|
|
|
Catálogo de
Textos Históricos |
|
Otros textos del autor C
CADENA DE SERES CREADOS. La gradación infinita de seres, que desde el minúsculo átomo se eleva hasta el Ser Supremo, excita nuestra admiración, pero al examinarla detenidamente ese fantasma se desvanece, como los antiguos duendes al rayar el alba y sonar el canto del gallo.
La imaginación se complace en observar el cambio imperceptible de la materia bruta a la materia organizada de las plantas a los zoófitos, de los zoófitos a los animales, de éstos al hombre, del hombre a los genios, de los genios a las sustancias inmateriales y, siguiendo esos millares de órdenes diferentes, de sustancias que en belleza y perfección se elevan hasta Dios. Esta jerarquía complace a las buenas gentes, que se figuran ver en ella al papa y a sus cardenales, seguidos de los arzobispos y obispos, tras los cuales van los vicarios, sacerdotes, diáconos y subdiáconos, y cerrando la marcha, los frailes.
Pero hay más distancia entre Dios y las más perfectas criaturas, que entre el Santo Padre y el decano del Sacro Colegio: el decano puede ascender a papa, pero ¿el más perfecto de los genios puede llegar a ser Dios? ¿No media el infinito entre Dios y él?
Esta supuesta gradación o cadena no existe en los vegetales ni en los animales, prueba de ello es que hay especies de plantas y animales que han desaparecido. Por ejemplo, la muria, que ya no existe.
Los hebreos tenían prohibido comer carne de grifo y de ixión, dos especies de aves que es probable hayan desaparecido del mundo. Aunque no hubiéramos perdido algunas especies de animales, es indudable que pueden extinguirse. Los leones y los rinocerontes empiezan a ser escasos. Si el resto del mundo hubiera imitado a los ingleses, quizá ya no habría zorros en el planeta.
Es probable que hayan existido razas de hombres que ya no se encuentran. Pero suponiendo que hayan subsistido, como los blancos, negros, cafres o samoyedos, ¿no es cosa visible que ha mediado siempre un espacio vacío entre el mono y el hombre?, ¿no cabe imaginar un animal de dos pies, implume, que fuera inteligente, sin estar dotado del uso de la palabra ni del rostro humano, del que pudiéramos apoderarnos y respondiera a nuestros signos y nos sirviera? Y entre esta nueva especie y la del hombre, ¿no podríamos imaginar otras especies?
El divino Platón, por encima del hombre, sitúa en el cielo una retahíla de seres celestes porque la fe nos lo enseña. Pero, ¿qué razón tenía para creer en ellos? Aparentemente, no se había comunicado con el alma de Sócrates, y el buen hombre Heres, que resucitó expresamente para enseñarle los arcanos de la otra vida, nada le dijo de tales sustancias.
Esa supuesta cadena no está menos interrumpida en el universo sensible. ¿Qué gradación hay entre los planetas? La luna es cuarenta veces más pequeña que nuestro Globo; si viajáis desde la Luna por el vacío os encontraréis con Venus, que es casi tan grande como la Tierra. Desde allí vais a buscar a Mercurio, que describe una elipse muy diferente del círculo que recorre Venus, que es veinte veces más pequeño que la Tierra, y el Sol, un millón de veces más grande; Marte, cinco veces más pequeño y da la vuelta en dos años; Júpiter, su vecino, la da en doce, y Saturno en treinta, y éste, que es planeta más alejado de nosotros, no es tan grande como Júpiter. ¿Dónde existe, pues, la gradación? ¿Cómo es posible suponer que en los grandes espacios vacíos existe una cadena que lo ligue todo? De existir alguna, es indudable que ha de ser la que Newton descubrió, la que hace gravitar todos los Globos del mundo planetario unos hacia otros en el inmenso vacío.
¡Ah, divino Platón! Temo que sólo nos hayas contado leyendas y escrito sofismas. Has causado más daño que jamás pudiste imaginar. ¿Cómo lo causó?, se me preguntará. No seré yo quien lo diga.
CADENA O SUCESIÓN DE ACONTECIMIENTOS. El presente engendra el futuro. Los acontecimientos se encadenan unos con otros por incoercible fatalidad. En Homero, el destino es superior al mismo Júpiter. Este, que es el señor de los dioses y los hombres, declara que le es imposible impedir que Sarpedón, su hijo, muera en el momento que tiene fijado. Sarpedón nació en el instante en que fue preciso que naciera, y no pudo nacer en otro; tenía que morir delante de Troya y ser enterrado en Licia. Su cuerpo debía en un tiempo determinado producir legumbres que debían tornarse en la sustancia de algunos naturales de Licia, y los descendientes de éstos tenían que establecer un nuevo orden en sus estados que había de influir en los reinos inmediatos. De forma que por una sucesión de hechos el destino de casi todo el mundo dependió de la muerte de Sarpedón, la cual dependía del rapto de Elena, y este rapto estuvo necesariamente ligado con el matrimonio de Hécuba, que remontándose a otros sucesos se hallaba ligado con el origen de todas las cosas. Si uno de estos hechos hubiera acontecido de manera distinta, habría resultado otro universo; no hubiera sido posible el universo actual. Luego ni el mismo Júpiter, a pesar de ser Júpiter, podía salvar la vida de su hijo.
La teoría de la necesidad y de la fatalidad fue inventada en los tiempos modernos por Leibnitz, según dicen, con el nombre de razón suficiente. Pero, a decir verdad, es muy antigua. No es una idea moderna el que no haya efecto sin causa, ni que muchas veces la causa más pequeña produzca los mayores efectos.
Lord Bolingbroke confiesa que las desavenencias entre la duquesa de Marlborough y lady Masham proporcionaron la ocasión de concertar un tratado entre la reina Ana y Luis XIV. Este tratado dio como resultado la paz de Utrecht; la paz de Utrecht consolidó a Felipe V en el trono de España, y éste tomó Nápoles y Sicilia a la casa de Austria. El príncipe español que por tal motivo reinó en Nápoles debió evidentemente su reino a lady Masham, y no lo hubiese tenido, ni acaso hubiera nacido, si la duquesa de Marlborough hubiera sido más complaciente con la reina de Inglaterra.
Si estudiamos la situación de todos los pueblos del Globo nos convenceremos de que llegó a producirse por una serie de hechos que, al parecer, no están relacionados entre sí, pero que en realidad se hallan ligados de alguna forma unos a otros. Todo es engranaje, poleas, cuerdas y resortes en esta inmensa máquina.
Lo mismo ocurre en el orden físico. Un ventarrón que sople desde el fondo de Africa trae parte de la atmósfera africana, que cae convertida en lluvia en los valles de los Alpes y esas lluvias fecundan nuestras tierras. Nuestro viento del Norte, a su vez, envía precipitaciones al clima de los negros: favorecemos a Guinea y Guinea nos devuelve el favor. La cadena se extiende de un extremo al otro del universo.
Me parece, sin embargo, que se abusa un tanto de la verdad de este principio, deduciendo de él que no hay un minúsculo átomo cuyo movimiento no haya influido en el ordenamiento actual del mundo entero, y que no hay accidente, por ínfimo que sea, lo mismo en los hombres que en los animales, que no constituya un eslabón esencial de la cadena del destino. En el bien entendido de que todos los efectos tienen evidentemente su causa. Podemos adentrarnos a través de las causas en el laberinto de la eternidad, pero toda causa no tiene su efecto si descendemos hasta el fin de los siglos. Confieso que todos los acontecimientos son ocasionados unos por otros. Si el pasado engendra el presente, el presente engendra el futuro; todo tiene progenitores, pero no todo tiene hijos. Ocurre en esto como en el árbol genealógico. Cada casa se remonta, como sabemos, hasta los tiempos de Adán, pero en la familia hay muchos individuos que mueren sin dejar posteridad. Existe el árbol genealógico de los sucesos del mundo. Para muchos es incontrovertible que los habitantes de las Galias y de España descienden de Gomer, y los rusos de Magog, su hermano menor, genealogía que figura en muchos libros. Con estos datos no se puede demostrar que el Gran Turco, que desciende también de Magog, tuviera el ineludible sino de ser derrotado en 1769 por la emperatriz de Rusia, Catalina II. Este hecho enlaza evidentemente con otros, pero que Magog escupiera a diestra o a siniestra en el monte Cáucaso, o diera dos o tres vueltas alrededor de un pozo, no creo que signifique nada para la marcha del mundo.
Es preciso notar que no todo está lleno en la Naturaleza, como demostró Newton, y que todo movimiento no se comunica inmediatamente hasta que da la vuelta al mundo, como también ha demostrado. Echad agua sobre un cuerpo de parecida densidad y calcularéis fácilmente que al cabo de un tiempo el movimiento de ese cuerpo y el que ha comunicado al agua se han extinguido. El movimiento se pierde y para; por tanto, el movimiento que pudo producir Magog escupiendo en un pozo no puede haber influido en lo que acontece hoy en Moldavia y en Malaquia. Los eventos presentes no son hijos de todos los anteriormente pasados. Tienen sus líneas directas y el sinfín de líneas colaterales no le sirven para nada. Por eso insisto en que todo ser tiene padre, pero no todo ser tiene hijos.
CAMBIOS SUCEDIDOS EN EL GLOBO. Cuando nos percatamos de que una montaña avanza hasta una llanura o un inmenso peñasco de esa montaña se ha desprendido y ha ido a parar a los campos, cuando vemos con nuestros ojos un castillo hundido en la tierra, un río tragado que luego surge del abismo, señales indudables de que un gran caudal de agua inundó en otros tiempos un país hoy habitado, y muchos vestigios de otras revoluciones, nos hallamos predispuestos a creer en los grandes cambios que han alterado la faz del mundo.
¿Es cierto que se produjo un gran incendio en tiempos de Faetón? Tal vez sí, pero no tuvo origen en la ambición de Faetón ni en la cólera de Júpiter, que lanzó sus rayos. Lo mismo que en 1755 no fueron las hogueras que en Lisboa encendía la Inquisición para abrasar herejes las que atrajeron la venganza divina, ni las que encendieron los fuegos subterráneos y destruyeron la mitad de la ciudad, ya que Mequínez, Tetuán y otras tribus considerables de árabes sufrieron cataclismos más espantosos que los de Lisboa, y la Inquisición no se conoció en aquellas regiones.
La isla de Santo Domingo, que quedó destruida poco después, no había ofendido más al Señor que la isla de Córcega. Todo está sometido a leyes físicas y eternas. El azufre, el betún, el nitro y el hierro, soterrados en la tierra con sus mezclas y sus explosiones, han trastornado mil ciudades, han cerrado y abierto innumerables abismos y todos los días nos amenazan esos accidentes ocasionados por la formación peculiar de la tierra, al igual que nos amenazan en varias regiones los lobos y los tigres hambrientos durante el invierno.
Si el fuego, que según Demócrito es el principio de todo, ha trastornado gran parte de la Tierra, el agua, que es el primer principio de Thales no ha causado menos trastornos. La mitad de América está inundada todavía por los antiguos desmadres del Marañón, el río de la Plata, el San Lorenzo y el Mississipí, y por los arroyos engrosados de continuo por las nieves perpetuas de las montañas más altas de la Tierra, que atraviesan ese continente de un extremo a otro. Estos diluvios acumulados han socavado en muchas partes grandes pantanos. Las tierras adyacentes han quedado inhabitables, y la tierra que las manos del hombre hubieran podido fertilizar, ha producido peces. Otro tanto ha acaecido en China y Egipto, y han tenido que pasar muchos siglos para abrir canales y desecar los campos. Añadid a los interminables desastres las irrupciones del mar, los terrenos que éste invade y abandona, las islas que arranca del continente, y podéis contar que el agua ha devastado más de ochenta mil leguas cuadradas de Oriente a Occidente, desde el Japón hasta el monte Atlas.
Que el Océano cubrió la isla Atlántida puede considerarse tanto un hecho histórico como una simple leyenda. La escasa profundidad que tiene el Atlántico hasta las islas Canarias puede considerarse una prueba de la mencionada catástrofe. Las islas Canarias pudieran ser muy bien los restos de la Atlántida. Platón nos dice que los sacerdotes de Egipto, por cuyo país viajó, conservaban documentos antiguos que testimoniaban la desaparición de dicha isla en el océano. También refiere que esa catástrofe ocurrió nueve mil años antes de su época. No es creíble esa cronología bajo la fe de Platón, pero nadie puede aportar contra ella ninguna prueba física, ni aducir ningún hecho histórico extraído de autores profanos.
Plinio asegura que en todos los tiempos los pueblos de las costas españolas meridionales han creído que el mar se abrió paso por Calpe. Quien emprenda un viaje de estudio puede convencerse por sí mismo de que las Cícladas y las Espóradas formaban antiguamente parte del continente de Grecia y, sobre todo, que Sicilia estaba unida a Abulia. Los volcanes del Etna y del Vesubio, con los mismos basamentos bajo el mar, y el abismo de Caribdis, único punto profundo de dicho mar, son pruebas irrefutables de esto. Los diluvios de Deucalión y de Ogiges son bastante conocidos, y las leyendas que se inventaron después de esto entretienen todavía a todo el Occidente.
Los autores antiguos mencionan otros diluvios acaecidos en Asia. El que describe Beroso ocurrió, nos dice, en Caldea, cuatro mil trescientos o cuatrocientos años antes de la era vulgar. Asia se vio inundada de leyendas inventadas sobre este asunto, tanto como de los desmadres del Tigris y del Éufrates y demás ríos que desembocan en Ponto Euxino.
Esos desbordamientos sólo cubren de unos pies de agua los campos, pero la esterilidad que reportan, la destrucción de casas y puentes y la mortandad de bestias que ocasionan, son pérdidas que precisan cerca de un siglo para reponerse. Conocido es lo mucho que las inundaciones cuestan a Holanda, país que perdió más de la mitad de su territorio en 1050. Se ve obligado todavía a defenderse de continuo de las aguas, que siguen amenazándolo; nunca empleó tantos soldados para resistir a sus enemigos como trabajadores para protegerse sin cesar de los asaltos del mar, siempre dispuesto a inundarlo.
El camino que a través de Egipto conduce a Fenicia, costeando el lago Sirbón, fue antiguamente practicable, pero hace mucho tiempo que no lo es. En la actualidad, es una sabana de arena cubierta de agua pantanosa. En suma, gran parte de la tierra sería un vasto pantano ponzoñoso, habitado por monstruoS, si no lo fertilizara el trabajo asiduo de la raza humana.
En este artículo pasaremos por alto el diluvio universal de Noé, porque para enterarse de él basta leer la Biblia. Dicho diluvio es un milagro incomprensible, que realizó sobrenaturalmente la Providencia, queriendo destruir al culpable género humano y crear una nueva raza humana inocente. Si ésta fue más perversa que la anterior y sigue siendo más culpable de siglo en siglo y de reforma en reforma también esto es arcano de la Providencia, cuyas profundidades es imposible sondear, y a la que adoramos los pueblos de Occidente, desde hace algunos siglos, por la traducción latina de los Setenta.
CAMINOS. Hace poco tiempo que las modernas naciones de Europa han empezado a hacer practicables los caminos y a dotarlos de ciertas bellezas. Antaño fue una de las principales preocupaciones de los emperadores de Mongolia y China, pero esos príncipes no llegaron a la altura de los romanos. Las vías Apia, Aurelia, Flaminia y Trajana subsisten todavía. Sólo los romanos podían construir semejantes caminos y repararlos.
Bergier, autor de un libro muy útil titulado Historia de las grandes vías del Imperio romano, dice que Salomón empleó treinta mil judíos en cortar madera del Líbano, ochenta mil para edificar su templo, setenta mil para el acarreo de los materiales y tres mil seiscientos para dirigir los trabajos. Puede ser verdad todo ello, pero nada tiene que ver con los grandes caminos.
Dice Plinio que trescientos mil hombres trabajaron durante veinte años para construir una pirámide en Egipto. Si esto es cierto, fue una verdadera lástima que emplearan tan mal a tantísimos hombres. Los que trabajaron para abrir los canales de Egipto, o construir la Gran Muralla china, o los que trazaron los caminos del Imperio romano, estuvieron empleados con más utilidad que los trescientos mil infelices que edificaron sepulcros terminados en punta para enterrar el cadáver de un egipcio supersticioso.
Conocidas son las obras de los romanos: los cauces de agua que ahondaron o cambiaron de curso, las colinas que hicieron desaparecer y la montaña que por orden de Vespasiano cortaron en la vía Haminia en un trecho de mil pies de longitud, cuya inscripción subsiste todavía. La edificación de la mayoría de nuestras moradas no es tan sólida como eran las grandes vías que conducían a Roma, vías que extendieron por todo el imperio aunque no con tanta solidez, porque no hubieran tenido suficiente dinero. Casi todas las calzadas de Italia se elevaban cuatro pies sobre sus basamentos, y cuando encontraban un pantano que interrumpía el camino, lo cegaban, cuando topaban con algún lugar montañoso lo unían al camino mediante una suave pendiente y lo sostenían en muchas partes a base de contrafuertes. Encima de los cuatro pies de obra colocaban losas de talla o mármoles de un pie de espesor que con frecuencia alcanzaban diez pies de longitud, trabajándolos en su parte superior para que no hicieran resbalar a los caballos. No sabemos qué es más admirable de las vías romanas, si la utilidad o su magnificencia.
Casi todas esas espléndidas construcciones se hicieron a expensas del tesoro público. César reparó y prolongó la vía Apia con dinero de su peculio, pero su dinero era el de la república. En esos trabajos empleaban a los esclavos, a los pueblos vencidos y a los habitantes de las provincias que no eran ciudadanos romanos; trabajaban por servidumbre corporal, pero recibían un pequeño estipendio.
Augusto fue el primer emperador que ordenó que las legiones trabajaran con el pueblo para construir buenos caminos en las Galias, España y Asia. Perforó los Alpes por el valle que lleva su nombre, que los piamonteses y franceses denominaban por corrupción el Valle de Aosto, pero antes fue preciso someter a los habitantes salvajes que ocupaban dichas regiones. Todavía existe, entre el grande y el pequeño San Bernardo, el arco de triunfo que le erigió el Senado tras la conquista. Horadó también los Alpes por la parte que va a Lyon, desde donde se llega a todas las Galias. Los vencidos jamás habían hecho en provecho suyo lo que realizaron para los vencedores.
Con la caída del Imperio romano desaparecieron las obras públicas, la civilización, el arte y la industria. Quedaron maltrechos los grandes caminos de las Galias, excepto alguna calzada que la desventurada reina Brenechilde hizo reparar, reparación que duró poco tiempo. Por las antiguas vías apenas se podía marchar a caballo, ya que no eran más que hoyos llenos de cieno y piedras. Había que pasar por los campos labrados y los carros apenas podían cubrir en un mes el camino que hacen hoy en una semana. Puede afirmarse que el comercio no existía. Por poco que se viajara en las estaciones crudas, prolongadas y penosas en los climas septentrionales, era inevitable hundirse en el fango o trepar por las rocas. Esto ocurrió en Alemania y Francia hasta mediados del siglo XVII. Con la época de Luis XIV empezaron a construirse los grandes caminos, que las demás naciones imitaron. Las vías militares romanas sólo tenían dieciséis pies de anchura, pero eran mucho más sólidas y no era preciso repararlas cada año como hacemos nosotros. Las embellecían con monumentos, columnas miliarias y hermosas tumbas, porque ni en Grecia ni en Roma se permitía que las ciudades sirvieran de sepultura, y mucho menos los templos, acto sacrílego entre ellos. No ocurría allí lo mismo que en nuestras iglesias, en las que una vanidad de bárbaros indujo a enterrar a precio de oro a los ciudadanos ricos, que infectaban el lugar santo donde los fieles van a adorar a Dios, y en el que parecía que sólo quemaban incienso para no percibir el hedor de los cadáveres, en tanto que los pobres se pudrían en el cementerio contiguo y unos y otros esparcían enfermedades contagiosas que atacaban a los vivos. Únicamente los emperadores romanos, una vez muertos, reposaban en los monumentos que Roma les erigía.
CANTO, MÚSICA, MELOPEA. Un turco no puede concebir que tengamos una forma de canto para el primero de nuestros misterios cuando lo representamos con música; otra forma, los motetes, para cantar en el mismo templo; una tercera forma para la ópera, y una cuarta forma para la representación de la ópera cómica. Tampoco nosotros acabamos de comprender cómo los antiguos tañían las flautas y se presentaban en sus teatros con una máscara cubriendo su cara, ni cómo declamaban acompañados por la música. En Atenas se promulgaban las leyes poco menos que como se canta en París una canción popular. El pregonero público tarareaba un edicto con acompañamiento de lira. Filipo, padre de Alejandro, después de la victoria de Queronea se puso a cantar el decreto redactado por Demóstenes para declarar la guerra.
Es verosímil que la melopea, considerada por Aristóteles en su Poética como parte esencial de la tragedia, fuera un canto sencillo y llano, como el denominado prefacio en la misa, esto es, el canto gregoriano, que es una verdadera melopea.
Cuando los italianos renovaron la tragedia en el siglo XVI, el recitado era una melopea, y como no se podía poner en notas, lo aprendían de memoria. Esa costumbre fue admitida en Francia cuando los franceses empezaron a formar su teatro, un siglo después que los italianos. La Sofonisba, de Mairet, se cantaba como la de Trissin, pero más toscamente porque entonces la garganta de París era bastante burda, al igual que su talento. Los papeles de los actores, y sobre todo los de las actrices se cantaban de memoria. Mademoiselle Beauval, actriz de la época de Corneille, Racine y Moliere, me recitó, hace más de treinta años, el principio del papel de Emilia en la tragedia Cinna, como lo declamó la Baupré en las primeras representaciones. La tal melopea se parecía a la declamación actual bastante menos que la forma de recitar moderna se parece a la manera de leer la Gaceta. Sólo cabe comparar esa especie de canto denominado melopea a los admirables recitados de Lulli, tan criticados por los adoradores de las semicorcheas, que desconocen el genio de nuestra lengua y desean ignorar los recursos que brinda esa melodía a un actor ingenioso y sensible. La melopea teatral se extinguió con la actriz Dunclos, que si bien poseía una hermosa voz, carecía de corazón y de talento, y cubrió de ridículo lo que había suscitado la admiración del público en las comediantas Oillets y Champmale.
Hoy en día se representa la tragedia con frialdad, y si no la recalentase lo patético del argumento y de la acción sería harto insulsa. El siglo XVIII, estimable por otros conceptos, es el siglo de la aridez. Parece cierto que en la época de los romanos un actor recitaba mientras otro desempeñaba la parte mímica. Y no fue por burlarse por lo que el abate Dubos creó este singular modo de declamar. Tito Livio, que tanto nos instruye en los usos y costumbres de los romanos, y con más utilidad que el ingenioso Tácito, nos dice que Autrócnico, habiendo quedado ronco al cantar en los intermedios, fue sustituido en la parte cantable por otro, mientras él ejecutaba la danza, naciendo así la costumbre de dividir los intermedios entre los bailarines y los cantores. Pero no se repartían el recitado de la obra entre un actor que asumiera la mímica y otro que declamara, pues esto hubiera resultado tan ridículo como impracticable.
Las pantomimas, por el hecho de ser mudas, pertenecen a un arte muy diferente y sólo pueden gustar cuando representan un suceso relevante un acontecimiento teatral, que se dibuja fácilmente en la imaginación del espectador. Puede representarse a Orosmán matando a Zaira y dándose muerte, y a Semíramis herida arrastrándose por la escalinata que conduce a la tumba de Nino y tendiendo los brazos a su hijo. Para expresar esas situaciones sobran los versos y bastan la mímica y el compás de una sinfonía lúgubre y terrible. Ahora bien, ¿cómo podrá expresar la pantomima la disertación de Máximo y de Cinna sobre los gobiernos monárquicos y populares?
CARÁCTER. Su etimología viene de la voz griega impresión, que significa lo que la naturaleza ha grabado en nosotros. ¿Puede cambiarse de carácter? Sí, cuando se cambie de cuerpo. Suele suceder que el hombre que nació pendenciero, intolerante y violento, si al llegar a la vejez se ve afectado de apoplejía se convierta en un niño memo, tímido, llorón y miedoso, y entonces se puede decir que cambia de cuerpo. Pero mientras sus nervios, su sangre y su médula permanezcan en estado normal, no cambiará de carácter, como no cambian de instinto los lobos ni las garduñas.
El autor inglés del Dispensary, poemita muy superior a los Capitoli italianos, y puede que incluso al Lutrin de Boileau, dice muy acertadamente, a mi entender:
De una mezcla secreta de fuego, tierra y agua Se hizo el corazón de César y de Nassau. De un resorte desconocido el poder invencible Hizo a Slone impudente y a su mujer sensible.
Nuestras ideas y sentimientos forman el carácter, y está probado que no adquirimos los sentimientos e ideas que queremos; por tanto, el carácter no depende de nosotros porque si fuera así todo el mundo sería perfecto. No pudiendo adquirir cierta clase de talento ni determinados gustos artísticos, ¿cómo podríamos adornarnos de ciertas cualidades? El irreflexivo se imagina que es dueño de todo, pero quien reflexiona se percata de que no es dueño de nada.
Para cambiar de manera total el carácter de un hombre, habría que purgarlo todos los días hasta que le sobreviniera la muerte. Carlos XII, enfebrecido de supuración en el camino de Bender, era otro hombre; se dejaba manejar como un niño.
Si yo tuviera la nariz torcida y los ojos de gato podría tapármelos con una máscara, pero, ¿puedo ocultar el carácter que me dio la naturaleza? Un hombre de carácter violento y arrebatado se presentó ante Francisco I, rey de Francia, en demanda de justicia. La presencia del monarca la actitud respetuosa de los cortesanos y el lugar en que se encontraba, le causaron tan fuerte impresión que le hizo maquinalmente inclinar la vista al suelo, suavizar su voz ruda y presentar humildemente su queja, mostrándose tan flexible como los cortesanos, entre los que se encontró desconcertado. Pero si Francisco I hubiera sido fisonomista habría descubierto fácilmente en su mirada gacha, pero encendida por fuego sombrío, en los músculos tensos de su rostro y en sus labios apretados, que tal hombre no era tan humilde como intentaba parecer. Este hombre estuvo con el rey en la batalla de Pavía, fue capturado con él y con él encarcelado en Madrid; la majestad de Francisco I ya no le causaba la misma impresión que el día en que lo vio por primera vez, y el respeto se trocó en familiaridad. Un día que quitaba torpemente las botas al rey, Francisco I, de mal talante por su desventura, se enojó con él. El hombre le envió a paseo con desconsideración y arrojó las botas por la ventana.
Sixto V era petulante, terco, altivo, impetuoso, vengativo y arrogante, pero mudó su carácter en el crisol de las pruebas de su noviciado. Mas en cuanto empezó a gozar de prestigio en su orden se encendió en cólera contra un guardián del convento y le dio tantas puñadas que le dejó desvanecido. Cuando fue inquisidor en Venecia ejerció su cargo con insolencia, pero ya cardenal y poseído della rabbia papale, ocultó su carácter y fingió la más santa humildad. Le eligieron papa y en aquel mismo momento se soltó el resorte que la política y la conveniencia habían sujetado, y fue el más fiero y despótico de los soberanos.
Naturam expellas furca, tamen ipsa redibit.
La religión y la moral ponen freno al temperamento impetuoso, pero no pueden destruirlo. El borracho que ingresa en un convento se limita a beber en cada comida un cuartillo de sidra; no se emborracha, pero toda la vida tiene afición al vino.
La edad debilita el carácter. Es un árbol que sólo produce ya algunos frutos degenerados, pero siempre de la misma especie; se llena de nudos y de musgo, queda carcomido, pero siempre continúa siendo encina o peral. Si pudiéramos cambiar de carácter tomaríamos uno que nos hiciera dueños de la naturaleza, pero no podemos tomar nada, todo lo recibimos. Tratad de animar a un indolente con una actividad continuada, de helar con la apatía al hombre ardiente e impetuoso, de inspirar afición a la música y la poesía a quien carece de sensibilidad y oído, y no lo conseguiréis, como no podréis dotar de vista a un ciego de nacimiento. Atemperamos, suavizamos y ocultamos el carácter que nos dio la naturaleza, pero no podemos cambiarlo.
Podemos decir a un piscicultor que tiene demasiados peces en su vivero y que, en consecuencia, no prosperarán; que en sus prados tiene demasiados animales y que por eso se criarán entecos y enfermizos. Después de darle este consejo puede ocurrir que los sollos se le coman la mitad de las carpas y los lobos la mitad de sus corderos y los animales que queden vivos engorden. ¿Quedará satisfecho de su economía? Pues bien, ese campesino eres tú, una de tus pasiones devora a las demás y crees haber triunfado de ti mismo. Casi todos los hombres nos parecemos al anciano general que, cumplidos los noventa años, encontró a unos oficiales jóvenes de jarana con rabizas y, encolerizándose con ellos, les dijo: «Señores, no es ese el ejemplo que os doy».
CARIDAD. Cicerón se ocupa en muchas partes de sus textos de la caridad universal, charitas humani generis. Pero la civilización y la beneficencia de los romanos no establecieron esas instituciones de caridad en que los pobres y enfermos hallan alivio y sustento a expensas del público. Sólo existió una casa para alojar a los indigentes extranjeros en el puerto de Ostia, denominada Xenodochium. San Jerónimo hace esta justicia a los romanos. Los hospitales fueron desconocidos en la antigua Roma, pero en cambio la Ciudad Eterna favorecía noblemente a los pobres suministrando al pueblo trigo en abundancia. En Roma había trescientos veintisiete graneros inmensos y públicos. Con esa ininterrumpida liberalidad se ahorraba tener hospitales porque socorría a los necesitados.
Tampoco podía fundar hospicios para los expósitos porque nadie abandonaba a sus hijos. Los señores cuidaban de los hijos de sus esclavos y para la ciudadana soltera no era deshonroso tener un hijo. Las familias más pobres, que primero alimentó la república y luego sustentaron los emperadores, tenían asegurada la subsistencia de sus hijos.
El término casa de caridad da a entender en las naciones modernas una indigencia que la forma de nuestros gobiernos no ha podido evitar. La palabra hospital, que recuerda la hospitalidad, nos evoca una virtud célebre en Grecia que ya no existe, pero también expresa otra virtud superior a aquélla. Hay gran diferencia entre alojar, alimentar y curar a todos los desgraciados que se nos presentan y admitir en vuestra casa a dos o tres viajeros reservándoos el derecho de que ellos también os acojan. Al fin y al cabo, la hospitalidad no es más que un trueque de servicio, y los hospitales son establecimientos de beneficencia. Es cierto que los griegos tuvieron también sus hospitales para los extranjeros, los enfermos y los pobres, hospitales llamados respectivamente Xenodokia, Nosocomeia y Ptokia.
Actualmente, todas las ciudades de Europa tienen hospitales. Los turcos los tienen hasta para los animales, lo cual parece que ultraja a la caridad. Valdría más que se olvidaran de los animales y cuidaran mejor a los hombres. Las numerosas casas de caridad que existen evidencian una verdad que no llama nuestra atención como debía: que el hombre no es tan perverso como se cree, y a pesar de sus falsas opiniones y de los horrores de la guerra que le convierten en fiera, es un animal bueno y sólo es malo cuando se enfurece, al igual que los demás animales. Lo malo es que le provocan con frecuencia.
La moderna Roma tiene casi tantas casas de caridad como la antigua tantos arcos de triunfo y otros monumentos conmemorativos de sus conquistas. De ellas, la más importante es una especie de banco que hace préstamos sobre prendas al dos por ciento, y vende los efectos si quien los pignoró no los retira en el plazo fijado. Esa casa se llama Archihospital y casi siempre tiene a su cargo unos dos mil enfermos, que constituyen la quincuagésima parte de los habitantes de Roma, esto sin contar los niños que educa y los peregrinos que alberga.
En una relación que publicó el Hospital de la Trinidad, también de Roma, se explica que dio cama y alimento durante tres días a cuatrocientos cuarenta mil quinientos peregrinos y a veinticinco mil quinientas peregrinas durante el jubileo del año 1600. Misson dice que el hospital de la Anunciata, de Nápoles, posee dos millones de renta.
Una casa de caridad fundada para albergar peregrinos que ordinariamente son vagabundos, tal vez sirva más para fomentar la holgazanería que para hacer una obra de beneficencia. Sin embargo, es en verdad humano y digno de encomio que se hayan fundado en Roma cincuenta casas de caridad de varias clases, tan útiles y respetables como inútiles y ridículas son las riquezas de algunos monasterios y capillas. Es meritorio dar pan, vestidos, medicamentos y auxilios de todas clases a nuestros hermanos. En cambio, ¿para qué necesitan los santos el oro y las piedras preciosas? ¿Qué beneficio reporta a los hombres que Nuestra Señora de Loreto disponga de un tesoro más rico que el sultán de los turcos? Nuestra Señora de Loreto es una casa de vanidad, no una casa de beneficencia.
Londres, incluidas sus escuelas de caridad, tiene tantas casas de beneficencia como Roma.
El más hermoso monumento de beneficencia levantado en el mundo es el Hospital de Inválidos, obra de Luis XIV. Y el que diariamente recibe más enfermos pobres es el Hospital General de París. Con frecuencia alberga de cuatro a cinco mil de estos infelices, en cuyo caso la multitud perjudica la caridad. Dicho establecimiento es al mismo tiempo el receptáculo de las tremendas miserias humanas y el templo de la verdadera virtud, que las socorre.
Continuamente acude a la imaginación el contraste que supone una fiesta de Versalles o una ópera de París, donde se reúnen con exquisito arte todas las magnificencias, y un hospital general, en el que los dolores, las miserias y la muerte se hacinan con horror. Estos son los contrastes propios de las grandes ciudades.
Por un paradójico refinamiento de la civilización, hasta el lujo y los deleites sirven para atenuar la miseria y el dolor. Los espectáculos de París pagan un tributo anual al Hospital general que excede de cien mil escudos. Con todo, en esos establecimientos los inconvenientes que se sufren con frecuencia son mayores que las ventajas, prueba de los abusos que se cometen en esas casas es que los desdichados que carecen de recursos temen ingresar en ellas. |
|
|
CARTESIANISMO. Como hemos dicho en el artículo Aristóteles, este filósofo y sus secuaces se sirvieron de palabras incomprensibles para significar cosas que no se pueden concebir; por ejemplo, entelequias, formas sustanciales, especies intencionadas, etc. A la postre, esas palabras sólo significaban la existencia de cosas cuya naturaleza ignoramos. Lo que hace que el rosal produzca rosas y no manzanas, la causa que mueve a los perros a correr tras las liebres, en suma, lo que constituye las propiedades de cada ser, se ha llamado forma sustancial; lo que determina que nosotros pensemos se llamó entelequia, pero sobre estas materias todavía no hemos adelantado un paso. Los vocablos fuerza, alma y gravitación, tampoco nos revelan el principio, ni la naturaleza de la fuerza, ni los del alma, ni los de la gravitación. Sólo conocemos sus propiedades y probablemente no adelantaremos más en este estudio mientras sólo seamos hombres.
Lo esencial para nosotros estriba en servirnos con ventaja de los instrumentos que nos brinda la naturaleza, sin comprender nunca la estructura íntima de su principio. Arquímedes utilizó admirablemente esos medios sin saber a ciencia cierta en qué consistían.
Por tanto, la verdadera física consiste en determinar todos los efectos. Conoceremos las verdaderas causas cuando seamos dioses. Entretanto podemos calcular, pensar, medir y observar, y en esto consiste la filosofía natural; casi todo lo demás es pura quimera.
Descartes, cuando visitó Italia, tuvo la desgracia de no consultar con Galileo, que calculaba, calibraba, medía y observaba; inventó el compás de proporción, halló el peso de la atmósfera, descubrió los satélites de Júpiter y la rotación del sol sobre su eje. Es sobre todo extraño que nunca citara a Galileo y sí al jesuita Schneider, plagiario y enemigo de Galileo, el cual contradijo las opiniones del sabio italiano ante el tribunal de la Inquisición cubriendo de oprobio a Italia, mientras Galileo la cubría de gloria.
Descartes incurrió en estos errores:
1. Figurarse que existían tres elementos no evidentes después de haber dicho que no debemos creer en nada si no tenemos su evidencia.
2. Afirmar que siempre hay igualdad de movimientos en la naturaleza, habiendo sido probado que es falso.
3. Decir que la luz no proviene del sol y que se transmite a nuestros ojos en un instante, falsedad que han demostrado los experimentos de Roemer, Molineaux y Brandley, y hasta el simple experimento del prisma. 4. Admitir que todo está lleno en la naturaleza, cuando si así fuera quedaría demostrado que todo movimiento era imposible y un pie cúbico de aire pesaría tanto como un pie cúbico de oro.
5. Figurarse que supuestos glóbulos de luz daban sin cesar vueltas imaginarias para explicarse el arco iris.
6. Haber ideado un torbellino de materia sutil que arrastra la tierra y la luna paralelamente al ecuador y que hace caer los cuerpos graves en una línea que tiene al centro de la tierra, habiéndose demostrado que admitiendo la hipótesis de ese torbellino imaginario caerían todos los cuerpos siguiendo una línea perpendicular al eje de la tierra.
7. Imaginar que los cometas que se mueven de Oriente a Occidente y de Norte a Sur son impelidos por los torbellinos que se mueven de Occidente a Oriente.
8. Suponer que por el movimiento de rotación los cuerpos más densos iban a parar al centro y los más leves a la circunferencia, lo que es contrario a las leyes de la naturaleza.
9. Haber establecido esa historieta con conjeturas más quiméricas todavía que la misma historieta, afirmando en contra de todas las leyes de la naturaleza que esos torbellinos no se confundirían nunca con otros
10. Haber atribuido la formación de esos torbellinos a las mareas y a las propiedades del imán.
11. Figurarse que el mar tiene un curso continuo que lo arrastra de Oriente a Occidente.
12. Imaginar que el primer elemento de la materia, mezclado con el segundo, forman el mercurio, el cual, al componerse de esos dos elementos, es fluyente como el agua y compacto como la tierra
13. Suponer que la Tierra es un sol que tiene costra
14. Figurarse que las minas de cal provienen del mar
16. Imaginar que las partes de su tercer elemento desprenden vapores que forman los metales y los diamantes.
17. Que el fuego es producto de la lucha entre el primero y segundo elementos.
18. Que la materia acanalada llena los poros del imán, la cual enfila la materia sutil que viene del polo boreal.
19. Que la cal viva se inflama al echarle agua, porque el primer elemento expulsa al segundo de los poros de la cal.
20. Que los alimentos que digiere el estómago pasan, por múltiples agujeros, a una vena grande que los lleva al hígado; lo que es contrario a la anatomía.
21. Que el quilo, cuando está formado, adquiere en el hígado la forma de sangre; lo que también es falso.
22. Que ia sangre se dilata en el corazón mediante un fuego sin luz.
23. Que el pulso depende de once pequeñas pieles que cierran y abren las ventanas de los cuatro vasos en las dos concavidades del corazón
24. Que cuando el hígado se ve estimulado por los nervios las partes más sutiles de la sangre suben hacia el corazón.
25. Que el alma reside en la glándula pineal del cerebro
26. Que el corazón se forma de la semilla que se dilata. Esto es asegurar más de lo que podemos saber, y para afirmarlo era indispensable ver cómo se dilataba la semilla y cómo se formaba el corazón.
27. Para no cansar al lector, nos concretaremos a recordar que su sistema sobre los animales, que no fundó en ninguna razón física, ni moral, ni sobre nada razonable, lo han rechazado todos los que piensan y están dotados de sentimientos.
Es preciso confesar que no hay una sola novedad en la física de Descartes que no sea un error. Y ello no porque careciera de ingenio, que lo tenía en grado sumo, sino porque sólo consultaba su ingenio en vez de guiarse por la experiencia y las matemáticas. Siendo uno de los mejores geómetras de Europa, dejó la geometría y se entregó de lleno a su imaginación, consiguiendo sustituir con su caos el caos de Aristóteles, retardando así más de cincuenta años los progresos del espíritu humano (1). Sus errores son imperdonables porque para penetrar en el laberinto de la física tuvo un hilo que Aristóteles no tuvo: el de los experimentos y descubrimientos de Galileo, Torricelli y otros, y sobre todo, la geometría.
Debo hacer constar que algunas universidades condenaron con su filosofía algunas tesis verdaderas y adoptaron otras falsas. Pero en la actualidad, afortunadamente, de los falsos sistemas y ridículas disputas que originaron sólo queda un recuerdo confuso que va borrándose día a día. La ignorancia encomia todavía a veces a Descartes, e incluso esa especie de amor propio que denominan nacional se esfuerza en sostener su filosofía. Desenfadados autores que jamás leyeron a Descartes ni a Newton supusieron que éste debía a aquél sus descubrimientos, pero en ninguno de los edificios imaginarios de Descartes se encuentra una piedra sobre la que Newton haya fundado los suyos. Este, ni siguió sus teorías, ni las explicó, ni las refutó siquiera; apenas le conocía. En una ocasión quiso leer un volumen de Descartes y al margen de siete u ocho páginas escribió la palabra error, no volviendo a leerlo. Debemos este detalle al sobrino de Newton, actual poseedor de dicho volumen.
Hubo una época en la que el cartesianismo estuvo de moda en Francia; en cambio, los experimentos que sobre la luz hizo Newton y sus principios matemáticos nunca pueden ser una moda, como tampoco lo son las demostraciones de Euclides. La filosofía debe ser verdadera y justa; el filósofo no es francés, inglés, ni italiano, es cosmopolita y debe semejarse a la duquesa de Malborough, que enferma de tercianas rechazó la quinina porque a ese medicamento le llamaban en Inglaterra la pólvora de los jesuitas.
El filósofo debe rendir homenaje al genio de Descartes, y a la vez rechazar los errores de su sistema. El filósofo debe, sobre todo, entregar a la execración pública y al desprecio eterno a los perseguidores de Descartes, que se atrevieron a acusar de ateísmo al que agotó toda la sagacidad de su talento buscando pruebas de la existencia de Dios. Un pasaje de Thomas en su Elogio de Descartes pinta con trazos enérgicos al infame teólogo que se llamaba Boecio, quien levantó esta calumnia a Descartes, como más tarde el fanático Judien calumnió a Bayle, como los agriados Chaumeix y Frerón calumniaron más tarde a la Enciclopedia, y como se calumnia todos los días.
CATECISMO CHINO. O diálogo de Cu‑Su, discípulo de Confucio, con el príncipe Kou, hijo del rey de Lou, tributario del emperador chino Gnen‑Van, 417 antes de nuestra era. Traducción al latín del padre Fouquet, ex jesuita. El manuscrito está en la Biblioteca del Vaticano, número 42.759.
(1) A pesar de sus errores, no podemos negar que Descartes contribuyó al progreso del espíritu humano con sus descubrimientos matemáticos, que cambiaron la faz de las ciencias, y con sus discursos sobre el método, en los que da el precepto y ejemplo. Enseñó a los sabios a sacudir el yugo de la autoridad en filosofía y no reconoció otros maestros que la razón, el cálculo y la experiencia.
PRIMER DIALOGO
Kou. ¿Qué debo entender cuando me dicen que adore al cielo?
Cu‑Su. Que no se trata del cielo material que vemos, porque ese cielo no es sino aire, y este aire está compuesto de todas las exhalaciones de la tierra. Luego, sería una locura adorar los vapores.
Kou. Eso no me sorprendería, porque parece que los hombres han hecho locuras todavía mayores.
Cu‑Su. Cierto, pero vos estáis destinado a gobernar y debéis ser juicioso.
Kou. ¡Hay tantos pueblos que adoran al cielo y los planetas!
Cu‑Su. Los planetas sólo son tierras como la nuestra. La luna, por ejemplo, podría muy bien adorar nuestras arenas y nuestro barro, como nosotros prosternarnos ante las arenas y el barro de la luna.
Kou. ¿Qué pretenden significar las expresiones cielo y tierra, ascender al cielo, ser digno del cielo?
Ku‑Su. Una solemne tontería. No hay cielo. Cada planeta está rodeado de su atmósfera, como una cáscara, y gira en el espacio alrededor de su sol. Cada sol es el centro de varios planetas que se desplazan continuamente alrededor de él; no hay arriba ni abajo, ni ascenso ni descenso. Vos comprenderéis que si los habitantes de la luna dijeran que se sube a la tierra, que es necesario hacerse digno de la tierra, dirían un disparate. Nosotros pronunciamos una frase que carece de sentido cuando decimos que es preciso hacerse digno del cielo es como si dijéramos que hay que hacerse digno del aire, digno de la constelación del Dragón, digno del espacio.
Kou. Creo comprenderos. Sólo hay que adorar al Dios que ha hecho el cielo y la tierra.
Cu‑Su. En efecto, sólo hay que adorar a Dios, pero cuando decimos que Él ha hecho el cielo y la tierra decimos piadosamente una flaca verdad, porque si entendemos por cielo el espacio prodigioso en que Dios encendió tantos soles e hizo girar tantos mundos, es más ridículo decir el cielo y la tierra que decir las montañas y un grano de arena. Nuestro Globo es infinitamente menor que un grano de arena en comparación con esas miríadas de universos ante los cuales nosotros desaparecemos. Todo cuanto podemos hacer es unir aquí nuestra débil voz a la de innúmeros seres que rinden homenaje a Dios en el abismo del espacio.
Kou. Bien nos han engañado cuando nos dicen que Fo descendió a nuestro mundo desde el cuarto cielo, y que desapareció en forma de un elefante blanco.
Cu‑Su. Eso son leyendas que los bonzos cuentan a los chiquillos y viejas. Nosotros sólo debemos adorar al Autor Eterno de todos los seres.
Kou. Pero, ¿cómo un ser pudo hacer a los otros?
Cu‑Su. Observad esa estrella, que dista mil quinientos millones de lis de nuestro Globo; de ella parten rayos que forman en la cima de vuestros ojos dos ángulos iguales y determinan iguales ángulos en los ojos de todos los animales. ¿No hay en eso un designio deliberado y una ley admirable? Pero, ¿quién hace una obra sino un obrero? ¿Quién hace leyes sino un legislador? Por tanto hay un obrero, un legislador eterno.
Kou. Pero, ¿quién ha hecho a ese obrero, y cómo está hecho?
Cu‑Su. Mi querido príncipe, ayer paseaba cerca del vasto palacio que edificó el rey vuestro padre y escuché a dos grillos. Uno decía al otro: «¡Qué magnífico palacio!» «Sí —asintió el otro—, a pesar de lo glorioso que soy, confieso que alguien más poderoso que los grillos ha hecho ese prodigio, pero no tengo la menor noción de ese ser. Veo que existe, pero no sé qué es.»
Kou. Reconozco que sois un grillo más instruido que yo, y lo que me complace de vos es que no pretendéis saber lo que ignoráis. SEGUNDO DIALOGO
Cu‑Su. ¿Convenís, pues, en que hay un ser todopoderoso que existe por sí mismo, supremo artífice de toda la naturaleza?
Kou. Sí, pero si existe por sí mismo nada puede limitarlo y por tanto está en todas partes. ¿Está en toda la materia y en todas las partes de mí mismo?
Cu‑Su. ¿Por qué no?
Kou. ¿Seré yo, pues, una parte de la Divinidad?
Cu‑Su. Tal vez no sea ésa una consecuencia. Ese pedazo de vidrio está lleno de luz, pero, ¿es él mismo luz? Sólo es arena. Indudablemente, todo está en Dios; lo que anima todo debe estar en todas partes. Dios no es como el emperador de China, que mora en su palacio y comunica sus órdenes por medio de decretos. Desde el momento que existe es preciso que su existencia llene todo el espacio y todas sus obras, y puesto que está en vos es una advertencia continua a que no hagáis nada de lo que debáis avergonzaros ante él.
Kou. ¿Qué hay que hacer para que uno se atreva a mirarse a sí mismo sin repugnancia y sin vergüenza ante el Ser Supremo?
Cu‑Su. Ser justo.
Kou. ¿Y qué más?
Cu‑Su. Ser justo.
Kou. Pero la secta de Laokium dice que no hay justo ni injusto, vicio ni virtud.
Cu‑Su. ¿Dice la secta de Laokium que no hay salud ni enfermedad? Kou. No, ella no dice tan enorme error.
Cu‑Su. El error de pensar que no hay salud del alma ni enfermedad del alma, es tan grande y más funesto que el otro. Quienes han dicho que lo mismo da hacer una cosa que otra son monstruos. ¿Es lo mismo alimentar al hijo que machacarlo con una piedra, socorrer a la madre que hundirle un puñal en el corazón?
Kou. Me habéis hecho estremecer y detestar la secta de Laokium pero, ¡hay tantos matices de lo justo y lo injusto, que a veces uno queda perplejo! ¿Qué hombre sabe a ciencia cierta lo que está permitido o lo que está prohibido? ¿Quién puede establecer con seguridad los límites que separan el bien y el mal? ¿Qué regla me daríais para discernirlos.
Cu‑Su. Las de Confucio, mi maestro: «Vive como al morir querrás haber vivido; trata a tu prójimo como quieres que él te trate.»
Kou. Confieso que esas máximas deben ser el código del género humano, pero, ¿qué me importará al morir mi forma de vivir? ¿,qué ganaré con ello? Este reloj, cuando quede destruido, ¿será feliz por haber señalado bien las horas?
Cu‑Su. Ese reloj no siente, ni piensa, y no puede tener remordimientos; vos los tenéis cuando os sabéis culpable. Kou. Pero, ¿y si después de cometidos varios crímenes consigo no tener remordimientos?
Cu‑Su. Entonces será preciso ahogaros, y os aseguro que entre los hombres que no quieren que se les oprima habrá algunos que lo harán para que no cometáis nuevos crímenes
Kou. ¿De modo que Dios, que está en ellos, les permitirá ser malos después de haber permitido que yo lo sea?
Cu‑Su. Dios os ha dotado de raciocinio, mas no para que abuséis de él ni vos ni ellos. No sólo seréis desgraciado en esta vida, sino ¿quién os ha dicho que no lo seréis en la otra?
Kou. ¿Y quién os ha dicho que hay otra vida?
Cu‑Su. En la duda, debéis portaros como si la hubiera.
Kou. ¿Y si estoy seguro de que no la hay?
Cu‑Su. Demostrádmelo.
TERCER DIALOGO
Kou. Me apuráis, Cu‑Su. Para que yo pueda ser recompensado o castigado después de mi muerte es preciso que subsista en mí algo que sienta y piense. Pero como antes de nacer, nada de mí tenía sentimiento ni pensamiento, ¿por qué los tendré después de mi muerte? ¿Qué podría ser esa parte incomprensible de mí mismo? ¿El zumbido de esa abeja permanecerá cuando deje de existir? ¿La vegetación de esta planta subsiste cuando la planta ha sido arrancada? ¿La vegetación no es una palabra de la que nos servimos para significar la manera inexplicable en que el Ser Supremo quiso que la planta sacara los jugos de la tierra? El alma es asimismo una palabra inventada para expresar débil y oscuramente los resortes de nuestra vida. Todos los animales se mueven y a este poder se le llama fuerza activa, pero no hay un ser distinto que sea esa fuerza. Estamos dotados de pasiones, memoria y raciocinio, pero esas pasiones, esa memoria y ese raciocinio no son indudablemente cosas aparte; no son seres existentes en nosotros, ni pequeñas entidades que tengan una existencia particular, son palabras genéricas inventadas para dar cuerpo a nuestras ideas. El alma, que significa nuestra memoria, nuestro raciocinio, nuestras pasiones, ¿no es ella misma una palabra? ¿Quién ha dotado de movimiento a la naturaleza? Dios. ¿Quién ha dotado de vegetación a las plantas? Dios. ¿Quién ha dotado de movimiento a los animales? Dios. ¿Quién ha dotado de raciocinio al hombre? Dios.
»Si el alma humana fuese un pequeño ser encerrado en nuestro cuerpo, que dirigiera sus movimientos y sus ideas, ¿no sería una demostración de la impotencia y de un artificio indignos del eterno artesano del mundo? ¿Sólo habría sido capaz de hacer autómatas dotados en sí mismos de movimiento y de pensamiento? Vos me habéis enseñado el griego y hecho leer a Homero; encuentro que Vulcano es un divino herrero cuando forja trípodes de oro que van por sí solos al consejo de los dioses, pero Vulcano me parecería un miserable charlatán si en el cuerpo de esos trípodes hubiera ocultado alguno de sus mozuelos para hacerlos mover sin que nadie se diera cuenta.
»Hay soñadores que han supuesto que los genios impulsan y hacen rodar sin cesar a los planetas, pero Dios no ha quedado reducido a este indigno recurso. En una palabra, ¿por qué poner dos resortes a una obra cuando basta uno solo? Vos no os atreveréis a negar que Dios posee el poder de animar al ser poco conocido que llamamos materia. ¿Por qué, pues, se serviría de otro agente para animarla?
»Más aún, ¿qué es esa alma que vos concedéis tan liberalmente a nuestro cuerpo? ¿De dónde y cuándo viene? ¿Es preciso que el Creador del universo esté continuamente al acecho del acoplamiento de hombres y mujeres para que observe el momento en que un germen sale del cuerpo de él y penetra en el de ella y entonces envíe velozmente un alma a ese germen? Y si ese germen muere, ¿a dónde va a parar esa alma? Habrá sido creada, pues, inútilmente, o esperará otra ocasión.
»He aquí, os lo confieso, una extraña ocupación para el dueño del mundo; no sólo es preciso que observe de continuo la copulación de la especie humana, sino que haga igual con los animales, porque éstos, como nosotros, están dotados de memoria, ideas y pasiones, y si es necesaria un alma para formar esos sentimientos, esa memoria y esas pasiones, preciso es que Dios trabaje perpetuamente para forjar almas para los elefantes y las pulgas, para los búhos, los peces y los bonzos.
¿Qué pensaríais del arquitecto de tantos millones de mundos si se viera obligado a hacer de continuo clavijas invisibles para perpetuar su obra? Ésta es una ínfima parte de las razones que pueden hacerme dudar de la existencia del alma.
Cu‑Su. Argumentáis de buena fe, y aunque ese sentimiento virtuoso fuese erróneo, complacería al Ser Supremo. Podéis estar equivocado, pero no tratáis de engañaros y por ello sois disculpable. Pero pensad que sólo me habéis propuesto dudas y esas dudas son tristes. Admitid verosimilitudes más consoladoras, pues es duro ser anonadado; esperad vivir. Sabéis que el pensamiento no es materia, que ésta no tiene relación con aquél, ¿por qué, pues, os es tan difícil creer que Dios os ha dotado de un principio divino que, no pudiendo ser disuelto, no puede estar sujeto a la muerte? ¿Os atreveréis a decir que es imposible que tengáis un alma? Indudablemente no, y si ello es posible, ¿no es verosímil que tengáis alma? ¿Podríais rechazar un sistema tan hermoso y necesario para el género humano? ¿Qué dificultades os lo impedirían?
Kou. Con gusto aceptaría ese sistema si me lo probaran. No soy dueño de creer cuando no tengo evidencia. Siempre me conmueve la grandiosa idea de que Dios lo ha hecho todo, que está en todas partes que lo penetra todo, que ha dotado de movimiento y vida a todo; y si está en todas las partes de mi ser, como lo está en todas las de la naturaleza no veo necesidad alguna de que yo tenga un alma. ¿Para qué necesito de ese pequeño ser subalterno si estoy animado por el mismo Dios? ¿Para qué me serviría esa alma? No somos nosotros los que nos dotamos de ideas, porque las tenemos casi siempre a pesar de nosotros; todo se hace en nosotros sin que nos mezclemos en ello. Inútil sería que el alma dijera a la sangre y a los espíritus animales: «Os ruego que circuléis para complacerme», pues siempre circularán de la manera que Dios les prescribió. Prefiero ser la máquina de un dios cuya existencia se me ha demostrado, que la máquina de un alma cuya existencia dudo.
Cu‑Su. Pues bien, si el propio Dios os anima, nunca mancilléis con crímenes a ese Dios que está en vos, y si os ha concedido un alma, que esa alma jamás le ofenda. En uno y otro sistema tenéis una voluntad, sois libre; es decir, tenéis el poder de hacer lo que queráis: usadlo para servir a ese Dios que os lo ha concedido. Es bueno que seáis filósofo, pero es necesario que seáis justo, y lo seréis más aún creyendo que tenéis un alma inmortal. Dignaos responderme, ¿no es verdad que Dios es la soberana justicia?
Kou. Sin duda, y si fuera posible que él dejara de serlo, lo que es una blasfemia, yo quisiera obrar con equidad.
Cu‑Su. ¿No es cierto que vuestro deber será recompensar las acciones virtuosas y castigar las criminales cuando reinéis? ¿Creéis que Dios no hace lo que vos estáis obligado a hacer? Es sabido que en esta vida siempre ha habido y habrá virtudes desgraciadas y crímenes impunes; es preciso, por tanto, que el bien y el mal encuentren su juicio en otra vida. Esta idea es tan sencilla, natural y general, que ha establecido en muchas naciones la creencia de la inmortalidad de nuestras almas y de la justicia divina que las juzga cuando han abandonado su despojo mortal. ¿Hay un sistema más razonable, conveniente a la Divinidad y más útil para el género humano?
Kou. ¿Por qué, pues, varias naciones no han aceptado ese sistema? No ignoráis que en nuestra provincia existen unas doscientas familias de antiguos sinous que antes habitaron una parte de la Arabia Pétrea; ni ellas ni sus antepasados creyeron nunca en la inmortalidad del alma, y tienen sus cinco Libros como nosotros tenemos nuestros cinco Kings. Yo he leído la traducción de aquéllos y sus leyes, parecidas a las de los demás pueblos, y les ordenan respetar a sus padres, no robar, no mentir, no ser adúlteros ni homicidas, pero esas mismas leyes no les hablan de recompensas ni castigos en otra vida.
Cu‑Su. Si dicha idea no se ha desarrollado aún en ese pobre pueblo, sin duda lo será un día. Pero, ¿qué nos importa una desgraciada y pequeña nación, si los babilonios, egipcios, indios y todas las naciones civilizadas han recibido ese dogma de salvación? Si vos cayerais enfermo, ¿rechazaríais un remedio aceptado por todos los chinos alegando que algunos bárbaros de las montañas no se sirven de él? Dios os ha concedido el raciocinio y éste os dice que el alma debe ser inmortal; luego es el propio Dios quien os lo dice.
Kou. Pero, ¿cómo podré ser recompensado o castigado, después de mi muerte, cuando no quede nada de mi persona? Sólo por mi memoria soy siempre yo, pero si la pierdo con mi última enfermedad, por tanto sólo un milagro me la devolverá después de mi muerte para recobrar mi existencia perdida.
Cu‑Su. Es decir, que si un príncipe degollara a su familia para gobernar y tiranizara a sus vasallos, se justificaría diciendo a Dios: «No fui yo, perdí la memoria; os confundís, no soy ya la misma persona». ¿Creéis que Dios se daría por satisfecho con ese sofisma?
Kou. Bien, me rindo. Yo deseaba hacer el bien por mí mismo y lo haré también para complacer al Ser Supremo; pensé que bastaba que mi alma fuese justa en esta vida y esperaré que sea feliz en la otra. Veo que esta opinión es buena para los pueblos y los príncipes, pero el culto a Dios me desazona. CUARTO DIALOGO
Co‑Su. ¿Qué os desazona en nuestro Chu‑king, ese primer libro canónico tan respetado por todos los emperadores chinos? Debéis labrar un campo con vuestras manos reales para dar ejemplo al pueblo y debéis ofrecer las primicias al Chang‑ti, al Tien, al Ser Supremo; debéis sacrificarle cuatro veces al año, debéis ser rey y pontífice, y debéis prometer a Dios hacer todo el bien que esté en vuestra mano, ¿hay en todo ello algo que repugne?
Kou. No tengo nada que replicar. Sé que Dios no tiene necesidad de nuestros sacrificios, ni de nuestros rezos, pero nosotros tenemos necesidad de ofrecérselos; él no ha establecido su culto, sino nosotros. Yo no tengo ningún inconveniente en rezarle, pero sobre todo quiero que mis rezos no sean ridículos, porque cuando grite que «la montaña de Chang‑ti es una montaña grasa, y no hay que mirar las montañas grasas», cuando haga hundir el sol y secar la luna, esos disparates ¿serán agradables al Ser Supremo, y útiles para mis vasallos y para mí mismo?
»Sobre todo no puedo sufrir los actos demenciales que nos rodean. Por un lado veo a Lao‑tsé, que su madre concibió por la unión del cielo y la tierra, y que ella llevó en su seno durante ochenta años. Tampoco tengo más fe en su doctrina del aniquilamiento y del despojamiento universal que en los cabellos blancos con los que nació, y en la vaca negra en la que montó para ir a predicar su doctrina. El dios Fo tampoco me impresiona pese a tener por padre un elefante blanco y prometer una vida inmortal.
»Lo que me desazona, sobre todo, es que semejantes simplezas las prediquen continuamente los bonzos que seducen al pueblo para gobernarlo que se hacen respetables por medio de mortificaciones que ultrajan a la naturaleza. Unos se privan toda la vida de los alimentos más sanos, como si sólo se pudiera complacer a Dios ajustándose a un mal régimen, otros se ciñen al cuello una argolla de suplicio que a veces ostentan muy dignos, y los hay que se hunden clavos en los muslos como si fueran maderos. El pueblo les sigue en tropel. Si un rey promulga un edicto que les desagrada, os dicen fríamente que tal norma no se encuentra en el comentario del dios Fo y vale más obedecer a Dios que a los hombres. ¿Cómo poner remedio a una enfermedad popular tan extravagante y tan peligrosa? Sabéis que la tolerancia es el principio del gobierno de China, y de todos los de Asia, pero, ¿tal indulgencia no será funesta cuando expone a un imperio a ser trastornado por opiniones fanáticas?
Cu‑Su. ¡Que el Chang‑ti me preserve de querer extinguir en vos ese espíritu de tolerancia, esa virtud tan respetable, que es a las almas lo que el permiso de comer es al cuerpo! La ley natural permite a cada cual creer lo que quiera y alimentarse con lo que desee. Un médico no tiene el derecho de matar a sus enfermos porque ellos no observaron la dieta que les prescribió. Un príncipe no tiene el derecho de ahorcar a los vasallos que no pensaban como él, pero tiene el derecho de impedir los disturbios, y si es sabio le será fácil desarraigar las supersticiones. ¿Sabéis qué le sucedió a Daón, sexto rey de Caldea, hace unos cuatro mil años?
Kou. No, y me gustaría que lo contarais.
Cu‑Su. Los sacerdotes caldeos convinieron en adorar a los lucios del Éufrates alegando que un famoso lucio llamado Oannes les había antiguamente enseñado la teología; ese pez era inmortal, tenía tres pies de longitud y una pequeña luna en la cola. Y que por respeto a Oannes estaba prohibido comer lucio. Mas he aquí que se levantó una controversia entre los teólogos para saber si el lucio era mamífero u ovíparo. Los dos partidos se excomulgaron recíprocamente y varias veces se acometieron con saña. Pero el rey Daón se las arregló para terminar con ese desorden.
»Ordenó un ayuno riguroso de tres días a los dos partidos y después convocó a los partidarios del lucio ovíparo a que asistieron a su cena. Les sirvieron un lucio de tres pies al que habían puesto una pequeña luna en la cola. «¿Es este vuestro dios?, dijo a los doctores. «Sí, majestad —le respondieron—, porque tiene una luna en la cola y seguramente tiene huevos.» El rey mandó que se abriera el lucio... y tenía la más hermosa leche del mundo. «Veis perfectamente que no es éste vuestro dios, puesto que tiene leche.» Y el rey y sus sátrapas se comieron el lucio con gran contento de los teólogos ovíparos, que veían frito al dios de sus adversarios.
»A continuación, envió a buscar a los doctores del partido contrario y se les mostró un lucio de tres pies que tenía huevos y una luna en la cola. Ellos aseguraron que era el dios Oannes y tenía leche; lo frieron como el otro y vieron que era ovíparo. Entonces, a los dos grupos rivales igualmente necios y en ayunas, el bondadoso rey Daón les dijo que sólo tenía lucios para darles de cenar y se los comieron glotonamente, fuesen ovíparos o mamíferos. La guerra civil terminó, cada uno bendijo al bondadoso rey Daón, y los ciudadanos, desde entonces, hicieron servir en sus cenas tantos lucios como quisieron.
Kou. Admiro al rey Daón y prometo imitarle en la primera ocasión que se me presente. Siempre impediré sin causar violencia a nadie, que se adore a los Fo y a los lucios. Sé que en Pegu y Tonkín hay dioses menores y bribonzuelos que hacen descender la luna en su curso y predicen el porvenir, es decir que ven claramente lo que no es porque el porvenir nadie puede predecirlo. Yo impediré, con todos los medios a mi alcance, que los bribones no vengan a mi reino a tomar el futuro por el presente, ni a hacer descender la luna.
»Es un bochorno que haya sectas que vayan de pueblo en pueblo propagando simplezas como charlatanes que venden sus pócimas. Es una vergüenza para el espíritu humano que pequeñas naciones crean que sólo ellas poseen la verdad absoluta y que el vasto imperio chino viva en el error. ¿Es que el Ser eterno sólo es el Dios de la isla de Formosa o de la de Borneo? ¿Habrá abandonado al resto del universo? Mi querido Co‑Su, él es padre de todos los hombres y permite a todos comer lucio. El homenaje más digno que podemos ofrecerle es ser virtuoso. Un corazón puro es el más hermos |