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C

 

CADENA DE SERES CREADOS. La gradación infinita de seres, que desde el minúsculo átomo se eleva hasta el Ser Supremo, excita nuestra admiración, pero al examinarla detenidamente ese fantasma se desvanece, como los antiguos duendes al rayar el alba y sonar el canto del gallo.

 

La imaginación se complace en observar el cambio imperceptible de la materia bruta a la materia organizada de las plantas a los zoófitos, de los zoófitos a los animales, de éstos al hombre, del hombre a los genios, de los genios a las sustancias inmateriales y, siguiendo esos millares de órdenes diferentes, de sustancias que en belleza y perfección se elevan hasta Dios. Esta jerarquía complace a las buenas gentes, que se figuran ver en ella al papa y a sus cardenales, seguidos de los arzobispos y obispos, tras los cuales van los vicarios, sacerdotes, diáconos y subdiáconos, y cerrando la marcha, los frailes.

 

Pero hay más distancia entre Dios y las más perfectas criaturas, que entre el Santo Padre y el decano del Sacro Colegio: el decano puede ascender a papa, pero ¿el más perfecto de los genios puede llegar a ser Dios? ¿No media el infinito entre Dios y él?

 

Esta supuesta gradación o cadena no existe en los vegetales ni en los animales, prueba de ello es que hay especies de plantas y animales que han desaparecido. Por ejemplo, la muria, que ya no existe.

 

Los hebreos tenían prohibido comer carne de grifo y de ixión, dos especies de aves que es probable hayan desaparecido del mundo. Aunque no hubiéramos perdido algunas especies de animales, es indudable que pueden extinguirse. Los leones y los rinocerontes empiezan a ser escasos. Si el resto del mundo hubiera imitado a los ingleses, quizá ya no habría zorros en el planeta.

 

Es probable que hayan existido razas de hombres que ya no se encuentran. Pero suponiendo que hayan subsistido, como los blancos, negros, cafres o samoyedos, ¿no es cosa visible que ha mediado siempre un espacio vacío entre el mono y el hombre?, ¿no cabe imaginar un animal de dos pies, implume, que fuera inteligente, sin estar dotado del uso de la palabra ni del rostro humano, del que pudiéramos apoderarnos y respondiera a nuestros signos y nos sirviera? Y entre esta nueva especie y la del hombre, ¿no podríamos imaginar otras especies?

 

El divino Platón, por encima del hombre, sitúa en el cielo una retahíla de seres celestes porque la fe nos lo enseña. Pero, ¿qué razón tenía para creer en ellos? Aparentemente, no se había comunicado con el alma de Sócrates, y el buen hombre Heres, que resucitó expresamente para enseñarle los arcanos de la otra vida, nada le dijo de tales sustancias.

 

Esa supuesta cadena no está menos interrumpida en el universo sensible. ¿Qué gradación hay entre los planetas? La luna es cuarenta veces más pequeña que nuestro Globo; si viajáis desde la Luna por el vacío os encontraréis con Venus, que es casi tan grande como la Tierra. Desde allí vais a buscar a Mercurio, que describe una elipse muy diferente del círculo que recorre Venus, que es veinte veces más pequeño que la Tierra, y el Sol, un millón de veces más grande; Marte, cinco veces más pequeño y da la vuelta en dos años; Júpiter, su vecino, la da en doce, y Saturno en treinta, y éste, que es planeta más alejado de nosotros, no es tan grande como Júpiter. ¿Dónde existe, pues, la gradación? ¿Cómo es posible suponer que en los grandes espacios vacíos existe una cadena que lo ligue todo? De existir alguna, es indudable que ha de ser la que Newton descubrió, la que hace gravitar todos los Globos del mundo planetario unos hacia otros en el inmenso vacío.

 

¡Ah, divino Platón! Temo que sólo nos hayas contado leyendas y escrito sofismas. Has causado más daño que jamás pudiste imaginar. ¿Cómo lo causó?, se me preguntará. No seré yo quien lo diga.

 

CADENA O SUCESIÓN DE ACONTECIMIENTOS. El presente engendra el futuro. Los acontecimientos se encadenan unos con otros por incoercible fatalidad. En Homero, el destino es superior al mismo Júpiter. Este, que es el señor de los dioses y los hombres, declara que le es imposible impedir que Sarpedón, su hijo, muera en el momento que tiene fijado. Sarpedón nació en el instante en que fue preciso que naciera, y no pudo nacer en otro; tenía que morir delante de Troya y ser enterrado en Licia. Su cuerpo debía en un tiempo determinado producir legumbres que debían tornarse en la sustancia de algunos naturales de Licia, y los descendientes de éstos tenían que establecer un nuevo orden en sus estados que había de influir en los reinos inmediatos. De forma que por una sucesión de hechos el destino de casi todo el mundo dependió de la muerte de Sarpedón, la cual dependía del rapto de Elena, y este rapto estuvo necesariamente ligado con el matrimonio de Hécuba, que remontándose a otros sucesos se hallaba ligado con el origen de todas las cosas. Si uno de estos hechos hubiera acontecido de manera distinta, habría resultado otro universo; no hubiera sido posible el universo actual. Luego ni el mismo Júpiter, a pesar de ser Júpiter, podía salvar la vida de su hijo.

 

La teoría de la necesidad y de la fatalidad fue inventada en los tiempos modernos por Leibnitz, según dicen, con el nombre de razón suficiente. Pero, a decir verdad, es muy antigua. No es una idea moderna el que no haya efecto sin causa, ni que muchas veces la causa más pequeña produzca los mayores efectos.

       

Lord Bolingbroke confiesa que las desavenencias entre la duquesa de Marlborough y lady Masham proporcionaron la ocasión de concertar un tratado entre la reina Ana y Luis XIV. Este tratado dio como resultado la paz de Utrecht; la paz de Utrecht consolidó a Felipe V en el trono de España, y éste tomó Nápoles y Sicilia a la casa de Austria. El príncipe español que por tal motivo reinó en Nápoles debió evidentemente su reino a lady Masham, y no lo hubiese tenido, ni acaso hubiera nacido, si la duquesa de Marlborough hubiera sido más complaciente con la reina de Inglaterra.

 

Si estudiamos la situación de todos los pueblos del Globo nos convenceremos de que llegó a producirse por una serie de hechos que, al parecer, no están relacionados entre sí, pero que en realidad se hallan ligados de alguna forma unos a otros. Todo es engranaje, poleas, cuerdas y resortes en esta inmensa máquina.

 

Lo mismo ocurre en el orden físico. Un ventarrón que sople desde el fondo de Africa trae parte de la atmósfera africana, que cae convertida en lluvia en los valles de los Alpes y esas lluvias fecundan nuestras tierras. Nuestro viento del Norte, a su vez, envía precipitaciones al clima de los negros: favorecemos a Guinea y Guinea nos devuelve el favor. La cadena se extiende de un extremo al otro del universo.

 

Me parece, sin embargo, que se abusa un tanto de la verdad de este principio, deduciendo de él que no hay un minúsculo átomo cuyo movimiento no haya influido en el ordenamiento actual del mundo entero, y que no hay accidente, por ínfimo que sea, lo mismo en los hombres que en los animales, que no constituya un eslabón esencial de la cadena del destino. En el bien entendido de que todos los efectos tienen evidentemente su causa. Podemos adentrarnos a través de las causas en el laberinto de la eternidad, pero toda causa no tiene su efecto si descendemos hasta el fin de los siglos. Confieso que todos los acontecimientos son ocasionados unos por otros. Si el pasado engendra el presente, el presente engendra el futuro; todo tiene progenitores, pero no todo tiene hijos. Ocurre en esto como en el árbol genealógico. Cada casa se remonta, como sabemos, hasta los tiempos de Adán, pero en la familia hay muchos individuos que mueren sin dejar posteridad. Existe el árbol genealógico de los sucesos del mundo. Para muchos es incontrovertible que los habitantes de las Galias y de España descienden de Gomer, y los rusos de Magog, su hermano menor, genealogía que figura en muchos libros. Con estos datos no se puede demostrar que el Gran Turco, que desciende también de Magog, tuviera el ineludible sino de ser derrotado en 1769 por la emperatriz de Rusia, Catalina II. Este hecho enlaza evidentemente con otros, pero que Magog escupiera a diestra o a siniestra en el monte Cáucaso, o diera dos o tres vueltas alrededor de un pozo, no creo que signifique nada para la marcha del mundo.

 

Es preciso notar que no todo está lleno en la Naturaleza, como demostró Newton, y que todo movimiento no se comunica inmediatamente hasta que da la vuelta al mundo, como también ha demostrado. Echad agua sobre un cuerpo de parecida densidad y calcularéis fácilmente que al cabo de un tiempo el movimiento de ese cuerpo y el que ha comunicado al agua se han extinguido. El movimiento se pierde y para; por tanto, el movimiento que pudo producir Magog escupiendo en un pozo no puede haber influido en lo que acontece hoy en Moldavia y en Malaquia. Los eventos presentes no son hijos de todos los anteriormente pasados. Tienen sus líneas directas y el sinfín de líneas colaterales no le sirven para nada. Por eso insisto en que todo ser tiene padre, pero no todo ser tiene hijos.

 

CAMBIOS SUCEDIDOS EN EL GLOBO. Cuando nos percatamos de que una montaña avanza hasta una llanura o un inmenso peñasco de esa montaña se ha desprendido y ha ido a parar a los campos, cuando vemos con nuestros ojos un castillo hundido en la tierra, un río tragado que luego surge del abismo, señales indudables de que un gran caudal de agua inundó en otros tiempos un país hoy habitado, y muchos vestigios de otras revoluciones, nos hallamos predispuestos a creer en los grandes cambios que han alterado la faz del mundo.

 

¿Es cierto que se produjo un gran incendio en tiempos de Faetón? Tal vez sí, pero no tuvo origen en la ambición de Faetón ni en la cólera de Júpiter, que lanzó sus rayos. Lo mismo que en 1755 no fueron las hogueras que en Lisboa encendía la Inquisición para abrasar herejes las que atrajeron la venganza divina, ni las que encendieron los fuegos subterráneos y destruyeron la mitad de la ciudad, ya que Mequínez, Tetuán y otras tribus considerables de árabes sufrieron cataclismos más espantosos que los de Lisboa, y la Inquisición no se conoció en aquellas regiones.

 

La isla de Santo Domingo, que quedó destruida poco después, no había ofendido más al Señor que la isla de Córcega. Todo está sometido a leyes físicas y eternas. El azufre, el betún, el nitro y el hierro, soterrados en la tierra con sus mezclas y sus explosiones, han trastornado mil ciudades, han cerrado y abierto innumerables abismos y todos los días nos amenazan esos accidentes ocasionados por la formación peculiar de la tierra, al igual que nos amenazan en varias regiones los lobos y los tigres hambrientos durante el invierno.

 

Si el fuego, que según Demócrito es el principio de todo, ha trastornado gran parte de la Tierra, el agua, que es el primer principio de Thales no ha causado menos trastornos. La mitad de América está inundada todavía por los antiguos desmadres del Marañón, el río de la Plata, el San Lorenzo y el Mississipí, y por los arroyos engrosados de continuo por las nieves perpetuas de las montañas más altas de la Tierra, que atraviesan ese continente de un extremo a otro. Estos diluvios acumulados han socavado en muchas partes grandes pantanos. Las tierras adyacentes han quedado inhabitables, y la tierra que las manos del hombre hubieran podido fertilizar, ha producido peces. Otro tanto ha acaecido en China y Egipto, y han tenido que pasar muchos siglos para abrir canales y desecar los campos. Añadid a los interminables desastres las irrupciones del mar, los terrenos que éste invade y abandona, las islas que arranca del continente, y podéis contar que el agua ha devastado más de ochenta mil leguas cuadradas de Oriente a Occidente, desde el Japón hasta el monte Atlas.

 

Que el Océano cubrió la isla Atlántida puede considerarse tanto un hecho histórico como una simple leyenda. La escasa profundidad que tiene el Atlántico hasta las islas Canarias puede considerarse una prueba de la mencionada catástrofe. Las islas Canarias pudieran ser muy bien los restos de la Atlántida. Platón nos dice que los sacerdotes de Egipto, por cuyo país viajó, conservaban documentos antiguos que testimoniaban la desaparición de dicha isla en el océano. También refiere que esa catástrofe ocurrió nueve mil años antes de su época. No es creíble esa cronología bajo la fe de Platón, pero nadie puede aportar contra ella ninguna prueba física, ni aducir ningún hecho histórico extraído de autores profanos.

 

Plinio asegura que en todos los tiempos los pueblos de las costas españolas meridionales han creído que el mar se abrió paso por Calpe. Quien emprenda un viaje de estudio puede convencerse por sí mismo de que las Cícladas y las Espóradas formaban antiguamente parte del continente de Grecia y, sobre todo, que Sicilia estaba unida a Abulia. Los volcanes del Etna y del Vesubio, con los mismos basamentos bajo el mar, y el abismo de Caribdis, único punto profundo de dicho mar, son pruebas irrefutables de esto. Los diluvios de Deucalión y de Ogiges son bastante conocidos, y las leyendas que se inventaron después de esto entretienen todavía a todo el Occidente.

 

Los autores antiguos mencionan otros diluvios acaecidos en Asia. El que describe Beroso ocurrió, nos dice, en Caldea, cuatro mil trescientos o cuatrocientos años antes de la era vulgar. Asia se vio inundada de leyendas inventadas sobre este asunto, tanto como de los desmadres del Tigris y del Éufrates y demás ríos que desembocan en Ponto Euxino.

 

Esos desbordamientos sólo cubren de unos pies de agua los campos, pero la esterilidad que reportan, la destrucción de casas y puentes y la mortandad de bestias que ocasionan, son pérdidas que precisan cerca de un siglo para reponerse. Conocido es lo mucho que las inundaciones cuestan a Holanda, país que perdió más de la mitad de su territorio en 1050. Se ve obligado todavía a defenderse de continuo de las aguas, que siguen amenazándolo; nunca empleó tantos soldados para resistir a sus enemigos como trabajadores para protegerse sin cesar de los asaltos del mar, siempre dispuesto a inundarlo.

 

El camino que a través de Egipto conduce a Fenicia, costeando el lago Sirbón, fue antiguamente practicable, pero hace mucho tiempo que no lo es. En la actualidad, es una sabana de arena cubierta de agua pantanosa. En suma, gran parte de la tierra sería un vasto pantano ponzoñoso, habitado por monstruoS, si no lo fertilizara el trabajo asiduo de la raza humana.

 

En este artículo pasaremos por alto el diluvio universal de Noé, porque para enterarse de él basta leer la Biblia. Dicho diluvio es un milagro incomprensible, que realizó sobrenaturalmente la Providencia, queriendo destruir al culpable género humano y crear una nueva raza humana inocente. Si ésta fue más perversa que la anterior y sigue siendo más culpable de siglo en siglo y de reforma en reforma también esto es arcano de la Providencia, cuyas profundidades es imposible sondear, y a la que adoramos los pueblos de Occidente, desde hace algunos siglos, por la traducción latina de los Setenta.

 

CAMINOS. Hace poco tiempo que las modernas naciones de Europa han empezado a hacer practicables los caminos y a dotarlos de ciertas bellezas. Antaño fue una de las principales preocupaciones de los emperadores de Mongolia y China, pero esos príncipes no llegaron a la altura de los romanos. Las vías Apia, Aurelia, Flaminia y Trajana subsisten todavía. Sólo los romanos podían construir semejantes caminos y repararlos.

 

Bergier, autor de un libro muy útil titulado Historia de las grandes vías del Imperio romano, dice que Salomón empleó treinta mil judíos en cortar madera del Líbano, ochenta mil para edificar su templo, setenta mil para el acarreo de los materiales y tres mil seiscientos para dirigir los trabajos. Puede ser verdad todo ello, pero nada tiene que ver con los grandes caminos.

 

Dice Plinio que trescientos mil hombres trabajaron durante veinte años para construir una pirámide en Egipto. Si esto es cierto, fue una verdadera lástima que emplearan tan mal a tantísimos hombres. Los que trabajaron para abrir los canales de Egipto, o construir la Gran Muralla china, o los que trazaron los caminos del Imperio romano, estuvieron empleados con más utilidad que los trescientos mil infelices que edificaron sepulcros terminados en punta para enterrar el cadáver de un egipcio supersticioso.

 

Conocidas son las obras de los romanos: los cauces de agua que ahondaron o cambiaron de curso, las colinas que hicieron desaparecer y la montaña que por orden de Vespasiano cortaron en la vía Haminia en un trecho de mil pies de longitud, cuya inscripción subsiste todavía. La edificación de la mayoría de nuestras moradas no es tan sólida como eran las grandes vías que conducían a Roma, vías que extendieron por todo el imperio aunque no con tanta solidez, porque no hubieran tenido suficiente dinero. Casi todas las calzadas de Italia se elevaban cuatro pies sobre sus basamentos, y cuando encontraban un pantano que interrumpía el camino, lo cegaban, cuando topaban con algún lugar montañoso lo unían al camino mediante una suave pendiente y lo sostenían en muchas partes a base de contrafuertes. Encima de los cuatro pies de obra colocaban losas de talla o mármoles de un pie de espesor que con frecuencia alcanzaban diez pies de longitud, trabajándolos en su parte superior para que no hicieran resbalar a los caballos. No sabemos qué es más admirable de las vías romanas, si la utilidad o su magnificencia.

 

Casi todas esas espléndidas construcciones se hicieron a expensas del tesoro público. César reparó y prolongó la vía Apia con dinero de su peculio, pero su dinero era el de la república. En esos trabajos empleaban a los esclavos, a los pueblos vencidos y a los habitantes de las provincias que no eran ciudadanos romanos; trabajaban por servidumbre corporal, pero recibían un pequeño estipendio.

 

Augusto fue el primer emperador que ordenó que las legiones trabajaran con el pueblo para construir buenos caminos en las Galias, España y Asia. Perforó los Alpes por el valle que lleva su nombre, que los piamonteses y franceses denominaban por corrupción el Valle de Aosto, pero antes fue preciso someter a los habitantes salvajes que ocupaban dichas regiones. Todavía existe, entre el grande y el pequeño San Bernardo, el arco de triunfo que le erigió el Senado tras la conquista. Horadó también los Alpes por la parte que va a Lyon, desde donde se llega a todas las Galias. Los vencidos jamás habían hecho en provecho suyo lo que realizaron para los vencedores.

 

Con la caída del Imperio romano desaparecieron las obras públicas, la civilización, el arte y la industria. Quedaron maltrechos los grandes caminos de las Galias, excepto alguna calzada que la desventurada reina Brenechilde hizo reparar, reparación que duró poco tiempo. Por las antiguas vías apenas se podía marchar a caballo, ya que no eran más que hoyos llenos de cieno y piedras. Había que pasar por los campos labrados y los carros apenas podían cubrir en un mes el camino que hacen hoy en una semana. Puede afirmarse que el comercio no existía. Por poco que se viajara en las estaciones crudas, prolongadas y penosas en los climas septentrionales, era inevitable hundirse en el fango o trepar por las rocas. Esto ocurrió en Alemania y Francia hasta mediados del siglo XVII. Con la época de Luis XIV empezaron a construirse los grandes caminos, que las demás naciones imitaron. Las vías militares romanas sólo tenían dieciséis pies de anchura, pero eran mucho más sólidas y no era preciso repararlas cada año como hacemos nosotros. Las embellecían con monumentos, columnas miliarias y hermosas tumbas, porque ni en Grecia ni en Roma se permitía que las ciudades sirvieran de sepultura, y mucho menos los templos, acto sacrílego entre ellos. No ocurría allí lo mismo que en nuestras iglesias, en las que una vanidad de bárbaros indujo a enterrar a precio de oro a los ciudadanos ricos, que infectaban el lugar santo donde los fieles van a adorar a Dios, y en el que parecía que sólo quemaban incienso para no percibir el hedor de los cadáveres, en tanto que los pobres se pudrían en el cementerio contiguo y unos y otros esparcían enfermedades contagiosas que atacaban a los vivos. Únicamente los emperadores romanos, una vez muertos, reposaban en los monumentos que Roma les erigía.

 

CANTO, MÚSICA, MELOPEA. Un turco no puede concebir que tengamos una forma de canto para el primero de nuestros misterios cuando lo representamos con música; otra forma, los motetes, para cantar en el mismo templo; una tercera forma para la ópera, y una cuarta forma para la representación de la ópera cómica. Tampoco nosotros acabamos de comprender cómo los antiguos tañían las flautas y se presentaban en sus teatros con una máscara cubriendo su cara, ni cómo declamaban acompañados por la música. En Atenas se promulgaban las leyes poco menos que como se canta en París una canción popular. El pregonero público tarareaba un edicto con acompañamiento de lira. Filipo, padre de Alejandro, después de la victoria de Queronea se puso a cantar el decreto redactado por Demóstenes para declarar la guerra.

 

Es verosímil que la melopea, considerada por Aristóteles en su Poética como parte esencial de la tragedia, fuera un canto sencillo y llano, como el denominado prefacio en la misa, esto es, el canto gregoriano, que es una verdadera melopea.

 

Cuando los italianos renovaron la tragedia en el siglo XVI, el recitado era una melopea, y como no se podía poner en notas, lo aprendían de memoria. Esa costumbre fue admitida en Francia cuando los franceses empezaron a formar su teatro, un siglo después que los italianos. La Sofonisba, de Mairet, se cantaba como la de Trissin, pero más toscamente porque entonces la garganta de París era bastante burda, al igual que su talento. Los papeles de los actores, y sobre todo los de las actrices se cantaban de memoria. Mademoiselle Beauval, actriz de la época de Corneille, Racine y Moliere, me recitó, hace más de treinta años, el principio del papel de Emilia en la tragedia Cinna, como lo declamó la Baupré en las primeras representaciones. La tal melopea se parecía a la declamación actual bastante menos que la forma de recitar moderna se parece a la manera de leer la Gaceta. Sólo cabe comparar esa especie de canto denominado melopea a los admirables recitados de Lulli, tan criticados por los adoradores de las semicorcheas, que desconocen el genio de nuestra lengua y desean ignorar los recursos que brinda esa melodía a un actor ingenioso y sensible. La melopea teatral se extinguió con la actriz Dunclos, que si bien poseía una hermosa voz, carecía de corazón y de talento, y cubrió de ridículo lo que había suscitado la admiración del público en las comediantas Oillets y Champmale.

 

Hoy en día se representa la tragedia con frialdad, y si no la recalentase lo patético del argumento y de la acción sería harto insulsa. El siglo XVIII, estimable por otros conceptos, es el siglo de la aridez. Parece cierto que en la época de los romanos un actor recitaba mientras otro desempeñaba la parte mímica. Y no fue por burlarse por lo que el abate Dubos creó este singular modo de declamar. Tito Livio, que tanto nos instruye en los usos y costumbres de los romanos, y con más utilidad que el ingenioso Tácito, nos dice que Autrócnico, habiendo quedado ronco al cantar en los intermedios, fue sustituido en la parte cantable por otro, mientras él ejecutaba la danza, naciendo así la costumbre de dividir los intermedios entre los bailarines y los cantores. Pero no se repartían el recitado de la obra entre un actor que asumiera la mímica y otro que declamara, pues esto hubiera resultado tan ridículo como impracticable.

 

Las pantomimas, por el hecho de ser mudas, pertenecen a un arte muy diferente y sólo pueden gustar cuando representan un suceso relevante un acontecimiento teatral, que se dibuja fácilmente en la imaginación del espectador. Puede representarse a Orosmán matando a Zaira y dándose muerte, y a Semíramis herida arrastrándose por la escalinata que conduce a la tumba de Nino y tendiendo los brazos a su hijo. Para expresar esas situaciones sobran los versos y bastan la mímica y el compás de una sinfonía lúgubre y terrible. Ahora bien, ¿cómo podrá expresar la pantomima la disertación de Máximo y de Cinna sobre los gobiernos monárquicos y populares?

 

CARÁCTER. Su etimología viene de la voz griega impresión, que significa lo que la naturaleza ha grabado en nosotros. ¿Puede cambiarse de carácter? Sí, cuando se cambie de cuerpo. Suele suceder que el hombre que nació pendenciero, intolerante y violento, si al llegar a la vejez se ve afectado de apoplejía se convierta en un niño memo, tímido, llorón y miedoso, y entonces se puede decir que cambia de cuerpo. Pero mientras sus nervios, su sangre y su médula permanezcan en estado normal, no cambiará de carácter, como no cambian de instinto los lobos ni las garduñas.

 

El autor inglés del Dispensary, poemita muy superior a los Capitoli italianos, y puede que incluso al Lutrin de Boileau, dice muy acertadamente, a mi entender:

 

De una mezcla secreta de fuego, tierra y agua Se hizo el corazón de César y de Nassau. De un resorte desconocido el poder invencible Hizo a Slone impudente y a su mujer sensible.

 

Nuestras ideas y sentimientos forman el carácter, y está probado que no adquirimos los sentimientos e ideas que queremos; por tanto, el carácter no depende de nosotros porque si fuera así todo el mundo sería perfecto. No pudiendo adquirir cierta clase de talento ni determinados gustos artísticos, ¿cómo podríamos adornarnos de ciertas cualidades? El irreflexivo se imagina que es dueño de todo, pero quien reflexiona se percata de que no es dueño de nada.

 

Para cambiar de manera total el carácter de un hombre, habría que purgarlo todos los días hasta que le sobreviniera la muerte. Carlos XII, enfebrecido de supuración en el camino de Bender, era otro hombre; se dejaba manejar como un niño.

 

Si yo tuviera la nariz torcida y los ojos de gato podría tapármelos con una máscara, pero, ¿puedo ocultar el carácter que me dio la naturaleza? Un hombre de carácter violento y arrebatado se presentó ante Francisco I, rey de Francia, en demanda de justicia. La presencia del monarca la actitud respetuosa de los cortesanos y el lugar en que se encontraba, le causaron tan fuerte impresión que le hizo maquinalmente inclinar la vista al suelo, suavizar su voz ruda y presentar humildemente su queja, mostrándose tan flexible como los cortesanos, entre los que se encontró desconcertado. Pero si Francisco I hubiera sido fisonomista habría descubierto fácilmente en su mirada gacha, pero encendida por fuego sombrío, en los músculos tensos de su rostro y en sus labios apretados, que tal hombre no era tan humilde como intentaba parecer. Este hombre estuvo con el rey en la batalla de Pavía, fue capturado con él y con él encarcelado en Madrid; la majestad de Francisco I ya no le causaba la misma impresión que el día en que lo vio por primera vez, y el respeto se trocó en familiaridad. Un día que quitaba torpemente las botas al rey, Francisco I, de mal talante por su desventura, se enojó con él. El hombre le envió a paseo con desconsideración y arrojó las botas por la ventana.

 

Sixto V era petulante, terco, altivo, impetuoso, vengativo y arrogante, pero mudó su carácter en el crisol de las pruebas de su noviciado. Mas en cuanto empezó a gozar de prestigio en su orden se encendió en cólera contra un guardián del convento y le dio tantas puñadas que le dejó desvanecido. Cuando fue inquisidor en Venecia ejerció su cargo con insolencia, pero ya cardenal y poseído della rabbia papale, ocultó su carácter y fingió la más santa humildad. Le eligieron papa y en aquel mismo momento se soltó el resorte que la política y la conveniencia habían sujetado, y fue el más fiero y despótico de los soberanos.

 

Naturam expellas furca, tamen ipsa redibit.

 

La religión y la moral ponen freno al temperamento impetuoso, pero no pueden destruirlo. El borracho que ingresa en un convento se limita a beber en cada comida un cuartillo de sidra; no se emborracha, pero toda la vida tiene afición al vino.

 

La edad debilita el carácter. Es un árbol que sólo produce ya algunos frutos degenerados, pero siempre de la misma especie; se llena de nudos y de musgo, queda carcomido, pero siempre continúa siendo encina o peral. Si pudiéramos cambiar de carácter tomaríamos uno que nos hiciera dueños de la naturaleza, pero no podemos tomar nada, todo lo recibimos. Tratad de animar a un indolente con una actividad continuada, de helar con la apatía al hombre ardiente e impetuoso, de inspirar afición a la música y la poesía a quien carece de sensibilidad y oído, y no lo conseguiréis, como no podréis dotar de vista a un ciego de nacimiento. Atemperamos, suavizamos y ocultamos el carácter que nos dio la naturaleza, pero no podemos cambiarlo.

 

Podemos decir a un piscicultor que tiene demasiados peces en su vivero y que, en consecuencia, no prosperarán; que en sus prados tiene demasiados animales y que por eso se criarán entecos y enfermizos. Después de darle este consejo puede ocurrir que los sollos se le coman la mitad de las carpas y los lobos la mitad de sus corderos y los animales que queden vivos engorden. ¿Quedará satisfecho de su economía? Pues bien, ese campesino eres tú, una de tus pasiones devora a las demás y crees haber triunfado de ti mismo. Casi todos los hombres nos parecemos al anciano general que, cumplidos los noventa años, encontró a unos oficiales jóvenes de jarana con rabizas y, encolerizándose con ellos, les dijo: «Señores, no es ese el ejemplo que os doy».

 

CARIDAD. Cicerón se ocupa en muchas partes de sus textos de la caridad universal, charitas humani generis. Pero la civilización y la beneficencia de los romanos no establecieron esas instituciones de caridad en que los pobres y enfermos hallan alivio y sustento a expensas del público. Sólo existió una casa para alojar a los indigentes extranjeros en el puerto de Ostia, denominada Xenodochium. San Jerónimo hace esta justicia a los romanos. Los hospitales fueron desconocidos en la antigua Roma, pero en cambio la Ciudad Eterna favorecía noblemente a los pobres suministrando al pueblo trigo en abundancia. En Roma había trescientos veintisiete graneros inmensos y públicos. Con esa ininterrumpida liberalidad se ahorraba tener hospitales porque socorría a los necesitados.

 

Tampoco podía fundar hospicios para los expósitos porque nadie abandonaba a sus hijos. Los señores cuidaban de los hijos de sus esclavos y para la ciudadana soltera no era deshonroso tener un hijo. Las familias más pobres, que primero alimentó la república y luego sustentaron los emperadores, tenían asegurada la subsistencia de sus hijos.

 

El término casa de caridad da a entender en las naciones modernas una indigencia que la forma de nuestros gobiernos no ha podido evitar. La palabra hospital, que recuerda la hospitalidad, nos evoca una virtud célebre en Grecia que ya no existe, pero también expresa otra virtud superior a aquélla. Hay gran diferencia entre alojar, alimentar y curar a todos los desgraciados que se nos presentan y admitir en vuestra casa a dos o tres viajeros reservándoos el derecho de que ellos también os acojan. Al fin y al cabo, la hospitalidad no es más que un trueque de servicio, y los hospitales son establecimientos de beneficencia. Es cierto que los griegos tuvieron también sus hospitales para los extranjeros, los enfermos y los pobres, hospitales llamados respectivamente Xenodokia, Nosocomeia y Ptokia.

 

Actualmente, todas las ciudades de Europa tienen hospitales. Los turcos los tienen hasta para los animales, lo cual parece que ultraja a la caridad. Valdría más que se olvidaran de los animales y cuidaran mejor a los hombres. Las numerosas casas de caridad que existen evidencian una verdad que no llama nuestra atención como debía: que el hombre no es tan perverso como se cree, y a pesar de sus falsas opiniones y de los horrores de la guerra que le convierten en fiera, es un animal bueno y sólo es malo cuando se enfurece, al igual que los demás animales. Lo malo es que le provocan con frecuencia.

 

La moderna Roma tiene casi tantas casas de caridad como la antigua tantos arcos de triunfo y otros monumentos conmemorativos de sus conquistas. De ellas, la más importante es una especie de banco que hace préstamos sobre prendas al dos por ciento, y vende los efectos si quien los pignoró no los retira en el plazo fijado. Esa casa se llama Archihospital y casi siempre tiene a su cargo unos dos mil enfermos, que constituyen la quincuagésima parte de los habitantes de Roma, esto sin contar los niños que educa y los peregrinos que alberga.

 

En una relación que publicó el Hospital de la Trinidad, también de Roma, se explica que dio cama y alimento durante tres días a cuatrocientos cuarenta mil quinientos peregrinos y a veinticinco mil quinientas peregrinas durante el jubileo del año 1600. Misson dice que el hospital de la Anunciata, de Nápoles, posee dos millones de renta.

 

Una casa de caridad fundada para albergar peregrinos que ordinariamente son vagabundos, tal vez sirva más para fomentar la holgazanería que para hacer una obra de beneficencia. Sin embargo, es en verdad humano y digno de encomio que se hayan fundado en Roma cincuenta casas de caridad de varias clases, tan útiles y respetables como inútiles y ridículas son las riquezas de algunos monasterios y capillas. Es meritorio dar pan, vestidos, medicamentos y auxilios de todas clases a nuestros hermanos. En cambio, ¿para qué necesitan los santos el oro y las piedras preciosas? ¿Qué beneficio reporta a los hombres que Nuestra Señora de Loreto disponga de un tesoro más rico que el sultán de los turcos? Nuestra Señora de Loreto es una casa de vanidad, no una casa de beneficencia.

 

Londres, incluidas sus escuelas de caridad, tiene tantas casas de beneficencia como Roma.

 

El más hermoso monumento de beneficencia levantado en el mundo es el Hospital de Inválidos, obra de Luis XIV. Y el que diariamente recibe más enfermos pobres es el Hospital General de París. Con frecuencia alberga de cuatro a cinco mil de estos infelices, en cuyo caso la multitud perjudica la caridad. Dicho establecimiento es al mismo tiempo el receptáculo de las tremendas miserias humanas y el templo de la verdadera virtud, que las socorre.

 

Continuamente acude a la imaginación el contraste que supone una fiesta de Versalles o una ópera de París, donde se reúnen con exquisito arte todas las magnificencias, y un hospital general, en el que los dolores, las miserias y la muerte se hacinan con horror. Estos son los contrastes propios de las grandes ciudades.

 

Por un paradójico refinamiento de la civilización, hasta el lujo y los deleites sirven para atenuar la miseria y el dolor. Los espectáculos de París pagan un tributo anual al Hospital general que excede de cien mil escudos. Con todo, en esos establecimientos los inconvenientes que se sufren con frecuencia son mayores que las ventajas, prueba de los abusos que se cometen en esas casas es que los desdichados que carecen de recursos temen ingresar en ellas.

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CARTESIANISMO. Como hemos dicho en el artículo Aristóteles, este filósofo y sus secuaces se sirvieron de palabras incomprensibles para significar cosas que no se pueden concebir; por ejemplo, entelequias, formas sustanciales, especies intencionadas, etc. A la postre, esas palabras sólo significaban la existencia de cosas cuya naturaleza ignoramos. Lo que hace que el rosal produzca rosas y no manzanas, la causa que mueve a los perros a correr tras las liebres, en suma, lo que constituye las propiedades de cada ser, se ha llamado forma sustancial; lo que determina que nosotros pensemos se llamó entelequia, pero sobre estas materias todavía no hemos adelantado un paso. Los vocablos fuerza, alma y gravitación, tampoco nos revelan el principio, ni la naturaleza de la fuerza, ni los del alma, ni los de la gravitación. Sólo conocemos sus propiedades y probablemente no adelantaremos más en este estudio mientras sólo seamos hombres.

 

Lo esencial para nosotros estriba en servirnos con ventaja de los instrumentos que nos brinda la naturaleza, sin comprender nunca la estructura íntima de su principio. Arquímedes utilizó admirablemente esos medios sin saber a ciencia cierta en qué consistían.

 

Por tanto, la verdadera física consiste en determinar todos los efectos. Conoceremos las verdaderas causas cuando seamos dioses. Entretanto podemos calcular, pensar, medir y observar, y en esto consiste la filosofía natural; casi todo lo demás es pura quimera.

 

Descartes, cuando visitó Italia, tuvo la desgracia de no consultar con Galileo, que calculaba, calibraba, medía y observaba; inventó el compás de proporción, halló el peso de la atmósfera, descubrió los satélites de Júpiter y la rotación del sol sobre su eje. Es sobre todo extraño que nunca citara a Galileo y sí al jesuita Schneider, plagiario y enemigo de Galileo, el cual contradijo las opiniones del sabio italiano ante el tribunal de la Inquisición cubriendo de oprobio a Italia, mientras Galileo la cubría de gloria.

 

Descartes incurrió en estos errores:

 

1. Figurarse que existían tres elementos no evidentes después de haber dicho que no debemos creer en nada si no tenemos su evidencia.

 

2. Afirmar que siempre hay igualdad de movimientos en la naturaleza, habiendo sido probado que es falso.

 

3. Decir que la luz no proviene del sol y que se transmite a nuestros ojos en un instante, falsedad que han demostrado los experimentos de Roemer, Molineaux y Brandley, y hasta el simple experimento del prisma.

4. Admitir que todo está lleno en la naturaleza, cuando si así fuera quedaría demostrado que todo movimiento era imposible y un pie cúbico de aire pesaría tanto como un pie cúbico de oro.

 

5. Figurarse que supuestos glóbulos de luz daban sin cesar vueltas imaginarias para explicarse el arco iris.

 

6. Haber ideado un torbellino de materia sutil que arrastra la tierra y la luna paralelamente al ecuador y que hace caer los cuerpos graves en una línea que tiene al centro de la tierra, habiéndose demostrado que admitiendo la hipótesis de ese torbellino imaginario caerían todos los cuerpos siguiendo una línea perpendicular al eje de la tierra.

 

7. Imaginar que los cometas que se mueven de Oriente a Occidente y de Norte a Sur son impelidos por los torbellinos que se mueven de Occidente a Oriente.

 

8. Suponer que por el movimiento de rotación los cuerpos más densos iban a parar al centro y los más leves a la circunferencia, lo que es contrario a las leyes de la naturaleza.

 

9. Haber establecido esa historieta con conjeturas más quiméricas todavía que la misma historieta, afirmando en contra de todas las leyes de la naturaleza que esos torbellinos no se confundirían nunca con otros

 

10. Haber atribuido la formación de esos torbellinos a las mareas y a las propiedades del imán.

 

11. Figurarse que el mar tiene un curso continuo que lo arrastra de Oriente a Occidente.

 

12. Imaginar que el primer elemento de la materia, mezclado con el segundo, forman el mercurio, el cual, al componerse de esos dos elementos, es fluyente como el agua y compacto como la tierra

 

13. Suponer que la Tierra es un sol que tiene costra

 

14. Figurarse que las minas de cal provienen del mar

 

16. Imaginar que las partes de su tercer elemento desprenden vapores que forman los metales y los diamantes.

 

17. Que el fuego es producto de la lucha entre el primero y segundo elementos.

 

18. Que la materia acanalada llena los poros del imán, la cual enfila la materia sutil que viene del polo boreal.

 

19. Que la cal viva se inflama al echarle agua, porque el primer elemento expulsa al segundo de los poros de la cal.

 

20. Que los alimentos que digiere el estómago pasan, por múltiples agujeros, a una vena grande que los lleva al hígado; lo que es contrario a la anatomía.

 

21. Que el quilo, cuando está formado, adquiere en el hígado la forma de sangre; lo que también es falso.

 

22. Que ia sangre se dilata en el corazón mediante un fuego sin luz.

 

23. Que el pulso depende de once pequeñas pieles que cierran y abren las ventanas de los cuatro vasos en las dos concavidades del corazón

 

24. Que cuando el hígado se ve estimulado por los nervios las partes más sutiles de la sangre suben hacia el corazón.

 

25. Que el alma reside en la glándula pineal del cerebro

 

26. Que el corazón se forma de la semilla que se dilata. Esto es asegurar más de lo que podemos saber, y para afirmarlo era indispensable ver cómo se dilataba la semilla y cómo se formaba el corazón.

 

27. Para no cansar al lector, nos concretaremos a recordar que su sistema sobre los animales, que no fundó en ninguna razón física, ni moral, ni sobre nada razonable, lo han rechazado todos los que piensan y están dotados de sentimientos.

 

Es preciso confesar que no hay una sola novedad en la física de Descartes que no sea un error. Y ello no porque careciera de ingenio, que lo tenía en grado sumo, sino porque sólo consultaba su ingenio en vez de guiarse por la experiencia y las matemáticas. Siendo uno de los mejores geómetras de Europa, dejó la geometría y se entregó de lleno a su imaginación, consiguiendo sustituir con su caos el caos de Aristóteles, retardando así más de cincuenta años los progresos del espíritu humano (1). Sus errores son imperdonables porque para penetrar en el laberinto de la física tuvo un hilo que Aristóteles no tuvo: el de los experimentos y descubrimientos de Galileo, Torricelli y otros, y sobre todo, la geometría.

 

Debo hacer constar que algunas universidades condenaron con su filosofía algunas tesis verdaderas y adoptaron otras falsas. Pero en la actualidad, afortunadamente, de los falsos sistemas y ridículas disputas que originaron sólo queda un recuerdo confuso que va borrándose día a día. La ignorancia encomia todavía a veces a Descartes, e incluso esa especie de amor propio que denominan nacional se esfuerza en sostener su filosofía. Desenfadados autores que jamás leyeron a Descartes ni a Newton supusieron que éste debía a aquél sus descubrimientos, pero en ninguno de los edificios imaginarios de Descartes se encuentra una piedra sobre la que Newton haya fundado los suyos. Este, ni siguió sus teorías, ni las explicó, ni las refutó siquiera; apenas le conocía. En una ocasión quiso leer un volumen de Descartes y al margen de siete u ocho páginas escribió la palabra error, no volviendo a leerlo. Debemos este detalle al sobrino de Newton, actual poseedor de dicho volumen.

 

Hubo una época en la que el cartesianismo estuvo de moda en Francia; en cambio, los experimentos que sobre la luz hizo Newton y sus principios matemáticos nunca pueden ser una moda, como tampoco lo son las demostraciones de Euclides. La filosofía debe ser verdadera y justa; el filósofo no es francés, inglés, ni italiano, es cosmopolita y debe semejarse a la duquesa de Malborough, que enferma de tercianas rechazó la quinina porque a ese medicamento le llamaban en Inglaterra la pólvora de los jesuitas.

 

El filósofo debe rendir homenaje al genio de Descartes, y a la vez rechazar los errores de su sistema. El filósofo debe, sobre todo, entregar a la execración pública y al desprecio eterno a los perseguidores de Descartes, que se atrevieron a acusar de ateísmo al que agotó toda la sagacidad de su talento buscando pruebas de la existencia de Dios. Un pasaje de Thomas en su Elogio de Descartes pinta con trazos enérgicos al infame teólogo que se llamaba Boecio, quien levantó esta calumnia a Descartes, como más tarde el fanático Judien calumnió a Bayle, como los agriados Chaumeix y Frerón calumniaron más tarde a la Enciclopedia, y como se calumnia todos los días.

 

CATECISMO CHINO. O diálogo de Cu‑Su, discípulo de Confucio, con el príncipe Kou, hijo del rey de Lou, tributario del emperador chino Gnen‑Van, 417 antes de nuestra era. Traducción al latín del padre Fouquet, ex jesuita. El manuscrito está en la Biblioteca del Vaticano, número 42.759.

 

(1) A pesar de sus errores, no podemos negar que Descartes contribuyó al progreso del espíritu humano con sus descubrimientos matemáticos, que cambiaron la faz de las ciencias, y con sus discursos sobre el método, en los que da el precepto y ejemplo. Enseñó a los sabios a sacudir el yugo de la autoridad en filosofía y no reconoció otros maestros que la razón, el cálculo y la experiencia.

 

                                                         PRIMER DIALOGO

 

Kou. ¿Qué debo entender cuando me dicen que adore al cielo?

 

Cu‑Su. Que no se trata del cielo material que vemos, porque ese cielo no es sino aire, y este aire está compuesto de todas las exhalaciones de la tierra. Luego, sería una locura adorar los vapores.

 

Kou. Eso no me sorprendería, porque parece que los hombres han hecho locuras todavía mayores.

 

Cu‑Su. Cierto, pero vos estáis destinado a gobernar y debéis ser juicioso.

 

Kou. ¡Hay tantos pueblos que adoran al cielo y los planetas!

 

Cu‑Su. Los planetas sólo son tierras como la nuestra. La luna, por ejemplo, podría muy bien adorar nuestras arenas y nuestro barro, como nosotros prosternarnos ante las arenas y el barro de la luna.

 

Kou. ¿Qué pretenden significar las expresiones cielo y tierra, ascender al cielo, ser digno del cielo?

 

Ku‑Su. Una solemne tontería. No hay cielo. Cada planeta está rodeado de su atmósfera, como una cáscara, y gira en el espacio alrededor de su sol. Cada sol es el centro de varios planetas que se desplazan continuamente alrededor de él; no hay arriba ni abajo, ni ascenso ni descenso. Vos comprenderéis que si los habitantes de la luna dijeran que se sube a la tierra, que es necesario hacerse digno de la tierra, dirían un disparate. Nosotros pronunciamos una frase que carece de sentido cuando decimos que es preciso hacerse digno del cielo es como si dijéramos que hay que hacerse digno del aire, digno de la constelación del Dragón, digno del espacio.

 

Kou. Creo comprenderos. Sólo hay que adorar al Dios que ha hecho el cielo y la tierra.

 

Cu‑Su. En efecto, sólo hay que adorar a Dios, pero cuando decimos que Él ha hecho el cielo y la tierra decimos piadosamente una flaca verdad, porque si entendemos por cielo el espacio prodigioso en que Dios encendió tantos soles e hizo girar tantos mundos, es más ridículo decir el cielo y la tierra que decir las montañas y un grano de arena. Nuestro Globo es infinitamente menor que un grano de arena en comparación con esas miríadas de universos ante los cuales nosotros desaparecemos. Todo cuanto podemos hacer es unir aquí nuestra débil voz a la de innúmeros seres que rinden homenaje a Dios en el abismo del espacio.

 

Kou. Bien nos han engañado cuando nos dicen que Fo descendió a nuestro mundo desde el cuarto cielo, y que desapareció en forma de un elefante blanco.

 

Cu‑Su. Eso son leyendas que los bonzos cuentan a los chiquillos y viejas. Nosotros sólo debemos adorar al Autor Eterno de todos los seres.

 

Kou. Pero, ¿cómo un ser pudo hacer a los otros?

 

Cu‑Su. Observad esa estrella, que dista mil quinientos millones de lis de nuestro Globo; de ella parten rayos que forman en la cima de vuestros ojos dos ángulos iguales y determinan iguales ángulos en los ojos de todos los animales. ¿No hay en eso un designio deliberado y una ley admirable? Pero, ¿quién hace una obra sino un obrero? ¿Quién hace leyes sino un legislador? Por tanto hay un obrero, un legislador eterno.

 

Kou. Pero, ¿quién ha hecho a ese obrero, y cómo está hecho?

 

Cu‑Su. Mi querido príncipe, ayer paseaba cerca del vasto palacio que edificó el rey vuestro padre y escuché a dos grillos. Uno decía al otro: «¡Qué magnífico palacio!» «Sí —asintió el otro—, a pesar de lo glorioso que soy, confieso que alguien más poderoso que los grillos ha hecho ese prodigio, pero no tengo la menor noción de ese ser. Veo que existe, pero no sé qué es.»

 

Kou. Reconozco que sois un grillo más instruido que yo, y lo que me complace de vos es que no pretendéis saber lo que ignoráis. 

                                                        SEGUNDO DIALOGO

 

Cu‑Su. ¿Convenís, pues, en que hay un ser todopoderoso que existe por sí mismo, supremo artífice de toda la naturaleza?

 

Kou. Sí, pero si existe por sí mismo nada puede limitarlo y por tanto está en todas partes. ¿Está en toda la materia y en todas las partes de mí mismo?

 

Cu‑Su. ¿Por qué no?

 

Kou. ¿Seré yo, pues, una parte de la Divinidad?

 

Cu‑Su. Tal vez no sea ésa una consecuencia. Ese pedazo de vidrio está lleno de luz, pero, ¿es él mismo luz? Sólo es arena. Indudablemente, todo está en Dios; lo que anima todo debe estar en todas partes. Dios no es como el emperador de China, que mora en su palacio y comunica sus órdenes por medio de decretos. Desde el momento que existe es preciso que su existencia llene todo el espacio y todas sus obras, y puesto que está en vos es una advertencia continua a que no hagáis nada de lo que debáis avergonzaros ante él.

 

Kou. ¿Qué hay que hacer para que uno se atreva a mirarse a sí mismo sin repugnancia y sin vergüenza ante el Ser Supremo?

 

Cu‑Su. Ser justo.

 

Kou. ¿Y qué más?

 

Cu‑Su. Ser justo.

 

Kou. Pero la secta de Laokium dice que no hay justo ni injusto, vicio ni virtud.

 

Cu‑Su. ¿Dice la secta de Laokium que no hay salud ni enfermedad? Kou. No, ella no dice tan enorme error.

 

Cu‑Su. El error de pensar que no hay salud del alma ni enfermedad del alma, es tan grande y más funesto que el otro. Quienes han dicho que lo mismo da hacer una cosa que otra son monstruos. ¿Es lo mismo alimentar al hijo que machacarlo con una piedra, socorrer a la madre que hundirle un puñal en el corazón?

 

Kou. Me habéis hecho estremecer y detestar la secta de Laokium pero, ¡hay tantos matices de lo justo y lo injusto, que a veces uno queda perplejo! ¿Qué hombre sabe a ciencia cierta lo que está permitido o lo que está prohibido? ¿Quién puede establecer con seguridad los límites que separan el bien y el mal? ¿Qué regla me daríais para discernirlos.

 

Cu‑Su. Las de Confucio, mi maestro: «Vive como al morir querrás haber vivido; trata a tu prójimo como quieres que él te trate.»

 

Kou. Confieso que esas máximas deben ser el código del género humano, pero, ¿qué me importará al morir mi forma de vivir? ¿,qué ganaré con ello? Este reloj, cuando quede destruido, ¿será feliz por haber señalado bien las horas?

 

Cu‑Su. Ese reloj no siente, ni piensa, y no puede tener remordimientos; vos los tenéis cuando os sabéis culpable.

Kou. Pero, ¿y si después de cometidos varios crímenes consigo no tener remordimientos?

 

Cu‑Su. Entonces será preciso ahogaros, y os aseguro que entre los hombres que no quieren que se les oprima habrá algunos que lo harán para que no cometáis nuevos crímenes

 

Kou. ¿De modo que Dios, que está en ellos, les permitirá ser malos después de haber permitido que yo lo sea?

 

Cu‑Su. Dios os ha dotado de raciocinio, mas no para que abuséis de él ni vos ni ellos. No sólo seréis desgraciado en esta vida, sino ¿quién os ha dicho que no lo seréis en la otra?

 

Kou. ¿Y quién os ha dicho que hay otra vida?

 

Cu‑Su. En la duda, debéis portaros como si la hubiera.

 

Kou. ¿Y si estoy seguro de que no la hay?

 

Cu‑Su. Demostrádmelo.

 

                                                         TERCER DIALOGO

 

Kou. Me apuráis, Cu‑Su. Para que yo pueda ser recompensado o castigado después de mi muerte es preciso que subsista en mí algo que sienta y piense. Pero como antes de nacer, nada de mí tenía sentimiento ni pensamiento, ¿por qué los tendré después de mi muerte? ¿Qué podría ser esa parte incomprensible de mí mismo? ¿El zumbido de esa abeja permanecerá cuando deje de existir? ¿La vegetación de esta planta subsiste cuando la planta ha sido arrancada? ¿La vegetación no es una palabra de la que nos servimos para significar la manera inexplicable en que el Ser Supremo quiso que la planta sacara los jugos de la tierra? El alma es asimismo una palabra inventada para expresar débil y oscuramente los resortes de nuestra vida. Todos los animales se mueven y a este poder se le llama fuerza activa, pero no hay un ser distinto que sea esa fuerza. Estamos dotados de pasiones, memoria y raciocinio, pero esas pasiones, esa memoria y ese raciocinio no son indudablemente cosas aparte; no son seres existentes en nosotros, ni pequeñas entidades que tengan una existencia particular, son palabras genéricas inventadas para dar cuerpo a nuestras ideas. El alma, que significa nuestra memoria, nuestro raciocinio, nuestras pasiones, ¿no es ella misma una palabra? ¿Quién ha dotado de movimiento a la naturaleza? Dios. ¿Quién ha dotado de vegetación a las plantas? Dios. ¿Quién ha dotado de movimiento a los animales? Dios. ¿Quién ha dotado de raciocinio al hombre? Dios.

 

»Si el alma humana fuese un pequeño ser encerrado en nuestro cuerpo, que dirigiera sus movimientos y sus ideas, ¿no sería una demostración de la impotencia y de un artificio indignos del eterno artesano del mundo? ¿Sólo habría sido capaz de hacer autómatas dotados en sí mismos de movimiento y de pensamiento? Vos me habéis enseñado el griego y hecho leer a Homero; encuentro que Vulcano es un divino herrero cuando forja trípodes de oro que van por sí solos al consejo de los dioses, pero Vulcano me parecería un miserable charlatán si en el cuerpo de esos trípodes hubiera ocultado alguno de sus mozuelos para hacerlos mover sin que nadie se diera cuenta.

 

»Hay soñadores que han supuesto que los genios impulsan y hacen rodar sin cesar a los planetas, pero Dios no ha quedado reducido a este indigno recurso. En una palabra, ¿por qué poner dos resortes a una obra cuando basta uno solo? Vos no os atreveréis a negar que Dios posee el poder de animar al ser poco conocido que llamamos materia. ¿Por qué, pues, se serviría de otro agente para animarla?

 

»Más aún, ¿qué es esa alma que vos concedéis tan liberalmente a nuestro cuerpo? ¿De dónde y cuándo viene? ¿Es preciso que el Creador del universo esté continuamente al acecho del acoplamiento de hombres y mujeres para que observe el momento en que un germen sale del cuerpo de él y penetra en el de ella y entonces envíe velozmente un alma a ese germen? Y si ese germen muere, ¿a dónde va a parar esa alma? Habrá sido creada, pues, inútilmente, o esperará otra ocasión.

 

»He aquí, os lo confieso, una extraña ocupación para el dueño del mundo; no sólo es preciso que observe de continuo la copulación de la especie humana, sino que haga igual con los animales, porque éstos, como nosotros, están dotados de memoria, ideas y pasiones, y si es necesaria un alma para formar esos sentimientos, esa memoria y esas pasiones, preciso es que Dios trabaje perpetuamente para forjar almas para los elefantes y las pulgas, para los búhos, los peces y los bonzos.

 

¿Qué pensaríais del arquitecto de tantos millones de mundos si se viera obligado a hacer de continuo clavijas invisibles para perpetuar su obra? Ésta es una ínfima parte de las razones que pueden hacerme dudar de la existencia del alma.

 

Cu‑Su. Argumentáis de buena fe, y aunque ese sentimiento virtuoso fuese erróneo, complacería al Ser Supremo. Podéis estar equivocado, pero no tratáis de engañaros y por ello sois disculpable. Pero pensad que sólo me habéis propuesto dudas y esas dudas son tristes. Admitid verosimilitudes más consoladoras, pues es duro ser anonadado; esperad vivir. Sabéis que el pensamiento no es materia, que ésta no tiene relación con aquél, ¿por qué, pues, os es tan difícil creer que Dios os ha dotado de un principio divino que, no pudiendo ser disuelto, no puede estar sujeto a la muerte? ¿Os atreveréis a decir que es imposible que tengáis un alma? Indudablemente no, y si ello es posible, ¿no es verosímil que tengáis alma? ¿Podríais rechazar un sistema tan hermoso y necesario para el género humano? ¿Qué dificultades os lo impedirían?

 

Kou. Con gusto aceptaría ese sistema si me lo probaran. No soy dueño de creer cuando no tengo evidencia. Siempre me conmueve la grandiosa idea de que Dios lo ha hecho todo, que está en todas partes que lo penetra todo, que ha dotado de movimiento y vida a todo; y si está en todas las partes de mi ser, como lo está en todas las de la naturaleza no veo necesidad alguna de que yo tenga un alma. ¿Para qué necesito de ese pequeño ser subalterno si estoy animado por el mismo Dios? ¿Para qué me serviría esa alma? No somos nosotros los que nos dotamos de ideas, porque las tenemos casi siempre a pesar de nosotros; todo se hace en nosotros sin que nos mezclemos en ello. Inútil sería que el alma dijera a la sangre y a los espíritus animales: «Os ruego que circuléis para complacerme», pues siempre circularán de la manera que Dios les prescribió. Prefiero ser la máquina de un dios cuya existencia se me ha demostrado, que la máquina de un alma cuya existencia dudo.

 

Cu‑Su. Pues bien, si el propio Dios os anima, nunca mancilléis con crímenes a ese Dios que está en vos, y si os ha concedido un alma, que esa alma jamás le ofenda. En uno y otro sistema tenéis una voluntad, sois libre; es decir, tenéis el poder de hacer lo que queráis: usadlo para servir a ese Dios que os lo ha concedido. Es bueno que seáis filósofo, pero es necesario que seáis justo, y lo seréis más aún creyendo que tenéis un alma inmortal. Dignaos responderme, ¿no es verdad que Dios es la soberana justicia?

 

Kou. Sin duda, y si fuera posible que él dejara de serlo, lo que es una blasfemia, yo quisiera obrar con equidad.

 

Cu‑Su. ¿No es cierto que vuestro deber será recompensar las acciones virtuosas y castigar las criminales cuando reinéis? ¿Creéis que Dios no hace lo que vos estáis obligado a hacer? Es sabido que en esta vida siempre ha habido y habrá virtudes desgraciadas y crímenes impunes; es preciso, por tanto, que el bien y el mal encuentren su juicio en otra vida. Esta idea es tan sencilla, natural y general, que ha establecido en muchas naciones la creencia de la inmortalidad de nuestras almas y de la justicia divina que las juzga cuando han abandonado su despojo mortal. ¿Hay un sistema más razonable, conveniente a la Divinidad y más útil para el género humano?

 

Kou. ¿Por qué, pues, varias naciones no han aceptado ese sistema? No ignoráis que en nuestra provincia existen unas doscientas familias de antiguos sinous que antes habitaron una parte de la Arabia Pétrea; ni ellas ni sus antepasados creyeron nunca en la inmortalidad del alma, y tienen sus cinco Libros como nosotros tenemos nuestros cinco Kings. Yo he leído la traducción de aquéllos y sus leyes, parecidas a las de los demás pueblos, y les ordenan respetar a sus padres, no robar, no mentir, no ser adúlteros ni homicidas, pero esas mismas leyes no les hablan de recompensas ni castigos en otra vida.

 

Cu‑Su. Si dicha idea no se ha desarrollado aún en ese pobre pueblo, sin duda lo será un día. Pero, ¿qué nos importa una desgraciada y pequeña nación, si los babilonios, egipcios, indios y todas las naciones civilizadas han recibido ese dogma de salvación? Si vos cayerais enfermo, ¿rechazaríais un remedio aceptado por todos los chinos alegando que algunos bárbaros de las montañas no se sirven de él? Dios os ha concedido el raciocinio y éste os dice que el alma debe ser inmortal; luego es el propio Dios quien os lo dice.

 

Kou. Pero, ¿cómo podré ser recompensado o castigado, después de mi muerte, cuando no quede nada de mi persona? Sólo por mi memoria soy siempre yo, pero si la pierdo con mi última enfermedad, por tanto sólo un milagro me la devolverá después de mi muerte para recobrar mi existencia perdida.

 

Cu‑Su. Es decir, que si un príncipe degollara a su familia para gobernar y tiranizara a sus vasallos, se justificaría diciendo a Dios: «No fui yo, perdí la memoria; os confundís, no soy ya la misma persona». ¿Creéis que Dios se daría por satisfecho con ese sofisma?

 

Kou. Bien, me rindo. Yo deseaba hacer el bien por mí mismo y lo haré también para complacer al Ser Supremo; pensé que bastaba que mi alma fuese justa en esta vida y esperaré que sea feliz en la otra. Veo que esta opinión es buena para los pueblos y los príncipes, pero el culto a Dios me desazona.  CUARTO DIALOGO

 

Co‑Su. ¿Qué os desazona en nuestro Chu‑king, ese primer libro canónico tan respetado por todos los emperadores chinos? Debéis labrar un campo con vuestras manos reales para dar ejemplo al pueblo y debéis ofrecer las primicias al Chang‑ti, al Tien, al Ser Supremo; debéis sacrificarle cuatro veces al año, debéis ser rey y pontífice, y debéis prometer a Dios hacer todo el bien que esté en vuestra mano, ¿hay en todo ello algo que repugne?

 

Kou. No tengo nada que replicar. Sé que Dios no tiene necesidad de nuestros sacrificios, ni de nuestros rezos, pero nosotros tenemos necesidad de ofrecérselos; él no ha establecido su culto, sino nosotros. Yo no tengo ningún inconveniente en rezarle, pero sobre todo quiero que mis rezos no sean ridículos, porque cuando grite que «la montaña de Chang‑ti es una montaña grasa, y no hay que mirar las montañas grasas», cuando haga hundir el sol y secar la luna, esos disparates ¿serán agradables al Ser Supremo, y útiles para mis vasallos y para mí mismo?

 

»Sobre todo no puedo sufrir los actos demenciales que nos rodean. Por un lado veo a Lao‑tsé, que su madre concibió por la unión del cielo y la tierra, y que ella llevó en su seno durante ochenta años. Tampoco tengo más fe en su doctrina del aniquilamiento y del despojamiento universal que en los cabellos blancos con los que nació, y en la vaca negra en la que montó para ir a predicar su doctrina. El dios Fo tampoco me impresiona pese a tener por padre un elefante blanco y prometer una vida inmortal.

 

»Lo que me desazona, sobre todo, es que semejantes simplezas las prediquen continuamente los bonzos que seducen al pueblo para gobernarlo que se hacen respetables por medio de mortificaciones que ultrajan a la naturaleza. Unos se privan toda la vida de los alimentos más sanos, como si sólo se pudiera complacer a Dios ajustándose a un mal régimen, otros se ciñen al cuello una argolla de suplicio que a veces ostentan muy dignos, y los hay que se hunden clavos en los muslos como si fueran maderos. El pueblo les sigue en tropel. Si un rey promulga un edicto que les desagrada, os dicen fríamente que tal norma no se encuentra en el comentario del dios Fo y vale más obedecer a Dios que a los hombres. ¿Cómo poner remedio a una enfermedad popular tan extravagante y tan peligrosa? Sabéis que la tolerancia es el principio del gobierno de China, y de todos los de Asia, pero, ¿tal indulgencia no será funesta cuando expone a un imperio a ser trastornado por opiniones fanáticas?

 

Cu‑Su. ¡Que el Chang‑ti me preserve de querer extinguir en vos ese espíritu de tolerancia, esa virtud tan respetable, que es a las almas lo que el permiso de comer es al cuerpo! La ley natural permite a cada cual creer lo que quiera y alimentarse con lo que desee. Un médico no tiene el derecho de matar a sus enfermos porque ellos no observaron la dieta que les prescribió. Un príncipe no tiene el derecho de ahorcar a los vasallos que no pensaban como él, pero tiene el derecho de impedir los disturbios, y si es sabio le será fácil desarraigar las supersticiones. ¿Sabéis qué le sucedió a Daón, sexto rey de Caldea, hace unos cuatro mil años?

 

Kou. No, y me gustaría que lo contarais.

 

Cu‑Su. Los sacerdotes caldeos convinieron en adorar a los lucios del Éufrates alegando que un famoso lucio llamado Oannes les había antiguamente enseñado la teología; ese pez era inmortal, tenía tres pies de longitud y una pequeña luna en la cola. Y que por respeto a Oannes estaba prohibido comer lucio. Mas he aquí que se levantó una controversia entre los teólogos para saber si el lucio era mamífero u ovíparo. Los dos partidos se excomulgaron recíprocamente y varias veces se acometieron con saña. Pero el rey Daón se las arregló para terminar con ese desorden.

 

»Ordenó un ayuno riguroso de tres días a los dos partidos y después convocó a los partidarios del lucio ovíparo a que asistieron a su cena. Les sirvieron un lucio de tres pies al que habían puesto una pequeña luna en la cola. «¿Es este vuestro dios?, dijo a los doctores. «Sí, majestad —le respondieron—, porque tiene una luna en la cola y seguramente tiene huevos.» El rey mandó que se abriera el lucio... y tenía la más hermosa leche del mundo. «Veis perfectamente que no es éste vuestro dios, puesto que tiene leche.» Y el rey y sus sátrapas se comieron el lucio con gran contento de los teólogos ovíparos, que veían frito al dios de sus adversarios.

 

»A continuación, envió a buscar a los doctores del partido contrario y se les mostró un lucio de tres pies que tenía huevos y una luna en la cola. Ellos aseguraron que era el dios Oannes y tenía leche; lo frieron como el otro y vieron que era ovíparo. Entonces, a los dos grupos rivales igualmente necios y en ayunas, el bondadoso rey Daón les dijo que sólo tenía lucios para darles de cenar y se los comieron glotonamente, fuesen ovíparos o mamíferos. La guerra civil terminó, cada uno bendijo al bondadoso rey Daón, y los ciudadanos, desde entonces, hicieron servir en sus cenas tantos lucios como quisieron.

 

Kou. Admiro al rey Daón y prometo imitarle en la primera ocasión que se me presente. Siempre impediré sin causar violencia a nadie, que se adore a los Fo y a los lucios. Sé que en Pegu y Tonkín hay dioses menores y bribonzuelos que hacen descender la luna en su curso y predicen el porvenir, es decir que ven claramente lo que no es porque el porvenir nadie puede predecirlo. Yo impediré, con todos los medios a mi alcance, que los bribones no vengan a mi reino a tomar el futuro por el presente, ni a hacer descender la luna.

 

»Es un bochorno que haya sectas que vayan de pueblo en pueblo propagando simplezas como charlatanes que venden sus pócimas. Es una vergüenza para el espíritu humano que pequeñas naciones crean que sólo ellas poseen la verdad absoluta y que el vasto imperio chino viva en el error. ¿Es que el Ser eterno sólo es el Dios de la isla de Formosa o de la de Borneo? ¿Habrá abandonado al resto del universo? Mi querido Co‑Su, él es padre de todos los hombres y permite a todos comer lucio. El homenaje más digno que podemos ofrecerle es ser virtuoso. Un corazón puro es el más hermoso de todos sus templos, como decía el emperador Hiao.

 

                                                          QUINTO DIALOGO

 

Cu‑Su. Puesto que amáis la virtud, ¿cómo la practicaréis cuando seáis rey?

 

Kou. No tratando con injusticia a los pueblos vecinos, ni a mis vasallos.

 

Cu‑Su. No basta con no hacer el mal, debéis hacer el bien. Debéis alimentar a los pobres ocupándoles en trabajos útiles, tales como embellecer los grandes caminos, abrir canales y erigir edificios públicos, fomentar las artes, recompensar los méritos y perdonar las faltas involuntarias.

 

Kou. A eso llamo yo no ser injusto y para mí constituyen otros tantos deberes.

 

Cu‑Su. Pensáis como un verdadero rey, pero hay el rey y el hombre, la vida pública y la vida privada. Pronto debéis casaros, ¿cuántas mujeres pensáis tener?

 

Kou. Creo que con una docena tendré bastante; un número mayor podría restar tiempo a los asuntos de Estado. Aborrezco a esos reyes que tienen trescientas esposas, setecientas concubinas y miles de eunucos para servirlas. La existencia de eunucos me parece sobre todo un ultraje a la naturaleza humana. Admito que se cape a los gallos, porque de este modo son mejores para comer, pero todavía no han puesto eunucos en el asador.

 

¿Para que sirve su mutilación? El dalai lama tiene cincuenta para cantar en su pagoda. Me gustaría saber si el Chang‑ti se regocija mucho escuchando las voces atipladas de sus cincuenta castrados. Todavía encuentro más ridículo que haya bonzos que no se casen y se jacten de ser más inteligentes que los demás chinos. Pues bien, ¡que hagan pues niños inteligentes! ¡Valiente manera de honrar al Chang‑ti privándole de adoradores! ¡Valiente manera de servir al género humano dándole el ejemplo de aniquilar al género humano! Un bondadoso lama decía que «todo sacerdote debía hacer el mayor número de hijos que pudiese» y predicaba con el ejemplo. Fue muy útil en su tiempo. Si de mí dependiera, casaría a todos los lamas y bonzos, y lamesas y boncesas, que tuvieran vocación por esta santa obra; serían sin duda mejores ciudadanos y con ello creería haber hecho un gran bien al reino de Lou.

 

Cu‑Su. ¡Qué buen príncipe tendremos con vos! Me hacéis llorar de alegría. No os baste con tener mujeres y vasallos, porque a fin de cuentas no se puede pasar el día procreando hijos y promulgando edictos, ¿tendréis también amigos?

 

Kou. Los tengo ya, y buenos, que no se recatan en echarme en cara mis defectos y yo me otorgo la libertad de afearles los suyos; me consuelan y les consuelo. La amistad es el bálsamo de la vida, que vale más que el del químico Erueil e incluso que los medicamentos del gran Ranoud. Me sorprende que la amistad no sea un precepto de religión; quisiera insertarlo en nuestro ritual.

 

Cu‑Su. Guardaos de ello. La amistad es de por sí bastante sagrada; nunca la impongáis. Es preciso que el corazón sea libre; además, si hicieseis de la amistad un precepto, un misterio, un rito, una ceremonia habría muchísimos bonzos que al predicar y escribir sus insensateces harían de la amistad algo ridículo. No hay que exponerla a esta profanación. Pero, ¿cómo trataréis a vuestros enemigos? Confucio recomienda repetidas veces amarles, ¿no os parece un tanto difícil?

 

Kou. ¡Amar a los enemigos, Dios mío! Pero si nada es tan común.

 

Cu‑Su.¿Cómo lo entendéis, vos?

 

Kou. Como hay que entenderlo. He hecho el aprendizaje de la guerra bajo las órdenes de Decón contra el príncipe Vis‑Brunck. Cuando un enemigo resultaba herido y caía en nuestras manos le cuidábamos como si fuera nuestro hermano; con frecuencia cedíamos nuestra cama a los enemigos heridos o prisioneros y nosotros nos acostábamos a su lado sobre pieles de tigre extendidas en el suelo. Y les servíamos nosotros mismos. ¿Qué pedís más? ¿Que les amemos como a la amante?

 

Cu‑Su. Me reconforta lo que decís y quisiera que todas las naciones lo escucharan, porque me aseguran que hay pueblos bastante impertinentes que se atreven a decir que no conocemos la verdadera virtud, que nuestras buenas acciones sólo son pecados espléndidos y que necesitamos de las lecciones de sus bribones para hacernos buenos príncipes. ¡Habráse visto, esos desgraciados, que desde ayer, como quien dice, saben leer y escribir y pretenden enseñar a sus maestros!

 

                                                           SEXTO DIALOGO

 

Cu‑Su. No os repetiré todos los lugares comunes que se dicen entre nosotros, desde hace cinco o seis mil años, sobre las virtudes. Las hay que son privativas nuestras, como la prudencia para dirigir nuestras almas y la templanza para gobernar nuestros cuerpos; éstos son preceptos de política y de salud. Las verdaderas virtudes son aquellas que son útiles a la sociedad, como la fidelidad, la magnanimidad, la beneficencia, la tolerancia, etc. Gracias al cielo, no hay una sola anciana que no enseñe entre nosotros esas virtudes a sus nietos; es la base de la educación de nuestra juventud lo mismo en el pueblo que en la ciudad, pero hay una gran virtud que empieza a caer en desuso y esto me aflige.

 

Kou. ¿Cuál es? Decídmelo en seguida y trataré de reanimarla.

 

Cu‑Su. La hospitalidad, esa virtud tan social, ese vínculo sagrado de los hombres, empieza a relajarse desde que tenemos tabernas. Estos perniciosos establecimientos nos han venido, según algunos, de ciertos salvajes de Occidente. Aparentemente, esos miserables no tienen ninguna casa para acoger a los viajeros. ¡Qué placer recibir en la gran ciudad de Lou, en la hermosa plaza de Honchan, en mi casa Ki, al generoso extranjero que arriba de Samarcanda, para el que yo me convierto en un hombre sagrado, y que está obligado por todas las leyes divinas y humanas a recibirme en su casa cuando visite Tartaria, a ser mi amigo íntimo! Los salvajes de que os hablo sólo reciben a los extranjeros en cabañas repugnantes, vendiendo caro ese albergue infame; además, he oído decir que esas pobres gentes se creen superiores a nosotros, se jactan de tener una moral más pura. Pretenden que sus predicadores hablan mejor que Confucio y que les corresponde a ellos enseñarnos la justicia, acaso porque venden vino adulterado en los grandes caminos, sus mujeres son ligeras de cascos y van a bailar mientras las nuestras cultivan gusanos de seda.

 

Kou. Creo que la hospitalidad es una cosa excelente y la practico gustosamente, pero temo el abuso. Hay gentes hacia el gran Tibet que están mal alojadas, quieren salir de su casa y viajarían sin motivo de un extremo del mundo al otro. Si fueseis allí para gozar en sus casas del derecho de hospitalidad no encontraríais lecho ni pitanza; esto puede haceros aborrecer la cortesía.

 

Cu‑Su. Ese inconveniente es de poca monta y puede remediarse recibiendo sólo a personas bien recomendadas. Toda virtud tiene sus peligros, y precisamente porque todas los tienen es hermoso abrazarlas. ¡Cuán sabio y santo es nuestro Confucio! No hay una sola virtud que él no inspire: la felicidad de los hombres depende de cada una de sus máximas. He aquí una que acude a mi memoria, la quincuagésima tercera: Por tus buenas acciones te reconocerán, y nunca te vengues de las injurias.

 

»¿Qué máxima, qué ley podrían contraponer los pueblos de Occidente a una moral tan pura? Amén de que Confucio no se cansa de recomendar la humildad. Si se practicara esta virtud, nunca habría querellas en el mundo.

 

Kou. He leído todo lo que Confucio y los sabios de siglos anteriores escribieron sobre la humildad, pero me parece que nunca la definieron con exactitud; quizá sea poco humilde atreverse a echárselo en cara, pero tengo al menos la humildad de confesar que no les he entendido. Decidme qué pensáis de ello.

 

Cu‑Su. Obedezco humildemente. Creo que la humildad es la modestia del alma, porque la modestia exterior sólo es educación. La humildad no puede consistir en negarse a sí mismo la superioridad que podemos tener sobre otro hombre. Un buen médico no puede disimular que su saber es superior al de su enfermo en delirio y el que enseña astronomía debe reconocer que es más sabio que sus discípulos. Nada puede impedir creerlo, pero no debe engreírse de ello. La humildad no es la objeción; es el correctivo del amor propio como la modestia es el correctivo del orgullo.

 

Kou. En el ejercicio de esas virtudes y en el culto de un Dios sencillo y universal es como quiero vivir, lejos de las quimeras de los sofistas y las utopías de los falsos profetas. El amor al prójimo será mi virtud en el trono, y el amor a Dios mi religión. Despreciaré al dios Fo y a Lao tsé, y a Visnú que se ha encarnado tantas veces entre los indios, y a Sammonocodom que descendió del cielo para jugar a cometas con los siameses, y a los Camis que bajaron de la luna al Japón. ¡Ay del pueblo lo suficientemente imbécil y bárbaro para creer que hay un Dios sólo para su provincia! Es un blasfemo. Si la luz del sol ilumina todos los ojos, ¿iluminará la luz de Dios sólo una pequeña y débil nación en un rincón de este Globo? ¡Qué horror y qué necedad! La Divinidad habla al corazón de los hombres, y los lazos de la caridad deben unirlos de un extremo del universo al otro.

 

Cu‑Su. ¡Oh, prudente Kou! Habéis hablado como un hombre inspirado por el propio Chang‑ti. Seréis un digno príncipe. Yo he sido vuestro maestro y vos os habéis convertido en el mío.

 

                                                    CATECISMO DEL CURA.

 

ARISTÓN. Querido Teótimo, ¿vais, pues, a ser cura de aldea?

 

TEÓTIMO. Sí, me han nombrado titular de una parroquia pequeña, que prefiero a una grande. Estoy dotado de una porción limitada de inteligencia y de actividad, y no podría asumir la dirección espiritual de setenta mil almas, habida cuenta de que sólo tengo una; siempre admiré la confianza de los que se encargan de esas feligresías inmensas. Me asusta un gran rebaño, pero me siento capaz de dirigir uno menos numeroso. Estudié bastante jurisprudencia para impedir que mis pobres feligreses se arruinen pleiteando, sé bastante medicina para indicarles remedios sencillos cuando estén enfermos y conozco la suficiente agricultura para darles a veces consejos útiles. El señor del pueblo y su esposa son personas honradas, no son devotas, y me ayudarán a practicar el bien. Creo que viviré en paz y nadie tendrá queja de mí.

 

ARISTÓN. ¿No os contraría no tener mujer? Sería para vos un gran consuelo. Después de predicar, cantar, confesar, dar la comunión, bautizar y enterrar, sería muy grato encontrar en casa a una mujer agradable y honrada que cuidara de vuestra ropa blanca y de vuestra persona, os atendiera en la enfermedad y os diese hermosos hijos, cuya excelente educación podría ser útil al Estado. Os compadezco, porque por vocación servís a los hombres y os privan de un consuelo que para ellos es tan necesario.

 

TEÓTIMO. La Iglesia griega estima muy conveniente que los curas se casen y la Iglesia anglicana y los protestantes son de la misma opinión, pero la Iglesia latina opina lo contrario y estoy obligado a someterme a su dictamen. Quizás en nuestros días, en que el espíritu filosófico ha hecho tantos progresos, tenga lugar un concilio que establezca leyes más favorables para la humanidad que las del Concilio de Trento. Mientras tanto debo conformarme con las leyes actuales; cierto que me cuesta trabajo, pero tantas personas que valen más que yo se someten a ellas, que ni siquiera debo criticarlas.

 

ARISTÓN. Siendo hombre tan culto y dotado de notable elocuencia, ¿cómo vais a predicar para que os entiendan?

 

TEÓTIMO. Como predicaría ante los reyes. Les hablaré de moral y renunciaré a toda controversia. Dios me libre de profundizar ante ellos sobre la gracia concomitante, la gracia eficaz, a la cual se puede resistir, la suficiente que no basta; me guardaré de examinar si los ángeles que comieron con Abrahán y Lot tenían cuerpo humano o fingieron que comían. Hay una infinidad de cosas que el auditorio no entendería ni yo tampoco. Procuraré que mis feligreses sean buenos y yo también, pero no intentaré que sean teólogos y lo seré lo mínimo que pueda.

 

ARISTÓN. Seréis un cura excelente y me propongo comprar una casa de campo en los aledaños de vuestra parroquia. Os ruego que me digáis cómo practicaréis la confesión.

 

TEÓTIMO. La confesión es excelente cosa porque sirve de freno a las pasiones malvadas. En la más remota Antigüedad, confesábanse durante la celebración de los antiguos misterios y nosotros hemos imitado y santificado esa sabia práctica; es conveniente para inducir a que perdonen los corazones ulcerados por el odio y para lograr que los ladronzuelos devuelvan lo robado. Tiene, sin embargo, algunos inconvenientes. Hay confesores indiscretos, sobre todo entre los monjes, que algunas veces enseñan a las mocitas más tonterías que los mozuelos de las aldeas. No se debe entrar en detalles en la confesión, porque ésta no es un interrogatorio jurídico, sino la confesión de las faltas que el pecador hace al Ser Supremo mediante otro pecador que también las confesará a su vez. Esta confesión saludable no debe hacerse para satisfacer la curiosidad de un hombre.

 

ARISTÓN. ¿Recurriréis alguna vez a la excomunión?

 

TEÓTIMO. NO. Hay rituales en los que se excomulga a las langostas, a los hechiceros y a los comediantes. NO prohibiré la entrada en la iglesia a las langostas porque no entran nunca; no excomulgaré a los hechiceros porque no existen, y respecto a los comediantes, como en la actualidad están pensionados por el rey y autorizados por el magistrado, me guardaré bien de difamarles. Os confieso, amigo, que me gustan mucho las comedias cuando respetan las costumbres. Me agradan especialmente el Misántropo, Atalia y otras piezas que me parecen escuelas de virtud y de decoro. El señor de mi aldea hace que se representen en su castillo algunas de esas piezas por personas jóvenes y de talento, y ellas inspiran la virtud con el atractivo del deleite, amén de que forman el buen gusto y enseñan a hablar y a pronunciar bien. Yo asistiré a esos espectáculos tan inocentes como útiles, pero detrás de una celosía, no sea que escandalice a los pacatos.

 

ARISTÓN. Cuanto más me descubrís vuestra manera de pensar, más ganas siento de ser feligrés vuestro. Hay algo, sin embargo, que me preocupa: qué medidas adoptareis para impedir que los campesinos se emborrachen los días de fiesta, pues ésta es la manera de celebrarlos. Con las funestas consecuencias que conlleva el abuso del vino, el Estado pierde más hombres en las fiestas que en las batallas.

 

TEÓTIMO. Para impedirlo estoy resuelto a permitirles y apremiarles que cultiven sus campos los días de fiesta, después de asistir a la santa misa que procuraré sea en las primeras horas de la mañana. La ociosidad es lo que les lleva a la taberna. Los días laborables no hay desmanes, ni pendencias, ni muertes. El trabajo moderado contribuye a la salud del cuerpo y del alma; además, el trabajo es necesario para el Estado.

 

ARISTÓN. De ese modo conciliáis con el trabajo la santa misa y servís a Dios y al prójimo. En las disputas eclesiásticas, ¿qué partido tomaréis?

 

TEÓTIMO. Ninguno. Jamás se disiente sobre la virtud, porque proviene de Dios; en cambio, nos querellamos sobre las opiniones porque provienen de los hombres.

 

ARISTÓN. Sois un buen sacerdote.

 

                         CATECISMO DEL HORTELANO (conversación entre el bajá

                                                     Tuctan y el jardinero Karpos).

 

TUCTAN. Amigo Karpos, vendes muy caras tus legumbres, pero son buenas. ¿Y a qué religión perteneces, ahora?

 

KARPOS. A fe mía, mi bajá, que me resulta difícil decíroslo. Cuando nuestra pequeña isla de Samos pertenecía a los griegos me acuerdo que me obligaban a decir que el agion pneuma no procedía sino del tou patrou; me hacían rezar a Dios, de pie sobre mis piernas y con las manos cruzadas, y me prohibían alimentarme de leche durante la cuaresma. Llegaron los venecianos y entonces mi cura veneciano me obligó a decir que el agion pneuma procedía del tou patrou y del tou viou, me permitió tomar leche y me hizo rezar a Dios de rodillas. Regresaron los griegos, expulsaron a los venecianos y hubo entonces que renunciar al tou viou y a la nata. Por último, vosotros habéis echado a los griegos y os oigo gritar «Allah illa Allah» con todas vuestras fuerzas. Ignoro ya lo que soy. Amo a Dios con todo mi corazón y vendo mis legumbres a un precio bastante razonable.

 

TUCTAN. Tienes ahí higos muy bonitos.

 

KARPOS. Mi bajá, están a vuestra disposición.

 

TUCTAN. Dicen que también tienes una hija muy hermosa.

 

KARPOS. Sí, mi bajá, pero ella no está a vuestra disposición.

 

TUCTAN. ¡Ah! ¿Y eso por qué, miserable?

 

KARPOS. Porque soy un hombre honrado. Me está permitido vender mis higos, pero no a mi hija.

 

TUCTAN. ¿Y qué ley no te permite vender aquella fruta?

 

KARPOS. La ley de todos los hortelanos honrados. El honor de mi hija no es mío, sino de ella; no se trata de una mercancía.

 

TUCTAN. Entonces, ¿no eres fiel a tu bajá?

 

KARPOS. Muy fiel en las cosas justas, mientras seáis mi señor.

 

TUCTAN. Pero si tu cura griego tramase una conspiración contra mí y te ordenase en nombre de tou patrou y de tou viou que participases en ella, ¿no tendrías deseos de hacerlo?

 

KARPOS. ¿YO? De ninguna manera, me guardaría bien de hacerlo.

 

TUCTAN. ¿Y por qué rehusarías obedecer a tu cura griego en una ocasión tan buena?

 

KARPOS. Porque he hecho juramento de obedeceros y sé muy bien que el tou patrou no ordena las conspiraciones.

 

TUCTAN. Estoy satisfecho... Pero si, por desgracia, tus griegos recuperasen la isla y me persiguiesen, ¿me serías fiel?

 

KARPOS. ¡Vamos! ¿Cómo podría seros fiel si entonces ya no seríais mi bajá?

 

TUCTAN. Y el juramento que me has hecho, ¿qué?

 

KARPOS. Sería como mis higos, no los tocaríais. Con todos los respetos debidos ¿no es verdad que si estuvieseis muerto, en el momento en que os hablo, no os debería nada?

 

TUCTAN. El supuesto es incivil, pero la cosa es cierta.

 

KARPOS. Pues bien, si vos fuerais perseguido sería como si hubierais muerto, puesto que habría un sucesor al cual sería preciso que yo hiciera otro juramento. ¿Podríais exigir de mí una fidelidad que no os serviría para nada? Es como si, al no poder comer mis higos, me impidierais venderlos a otros.

 

TUCTAN. Eres razonable. Así, pues, ¿tienes principios?

 

KARPOS. Sí, a mi modo. Son pocos, pero me bastan. Si tuviera más, me entorpecerían.

 

TUCTAN. Me gustaría conocer tus principios.

 

KARPOS. Por ejemplo, ser un buen marido, un buen padre, un buen vecino, buena persona y buen hortelano. No voy más lejos y espero que Dios tenga misericordia de mí.

 

TUCTAN. ¿Y crees que tendrá misericordia de mí, que soy el gobernador de tu isla?

 

KARPOS. ¿Cómo queréis que lo sepa? ¿Puedo adivinar cómo Dios las gasta con los bajás? Es un asunto entre vos y El y no voy a mezclarme en ello. Cuanto se me ocurre es que si sois tan honrado bajá como yo honrado hortelano, Dios os tratará bien.

 

TUCTAN. ¡Por Mahoma! Estoy muy contento de este idólatra. Adiós, amigo, que Alá os tenga en su santa guarda.

 

KARPOS. Muchas gracias. Y Dios tenga piedad de vos, mi bajá.

 

                                                 CATECISMO DEL JAPONÉS.

 

EL INDIO. ¿ES cierto que en otros tiempos los japoneses no sabíais cocinar, que habían sometido vuestro reino al gran lama, que este gran lama decidía como soberano absoluto de vuestra bebida y comida, que os enviaba de vez en cuando un pequeño lama para recoger los tributos, y os daba a cambio un signo de protección hecho con los dos primeros dedos y el pulgar?

 

EL JAPONÉS. ¡AY, nada es más cierto! Figuraos que incluso los cargos de canusi (1), que son los grandes cocineros de nuestra isla, eran concedidos por el lama y no eran dados por amor de Dios. Además, cada casa de nuestros seglares pagaba una onza de plata al año a este gran cocinero del Tíbet. Por toda compensación, sólo nos otorgaba pequeños platos de bastante mal gusto que se llamaban «sobras». Cuando se le ocurría una nueva fantasía, como hacer la guerra a los pueblos de Tangut, nos abrumaba con nuevos impuestos. Nuestra nación se quejaba a menudo, pero sin resultado alguno, e incluso cada lamentación acababa acarreando nuevos subsidios. Hasta que el amor, que hace las cosas lo mejor posible, nos liberó de esta servidumbre. Uno de nuestros emperadores se enfrentó con el gran lama a causa de una mujer, pero es preciso confesar que quienes nos sirvieron más en este asunto fueron nuestros canusi, de otra manera pauxcopios (2). A ellos es a quienes debemos la obligación de haber sacudido el yugo; he aquí cómo.

 

(1) Los canusi son los antiguos sacerdotes del Japón. (Nota de Voltaire, añadida en 1765, edición Varberg, Amsterdam.)

 

(2) Pauxcopie. anagrama de episcopales. (Nota de Voltaire, añadida en 1765 edición Varberg, Amsterdam.)

 

»El gran lama tenía una divertida manía: creía tener siempre razón y nuestros dairios y nuestros canusi pretendieron que, al menos alguna vez, la diera a ellos. El gran lama juzgó que esta pretensión era absurda, pero nuestros canusi no retrocedieron en modo alguno y rompieron para siempre con él.

 

EL INDIO. Bien, y desde entonces, ¿habéis sido felices y vivido con sosiego?

 

EL JAPONÉS. De ningún modo. Hemos sido perseguidos, desgarrados y devorados durante más de dos siglos. Nuestros canusi querían en vano tener razón y sólo hace cien años que son razonables. También desde entonces podemos considerarnos como una de las naciones más felices de la tierra.

 

EL INDIO. ¿Cómo podéis disfrutar de tal dicha si, como me han dicho, tenéis doce banderías de cocina en vuestro imperio? Debéis de tener doce guerras civiles al año.

 

EL JAPONÉS. ¿Por qué? Si hay doce hostaleros y cada uno tiene una receta diferente, ¿es preciso, por ello, cortarnos el cuello en vez de comer? Al contrario, cada uno agasajará a porfía al cocinero que le guste más.

 

EL INDIO. Es cierto que no debemos disputar sobre gustos, pero se discute en torno a ellos y la discordia se enciende.

 

EL JAPONÉS. Después de disputar mucho tiempo y haber visto que estas discordias no sirven a los hombres más que para perjudicarse, hemos decidido tolerarnos mutuamente, que es, sin discusión, lo mejor que puede hacerse.

 

EL INDIO. Decidme, por favor, ¿quiénes son esos hostaleros que en vuestra nación comparten el arte de beber y de comer?

 

EL JAPONÉS. En primer lugar, los breuxeh (1), que jamás os darán embutidos ni manteca de cerdo, son partidarios de la antigua cocina y antes preferirán morir que pinchar un pollo; por otra parte, son grandes calculadores y si hay una onza de plata a repartir entre ellos y los once restantes cocineros, ellos toman la mitad y dejan la otra mitad para aquellos que saben contar mejor.

 

(1) Es evidente que los breuxeh son los hebreos, y así sucesivamente. (Nota de Voltaire, añadida en 1765, edición Varberg, Amsterdam.)

 

EL INDIO. Supongo que apenas iréis a cenar con esas gentes.

 

EL JAPONÉS. No. Hay también los pispates, que en determinados días de la semana e incluso durante un tiempo considerable del año prefieren cien veces comer, por valor de un centenar de escudos, rodaballos, truchas, lenguados, salmones y esturiones, que alimentarse con un guisado de carne de vaca que no costaría cuatro monedas.

 

»A los canusi nos gusta mucho el buey y cierta pastelería que se llama pudding en japonés. Por lo demás, todo el mundo está de acuerdo que nuestros cocineros son infinitamente más sabios que los de los pispates. Nadie como nosotros ha profundizado en el estudio del garum de los romanos, ni conocido mejor las cebollas del antiguo Egipto, el pan de saltamontes de los antiguos árabes y la carne de caballo de los tártaros. Siempre hay algo que aprender en los libros de los canusi, a quienes se les llama ordinariamente pauxcopie.

 

»No os hablaré de aquellos que no comen sino a la Terluh, ni de quienes se atienen al régimen de Vincal, ni de los batistapanes y demás, pero los quekars merecen atención. Son los únicos convidados a quienes nunca he visto embriagarse ni jurar. Son muy difíciles de engañar, pero ellos no os engañarán jamás. Al parecer, la ley de amar al prójimo como a sí mismo sólo ha sido formulada para ellos, pues sea dicho en verdad, ¿cómo puede un buen japonés vanagloriarse de amar a su prójimo como a consigo mismo si por un puñado de dinero le disparan una bala de plomo en los sesos, o le degüellan con un criss de cuatro dedos de ancho, todo ello en línea de batalla? También él se expone a ser degollado y a recibir balas de plomo; de este modo puede decir con sobrada razón que odia a su prójimo como a sí mismo. Los quekars jamás han padecido este frenesí dicen que los pobres seres humanos son como cántaros de arcilla hechos para durar poco y que no vale la pena ir alegremente a romperse unos contra otros. Os confieso que si no fuera canusi no me dolería ser quekar Reconoceréis que no hay medio de pelearse con unos cocineros tan pacíficos.

 

»Hay otros muy numerosos, llamados diestes, que convidan a comer a todo el mundo sin discriminaciones y sois libre entre ellos de comer todo cuanto os guste, con o sin tocino, emborrazado o no, con huevos, aceite perdiz, salmón, vino tinto o vino rojo. Todo es indiferente mientras recéis alguna oración a Dios antes o después de comer y seáis gente honrada. Se reirán con vosotros a costa del gran lama, a quien esto no le hará daño, o a costa de Terluh, de Vincal y de Memnon... Basta con que nuestros dientes confiesen que nuestros canusi son muy entendidos en cuestiones de cocina y, sobre todo, nunca hablen de reducir nuestras rentas; entonces podremos vivir juntos apaciblemente.

 

EL INDIO. Sin embargo, es preciso que haya una cocina dominante, la cocina del rey.

 

EL JAPONÉS. Sí, lo confieso. Pero cuando el rey del Japón agasaja debe estar de buen humor y no puede impedir que sus buenos súbditos digieran bien.

 

EL INDIO. Pero si los testarudos quieren comer ante las narices del rey ciertas salchichas a las que el monarca siente aversión y se juntan cuatro o cinco mil, provistos de parrillas para asar sus embutidos, ¿no ofenden a quienes no las comen?

 

EL JAPONÉS. Entonces es preciso castigarles como si fueran borrachos que turban el reposo de los ciudadanos. Hemos previsto este peligro. Sólo los que comen al modo regio son susceptibles de alcanzar las dignidades del Estado; los demás pueden comer a su capricho, pero están excluidos de los cargos. Los tumultos están absolutamente prohibidos y castigados de inmediato y sin remisión; todas las discordias en la mesa son cuidadosamente reprimidas, según el precepto de nuestro gran cocinero japonés que ha escrito, en lengua sagrada, Suti Raho Cus Flac:

 

Natis in usum laetitiae scyphis

Pugnare Thracum est...

 

lo que significa: «La comida fue creada para una alegría íntima y honesta, no para arrojarse los vasos a la cabeza».

 

»Con estas máximas vivimos felizmente en nuestro país y nuestra libertad está cimentada bajo nuestros taicosema; nuestras riquezas aumentan poseemos una flota de doscientos juncos de línea y somos el terror de nuestros vecinos.

 

EL INDIO. Así, pues, ¿por qué el excelente versificador Recina, hijo de ese poeta indio Recina (1), tan tierno y preciso, tan armonioso y elocuente ha dicho en una obra didáctica en rima, titulada La Gracia y no Las Gracias:

 

El Japón, donde antes brilló tanta luz esplendorosa no es más que un triste montón de visiones locas?

 

EL JAPONÉS. Ese mismo Recina del que estáis hablando no es más que un gran visionario. Ese pobre indio ignora que somos nosotros quienes le hemos enseñado qué es la luz; que si hoy conocen en la India la verdadera ruta de los planetas, nosotros la hemos revelado, que únicamente nosotros hemos enseñado a los hombres las leyes primitivas de la naturaleza y el cálculo del infinito, que si es preciso descender a las cosas de uso más común, las gentes de su país han tenido que aprender de nosotros a construir juncos con sus proporciones matemáticas, y que incluso nos deben ese calzado llamado bas au métier con el que cubren sus piernas. ¿Puede ser posible que, habiendo inventado tantas cosas admirables o útiles, fuésemos locos, y que un hombre que ha puesto en verso los sueños de los demás fuese el único sensato? Que nos deje hacer nuestra cocina y él haga, si lo desea, versos sobre temas más poéticos (2).

 

(1) Probablemente Luis Racine, hijo del admirable Racine. (Nota añadida por Voltaire en 1765.)

 

(2) Este indio Recina, siguiendo las ideas de los ilusos de su país, ha creído que no podían guisarse buenas salsas hasta que Brahma, con voluntad muy especial, enseñó hacer salsas a sus favoritos, y que había infinidad de cocineros que se veían en la imposibilidad de hacer un guisado porque Brahma les había quitado los medios por pura malicia. No se cree semejante impertinencia pon parte del Japón, donde se considera verdad indiscutible esta sentencia: God never acts by partial will, but by general laws.

 

EL INDIO. ¡Qué le vamos a hacer! Tiene los prejuicios de su país, los de su bando y los propios.

 

EL JAPONÉS. ¡Oh, son demasiados prejuicios!

 

CAUSAS FINALES. Mens agitat molem et magno se corpore miscet (El talento dirige el mundo, se mezcla con él y lo anima) dice en la Eneida Virgilio.

 

Virgilio dice una verdad palmaria, y Spinoza, que no poseía la claridad de ingenio de Virgilio y vale menos que él, hubo de reconocer que existe una inteligencia que lo gobierna todo. En 1770 apareció un hombre superior a Spinoza, bajo algunos aspectos, tan elocuente como árido es el judío holandés, menos metódico, pero mucho más claro; quizá tan geómetra como éste, pero sin ridículos alardes de geometría por un asunto metafísico y moral. Este hombre es el barón de Holbach, autor del Sistema de la Naturaleza. Para los lectores que deseen instruirse y aprovecharse de la razón, transcribo estos elocuentes y peligrosos párrafos del Sistema de la Naturaleza.

 

«Algunos pretenden que los animales nos aportan una prueba fehaciente de una causa poderosa de su existencia, nos dicen que el admirable acorde de sus partes, que se prestan mutua ayuda con el fin de llenar sus funciones y mantener su conjunto nos da a entender que es obra de un creador que une al poder la sabiduría. No cabe dudar del poder de la naturaleza. Produce todos los animales que existen mediante las combinaciones de la materia, que está continuamente en acción‑ Ia concordancia entre las partes de que se componen los animales es una consecuencia de las leyes de su naturaleza y de su combinación. En cuanto cesa esa concordancia, el animal se destruye. Entonces, ¿para qué sirve la sabiduría, la inteligencia o la bondad de la supuesta causa a la que se hace el honor de atribuir la tan ensalzada concordancia? Esos animales maravillosos que creen ser obra de un Dios inmutable, ¿no se alteran sin cesar y no terminan siempre por destruirse? ¿Dónde está la sabiduría, la bondad, la previsión y la inmutabilidad del artífice, que sólo parece que se ocupa en descomponer y romper los resortes de las máquinas que se estiman como obras maestras de su poder y su habilidad? Si ese Dios no puede obrar de otra manera, no es libre, ni poderoso‑ si cambia de voluntad, no es inmutable; si permite que los seres que dotó de sensibilidad sufran dolores, no es bondadoso; si no pudo conseguir que sus obras fueran más sólidas, carece de habilidad. Al ver que los animales, al igual que las demás obras de la Divinidad, se destruyen, es preciso que deduzcamos que todo lo que la naturaleza hace es necesario y es consecuencia de sus leyes, o que el artífice que la hace obrar carece de plan, poder, constancia habilidad y bondad.

 

»El hombre, que cree en la obra maestra de la Divinidad, nos aportará, mejor que los demás productos de la naturaleza, la prueba de la incapacidad o malicia de su supuesto autor. En ese ente sensible, inteligente y raciocinador, que se cree objeto constante de la predilección divina y que se forja a Dios a imagen y semejanza suya, no vemos más que una máquina más móvil, más frágil, más fácil de descomponerse por su gran complicación que la de los seres más toscos. Los animales que están desprovistos de nuestros conocimientos, las plantas que vegetan y las piedras que no sienten, son, bajo muchos aspectos, seres más favorecidos que el hombre. Al menos no están sujetos a las penas del espíritu, a las torturas del pensamiento y a los pesares que los devoran. ¿Quién no quisiera ser animal o piedra cuando sufre la pérdida irreparable de un ser amado? ¿No es preferible ser una masa inorgánica que un supersticioso desazonado que pasa la vida temblando, uncido a la vida presente y esperando además infinitos tormentos en la vida futura? Los seres que carecen de sentimientos, vida, memoria y pensamiento, nunca se turban por la idea del pasado, del presente ni del futuro, jamás se creen en peligro de penas eternas por no haber pensado rectamente como temen los seres predilectos, persuadidos de que el Arquitecto del mundo construyó el universo para ellos.

 

»Que no nos digan, pues, que no podemos tener la idea de una obra sin tener la de su imprescindible artesano. La naturaleza no es una obra.

 

Existió siempre por sí misma, en su seno todo se produce, es un obrador inmenso, dotado de materiales, que construye los instrumentos que le sirven para obrar. Todas sus obras son efectos de su energía y de los agentes o causas que crea, contiene y pone en acción. Elementos eternos, increados e imperecederos, siempre en movimiento y combinándose de distintas maneras, originan todos los seres y los fenómenos que vemos, todos los efectos buenos o malos que sentimos, el orden o el desorden que sólo distinguimos por las diferentes formas con que nos afectan, y dan origen a todas las maravillas que nos incitan a meditar y razonar. Para ello, tales elementos sólo necesitan sus propiedades (ya sean particulares o reunidas) y el movimiento que les es esencial, sin que sea imprescindible recurrir a un obrero desconocido que las arregle y combine, las conserve y disuelva.

 

»Y aun suponiendo que sea imposible concebir la creación del universo sin la intervención de un obrero que vele por su obra, ¿dónde colocaremos a ese obrero?, ¿fuera o dentro del universo?, ¿es materia o movimiento?, ¿o no es más que el espacio, la nada o el vacío? En todos estos casos, no debe ser nada o estar contenido en la naturaleza y sometido a sus leyes. Si está en la naturaleza sólo debe ser materia en movimiento, de lo que debo inferir que el agente que la mueve es corporal y material, y en consecuencia está sujeto a disolverse. Si este agente está fuera de la naturaleza ya no puedo tener idea del lugar que ocupa, ni de un ser inmaterial, ni de la forma cómo un espíritu sin extensión puede obrar sin la materia de la que está separado. Esos espacios ignotos, que la imaginación ha situado más allá del orbe visible, no existen para un ser que apenas ve lo que tiene a sus pies. El poder ideal que mora en ellos sólo puede tener ante mi espíritu las formas fantásticas que mi imaginación forje al azar, que siempre se verá obligada a tomarlas del mundo que conoce. En cuyo caso no haré sino reproducir en idea lo que realmente hayan percibido mis sentidos, y el Dios que me esfuerzo en separar de la naturaleza y situar fuera de su ámbito entrará siempre en él necesariamente contra mi voluntad.

 

»Empeñado en defender esas teorías, se me objeta diciendo que si presentáramos una estatua o un reloj a un salvaje que nunca hubiera visto ambas cosas, no podría dejar de reconocer que eran obras de un ser inteligente, superior a él en habilidad e industriosidad; deduciendo de ello que nos vemos obligados a reconocer que la máquina del universo, el hombre y los fenómenos de la naturaleza son obra de un creador cuya inteligencia y poder son infinitamente superiores a las de los humanos. Mi respuesta a esto es que no podemos dudar que la naturaleza sea poderosísima. Nos pasma su industria cuantas veces nos asombran los efectos trascendentales, complicados y varios que encontramos en algunas de sus obras, que apenas nos tomamos el trabajo de meditar; no obstante, nunca es más ni menos industriosa en una de sus obras que en las demás. No acertamos a comprender mejor cómo produce una piedra o un metal que cómo produce una mente tan bien organizada como la de Newton.

 

Llamamos ingenioso al hombre que sabe hacer lo que nosotros no sabemos. La Naturaleza puede hacerlo todo, y desde el instante que una cosa existe prueba que la pudo hacer. De forma que sólo con relación a nosotros mismos juzgamos industriosa la naturaleza, la comparamos entonces con nosotros mismos, y como estamos dotados de inteligencia, con cuya ayuda producimos obras que demuestran nuestra industria, inferimos de ello que las obras de la naturaleza que más nos admiran, no son obras suyas, sino debidas a un artífice inteligente como nosotros, cuya inteligencia ponemos a nivel del asombro que sus obras producen, es decir, que producen a nuestra debilidad y a nuestra ignorancia.»

 

He aquí, ahora, la respuesta a esos argumentos en las líneas que siguen, escritas mucho antes que el Sistema de la Naturaleza.

 

Todas las piezas que componen la máquina de este mundo diríase que están hechas unas para otras. Algunos filósofos tienen a gala mofarse de las causas finales, que negaron Epicuro y Lucrecio. Yo creo que es más justo que nos burlemos de Lucrecio y de Epicuro. Nos dicen que los ojos no se formaron para ver, pero que los hemos aprovechado para esa función cuando nos percatamos que servían para ella. Aseguran, también que no tenemos la boca para hablar ni comer, ni el estómago para digerir, ni el corazón para recibir la sangre de las venas y enviarlas a las arterias, ni los pies para andar, ni los oídos para oír. Sin embargo esos filósofos confiesan que los sastres les hacen trajes para vestirse y los arquitectos casas para vivir, y se atreven a negar a la naturaleza, a la inteligencia universal, lo que conceden a cualquier obrero. Claro está que no conviene abusar de las causas finales.

 

El autor del Espectáculo de la Naturaleza sostiene inútilmente que las mareas sirven para impedir que los barcos entren con facilidad en los puertos y evitar que el agua del mar se corrompa‑ baldíamente dirá que las piernas han sido creadas para llevar botas y la nariz para colocar las gafas. Para afirmar el fin verdadero por el que actúa una causa, se precisa que su efecto sea de todos los tiempos y todos los lugares. No en todos los mares ha habido barcos, por tanto no puede decirse que hayan sido creados para los barcos. Es absurdo sostener que la naturaleza haya obrado en todas las épocas ajustándose a las invenciones de nuestras artes arbitrarias, que todas han aparecido tarde en el mundo. Ahora bien, es evidente que si la nariz no ha sido creada para las gafas no es menos obvio que se ha creado para tener el sentido del olfato, y que existen narices desde que existen hombres. Cicerón, que dudaba de todo, no dudaba de las causas finales.

 

Parece difícil, sobre todo, que los órganos de la generación no estén destinados a perpetuar las especies. Nos admiramos de su mecanismo, y la sensación que la naturaleza hace sentir a ese mecanismo es más admirable aún. Epicuro debía haber confesado que el placer es divino y que ese placer es una causa final que produce sin cesar seres sensibles que no han podido darse la sensación a sí mismos. Epicuro fue un filósofo preclaro para la época en que nació. Vio lo que Descartes niega, lo que Gassendi afirma y lo que Newton demuestra: que no hay movimiento sin vacío. Concibió la imprescindibilidad de los átomos para que sirvieran de partes constituyentes a las especies invariables, idea que es muy filosófica. Sobre todo, no hay nada tan respetable como la moral de los verdaderos epicúreos, que consistía en no ocuparse en los asuntos públicos, que son incompatibles con la sabiduría y la amistad, sin la cual la vida es una pesada carga. En cambio, el resto de la física de Epicuro me parece tan inadmisible como la materia extraída de Descartes. Es como ponerse una venda en los ojos y otra en el entendimiento sostener que en la naturaleza no existe ningún designio, porque si existe designio, en él existe una causa inteligente y esta causa es Dios.

 

Nos aducen como objeción las irregularidades del Globo, los volcanes, las llanuras movedizas de arena, algunas montañas sumergidas en los abismos y otras formadas por los terremotos. Pero si se incendian los cubos de las ruedas de vuestra carroza, ¿puede deducirse de ello que se construyó expresamente para transportaros de un sitio a otro?

 

La cadena de montañas que coronan los dos hemisferios y los más de seiscientos ríos que discurren hasta los mares, todos los arroyos que van a verter sus aguas en los ríos después de haber fertilizado los campos, los millares de fuentes que nacen del mismo manantial, que abrevan a los animales y riegan los vegetales, todo esto no parece que pueda ser efecto de un caso fortuito y de una declinación de átomos, como no deben serlo la retina que recibe los rayos de la luz, el cristalino que lo refracta, el yunque, el martillo, el estribo y el tambor del oído que recibe los sonidos, la corriente de sangre en nuestras venas, la sístole y la diástole del corazón, todo ese balancín de la máquina que constituye la vida.

 

Sin embargo, objetan que si Dios ha hecho visiblemente una cosa con un fin determinado, debe haber hecho lo mismo con todas. Es ridículo admitir la Providencia en un caso y negarla en otros. Todo lo creado ha sido previsto; no hay ninguna ordenación sin objeto, ni ningún efecto sin causa. Por tanto, todo es el resultado, el producto de una causa final. Así, puede decirse que las narices se han hecho para llevar lentes y los dedos para llevar sortijas, como se puede decir que los oídos se han formado para los sonidos y los ojos para recibir la luz. De esta objeción sólo se infiere que todo es efecto, inmediato o mediato, de una causa final general, que todo es consecuencia de las leyes eternas.

 

Los edificios no están hechos de piedra en todas partes ni en todos los tiempos, todas las narices no portan lentes, todos los dedos no llevan sortijas, ni todas las piernas usan medias de seda; luego el gusano de seda no fue creado para cubrir mis piernas, como la dentadura se creó para masticar y el ano para defecar. Por tanto, existen efectos inmediatos producidos por las causas finales y gran número de efectos mediatos producidos por esas causas.

 

Todo lo inherente a la naturaleza es uniforme, inmutable; es la obra inmediata del Maestro. El creó las leyes en virtud de las cuales la luna interviene en tres cuartas partes en la causa del flujo y reflujo del mar, y el sol en la otra cuarta parte. El dotó al sol del movimiento de rotación en virtud del cual dicho astro envía en siete minutos y medio los rayos de su luz hasta los ojos de los hombres, los cocodrilos y los gatos.

 

Pero si al cabo de muchos siglos hemos logrado inventar las tijeras y los asadores, para esquilar con aquéllas a los corderos y asarlos con éstos, ¿qué cabe deducir de esto sino que un Dios nos formó de manera que un día llegáramos a ser necesariamente industriosos y proclives a comer carne?

 

Los corderos no nacen forzosamente para ser asados y comidos porque muchos pueblos se abstienen de comerlos. Los hombres no han sido creados para matarse unos a otros, porque los brahmanes y los cuáqueros no matan a nadie, pero la materia con que estamos formados produce con frecuencia matanzas, amén de calumnias, vanidades, persecuciones y tantas otras chinchorrerías. Pero ello no quiere decir que la formación del hombre sea precisamente la causa final de nuestros desafueros y memeces, porque una causa final es universal e invariable en todos los lugares y tiempos. Con todo, los errores y las tonterías de la especie humana no por ello dejan de entrar en el orden eterno de las cosas. Cuando trillamos el trigo, el trillo es la causa final de la separación del grano; pero si el trillo, al funcionar, aplasta mil insectos, no obra así por mi voluntad determinada, ni tampoco por casualidad, sino porque esos insectos se encuentran muchas veces a su alcance en vez de huir de su enemigo.

 

El que un hombre ambicioso discipline a veces a millares de hombres que sea vencedor o vencido, es consecuencia de la naturaleza de .as cosas. Mas no por eso podremos decir que Dios creó al hombre para que le den muerte en la guerra.

 

Los instrumentos que nos ha provisto la naturaleza no pueden ser siempre causas finales en movimiento. Los ojos, que recibimos para ver, no siempre están abiertos, todos los sentidos tienen un momento de reposo e incluso hay sentidos que no usamos nunca. Así sucede, por ejemplo, a la pobre imbécil encerrada en un convento desde los catorce años y que tiene clausurada para siempre la puerta de su cuerpo por donde debía salir una generación nueva. En este caso, no por eso deja de subsistir la causa final, pero obrará así que dicha mujer sea libre.

 

CELO. Respecto a la religión celo es el entusiasmo legítimo con que se trabaja por el progreso del culto a la Divinidad. Pero cuando este entusiasmo es descomedido, ofuscado y perseguidor, se convierte en el mayor azote de la humanidad.

 

Transcribo lo que el emperador Juliano dijo del celo de los cristianos de su época: «Los galileos, durante el reinado de mi antecesor, fueron desterrados y encarcelados, y mataban a su vez a quienes se llamaban heréticos. Los saqué del destierro, los extraje de las cárceles, devolví sus bienes a los proscriptos y les obligué a vivir en paz, pero es tal el furor ciego de los galileos que se lamentan de no poder machacarse unos otros».

 

No debe parecer hiperbólica esa apreciación si tenemos en cuenta las horrendas calumnias que recíprocamente se dedicaban entre sí los cristianos. San Agustín acusa a los maniqueos de obligar a sus adeptos a recibir la eucaristía después de haberla rociado con semen humano, y antes san Cirilo de Jerusalén les acusó de idéntica infamia con estas palabras: «No me atrevo a decir en lo que esos sacrílegos empapan los ischas que dan a sus sectarios, exponiéndolas en medio del altar, y con las que el maniqueo mancha su boca y su lengua. Si deseáis saber con qué las empapan, que recuerden los hombres lo que les suele ocurrir soñando, y las mujeres en el período de su regla». El papa san León, en una de sus homilías, dice que el sacrificio de los maniqueos es una indecencia. Por último, Luidas y Cedreno todavía se exceden más respecto a esa calumnia, añadiendo que los maniqueos celebraban reuniones nocturnas en las que, tras apagar las luces, cometían las mayores deshonestidades.

 

Consignemos también que al principio acusaron a los primeros cristianos de cometer idénticos horrores, que después imputaron a los maniqueos, y que la justificación de aquéllos puede igualmente aplicarse a éstos: «Con la idea de tener pretexto para perseguirnos, refiere Atenágoras en su Apología de los cristianos, se nos acusa de celebrar ágapes detestables y cometer incestos en nuestras asambleas». Es la vieja artimaña de que se valen en todos los tiempos para matar la virtud. Persiguieron a Pitágoras y trescientos discípulos suyos, los de Éfeso desterraron a Heráclito, los abderitanos expulsaron a Demócrito y los atenienses condenaron a Sócrates a beber la cicuta.

 

Atenágoras prueba a continuación que los principios y las buenas costumbres de los cristianos bastan por sí solos para invalidar las calumnias que sobre ellos se han propalado, y similares razones existen en favor de los maniqueos. Así las cosas, ¿por qué san Agustín, que tan expeditivo es en su libro De las herejías se limita en De las costumbres de los maniqueos, al ocuparse de la horrenda ceremonia en cuestión, a decir sencillamente: «Esto se sospecha de ellos... el mundo lo cree así... Ia voz pública los acusa... ellos afirman que no hacen semejante cosa...? ¿Por qué san Agustín elude poner en claro esa calumnia cuando discute con Fortunato, y éste públicamente le interpela: «Nos acusan de crímenes que no cometemos, y como Agustín ha asistido a presenciar nuestro culto le suplico declare a la faz de todo el pueblo si los crímenes que se nos achacan son ciertos o no». Agustín contesta: «Verdad es que he asistido a vuestro culto, pero una cosa es la cuestión de la fe y otra la cuestión de las costumbres; la primera es la que he propuesto. No obstante, si las personas presentes quieren que tratemos de vuestras costumbres, no me opondré».

 

Fortunato, dirigiéndose entonces a los congregados, dijo: «Deseo, ante todo, justificarme respecto a las calumnias que se nos imputan a los ojos de quienes las creen, y que Agustín declare ahora ante la asamblea, y mañana ante el Tribunal de Jesucristo, si vio alguna vez o sabe que hemos obrado de la manera detestable que nos atribuyen». Réplica de Agustín: «Os salís de la cuestión. La que os he propuesto es sobre la fe, no sobre las costumbres». Fortunato, apremiando sin cesar a Agustín para que se pronuncie, consigue al fin que lo haga: «Declaro que en la reunión a que he asistido, no he visto cometer ningún acto impuro».

 

En su obra De la utilidad de la fe, justifica también a los maniqueos: «En aquel tiempo, dice Agustín a su amigo Honorato, cuando me atraía el maniqueísmo, abrigaba la esperanza de casarme con una mujer hermosa, poseer riquezas y honores y gozar otros deleites perniciosos de la vida. Mientras escuchaba con asiduidad a los doctores maniqueos, no renunciaba al deseo ni a la esperanza de todas esas cosas. No atribuyo mi conducta a su doctrina, porque debo confesar que exhortan continuamente a los hombres a que se preserven de todo eso; fue ello, sin duda, lo que impidió que abrazara su secta y me retuvo en la categoría de los oyentes. No quería renunciar a las esperanzas, ni a la vida del siglo».

 

Hasta en el último capítulo del mentado libro, en el que dice que los doctores maniqueos son soberbios, de espíritu grosero y carne débil para las pasiones, no hay una sola palabra relativa a las infamias que se les atribuían.

 

¿En qué pruebas, pues, se fundaron tales imputaciones? La primera que aduce Agustín es que esas infamias eran una consecuencia de la doctrina de Maniqueo sobre los medios de que Dios se sirve para arrancar a los príncipes de las tinieblas las partes de su sustancia. Esta idea la toma Agustín del séptimo libro de la obra Tesoro del maniqueo, que cita repetidas veces y, evidentemente, es apócrifa. Dice el hereje, si damos crédito a esa obra falsa, que las virtudes celestes se transforman unas veces en apuestos mozos y otras veces en hermosas doncellas, que no son sino la encarnación de Dios Padre. Esto es increíble, porque Manes nunca confundió las virtudes celestes con el Dios Padre. Agustín, no comprendiendo la expresión siríaca una virgen de luz, que quiere decir una luz virgen, supone que Dios presenta a los príncipes de las tinieblas una bellísima doncella para que excite la rijosidad de éstos. Pero lo interpretado por san Agustín no refleja la idea de los autores antiguos; sólo se habla de la causa de las lluvias.

 

«El gran príncipe —dice Tirbón, citado por san Epifanio— hace salir de sí mismo durante su furor nubes negras que oscurecen todo el orbe, se convulsiona, se atormenta, se llena todo de agua, y esto es lo que produce la lluvia, que no es más que el sudor del gran príncipe.» No cabe sino que Agustín se haya equivocado en la traducción, o le haya inducido a error algún extracto infiel del Tesoro del maniqueo, del que sólo cita dos o tres pasajes. Por eso el maniqueo Lecumbinos le dijo que no entendía una sola palabra de los misterios de maniqueo y que sólo los combatía con paralogismos. Por otro lado, el docto Beausobre pregunta: «¿Cómo san Agustín pudo asistir tantos años a las conferencias de una secta que enseñaba públicamente dichas abominaciones? ¿Y cómo aguantó la afrenta de defenderla ante los católicos?».

 

De esta prueba de estricto raciocinio pasemos a las pruebas de hecho, que aduce san Agustín, para ver si son más sólidas. «Se dice —continúa ese santo padre— que algunos maniqueos han declarado ese hecho en juicios públicos, no sólo aquí, sino también en las Galias, según he oído referir a un católico en Roma.» Esas referencias merecen tan escaso crédito que el propio Agustín no se atrevió a citarlas en la controversia que tuvo con Fortunato, aunque hacía unos ocho años que había estado en Roma. Ahora, lo innegable es que en su libro Herejías habla de la confesión de dos doncellas llamadas Margarita y Eusebia y de algunos maniqueos que, al verse descubiertos en Cartago y en la misma iglesia, confesaron el abominable hecho que les atribuían. Añade que Viator declara que quienes cometían semejantes liviandades se llamaban cátaros y preguntándoles en qué texto apoyaban esa infamante práctica contestaban citando el pasaje del Tesoro del maniqueo, cuyo talante apócrifo está demostrado. Esos herejes, en vez de cumplir ese pasaje, debían haberlo desacreditado, asegurando que era obra de un impostor que trataba de perderlos. Pero al ser descubiertos y conducidos a la iglesia, tenían todo el aire de ser personas compradas para que declarasen lo que les mandaron.

 

En el capítulo XLVII de la Naturaleza del bien, Agustín confiesa que cuando se reprochaba a esos herejes dichas abominaciones se defendían diciendo que un individuo de su secta la dejó para convertirse en enemigo, y para desacreditarla introdujo esa práctica repugnante. Sin detenernos a examinar si la secta que Viator denomina de los cataristas existió realmente, basta notar que los primeros cristianos imputaron también a los gnósticos los execrables misterios de que les acusaban los judíos y paganos. Esas murmuraciones públicas se atreve Mide Tillemont a convertirlas en hechos ciertos, asegurando que hicieron confesar dichas infamias a los maniqueos en los juicios públicos, en las Galias y en Cartago.

 

Calibremos también el testimonio de san Cirilo de Jerusalén, que afirma lo contrario que san Agustín, y digamos de entrada que este hecho es tan increíble y absurdo que sería difícil de creer, aunque lo aseguraran media docena de testigos oculares y lo afirmaran con su juramento. Únicamente san Cirilo, sin haberlo presenciado, lo afirma en una asamblea popular, en la que tiene el desenfado de hacer pronunciar a Maniqueo discutiendo con Cascar, un discurso del que no se encuentra una palabra en los Hechos de Arquelao, como Zaccagni asegura. Sólo puede aducirse en defensa de san Cirilo que tomó el sentido y no las palabras de Arquelao, pero ni las palabras ni el sentido, nada de ello se encuentra en los citados Hechos. Por otro lado, la manera de escribir de dicho padre parece la del historiador que cita las propias palabras de su autor. Sin embargo, para salvar el honor y la buena fe de san Cirilo, tanto Zaccagni como Tillemont suponen, sin aportar ninguna prueba, que el traductor o el copista omitieron el fragmento de los Hechos que cita dicho padre, y los fantasiosos de Trevoux han inventado dos clases de Hechos de Arquelao, unos auténticos, que san Cirilo copió, y otros atribuidos al siglo v. Así las cosas, cuando prueben la existencia de estos supuestos Hechos del siglo v, entonces los examinaremos.

 

Veamos ahora el testimonio del papa León, relativo a las abominaciones de los maniqueos. En una de sus homilías dice que las perturbaciones acaecidas en algunos países obligaron a establecerse en Italia a muchos maniqueos, cuyos misterios eran tan abominables que no podía revelarlos sin sonrojar a las personas honradas; que para conocerlos convocó a partidarios de ambos sexos de dicha secta en una asamblea compuesta de obispos, sacerdotes, laicos y nobles, y que esos herejes habían revelado datos relativos a sus dogmas y a las ceremonias de sus fiestas, y también confesado un crimen que no podía relatar, pero del que no dudaba después de la confesión de los culpables. Que sabía que dos mujeres habían preparado a una niña de diez años para la horrenda ceremonia de la secta y conocía al muchacho que fue su cómplice, y al obispo que la había organizado y la presidió. Que remitía a los oyentes que desearan saber más a las informaciones que se habían practicado y que él comunicó a los obispos de Italia en su segunda pastoral.

 

Este testimonio parece más concreto y contundente que el de san Agustín, salvo que es insuficiente para demostrar un hecho que desmienten las protestas de los acusados y los principios eternos de la moral. ¿Existen acaso pruebas de que las personas infames que el papa León interrogó no fueran compradas para hacer declaraciones contra su secta?

 

Se nos objetará que la sinceridad religiosa de dicho papa no nos permite sospechar tal indignidad. Pero si ese mismo san León fue capaz de admitir que las ropas blancas puestas en una caja y depositadas en el sepulcro de algunos santos, chorreaban sangre cuando las cortaron, ¿pudo tener dicho Papa escrúpulos de comprar algunas mujerzuelas y algún obispo maniqueo, que contando de antemano con el perdón, se confesaran culpables de crímenes que pudieran ser ciertos respecto a ellos, pero no respecto a su secta, de cuyas seducciones trataba el papa León de apartar a su pueblo? En todas las épocas, los obispos han estimado legítimo cometer esos fraudes religiosos que tienden a la salvación de las almas. Prueba de ello la constituyen los escritos supuestos y apócrifos, y la facilidad con que los padres dan crédito a esas obras supuestas nos convence de que, si no cómplices en el fraude, nunca tuvieron escrúpulo de aprovecharse de él.

 

San León pretende confirmar las infamias secretas de los maniqueos con una argumentación que las destruye. «Esos execrables misterios —dice—, que cuanto más impuros con más cuidado se ocultan, son comunes a los maniqueos y a los priscilianos. Esas infamias son las mismas que antiguamente cometían los priscilianos, y las sabe todo el mundo.»

 

Los priscilianos nunca fueron culpables de las infamias que causaron su muerte. En las obras de san Agustín figura la Memoria Instructiva que le remitió Orosio y en la que este prelado español asegura que ha reunido todas las plantas de perdición que germinan en la secta de los priscilianos, sin olvidar la más pequeña rama, ni la más pequeña raíz, y expone al doctor de la Iglesia todas las enfermedades de esa secta para que las pueda curar. Orosio no dice una sola palabra de los misterios execrable de que habla León, lo que demuestra obviamente que Orosio creía que sólo eran calumnias. San Jerónimo también dice que Prisciliano fue perseguido por sus enemigos y por las maquinaciones de los obispos Ithace e Idace. ¿Hablaría de esa manera del hombre acusado de profanar la religión con infames ceremonias? Máxime cuando, tanto Orosio como Jerónimo, no ignoraban los crímenes que se les atribuían.

 

Más aún, san Martín de Tours y san Ambrosio, que estaban en Treves cuando Prisciliano fue juzgado, debían estar enterados igualmente, y sin embargo, solicitaron su perdón; después, no habiéndolo conseguido, se negaron a hablar con los acusadores y enemigos. Sulpicio Severo narra la historia de los infortunios de Prisciliano. Eufrosina, viuda del poeta Delfidio, su hija y otros partidarios, fueron ejecutados con él en Treves por orden del tirano Máximo, a quien aconsejaban los citados Ithace e Idace, dos obispos depravados, que en castigo de la injusticia que cometieron murieron excomulgados, haciéndose acreedores al odio de Dios y de los hombres.

 

Los priscilianos fueron acusados, al igual que los maniqueos, de profesar doctrinas obscenas y cometer deshonestidades. Dícese que Prisciliano y sus secuaces se declararon culpables merced a los tormentos a que les sometieron. La persecución de que fueron objeto los priscilianos debió fundarse en otros testimonios alegados contra ellos en España. No obstante, numerosos obispos y eclesiásticos de notoria fama rechazaron las últimas informaciones. El anciano Higimis, obispo de Córdoba, que fue quien les denunció, luego los creyó tan inocentes de los crímenes que les imputaban que los recibió en su comunidad y por ello se vio involucrado en la misma persecución.

 

Estas criminosas calumnias, inventadas por el celo exagerado, parecen justificar la máxima que hace suya Ammien Marcelin tomándola del emperador Juliano: «Las bestias feroces no son tan temibles para el hombre como los cristianos cuando los enfrentan la creencia y la opinión». Pero todavía es más lastimoso el celo hipócrita y falso, y de este aserto pueden presentarse numerosos ejemplos. Un doctor de la Sorbona, al salir de una sesión con Tournely, le dijo en voz baja: «Ya veis que sostuve con calor una opinión durante dos horas; pues bien, os aseguro que no creo ni una palabra de cuanto he dicho». Es asimismo conocida la respuesta de un jesuita que ejerció durante veinte años en una misión del Canadá, y que no creyendo en Dios, como confió a un amigo, afrontó veinte veces la muerte defendiendo la religión que con éxito predicaba entre los salvajes. Al censurarle el amigo su conducta, replicó: «No puedes tener idea del placer que produce que te escuchen veinte mil hombres y logres convencerles de lo que tú no crees».

 

CELTAS. Entre los escritores que han tenido tiempo, medios y coraje para estudiar el origen de los pueblos, ha habido algunos que afirmaron conocer el origen de los celtas, o al menos quisieron hacerlo creer a los demás. Esta ilusión fue la única recompensa que obtuvieron sus arduos trabajos y no debemos envidiársela.

 

Cuando tratamos de conocer la historia primitiva de los hunos, aunque no lo merecen, porque ningún servicio prestaron al género humano, al menos encontramos algunos datos de estos bárbaros en los libros chinos, cuyo pueblo fue la nación civilizada más antigua que conocemos después de la India. Por dichos libros sabemos que en cierta época remotísima los hunos se lanzaron como lobos hambrientos asolando y destruyendo países que hoy día se consideran lugares de destierro y de horror. Tan afligente y miserable es esa pesquisa histórica, que es preferible aprender un oficio en París, o en cualquier provincia, a estudiar seriamente la historia de los hunos y de los osos. Con todo, nos han ayudado en estas averiguaciones algunos archivos de China.

 

Pero en cuanto a los celtas, no existen archivos donde les podamos estudiar, ni sabemos más de ellos que de los semoyedos y de los países australes. No tenemos más noticias fehacientes de nuestros antepasados que las pocas palabras que a su conquistador Julio César le plugo decir. Empieza sus Comentarios dividiendo las Galias en belgas, aquitanios y celtas. De ello algunos sabios dedujeron que los celtas eran escitas y en los escitas‑celtas han comprendido Europa entera. ¿Por qué no han comprendido todo el mundo?, ¿por qué se han parado en el camino?

 

Y no faltan sabios que aseguran que Jafet, hijo de Noé, en cuanto salió del Arca se precipitó a poblar de celtas inmensas regiones, que gobernó maravillosamente. Hay autores más modestos que atribuyen el origen de los celtas a la Torre de Babel y a la confusión de lenguas. En su Cronología Sagrada, Bochart toma diferente camino: afirma que las innumerables hordas de celtas formaron una especie de colonia egipcia que fue conducida hábilmente por Hércules desde las fértiles orillas del Nilo hasta los bosques y pantanos de Germania, donde esos colonos introdujeron las artes, el idioma egipcio y los misterios de Isis, de todo lo cual no hemos podido encontrar indicio alguno.

 

Otros historiadores han creído hallar los orígenes del pueblo en cuestión diciendo que los celtas de las montañas del Delfinado se llamaban cottiens por ser vasallos del rey Cottius, los berichons por depender de su rey Betrich, los welches o galos por depender de su rey Vallus, y los belgas de su rey Balgen. Todavía es más enigmático el origen de los celtas‑pannoniens, nombre tomado de la voz latina pannus, que significa paño; según nos dicen, éstos vestían con trozos de tela mal cosidos y trajes semejantes a los arlequines. Pero no cabe duda que es mejor origen el de la Torre de Babel.

 

¡Sagaces historiadores que tanto habéis escrito sobre las hordas salvajes, que no saben leer ni escribir! Admiro vuestra laboriosa terquedad y en cuanto a vosotros, salvajes celtas, permitidme que os diga, como digo a los hunos, que gentes que carecen de una mínima noción de las artes útiles o agradables, no merecen ocupar nuestra atención. Se nos dice que erais antropófagos. Pero, ¿quién no lo ha sido? Dícese también que vuestros druídas eran sacerdotes muy sabios. Eso lo veremos en el artículo Druidas.

 

CEREMONIAS, TÍTULOS, etc. Todas esas cosas, que serían inútiles y hasta cargantes en un estado de pura naturaleza, son muy útiles en el estado actual social, corrompido y ridículo.

 

China es el pueblo que más se ha excedido en las ceremonias. No cabe duda que lo mismo sirven para calmar el espíritu que para fastidiarle. Los soguillas, carreteros chinos, se ven obligados, al menor entorpecimiento que ocasionan en las calles, a arrodillarse unos ante otros y pedirse mutuamente perdón, obedeciendo a lo prescrito. Esta urbanidad evita las injurias, peleas y hasta heridas y muertes. Da tiempo para que se apacigüen los que iban a pegarse, se tranquilicen y se ayuden recíprocamente.

 

Cuanto más libre es un pueblo, menos ceremonias usa, menos títulos pomposos y menos demostraciones de humildad ostensible al superior. A Escipión le llamaban simplemente Escipión, y a César, César. Posteriormente, a los emperadores romanos los llamaron Vuestra Sacra Majestad, Vuestra Divinidad.

 

Los apóstoles Pedro y Pablo no tuvieron más títulos que sus nombres, y sus sucesores se otorgaron a sí mismos el de Vuestra Santidad, título que no figura en los Hechos de los Apóstoles ni en los escritos de sus discípulos.

En la Historia de Alemania se nos dice que el delfín de Francia, futuro Carlos V, cuando fue a Metz a visitar al emperador Carlos IV marchaba detrás del cardenal Perigord. Hubo un tiempo en que los cancilleres precedían a los cardenales; más tarde, los cardenales precedieron a los cancilleres. En Francia, los pares precedieron a los príncipes de sangre real, formados por orden de antigüedad hasta la consagración de Isabel, esposa de Carlos IX, efectuada en 1571. Descrita por Simón Bouquet, nos cuenta que las damas y azafatas de la reina, habiendo entregado a la dama de honor el pan, el vino y el cirio con el dinero para la ofrenda que debían ser presentadas a la reina por la mencionada dama de honor, ésta, como era duquesa, recabó de las damas que ellas mismas presentaran la ofrenda a las princesas. Esta dama de honor era la condestable y duquesa de Montmorency.

 

El sillón, el escabel, la mano derecha y la mano izquierda, han sido durante muchos siglos importantes asuntos políticos y causa de muchos resentimientos y no menos quejas. Sospecho que la antigua etiqueta concerniente a los sillones data del tiempo de nuestros abuelos, en que sólo había un sillón en toda la casa para el que estaba enfermo. Mucho más tarde, cuando el lujo se introdujo en las cortes y los grandes de la tierra tuvieron en sus moradas dos o tres sillones, fue una gran distinción sentarse en uno de ellos.

 

Cuando el cardenal Richelieu estaba concertando el matrimonio de Enriqueta de Francia y Carlos I con los embajadores ingleses, estuvo en un tris que se desbaratara el enlace por la exigencia de los embajadores para que una puerta fuese más ancha. Creo que si hubieran propuesto a Escipión que se desnudara, cubriéndose con una sábana para recibir la visita de Aníbal, la ceremonia le habría parecido muy divertida.

 

El orden de colocación de las carrozas ha sido también un distintivo de grandeza y un venero de pretensiones, disputas y querellas durante un siglo entero. Se estimaba como señalada victoria hacer pasar una carroza delante de otras. Cuando un ministro de España pudo conseguir que su carruaje se colocara detrás del embajador portugués, envió un correo a Madrid para comunicar al rey su señor la distinción que acababa de alcanzar.

 

Nuestras historias nos divierten al presentarnos varios compatriotas disputándose a puñetazo limpio la precedencia. Sólo en París, el Parlamento contra el obispo en el funeral de Enrique IV, la Cámara de las Cuentas contra el Parlamento, que tuvo lugar en la catedral al nombrar Luis XIII a la Virgen patrona de Francia; la de la pelea del duque de Epernón en la iglesia de San Germán, con el guardasellos Vair, y tantos otros casos de los que no encontramos precedentes en el Areópago ni en el Senado romano.

 

Conforme los países son más bárbaros o las cortes más débiles, se abusa más del ceremonial. El verdadero poder y la verdadera cultura son enemigos de la vanidad. Es de presumir que al fin quede abolida la costumbre, que siguen todavía algunos embajadores, de arruinarse por desfilar por las calles con una carroza de alquiler y precedida de varios lacayos a pie. A esta costumbre se llama hacer su entrada el embajador. Es grotesco entrar en una ciudad meses después de haber llegado a ella.

La importante cuestión del puntiglio constituye la grandeza de los italianos. Esa ciencia estriba en el número de pasos que deben darse para despedir hasta la puerta a un monseñor, de correr un cortinaje hasta la mitad o totalmente, de pasearse por una estancia hacia la derecha o hacia la izquierda, etc. Ese gran arte, que los Fabio y los Catones desconocieron, está en trance de desaparecer y los aspirantes a la dignidad cardenalicia se lamentan de su decadencia.

 

Un coronel francés que se hallaba en Bruselas un año después que el mariscal de Sajonia tomó dicha ciudad, no sabiendo qué hacer decidió asistir a una reunión. Pero al decírsele que se celebraba en casa de una princesa y que sólo asistían príncipes, el coronel contestó: «No importa, esos príncipes son muy bondadosos. El año pasado hice esperar a una docena de ellos en mi antecámara, cuando tomamos esta ciudad, y sé que todos son muy corteses».

 

Repasando a Horacio, me agradó esta idea que encontré en una de sus cartas dedicada a Mecenas: Te, dulcis amice, revisam (Iré a veros, mi buen amigo). Mecenas era la segunda persona del Imperio romano esto es, un hombre más importante y poderoso que hoy el principal monarca de Europa. Leyendo a Corneille paré mientes en una carta que dirigió a Scuderi, deán de Nuestra Señora de la Guarda, que refiriéndose al cardenal Richelieu decía: «El señor cardenal, vuestro maestro y el mío». Esta es quizá la primera vez que se habla así de un ministro desde que en el mundo hay ministros, reyes y aduladores.

 

Se cuenta que un veterano oficial que hacía caso omiso del puntillo de la vanidad, al escribir una carta al marqués de Louvois le llamó sencillamente señor; al no obtener respuesta le volvió a escribir llamándole monseñor, y tampoco obtuvo contestación porque la palabra señor se le atragantó. Le escribió por tercera vez encabezando la carta de esta manera: A mi dios Louvois. Estos casos y tantos otros que pudiéramos presentar, ¿no demuestran que los romanos de la gran época imperial eran grandes y modestos, y que nosotros somos pequeños y vanidosos? a¿Cómo estáis, querido amigo?», preguntó un duque a un par y gentilhombre. «A vuestras órdenes, mi querido amigo», respondió éste, y desde entonces tuvo a su querido amigo por enemigo implacable. Un grande de Portugal, cuando hablaba con un grande de España, le decía a cada momento: «Vuestra Excelencia». Y el español le respondía: «Vuestra Merced» título que se da a quienes no tienen ninguno. Picado el luso, desde entonces llamó al español Vuestra Merced, y entonces el grande de España le dio el tratamiento de Excelencia. Picado de nuevo el portugués, le preguntó: «¿Por qué me llamáis Vuestra Merced cuando os doy el tratamiento de Excelencia, y Excelencia cuando os llamo Vuestra Merced?» «Porque me es igual daros un título que otro —contestó el español—, con tal de que nunca seáis igual que yo.»

 

La vanidad de los títulos no se introdujo en los pueblos del norte de Europa hasta que los romanos conocieron el fasto asiático. La mayor parte de los reyes de Asia eran y son todavía primos hermanos del Sol y de la Luna. Sus vasallos no se atreven nunca a emparentar con ellos, y empalarían al que se creyera pariente lejano de la Luna y del Sol.

 

Creo que fue Constantino el primer emperador romano que cargó la humildad cristiana con el peso de nombres pomposos. Y aunque es cierto que antes de su época se daba a los emperadores el título de dios, esta palabra no la entendían como nosotros. Diciendo divus Augustus, divus Trajanus, querían decir: santo Augusto, santo Trajano. Creían que era inherente a la divinidad del Imperio romano que el alma de su emperador fuese al cielo después de la muerte de éste, y con frecuencia daban el título de santo, de divus, al soberano, como anticipándole el que debía adquirir después de su óbito. Por una razón similar a ésta, a los primitivos patriarcas de la Iglesia católica les daban el título de Vuestra Santidad para recordarles lo que habían de ser.

 

Algunos eclesiásticos se complacían a veces en darse a sí mismos títulos modestos para que los demás les concedieran otros más honrosos. Hubo abad que a sí mismo se llamaba hermano, pero exigía que los monjes de su comunidad le llamaran monseñor. El papa toma el título de servidor de los servidores de Dios. Un cándido sacerdote de Holstein que tuvo que escribir al papa, le dirigió la carta con este encabezamiento: A Pío IV, servidor de los servidores de Dios. Cuando fue a Roma en demanda de lo que solicitaba, la Inquisición le metió en la cárcel para enseñarle cómo tenía que escribir al papa.

 

Antiguamente, al emperador se le daba el título de Majestad. Los demás monarcas se llamaron Vuestra Alteza, Vuestra Serenidad, Vuestra Gracia. El primer rey de Francia que obtuvo el tratamiento de Majestad fue Luis IX, título no menos conveniente a la dignidad de la dinastía hereditaria que a la monarquía electiva, no obstante, los sucesores de Luis XI siguieron llamándose Altezas. Todavía conservamos cartas dirigidas a Enrique III en que le dan dicho título. Los Estados de Orleáns se opusieron a que llamasen Majestad a la reina Catalina de Médicis, pero poco a poco prevaleció este título.

 

El protocolo alemán siempre invariable en sus hábitos, opinó y continúa opinando que a los reyes se les debe tratar de Serenidad. En el famoso tratado de Westfalia, en que Francia y Suecia dictaron leyes al Sacro Imperio Romano, los plenipotenciarios del emperador, en las exposiciones en latín que presentaron, decían siempre que Su Sagrada Majestad Imperial establecía convenios con los serenísimos reyes de Francia y de Suecia, y los franceses y los suecos decían a su vez que las Sagradas Majestades de Francia y de Suecia tenían que alegar agravios hechos por el Serenísimo Emperador.

 

Felipe II fue el primer soberano de España que obtuvo el título de Majestad, porque la serenidad de Carlos V se tornó en Majestad cuando heredó el imperio. Los hijos de Felipe II fueron los primeros infantes que obtuvieron el título de Altezas, y luego se llamaron Altezas Reales. El duque de Orleáns, hermano de Luis XIII, se otorgó el título de Alteza Real en 1631, y al enterarse el príncipe de Condé tomó el de Alteza Serenísima, que nunca se atrevieron a adoptar los duques de Vendome. El duque de Saboya no tardó en cambiar el título de Alteza Real por el de Majestad, y el gran duque de Florencia hizo lo propio. El zar, que hasta entonces en Europa le llamaban Gran Duque, se llamó a sí mismo emperador y como tal le reconocieron todas las naciones.

En Francia, el título de Monseñor a los obispos se dio en la época del cardenal Richelieu; se les otorgaba el tratamiento de reverendísimo padre en Dios, y antes de 1635 los obispos ni siquiera daban el tratamiento de Monseñor a los cardenales. Esas dos costumbres las estableció cierto obispo de Chartres que, revestido con la muceta y el roquete, rindió visita al cardenal Richelieu llamándole Monseñor. Al saberlo Luis XIII, cuentan que dijo: «Ese obispo iría a besar el culo al cardenal y metería en él la nariz hasta que el cardenal le dijera ¡basta! ». Desde esa época los prelados de Francia se dan recíprocamente el tratamiento de Monseñor.

 

En cambio, a los duques y pares les costó gran trabajo obtener dicho título. La antigua nobleza y la magistratura se negaban a concedérselo.

 

El culmen del éxito del orgullo humano consiste en recibir títulos honoríficos de los que crean ser iguales a nosotros, pero es difícil conseguirlo porque siempre el orgullo choca con el orgullo. Cuando los duques exigieron a los pobres hidalgos que los trataran de Monseñor, los presidentes de las Audiencias lo exigieron también a los abogados y a los fiscales. Hubo un presidente que se negó a dejarse sangrar porque su cirujano le preguntó: «¿De qué brazo quiere el señor que le sangre?». Hubo un consejero del Tribunal Supremo que todavía se expresó con mayor claridad; un litigante le dijo: «Monseñor, el señor vuestro secretario...». Y el consejero le interrumpió diciéndole: «Habéis dicho tres tonterías en tres palabras. No soy Monseñor, ni mi secretario es señor. Es mi oficial».

 

Para acabar con este puntillo de la vanidad, en Francia tendrá que llegar el día en que llamemos monseñor a todo el mundo. Cuando en España un menesteroso encuentra a otro mendigo, le dice: a¿Vuestra merced ha tomado chocolate?». Tratarse con tanta cortesía eleva el alma y conserva la dignidad de la especie.

 

El duque de Epernón, que fue el primero de los gascones por su orgullo pero no alcanzó a ser de los primeros como hombre del Estado, poco antes de morir escribió al cardenal Richelieu una carta que concluía ofreciéndosele en estos términos: «Vuestro más humilde y más obediente servidor». Pero después de escrita y enviada, recordó que el cardenal sólo se había ofrecido en la suya con un muy afectísimo. Envió inmediatamente un mensajero para recoger la carta antes de llegar a su destino; escribió otra, puso en ella muy afectísimo, y murió tranquilo.

 

CERTIDUMBRE, CERTEZA. Estoy en lo cierto, tengo amigos, mi fortuna está asegurada, mis padres nunca me abandonarán, me harán justicia, el libro que he escrito es bueno y será bien acogido, me deben y me pagarán, mi amante será fiel porque lo ha jurado, el ministro me ascenderá en la carrera porque lo ha prometido. Semejantes frases, un hombre con experiencia las borra de su lenguaje.

 

Cuando los jueces sentenciaron a Langlade, Lebrun, Calas, Sirvent Martín, Montbailly y tantos otros, que más tarde se reconoció que eran inocentes, tenían la certeza o debieron tenerla de que eran culpables. Y se equivocaron. Hay dos maneras de equivocarse, de juzgar mal: como hombre de talento, y como hombre torpe. Los citados jueces se equivocaron como hombres de talento en el proceso de Langlade; les cegaron apariencias que podían deslumbrar y no examinaron detenidamente las apariencias contrarias. Su mismo talento les llevó a la certeza de que Langlade había cometido el robo que no cometió, y con la certidumbre incierta del espíritu humano sometieron a tortura a un gentilhombre, le incomunicaron en un calabozo y le condenaron a galeras, en las que murió. En otro calabozo encerraron a su esposa con una niña de siete años que muchísimo más tarde contraería matrimonio con un magistrado del Parlamento que sentenció a su padre a galeras y desterró a su madre.

 

Es indudable que los jueces no hubieran pronunciado dicha sentencia de no haber tenido la certidumbre del delito. Sin embargo, cuando pronunciaron la sentencia algunas personas sabían que el robo lo había cometido el sacerdote Gagnad, en complicidad con un ladrón de caminos, y la inocencia de Langlade sólo se reconoció después de su muerte. También estaban en lo cierto los jueces que con una sentencia de primera instancia condenaron al suplicio de la rueda al inocente Lebrun, el cual apeló, siendo confirmada la sentencia por los jueces de segunda instancia. El desventurado Langlade murió a consecuencia de las torturas que le infligieron.

 

Por ser sobradamente conocidos los procesos de Calas y de Sirvent pasemos al de Martín, que no lo es tanto. Era un agricultor afincado en Lorena. Un malvado le robó el traje que llevaba, se vistió con él y esperó en un camino real a un viajero que debía pasar por allí cargado de oro y cuyo paso acechaba. Acusado Martín de este delito, su traje constituye la prueba contra él y los jueces la aceptan como cierta. Ni la buena conducta del acusado, ni su numerosa familia virtuosamente educada, ni el no haberle encontrado dinero en casa, prueban que no había desvalijado al muerto: nada pudo salvarle. El juez de primera instancia cree contraer un mérito siendo riguroso y sentencia al inocente a sufrir el suplicio de la rueda; el tribunal de la Tournelle confirma esta sentencia y el anciano Martín muere en el suplicio, protestando ante Dios de su inocencia. Al tiempo que se exponen sus miembros rotos en el camino real, el verdadero culpable, el que cometió el robo y el asesinato, se ve encerrado en una cárcel por haber cometido otro crimen, y en la misma tortura a que le condenan confiesa que es el único culpable del delito que se había atribuido a Martín.

 

En cuanto a Montbailly, fue acusado de haber matado a su madre en complicidad con su mujer, cuando en realidad murió de apoplejía. Pero la Audiencia de Arras le condenó a morir en el suplicio de la rueda y sentenció a su mujer a morir quemada en la hoguera. Reconocieron la inocencia de ambos esposos, pero tarde, después de cumplidas sus sentencias. Pasemos por alto la multitud de semejantes hechos funestos que nos hacen lamentar la condición humana, pero lamentémonos también de la certidumbre que creen tener los jueces para dictar tales sentencias.

 

No puede haber certidumbre cuando física o moralmente es posible que las cosas sean de otra manera. Siendo imprescindible hacer una demostración para probar que la superficie de una esfera es equivalente a cuatro veces el área de su círculo, ¿no será preciso tener prueba al canto para quitar la vida a un ser humano mediante pavorosas torturas? Si tan malhadada es la humanidad que se ve obligada a satisfacerse con verosímiles probabilidades, debe por lo menos parar mientes en la edad, la clase, la conducta del acusado y el interés de sus enemigos en perderle. La conciencia de cada juez debe preguntarse: «¿El mundo entero no me condenará por haber pronunciado semejante sentencia?, ¿podré dormir tranquilo con las manos teñidas en sangre inocente?».

 

De este cuadro horrendo pasemos a exponer otros ejemplos de una certidumbre que conduce derechamente al error:

 

«¿Por qué vas cargado de cadenas, fanático santón? ¿Por qué oprimes tu miembro viril con un anillo de hierro?» «Porque obrando tengo la certeza de que ocuparé un día un sitio de preferencia en el paraíso y estaré al lado del gran profeta.» «Ven, pobre viejo, ven conmigo al monte Athos, y allí verás a tres mil miserables que tienen la certidumbre de que te hundirás en el golfo que está al pie de la montaña y ellos ascenderán hasta el primer paraíso.»

 

«Detente, alocada viuda malabar: no creas a ese demente que te predica y convence de que te reunirás con tu marido para gozar juntos los deleites de otro mundo, arrojándote en la hoguera para que te abrasen las llamas.» «Quiero morir quemada, porque si así lo hago, después de muerta viviré feliz con mi marido en la otra vida: el brahmán me lo asegura.»

 

Si hubierais preguntado a todo el mundo, antes de la época de Copérnico, «¿Ha salido o se ha puesto el sol, hoy?, todo el mundo os habría contestado que estaban seguros de que habían acaecido ambas cosas.

 

Los sortilegios, las adivinaciones y las obsesiones, han sido certidumbres para todos los pueblos durante muchos siglos.

 

Un joven que empieza a estudiar geometría y a quien se la explico, no ha llegado todavía más que a la definición de los triángulos. «¿No es cierto —le pregunto— que los tres ángulos de un triángulo son iguales a dos rectos?» El joven me responde que no tiene la certeza de ello, ni siquiera tiene una noción clara de esa proposición, pero se la demuestro y desde entonces lo considera cierto y lo estará toda la vida. Esta certidumbre es diferente de las otras, que sólo eran probabilidades, y que si se examinan se tornan en errores. En cambio, la certidumbre matemática es inmutable y eterna.

 

Existo, porque pienso y siento el dolor; esto es tan cierto como una verdad geométrica. Por la razón obvia de que esa verdad lo prueba el mismo principio por el que es imposible que una cosa sea y no sea a la vez. Yo no puedo a la vez existir y no existir, sentir y no sentir; al igual que el triángulo no puede al mismo tiempo tener ciento ochenta grados, que constituyen la suma de los dos ángulos rectos, y no tenerlos. La certidumbre física de mi existencia y mi sentimiento y la certidumbre matemática tienen, pues, el mismo valor, aunque sea de distinta clase.

 

No ocurre lo mismo con la certidumbre que se basa en las apariencias o referencias de los hombres. ¿Me decís que no es cierto que existe Pekín? ¿No tenéis en casa seda de esa ciudad? Personas de diferentes países, que piensan de forma distinta, que escriben unas contra otras, pero que todas afirman que existe Pekín, ¿no os confirman la existencia de esa ciudad? Contesto a esto que es verdaderamente probable que cuando lo dijeron existiera una ciudad que se llamara Pekín, pero no apostaría la vida a que esa ciudad existe hoy, y sí la apostaría afirmando que los tres ángulos de un triángulo son iguales a dos ángulos rectos.

 

CESAR. No vamos a ocuparnos aquí de Julio César como marido de muchas mujeres, ni como mujer de muchos maridos, ni como vencedor de Pompeyo y los Escipiones, ni como escritor satírico que puso en ridículo a Catón, ni como malversador del erario público que se aprovechó de los sestercios de los romanos para tiranizarles, ni como vencedor clemente que perdonó a los vencidos, ni como sabio que reformó el calendario ni como tirano y padre de su patria al que asesinaron sus amigos y su hijo bastardo. Únicamente vamos a ocuparnos de él por descender de los bárbaros que subyugó y por estimarle como hombre único.

 

No podéis visitar una sola ciudad de Francia, de España, de sobre el Rin o de las riberas de Inglaterra, hacia Calais, sin que encontréis algunos pobres hombres que se vanaglorien de haber tenido a César entre ellos. El vecindario de Douvres está convencido de que César edificó su castillo, y los ciudadanos de París que edificó el gran Chatelet. Hay señor de Francia que al enseñar una vetusta torre que hoy utiliza para palomar, dice que César fue quien proporcionó el sitio para sus palomos. Cada provincia disputa a la provincia vecina el honor de haber sido la primera en la que César dio correas para los estribos, y unas y otras aseguran que por este u otro camino pasó César cuando vino a degollarnos, a engañar a nuestras mujeres, acariciar nuestros hijos, a imponernos leyes y a llevarse el poco dinero que teníamos

 

Los hindúes son más circunspectos. Tienen noticias vagas de que un gran bandido, que se llamaba Alejandro, irrumpió en su territorio con otros bandidos, pero nunca se ocupan de este hecho. Un anticuario italiano de paso por tierras de Bretaña, quedó asombrado al oír a los eruditos de Vannes enorgullecerse de que su ciudad había servido de morada a Julio César. «¿Conservaréis, sin duda, algunos monumentos de ese gran hombre?». «Sí —le respondió uno de los eruditos—, os enseñaremos el sitio donde mandó ahorcar a los seiscientos miembros que componían el Senado de nuestra ciudad.» Unos ignorantes que en 1775 encontraron en el canal de Kerantrait un centenar de postes, osaron decir en los periódicos que eran los restos de un puente que construyó César, pero les he demostrado en un trabajo que publiqué en 1756 que eran las horcas donde colgaron a los senadores. No hay ninguna ciudad en las Galias que pueda decir otro tanto. César se ocupó de nosotros, y en sus Comentarios refiere que somos inconstantes y que preferimos la libertad a la esclavitud. Nos acusa de ser insolentes hasta el extremo de tomar rehenes de los romanos, quienes también nos los tomaron, y no quisimos libertarlos hasta que nos devolvieran los nuestros. Nos enseñó a vivir (1).»

 

(1) De bello gallico, libro III.

 

Esta conversación dio pie a una acalorada disputa entre los eruditos de Vannes y el anticuario. La mayoría de los bretones no concebían que fuera digno de encomio que los romanos engañaran una tras otra a todas las regiones de las Galias, que se sirvieran de ellas sucesivamente para causar su ruina, que asolaran una cuarta parte y que redujeran a la esclavitud las otras tres cuartas partes de dichas regiones.

 

«Esos triunfos son pasmosos —replicó entusiasmado el anticuario—. Yo llevo en el bolsillo una medalla que representa el triunfo de César en el Capitolio; es una de las medallas mejor conservadas que existen.» Un bretón se la quitó de la mano con brusquedad y la echó al río en cuanto el anticuario la sacó del bolsillo para enseñarla. «Así querría yo ahogar a todos los que emplean su talento y su poder en sojuzgar a los demás hombres. Antiguamente, Roma nos engañó, nos desunió, nos oprimió y nos asesinó, y todavía hoy Roma disfruta de muchos de nuestros beneficios. ¡Parece imposible que seamos, tanto tiempo, tan humildes y obedientes! » En estos términos habló el rudo bretón.

 

Como colofón al anterior diálogo del bretón y el anticuario, permítaseme añadir que Perrot de Ablancourt, traductor de los Comentarios de César, en la dedicatoria al gran Condé, escribe: «¿No os parece, monseñor, que estáis leyendo la vida de un filósofo cristiano al leer la vida del emperador?». ¡Valiente filósofo cristiano! Después de esto, me extraña que no le hayan canonizado. Los que escriben dedicatorias dicen muchas bobadas.

 

CICERÓN. En Francia, con la decadencia de las artes, en la época de las paradojas y del envilecimiento de la literatura, es cuando se intenta menoscabar la fama de Cicerón. Y el que trata de deshonrar su memoria es precisamente uno de sus discípulos: un hombre que ejerce su ministerio defendiendo a los acusados al igual que Cicerón. Es un abogado que estudió la elocuencia de ese gran maestro, un ciudadano que, como aquél parece animado del amor al bien público: Simón Nicolás Enrique Llinguet. En su libro Canales navegables de Picardía y toda Francia, obra escrita con miras patrióticas, aunque poco prácticas, nos deja estupefactos la siguiente filípica contra Cicerón, quien jamás hizo abrir canal alguno:

 

«El hecho más glorioso de la historia de Cicerón es el aborto de la conspiración de Catilina, pero si bien se comprende, le dieron más importancia de la que realmente tuvo en Roma. El peligro existía más en los discursos de Cicerón que en la conjuración de Catilina, que sólo fue una conjura de borrachos, fácil de dominar Ni el jefe ni sus secuaces habían tomado medida alguna para asegurar el éxito de su crimen. En ese asunto, lo único sorprendente es el sinnúmero de medidas que adoptó el cónsul y la facilidad con que le dejaron sacrificar a su amor propio multitud de vástagos de diferentes familias. Por otro lado, la vida de Cicerón está llena de detalles vergonzosos, su elocuencia era venal y su alma pusilánime. Cuando el interés no inspiraba su verbo, lo alentaba el miedo o la esperanza. El deseo de adquirir protectores le movía a subir a la tribuna para defender sin pudor a hombres más deshonrosos y peligrosos que Catilina. Entre sus clientes había muchos malvados y por ironía singular de la justicia divina quitó la vida a uno de esos miserables, al que el arte de su elocuencia había librado de los rigores de la justicia humana.» Por más que diga el mencionado autor, la conjuración de Catilina ocasionó en Roma gran perturbación y la puso en inminente peligro. Para desbaratar dicha conjuración hubo que entablar una batalla tan sangrienta que la historia no ofrece ejemplo de semejante carnicería, ni de valor tan intrépido. Los soldados de Catilina, después de dar muerte a la mitad del ejército de Petreyo, murieron todos, y Catilina pereció acribillado de heridas sobre un montón de cadáveres que fueron hallados con la cara vuelta hacia el enemigo. No fue una conjura fácil de dominar. César, que la favoreció, aprendió en ella a conspirar con mejor éxito contra su patria.

 

Dice el referido autor que Cicerón defendía sin pudor a hombres más deshonrados y peligrosos que Catilina. ¿Hacía algo semejante cuando defendió en la tribuna a Sicilia contra Verres, y a la república romana contra Marco Antonio? ¿Cuando impulsaba la clemencia de César en favor de Ligario y del rey de Yotar? ¿Cuando con su elocuencia logró que obtuviera el derecho de ciudadano el poeta Arquías? ¿Cuando, pronunciando un magnífico discurso en defensa de la ley Manilia, consiguió que todos los romanos votasen en favor del gran Pompeyo?

 

Es cierto que abogó en favor de Milón, asesino de Clodio, pero éste se hizo acreedor por su acción al fin trágico que tuvo. Clodio fue cómplice en la conjuración de Catilina. Clodio era su mortal enemigo, sublevó a Roma contra él y le castigó por haber salvado a Roma. Además, Milón era amigo suyo.

 

Uno no se explica que en nuestros días haya existido un escritor que osara decir que Dios castigó a Cicerón por haber defendido al tribuno militar Popilio Lena, y que la venganza divina hizo que le asesinara dicho tribuno. Nadie sabe si Popilio Lena era o no culpable del crimen que justificó Cicerón al defenderle, pero es indudable que ese monstruo fue culpable de la más vil ingratitud, la más infame avaricia y la más execrable barbarie, al asesinar a su bienhechor para cobrar la cantidad que le pagaron tres monstruos como él. Sólo al referido escritor se le ocurrió considerar el asesinato de Cicerón como un acto de la justicia divina. No se hubieran atrevido a tanto los triunviros. Todos los siglos anteriores al nuestro han condenado y llorado la muerte del padre de la elocuencia.

 

Reprochan a Cicerón que se vanagloriase con frecuencia de haber salvado a Roma y amar excesivamente su gloria, pero no debemos olvidar que sus enemigos trataban de empañarla. Un partido tiránico le condenó al destierro y demolió su casa sólo porque preservó las casas de Roma del incendio con que Catilina las amenazaba, y es justo vanagloriarse de nuestros servicios cuando los demás los desconocen, y sobre todo cuando se consideran un crimen.

 

Todavía admiramos a Escipión porque contestó a sus acusadores estas parcas, pero expresivas, palabras: «En tal día como hoy vencí a Aníbal; vamos a dar gracias a los dioses». Fue a cumplir lo que dijo seguido por todo el pueblo hasta el Capitolio, y nuestra simpatía le sigue aún cuando leemos ese rasgo de la historia, aunque mejor hubiera sido rendir cuentas que salirse de la cuestión pronunciando esas palabras.

 

El pueblo romano admiró también a Cicerón el día que finalizó su consulado, cuando al verse obligado a prestar los juramentos ordinarios y disponiéndose a arengar al pueblo, según era costumbre, se lo impidió el tribuno Mebelo, que quería ultrajarle. Cuando Cicerón pronunció las palabras «Lo juro», el tribuno le interrumpió para decir que no permitiría que dirigiera la palabra al público. El pueblo, al oírlo, elevó un inmenso murmullo. Cicerón se detuvo un momento, y esforzando su voz noble y sonora, dijo por toda arenga: «Juro que he salvado a la patria». Entusiasmado, el pueblo gritó: «Nosotros juramos que dice la verdad». Fue el momento más hermoso de la vida de Cicerón. Así es cómo se debe amar la gloria.

 

Es imposible no estimar a Cicerón si se estudia su conducta como gobernador de Sicilia, que entonces era una de las provincias más importantes del Imperio romano, porque confinaba con Siria y con el imperio de los partos. Su capital era Laodicea, una de las más hermosas ciudades de Oriente, y esta provincia estaba entonces tan floreciente como hoy decadente en poder de los turcos, que nunca conocieron ningún Cicerón. Empezó por proteger a Ariobarzane, rey de Capadocia, rehusando los regalos que dicho rey quería entregarle. En plena paz, los partos marchan sobre Antioquía. Cicerón acude allí, alcanza a los partos después de una marcha forzada por el monte Taurs, y les obliga a huir persiguiéndoles en su retirada. Su general Orzaco perece con gran parte de su ejército. Desde allí corre a Pendenissum, capital de un país aliado con los partos, la ocupa y somete dicha provincia. A continuación se lanza contra los pueblos llamados tiburamiens, los derrota y sus tropas le otorgan el título de emperador, que conservó toda su vida. En Roma hubiera obtenido los honores del triunfo si Catón no se hubiera opuesto, obligando al Senado a que decretara festejos y dar gracias a los dioses cuando se debían dar a Cicerón.

 

Si tenemos presente la equidad y el desinterés de Cicerón durante su gobierno, su actividad y afabilidad, dos virtudes que rara vez van unidas, y los beneficios que reportó a los pueblos que gobernó como soberano absoluto, es preciso estimar a hombre tan recto. Si tenemos en cuenta que fue el primer romano que introdujo la filosofía en Roma, que sus Tusculanas y su libro de la Naturaleza de los dioses son las dos obras más hermosas que ha escrito la sabiduría humana y que su Tratado de los oficios es el libro más útil que se ha escrito bajo el aspecto moral, es todavía más imposible no estimar a un sabio como Cicerón. Compadezcamos a quienes no los han leído, pero compadezcamos más a quienes no le rinden justicia.

 

CIELO DE LOS ANTIGUOS. Si el gusano de seda denominara cielo a la pelusilla que forma su capullo, razonaría igual que lo hicieron los antiguos dando a la atmósfera el nombre de cielo, que es, como dice Fontenelle, la seda de nuestro capullo. Los antiguos creyeron que los vapores que exhalan los mares y la tierra y que forman las nubes, los meteoros y los truenos, eran la morada de los dioses. En las obras de Homero, los dioses descienden siempre de nubes áureas y por eso todavía hoy los pintores los representan sentados en una nube. Podían sentarse sobre el agua, pero era justo que el primero de los dioses, Júpiter, estuviera sentado con más comodidad que los otros, y le concedieron un águila como atributo, porque el águila vuela más alto que las demás aves.

 

Viendo los primitivos griegos que los señores de las urbes vivían en ciudadelas, en las cumbres de las montañas, convinieron en que los dioses debían residir también en alguna ciudadela y la situaron en Tesalia, en las cumbres del monte Olimpo, cuya cima es tan alta que con frecuencia la cubren las nubes. Así, desde el palacio de los dioses se podía pasar fácilmente al cielo.

 

Las estrellas y planetas, que parecen estar tachonados en la bóveda azul de nuestra atmósfera, se convirtieron en morada de los dioses; siete de ellos tuvieron su planeta para residir, y los otros se alojaron donde pudieron. Los dioses celebraban consejo general en una vasta estancia a la que iban por la Vía Láctea, pues necesitaban tener una sala en el aire ya que los hombres tenían casas de reunión en la tierra.

 

Cuando los titanes, especie de seres fabulosos intermedia entre los hombres y los dioses, declararon a éstos una guerra casi justa reclamando parte de la herencia paterna, puesto que eran hijos del cielo y de la tierra, pusieron dos o tres montañas unas sobre otras creyendo que sería suficiente para escalar el cielo y la ciudadela del Olimpo. Sin embargo, la distancia desde la tierra a esos astros es de seiscientos millones de leguas, lo que no es óbice para que Virgilio diga:

 

Sub pedibusque videt nubes et sidera Daphnis (Dafne ve bajo sus pies los astros y las nubes). ¿Dónde estaba, pues, Dafne?

 

En el teatro y en otros lugares más serios hacen descender a los dioses entre nubes y truenos, o lo que es lo mismo, pasean a Dios en los vapores de nuestro Globo. Tales ideas son tan conformes a nuestra debilidad que nos parecen grandes.

 

Esa física de niños y viejas trae su origen de la más remota Antigüedad. Créese, sin embargo, que los caldeos tenían ideas casi tan exactas como nosotros de lo que denominamos cielo. Situaban al sol en el centro del mundo planetario, casi a la distancia que hemos reconocido que existe de nuestro Globo y sabían que la tierra y algunos planetas giraban alrededor de ese astro. Esto es lo que asegura Aristarco de Samos, y es con escasa diferencia, el sistema del mundo que Copérnico perfeccionó después. Pero los filósofos se guardan el secreto para ellos con el fin de ser más respetados por los reyes y el pueblo, o quizá para no ser perseguidos.

 

El lenguaje del error es tan familiar para los hombres que todavía denominamos cielo a los vapores y al espacio entre la tierra y la luna. Decimos subir al cielo, como decimos que el sol sale y se pone, pese a que sabemos que el sol está fijo y no se mueve. Probablemente, la tierra será cielo para los habitantes de la luna, y cada planeta situará su cielo en el planeta más cercano.

 

Si hubieran preguntado a Homero en qué cielo estaba el alma de Sarpedón y dónde la de Hércules, Homero no hubiera sabido qué contestar y habría salido del apuro escribiendo versos armoniosos. ¿Qué seguridad podían tener de que el alma de Hércules se hubiera encontrado más a gusto en Venus, o Saturno, que en nuestro Globo? ¿Se encontraría acaso en el sol? No era presumible que debía estar en ese horno. En fin, ¿qué entendían por cielo los antiguos? No lo sabían. Decían siempre el cielo y la tierra, como si dijeran el infinito y un átomo. Rigurosamente hablando, no existe el cielo; existe una cantidad fabulosa de esferas que ruedan en el espacio, y nuestro Globo que rueda como los demás.

 

Los antiguos creyeron que ir a los cielos era ascender, pero no se asciende de un globo a otro porque los globos celestes unas veces están encima y otras debajo de nuestro horizonte. Por ejemplo, supongamos que la diosa Venus, habiendo venido de Pafos, regresara a su planeta cuando éste se hubiera puesto. Venus no ascendería, con relación a nuestro horizonte, sino que descendería‑ en este caso debíamos decir descendió al cielo. Pero los antiguos no estaban tan civilizados y sólo tenían ideas vagas, inciertas, contradictorias sobre todo en física. Se han escrito gruesos volúmenes para saber lo que pensaban en cuestiones de esta índole, y sólo dos palabras hubieran sido suficientes para decir que no pensaban nada. De esa regla general deben excluirse unos pocos sabios que llegaron tarde, desarrollaron sus pensamientos y, cuando se atrevieron a sacarlos a la luz, los charlatanes del mundo los enviaron al cielo por el camino más corto.

 

Un escritor llamado Pluche pretende demostrar que Moisés era un gran físico; otro, antes que él, llamado Juan Amerpoel, se propone conciliar a Moisés con Descartes asegurando que aquél fue el inventor de los torbellinos y de la materia sutil, pero lo asegura baldíamente, porque todos sabemos que Dios hizo de Moisés un legislador y un profeta, pero no pretendió que fuera un profesor de física. Dictó leyes a los judíos, pero no les enseñó una palabra de filosofía. Dom Calmet, que ha compilado mucho, pero que nunca razona, se ocupa del sistema de los hebreos, pero ese pueblo tosco estaba muy lejos de tener un sistema, pues siquiera tuvo escuela de geometría e incluso desconocía ese nombre. Su única ciencia consistía en sacar sustanciosas ganancias como cambista y usurero. En sus libros se encuentran algunas ideas oscuras, incoherentes y dignas de un pueblo bárbaro en lo tocante a la estructura del cielo. Su primer cielo era el aire y el segundo el firmamento, en el que están prendidas las estrellas. Ese firmamento era sólido y de hielo y contenía las aguas superiores, que se vertieron de su recipiente por puertas, esclusas y cataratas en la época del diluvio.

 

Encima del firmamento o de las aguas superiores existía el tercer cielo que llamaban empíreo, a donde fue arrebatado san Pablo. Dicho firmamento era una especie de bóveda que abarcaba la tierra. El sol no podía dar la vuelta a un Globo que ellos no conocieron. En cuanto llegaba a Occidente regresaba a Oriente por un camino desconocido y no se le veía volver, porque, como dice el barón Toeneste, volvía de noche.

 

Tales ideas las adquirieron los hebreos de otras naciones. La mayoría de ellas, salvo la escuela de los caldeos, creían que el cielo era sólido y la tierra, fija e inmóvil, era más larga desde Oriente hasta Occidente que desde el Mediodía al Norte. De aquí provienen las palabras longitud y latitud que hemos adoptado. Profesando esas ideas era imposible que existieran los antípodas. Por eso san Agustín dice que es un absurdo creer que existanfi y Lactancio afirma categóricamente que hay gentes bastante dementes que creen que existen hombres cuya cabeza está más baja que sus pies. En el libro III de sus Instituciones, añade: «Puedo demostraros con argumentos que es imposible que el cielo rodee la tierra». San Crisóstomo asegura que yerran los que creen que los cielos son movibles y tienen forma circular.

 

Inútilmente, el autor del Espectáculo de la Naturaleza quiere dar el espaldarazo de filósofo a Lactancio y a Crisóstomo, porque cualquiera podrá contestarle que los dos fueron santos, pero que para ser santos no es imprescindible ser buenos astrónomos.

 

CIELO MATERIAL. Una ilusión óptica hace que desde nuestro pequeño Globo contemplemos cómo una bóveda rebajada aunque no exista más bóveda que nuestra atmósfera, que no está rebajada; que veamos siempre rodar los astros por esa bóveda y como en un mismo círculo, aunque no existan más que cinco planetas principales, diez lunas y un anillo que caminan como nosotros por el espacio; que nuestro sol y nuestra luna nos parezcan siempre un tercio mayores en el horizonte que en el cénit aunque estén más cerca del observador en el cénit que en el horizonte.

 

Así es como vemos el cielo material. Por esta ilusión óptica vemos los planetas tan pronto retrógrados como estacionarios, y no son ni uno ni lo otro. Si nos halláramos en el sol, veríamos todos los planetas y los cometas girar con regularidad a su alrededor en las elipses que Dios les asigna, pero estamos en el planeta que denominamos Tierra, es decir, en un rincón desde el que no podemos disfrutar de todos los espectáculos. Por tanto, no acusemos con Malebranche de error a nuestros sentidos porque las leyes invariables de la naturaleza, emanadas de la voluntad inmutable del Creador y proporcionadas a la constitución de nuestros órganos, no pueden ser erróneas.

 

Sólo podemos ver la apariencia de las cosas, pero no su realidad. Igual nos engañamos cuando el sol, ese astro que es un millón de veces más grande que la tierra, nos parece liso y de dos pies de anchura, igual que en un espejo convexo vemos un hombre en la dimensión de unas pulgadas.

 

Si los magos caldeos fueron los primeros que se aprovecharon de la inteligencia con que Dios los dotó para medir y colocar en su sitio los globos celestes otros pueblos más toscos no les imitaron. Esos pueblos infantiles y salvajes imaginaron que la tierra era llana, que estaba sostenida en el aire, no sé cómo, quizá por su propio peso; que el sol, la luna y las estrellas caminaban continuamente por un arco de bóveda sólido que llamaron firmamento; que ese arco conducía las aguas, teniendo puertas de espacio en espacio, y las aguas salían por ellas para humedecer la tierra. Pero, ¿cómo reaparecían el sol la luna y los demás astros después de haberse puesto? No lo sabían. El cielo tocaba con la tierra llana, por tanto no había medio de que el sol, la luna y las estrellas girasen por debajo de la tierra y fueran a aparecer en Oriente después de haberse puesto en Occidente. Es cierto que esos ignorantes tenían razón por casualidad, al no concebir que el sol y las estrellas fijas girasen alrededor de la tierra, pero ni por asomo podían sospechar que el sol estuviera inmóvil y que la tierra con su satélite girara alrededor de él con los demás planetas. Había más distancia desde sus suposiciones hasta el verdadero sistema del mundo que la hay desde las tinieblas a la luz.

 

Creían que el sol y las estrellas volvían por caminos desconocidos después de haber descansado en su carrera, en el mar Mediterráneo, sin saber concretamente en dónde. No conocían otra astronomía hasta la época de Homero, que es más reciente, dado que los caldeos guardaban en secreto su ciencia con el fin de que el pueblo los respetara. Homero dice repetidas veces que el sol se sumerge en el océano, donde reposa con el frescor de las aguas durante la noche, y pasada ésta se dirige al sitio por donde ha de salir siguiendo caminos que ignoran los mortales:

 

Dado que entonces la mayor parte de los pueblos de Siria y los griegos conocían algo de Asia y una pequeña parte de Europa, pero no tenían noción alguna de los países que estaban al norte del Ponto Euxino y al mediodía del Nilo, se figuraron que la tierra era un tercio más larga que ancha, y que por consiguiente el cielo, que estaba tocando con la tierra y la abarcaba, era también más largo que ancho. De ahí provienen los grados de longitud y de latitud, cuyos nombres conservamos, aunque dichos grados han sufrido cambios.

 

El Libro de Job, debido a un antiguo árabe que tenía algún conocimiento de la astronomía, puesto que se ocupa de las constelaciones, se expresa en estos términos: «¿Dónde estabais cuando abrí los cimientos de la tierra? ¿Quién tomó de ella las dimensiones y sobre qué base? ¿Quién puso la piedra angular?». El estudiante menos aprovechado le hubiera contestado hoy. La tierra no tiene piedra angular, ni base, ni cimientos. Y respecto a sus dimensiones, las conocemos perfectamente, porque desde Magallanes hasta Bougainville, varios navegantes han dado la vuelta al mundo. El mismo estudiante dejaría boquiabierto al declamador Lactancio y a todos los que antes y después de él han dicho que la tierra está fundada en el agua y que el cielo no puede estar debajo de la tierra y que, por lo tanto, es absurdo e impío suponer que existan los antípodas.

 

Es curioso leer el desdén y la compasión que inspiran a Lactancio los filósofos que, desde hace cuatrocientos años, empezaron a conocer el curso aparente del sol y de los planetas, la redondez de la tierra, la diafanidad de los cielos, cuyo espacio recorren los planetas dentro de sus órbitas, etc., lo que hace exclamar al citado escritor: «Es incomprensible por qué gradación los filósofos han llegado al extremo de la locura al creer que la tierra es una bola y de rodearla de cielo». El mismo estudiante replicaría a los teólogos que se expresan de igual modo dándoles la siguiente lección. Sabed que no existen cielos sólidos colocados unos sobre otros, como habéis supuesto, que no existen círculos reales en que los astros giren dentro de un supuesto disco‑ sabed que el sol ocupa el centro del mundo planetario, y que la tierra y demás planetas giran a su alrededor en el espacio, no trazando círculos, sino elipses. Sabed que no hay arriba ni abajo, porque los planetas y los cometas tienden todos hacia el sol, que es su centro, y el sol tiende hacia ellos por la ley de la gravitación eterna.

 

Lactancio y los demás charlatanes que han opinado como él se quedarían pasmados si vieran cómo es, en realidad, el sistema del mundo.

 

CIRCUNCISIÓN. Cuando Herodoto repite textualmente lo que le refirieron los bárbaros de los países por donde viajó, nos cuenta tonterías como la mayor parte de los viajeros, pero no nos exige que le creamos cuando nos narra las aventuras de Giges y de Candale; ni la de Arión montado en un delfín; ni cuando nos dice que, habiendo relinchado el caballo de Darío, declaró rey a su dueño, ni otras muchas historietas, aptas para divertir a los niños. Pero cuando Herodoto habla de lo que ha visto, de las costumbres de los pueblos que estudió, de las antigüedades que conoce, entonces es un historiador que habla a los hombres.

 

«Parece ser —dice en el libro de Euterpes— que los habitantes de Cólquida son originarios de Egipto. Y lo creo así más por convicción que por lo escuchado, ya que he visto que en Cólquida se acuerdan más de los antiguos egipcios que en Egipto de las antiguas costumbres de los colcos. Esos habitantes de las riberas del Ponto Euxino creen provenir de una colonia que estableció Sesostros, y lo juzgo así, no sólo porque son morenos y tienen el pelo atezado, sino también porque los pueblos de Cólquida, de Egipto y de Etiopía son los únicos del mundo que se hacen circuncidar, y los fenicios y palestinos confiesan que han tomado la circuncisión de los egipcios. Y los sirios, que habitan las márgenes del Termodón y de Patenia, y los macrous, sus vecinos, confiesan que hace poco tiempo que han admitido tal costumbre de Egipto. Dicha costumbre, considerada como ceremonia, es antiquísima en Etiopía y en Egipto. No podré asegurar qué país la tomó del otro, pero es verosímil que los etíopes la adoptaron de los egipcios, como, por contra, los fenicios suprimieron la costumbre de circuncidar a los recién nacidos cuando dejaron de tener comercio con los griegos.»

 

A la vista de este pasaje de Herodoto, es evidente que varios pueblos habían tomado la circuncisión de Egipto. Ahora bien, ninguna nación cree haber tomado esta costumbre de los hebreos. Por lo tanto, ¿a quién debemos atribuir el origen de esta costumbre, a la nación de la que confiesan haberla adquirido varios pueblos o a otra menos poderosa, comercial y menos guerrera, situada en un rincón de la Arabia Pétrea, que no ha transmitido ninguna costumbre a los demás pueblos?

 

Los hebreos dicen que antiguamente los recibieron por compasión en Egipto. Por lo tanto, ¿no es verosímil que el pueblo pequeño imitara esa costumbre de un pueblo grande, y que los hebreos la adquirieran de sus señores?

Clemente de Alejandría nos cuenta que, viajando Pitágoras por Egipto, se vio obligado a circuncidarse para ser admitido en sus misterios. Era, pues, imprescindible estar circuncidado para pertenecer a la clase de los sacerdotes de Egipto, que ya existían cuando José llegó a dicho país, clase antigua y celadora de las ceremonias con escrupulosa exactitud.

 

Los hebreos confiesan que permanecieron durante doscientos cinco años en Egipto y que no se circuncidaron en ese espacio de tiempo. Es obvio, pues, que durante esos dos siglos los egipcios no adoptaron la circuncisión de los hebreos. ¿Podían adoptarla acaso después, cuando los hebreos les robaron los vasos sagrados que les prestaron y huyeron al desierto, según su testimonio? ¿Adoptaría el amo la principal muestra de la religión de un esclavo ladrón y fugitivo? Eso sería obrar contra la naturaleza humana.

 

El libro de Josué dice que los hebreos fueron circuncidados en el desierto. He aquí sus palabras: «Os he librado de lo que constituía vuestro oprobio en Egipto». ¿Qué oprobio pudo ser éste para las gentes que se hallaban entre los pueblos de Fenicia, los árabes y los egipcios, que los hacía despreciables a los ojos de los tres países mencionados? ¿Cómo pudieron librarse de ese oprobio? Cortándoles un trozo de prepucio. ¿No es éste el sentido lógico del pasaje?

 

El Génesis dice que Abrahán había sido circuncidado anteriormente, pero Abrahán residió algún tiempo en Egipto, que desde hacía mucho era un reino floreciente y estaba gobernado por un rey poderoso; nada tiene de particular, pues, que en un reino tan antiguo estuviera ya establecida la circuncisión. Además, la circuncisión de Abrahán no tuvo consecuencias y su descendencia no se circuncidó hasta la época de Josué.

 

Antes de esta época, los hebreos confiesan que adoptaron varias costumbres de los egipcios. Les imitaron en muchos sacrificios y ceremonias, en los ayunos que observaban en las fiestas de Isis, en las abluciones y en raparse la cabeza los sacerdotes. El incienso, el candelabro, el sacrificio del buey, la purificación mediante el hisopo, la prohibición de comer cerdo y el horror que profesaban a los utensilios de cocina de los extranjeros, todo demuestra que los hebreos, a pesar de la aversión que sentían hacia la ilustrada nación egipcia, conservaron múltiples costumbres de sus antiguos amos. No debe extrañarnos, pues, que los hebreos imitaran a los egipcios en la circuncisión, como lo hicieron los árabes.

 

No resulta extraordinario que Dios, que santificó el bautismo, tan antiguo en los pueblos asiáticos, lo realizara también con la circuncisión, que no es menos antigua en los pueblos africanos.

 

El pueblo hebreo adoptó esta costumbre desde la época de Josué y la ha conservado hasta nuestros días. Los árabes han hecho otro tanto pero los egipcios, que en los primitivos tiempos circuncidaban a los muchachos y doncellas, andando el tiempo excluyeron de esta operación a las doncellas y únicamente la reservaron para los sacerdotes, astrólogos y profetas. Así lo afirman Clemente de Alejandría y Orígenes; en efecto, ninguno de los Tolomeos fue circunciso.

 

Los escritores latinos, que tratan a los hebreos con profundo desprecio, tratan con más miramiento a los egipcios. En Egipto rige todavía la costumbre de la circuncisión, pero es porque el mahometismo la adoptó de Arabia.

 

La ceremonia de la circuncisión es ciertamente extraña, pero debemos notar que en todas las épocas los sacerdotes de Oriente se consagraron a sus divinidades por medio de señales particulares. Los sacerdotes de Baco se grababan con un punzón una hoja de hiedra en el cuerpo. Luciano dice que los adeptos de la diosa Isis se imprimían varios caracteres en el cuello. Los sacerdotes de Cibeles se castraban.

 

Hay motivos para suponer que los egipcios, que reverenciaban el órgano de la generación y llevaban la imagen de éste con gran pompa en las procesiones, quisieran ofrecer a Isis y a Osiris, divinidades que engendraron cuanto existe en el mundo, parte del órgano que esas divinidades quisieron que sirviera para perpetuar el género humano. Las antiguas costumbres orientales son tan diferentes de las nuestras que ninguna debe parecer extraordinaria al hombre que tiene instrucción. El occidental queda sorprendido cuando le dicen que los hotentotes extirpan un testículo a sus hijos pequeños, y los hotentotes quizá se sorprenderían si les dijeran que en Occidente se conserva a los niños los dos testículos.

 

CIRO. Muchos autores, entre ellos el erudito Rollin, nos aseguran que Javan, a quien se supone padre de los griegos, era nieto de Noé. Lo creo como creo que Perseo fue el fundador del reino de Persia. Únicamente me aflige que los griegos no hayan conocido nunca a Noé, verdadero progenitor de su raza. En otra parte ya manifesté el asombro y la pena que me causaba que Adán, primer padre de todos los humanos, fuera desconocido desde el Japón hasta el estrecho de Le Maire, salvo un pequeño pueblo, piojoso y miserable, y aun éste le conoció bastante tarde. La ciencia genealógica es, sin duda, cierta, pero muy difícil.

 

Las dudas que me turban no se refieren a Javan, a Noé, ni a Adán sino a Ciro, ya que no sé qué leyenda de las inventadas sobre Ciro es preferible, si la de Herodoto, la de Clesias, la de Jenofonte, la de Diodoro o la de Justino, porque todas se contradicen. No acierto a comprender por qué se han obstinado en llamar Ciro a un bárbaro que se llamaba Kosru, y Cirópolis y Persépolis a dos ciudades que tampoco se llamaban así.

 

Pasando por alto todo cuanto se ha dicho del gran Ciro, así como el relato novelesco que lleva su nombre y los viajes que el escocés Ramsay le hace emprender, únicamente me valdré de algunos datos tomados de los hebreos sobre Ciro.

 

Conste, desde luego, que ningún historiador ha escrito una palabra de los hebreos en la historia de Ciro, y que los israelíes son los únicos que hacen mención de sí mismos al ocuparse de dicho soberano. Se parecen en cierto modo a esas personas que dicen, hablando de los superiores a ellas «sí, conocemos a los señores, pero los señores no nos conocen». Igual cabe decir de Alejandro respecto a los judíos. Ningún historiador de Alejandro inmiscuye el nombre de éste con el de los hebreos, lo cual no impide a Flavio Josefo decir que Alejandro fue a rendir homenaje a Jerusalén y que adoró al pontífice judío Jaddus, quien en tiempos anteriores le había pronosticado que conquistaría Persia. Cuando Tarik conquistó España, los judíos le dijeron que ellos lo habían profetizado, y similares predicciones hicieron a Gengis Kan, a Tamerlán y a Mahoma.

 

Que Dios me libre de comparar los profetas hebreos con esos aduladores que dicen la buenaventura, que halagan a los victoriosos y les predicen lo que ya ha acontecido. Haré notar únicamente que los hebreos aducen testimonios respecto a Ciro cerca de ciento sesenta años antes de que éste viniera al mundo.

 

Isaías, en el capítulo XLV, versículo 1, dice: «He aquí lo que dijo el Señor a Ciro, que es mi Cristo, que he llevado de la mano para que conquistara naciones, para poner en fuga a los reyes, para abrir todas las puertas. Caminaré delante de ti, humillaré a los grandes, romperé los cofres y te entregaré el dinero que encierren para que sepas que soy el Señor».

 

Algunos comentaristas no pueden digerir que el Señor dé el nombre de Cristo a un pagano, adicto a la religión de Zoroastro, y osan decir que los hebreos, como todos los débiles, adulaban a los poderosos porque supieron esas predicciones en favor de Ciro. Esos comentaristas no respetan más a Daniel que a Isaías, y tratan las profecías que se atribuyen a Daniel con igual desprecio que san Jerónimo manifiesta respecto al episodio de Susana, al del dragón de Belo y al de los tres niños del horno. Amén de que no parece que estimen a los profetas.

 

Algunos de ellos sostienen que es teológicamente imposible ver claro el porvenir, que es una flagrante contradicción ver lo que no existe, porque el futuro no existe, y por tanto no puede verse, y añaden que fraudes de esos los hay innumerables en todas las naciones y que debemos desconfiar de todo en la historia antigua. Dicen, además, que si hay alguna predicción formal es la del descubrimiento de América, que se encuentra en Séneca el Trágico, y la de las cuatro estrellas del polo Antártico, que profetizó Dante. A nadie, sin embargo se le ha ocurrido decir que son adivinos Dante y Séneca. Nosotros, lejos de apoyar la opinión de esos comentaristas, nos concretamos a ser extremadamente circunspectos con los profetas de nuestros días.

 

No se sabe si Ciro murió de muerte natural o decapitado por orden de Tomiris. Confieso que me alegraría que tuvieran razón los que opinan que le cortaron la cabeza. Es ejemplarizante que esos ilustres ladrones de caminos reales, que devastan y ensangrientan el mundo, encuentren castigo en la tierra.

 

Diríase que Ciro fue destinado a servir de tema a la novela. Jenofonte la empezó y, por desgracia, la terminó Ramsay. Como prueba del triste sino que espera a los héroes, éste deparó a Ciro la desventura de ser el protagonista de una gran tragedia de Danchet, que es desconocida. La Ciropedia, de Jenofonte, es más conocida porque la escribió un griego. Los Viajes de Ciro no lo son tanto, pese a que están impresos en francés e inglés, y se prodiga en ellos la erudición. Lo divertido de la novela Viajes de Ciro estriba en encontrar un Mesías en todas partes, lo mismo en Menfis, en Babilonia, en Tiro, que en Jerusalén. El autor, que fue cuáquero, anabaptista, anglicano y presbiteriano, termina por convertirse en partidario del ilustre autor del Telémaco. Más tarde, llegó a ser preceptor del hijo de un gran señor y le hizo creer que había nacido para instruir al universo y gobernarlo. Por eso da lecciones a Ciro para que llegue a ser el mejor rey del universo y el teólogo más ortodoxo. Le hace asistir a la escuela de Zoroastro y luego a la del judío Daniel, el mejor de los filósofos conocidos, porque no sólo interpretaba los sueños, sino que adivinaba cuanto se había soñado, cosa que nadie pudo hacer nunca. Ciro mantiene largas conversaciones con el rey Nabucodonosor en la época en que era toro y Ramsay hace que Nabucodonosor rumie profunda teología. No es de extrañar, pues, que el príncipe Turena, para quien escribió esta obra, mejor que leerla prefiriese ir de caza o a la ópera.

 

CLERO. Del celibato de los clérigos. Hablaremos de los primeros siglos de la Iglesia, en que estaba permitido contraer matrimonio a los clérigos, y digamos en qué época se prohibió.

 

Hay constancia de que los clérigos, en vez de sentirse atraídos al celibato por la religión hebraica, eran inducidos por ésta a casarse, no sólo por seguir el ejemplo que les dieron los patriarcas, sino también por que era vergonzoso no tener descendencia. A pesar de ello, en los tiempos que precedieron a las últimas calamidades de los judíos pululaban por Israel las sectas de los rigoristas, esenios, terapeutas y herodianos, y en algunas, como la de los esenios y los terapeutas, los más devotos permanecían célibes. Guardaban continencia queriendo imitar la castidad de las vestales, que instituyó Numa Pompilio, el ejemplo de la hija de Pitágoras, que fundó una congregación de sacerdotisas de Diana, el de la pitonisa de Delfos y la castidad más antigua de Casandra y de Chyrsis, sacerdotisas de Apolo.

 

Los sacerdotes de la diosa Cibeles no sólo hacían voto de castidad, sino que se castraban por temor a infringir el voto. Plutarco dice que había congregaciones de sacerdotes en Egipto que observaban el celibato.

 

Los primitivos cristianos, aunque observaban una vida tan pura como los esenios y los terapeutas, no estimaron el celibato como una virtud. Ya he dicho anteriormente que casi todos los apóstoles y sus discípulos estaban casados. Pablo, en su Carta dirigida a Tito, dice: «Elegid por sacerdote al que tenga una esposa e hijos fieles y no sean acusados de lujuria». Otro tanto le dice a Timoteo: «El sacerdote vigilante debe ser marido de una sola mujer». Pablo da tanta importancia al matrimonio que, en la misma Carta, dirigida a Timoteo, dice: «Si la mujer prevarica, se salvará teniendo hijos».

 

Lo que ocurrió en el famoso Concilio de Nicea respecto a los sacerdotes casados es digno de mención. Algunos obispos, apoyándose en Sozomenes y en Sócrates, propugnaron la aprobación de una ley que prohibiera a los obispos y sacerdotes acostarse con sus mujeres, pero san Pafuncio (mártir, obispo de Tebas, en Egipto) se opuso vigorosamente a que se aprobara semejante ley, diciendo «que es castidad acostarse con su mujer», y su opinión prevaleció en el Concilio. Así lo refieren Suidas, Gelasio, Ciciceno, Casiodoro y Nicéforo Calixto.

 

Ese Concilio únicamente prohibió a los eclesiásticos tener en sus casas agapetas y otras mujeres. Sólo podían tener su esposa, madres, hermanas, tías y ancianas no sospechosas.

 

Desde esa época, la Iglesia recomendó el celibato, pero no ordenó que se observara. San Jerónimo, que se consagró a la soledad, fue de todos los padres el que hizo el mayor elogio del celibato de los sacerdotes, y sin embargo siguió más tarde el partido de Carterio, obispo de España, que se casó dos veces. «Si quisiera nombrar —dice— a todos los obispos que contrajeron segundas nupcias, contaría muchos más obispos que los que asistieron al Concilio de Rímini.»

 

Son innumerables los clérigos casados que vivieron con sus esposas. Sidonio, obispo de Clermont, en Auvernia, en el siglo v casó con Papianilla, hija del emperador Avitas. Simplicio, obispo de Bourges, tuvo dos hijos de su mujer Paladia. San Gregorio Nacianceno fue hijo de otro Gregorio, obispo de Nacianceno y de Nonna, que tuvo tres hijos: Cesario, Gorgonia y el citado santo.

 

En la recopilación de los antiguos cánones figura una larga lista de obispos que fueron hijos de sacerdotes. El papa Ozio era hijo del subdiácono Esteban, y Bonifacio I hijo del sacerdote Jocondo. El papa Félix III era hijo del sacerdote Félix y llegó a ser uno de los abuelos de Gregorio el Grande. Proyecto fue padre de Juan II. El papa Silvestre era hijo del papa Hormidas. Teodoro I nació del matrimonio de Teodoro, patriarca de Jerusalén, lo que hizo reconciliar las dos Iglesias.

 

Tras algunos concilios celebrados inútilmente para que los clérigos adoptaran el celibato, Gregorio VII excomulgó a todos los sacerdotes casados, ya porque tuviera la Iglesia disciplina más rigurosa, ya por tener más sujetos a Roma los obispos y sacerdotes de otros países y de esta manera no tuvieran más familia que la de la Iglesia. Esa ley no se estableció sin grandes oposiciones.

 

Nótese que el Concilio de Basilea depuso, al menos de palabra, al papa Eugenio IV, y que al ser elegido sucesor Amadeo de Saboya se opusieron muchos obispos porque ese príncipe había estado casado. Pero Eneas Silvio, que después fue papa y se llamó Pío II, sostuvo que era válida la elección de Amadeo de Saboya, afirmando «que no sólo el que haya estado casado, sino el que lo sea actualmente, puede ser elegido». Al pronunciarse así, Pío II era consecuente. Leed en la colección de sus obras las cartas que dirigió a su amante y os convenceréis que está convencido de que es una demencia querer engañar a la naturaleza, añadiendo que debemos guiarla, no destruirla.

 

Con todo, desde el Concilio de Trento ya no pudo haber discusiones sobre el celibato de los clérigos en la Iglesia católica romana. Esta decisión hizo separar de la Iglesia de Roma a todas las confesiones protestantes.

 

En la Iglesia griega, que hoy se extiende desde las fronteras de China hasta el cabo de Matapán, los sacerdotes contraen matrimonio una vez. En todas partes varían los usos y la disciplina, según las épocas y lugares.

 

CLIMA. Es obvio que el terreno y la atmósfera influyen en las varias producciones de la Naturaleza, siendo más a propósito para unas que para otras, empezando por el hombre y terminando por los guisantes.

 

En el siglo de Luis XIV, el ingenioso Fontenelle dijo: «Puede asegurarse que las zonas tórrida y glaciales no son a propósito para el cultivo de las ciencias. Hasta hoy no han conseguido pasar de Egipto y de Mauritania, por una parte, y de Suecia por otra. No es quizá casual que se hayan contenido entre el monte Atlas y el mar Báltico. Se ignora si éstos son los límites que la naturaleza les marcó, o si podemos abrigar la esperanza de que existan algún día sabios japoneses o negros».

 

Chardin, uno de los viajeros más sagaces y más profundos, al ocuparse de Persia va todavía más lejos que Fontenelle. «La temperatura de los climas cálidos —dice— enerva el espíritu y el cuerpo y disipa el fuego que necesita la imaginación para inventar. Los hombres no son capaces, en esos climas, de pasar largas veladas ni entregarse al continuo estudio que produce las obras de las artes liberales y las artes mecánicas.»

 

Chardin olvidaba a buen seguro que Ladi y Lokman eran persas, que Arquímedes nació en Sicilia, cuyo terreno es más cálido que las tres cuartas partes de Persia, y que Pitágoras aprendió la geometría en el país de los brahmanes. El abate Dubos sostuvo y desarrolló esa opinión de Chardin. Cincuenta años antes que Chardin y que Dubos Bodin sentó las bases de su sistema en sus obras República y Método de la historia en las que asegura que la influencia del clima es el principio del gobierno de los pueblos y de su religión. Eliodoro de Sicilia fue de esa opinión mucho tiempo antes que Bodin. El autor del Espíritu de las leyes llevó esta idea más lejos que Dubos, Chardin y Bodin, haciendo creer que él la había inventado, porque nunca faltan gentes con más entusiasmo que talento.

 

Cabe preguntar a quienes propugnan que todo depende del clima: ¿Por qué el emperador Juliano dijo en su Misopogón que le agradaban los parisienses por la gravedad de su talante y la seriedad de sus costumbres, y por qué esos mismos parisienses, sin que el clima haya variado, son hoy niños juguetones, a los que el gobierno guía riéndose con latigazos, de los que se ríen después inventando canciones con las que ponen en solfa a los gobernantes? ¿Por qué los egipcios, que nos pintan los autores antiguos de carácter más grave que los parisienses, constituyen hoy en día el pueblo más holgazán, frívolo y cobarde, cuando antiguamente conquistaron casi todo el mundo, durante el reinado de Sesostris? ¿Por qué en la Atenas moderna no nace hoy un Anacreonte, un Aristóteles o un Zeuxis? ¿Por qué en la Roma actual, en vez de sobresalir un Cicerón, un Catón o un Tito Livio, sólo existen ciudadanos que no osan hablar y un populacho embrutecido cuya suprema felicidad estriba en comprar el aceite barato y ver desfilar procesiones?

 

Cicerón, en sus cartas, se mofa de los ingleses y ruega a Quintio, su hermano, lugarteniente de César, le diga si ha encontrado grandes filósofos en su expedición a Inglaterra. No podía creer ni sospechar siquiera que dicha nación pudiera producir más adelante tan nobles matemáticos que él no hubiera podido entender. Sin embargo, el clima allí no ha cambiado, y el cielo de Londres es hoy tan neblinoso como entonces.

 

Con el tiempo, todo cambia en el cuerpo y en el espíritu. Quizás un día vengan los americanos a enseñar a los pueblos de Europa. Es cierto que el clima tiene alguna influencia, pero no es menos evidente que el gobierno la tiene mucho mayor; el gobierno y la religión, juntos, influyen mucho más.

 

El clima influye sobre la religión en materia de usos y ceremonias. No costaría gran trabajo al legislador ordenar que los hindúes se bañasen en el Ganges durante ciertas fases de la luna, porque el baño es un gran deleite para ellos, pero apedrearían al que propusiera que tomaran un baño los pueblos rusos que habitan en las cercanías de Arkangel. Prohibid que coma cerdo el árabe, que contraería la lepra si lo comiera, y os obedecerá de buen grado. Prohibid lo mismo al habitante de Westfalia y veréis como se subleva. La abstinencia del vino es un excelente precepto en Arabia, donde los refrescos de naranja y limón son idóneos para conservar la salud, pero Mahoma nunca hubiera prohibido beber vino en Suiza, sobre todo antes de ir al combate.

 

Hay costumbres que son enteramente vanas. ¿Por qué los sacerdotes de Egipto inventaron la circuncisión? No sería para conservar la salud. Cambises, que los trató como merecían, y con él sus cortesanos y soldados, no se hicieron recortar el prepucio y gozaban de buena salud. El clima no tiene nada que ver con las partes genitales del sacerdote, que ofrecía su prepucio a Isis. Del mismo modo que le ofrecían las primicias de los frutos de la tierra, le dedicaban también las primicias del fruto de la vida.

 

Las religiones giraron siempre sobre estos dos ejes, observancia y creencia. La observancia depende en gran parte del clima, pero la creencia no. Lo mismo se puede imponer un dogma en el Ecuador que en el círculo polar; lo mismo lo rechazarán en Batavia que en las Orcadas, y será aceptado ungivus et rostro en Salamanca. Esto no depende del terreno ni del clima; depende únicamente de la opinión, que es la reina del mundo.

 

Ciertas libaciones de vino servirán de precepto en el país donde abunden las vides, y el legislador que instituya en Noruega misterios sagrados cuidará de que se celebren con vino. Mandará también que se queme incienso en el ara del templo, donde se degüellan animales en honor de la Divinidad y para que sirvan de cena a los sacerdotes. Aquellas carnicerías que se llamaba templos hubieran sido focos de infección si no las hubieran purificado continuamente. Sin los aromas del incienso, la religión de los antiguos hubiera atraído la peste. Hasta adornaban el interior de los templos con guirnaldas de flores para purificar el aire.

 

En la cálida península de la India, no sacrificaban vacas porque esos animales que nos suministran la leche son muy escasos en aquellos campos; además, tienen la carne seca, dura como el cuero, es poco nutritiva y cara, por lo que la vaca, en el mentado país, se convirtió en animal sagrado.

 

Entraban descalzos en el templo de Júpiter‑Ammón porque allí hacía un calor excesivo, pero en los templos de Copenhague los devotos entran bien calzados.

 

No ocurre lo mismo con el dogma. En todos los climas se creyó en el politeísmo, y le fue tan fácil a un tártaro de Crimea como a un habitante de la Meca reconocer la existencia de un Dios único, engendrador y no engendrado. Por el dogma, más que por los ritos, se extiende una religión de un clima a otro. El dogma de la unicidad de Dios pasó desde Medina hasta el monte Cáucaso, y el clima cedió a la opinión.

 

Los árabes dijeron a los turcos: «Seguimos la costumbre de circuncidarnos en Arabia sin saber a ciencia cierta por qué. Antiguamente los sacerdotes de Egipto ofrecían a Osiris una pequeña parte de lo que les era más precioso, y nosotros adoptamos esa costumbre tres mil años antes de ser mahometanos. Os circuncidaréis, pues, como nosotros; tendréis la obligación de acostaros, como nosotros, con una de vuestras mujeres todos los viernes, y de entregar cada año a los pobres el dos y medio por ciento de vuestra renta. Sólo bebemos agua porque se nos prohíben toda clase de licores, que en Arabia son perjudiciales; y observaréis ese régimen aunque el vino os sea necesario en las riberas del Tase y del Araxo Si queréis ir al cielo y tener buen sitio, ir en peregrinación a la Meca» Los habitantes del norte del Cáucaso se sometieron a esas leyes y profesaron una religión que no se fundó para ellos.

 

En Egipto, el culto idolátrico que se rendía a los animales sucedió a los dogmas de Thaut. Los dioses de los romanos compartieron muy pronto con Egipto el culto a los perros, los gatos y los cocodrilos. A la religión romana sucedió el cristianismo, y éste fue sustituido por el mahometismo, que tal vez ceda su sitio a una nueva religión.

 

En todas esas vicisitudes el clima no tuvo nada que ver; el gobierno lo hizo todo. La religión cristiana, que nació en Siria y creció de modo extraordinario en Alejandría, se extiende hoy por los países donde antiguamente adoraron a Teutates, Irminsul y Odín.

 

En algunas naciones, ni el clima ni el gobierno han introducido la religión. ¿Por qué causa se separaron el norte de Alemania, Dinamarca las tres cuartas partes de Suiza, Holanda, Inglaterra, Escocia e Irlanda de la Iglesia romana? Por la pobreza. Quisieron vender demasiado caras las indulgencias y la salvación del purgatorio a unas almas cuyos cuerpos tenían entonces muy poco dinero. Los prelados y los frailes arramblaban con todas las rentas de una provincia, y esas naciones adoptaron una religión más barata. Después de pelearse en varias guerras civiles se ha llegado a creer que la religión del papa era buenísima para los grandes señores, y la protestante para los ciudadanos.

 

COLECTA. Existen noventa y ocho órdenes monásticas en la Iglesia, setenta y cuatro tienen rentas, y treinta y cuatro viven de las colectas, sin obligación de trabajar corporal ni espiritualmente para ganarse el pan, según confiesan ellos mismos, sino únicamente para evitar la ociosidad.

 

Como señores indiscutidos del mundo y partícipes de la soberanía de Dios en el imperio del universo, tienen el derecho de vivir a expensas del pueblo y hacer lo que se les antoje. Así lo dice un libro curiosísimo titulado Felices éxitos de la piedad, y las razones que aduce el autor no son menos convincentes. «Después —dice— que el cenobita ha consagrado a Jesucristo el derecho de aprovecharse de los bienes temporales, el mundo no posee ya nada contra la voluntad de éste, que considera los reinos y las señorías como el usufructo que en feudo les dejó su liberalidad. Eso es lo que al cenobita le convierte en señor del mundo, poseyéndolo por dominio directo, porque estando en posesión de Jesucristo por el voto que pronunció, y poseyéndolo adquiere en cierto modo parte de la soberama de éste. El cenobita, además, tiene la ventaja sobre el príncipe de que no necesita armas para que el pueblo le dé lo que debe; posee su afecto antes de recibir sus liberalidades, porque su dominio se extiende más sobre los corazones que sobre los bienes.»

 

Esta nueva manera de vivir de la colecta se le ocurrió a Francisco de Asís en el año 1209. He aquí lo que dispone su regla: «Los hermanos que Dios dotó de talento trabajarán con fidelidad, de forma que eviten la ociosidad sin apagar el espíritu de oración, y como recompensa de su trabajo recibirán lo indispensable para satisfacer sus necesidades corporales y las de sus hermanos que hayan hecho voto de humildad y de pobreza, pero no podrán recibir dinero. Los hermanos no tendrán nada propio, ni casa, ni sitio, ni nada, y considerándose como extranjeros en el mundo, irán con confianza a todas partes a pedir limosna».

 

Nótese, como constata el juicioso Fleury, que si los fundadores de las nuevas órdenes mendicantes no estuvieran casi todos canonizados, podría sospecharse que les incitó el amor propio, y que quisieron distinguirse por una perfección superior a la de las demás órdenes monásticas. Pero sin perjudicar su santidad, pueden atacarse sus propósitos e Inocencio III tuvo motivos para encontrar dificultades y para aprobar la nueva orden de san Francisco. Lo mismo que el Concilio de Letrán, celebrado en 1215 halló causas suficientes para prohibir la fundación de nuevas órdenes religiosas.

 

No obstante, en el siglo XIII, como el pueblo estaba escandalizado de los desórdenes que presenciaba, de la avaricia del clero, de su lujo y de la molicie y voluptuosidad en que vivían los monasterios que gozaban de rentas, ese mismo pueblo quedó sorprendido de ver que había una orden que renunciaba a los bienes temporales en común y en particular. Por esto en el capítulo general que san Francisco celebró en las cercanías de Asís en 1219, en el que acamparon a cielo raso más de cinco mil hermanos menores, la gente no permitió que carecieran de nada y los pueblos y burgos inmediatos se disputaron el honor de servirles. Acudieron allí de todas las cercanías los eclesiásticos, los laicos, la nobleza, el pueblo, y no sólo les aportaron los alimentos necesarios, sino que se disputaron el privilegio de servirles con sus propias manos, ofreciendo así notable ejemplo de caridad.

 

En su testamento, san Francisco prohibió terminantemente a sus discípulos que pidieran al papa ningún privilegio. Pero cuatro años después de su muerte, en el Capítulo que se reunió en el año 1230, obtuvieron que el papa Gregorio IX declarara por una bula que no estaban obligados a cumplir el referido testamento y se explica la regla en varios artículos. Así fue como el trabajo manual, que recomienda la Sagrada Escritura y practicaron los frailes, llegó a hacerse odioso, y la mendicidad que antes era odiosa, llegó a ser honorable.

 

A esto se debe que treinta años después de la muerte de san Francisco estaban ya relajadas las órdenes que fundó. Prueba de lo que decimos la constituye el testimonio de san Buenaventura, que no puede ser sospechoso, entresacado de la carta que dirigió a los provinciales, siendo general de la Orden, en 1257. Dicha carta figura en sus Opúsculos, tomo II página 352. Se queja de la multitud de asuntos para cuyo acometimiento pedían dinero, de la ociosidad de muchos hermanos, de su vida vagabunda, de sus importunidades para pedir, de los grandes edificios que edificaban, de su avidez para adquirir bienes mediante testamentos. San Buenaventura no es el único que clama contra tanto abuso; todavía más explícito es Camus, obispo de Belley. Enumeremos algunos de estos abusos.

 

Los hermanos mendicantes, con el pretexto de la caridad, se entrometían en los asuntos públicos y privados en todas partes, se enteraban de los secretos de la familia, se encargaban de la ejecución de los testamentos y mediaban para negociar la paz entre las ciudades y los príncipes. Los papas les confiaban misiones fiándose de ellos porque viajaban barato y porque les eran totalmente adictos, empleándose algunas veces para recaudar dinero.

 

Y lo más singular es que también los utilizaron para formar el tribunal de la Inquisición. Sabido es que en ese tribunal odioso el brazo secular se encargaba de la busca y captura de los criminales, de la prisión, de la tortura, de la condena, de la confiscación, de las penas infamantes y con frecuencia de las corporales. Y resulta penoso ver que los frailes, que hicieron voto de humildad y de pobreza, se truequen de repente en jueces criminales, disponiendo de alguaciles y de familiares armados, teniendo guardias y tesoros a su disposición, y haciéndose temibles para todo el mundo.

 

El desprecio del trabajo manual sumió en la ociosidad a los frailes mendicantes y a otras órdenes religiosas, e hizo que se entregaran a la vida vagabunda que san Buenaventura reprocha a sus hermanos, los que, en palabras de éste, «son una carga para el pueblo y escandalizan en vez de dar ejemplo, y con su insistencia en pedir se hacen tan temibles como los ladrones». En efecto, esa insistencia es una especie de violencia que muchas personas no pueden resistir, sobre todo si los que la ejercen visten hábito y desempeñan una función que inspira respeto. De otra parte, dicha violencia es consecuencia natural de la mendicidad, porque el que mendiga tiene que vivir y el hambre y otras necesidades ineludibles matan el pudor y hacen que el hombre olvide la buena educación recibida. Cuando se pierden estas dos cosas, el que las pierde se vanagloría como de un mérito de tener más habilidad que los otros para recoger limosnas.

 

«La limpieza y el tamaño desmesurado de los edificios que poseemos —dice el mismo santo— resultan excesivamente onerosos a las personas caritativas a cuyas expensas se edifican y nos exponen a que formen de nosotros mala opinión.» «Esos hermanos —dice Pedro Desvignes— que en la época de la fundación de sus órdenes religiosas despreciaban las vanidades del mundo, adquieren un fasto que desdice de su institución, poseen todo lo que desean y son más adinerados que los ricos.» Y ahora, las palabras que Dufresny dirigió a Luis XIV: «Señor, no puedo extasiarme ni una vez siquiera contemplando el nuevo Louvre sin exclamar: Magnífico monumento, digno de la magnificencia del más grande de los reyes que con su nombre llenó el mundo. Daríais digno remate a ese palacio si procurarais que celebrara en él sus capítulos una de las cuatro órdenes mendicantes y alojarais en una de sus estancias a su general.»

 

En lo tocante a la avidez de entierros y testamentos, he aquí lo que dice sobre este extremo Matías París: «Se pelean por asistir al entierro de los poderosos, perjudicando al clero... les roe la avaricia de las ganancias, y arrancan a la fuerza y secretamente testamentos en favor de su orden». Sauval dice también que, en 1502, Gille Daufin, general de los franciscanos, en consideración a los beneficios que su orden había recibido de los miembros del Parlamento de París, concedió a los presidentes consejeros y notarios, permiso para que los amortajaran con el hábito de san Francisco. No debe considerarse este permiso como una simple distinción, sino como una concesión muy importante, dado que, según dicen los de la regla, san Francisco desciende una vez cada año al purgatorio para sacar de allí las almas de los muertos cuyos cuerpos se amortajaron con el hábito de su orden.

 

El ya citado obispo de Belley asegura que en una orden de mendicantes, la vestimenta y el alimento de dichos frailes costaba cada año treinta millones en oro, sin contar otros gastos extraordinarios. No hay príncipe católico que cobre tanto de sus vasallos como los frailes mendicantes exigen que den los pueblos. ¿A cuánto no ascenderá, pues, esa suma, si añadimos el coste de las otras treinta y tres órdenes? «Puede calcularse —dice el mismo obispo— que entre las treinta y cuatro órdenes sacan más dinero de los pueblos cristianos que las sesenta y cuatro órdenes de cenobitas que tienen rentas y todos los demás eclesiásticos.» Convengamos que resultan caros los mendicantes.

 

COMIDA, COMIDA PELIGROSA O PROHIBIDA. La palabra vianda deriva de victus, lo que alimenta, lo que sostiene la vida. De victus se formó la voz viventia, y de viventia, vianda. Este término debía aplicarse a todo lo que se come (1). Pero por un capricho de todas las lenguas prevaleció el uso de negar tal denominación al pan, a la leche, al arroz, a las hortalizas, a las frutas y al pescado; sólo se aplica a los animales terrestres.

 

(1) En español, denominamos nanda a todo lo que sirve de alimento a las personas y también a la comida que se sirve a la mesa.

 

Los primitivos cristianos tuvieron escrúpulos de comer los alimentos de toda clase que se ofrecían a los dioses. San Pablo no aprobó esos escrúpulos. En una de sus cartas a los corintios dice: «Lo que se come no es lo que nos hace gratos a Dios. No seremos mejores ni peores a sus ojos si comemos o no comemos». Únicamente exhortó a no consumir carnes de animales sacrificados a los dioses estando presentes algunos de los hermanos que se pudieran escandalizar. Después de esto, no se comprende por qué reprendió a san Pedro por haber comido con los gentiles viandas prohibidas. Por otro lado, en los Hechos de los Apóstoles se dice que Pedro estaba autorizado a comer de todo, porque un día vio el cielo abierto y un gran mantel que descendía a la tierra desde los cuatro confines del cielo lleno de animales terrestres de todas clases y de toda clase de peces, y oyó una voz que le dijo gritando: «Mata y come». (Hechos de los Apóstoles, capítulo X).

 

Reparen nuestros lectores que en aquellos primitivos tiempos la Cuaresma y los días de ayuno no estaban aún instituidos. Todo se va creando paulatinamente. Diremos, para consuelo de los débiles, que la cuestión que tuvieron Pablo y Pedro no debe extrañarnos, porque los santos son hombres. Pablo, en su primera juventud, fue el perseguidor e incluso el verdugo de los discípulos de Jesús. Pedro también había renegado de su Maestro, pues la Iglesia naciente, militante y triunfante, siempre se vio dividida en partidos desde los ebionitas hasta los jesuitas.

 

Creo igualmente que los brahmanes, bastante anteriores a los hebreos, también estarían divididos en partidos. Sea como fuere, lo cierto es que fueron los primeros que se impusieron la ley de no comer carne. Como creían que las almas pasaban y volvían a pasar desde los cuerpos humanos a los de los animales, no querían exponerse a comer sus parientes. Acaso la mejor razón que tuvieron para esto fuera el temor de acostumbrar a los hombres a ser carnívoros e inspirarles costumbres feroces.

 

Sabido es que Pitágoras, que estudió con los brahmanes la geometría y la moral, adoptó esa doctrina humana y la trasmitió a Italia. Sus discípulos la observaron mucho tiempo y los célebres filósofos Plotino, Jumblico y Porfiro la recomendaron y practicaron, aun cuando es raro practicar lo que se predica. El Tratado de la abstinencia de comer la carne de los animales, de Porfiro, escrito en el siglo III, si bien merece la estima de los doctos, se ha granjeado pocos discípulos. Inútilmente propone Porfiro que tomemos por modelo a los brahmanes y los magos persas, que veían con horror la costumbre de sepultar en nuestras entrañas las de otras criaturas, pero hasta hoy no ha conseguido que practiquen esa doctrina más que los cenobitas de la Trapa. El citado libro de Porfiro estaba dedicado a un antiguo discípulo que se llamaba Firmus, y que según dicen abrazó el cristianismo para tener libertad en comer carne y beber vino. Demuestra a Firmus que absteniéndose de comer vianda y de beber licores fuertes se conserva la salud del cuerpo y del alma, y se vive más años y con mayor inocencia. Todas sus reflexiones son dignas de un filósofo rígido y de un corazón sensible. Cuando leemos el mencionado libro nos parece que no lo ha escrito un enemigo del cristianismo, sino un padre de la Iglesia.

 

Y aunque no se ocupa de la metempsicosis, para él los animales son hermanos nuestros porque están animados como nosotros y con los mismos principios de vida. Tienen, como nosotros, ideas, sentimiento y memoria; no les falta más que el don de la palabra. Si lo poseyeran, ¿nos atreveríamos a matarlos y a comérnoslos? ¿Quién sería tan bárbaro que degollara un cordero, si éste nos apostrofara dirigiéndonos un discurso patético para que no fuéramos a la vez asesinos y antropófagos?

 

Este libro demuestra que entre los paganos hubo filósofos dotados de la más austera virtud, pero que tuvieron que doblegarse vencidos por los carnívoros y los gastrónomos.

 

Hay que mencionar que para Porfiro merecen alabanzas los esenios, a los que profesa veneración, pese a que algunas veces comían carne. En aquella época había una verdadera competencia de virtud entre los esenios, pitagóricos, estoicos y cristianos. Cuando las sectas se componen de escaso número de fieles, sus costumbres son puras, pero éstas degeneran en cuanto las sectas llegan a ser numerosas.

 

CONCIENCIA. De la conciencia del bien y tel mal. Locke demostró que no tenemos ideas innatas ni principios innatos, pero tuvo necesidad de demostrarlo claramente, porque entonces prevalecía en el mundo la creencia contraria. De este aserto se infiere evidentemente que adquiramos buenas ideas y excelentes principios, con el fin de usar bien la facultad que denominamos entendimiento.

 

Locke presenta como ejemplo a los salvajes que matan y se comen a su prójimo sin remordimiento de conciencia, y a los soldados cristianos, que siendo más civilizados, cuando invaden una ciudad la saquean y después degüellan y violan a sus habitantes, no sólo sin remordimientos, sino con gloria y el beneplácito de sus mandos.

 

No cabe duda que en las matanzas de la noche de San Bartolomé y en los procesos de la Inquisición, a los asesinos que intervinieron en ellos no les remordió la conciencia al matar hombres, mujeres y niños y torturar hasta la muerte a los desgraciados que no habían cometido otro delito que celebrar la Pascua de manera distinta que los inquisidores.

 

De tales casos se deduce que nuestra conciencia la inspira la época, el ejemplo, el talante y la reflexión.

 

El hombre nació sin ningún principio, pero con la facultad de adquirirlos todos. Su temperamento puede moverle más a la crueldad que a la dulzura o viceversa; su entendimiento le hará comprender un día que el cuadrado de doce es ciento cuarenta y cuatro, y que no debe hacerse a los demás lo que no queremos para nosotros; pero no podrá comprender por sí mismo esas verdades en su infancia porque no entenderá la primera y no sentirá la segunda.

 

El niño salvaje apremiado por el hambre y al que su padre diera a comer un trozo de carne de otro salvaje, pediría al día siguiente igual alimento sin barruntar siquiera que no debe tratarse al prójimo como no quisiéramos nosotros ser tratados, y procedería maquinal e incoerciblemente del modo contrario que enseña esa eterna verdad.

 

La Naturaleza cuidó de evitar que incurriéramos en semejantes horrores, predisponiendo al hombre a la compasión y dotándole de la aptitud para comprender la verdad. Esos dos dones que recibimos de Dios son los cimientos de la sociedad civilizada, y ambos consiguen que haya en el mundo pocos antropófagos y que sea tolerable la vida en los pueblos civilizados. Los padres y las madres dan a sus hijos la educación que les convierte en seres sociales y les dota de conciencia. La religión y la moral puras que inculcan a los niños forman de tal manera la naturaleza humana, que desde los siete hasta los dieciséis o diecisiete años no cometemos una mala acción sin que la conciencia nos lo reproche. Nacen después en nosotros las pasiones violentas que chocan con la conciencia y algunas veces la ahogan, y durante este conflicto los hombres que se hallan atormentados por esa tempestad suelen consultar a otros hombres, como cuando están enfermos consultan a los que tienen salud. Ese proceder dio origen a los casuistas, es decir, los que deciden los casos de conciencia. Cicerón, que fue uno de los casuistas más sabios, en su libro De los oficios trata de los deberes del hombre y examina las materias más delicadas.Pero mucho tiempo antes, Zoroastro dictó reglas para dirigir la conciencia sentando esta sublime máxima: «En la duda de si una acción es buena o mala, no la ejecutes».

 

De si un juez debe juzgar según su conciencia o según las pruebas. Tomás de Aquino, sois un gran santo y un gran teólogo, y ningún dominico os venerará tanto como yo. Pero decís en vuestra Suma que el juez debe proceder según las alegaciones y las supuestas pruebas contra un acusado, cuya inocencia reconoce. Pretendéis que las declaraciones de los testigos, que no siempre responden a la verdad, que las pruebas que resulten del proceso, que no son siempre convincentes, deben prevalecer sobre el testimonio de los ojos del juez, que vieron que otro cometió el crimen y, en vuestra opinión, debe condenar al acusado cuando su conciencia le dice que es inocente. En vuestra opinión, pongo por caso, si el juez mismo hubiera cometido el crimen de que se trata debía condenar al hombre a quien se lo imputan.

 

Pero yo, siguiendo los impulsos de mi conciencia, creo ilustre santo que os habéis equivocado de la forma más absurda y más horrible. Me deja estupefacto que, conociendo el derecho canónico, desconozcáis el derecho natural. El primer deber del magistrado estriba en ser justo, antes que en ser buen legista. Si basándome en pruebas que no pueden pasar de probabilidades condeno a un acusado cuya inocencia me consta, me consideraría un zoquete y un asesino.

 

Afortunadamente, todos los tribunales del mundo piensan de otro modo que santo Tomás de Aquino. No sé si Farinacius y Grillandus son de esa opinión, pero si encontráis en el otro mundo alguna vez a Cicerón Ulpiano, Triboniano, al canciller L'Hospital y al canciller Agnesseau pedidles que os perdonen el error en que incurristeis.

 

De la conciencia falaz. Lo mejor que se ha escrito sobre este importante asunto figura en la obra humorística Trintan Shandq, del cura inglés Sterne, cuyo libro se parece a las sátiras antiguas que contenían esencias preciosas.

 

Dos veteranos capitanes que están a media soldada y el doctor Slop discuten las cuestiones más ridículas. Una de ellas se refiere al memorial que un cirujano presentó en la Sorbona, pidiendo licencia para bautizar a los niños en el vientre de sus madres mediante una jeringuilla que introduciría en la matriz, sin herir a la madre ni al niño. En otra tanda, hacen que un cabo de escuadra lea una homilía sobre la conciencia, que compuso Sterne. En esa homilía, entre otras pinturas superiores a las de Rembrandt, retrata a un hombre de mundo que pasa los días entregado a los deleites de la mesa, del juego y de la disipación, no haciendo nada delictivo y por consiguiente sin nada que reprocharse. Su conciencia y su honor le acompañan en los espectáculos, el juego y el lecho de su amante, que paga con esplendidez. Vive alegremente y muere sin el menor remordimiento. El doctor Slop interrumpe al lector para decirle que es imposible que eso ocurra en la Iglesia anglicana, pues eso únicamente puede darse entre papistas. El cura Sterne cita el ejemplo de David, que tiene, según dice, unas veces la conciencia delicada e ilustrada, y otras dura y tenebrosa. Pudiendo matar a su rey en una cueva, se limita a cortarle un trozo de su vestidura: he aquí una conciencia delicada. Pasa un año largo sin que le remuerda la conciencia de vivir adúlteramente con Betsabé, ni por el asesinato de Urías. He aquí la conciencia endurecida y poco ilustrada. Así son, dice Sterne, gran parte de los hombres.

 

Reconocemos que la mayoría de los poderosos del mundo se encuentran frecuentemente en este caso. El huracán de los placeres y de los negocios los arrastra y les falta tiempo para tener conciencia. Esta queda para el pueblo llano, y aun de éste no puede decirse que la tenga cuando de ganar dinero se trata.

CONCILIOS. Asamblea de eclesiásticos convocada pata resolver dudas o cuestiones sobre extremos de fe y disciplina. La asamblea conciliaria no la desconocieron los adictos a la religión de Zoroastro. Hacia el año 200 de la era vulgar, Ardeshir‑Babecan, rey de Persia, convocó cuarenta mil sacerdotes para consultarles ciertas dudas que tenía respecto al paraíso y el infierno que ellos denominan gehena, vocablo que los hebreos adoptaron durante su cautividad en Babilonia. El más célebre de los magos, Erdavirat, apuró tres vasos de vino narcotizado y tuvo un éxtasis que le duró siete días y siete noches, durante los cuales su alma se transportó hasta Dios. Vuelto en sí de tal éxtasis fortaleció la fe del rey refiriéndolas el sinfín de maravillas que había visto en el otro mundo y poniéndoselas por escrito.

 

Todo el mundo sabe que Jesús fue llamado Cristo, palabra tomada del griego, y su doctrina se llamó cristianismo o evangelio, esto es, buena nueva, porque un sábado, siguiendo su costumbre, entró en la sinagoga de Nazaret, donde se había educado y se aplicó a sí mismo este pasaje de Isaías, que acababa de leer: «El espíritu del Señor habla por mí, me llenó de su unción y me envió a predicar el Evangelio a los pobres». Los que estaban en la sinagoga le expulsaron y lo llevaron a lo alto de una montaña para arrojarle desde allí (1). Pero sus allegados acudieron para rescatarle diciendo que había perdido el juicio. Sin embargo, Jesús declaró constantemente que no venía a destruir la ley ni las profecías, sino a cumplirlas.

 

(1) San Marcos, 3, 21.

 

Pero al no dejar nada escrito, como asegura san Jerónimo, sus primeros discípulos se dividieron en dos facciones respecto a la famosa cuestión de si era preciso circuncidar a los paganos y mandarles que observaran la ley mosaica. Los apóstoles y los sacerdotes se reunieron entonces en Jerusalén para dilucidar esta cuestión, y tras varias sesiones escribieron a sus hermanos que se encontraban entre los paganos en Antioquía, Siria y Sicilia, una carta que, entre otras cosas, decía: «Ha aparecido el Espíritu Santo y nosotros no os haremos más exhortaciones que estas, que son necesarias: Que os abstengáis de comer carne de los animales sacrificados a los ídolos de beber sangre y de fornicar».

 

La decisión de dicho concilio no impidió que Pedro, estando en Antioquía, no cesara de comer carne con los paganos, hasta que llegaron muchos circuncidados que fueron acompañando a Santiago. Pero Pablo, al ver que infringía el Evangelio, le reprendió ante todo el mundo, diciéndole: «Si tú que eres judío, vives como los gentiles y no como los judíos, ¿por qué instas a los gentiles a judaizarse?». Pues es cierto que Pedro vivía como los gentiles desde que tuvo un éxtasis en el que vio abrirse el cielo y descender hasta la tierra un gran mantel que contenía abundantes animales de todas clases, como queda dicho en otro artículo, y oyó una voz que le dijo: «Levántate, Pedro, mata y come». Pablo, que reprendió a Pedro por usar del disimulo para que creyeran que todavía observaba la ley, se valió sin rubor de una treta semejante en Jerusalén. Al enterarse de que le acusaban de enseñar a los judíos que se encontraban entre los gentiles a renunciar la ley de Moisés, fue a purificarse al templo durante siete días, con el fin de que todos supieran que era falso lo que se decía y continuaba observando la ley. Y esto lo hizo por consejo de los sacerdotes que se reunieron en casa de Santiago, que eran los mismos que decidieron con el Espíritu Santo que esas observancias legales no eran necesarias.

 

Más tarde, los concilios se dividieron en particulares y en generales. Los particulares son de tres clases: nacionales, que convoca el monarca, el patriarca o el primado; provinciales, reunidos por el metropolitano o el arzobispo, y diocesanos o sínodos, que convocan los obispos. En el concilio celebrado en Macon se decretó lo siguiente: «Todo laico que encuentre en el camino a un sacerdote o un diácono le presentará el hombro para que se apoye en él; si el laico y el sacerdote van a caballo, el laico se parará y saludará reverentemente al sacerdote, y si el sacerdote va a pie y el laico a caballo, el laico se apeará y no volverá a montar hasta que el clérigo esté a bastante distancia. Estas disposiciones son de obligado cumplimiento bajo pena de ser interdicho el que no los cumpla durante el tiempo que señale el metropolitano».

 

La lista de los concilios celebrados ocupa más de dieciséis páginas del Diccionario de Moreli, y como los autores no concuerdan en el número de concilios generales nos limitaremos a exponer el resultado de los ocho primeros que se reunieron por orden de los emperadores.

 

Hubo dos sacerdotes en Alejandría que discutieron acaloradamente sobre si Jesús era Dios u hombre, cuestión que enzarzó luego a los demás sacerdotes y obispos. Los pueblos se escindieron en dos bandos y causaron tal desorden sus disputas que los paganos se burlaban del cristianismo en sus teatros. El emperador Constantino escribió en estos términos al obispo Alejandro y al sacerdote Arrio, promotores del conflicto: «Esas cuestiones, que no son necesarias y las suscita una inútil ociosidad, pueden plantearse para aguijonear el ingenio, pero nunca deben llegar a oídos del pueblo. Divididos por cuestión tan baladí, no es justo que gobernéis a vuestro antojo a una inmensa multitud del pueblo de Dios. Ese comportamiento es bajo, pueril e indigno de sacerdotes y de hombres sensatos. No os digo esto para obligaros a que os pongáis de acuerdo sobre una cuestión tan intrascendente; podéis conservar vuestras ideas, con tal que esas sutilezas las conservéis soterradas en el fondo del pensamiento».

 

En vista de que la citada carta no produjo resultado alguno, decidió el emperador, por consejo de los obispos, convocar un concilio ecuménico o sea de todo el orbe habitable, y para ello designó la ciudad de Nicea. Allí se reunieron dos mil cuarenta y ocho obispos que, según refiere Eutiquio (1), fueron de encontrados pareceres (2). El emperador, que tuvo la paciencia de oírles disputar muchos días acerca de esta materia, quedó sorprendido al no verlos nunca de acuerdo. El autor del Prólogo que figura al frente de dicho Concilio dice que las actas de estas disputas ocupaban cuarenta volúmenes.

 

(1) Anales de Alejandría, pág. 440.

 

(2) Selden, De los orígenes de Alejandría.

El gran número de obispos que acudieron no es increíble si damos crédito a Usser, quien dice que san Patricio, que vivía en el siglo v, fundó trescientas sesenta y cinco iglesias y ordenó a igual número de obispos, de donde se infiere que cada iglesia tenía su obispo, esto es, su vigilante. Es cierto, empero, que el canon XIII del Concilio de Ancira dice que los obispos de las ciudades hicieron cuanto les fue posible para privar de sus facultades a los obispos de los pueblos y reducirlos a la condición de simples sacerdotes.

 

Se encuentra en el Concilio de Nicea una carta de Eusebio de Nicomedia que contiene manifiesta heterodoxia y descubre la herejía del partido de Arrio. Entre otras cosas, dice que si reconocemos a Jesús como hijo de Dios increado es ineludible reconocerle consustancial con el Padre. He aquí por qué Atanasio, diácono de Alejandría, persuadió a los padres de que dejaran en suspenso la palabra consustancial, que rechazó como impropia el Concilio de Antioquía. Pero es porque la consideraba de una manera torpe. En cambio, los ortodoxos la explicaron de modo que el emperador comprendió que dicha palabra no encerraba ninguna idea corporal, ni significaba división de la sustancia del Padre, que es absolutamente inmaterial y espiritual y que es menester comprenderla de forma divina e inefable. Demostraron también la injusticia que cometían los arrianos al rechazar esa palabra so pretexto de que no se encuentra en la Sagrada Escritura, cuando ellos emplean muchas palabras que tampoco constan en la Biblia.

 

Convencido Constantino, escribió dos cartas para que se publicaran las ordenanzas del Concilio y tuvieran conocimiento de ellas los que no habían asistido. La primera, dirigida a las iglesias en general, dice que la cuestión de la fe ha sido examinada y esclarecida y ya no ofrece ninguna dificultad; en la segunda dice a varias iglesias, en particular a las de Alejandría, que lo que trescientos obispos han ordenado no es otra cosa que el acatamiento a la doctrina de Hijo único de Dios y que el Espíritu Santo ha declarado la voluntad de Dios a través de los que recibieron su inspiración, por lo que nadie debe dudar ni tener opinión distinta, y todos los corazones buenos deben seguir el camino de la verdad.

 

Los escritores eclesiásticos no concuerdan respecto al número de obispos que se reunieron en dicho Concilio. Eusebio dice que fueron doscientos cincuenta; Eustaquio de Antioquía cuenta doscientos setenta; san Anastasio, en la carta que escribió a los solitarios, refiere que fueron trescientos, y lo mismo que dice Constantino, pero en su carta a los africanos consta que lo suscribieron trescientos dieciocho. Los cuatro escritores fueron, sin embargo, testigos oculares y dignos de fe.

 

El número de trescientos dieciocho, que el papa san León llama número misterioso, fue el adoptado por la mayoría de los padres de la Iglesia. San Ambrosio nos dice que haber consagrado trescientos dieciocho obispos fue una prueba de la presencia de Jesús en el Concilio de Nicea porque la cruz indica trescientos y el nombre de Jesús dieciocho. San Hilario, defendiendo la doctrina de la consustancialidad que aprobó el Concilio de Nicea, aunque fue condenada cincuenta y cinco años antes en el Concilio de Antioquía, apostilla: «Ochenta obispos rechazaron la palabra consustancial, pero trescientos dieciocho la admitieron. El número de estos últimos es para mí un número santo porque es el de los hombres que acompañaban a Abrahán cuando venció a los reyes impíos y fue bendecido por el que representa al Sacerdote Eterno». Selden refiere que Doroteo, metropolitano de Nomembasa, decía que se congregaron en el mencionado Concilio trescientos dieciocho padres, porque habían transcurrido trescientos dieciocho años desde la Encarnación. Los cronologistas coinciden en que ese Concilio se celebró el año 325 de nuestra era, pero Doroteo cercena siete años para poder hacer esa comparación. Todo esto es una bagatela; por otro lado, no empezaron a contarse los años desde la Encarnación de Jesús hasta el Concilio de Lestines, que tuvo lugar el año 742. Dionisio el Joven imaginó esa época en su Cielo solar del año 526 y Bede la había ya empleado en su Historia eclesiástica.

 

No debe extrañarnos que el emperador Constantino adoptara la opinión de los trescientos dieciocho obispos que se inclinaron a favor de la divinidad de Jesús, pues parece que le movió a ello el que Eusebio de Nicomedia, uno de los principales jefes del partido arriano, fuese el instigador de la crueldad que manifestó Lucinio en las matanzas de obispos y en la persecución de los cristianos. El propio Constantino le acusa en la carta que escribió a la iglesia de Nicomedia: «Envió contra mí —dice— varios espías durante las perturbaciones; sólo le faltó alzarse en armas. Así me lo aseguran los sacerdotes y los diáconos partidarios suyos que apresé. Durante el Concilio de Nicea sostuvo con arrogancia e imprudencia el error contra el testimonio de su conciencia unas veces, y otras imploró mi protección, por miedo de que le privara de su dignidad si resultaba convicto de tan grave crimen. Me sorprendió vergonzosamente y me hizo creer lo que le convenía; después, ya sabéis qué hizo con Theognis.»

 

El emperador se refiere al fraude que cometieron Eusebio de Nicomedia y Theognis de Nicea al firmar. En la palabra omousios intercalaron una i y formaron la palabra omiousios, o sea semejante en sustancia; la primera de estas dos palabras significa la sustancia misma. Con ello demostraron ambos obispos que cedían ante el miedo de ser depuestos y desterrados, porque sabido es que el emperador amenazó con el destierro a los que se negaran a firmar. Por eso otro Eusebio, obispo titular de Cesárea, aprobó la palabra consustancial después de combatirla el día anterior.

 

A pesar de la amenaza mencionada, Thomas de Marmarique y Segundo de Tolemaique continuaron con terquedad siendo partidarios de Arrio. El Concilio los condenó lo mismo que a éste y Constantino los desterró y declaró en un edicto que castigaría con pena de muerte a quien tuviera algún escrito de Arrio y no lo hubiera quemado.

 

Tres meses después, Eusebio de Nicomedia y Theognis de Nicea fueron desterrados a las Galias. Se dijo que habiendo sobornado al que custodiaba las actas del Concilio consiguieron borrar sus firmas y además se dedicaron a propalar públicamente que no se debe creer que el Hijo sea consustancial con el Padre. Por fortuna, para sustituir sus dos firmas y conservar el número misterioso de trescientos dieciocho se les ocurrió poner el libro de actas del Concilio sobre las tumbas de Crisanto y de Misonio, que fallecieron mientras se celebraban las sesiones del Concilio; pasaron allí la noche orando y al día siguiente abrieron el libro y se encontraron con las firmas de los dos obispos fallecidos (1).

 

Utilizando un recurso parecido, los padres del susodicho Concilio hicieron la distinción de libros auténticos y de libros apócrifos de la Sagrada Escritura (2): los pusieron todos sobre el altar y los libros apócrifos cayeron al suelo por sí mismos.

 

(1) Nicéforo, lib. VIII, cap. XXIII.

 

(2 ) Concilios de Labbe, t. I, pág. 84.

 

Constantino convocó en 359 otros dos Concilios: en el primero se reunieron en Rímini cuatrocientos obispos, y en el segundo se congregaron en Seleucia ciento cincuenta. Tras largos debates, en ambos rechazaron la palabra consustancial, que en años anteriores ya había condenado el Concilio de Antioquía, como dijimos, pero esos dos concilios sólo los reconocen los socinianos.

 

Los padres que asistieron al Concilio de Nicea estuvieron tan ocupados con la consustancialidad del Hijo que, sin mencionar a la Iglesia en su símbolo, se limitaron a decir: «También creemos en el Espíritu Santo». El segundo Concilio general convocado por Teodosio en Constantinopla, en 381, reparó este olvido declarando el Espíritu Santo señor y vivificante, que procede del Padre, que es adorado y glorificado con el Padre y con el Hijo, y que habló por boca de los profetas. Más tarde, la Iglesia latina quiso que el Espíritu Santo procediera también del Hijo, y éste fue añadido al símbolo, primero en España en 447, luego en Francia, en el Concilio de Lyon, en 1274, y últimamente en Roma, pese a que la Iglesia griega se opuso a esa innovación.

 

Una vez establecida la divinidad de Jesús, era natural que concedieran a su madre el título de Madre de Dios; sin embargo, Nestorio, patriarca de Constantinopla, sostuvo en sus homilías que otorgar dicho título sería justificar la locura de los paganos, que concedían madres a sus dioses. Para decidir esta grave cuestión, Teodosio el Joven convocó el tercer Concilio general en Éfeso en 431 y se reconoció a la Virgen María como Madre de Dios.

 

La segunda herejía de Nestorio, condenada también en Éfeso, fue reconocer dos personas en Jesús, lo cual no fue óbice para que, más tarde, el patriarca Flaviano le reconociera dos naturalezas. Un fraile, llamado Eutiches, que había combatido a Nestorio para poner en contradicción a los dos que acabamos de citar, afirmó que Jesús sólo tenía una naturaleza, pero esta vez el fraile se equivocó, y aunque sostuvo su opinión a garrotazo limpio, en un numeroso concilio de Éfeso, lo cierto es que incurrió en anatema dos años después en el cuarto Concilio general que el emperador Marciano convocó en Calcedonia, donde se reconocieron a Jesús dos naturalezas.

 

Faltaba saber si Jesús, siendo una persona y teniendo dos naturalezas, debía tener una o dos voluntades. El quinto Concilio general convocado por Justiniano en 553 para debatir las opiniones referentes a la doctrina de tres obispos, no tuvo tiempo para poner a discusión el indicado asunto. El sexto Concilio general que en 680 convocó, también en Constantinopla, Constantino Pogonat, decidió que Jesús tiene dos voluntades. Ese Concilio, al condenar a los monoteístas, que sólo admiten que Dios tiene una sola voluntad, incluyó en el anatema a Honorio I, que, en una carta que inserta Baronio, dijo al patriarca de Constantinopla: «Confesamos que Jesucristo tiene una sola voluntad, y ni los concilios ni la Sagrada Escritura nos autorizan a pensar de otra manera. Pero saber si por las obras de divinidad y de humanidad que practica debe entenderse que realiza una o dos operaciones, lo dejo a la decisión de los gramáticos, porque esto carece de importancia». Se ve, pues, que Dios permitió que la Iglesia griega y la Iglesia latina no tuvieran nada que reprocharse respecto a este punto, y así como el patriarca Nestorio fue anatematizado por haber reconocido dos personas en Jesús, lo fue también a su vez el papa Honorio por confesar que Jesús sólo tenía una voluntad.

 

El séptimo Concilio general, segundo de Nicea, lo convocó Constantino, hijo de León y de Irene, para restablecer el culto de las imágenes (787). Debemos consignar que los dos concilios de Constantinopla, celebrados el primero en 730 y el segundo veinticuatro años después, acordaron proscribir el culto de las imágenes, ajustándose a la ley mosaica y al uso de los primeros siglos del cristianismo. Por eso el decreto del segundo Concilio de Nicea dispone que quienes no rindan adoración a las imágenes, como a la Trinidad, sean anatematizados. Este decreto fue objeto de contradicciones; los obispos que en 789 se obstinaron en hacerlo cumplir fueron expulsados por los soldados en un Concilio de Constantinopla, y en 794 lo rechazó también el Concilio de Francfort y se opusieron a su cumplimiento los libros que Carlomagno ordenó publicar. Finalmente, confirmaron en Constantinopla el segundo Concilio de Nicea el emperador Miguel y su madre Teodora, el año 842, en un numeroso Concilio que anatematizó a los que se opusieran al culto de las imágenes. Es digno de notar que fueron dos mujeres las que protegieron ese culto, las emperatrices Irene y Teodora.

 

En el octavo Concilio general, en el año 866, durante el reinado de Basilio, convocado por Ignacio, patriarca de Constantinopla se condenó a la Iglesia latina por el filioque y otras prácticas. Ignacio fue desterrado, y levantándole el destierro al año siguiente depuso en otro Concilio a Basilio. En 869, la Iglesia latina, a su vez, condenó a la Iglesia griega en un Concilio que aquélla llamó octavo Concilio general, mientras que los orientales dan esa numeración a otro Concilio que diez años después anuló los decretos del precedente y devolvió el trono a Basilio.

 

Esos cuatro concilios tuvieron lugar en Constantinopla. Los demás que los latinos llaman generales (sin reunirse en ellos más que los obispos de Occidente), fundándose en falsas decretales los papas se fueron apropiando insensiblemente el derecho de convocarlos.

En los años 1122 y 1123, el papa Calixto II convocó un gran Concilio que se celebró en la iglesia de San Juan de Letrán, Roma, y que fue el primer Concilio general que convocaron los papas. Entonces los emperadores de Occidente casi carecían de autoridad, y los emperadores de Oriente, abrumados por los mahometanos y por las Cruzadas, sólo podían celebrar insignificantes concilios.

 

Por otro lado, no se sabe con certeza cuál era la iglesia de Letrán. Unos dicen que era un edificio que construyó un personaje llamado Letranus, en la época de Nerón, y otros que es la misma iglesia de San Juan que erigió el obispo Silvestre.

 

En dicho Concilio, los obispos se declararon abiertamente contra los monjes, y decían: «Los monjes poseen las iglesias, los campos, los castillos, los diezmos y las donaciones de los vivos y de los muertos; sólo falta que nos quiten el báculo y el anillo». A pesar de esta oposición, los monjes continuaron poseyendo lo mismo.

 

En 1139 tuvo lugar otro gran Concilio en Letrán convocado por el papa Inocencio II, al que se dice asistieron mil obispos, número que parece excesivo. En ese Concilio declararon que el diezmo eclesial era de derecho divino y decretaron la excomunión a cuantos seglares cobraran diezmos.

 

En 1179 se celebró otro gran Concilio en Letrán convocado por el papa Alejandro III y asistieron trescientos dos obispos latinos y un abad griego. Los decretos publicados fueron todos referentes a la disciplina eclesiástica. Prohibieron obtener pluralidad de beneficios.

 

En 1215, Inocencio III convocó el último Concilio general de Letrán al que asistieron cuatrocientos doce obispos y ochocientos abades. En aquella época, la de las Cruzadas, los papas habían establecido un patriarca latino en Jerusalén y otro en Constantinopla, patriarcas que acudieron al Concilio. En él se declaró «que después de dictar Dios la doctrina de salvación por medio de Moisés, hizo nacer a su hijo de una virgen para indicarnos con más claridad el camino, y que nadie puede salvarse fuera del seno de la Iglesia católica».

 

La palabra transustanciación sólo se conoció después de dicho Concilio y en éste se prohibió fundar nuevas órdenes religiosas, pero a pesar de ello andando el tiempo se fundaron ochenta más. En ese Concilio despojaron de todas sus tierras a Raimundo, conde de Tolosa.

 

En 1245 tuvo lugar un gran Concilio en la ciudad imperial de Lyon. Inocencio IV hizo que asistiera el emperador de Constantinopla, Juan Paleólogo, que tomó asiento a su lado, depuso al emperador Federico II por felón, y concedió el capelo rojo a los cardenales como distintivo de guerra contra Federico. Este fue el comienzo de treinta años de guerras civiles.

 

En 1274 se celebró en Lyon otro Concilio, con asistencia de quinientos obispos, setenta abades superiores y mil inferiores. El emperador Miguel Paleólogo, para ganarse la protección del papa, envió al patriarca griego Teófano y al obispo de Nicea para que le representasen.

 

En 1311, el papa Clemente V reunió un Concilio general en la pequeña localidad de Vienne, en el Delfinado, y abolió la orden de los templarios, condenó a la hoguera a los principales de ellos y les imputó todo lo que antiguamente se atribuyó a los primitivos cristianos.

 

En 1414, el emperador Segismundo convocó el gran Concilio de Constanza, que depuso al papa Juan XXIII, convicto de varios crímenes, y condenaron a la hoguera a Juan Hus y Jerónimo de Praga por herejes contumaces.

 

En 1431 se celebró el gran Concilio de Basilea, en el que en vano depusieron al papa Eugenio IV, que fue más hábil que el Concilio.

 

En 1438 se reunió el gran Concilio de Ferrara, después trasladado a Florencia, en donde el papa excomulgado excomulgó a su vez al Concilio y le declaró criminal de lesa majestad. Se hizo una unión inconsistente con la Iglesia griega, presionada por los sínodos turcos que se celebraban espada en mano.

 

En 1512, el papa Julio II convocó un Concilio en Letrán, que quiso que pasara por Concilio ecuménico, que excomulgó solemnemente a Luis XII y puso en entredicho a Francia, citando al Parlamento de Provenza para que compareciera. Excomulgó también a todos los filósofos porque la mayoría de ellos eran partidarios del rey Luis XII. Sin embargo, a ese Concilio no se le ha calificado de bandolerismo como se calificó al de Éfeso.

 

El Concilio de Trento, que convocó el papa Pablo III en 1537, se reunió primero en Mantua, luego en Trento (1545), y terminó en 1563 durante el papado de Pío IV; no sirvió para atraerse a los enemigos del papismo ni para subyugarlos. Los decretos sobre la disciplina no se admitieron en casi ningún país católico ni produjeron otro efecto que justificar las palabras de san Gregorio Nacianceno: «No sé de ningún Concilio que obtuviera buen resultado y no sirviera para aumentar los males más que curarlos. El afán de la controversia y la ambición van más allá de lo que debían en esas asambleas de obispos (1).

 

Existe en el Vaticano un magnífico cuadro que contiene la lista de los concilios generales, en el que figuran los que aprobó la curia de Roma. Cada uno pone en sus archivos lo que quiere.

 

CONFESIÓN. Sólo el arrepentimiento puede purificar de las faltas cometidas, y para arrepentirse es indispensable confesarlas. La confesión es pues, casi tan antigua como la sociedad civil.

 

Los antiguos se confesaban en la celebración de los misterios de Egipto, Grecia y Samotracia. Consta en la vida de Marco Aurelio que cuando abrazó los misterios de Eleusis, se confesaba con el hierofante aunque dicho emperador era quien menos necesitaba confesarse.

 

Ese acto lo mismo puede ser saludable que peligroso, que es lo que acontece a todas las instituciones humanas. Sabida es la contestación que un ciudadano de Esparta dio a un hierofante que trataba de convencerle de que debía confesarse: «¿A quién debo confesar mis faltas, a Dios o a ti?» «A Dios», le respondió el sacerdote. «Pues no insistas, porque tú no eres más que un hombre» (Plutarco, Dichos notables de los lacedemonios).

 

Es difícil averiguar la época en que se implantó tal práctica entre los hebreos, que adoptaron muchos ritos de los países vecinos. La Mishna que es la recopilación de leyes hebreas, dice que frecuentemente se confesaban en Israel poniendo la mano sobre un ternero que pertenecía a un sacerdote, y que esto se denominaba la confesión de los terneros.

 

En el mismo libro se dice que los condenados a muerte iban a confesarse delante de testigos, en un lugar reservado, momentos antes de cumplirse la sentencia. Si se consideraban culpables, debían decir: «Que mi muerte expíe todos mis pecados», y en caso contrario: «Que expíe mi muerte todos mis pecados, menos del que se me acusa».

 

En la fiesta llamada por los judíos de la expiación solemne (2), los fieles se confesaban unos con otros, especificando las faltas cometidas. El confesor recitaba tres veces trece palabras del Salmo LXXVII y durante ese tiempo daba treinta y nueve latigazos al confesado, que se los devolvía a su vez, quedando de este modo en paz. Dícese que esta ceremonia subsiste aún.

 

(1) San Gregorio Nacianceno, carta LV.

 

(2) Sinagoga judaica, cap. XXXV.

 

Mucha gente acudía a confesarse con Juan el Bautista atraída por la reputación de santidad que gozaba y a recibir de sus manos el bautismo de justicia, según la antigua costumbre. Pero no se dice que el Precursor diera treinta y nueve latigazos a sus penitentes.

 

La confesión no era entonces un sacramento, como prueban varias razones. La primera, que la palabra sacramento era desconocida en aquella época, y ello nos dispensa de exponer las otras. Los cristianos tomaron la confesión de los ritos judíos, no de los misterios de Isis y de Ceres. Los judíos se confesaban con sus camaradas y los cristianos también, pero con el tiempo pareció más conveniente conceder este derecho a los sacerdotes. Los ritos y ceremonias fueron estableciéndose paulatinamente, siendo imposible que no quedara algún rastro de la costumbre de confesarse los seglares entre sí.

 

En la época de Constantino se confesaban públicamente las faltas. En el siglo v, después del cisma de Novato, se nombraron penitenciarios para que absolvieran a los que cometían el pecado de idolatría, pero el emperador Teodosio abolió la costumbre de confesarse con estos sacerdotes. Una mujer se acusó en voz alta, ante el penitenciario de Constantinopla, de haberse acostado con el diácono y esta indiscreción produjo tanto escándalo y revuelo en la ciudad que Neptario permitió a los fieles que se acercaran al altar sin confesarse y sólo escucharan su conciencia al comulgar. Por esta razón, san Juan Crisóstomo, sucesor de Neptario, dijo al pueblo en su Homilía V: «Confesaos con Dios continuamente, que no quiero llevaros a un teatro con vuestros compañeros pecadores para que les descubráis vuestras faltas. Enseñad a Dios las heridas y pedidle que las cure. Confesad vuestros pecados a quien no los reproche ante los hombres, porque en vano los ocultaréis al que lo sabe todo».

 

Créese que la confesión auricular no se implantó en Occidente hasta el siglo VII. La instituyeron los abades, que exigieron a los monjes que confesaran todas sus faltas dos veces cada año. Esos abades inventaron la siguiente fórmula: «Yo te absuelvo hasta donde puedo y hasta donde tú necesitas». Parece que hubiera sido más justo y más respetuoso para el Ser Supremo, decir: «Quiera Dios perdonar tus faltas y las mías».

 

La confesión ha conseguido algunas veces que restituyan lo robado algunos rateruelos, pero en muchas ocasiones ha producido perturbaciones en el estado y obligado a los penitentes a ser rebeldes y sanguinarios, porque así lo dictaba su conciencia. Los sacerdotes güelfos negaban la absolución a los gibelinos, y los sacerdotes gibelinos a los güelfos.

 

El consejero de Estado, Lenet, refiere en sus Memorias que todo lo que pudo obtener en Borgoña para sublevar a los pueblos en favor del príncipe de Condé, al que Mazarino había encarcelado en Vincennes, fue «soltar los sacerdotes en los confesionarios». Esto equivale a tratarlos de perros rabiosos que podían incitar a la guerra civil por medio del secreto de la confesión.

 

En el sitio de Barcelona, los frailes se negaban a absolver a los que permanecían fieles a Felipe V, y en la última revolución de Génova se advirtió a los ciudadanos que no se absolvería a ninguno que no tomara las armas contra los austríacos.

 

La confesión, en todas las épocas, se trocó de remedio saludable en veneno. Los asesinos de los Sforza, Médicis, príncipes de Orange y reyes de Francia, para cometer sus asesinatos se preparaban con el sacramento de la confesión. Luis XI y la Brinvilliers se confesaban tras haber cometido un crimen y lo hacían con frecuencia. Eran como los glotones, que toman medicinas para tener más apetito.

 

De la revelación en la confesión. La contestación que dio el jesuita Cotón a Enrique IV durará más que la Orden de los jesuitas. «¿Revelarías la confesión que os hiciera el hombre que estuviera resuelto a asesinarme?» «No, pero me interpondría entre vos y él.»

 

No siempre se ha seguido la máxima del padre Cotón. En algunos países existen misterios de Estado que el público desconoce y en los cuales no son ajenas las revelaciones de la confesión. Se sabe, por mediación de los confesores oficiales, los secretos de los presos. Algunos confesores, para poner de acuerdo su interés con el secreto de la confesión usan un artificio singular. Revelan, no lo que el preso dice, sino lo que se ha callado. Por ejemplo, cuando tienen que averiguar si el acusado tiene por cómplices un francés o un italiano, dicen al que hizo el encargo: El preso me juró que no habló a ningún italiano de sus proyectos. De lo que deducen que es un francés el sospechoso de culpa.

 

Bodin dice, en su libro De la República: «El culpable así descubierto no puede negar que conspiró contra la vida del rey, o quiso hacerlo. Como le sucedió a un gentilhombre de Normandía, que al confesarse con un religioso le dijo que quiso matar al rey Francisco I. El religioso advirtió al rey, que envió al gentilhombre a la corte del Parlamento y fue sentenciado a muerte, como he sabido por M. Canaye, abogado en el Parlamento».

 

Se sabe la traición que el jesuita Daubeton cometió con Felipe V, rey de España, del que era confesor. Por una política mal entendida, el jesuita creyó que debía enterar de los secretos de su penitente al duque de Orleáns, regente del reino, y cometió la imprudencia de escribirle lo que ni siquiera podía confiar a nadie al oído. El duque de Orleáns envió la carta al rey de España; el jesuita fue expulsado del país y murió poco después. Este es un hecho probado.

 

Resulta extraña la bula del papa Gregorio XV, publicada el 30 de agosto de 1622, en la que permite revelar la confesión de ciertos casos.

 

No deja de ser difícil determinar cuándo puede revelarse el secreto de la confesión, porque de ser en el caso de cometer el crimen de lesa majestad humana, es fácil llevar demasiado lejos ese crimen, y de llevarlo hasta el contrabando de sal y muselinas, porque ofende a las majestades. Con mayor razón se deben revelar los crímenes de lesa majestad divina, y este delito puede extenderse hasta las menores faltas, como por ejemplo, no haber asistido a las vísperas. Por tanto, sería importante decidir qué confesiones deben revelarse y cuáles guardarse secretas, pero esta decisión sería peligrosa porque hay cosas que no se deben profundizar.

 

Pontas, que decide en tres volúmenes en folio los casos de conciencia que pueden presentarse a los franceses, pero es desconocido en el resto del mundo, dice que en ningún caso debe revelarse el secreto de la confesión. Los parlamentos han decidido lo contrario. Así, ¿a quién debemos creer, a Pontas o a los guardianes de las leyes del reino, que velan por la vida de los reyes y la salud del Estado? (1)

 

(1) Pontas, Diccionario de casos de conciencia, publicado en París en 1715 y reimpreso en 1741. Tres volúmenes en folio.

 

De si los laicos y las mujeres han sido confesores y confesoras. Así como en la antigua ley los laicos se confesaban unos con otros, en la nueva ley estuvieron haciendo lo mismo durante mucho tiempo. Para demostrar que esto es cierto, basta citar a Joinville, que concretamente dice que «el condestable de Chipre se confesó con él y le absolvió, usando el derecho que tenía para hacerlo».

 

Santo Tomás se expresa en estos términos, en la tercera parte de la Suma: «Confessio ex defectu sacerdotis laico facta sacramentalis est quodam modo» (La confesión que se hace con un laico a falta de sacerdote es sacramental en cierto modo). Se ve en la Vida de san Burgundofare y en la Regla de un desconocido, que las monjas confesaban a su abadesa los pecados más graves. La Regla de san Donato ordena que las religiosas descubran tres veces cada día sus faltas a la superiora. En las Capitulares de nuestros reyes leemos que es preciso abrogar el.derecho que las abadesas han usurpado, contrario a las costumbres de la Santa Iglesia, de dar bendiciones e imponer las manos, lo que parece significar dar la absolución y supone la confesión de los pecados. Marco, patriarca de Alejandría, preguntó a Balzamón, célebre canonista griego de su época, si debe concederse a las abadesas permiso para confesar, y Balzamón le contestó negativamente. En el derecho canónico consta un decreto del papa Inocencio III que manda a los obispos de Valencia y de Burgos que no permitan a ciertas abadesas bendecir a las monjas de su comunidad, confesarlas, ni predicar públicamente, «porque —dice el decreto— aunque la bienaventurada Virgen María sea superior a los apóstoles en dignidad y en mérito, no fue a ella, sino a los apóstoles, a quienes el Señor confió las llaves del reino de los cielos».

 

Ese derecho era tan antiguo que ya constaba en las Reglas de san Basilio y permitía a las abadesas confesar a las monjas de su comunidad junto con un sacerdote. El padre Martene, en Ritos de la Iglesia, dice que las abadesas confesaron a las monjas durante mucho tiempo, y añade que como las mujeres eran tan curiosas las tuvieron que privar de ese derecho.

 

El ex jesuita Nonotte debe confesarse y hacer penitencia, no por haber sido de los mayores ignorantes que han emborronado papel (porque esto no es un pecado), ni por haber considerado como errores verdades que desconocía, sino por haber calumniado con la más mostrenca insolencia al autor de este artículo y haber llamado loco a su hermano, negando los hechos que acabamos de referir y otros muchos que no conocía. Con ello se ha hecho acreedor al fuego del infierno. Esperemos con fundamento que pedirá perdón a Dios de las muchas tonterías que ha dicho; nosotros no deseamos la muerte del pecador, sino su conversión.

 

Durante mucho tiempo se ha preguntado por qué tres hombres famosos en la pequeña parte del Globo donde está en uso la confesión, han muerto sin ese sacramento. Esos hombres son el papa León X, Pellisson y el cardenal Dubois. Pellisson, que fue protestante hasta la edad de cuarenta años, se convirtió al catolicismo para disfrutar de algunos beneficios, y el papa León X estaba tan ocupado en asuntos temporales cuando le sorprendió la muerte que no tuvo tiempo para ocuparse de asuntos espirituales.

 

De las cédulas de confesión. Los protestantes se confiesan con Dios y los católicos con los hombres. Los protestantes dicen que no se puede engañar a Dios, mientras que a los hombres podemos decirles lo que queremos. Como siempre rehuímos la controversia, no entramos en esta cuestión. Nuestra sociedad literaria se compone de católicos y de protestantes que se reúnen por amor a las letras, sin consentir que las disputas eclesiásticas siembren la cizaña.

 

En Italia y demás países católicos toda la gente, sin distinción, confiesa y comulga. Si se cometen pecados graves, tenéis en cambio confesores que os absuelvan. Si vuestra confesión nada vale, tanto peor para vosotros. Mediante pago, os dan un recibo impreso con el cual podéis comulgar, y luego meten todos los recibos en un copón; ésta es la costumbre.

 

En París, no se conocieron esos billetes al portador hasta el año 1750 en que el arzobispo ideó abrir una especie de banco espiritual para extirpar el jansenismo y triunfara la bula Unigenitus. El arzobispo mandó que se negara la extremaunción y el viático a los enfermos que no presentaran la cédula de confesión firmada por un sacerdote constitucionario.

 

Esa medida equivalió a negar los sacramentos a las nueve décimas partes de la población de París. Inútilmente le decían al arzobispo: «Pensad bien lo que estáis haciendo, porque o los sacramentos son necesarios para no condenarse o podemos salvarnos sin recibirlos teniendo fe, esperanza y caridad, buenas obras y los méritos del Salvador. Si podemos salvarnos sin recibir el viático, las cédulas de confesión son inútiles; si los sacramentos son necesarios, se condena a todos aquellos a quienes no los administráis; tendréis la culpa de que se quemen durante toda la eternidad muchísimas almas, suponiendo que viváis bastante tiempo para enterrarlas. Calmaos y dejad morir a cada cual como pueda». El arzobispo no contestó a este dilema, pero persistió en su idea.

 

Es un proceder horrible valerse de la religión para atormentar a los hombres, cuando la religión es para consolarles. El Parlamento, percatándose de las perturbaciones de la sociedad, dictó decretos contrarios al mandato del arzobispo. Mas como quiera que la jerarquía eclesiástica no quiso acatar la autoridad legislativa, la magistratura se vio obligada a emplear la fuerza y envió arqueros para obligar a los sacerdotes a que confesaran, dieran la comunión y enterraran a los parisienses, cumpliendo la voluntad de éstos.

 

En este exceso de ridículo nunca conocido hasta entonces, las intrigas y las cuestiones se enconaron tanto que perturbaron el reino, y se llegó hasta el extremo de desterrar a los miembros del Parlamento y después al arzobispo de París.

 

Las cédulas de confesión hubieran promovido una guerra civil en tiempos anteriores, pero en el nuestro sólo produjeron por fortuna desavenencias civiles. El espíritu filosófico, que no es sino el desarrollo de la razón, proporcionó a las personas honradas el único antídoto que erradica las enfermedades epidémicas.

 

CONFISCACIÓN. En muchos países de Europa es conocida esta máxima: El que confisca el cuerpo, confisca los bienes. Esta máxima se practica, sobre todo, en las naciones donde las costumbres sustituyen a las leyes y una familia entera se ve castigada por la falta cometida por un miembro.

 

Confiscar el cuerpo no es meter el cuerpo del hombre en el cesto de su señor soberano; en el lenguaje bárbaro del foro es adueñarse de un ciudadano, sea para darle muerte o para condenarle a penas tan largas como la existencia, apoderándose de sus bienes si le quitan la vida, o si, huyendo, evita la muerte. No les ha parecido suficiente matar al hombre por las culpas que cometa, sino que además han querido que sus hijos se mueran de hambre. En algunos países el rigor de la costumbre confisca los bienes de la persona que se suicida y sus hijos se ven reducidos a la mendicidad.

 

En algunas naciones católicas, en virtud de sentencia arbitraria, se condena a galeras a perpetuidad a un padre de familia por haber dado asilo a un hereje o por haberle oído una predicación en alguna cueva o lugar desértico; en tal caso, su mujer y sus hijos se ven obligados a mendigar para vivir.

 

Esta jurisprudencia, que priva inhumanamente de la subsistencia a los huérfanos y entrega a un hombre los bienes de otro, fue desconocida por la república romana hasta que Sila la introdujo en sus proscripciones. Digamos en honor a la verdad que esa rapiña inventada por Sila no tuvo imitadores. Por eso la ley que dictaron la inhumanidad y la codicia no la adoptaron César, ni el buen emperador Trajano, ni los excelentes Antoninos; en la época de Justiniano sólo se confiscaba al que cometía el delito de lesa majestad. Pero como los acusados de semejante delito casi siempre eran patricios, parece verosímil que por codicia mandara Justiniano la confiscación. Parece también que en la época de la anarquía feudal, los príncipes y los señores feudales, que no eran ricos, trataban de aumentar su fortuna confiscando a sus vasallos y haciéndose una renta del crimen. Por otra parte, como sus leyes eran arbitrarias y desconocían la jurisprudencia romana prevalecieron las costumbres caprichosas o crueles.

 

Y aunque actualmente el poder de los soberanos se asienta en riquezas inmensas y seguras y, por lo mismo, no necesitan aumentar su fortuna con las ruinas de una familia desgraciada, las abandonan de ordinario al primero que las pide. Pero, ¿tiene derecho un ciudadano a quedarse con los bienes de otro?

 

CONSECUENCIA. ¿Qué clase de naturaleza es la nuestra y de qué modo está formado nuestro débil intelecto, que podemos deducir las consecuencias más justas y lúcidas sin tener sentido común? El iluso de Atenas, que se figuraba que todas las naves que arribaban al Pireo le pertenecían, podía calcular con exactitud cuánto valía el cargamento que llevaban y en cuántos días podían navegar desde Esmirna hasta el Pireo.

 

Hemos conocido imbéciles que hacían cálculos y razonamientos sorprendentes. Me objetaréis que no serían imbéciles, pero sostengo que sí lo eran, porque basaban su raciocinio en un principio absurdo y coordinaban bastante bien sus quimeras.

 

El dios Fo de los indios tuvo por padre a un elefante que se dignó tener un hijo de una princesa hindú, la cual alumbró al dios Fo por el costado izquierdo. Esta princesa era hermana de un emperador de la India; luego, tal dios era sobrino del emperador, y los nietos del elefante y del monarca eran primos segundos, y según las leyes del Estado, extinguida la estirpe del emperador, debían sucederle los descendientes del elefante. Dícese que el elefante divino tenía una altura de nueve pies y por tanto cabe presumir que la puerta de su establo tuviera más de nueve pies de altura para que pudiera entrar. Comía cincuenta libras de arroz diarias, veinticinco libras de azúcar y bebía veinticinco litros de agua. Por la aritmética que sabemos, podemos calcular que consumía treinta y seis mil quinientas libras de comida cada año. Ahora bien, ¿existió ese elefante? ¿Era cuñado del emperador? ¿Su mujer alumbró un hijo por el costado izquierdo? Así lo aseguran, uno tras otro, veinte autores que vivieron en Conchinchina, pero falta confrontar esos veinte autores, a pesar de sus testimonios, consultar los archivos antiguos, ver si consta la existencia de ese elefante y examinar si no es leyenda que los impostores tuvieron interés en acreditar, porque, partiendo de un principio extravagante, se han sacado de él deducciones lógicas.

 

Falta a los hombres, más que la lógica, el origen de la lógica. No basta con decir: Seis barcos que son míos tiene cada uno de ellos cien toneladas, y cada tonelada contiene mil libras de peso; por tanto, tengo seiscientas mil libras de mercancías en el puerto del Pireo. Porque la gran dificultad consiste en saber si son míos esos seis barcos. De ese principio depende mi fortuna; después, tiempo me quedará para contarla.

 

El ignorante fanático y lógico en su fanatismo merece casi siempre la horca. He leído que Fineo, ofuscado por su santo celo, encontró a un hebreo acostado con una madianita y mató a ambos. Los levitas le imitaron asesinando a los matrimonios de judíos con madianitas. Cuando se entere de que su vecino, que es católico, se acuesta con su vecina, que pertenece a la secta de los hugonotes, los matará tranquilamente y obrará en consecuencia. ¿Qué remedio puede curar esa horrenda enfermedad del alma? Sólo hay uno, acostumbrar a los niños a que no crean nada contrario a la razón; en no contarles historias de aparecidos, fantasmas, brujos, poseídos, ni prodigios ridículos. La doncella de imaginación sensible y excitada que oye hablar de poseídos contrae una enfermedad nerviosa sufre convulsiones y también se cree poseída. Vi morir una joven a consecuencia de los trastornos que causaron en sus órganos las lecturas de esas historias execrables.

 

CONSTANTINO. El siglo de Constantino. En los siglos subsiguientes al de Augusto destaca el de Constantino, que siempre será célebre por los cambios que operó en el mundo. Al principio, es indudable que volvió a traer la barbarie y no contó con Cicerones, Horacios ni Virgilios, ni siquiera tuvo Lucanos ni Sénecas, ni un historiador sapiente ni veraz; sólo se vieron sátiras absurdas y panegíricos desmesurados.

 

Los cristianos empezaban entonces a escribir historia, pero no tomaban por modelo a Tito Livio ni a Tucídides. Tampoco los sectarios de la antigua religión del imperio escribían con mejor estilo ni más exactitud. Ambos bandos, enconados, no examinaban con mucho escrúpulo las calumnias que se imputaban recíprocamente, y de ahí provino que consideraban a un mismo hombre como un dios o un monstruo.

 

La decadencia general, tanto en las artes mecánicas como en la elocuencia y la virtud, se extendió por todas partes desde la muerte de Marco Aurelio, último emperador de una secta estoica que engrandeció al hombre, tornándole duro para sí mismo y compasivo para los demás. Tras la desaparición de ese emperador filósofo reinó en todas partes la tiranía y la confusión. La casta militar disponía con frecuencia del imperio. El Senado llegó a tal abyección que una ley prohibió expresamente a los senadores ir a la guerra. Se vio al mismo tiempo que treinta jefes de partido se apoderaban del título de emperador en treinta provincias del imperio. Los bárbaros invadieron por todas partes a ese imperio desgarrado a mediados del siglo III, que sólo podía subsistir con la disciplina militar que lo fundó.

 

Durante esas perturbaciones, el cristianismo iba implantándose gradualmente en Egipto, Siria y las costas del Asia Menor. El Imperio romano permitía toda clase de religiones, al igual que de sectas filosóficas. Pactaba con el culto de Osiris y toleraba que los judíos gozaran de grandes privilegios, a pesar de sus sublevaciones. Pero los pueblos perseguían de continuo en provincias a los cristianos, y sufrían igual persecución de los magistrados, que arrancaban en contra de ellos edictos a los emperadores. No debe extrañar el odio general que en un principio se atrajo el cristianismo, mientras toleraban otras religiones. Ello se debió a que mientras los egipcios, judíos y otros adoradores de dioses foráneos, no declararon la guerra abierta a los dioses del imperio, ni se oponían a la religión dominante, uno de los primeros deberes de los cristianos era exterminar el culto del imperio. Los sacerdotes paganos se indignaban viendo disminuir los sacrificios y las ofrendas, y el pueblo, enardecido y fanático, se sublevaba contra los cristianos. Sin embargo, varios emperadores les protegieron. Adriano prohibió terminantemente que se les persiguiera; Marco Aurelio mandó que no les persiguieran por motivos de religión, y Caracalla, Heliogábalo, Alejandro, Filipo y Galiano, les dejaron vivir en completa libertad. Los cristianos contaban en el siglo III con algunas iglesias muy concurridas y ricas y gozaron de tal independencia que en dicha época celebraron hasta dieciséis concilios. Los primitivos cristianos tenían obstruido el camino que lleva a las dignidades porque casi todos eran de humilde cuna, pero se fueron dedicando al comercio y algunos de ellos se enriquecieron. Este es el recurso de todas las sociedades privadas de obtener cargos del Estado. De ese medio se valieron los calvinistas en Francia, los reformistas en Inglaterra, los católicos en Holanda, los armenios en Persia, los banianos en la India y los judíos en todo el mundo. Con el tiempo, los gobiernos tuvieron tanta tolerancia, se suavizaron tanto las costumbres, que los cristianos accedieron a todas las dignidades y honores. No les obligaban a hacer sacrificios a los dioses del Imperio, ni se ocupaban de si asistían a los templos, porque los romanos gozaron de libertad absoluta en materia de religión y los cristianos de igual libertad. Tan cierto es que accedieron a todos los honores que Diocleciano y Galerio les privaron de ellos en 303, durante la persecución de que más adelante hablaremos.

 

Manes, que vivió en el reinado de Probo, hacia 278, fundó una nueva religión en Alejandría basada doctrinalmente en algunos antiguos principios de los persas y ciertos dogmas del cristianismo. Probo y su sucesor Caro dejaron vivir tranquilamente a Manes y a los cristianos. Diocleciano protegió a éstos y toleró a los maniqueos durante doce años; pero en 296 publicó un edicto contra los maniqueos proscribiéndolos como enemigos del imperio y partidarios de los persas. No incluyó a los cristianos en dicho edicto, y durante el imperio de Diocleciano pudieron seguir profesando públicamente su religión hasta los dos últimos años de su reinado.

 

Para completar ese cuadro falta añadir lo que era entonces el Imperio romano. A pesar de las conmociones interiores y exteriores, y de las irrupciones de los bárbaros, era dueño de cuanto posee hoy el sultán de los turcos, excepto Arabia; de lo que posee Austria en Alemania y las provincias de Alemania hasta el Elba; era dueño de Italia, Francia España e Inglaterra, de la mitad de Escocia y de toda Africa hasta el desierto de Sahara. Todos esos territorios los mantenían bajo el yugo romano cuerpos de ejército menos considerables que los que Alemania y Francia movilizan cuando se enemistan.

 

El Imperio romano fue aumentando, agrandándose desde la época de César hasta la de Teodosio, tanto por sus buenas leyes, su civilización y su benéfica influencia, como por su fuerza y el terror que inspiraba.

 

Todavía sorprende que ninguno de los pueblos conquistados por los romanos, una vez se gobernaron por sí mismos, no fueran capaces de construir caminos tan magníficos, anfiteatros y baños públicos, como construyeron sus vencedores. Algunas regiones, que en la actualidad son casi bárbaras y están desiertas, se hallaban entonces pobladas y civilizadas, como por ejemplo, Epiro, Macedonia, Tesalia, Iliria, Panonia y, sobre todo, Asia Menor y las costas de Africa; en cambio, fueron menos poderosas de lo que son Alemania, Francia e Inglaterra. Esas tres naciones han ganado mucho gobernándose por sí mismas, pero tuvieron que pasar cerca de doce siglos para llegar al estado en que se encuentran.

 

Las ruinas del Asia Menor y de Grecia, la despoblación de Egipto y la barbarie de Africa, constituyen testimonios de la pasada grandeza romana. Las medias ciudades florecientes que se encontraban entonces en dichos países están convertidas ahora en miserables aldeas, y hasta sus campos se han hecho estériles en manos de pueblos embrutecidos.

 

Dejando de lado la conmoción que agitó al imperio tras la abdicación de Diocleciano, sólo diré que después de su muerte hubo seis emperadores a la vez. Constantino triunfó de todos, cambió la religión y el imperio, y fue el autor, no sólo de esta trascendental revolución; sino de las demás revoluciones que se desarrollaron en Occidente. Si deseáis conocer su carácter, leed a Juliano, Zósimo, Lozomeno y Víctor. Ellos os dirán que al principio fue un gran príncipe, después un ladrón público y en la última parte de su vida un hombre voluptuoso, afeminado y manirroto. Nos lo pintan siempre ambicioso, cruel y sanguinario. En cambio, Eusebio, Gregorio Nacianceno y Lactancio, afirman que era un hombre perfecto. Entre esas dos opiniones contrarias, sólo sus hechos pueden revelarnos la verdad. Constantino obligó a su suegro a que se ahorcara, mandó estrangular a su cuñado, ordenó decapitar a su primogénito y que ahogaran en un baño a su esposa. Un autor primitivo de las Galias dice, ocupándose de él, que le gustaba tener la casa limpia. Si a su comportamiento privado se añade su conducta en las orillas del Rin, donde persiguió algunas hordas de francos que allí habitaban, venciéndolas y capturando a sus reyes que arrojó a las fieras para que sirvieran de diversión, podréis deducir de ello, sin temor a equivocaros, que Constantino no fue el hombre más perfecto del mundo.

 

Examinemos, ahora, los principales hechos de su reinado.

 

Constancio Cloro, su padre, se encontraba en Inglaterra y se arrogó el título de emperador durante unos meses. Constantino, que se hallaba en Nicomedia con el emperador Galerio, pidió licencia a éste para ir a ver a su padre enfermo y Galerio se la concedió, partiendo Constantino con los caballos de posta del imperio. Puede decirse que era tan peligroso ser caballo de posta como de la familia de Constantino porque mandó cortar los corvejones a todas las monturas después de servirse de ellas por miedo a que Galerio, revocando la licencia, le hiciera regresar a Nicomedia. Estando moribundo su padre, logró que le reconocieran como emperador las legiones romanas que se encontraban en Inglaterra.

 

Pero esta elección que hicieron en York unos seis mil hombres no debía tenerse como legítima en Roma: le faltaba la fórmula usual del senatus populusque romanus. Y el Senado, el pueblo y la guardia pretoriana eligieron unánimemente emperador a Magencio, hijo del césar Maximino Hércules, que ya lo era por sí mismo y hermano de Fausta, esposa de Constantino, que más tarde éste mandó ahogar. Los historiadores acusan a Magencio de tirano y usurpador porque suelen ponerse de parte de los que consiguen éxitos. Era protector de la religión pagana y Constantino empezaba a proteger a los cristianos. Siendo aquél pagano y vencido, no podía dejar de ser hombre abominable.

 

Eusebio dice que Constantino, cuando se dirigía hacia Roma para pelear contra Magencio, vio en las nubes, lo mismo que su ejército, la enseña de los emperadores, denominada lábaro, ostentando una cruz y unas palabras griegas que significaban: Vencerás con este signo. Otros autores dicen que ese signo se le apareció en Besançon, y algunos que en Colonia, y quienes sostienen que se le apareció en Trevers y otros que en Troyes. Es muy extraño que el cielo haya hablado en griego en todos esos países, y parece más lógico a la débil razón humana que ese signo hubiera aparecido en Italia el día de la batalla, pero entonces era preciso que la inscripción hubiera estado en latín. El erudito Loisel refuta este pasaje, lo cual basta para que le tachen de malvado.

 

Cabe considerar, sin embargo, que la guerra que entonces tuvo lugar no era de religión, porque Constantino no era un santo; por el contrario, cuando murió sospecharon que era arriano porque persiguió a los ortodoxos. Por esto no hay interés evidente en sostener el referido prodigio.

 

Cuando venció en dicha batalla, el Senado se apresuró a acatar al vencedor y a detestar el recuerdo del vencido. Despojaron el arco de triunfo de Marco Aurelio para adornar el de Constantino, le erigieron una estatua de oro, que sólo se hacía en honor de los dioses, él la aceptó a pesar del lábaro y, además, recibió el título de Sumo Pontífice, que conservó toda la vida. Su primera tarea, según Zonaro y Zósimo, fue exterminar el linaje del tirano y sus principales amigos, tras lo cual asistió a los espectáculos y juegos públicos.

 

El decrépito Diocleciano se hallaba moribundo en su retiro de Salónica, por lo que Constantino hubiera podido no darse tanta prisa en derribar las estatuas erigidas a aquél en Roma y recordar que ese emperador, sumido en el abismo del olvido, fue el bienhechor de su padre y le debía el imperio. Después de vencer a Magencio sólo le faltaba acabar con Licinio, su cuñado, que era augusto como él; Licinio también esperaba la ocasión de deshacerse de Constantino. Sin embargo, a pesar

 

de esa rivalidad no vislumbrada todavía, los dos cuñados publicaron juntos, en 313, en Milán, el famoso edicto sobre la libertad de conciencia en el que consta: «Concedemos a todo el mundo la libertad de seguir la religión que quiera, con la idea de atraer la bendición del cielo sobre nosotros y sobre nuestros vasallos; declaramos que hemos otorgado a los cristianos la facultad libre y absoluta de profesar su religión, quedando bien entendido que todos los demás gozarán de la misma libertad, y de este modo asegurar la tranquilidad de nuestro reino». Se podría escribir un libro sobre el edicto en cuestión, pero sólo aventuraré algunas ideas.

 

Constantino no era aún cristiano, y Licinio, su colega, tampoco, y existía todavía un emperador o tirano que exterminar, que era pagano y se llamaba Maximino. Licinio le declaró la guerra antes de combatir a Constantino y el cielo le fue más favorable, porque aquél sólo se le apareció el lábaro, mientras a Licinio se le apareció un ángel. Este ángel le enseñó una oración con la que vencería al bárbaro Maximino, Licinio la escribió, hizo que su ejército la recitara tres veces, y se alzó con la victoria. Si Licinio hubiera reinado felizmente, todo el mundo se hubiera ocupado del prodigio del ángel, pero como Constantino mandó que le ahorcaran y degollaran a su hijo y se convirtió en dueño absoluto, del lábaro de Constantino sólo se ocupa la historia.

 

Créese que ordenó matar a su primogénito Crispo y a su esposa Fausta el mismo año que convocó el Concilio de Nicea. Zósimo y Sozomeno refieren que habiéndole dicho los sacerdotes paganos que no podía expiar tan horrendos crímenes se convirtió al cristianismo y mandó derribar muchos templos en Oriente. Pero no es creíble que los sacerdotes paganos desaprovecharan la ocasión que se les ofrecía de atraerse a su pontífice, que los abandonaba. Sin embargo, no es imposible que alguno de ellos fuera austero e intransigente, pues en todas partes se encuentran hombres íntegros. Más extraño es que Constantino, al abrazar el cristianismo, no hubiera hecho penitencia para expiar sus crímenes. Roma, en donde los cometió, desde entonces le resultaba odiosa. La abandonó para siempre y fundó Constantinopla. ¿Cómo se atreve a decir en uno de sus decretos que traslada la residencia del imperio a Constantinopla por orden del mismo Dios? ¿No es esto burlarse impunemente de la credulidad de los hombres? ¿Si Dios le hubiera dictado alguna orden, no le habría dictado la de no asesinar a su esposa y a su hijo?

Diocleciano había dado ya el ejemplo de la traslación del imperio a las costas de Asia. El fasto, el despotismo y las costumbres asiáticas ahuyentaron a los romanos, a pesar de estar corrompidos y ser esclavos. Los emperadores nunca aceptaron que le besaran los pies en Roma, ni introducir eunucos en sus palacios; Diocleciano empezó a implantarlo en Nicomedia. Constantino, en Constantinopla. estableció la corte romana a imagen de la de Persia, y Roma comenzó su decadencia, extinguiéndose en ella el espíritu de los antiguos romanos. Y con ello Constantino proporcionó al imperio el mayor daño que pudo causarle. Fue el más absoluto de todos los emperadores. Augusto dejó un resquicio de libertad; Tiberio y Nerón mantuvieron el Senado y el pueblo romano; Constantino no conservó nada. Desde el principio consolidó su poder en Roma, deponiendo a los soberbios pretorianos que creían dominar a los emperadores. Separó radicalmente la toga de la espada, y los depositarios de las leyes aplastados por la fuerza militar, pasaron a ser jurisconsultos esclavos. Las provincias del imperio fueron regidas por un nuevo plan.

 

Constantino, en su ambición de adueñarse de todo, lo mismo dominó la Iglesia que el Estado. Tras convocar el Concilio de Nicea, abrió las sesiones entrando cubierto de piedras preciosas, con la diadema ceñida y tomando posesión del sitial de preferencia. Desterró por igual a Arrio y a Atanasio. Se puso en cabeza del cristianismo sin ser cristiano, pues no podía serlo en aquella época porque todavía no estaba bautizado. Comenzaba entonces a abolirse para el pueblo la costumbre de sumergirse en el agua de la regeneración al ver la muerte cercana, y si Constantino, retardando su bautismo hasta el postrer momento, creyó hacer impunemente lo que se le antojaba por abrigar la esperanza de una expiación, fue una calamidad para el género humano que semejante idea arraigara en la mente de un hombre tan poderoso.

 

CONTRADICCIONES. Cuanto más estudiamos el mundo, más lo vemos henchido de contradicciones e inconsecuencias. El sultán de Turquía manda decapitar a todo el que le parece, y raras veces puede conservar su cabeza. El Santo Padre confirma la elección de los emperadores, tiene por vasallos a los reyes, y ni siquiera es tan poderoso como un duque de Saboya. Expide órdenes para América y Africa y no es dueño de privar de ningún privilegio a la república de Lucca. El emperador es rey de los romanos, pero este derecho consiste únicamente en sostener el estribo del Papa y presentarle lo necesario para que se lave las manos en la misa. Los ingleses sirven de rodillas a sus monarcas, pero los deponen, encarcelan y hacen morir en el cadalso.

 

Numerosos frailes que hacen voto de pobreza obtienen, en virtud de ese voto, hasta doscientos mil escudos de renta, y como consecuencia de su voto de humildad son soberanos despóticos. A voz en cuello se prohíbe en Roma obtener pluralidad de beneficios con cura de almas, y con frecuencia se conceden bulas a un prelado alemán para la titularidad de cinco o seis obispados a la vez. Y esto se justifica, según dicen, porque los obispos alemanes no tienen la cura de almas. El canciller de Francia que es el primer personaje de Estado, no puede sentarse a comer en la mesa del rey, al menos hasta hoy, y un coronel goza de esa prerrogativa. El intendente, que es reyezuelo en su provincia, es un don nadie en la corte.

 

Si un pobre filósofo, con la mejor intención del mundo, afirma que la tierra gira, o imagina que la luz proviene del sol, o supone que la materia puede tener propiedades que nosotros no conocemos todavía, le tachan de impío y le acusan de perturbador de la paz pública, pero en cambio traducen los libros ad usum Delfini y las Tusculanas de Cicerón y de Lucrecio, que son dos cursos completos de irreligión.

 

Los tribunales no creen ya en los posesos y se mofan de los brujos, pero condenan a la hoguera por sortilegio a Ganfridi y a Grandier; y no hace mucho la mitad de los miembros de un Parlamento se empeñaba en sentenciar a la hoguera a un religioso acusado de haber hechizado a una joven de dieciocho años (1).

 

(1) Aludo al proceso formado al padre Girard y La Cadiere, proceso que deshonró a la humanidad.

 

El escéptico filósofo Bayle fue perseguido incluso en la mismísima Holanda, y La Mothe, más escéptico que aquél y menos filósofo, fue preceptor del rey Luis XIV y del hermano de éste.

 

El ateo Spinoza vivió y murió tranquilo, y Vanini, que sólo escribió contra Aristóteles, fue condenado por ateo a morir en la hoguera. Los diccionarios y las historias de los hombres de letras son inmensos archivos de falsedades y escasas verdades. Hojead esas obras y veréis que Vanini propugnaba en sus escritos el ateísmo y que doce profesores, seguidores suyos, salieron con él de Nápoles con la intención de hacer prosélitos en todas partes, pero si a continuación hojeáis las obras de Vanini quedaréis sorprendidos al encontrar las pruebas de la existencia de Dios. He aquí lo que dice en Anfiteatro, obra desconocida pero anatematizada: «Dios es su principio y su término, sin fin y sin comienzo, porque no necesita de uno ni otro, es padre de todo principio y de todo fin, y existe siempre, fuera del tiempo; para El no existió el pasado ni existirá el futuro; reina en todas partes sin estar en sitio alguno; está inmóvil sin pararse, es veloz sin tener movimiento; es todo y está fuera de todo; está en todo sin estar encerrado; está fuera de todo sin ser excluido; es bueno, pero sin poseer esa cualidad, está entero, pero sin componerse de partes; es inmutable cuando todo varía en el universo y su voluntad es su poder. En fin, siéndolo todo está por encima de todos los seres; fuera de ellos, en ellos, más allá de ellos, y siempre delante y detrás de ellos». Después de escribir la tal profesión de fe declararon ateo a Vanini. ¿En qué fundaron su acusación? En la única declaración de un enemigo suyo.

 

El libro Cymbalum mundi, que es una fría imitación de Luciano y no tiene la menor relación con el cristianismo, también fue condenado a ser pasto de las llamas, y en cambio, las obras de Rabelais se han impreso con privilegio y han dejado circular el Espía turco e incluso las Cartas persas, libro ligero, ingenioso y atrevido en el que se hace la apología del suicidio y figuran frases como esta: «El Papa es un mago que hace creer que tres no son más que uno, que el pan que comemos no es pan, etc.».

 

Si quisiera continuar exponiendo las contradicciones que se encuentran en el campo de las letras, necesitaría escribir la historia de todos los sabios e ingenios. Al igual que si quisiera detallar las contradicciones de la sociedad tendría que escribir la historia del género humano. El asiático que viajara por Europa podría creer que éramos paganos. Los días de nuestra semana llevan los nombres de Marte, Mercurio, Júpiter y Venus, y las obras de Cupido y de Psique están pintadas en los palacios de los papas, pero, sobre todo, si el asiático asistiera a una representación de ópera creería que era una fiesta celebrada en honor del paganismo. Si se enterase mejor de nuestras costumbres, quedaría sorprendido al ver que los monarcas contratan a los cómicos y los curas los excomulgan vería casi siempre nuestros usos en contradicción con nuestras leyes, y si nosotros fuéramos a Asia sin duda encontraríamos también muchas incompatibilidades.

 

Los hombres son en todas partes igual de inconsecuentes: dictan leyes a medida que van necesitándolas, como reparan las brechas de las murallas. En algunas partes, los hijos primogénitos se quedan con todo en detrimento de los segundones; en otras, los hijos heredan en partes iguales. Unas veces, la Iglesia consiente el duelo; otras, lo anatematiza. Han sido excomulgados por igual los partidarios y enemigos de Aristóteles, los que llevaban el pelo largo y los que lo llevaban corto. Con todo, el mundo subsiste como si estuviera bien ordenado. Nuestra naturaleza tiende a la irregularidad y nuestro mundo político es como nuestro Globo, algo informe que se conserva siempre. Locura sería pretender que las montañas, los mares y los ríos, trazasen figuras regulares, pero sería mayor locura exigir que los hombres fueran perfectamente sabios. Eso sería tanto como dar alas a los perros y cuernos a las águilas.

 

En Europa todo se hizo como el traje de Arlequín. Su amo, como no tenía tela, cuando necesitó vestirle tomó varios trozos de ropa vieja de diferentes colores y Arlequín quedó en ridículo, pero vestido.

 

¿En qué país no se contradicen los usos y las leyes? ¿Existe contradicción más chocante y respetable a la vez que la del Santo Imperio romano? ¿En qué es santo, en qué es imperio y en qué es romano? Alemania es una aguerrida nación que ni Germánico ni Trajano pudieron subyugar por entero. Los pueblos germanos que habitaban allende del Elba fueron siempre invencibles, pese a que estaban mal armados, y de estos tristes climas salieron los vencedores del mundo. En vez de ser Alemania imperio romano, sirvió para destruirlo. Ese imperio habíase refugiado en Constantinopla cuando un alemán, un austriaco, se dirigió desde Aquisgrán a Roma, para despojar a los césares griegos de lo que les quedaba en Italia. Adoptó el título de imperator, pero ni él ni sus sucesores se atrevieron nunca a afincarse en Roma. La Ciudad Eterna no puede vanagloriarse ni quejarse de que después de Augústulo, último excremento del Imperio romano, ningún césar haya vivido ni muerto dentro de sus murallas. No es posible que ese imperio sea santo porque se practican en él tres religiones; dos de ellas declaradas impías y abominables por el tribunal de Roma, al cual el imperio considera como soberano en esta materia. Tampoco puede ser romano porque el emperador no tiene ni una casa en Roma.

 

En Inglaterra se sirve a los monarcas de rodillas y observan la máxima de que el rey no puede causar ningún mal; únicamente sus ministros pueden equivocarse. Allí, el soberano es infalible en sus actos como el papa en sus decisiones. Amén de que la ley sálica es la ley fundamental de Inglaterra. Aun así, el Parlamento juzgó a su rey Eduardo 11 declarando que había cometido muchas faltas y por tanto había perdido sus derechos a la corona. Guillermo Trussel se personó en la cárcel y le dijo: «Yo, Guillermo Trussel, procurador del Parlamento y de la nación inglesa, revoco el homenaje que hasta hoy te hemos prestado y te privo del poder real».

 

El Parlamento inglés juzga y sentencia a Ricardo II. Entre los treinta y un cargos que alegan en su contra, figuran estos dos: «Que tomó prestado dinero y no lo devolvió, y que en presencia de testigos dijo que era dueño de la vida y los bienes de sus súbditos».

 

El Parlamento depuso a Enrique VI porque tuvo la desgracia de ser imbécil. Más tarde declaró traidor a Eduardo IV y le confisca los bienes. Ricardo 111, peor sin duda que los demás reyes, fue un Nerón, pero valiente, y el Parlamento sólo le acusó de sus delitos después de muerto.

 

La Cámara que representa al pueblo en Inglaterra imputó a Carlos I más faltas de las cometidas y le condenó a morir decapitado.

 

El Parlamento declaró que Jacobo 11 había cometido graves faltas, entre ellas fugarse de la nación, y declaró la corona vacante, esto es, le depuso.

 

De las contradicciones en algunos ritos. Después de las trascendentales contradicciones políticas, las más graves son algunas de nuestros ritos. Aborrecemos el judaísmo y apenas hace quince años que condenábamos los judíos a las hogueras; los consideramos deícidas y, sin embargo, nos congregamos los domingos para cantar salmos judíos, y no los cantamos en hebreo porque somos unos ignorantes, pues los quince primeros obispos, sacerdotes y diáconos de Jerusalén, cuna de la religión cristiana, sí los cantaban en hebreo, y desde la época del califa Omar casi todos los cristianos, desde Tiro hasta Alepo, rezaban en dicho idioma. En la actualidad, el que hiciera lo mismo sería sospechoso de estar circuncidado y de ser judío, y como tal, quemado. Por lo menos hubiera muerto en la hoguera veinte años atrás, a pesar de que Jesucristo, los apóstoles y sus discípulos fueron circuncidados. ¿Cabe encontrar nada más contradictorio?

 

De las contradicciones aparentes en los libros. Debemos distinguir, sobre todo en los libros sagrados, las contradicciones aparentes de las reales. El Pentateuco nos dice que Moisés fue el más benigno de los hombres y mandó degollar veintitrés mil hebreos porque adoraban al becerro de oro, y veinticuatro mil por tener trato carnal o haberse casado con mujeres madianitas, y él había hecho lo mismo. Pero doctos comentaristas demostraron de manera irrefutable que Moisés era apacible y afable, y que sólo por agradar a Dios hizo asesinar a esos cuarenta y siete mil hebreos culpables.

 

Críticos desenfadados han creído encontrar una contradicción en el pasaje que refiere cómo Moisés convirtió toda el agua de Egipto en sangre, y que los magos del faraón obraron en seguida el mismo prodigio sin que en el Exodo exista ningún intervalo entre uno y otro milagros. A primera vista parece imposible que esos magos pudieran convertir en sangre lo que ya era sangre, pero esa dificultad se esfuma si suponemos que Moisés permitió que las aguas volvieran a adquirir su primitiva naturaleza para dar tiempo a que obrasen su prodigio los magos de Egipto. Esta suposición es hasta cierto punto verosímil, porque si el texto no la favorece, tampoco se opone.

 

Los mismos críticos suspicaces se preguntan: ¿Cómo pudo ser que el faraón persiguiera con su caballería a los judíos cuando todos sus caballos murieron del gran pedrisco que cayó en Egipto durante la sexta plaga? Pero esto también es una contradicción aparente, porque la piedra que mató a dichos caballos no pudo causar ningún daño a los que estaban en las cuadras. Todo puede explicarse con un poco de buena fe.

 

Una de las mayores contradicciones que han creído encontrar en el Libro de los Reyes es la carencia de armas ofensivas y defensivas en que se encontraban los hebreos al advenimiento de Saúl, y luego se lee que Saúl acaudillaba trescientos treinta mil combatientes que lucharon contra los amonitas que sitiaban Jabes y Galaad. En efecto, el mencionado Libro de los Reyes dice que entonces y después de esa batalla no había una lanza ni una sola espada en el pueblo hebreo, que los filisteos les impidieron que forjaran lanzas y espadas, y que los hebreos se veían obligados a ir al pueblo de los filisteos para afilar la hoja de sus arados, sus azadas, sus hoces y sus podaderas (1). Esta confesión parece que demuestra que los hebreos eran escasos en número y los filisteos constituían una nación poderosa que tenía a los israelíes bajo su yugo y tratándoles como esclavos, por lo que era imposible que Saúl hubiera podido reunir trescientos treinta mil combatientes.

 

(1) Libro de los Reyes, 13, 19, 20 y 21.

 

El reverendo padre Calmet dice que, al parecer, «hay algo de exageración en lo de Saúl y Jonatás», pero ese sabio olvida que los otros comentaristas atribuyen las primeras victorias de Saúl y Jonatás a un milagro de los que Dios se dignaba obrar con frecuencia en favor de su pueblo predilecto. Jonatás, sólo con su escudero, comenzó por dar muerte a veinte mil enemigos, y los filisteos, aterrados, terminaron acometiéndose unos a otros. El autor del Libro de los Reyes dice que eso fue un milagro de Dios. Por tanto, no hay contradicción.

 

Celso, Porfirio y Juliano, enemigos declarados de la religión cristiana han agotado la sagacidad de su talento ocupándose del tema. Algunos autores hebreos, valiéndose del conocimiento de su lengua natal, publicaron las contradicciones aparentes que se encuentran en el Nuevo Testamento, consiguiendo que los copiaran varios autores cristianos, entre ellos Herbert, Wollaston, Tindal, Toland, Collins, Shaftesbury, Woolston, Gordon, Bolingbroke y otros de diversos países. Freret, secretario perpetuo de la Academia de Bellas Artes de Francia, y el sabio Leclerc, creen encontrar. algunas contradicciones, pero dicen que pueden atribuirse a los copistas, mientras otros críticos han pretendido explicar y reformar las contradicciones que parecen inexplicables.

En un libro peligroso, escrito con mucho talento (2), se nos dice que Mateo y Lucas atribuyen a Jesús una genealogía diferente, y para que no se crea que son insignificantes esas creencias, trata de convencer a quien lo dudare remitiendo a Mateo en el capítulo I y a Lucas en el capítulo III, con el fin de que vean que hay quince generaciones más en un evangelista que en otro; que desde David se separan y vuelven a unirse en Salatiel, pero que después del hijo de éste se separan de nuevo y no vuelven a reunirse hasta José. En la misma genealogía, Mateo incurre en flagrante contradicción porque dice que Osías era padre de Jonatán, y en los Paralipómenos, libro I, capítulo III, se encuentran tres generaciones entre ellos, Joás, Amasías y Azarías, de los que no se ocupan Mateo ni Lucas. Además, esa genealogía no tiene nada que ver con Jesús, porque según nuestra ley José no tuvo trato carnal con María.

 

(2) Análisis de la religión cristiana, atribuido a Saint Evremont, pág. 22.

 

San Epifanio concilia las dos genealogías de otra manera. Según él, Jacob Panter desciende de Salomón y es padre de José y Clofás. José tuvo de su primera mujer seis hijos: Jacobo, Josué, Simeón, Judas, María y Salomé. Luego enmaridó con la Virgen María, madre de Jesús, hija de Joaquín y de Ana.

 

Esas dos genealogías también se explican de otras maneras. Véase el libro de Calmet, Disertación en la que se intenta conciliar san Mateo con san Lucas sobre la genealogía de Jesucristo.

 

Esos sabios incrédulos que se han ocupado en comparar fechas, estudiar libros y medallas, confrontar los autores más antiguos buscando la verdad y cuya ciencia les hace perder la simplicidad de la fe, dicen que Lucas contradice a los demás evangelistas y se equivoca respecto al nacimiento del Salvador. He aquí lo que temerariamente explica el autor del Análisis de la religión cristiana, página 23:

 

«San Lucas dice que Cirenio gobernaba Siria cuando Augusto mandó confeccionar el empadronamiento del imperio. Veamos las muchas falsedades que hay en esas pocas palabras. Tácito y Suetonio, los dos historiadores antiguos más veraces, nada dicen de ese supuesto empadronamiento del imperio, que sin duda hubiera sido un acontecimiento extraordinario porque nunca lo efectuó antes ningún emperador, o por lo menos ningún autor lo menciona. Cirenio fue a Siria diez años después de la fecha que indica Lucas, en cuya fecha la gobernaba Quintilio Varo, según refiere Tertuliano y confirman las medallas.»

 

En efecto, en el Imperio romano el empadronamiento no se conoció; sólo era costumbre confeccionar un censo de los ciudadanos de Roma. Es posible que los copistas hayan puesto empadronamiento por censo. En cuanto a Cirenio, a quien los copistas llaman Cirino, debemos decir que no era gobernador de Siria en la época del nacimiento de Jesús, porque la gobernaba Quintilio Varo, pero es posible que éste enviara a Judea a Cirenio, que le sucedió en el mando de Siria diez años después. No debemos callar que esta explicación tampoco nos satisface por completo. El censo confeccionado durante el imperio de Augusto no se refiere a la época del nacimiento de Jesús. Es más, los judíos no estaban comprendidos en ese censo y José y su mujer no eran ciudadanos romanos. Por tanto, María no pudo salir de Nazaret, que está al extremo de Judea, a pocas millas del monte Tabor y en medio del desierto, para ir a dar a luz en Belén, que dista ochenta millas de Nazaret. Pero sí pudo acaecer fácilmente que Cirenio fuera a Jerusalén enviado por Quintilio Varo para imponer un tributo por cabeza, y que José y María recibieran la orden del magistrado de Belén de presentarse en dicha localidad, que es donde nacieron, para pagar el mentado tributo. Explicado de esta forma, no hay contradicción.

 

Ahora bien, los críticos pueden invalidar esta solución diciendo que Herodes era el único que imponía tributos, que los romanos no cobraban nada en Judea y que Augusto permitió que Herodes fuera dueño absoluto de su casa, por medio de la contribución que dicho idumeo pagaba al imperio. Pero en caso de necesidad pudo ponerse de acuerdo con un príncipe tributario y enviar un intendente para establecer de común acuerdo la nueva contribución.

 

Nosotros no diremos, como otros muchos, que los copistas han cometido muchas equivocaciones, más de diez mil en la traducción que ha llegado a nuestras manos. Preferimos decir, haciendo coro a los doctos y hombres más ilustrados, que los Evangelios se nos dieron para enseñarnos a vivir santamente, no para que sabiamente los critiquemos, pues no pueden resistir una crítica severa.

 

Estas contradicciones causaron un efecto turbador y deplorable en Jean Meslier, párroco de Etrepigny, en Champagne. Este cura, virtuoso y caritativo, pero sombrío y melancólico, estaba leyendo siempre la Biblia y los santos padres con un ensimismamiento que le fue fatal. Le transformó en un ser rebelde, siendo como era un pastor que debía enseñar docilidad a su rebaño. Las contradicciones que creyó hallar en esos libros le desquiciaron de tal manera que las llegó a encontrar entre Jesús que nació judío y en seguida fue reconocido como Dios. Entre Dios, conocido al principio por hijo de José el carpintero y por el hermano de Jacobo, pero descendido de un empíreo que no existía, con la idea de erradicar el pecado del mundo y dejándolo, sin embargo, lleno de crímenes. Entre Dios, nacido de un mísero artesano y descendiente de David por parte de padre, que no era su padre; entre el Creador de todos los mundos y el nieto de la adúltera Betsabé, de la imprudente Rut, de la incestuosa Tamar, de la prostituta de Jericó y de la mujer de Abrahán, que raptó un rey de Egipto y luego la volvieron a raptar a la edad de noventa años.

 

Meslier pregonó con monstruosa impiedad esas supuestas contradicciones que le chocaron y cuya solución hubiera encontrado de ser un espíritu acomodaticio. Su tristeza fue aumentando en la soledad en que vivía y tuvo la desgracia de tomar horror a la santa religión, siendo como era el encargado de predicarla. Y oyendo sólo a su razón perturbada y seducida abjuró del cristianismo en un testamento ológrafo del que cuando murió, en 1732, dejó tres copias. El extracto de dicho testamento se imprimió varias veces e inútil es decir el escándalo que levantó. Puede comprenderse el tremendo efecto que causaría en el público un sacerdote que pide perdón a Dios y a sus feligreses en la hora de la muerte por haberles enseñado los dogmas del cristianismo, que execra a los cristianos porque muchos de ellos son perversos, truena contra el fasto de Roma y las contradicciones de los sagrados libros, y habla del cristianismo como Porfirio, Epicteto, Marco Aurelio y Juliano, cuando va a comparecer ante Dios.

 

Y de igual modo, el desgraciado predicador Antonio, engañado por las contradicciones que creyó ver entre el Nuevo y el Antiguo Testamento dio el mal paso de apostatar de la religión cristiana y abrazar la religión judía, pero más valiente que Jean Meslier, prefirió morir a retractarse.

 

En el testamento de Jean Meslier se ve claramente que las contradicciones que se encuentran en los Evangelios le trastornaron el juicio, siendo un sacerdote de acendrada virtud. Le trastornaron las dos genealogías que le parecían contradictorias, y no pudiendo conciliarlas se sublevó, viendo que Mateo hace ir al padre, la madre y al hijo a Egipto, después de recibir el homenaje de los tres reyes magos de Oriente, y que el anciano Herodes, temiendo que le destronara un niño que acababa de nacer en Belén mandó degollar a todos los demás para evitar su destronamiento. Le extraña que Lucas, Juan, ni Marcos, hablen de semejante matanza. Queda confundido cuando lee que Lucas hace que permanezcan en Belén san José, la Virgen y Jesús, y que después regresen a Nazaret, pero debía saber que la sagrada familia podía ir primero a Egipto y después a Nazaret. Si Mateo es el único que refiere lo de los tres magos y la estrella que les guió desde el centro del Oriente hasta Belén, y lo de la matanza de los niños, y si los demás evangelistas no se ocupan de nada de ello, no significa que se contradigan, porque callar no es contradecir.

 

Si Mateo, Marcos y Lucas no dan más que tres meses de vida a Jesucristo, desde que fue bautizado en Galilea hasta que recibió el suplicio y muerte en Jerusalén, y Juan le hace vivir tres anos y tres meses, es fácil poner de acuerdo a Juan con los otros tres evangelistas, ya que aquél no dice expresamente que Jesucristo predicó en Galilea durante tres años y tres meses, sino que sólo se infiere de sus palabras. ¿Acaso por simples razones de controversia, por inducciones, por contradicciones de cronología, debemos renunciar a una religión que nos hace felices?

 

Según Meslier, es imposible poner de acuerdo a Mateo y a Lucas, pues el primero dice que Jesús, al salir del desierto, fue a Cafarnaum, y el segundo dice que fue a Nazaret. San Juan afirma que Andrés fue el primer apóstol que siguió a Jesús y los otros evangelistas dicen que fue Simón Pedro. Supone también que se contradicen respecto al día en que Jesús celebró la pascua, y también sobre la hora de su muerte y la de su resurrección y a las épocas y sitio de su aparición. Y está convencido el desdichado sacerdote de que libros que se contradicen no pueden ser inspirados por el Espíritu Santo. Pero no es dogma de fe que el Espíritu Santo haya inspirado todas las palabras, ni que dirigiera la mano de todos los copistas; dejó obrar a segundas causas. Bastante fue que se dignara revelarnos los principales misterios y que, con el tiempo, instituyera una Iglesia para explicárnoslos. Todas esas contradicciones que se achacan a los Evangelios las han descubierto los sabios comentaristas, pero en vez de perjudicarse se explican unas con otras, prestándose mutua ayuda y armonizando los cuatro Evangelios. Si encontramos algunas dificultades que no se pueden explicar profundidades que no es posible desentrañar, episodios increíbles, prodigios que sublevan la débil razón humana y contradicciones que no pueden conciliarse, todo ello es para poner a prueba nuestra fe y humillar la soberbia del hombre.

 

CONTRASTE. Es la oposición de figuras, situaciones, fortuna, costumbres etcétera. En un cuadro la pastora sencilla forma un bello contraste con la princesa orgullosa. El papel del impostor y el de Cleante forman también admirable contraste en el Tartufo.

 

Lo pequeño puede contrastar con lo grande en pintura, pero no se puede afirmar que le es contrario. La oposición de colores contrasta, pero tampoco puede afirmarse que haya unos colores contrarios a otros, o sea que produzcan mal efecto porque choquen a la vista cuando los tenemos cerca.

 

El término contradictorio sólo se puede usar en dialéctica. Resulta contradictorio que una cosa sea y no sea a la vez, que esté en muchos sitios al mismo tiempo, que tenga tal nombre y magnitud y que no los tenga a la vez. Por eso se dice: esa opinión, este discurso y aquel decreto son contradictorios.

 

Las varias vicisitudes que durante su vida experimentó Carlos XII fueron contrarias, mas no contradictorias y constituyen en la historia un hermoso contraste.

 

No es igual que dos cosas formen contraste a que sean contradictorias. No es contradictorio que el papa fuese adorado en Roma y quemado en efigie en Londres el mismo día, y que mientras le llamaban vice Dios en Italia, recorriera las calles de Moscú en forma de cerdo para divertir a Pedro el Grande. Mahoma, que la mitad del mundo coloca a la derecha de Dios y trata de impostor la otra mitad, es el mayor contraste.

 

Por dondequiera que viajéis se encuentran contrastes en todas partes. El primer blanco que vio a un negro debió quedar sorprendido, pero el primer raciocinador que dijo que ese negro provenía de una pareja blanca me asombró todavía más, porque su opinión es contraria a la mía. El pintor que plasme hombres blancos, negros y cobrizos puede formar hermosos contrastes.

 

CONVULSIONES. Hacia el año 1724 se bailó en el cementerio de San Medardo y se produjeron muchos milagros. He aquí uno, referido en una canción de la señora duquesa de Maine:

 

Un limpiabotas de orden real del pie izquierdo estropeado, obtuvo por gracia especial quedar de otro pie lisiado.

 

Como es sabido, las convulsiones milagrosas continuaron hasta que se impuso una guardia en el cementerio:

 

De orden del rey, se prohíbe a Dios que frecuente este lugar.

 

Como también es sabido, al no poder los jesuitas llevar a cabo tales milagros desde que su Javier agotó las gracias de la Compañía resucitando a nueve muertos a la vez, adoptaron la precaución, para equilibrar el crédito de los jansenistas, de hacer grabar una estampa de Jesucristo en hábito de jesuita. Un bromista del partido jansenista, como todo el mundo sabe, escribió al pie de la estampa:

 

Admirad el extremado artificio de estos ingeniosos frailes: os visten, oh Dios, como uno de ellos, temiendo que no se os ame.

 

Los jansenistas, para demostrar mejor que Jesucristo jamás pudo adoptar la sotana de los jesuitas, hicieron rebosar París de convulsiones y atrajeron a las gentes a su patio monacal. Carré de Montgeron, consejero del Parlamento, acudió a presentar al rey un volumen en cuarto recogiendo todos estos milagros, confirmados por mil testimonios. Como era justo. fue recluido en un castillo para restablecerle su sano juicio mediante un régimen adecuado, pero la verdad triunfa siempre de las persecuciones y los milagros se perpetuaron durante treinta años después sin interrupción. Se hizo acudir a su casa a la hermana Rosa, a la hermana Iluminada a la hermana Promesa, a la hermana Confitada, que se hicieron azotar sin cuenta ni descanso: se les propinaron garrotazos en sus estómagos bien acorazados y almohadillados, sin hacerles daño alguno; se les acostó sobre una gran hoguera con el rostro embadurnado de pomada sin que se quemasen y, por último, como todas las artes se prefeccionan, acabaron por hundirles espadas en la carne y por crucificarlas. Incluso un famoso teólogo tuvo el privilegio de ser puesto en cruz, y ello para convencer al mundo de que cierta bula era ridícula, lo que hubiera podido demostrarse sin tantos sacrificios. Sin embargo, tanto jesuitas como jansenistas se confabularon contra el Espíritu de las leyes y contra... y contra... y contra... y contra... Y después de todo esto, ¡todavía nos atrevemos a burlarnos de los lapones, los samoyedos y los negros!

 

CREER. En el artículo Certidumbre dijimos que muchas veces que creemos estar ciertos no lo debemos estar, y que serán acertados nuestros juicios cuando juzguemos según el sentido común. Vamos a ver ahora qué es lo que llamamos creer.

 

Hablo con un turco y me dice: «Yo creo que el arcángel Gabriel descendió con frecuencia del Empíreo para entregar a Mahoma las hojas del Corán, escritas con letras de oro en pergamino azul». a¿Por qué crees esa cosa tan increíble?» «Porque tengo grandes probabilidades de que no me han engañado al referir esos prodigios y porque Abubeker el suegro, Alí el yerno, Aiska la hija y Omar, certificaron la veracidad del hecho, que presenciaron cincuenta mil hombres. Recogieron todas las hojas, las leyeron ante los fieles y aseguraron que no habían cambiado una sola palabra. Lo creo porque siempre hemos tenido un mismo Corán, que no ha sido contradicho por otro y Dios nunca permitió que se alterase porque sus preceptos y sus dogmas son perfectos. El dogma consiste en la unicidad de Dios, por el que vivimos y morimos, en la inmortalidad del alma, en las recompensas eternas de los justos, en el castigo de los malvados y en la misión de nuestro gran profeta Mahoma, corroborada por sus victorias. Los preceptos consisten en ser justos y esforzados, en dar limosnas a los pobres, en abstenernos de tener la enorme cantidad de mujeres que tienen los príncipes orientales, en renunciar al buen vino de Engaddi y de Tadmor, que los borrachos judíos elogian en sus libros, y en rezar a Dios cinco veces al día. Esta sublime religión la ha confirmado el más hermoso y constante de los milagros: este milagro consiste en que Mahoma, perseguido por los zafios magistrados que decretaron que le prendieran, se vio obligado a dejar su patria y sólo regresó a ella victorioso, sirviéndole de escabel sus jueces imbéciles y sanguinarios. Luchó toda su vida defendiendo las doctrinas del Señor, y con reducido número de tropas venció siempre a innumerables soldados; él y sus sucesores convirtieron a su religión la mitad del mundo, y con la ayuda de Dios esperamos que llegue un día en que se convierta la otra mitad».

 

No se concibe mayor alucinación. Con todo, aunque el turco cree con firmeza, en el fondo de su alma ve elevarse pequeñas nubes de duda cuando le presentan objeciones a las visitas del arcángel Gabriel, cuando le contradicen respecto al sura o capítulo descendido del cielo para declarar que el gran profeta no es cornudo, y sobre todo la jumento Borac, que en una noche transporta a Mahoma desde la Meca a Jerusalén. Entonces el turco balbucea, se sonroja y no sabe qué contestar, y a despecho de esto, no sólo dice que lo cree, sino que se empeña en que lo crean los demás.

 

¿Está efectivamente convencido el turco de todo lo que nos dice? ¿Está seguro de que Mahoma es un enviado de Dios, como lo está de que existe Estambul? El fondo del discurso del turco es que cree lo que no cree. Está acostumbrado a pronunciar, como el sacerdote en su mezquita, ciertas palabras que toma por ideas. Creer es muchas veces dudar.

 

«¿Por qué crees esto?», pregunta Harpagón. «Lo creo, porque lo creo», le contesta Jacques en el Avaro de Moliere. La mayoría de los hombres podrían contestar lo mismo. Créeme lector, no se debe comulgar con ruedas de molino.

 

CRÍMENES. Un ciudadano de Roma tuvo la malhadada idea de matar en Egipto un gato sagrado, y el pueblo, enfurecido, castigó el sacrilegio acometiendo al romano y haciéndolo pedazos. Si el pueblo de Egipto hubiera dado tiempo para que llevaran al extranjero ante el tribunal y los jueces hubiesen tenido sentido común, le habrían sentenciado a pedir perdón a los egipcios y a los gatos, y a pagar una cuantiosa multa en dinero o en ratones. Además, le hubieran dicho que se deben respetar las tonterías del pueblo, cuando no se tiene bastante fuerza para suprimirlas.

 

El presidente del tribunal hubiera dicho, poco más o menos, estas palabras al romano: «Cada país tiene sus impertinencias legales y sus especiales delitos. Si en vuestra patria, Roma, que es soberana de Europa, Africa y Asia Menor, matarais un pollo sagrado en el momento en que le están echando maíz para conocer la voluntad de los dioses, os castigarían severamente. Nosotros creemos que habéis matado el gato por ignorancia y por eso el tribunal os amonesta por primera vez. Idos, y desde hoy sed más circunspecto».

 

De los crímenes de tiempo y lugar que deben ignorarse. Sabido es que debe hablarse con el mayor respeto de Nuestra Señora de Loreto cuando se llega a la marca de Ancona. Tres mozos llegan allí y se mofan del edificio que ocupa Nuestra Señora, que viajando por los aires llegó a Dalmacia, cambió dos o tres veces de sitio, y al fin sólo pudo encontrarse cómoda en Loreto. Esos tres mozos, mientras cenan, cantan una antigua canción que debió componer algún hugonote contra la traslación de la Casa Santa de Jerusalén al fondo del Adriático. Y he aquí que por casualidad, un fanático se entera de lo que dicen en la cena los mozos, hace indagaciones, busca testigos y compromete a un monseñore a que lance contra ellos un monitorio. Ese monitorio alarma las conciencias y nadie osa ocultar lo que sabe sobre este asunto; posaderos, lacayos, criados y demás dependientes, oyeron lo que no dijeron y vieron lo que no hicieron, lo que promueve un gran escándalo en toda la marca de Ancona. A media legua de Loreto se rumorea que esos mozos han apaleado a Nuestra Señora, y una legua más allá aseguran que han echado al mar la Casa Santa. Les forman proceso y les condenan. La sentencia dice que primero les cortarán la mano, en seguida les arrancarán la lengua y luego se les pondrá en el tormento para que confiesen cuantas coplas tuviese la canción; por último, serán quemados en la hoguera.

 

Un abogado de Milán que se encontraba en Loreto preguntó al juez principal que intervino en dicho proceso a qué hubiera condenado a esos mozos de haber violado a su madre y después degollado para comérsela.

 

«Hay mucha diferencia —contestó el juez— de una cosa a otra. Violar, asesinar y comerse a la madre son delitos que sólo se cometen contra los hombres.» «¿Tenéis alguna ley expresa —replicó el abogado milanés— que os obligue a que mueran en tan tremendo suplicio unos jóvenes que acaban de salir de la infancia, por mofarse indiscretamente de la casa santa, de la que se burla el mundo entero, exceptuando la marca de Ancona?» «No —respondió el juez—, la sabiduría de nuestra jurisprudencia lo deja a nuestra discreción.» «Bien, entonces debéis tener la discreción de recordar que uno de esos mozos es nieto de un general que derramó su sangre por la patria y sobrino de una abadesa respetable. Debíais haber tenido presente que ese mozo y sus compañeros son unos aturdidos que no merecían más que una corrección paternal. Priváis al Estado de tres ciudadanos que pudieran servirle un día, os mancháis las manos con sangre inocente, y sois más cruel que los caníbales. La posteridad execrará a los jueces de ese proceso. ¿Qué poderoso motivo pudo ahogar en vosotros la razón, la justicia, la humanidad y tornaros en bestias feroces?» «El clero de Ancona —replicó el juez— nos tachaba de tibios y de desentendernos de la Iglesia lombarda, es decir, nos acusaba de carecer de religión.» «Entonces —repuso el milanés— fuisteis asesinos para parecer cristianos.»

 

Al oír estas palabras, el juez cayó al suelo como herido por un rayo. Sus colegas perdieron luego sus empleos, atreviéndose a decir que habían cometido una injusticia con ellos, olvidándose de su ruin proceder y no comprendiendo que la mano de Dios los castigaba.

 

Para que siete personas se proporcionen legalmente la diversión de ver morir a otra persona en público, dándole golpes con una barra de hierro en un tablado, para que disfruten del placer secreto e indigno de hablar luego de ello en la mesa con sus mujeres y sus vecinos, para que los ejecutores de semejante justicia, que desempeñan desenfadadamente su cometido, cuenten de antemano el dinero que van a ganar, para que el público acuda a ese espectáculo como a una feria, se necesita que el crimen cometido merezca realmente ese suplicio en la opinión de todas las naciones civilizadas y produzca un bien a la sociedad, porque interesa a la humanidad entera. Se necesita, sobre todo, que el delito esté demostrado, no como una proposición geométrica, pero sí hasta el punto que pueda demostrarse. Si contra cien mil probabilidades de que el acusado es culpable, se encuentra una de que es inocente, ésta debe prevalecer sobre las demás.

 

Si bastan dos testigos para ahorcar a un hombre. Durante mucho tiempo se ha creído que eran suficientes dos testigos para condenar a la pena capital a un hombre y tener la conciencia tranquila. El evangelio de san Mateo dice que bastan dos o tres testigos para reconciliar a dos amigos que estén reñidos, y sobre ese texto se ha calcado la jurisprudencia criminal, hasta el punto de establecer que es una ley divina quitar la vida a un hombre cuando declaran contra él dos testigos, que pueden ser unos malvados. Una multitud de testigos aunque estén de acuerdo, no son capaces de probar un hecho improbable, que niegue el acusado. ¿Qué debe hacerse en casos semejantes? Posponer el fallo para dentro de cien años, como hacían los atenienses.

 

Vamos a referir un caso presenciado en Lyon en 1768. Una madre esperó inútilmente que volviera a casa su hija hasta las once de la noche, viendo que no volvía, la busca por todas partes. Sospechando que la oculta una vecina, se la pide y acusa a ésta de haber prostituido a su hija. Unas semanas después, unos pescadores encuentran en Condrieux, en el Ródano, a una joven ahogada y en estado de putrefacción. La mencionada madre cree que el cadáver es su hija y los enemigos de su vecina la convencen de que en casa de ésta la han violado, la estrangularon y la echaron al Ródano. La madre lo cuenta así a todo el mundo, el vecindario lo repite y pronto se encuentran gentes que cuentan hasta los detalles del crimen. Toda la ciudad se ocupa de ello y todas las bocas piden venganza. Hasta aquí lo sucedido es común en las muchedumbres que carecen de criterio, pero ahora entra lo insólito y espeluznante. El hijo de la citada vecina, que tenía unos cinco años, acusa a su madre de haber hecho violar ante sus ojos a la desventurada joven que encontraron en el Ródano y de haber hecho que la inmovilizaran cinco hombres mientras el sexto la gozaba. El niño dice que oyó las palabras de la violada y describe sus actitudes; afirma, además, que oyó a su madre y a los malvados estrangular a la desgraciada después de consumar el acto referido. Declara también haber visto a su madre y los asesinos cuando la echaron en un pozo, la sacaron después y la envolvieron en una sábana; que vio a esos monstruos llevarla en triunfo por las plazas públicas, bailar alrededor del cadáver y, por fin, arrojarla al Ródano. Los jueces se vieron obligados a meter en la cárcel a los supuestos cómplices y hubo testigos que declararon contra ellos. Volvieron a interrogar al niño y se ratificó con la candidez de la edad en todo lo declarado contra ellos y su madre. ¿Quién pudiera imaginar que ese niño no fuese verídico? El crimen es inverosímil, pero lo es más todavía que un niño de cinco años calumnie de ese modo a su madre, que refiera sin contradecirse los detalles de tan abominable crimen.

 

¿Qué resultó de ese extraño proceso criminal? Que el niño mintió acusando a su madre, que no se violó a ninguna doncella y que no hubo jóvenes reunidos en casa de la acusada, en suma, que no hubo asesinato y todo fue mentira. El niño fue sobornado por otros dos chicuelos hijos de los acusadores, caso extraño, pero verdadero, y poco faltó para que tuviera la culpa de que condenaran a la hoguera a su madre.

 

Era imposible creer todos los cargos de la acusación. El tribunal de Lyon, compuesto de hombres ilustrados y prudentes, sin hacer caso del furor público y buscando cuantas pruebas pudieron en pro y en contra de los acusados, les absolvió unánimemente. Quizás en tiempos más antiguos hubieran condenado al suplicio de la rueda y a las llamas de la hoguera a los inocentes acusados.

 

CRIMINAL (PROCESO). Con frecuencia se han castigado con la pena capital actos inocentes. Esto hicieron, en Inglaterra, Ricardo III y Eduardo IV, mandando que sus jueces condenaran a dicha pena a los sospechosos de no ser adictos al partido de los referidos monarcas. Eso no son procesos criminales, son asesinatos que cometen asesinos privilegiados. El último grado de perversidad consiste en escudarse en las leyes para perpetrar injusticias.

 

Dícese que los atenienses castigaban con la pena de muerte al extranjero que entraba en la asamblea del pueblo. Si ese extranjero no era más que un curioso, era una barbarie quitarle la vida por eso. El Espíritu de las leyes dice que usaban tal rigor porque el extranjero usurpaba los derechos de la soberanía. Pero el francés que de visita en Londres entra en la Cámara de los Comunes para oír lo que se discute, se pretende que participa de la soberanía del pueblo de Inglaterra y le reciben afablemente. Es creíble que si los atenienses tuvieron durante algún tiempo esa ley, debió ser por temor de que se introdujera algún espía extranjero, no porque se arrogara el derecho de la soberanía.

 

Vamos a ocuparnos de los procesos criminales. En la antigua Roma estos procesos eran públicos. Cuando acusaban a un ciudadano de un enorme crimen, le permitían tener un abogado que le defendiera en su presencia, hiciera preguntas a la parte contraria y lo discutiera todo ante los jueces. En audiencia pública declaraban los testigos en favor y en contra; nada se hacía allí a puerta cerrada. Cicerón abogó en favor de Milón, que había asesinado a Clodio en pleno día y a la vista de muchos ciudadanos. Aquél no podía ser condenado a la tortura por la orden arbitraria de otros ciudadanos, que se hallaban investidos de este derecho cruel. No se ultrajaba a la naturaleza humana en la persona de los que se consideraban los primeros hombres del mundo, pero sí en la persona de los esclavos, que apenas eran considerados como hombres. La instrucción del proceso criminal se resentía en Roma de la magnanimidad y la franqueza de la nación.

 

En Londres sucede poco más o menos lo mismo. A nadie se niega en ningún caso que le defienda un abogado y los pares juzgan allí a todo el mundo. Todo acusado puede rehusar sin causa alguna, de los treinta y seis miembros jurados que le han de juzgar, a doce, y otros doce alegando motivos, y por consecuencia elegir doce de sus jueces. Estos no pueden ir más acá ni más allá de la ley, ni imponer ninguna pena arbitraria; ninguna sentencia se ejecuta sin dar cuenta de ella al monarca, que perdona a los que son dignos de perdón, pero que la ley no puede perdonar, y tales casos ocurren con frecuencia. El hombre de carácter violento que se ve ultrajado y mata a su ofensor en un rapto de furor, es perdonable; le condena el rigor de la ley, pero le salva la misericordia, que debe ser atributo del soberano.

 

Ejemplo extraído de la condena de una familia entera. He aquí lo que sucedió a una desgraciada familia. En la época de las insensatas cofradías de supuestos penitentes que llevaban el cuerpo cubierto con blanca vestimenta y el rostro con máscara, levantaron en una de las principales iglesias de Tolosa un magnífico catafalco a un joven protestante que se suicidó. Los de la citada cofradía afirmaban que le habían asesinado su padre y su madre por haber abjurado la religión reformada. En esta época, en que toda la familia de este protestante, reverenciado como mártir, estaba en la cárcel, el populacho, ofuscado por una superstición tan demencial como bárbara, esperaba con religiosa impaciencia ver expirar en la rueda o entre llamas a cinco o seis personas de probidad reconocida; en esa época funesta, repito, había cerca de Castres un hombre honrado y también de religión protestante que se llamaba Sirven y ejercía la profesión de feudista. Era padre de familia y tenía tres hijas. La mujer que gobernaba la casa del obispo de Castres pidió a éste que recibiera a la segunda hija de Sirven, que se llamaba Isabel, para conseguir que fuera católica, apostólica y romana; en efecto, la llevó al obispo y éste la ingresó en la casa de los jesuitas llamada de las damas negras. Estas damas le enseñarían, pero les pareció que la joven era torpe y le impusieron rigurosas penitencias para que aprendiera algunas verdades que pudieron haberle enseñado con calma y paciencia. La atormentaron tanto, que se volvió loca y las damas negras la echaron de la casa; se refugió en la suya y la madre, al hacerla mudar de camisa, vio que tenía el cuerpo lleno de heridas. Fue aumentando la locura de la infeliz joven y un día escapó de casa mientras el padre estaba ausente, desempeñando su profesión en el castillo de un señor de las cercanías. Veinte días después de haberse evadido Isabel, unos niños la encontraron ahogada en un pozo, el 4 de enero de 1761.

 

Precisamente en aquellos días preparaban en Tolosa el suplicio de la rueda para un tal Calas. De boca en boca, la gente de toda la provincia aplicaba al padre de Isabel la palabra parricida, y la que era peor entonces, la palabra hugonote, creyendo que Sirven, su mujer y sus otras dos hijas habían ahogado a Isabel por principios de religión. Entonces, era opinión de todos que la religión protestante ordenaba que los padres matasen a sus hijos si querían convertirse al catolicismo. Esta opinión estaba tan arraigada incluso en las mentes de los magistrados, arrastrados por el clamor público, que el Consejo y la Iglesia de Ginebra se creyeron obligados a desmentir el fatal error y enviar al Parlamento de Tolosa un testimonio jurídico de que los protestantes no mataban a sus hijos y les dejaban dueños de sus bienes cuando abandonaban un credo por otro. A pesar de esta protesta jurídica, Calas murió en la rueda.

 

El juez de la localidad donde vivía Sirven, con la ayuda de algunos letrados tan sabios como él, se apresuró a dictar todas las disposiciones necesarias para seguir el ejemplo de Tolosa. Un médico tan ilustrado como los jueces, que examinó el cuerpo de Isabel, aseguró al cabo de veinte días que habían estrangulado a la joven echándola luego en un pozo. Apoyándose en este dictamen, el juez declaró la prisión del padre, la madre y las dos hijas.

 

La familia, aterrorizada por el ejemplo de Calas y los consejos de sus amigos, huyó: emprendió la marcha en época de nieves, en un invierno crudo, y de montaña en montaña llegó hasta Suiza. Una de las dos hijas casada y encinta, alumbró antes de llegar, en medio de los hielos.

 

La primera noticia que llegó a oídos de esa familia cuando se hallaba segura, fue que el padre y la madre eran condenados a la horca, y las hijas tenían que permanecer al lado del patíbulo durante la ejecución de su madre y ser luego expulsadas del territorio por el mismo verdugo, bajo pena de ser ahorcadas si regresaban. Este es el resultado que dio el proceso que se les instruyó en rebeldía.

 

Esta sentencia fue tan absurda como abominable. Si el padre, de acuerdo con su esposa, había estrangulado a la hija, debían ejecutarle como a Calas, y quemar en una hoguera a la madre después de ser estrangulada, porque no era costumbre en la región enrodar a las mujeres. Satisfacerse con ahorcar en semejante ocasión era confesar que el crimen no estaba probado, y que en caso de duda se optaba cuando no había prueba plena.

 

La madre murió desesperada, y el resto de la familia, cuyos bienes fueron confiscados, hubiera muerto en la miseria de no haber encontrado los auxilios que necesitaba. Nos detenemos en este punto para preguntar si existe alguna ley o razón que justifique semejante sentencia. Podríamos interrogar al juez diciéndole: «¿Qué rabia insensata te indujo a sentenciar a muerte al padre y la madre?» «Los sentencié porque se fugaron», responde el juez. «¿Querías que permanecieran en el país para que saciaras tu imbécil furor? ¿Qué más da que aparezcan ante ti cargados de hierro para contestar a tu interrogatorio, o que eleven las manos al cielo apostrofándote como mereces, lejos de ti? ¿Si no comparecen ante tu presencia, no puedes averiguar la verdad? ¿No puedes saber que el padre se encontraba a una legua de su hija, entre muchas personas que pueden atestiguarlo, cuando la desventurada joven huyó de la casa paterna? ¿Puedes ignorar acaso que su familia la estuvo buscando por todas partes durante veinte días y veinte noches? Tú sólo contestas esta palabra repetida: Contumacia, contumacia. Porque el acusado esté ausente, ¿debe condenársele a la horca cuando su inocencia es palpable? Esa es la jurisprudencia de los monstruos, y la vida, los bienes y el honor de los ciudadanos no deben depender de un código salvaje.»

 

La familia Sirven arrastró su desgracia lejos de la patria durante más de ocho años, y cuando la superstición sanguinaria que deshonró al Languedoc fue extinguiéndose y sus habitantes fueron civilizándose, los que en el exilio consolaron a la desgraciada familia les dieron el consejo de que se presentaran a pedir justicia en el Parlamento de Tolosa, entonces que la sangre de Calas ya no humeaba y se habían arrepentido algunos que la hicieron derramar. Y la familia Sirven quedó rehabilitada.

 

CRIMINALISTA. En los antros de la sofistería legal se llama gran criminalista al togado que tiene bastante habilidad para que los acusados caigan en las redes que les tiende, que miente con impudencia para descubrir la verdad, que intimida a los testigos y les obliga, sin que lo adviertan, a declarar contra el acusado y que si encuentra una ley antigua y olvidada que se dictó en época de guerra civil la hace revivir y la aplica en época de paz.

 

Separa y debilita cuanto pueda servir para la justificación de un desgraciado, y amplía y agrava todo lo que pueda servir para declararle culpable, no obrando como juez, sino como enemigo. Por ello merece sustituir en la horca al desgraciado que manda ahorcar.

 

CRISTIANISMO. En este artículo no vamos a mezclar lo divino con lo profano y nos guardaremos de intentar sondear los designios de la Providencia. Somos hombres y nos dirigimos a los demás hombres.

 

Establecimiento del cristianismo en su estado civil y político. Cuando Marco Antonio y, más tarde, Augusto confiaron Judea al árabe Herodes, hechura suya y su tributario, este monarca, extranjero en dicho país, llegó a ser el más poderoso de sus reyes. Tuvo puertos en el Mediterráneo, Tolemaida y Ascalón. Fundó ciudades, erigió un templo al dios Apolo en Rodas y un santuario a Augusto en Cesárea, y construyó el templo de Jerusalén, rodeándole de fortísimas murallas. Durante su reinado gozó Palestina de una paz completa. Fue considerado como un Mesías, a pesar de ser bárbaro en sus relaciones con la familia y tirano con el pueblo, al que esquilmaba para sufragar los gastos de las grandes empresas que acometía. Adoró a César y casi fue adorado por sus partidarios.

 

Hacía ya mucho tiempo que la secta de los judíos estaba desparramada por Europa y Asia, y sus dogmas eran desconocidos. Nadie sabía de los libros hebreos, si bien muchos de ellos se hallaban traducidos al griego en Alejandría, como hemos dicho en otra parte. Sólo se sabía de los judíos lo que los turcos y persas saben hoy de los armenios, esto es, que son comisionistas de comercio y agentes de cambio. Sólo el teísmo de China y los respetables libros de Confucio, que vivió cerca de seiscientos años antes que Herodes, eran aún más desconocidos de los pueblos occidentales que los ritos judíos.

 

Los árabes, que suministraban a los romanos las mercaderías preciosas de la India, ni siquiera tenían idea de la teología de los brahmanes. Las mujeres indias tenían la costumbre inmemorial de quemarse en la pira sobre el cuerpo de sus maridos, y estos sacrificios horrendos, que todavía se realizan, eran tan desconocidos de los hebreos como las costumbres de América. Los libros hebreos, que se ocupan de Cog y Magog, no hablan en ninguna parte de la India.

 

La antigua religión de Zoroastro era ya célebre, pero desconocida en el Imperio romano. En éste, sólo se sabía en general que los magos creían en la resurrección, y en el paraíso y el infierno. Estas doctrinas habían llegado hasta los hebreos vecinos de Caldea porque Palestina, en la época de Herodes, la ocupaban los fariseos, que empezaban a creer en el dogma de la resurrección, y los saduceos, que rechazaban tal doctrina.

 

Alejandría, la urbe más comercial del mundo, estaba poblada de egipcios afectos al culto de Serapis y los gatos sagrados, de griegos entregados a la filosofía, de romanos dominantes y de judíos que se enriquecían. Todos esos individuos, pertenecientes a diversas naciones, sólo se ocupaban de ganar dinero, de entregarse a los placeres o al fanatismo y de crear o disolver sectas religiosas, sobre todo cuando vivieron en la ociosidad, que fue cuando Augusto cerró el templo de Jano.

 

Los judíos estaban divididos en tres partidos principales. Los samaritanos, que se vanagloriaban de constituir el partido más antiguo porque Samaria existía cuando Jerusalén y su templo fueron destruidos en la época de los reyes de Babilonia, pero los samaritanos participaban de la raza de los persas y de los palestinos. El segundo partido y el más poderoso eran los jerusalenistas. Detestaban a los samaritanos y éstos les correspondían con el mismo odio, porque tenían intereses opuestos. Los jerusalenistas mantenían la pretensión de que sólo se hicieran sacrificios en el templo de Jerusalén para que se recogiera mucho dinero en la ciudad, y por esa misma razón los samaritanos querían que se hicieran los sacrificios en Samaria. Si a una ciudad con escaso número de habitantes le basta con un templo, cuando esa localidad llega a extenderse hasta setenta leguas de longitud en su territorio y veintitrés de latitud, como le ocurrió al pueblo judío, es absurdo no tener más que un templo. El tercer partido era el de los judíos helenistas, que comerciaban y tenían negocios en Egipto y Grecia y opinaban lo mismo que los samaritanos.

 

Onías, hijo de un gran sacerdote judío que deseaba ser lo que su padre, obtuvo del rey de Egipto, Tolomeo Filometo, y sobre todo de Cleopatra, esposa de éste, permiso para erigir un templo judío cerca de Bubasta, asegurando a la reina que Isaías profetizó que un día el Señor había de tener un templo en el mencionado sitio. Hizo un buen regalo a Cleopatra, quien contestó que si Isaías lo había profetizado se podía levantar. El templo se llamó Onión y se construyó ciento sesenta años antes de nuestra era. Los judíos de Jerusalén miraron siempre con tanto horror ese templo y la traducción de los Setenta, que instituyeron una fiesta como expiación de ambos sacrilegios.

 

Los rabinos del templo Onión, mezclando su raza con los griegos llegaron a ser más sabios que los rabinos de Jerusalén y Samaria, y esos tres partidos comenzaron a disputar sobre cuestiones de controversia que sutilizan el talento, pero lo hacen falso e insociable.

 

Los judíos egipcios, deseando igualarse en austeridad con los esenios y los judaizantes de Palestina, fundaron antes del advenimiento del cristianismo la secta de los terapeutas, que se consagraban, como ellos, a una especie de vida monástica y a las mortificaciones. Esas diferentes comunidades se establecieron imitando los antiguos misterios egipcios persas y griegos, que inundaron el mundo desde el Éufrates y el Nilo hasta el Tíber.

 

Al principio, los miembros de estas sectas eran escasos en número y los consideraban como hombres privilegiados, pero en la época de Augusto llegaron a ser muchísimos y se hablaba de religión desde el centro de Siria hasta el monte Atlas y el Océano Germánico.

 

Entre esta multitud de sectas y de cultos se fundó la escuela de Platón, no sólo en Grecia, sino también en Roma y Egipto. Se creyó que Platón había tomado su doctrina de los egipcios y éstos creían reivindicar algo suyo al dar valor a las ideas platónicas, a su verbo y a la especie de trinidad escondida en algunas de las obras del filósofo ateniense. Se dice que el espíritu filosófico, difundido entonces por todo el Occidente conocido, dejó caer algunas chispas de su espíritu razonador en Palestina.

 

Es indudable que en la época de Herodes ya se suscitaron polémicas sobre los atributos de la Divinidad, la inmortalidad del alma y la resurrección de los cuerpos. Los judíos refieren que la reina Cleopatra les preguntó si resucitábamos desnudos o vestidos. Los judíos, pues, pensaban a su manera. Hay que reconocer que Flavio Josefo, aun siendo militar, era bastante sabio y que sobresaldrían otros sabios del estado civil en un país donde era ilustrado un hombre de guerra. Su contemporáneo Filón hubiera conquistado nombre entre los griegos, y Gamaliel, maestro de san Pedro, era un gran polemista.

 

El poder judío se entretenía ocupándose de religión como acontece hoy en Suiza, Alemania e Inglaterra. Se encuentran varios personajes del pueblo llano que fundaron sectas, como posteriormente Fox en Inglaterra, Muncer en Alemania y los primeros reformistas en Francia. El propio Mahoma no era más que un tratante de camellos.

 

Añadamos a ello que en la época de Herodes se creyó inminente el fin del mundo, y en aquellos tiempos, predispuestos por la Divina Providencia, plugo al Padre Eterno enviar a su Hijo al mundo, misterio incomprensible del que no nos vamos a ocupar.

 

Únicamente diremos que en tales circunstancias, si Jesús predicó una moral pura, si anunció la existencia de los cielos para recompensar a los justos, si tuvo discípulos afectos a su persona y a sus virtudes, si estas virtudes le atrajeron la persecución de los sacerdotes y si la calumnia le hizo morir ignominiosamente, su doctrina, que los discípulos anunciaban de modo infatigable, debió producir maravilloso efecto en el mundo. Conste de nuevo que hablo humanamente, y que no me ocupo de los numerosos milagros ni de las profecías. Sostengo que el cristianismo debió conseguir más por la muerte de Jesús que hubiera conseguido de no ser ejecutado. Hay quienes ponen en duda que sus discípulos tuvieran también discípulos, pero más extrañaría que no hubieran podido conseguir atraerse partidarios. Setenta personas convencidas de la inocencia de su jefe, de la pureza de sus costumbres y de la barbarie de sus jueces, debieron granjearse un fabuloso número de prosélitos.

 

Sólo san Pablo, al convertirse en enemigo de su maestro Gamaliel, debía, humanamente hablando, atraer muchos partidarios a Jesús, aun que éste no hubiera sido más que un hombre de bien condenado injusta mente. San Pablo, además, era culto, elocuente, fogoso e infatigable, y conocía la lengua griega. San Lucas era un griego de Alejandría y hombre de letras, porque era médico. El primer capítulo del Evangelio de Juan está impregnado de una sublimidad platónica que debió satisfacer a los platónicos de Alejandría. Tanto es así, que no tardó en formarse en dicha ciudad una escuela fundada por Lucas o Marcos que perpetuó a Atenágoras, Panteno, Orígenes y Clemente, todos ellos elocuentes y sabios Con el establecimiento de semejante escuela era imposible que el cristianismo no progresara con rapidez.

 

Grecia, Siria y Egipto fueron teatro de los célebres misterios antiguos que sedujeron a los pueblos, y los cristianos tuvieron también sus misterios propios. La muchedumbre se apresuró a iniciarse en ellos, al principio por curiosidad y por persuasión después. La idea del inminente fin del mundo debió impulsar a los nuevos discípulos a despreciar los bienes pasajeros de la tierra, que iban a perecer con ellos. El ejemplo que daban los terapeutas incitaba a entregarse a una vida solitaria y de mortificación. Todo parecía concurrir poderosamente para que arraigara la religión cristiana.

 

Cierto que las diversas facciones de la inmensa y naciente confesión religiosa no estaban de acuerdo. Cincuenta y cuatro comunidades tuvieron otros tantos evangelios diferentes, secretos como sus misterios, pero que desconocieron los gentiles, los cuales sólo conocieron los cuatro Evangelios canónicos al cabo de doscientos cincuenta años. Dichas facciones, si bien estaban divididas, reconocían al mismo pastor. Ebionitas, que contradecían a san Pablo; nazarenos, discípulos de Hymeneos, Alejandro y Hermógenes; carpocracianos y otras muchas sectas, disputaban unas con otras, pero, sin embargo, todas estaban unidas para invocar a Jesús y creer en él. Al principio, el Imperio romano, en el que pululaban todas estas sectas, no fijó en ellas su atención, conociéndolas en Roma con la denominación general de judíos y no preocupándose de ellas el gobierno. Los judíos consiguieron, con su dinero, adquirir el derecho de dedicarse al comercio, pero durante el reinado de Tiberio cuatro mil de ellos fueron expulsados de Roma. Y durante el reinado de Nerón les atribuyeron el incendio de la urbe. Fueron expulsados de nuevo en la época de Claudio, pero esto no les impidió volver a Roma, donde vivían tranquilos, aunque despreciados.

 

Los cristianos de Roma eran menos numerosos que los de Grecia Alejandría y Siria. Los romanos no conocieron padres de la Iglesia ni herejes durante los primeros siglos del cristianismo. La Iglesia era griega hasta tal extremo que ni un misterio, ni un rito, ni un dogma dejó de expresarse en dicha lengua. Los cristianos, ya fueran griegos, sirios, romanos o egipcios, eran considerados en todas partes como semijudíos,y esta era otra razón para no dar a conocer sus libros a los gentiles con el fin de permanecer unidos e inquebrantables, guardando celosamente su secreto, como antiguamente lo hicieron con los misterios de Isis y de Ceres. Formaban una república aparte, un estado dentro de otro estado; no tenían templos y altares, no realizaban ningún sacrificio y no practicaban ceremonias públicas. Elegían secretamente a sus superiores por mayoría de votos, y éstos, con las denominaciones de ancianos, sacerdotes, obispos y diáconos, administraban los fondos comunes, cuidaban de los enfermos y apaciguaban todas las disputas. Consideraban como una vergüenza y un crimen pleitear ante los tribunales e ingresar en la milicia, y durante cien años, ni un solo cristiano tomó las armas en el imperio. De esta manera, retirados y desconocidos de todo el mundo, escapaban a la tiranía de los procónsules y de los pretores y vivían libres en medio de la esclavitud pública.

 

Inducían a los cristianos ricos a que adoptaran los hijos de los cristianos pobres y organizaban colectas para ayudar a las viudas y huérfanos, pero se negaban a recibir dinero de los pecadores y sobre todo de los taberneros, a los que tildaban de bribones. Por eso pocos de ellos eran afectos al cristianismo y los cristianos no frecuentaban las tabernas.

 

Las mujeres podían acceder a la dignidad de diaconisas cuando contraían méritos tendentes a estrechar la confraternidad cristiana. Las consagraban y el obispo las ungía, poniéndolas en la frente el óleo sagrado, como se hacía antiguamente con los reyes judíos. Todo ello iba ligando a los cristianos con lazos indisolubles. Las persecuciones de que fueron objeto, siempre pasajeras, sólo sirvieron para redoblar su celo e inflamar su fervor, y durante el reinado de Diocleciano llegó a ser cristiana una tercera parte del imperio.

 

He ahí una pequeña parte de las causas humanas que coadyuvaron al progreso del cristianismo. Añadid a ésta las causas divinas, y si algo debe extrañarnos es que la religión cristiana no se extendiera más pronto por los dos hemisferios, sin exceptuar las islas más salvajes.

 

Dios, que descendió del cielo, que murió por regenerar a los hombres y extirpar el pecado del mundo, dejó sin embargo la mayor parte del género humano entregada al error y al crimen en poder del demonio. Parece que esto supone una flagrante contradicción, al menos así parece a la débil razón del hombre. Pero respetemos los misterios incomprensibles de la Providencia.

 

Averiguaciones históricas sobre el cristianismo. Algunos sabios han quedado sorprendidos de no encontrar en la historia de Flavio Josefo ninguna alusión a Jesucristo, pues la crítica moderna ha demostrado que el corto pasaje que le menciona en dicha historia fue añadido tiempo después (1). Y eso que el padre de Flavio Josefo debió ser testigo de todos los milagros de Jesús. Josefo pertenecía a la casta sacerdotal y era pariente de la esposa de Herodes. Se detiene pormenorizando las acciones de dicho monarca y, sin embargo, no dice una palabra de la vida y de la muerte de Jesús. A pesar de que el referido historiador no calla ninguna de las crueldades que cometió Herodes, nada dice del decreto de éste, que ordenó la matanza de todos los niños al enterarse de que había nacido un rey de los judíos. El santoral griego dice que en aquella ocasión fueron degollados catorce mil niños. Acto tan monstruoso como ese no lo cometió jamás en el mundo ningún tirano. Sin embargo, el mejor escritor que tuvieron los judíos, el único que apreciaron los romanos y griegos, ni siquiera menciona un evento tan singular y tan espantoso. Tampoco se hizo eco de la estrella que apareció en Oriente cuando nació el Salvador, fenómeno insólito que debió conocer un historiador tan ilustrado como Josefo. Tampoco habla de las tinieblas que oscurecieron el orbe en pleno medio día durante tres horas, así que murió el Salvador, ni de la multitud de tumbas que se abrieron en aquel momento ni del sinnúmero de justos que resucitaron.

 

(1) Los cristianos falsearon groseramente un pasaje de Josefo. Atribuyeron a dicho judío, tan afecto a su religión, cuatro línea que intercalaron en el texto, al final de las cuales añadieron Era Cristo. Si Josefo hubiera oído hablar de tales acontecimientos hubiera escrito más de cuatro líneas en la historia de su país; además, es un absurdo pretender que Josefo hable como cristiano.

 

Los mentados sabios siguen extrañándose de que ningún historiador romano se ocupe de dichos prodigios que tuvieron lugar durante el imperio de Tiberio, en presencia de un gobernador de Roma, el cual debió enviar al emperador y al Senado el informe circunstanciado del hecho más milagroso que presenciaron los mortales. La propia Roma debió sumergirse durante tres horas en densas tinieblas, prodigio que debía constar, no sólo en los, anales de Roma, sino en los de todas las naciones. Dios quiso, sin duda, que estos divinos sucesos no los escribieran manos profanas.

 

Los referidos sabios encuentran también algunos puntos oscuros en la historia de los Evangelios. Notan que en el de san Mateo dice Jesús a los escribas y fariseos que toda la sangre derramada en el mundo debe recaer sobre ellos, desde la sangre de Abel el Justo hasta la de Zacarías hijo de Barac, que asesinaron en el templo. Dicen los mismos sabios que en la historia de los hebreos no se encuentra ningún Zacarías asesinado en el templo antes de la venida del Mesías ni en la época de éste; únicamente se encuentra en la historia del sitio de Jerusalén, escrita por Flavio Josefo, un Zacarías, hijo de Barac, asesinado en medio del templo. Este hecho figura en el capítulo XIV del libro IV. Por eso suponen dichos sabios que el Evangelio de San Mateo debió escribirse después que Tito tomó Jerusalén. Ahora bien, dudas y objeciones de esta índole quedan desvanecidas en cuanto consideramos la diferencia infinita que debe haber entre los libros divinamente inspirados y los libros de los hombres. Dios quiso envolver con una nube respetable y oscura su nacimiento, su vida y su muerte.

 

Los sabios tampoco comprenden con claridad por qué hay tanta diferencia entre las dos genealogías de Jesús. Según san Mateo, Jacob es padre de José, Mathan padre de Jacob y Eleazar padre de Mathan; y san Lucas atribuye a Jesús desde Abrahán, con los cuarenta y dos que Mateo de Leví, etc. No pueden conciliar los cincuenta y seis antecesores que Lucas atribuye a Jesús desde Abrahán, con los cuarenta y dos que Mateo le atribuye también desde Abrahán.

 

Tampoco comprenden cómo Jesús, siendo hijo de María, no es hijo de José. También les asaltan algunas dudas por lo que respecta a los milagros del Salvador, cuando leen que san Agustín, san Hilario y otros dan a la narración de dichos milagros un sentido místico, alegórico, como por ejemplo la higuera maldita y seca por no producir frutos fuera de tiempo, los demonios que se introdujeron en los cuerpos de los cerdos en un país donde no se comían tales animales, el agua convertida en vino... Pero todas estas críticas de los sabios las disipa por completo la fe.

 

Este artículo tiene por único objeto seguir el hilo histórico y dar idea cabal de unos hechos que nadie contradice. Jesús nació sujeto a la ley mosaica y observando esa ley fue circuncidado. Cumplió todos sus preceptos, celebró todas las fiestas, predicó la moral y no reveló el misterio de su Encarnación. Nunca dijo a los judíos que era hijo de una virgen; recibió el bautismo de Juan en aguas del Jordán, a cuya ceremonia se sometían muchos judíos, pero no bautizó a nadie; no habló de los siete sacramentos, ni instituyó ninguna jerarquía eclesiástica. Ocultó a sus coetáneos que era hijo de Dios, eternamente engendrado, consustancial con Dios, y que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo. Tampoco dijo que su persona se componía de dos naturalezas y dos voluntades, queriendo sin duda que esos grandes misterios se anunciaran a los hombres en la sucesión de los tiempos mediante inspiraciones del Espíritu Santo. Mientras vivió no se apartó una tilde de la ley de sus padres, apareciendo ante los hombres como un justo grato a Dios, perseguido por la envidia y condenado a muerte por jueces sobornados. Quiso que la Iglesia, que él estableció, hiciera lo demás.

 

Flavio Josefo narra cómo se encontraba entonces la religión en el imperio romano. Los misterios y las expiaciones estaban acreditados en casi todo el mundo, y aunque los emperadores, los ricos y los filósofos no tenían fe en esos misterios, el pueblo, que en materia de religión dicta la ley a los grandes, les imponía la necesidad de conformarse en su culto, al menos en apariencia. Para subyugar al pueblo es preciso que los grandes aparenten que acatan idénticas creencias que aquél. Hasta Cicerón fue iniciado en los misterios de Eleusis. El reconocimiento de un solo Dios era el principal dogma que se profesaba en estas fiestas misteriosas y magníficas. Es de advertir que los himnos y las plegarias que conservamos de esos misterios son lo más religioso y admirable que tuvo el paganismo. Como los cristianos adoraban también a un solo Dios, esas fiestas les facilitaron la conversión de muchos gentiles. Algunos filósofos de la secta de Platón abrazaron el cristianismo; por esto los padres de la Iglesia de los tres primeros siglos fueron todos platónicos.

 

El celo excesivo de algunos perjudicó las verdades fundamentales. A san Justino le reprocharon que dijera en sus Comentarios sobre Isaías que los santos gozarían durante su reinado de mil años de todos los bienes sensuales. Le han criticado asimismo que escribiera en la Apología del cristianismo que, una vez Dios creó el mundo, lo dejó al cuidado de los ángeles y éstos se enamoraron de las mujeres y tuvieron hijos de ellas, que son los demonios. Han criticado también a Lactancio y a otros padres por imaginar oráculos de las Sibilas, y han reprochado la conducta de los primitivos cristianos que compusieron versos acrósticos atribuyéndolos a una antigua sibila, cuyas letras iniciales formaban el nombre de Jesucristo. También supusieron cartas de Jesús dirigidas al rey de Edesa en una época en que allí no había rey, de haber falsificado cartas de la Virgen María y de Séneca dirigidas a san Pablo, cartas y hechos de Pilato y haber inventado falsos evangelios, falsos milagros y otras mil imposturas.

 

Existe además la historia o evangelio de la Natividad y del desposorio de la Virgen María, en donde se narra que la llevaron al templo a la edad de tres años, ella sola subió las gradas y una paloma descendió del cielo para anunciarle que José la desposaría. También existe el protoevangelio de Jacobo, hermano de Jesús, que tuvo José de su primer matrimonio. En él se relata que cuando María quedó encinta durante la ausencia de su esposo y éste se lamentaba de ello, los sacerdotes hicieron beber a uno y a otro el agua de los celos y declararon inocentes a los dos.

 

Existe también el Evangelio de la infancia de Jesús, que se atribuye a santo Tomás. Según aquél, Jesús, cuando tenía cinco años, se divertía con otros niños de su edad en modelar pajaritos de barro; una vez que le reprendieron por esto, infundió vida a los pájaros y levantaron el vuelo. En otra ocasión, en que le pegó un niño, le hizo morir en el acto. Hay otro Evangelio de la infancia, escrito en árabes, tan serio como éste.

 

También ha llegado a nosotros el Evangelio de Nicodemo, que merece mayormente nuestra atención porque constan los nombres de los que acusaron a Jesús ante Pilato, que eran los principales miembros de la Sinagoga: Annás, Caifás, Summas, Datam, Gamaliel, Judá y Neftalim. En esa historia hay datos que concuerdan bastante con los evangelios canónicos y otros que no se encuentran en ninguna parte. Se lee en ese libro que la mujer que curó Jesús de un flujo de sangre se llamaba Verónica, y además todo lo que hizo Jesús en los infiernos cuando descendió a ellos.

 

Consérvanse además las dos cartas que se supone escribió Pilato a Tiberio referentes al suplicio de Jesús, pero el latín pésimo en que están escritas revela que son falsas. Se escribieron cincuenta evangelios, que al poco tiempo se declararon apócrifos. El propio san Lucas nos dice que muchas personas los componían. Se cree que hubo uno, llamado el Evangelio eterno, basado en esto que dice el Apocalipsis: «Vi un ángel volando en medio de los cielos que llevaba el Evangelio eterno». Los franciscanos, abusando de esas palabras, en el siglo XIII compusieron otro Evangelio eterno en donde se leía que el reinado del Espíritu Santo debía sustituir al de Jesucristo, pero no apareció en los primeros siglos de la Iglesia ningún libro con ese título.

 

Se ha supuesto también que la Virgen escribió otras cartas a san Ignacio mártir, a los habitantes de Mesina y a otros.

 

Abdías, que sucedió a los apóstoles, escribió la historia de éstos en una mezcla de fábulas tan absurdas que andando los años quedó desacreditada, pero al principio circuló mucho. Abdías relata el combate de san Pedro con Simón el Mago. En efecto, existió en Roma un hombre muy hábil llamado Simón que volaba en el teatro y renovó el prodigio que se atribuye a Dédalo. Se fabricó unas alas y voló, cayendo como Icaro. Así nos lo cuentan Plinio y Suetonio. Abdías, que estaba en Asia y escribía en hebreo, afirma que san Pedro y Simón se volvieron a encontrar en Roma en la época de Nerón. Falleció entonces allí un joven pariente próximo del emperador y los principales personajes se empeñaron en que Simón le resucitara. San Pedro también se presentó con la idea de obrar tal prodigio. Simón empleó todas las reglas de su arte y pareció que lograba su propósito, porque el difunto movió la cabeza. «Eso no basta —exclamó Pedro—, es preciso que el muerto hable. Que Simón se aparte del lecho y veréis cómo el joven carece de vida». Simón se alejó y el difunto dejó de moverse, pero Pedro le volvió a la vida pronunciando una sola palabra. Simón acudió al emperador para quejarse de que un miserable galileo se atreviera a hacer mayores prodigios que él. Pedro compareció con Simón ante el emperador y se desafiaron a ver quién poseía más habilidad en su arte. «Adivina lo que pienso», dijo Simón a Pedro. «Que el emperador me dé un pan de cebada —respondió Pedro— y verás cómo sé lo que piensas.» Le entregaron el pan que pedía, pero en seguida Simón hizo aparecer dos perrazos que amenazaban devorarle. Pedro les echó el pan y mientras lo comían dijo a Simón: «Ya ves que sé lo que pensabas; querías que se me comieran los perros». Después de esta primera sesión propusieron a Simón y Pedro que se desafiaran a volar para ver quién subiría más alto. Primero ascendió Simón. Pedro hizo el signo de la cruz y Simón cayó y se rompió las piernas. Disgustado Nerón de que Pedro fuera causa de que su favorito se rompiera las piernas, mandó crucificar a Pedro cabeza abajo y de aquí procede la opinión de que Pedro vivía en Roma y tuvo allí su suplicio y su sepulcro. Abdías también inculcó la creencia de que santo Tomás fue a predicar el cristianismo a las Indias, en el palacio del rey Gandafer, y que estaba allí por su cualidad de arquitecto.

 

Es fabulosa la cantidad de libros de esta clase que se escribieron en los primeros siglos del cristianismo. Jerónimo y Agustín aseguran que las cartas de Séneca y san Pablo son auténticas. En la primera desea que su hermano Pablo tenga buena salud. Pablo no habla tan buen latín como Séneca. «Recibí ayer vuestras cartas —responde con satisfacción— y no os hubiera contestado tan pronto a no estar presente el hombre que os envío». Además, estas cartas que parece deberían ser instructivas, sólo contienen cumplidos.

 

Todas estas mentiras que forjaron cristianos poco instruidos, movidos por un falso celo, no perjudicaron la verdad del cristianismo ni a su difusión. Por el contrario, nos proporcionan pruebas de que el número de cristianos aumentaba día a día y todos y cada uno deseaban contribuir a su progreso.

 

Los Hechos de los Apóstoles no dice que éstos convinieran en su símbolo; si realmente hubiesen redactado el Credo tal como llegó a nosotros, san Lucas no hubiera omitido en su evangelio ese fundamento esencial de la religión cristiana. La sustancia del Credo está esparcida en los Evangelios, pero sus artículos los reunieron mucho tiempo después. En suma, nuestro símbolo es, sin duda, la creencia que mantuvieron los apóstoles, pero no es una oración que ellos escribieron. Rufino, sacerdote de Aquilea, fue el primero que se ocupó de esto, y una homilía atribuida a san Agustín es el primer documento que supone la forma cómo se estableció el Credo. Pedro dijo en la asamblea: Creo en Dios Padre Todopoderoso, Santiago siguió que fue concebido por el Espíritu Santo, y así los demás. Esta fórmula se llamó en griego símbolo, y en latín collatio.

 

Constantino convocó y reunió en Nicea, frente a Constantinopla, el primer Concilio ecuménico, presidido por Ozius. Allí se decidió la gran cuestión que perturbaba a la Iglesia referente a la divinidad de Jesucristo. Unos padres de dicho Concilio querían que prevaleciera la opinión de Orígenes, que hablando contra Celso, dice: «Presentamos nuestras oraciones a Dios por mediación de Jesús, que ocupa el espacio existente entre las naturalezas creadas y la naturaleza increada, que nos trae la gracia concedida por su Padre y presenta nuestras oraciones al gran Dios, en calidad de pontífice». Se apoyaron también en varios pasajes de Pablo, algunos de ellos, como hemos dicho, fundados sobre todo en estas palabras de Jesucristo: «Mi Padre es superior a mí», considerando a Jesús como el primogénito de la creación, como la encarnación pura del Ser Supremo, pero no como a Dios. Otros padres del mencionado Concilio, que eran ortodoxos, aducían varios pasajes como pruebas de la divinidad eterna de Jesús, como éste: «Mi Padre y yo somos la misma cosa», palabras que sus adversarios interpretaban de este modo: «Mi Padre y yo tenemos los mismos designios, la misma voluntad; yo no tengo otros deseos que mi Padre». Alejandro, obispo de Alejandría, y Atanasio, acaudillaban a los ortodoxos, y Eusebio, obispo de Nicomedia, otros diecisiete obispos, el sacerdote Arrio y otros muchos sacerdotes abrazaron el bando contrario. Desde el principio se enconó la cuestión porque Alejandro trató a sus adversarios de Anticristos.

 

Tras largas y acaloradas controversias, el Espíritu Santo decidió en el Concilio, por boca de doscientos noventa y nueve obispos contra la opinión de dieciocho, lo siguiente: «Jesús es hijo único de Dios, engendrado por el Padre, es decir, de la sustancia del Padre, Dios de Dios, luz de luz, consustancial con el Padre, y creemos lo mismo del Espíritu Santo». Tal fue la fórmula del Concilio. Se vio que los obispos dominaron a los que sólo eran sacerdotes. Dos mil individuos de segundo orden eran del parecer de Arrio, según refieren dos patriarcas de Alejandría, que escribieron en árabe la crónica de dicha ciudad. Constantino desterró a Arrio, poco después hizo correr la misma suerte a Atanasio, y entonces hizo que Arrio regresara a Constantinopla. Pero san Macario suplicó a Dios con tal ardor que quitara la vida a Arrio antes de entrar en la catedral, que Dios atendió su súplica y Arrio murió al ir a la iglesia en 330. El emperador Constantino falleció en 337. Entregó el testamento a su sacerdote arriano y murió en brazos de Eusebio, obispo de Nicomedia, que capitaneaba dicho partido, recibiendo el bautismo en el lecho mortuorio y dejando a la Iglesia triunfante, pero dividida. Los partidarios de Atanasio se hicieron una guerra cruel y el arrianismo imperó mucho tiempo en las provincias del imperio. Juliano el filósofo, apodado el Apóstata, quiso distinguir esas divisiones, pero no pudo conseguirlo.

El segundo Concilio general tuvo lugar en Constantinopla el año 381. Se elucidó lo que el Concilio de Nicea no juzgó oportuno decir acerca del Espíritu Santo, y añadió lo siguiente a la fórmula del Concilio de Nicea: «El Espíritu Santo es Señor vivificante que procede del Padre, y que se adora y vivifica con el Padre y con el Hijo».

 

Hacia el siglo IX, la Iglesia latina fue estableciendo paulatinamente que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo. En 431, el tercer Concilio general celebrado en Éfeso decidió que María era la verdadera Madre de Dios y Jesús tenía dos naturalezas y una sola persona.

 

Pasaré por alto los siglos siguientes, por ser bastante conocidos. Por desgracia, no hubo una sola disputa que no produjera la guerra y la Iglesia se vio obligada a luchar. Además, Dios permitió, para probar la paciencia de los fieles, que la Iglesia griega y la Iglesia latina se separaran para siempre en el siglo IX y que en Occidente se sucedieran veintinueve cismas sangrientos por la sede apostólica en Roma. Si hay más de seiscientos millones de almas en el mundo como algunos suponen, sólo pertenecen sesenta millones a la santa Iglesia católica y romana, o sea la vigésimo sexta parte de los habitantes del mundo conocido.

 

CRITICA. No pretendo hablar de esa crítica de escoliastas que restablece mal una frase de un autor antiguo que antes se entendía bien. Tampoco aludiré a esas auténticas críticas que han puesto en claro todo cuanto han podido la historia y la filosofía de la Antigüedad. Me refiero a las críticas que tienden a la sátira.

 

Un aficionado a la literatura que un día leía el Tasso conmigo se detuvo en esta estrofa:

 

Chiama gli abitator dell'ombre eterne Il rauco son della tartarea tromba. Treman le spaziose atre caverne; E l'aer cieco a quel rumor rimbomba:

 

Ne stridendo cosi dalle superne Regioni del cielo il fulgor piomba; Ne si scossa giammai trema la terra, Quando i vapori sin sen gravida serra.

 

Acto seguido leyó al azar diversas estrofas también enérgicas y con igual armonía, y exclamó: « ¡Ah! He aquí lo que vuestro Boileau califica de relumbrón y oropeles. De modo que quiso despreciar a un gran hombre que vivió cien anos antes que él para elevar mejor a otro gran hombre que vivía mil seiscientos anos antes y que hubiera hecho justicia al Tasso». «Consolaos —le dije— y tomemos las óperas de Quinault.»

 

Hallamos al comienzo del libro motivos para encolerizarnos contra la crítica; apareció el admirable poema de Armida y hallamos estas frases:

 

«SIDONIA. El odio es bárbaro y espantoso, y el amor constriñe las almas que señorea a soportar cualquier mal, aun siendo riguroso. Si en vuestro poder está vuestro destino, podéis escoger la indiferencia, que garantiza una dicha más perfecta.

 

»ARMIDA. Oh, no: a mí no me resulta ya posible trocar mi turbación en estado apacible y mi corazón no puede ya calmarse. Renaud me ofende demasiado y es en exceso amable y surge ante mi la elección indispensable: o debo aborrecerle o bien yo debo amarle.»

 

Nos leímos Armida, la obra entera, en la cual el genio del Tasso adquiere nuevos encantos gracias a las manos de Quinault, y dije a mi amigo: «Pues bien, ese Quinault es aquel que Boileau se esforzó siempre en presentar como el escritor más despreciable, e incluso persuadió a Luis XIV de que este escritor gracioso y emotivo, patético y elegante, no tenía otro mérito que aquello que copiaba del músico Lulli. «Lo comprendo perfectamente —replicó mi amigo—. Boileau no estaba celoso del músico, lo estaba del poeta. ¿Qué caso podemos hacer de las opiniones de un hombre que para rimar un verso que terminaba en aut injuriaba tan pronto a Boursault como a Hénault o a Quinautl, según tuviera odio o no a esos señores?

 

»Con todo, para que no dejéis enfriar vuestro celo contra la injusticia basta con asomar la nariz a la ventana y contemplar la hermosa fachada del Louvre, gracias a la cual se inmortalizó Perrault. Este hombre de tanto talento era hermano de un académico muy sabio con quien Boileau había tenido alguna disputa y esto fue suficiente para que le calificara de arquitecto ignorante.»

 

Mi amigo, tras meditar unos instantes, prosiguió suspirando: «La naturaleza humana está hecha así. El duque de Sully, en sus Memorias considera al cardenal De Ossat y al secretario Villeroi como malos ministros; Louvois se esforzaba todo cuanto podía para no apreciar al gran Colbert». «Pero ninguno imprimió nada contra su contemporáneo —respondí—; siendo una estupidez que ello casi quede reservado a la literatura, a la intriga y a la teología.

 

»Tenemos un hombre de mérito, Lamotte, que ha compuesto bellas estrofas:

 

A veces, el ardor que la encanta resiste una joven belleza, y contra ella misma se arma de una penosa firmeza. ¡Ay! tal represión extremada la priva del placer que ama huyendo de la vergüenza que odia. Su severidad es sólo aparente y el honor de pasar por casta la decide a serlo efectivamente.

 

En vano este austero estoico vencido por mil pecados se jacta de un alma heroica a la virtud consagrado. Lo que él ama no es virtud pues ebria su alma de sí misma quisiera usurpar altares y con su talento frívolo sólo busca ser el ídolo que se ofrece a los mortales.

 

Los campos de Farsalia y Arbelas vieron triunfar dos vencedores, propuestos ambos como modelos dignos de los grandes corazones; pero el éxito forjó su gloria, y si el sello de la victoria no consagrara tales semidioses, serían ante el vulgo ocioso Alejandro un simple temerario y César un rebelde y sedicioso.

 

»Este autor —dijo— era un sabio que más de una vez prestó el encanto de sus versos a la filosofía. Si siempre hubiera escrito estrofas parecidas sería el primero de los poetas líricos; sin embargo, cuando brindaba tales bellos fragmentos, uno de sus contemporáneOs le calificaba de ese imbécil, animal de corral y en otra ocasión, decía de Lamotte: la aburrida belleza de sus discursos y en otra, aludiendo a sus versos:

 

no les veo más que un defecto: y es que el autor debiera hacerlos en prosa; las tales odas huelen demasiado a Quinault.

 

»Le persigue por doquier, le reprocha de continuo su aridez y carencia de armonía. ¿Sentís curiosidad de ver las odas que compuso, años después, ese mismo censor que consideraba a Lamotte como maestro y le injuriaba como enemigo? Leedlas:

 

Este influjo soberano no es más que ilustre cadena que le une a la dicha ajena: los diamantes que le embellecen los talentos que le ennoblecen los lleva él, pero no son suyos.

 

Nada hay que el tiempo no haya devorado y absorbido, y los hechos que se ignoran poco difieren de los hechos que nunca han acontecido.

 

La bondad que brilla en ella, de sus encantos el mejor, es una imagen de aquella que ella ve brillar en vos. Y por vos sola enriquecida su cortesía, liberada de la menor fealdad, es la luz ya reflejada de vuestra sublime claridad.

 

Han visto ellos por tu buena fe de sus pueblos turbados de espanto el temor felizmente desvanecido y para siempre desarraigado ese odio tan a menudo asumido como supervivencia de una paz.

 

Desvela a mi vista diligente esas divinidades adoptivas, sinónimas de la mente símbolos de una abstracción. ¿No es una gran bendición, cuando de una común carga dos mitades llevan el peso? ¿que la menor lo reclama y sea la dicha del alma a costa sólo del cuerpo?

 

Mi juicioso aficionado a la literatura dijo, entonces: «No era preciso, sin duda, presentar tan detestables obras como modelo a quien se criticaba con tanta amargura; hubiera sido preferible dejar que disfrutase en paz su adversario de sus méritos y conservar los que poseía. Pero, ¿qué le vamos a hacer! El genus irritabile vatum es un enfermo de la misma bilis que le atormentó en otro tiempo. El público perdona estas mezquindades de las gentes de talento porque no piensa más que en divertirse. Sólo ve, en una alegoría titulada Plutón, a unos jueces condenados a ser despellejados y a sentarse en el infierno en un asiento tapizado con su piel, en lugar de las flores de lis; al lector no le preocupa si estos jueces lo merecen o no y si quien les cita ante Plutón tiene razón o no. Lee estos versos únicamente para complacerse, y si lo consiguen ya no pide más; si no le gustan, hace caso omiso de la alegoría y no daría un paso para confirmar o revocar la sentencia.

 

»Las inimitables tragedias de Racine han sido todas criticadas y muy mal, y es que las críticas procedían de sus rivales. Los artistas son jueces competentes en cosas de arte, ciertamente pero estos jueces competentes están casi siempre corrompidos.

 

»Un excelente crítico sería el artista que poseyera mucha ciencia y gusto, sin prejuicios y sin envidia. Y eso es difícil de hallar.»

 

CROMWELL. Algunos autores dicen que fue un bribón toda su vida. Yo también lo creo. Para mí empezó por ser un fanático y después se sirvió del fanatismo para llegar a la grandeza. El novicio que es ferviente devoto a los veinte años se vuelve con frecuencia un pícaro a los cuarenta. Un hombre de Estado toma por limosnero a un fraile rebosante de cualidades adquiridas en el convento, devoto, crédulo, simPle e ignorante de las tretas del mundo, pero el fraile aprende, se forma, llega a ser un intrigante y logra suplantar al hombre de Estado.

 

En su adolescencia, Cromwell estuvo en la duda de abrazar la carrera eclesiástica o la de las armas. Y fue ambas cosas. En 1622 participó en una campaña del ejército del príncipe de Orange, y cuando regresó a Inglaterra entró al servicio del obispo Williams y fue el teólogo de monseñor mientras éste pasaba por ser el amante de su esposa. Pertenecía al credo de los puritanos, por lo que debía aborrecer con toda su alma a los obispos y no querer a los reyes. Fue expulsado de los familiares de Williams por su calidad de puritano, y en ello radicó su fortuna. El Parlamento de Inglaterra se declaró contra la monarquía y el episcopado. Algunos amigos que tenía en el Parlamento le proporcionaron un beneficio en una aldea. Desde entonces puede decirse que comenzó a vivir. Había cumplido ya cuarenta años y nadie se había ocupado de él. Y aunque conocía bien la Sagrada Escritura y disputaba sobre los derechos de los sacerdotes, pronunciaba pésimos sermones y escribía algunos libelos. Era lo que se dice un ignorante. Leí una de las homilías compuesta por él y me pareció insulsa. Se parecía a los sermones de los cuáqueros. Probablemente, no daba entonces ninguna prueba de la persuasiva elocuencia con que más tarde consiguió arrastrar los parlamentos. Ello se debió, sin duda, a que era más apto para manejar los asuntos del Estado que los de la Iglesia. Su elocuencia radicaba en su tono y sus ademanes. Un movimiento de aquella mano que pasó varias batallas y mató a muchos dinásticos, era más persuasivo que un bien pergeñado período de Cicerón. Hemos de confesar que se dio a conocer por su valentía incomparable, que paso a paso le hizo alcanzar la cumbre de la grandeza.

 

Empezó alistándose como voluntario ansioso de fortuna, en la localidad de Hull, sitiada por el rey. Allí llevó a cabo tantas y tan venturosas hazañas que el Parlamento le concedió una gratificación de seis mil francos. Este regalo a un aventurero hacía concebir la esperanza de que triunfaría el partido rebelde. El rey no se encontraba en situación de dar a sus oficiales generales lo que el Parlamento otorgaba a sus oficiales voluntarios. Con dinero y entusiasmo, a la larga se consigue todo. Cromwell recibió el nombramiento de coronel, y desde entonces el talento que tenía para la guerra lo desarrolló hasta tal punto que, cuando el Parlamento nombró general de sus ejércitos al conde de Manchester, nombró a Cromwell subteniente general sin hacerle pasar por las graduaciones inmediatas. Ningún hombre mereció más el mando, ni reunió tanta actividad ponderación, audacia y recursos que Cromwell. Resultó herido en la batalla de York, y mientras le curaban la herida le comunican que el general Manchester se retira y se pierde la batalla. Acude corriendo al encuentro del general, que huía con algunos oficiales, le agarra por el brazo y le dice en tono de confianza y de grandeza: «Os habéis equivocado, milord; no es por aquí donde están los enemigos».

 

Consigue hacerle volver al campo de batalla, reúne durante la noche doce mil hombres, les arenga en nombre de Dios, cita a Moisés, a Gedeón y a Josué, reemprende la batalla al rayar el alba contra el victorioso ejército real, y lo derrota por completo. Un hombre así debía morir o ser dueño absoluto. Casi todos los oficiales de su ejército eran unos fanáticos entusiastas que llevaban el Nuevo Testamento en el arzón de su silla. Tanto en el ejército como en el Parlamento, sólo se hablaba de aniquilar a Babilonia, de establecer el culto en Jerusalén y derribar al coloso. En medio de tantos locos, Cromwell dejó de serlo y calculó que valía más gobernarlos que permitir le gobernaran. La costumbre de predicar le inspiró lo demás. Imaginaos un faquir que se pone un cinturón de hierro para hacer penitencia y se lo quita en seguida para azotar a los demás faquires, ese es Cromwell. Llegó a ser tan intrigante como denodado. Se asoció a los coroneles del ejército y de este modo logró formar una república que obligó a dimitir al generalísimo. Nombraron a otro y éste ejercía el mando sólo de nombre, porque en realidad lo dirigía Cromwell, y con el ejército dominó el Parlamento, que se vio obligado a nombrarle generalísimo. Todo esto era ya demasiado, mas para él lo importante era ganar las batallas que tenía que librar en Inglaterra, Escocia e Irlanda, y las ganó, no presenciando cómo luchaba el ejército, sino cargando siempre al enemigo, rehaciendo sus tropas, acudiendo a todas partes, recibiendo muchas heridas y matando con su propia mano a oficiales realistas, como si fuera un granadero furioso y sanguinario.

 

Mientras combatía en esta sangrienta guerra, Cromwell estaba enamorado y con la Biblia bajo el brazo iba a acostarse con la esposa de su mayor general Lambert. Ésta se hallaba enamorada del conde de Holland, que servía en el ejército del rey. En una de las batallas, Cromwell hizo prisionero a su rival y se vengó mandando que le decapitaran. Tenía por máxima exterminar a todos los enemigos importantes, fuese en el campo de batalla o por medio del verdugo. De día en día, fue aumentando su poder y abusando de él. La profundidad de sus designios no aplacaba su impetuosa ferocidad. Penetró en la cámara del Parlamento, sacó el reloj, lo arrojó al suelo y lo rompió en mil pedazos, exclamando: «Os haré lo mismo que a mi reloj». Algún tiempo después volvió a entrar en el Parlamento, expulsó a sus miembros uno tras otro y los hizo desfilar ante él obligando a cada uno que le hiciera una profunda reverencia. A uno que pasó cubierto le quitó el sombrero, lo arrojó en el suelo y le dijo: «Aprended a respetarme».

 

Después que cortó la cabeza a su legítimo rey, indignando con ello a todas las naciones de Europa, envió su retrato a Cristina, reina de Suecia. El retrato iba acompañado de seis versos latinos que compuso para aquella ocasión el poeta Marvell, en los que hacía hablar a Cromwell. Esta reina fue la primera testa coronada que le reconoció una vez proclamado protector de los tres reinos.

 

Casi todos los soberanos de Europa enviaron embajadores a su hermano Cromwell, el antiguo doméstico de un obispo que acababa de entregar al verdugo a su soberano, pariente de dichos monarcas. Casi le suplicaban para que se aliara con ellos. El cardenal Mazarino, por complacerle, expulsó de Francia a los dos hijos de Carlos 1, nietos de Enrique IV y primos hermanos de Luis XIV. Por él pudo Francia apoderarse de Dunkerque y por eso le remitió las llaves de la ciudad. Cuando murió Cromwell, toda la corte de Luis XIV vistió de luto.

 

No hubo un rey tan absoluto como él. Afirmaba que prefería gobernar adoptando el título de protector que con el de rey, porque los ingleses ya conocían hasta dónde alcanzan las prerrogativas de los reyes en Inglaterra, pero ignoraban hasta dónde pueden llegar las de un protector. Demostraba su conocimiento de los hombres haciendo que la opinión gobernara, pero procurando antes que la opinión dependiera de un hombre. Concibió profundo desprecio por la religión, que le sirvió de escabel de su fortuna. Hay constancia de cierta anécdota que prueba el poco caso que Cromwell hacía de la religión, instrumento que tan extraordinarios efectos produjo en sus manos. Bebiendo un día con Ireton, Flectwood y San Juan, bisabuelo del célebre milord Bolingbroke, al ir a descorchar una botella el sacacorchos cayó bajo la mesa. Mientras todos lo buscaban, una comisión de las iglesias presbiterianas estaba esperando en la antecámara y un ujier se presentó a anunciarla. «Diles que estoy consagrado al retiro —exclamó Cromwell— y que busco al Señor». De esta frase se servían los fanáticos para expresar que estaban orando. Cuando despidió a los ministros presbiterianos, dirigiéndose a los que con él bebían, dijo: «Esos tunantes creerán que estamos en oración y estamos buscando un sacacorchos».

 

No hay ejemplo en Europa de otro hombre de cuna tan humilde que se haya elevado a semejante altura. Sin embargo, después de lograr tan extraordinaria fortuna, ¿fue feliz? Vivió pobre e inquieto hasta los cuarenta y tres años, luego se salpicó de sangre, pasó la vida en la inquietud y falleció prematuramente a la edad de cincuenta y siete años. Comparad su vida con la de Newton, que vivió ochenta y cuatro años, siempre tranquilo y honrado, siendo el ídolo de todos los mortales que piensan, viendo aumentar cada día su fama y su fortuna, sin conocer la inquietud ni los remordimientos, y juzgad cuál de los dos fue más dichoso y quién empleó mejor su vida.

 

Los puritanos y los independientes de Inglaterra admiraron a Cromwell y para ellos todavía es un héroe. Voy a establecer una comparación con su hijo Ricardo.

 

Oliverio fue un fanático a quien hoy abuchearían en la Cámara de los Comunes si pronunciara uno de los ininteligibles absurdos que prodigaba, tan seguro de sí mismo, ante otros fanáticos que le escuchaban en nombre del Señor con la boca abierta y la mirada fija. Si hoy afirmara que era preciso buscar al Señor y combatir los combates del Señor, si soltara esa jerigonza judía en el Parlamento de Inglaterra para desacreditar al espíritu humano, es más fácil que le encerraran en un manicomio que no que le nombraran generalísimo.

 

Es indudable que fue esforzado. Los lobos también lo son y hasta hay monos tan furiosos como los tigres. Dejó su fanatismo para convertirse en hábil político, o lo que es igual, era lobo y se transformó en zorro. Ascendió con sus astucias desde las primeras gradas en donde el entusiasmo rabioso de aquella época le colocó hasta la última grada de la grandeza. Consiguió dominar, pero vivió entregado a la inquietud y al remordimiento; no conoció días serenos ni noches tranquilas. Desconoció los consuelos sociales y los de la amistad y murió antes de hora. Fue, sin duda, más digno de morir en la horca que el rey al que llevó al cadalso.

 

Ricardo Cromwell fue su polo opuesto: de carácter apacible, prudente y delicado, se negó a conservar la corona de su padre por no mancharse con la sangre de tres o cuatro enemigos que pudo sacrificar a su ambición. Prefirió consagrarse a la vida privada a ser un asesino sin entrañas y sin pesadumbre renunció al protectorado para vivir como ciudadano particular. Libre y tranquilo, se dedicó a la vida del campo, gozando de excelente salud, consiguiendo vivir noventa años y ser estimado por sus vecinos, que le consideraban como un juez y padre. Si os dieran a elegir entre el destino del padre y el del hijo, ¿cuál escogeríais?

 

CRONOLOGÍA. Hace mucho tiempo que se discute acerca de la cronología antigua. Pero, ¿existe acaso? Para que así fuere, cada población considerable debía haber poseído y conservado registros auténticos. Pero en la Antigüedad, ¿había alguna población que supiera escribir? Y de los poquísimos hombres que supieran, ¿se tomarían algunos el trabajo de consignar las fechas con exactitud?

 

Cierto que conservamos de tiempos relativamente recientes las observaciones celestes de los chinos y los caldeos, pero estas observaciones sólo se remontan unos dos mil años más allá de nuestra era. Ahora bien, cuando los primeros anales se limitan a decirnos que hubo un eclipse, según determinado principio, nos demuestran que el principio existía, pero no quién lo estableció.

 

Es más, los chinos cuentan entero el año de la muerte de un emperador aunque fallezca el primer día del año, y su sucesor fecha el año siguiente con el nombre de su predecesor. Es encomiable respetar de ese modo a los antepasados, pero no se puede computar el tiempo de manera más falsa si la comparamos con la de las naciones modernas. Añádase a esto que los chinos empiezan a contar su ciclo sexagenario desde el emperador Hiao, dos mil trescientos cincuenta y siete años antes de la era vulgar. El tiempo anterior que precedió a esa época está envuelto en la más profunda oscuridad.

 

Los hombres siempre se han contentado con el «poco más o menos» en todas las cosas. Por ejemplo, antes de inventar los relojes sabían poco más o menos la hora que era de día y de noche. Conocemos poco más o menos a nuestros circunvecinos, etc. No es de extrañar, pues, que en ningún pueblo exista verdadera cronología antigua; sólo la que se conserva de los chinos todavía es extraordinaria, si la comparamos con la de otros países. Nada sabemos de los hindúes, de los persas y casi nada de los primeros egipcios, y los sistemas que hemos ideado respecto a la historia de esos pueblos son tan contradictorios como nuestros sistemas metafísicos.

 

Las olimpiadas de los griegos empiezan setecientos veintiocho años antes que introdujéramos nuestra manera de contar, y en esos tiempos de insondable oscuridad sólo vemos brillar de vez en cuando alguna luz, como la era de Navonassar, como la guerra de Lacedemonia y de Mesenia, y todavía se discute acerca de la época en que sucedieron. Tito Livio no se atreve a asegurar el ano en que comenzó Rómulo su supuesto reinado, porque los romanos, que conocían la incertidumbre de esa época, se hubieran burlado de él al pretender fijarla. Está demostrado que los doscientos cuarenta años que atribuyeron al reinado de los siete primeros reyes de Roma era un cálculo falso. Los cuatro primeros siglos de Roma carecen en absoluto de cronología, y si los cuatro siglos del imperio más memorable del mundo forman un amasijo indigesto de acontecimientos mezclados con leyendas, sin casi ninguna fecha, ¿qué decir de pequeñas naciones encerradas en un rincón del mundo que no han podido figurar en él, pese a sus esfuerzos, ni sustituir con charlatanismos y prodigios la carencia de poder y de artes?

 

Vanidad de los sistemas, sobre todo en cronología. Condillac prestó un gran servicio a los hombres revelando la falsedad de todos los sistemas. Si podemos abrigar la esperanza de encontrar un día el verdadero camino que lleva a la verdad, será después de haber reconocido bien todos los caminos que conducen al error. Al menos, tendremos el consuelo de estar tranquilos y no buscar, después que tantos sabios lo han hecho en vano.

 

La cronología no es más que una colección de vejigas llenas de viento. Todos los que creyeron caminar por ella sobre terreno llano, tropezaron y cayeron. Hemos llegado a poseer ochenta sistemas, de los que no hay uno verdadero.

 

Los babilonios aseguraban que «contamos trece mil cuatrocientos sesenta años de observaciones celestes». Más tarde llega un parisiense y les dice: «Vuestra cuenta es exacta, vuestros años se componían de un día solar y equivalen a mil doscientos noventa y siete de los nuestros, desde Atlas, rey de Africa, que era un gran astrónomo, hasta la llegada de Alejandro a Babilonia». Ahora bien, pese a lo dicho por el aludido parisiense ningún pueblo tomó nunca un día por un año, por lo que debió decir a los caldeos: «Sois unos exagerados y vuestros antepasados unos ignorantes. Las naciones están sujetas a múltiples revoluciones para conservar cálculos astronómicos desde cuatro mil setecientos treinta y seis siglos y en cuanto al rey de los moros, Atlas, nadie sabe en que época vivió. Tan equivocado estaba Pitágoras pretendiendo haber sido gallo en tiempos anteriores, como vosotros jactándoos de haber hecho tantas observaciones». Pero lo más ridículo de esas cronologías fantásticas es computar todas las épocas de la vida de un hombre sin saber si ese hombre existió.

 

CUARESMA. Sólo vamos a ocuparnos de la Cuaresma en relación a su parte civil. De entrada diremos que es útil y conveniente que haya una época en el año en que se maten menos bueyes, menos terneras, menos corderos y menos aves. Todavía no hay pollos jóvenes ni pichones en febrero y en marzo, época de la Cuaresma. Es conveniente, pues, que se suspenda algunas semanas la carnicería en los países donde los pastos no son tan abundantes como en Inglaterra y Holanda.

 

Las autoridades han dispuesto cuerdamente que durante ese tiempo la carne se venda más cara en París, y que el exceso de ella se entregue a los hospitales. Este es un tributo casi insensible que durante un corto tiempo pagan el lujo y la glotonería a la indigencia, porque los ricachos son los que no tienen bastante fuerza de voluntad para observar la Cuaresma, pues los pobres ayunan todo el año.

 

El reducido número de ricos, hacendados, prelados, magistrados grandes señores y encopetadas damas que se dignan yantar de vigilia, ayunan durante seis semanas saboreando lenguados, salmones y otras clases de exquisitos peces.

 

Uno de nuestros más famosos hacendados tenía contratado por cien escudos diarios un correo para que le trajera pescado fresco a París. Este gasto daba vida a mucha gente, pero quien lo abonaba tenía la satisfacción de comer pescados más sabrosos que la carne. Lúculo no hubiera celebrado la Cuaresma con mayor regodeo.

 

No sucede lo mismo a los pobres. Los que comen cordero por poco dinero cometen un grave pecado, pero buscarán inútilmente esa carne durante la Cuaresma. ¿Qué comerán, pues? Castañas, pan de centeno, queso elaborado con leche de sus vacas, cabras y ovejas, y los huevos que ponen sus gallinas. En algunas iglesias, sin embargo, se les prohíbe que durante la Cuaresma coman huevos y todo lo que contenga leche. ¿Qué pueden entonces comer? Nada. Consienten en ayunar, pero no en morirse de hambre, porque les es absolutamente necesario vivir aunque no sea más que para trabajar las tierras de los frailes.

 

Ocioso es preguntar si es justo que corresponda a la autoridad eclesiástica prohibir a los labradores que coman queso, que ellos mismos elaboran, y huevos que les ponen las gallinas, pues tiene que ser la autoridad civil quien debe velar por la salud de sus habitantes y lo que concierne a la salud pública. En esto no debe inmiscuirse la autoridad religiosa. No encontramos en ninguna parte que Jesús prohibiera a los apóstoles comer tortilla; al contrario, en el Evangelio de San Lucas, capítulo X, les dice: «Comed todo lo que os den».

 

La santa Iglesia ordena que se observe la Cuaresma, pero su mandato sólo se extiende al corazón y sólo puede imponer castigos espirituales. No puede condenar hoy a la hoguera, como hacía antaño, al pobre hombre que, no teniendo más que tocino rancio, lo coma con un pedazo de pan negro al día siguiente del martes de Carnestolendas.

 

A veces, en ciertas provincias, los curas, con excesivo celo y olvidando los derechos que corresponden a la autoridad civil, irrumpen en las posadas, casas de comidas y figones, para ver si los cocineros tienen unas onzas de carne en sus pucheros, y pollos asados y huevos en la despensa. Si encuentran algo de esto, intimidan a los sencillos habitantes sirviéndose incluso de la violencia, porque esos infelices ignoran que el clero usa de un derecho que no tiene y los sujetan a una inquisición odiosa y digna de castigo.

 

Sólo los magistrados pueden legislar sobre los artículos alimenticios más o menos abundantes que pueden nutrir a los habitantes de las provincias. El clero debe tener obligaciones más sublimes.

 

¿Acaso los primeros que decidieron ayunar observaron ese régimen por prescripción del médico después de sufrir indigestiones? La falta de apetito que sentimos cuando nos vemos sumidos en la tristeza, ¿fue tal vez el primitivo origen de los ayunos prescritos por las religiones tristes?

 

¿Copiaron los judíos la costumbre de ayunar de los egipcios, de los que imitaron múltiples ritos y ceremonias?

 

¿Por qué Jesús estuvo ayunando durante cuarenta días en el desierto, a donde le transportó el demonio? San Mateo afirma que cuando salió del ayuno tenía hambre. ¿No lo tendría también durante el ayuno? ¿Por qué la Iglesia romana considera un crimen, en los días de abstinencia, comer animales terrestres, y como obra meritoria saborear lenguados y salmones? El papista rico que tenga en su mesa pescados que le cuesten quinientos francos se salvará, y el pobre que se muera de hambre y coma un pedazo de tocino salado se condenará.

 

¿Por qué necesitamos pedir permiso al obispo para comer huevos? El rey que mandara a sus súbditos que no comieran huevos, ¿no sería considerado como el más ridículo de los tiranos? ¿tendrán los obispos inquina a las tortillas?

 

¿Puede comprenderse que en algunas naciones católicas hayan existido tribunales suficientemente imbéciles, cobardes y bárbaros, para condenar a muerte a infelices ciudadanos por el único crimen de haber comido carne de caballo durante la Cuaresma? El hecho, sin embargo, es cierto, aunque no tengo en las manos un decreto de esa clase. Lo extraño de esos casos es que los jueces que osaron dictar semejantes sentencias se creían más ilustrados que los indios iroqueses.

 

Sacerdotes idiotas y crueles, ¿a quiénes mandáis que observen la Cuaresma? ¿A los ricos? Ellos se guardan bien de observarla. ¿A los pobres? Para ellos todo el año es Cuaresma. Los infelices aldeanos casi nunca prueban la carne y no tienen dinero para comprar pescado. ¿Cuándo se derogarán leyes tan absurdas?

 

CUERPO. Del mismo modo que no sabemos qué es el espíritu, ignoramos también qué es un cuerpo. De éste vemos que está dotado de algunas propiedades, pero seguimos sin saber qué es ese cuerpo. Demócrito y Epicuro dicen que sólo hay cuerpos, y los discípulos de Zenón de Elea aseguran que los cuerpos no existen.

 

Berkeley, obispo de Cloyne, es el último que, por medio de múltiples sofismas, pretende demostrar que los cuerpos no existen. No tienen, en opinión suya, color, olor, ni calor, cualidades que están en nuestras sensaciones, no en los objetos. Berkeley pudo haberse ahorrado el trabajo de comprobar semejante verdad, porque es sobrado conocida. Pero de aquí pasa a ocuparse de las esencias del cuerpo, que son la extensión y la solidez, y cree probar que no hay extensión en una pieza de paño verde porque ese paño no es realmente verde y tal sensación de color sólo está en nosotros; luego, esa sensación del verde del paño sólo está también en nosotros. Después de haber rechazado de ese modo la extensión, afirma que la solidez inherente a la misma se desvanece por sí sola, y que así no queda en el mundo más que nuestras ideas. De modo que, según dicho doctor, diez mil hombres matados por diez mil cañonazos no son, en el fondo, más que diez mil aprehensiones de nuestra alma de nuestro entendimiento, y que cuando un hombre le hace un hijo a su mujer esto es una idea que se aloja en otra idea, de donde nace una tercera idea.

 

Sólo del obispo de Cloyne dependía el no haber incurrido en tan ridícula teoría. Creyó demostrar la inexistencia de la extensión porque mirando con una lente un cuerpo le pareció que éste era cuatro veces más grande de lo que era a sus ojos, y cuatro veces más pequeño añadiendo otro cristal. De ello concluyó que, no pudiendo un cuerpo tener a la vez cuatro pies, dieciséis y uno sólo de extensión, tal extensión no existía, y por tanto no existe nada. Lo que debía haber hecho es medir un cuerpo, y decir: de cualquier extensión que me parezca, puedo medirlo con esta medida.

 

Le era fácil ver la diferencia que hay entre la extensión y la solidez, y los sonidos, los colores, los sabores, los olores, etc. Es indudable que éstos son excitados en nosotros por la configuración de las partes, pero la extensión no es una idea. Si esa leña que arde se extingue, y no siento su calor; si esta cancioncilla enmudece, dejo de oírla; si esta rosa se agosta, ya no percibo su aroma; pero la leña, la canción y la rosa tienen extensión sin mí. La paradoja de Barkeley no merece siquiera que la refutemos.

 

Bueno es saber lo que le indujo a incurrir en semejante error. Hace ya tiempo tuve con él un cambio de ideas. Me dijo que el origen de su opinión procedía de la imposibilidad de concebir el sujeto que recibe la extensión. Y en efecto, triunfa en su libro cuando pregunta a Hilas qué es ese sujeto, ese substratum, esa sustancia. «Es el cuerpo que está dotado de extensión», responde Hilas. Entonces, el obispo, bajo el nombre de Philonous, se burla de él, y el pobre Hilas, viendo que ha dicho que la extensión es el sujeto de la extensión, y ello es una majadería, queda confuso y confiesa que no comprende nada, que ni el cuerpo ni el mundo material existen, que lo único existente es el mundo de las ideas.

 

Únicamente debió decir Hilas a Philonous: «Nosotros no sabemos nada sobre el fondo de este sujeto, de esa sustancia dotada de extensión de solidez, divisible, moviente, figurada, etc. Yo no conozco más que al sujeto pensante, sintiente y con voluntad, pero ese sujeto existe, puesto que posee propiedades esenciales de las que no puede despojarse».

 

Como la mayor parte de las damas de París que se refocilan a pierna suelta sin saber con quién, del mismo modo nosotros gozamos de los cuerpos sin saber de qué se componen. ¿De qué está hecho un cuerpo? De partes, y esas partes se resuelven en otras partes. ¿Qué son esas últimas partes? Siempre cuerpos, y por más que las dividáis sin cesar no avanzaréis un paso en su conocimiento. Un agudo filósofo, observando que un cuadro está hecho de ingredientes de los que ninguno es el cuadro y una casa de materiales, de los que ninguno es la casa, imaginó (de modo algo diferente) que los cuerpos están formados por multitud de pequeños seres que no son cuerpos y que denomina mónadas. Ese sistema no deja de tener su lógica y, si estuviera demostrado, lo creería muy posible, porque todos esos pequeños seres serían puntos matemáticos, una especie de almas que no esperarían más que un traje para meterse en él. Eso sería una metempsicosis continua; una mónada se metería en una ballena, o en un árbol, o en un jugador de cubiletes. Ese sistema es tan válido como cualquier otro, y me satisface tanto como la declinación de los átomos, las formas sustanciales, la gracia versátil y los vampiros de dom Calmet.

 

CURA DE ALDEA. No sólo el cura, sino el sacerdote musulmán, el talapnino y el brahmán deben recibir cierto estipendio para vivir honestamente. En todos los países, el sacerdote debe vivir del altar porque sirve a la nación. Sentiré que algún cerril fanático se atreva a decir que pongo al mismo nivel al cura y al sacerdote brahmán, y que asocio la verdad y la impostura, pues sólo trato de comparar los servicios que prestan a la sociedad, el trabajo y el salario. Únicamente digo que quien ejerce una función penosa debe recibir buena paga de sus conciudadanos, pero no afirmo de ningún modo que debe acopiar riquezas, yantar como Lúculo y ser insolente como Clodio.

 

Compadezco la suerte del cura de aldea que obliga a disputar una gavilla de trigo a sus infelices feligreses, a exigirles el diezmo de las lentejas y guisantes, a ser odiado y a odiar, a consumir miserablemente la vida en continuas porfías que agrían y envilecen el alma. Pero compadezco mucho más al cura de porción congrua, al que los frailes, calificados de grandes diezmadores, se atreven a dar un salario de cuarenta escudos para ir a desempeñar funciones desagradables, y con frecuencia inútiles, durante todo el año a dos o tres millas de su domicilio, de día, de noche, con sol, lluvia, nieves y hielo, mientras el abad bebe buen vino, come perdices y faisanes, duerme sobre mullido colchón con su vecina y manda construir un palacio. Es una desproporción demasiado grande.

 

En la época de Carlomagno, el clero, además de sus tierras, poseía el diezmo de las tierras ajenas, que equivalía al valor de la cuarta parte de éstas contando los gastos del cultivo. Para asegurarse ese pago imaginaron que era de derecho divino. ¿Por qué lo imaginaron así? ¿Acaso Dios descendió al mundo para dar la cuarta parte de nuestros bienes al abad de Montecasino, al de San Dionisio y al de Julde? Que yo sepa, no. Pero sí se dice que antiguamente, en los desiertos de Etam, Horeb y Cades Barne, concedió a los levitas cuarenta y ocho ciudades y el diezmo de lo que producía la tierra. Pues bien, abad insaciable, marchaos a los desiertos de Judea, habitad las cuarenta y ocho ciudades que no existen en aquel arenal inhabitable, cobrad el diezmo a los pedruscos y guijarros que cubren aquellas tierras, y buen provecho os haga.

 

En un área cristiana que abarca un millón doscientas mil leguas cuadradas, en todo el Norte, la mitad de Alemania, Holanda y Suiza, pagan al clero con el dinero del Tesoro público. En esos países no se promueven en los tribunales procesos entre los señores y los curas, entre el grande y el pequeño diezmador, entre el pastor y su rebaño.

 

El rey de Nápoles, en el año que estoy escribiendo, o sea en 1772, acaba de abolir el diezmo en una de sus provincias, la que pagaba mejor a los curas.

 

Se me dirá que la casta sacerdotal egipcia no cobraba el diezmo. Cierto, pero aseguran que poseía en propiedad la tercera parte de todo Egipto, y lo que es más difícil de creer, que tardaron muy poco tiempo en poseer las otras dos terceras partes.

 

Los judíos no se quejaron nunca de la exacción del diezmo. Leed el Talmud de Babilonia, y si no comprendéis el idioma caldeo, leed la traducción de Gilbert Gaulmin. En dicho libro encontraréis la aventura protagonizada por una pobre viuda y el gran sacerdote Aarón. Hela aquí:

 

«Una viuda que sólo tenía una oveja hizo que la esquilaran. Aaron se presentó para pedirle la lana diciéndole que, según la ley, a él le correspondía: «Entregarás las primicias de la lana a Dios». La viuda, llorando, acude a pedir protección a Coré. Este busca a Aarón y nada consigue con sus ruegos porque el sumo sacerdote le contesta que la lana le pertenece. Coré, indignado, da algún dinero a la viuda y así queda zanjado el asunto. Algún tiempo después, la oveja pare un corderillo. Aarón vuelve a casa de la viuda y se apodera del cordero. La viuda vuelve a suplicar a Coré que la defienda y tampoco puede convencer a Aarón, quien le responde: «Según la ley, el macho primero que nazca del rebaño pertenecerá a Dios». Coré se enfurece otra vez, pero el gran sacerdote se come el cordero. Desesperada, la viuda mata la oveja. Aarón vuelve a presentarse en su casa y se apodera de la espalda y el vientre de la oveja. Coré vuelve a quejarse y Aarón le contesta: «Está escrito en la ley que debe darse a los sacerdotes el vientre y la espalda de las ovejas que se maten». La viuda, no pudiendo contener su dolor, pronunció un anatema contra la oveja. Aarón dijo entonces a la viuda: «Está escrito que sobre ti recaiga el anatema de Israel», y se llevó la oveja entera».

 

En un proceso entablado entre el clero de Reims y sus habitantes, el abogado de éstos citó el mencionado ejemplo sacado del Talmud. El propio Gilbert Gaulmin asegura que fue testigo presencial del hecho.

 

                                                                         CH

 

CHARLATÁN. Aunque el caballero Jaucourt se ha ocupado con bastante extensión de la charlatanería, nos vamos a tomar la libertad de añadir aquí algunas reflexiones. Los sitios más apropiados para establecerse los médicos son las grandes ciudades, por eso escasean en los pueblos. En las grandes ciudades es donde se encuentran los enfermos ricos; la disipación, los excesos de la mesa y de las pasiones, producen sus enfermedades. El médico Dumoulin, que era un excelente facultativo, al morir dijo que dejaba en el mundo dos grandes médicos: la dieta y el agua del río.

 

En 1728, uno de los más famosos charlatanes, un tal Villars, refirió a unos amigos que su tío, que llegó a centenario y murió de un accidente, le había revelado en secreto la virtud de un agua especial que podía prolongar la vida hasta ciento cincuenta años viviendo sobriamente. Cuando veía pasar un entierro, alzaba los hombros como compadeciendo al difunto y decía: «Si el finado hubiera bebido el agua que conservo, no le llevarían aún al cementerio». Sus amigos, a los que generosamente hizo participar de su agua milagrosa y observaban la dieta que les prescribía, gozaban de excelente salud y fueron pregonando por todas partes la virtud de dicha agua. Entonces decidió venderla a seis francos la botella y consiguió un fabuloso despacho. El agua tan cacareada era del Sena, mezclada con un poco de nitro. Quienes la tomaban y se ajustaron al régimen recomendado por Villars, sobre todo si estaban dotados de buen temperamento, adquirieron en pocos días una perfecta salud. A los que se quejaban porque no recobraban la salud, les replicaba: «Vuestra es la culpa de que no estéis curados, sois intemperantes e incontinentes. Corregíos de esos defectos y viviréis ciento cincuenta años al menos». Como algunos se corrigieron, esto hizo que aumentara la fortuna y reputación del charlatán. El abate Pons, impulsado por su entusiasmo, decía de él que era superior al mariscal Villars, porque éste hacía matar hombres y aquél los hacía vivir. Al fin, se supo que el agua de Villars era del no, no la quisieron tomar y el pueblo se fue en busca de otros charlatanes. No puede negarse que proporcionó algún bien, ni puede reprochársele por vender cara la simple agua del Sena. Movía los hombres a la templanza y en esto era superior al boticario Arnoult, que ha colmado Europa de remedios contra la apoplejía sin impulsar a los hombres a que practiquen ninguna virtud.

 

Conocí en Londres a un médico apellidado Brown que ejercía la medicina en América y poseía una hacienda y un número bastante considerable de negros. En una ocasión que le robaron una importante cantidad, reunió a los negros y les dijo: «Amigos míos, durante la noche se me ha aparecido la gran serpiente y ha revelado que quien me ha robado el dinero tiene en este instante una pluma de papagayo en la nariz». En el acto, el culpable se llevó la mano a ella y su señor le dijo: «Tú eres el que has robado, la serpiente no me ha engañado». Y de esta manera recuperó el dinero. No puede criticarse semejante charlatanería, mas para usarla con éxito es preciso tratar con negros.

 

Escipión el Africano, el gran Escipión, hacía creer a sus soldados que se hallaba inspirado por los dioses. Esa clase de charlatanería estuvo en uso mucho tiempo, antiguamente. ¿Cabe criticar a Escipión porque se servía de ella? Quizá fue el hombre que más honró a la república romana. Pero, ¿por qué no le inspiraron los dioses que rindiera cuentas al Senado? Numa hizo peor. Necesitaba civilizar a bandidos y el Senado, donde había una buena porción de ellos, era muy difícil de gobernar. Si hubiera propuesto la aprobación de las leyes que redactó a los senadores, los asesinos de su predecesor se habrían opuesto, quizá, a aprobarlas. Se dirigió, pues, a la ninfa Egeria, que le entregó de parte de Júpiter las Pandectas y obtuvo obediencia absoluta, alcanzando, además, un feliz reinado. Como dichas leyes son justas, su charlatanería resultó beneficiosa, pero si algún enemigo solapado hubiera descubierto su impostura y hubiese dicho a los demás enemigos: «Exterminemos a ese truhán que prostituye el nombre de los dioses para engañar a los hombres», habría corrido el peligro de ir a hacer compañía a Rómulo en el otro mundo.

 

Mahoma estuvo varias veces a punto de fracasar, pero al fin causó el efecto que se proponía a los árabes de Medina, que le creyeron íntimo amigo del arcángel Gabriel. Si alguno se atreviera hoy a anunciar en el Capitolio que es el favorito del arcángel Rafael, y que por eso debíamos creerle, lo empalarían en la plaza pública. Los charlatanes deben acomodarse a su época.

 

¿No hubo su tanto de charlatanería en Sócrates en lo que respecta a su demonio familiar y a la declaración que atribuye a Apolo, proclamándole el más sabio de los hombres? Sócrates no supo tomar el pulso a la época en que vivió, quizá cien años antes hubiera gobernado Atenas.

 

Todos los jefes de sectas filosóficas usaron de la charlatanería, pero los mayores charlatanes fueron los que aspiraron a dominar al pueblo. Cromwell fue el mayor de todos. Apareció precisamente en la época más propicia para realizar sus fines. En el reinado de Isabel le hubieran ahorcado y en el de Carlos II se hubiera puesto en ridículo, pero tuvo la suerte de vivir en una época en que Inglaterra estaba incómoda con sus reyes, así como su hijo Ricardo en tiempos en que estaba cansada del protector.

 

La charlatanería en la ciencia y en la literatura. Las ciencias no pueden propagarse sin charlatanería. Cada autor aspira a que se acepten sus opiniones. El teólogo sutil trata de eclipsar al doctor angélico; el teólogo profundo desea reinar solo. Cada uno forja su sistema de Física, Metafísica o Teología eclesial, y todos se arrogan el mérito de la mercancía. Tienen comisionistas que la pregonan, bobos que la creen y mecenas que la apoyan. ¿No hay auténtica charlatanería en poner palabras en lugar de ideas, y pretender que los demás crean en lo que nosotros no creemos?

 

Un científico inventa los torbellinos de materia sutil, nebulosa, estriada; otro imagina que hay elementos de materia que no son materia, y una armonía preestablecida que hace que el reloj del cuerpo humano suene la hora cuando el reloj del alma la marque con su saeta. Esas quimeras encuentran partidarios durante unos años, y cuando pasan de moda aparecen nuevos mostrencos en el teatro ambulante: destierran los gérmenes del mundo, aseguran que el mar produjo las montañas y que antiguamente los hombres eran peces.

 

¿Con cuánta charlatanería no se ha escrito la historia, ya asombrando al lector con la narración de prodigios, ya divirtiendo a la malignidad humana con sátiras, ya adulando a los tiranos y sus familias con elogios infames? Los desgraciados que escriben para vivir son charlatanes de otra clase. El que se encuentra sin oficio ni beneficio y tuvo la desventura de estudiar en un colegio, cree que sabe escribir y le baila el agua a un editor para que le dé trabajo. El editor sabe que la mayor parte de las gentes acomodadas desean tener reducidas bibliotecas y gustan de los compendios y títulos que tengan novedad, y encarga al escritor un compendio de la Historia de la Iglesia, o un Diccionario de grandes hombres, en el que coloca a un pedante desconocido al lado de Cicerón, y un poetastro de Italia al lado de Virgilio. Otro editor encarga novelas originales o traducidas. Otro entrega gacetas y almanaques de diez años a un hombre de genio y le dice: «Extractadme todo eso y dentro de tres meses me lo traeréis escrito con el título de Historia fiel del tiempo, por el caballero X, teniente de navío, empleado en Asuntos Exteriores». Cerca de cincuenta mil volúmenes de esta clase se han publicado en Europa y todos ellos pasan como el secreto de embellecer el cutis, de teñir de negro el pelo y la panacea universal.

 

CHINA (Sobre la). Vamos a buscar tierras en China como si no tuviéramos ya bastantes, tejidos como si nos faltara ropa y una hierbecita para infusiones en agua como si no tuviésemos bastantes vegetales en nuestros climas; en compensación, pretendemos convertir a los chinos. Se trata de un celo muy encomiable, pero no por ello hay necesidad de discutirles su antigüedad histórica y decirles que son idólatras. Sinceramente, ¿estaría bien que un capuchino, bien recibido en un castillo de los Montmorency, intentara persuadirles de que son unos nobles advenedizos, como los ministros del rey, y acusarles de ser idólatras por haber advertido en el castillo dos o tres estatuas de condestables hacia los que sintieran respeto?

 

El célebre Wolf, profesor de Matemáticas en la universidad de Halle, pronunció un día un excelente discurso en elogio de la filosofía china en el que ensalzó esa antigua especie de hombres que difiere de nosotros por la barba, los ojos, la nariz, las orejas y el modo de razonar; elogió a los chinos por adorar a un Dios supremo y amar la virtud, y rindió justo tributo a los emperadores de China, al kolao, a los tribunales y a los letrados. El tributo que rendía a los bonzos era de diferente especie.

 

Conviene saber que este Wolf atraía a Halle un millar de escolares de todas las naciones. En la misma universidad había un profesor de teología, llamado Lange, que no atraía a nadie; este hombre, desesperado de tanto helarse de frío, solitario en su aula, como era de esperar quiso derribar al profesor de Matemáticas y, siguiendo la costumbre de sus semejantes, le acusó de no creer en Dios.

 

Algunos escritores europeos que nunca estuvieron en China afirmaban que el gobierno de Pekín era ateo, y puesto que Wolf había elogiado a los filósofos de Pekín resultaba que Wolf era ateo; Ia envidia y el odio no han forjado nunca mejores silogismos. Este argumento de Lange, apoyado por una intriga y un protector, fue considerado incontrovertible por el rey del país y al matemático un dilema en toda forma: escoger entre salir de Halle en el plazo de veinticuatro horas o ser ahorcado. Como Wolf era hombre que razonaba muy bien, se apresuró a partir y su marcha privó al rey de doscientos a trescientos mil escudos anuales que el filósofo conseguía hacer entrar en el reino gracias a la afluencia de sus discípulos.

 

Ejemplo que debe hacer reflexionar a los soberanos que no siempre debe ser escuchada la calumnia y sacrificar un gran hombre al furor de un estúpido. Pero volvamos a China.

 

¿Por qué nosotros, en un extremo de Occidente, nos preocupamos tanto en discutir con encarnizamiento y torrentes de injurias y en averiguar si hubo o no catorce príncipes antes de Fo‑Hi, emperador de China, y si ese Fo‑Hi vivió tres mil o dos mil novecientos años antes de nuestra era? Supongamos que un par de irlandeses fueran a pleitear en Dublín para averiguar quién fue, en el siglo XII, el dueño de unas tierras que hoy son mías. ¿No es evidente que deberían dirigirse a mí, que tengo a mano los archivos? Me parece que ocurre lo mismo con los emperadores chinos: es preciso dirigirse a los tribunales de su país.

 

Discutid cuanto os plazca acerca de los catorce príncipes que reinaron antes de Fo‑Hi y vuestra linda discusión no conseguirá más que demostrar que China estaba muy poblada entonces y que allí reinaban unas leyes. Y ahora os pregunto: si existe una nación organizada que posee leyes y príncipes, ¿no significa ello una prodigiosa antigüedad? Pensad cuánto tiempo es necesario para que un singular concurso de circunstancias haga descubrir el hierro en las minas y luego pueda ser empleado en la agricultura, inventar la lanzadera y tantas otras artesanías.

 

Quienes fabrican los niños a plumazo han imaginado un cálculo muy divertido. El jesuita Petau, mediante un lindo cómputo, atribuye a nuestro planeta unos doscientos ochenta y cinco años después del diluvio y cien veces más habitantes de los que uno se atrevería a suponer en el momento presente. Los Cumberland y los Whiston han llevado a cabo otros cálculos igualmente cómicos; estas buenas gentes bastaría que consultaran los registros de nuestras colonias en América para quedar asombradísimos y enterarse de que el género humano se multiplica poco y que a menudo disminuye en vez de aumentar.

 

En consecuencia, nosotros, que somos de ayer, descendemos de los celtas y aún estamos investigando en los bosques de nuestras comarcas silvestres, debemos dejar que los chinos e indios disfruten en paz de su hermoso clima y de su antigüedad .Sobre todo, nunca más llamemos idólatras al emperador de China y al soberano del Decán. Uno no debe ser fanático de los méritos de los chinos, pero la Constitución de su imperio es ciertamente la mejor que hay en el mundo, la única que está fundamentada totalmente en el poder paternalista (lo que no impide que los mandarines propinen muchos bastonazos a sus hijos), la única en que un gobernador de provincia es castigado cuando al terminar su mandato no ha conseguido ser aclamado por el pueblo; sólo ella ha instituido premios a la virtud, mientras que en todas partes las leyes se limitan a castigar el crimen; la única que ha hecho adoptar sus leyes a los propios vencedores, mientras que nosotros aún estamos sometidos a las costumbres de los borgoñones, francos y godos que nos dominaron. También debemos confesar que el pueblo menudo, mediatizado por los bonzos, es tan bribón como el nuestro; que todo lo venden muy caro a los extranjeros, como nosotros; que en ciencias los chinos están todavía como estábamos nosotros hace doscientos años y lo mismo que nosotros mantienen mil prejuicios ridículos, creen en los talismanes y en la astrología judiciaria como nosotros creímos durante mucho tiempo.

 

Confesaremos, además, que ellos están asombrados de nuestro termómetro, de nuestro sistema de introducir líquidos en hielo con salitre y de todos los experimentos de Torricelli y de Otto de Gueriche, igual que nosotros lo estuvimos cuando vimos las manifestaciones de esa física recreativa por vez primera. Añadiremos que ni sus médicos ni los nuestros curan las enfermedades mortales y que las pequeñas dolencias las va curando la naturaleza por sí misma, lo mismo en China que aquí; pero todo esto no impide que los chinos, hace cuatro mil años, cuando nosotros ni siquiera sabíamos leer, conociesen todas las cosas esencialmente útiles de las cuales hoy tanto nos vanagloriamos.

 

Añadiremos, una vez más, que la religión de los letrados es admirable. Nada de supersticiones, nada de leyendas absurdas, nada tampoco de esos dogmas que injurian a la razón y a la naturaleza y a los cuales los bonzos atribuyen mil sentidos diferentes porque no tienen ninguno. Después de más de cuarenta siglos, el culto más sencillo les parece el mejor. Ellos son los que nosotros suponemos serían Seth, Enoch y Noé: se contentan con adorar a un dios, lo mismo que todos los sabios de la tierra, mientras que en Europa ello se comparte entre Tomás y Buenaventura, entre Calvino y Lutero, y entre Jansenio y Molina.

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