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E

 

ECLIPSE. Durante mucho tiempo los pueblos consideraron los fenómenos extraordinarios como presagios de sucesos prósperos o adversos. Los historiadores romanos observaron que un eclipse de sol acompañó el nacimiento de Rómulo, que otro anunció su muerte y un tercero precedió la fundación de Roma.

 

En el artículo Visión de Constantino hablaremos con detalle de la aparición de la cruz que precedió al triunfo del cristianismo, y en el artículo Profecías trataremos de la estrella nueva que apareció cuando el nacimiento de Jesús. Aquí nos limitaremos a indicar que el mundo se cubrió de tinieblas en los momentos en que expiraba el Salvador.

 

Los escritores griegos y latinos de la Iglesia citan como auténticas dos cartas atribuidas a Dionisio el Areopagita, en las que refiere que encontrándose en Heliópolis con su amigo Apolofano vieron de repente, hacia la hora sexta, que la luna se colocaba bajo el sol, produciendo un gran eclipse. En seguida, cerca de la hora nona, se apercibieron de que la luna abandonaba el sitio que ocupaba para colocarse en la parte opuesta. Entonces tomaron las reglas de Felipe Arideus y, tras examinar el curso de los astros, comprobaron que lógicamente el sol no pudo producir un eclipse en aquel momento. Además, observaron que la luna, contra su marcha natural, en vez de venir desde Occidente a colocarse debajo del sol, llegó por la parte de Oriente y se volvió hacia atrás por la misma parte. Esto hizo decir a Apolofano: «Estos son, mi querido Dionisio, trueques divinos», a lo que Dionisio apostilló: «O el autor de la naturaleza sufre, o la máquina del universo quedará pronto destruida».

 

Dionisio añade que habiendo tomado nota de la hora y año en que se produjo ese prodigio, y combinando todo ello con lo que Pablo dijo algún tiempo después, se rindió a la evidencia de la verdad, al igual que su amigo. Así se originó la creencia de que las tinieblas que oscurecieron el mundo en la muerte de Cristo fueron producto de un eclipse sobrenatural, hasta que Maldonat dijo que ésta era la opinión de los católicos. Era, en efecto, difícil oponerse a la declaración de un testigo ocular, sabio e imparcial, porque entonces se supone que Dionisio era todavía pagano.

 

Ahora bien, como esas cartas atribuidas a Dionisio se escribieron a fines del siglo V o comienzos del IV, Eusebio de Cesárea reafirma dicha creencia citando el testimonio de Flegón, liberto del emperador Adriano (1). Ese autor, también pagano, escribió la historia de las Olimpíadas en dieciséis libros, desde su origen hasta el año 1040 de nuestra era. Eusebio añade que esos sucesos se citan en los antiguos libros griegos, dando como fecha el año dieciocho del reinado de Tiberio. Se cree que Eusebio se refiere al historiador griego Thallus, que citan Justino, Tertuliano y Julio el Africano, pero como las obras de Thallus y de Flegón no han llegado hasta nosotros, no podemos juzgar de la exactitud de las dos citas. Y si bien es cierto que el Cronicón pascale de los griegos, San Jerónimo, Atanasio, el autor de la Historia Miscelánea y Freculfo de Luxem, entre los latinos, todos copian del mismo modo el fragmento de Flegón y dicen lo mismo que Eusebio, no es menos cierto que esos testigos que deponen con uniformidad tradujeron o copiaron dicho fragmento, no del mismo Flegón, sino de Eusebio, que fue el primero que lo citó. Juan Filopomo que leyó a Flegón, no está de acuerdo con Eusebio, diferiendo ambos en dos años. Podrían también citarse los nombres de Máximo y Madela que vivieron en tiempos que aún subsistía la obra de Flebón, y de hacerlo nos daría el siguiente resultado. Cinco de los autores citados son copistas o traductores de Eusebio. Filopomo, que declara haber transcrito las palabras de Flegón, las lee de otro modo, y de otra forma las leen también Máximo y Madela; por lo tanto, no es cierto que interpreten exactamente el mencionado pasaje.

 

(1) El pasaje de Flegón que cita Eusebio es: «El año IV de la Olimpíada 202 hubo un eclipse de sol, el mayor que se conoció hasta entonces. A la sexta hora del día sobrevino una noche tan oscura que en el cielo aparecieron las estrellas. Además, se produjo un gran terremoto que derribó muchas casas en Niceac.

 

Además, hay una prueba inequívoca de que Eusebio es poco fiel al citar a los autores. Asegura que los romanos erigieron una estatua a Simón el Mago con esta inscripción: Simoni Deo sancto (A Simón Dios santo). Theodoret, san Agustín, san Cirilo, Clemente de Alejandría, Tertuliano y san Justino están de acuerdo con Eusebio; san Justino, que afirma haber visto dicha estatua, nos refiere que estaba colocada entre los dos puentes del Tíber, o sea en la isla que forma el río. Sin embargo la inscripción, desenterrada en Roma en 1574, en el sitio que indicó Justino, dice: Semons Sanco deo Fidio. Ovidio refiere que los antiguos sabinos edificaron un templo en el monte Quirinal a esa divinidad, que llamaron Semo Sancus Sanctus o Fidius, y en Gruter hay dos inscripciones parecidas; una de ellas estaba en el monte Quirinal, y la otra subsiste todavía en Rieti, región que ocuparon antiguamente los sabinos.

 

Por último, los cálculos de Hoegson, Halley, Whirton y Gale Morris han demostrado que Flegón y Thallus se ocuparon de un eclipse natural que tuvo lugar el 24 de noviembre, el primer año de la 202 Olimpíada y no en el cuarto año, como asegura Eusebio. Su tamaño en Nicea sólo fue, en opinión de Whirton, de cerca de diez dedos, o sea dos tercios y medio del disco del sol, y empezó a las ocho y cuarto y terminó a las diez y quince minutos. Entre El Cairo y Jerusalén, según dice Gale Morris, el sol quedó oscurecido durante dos minutos.

 

No se da crédito a los supuestos testimonios de Dionisio, Flegón y Thallus, y recientemente se ha citado la historia de China en cuanto al gran eclipse de sol que supusieron tuvo lugar contra todo pronóstico el año treinta y dos del nacimiento de Jesucristo. La primera obra que lo menciona es una Historia de China, que publicó en París en 1672 el jesuita Greslon. En el extracto que incluyó el Diario de los sabios, el 2 de febrero de ese año, se encuentra el siguiente pasaje:

 

«Los anales de China refieren que en el mes de abril del año treinta y dos de Jesucristo hubo un gran eclipse de sol, en contra de las leyes de la naturaleza. Si ello fue verdad, ese eclipse podría ser muy bien el que ocurrió durante la pasión de Jesucristo, que murió en el mes de abril según opinan algunos autores. Por esto los misioneros que están en China ruegan a los astrónomos de Europa que estudien si hubo o no eclipse en dichos mes y año, y si pudo tener lugar en forma natural, porque probando esa circunstancia podrían sacarse de ello grandes ventajas para convertir a los chinos.»

 

Uno no acierta a comprender por qué pidieron a los matemáticos de Europa que hicieran ese cálculo, cuando los jesuitas Adam, Shal y Verbiest, que reformaron el calendario de China, calcularon los eclipses, los equinoccios y los solsticios, y ellos pudieron hacer el cálculo. Además, si el eclipse que refiere Greslon tuvo lugar contra las leyes de la naturaleza, ¿cómo era posible calcularlo? Según confesión del jesuita Couplet, los chinos han incluido en sus anales gran número de falsos eclipses, y el chino Yam Quemsiam, al contestar a la Apología de la Religión Cristiana, que publicaron en China los jesuitas, dice terminantemente que ese supuesto eclipse no consta en ninguna historia china.

 

¿Cómo hemos de creer, pues, al jesuita Tachard, que en el preámbulo de su Viaje a Siam dice que la Suprema Sabiduría hizo conocer en la Antigüedad a los reyes y pueblos de Oriente el nacimiento y la muerte de Jesucristo mediante la nueva estrella que apareció y mediante un sobrenatural eclipse? Sin duda, ignoraba ese jesuita las palabras que respecto a un asunto muy parecido pronunció san Jerónimo. Helas aquí: «Esa opinión, aunque sea muy a propósito para halagar los oídos del pueblo, no por eso es verdadera».

 

Hubieran podido ahorrarse esas discusiones con recordar que Tertuliano dijo que el día se apagó de repente estando el sol en mitad de su carrera, y los paganos creyeron que fue por efecto de un eclipse porque no sabían que el hecho ya lo profetizó Amós: «El sol se pondrá al medio día y entonces desaparecerá la luz». «Los que han tratado de averiguar la causa de ese evento —continúa diciendo Tertuliano— sin poderla descubrir, la negaron; pero el hecho es cierto y consta en los archivos.»

 

Orígenes dice que no es extraño que los autores extranjeros no hablen de las tinieblas que mencionan los evangelistas, porque sólo oscurecieron las cercanías de Jerusalén, y según su opinión, con la palabra Judea se designa todo el mundo en algunas partes de la Sagrada Escritura. Confiesa, por otra parte, que el pasaje del Evangelio de Lucas, en el cual en su tiempo se decía que toda la tierra se cubrió de tinieblas cuando se produjo el eclipse de sol, fue falsificado por algún cristiano ignorante que creyó de esa manera descifrar mejor el texto del evangelista, o por algún enemigo mal intencionado que con ese pretexto pretendió calumniar a la Iglesia, como si los evangelistas hubieran querido significar que había de producirse un eclipse en tiempo determinado, que era obvio no podía tener lugar. «Es verdad —añade Orígenes— que Flegón dijo que hubo un eclipse en la época de Tiberio pero al no decir que se produjo en luna llena no tiene nada de prodigioso. Estas tinieblas —continúa diciendo Orígenes— eran de la misma naturaleza que las que cubrieron Egipto en tiempos de Moisés y que no llegaron hasta la región donde habitan los israelitas. Las tinieblas de Egipto duraron tres días y las de Jerusalén sólo tres horas; las primeras fueron una copia de las segundas, y así como Moisés, para atraerlas sobre Egipto, elevó las manos al cielo e invocó al Señor, también Jesucristo, para cubrir de tinieblas a Jerusalén, extendió las manos sobre la cruz para protestar del pueblo ingrato que, amotinado en contra de él, gritó: Crucificadle, crucificadle.»

 

Nosotros terminaremos este artículo diciendo como Plutarco: Las tinieblas de la superstición son más peligrosas que las de los eclipses.

La CIA Agresiones de EEUU a América latina - La relación entre el Neoliberalismo y el ALCA - ¿Qué es la globalización? - ¿Qué es la Cocaína?

ECONOMÍA. En su acepción ordinaria, esta palabra significa la manera de administrar los bienes, y es común al padre de familia y al ministro de Hacienda de un reino. Las diferentes clases de gobierno, las rencillas de familia y de corte, las guerras injustas y mal llevadas, la espada de Temis entregada a la mano del verdugo para matar al inocente y las discordias intestinas, son asuntos ajenos a la economía. Tampoco se trata aquí de la verborrea de los políticos que gobiernan un estado desde su despacho.

 

La economía doméstica nos proporciona las tres cosas que son de imprescindible necesidad para el hombre: vivir, vestir y tener abrigo o techo. Puede decirse que para él no existe otra necesidad, a no ser la de calentarse en países de clima glacial. Estas tres necesidades, bien atendidas, coadyuvan a la salud, sin la cual no hay nada.

 

Hacer vida de campo es sinónimo de dedicarse a la vida patriarcal, pero en nuestros climas esta vida sería impracticable y nos haría morir de frío, hambre y miseria.

 

Abrahán desde Caldea se dirigió a Sichem, y desde aquí emprendió un largo viaje por los desiertos inhóspitos para llegar a Memfis, con objeto de comprar trigo. Pasaré por alto la parte divina de la historia de Abrahán y su descendencia, y sólo me ocuparé aquí de su economía rural. Dejó la región más fértil del orbe y las ciudades donde había casas muy cómodas, para vagar errante por países que hablaban una lengua que no podía entender. Desde Sodoma pasa al desierto de Gerara, donde no había una casa donde cobijarse. Cuando despide a la esclava Agar y al hijo que tuvo de ella, Ismael, todavía estaba en el desierto y para el viaje sólo les da un pan y un cántaro de agua. Cuando va a sacrificar su hijo al Señor, estando en el desierto, él mismo corta la leña que ha de quemar a la víctima y la carga en las espaldas del hijo que se dispone a inmolar. Su esposa muere en un sitio llamado Hebrón y como no tiene ni seis pies de tierra para enterrarla se ve obligado a comprar una cueva para dar sepultura a su mujer; ése fue el único pedazo de tierra que poseyó Abrahán. Sin embargo, tuvo muchos hijos, sin contar Isaac y su posteridad, y su segunda mujer Gethura tuvo a la edad de ciento cuarenta años, según el cómputo ordinario, cinco hijos que se fueron a Arabia.

 

Que nosotros sepamos, Isaac no poseyó ni un solo palmo de tierra en el país donde murió su padre, y no debió tenerlo porque se fue al desierto de Gerara con Rebeca, su esposa, a casa de Abimelech, rey de Gerara, que fue amante de su madre. Ese rey del desierto también se enamoró de Rebeca, que su marido hizo pasar por hermana como Abrahán hizo con Sara cuarenta años antes. Es chocante que en esa familia hagan pasar siempre las mujeres por hermanas, con idea de ganar alguna cosa, pero ya que tales hechos están consagrados, debemos respetarlos. La Sagrada Escritura dice que se enriqueció en esa tierra inhóspita que él convirtió en fértil, y que llegó a ser poderosísimo, pero también se dice que no encontraba agua para beber, que tuvo una trifulca con los pastores del reyezuelo de Gerara por mor de un pozo, y que no tuvo ni una casa. Tampoco la tuvieron sus hijos Esaú y Jacob. Este se vio obligado a proporcionarse el pan en Mesopotamia, que Abrahán abandonó. Estuvo sirviendo siete años para conseguir la hija mayor de Labán, y otros siete para casarse con la segunda hija, y después huyó con Raquel y los ganados de su suegro, que le persiguió. No es eso tener una fortuna asegurada. Esaú vivió también errante como Jacob. Ninguno de los doce patriarcas, hijos de Jacob, tuvo morada fija, ni fue propietario de un campo. Vivían en tiendas de campaña como los beduinos.

 

No cabe duda que esa vida patriarcal no dice con nuestras costumbres ni con la vida moderna. Todo buen ganadero necesita una vivienda sana orientada al Este, vastas granjas, establo y cuadras limpias, todo lo cual puede valer unos cincuenta mil francos de la moneda actual. Debe sembrar todos los años cien fanegas de trigo, dedicar otras tantas para buenos pastos, poseer algunas fanegas de viña, y otras para cultivar cereales, legumbres y árboles útiles. Con todo ello, bien administrado, puede mantener en la abundancia una numerosa familia. Sus campos mejorarán de día en día y soportará sin temor la falta de cosechas y la carga fiscal porque un buena cosecha le resarcirá del perjuicio de dos malas, y disfrutará en sus dominios de soberanía real, sometida únicamente a las leyes. Ese es el estado más natural del hombre, el más tranquilo y el más feliz, pero desgraciadamente el más raro.

 

El hijo de ese venerable patriarca, al ver que es rico, le disgusta pagar el impuesto humillante de la talla. Por desgracia, aprendió el latín, va a la ciudad y compra un cargo que le exceptúa de pagar exacción de la talla y hará noble a su hijo dentro de veinte años. Vende su heredad para pagar su vanidad. Una joven educada en el lujo se casa con él, le deshonra y le arruina, muere en la miseria y su hijo tiene que vestir librea en París. Tal es la diferencia que hay entre la economía del campo y las ilusiones de las ciudades.

 

ECONOMÍA DE LAS PALABRAS. Es un término consagrado en exclusiva a los padres de la Iglesia y a las primeras instituciones de nuestra santa religión, y significa hablar adaptándose a los tiempos y a las circunstancias.

 

Por ejemplo, san Pablo, siendo cristiano, entra en el templo de los judíos para cumplir con los ritos judaicos con el fin de aparentar que no se separa de la ley mosaica. Al cabo de siete días le reconocen y le acusan de haber profanado el templo. Acto seguido, le maltratan y lo echan de allí tumultuosamente; el tribuno de la cohorte lo hace atar con cadenas. Al día siguiente, el tribuno reúne el sanedrín y comparece Pablo ante ese tribunal. El sumo sacerdote Anniah empieza por darle una bofetada (1) y Pablo cuenta lo siguiente:

 

«Me dio una bofetada, pero yo me despaché a gusto.» Sabiendo Pablo que la mitad de sus jueces eran saduceos y la otra mitad fariseos, les habló de este modo: «Soy fariseo y mi padre también lo fue; sólo se me quiere condenar por esperar la resurrección de los muertos». En cuanto Pablo dijo esto se entabló tal discusión entre fariseos y saduceos que hizo disolver la audiencia, porque los saduceos aseguran que no hay resurrección, ni ángeles, ni espíritus, y los fariseos sostienen lo contrario.

 

(1) En los pueblos asiáticos dar una bofetada era un castigo legal. Todavía hoy, en Chinay en los países de allende el Ganges, condenan a la pena de recibir una docena de bofetadas.

 

Es evidente según el texto, que Pablo no era fariseo porque era cristiano, y dijo las mencionadas palabras sólo para enzarzar en disputa a saduceos y fariseos. A eso se llama hablar por economía, por prudencia. O lo que es igual, se trata de una añagaza religiosa que sólo se hubiera atrevido a emplear un apóstol.

 

Del mismo modo, casi todos los padres de la Iglesia hablaron por economía. San Jerónimo desarrolla admirablemente ese método en su carta 54. Sus palabras no tienen desperdicio. Después de afirmar que hay ocasiones en que es menester dar un pan y una pedrada, continúa escribiendo:

 

«Os ruego que leáis a Demóstenes y a Cicerón, y si no os placen los retóricos porque su arte consiste en decir más lo inverosímil que lo verdadero, leed a Platón, Teofrasto, Jenofonte, Aristóteles y a todos los que después de haber bebido en la fuente de Sócrates sacaron de ella diversos arroyos. ¿Se encuentra acaso en ellos candor y sencillez? ¿Qué vocablo no tiene dos sentidos? ¿Cuándo no adoptan el sentido que puede hacerles salir airosos? Orígenes, Metodio, Eusebio y Apolinario, escribieron millares de versos contra Celso y Porfirio. Meditad el artificio y la sutileza con que combaten el espíritu del diablo, diciendo no lo que creen, sino lo que creen necesario decir (Non quod sentiunt, sed quod necesse est dicunt). No voy a ocuparme de los autores latinos Tertuliano, Cipriano Minucius, Victorino, Lactancio e Hilario, porque sólo trato de defenderme, y para esto me bastará referiros el ejemplo del apóstol san Pablo, etcétera».

 

San Agustín escribe con frecuencia por economía. Se adapta tan bien a los tiempos y a las circunstancias, que en una de sus cartas confiesa que sólo explicó el misterio de la Trinidad porque era preciso que dijera algo. No habló así porque dudara de la Santísima Trinidad, sino que conociendo que ese misterio es inefable quiso satisfacer la curiosidad del pueblo.

 

Este método siempre lo admitió la teología. Contra los eucratitas se empleaba un argumento capaz de reportar la victoria a la causa que defendían los carpocracianos, y cuando disputaban para vencer a los carpocracianos, cambiaban de armas. Tan pronto dicen que Jesucristo murió para salvar a muchos, cuando quieren excluir a los réprobos, como afirman que murió por todos cuando tratan de poner de manifiesto su bondad universal. En el primer caso, toman el sentido propio por el sentido figurado; en el segundo, toman el sentido figurado por el sentido propio, según exija la prudencia.

 

Esa práctica no la admitiría la justicia. Castigaría al testigo que declarara en pro y en contra en un asunto capital, pero hay infinita diferencia entre los viles intereses humanos, que exigen la mayor claridad, y los intereses divinos, que están ocultos en un abismo impenetrable y emplean con frecuencia la mentira. Los mismos jueces que exigen en la audiencia pruebas convincentes que se aproximen a una demostración, se satisfacen en los sermones con pruebas morales, e incluso con proclamaciones sin pruebas.

 

San Agustín habla por economía cuando dice: «Creo, porque esto es absurdo; creo, porque esto es imposible». Estas palabras, que serían extravagantes en cualquier asunto mundano, son respetables en teología, porque significan que lo que es absurdo e imposible para los mortales, no lo es para Dios; si Dios me reveló esos absurdos y esas imposibilidades, debo creerlos.

 

A un abogado no le dejarían expresarse de ese modo en la audiencia, y encerrarían en un manicomio a los testigos que dijeran: «Aseguramos que el acusado, estando en la cuna en la Martinica, mató a un hombre en París, y estamos convencidos de tal homicidio porque es absurdo y porque es imposible».

 

San Agustín dice en su carta 53: «Está escrito (1) que el mundo entero pertenece a los fieles; los infieles no tienen un óbolo que posean legítimamente». Si siguiendo ese principio dos depositarios de mis ahorros me aseguran que son fieles, y fiándome de ellos quiebran y me arruinan, serán condenados por los tribunales a pesar de lo que dice san Agustín.

 

(1) En los Proverbios, cap. 17, pero sólo en la traducción de los Setenta, la única que entonces admitía la Iglesia.

 

San Ireneo sostiene (libro IV, capítulo 25) que no debemos condenar el incesto de las dos hijas de Lot con su padre, ni el de Thamar con su suegro, por razón de que la Santa Escritura no dice expresamente que esa acción sea criminal. Que no lo diga la Biblia no impedirá que las leyes castiguen el incesto.

 

Todos los primitivos cristianos, sin excepción, pensaban acerca de la guerra como los esenios y los terapeutas, como piensan y obran hoy los cuáqueros y los dumkars, como siempre pensaron y obraron los brahmanes. Tertuliano es quien combate con más ardor esos homicidios legales que nuestra abominable naturaleza hace necesarios «No hay ningún uso, ni ninguna razón, que legitime ese acto criminal». No obstante, después de asegurar que ningún cristiano puede llevar armas, por economía, dice en el mismo libro, tratando de intimidar al Imperio romano: «Nosotros somos de ayer y, sin embargo, llenamos vuestras ciudades y vuestros ejércitos». Esto sólo fue verdad en la época de Constancio, pero la economía exigía que Tertuliano exagerara para hacer temible su partido. Con igual propósito dice que Pilato era cristiano de corazón. Todo su Apologético está henchido de intenciones parecidas, que aguijoneaban el celo de los neófitos.

 

Concluiremos los ejemplos del método económico, que son innumerables, con el pasaje de san Jerónimo referente a la discusión que tuvo con Joviano sobre las segundas nupcias. «Si los órganos de la generación de los hombres, las partes genitales de la mujer y la diferencia de los dos sexos, creados uno para otro, manifiestan con evidencia que fueron destinados para crear hijos, he aquí lo que os voy a contestar: si eso fuera así, la consecuencia sería que no deberíamos cesar de aparearnos, por miedo a llevar inútilmente los miembros que para eso fueron destinados. ¿Por qué el marido se abstendría entonces de cohabitar con su mujer, por qué la viuda perseveraría en la viudedad? ¿Nacimos destinados a ese acto como los animales? ¿En qué me perjudicaría el hombre que se acostara con mi mujer? Indudablemente, si tenemos dientes para comer, y para que pase al estómago lo que desmenuzan; si no obra mal el hombre que da pan a mi mujer, tampoco obra mal si siendo más vigoroso que yo aplaca su hambre de otra manera y me descansa de fatigas, toda vez que los órganos generativos nos han sido dados para gozar y deben cumplir su destino.»

 

Después de transcribir este pasaje, me parece inútil citar otros. Nótese únicamente que ese método económico, que es afín al estilo de la polémica, debe manejarse con la mayor circunspección, y que no corresponde a los profanos imitar en sus disputas la manera que los santos usan ya impulsados por el ardor de su celo, ya por la candidez de su estilo.

 

EDUCACIÓN. Diálogo entre un consejero y un ex jesuita.

 

EL EX JESUITA. Podéis comprender la triste situación en que me ha sumido la bancarrota de los dos banqueros La Valette y Lacy. Yo era un pobre sacerdote del colegio de Clermont que se llama de Luis el Grande conocía algo el latín y me sabía al dedillo el catecismo que os estuve enseñando durante diez años gratuitamente. En cuanto salisteis del colegio, con la intención de estudiar Derecho, comprasteis un cargo de consejero del Parlamento y me disteis vuestro voto para que mendigara el sustento fuera de mi patria, o para tener que reducirme a vivir trabajosamente en ella con dieciséis luises y dieciséis francos anuales, que no bastan para alimentarnos y vestirnos mi hermana y yo. Todo el mundo me dice que el desastre que sufrió mi Compañía no lo causó únicamente la bancarrota de La Valette y Lacy, sino también el hermano La Chaise, confesor e intrigante, y el hermano Le Tellier, confesor como aquél de Luis XIV y redomado perseguidor. Pero yo no conocía al uno ni al otro; murieron antes de que yo naciera. Se asegura también que las disputas que tuvieron los jansenitas y los molinistas sobre la gracia versátil y la ciencia media contribuyeron mucho a expulsarnos de nuestras casas, pero yo nunca supe qué es esa gracia. Os hice traducir a la sazón a Cicerón, a Virgilio, a Séneca y a Horacio; en suma, hice cuanto supe por educaros bien y he aquí la recompensa que recibo.

 

EL CONSEJERO. Indudablemente, sois quien me ha educado, pero cuando entré en el mundo y quise atreverme a hablar se burlaron de mí; podía citar las obras de Horacio y la prosa de algunos autores latinos, pero ignoraba que Francisco I cayó prisionero en Pavía, en dónde estaba situada esa ciudad y desconocía incluso el país donde he nacido. No me enseñasteis las principales leyes que interesan a mi patria, ni una palabra de matemáticas ni de filosofía. Sólo aprendí latín y algunas tonterías más.

 

EL EX JESUITA. Sólo pude enseñaros lo que a mí me enseñaron. Estudié en el colegio hasta la edad de quince años, y a esa edad un jesuita me sedujo, engañándome. Entré de novicio, me embrutecieron durante dos años y luego me declararon apto para impartir la enseñanza. ¿Cómo queréis que os diera la educación que se recibe en el colegio militar?

 

EL CONSEJERO. No pretendo semejante cosa, pero sé que cada uno debe aprender desde niño lo que le sirva para desempeñar la profesión que piensa ejercer. Clairant fue hijo de un profesor de matemáticas y así que supo leer y escribir su padre le enseñó su arte, y a los doce años era un excelente geómetra; luego estudió latín, que no le sirvió para nada. La célebre marquesa de Chatelet aprendió bastante bien el latín en un año, y a nosotros nos hacían estar siete anos en el colegio para que adquiriéramos algunas nociones de esa lengua muerta. Cuando salíamos de nuestro colegio para estudiar leyes nos sucedía peor aún. A mí, que nací en París, me hicieron estudiar durante tres años las leyes de la antigua Roma que ya no rigen. Por descontado, mi profesor empezó por distinguir la jurisprudencia en el derecho natural y en el derecho de gentes: el derecho natural es común a los hombres y a los animales, en su opinión, y el derecho de gentes es común a todas las naciones, que no están de acuerdo unas con otras. Luego me hicieron aprender de memoria la ley de las Doce Tablas, que derogaron los mismos romanos que la promulgaron; el edicto del pretor, cuando ya no existen pretores; todo lo concerniente a los esclavos, cuando ya no hay esclavos domésticos en toda la Europa cristiana; el divorcio, cuando el divorcio no está admitido en nuestros países, etc. Pronto barrunté que me habían metido en un abismo del que era imposible salir, y me convencí que me habían dado una educación inútil para desenvolverse en el mundo. Pero aún quedé más confuso cuando leí las ordenanzas francesas, capaces de llenar ochenta volúmenes y que se contradicen unas a otras; me vi obligado, cuando asumí el cargo de juez, a aplicar el buen sentido y la equidad de que me dotó la naturaleza y con cuyos apoyos me equivoco casi siempre en todos los fallos. Tengo un hermano que estudia Teología con el propósito de llegar a vicario general y se queja también de la educación que ha recibido. Necesitó seis años largos para llegar a aprender que hay nueve coros de ángeles y en lo que se diferencia un trono de una dominación; si el Pisón en el Paraíso terrenal, estaba a la derecha o a la izquierda del Gedeón si el idioma con que la serpiente departía con Eva era el mismo que habló la borrica de Balaán; para saber en qué consistió que Melquisedec hubiera nacido sin tener padre ni madre; para saber dónde vive Enoc, que no ha muerto todavía, y dónde están los caballos que transportaron a Elías en un carro de fuego, después que con su manto separó las aguas del Jordán, y en qué fecha debe volver para anunciar el fin del mundo. Hablando con franqueza, debéis convenir conmigo en que para seguir cualquier carrera nos dan una educación muy inadecuada, y que es infinitamente mejor la que reciben quienes se dedican a las artes u oficios.

 

EL EX JESUITA.--Estamos de acuerdo, pero yo no puedo vivir con mis cuatrocientos francos anuales, mientras algún individuo, cuyo padre era lacayo, tiene treinta caballos en sus caballerizas y cuatro cocineros.

 

EL CONSEJERO.--Lo único que puedo hacer por vos es regalaros de mi bolsillo cuatrocientos francos. Y esto no lo he aprendido de los autores latinos que a vuestras órdenes aprendí a conocer y traducir.

 

EJÉRCITO, ARMAS. Vaya por delante que existieron y existen sociedades sin ejércitos. Los brahmanes, que gobernaron durante mucho tiempo casi todo el gran quersoneso de la India; los primitivos cuáqueros, que gobernaban Pensilvania; algunas poblaciones de América y del centro de Africa; los samoyedos, y los lapones, jamás han formado al frente de ninguna bandera para ir a guerrear y a destruir los pueblos inmediatos.

 

Los brahmanes constituían el más numeroso de los pueblos pacíficos. Su casta, que es antiquísima, sus buenas costumbres y su religión, estaban de acuerdo en no derramar jamás sangre, ni aún la de los animales más inofensivos. Por eso, siguiendo semejante doctrina, fueron subyugados con facilidad y lo serán siempre.

 

Los pensilvanios jamás tuvieron ejército y su horror por la violencia fue constante. Numerosas poblaciones de América no sabían qué era un ejército hasta que los españoles fueron allí a exterminarlo todo. Los habitantes del mar Glacial no conocen los ejércitos, ni los dioses de los ejércitos, ni batallones, ni escuadrones. Además de esos pueblos, en ningún otro los sacerdotes llevan armas, al menos cuando son fieles a su institución. Sólo entre los cristianos se han visto sociedades religiosas establecidas para guerrear, como la sociedad de los Templarios, la de los caballeros de la orden de San Juan y la de los Teutones. Esas órdenes religiosas se crearon imitando a los levitas, que combatían como las demás tribus judías.

 

Ni los ejércitos ni las armas fueron idénticos en todos los pueblos de la Antigüedad. Los egipcios casi nunca tuvieron caballería; era inútil en un país dividido por canales, que estaba inundado cinco veces cada año y lleno de fango durante otras cinco. Los habitantes de gran parte de Asia empleaban las cuádrigas de guerra, que citan los anales de China. Confucio dice que todavía en su época el gobernador de cada provincia suministraba al emperador mil carros de guerra de cuatro caballos. Los troyanos y los griegos peleaban en carros tirados por dos caballos. La nación judía, situada en terreno montañoso, desconoció la caballería y los carros, y cuando eligió su primer rey sólo tenía jumentos. Treinta hijos de Jair, que eran príncipes de treinta ciudades, según dice el Antiguo Testamento (1), montaban cada uno en un asno. Los hijos de David huyeron montados en mulas cuando Absalón fue muerto por su hermano Ammón. También Absalón iba montado en una mula en la batalla que libró contra las tropas de su padre, lo que prueba, según el Antiguo Testamento, que ya eran bastante ricos para comprar mulas en los países vecinos.

 

(1) Libro de los Jueces. cap. 10, 4.

 

Los griegos apenas se servían de la caballería. Alejandro ganó principalmente con la falange macedónica las batallas que le dieron el dominio de Persia. La infantería romana conquistó la mayor parte del mundo. En la batalla de Farsalia, César no tenía a sus órdenes más que mil soldados de caballería.

 

No se sabe con exactitud en qué época los hindúes y los africanos empezaron a poner los elefantes en primera línea de sus ejércitos. Asombra leer que los elefantes de Aníbal pasaron los Alpes, por aquel entonces más impracticables que hoy.

 

Se ha conjeturado mucho sobre cómo se formaban los ejércitos romano y griego, sus armas y sus evoluciones y cada autor ha expuesto su plano de las batallas de Zama y de Farsalia. El comentarista padre Calmet, para explicar mejor los mandamientos de Dios, incluyó en su Diccionario de la Biblia cien grabados con planos de batallas y de sitios. El Dios de los judíos era el dios de los ejércitos, pero Calmet no fue su secretario y sólo pudo saber por revelación cómo los ejércitos de los amalecitas, de los moabitas, de los sirios y de los filisteos, fueron formados en orden de batalla los días de la matanza general. Esos grabados que copian la carnicería que allí hubo hicieron valer su libro cinco o seis luises de oro, pero no consiguieron que fuera mejor.

 

También se pone en duda si los francos, a los que el jesuita Daniel llama franceses con anticipación, se servían de flechas en sus ejércitos y sí llevaban cascos y corazas. Suponiendo que se lanzaran al combate casi desnudos y armados de un hacha pequeña, de una espada y de un cuchillo, se inferirá de esta suposición que los romanos, dueños de las Galias, siendo vencidos tan fácilmente por Clovis, habían perdido su legendario valor, y que los galos prefirieron ser vasallos de un puñado de francos que de un puñado de romanos.

 

El atuendo de guerra cambió pronto, como cambia todo. En los tiempos de los caballeros y escuderos, sólo se conocía la soldadesca montada en Alemania, Francia, Italia, Inglaterra y España. Esa soldadesca llevaba armadura de hierro. Los soldados de infantería eran siervos, y puede decirse que asumían las funciones de gastadores más que de soldados. Los ingleses tuvieron siempre entre sus huestes buenos arqueros, que fueron los que consiguieron la victoria en casi todas las batallas.

 

¿Quién hubiera creído entonces que hoy en día los ejércitos sólo hacen experimentos de física? El mílite se quedaría asombrado si un sabio le dijera: «Amigo mío, eres mejor artificiero que Arquímedes. Se preparan cinco partes de salitre, una parte de azufre y otra parte de carbo ligneus, cada uno por separado. Dispuesto el salitre, filtrado, evaporado, cristalizado, removido y seco, se mezcla con el azufre purificado y adquiere un hermoso tono amarillo. Estos dos ingredientes, mezclados a su vez con carbón mineral, forman dos bolas gruesas al echarles un poco de vinagre o disolución de sal amoníaco u orina. Estas bolas se reducen en in pulverem pyrium en un molinillo. El efecto que produce esa mezcla es una dilatación equivalente a cuatro mil veces su volumen, y el plomo que está dentro del tubo que llevas en la mano causa otro efecto, que es el producto de su masa multiplicado por su velocidad. El primero que adivinó en gran parte ese secreto de matemáticas fue el franciscano Rogelio Bacon y quien lo perfeccionó en e! siglo XIV un benedictino alemán apellidado Schwartz. Por lo tanto, debes a dos frailes el arte de ser excelente homicida, si la pólvora que gastas es buena. Ducange propugna que en 1338 los registros de la Cámara de Cuentas de París mencionan una Memoria en que se habla de la pólvora de cañón, pero no lo creo. La pólvora de cañón hizo olvidar totalmente el fuego griego, que los moros usan todavía, y te hace depositario de un arte que no sólo imita el fragor del trueno, sino que es más temible que éste». Este parlamento encierra una gran verdad: dos frailes cambiaron la faz de la tierra.

 

Antes de la invención de los cañones, los países del Norte habían subyugado casi todo el hemisferio y podían haber vuelto otra vez, como lobos hambrientos, a devorar las tierras que antiguamente devoraban sus antepasados. En los ejércitos antiguos, la fuerza corporal, la agilidad, el furor sanguinario y la lucha encarnizada cuerpo a cuerpo, decidían la victoria y, por ende, el destino de las naciones. Los hombres más arrojados se apoderaban con escalas de las ciudades. Había tan poca disciplina en los ejércitos del Norte en tiempos de la decadencia del Imperio romano, como entre las fieras que se lanzan contra su presa. Hoy, una sola ciudadela de la frontera, dotada de cañones, detendría a los ejércitos de Atila y de Gengis. No hace mucho, un ejército de rusos victoriosos se consumió inútilmente ante Crustin, una pequeña fortaleza situada en un pantano.

 

En las batallas, los hombres más débiles de cuerpo vencen a los más robustos si tienen buena artillería y la dirigen bien. Unos cuantos cañones bastaron en la batalla de Fontenoy para que se batiera en retirada toda una columna inglesa, dueña ya del campo de batalla.

 

Los combates no son ya de hombre a hombre; el soldado carece hoy de ese ardor, ese entusiasmo que redobla la fogosidad de la acción cuando se lucha cuerpo a cuerpo. La fuerza, la habilidad, e incluso el temple de las armas, resultan inútiles. Sólo en contadas ocasiones durante una guerra se utiliza la bayoneta, aunque ésta sea, sin duda alguna, la más terrible de las armas.

 

En una llanura, muchas veces rodeada de baterías de cañones, dos ejércitos avanzan en silencio uno contra otro: cada batallón lleva consigo cañones de campaña. Las primeras líneas de infantes disparan una contra otra, y una después de otra, y esas líneas son la carne de cañón. Se ve formar en alas los escuadrones que se exponen continuamente al fuego del enemigo, esperando la orden del general. Los primeros que se cansan de esa maniobra, en la que para nada entra el arrojo corajudo, se desbandan y abandonan el campo de batalla. El general acude a rehacerlos si puede, a gran distancia de allí. Los enemigos victoriosos ponen sitio a una ciudad, sitio que les suele costar más tiempo, más hombres y más dinero que varias batallas. Las ventajas que se logran rara vez son rápidas, y al cabo de cinco o seis años los dos ejércitos enemigos quedan en cuadro y se ven obligados a concertar la paz.

Así, pues, la invención de la artillería y el método moderno han establecido entre las potencias una igualdad que pone al género humano al abrigo de las antiguas devastaciones y hace las guerras menos funestas, aunque lo son mucho todavía.

 

Los griegos en todas sus épocas, los romanos hasta los tiempos de Sila y los demás pueblos de Occidente y Septentrión, no tuvieron ejércitos mercenarios permanentes en pie de guerra. Todos los habitantes de esos países eran soldados que empuñaban las armas en tiempo de guerra. Así ocurre hoy en Suiza. Si recorréis esa nación en tiempo de paz no encontraréis en ninguna parte un solo batallón, pero cuando hay guerra veréis cómo se arman de repente ochenta mil soldados.

 

Los que usurparon el poder supremo, desde los tiempos de Sila, tuvieron ya ejércitos permanentes que pagaba el dinero de los ciudadanos, más para sujetarlos que para subyugar a las demás naciones. Hasta el obispo de Roma paga un pequeño ejército. ¿Quién habría podido adivinar en tiempos de los apóstoles, que en el transcurso de los años el servidor de los servidores de Dios tendría regimientos mercenarios y en la misma Roma?

 

ELÍAS Y ENOC. Son dos personajes muy singulares de la Antigüedad, los únicos que no alcanzó la muerte y se vieron transportados fuera del mundo. Un sabio defiende que esos personajes son alegóricos. Los padres de Elías son desconocidos, y dicho sabio cree que Galaad, el país, sólo significa el decurso de los tiempos, haciéndolo derivar del vocablo Galgala que significa revolución. La palabra Elías se parece mucho a la voz Helios, que significa sol. El holocausto que ofrecía Elías, que encendió el fuego del cielo, es una imagen que demuestra el poder que poseen los rayos del sol reunidos. La lluvia que cae después de los grandes calores es también una verdad física. El carro de fuego y los caballos ígneos que elevan a Elías hasta el cielo son la imagen sorprendente de los cuatro caballos del sol. El regreso de Elías al finalizar el mundo parece estar acorde con la antigua opinión que creía que el mundo se extinguiría en las aguas en medio de la destrucción general que los hombres esperaban. Casi toda la Antigüedad estuvo convencida durante mucho tiempo de que el mundo acabaría pronto.

 

Nosotros hacemos caso omiso de esas alegorías y nos atenemos a lo que dice el Antiguo Testamento.

 

Enoc es un personaje tan singular como Elías. Únicamente el Génesis nombra a su padre y a su hijo, mientras que la familia de Elías es completamente desconocida. Tanto los orientales como los occidentales han alabado a Enoc. La Sagrada Escritura nos dice que fue padre de Matusalén y no vivió en el mundo más que trescientos sesenta y cinco años, lo que le parece una vida muy breve para uno de los primeros patriarcas. Nos refiere que se marchó con Dios y no volvió más, porque Dios se lo llevó. «Por estas palabras —dice el reverendo Calmet— los padres y numerosos comentaristas aseguran que Enoc vive todavía, que Dios lo transportó fuera del mundo como a Elías. Los dos vendrán antes del Juicio Final a oponerse al Anticristo, Elías a predicar a los judíos y Enoc a los gentiles.»

 

San Pablo, en su carta a los Hebreos dice: «Por su fe fue arrebatado Enoc, para que no conociera la muerte, y ya no le vieron porque el Señor lo transportó». San Justino, o el que tomó su nombre, dice que Enoc y Elías están en el paraíso terrenal esperando el segundo advenimiento de Jesucristo, y san Jerónimo cree, por el contrario, que Enoc y Elías están en el cielo. En tanto, Enoc es el séptimo hombre después de Adán y se supone que escribió un libro que cita san Judas (1). Tertuliano asegura que esa obra se conservó en el Arca y que el propio Enoc sacó una segunda copia después del diluvio.

 

(1) Véase el articulo Apócrifos.

 

Esto es lo que la Sagrada Escritura y los padres de la Iglesia nos afirman de Enoc. Pero los profanos de Oriente nos dicen mucho más. Creen que, efectivamente, existió Enoc y fue el primero que hizo esclavos en la tierra. Unas veces le llamaban Enoc y otras Edris; también dicen que dictó leyes a los egipcios bajo el nombre de Thaut, a quien llamaron los griegos Hermes. Le atribuyen un hijo llamado Sabi que fue el fundador de la religión de los sabeos. Existió una antigua tradición en Frigia sobre Anac, de quien se decía que los judíos habían formado la palabra Enoc. Los frigios tomaron esta tradición de los caldeos o babilonios, que reconocieron también a un Enoc o Anac como inventor de la astronomía. Un día al año lloraron a Enoc en Frigia, como lloraron a Adoni o Adonis los fenicios.

 

El referido sabio que cree que Elías es un personaje alegórico, mantiene la misma opinión sobre Enoc. Cree que la palabra Enoc o Anac significaba año, que los orientales le lloraban lo mismo que Adonis, y que se regocijaban al empezar el año nuevo; que en la Antigüedad no solamente significaba Enoc el principio y el fin del año, sino también el último día de la semana. Es difícil penetrar en los arcanos de la historia antigua, y aun cuando a ciegas descubriéramos la verdad, no estaríamos seguros de poseerla. Pero al cristianismo le basta con la Biblia.

 

ELOCUENCIA. Nació antes que las reglas de la retórica, así como las lenguas se formaron antes que la gramática. La naturaleza otorga al hombre elocuencia cuando le agitan grandes pasiones o le impulsa un gran interés. Quien está vivamente conmovido ve las cosas desde otro punto de vista que los demás hombres, emplea rápidas comparaciones y felices metáforas sin darse cuenta de ello, animando su discurso y comunicando a sus oyentes parte de su entusiasmo. El filósofo Dumarsais ha observado que hasta el pueblo llano se expresa por medio de figuras y que le son comunes y naturales los giros que denominamos tropos. El hombre elocuente consigue que la naturaleza se refleje en las imágenes con que embellece su disertación. El deseo natural de cautivar a sus maestros y jueces, el recogimiento de su alma profundamente afectada que se dispone a desarrollar los sentimientos que la excitan, son los primeros maestros del arte.

 

Esa misma naturaleza es la que suele inspirar improvisaciones vivas y animadas. Una pasión fogosa, un peligro inminente, hieren de repente la imaginación. Un capitán de los primeros califas, pongo por caso, al ver que los musulmanes huían, les gritó: «¿A dónde huís? Por ese camino no encontraréis a los enemigos». Esa misma frase se ha atribuido a varios caudillos, entre ellos a Cromwell. Las almas esforzadas abundan más que las almas débiles. Rasi, capitán en la época de Mahoma, al ver desconcertados a los árabes por la muerte de su general Derar, caído en el campo de batalla, exclama: «¿Qué importa que haya muerto Derar? Dios está vivo y os contempla; atacad al enemigo». También tuvo un rasgo de elocuencia el marino inglés Jenkis, que hizo decidir la guerra contra España en 1740, quien dijo: «Cuando los españoles, después de mutilarme, querían darme muerte, encomendé mi alma a Dios y mi venganza a la patria».

 

La naturaleza, pues, es la que da la elocuencia, y aunque se dice que el poeta nace y el orador se hace, esto sólo ocurre cuando la elocuencia se ve obligada a estudiar las leyes, el carácter de los jueces y el método de la época: la naturaleza sólo es elocuente a saltos.

 

Las reglas nacieron siempre después del arte. Tisias fue el primero que recogió las leyes de la elocuencia, de las que la naturaleza dicta las primeras reglas. Más tarde, Platón dijo en su Gorgias que el orador debe tener la sutileza del dialéctico, la ciencia del filósofo, la dicción del poeta y la voz y los gestos del comediante. Aristóteles, después de demostrar Platón que la verdadera filosofía es la guía secreta del espíritu en todas las artes, profundizó los manantiales de la elocuencia en su Retórica poniendo de manifiesto que la dialéctica es la base del arte de persuadir, y ser elocuente es saber demostrar.

 

Distinguió tres géneros en la elocuencia: deliberativo demostrativo y judicial. El primero trata de convencer a los que están deliberando para que se decidan por la guerra o la paz, sobre la administración pública etcétera; el segundo, o sea el demostrativo, se ocupa en demostrar lo que es digno de alabanza o de vituperio, y el tercero, en judicial, trata de persuadir, absolver o condenar. Es fácil comprender que esos tres géneros no siempre están separados uno de otros. Trata luego de las pasiones y costumbres que todos los oradores deben conocer. Analiza las pruebas que deben aducirse en cada uno de los tres géneros de elocuencia y concluye examinando a fondo la elocución, para que el discurso no languidezca. Recomienda el uso de metáforas a condición de que sean adecuadas y nobles, exigiendo, sobre todo, un lenguaje conveniente y decoroso. Todos sus preceptos traslucen la probidad ilustrada del filósofo y la civilización del ateniense, y al dictar reglas de elocuencia es también elocuente por su sencillez.

 

Es de advertir que Grecia fue entonces la única nación del orbe donde se conocieron las reglas de la elocuencia, porque era la única donde la verdadera elocuencia existió. Rasgos sublimes los hubo en todas partes y en todas épocas, pero sólo los griegos supieron conmover las mentes de una nación civilizada. Los orientales casi todos eran esclavos y el carácter de la servidumbre consiste en exagerarlo todo, por eso la elocuencia asiática fue abrupta. El Occidente era bárbaro en la época de Aristóteles.

 

En Roma comenzó a conocerse la verdadera elocuencia en tiempos de los Gracos y no se perfeccionó hasta la época de Cicerón. Marco Antonio, Hortensio, Curión, César y muchos otros fueron elocuentes. Su elocuencia pereció con la república al igual que la de Atenas. Dícese que la elocuencia sublime sólo se desarrolla con la libertad porque consiste en atreverse a decir la verdad, en hacer gala de las razones y de las pinturas fuertes. El poderoso casi nunca desea que le digan la verdad, teme las razones y prefiere adulaciones hipócritas a rasgos de elocuencia.

 

EMBLEMA (Representación, alegoría, símbolo, etc.). Todo es símbolo y representación en la Antigüedad. En Caldea pusieron en el cielo un carnero, dos cabritos y un toro, para significar los productos de la tierra en la primavera. En Persia, el fuego fue símbolo de la divinidad; en Egipto, el perro celeste anunciaba las inundaciones del Nilo, y la serpiente que enrosca la cola en la cabeza se convirtió en la imagen de la eternidad.

 

En la India se encuentran todavía algunas estatuas toscas, de las que hemos hablado, que representan la virtud y están provistas de diez brazos para combatir los vicios, y que nuestros inefables misioneros tomaron por retratos del diablo creyendo que todos los que no hablaban francés o italiano adoraban al señor del Infierno.

 

Presentad esos símbolos de la Antigüedad ante un hombre de cortos alcances que nunca haya oído hablar de ellos, y no cabe la menor duda que no los comprenderá porque hablan un lenguaje que es preciso aprender.

 

Los antiguos poetas teístas se vieron en la necesidad de presentar a Dios con figura humana. San Clemente de Alejandría cita unos versos de Jenófanes dignos de atención y que transcribimos traducidos en prosa: « ¡Gran Dios! Por más que queramos idearte, no podemos comprenderte, ni menos describirte. Cada uno te atribuye diversos atributos: las aves dicen que vuelas por los aires, los toros que tienes cuernos temibles, los leones te confieren dientes desgarradores, y los caballos velocidad en la carrera».

 

De estos versos de Jenófanes se infiere que de antiguo forjan a Dios a imagen y semejanza del hombre. El antiguo Orfeo de Tracia, el primer teólogo de los griegos anterior a Homero, dice, según Clemente de Alejandría: «Sentado en su eterno trono, rodeado de nubes e inmóvil, rige los vientos y las tempestades; sus pies pisan el mundo, y desde lo alto de los aires su mano toca al mismo tiempo las costas de dos mares; es el principio, el medio y el fin de todo».

 

Como todo era representación y símbolo en la Antigüedad, los filósofos, sobre todo los que viajaron por la India, emplearon tal método. Sus máximas eran símbolos, enigmas.

 

«No aticéis el fuego con la espada», es decir no excitéis a los hombres cuando están encolerizados. «No metáis la lámpara en ningún agujero», esto es, no ocultéis la verdad a los hombres. «Absteneos de las habas», huid de las asambleas públicas, que votaban con habas blancas o negras. «No tengáis golondrinas en vuestra casa», no la llenéis de charlatanes. «Durante la tempestad buscad el eco», en las guerras civiles retiraos al campo. «No escribáis sobre la nieve», no enseñéis a las gentes a ser flojas y débiles. «No os comáis el corazón ni el cerebro», no os entreguéis a la pesadumbre ni a empresas demasiado difíciles, etc.

 

Tales son las máximas de Pitágoras, cuyo sentido no es difícil de comprender.

 

El más sublime de todos los símbolos es el de Dios, que Timeo de Locres representa con esta idea: «Es un círculo cuyo centro está en todas partes y cuya circunferencia no está en ninguna». Platón lo adoptó y Pascal lo incluyó entre los materiales que reunió con el título de Pensamientos.

 

En metafísica y en moral, los antiguos lo han dicho todo. Nosotros,coincidimos con ellos o los copiamos. Los libros modernos que tratan de esas materias no son más que repeticiones.

 

Cuando más nos internamos en Oriente, más establecido está el uso de símbolos y representaciones. Pero también van difiriendo, esas imágenes, de nuestros usos y costumbres. Es sobre todo en la India, Egipto y Siria donde encontramos los símbolos más extraños para nosotros. En esos países es donde llevaban respetuosamente en procesión los dos órganos de la generación, los dos símbolos de la vida. Nos burlamos de ellos y los tratamos de ignorantes y bárbaros porque agradecían inocentemente a Dios haber recibido la vida de El. ¿Qué hubieran dicho de nosotros esos pueblos si nos hubieran visto entrar en las iglesias llevando al cinto la espada, instrumento de destrucción?

 

En Tebas, el macho cabrío representaba los pecados del pueblo. En las costas de Fenicia, una mujer desnuda, llevando en la mano una cola de pescado, era el símbolo de la naturaleza.

 

No es de extrañar, pues, que el uso de los símbolos se extendiera entre los judíos cuando constituyeron un pueblo en el desierto de Siria.

 

Uno de los más hermosos símbolos del Antiguo Testamento es este pasaje del Eclesiastés: «Cuando las obreras del molino sean pocas y estén ociosas, cuando lo que miran por los agujeros se oscurezca, cuando el almendro florezca, cuando la langosta engorde, cuando las alcaparras caigan, cuando el cordoncillo de plata se rompa, cuando la cintilla de oro se retire y cuando el cántaro se rompa en la fuente...» Todo eso quiere decir que cuando los viejos pierden los dientes, su vista se debilita, sus cabellos blanquean como la flor del almendro, sus pies se hinchan como la langosta, sus cabellos caen como las hojas del alcaparro y ya no son aptos para la generación, entonces es preciso que se preparen para hacer el gran viaje.

 

El Cantar de los Cantares, como sabemos, es un símbolo continuo de la unión de Jesucristo con la Iglesia, y dice así:

 

«Que me dé un beso con su boca, pues sus pechos son más embriagadores que el vino / Que ponga su mano izquierda bajo mi cabeza y me abrace con la mano derecha. / ¡Qué hermosa eres, querida mía! / tus ojos son de paloma / tus cabellos son como un rebaño de cabras, sin hablarte de lo que ocultas; / tus labios son dos rubíes, tus mejillas como dos medias granadas de escarlata, sin hablar de lo que tú ocultas; / ¡qué hermosa es tu garganta! ¡qué miel destilan tus labios! / Mi querido puso su mano en mi agujero y el vientre se me estremeció a su contacto; / tu ombligo es como una copa hecha a torno; / tu vientre es como un montón de trigo rodeado de flores de lis; / tus dos pechos son como dos cervatillos; / tu cuello es como torre de marfil; / tu nariz es como la torre del monte Líbano; / tu cabeza es como el monte Carmelo; tu talle es tronco de palmera. Yo he dicho: Subiré a la palmera y recogeré sus frutos. ¿Qué haremos de nuestra hermana pequeña? Todavía no tiene pechos. Si es una pared, edifiquemos encima de ella una torre de plata; si es una puerta, cerrémosla con madera de cedro.»

 

Sería preciso transcribir todo el cántico para convencerse de que es una alegoría desde el principio hasta el fin. El agudo padre Calmet demuestra que la palmera a donde subió el bien amado es la cruz en que murió nuestro Señor Jesucristo. Debemos confesar, sin embargo, y confesar sinceramente, que la moral pura y sana es preferible a semejantes alegorías.

 

En el Antiguo Testamento se encuentran muchos símbolos típicos que en la actualidad nos chocan o leemos con incredulidad y con burla, pero que tal vez parecían naturales y sencillos a los pueblos asiáticos. Dios se aparece a Isaías, hijo de Amós, y le dice: «Quítate del cuerpo la vestidura, descálzate; así lo hizo y fue por todas partes desnudo y descalzo. Y Dios dijo: Así como mi siervo Isaías anduvo desnudo y descalzo, en señal de predicción de tres anos de guerra contra Egipto y Etiopía, así también el rey de los asirios se llevará delante de sí cautivos a los de Egipto y de Etiopía, jóvenes y viejos, desnudos y descalzos y descubiertas las nalgas, para ignominia de Egipto» (Isaías, cap. XX, vers. 2 y siguientes).

 

Esta última medida no nos parece decente, pero nos resultará menos chocante si nos enteramos de lo que ocurre todavía entre los turcos, 105 africanos y en la India. Si estudiamos las costumbres de esos países veremos que no es raro encontrar allí santones que van en cueros, que no sólo predican a las mujeres, sino que se dejan besar las partes genitales por respeto, sin que esos besos inspiren a las mujeres ni a los santones el menor deseo impúdico. Veremos también, estudiando esas costumbres, que en las orillas del Ganges un inmenso gentío de hombres y mujeres desnudos, extendiendo los brazos hacia el cielo, esperan el momento de producirse un eclipse para sumergirse en el río.

 

Jeremías, que era profeta en la época de Joakim, rey de Judá, se puso cadenas y cuerdas por mandato del Señor, y luego las envió a los reyes de Edom, de Moab, de Tiro y de Sidón, por medio de los embajadores que enviaron a Jerusalén, ordenándoles que hablaran del modo siguiente a sus señores:

 

«Esto dice el Señor de los ejércitos, el Dios de Israel, y esto diréis a vuestros señores: yo crié la tierra, y los hombres, y las bestias que están sobre la tierra ... y he dado su dominio a quien me plugo. Al presente, pues, he puesto todos estos países en poder de Nabucodonosor, rey de Babilonia, ministro mío, y le he dado también las bestias del campo para que le sirvan ... También le anuncié a Sedecías, rey de Judá, todas estas mismas cosas diciéndole: Doblad vuestra cerviz al yugo del rey de Babilonia, y servidle a él y a su pueblo, y así salvaréis la vida.»

 

Estas palabras dieron pie para que acusaran a Jeremías de ser traidor a su patria y a su rey, y de profetizar en favor de sus enemigos por recibir dinero, y se asegura que fue apedreado. Es evidente que las cadenas y las cuerdas en cuestión fueron el símbolo de la servidumbre que Jeremías quiso someter a su patria.

 

También Herodoto nos cuenta que un rey de los escitas envió como regalo a Darío, un pájaro, un ratón, una rana y cinco flechas. Ese símbolo significa que si Darío no huía tan veloz como un pájaro, una rana o un ratón, le matarían las flechas de los escitas. La alegoría de Jeremías era símbolo de la impotencia, y la de los escitas del valor.

 

Dícese que Sexto Tarquinio, habiendo consultado a su padre Tarquinio el Soberbio cómo debía proceder con los gabilenses, éste, sin contestarle y como paseaba por el jardín, tronchó las cabezas de las adormideras más altas. Su hijo, comprendiendo el significado, hizo matar a los principales ciudadanos. Ese fue el emblema de la tiranía.

 

Varios estudiosos creen que la historia de Daniel, del dragón de la fosa de los siete leones, que les daban de comer dos ovejas y dos hombres cada día, y la historia del ángel que agarró a Habacuc por los cabellos para llevar comida a Daniel en la fosa de los leones, sólo son una alegoría, un emblema del celo continuo con que Dios vela por sus servidores. Pero a nosotros nos parece que es más religioso creer que es un suceso verídico, como otros muchos que refiere la Sagrada Escritura. Limitémonos a los símbolos, a las alegorías verdaderas que refiere la Biblia.

 

«El ano treinta, el quinto día del cuarto mes, estando yo entre los cautivos junto al río Cobar, los cielos se abrieron y tuve la visión de Dios. El Señor dirigió su palabra a Ezequiel, sacerdote, hijo de Buzi, en el país de los caldeos, junto al río Cobar; y allí se hizo sentir sobre él la mano de Dios.» Así empieza su profecía Ezequiel tras haber visto un torbellino de fuego y en medio de él las figuras de cuatro animales semejantes al hombre, que tenían cuatro caras y cuatro alas y pies de toro, y una rueda que estaba sobre el mundo y tenía cuatro frentes, y las cuatro partes de la rueda giraban a un tiempo sin retroceder desde que se ponían en movimiento, etc. Dijo: «El espíritu entró en mí, y en seguida el Señor me dijo: Hijo de hombre, come cuanto hallares; come ese libro y ve a hablar a los hijos de Israel. Abrí la boca y diome a comer aquel volumen ... El espíritu entró en mí y me dijo: Vete y que te encierren en tu casa y te aten con estas cadenas. Toma también un cazo de hierro y ponlo como una muralla entre ti y la ciudad; mantente firme y ponte delante de Jerusalén, como si la estuvieras sitiando; esto será una señal para la casa de Israel.»

 

A continuación de esta orden, Dios le manda que duerma trescientos noventa días del lado izquierdo para purgar las iniquidades de Israel, y cuarenta días del lado derecho por las iniquidades de la casa de Judá.

 

Antes de pasar adelante, transcribiremos las palabras del agudo comentarista Calmet respecto a esa parte de la profecía de Ezequiel, que al mismo tiempo es una verdad y una alegoría, verdad real y símbolo. He aquí cómo la comenta ese sabio benedictino:

 

«Hay quien cree que eso no ocurrió, que sólo fue una visión del profeta, que ningún hombre puede permanecer tanto tiempo acostado de un mismo lado, a no ser por un milagro, que no diciéndonos la Biblia que fue un prodigio no se deben prodigar los actos milagrosos sin necesidad y que Si permaneció acostado trescientos noventa días sólo fue durante las noches, el día lo dedicaba a sus quehaceres. Pero nosotros no vemos la necesidad de recurrir a los milagros, ni buscar tergiversaciones para explicar este hecho. No es del todo imposible que el hombre pueda estar atado con cadenas y acostado del mismo lado durante trescientos noventa días. Todos los días se ven ejemplos que prueban tal posibilidad en los presos, ciertos enfermos y algunas personas de juicio trastornado que por irascibles se las encadena. Prado atestigua que vio y conoció a un loco que estuvo atado y acostado desnudo, siempre del mismo lado durante quince años. Si lo que refiere el profeta sólo fue una visión, ¿cómo es que los judíos cautivos comprendieron lo que les quiso decir Ezequiel? ¿Cómo éste hubiera ejecutado las órdenes de Dios? Lo mismo puede negarse que levantó el plano de Jerusalén, que representó el sitio, que fue atado y que comió pan de diferentes clases.»

 

Debemos adoptar la opinión del agudo Calmet, que es su mejor intérprete. Es evidente que la Sagrada Escritura refiere el suceso como una verdad y que ésa es el símbolo, el tipo de otra verdad

 

«Toma trigo, cebada, habas, lentejas, mijo y alverjas y con ello amasa panes para comerlos durante los días que duermas del lado derecho (1). Comerás durante trescientos noventa días esos panes como si fueran tortas de cebada, y los cocerás debajo del excremento humano. Los hijos de Israel comerán también así su pan inmundo...»

 

(1) Ezequiel 4, 9, 12.

 

Esa porquería fue tan real que horrorizó a Ezequiel y le hizo exclamar: « ¡Ah, Señor!, mira que mi alma no está contaminada ... Y respondióme: He aquí que en lugar de excremento humano te daré estiércol de bueyes, con el cual cocerás tu pan» (2).

 

(2) Ezequiel 4, 14, 15.

 

Como era preciso que el pan del profeta estuviera inmundo para ser un símbolo, lo coció con estiércol de bueyes durante trescientos noventa días, y el hecho fue a la vez una realidad y una figura simbólica.

 

Del símbolo te Oolla y te Ooliba. La Sagrada Escritura afirma que Oolla es el símbolo de Jerusalén: «Hijo de hombre, haz que Jerusalén conozca sus abominaciones, y dice: Tu origen y tu raza es de tierra de Canaán. Amorreo era tu padre, y Cetea tu madre». A continuación, Ezequiel, sin temor a las interpretaciones malignas ni a burlas, que entonces se desconocían, habla a la joven Oolla en estos términos: «Tus pechos crecieron y tu vello brotó, y tú estabas desnuda y confusa« Al pasar te miré y he aquí que tu edad era la edad de los amores; extendí sobre ti mi manto y cubrí tu desnudez; y dite juramento y fuiste mía. Envanecida empero con tu hermosura, te prostituiste, y te ofreciste lujuriosa a todo el que pasaba, entregándote ... en toda encrucijada de camino pusiste la señal de prostitución; y abriste las piernas a todo pasajero y multiplicaste tus fornicaciones. Y pecaste con los egipcios, tus vecinos, que tenían grandes miembros y aumentaste tus fornicaciones para irritarme».

 

El versículo que trata de Ooliba, que significa Samaria, es más osado y está escrito en estilo más indecente.

 

«Desnuda se entregó a las fornicaciones y descubrió sus liviandades, y ardió en amor infame hacia aquellos cuyos miembros son como miembros de asnos y su flujo como flujo de caballos.»

 

Esas imágenes, que hoy nos parecen licenciosas y repugnantes, en aquellos tiempos eran candorosas y sencillas. Hay muchos ejemplos en El Cantar de los Cantares como modelo de la unión más casta. Es de advertir que esas expresiones, esas imágenes, son siempre serias y que en ningún libro de tan remota antigüedad se encuentra nunca una sola burla sobre la generación. Cuando condenan la lujuria lo hacen terminantemente y con palabras propias, pero nunca con la idea de excitar la voluptuosidad ni burlarse. La remota Antigüedad no cuenta con un Marcial, un Catulo, ni un Petronio.

 

De Oseas y otros símbolos. No se considera como visión ni alegoría, sino como una realidad, la orden que dio el Señor al profeta Oseas de tomar una prostituta y tener tres hijos de ella (1). Y en efecto, mantuvo trato carnal con Gomer, hija de Evalaim, de la que tuvo dos varones y una niña. Tampoco fue una visión que se amancebara después con una mujer adúltera por mandato del Señor, y que le pagara quince trocitos de plata y una fanega y media de cebada. La primera prostituta personificaba a Jerusalén y la segunda a Samaria.

 

(1) Véanse los primeros capítulos del Libro del profeta Oseas.

 

Tampoco fue una visión que el patriarca Salomón se casara con la prostituta Rahab, abuela de David, ni que el patriarca Judá cometiera incesto con su cuñada Thamar, de cuya relación nació David. Asimismo no lo fue que Rut, otra abuela de David, se acostara con Booz, ni que David hiciera matar a Urías y robara a Betsabé, de quien le nació el rey Salomón, pero todos esos hechos se convirtieron en símbolos cuando se realizaron.

 

Resulta evidente, pues, de la historia de Ezequiel, Oseas, Jeremías y demás profetas de los libros hebraicos, que sus costumbres eran muy distintas de las nuestras y que el mundo antiguo en nada se parecía al nuestro.

 

EMPADRONAMIENTO. Los empadronamientos más antiguos que conserva la historia son los hebreos, de los que no podemos dudar porque constan en el Antiguo Testamento.

 

No se debe contar como censo la huida de los israelitas, en número de seiscientos mil hombres, porque el texto no los especifica tribu por tribu (1), añadiendo además que un inmenso gentío se unió a ellos. Eso no constituye más que un relato.

 

El primer empadronamiento circunstanciado que conocemos se encuentra en el libro de los Números (2). Del recenso del pueblo que hicieron Moisés y Aarón en el desierto resultó, contando todas las tribus menos la de Leví, que había seiscientos tres mil quinientos cincuenta hombres capaces de empuñar las armas. Si a ellos añadimos la tribu de Leví, suponiendo que tuviera igual número que las demás tribus, resultará que podían contar con seiscientos cincuenta y tres mil novecientos treinta y cinco hombres, a los que hay que sumar otros tantos, entre viejos, mujeres y niños, que dan un total de dos millones seiscientos quince mil setecientas cuarenta y dos personas salidas de Egipto.

 

Cuando David, siguiendo el ejemplo de Moisés, ordenó el recuento de todo el pueblo resultó que había ochocientos mil guerreros de las tribus de Israel y quinientos mil de las de Judá, según el libro de los Reyes (3), pero según los Paralipómenos (4) se contaron ochocientos mil guerreros en Israel y menos de quinientos mil en Judá. El libro de los Reyes excluye las tribus de Leví y de Benjamín, y el de los Paralipómenos tampoco las cuenta. Si añadimos, pues, esas dos tribus a las otras, guardando una regla de proporción, sumará el total de guerreros trescientos ochenta mil. Es una suma excesiva para el pequeño país de Judea, que estaba poco poblado. Por esto fue un milagro.

 

(1) Éxodo, 12, 37, 38.

 

(2) Libro de los Números, cap. 1.

 

(3) Libro II, cap. 24.

 

(4) Libro I, cap. 21, 5.

 

No nos incumbe averiguar el motivo que tuvo el Señor de.los reyes y de los pueblos para castigar a David por dicho recuento, que ordenó llevara a cabo Moisés, ni mucho menos averiguar por qué estando Dios irritado con David castigó al pueblo por ser empadronado. El profeta Gad mandó al rey, de parte de Dios, que eligiera entre la guerra, el hambre o la peste. David optó por la peste y murieron en tres días seiscientos mil judíos. San Ambrosio, en su libro Penitencia, y san Agustín en la obra que escribió contra Fausto, reconocen que el orgullo y la ambición movieron a David a hacer tal recuento. Su opinión es de peso y nos sometemos a ella, apagando la exigua y engañosa luz de nuestra inteligencia.

 

El Antiguo Testamento refiere un nuevo empadronamiento en la época de Esdras, cuando los judíos volvieron de su cautividad. «Esa multitud —dicen Esdras y Nehemías— (5) ascendía a cuarenta y dos mil trescientas sesenta personas.» Los nombra a todos por familias y cuenta en cada una el número de judíos y el de sacerdotes, pero no sólo hay entre esos dos autores diferencia en el número y nombre de las familias, sino error de cálculo en uno o en otro. Según el cálculo de Esdras, en vez de resultar cuarenta y dos mil hombres, sólo son veintinueve mil ochocientos dieciocho, y según el de Nehemías, aparecen treinta y un mil ochenta y nueve.

 

(5) Libro II de Esdrás, que es la historia de Nehemías, cap. 8, 66.

 

En vista de tal error aparente debemos consultar a los comentaristas, sobre todo a Calmet, quien, añadiendo a una de las dos cuentas lo que falta en la otra y añadiendo, además, lo que falta a las dos, resuelve la dificultad. A las suposiciones de Esdras y de Nehemías faltan, reprocha Calmet, diez mil setecientas sesenta y siete personas, pero las encuentra en las familias que no pudieron presentar su genealogía; por otro lado, si fue un error del copista ese error no puede perjudicar la veracidad del texto divino.

 

Es de creer que los grandes reyes que se hallaban cercanos a Palestina empadronarían sus pueblos con la mayor exactitud que les fuera posible. Herodoto forma el cálculo de los hombres que acaudillaba Jerjes sin enumerar su ejército naval. Cuenta un millón setecientos diez mil hombres y dice que para contarlos los hacían reunir en divisiones de diez mil hombres en un sitio que no podía contener mayor número. Ese método era muy defectuoso, porque estando más anchos sólo podían caber ocho o nueve mil hombres. Además, ese método es poco guerrero; hubiera sido más fácil computar la suma haciendo marchar a los soldados por filas. Nótese también lo difícil que es mantener tan excesivo número de hombres en el territorio de Grecia, que iban a conquistar. Podemos, pues, dudar de tal cantidad de soldados, la manera de contarlos, los azotes que dieron al Helesponto y del sacrificio de mil bueyes que hizo a Minerva el rey persa, el cual no conoció a esa diosa, pues sólo se veneraba al sol como único símbolo de la divinidad.

 

Más aún, el empadronamiento de tanto millares de hombres era incompleto, según confesión de Herodoto, dado que Jerjes, además de esos soldados, llevó consigo los habitantes de Tracia y Macedonia, a los que obligo a seguirle sin duda para matar de hambre, más pronto, a su ejército. Al llegar a este punto debemos imitar la conducta que siguen los hombres discretos cuando leen historias antiguas e incluso modernas: dejan en suspenso su fallo y dudan.

 

El primer empadronamiento que conservamos de las naciones profanas es el de Servio Tulio, sexto rey de Roma. En él constan, según Tito Livio, ochenta mil guerreros, todos ellos ciudadanos romanos. Este cálculo supone una población de trescientos veinte mil ciudadanos cuando menos, contando viejos, mujeres y niños, a los que debemos sumar veinte mil criados, entre esclavos y libres.

 

Se puede dudar, lógicamente, de que el pequeño estado romano de la época de los reyes constara de esa multitud de habitantes. Rómulo sólo extendió su reinado sobre tres mil bandidos que habitaban una aldea situada entre montañas. Esa aldea sólo podía disponer de un territorio muy reducido, tan exiguo que apenas tenía tres mil pasos de circuito. Servio era el sexto jefe o rey de aquella población naciente. La regla de Newton, que es indudable cuando se trata de monarquías electivas, concede a cada rey veintiún años de reinado y contradice a los antiguos historiadores, que no observaron el orden de los tiempos ni nos han transmitido ninguna fecha exacta. Los cinco reyes de Roma, anteriores a Servio Tulio, debieron reinar unos cien años. Por tanto, es contrario al orden de la naturaleza que un terreno tan exiguo, menos de cinco leguas de longitud y tres de latitud, que debió perder muchos habitantes en las continuas guerras que sostuvo pudiera contar con trescientas cuarenta mil almas. La mitad de esos habitantes no existe hoy en el territorio de Roma, que es la metrópoli del orbe cristiano y en la cual la afluencia de extranjeros y embajadores de todas las naciones hacen más populosa la ciudad, a la que va a parar el oro de Polonia, Hungría, la mitad de Alemania, España y Francia, y que debe aumentar la población si otras circunstancias la hacen disminuir.

 

La historia de Roma no se escribió hasta quinientos años después de su fundación. Por lo tanto, no debe sorprender que los historiadores concedieran generosamente ochenta mil guerreros a Servio Tulio, en vez de ocho mil, por excesivo patriotismo. Habrían dado prueba de mayor celo por ella si hubieran confesado el débil comienzo de su república. Es más digno de alabanza haberse elevado desde tan bajo origen a la cumbre de la grandeza, que suponer que contaban con doble número de combatientes que tuvo Alejandro para conquistar quince leguas de territorio en cuatrocientos años.