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H

 

HÁBIL, HABILIDAD. Hábil es un adjetivo que, como todos, tiene varias acepciones según su uso. Deriva de la voz latina habilis, y no como asevera Pezron del vocablo celta hábil. Pero de las palabras importa más saber la significación que su origen.

 

En general, hábil significa más que capaz, más que instruido, ya se refiera a un artista, un jefe militar, un sabio o un magistrado. Puede un hombre haber leído todo lo escrito sobre la guerra y hasta haberla presenciado, sin que por ello sea hábil para dirigirla. Puede ser capaz de dirigirla, mas para merecer el calificativo de general hábil, es preciso haber mandado muchas veces con éxito.

 

Un magistrado puede conocer todas las leyes y no ser hábil para aplicarlas, y un sabio puede no ser hábil para escribir ni para enseñar. El hombre hábil es el que hace brillante uso de lo que sabe; el capaz puede, tiene capacidad, y el hábil ejecuta, realiza. Este adjetivo se aplicaría impropiamente a las artes, fruto del genio; por eso se dice un hábil poeta un hábil orador, y si algunas veces se aplica al orador, es cuando logra salir airoso de un asunto espinoso; por ejemplo, Bossuet, en la oración fúnebre al gran Condé refiriéndose a las guerras civiles, dice que hay en ellas una penitencia tan gloriosa como la inocencia misma. Trata ese punto hábilmente, y en el resto del discurso habla con grandeza.

 

Es hábil el historiador que ha extraído los datos de buenas fuentes, que coteja los relatos, que juzga con criterio exacto, en fin, que ha trabajado mucho para escribir la historia. Si por añadidura tiene el don de narrar con la elocuencia conveniente, es más que hábil, es un gran historiador, como Tito Livio.

 

La palabra hábil encaja perfectamente en las artes en que intervienen la mano y el ingenio, como la pintura y la escultura. Se puede decir es un pintor hábil es un escultor hábil, porque esas dos artes suponen un largo aprendizaje, mientras que el hombre nace poeta, como Virgilio y Ovidio, y es orador habiendo estudiado poco, como muchos predicadores. ¿Por qué, sin embargo, se dice de un predicador que es hábil? Porque en este caso prestamos más atención al arte que a la elocuencia, y calificándole así no le ofrecemos un gran elogio. No se le dice hábil al sublime Bossuet; el músico ejecutante puede ser hábil, pero el compositor debe ser más que hábil, necesita tener genio.

 

Para que un hombre de negocios sea hábil necesita ser instruido, prudente y activo, si carece de esas tres cosas, no es hábil. Decir que un cortesano es hábil parece que sea censurarle más que elogiarle, porque a menudo queremos decir que es un gran adulador. También puede significar un hombre listo que no es bajo ni perverso. El zorro a quien el león pregunta si hiede su guarida y contesta que está estreñido, es un cortesano hábil. El zorro que por vengarse de una calumnia del lobo aconseja a un león viejo que para calentarse se abrigue con la piel de un lobo recién despellejado, no es un cortesano hábil, es un hábil tunante.

 

Hábil en jurisprudencia significa el reconocimiento de su capacidad en leyes, y capaz, en este caso, equivale a decir que tiene derecho o puede tenerlo.

 

El adjetivo habilidad se aplica a la capacidad, así como hábil indica capaz; por eso decimos tal hombre tiene habilidad en una ciencia, en un arte o en su proceder. Expresa una cualidad adquirida cuando decimos: ese joven tiene habilidad. Expresa un acto cuando decimos: ese joven dirigió este negocio con habilidad. Hábilmente tiene también las mismas acepciones. Ese joven trabaja, juega y enseña hábilmente. No vale la pena seguir cuando se trata de asuntos tan insignificantes.

 

HEREJÍA. Es un vocablo griego que significa creencia, opinión escogida. No hace ningún honor a la razón humana que los hombres se hayan odiado unos a otros, se hayan perseguido y se hayan asesinado por mantener opiniones distintas, y mucho menos honra a la razón que esa manía sea peculiar de ella, como la lepra lo fue de los judíos y la viruela de los caraibos.

 

Todo el mundo sabe, hablando teológicamente, que la herejía se convierte en crimen, y la palabra que lo designa, en injuria. Y esto porque como sólo la Iglesia tiene razón, le asiste el derecho de reprobar a los que mantienen opinión distinta de la suya. Lo grave es que la Iglesia griega también tuvo el mismo derecho; por eso reprobó a los romanos cuando admitieron un credo distinto al de los griegos respecto a la concesión del Espíritu Santo, al comer carne en Cuaresma, a la autoridad del Papa...

 

Pero, ¿en qué se fundaron para llegar a quemar vivos a los hombres, los que fueron más fuertes, cuando los más débiles profesaron creencias contrarias a las de aquéllos? Sin duda, los abrasados fueron criminales ante Dios por estar tercamente obcecados, y deben arder durante una eternidad en el infierno. Pero, ¿por qué quemarles en este mundo a fuego lento? Además de que despachándoles de ese modo se adelantaban a la justicia de Dios, ese suplicio era tan cruel como inútil, porque una hora de sufrimiento añadida a la eternidad es nada, o casi nada.

 

Los hombres devotos, o mejor fanáticos, replican a estos reproches que era justo poner sobre las llamas a quienes opinan lo contrario que ]a Iglesia latina, porque es conformarse con los designios de Dios quemar a los que Él hará quemar más tarde, y ya que el suplicio de la hoguera, que dura una hora o dos, es nada comparado con la eternidad, importa poquísimo que se quemen los herejes de cinco o de seis provincias.

 

Tal vez haya quien pregunte hoy en día en qué país de caníbales se suscitaron semejantes cuestiones y se resolvieron matando a fuego lento a ingente número de hombres, y con vergüenza tenemos que contestar que eso acaeció en nuestro país, en las mismas ciudades que hoy se entregan a los placeres de la ópera, la comedia, los bailes, las modas y el amor.

Desgraciadamente, fue un tirano el que introdujo la novedad de condenar a muerte a los herejes, y no fue uno de esos tiranos equívocos que considera santo un credo y monstruo el credo contrario. Se llamaba Máximo, que competía en crueldad con Teodosio I, reconocido como verdadero tirano por el imperio, tomando este vocablo en todo su rigor. Hizo morir en Tréveris, por mano de los verdugos, al español Prisciliano y sus adeptos, cuyas opiniones juzgaron erróneas algunos obispos de España (1). Esos prelados, tras obtener de Máximo el suplicio de los priscilianos, llegaron a exigirle que ordenara decapitar a san Martín por hereje, pero éste tuvo la suerte de escapar de Tréveris y regresar a Tours.

 

Sólo se necesita un caso para establecer una costumbre. Al primer escita que cortó la cabeza a su enemigo y transformó su cráneo en copa siguieron imitándole los más ilustres hombres de Escitia. De la misma manera, pues, el suplicio de Prisciliano consagró la costumbre de emplear los verdugos para ajusticiar a los herejes.

 

En las religiones antiguas no se encuentran herejías porque sólo conocieron la moral y el culto. En cuanto la metafísica se introdujo en el cristianismo, empezaron las disputas y de éstas nacieron diferentes tendencias, lo mismo que en las escuelas de filosofía. Era imposible que la metafísica no contaminara sus incertidumbres a la fe en Jesucristo, quien nada escribió y cuya encarnación constituía un problema que los paleocristianos, no inspirados por el mismo Dios, resolvían de diferentes formas. Cada uno aceptaba un credo, dice terminantemente san Pablo.

 

Durante mucho tiempo llamaron nazarenos a los cristianos, e incluso los mismos gentiles no les daban otro nombre en los dos primeros siglos, pero luego se estableció una escuela de nazarenos que creían en un evangelio distinto de los otros cuatro canónicos. Se ha supuesto que difería muy poco del de san Mateo y era anterior. San Epifanio y san Jerónimo sitúan a los nazarenos en los albores del cristianismo.

 

Los que se creían más sabios se denominaban gnósticos, o sea conocedores, y ese atributo fue durante mucho tiempo tan honroso que san Clemente de Alejandría, en sus Estromata, llama siempre buenos cristianos a los verdaderos gnósticos. «Dichosos aquellos —dice— que consiguieron la santidad gnóstica, porque quien merece ese nombre puede resistir las seducciones y da a quien le pide.» El quinto y sexto libros de las Estromata sólo versan sobre la perfección del gnóstico.

 

(1) Historia de la Iglesia, siglo IV.

 

No hay duda de que los ebionitas existieron en tiempo de los apóstoles; este vocablo, que significa pobre, les hacía amar la pobreza, en la que nació Jesús (1).

 

(1) Parece poco verosímil que los demás cristianos les llamaran ebionitas para dar a entender que eran pobres de entendimiento. Se asegura que creían que Jesús era hijo de José.

 

Algunos atribuyen el Apocalipsis de san Juan a Cerinto, que era también de la misma época, y se cree que él y san Pablo tuvieron acaloradas disputas (2).

 

(2) Cerinto y los suyos decían que Jesús sólo llegó a ser Cristo después de su bautismo. Cerinto fue el primer autor de la doctrina del reinado de mil años, que adoptaron muchos padres de la Iglesia.

 

No llegamos a comprender por qué los primeros discípulos no hicieron una declaración solemne, una profesión de fe completa e inalterable, que pusiera punto final a todas las cuestiones pasadas y evitara las discusiones futuras, pero Dios no lo permitió. El símbolo llamado de los apóstoles es conciso, y en él no se encuentra la consustancialidad, la trinidad, ni los siete sacramentos, y no apareció hasta los tiempos de san Jerónimo, san Agustín y Rufino, célebre sacerdote de Aquilea, de quien se dice que lo redactó.

 

Las herejías tuvieron tiempo para multiplicarse, y en el siglo V llegó a haber mas de cincuenta.

 

Sin pretender escrutar los designios de la Providencia, que son impenetrables para nosotros, y consultando hasta donde nos sea permitido el criterio de nuestra débil razón, se diría que entre tantas opiniones sobre muchos artículos de fe, tuvo que haber alguno que debía prevalecer, y esta opinión era la ortodoxa; las demás, aunque también ortodoxas, como eran más débiles las llamaron heréticas.

 

Cuando con el paso de los años la Iglesia cristiana oriental, madre de la Iglesia de Occidente, rompió para siempre con su hija, cada una de ellas quedó soberana en los países donde imperaba y cada una tuvo sus particulares herejías desgajadas de la opinión dominante.

 

Los bárbaros del Norte, que eran cristianos nuevos, no podían tener las mismas opiniones que las regiones meridionales, dado que no pudieron adoptar los mismos usos. Por ejemplo, no adoraron en mucho tiempo imágenes porque no tenían pintores ni escultores, y era peligroso en invierno bautizar a un niño en el Danubio, el Veser o el Elba.

 

Era muy difícil que los habitantes de las orillas del mar Báltico conocieran las opiniones de los habitantes del Milanesado y de la Marca de Ancona. Los pueblos del mediodía y del norte de Europa tuvieron, pues, creencias distintas unos de otros. Creo que por este motivo Claudio, obispo de Turín, conservó en el siglo Ix todos los usos y dogmas adoptados en los siglos VII y VIII, desde el país de los Alóbroges hasta el Elba y el Danubio.

 

Esos dogmas y costumbres se perpetuaron en los valles, montañas y riberas del Ródano, en pueblos desconocidos que la depredación general dejó en paz en su retiro y su pobreza, hasta que al fin aparecieron en el siglo XII llamándose albigenses. Sabida es la manera cómo trataron sus creencias, que se predicaron cruzadas contra ellos que produjeron horribles matanzas, y se sabe también que desde entonces y hasta mediados del siglo XVIII no hubo un solo año de tranquilidad y tolerancia en Europa.

 

Grave cosa es la herejía. Pero ¿acaso es un bien empeñarse en que defiendan la ortodoxia las bayonetas y los verdugos? ¿No sería preferible que cada uno comiera el pan tranquilamente sentado a la sombra de su higuera? La verdad es que tiemblo al hacer esta proposición.

 

Es una pena que se perdiera el relato que Strategius compuso sobre las herejías, por orden del emperador Constantino. Ammiens Marcellin nos dice que dicho soberano, queriendo conocer con exactitud las opiniones de las sectas y no encontrando a nadie que las diera con detalle, encargó este trabajo al mencionado Strategius, que fue prefecto en Oriente y tan sabio y elocuente como moderado y veraz, según dice monsieur De Valois. La elección de un laico, que hizo Constantino, prueba que en aquella época ningún eclesiástico reunía las cualidades necesarias para llevar a cabo tan delicada labor. En efecto, san Agustín refiere que Philastrius, obispo de Bressa, cuya obra se halla en la Biblioteca de los Santos Padres, después de reunir hasta las herejías que aparecieron en el pueblo hebreo antes de la época de Jesucristo, cuenta veintiocho de aquéllas y ciento veintiocho desde los tiempos de Jesús. En tanto que Epifanio entre unas y otras, sólo encuentra ochenta. San Agustín explica esta diferencia diciendo que lo que parece herejía a uno no lo es para. el otro. Por eso Agustín dice a los maniqueos: «Nos guardaremos muy bien de tratarnos con rigor. Dejaremos ese proceder a quienes no conocen el trabajo que cuesta encontrar la verdad y lo difícil que es preservarse de los errores, y a los que ignoran los suspiros y gemidos que cuesta adquirir un leve conocimiento de la naturaleza divina. Debo toleraros, como lo hicieron conmigo en otro tiempo, usando con vos la misma tolerancia que a mí me aplicaron; yo también estuve extraviado. (1)»

 

(1) San Agustín, Carta contestación a Manes, cap. II y III.

 

Nunca la tolerancia fue virtud característica del clero. Hemos visto en el artículo Concilio las sediciones que promovieron los eclesiásticos con el arrianismo. Eusebio nos cuenta que hubo localidades en que derribaron las estatuas de Constantino sólo porque deseaba que respetasen a los arrianos. Y Sozomeno refiere que cuando falleció Eusebio Nicomedia y el arriano Macedonius disputaban la silla episcopal de Constantinopla al católico Pablo. El desorden y la turbulencia llegaron a tal grado en la Iglesia que se querían expulsar recíprocamente, que los soldados, creyendo que el pueblo se sublevaba, arremetieron contra éste, y más de tres mil personas murieron a sablazos o asfixiadas. Macedonius ocupó la silla episcopal, se apoderó en seguida de todas las iglesias y persiguió cruelmente a los novacianos y católicos. Por vengarse de estos últimos negó la divinidad del Espíritu Santo y reconoció la divinidad del Verbo, que a su vez negaban los arrianos, por oponerse a su protector Constantino, que en tiempos pasados le había depuesto.

 

El mismo historiador añade que a la muerte de Atanasio, los arrianos, protegidos por Valens, detuvieron e hicieron morir a los que permanecían fieles a Pedro, que Atanasio había designado como sucesor suyo. Los arrianos se apoderaron en poco tiempo de todas las iglesias y concedieron al obispo que nombraron la facultad de desterrar de Egipto a los que permanecieran fieles a lo acordado en el Concilio de Nicea.

 

Tras el fallecimiento de Lisinio, la Iglesia de Constantinopla se dividió en dos fracciones para elegir sucesor y Teodosio el Joven colocó en la silla patriarcal al impetuoso Nestorio, que en su primera homilía dijo al emperador: «Limpiadme el mundo de herejes y os daré el cielo; apoyadme para exterminarlos y os prometo ayuda eficaz para derrotar a los persas». Seguidamente, expulsó a los arrianos de la capital, armó al pueblo contra ellos, destruyó sus iglesias y obtuvo del emperador que dictara edictos tiránicos para acabar de exterminarlos. Valiéndose de su influencia, encarceló y mandó que azotaran a las personas más destacadas que habían interrumpido un sermón en el que exponía la misma doctrina que muy pronto condenó el Concilio de Éfeso.

 

Focio refiere que al llegar el sacerdote al altar era costumbre en la Iglesia de Constantinopla que el pueblo dijera cantando: Dios Santo, Dios fuerte, Dios inmortal, a cuyas palabras Paul le Foulon añadió: por nosotros crucificado, tened piedad de nosotros. Los católicos creyeron que esa adición contenía el error de los eustatianos; sin embargo, siguieron cantando el trisagio con la citada añadidura por no molestar al emperador Atanasio, que acababa de deponer a Otto Macedonius y colocar en su sitio a Timoteo, por orden del cual se cantaba esa adición. Pero, un día, varios frailes entraron en la iglesia y en vez de aquellas palabras cantaron un versículo de Salmo y el pueblo exclamó complacido: «Los ortodoxos han llegado oportunamente». Los partidarios del Concilio de Calcedonia cantaron, acompañando a los frailes, el versículo del Salmo, los eustatianos se opusieron en voz alta y con violencia, y quedó interrumpido el santo oficio. Se organizó en la iglesia una riña, salió el pueblo en busca de armas y causó en la ciudad una espantosa carnicería, no aplacándose su furor hasta después de matar diez mil hombres (1).

 

(1) Evagro, Vida de Teodosio, libro III, cap. 33 y 34.

 

Finalmente, el poder imperial logró que en Egipto se reconociera la autoridad del Concilio de Calcedonia, pero como en diferentes ocasiones costó la muerte a más de cien mil egipcios reconocer ese Concilio, sentían éstos un odio implacable contra los emperadores. Parte de los enemigos de este Concilio se refugió en el Alto Egipto y otra parte salieron del imperio y se dirigieron a Africa para vivir entre los árabes, que toleraban todas las religiones (2).

 

(2) Historia de los Patriarcas de Alejandría, pág. 174.

 

Ya hemos dicho que durante el reinado de Irene se restableció el culto a las imágenes, culto que confirmó el segundo Concilio de Nicea. León el Armenio Miguel el Tartamudo y Teófilo, hicieron cuanto pudieron por abolirlo j ello siguió causando perturbaciones en el imperio de Constantinopla hasta el reinado de Teodora, quien consiguió que en el segundo Concilio de Nicea tuviera fuerza de ley; extinguió el partido de los iconoclastas y persiguió a los maniqueos, dictando órdenes en todo el imperio para que persiguieran y mataran a los que no querían convertirse. Perecieron más de cien mil con diferentes géneros de muerte, y cuatro mil que lograron escapar buscaron su salvación entre los sarracenos, uniéndose a ellos para destruir parte del imperio y edificar plazas fuertes, en las que se refugiaron los maniqueos constituyendo un poder formidable, no sólo por su número, sino por el odio que tenían a los emperadores y a los católicos. Muchas veces saquearon localidades del imperio y derrotaron a sus ejércitos.

 

Para abreviar los pormenores de esas matanzas religiosas citaremos las de Irlanda, donde en cuatro años exterminaron a ciento cincuenta mil herejes; las de los valles del Piamonte, que describiremos en el artículo Inquisición, y las de la noche de San Bartolomé

 

Respecto a los sectarios de una de las primeras herejías, el digno sacerdote de Marsella conocido por el Maestro de los Obispos, que deploró con tanto dolor los trastornos de su época que le llamaron el Jeremías del siglo v, se expresa en los siguientes términos:

 

«Los arrianos son herejes, pero no lo saben; son herejes para nosotros, pero no para ellos, puesto que se creen tan católicos que piensan que los herejes somos nosotros. Estamos convencidos de que es injuriosa su creencia de que el Hijo es inferior al Padre; en cambio creen que nosotros tenemos una opinión injuriosa para el Padre, porque creemos que el Padre y el Hijo son iguales. La verdad está de nuestra parte, pero creen tenerla en la suya. Tributamos a Dios el honor que le debemos, pero ellos pretenden también tributárselo pensando de la manera que piensan. No cumplen con su deber, pero en lo que lo incumplen es precisamente en creer que consiste el mayor deber de la religión. Son impíos, pero siéndolo creen tener la verdadera devoción. Se equivocan, pero es por un principio del amor hacia Dios, y aun desconociendo la verdadera fe consideran la fe que profesan como el más perfecto amor hacia Dios. Nadie sabe cómo los castigará por su error el día del juicio el Juez soberano del universo, que los tolera con paciencia porque sabe que su error dimana de la devoción.»

 

HISTORIA. Es la relación de hechos que se consideran verdaderos. La fábula, en cambio, es la relación de hechos que se tienen por falsos.

 

La historia de las opiniones es el recuento de los errores humanos. La historia de las artes puede ser la más útil cuando al conocimiento de 13 invención y del progreso de las artes une la descripción de su mecanismo. La historia natural, llamada impropiamente historia, es una parte esencial de la física. La historia de los acontecimientos se divide en sagrada y profana: la sagrada es la serie de operaciones divinas y milagrosas mediante las cuales plugo a Dios dirigir a los pueblos antiguos de la nación hebrea y poner a prueba nuestra fe. Los primeros cimientos de toda historia profana son los relatos que los padres hacen a sus hijos, que se transmiten de una a otra generación. En su origen son probables cuando no se oponen al sentido común, y pierden un grado de probabilidad a cada generación que pasa. En el correr del tiempo, la fábula se hiperboliza y la verdad se pierde, por eso los orígenes de todos los pueblos son absurdos. Nadie cree que los griegos fueran gobernados por los dioses durante siglos, después por los semidioses y luego tuvieran reyes durante mil trescientos cuarenta años, y el sol en este espacio de tiempo cambiara cuatro veces de Oriente a Occidente.

 

Los fenicios del tiempo de Alejandro propugnaban que estaban afincados en su país desde hacía treinta mil años, y todos esos estaban tan llenos de prodigios como la cronología egipcia. Confieso que físicamente es posible que Fenicia existiera no sólo treinta mil años, sino treinta millones de siglos, y que haya experimentado, al igual que el resto del planeta, treinta millones de revoluciones, pero no sabemos nada de todo esto.

 

Pero sí sabemos el ridículo maravilloso que impera en la historia legendaria de los griegos. Los romanos, pese a su seriedad, también envolvieron en la fábula la historia de sus primeros siglos. Esa nación, tan reciente si la comparamos con las naciones asiáticas, ha pasado quinientos años sin historia; por eso no debe extrañarnos que Rómulo sea hijo de Marte, que tuviera por nodriza una loba, que con mil hombres que sacó de Roma peleara contra veinte mil guerreros sabinos, que a continuación se convirtiera en dios, que Tarquinio el Viejo cortara un peñasco con un cuchillo, ni que una vestal sacara un navío del mar con su cinturón.

 

Los primitivos anales de las naciones modernas no son menos fabulosos. Los hechos prodigiosos e improbables deben referirse a veces, pero sólo como pruebas de la credulidad humana, porque pertenecen a la historia de las opiniones y las tonterías, cuyo terreno es demasiado extenso.

 

De los monumentos. Para conocer con alguna certeza algo de la historia antigua es menester averiguar si nos quedan de ella algunos monumentos incuestionables. Tres de ellos los conservamos escritos. El primero es la colección de las observaciones astronómicas efectuadas en Babilonia durante mil novecientos anos seguidos, que Alejandro envió a Grecia. Esta colección, que se remonta a dos mil doscientos treinta y cuatro años anteriores a nuestra era, es una prueba concluyente de que los babilonios constituían un pueblo muchos siglos antes, porque las artes son obra del tiempo, y la pereza, que es natural en los hombres, los dejó durante millones de años sin saber más que alimentarse, protegerse de la intemperie y degollarse unos a otros. Prueba de ello son los germanos y los ingleses de la época de César, los tártaros actuales, los dos tercios de Africa, los pueblos que encontramos en América, salvo en algunas cosas, los reinos del Perú y México y la república de Tlascala. Recordemos que en el Nuevo Mundo nadie sabía leer ni escribir.

 

El segundo monumento es el eclipse central del sol que calcularon en China dos mil ciento cincuenta y cinco años antes de nuestra era, que reconocieron era exacto nuestros astrónomos. De los chinos debemos decir lo mismo que de los pueblos de Babilonia: que formaban ya entonces un vasto y civilizado imperio. La supremacía de los chinos sobre las demás naciones del mundo es que ni sus leyes, sus costumbres, ni la lengua que hablan los hombres de letras han cambiado desde hace cuatro mil años. Sin embargo, esta nación y la India, que son las más antiguas naciones que subsisten, las que poseen un territorio más hermoso y vasto y las que inventaron casi todas las artes antes que nosotros conociéramos algunas, han quedado omitidas hasta el siglo XVIII en las historias universales.

 

El tercer monumento, muy inferior a los otros dos, subsiste en los mármoles de Arundel, donde está grabada la crónica de Atenas de doscientos sesenta y tres años de nuestra era, pero sólo se remonta hasta Cecrops, mil trescientos diecinueve años más allá del tiempo que se grabó. Tales son las únicas épocas que podemos conocer con seguridad en toda la Antigüedad.

 

Es de advertir que en dichos mármoles, que trajo de Grecia lord Arundel, la crónica comienza mil quinientos ochenta años antes de nuestra era, que supone hoy, en 1771, una antigüedad de 3353 años, y no se encuentra en dicha crónica un solo hecho contrario a la naturaleza, ni milagroso. Lo mismo sucede con las Olimpíadas, que no se les puede aplicar al Graecia mendax (la mentirosa Grecia) porque los griegos distinguían perfectamente la historia de la fábula y los hechos reales de las historietas de Herodoto; por eso en los asuntos serios sus oradores no empleaban los argumentos de los sofistas, ni las imágenes de los poetas.

 

La fecha de la toma de Troya figura en dichos mármoles, pero nada se dice de las flechas de Apolo, ni del sacrificio de Ifigenia, ni de los ridículos combates entre dioses. La fecha de las invenciones de Triptólemo y de Ceres no se encuentra en ellos, ni llaman diosa a Ceres. Hacen mención de un poema referente al rapto de Proserpina, pero no dicen que sea hija de Júpiter y una diosa, ni que ella sea diosa de los infiernos. Cuentan que Hércules fue iniciado en los misterios de Eleusis, pero no hablan de sus doce trabajos, de su viaje al Africa dentro de una taza, de su divinidad, ni del pez que lo tragó y le retuvo en su vientre tres días y tres noches, según Licofrón.

 

Censuramos estas fábulas de la mitología y no tenemos en cuenta que en nuestra religión encontramos cosas no menos pasmosas, como por ejemplo el estandarte que bajó del cielo llevado por un ángel y lo presentó a los monjes de Saint‑Denis, la paloma que llevó una botella de óleo santo a una iglesia de Reims, los dos ejércitos de serpientes que tuvieron una batalla campal en Alemania, el arzobispo de Maguncia que fue sitiado y devorado por los ratones... El abate Lenglet relata esas y otras majaderías que repiten muchos libros, de este modo se ha instruido a la juventud y todas esas tonterías han formado parte de la educación de los príncipes.

 

La verdadera historia es reciente y no debe extrañarnos carecer de historia antigua profana más allá de unos cuatro mil años. Las transformaciones del planeta y la larga y universal ignorancia del arte que transmite los hechos por la escritura, son la causa de que esto ocurra, y aun este arte sólo fue conocido en un reducido número de naciones civilizadas, y en éstas por pocas personas. En Francia, hasta 1454, reinando Carlos VII, empezaron a conservar por escrito algunas costumbres de la nación. El arte de escribir era aún más raro entre los españoles y por esto su historia es muy incierta hasta los tiempos de los Reyes Católicos. Puede comprenderse que era fácil que se impusiera el reducido número de personas que sabían escribir, haciendo creer los mayores absurdos.

 

Hubo naciones que subyugaron gran parte del mundo sin conocer la escritura. Gengis Kan conquistó gran parte de Asia a comienzos del siglo XIII, pero esto no lo hemos sabido por él ni por los tártaros. Los chinos escribieron su historia, que tradujo el padre Gaubil, en la que aseguran que los tártaros no sabían escribir. Tampoco debió saber el escita Oguskan, a quien llaman Madias los persas y los griegos, que conquistó parte de Europa y Asia muchos anos antes del reinado de Ciro.

 

Subsisten monumentos de otra clase que sólo sirven para atestiguar la remota antigüedad de determinados pueblos anteriores a las épocas conocidas y a los libros; estos monumentos son prodigios arquitectónicos, como las pirámides y los templos de Egipto, que resisten el paso de los siglos. Herodoto, que vivía hace dos mil doscientos años y vio esos monumentos, no pudo conseguir que los sacerdotes egipcios le dijeran en qué época fueron construidos porque lo ignoraban.

 

La más antigua de las pirámides se calcula que cuenta cuatro mil años de existencia. Pero, además, es de advertir que esos esfuerzos, producto de la ostentación de los faraones, no pudieron iniciarse hasta mucho después de la fundación de las ciudades. Para construir ciudades en un país que se inunda todos los años, volvemos a decir que antes son necesarios costosísimos trabajos para hacer los terrenos inaccesibles a las inundaciones, y antes de acometer empresa tan necesaria fue indispensable que los pueblos construyeran cobijos retirados y seguros, durante la crecida del Nilo, entre los enormes peñascos que forman las dos cadenas a derecha e izquierda del río. Fue preciso también que esos pueblos, reunidos, poseyeran instrumentos idóneos para el trabajo, conocieran la arquitectura, tuvieran leyes y estuvieran dotados de cierta cultura. Todo ello exige muchísimos anos. Por lo costosas y largas que son las empresas que acometemos y lo difícil que es hoy hacer grandes cosas, podemos comprender que los antiguos, no sólo debieron estar dotados de infatigable perseverancia, sino que debieron transcurrir muchas generaciones igualmente fuertes para edificar semejantes monumentos.

 

Ahora bien, sean Menes, Tant, Cleops o Ramsés, los que culminaron una o dos de esas ingentes obras, no por eso conoceremos mejor la historia del Egipto antiguo, porque su lengua se ha perdido. Sólo podemos saber que antes de los más antiguos historiadores había material en Egipto para escribir una historia más remota.

 

No sólo cada pueblo inventó su origen, sino también el origen del planeta. Según opinión de Sanchoniathon, el mundo comenzó con un aire espeso que el viento enrareció; el deseo y el amor nacieron entonces y su unión produjo los animales. Los astros aparecieron en seguida, pero sólo para adornar el cielo y alegrar la vista de los animales que estaban en la tierra. Los dioses de los egipcios, su Osiris y su Isis, no son menos ingeniosos ni ridículos. Los griegos embellecieron esas leyendas, y Ovidio las recogió adornándolas con los encantos de la más hermosa poesía

Desde el sublime momento de la formación del hombre hasta los tiempos de las Olimpíadas, todo está sumergido en densa oscuridad. Herodoto acude a los juegos olímpicos y refiere cuentos a los griegos congregados allí, como los refiere una vieja a los niños. Les dice que los fenicios navegaron desde el mar Rojo hasta el Mediterráneo, lo que supone que doblaron el cabo de Buena Esperanza y dieron la vuelta a Africa. Luego cuenta el rapto de Io, la leyenda de Giges y de Candando, interesantes historias de ladrones, y la de la hija del faraón Cleops, que exigiendo una piedra sillar a cada pretendiente de su hija tuvo material suficiente para construir una de las más hermosas pirámides. Añadid a historietas de esa especie los oráculos, prodigios y servicios de los sacerdotes y tendréis la historia antigua del género humano.

 

Los tiempos primitivos de la Iglesia romana parecen escritos por otros Herodotos; los que luego nos vencieron y gobernaron sólo sabían contar los años poniendo clavos en las paredes, que clavaba su sumo pontífice. El gran Rómulo, rey de una aldea, es hijo del dios Marte y una moza de partido. Tiene por padre a un dios, una ramera por madre y una loba por nodriza. Un escudo cae del cielo expresamente para Numa. Aparecen como por encanto los hermosos libros de las Sibilas. Los galos ultramontanos saquean Roma; unos dicen que los gansos los expulsaron de allí y otros que se llevaron mucho oro y gran cantidad de plata, pero es probable que en aquellos tiempos hubiera en Italia menos metales preciosos que gansos. Los franceses hemos imitado a los primitivos historiadores romanos en su afición a las fábulas: tenemos el estandarte que nos trajo un ángel y el santo óleo que nos dejó una paloma.

 

Hay quien supone que la leyenda del sacrificio de Ifigenia está tomada de la historia de Jefté, que el diluvio de Deucalión es una imitación del diluvio de Noé, y que la aventura de Filemón y Baucis está tomada de la de Lot y su mujer. Los judíos confiesan que no tenían trato alguno con los extranjeros y que los griegos no conocieron sus libros hasta que fueron traducidos por encargo de un Tolomeo, pero los judíos fueron mucho tiempo antes negociantes y usureros entre los griegos de Alejandría. Estos nunca fueron a Jerusalén a vender ropa vieja, ni ningún pueblo imitó a los judíos; por el contrario, éstos tomaron mucho de los babilonios, egipcios y griegos.

 

Todo el Antiguo Testamento es sagrado para nosotros, a pesar del odio y desprecio que nos inspira el pueblo hebreo; nuestra razón recalcitra en su contra, pero la fe nos somete a él. Existen unos ochenta sistemas respecto a la cronología del pueblo judío y muchas maneras de explicar los hechos de su historia, pero no sabemos cuál es el verdadero y les reservamos nuestra fe para cuando llegue a descubrirse.

 

Son tantas las cosas que debemos creer de ese pueblo que ha agotado nuestra creencia y no nos queda ya para creer en los prodigios de la historia de otras naciones.

 

Lo que nos admira a los compiladores modernos es el aplomo y buena fe con que prueban que cuanto aconteció antiguamente en los mayores imperios del mundo, sólo ocurrió para enseñar a los habitantes de Palestina. Si en sus conquistas los reyes de Babilonia invaden el pueblo hebreo es únicamente para corregir sus pecados a ese pueblo. Si el rey de Ciro se apodera de Babilonia es para dar a algunos judíos el permiso para regresar a su patria. Si Alejandro vence a Darío, lo hace para que se establezcan mercachifles judíos en Alejandría. Cuando los romanos anexionan Siria a sus vastos dominios y engloban en ella el pequeño país de la Judea, lo hacen también para enseñar a los judíos; los árabes y turcos sólo irrumpen para corregir a ese pueblo predilecto, que debemos confesar tuvo excelente educación y ningún pueblo presenta tantos preceptos como él. No cabe duda que la historia es instructiva.

 

Pero es más instructiva todavía la exacta justicia que hicieron siempre los clérigos a los príncipes que no les tenían contentos. Con inefable imparcialidad, san Gregorio Nacianceno juzga al emperador Juliano el Filósofo y afirma que este príncipe, que no creía en el diablo, tenía con él secreto trato y un día que se le aparecieron los demonios los hizo huir haciendo inadvertidamente el signo de la cruz. Le llama furioso y miserable y asegura que inmolaba por las noches, dentro de unas cuevas, a varios jóvenes de ambos sexos. De esta manera habla un santo del más clemente de los hombres, que jamás se vengó de las invectivas que durante su reinado profirió contra él el mismo Gregorio.

 

El método más hábil de justificar las calumnias contra el inocente consiste en hacer la apología del calumniado; de esta manera todo queda compensado y es el sistema que adoptó san Gregorio. El emperador Constancio, tío y antecesor de Juliano, al subir al trono asesinó a Julio, hermano de su madre, y sus dos hijos, los tres declarados augustos; este proceder lo heredó de su abuelo Constantino. Acto seguido mandó asesinar 8 Galo, hermano de Juliano. Tan cruel como con su familia fue con el imperio pero era devoto y en la batalla decisiva que emprendió contra Majencio estuvo rezando a Dios en una iglesia todo el tiempo que duró el combate de los dos ejércitos. Pues bien, de ese hombre hace el panegírico san Gregorio. Si los santos no respetan la verdad, ¿qué debemos esperar de los profanos, si además de profanos son ignorantes, apasionados y supersticiosos?

 

Método, estilo y manera de escribir la historia. Se ha escrito tan prolijamente acerca de esta materia, que queda poco por decir. Todos sabemos que el método y estilo de Tito Livio, su ponderación y discreta elocuencia, encajan en la majestad de la república romana, que Tácito describe con gran precisión a los tiranos, que Polibio lo es para dar lecciones de guerra, y Dionisio de Halicarnaso para descubrir las antigüedades. Pero aun tomando por modelos a esos grandes maestros, hoy tenemos que aguantar carga más pesada que sostuvieron ellos. A los historiadores modernos se les exige más precisos detalles, hechos comprobados, fechas exactas, mayor estudio de los usos, costumbres y leyes, del comercio, de la hacienda, de la agricultura y de la población. Sucede con la historia lo que con las matemáticas y la física: su progreso se ha acrecentado prodigiosamente.

 

Daniel creyó ser historiador porque transcribió fechas y relaciones de batallas, que nada significan, en vez de ocuparse de los derechos de la nación y sus principales corporaciones, leyes, usos y costumbres, haciéndonos ver cómo han cambiado. La nación francesa tiene derecho a decirle que escriba su historia en vez de la de Luis el Gordo o de Luis el Terco. Sacáis de una antiquísima crónica que Luis VIII, al verse aquejado de una enfermedad mortal, quedó tan extenuado que los médicos le ordenaron se acostara con una joven hermosa para recobrar el vigor y la salud perdidos, y que el santo rey rechazó indignado semejante villanía. Sin duda no conocíais el refrán italiano: donna ignuda manda l'uomo sotto la terra. Debíais saber más historia política y más historia natural, porque podemos exigir que la historia de un país extranjero no se haga en el mismo molde que la historia de vuestra patria. Si escribís la historia de Francia, no estáis obligados a describir el curso del Sena ni del Loira; pero si escribís para el público las conquistas de los portugueses en Asia, es lícito que tengáis que describir detalladamente la topografía de los países descubiertos. Debéis guiar a vuestros lectores llevándoles de la mano por toda Africa y las costas de Persia y la India, y se os puede exigir que deis noticias de los usos, costumbres y leyes de esas naciones que son nuevas para Europa.

 

Tenemos varias historias relativas a la instalación de los portugueses en las Indias, pero ninguna nos da a conocer los diferentes gobiernos de aquel país, sus religiones, sus antigüedades, los brahmanes, los discípulos de san Juan, los guebros, ni los bonianos. Únicamente conservamos las cartas que escribieron san Francisco Javier y sus sucesores, y se han publicado historias de las Indias escritas en París, fundadas en los datos que aportaron los misioneros que no conocían el idioma de los brahmanes. Nos han referido hasta la saciedad, en múltiples escritos, que los hindúes adoraban al diablo. Los capellanes de una compañía de comerciantes acuden a aquel país con este prejuicio y en cuanto ven figuras simbólicas en las costas de Coromandel se apresuran a escribir que son retratos del demonio, que han llegado a su imperio y que se aprestan a luchar contra él. Ni siquiera sospechan que nosotros somos los que adoramos al diablo y vamos a consagrarle nuestros votos a seis mil leguas de nuestra patria para ganar dinero.

 

En cuanto a los escritores que en París se ponen a sueldo de un librero y éste les encarga la historia del Japón, del Canadá o de las islas Canarias, extractadas de las Memorias de algunos capuchinos, no tengo nada que decirles. Basta con saber que el método conveniente que debe adoptarse para escribir la historia de cada país no es idóneo para describir los descubrimientos del Nuevo Mundo, que no debe escribirse de una pequeña ciudad como de un vasto imperio; ni la historia privada de un príncipe como la de Francia o Inglaterra.

 

Estas reglas son bastante conocidas, pero en el arte de escribir historia será siempre muy raro. Todos sabemos que para poseerlo se necesita tener estilo grave, llano y variado. En la historia, al igual que en las bellas artes, se pueden establecer muchos preceptos, pero siempre habrá pocos artistas eminentes.

 

Historia de los reyes judíos y de los Paralipómenos. Todos los pueblos escribieron su historia cuando supieron escribir, y eso sucedió a los judíos. Antes de que tuvieran reyes se regían por una teocracia y se ha supuesto que los gobernaba el mismo Dios. Y cuando quisieron tener un rey, como los demás pueblos circunvecinos, el profeta Samuel les declaró, de parte de Dios, que era al mismo Dios a quien ellos rechazaban: así, la teocracia terminó para los judíos cuando empezó la monarquía.

 

Puede decirse, sin incurrir en blasfemia, que la historia de los reyes judíos se escribió como la de los demás pueblos, y que Dios no se tomó el trabajo de dictar la historia de un pueblo que ya no gobernaba. Sólo aventuro esta opinión con extrema desconfianza, si bien parece confirmada en los Paralipómenos, que contradicen a menudo el libro de los Reyes en la cronología y en los hechos, así como los historiadores profanos se contradicen algunas veces. Además, si Dios escribió siempre la historia de los hebreos, debemos creer que la escribe todavía, porque los judíos fueron siempre su pueblo predilecto. Deben convertirse un día y parece que entonces tendrán derecho a considerar la historia de su dispersión como sagrada, así como también tienen derecho para decir que Dios escribió la historia de sus reyes.

 

Podemos también hacer la siguiente reflexión: habiendo sido Dios su único rey durante mucho tiempo, amén de su historiador, los judíos deben inspirarnos el más profundo respeto. No debe haber ropavejero judío que no esté muy por encima de César y Alejandro. ¿Cómo no hemos de prosternarnos ante un miserable ropavejero que nos prueba que escribió la misma Divinidad la historia de su pueblo, cuando la historia griega y la historia romana nos la han transmitido escritores profanos?

 

Aunque el estilo de la historia de los Reyes y de los Paralipómenos es divino, puede que los hechos referidos en esas historias no sean tan divinos. David asesina a Urías, Isboset y Mifisboset mueren asesinados, Absalón asesina a Amón, Joab asesina a Absalón, Salomón asesina a su hermano Adonías, Baasa asesina a Nadab, Zambri asesina a Ela, Amri asesinaa Zambri, Achab asesina a Nabat, Jehú sesina a Achab y a Joram, el vecindario de Jerusalén asesina a Amasías, Sellum asesina a Zacarías, Manahem asesina a Sellum, Faceo, hijo de Romeli, asesina a Faceía, hija de Manahem, Oseo, hijo de Ela, asesina a Faceo, hijo de Romeli, y omito otros muchos asesinatos insignificantes. Preciso es confesar que si el Espíritu Santo escribió esa historia no eligió un tema muy edificante.

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HOMBRE. La raza humana vive por término medio veintidós años, incluyendo los que mueren en la cuna y los que arrastran hasta cien años los restos de una vida imbécil y miserable.

 

Es una hermosa moraleja la de la antigua fábula del primer hombre que estuvo destinado al principio a vivir tan sólo veinte años. El hombre estaba desesperado; a su lado tenía una oruga, una mariposa, un pavo real, un caballo, una zorra y un mono. Dirigiéndose a Júpiter le dijo: «Prolonga mi vida. Valgo más que todos estos animales y es justo que mis hijos y yo vivamos muchos años para mandar a todas las bestias». «Con mucho gusto —le contestó Júpiter—, pero sólo tengo un número determinado de días para repartir entre todos los seres a los que concedí la vida. Sólo puedo darte más años quitándoselos a los demás. No creas que porque soy Júpiter soy infinito y omnipotente; para todo tengo medida. Puedo concederte unos años más quitándoselos a esos seis animales que envidias a condición de que tendrás una tras otra sus maneras de ser. El hombre será oruga y como ella se arrastrará en su primera infancia; hasta los quince años tendrá la ligereza de la mariposa, y en su juventud la vanidad del pavo real. En la edad viril sufrirá tanto trabajo como el caballo; a los cincuenta años tendrá la astucia de la zorra, y en su vejez será feo y ridículo como un mono. Este es de ordinario el destino del hombre.»

 

Nótese que a pesar de las bondades de Júpiter, después de haber compensado a ese primer hombre concediéndole veintidós o veintitrés anos de vida, por regla general hay que restarle la tercera parte de esa cantidad por el tiempo que pasa durmiendo, tiempo en que permanece como muerto. Sólo le quedan, pues, quince anos. De esos quince años hay que restar al menos otros ocho, los de su infancia, vestíbulo de la vida. Le quedan, pues, siete años, de los que la mitad transcurren en dolores de toda clase. Si calculamos tres años y medio que emplea en trabajar y en fastidiarse, ¿qué tiempo le queda para vivir?

 

Desgraciadamente, en tal fábula Dios se olvidó de vestir al hombre como lo hizo con el mono, la zorra, el caballo, el pavo real y la oruga. La especie humana apareció con la piel lisa y expuesta continuamente al sol, la lluvia y el frío, llegó a verla agrietada, curtida y manchada. El varón, en nuestro continente, se vio desfigurado por los pelos que le cubrían el cuerpo y que sin cubrirle le hicieron repugnante; su cara quedó escondida entre la pelambre, su barba se convirtió en terreno escabroso en el que brotó un bosque de menudos tallos cuyas raíces se dirigían hacia arriba y las ramas hacia abajo. En ese estado y con semejante facha, ese animal se atrevió a pintar a Dios, cuando aprendió a pintar.

 

La hembra, al ser más débil, llegó a ser más repugnante y asquerosa en su vejez, pues no hay ser que iguale en fealdad a una decrépita. En suma, sin sastres ni costureras, los seres humanos nunca hubieran osado presentarse unos ante otros, pero antes de conocer las vestiduras, antes de saber hablar, tuvieron que transcurrir muchos siglos. Esto está probado, pero hay que repetirlo hasta la saciedad.

 

Es incomprensible que hayan incordiado y perseguido a un filósofo coetáneo, al bueno de Helvetius, por haber dicho que si los hombres carecieran de manos no hubieran podido tejer tapices ni edificar casas. Diríase que quienes se han rebelado contra este aserto poseen el secreto de tallar piedra y trabajar con los pies. Helvetius, autor del excelente libro L'Esprit, valía más que todos sus enemigos juntos, pero nunca he aprobado los errores que contiene su libro, ni las verdades triviales que proclama con énfasis. Si le defiendo públicamente es porque veo que hombres absurdos le condenan por proclamar esas mismas verdades.

 

El Ser Supremo ha concedido al hombre el don de la razón, manos industriosas, cerebro capaz de generalizar las ideas y palabra expedita para expresarlas, dones que no ha concedido a los demás animales.

 

El varón, en general, vive menos tiempo que la hembra y siempre es más grande proporcionalmente. El hombre de mayor estatura tiene de ordinario dos o tres pulgadas de altura más que la mujer más alta, su fuerza casi siempre es superior, es más ágil y más capaz de mantener atención constante. Las artes las inventó él, no la mujer; el origen de la invención de las artes, la pólvora, la imprenta, la relojería, etc., no se debe al fuego de la imaginación, sino a la meditación perseverante y la combinación de las ideas.

 

La especie humana es la única que sabe que ha de morir y sólo se lo enseña la experiencia. El niño que se educara solo y lo trasladaran a una isla desierta no lo sabría, al igual que las plantas y los animales.

 

Maspertius, que era un hombre singular, dijo que el cuerpo humano es un fruto que está verde hasta la vejez y lo madura la muerte. ¡Extraña madurez la de la podredumbre y el polvo! La mente de este filósofo sí que no está madura. El prurito de decir cosas nuevas hace decir verdaderas extravagancias.

 

Diferentes razas de hombres. Tenemos constancia de que en el planeta habitan diferentes razas de hombres, y hemos dicho que el primer negro y el primer blanco que se encontraron debieron asombrarse el uno del otro. También es bastante verosímil que se hayan extinguido algunas especies de hombres y de animales por ser demasiado débiles. Por eso, sin duda, hoy no se encuentran múrices, cuya especie la habrán devorado probablemente otros animales que aparecerían siglos después en las riberas donde se criaban esos pequeños moluscos.

 

En su Historia de los Padres del desierto, san Jerónimo refiere que san Antonio Abad tuvo una conversación con un centauro y luego con un fauno. Y san Agustín, en su homilía 33, cuenta cosas tan extraordinarias como san Jerónimo. «Siendo obispo de Hipona fui a Etiopía con algunos servidores de Cristo para predicar el Evangelio. Vimos en aquel país muchos hombres y mujeres sin cabeza y dos grandes ojos en el pecho y en regiones más meridionales encontramos un pueblo cuyos habitantes tenían un solo ojo en la frente, etc.»

 

Al parecer, san Agustín y san Jerónimo se expresaron de ese modo porque, al exagerar las obras de la creación para ensalzar a Dios, se proponían asombrar a los hombres contándoles fábulas con la idea de que estuvieran más sumisos al yugo de la fe.

 

Podemos ser buenos cristianos sin creer en centauros hombres sin cabeza y con un solo ojo, pero no podemos dudar de que ia constitución interna de un negro es diferente de la de un blanco, dado que la red mucosa o grasosa es blanca en unos y negra en los otros.

 

Los albinos y los dariens, aquéllos originarios de Africa y éstos de América, son tan diferentes de nosotros como los negros. Existen razas amarillas, rojas y grises. Ya hemos dicho en otra parte que los americanos son imberbes y no tienen pelos en el cuerpo, sólo en las cejas y en la cabeza. Todos son igualmente hombres, como el abeto, la encina y el manzano son igualmente árboles, pero el manzano no nace del abeto, ni el abeto de la encina.

 

¿Por qué en medio del océano Pacífico, en la isla de Tahití, los hombres son barbudos? Hacer esta interrogación equivale a preguntar por qué nosotros tenemos barba y los peruanos, mexicanos y canadienses no la tienen, o por qué los monos tienen cola y a nosotros la naturaleza nos rehusó ese apéndice.

 

Las inclinaciones y caracteres de los hombres son tan diferentes como sus climas y sus gobiernos. No pudo formarse nunca un regimiento de lapones ni de samoyedos, y los habitantes de Siberia que viven cerca de aquéllos son intrépidos soldados. Nunca conseguiréis que sean buenos guerreros un darién ni un albino, y esto no consiste en que tengan ojos de perdiz, ni cabellos y cejas albinas, sino en que su cuerpo, y por ende su valor, tiene extraordinaria debilidad. Sólo un ciego, pero ciego obcecado, puede negar la existencia de las diferentes especies.

 

Las razas humanas siempre han vivido en sociedad. Todos los hombres que se han descubierto en los países más incultos y salvajes viven en sociedad, como los castores, hormigas, abejas y otras muchas especies de animales.

 

No se ha encontrado ningún país en que vivan separados, en que el varón se ajunte con la hembra sólo por casualidad y la abandone después por disgusto, en que la madre desconozca a sus hijos después de haberlos criado y en que viva sin familia y sin ninguna especie de sociedad. Algunos inconscientes, abusando de su ingenio, han aventurado la sorprendente paradoja de que el hombre fue creado para vivir solo como un lobo estepario y que la sociedad depravó la naturaleza. Esto equivaldría a decir que los arenques fueron creados para nadar aisladamente en el mar y por exceso de corrupción vienen en bandadas desde el mar Glacial hasta nuestras costas, y que antiguamente las grullas volaban en el aire aisladas y por violación del derecho natural adoptaron la resolución de volar juntas.

 

Cada animal tiene un instinto propio, y el instinto del hombre, que robustece la razón, le impulsa a vivir en sociedad como le empuja a comer y a beber. La sociedad no ha degradado al hombre; el alejamiento de ella es lo que le degrada. Quien viviera absolutamente solo perdería pronto la facultad de pensar y expresarse, y llegaría a convertirse en animal. El orgullo desmesurado e imponente, que se subleva ante el orgullo de los demás, puede arrastrar al alma melancólica a huir de los hombres; en este caso la depravada es ella, y se castiga a sí misma. Su orgullo le reporta su suplicio, la roe en la soledad el despecho recóndito de verse despreciada y olvidada y se condena a la más horrible esclavitud para ser libre.

 

Es preciso llegar a los límites del desquiciamiento para atreverse a decir que ano es natural que el hombre se ligue a la mujer durante los nueve meses de su embarazo. Una vez satisfecho su apetito —dice el autor de estas paradojas—, el hombre no necesita a esa mujer, ni la mujer a ese hombre; éste no tiene el menor cuidado, ni quizá la más remota idea, de las consecuencias de su acto. El se va por una parte y ella por otra, y al cabo de nueve meses no conservan el recuerdo de haberse conocido ¿Por qué ha de ayudarla cuando dé a luz, por qué ha de contribuir a educar un hijo que no sabe si le pertenece? (1)»

 

Esas ideas son execrables, pero por fortuna falsas. Si esa monstruosa indiferencia fuera un verdadero instinto de la especie humana, lo habría manifestado siempre porque el instinto es inmutable. El padre abandonaría siempre a la madre y ésta abandonaría al hijo y habría menos hombres en el mundo que animales carnívoros, y esto porque las fieras, mejor provistas y armadas, poseen un instinto más rápido, medios más seguros, y también más asegurado el alimento que la especie humana.

 

La naturaleza del hombre es diferente de como la pinta ese filósofo energúmeno. Salvo algunos bárbaros embrutecidos, los hombres más rudos aman por incoercible instinto al ser que no ha nacido todavía, al vientre que lo gesta y a la madre, la cual redobla el cariño hacia el hombre de quien recibió en su seno el germen de una criatura semejante a ella.

 

El instinto de los carboneros de la Selva Negra está tan arraigado y les induce tanto a querer a sus hijos, como el instinto de los palomos y los ruiseñores les obliga a criar a sus pequeñuelos. Pierde el tiempo quien escribe esas necedades abominables.

 

(1) Juan Jacobo Rousseau, Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres.

 

El gran defecto de esos libros llenos de absurdas paradojas consiste en suponer a la naturaleza humana diferente de como es. El mismo autor tan enemigo de la sociedad como la zorra que no tenía cola y quería que todas sus compañeras se la cortasen, se expresa de similar manera en estilo magistral:

 

«El primero que después de cercar un terreno se atrevió a decir esto es mío y encontró personas lo bastante cándidas para creerle, fue el verdadero fundador de la sociedad civil. Y hubiera ahorrado crímenes, guerras, asesinatos, miserias y horrores al género humano aquel que derribando la cerca hubiera dicho a sus semejantes: «No creáis a ese impostor. Os perderéis para siempre si olvidáis que los frutos son para todos y la tierra no pertenece a nadie. (1)»

 

(1) J. J. Rousseau, Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres.

 

De manera que, según ese filósofo, un ladrón, un destructor, hubiera sido el salvador del género humano, y se debía castigar al hombre honrado que dijera a sus hijos: Imitemos a nuestro vecino que ha cercado su campo y así no podrán destruirlo los animales nocivos, consiguiendo además hacerle fértil; trabajemos nuestro campo como él trabaja el suyo, nos ayudará y le ayudaremos. Cultivando cada familia su campo nos alimentaremos mejor, tendremos más salud y seremos menos desgraciados. Trataremos de implantar una justicia distributiva para vivir tranquilos y valdremos más que las zorras y garduñas, a las que ese filósofo extravagante quiere que nos asemejemos.

 

¿Esas palabras no serían más sensatas y honradas que las del loco salvaje que deseaba que hubieran destruido el campo cultivado del hombre? ¿Qué clase de filosofía es esa que propugna ideas que el sentido común rechaza desde China al Canadá? ¿No será la filosofía de un pordiosero que desea que los pobres roben a los ricos, con la idea de estrechar más la unión fraternal entre los hombres?

 

Es innegable que si todos los valles, los bosques y las llanuras estuvieran pletóricas de frutos sabrosos y nutritivos sería injusto, ridículo e imposible custodiarlos. Si existen islas en que la naturaleza produzca sin esfuerzo los alimentos y todo lo necesario, vámonos a vivir en ellas lejos del fárrago de nuestras leyes, pero una vez las hayamos poblado será preciso ocuparnos otra vez de lo tuyo y lo mío y de esas leyes que, siendo a veces malas, no podemos vivir sin ellas.

 

¿El hombre nació malo? Creo que está bastante demostrado que el hombre no nació perverso, por la obvia razón de que si esa fuera su naturaleza cometería maldades y actos bárbaros en cuanto aprendiera a andar, y cogería el primer cuchillo que encontrara a mano para herir al primero que le desagradara; sería como los lobeznos y los raposillos, que muerden en cuanto pueden. El hombre, por el contrario, cuando es niño tiene en todo el mundo la mansedumbre del cordero. ¿Por qué y cómo, pues, se convierte con frecuencia en lobo y en zorra? ¿Habrá que achacar esto a que no naciendo bueno ni malo, la educación, el ejemplo, las circunstancias y la ocasión le inducen a la virtud o al vicio?

 

Tal vez la naturaleza humana no pueda ser de otra manera. Quizás el hombre no pueda tener siempre pensamientos falsos y pensamientos verdaderos, afectos siempre tiernos, ni siempre crueles. Al parecer, se ha demostrado que la mujer es mejor que el hombre: encontraréis cien hermanos que sean enemigos por cada Clitemnestra.

 

Determinadas profesiones convierten en implacable al hombre que las ejerce; por ejemplo, las de soldado, matarife, arquero, carcelero y demás oficios relacionados con la desgracia ajena. El arquero, el corchete y el carcelero solo son felices haciendo desgraciados a los demás. Son necesarios para perseguir a los malhechores y desde este punto de vista son útiles a la sociedad. Es curioso oírles hablar de las proezas contra sus víctimas y las astucias que emplean para apoderarse de ellas, las crueldades físicas y morales que les infligen y el dinero que les extorsionan.

 

Todo aquel que se entera de las triquiñuelas del foro, que oye hablar a los togados campechanamente y regocijarse de las miserias de sus clientes, puede formar pésima opinión de la naturaleza humana.

 

Existen profesiones más repugnantes que, sin embargo, son tan solicitadas como una canonjía. Existen profesiones que tornan en bribón al hombre honrado, que le acostumbran a mentir contra su voluntad, a engañar, sin advertir apenas de que engaña; a hacer la vista gorda, a abusar por el interés y la vanidad de su estado y a sumir sin remordimiento alguno la especie humana en una ceguedad estúpida.

 

Las mujeres, ocupadas continuamente en criar a sus hijos y sujetas a los cuidados domésticos, están excluidas de esas profesiones que pervierten la naturaleza humana y la hacen perversa: en todas partes son menos bárbaras que los hombres. Su parte física se suma a su parte moral para alejarlas de los grandes crímenes, su temperamento es más dulce; en general, le repugnan los licores fuertes, que inspiran la ferocidad. Buena prueba de ello es que entre mil víctimas de la justicia, entre mil asesinos ejecutados, apenas se encuentran cuatro mujeres, como veremos en el artículo Mujer.

 

Hay autores que creen que nuestros usos y costumbres han hecho perversa a la especie masculina; si eso fuera regla general y sin excepción, esa especie sería más horrible que la de las arañas, los lobos y las garduñas, pero por suerte son raras las profesiones que endurecen el corazón y le llenan de pasiones odiosas. Téngase en cuenta que en una nación de veinte millones de almas hay todo lo más doscientos mil soldados, uno por cada cien individuos; los doscientos mil soldados los contiene el freno de la disciplina más severa y entre ellos hay gentes muy honradas que regresan a sus pueblos y terminan la vida siendo buenos padres y buenos maridos. Los demás oficios peligrosos para las costumbres son escasos en número. Los labradores, artesanos y artistas están demasiado ocupados para entregarse al crimen con frecuencia. En el mundo existirán siempre perversos detestables. Los libros exageran siempre su número, que aun siendo excesivo es menor de lo que dicen.

 

El hombre en estado de pura naturaleza. ¿Qué sería el hombre si viviera en el estado que se ha dado en llamar de pura naturaleza? Un animal muy inferior a los primeros iroqueses que encontramos en Norteamérica; inferior porque éstos sabían encender el fuego y construir flechas y ha sido preciso que pasaran siglos para hacer esas dos cosas.

 

El hombre abandonado a la naturaleza no tendría más idioma que algunos sonidos mal articulados, y su especie quedaría reducida a un exiguo número por la dificultad en alimentarse y la carencia de ayuda, al menos en nuestros tristes climas. Ignoraría el conocimiento de Dios y del alma, al igual que desconocería las matemáticas, y no tendría más preocupación que buscar cómo alimentarse: sería inferior a la especie de los castores.

 

En ese estado, el hombre sólo sería un niño talludo, y todavía se encuentran seres humanos que casi no han pasado de ese estado primitivo. Los lapones, samoyedos, cafres y hotentotes son, respecto al hombre en estado de pura naturaleza, lo que antiguamente eran las cortes de Ciro y de Semíramis comparadas con los hotentotes de nuestros días, superiores al hombre salvaje; son animales que viven seis meses al año en cavernas comiendo gusanos que más tarde se los comerán a su vez. Hablando en general, la especie humana sólo tiene dos o tres grados más de civilización que los hotentotes. La ingente cantidad de brutos que se llaman hombres, comparada con el escaso número de los que piensan está en la proporción de ciento por uno en muchos países. Es cosa curiosa contemplar, por un lado, al padre Malebranche entretenido en conversar llanamente con el Verbo, y por otro ver millones de bípedos semejantes a él que nunca han oído hablar del Verbo y no conocen ni una idea metafísica. Entre los hombres puramente instintivos y los hombres de genio campea un número inmenso que tan sólo se ocupa de subsistir.

 

La subsistencia exige trabajos tan arduos que con frecuencia es necesario que, en Norteamérica, el hombre, imagen de Dios, ande cinco o seis leguas para comer, y en nuestras latitudes es preciso que todo el año riegue la tierra con sus sudores para conseguir tener pan. Añadid al pan o su equivalente, una casucha y un mal vestido, y tendréis lo que es el hombre en general desde un extremo a otro del orbe, y para eso han tenido que transcurrir muchísimos siglos.

 

Con el fluir de los siglos, la civilización llegó al estado en que la encontramos. En nuestro país se representa una tragedia con música, en otro, se entabla un combate naval en el que se disparan cañones de bronce. La ópera y las fragatas de guerra asombran siempre mi imaginación, y dudo que pueda irse más allá en ninguno de los globos esparcidos en el universo. No obstante, más de la mitad del planeta está poblado de animales bípedos que viven en estado próximo al de pura naturaleza, no saben más que comer y vestirse, apenas gozan del don de la palabra, ignoran que son desgraciados, y viven y mueren sin saberlo.

 

                                                                           I

 

IDEA. Es la imagen que aparece en nuestro cerebro, y por tanto todos nuestros pensamientos son imágenes porque incluso las ideas más abstractas son reflejo de los objetos que percibimos. Pronuncio la palabra ser hablando en general, porque he conocido seres particulares. Pronuncio la palabra infinito porque he visto los límites y los restrinjo lo que puedo en mi entendimiento; concibo ideas porque tengo imágenes en el cerebro.

 

¿Quién es el pintor de esas imágenes? Yo no, que soy un pésimo dibujante; el que me creó es quien me dio las ideas. ¿Cómo sabemos que nosotros no nos proporcionamos las ideas? Porque las ideas las concebimos a menudo contra nuestra voluntad en tiempo de vigilia, y siempre en contra de nuestra voluntad cuando soñamos durmiendo. ¿Estáis convencidos de que las ideas no nos pertenecen, como tampoco nos pertenece el pelo que crece, se encanece y cae sin intervención nuestra? Es evidente que con el pelo lo que podemos hacer es rizarlo, cortarlo, empolvarlo, pero no podemos hacer que nazca, lo mismo que las ideas.

 

Entonces, ¿seréis de la opinión de Malebranche, que decía que lo vemos todo en Dios? Estoy seguro de que, si no vemos todas las cosas en el mismo Dios, las vemos mediante su acción omnipotente y omnipresente. No me preguntéis cómo se realiza esta acción, porque os he dicho múltiples veces que no lo sé y Dios no comunicó este secreto a nadie. Ignoro qué hace latir mi corazón, circular la sangre por las venas; ignoro cuál es el principio de todos mis movimientos, y tampoco puedo deciros por qué siento y por qué pienso.

 

Tampoco sé si la facultad de tener ideas es inherente a la extensión. Tatien, en el discurso que dirigió a los griegos, dice que el alma se compone de cuerpo. Ireneo, en el capítulo 62 del segundo libro, dice que d Señor nos ha enseñado que nuestras almas tienen la figura de nuestro cuerpo para conservar la memoria. Tertuliano asegura, en su segundo libro del Alma, que ella es corporal, y Arnobio, Lactancio, Hilario, Gregorio de Nicea y Ambrosio, son de la misma opinión. Otros padres de la Iglesia aseguran que el alma carece de extensión, y en esto son del parecer de Platón. Yo no me decido por ninguna de esas opiniones; para mí son incomprensibles uno y otro sistema, y después de estudiar esta materia toda mi vida estoy tan in albis como el primer día. Por lo que no valía la pena haberla estudiado. No cabe duda de que quien goza sabe más que aquel que reflexiona y por lo menos es más feliz, pero no ha dependido de mí admitir o rechazar en el cerebro todas las ideas que se presentan y combaten unas con otras y han tomado mis células medulares por campo de Agramante. Después de su combate, sólo he recogido por despojos la incertidumbre.

 

Es penoso tener muchas ideas y no conocer su naturaleza, pero es más penoso y necio todavía creer saber lo que no sabemos.

 

Si es cierto que concebimos las ideas por medio de los sentidos, ¿por qué la Sorbona, que siguió durante mucho tiempo esta doctrina de Aristóteles, la condena con tanta virulencia en Helvetius? Por la sencilla razón de que la Sorbona se compone de teólogos.

 

ÍDOLO, IDÓLATRA, IDOLATRÍA. Estos vocablos, derivados del griego, significan representación de una figura, servir, reverenciar, adorar. La voz adorar es de origen latino y tiene acepciones diferentes: llevar la mano a la boca cuando nos santiguamos, hacer reverencias, ponerse de rodillas, rendir un culto supremo... Siempre los equívocos.

 

Es de advertir que el Diccionario de Trévoux inicia el artículo de este título diciendo que todos los paganos eran idólatras y los hindúes lo son todavía. Ahora bien en primer lugar, a nadie se llamó pagano antes de la época de Teodosio el Joven, y así llamaron entonces a los habitantes de las localidades o aldeas de Italia que conservaron su antigua religión. En segundo lugar, el Indostán es mahometano y los mahometanos son enemigos implacables de las imágenes y de la idolatría. En tercer lugar, tampoco se puede llamar idólatras a muchos pueblos de la India que pertenecen a la antigua religión de los parsis, ni a determinadas castas que no reverencian ningún ídolo.

 

Acerca de si hubo alguna vez un gobierno idólatra, debemos objetar que ningún pueblo del mundo tomó el nombre de idólatra porque ese adjetivo es injurioso, como el remoquete de gabacho que los españoles aplicaron antaño a los franceses y el de marranos que éstos aplicaron a aquéllos. Si hubieran preguntado al Senado de Roma, al Areópago de Atenas, o a la corte de los reyes de Persia: «¿Sois idólatras?», no hubieran entendido la pregunta y nadie hubiera contestado: «Adoramos imágenes, adoramos ídolos». Las palabras idólatra e idolatría no se encuentran en Homero, Hesíodo, Herodoto, ni en ningún autor de la religión pagana. Nunca se promulgó ningún edicto, ninguna ley, que ordenara que se adorase a los ídolos, les sirvieran y les considerasen como dioses.

 

Cuando los caudillos romanos y cartagineses celebraban tratados ponían por testigos a sus dioses y decían que en presencia de ellos juraban la paz. Pero las estatuas de los dioses, cuya enumeración sería muy larga, no estaban en las tiendas de los caudillos. Estos simulaban que los dioses presenciaban los actos de los hombres como testigos y jueces, pero no es el simulacro lo que constituía la divinidad.

 

¿Cómo consideraban, pues, en los templos las estatuas de sus falsos dioses? Las consideraban, si se nos permite expresarlo así, como los católicos consideran las imágenes que veneran. El error de los paganos no consistió en adorar una talla de madera o de mármol, sino en adorar la falsa divinidad representada por esas imágenes. La diferencia entre ellos y nosotros no consiste en que ellos tuvieran imágenes y los católicos no las tuvieran en determinada época; la diferencia radica en que sus imágenes representan seres fantásticos de una religión falsa y las imágenes nuestras simbolizan seres reales de la verdadera religión. Los griegos erigieron una estatua a Hércules y nosotros la hemos erigido a san Cristóbal; ellos tuvieron a Esculapio y su cabra y nosotros a san Roque y su perro; ellos reconocieron a Marte con su lanza, y nosotros a san Antonio de Padua y a Santiago de Compostela.

Cuando el cónsul Plinio dirige sus súplicas a los dioses inmortales en el exordio del Panegírico de Trajano, no las dirige a las imágenes porque éstas no eran inmortales.

 

Ni en los últimos tiempos del paganismo, ni en los primeros, se encuentra un solo hecho del que podamos colegir que adoraron ídolos. Homero sólo habla de los dioses que moraban en la cumbre del Olimpo. El palladium, que descendió del cielo, sólo fue una garantía sagrada de la protección que les otorgaba Palas Atenea, y en el palladium veneraban a dicha diosa.

 

Los romanos y los griegos se prosternaban ante sus estatuas, les ceñían coronas, las perfumaban con incienso y con flores y las paseaban procesionalmente por las plazas públicas; nosotros hemos santificado esas costumbres y no por eso somos idólatras. Las mujeres, en época de sequía, llevaban las estatuas de los dioses tras haber ayunado, caminaban descalzas y desmelenadas, y en seguida llovía a cántaros, statim urceatim pluebat, como dice Petronio. ¿No hemos consagrado esa costumbre, tildada de ilegítima entre los gentiles y considerada legítima entre nosotros? ¿No hemos visto en muchas ciudades llevar procesionalmente con los pies descalzos reliquias de santos, para obtener por intercesión de éstos las bendiciones del cielo? Si un turco o un hombre de letras chino presenciaran semejantes ceremonias, podrían por ignorancia acusarnos de tener fe en los simulacros que paseamos en las procesiones.

 

Examen de la idolatría antigua. En la época de Carlos 1, declararon en Inglaterra que era idólatra la religión católica. Los presbiterianos están convencidos de que los católicos adoran un pan que comen y figuras que son obra de los escultores y pintores. Lo que parte de Europa reprocha a los católicos, éstos lo censuran a los paganos. Sorprende el ingente número de acusaciones que en todos los tiempos han fulminado contra la idolatría de los griegos y romanos, y esta sorpresa crece de punto cuando nos convencemos de que no fueron idólatras.

 

Tenían unos templos más privilegiados que otros: la Diana de Éfeso gozaba de mayor reputación que cualquier Diana de aldea. En el templo de Esculapio se obraban más milagros en Epidauro que en ningún otro de los templos de éste. La estatua de Zeus Olímpico atraía más ofrendas que la de Zeus de Paflagonia (Asia Menor). Mas como estamos obligados aquí a oponer las costumbres de la religión verdadera a las de una religión falsa, ¿por qué después de transcurrir tantos siglos tenemos más devoción a unos altares que a otros? ¿No llevamos más ofrendas a Nuestra Señora de Loreto que a Nuestra Señora de las Nieves? La multiplicidad de imágenes de la misma persona prueba que no son esas imágenes lo que adoramos, sino que rendimos culto a la persona que representan, pues no es posible que cada imagen represente un ser distinto. Existen infinidad de imágenes de san Francisco que no se le parecen, ni se parecen unas a otras, y todas ellas simbolizan a un solo san Francisco, al que invocan en el día de su fiesta los devotos del santo.

 

Los griegos idearon una Diana, un Apolo y un Esculapio, y no tantos Apolos, Dianas y Esculapios como tenían en estatuas y en templos. Está demostrado cuanto permite demostrar un punto de historia, que los antiguos no creían que una estatua fuera una divinidad y que el culto no se tributaba a la estatua, ni al ídolo; por consiguiente, los antiguos no eran idólatras. No basta ese pretexto para que nos acusen de idolatría.

 

El populacho garbancero y supersticioso que no sabía razonar, dudar, negar, ni creer, que acudía al templo por estar ocioso y porque en él son pariguales los humildes y los grandes, que presentaba ofrendas por costumbre, que hablaba continuamente de milagros sin examinar ninguno, ese populacho, digo, pudo muy bien ante la Diana de Éfeso o el Júpiter tonante, sobrecogido de temor religioso, adorar esas estatuas. Tal ocurre a veces en nuestras iglesias a los incultos aldeanos, a pesar de haberles enseñado que deben pedir su intercesión a los bienaventurados y los santos, no a las estatuas de madera o de piedra.

 

Los griegos y romanos aumentaron el número de sus dioses por medio de las apoteosis. Los griegos divinizaron a los conquistadores, como por ejemplo a Baco, Hércules y Perseo. Roma erigió altares a sus emperadores. Nuestras apoteosis son de distinta clase: tenemos más santos que ellos dioses secundarios. Pero no han pasado al santoral por su alta posición, ni por sus conquistas, y elevamos a los altares a hombres sencillamente virtuosos que desconocería el mundo si no ocuparan un sitio en el cielo. La adulación servía de pase para las apoteosis de los antiguos; las nuestras se fundamentan en la virtud.

 

Cicerón, en sus obras de filosofía, ni siquiera deja vislumbrar que los romanos confundieran las estatuas de los dioses con los dioses mismos sus interlocutores atacan la religión establecida, pero ninguno de ellos acusa a los romanos de creer que el mármol y el bronce son divinidades. Lucrecio no reprocha a nadie esa paparrucha y le place atacar a los supersticiosos. Esos dos autores prueban que los antiguos no fueron idólatras.

 

Horacio hace decir a una estatua de Príapo: «En otro tiempo fui un tronco de higuera, y un carpintero, dudando si hacer de mí un dios o un banco, se decidió por fin hacerme dios» (Sátira VIII del libro I). ¿Qué debemos deducir de esta chirigota? Que Príapo era una divinidad secundaria, objeto de burla por los guasones; es más, esa chirigota prueba que no reverenciaban la figura de Príapo, que ponían en las huertas como espantapájaros.

 

Dacier, ingenioso comentarista, refiere que Baruc predijo esa aventura cuando dijo que el destino de los dioses «será el que los artesanos quieran que sea», pero podía haber observado también que lo mismo se puede decir de todas las imágenes divinizadas. ¿Tuvo Baruc una premonición de las sátiras de Horacio? De un bloque de mármol lo mismo se puede hacer una pila bautismal que una estatua de Alejandro o de Júpiter. La materia de que estaban formados los querubines del Santo de los santos hubiera podido servir también para las funciones más viles. ¿Se reverencia menos el trono y el altar porque el artesano hubiera podido hacer con esa madera una mesa de cocina?

 

Dacier, en vez de afirmar que los romanos adoraban la estatua de Príapo, que Baruc predijo, debía haber dicho que los romanos se burlaban de ella. Consultad todos los autores que hablan de las estatuas de sus dioses y veréis que ninguno habla de idolatría, sino en sentido contrario. Marcial dice: «Los dioses no los hacen los artesanos, sino quienes les rezan». Ovidio afirma: «En la imagen de Dios, sólo a Dios se adora». Estacio escribe: «Los dioses no están encerrados en ningún arca, habitan en nuestros corazones». Lucano comenta: «El universo es la morada y el imperio de Dios». Podríamos añadir una larga serie de citas de autores romanos que declaran que las imágenes sólo se consideraban como lo que eran: imágenes.

 

Sólo en los casos que las estatuas pronunciaban oráculos pudo creerse que encerraban algo de divino, pero la opinión dominante entonces era que los dioses habían elegido determinados altares, ciertos simulacros para residir en ellos algunas veces, dar audiencia a los mortales y contestarles. Sólo se encuentran en Homero y en los coros de la tragedia griega plegarias dirigidas a Apolo, que pronuncia sus oráculos en las montañas en tal templo o en tal ciudad, pero no hay en toda la Antigüedad el menor indicio de un rezo dirigido a una estatua. Es posible que creyeran que la divinidad prefiriera algunos templos y algunas imágenes, igual que se creyó que sentía predilección por algunos hombres; también tenemos nosotros muchas imágenes milagrosas. Y si nosotros no somos idólatras ¿qué derecho tenemos para decir que los antiguos lo fueran?

 

Los que profesaban la magia, creyendo que era una ciencia o fingiendo que lo creían, alardeaban de poseer el secreto para hacer descender a los dioses del cielo y meterse dentro de las estatuas, pero no a los dioses mayores, sino a los dioses secundarios y a los genios. Esto es lo que Mercurio Trismegista llamaba hacer dioses, y lo que san Agustín refuta en su Ciudad de Dios. Pero esto nos demuestra que los simulacros no tenían nada de divino porque necesitaban que un mago les diera vida, y me parece que ocurriría raras veces que el mago fuera lo bastante hábil como para insuflar alma a una estatua y hacerla hablar.

 

En suma, las imágenes de los dioses no eran dioses. Júpiter, no su imagen, lanzaba el rayo, la estatua de Neptuno no agitaba los mares, ni la de Apolo concedía la luz. Los griegos y romanos eran gentiles y politeístas, pero no idólatras. Les lanzábamos esta injuria cuando no teníamos estatuas ni templos, y hemos continuado injuriándoles cuando nos hemos servido de la pintura y la escultura para honrar nuestras verdades, como ellos se sirvieron de los artistas de la pintura y de los escultores para honrar sus errores.

 

Los persas, sabeos, egipcios, tártaros y turcos no han sido idólatras. Origen de los simulacros denominados ídolos. Historia de su culto. Yerran quienes llaman idólatras a los pueblos que rindieron culto al sol y a las estrellas. Esas naciones carecieron mucho tiempo de simulacros y de templos, y sólo se equivocaron en tributar a los astros el culto que debían al que los creó. Además, el dogma de Zoroastro, recogido en el Sadder, enseña que existe un Ser Supremo vengador y remunerador, y esta enseñanza está muy lejos de la idolatría. China no conoció nunca los ídolos y profesó siempre el culto sencillo del señor del cielo Kingtien. Entre los tártaros, Gengis Kan no era idólatra, ni tenía ningún simulacro. Los musulmanes afincados en Grecia, Asia Menor, Siria, Persia, India y Africa, llaman a los cristianos idólatras, giarus, porque creen que rinden culto a las imágenes; por eso destrozaron muchas estatuas que encontraron en Constantinopla, en las iglesias de Santa Sofía, de los Santos Apóstoles y en otras, que convirtieron en mezquitas. Les engañó la apariencia que ofusca con frecuencia a los hombres haciéndoles creer que las iglesias dedicadas a santos que fueron hombres, las imágenes de esos santos que adoraban de rodillas y los milagros que obraban en esos templos eran pruebas fehacientes de idolatría; sin embargo, no lo son. Los cristianos adoran un Dios único y reverencian en los bienaventurados la virtud de Dios, que obra por medio de los santos. Los iconoclastas y los protestantes también acusan de idolatría a la Iglesia católica y siempre se les da igual contestación.

 

Como el hombre rara vez tiene ideas exactas y tampoco las expresa con exactitud, llamamos idólatras a los gentiles, sobre todo politeístas. Muchos volúmenes se han escrito para sostener opiniones diferentes respecto al origen del culto tributado a Dios o a muchos dioses antropomórficos, multitud de libros y opiniones que sólo prueban que lo ignoramos. ¡No sabemos quién inventó el traje y el calzado y queremos saber quién inventó los ídolos! Nada nos revela un pasaje de Sanchoniathon, que vivía antes de la guerra de Troya, nada nos enseña cuando dice que el caos, el espíritu, el soplo, enamorado de sus principios, sacó de ellos el limo, hizo el aire luminoso, y el viento Colp y su esposa Bau engendraron a Eón, y Eón engendró a Genos, y que Cronos, descendiente de éste, tenía dos ojos detrás y dos delante, se convirtió en dios y dio el Egipto a su hijo Thaut. He aquí uno de los más respetables monumentos de la Antigüedad.

 

Orfeo sólo nos enseña en su Teogonía lo que Damascio nos ha conservado. Orfeo representa el principio del mundo bajo la figura de un dragón bicéfalo; una cabeza de toro y otra de león con el rostro en medio de ellas y alas doradas en la espalda. De esas fantasías tan extravagantes podemos colegir dos grandes verdades: que las imágenes sensibles y los jeroglíficos se conocen desde la más remota Antigüedad, y que los antiguos filósofos reconocieron un primer principio.

 

Tocante al politeísmo, el sentido común nos hace comprender que desde que existieron hombres, o sea animales débiles, capaces de raciocinio y de locura, sujetos a muchos accidentes, a las enfermedades y a la muerte, conocieron su debilidad y su dependencia, y reconocieron fácilmente que hay algo más poderoso que ellos; barruntaron que existe una fuerza en la tierra que produce los alimentos, una fuerza en el aire que con frecuencia los destruye, una fuerza en el fuego que consume, y una fuerza en el agua que anega. ¿No es natural en hombres ignorantes imaginar que existen seres que presiden los elementos? ¿No es natural que reverenciaran la fuerza invisible que hacía brillar a sus ojos el sol y las estrellas? Cuando trataron de formarse una idea de esas potencias superiores al hombre, ¿no era natural que las representaran de manera sensible?, ¿podían hacerlo de otra forma? La religión hebraica, que precedió a la nuestra e inspiró el mismo Dios, estaba cuajada de esas imágenes que la simbolizan. Yahvé se digna hablar dentro de una zarza el lenguaje humano y aparece sobre una montaña: los espíritus celestes que El envía descienden también en forma humana, y el santuario está lleno de querubines, con cuerpo de hombre, alas y cabeza de animal. Esto dio lugar al error de Plutarco, Tácito y otros, de reprochar a los judíos que adorasen una cabeza de asno. Dios, pese a haber prohibido pintar y esculpir su imagen, se dignó ponerse a nivel de la debilidad humana, que deseaba hablaran a sus sentidos por medio de imágenes.

 

Isaías, en el capítulo VI, ve al Señor sentado en un trono y la parte baja de su manto llena el templo. El Señor extiende la mano y toca la boca de Jeremías, en el capítulo I de ese profeta. Ezequiel ve aparecérsele en un trono de zafiro, en el que Yahvé está sentado como un hombre. Estas imágenes no alteran la pureza de la religión hebraica, que no empleó nunca estatuas, cuadros ni ídolos para representar a Dios a los ojos del pueblo.

 

Los hombres de letras de China, los parsis y los antiguos egipcios no tuvieron ídolos, pero simbolizaron muy pronto a Isis y a Osiris; en Babilonia, Bel no tardó en ser un gran coloso, y Brahma un monstruo caprichoso en la península de la India. Los griegos multiplicaron los nombres de los dioses, las estatuas y los templos, pero siempre atribuyeron el poder supremo a Zeus, que los latinos llaman Júpiter, señor de los dioses en el cielo, sin saber qué entendían por cielo (1).

 

(1) Véase Cielo de los antiguos.

 

Los romanos tuvieron doce dioses superiores, seis varones y seis hembras, que llamaban Dii majores gentium: Júpiter, Neptuno, Apolo, Vulcano, Marte, Mercurio, Juno, Vesta, Minerva, Ceres, Venus y Diana. Se olvidaron entonces de Plutón y Vesta ocupó su sitio. Tenían luego dioses inferiores, minores gentium, semidioses y héroes como Baco, Hércules y Esculapio, dioses infernales como Plutón y Proserpina, dioses del mar como Tetis, Anfitrite, las Nereidas y Glaucus; además, tenían las Dríadas, las Náyades, los dioses de los jardines y de los pastores; tenían dioses para cada profesión, cada función de la vida, para los niños, las jóvenes núbiles, las casadas, las parturientas, incluso tuvieron el dios Pedo. Divinizaron a los emperadores, pero ni éstos, ni el dios Pedo, ni la diosa Pertunda, ni Príapo, ni Rumilia, que era la diosa de las mamas, ni Estercutio, que era el dios de la guardarropa, eran considerados como señores del cielo y de la tierra. Algunas veces erigieron templos a los emperadores, pero nunca a los dioses penates; sin embargo, unos y otros tuvieron su representación en estatuas o ídolos.

 

Había los dioses lares que servían de solaz a las viejas y niños y no estaban autorizados para recibir culto público. Dejaban en libertad a cada individuo para tener la superstición que quisiera. Todavía se han encontrado algunos de esos dioses lares en las ruinas de las ciudades antiguas.

 

Aunque no sabemos con exactitud cuándo empezaron a conocerse 108 ídolos, sabemos que datan de la más remota Antigüedad. Taré, padre de Abrahán, construía ídolos en Ur (Caldea). Raquel robó y se llevó los ídolos de su suegro Labán. Es cuanto sabemos de más antiguo respecto a este punto.

 

¿Qué noción tenían las antiguas naciones de esos simulacros, qué virtud y qué poder les atribuían? ¿Creían que los dioses descendían del cielo para meterse en las estatuas y comunicarles una parte del espíritu divino, o que no se la comunicaban? Acerca de esta cuestión se ha escrito mucho, pero en vano, porque cada hombre la juzga según el grado de su razón, su credulidad o su fanatismo. Lo indudable es que los sacerdotes atribuían el mayor grado de divinidad posible a las estatuas para atraerse más ofrendas. Todos sabemos que los filósofos reprobaban esas supersticiones, que los mílites se burlaban de ellas, que los magistrados las toleraban y que el pueblo no sabía qué pensar. Esta es, en suma, la historia de todas las naciones a las que Dios no se dignó darse a conocer.

 

Igual podemos decir de la idea del culto que en todo Egipto se rendía a un buey, que muchas ciudades tributaban a un perro, un mono, un gato o a las cebollas. Hay motivos para creer que al principio esos objetos fueron emblemas, y que luego adoraran al buey Apis y al perro Anubis: comían siempre buey y cebollas. Pero es difícil averiguar qué idea tuvieron las ancianas de Egipto de las cebollas sagradas y de los bueyes.

 

Algunas veces, los ídolos hablaban. En Roma, el día de la fiesta de Cibeles cuando la trasladaron desde el palacio del rey Atala, dicha estatua dijo: «Quise que me trasladaran sin pérdida de tiempo. Roma merece que todos los dioses se establezcan en dicha capital». La estatua de la diosa Fortuna también habló. Los Escipiones, Cicerón y César no lo creían, pero la vieja a la que Eucolpe dio un sestercio para que comprara dioses y gansos (1), pudo muy bien creerlo. Los ídolos pronunciaban también oráculos, y los sacerdotes, escondidos en el hueco de las estatuas, hablaban en nombre de la divinidad.

 

(1) Petronio, cap. CXXXVII.

 

¿Cómo es que las naciones antiguas, que tenían muchos dioses, teogonías distintas y cultos particulares, jamás promovieron guerras religiosas? La paz que gozaron fue un bien que nació de un mal, de un error porque cada nación, como reconocía muchos dioses inferiores, le parecía bien que los demás pueblos tuvieran los suyos. A excepción de Cambises que mató al buey Apis no encontramos en la historia profana ningún conquistador que ofendiera a los dioses de los pueblos vencidos. Los gentiles no reconocieron religión exclusiva y los sacerdotes sólo pensaban en acrecentar las ofrendas y los sacrificios.

 

Las primeras ofrendas consistieron en frutos, pero pronto fue preciso sacrificar animales para que los comieran los sacerdotes, y ellos mismos los degollaban haciendo de carniceros; finalmente, introdujeron la inhumana costumbre de inmolar personas, sobre todo niños y doncellas. Nunca los chinos, ni los parsis, ni los hindúes, cometieron semejantes atrocidades, pero en Hierópolis (Egipto), según Porfiro, sacrificaban hombres.

 

En la Táurida inmolaban a los extranjeros; por fortuna, los sacerdotes de Táurida rara vez podían realizar esos sacrificios. Los primitivos griegos, los fenicios, tirios y cartaginenses participaron de esta abominable superstición. Incluso los romanos perpetraron ese crimen de religión. Plutarco refiere que inmolaron dos griegos y dos galos para expiar los devaneos de tres vestales. Procopio, que fue coetáneo de Teodoberto, rey de los francos, dice que éstos inmolaron varios hombres cuando irrumpieron en Italia con dicho príncipe. Los galos y los germanos realizaban también tan horribles sacrificios. No se puede leer la historia sin sentir horror hacia el género humano.

 

Entre los judíos, Jefté sacrificó a su hija, y Saúl se preparaba para inmolar 8 SU hijo. Cierto es que a quienes condenaba el Señor por anatema no podían rescatarse y era indispensable que perecieran. En otra parte nos ocuparemos de las víctimas humanas que sacrificaban todas las religiones (2).

 

(2) Véase el artículo Jefté.

 

Para consolar al género humano de los horrores que acabamos de esbozar diremos que en casi todas las naciones llamadas idólatras existieron la teología sagrada y el error popular, el culto secreto y las ceremonias públicas, la religión de los sabios y la del vulgo. Enseñaban la existencia de un solo dios a los iniciados en los misterios; para convencerse, basta leer el himno atribuido al antiguo Orfeo, que se cantaba en los misterios de Ceres Eleusina, célebre en Europa y Asia, que reza así: «Contempla la naturaleza divina, ilumina tu espíritu, dirige tu corazón, anda por el camino de la justicia, que el dios del cielo y de la tierra esté siempre delante de tus ojos: es único, existe por sí mismo, todos los seres reciben de él la existencia, los sostiene a todos, jamás le vieron los mortales, y él lo ve todo».

 

Léase, además, este pasaje del filósofo Máximo de Madaura: a¿Qué hombre es bastante ignorante y estúpido para dudar que existe un Dios Supremo, eterno, infinito, que no engendró nada semejante a El, y que es el padre común de todo?» Hay otros muchos testimonios de que los sabios, no sólo aborrecen la idolatría, sino también el politeísmo.

 

Epicteto, modelo de resignación y paciencia, hombre superior nacido en humildísima cuna, habla siempre de un solo Dios: «Dios me creó Dios está dentro de mí y lo llevo a todas partes. ¿Debo mancharlo con pensamientos obscenos, con actos injustos, con infames deseos? Mi deber consiste en dar gracias a Dios por todo, en alabarle por todo y en no dejar de bendecirle hasta que cese de vivir». ¿Puede llamarse idólatra a Epicteto?

 

Marco Aurelio, que acaso fue tan grande sentado en el trono del Imperio romano, como Epicteto sumido en la esclavitud, si bien habla con frecuencia de los dioses —ya para conformarse con el lenguaje admitido ya para expresar los seres intermediarios entre Ser Supremo y los hombres—, en muchas partes nos da a entender que reconoce la existencia de un Dios eterno e infinito. «Nuestra alma —dice— es una emanación de la Divinidad; mis hijos, mi cuerpo y mi espíritu, provienen de Dios.»

 

Los estoicos y los platónicos admitían una naturaleza divina y universal; los epicúreos la negaban. Los pontífices hablaban de un Dios único en los misterios. ¿Quiénes eran, pues, idólatras?

 

El Diccionario de Morelli incurre en el error de decir que desde el tiempo de Teodosio el Joven sólo quedaron idólatras en los países más atrasados de Asia y Africa. Quedaron en Italia muchos pueblos que permanecieron siendo gentiles hasta el siglo VII. El norte de Alemania, desde el Veser, no era cristiano desde los tiempos de Carlomagno. Polonia y todo el Septentrión continuaron mucho tiempo después del mencionado emperador profesando lo que se llama idolatría. La mitad de Africa, todos los países de más allá del Ganges, Japón, el populacho de China y muchas hordas de tártaros, han conservado su antiguo culto. En Europa sólo algunos lapones, samoyedos y tártaros, han perseverado en la religión de sus antepasados.

 

En la época que conocemos por la Edad Media llamábamos al país de los mahometanos la Paganía, y tildábamos de idólatras, adoradores de imágenes, a un pueblo que tenía horror a éstas. Confesemos también que tienen motivo los turcos para creer que somos idólatras cuando contemplan nuestros altares cargados de imágenes y estatuas.

 

Un gentilhombre del príncipe Ragotski me contó bajo palabra de honor que, en un café de Constantinopla, la dueña del establecimiento mandó que no le sirvieran porque creyó que era idólatra. Pero como era afecto al credo protestante, juró y perjuró que no adoraba la hostia ni las imágenes. «Si eso es cierto —contestó la dueña—, venid al café todos los días y mandaré que os sirvan gratis.»

 

IGLESIA. Compendio de la historia de la Iglesia cristiana. No pretendemos sondear las profundidades de la teología, guárdenos Dios de ello. Nos satisface tener humilde fe y nos limitaremos solamente a referir.

 

En los primeros años que siguieron a la muerte de Cristo, Dios y hombre, el pueblo hebreo contaba con nueve escuelas o, lo que es igual, nueve comunidades religiosas. Componían estas comunidades los fariseos, saduceos, esenios, judaítas, terapeutas, herodianos, recabitas, los discípulos de Juan y los discípulos de Jesús, que se llamaban los hermanos, galileos o fieles, que en Antioquía tomaron el nombre de cristianos el año 60 de nuestra era, y que Dios guiaba secretamente por caminos desconocidos para los hombres.

 

Los fariseos creían en la metempsicosis y los saduceos negaban la inmortalidad del alma y la existencia de los espíritus; sin embargo, permanecían fieles al Pentateuco. Plinio el naturalista llama a los esenios gens aeterna in qua nemo nascitur (familia eterna en la que nadie nace, por cuanto los esenios se casaban rara vez). Esta definición se aplicó más tarde a los cenobitas.

 

Es difícil averiguar si Flavio Josefo se refiere a los esenios o a los judaítas, cuando dice: «No hacen caso de las desgracias del mundo; con su constancia triunfan del tormento, y prefieren la muerte a la vida cuando reciben aquélla por un motivo honroso. Resisten al hierro y al fuego, y consienten que les quiebren los huesos antes que proferir la menor palabra contra su legislador y que comer alimentos prohibidos». Al parecer, ese retrato debe ser de los judaítas, no de los esenios, si nos fijamos en estas palabras de Josefo: «Judas fue el fundador de una nueva secta, distinta de los saduceos, fariseos y esenios. Los que pertenecen a ella son judíos de nación, viven juntos y consideran como un vicio la voluptuosidad». El sentido lógico de esta frase hace creer que el autor se refiere a los judaítas. Sea como fuere, éstos fueron antes que los discípulos de Cristo empezaran a formar una comunidad considerable en el mundo. Hay quienes los creen herejes y que adoraban a Judas Iscariote.

 

Los terapeutas constituían una secta diferente de los esenios y de los judaítas, y se asemejaban a los gimnosofistas de las Indias y a los brahmanes. «Se extasían —dice Filón— en arrebatos de amor celeste que les proporciona el entusiasmo de las bacantes y coribantes y los sume en el estado de contemplación que desean. Esta secta nació en Alejandría, donde pululaban los judíos, y se extendió mucho por Egipto.»

 

Los recabitas todavía subsisten (1). Se abstenían de beber vino y puede que de esta secta se aprovechara Mahoma para prohibir el vino a los musulmanes.

 

(1) Los recabitas datan de muy antiguo. Descienden de Jonadab, hijo de Rechab y amigo de Jehu, y hacían voto de vivir en tiendas como los nómadas. Cuando la invasión de Nabucodonosor se refugiaron en Jerusalén.

 

Los herodianos creían que Herodes, primero de este nombre, era un mesías, un enviado de Dios, porque reedificó el templo, y consta que los hebreos celebraban su fiesta en Roma en la época de Nerón. Los discípulos de Juan Bautista se extendieron por Egipto, pero mucho más por Siria, Arabia y el golfo Pérsico. Actualmente les llaman cristianos de san Juan, y los hubo en el Asia Menor. Los Hechos de los Apóstoles refieren que Pablo, encontrando muchos de esos cristianos en Éfeso, les preguntó: «¿Habéis recibido el Espíritu Santo?» Y le respondieron: «Ni siquiera hemos oído que exista un Espíritu Santo». Pablo les replicó: «¿Qué bautismo habéis recibido, pues?» Y le contestaron: «El bautismo de Juan».

 

Con todo, los cristianos, como todo el mundo sabe, pusieron los cimientos de la única religión verdadera. Quien más contribuyó a consolidar esta comunidad naciente fue el mismo Pablo que con el mayor encono la había perseguido. Pablo, natural de Tarsis, fue educado por el famoso doctor fariseo Gamaliel, discípulo de Hillel. Los judíos aseguran que riñó con Gamaliel porque éste se negó a que enmaridara con su hija. Se traslucen indicios de esta anécdota en los Hechos de Santa Tecla, en cuyo texto se dice que tenía la frente ancha, la cabeza calva, las cejas juntas, la nariz aguileña, la talla corta y gruesa y las piernas torcidas. Luciano, en su Diálogo de Filopatris, hace un retrato parecido. Se ha puesto en duda que fuera ciudadano romano, dado que en aquella época no se concedía ese título a los judíos, que Tiberio expulsó de Roma, y Tarsis no fue colonia romana como hace constar Celario en su Geografía, libro III, y Grotio en su Comentario de los Hechos.

 

Dios, que descendió al mundo para presentar el ejemplo de la humildad y la pobreza, dio a su Iglesia los más débiles principios y la dirigió en el estado de humillación en que El se dignó nacer. Todos los paleocristianos eran hombres desconocidos que se ganaban la vida con el trabajo de sus manos. Pablo se dedicaba a hacer tiendas de campaña. La asamblea de los fieles se reunía en Joppe, en casa de un curtidor llamado Simón, según consta en el capítulo IX de los Hechos de los Apóstoles.

 

Los fieles se esparcieron secretamente por Grecia y de allí algunos fueron a Roma, a vivir entre los judíos, a quienes los romanos permitieron tener una sinagoga. Al principio no se separaron de los judíos y al igual que éstos siguieron la práctica de la circuncisión. Los quince primerísimos obispos secretos que hubo en Jerusalén fueron circuncidados o por lo menos, pertenecieron a la nación judía.

 

Cuando Pablo se llevó a Timoteo, hijo de padre gentil, le circuncidó él mismo en Listre. Tito, que era otro discípulo de Pablo, no quiso someterse a la circuncisión. Los hermanos discípulos de Jesús permanecieron unidos a los judíos hasta la época en que Pablo fue perseguido en Jerusalén por introducir extranjeros en el templo. Los judíos le acusaron de querer destruir la ley mosaica que dictó Jesucristo. Para invalidar esta acusación, el apóstol Santiago le propuso que se hiciera rapar la cabeza y fuera a purificarse en el templo con cuatro judíos que habían hecho voto de raparse. «Buscadlos —dice Santiago en los Hechos de los Apóstoles—, purificaos con ellos y que todo el mundo sepa la falsedad que os atribuyen y que continuáis observando la ley de Moisés.» De este modo, Pablo, siendo ya cristiano, se judaiza para que el mundo sepa que le calumnian al decir que no observa la ley mosaica. También le acusaron de impiedad y herejía, y el proceso criminal incoado contra él duró mucho tiempo, pero se ve con claridad, hasta en las acusaciones, que fue a Jerusalén para observar los ritos judaicos. Dice a Festas estas palabras: «No he pecado contra la ley judía, ni contra el templo».

 

Los apóstoles anunciaban a Jesucristo como un hombre justo indignamente perseguido, como un profeta, como un hijo de Dios enviado a los judíos para reformar sus costumbres. «La circuncisión es útil —dice Pablo en su epístola a los romanos— si observáis la ley, pero si la infringís vuestra circuncisión se convierte en prepucio. Si un incircunciso cumple la ley se debe considerar circuncidado. El verdadero judío lo es interiormente.»

 

Cuando Pablo habla de Jesucristo en sus Epístolas no revela el misterio inefable de su consustancialidad con Dios: «Nos libró de la ira de Dios. El don de Dios se ha infundido entre nosotros por la gracia concedida a un solo hombre, Jesucristo. La muerte reina por el pecado de un 8010 hombre, y los justos reinarán en la vida por un solo hombre, que es Jesucristo. Nosotros somos los herederos de Dios y los coherederos de Cristo. Todo está sujeto, salvo Dios, que ha sujetado todas las cosas».

 

La sabiduría de los apóstoles fundó la Iglesia naciente, pero no consiguió destruir la acalorada disputa que tuvieron los apóstoles Pedro, Santiago y Juan con Pablo, en Antioquía. Pedro comía con los gentiles convertidos sin observar con ellos las ceremonias de la ley y sin distinguir de carnes; comía con Bernabé y otros discípulos lo mismo carne de cerdo que carnes ahumadas, que animales; pero cuando llegaron allí muchos judíos cristianos Pedro se abstuvo ante ellos de comer alimentos prohibidos y practicó las ceremonias de la ley mosaica. Su conducta fue muy prudente al no escandalizar a sus compañeros, los judíos cristianos, pero Pablo le amonestó con rudeza: «Le reprendí —dice— porque su proceder fue vituperable».

 

La severidad de Pablo no parece tener disculpa, pues siendo al principio perseguidor de los cristianos debía ser más transigente; cuando fue a sacrificar en el templo de Jerusalén, había circuncidado a su discípulo Timoteo y observado los ritos judíos, que entonces reprochaba a Pedro. San Jerónimo opina que la disputa que medió entre Pablo y Pedro fue fingida. En su primera Homilía, dice que ambos apóstoles obraron como dos abogados que se acaloran y se combaten en el foro para adquirir más autoridad ante sus clientes; que dedicándose Pedro a predicar a los judíos y Pablo a los gentiles, fingieron dicha disputa, Pablo para atraerse a los gentiles y Pedro para atraerse a los judíos. San Agustín discrepa de esta opinión. Esta disputa entre Agustín y Jerónimo no debe menguar la veneración que les tenemos, ni menos la devoción que nos inspiran los apóstoles Pedro y Pablo.

 

Por lo demás, si Pedro se dedicaba a los judíos judaizantes y Pablo a los extranjeros, parece probable que Pedro no fuera a Roma. Los Hechos de los Apóstoles no mencionan el viaje de Pedro a Italia.

 

Allá por el año 60 de nuestra era, los cristianos empezaron a separarse de la comunidad judía, separación que les acarreó muchos disgustos y persecuciones de las sinagogas establecidas en Roma, Grecia, Egipto y Asia. Sus hermanos judíos les acusaron de impiedad y ateísmo y les excomulgaron en sus sinagogas tres veces todos los sábados, pero Dios los sostuvo siempre que fueron perseguidos.

 

Poco a poco llegaron a formarse muchas iglesias y los judíos y cristianos se separaron del todo antes de terminar el siglo r. Ni el Senado de Roma, ni los emperadores, se inmiscuyeron en las cuestiones del reducido rebaño que hasta entonces en la oscuridad había dirigido Dios.

 

Una vez establecido el cristianismo en Grecia y Alejandría, los cristianos tuvieron que combatir con una nueva secta de judíos que se convirtieron en filósofos por el frecuente trato que tenían con los griegos: los gnósticos. Las sectas enumeradas gozaban entonces de total libertad para dogmatizar, hablar y escribir, cuando los adeptos judíos que estaban establecidos en Grecia y Alejandría no los acusaban los magistrados. Pero en la época de Domiciano la religión cristiana empezó a proyectar alguna sombra de gobierno.

 

El celo de algunos cristianos, aunque contrariaba a la ciencia, no impidió que la Iglesia hiciera los progresos que Dios le tenía marcados. Al principio, los cristianos celebraban sus misterios en casas retiradas y en cuevas durante la noche; de esto provino que les llamaran lucifugaces, como dice Minuncio Félix. En los cuatro primeros siglos, los gentiles les llamaban galileos y nazarenos, pero el nombre de cristiano fue el que prevaleció.

 

Pero ni la jerarquía, ni los usos, se establecieron de repente, y los tiempos apostólicos fueron muy diferentes de los tiempos sucesivos. La misa, que se celebra por la mañana, era el ágape que tenía lugar por la tarde, y los usos cambiaron a medida que la Iglesia fue consolidándose. Cuando llegó a ser una comunidad más extensa necesitó también más reglamentos y la prudencia de los pastores se adecuó a los tiempos y lugares.

 

San Jerónimo y Eusebio refieren que cuando las iglesias adquirieron forma fueron distinguiéndose en ellas cinco órdenes diferentes: los vigilantes, episcopoi, de donde provinieron los obispos; los antiguos de la comunidad, presbiteroi, o sea los sacerdotes; diáconi, o sea los diáconos; pistoi, o sea los iniciados, que eran los bautizados que tomaban parte en los ágapes; los catecúmenos, que esperaban el bautismo, y los energúmenos, que esperaban que los librasen del demonio. Ninguna de las cinco órdenes se diferenciaba en sus vestiduras, ni ninguna estaba obligada a ser célibe, prueba de ello es el libro que Tertuliano dedicó a su esposa, así como los testimonios de los apóstoles. Durante los primeros siglos, en sus asambleas no tuvieron símbolos ni imágenes en pintura y escultura, ni altares, cirios, incienso, ni agua lustral. Los cristianos ocultaban celosamente sus libros a los gentiles, sólo los daban a leer a sus iniciados y no se permitía a los catecúmenos ni recitar la oración dominical.

 

Del poder de expulsar los demonios concedido a la Iglesia. Lo que distinguía a los cristianos, distinción que ha subsistido casi hasta nuestros días era el poder de expulsar los demonios haciendo el signo de la cruz. Orígenes, en su tratado contra Celso, nos dice que Antínoo, al que divinizó el emperador Adriano, obraba milagros en Egipto por medio de encantamientos y sortilegios, y añade que los demonios salen del cuerpo de los poseídos cuando se pronuncia el nombre de Jesús.

 

Tertuliano, desde el fondo del Asia donde se encontraba, asegura en su Apologética que «si vuestros dioses no confiesan que son diablos en presencia de un verdadero cristiano, facultamos para que derraméis la sangre de ese cristiano». ¿Puede darse demostración más clara?

 

No cabe la menor duda que Jesucristo envió sus apóstoles para expulsar a los demonios. Los judíos también tuvieron en su época el don de expulsarlos, pues cuando Jesús libró a los posesos y envió los diablos a que se metieran en los cuerpos de un rebaño de dos mil cerdos y obró otras curaciones, los fariseos dijeron: «Expulsa los demonios por el poder de Belcebú». «Si yo los expulso por Belcebú —respondió Jesús—, ¿por qué poder los expulsan vuestros hijos?» Es indudable que los judíos se jactaban de ese poder; tenían exorcistas y exorcismos y metían hierbas consagradas en la nariz de los poseídos. El poder de expulsar los demonios, que los judíos perdieron, fue transmitido a los cristianos, quienes desde algún tiempo acá parece que también lo han perdido.

En el poder de expulsar los demonios estaba comprendido el de destruir las operaciones de magia, pues la magia estuvo en vigor en todas las naciones antiguas. Así lo atestiguan los padres de la Iglesia. San Justino nos dice que con frecuencia se evocan las almas de los muertos y de ello saca un argumento para defender la inmortalidad del alma. Lactancio dice que «aquel que se atreviere a negar la existencia de las almas después de la muerte de los cuerpos le convencería de ello el mago haciéndolas aparecer». Ireneo, Clemente, Tertuliano y el obispo Cipriano, afirman lo mismo. Y si bien es verdad que en la actualidad todo ha cambiado no es menos cierto que Dios es muy dueño de avisar a los hombres por medio de prodigios en determinados tiempos y hacerlos cesar en otros.

 

De los mártires de la Iglesia. Cuando las comunidades cristianas llegaron a ser numerosas y combatieron el culto del Imperio romano, los magistrados procedieron contra ellas y los pueblos las persiguieron. No persiguieron a los judíos, que gozaban de privilegios y se encerraron en sus sinagogas permitiéndoles el ejercicio de su religión, como acontece en nuestros días en Roma. Los cristianos, al declararse enemigos de todos los cultos, sobre todo del culto al imperio, se vieron expuestos con frecuencia a sufrir crueles pruebas.

 

Uno de los primeros y más célebres mártires fue Ignacio, obispo de Antioquía, a quien sentenció el emperador Trajano estando aquél en Asia y le hizo venir a Roma para arrojarle a las fieras, en una época en que no mataban en Roma a los cristianos. No se sabe exactamente de qué le acusaron ante dicho emperador, que gozaba fama de ser clemente, sin dudasan Ignacio tendría enemigos implacables. Sea como fuere, la historia de su martirio refiere que le encontraron el nombre de Jesucristo grabado sobre su corazón con letras de oro; por esto los cristianos adoptaron en algunas partes el nombre de Teóforos, que Ignacio se daba a sí mismo. Conservamos una carta (1) rogando a los obispos y a los cristianos que no se opongan a su martirio, bien porque entonces los cristianos fueron bastante poderosos para impedirlo, bien porque algunos de ellos tuvieran influencia para conseguir su perdón. Es de advertir que consintieron que los cristianos de Roma salieran a recibirle cuando lo llevaron a esta ciudad, lo que prueba que castigaban a la persona y no a la secta.

 

(1) Dupin, en su Bibliotcca eclesiástica, demuestra que esta carta es auténtica.

 

Las persecuciones no fueron continuas. Orígenes, en su libro tercero contra Celso, dice: «Pueden contarse fácilmente los cristianos que murieron por la religión, porque fueron pocos, de tiempo en tiempo y a intervalos».

 

Dios veló tanto por su Iglesia que ésta, pese a sus enemigos, pudo celebrar cinco concilios en el siglo I, dieciséis en el II y treinta en el III; es decir, en asambleas secretas, pero toleradas. Sólo se prohibieron cuando la falsa prudencia de los magistrados temió que provocaran tumultos. Subsisten pocos procesos de procónsules y pretores que condenaran a muerte a los cristianos, y que serían los únicos documentos que pudieran demostrar los motivos de las acusaciones a los cristianos y sus suplicios.

 

Conservamos un fragmento de Dionisio de Alejandría transcribiendo el extracto de un sumario que obraba en el archivo de un procónsul en Egipto, de la época del emperador Valeriano, que dice:

 

«Recibidos en audiencia Dionisio, Fausto, Máximo, Marcelo y Queremón, el prefecto Emiliano les dijo: «Pudisteis convenceros por las conversaciones tenidas y por cuanto os he escrito de las bondades que con vosotros han tenido nuestros príncipes; quiero volver a repetiros que vuestra salvación depende de vosotros mismos. Sólo os piden una cosa que debe exigirse de toda persona razonable: que adoréis a los dioses protectores del imperio y abandonéis un culto que es opuesto a la naturaleza y al buen sentido.» Dionisio respondió: «Se rinde culto a diferentes dioses y cada uno adora al que cree que es el único verdadero». El prefecto Emiliano replicó: «Sois unos ingratos que abusáis de la bondad del emperador; por lo tanto, no continuaréis viviendo en esta ciudad y conforme a la orden recibida de los emperadores os destierro a Cefro, que está situado en el centro de Libia, y advierto que no os permito que celebréis allí ninguna reunión ni recéis en los sitios que llamáis cementerios; está absolutamente prohibido y os aseguro que no lo consentiré a nadie».

 

Ese proceso, que presenta todos los caracteres de la verdad, nos da a conocer que hacía tiempo estaban prohibidas las asambleas de los cristianos. De igual modo se prohibió en Francia reunirse a los calvinistas y algunas veces torturaron y ahorcaron a ministros de ese credo que predicaban en sus asambleas infringiendo la ley. Asimismo, en Inglaterra y en Irlanda se prohíben las reuniones a los católicos romanos y algunas veces los infractores son condenados a muerte.

 

A pesar de esas prohibiciones de las leyes romanas, Dios inspiró indulgencia para los cristianos a muchos emperadores. El mismo Diocleciano que los ignorantes creen perseguidor sañudo, fue durante más de ocho años el protector del cristianismo, prueba de ello es que varios cristianos obtuvieron cargos principales en su palacio, amén de que casó con una cristiana y consintió que en Nicomedia, lugar de su residencia, se edificara una hermosa iglesia ante su palacio. Y si luego mandó que destruyeran esa iglesia fue presionado por el césar Galerio, que aborrecía a los cristianos. Un cristiano más entusiasta que prudente hizo pedazos el edicto del emperador y de este hecho nació la famosa persecución en la que perdieron la vida más de doscientas personas en el Imperio romano, sin contar las que el furor del populacho, que siempre es fanático, mató sin observar las formas jurídicas.

 

En diversas épocas hubo tan gran número de mártires que casi es imposible conocer la cifra exacta, dado que en la historia aparecen mezcladas las fábulas y los martirios. El benedictino dom Ruinart, por ejemplo, tan instruido como apasionado por su causa, hubiera podido escoger con más discreción sus Actas sinceras. No basta que un manuscrito existente en la abadía de san Benito o en el convento de celestinos de París concuerde con un manuscrito de los fuldenses para que esa acta sea auténtica; se necesita para esto que el acta sea antigua, esté escrita por coetáneos y ofrezca todas las garantías de veracidad.

 

Nuestro benedictino pudo muy bien omitir la aventura portagonizada por el joven Romanus, en el año 303. Romanus obtuvo el perdón de Diocleciano en Antioquía y, sin embargo, el mentado monje dice que el juez Asclepiade le sentenció a morir en la hoguera. Los judíos que presenciaron ese espectáculo se burlaron del joven san Romanus y reprocharon a los cristianos que Dios consintiera que se quemase, cuando libró del fuego a Sidrac, Misac y Abdenago, que en seguida, estando el tiempo sereno, movió una tempestad que apagó el fuego; que entonces el juez mandó cortar la lengua del joven Romanus; que el primer médico del emperador, que estaba presente, desempeñó oficiosamente la función de verdugo y le cortó la lengua hasta la raíz; que entonces el joven, que era tartamudo, habló con naturalidad; que el emperador se sorprendió de que pudiera hablar tan bien sin lengua, y que el médico, para repetir el experimento, cortó la lengua a un transeúnte y éste murió en el acto. Eusebio, de quien el benedictino copió la referida historieta, debía respetar más los milagros que se obran en el Antiguo y el Nuevo Testamento, de los que nadie duda, y no aumentarlos con cuentos tan inverosímiles que pueden escandalizar a los hombres de escasa fe.

 

La mencionada persecución no se extendió por todo el imperio. Por aquel entonces existían en Inglaterra algunos partidarios del cristianismo que se eclipsaron pronto, para reaparecer en la época de los reyes sajones.

 

En las Galias meridionales y en España pululaban los cristianos. El césar Constancio los protegió en todas sus provincias y tuvo una concubina cristiana que fue la madre de Constantino, más conocida por santa Elena. No se ha comprobado que se casara con ella y la repudió en 292, cuando contrajo matrimonio con la hija de Maximino Hércules, pero siempre tuvo gran ascendiente sobre él y consiguió inspirarle afecto hacia nuestra santa religión.

 

Del establecimiento de la Iglesia en la época de Constantino. Constantino Cloro falleció en 306 en York, cuando los hijos que tuvo de la hija de un césar eran pequeños y no podían pretender el imperio. Constantino consiguió que le eligieran emperador en York unos seis mil soldados alemanes, galos e ingleses. Era inverosímil que pudiera prevalecer esa elección, pues se hizo sin el consentimiento de Roma, del Senado, ni de los ejércitos, pero Dios le hizo vencer a Majencio, que era el emperador elegido en Roma, y consintió que se librara de todos los pretendientes, porque como ya sabemos hizo morir a sus próximos parientes, incluso a su esposa e hijo.

 

No cabe dudar de lo que sobre esto dice Zósimo. Refiere que Constantino, atormentado por los remordimientos que le produjeron sus crímenes preguntó a los pontífices del imperio si podría expiarlos y le respondieron que no. Cierto que tampoco había expiación posible para Nerón, que no se atrevió a asistir a los sagrados misterios en Grecia. Pese a todo, estaban en uso los tauróbolos (1) y es difícil creer que un emperador casi omnipotente no encontrara un sacerdote que le permitiera hacer sacrificios expiatorios. Pero puede que sea menos creíble todavía que Constantino, preocupado por la guerra, sus ambiciones y sus proyectos, y rodeado de aduladores, tuviera tiempo para sentir remordimientos. Zósimo añade que un sacerdote egipcio que vino de España y tenía entrada en palacio le prometió la expiación de sus delitos si se consagraba a la religión cristiana. Se presume que ese sacerdote fue Osio, obispo de Córdoba. Lo único cierto es que Dios eligió a Constantino para que fuera el protector de su Iglesia.

 

(1) Tauróbolo era el sacrificio de un toro a Cibeles.

 

Constantino fundó la ciudad de Constantinopla, que convirtió en el centro del imperio y de la religión cristiana. La Iglesia adquirió entonces forma augusta y es de creer que, purificado por el bautismo y haciendo acto de contrición a la hora de su muerte, obtendría la misericordia divina, pese a que murió siendo arriano; sería demasiado duro que todos los seguidores de los dos obispos Eusebio se hubieran condenado.

 

Desde el año 314, antes de que Constantino residiera en su nueva ciudad, los que habían perseguido sañudamente a los cristianos fueron castigados por éstos. Los fieles seguidores de Cristo arrojaron a la esposa de Maximino en el Oronte, degollaron a sus parientes y mataron en Egipto y Palestina a los magistrados que eran contrarios al cristianismo. Reconocieron a la viuda e hija de Diocleciano que se hallaban escondidas en Salónica y las arrojaron al mar. Hubiera sido más digno que los cristianos no se dejaran llevar por el espíritu de venganza, pero Dios, que castiga según su justicia, permitió que manos cristianas se mancharan con la sangre de sus perseguidores en cuanto aquéllos pudieron obrar con libertad.

 

Constantino celebró en Nicea el primer Concilio ecuménico presidido por Osio y se decidió la gran cuestión que tenía alborotada a la Iglesia, acerca de la divinidad de Jesucristo (1). Sabido es que la Iglesia, tras combatir durante trescientos años los ritos del Imperio romano luchó luego consigo misma y fue siempre militante y triunfante.

 

(1) Véanse los artículos Arrianismo, Cristianismo y Concilios.

 

Con los años, la Iglesia griega, casi en su totalidad, y la Iglesia de Africa, llegaron a ser esclavas primero de los árabes y después de los turcos, que fundaron la religión mahometana sobre las ruinas del cristianismo. La Iglesia romana subsistió, pero manchada de sangre por los seiscientos años de discordia entre el imperio de Occidente y el sacerdocio. Las mismas discordias le hicieron poderosa. Los obispos y abades en Alemania se convirtieron en príncipes, y los papas conquistaron paulatinamente el dominio absoluto en Roma y un territorio considerable. Dios puso a prueba su Iglesia con humillaciones, perturbaciones, delitos y esplendor.

 

La Iglesia latina perdió en el siglo XVI la mitad de Alemania, Dinamarca, Suecia, Inglaterra, Escocia, Irlanda, la mejor parte de Suiza y Holanda; en cambio, ganó territorios en América con las conquistas de los españoles, pero menos vasallos.

 

A lo que parece, la Providencia divina ha destinado el Japón, Siam, India y China a someterse a la obediencia del Papa para recompensarle de haber perdido Asia Menor, Siria, Grecia, Egipto, Africa, Rusia y otros estados. San Francisco Javier, que introdujo el Evangelio en las Indias orientales y el Japón cuando los portugueses fueron allí a comerciar, obró gran número de milagros que prueban los padres jesuitas, entre otros el de resucitar nueve muertos, aunque el padre Rivadeneira, en Flos sanctorum, se concreta a decir que sólo resucitó cuatro. Plugo a la Providencia que en menos de cien años se reunieran millares de católicos en las islas del Japón, pero el demonio sembró la cizaña entre el buen grano. Se asegura que los jesuitas fraguaron una conjuración a la que siguió una guerra civil que exterminó a los cristianos, el año 1628. Entonces, la nación cerró sus puertas a todos los extranjeros menos a los holandeses, que consideraron como comerciantes y no como cristianos. La religión católica, apostólica y romana se proscribió en China no hace mucho tiempo, pero con menor crueldad. Los jesuitas no habían resucitado muertos en la corte de Pekín, como lo hicieron en el Japón, limitándose allí a enseñar astronomía y a ser mandarines. Las disputas y cuestiones que tuvieron con los dominicos y otros misioneros escandalizaron tanto al emperador Yong Ching que, aun siendo justo y bondadoso, fue lo bastante obcecado para no permitir que se enseñara la santa religión en su imperio, ya que los misioneros no lograban entenderse; finalmente, los expulsó con bondad paternal proporcionándoles subsistencias y carruajes hasta los límites de su imperio.

 

Toda Asia y Africa, la mitad de Europa, todos los países que pertenecen a los ingleses y holandeses en América, todas las hordas americanas insumisas y todas las tierras australes, que ocupan una quinta parte del planeta, están bajo el poder del demonio, sin duda para comprobar estas santas palabras: «Muchos son los llamados y pocos los escogidos».

 

Qué significa la palabra Iglesia. La voz iglesia es de origen griego y significa asamblea del pueblo. Cuando tradujeron del griego los libros hebreos pusieron sinagoga por iglesia, y utilizaron la misma palabra para expresar la sociedad judía, la congregación política, la asamblea judía y el pueblo judío. Por eso se dice en el libro de los Números: «¿Por qué habéis llevado la Iglesia al desierto?», y en el Deuteronomio: «El eunuco, el moabita y el amonita, no entrarán en la Iglesia, y los idumeos y egipcios no entrarán en la Iglesia hasta la tercera generación».

 

Jesucristo dice en el Evangelio de san Mateo: «Si vuestro hermano peca contra vos, o lo que es igual, os ofende, reprenderle en secreto, presentaos ante él con dos testigos para que todo se ponga en claro ante ellos, y si él no les hace caso quejaos ante la asamblea del pueblo, ante la Iglesia, y si no hace caso de la Iglesia, considéresele como gentil o como recaudador de tributos. Os digo en verdad que todo lo que hayáis atado en la tierra, será atado en el cielo, y lo que hayáis desatado en la tierra, en el cielo será desatado».

 

Se trata en este caso de un hombre que ha ofendido a otro y persiste en ofenderlo. No podían hacerle comparecer ante la asamblea, es decir, ante la Iglesia cristiana, porque entonces aún no existía; ni podían juzgar a ese hombre, cuyo compañero se quejaba de él, ni el obispo ni los sacerdotes, que tampoco existían; es más, ni los sacerdotes judíos ni los sacerdotes cristianos fueron nunca jueces en las cuestiones que mediaban entre los particulares, que eran asuntos de política. Los obispos no llegaron a ser jueces hasta la época de Valentiniano III. Los comentaristas han deducido que san Mateo hace hablar en este caso a nuestro Señor por anticipación; que es una alegoría, una predicción de lo que ha de acontecer cuando la Iglesia cristiana tome forma y se establezca.

 

Selden hace una observación pertinente respecto a ese pasaje: dice que entre los judíos no excomulgaban a los publicanos, ni a los recaudadores de tributos. El populacho podía detestarlos, pero eran empleados que nombraba el príncipe y a nadie se le ocurrió nunca la idea de separarlos de la asamblea. Los judíos estaban entonces bajo la jurisdicción del procónsul de Siria, que se extendía hasta los confines de Galilea y la isla de Chipre, en donde tenía viceprocónsules, y hubiera sido muy imprudente rebajar públicamente a los empleados legales del procónsul. Y además de imprudente hubiera sido injusto, porque los patricios romanos, arrendadores de los dominios públicos, recaudadores del dinero del César, desempeñaban su cargo autorizados por las leyes.

 

San Agustín, en su homilía 81, puede aportar algún dato para la inteligencia del pasaje en cuestión. Hablando de quienes persisten en el rencor y no perdonan, dice: «Considerar a vuestro hermano como un publicano es atarle en el mundo, y antes de hacerlo debéis reflexionar si le atas justamente porque la justicia rompe las ataduras injustas, pero si corregís a vuestro hermano, si estáis de acuerdo con él, le habréis desatado en el mundo».

 

Comprendo que san Agustín quiere decir que si el ofendido hizo encarcelar al ofensor, debe entenderse que está atado en el mundo, y también lo estará con las ligaduras celestes, pero que si el ofendido es inexorable él es quien se ata a sí mismo. No se trata de la Iglesia en esta explicación de san Agustín, sino de perdonar o no perdonar una injuria. San Agustín no se ocupa del derecho sacerdotal de perdonar los pecados de parte de Dios; este derecho está reconocido en otras partes y es un derecho que deriva del sacramento de la confesión. El obispo de Hipona, a pesar de ser profundo en los tipos y en las alegorías, no considera que el susodicho pasaje sea una alusión a la absolución que dan o niegan los ministros de la Iglesia católica romana en el sacramento de la penitencia.

 

Del número de iglesias en las comunidades cristianas. Las comunidades cristianas reconocen cuatro iglesias: la griega, la romana, la luterana y la reformada o calvinista. En Alemania, los primitivos cuáqueros, los anabaptistas, socinianos, menonitas, pietistas, moravos, judíos y otras sectas, no forman iglesia. La religión hebraica ha conservado el título de sinagoga. Las sectas cristianas se toleran y no pueden tener más que asambleas secretas, conventículos, e igual ocurre en Londres. La Iglesia católica no goza de reconocimiento en Suecia, Dinamarca, partes septentrionales de Alemania, en las tres cuartas partes de Suiza, ni en los tres reinos de la Gran Bretaña.

 

De la primitiva Iglesia y quienes han creído restablecerla. Como los pueblos de Siria, los judíos se dividieron en muchas y pequeñas congregaciones religiosas, encaminadas todas a la perfección mística. Un rayo más luminoso de la verdad guió a los discípulos del Bautista, que subsisten todavía en Mosul, y luego vino al mundo el Hijo de Dios predicho por san Juan. Los discípulos de Jesús fueron iguales entre ellos, pues su maestro les dijo terminantemente: «No habrá entre vosotros primero, ni último. Vine al mundo para servir, no para ser servido. Aquel que pretenda ser señor de los demás, será su criado».

 

La prueba de la igualdad, que fue fundamento del cristianismo, la tenemos en el hecho de que al principio los cristianos se llamaban hermanos. Se reunían y esperaban el espíritu, y profetizaban cuando estaban inspirados. San Pablo, en su primera carta a los corintios, les dice: «Si cuando os congregáis, uno de vosotros se halla inspirado de Dios para hacer un himno, otro para instruir, éste para revelar alguna cosa de Dios, aquél para hablar lenguas, debéis aprovecharlos para mayor edificación. Si han de hablar que lo hagan sólo dos y por turno, y el otro explique lo que dice. Y si no hubiere intérprete, callen en la iglesia los que tienen ese don... De los profetas hablen dos o tres y los demás disciernan. Y si a otro de los asistentes... le fuere revelado algo, calle el primero. Así podéis profetizar todos, unos después de otros, a fin de que todos aprendan y se aprovechen. Pues los espíritus o dones proféticos están sujetos a los profetas. Porque Dios no es autor de desorden, sino de paz, y esto es lo que enseño en todas las iglesias de los santos».

 

En la misma carta, san Pablo consiente que las mujeres profeticen, aunque les prohíbe en el capítulo XIV hablar en las asambleas. En este pasaje y en otros se ve que los primitivos cristianos eran todos iguales porque eran hermanos en Jesucristo. El espíritu se comunicaba con ellos, hablaban varias lenguas y poseían el don de profetizar todos ellos, sin distinción de categoría, edad, ni sexo. Los apóstoles, que enseñaban a los neófitos, tenían sobre éstos la preeminencia natural que el preceptor consigue sobre sus discípulos, pero jurisdicción, poder temporal, honores, distinción en las vestiduras y muestras de superioridad, no tenían ninguna, ni los que les sucedieron. Sólo gozaban de una grandeza muy peculiar: la persuasión.

 

Los hermanos ponían el dinero en común, como consta en los Hechos de los Apóstoles, capítulo VI, y elegían siete para que se encargaran de la despensa y proveyesen las necesidades comunes. Para desempeñar esas funciones eligieron en Jerusalén a Esteban, Filipo, Procoro, Nicanor, Timón, Parmenás y Nicolás. Hay que anotar que entre los siete que eligió la comunidad judía había seis griegos. Después de los apóstoles, no se encuentra el ejemplo de ningún cristiano que haya tenido sobre sus hermanos otro poder que el de enseñar, exhortar, expulsar los demonios del cuerpo de los energúmenos y hacer milagros. Entre ellos todo era espiritual y nada se traslucía de las pompas del mundo, pero en el siglo m empezaron los fieles a manifestar en todas partes orgullo, vanidad e interés. Los ágapes se convirtieron en grandes festines, de los que reprochaban los exquisitos platos y el inconveniente lujo. Tertuliano lo confiesa: «Comemos muy bien —dice—, pero, ¿los misterios de Atenas y Egipto no se celebraban con suculentas comidas? Aunque gastemos mucho, nuestros gastos son útiles porque aprovechan a los pobres».

 

Por aquel entonces, algunas comunidades cristianas que se creían más perfectas que las demás, por ejemplo los montanos, que se jactaban de profesar una moral austera, consideraban adulterio las segundas nupcias, sentían públicamente convulsiones sagradas y éxtasis, y creían hablar con Dios cara a cara, quedaron convictos —según se asegura— de mezclar la sangre de niños de un año con el pan eucarístico, consiguiendo que esa cruel acusación se extendiera hasta los verdaderos cristianos y motivara las persecuciones. He aquí lo que hacían, según cuenta san Agustín: clavaban alfileres en todo el cuerpo del niño y con la sangre que salía amasaban la harina, convirtiéndola en pan; si el niño moría le tributaban honores de mártir (1).

 

(1) San Agustín, De Haeresibus, haeres, cap. XXVI.

 

Tan corrompidas estaban entonces las costumbres que los santos padres se lamentaban sin cesar de lo que acontecía. He aquí lo que decía san Cipriano en su De los caídos: «Todos los sacerdotes corren en pos de bienes y honores con insaciable furor. Los obispos están faltos de religión, y de pudor las mujeres; reina la bribonería, juran y perjuran, la discordia divide a los cristianos, los obispos dejan el púlpito para ir a las ferias y enriquecerse haciendo negocios; en resumen, sólo piensan en complacerse a sí mismos y en disgustar a todo el mundo (2).»

 

(2) Véanse Obras de san Cipriano e Historia eclesiástica, de Fleury, tomo II, edición de 1725.

 

Antes de esos escándalos, el sacerdote Novatien dio uno muy funesto a los fieles de Roma, pues fue el primer antipapa. El episcopado de Roma, aunque secreto y expuesto a la persecución, era muy ambicionado porque sacaba pingües contribuciones a los cristianos y tenía autoridad suprema sobre ellos.

 

No repetiremos lo que consta en tantos archivos y dicen todos los días personas instruidas, acerca del considerable número de cismas y guerras que se sucedieron; ni nos vamos a ocupar de los seiscientos años de discordias sangrientas entre el imperio y el sacerdocio, ni del dinero de los países que iba a parar, por muchos conductos, unas veces a Roma y otras a Aviñón, cuando los papas fijaron en esta última ciudad su residencia durante setenta y dos años; ni tampoco de la sangre que corrió por Europa en defensa de una tiara que Jesucristo no conoció, o por otras cuestiones ininteligibles de las que El tampoco se ocupó. Nuestra religión no deja de ser verdadera, sagrada y divina por haber estado manchada mucho tiempo con el crimen y la carnicería.

 

Cuando el frenesí de dominar, cuando esa terrible pasión del corazón humano llegó a su último exceso, cuando el monje Hildebrando, elegido ilegalmente obispo de Roma, quitó esa ciudad a los emperadores y prohibió a los obispos de Occidente que usaran el título de papa para usarlo él solo, cuando siguiendo su ejemplo los obispos de Alemania se proclamaron soberanos, y los de Francia e Inglaterra trataban también de proclamarse, desde esa época de desórdenes hasta nuestros días se formaron comunidades cristianas que, bajo nombres diferentes, se propusieron restablecer la igualdad primera que tuvo el cristianismo.

 

Pero esta igualdad, posible en una comunidad reducida y oculta a las miradas del mundo, no lo es en los grandes reinos. La Iglesia militante y triunfante no podía ya ser la Iglesia desconocida y humilde. Los obispos y las grandes comunidades monásticas, ricas ya y poderosas se reunieron bajo las banderas del pontífice de la nueva Roma y combatieron pro aris et pro focis (por sus altares y hogares). Para sostener o humillar la nueva administración eclesial recurrieron a cruzadas, ejércitos, sitios, batallas, rapiñas, torturas, asesinatos en manos de verdugos o de sacerdotes de los dos partidos, venenos y devastaciones mediante el hierro y el fuego. Las olas de sangre y los huesos de los muertos escondieron la cuna de la primitiva Iglesia de tal modo que apenas se ha podido encontrar.

 

Escisión entre las Iglesias griega y latina en Asia y Europa. Los hombres de bien lamentan, hace catorce siglos, que las Iglesias griega y latina hayan sido siempre rivales y la túnica inconsútil de Jesucristo haya sido siempre destrozada. Esta división es, sin embargo, muy lógica. Roma y Constantinopla se odiaban, y cuando los señores se aborrecen sus vasallos se detestan. Las dos confesiones religiosas se han disputado siempre la superioridad de la lengua, la antigüedad de la alta sede, la ciencia, la elocuencia y el poder.

 

En esta cuestión, los griegos llevaron durante mucho tiempo la ventaja; alardeaban de ser maestros de los latinos y haberles enseñado lo que sabían. Los Evangelios se escribieron en griego, y no hay un dogma, un rito, un misterio y un uso que no sea griego; desde el vocablo bautismo hasta la voz eucaristía, todo es griego en ellos. Sólo hubo padres de la Iglesia en Grecia hasta san Jerónimo, que tampoco era romano, pues era de Dalmacia. San Agustín, que siguió en el orden cronológico a san Jerónimo, era africano. Los siete grandes concilios tuvieron lugar en ciudades griegas, y los obispos de Roma no asistieron a ellos porque sólo sabían latín, y éste corrompido.

 

La escisión entre Roma y Constantinopla estalló en 452, en el Concilio de Calcedonia, convocado para decidir si Jesucristo tuvo dos naturalezas y una persona, o dos personas y una naturaleza. En el mismo Concilio se decidió que la Iglesia de Constantinopla era igual en todo a la de Roma respecto a honores, y el patriarca de una igual al patriarca de la otra. El papa san León fue partidario de que Jesucristo tuvo dos naturalezas, pero ni él ni sus sucesores concedieron la igualdad a las dos Iglesias. Parece indiscutible que en esta disputa sobre la categoría y la preeminencia obraron directamente contra las palabras de Jesucristo que constan en el Evangelio: «No habrá entre vosotros ni primero, ni último». Los santos siempre son santos, pero no se libran del orgullo y el mismo espíritu que hizo echar espumarajos de ira al hijo de un albañil que llegó a ser obispo porque no le llamaban monseñor (1), hizo pelear al universo cristiano.

 

(1) Biord, obispo de Annecy.

 

Los romanos fueron siempre menos polemistas y sutiles que los griegos, pero mucho más políticos. Los obispos de Oriente, que argumentaban sin cesar, acabaron siendo vasallos, y el obispo de Roma, sin recurrir a tantos argumentos, supo fundar su poder sobre las ruinas del imperio de Occidente.

 

El odio pasó a ser escisión en la época de Focio, papa o vigilante de la Iglesia bizantina, y de Nicolás I, papa o vigilante de la Iglesia romana. Como por desgracia nunca hubo ninguna disputa eclesial que no tuviera su parte ridícula, ocurrió que la lucha empezó por dos patriarcas que eran eunucos, Ignacio y Focio, que disputaban la sede de Constantinopla, estaban castrados, y esa mutilación les prohibía obtener la verdadera paternidad; no podían ser más que padres de la Iglesia.

 

Dícese que los castrados son marrulleros, malignos e intrigantes: Ignacio y Focio perturbaron Grecia. El papa latino Nicolás I siguió el partido de Ignacio y Focio le declaró hereje porque no admitía la procedencia del soplo de Dios, del Espíritu Santo por medio del Padre y del Hijo, contra la decisión unánime de la Iglesia, que sólo lo hacía proceder del padre. Además de esa procedencia herética, Nicolás comía y permitía comer huevos y queso en Cuaresma, y para completar sus faltas, el papa romano se hacía afeitar la barba, lo cual era una apostasía para los patriarcas griegos, porque a Moisés, los patriarcas y Jesucristo los pintan siempre barbudos los pintores griegos y latinos.

 

Cuando en el año 789 ocupó su sede el patriarca Focio por el octavo Concilio ecuménico griego, al que asistieron cuatrocientos obispos, de los que trescientos le habían condenado en el Concilio ecuménico anterior el papa Juan VIII le recomendó por hermano. Dos legados que dicho papa envió al mencionado Concilio unieron su voto al de la Iglesia griega y declararon que aquel que dijera que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo sería un Judas, pero como los romanos persistieron en la costumbre de rasurarse la barba y de comer huevos en Cuaresma, las dos iglesias quedaron separadas para siempre.

 

El cisma se consumó del todo durante los años 1053 y 1054, cuando Miguel Cerulario, patriarca de Constantinopla, condenó públicamente al obispo de Roma, León IX, y a todos los latinos, añadiendo a los reproches de Focio, que empleaban pan ázimo en la eucaristía, las prácticas de los apóstoles, acusándoles de perpetrar el delito de comer morcilla y retorcer el pescuezo a los palomos, en vez de cortárselo, antes de guisarlos. En fin, cerraron todas las iglesias latinas en el imperio griego y prohibieron cualquier trato con los que comieran morcilla.

 

El papa León IX negoció seriamente el asunto con el emperador Constantino Monómaco y consiguió apaciguarle. El emperador griego favoreció al papa en lo que pudo, mas no consiguió que se reconciliaran los griegos y latinos. Los griegos creían que sus adversarios eran bárbaros porque no sabían una palabra de la lengua griega.

La irrupción de las cruzadas, que tuvo por pretexto liberar los Santos Lugares y por objeto apoderarse de Constantinopla, terminó de hacer odiosos a los romanos ante los griegos.

 

Con todo, el poder de la Iglesia latina fue cada día en aumento y poco a poco los turcos fueron conquistando a los griegos. Los papas fueron desde hace mucho tiempo soberanos poderosos y ricos, y toda la Iglesia griega quedó esclavizada desde Mahomed II, salvo Rusia, que entonces era un país bárbaro y de cuya Iglesia no se hacía caso. Quienes conocen la historia del Cercano Oriente, saben que el sultán confiere el patriarcado de Grecia por medio del báculo y el anillo, sin temor a ser excomulgados, como los papas excomulgaron a los emperadores alemanes por practicar esta ceremonia.

 

La Iglesia de Estambul conservó en apariencia la libertad de nombrarse arzobispos, pero en realidad elige al que indica la Puerta. Esa titularidad cuesta actualmente ochenta mil francos, que quien la asume tiene que sacar a los griegos. Si aparece algún canónigo de fama que ofrece más dinero al gran visir, deponen al nombrado o dan la titularidad al último postor, igual que Marocia y Teodora dieron la Santa Sede de Roma en el siglo x. Si el patriarca nombrado se niega a renunciar a su título le dan cincuenta palos en las plantas de los pies y le destierran. Algunas veces le cortan la cabeza, como le ocurrió al patriarca Lucas Cirilo en 1638.

 

El Gran Turco concede los otros obispados mediante fianza, en la época de Mahomed II, la suma tasada para cada obispado constaba siempre en la patente, pero lo pagado de más no constaba, por lo que no puede saberse con exactitud la cantidad que al sacerdote griego le cuesta comprar el obispado.

 

Son divertidas esas patentes. He aquí una muestra de ellas: «Concedo a Fulano de Tal, sacerdote cristiano, el presente mandamiento para perfección de felicidad. Le mando que resida en la ciudad aquí nombrada como obispo de los infieles cristianos, según su antiguo uso y sus vanas y extravagantes ceremonias, queriendo y mandando que todos los cristianos de este distrito le reconozcan y ningún sacerdote ni monje pueda casarse sin su permiso» o sea, sin pagar.

 

La esclavitud de esta Iglesia es igual a su ignorancia, pero los griegos tienen lo que merecen; estaban ocupados seriamente en discutir sobre la luz del Thabor y en disputar sobre su ombligo cuando los turcos tomaron Constantinopla.

 

IGNACIO DE LOYOLA. Para conquistar gran fama y ser fundador os aconsejo que seáis orates, pero que vuestra locura sea oportuna en la época que vivís. En vuestra locura debe haber un fondo de cordura que dirija vuestras excentricidades y os haga ser desmesuradamente terco. Puede que os ahorquen, pero si no, podéis abrigar la esperanza de que os erijan altares.

 

¿Podéis decirme en conciencia si hubo jamás en el mundo otro hombre más digno de ser encerrado en un manicomio que san Ignacio, o sea Íñigo el de Vizcaya, que era su verdadero nombre de pila? Le trastorna el juicio la lectura de la Leyenda Aurea, igual que más tarde trastornan a Don Quijote los libros de caballería. El bueno de Íñigo empieza por ser el caballero de la Virgen y vela sus armas en honor de su dama. Se le aparece la Santa Virgen y le acepta sus servicios, luego se le aparece otras veces llevando consigo a su Hijo. Lucifer, que está en acecho y prevé todo el mal que los jesuitas le causarán un día, arma un zafarrancho mayúsculo dentro de la casa, rompiendo todos los cristales. Pero el paladín de la Virgen lo expulsa haciéndole el signo de la cruz; Lucifer huye a través de las paredes dejando en ellas una gran abertura, que cincuenta años después del hecho se enseña a los curiosos.

 

Su familia, al ver el trastorno de sus facultades mentales, piensa en encerrarle y ponerle a dieta, pero él hace fú a su familia igual que al diablo y huye de ella sin saber a dónde. Encuentra a un moro y discute sobre la Inmaculada Concepción; el moro, que comprende su estado, le deja lo más pronto que puede. Íñigo no sabe qué hacer, si matar al moro o rezar a Dios por él; deja que decida esta cuestión su caballo, más cuerdo que él, y toma el camino de la cuadra.

 

Ignacio, después de esta aventura, resuelve ir en peregrinación a Belén, mendigando. Su locura aumenta en el camino, los dominicos del convento de Manresa se apiadan de él y lo retienen varios días, hasta que le dejan viendo que no conseguían curarle. Embarca en Barcelona y arriba a Venecia, de donde le expulsan; vuelve a Barcelona, siempre mendigando, siempre teniendo éxtasis y viendo con frecuencia a la Santa Virgen y a Jesucristo.

 

Al fin le hacen comprender que, para ir a Tierra Santa a convertir turcos, cristianos de la Iglesia griega, armenios y judíos, necesitaba estudiar algo de teología. Ignacio no deseaba otra cosa, mas para ser teólogo es indispensable saber gramática y conocer latín, pero esto no le arredra. Va a la escuela a la edad de treinta y tres años a estudiar esas materias y allí se burlan de él y no aprende nada.

 

Desesperado de no poder ir a convertir infieles, le tiene lástima el diablo, se le aparece y jura bajo la fe de cristiano que si accede a entregarse a él lo convertirá en el hombre más sabio de la Iglesia de Dios. Ignacio no tiene inconveniente en someterse a la disciplina de semejante maestro y vuelve a asistir a clase, donde le dan de latigazos algunas veces, pero no por eso llega a ser más sabio.

 

Es expulsado del colegio de Barcelona. Perseguido por el diablo, que le castiga por haberse arrepentido de aceptar tal proposición, y abandonado por la Virgen, que no se cuida de proteger a su caballero, no por eso desiste de sus propósitos. Empieza a recorrer el país con los peregrinos de Santiago y a predicar en las calles de ciudad en ciudad. Le encierran en los calabozos de la Inquisición, y cuando sale de éstos en la cárcel de Alcalá, de donde se fuga y va a Salamanca, encarcelándole de nuevo. Conociendo por fin que no puede ser profeta en su patria, resuelve ir a estudiar a París y emprende el viaje a pie, precedido de un jumento que lleva su equipaje, sus libros y sus escritos. Al menos, Don Quijote llevaba un caballo y un escudero.

 

En París encuentra las mismas vejaciones que en España: le bajan los calzones en el colegio de Santa Bárbara con el fin de zurrarle ceremoniosamente. Su vocación le hace, al fin, ir a Roma.

 

¿Cómo es posible que un hombre tan extravagante obtuviera tanta consideración en Roma, lograra tener discípulos y llegara a ser el fundador de una Orden poderosa en la que ingresaron personas tan dignas de estimación? Tozudo y entusiasta, encontró otros entusiastas como él y formó una asociación. Estos, dotados de más razón que él, restablecieron un tanto la suya y llegó a ser más cuerdo al final de su vida, e incluso tener más habilidad para conducirse.

 

Puede que Mahoma empezara por ser tan loco como Ignacio en las primeras conversaciones que tuvo con el arcángel Gabriel. Quizá Ignacio colocado en la situación de Mahoma, habría llevado a cabo las mismas hazañas que el profeta porque era tan ignorante, tan visionario y tan esforzado como él.

 

IGNORANCIA. Confesión te un papagayo. Ignoro cómo fui formado y nací. Ignoré absolutamente durante la cuarta parte de mi vida las razones de todo lo que vi, oí y sentí; sólo he sido un papagayo entre otros papagayos.

 

Cuando he observado a mi alrededor y dentro de mí mismo he conocido que hay algo que existe por toda la eternidad, y puesto que hay seres que viven actualmente, he deducido que debe haber aquí un Ser necesario y necesariamente eterno. Y así, el primer paso que he dado para salir de mi ignorancia me ha hecho traspasar los límites de todos los siglos.

 

Pero cuando he querido emprender esa carrera infinita, abierta ante mí, no pude encontrar un solo sendero, ni descubrir tan sólo un objeto y el salto que di para contemplar la eternidad me hizo volver a caer en el abismo de mi ignorancia.

 

Estudié lo que llamamos materia, desde la estrella Sirio y las estrellas que se llaman vía láctea, que están tan lejos de Sirio como ése lo está de nosotros, hasta el más insignificante átomo que sólo podemos percibir a través del microscopio, y sigo ignorando qué es.

 

Desconozco la luz que me hace ver todos los seres, puedo, con ayuda del prisma, anatomizar la luz y dividirla en siete haces de rayos, pero no puedo dividir esos haces, ni sé de qué se componen. La luz tiene algo de materia porque está dotada de movimiento y hiere los objetos, pero no tiende hacia el centro común como los demás cuerpos, sino que, por el contrario, huye invenciblemente del centro, en tanto que toda la materia es impenetrable. La luz, ¿es materia o no lo es? ¿Cuáles son sus innumerables propiedades? Lo ignoro.

 

Esa sustancia tan brillante, veloz y desconocida, y esas otras sustancias que nadan en la inmensidad del espacio, ¿son eternas, como parecen ser infinitas? No lo sé. El Ser necesario, soberanamente inteligente, ¿las creó de la nada o las organizó? ¿Estableció el orden de la Naturaleza al crear el tiempo o antes? ¿Y qué es el tiempo de que estoy hablando? No puedo definirlo.

 

¿Quién eres tú, animal bípedo, que te arrastras como yo por el planeta? Al igual que yo sacas algunos frutos de la tierra, que es nuestra nodriza común. ¡Vas al retrete y piensas! Estás sujeto a las enfermedades más repugnantes y tienes ideas metafísicas. Veo que Natura te diodos especies de nalgas por la parte de delante, que se negó a darme; que te hizo en el bajo vientre un feo agujero que por lo mismo te has inclinado a esconder, y a veces los orines y otras unos bichejos salen por ese agujero tras haber nadado nueve meses en un líquido repulsivo, entre ese albañal y otra cloaca, cuyas inmundicias acumuladas serían capaces de infectar el mundo entero; no obstante, esos dos agujeros son causa de 106 mayores eventos. Troya quedó destruida por uno de ellos, y Alejandro y Adriano erigieron altares al otro. El alma inmortal tiene, pues, su cuna entre esas dos cloacas. Quizás alguna lectora encuentre que esta descripción dista mucho de los estilos de Tíbulo y Quinault; en esto estamos de acuerdo porque no tengo humor para escribir galanterías. Las ratas y los topos también tienen esos dos agujeros por los que nunca han hecho semejantes extravagancias. ¿Qué le importa al Ser necesario que existan animales como nosotros y como las ratas, en este Globo que gira en el espacio con infinidad de otros innumerables globos? ¿Por qué hemos nacido y por qué hay en el mundo seres?

 

¿Y qué es el conocimiento y cómo lo he recibido? ¿Qué relación existe entre el aire que hiere mi oído y el conocimiento de su sonido, entre ese cuerpo y el conocimiento de los colores? No lo sé y nunca lo sabré. ¿Qué es el pensamiento, dónde reside, cómo se forma, quién me da los pensamientos mientras duermo? ¿Pienso en virtud de mi voluntad? Durante el sueño, y con frecuencia mientras estoy en vela, siempre tengo ideas contra mi voluntad. Estas ideas, mucho tiempo olvidadas en el, desván de mi cerebro, salen de allí sin que las haga salir y se presentan espontáneamente a mi memoria, que hace baldíos esfuerzos para rechazarlas. Los objetos exteriores no pueden formar en mí las ideas, pues nadie da lo que no tiene; conozco que no soy yo quien las da, puesto que nacen sin orden mía. ¿Quién, pues, me las da, de dónde vienen y a dónde van? Espectros fugaces, ¿qué mano invisible os produce y hace desaparecer?

 

¿Por qué el hombre es el único animal que siente la airada pasión de dominar a sus semejantes? Por qué y cómo acontece que entre cien millones de hombres inmolen esta pasión noventa y nueve millones de seres humanos?

 

¿Cómo es posible que siendo la razón el don precioso que no quisiéramos perder por nada del mundo, debemos a esta misma razón ser casi siempre más desgraciados que los demás seres? ¿En qué consiste que amando apasionadamente la verdad nos arrastran siempre las imposturas? ¿De dónde nace el mal y por qué existe?

 

Átomos efímeros, compañeros míos en la infinita pequeñez, nacidos como yo para sufrir e ignorarlo todo, ¿es posible que haya entre vosotros algunos tan desquiciados que quieran saber todo eso que ignoro? No, no los hay. En el fondo de vuestro pecho sois conscientes de vuestra nada, como soy consciente de la mía, pero como sois soberbios movéis guerra para que los hombres adopten vuestros vastos sistemas, y no pudiendo tiranizar sus cuerpos pretendéis tiranizar sus espíritus.

 

IGUALDAD. ¿Qué le debe un perro a otro perro, un caballo a otro caballo? Nada. Ningún animal depende de su semejante, pero habiendo recibido el hombre el destello de la Divinidad que se llama razón, ¿cuál es el fruto? El de ser esclavo en casi toda la tierra.

 

Si esta tierra fuese la que parece debería ser, es decir, si el hombre hallase por doquier una subsistencia fácil y garantizada y un clima adecuado a su naturaleza, es evidente que hubiera sido imposible que un hombre esclavizara a otro. Si el planeta estuviese cubierto de frutos saludables, si el aire que debe contribuir a nuestra vida no nos provocase las enfermedades y la muerte, si el hombre no necesitase más alojamiento ni más lecho que aquel del cual se sirven los gamos y los corzos, entonces los Gengis‑Khan y los Tamerlán no tendrían más servidores que sus hijos, que serían lo bastante buenas gentes para ayudarles en su ancianidad.

 

En este estado tan natural que disfrutan los cuadrúpedos, las aves y los reptiles, el ser humano sería tan feliz como ellos, la dominación sería entonces una quimera, un absurdo en el que nadie pensaría, pues ¿para qué buscar servidores cuando no se necesita ningún servicio?

 

Si a cualquier individuo de cabeza tiránica y brazo inquieto se le pasara por la mente esclavizar a un vecino menos fuerte que él, la cosa sería imposible: el oprimido estaría ya a cien leguas antes que el opresor hubiera adoptado sus medidas.

 

Así, pues, todos los hombres serían forzosamente iguales si carecieran de necesidades. La miseria que encadena nuestra especie subordina un hombre a otro y esto no es desigualdad, que es un mal, sino la dependencia o subordinación. Importa poco que tal hombre se titule Su Alteza o Su Santidad; tan dura es la servidumbre que se padece a las órdenes de uno como de otro.

 

Una familia numerosa cultiva un espléndido terreno y dos pequeñas familias vecinas poseen campos ingratos y hostiles; es preciso que las dos pobres familias sirvan a la familia opulenta o bien que la degüellen, esto es evidente. Una de las dos familias indigentes va a ofrecer sus brazos a la rica para obtener pan; la otra emprende una guerra contra ella y es vencida. La familia sirviente es el origen de los criados y obreros; la familia vencida, el origen de los esclavos.

 

Resulta imposible, en nuestro desgraciado planeta, que los hombres que viven en sociedad no estén divididos en dos clases: una de ellas la de los opresores y la otra la de los oprimidos; ambas se subdividen en otras mil y estas mil presentan aún matices distintos.

 

Todos los oprimidos no son igualmente desgraciados. La mayor parte han nacido en este estado y el continuo trabajo les impide sentir demasiado su situación, pero cuando tienen conciencia de ella entonces surgen guerras como la del partido plebeyo contra el partido senatorial, en Roma, o la de los campesinos en Alemania, Inglaterra y Francia. Todas estas guerras acabaron tarde o temprano esclavizando más al pueblo, porque los poderosos tienen dinero y el dinero es el dueño de todo en un estado. Decimos de un estado porque no puede aplicarse lo mismo de nación a nación, pues la nación que sepa manejar mejor el hierro subyugará siempre a la que posea más oro y menos coraje.

 

Todos los hombres nacen con una tendencia demasiado violenta a la dominación, la riqueza, los placeres y, con bastante afición, la pereza; en consecuencia, todos quisieran tener dinero y las mujeres o hijas de los demás, ser su dueño, sujetarlas a sus caprichos y no hacer nada, o por lo menos hacer solamente cosas agradables. Podréis comprobar que con tan lindas disposiciones es asimismo imposible que los seres humanos sean iguales y también imposible que dos predicadores o dos profesores de teología no estén celosos uno del otro.

 

El género humano, tal como es, no puede subsistir a menos que exista una infinidad de hombres útiles que no posean nada, pues es evidente que un hombre no abandonará voluntariamente su tierra para acudir a trabajar la vuestra, y si tenéis necesidad de un par de zapatos no será un relator del Consejo de Estado quien los haga. De modo que la igualdad es, a la vez, la cosa más natural y la más quimérica.

 

Como los hombres son excesivos en todo cuanto emprenden y han exagerado esta desigualdad, han implantado en varios países la prohibición a cualquier ciudadano de salir de la comarca que les ha visto nacer. Pero el sentido de esta ley es evidente: «este país es tan malo y está tan mal gobernado que prohibimos a todos los individuos marcharse de él, temiendo que todo el mundo se vaya». Sin embargo, hay algo mejor que hacer: proporcionar a todos los súbditos el deseo de permanecer en el país y a los extranjeros el de trasladarse al mismo.

 

Cada ser humano, en el fondo de su alma, tiene derecho de creerse igual a los demás, pero de ello no se deduce que el cocinero de un cardenal ordene a éste que le haga la comida; no obstante, el cocinero puede decir: «Soy un hombre igual que mi amo: he nacido llorando como él, y él morirá, como yo, con iguales angustias y las mismas ceremonias fúnebres. Los dos llevamos a cabo idénticas funciones animales. Si los turcos se apoderan de Roma y entonces soy cardenal y mi amo es cocinero, lo tomaré a mi servicio». Todo este discurso es razonable y justo, pero mientras esperamos que el Gran Turco se apodere de Roma el cocinero debe cumplir su deber o toda la sociedad quedará pervertida.

 

Desde el punto de vista de un hombre que no es cocinero, ni cardenal, ni se halla investido de cargo alguno en el Estado, como desde el punto de vista de un particular que nada ambiciona pero que está indignado de ser recibido en todas partes con aires de protección o de desprecio, que comprueba con evidencia que muchos monsignors no tienen más ciencia, ni más sensibilidad, ni más virtud que él, y que le molesta esperar muchas veces en su antecámara, ¿qué partido debe adoptar? El de marcharse.

 

IMPOTENCIA. Inicio este artículo condoliéndome de los pobres impotentes frigidi et maleficiati, como los denominan las Decretales. ¿Se podrá encontrar un médico experto que se atreva a asegurar que el hombre joven y bien conformado que no tuvo hijos de su esposa, no los tendrá más tarde? La Naturaleza lo sabe, pero los hombres lo ignoran. Siendo, pues, imposible saber si el matrimonio será o no consumado, ¿por qué no lo disuelven? Los romanos esperaban dos años para disolver el matrimonio. Justiniano ordena que esperen tres, pero, ¿si se conceden tres años a la naturaleza para curarse, por qué no concederle cuatro, diez o veinte?

 

Se han conocido mujeres que durante diez años recibieron las caricias de sus esposos con la mayor insensibilidad y luego sintieron los más violentos estímulos; los hombres pueden encontrarse en este caso, y de éstos hay algunos ejemplos. La naturaleza, en ninguna de sus operaciones, es tan caprichosa como en la cópula de la especie humana; procede con más regularidad que en la de otros animales. Sólo en el hombre la parte física la dirige y la corrompe la parte moral, siendo prodigiosa la variedad y singularidad de sus apetitos y repugnancias. Se sabe de un hombre que caía al suelo desvanecido al ver lo que produce deseos en todos los demás y todavía viven en París personas que presenciaron ese fenómeno.

 

Un príncipe, heredero de una gran monarquía, se enamoraba locamente de los pies. Dícese que en España esa afición es bastante común. Las mujeres, tratando de ocultarlos, trastornaban la imaginación de muchos varones. La imaginación pasiva dio pie a singularidades cuyos detalles apenas son comprensibles. Con frecuencia la mujer, por ser excesivamente pasiva, impide que el marido goce y desconcierta la naturaleza; y el hombre que sería un Hércules facilitándole la satisfacción de sus deseos, se torna en eunuco porque le rechaza su mujer. Únicamente en este caso la mujer tiene la culpa, pero carece de derecho para acusar al marido de la impotencia que ella le causa. Su marido puede echárselo en cara diciendo: «Si me amaras me concederías las caricias que necesito para perpetuar mi raza; si no me amas, ¿por qué te has casado conmigo?»

 

En la Antigüedad consideraban hechizados a los llamados maleficiers. Esos encantamientos eran antiquísimos y los había para privar a los hombres de la virilidad y para devolvérsela. En Pretonio vemos que Chrysis creía que Polyenos no pudo gozar a Circe porque le quitaron la virilidad los encantamientos de los magos, y una vieja trata de restituírsela por medio de otros sortilegios; exorcizaban en vez de desencantar, y cuando el exorcismo no producía efecto desencantaban a los interesados.

 

El derecho canónico trató esta cuestión de los maleficiados. El hombre al que los sortilegios impedían consumar el primer matrimonio con su mujer enmaridaba con otra, que lo hacía padre: ¿podía, perdiendo a la segunda mujer, volver a casarse con la primera? Se decidieron por la negativa los grandes canonistas Alejandro de Nevo, Andrés Alberic, Turrecremata, Soto, Richard, Henríquez, Rosella y otros.

 

Debemos admirar la sagacidad de los canonistas, y sobre todo de los religiosos de costumbres reprochables, para sondear los misterios del goce, en los que no hay ninguna singularidad que no hayan adivinado. Han debatido todos los casos en que el hombre puede ser impotente en determinadas circunstancias y puede no serlo en otras. Han arbitrado todo lo que la imaginación puede inventar para favorecer a la naturaleza, y con la intención de aclarar lo permitido y lo que no, han revelado de buena fe lo que debiera ser secreto. Sánchez recogió y publicó todos los casos de conciencia que la mujer más descocada sólo confesaría, ruborizándose, a la matrona más reservada. Cuestiones de esa índole no se han tratado en ninguna parte del mundo como han hecho nuestros teólogos. Las causas de impotencia empezaron a alegarse en la época de Teodosio, y sólo en los tribunales eclesiásticos salieron a relucir las secretas cuestiones que han mediado entre mujeres atrevidas y maridos avergonzados.

 

En el Evangelio sólo se habla del divorcio por motivos de adulterio. La ley hebraica permitía al marido repudiar a aquella de sus mujeres que le desagradaba, sin especificar la causa (1). «Basta para esto que la mujer no encuentre gracia ante los ojos del marido». Esta es la ley del más fuerte, aludiendo al género humano en su pura y bárbara naturaleza. Las leyes hebraicas nunca tratan de la impotencia; parece, dice un canonista, que Dios no podía permitir que hubiera impotentes en el pueblo sagrado, que debía multiplicarse como las arenas del mar, a quien Dios prometió por medio del juramento entregarle la región inmensa que media entre el Nilo y el Éufrates, y a quien dieron la esperanza sus profetas de que un día dominaría todo el mundo. Para cumplir las promesas divinas era necesario que todos los judíos se ocuparan sin descanso en la gran obra de la propagación. No cabe la menor duda de que la impotencia es una maldición, y todavía no habían llegado los tiempos en que los hombres se castraban para conquistar el reino de los cielos.

 

(1) DeuTeronomio, cap. 24, 1.

 

Andando el tiempo, al elevarse el matrimonio a la dignidad de misterio y sacramento, los eclesiásticos se convirtieron paulatinamente en jueces de todo lo que acontecía entre marido y mujer, e incluso de lo que no acaecía.

 

Las mujeres tuvieron libertad de presentar memoriales para estar embarazadas y estas causas se incoaban en latín. Los clérigos pleiteaban por ellas y los sacerdotes servían de jueces. Mas ¿de qué juzgaban? De cosas que debían ignorar, y las mujeres se querellaban de lo que debían tener siempre secreto. Estos procesos dirimían siempre acerca de estos dos asuntos: sobre hechiceros que impedían al hombre que consumara su matrimonio y sobre mujeres que querían volverse a casar.

 

Lo extraordinario en estas cuestiones es que todos los canonistas convienen en que el marido víctima de un sortilegio que le hizo impotente no puede, en conciencia, destruir ese sortilegio, ni suplicar al mago que lo destruya (2). En la época de los hechiceros era indispensable exorcizar. Era preciso que los clérigos fueran unos cirujanos que gozaban el privilegio exclusivo de poneros emplastos y aseguraros que os mataría la herida si os curaba la mano que os hirió. Valía más haberse asegurado antes de obrar, si un hechicero puede quitar y restituir la virilidad al hombre. Y como había muchas personas débiles que temían más a los hechiceros, preferían ponerse en manos de los exorcistas. El hechicero les quitaba la virilidad, pero —¡ay!— el agua bendita no se la restituía. El diablo podía más que el exorcismo.

 

(2) Véase Pontas en Impedimento de la impotencia.

 

En los casos de impotencia que no intervenía el diablo, los jueces eclesiásticos no sabían a qué atenerse para sentenciar. En las Decretales figura el famoso título de frigidis et maleficiatis, muy curioso, pero que nada aclara. El primer caso que discutió Brocardie no ofrece ninguna dificultad, las dos partes convinieron en que hubo impotencia, y autorizose el divorcio.

 

El papa Alejandro III dirimió una cuestión más delicada (1): el de una mujer enferma. Instrumentum ejus impedimentum. Su enfermedad es natural y los médicos no pueden curarla. «Concedemos a su marido la libertad de tomar otra mujer». Esta decretal parece dictada por el juez que piensa más en la necesidad de aumentar la población que en la indisolubilidad del sacramento. ¿Cómo es tan poco conocida esta ley papal? ¿Cómo es que todos los maridos no la saben de memoria?

 

(1) DecretaLes, lib. IV, tít. XV.

 

La decretal de Inocencio III ordena que la comadrona reconozca a la mujer cuyo marido declaró ante la justicia ser demasiado estrecha para la cópula. Esta ley no debía estar en vigor porque los maridos no acostumbraban a hacer semejantes declaraciones.

 

Honorio III dispone que la mujer no alegue la impotencia de su marido para disolver el matrimonio habiendo vivido con él ocho años. No anduvieron con tantas contemplaciones para declarar impotente al rey de Castilla, Enrique IV, cuando estaba rodeado de amantes y tuvo de su mujer una hija, heredera del reino. Pero fue el arzobispo de Toledo quien dictó esa sentencia y el papa no se inmiscuyó en esa cuestión. Tampoco anduvieron con más remilgos con el rey Alfonso de Portugal, a mediados del siglo XVII. Este príncipe se dio a conocer por su crueldad, sus liviandades y su fuerza muscular, y su exceso de vesanía sublevó a la nación contra él. Su esposa, que deseaba destronarlo para casarse con su cuñado el infante don Pedro, comprendió que sería dificilísimo casarse con los dos hermanos, uno después de otro, habiendo sido esposa del primogénito. El ejemplo de Enrique IV de Inglaterra la intimidaba y resolvió que el capítulo de la catedral de Lisboa declarara a su esposo impotente, que así lo hizo en 1667. De este modo, la reina casó con su cuñado antes de obtener la dispensa del papa.

 

En Francia, a los acusados de impotencia les hacían pasar, en el siglo XIV, por la prueba del congreso, la cual consistía en que ejercieran las funciones matrimoniales marido y mujer por orden de la justicia civil y de la justicia eclesiástica ante cirujanos y matronas, con el fin de disolver el matrimonio cuando la mujer acusaba al marido de ser impotente.

Si el marido salía vencedor en el combate, demostraba su virilidad; si salía vencido, su derrota nada demostraba la primera vez, porque podía ganar en un segundo embite, o en el tercero, etc.

 

Es famoso el proceso que en 1659 promovieron el marqués de Langeais y su esposa Marie de Saint‑Simon, en el que aquél pidió la prueba del congreso. Los desabridos desdenes de su mujer le hicieron sucumbir. Solicitó una segunda prueba, pero los jueces, cansados de las murmuraciones de los supersticiosos y de los sarcasmos y críticas de los burlones, se la denegaron. La Cámara declaró impotente al marqués, anuló el matrimonio y le prohibió casarse otra vez, pero permitiendo a su mujer que escogiera otro esposo.

 

¿Podía impedir la Cámara que el hombre que una mujer desdeñosa no pudo excitar al goce, lo excitara otra mujer que le profesara verdadero cariño? A pesar de la sentencia, el marqués contrajo matrimonio con Diana de Novailles, de la que tuvo siete hijos. Cuando falleció la primera mujer del marqués, éste apeló a la Gran Cámara contra la sentencia que le declaró impotente y le condenó a pagar las costas. Conociendo la Gran Cámara la ridiculez del proceso y la sentencia dictada en 1659, confirmó el matrimonio que el marqués contrajo con Diana de Novailles, a pesar de la sentencia del tribunal, le declaró potente y le perdonó las costas, pero abolió la prueba del congreso (2).

 

(2) El congreso se instituyó a mediados del siglo XIV y fue derogado en febrero de 1667.

 

Así, pues, para fallar sobre la impotencia de los maridos no quedó otro medio que la práctica antigua del reconocimiento de los peritos, prueba siempre falaz, por cuanto la mujer puede ser desflorada sin que lo parezca y conservar la virginidad aun manifestando señales falsas de desfloración. Los jurisconsultos han juzgado durante catorce años de la doncellez como han juzgado de los sortilegios, sin conocimiento de causa.

 

INCESTO. En el Espíritu de las Leyes (libro 26, capítulo 14), Montesquieu dice de los tártaros que pueden casarse con sus hijas, pero jamás se casan con sus madres.

 

No sabemos de qué tártaros habla el autor, que tiene por costumbre hacer citas falsas. En la actualidad no conocemos ningún pueblo, desde Crimea hasta las fronteras de China, en que sea uso o costumbre que los habitantes se casen con sus hijas. Si era permitido a la hija casarse con el padre, no había razón para no permitir que el hijo se casara con la madre.

 

Montesquieu cita a un autor llamado Priscus (Priscus Panetes), un sofista que vivía en la época de Atila, el cual dice que Atila se casó con su hija Esca siguiendo el uso de los escitas. Priscus no ha sido impreso nunca, y su manuscrito se pudre en la biblioteca del Vaticano. Sólo Fernández lo menciona. No puede establecerse la legislación de los pueblos basándola en semejantes autoridades. Ningún autor cita a Esca, ni oyó hablar nunca de que se casara con su padre Atila.

 

Confieso que la ley que prohíbe esa clase de matrimonios es una ley decorosa, y por eso jamás he creído que los persas casaran con sus hijas. En tiempos de los Césares algunos romanos los acusaban de esto para hacerles odiosos. Puede que algún príncipe de Persia cometiera un incesto e imputaran a la nación entera la obscenidad de uno solo. Es posible que se permitiera a los antiguos persas casarse con sus hermanas igual que los atenienses, egipcios, sirios e incluso judíos, y de ello dedujeran que era común casarse con su padre y su madre, pero lo cierto es que el casamiento entre primos está prohibido entre los guebros actualmente, y se asegura que éstos conservan la doctrina de sus antepasados tan escrupulosamente como los judíos.

 

Se me objetará que el mundo está lleno de contradicciones y que la ley hebráica prohibía casarse con dos hermanas por estimarse demasiado indecente. Sin embargo, Jacob se casó con Raquel viviendo la hermana mayor de ésta y Raquel es un símbolo de la Iglesia católica. Esto es verdad, pero si un quidam cualquiera se acuesta en Europa con dos hermanas caen sobre él las más acerbas censuras. En cambio, los hombres poderosos constituidos en dignidad pueden unirse con todas las hermanas de sus mujeres que quieran para hacer la felicidad de sus estados, e incluso con las hermanas de su padre y de su madre según se tercie. Era mucho peor acostarse con la madrina de uno, un crimen irremisible según las Capitulares de Carlomagno, que llamaban incesto espiritual.

 

Andovera, que se llamó reina de Francia por ser esposa de Childerico régulo de Soissons, fue recriminada por la justicia eclesiástica, que la degradó y divorció por haber sostenido a su hijo en la pila bautismal por lo que se convirtió en comadre de su marido. Cometió pecado mortal un sacrilegio y un incesto espiritual, que le hizo perder el tálamo y la corona.

 

Respecto al incesto carnal, leed lo que dice el abogado Vougland (1). Opina que deben morir en la hoguera el primo y la prima que hayan tenido un momento de debilidad. Muy riguroso es el abogado Vougland.

 

ÍNCUBOS Y SÚCUBOS. ¿Han existido alguna vez los íncubos y los súcubos? Los sabios jurisconsultos de monografías admiten la existencia de unos y otros. Afirman que el diablo, siempre al acecho, inspiraba sueños lascivos a los jóvenes de ambos sexos, recogía el producto de los sueños masculinos y, caliente todavía, lo inseminaba en el recinto femenino que naturalmente tiene ese destino. Idéntica operación es la que producía muchos héroes y semidioses en la Antigüedad. El diablo se tomaba un trabajo superfluo; le bastaba con haber dejado juntos a los jóvenes de ambos sexos y sin su ayuda hubieran traído igualmente héroes al mundo.

 

(1) Pierre‑François Muyard de Vougland, que falleció en marzo de 1793 y fue el autor de Refutación de Beccaria.

 

Sabemos lo que eran íncubos por la explicación que dan Del Río, Boguet y otros sabios en hechicería, pero esa explicación no nos da idea de los súcubos. Una moza puede hacer creer que la gozó un genio, un dios, y que de éste tuvo un hijo. Según dice Del Río, el diablo inseminó en ella la sustancia que hace nacer al niño, recogida durante el sueño de un mozo, la joven queda encinta y da a luz sin que nadie pueda afearle nada; el diablo fue su íncubo. Ahora bien, cuando el diablo se convierte en súcubo, es otra cosa distinta; para ello es preciso que sea diabla y la esperma del hombre penetre en ella, en cuyo caso el hombre la hechiza y tiene de ella un hijo.

 

Los dioses y diosas de la Antigüedad clásica obraban de manera más limpia y noble. Júpiter en persona fue el íncubo de Alcmena y Semele. Tetis en persona la súcubo de Peleo, y Venus la súcubo de Anquises, sin necesidad de recurrir a subterfugios de la diablería.

 

Sabemos además que los dioses con frecuencia se transformaban, para conseguir a las hijas de los hombres, en águilas, palomos o cisnes, caballos o en lluvia de oro, pero las diosas obraban a cuerpo limpio: no tenían más que presentarse para agradar. Yo sostengo que si los dioses se metamorfosearon para entrar sin producir escándalo en las casas de sus elegidas, adquirían su forma natural en cuanto entraban en las estancias. Júpiter no podía gozar de los favores de Danae convertido en lluvia de oro, e igual hubiera ocurrido con Leda si hubiera sido cisne, pero volvió a ser dios, esto es, un joven hermoso, y pudo gozarla.

 

En cuanto a la nueva manera de preñar a las jóvenes por ministerio del diablo no podemos dudar que ha existido, puesto que la Sorbona lo decidió así en 1318. «Es un error creer que esas artes mágicas y esas invocaciones de los diablos no producen efecto.» La Sorbona no revocó ese decreto; luego debemos creer que han existido íncubos y súcubos, ya que nuestros maestros lo creyeron. Es más, lo han creído otros maestros. En el libro que escribió sobre los hechiceros, dedicado a Christophe du Thou primer presidente del Parlamento de París, Roding refiere que Jeanne Hervilior, natural de Berbería, fue condenada por dicho parlamento a ser quemada viva por prostituir su hijo al diablo, que era un hombre alto y negro, y cuyo semen estaba helado. Esta circunstancia parece opuesta a la naturaleza del diablo, pero nuestra jurisprudencia opinó siempre que la esperma del diablo es fría y el ingente número de hechiceras que hizo quemar durante mucho tiempo es prueba de esa verdad.

 

El célebre Pico de la Mirandola, que era príncipe y no mentía, dice (2) que conoció a un anciano de ochenta anos que se acostó la mitad de su vida con una diabla, y a otro de setenta que hizo lo mismo; los dos fueron quemados en Roma. No nos dice qué hicieron sus hijos. He aquí demostrada la existencia de los íncubos y súcubos. Por lo menos es imposible probar que no han existido, y ello porque si es punto de fe que hay en el mundo diablos que entran en nuestros cuerpos, ¿quién puede impedirles que actúen de mujeres o que entren en los cuerpos de las jóvenes? Si hay diablos, es probable que existan diablas. Por tanto, para ser consecuentes, debemos creer que los diablos tienen hijos de nuestras jóvenes y nosotros los tenemos de las diablas. Nunca hubo imperio tan universal como el del diablo; sin embargo, lo destronó la razón.

 

(2) En el libro titulado De promotione.

 

INFIERNO. Inferum significaba subterráneo, que era donde los pueblos de la Antigüedad enterraban a los muertos, quedando así el alma con ellos. Tal fue la primitiva física y metafísica de los egipcios y griegos.

 

Los hindúes, que son más antiguos e idearon el dogma ingenioso de la metempsicosis, nunca creyeron que las almas de los muertos estuvieran en el subterráneo. Los japoneses, coreanos, chinos y los pueblos que ocupaban Tartaria oriental y occidental, tampoco creyeron semejante cosa.

 

Con el paso del tiempo los griegos convirtieron el subterráneo en un vasto reino que entregaron liberalmente a Plutón y a su esposa Proserpina. Le asignaron tres consejeros de Estado, tres amas de llaves que llamaron las Furias y tres Parcas para hilar, devanar y cortar el hilo de la vida del hombre, y como en la Antigüedad cada héroe tenía un perro para que vigilara la puerta de su casa, concedieron a Plutón un perrazo de tres cabezas llamado Cancerbero. En ese reino todo se contaba por tres. Los consejeros de Estado eran Minos, Eaco y Radamanto; uno juzgaba Grecia, otro Asia Menor y el tercero Europa.

 

Los primeros que se burlaron del infierno fueron los poetas. Virgilio tan pronto se ocupa de él seriamente en la Eneida —porque el tono serio era a propósito para su asunto—, como se burla en las Geórgicas. Igual hicieron Lucrecio y Horacio, Cicerón y Séneca. El emperador Marco Aurelio lo toma más filosóficamente que los mentados escritores y dice: «Quien teme la muerte lo que teme es verse privado de sus sentidos o experimentar otras sensaciones, pero el que pierde los sentidos no sufre ninguna pena ni miseria, y el que tiene sentidos de otra clase se convierte en otra criatura». Nada podía objetar a este argumento la filosofía profana. Sin embargo, como la contradicción es inherente a la especie humana y al parecer sirve de base a nuestra naturaleza, al mismo tiempo Cicerón decía públicamente: «No hay ninguna vieja que crea esas tonterías». Lucrecio aseguraba que esas ideas causaban gran impresión en la imaginación del pueblo y se proponía destruirlas. Lo cierto es que en las últimas capas sociales, unos se reían del infierno y a otros les hacía temblar; unos tildaban de fábulas ridículas al Cancerbero, las Furias y Plutón, y otros ofrecían continuamente ofrendas a los dioses infernales. Ocurría entonces lo mismo que ahora.

 

Algunos filósofos que no creían en la fábula del infierno deseaban que esa creencia refrenara al populacho. Entre esos filósofos había Timeo de Locres y el político e historiador Polibio, que decía: «El infierno es inútil para los sabios, pero necesario para la plebe insensata».

 

Sabemos que la ley del Pentateuco no anuncia en ninguna parte la existencia del infierno. Los hombres estaban inmersos en un caos de contradicciones e incertidumbres cuando Jesucristo apareció en el mundo: confirmó la doctrina antigua del infierno, pero no la doctrina de los poetas paganos, ni la de los sacerdotes egipcios, sino la que adoptó el cristianismo. Jesucristo anunció un reinado que debía venir y un infierno que no tendría fin. Dice categóricamente en Cafarnaún: «Todo el que llame a su hermano raca será condenado por el sanedrín, pero el que le llame loco será condenado a la gehenet eimon, gehena (1) del fuego».

 

(1) Gehena es el nombre que da la Sagrada Escritura al infierno.

 

Esto prueba dos cosas: que Jesucristo no quería que se injuriara a nadie, porque sólo le incumbía a él, como Señor, llamar a los fariseos prevaricadores y raza de víboras, y que quienes injurian al prójimo merecen el infierno, porque la gehena del fuego situada en el valle de Ennom era donde quemaban a las víctimas que sacrificaban a Moloc, y esa gehena simboliza el fuego del infierno.

 

Jesucristo dice en el Evangelio de Marcos: «Si alguno sirve de piedra de escándalo para los débiles que no creen en mí, sería mejor para él que le ataran al cuello una muela de molino y le arrojaran al mar».

 

«Si tu mano te sirve de piedra de escándalo, córtatela, es preferible estar manco en la vida, a ir a la gehena del fuego inextinguible, donde el gusano no muere y el fuego no se extingue.»

 

«Y si el pie te sirve de piedra de escándalo, córtate el pie; es preferible entrar cojo en la vida eterna a que te arrojen con dos pies en la gehena inextinguible, donde», etc.

 

«Si el ojo te sirve de piedra de escándalo, arráncate el ojo; vale más ser tuerto en el reino de Dios, que abrasarte con los dos ojos en la gehena del fuego», etc.

 

En el Evangelio de san Lucas, dice Jesucristo, mientras caminaba hacia Jerusalén: «Cuando el padre de familia haya entrado en casa y cierre la puerta, os quedaréis fuera y llamaréis, diciendo: Señor, abridnos. Y desde dentro una voz os contestará: No os conozco. Entonces diréis: Hemos comido y bebido contigo, y tú nos has enseñado las encrucijadas. La voz os replicará: No os conozco. ¿De dónde sois, obreros de iniquidades? Y lloraréis y rechinaréis los dientes cuando veáis dentro de la casa a Abrahán, a Isaac, a Jacob y a todos los profetas, y vosotros seáis expulsados de ella».

 

Pese a estas y otras declaraciones del Salvador del género humano, que aseguran la condenación eterna a todo el que no pertenezca a nuestra Iglesia, Orígenes y otros autores no creen en la eternidad de las penas. Los socinianos también rechazan esta doctrina, pero están fuera del gremio de la Iglesia. Los luteranos y los calvinistas, que también lo están, admiten, sin embargo, la eternidad del infierno.

 

Tan pronto como los hombres vivieron en sociedad debieron apercibirse de que muchos culpables burlaban la severidad de las leyes: castigaron los crímenes públicos y necesitaron establecer un freno que impidiera perpetuar crímenes secretos; creyeron, pues, que solamente la religión podría ser este freno. Los persas, caldeos, egipcios y griegos imaginaron que debía haber castigos después de la vida, y de los pueblos antiguos que conocemos sólo los hebreos admitieron que hubiera castigos temporales, como hemos dicho en otros artículos. Es ridículo creer o aparentar que se cree apoyándose en pasajes incomprensibles, que admitían el infierno las antiguas leyes hebraicas en el Levítico y en el Decálogo, cuando el autor de las mencionadas leyes no dijo palabra que tuviera la mínima relación con los castigos de la vida futura. De ser así tendríamos derecho a reconvenir al que redactó el Pentateuco, diciéndole: Sois un inconsecuente, carecéis de probidad y sois indigno del nombre de legislador que os arrogáis. ¿Conocéis un dogma capaz de reprimir tan necesario para el pueblo como es el dogma del infierno y no lo proclamáis sin ambages? Mientras lo admiten en todas las naciones que os rodean, os dais por satisfecho con que puedan adivinar ese dogma algunos comentaristas que nacerán cuatro mil años después que vos y distorsionarán algunas de vuestras palabras para encontrar en ellas lo que no habéis dicho. Pues bien, o sois un ignorante que no sabéis que existe esa creación universal en Egipto, Caldea y Persia, o un hombre poco agudo si conociendo dicho dogma no habéis hecho de él la base de vuestra religión.

 

A este ataque, los autores de las leyes hebraicas únicamente podían contestar: Confesamos que somos excesivamente ignorantes, que hemos aprendido a escribir demasiado tarde y que nuestro pueblo era una horda salvaje y bárbara que vagó errante cerca de medio siglo por el desierto inhóspito, hasta que al fin se apoderó de un país pequeño por el saqueo y reprobables crueldades. Y como no teníamos trato con las naciones civilizadas, ¿cómo pretendéis, pues, que nosotros fuéramos capaces de idear un sistema tan espiritual? Sólo empleábamos la palabra alma para significar vida y no conocimos a Dios ni a sus ministros y ángeles más que como seres corporales: la distinción entre el alma y el cuerpo, la idea de otra vida después de la muerte, pueden ser el fruto de larga meditación y de sutil filosofía. Preguntad a los hotentotes y a los negros, que pueblan un territorio cien veces más extenso que el nuestro, si tienen idea de la vida futura. Creímos hacer bastante convenciendo a nuestro pueblo que Dios castiga a los criminales hasta la cuarta generación, ya aquejándolos de lepra, ya dándoles muertes repentinas, ya ocasionándoles la pérdida de los bienes que podían poseer.

 

Podemos replicar a esta justificación: Habéis inventado un sistema muy ridículo, y el criminal que gozara de buena salud y cuya familia disfrutara de prosperidades tendría motivos para burlarse de vosotros. El apologista de la ley hebraica no diría entonces: Estáis equivocado por la sencilla razón de que por cada criminal que razona hay ciento que no saben. Quien después de cometer un crimen no recibiera castigo en su cuerpo, ni en el de su hijo, temería que su nieto lo recibiera. Siempre ocurren desgracias en todas las familias, y fácilmente haríamos creer que la mano divina las enviaba. Sería fácil contestar a esta respuesta, diciendo: Vuestro argumento es falso, pues vemos todos los días que hombres muy honrados pierden la salud y su fortuna, y aunque no haya familia que no tenga desgracias, si éstas son castigos de Dios, todas deben ser familias de truhanes.

 

Los hebreos, fariseos y esenios admitieron la creencia de un infierno a su manera. Este dogma lo habían transmitido los griegos a los romanos y lo adoptaron los cristianos.

 

Varios padres de la Iglesia no creyeron en la eternidad de las penas y les pareció absurdo que un pobre hombre estuviera quemándose toda la eternidad por haber robado una cabra. No hace mucho tiempo, un teólogo calvinista conocido por Petit‑Pierre predicaba y escribió que los condenados obtendrían un día la divina gracia. Los demás ministros de su credo se opusieron a tal proposición. Discutieron acerca de ello acaloradamente, y se supone que el rey, su soberano, les dijo que ya que preferían condenarse eternamente le parecía bien, pero debían darse las manos y dejarse de discusiones. Los condenados de la Iglesia de Neufchatel depusieron al pobre Petit‑Pierre por haber equivocado el infierno con el purgatorio.

 

El Pedagogo cristiano es un excelente libro debido al padre Felipe Outreman, de la Compañía de Jesús, del que se han hecho cincuenta y una ediciones, pero en el cual no hay una página que tenga sentido común. Pues bien, ese reverendo padre dice que un ministro de la reina Isabel, el barón de Honsden (que nunca existió), predijo a Cecil, secretario de Estado, y a seis consejeros que se condenarían, lo cual ocurrió porque así les va a todos los herejes. Es probable que Cecil y los consejeros no creyeran al barón de Honsden, pero si éste lo hubiera vaticinado a seis fanáticos ignorantes indudablemente lo hubieran creído. Hoy día, que ningún habitante de Londres cree que exista el infierno, ¿qué debemos hacer? ¿Qué freno podremos ponernos? El del honor, el de las leyes y el de la Divinidad, que desea que seamos justos, exista o no el infierno.

 

INFIERNOS. El colega que escribió en la Enciclopedia el artículo Infierno no habla del descendimiento de Cristo a los infiernos, que es artículo de fe importantísimo y está expresamente especificado en el Credo, como hemos dicho. Algunos se preguntan de dónde han sacado este artículo de fe que no se encuentra en los cuatro evangelistas, y el símbolo titulado de los apóstoles no data, como hemos dejado constancia, más que desde los tiempos de los sabios sacerdotes Jerónimo, Agustín y Rufino. Créese que el descendimiento de Cristo a los infiernos se tomó del evangelio de Nicodemo, que es uno de los más antiguos.

 

En dicho Evangelio, el príncipe del Tártaro y Satán, después de conversar largamente con Adán, Enoc, Elías y David, «oyen una voz de trueno y de tempestad. David dice al príncipe del Tártaro: "Villano y sucio príncipe del infierno, abre inmediatamente tus puertas para que el rey de la gloria entre". Pronunciadas estas palabras, el Señor aparece en forma de hombre, ilumina las tinieblas eternas y rompe los lazos indisolubles, y por medio de su virtud invencible fue a visitar a los que estaban sentados en las profundas tinieblas de los crímenes y en la sombra de la muerte de los pecados» (1).

 

(1) Véase el párrafo XXI del Evangelio de Nicodemo.

 

Jesucristo apareció con el arcángel Miguel y venció a la muerte; tomó a Adán de la mano y el buen ladrón le seguía llevando su cruz. Todo esto aconteció en el infierno en presencia de Carinus y Lentius, que resucitaron con el fin de servir de testimonio a los pontífices Anás y Caifás y al doctor Gamaliel, que entonces era maestro de san Pablo.

 

El Evangelio de Nicodemo hace muchísimo tiempo que carece de autoridad, pero encontramos la confirmación del descendimiento de Cristo a los infiernos en la primera carta de san Pedro, que hacia el final del capítulo III dice: «Porque también Cristo murió una vez por nuestros pecados, el justo por los injustos, a fin de reconciliarnos con Dios, habiendo sido a la verdad muerto según la carne, pero vivificado por el Espíritu de Dios, en el cual fue también a predicar a los espíritus encarcelados». Los padres de la Iglesia interpretan de diferente modo este pasaje, pero en el fondo todos convienen en que Cristo bajó a los infiernos después de su muerte. Para creerlo así sólo hay una liviana dificultad. Clavado en la cruz, Jesús dijo al buen ladrón: «Hoy estarás conmigo en el Paraíso». No le hizo, pues, honor a la palabra yéndose al infierno, pero esta objeción se destruye con facilidad diciendo que primero le llevó al infierno y luego al Paraíso.

 

Eusebio de Cesárea dice (2) que «Jesús abandonó su cuerpo sin esperar que la muerte fuese a apoderarse de él; por el contrario, cogió a la muerte, que temblaba, le besaba los pies y trataba de huir. El la detuvo, rompió las puertas de los calabozos que encerraban las almas de los santos los sacó de allí y los resucitó; se resucitó a sí mismo, llevándoselos en triunfo a la Jerusalén celeste, que descendía del cielo todas las noches y san Justino lo presenció».

 

(2) Evangelio, cap. II.

 

No tardó en suscitarse una disputa cuando trataron de averiguar si esos santos resucitados murieron otra vez antes de subir al cielo. Santo Tomás, en la Summa, asegura que volvieron a morir, opinión que comparte dom Calmet. «Sostenemos —dice— que los santos que resucitaron después de la muerte del Salvador murieron otra vez para resucitar un día.»

 

Antes de esa época plugo a Dios que los paganos se anticiparan a realizar esas verdades sagradas. Sus dioses resucitaron a Pélope, Orfeo sacó a Eurídice de los infiernos, al menos unos instantes, Hércules sacó de él a Alcestes, Esculapio resucitó a Hipólita, y un largo etcétera. No obstante, debemos distinguir entre la fábula y la verdad y someter a ésta nuestra inteligencia en todo lo que la asombra, lo mismo que en aquello que comprende.

 

INFINITO. ¿Puedo tener alguna idea correcta sobre el infinito? Confieso que sólo lo comprendo confusamente. ¿Se debe a que soy excesivamente finito?, ¿quién se explica lo que es andar siempre sin avanzar nunca, contar siempre sin llegar a una cuenta, dividir sin encontrar jamás la última parte? Para mí que la noción de infinito está en el fondo del tonel de las Danaides .

 

Con todo, es imposible que no exista el infinito. Está demostrado que ha transcurrido una duración infinita. Empezar a ser es absurdo, porque la nada no puede empezar algo. En cuanto vemos que un átomo existe, debemos deducir que hay algún Ser que goza de la eternidad. He aquí, pues, un infinito de duración rigurosamente demostrado. Ahora bien, ¿qué es el infinito que pasó, el infinito que fijo en mi mente cuando quiero? Puedo decir: he aquí una eternidad transcurrida, pasemos a la otra. Distingo dos eternidades, la pasada y la futura.

 

Cuando recapacito lo que acabo de decir me parece ridículo. Me doy cuenta de que he dicho una tontería al pronunciar «una eternidad pasó y entro en una nueva eternidad». En el momento que lo estaba diciendo la eternidad duraba, el tiempo fluía y no podía creerla pasada, por cuanto la duración nunca se interrumpe. El infinito de la duración está, pues, atado con una cadena no interrumpida, y ese infinito se perpetúa hasta el instante mismo que digo que ha pasado. El tiempo comienza y concluye para mí, pero la duración es infinita.

 

He ahí, pues, un infinito confusamente definido, pero sin podernos formar de él una noción clara.

 

También suponemos un infinito de espacio; mas ¿qué entendemos por espacio?, ¿es un ser o no es nada? Si es un ser, ¿a qué especie pertenece? Si no es nada, la nada no tiene ninguna propiedad, y decirnos que es penetrable, que es inmensa. Soy tan ignorante que no me atrevo a llamarle nada, ni sé decir lo que es, pero los hombres somos curiosos y sabemos que existe el espacio. Nuestra inteligencia no alcanza a comprender la naturaleza del espacio, ni su fin: le llamamos inmenso porque no podemos medirlo.

 

¿El universo es limitado? ¿Su extensión es inmensa? ¿Son innumerables los soles y planetas? ¿Qué privilegio tiene el espacio que contiene una cantidad de soles y planetas, respecto a la parte de ese espacio que no los contenga? Que el espacio sea un ser o no sea nada, ¿qué dignidad alcanzó el espacio donde estamos para ser preferido a otros espacios? Si el universo material no es infinito, no es más que un punto en la extensión; si es infinito, ¿qué significa el infinito actual al que mi pensamiento puede siempre añadir?

 

Así como no podemos formarnos ninguna idea positiva del infinito de duración, ni del de extensión, tampoco podemos formarnos la del infinito en poder físico, ni siquiera en poder moral. Concebimos fácilmente que un Ser omnipotente organizara la materia, hiciera circular los mundos en el espacio y diera vida a los animales, a los vegetales y a los metales. Llegamos a sacar esta conclusión porque estamos convencidos de que todos esos seres son incapaces de haberse organizado a sí mismos, y convenimos en que ese gran Ser existe eternamente por sí mismo, porque no puede haber salido de la nada, mas no podemos descubrir su infinito en extensión, en poder, ni en atributos morales.

 

¿Cómo es posible concebir que tenga extensión infinita un ser que debe ser simple? Y si es simple, ¿cómo hemos de comprender su naturaleza? Sólo conocemos a Dios por sus efectos, pues por su naturaleza no podemos conocerle. Si no podemos tener idea de su naturaleza, claro está que no podemos conocer sus atributos; cuando decimos que es infinito en poder, no tenemos más idea que la de su poder omnipotente. Nada puede limitar el poder del Ser Supremo, que existe necesariamente por sí mismo. Esta verdad no puede tener antagonistas que la invaliden, pero ¿cómo probaréis que no está circunscrito su poder por la propia naturaleza?

 

Respecto a sus atributos morales sólo podemos conocerlos incompletamente tomando los nuestros por modelo, de otra forma es imposible conocerlos. Pero, ¿acaso son iguales o semejantes nuestras cualidades inciertas y variables, a las cualidades del Ser Supremo? La idea que tenemos de la justicia puede decirse que es el interés ajeno que nuestro interés respeta. El pan que la mujer amasa con la harina, cuyo marido sembró el trigo, le pertenece. Un pobre hambriento se apodera de ese pan y se lo lleva la mujer dice que ese hombre ha cometido una injusticia enorme, pero éste contesta, tan campante, que obra con justicia porque no han de morir de hambre él y su familia. No podemos, pues, admitir que la justicia infinita de Dios sea semejante a la justicia contradictoria de esa mujer y ese hombre.

 

Tan confusa es nuestra noción de los atributos del Ser Supremo, que ciertas escuelas afirman que posee el don de la presencia, es decir, la previsión infinita que excluye todos los acontecimientos contingentes y otras escuelas afirman que esa previsión de Dios no excluye la contingencia. Desde que la Sorbona declaró que Dios puede hacer que un palo no tenga dos extremos, que una cosa pueda ser y no ser al mismo tiempo, ya no sabemos qué decir por temor a cometer alguna herejía. Lo único que cabe afirmar, sin temor de ninguna clase, es que Dios es infinito y que la razón del hombre es muy limitada.

 

Historia del infinito. Los primeros geómetras se percataron desde la undécima o duodécima proposición que, aunque iban bien encaminados, andaban por los bordes de un abismo, y que las insignificantes verdades irrebatibles que iban encontrando las rodeaba el infinito. Lo vislumbraban desde que averiguaron que, por un lado, del cuadrado no se puede medir la diagonal, y que las circunferencias de círculos diferentes pasan siempre entre un círculo y su tangente. Quien tan sólo deseaba averiguar la raíz del número seis comprendía que era un número entre dos y tres pero por más divisiones que hacía, aunque siempre se aproximaba a la raíz, nunca conseguía encontrarla. Si suponían una línea recta cortando otra línea recta perpendicularmente, imaginaban ver que se cortaban en un punto indivisible, pero de cortarse oblicuamente se veían obligados a suponer un punto más grande que otro, o a no comprender la naturaleza de los puntos, ni el principio de toda magnitud.

 

El análisis de un cono les maravillaba porque su base, que es un círculo, contiene un número infinito de líneas, y su vértice difiere infinitamente de la línea. Si cortaban dicho cono paralelamente a su eje, presentaba una figura que se aproximaba cada vez más a los lados del triángulo que formaba el cono sin ser el triángulo realmente. El infinito se encontraba en todas partes. ¿Cómo conocer el área de un círculo, ni el área de una curva cualquiera?

 

Antes de la época de Apolonio, el círculo sólo se estudiaba como medida de los ángulos y para adquirir determinados medios proporcionales, lo que prueba que los egipcios, que enseñaron la segunda geometría a los griegos, fueron medianos geómetras pese a que eran astrónomos bastante buenos. Apolonio estudió detalladamente las secciones cónicas. Arquímedes consideró el círculo como una figura de infinidad de lados y relacionó el diámetro con la circunferencia, como la inteligencia humana puede imaginarlo. Cuadró la parábola. Hipócrates de Chio cuadró las lúsculas del círculo.

 

Los antiguos buscaron baldíamente la duplicación del cubo, la trisección del ángulo, que son inabordables para la geometría ordinaria, y la cuadratura del círculo, que es imposible para toda clase de geometría. Desvelaron algunos secretos en el camino que recorrieron, como ocurrió a los que iban buscando la piedra filosofal; como por ejemplo, la cisoide de Diocles, la concoide de Nicomedes y la espiral de Arquímedes. Todo ello se logró sin saber álgebra, sin ese cálculo que tanto ayuda a la inteligencia y la dirige sin esclarecerla.

 

Digo sin esclarecerla porque suponiendo que dos matemáticos tengan que hacer un cálculo, el primero lo haga de memoria teniendo presente todos los números y el otro lo haga sobre el papel siguiendo una regla de rutina, pero segura, que sólo le hace conocer la verdad que busca cuando llega al resultado, ésta es poco más o menos la parca diferencia que media entre el geómetra sin cálculo, que examina las figuras y ve sus relaciones, y el algebrista que busca sus relaciones efectuando operaciones que no hablan a su inteligencia.

 

Harriot, Viete y, sobre todo, el famoso Descartes, emplearon los signos y las letras. Descartes sometió las curvas al álgebra reduciéndolo todo a ecuaciones algebraicas.

 

En la época de Descartes, Caballero publicó en 1635 la Geometría de los invisibles, geometría nueva en la que los planos se componen de infinidad de líneas y los sólidos de infinidad de planos, pero no se atrevió a emplear el vocablo infinito en matemáticas, como Descartes no se atrevió a mencionarlo en física. Ambos empleaban para designarlo la voz indefinido. Al mismo tiempo que Robesval tenía idénticas ideas en Francia, un jesuita de Brujas avanzaba a pasos de gigante en esa misma dirección por diferente camino. Gregorio de san Vicente, el jesuita en cuestión,tomando por punto de partida un error y creyendo encontrar la cuadratura del círculo, encontró realmente cosas admirables. Redujo el infinito a relaciones finitas y lo conoció en pequeño y en grande, pero sus descubrimientos se ahogaron en tres tomazos que carecen de método, y el error flagrante con que terminó su obra perjudicó a las verdades que contiene.

 

Se continuaba siempre cuadrar las curvas. Descartes se valió de las tangentes, Fennat empleó su regla de maximis et minimis, y Wallis en 1655 publicó valientemente Aritmética de los infinitos y de las series infinitas en número. Brounker se sirvió de esta obra para cuadrar una hipérbole. Mercator de Holstein tuvo gran parte en esta invención, pero se trataba de hacer con las curvas lo que Brounker intentó con éxito. En aquel entonces trataban de encontrar un método general que sujetara el infinito al álgebra, igual que Descartes sujetó a ésta lo infinito, y ese método lo encontró Newton a la edad de veintitrés años.

 

El método de Newton tiene dos partes, que se denominan cálculo diferencial y cálculo integral. El diferencial consiste en encontrar una cantidad más pequeña que ninguna asignable, la que tomada una infinidad de veces sea igual a la cantidad dada. El cálculo integral consiste en tomar la suma total de las cantidades diferenciales.

 

El célebre filósofo Leibnitz y el profundo matemático Bernouille han reivindicado cada uno el cálculo diferencial, pero sólo cuando se es capaz de inventar cosas tan sublimes se puede tener la audacia de atribuirse tal honor. ¿Tres grandes matemáticos que buscan la verdad no es posible que la hayan encontrado? ¿Torricelli, La Loubere, Descartes, Roberval y Pascal, no han demostrado, cada uno a su manera, las propiedades de la cicloide? ¿No hemos visto muchas veces varios oradores tratando de idéntico asunto, utilizar los mismos pensamientos, pero exponerlos de diferente modo? Pues bien, los signos que usaron Newton y Leibnitz eran diferentes, pero sus pensamientos eran los mismos.

 

Desde entonces, el infinito empezó a tratarse mediante el cálculo y se acostumbraron insensiblemente a admitir unos infinitos mayores que otros. Este edificio tan atrevido asustó a uno de los artífices que lo construyeron: Leibnitz llamó entonces incomparables a esos infinitos, y Fontenelle, en su obra Geometría del infinito, establece, sin pararse en contemplaciones, diferentes órdenes de infinitos y debe estar muy seguro de lo que imagina para atreverse a tanto.

 

INICIACIÓN. (Antiguos misterios.) ¿No debemos creer que los antiguos misterios tienen su origen en la debilidad humana, que más tarde hizo establecer las cofradías y las congregacions que dirigen los jesuitas? ¿No fue la necesidad de asociarse lo que constituyó varias asambleas secretas de artesanos, de las que sólo queda la de los francmasones? La inclinación natural a asociarse para distinguirse de los demás y preservarse de ellos, fue la causa probable de la institución de las banderías y de todas las iniciaciones misteriosas que tanto revuelo levantaron, pero que al fin cayeron en el olvido, donde todo cae con el fluir del tiempo.

 

Que los dioses Cabiros, que los hierofantes de Samotracia, que Isis, Orfeo y Ceres Eleusina me perdonen si sospecho que sus secretos sagrados no merecían realmente suscitar más nuestra curiosidad que el interior de los conventos de los carmelitas y capuchinos.

 

Como esos misterios eran sagrados, a no tardar lo fueron quienes de ellos participaban. Mientras fueron pocos gozaron de respeto, hasta que su número aumentó considerablemente y entonces no tuvieron más consideración que los barones alemanes cuando el mundo se llenó de barones.

 

Cada uno pagaba su iniciación, mas no por ello les era permitido desvelar los misterios. En todas las épocas fue un delito revelar el secreto de los símbolos religiosos. Ese secreto, sin duda, no merece la pena de ser conocido, porque aquellas comunidades no eran sociedades de filósofos, sino de ignorantes, que dirigía un hierofante. Juraban no hablar de lo que en ellas pasaba, y el juramento siempre fue una atadura sagrada. Incluso en nuestros días juran los francmasones no revelar sus misterios, que son bastante ridículos, mas no por esto son perjuros los miembros de esa asociación.

 

Los atenienses proscribieron a Diágoras por haber revelado en una conversación el himno secreto de Orfeo. Aristóteles nos dice que Esquilo se vio en peligro de que le matara el pueblo por haber dado en una de sus obras una idea de los misterios, en los que casi todo el mundo estaba iniciado.

 

Parece que Alejandro no hacía caso de esas paparruchas consagradas y las reveló en secreto a su madre Olimpias, pero recomendándole que no las contara a nadie.

 

«En la ciudad de Busiris —según palabras de Herodoto— golpeaban a los hombres y mujeres después del sacrificio, pero no era permitido decir dónde les golpeaban.»

 

Creo ver una descripción de los misterios de Ceres Eleusina en el poema de Claudien, titulado El rapto de Proserpina, mucho mejor que en el canto sexto de la Eneida. Virgilio vivía en el reinado de un príncipe que era malvado y quería que le tuvieran por devoto, que probablemente estaría iniciado para imponer al pueblo y no hubiera consentido esta supuesta profanación. Horacio, que era su predilecto, considera como nefanda la revelación de los misterios: «Me guardaré bien —dice— de elogiar en mi casa a quien haga traición a los misterios de Ceres».

 

Por otro lado, la sibila de Cumas, el descenso a los infiernos, copiada de Homero, y la predicción de los destinos de los césares y del Imperio romano, no tienen ninguna relación con los mitos de Ceres, de Proserpina y de Triptólemo. Por eso es verosímil que el canto sexto de la Eneida no sea una descripción de los mencionados misterios. Si lo dije me arrepiento, y hoy estoy plenamente convencido de que Claudien es el único que los ha revelado. Escribió en una época en que se permitía divulgar los misterios de Eleusis y todos los misterios del mundo, concretamente en el reinado de Honorio, durante la decadencia total de la antigua religión griega y romana, a la que Teodosio I había asestado ya golpes demoledores. Claudien, por ser poeta, era afecto a la antigua religión, que tanto se presta a la poesía, y describe las ceremonias de los misterios de Ceres como todavía se practicaron en Grecia hasta la época de Teodosio 11. Esos misterios eran una especie de ópera paródica, como algunas que hemos visto muy divertidas, en la que se representaban todas las diablerías del doctor Fausto, el nacimiento del mundo y el de Arlequín, saliendo los dos de un huevo grande iluminado por los rayos del sol. De manera similar representaban los mistagogas (1) toda la historia de Ceres y Proserpina. El espectáculo era agradable y debía costar caro; no es extraño pues, que los iniciados pagaran a los cómicos, que tenían que vivir de su oficio. He aquí, traducidos en prosa libre, los versos enfáticos de Claudien, que a este respecto se encuentran en El rapto de Proserpina:

 

«Veo que los negros corceles del terrible dios de los infiernos recorren la Tierra y hacen mugir los aires. He aquí tu lecho fatal, ¡oh triste Proserpina! Se estremecen mis sentidos de furor divino: el templo se conmueve hasta sus cimientos, el infierno responde con alaridos, Ceres blande sus amenazadoras antorchas y la claridad renaciente de un nuevo día anuncia a nuestras miradas la llegada de Proserpina, que llega seguida de Triptólemo. Obedientes dragones, arrastrad por el horizonte su carro, que es muy útil para el mundo; huye, Hécate, de la noche oscurísima de los infiernos; brilla, reina de los tiempos, y tú, divino Baco, que eres el bienhechor adorado de los pueblos vencidos, con tu soberbio tirso tráenos la alegría.»

 

(1) Mistagogas eran los sacerdotes griegos que iniciaban en los misterios de la religión.

 

Cada misterio tenía su ceremonia particular, pero todos admitían veladas y vigilias en las que mozos y mozas no perdían el tiempo; esto fue en parte, lo que desacreditó esas ceremonias en Grecia, en la época de la guerra del Peloponeso, y en Roma durante la juventud de Cicerón, ocho años antes de que fuera cónsul. Esas ceremonias nocturnas llegaron a ser tan peligrosas que, en la Aulularia de Plauto, Niconidas dice a Euclión: «Os confieso que en una de las vigilias de Ceres tuve yo un hijo de vuestra hija».

 

Nuestra religión, que purificó muchas instituciones paganas al adoptarlas, santificó a los iniciados, las fiestas nocturnas y las vigilias que estuvieron en uso mucho tiempo, pero que al fin se vio obligada a prohibir cuando hubo buena administración en el gobierno de la Iglesia, la cual estuvo mucho tiempo abandonada al celo y a la piedad de quienes pertenecían a su gremio.

 

La fórmula principal de todos los misterios consistía en decir: Salid profanos. Los cristianos la adoptaron en los primeros siglos, y el diácono decía: «Salid, catecúmenos, poseídos y todos los que estéis iniciados».

 

Refiriéndose al bautismo de los muertos, san Crisóstomo dice: «Quisiera explicarme con mayor claridad, pero no puedo hacerlo más que con los iniciados. Nos vemos en grave aprieto porque nos obligan a ser ininteligibles o a publicar secretos que debemos guardar». No puede ponerse más en evidencia la ley del secreto de la iniciación. Con el paso del tiempo cambian tanto las cosas que si hoy habláis de iniciación a la mayoría de los sacerdotes y feligreses de la parroquia puede que ninguno de ellos sepa lo que fue la iniciación, exceptuando a los que por casualidad lean este artículo.

 

Minucio Félix nos cuenta las imputaciones abominables que los paganos atribuían a los misterios cristianos. Reprochaban a los iniciados que sólo se trataban de hermanos y hermanas para profanar ese nombre sagrado. Besaban las partes genitales de sus sacerdotes, como todavía se hace con los santones de Africa, y se manchaban con todas las liviandades con que más tarde desacreditaron a los templarios. Acusaron a aquéllos y a éstos de adorar una cabeza de asno.

En otros artículos hemos dejado constancia de que las primitivas comunidades cristianas se reprocharon recíprocamente las infamias más inconcebibles. El pretexto de calumniarse fue el secreto inviolable con que guardaba cada secta sus misterios. Por eso en Minucio Félix, Cecilio, acusador de los cristianos, exclama: «¿Por qué ocultan con tanto celo lo que hacen y lo que adoran? La honradez desea obrar a la luz del día, pero el crimen busca las tinieblas».

 

Parece innegable que la difusión de estas acusaciones haya atraído a los cristianos más de una persecución. Cuando una sociedad, de cualquier clase que sea, llega a verse acusada por la voz pública, en vano prueba que la calumnian porque sus enemigos creen conseguir un mérito persiguiendo a los acusados.

 

¿Cómo no causar horror a los primitivos cristianos cuando el mismo san Epifanio lanzaba sobre ellos las más execrables acusaciones? Nos dice que los cristianos fibionistas ofrecían a trescientos sesenta y cinco ángeles el semen que derramaban sobre los jóvenes de ambos sexos (1), y que después de practicar esa obscenidad setecientas treinta veces, exclamaban: «Yo soy el Cristo». Según ese mismo santo, los cristianos fibionistas, los gnósticos y los tratiotas, hombres y mujeres, derramaban el semen unos en manos de otros y se lo ofrecían a Dios en sus misterios, diciéndole: «Os ofrecemos el cuerpo de Jesucristo». Se lo tragaban acto seguido y volvían a decir: «Este es el cuerpo de Cristo, esta es la pascua». Y las mujeres que tenían la menstruación se llenaban las manos de ella y exclamaban: «Esta es la sangre de Cristo».

 

(1) San Epifanio, edición de París (1754), pág. 40.

 

Los carpocracianos, según refiere el mentado santo, cometían el pecado de sodomía en sus reuniones, abusaban de todas las partes del cuerpo de las mujeres y después practicaban operaciones mágicas.

 

Los cerintianos no se entregaban a esas abominaciones, pero estaban convencidos de que Jesucristo era hijo de José.

 

Los ebionitas, en su Evangelio, sostienen que san Pablo quiso casarse con la hija de Gamaliel, y no pudiendo conseguirlo se encolerizó tanto que se hizo cristiano y, por vengarse, estableció el cristianismo.

 

Todas estas acusaciones no llegaron al principio a oídos del gobierno porque los romanos hacían poco caso de las cuestiones y reproches mutuos de esas reducidas comunidades de judíos, griegos y egipcios que ocultaba el populacho, lo mismo que en la actualidad, en Londres, el Parlamento no se preocupa de lo que hacen y dicen los menonitas, pietistas anabaptistas, milenarios, moravos y metodistas. Sólo se ocupa de asuntos de importancia y otros apremiantes, y únicamente le llaman la atención las acusaciones secretas cuando cree que pueden ser peligrosas al alcanzar gran publicidad.

 

Más tarde, tales acusaciones llegaron a oídos del Senado, bien porque se las hicieron saber los judíos, que eran implacables enemigos de los cristianos, bien porque los mismos cristianos se las comunicaron, y de ello resultó que imputaron a todas las comunidades cristianas las abominaciones que sólo cometía alguna. Las iniciaciones también fueron objeto de calumnias durante mucho tiempo y por esto empezaron a perseguirlos. Las persecuciones les obligaron a ser circunspectos, viviendo más unidos y enseñando la doctrina de sus libros sólo a sus iniciados. Su celo en esto fue tan riguroso que ni los magistrados romanos ni los emperadores tuvieron nunca la menor idea de dichos libros. La Providencia aumentó durante tres siglos el número de cristianos y su riqueza, hasta que al fin Constancio los protegió y su hijo Constantino abrazó la religión.

 

INOCENTES (De la matanza de los inocentes). Cuando se habla de la matanza de los inocentes nadie comprende que se alude a las Vísperas Sicilianas, a la noche de San Bartolomé, a los aborígenes del Nuevo Mundo que fueron degollados porque no eran cristianos, ni a los autos de fe en España y Portugal. Todo el mundo comprende que se alude a los niños que mataron en el distrito de Belén por orden de Herodes el Grande. Según estimación de la Iglesia griega, fueron catorce mil los niños asesinados.

 

Las dificultades que encuentran los críticos en ese punto de la historia las resuelven los sabios comentaristas.

 

Se han manifestado dudas sobre la estrella que guió a los magos desde el fondo del Oriente hasta Jerusalén. Se ha dicho que siendo el viaje tan largo la estrella debió aparecer en el horizonte durante mucho tiempo y no obstante, ningún historiador, aparte san Mateo, habló nunca de esa estrella extraordinaria. Si lució mucho tiempo en el cielo, Herodes, su corte y todo Jerusalén, debían haberla visto, al igual que los tres reyes o los tres magos, y por tanto Herodes no debió enterarse diligentemente por esos reyes del tiempo en que habían visto la estrella; que si tales reyes hicieron presentes de oro, mirra e incienso al niño recién nacido, sus padres debieron ser muy ricos; que Herodes no pudo creer que el niño que nació en un pesebre fuera rey de los judíos porque ese reino pertenecía a los romanos, al que lo entregó César, y que si tres reyes de la India vinieran hoy a Francia guiados por una estrella y se hospedaran en casa de una mujer en las afueras no harían creer al rey reinante que el hijo de esa mujer campesina era el rey de Francia.

 

Pues bien, todas estas dificultades, que son los preliminares de la matanza de los inocentes, han quedado tajantemente resueltas haciendo ver que lo que es imposible para los mortales no lo es para Dios. En cuanto a la matanza de niños, sean los muertos más o menos de catorce mil, han demostrado que ese horror espantoso y único en el mundo no era incompatible con el carácter de Herodes, que aunque Augusto le confirmó en el reino de Judea y no podía inspirar temor el niño nacido de padres oscuros y pobres en un villorrio, si padecía entonces la enfermedad que le llevó a la tumba, podía habérsele corrompido de tal modo la sangre que le hiciera perder el juicio y todo sentimiento humanitario; en resumen, defienden esa medida diciendo que esos eventos incomprensibles, que preparaban misterios más incomprensibles aún, los dirigió la Providencia, que es impenetrable.

 

A esta defensa replican los críticos que Flavio Josefo, que fue casi contemporáneo y refiere todas las crueldades que cometió Herodes, no dice una sola palabra de la matanza de los inocentes, ni de la estrella de los tres reyes; tampoco mencionan esto Filón, ni ningún escritor judío ni romano, y que ni siquiera tres de los evangelistas se ocupan de asuntos tan importantes. A esto responden que san Mateo los anuncia y el testimonio de un santo varón inspirado puede más que el silencio de todo el mundo. Y como no se dan por vencidos, los defensores se atreven a reprender al mismo san Mateo porque dice que asesinaron esos niños «a fin de que se cumplieran las palabras de Jeremías. Se oyó una voz que se extendió por Roma y unos lloros y gemidos, y a Raquel llorando por sus hijos sin poder consolarse porque éstos ya no existían».

 

Esas palabras históricas —objetan los críticos— se habían cumplido al pie de la letra en la tribu de Benjamín, descendiente de Raquel, cuando Cabuzardán hizo morir parte de esa tribu en la localidad de Rama. Eso no era una profecía, como tampoco estas palabras: «Le llamarán Nazareno. Por eso fue a vivir a una aldea llamada Nazaret, realizando así lo que predijeran los profetas. Le llamarán Nazareno». En esto tienen razón los críticos, por cuanto las mencionadas palabras no se encuentran en ninguno de los profetas, igual que tienen razón para decir que Raquel, llorando en Rama por los benjamitas, no tiene ninguna relación con la matanza de inocentes en el reinado de Herodes. Esto permite a los críticos afirmar que esas dos alusiones falsas son prueba flagrante de que es falsa su historia, y que por tanto no existió la matanza de los inocentes, ni la estrella nueva, ni el viaje de los tres reyes. Más aún. Dicen que hay una contradicción tan flagrante entre el relato de san Mateo y el de san Lucas, como entre las dos genealogías que insertan de Jesucristo, como ya dejé constancia en otra ocasión. Mateo dice que José y María se llevaron a Jesús a Egipto para salvarle de la matanza. Lucas, por el contrario, dice que, después de cumplir todas las ceremonias de la ley, José y María regresaron a Nazaret, donde residían, e iban todos los años a Jerusalén para celebrar la pascua.

 

Debían pasar treinta días del alumbramiento para que la mujer parida se purificara y practicara las ceremonias que prescribía la ley, y María y José hubieran expuesto, durante esos treinta días, el niño a morir en la matanza general. Si sus padres fueron a Jerusalén a practicar las referidas ceremonias, no pudieron ir a Egipto.

 

Tales son las principales objeciones que hacen los incrédulos y refuta la creencia de las Iglesias griega y latina. Si fuera preciso disipar las dudas de cuantos leen la Santa Biblia, tendríamos que pasar toda la vida disputando sobre cada uno de sus pasajes. Vale más que nos sometamos a la creencia de los maestros de la Universidad de Salamanca cuando estemos en España, de Coimbra si estamos en Portugal, de la Sorbona si vivimos en Francia, y de la Congregación si somos ciudadanos de Roma.

 

INQUISICIÓN. El tribunal de la Santa Inquisición es una jurisdicción eclesiástica que estableció la Santa Sede en Italia, España, Portugal y las Indias para perseguir y extirpar los infieles, judíos y herejes.

 

Con el fin de que nadie pueda sospechar que nos apoyamos en mentiras para hacer odioso dicho tribunal, vamos a ceñirnos al extracto de una obra latina sobre el origen y progreso del oficio de la Santa Inquisición, que Luis de Páramo, inquisidor del reino de Sicilia, publicó en 1598 en la imprenta real de Madrid.

 

No nos remontaremos al origen de la Inquisición, que Páramo cree encontrar en la consabida forma que Dios procedió contra Adán y Eva; nos limitaremos a referir la ley nueva de la que Jesucristo, según dice Páramo, fue el primer inquisidor. Empezó a ejercer tales funciones desde el trigésimo día de su nacimiento haciendo que los tres reyes magos anunciaran a la ciudad de Jerusalén que él había venido al mundo, y luego haciendo que Herodes muriera roído por los gusanos, arrojando a los mercaderes del templo y entregando finalmente Judea a los tiranos, que la saquearon en castigo de su infidelidad.

 

Después de Jesucristo, san Pedro, san Pablo y los demás apóstoles desempeñaron el oficio de inquisidores, que transmitieron a los papas y obispos sucesores de éstos. Santo Domingo fue a Francia con el obispo de Osma, del que era archidiácono, se alzó en armas contra los albigenses y se granjeó el afecto de Simón, conde de Monforte. El papa le nombró inquisidor del Languedoc, donde fundó su orden que el papa Honorio III aprobó en 1216 y, bajo los auspicios de santa Magdalena, el conde de Monforte tomó por asalto la localidad de Beziers y pasó a cuchillo a todos sus habitantes; en Laval quemaron en una ocasión cuatrocientos albigenses. En todas las historias de la Inquisición leídas —dice Páramo— no he encontrado ningún auto de fe tan célebre ni espectáculo tan solemne. En el burgo de Cazeras quemaron sesenta albigenses y en otra localidad ciento ochenta.

 

El conde de Tolosa adoptó en el año 1229 la Inquisición y el papa Gregorio IX la confió a los dominicos en 1233. Inocencio IV la estableció en toda Italia, excepto Nápoles, en 1251.

 

Al principio, en el Milanesado, los herejes no eran condenados a la pena de muerte, de la que tan dignos son, porque los papas eran poco respetados por el emperador Federico, que poseía ese estado, pero poco después quemaron a los herejes en Milán al igual que en las demás partes de Italia. Páramo observa que en 1315, habiéndose esparcido algunos millares de herejes por el Cremasque, pequeño territorio sito en el Milanesado, los dominicos hicieron quemar a gran parte de ellos, conteniendo con el fuego los estragos que producía aquella peste.

 

Como el primer canon del Concilio de Tolosa mandaba a los obispos que eligieran en cada parroquia un sacerdote y dos o tres seglares de buena reputación, que bajo juramento se comprometieran a la busca y captura de los herejes en sus casas o cuevas donde pudieran ocultarse, avisando en seguida al obispo, el señor del lugar o su bailío tomaban todas las precauciones para que los herejes descubiertos no pudieran huir. Los inquisidores obraban en aquella época de común acuerdo con los obispos. Las cárceles del obispo y de la Inquisición casi siempre eran las mismas y aun cuando durante el proceso el inquisidor obraba en nombre propio sin la intervención del obispo no podía aplicar el tormento, pronunciar la sentencia definitiva, ni condenar a prisión perpetua. Las disputas que con frecuencia mediaban entre los obispos e inquisidores respecto a los límites de la autoridad de ambos, a los bienes de los sentenciados y a otros puntos, obligaron al papa Sixto IV, en 1473, a independizar el tribunal de la Inquisición de los tribunales de los obispos. Nombró para España un inquisidor general con amplios poderes para nombrar inquisidores particulares, y Fernando V (1), en 1478, fundó y dotó las inquisiciones.

 

(1) Fernando V rey de Castilla, era Fernando II como soberano de Aragón.

 

A petición de Torquemada, gran inquisidor de España, el mismo Fernando V, llamado el Católico, desterró del reino a todos los judíos, concediéndoles tres meses para salir, contados desde la publicación del edicto, y transcurrido ese plazo les prohibió, bajo pena capital, que pisaran territorio español. Sólo les permitió salir con los efectos personales y las mercaderías que hubieran comprado, pero les prohibió llevarse monedas de oro y plata. Torquemada apoyó este edicto en la diócesis de Toledo prohibiendo a todos los cristianos, bajo pena de excomunión, dar nada a los judíos, ni aun lo necesario para subsistir.

 

Después de la publicación de esta ley, salieron de Cataluña, del reino de Aragón y de Valencia y de las demás provincias sujetas a la dominación de Fernando, cerca de un millón de judíos, la mayor parte de los cuales murieron miserablemente. Esta expulsión de judíos produjo a los demás reyes católicos una gran alegría.

 

Algunos teólogos censuraron esta medida del rey de España diciendo que no debe obligarse a los infieles adoptar la fe de Jesucristo y que tales violencias deshonran nuestra religión, «pero esos argumentos son muy débiles —dice Páramo— y sostengo que ese edicto es justo y digno de alabanza; la violencia con que se exige a los judíos que se conviertan no es absoluta sino condicional, porque podían sustraerse a ella abandonando su patria. Además, podían corromper a los judíos recién convertidos y a los mismos cristianos. Tocante a la confiscación de sus bienes, también puedo decir que fue una medida justa, porque los habían adquirido siendo usureros de los cristianos y éstos no hacían más que recuperar lo suyo. Además, por la muerte de Nuestro Señor, los judíos quedaron convertidos en esclavos, y todo lo que pertenece a los esclavos pertenece a sus señores».

 

En Sevilla, tratando de dar un ejemplo de severidad con los judíos, Dios, que saca el bien del mal, permitió que un mozo que estaba esperando a una mujer con la que tenía una cita, sorprendiera, mirando por las grietas de una pared, una reunión de judíos y los denunció. Apresaron a gran número de esos desgraciados y recibieron el castigo que merecían. En virtud de diversos edictos de los reyes de España y de los inquisidores generales y particulares establecidos en dicho reino, quemaron en Sevilla, en el espacio de poco tiempo, cerca de dos mil herejes, y más de cuatro mil desde el año 1482 hasta 1520. Otros muchos fueron condenados a cadena perpetua o sometidos a penitencias de diferentes clases. Hubo allí tan grande emigración que quedaron abandonadas quinientas casas y tres mil en toda la diócesis, componiendo un total de más de cien mil herejes sentenciados a muerte, castigados de otras maneras o que se expatriaron para evitar el castigo. Así fue cómo esos padres devotos hicieron esa gran carnicería de herejes.

 

El establecimiento de la Inquisición en Toledo fue un manantial de bienes para la Iglesia católica. En el corto espacio de dos años quemó cincuenta y dos herejes obstinados y sentenció por reincidencia a otros doscientos veinte; de esto puede inferirse la utilidad que prestó la Inquisición desde que quedó establecida.

 

Desde inicios del siglo xv, el papa Bonifacio IX intentó en vano instalar la Inquisición en el reino de Portugal, en donde nombró inquisidor general al provincial de los dominicos, Vicente de Lisboa. Como algunos años después Inocencio VII nombrara inquisidor de dicho país al mínimo Didacus de Silva, el rey Juan I escribió a dicho papa para decirle que el establecimiento de la Inquisición en su reino se oponía al bienestar de sus súbditos, a sus intereses y acaso también al interés de la religión. El papa, atendiendo las súplicas de un príncipe demasiado fácil, revocó los poderes concedidos a los inquisidores y autorizó a Marc, obispo de Sinigaglia, para absolver a los acusados. Repusieron en sus cargos y dignidades a los que estaban privados de ellos y muchas personas se vieron libres del temor que les confiscaran los bienes.

 

Pero son admirables los medios que utiliza el Señor para que se cumplan sus designios —continúa diciendo Páramo—, y lo que los soberanos pontífices no pudieron conseguir a pesar de su empeño lo consiguió el rey Juan III por medio de un granuja hábil que Dios utilizó para llevar a cabo una buena obra. Y es que, algunas veces, los perversos sirven de instrumento útil para realizar los designios de Dios, que no reprueba los beneficios que proporcionan. Por eso san Juan dijo a Jesús: «Señor, hemos visto a un hombre que no es discípulo vuestro que expulsaba los demonios del cuerpo en vuestro nombre y hemos impedido que lo hiciera». Jesús le respondió: «No lo impidáis, porque el que hace milagros en mi nombre no dirá mal de mí, y el que no está contra nosotros con vosotros esta».

 

A continuación refiere Páramo que vio en la biblioteca de San Lorenzo de El Escorial un manuscrito del mencionado pícaro, apellidado Saavedra, en el que explica detalladamente que, después de falsificar una bula, entró en Sevilla como legado del papa con un séquito de ciento veintiséis criados; extorsionó trece mil ducados a los herederos de un rico prohombre del país durante los veinte días que permaneció en él, en el palacio del arzobispo, falsificando una obligación de igual suma que el señor fallecido reconoció haber tomado prestada al legado, durante su estancia en Roma, y que cuando llegó a Badajoz el rey Juan 111, al que presentó la falsa credencial del papa, le permitió establecer los tribunales de ia Inquisición en las principales ciudades del reino.

 

Estos tribunales empezaron inmediatamente a ejercer jurisdicción y publicaron gran número de sentencias y condenas de herejes contumaces y de absoluciones de herejes penitentes. Seis meses pasaron hasta que se reconoció la verdad de esta máxima del Evangelio: «No hay nada oculto que no se descubra». El marqués de Villanueva de Barcarrota, prócer español, auxiliado por el gobernador, le echó el guante al bergante Saavedra y lo condujo a Madrid. Le hicieron comparecer ante Juan de Tavera arzobispo de Toledo. Este prelado, asombrado de la audacia increíble del falso legado, lo encausó y envió el proceso al papa Paulo III, así como las actas de las inquisiciones que Saavedra había establecido, en las que constaba el gran número de herejes que había juzgado y las tretas de que se valió para apoderarse de más de trescientos mil ducados.

 

El papa no pudo dejar de reconocer en la historia sucia de ese truhán Ia mano de Dios y un milagro de su Providencia, de modo que habiendo establecido Saavedra el año 1545 la congregación de ese tribunal, dándole el nombre de Santo Oficio, Sixto V la confirmó en 1588.

 

Todos los autores concuerdan con Páramo sobre este modo de establecer la Inquisición en Portugal, excepto Antonio de Souza, que en sus Aforismos de los inquisidores no cree en esa historia de Saavedra, so pretexto de que pudo acusarse a sí mismo sin ser culpable por la gloria que esto podría reportarle, viviendo de ese modo en la memoria de los hombres. Pero Souza, en su relato para contradecir a Páramo, se nos hace sospechoso de malintencionado al citar dos bulas de Paulo III y otras dos del mismo papa dirigidas al cardenal Enrique, hermano del rey, bulas que Souza no inserta en su obra y no están en ninguna colección de bulas apostólicas; estas dos razones son decisivas para no aceptar su opinión y dar crédito a la opinión de Páramo, y a la de Illescas, Salazar, Mendoza, Fernández y Placentibus.

 

Cuando los españoles se establecieron en América importaron allí la Inquisición y los portugueses la introdujeron en las Indias una vez autorizada en Lisboa, lo que hace decir a Luis de Páramo, en el prefacio, que ese árbol floreciente y verde extendió sus raíces y sus ramas por el mundo entero y produjo los más sabrosos frutos.

 

En la actualidad, para tener alguna idea de la jurisprudencia de la Inquisición y la forma de su procedimiento, desconocida entre los tribunales civiles, extractaremos el Directorio de los inquisidores, obra que Nicolás Eymeric, gran inquisidor del reino de Aragón, escribió en latín a mediados del siglo xv y dirigió a los inquisidores, sus colegas, en virtud de la autoridad de su cargo.

 

Poco después de la invención de la imprenta, el año 1503, publicaron en Barcelona una edición de dicha obra con anotaciones y comentarios de Francisco Peña, doctor en Teología y canonista.

 

He aquí el elogio que hace en ella el editor en la dedicatoria al papa Gregorio XIII: «Al mismo tiempo que los príncipes cristianos se ocupan en todas partes de combatir por medio de las armas a los enemigos de la religión católica y prodigan la sangre de sus soldados para sostener la dignidad de la Iglesia y la autoridad de la sede apostólica, se ocupan también escritores celosos, que trabajan en la oscuridad, en refutar las opiniones de los innovadores y en dar armas y dirigir el poder de la ley contra dichas personas con el fin de que la severidad de las penas y la magnitud de los suplicios las contenga en los límites del deber y consigan de ellas lo que no pudo conseguir el amor a la virtud.

 

»Aunque yo ocupe el último sitio entre los defensores de la religión estoy animado del mismo celo que todos ellos para reprimir la osadía impía de los innovadores y su horrible perversidad. El trabajo que acompaña a esta dedicatoria es una prueba de lo que estoy diciendo. El Directorio de los inquisidores, de Nicolás Eymeric, obra respetable por su antigüedad, contiene un compendio de los principales dogmas de la fe y la instrucción metódica que deben seguir los tribunales de la Santa Inquisición, amén de los medios a emplear para contener y extirpar a los herejes. Por todo ello he creído un deber dedicarla a Vuestra Santidad, que sois el jefe de la república cristiana.»

 

En otra parte expone el porqué la reimprime; esto es, para que sirva de instrucción a los inquisidores. Sin embargo, asevera que existen otras muchas prácticas útiles que están en uso y enseñan más que las lecciones, tanto más cuanto hay cosas de cierta índole que es muy importante no se divulguen y conocen los inquisidores. Cita infinidad de escritores que han seguido la doctrina del Directorio y se lamenta que hayan sabido aprovecharse de las instrucciones de Eymeric, sin decir que las copiaban de éste. Para huir de semejante acusación indicaremos lo copiado del autor y lo tomado del editor.

 

Eymeric dice en la página 58: «Tener conmiseración hacia los hijos del culpable que quedan reducidos a la mendicidad no debe disminuir la severidad, ya que según las leyes divinas y las leyes humanas los hijos son castigados por las culpas de sus padres».

 

Página 291: «Es menester que el inquisidor oponga su astucia a la de los herejes, para que un clavo saque otro clavo y decir con el Apóstol: Como fui astuto, os cogí con la astucia».

 

Página 296: «Podrá leerse el sumario al acusado suprimiendo en la lectura los nombres de los denunciadores, y entonces el acusado podrá conjeturar quiénes han presentado contra él tales o cuales acusaciones, recusarlos o invalidar sus testimonios: éste es el método que se observa comúnmente. No es conveniente que los acusados crean que ha de admitirse con facilidad la recusación de los testigos en materia de herejía, porque no importa que los testigos sean hombres honrados o sean infames cómplices del mismo crimen, excomulgados, herejes o culpables de cualquier delito o perjuros, etc. Así debe determinarse para defender la fe».

 

Página 302: «La apelación que un acusado hace de un inquisidor no impedirá que éste continúe juzgando otras acusaciones contra él».

Página 313: «Aunque se suponga en la fórmula de sentencia de tortura que haya disparidad en las respuestas del acusado, y por otro lado se encuentren indicios suficientes para aplicarle el tormento, no es necesario que esas dos condiciones se junten: basta que haya una u otra».

 

Peña nos dice en la anotación 118 del libro III que los inquisidores no aplican ordinariamente más que cinco clases de tormento en el potro, aunque Marcilius menciona catorce.

 

Eymeric continúa diciendo, en la página 319: «Es preciso tener sumo cuidado para no insertar en la fórmula de la absolución que el acusado es inocente; en ella debe decirse nada más que no hay bastantes pruebas contra él. Precaución que debe adoptarse con la idea de que, si con el tiempo el acusado absuelto diera lugar a la formación de otra causa, la absolución que recibió no pueda servir de defensa».

 

Página 324: «Algunas veces se prescriben al mismo tiempo la abjuración y la punición canónica. Esto se hace cuando a la mala reputación de un hombre en materia de doctrina se suman indicios considerables, que si fueran algo más fuertes tenderían a convencerle de haber efectivamente dicho o hecho algo contra la fe. El acusado que se encuentra en este caso está obligado a abjurar de toda clase de herejías, y obrando de este modo si luego incurre en cualquiera de ellas se le castiga como relapso y lo entregan al brazo secular».

 

Página 331: «Los relapsos, cuando se prueba su reincidencia, deben ser entregados a la justicia secular aunque protesten que se corregirán desde entonces y aunque se manifiesten arrepentidos. El inquisidor dará parte a la justicia secular de que tal día, tal hora y en tal sitio le entregará un hereje, y hará anunciar al pueblo que debe asistir a la ceremonia en que el inquisidor predicará un sermón sobre la fe y que los asistentes que le oigan ganarán las indulgencias de costumbre».

 

Esas indulgencias se anuncian después de la fórmula de la sentencia publicada contra el hereje penitente en los siguientes términos: «El inquisidor concederá cuarenta días de indulgencia a todos los asistentes, tres años a quienes hayan contribuido a la captura, abjuración o condenación del hereje, y tres años también de parte del Santo! Padre a los que denuncien cualquier otro hereje».

 

Página 332: «Entregado el culpable a la justicia secular, ésta pronunciará la sentencia y el criminal será conducido al lugar del suplicio; le acompañarán personas piadosas que lo asociarán a sus rezos, rezarán con él y no se apartarán de su lado hasta que haya rendido el alma al Creador. Pero esas personas se guardarán bien de decir o hacer algo que pueda apresurar el momento de la muerte del culpable, por miedo de incurrir en irregularidad. Así que no deben exhortar al criminal a que suba al cadalso, ni a que se presente al verdugo, ni advertir a éste que prepare los instrumentos del suplicio de manera que cause la muerte rápida del reo también por miedo de incurrir en irregularidad».

 

Página 335: «Si aconteciere que el hereje, al atarle en la estaca para ser quemado, hiciera signos de convertirse, se podría quizá librarle del suplicio por gracia singular y encerrarle entre cuatro paredes como a los herejes penitentes, aunque no debe darse mucho crédito a semejante conversión y no autoriza a esa indulgencia ninguna disposición del derecho por cuanto es muy peligrosa. Yo presencié en Barcelona un caso que lo prueba. Un sacerdote, sentenciado con otros dos herejes impenitentes, al encontrarse en medio de las llamas dijo gritando que le sacaran de allí que quería convertirse; le sacaron de la hoguera quemado ya en parte y no diré si hicieron bien o si hicieron mal, pero sí diré que al cabo de catorce años se apercibieron de que todavía dogmatizaba, había corrompido a muchas personas y le entregaron otra vez a la justicia, que lo quemó».

 

En la anotación 47, dice Peña que nadie pone en duda que deben matarse los herejes, pero puede discutirse la clase de suplicio a emplear con ellos. Alfonso de Castro, en el libro II del Justo castigo de los herejes, nos dice que es indiferente que los mate la espada, el fuego o mueran de cualquier otro modo, pero Ostiensis, Godofredo, Covarrubias, Simancas, Rojas y otros sostienen que es absolutamente preciso quemarlos. Como dice Ostiensis, el suplicio del fuego es el que corresponde a la herejía. El Evangelio de Juan dice en el capítulo XV: «Si alguno no mora dentro de mí, será arrojado fuera como un sarmiento, se secará y lo recogerán para lanzarlo al fuego y quemarlo». Añadamos a esas palabras —continúa diciendo Peña— que la costumbre universal de la república cristiana apoya esa opinión. Simancas y Rojas sostienen que se les debe quemar vivos, pero que al quemarlos se debe tomar la precaución de arrancarles la lengua o cerrarles la boca para que sus impiedades no escandalicen al público.

 

En la página 369, Eymeric recomienda que en materia de herejía se proceda con rapidez, sin dar lugar a las argucias de los abogados, ni a las solemnidades que intervienen en los demás juicios; haciendo el proceso lo más breve posible, sin dilaciones inútiles y trabajando en él incluso los días que son feriados para los demás jueces, rechazando toda clase de apelaciones, que sólo sirven para dilatar la sentencia, y no admitiendo la rémora inútil de múltiples testigos.

 

INSTINTO. Del vocablo instinctus deriva la voz impulso, impulsión; mas, ¿qué poder nos impulsa? El instinto, o sea la conformidad secreta de nuestros órganos con los objetos. Por instinto hacemos múltiples movimientos involuntarios, por instinto somos curiosos, corremos en pos de la novedad, nos asustan las amenazas, nos encoleriza el desprecio, nos sosiega la humildad y nos conmueve el llanto.

 

El instinto gobierna a los hombres, lo mismo que a los gatos y a las cabras, y es una semejanza más que tenemos con los animales, semejanza tan innegable como la de la sangre, las necesidades y las funciones de nuestro cuerpo.

 

Nuestro instinto no es tan industrioso como el de los animales, ni siquiera se acerca a él. Nada más nacer, el becerro y el cordero toman la teta de su madre y el niño moriría si su madre no se la diera tomándole en brazos.

 

Ninguna mujer encinta se siente impulsada tan incoerciblemente por la naturaleza a preparar con sus manos una cuna de mimbres para su hijo como la construye la cucurruca con el pico y las patas, pero el don de reflexionar, unido a las manos industriosas que debemos a la naturaleza, nos eleva hasta el instinto de los animales y nos pone andando los años sobre ellos.

 

Nuestro instinto nos impulsa a pegar a nuestro hermano si, al contrariarnos, nos encendemos de cólera y comprendemos que somos más fuertes que él. Es más, nuestra razón sublime nos hace inventar las flechas, la espada, la pica y el fusil, con los que matamos a nuestro prójimo. Únicamente el instinto nos impulsa también al apareamiento carnal.

 

¿Qué es, pues, ese instinto que gobierna todo el reino animal, que en los hombres fortifica la razón o reprime el hábito? ¿Es la divina partícula áurea de Horacio? No cabe duda que es algo divino, como casi todo lo que hay en la Naturaleza. Todo en ella es efecto incomprensible de una incomprensible causa.

 

INTOLERANCIA. Leed el artículo Intolerancia que figura en la Enciclopedia, y luego el tratado de la Tolerancia que se escribió con motivo de la horrible ejecución de Jean Calas, ciudadano de Tolosa, y si después de leerlos admitís la persecución religiosa podéis compararos con Ravaillac. Ya sabéis que Ravaillac fue el tipo de la intolerancia.

 

He aquí, en sustancia, la manera de razonar de los intolerantes y el modo que tienen de increpar a quienes no lo son: «Monstruo que arderás eternamente en el otro mundo, y que yo te quemaría en éste si pudiera, has tenido la insolencia de leer a De Thou y a Bayle, autores que están en el Índice de Roma. Cuando estaba predicando de parte de Dios que Sansón mató mil filisteos con una quijada de asno, tu cabeza, que es más dura que el arsenal de donde Sansón sacó sus armas, me hizo conocer por su ligero movimiento de izquierda a derecha que tú no lo creías. Cuando dije que el demonio Asmodeo, que retorció el cuello por celos a los siete pretendientes de Sara, fue encadenado en el Alto Egipto, la contracción que noté en tus labios me indicó que no creías tal historia. Vosotros todos en fin, que no creéis una palabra de lo que he enseñado en mis escritos de teología, Newton, Federico el Grande, Locke, Catalina II, Milton, Shakespeare, Leibnitz, declaro que os considero a todos como paganos. Sois malvados empedernidos que iréis a parar a la gehena, en donde los gusanos no mueren nunca, ni el fuego se extingue; porque yo tengo razón y vosotros no, porque yo gozo de la gracia y vosotros no la podéis gozar. Confieso a tres devotas en mi parroquia y vosotros no confesáis a ninguna; he escrito mandamientos para los obispos y vosotros no; he proferido injurias groseras contra los filósofos y vosotros los habéis protegido o imitado; he escrito religiosos libelos difamatorios, llenos de calumnias infames, y vosotros nunca los habéis leído. He dicho la santa misa en latín por doce sueldos y vosotros no la habéis oído; en consecuencia, merecéis que os corten la mano, os arranquen la lengua, os pongan en el potro y os quemen a fuego lento, porque Dios es misericordioso».

Tales son, poco más o menos, las máximas que proclaman los intolerantes y el compendio de todos los libros que han escrito. Confesemos que debe ser una delicia vivir con semejantes monstruos.

 

INUNDACIÓN. Se afirma que hubo una época en que el Globo quedó inundado de manera total, pero esto es físicamente imposible.

 

Puede haber ocurrido que el mar cubriera sucesivamente todos los terrenos, unos tras otros, pero esto sólo pudo ocurrir por una gradación lenta, durante una multitud fabulosa de siglos. El mar, en quinientos años se retiró de Aguas Muertas, Fréjus y Rávena, que eran grandes puertos, dejando cerca de dos leguas de terreno seco. A tenor de esta progresión, es evidente que necesitaría dos millones doscientos cincuenta mil años para dar la vuelta al mundo. Es de advertir que este período es casi igual al que necesita el eje de la Tierra para elevarse y coincidir con el ecuador: movimiento muy verosímil que hace cincuenta años empieza a sospecharse ha de suceder, y sólo puede efectuarse en el espacio de dos millones trescientos mil años.

 

Los lechos, las capas de conchas, que se han descubierto a unas leguas de distancia del mar, son la prueba irrebatible de que éste ha ido depositando poco a poco sus productos marítimos en terrenos que eran antiguamente playas del Océano, pero que el agua haya cubierto totalmente el Globo al mismo tiempo es una quimera absurda en física cuya imposibilidad demuestran las leyes de la gravitación, las leyes de los fluidos y la insuficiencia de la cantidad de agua. No decimos esto para atacar la verdad del diluvio universal, que consta en el Pentateuco; al contrario, fue un milagro que debemos creer porque no pudo realizarse obedeciendo a las leyes físicas.

 

Todo es milagroso en la historia del diluvio. Milagro que cuarenta días de lluvia inundaran las cuatro partes del mundo y el agua se elevara a la altura de quince codos por encima de las montañas más altas, milagro que hubiera entonces cataratas, puertas y aberturas en el cielo, y milagro que se reunieran en el arca los animales de todas partes del mundo. Milagro fue que Noé pudiera darles alimento durante diez meses, que no murieran allí la mayoría de ellos y que encontraran alimento al salir del arca. Y milagro fue también, aunque de otra clase, que un hombre apellidado Le Pelletier haya creído explicar cómo todos los animales pudieron convivir y alimentarse naturalmente dentro del arca de Noé.

 

Siendo, pues, la historia del diluvio la más milagrosa de todas las historias, sería insensato quererla explicar; es uno de esos misterios que la fe nos hace creer, y la fe consiste en creer lo que la razón no cree, lo cual es también otro milagro.

 

La historia del diluvio universal es como la de la torre de Babel, la del jumento de Balaán, la caída de Jericó al son de las trompetas, la del paso del mar Rojo y como la de todos los prodigios que Dios se dignó obrar en favor de su pueblo predilecto. Esas historias son profundidades que la inteligencia humana no puede sondear.

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