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E

 

ECLIPSE. Durante mucho tiempo los pueblos consideraron los fenómenos extraordinarios como presagios de sucesos prósperos o adversos. Los historiadores romanos observaron que un eclipse de sol acompañó el nacimiento de Rómulo, que otro anunció su muerte y un tercero precedió la fundación de Roma.

 

En el artículo Visión de Constantino hablaremos con detalle de la aparición de la cruz que precedió al triunfo del cristianismo, y en el artículo Profecías trataremos de la estrella nueva que apareció cuando el nacimiento de Jesús. Aquí nos limitaremos a indicar que el mundo se cubrió de tinieblas en los momentos en que expiraba el Salvador.

 

Los escritores griegos y latinos de la Iglesia citan como auténticas dos cartas atribuidas a Dionisio el Areopagita, en las que refiere que encontrándose en Heliópolis con su amigo Apolofano vieron de repente, hacia la hora sexta, que la luna se colocaba bajo el sol, produciendo un gran eclipse. En seguida, cerca de la hora nona, se apercibieron de que la luna abandonaba el sitio que ocupaba para colocarse en la parte opuesta. Entonces tomaron las reglas de Felipe Arideus y, tras examinar el curso de los astros, comprobaron que lógicamente el sol no pudo producir un eclipse en aquel momento. Además, observaron que la luna, contra su marcha natural, en vez de venir desde Occidente a colocarse debajo del sol, llegó por la parte de Oriente y se volvió hacia atrás por la misma parte. Esto hizo decir a Apolofano: «Estos son, mi querido Dionisio, trueques divinos», a lo que Dionisio apostilló: «O el autor de la naturaleza sufre, o la máquina del universo quedará pronto destruida».

 

Dionisio añade que habiendo tomado nota de la hora y año en que se produjo ese prodigio, y combinando todo ello con lo que Pablo dijo algún tiempo después, se rindió a la evidencia de la verdad, al igual que su amigo. Así se originó la creencia de que las tinieblas que oscurecieron el mundo en la muerte de Cristo fueron producto de un eclipse sobrenatural, hasta que Maldonat dijo que ésta era la opinión de los católicos. Era, en efecto, difícil oponerse a la declaración de un testigo ocular, sabio e imparcial, porque entonces se supone que Dionisio era todavía pagano.

 

Ahora bien, como esas cartas atribuidas a Dionisio se escribieron a fines del siglo V o comienzos del IV, Eusebio de Cesárea reafirma dicha creencia citando el testimonio de Flegón, liberto del emperador Adriano (1). Ese autor, también pagano, escribió la historia de las Olimpíadas en dieciséis libros, desde su origen hasta el año 1040 de nuestra era. Eusebio añade que esos sucesos se citan en los antiguos libros griegos, dando como fecha el año dieciocho del reinado de Tiberio. Se cree que Eusebio se refiere al historiador griego Thallus, que citan Justino, Tertuliano y Julio el Africano, pero como las obras de Thallus y de Flegón no han llegado hasta nosotros, no podemos juzgar de la exactitud de las dos citas. Y si bien es cierto que el Cronicón pascale de los griegos, San Jerónimo, Atanasio, el autor de la Historia Miscelánea y Freculfo de Luxem, entre los latinos, todos copian del mismo modo el fragmento de Flegón y dicen lo mismo que Eusebio, no es menos cierto que esos testigos que deponen con uniformidad tradujeron o copiaron dicho fragmento, no del mismo Flegón, sino de Eusebio, que fue el primero que lo citó. Juan Filopomo que leyó a Flegón, no está de acuerdo con Eusebio, diferiendo ambos en dos años. Podrían también citarse los nombres de Máximo y Madela que vivieron en tiempos que aún subsistía la obra de Flebón, y de hacerlo nos daría el siguiente resultado. Cinco de los autores citados son copistas o traductores de Eusebio. Filopomo, que declara haber transcrito las palabras de Flegón, las lee de otro modo, y de otra forma las leen también Máximo y Madela; por lo tanto, no es cierto que interpreten exactamente el mencionado pasaje.

 

(1) El pasaje de Flegón que cita Eusebio es: «El año IV de la Olimpíada 202 hubo un eclipse de sol, el mayor que se conoció hasta entonces. A la sexta hora del día sobrevino una noche tan oscura que en el cielo aparecieron las estrellas. Además, se produjo un gran terremoto que derribó muchas casas en Niceac.

 

Además, hay una prueba inequívoca de que Eusebio es poco fiel al citar a los autores. Asegura que los romanos erigieron una estatua a Simón el Mago con esta inscripción: Simoni Deo sancto (A Simón Dios santo). Theodoret, san Agustín, san Cirilo, Clemente de Alejandría, Tertuliano y san Justino están de acuerdo con Eusebio; san Justino, que afirma haber visto dicha estatua, nos refiere que estaba colocada entre los dos puentes del Tíber, o sea en la isla que forma el río. Sin embargo la inscripción, desenterrada en Roma en 1574, en el sitio que indicó Justino, dice: Semons Sanco deo Fidio. Ovidio refiere que los antiguos sabinos edificaron un templo en el monte Quirinal a esa divinidad, que llamaron Semo Sancus Sanctus o Fidius, y en Gruter hay dos inscripciones parecidas; una de ellas estaba en el monte Quirinal, y la otra subsiste todavía en Rieti, región que ocuparon antiguamente los sabinos.

 

Por último, los cálculos de Hoegson, Halley, Whirton y Gale Morris han demostrado que Flegón y Thallus se ocuparon de un eclipse natural que tuvo lugar el 24 de noviembre, el primer año de la 202 Olimpíada y no en el cuarto año, como asegura Eusebio. Su tamaño en Nicea sólo fue, en opinión de Whirton, de cerca de diez dedos, o sea dos tercios y medio del disco del sol, y empezó a las ocho y cuarto y terminó a las diez y quince minutos. Entre El Cairo y Jerusalén, según dice Gale Morris, el sol quedó oscurecido durante dos minutos.

 

No se da crédito a los supuestos testimonios de Dionisio, Flegón y Thallus, y recientemente se ha citado la historia de China en cuanto al gran eclipse de sol que supusieron tuvo lugar contra todo pronóstico el año treinta y dos del nacimiento de Jesucristo. La primera obra que lo menciona es una Historia de China, que publicó en París en 1672 el jesuita Greslon. En el extracto que incluyó el Diario de los sabios, el 2 de febrero de ese año, se encuentra el siguiente pasaje:

 

«Los anales de China refieren que en el mes de abril del año treinta y dos de Jesucristo hubo un gran eclipse de sol, en contra de las leyes de la naturaleza. Si ello fue verdad, ese eclipse podría ser muy bien el que ocurrió durante la pasión de Jesucristo, que murió en el mes de abril según opinan algunos autores. Por esto los misioneros que están en China ruegan a los astrónomos de Europa que estudien si hubo o no eclipse en dichos mes y año, y si pudo tener lugar en forma natural, porque probando esa circunstancia podrían sacarse de ello grandes ventajas para convertir a los chinos.»

 

Uno no acierta a comprender por qué pidieron a los matemáticos de Europa que hicieran ese cálculo, cuando los jesuitas Adam, Shal y Verbiest, que reformaron el calendario de China, calcularon los eclipses, los equinoccios y los solsticios, y ellos pudieron hacer el cálculo. Además, si el eclipse que refiere Greslon tuvo lugar contra las leyes de la naturaleza, ¿cómo era posible calcularlo? Según confesión del jesuita Couplet, los chinos han incluido en sus anales gran número de falsos eclipses, y el chino Yam Quemsiam, al contestar a la Apología de la Religión Cristiana, que publicaron en China los jesuitas, dice terminantemente que ese supuesto eclipse no consta en ninguna historia china.

 

¿Cómo hemos de creer, pues, al jesuita Tachard, que en el preámbulo de su Viaje a Siam dice que la Suprema Sabiduría hizo conocer en la Antigüedad a los reyes y pueblos de Oriente el nacimiento y la muerte de Jesucristo mediante la nueva estrella que apareció y mediante un sobrenatural eclipse? Sin duda, ignoraba ese jesuita las palabras que respecto a un asunto muy parecido pronunció san Jerónimo. Helas aquí: «Esa opinión, aunque sea muy a propósito para halagar los oídos del pueblo, no por eso es verdadera».

 

Hubieran podido ahorrarse esas discusiones con recordar que Tertuliano dijo que el día se apagó de repente estando el sol en mitad de su carrera, y los paganos creyeron que fue por efecto de un eclipse porque no sabían que el hecho ya lo profetizó Amós: «El sol se pondrá al medio día y entonces desaparecerá la luz». «Los que han tratado de averiguar la causa de ese evento —continúa diciendo Tertuliano— sin poderla descubrir, la negaron; pero el hecho es cierto y consta en los archivos.»

 

Orígenes dice que no es extraño que los autores extranjeros no hablen de las tinieblas que mencionan los evangelistas, porque sólo oscurecieron las cercanías de Jerusalén, y según su opinión, con la palabra Judea se designa todo el mundo en algunas partes de la Sagrada Escritura. Confiesa, por otra parte, que el pasaje del Evangelio de Lucas, en el cual en su tiempo se decía que toda la tierra se cubrió de tinieblas cuando se produjo el eclipse de sol, fue falsificado por algún cristiano ignorante que creyó de esa manera descifrar mejor el texto del evangelista, o por algún enemigo mal intencionado que con ese pretexto pretendió calumniar a la Iglesia, como si los evangelistas hubieran querido significar que había de producirse un eclipse en tiempo determinado, que era obvio no podía tener lugar. «Es verdad —añade Orígenes— que Flegón dijo que hubo un eclipse en la época de Tiberio pero al no decir que se produjo en luna llena no tiene nada de prodigioso. Estas tinieblas —continúa diciendo Orígenes— eran de la misma naturaleza que las que cubrieron Egipto en tiempos de Moisés y que no llegaron hasta la región donde habitan los israelitas. Las tinieblas de Egipto duraron tres días y las de Jerusalén sólo tres horas; las primeras fueron una copia de las segundas, y así como Moisés, para atraerlas sobre Egipto, elevó las manos al cielo e invocó al Señor, también Jesucristo, para cubrir de tinieblas a Jerusalén, extendió las manos sobre la cruz para protestar del pueblo ingrato que, amotinado en contra de él, gritó: Crucificadle, crucificadle.»

 

Nosotros terminaremos este artículo diciendo como Plutarco: Las tinieblas de la superstición son más peligrosas que las de los eclipses.

La CIA Agresiones de EEUU a América latina - La relación entre el Neoliberalismo y el ALCA - ¿Qué es la globalización? - ¿Qué es la Cocaína?

ECONOMÍA. En su acepción ordinaria, esta palabra significa la manera de administrar los bienes, y es común al padre de familia y al ministro de Hacienda de un reino. Las diferentes clases de gobierno, las rencillas de familia y de corte, las guerras injustas y mal llevadas, la espada de Temis entregada a la mano del verdugo para matar al inocente y las discordias intestinas, son asuntos ajenos a la economía. Tampoco se trata aquí de la verborrea de los políticos que gobiernan un estado desde su despacho.

 

La economía doméstica nos proporciona las tres cosas que son de imprescindible necesidad para el hombre: vivir, vestir y tener abrigo o techo. Puede decirse que para él no existe otra necesidad, a no ser la de calentarse en países de clima glacial. Estas tres necesidades, bien atendidas, coadyuvan a la salud, sin la cual no hay nada.

 

Hacer vida de campo es sinónimo de dedicarse a la vida patriarcal, pero en nuestros climas esta vida sería impracticable y nos haría morir de frío, hambre y miseria.

 

Abrahán desde Caldea se dirigió a Sichem, y desde aquí emprendió un largo viaje por los desiertos inhóspitos para llegar a Memfis, con objeto de comprar trigo. Pasaré por alto la parte divina de la historia de Abrahán y su descendencia, y sólo me ocuparé aquí de su economía rural. Dejó la región más fértil del orbe y las ciudades donde había casas muy cómodas, para vagar errante por países que hablaban una lengua que no podía entender. Desde Sodoma pasa al desierto de Gerara, donde no había una casa donde cobijarse. Cuando despide a la esclava Agar y al hijo que tuvo de ella, Ismael, todavía estaba en el desierto y para el viaje sólo les da un pan y un cántaro de agua. Cuando va a sacrificar su hijo al Señor, estando en el desierto, él mismo corta la leña que ha de quemar a la víctima y la carga en las espaldas del hijo que se dispone a inmolar. Su esposa muere en un sitio llamado Hebrón y como no tiene ni seis pies de tierra para enterrarla se ve obligado a comprar una cueva para dar sepultura a su mujer; ése fue el único pedazo de tierra que poseyó Abrahán. Sin embargo, tuvo muchos hijos, sin contar Isaac y su posteridad, y su segunda mujer Gethura tuvo a la edad de ciento cuarenta años, según el cómputo ordinario, cinco hijos que se fueron a Arabia.

 

Que nosotros sepamos, Isaac no poseyó ni un solo palmo de tierra en el país donde murió su padre, y no debió tenerlo porque se fue al desierto de Gerara con Rebeca, su esposa, a casa de Abimelech, rey de Gerara, que fue amante de su madre. Ese rey del desierto también se enamoró de Rebeca, que su marido hizo pasar por hermana como Abrahán hizo con Sara cuarenta años antes. Es chocante que en esa familia hagan pasar siempre las mujeres por hermanas, con idea de ganar alguna cosa, pero ya que tales hechos están consagrados, debemos respetarlos. La Sagrada Escritura dice que se enriqueció en esa tierra inhóspita que él convirtió en fértil, y que llegó a ser poderosísimo, pero también se dice que no encontraba agua para beber, que tuvo una trifulca con los pastores del reyezuelo de Gerara por mor de un pozo, y que no tuvo ni una casa. Tampoco la tuvieron sus hijos Esaú y Jacob. Este se vio obligado a proporcionarse el pan en Mesopotamia, que Abrahán abandonó. Estuvo sirviendo siete años para conseguir la hija mayor de Labán, y otros siete para casarse con la segunda hija, y después huyó con Raquel y los ganados de su suegro, que le persiguió. No es eso tener una fortuna asegurada. Esaú vivió también errante como Jacob. Ninguno de los doce patriarcas, hijos de Jacob, tuvo morada fija, ni fue propietario de un campo. Vivían en tiendas de campaña como los beduinos.

 

No cabe duda que esa vida patriarcal no dice con nuestras costumbres ni con la vida moderna. Todo buen ganadero necesita una vivienda sana orientada al Este, vastas granjas, establo y cuadras limpias, todo lo cual puede valer unos cincuenta mil francos de la moneda actual. Debe sembrar todos los años cien fanegas de trigo, dedicar otras tantas para buenos pastos, poseer algunas fanegas de viña, y otras para cultivar cereales, legumbres y árboles útiles. Con todo ello, bien administrado, puede mantener en la abundancia una numerosa familia. Sus campos mejorarán de día en día y soportará sin temor la falta de cosechas y la carga fiscal porque un buena cosecha le resarcirá del perjuicio de dos malas, y disfrutará en sus dominios de soberanía real, sometida únicamente a las leyes. Ese es el estado más natural del hombre, el más tranquilo y el más feliz, pero desgraciadamente el más raro.

 

El hijo de ese venerable patriarca, al ver que es rico, le disgusta pagar el impuesto humillante de la talla. Por desgracia, aprendió el latín, va a la ciudad y compra un cargo que le exceptúa de pagar exacción de la talla y hará noble a su hijo dentro de veinte años. Vende su heredad para pagar su vanidad. Una joven educada en el lujo se casa con él, le deshonra y le arruina, muere en la miseria y su hijo tiene que vestir librea en París. Tal es la diferencia que hay entre la economía del campo y las ilusiones de las ciudades.

 

ECONOMÍA DE LAS PALABRAS. Es un término consagrado en exclusiva a los padres de la Iglesia y a las primeras instituciones de nuestra santa religión, y significa hablar adaptándose a los tiempos y a las circunstancias.

 

Por ejemplo, san Pablo, siendo cristiano, entra en el templo de los judíos para cumplir con los ritos judaicos con el fin de aparentar que no se separa de la ley mosaica. Al cabo de siete días le reconocen y le acusan de haber profanado el templo. Acto seguido, le maltratan y lo echan de allí tumultuosamente; el tribuno de la cohorte lo hace atar con cadenas. Al día siguiente, el tribuno reúne el sanedrín y comparece Pablo ante ese tribunal. El sumo sacerdote Anniah empieza por darle una bofetada (1) y Pablo cuenta lo siguiente:

 

«Me dio una bofetada, pero yo me despaché a gusto.» Sabiendo Pablo que la mitad de sus jueces eran saduceos y la otra mitad fariseos, les habló de este modo: «Soy fariseo y mi padre también lo fue; sólo se me quiere condenar por esperar la resurrección de los muertos». En cuanto Pablo dijo esto se entabló tal discusión entre fariseos y saduceos que hizo disolver la audiencia, porque los saduceos aseguran que no hay resurrección, ni ángeles, ni espíritus, y los fariseos sostienen lo contrario.

 

(1) En los pueblos asiáticos dar una bofetada era un castigo legal. Todavía hoy, en Chinay en los países de allende el Ganges, condenan a la pena de recibir una docena de bofetadas.

 

Es evidente según el texto, que Pablo no era fariseo porque era cristiano, y dijo las mencionadas palabras sólo para enzarzar en disputa a saduceos y fariseos. A eso se llama hablar por economía, por prudencia. O lo que es igual, se trata de una añagaza religiosa que sólo se hubiera atrevido a emplear un apóstol.

 

Del mismo modo, casi todos los padres de la Iglesia hablaron por economía. San Jerónimo desarrolla admirablemente ese método en su carta 54. Sus palabras no tienen desperdicio. Después de afirmar que hay ocasiones en que es menester dar un pan y una pedrada, continúa escribiendo:

 

«Os ruego que leáis a Demóstenes y a Cicerón, y si no os placen los retóricos porque su arte consiste en decir más lo inverosímil que lo verdadero, leed a Platón, Teofrasto, Jenofonte, Aristóteles y a todos los que después de haber bebido en la fuente de Sócrates sacaron de ella diversos arroyos. ¿Se encuentra acaso en ellos candor y sencillez? ¿Qué vocablo no tiene dos sentidos? ¿Cuándo no adoptan el sentido que puede hacerles salir airosos? Orígenes, Metodio, Eusebio y Apolinario, escribieron millares de versos contra Celso y Porfirio. Meditad el artificio y la sutileza con que combaten el espíritu del diablo, diciendo no lo que creen, sino lo que creen necesario decir (Non quod sentiunt, sed quod necesse est dicunt). No voy a ocuparme de los autores latinos Tertuliano, Cipriano Minucius, Victorino, Lactancio e Hilario, porque sólo trato de defenderme, y para esto me bastará referiros el ejemplo del apóstol san Pablo, etcétera».

 

San Agustín escribe con frecuencia por economía. Se adapta tan bien a los tiempos y a las circunstancias, que en una de sus cartas confiesa que sólo explicó el misterio de la Trinidad porque era preciso que dijera algo. No habló así porque dudara de la Santísima Trinidad, sino que conociendo que ese misterio es inefable quiso satisfacer la curiosidad del pueblo.

 

Este método siempre lo admitió la teología. Contra los eucratitas se empleaba un argumento capaz de reportar la victoria a la causa que defendían los carpocracianos, y cuando disputaban para vencer a los carpocracianos, cambiaban de armas. Tan pronto dicen que Jesucristo murió para salvar a muchos, cuando quieren excluir a los réprobos, como afirman que murió por todos cuando tratan de poner de manifiesto su bondad universal. En el primer caso, toman el sentido propio por el sentido figurado; en el segundo, toman el sentido figurado por el sentido propio, según exija la prudencia.

 

Esa práctica no la admitiría la justicia. Castigaría al testigo que declarara en pro y en contra en un asunto capital, pero hay infinita diferencia entre los viles intereses humanos, que exigen la mayor claridad, y los intereses divinos, que están ocultos en un abismo impenetrable y emplean con frecuencia la mentira. Los mismos jueces que exigen en la audiencia pruebas convincentes que se aproximen a una demostración, se satisfacen en los sermones con pruebas morales, e incluso con proclamaciones sin pruebas.

 

San Agustín habla por economía cuando dice: «Creo, porque esto es absurdo; creo, porque esto es imposible». Estas palabras, que serían extravagantes en cualquier asunto mundano, son respetables en teología, porque significan que lo que es absurdo e imposible para los mortales, no lo es para Dios; si Dios me reveló esos absurdos y esas imposibilidades, debo creerlos.

 

A un abogado no le dejarían expresarse de ese modo en la audiencia, y encerrarían en un manicomio a los testigos que dijeran: «Aseguramos que el acusado, estando en la cuna en la Martinica, mató a un hombre en París, y estamos convencidos de tal homicidio porque es absurdo y porque es imposible».

 

San Agustín dice en su carta 53: «Está escrito (1) que el mundo entero pertenece a los fieles; los infieles no tienen un óbolo que posean legítimamente». Si siguiendo ese principio dos depositarios de mis ahorros me aseguran que son fieles, y fiándome de ellos quiebran y me arruinan, serán condenados por los tribunales a pesar de lo que dice san Agustín.

 

(1) En los Proverbios, cap. 17, pero sólo en la traducción de los Setenta, la única que entonces admitía la Iglesia.

 

San Ireneo sostiene (libro IV, capítulo 25) que no debemos condenar el incesto de las dos hijas de Lot con su padre, ni el de Thamar con su suegro, por razón de que la Santa Escritura no dice expresamente que esa acción sea criminal. Que no lo diga la Biblia no impedirá que las leyes castiguen el incesto.

 

Todos los primitivos cristianos, sin excepción, pensaban acerca de la guerra como los esenios y los terapeutas, como piensan y obran hoy los cuáqueros y los dumkars, como siempre pensaron y obraron los brahmanes. Tertuliano es quien combate con más ardor esos homicidios legales que nuestra abominable naturaleza hace necesarios «No hay ningún uso, ni ninguna razón, que legitime ese acto criminal». No obstante, después de asegurar que ningún cristiano puede llevar armas, por economía, dice en el mismo libro, tratando de intimidar al Imperio romano: «Nosotros somos de ayer y, sin embargo, llenamos vuestras ciudades y vuestros ejércitos». Esto sólo fue verdad en la época de Constancio, pero la economía exigía que Tertuliano exagerara para hacer temible su partido. Con igual propósito dice que Pilato era cristiano de corazón. Todo su Apologético está henchido de intenciones parecidas, que aguijoneaban el celo de los neófitos.

 

Concluiremos los ejemplos del método económico, que son innumerables, con el pasaje de san Jerónimo referente a la discusión que tuvo con Joviano sobre las segundas nupcias. «Si los órganos de la generación de los hombres, las partes genitales de la mujer y la diferencia de los dos sexos, creados uno para otro, manifiestan con evidencia que fueron destinados para crear hijos, he aquí lo que os voy a contestar: si eso fuera así, la consecuencia sería que no deberíamos cesar de aparearnos, por miedo a llevar inútilmente los miembros que para eso fueron destinados. ¿Por qué el marido se abstendría entonces de cohabitar con su mujer, por qué la viuda perseveraría en la viudedad? ¿Nacimos destinados a ese acto como los animales? ¿En qué me perjudicaría el hombre que se acostara con mi mujer? Indudablemente, si tenemos dientes para comer, y para que pase al estómago lo que desmenuzan; si no obra mal el hombre que da pan a mi mujer, tampoco obra mal si siendo más vigoroso que yo aplaca su hambre de otra manera y me descansa de fatigas, toda vez que los órganos generativos nos han sido dados para gozar y deben cumplir su destino.»

 

Después de transcribir este pasaje, me parece inútil citar otros. Nótese únicamente que ese método económico, que es afín al estilo de la polémica, debe manejarse con la mayor circunspección, y que no corresponde a los profanos imitar en sus disputas la manera que los santos usan ya impulsados por el ardor de su celo, ya por la candidez de su estilo.

 

EDUCACIÓN. Diálogo entre un consejero y un ex jesuita.

 

EL EX JESUITA. Podéis comprender la triste situación en que me ha sumido la bancarrota de los dos banqueros La Valette y Lacy. Yo era un pobre sacerdote del colegio de Clermont que se llama de Luis el Grande conocía algo el latín y me sabía al dedillo el catecismo que os estuve enseñando durante diez años gratuitamente. En cuanto salisteis del colegio, con la intención de estudiar Derecho, comprasteis un cargo de consejero del Parlamento y me disteis vuestro voto para que mendigara el sustento fuera de mi patria, o para tener que reducirme a vivir trabajosamente en ella con dieciséis luises y dieciséis francos anuales, que no bastan para alimentarnos y vestirnos mi hermana y yo. Todo el mundo me dice que el desastre que sufrió mi Compañía no lo causó únicamente la bancarrota de La Valette y Lacy, sino también el hermano La Chaise, confesor e intrigante, y el hermano Le Tellier, confesor como aquél de Luis XIV y redomado perseguidor. Pero yo no conocía al uno ni al otro; murieron antes de que yo naciera. Se asegura también que las disputas que tuvieron los jansenitas y los molinistas sobre la gracia versátil y la ciencia media contribuyeron mucho a expulsarnos de nuestras casas, pero yo nunca supe qué es esa gracia. Os hice traducir a la sazón a Cicerón, a Virgilio, a Séneca y a Horacio; en suma, hice cuanto supe por educaros bien y he aquí la recompensa que recibo.

 

EL CONSEJERO. Indudablemente, sois quien me ha educado, pero cuando entré en el mundo y quise atreverme a hablar se burlaron de mí; podía citar las obras de Horacio y la prosa de algunos autores latinos, pero ignoraba que Francisco I cayó prisionero en Pavía, en dónde estaba situada esa ciudad y desconocía incluso el país donde he nacido. No me enseñasteis las principales leyes que interesan a mi patria, ni una palabra de matemáticas ni de filosofía. Sólo aprendí latín y algunas tonterías más.

 

EL EX JESUITA. Sólo pude enseñaros lo que a mí me enseñaron. Estudié en el colegio hasta la edad de quince años, y a esa edad un jesuita me sedujo, engañándome. Entré de novicio, me embrutecieron durante dos años y luego me declararon apto para impartir la enseñanza. ¿Cómo queréis que os diera la educación que se recibe en el colegio militar?

 

EL CONSEJERO. No pretendo semejante cosa, pero sé que cada uno debe aprender desde niño lo que le sirva para desempeñar la profesión que piensa ejercer. Clairant fue hijo de un profesor de matemáticas y así que supo leer y escribir su padre le enseñó su arte, y a los doce años era un excelente geómetra; luego estudió latín, que no le sirvió para nada. La célebre marquesa de Chatelet aprendió bastante bien el latín en un año, y a nosotros nos hacían estar siete anos en el colegio para que adquiriéramos algunas nociones de esa lengua muerta. Cuando salíamos de nuestro colegio para estudiar leyes nos sucedía peor aún. A mí, que nací en París, me hicieron estudiar durante tres años las leyes de la antigua Roma que ya no rigen. Por descontado, mi profesor empezó por distinguir la jurisprudencia en el derecho natural y en el derecho de gentes: el derecho natural es común a los hombres y a los animales, en su opinión, y el derecho de gentes es común a todas las naciones, que no están de acuerdo unas con otras. Luego me hicieron aprender de memoria la ley de las Doce Tablas, que derogaron los mismos romanos que la promulgaron; el edicto del pretor, cuando ya no existen pretores; todo lo concerniente a los esclavos, cuando ya no hay esclavos domésticos en toda la Europa cristiana; el divorcio, cuando el divorcio no está admitido en nuestros países, etc. Pronto barrunté que me habían metido en un abismo del que era imposible salir, y me convencí que me habían dado una educación inútil para desenvolverse en el mundo. Pero aún quedé más confuso cuando leí las ordenanzas francesas, capaces de llenar ochenta volúmenes y que se contradicen unas a otras; me vi obligado, cuando asumí el cargo de juez, a aplicar el buen sentido y la equidad de que me dotó la naturaleza y con cuyos apoyos me equivoco casi siempre en todos los fallos. Tengo un hermano que estudia Teología con el propósito de llegar a vicario general y se queja también de la educación que ha recibido. Necesitó seis años largos para llegar a aprender que hay nueve coros de ángeles y en lo que se diferencia un trono de una dominación; si el Pisón en el Paraíso terrenal, estaba a la derecha o a la izquierda del Gedeón si el idioma con que la serpiente departía con Eva era el mismo que habló la borrica de Balaán; para saber en qué consistió que Melquisedec hubiera nacido sin tener padre ni madre; para saber dónde vive Enoc, que no ha muerto todavía, y dónde están los caballos que transportaron a Elías en un carro de fuego, después que con su manto separó las aguas del Jordán, y en qué fecha debe volver para anunciar el fin del mundo. Hablando con franqueza, debéis convenir conmigo en que para seguir cualquier carrera nos dan una educación muy inadecuada, y que es infinitamente mejor la que reciben quienes se dedican a las artes u oficios.

 

EL EX JESUITA.--Estamos de acuerdo, pero yo no puedo vivir con mis cuatrocientos francos anuales, mientras algún individuo, cuyo padre era lacayo, tiene treinta caballos en sus caballerizas y cuatro cocineros.

 

EL CONSEJERO.--Lo único que puedo hacer por vos es regalaros de mi bolsillo cuatrocientos francos. Y esto no lo he aprendido de los autores latinos que a vuestras órdenes aprendí a conocer y traducir.

 

EJÉRCITO, ARMAS. Vaya por delante que existieron y existen sociedades sin ejércitos. Los brahmanes, que gobernaron durante mucho tiempo casi todo el gran quersoneso de la India; los primitivos cuáqueros, que gobernaban Pensilvania; algunas poblaciones de América y del centro de Africa; los samoyedos, y los lapones, jamás han formado al frente de ninguna bandera para ir a guerrear y a destruir los pueblos inmediatos.

 

Los brahmanes constituían el más numeroso de los pueblos pacíficos. Su casta, que es antiquísima, sus buenas costumbres y su religión, estaban de acuerdo en no derramar jamás sangre, ni aún la de los animales más inofensivos. Por eso, siguiendo semejante doctrina, fueron subyugados con facilidad y lo serán siempre.

 

Los pensilvanios jamás tuvieron ejército y su horror por la violencia fue constante. Numerosas poblaciones de América no sabían qué era un ejército hasta que los españoles fueron allí a exterminarlo todo. Los habitantes del mar Glacial no conocen los ejércitos, ni los dioses de los ejércitos, ni batallones, ni escuadrones. Además de esos pueblos, en ningún otro los sacerdotes llevan armas, al menos cuando son fieles a su institución. Sólo entre los cristianos se han visto sociedades religiosas establecidas para guerrear, como la sociedad de los Templarios, la de los caballeros de la orden de San Juan y la de los Teutones. Esas órdenes religiosas se crearon imitando a los levitas, que combatían como las demás tribus judías.

 

Ni los ejércitos ni las armas fueron idénticos en todos los pueblos de la Antigüedad. Los egipcios casi nunca tuvieron caballería; era inútil en un país dividido por canales, que estaba inundado cinco veces cada año y lleno de fango durante otras cinco. Los habitantes de gran parte de Asia empleaban las cuádrigas de guerra, que citan los anales de China. Confucio dice que todavía en su época el gobernador de cada provincia suministraba al emperador mil carros de guerra de cuatro caballos. Los troyanos y los griegos peleaban en carros tirados por dos caballos. La nación judía, situada en terreno montañoso, desconoció la caballería y los carros, y cuando eligió su primer rey sólo tenía jumentos. Treinta hijos de Jair, que eran príncipes de treinta ciudades, según dice el Antiguo Testamento (1), montaban cada uno en un asno. Los hijos de David huyeron montados en mulas cuando Absalón fue muerto por su hermano Ammón. También Absalón iba montado en una mula en la batalla que libró contra las tropas de su padre, lo que prueba, según el Antiguo Testamento, que ya eran bastante ricos para comprar mulas en los países vecinos.

 

(1) Libro de los Jueces. cap. 10, 4.

 

Los griegos apenas se servían de la caballería. Alejandro ganó principalmente con la falange macedónica las batallas que le dieron el dominio de Persia. La infantería romana conquistó la mayor parte del mundo. En la batalla de Farsalia, César no tenía a sus órdenes más que mil soldados de caballería.

 

No se sabe con exactitud en qué época los hindúes y los africanos empezaron a poner los elefantes en primera línea de sus ejércitos. Asombra leer que los elefantes de Aníbal pasaron los Alpes, por aquel entonces más impracticables que hoy.

 

Se ha conjeturado mucho sobre cómo se formaban los ejércitos romano y griego, sus armas y sus evoluciones y cada autor ha expuesto su plano de las batallas de Zama y de Farsalia. El comentarista padre Calmet, para explicar mejor los mandamientos de Dios, incluyó en su Diccionario de la Biblia cien grabados con planos de batallas y de sitios. El Dios de los judíos era el dios de los ejércitos, pero Calmet no fue su secretario y sólo pudo saber por revelación cómo los ejércitos de los amalecitas, de los moabitas, de los sirios y de los filisteos, fueron formados en orden de batalla los días de la matanza general. Esos grabados que copian la carnicería que allí hubo hicieron valer su libro cinco o seis luises de oro, pero no consiguieron que fuera mejor.

 

También se pone en duda si los francos, a los que el jesuita Daniel llama franceses con anticipación, se servían de flechas en sus ejércitos y sí llevaban cascos y corazas. Suponiendo que se lanzaran al combate casi desnudos y armados de un hacha pequeña, de una espada y de un cuchillo, se inferirá de esta suposición que los romanos, dueños de las Galias, siendo vencidos tan fácilmente por Clovis, habían perdido su legendario valor, y que los galos prefirieron ser vasallos de un puñado de francos que de un puñado de romanos.

 

El atuendo de guerra cambió pronto, como cambia todo. En los tiempos de los caballeros y escuderos, sólo se conocía la soldadesca montada en Alemania, Francia, Italia, Inglaterra y España. Esa soldadesca llevaba armadura de hierro. Los soldados de infantería eran siervos, y puede decirse que asumían las funciones de gastadores más que de soldados. Los ingleses tuvieron siempre entre sus huestes buenos arqueros, que fueron los que consiguieron la victoria en casi todas las batallas.

 

¿Quién hubiera creído entonces que hoy en día los ejércitos sólo hacen experimentos de física? El mílite se quedaría asombrado si un sabio le dijera: «Amigo mío, eres mejor artificiero que Arquímedes. Se preparan cinco partes de salitre, una parte de azufre y otra parte de carbo ligneus, cada uno por separado. Dispuesto el salitre, filtrado, evaporado, cristalizado, removido y seco, se mezcla con el azufre purificado y adquiere un hermoso tono amarillo. Estos dos ingredientes, mezclados a su vez con carbón mineral, forman dos bolas gruesas al echarles un poco de vinagre o disolución de sal amoníaco u orina. Estas bolas se reducen en in pulverem pyrium en un molinillo. El efecto que produce esa mezcla es una dilatación equivalente a cuatro mil veces su volumen, y el plomo que está dentro del tubo que llevas en la mano causa otro efecto, que es el producto de su masa multiplicado por su velocidad. El primero que adivinó en gran parte ese secreto de matemáticas fue el franciscano Rogelio Bacon y quien lo perfeccionó en e! siglo XIV un benedictino alemán apellidado Schwartz. Por lo tanto, debes a dos frailes el arte de ser excelente homicida, si la pólvora que gastas es buena. Ducange propugna que en 1338 los registros de la Cámara de Cuentas de París mencionan una Memoria en que se habla de la pólvora de cañón, pero no lo creo. La pólvora de cañón hizo olvidar totalmente el fuego griego, que los moros usan todavía, y te hace depositario de un arte que no sólo imita el fragor del trueno, sino que es más temible que éste». Este parlamento encierra una gran verdad: dos frailes cambiaron la faz de la tierra.

 

Antes de la invención de los cañones, los países del Norte habían subyugado casi todo el hemisferio y podían haber vuelto otra vez, como lobos hambrientos, a devorar las tierras que antiguamente devoraban sus antepasados. En los ejércitos antiguos, la fuerza corporal, la agilidad, el furor sanguinario y la lucha encarnizada cuerpo a cuerpo, decidían la victoria y, por ende, el destino de las naciones. Los hombres más arrojados se apoderaban con escalas de las ciudades. Había tan poca disciplina en los ejércitos del Norte en tiempos de la decadencia del Imperio romano, como entre las fieras que se lanzan contra su presa. Hoy, una sola ciudadela de la frontera, dotada de cañones, detendría a los ejércitos de Atila y de Gengis. No hace mucho, un ejército de rusos victoriosos se consumió inútilmente ante Crustin, una pequeña fortaleza situada en un pantano.

 

En las batallas, los hombres más débiles de cuerpo vencen a los más robustos si tienen buena artillería y la dirigen bien. Unos cuantos cañones bastaron en la batalla de Fontenoy para que se batiera en retirada toda una columna inglesa, dueña ya del campo de batalla.

 

Los combates no son ya de hombre a hombre; el soldado carece hoy de ese ardor, ese entusiasmo que redobla la fogosidad de la acción cuando se lucha cuerpo a cuerpo. La fuerza, la habilidad, e incluso el temple de las armas, resultan inútiles. Sólo en contadas ocasiones durante una guerra se utiliza la bayoneta, aunque ésta sea, sin duda alguna, la más terrible de las armas.

 

En una llanura, muchas veces rodeada de baterías de cañones, dos ejércitos avanzan en silencio uno contra otro: cada batallón lleva consigo cañones de campaña. Las primeras líneas de infantes disparan una contra otra, y una después de otra, y esas líneas son la carne de cañón. Se ve formar en alas los escuadrones que se exponen continuamente al fuego del enemigo, esperando la orden del general. Los primeros que se cansan de esa maniobra, en la que para nada entra el arrojo corajudo, se desbandan y abandonan el campo de batalla. El general acude a rehacerlos si puede, a gran distancia de allí. Los enemigos victoriosos ponen sitio a una ciudad, sitio que les suele costar más tiempo, más hombres y más dinero que varias batallas. Las ventajas que se logran rara vez son rápidas, y al cabo de cinco o seis años los dos ejércitos enemigos quedan en cuadro y se ven obligados a concertar la paz.

Así, pues, la invención de la artillería y el método moderno han establecido entre las potencias una igualdad que pone al género humano al abrigo de las antiguas devastaciones y hace las guerras menos funestas, aunque lo son mucho todavía.

 

Los griegos en todas sus épocas, los romanos hasta los tiempos de Sila y los demás pueblos de Occidente y Septentrión, no tuvieron ejércitos mercenarios permanentes en pie de guerra. Todos los habitantes de esos países eran soldados que empuñaban las armas en tiempo de guerra. Así ocurre hoy en Suiza. Si recorréis esa nación en tiempo de paz no encontraréis en ninguna parte un solo batallón, pero cuando hay guerra veréis cómo se arman de repente ochenta mil soldados.

 

Los que usurparon el poder supremo, desde los tiempos de Sila, tuvieron ya ejércitos permanentes que pagaba el dinero de los ciudadanos, más para sujetarlos que para subyugar a las demás naciones. Hasta el obispo de Roma paga un pequeño ejército. ¿Quién habría podido adivinar en tiempos de los apóstoles, que en el transcurso de los años el servidor de los servidores de Dios tendría regimientos mercenarios y en la misma Roma?

 

ELÍAS Y ENOC. Son dos personajes muy singulares de la Antigüedad, los únicos que no alcanzó la muerte y se vieron transportados fuera del mundo. Un sabio defiende que esos personajes son alegóricos. Los padres de Elías son desconocidos, y dicho sabio cree que Galaad, el país, sólo significa el decurso de los tiempos, haciéndolo derivar del vocablo Galgala que significa revolución. La palabra Elías se parece mucho a la voz Helios, que significa sol. El holocausto que ofrecía Elías, que encendió el fuego del cielo, es una imagen que demuestra el poder que poseen los rayos del sol reunidos. La lluvia que cae después de los grandes calores es también una verdad física. El carro de fuego y los caballos ígneos que elevan a Elías hasta el cielo son la imagen sorprendente de los cuatro caballos del sol. El regreso de Elías al finalizar el mundo parece estar acorde con la antigua opinión que creía que el mundo se extinguiría en las aguas en medio de la destrucción general que los hombres esperaban. Casi toda la Antigüedad estuvo convencida durante mucho tiempo de que el mundo acabaría pronto.

 

Nosotros hacemos caso omiso de esas alegorías y nos atenemos a lo que dice el Antiguo Testamento.

 

Enoc es un personaje tan singular como Elías. Únicamente el Génesis nombra a su padre y a su hijo, mientras que la familia de Elías es completamente desconocida. Tanto los orientales como los occidentales han alabado a Enoc. La Sagrada Escritura nos dice que fue padre de Matusalén y no vivió en el mundo más que trescientos sesenta y cinco años, lo que le parece una vida muy breve para uno de los primeros patriarcas. Nos refiere que se marchó con Dios y no volvió más, porque Dios se lo llevó. «Por estas palabras —dice el reverendo Calmet— los padres y numerosos comentaristas aseguran que Enoc vive todavía, que Dios lo transportó fuera del mundo como a Elías. Los dos vendrán antes del Juicio Final a oponerse al Anticristo, Elías a predicar a los judíos y Enoc a los gentiles.»

 

San Pablo, en su carta a los Hebreos dice: «Por su fe fue arrebatado Enoc, para que no conociera la muerte, y ya no le vieron porque el Señor lo transportó». San Justino, o el que tomó su nombre, dice que Enoc y Elías están en el paraíso terrenal esperando el segundo advenimiento de Jesucristo, y san Jerónimo cree, por el contrario, que Enoc y Elías están en el cielo. En tanto, Enoc es el séptimo hombre después de Adán y se supone que escribió un libro que cita san Judas (1). Tertuliano asegura que esa obra se conservó en el Arca y que el propio Enoc sacó una segunda copia después del diluvio.

 

(1) Véase el articulo Apócrifos.

 

Esto es lo que la Sagrada Escritura y los padres de la Iglesia nos afirman de Enoc. Pero los profanos de Oriente nos dicen mucho más. Creen que, efectivamente, existió Enoc y fue el primero que hizo esclavos en la tierra. Unas veces le llamaban Enoc y otras Edris; también dicen que dictó leyes a los egipcios bajo el nombre de Thaut, a quien llamaron los griegos Hermes. Le atribuyen un hijo llamado Sabi que fue el fundador de la religión de los sabeos. Existió una antigua tradición en Frigia sobre Anac, de quien se decía que los judíos habían formado la palabra Enoc. Los frigios tomaron esta tradición de los caldeos o babilonios, que reconocieron también a un Enoc o Anac como inventor de la astronomía. Un día al año lloraron a Enoc en Frigia, como lloraron a Adoni o Adonis los fenicios.

 

El referido sabio que cree que Elías es un personaje alegórico, mantiene la misma opinión sobre Enoc. Cree que la palabra Enoc o Anac significaba año, que los orientales le lloraban lo mismo que Adonis, y que se regocijaban al empezar el año nuevo; que en la Antigüedad no solamente significaba Enoc el principio y el fin del año, sino también el último día de la semana. Es difícil penetrar en los arcanos de la historia antigua, y aun cuando a ciegas descubriéramos la verdad, no estaríamos seguros de poseerla. Pero al cristianismo le basta con la Biblia.

 

ELOCUENCIA. Nació antes que las reglas de la retórica, así como las lenguas se formaron antes que la gramática. La naturaleza otorga al hombre elocuencia cuando le agitan grandes pasiones o le impulsa un gran interés. Quien está vivamente conmovido ve las cosas desde otro punto de vista que los demás hombres, emplea rápidas comparaciones y felices metáforas sin darse cuenta de ello, animando su discurso y comunicando a sus oyentes parte de su entusiasmo. El filósofo Dumarsais ha observado que hasta el pueblo llano se expresa por medio de figuras y que le son comunes y naturales los giros que denominamos tropos. El hombre elocuente consigue que la naturaleza se refleje en las imágenes con que embellece su disertación. El deseo natural de cautivar a sus maestros y jueces, el recogimiento de su alma profundamente afectada que se dispone a desarrollar los sentimientos que la excitan, son los primeros maestros del arte.

 

Esa misma naturaleza es la que suele inspirar improvisaciones vivas y animadas. Una pasión fogosa, un peligro inminente, hieren de repente la imaginación. Un capitán de los primeros califas, pongo por caso, al ver que los musulmanes huían, les gritó: «¿A dónde huís? Por ese camino no encontraréis a los enemigos». Esa misma frase se ha atribuido a varios caudillos, entre ellos a Cromwell. Las almas esforzadas abundan más que las almas débiles. Rasi, capitán en la época de Mahoma, al ver desconcertados a los árabes por la muerte de su general Derar, caído en el campo de batalla, exclama: «¿Qué importa que haya muerto Derar? Dios está vivo y os contempla; atacad al enemigo». También tuvo un rasgo de elocuencia el marino inglés Jenkis, que hizo decidir la guerra contra España en 1740, quien dijo: «Cuando los españoles, después de mutilarme, querían darme muerte, encomendé mi alma a Dios y mi venganza a la patria».

 

La naturaleza, pues, es la que da la elocuencia, y aunque se dice que el poeta nace y el orador se hace, esto sólo ocurre cuando la elocuencia se ve obligada a estudiar las leyes, el carácter de los jueces y el método de la época: la naturaleza sólo es elocuente a saltos.

 

Las reglas nacieron siempre después del arte. Tisias fue el primero que recogió las leyes de la elocuencia, de las que la naturaleza dicta las primeras reglas. Más tarde, Platón dijo en su Gorgias que el orador debe tener la sutileza del dialéctico, la ciencia del filósofo, la dicción del poeta y la voz y los gestos del comediante. Aristóteles, después de demostrar Platón que la verdadera filosofía es la guía secreta del espíritu en todas las artes, profundizó los manantiales de la elocuencia en su Retórica poniendo de manifiesto que la dialéctica es la base del arte de persuadir, y ser elocuente es saber demostrar.

 

Distinguió tres géneros en la elocuencia: deliberativo demostrativo y judicial. El primero trata de convencer a los que están deliberando para que se decidan por la guerra o la paz, sobre la administración pública etcétera; el segundo, o sea el demostrativo, se ocupa en demostrar lo que es digno de alabanza o de vituperio, y el tercero, en judicial, trata de persuadir, absolver o condenar. Es fácil comprender que esos tres géneros no siempre están separados uno de otros. Trata luego de las pasiones y costumbres que todos los oradores deben conocer. Analiza las pruebas que deben aducirse en cada uno de los tres géneros de elocuencia y concluye examinando a fondo la elocución, para que el discurso no languidezca. Recomienda el uso de metáforas a condición de que sean adecuadas y nobles, exigiendo, sobre todo, un lenguaje conveniente y decoroso. Todos sus preceptos traslucen la probidad ilustrada del filósofo y la civilización del ateniense, y al dictar reglas de elocuencia es también elocuente por su sencillez.

 

Es de advertir que Grecia fue entonces la única nación del orbe donde se conocieron las reglas de la elocuencia, porque era la única donde la verdadera elocuencia existió. Rasgos sublimes los hubo en todas partes y en todas épocas, pero sólo los griegos supieron conmover las mentes de una nación civilizada. Los orientales casi todos eran esclavos y el carácter de la servidumbre consiste en exagerarlo todo, por eso la elocuencia asiática fue abrupta. El Occidente era bárbaro en la época de Aristóteles.

 

En Roma comenzó a conocerse la verdadera elocuencia en tiempos de los Gracos y no se perfeccionó hasta la época de Cicerón. Marco Antonio, Hortensio, Curión, César y muchos otros fueron elocuentes. Su elocuencia pereció con la república al igual que la de Atenas. Dícese que la elocuencia sublime sólo se desarrolla con la libertad porque consiste en atreverse a decir la verdad, en hacer gala de las razones y de las pinturas fuertes. El poderoso casi nunca desea que le digan la verdad, teme las razones y prefiere adulaciones hipócritas a rasgos de elocuencia.

 

EMBLEMA (Representación, alegoría, símbolo, etc.). Todo es símbolo y representación en la Antigüedad. En Caldea pusieron en el cielo un carnero, dos cabritos y un toro, para significar los productos de la tierra en la primavera. En Persia, el fuego fue símbolo de la divinidad; en Egipto, el perro celeste anunciaba las inundaciones del Nilo, y la serpiente que enrosca la cola en la cabeza se convirtió en la imagen de la eternidad.

 

En la India se encuentran todavía algunas estatuas toscas, de las que hemos hablado, que representan la virtud y están provistas de diez brazos para combatir los vicios, y que nuestros inefables misioneros tomaron por retratos del diablo creyendo que todos los que no hablaban francés o italiano adoraban al señor del Infierno.

 

Presentad esos símbolos de la Antigüedad ante un hombre de cortos alcances que nunca haya oído hablar de ellos, y no cabe la menor duda que no los comprenderá porque hablan un lenguaje que es preciso aprender.

 

Los antiguos poetas teístas se vieron en la necesidad de presentar a Dios con figura humana. San Clemente de Alejandría cita unos versos de Jenófanes dignos de atención y que transcribimos traducidos en prosa: « ¡Gran Dios! Por más que queramos idearte, no podemos comprenderte, ni menos describirte. Cada uno te atribuye diversos atributos: las aves dicen que vuelas por los aires, los toros que tienes cuernos temibles, los leones te confieren dientes desgarradores, y los caballos velocidad en la carrera».

 

De estos versos de Jenófanes se infiere que de antiguo forjan a Dios a imagen y semejanza del hombre. El antiguo Orfeo de Tracia, el primer teólogo de los griegos anterior a Homero, dice, según Clemente de Alejandría: «Sentado en su eterno trono, rodeado de nubes e inmóvil, rige los vientos y las tempestades; sus pies pisan el mundo, y desde lo alto de los aires su mano toca al mismo tiempo las costas de dos mares; es el principio, el medio y el fin de todo».

 

Como todo era representación y símbolo en la Antigüedad, los filósofos, sobre todo los que viajaron por la India, emplearon tal método. Sus máximas eran símbolos, enigmas.

 

«No aticéis el fuego con la espada», es decir no excitéis a los hombres cuando están encolerizados. «No metáis la lámpara en ningún agujero», esto es, no ocultéis la verdad a los hombres. «Absteneos de las habas», huid de las asambleas públicas, que votaban con habas blancas o negras. «No tengáis golondrinas en vuestra casa», no la llenéis de charlatanes. «Durante la tempestad buscad el eco», en las guerras civiles retiraos al campo. «No escribáis sobre la nieve», no enseñéis a las gentes a ser flojas y débiles. «No os comáis el corazón ni el cerebro», no os entreguéis a la pesadumbre ni a empresas demasiado difíciles, etc.

 

Tales son las máximas de Pitágoras, cuyo sentido no es difícil de comprender.

 

El más sublime de todos los símbolos es el de Dios, que Timeo de Locres representa con esta idea: «Es un círculo cuyo centro está en todas partes y cuya circunferencia no está en ninguna». Platón lo adoptó y Pascal lo incluyó entre los materiales que reunió con el título de Pensamientos.

 

En metafísica y en moral, los antiguos lo han dicho todo. Nosotros,coincidimos con ellos o los copiamos. Los libros modernos que tratan de esas materias no son más que repeticiones.

 

Cuando más nos internamos en Oriente, más establecido está el uso de símbolos y representaciones. Pero también van difiriendo, esas imágenes, de nuestros usos y costumbres. Es sobre todo en la India, Egipto y Siria donde encontramos los símbolos más extraños para nosotros. En esos países es donde llevaban respetuosamente en procesión los dos órganos de la generación, los dos símbolos de la vida. Nos burlamos de ellos y los tratamos de ignorantes y bárbaros porque agradecían inocentemente a Dios haber recibido la vida de El. ¿Qué hubieran dicho de nosotros esos pueblos si nos hubieran visto entrar en las iglesias llevando al cinto la espada, instrumento de destrucción?

 

En Tebas, el macho cabrío representaba los pecados del pueblo. En las costas de Fenicia, una mujer desnuda, llevando en la mano una cola de pescado, era el símbolo de la naturaleza.

 

No es de extrañar, pues, que el uso de los símbolos se extendiera entre los judíos cuando constituyeron un pueblo en el desierto de Siria.

 

Uno de los más hermosos símbolos del Antiguo Testamento es este pasaje del Eclesiastés: «Cuando las obreras del molino sean pocas y estén ociosas, cuando lo que miran por los agujeros se oscurezca, cuando el almendro florezca, cuando la langosta engorde, cuando las alcaparras caigan, cuando el cordoncillo de plata se rompa, cuando la cintilla de oro se retire y cuando el cántaro se rompa en la fuente...» Todo eso quiere decir que cuando los viejos pierden los dientes, su vista se debilita, sus cabellos blanquean como la flor del almendro, sus pies se hinchan como la langosta, sus cabellos caen como las hojas del alcaparro y ya no son aptos para la generación, entonces es preciso que se preparen para hacer el gran viaje.

 

El Cantar de los Cantares, como sabemos, es un símbolo continuo de la unión de Jesucristo con la Iglesia, y dice así:

 

«Que me dé un beso con su boca, pues sus pechos son más embriagadores que el vino / Que ponga su mano izquierda bajo mi cabeza y me abrace con la mano derecha. / ¡Qué hermosa eres, querida mía! / tus ojos son de paloma / tus cabellos son como un rebaño de cabras, sin hablarte de lo que ocultas; / tus labios son dos rubíes, tus mejillas como dos medias granadas de escarlata, sin hablar de lo que tú ocultas; / ¡qué hermosa es tu garganta! ¡qué miel destilan tus labios! / Mi querido puso su mano en mi agujero y el vientre se me estremeció a su contacto; / tu ombligo es como una copa hecha a torno; / tu vientre es como un montón de trigo rodeado de flores de lis; / tus dos pechos son como dos cervatillos; / tu cuello es como torre de marfil; / tu nariz es como la torre del monte Líbano; / tu cabeza es como el monte Carmelo; tu talle es tronco de palmera. Yo he dicho: Subiré a la palmera y recogeré sus frutos. ¿Qué haremos de nuestra hermana pequeña? Todavía no tiene pechos. Si es una pared, edifiquemos encima de ella una torre de plata; si es una puerta, cerrémosla con madera de cedro.»

 

Sería preciso transcribir todo el cántico para convencerse de que es una alegoría desde el principio hasta el fin. El agudo padre Calmet demuestra que la palmera a donde subió el bien amado es la cruz en que murió nuestro Señor Jesucristo. Debemos confesar, sin embargo, y confesar sinceramente, que la moral pura y sana es preferible a semejantes alegorías.

 

En el Antiguo Testamento se encuentran muchos símbolos típicos que en la actualidad nos chocan o leemos con incredulidad y con burla, pero que tal vez parecían naturales y sencillos a los pueblos asiáticos. Dios se aparece a Isaías, hijo de Amós, y le dice: «Quítate del cuerpo la vestidura, descálzate; así lo hizo y fue por todas partes desnudo y descalzo. Y Dios dijo: Así como mi siervo Isaías anduvo desnudo y descalzo, en señal de predicción de tres anos de guerra contra Egipto y Etiopía, así también el rey de los asirios se llevará delante de sí cautivos a los de Egipto y de Etiopía, jóvenes y viejos, desnudos y descalzos y descubiertas las nalgas, para ignominia de Egipto» (Isaías, cap. XX, vers. 2 y siguientes).

 

Esta última medida no nos parece decente, pero nos resultará menos chocante si nos enteramos de lo que ocurre todavía entre los turcos, 105 africanos y en la India. Si estudiamos las costumbres de esos países veremos que no es raro encontrar allí santones que van en cueros, que no sólo predican a las mujeres, sino que se dejan besar las partes genitales por respeto, sin que esos besos inspiren a las mujeres ni a los santones el menor deseo impúdico. Veremos también, estudiando esas costumbres, que en las orillas del Ganges un inmenso gentío de hombres y mujeres desnudos, extendiendo los brazos hacia el cielo, esperan el momento de producirse un eclipse para sumergirse en el río.

 

Jeremías, que era profeta en la época de Joakim, rey de Judá, se puso cadenas y cuerdas por mandato del Señor, y luego las envió a los reyes de Edom, de Moab, de Tiro y de Sidón, por medio de los embajadores que enviaron a Jerusalén, ordenándoles que hablaran del modo siguiente a sus señores:

 

«Esto dice el Señor de los ejércitos, el Dios de Israel, y esto diréis a vuestros señores: yo crié la tierra, y los hombres, y las bestias que están sobre la tierra ... y he dado su dominio a quien me plugo. Al presente, pues, he puesto todos estos países en poder de Nabucodonosor, rey de Babilonia, ministro mío, y le he dado también las bestias del campo para que le sirvan ... También le anuncié a Sedecías, rey de Judá, todas estas mismas cosas diciéndole: Doblad vuestra cerviz al yugo del rey de Babilonia, y servidle a él y a su pueblo, y así salvaréis la vida.»

 

Estas palabras dieron pie para que acusaran a Jeremías de ser traidor a su patria y a su rey, y de profetizar en favor de sus enemigos por recibir dinero, y se asegura que fue apedreado. Es evidente que las cadenas y las cuerdas en cuestión fueron el símbolo de la servidumbre que Jeremías quiso someter a su patria.

 

También Herodoto nos cuenta que un rey de los escitas envió como regalo a Darío, un pájaro, un ratón, una rana y cinco flechas. Ese símbolo significa que si Darío no huía tan veloz como un pájaro, una rana o un ratón, le matarían las flechas de los escitas. La alegoría de Jeremías era símbolo de la impotencia, y la de los escitas del valor.

 

Dícese que Sexto Tarquinio, habiendo consultado a su padre Tarquinio el Soberbio cómo debía proceder con los gabilenses, éste, sin contestarle y como paseaba por el jardín, tronchó las cabezas de las adormideras más altas. Su hijo, comprendiendo el significado, hizo matar a los principales ciudadanos. Ese fue el emblema de la tiranía.

 

Varios estudiosos creen que la historia de Daniel, del dragón de la fosa de los siete leones, que les daban de comer dos ovejas y dos hombres cada día, y la historia del ángel que agarró a Habacuc por los cabellos para llevar comida a Daniel en la fosa de los leones, sólo son una alegoría, un emblema del celo continuo con que Dios vela por sus servidores. Pero a nosotros nos parece que es más religioso creer que es un suceso verídico, como otros muchos que refiere la Sagrada Escritura. Limitémonos a los símbolos, a las alegorías verdaderas que refiere la Biblia.

 

«El ano treinta, el quinto día del cuarto mes, estando yo entre los cautivos junto al río Cobar, los cielos se abrieron y tuve la visión de Dios. El Señor dirigió su palabra a Ezequiel, sacerdote, hijo de Buzi, en el país de los caldeos, junto al río Cobar; y allí se hizo sentir sobre él la mano de Dios.» Así empieza su profecía Ezequiel tras haber visto un torbellino de fuego y en medio de él las figuras de cuatro animales semejantes al hombre, que tenían cuatro caras y cuatro alas y pies de toro, y una rueda que estaba sobre el mundo y tenía cuatro frentes, y las cuatro partes de la rueda giraban a un tiempo sin retroceder desde que se ponían en movimiento, etc. Dijo: «El espíritu entró en mí, y en seguida el Señor me dijo: Hijo de hombre, come cuanto hallares; come ese libro y ve a hablar a los hijos de Israel. Abrí la boca y diome a comer aquel volumen ... El espíritu entró en mí y me dijo: Vete y que te encierren en tu casa y te aten con estas cadenas. Toma también un cazo de hierro y ponlo como una muralla entre ti y la ciudad; mantente firme y ponte delante de Jerusalén, como si la estuvieras sitiando; esto será una señal para la casa de Israel.»

 

A continuación de esta orden, Dios le manda que duerma trescientos noventa días del lado izquierdo para purgar las iniquidades de Israel, y cuarenta días del lado derecho por las iniquidades de la casa de Judá.

 

Antes de pasar adelante, transcribiremos las palabras del agudo comentarista Calmet respecto a esa parte de la profecía de Ezequiel, que al mismo tiempo es una verdad y una alegoría, verdad real y símbolo. He aquí cómo la comenta ese sabio benedictino:

 

«Hay quien cree que eso no ocurrió, que sólo fue una visión del profeta, que ningún hombre puede permanecer tanto tiempo acostado de un mismo lado, a no ser por un milagro, que no diciéndonos la Biblia que fue un prodigio no se deben prodigar los actos milagrosos sin necesidad y que Si permaneció acostado trescientos noventa días sólo fue durante las noches, el día lo dedicaba a sus quehaceres. Pero nosotros no vemos la necesidad de recurrir a los milagros, ni buscar tergiversaciones para explicar este hecho. No es del todo imposible que el hombre pueda estar atado con cadenas y acostado del mismo lado durante trescientos noventa días. Todos los días se ven ejemplos que prueban tal posibilidad en los presos, ciertos enfermos y algunas personas de juicio trastornado que por irascibles se las encadena. Prado atestigua que vio y conoció a un loco que estuvo atado y acostado desnudo, siempre del mismo lado durante quince años. Si lo que refiere el profeta sólo fue una visión, ¿cómo es que los judíos cautivos comprendieron lo que les quiso decir Ezequiel? ¿Cómo éste hubiera ejecutado las órdenes de Dios? Lo mismo puede negarse que levantó el plano de Jerusalén, que representó el sitio, que fue atado y que comió pan de diferentes clases.»

 

Debemos adoptar la opinión del agudo Calmet, que es su mejor intérprete. Es evidente que la Sagrada Escritura refiere el suceso como una verdad y que ésa es el símbolo, el tipo de otra verdad

 

«Toma trigo, cebada, habas, lentejas, mijo y alverjas y con ello amasa panes para comerlos durante los días que duermas del lado derecho (1). Comerás durante trescientos noventa días esos panes como si fueran tortas de cebada, y los cocerás debajo del excremento humano. Los hijos de Israel comerán también así su pan inmundo...»

 

(1) Ezequiel 4, 9, 12.

 

Esa porquería fue tan real que horrorizó a Ezequiel y le hizo exclamar: « ¡Ah, Señor!, mira que mi alma no está contaminada ... Y respondióme: He aquí que en lugar de excremento humano te daré estiércol de bueyes, con el cual cocerás tu pan» (2).

 

(2) Ezequiel 4, 14, 15.

 

Como era preciso que el pan del profeta estuviera inmundo para ser un símbolo, lo coció con estiércol de bueyes durante trescientos noventa días, y el hecho fue a la vez una realidad y una figura simbólica.

 

Del símbolo te Oolla y te Ooliba. La Sagrada Escritura afirma que Oolla es el símbolo de Jerusalén: «Hijo de hombre, haz que Jerusalén conozca sus abominaciones, y dice: Tu origen y tu raza es de tierra de Canaán. Amorreo era tu padre, y Cetea tu madre». A continuación, Ezequiel, sin temor a las interpretaciones malignas ni a burlas, que entonces se desconocían, habla a la joven Oolla en estos términos: «Tus pechos crecieron y tu vello brotó, y tú estabas desnuda y confusa« Al pasar te miré y he aquí que tu edad era la edad de los amores; extendí sobre ti mi manto y cubrí tu desnudez; y dite juramento y fuiste mía. Envanecida empero con tu hermosura, te prostituiste, y te ofreciste lujuriosa a todo el que pasaba, entregándote ... en toda encrucijada de camino pusiste la señal de prostitución; y abriste las piernas a todo pasajero y multiplicaste tus fornicaciones. Y pecaste con los egipcios, tus vecinos, que tenían grandes miembros y aumentaste tus fornicaciones para irritarme».

 

El versículo que trata de Ooliba, que significa Samaria, es más osado y está escrito en estilo más indecente.

 

«Desnuda se entregó a las fornicaciones y descubrió sus liviandades, y ardió en amor infame hacia aquellos cuyos miembros son como miembros de asnos y su flujo como flujo de caballos.»

 

Esas imágenes, que hoy nos parecen licenciosas y repugnantes, en aquellos tiempos eran candorosas y sencillas. Hay muchos ejemplos en El Cantar de los Cantares como modelo de la unión más casta. Es de advertir que esas expresiones, esas imágenes, son siempre serias y que en ningún libro de tan remota antigüedad se encuentra nunca una sola burla sobre la generación. Cuando condenan la lujuria lo hacen terminantemente y con palabras propias, pero nunca con la idea de excitar la voluptuosidad ni burlarse. La remota Antigüedad no cuenta con un Marcial, un Catulo, ni un Petronio.

 

De Oseas y otros símbolos. No se considera como visión ni alegoría, sino como una realidad, la orden que dio el Señor al profeta Oseas de tomar una prostituta y tener tres hijos de ella (1). Y en efecto, mantuvo trato carnal con Gomer, hija de Evalaim, de la que tuvo dos varones y una niña. Tampoco fue una visión que se amancebara después con una mujer adúltera por mandato del Señor, y que le pagara quince trocitos de plata y una fanega y media de cebada. La primera prostituta personificaba a Jerusalén y la segunda a Samaria.

 

(1) Véanse los primeros capítulos del Libro del profeta Oseas.

 

Tampoco fue una visión que el patriarca Salomón se casara con la prostituta Rahab, abuela de David, ni que el patriarca Judá cometiera incesto con su cuñada Thamar, de cuya relación nació David. Asimismo no lo fue que Rut, otra abuela de David, se acostara con Booz, ni que David hiciera matar a Urías y robara a Betsabé, de quien le nació el rey Salomón, pero todos esos hechos se convirtieron en símbolos cuando se realizaron.

 

Resulta evidente, pues, de la historia de Ezequiel, Oseas, Jeremías y demás profetas de los libros hebraicos, que sus costumbres eran muy distintas de las nuestras y que el mundo antiguo en nada se parecía al nuestro.

 

EMPADRONAMIENTO. Los empadronamientos más antiguos que conserva la historia son los hebreos, de los que no podemos dudar porque constan en el Antiguo Testamento.

 

No se debe contar como censo la huida de los israelitas, en número de seiscientos mil hombres, porque el texto no los especifica tribu por tribu (1), añadiendo además que un inmenso gentío se unió a ellos. Eso no constituye más que un relato.

 

El primer empadronamiento circunstanciado que conocemos se encuentra en el libro de los Números (2). Del recenso del pueblo que hicieron Moisés y Aarón en el desierto resultó, contando todas las tribus menos la de Leví, que había seiscientos tres mil quinientos cincuenta hombres capaces de empuñar las armas. Si a ellos añadimos la tribu de Leví, suponiendo que tuviera igual número que las demás tribus, resultará que podían contar con seiscientos cincuenta y tres mil novecientos treinta y cinco hombres, a los que hay que sumar otros tantos, entre viejos, mujeres y niños, que dan un total de dos millones seiscientos quince mil setecientas cuarenta y dos personas salidas de Egipto.

 

Cuando David, siguiendo el ejemplo de Moisés, ordenó el recuento de todo el pueblo resultó que había ochocientos mil guerreros de las tribus de Israel y quinientos mil de las de Judá, según el libro de los Reyes (3), pero según los Paralipómenos (4) se contaron ochocientos mil guerreros en Israel y menos de quinientos mil en Judá. El libro de los Reyes excluye las tribus de Leví y de Benjamín, y el de los Paralipómenos tampoco las cuenta. Si añadimos, pues, esas dos tribus a las otras, guardando una regla de proporción, sumará el total de guerreros trescientos ochenta mil. Es una suma excesiva para el pequeño país de Judea, que estaba poco poblado. Por esto fue un milagro.

 

(1) Éxodo, 12, 37, 38.

 

(2) Libro de los Números, cap. 1.

 

(3) Libro II, cap. 24.

 

(4) Libro I, cap. 21, 5.

 

No nos incumbe averiguar el motivo que tuvo el Señor de.los reyes y de los pueblos para castigar a David por dicho recuento, que ordenó llevara a cabo Moisés, ni mucho menos averiguar por qué estando Dios irritado con David castigó al pueblo por ser empadronado. El profeta Gad mandó al rey, de parte de Dios, que eligiera entre la guerra, el hambre o la peste. David optó por la peste y murieron en tres días seiscientos mil judíos. San Ambrosio, en su libro Penitencia, y san Agustín en la obra que escribió contra Fausto, reconocen que el orgullo y la ambición movieron a David a hacer tal recuento. Su opinión es de peso y nos sometemos a ella, apagando la exigua y engañosa luz de nuestra inteligencia.

 

El Antiguo Testamento refiere un nuevo empadronamiento en la época de Esdras, cuando los judíos volvieron de su cautividad. «Esa multitud —dicen Esdras y Nehemías— (5) ascendía a cuarenta y dos mil trescientas sesenta personas.» Los nombra a todos por familias y cuenta en cada una el número de judíos y el de sacerdotes, pero no sólo hay entre esos dos autores diferencia en el número y nombre de las familias, sino error de cálculo en uno o en otro. Según el cálculo de Esdras, en vez de resultar cuarenta y dos mil hombres, sólo son veintinueve mil ochocientos dieciocho, y según el de Nehemías, aparecen treinta y un mil ochenta y nueve.

 

(5) Libro II de Esdrás, que es la historia de Nehemías, cap. 8, 66.

 

En vista de tal error aparente debemos consultar a los comentaristas, sobre todo a Calmet, quien, añadiendo a una de las dos cuentas lo que falta en la otra y añadiendo, además, lo que falta a las dos, resuelve la dificultad. A las suposiciones de Esdras y de Nehemías faltan, reprocha Calmet, diez mil setecientas sesenta y siete personas, pero las encuentra en las familias que no pudieron presentar su genealogía; por otro lado, si fue un error del copista ese error no puede perjudicar la veracidad del texto divino.

 

Es de creer que los grandes reyes que se hallaban cercanos a Palestina empadronarían sus pueblos con la mayor exactitud que les fuera posible. Herodoto forma el cálculo de los hombres que acaudillaba Jerjes sin enumerar su ejército naval. Cuenta un millón setecientos diez mil hombres y dice que para contarlos los hacían reunir en divisiones de diez mil hombres en un sitio que no podía contener mayor número. Ese método era muy defectuoso, porque estando más anchos sólo podían caber ocho o nueve mil hombres. Además, ese método es poco guerrero; hubiera sido más fácil computar la suma haciendo marchar a los soldados por filas. Nótese también lo difícil que es mantener tan excesivo número de hombres en el territorio de Grecia, que iban a conquistar. Podemos, pues, dudar de tal cantidad de soldados, la manera de contarlos, los azotes que dieron al Helesponto y del sacrificio de mil bueyes que hizo a Minerva el rey persa, el cual no conoció a esa diosa, pues sólo se veneraba al sol como único símbolo de la divinidad.

 

Más aún, el empadronamiento de tanto millares de hombres era incompleto, según confesión de Herodoto, dado que Jerjes, además de esos soldados, llevó consigo los habitantes de Tracia y Macedonia, a los que obligo a seguirle sin duda para matar de hambre, más pronto, a su ejército. Al llegar a este punto debemos imitar la conducta que siguen los hombres discretos cuando leen historias antiguas e incluso modernas: dejan en suspenso su fallo y dudan.

 

El primer empadronamiento que conservamos de las naciones profanas es el de Servio Tulio, sexto rey de Roma. En él constan, según Tito Livio, ochenta mil guerreros, todos ellos ciudadanos romanos. Este cálculo supone una población de trescientos veinte mil ciudadanos cuando menos, contando viejos, mujeres y niños, a los que debemos sumar veinte mil criados, entre esclavos y libres.

 

Se puede dudar, lógicamente, de que el pequeño estado romano de la época de los reyes constara de esa multitud de habitantes. Rómulo sólo extendió su reinado sobre tres mil bandidos que habitaban una aldea situada entre montañas. Esa aldea sólo podía disponer de un territorio muy reducido, tan exiguo que apenas tenía tres mil pasos de circuito. Servio era el sexto jefe o rey de aquella población naciente. La regla de Newton, que es indudable cuando se trata de monarquías electivas, concede a cada rey veintiún años de reinado y contradice a los antiguos historiadores, que no observaron el orden de los tiempos ni nos han transmitido ninguna fecha exacta. Los cinco reyes de Roma, anteriores a Servio Tulio, debieron reinar unos cien años. Por tanto, es contrario al orden de la naturaleza que un terreno tan exiguo, menos de cinco leguas de longitud y tres de latitud, que debió perder muchos habitantes en las continuas guerras que sostuvo pudiera contar con trescientas cuarenta mil almas. La mitad de esos habitantes no existe hoy en el territorio de Roma, que es la metrópoli del orbe cristiano y en la cual la afluencia de extranjeros y embajadores de todas las naciones hacen más populosa la ciudad, a la que va a parar el oro de Polonia, Hungría, la mitad de Alemania, España y Francia, y que debe aumentar la población si otras circunstancias la hacen disminuir.

 

La historia de Roma no se escribió hasta quinientos años después de su fundación. Por lo tanto, no debe sorprender que los historiadores concedieran generosamente ochenta mil guerreros a Servio Tulio, en vez de ocho mil, por excesivo patriotismo. Habrían dado prueba de mayor celo por ella si hubieran confesado el débil comienzo de su república. Es más digno de alabanza haberse elevado desde tan bajo origen a la cumbre de la grandeza, que suponer que contaban con doble número de combatientes que tuvo Alejandro para conquistar quince leguas de territorio en cuatrocientos años.

 

En Roma sólo se formaba el censo de los ciudadanos romanos. Dícese que en la época de Augusto ese censo totalizó cuatro millones sesenta y tres mil individuos de tal clase, veintinueve años antes de nuestra era. Así lo asegura Thilldemont, que es bastante exacto, pero nos ID dice citando a Dión Casio, que no lo es. Lorenzo Echard afirma que el año 14 de nuestra era resultaron en el empadronamiento cuatro millones ciento treinta y siete mil ciudadanos romanos, y el mismo Echard habla de otro empadronamiento general del imperio confeccionado en el primer año de la era cristiana, sin citar ningún autor romano que lo confirme, ni hace el cálculo de ciudadanos. Thilldemont tampoco habla de ese censo.

 

Asimismo, se cita a Tácito y Suetonio al hablar de esta materia, pero lo hacen inoportunamente. El censo de que trata Suetonio no es un empadronamiento de ciudadanos, sino una lista de aquellos que surten de trigo al pueblo. Tácito habla en el libro II de un censo que se hizo en las Galias para sacar mayores exacciones. Augusto no efectuó el empadronamiento de los vasallos de su imperio porque no pagaban la capitación, que sólo impuso en las Galias. Tácito asegura que Augusto conservaba un Memorándum, escrito por propia mano, en el que figuraban las rentas del imperio, las flotas y los reinos tributarios, pero no habla de ningún empadronamiento (1).

 

(1) Anales, libro I. cap. 2.

 

Dión Casio menciona un censo, pero no expresa cantidades. Flavio Josefo, en Antigüedades, dice que en 750, en Roma (que corresponde al año 11 de la era romana), Cirenio, entonces gobernador de Siria, ordenó que formaran una lista de todos los bienes que poseían los hebreos, lo que provocó una rebelión. Esto no tiene nada que ver con el empadronamiento general, pero prueba que Cirenio fue gobernador de Judea (entonces una provincia de Siria), diez años después del nacimiento de Jesucristo, no cuando nació éste.

 

He aquí todo lo recogido de los autores profanos con respecto a los empadronamientos atribuidos a Augusto. Si hemos de darles crédito, nuestro Salvador nació durante el gobierno de Varo, no durante el gobierno de Cirenio, y no se hizo ningún empadronamiento general. Pero san Lucas, cuya autoridad debe prevalecer sobre las de Josefo, Suetonio, Tácito y Dión Casio, afirma que hubo un empadronamiento universal y que Cirenio era gobernador de Judea cuando nació Jesucristo.

 

Además, no nos han concedido el Antiguo y el Nuevo Testamento para aclarar dudosos sucesos de historia, sino para anunciarnos verdades saludables, ante las que deben desaparecer hechos y opiniones. Esto es lo que respondemos a los cálculos inexactos, contradicciones absurdos, errores garrafales de Geografía, Cronología y Física, e incluso de sentido común, que los filósofos encuentran en la Sagrada Escritura. No nos cansaremos de decir que en dicho libro no debemos buscar la razón, sino la devoción y la fe.

 

ENCANTAMIENTO (Magia, evocación, sortilegio, etc.). Es inverosímil que esos degradantes absurdos tengan por origen, como dice Pluche, las hojas con que antiguamente coronaban las frentes de Isis y Osiris. ¿Qué relación podían tener ésas con el arte de encantar serpientes, resucitar muertos matar hombres por medio de palabras, inspirar amor o transformar hombres en animales?

 

La mayor parte de las supersticiones absurdas tienen su origen en hechos naturales observados por los hombres. Algunos animales se han acostumbrado a acudir en busca del alimento cuando oyen tocar una flauta o cualquier otro instrumento. Orfeo tocaba mejor la flauta que los demás pastores, acompañando con ella su canto, y los animales domésticos iban detrás de él. De esta realidad pasaron a suponer que también encantaba a los osos y tigres y le seguían. Y ya puestos a admitir, creyeron sin gran esfuerzo que Orfeo hacía bailar las piedras y los árboles. Y de hacer bailar a rocas y árboles pasaron a edificar ciudades al son de la música, y los sillares se colocaban en su sitio al oír el canto de Amfión. Desde entonces, sólo necesitaron un violín para construir una ciudad y una trompeta para destruirla.

 

El encantamiento de las serpientes debe tener todavía un origen más raro. La serpiente no es un animal voraz, ni dañino; es tímido, como todos los reptiles. Cuando la serpiente ve un hombre corre a esconderse en el primer agujero que encuentra, como un lagarto o un conejo. El hombre tiene el instinto de correr tras lo que huye y de huir de lo que corre tras él, menos cuando está armado, porque entonces tiene conciencia de su poder. La serpiente, lejos de querer devorar carne, se alimenta de hierbas y pasa mucho tiempo sin comer; se traga algunos insectos, al igual que los lagartos y camaleones, y nos presta un gran servicio.

 

Todos los viajeros coinciden en que existen serpientes muy largas y gruesas, pero estas especies no las conocemos en Europa, en la que no atacan a ningún hombre ni niño, porque los animales sólo atacan para devorar y los perros sólo muerden a los viandantes para defender a sus amos. ¿Por qué había de atacar la serpiente a un niño?, ¿qué placer le causaría morderle? Apenas podría tragarse su dedo meñique. Las serpientes muerden y las ardillas también, pero sólo cuando se les hace daño.

 

No dudo que existan monstruos en la especie de las serpientes como los hay en la especie de los hombres. Quiero creer que el ejército de Régulo se armase en Africa para ir a combatir con un dragón, y que más tarde un normando peleara contra un grifo, pero hay que convenir que esos casos son raros.

 

Las dos serpientes que fueron expresamente desde Ténedos (1) para devorar a Laocoonte y sus dos hijos ante el ejército de Troya son un hermoso prodigio digno de ser transmitido a la posteridad en versos exámetros y en magníficas estatuas que representen a Laocoonte como un gigante y a sus hijos como unos pigmeos. Concibo que ese hecho debió tener lugar en la época que se tomaban las ciudades fundadas por los dioses con un caballo grande de madera, cuando los ríos retrocedían hasta sus fuentes, cuando las aguas se convertían en sangre y el sol y la luna se detenían con el menor pretexto. Todo lo inventado acerca de las serpientes debió ser probable en los países en que Apolo descendió del cielo para matar a la serpiente Pitón. También pasaron las serpientes por ser muy discretas, pero su prudencia consiste en no correr tanto como nosotros y en dejarse cortar a pedazos.

 

Las mordeduras de serpiente y de víbora sólo son peligrosas cuando su furor hace fermentar el pequeño depósito de un jugo extremadamente acre que tienen debajo de las encías (2). Excepto en ese caso, la serpiente no es más peligrosa que un águila. Muchas damas han atrapado, domesticado y alimentado serpientes, y las han enroscado en sus brazos.

 

(1) Véase el canto II de la Eneida.

 

(2) Véase la obra de M. Fontana. En ella describe las glándulas que contienen el veneno de la víbora, cómo funcionan los colmillos que cierran estas vesículas y la mecánica con que el líquido penetra en las heridas; éste siempre es venenoso, aunque la víbora no esté enfurecida.

 

Los negros de Guinea adoran una serpiente que no hace daño a nadie. Hay reptiles de muchas clases, unos más peligrosos que otros, en los países cálidos, pero por regla general la serpiente es un animal temeroso y no es raro ver que maman de las vacas.

 

Los primeros hombres que vieron a otros más atrevidos amansar y alimentar serpientes, y acudir éstas silbando al llamamiento de aquéllos creyeron que quienes hacían semejante cosa eran hechiceros.

El encantamiento de las serpientes fue siempre una verdad incuestionable. Hasta la Biblia, que participa siempre de nuestras debilidades, se digna estar de acuerdo con esta idea popular: «El áspid sordo se tapa los oídos para no oír la voz del sabio encantador» (Salmo LVIII, vers. 5 y 6). «Enviaré contra vosotros serpientes que resistirán a los encantamientos» (Jeremías, cap. VII, vers. 17). «El maldiciente se parece a la serpiente que no cede al encantador» (Eclesiastés, cap. X).

 

El encantamiento posee a veces tanta fuerza que revienta las serpientes. Según la antigua física, ese reptil es inmortal. Si algún campesino encontraba en el camino una serpiente muerta era porque algún encantador la había privado del derecho a la inmortalidad: Frigidus in pratis cantando rumpitur anguis (Virgilio, Égloga VIII, 71).

 

Encantamiento de los muertos o evocación. Encantar un muerto, resucitarlo o concretarse a evocar su espectro para hablarle era la cosa más sencilla del mundo. Ordinariamente, soñando conseguimos ver muertos, hablarles y que nos contesten. Si los vemos durmiendo ¿por qué no los hemos de ver despiertos? Basta estar dotado de un espíritu de adivinación que obre sobre un espíritu débil; es decir, ser más granuja que la persona a quien se trata de persuadir, y nadie negará que esas dos cosas son bastante comunes.

 

La evocación de los muertos era uno de los misterios más sublimes de la magia. Unas veces hacían pasar ante los curiosos alguna figura grande y negra que se movía por medio de resortes en un sitio oscuro, otras el hechicero o hechicera aseguraba que había visto pasar el espectro y lo creían bajo su palabra. Esto se llama nigromancia. La famosa pitonisa Eudor fue un motivo serio de discusión entre los padres de la Iglesia. El sabio Theodoret, en su comentario al libro de los Reyes, asegura que los muertos tenían la costumbre de aparecerse cabeza abajo y que asustó a la pitonisa que Samuel se presentara con la cabeza hacia arriba. San Agustín, al preguntarle Simpliciano, contesta en el segundo libro de sus cuestiones que no es extraordinario que una pitonisa haga aparecer un espectro, ni que el diablo se lleve a Jesucristo desde lo alto del templo hasta la montaña.

 

De otros sortilegios. Cuando se tiene bastante habilidad para evocar a los muertos por medio de palabras, con más razón puede hacerse morir a los vivos o al menos amenazarles, como el Médico a palos, de Moliere, amenaza a Lucas con darle calenturas. Al menos es innegable que los hechiceros poseían el poder de hacer morir a las bestias, y era preciso oponer sortilegio a sortilegio para proteger al ganado. Pero no nos burlemos de los antiguos, dado que nosotros todavía somos unos ignorantes que acabamos de salir del estado de barbarie. No hace cien años todavía veíamos quemar brujos en las hogueras en toda Europa, y también en 1750 han quemado una bruja en Wurtzburg. Verdad es que pronunciar ciertas palabras y hacer ciertos conjuros bastan para que se destruya un rebaño de corderos, si a todo ello se añade una buena dosis de arsénico.

 

Es singular la Historia crítica de las ceremonias supersticiosas, debida a la pluma de Le Brun. En ella quiere ridiculizar los sortilegios e incurre en el ridículo de creer en ellos. Sostiene que Marie Bucaille, que era bruja estando presa en Valogne se apareció al mismo tiempo a unas leguas de distancia de su prisión, según consta en el testimonio jurídico del juez de Valogne. También menciona el famoso proceso incoado a los pastores de Brie, sentenciados por el Parlamento de París, en el ano 1691, a la horca y a ser quemados en la hoguera. Estos pastores fueron lo bastante necios para creerse brujos y lo suficientemente perversos para efectuar sus hechicerías con veneno. El bueno de Le Brun protesta de ese fallo diciendo que hubo algo sobrenatural en sus actos, y como consecuencia fueron ahorcados. Pero el fallo del Parlamento afirma lo contrario: «El tribunal declara a los acusados convictos y confesos de ser supersticiosos, impíos, sacrílegos, profanadores y envenenadores». El fallo no dice que las profanaciones mataran a los animales, sino simplemente que los mataron los envenenamientos. Los hombres pueden ser sacrílegos y envenenadores sin ser brujos.

 

Cierto que otros jueces condenaron a la hoguera al sacerdote Gaufridi y creyeron firmemente que el diablo le hizo gozar en todas las torturas que sufrió. Pero eso ocurrió en 1611, época en que la mayor parte de las provincias eran tan ilustrados como los caraibos y negros. Aún quedan en nuestros días algunos individuos de esa calaria, como los jesuitas Girard y Duplesi, y los ex jesuitas Nonotte y Malagrida. Pero la especie se va extinguiendo poco a poco.

 

En cuanto a que los hombres se metamorfosean en lobos por encantamiento debemos decir que bastaría que un pastor joven, después de matar un lobo, se vistiera con la piel de éste e hiciera miedo a las viejas para que corriera la voz por toda la provincia de que un pastor se había convertido en lobo, y la noticia corriera de provincia en provincia. Ver un hombre convertido en lobo es cosa curiosa, pero es algo todavía más extraño y, sobre todo, bello ver almas. ¿Los monjes de Montecassino no vieron el alma de san Benito? ¿Los de Tours no vieron el alma de san Martín? ¿Los de San Dionisio no vieron el alma de Carlos Martel?

 

Encantamientos para hacerse amar. Los había para los mozos y las mozas. Los judíos vendían esos encantamientos en Roma y Alejandría, y todavía los venden hoy en Asia. Encontraréis algunos de esos secretos en el Petit‑Albert, pero os enteraréis mejor en la Oratio de Magia que compuso Apuleyo cuando un cristiano, padre de la joven con quien casó, le acusó de haberla hechizado por medio de filtros. Su suegro Emiliano sostenía que Apuleyo, para conseguirlo, se había valido de ciertos pescados, apoyando su opinión en que por haber nacido Venus del mar los pescados debían excitar prodigiosamente a las mujeres al amor.

 

Para elaborar los filtros amorosos se echaba mano de ingredientes tales como la verbena, el tenía y el hipomanes de la yegua, que es el flúido mucoso que sale de la vulva de las yeguas cuando están en celo, y a un pajarillo que en latín se llama motacilla. Pero a Apuleyo le acusaron de haber empleado mariscos, patas de cigala, erizos marinos, ostras y calamares, que se cree tienen poder afrodisíaco. Apuleyo da a entender que fue muy otro el verdadero filtro que hizo que se le entregara Pudentilla. Cierto que confiesa en la citada obra que su mujer le llamó un día mago, a lo que replica diciendo: «Y eso qué tiene que ver. ¿Si me hubiera llamado cónsul, sería cónsul por eso?»

 

Los griegos y romanos creían que la hierba satirión era el filtro más poderoso y la llamaban planta afrodisíaca y raíz de Venus. Añadiéndole el jaramago es el eruca de los latinos. La mandrágora ha pasado ya de moda. Algunos vejetes putañeros usan de moscas cantáridas que obran sobre las partes genitales, pero también actúan desastrosamente en la vejiga, pues la escorian y hacen orinar sangre. Esos viejos son cruelmente castigados por haber querido llevar el arte demasiado lejos. La juventud y la salud son los verdaderos filtros amorosos.

 

Durante mucho tiempo se creyó que el chocolate reanimaba el vigor dormido de nuestros padres que habían envejecido prematuramente. Pero ¡ay!, ni veinte tazas seguidas de chocolate son capaces de reanimar al que perdió las fuerzas.

 

ENTERRAMIENTO. Leyendo por casualidad los cánones de un Concilio de Braga, celebrado en 563, me llamó la atención el canon 15, que prohíbe inhumar en las iglesias. Algunos estudiosos aseguran que en otros concilios se hizo la misma prohibición. Infiero de esto que, desde los primeros siglos de nuestra era, algunos tuvieron la vanidad de convertir los templos en osarios para pudrirse en ellos de un modo más distinguido que los demás mortales. Con riesgo de equivocarme, afirmo que no conozco ningún pueblo de la Antigüedad que haya elegido los lugares sagrados, donde adoraba a la divinidad, para transformarlos en cloacas de muertos.

 

Los egipcios convertían en momias a su parentela difunta, y es digno de elogio que tuvieran el gusto de conservar una serie de antepasados en carne y hueso en sus estancias. Dícese que hasta empeñaban, en casa de los usureros, el cuerpo del padre o del abuelo. En la actualidad, no hay país en el mundo que den un solo ochavo por semejantes prendas. Pero, ¿cómo es posible que dejaran en garantía la momia del padre si fueron a enterrarle a la otra parte del lago Moeris, transportándola en la barca de Caronte, después que cuarenta jueces decidieron que la momia había vivido como persona honrada y era digna de pasar, mediante la entrega del óbolo que llevaba en la boca? El muerto no puede estar al mismo tiempo paseándose por la laguna y en el gabinete de su heredero, o en casa del usurero. El respeto que profesamos a la Antigüedad nos impide examinar detenidamente estas pequeñas contradicciones.

 

Sea como fuere, lo cierto es que ningún templo del mundo fue manchado por los cadáveres, porque ni siquiera enterraban a nadie en las ciudades. Muy pocas familias gozaron en Roma del privilegio de erigirse mausoleos, transgrediendo la ley de las Doce Tablas, que expresamente lo prohibía.

 

En los tiempos actuales, algunos papas están enterrados en la basílica de San Pedro. Pero no dan mal olor a la iglesia porque sus cadáveres están bien embalsamados, dentro de ataúdes de plomo y encerrados en gruesas tumbas de mármol, a través de las que es imposible rezumar. Ni en Roma, ni en el resto de Italia, existen esos abominables cementerios que rodean a las iglesias; no se encuentra allí la infección al lado de la magnificencia, ni los vivos andan sobre los muertos. Ese horror sólo se consiente en los países esclavizados por los usos más indignos, que permiten que subsista ese resto de barbarie que avergüenza a la humanidad.

 

Cuando entráis en la catedral de París vuestros pies caminan por deterioradas losas mal unidas y desniveladas. Es porque las han quitado múltiples veces para enterrar bajo ellas a nuevos inquilinos.

 

Llevan a una legua de la ciudad las inmundicias de los retretes, y en cambio amontonan en la ciudad misma, desde hace doscientos años, los despojos mortales que produjeron esas mismas inmundicias.

 

ENTUSIASMO. Esta palabra, derivada del griego, significa emoción de las entrañas, agitación interior. Los griegos, ¿inventaron esta palabra para expresar las sacudidas de los nervios, la dilatación y el encogimiento de los intestinos, las contracciones violentas del corazón, la oleada de llamaradas que desde las entrañas sube al cerebro cuando nos afectamos violentamente? ¿O bien en un principio dieron el nombre de entusiasmo, de perturbación de las entrañas, a las contorsiones de la sacerdotisa que en el trípode del templo de Delfos recibía el espíritu de Apolo por una parte que parece formada únicamente para recibir cuerpos?

 

¡Qué matices tan diferentes tienen nuestras afecciones! Aquiescencia, sensibilidad, emoción, perturbación, sobresalto, pasión, arrebato, demencia, furor, ira, son estados por los que puede pasar el alma humana.

 

El espíritu de partido predispone al entusiasmo; no existe ningún partido que no tenga sus energúmenos. El hombre apasionado que habla, incluso con los ademanes, tiene en los ojos, en la voz y en los gestos, un veneno sutil que lanza como un venablo a sus partidarios. Por esta razón la reina Isabel, con el fin de conservar la paz del reino, prohibió que se predicara durante seis meses en Inglaterra sin permiso firmado de su mano.

 

San Ignacio, hombre de acalorada imaginación, leyó la vida de los padres del desierto después de haber leído novelas caballerescas, y sintió un doble entusiasmo. Se convirtió en caballero de la Virgen María, veló sus armas, y quiso batirse por su dama. Tuvo visiones en que se le apareció la Virgen y le recomendó a su Hijo, diciéndole que su Compañía debía tomar por nombre el de Jesús. Ignacio comunicó su entusiasmo a otro español llamado Javier y éste se fue a las Indias sin comprender el idioma de aquellos países; de allí pasó al Japón sin saber el japonés, pero su entusiasmo contagió la imaginación de algunos jesuitas jóvenes que se dedicaron a estudiar la lengua del Japón. Dichos jesuitas, tras el fallecimiento de Javier, sostuvieron que éste había obrado más milagros que los apóstoles y había resucitado siete u ocho muertos cada mes. El entusiasmo de esos jesuitas fue tan epidémico que consiguieron implantar en el Japón lo que llamaron una cristiandad, cristiandad que terminó con una guerra civil en la que murieron degollados cien mil hombres, porque el entusiasmo llegó entonces a su último grado de paroxismo, es decir, al fanatismo, y éste se convirtió en desatado furor.

 

Es cosa muy difícil que la razón y el entusiasmo vayan aunados. La razón lo ve todo como es. El hombre embriagado se expresa con incoherencia porque está privado de la razón. El entusiasmo es como el vino: provoca tal tumulto en los vasos sanguíneos y sacudidas tan violentas en los nervios que obnubilan la razón. Puede producir sólo ligeras excitaciones cuyo efecto no pasa de dotar al cerebro de mayor actividad. Es lo que sucede al hombre cuando tiene las grandes inspiraciones de elocuencia en la poesía sublime. El entusiasmo razonable es patrimonio de los poetas, la perfección de su arte, lo que la Antigüedad creyó que inspiraban los dioses a los poetas. Esto no se ha dicho nunca de los demás artistas.

 

¿Cómo puede la razón dirigir el entusiasmo? El poeta empieza por dibujar el cuadro que piensa describir y la razón dirige su lápiz. Pero quiere animar sus personajes dotándolos de los caracteres de las pasiones, y para ello la imaginación se calienta y el entusiasmo obra. Este es un corcel que le arrastra en su carrera, pero la carrera que sigue la tiene trazada de antemano el poeta.

 

El entusiasmo va como anillo al dedo a todos los géneros de la poesía en que toma parte el sentimiento. Algunas veces es lícito en la égloga, como lo usa Virgilio en su Égloga X. Las odas son verdaderos cantos en que domina el entusiasmo. El estilo de las epístolas y el de las sátiras rechaza el entusiasmo, por eso no se encuentra en las obras de Boileau ni de Pope.

 

ENVENENAMIENTOS. Es conveniente desmitificar lo que en la Antigüedad creyeron que eran verdades. Siempre hubo menos envenenamientos de los que propaló la voz pública. Se han imputado muchos de estos crímenes y sólo se han cometido algunos; prueba de ello es que durante mucho tiempo se consideró veneno lo que no era. ¡Cuántos príncipes se libraron de quienes les eran sospechosos haciéndoles beber sangre de toro! ¡Y cuántos bebieron dicha sangre para no caer en manos de sus enemigos! Los historiadores antiguos, incluyendo a Plutarco, lo aseguran.

 

Tantos cuentos de esos me refirieron durante la niñez, que me indujeron a sangrar uno de mis toros y la bebí, como Atrea y Gabriela de Vergy. Me causó tanto daño como la sangre de caballo causó a los tártaros, y como nos produce el pastel que comemos todos los días. ¿Por qué ha de ser veneno la sangre de toro, cuando es un remedio la sangre de cabra montés? Los campesinos de mi cantón beben sangre de buey todos los días, y la de toro no debe ser más peligrosa. Estad seguros, lectores, de que Temístocles, aunque bebió una copa llena de sangre de toro, no se envenenó.

 

Algunos chismosos de la corte de Luis XIV aseguraban que la cuñada del monarca, Enriqueta de Inglaterra, fue envenenada con polvos de diamante que le pusieron en un tazón de fresas, en vez de azúcar molido, pero ni el polvo impalpable del vidrio de diamante, ni ningún producto de la naturaleza que no sea venenoso por sí mismo puede ser nocivo. Sólo las puntas agudas, activas y cortantes, pueden convertirse en venenos violentos. El célebre médico Mead, de Londres, examinó a través del microscopio el flúido que contienen las encías de las víboras y afirma que están llenas de láminas cortantes y puntiagudas, cuyo infinito número desgarra y rompe las membranas internas.

 

La cantarella, sustancia que se cree usaban el papa Alejandro VI y su hijo el duque de Borgia para envenenar, dicen que era el espumarajo de un cerdo que hacían rabiar colgándole por los pies, cabeza abajo, y apaleándole hasta matarlo. Era un veneno tan rápido como el del áspid. Un boticario muy instruido me asegura que Tofana, célebre envenenadora de Nápoles, empleaba esa sustancia. Quizás todo eso no sea verdad. Además, es una ciencia que conviene ignorar.

 

Los venenos que coagulan la sangre, en vez de desgarrar las membranas, son el opio, cicuta, beleño, acónito y otros muchos. Los atenienses llevaron su refinamiento en esta materia hasta el extremo de quitar la vida con esos venenos fríos a los compatriotas que condenaban a la pena capital. Un boticario era el verdugo de la república. Dícese que Sócrates murió tan apaciblemente como si quedara dormido, pero me cuesta trabajo creerlo.

 

He notado en el Antiguo Testamento que en aquel país nadie murió envenenado. Perecieron asesinados numerosos reyes pontífices, y su historia es una larga cadena de asesinatos y bandidaje, pero en toda ella sólo se encuentra un hombre que muriera envenenado, y no era judío. Era sirio, se llamaba Lisias y desempeñaba el cargo de general de los ejércitos de Antíoco. El segundo libro de los Macabeos dice que se envenenó, pero ya sabemos que dichos libros son sospechosos.

 

Lo que más extraña en la historia de las costumbres de los antiguos romanos es la conspiración de las mujeres para que murieran envenenados, no sus maridos, sino los principales ciudadanos. Esto ocurrió, según Tito Livio, en el año 423 de la fundación de Roma, cuando reinaba la virtud más austera, no se había presentado ningún caso de divorcio, aunque la ley lo autorizaba, ni las mujeres bebían vino ni salían de sus casas más que para ir a los templos. ¿Cómo comprender, pues, que de repente se interesaran por los venenos, se reunieran para componerlos y que, sin ningún interés específico, dieran muerte a los principales ciudadanos de Roma? Lorenzo Echard, en su compilación abreviada, se limita a decir que «la virtud de las damas romanas se desmintió de manera extraña en aquella ocasión, que ciento setenta de ellas, además de ser envenenadoras, trataban de reducir ese arte a preceptos, que a todas las acusaron a un tiempo, y quedaron convictas y castigadas».

 

Tito Livio no dice que redujeran ese arte a preceptos porque eso significaría que tenían escuelas y profesaban tal ciencia, y esto es ridículo. Tampoco habla de ciento setenta profesoras versadas en sublimado corrosivo y cardenillo, pero afirma que entre las esposas de los senadores y patricios no hubo ninguna envenenadora.

 

He aquí lo que dice Tito Livio (1) del suceso: «El año 423 debe contarse entre los desgraciados: hubo gran mortalidad causada por la infición del aire o la malicia humana. Quisiera afirmar con otros autores que la insalubridad del aire causó esta epidemia y no atribuir la muerte de muchísimos romanos a los estragos del veneno, como escriben con falsía los historiadores con el único fin de desacreditar ese año». Luego escribieron falsamente, según palabras de Tito Livio, que las damas romanas fueron envenenadoras. Aparte de que no lo creo, ¿qué interés tenían los autores que lo dijeron en desacreditar ese año? Es lo que ignoro.

 

«Voy a referir el hecho como me lo han contado», continúa Tito Livio. Así no habla un hombre convencido; además, ese hecho se parece mucho a una fábula. Una esclava acusa a setenta mujeres, algunas de ellas patricias, de haber introducido la peste en Roma con determinados venenos. Algunas acusadas piden permiso para ingerir sus drogas y mueren en el acto. Sus cómplices son condenadas a muerte, sin especificar en qué clase de suplicio.

 

Me atrevo a opinar que esta historieta, que Tito Livio duda en creer, merece el mismo crédito que la del bajel que una vestal atrajo al puerto con su cinturón, que la de Júpiter deteniendo la fuga de los romanos, que la del Castor y Pólux yendo a pelear a caballo y que la de Simón Barjona, por sobrenombre Pedro, disputando hacer milagros con Simón el Mago.

 

Puede evitarse el efecto de los venenos combatiéndolos en el acto. No hay medicina que no sea veneno cuando se administra en dosis excesivas. Cada indigestión es un envenenamiento. El médico ignorante o sabio que no estudia al enfermo es con frecuencia un envenenador, y un buen cocinero, a la larga, os envenena si sois intemperante en la comida.

 

ENVIDIA. Ya conocemos todo lo que dijo la Antigüedad acerca de una pasión tan vergonzosa, y lo que los modernos han repetido. Hesíodo fue el primer autor clásico que trató este tema, y dijo: «El alfarero envidia al alfarero, el artesano al artesano, el músico al músico, el poeta al poeta y hasta el pobre envidia al pobre». Mucho antes que Hesíodo, Job había dicho: «la envidia consume al codicioso» (2).

 

(1) Primera década, libro VIII.

 

(2) Job, cap. 5, 2.

 

Mandeville, autor de Fábula de las abejas, trató de probar que la envidia es conveniente y una pasión útil. Dice de ella que es tan natural en el hombre como el hambre y la sed, y que se descubre en los niños, los caballos y los perros. Si queréis que vuestros hijos se odien, mimad más a uno que a otro y lo conseguiréis. Asevera que lo primero que hacen dos mujeres jóvenes cuando se conocen es buscarse mutuamente la parte ridícula, y lo segundo adularse recíprocamente. Afirma que sin la envidia las artes no se habrían perfeccionado tanto, y que Rafael no habría sido tan egregio pintor si no hubiera envidiado a Miguel Ángel.

 

El referido autor, a decir verdad, confunde la emulación con la envidia, pero quizá la emulación no es más que la envidia contenida en los límites del decoro. Miguel Ángel podía decir a Rafael: «Por tenerme envidia me habéis aventajado, me desacreditaste hablando con el Papa y le indujiste a que me excomulgara porque puse tuertos y cojos en el paraíso, y orondos cardenales con hermosas mujeres desnudas como la mano en el infierno de la obra del Juicio Final. Y todo por envidia, pero vuestra envidia es loable; seamos buenos amigos».

 

Ahora bien, si el envidioso es un miserable sin talento, celoso del mérito de los demás, como los pobres tienen celos de los ricos, y si apremiado por ganarse el pan o por indignidad del carácter escribe El novelero del Parnaso, Las cartas de la señora condesa o Los años literarios, entonces es un mastuerzo que hace alarde de una envidia que no sirve para nada y Mandeville no se atreverá a hacer su apología. Dícese que los antiguos creían que los ojos de los envidiosos hechizaban a quienes se fijaban en ellos. Yo creo que los hechizados son los envidiosos.

 

Descartes dice que la envidia arroja la bilis amarilla que proviene de la parte inferior del hígado, y la negra proviene del bazo y se esparce en el corazón a través de las arterias. Pero como en el bazo no se forma ninguna clase de bilis, al aseverar Descartes tal cosa no merece que envidiemos su física.

 

Moliere tiene razón cuando dice: «Los envidiosos mueren, pero no muere la envidia». Un excelente adagio que debemos seguir aconseja que vale más causar envidia que lástima. Causemos, pues, envidia hasta donde nos sea posible.

 

EPIFANÍA. No alcanzo a comprender la relación que pueda tener esa palabra con los tres reyes o tres magos que vinieron de Oriente guiados por una estrella. A esa estrella brillante, sin duda, debió dicho día el nombre de Epifanía.

 

¿De dónde venían esos tres reyes? ¿En qué sitio se dieron cita? Dícese que uno de ellos venía de Africa, por tanto, no venía de Oriente. Se dice también que sólo vinieron tres magos, pero el pueblo ha preferido siempre que fueran reyes (1) y celebran en todas partes la fiesta de los reyes y en ninguna la de los magos. Por otro lado, como traían gran cantidad de oro, incienso y mirra, debieron ser ricachos señorones y los magos de aquella época tenían poco dinero.

 

(1) Los Reyes Magos se dice en España y en gran parte de los países de religión católica.

 

Tertuliano fue el primero en decir que esos tres viajeros eran reyes. San Ambrosio y san Cesáreo son del mismo parecer, citando como pruebas estos pasajes del Salmo LXXI: «Los reyes de Tarsis y de las islas le ofrecieron regalos. Los reyes de Arabia y de Sala le trajeron presentes». Unos llaman a esos reyes Magalat, Galgalat y Saraim, otros les llamaron Athos, Satos y Paratoras y los católicos los conocen por los nombres de Melchor, Gaspar y Baltasar. El obispo Osorio asegura que un rey de Granganor emprendió ese viaje con dos magos y al regresar a su país fundó una capilla consagrada a la Santa Virgen.

 

¿Qué cantidad de oro dieron a José y María? Muchos comentaristas aseguran que les hicieron riquísimos regalos fundándose en el Evangelio de la Infancia (de Jesús), que dice que dos hombres, Tito y Dumaco, robaron en Egipto a José y María, añadiendo que no los habrían robado de no haber tenido mucho dinero. Más tarde ahorcaron a esos ladrones que fueron el buen y el mal ladrón. El Evangelio de Nicodemo les da otros nombres: Dimas y Gestas.

 

El mismo Evangelio de la Infancia dice que eran magos, no reyes, los que fueron a Belén, y que innegablemente los guió una estrella, pero cuando ésta se ocultó al llegar al pesebre se les apareció un ángel en forma de estrella para sustituir a la extinguida. Dicho Evangelio afirma que Zoroastro profetizó la visita de los tres magos.

 

El jesuita Suárez trata de averiguar qué se hizo del oro que ofrendaron los tres reyes o magos. Supone que debió sumar una cantidad enorme, porque tres reyes no debían hacer regalos mezquinos; dice que entregaron aquel dinero a Judas, que asumiendo la administración se hizo un truhán y robó todo el tesoro.

 

Todas estas puerilidades no perjudican a la fiesta de la Epifanía, que instituyó la Iglesia griega, lo mismo que su nombre, y luego celebró la Iglesia latina.

 

EQUIVOCO. Por no definir bien los términos y, sobre todo, por falta de claridad, casi todas las leyes, que deberán ser exactas como un postulado de matemáticas, son oscuras como logogrifos. Desgraciada prueba de ello es que todos los procesos se fundan en el sentido de las leyes, que siempre entienden de distinta manera los que pleitean, los abogados y los jueces.

 

El Derecho público de Europa tuvo por origen los equívocos, empezando por la ley sálica. La hija no heredará en tierra sálica. Pero ¿qué quiere decir en tierra sálica?, ¿cómo no heredará si pueden legarle un collar valiosísimo y una gran cantidad de dinero contante y sonante que valga más que la tierra?

 

La ciudadanía de Roma saludaba a Carlos, hijo de Pepino el Breve, con el nombre de emperador. ¿Querían indicar con este título que le otorgaban todos los derechos que tuvieron Octavio, Tiberio, Calígula y Claudio, o todos los países que éstos poseyeran? Esto último no podía ser porque no eran dueños de ellos, ejerciendo dominio apenas en su ciudad. Nunca se ha visto palabra tan equívoca; lo era antiguamente y lo sigue siendo.

 

Las cosas más respetables, las más sagradas y las más divinas, las han oscurecido los equívocos de los idiomas. Si se pregunta a dos cristianos a qué religión pertenecen responderán que son católicos y se creerá que los dos pertenecen a la misma confesión; sin embargo, uno está afiliado a la Iglesia griega y el otro a la latina, y son enemigos irreconciliables.

 

El alma de san Francisco de Asís está en el cielo, en el paraíso; la primera palabra significa aire y la otra jardín.

 

El equívoco es un vicio tan común en todas las lenguas conocidas que el propio Ser Supremo, en el que radican la claridad y la verdad, se dignó ajustarse al modo de hablar de su pueblo predilecto. Así que en algunas partes la palabra Eloín significa jueces, en otras dioses, y a veces ángeles.

 

La frase «Tú eres Pedro y sobre esta piedra construiré mi Iglesia» sería un equívoco en cualquier lengua tratándose de un asunto profano. Pero esos términos adquieren un sentido divino en boca del que las pronuncia y según al asunto a que se aplican. «Yo soy el Dios de Abrahán de Isaac y de Jacob»; por tanto, Dios no es el Dios de los muertos, sino de los vivos. En el sentido ordinario, esas palabras pueden significar: Yo soy el mismo Dios que adoraron Abrahán y Jacob, como la tierra que sustentó a Abrahán, a Isaac y a Jacob sustenta también a su posteridad el sol que brilla hoy es el que brillaba en tiempos de Abrahán, de Isaac y de Jacob; la ley de sus descendientes es su ley. No significa que Abrahán Isaac y Jacob vivan todavía. Pero cuando habla el Mesías desaparece el equívoco; el sentido es tan claro como divino. Es evidente que Abrahán, Isaac y Jacob no deben colocarse entre los muertos porque viven en la gloria, ya que el Mesías pronunció ese oráculo, pero debía haberlo dicho.

 

Todos los oráculos de la Antigüedad eran equívocos. Uno de ellos vaticinó a Creso que perecería un poderoso imperio. Pero ¿era el suyo o el de Ciro? Otro oráculo predijo a Pirro que los romanos podían vencerle y él podía vencer a los romanos. Un oráculo así no podía equivocarse nunca.

 

Cuando Septimio Severo, Pescenio Niger y Claudio Albino se disputaban el imperio, consultaron el oráculo de Delfos y éste les respondió: «El moreno es muy bueno, el blanco no vale nada y el africano es pasable». Así, ese oráculo se puede interpretar de muchas maneras.

 

Cuando Aurelio consultó al dios de Palmira, éste le contestó que las palomas temen al gavilán, y ante cualquier cosa que acaeciera el dios quedaba bien. El que venciera siempre sería el gavilán, y los vencidos las palomas.

 

Algunas veces, los monarcas emplearon el equívoco al igual que los dioses. No recuerdo qué tirano, después de haber prometido a un prisionero que no le mataría, ordenó que no le dieran de comer, diciendo que prometió no matarle, pero no había prometido contribuir a que viviera.

 

ESCÁNDALO. Sin averiguar si el escándalo fue originariamente una piedra que hacía tropezar y caer a las gentes, una disputa o una seducción, me limitaré a tratar del significado que tiene en la actualidad. Escándalo es una indecencia grave y se aplica principalmente a los eclesiásticos. Los Cuentos de La Fontaine son libertinos y muchos pasajes de Sánchez, Tambourin y Molina, son escandalosos.

 

Podemos ser escandalosos en los escritos y en la conducta. El sitio que sostuvieron los agustinos contra los arqueros de la ronda en época de la Fronda fue escandaloso. La bancarrota del jesuita La Valette fue más escandalosa todavía. El proceso incoado en 1764 a los reverendos capuchinos de París fue un escándalo muy divertido. Vamos a decir algo de este proceso para edificación de nuestros lectores.

 

Los reverendos padres capuchinos riñeron y llegaron a las manos en el convento. Unos habían escondido dinero y otros se habían apoderado de él. Hasta aquí no fue más que un escándalo privado, una piedra que sólo podía hacer caer a los capuchinos, pero cuando este asunto se llevó al Parlamento el escándalo trascendió a la calle. En el proceso se dice que el convento de san Honorato necesita mil doscientas libras de pan cada semana, carne, vino y leña en proporción, y que existían allí cuatro colectores titulares encargados de cobrar las contribuciones a la ciudad. ¡Qué escándalo! ¡Mil doscientas libras de carne y de pan cada semana para mantener unos cuantos capuchinos, cuando hay tantos obreros viejos y viudas honradas expuestos todos los días a morir de inanición!

 

El reverendo padre Doroteo se las ingenió para tener tres mil libras de renta a expensas del convento y, por ende, a expensas del pueblo. Esto, además de producir escándalo, fue un robo manifiesto a la clase más indigente de París, porque son los pobres quienes pagan la tasa impuesta por los frailes mendicantes. La ignorancia y la debilidad del pueblo le hacen creer que no ganará el cielo más que dando lo que es necesario y que para esos frailes constituye lo superfluo. Fue preciso, pues, que el padre Doroteo arrancara veinte mil escudos a los pobres de París para proporcionarse mil de renta.

 

Meditad bien, queridos lectores, que hechos como éste no son raros en nuestro siglo XVIII, que, sin embargo, ha producido muy buenos libros. Pero, como he dicho, el pueblo no lee. El capuchino, el recoleto, el carmelita que confiesa y predica, es capaz de causar por sí solo más daño que beneficios pueden proporcionar los mejores libros.

 

Me atrevería a proponer a los hombres honrados que esparcieran por las capitales un número considerable de anticapuchinos, antirrecoletos y anticarmelitas, que fueran de casa en casa a recomendar a los padres y madres que sean virtuosos, guarden el dinero para gastarlo en sus familias y les sirva de sostén en la vejez, o para aconsejarles que amen a Dios de todo corazón y no den nada a los frailes. Pero volvamos al asunto.

 

En el proceso de los capuchinos se acusa al hermano Gregorio de haber tenido un hijo con una mujer apodada Brazo de Hierro y de haberla casado después con Montard el zapatero. No se dice si el hermano Gregorio dio la bendición nupcial a su querindanga y al marido de ésta. Si la dio, fue el escándalo máximo que pudo cometerse porque aúna la fornicación, el robo, el adulterio y el sacrilegio. Digo fornicación porque el hermano Gregorio fornicó con la Brazo de Hierro cuando ésta no tenía más que quince años. Digo robo porque regaló el ajuar de boda a la mentada mujer y es evidente que robó al convento para adquirirlo, pagar los gastos del parto y la leche de la nodriza. Digo adulterio porque ese hermano rijoso continuó acostándose con la mujer de Montard. Digo sacrilegio porque confesaba a la mujer en cuestión y si fue capaz de casarla, podéis pensar qué clase de hombre es el hermano Gregorio.

 

ESCLAVOS. No se comprende por qué llamamos esclavos a quienes los romanos llamaban servi. Esta etimología es defectuosa y Bochard no se atreverá a decir que esa voz proviene del hebreo.

 

La mención más antigua que tenemos de la palabra esclavo figura en el testamento de Ermangant, arzobispo de Narbona, que lega al obispo Fredelón su esclavo Anaf, Anaphum slavonium. Anaf debió de ser muy dichoso perteneciendo sucesivamente a dos obispos.

 

Es verosímil que los eslavos vinieran del confín del Norte con otros pueblos menesterosos y conquistadores a apoderarse de lo que el Imperio romano había robado a las demás naciones, sobre todo de Dalmacia e Iliria. Los italianos llamaron schiatu a la desgracia de caer en sus manos, y schiavi a los que aquellos bárbaros tenían cautivos.

 

Lo que cabe deducir del fárrago de la Historia de la Edad Media es que en la época de los romanos el universo conocido se dividía en hombres libres y esclavos. Cuando los eslavos, alanos, hunos, vándalos, lombardos, visigodos, francos y normandos se repartieron los despojos del mundo, no por eso disminuyó la cantidad de esclavos. Los antiguos señores se vieron condenados a la esclavitud. Los menos subyugaron a los más, como acontece en las colonias que emplean negros en el trabajo.

 

Los autores antiguos nada dicen de los esclavos que tenían los asirios y egipcios. La Ilíada es el primer libro que habla de esclavos. La hermosa Chireseis es esclava en casa de Aquiles. Los troyanos, sobre todo las princesas, temen ser esclavas de los griegos.

 

La esclavitud es tan antigua como la guerra, y ésta tan antigua como la naturaleza humana. Tan acostumbrada se hallaba a semejante degradación, que Epicteto, que innegablemente valía más que su dueño, no extrañó nunca ser esclavo. Ningún legislador de la Antigüedad intentó abolir la esclavitud; al contrario, los pueblos más afectos a la libertad, los atenienses, lacedemonios, romanos y cartagineses, decretaron las leyes más crueles respecto a la esclavitud. Los dueños tenían derecho de vida y muerte sobre los esclavos.

 

¿Quién creería que los hebreos, que parecen nacidos para servir sucesivamente a las demás naciones, tuvieran también esclavos? En sus leyes consta que pueden comprar a sus hermanos por seis años y a los extranjeros para siempre (1). Se decía que los hijos de Esaú tenían que ser siervos de los hijos de Jacob; pero luego, bajo otro régimen, los árabes, que se creían hijos de Esaú, redujeron a la esclavitud los hijos de Jacob.

 

(1) Éxodo, cap. 31; Levítico, cap. 25; Génesis, cap. 27 y 28.

 

Los Evangelios no ponen en boca de Jesucristo ni una sola palabra que recuerde al género humano su libertad primigenia, para la cual parece que haya nacido. Nada dice el Nuevo Testamento del estado de oprobio y aflicción a que fue condenada la mitad del género humano, ni tampoco los escritos de los apóstoles y padres de la Iglesia; ni aquél, ni éstos, hablan de otra esclavitud que la del pecado.

 

Es difícil comprender cómo pudieron decir los judíos a Jesús en el Evangelio de Juan: «No hemos servido nunca a nadie», cuando entonces eran vasallos de los romanos, cuando fueron esclavizados después de la toma de Jerusalén, cuando diez de sus tribus, que esclavizó Salmanazar, desaparecieron de la faz de la tierra y las otras dos estuvieron cautivas en Babilonia durante setenta años, cuando fueron reducidos a la esclavitud siete veces en la tierra prometida, según propia confesión, cuando en todos sus escritos hablan de su servidumbre en Egipto, en ese Egipto que aborrecían y al que acudieron para ganar dinero cuando Alejandro les permitió afincarse en dicha nación. El reverendo padre Calmet dice que se trataba de una servidumbre intrínseca, que aún es más difícil de entender.

 

En Italia, las Galias, España y parte de Alemania se establecieron extranjeros que se convirtieron en señores, mientras los naturales de dichos países llegaron a ser sus esclavos. Cuando don Opas, obispo de Sevilla, y el conde don Julián recabaron la ayuda de los mahometanos para que combatieran contra los reyes cristianos visigodos que reinaban en España, los mahometanos, queriendo implantar allí sus costumbres, propusieron al pueblo que se hiciera circuncidar, se batiera con ellos, o les pagara un tributo en dinero y mujeres. Vencieron al rey don Rodrigo y no hubo en España más esclavos que los prisioneros de guerra; los nativos conservaron su religión y sus bienes, pagando. De la misma manera procedieron, más tarde, los turcos en Grecia, pero impusieron un tributo de hijos. Los varones, para ser circuncidados y servir en el cuerpo de jenízaros; las hembras, para educarlas en los serrallos. Pero luego, con dinero, los griegos se libraron del tributo. Los turcos, para las labores caseras, no tienen más esclavos que los que compran en Circasia, Mingrelia y Tartaria.

 

Entre los africanos musulmanes y los europeos cristianos perduró la costumbre de saquear y hacer esclavos a todos los hombres que vencían en el mar. Son aves de presa que se echan unas sobre otras. Argelinos, tunecinos y marroquíes viven de la piratería. Los religiosos de Malta, sucesores de los de Rodas, juran saquear y encadenar a los musulmanes. Las galeras del papa van a robar a los argelinos o son apresadas en las costas septentrionales de Africa. Los blancos van a comprar negros baratos para revenderlos en América. Sólo los naturales de Pensilvania han renunciado solemnemente, desde hace poco, a dedicarse a ese indigno trafico, por creerlo deshonroso.

 

He leído un libro, publicado en Pans, tan lleno de talento como de paradojas. Su autor se apellida Linguet y la obra se titula Teoría de las leyes civiles. En ella el autor declara que prefiere la esclavitud a la domesticidad, y sobre todo al estado libre de un peón de albañil. Compadece la malhadada suerte de los desgraciados hombres libres que, si bien pueden ganarse la vida donde quieran mediante el trabajo, para el que nació el hombre y es guardián de su inocencia y consuelo de su vida, nadie se encarga de alimentarles ni de protegerles, mientras que los dueños de los esclavos los mantienen y cuidan lo mismo que a sus caballos. Esto es verdad, pero la especie humana prefiere proveerse por sí misma de lo necesario a depender de los demás, y los caballos que nacen en las praderas prefieren éstas a las lujosas cuadras.

 

Añade que los trabajadores pierden muchos días, en los que no pueden ganar el jornal; pero esto no se debe a su condición de libres, sino a que nos rigen unas leyes ridículas y tenemos demasiadas fiestas. Dice, con razón, que la caridad cristiana no rompió las cadenas de la servidumbre; esa caridad lo que hizo fue apretarlas durante doce siglos. Y aún podía añadir que en las naciones cristianas hasta los mismos frailes, que deben ser hijos de la caridad, poseen todavía esclavos reducidos a un afligente estado bajo las denominaciones de siervos sujetos a feudo, de manos muertas y de siervos de la gleba. Advierte otra verdad: que los príncipes cristianos sólo concedieron la libertad a sus esclavos por avaricia. En efecto, con objeto de apoderarse del oro reunido por esos desdichados les firmaron las patentes de manumisión. No les dieron la libertad, se la vendieron. El emperador Enrique V empezó a hacer este negocio manumitiendo a los siervos de Spira y de Worms en el siglo XII; los reyes de Francia imitaron su proceder. Buena prueba de lo preciosa que es la libertad es que hombres tan rudos e ignorantes la compraron muy cara.

 

Téngase en cuenta, además, que el peón de albañil puede llegar a arrendar tierras y convertirse en propietario. En Francia, puede ascender hasta consejero del rey; en Inglaterra puede ser nombrado diputado del Parlamento, y en Suecia ser miembro de los Estados de la nación. Esas perspectivas son preferibles a la de morir abandonado en un rincón de las caballerizas del dueño.

 

Puffendorf afirma que la esclavitud se estableció «por libre consentimiento de las dos partes y por medio de contrato». Creeré a dicho autor cuando me enseñe ese primitivo contrato.

 

Crotius pregunta si el hombre que cae prisionero en la guerra tiene derecho a huir, y se contesta diciendo que no. ¿Por qué no dice también que cuando resulta herido no tiene derecho a que le curen? La naturaleza, decididamente, está contra Crotius.

 

Montesquieu, en su Espíritu de las leyes, después de pintar la esclavitud de los negros con el pincel de Moliere, se atreve a decir: «Mr. Perry dice que los moscovitas se venden con facilidad. Sé por qué, porque su libertad no vale nada». El capitán Perry, un inglés que escribió en 1714 la obra Estado actual de Rusia, no dice lo que Espíritu de las leyes le atribuye. Las pocas palabras que se encuentran en el libro referentes a la esclavitud de los rusos son estas: «El zar mandó en sus Estados que desde entonces nadie se llamara esclavo, sino vasallo. Pero esa nación no ha conseguido ninguna ventaja real, porque aún hoy es verdaderamente esclava».

 

Montesquieu añade a lo dicho que, según refiere Guillaume Dampier, «todo el mundo desea venderse en el reino de Achem». Eso producirá allí un extraño comercio. Leído el Viaje de Dampier, no he encontrado esa afirmación. Es lástima que un hombre de talento como es dicho autor se atreva a exponer ideas tan aventuradas y a insertar citas falsas.

 

Generalmente se dice que en Francia no hay esclavos. Que éste es el reino de los francos y esclavo y franco son vocablos contradictorios. Ahora bien, ¿cómo es posible compaginar tanta libertad con tantas clases de servidumbre, la de las manos muertas, por ejemplo? Más de una encopetada dama de París, que viste lujosamente y ocupa un palco en la Opera, ignora que desciende de una familia de Borgoña, del Franco‑Condado o de Auvernia, y que su familia está todavía en la esclavitud de las manos muertas.

 

Esta clase de esclavos, unos están obligados a trabajar tres días a la semana para su señor, y otros, dos días. Si fallecen sin descendencia sus bienes los hereda el señor. Si dejan hijos, el señor toma sus más pingües animales y sus mejores muebles, teniendo derecho de elección en más de una región. En algunas partes, si el hijo de familia sujeta a mano muerta no estaba en la casa paterna un año y un día antes del fallecimiento del padre pierde todos sus bienes y continúa siendo esclavo. Eso quiere decir que si adquiere unos bienes con el producto de su trabajo, pertenecerán a su señor.

 

Pero lo más curioso y hasta edificante de esa legislación es que los frailes son señores de la mitad de los bienes de manos muertas. Si por casualidad un príncipe de sangre real, un ministro o un canciller leyera este artículo, sería conveniente que recordara que el rey de Francia declaró ante la nación, en la ordenanza publicada el 18 de mayo de 1731, que «los frailes y los beneficiados poseen más de la mitad de los bienes del Franco‑Condado».

 

Cuantas veces hemos protestado de la extraña tiranía que ejercen las personas que juraron a Dios pobreza y humildad, se nos ha contestado: «Si hace seiscientos años que gozan de ese derecho, ¿cómo vamos a quitárselo?» Y nosotros replicamos, humildemente: «Hace treinta o cuarenta mil años, poco más o menos, que las garduñas se nos comen las gallinas, pero a pesar de eso nos dan permiso para matarlas siempre que podamos».

 

Si come una onza de cordero el cartujo peca gravemente, pero puede con tranquilidad de conciencia comerse la subsistencia de toda una familia. Puedo afirmar que los cartujos de mi vecindad heredaron cien mil escudos de uno de sus esclavos, que había hecho esa fortuna en Francfort dedicándose al comercio. Aunque es verdad que la familia despojada consiguió permiso para pedir limosna a la puerta del convento. Todo debe decirse.

 

ESENIOS. Cuanto más supersticiosa y bárbara es una nación y más se empeña en la guerra, cuando más se divide en partidos y fluctúa entre la monarquía y la teocracia, ebria de fanatismo, más fácilmente es posible hallar en ella un número de ciudadanos que se reúnan para vivir en paz. Cuando sobreviene una epidemia de peste acontece que un pequeño cantón evita comunicarse con las grandes ciudades para preservarse del contagio, pero es víctima de otras enfermedades.

 

Para vivir en paz se reunieron los gimnosofistas en las Indias, algunas sectas de filósofos en Grecia, los pitagóricos en Italia y los terapeutas en Egipto, y así también hicieron los paleocristianos que vivieron reunidos lejos de las ciudades.

 

Ninguna de esas sectas conoció la costumbre de ligarse mediante juramento a la forma de vida que iban a adoptar, ni la costumbre de atarse con votos perpetuos, ni la de renunciar por religión a la naturaleza humana, cuyo primer atributo es la libertad. San Basilio fue quien inventó lo que llamamos votos, ideando así un juramento de esclavitud, introduciendo un nuevo azote en el mundo y convirtiendo en veneno lo que había inventado como remedio.

 

En Siria hubo sectas parecidas a las de los esenios. Así nos lo dice el filósofo judío Filón en el Tratado de la libertad de las gentes de bien. Siria fue siempre un país supersticioso y levantisco al que continuamente oprimieron los tiranos. Los sucesores de Alejandro la convirtieron en escenario de horrores, no siendo de extrañar que al sufrir tantas desventuras unos hombres más humanos y discretos que los demás huyeran del trato con las grandes ciudades, con el fin de retirarse a vivir en comunidad y en honesta pobreza, lejos de la tiranía.

 

En Egipto, numerosas personas se refugiaron en asilos parecidos durante las guerras civiles de los últimos Tolomeos, y cuando las legiones romanas subyugaron Egipto los terapeutas se establecieron en un desierto inmediato al lago Moeris. Al parecer, hubo allí terapeutas griegos, egipcios y judíos. Filón, tras elogiar a Anaxágoras, Demócrito y demás filósofos que abrazaron este género de vida, en su De la vida contemplativa escribe:

 

«Hubo esa clase de sectas en varias naciones. Grecia y otras podrían disfrutar de la vida tranquila y contemplativa, muy común en las provincias de Egipto y sobre todo en Alejandría. Las gentes honradas y austeras se retiraron a las inmediaciones del lago Moeris, un lugar desierto, pero cómodo, que forma suave pendiente. Allí el aire es saludable y existen muchos poblados en la vecindad del desierto.»

 

Es innegable, pues, que se establecieron sectas con la idea de huir del furor de los partidos, de la arbitrariedad y codicia de los opresores. Todas ellas, sin excepción, tenían horror a la guerra, execrándola como nosotros el robo y asesinato en los caminos reales. Parecida a esas sectas fue la sociedad de los hombres de letras que se unieron en Francia y fundaron la Academia, huyendo del furor de los partidos y de los desmanes que perturbaron el reinado de Luis XIII, y la de los hombres ilustrados que formaron la Sociedad Real de Londres, cuando los bárbaros locos que se llaman puritanos y episcopales se degollaban unos a otros discutiendo los pasajes de tres o cuatro libros viejos e ininteligibles.

 

Algunos estudiosos creen que Jesucristo, que se dignó aparecer algunos momentos en Cafarnaún, Nazaret y otras localidades de Palestina, era uno de esos esenios que huían del tumulto de las ciudades, a fin de practicar tranquilamente la virtud. Pero ni en los cuatro Evangelios canónicos, ni en los apócrifos, ni en los Hechos de los Apóstoles, se le llama esenio. Aunque no le denominen así, en el fondo se parece a los esenios en muchos puntos: en la confraternidad, en los bienes comunes, en la vida austera, en rechazar las riquezas y honores, y en tener horror a la guerra. Estos principios los puso tan en práctica Jesucristo, que al recibir una bofetada en una mejilla manda que presentéis la otra, y que entreguéis la túnica cuando os roben el manto. Por estos principios se rigieron los cristianos durante los dos primeros siglos, sin altares, templos, ni magistrados, desempeñando todos los oficios y llevando una vida retirada y apacible.

 

Los textos de los primitivos cristianos nos confirman que no se les permitía llevar armas, pareciéndose en esto a los pensilvanos y anabaptistas modernos, que se jactan de seguir el Evangelio al pie de la letra. Aunque en éste hallamos ciertos pasajes que, interpretándolos torcidamente, pueden inspirar la violencia, y aunque se lean máximas que parezcan contrarias al espíritu pacífico, otras muchas nos mandan sufrir y no pelear. No es extraño, por tanto, que los cristianos abominaran de la guerra durante doscientos años. Razón tuvo el gran filósofo Bayle para decir que un cristiano de los primitivos tiempos sería un mal soldado y que un soldado de aquel entonces sería un mal cristiano. El dilema parece no admitir réplica, y esta parece ser la diferencia existente entre el antiguo cristianismo y el antiguo judaísmo.

 

La ley de los primitivos hebreos decía expresamente: «En cuanto entréis en el territorio del país que vais a apoderaros, entrad a sangre y fuego, degollad sin compasión a ancianos, mujeres y niños de pecho, matad hasta los animales, saqueadlo y quemadlo todo: Dios os lo manda». Esta doctrina, que no se anuncia una sola vez, se proclama muchas y la siguen al pie de la letra.

 

Perseguido Mahoma por los habitantes de la Meca se defiende de ellos como un valiente, y venciendo a sus perseguidores les obliga a arrodillarse a sus pies y a convertirse en prosélitos suyos, instaurando su religión con su palabra y su espada. Jesús, a caballo entre los tiempos de Moisés y de Mahoma, desde un rincón de Galilea predica el perdón de las ofensas, la paciencia, la mansedumbre y el sufrimiento, muriendo en el más infamante de los suplicios y queriendo que mueran también así sus primeros discípulos.

 

Ahora pregunto, de buena fe, si a san Bartolomé, san Andrés, san Mateo o san Bernabé, les hubieran admitido en la guardia imperial del emperador de Alemania. El propio san Pedro, aunque cortó la oreja a Malco, ¿hubiera sido un buen jefe de legión? Quizá san Pablo, que antes de ser cristiano se acostumbró a la masacre y tuvo la desgracia de ser perseguidor sanguinario, es el único que hubiera podido comportarse como un buen guerrero. La impetuosidad de su temperamento y el calor de su imaginación le hubieran podido convertir en capitán temible, pero aun poseyendo esas cualidades no trató de vengarse de su maestro Gamaliel con las armas. No hizo como Judas, ni como Teudas, que sublevaron tropas; siguió los preceptos de Jesús y consintió en que le decapitaran. Era imposible, pues, formar en los tiempos primitivos un ejército de cristianos.

 

Por lo tanto, es indudable que los primeros cristianos no fueron soldados del imperio hasta que perdieron el espíritu que primitivamente les animaba. En los dos primeros siglos miraron con horror los templos, altares, cirios, inciensos y el agua lustral. Porfirio los compara con la zorra de la fábula, que viendo demasiado altas las uvas, exclama: están verdes. Y les dice: «Si hubierais podido tener magníficos templos brillantes de oro y pedrería, y sustanciosas rentas para sus servidores, profesaríais cariño apasionado a los templos». Al verse pobres —porque se habían dado unos a otros lo que ahorraban—, aunque detestaban el oficio de las armas tuvieron que ir a la guerra. Desde la época de Diocleciano, los seguidores de Cristo fueron tan diferentes de los cristianos del tiempo de los apóstoles, como nosotros de los cristianos del siglo III.

 

No alcanzo a comprender que un talento tan lúcido y audaz como el de Montesquieu rechazara severamente a otro genio más metódico que el suyo y combatiera esta verdad que asentó Bayle, «que una sociedad de verdaderos cristianos podía ser feliz haciendo vida común, pero no sabría defenderse de los ataques del enemigo». «Esa sociedad —dice Montesquieu— se compondría de ciudadanos con clara noción de sus obligaciones y gran celo para cumplirlas; por lo tanto conocería también los derechos de la defensa legítima, y cuanto más creyera deber a la religión más creería deber a la patria. Los principios del cristianismo, grabados en el corazón, serían mucho más fuertes que el falso honor de las monarquías, las virtudes humanas de las repúblicas y el temor servil de los estados despóticos.»

 

No cabe duda que el autor de El Espíritu de las leyes no recordaba las palabras del Evangelio cuando dice que los verdaderos cristianos conocerían bien los derechos de la defensa legítima, y se olvidaba del mandato de Jesucristo de dar la túnica cuando nos roban el manto y de presentar la otra mejilla cuando nos dan una bofetada. He aquí anulados los principios de la defensa legítima. Los cuáqueros no han querido nunca batirse, y los habrían aplastado en la guerra de 1756 si no los hubieran defendido los demás ingleses, que obligaron a que les dejaran.

 

Está claro que los que piensan como mártires no sirven para batirse como ganaderos. Todo lo que dice el capítulo de El espíritu de las leyes que combato, me parece falso. «Los principios del cristianismo, grabados en el corazón, serán mucho más fuertes, etc.» Sí, más fuertes para impedirles que manejen la espada, para que tiemblen a la sola idea de que han de derramar la sangre de su prójimo y para hacer que consideren la vida como un peso, cuya felicidad para ellos consiste en descargarse de él.

 

«Irían cabizbajos —dice Bayle— como ovejas entre lobos, si les ordenaran rechazar ejércitos veteranos de infantería, o cargar contra escuadrones de coraceros.» Bayle tenía razón, y Montesquieu no se dio cuenta de que al refutarle se refería sólo a los cristianos mercenarios y sanguinarios de la actualidad, haciendo caso omiso de los primitivos. Parece que trató de evitar las injustas acusaciones que contra él urdieron los fanáticos sacrificándoles a Bayle, y no lo pudo conseguir. Esos dos grandes hombres, que parecen de encontrado parecer, habrían estado siempre de acuerdo si hubieran sido igualmente libres.

 

«El falso honor de las monarquías, las virtudes humanas de las repúblicas, el temor servil de los estados despóticos...», nada de esto consigue hacer buenos soldados, como afirma El espíritu de las leyes. Cuando se recluta un regimiento, del cual la cuarta parte deserta a los quince días ni uno solo de los alistados piensa en el honor de la monarquía; no saben qué es eso. Los soldados mercenarios de la república de Venecia conocen muy bien la soldada, pero no la virtud republicana, de la que nunca se habla en la plaza de San Marcos. En resumen, no creo que un solo hombre en el mundo se aliste en el ejército por virtud. Los turcos y los rusos no se baten con el encarnizamiento y el furor de los leones y tigres por temor servil. No se es arrojado por temor. Tampoco los rusos derrotaron por devoción a los ejércitos de Mustafá. Sería mejor que un hombre inteligente como es Montesquieu tuviera más empeño en dar a conocer la verdad que en manifestar su talento, que hay que olvidar cuando se trata de instruir a los hombres, y no tener otro guía que la verdad.

 

ESPACIO. ¿Qué es el espacio? Leibnitz dijo que no existe, como no existe el vacío después de haberlo admitido, aunque cuando lo admitió no había reñido con Newton. En cuanto disputaron, para Leibnitz ya no hubo vacío ni espacio. Afortunadamente, cualquiera que sea la opinión de los filósofos acerca de estas cuestiones insolubles, aceptemos la opinión de Epicuro, Gassendi, Newton, Descartes o Roahud, las reglas del movimiento siempre serán las mismas y se practicarán las artes mecánicas ya en el espacio puro, ya en el espacio material. Y si bien no concebimos cómo estando todo lleno puede moverse algo, esto no es obstáculo para que nuestros barcos vayan a las Indias, ni para que los movimientos se efectúen con regularidad. Decís que el espacio puro no puede ser materia ni espíritu, y deducís de esto que el espacio no existe. Pero, ¿quién nos ha dicho que no hay más que materia y espíritu, a nosotros que conocemos tan imperfectamente ambas cosas? Esto equivale a decir que no existen en la naturaleza más que dos cosas que conocemos. Al menos Moctezuma razonaba mejor en la tragedia inglesa de Dryden, cuando preguntaba: «¿Qué venís a decirme en nombre del emperador Carlos V si en el mundo no hay más que dos emperadores, el del Perú y yo?» Moctezuma hablaba de lo que conocía, pero nosotros hablamos de lo que no tenemos ni idea exacta.

 

Somos átomos dignos de lástima. Nos forjamos a Dios con un espíritu como el nuestro, y porque denominamos espíritu a la facultad que el Ser Supremo, universal, eterno y omnipotente, nos ha concedido de combinar algunas ideas en nuestro cerebro, imaginamos que Dios es un espíritu de la misma clase, haciéndole a nuestra imagen y semejanza.

 

Ahora bien, si existieran millones de seres que fueran de algo diferente a nuestra materia, de la que sólo conocemos las apariencias, y de otra cosa que nuestro espíritu, que desconocemos del todo, ¿quién podría asegurarme que no pudieran existir esos millones de seres? ¿Y quién puede negarme que Dios, que está demostrado que existe por sus efectos, no es infinitamente diferente de todos esos seres, y que el espacio no es uno de éstos?

 

Nunca osaremos decir, como Lucrecio, que excepto el cuerpo y el vacío, no existe nada en el mundo. Pero, ¿nos atreveremos a creer con él que existe el espacio infinito? Pudo alguno contestar a su argumento: «Si disparáis una flecha desde los límites del mundo, ¿caerá allá en la nada?»

 

Clarke, hablando en nombre de Newton, afirma que el espacio tiene propiedades, es extenso y es medible; luego, existe. Pero si se les dijera que pusieran algún objeto donde no hay nada, ¿qué contestarían Newton y Clarke? Newton cree que el espacio es el sensorium de Dios. De joven creí comprender esa palabra, pero ahora que soy viejo no la entiendo, como no entiendo las explicaciones que da del Apocalipsis. No sé qué quiere decir que el espacio es el sensorium, el órgano interior de Dios, y él tampoco lo entiende. Creyó, refiriéndose a Locke, que se podía explicar la creación suponiendo que Dios por un acto de su voluntad y su poder había hecho el espacio impenetrable. Es lástima que un genio de la magnitud de Newton diga cosas tan ininteligibles.

 

ESPÍRITUS FALSOS. Conocemos ciegos, tuertos, bizcos, bisojos, présbitas, miopes, de buena vista o confusa, débiles e infatigables. Ello constituye una imagen bastante fiel de nuestro entendimiento; ahora bien, no se conocen apenas «vistas falsas». Apenas se encontrarían hombres que confundan un gallo con un caballo, ni un orinal con una casa. Entonces, ¿por qué encontramos a menudo tantos espíritus, sensatos por otra parte, pero absolutamente falsos en las cosas importantes? ¿Por qué ese siamés, que nunca se dejará engañar cuando se trate de contar tres rupias, cree a pie juntillas en las metamorfosis de Sammonocodom? ¿Por qué extraño capricho tantos hombres sensatos se parecen a Don Quijote, que creía ver gigantes donde otros hombres no veían más que molinos de viento? Incluso Don Quijote sería más merecedor de disculpa que el siamés que cree que Sammonocodom ha venido varias veces a la tierra, o que el turco que está persuadido de que Mahoma ha puesto la mitad de la luna en su manga, puesto que Don Quijote, obsesionado por la idea de que debe combatir a los gigantes, puede figurarse que un gigante ha de tener el cuerpo tan grande como un molino. Pero, ¿de qué supuesto puede partir un hombre sensato para estar convencido de que la mitad de la luna cabe en una manga, o de que un Sammonocodom ha descendido del cielo para venir a jugar a cometas en Siam, talar un bosque o dedicarse al timo de los viajes?

 

Los mayores genios pueden padecer un falso espíritu acerca de un principio aceptado sin examen. Newton mostró un falso espíritu cuando comentaba el Apocalipsis.

 

Lo que desean tanto tiranos de almas es que los hombres a quienes educan tengan falso el espíritu. Un faquir enseña a un niño que promete mucho, dedica cinco o seis años a meterle en la cabeza que el dios Fo se apareció a los hombres montado en un elefante blanco y persuade al muchacho de que será azotado después de su muerte, durante quinientos mil años, si no cree en esas metamorfosis. Añade también que al fin del mundo el enemigo del dios Fo vendrá a combatir a esta divinidad.

 

El niño estudia y se convierte en un prodigio, argumenta a base de las lecciones de su maestro y considera que Fo no ha podido cambiarse más que en elefante blanco porque éste es el más bello de los animales. Y dice: «Los reyes de Siam y de Pégu se han hecho la guerra por un elefante blanco; ciertamente, si Fo no hubiera permanecido oculto bajo ese elefante tales monarcas no hubieran sido tan insensatos para luchar por la posesión de un simple animal».

 

«El enemigo de Fo vendrá a desafiarle al fin del mundo; tal enemigo será por fuerza un rinoceronte, pues el rinoceronte combate al elefante».

 

Así razona en la edad madura el sabio alumno del faquir y llega a ser una de las lumbreras de la India; cuanto más sutil es su espíritu, más falso lo tiene y elabora espíritus posteriores tan falsos como aquél.

 

Se les muestra a todos estos energúmenos un poco de geometría y la aprenden con bastante facilidad, pero ¡cosa rara! su espíritu no logra enderezarse; comprenden las verdades de la geometría, pero no aprenden de ningún modo a pesar las probabilidades. Han tomado su partido, razonan al revés toda su vida y, por mi parte, estoy disgustado por ellos.

 

ESTADOS, GOBIERNOS. En lo que llevo de vida no he conocido ningún hombre que haya gobernado un Estado. Y con esto no hago referencia a los ministros que gobiernan de hecho la nación dos o tres anos, seis meses o seis semanas; me refiero únicamente a esos personajes ilustres que desde el fondo de su gabinete desarrollan su sistema de gobierno reforman el ejército, la Iglesia, la magistratura y la Hacienda.

 

El abad Bourzeis, más conocido en el mundo político por el cardenal Richelieu, empezó a gobernar Francia en el año 1645 y escribió en Testamento político —que ya hemos mencionado— que pretendía alistar a la nobleza en la caballería haciéndola servir tres anos, que pagaran la contribución de la talla la Cámara de las Cuentas y los parlamentos, y privar al rey del producto de esa contribución, asegurando además que para entrar en campana con cincuenta mil hombres debe hacerse por economía un reclutamiento de cien mil. Afirma que Provenza tiene más y mejores plazas fuertes que España e Italia juntas.

 

El abad Bourzeis no había viajado. Además, su obra está llena de anacronismos y de errores. En ella el autor afirma como nunca afirmó y habla como jamás habló. Emplea todo un capítulo para decir que la razón debe ser la regla del Estado y en probar este descubrimiento. Esa obra engendrada en las tinieblas, ese hijo bastardo del cardenal Richelieu, pasó durante mucho tiempo por ser hijo legítimo suyo, y todos los académicos, en sus discursos de recepción, elogiaban hiperbólicamente esa obra cumbre de la política.

 

Gatien de Courtilz, al ver el éxito conseguido por el Testamento político de Richelieu, imprimió en La Haya, en 1693, el Testamento de Colbert, en el que incluyó una carta que este célebre ministro dirigió al rey. Es obvio que si el citado ministro hubiera dictado dicho testamento debía haberse prohibido su publicación; sin embargo, algunos autores citan el libro. Un desaprensivo, de nombre desconocido, inventó también el Testamento de Louvois, más torpe todavía si cabe que el de Colbert, y un abate de Chevremont hizo testar al duque de Lorena, publicando el libro Testamento político de Carlos V, duque de Lorena y de Var, en favor del rey de Hungría. Hay, además, los testamentos políticos del cardenal Alberoni, del mariscal Belle‑Isle y de Mandrin.

 

Bois‑Guillebert, autor del Detalle de Francia, impreso en 1695, publicó el proyecto inviable del diezmo real, tomando el nombre del mariscal Vauban. Un desquiciado apellidado La Fouchere, hundido en la miseria, ideó en 1720 un proyecto de Hacienda que escribió en cuatro volúmenes y que algunos ignorantes han creído era del tesorero general La Fouchere, pensando que un tesorero no puede escribir un mal libro de Hacienda.

 

A pesar de lo dicho, hemos de reconocer que hombres muy instruidos, y muy dignos tal vez de gobernar una nación, han escrito sobre la administración de los Estados en Francia, España e Inglaterra. Sus libros han reportado beneficios, no por haber enmendado la plana a los ministros que gobernaban cuando sus libros aparecieron, porque un ministro ni da su brazo a torcer ni se le puede corregir, pues en cuanto se ve encumbrado no admite instrucciones, ni consejos, ni tiene tiempo para oírlos, le arrastra la corriente de los asuntos de Estado, pero esos buenos libros forman la juventud destinada a ocupar los altos destinos, reforman los principios e instruyen a la segunda generación.

 

En los últimos tiempos se ha examinado detenidamente el lado fuerte y el lado débil de todos los gobiernos. Lector que has viajado, has leído y has visto mundo: dime en qué Estado y bajo qué gobierno desearías haber nacido. Presumo que a un señor terrateniente en Francia le gustaría haber nacido en Alemania y ser soberano en vez de ser vasallo. El par de Francia quedaría muy satisfecho si disfrutara de los privilegios de los pares ingleses, porque sería legislador. El magistrado y el hacendista se encontraría mejor en Francia que en ninguna parte; pero ¿qué patria debe elegir el hombre ilustrado, libre, de fortuna parca y sin prejuicios?

 

Un miembro del Consejo de Pondichery, bastante sabio, regresó a Europa por tierra con un brahmán más instruido que los de su categoría. El consejero le preguntó:

 

— ¿Qué os parece el gobierno del Gran Mogol?

 

— Abominable —respondió el brahmán—. ¿Cómo es posible que sea feliz un Estado si lo gobiernan los tártaros? Los rajaes están satisfechos de ese gobierno, pero no los ciudadanos, y millones de ciudadanos merecen que se les atienda.

 

El consejero y el brahmán, en amigable conversación, atravesaron toda el Asia Alta.

 

— Estoy viendo —exclamó el brahmán— que no hay una sola república en esta vasta parte del mundo.

 

— Antiguamente existió la república de Tiro —le contestó el consejero— pero duró poco. Había también otra en la Arabia Pétrea, en un pequeño territorio llamado Palestina, si se puede dar el nombre de república a una horda de ladrones y usureros que ya los gobernaran jueces, reyes o grandes pontífices, fue esclava siete u ocho veces y, por último la expulsaron del país que había usurpado.

 

— Me figuro —repuso el brahmán— que en el mundo debe haber pocas repúblicas, porque los hombres rara vez son dignos de gobernarse por sí mismos. Esa dicha sólo deben disfrutarla los pequeños pueblos que se ocultan en las islas o entre montañas, como los conejos que se esconden de los animales carnívoros, pero que a la larga los descubren y los devoran.

 

Cuando los dos viajeros llegaron al Asia Menor, el brahmán dijo al consejero:

 

— Cuesta trabajo creer que existiera una república establecida en un rincón de Italia que durara quinientos años y poseyera el Asia Menor, Africa, Grecia, las Galias, España y toda Italia.

 

— Es verdad —repuso el otro—, pero ese imperio se derrumbó y de continuo se escriben libros tratando de averiguar las causas de su decadencia y caída.

 

— Trabajo inútil —apostilló el hindú—. Ese imperio cayó por haber existido, porque es preciso que todo caiga, como un día caerá el imperio del Gran Mogol.

 

— ¿Creéis que es el honor lo que falta en un estado despótico, y la virtud lo que más necesita la república? —le preguntó el europeo.

 

El indio, tras hacerse explicar lo que entendía por honor, le contestó que el honor es más necesario en la república, y que se necesitaba mayor virtud en el estado monárquico, añadiendo que el hombre que aspire a ser elegido por el pueblo no lo conseguirá si está deshonrado. En cuanto a la virtud, dijo que se necesitaba mucha para atreverse a decir la verdad en la corte. El hombre virtuoso se encuentra mejor en la república, porque en esa clase de gobierno no necesita adular a nadie.

 

— ¿Creéis —preguntó el europeo— que las leyes y las religiones se acomodan en su formación a los climas como es preciso abrigarse en Moscú y llevar vestiduras ligeras en Delhi?

 

— Indudablemente —le contestó el hindú—, todas las leyes relativas a la física están calcadas en el meridiano que habitamos; el alemán no necesita tener más que una mujer, y los persas necesitan tres o cuatro. De la misma naturaleza son los ritos de la religión. Si yo fuera cristiano ¿cómo decir misa en mi país, si no hay pan ni vino? Por lo que hace a los dogmas, es diferente; el clima no influye para nada. Vuestra religión, que empezó en Asia, fue expulsada de allí y hoy existe en las inmediaciones del Báltico, donde fue desconocida en los primeros tiempos.

 

— ¿En qué estado y bajo qué gobierno preferiríais vivir? —le preguntó el consejero.

 

— En cualquier parte menos en mi país, y muchos siameses, persas y turcos dicen lo mismo.

 

— Contestadme categóricamente —le apremió el consejero—, ¿qué estado preferiríais?

 

— Donde no se obedeciera más que a las leyes —contestó el brahmán.

 

— Esta respuesta es muy ambigua.

 

— Pero no es mala.

 

— Sin embargo, ¿dónde está ese país?

 

— Es preciso buscarlo.

 

EUCARISTÍA. La mitad de Europa anatematizó a la otra mitad por mor de la Eucaristía, y la sangre corrió desde las orillas del Báltico hasta la falda de los Pirineos durante doscientos años por una palabra que significa dulce caridad.

 

Veinte países, en esta parte del mundo, tienen horror a la doctrina de la transustanciación católica y declaran que ese dogma es el último esfuerzo de la locura humana. Dan validez al famoso pasaje de Cicerón que dice que habiendo agotado los hombres todas las vehemencias imaginables todavía no ha ideado comerse el dios que adoran. Esos países dicen que casi todas las opiniones populares se fundan en equívocos y en el abuso de las palabras, y que los católicos, apostólicos y romanos, han fundado también la doctrina de la Eucaristía y de la transustanciación en otro equívoco, puesto que han tomado en sentido propio lo que sólo puede decirse en sentido figurado, y que el mundo desde hace seiscientos años se ha ensangrentado por logomaquias y equivocaciones.

 

Los predicadores en los púlpitos, los sabios en los libros y los pueblos en sus discursos, repiten sin cesar que Jesucristo no tomó su cuerpo con las dos manos para dárselo a comer a los apóstoles y que un cuerpo no puede estar en mil partes a un tiempo, en el pan y en el cáliz. En el pan que se convierte en excrementos, y en el vino que se convierte en orines, no puede estar el Dios creador del universo, que esa doctrina expone la religión cristiana a la irrisión de los ignorantes y al desprecio y execración del género humano. Eso afirman Tillotson Smalridge, Turretin, Claude, Daille, Amyrault, Mestrezat, Dumoulin, Biondel y los numerosos reformadores del siglo XVI, mientras que el mahometano, apacible señor de Africa y de la parte más hermosa de Europa y Asia, se burla desdeñosamente de nuestras disputas, y el resto del mundo las ignora.

No quiero mezclarme en la controversia. Creo con fe cristiana todo cuanto la religión católica y apostólica nos enseña respecto a la Eucaristía, pero sin comprender una sola palabra.

 

He aquí mi único objetivo. Se trata de poner a los crímenes el mayor freno posible. Los estoicos decían que llevaban a Dios en su corazón. Son palabras de Marco Aurelio y de Epicteto, los hombres más virtuosos del mundo, y querían significar que llevaban dentro de sí la parte del alma divina y universal que anima todas las inteligencias. La religión católica va más allá y dice a los hombres: Tendréis físicamente en vosotros lo que los estoicos sólo tenían metafísicamente. No tratéis de saber qué os doy a comer y beber; creed únicamente que os doy a Dios, y que entra en vuestro estómago. No le manche, pues, vuestro corazón con injusticias y liviandades. He aquí, pues, cómo los hombres reciben a Dios en una ceremonia solemne, al resplandor de cien cirios, al son de una música que encanta sus sentidos y al pie de un altar resplandeciente. La imaginación queda subyugada y el alma conmovida; nos desligamos de los lazos terrestres al unirnos con Dios, que penetra en nuestra carne y en nuestra sangre. ¿Quién se atreverá desde ese momento a cometer una sola falta, ni mucho menos a concebirla? Sin duda, es imposible imaginar un misterio que contenga mejor la virtud de los hombres. Así razona la religión católica.

 

Pese a ello, Luis XI, al recibir a Dios, envenena a su hermano; el arzobispo de Florencia dando la comunión, y los Pazzi recibiéndola, asesinan a los Médicis dentro de la catedral. El papa Alejandro VI, al salir del lecho de su hija bastarda, da la comunión a su otro hijo bastardo César Borgia, y padre e hijo matan en la horca, con la espada o con el veneno, al que posea dos bancales de tierra que les interesa adquirir. Julio II da y recibe a Dios, pero con la coraza en el pecho y el casco en la cabeza se mancha de sangre y de mortalidad. León X recibe a Dios en el estómago, a sus queridas en los brazos, y el dinero que arranca con las indulgencias en sus cofres y en los de su hermana. Troll, arzobispo de Upsala,manda llevar a su presencia a los senadores de Suecia para prestar obediencia a la bula del Papa que lleva en la mano. Van Galen, obispo de Munster, declara la guerra a los pueblos vecinos y llega a ser famoso por sus rapiñas.

 

¿Qué podemos deducir de semejantes contradicciones? Que todos los personajes mencionados no creían verdaderamente en Dios, ni mucho menos que comieran su cuerpo y bebieran su sangre. Porque si lo hubieran creído no habrían cometido tantos crímenes premeditados. Luego debemos deducir que el freno más fuerte para evitar las atrocidades de los hombres ha sido ineficaz.

 

No sólo los grandes criminales que han gobernado, o han tenido parte en él, no han creído recibir a Dios, sino que no han creído en El. Como les importaba una higa los sacramentos que conferían, despreciaban al mismo Dios. ¿Qué recurso pues, nos queda para evitar la insolencia, la violencia, la calumnia y ia persecución? Convencer al poderoso que oprime al débil de que existe Dios. Por lo menos no se reirá de esta opinión, y si no cree que Dios está en su estómago podrá creer que está en la naturaleza. Si no quiere someterse a la opinión del sacerdote que le dice: «Soy un hombre consagrado que tengo permiso para poner a Dios en tu boca», no resistirá al contemplar los astros y todos los seres animados a oír la voz interna que le grita: «Dios nos ha creado».

 

EVANGELIO. Resulta difícil averiguar cuáles son los primeros Evangelios. Hoy no ofrece la menor duda que ninguno de los primeros padres de la Iglesia, hasta Ireneo, cita pasaje alguno de los cuatro Evangelios canónicos. Por el contrario, hay algunos que no reconocen el Evangelio de Juan, y hablan de él despectivamente, como san Epifanio en su Homilía 34. Los enemigos de la religión católica no sólo advierten que los primitivos padres de la Iglesia nunca citan los Evangelios reconocidos, sino que refieren pasajes de los evangelios apócrifos, no admitidos por los cánones.

 

San Clemente, pongo por caso, refiere que habiendo interrogado al Señor sobre la época en que tendría lugar el advenimiento de su reinado respondió: «Cuando dos no sumen más que uno, cuando lo de fuera se parezca a lo de dentro, cuando no haya macho ni hembra». Hay que confesar que este pasaje no se encuentra en ninguno de los cuatro Evangelios. Otros muchos ejemplos que corroboran esta verdad pueden leerse en el Examen crítico de Fleret, secretario perpetuo de la Academia de Bellas Letras de París.

 

El sabio Fabricios se tomó el trabajo de reunir los antiguos Evangelios que se conservan. El primero de ellos es el de Santiago, conocido con el nombre de primer Evangelio. Conservamos el relato de la pasión y resurrección que se supone escribió Nicodemo. El Evangelio de Nicodemo lo citan san Justino y Tertuliano, y figuran los nombres de los acusadores de Jesús: Annás, Caifás, Datam, Summas, Gamaliel, Judas, Levi y Leiftalim. La enumeración de esos nombres da cierta apariencia de candor a la obra. Nuestros adversarios deducen que habiendo sido supuestos varios Evangelios falsos, que en principio se reconocieron como verdaderos, pueden ser supuestos también los que admitimos hoy como auténticos. Insisten en pregonar la fe de los primitivos herejes que murieron defendiendo los Evangelios apócrifos, añadiendo que hubo entonces falsarios, embaucadores y embaucados que murieron defendiendo el error, y por lo tanto no prueba la verdad de nuestra religión que haya habido mártires que murieran por ella. Más aún, dicen que nunca se preguntó a los mártires si creían en el Evangelio de Juan o en el Evangelio de Santiago. Los gentiles no podían apoyar sus interrogatorios en libros que no conocían. Los magistrados castigaron injustamente a algunos cristianos, como perturbadores del orden público, pero no les preguntaron nunca sobre los cuatro Evangelios que no conocieron los romanos hasta el imperio de Diocleciano y sólo tuvieron alguna publicidad a fines del reinado de éste. Para el cristiano constituía un crimen abominable enseñar los Evangelios a un pagano. Tanto es así, que no encontramos la palabra Evangelio en ningún autor profano.

 

Los sectarios socinianos consideran nuestros divinos Evangelios como obras clandestinas, escritas un siglo después de la muerte de Jesucristo y ocultas a los paganos durante otro siglo. Se trata, en su opinión, de textos compuestos por hombres toscos que durante mucho tiempo las dedicaron al populacho de su partido. No queremos repetir aquí sus demás afirmaciones. Esta secta, aunque bastante diseminada, está tan escondida en la actualidad como lo estuvieron los primeros Evangelios, y es muy difícil convertir a los socinianos, que no creen más que en su razón. Los demás cristianos sólo se pelean con ellos por la fe que profesan a la Sagrada Escritura, por lo que, siendo siempre enemigos, es imposible que unos y otros puedan llegar a reconciliarse.

 

Nosotros continuaremos teniendo fe en los cuatro Evangelios como la tiene la Iglesia infalible y reprobamos los cincuenta evangelios que ella reprobó, sin considerar siquiera por que permitió Jesucristo que se escribieran cincuenta evangelios falsos, esto es, cincuenta historias falsas de su vida, y como corderos nos sometemos a nuestros pastores, que son los únicos a quienes el Espíritu Santo inspira en el mundo.

 

EXAGERACIÓN. Exagerar es una propiedad del espíritu humano. Los escritores más antiguos hiperbolizaron la longevidad de los primeros hombres, atribuyéndoles una vida diez veces más larga que la nuestra. Supusieron que las cornejas vivían trescientos años, los ciervos novecientos y las ninfas tres mil. Si Jerjes pasa a Grecia, lleva tras él a cuatro millones de soldados. Cuando una nación gana una batalla, tiene casi siempre pocas bajas y mata gran cantidad de enemigos. Tal vez por eso en los Salmos se lee: Omnis homo mendax.

 

Todo el que sugiere algo debería ser escrupuloso en lo que dice, y sin embargo, siempre exagera para que le oigan con más interés quienes le escuchan. Este defecto ha desacreditado a los viajeros y por eso se desconfía de ellos. Cuando un viajero ve una col grande como una casa, otro viajero ha visto la olla para cocer esa col, como en una de sus fábulas dice La Fontaine. Sólo la coincidencia de testimonios válidos pone sello de probabilidad a los relatos extraordinarios.

 

La poesía, sobre todo, se halla como pez en el agua en la exageración. Todos los poetas han tratado siempre de atraer la atención de los hombres mediante imágenes sorprendentes. Cuando un dios camina en la Ilíada alcanza el fin del mundo en cuatro zancadas. Antiguamente no valía la pena hablar de montañas para dejarlas en su sitio; era preciso hacerlas saltar como cabras o fundirlas como si fueran de cera.

 

En todas las épocas, la oda se consagró a la hiperbolización. Cuanto más piensa una nación, más pierden en ella su valor las odas henchidas de entusiasmo, que nada enseñan al hombre.

 

EXPIACIÓN. La más acertada de las instituciones de la Antigüedad acaso sea esa ceremonia solemne que reprimía los crímenes, advirtiendo que serían castigados, y sosegaba la desesperación de los culpables haciéndoles rescatar sus culpas con una serie de penitencias. Lo que es indudable es que los remordimientos deben haber precedido a las expiaciones, porque las enfermedades son más antiguas que la medicina y las necesidades han existido antes que los medios de satisfacerlas.

 

A todos los cultos debió preceder, pues, la religión natural, que perturbaría el corazón del hombre cuando por ignorancia o arrebato perpetrara un acto inhumano. El que en una disputa mata a su amigo, el amante celoso que quita la vida a la mujer sin la cual no podía vivir, y el jefe de un país que condena a la pena capital al hombre virtuoso que es un ciudadano útil, son hombres que quedan sumidos en la desesperación si están dotados de naturaleza sensible. Les persigue su conciencia y esta persecución es el colmo de la desgracia. No les queda más que una alternativa: la reparación o la reincidencia en el crimen. Las almas sensibles adoptan la primera; los monstruos eligen la segunda.

 

En cuanto se instituyeron las religiones, empezaron a conocerse las expiaciones, si bien practicadas con ceremonias ridículas, Si no, ¿qué relación puede haber entre el agua del Ganges y un homicidio, ni cómo el hombre puede repararlo bañándose?

 

En el artículo Bautismo ya hicimos ver que era demencia y absurdo pensar que lo que lava el cuerpo lava el alma y borra las manchas que dejan las malas acciones. Poco después, el agua del Nilo poseyó la misma virtud que la del Ganges y a esas purificaciones añadieron otras ceremonias, más absurdas todavía. Los egipcios sorteaban dos machos cabríos para ver cuál de ellos debía ser inmolado, arrojándole a un precipicio cargado con los pecados de los culpables. Dieron a ese macho el nombre de Azazel, esto es, expiador. ¿Podéis decirme qué relación hay entre los machos cabríos y los crímenes de los hombres?

 

Con los años permitió Dios que santificaran esa ceremonia los hebreos, que copiaron muchos ritos egipcios, pero fue sin duda el arrepentimiento, y no el macho cabrío, que purificó el alma de los judíos.

 

Jasón, que asesinó a su cuñado Absirto, se presentó con Medea, más culpable que él, ante Circe, reina y sacerdotisa de Ea, que luego adquirió fama de notable hechicera. Circe los absolvió, sirviéndoles un cerdo cebado con leche y tortas saladas. Con esos ingredientes pueden condimentarse sabrosos platos, pero no devolver la vida a Absirto, ni dar honradez a Jasón ni a Medea.

 

La expiación de Orestes, que mató a su padre por el asesinato de su madre, consistió en robar una estatua a los tártaros de Crimea. Para las expiaciones se inventaron más tarde los misterios. Los culpables recibían en ellos la absolución, sufriendo pruebas penosas y jurando que llevarían nueva vida.

 

En el artículo Bautismo dijimos que los catecúmenos cristianos no se llamaban iniciados hasta que recibían el agua lustral. Es indudable que en esos misterios sólo el juramento de ser virtuoso lavaba las faltas. Tanto es así, que el hierofante, en los misterios de Grecia, al término del oficio, pronunciaba estas dos palabras egipcias: Koth omfeth (velad, sed puros), lo que a la vez es prueba de que los misterios provienen de Egipto y se inventaron para mejorar la condición del hombre.

 

En todas las épocas, los sabios hicieron lo posible para inspirar la virtud y así la debilidad humana no cayera en la desesperación. Pero se llevaron a cabo crímenes horribles que ningún misterio podía evitar. Nerón, pese a ser poderoso emperador, no pudo conseguir que le iniciaran en los misterios de Ceres. Constantino, según refiere Zósimo, no pudo obtener el perdón de sus crímenes, pues se manchó con la sangre de su esposa, su hijo y sus parientes. El interés del género humano exigía que esos horrendos delitos no pudieran expiarse, que su absolución no incitara a cometerlos, y que el horror universal pudiera detener alguna vez a los malvados.

 

La religión católica tiene sus expiaciones, que se denominan penitencias. En el artículo Austeridades queda constancia del abuso que se hizo de tan saludable institución.

 

Las leyes de los bárbaros que destruyeron el Imperio romano disponía que los crímenes se expiaran con dinero: doscientos sueldos al que mataba un sacerdote, y cuatrocientos a un obispo. Vemos, pues, que un obispo equivalía a dos sacerdotes. Después de comportarse de ese modo con los hombres, trataron de hacer lo mismo con Dios cuando se fue estableciendo la confesión. El papa Juan XII, que en todo buscaba el lucro, redactó la tarifa exacta de los pecados. La absolución de un incesto costaba al hombre y a la mujer que habían cometido el incesto, dieciocho libras cuatro ducados y nueve carlinos. La sodomía y la bestialidad también fueron tasadas: se pagaban noventa libras, doce ducados y seis carlinos.

 

Es difícil creer que León X cometiera la imprudencia de imprimir esa tarifa en 1514, como se asegura. No obstante, debe tenerse en cuenta que entonces aún no saltaba ninguna chispa del incendio que provocaron los reformistas, que la Curia de Roma estaba satisfecha de la credulidad de los pueblos, y ni siquiera trataba de cubrir con un ligero velo sus rapiñas. La venta pública de indulgencias, que tuvo lugar al poco tiempo, prueba que la Santa Sede no adoptaba ninguna precaución para ocultar las infamias a que estaban acostumbradas las naciones. En cuanto afloraron las quejas contra los abusos de la Iglesia romana, ésta hizo lo posible por evitarlas, pero no logró conseguirlo.

 

Mi opinión acerca de la mencionada tarifa es que las ediciones que se han hecho no son fieles, porque los precios no están proporcionados, ni son los mismos que inserta D'Aubigné, abuelo de Madama de Maintenon, en la Confesión de Sanci. Convengo con los que dicen que se estableció una tarifa para los que iban a Roma en busca de la absolución o a comprar las dispensas, pero también creo que los enemigos de Roma añadieron mucho a la tarifa con el fin de aumentar su odiosidad.

 

Lo que no ha lugar a dudas es que esas tarifas no las autorizó ningún Concilio, fueron hijas del más enorme de los abusos que inventó la codicia, y que respetaron los que tenían interés en que no se abolieran.

 

EZEQUIEL. Ezequiel, esclavo en Caldea, tuvo una visión junto al río Cobar, afluente del Éufrates. No debe sorprendernos que viera animales de cuatro caras y cuatro alas, con pies de becerro, ni ruedas que girasen solas animadas del espíritu de la vida. Estos símbolos únicamente satisfacen a la imaginación, pero varios críticos se indignan ante la orden que le dio el Señor, de comer durante trescientos noventa días pan de cebada, trigo y mijo cocido debajo de excrementos humanos.

 

Resistiéndose, el profeta contestó a ese mandato: « ¡Ah, Señor! Mira que mi alma no está contaminada... y respondióme: He aquí que en lugar de excremento humano te daré estiércol de bueyes, con el que cocerás tu pan.»

 

Como no es costumbre comer pan cocido con semejante porquería, la mayor parte de los hombres creen que ese mandato es asqueroso e indigno de la Majestad Divina. No obstante, debemos confesar que la boñiga de buey y los diamantes del Gran Mogol son perfectamente iguales, no sólo ante los ojos del Ser Divino, sino también ante los ojos del verdadero filósofo, y en cuanto a los motivos que Dios tuvo para ordenar semejante condumio a su profeta no nos incumbe averiguarlos. Nos basta hacer ver que ese mandato, que nos parece extraño, no lo pareció tanto a los hebreos.

 

Es cierto que la Sinagoga no permitía en la época de san Jerónimo la lectura de Ezequiel a los jóvenes hasta que cumplieran los treinta años. Ahora bien, estaba prohibida porque en el capítulo XVIII dice el profeta que el hijo no será responsable de las iniquidades del padre, y no se dirá:

 

«Los padres han comido racimos verdes y los hijos tendrán denteras». Ello está en contradicción con Moisés, que en el capítulo XXVIII de los Números afirma que los hijos participarán de la iniquidad de los padres hasta la tercera y cuarta generaciones.

 

Ezequiel, en el capítulo XX, hace decir al Señor que dio a los judíos preceptos que no son buenos. Por esto la Sinagoga prohibía a los jóvenes una lectura que podía poner en duda las leyes de Moisés.

 

Los críticos de nuestros días extrañan más aún el capítulo XVI de Ezequiel, por la manera que el profeta trata de dar a conocer las abominaciones de Jerusalén, a la que describe el Señor como una prostituta: «Tus pechos crecieron, y tu vello brotó y tú estabas desnuda y confusa. Al pasar te miré y he aquí que tu edad era la edad de los amores: extendí sobre ti un manto y cubrí tu desnudez; y dite juramento y fuiste mía. Te lavé, te perfumé, te vestí y te calcé bien; te di un manto, te puse brazaletes y un collar, pendientes en las orejas y corona en la cabeza. Envanecida con tu hermosura, te prostituiste y te ofreciste lujuriosa a todo el que pasaba; en toda encrucijada de camino pusiste tú la señal de prostitución y abriste las piernas a todo pasajero, y pecaste con los egipcios; no satisfecha con esto, has pagado a tus amantes y les has hecho regalos, y pagando en vez de ser pagada obraste al revés que las demás prostitutas.»

 

Los críticos se indignan aún ante lo que dice Ezequiel en el capítulo XXIII. Una madre tenía dos hijas que perdieron su virginidad prematuramente; la mayor se llamaba Oolla y la menor Ooliba: «Oolla se holgaba con los señores jóvenes, los magistrados y los varones de viso, y se acostaba con los egipcios desde su adolescencia. Ooliba fornicó más con oficiales, magistrados y caballeros de poderoso miembro, y era tan libidinosa que iba buscando el abrazo de quienes tenían el miembro tan grande como los asnos y eyaculaban tanto semen como los caballos».

 

Estas descripciones, que indignan a los espíritus mojigatos, sólo son alegorías de las iniquidades de Jerusalén y de Samaria. Esta forma de expresarse que hoy nos parece libre, entonces no lo era. Similar candidez se encuentra en muchos pasajes de la Biblia. Los vocablos utilizados para describir el coito de Booz con Rut, y de Judá con su cuñada, no son deshonestos en hebreo; en cambio, lo serían en las lenguas modernas. No nos cubrimos con manto si no nos avergüenza nuestra desnudez. ¿Cómo era posible, en aquellos tiempos, ruborizarse al pronunciar la palabra testículos cuando tocaban los de las personas a quienes hacían una promesa, cuando era una muestra de respeto y símbolo de fidelidad, como antiguamente entre nosotros los antiguos señores feudales ponían las manos entre las del soberano?

 

Las naciones modernas traducen los testículos por piernas: Eliazar pone la mano en la pierna de Abrahán, y José pone la mano en la pierna de Jacob. Esta costumbre era muy antigua en Egipto. Los egipcios ni por asomo creían que era indecente lo que nosotros no nos atrevemos a nombrar ni enseñar; llevaban en procesión un miembro viril de gran tamaño que llamaban falo, para dar gracias a los dioses de haberles dotado de ese miembro para la propagación del género humano. Ello prueba que nuestra decencia no es la misma de los pueblos antiguos, y que es preciso dejar de lado los prejuicios cuando leemos autores antiguos o viajamos por naciones remotas. La naturaleza es la misma en todas partes, pero los usos y costumbres son distintos.

 

Un día me encontré en Amsterdam con un rabino que se sabía la Biblia al dedillo, y hablando conmigo me dijo: «Amigo mío, os debemos estar agradecidos por haberos ocupado de la sublimidad de la ley mosaica, del condumio de Ezequiel y sus edificantes actitudes sobre el costado izquierdo. Oolla y Ooliba son dos tipos admirables y simbolizan que un día el pueblo judío será dueño del mundo. Mas, ¿por qué habéis omitido otros tipos que son poco más o menos de la misma fuerza? ¿Por qué no habéis descrito al Señor cuando dijo al sabio Oseas, desde el segundo versículo del primer capítulo: «Oseas, toma una prostituta y hazle hijos». Estas son sus palabras. Oseas cohabitó con la joven y tuvo dos varones y una hembra. Más aún, el Señor, en el tercer capítulo, le dice: «Busca una mujer que no sólo sea disoluta, sino adúltera». Oseas obedeció, pero la obediencia le costó quince escudos y fanega y media de cebada, porque ya sabéis que en la tierra prometida había poco trigo. ¿Podéis explicarme lo que todo eso simboliza?» No, le contesté. Un sesudo sabio que nos oyó hablar, se acercó y dijo que todo eran ficciones ingeniosas y agradables. Un joven muy instruido, dirigiéndose a él, le replicó: «Si os gustan las ficciones, creedme, debéis dar preferencia a las de Homero, Virgilio y Ovidio, pues al que le gusten las profecías de Ezequiel merece. participar de su condumio».

 

EZUR‑VEIDAM. El Ezur‑Veidam, que está en la biblioteca del rey de Francia, es el comentario que un brahmán compuso en tiempos remotos, antes de la época de Alejandro, sobre otro Veidam que era menos antiguo que el libro del Chasta. No me cansaré de insistir que debemos respeto a los hindúes como pueblo antiquísimo que inventó el juego del ajedrez y enseñó a los griegos la geometría.

 

El Ezur‑Veidam lo tradujo un brahmán, corresponsal de la desafortunada compañía de las Indias. Me trajeron esa traducción al monte Krapack, donde residí algún tiempo, y lo regalé a la Biblioteca Real de París, porque está mejor que en mi casa.

 

Quienes lo consulten se enterarán por dicho libro que, después de muchas revoluciones que obró el Eterno, le plugo crear un hombre que se llamó Adimo y una mujer cuyo nombre significaba vida. ¿Esta narración hindú está tomada de los libros hebreos, o los hebreos la copiaron de los indios? ¿Puede decirse que es original de unos y otros, y que las imaginaciones coinciden muchas veces? Los hebreos no pueden creer que sus antecesores copiaran nada de los brahmanes, de los que nunca habían oído hablar. No nos es lícito creer respecto a Adán más de lo que creen los hebreos; por lo tanto, callo y no pienso.

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