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Catálogo de
Textos Históricos |
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FÁBULA. Es probable que ciertas fábulas del tipo de las atribuidas a Esopo, aunque más antiguas que éste, las inventaran en Asia los primeros pueblos que fueron subyugados. Los hombres libres no tienen necesidad de encubrir la verdad y a los tiranos sólo se les puede hablar valiéndose de parábolas, y aun este recurso es peligroso. También es verosímil que, sabiendo que el hombre gusta de imágenes y cuentos, las personas de ingenio se entretuvieran en reproducirlos sin más intención que ésta. Sea como fuere, la pura fábula es más antigua que la historia.
Los hebreos, que podemos decir constituyen una población reciente (1) si los comparamos con Caldea y Tiro, pero muy antigua si lo hacemos con nosotros, tienen fábulas semejantes a las de Esopo desde la época de . los Jueces, o sea dos mil ciento treinta y tres años antes de nuestra era.
(1) Está demostrado que la comunidad judía no llegó a Palestina hasta la época en que Canaán contó con poderosas ciudades, como Tiro, Sidón y Berith. Dícese que Josué destruyó Jericó y Cariath Sefer. Así, los judíos eran entonces extranjeros que asolaban a los pueblos civilizados.
En el libro de los Jueces se dice que Gedeón tuvo sesenta hijos «porque tuvo muchas mujeres», y además tuvo de una esclava otro hijo llamado Abimelech. Éste mató con la misma piedra a sesenta y nueve hermanos suyos, y los judíos, sintiendo respeto y admiración por Abimelech, le eligieron rey y le coronaron debajo de una encina cerca de la localidad de Mello, desconocida en la historia de Johatán, el más joven de sus hermanos y el único que escapó de la matanza (como ocurre siempre en las historias antiguas). Abimelech arengó a los judíos y les dijo que los árboles se reunieron andando para elegirse rey. Nadie creerá que los árboles puedan andar, pero si hablan también se les puede permitir que den pasos. Primeramente se dirigieron al olivo, y le dijeron: «Reina tú». El olivo les respondió: «No quiero privarme de hacer aceite para reinar sobre vosotros». La higuera les contestó que prefería sus higos a las inquietudes del poder supremo. La vid también prefirió sus racimos. Finalmente, los árboles ofrecieron la corona al zarzal y éste les respondió: «Reinaré y me comprometo o ofreceros mi sombra, pero si os conjuráis contra mí del zarzal saldrá fuego y os devorará». Aunque esta fábula es falsa en el fondo, porque el fuego no sale de las zarzas, demuestra su antigüedad.
La del estómago y los miembros, que sirvió para apaciguar una sedición en Roma, hace unos dos mil trescientos años, es ingeniosa y sin defecto. Más antiguas son las fábulas, y más alegóricas. La antigua fábula de Venus, que refiere Hesíodo, ¿no es una alegoría de la naturaleza entera? El semen genital cae del éter a orillas del mar y Venus nace de esa preciosa simiente. Su primer nombre es Philometes, que significa amante del órgano de la generación. ¿Puede haber imagen más sensible? Venus es la diosa de la belleza, pero la belleza no es apetecible si no la acompañan las gracias. La belleza hace nacer el amor y el Amor tiene flechas que hieren los corazones: lleva una venda que oculta los defectos de la persona amada, está dotado de alas, acude con rapidez y huye con velocidad.
El cerebro del señor de los dioses, Júpiter, concibe la sabiduría bajo el nombre de Minerva; el alma del hombre es un fuego divino que Minerva entrega a Prometeo, quien se sirve de él para animar al hombre.
Es imposible no reconocer en esas fábulas la pintura de la naturaleza entera. Otras muchas sólo son la deformación de historias antiguas o puros caprichos de la imaginación. Con las fábulas antiguas pasa lo mismo que en los cuentos modernos: las hay morales que encantan, y las hay inmorales completamente insulsas.
Las fábulas de los pueblos antiguos que eran ingeniosas fueron toscamente imitadas por pueblos rudos. Por ejemplo, las de Baco, Hércules, Prometeo, Pandora y tantas otras que constituían la división del mundo antiguo. Los bárbaros, que oyeron hablar confusamente de ellas, las incluyeron en su mitología salvaje presumiendo de haberlas inventado.
La fábula más hermosa de los griegos es la de Psiquis, y la más graciosa la de la matrona de Éfeso. La más ingeniosa entre las modernas es la de la Locura, que luego de sacar los ojos al Amor se vio condenada a servir de guía (1).
(1) La locura y el amor, fábula de Louise Labé que luego imitó La Fontaine.
Las fábulas atribuidas a Esopo son alegorías o instrucciones dadas a los débiles para que se preserven de los fuertes, y las han agotado todos los países instruidos. La Fontaine, que las reviste del mayor gracejo, ha escrito unas ochenta que son obras maestras de ingenuidad, gracia, agudeza y, algunas veces, de poesía. La Fontaine es uno de los escritores más notables del siglo de Luis XIV, y su reputación ha eclipsado a los demás fabulistas franceses.
FALSEDAD DE LAS VIRTUDES HUMANAS. Cuando el duque de La Rochefoucauld hubo escrito sus pensamientos sobre el amor propio y puesto al descubierto este resorte del hombre, un señor Espíritu, del Oratorio, escribió un libro capcioso titulado De la falsedad de las virtudes humanas. Ese Espíritu dice que no existe absolutamente ninguna virtud pero tiene la gracia de terminar cada capítulo remitiendo a la caridad cristiana. De este modo, según opina el señor Espíritu, ni Catón, ni Aristides, ni Marco Aurelio, ni Epicteto, eran buenas gentes y no se las puede hallar más que entre los cristianos. Además, en los cristianos sólo existe la virtud entre los católicos, y aun entre éstos habría que exceptuar a los jesuitas, enemigos de los oratorianos; en consecuencia, la virtud sólo puede encontrarse entre los enemigos de los jesuitas.
Ese tal señor Espíritu empieza por decirnos que la prudencia no es una virtud y lo justifica diciendo que a menudo se equivoca. Es como si dijéramos que César no era un gran capitán porque fue vencido en Dyrrachium.
Si el señor Espíritu fuese un filósofo no hubiera considerado la prudencia como una virtud, sino como un talento, como una cualidad útil feliz, pues un loco puede ser muy prudente y yo los he conocido de esta especie. O la furia de pretender que: « ¡Nadie tendrá virtud sino nosotros y nuestros amigos!»
¿Qué es la virtud, amigo mío? Es hacer el bien. Pues nos lo hace y ello es suficiente. Entonces, te disculparíamos el motivo. Si no, ¿qué? Según tú, no habría diferencia alguna entre el presidente De Thou y Ravaillac, entre Cicerón y ese Popilio a quien había salvado la vida y le cortó la cabeza por dinero. ¿Y declararás tú que Epicteto y Porfirio fueron unos bribones por no haber seguido nuestros dogmas? Una insolencia tal, subleva. Y no digo más porque me indignaría. |
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FANATISMO. Es el efecto de una conciencia falsa que somete la religión a los caprichos de la fantasía y al desorden de las pasiones.
Por lo general, proviene de que los legisladores han tenido miras mezquinas, o de que se excedieron de los límites establecidos por ellos. Sus leyes sólo eran adecuadas para una sociedad elitista. Extendiéndolas por celo a todo un pueblo, y llevándolas por ambición de un clima a otro debían haberlas corregido y acomodado a las circunstancias de los lugares y personas. Más, en realidad, sucedió que ciertos espíritus de carácter más acomodado al de la muchedumbre para la que se decretaron, recibiéndolas con gran entusiasmo es convirtieron en apóstoles e incluso en mártires de ellas, antes que dejar de cumplirlas al pie de la letra. Otros caracteres, por el contrario, menos fogosos, o más aferrados a los prejuicios de su educación, lucharon contra el nuevo yugo y sólo consintieron adoptarlos modificándolos. De aquí nació el cisma entre los rigoristas y los mitigados, que hace furiosos a unos y otros, a los primeros en favor de la esclavitud, y los segundos en favor de la libertad.
Figuraos una inmensa rotonda, un panteón con mil altares situados bajo la cúpula y dentro de ese inmenso edificio imaginaos un fiel de cada credo, extinguido o en vigor, a los pies de la Divinidad, honrando a su manera y en todas las formas caprichosas que la imaginación pudo crear. A la derecha hay un contemplativo, tendido sobre una estera, esperando con el ombligo al aire que la luz celeste penetre en su alma; a la izquierda, un energúmeno prosternado golpeando el suelo con la frente, para que salga la tierra con abundancia. Aquí, un saltimbanqui que baila sobre la tumba del difunto que invoca; allá se divisa un penitente inmóvil y mudo como la estatua ante la que se humilla. Uno enseña lo que el pudor oculta, para que Dios no se ruborice de su semejanza; otro se tapa el rostro como si el Obrero tuviera horror de su obra. Este vuelve la espalda hacia Mediodía porque por esa parte sopla el viento del demonio; aquél tiende los brazos hacia Oriente, por donde Dios enseña su faz esplendorosa. Jóvenes doncellas, llorando, se arañan la carne todavía inocente para aplacar al demonio de la concupiscencia, de una manera capaz de excitarla; otras jóvenes, en posición del todo opuesta, solicitan aproximarse a la Divinidad. Un joven, con la idea de apaciguar el instrumento de la virilidad, lo oprime con anillos de hierro de un peso aproximado a sus fuerzas; otro, detiene la tentación en su origen mediante inhumana amputación y cuelga en el altar los despojos de su sacrificio.
Salen del templo llenos del Dios que les agita y difunden el pavor y la ilusión por todo el orbe; se reparten el mundo y el fuego que los anima se enciende en sus cuatro extremidades. Los pueblos oyen y los reyes tiemblan. El imperio que el celo de un solo hombre ejerce sobre la multitud que le ve o le oye, el calor que las imaginaciones reunidas se comunican, los movimientos tumultuosos que acrecientan la perturbación de cada uno contagian el vértigo general a todos. Basta que un pueblo encantado vaya detrás de algunos impostores para que la seducción multiplique los prodigios y se extravíe todo el mundo. El espíritu humano, cuando sale una vez de las vías luminosas de la naturaleza, no vuelve a entrar en ellas; vaga errante en derredor de la verdad sin encontrar más que resplandores que, confundiéndose con las falsas claridades con que la superstición la rodea, acaban por sumergirle en las tinieblas.
Nos horroriza examinar cómo la creencia de apaciguar al cielo con la muerte, cuando se introdujo, se esparció universalmente por casi todas las religiones, que multiplicaron los motivos de llevar a cabo el sacrificio con el fin de que nadie escapara de la inmolación. Unos pueblos inmolaban sus enemigos a Marte exterminador, como los escitas que degollaban en sus altares uno de cada cien prisioneros; en otros pueblos sólo se hacían la guerra para capturar víctimas destinadas a los sacrificios. Unas veces, el dios bárbaro pedía que sacrificaran a los hombres justos y los getas se disputaban el honor de llevar a Zamolxis los deseos de la patria: el que tenía la suerte feliz de ser destinado al sacrificio se arrojaba sobre unas lanzas plantadas en el suelo. Si resultaba herido mortalmente al caer sobre ellas, indicaba un buen augurio para la negociación, pero si sobrevivía a las heridas era un malvado, del que dios no debía hacer caso.
Otros pueblos sacrificaban a los niños porque sus dioses pedían la vida que le acababan de dar. Sacrificaban su propia sangre. Los cartagineses inmolaban sus hijos a Saturno, como si el tiempo no los devorara demasiado pronto. Ofrecían un sacrificio sangriento, como el de Amestris, que ordenó enterrar doce hombres vivos para obtener de Plutón más larga vida. La misma Amestris sacrificó además a la insaciable divinidad catorce niños de las principales familias de Persia, porque los sacrificadores siempre hicieron creer a los hombres que debían ofrecer en los altares lo que más apreciaban. Fundándose en este principio, algunos pueblos inmolaban a los primogénitos y otros los rescataban con ofrendas, que reportaban más utilidad a los ministros del sacrificio. Esto fue sin duda, lo que hizo implantar en Europa la costumbre que duró unos siglos de consagrar al celibato los niños desde la edad de cinco años, y la de destinar al claustro a los hermanos del príncipe heredero, en vez de degollarlos como en Asia.
Los hindúes, el pueblo más hospitalario del mundo, se preciaban de matar a los extranjeros virtuosos y sabios que llegaban a su país, con objeto de que quedaran allí sus virtudes y su talento, con lo que derramaban la sangre más pura. Entre los pueblos idólatras, los sacerdotes desempeñaban en el altar el oficio de verdugos, y en Siberia mataban a los sacerdotes para que fueran al otro mundo a rezar por el pueblo, pensando que vertían la sangre más sagrada.
Todavía se perpetraron locuras más horrendas. Para ir a Asia los europeos pasaban por un camino de los judíos inundado de sangre, quienes con sus manos se degollaban para no caer en poder de sus enemigos. Esa locura despobló la mitad del mundo habitado: reyes, pontífices, mujeres, niños y ancianos, todos se entregaron al vértigo sagrado que hizo degollar durante dos siglos a innumerables pueblos sobre el sepulcro de un Dios de paz. Fue entonces cuando aparecieron oráculos falsos, ermitaños guerreros, monarcas en los púlpitos y prelados en los campos, borrándose todos los estamentos y confundiéndose entre la plebe insensata. Salvaron montañas y mares, y abandonando legítimas posesiones fueron en pos de conquistas que no eran la tierra prometida. Se corrompieron las costumbres bajo cielos extranjeros, y los príncipes, tras esquilmar sus reinos para rescatar un país que nunca les había pertenecido, acabaron por arruinarlos. Millares de soldados, descarriados bajo la égida de muchísimos jefes, acabaron por no reconocer a ninguno y desertando apresuraron su derrota. Esa terrible demencia fue sustituida por un contagio más horrible todavía.
El fanatismo mantenía el furor de conquistas lejanas, y apenas Europa se había restablecido de sus pérdidas cuando el descubrimiento de un nuevo mundo aceleró la ruina del nuestro. Con la terrible divisa de Conquistad y sojuzgad, desolaron América y exterminaron a sus habitantes; en vano se afanan Africa y Europa para repoblarla, porque habiendo agitado a los hombres el veneno del oro y del placer, el mundo fue quedando desierto y se vio amenazado de estarlo más cada día por las continuas guerras que movió en nuestro continente la ambición de conquista en aquellos territorios extranjeros.
Recordemos los millares de esclavos que hizo el fanatismo en Asia donde llamarse cristiano era un crimen, y en América, donde el pretexto del bautismo ahogó a la humanidad. Rememoremos los millares de hombres que murieron en los patíbulos en siglos de persecución, o en guerras civiles a mano de sus conciudadanos, o a sus propias manos mediante excesivas maceraciones. Recorramos la superficie de la Tierra y tras echar una ojeada a los diversos estandartes desplegados en nombre de la religión, en España contra los moros, en Francia contra los turcos, en Hungría contra los tártaros, tras examinar las diferentes órdenes militares establecidas para combatir infieles a sablazo limpio, fijemos nuestra mirada en ese tribunal siniestro instituido contra los inocentes y los desgraciados para juzgar a los vivos, como Dios ha de juzgar a los muertos, pero con muy distinta balanza. En resumen, examinemos todos los horrores perpetrados durante quince siglos, renovados muchas veces en uno solo; los pueblos sin defensa degollados al pie de los altares, los reyes muertos por el veneno o el puñal, un vasto estado reducido a la mitad por sus ciudadanos, la espada desenvainada entre el padre y el hijo, los usurpadores, los tiranos, los verdugos, los parricidas y los sacrílegos conculcando todas las convenciones divinas y humanas por espíritu de religión y tendremos escrita la historia del fanatismo y sus hazañas. La palabra fanático tenía distinta acepción en un principio. Fanáticus fue un título honorífico: significa servidor o bienhechor de un templo. Según dice el Diccionario de Trévoux, los arqueólogos han encontrado inscripciones en que los romanos importantes usaban el título de fanaticus.
En la alocución de Cicerón pro domo sua, figura un pasaje en el que la voz fanaticus me parece difícil de explicar. El sedicioso Clodio, que hizo desterrar a Cicerón por haber salvado a la república, no sólo saqueó y derribó las casas que poseía aquel gran hombre, sino que con la idea de que éste no volviera a entrar nunca en su casa de Roma declaró sagrado el terreno que aquélla ocupaba, y los sacerdotes edificaron en él un templo a la Libertad, o mejor, a la esclavitud, en la que César, Pompeyo, Craso y Clodio tenían entonces sumida a la república. ¡De esa manera en todas las épocas sirvió la religión para perseguir a los hombres!
En fin, cuando en días más felices levantaron el destierro a Cicerón éste abogó ante el pueblo para conseguir que le devolvieran el terreno que ocupaba su casa y que edificaron a expensas del pueblo romano. He aquí cómo se expresa en su parlamento contra Clodio (Oratio pro domo sua, cap. XL):
«Aconsejad, pontífices, a ese hombre religioso; persuadidle de que hasta la misma religión tiene sus límites, y que no deben ser tan celosos. ¿Qué necesidad tenéis, vos que sois consagrador, vos que sois fanático de recurrir a supersticiones de vieja beata para asistir a un sacrificio que tenía lugar en una casa extraña?»
El vocablo fanaticus, empleado como hace Cicerón, ¿significa insensato y abominable fanático, como lo entendemos hoy, o también consagrador, devoto y bienhechor de los templos? Esa palabra, ¿expresa aquí una injuria o una alabanza irónica? No sé lo suficiente para decidirlo. Cicerón alude en ese pasaje a los misterios de la buena diosa que Clodio profanó, disfrazado de mujer y acompañado de una vieja, entrando en casa de César con el fin de acostarse con la esposa de éste. Por tanto, es evidente que empleó esa palabra con ironía. Antes llamó a Clodio hombre religioso; la ironía, pues, debe ser mantenida en todo ese pasaje. Cicerón se vale de términos honoríficos para mejor hacer sentir la vergüenza de Clodio.
El Diccionario de Trévoux dice también que las antiguas crónicas de Francia llamaban a Clovis fanático y pagano. El lector tal vez desearía que nos hubieran señalado esas crónicas. Confieso que no he podido encontrar dichos calificativos aplicados a Clovis en los pocos libros que tengo en el monte Krapack, en donde me hallo.
Por fanatismo se entiende hoy una locura religiosa, sombría y cruel. Es una enfermedad del espíritu que se contrae como la viruela. Los libros la contagian menos que las asambleas y los discursos. Rara vez nos acaloramos leyendo, porque entonces estamos sosegados. Pero cuando el hombre ardiente e ingenioso se dirige con exaltación a imaginaciones débiles, sus ojos centellean y el fuego de sus miradas, de su voz y de sus ademanes se comunica y desata los nervios del auditorio. Exclama: Dios os está mirando, sacrificadle lo que es humano; combatid los combates del Señor, y lanza a la lucha a sus oyentes.
El fanatismo es a la superstición lo que el delirio a la fiebre, lo que el furor a la cólera. El que tiene éxtasis, visiones, el que toma los sueños por realidades y sus imaginaciones por profecías, es un entusiasta; el que sostiene su locura por medio del asesinato es un fanático.
Juan Díaz, luterano afincado en Nuremberg, convencido de que el papa era el Anticristo, sólo era un entusiasta; su hermano, Bartolomé Díaz, que salió de Roma para asesinar por el amor de Dios 8 SU hermano, y que efectivamente le mató, fue uno de los fanáticos más abominables que la superstición jamás pudo formar. Poliecto, que en un día de solemnidad religiosa se presenta en el templo para derribar y destruir las estatuas de los dioses, es un fanático menos horrible que Díaz, pero tan necio como él. Los asesinos del duque Francisco de Guisa, de Guillermo, príncipe de Orange, de los reyes Enrique III y Enrique IV y de otros personajes, fueron energúmenos afectos de la misma rabia que Díaz. El ejemplo más horrendo de fanatismo que ofrece la historia fue el que dieron los habitantes de París la noche de San Bartolomé, despedazando, degollando y arrojando por las ventanas a sus conciudadanos que no iban a misa.
También hay fanáticos que conservan la sangre fría. Pertenecen a esa clase los jueces que condenan a muerte a quienes no han cometido más delito que no pensar como ellos. Y son más culpables y dignos de que los execre el género humano porque no obran ofuscados y por un arrebato de furor, como Clement, Chatel, Ravaillac, Gérard y Damiens, sino por no escuchar la voz de la razón.
Cuando el fanatismo gangrena el cerebro, la enfermedad es casi incurable. He visto fanáticos que al hablar de los milagros de un santo les centellean los ojos, les tiemblan las extremidades, el furor les desfigura el rostro y matarían al que se atreviera a contradecirles.
El único remedio para curar esa enfermedad epidémica es un espíritu razonador que, difundiéndose cada día más, suavice las costumbres humanas y evite los accesos del mal, porque desde que esa enfermedad hace progresos es preciso huir de ella y esperar a que el aire se purifique. Las leyes y la religión son insuficientes para frenar la peste de las almas; la religión, en vez de ser para ellas un alimento saludable, se torna en veneno en los cerebros inficionados. Esos miserables tienen siempre en la memoria el ejemplo de Aod, que asesina al rey Eglón; el de Judit, que corta la cabeza a Holofernes, estando acostado con él; el de Samuel que descuartiza al rey Agag... No consideran que esos ejemplos, todo lo respetables que se quiera en la Antigüedad, son detestables en la época actual, y sacan sus furores de la religión que los condena. Las leyes todavía son más impotentes contra los accesos de rabia; es como si leéis un decreto del consejo a un frenético. Los fanáticos están convencidos de que el Espíritu Santo, que los inspira, es superior a las leyes, y que el entusiasmo es la única ley que debe dirigirles.
¿Qué se puede responder al hombre que dice que prefiere obedecer a Dios que a los hombres, y que, por consiguiente, está seguro de merecer el cielo degollándoos?
Casi siempre los ladinos guían a los fanáticos y ponen el puñal en sus manos. Se parecen al Viejo de la Montaña, que hacía, dícese, gozar las alegrías del paraíso a los imbéciles y les prometía una eternidad de placeres, del que había hecho concebir el deleite anticipado, bajo la condición de que asesinaran a las personas que nombrara. Sólo hay una religión en el mundo a la que no ha manchado el fanatismo: la de los hombres ilustrados de China. Las sectas de los filósofos no sólo estuvieron libres de esa peste, sino que fueron un remedio eficaz contra ella, porque el objeto de la filosofía es otorgar tranquilidad al alma, y el fanatismo es incompatible con la tranquilidad. Si ese furor infernal inficionó con frecuencia nuestra santa religión, sólo debe achacarse a la locura humana.
Los fanáticos no siempre participan en los combates del Señor, ni siempre asesinan reyes y príncipes. Algunos de ellos son tigres, pero la mayoría son zorros.
Los fanáticos de la Curia de Roma tejieron una trama de necedades y calumnias contra los fanáticos afectos al credo de Calvino, y los jesuitas contra los jansenistas, et vicissim, y si nos remontamos más alto, veremos que la historia eclesial, que es la escuela de las virtudes, es también la de las maldades que cometieron unas confesiones contra otras. Todas ellas tienen en los ojos la misma venda, ya cuando se trata de incendiar las ciudades y burgos de sus adversarios, ya cuando se trata de degollar a los habitantes, ya cuando sencillamente se proponen engañar, enriquecerse y dominar. Las ciega el mismo fanatismo y creen que obran bien.
Leed, si es posible, los cinco o seis mil volúmenes de reproches que los jansenistas y los molinistas se hicieron unos a otros durante cien años acerca de sus granujerías, y os convenceréis de que dejan chiquitos a Scapin y a Trivelin.
Una de las bribonerías teológicas es, en mi opinión, la que hizo un obispo vizcaíno, según el relato (algún día encontraremos su nombre y obispado). Parte de su diócesis pertenecía a Vizcaya y parte a Francia. En territorio francés había una parroquia que habitaron antiguamente algunos moros de Marruecos. El señor de la parroquia no era mahometano, sino un buen católico, como todo el universo debe serlo, pues el vocablo católico significa universal. Al obispo en cuestión se le hizo sospechoso aquel pobre señor que sólo el bien se ocupaba de hacer, de abrigar malas ideas y malos sentimientos, de ser hereje. Le acusó de haber dicho, en broma, que lo mismo había personas honradas en Marruecos que en Vizcaya, y que el marroquí honrado no podía ser enemigo del Ser Supremo, que es padre de todos los hombres.
El fanático obispo escribió una carta muy larga al rey de Francia soberano del pobre señor de la parroquia, suplicándole que trasladara la residencia de aquella oveja infiel a Bretaña o Normandía, donde quisiera Su Majestad, para que no continuara inficionando a los vascos con sus ofensivas burlas. El rey de Francia y su consejo se burlaron, como merecía, del obispo extravagante. El prelado vizcaíno, que se enteró tiempo después que su oveja francesa estaba enferma, prohibió al cura de la parroquia que le administrara la comunión si el enfermo no firmaba una cédula de confesión en que constara que no estaba circuncidado, condenaba de corazón la herejía de Mahoma y demás herejías, y pensaba en todo como el obispo vizcaíno.
Las cédulas de confesión estaban de moda en aquella época, pero el moribundo llamó a su casa al cura, que era un borracho imbécil, y le amenazó con hacerle ahorcar por el Parlamento de Burdeos si no le daba inmediatamente el Viático, que necesitaba sin pérdida de tiempo. El cura tuvo miedo y lo administró, y el moribundo, tras la ceremonia, declaró ante testigos que el obispo le había calumniado ante el rey acusándole de ser afecto a la religión musulmana, cuando él era buen cristiano y el obispo un calumniador; luego firmó esta declaración ante notario y se sintió mejor, recobrando a poco la salud hasta que la tranquilidad de su conciencia le curó del todo.
Resentido el obispo de que un viejo moribundo se burlara de él, resolvió vengarse y he aquí lo que hizo. Al cabo de quince días hizo falsificar una profesión de fe del ex enfermo que el cura aseguraba haberle oído, la firmó e hizo firmar a tres o cuatro campesinos que no habían asistido a la administración del sacramento. El acta que extendió, en la que no constaba la firma de la parte interesada, firmada por desconocidos y que desautorizaron testigos verdaderos, era visiblemente un delito de falsedad, y como se perpetraba en materia de fe pudo muy bien llevar al cura y a los falsos testigos a las galeras en este mundo, y al infierno en el otro.
El señor de la parroquia, que era un guasón, pero no tenía mala idea se compadeció del alma y del cuerpo de aquellos miserables y en vez de hacerles comparecer ante la justicia humana se contentó con ponerlos en ridículo, declarando que haría imprimir, para que se publicara después de su muerte, toda la intriga del obispo, acompañada de las pruebas, para que sirviera de diversión a los lectores que gustan de las anécdotas. Pero volvamos al fanatismo.
La rabia del proselitismo y el furor de convertir a los incrédulos fue lo que llevó a los jesuitas Castel y Routh junto al lecho del célebre Montesquieu, cuando éste se hallaba moribundo. Estos dos energúmenos se jactaron de haberle convencido de los méritos de la contrición y de la gracia suficiente. «Le hemos convertido —decían ellos—. En el fondo era un bendito y amaba mucho a la Compañía de Jesús. Nos ha costado trabajo hacerle reconocer ciertas verdades fundamentales, pero como en semejantes momentos se tiene siempre el espíritu más claro, terminamos por convencerle.» Este fanatismo de convertidor es tan fuerte que el fraile más disoluto dejará su querida para ir a convertir un alma al otro extremo de la ciudad.
Ludlow, más entusiasta de la libertad que fanático de la religión, y que odiaba más a Cromwell que a Carlos 1, refiere que las milicias del Parlamento siempre eran derrotadas por las tropas del rey al principio de la guerra civil. Cromwell le dijo al general Fairfax: «¿Cómo queréis que mozos de cuerda y jóvenes tenderos indisciplinados resistan a soldados pertenecientes a la nobleza, animados por el fantasma del honor? Presentémosles el fanatismo, que es un fantasma mayor que aquél. Si nuestros enemigos pelean por el rey, convenzamos a nuestras gentes que combaten por Dios. Si me autorizan, levantaré un regimiento de hermanos asesinos y os garantizo que haré de ellos fanáticos invencibles». Efectivamente, formó un regimiento compuesto de hermanos sanguinarios, locos melancólicos, e hizo de ellos tigres obedientes. El mismísimo Mahoma lo hubiera querido así.
Mas para inspirar semejante fanatismo es preciso que acompañe el espíritu de la época. En vano el Parlamento de París trataría hoy de levantar un regimiento de soguillas y menestrales; ni siquiera podría contar con diez verduleras. Sólo los hábiles pueden hacer fanáticos y dirigirlos; no basta con ser bribón y audaz.
FE. Un día, el príncipe Pico de la Mirándola se encontró con el papa Alejandro VI en casa de la cortesana Emilia. En aquellos días, Lucrecia, hija del pontífice, guardaba cama después de haber dado a luz mientras aún no se sabía en Roma si el niño era hijo del papa o del vástago de éste el duque de Valentinois, o del marido de Lucrecia, Alfonso de Aragón que según fama era impotente. La conversación que medió entre ambos fue muy amena y el cardenal Bembo nos refiere parte de ella. «Príncipe Pico —le dijo el Papa—, ¿quién crees que es el padre de mi nieto?» «Creo que es vuestro yerno», respondió el príncipe. «¿Cómo puedes creer semejante tontería?» «La fe me lo hace creer.» «¿Ignoras que el impotente no puede tener hijos?» «La fe consiste —replicó el príncipe— en creer cosas imposibles; además, el honor de vuestra casa exige que el hijo de Lucrecia no se considere como fruto de un incesto. Misterios más incomprensibles me habéis hecho creer. ¿No debo convencerme de que habló una serpiente, que desde entonces quedó la humanidad condenada, que la borrica de Balaán habló con elocuencia y que las murallas de Jericó cayeron al suelo por el son de las trompetas?» El príncipe recitó a continuación un rosario de todas las cosas admirables que creía y Alejandro se dejó caer en un sofá, sin poder contenerse de risa. «Creo todo eso como tú —decía, sin cesar de reír—, porque sé muy bien que si no me salva la fe no me salvarán mis buenas obras.» « ¡Ah, Santo Padre! —le contestó el príncipe—. No necesitáis buenas obras ni fe, esto sólo lo necesitan los pobres profanos como yo. Vos, que sois el representante de Dios, podéis creer y hacer lo que os plazca, tenéis las llaves del cielo, y no cabe duda de que san Pedro no os dará con la puerta en las narices. Pero yo confieso que necesitaría poderosa protección si, siendo un pobre príncipe, me hubiera holgado con mi hija y hubiera usado el puñal y el veneno con tanta frecuencia como Vuestra Santidad.» Alejandro VI, dejando de reír, dijo al príncipe: «Hablemos seriamente. Decidme, ¿qué mérito puede tener decir a Dios que estamos convencidos de cosas que es imposible convencernos? Entre nosotros, decir que creemos lo imposible de creer es mentir». Pico de la Mirándola, al oír esto, se persignó, exclamando: «Vuestra Santidad me perdone, pero no sois cristiano». «No lo soy», dijo el Papa. «Me lo figuraba», repuso el príncipe. ¿Qué es la fe? ¿Es creer lo que parece evidente? No, a mí me parece evidente que existe un Ser necesario, eterno, supremo e inteligente, pero esto no es fe, es raciocinio. No tengo ningún mérito en pensar que ese Ser eterno, infinito, que es la virtud y la bondad, quiere que yo sea virtuoso y bueno. La fe consiste en creer, no lo que parece verdad, sino en lo que parece falso a nuestro entendimiento. Los asiáticos sólo por la fe pueden creer el viaje que hizo Mahoma por los siete planetas, las encarnaciones del dios Fo, las de Visnú, las de Xaca, de Brahma, etc., y someten su entendimiento, tienen miedo de examinar y, como no quieren ser empalados, ni quemados, dicen: «Creo:D.
Lo mismo sucede a los cristianos: su fe en las cosas que no entienden se funda en las cosas que entienden; tienen motivos de credibilidad. Si Jesucristo obró milagros en Galilea, luego debemos creer lo que dijo, y para saber lo que dijo es preciso consultar la Iglesia. Esta ha decretado que los libros que hablan de Jesucristo son auténticos, por tanto es preciso creer esos libros. Ellos nos dicen que quien no escucha a la Iglesia debe ser considerado como publicano o pagano; así, debemos escuchar a la Iglesia para no ser desterrados como intendentes generales prevaricadores y debemos someterle nuestra razón, no por credulidad infantil o ciega, sino por la creencia dócil que la misma razón autoriza. Tal es la fe cristiana y sobre todo la fe romana, que es la fe por excelencia. La fe luterana, calvinista y anglicana, son execrables.
FIGURA EN TEOLOGÍA. Es innegable, y convienen en ello muchos hombres devotos, que el uso de figuras y alegorías en esta materia se ha llevado demasiado lejos, o se ha abusado de ellas. Es indudable que decir, como aseguran algunos padres de la Iglesia, que el trozo de tela roja que puso en su ventana la meretriz Rahab para avisar a los espías de Josué simboliza la sangre de Jesucristo, es un abuso del espíritu religioso, que en todo quiere encontrar misterio. Es cierto que san Ambrosio, en su libro De Noé y del Arca, emplea con escaso gusto la alegoría cuando dice que la portezuela del arca tenía la figura del ano, por el que salen los excrementos.
Las personas sensatas se extrañan de que hayan tratado de probarnos que los vocablos hebreos maher‑salat‑hasbas (tomad pronto los despojos), representen la figura de Jesucristo; que Moisés, tendiendo las manos hacia el cielo durante la batalla contra los medianitas, simbolice también a Jesús; que Judá, atando su asno a la vid y lavando su mano con vino represente también una figura alegórica; que Rut, acostada con Booz, sea una representación de la Iglesia; que Sara y Raquel figuren ser la Iglesia, y Agar y Lía la Sinagoga, y que los besos de la Sulamita en la boca figuren el desposorio de la Iglesia. Podríamos escribir un volumen de símbolos parecidos que muchos teólogos modernos califican de fantasiosos más que de edificantes.
El peligro de este abuso lo reconoce categóricamente el abate Fleury en su Historia eclesiástica. Este abuso es una reminiscencia del rabinismo defecto en el que nunca incurrió el sabio san Jerónimo. Este abuso se parece a la interpretación de los sueños, a la quiromancia. Cuando una doncella, soñando, veía agua turbia y burbujeante, era augurio de que su matrimonio sería desgraciado, y cuando la veía clara, que encontraría un buen marido; la aparición de una araña auguraba tener dinero... ¿Podrá creer la posteridad ilustrada que durante cuatro mil años se han estado haciendo estudios serios sobre la interpretación de los sueños?
Figuras simbólicas. Todas las naciones las han utilizado, pero, ¿cuál de ellas fue la primera? No es fácil que fueran los egipcios, pues más de una vez hemos probado que Egipto no es un país muy antiguo y necesitó siglos para preservar su territorio de las inundaciones y hacerlo habitable. Es imposible que los egipcios idearan los signos del Zodíaco, porque las figuras que designan las épocas de nuestras sementeras y siegas no coinciden con las suyas. Cuando segamos las mieses, su región está llena de agua, y cuando nosotros sembramos, ellos están próximos a recoger las cosechas. El toro de nuestro Zodíaco y la hija cargada de espigas no pueden tener su origen en Egipto.
Eso es prueba evidente de la falsa teoría que afirma que los chinos son una colonia egipcia. Sus caracteres son diferentes. Los chinos marcan el curso del sol mediante veintiocho constelaciones, y los egipcios, copiándolo de los caldeos, contaban doce al igual que nosotros. Las figuras que designan a los planetas son, en China y las Indias, distintas de las de Egipto y Europa, como es diferente la manera de llevar la mano cuando escribimos. Por tanto, es pura quimera pretender que los egipcios fueron a poblar China.
Todas las fundaciones fabulosas que tuvieron lugar en épocas también fabulosas, hicieron perder un tiempo precioso a muchísimos sabios, que se han perdido en laboriosas indagaciones y que hubieran podido ser útiles al género humano dedicándose al estudio de las artes verdaderas.
Pluche, en su historia, o mejor, en su fábula del cielo, nos asegura que Cam, hijo de Noé, fue a reinar a Egipto, donde no había nadie; que su hijo Menes fue el mayor de los legisladores y Thaut su primer ministro. Según dicho autor, Thaut, u otro ministro, instituyó las fiestas en honor del diluvio, y que el grito de júbilo Io Bacché, tan famoso entre los griegos, era grito de lamentación entre los egipcios. Bacché derivaba del vocablo Beke, que significa sollozos, y este origen se atribuye en una época en que el pueblo hebreo aún no existía. Ciñéndonos a su explicación, diremos que júbilo quiere decir tristeza, y cantar significa llorar.
Los iroqueses, más sensatos, no han tratado de informarse de lo que aconteció en el lago de Ontario hace unos miles de años y se dedican a la caza en vez de entregarse a exponer sistemas.
Los mismos autores aseguran que las esfinges que adornaban Egipto significan superabundancia, porque los intérpretes han aseverado que el vocablo hebreo spang significaba exceso, como si la lengua hebraica, que en gran parte deriva de la fenicia, hubiera servido de módulo a Egipto. Además, ¿qué relación hay entre la esfinge y la abundancia de agua? Los intérpretes futuros pueden sostener un día con tanta verosimilitud como los intérpretes del pasado, que los mascarones que adornan la clave de las cimbras de nuestras ventanas son alusiones a nuestras mascaradas, y que dichos adornos anunciaban que se daban bailes en todas las casas que decoraban.
FILIBUSTEROS. No sabemos la etimología de filibusteros no obstante, la generación pasada nos ha referido las hazañas que realizaron y estamos hablando de ellos todos los días. En vista de esto, hay que desconfiar de los orígenes y las etimologías que creemos haber encontrado.
Los filibusteros empezaron a aparecer en la época del cardenal Richelieu, cuando españoles y franceses aún se aborrecían porque Fernando el Católico se había burlado de Luis XII y porque Francisco I fue hecho prisionero en la batalla de Pavía, cuando ese odio era tan intenso que el falso autor de la historieta política, que tomó el nombre de cardenal Richelieu, se atrevió a llamar a los españoles «nación insaciable y pérfida que convertía las Indias en tributarias del infierno», cuando Francia no tenía posesiones en América y barcos españoles llenaban los mares. Los filibusteros fueron al principio aventureros franceses que apenas llegaron a ser corsarios.
Uno de ellos, apellidado Le Grand, natural de Dieppe, asociándose con cincuenta corajudos, fue a probar fortuna con una embarcación que ni siquiera tenía cañones. Un día, al ver un galeón que se había separado de la flota española, se arrimó a él fingiendo ser su patrón e iba a venderle mercaderías, y escaló el navío seguido de los suyos. Entró en la cámara donde el capitán estaba jugando a las cartas, le hizo prisionero con toda la tripulación y regresó a Dieppe con el galeón cargado de riquezas. Esa aventura fue el principio de cuarenta años de hazañas inauditas.
Filibusteros franceses, ingleses y holandeses se reunían en las cuevas de Santo Domingo y de las pequeñas islas de San Cristóbal y Tortuga, y elegían un jefe para cada expedición. Este fue el origen primitivo de los reyes. Si en vez de filibusteros se hubieran reunido labradores, no habrían necesitado un señor, porque éste no hace falta para sembrar trigo, segarlo y venderlo.
Cuando los filibusteros conseguían reunir un importante botín, compraban un barco y cañones. Con el producto de las rapiñas lograron poseer varios navíos, y si alcanzaban reunir cien hombres, los demás creían que al menos eran mil, porque resultaba difícil escapar de sus garras, y más difícil todavía poderlos alcanzar. Eran aves de presa que atacaban en cualquier punto y luego se escondían en sitios inaccesibles. Tan pronto atravesaban cuatrocientas o quinientas leguas de mar costeando, como andaban a pie o a caballo doscientas leguas por tierra.
Sorprendieron y saquearon las ciudades ricas de Chagra, Mecaizabo, Veracruz, Panamá, Puerto Rico, Campeche, Santa Catalina y los arrabales de Cartagena. Uno de esos filibusteros, apellidado Olonois, llegó hasta las puertas de La Habana con sólo veinte hombres, retirándose en seguida a Cote. El gobernador envió a perseguirle un navío de guerra con soldados y el verdugo, pero Olonois se apoderó del navío. El mismo decapitó a los soldados españoles que atrapó y envió el verdugo al gobernador (1). Ni los romanos ni otros pueblos de bandidos realizaron nunca hazañas tan portentosas. El viaje del almirante Ansón alrededor del mundo fue un agradable paseo comparado con las correrías de los filibusteros por el mar del Sur y lo que realizaron en tierra firme. Si hubieran tenido una política igual a su indomable arrojo, habrían fundado un gran imperio en América.
(1) Más tarde, los indígenas capturaron y se comieron a Olonois.
Carecían asimismo de mujeres, pero en vez de raptar a las Sabinas y casarse con ellas, como se dice hicieron los romanos, sacaron mujeres del hospicio y la casa reformatorio de París, y de este modo ni siquiera lograron formar una generación.
Fueron más crueles con los españoles que los judíos con los cananeos. Se cuenta que un holandés, apellidado Roc, asó en parrillas a muchos españoles e hizo que los comieran sus compañeros. Sus expediciones fueron siempre escaramuzas de ladrones y nunca campañas de conquistadores; por eso los llamaron ladrones en las Indias occidentales. Cuando sorprendían una localidad y entraban en casa de un padre de familia, le torturaban hasta que descubría sus tesoros.
Lo que hizo inútiles sus hazañas fue su vida licenciosa y disoluta, en la que gastaban todo lo adquirido en las rapiñas y asesinatos. Hoy no queda de ellos más que el nombre. Eso fueron los filibusteros. Pero, ¿qué pueblo de Europa no lo fue? ¿Qué eran los godos, alanos, vándalos y hunos, más que filibusteros? ¿Qué fueron Rollon, que se afincó en Normandía, y Guillermo Fierabrás, sino filibusteros más hábiles? Clovis, ¿no fue también un filibustero que desde las orillas del Rin corrió a lanzarse sobre las Galias? .
FILOSOFÍA. He peregrinado cerca de cuarenta años por dos o tres rincones del mundo buscando esa piedra filosofal llamada la verdad. He consultado a todos sus adeptos de la Antigüedad, Epicuro y san Agustín, Platón y Malenbraque, y estoy tan a ciegas como al principio. Quizá en los crisoles de esos filósofos haya una o dos onzas de oro, pero todo lo demás es residuo, caput mortuum, fango estéril, con el que nada puede hacerse.
Siempre me ha parecido que los griegos fueron nuestros maestros, si bien escribían más para ostentación de su ingenio que para instruir. No encuentro un solo autor de la Antigüedad que haya seguido un sistema metódico y claro y proceda razonablemente, tratando de unir y combinar los sistemas de Platón, Aristóteles y los orientales. Tal es poco más o menos la sustancia que de ellos he podido reunir.
No es un ser inteligente, como yo, el que planeó la creación del mundo, porque yo no puedo crear ni una higa; luego, el mundo es obra de una inteligencia prodigiosamente superior.
Ese ser, que posee inteligencia y poder omnímodos, ¿existe necesariamente? Sí, porque es indispensable haya recibido el ser de otro o exista por propia naturaleza. Si recibió el ser de otro, lo que es difícil de concebir, tengo que recurrir a este otro y ese otro será el primer motor. Cualquiera de las dos cosas que elija, tengo que admitir siempre un primer motor poderoso e inteligente que lo sea necesariamente por propia naturaleza.
Ese primer motor, ¿creó las cosas de la nada? Esto no se concibe; crear de la nada es convertir la nada en algo. No debo admitir tal creación, cuando menos hasta que encuentre razones incontrovertibles que me obliguen a admitir lo que mi inteligencia no puede comprender.
Todo lo existente parece que exista de modo necesario, dado que existe, porque si hay actualmente una razón para demostrar la existencia de las cosas, también la hubo ayer y la habrá en todos los tiempos y, esta causa debe haber tenido siempre su efecto, porque si no toda la eternidad habría sido una causa inútil.
Ahora bien, ¿cómo habrán existido las cosas siempre, estando visiblemente bajo la dirección del primer motor? Será, pues, indispensable que esa potencia haya obrado siempre; lo mismo, poco más o menos, que no puede haber sol sin luz, que no puede haber movimiento sin que exista un ser, sin que éste pase de un punto del espacio a otro.
Luego existe un ser poderoso e inteligente que obra siempre, porque si no hubiera obrado, ¿de qué le serviría su existencia? Todas las cosas son, pues, emanaciones eternas de ese primer motor.
Mas ¿cómo concebir que la piedra y el cieno sean emanaciones del Ser Eterno inteligente y poderoso? Hay que escoger entre este dilema: la materia de la piedra y del cieno existe necesariamente por sí misma, o existe porque le da vida el primer motor. No puede haber término medio. Por lo tanto, hay que tomar uno de estos dos partidos: la materia es eterna por sí misma, o la materia es producto del Ser poderoso e inteligente.
Pero, subsistiendo por propia naturaleza o emanada del ser protector existe para toda la eternidad, puesto que existe. Si la materia es eternamente necesaria es, pues, imposible, es contradictorio, que no lo sea. Mas ¿qué hombre puede asegurar que es imposible y contradictorio que la piedra y la mosca no tengan vida? Nos vemos obligados a pararnos ante esta dificultad, que sorprende más a la imaginación que contradice los principios del raciocinio.
En efecto, desde que habéis concebido que todo emana del Ser Supremo e inteligente, que nada emana sin razón, que ese Ser que existe siempre, siempre ha debido obrar, y por lo tanto, todas las cosas debieron salir eternamente del seno de su existencia, no debéis resistiros a creer que la materia de que están formados la piedra y la mosca es una producción eterna, como no os habéis resistido a comprender que la luz es una emanación eterna del Ser omnipotente.
Puesto que yo soy un ser extenso y pensante, mi extensión y mi pensamiento son productos necesarios de este Ser. Es evidente que no puedo dotarme de extensión, ni de pensamiento; luego he recibido ambas facultades de ese Ser necesario. ¿Pudo darme lo que no tenía? Me dotó de inteligencia y me puso en el espacio; luego, es inteligente y está en el espacio. Decir que el Ser eterno, que el Dios omnipotente, en todos los tiempos llenó necesariamente el universo de sus producciones, no es privarle de su libertad; al contrario, puesto que la libertad es el poder de obrar, Dios obró siempre y por tanto utilizó siempre la plenitud de su libertad.
La libertad que algunos denominan indiferencia es una palabra sin sentido, un absurdo, porque eso sería determinarse sin razón, sería un efecto sin causa. Y Dios no puede tener esa libertad supuesta, que implica contradicción en los términos. El ha obrado siempre por la necesidad que constituye su existencia.
Es imposible, pues, que el mundo exista sin Dios y que Dios exista sin el mundo. El mundo está lleno de seres que se suceden unos a otros; luego, Dios ha creado siempre los seres que se han sucedido.
Estas aserciones preliminares constituyen la base de la antigua filosofía de los griegos. De esa regla general debemos exceptuar a Demócrito y Epicuro, cuya filosofía corpuscular refutó esos dogmas. Ahora bien, debemos tener presente que los epicúreos partían de una física equivocada y el sistema metafísico de los demás filósofos subsiste al igual que los sistemas físicos. Toda la naturaleza, exceptuando el vacío, contradice a Epicuro, y ningún fenómeno de ella está en contra de la filosofía que acabo de explicar. Una filosofía acorde con las leyes que rigen la naturaleza y aceptada por los espíritus más observadores, ¿no es superior a otro sistema no revelado?
Fuera de las aseveraciones de los antiguos filósofos que he sintetizado cuanto he podido, ¿qué nos resta? Un caos de dudas y especulaciones. No creo que jamás haya existido un filósofo que haya propuesto un nuevo sistema, que no haya confesado al fin de su vida que ha perdido el tiempo. Hay que reconocer que los inventores de las artes mecánicas han sido más útiles a la humanidad que los ideadores de silogismos. El que inventó la lanzadera fue más útil que quien halló las ideas innatas.
FILÓSOFO. El nombre de filósofo fue honrado unas veces y otras envilecido, como el de poeta, matemático, fraile y sacerdote, como todo lo que depende de la opinión ajena.
Domiciano expulsó a los filósofos y Luciano se burlaba de ellos. Pero ¿qué clase de filósofos y de matemáticos desterró el monstruo Domiciano? A jugadores de cubilete y a los que confeccionaban horóscopos, a los que decían la buenaventura, a miserables judíos que componían filtros amorosos y talismanes; a gentes de esa ralea que poseían un poder especial sobre los espíritus malignos, que los evocaban, que los hacían entrar en el cuerpo de las doncellas mediante palabras y signos, y que los expulsaban de allí sirviéndose de otros signos y otras palabras. ¿Quiénes eran los filósofos que Luciano puso en la picota? La hez del género humano, haraganes incapaces de asumir alguna profesión útil, gentes parecidas al Pobre diablo, del que se nos ha hecho una descripción tan verdadera como cómica, que no saben si mañana llevarán librea o escribirán el Almanaque del Año maravilloso, si trabajarán a jornal en los caminos reales o sentarán plaza de soldado o de clérigo, y que en espera de obtener ocupación se reúnen en los cafés para dar su opinión respecto a la comedia nueva, sobre Dios y el ser en general, y sobre los modos del ser, y luego os piden prestado y escriben un libelo para criticaros. No salieron de esa escuela Cicerón, Ático, Epicteto, Trajano, Antonino Pío, Marco Aurelio y Juliano. Tampoco se formó en esa escuela el rey de Prusia, Federico, que escribió libros filosóficos, ganó batallas y destruyó tantos prejuicios como enemigos.
Catalina II de Rusia, emperatriz victoriosa y azote de los otomanos, que gobierna con tanta gloria un imperio más vasto que el romano, es una gran legisladora porque cultiva la filosofía. Todos los príncipes del Norte son filósofos también, y el Norte avergüenza al Mediodía. Si los confederados de Polonia tuvieran tan sólo un adarme de filosofía, su patria, sus territorios y sus casas no estarían expuestos al pillaje. No se derramaría sangre en su país, ni serían los hombres más desgraciados si escucharan la voz de la razón de su rey filósofo, que en vano ha dado tantos ejemplos y lecciones de ponderación y prudencia.
El emperador Juliano era filósofo cuando escribía a sus ministros y a sus pontífices esas hermosas cartas henchidas de clemencia y sabiduría que hoy admiran aún todas las gentes honradas, pese a que condenen sus errores. Constantino no era filósofo cuando asesinó a sus parientes próximos, a su hijo y a su esposa; cuando manchado con la sangre de su familia juraba que Dios le había enviado el lábaro desde el cielo.
Es un tremendo salto pasar de Constantino a Carlos IX y a Enrique III, rey de una de las cincuenta grandes provincias del Imperio romano. De haber sido filósofos ambos reyes, el primero no habría sido culpable de la matanza de la noche de San Bartolomé, ni el segundo hecho procesiones escandalosas con sus gitones, no hubiera tenido necesidad de asesinar al duque de Guisa y al cardenal hermano de éste, y no habría muerto asesinado por un joven jacobita, fanático por la idea de Dios y de la Santa Iglesia.
Si Luis XIII hubiera sido filósofo, no habría dejado subir al patíbulo al virtuoso Thou, ni al inocente mariscal Marillac, ni permitido que su madre muriera de hambre en Colonia, y su reinado no habría constituido una larga serie de discordias y calamidades intestinas.
Comparad los muchos reyes ignorantes, supersticiosos y crueles que se han dejado gobernar por sus pasiones o las de sus ministros, con hombres como Montaigne, Charron, el canciller L'Hospital, el historiador Thou, La Mothe Le Vayer, o Locke, Schaftesbury, Sidney y Hebert, y no cabe duda que preferiríais que os gobernaran esos sabios a que lo hicieran aquellos reyes.
Cuando hablo de filósofos está claro que no me refiero a los pícaros que quieren ser los monos imitadores de Diógenes, sino a los que siguen a Platón y Cicerón.
El envarado luterano, el salvaje calvinista, el orgulloso anglicano, el fanático jansenista, el jesuita que se cree rey incluso en el destierro y en el cadalso, el sorbonista que se figura ser Padre de un concilio, y los tontos que dirigen todas esas gentes, se revuelven contra el filósofo. Son perros de diferente especie que ladran cada uno a su manera contra un hermoso caballo que pace apaciblemente en una verde pradera, sin disputarles ninguna de las carroñas con que ellos se alimentan, y por las que riñen entre sí.
Esos jesuitas hacen imprimir todos los días farragosas obras de teología filosófica, diccionarios filosófico‑teológicos, y a sus trasnochados argumentos los califican pomposamente como demostraciones y a sus sobadas tonterías, lemas y corolarios. Como los falsificadores de moneda, recubren con hoja de plata un escudo de plomo. Se sienten despreciados por todos los hombres que piensan y se ven obligados a engañar a viejas imbéciles. Este estado les humilla más que haber sido expulsados de Francia, España y Nápoles. Se pasa por todo menos por el desprecio. Dícese que cuando el diablo fue vencido por el arcángel Rafael (como está probado), ese espíritu‑cuerpo tan soberbio se consoló fácilmente porque sabía que las armas son temporales, pero cuando supo que Rafael se burlaba de él juró no perdonarle jamás. Tampoco los jesuitas perdonaron nunca a Pascal, y Jurieu calumnió a Bayle hasta en la tumba, así como todos los tartufos se desencadenaron contra Moliere hasta su muerte. En su rabia prodigan las imposturas, como en su ineptitud multiplican sus argumentos.
Uno de los calumniadores, tan pobre en argumentación como rico en malas intenciones, fue el ex jesuita Paulian, que hizo imprimir una obra teólogo‑filósofo‑rapsodia en la ciudad de Aviñón, en la que acusa a los autores de la Enciclopedia de haber dicho: «Que siendo el hombre, por naturaleza, más sensible al placer de los sentidos, esos placeres son, en consecuencia, el único objeto de sus deseos; que no hay vicio ni virtud, ni bien ni mal moral, ni justo ni injusto; que el placer de los sentidos produce todas las virtudes; que para ser feliz es preciso evitar los remordimientos, etc.» ¿En qué pasajes de la Enciclopedia, que va por la quinta edición, ha leído dicho autor esas horribles torpezas? Había que citarlas. ¿Has llevado la insolencia de tu orgullo y la demencia de tu carácter hasta pensar que van a creer tu palabra? Esas torpezas se pueden encontrar en tus casuistas, pero no en los artículos de la Enciclopedia firmados por Diderot, D'Alembert, el caballero de Jaucourt y Voltaire. No las has visto en los artículos del conde de Tressan, ni en los de Blondel, Boucher d'Argis, Marmontel, Venelle, Tronchin, D'Aubenton, D'Argenville, y tantos otros que tuvieron la generosa vocación de enriquecer el Diccronario enciclopédico y han prestado un servicio eterno a Europa. Ninguno de ellos es culpable de los horrores que tú les acusas. Sólo tú y los de tu calaña sois capaces de tan infame calumnia.
Las gentes que no piensan preguntan a menudo a los que piensan para qué ha servido la filosofía. Y éstas les responden: Para destruir en Inglaterra la rabia religiosa que hizo perecer al rey Carlos I en el cadalso; para impedir que en Suecia un arzobispo, con una bula en la mano, hiciera derramar la sangre de la nobleza; para mantener la paz de la religión en Alemania, poniendo en ridículo todas las disputas teológicas y para extinguir en España las abominables hogueras de la Inquisición.
FIN DEL MUNDO. La mayor parte de los filósofos griegos creyeron que el mundo era eterno en su principio y en su duración. Pero respecto a la pequeña parte del universo, al globo de piedra, barro, agua, minerales y vapores que habitamos, no sabían qué pensar; les parecía destructible, suponían que sufrió transformaciones más de una vez y volvería a padecerlas. Cada cual juzgaba al mundo entero por la parte que en él ocupaba su país.
La idea del fin del mundo y su renovación impresionaba a los pueblos sometidos al Imperio romano en la época terrible de las guerras civiles de César y Pompeyo. Virgilio, en sus Geórgicas, se hace eco del temor general que reinaba en aquella época cuando dice: «El universo, sorprendido y aterrorizado, tiembla por temor de hundirse otra vez en la eterna noche». Lucano se expresa con mayor claridad acerca de esto, cuando en la Farsalia dice: «¿Qué importa el triste y falso honor de ser condenado a la hoguera? El fuego ha de consumir el cielo, la tierra y el mar; todo se convertirá en hoguera en la que el mundo será ceniza». Ovidio dice también en las Metamorfosis: «Así lo ha dispuesto el implacable destino: un diluvio de fuego consumirá el aire, la tierra, el mar y los palacios de los dioses». Cicerón, en su libro De la naturaleza de los dioses se expresa en los siguientes términos: «Según opinión de los estoicos, el mundo entero se convertirá en fuego, habiéndose consumido el agua; la tierra no producirá alimentos, ni podrá existir el aire porque del agua recibe su ser; de manera que el fuego quedará solo. Ese fuego será Dios, que reanimándolo todo renovará el mundo y le volverá a dar su primitiva belleza».
La física de los estoicos, al igual que toda la física antigua, es absurda, pero prueba que esperaban la destrucción del mundo por medio del fuego.
Más sorprendente todavía es que el gran Newton opinara lo mismo que Cicerón. Engañado por un falso experimento de Bayle, cree que la humedad del planeta, a la larga, se ha de secar, y será preciso que Dios lo reforme. Vemos, pues, que los dos hombres más grandes de la antigua Roma y de la moderna Inglaterra son del parecer de quienes creen que llegará un día en que el fuego venza al agua.
La idea de que el mundo se destruiría y renovaría estaba arraigada en los pueblos de Asia Menor, Siria y Egipto, desde las guerras civiles de los sucesores de Alejandro. Las luchas intestinas de los romanos aumentaron el terror de las naciones que fueron víctimas de ellas, que esperaban la destrucción del mundo y una renovación de él, que no había de disfrutar. Los hebreos, tanto los afincados en Siria como los de la diáspora, participaron del temor común. Por eso no se sorprendieron los judíos cuando Jesús les decía, según el Evangelio de Mateo y de Lucas: El cielo y la tierra pasarán. El reinado de Dios se acerca.
Pedro anuncia que se ha predicado el Evangelio a los muertos y que el fin del mundo se aproxima. Esperamos —dice— nuevos cielos y una tierra nueva. Juan, en su primera carta: Ahora aparecen muchos Anticristos, lo que nos da a conocer que la última hora se acerca.
Lucas predice con más detalle el fin del mundo que el juicio final:
«Se verán signos en la luna y en las estrellas, se oirán ruidos en el mar y en los ríos; los hombres, consumidos de temor, esperarán lo que debe acontecer al universo entero. Las virtudes de los cielos se conmoverán, y los mortales contemplarán entonces al Hijo del hombre descendiendo en una nube, con gran poder y soberbia majestad. En verdad os digo que no se extinguirá la generación presente sin que todo esto se realice.»
Comprendemos que los incrédulos nos van a echar en cara esta predicción, deseando que nos sonrojemos de que el mundo exista todavía. Aquella generación pasó —dicen— y no ha tenido lugar la profecía. Lucas pone en boca del Salvador lo que jamás dijo, o debemos deducir que Jesucristo se engañó a sí mismo, lo que sería una blasfemia. Se puede, sin embargo, cerrar la boca a esos impíos objetándoles que esa predicción, que parece falsa tomada al pie de la letra, es verdadera en el fondo, que el universo entero en ese contexto significa Judea, y que el fin del universo significa el imperio de Tito y sus sucesores.
Pablo, en su epístola a los tesalonicenses, se expresa con energía: «Nosotros, que vivimos y os hablamos, seremos transportados a las nubes para ir a través de los aires a comparecer ante el Señor». Según las palabras inequívocas de Lucas y de Pablo, el mundo debía terminar en el imperio de Tiberio, o lo más tardar en el de Nerón. No se realizaron las predicciones de uno y otro. Indudablemente, tales predicciones no se hicieron para la época en que vivían los evangelistas y los apóstoles, sino para tiempos futuros, que Dios oculta a los hombres.
Mas lo cierto es que todos los pueblos conocidos entonces esperaban el fin del mundo, una nueva tierra, un nuevo cielo. Durante más de diez siglos, los clérigos recibieron numerosos legados que los donantes entregaban con estas palabras: «Estando próximo el fin del mundo, yo, por la salvación de mi alma y no ser colocado entre los machos cabríos, hago donación de estas o aquellas tierras a tal o cual convento». El miedo obligó a los necios a enriquecer a los tunantes.
Los egipcios fijaron el fin del mundo a los treinta y seis mil quinientos años cumplidos. Dícese que Orfeo lo fijó en los ciento veinte mil.
El historiador Flavio Josefo asegura que, habiendo predicho Adán que el mundo terminaría dos veces, una por agua y otra por fuego, los hijos de Set, queriendo que los hombres guardaran en su memoria ese cataclismo, hicieron grabar las observaciones astronómicas en dos columnas, una de ladrillos, para que pudiera resistir el fuego que debía consumir el mundo, y la otra de piedra, para que resistiera las aguas que debían anegarlo. Pero ¿cómo podían creer los romanos lo que decía un esclavo judío que les hablaba de un Adán y de un Set que desconocía todo el mundo? Se reirían de ello. De lo dicho se infiere que sabemos muy poco de los tiempos pasados, conocemos bastante mal lo que acontece al presente, e ignoramos lo que acaecerá en el porvenir.
FRANCISCO JAVIER. Creemos conveniente decir algunas verdades referentes a la vida de Francisco Javero, más conocido por Javier y apellidado el Apóstol de las Indias. Muchísimas gentes creen todavía que estableció el cristianismo en toda la costa meridional de las Indias, en unas veinte islas, y sobre todo en el Japón. No hace aún treinta años que no se permitía dudarlo en Europa.
Los jesuitas se atreven a compararle con san Pablo, y escribieron sus viajes y milagros Tursellin, Orlandin, Lucena y Bartolí, todos ellos jesuitas, pero poco conocidos en Francia.
Cuando el jesuita Bouhours publicó la historia del santo, pasó por un hombre de talento. Vivía en la más excelente compañía de París, y no me refiero a la Compañía de Jesús, sino a los personajes de más viso en el mundo que se distinguían por el ingenio y el saber. Tuvo fama de purista literario exento de afectación y llegó a ser propuesto candidato a la Academia Francesa, que haciendo caso omiso de las reglas de su instituto admitió en su corporación Además, el padre Bouhours, gozaba de gran influencia en su orden, que entonces, por prestigio casi inconcebible, dirigía a todos los príncipes católicos.
Empezaba en aquella época a abrirse camino la sana crítica, pero sus progresos eran lentos y los autores, por regla general, se ocupaban entonces más de cuidar el estilo que de escribir verdades. Bouhours publicó las vidas de san Ignacio y san Francisco Javier, sin atraerse a ninguna crítica. Apenas le censuraron que comparara a san Ignacio con César.
Debemos confesar que Francisco Javier puede compararse con Alejandro en que ambos fueron a las Indias, como Ignacio se parece a César en que, como él, estuvo en la Galia, pero Javier, venciendo al demonio, fue más allá que el vencedor de Darío. Reconforta el corazón verle convertir infieles voluntariamente, de España a Francia, de Francia a Roma de Roma a Lisboa y de Lisboa a Mozambique, luego de haber dado la vuelta al Africa. Se quedó mucho tiempo en Mozambique, donde recibió de Dios el don de la profecía; a continuación, pasó a Melenda y disputó sobre el Corán con los mahometanos, que entenderían tan bien su idioma como él entendería el de ellos. En un barco portugués arriba a la isla Socotora, que es sin duda la de las Amazonas, y convierte a todos los insulares y edifica una iglesia; desde allí pasa a Goa, donde descubre una columna en la que santo Tomás había escrito que un día nuestro santo misionero llegaría allí a establecer la religión cristiana que floreció antiguamente en la India. Javier pudo leer de corrido los antiguos caracteres hebreos o hindúes en que estaba escrita la profecía. Empuña luego una campanilla, reúne a su alrededor todos los niños, les explica el Credo y los bautiza. Su mayor placer consistió en unir en santo matrimonio a los indios con sus queridas.
Desde Goa va a cabo Comorín, la costa de la Pesquería y al reino de Travancor. En cuanto llega a un país le entra la comezón de dejarlo y embarca en el primer barco portugués que encuentra, sin importarle la ruta que lleve. Con tal de viajar está contento. Le reciben por caridad y vuelve dos o tres veces a Goa, Cochin, Cori, Negapatán y Meliapar. Ve un barco que zarpa para Malaca y se embarca en él y arriba a Malaca con el pesar de no haber visto Siam, Pegú y Tonkín.
A continuación visita la isla de Sumatra, Borneo y Macasar, y las islas Molucas, Ternata y Amboina. El rey de Ternata tenía en su inmenso serrallo cien mujeres como esposas legales y más de setecientas concubinas. Lo primero que hace Javier es echarlas a todas. Es de advertir que dicha isla no tiene más que dos leguas de diámetro.
Desde allí, a bordo de otro navío portugués, recala en la isla de Ceilán, y vuelve de nuevo a Goa y Cochin. Los portugueses comerciaban ya con el Japón y Javier embarcó en un buque que se dirigía a dicho país, del que recorrió casi todas las islas. En resumen, y utilizando las palabras del jesuita Bouhours, así se pusieran una tras otra todas las leguas de los viajes que hizo Javier, andándolas se podría dar muchas veces la vuelta al mundo».
Nótese que empezó a viajar en el año 1542 y falleció en 1552. Si tuvo tiempo suficiente para aprender el idioma de los países que recorrió, hizo un verdadero milagro, y si poesía el don de las lenguas fue todavía un milagro mayor. Por desgracia, en muchas de sus cartas dice que se veía obligado a servirse de intérpretes y en otras confiesa su dificultad para aprender la lengua japonesa, que no podía pronunciar bien.
El jesuita Bouhours, transcribiendo algunas de sus cartas, no duda que Francisco Javier tuvo el don de las lenguas, pero confiesa «que no lo tenía siempre, sino en muchas ocasiones, porque sin haber aprendido la lengua china predicaba todas las mañanas en chino en Amaguchi», que es la capital de una provincia del Japón.
Pero debió saber al dedillo las lenguas orientales, porque en dichas lenguas compuso canciones del Padrenuestro, del Avemaría y del Credo, para instruir a los niños de ambos sexos.
Es admirable que nuestro misionero, que necesitaba intérpretes, hablara todas las lenguas a la vez, como los apóstoles. Y cuando hablaba en portugués, los indios, chinos y japoneses, ¿le entendían? En una ocasión que estaba hablando sobre la inmortalidad del alma, el movimiento de los planetas, los eclipses de sol y de luna, sobre el pecado y la gracia, y el paraíso y el infierno, le llegaron a entender veinte personas de diferentes naciones.
Algunos se preguntan cómo ese hombre consiguió hacer tantas conversiones en el Japón. A ello debe contestarse sencillamente que no las hizo, pero que otros jesuitas que permanecieron mucho tiempo en aquel país, merced a los tratados convenidos entre los reyes de Portugal y los emperadores del Japón, convirtieron a tanta gente que provocaron una guerra civil y, según cuentan, costó la vida a cuatrocientos mil hombres. Este fue el prodigio más conocido que obraron los misioneros en el Japón. Pero los de Francisco Javier no dejan de tener su mérito.
Entre los múltiples milagros que hizo figura en primer lugar el de los ocho niños resucitados. Y el jesuita Bouhours dice que «el mayor milagro de Javier no fue el de resucitar muchos muertos, sino el de no morir él de fatiga». El más divertido de sus milagros fue que habiéndosele caído el crucifijo que llevaba en el mar, cerca de la isla Baranura, que yo creo debía ser la Barataria, a las veinticuatro horas se lo presentó un cangrejo entre sus patas. Y el más sorprendente de todos (y después de hablar de éste ya no es menester hablar de ningún otro) el que tuvo lugar durante una tempestad que duró tres días, estando continuamente y al mismo tiempo en dos barcos. Uno de ellos estaba a ciento cincuenta leguas del otro y sirvió de piloto a los dos al mismo tiempo. Dieron fe de este milagro todos los pasajeros, que no podían engañar ni ser engañados.
Todo ello, aunque parezca mentira, se escribió seriamente y con éxito en el siglo de Luis XIV, el de las Cartas provinciales, las tragedias de Racine, del Diccionario de Bayle y otras muchas obras sabias.
Cabría considerar como una especie de milagro que un hombre de talento como Bouhours se prestara a sacar a la luz semejantes extravagancias, si no supiéramos a qué excesos el espíritu de corporación y sobre todo el espíritu monacal arrastran a los hombres. Se conservan cerca de doscientos volúmenes parecidos al libro de que venimos ocupándonos, compilados por frailes. Lo grave en ello es que los enemigos de los frailes también compilan, pero como lo hacen con más gracia se leen más. Es un verdadero pesar que no se mire a los frailes en las decimononas partes de Europa con el profundo respeto y la justa veneración con que los miran todavía en algunas aldeas de Aragón y Calabria.
Después de hablar de Francisco Javier, ya no es preciso discutir la historia de los demás Franciscos.
FRAUDE. (¿Hay que usar fraudes piadosos con el pueblo?) El faquir Bambabef se encontró un día con un discípulo de Confucio que se llamaba Uang; aquél defendía que el pueblo tiene necesidad de ser engañado, y Uang opinaba que nunca se debe engañar a nadie. He aquí, resumida, su disputa.
BAMBABEF. Hay que imitar al Ser Supremo, que no nos muestra las cosas como son. Nos hace ver el sol bajo un diámetro de dos o tres pies, cuando ese astro es un millón de veces mayor que la Tierra; nos presenta la luna y las estrellas fijas sobre un mismo fondo azul, estando a distancias diferentes; quiere que una torre cuadrada vista de lejos nos parezca redonda, y que el fuego se nos antoje caliente, sin ser caliente ni frío. En fin, nos rodea de errores adecuados a nuestra naturaleza.
UANG. LO que llamáis error no lo es. El sol, cuya distancia de nuestro Globo se cifra en millones de millones de leguas, no es el que nosotros vemos. Realmente, no percibimos ni podemos percibir más que el sol que se refleja en nuestra retina, bajo un ángulo determinado. No se nos han dado los ojos para medir magnitudes ni distancias; debemos recurrir a otras operaciones para conocerlas.
Bambabef quedó sorprendido con estas palabras. Uang, que era muy paciente, le explicó la teoría de la óptica y Bambabef, que no tenía nada de lerdo, se rindió ante las demostraciones del discípulo de Confucio. Luego, reemprendió la disputa en los siguientes términos:
BAMBABEF. Si Dios no nos engaña por medio de nuestros sentidos, como yo creía, confesad al menos que los médicos engañan siempre a los niños por su bien: dicen que les dan azúcar y, en vez de azúcar, les ofrecen ruibarbo. Yo, un faquir, puedo pues engañar al pueblo, que es tan ignorante como los niños.
UANG. Yo tengo dos hijos y nunca les he engañado. Cuando están enfermos les digo: «He aquí una medicina muy amarga que debemos tener el coraje de tomarla; te perjudicaría si fuera dulce». Nunca he permitido que sus ayos y preceptores les infundan miedo con espíritus, aparecidos, trasgos y brujos, y de este modo he hecho de ellos jóvenes ciudadanos corajudos y juiciosos.
BAMBABEF. El pueblo no ha tenido tanta suerte como vuestra familia.
UANG. Todos los hombres son iguales y han nacido con las mismas cualidades. Son los faquires los que corrompen la naturaleza de los hombres.
BAMBABEF?. Confieso que les enseñamos errores, pero es por su bien. Les hacemos creer que si no compran nuestros clavos benditos y no expían sus pecados dándonos dinero, se convertirán en la otra vida en caballos de posta, en perros, en lagartos... Esto les intimida y llegan a ser personas honradas.
UANG. ¿NO veis que pervertís a esas pobres gentes? Entre ellos hay más de los que creéis que razonan, se burlan de vuestros clavos, de vuestros milagros y vuestras supersticiones, que saben muy bien que no se convertirán en caballos de posta, ni en lagartos. Y entonces, ¿qué sucede? Tienen bastante sentido común para comprender que les predicáis una religión absurda, pero no el suficiente para elevarse hacia una religión pura y despojada de superstición, como la nuestra. Sus pasiones les inducen a no creer en ninguna religión porque la única que se les enseña es ridícula; vosotros seréis los culpables de sus vicios.
BAMBABEF. De ningún modo, porque sólo les enseñamos la moral buena.
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