nosotros no explicamos ni examinamos milagros. |
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Nos limitaremos a decir que la destrucción del Imperio romano produjo más confusión y más idiomas nuevos que la caída de la torre de Babel. Desde el reinado de Augusto hasta los tiempos de Atila, Clodovico y Goudeband, o sea, durante seis siglos, terra erat unius habii?, en la tierra conocida sólo se hablaba una lengua: el latín. Desde el Éufrates hasta el monte Atlas. Las leyes que gobernaban a todas las naciones estaban escritas en latín, y el griego era sólo una diversión; el dialecto bárbaro de cada provincia sólo lo usaba el pueblo bajo. Pleiteaban en latín tanto en los tribunales de Africa como en los de Roma. El vecino de Cornuailles que salía de su pueblo para viajar hasta el Asia Menor podía estar seguro de que le entenderían en todas partes en el largo camino que iba a recorrer. La lengua única fue un gran progreso que los romanos otorgaron a los hombres; éstos fueron ciudadanos de todas las naciones, lo mismo en las márgenes del Danubio que en las riberas del Guadalquivir. En la actualidad, un vecino de Bérgamo que se dirija a los cantones suizos, de los que sólo le separa una montaña, necesita un intérprete como si fuera a China. Esta es una de las mayores calamidades que tenemos.
BACO. De todos los personajes verdaderos o fabulosos de la Antigüedad profana, el más importante para nosotros es Baco, no por la excelente invención que le atribuyen todos los pueblos del mundo, excepto el judío sino por la gran semejanza que tiene su historia fabulosa con la historia verdadera de Moisés.
Los primitivos poetas dicen que Baco nació en Egipto y le expusieron en el Nilo. Por eso el primer Orfeo le llama Mises, que en la lengua del antiguo egipcio significa salvado de las aguas, según aseguraban los que la entendían y hoy nadie entiende. Le educaron en una montaña de Arabia llamada Nisa, que al parecer era el monte Sinaí. Se supone que una diosa le ordenó que fuera a destruir una nación bárbara y cruzó a pie el mar Rojo acompañado de multitud de hombres, mujeres y niños. En una ocasión, el río Oronte apartó sus aguas a derecha e izquierda para dejarle pasar, y el río Hidaspe hizo lo mismo. Mandó al sol que se parara y dos rayos luminosos le salieron de la cabeza. Hizo brotar una fuente de vino golpeando la tierra con su tirso y grabó sus leyes en dos planchas de mármol. Sólo le faltó haber atraído diez plagas sobre Egipto para ser la réplica exacta de Moisés.
Si no estoy equivocado, Vossius fue el primero que se le ocurrió hacer ese paralelo. Huet, obispo de Abranche, también lo hizo, y en su demostración evangélica añadió que Moisés no sólo es Baco, sino también Osiris y Tifón. Y puesto ya en esta pendiente, se desliza tanto que para él Moisés es también Esculapio, Anfión, Apolo, Adonis y hasta Príapo. Resulta divertido que Huet, para probar que Moisés es Adonis, se basa en que uno y otro guardan corderos. Demuestra que es Príapo diciendo que algunas veces pintaban a Príapo con un pollino y que los gentiles creyeron que los judíos adoraban a un asno. Además, aduce esta otra prueba que no tiene nada de canónica: que la vara de Moisés podía compararse con el cetro de Príapo. Como puede comprobarse, estas demostraciones no se parecen en nada a las de Euclides.
En este artículo no nos ocuparemos de otros Bacos menos antiguos, como por ejemplo el que precedió doscientos años a la guerra de Troya y los griegos festejaron por suponerle hijo de Júpiter, encerrado en un muslo de éste. Nos limitaremos únicamente al que nació en los confines de Egipto, por haber realizado numerosos prodigios. El respeto que profesamos a los libros sagrados hebreos no nos permite dudar que los egipcios, árabes y después los griegos, hayan querido imitar la historia de Moisés. Lo único que nos intriga es averiguar cómo pudieron saber esa historia.
Respecto a los egipcios, no es posible que hayan tratado de escribir los milagros de Moisés, pues les hubiera avergonzado. De hacerlo, la habrían copiado Josefo y Filón. Flavio Josefo, en su respuesta a Apión, se cree obligado a citar todos los autores de Egipto que mencionaron a Moisés, y no encuentra ninguno que refiera un solo milagro de aquél. Por tanto, no pueden ser los egipcios quienes dieron pie para establecer el escandaloso paralelo entre el divino Moisés y el profano Baco.
No cabe duda de que si un autor egipcio hubiera referido algún milagro de Moisés, la Sinagoga de Alejandría y la Iglesia discutidora de tan célebre ciudad, hubieran citado el autor hebreo y el milagro que refiriera. Atenágoras, Clemente y Orígenes, que tantas cosas baladíes cuentan, habrían repetido hasta la saciedad ese pasaje temerario que habría constituido el mejor argumento para los padres de la Iglesia. Si todos callaron sobre este punto, es que nada sabían y nada podían decir. Pero, ¿cómo es posible que ningún egipcio refiriera las hazañas del hombre que ordenó matar a los primogénitos de todas las familias de Egipto, que ensangrentó el Nilo, que ahogó en el mar al rey y a todo su ejército, etc.?
Los historiadores franceses refieren unánimemente que el sicambro Clodovico subyugó las Galias con un puñado de bárbaros, y los ingleses reconocen que los sajones, daneses y normandos, sucesivamente, consiguieron exterminar parte de su país. Si unos y otros no lo hubieran confesado, Europa entera lo proclamaría a gritos. Todo el mundo tenía que haber publicado los espantosos prodigios de Moisés, Josué, Gedeón, Sansón y otros muchos profetas, y sin embargo, el mundo entero los silenció. Por un lado, es indudable que se trata de sucesos verdaderos porque los refiere la Sagrada Escritura, que merece la aprobación de la Iglesia, y por otro, es también indudable que ningún pueblo se ocupó de tales hechos. Adoremos a la Providencia y sometámonos a sus designios.
En cuanto a los árabes, dados siempre a lo maravilloso, serán probablemente los autores de las fábulas que sobre Baco se inventaron, y que luego copiaron y embellecieron los griegos. Pero, ¿cómo los árabes y griegos pudieron copiarlas de los hebreos? Sabemos que éstos no comunicaron sus libros a nadie hasta la época de los Tolomeos, pues consideraban esa comunicación como un sacrilegio, y el propio Josefo, para justificar la terquedad de los judíos en ocultar el Pentateuco al resto del mundo, dice que Dios castigaba a todos los extranjeros que se atrevieran a referir las historias hebreas. Así explica Flavio Josefo por qué los judíos ocultaron tanto tiempo sus libros sagrados. Estos eran tan raros que sólo se encontró un ejemplar en la época del rey Josías, y aun este ejemplar estaba olvidado hacía mucho tiempo en el fondo de un cofre, como ya se ha dicho.
El hecho sucedió, según el libro IV de los Reyes, en 624 antes de la era vulgar, cuatrocientos después de Homero y en los tiempos más florecientes de Grecia. Los griegos ignoraban entonces que existían hebreos en el mundo. La cautividad de los judíos en Babilonia aumentó la ignorancia de sus libros y fue menester que Esdras los restaurara al cabo de setenta años, cuando hacía más de quinientos que la fábula de Baco corría de boca en boca por toda Grecia.
Si los griegos hubieran copiado sus fábulas y mitos de la historia hebrea, habrían conocido esos sucesos tan interesantes para el género humano. Las aventuras de Abrahán, Noé, Matusalén, Set, Enoc, Caín y Eva, fueron ignoradas durante muchos años, y los griegos sólo tuvieron una vaga noticia del pueblo hebreo después de la revolución que realizó Alejandro en Asia y en Europa. El historiador Flavio Josefo así lo afirma. Al contestar a Apión (ya fallecido cuando publicó su respuesta, pues Apión murió durante el reinado de Claudio, y Josefo escribió en la época de Vespasiano), dice: «Apartados del mar, no nos dedicamos al comercio, ni tenemos trato con las demás naciones. Nos limitamos a cultivar nuestras tierras, que son muy fértiles, y sobre todo a educar a nuestros hijos, porque creemos indispensable enseñarles nuestras santas leyes e inculcarles el deseo de cumplirlas. Estas razones, añadidas a cuanto dije sobre nuestro particular modo de vivir, demuestran que en siglos pasados nunca tuvimos relaciones con los griegos, como las tuvieron los egipcios y fenicios».
Tras la afirmación del historiador judío, defensor acérrimo del honor de su pueblo, es imposible creer que los antiguos griegos sacaran la fábula de Baco de los libros sagrados de los judíos, ni de ningún otro. ¿Por qué, pues, los griegos tuvieron como fábulas lo que los judíos consideraban verdadera historia? ¿Tal vez porque estaban dotados de invención o porque los grandes talentos coinciden en sus hallazgos? Lo ignoramos. Dios lo permitió y esto debe bastarnos. ¿Qué importa que los árabes y los griegos refieran los mismos hechos que los hebreos? Debemos leer el Antiguo Testamento para prepararnos a leer el nuevo, y en uno y otro sólo debemos buscar lecciones edificantes, de moderación, de indulgencia y de verdadera caridad.
BACON (Francisco). El mayor servicio que Bacon prestó a la filosofía, fue descubrir la atracción. A finales del siglo XVI, decía en su libro Nuevo método de saber: «Falta averiguar si existe una especie de fuerza magnética que opera entre la tierra y los objetos que tienen peso, entre la luna y el Océano. Es preciso que los cuerpos graves se dirijan hacia el centro de la tierra, o que se atraigan mutuamente, y en este último caso, es evidente que cuanto más se aproximan a la tierra los cuerpos al caer, con tanta más fuerza se atraen unos a otros. Es preciso experimentar si el reloj de péndulo anda con más celeridad en lo alto de una montaña que colocado en el fondo de una mina, y esto indicará la probabilidad de que la tierra está dotada de verdadera atracción».
Cerca de cien años después, el gran Newton encontró, calculó y demostró esa atracción, esa gravitación, esa propiedad universal de la materia que es la causa que mantiene los planetas en sus órbitas, que influye en el sol y dirige una paja hasta el centro de la tierra. Pero Bacon dio prueba de admirable sagacidad al sospechar que debía existir esa fuerza cuando nadie pensaba en semejante cosa.
Bacon la sospechó y Newton demostró la existencia de un principio desconocido hasta entonces, y acaso los hombres no pasen de ahí si no llegan a ser dioses. Newton fue muy prudente cuando, al demostrar las leyes de la atracción, dijo que ignoraba la causa, añadiendo que quizás es una impulsión, quizás una sustancia ligera prodigiosamente elástica difundida en la naturaleza. Indudablemente, trató de sosegar con esos quizás a sus contrarios, sublevados contra la palabra atracción y contra una propiedad de la materia que actúa en el universo sin tocar los cuerpos sobre los que actúa.
BACON (Rogelio). Creeréis, sin duda, que el famoso monje del siglo XIII apellidado Bacon fue un hombre eminentísimo, poseedor de la verdadera ciencia, porque los ignorantes le persiguieron y le encarcelaron en Roma. Confieso que le favorece esa opinión general. Pero, ¿no ocurre todos los días que unos charlatanes critican desfavorablemente a otros charlatanes, y que unos desequilibrados castigan a otros? El mundo se pareció durante mucho tiempo a uno de esos manicomios en los que el orate que se cree el Padre Eterno anatemiza al que se tiene por el Espíritu Santo. Semejantes hechos se repiten en la actualidad.
Entre las causas de la fama de Bacon figura, en primer lugar, haber sido encerrado en una cárcel, y en segundo lugar la osadía de decir que debían quemarse todos los libros de Aristóteles, temeridad incalculable en una época en que los escolásticos profesaban a Aristóteles mucho más respeto que los jansenistas a san Agustín. ¿Pronunció Bacon ese fallo absoluto por haber escrito una obra mejor que La Poética, La Retórica y La Lógica de Aristóteles? Estas tres importantes obras prueban que Aristóteles fue un genio sutil, profundo y metódico, pero un mal físico, porque era imposible avanzar en esa ciencia en tiempos que no se conocían instrumentos para estudiarla.
En su mejor obra, que trata de la luz y la visión, Bacon se expresa con más claridad que Aristóteles cuando dice: «La luz hace por vía de multiplicación su especie luminosa, y esta acción se llama unívoca y conforme al agente, pero existe otra multiplicación equívoca por medio de la cual la luz engendra el calor y el calor engendra la putrefacción».
En otra parte, Bacon afirma que se puede prolongar la vida con el esperma ceti, con el aloes y con la carne de dragón, pero que sólo se puede alcanzar la inmortalidad con la piedra filosofal. Nuestros lectores creerán sin dificultad que, siendo dueño dicho monje de secretos tan importantes, debía poseer también los secretos relativos a la astrología judicial. Sin duda, por eso asegura en su libro Opus majus que la cabeza del hombre está sometida a las influencias del signo Aries, el cuello a las de Tauro, y los brazos a las de Géminis. Prueba todo eso con experimentos y elogia extraordinariamente a un gran astrólogo de París, que evitó que un médico pusiera un emplasto en la pierna de un enfermo porque el sol estaba entonces en el signo de Acuario, y ese signo es mortal para las piernas cuando se les aplican emplastos.
Es opinión general que Rogelio Bacon fue el inventor de la pólvora. Cierto que en su época se habían realizado estudios para lograr tan horrible descubrimiento. Tengo observado que el espíritu de invención se da en todas las épocas, y aunque los doctores y gobernantes sean profundamente ignorantes y campeen las preocupaciones, siempre surgen hombres desconocidos y animados de un instinto superior que efectúan admirables inventos, explicados más tarde por los sabios.
He aquí lo que sobre la pólvora dice Bacon en la página 474 de su libro Opus majus, edición de Londres: «El fuego gregüísco (1) se extingue con dificultad porque el agua no lo apaga. Existen ciertos fuegos cuya explosión produce tanto ruido que si los encendieran súbitamente y de noche no podría resistirlos una ciudad ni un ejército; serían más ruidosos que los truenos. Existen fuegos que deslumbran tanto como los relámpagos. Cabe suponer que con artificios como éstos aterró Gedeón al ejército de los madianítas. Nos da una prueba de esto ese juego de niños que se hace en todo el mundo. Introducen en un tubo una cantidad de salitre, apretándolo con una pequeña bola del tamaño de una pulgada, y la hacen estallar, produciendo un ruido semejante al del trueno, y del tubo sale un haz de fuego que parece un rayo». Por este párrafo se comprende que Bacon sólo hizo la experiencia con una pequeña bola llena de salitre puesta al fuego y desde este experimento hasta el de la invención de la pólvora media bastante distancia. De ésta no se ocupa Bacon en ninguna parte, aunque se inventó poco después.
(1) Fuego gregüísco era una mezcla incendiaria que no se apagaba con agua.
Siempre me sorprendió que Bacon no conociera la dirección de la aguja imantada que en su época empezaba a conocerse en Italia. En cambio, supo el secreto de la vara del avellano y otras cosas parecidas de las que trata en su libro Dignidad del arte experimental. A pesar del sinfín de absurdos y desvaríos que contienen sus obras, debemos confesar que Bacon fue un hombre admirable, con relación a su siglo, aunque puede objetárseme que su siglo fue el del gobierno feudal y el de los escolásticos. Bacon sabía algo de geometría y de óptica, y porque conocía algo de eso le tuvieron por hechicero en Roma y en París. Sin embargo, no sabía tanto como el árabe Alhazen, porque en aquella época los árabes, además de ser los maestros en todo, eran los médicos y astrólogos de todos los reyes cristianos. El bufón del rey era indígena, pero su médico era árabe o judío. Si pudiéramos trasladar a Bacon a los tiempos actuales, sería sin discusión un gran hombre. Era oro amalgamado con los excrementos de la época en que le tocó vivir; hoy sería oro puro.
BANCARROTA. Las bancarrotas no se conocieron en Francia hasta el siglo XVI, por la sencilla razón de que aún no habían banqueros. Los lombardos y los judíos prestaban con garantía al 5 % y el comercio se ejercía sólo con dinero contante y sonante. Esto no quiere decir que algunos comerciantes no se arruinaran, pero su ruina no se llamaba bancarrota, sino quiebra, que no suena tan mal. El actual significado de bancarrota trae su origen del vocablo italiano bancarrotto, bancarrotta. Cada negociante tenía su banco en la plaza donde efectuaba el cambio, y cuando le salían mal los negocios se declaraba fallito y dejaba sus bienes a los acreedores, guardándose parte de ellos para vivir. Quedaba libre y le consideraban como hombre honrado. No procedían contra él porque confesaba que se había roto su banco, bancarrotto, bancarrotta. En algunas ciudades, podía conservar todos sus bienes y dejar burlados a sus acreedores, si se subía sobre una piedra y enseñaba las nalgas a los comerciantes. Esta costumbre derivaba del antiguo refrán latino solvere aut in aere au in cute: pagar con el dinero o con la piel. Pero esta costumbre ya no existe. Los acreedores prefieren recobrar las cantidades que se les deben a ver el trasero del que hizo bancarrota.
En Inglaterra y otros países, las bancarrotas se publican en las gacetas. Los asociados y los acreedores se reúnen en cuanto lo saben y tratan de arreglarse, si pueden. Como algunas veces las bancarrotas son fraudulentas, en estos casos se forma proceso a los que han quebrado y se les condena por robo. No es cierto que en Francia se haya instituido la pena de muerte indistintamente para todos los que han ido a la quiebra. Las quiebras sencillas no se castigan con ninguna pena. Las quiebras fraudulentas se castigaban con la pena de muerte en los Estados de Orleáns y en los de Blois en 1576, durante el reinado de Carlos IX. Pero esos edictos, que renovó Enrique IV, ya sólo fueron conminatorios.
Es muy difícil demostrar que un hombre se deshonra cediendo voluntariamente sus bienes a los acreedores con objeto de engañarlos, al comprender esta dificultad, la ley se ha circunscrito a poner en la picota a esos desgraciados o sentenciarlos a galeras. Los quebrados fueron tratados con gran consideración el último año del reinado de Luis XI y durante la regencia. El lamentable estado a que llegó el interior del reino los muchos negociantes que no podían o no querían pagar, la cantidad de mercaderías invendibles que se acumularon y el temor de que se arruinara el comercio, obligó a los gobiernos desde 1715 a 1726, a suspender todos los procesos que se seguían a los quebrados. Como el Estado había hecho bancarrota, le pareció injusto y cruel castigar a los particulares que se declararan en quiebra.
BANCO. La banca es un cambio de dinero por papel. Hay bancos privados y bancos públicos. Aquéllos hacen operaciones por medio de letras de cambio que un particular os entrega para que recibáis vuestro dinero en el lugar indicado. El primero recibe el medio por ciento, y su corresponsal, donde vais a cobrar, recibe otro medio por ciento cuando os paga. Esta primera ganancia es un convenio entre ellos y no es necesario advertir al comprador.
La segunda ganancia, mucho más considerable se consigue por el valor del dinero. Esta ganancia depende de la inteligencia del banquero y la ignorancia del que remite el dinero. Los banqueros se entienden entre sí hablando una jerga particular, como los químicos; y el profano, no iniciado en esos misterios, suele ser su víctima. Dicen por ejemplo: «Remitimos de Berlín a Amsterdam lo incierto por lo cierto; el cambio está alto, a treinta y cuatro o treinta y cinco». Y hablando ese lenguaje, el hombre que cree entenderlos pierde un seis o un siete por ciento; de modo, que si hace quince viajes a Amsterdam, remitiendo siempre dinero con letras de cambio, al final los dos banqueros se habrán quedado con todo el dinero del remitente. Esto es lo que ordinariamente hace adquirir a los banqueros una extraordinaria fortuna. Si preguntáis qué es lo incierto por lo cierto, os contestará por mí el ejemplo que acabo de presentaros.
En Francia se trató de establecer un Banco del Estado en 1717, tomando como ejemplo el de Inglaterra. Tuvo por objeto pagar con billetes de ese banco los gastos corrientes del Estado, recibir las imposiciones del mismo modo y satisfacer las deudas con billetes, entregar sin descuento las cantidades que giraran sobre el Banco los franceses o los extranjeros, y de esa forma asegurarle un gran crédito. Esa operación doblaba el valor del dinero emitiendo billetes del Banco mientras hubiera moneda corriente en el reino, y lo triplicaba si, emitiendo doble número de billetes que valor tenía la moneda, se tenía cuidado de efectuar los pagos en el tiempo preciso, porque acreditándose la caja todos dejarían en ella su dinero y así adquiría un crédito tres veces mayor, como le ocurría al Banco de Inglaterra.
Muchos hacendistas y banqueros opulentos, envidiosos de Law, inventor de este banco, trataron de arruinarle desde su fundación, y coaligándose con los comerciantes holandeses libraron contra él todos sus fondos en el espacio de ocho días. El gobierno, en vez de suministrar nuevos fondos para efectuar los pagos, único medio de sostener el banco, quiso castigar la mala fe de sus enemigos, y mediante un decreto dio a la moneda un tercio más de su valor real, con lo que cuando los agentes holandeses se presentaron para que les satisficieran los últimos pagos sólo recibieron en dinero las dos terceras partes de sus letras de cambio. Pero ya habían dado al banco el gran golpe y éste quedó exhausto, y el alza del valor numerario de la moneda acabó de desacreditarle. Esa fue la primera época de la destrucción del famoso sistema de Law. Desde entonces, ya no hubo en Francia banco público, y lo que no había acaecido a Suecia, Venecia, Inglaterra y Holanda en sus épocas más calamitosas, sucedió a Francia cuando nadaba en la paz y la abundancia.
BARAC Y DÉBORA. En este artículo no vamos a discutir la época en que Barac era jefe del pueblo hebreo, ni por qué siéndolo dejó que una mujer dirigiera su ejército; tampoco discutiremos si esta mujer, que se llamó Débora, estaba casada con Lapidoth, si era pariente o amiga de Barac, ni qué día tuvo lugar la batalla de Thabor, en Galilea, entre Débora y Sisara, general de los ejércitos del rey Jacobino, cuyo general mandaba en Galilea un ejército de trescientos mil infantes, diez mil jinetes y tres mil carros de guerra, si hay que dar crédito al historiador Flavio Josefo.
Tampoco nos ocuparemos de Jacobino, rey de una aldea que se llamaba Azor, a pesar de lo cual podía disponer de más soldados que el Gran Turco. Nos da pena la mala suerte del gran visir Sisara, que al perder la batalla de Galilea saltó de su carro de batalla del que tiraban cuatro caballos y huyó a pie para correr con más celeridad. Se dirigió a pedir hospitalidad a una santa mujer hebrea, que le dio leche y hundió en su cabeza un clavo grande de carreta en cuanto se quedó dormido. Lo sentimos mucho, pero no vamos a ocuparnos de esto, sino de los carros de guerra.
Al pie del monte Thabor, cerca del torrente de Cisón, se libró la batalla antes citada. El monte Thabor es una montaña escarpada, cuyas laderas más bajas se extienden por casi todo el territorio de Galilea. Entre esa montaña y los peñascos inmediatos hay una pequeña llanura sembrada de piedras y guijarros, en la que no puede evolucionar la caballería. Se extiende en unos cuatrocientos o quinientos pasos. Es inconcebible que el general Sisara pudiera formar allí en orden de batalla sus trescientos mil soldados y sus tres mil carros, que no hubieran podido maniobrar ni siquiera en una llanura más grande.
Cabe suponer que los judíos no poseían carros de guerra en un país que únicamente era famoso por los pollinos, pero los asiáticos los utilizaban en las grandes llanuras. Confucio dice positivamente que desde tiempo inmemorial los virreyes de las provincias de China tenían obligación de suministrar al emperador, cada uno de ellos, mil carros de combate tirados por cuatro caballos. Esos carros debieron utilizarse mucho antes de la guerra de Troya, puesto que Homero, al ocuparse de ella, no habla de una nueva invención. Pero esos carros antiquísimos no estaban construidos como los de Babilonia; ni las ruedas ni el eje llevaban hierros cortantes. Ese invento debió ser muy eficaz en las grandes llanuras, sobre todo cuando los carros eran numerosos y corrían con impetuosidad, dotados de hoces y largas picas. Pero una vez se acostumbraron a ellos, evitaban sus choques con tanta facilidad que dejaron de usarse en todo el mundo.
En Francia, durante la guerra de 1741, trataron de reproducir ese antiguo invento, rectificándolo. Uno de los ministros de Estado ordenó construir un carro de combate y hasta lo probaron. Pensaron que en llanuras extensas como las de Lutzen podrían ser muy útiles ocultándolos detrás de la caballería, cuyos escuadrones debían abrirse para dejar paso a los carros y luego correr tras ellos. Pero los generales opinaron de otra forma. Creyeron que esa maniobra era inútil y hasta peligrosa en tiempos en que los cañones solos ganan las batallas. Replicaron a los generales que en los ejércitos que llevaran carros de combate se pondrían tantos cañones para protegerlos como tuvieran los enemigos para destruirlos, añadiendo que al principio los carros estarían al abrigo de los cañones enemigos detrás de los batallones o escuadrones, que después éstos se abrirían para que los carros corrieran impetuosamente y que su ataque inesperado podía producir un efecto prodigioso. Los generales no contestaron nada que pudiera refutar las anteriores razones, pero se negaron a hacer la guerra como en la Antigüedad la hicieron los persas.
BARBA. Los naturalistas afirman que la secreción que produce la barba es la misma que perpetúa al género humano, asegurando que los eunucos no tienen barba por haberles privado de los dos receptáculos en que se elabora el líquido procreador que hace nacer al mismo tiempo los hombres y la barba. Añaden que la mayor parte de los impotentes no tienen barba por carecer de ese líquido, que de los vasos absorbentes pasa a la linfa nutritiva y lo suministran a los diminutos bulbos de los que nacen los pelos en la barba, etc.
Existen hombres llenos de vello de la cabeza a los pies, como los monos, y se supone que son los más vigorosos y aptos para propagar su especie. Con frecuencia, son muy favorecidos en el amor, como ciertas damas que tienen bastante vello. Por regla general, hombres y mujeres, rubios o morenos, tienen algo de vello en todo el cuerpo, y puede decirse que no hay más partes absolutamente desprovistas de pelo que la palma de la mano y la planta del pie.
La afinidad constante que existe entre el pelo y el líquido seminal no puede ponerse en tela de juicio. Pero permítasenos preguntar por qué los eunucos y los impotentes carecen de barba y tienen cabello. La cabellera, ¿es acaso de otro género que la barba y los demás pelos? ¿No tendrá ninguna relación con el líquido seminal? Los eunucos tienen también cejas y pestañas, siendo ésta otra excepción que contradice la opinión dominante de que el origen de la barba está en los testículos. Siempre se encuentran dificultades que se oponen a las suposiciones más generalizadas. Los sistemas son como los ratones, que después de pasar por veinte agujeros se encuentran con dos o tres que les cierran el paso.
Todo un hemisferio parece oponerse a la unión de la barba y el semen. Los americanos de cualquier región, color y estatura, ni tienen barba ni pelo alguno en el cuerpo, si exceptuamos las cejas y el cabello. Puedo presentar pruebas jurídicas de ello, proporcionadas por hombres que han conversado y se han batido con varias tribus de la América septentrional. Afirman que jamás les vieron un pelo en el cuerpo, burlándose con razón de los escritores que copiándose unos a otros dicen.que los americanos no tienen pelo porque se lo arrancan con pinzas. Como si Cristóbal Colón, Hernán Cortés y demás conquistadores hubieran llevado sus barcos cargados de esas diminutas pinzas que usan nuestras damas para depilarse y las hubieran distribuido entre los pueblos de América.
Durante mucho tiempo creí que los esquimales eran una excepción a esa ley general del Nuevo Mundo, pero viajeros serios me han asegurado que son tan imberbes como los demás americanos y, no obstante, tienen hijos como en Chile, Perú y el Canadá, como los tenemos en nuestro continente los hombres barbudos. La virilidad no es, pues, inherente en América a los pelos negros o amarillentos. Existe, sin embargo, una diferencia específica entre esos bípedos y nosotros. La misma que existe entre sus leones, que no tienen crines y no son de la misma especie que los de Africa.
Es de advertir, sin embargo, que los orientales siempre tuvieron la misma consideración a la barba. El casamiento marca para ellos el punto de la vida en que empiezan a dejarse la barba. La vestidura larga y la barba imponen respeto. Los pueblos occidentales han variado de traje con mucha frecuencia, y hasta me atrevo a decir que han cambiado de barba. Llevaron bigotes durante el reinado de Luis XIV, hasta el año 1672. En la época de Luis XIII usaron una barba corta que terminaba en punta. Enrique V la llevaba cuadrada, Carlos V, Julio II y Francisco I pusieron de moda en sus cortes la barba larga, que hacía mucho tiempo nadie usaba. Los togados, para respetar la costumbre de sus padres y por seriedad, se afeitaban entonces, en tanto que los cortesanos y los elegantes se dejaban crecer la barba todo lo que podían. En aquellas épocas, cuando los reyes querían enviar en una embajada a algún togado, suplicaban a los colegas de éste le permitieran dejarse la barba, sin que se burlaran de él en los juzgados y los demás tribunales. Pero ya hemos hablado demasiado sobre la barba.
BASTARDOS. Bala, criada de Raquel, y Zelfa, criada de Lía, dieron cada una de ellas dos hijos al patriarca Jacob, haciendo notar que como hijos legítimos heredaron lo mismo que los otros hijos que tuvo Jacob de las dos hermanas Lía y Raquel. Aunque no es menos cierto que por toda herencia recibieron su bendición.
No les sucedió lo que a Guillermo el Bastardo, que heredó Normandía, ni como Thierry, hijo bastardo de Clovis, que heredó la mejor parte de las Galias, que su padre había invadido.
Muchos reyes de España y de Nápoles fueron bastardos. En España, el rey Enrique Trastamara fue considerado como legítimo rey, a pesar de ser hijo ilegítimo, y esta casta de bastardos, fundida con la casa de Austria, reinó hasta Felipe IV.
También fue bastarda la casa de Aragón que reinó en Nápoles durante el reinado de Luis XII. El conde de Duvois firmaba el bastardo de Orleáns, y en las casas del duque de Normandía, rey de Inglaterra, que se conservaron mucho tiempo, firmaba Guillermo el Bastardo.
En Alemania no sucede lo mismo. En ese país quieren que las estirpes sean puras. Los bastardos nunca heredan haciendas y carecen de estado. En Francia, desde hace mucho tiempo, el hijo bastardo de un rey no puede ser sacerdote sin tener dispensa de Roma, pero es príncipe sin ninguna dificultad desde que el rey le reconoce como hijo de su pecado, aunque sea adulterino de padre y madre. El bastardo de un rey de Inglaterra no puede ser príncipe, pero sí duque. Los bastardos de Jacob no fueron duques, ni príncipes, ni heredaron haciendas, por la sencilla razón de que su padre no las tenía. Pero después les llamaron patriarcas.
Puede preguntársenos si los hijos bastardos de los papas pueden serlo a su vez cuando les toque el turno. Creemos que no es posible, a pesar de que Juan XI fue hijo bastardo de Sergio III y de la famosa Marozia. Pero un caso aislado no constituye ley.
BATALLÓN. La cantidad de hombres que sucesivamente han constituido un batallón, ha variado mucho. Y hará variar aún los cálculos con los cuales, para un número dado de hombres, se deben encontrar los lados del cuadro, los medios de formar ese cuadro, lleno o vacío, y de formar de un batallón un triángulo, imitando el cuneus de los antiguos, que no era un triángulo.
El modo de ordenar los batallones de tres hombres en fondo en opinión de muchos oficiales, les da demasiada extensión y les hace presentar flancos muy débiles. El balanceamiento les impide avanzar con ligereza contra el enemigo y la debilidad de los flancos les expone a que los derroten siempre, si no los apoyan o protegen, viéndose obligados a formar cuadro y a tener que permanecer casi inmóviles. Las ventajas de ese sistema, mejor dicho, la única ventaja, consiste en hacer un fuego muy nutrido, porque todos los soldados del batallón pueden disparar. Pero esa ventaja no compensa los inconvenientes, sobre todo en Francia.
La forma de hacer la guerra en la actualidad es distinta de la antigua. Se alinea un ejército en orden de batalla para que sirva de blanco a la artillería enemiga; a continuación, avanza un poco para disparar y recibir tiros de fusil, y el ejército que se cansa primero de ese tejemaneje es el que pierde la batalla. La artillería francesa es notable, pero su infantería raras veces es superior a la de otras naciones. Puede decirse, sin faltar a la verdad, que la nación francesa es tan impetuosa en el ataque que resulta dificilísimo resistir su choque. El soldado que no tiene paciencia para resistir los disparos de los cañones cuando está inmóvil, y quizá tiene miedo, acometerá con rabia al enemigo, se dejará matar o silenciará los cañones. Esto se ha visto muchas veces. Los grandes generales coinciden en juzgar de este modo a los franceses.
Es digno de notarse que el orden, la marcha y las evoluciones de los batallones, casi como hoy se practican, la restableció en Europa un hombre que no era militar, Maquiavelo, secretario del gobierno de Florencia. Ordenó batallones de a tres, cuatro y cinco en fondo: formando en cuadro para que no los destruyan después de una derrota; de cuatro en fondo sostenidos por otros batallones, formando columna, y flanqueados por la caballería. Puede decirse que enseñó a Europa el arte de hacer la guerra.
El gran duque de Florencia insistía en que el autor de Mandrágora y Clitia dirigiera el ejército según su nuevo sistema, pero Maquiavelo se negó a complacerle, temiendo que los oficiales y soldados se burlaran de un general de capa y limitándose a pedir que aquéllos mandaran en su presencia el ejercicio a las tropas. No deben omitirse las cualidades que Maquiavelo exige en el soldado: gallardía, es decir vigor; ojos vivaces y poco alegres; cuello nervioso, pecho ancho, brazo musculoso, formas plenas y poco vientre, y piernas y pies delgados. En suma, exige todas las características de agilidad y de fuerza. Sobre todo, desea que el soldado ame el honor para que éste le empuje a batirse. «La guerra —afirma— corrompe las costumbres (y recordando un refrán italiano, añade): la guerra da vida a los ladrones y la paz les levanta los patíbulos.»
Maquiavelo hace muy poco caso de la infantería francesa, y es preciso confesar que fue muy floja hasta la batalla de Rocroi. Maquiavelo fue un hombre extraño; se divertía escribiendo versos y comedias, en enseñar desde su gabinete el arte de matarse técnicamente y a los príncipes el arte de ser perjuros y asesinar y envenenar en casos dados. Ese gran arte que el papa Alejandro VI y su hijo bastardo César Borgia ejercieron magistralmente sin necesitar las lecciones de Maquiavelo.
Nótese que en todas las obras de Maquiavelo, que tratan de asuntos muy diferentes, no se encuentra ni una palabra que mueva a amar la virtud, ni una tan sólo que nazca del corazón. Lo mismo se ha notado en Boileau, pero aunque éste no nos incite a amar la virtud trata de demostrar al menos que es necesaria.
BAUTISMO. (Voz griega que significa inmersión.) No vamos a ocuparnos del bautismo como teólogos, pues somos únicamente humildes y profanos hombres de letras que no debemos entrar en este santuario.
Desde tiempo inmemorial, los hindúes se sumergen en el Ganges y siguen haciéndolo todavía. Los egipcios, cuyo máximo guía eran los sentidos, creyeron fácilmente que lo que lavaba el cuerpo podía también lavar el alma, y en consecuencia instalaron enormes cubas en los subterráneos de los templos de Egipto para que en ellas se sumergieran los sacerdotes y los iniciados.
Como todo signo es por sí mismo indiferente, Dios se dignó consagrar esa costumbre del pueblo hebreo y los judíos bautizaron a todos los extranjeros que se afincaban en Palestina. No se obligaba a éstos a que se circuncidaran, pero sí a cumplir los siete preceptos de los noaquidas y no hacer sacrificios a los dioses foráneos. Los prosélitos del país eran circuncidados y bautizados, bautizando también a las prosélitas, desnudas y en presencia de tres hombres.
Los hebreos más devotos recibían el bautismo de manos de los profetas más venerados, y por eso recurrieron a san Juan, que bautizaba en el río Jordán. El propio Jesús, que no bautizó a nadie, se dignó permitir que Juan le bautizara. Esa costumbre, que fue durante mucho tiempo accesoria en la religión hebraica, recibió de nuevo valor y dignidad, llegando a ser el principal rito y el sello del cristianismo. Y como los quince primeros obispos de Jerusalén fueron judíos, los cristianos de Palestina siguieron circuncidándose durante mucho tiempo y los cristianos de san Juan nunca recibieron el bautismo de Jesucristo.
Otras sectas cristianas aplicaban a los bautizados un cauterio con un hierro candente, movidos a realizar esa operación por las palabras que dijo san Juan Bautista y que refiere san Lucas: «Bautizo con agua, pero el que viene tras de mí bautizará con fuego». Esas palabras no se han podido explicar nunca.
Hay diversas opiniones respecto al bautismo de fuego que citan Lucas y Mateo. Tal vez la más verosímil es que fuera una alusión a la antigua costumbre de quienes rendían culto a la diosa de Siria, que tras sumergirse en el agua se imprimían caracteres en el cuerpo con un hierro candente.
En los primeros siglos del cristianismo, de ordinario esperaban estar en la agonía para recibir el bautismo. Prueba de ello es el ejemplo del emperador Constantino. San Ambrosio no había recibido aún el bautismo cuando le nombraron obispo de Milán. Pronto quedó abolida la costumbre de esperar la muerte para bautizarse, siendo sustituida por la de sumergirse en el baño sagrado.
El bautismo te los muertos. También bautizaban a los muertos. Esa clase de bautismo está demostrada por el siguiente pasaje de Pablo en su carta a los corintios: «Si no resucitamos, ¿qué les sucederá a los que reciben el bautismo por los muertos?». O bautizaban a los mismos muertos o los vivos recibían el bautismo por ellos, al igual que en tiempos posteriores se concedieron indulgencias para librar del purgatorio las almas de los amigos y los padres.
San Epifanio y san Juan Crisóstomo nos refieren que algunas sectas cristianas metían un hombre en la cama de un muerto, después le preguntaban si quería recibir el bautismo y el vivo contestaba afirmativamente; acto seguido, tomaban al muerto y lo sumergían en una cuba llena de agua. Esta costumbre quedó abolida muy pronto. San Pablo la menciona y la aprovecha como argumento irrebatible para probar la resurrección.
El bautismo de aspersión. Los griegos conservaron siempre la costumbre de bautizarse por inmersión. Los romanos, a fines del siglo VIII, tras expandir su religión por las Galias y Germania, al ver que la inmersión mataba a algunos niños en los países fríos, sustituyeron esa clase de bautismo por el de aspersión, lo que motivó el anatema de la Iglesia griega.
Preguntado san Cipriano, obispo de Cartago si realmente estaban bautizados quienes sólo se les rociaba el cuerpo, dicho obispo contestó en su carta 76 que «muchas iglesias no creen que los rociados sean cristianos pero él opina que sí son cristianos, aunque gozan de gracia infinitamente menor que los sumergidos tres veces, según es costumbre».
Los cristianos no llegaban a ser iniciados hasta después de sumergidos. Antes, sólo eran catecúmenos. Para pertenecer a los iniciados necesitaban tener quien respondiera de ellos, una especie de padrino, para que la Iglesia pudiera tener garantía de la fidelidad de los nuevos cristianos y de que los misterios no serían divulgados. Por eso, en los primeros siglos del cristianismo, los gentiles desconocían los misterios de los cristianos tanto como éstos ignoraban los de Isis y Ceres.
Cirilo de Alejandría, en el escrito que dirigió contra el emperador Juliano, se expresa en estos términos: «Me ocuparía del bautismo si no temiera que lo que digo de él llegue a oídos de quienes no están iniciados». Entonces no había ningún culto que no tuviera sus misterios, sus sectas, sus catecúmenos, sus iniciados y sus profesos. Cada secta exigía nuevas virtudes y recomendaba a sus adeptos que hicieran nueva vida initium novae vitae; de esto provino la palabra iniciación. La de los cristianos de ambos sexos consistía en sumergirse desnudos en un cuba llena de agua fría para asegurar la remisión de todos los pecados. La misma diferencia había entre el bautismo cristiano y las ceremonias griegas, que entre la verdad y la mentira. Jesucristo fue el gran sacerdote de la nueva ley.
A partir del siglo II comenzaron a bautizar a los niños. Era natural que los cristianos desearan administrar ese sacramento a sus hijos para que no se condenaran si no lo recibían, y decidieron que se les debía bautizar a los ocho días de haber nacido, porque entre los judíos entonces estaban ya circuncidados. La Iglesia griega sigue todavía esa antigua costumbre.
Los niños que morían en la primera semana de su nacimiento estaban condenados, según la opinión de los más rigurosos padres de la Iglesia. Pero en el siglo v, Pedro Crisólogo inventó el limbo, que era como la playa o el arrabal del infierno, para los niños sin bautismo y donde permanecieron los patriarcas hasta que Jesucristo descendió a los infiernos. Más tarde prevaleció la opinión de que Cristo no descendió a los infiernos, sino al limbo.
Puesto a discusión si un cristiano nacido en los desiertos de Arabia podía ser bautizado con arena, se ha decidido que no. Se discutió también si podía bautizarse con agua de rosas, y se acordó que era indispensable el agua pura, pero podían utilizar agua cenagosa. Como vemos, esta disciplina dependió de la prudencia de los primeros pastores que la establecieron.
Los anabaptistas y otras sectas que se hallan fuera del seno de la Iglesia preconizaban que no se debía bautizar ni iniciar a nadie sin conocimiento de causa. «Obligáis a prometer —dicen— que pertenecerá a la sociedad cristiana al que no tiene conocimiento, porque un niño no puede comprometerse a nada y para ello le nombráis un padrino, pero esto es un abuso de la antigua costumbre. Esa precaución era conveniente cuando se estableció el bautismo, cuando hombres y mujeres desconocidos acudían a los primeros discípulos para que los admitieran en la sociedad cristiana, y para participar de las limosnas necesitaban presentar una garantía que respondiera de su fidelidad, pero un niño está en el caso diametralmente opuesto. Sucede con frecuencia que un niño que los griegos bautizaron en Constantinopla, casi a continuación lo circuncidaron los turcos, y fue cristiano ocho días y musulmán a los trece años, faltó al juramento que hizo su padrino.» Esa es una de las razones que los anabaptistas pueden alegar, pero esa razón, que es válida en Turquía, carece de valor en los países cristianos, en los que el bautismo asegura el estado de los ciudadanos y ha de ajustarse a las leyes y ritos de su patria.
Los griegos rebautizaban a los romanos que pasaban de una confesión latina a la confesión griega. Era costumbre en el siglo pasado que esos catecúmenos pronunciaran estas palabras: «Escupo a mi padre y a mi madre porque me bautizaron mal». Tal vez esa costumbre perdure todavía y se conserve mucho tiempo en las provincias.
El bautismo, la inmersión en el agua, la aspersión y la purificación, provienen de la más remota Antigüedad. Estar limpios equivalía a estar puros en presencia de los dioses. Ningún sacerdote se atrevió nunca a acercarse a los altares con manchas en el cuerpo.
Los judíos se creían obligados a bañarse después de una profanación cuando tocaban un animal impuro, un cadáver y en otras muchas ocasiones.
Para los judíos, ser bautizados y renacer era la misma cosa y esa idea ha sido inherente al bautismo hasta nuestros días. Cuando Juan el Precursor se dedicó a bautizar en el Jordán, no hizo más que continuar una costumbre inmemorial. Los sacerdotes de la ley no le pidieron cuentas por dedicarse a bautizar, como si estableciera una nueva práctica; le acusaron porque se arrogaba un derecho que les pertenecía exclusivamente, como los sacerdotes católicos romanos podrían quejarse de que un laico se arrogara el derecho a decir misa. Juan Bautista desempeñaba funciones legales, pero ilegalmente.
Juan tuvo discípulos y llegó a ser jefe de una secta popular que le acarreó perder la cabeza. Créese que Jesús fue al principio uno de sus discípulos, puesto que le bautizó en el Jordán, sabiendo, como sabemos, que envió poco tiempo antes de su muerte partidarios suyos para que le ayudaran.
El historiador Flavio Josefo habla de Juan y no de Jesús, prueba incontrovertible de que Juan Bautista, en la época del historiador, era más famoso que aquel a quien bautizó. «La multitud le seguía —dice Josefo— y parecía que los judíos estaban dispuestos a hacer cuanto les ordenara.» Este pasaje indica que Juan, además de ser jefe de secta, era jefe de partido. Josefo añade que llegó a inquietar a Herodes, siendo tan temible para éste que le sentenció a muerte. Jesús sólo tuvo discrepancias con los fariseos. Por eso, Josefo describe a Juan como hombre que hacía sublevar a los hebreos contra el rey Herodes, a quien éste consideró como criminal del Estado. Jesús, como estaba lejos de la corte, pasó inadvertido para el historiador.
La secta de Juan Bautista subsistió, teniendo una regla diferente a la de Jesucristo. Según consta en los Hechos de los Apóstoles, veinte años después del suplicio de Jesucristo, Apolo de Alejandría, convertido al cristianismo, sólo conocía el bautismo de Juan y no tenía idea del Espíritu Santo. Muchos viajeros, entre otros Chardin, el más relevante de todos, dicen que todavía existen en Persia discípulos de Juan, que se llaman Sabis los cuales se bautizan en nombre de éste y reconocen a Jesús como profeta, no como Dios.
Respecto a Jesús, repetimos que recibió el bautismo, pero no lo confió a nadie. Sus apóstoles bautizaban a los catecúmenos y, en ciertas circunstancias, los circuncidaban, prueba de ello es la operación que practicó Pablo en su discípulo Timoteo.
Se asegura que cuando los apóstoles bautizaban lo hacían en nombre de Jesucristo. Los Hechos de los Apóstoles no mencionan a ningún catecúmeno bautizado en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, lo que nos induce a creer que el autor de los Hechos no conoció el Evangelio de San Mateo, que dice: «Id a enseñar a todas las naciones y bautizad en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo». La religión cristiana no había adquirido aún la verdadera forma, ni se había escrito el Símbolo de los Apóstoles. La carta de Pablo a los corintios nos da a entender la singular costumbre de bautizar a los muertos, pero la naciente Iglesia pronto reservó el bautismo para los vivos y empezó por bautizar a los adultos. Con frecuencia, esperaba que cumplieran cincuenta años o su última enfermedad, con la idea de que se llevaran a la otra vida toda la virtud del reciente bautismo.
En la actualidad bautizan a todos los niños. Sólo los anabaptistas reservan esta ceremonia para la edad adulta y la practican sumergiendo el cuerpo en el agua. Los cuáqueros, que constituyen una secta muy numerosa en Inglaterra y en América, no se bautizan, fundándose en que Jesucristo no bautizó a ninguno de sus discípulos y ellos se vanaglorian de ser cristianos como en la época de Jesús.
El emperador Juliano el Filósofo, en su libro Sátira de los Césares, pone estas palabras en boca de Constancio hijo de Constantino: «Todo el que sea culpable de violación, homicidio, rapiña, sacrilegio y crímenes más abominables, quedará limpio y puro así que yo lo lave con el agua bautismal». Esta fue la fatal doctrina que indujo a los emperadores romanos y a los grandes del Imperio a diferir el bautismo hasta el postrer momento. Creyeron haber encontrado el secreto de vivir como criminales y morir como hombres virtuosos. ¡Extraña fue la idea que extrajeron del agua lustral, es decir, que una cantidad de agua lavaba todos los crímenes! Actualmente bautizamos a los niños obedeciendo a otra idea tan absurda como la que acabamos de mencionar o sea suponer que todos son criminales y así los salvamos hasta la edad de la razón en la que ya pueden convertirse en culpables. ¡Ahogadlos, pues, pronto, porque así aseguráis el paraíso! Esta consecuencia es tan lógica que existió una secta religiosa que mataba por envenenamiento a las criaturas recién bautizadas. Esos sectarios razonaban perfectamente cuando decían: «De esa forma hacemos a esos niños inocentes el mayor bien, porque les evitamos ser desdichados y perversos en el mundo y los enviamos a gozar la vida eterna».
BEKKER (o del mundo encantado, del diablo, del libro de Enoc y de los hechiceros). Baltasar Bekker, teólogo y predicador alemán, hombre excelente, enemigo del infierno eterno y del diablo y más enemigo todavía de la precisión, levantó mucho revuelo en su época con un voluminoso libro que con el título El mundo encantado publicó en 1694.
Jacobo Jorge de Chaufepie, que pretende ser el continuador de Bayle, asegura que Bekker aprendió el griego en Gromingua, y Nicerón aduce buenas razones para asegurar que lo aprendió en Franeker, pero no está firme en punto tan interesante. Lo cierto es que en la época de Bekker, ministro del Santo Evangelio de Holanda, el diablo gozaba de extraordinaria fama entre los teólogos de todas las confesiones. Sucedía esto hacia mediados del siglo XVII, pese a los esfuerzos de Bayle y de otros sabios que empezaban a ilustrar a la humanidad. Por toda Europa estaban en boga los poseídos y los hechiceros, y con frecuencia los resultados eran funestos.
Apenas pasado un siglo, el rey Jacobo, acervo enemigo de la Iglesia romana y del poder del Papa, hizo imprimir su libro Deomología, en que reconocía los maleficios, íncubos y súcubos, y confiesa el poder del diablo y del Papa, que en su opinión puede sacar a Satanás del cuerpo de los poseídos como los demás sacerdotes. Los propios franceses, que se vanaglorian en la actualidad de haber recobrado el buen sentido, estaban sumidos en la hórrida cloaca de la más estúpida barbarie. No existía en Francia un solo tribunal que no se ocupara en juzgar causas de hechicería, ni jurisconsulto serio que no escribiera respecto a los poseídos del diablo. Católicos y protestantes creían en esta absurda superstición fundándose en que lo dice uno de los evangelios cristianos que fueron enviados a los discípulos para expulsar a los diablos. Creían deber sagrado someter a tortura a las muchachas de mala vida para hacerlas confesar que habían fornicado con Satanás, el cual se presentaba a ellas en forma de macho cabrío y con el miembro viril en el ano, y en los procesos criminales que formaban a esas infortunadas describían detalladamente las citas del macho cabrío con las prostitutas. Esos procesos terminaban siempre quemándolas en la hoguera, tanto si confesaban como si negaban. Así, Francia llegó a ser un vasto escenario de matanzas legales.
Tengo a la vista una colección de procesos infernales recogidos por un consejero de la Cámara del Parlamento de Burdeos, llamado Lancre, publicada en 1613 y dedicada a Monseñor Sillery, canciller de Francia. El país pasó entonces por una interminable noche de San Bartolomé, y así continuó, desde la matanza de Vassy, hasta los asesinatos del mariscal Ancre y su inocente esposa. En Ginebra, en 1652, en la época de Bekker, quemaron en la hoguera a una infeliz mujer llamada Micaela Chandrón, convenciéndola de que era una hechicera.
He aquí, en extracto, el proceso que se incoó contra esa desventurada: «Micaela, al salir de la ciudad, encontró al diablo. Este le dio un beso, recibió su homenaje y luego imprimió en el labio superior y en la mama derecha de la joven el sello con que acostumbra a marcar las personas que reconoce por favoritas suyas. El sello del diablo es una firma diminuta que da insensibilidad a la piel, como aseguran los jurisconsultos de Monógrafos. El diablo ordenó a Micaela Chandrón que hechizara a dos muchachas y ella obedeció humildemente a su señor».
Los padres de las jóvenes la acusaron judicialmente de haber hechizado a sus hijas, y éstas declararon que sentían continuamente un gran comezón en ciertas partes del cuerpo y que estaban poseídas del diablo. Llamaron a los médicos para que las visitaran y después buscaron en todo el cuerpo de Micaela el sello del diablo, que el atestado denomina marca satánica. Clavaron en su cuerpo una aguja larga que le hizo sufrir dolorosa tortura y salir mucha sangre; la infeliz Micaela dio a entender con sus gritos que las marcas del diablo no la hicieron insensible. No encontrando los jueces prueba concluyente de que Micaela Chandrón fuera bruja, le aplicaron el tormento, que infaliblemente otorga las pruebas que se desean y la desventurada confesó lo que querían que confesara. Los médicos siguieron buscando la marca satánica y la encontraron en una pequeña señal negra que tenía en una pierna, en la que volvieron a hundirle la aguja, pero fueron tan tremendos los dolores que le causaba el tormento que la pobre mujer, que estaba expirando, apenas sintió el efecto de la aguja y no exhaló un solo grito. Con ello quedó comprobado el crimen, pero como las costumbres empezaban a suavizarse, no la quemaron hasta después de haberla ahorcado.
En todos los tribunales de la Europa cristiana aún tienen lugar esas salvajes sentencias. Duró tanto la imbecilidad bárbara, que a mediados del siglo XVIII, en 1750, en Vurtzburg quemaron a una bruja. ¡Y vaya bruja! Una joven de la alta sociedad que era abadesa de un convento de monjas. Y esto sucedió durante el reinado de María Teresa de Austria.
Semejantes horrores, difundidos por toda Europa, movieron a Bekker a luchar contra el diablo. Y aunque le dijeron en prosa y en verso que hacía mal en atacarle, siendo tan feo como era y pareciéndosele mucho, no dio su brazo a torcer. Empezó por negar rotundamente el poder de Satanás, y tanto se enardeció combatiéndole que llegó a propugnar que Satanás, no existe. «Si existiera el diablo —exclamaba— se vengaría de mí por la guerra que le muevo». Bekker razonaba bien: si el diablo existiera le castigaría. Los sacerdotes, sus colegas, se pusieron contra él afiliándole al partido de Satanás y le anatematizaron.
Bekker entra en materia en el segundo tomo. Opina que la serpiente que sedujo a nuestros primeros padres no era el diablo, sino una verdadera serpiente, como la burra de Balaam era una verdadera burra y como la ballena que se tragó a Jonás era una verdadera ballena. Tan cierto resultaba que era una serpiente, que toda su especie, que antes andaba con los pies, fue condenada a andar arrastrándose. El Pentateuco nunca llama a la serpiente Satanás, Belcebú, ni Diablo, ni siquiera nombra a Satanás. Bekker admite la existencia de los ángeles, aunque al propio tiempo asegura que la razón humana no puede demostrar que existen. «Si existen —dice en el capítulo VIII del tomo segundo— es difícil decir lo que son. La Sagrada Escritura no dice en qué consiste su naturaleza ni en qué consiste el ser de un espíritu. La Biblia no está escrita para los ángeles, sino para los hombres, y Jesucristo, para redimirnos, no tomó la forma de ángel sino la de hombre».
Si Bekker tiene tanto miramiento sobre la existencia de los ángeles no es de extrañar que lo tenga también para los diablos, y es ocupación divertida observar las elucubraciones que obliga a hacer a su ingenio para que prevalezca en los textos favorables a la doctrina que sustenta y para eludir los contrarios. Hace cuanto puede para demostrar que el diablo no tuvo parte en las calamidades que afligieron a Job, siendo en esto más prolijo que los exégetas del santo varón. Es hasta verosímil que sólo le condenaran por despecho de haber perdido el tiempo leyéndole. Estoy convencido de que si el diablo se hubiera visto obligado a leer el Mundo Encantado, no perdonaría nunca a Bekker los demoledores ataques que le dirige.
Una de las mayores dificultades que encontró el teólogo alemán fue explicar estas palabras del Evangelio de San Mateo: «Jesús fue transportado por el espíritu al desierto, para que allí le tentara el diablo Kuathbull». No encontró nunca un texto más terrible. El teólogo pudo escribir cuanto quiso contra Belcebú, pero era imprescindible que admitiera su existencia, y una vez admitida interpretaba los textos difíciles como podía.
Quien desee saber qué es el diablo, debe recurrir al jesuita Escoto, que se ocupa de él con prolija extensión, más todavía que Bekker.
Si consultamos sólo la historia, sabremos que el origen del diablo existe ya en la remota doctrina de los persas. Harimán o Arimane, que es el principio del mal, corrompe todo lo que el principio del bien hizo beneficioso. En Egipto, Tifón causa todo el mal que puede, y Oshireth, que nosotros llamamos Osiris, proporciona con Isis todo el bien de que es capaz. Antes de la época de los egipcios y de los persas, Maizazor, en la India, se reveló contra Dios y quedó convertido en diablo, pero al fin Dios le perdonó. Si Bekker y los socicianos hubieran conocido la anécdota de los ángeles hindúes sobre su rehabilitación, se habría aprovechado de ello para afirmarse en la opinión de que el infierno no es eterno y para prometer el perdón a los condenados que lean sus libros.
Debemos confesar que los judíos no mencionan la caída de los ángeles en el Antiguo Testamento, pero sí trata de ella el Nuevo. Cuando se estableció el cristianismo, atribuyeron un libro a Enoc, séptimo hombre después de Adán, concerniente al diablo y sus asociados. Enoc dice que el jefe de los ángeles se llama Semianzas y sus lugartenientes eran Areciel, Atarcuf y Sampsic (1), y los capitanes de los ángeles fieles eran Rafael, Gabriel, Uriel, etc., pero no dice que la guerra se librara en el cielo, sino en una montaña del mundo por intentar casarse con las hijas de los hombres. San Judas cita dicho libro en su epístola: «Dios retuvo —dice— encadenados en las tinieblas hasta el juicio final a los ángeles que, pervirtiendo su origen, abandonaron su morada. Desgraciados los que siguen las huellas de Caín, cuya desventura profetizó Enoc, séptimo hombre después de Adán». En su segunda epístola, san Pedro alude al libro de Enoc diciendo: «Dios no perdonó a los ángeles que pecaron y los lanzó al Tártaro, donde los tiene sujetos con cables de hierro».
(1) Ya hemos citado los ángeles principales en el artículo Ángel.
Era difícil que Bekker pudiera contradecir pasajes tan explícitos no obstante, todavía fue más inflexible con los diablos que con los ángeles. Para que no le subyugue el libro de Enoc, sostiene que así como no existe el diablo, tampoco existe dicho libro, o lo que es lo mismo, que es apócrifo. Añade que el diablo pertenece a la antigua mitología que el cristianismo ha copiado, porque no somos más que unos plagiarios.
¿Puede preguntarse, en la actualidad, por qué denominamos Lucifer al espíritu maligno, que la traducción hebraica y el libro atribuido a Enoc llaman Semiaxah o Semexiah? Porque, sin duda, entendemos mejor el latín que el hebreo. Isaías inserta una parábola contra un rey de Babilonia, que dice: «Al saber tu muerte se oyeron cantos de alegría y se regocijaron los abetos, porque tus recaudadores no vendrían ya a cobrarnos la contribución de la talla. ¿Cómo desde tu altura descendiste al sepulcro? ¿Cómo fuiste a dar entre los gusanos y la podredumbre? ¿Cómo caíste del cielo, Helel, estrella de la mañana? etc. La palabra caldea hebraica Helel se tradujo por Lucifer, y la estrella de la mañana, la estrella de Venus; desde entonces fue el diablo Lucifer caído del cielo y precipitado a los infiernos. De tal modo se forman las opiniones, y a veces una sola palabra, una sílaba mal traducida, una letra equivocada o suprimida son el principio de la creencia de todo un pueblo. De la palabra Soracte se ha formado San Orestes, de la voz Rabboni se ha formado San Raboni y de Semo Sancus se ha formado San Simón el Mago. Y como estos, hay un sinfín de ejemplos.
Pero ya sea el diablo, la estrella Venus, el Semiaxah de Enoc, el Satán de los babilonios, el Mozaizor de los hindúes o el Tifón de los egipcios, Bekker tiene razón al decir que no debe atribuírsele el inmenso poder que se le otorgó hasta estos últimos tiempos. Es excesivo haber inmolado a la noble abadesa de Vurtzburg, a Micaela Chandrón, al sacerdote Gaufridi, a la esposa del mariscal Ancre y a más de cien mil brujos, en trescientos años, en las naciones cristianas. Si Baltasar Bekker se hubiera limitado a cortar las uñas al diablo le habrían aplaudido, pero siendo sacerdote, querer matar al demonio le costó perder su curato.
BELLO. Ya que citamos a Platón al ocuparnos del amor, citémosle también al tratar de lo bello. Es curioso saber cómo se expresaba un griego, al tratar de lo bello, hace dos mil años. «Purificado el hombre mediante los misterios sagrados, al ver un bello rostro adornado con forma divina o alguna especie incorporal, siente inmediatamente secreto temblor y cierto temor respetuoso, y contempla ese semblante que se le figura una divinidad. Cuando la influencia de la belleza se le cuela en el alma por la vista, su cuerpo entra en calor, se rocían las alas de su alma, pierden la dureza que retenía su germen, se liquida, y sus gérmenes, hinchados en las raíces de esas alas, se esfuerzan para salir por toda el alma». (Porque antiguamente el alma tenía alas.)
Estoy de acuerdo en creer que es bello ese pasaje de Platón, pero no nos proporciona ideas exactas de la naturaleza de lo bello.
Preguntad a un sapo qué es la belleza, el ideal de lo bello, y os contestará que la hembra de su especie, con dos ojos gruesos y redondos
que resaltan de su pequeña cabeza, boca ancha y aplastada, vientre amarillento y espalda oscura. Preguntad a un negro de Guinea; para él, la belleza consiste en la piel negra y aceitosa, los ojos hundidos y la nariz chata. Preguntádselo al diablo y os contestará que la belleza consiste en un par de cuernos, cuatro garras y una cola larga. Preguntádselo, por último, a los filósofos y contestarán mediante galimatías que no comprenderéis, porque falta algo que esté conforme con el arquetipo de lo bello en su esencia.
Asistí un día a la representación de una tragedia y estuve sentado al lado de un filósofo, que exclamó: « ¡Eso es bello! » «¿Qué encontráis de bello en esa obra?, le dije. ¡Que el autor haya logrado lo que se propuso». Al día siguiente, el filósofo tomó una medicina y le sentó bien. «Esa medicina logró su objetivo —le dije—, por tanto es un bella medicina». En seguida comprendió el filósofo que no se puede decir de una medicina que es bella, que para aplicar a una cosa el calificativo de belleza es menester que nos produzca admiración y deleite. Y convino conmigo que la tragedia que vimos representar inspiraba esos dos sentimientos.
Con el referido filósofo hice un viaje a Inglaterra, donde vimos representar la misma obra, perfectamente traducida, y en dicha nación hizo bostezar de aburrimiento a todos los espectadores. Entonces el filósofo exclamo: «Los ingleses no tienen la misma idea de la belleza que los franceses». Dedujo, tras muchas reflexiones, que lo bello es con frecuencia muy relativo, al igual que lo decente en el Japón es indecente en Roma, y lo que está de moda en París no lo está en Pekín, y se ahorró el trabajo de escribir un largo tratado de lo bello.
Hay acciones que son bellas en todo el planeta. Dos oficiales de Julio César que eran enemigos mortales, se desafiaron, no a matarse uno al otro, sino a ver quién defendería mejor el campamento romano que los bárbaros iban a atacar. Uno de ellos, tras rechazar a los enemigos, está a punto de sucumbir, el otro acude en su ayuda, le salva la vida y obtienen la victoria. Un amigo se deja matar por otro y un hijo por su padre. Todas las naciones, indistintamente, dirán que ambas acciones son bellas, las admiran y les produce deleite. Lo mismo dirán de las grandes máximas de moral de la obra de Zoroastro. «Cuando dudes de la justicia de un acto, abstente de realizarlo», y de esta otra de Confucio: «Olvida las injurias, pero no olvides nunca los beneficios».
El negro de ojos redondos y nariz chata, que no llamará bellas a las damas de las cortes europeas, llamará bellos esos actos y esas máximas; hasta el hombre malvado reconocerá la belleza de las virtudes que él no se atreve a imitar. Lo bello, que sólo afecta a los sentidos o la imaginación, es muchas veces incierto y variable, pero lo bello que conmueve al corazón, nunca lo es. Muchas personas os dirán que no han encontrado nada bello en las tres cuartas partes de la Ilíada, pero no encontraréis ninguna que no reconozca que el sacrificio que hace Crodus por su pueblo es fabulosamente bello, suponiendo que sea verdad.
El padre Attiret, jesuita, natural de Dijón, empleado como dibujante en la casa de campo del emperador Kang‑hi, cerca de Pekín, dice en una carta que dirigió a M. Dassant:
«Esta casa de campo, más grande que la ciudad de Dijón, está dividida en muchos edificios construidos en la misma línea; cada uno de ellos tiene patios, parterres, jardines y juegos de agua, y todas sus fachadas están barnizadas, llenas de pinturas y adornos de oro. En el vasto recinto del parque se han levantado a mano varias colinas que tienen de veinte a sesenta pies de altura. Riegan los valles múltiples canales que van a juntarse muy lejos formando estanques y mares diminutos. Puede pasearse por esos mares en esquifes barnizadas y dorados, que miden unas trece toesas de longitud y cuatro de anchura. En esas embarcaciones hay salones magníficos, y las playas de esos canales, de esos estanques y de esos mares están salpicadas de casas construidas de distintas maneras: todas tienen jardines y cascadas. Desde cualquiera de los valles se pasa a los demás por grandes andenes adornados con pabellones y grutas; los valles se diferencian unos de otros. El más grande se halla rodeado de columnas detrás de las cuales se elevan magníficos palacetes, y sus departamentos corresponden a la magnificencia de las fachadas. Los canales tienen muchos puentes, con balaustradas de mármol blanco y talladas con bajorrelieves. En medio del mar se ha elevado un gigantesco peñasco sobre el que han construido un pabellón cuadrado que consta de más de cien habitaciones, y desde ese pabellón se ven todos los palacios, las casas y los jardines que contiene el inmenso recinto. Cuando el emperador da alguna fiesta, todos los edificios se iluminan instantáneamente y en cada uno disparan fuegos artificiales. Al extremo de lo que llaman mar, se instala una gran feria que disponen los oficiales del emperador, y muchos barcos vienen por el mar verdadero trayendo gente a la feria. Los cortesanos se disfrazan de comerciantes, de vendedores y de obreros de todas clases; unos ponen un café, otros una taberna, unos hacen de rateros y otros de alguaciles que los persiguen. El emperador, la emperatriz y las damas de la corte, van a la feria a comprar toda clase de ropas, y los supuestos vendedores los engañan siempre que pueden, diciéndole |