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H

 

HÁBIL, HABILIDAD. Hábil es un adjetivo que, como todos, tiene varias acepciones según su uso. Deriva de la voz latina habilis, y no como asevera Pezron del vocablo celta hábil. Pero de las palabras importa más saber la significación que su origen.

 

En general, hábil significa más que capaz, más que instruido, ya se refiera a un artista, un jefe militar, un sabio o un magistrado. Puede un hombre haber leído todo lo escrito sobre la guerra y hasta haberla presenciado, sin que por ello sea hábil para dirigirla. Puede ser capaz de dirigirla, mas para merecer el calificativo de general hábil, es preciso haber mandado muchas veces con éxito.

 

Un magistrado puede conocer todas las leyes y no ser hábil para aplicarlas, y un sabio puede no ser hábil para escribir ni para enseñar. El hombre hábil es el que hace brillante uso de lo que sabe; el capaz puede, tiene capacidad, y el hábil ejecuta, realiza. Este adjetivo se aplicaría impropiamente a las artes, fruto del genio; por eso se dice un hábil poeta un hábil orador, y si algunas veces se aplica al orador, es cuando logra salir airoso de un asunto espinoso; por ejemplo, Bossuet, en la oración fúnebre al gran Condé refiriéndose a las guerras civiles, dice que hay en ellas una penitencia tan gloriosa como la inocencia misma. Trata ese punto hábilmente, y en el resto del discurso habla con grandeza.

 

Es hábil el historiador que ha extraído los datos de buenas fuentes, que coteja los relatos, que juzga con criterio exacto, en fin, que ha trabajado mucho para escribir la historia. Si por añadidura tiene el don de narrar con la elocuencia conveniente, es más que hábil, es un gran historiador, como Tito Livio.

 

La palabra hábil encaja perfectamente en las artes en que intervienen la mano y el ingenio, como la pintura y la escultura. Se puede decir es un pintor hábil es un escultor hábil, porque esas dos artes suponen un largo aprendizaje, mientras que el hombre nace poeta, como Virgilio y Ovidio, y es orador habiendo estudiado poco, como muchos predicadores. ¿Por qué, sin embargo, se dice de un predicador que es hábil? Porque en este caso prestamos más atención al arte que a la elocuencia, y calificándole así no le ofrecemos un gran elogio. No se le dice hábil al sublime Bossuet; el músico ejecutante puede ser hábil, pero el compositor debe ser más que hábil, necesita tener genio.

 

Para que un hombre de negocios sea hábil necesita ser instruido, prudente y activo, si carece de esas tres cosas, no es hábil. Decir que un cortesano es hábil parece que sea censurarle más que elogiarle, porque a menudo queremos decir que es un gran adulador. También puede significar un hombre listo que no es bajo ni perverso. El zorro a quien el león pregunta si hiede su guarida y contesta que está estreñido, es un cortesano hábil. El zorro que por vengarse de una calumnia del lobo aconseja a un león viejo que para calentarse se abrigue con la piel de un lobo recién despellejado, no es un cortesano hábil, es un hábil tunante.

 

Hábil en jurisprudencia significa el reconocimiento de su capacidad en leyes, y capaz, en este caso, equivale a decir que tiene derecho o puede tenerlo.

 

El adjetivo habilidad se aplica a la capacidad, así como hábil indica capaz; por eso decimos tal hombre tiene habilidad en una ciencia, en un arte o en su proceder. Expresa una cualidad adquirida cuando decimos: ese joven tiene habilidad. Expresa un acto cuando decimos: ese joven dirigió este negocio con habilidad. Hábilmente tiene también las mismas acepciones. Ese joven trabaja, juega y enseña hábilmente. No vale la pena seguir cuando se trata de asuntos tan insignificantes.

 

HEREJÍA. Es un vocablo griego que significa creencia, opinión escogida. No hace ningún honor a la razón humana que los hombres se hayan odiado unos a otros, se hayan perseguido y se hayan asesinado por mantener opiniones distintas, y mucho menos honra a la razón que esa manía sea peculiar de ella, como la lepra lo fue de los judíos y la viruela de los caraibos.

 

Todo el mundo sabe, hablando teológicamente, que la herejía se convierte en crimen, y la palabra que lo designa, en injuria. Y esto porque como sólo la Iglesia tiene razón, le asiste el derecho de reprobar a los que mantienen opinión distinta de la suya. Lo grave es que la Iglesia griega también tuvo el mismo derecho; por eso reprobó a los romanos cuando admitieron un credo distinto al de los griegos respecto a la concesión del Espíritu Santo, al comer carne en Cuaresma, a la autoridad del Papa...

 

Pero, ¿en qué se fundaron para llegar a quemar vivos a los hombres, los que fueron más fuertes, cuando los más débiles profesaron creencias contrarias a las de aquéllos? Sin duda, los abrasados fueron criminales ante Dios por estar tercamente obcecados, y deben arder durante una eternidad en el infierno. Pero, ¿por qué quemarles en este mundo a fuego lento? Además de que despachándoles de ese modo se adelantaban a la justicia de Dios, ese suplicio era tan cruel como inútil, porque una hora de sufrimiento añadida a la eternidad es nada, o casi nada.

 

Los hombres devotos, o mejor fanáticos, replican a estos reproches que era justo poner sobre las llamas a quienes opinan lo contrario que ]a Iglesia latina, porque es conformarse con los designios de Dios quemar a los que Él hará quemar más tarde, y ya que el suplicio de la hoguera, que dura una hora o dos, es nada comparado con la eternidad, importa poquísimo que se quemen los herejes de cinco o de seis provincias.

 

Tal vez haya quien pregunte hoy en día en qué país de caníbales se suscitaron semejantes cuestiones y se resolvieron matando a fuego lento a ingente número de hombres, y con vergüenza tenemos que contestar que eso acaeció en nuestro país, en las mismas ciudades que hoy se entregan a los placeres de la ópera, la comedia, los bailes, las modas y el amor.

Desgraciadamente, fue un tirano el que introdujo la novedad de condenar a muerte a los herejes, y no fue uno de esos tiranos equívocos que considera santo un credo y monstruo el credo contrario. Se llamaba Máximo, que competía en crueldad con Teodosio I, reconocido como verdadero tirano por el imperio, tomando este vocablo en todo su rigor. Hizo morir en Tréveris, por mano de los verdugos, al español Prisciliano y sus adeptos, cuyas opiniones juzgaron erróneas algunos obispos de España (1). Esos prelados, tras obtener de Máximo el suplicio de los priscilianos, llegaron a exigirle que ordenara decapitar a san Martín por hereje, pero éste tuvo la suerte de escapar de Tréveris y regresar a Tours.

 

Sólo se necesita un caso para establecer una costumbre. Al primer escita que cortó la cabeza a su enemigo y transformó su cráneo en copa siguieron imitándole los más ilustres hombres de Escitia. De la misma manera, pues, el suplicio de Prisciliano consagró la costumbre de emplear los verdugos para ajusticiar a los herejes.

 

En las religiones antiguas no se encuentran herejías porque sólo conocieron la moral y el culto. En cuanto la metafísica se introdujo en el cristianismo, empezaron las disputas y de éstas nacieron diferentes tendencias, lo mismo que en las escuelas de filosofía. Era imposible que la metafísica no contaminara sus incertidumbres a la fe en Jesucristo, quien nada escribió y cuya encarnación constituía un problema que los paleocristianos, no inspirados por el mismo Dios, resolvían de diferentes formas. Cada uno aceptaba un credo, dice terminantemente san Pablo.

 

Durante mucho tiempo llamaron nazarenos a los cristianos, e incluso los mismos gentiles no les daban otro nombre en los dos primeros siglos, pero luego se estableció una escuela de nazarenos que creían en un evangelio distinto de los otros cuatro canónicos. Se ha supuesto que difería muy poco del de san Mateo y era anterior. San Epifanio y san Jerónimo sitúan a los nazarenos en los albores del cristianismo.

 

Los que se creían más sabios se denominaban gnósticos, o sea conocedores, y ese atributo fue durante mucho tiempo tan honroso que san Clemente de Alejandría, en sus Estromata, llama siempre buenos cristianos a los verdaderos gnósticos. «Dichosos aquellos —dice— que consiguieron la santidad gnóstica, porque quien merece ese nombre puede resistir las seducciones y da a quien le pide.» El quinto y sexto libros de las Estromata sólo versan sobre la perfección del gnóstico.

 

(1) Historia de la Iglesia, siglo IV.

 

No hay duda de que los ebionitas existieron en tiempo de los apóstoles; este vocablo, que significa pobre, les hacía amar la pobreza, en la que nació Jesús (1).

 

(1) Parece poco verosímil que los demás cristianos les llamaran ebionitas para dar a entender que eran pobres de entendimiento. Se asegura que creían que Jesús era hijo de José.

 

Algunos atribuyen el Apocalipsis de san Juan a Cerinto, que era también de la misma época, y se cree que él y san Pablo tuvieron acaloradas disputas (2).

 

(2) Cerinto y los suyos decían que Jesús sólo llegó a ser Cristo después de su bautismo. Cerinto fue el primer autor de la doctrina del reinado de mil años, que adoptaron muchos padres de la Iglesia.

 

No llegamos a comprender por qué los primeros discípulos no hicieron una declaración solemne, una profesión de fe completa e inalterable, que pusiera punto final a todas las cuestiones pasadas y evitara las discusiones futuras, pero Dios no lo permitió. El símbolo llamado de los apóstoles es conciso, y en él no se encuentra la consustancialidad, la trinidad, ni los siete sacramentos, y no apareció hasta los tiempos de san Jerónimo, san Agustín y Rufino, célebre sacerdote de Aquilea, de quien se dice que lo redactó.

 

Las herejías tuvieron tiempo para multiplicarse, y en el siglo V llegó a haber mas de cincuenta.

 

Sin pretender escrutar los designios de la Providencia, que son impenetrables para nosotros, y consultando hasta donde nos sea permitido el criterio de nuestra débil razón, se diría que entre tantas opiniones sobre muchos artículos de fe, tuvo que haber alguno que debía prevalecer, y esta opinión era la ortodoxa; las demás, aunque también ortodoxas, como eran más débiles las llamaron heréticas.

 

Cuando con el paso de los años la Iglesia cristiana oriental, madre de la Iglesia de Occidente, rompió para siempre con su hija, cada una de ellas quedó soberana en los países donde imperaba y cada una tuvo sus particulares herejías desgajadas de la opinión dominante.

 

Los bárbaros del Norte, que eran cristianos nuevos, no podían tener las mismas opiniones que las regiones meridionales, dado que no pudieron adoptar los mismos usos. Por ejemplo, no adoraron en mucho tiempo imágenes porque no tenían pintores ni escultores, y era peligroso en invierno bautizar a un niño en el Danubio, el Veser o el Elba.

 

Era muy difícil que los habitantes de las orillas del mar Báltico conocieran las opiniones de los habitantes del Milanesado y de la Marca de Ancona. Los pueblos del mediodía y del norte de Europa tuvieron, pues, creencias distintas unos de otros. Creo que por este motivo Claudio, obispo de Turín, conservó en el siglo Ix todos los usos y dogmas adoptados en los siglos VII y VIII, desde el país de los Alóbroges hasta el Elba y el Danubio.

 

Esos dogmas y costumbres se perpetuaron en los valles, montañas y riberas del Ródano, en pueblos desconocidos que la depredación general dejó en paz en su retiro y su pobreza, hasta que al fin aparecieron en el siglo XII llamándose albigenses. Sabida es la manera cómo trataron sus creencias, que se predicaron cruzadas contra ellos que produjeron horribles matanzas, y se sabe también que desde entonces y hasta mediados del siglo XVIII no hubo un solo año de tranquilidad y tolerancia en Europa.

 

Grave cosa es la herejía. Pero ¿acaso es un bien empeñarse en que defiendan la ortodoxia las bayonetas y los verdugos? ¿No sería preferible que cada uno comiera el pan tranquilamente sentado a la sombra de su higuera? La verdad es que tiemblo al hacer esta proposición.

 

Es una pena que se perdiera el relato que Strategius compuso sobre las herejías, por orden del emperador Constantino. Ammiens Marcellin nos dice que dicho soberano, queriendo conocer con exactitud las opiniones de las sectas y no encontrando a nadie que las diera con detalle, encargó este trabajo al mencionado Strategius, que fue prefecto en Oriente y tan sabio y elocuente como moderado y veraz, según dice monsieur De Valois. La elección de un laico, que hizo Constantino, prueba que en aquella época ningún eclesiástico reunía las cualidades necesarias para llevar a cabo tan delicada labor. En efecto, san Agustín refiere que Philastrius, obispo de Bressa, cuya obra se halla en la Biblioteca de los Santos Padres, después de reunir hasta las herejías que aparecieron en el pueblo hebreo antes de la época de Jesucristo, cuenta veintiocho de aquéllas y ciento veintiocho desde los tiempos de Jesús. En tanto que Epifanio entre unas y otras, sólo encuentra ochenta. San Agustín explica esta diferencia diciendo que lo que parece herejía a uno no lo es para. el otro. Por eso Agustín dice a los maniqueos: «Nos guardaremos muy bien de tratarnos con rigor. Dejaremos ese proceder a quienes no conocen el trabajo que cuesta encontrar la verdad y lo difícil que es preservarse de los errores, y a los que ignoran los suspiros y gemidos que cuesta adquirir un leve conocimiento de la naturaleza divina. Debo toleraros, como lo hicieron conmigo en otro tiempo, usando con vos la misma tolerancia que a mí me aplicaron; yo también estuve extraviado. (1)»

 

(1) San Agustín, Carta contestación a Manes, cap. II y III.

 

Nunca la tolerancia fue virtud característica del clero. Hemos visto en el artículo Concilio las sediciones que promovieron los eclesiásticos con el arrianismo. Eusebio nos cuenta que hubo localidades en que derribaron las estatuas de Constantino sólo porque deseaba que respetasen a los arrianos. Y Sozomeno refiere que cuando falleció Eusebio Nicomedia y el arriano Macedonius disputaban la silla episcopal de Constantinopla al católico Pablo. El desorden y la turbulencia llegaron a tal grado en la Iglesia que se querían expulsar recíprocamente, que los soldados, creyendo que el pueblo se sublevaba, arremetieron contra éste, y más de tres mil personas murieron a sablazos o asfixiadas. Macedonius ocupó la silla episcopal, se apoderó en seguida de todas las iglesias y persiguió cruelmente a los novacianos y católicos. Por vengarse de estos últimos negó la divinidad del Espíritu Santo y reconoció la divinidad del Verbo, que a su vez negaban los arrianos, por oponerse a su protector Constantino, que en tiempos pasados le había depuesto.

 

El mismo historiador añade que a la muerte de Atanasio, los arrianos, protegidos por Valens, detuvieron e hicieron morir a los que permanecían fieles a Pedro, que Atanasio había designado como sucesor suyo. Los arrianos se apoderaron en poco tiempo de todas las iglesias y concedieron al obispo que nombraron la facultad de desterrar de Egipto a los que permanecieran fieles a lo acordado en el Concilio de Nicea.

 

Tras el fallecimiento de Lisinio, la Iglesia de Constantinopla se dividió en dos fracciones para elegir sucesor y Teodosio el Joven colocó en la silla patriarcal al impetuoso Nestorio, que en su primera homilía dijo al emperador: «Limpiadme el mundo de herejes y os daré el cielo; apoyadme para exterminarlos y os prometo ayuda eficaz para derrotar a los persas». Seguidamente, expulsó a los arrianos de la capital, armó al pueblo contra ellos, destruyó sus iglesias y obtuvo del emperador que dictara edictos tiránicos para acabar de exterminarlos. Valiéndose de su influencia, encarceló y mandó que azotaran a las personas más destacadas que habían interrumpido un sermón en el que exponía la misma doctrina que muy pronto condenó el Concilio de Éfeso.

 

Focio refiere que al llegar el sacerdote al altar era costumbre en la Iglesia de Constantinopla que el pueblo dijera cantando: Dios Santo, Dios fuerte, Dios inmortal, a cuyas palabras Paul le Foulon añadió: por nosotros crucificado, tened piedad de nosotros. Los católicos creyeron que esa adición contenía el error de los eustatianos; sin embargo, siguieron cantando el trisagio con la citada añadidura por no molestar al emperador Atanasio, que acababa de deponer a Otto Macedonius y colocar en su sitio a Timoteo, por orden del cual se cantaba esa adición. Pero, un día, varios frailes entraron en la iglesia y en vez de aquellas palabras cantaron un versículo de Salmo y el pueblo exclamó complacido: «Los ortodoxos han llegado oportunamente». Los partidarios del Concilio de Calcedonia cantaron, acompañando a los frailes, el versículo del Salmo, los eustatianos se opusieron en voz alta y con violencia, y quedó interrumpido el santo oficio. Se organizó en la iglesia una riña, salió el pueblo en busca de armas y causó en la ciudad una espantosa carnicería, no aplacándose su furor hasta después de matar diez mil hombres (1).

 

(1) Evagro, Vida de Teodosio, libro III, cap. 33 y 34.

 

Finalmente, el poder imperial logró que en Egipto se reconociera la autoridad del Concilio de Calcedonia, pero como en diferentes ocasiones costó la muerte a más de cien mil egipcios reconocer ese Concilio, sentían éstos un odio implacable contra los emperadores. Parte de los enemigos de este Concilio se refugió en el Alto Egipto y otra parte salieron del imperio y se dirigieron a Africa para vivir entre los árabes, que toleraban todas las religiones (2).

 

(2) Historia de los Patriarcas de Alejandría, pág. 174.

 

Ya hemos dicho que durante el reinado de Irene se restableció el culto a las imágenes, culto que confirmó el segundo Concilio de Nicea. León el Armenio Miguel el Tartamudo y Teófilo, hicieron cuanto pudieron por abolirlo j ello siguió causando perturbaciones en el imperio de Constantinopla hasta el reinado de Teodora, quien consiguió que en el segundo Concilio de Nicea tuviera fuerza de ley; extinguió el partido de los iconoclastas y persiguió a los maniqueos, dictando órdenes en todo el imperio para que persiguieran y mataran a los que no querían convertirse. Perecieron más de cien mil con diferentes géneros de muerte, y cuatro mil que lograron escapar buscaron su salvación entre los sarracenos, uniéndose a ellos para destruir parte del imperio y edificar plazas fuertes, en las que se refugiaron los maniqueos constituyendo un poder formidable, no sólo por su número, sino por el odio que tenían a los emperadores y a los católicos. Muchas veces saquearon localidades del imperio y derrotaron a sus ejércitos.

 

Para abreviar los pormenores de esas matanzas religiosas citaremos las de Irlanda, donde en cuatro años exterminaron a ciento cincuenta mil herejes; las de los valles del Piamonte, que describiremos en el artículo Inquisición, y las de la noche de San Bartolomé

 

Respecto a los sectarios de una de las primeras herejías, el digno sacerdote de Marsella conocido por el Maestro de los Obispos, que deploró con tanto dolor los trastornos de su época que le llamaron el Jeremías del siglo v, se expresa en los siguientes términos:

 

«Los arrianos son herejes, pero no lo saben; son herejes para nosotros, pero no para ellos, puesto que se creen tan católicos que piensan que los herejes somos nosotros. Estamos convencidos de que es injuriosa su creencia de que el Hijo es inferior al Padre; en cambio creen que nosotros tenemos una opinión injuriosa para el Padre, porque creemos que el Padre y el Hijo son iguales. La verdad está de nuestra parte, pero creen tenerla en la suya. Tributamos a Dios el honor que le debemos, pero ellos pretenden también tributárselo pensando de la manera que piensan. No cumplen con su deber, pero en lo que lo incumplen es precisamente en creer que consiste el mayor deber de la religión. Son impíos, pero siéndolo creen tener la verdadera devoción. Se equivocan, pero es por un principio del amor hacia Dios, y aun desconociendo la verdadera fe consideran la fe que profesan como el más perfecto amor hacia Dios. Nadie sabe cómo los castigará por su error el día del juicio el Juez soberano del universo, que los tolera con paciencia porque sabe que su error dimana de la devoción.»

 

HISTORIA. Es la relación de hechos que se consideran verdaderos. La fábula, en cambio, es la relación de hechos que se tienen por falsos.

 

La historia de las opiniones es el recuento de los errores humanos. La historia de las artes puede ser la más útil cuando al conocimiento de 13 invención y del progreso de las artes une la descripción de su mecanismo. La historia natural, llamada impropiamente historia, es una parte esencial de la física. La historia de los acontecimientos se divide en sagrada y profana: la sagrada es la serie de operaciones divinas y milagrosas mediante las cuales plugo a Dios dirigir a los pueblos antiguos de la nación hebrea y poner a prueba nuestra fe. Los primeros cimientos de toda historia profana son los relatos que los padres hacen a sus hijos, que se transmiten de una a otra generación. En su origen son probables cuando no se oponen al sentido común, y pierden un grado de probabilidad a cada generación que pasa. En el correr del tiempo, la fábula se hiperboliza y la verdad se pierde, por eso los orígenes de todos los pueblos son absurdos. Nadie cree que los griegos fueran gobernados por los dioses durante siglos, después por los semidioses y luego tuvieran reyes durante mil trescientos cuarenta años, y el sol en este espacio de tiempo cambiara cuatro veces de Oriente a Occidente.

 

Los fenicios del tiempo de Alejandro propugnaban que estaban afincados en su país desde hacía treinta mil años, y todos esos estaban tan llenos de prodigios como la cronología egipcia. Confieso que físicamente es posible que Fenicia existiera no sólo treinta mil años, sino treinta millones de siglos, y que haya experimentado, al igual que el resto del planeta, treinta millones de revoluciones, pero no sabemos nada de todo esto.

 

Pero sí sabemos el ridículo maravilloso que impera en la historia legendaria de los griegos. Los romanos, pese a su seriedad, también envolvieron en la fábula la historia de sus primeros siglos. Esa nación, tan reciente si la comparamos con las naciones asiáticas, ha pasado quinientos años sin historia; por eso no debe extrañarnos que Rómulo sea hijo de Marte, que tuviera por nodriza una loba, que con mil hombres que sacó de Roma peleara contra veinte mil guerreros sabinos, que a continuación se convirtiera en dios, que Tarquinio el Viejo cortara un peñasco con un cuchillo, ni que una vestal sacara un navío del mar con su cinturón.

 

Los primitivos anales de las naciones modernas no son menos fabulosos. Los hechos prodigiosos e improbables deben referirse a veces, pero sólo como pruebas de la credulidad humana, porque pertenecen a la historia de las opiniones y las tonterías, cuyo terreno es demasiado extenso.

 

De los monumentos. Para conocer con alguna certeza algo de la historia antigua es menester averiguar si nos quedan de ella algunos monumentos incuestionables. Tres de ellos los conservamos escritos. El primero es la colección de las observaciones astronómicas efectuadas en Babilonia durante mil novecientos anos seguidos, que Alejandro envió a Grecia. Esta colección, que se remonta a dos mil doscientos treinta y cuatro años anteriores a nuestra era, es una prueba concluyente de que los babilonios constituían un pueblo muchos siglos antes, porque las artes son obra del tiempo, y la pereza, que es natural en los hombres, los dejó durante millones de años sin saber más que alimentarse, protegerse de la intemperie y degollarse unos a otros. Prueba de ello son los germanos y los ingleses de la época de César, los tártaros actuales, los dos tercios de Africa, los pueblos que encontramos en América, salvo en algunas cosas, los reinos del Perú y México y la república de Tlascala. Recordemos que en el Nuevo Mundo nadie sabía leer ni escribir.

 

El segundo monumento es el eclipse central del sol que calcularon en China dos mil ciento cincuenta y cinco años antes de nuestra era, que reconocieron era exacto nuestros astrónomos. De los chinos debemos decir lo mismo que de los pueblos de Babilonia: que formaban ya entonces un vasto y civilizado imperio. La supremacía de los chinos sobre las demás naciones del mundo es que ni sus leyes, sus costumbres, ni la lengua que hablan los hombres de letras han cambiado desde hace cuatro mil años. Sin embargo, esta nación y la India, que son las más antiguas naciones que subsisten, las que poseen un territorio más hermoso y vasto y las que inventaron casi todas las artes antes que nosotros conociéramos algunas, han quedado omitidas hasta el siglo XVIII en las historias universales.

 

El tercer monumento, muy inferior a los otros dos, subsiste en los mármoles de Arundel, donde está grabada la crónica de Atenas de doscientos sesenta y tres años de nuestra era, pero sólo se remonta hasta Cecrops, mil trescientos diecinueve años más allá del tiempo que se grabó. Tales son las únicas épocas que podemos conocer con seguridad en toda la Antigüedad.

 

Es de advertir que en dichos mármoles, que trajo de Grecia lord Arundel, la crónica comienza mil quinientos ochenta años antes de nuestra era, que supone hoy, en 1771, una antigüedad de 3353 años, y no se encuentra en dicha crónica un solo hecho contrario a la naturaleza, ni milagroso. Lo mismo sucede con las Olimpíadas, que no se les puede aplicar al Graecia mendax (la mentirosa Grecia) porque los griegos distinguían perfectamente la historia de la fábula y los hechos reales de las historietas de Herodoto; por eso en los asuntos serios sus oradores no empleaban los argumentos de los sofistas, ni las imágenes de los poetas.

 

La fecha de la toma de Troya figura en dichos mármoles, pero nada se dice de las flechas de Apolo, ni del sacrificio de Ifigenia, ni de los ridículos combates entre dioses. La fecha de las invenciones de Triptólemo y de Ceres no se encuentra en ellos, ni llaman diosa a Ceres. Hacen mención de un poema referente al rapto de Proserpina, pero no dicen que sea hija de Júpiter y una diosa, ni que ella sea diosa de los infiernos. Cuentan que Hércules fue iniciado en los misterios de Eleusis, pero no hablan de sus doce trabajos, de su viaje al Africa dentro de una taza, de su divinidad, ni del pez que lo tragó y le retuvo en su vientre tres días y tres noches, según Licofrón.

 

Censuramos estas fábulas de la mitología y no tenemos en cuenta que en nuestra religión encontramos cosas no menos pasmosas, como por ejemplo el estandarte que bajó del cielo llevado por un ángel y lo presentó a los monjes de Saint‑Denis, la paloma que llevó una botella de óleo santo a una iglesia de Reims, los dos ejércitos de serpientes que tuvieron una batalla campal en Alemania, el arzobispo de Maguncia que fue sitiado y devorado por los ratones... El abate Lenglet relata esas y otras majaderías que repiten muchos libros, de este modo se ha instruido a la juventud y todas esas tonterías han formado parte de la educación de los príncipes.

 

La verdadera historia es reciente y no debe extrañarnos carecer de historia antigua profana más allá de unos cuatro mil años. Las transformaciones del planeta y la larga y universal ignorancia del arte que transmite los hechos por la escritura, son la causa de que esto ocurra, y aun este arte sólo fue conocido en un reducido número de naciones civilizadas, y en éstas por pocas personas. En Francia, hasta 1454, reinando Carlos VII, empezaron a conservar por escrito algunas costumbres de la nación. El arte de escribir era aún más raro entre los españoles y por esto su historia es muy incierta hasta los tiempos de los Reyes Católicos. Puede comprenderse que era fácil que se impusiera el reducido número de personas que sabían escribir, haciendo creer los mayores absurdos.

 

Hubo naciones que subyugaron gran parte del mundo sin conocer la escritura. Gengis Kan conquistó gran parte de Asia a comienzos del siglo XIII, pero esto no lo hemos sabido por él ni por los tártaros. Los chinos escribieron su historia, que tradujo el padre Gaubil, en la que aseguran que los tártaros no sabían escribir. Tampoco debió saber el escita Oguskan, a quien llaman Madias los persas y los griegos, que conquistó parte de Europa y Asia muchos anos antes del reinado de Ciro.

 

Subsisten monumentos de otra clase que sólo sirven para atestiguar la remota antigüedad de determinados pueblos anteriores a las épocas conocidas y a los libros; estos monumentos son prodigios arquitectónicos, como las pirámides y los templos de Egipto, que resisten el paso de los siglos. Herodoto, que vivía hace dos mil doscientos años y vio esos monumentos, no pudo conseguir que los sacerdotes egipcios le dijeran en qué época fueron construidos porque lo ignoraban.

 

La más antigua de las pirámides se calcula que cuenta cuatro mil años de existencia. Pero, además, es de advertir que esos esfuerzos, producto de la ostentación de los faraones, no pudieron iniciarse hasta mucho después de la fundación de las ciudades. Para construir ciudades en un país que se inunda todos los años, volvemos a decir que antes son necesarios costosísimos trabajos para hacer los terrenos inaccesibles a las inundaciones, y antes de acometer empresa tan necesaria fue indispensable que los pueblos construyeran cobijos retirados y seguros, durante la crecida del Nilo, entre los enormes peñascos que forman las dos cadenas a derecha e izquierda del río. Fue preciso también que esos pueblos, reunidos, poseyeran instrumentos idóneos para el trabajo, conocieran la arquitectura, tuvieran leyes y estuvieran dotados de cierta cultura. Todo ello exige muchísimos anos. Por lo costosas y largas que son las empresas que acometemos y lo difícil que es hoy hacer grandes cosas, podemos comprender que los antiguos, no sólo debieron estar dotados de infatigable perseverancia, sino que debieron transcurrir muchas generaciones igualmente fuertes para edificar semejantes monumentos.

 

Ahora bien, sean Menes, Tant, Cleops o Ramsés, los que culminaron una o dos de esas ingentes obras, no por eso conoceremos mejor la historia del Egipto antiguo, porque su lengua se ha perdido. Sólo podemos saber que antes de los más antiguos historiadores había material en Egipto para escribir una historia más remota.

 

No sólo cada pueblo inventó su origen, sino también el origen del planeta. Según opinión de Sanchoniathon, el mundo comenzó con un aire espeso que el viento enrareció; el deseo y el amor nacieron entonces y su unión produjo los animales. Los astros aparecieron en seguida, pero sólo para adornar el cielo y alegrar la vista de los animales que estaban en la tierra. Los dioses de los egipcios, su Osiris y su Isis, no son menos ingeniosos ni ridículos. Los griegos embellecieron esas leyendas, y Ovidio las recogió adornándolas con los encantos de la más hermosa poesía

Desde el sublime momento de la formación del hombre hasta los tiempos de las Olimpíadas, todo está sumergido en densa oscuridad. Herodoto acude a los juegos olímpicos y refiere cuentos a los griegos congregados allí, como los refiere una vieja a los niños. Les dice que los fenicios navegaron desde el mar Rojo hasta el Mediterráneo, lo que supone que doblaron el cabo de Buena Esperanza y dieron la vuelta a Africa. Luego cuenta el rapto de Io, la leyenda de Giges y de Candando, interesantes historias de ladrones, y la de la hija del faraón Cleops, que exigiendo una piedra sillar a cada pretendiente de su hija tuvo material suficiente para construir una de las más hermosas pirámides. Añadid a historietas de esa especie los oráculos, prodigios y servicios de los sacerdotes y tendréis la historia antigua del género humano.

 

Los tiempos primitivos de la Iglesia romana parecen escritos por otros Herodotos; los que luego nos vencieron y gobernaron sólo sabían contar los años poniendo clavos en las paredes, que clavaba su sumo pontífice. El gran Rómulo, rey de una aldea, es hijo del dios Marte y una moza de partido. Tiene por padre a un dios, una ramera por madre y una loba por nodriza. Un escudo cae del cielo expresamente para Numa. Aparecen como por encanto los hermosos libros de las Sibilas. Los galos ultramontanos saquean Roma; unos dicen que los gansos los expulsaron de allí y otros que se llevaron mucho oro y gran cantidad de plata, pero es probable que en aquellos tiempos hubiera en Italia menos metales preciosos que gansos. Los franceses hemos imitado a los primitivos historiadores romanos en su afición a las fábulas: tenemos el estandarte que nos trajo un ángel y el santo óleo que nos dejó una paloma.

 

Hay quien supone que la leyenda del sacrificio de Ifigenia está tomada de la historia de Jefté, que el diluvio de Deucalión es una imitación del diluvio de Noé, y que la aventura de Filemón y Baucis está tomada de la de Lot y su mujer. Los judíos confiesan que no tenían trato alguno con los extranjeros y que los griegos no conocieron sus libros hasta que fueron traducidos por encargo de un Tolomeo, pero los judíos fueron mucho tiempo antes negociantes y usureros entre los griegos de Alejandría. Estos nunca fueron a Jerusalén a vender ropa vieja, ni ningún pueblo imitó a los judíos; por el contrario, éstos tomaron mucho de los babilonios, egipcios y griegos.

 

Todo el Antiguo Testamento es sagrado para nosotros, a pesar del odio y desprecio que nos inspira el pueblo hebreo; nuestra razón recalcitra en su contra, pero la fe nos somete a él. Existen unos ochenta sistemas respecto a la cronología del pueblo judío y muchas maneras de explicar los hechos de su historia, pero no sabemos cuál es el verdadero y les reservamos nuestra fe para cuando llegue a descubrirse.

 

Son tantas las cosas que debemos creer de ese pueblo que ha agotado nuestra creencia y no nos queda ya para creer en los prodigios de la historia de otras naciones.

 

Lo que nos admira a los compiladores modernos es el aplomo y buena fe con que prueban que cuanto aconteció antiguamente en los mayores imperios del mundo, sólo ocurrió para enseñar a los habitantes de Palestina. Si en sus conquistas los reyes de Babilonia invaden el pueblo hebreo es únicamente para corregir sus pecados a ese pueblo. Si el rey de Ciro se apodera de Babilonia es para dar a algunos judíos el permiso para regresar a su patria. Si Alejandro vence a Darío, lo hace para que se establezcan mercachifles judíos en Alejandría. Cuando los romanos anexionan Siria a sus vastos dominios y engloban en ella el pequeño país de la Judea, lo hacen también para enseñar a los judíos; los árabes y turcos sólo irrumpen para corregir a ese pueblo predilecto, que debemos confesar tuvo excelente educación y ningún pueblo presenta tantos preceptos como él. No cabe duda que la historia es instructiva.

 

Pero es más instructiva todavía la exacta justicia que hicieron siempre los clérigos a los príncipes que no les tenían contentos. Con inefable imparcialidad, san Gregorio Nacianceno juzga al emperador Juliano el Filósofo y afirma que este príncipe, que no creía en el diablo, tenía con él secreto trato y un día que se le aparecieron los demonios los hizo huir haciendo inadvertidamente el signo de la cruz. Le llama furioso y miserable y asegura que inmolaba por las noches, dentro de unas cuevas, a varios jóvenes de ambos sexos. De esta manera habla un santo del más clemente de los hombres, que jamás se vengó de las invectivas que durante su reinado profirió contra él el mismo Gregorio.

 

El método más hábil de justificar las calumnias contra el inocente consiste en hacer la apología del calumniado; de esta manera todo queda compensado y es el sistema que adoptó san Gregorio. El emperador Constancio, tío y antecesor de Juliano, al subir al trono asesinó a Julio, hermano de su madre, y sus dos hijos, los tres declarados augustos; este proceder lo heredó de su abuelo Constantino. Acto seguido mandó asesinar 8 Galo, hermano de Juliano. Tan cruel como con su familia fue con el imperio pero era devoto y en la batalla decisiva que emprendió contra Majencio estuvo rezando a Dios en una iglesia todo el tiempo que duró el combate de los dos ejércitos. Pues bien, de ese hombre hace el panegírico san Gregorio. Si los santos no respetan la verdad, ¿qué debemos esperar de los profanos, si además de profanos son ignorantes, apasionados y supersticiosos?

 

Método, estilo y manera de escribir la historia. Se ha escrito tan prolijamente acerca de esta materia, que queda poco por decir. Todos sabemos que el método y estilo de Tito Livio, su ponderación y discreta elocuencia, encajan en la majestad de la república romana, que Tácito describe con gran precisión a los tiranos, que Polibio lo es para dar lecciones de guerra, y Dionisio de Halicarnaso para descubrir las antigüedades. Pero aun tomando por modelos a esos grandes maestros, hoy tenemos que aguantar carga más pesada que sostuvieron ellos. A los historiadores modernos se les exige más precisos detalles, hechos comprobados, fechas exactas, mayor estudio de los usos, costumbres y leyes, del comercio, de la hacienda, de la agricultura y de la población. Sucede con la historia lo que con las matemáticas y la física: su progreso se ha acrecentado prodigiosamente.

 

Daniel creyó ser historiador porque transcribió fechas y relaciones de batallas, que nada significan, en vez de ocuparse de los derechos de la nación y sus principales corporaciones, leyes, usos y costumbres, haciéndonos ver cómo han cambiado. La nación francesa tiene derecho a decirle que escriba su historia en vez de la de Luis el Gordo o de Luis el Terco. Sacáis de una antiquísima crónica que Luis VIII, al verse aquejado de una enfermedad mortal, quedó tan extenuado que los médicos le ordenaron se acostara con una joven hermosa para recobrar el vigor y la salud perdidos, y que el santo rey rechazó indignado semejante villanía. Sin duda no conocíais el refrán italiano: donna ignuda manda l'uomo sotto la terra. Debíais saber más historia política y más historia natural, porque podemos exigir que la historia de un país extranjero no se haga en el mismo molde que la historia de vuestra patria. Si escribís la historia de Francia, no estáis obligados a describir el curso del Sena ni del Loira; pero si escribís para el público las conquistas de los portugueses en Asia, es lícito que tengáis que describir detalladamente la topografía de los países descubiertos. Debéis guiar a vuestros lectores llevándoles de la mano por toda Africa y las costas de Persia y la India, y se os puede exigir que deis noticias de los usos, costumbres y leyes de esas naciones que son nuevas para Europa.

 

Tenemos varias historias relativas a la instalación de los portugueses en las Indias, pero ninguna nos da a conocer los diferentes gobiernos de aquel país, sus religiones, sus antigüedades, los brahmanes, los discípulos de san Juan, los guebros, ni los bonianos. Únicamente conservamos las cartas que escribieron san Francisco Javier y sus sucesores, y se han publicado historias de las Indias escritas en París, fundadas en los datos que aportaron los misioneros que no conocían el idioma de los brahmanes. Nos han referido hasta la saciedad, en múltiples escritos, que los hindúes adoraban al diablo. Los capellanes de una compañía de comerciantes acuden a aquel país con este prejuicio y en cuanto ven figuras simbólicas en las costas de Coromandel se apresuran a escribir que son retratos del demonio, que han llegado a su imperio y que se aprestan a luchar contra él. Ni siquiera sospechan que nosotros somos los que adoramos al diablo y vamos a consagrarle nuestros votos a seis mil leguas de nuestra patria para ganar dinero.

 

En cuanto a los escritores que en París se ponen a sueldo de un librero y éste les encarga la historia del Japón, del Canadá o de las islas Canarias, extractadas de las Memorias de algunos capuchinos, no tengo nada que decirles. Basta con saber que el método conveniente que debe adoptarse para escribir la historia de cada país no es idóneo para describir los descubrimientos del Nuevo Mundo, que no debe escribirse de una pequeña ciudad como de un vasto imperio; ni la historia privada de un príncipe como la de Francia o Inglaterra.

 

Estas reglas son bastante conocidas, pero en el arte de escribir historia será siempre muy raro. Todos sabemos que para poseerlo se necesita tener estilo grave, llano y variado. En la historia, al igual que en las bellas artes, se pueden establecer muchos preceptos, pero siempre habrá pocos artistas eminentes.

 

Historia de los reyes judíos y de los Paralipómenos. Todos los pueblos escribieron su historia cuando supieron escribir, y eso sucedió a los judíos. Antes de que tuvieran reyes se regían por una teocracia y se ha supuesto que los gobernaba el mismo Dios. Y cuando quisieron tener un rey, como los demás pueblos circunvecinos, el profeta Samuel les declaró, de parte de Dios, que era al mismo Dios a quien ellos rechazaban: así, la teocracia terminó para los judíos cuando empezó la monarquía.

 

Puede decirse, sin incurrir en blasfemia, que la historia de los reyes judíos se escribió como la de los demás pueblos, y que Dios no se tomó el trabajo de dictar la historia de un pueblo que ya no gobernaba. Sólo aventuro esta opinión con extrema desconfianza, si bien parece confirmada en los Paralipómenos, que contradicen a menudo el libro de los Reyes en la cronología y en los hechos, así como los historiadores profanos se contradicen algunas veces. Además, si Dios escribió siempre la historia de los hebreos, debemos creer que la escribe todavía, porque los judíos fueron siempre su pueblo predilecto. Deben convertirse un día y parece que entonces tendrán derecho a considerar la historia de su dispersión como sagrada, así como también tienen derecho para decir que Dios escribió la historia de sus reyes.

 

Podemos también hacer la siguiente reflexión: habiendo sido Dios su único rey durante mucho tiempo, amén de su historiador, los judíos deben inspirarnos el más profundo respeto. No debe haber ropavejero judío que no esté muy por encima de César y Alejandro. ¿Cómo no hemos de prosternarnos ante un miserable ropavejero que nos prueba que escribió la misma Divinidad la historia de su pueblo, cuando la historia griega y la historia romana nos la han transmitido escritores profanos?

 

Aunque el estilo de la historia de los Reyes y de los Paralipómenos es divino, puede que los hechos referidos en esas historias no sean tan divinos. David asesina a Urías, Isboset y Mifisboset mueren asesinados, Absalón asesina a Amón, Joab asesina a Absalón, Salomón asesina a su hermano Adonías, Baasa asesina a Nadab, Zambri asesina a Ela, Amri asesinaa Zambri, Achab asesina a Nabat, Jehú sesina a Achab y a Joram, el vecindario de Jerusalén asesina a Amasías, Sellum asesina a Zacarías, Manahem asesina a Sellum, Faceo, hijo de Romeli, asesina a Faceía, hija de Manahem, Oseo, hijo de Ela, asesina a Faceo, hijo de Romeli, y omito otros muchos asesinatos insignificantes. Preciso es confesar que si el Espíritu Santo escribió esa historia no eligió un tema muy edificante.

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HOMBRE. La raza humana vive por término medio veintidós años, incluyendo los que mueren en la cuna y los que arrastran hasta cien años los restos de una vida imbécil y miserable.

 

Es una hermosa moraleja la de la antigua fábula del primer hombre que estuvo destinado al principio a vivir tan sólo veinte años. El hombre estaba desesperado; a su lado tenía una oruga, una mariposa, un pavo real, un caballo, una zorra y un mono. Dirigiéndose a Júpiter le dijo: «Prolonga mi vida. Valgo más que todos estos animales y es justo que mis hijos y yo vivamos muchos años para mandar a todas las bestias». «Con mucho gusto —le contestó Júpiter—, pero sólo tengo un número determinado de días para repartir entre todos los seres a los que concedí la vida. Sólo puedo darte más años quitándoselos a los demás. No creas que porque soy Júpiter soy infinito y omnipotente; para todo tengo medida. Puedo concederte unos años más quitándoselos a esos seis animales que envidias a condición de que tendrás una tras otra sus maneras de ser. El hombre será oruga y como ella se arrastrará en su primera infancia; hasta los quince años tendrá la ligereza de la mariposa, y en su juventud la vanidad del pavo real. En la edad viril sufrirá tanto trabajo como el caballo; a los cincuenta años tendrá la astucia de la zorra, y en su vejez será feo y ridículo como un mono. Este es de ordinario el destino del hombre.»

 

Nótese que a pesar de las bondades de Júpiter, después de haber compensado a ese primer hombre concediéndole veintidós o veintitrés anos de vida, por regla general hay que restarle la tercera parte de esa cantidad por el tiempo que pasa durmiendo, tiempo en que permanece como muerto. Sólo le quedan, pues, quince anos. De esos quince años hay que restar al menos otros ocho, los de su infancia, vestíbulo de la vida. Le quedan, pues, siete años, de los que la mitad transcurren en dolores de toda clase. Si calculamos tres años y medio que emplea en trabajar y en fastidiarse, ¿qué tiempo le queda para vivir?

 

Desgraciadamente, en tal fábula Dios se olvidó de vestir al hombre como lo hizo con el mono, la zorra, el caballo, el pavo real y la oruga. La especie humana apareció con la piel lisa y expuesta continuamente al sol, la lluvia y el frío, llegó a verla agrietada, curtida y manchada. El varón, en nuestro continente, se vio desfigurado por los pelos que le cubrían el cuerpo y que sin cubrirle le hicieron repugnante; su cara quedó escondida entre la pelambre, su barba se convirtió en terreno escabroso en el que brotó un bosque de menudos tallos cuyas raíces se dirigían hacia arriba y las ramas hacia abajo. En ese estado y con semejante facha, ese animal se atrevió a pintar a Dios, cuando aprendió a pintar.

 

La hembra, al ser más débil, llegó a ser más repugnante y asquerosa en su vejez, pues no hay ser que iguale en fealdad a una decrépita. En suma, sin sastres ni costureras, los seres humanos nunca hubieran osado presentarse unos ante otros, pero antes de conocer las vestiduras, antes de saber hablar, tuvieron que transcurrir muchos siglos. Esto está probado, pero hay que repetirlo hasta la saciedad.

 

Es incomprensible que hayan incordiado y perseguido a un filósofo coetáneo, al bueno de Helvetius, por haber dicho que si los hombres carecieran de manos no hubieran podido tejer tapices ni edificar casas. Diríase que quienes se han rebelado contra este aserto poseen el secreto de tallar piedra y trabajar con los pies. Helvetius, autor del excelente libro L'Esprit, valía más que todos sus enemigos juntos, pero nunca he aprobado los errores que contiene su libro, ni las verdades triviales que proclama con énfasis. Si le defiendo públicamente es porque veo que hombres absurdos le condenan por proclamar esas mismas verdades.

 

El Ser Supremo ha concedido al hombre el don de la razón, manos industriosas, cerebro capaz de generalizar las ideas y palabra expedita para expresarlas, dones que no ha concedido a los demás animales.

 

El varón, en general, vive menos tiempo que la hembra y siempre es más grande proporcionalmente. El hombre de mayor estatura tiene de ordinario dos o tres pulgadas de altura más que la mujer más alta, su fuerza casi siempre es superior, es más ágil y más capaz de mantener atención constante. Las artes las inventó él, no la mujer; el origen de la invención de las artes, la pólvora, la imprenta, la relojería, etc., no se debe al fuego de la imaginación, sino a la meditación perseverante y la combinación de las ideas.

 

La especie humana es la única que sabe que ha de morir y sólo se lo enseña la experiencia. El niño que se educara solo y lo trasladaran a una isla desierta no lo sabría, al igual que las plantas y los animales.

 

Maspertius, que era un hombre singular, dijo que el cuerpo humano es un fruto que está verde hasta la vejez y lo madura la muerte. ¡Extraña madurez la de la podredumbre y el polvo! La mente de este filósofo sí que no está madura. El prurito de decir cosas nuevas hace decir verdaderas extravagancias.

 

Diferentes razas de hombres. Tenemos constancia de que en el planeta habitan diferentes razas de hombres, y hemos dicho que el primer negro y el primer blanco que se encontraron debieron asombrarse el uno del otro. También es bastante verosímil que se hayan extinguido algunas especies de hombres y de animales por ser demasiado débiles. Por eso, sin duda, hoy no se encuentran múrices, cuya especie la habrán devorado probablemente otros animales que aparecerían siglos después en las riberas donde se criaban esos pequeños moluscos.

 

En su Historia de los Padres del desierto, san Jerónimo refiere que san Antonio Abad tuvo una conversación con un centauro y luego con un fauno. Y san Agustín, en su homilía 33, cuenta cosas tan extraordinarias como san Jerónimo. «Siendo obispo de Hipona fui a Etiopía con algunos servidores de Cristo para predicar el Evangelio. Vimos en aquel país muchos hombres y mujeres sin cabeza y dos grandes ojos en el pecho y en regiones más meridionales encontramos un pueblo cuyos habitantes tenían un solo ojo en la frente, etc.»

 

Al parecer, san Agustín y san Jerónimo se expresaron de ese modo porque, al exagerar las obras de la creación para ensalzar a Dios, se proponían asombrar a los hombres contándoles fábulas con la idea de que estuvieran más sumisos al yugo de la fe.

 

Podemos ser buenos cristianos sin creer en centauros hombres sin cabeza y con un solo ojo, pero no podemos dudar de que ia constitución interna de un negro es diferente de la de un blanco, dado que la red mucosa o grasosa es blanca en unos y negra en los otros.

 

Los albinos y los dariens, aquéllos originarios de Africa y éstos de América, son tan diferentes de nosotros como los negros. Existen razas amarillas, rojas y grises. Ya hemos dicho en otra parte que los americanos son imberbes y no tienen pelos en el cuerpo, sólo en las cejas y en la cabeza. Todos son igualmente hombres, como el abeto, la encina y el manzano son igualmente árboles, pero el manzano no nace del abeto, ni el abeto de la encina.

 

¿Por qué en medio del océano Pacífico, en la isla de Tahití, los hombres son barbudos? Hacer esta interrogación equivale a preguntar por qué nosotros tenemos barba y los peruanos, mexicanos y canadienses no la tienen, o por qué los monos tienen cola y a nosotros la naturaleza nos rehusó ese apéndice.

 

Las inclinaciones y caracteres de los hombres son tan diferentes como sus climas y sus gobiernos. No pudo formarse nunca un regimiento de lapones ni de samoyedos, y los habitantes de Siberia que viven cerca de aquéllos son intrépidos soldados. Nunca conseguiréis que sean buenos guerreros un darién ni un albino, y esto no consiste en que tengan ojos de perdiz, ni cabellos y cejas albinas, sino en que su cuerpo, y por ende su valor, tiene extraordinaria debilidad. Sólo un ciego, pero ciego obcecado, puede negar la existencia de las diferentes especies.

 

Las razas humanas siempre han vivido en sociedad. Todos los hombres que se han descubierto en los países más incultos y salvajes viven en sociedad, como los castores, hormigas, abejas y otras muchas especies de animales.

 

No se ha encontrado ningún país en que vivan separados, en que el varón se ajunte con la hembra sólo por casualidad y la abandone después por disgusto, en que la madre desconozca a sus hijos después de haberlos criado y en que viva sin familia y sin ninguna especie de sociedad. Algunos inconscientes, abusando de su ingenio, han aventurado la sorprendente paradoja de que el hombre fue creado para vivir solo como un lobo estepario y que la sociedad depravó la naturaleza. Esto equivaldría a decir que los arenques fueron creados para nadar aisladamente en el mar y por exceso de corrupción vienen en bandadas desde el mar Glacial hasta nuestras costas, y que antiguamente las grullas volaban en el aire aisladas y por violación del derecho natural adoptaron la resolución de volar juntas.

 

Cada animal tiene un instinto propio, y el instinto del hombre, que robustece la razón, le impulsa a vivir en sociedad como le empuja a comer y a beber. La sociedad no ha degradado al hombre; el alejamiento de ella es lo que le degrada. Quien viviera absolutamente solo perdería pronto la facultad de pensar y expresarse, y llegaría a convertirse en animal. El orgullo desmesurado e imponente, que se subleva ante el orgullo de los demás, puede arrastrar al alma melancólica a huir de los hombres; en este caso la depravada es ella, y se castiga a sí misma. Su orgullo le reporta su suplicio, la roe en la soledad el despecho recóndito de verse despreciada y olvidada y se condena a la más horrible esclavitud para ser libre.

 

Es preciso llegar a los límites del desquiciamiento para atreverse a decir que ano es natural que el hombre se ligue a la mujer durante los nueve meses de su embarazo. Una vez satisfecho su apetito —dice el autor de estas paradojas—, el hombre no necesita a esa mujer, ni la mujer a ese hombre; éste no tiene el menor cuidado, ni quizá la más remota idea, de las consecuencias de su acto. El se va por una parte y ella por otra, y al cabo de nueve meses no conservan el recuerdo de haberse conocido ¿Por qué ha de ayudarla cuando dé a luz, por qué ha de contribuir a educar un hijo que no sabe si le pertenece? (1)»

 

Esas ideas son execrables, pero por fortuna falsas. Si esa monstruosa indiferencia fuera un verdadero instinto de la especie humana, lo habría manifestado siempre porque el instinto es inmutable. El padre abandonaría siempre a la madre y ésta abandonaría al hijo y habría menos hombres en el mundo que animales carnívoros, y esto porque las fieras, mejor provistas y armadas, poseen un instinto más rápido, medios más seguros, y también más asegurado el alimento que la especie humana.

 

La naturaleza del hombre es diferente de como la pinta ese filósofo energúmeno. Salvo algunos bárbaros embrutecidos, los hombres más rudos aman por incoercible instinto al ser que no ha nacido todavía, al vientre que lo gesta y a la madre, la cual redobla el cariño hacia el hombre de quien recibió en su seno el germen de una criatura semejante a ella.

 

El instinto de los carboneros de la Selva Negra está tan arraigado y les induce tanto a querer a sus hijos, como el instinto de los palomos y los ruiseñores les obliga a criar a sus pequeñuelos. Pierde el tiempo quien escribe esas necedades abominables.

 

(1) Juan Jacobo Rousseau, Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres.

 

El gran defecto de esos libros llenos de absurdas paradojas consiste en suponer a la naturaleza humana diferente de como es. El mismo autor tan enemigo de la sociedad como la zorra que no tenía cola y quería que todas sus compañeras se la cortasen, se expresa de similar manera en estilo magistral:

 

«El primero que después de cercar un terreno se atrevió a decir esto es mío y encontró personas lo bastante cándidas para creerle, fue el verdadero fundador de la sociedad civil. Y hubiera ahorrado crímenes, guerras, asesinatos, miserias y horrores al género humano aquel que derribando la cerca hubiera dicho a sus semejantes: «No creáis a ese impostor. Os perderéis para siempre si olvidáis que los frutos son para todos y la tierra no pertenece a nadie. (1)»

 

(1) J. J. Rousseau, Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres.

 

De manera que, según ese filósofo, un ladrón, un destructor, hubiera sido el salvador del género humano, y se debía castigar al hombre honrado que dijera a sus hijos: Imitemos a nuestro vecino que ha cercado su campo y así no podrán destruirlo los animales nocivos, consiguiendo además hacerle fértil; trabajemos nuestro campo como él trabaja el suyo, nos ayudará y le ayudaremos. Cultivando cada familia su campo nos alimentaremos mejor, tendremos más salud y seremos menos desgraciados. Trataremos de implantar una justicia distributiva para vivir tranquilos y valdremos más que las zorras y garduñas, a las que ese filósofo extravagante quiere que nos asemejemos.

 

¿Esas palabras no serían más sensatas y honradas que las del loco salvaje que deseaba que hubieran destruido el campo cultivado del hombre? ¿Qué clase de filosofía es esa que propugna ideas que el sentido común rechaza desde China al Canadá? ¿No será la filosofía de un pordiosero que desea que los pobres roben a los ricos, con la idea de estrechar más la unión fraternal entre los hombres?

 

Es innegable que si todos los valles, los bosques y las llanuras estuvieran pletóricas de frutos sabrosos y nutritivos sería injusto, ridículo e imposible custodiarlos. Si existen islas en que la naturaleza produzca sin esfuerzo los alimentos y todo lo necesario, vámonos a vivir en ellas lejos del fárrago de nuestras leyes, pero una vez las hayamos poblado será preciso ocuparnos otra vez de lo tuyo y lo mío y de esas leyes que, siendo a veces malas, no podemos vivir sin ellas.

 

¿El hombre nació malo? Creo que está bastante demostrado que el hombre no nació perverso, por la obvia razón de que si esa fuera su naturaleza cometería maldades y actos bárbaros en cuanto aprendiera a andar, y cogería el primer cuchillo que encontrara a mano para herir al primero que le desagradara; sería como los lobeznos y los raposillos, que muerden en cuanto pueden. El hombre, por el contrario, cuando es niño tiene en todo el mundo la mansedumbre del cordero. ¿Por qué y cómo, pues, se convierte con frecuencia en lobo y en zorra? ¿Habrá que achacar esto a que no naciendo bueno ni malo, la educación, el ejemplo, las circunstancias y la ocasión le inducen a la virtud o al vicio?

 

Tal vez la naturaleza humana no pueda ser de otra manera. Quizás el hombre no pueda tener siempre pensamientos falsos y pensamientos verdaderos, afectos siempre tiernos, ni siempre crueles. Al parecer, se ha demostrado que la mujer es mejor que el hombre: encontraréis cien hermanos que sean enemigos por cada Clitemnestra.

 

Determinadas profesiones convierten en implacable al hombre que las ejerce; por ejemplo, las de soldado, matarife, arquero, carcelero y demás oficios relacionados con la desgracia ajena. El arquero, el corchete y el carcelero solo son felices haciendo desgraciados a los demás. Son necesarios para perseguir a los malhechores y desde este punto de vista son útiles a la sociedad. Es curioso oírles hablar de las proezas contra sus víctimas y las astucias que emplean para apoderarse de ellas, las crueldades físicas y morales que les infligen y el dinero que les extorsionan.

 

Todo aquel que se entera de las triquiñuelas del foro, que oye hablar a los togados campechanamente y regocijarse de las miserias de sus clientes, puede formar pésima opinión de la naturaleza humana.

 

Existen profesiones más repugnantes que, sin embargo, son tan solicitadas como una canonjía. Existen profesiones que tornan en bribón al hombre honrado, que le acostumbran a mentir contra su voluntad, a engañar, sin advertir apenas de que engaña; a hacer la vista gorda, a abusar por el interés y la vanidad de su estado y a sumir sin remordimiento alguno la especie humana en una ceguedad estúpida.

 

Las mujeres, ocupadas continuamente en criar a sus hijos y sujetas a los cuidados domésticos, están excluidas de esas profesiones que pervierten la naturaleza humana y la hacen perversa: en todas partes son menos bárbaras que los hombres. Su parte física se suma a su parte moral para alejarlas de los grandes crímenes, su temperamento es más dulce; en general, le repugnan los licores fuertes, que inspiran la ferocidad. Buena prueba de ello es que entre mil víctimas de la justicia, entre mil asesinos ejecutados, apenas se encuentran cuatro mujeres, como veremos en el artículo Mujer.

 

Hay autores que creen que nuestros usos y costumbres han hecho perversa a la especie masculina; si eso fuera regla general y sin excepción, esa especie sería más horrible que la de las arañas, los lobos y las garduñas, pero por suerte son raras las profesiones que endurecen el corazón y le llenan de pasiones odiosas. Téngase en cuenta que en una nación de veinte millones de almas hay todo lo más doscientos mil soldados, uno por cada cien individuos; los doscientos mil soldados los contiene el freno de la disciplina más severa y entre ellos hay gentes muy honradas que regresan a sus pueblos y terminan la vida siendo buenos padres y buenos maridos. Los demás oficios peligrosos para las costumbres son escasos en número. Los labradores, artesanos y artistas están demasiado ocupados para entregarse al crimen con frecuencia. En el mundo existirán siempre perversos detestables. Los libros exageran siempre su número, que aun siendo excesivo es menor de lo que dicen.

 

El hombre en estado de pura naturaleza. ¿Qué sería el hombre si viviera en el estado que se ha dado en llamar de pura naturaleza? Un animal muy inferior a los primeros iroqueses que encontramos en Norteamérica; inferior porque éstos sabían encender el fuego y construir flechas y ha sido preciso que pasaran siglos para hacer esas dos cosas.

 

El hombre abandonado a la naturaleza no tendría más idioma que algunos sonidos mal articulados, y su especie quedaría reducida a un exiguo número por la dificultad en alimentarse y la carencia de ayuda, al menos en nuestros tristes climas. Ignoraría el conocimiento de Dios y del alma, al igual que desconocería las matemáticas, y no tendría más preocupación que buscar cómo alimentarse: sería inferior a la especie de los castores.

 

En ese estado, el hombre sólo sería un niño talludo, y todavía se encuentran seres humanos que casi no han pasado de ese estado primitivo. Los lapones, samoyedos, cafres y hotentotes son, respecto al hombre en estado de pura naturaleza, lo que antiguamente eran las cortes de Ciro y de Semíramis comparadas con los hotentotes de nuestros días, superiores al hombre salvaje; son animales que viven seis meses al año en cavernas comiendo gusanos que más tarde se los comerán a su vez. Hablando en general, la especie humana sólo tiene dos o tres grados más de civilización que los hotentotes. La ingente cantidad de brutos que se llaman hombres, comparada con el escaso número de los que piensan está en la proporción de ciento por uno en muchos países. Es cosa curiosa contemplar, por un lado, al padre Malebranche entretenido en conversar llanamente con el Verbo, y por otro ver millones de bípedos semejantes a él que nunca han oído hablar del Verbo y no conocen ni una idea metafísica. Entre los hombres puramente instintivos y los hombres de genio campea un número inmenso que tan sólo se ocupa de subsistir.

 

La subsistencia exige trabajos tan arduos que con frecuencia es necesario que, en Norteamérica, el hombre, imagen de Dios, ande cinco o seis leguas para comer, y en nuestras latitudes es preciso que todo el año riegue la tierra con sus sudores para conseguir tener pan. Añadid al pan o su equivalente, una casucha y un mal vestido, y tendréis lo que es el hombre en general desde un extremo a otro del orbe, y para eso han tenido que transcurrir muchísimos siglos.

 

Con el fluir de los siglos, la civilización llegó al estado en que la encontramos. En nuestro país se representa una tragedia con música, en otro, se entabla un combate naval en el que se disparan cañones de bronce. La ópera y las fragatas de guerra asombran siempre mi imaginación, y dudo que pueda irse más allá en ninguno de los globos esparcidos en el universo. No obstante, más de la mitad del planeta está poblado de animales bípedos que viven en estado próximo al de pura naturaleza, no saben más que comer y vestirse, apenas gozan del don de la palabra, ignoran que son desgraciados, y viven y mueren sin saberlo.

 

                                                                           I

 

IDEA. Es la imagen que aparece en nuestro cerebro, y por tanto todos nuestros pensamientos son imágenes porque incluso las ideas más abstractas son reflejo de los objetos que percibimos. Pronuncio la palabra ser hablando en general, porque he conocido seres particulares. Pronuncio la palabra infinito porque he visto los límites y los restrinjo lo que puedo en mi entendimiento; concibo ideas porque tengo imágenes en el cerebro.

 

¿Quién es el pintor de esas imágenes? Yo no, que soy un pésimo dibujante; el que me creó es quien me dio las ideas. ¿Cómo sabemos que nosotros no nos proporcionamos las ideas? Porque las ideas las concebimos a menudo contra nuestra voluntad en tiempo de vigilia, y siempre en contra de nuestra voluntad cuando soñamos durmiendo. ¿Estáis convencidos de que las ideas no nos pertenecen, como tampoco nos pertenece el pelo que crece, se encanece y cae sin intervención nuestra? Es evidente que con el pelo lo que podemos hacer es rizarlo, cortarlo, empolvarlo, pero no podemos hacer que nazca, lo mismo que las ideas.

 

Entonces, ¿seréis de la opinión de Malebranche, que decía que lo vemos todo en Dios? Estoy seguro de que, si no vemos todas las cosas en el mismo Dios, las vemos mediante su acción omnipotente y omnipresente. No me preguntéis cómo se realiza esta acción, porque os he dicho múltiples veces que no lo sé y Dios no comunicó este secreto a nadie. Ignoro qué hace latir mi corazón, circular la sangre por las venas; ignoro cuál es el principio de todos mis movimientos, y tampoco puedo deciros por qué siento y por qué pienso.

 

Tampoco sé si la facultad de tener ideas es inherente a la extensión. Tatien, en el discurso que dirigió a los griegos, dice que el alma se compone de cuerpo. Ireneo, en el capítulo 62 del segundo libro, dice que d Señor nos ha enseñado que nuestras almas tienen la figura de nuestro cuerpo para conservar la memoria. Tertuliano asegura, en su segundo libro del Alma, que ella es corporal, y Arnobio, Lactancio, Hilario, Gregorio de Nicea y Ambrosio, son de la misma opinión. Otros padres de la Iglesia aseguran que el alma carece de extensión, y en esto son del parecer de Platón. Yo no me decido por ninguna de esas opiniones; para mí son incomprensibles uno y otro sistema, y después de estudiar esta materia toda mi vida estoy tan in albis como el primer día. Por lo que no valía la pena haberla estudiado. No cabe duda de que quien goza sabe más que aquel que reflexiona y por lo menos es más feliz, pero no ha dependido de mí admitir o rechazar en el cerebro todas las ideas que se presentan y combaten unas con otras y han tomado mis células medulares por campo de Agramante. Después de su combate, sólo he recogido por despojos la incertidumbre.

 

Es penoso tener muchas ideas y no conocer su naturaleza, pero es más penoso y necio todavía creer saber lo que no sabemos.

 

Si es cierto que concebimos las ideas por medio de los sentidos, ¿por qué la Sorbona, que siguió durante mucho tiempo esta doctrina de Aristóteles, la condena con tanta virulencia en Helvetius? Por la sencilla razón de que la Sorbona se compone de teólogos.

 

ÍDOLO, IDÓLATRA, IDOLATRÍA. Estos vocablos, derivados del griego, significan representación de una figura, servir, reverenciar, adorar. La voz adorar es de origen latino y tiene acepciones diferentes: llevar la mano a la boca cuando nos santiguamos, hacer reverencias, ponerse de rodillas, rendir un culto supremo... Siempre los equívocos.

 

Es de advertir que el Diccionario de Trévoux inicia el artículo de este título diciendo que todos los paganos eran idólatras y los hindúes lo son todavía. Ahora bien en primer lugar, a nadie se llamó pagano antes de la época de Teodosio el Joven, y así llamaron entonces a los habitantes de las localidades o aldeas de Italia que conservaron su antigua religión. En segundo lugar, el Indostán es mahometano y los mahometanos son enemigos implacables de las imágenes y de la idolatría. En tercer lugar, tampoco se puede llamar idólatras a muchos pueblos de la India que pertenecen a la antigua religión de los parsis, ni a determinadas castas que no reverencian ningún ídolo.

 

Acerca de si hubo alguna vez un gobierno idólatra, debemos objetar que ningún pueblo del mundo tomó el nombre de idólatra porque ese adjetivo es injurioso, como el remoquete de gabacho que los españoles aplicaron antaño a los franceses y el de marranos que éstos aplicaron a aquéllos. Si hubieran preguntado al Senado de Roma, al Areópago de Atenas, o a la corte de los reyes de Persia: «¿Sois idólatras?», no hubieran entendido la pregunta y nadie hubiera contestado: «Adoramos imágenes, adoramos ídolos». Las palabras idólatra e idolatría no se encuentran en Homero, Hesíodo, Herodoto, ni en ningún autor de la religión pagana. Nunca se promulgó ningún edicto, ninguna ley, que ordenara que se adorase a los ídolos, les sirvieran y les considerasen como dioses.

 

Cuando los caudillos romanos y cartagineses celebraban tratados ponían por testigos a sus dioses y decían que en presencia de ellos juraban la paz. Pero las estatuas de los dioses, cuya enumeración sería muy larga, no estaban en las tiendas de los caudillos. Estos simulaban que los dioses presenciaban los actos de los hombres como testigos y jueces, pero no es el simulacro lo que constituía la divinidad.

 

¿Cómo consideraban, pues, en los templos las estatuas de sus falsos dioses? Las consideraban, si se nos permite expresarlo así, como los católicos consideran las imágenes que veneran. El error de los paganos no consistió en adorar una talla de madera o de mármol, sino en adorar la falsa divinidad representada por esas imágenes. La diferencia entre ellos y nosotros no consiste en que ellos tuvieran imágenes y los católicos no las tuvieran en determinada época; la diferencia radica en que sus imágenes representan seres fantásticos de una religión falsa y las imágenes nuestras simbolizan seres reales de la verdadera religión. Los griegos erigieron una estatua a Hércules y nosotros la hemos erigido a san Cristóbal; ellos tuvieron a Esculapio y su cabra y nosotros a san Roque y su perro; ellos reconocieron a Marte con su lanza, y nosotros a san Antonio de Padua y a Santiago de Compostela.

Cuando el cónsul Plinio dirige sus súplicas a los dioses inmortales en el exordio del Panegírico de Trajano, no las dirige a las imágenes porque éstas no eran inmortales.

 

Ni en los últimos tiempos del paganismo, ni en los primeros, se encuentra un solo hecho del que podamos colegir que adoraron ídolos. Homero sólo habla de los dioses que moraban en la cumbre del Olimpo. El palladium, que descendió del cielo, sólo fue una garantía sagrada de la protección que les otorgaba Palas Atenea, y en el palladium veneraban a dicha diosa.

 

Los romanos y los griegos se prosternaban ante sus estatuas, les ceñían coronas, las perfumaban con incienso y con flores y las paseaban procesionalmente por las plazas públicas; nosotros hemos santificado esas costumbres y no por eso somos idólatras. Las mujeres, en época de sequía, llevaban las estatuas de los dioses tras haber ayunado, caminaban descalzas y desmelenadas, y en seguida llovía a cántaros, statim urceatim pluebat, como dice Petronio. ¿No hemos consagrado esa costumbre, tildada de ilegítima entre los gentiles y considerada legítima entre nosotros? ¿No hemos visto en muchas ciudades llevar procesionalmente con los pies descalzos reliquias de santos, para obtener por intercesión de éstos las bendiciones del cielo? Si un turco o un hombre de letras chino presenciaran semejantes ceremonias, podrían por ignorancia acusarnos de tener fe en los simulacros que paseamos en las procesiones.

 

Examen de la idolatría antigua. En la época de Carlos 1, declararon en Inglaterra que era idólatra la religión católica. Los presbiterianos están convencidos de que los católicos adoran un pan que comen y figuras que son obra de los escultores y pintores. Lo que parte de Europa reprocha a los católicos, éstos lo censuran a los paganos. Sorprende el ingente número de acusaciones que en todos los tiempos han fulminado contra la idolatría de los griegos y romanos, y esta sorpresa crece de punto cuando nos convencemos de que no fueron idólatras.

 

Tenían unos templos más privilegiados que otros: la Diana de Éfeso gozaba de mayor reputación que cualquier Diana de aldea. En el templo de Esculapio se obraban más milagros en Epidauro que en ningún otro de los templos de éste. La estatua de Zeus Olímpico atraía más ofrendas que la de Zeus de Paflagonia (Asia Menor). Mas como estamos obligados aquí a oponer las costumbres de la religión verdadera a las de una religión falsa, ¿por qué después de transcurrir tantos siglos tenemos más devoción a unos altares que a otros? ¿No llevamos más ofrendas a Nuestra Señora de Loreto que a Nuestra Señora de las Nieves? La multiplicidad de imágenes de la misma persona prueba que no son esas imágenes lo que adoramos, sino que rendimos culto a la persona que representan, pues no es posible que cada imagen represente un ser distinto. Existen infinidad de imágenes de san Francisco que no se le parecen, ni se parecen unas a otras, y todas ellas simbolizan a un solo san Francisco, al que invocan en el día de su fiesta los devotos del santo.

 

Los griegos idearon una Diana, un Apolo y un Esculapio, y no tantos Apolos, Dianas y Esculapios como tenían en estatuas y en templos. Está demostrado cuanto permite demostrar un punto de historia, que los antiguos no creían que una estatua fuera una divinidad y que el culto no se tributaba a la estatua, ni al ídolo; por consiguiente, los antiguos no eran idólatras. No basta ese pretexto para que nos acusen de idolatría.

 

El populacho garbancero y supersticioso que no sabía razonar, dudar, negar, ni creer, que acudía al templo por estar ocioso y porque en él son pariguales los humildes y los grandes, que presentaba ofrendas por costumbre, que hablaba continuamente de milagros sin examinar ninguno, ese populacho, digo, pudo muy bien ante la Diana de Éfeso o el Júpiter tonante, sobrecogido de temor religioso, adorar esas estatuas. Tal ocurre a veces en nuestras iglesias a los incultos aldeanos, a pesar de haberles enseñado que deben pedir su intercesión a los bienaventurados y los santos, no a las estatuas de madera o de piedra.

 

Los griegos y romanos aumentaron el número de sus dioses por medio de las apoteosis. Los griegos divinizaron a los conquistadores, como por ejemplo a Baco, Hércules y Perseo. Roma erigió altares a sus emperadores. Nuestras apoteosis son de distinta clase: tenemos más santos que ellos dioses secundarios. Pero no han pasado al santoral por su alta posición, ni por sus conquistas, y elevamos a los altares a hombres sencillamente virtuosos que desconocería el mundo si no ocuparan un sitio en el cielo. La adulación servía de pase para las apoteosis de los antiguos; las nuestras se fundamentan en la virtud.

 

Cicerón, en sus obras de filosofía, ni siquiera deja vislumbrar que los romanos confundieran las estatuas de los dioses con los dioses mismos sus interlocutores atacan la religión establecida, pero ninguno de ellos acusa a los romanos de creer que el mármol y el bronce son divinidades. Lucrecio no reprocha a nadie esa paparrucha y le place atacar a los supersticiosos. Esos dos autores prueban que los antiguos no fueron idólatras.

 

Horacio hace decir a una estatua de Príapo: «En otro tiempo fui un tronco de higuera, y un carpintero, dudando si hacer de mí un dios o un banco, se decidió por fin hacerme dios» (Sátira VIII del libro I). ¿Qué debemos deducir de esta chirigota? Que Príapo era una divinidad secundaria, objeto de burla por los guasones; es más, esa chirigota prueba que no reverenciaban la figura de Príapo, que ponían en las huertas como espantapájaros.

 

Dacier, ingenioso comentarista, refiere que Baruc predijo e