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F

 

FÁBULA. Es probable que ciertas fábulas del tipo de las atribuidas a Esopo, aunque más antiguas que éste, las inventaran en Asia los primeros pueblos que fueron subyugados. Los hombres libres no tienen necesidad de encubrir la verdad y a los tiranos sólo se les puede hablar valiéndose de parábolas, y aun este recurso es peligroso. También es verosímil que, sabiendo que el hombre gusta de imágenes y cuentos, las personas de ingenio se entretuvieran en reproducirlos sin más intención que ésta. Sea como fuere, la pura fábula es más antigua que la historia.

 

Los hebreos, que podemos decir constituyen una población reciente (1) si los comparamos con Caldea y Tiro, pero muy antigua si lo hacemos con nosotros, tienen fábulas semejantes a las de Esopo desde la época de . los Jueces, o sea dos mil ciento treinta y tres años antes de nuestra era.

 

(1) Está demostrado que la comunidad judía no llegó a Palestina hasta la época en que Canaán contó con poderosas ciudades, como Tiro, Sidón y Berith. Dícese que Josué destruyó Jericó y Cariath Sefer. Así, los judíos eran entonces extranjeros que asolaban a los pueblos civilizados.

 

En el libro de los Jueces se dice que Gedeón tuvo sesenta hijos «porque tuvo muchas mujeres», y además tuvo de una esclava otro hijo llamado Abimelech. Éste mató con la misma piedra a sesenta y nueve hermanos suyos, y los judíos, sintiendo respeto y admiración por Abimelech, le eligieron rey y le coronaron debajo de una encina cerca de la localidad de Mello, desconocida en la historia de Johatán, el más joven de sus hermanos y el único que escapó de la matanza (como ocurre siempre en las historias antiguas). Abimelech arengó a los judíos y les dijo que los árboles se reunieron andando para elegirse rey. Nadie creerá que los árboles puedan andar, pero si hablan también se les puede permitir que den pasos. Primeramente se dirigieron al olivo, y le dijeron: «Reina tú». El olivo les respondió: «No quiero privarme de hacer aceite para reinar sobre vosotros». La higuera les contestó que prefería sus higos a las inquietudes del poder supremo. La vid también prefirió sus racimos. Finalmente, los árboles ofrecieron la corona al zarzal y éste les respondió: «Reinaré y me comprometo o ofreceros mi sombra, pero si os conjuráis contra mí del zarzal saldrá fuego y os devorará». Aunque esta fábula es falsa en el fondo, porque el fuego no sale de las zarzas, demuestra su antigüedad.

 

La del estómago y los miembros, que sirvió para apaciguar una sedición en Roma, hace unos dos mil trescientos años, es ingeniosa y sin defecto. Más antiguas son las fábulas, y más alegóricas. La antigua fábula de Venus, que refiere Hesíodo, ¿no es una alegoría de la naturaleza entera? El semen genital cae del éter a orillas del mar y Venus nace de esa preciosa simiente. Su primer nombre es Philometes, que significa amante del órgano de la generación. ¿Puede haber imagen más sensible? Venus es la diosa de la belleza, pero la belleza no es apetecible si no la acompañan las gracias. La belleza hace nacer el amor y el Amor tiene flechas que hieren los corazones: lleva una venda que oculta los defectos de la persona amada, está dotado de alas, acude con rapidez y huye con velocidad.

 

El cerebro del señor de los dioses, Júpiter, concibe la sabiduría bajo el nombre de Minerva; el alma del hombre es un fuego divino que Minerva entrega a Prometeo, quien se sirve de él para animar al hombre.

 

Es imposible no reconocer en esas fábulas la pintura de la naturaleza entera. Otras muchas sólo son la deformación de historias antiguas o puros caprichos de la imaginación. Con las fábulas antiguas pasa lo mismo que en los cuentos modernos: las hay morales que encantan, y las hay inmorales completamente insulsas.

 

Las fábulas de los pueblos antiguos que eran ingeniosas fueron toscamente imitadas por pueblos rudos. Por ejemplo, las de Baco, Hércules, Prometeo, Pandora y tantas otras que constituían la división del mundo antiguo. Los bárbaros, que oyeron hablar confusamente de ellas, las incluyeron en su mitología salvaje presumiendo de haberlas inventado.

 

La fábula más hermosa de los griegos es la de Psiquis, y la más graciosa la de la matrona de Éfeso. La más ingeniosa entre las modernas es la de la Locura, que luego de sacar los ojos al Amor se vio condenada a servir de guía (1).

 

(1) La locura y el amor, fábula de Louise Labé que luego imitó La Fontaine.

 

Las fábulas atribuidas a Esopo son alegorías o instrucciones dadas a los débiles para que se preserven de los fuertes, y las han agotado todos los países instruidos. La Fontaine, que las reviste del mayor gracejo, ha escrito unas ochenta que son obras maestras de ingenuidad, gracia, agudeza y, algunas veces, de poesía. La Fontaine es uno de los escritores más notables del siglo de Luis XIV, y su reputación ha eclipsado a los demás fabulistas franceses.

 

FALSEDAD DE LAS VIRTUDES HUMANAS. Cuando el duque de La Rochefoucauld hubo escrito sus pensamientos sobre el amor propio y puesto al descubierto este resorte del hombre, un señor Espíritu, del Oratorio, escribió un libro capcioso titulado De la falsedad de las virtudes humanas. Ese Espíritu dice que no existe absolutamente ninguna virtud pero tiene la gracia de terminar cada capítulo remitiendo a la caridad cristiana. De este modo, según opina el señor Espíritu, ni Catón, ni Aristides, ni Marco Aurelio, ni Epicteto, eran buenas gentes y no se las puede hallar más que entre los cristianos. Además, en los cristianos sólo existe la virtud entre los católicos, y aun entre éstos habría que exceptuar a los jesuitas, enemigos de los oratorianos; en consecuencia, la virtud sólo puede encontrarse entre los enemigos de los jesuitas.

 

Ese tal señor Espíritu empieza por decirnos que la prudencia no es una virtud y lo justifica diciendo que a menudo se equivoca. Es como si dijéramos que César no era un gran capitán porque fue vencido en Dyrrachium.

 

Si el señor Espíritu fuese un filósofo no hubiera considerado la prudencia como una virtud, sino como un talento, como una cualidad útil feliz, pues un loco puede ser muy prudente y yo los he conocido de esta especie. O la furia de pretender que: « ¡Nadie tendrá virtud sino nosotros y nuestros amigos!»

 

¿Qué es la virtud, amigo mío? Es hacer el bien. Pues nos lo hace y ello es suficiente. Entonces, te disculparíamos el motivo. Si no, ¿qué? Según tú, no habría diferencia alguna entre el presidente De Thou y Ravaillac, entre Cicerón y ese Popilio a quien había salvado la vida y le cortó la cabeza por dinero. ¿Y declararás tú que Epicteto y Porfirio fueron unos bribones por no haber seguido nuestros dogmas? Una insolencia tal, subleva. Y no digo más porque me indignaría.

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FANATISMO. Es el efecto de una conciencia falsa que somete la religión a los caprichos de la fantasía y al desorden de las pasiones.

 

Por lo general, proviene de que los legisladores han tenido miras mezquinas, o de que se excedieron de los límites establecidos por ellos. Sus leyes sólo eran adecuadas para una sociedad elitista. Extendiéndolas por celo a todo un pueblo, y llevándolas por ambición de un clima a otro debían haberlas corregido y acomodado a las circunstancias de los lugares y personas. Más, en realidad, sucedió que ciertos espíritus de carácter más acomodado al de la muchedumbre para la que se decretaron, recibiéndolas con gran entusiasmo es convirtieron en apóstoles e incluso en mártires de ellas, antes que dejar de cumplirlas al pie de la letra. Otros caracteres, por el contrario, menos fogosos, o más aferrados a los prejuicios de su educación, lucharon contra el nuevo yugo y sólo consintieron adoptarlos modificándolos. De aquí nació el cisma entre los rigoristas y los mitigados, que hace furiosos a unos y otros, a los primeros en favor de la esclavitud, y los segundos en favor de la libertad.

 

Figuraos una inmensa rotonda, un panteón con mil altares situados bajo la cúpula y dentro de ese inmenso edificio imaginaos un fiel de cada credo, extinguido o en vigor, a los pies de la Divinidad, honrando a su manera y en todas las formas caprichosas que la imaginación pudo crear. A la derecha hay un contemplativo, tendido sobre una estera, esperando con el ombligo al aire que la luz celeste penetre en su alma; a la izquierda, un energúmeno prosternado golpeando el suelo con la frente, para que salga la tierra con abundancia. Aquí, un saltimbanqui que baila sobre la tumba del difunto que invoca; allá se divisa un penitente inmóvil y mudo como la estatua ante la que se humilla. Uno enseña lo que el pudor oculta, para que Dios no se ruborice de su semejanza; otro se tapa el rostro como si el Obrero tuviera horror de su obra. Este vuelve la espalda hacia Mediodía porque por esa parte sopla el viento del demonio; aquél tiende los brazos hacia Oriente, por donde Dios enseña su faz esplendorosa. Jóvenes doncellas, llorando, se arañan la carne todavía inocente para aplacar al demonio de la concupiscencia, de una manera capaz de excitarla; otras jóvenes, en posición del todo opuesta, solicitan aproximarse a la Divinidad. Un joven, con la idea de apaciguar el instrumento de la virilidad, lo oprime con anillos de hierro de un peso aproximado a sus fuerzas; otro, detiene la tentación en su origen mediante inhumana amputación y cuelga en el altar los despojos de su sacrificio.

 

Salen del templo llenos del Dios que les agita y difunden el pavor y la ilusión por todo el orbe; se reparten el mundo y el fuego que los anima se enciende en sus cuatro extremidades. Los pueblos oyen y los reyes tiemblan. El imperio que el celo de un solo hombre ejerce sobre la multitud que le ve o le oye, el calor que las imaginaciones reunidas se comunican, los movimientos tumultuosos que acrecientan la perturbación de cada uno contagian el vértigo general a todos. Basta que un pueblo encantado vaya detrás de algunos impostores para que la seducción multiplique los prodigios y se extravíe todo el mundo. El espíritu humano, cuando sale una vez de las vías luminosas de la naturaleza, no vuelve a entrar en ellas; vaga errante en derredor de la verdad sin encontrar más que resplandores que, confundiéndose con las falsas claridades con que la superstición la rodea, acaban por sumergirle en las tinieblas.

 

Nos horroriza examinar cómo la creencia de apaciguar al cielo con la muerte, cuando se introdujo, se esparció universalmente por casi todas las religiones, que multiplicaron los motivos de llevar a cabo el sacrificio con el fin de que nadie escapara de la inmolación. Unos pueblos inmolaban sus enemigos a Marte exterminador, como los escitas que degollaban en sus altares uno de cada cien prisioneros; en otros pueblos sólo se hacían la guerra para capturar víctimas destinadas a los sacrificios. Unas veces, el dios bárbaro pedía que sacrificaran a los hombres justos y los getas se disputaban el honor de llevar a Zamolxis los deseos de la patria: el que tenía la suerte feliz de ser destinado al sacrificio se arrojaba sobre unas lanzas plantadas en el suelo. Si resultaba herido mortalmente al caer sobre ellas, indicaba un buen augurio para la negociación, pero si sobrevivía a las heridas era un malvado, del que dios no debía hacer caso.

 

Otros pueblos sacrificaban a los niños porque sus dioses pedían la vida que le acababan de dar. Sacrificaban su propia sangre. Los cartagineses inmolaban sus hijos a Saturno, como si el tiempo no los devorara demasiado pronto. Ofrecían un sacrificio sangriento, como el de Amestris, que ordenó enterrar doce hombres vivos para obtener de Plutón más larga vida. La misma Amestris sacrificó además a la insaciable divinidad catorce niños de las principales familias de Persia, porque los sacrificadores siempre hicieron creer a los hombres que debían ofrecer en los altares lo que más apreciaban. Fundándose en este principio, algunos pueblos inmolaban a los primogénitos y otros los rescataban con ofrendas, que reportaban más utilidad a los ministros del sacrificio. Esto fue sin duda, lo que hizo implantar en Europa la costumbre que duró unos siglos de consagrar al celibato los niños desde la edad de cinco años, y la de destinar al claustro a los hermanos del príncipe heredero, en vez de degollarlos como en Asia.

 

Los hindúes, el pueblo más hospitalario del mundo, se preciaban de matar a los extranjeros virtuosos y sabios que llegaban a su país, con objeto de que quedaran allí sus virtudes y su talento, con lo que derramaban la sangre más pura. Entre los pueblos idólatras, los sacerdotes desempeñaban en el altar el oficio de verdugos, y en Siberia mataban a los sacerdotes para que fueran al otro mundo a rezar por el pueblo, pensando que vertían la sangre más sagrada.

 

Todavía se perpetraron locuras más horrendas. Para ir a Asia los europeos pasaban por un camino de los judíos inundado de sangre, quienes con sus manos se degollaban para no caer en poder de sus enemigos. Esa locura despobló la mitad del mundo habitado: reyes, pontífices, mujeres, niños y ancianos, todos se entregaron al vértigo sagrado que hizo degollar durante dos siglos a innumerables pueblos sobre el sepulcro de un Dios de paz. Fue entonces cuando aparecieron oráculos falsos, ermitaños guerreros, monarcas en los púlpitos y prelados en los campos, borrándose todos los estamentos y confundiéndose entre la plebe insensata. Salvaron montañas y mares, y abandonando legítimas posesiones fueron en pos de conquistas que no eran la tierra prometida. Se corrompieron las costumbres bajo cielos extranjeros, y los príncipes, tras esquilmar sus reinos para rescatar un país que nunca les había pertenecido, acabaron por arruinarlos. Millares de soldados, descarriados bajo la égida de muchísimos jefes, acabaron por no reconocer a ninguno y desertando apresuraron su derrota. Esa terrible demencia fue sustituida por un contagio más horrible todavía.

 

El fanatismo mantenía el furor de conquistas lejanas, y apenas Europa se había restablecido de sus pérdidas cuando el descubrimiento de un nuevo mundo aceleró la ruina del nuestro. Con la terrible divisa de Conquistad y sojuzgad, desolaron América y exterminaron a sus habitantes; en vano se afanan Africa y Europa para repoblarla, porque habiendo agitado a los hombres el veneno del oro y del placer, el mundo fue quedando desierto y se vio amenazado de estarlo más cada día por las continuas guerras que movió en nuestro continente la ambición de conquista en aquellos territorios extranjeros.

 

Recordemos los millares de esclavos que hizo el fanatismo en Asia donde llamarse cristiano era un crimen, y en América, donde el pretexto del bautismo ahogó a la humanidad. Rememoremos los millares de hombres que murieron en los patíbulos en siglos de persecución, o en guerras civiles a mano de sus conciudadanos, o a sus propias manos mediante excesivas maceraciones. Recorramos la superficie de la Tierra y tras echar una ojeada a los diversos estandartes desplegados en nombre de la religión, en España contra los moros, en Francia contra los turcos, en Hungría contra los tártaros, tras examinar las diferentes órdenes militares establecidas para combatir infieles a sablazo limpio, fijemos nuestra mirada en ese tribunal siniestro instituido contra los inocentes y los desgraciados para juzgar a los vivos, como Dios ha de juzgar a los muertos, pero con muy distinta balanza. En resumen, examinemos todos los horrores perpetrados durante quince siglos, renovados muchas veces en uno solo; los pueblos sin defensa degollados al pie de los altares, los reyes muertos por el veneno o el puñal, un vasto estado reducido a la mitad por sus ciudadanos, la espada desenvainada entre el padre y el hijo, los usurpadores, los tiranos, los verdugos, los parricidas y los sacrílegos conculcando todas las convenciones divinas y humanas por espíritu de religión y tendremos escrita la historia del fanatismo y sus hazañas.

La palabra fanático tenía distinta acepción en un principio. Fanáticus fue un título honorífico: significa servidor o bienhechor de un templo. Según dice el Diccionario de Trévoux, los arqueólogos han encontrado inscripciones en que los romanos importantes usaban el título de fanaticus.

 

En la alocución de Cicerón pro domo sua, figura un pasaje en el que la voz fanaticus me parece difícil de explicar. El sedicioso Clodio, que hizo desterrar a Cicerón por haber salvado a la república, no sólo saqueó y derribó las casas que poseía aquel gran hombre, sino que con la idea de que éste no volviera a entrar nunca en su casa de Roma declaró sagrado el terreno que aquélla ocupaba, y los sacerdotes edificaron en él un templo a la Libertad, o mejor, a la esclavitud, en la que César, Pompeyo, Craso y Clodio tenían entonces sumida a la república. ¡De esa manera en todas las épocas sirvió la religión para perseguir a los hombres!

 

En fin, cuando en días más felices levantaron el destierro a Cicerón éste abogó ante el pueblo para conseguir que le devolvieran el terreno que ocupaba su casa y que edificaron a expensas del pueblo romano. He aquí cómo se expresa en su parlamento contra Clodio (Oratio pro domo sua, cap. XL):

 

«Aconsejad, pontífices, a ese hombre religioso; persuadidle de que hasta la misma religión tiene sus límites, y que no deben ser tan celosos. ¿Qué necesidad tenéis, vos que sois consagrador, vos que sois fanático de recurrir a supersticiones de vieja beata para asistir a un sacrificio que tenía lugar en una casa extraña?»

 

El vocablo fanaticus, empleado como hace Cicerón, ¿significa insensato y abominable fanático, como lo entendemos hoy, o también consagrador, devoto y bienhechor de los templos? Esa palabra, ¿expresa aquí una injuria o una alabanza irónica? No sé lo suficiente para decidirlo. Cicerón alude en ese pasaje a los misterios de la buena diosa que Clodio profanó, disfrazado de mujer y acompañado de una vieja, entrando en casa de César con el fin de acostarse con la esposa de éste. Por tanto, es evidente que empleó esa palabra con ironía. Antes llamó a Clodio hombre religioso; la ironía, pues, debe ser mantenida en todo ese pasaje. Cicerón se vale de términos honoríficos para mejor hacer sentir la vergüenza de Clodio.

 

El Diccionario de Trévoux dice también que las antiguas crónicas de Francia llamaban a Clovis fanático y pagano. El lector tal vez desearía que nos hubieran señalado esas crónicas. Confieso que no he podido encontrar dichos calificativos aplicados a Clovis en los pocos libros que tengo en el monte Krapack, en donde me hallo.

 

Por fanatismo se entiende hoy una locura religiosa, sombría y cruel. Es una enfermedad del espíritu que se contrae como la viruela. Los libros la contagian menos que las asambleas y los discursos. Rara vez nos acaloramos leyendo, porque entonces estamos sosegados. Pero cuando el hombre ardiente e ingenioso se dirige con exaltación a imaginaciones débiles, sus ojos centellean y el fuego de sus miradas, de su voz y de sus ademanes se comunica y desata los nervios del auditorio. Exclama: Dios os está mirando, sacrificadle lo que es humano; combatid los combates del Señor, y lanza a la lucha a sus oyentes.

 

El fanatismo es a la superstición lo que el delirio a la fiebre, lo que el furor a la cólera. El que tiene éxtasis, visiones, el que toma los sueños por realidades y sus imaginaciones por profecías, es un entusiasta; el que sostiene su locura por medio del asesinato es un fanático.

 

Juan Díaz, luterano afincado en Nuremberg, convencido de que el papa era el Anticristo, sólo era un entusiasta; su hermano, Bartolomé Díaz, que salió de Roma para asesinar por el amor de Dios 8 SU hermano, y que efectivamente le mató, fue uno de los fanáticos más abominables que la superstición jamás pudo formar. Poliecto, que en un día de solemnidad religiosa se presenta en el templo para derribar y destruir las estatuas de los dioses, es un fanático menos horrible que Díaz, pero tan necio como él. Los asesinos del duque Francisco de Guisa, de Guillermo, príncipe de Orange, de los reyes Enrique III y Enrique IV y de otros personajes, fueron energúmenos afectos de la misma rabia que Díaz. El ejemplo más horrendo de fanatismo que ofrece la historia fue el que dieron los habitantes de París la noche de San Bartolomé, despedazando, degollando y arrojando por las ventanas a sus conciudadanos que no iban a misa.

 

También hay fanáticos que conservan la sangre fría. Pertenecen a esa clase los jueces que condenan a muerte a quienes no han cometido más delito que no pensar como ellos. Y son más culpables y dignos de que los execre el género humano porque no obran ofuscados y por un arrebato de furor, como Clement, Chatel, Ravaillac, Gérard y Damiens, sino por no escuchar la voz de la razón.

 

Cuando el fanatismo gangrena el cerebro, la enfermedad es casi incurable. He visto fanáticos que al hablar de los milagros de un santo les centellean los ojos, les tiemblan las extremidades, el furor les desfigura el rostro y matarían al que se atreviera a contradecirles.

 

El único remedio para curar esa enfermedad epidémica es un espíritu razonador que, difundiéndose cada día más, suavice las costumbres humanas y evite los accesos del mal, porque desde que esa enfermedad hace progresos es preciso huir de ella y esperar a que el aire se purifique. Las leyes y la religión son insuficientes para frenar la peste de las almas; la religión, en vez de ser para ellas un alimento saludable, se torna en veneno en los cerebros inficionados. Esos miserables tienen siempre en la memoria el ejemplo de Aod, que asesina al rey Eglón; el de Judit, que corta la cabeza a Holofernes, estando acostado con él; el de Samuel que descuartiza al rey Agag... No consideran que esos ejemplos, todo lo respetables que se quiera en la Antigüedad, son detestables en la época actual, y sacan sus furores de la religión que los condena. Las leyes todavía son más impotentes contra los accesos de rabia; es como si leéis un decreto del consejo a un frenético. Los fanáticos están convencidos de que el Espíritu Santo, que los inspira, es superior a las leyes, y que el entusiasmo es la única ley que debe dirigirles.

 

¿Qué se puede responder al hombre que dice que prefiere obedecer a Dios que a los hombres, y que, por consiguiente, está seguro de merecer el cielo degollándoos?

 

Casi siempre los ladinos guían a los fanáticos y ponen el puñal en sus manos. Se parecen al Viejo de la Montaña, que hacía, dícese, gozar las alegrías del paraíso a los imbéciles y les prometía una eternidad de placeres, del que había hecho concebir el deleite anticipado, bajo la condición de que asesinaran a las personas que nombrara. Sólo hay una religión en el mundo a la que no ha manchado el fanatismo: la de los hombres ilustrados de China. Las sectas de los filósofos no sólo estuvieron libres de esa peste, sino que fueron un remedio eficaz contra ella, porque el objeto de la filosofía es otorgar tranquilidad al alma, y el fanatismo es incompatible con la tranquilidad. Si ese furor infernal inficionó con frecuencia nuestra santa religión, sólo debe achacarse a la locura humana.

 

Los fanáticos no siempre participan en los combates del Señor, ni siempre asesinan reyes y príncipes. Algunos de ellos son tigres, pero la mayoría son zorros.

 

Los fanáticos de la Curia de Roma tejieron una trama de necedades y calumnias contra los fanáticos afectos al credo de Calvino, y los jesuitas contra los jansenistas, et vicissim, y si nos remontamos más alto, veremos que la historia eclesial, que es la escuela de las virtudes, es también la de las maldades que cometieron unas confesiones contra otras. Todas ellas tienen en los ojos la misma venda, ya cuando se trata de incendiar las ciudades y burgos de sus adversarios, ya cuando se trata de degollar a los habitantes, ya cuando sencillamente se proponen engañar, enriquecerse y dominar. Las ciega el mismo fanatismo y creen que obran bien.

 

Leed, si es posible, los cinco o seis mil volúmenes de reproches que los jansenistas y los molinistas se hicieron unos a otros durante cien años acerca de sus granujerías, y os convenceréis de que dejan chiquitos a Scapin y a Trivelin.

 

Una de las bribonerías teológicas es, en mi opinión, la que hizo un obispo vizcaíno, según el relato (algún día encontraremos su nombre y obispado). Parte de su diócesis pertenecía a Vizcaya y parte a Francia. En territorio francés había una parroquia que habitaron antiguamente algunos moros de Marruecos. El señor de la parroquia no era mahometano, sino un buen católico, como todo el universo debe serlo, pues el vocablo católico significa universal. Al obispo en cuestión se le hizo sospechoso aquel pobre señor que sólo el bien se ocupaba de hacer, de abrigar malas ideas y malos sentimientos, de ser hereje. Le acusó de haber dicho, en broma, que lo mismo había personas honradas en Marruecos que en Vizcaya, y que el marroquí honrado no podía ser enemigo del Ser Supremo, que es padre de todos los hombres.

 

El fanático obispo escribió una carta muy larga al rey de Francia soberano del pobre señor de la parroquia, suplicándole que trasladara la residencia de aquella oveja infiel a Bretaña o Normandía, donde quisiera Su Majestad, para que no continuara inficionando a los vascos con sus ofensivas burlas. El rey de Francia y su consejo se burlaron, como merecía, del obispo extravagante. El prelado vizcaíno, que se enteró tiempo después que su oveja francesa estaba enferma, prohibió al cura de la parroquia que le administrara la comunión si el enfermo no firmaba una cédula de confesión en que constara que no estaba circuncidado, condenaba de corazón la herejía de Mahoma y demás herejías, y pensaba en todo como el obispo vizcaíno.

 

Las cédulas de confesión estaban de moda en aquella época, pero el moribundo llamó a su casa al cura, que era un borracho imbécil, y le amenazó con hacerle ahorcar por el Parlamento de Burdeos si no le daba inmediatamente el Viático, que necesitaba sin pérdida de tiempo. El cura tuvo miedo y lo administró, y el moribundo, tras la ceremonia, declaró ante testigos que el obispo le había calumniado ante el rey acusándole de ser afecto a la religión musulmana, cuando él era buen cristiano y el obispo un calumniador; luego firmó esta declaración ante notario y se sintió mejor, recobrando a poco la salud hasta que la tranquilidad de su conciencia le curó del todo.

 

Resentido el obispo de que un viejo moribundo se burlara de él, resolvió vengarse y he aquí lo que hizo. Al cabo de quince días hizo falsificar una profesión de fe del ex enfermo que el cura aseguraba haberle oído, la firmó e hizo firmar a tres o cuatro campesinos que no habían asistido a la administración del sacramento. El acta que extendió, en la que no constaba la firma de la parte interesada, firmada por desconocidos y que desautorizaron testigos verdaderos, era visiblemente un delito de falsedad, y como se perpetraba en materia de fe pudo muy bien llevar al cura y a los falsos testigos a las galeras en este mundo, y al infierno en el otro.

 

El señor de la parroquia, que era un guasón, pero no tenía mala idea se compadeció del alma y del cuerpo de aquellos miserables y en vez de hacerles comparecer ante la justicia humana se contentó con ponerlos en ridículo, declarando que haría imprimir, para que se publicara después de su muerte, toda la intriga del obispo, acompañada de las pruebas, para que sirviera de diversión a los lectores que gustan de las anécdotas. Pero volvamos al fanatismo.

 

La rabia del proselitismo y el furor de convertir a los incrédulos fue lo que llevó a los jesuitas Castel y Routh junto al lecho del célebre Montesquieu, cuando éste se hallaba moribundo. Estos dos energúmenos se jactaron de haberle convencido de los méritos de la contrición y de la gracia suficiente. «Le hemos convertido —decían ellos—. En el fondo era un bendito y amaba mucho a la Compañía de Jesús. Nos ha costado trabajo hacerle reconocer ciertas verdades fundamentales, pero como en semejantes momentos se tiene siempre el espíritu más claro, terminamos por convencerle.» Este fanatismo de convertidor es tan fuerte que el fraile más disoluto dejará su querida para ir a convertir un alma al otro extremo de la ciudad.

 

Ludlow, más entusiasta de la libertad que fanático de la religión, y que odiaba más a Cromwell que a Carlos 1, refiere que las milicias del Parlamento siempre eran derrotadas por las tropas del rey al principio de la guerra civil. Cromwell le dijo al general Fairfax: «¿Cómo queréis que mozos de cuerda y jóvenes tenderos indisciplinados resistan a soldados pertenecientes a la nobleza, animados por el fantasma del honor? Presentémosles el fanatismo, que es un fantasma mayor que aquél. Si nuestros enemigos pelean por el rey, convenzamos a nuestras gentes que combaten por Dios. Si me autorizan, levantaré un regimiento de hermanos asesinos y os garantizo que haré de ellos fanáticos invencibles». Efectivamente, formó un regimiento compuesto de hermanos sanguinarios, locos melancólicos, e hizo de ellos tigres obedientes. El mismísimo Mahoma lo hubiera querido así.

 

Mas para inspirar semejante fanatismo es preciso que acompañe el espíritu de la época. En vano el Parlamento de París trataría hoy de levantar un regimiento de soguillas y menestrales; ni siquiera podría contar con diez verduleras. Sólo los hábiles pueden hacer fanáticos y dirigirlos; no basta con ser bribón y audaz.

 

FE. Un día, el príncipe Pico de la Mirándola se encontró con el papa Alejandro VI en casa de la cortesana Emilia. En aquellos días, Lucrecia, hija del pontífice, guardaba cama después de haber dado a luz mientras aún no se sabía en Roma si el niño era hijo del papa o del vástago de éste el duque de Valentinois, o del marido de Lucrecia, Alfonso de Aragón que según fama era impotente. La conversación que medió entre ambos fue muy amena y el cardenal Bembo nos refiere parte de ella. «Príncipe Pico —le dijo el Papa—, ¿quién crees que es el padre de mi nieto?» «Creo que es vuestro yerno», respondió el príncipe. «¿Cómo puedes creer semejante tontería?» «La fe me lo hace creer.» «¿Ignoras que el impotente no puede tener hijos?» «La fe consiste —replicó el príncipe— en creer cosas imposibles; además, el honor de vuestra casa exige que el hijo de Lucrecia no se considere como fruto de un incesto. Misterios más incomprensibles me habéis hecho creer. ¿No debo convencerme de que habló una serpiente, que desde entonces quedó la humanidad condenada, que la borrica de Balaán habló con elocuencia y que las murallas de Jericó cayeron al suelo por el son de las trompetas?» El príncipe recitó a continuación un rosario de todas las cosas admirables que creía y Alejandro se dejó caer en un sofá, sin poder contenerse de risa. «Creo todo eso como tú —decía, sin cesar de reír—, porque sé muy bien que si no me salva la fe no me salvarán mis buenas obras.» « ¡Ah, Santo Padre! —le contestó el príncipe—. No necesitáis buenas obras ni fe, esto sólo lo necesitan los pobres profanos como yo. Vos, que sois el representante de Dios, podéis creer y hacer lo que os plazca, tenéis las llaves del cielo, y no cabe duda de que san Pedro no os dará con la puerta en las narices. Pero yo confieso que necesitaría poderosa protección si, siendo un pobre príncipe, me hubiera holgado con mi hija y hubiera usado el puñal y el veneno con tanta frecuencia como Vuestra Santidad.» Alejandro VI, dejando de reír, dijo al príncipe: «Hablemos seriamente. Decidme, ¿qué mérito puede tener decir a Dios que estamos convencidos de cosas que es imposible convencernos? Entre nosotros, decir que creemos lo imposible de creer es mentir». Pico de la Mirándola, al oír esto, se persignó, exclamando: «Vuestra Santidad me perdone, pero no sois cristiano». «No lo soy», dijo el Papa. «Me lo figuraba», repuso el príncipe.

¿Qué es la fe? ¿Es creer lo que parece evidente? No, a mí me parece evidente que existe un Ser necesario, eterno, supremo e inteligente, pero esto no es fe, es raciocinio. No tengo ningún mérito en pensar que ese Ser eterno, infinito, que es la virtud y la bondad, quiere que yo sea virtuoso y bueno. La fe consiste en creer, no lo que parece verdad, sino en lo que parece falso a nuestro entendimiento. Los asiáticos sólo por la fe pueden creer el viaje que hizo Mahoma por los siete planetas, las encarnaciones del dios Fo, las de Visnú, las de Xaca, de Brahma, etc., y someten su entendimiento, tienen miedo de examinar y, como no quieren ser empalados, ni quemados, dicen: «Creo:D.

 

Lo mismo sucede a los cristianos: su fe en las cosas que no entienden se funda en las cosas que entienden; tienen motivos de credibilidad. Si Jesucristo obró milagros en Galilea, luego debemos creer lo que dijo, y para saber lo que dijo es preciso consultar la Iglesia. Esta ha decretado que los libros que hablan de Jesucristo son auténticos, por tanto es preciso creer esos libros. Ellos nos dicen que quien no escucha a la Iglesia debe ser considerado como publicano o pagano; así, debemos escuchar a la Iglesia para no ser desterrados como intendentes generales prevaricadores y debemos someterle nuestra razón, no por credulidad infantil o ciega, sino por la creencia dócil que la misma razón autoriza. Tal es la fe cristiana y sobre todo la fe romana, que es la fe por excelencia. La fe luterana, calvinista y anglicana, son execrables.

 

FIGURA EN TEOLOGÍA. Es innegable, y convienen en ello muchos hombres devotos, que el uso de figuras y alegorías en esta materia se ha llevado demasiado lejos, o se ha abusado de ellas. Es indudable que decir, como aseguran algunos padres de la Iglesia, que el trozo de tela roja que puso en su ventana la meretriz Rahab para avisar a los espías de Josué simboliza la sangre de Jesucristo, es un abuso del espíritu religioso, que en todo quiere encontrar misterio. Es cierto que san Ambrosio, en su libro De Noé y del Arca, emplea con escaso gusto la alegoría cuando dice que la portezuela del arca tenía la figura del ano, por el que salen los excrementos.

 

Las personas sensatas se extrañan de que hayan tratado de probarnos que los vocablos hebreos maher‑salat‑hasbas (tomad pronto los despojos), representen la figura de Jesucristo; que Moisés, tendiendo las manos hacia el cielo durante la batalla contra los medianitas, simbolice también a Jesús; que Judá, atando su asno a la vid y lavando su mano con vino represente también una figura alegórica; que Rut, acostada con Booz, sea una representación de la Iglesia; que Sara y Raquel figuren ser la Iglesia, y Agar y Lía la Sinagoga, y que los besos de la Sulamita en la boca figuren el desposorio de la Iglesia. Podríamos escribir un volumen de símbolos parecidos que muchos teólogos modernos califican de fantasiosos más que de edificantes.

 

El peligro de este abuso lo reconoce categóricamente el abate Fleury en su Historia eclesiástica. Este abuso es una reminiscencia del rabinismo defecto en el que nunca incurrió el sabio san Jerónimo. Este abuso se parece a la interpretación de los sueños, a la quiromancia. Cuando una doncella, soñando, veía agua turbia y burbujeante, era augurio de que su matrimonio sería desgraciado, y cuando la veía clara, que encontraría un buen marido; la aparición de una araña auguraba tener dinero... ¿Podrá creer la posteridad ilustrada que durante cuatro mil años se han estado haciendo estudios serios sobre la interpretación de los sueños?

 

Figuras simbólicas. Todas las naciones las han utilizado, pero, ¿cuál de ellas fue la primera? No es fácil que fueran los egipcios, pues más de una vez hemos probado que Egipto no es un país muy antiguo y necesitó siglos para preservar su territorio de las inundaciones y hacerlo habitable. Es imposible que los egipcios idearan los signos del Zodíaco, porque las figuras que designan las épocas de nuestras sementeras y siegas no coinciden con las suyas. Cuando segamos las mieses, su región está llena de agua, y cuando nosotros sembramos, ellos están próximos a recoger las cosechas. El toro de nuestro Zodíaco y la hija cargada de espigas no pueden tener su origen en Egipto.

 

Eso es prueba evidente de la falsa teoría que afirma que los chinos son una colonia egipcia. Sus caracteres son diferentes. Los chinos marcan el curso del sol mediante veintiocho constelaciones, y los egipcios, copiándolo de los caldeos, contaban doce al igual que nosotros. Las figuras que designan a los planetas son, en China y las Indias, distintas de las de Egipto y Europa, como es diferente la manera de llevar la mano cuando escribimos. Por tanto, es pura quimera pretender que los egipcios fueron a poblar China.

 

Todas las fundaciones fabulosas que tuvieron lugar en épocas también fabulosas, hicieron perder un tiempo precioso a muchísimos sabios, que se han perdido en laboriosas indagaciones y que hubieran podido ser útiles al género humano dedicándose al estudio de las artes verdaderas.

 

Pluche, en su historia, o mejor, en su fábula del cielo, nos asegura que Cam, hijo de Noé, fue a reinar a Egipto, donde no había nadie; que su hijo Menes fue el mayor de los legisladores y Thaut su primer ministro. Según dicho autor, Thaut, u otro ministro, instituyó las fiestas en honor del diluvio, y que el grito de júbilo Io Bacché, tan famoso entre los griegos, era grito de lamentación entre los egipcios. Bacché derivaba del vocablo Beke, que significa sollozos, y este origen se atribuye en una época en que el pueblo hebreo aún no existía. Ciñéndonos a su explicación, diremos que júbilo quiere decir tristeza, y cantar significa llorar.

 

Los iroqueses, más sensatos, no han tratado de informarse de lo que aconteció en el lago de Ontario hace unos miles de años y se dedican a la caza en vez de entregarse a exponer sistemas.

 

Los mismos autores aseguran que las esfinges que adornaban Egipto significan superabundancia, porque los intérpretes han aseverado que el vocablo hebreo spang significaba exceso, como si la lengua hebraica, que en gran parte deriva de la fenicia, hubiera servido de módulo a Egipto. Además, ¿qué relación hay entre la esfinge y la abundancia de agua? Los intérpretes futuros pueden sostener un día con tanta verosimilitud como los intérpretes del pasado, que los mascarones que adornan la clave de las cimbras de nuestras ventanas son alusiones a nuestras mascaradas, y que dichos adornos anunciaban que se daban bailes en todas las casas que decoraban.

 

FILIBUSTEROS. No sabemos la etimología de filibusteros no obstante, la generación pasada nos ha referido las hazañas que realizaron y estamos hablando de ellos todos los días. En vista de esto, hay que desconfiar de los orígenes y las etimologías que creemos haber encontrado.

 

Los filibusteros empezaron a aparecer en la época del cardenal Richelieu, cuando españoles y franceses aún se aborrecían porque Fernando el Católico se había burlado de Luis XII y porque Francisco I fue hecho prisionero en la batalla de Pavía, cuando ese odio era tan intenso que el falso autor de la historieta política, que tomó el nombre de cardenal Richelieu, se atrevió a llamar a los españoles «nación insaciable y pérfida que convertía las Indias en tributarias del infierno», cuando Francia no tenía posesiones en América y barcos españoles llenaban los mares. Los filibusteros fueron al principio aventureros franceses que apenas llegaron a ser corsarios.

 

Uno de ellos, apellidado Le Grand, natural de Dieppe, asociándose con cincuenta corajudos, fue a probar fortuna con una embarcación que ni siquiera tenía cañones. Un día, al ver un galeón que se había separado de la flota española, se arrimó a él fingiendo ser su patrón e iba a venderle mercaderías, y escaló el navío seguido de los suyos. Entró en la cámara donde el capitán estaba jugando a las cartas, le hizo prisionero con toda la tripulación y regresó a Dieppe con el galeón cargado de riquezas. Esa aventura fue el principio de cuarenta años de hazañas inauditas.

 

Filibusteros franceses, ingleses y holandeses se reunían en las cuevas de Santo Domingo y de las pequeñas islas de San Cristóbal y Tortuga, y elegían un jefe para cada expedición. Este fue el origen primitivo de los reyes. Si en vez de filibusteros se hubieran reunido labradores, no habrían necesitado un señor, porque éste no hace falta para sembrar trigo, segarlo y venderlo.

 

Cuando los filibusteros conseguían reunir un importante botín, compraban un barco y cañones. Con el producto de las rapiñas lograron poseer varios navíos, y si alcanzaban reunir cien hombres, los demás creían que al menos eran mil, porque resultaba difícil escapar de sus garras, y más difícil todavía poderlos alcanzar. Eran aves de presa que atacaban en cualquier punto y luego se escondían en sitios inaccesibles. Tan pronto atravesaban cuatrocientas o quinientas leguas de mar costeando, como andaban a pie o a caballo doscientas leguas por tierra.

 

Sorprendieron y saquearon las ciudades ricas de Chagra, Mecaizabo, Veracruz, Panamá, Puerto Rico, Campeche, Santa Catalina y los arrabales de Cartagena. Uno de esos filibusteros, apellidado Olonois, llegó hasta las puertas de La Habana con sólo veinte hombres, retirándose en seguida a Cote. El gobernador envió a perseguirle un navío de guerra con soldados y el verdugo, pero Olonois se apoderó del navío. El mismo decapitó a los soldados españoles que atrapó y envió el verdugo al gobernador (1). Ni los romanos ni otros pueblos de bandidos realizaron nunca hazañas tan portentosas. El viaje del almirante Ansón alrededor del mundo fue un agradable paseo comparado con las correrías de los filibusteros por el mar del Sur y lo que realizaron en tierra firme. Si hubieran tenido una política igual a su indomable arrojo, habrían fundado un gran imperio en América.

 

(1) Más tarde, los indígenas capturaron y se comieron a Olonois.

 

Carecían asimismo de mujeres, pero en vez de raptar a las Sabinas y casarse con ellas, como se dice hicieron los romanos, sacaron mujeres del hospicio y la casa reformatorio de París, y de este modo ni siquiera lograron formar una generación.

 

Fueron más crueles con los españoles que los judíos con los cananeos. Se cuenta que un holandés, apellidado Roc, asó en parrillas a muchos españoles e hizo que los comieran sus compañeros. Sus expediciones fueron siempre escaramuzas de ladrones y nunca campañas de conquistadores; por eso los llamaron ladrones en las Indias occidentales. Cuando sorprendían una localidad y entraban en casa de un padre de familia, le torturaban hasta que descubría sus tesoros.

 

Lo que hizo inútiles sus hazañas fue su vida licenciosa y disoluta, en la que gastaban todo lo adquirido en las rapiñas y asesinatos. Hoy no queda de ellos más que el nombre. Eso fueron los filibusteros. Pero, ¿qué pueblo de Europa no lo fue? ¿Qué eran los godos, alanos, vándalos y hunos, más que filibusteros? ¿Qué fueron Rollon, que se afincó en Normandía, y Guillermo Fierabrás, sino filibusteros más hábiles? Clovis, ¿no fue también un filibustero que desde las orillas del Rin corrió a lanzarse sobre las Galias? .

 

FILOSOFÍA. He peregrinado cerca de cuarenta años por dos o tres rincones del mundo buscando esa piedra filosofal llamada la verdad. He consultado a todos sus adeptos de la Antigüedad, Epicuro y san Agustín, Platón y Malenbraque, y estoy tan a ciegas como al principio. Quizá en los crisoles de esos filósofos haya una o dos onzas de oro, pero todo lo demás es residuo, caput mortuum, fango estéril, con el que nada puede hacerse.

 

Siempre me ha parecido que los griegos fueron nuestros maestros, si bien escribían más para ostentación de su ingenio que para instruir. No encuentro un solo autor de la Antigüedad que haya seguido un sistema metódico y claro y proceda razonablemente, tratando de unir y combinar los sistemas de Platón, Aristóteles y los orientales. Tal es poco más o menos la sustancia que de ellos he podido reunir.

 

No es un ser inteligente, como yo, el que planeó la creación del mundo, porque yo no puedo crear ni una higa; luego, el mundo es obra de una inteligencia prodigiosamente superior.

 

Ese ser, que posee inteligencia y poder omnímodos, ¿existe necesariamente? Sí, porque es indispensable haya recibido el ser de otro o exista por propia naturaleza. Si recibió el ser de otro, lo que es difícil de concebir, tengo que recurrir a este otro y ese otro será el primer motor. Cualquiera de las dos cosas que elija, tengo que admitir siempre un primer motor poderoso e inteligente que lo sea necesariamente por propia naturaleza.

 

Ese primer motor, ¿creó las cosas de la nada? Esto no se concibe; crear de la nada es convertir la nada en algo. No debo admitir tal creación, cuando menos hasta que encuentre razones incontrovertibles que me obliguen a admitir lo que mi inteligencia no puede comprender.

 

Todo lo existente parece que exista de modo necesario, dado que existe, porque si hay actualmente una razón para demostrar la existencia de las cosas, también la hubo ayer y la habrá en todos los tiempos y, esta causa debe haber tenido siempre su efecto, porque si no toda la eternidad habría sido una causa inútil.

 

Ahora bien, ¿cómo habrán existido las cosas siempre, estando visiblemente bajo la dirección del primer motor? Será, pues, indispensable que esa potencia haya obrado siempre; lo mismo, poco más o menos, que no puede haber sol sin luz, que no puede haber movimiento sin que exista un ser, sin que éste pase de un punto del espacio a otro.

 

Luego existe un ser poderoso e inteligente que obra siempre, porque si no hubiera obrado, ¿de qué le serviría su existencia? Todas las cosas son, pues, emanaciones eternas de ese primer motor.

 

Mas ¿cómo concebir que la piedra y el cieno sean emanaciones del Ser Eterno inteligente y poderoso? Hay que escoger entre este dilema: la materia de la piedra y del cieno existe necesariamente por sí misma, o existe porque le da vida el primer motor. No puede haber término medio. Por lo tanto, hay que tomar uno de estos dos partidos: la materia es eterna por sí misma, o la materia es producto del Ser poderoso e inteligente.

 

Pero, subsistiendo por propia naturaleza o emanada del ser protector existe para toda la eternidad, puesto que existe. Si la materia es eternamente necesaria es, pues, imposible, es contradictorio, que no lo sea. Mas ¿qué hombre puede asegurar que es imposible y contradictorio que la piedra y la mosca no tengan vida? Nos vemos obligados a pararnos ante esta dificultad, que sorprende más a la imaginación que contradice los principios del raciocinio.

 

En efecto, desde que habéis concebido que todo emana del Ser Supremo e inteligente, que nada emana sin razón, que ese Ser que existe siempre, siempre ha debido obrar, y por lo tanto, todas las cosas debieron salir eternamente del seno de su existencia, no debéis resistiros a creer que la materia de que están formados la piedra y la mosca es una producción eterna, como no os habéis resistido a comprender que la luz es una emanación eterna del Ser omnipotente.

 

Puesto que yo soy un ser extenso y pensante, mi extensión y mi pensamiento son productos necesarios de este Ser. Es evidente que no puedo dotarme de extensión, ni de pensamiento; luego he recibido ambas facultades de ese Ser necesario. ¿Pudo darme lo que no tenía? Me dotó de inteligencia y me puso en el espacio; luego, es inteligente y está en el espacio.

Decir que el Ser eterno, que el Dios omnipotente, en todos los tiempos llenó necesariamente el universo de sus producciones, no es privarle de su libertad; al contrario, puesto que la libertad es el poder de obrar, Dios obró siempre y por tanto utilizó siempre la plenitud de su libertad.

 

La libertad que algunos denominan indiferencia es una palabra sin sentido, un absurdo, porque eso sería determinarse sin razón, sería un efecto sin causa. Y Dios no puede tener esa libertad supuesta, que implica contradicción en los términos. El ha obrado siempre por la necesidad que constituye su existencia.

 

Es imposible, pues, que el mundo exista sin Dios y que Dios exista sin el mundo. El mundo está lleno de seres que se suceden unos a otros; luego, Dios ha creado siempre los seres que se han sucedido.

 

Estas aserciones preliminares constituyen la base de la antigua filosofía de los griegos. De esa regla general debemos exceptuar a Demócrito y Epicuro, cuya filosofía corpuscular refutó esos dogmas. Ahora bien, debemos tener presente que los epicúreos partían de una física equivocada y el sistema metafísico de los demás filósofos subsiste al igual que los sistemas físicos. Toda la naturaleza, exceptuando el vacío, contradice a Epicuro, y ningún fenómeno de ella está en contra de la filosofía que acabo de explicar. Una filosofía acorde con las leyes que rigen la naturaleza y aceptada por los espíritus más observadores, ¿no es superior a otro sistema no revelado?

 

Fuera de las aseveraciones de los antiguos filósofos que he sintetizado cuanto he podido, ¿qué nos resta? Un caos de dudas y especulaciones. No creo que jamás haya existido un filósofo que haya propuesto un nuevo sistema, que no haya confesado al fin de su vida que ha perdido el tiempo. Hay que reconocer que los inventores de las artes mecánicas han sido más útiles a la humanidad que los ideadores de silogismos. El que inventó la lanzadera fue más útil que quien halló las ideas innatas.

 

FILÓSOFO. El nombre de filósofo fue honrado unas veces y otras envilecido, como el de poeta, matemático, fraile y sacerdote, como todo lo que depende de la opinión ajena.

 

Domiciano expulsó a los filósofos y Luciano se burlaba de ellos. Pero ¿qué clase de filósofos y de matemáticos desterró el monstruo Domiciano? A jugadores de cubilete y a los que confeccionaban horóscopos, a los que decían la buenaventura, a miserables judíos que componían filtros amorosos y talismanes; a gentes de esa ralea que poseían un poder especial sobre los espíritus malignos, que los evocaban, que los hacían entrar en el cuerpo de las doncellas mediante palabras y signos, y que los expulsaban de allí sirviéndose de otros signos y otras palabras. ¿Quiénes eran los filósofos que Luciano puso en la picota? La hez del género humano, haraganes incapaces de asumir alguna profesión útil, gentes parecidas al Pobre diablo, del que se nos ha hecho una descripción tan verdadera como cómica, que no saben si mañana llevarán librea o escribirán el Almanaque del Año maravilloso, si trabajarán a jornal en los caminos reales o sentarán plaza de soldado o de clérigo, y que en espera de obtener ocupación se reúnen en los cafés para dar su opinión respecto a la comedia nueva, sobre Dios y el ser en general, y sobre los modos del ser, y luego os piden prestado y escriben un libelo para criticaros. No salieron de esa escuela Cicerón, Ático, Epicteto, Trajano, Antonino Pío, Marco Aurelio y Juliano. Tampoco se formó en esa escuela el rey de Prusia, Federico, que escribió libros filosóficos, ganó batallas y destruyó tantos prejuicios como enemigos.

 

Catalina II de Rusia, emperatriz victoriosa y azote de los otomanos, que gobierna con tanta gloria un imperio más vasto que el romano, es una gran legisladora porque cultiva la filosofía. Todos los príncipes del Norte son filósofos también, y el Norte avergüenza al Mediodía. Si los confederados de Polonia tuvieran tan sólo un adarme de filosofía, su patria, sus territorios y sus casas no estarían expuestos al pillaje. No se derramaría sangre en su país, ni serían los hombres más desgraciados si escucharan la voz de la razón de su rey filósofo, que en vano ha dado tantos ejemplos y lecciones de ponderación y prudencia.

 

El emperador Juliano era filósofo cuando escribía a sus ministros y a sus pontífices esas hermosas cartas henchidas de clemencia y sabiduría que hoy admiran aún todas las gentes honradas, pese a que condenen sus errores. Constantino no era filósofo cuando asesinó a sus parientes próximos, a su hijo y a su esposa; cuando manchado con la sangre de su familia juraba que Dios le había enviado el lábaro desde el cielo.

 

Es un tremendo salto pasar de Constantino a Carlos IX y a Enrique III, rey de una de las cincuenta grandes provincias del Imperio romano. De haber sido filósofos ambos reyes, el primero no habría sido culpable de la matanza de la noche de San Bartolomé, ni el segundo hecho procesiones escandalosas con sus gitones, no hubiera tenido necesidad de asesinar al duque de Guisa y al cardenal hermano de éste, y no habría muerto asesinado por un joven jacobita, fanático por la idea de Dios y de la Santa Iglesia.

 

Si Luis XIII hubiera sido filósofo, no habría dejado subir al patíbulo al virtuoso Thou, ni al inocente mariscal Marillac, ni permitido que su madre muriera de hambre en Colonia, y su reinado no habría constituido una larga serie de discordias y calamidades intestinas.

 

Comparad los muchos reyes ignorantes, supersticiosos y crueles que se han dejado gobernar por sus pasiones o las de sus ministros, con hombres como Montaigne, Charron, el canciller L'Hospital, el historiador Thou, La Mothe Le Vayer, o Locke, Schaftesbury, Sidney y Hebert, y no cabe duda que preferiríais que os gobernaran esos sabios a que lo hicieran aquellos reyes.

 

Cuando hablo de filósofos está claro que no me refiero a los pícaros que quieren ser los monos imitadores de Diógenes, sino a los que siguen a Platón y Cicerón.

 

El envarado luterano, el salvaje calvinista, el orgulloso anglicano, el fanático jansenista, el jesuita que se cree rey incluso en el destierro y en el cadalso, el sorbonista que se figura ser Padre de un concilio, y los tontos que dirigen todas esas gentes, se revuelven contra el filósofo. Son perros de diferente especie que ladran cada uno a su manera contra un hermoso caballo que pace apaciblemente en una verde pradera, sin disputarles ninguna de las carroñas con que ellos se alimentan, y por las que riñen entre sí.

 

Esos jesuitas hacen imprimir todos los días farragosas obras de teología filosófica, diccionarios filosófico‑teológicos, y a sus trasnochados argumentos los califican pomposamente como demostraciones y a sus sobadas tonterías, lemas y corolarios. Como los falsificadores de moneda, recubren con hoja de plata un escudo de plomo. Se sienten despreciados por todos los hombres que piensan y se ven obligados a engañar a viejas imbéciles. Este estado les humilla más que haber sido expulsados de Francia, España y Nápoles. Se pasa por todo menos por el desprecio. Dícese que cuando el diablo fue vencido por el arcángel Rafael (como está probado), ese espíritu‑cuerpo tan soberbio se consoló fácilmente porque sabía que las armas son temporales, pero cuando supo que Rafael se burlaba de él juró no perdonarle jamás. Tampoco los jesuitas perdonaron nunca a Pascal, y Jurieu calumnió a Bayle hasta en la tumba, así como todos los tartufos se desencadenaron contra Moliere hasta su muerte. En su rabia prodigan las imposturas, como en su ineptitud multiplican sus argumentos.

 

Uno de los calumniadores, tan pobre en argumentación como rico en malas intenciones, fue el ex jesuita Paulian, que hizo imprimir una obra teólogo‑filósofo‑rapsodia en la ciudad de Aviñón, en la que acusa a los autores de la Enciclopedia de haber dicho: «Que siendo el hombre, por naturaleza, más sensible al placer de los sentidos, esos placeres son, en consecuencia, el único objeto de sus deseos; que no hay vicio ni virtud, ni bien ni mal moral, ni justo ni injusto; que el placer de los sentidos produce todas las virtudes; que para ser feliz es preciso evitar los remordimientos, etc.» ¿En qué pasajes de la Enciclopedia, que va por la quinta edición, ha leído dicho autor esas horribles torpezas? Había que citarlas. ¿Has llevado la insolencia de tu orgullo y la demencia de tu carácter hasta pensar que van a creer tu palabra? Esas torpezas se pueden encontrar en tus casuistas, pero no en los artículos de la Enciclopedia firmados por Diderot, D'Alembert, el caballero de Jaucourt y Voltaire. No las has visto en los artículos del conde de Tressan, ni en los de Blondel, Boucher d'Argis, Marmontel, Venelle, Tronchin, D'Aubenton, D'Argenville, y tantos otros que tuvieron la generosa vocación de enriquecer el Diccronario enciclopédico y han prestado un servicio eterno a Europa. Ninguno de ellos es culpable de los horrores que tú les acusas. Sólo tú y los de tu calaña sois capaces de tan infame calumnia.

 

Las gentes que no piensan preguntan a menudo a los que piensan para qué ha servido la filosofía. Y éstas les responden: Para destruir en Inglaterra la rabia religiosa que hizo perecer al rey Carlos I en el cadalso; para impedir que en Suecia un arzobispo, con una bula en la mano, hiciera derramar la sangre de la nobleza; para mantener la paz de la religión en Alemania, poniendo en ridículo todas las disputas teológicas y para extinguir en España las abominables hogueras de la Inquisición.

 

FIN DEL MUNDO. La mayor parte de los filósofos griegos creyeron que el mundo era eterno en su principio y en su duración. Pero respecto a la pequeña parte del universo, al globo de piedra, barro, agua, minerales y vapores que habitamos, no sabían qué pensar; les parecía destructible, suponían que sufrió transformaciones más de una vez y volvería a padecerlas. Cada cual juzgaba al mundo entero por la parte que en él ocupaba su país.

 

La idea del fin del mundo y su renovación impresionaba a los pueblos sometidos al Imperio romano en la época terrible de las guerras civiles de César y Pompeyo. Virgilio, en sus Geórgicas, se hace eco del temor general que reinaba en aquella época cuando dice: «El universo, sorprendido y aterrorizado, tiembla por temor de hundirse otra vez en la eterna noche». Lucano se expresa con mayor claridad acerca de esto, cuando en la Farsalia dice: «¿Qué importa el triste y falso honor de ser condenado a la hoguera? El fuego ha de consumir el cielo, la tierra y el mar; todo se convertirá en hoguera en la que el mundo será ceniza». Ovidio dice también en las Metamorfosis: «Así lo ha dispuesto el implacable destino: un diluvio de fuego consumirá el aire, la tierra, el mar y los palacios de los dioses». Cicerón, en su libro De la naturaleza de los dioses se expresa en los siguientes términos: «Según opinión de los estoicos, el mundo entero se convertirá en fuego, habiéndose consumido el agua; la tierra no producirá alimentos, ni podrá existir el aire porque del agua recibe su ser; de manera que el fuego quedará solo. Ese fuego será Dios, que reanimándolo todo renovará el mundo y le volverá a dar su primitiva belleza».

 

La física de los estoicos, al igual que toda la física antigua, es absurda, pero prueba que esperaban la destrucción del mundo por medio del fuego.

 

Más sorprendente todavía es que el gran Newton opinara lo mismo que Cicerón. Engañado por un falso experimento de Bayle, cree que la humedad del planeta, a la larga, se ha de secar, y será preciso que Dios lo reforme. Vemos, pues, que los dos hombres más grandes de la antigua Roma y de la moderna Inglaterra son del parecer de quienes creen que llegará un día en que el fuego venza al agua.

 

La idea de que el mundo se destruiría y renovaría estaba arraigada en los pueblos de Asia Menor, Siria y Egipto, desde las guerras civiles de los sucesores de Alejandro. Las luchas intestinas de los romanos aumentaron el terror de las naciones que fueron víctimas de ellas, que esperaban la destrucción del mundo y una renovación de él, que no había de disfrutar. Los hebreos, tanto los afincados en Siria como los de la diáspora, participaron del temor común. Por eso no se sorprendieron los judíos cuando Jesús les decía, según el Evangelio de Mateo y de Lucas: El cielo y la tierra pasarán. El reinado de Dios se acerca.

 

Pedro anuncia que se ha predicado el Evangelio a los muertos y que el fin del mundo se aproxima. Esperamos —dice— nuevos cielos y una tierra nueva. Juan, en su primera carta: Ahora aparecen muchos Anticristos, lo que nos da a conocer que la última hora se acerca.

 

Lucas predice con más detalle el fin del mundo que el juicio final:

 

«Se verán signos en la luna y en las estrellas, se oirán ruidos en el mar y en los ríos; los hombres, consumidos de temor, esperarán lo que debe acontecer al universo entero. Las virtudes de los cielos se conmoverán, y los mortales contemplarán entonces al Hijo del hombre descendiendo en una nube, con gran poder y soberbia majestad. En verdad os digo que no se extinguirá la generación presente sin que todo esto se realice.»

 

Comprendemos que los incrédulos nos van a echar en cara esta predicción, deseando que nos sonrojemos de que el mundo exista todavía. Aquella generación pasó —dicen— y no ha tenido lugar la profecía. Lucas pone en boca del Salvador lo que jamás dijo, o debemos deducir que Jesucristo se engañó a sí mismo, lo que sería una blasfemia. Se puede, sin embargo, cerrar la boca a esos impíos objetándoles que esa predicción, que parece falsa tomada al pie de la letra, es verdadera en el fondo, que el universo entero en ese contexto significa Judea, y que el fin del universo significa el imperio de Tito y sus sucesores.

 

Pablo, en su epístola a los tesalonicenses, se expresa con energía: «Nosotros, que vivimos y os hablamos, seremos transportados a las nubes para ir a través de los aires a comparecer ante el Señor». Según las palabras inequívocas de Lucas y de Pablo, el mundo debía terminar en el imperio de Tiberio, o lo más tardar en el de Nerón. No se realizaron las predicciones de uno y otro. Indudablemente, tales predicciones no se hicieron para la época en que vivían los evangelistas y los apóstoles, sino para tiempos futuros, que Dios oculta a los hombres.

 

Mas lo cierto es que todos los pueblos conocidos entonces esperaban el fin del mundo, una nueva tierra, un nuevo cielo. Durante más de diez siglos, los clérigos recibieron numerosos legados que los donantes entregaban con estas palabras: «Estando próximo el fin del mundo, yo, por la salvación de mi alma y no ser colocado entre los machos cabríos, hago donación de estas o aquellas tierras a tal o cual convento». El miedo obligó a los necios a enriquecer a los tunantes.

 

Los egipcios fijaron el fin del mundo a los treinta y seis mil quinientos años cumplidos. Dícese que Orfeo lo fijó en los ciento veinte mil.

 

El historiador Flavio Josefo asegura que, habiendo predicho Adán que el mundo terminaría dos veces, una por agua y otra por fuego, los hijos de Set, queriendo que los hombres guardaran en su memoria ese cataclismo, hicieron grabar las observaciones astronómicas en dos columnas, una de ladrillos, para que pudiera resistir el fuego que debía consumir el mundo, y la otra de piedra, para que resistiera las aguas que debían anegarlo. Pero ¿cómo podían creer los romanos lo que decía un esclavo judío que les hablaba de un Adán y de un Set que desconocía todo el mundo? Se reirían de ello.

De lo dicho se infiere que sabemos muy poco de los tiempos pasados, conocemos bastante mal lo que acontece al presente, e ignoramos lo que acaecerá en el porvenir.

 

FRANCISCO JAVIER. Creemos conveniente decir algunas verdades referentes a la vida de Francisco Javero, más conocido por Javier y apellidado el Apóstol de las Indias. Muchísimas gentes creen todavía que estableció el cristianismo en toda la costa meridional de las Indias, en unas veinte islas, y sobre todo en el Japón. No hace aún treinta años que no se permitía dudarlo en Europa.

 

Los jesuitas se atreven a compararle con san Pablo, y escribieron sus viajes y milagros Tursellin, Orlandin, Lucena y Bartolí, todos ellos jesuitas, pero poco conocidos en Francia.

 

Cuando el jesuita Bouhours publicó la historia del santo, pasó por un hombre de talento. Vivía en la más excelente compañía de París, y no me refiero a la Compañía de Jesús, sino a los personajes de más viso en el mundo que se distinguían por el ingenio y el saber. Tuvo fama de purista literario exento de afectación y llegó a ser propuesto candidato a la Academia Francesa, que haciendo caso omiso de las reglas de su instituto admitió en su corporación Además, el padre Bouhours, gozaba de gran influencia en su orden, que entonces, por prestigio casi inconcebible, dirigía a todos los príncipes católicos.

 

Empezaba en aquella época a abrirse camino la sana crítica, pero sus progresos eran lentos y los autores, por regla general, se ocupaban entonces más de cuidar el estilo que de escribir verdades. Bouhours publicó las vidas de san Ignacio y san Francisco Javier, sin atraerse a ninguna crítica. Apenas le censuraron que comparara a san Ignacio con César.

 

Debemos confesar que Francisco Javier puede compararse con Alejandro en que ambos fueron a las Indias, como Ignacio se parece a César en que, como él, estuvo en la Galia, pero Javier, venciendo al demonio, fue más allá que el vencedor de Darío. Reconforta el corazón verle convertir infieles voluntariamente, de España a Francia, de Francia a Roma de Roma a Lisboa y de Lisboa a Mozambique, luego de haber dado la vuelta al Africa. Se quedó mucho tiempo en Mozambique, donde recibió de Dios el don de la profecía; a continuación, pasó a Melenda y disputó sobre el Corán con los mahometanos, que entenderían tan bien su idioma como él entendería el de ellos. En un barco portugués arriba a la isla Socotora, que es sin duda la de las Amazonas, y convierte a todos los insulares y edifica una iglesia; desde allí pasa a Goa, donde descubre una columna en la que santo Tomás había escrito que un día nuestro santo misionero llegaría allí a establecer la religión cristiana que floreció antiguamente en la India. Javier pudo leer de corrido los antiguos caracteres hebreos o hindúes en que estaba escrita la profecía. Empuña luego una campanilla, reúne a su alrededor todos los niños, les explica el Credo y los bautiza. Su mayor placer consistió en unir en santo matrimonio a los indios con sus queridas.

 

Desde Goa va a cabo Comorín, la costa de la Pesquería y al reino de Travancor. En cuanto llega a un país le entra la comezón de dejarlo y embarca en el primer barco portugués que encuentra, sin importarle la ruta que lleve. Con tal de viajar está contento. Le reciben por caridad y vuelve dos o tres veces a Goa, Cochin, Cori, Negapatán y Meliapar. Ve un barco que zarpa para Malaca y se embarca en él y arriba a Malaca con el pesar de no haber visto Siam, Pegú y Tonkín.

 

A continuación visita la isla de Sumatra, Borneo y Macasar, y las islas Molucas, Ternata y Amboina. El rey de Ternata tenía en su inmenso serrallo cien mujeres como esposas legales y más de setecientas concubinas. Lo primero que hace Javier es echarlas a todas. Es de advertir que dicha isla no tiene más que dos leguas de diámetro.

 

Desde allí, a bordo de otro navío portugués, recala en la isla de Ceilán, y vuelve de nuevo a Goa y Cochin. Los portugueses comerciaban ya con el Japón y Javier embarcó en un buque que se dirigía a dicho país, del que recorrió casi todas las islas. En resumen, y utilizando las palabras del jesuita Bouhours, así se pusieran una tras otra todas las leguas de los viajes que hizo Javier, andándolas se podría dar muchas veces la vuelta al mundo».

 

Nótese que empezó a viajar en el año 1542 y falleció en 1552. Si tuvo tiempo suficiente para aprender el idioma de los países que recorrió, hizo un verdadero milagro, y si poesía el don de las lenguas fue todavía un milagro mayor. Por desgracia, en muchas de sus cartas dice que se veía obligado a servirse de intérpretes y en otras confiesa su dificultad para aprender la lengua japonesa, que no podía pronunciar bien.

 

El jesuita Bouhours, transcribiendo algunas de sus cartas, no duda que Francisco Javier tuvo el don de las lenguas, pero confiesa «que no lo tenía siempre, sino en muchas ocasiones, porque sin haber aprendido la lengua china predicaba todas las mañanas en chino en Amaguchi», que es la capital de una provincia del Japón.

 

Pero debió saber al dedillo las lenguas orientales, porque en dichas lenguas compuso canciones del Padrenuestro, del Avemaría y del Credo, para instruir a los niños de ambos sexos.

 

Es admirable que nuestro misionero, que necesitaba intérpretes, hablara todas las lenguas a la vez, como los apóstoles. Y cuando hablaba en portugués, los indios, chinos y japoneses, ¿le entendían? En una ocasión que estaba hablando sobre la inmortalidad del alma, el movimiento de los planetas, los eclipses de sol y de luna, sobre el pecado y la gracia, y el paraíso y el infierno, le llegaron a entender veinte personas de diferentes naciones.

 

Algunos se preguntan cómo ese hombre consiguió hacer tantas conversiones en el Japón. A ello debe contestarse sencillamente que no las hizo, pero que otros jesuitas que permanecieron mucho tiempo en aquel país, merced a los tratados convenidos entre los reyes de Portugal y los emperadores del Japón, convirtieron a tanta gente que provocaron una guerra civil y, según cuentan, costó la vida a cuatrocientos mil hombres. Este fue el prodigio más conocido que obraron los misioneros en el Japón. Pero los de Francisco Javier no dejan de tener su mérito.

 

Entre los múltiples milagros que hizo figura en primer lugar el de los ocho niños resucitados. Y el jesuita Bouhours dice que «el mayor milagro de Javier no fue el de resucitar muchos muertos, sino el de no morir él de fatiga». El más divertido de sus milagros fue que habiéndosele caído el crucifijo que llevaba en el mar, cerca de la isla Baranura, que yo creo debía ser la Barataria, a las veinticuatro horas se lo presentó un cangrejo entre sus patas. Y el más sorprendente de todos (y después de hablar de éste ya no es menester hablar de ningún otro) el que tuvo lugar durante una tempestad que duró tres días, estando continuamente y al mismo tiempo en dos barcos. Uno de ellos estaba a ciento cincuenta leguas del otro y sirvió de piloto a los dos al mismo tiempo. Dieron fe de este milagro todos los pasajeros, que no podían engañar ni ser engañados.

 

Todo ello, aunque parezca mentira, se escribió seriamente y con éxito en el siglo de Luis XIV, el de las Cartas provinciales, las tragedias de Racine, del Diccionario de Bayle y otras muchas obras sabias.

 

Cabría considerar como una especie de milagro que un hombre de talento como Bouhours se prestara a sacar a la luz semejantes extravagancias, si no supiéramos a qué excesos el espíritu de corporación y sobre todo el espíritu monacal arrastran a los hombres. Se conservan cerca de doscientos volúmenes parecidos al libro de que venimos ocupándonos, compilados por frailes. Lo grave en ello es que los enemigos de los frailes también compilan, pero como lo hacen con más gracia se leen más. Es un verdadero pesar que no se mire a los frailes en las decimononas partes de Europa con el profundo respeto y la justa veneración con que los miran todavía en algunas aldeas de Aragón y Calabria.

 

Después de hablar de Francisco Javier, ya no es preciso discutir la historia de los demás Franciscos.

 

FRAUDE. (¿Hay que usar fraudes piadosos con el pueblo?) El faquir Bambabef se encontró un día con un discípulo de Confucio que se llamaba Uang; aquél defendía que el pueblo tiene necesidad de ser engañado, y Uang opinaba que nunca se debe engañar a nadie. He aquí, resumida, su disputa.

 

BAMBABEF. Hay que imitar al Ser Supremo, que no nos muestra las cosas como son. Nos hace ver el sol bajo un diámetro de dos o tres pies, cuando ese astro es un millón de veces mayor que la Tierra; nos presenta la luna y las estrellas fijas sobre un mismo fondo azul, estando a distancias diferentes; quiere que una torre cuadrada vista de lejos nos parezca redonda, y que el fuego se nos antoje caliente, sin ser caliente ni frío. En fin, nos rodea de errores adecuados a nuestra naturaleza.

 

UANG. LO que llamáis error no lo es. El sol, cuya distancia de nuestro Globo se cifra en millones de millones de leguas, no es el que nosotros vemos. Realmente, no percibimos ni podemos percibir más que el sol que se refleja en nuestra retina, bajo un ángulo determinado. No se nos han dado los ojos para medir magnitudes ni distancias; debemos recurrir a otras operaciones para conocerlas.

 

Bambabef quedó sorprendido con estas palabras. Uang, que era muy paciente, le explicó la teoría de la óptica y Bambabef, que no tenía nada de lerdo, se rindió ante las demostraciones del discípulo de Confucio. Luego, reemprendió la disputa en los siguientes términos:

 

BAMBABEF. Si Dios no nos engaña por medio de nuestros sentidos, como yo creía, confesad al menos que los médicos engañan siempre a los niños por su bien: dicen que les dan azúcar y, en vez de azúcar, les ofrecen ruibarbo. Yo, un faquir, puedo pues engañar al pueblo, que es tan ignorante como los niños.

 

UANG. Yo tengo dos hijos y nunca les he engañado. Cuando están enfermos les digo: «He aquí una medicina muy amarga que debemos tener el coraje de tomarla; te perjudicaría si fuera dulce». Nunca he permitido que sus ayos y preceptores les infundan miedo con espíritus, aparecidos, trasgos y brujos, y de este modo he hecho de ellos jóvenes ciudadanos corajudos y juiciosos.

 

BAMBABEF. El pueblo no ha tenido tanta suerte como vuestra familia.

 

UANG. Todos los hombres son iguales y han nacido con las mismas cualidades. Son los faquires los que corrompen la naturaleza de los hombres.

 

BAMBABEF?. Confieso que les enseñamos errores, pero es por su bien. Les hacemos creer que si no compran nuestros clavos benditos y no expían sus pecados dándonos dinero, se convertirán en la otra vida en caballos de posta, en perros, en lagartos... Esto les intimida y llegan a ser personas honradas.

 

UANG. ¿NO veis que pervertís a esas pobres gentes? Entre ellos hay más de los que creéis que razonan, se burlan de vuestros clavos, de vuestros milagros y vuestras supersticiones, que saben muy bien que no se convertirán en caballos de posta, ni en lagartos. Y entonces, ¿qué sucede? Tienen bastante sentido común para comprender que les predicáis una religión absurda, pero no el suficiente para elevarse hacia una religión pura y despojada de superstición, como la nuestra. Sus pasiones les inducen a no creer en ninguna religión porque la única que se les enseña es ridícula; vosotros seréis los culpables de sus vicios.

 

BAMBABEF. De ningún modo, porque sólo les enseñamos la moral buena.

 

UANG. El pueblo os apedrearía si le enseñarais una moral impura. Los hombres son propensos a hacer el mal, pero no quieren que se les impulse a hacerlo. Lo que no puede hacerse es mezclar una moral sabia con fábulas absurdas, porque con vuestras imposturas debilitáis la moral que estáis obligados a enseñar.

 

BAMBABEF. ¡CómO! ¿Creéis que se puede enseñar la verdad al pueblo sin sostenerla por medio de fábulas?

 

UANG. Lo creo firmemente. Nuestros hombres de letras son de la misma naturaleza que nuestros sastres, tejedores y labradores; todos ellos adoran a un Dios creador, remunerador y vengador. No manchan su culto con sistemas absurdos, ni con ceremonias extravagantes, y los hombres de letras cometen menos crímenes que el pueblo. ¿Por qué, pues, no dignarse instruir a los obreros como instruimos a los hombres de letras?

 

BAMBABEF. Haríais una solemne tontería. Sería como si quisierais que tuvieran la misma educación, que fueran jurisconsultos, y esto ni es posible ni conviene. El dueño debe comer pan de harina candeal y los criados de harina de centeno.

 

UANG.Confieso que todos los hombres no deben tener la misma ciencia, pero hay cosas que son necesarias a todos; es preciso que cada cual sea justo, y la manera más segura de inspirar la justicia a todos los hombres es enseñarles una religión sin superstición.

 

BAMBABEF. Es un excelente propósito, pero impracticable. ¿Creéis que a los hombres les basta con creer en un Dios que castiga y que recompensa? Me dijisteis que sucede con frecuencia que los más espabilados entre el pueblo se sublevan contra mis fábulas; lo mismo se sublevarían contra vuestra verdad. Dirían, ¿quién me asegura que Dios castiga y recompensa? ¿Dónde está la prueba de ello? ¿Qué misión es la vuestra? ¿Qué milagro habéis hecho para que os crea? Se burlarían de vos más que de mi.

 

UANG. Os equivocáis. Suponéis que se sacudirá el yugo de una idea honrada, verosímil, útil para todo el mundo, una idea en la que la razón humana está acorde, porque se rechazan cosas deshonestas, absurdas, inútiles y peligrosas, que hacen temblar a las gentes honradas. El pueblo está dispuesto a creer a sus magistrados; cuando éstos le proponen una creencia razonable, el pueblo la acepta gustosamente. No hay necesidad de prodigios para creer en un Dios justo, que lee en el corazón del hombre; esta idea es demasiado natural para que pueda ser refutada. No es preciso decir de qué modo Dios castigará y recompensará; basta creer en su justicia. Os aseguro que he visto ciudades enteras que apenas tenían otros dogmas y fue en ellas donde vi más virtud.

 

BAMBABEF. No os fiéis. Encontraréis en esas ciudades filósofos que os negarán las penas y las recompensas.

 

UANG. Pero esos mismos filósofos negarán con más fuerza vuestras fábulas; por lo tanto, no ganáis nada con vuestra objeción. Aunque haya filósofos que no estén de acuerdo con mis principios, no por eso son menos honrados, ni cultivan menos la virtud, que debe ser cultivada por amor y no por temor. Además, sostenga que ningún filósofo estará jamás seguro de que la Providencia no reserva castigos a los malos y recompensas a los buenos, porque si alguno de ellos me preguntara quién ha dicho que Dios castiga, yo le preguntaría quién ha dicho que Dios no castiga. En fin, sostengo también que los filósofos me ayudarán, en vez de contradecirme. ¿Queréis ser filósofo?

 

BAMBABEF. Con mucho gusto, pero no lo digáis a los faquires.

 

                                                                          G

 

GACETA. Así empezó a llamarse la reseña de los asuntos públicos. A comienzos del siglo XVII empezó en Venecia esta costumbre, cuando Italia era todavía centro de las negociaciones de Europa y Venecia un asilo de libertad. Llamaron a unas hojas de papel impresas, que repartían una vez cada semana, Gacetas, nombre sacado de Gazzeta, moneda fraccionaria que tenía curso obligatorio en Venecia. Las principales ciudades de Europa no tardaron en imitar el ejemplo.

 

Gacetas casi semejantes se publicaban en China desde tiempo inmemorial. En dicha nación se imprime todos los días la Gaceta del Imperio por orden del soberano.

 

El médico Théophraste Renaudot publicó en Francia las primeras gacetas en 1631, concediéndosele este privilegio que fue durante mucho tiempo patrimonio de su familia. Este privilegio pasó a ser un objeto importante en Amsterdam, y la mayoría de las gacetas de las Provincias Unidas todavía dan hoy una renta a muchas familias de magistrados que pagan a quienes las escriben. La ciudad de Londres publica más de doce gacetas cada semana, pero sólo se pueden imprimir en papel timbrado, lo que da buen producto al Estado.

 

Las gacetas de China sólo se ocupan de este imperio, mientras que en Europa lo hacen de todo el orbe, y aunque suelen divulgar noticias falsas proporcionan, empero, veraces materiales para la historia, porque ordinariamente los errores en que incurre un número de la gaceta lo rectifican los siguientes. En ellas se encuentran todas las disposiciones refrendadas por los soberanos, que ellos mandan insertar. El ministerio revisa siempre las gacetas de Francia y por eso los autores emplean siempre fórmulas apropiadas, no olvidando que hablan en nombre del rey. Los diarios públicos jamás fueron manchados por la maledicencia y se han escrito siempre con corrección.

 

No sucede lo mismo en las gacetas extranjeras. En las de Londres, exceptuando la oficial, se insertan algunas indecencias que la libertad de prensa autoriza.

 

Allá por el ano 1665, empezaron a publicarse en Francia gacetas literarias. Las primeras de esa clase no eran más que sencillos anuncios de los libros nuevos que se editaban en Europa, pero pronto añadieron a los anuncios la crítica razonada de las obras, lo que enardeció a muchos autores criticados pese a que en esta materia no se abusó al principio. Sólo nos ocuparemos ahora de las gacetas literarias con que se abrumó al público, que recibía ya muchos periódicos de todos los países de Europa que cultivaban las ciencias. Esas gacetas aparecieron en París el año 1723 con distintos nombres. La mayoría de ellas se escribieron únicamente para ganar dinero, y como no se adquieren ganancias elogiando a los autores, la mordacidad constituía ordinariamente el fondo de aquellos escritos. Y dado que se ocupaban con frecuencia de personalidades odiosas, dieron pasto a la malignidad, pero la razón y el buen gusto, que a la larga prevalecen siempre, lograron provocar el desprecio y hacerlas caer en el olvido.

 

GENEALOGÍA. Los teólogos han llenado no pocos volúmenes empeñados en conciliar a san Mateo con san Lucas respecto a la genealogía de Jesús. El primero cuenta veintisiete generaciones desde David, descendiendo de Salomón, en tanto que san Lucas suma cuarenta y dos, y le hace descender de Nuthan.

 

He aquí cómo el sabihondo benedictino Calmet resuelve una dificultad semejante ocupándose de Melquisedec. Los orientales y los griegos, fecundos para idear fábulas, le forjaron una genealogía refiriendo los nombres de sus abuelos, pero como la mentira se descubre por sí misma —añade el juicioso Calmet— unos cuentan su genealogía de una manera y otros de diferente modo; unos sostienen que descendía de una raza oscura y vergonzosa, y no faltan quienes opinan que era hijo ilegítimo.

 

Todo esto se refiere naturalmente a Jesús, de quien Melquisedec figuraba ser el símbolo, según opinión del apóstol. En efecto, el evangelio de Nicodemo dice terminantemente que los hebreos, en presencia de Pilato, reprocharon a Jesús haber nacido de la fornicación. Y el sabio Fabricius, hablando de ello, nota que no nos asegura ningún testimonio digno de fe que los judíos hayan hecho tal aserción de Jesús durante la vida de éste, ni a los apóstoles; que eso sólo fue una calumnia que divulgaron. Sin embargo, los Hechos de los Apóstoles dan fe de que los judíos de Antioquía se opusieron, blasfemando, a lo que san Pablo les decía de Jesús, y Orígenes sostiene estas palabras, citadas del Evangelio de Juan, que dicen: «No hemos nacido de fornicación, ni hemos servido nunca a nadie». Por parte de los judíos era un reproche indirecto que hacían a Jesús por la impureza de su nacimiento y su estado de servidor, pues suponían, como dice el mencionado padre, que Jesús nació en una aldea de Judea y tuvo por madre a una pobre campesina que vivía de su trabajo, de quien se demostró que había cometido adulterio con un soldado llamado Panther; éste expulsó de la casa al prometido, de oficio carpintero, y después de haber recibido esta afrenta, cuando vagaban errantes de un lugar a otro, la campesina dio a luz secretamente a Jesús el cual, más tarde, viéndose en la mayor necesidad, se vio obligado a ponerse a servir en Egipto, donde aprendió algunos secretos que los egipcios hacen pagar muy caros. A continuación, volvió a su país, y envanecido por los milagros que sabía hacer se proclamó Dios a sí mismo.

 

Siguiendo una antiquísima tradición, el nombre de Panther, que fue la causa del desprecio de los judíos, era el sobrenombre del padre de José, como asegura san Epifanio, o quizás el nombre del abuelo de María, como afirma san Juan Damasceno. Tocante al estado de servidor que le reprocharon, Jesús declara que no vino al mundo para ser servido, sino para servir. Según refieren los árabes, Zoroastro fue también servidor de Esdras, y Epicteto nació esclavo. San Cirilo de Jerusalén tiene razón cuando dice que la esclavitud no deshonra a nadie.

 

En cuanto a los milagros, Plinio dice que los egipcios sabían el secreto de teñir telas de diferentes colores sumergiéndolas en el mismo recipiente, siendo éste uno de los milagros que atribuye a Jesús el Evangelio de la infancia. Ahora bien, san Juan Crisóstomo asegura que Jesús no hizo ningún milagro antes de recibir el bautismo, y los que le atribuyen son puras invenciones. La razón en que se fundamenta dicho santo para creerlo así es que la sabiduría del Señor no le permitía hacer milagros durante su infancia, porque los hubieran tildado de prestidigitaciones.

 

En vano san Epifanio se empeña en que negar los milagros atribuidos a Jesús durante la infancia es dar a los herejes un pretexto para que digan que sólo se convirtió en hijo de Dios por la infusión del Espíritu Santo que descendió sobre él en el bautismo, y no debemos negarlos porque ahora estamos combatiendo a los judíos y no a los herejes.

 

Wagenseil tradujo al latín una obra de los judíos, titulada Toldos Jeschu, que refiere que estando Jeschu en Belén, su pueblo natal, exclamó en voz alta: «¿Quiénes son esos hombres perversos que se atreven a decir que soy bastardo y de origen impuro? Ellos sí que son bastardos e impuros. Nací de una madre virgen y entré en ella por la parte alta de la cabeza». Este testimonio pareció tan irrebatible al sabio teólogo Bergier que no vaciló en aprovecharse de él, sin citar de donde lo había tomado. De la página 23 de su libro Certidumbre de las pruebas del cristianismo, transcribo lo siguiente: «Jesús nació de una virgen por obra del Espíritu Santo; el mismo Jesús lo asegura muchas veces por propia boca y así lo refieren los apóstoles». Pero lo cierto es que esas palabras de Jesús sólo se encuentran en el Toldos Jeschu y que la certidumbre de la prueba de Bergier subsiste, aunque san Mateo aplica a Jesús este pasaje de Isaías: «No disputará nunca, no gritará y nadie oirá su voz en las calles».

 

Según dice san Jerónimo, entre los gimnosofistas de la India existe la antiquísima tradición de que Buda, autor de su dogma, nació de una virgen que le dio a luz por el costado. Julio César, Escipión el Africano Manlio, Eduardo VI de Inglaterra, y otros, también nacieron por medio de una operación que los cirujanos denominan cesárea. Simón el Mago y Manes también pretendieron haber nacido de una virgen, pero sólo significa que sus madres eran vírgenes cuando los concibieron. Para convencerse de lo inciertos que son los signos de la virginidad, basta leer la glosa del célebre obispo Pompignan sobre uno de los pasajes de los Proverbios: «Tres cosas encuentro dificultad en comprender y la cuarta me es desconocida: el camino que lleva el águila en el aire, la serpiente en las rocas, el barco en el mar y el hombre en su juventud». Más adelante confirma la curiosa interpretación que da a la Biblia, con la analogía que tiene dicho versículo con el siguiente: «Tal es el camino que sigue la mujer fornicadora, que después de haber comido se enjuaga la boca y dice: «No hice ningún mal».

 

Lo indudable es que la virginidad de María no se reconocía en los inicios del siglo III San Clemente de Alejandría dice que eran muchos los que participaron de la opinión, que mantienen todavía, según la cual María acabó de dar a luz un hijo sin que el parto produjera cambio alguno en su persona, y algunos aseguran que una partera que la visitó después encontró en ella todos los signos de la virginidad. Se comprende que dicho santo hable de ese modo refiriéndose al Evangelio de la Natividad de María, en que el arcángel Gabriel le dijo: «Sin obra de varón, virgen concebirás, virgen parirás y virgen morirás», y al protoevangelio de Jacobo, en el que la mencionada partera exclama: « ¡Inaudita maravilla! María acaba de dar a luz un hijo, y sin embargo conserva la virginidad». Con los años, se declararon apócrifos estos dos evangelios, si bien en este punto estaban conformes con la creencia que adoptó la Iglesia, pero quitaron los andamios en cuanto estuvo alto el edificio.

 

La declaración de Jesús respecto a que entró en su madre por la parte alta de la cabeza, es lo mismo que opina la Iglesia. El breviario de los maronitas dice que el verbo del padre entró por el oído de la mujer bendita. San Agustín y el papa Félix dicen categóricamente que la Virgen quedó encinta por la oreja, san Efrén dice lo mismo en un himno, y Agobar refiere que la Iglesia cantaba en su época: «El verbo entró por el oído a la Virgen, y salió por la puerta dorada».

 

Es sabido que el jesuita Sánchez promovió seriamente la cuestión de si la Virgen María recibió o no el semen de la encarnación de Cristo, y que después de oír la opinión de otros teólogos se decidió por la afirmativa, pero esos extravíos de la imaginación concupiscente deben situarse al nivel de la opinión de Aretino, que hizo intervenir en aquel acto al Espíritu Santo, bajo la forma de palomo, así como la fábula ideó que Júpiter, para poseer a Leda, se valió de la añagaza de metamorfosearse en cisne, como creyeron los primeros padres de la Iglesia, san Justino, Atenágoras, Tertuliano, Clemente de Alejandría, san Cipriano, Lactancio, san Ambrosio y otros, tomándolo de los escritores judíos Filón y Flavio Josefo, que los ángeles cohabitaron con las mujeres y engendraron hijos de ellas. San Agustín dice que los maniqueos mostraban hermosas doncellas y gallardos mocetones en cueros a los príncipes de las tinieblas, que son los ángeles malos, y que de sus miembros, enervados por la concupiscencia, brotaba la sustancia vital que dicho padre llama la naturaleza de Dios. Evodo allanó la dificultad que presentan estos casos diciendo que la Majestad divina escapó por los testículos de los demonios.

 

Los mencionados padres creían que los ángeles eran corporales, y cuando las obras de Platón les dieron la idea de lo que era la espiritualidad, explicaron la antigua opinión del apareamiento de los ángeles con las mujeres, diciendo que el ángel que transformado en mujer había recibido el semen del hombre, lo aprovechaba para engendrar con una mujer, a cuyo lado adquiriría la figura de un hombre. Los teólogos designan con los vocablos íncubo y súbcubo los diferentes papeles que desempeñan los ángeles.

 

Ninguna genealogía es tan notable como la de Mahoma, hijo de Abdallah. Mahoma fue en su primera juventud palafrenero de la viuda Cadisha, luego su factótum y después su marido; más tarde, profeta de Dios, luego sentenciado a la horca, después conquistador y rey de Arabia, y al fin murió, harto de gloria y de mujeres.

 

Los hombres de la nobleza alemana sólo remontan su origen hasta Witikind y los de Francia no pueden enseñar títulos más allá de Carlomagno, pero la raza de Mahoma, que subsiste todavía, alardea de presentar un árbol genealógico cuyo tronco es Adán y cuyas ramas se extienden desde Ismael hasta los gentilhombres que ostentan hoy el título de primos de Mahoma. Esta genealogía aparece exenta de dificultades y no provocó disputas entre los sabios, en ella brillan por su ausencia los cálculos falsos que rectificar, las contradicciones flagrantes y las imposibilidades que se pretenda hacer posibles.

 

Sin embargo, vuestro orgullo niega que sean auténticos esos títulos. Me decís que descendemos de Adán al igual que el gran profeta, si Adán es el padre común de todos los hombres, pero como a Adán no le conocía nadie, ni aun los antiguos árabes, y su nombre se cita por primera vez en los libros hebreos, por lo tanto son falsos los títulos de la nobleza de Mahoma. Añadís que, en todo caso, si ha existido un primer hombre, fuera cual fuese su nombre, descendemos de él, como el ilustre palafrenero de Cadisha, y que si no ha existido un primer hombre, porque el género humano existió siempre, como opinan algunos sabios, sois gentilhombre de toda una eternidad, si los pergaminos de vuestra casa no prueban lo contrario. A esta objeción responderéis que todos los hombres somos iguales, que una raza no puede ser más antigua que otra, que los pergaminos refrendados por un sello de cera son de nueva invención y que no hay ninguna razón que os obligue a creeros inferiores a la familia de Mahoma, a la de Confucio ni a la de los emperadores del Japón. No puedo refutar vuestra opinión con pruebas al canto, físicas, metafísicas o morales. Os creéis igual al emperador del Japón y en esto soy de vuestro parecer; únicamente aconsejo que si llega el caso de luchar con él procuréis ser el más fuerte.

 

GENERACIÓN. Explicaré el proceso de la generación cuando sepa cómo Dios concibió la creación. Me decís que en la Antigüedad los filósofos y cosmólogos también lo ignoraron, porque hacer algo de la nada pareció siempre una contradicción a los pensadores antiguos. El axioma nada no produce nada fue el fundamento de toda la filosofía. Pero nosotros preguntamos: ¿cómo una cosa puede producir otra? Yo os contesto que es tan imposible entender cómo un ser proviene de otro, como comprender cómo nace de la nada. Observo que una planta o un animal engendran a su semejante; pero es tal el sino humano que sabemos perfectamente cómo se mata a un hombre e ignoramos cómo se le hace nacer. Ni el animal ni el vegetal pueden formarse sin germen; de no ser así, una carpa podía nacer debajo un árbol, y un conejo en el fondo de un río. Tomad una bellota, echadla en la tierra y llegará a convertirse en una encina, pero, ¿comprendéis lo que se necesita saber para averiguar cómo ese germen se desarrolla y se convierte en árbol? Para saberlo es preciso ser Dios.

 

Tratáis de desvelar el misterio de la generación del hombre. Explicadme sólo, si podéis, el misterio que le hace tener pelo y uñas, decidme por qué mueve el dedo meñique cuando quiere. Atacáis mi sistema diciendo que es el sistema de los ignorantes, convengo en ello, pero os contestaré repitiendo las palabras del obispo Montmorin a algunos prelados. Dicho obispo, que estuvo casado antes de recibir las primeras órdenes, presentó sus dos hijos a sus compañeros, que sonrieron al verlos. A la sonrisa irónica de los prelados el obispo contestó: «Señores, la única diferencia entre nosotros es que yo declaro los hijos que son míos».

 

GÉNESIS. Como los tratadistas de Historia sagrada están conformes con las ideas admitidas y no se despegan de ellas, porque sin su condescendencia no las hubieran entendido, sólo haremos algunas observaciones referentes a la física de los tiempos remotos, porque tocante a su teología la respetamos, creemos en ella y no nos atrevemos a discutirla.

 

«En el principio creó Dios el cielo y la tierra.» De este modo nos han traducido el comienzo del Génesis, pero esa traducción no es exacta. Los hombres instruidos saben que el texto dice: «En el principio los dioses hicieron el cielo y la tierra». Esta idea concuerda con la creencia antigua de los fenicios, que supusieron que Dios empleó dioses inferiores para desembrollar el caos. Los fenicios constituían hacía ya bastante tiempo un pueblo poderoso con su propia teogonía antes de que los hebreos se apoderaran de algunas localidades de su país. Es lógico suponer que cuando los hebreos se afincaron en algunos puntos de Fenicia comenzaron a aprender la lengua de esa nación, y que entonces sus escritores adoptaron la antigua teología de sus señores, porque ésta es la dirección normal del espíritu humano.

 

En la época en que se sitúa a Moisés, los filósofos fenicios sabían ya lo bastante para considerar que la Tierra era un pequeño punto comparada con la multitud infinita de globos que Dios puso en la inmensidad del espacio llamado cielo. La idea tan antigua como falsa de que el cielo fue creado para la Tierra ha prevalecido casi siempre entre el pueblo ignorante. Esta idea equivale a decir que Dios creó las montañas y un grano de arena y que las montañas las hizo para ese grano. Es posible que los fenicios, excelentes navegantes, tuvieran también buenos astrónomos, pero ancestrales prejuicios prevalecieron y el autor del Génesis los utilizó para enseñar el camino que conduce a Dios y no para enseñarnos la física.

 

«La tierra estaba informe y vacía, y las tinieblas cubrían la superficie del abismo, y el espíritu de Dios se movía sobre las aguas.» La tierra no estaba tan formada como ahora; la materia existía, pero aún no la había organizado el poder divino; el espíritu de Dios significa el soplo, el viento que agitaba las aguas. Esta idea está expresada en los fragmentos del autor fenicio Sanchoniaton. Los fenicios creían, como los demás pueblos, que la materia es eterna, y no hay un solo autor de la Antigüedad que diga que se ha sacado algo de la nada. Tampoco se encuentra en toda la Biblia ningún pasaje que asegure que de la nada se hizo la materia; los hombres siempre fueron de encontrados pareceres sobre la cuestión de la eternidad del mundo, pero estuvieron unánimes en creer en la eternidad de la materia. Ex nihilo nihil, in nihilum nihil posse reverti. Esta fue la opinión de la Antigüedad.

 

«Y dijo Dios: Sea hecha la luz. Y la luz quedó hecha. Y vio Dios que la luz era buena: y dividió la luz de las tinieblas. A la luz llamó día y a las tinieblas noche; y de la tarde y de la mañana resultó el primer día. Dijo asimismo Dios: Haya un firmamento en medio de las aguas: que separe unas aguas de otras. Hizo Dios el firmamento, y separó las aguas que estaban debajo del firmamento. Y Dios llamó al firmamento cielo; y fue la tarde y la mañana del segundo día.»

 

Empecemos por examinar si el obispo Avranches, Huet, Leclerc y otros tienen razón contradiciendo a los que pretenden encontrar en los versículos anteriores rasgos de elocuencia sublime. La elocuencia no es afectada en ninguna historia escrita por los judíos. El estilo de los versículos citados es el más sencillo, como todo el resto del Antiguo Testamento. Si un orador, para dar a conocer el poder de Dios, empleara únicamente esta expresión: «El dijo que la luz fuera, y la luz fue», esa frase sería entonces sublime, como la del pasaje del Salmo: Dixit, et facta sunt. Es un rasgo que, siendo único en esta parte, y empleado para sugerir una gran imagen, hiere la imaginación y la eleva, pero en el Génesis la narración es más sencilla y el autor judío sólo habla de la luz como de cualquier otro objeto de la creación, diciendo siempre al fin de cada versículo: y Dios vio que era bueno. Es innegable que todo es sublime en la creación, pero la sublimidad de la luz es superior a la de la hierba de los campos; lo sublime se eleva sobre lo demás, y el mismo estilo campea en todo el capítulo.

 

También era una opinión muy antigua que la luz no provenía del sol. La veían difundirse en los aires antes de salir y ponerse ese astro, y se figuraban que el sol sólo servía para darle mayor intensidad. Por eso el autor del Génesis participa de ese error popular cuando dice que fueron creados el sol y la luna cuatro días después que la luz. Era imposible que hubiera mañana y tarde antes de existir el sol. El autor inspirado se dignó rebajar hasta los prejuicios vagos y toscos de la nación. Dios no pretendió enseñar filosofía a los judíos; pudo elevar su espíritu hasta la verdad, pero prefirió descender hasta ellos.

 

La separación de la luz y las tinieblas incide también en una física errónea; diríase que la noche y el día estuvieron mezclados como granos de diferentes especies que fácilmente se separan unos de otros. Todos saben que las tinieblas no son sino carencia de luz y que la luz sólo existe mientras nuestros ojos reciben esa sensación, pero entonces estaban muy lejos de conocer esas verdades.

 

La idea del firmamento arranca de la más remota Antigüedad. Se creyó que los cielos eran sólidos, porque veían en ellos siempre los mismos fenómenos. Los cielos rodaban sobre nuestras cabezas, por tanto estaban formados de una materia compacta y dura. ¿Qué medio tenían para calcular cómo las exhalaciones de la tierra y los mares podían aportar agua a las nubes? No existía entonces ningún Halley que pudiera hacer ese cálculo. Creyeron que había depósitos de agua en el cielo. Esos depósitos sólo podían llevarse por una inmensa bóveda, que se veía por ser transparente, y por tanto de cristal. Para que las aguas superiores cayeran desde esa bóveda a la tierra, era necesario que hubiera allí puertas o esclusas que se abriesen y se cerrasen. Tal era la astronomía de entonces y como escribían para los judíos los escritores tenían que adoptar los toscos conocimientos de otros pueblos algo menos toscos que ellos.

 

«E hizo Dios dos grandes lumbreras: la lumbrera mayor para que presidiera el día, y la lumbrera menor para presidir la noche y las estrellas.»

 

De nuevo vemos el mismo desconocimiento de la naturaleza. Los judíos no sabían que la luz que da la luna es reflejada. El autor minimiza la importancia de las estrellas porque desconoce que son otros tantos soles a cuyo alrededor ruedan otros mundos. El Espíritu Santo se rebajó hasta ponerse al nivel del espíritu de aquella época.

 

«Y dijo Dios: Hagamos al hombre a imagen y semejanza nuestra, y domine a los peces, etc.»

 

¿Qué entendían los judíos por hagamos al hombre a imagen y semejanza nuestra? Lo que toda la Antigüedad entendía: Finxit in effigiem moderantum cuncta deorum (Sólo de los cuerpos se hacen imágenes). Ninguna nación imaginó un dios que no fuera corporal porque es imposible representarlo de otra forma. Puede decirse que Dios no es nada de lo que conocemos, pero no podemos tener ninguna idea de lo que es. Los judíos creyeron continuamente que Dios tenía cuerpo, al igual que creían los demás pueblos. Los primeros padres de la Iglesia creyeron también que Dios era corporal hasta que adoptaron las ideas de Platón.

 

«El los creó varón y hembra.»

 

Si Dios o los dioses secundarios crearon al hombre varón y hembra a su imagen, de esto parece que se infiere que los judíos creían que Dios y los dioses secundarios eran varones y hembras. Por otra parte, no se sabe si el autor quiso decir que el hombre tuvo al principio los dos sexos, o que Dios creó el mismo día a Adán y a Eva. El sentido más natural de esa expresión es que Dios formó a Adán y a Eva al mismo tiempo, pero ese sentido contradice absolutamente la creación de la mujer, que fue formada de la costilla del hombre bastante tiempo después de los siete días de la creación.

 

«Y descansó el séptimo día.»

 

Los fenicios, caldeos e hindúes, dicen que Dios formó el mundo en seis tiempos, que el antiguo Zoroastro llama los seis gahambars que tan célebres son en Persia. Es incuestionable que los pueblos citados poseían una teología antes que los judíos habitaran los desiertos de Horeb y Sinaí, y antes que pudieran tener escritores; hay sabios que creen verosímil que la alegoría de los seis días sea una imitación de los seis tiempos.

 

«De este lugar de delicias salía un río para regar el paraíso, río que desde allí se dividía en cuatro brazos. Uno se llama Fison, y es el que circula por todo el país de Hevilat, en donde se halla el oro... El segundo se llama Geon, que rodea la tierra de Etiopía... El tercero es el Tigris, y el cuarto es el Éufrates.»

 

Según esta versión, el paraíso terrenal debía abarcar casi la tercera parte de Asia y Africa. El Éufrates y el Tigris nacen a más de sesenta leguas uno de otro y entre montañas horribles que distan mucho de ser un jardín. El río que rodea Etiopía, que no puede ser más que el Nilo, nace a más de mil leguas de los manantiales del Tigris y del Éufrates y si el Fison es el Fase, debe sorprendernos que el autor haya puesto en el mismo sitio el nacimiento de un río de Escitia y el de otro de Africa. Es menester, pues, dar a los anteriores versículos otra explicación y buscar otros ríos.

 

Cada comentarista sitúa en lugar distinto el paraíso terrenal (1). Hay quienes dicen que el jardín del Edén es una copia de los jardines de Edén en Saana, en la Arabia Feliz, famosa en la Antigüedad; que los hebreos, que constituían un pueblo relativamente reciente, pudieron ser muy bien hordas árabes y jactarse de la exuberante fertilidad que tenían en el mejor cantón de la Arabia, y que siempre adoptaron las antiguas tradiciones de las naciones más adelantadas, en medio de las cuales se hallaban afincados.

 

«Tomó, pues, el Señor al hombre y le puso en el jardín de delicias, para que lo cultivase y guardase.»

 

Nada que oponer a que cultivase su jardín, sólo que es difícil que Adán pudiera cultivar un jardín de unas ochocientas leguas de extensión probablemente contaría con ayudas.

 

(1) Unos comentaristas afirman que el río Gehión era el Oxus; otros, que el Fisón era el Ganges, y algunos que los cuatro ríos eran el Iravari, el Ganges, el Indo y el Chatt‑el‑Arab, etc. Pero en general están de acuerdo en que el país de Hevilath o de Havila designa a la India, que en todas las épocas fue rica en oro y piedras preciosas.

 

«No comas del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal.»

 

Es difícil concebir que haya existido un árbol que enseñara el bien y el mal, como existieron y existen perales y albaricoqueros Además, no se comprende por qué Dios no ha de querer que el hombre no conozca el bien y el mal. ¿Dárselo a conocer no sería más digno de Dios y mucho más necesario para el hombre? A mi corto entender, Dios debía haber mandado que comiéramos mucha fruta de ese árbol, pero someto mi pobre razón a sus designios.

 

«En cuanto comas del fruto de ese árbol, infaliblemente morirás.»

 

Sin embargo, Adán lo comió y no murió; sabido es que vivió todavía novecientos treinta años. Varios padres de la Iglesia consideran todo esto como alegoría. En efecto, podemos decir que los demás animales no saben que han de morir, pero que al hombre se lo enseña la razón, y su razón es el árbol de la ciencia que le hace prever su fin. Esto parece la explicacion mas razonable.

 

«Dijo asimismo el Señor: No es bueno que el hombre esté solo; hagámosle ayuda semejante a él.»

 

Esperamos que Yahvé le va a dar una mujer, pero antes le presenta todos los animales. Tal vez se deba a alguna transposición del copista.

 

«Y el nombre que Adán dio a cada uno de los animales fue su propio nombre.»

 

Lo que debía entenderse por propio nombre de un animal debía ser el que especificara las propiedades de su especie, al menos las principales, pero no ocurre esto en ninguna lengua. Además, si Adán conocía las propiedades de los animales es porque había comido el fruto de la ciencia y por ende Dios no tenía necesidad de prohibírselo, porque sabía ya más que la Real Sociedad de Londres y la Academia de Ciencias.

 

Es de advertir que el Génesis nombra por primera vez a Adán en ese versículo. El primer hombre en el pueblo de los antiguos brahmanes, que es anterior a los judíos, se llamaba Adimo —hijo de la tierra— y su mujer se llamaba Procriti —vida—; así lo dice el Veidam, que quizás es el libro más antiguo del mundo. Adán y Eva significaban lo mismo en lengua fenicia, y esto es otra prueba de que el Espíritu Santo se conformaba con las ideas admitidas.

 

«El Señor Dios hizo caer sobre Adán un profundo sueño, y mientras estaba dormido le quitó una de sus costillas y llenó de carne aquel vacío Y de la costilla aquella que había sacado a Adán, formó el Señor Dios una mujer, la cual puso delante de Adán.»

 

El Señor, en el capítulo anterior, había creado ya al varón y a la hembra. ¿Por qué, pues, quitar una costilla del hombre para formar una mujer que existía ya? Contestan a ello que el autor enuncia en una parte lo que explica en otra, y también que por medio de esta alegoría somete la mujer al marido y expresa su íntima unión. Hay quienes han creído basándose en ese versículo, que los hombres tienen una costilla menos que las mujeres, pero es una suposición gratuita porque la anatomía nos prueba que la mujer no tiene más costillas que el hombre.

 

«Era empero la serpiente el animal más astuto de todos cuantos animales había hecho el Señor Dios sobre la tierra. Y dijo a la mujer...»

 

En todo este capítulo (III) no se menciona al diablo. Todas las naciones orientales consideraban a la serpiente como el más astuto de los animales y creían que era inmortal. Los caldeos idearon una fábula en la que disputaban Dios y la serpiente, y esta fábula la conservó Ferecidas. Orígenes la cita en su Contra Celsum, lib. VI, p. 33. Llevaban una serpiente en las fiestas de Baco. Los egipcios atribuían una especie de divinidad a la serpiente, según dice Eusebio en su Preparación evangélica, libro I, cap. X. En Arabia, India y China, la serpiente simbolizaba la vida; de esto provino que los emperadores de China anteriores a Moisés llevaran siempre sobre el pecho la imagen de una serpiente. Eva no se asombra de que la serpiente le hable. Los animales hablaban en todas las historias antiguas.

 

Esa aventura está tan despojada de alegorías y es tal su rigor físico, que nos explica por qué, desde entonces, la serpiente se arrastra, por qué queremos aplastarla siempre y por qué ella trata de modernos. La misma credibilidad merecen las antiguas metamorfosis que explican por qué el cuervo, que fue antiguamente blanco, es negro hoy, por qué el búho sólo sale de su agujero de noche, por qué el lobo prefiere comer carne, etc.

 

«Multiplicaré tus dolores en tus preñeces: con dolor parirás los hijos y estarás bajo el dominio de tu marido, y él te dominará.»

 

No se concibe que la multiplicación de las preñeces sea un castigo cuando los judíos la consideran una bendición. Los dolores del parto afectan más a las mujeres delicadas que a las acostumbradas al trabajo. A veces, las bestias sufren mucho en el parto, y algunas mueren en él. En cuanto al dominio o superioridad del hombre sobre la mujer se debe a la consecuencia natural de la mayor fortaleza del cuerpo y de la inteligencia del varón. Por regla general, los hombres son más capaces de atención continua y están mejor dotados para los trabajos mentales y manuales, pero cuando la mujer tiene más arrestos y más inteligencia que su marido es ella la que manda y el marido se somete. Todo esto es verdad, pero pudo muy bien ser que antes del pecado original la mujer no conociera la sujeción ni los dolores.

 

«Hizo también el Señor Dios a Adán y a su mujer unas túnicas de pieles, y los vistió.»

 

Este versículo prueba también que los judíos creían que Dios era corporal puesto que le hacen ejercer el oficio de sastre. El rabino Eliezer dice que Dios cubrió a Adán y a Eva con la piel de la misma serpiente que les tentó, y Orígenes afirma que esa túnica de piel fue una nueva carne, un nuevo cuerpo que Dios dio al hombre. Vale más atenerse respetuosamente al texto que interpretarlo de ese modo.

 

«Y dijo: Ved ahí a Adán que se ha hecho como uno de nosotros, conocedor del bien y del mal...»

 

Parece que los judíos admitieron la existencia de varios dioses. Es muy difícil saber qué entendían por el nombre de Eloim. Algunos comentaristas aseguran que la frase uno de nosotros significa la Trinidad, pero ésta no se menciona en el Antiguo Testamento. La Trinidad es un compuesto de varios dioses, es el mismo Dios trino, y los judíos no oyeron hablar de un dios dividido en tres personas. La expresión uno de nosotros es verosímil que los judíos la aplicaran a los ángeles, Eloim, y por eso dicho libro no se escribió hasta después que los judíos adoptaron la creencia de esos dioses inferiores.

 

«Y echóle el Señor Dios del paraíso del deleite, para que labrase la tierra de que fue formado.»

 

Pero el señor le puso en el jardín del deleite con el fin de que cultivara ese jardín, y si de jardinero pasó a ser labrador, debemos confesar que Adán no empeoró su estado, porque un buen labrador equivale a un buen jardinero.

 

Esa historia proviene de la idea que tuvieron los hombres, que conservan todavía, de que todo tiempo pasado fue mejor que el presente. Siempre nos quejamos del presente y ensalzamos el pasado. Como el trabajo abruma a los hombres, creen que la felicidad estriba en la ociosidad, sin pensar que el peor de los estados es el del hombre que nada tiene que hacer. Con frecuencia nos sentimos desgraciados y nos forjamos la idea de que existió un tiempo en que todo el mundo era feliz, que equivale a decir: hubo una época en que no moría ningún árbol, ni ningún animal enfermaba, ni era devorado por otro. De aquí provino la idea de la existencia de un siglo de oro de la serpiente que robó al asno el filtro para gozar de vida dichosa e inmortal, que el hombre había puesto en la albarda del jumento, del combate de Tifón y Osiris, de la famosa caja de Pandora y de muchas otras fábulas antiquísimas, de las que algunas son divertidas, pero ninguna instructiva.

 

«Y desterrado Adán, Dios colocó delante del paraíso de delicias un querubín con espada de fuego para guardar el camino que conducía al árbol de la vida.»

 

La palabra kerub significa buey. Hay que reconocer que debía resultar un tanto grotesco un buey con una espada de fuego custodiando la entrada del paraíso. Más tarde, los judíos representaron a los ángeles en forma de bueyes y gavilanes, pese a que tenían prohibida toda clase de representación de figuras. Esos bueyes y gavilanes los copiaron de los egipcios, de quienes tantas cosas imitaron. Los egipcios veneraban al buey como símbolo de la agricultura, y al gavilán como símbolo de los vientos, pero nunca hicieron portero a ningún buey. Eso es probablemente una alegoría, porque la palabra kerub significaba para los judíos la naturaleza, cuyo símbolo se componía del cuerpo humano con una cabeza de hombre y otra de buey, cuyo cuerpo tenía alas de gavilán.

 

«Y puso el Señor en Caín una señal para que ninguno que le encontrase le matara.»

 

¡Vaya un Señor!, exclaman los incrédulos. Acepta la ofrenda de Abel y rechaza la que ofrece Caín, que era el primogénito, sin dar la menor razón de ello. Y desde entonces es causa de la enemistad de los dos hermanos. Verdaderamente, es una lección de moral, tomada de las antiguas fábulas, que en los albores del género humano un hermano asesine a otro. Pero lo que a los sensatos les parece contrario a cualquier moral del mundo, a toda justicia y a todos los principios del sentido común, es que Dios haya condenado por toda una eternidad al género humano, haciendo morir inútilmente a su hijo por una manzana y que perdone a un fratricida. ¿Qué digo perdonar? Hizo más: tomó al culpable bajo su protección, declaró que quien vengara el asesinato de Abel sería castigado siete veces y puso en Caín una señal que le sirviera de salvaguardia. Los impíos dicen que eso es una fábula tan execrable como absurda, el delirio de algún infeliz hebreo que escribió esas infamias imitando las fábulas que los pueblos inmediatos propalaban en Siria. Ese judío insensato atribuyó esas majaderías a Moisés en una época en que no había casi ningún libro. La fatalidad, que dispone de todo, hizo que llegara hasta nosotros ese desdichado libro; los pícaros lo exaltaron y los imbéciles lo creyeron. De ese modo hablan multitud de teístas que adoran a Dios, pero condenan al Dios de Israel y juzgan la conducta del Ser Eterno adaptándola a las reglas de nuestra moral imperfecta y nuestra justicia errónea. Acepta a Dios para someterlo a nuestras leyes. Nos guardaremos bien de ser tan osados y seguiremos respetando, una vez más, lo que no alcanzamos a comprender.

 

«Yo haré llover sobre la tierra cuarenta días con sus cuarenta noches y exterminaré de la tierra todas las criaturas animadas que hice.»

 

De este versículo sólo haré notar que san Agustín, en su libro Ciudad de Dios, dice: Maximum illud diluvium graeca nec latina novit historia (Ni la historia griega, ni la latina, conocieron ese gran diluvio). En efecto, antiguamente no se conocieron más diluvios que el de Deucalión y el de Ogiges, en Grecia, diluvios que se consideran universales en las fábulas que recogió Ovidio, pero fueron desconocidos en el Asia oriental y san Agustín está en lo cierto cuando dice que la historia no habla de ellos.

 

«Y dijo Dios a Noé: Sabed que voy a establecer mi pacto con vosotros y con vuestra descendencia después de vosotros. Y con todo animal viviente que está con vosotros, tanto de aves como de animales domésticos y campestres de la tierra, que han salido del arca, y con todas las bestias de la tierra.»

 

Pactar Dios con las bestias ¡vaya un pacto!, exclaman los incrédulos. Pero si se alía con el hombre ¿por qué no ha de aliarse con la bestia? Los animales están dotados de sentimiento y hay algo tan divino en el sentimiento como en el pensamiento más metafísico. Además, algunos animales tienen mejores sentimientos que los hombres que no raciocinan. Sin duda, en virtud de ese pacto, Francisco de Asís, fundador de la orden seráfica, decía a las cigarras y las liebres: «Canta, hermana cigarra; rumia, hermano lebrato». Mas, ¿cuáles fueron las condiciones del pacto? Que los animales se comerían unos a otros, se alimentarían de nuestra carne y nosotros de la suya, y después de comérnoslos, nosotros, los hombres, nos exterminaríamos unos a otros. Si se hizo semejante pacto era digno del demonio. Probablemente, todo ese pasaje no quiere decir sino que Dios es el Señor absoluto de cuanto alienta en la tierra. Ese pacto no puede ser más que una orden, y por tanto no debemos tomar la voz alianza al pie de la letra, sino remontarnos a la época en que se escribió ese libro, que constituye piedra de escándalo para los débiles y motivo de edificación para los fuertes.

 

«Pondré mi arco en las nubes y será señal de la alianza entre mí y entre la tierra.»

 

Nótese que el autor no dice: He puesto mi arco en las nubes, sino lo pondré, lo que supone evidentemente que era opinión general de que el arco iris no había existido siempre. Este fenómeno lo produce necesariamente la lluvia, y el autor lo presenta como un signo sobrenatural que anuncia que la tierra ya no será inundada. Es extraño que eligiera el signo de la lluvia para anunciar que ya no llovería. Pero a esto se puede responder que cuando haya peligro de inundación, el arco iris asegurará que no nos ahogaremos.

 

«Y descendió el Señor a ver la ciudad y la torre que edificaban los hijos de Adán, y dijo: He aquí que el pueblo es uno solo, y todos tienen un mismo lenguaje. Han empezado esta fábrica y no desistirán de sus ideas hasta llevarlas a cabo. Ea, pues, descendamos y confundamos allí mismo su lengua, de manera que el uno no entienda el habla del otro.»

 

Observemos únicamente en este pasaje que el autor sagrado continúa conformándose siempre con las opiniones populares. Habla siempre de Dios, como si fuera un hombre que quisiera enterarse de cuanto acontece y ver por sus ojos lo que pasa en sus dominios, que reúne a sus consejeros para decidirse a oír la opinión de éstos.

 

«Y Abrahán escogió de entre los criados de su casa, trescientos dieciocho armados a la ligera... y se lanzó sobre los cinco reyes, los desbarató y los fue persiguiendo hasta Hoba, a la izquierda de Damasco.»

 

Desde la ribera meridional del lago de Sodoma hasta Damasco median ochenta leguas, siendo preciso salvar el Líbano y el Antilíbano. Los incrédulos no pueden por menos que sonreír triunfalmente al leer esa exageración, pero puesto que el Señor estaba de parte de Abrahán, todo le fue posible a éste.

 

«Entretanto, los dos ángeles llegaron al caer la tarde a Sodoma, etc.»

 

La historia de los dos ángeles que los sodomitas trataban de violar es quizá la más extraordinaria que haya inventado la Antigüedad. Mas hay que tener presente que en casi toda Asia se creía a pies juntillas en la existencia de demonios íncubos y súcubos; además que esos dos ángeles eran criaturas más perfectas que los hombres y, siendo más hermosos que éstos, debían encender más los deseos en un pueblo tan corrompido. Puede ser también que ese rasgo de la historia sólo sea una figura retórica que expresara el horrible desenfreno de Sodoma y Gomorra. Nos atrevemos a proponer esta solución a los sabios, pero desconfiando de nosotros mismos.

 

¿Qué vamos a decir respecto a Lot, que propone a los sodomitas que en vez de los dos ángeles violen a sus dos hijas, y respecto a la mujer de Lot, que se convierte en estatua de sal, y respecto a todo el resto de esta historia? La antigua fábula árabe de Cinira y de Mirra tiene algún parecido con el incesto de Lot y sus hijas, y la aventura de Filemón y de Baucis se parece a la de los dos ángeles que se aparecieron a Lot y su mujer. En cuanto a la estatua de sal, ¿no tiene algún punto de semejanza con la historia de Orfeo y de Eurídice?

 

Muchos sabios opinan, como el gran Newton y el doctor Le Clerc que Samuel escribió el Pentateuco cuando los judíos llegaron a aprender a leer y escribir, y que todas esas historias son imitaciones de las fábulas de Siria, pero basta que se encuentren en la Biblia para que las reverenciemos, pensando sólo que ese libro fue inspirado por el Espíritu Santo. Recordemos que aquellos tiempos eran diferentes de los nuestros, y repitamos que el Antiguo Testamento es una historia verdadera; lo fabuloso es todo lo que inventó el resto del universo.

 

Algunos sabios sostienen que se debieran eliminar de los libros canónicos todas esas cosas increíbles que escandalizan a los débiles, pero les han tachado de corazones corrompidos y hombres dignos de arder en la hoguera, y que es imposible que sea honrado quien no crea que los sodomitas quisieron violar a dos ángeles. Así razonan una especie de monstruos que tratan de dominar a los espíritus pusilánimes.

 

Algunos célebres padres de la Iglesia tuvieron la prudencia de ver en esas historias ciertas alegorías, siguiendo el ejemplo de los judíos, sobre todo de Filón. Y papas más prudentes trataron de impedir que se tradujeran esos libros a las lenguas modernas, por miedo a poner al alcance de los hombres el juzgar lo que proponen sea adorado.

 

Los sabios, demasiado engreídos de su saber, sostienen que es imposible que Moisés haya escrito el Génesis. Una de las principales razones en que se apoyan es que en la historia de Abrahán se dice que este patriarca pagó el terreno para enterrar a su esposa en moneda corriente y que el rey de Gerara dio mil piezas de plata a Sara cuando la poseyó después de que por su hermosura la raptó, a la edad de setenta y cinco años. Ellos dicen que han consultado todos los autores antiguos y han comprobado que no se conocía la moneda en aquellos tiempos pero esto son sutilezas, puesto que la Iglesia cree firmemente que Moisés fue el autor del Pentateuco. Los sabios se atreven a contradecir cada línea de dicho libro y las almas puras reverencian cada tilde. No caigamos en la desgracia de creer en lo que nos dicta la razón; seamos sumisos de espíritu y de corazón.

 

«Y Abrahán dijo que Sara era su hermana; y tomóla el rey de Gerara.»

 

Hay que advertir, como se dijo en el artículo Abrahán, que Sara tenía entonces noventa años; que bastante tiempo antes se enamoró de ella un rey de Egipto, y que otro rey del mismo desierto de Gerara también se enamoró después de la mujer de Isaac. hijo de Abrahán. También allí hablamos de la criada Agar, de la que Abrahán tuvo un hijo, y de la manera como dicho patriarca despidió a ambos. Sabido es la ironía demoledora con que los incrédulos combaten esas historias y el desdén con que las tratan; asimismo, consideran inferior a Las mil y una noches la historia de Abimelec, enamorado de Sara, que Abrahán hizo pasar por hermana suya, y la historia de otro Abimelec, enamorado de Rebeca, que Isaac hizo pasar por hermana. Nunca insistiremos bastante que el gran defecto de esos sabios críticos consiste en sujetar esas historias a los principios de nuestra débil razón y en juzgar a los antiguos árabes como juzgan a las cortes de Francia e Inglaterra.

 

«Siquén, hijo de Hemor Heveo, príncipe de aquella tierra, se enamoró de Dina, hija de Jacob, y la robó y la desfloró violentamente. Mas su corazón quedó extremadamente apasionado por esta joven y, viéndola triste, procuró ganarla con caricias. Y acudió a Hemor, su padre, y le dijo: Cásame con esta jovencita.»

 

Este pasaje subleva a los sabios, que se indignan de que el hijo de un rey haga el honor a un vagabundo de casarse con la hija de éste, como efectivamente se casó, colmando de regalos a Jacob el padre y a Dina la hija. El rey Hemor se dignó recibir en su capital a aquellos ladrones errantes que se llamaron patriarcas y extremó su amabilidad hasta el punto incomprensible, increíble, de dejar que circuncidaran, no sólo a él, sino también a su hijo, su corte y su pueblo, aceptando la superstición de aquella horda que no poseía ni media legua de territorio. En pago de tan asombrosa bondad, los sagrados patriarcas Simeón y Leví esperaron el día en que la llaga de la circuncisión produce ordinariamente calentura, recorrieron la ciudad con el puñal en la mano y asesinaron al rey, a su hijo y a todos los habitantes. Pero, tranquilícese el lector; esta especie de noche de San Bartolomé es un cuento abominable, ridículo e inverosímil. Es imposible que dos hombres pueden degollar todo un pueblo. Pero hay en esa historia otra imposibilidad más flagrante. Computando exactamente los tiempos, Dina, la hija de Jacob, no podía tener entonces más de tres anos, y forzando mucho la cronología, podrá concedérsele que tenía cinco, y esto indigna a los sabios, que exclaman: ¿por qué el libro de la historia de un pueblo réprobo, libro que fue desconocido mucho tiempo en el mundo, libro en el que se ultraja la razón y las costumbres en cada página, tratan de presentárnoslo como irrefutable, como santo, como dictado por el propio Dios? ¿No es una impiedad creer en él? ¿No están poseídos del furor de los antropófagos quienes persiguen a los hombres sensatos y modestos que no lo creen? A estas objeciones sólo podemos contestar que la Iglesia cree en ese libro y que muy bien pudieron los copistas mezclar absurdos indignantes con historias respetables. Sólo a la santa Iglesia corresponde juzgarlas, y a los profanos acatar su criterio.

 

«He aquí los reyes que reinaron en el país de Edom, antes que los hijos de Israel tuvieran rey.»

 

Este es el famoso pasaje, una de las mayores piedras de escándalo, que indujo al gran Newton, al sabio Samuel Clarke, al profundo filósofo Bolingbroke, al docto Le Clerc y a otros a propugnar que es imposible que Moisés sea el autor del Génesis. Es indudable que esas palabras sólo pudieron ser escritas en tiempos que los judíos tenían ya reyes. El mencionado versículo fue principalmente el que decidió a Astruc a argumentar demoledoramente contra todo el Génesis y a suponer las fuentes de donde lo tomó el autor. Su trabajo es ingenioso y exacto, pero temerario. Ningún concilio se hubiera atrevido a emprenderlo y sólo sirvió para hacer más densas las tinieblas que quería disipar. Ese es el fruto del árbol de la ciencia, que todos queremos comer. ¿Por qué los frutos del árbol de la ignorancia son más nutritivos y fáciles de digerir?

 

Pero, a fin de cuentas, ¿qué nos importa que ese versículo o todo el Génesis lo hayan escrito Moisés, Samuel, el sacrificador que fue a Samaria, Esdras u otro cualquiera? ¿Acaso nuestro gobierno, nuestras leyes, nuestra moral y nuestro bienestar, guardan alguna relación con los jefes desconocidos de un infeliz país bárbaro, llámese Edom o Idumea, en el que siempre habitaron ladrones? Esos pobres árabes, que no tienen ni camisa, nunca se enteraron de si existíamos nosotros; saquean las caravanas y comen pan de cebada, y nosotros nos atormentamos por saber si hubo reyes en ese cantón de la Arabia Pétrea antes que en otro inmediato, situado a occidente del lago de Sodoma.

 

GENIOS. La creencia en los genios, en la astrología y la magia, gozaba de gran predicamento en todo el mundo antiguo. Si os remontáis hasta el antiguo Zoroastro, veréis que entonces ya se conocían los genios. En toda la Antigüedad predominan los astrólogos y los magos. Nos burlamos hoy de aquellos pueblos en los que prevalecían semejantes ideas; si nos pudiéramos poner a su nivel, si comenzáramos a cultivar las ciencias, haríamos lo que ellos hicieron. Suponed que somos hombres de ingenio que empezamos a meditar acerca de nuestro ser y a estudiar los astros, que creemos a pie juntillas que la tierra está inmóvil en el centro del mundo que el sol y los planetas giran para ella, que las estrellas se formaron para nosotros y que el hombre es el único objeto de toda la naturaleza. ¿Cómo tendríamos que considerar todos esos globos destinados para nuestro uso y la inmensidad del cielo? Era muy verosímil que el espacio y los globos estuvieran poblados de sustancias, y que siendo nosotros los predilectos de la naturaleza, situados en el centro del mundo, esas sustancias estuvieran destinadas a velar por el hombre.

 

El primero que creyó que eso era posible, debió encontrar pronto discípulos que se convencieran de que existía todo eso. Empezarían por decir que probablemente existían genios y nadie demostraría lo contrario, porque no es imposible que los aires y los planetas estén poblados. Supondrían en seguida que existían genios y que nadie podría probar que no existían. Después, algunos sabios vieron esos genios y los demás no creyeron tener el derecho de replicarles que no los habían visto, porque esos genios se habían aparecido a personas dignas de fe. Una de ellas vio el genio del imperio o de su ciudad; otra, el de Marte y el de Saturno: los genios de los cuatro elementos se aparecieron a muchos filósofos. Y no faltarían los que se ufanaran de haber visto su propio genio, soñando, por descontado, pero los sueños eran signos de la verdad.

 

De cuanto les rodeaba dedujeron la naturaleza de los genios. Para llegar a nuestro planeta necesitaban tener alas, por tanto ellos las tenían. Todo lo que existe es corporal, luego los genios tenían cuerpo, pero más hermoso que los nuestros y más rápido porque venían de muy lejos. Los sabios que gozaban del privilegio de conversar con los genios inspiraban a los demás la esperanza de disfrutar esa felicidad. Si algún incrédulo se hubiera atrevido a decirles que nunca había visto genios y por tanto no existen, le habrían contestado: Discurrís muy mal. Porque no conozcáis una cosa no podéis deducir que no existe; no hay contradicción en la doctrina que enseña la naturaleza de esos poderes aéreos, ni es imposible que nos visiten. Si se han aparecido a nuestros sabios y vos no los habéis visto es porque no sois digno de verlos.

 

Así como existen en el mundo el bien y el mal, también deben existir indudablemente genios buenos y malos. Los persas tuvieron las peris y las divas; los griegos, los daimons y cacodaimons; los latinos, bonos y malos genios. El genio bueno debía ser blanco y el malo negro, excepto en los pueblos negros, que ocurría lo contrario. Platón admitió la existencia de un genio bueno y un genio malo para cada mortal. El genio malo de Bruto se le apareció a éste para anunciarle su muerte antes de la batalla de Filipos; así lo dice, entre otros, Plutarco.

 

Se conocieron genios machos y genios hembras. Los romanos llamaron a los genios de las damas pequeños junos. En esta nación gozaban viendo cómo crecía y cómo adelantaba en edad el genio protector de cada uno; para el niño era un Cupido con alas, y cuando el hombre a quien protegía llegaba a la vejez llevaba luenga barba. Otras veces era una serpiente. En Roma un bajorrelieve que representa una serpiente debajo de una palmera de ia que cuelgan dos coronas, se lee esta inscripción: «Al genio de los Augustos». Era el emblema de la inmortalidad.

 

¿Qué prueba convincente podemos presentar de que los genios, en los que creyeron tantas naciones ilustradas, sólo son fantasmagorías de la imaginación? Cuanto podemos decir sobre esta materia se reduce a esto: nunca he visto ningún genio, ni lo ha visto nadie de los mortales que conozco. Bruto no ha dejado escrito que su genio se le apareció antes de la batalla; ni Newton, Locke, Descartes, ni ningún rey, ni ministro de Estado, hablaron nunca con su genio; no puedo creer, pues, una cosa de la que no tengo la menor prueba. Confieso que ese tal ser es posible, pero ia posibilidad no prueba su existencia. Es posible que hayan existido los sátiros, con sus colas cortas y retorcidas y con pies de cabra; sin embargo, esperaré haber visto algunos para creer que hayan existido, porque si viera sólo uno tampoco lo creería.

 

GLORIA. Podemos perdonar a Cicerón que amara la gloria después de haber sofocado la rebelión de Catilina, que el rey de Prusia, Federico el Grande, legislador, historiador, poeta y filósofo, anhelara apasionadamente la gloria después de Rosboch y de Lisa y fuera capaz de mostrarse modesto, por lo que merece le glorifiquemos más todavía, que la emperatriz Catalina II se hubiera visto forzada, por la brutal insolencia de un sultán turco, a enviar desde el fondo del Norte cuatro escuadras que aterraron los Dardanelos y Asia Menor, y que en 1770 subyugara cuatro provincias pertenecientes a los turcos que hacían temblar a Europa, nos parece también bien y por ello que disfrute su gloria y la admiremos cuando habla de sus éxitos con aire de modesta superioridad, que nos hace reconocer que los merece. En una palabra, la gloria conviene a los genios de esa especie, aunque son de una raza mortal muy débil.

 

Pero si, en el extremo de Occidente, un personajillo que habita en París cree tener derecho a la gloria cuando le encomia el rector de la Universidad y le dice: «Monseñor, la gloria que habéis adquirido en el ejercicio de vuestro cargo y por vuestros trabajos ilustres que el universo entero elogia...», yo me pregunto si hay en el universo bastantes silbidos para celebrar la gloria de ese fatuo y la elocuencia del pedante que fue a rebuznar semejante perorata en la morada de Monseñor. El hombre es tan necio que se cree glorioso como Dios.

 

Ben‑al‑Betif, digno jefe de los derviches, les dijo a éstos un día: «Hermanos míos, debéis servíos de esta fórmula sagrada de nuestro Corán: En el nombre de Dios misericordioso, porque Dios es misericordia y vosotros la aprenderéis repitiendo muchas veces las palabras que recomiendan la práctica de esta virtud, sin la cual pocos hombres quedarían en la tierra. Pero guardaos bien de imitar a los temerarios que se jactan de obrar por la gloria de Dios. Si un joven imbécil sostiene una tesis sobre las categorías, tesis mostrenca y vacua, no deja de escribir en el encabezamiento de su tesis: Ek Allah abron doxa (ad majoren Dei gloriam). Si un buen musulmán hace blanquear su salón, escribe esta tontería en la puerta: un pintor ha pintado este salón para la mayor gloria de Dios. Es ésta una costumbre impía que se practica piadosamente. ¿Qué diríais de un fámulo que, al vaciar el orinal de nuestro sultán, exclamara: A la mayor gloria de nuestro invencible monarca? Verdad es que media más distancia entre el sultán y Dios que entre el sultán v el fámulo. ¿Qué tenéis en común, miserables gusanos de tierra llamados hombres, con la gloria del Ser infinito? ¿Puede amar la gloria Dios?, ¿puede El recibirla de vosotros? Hasta cuándo, animales de dos pies, implumes, seguiréis haciendo a Dios a vuestra imagen? Que porque sois vanos y amáis la gloria ¿queréis que Dios la ame también? Si hubiera muchos dioses, quizá cada uno querría ser superior a los demás; eso sería la gloria de un solo dios. Si se puede comparar la grandeza infinita con la más extrema bajeza, ese dios sería como el rey Alejandro, que sólo quería combatir con reyes. Pero vosotros, miserables hombres, ¿qué gloria podéis dar a Dios? Cesad de profanar su sagrado nombre. El emperador Octavio Augusto prohibió que se le adorara en las escuelas de Roma por miedo de que se envileciera su nombre. Pero vosotros no podéis envilecer al Ser Supremo, ni honrarle. Sed humildes, adoradle y sellad vuestra boca».

 

Así habló Ben‑al‑Betif. Y los derviches exclamaron: « ¡Gloria a Dios! Ben‑al‑Betif ha hablado bien».

 

GOBERNAR. Algunos de mis lectores sabrán que en España, cerca de las costas de Málaga, descubrieron en la época de Felipe II una reducida población, hasta entonces desconocida, escondida en la fragosidad de las montañas de las Alpujarras. Esta cordillera inaccesible está entrecortada por valles deliciosos, y lo que quizás ignoran mis lectores es que, en la actualidad, todavía cultivan esos valles los descendientes de los moros que obligaron a la fuerza a ser cristianos o aparentar que lo eran.

 

La referida población habitaba un valle al que sólo se podía llegar atravesando cavernas, y que estaba situado entre Pitos y Portugos. Sus habitantes eran casi desconocidos por los moros y hablaban una lengua que no era española ni árabe, que creyeron derivada del antiguo cartaginés. Esa población apenas se multiplicaba. Hay quienes dicen que eso era debido a que los árabes de su vecindad, y antes que éstos los africanos, raptaban las jóvenes de ese poblado.

 

Ese pueblo miserable, pero feliz, nunca oyó hablar de la religión cristiana ni de la hebrea; conocía algo de la de Mahoma, pero no hacía ningún caso de ello. Desde tiempo inmemorial venía ofreciendo leche y frutas a una estatua de Hércules: en esto consistía toda su religión. Esos hombres desconocidos no eran muy laboriosos y vivían en estado de inocencia, pero llegó un día en que los descubrió un familiar de la Inquisición. El gran inquisidor ordenó que los quemaran a todos en las hogueras y éste fue el único suceso de su historia. Las razones poderosas que tuvo el gran inquisidor para dictar tan inhumana sentencia fueron que esos infelices no habían pagado nunca el impuesto, que por otra parte nadie les había pedido que pagaran, y además desconocían la moneda, ninguno tenía la Biblia y nadie los había bautizado. Declarados brujos y herejes, sufrieron el castigo que a éstos se imponía. Este es el peor modo de gobernar a los hombres.

 

GRACIA (DE LA). Este vocablo lo emplean los teólogos en el sentido de favor o privilegio. Llaman gracia a la acción de Dios sobre los mortales que influye para que sean justos y dichosos. Unos admiten la gracia universal que Dios otorga a todos los hombres, aunque el género humano en su opinión, debe ser condenado a las llamas eternas con raras excepciones; otros no reconocen la gracia más que a los cristianos de su credo y hay autores que sólo la aceptan para los elegidos de este credo.

 

Es obvio que la gracia general, que sin embargo deja al orbe sumido en el vicio, en el error y en la desgracia eterna, no es una verdadera gracia, ni un favor, ni un privilegio, porque implica contradicción en los propios términos.

 

La gracia particular, según los teólogos, es suficiente, eficaz y obligante. La gracia suficiente puede resistirse, y en este caso no basta; se parece al perdón que concede el rey a un criminal, aunque no por ello deja de sufrir el suplicio. Gracia eficaz es la que no se resiste, de hecho aunque se la pueda absolutamente resistir; en este caso, los justos se parecen a los invitados hambrientos, a quienes se les presentan platos exquisitos que seguramente comerían, aunque en general se suponga que no pueden comerlos. Gracia necesitante es aquella de la que no podemos sustraernos, que no es otra cosa que el concatenamiento de los decretos del Eterno y de los acontecimientos.

 

Nos guardaremos muy mucho de ocuparnos de esa ingente y debatida multitud de sutilidades y de sofismas con los que han embrollado estas cuestiones, pues este libro no tiene por objeto ser eco vano de tantas disputas.

 

Para santo Tomás, la gracia es una forma sustancial, y para el jesuita Bouhours es un no sé qué; ésta es quizá la mejor definición que se ha dado de la gracia.

 

Si los teólogos se hubieran propuesto poner en ridículo a la Providencia, no habrían hecho más de lo que hacen movidos por su buena fe: por una parte, los tomistas aseguran que el hombre, al recibir la gracia eficaz, no es libre en el sentido compuesto (in sensu composito), pero sí lo es en el sentido dividido (in sensu diviso); por otra parte, los molinistas se sacaron de la manga la ciencia intermedia de Dios y del congruismo, ideando gracias excitantes, prevenientes, concomitantes y cooperantes.

 

Dejemos de lado todas esas simplezas que los teólogos afirman con toda seriedad. Que ellos se ocupen de esos libros y cada quisque se rija por el sentido común, que nos hará ver que los teólogos se han engañado con sagacidad, porque todos ellos establecen sus argumentos arrancando de un principio evidentemente falso. Han supuesto que Dios obra secretamente y que sus designios son inescrutables, y un Dios eterno que no obre rigiéndose por leyes generales, inmutables y eternas, sólo es un espectro, un dios mítico.

 

¿Por qué se han visto obligados los teólogos de todas las religiones reveladas a admitir esa gracia que no comprenden? Porque se empeñaron en que sólo se había de salvar su secta, y además quisieron que de la salvación de su secta sólo participaran los sometidos a ellos. Los teólogos musulmanes tienen la misma opinión e iguales disputas, porque tienen el mismo interés, pero el teólogo universal, que es el verdadero filósofo, comprende que es contradictorio que la naturaleza no obre por las vías más sencillas, y ridículo que Dios se ocupe en obligar al hombre a que le obedezca en Europa y deje que sean indóciles los asiáticos. La gracia, contemplada desde su verdadero punto de vista, es un absurdo. El cúmulo de libros que se han escrito sobre esta materia manifiestan a menudo los esfuerzos que hizo el ingenio, pero avergüenzan siempre a la razón humana.

 

Toda la naturaleza, todo lo que existe, es una gracia de Dios. El otorgó a todos los animales la gracia de crearlos y alimentarlos. Concedió al abeto la gracia de ser un árbol que creciera setenta pies y rehusó esta gracia al rosal. Dio al hombre la gracia de pensar, el don de la palabra y la facultad de conocerle, pero no le confirió la gracia de entender una palabra de lo que Tourneli, Molina, Soto y demás escribieron sobre la gracia.

 

El primero que habló de la gracia eficaz y gratuita fue indudablemente Homero. Esto podrá sorprender a los bachilleres en teología que no conocen más que a san Agustín. Que lean el tercer canto de la Ilíada y verán que Paris dice a su hermano Héctor: «No me eches en cara los amables dones de la rubia Afrodita, pues hay que despreciar los eximios presentes de los dioses y nadie puede escogerlos a su gusto». Este pasaje es muy explícito. Es de advertir, además, que Júpiter, según su voluntad, concede la victoria unas veces a los griegos y otras a los troyanos, lo que constituye otra prueba de que todo sucede por la gracia que proviene de las alturas. Sarpedón y luego Patroclo son dos bravos a los que falta la gracia, sucesivamente.

 

Hubo filósofos que no fueron de la opinión de Homero. Sostenían que la Providencia general no intervenía directamente en los asuntos particulares, que lo gobernaba todo por medio de leyes universales, que Tersites y Aquiles eran iguales ante ella, y que ni Calcas ni Taltibio gozaron nunca de la gracia versátil o congrua.

 

Según esos filósofos, la grama y la encina, el insecto y el elefante el hombre, los elementos y los astros, obedecen a leyes invariables que Dios, inmutable como ellas, estableció para toda una eternidad. Esos filósofos no hubieran admitido la gracia de santo Tomás, ni la gracia medicinal de Cajetán, ni hubieran podido explicarse la gracia exterior, la interior, la cooperante, la suficiente, la congrua, ni la preveniente. No habrían sido de la opinión de quienes sostienen que el Señor absoluto de los hombres dé peculio a un esclavo y rehuse el alimento a otro; mande que un manco amase la harina, a un mudo que lea y a un impedido que le sirva de correo. Opinan que el eterno Demiurgo, que dictó leyes a millones de mundos que gravitan unos sobre otros y se prestan mutuamente la luz que de ellos emana, los tiene todos bajo el dominio de sus leyes generales, y que no va a crear nuevos vientos para que levanten briznas de paja en un rincón de este mundo. Añaden que si un lobo encuentra por el camino un chivo y se lo come, y otro lobo se muere de hambre Dios no se ocupa de conceder esa gracia particular al primer lobo.

 

Nosotros no aceptamos la opinión de esos filósofos, ni la de Homero ni la de los jansenistas, ni la de los molinistas. Felicitamos a los que creen que existen gracias prevenientes y compadecemos de corazón a quienes se lamentan de que no las haya más que versátiles, y en tocante al congruismo, no entendemos una palabra.

 

Si un habitante de Bérgamo recibe el sábado una gracia preveniente que le agrada hasta el extremo de obligarle a pagar una misa en los Carmelitas, reciba nuestra enhorabuena. Si el domingo se mete en la taberna porque le abandona la gracia, zurra a su mujer y roba en un camino real, que le ahorquen. Sólo deseamos que Dios nos conceda la gracia de no desagradar en nuestras controversias a los bachilleres de la Universidad de Salamanca, a los de la Sorbona, ni a los de Bourges, que piensan de distinta manera sobre estas materias arduas y sobre otras. Sólo queremos que Dios nos otorgue la gracia de que no nos condenen esos bachilleres y, sobre todo, de no leer nunca sus libros.

 

Si un acólito de Lucifer viniera del infierno a decirnos: «Señores, os advierto que nuestro soberano señor ha tomado a todo el género humano, exceptuando el reducido número de personas que viven en el Vaticano y sus dependencias», rogaríamos todos a ese acólito que nos inscribiera en la lista de los privilegiados, y le preguntaríamos qué hay que hacer para conseguir esta gracia. El emisario nos respondería: «No podéis merecerla. Mi señor tiene formada la lista de todos los tiempos y no escucha más voz que la de su antojo; tiene como ocupación continua hacer infinidad de orinales y algunas docenas de vasijas de oro. Si os tocó ser orinales, tanto peor para vosotros». Al oír esta contestación, despediríamos a baquetazo limpio al emisario para que en seguida fuera a dar cuenta de su embajada al diablo.

 

Eso es lo que nos atrevemos a imputar a Dios, al Ser eterno que es infinitamente bueno. Siempre se ha reprochado a los hombres hacer a Dios a su imagen. Se ha criticado a Homero porque transportó todos los vicios y los ridículos desde la tierra al cielo. Platón, que le echa esto en cara, no dudó en llamarle blasfemo, y nosotros, que somos cien veces más inconsecuentes, más temerarios y más blasfemos que ese griego, acusamos devotamente a Dios de lo que no hemos acusado nunca al último de los hombres.

 

El rey de Marruecos Muley‑Ismael tuvo —así se dice— quinientos hijos. Qué diríais si un morabito del monte Atlas os contara que el sabio y honrado Muley‑Ismael, sentado a la mesa con toda su familia, habló de este modo al fin de la comida: «Yo soy Muley‑Ismael, el que os engendró para mi gloria, porque soy muy glorioso. Os profeso tierno cariño y os cuido como una gallina cuida a sus polluelos. He resuelto que uno de mis hijos, el segundón, sea dueño del reino de Tafilet y que otro reine en Marruecos para siempre. Así, ordeno que los demás cuatrocientos noventa y ocho hijos queridos, mueran la mitad en el suplicio de la rueda y la otra mitad quemados. Porque yo soy el señor Muley‑Ismael». Al morabito que os contara esto lo tomaríais por el loco mayor que hubiera producido Africa, pero si tres o cuatro mil morabitos que vivieran a vuestras expensas os repitieran el mismo cuento, ¿qué haríais entonces? ¿No sentiríais la tentación de hacerlos ayunar a pan y agua hasta que volvieran a recobrar el sentido común?

 

Me concederéis que está dentro de la razón que me indignen los necios que creen que el rey de Marruecos tuvo quinientos hijos para su gloria y pensó hacerlos enrodar y morir en la hoguera a todos, excepto los dos que destinaba para reinar; pero decís que me equivoco respecto a esos necios, porque confiesan que la primera intención de Muley‑Ismael no fue la de hacer perecer en el suplicio a sus hijos, pero habiendo previsto que sus hijos no servirían para nada creyó como buen padre de familia que debía deshacerse de ellos. Necios gratuitos, suficientes, eficaces, jansenistas, molinistas, sed por fin hombres y no perturbéis al mundo con tonterías tan absurdas como abominables.

 

GUERRA. Todos los animales están en perpetua guerra. Algunas especies han nacido para devorar a las otras, incluso los corderos y las palomas se tragan cantidades prodigiosas de animales imperceptibles. Los machos de la misma especie combaten por las hembras, como Menelao y Paris. El aire, la tierra y el agua son campos de destrucción.

Parece que habiendo dotado Dios al hombre de razón, debía ésta inducirle a no envilecerse imitando a los animales, y con mayor motivo no dotándoles la naturaleza de armas para matar a sus semejantes, ni del instinto de beber su sangre.

 

Sin embargo, tiende tanto el hombre a la guerra mortífera que, exceptuando dos o tres naciones, las demás en sus historias antiguas guerrean unas contra otras. En el Canadá, hombre y guerrero son sinónimos, y ya vimos que en nuestro hemisferio ladrón y soldado significaban lo mismo. He aquí la justificación de los maniqueos.

 

El hambre, la peste y la guerra son los más terribles azotes de la humanidad. Los dos primeros nos vienen de la Providencia, pero la guerra nos viene de la imaginación de trescientas o cuatrocientas personas esparcidas por toda la faz de la tierra bajo el nombre de príncipes o ministros; quizá por esta razón en muchas dedicatorias se les llama imágenes vivas de la Divinidad. Pero el más conspicuo de esos aduladores convendrá en que la guerra arrastra siempre en su séquito la peste y el hambre, por poco que haya visto los hospitales de los ejércitos de Alemania y por fugaz que haya sido su visita a las poblaciones en estado de guerra.

 

Sin duda es un hermoso arte el que desola los campos, destruye las casas y hace morir, unos años con otros, de cada cien mil hombres, cuarenta mil. Al principio recurrieron a esta invención las naciones reunidas para procurarse el bien común; por ejemplo, el areópago de los griegos declaró al areópago de Frigia y pueblos vecinos que iría con mil barcos de pescadores con la intención de exterminarlos.

 

El Senado romano decidió que le interesaba ir a batirse antes de la cosecha con los veies y los volscos, y unos anos después, encolerizados los romanos contra los cartagineses, se hicieron la guerra durante mucho tiempo por tierra y por mar. Lo mismo sucede hoy.

 

Un genealogista prueba a un príncipe que desciende en línea recta de un conde cuyos padres establecieron un pacto de familia hace trescientos o cuatrocientos años con una Casa de la que ni siquiera existe el recuerdo. Esta Casa tenía vagas pretensiones sobre una provincia, cuyo último poseedor murió de apoplejía: el príncipe y su consejo ven con evidencia que tiene derecho a ella. Esta provincia, situada a unos centenares de leguas de la residencia del príncipe, protesta baldíamente de que no le reconocen, ni desean que la gobiernen. Le expone que para dictar leyes a súbditos es preciso que éstos lo consientan, pero el príncipe hace caso omiso de tales protestas porque cree su derecho incuestionable. Reúne enseguida multitud de hombre que nada tienen que perder, los viste de grueso paño azul, les instruye y se dirige con ellos a la gloria. Otros príncipes que oyen hablar de ese gran número de hombres puestos en armas toman también parte en su empresa, cada uno de ellos según su poder, y llenan una extensión del territorio de asesinos mercenarios, más numerosos que los que arrastraron en su séquito Gengis Kan, Tamerlán y Bayaceto.

 

Pueblos lejanos se enteran de que va a promoverse una guerra y pagarán un sueldo a los que tomen parte en ella, en seguida se dividen en dos bandos, como los segadores, y van a vender sus servicios al que quiera utilizarlos. Esas multitudes se encarnizan unas contra otras, no sólo sin tener interés alguno en la guerra, sino sin conocer sus motivos. Se encuentran a la vez cinco o seis potencias beligerantes, unas veces tres contra tres, otras dos contra cuatro, y algunas una contra cinco, detestándose por igual unas a otras, uniéndose y atacándose sucesivamente, aunque estando de acuerdo sólo en una cosa: ocasionar todo el daño posible.

 

Lo maravilloso de esta empresa infernal es que cada jefe de los asesinos hace bendecir sus banderas e invoca a Dios solemnemente antes de ir a exterminar a su prójimo. Cuando un jefe sólo tiene la suerte de degollar a dos o tres mil hombres, no da gracias a Dios, pero cuando consigue despachar diez mil y destruir alguna ciudad, entonces manda entonar un canto de acción de gracias, compuesto en lengua desconocida para todos los que pelearon y lleno de barbarismos. El mismo canto sirve para celebrar los matrimonios, los nacimientos y los homicidios.

 

La religión natural impidió muchas veces que los ciudadanos cometieran crímenes. El alma bien nacida carece de voluntad, el alma tierna se asusta, y la conciencia hace representar a Dios justo y vengador, pero la religión revelada excita a cometer todas las crueldades que se perpetran entre muchos, conjuraciones, emboscadas, sorpresa de ciudades, saqueos y matanzas. Cada uno va alegremente al crimen bajo la bandera de su santo.

 

En todas partes pagan a unos hombres que pronuncian discursos celebrando esas acciones cruentas, que entusiasman a la multitud. Esos hombres claman el resto del año contra los vicios, prueban en tres puntos y por antítesis que las damas que se colorean las mejillas con un poco de carmín serán objeto de la venganza eterna del Eterno, que Polyeucto y Atalia son obras inspiradas por el demonio. ¡Miserables médicos de almas, filósofos moralistas, quemad vuestros libros! Mientras el capricho de algunos hombres haga que se degüellen lealmente millares de hermanos nuestros, la parte del género humano que se consagre al heroísmo será la más horrible de toda la naturaleza.

 

Qué pueden importarme la humanidad, la beneficiencia, la temperancia, la modestia, la sabiduría y la piedad, si media libra de plomo disparada a seiscientos pasos me mata a la edad de veinte anos en medio de terribles sufrimientos, entre cinco mil moribundos, mientras por última vez mis ojos se abren y ven la ciudad donde nací destruida por el hierro y el fuego, y que los últimos sonidos que oigo son los gritos de mujeres y niños expirando bajo ruinas. Y todo por los intereses de un hombre al que no conocemos.

 

Lo más grave es que la guerra es una calamidad inevitable. Todos los hombres han adorado al dios Marte; Sabaot significa para los judíos el dios de los ejércitos, pero Minerva, en la Ilíada, dice que Marte es un dios furioso, insensato e infernal.

 

El célebre Montesquieu, que goza fama de ser humano, dice que es justo entrar a hierro y fuego en los pueblos circunvecinos por temor de que nos perjudiquen los buenos negocios que realizan. Si éste es el espíritu de las leyes, éste es también el de los Borgias y de Maquiavelo. Si por desgracia dice la verdad, debemos combatirla aunque la prueben los hechos. He aquí lo que dice Montesquieu:

 

«Entre las sociedades, el derecho de defensa natural entraña a veces la necesidad del ataque cuando un pueblo ve que una paz larga pondría a otro pueblo en estado de destruirlo, y cuando comprende que el ataque es en aquel momento el único medio de impedir su destrucción.»

 

¿Cómo el ataque en plena paz puede ser el único medio de evitar esa destrucción? Para ello sería preciso estar seguro de que el pueblo vecino os destruiría si llegara a ser poderoso. Para estar seguro, debíais ver que ya tenía a punto los preparativos de vuestra destrucción, y en este caso es él quien empieza la guerra: vuestra suposición es falsa y contradictoria. Es una guerra evidentemente injusta la que proponéis, porque es matar a vuestro prójimo por temor de que éste llegue a estar en situación de atacaros; es decir, que debéis aventuraros a arruinar vuestro país con la esperanza de arruinar sin motivo el país de otro, y este proceder no es honrado ni útil, porque sabéis bien que nunca se está seguro del éxito.

 

Si vuestro vecino llega a ser demasiado poderoso durante la paz, ¿quién os impide serlo tanto como él? Si él contrajo alianzas, vosotros podéis contraerlas también. Si tiene pocos religiosos, en cambio tiene muchos manufactureros y soldados. Imitad su buen ejemplo. Si instruye mejor a sus marinos, instruid mejor a los vuestros; todo esto es muy justo. Pero exponer al pueblo a la más horrible miseria con la idea, tan quimérica a menudo, de destruir a vuestro querido hermano el serenísimo príncipe vecino vuestro, semejante consejo no es digno del presidente honorario de una compañía pacífica.

 

GUSTO. Ese sentido, ese don de discernir los sabores de los alimentos, ha originado en todas las lenguas conocidas la metáfora que expresa con el mismo vocablo, gusto, el conocimiento de las bellezas artísticas. Es un discernimiento rápido como el paladar, y al igual que éste proviene de la reflexión. Es, como aquél, sensible y voluptuoso respecto a lo bueno, y como él rechaza lo malo. Muchas veces un gusto y otro están indecisos, y al no saber con exactitud lo que se les presenta que debe agradarles, necesita a veces para comprenderlo acostumbrarse a ello. No se satisface el gusto con ver y comprender la belleza de una obra; necesita sentirla y que le agrade. Tampoco debe escapar a la rapidez del discernimiento, y éste es otro parecido que tiene el gusto intelectual con el gusto sensual. El gourmet aprecia y reconoce en seguida la mezcla de dos licores; el hombre de buen gusto literario comprende al primer golpe de vista la mezcla de dos estilos. Así como el mal gusto físico consiste en agradar con condumios demasiado picantes, el mal gusto en las artes consiste en que entusiasmen los adornos recargados y en no comprender el mérito de lo natural.

 

El gusto depravado en los alimentos estriba en preferir aquellos que disgustan a los demás hombres, y es una especie de enfermedad. El gusto depravado en las artes reside en enamorarse de asuntos que rechazan las personas ilustradas, en preferir lo grotesco a lo noble, lo afectado a lo sencillo y natural, y es una enfermedad del espíritu. El buen gusto en las artes puede reformarse mucho mejor que el gusto sensual, pero el gusto intelectual exige más tiempo para formarse. El joven que, aun siendo sensible, carezca de conocimientos, no podrá distinguir las partes de un gran coro de música, ni verá en un cuadro las gradaciones, el claroscuro la perspectiva, la armonía de los colores, ni la corrección del dibujo. Pero poco a poco, sus oídos aprenden a oír y sus ojos a ver, y llegará a conmoverse cuando presencie la representación de una hermosa tragedia, mas no alcanzará a comprender el mérito de las unidades, ni el arte delicado con que algún personaje no entra ni sale en escena sin motivo, ni otras muchas dificultades que se han de vencer para triunfar en el teatro. Sólo la costumbre de ver y reflexionar acerca de lo que ve conseguirá que con el paso del tiempo llegue a comprender todo lo que acabamos de enunciar. El gusto se forma insensiblemente en una nación que carecía de él porque poco a poco va comprendiendo el espíritu de los buenos artistas. Francia se acostumbró a ver los cuadros con los ojos de Le Brun, de Poussin, de Le Sueur...

 

Dícese que cada uno tiene su gusto, y es cierto cuando se trata del gusto sensual, de la preferencia que damos a ciertos alimentos que a los demás causan repugnancia, lo cual es incontrovertible porque no se puede corregir un defecto de los órganos. Pero no sucede lo mismo cuando se trata del gusto en las artes; como éstas contienen bellezas reales, hay un buen gusto que las comprende y un mal gusto que las desconoce. Este defecto del espíritu suele corregirse. Existen también hombres fríos y negados incapaces de conmoverse, ni de desentumecer su inteligencia. Con ellos no debemos discutir en materia de gusto, porque carecen de él.

 

El gusto perspicaz consiste generalmente en la percepción rápida de una belleza entre muchos defectos, y de un defecto entre muchas bellezas. El verdadero gourmet discierne en seguida el vino que se compone de dos mezclas y conoce el ingrediente que domina en un plato, al paso que los demás invitados apenas si se dan cuenta de nada.

 

No nos equivocamos cuando decimos que es una verdadera desgracia estar dotados de gusto exquisito, porque a quienes esto ocurre les contrarían demasiado los defectos y son casi insensibles a las bellezas. Existen, por el contrario, muchos placeres para las personas de buen gusto, porque ven, oyen y sienten las bellezas que escapan a los hombres constituidos menos sensiblemente o menos receptivos. El melómano, el aficionado a la pintura, a la arquitectura, a la poesía, a la numismática, etc., experimenta sensaciones que el común de los mortales ni siquiera sospecha; incluso el placer de descubrir una falta le halaga y le hace sentir con más intensidad las bellezas. El hombre de buen gusto tiene ojos, oídos y tacto diferentes que el hombre zafio. Le desagradan los cuadros mezquinos de Rafael, pero admira la excelsitud de su dibujo; descubre con satisfacción que los hijos de Laocoonte son desproporcionados comparándolos con la estatua del padre, pero el conjunto del grupo escultórico le hace estremecer, mientras otros espectadores lo contemplan tan tranquilos.

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