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J

 

JAPÓN. No me propongo averiguar si el archipiélago japonés es mayor que Inglaterra, Escocia, Irlanda y las Orcadas juntas, si el emperador del Japón es más poderoso que el de Alemania, ni si los bonzos japoneses son más ricos que los frailes españoles.

 

Confesaré sin titubear que a pesar de estar relegados a los extremos de Occidente estamos dotados de más genio que ellos, que se ven favorecidos por el sol de Levante. Nuestras tragedias y nuestras comedias son mejores y hemos adelantado más que ellos en astronomía, matemáticas, pintura, escultura y en música. Además, carecen de vinos que equivalgan al borgoña y champaña.

 

¿Por qué hemos solicitado durante tanto tiempo permiso para visitar ese país y ningún japonés deseó nunca emprender viaje a los nuestros? Hemos visitado Meaco, la tierra de Yeso y California, e incluso iríamos a visitar la luna con Astolfo si pudiéramos disponer de un hipogrifo. Ello, ¿es en nosotros curiosidad o inquietud? ¿Es una necesidad real?

 

Desde que los navegantes europeos doblaron el cabo de Buena Esperanza, la propaganda de los países cristianos se jactó de subyugar todos los pueblos vecinos de los mares orientales y de convertirlos. Desde entonces sólo se hizo el comercio en Asia con la espada en la mano y cada nación de Occidente envió allí, sucesivamente, comerciantes, soldados y sacerdotes.

 

Deberían grabarse en las puertas de nuestros conventos las memorables palabras que pronunció el emperador Yong Thing, cuando expulsó de su imperio a los misioneros jesuitas: «¿Qué diríais de nosotros si pretextando ejercer el comercio en vuestras regiones predicáramos a vuestros pueblos que su religión era falsa y debían abrazar la nuestra?» Esto es, sin embargo, lo que la Iglesia católica hizo en todo el mundo y esa manera de proceder le costó muy caro en el Japón, pues faltó muy poco para quedar enterrada en las olas de la propia sangre. Había en las islas del Japón doce religiones distintas que vivían juntas tranquilamente. Los misioneros que arribaron de Portugal solicitaron fundar la religión decimotercera y se lo concedieron, diciéndoles que nada les importaba tener una religión más. No tardaron en establecerse en dicho país frailes que usaron el título de obispos. Una vez admitida la religión de éstos, se empeñaron en que fuera la única del país.

 

Uno de esos obispos se encontró, en un camino, un consejero de Estado que le disputó el paso: aquél sostuvo que perteneciendo al primer orden del Estado y el consejero al segundo, éste debía darle preferencia. Esa cuestión levantó mucho revuelo. Como los japoneses son más orgullosos que indulgentes, expulsaron de su país al fraile obispo y a otros cristianos en 1586. Poco después, proscribieron la religión cristiana. Los misioneros, humillándose, pidieron perdón; los perdonaron y ellos siguieron abusando.

 

En 1637, los holandeses se apoderaron de un barco español que navegaba desde el Japón a Lisboa y encontraron a bordo varias cartas de Moro, cónsul de España en Nagasaki. Estas cartas contenían el plan de una conspiración que fraguaban los cristianos del Japón para apoderarse del país, indicando en ellas el número de barcos que debían ir de Europa y Asia a auxiliar la conspiración. Los holandeses entregaron estas cartas al gobierno japonés, prendieron a Moro, le obligaron a que reconociera su letra y lo sentenciaron jurídicamente a ser quemado. Todos los neófitos jesuitas y dominicos empuñaron las armas en número de treinta mil y hubo una guerra civil espantosa en la que murieron todos los cristianos.

 

Los holandeses, en recompensa del servicio prestado al país fueron los únicos que obtuvieron la libertad de comerciar con el Japón, a condición de no practicar ningún culto cristiano; así lo prometieron y han cumplido su palabra.

 

Séame permitido preguntar a los misioneros qué ganancia les proporcionó el fanatismo que, después de exterminar a muchos pueblos de América, les impulsó a hacer lo mismo en la extremidad de Oriente, para la mayor gloria de Dios. De ser posible que desencadenaran las furias del infierno para venir a producir estragos en el mundo, ¿obrarían de otro modo? ¿Es así como se manifiesta la caridad cristiana? ¿Es este el camino que conduce a la vida eterna? Lectores, añadid este suceso a otros muchos: meditadlos y juzgad.

 

JEFTÉ o LOS SACRIFICIOS DE SANGRE HUMANA. Según el texto del Libro de los Jueces, es evidente que Jefté prometió sacrificar a la primera persona que saldría de su casa para felicitarle por haber conseguido la victoria contra los amonitas. Su hija única acudió la primera de todas y él desgarró de dolor sus vestidos, pero la inmoló después de permitirle ir a llorar a las montañas la desdicha de morir virgen. Las muchachas judías conmemoraron durante mucho tiempo esta aventura, llorando en memoria de la hija de Jefté por espacio de cuatro días.

 

Sea cual fuere la época en que fue escrita esta historia, que esté o no imitada de las historias griegas de Agamenón y de Idomeneo o sea su modelo, y tanto si es anterior o posterior a la de semejantes relatos asirios, todo ello no es cuestión que examine, sino que me atengo al texto: Jefté entregó su hija en holocausto y cumplió su voto.

 

Estaba expresamente ordenado por la ley judía inmolar a los seres humanos consagrados por voto al Señor: «Todo hombre consagrado no será en modo alguno perdonado, sino condenado a muerte sin remisión». La Vulgata nos lo reitera de este modo: Non redimetur, sed morte morietur (Levítico, XXVII, 29).

 

En virtud de esta ley Samuel cortó en pedazos al rey Agag, a quien Saúl había perdonado, y precisamente por haber perdonado a Agag, fue reprobado por el Señor y perdió su reino.

 

He aquí, pues, claramente establecidos los sacrificios de sangre humana; no hay ningún punto de la historia mejor comprobado. Se puede formular juicio sobre una nación gracias a sus archivos y por lo que ella refiere de Si misma.

 

JENOFONTE (La retirada de los diez mil). Aunque Jenofonte no tuviera otro mérito que haber sido amigo del mártir Sócrates, merecería nuestra atención. Pero fue guerrero, filósofo, poeta, historiador y agricultor, y de trato amable en sociedad. Ahora bien, ¿por qué este hombre libre acaudilló un ejército griego a sueldo del joven Cosrou, al que los griegos llaman Ciro? Este era hermano segundo y vasallo del emperador de Persia, Artajerjes, de quien se dice que nunca olvidaba las injurias. Ciro intentó asesinar a su hermano en el templo donde celebraba la ceremonia de su consagración (los reyes de Persia fueron los primeros que se consagraron), pero Artajerjes no sólo perdonó a su infame hermano, sino que tuvo la flaqueza de dejarle el gobierno absoluto de gran parte de Asia Menor, heredada de su padre y del que merecía que Artajerjes le hubiera despojado.

 

En agradecimiento a tan extraordinaria clemencia, Ciro, desde el país que gobernaba, se alzó contra su hermano añadiendo un segundo crimen al primero. Proclamó en su manifiesto «que era más digno del trono de Persia que su hermano por ser mago y beber más vino que él».

 

Entonces, tomó a sueldo trece mil griegos entre los que se encontraba el joven Jenofonte, que a la sazón era un aventurero más. Cada soldado tuvo al principio una dórica cada mes, equivalente a una guinea o un luis de oro de los tiempos modernos, como acertadamente dice Jancourt, y no a diez francos, como asegura Rollin.

 

Cuando Ciro les propuso emprender la marcha con los demás soldados. para batir a su hermano que estaba cerca del Éufrates, le exigieron que les pagara dórica y media y así lo hizo. Cobraron, pues, treinta y seis libras cada mes y fue la mayor paga que se dio en aquellos tiempos. Los soldados de César y Pompeyo sólo cobraban veinte sueldos cada día, durante la guerra civil. Además de ese sueldo exorbitante, se hacían pagar cuatro meses por anticipado. Ciro les suministraba cuatrocientos carros cargados de harina y vino.

 

Los griegos eran entonces lo que hoy son los helvecios, que alquilan sus servicios y su valor a los soberanos de las cercanías, pero por una paga inferior a la que recibían los griegos. Dígase lo que se quiera, es evidente que no entraba en sus cálculos averiguar si era o no justa la guerra por la que combatían; se daban por satisfechos con que Ciro les pagara bien. Los lacedemonios constituían el grueso de las tropas de dicho caudillo, que de este modo violaban los solemnes tratados concertados con el rey de Persia. ¿Qué se hizo de la antigua aversión con que los espartanos miraron el oro y la plata? ¿Dónde está el antiguo respeto a los tratados? Un espartano, Clearco, era quien mandaba el cuerpo principal de aquellos bravos mercenarios.

 

Son incomprensibles, para mí, las operaciones de guerra de Artajerjes y Ciro. No entiendo por qué el primero, que se presenta ante el enemigo con doscientos mil combatientes, empieza por establecer un frente de doce leguas entre Ciro y él; tampoco comprendo el orden de batalla, ni menos todavía cómo Ciro, al frente sólo de seiscientos jinetes, atacara durante el combate a los seis mil soldados de a caballo del emperador, a los que protegía un ingente ejército. Pero al fin murió a manos de su hermano Artajerjes, que sin duda había bebido menos vivo que el ingrato rebelde y se batió con más serenidad que éste. Sabido es que se alzó con la victoria a pesar del valor y la resistencia que le opusieron trece mil griegos, a los que Artajerjes intimó que se rindieran y le contestaron que sólo lo harían si él, como emperador, los tomaba a su servicio. Les era indiferente defender una causa u otra con tal de que cobraran. Eran, pues, mercenarios a sueldo.

 

Mercenarios de este jaez, además de Suiza, los hay en algunas provincias de Alemania. Si pagan, les importa una higa a esos buenos cristianos matar ingleses, franceses u holandeses, o morir a manos de éstos o aquéllos.

 

Artajerjes creía a pies juntillas que los susodichos griegos eran cómplices de la sublevación de su hermano y estaba en la verdad. Le hicieron traición y él los engañó, al decir de Jenofonte: después que uno de los capitanes del emperador les prometió en su nombre dejarles libre la retirada y suministrarles víveres, después que Clearco y otros cinco jefes griegos se pusieron en sus manos para organizar la marcha, mandó que los decapitaran e hizo degollar a los griegos que les acompañaron a la entrevista. Este suceso verídico prueba que el maquiavelismo no es nuevo en el mundo. Ahora bien, ¿es cierto que Artajerjes prometió perdonar a los jefes mercenarios que se vendieron a su hermano? ¿No era lícito castigar a los que creyó culpables?

 

Y aquí empieza la famosa retirada de los diez mil. La retirada me es tan incomprensible como la batalla. El emperador, antes de que decapitaran a los seis generales griegos y a su acompañamiento, juró permitir que regresara a Grecia el ejército mercenario, reducido a diez mil hombres. La batalla se libró en el camino del Éufrates; por tanto, era necesario que regresaran por la Mesopotamia occidental, Siria, Asia Menor y Jonia. Pero no lo hicieron así; les obligaron a pasar por Oriente, vadeando el Tigris con barcas que les proporcionaron y remontando a continuación el camino de Armenia. Si alguien comprende esta marcha, en que daban las espaldas a Grecia, me hará un señalado favor explicándomela.

 

No podemos soslayar este dilema: o los griegos eligieron el camino que habían de seguir, y en este caso no sabían dónde iban ni qué querían, o Artajerjes les hizo emprender esa ruta contra su voluntad (que es lo más probable) y en este caso, ¿por qué no los exterminó? Sólo cabe explicarnos esta dificultad conjeturando que el emperador persa sólo se vengó de ellos a medias, dándose por satisfecho con castigar a los principales jefes mercenarios que habían vendido a Ciro sus tropas griegas; que habiendo dado su palabra de honor a los soldados fugitivos le pareció vergonzoso violarla, que estando seguro que los griegos restantes morirían una tercera parte en el camino abandonaba a su mala suerte a aquellos desdichados. No veo otro medio de esclarecer un poco las oscuridades que envuelven la famosa retirada.

 

Si nos sorprende la retirada de los diez mil, más debe sorprendernos que Artajerjes, vencedor al frente de doscientos mil hombres, dejara marchar por el norte de sus vastos estados a diez mil fugitivos, que podía aniquilar en cualquier localidad, al pasar un río o un desfiladero o dejar que murieran de hambre y miseria. Sin embargo, proporcionó siete barcazas para que vadearan el Tigris, como si tuviera la intención de conducirlos a la India. Desde allí les concede una escolta que los lleva hacia el Norte durante días, al desierto que hoy se llama Bagdad. Luego pasan el río Zabate y allí reciben la orden del emperador de castigar a los jefes. Claro es que pudieron exterminar a los diez mil, al igual que castigaron a sus jefes; luego, es verosímil suponer que no quisieron. Por lo tanto, debemos creer que los griegos se vieron allí como viajeros perdidos, a quienes la bondad del emperador permite terminar el viaje como les sea posible.

 

Hemos de hacer un reparo que parece poco honroso para el gobierno persa. Era imposible que los griegos no chocaran continuamente, a causa de los víveres, con los pueblos por donde pasaban. Muertes, saqueos y devastaciones suelen ser la consecuencia inevitable de semejantes choques, y prueba de ello es que en un camino de seiscientas leguas, por el que los griegos iban a la ventura, sin escolta ni ser perseguidos, perdieron cuatro mil hombres, que mataron los campesinos o las enfermedades. ¿Por qué Artajerjes no les dio escolta después de pasar el río Zabate, como les dio desde el campo de batalla hasta dicho río? ¿Cómo es que un monarca tan bondadoso y prudente cometió tan garrafal falta? Puede que dictara esa orden o que Jenofonte, que es algo grandilocuente, omita decirlo para no disminuir la importancia de la maravillosa retirada de los diez mil puede que la escolta se viera obligada a caminar lejos de la tropa griega por la dificultad de procurarse víveres. Sea como sea, Artajerjes fue extremadamente indulgente y los griegos le debieron la vida, que entregaron en sus manos.

 

La Enciclopedia, en el artículo Retirada, afirma que ésta se realizó al mando de Jenofonte, pero se equivoca; éste nunca obtuvo el mando supremo y únicamente al fin de la marcha se puso al frente de una división de mil cuatrocientos hombres. Estos héroes, tras muchas fatigas, cuando llegaron a las orillas del Ponto Euxino se apoderaron a la fuerza de amigos y enemigos para rehacer sus filas. Jenofonte embarcó su división en Heraclea y fue a venderse con sus soldados a un rey de Tracia que no conocía, en vez de correr en auxilio de su patria que estaban asolando entonces los espartanos. Se vendió a un tiranuelo extranjero y es sabido que éste le pagó más, pero ello es otra razón para deducir que hubiera sido mejor para él socorrer a su patria.

 

De lo dicho resulta que el ateniense Jenofonte, siendo soldado voluntario, se alistó a las órdenes de un capitán lacedemonio, uno de los tiranos de Atenas, y se puso al servicio de un bárbaro. Lo peor del hecho es que no le obligó a hacerlo la necesidad. El propio Jenofonte confesó que había dejado en depósito, en el templo de la famosa Diana de Éfeso, gran parte del oro ganado al servicio de Ciro. Digamos de paso que se exponía a sufrir la pena capital si, recibiendo la paga de un rey extranjero, caía en desgracia. Es lo que sucedió al general Doxat, que se vendió al emperador Carlos XI y éste mandó que le decapitaran por entregar a los turcos una plaza que le era imposible defender.

El historiador Rollin, comentando la retirada de los diez mil, dice: «Esa feliz hazaña consiguió que los pueblos de Grecia menospreciaran a Artajerjes y creyeran que su riqueza, su boato y su numeroso harén constituían todo el mérito del gran rey». Rollin no para mientes en que los griegos no podían mirar con desprecio al soberano que con aplastante victoria ganó una batalla, que perdonó como hermano y venció como héroe, que pudiendo disponer a capricho de la vida de diez mil griegos les dejó vivir y regresar a su patria, y que pudiendo tenerlos a sueldo no se dignó servirse de ellos. Añadir a estas razones que luego venció a los lacedemonios y sus aliados y que impuso leyes humillantes; amén que en la guerra que sostuvo contra los escitas, cerca del mar Caspio, soportó como un soldado raso todas las fatigas y peligros y vivió y murió gloriosamente.

 

Si me atreviera a atacar los prejuicios de la opinión pública, diría que es preferible la retirada del mariscal Belle‑Isle a la de los diez mil. Aquél se vio cercado en Praga por sesenta mil hombres no teniendo a su mando más que trece mil y dictó órdenes tan acertadas que salió de Praga con su ejército, sus bagajes y treinta cañones, pero sin víveres en aquel crudo invierno. Los sitiadores no supieron que había salido de la ciudad e hicieron dos marchas antes de darse cuenta. Le persigue sin tregua un ejército de treinta mil hombres durante treinta leguas, les resiste en retirada y, a pesar de estar enfermo, lucha con el frío, el hambre y sus enemigos perdiendo tan sólo los soldados que no pudieron resistir los rigores de la estación.

 

JESUITAS U ORGULLO. Se ha hablado tanto de los jesuitas que, tras haber ocupado la atención de Europa durante dos siglos, han acabado por hartarla, bien por ser ellos los que escriben, bien porque se ha escrito tanto en pro o contra de esta comunidad singular, en la que justo es reconocer que han descollado y descuellan aún hombres de relevante mérito.

 

Se les ha reprochado en ingente cantidad de volúmenes la relajación de su moral, no más relajada que la de los capuchinos, y su doctrina relativa a la seguridad de la persona de los reyes, doctrina que, después de todo, está poco distante del puñal de Jacobo Clemente y de la hostia envenenada de que se sirvió el hermano Abel de Montepulciano para despachar al emperador Enrique VII.

 

No perdió a los jesuitas la gracia versátil, ni la quiebra fraudulenta del reverendo padre La Valette, prefecto de las misiones apostólicas. No se expulsa una orden de Francia, España y las Dos Sicilias porque haya en ella un individuo deshonesto. No perdieron a los jesuitas los desatinos mostrencos de Guyot‑Desfontaines, Freron y el padre Marsy, ni las imitaciones griegas y latinas de Anacreonte y Horacio. ¿Qué les perdió, pues? El orgullo.

 

¿Tenían más orgullo los jesuitas que los demás religiosos? Sí. Estuvieron a punto de mandar una orden reservada de prisión contra un clérigo porque se atrevió a llamarles frailes. El hermano Broust, el más energúmeno de la Compañía, casi agredió en mi presencia al hijo de Guyot porque le dijo que iría a visitarle en el convento. Es increíble el desprecio con que miraban las universidades donde no estaban ellos, los libros que no escribían y a los sacerdotes que no eran hombres notables, y esto lo he presenciado muchas veces. En su libelo Es hora de hablar se expresan de esta manera: «¿Qué hemos de decir a un magistrado que opina que los jesuitas son orgullosos y es preciso humillarlos?» Eran tan orgullosos que no querían consentir que reprobaran su orgullo.

 

El origen del pecado de su soberbia data del ahorcamiento del hermano Guignard. Esto es verdad al pie de la letra. Es de advertir que después de la ejecución de dicho jesuita, en la época de Enrique IV y después de ser desterrados del reino, se les levantó el destierro a condición de que habría siempre en la corte un jesuita que fuera responsable de la conducta de los demás hermanos de su Orden. Coton sirvió de garantía en la corte de Enrique IV, y este buen rey, que no carecía de astucia, creyó ganar la voluntad del papa tomando en rehenes a su confesor.

 

Desde entonces, cada uno de los hermanos jesuitas se creyó ser solidariamente confesor del rey. Esta función del primer médico del alma de un monarca se tornó en un ministerio en el reinado de Luis XIII, y sobre todo en el de Luis XIV. El hermano Vadble, ayuda de cámara del padre La Chaise, concedía su protección a los obispos de Francia, y el padre Le Tellier gobernaba con mano de hierro a los que se dejaban gobernar. Era imposible que la mayoría de los jesuitas no se hinchasen del viento de esos dos hombres y no fueran tan insolentes como los lacayos del marqués de Louvois. Hubo entre ellos sabios, hombres elocuentes y genios que eran modestos; pero los mediocres, que constituían la gran masa, se contaminaron del orgullo inherente a la mediocridad y al espíritu de clase.

 

Desde la época del padre Garasse, casi todos sus libros de polémica rezumaban una altivez tan repelente que sublevó contra ellos a toda Europa. Esa altivez descendía con frecuencia hasta la bajeza del más enorme ridículo, y de esta manera encontraron el secreto de ser a la vez objeto de envidia y desprecio. Al ocuparse del célebre Pasquier, abogado general del Tribunal de Cuentas, se expresaban así:

 

«Pasquier es un estúpido, un pícaro de París, un galante bufón, vendedor de historietas, un bergante, un zafio que erupta y se pede, sospechoso de herejía o hereje, y lo que es peor, un rijoso y villano sátiro, un zoquete en sumo grado.» Más tarde, los jesuitas pulieron su estilo, pero su orgullo, no por menos grosero, fue menos irritante, y todo se perdona menos el orgullo. Por eso los parlamentos del reino, muchos de cuyos miembros habían sido discípulos suyos, aprovecharon la primera ocasión que se les presentó para hundirlos y todo el mundo se regocijó de su caída.

 

El espíritu del orgullo estaba tan arraigado en ellos que afloraba con ira descarada hasta cuando sabían que la justicia iba a dictar la sentencia de su expulsión. Para convencerse basta leer la citada obra Ya es hora de hablar, publicada en 1762 en Aviñón y que se supone impresa en Amberes. En ella maltratan al ilustre Monclar, fiscal general, que era el oráculo del Parlamento de Provenza y le hablan como el cátedro puede hacerlo a un estudiante perezoso e ignorante, llevando su audacia hasta el extremo de decir que Montclar blasfemó al dar cuenta del instituto de los jesuitas y con todavía más osadía en el Parlamento de Metz, usando un estilo grosero.

 

Conservan todavía la misma arrogancia después de la humillación que les hicieron sufrir Francia y España al expulsarles. La serpiente cortada a pedazos levantaba todavía cabeza desde el fondo de la ceniza que la cubría. Apareció un miserable apellidado Nonotte que se erigió en crítico de los maestros, y ese hombre nacido para predicar a la chusma hablaba a tontilocas de materias de las que no tenía la mínima noción. Otro insolente de la misma cuerda, apellidado Patouillet, insultaba en los mandamientos de los obispos a la ciudadanía y a los empleados de la casa real, cuyos lacayos no hubieran consentido que un jesuita como ése les hablara.

 

Una de sus principales vanidades consistía en ingeniárselas para introducirse en las casas de los grandes, cuando éstos estaban ya con un pie en la tumba, como embajadores de Dios que se presentaban para abrirles las puertas del cielo sin pasar por el purgatorio. En el reinado de Luis XIV era de mal tono morirse sin que en este último acto interviniera un jesuita, y el miserable iba en seguida a vanagloriarse entre sus congéneres de haber convertido a un linajudo que sin su protección se hubiera condenado. El moribundo podía decirle: «¿Con qué derecho, excremento de Compañía, te presentas en mi casa cuando me estoy muriendo? ¿Acaso te visité alguna vez en tu celda cuando tuviste la fístula o la gangrena? ¿Acaso Dios te concedió algún derecho sobre mí? ¿He de tener un preceptor a los setenta años? ¿Llevas quizás en tu cinto las llaves del paraíso? Puesto que te atreves a decir que eres embajador de Dios, enséñame tu credencial, y si no la tienes, déjame morir en paz. Ningún benedictino, ningún cartujo, viene a fastidiarme en mis últimos momentos y no erigen un trofeo a su orgullo en el lecho de ningún agonizante; se quedan en su celda. Quédate tú en la tuya, ¿qué tienes que ver conmigo?»

 

El jesuita inglés Routh sufrió un chasco morrocotudo al intentar apoderarse de los últimos instantes del célebre Montesquieu. Se presentó en casa de éste, según dijo, para restituir a la religión un alma virtuosa como si Montesquieu no conociera la religión mejor que Routh y no pensara con mayor elevación que éste. Le arrojaron del dormitorio del moribundo y a continuación propaló por todo París: «He convertido a ese hombre ilustre, he conseguido que arrojara al fuego sus Cartas persas y el Espíritu de las leyes». Más tarde, imprimió detalladamente la conversión de Montesquieu conseguida por el reverendo padre Routh, en el libro titulado Antifilosófico.

 

Otra vanidad de los jesuitas consistía en ir de misioneros a las ciudades, como si se tratara de la India o el Japón. Conseguían que, acompañándoles, les siguiera por las calles toda la magistratura. Llevaban una cruz delante de ellos, la plantaban en la plaza pública, desposeían al cura y acababan siendo los dueños de la ciudad. Un jesuita apellidado Aubert fue en misión a Colmar y obligó al fiscal general del consejo soberano a quemar ante él un ejemplar de la obra de Bayle, que le había costado cincuenta escudos; antes que quemar esa obra hubiera preferido quemar al hermano Aubert. Podéis comprender cómo se ensoberbecería ese jesuita, cómo se vanagloriaría luego ante sus compañeros y cómo escribiría al general de su Orden.

 

JOB. Buenos días, amigo Job. Tú eres uno de los hombres más antiguos y singulares que mencionan los libros; tú no eres judío y sabemos que el libro que lleva tu nombre es más antiguo que el Pentateuco. Si los hebreos, que lo tradujeron del árabe, han usado el vocablo Jehová para designar a Dios, copiaron esa palabra de los fenicios y los egipcios, de lo cual están convencidos los sabios. La palabra Satán tampoco es caldea.

 

Estabas afincado en los confines de Caldea. Comentaristas dignos de serlo sostienen que creías en la resurrección porque estando acostado en el estercolero dices, en el capítulo 19 de tu libro, que te levantarás del suelo un día. El enfermo que espera curarse no por eso espera en la resurrección, pero yo deseo hablarte de otras cosas.

 

Confiesa que eres un parlanchín, pero tus amigos lo eran mucho más. Dícese que poseías siete mil corderos, tres mil camellos, mil bueyes y quinientos asnos. Voy a sacar la cuenta de todo ello.

 

— Siete mil corderos, a tres libras y

diez sueldos cada uno, suman............22 500 libras.

 

— Tres mil camellos, a cincuenta

escudos................................450 000   »

 

— Mil bueyes, unos con otros,

valen al menos..........................80 000   »

 

— Quinientos asnos, a veinte francos....10 000   »

 

— El total asciende a..................562 500 libras.

 

Sin contar tus muebles, sortijas y joyas.

 

Yo era mucho más rico que tú, y pese haber perdido gran parte de mis bienes y estar enfermo como tú, no he murmurado contra Dios como los amigos te echan en cara muchas veces. No estuvo muy acertado Satán cuando, por inducirte a pecar y conseguir que te olvidaras de Dios, pidió permiso para privarte de tus bienes y darte la sarna. En ese estado es cuando los hombres recurren siempre a la Divinidad; los hombres que son felices lo olvidan. Satán no conocía bastante el mundo, después le conoció mucho más, y cuando quiere que alguno no se le escape le facilita el cargo de Intendente general u otro empleo mejor, si es posible. Esto es lo que nuestro amigo Pope nos mostró claramente en la historia de Balaán.

 

Tu esposa era una impertinente, pero tus falaces amigos Elifás, Baldad y Sofar, eran más insoportables que ella. Te exhortaban a armarte de paciencia de una manera capaz de impacientar al hombre más pastueño y te endilgaban fastidiosos sermones.

 

Ciertamente, no sabes lo que dices cuando escribes: « ¡Dios mío! ¿soy el mar o soy una ballena para que me hayáis encerrado como en una prisión?» Pero tus amigos no sabían más que tú cuando te contestaron «que el junco no podía reverdecer sin tener humedad, ni la hierba de los prados puede crecer sin agua». Nada hay tan consolador como este axioma.

 

Sofar te reprocha que eres un parlanchín, pero ninguno de tus buenos amigos te presta un escudo. Yo no te hubiera tratado de ese modo. Abundan las personas que dan consejos, pero muy pocas que socorran. No vale la pena tener tres amigos para que no nos den una gota de caldo cuando estamos enfermos. Imagino que cuando Dios te devolvió la salud y la riqueza, esos tres personajes no se atrevieron a presentarse ante ti; por eso los amigos de Job han pasado a ser proverbio.

 

Dios estaba muy descontento de ellos y les dijo, en el capítulo 42, que son fastidiosos e imprudentes. Les condenó a una multa de siete toros y siete carneros por haber dicho tantas necedades; yo los hubiera condenado por no haber socorrido a su amigo.

 

Te ruego me digas si es verdad que viviste ciento cuarenta años después de tus aflicciones. Me gusta saber que los hombres honrados viven mucho tiempo; sin duda, los hombres de hoy son unos grandes bergantes porque tienen la vida muy corta.

 

Con todo, el libro de Job es uno de los más valiosos de la Antigüedad. Es evidente que lo escribió un árabe que vivió antes de la época en que situamos a Moisés dícese en él que Elifás era natural de Theman (antigua ciudad de Arabia;, Baldad era de Suez, y Sofar de Naamath, región de Arabia mucho más oriental.

 

Pero lo que debe notarse, lo que demuestra que esa fábula no la escribió un hebreo, es que se habla de las tres constelaciones que hoy denominamos Osa, Orión e Híades. Los hebreos no tuvieron la menor idea de astronomía, ni siquiera tenían vocablo para expresar esa ciencia; todo lo referente a las artes del espíritu les era desconocido, incluso la palabra geometría. Los árabes, por el contrario, habitaban en tiendas de campaña y se ocupaban continuamente de estudiar los astros, siendo quizás los primeros que regularon sus años observando el cielo.

 

Es de advertir que en este libro sólo se habla de un Dios único. Es un error creer que sólo los judíos reconocieron la existencia de un solo Dios, porque así lo creía casi todo el Oriente y los judíos plagiaron esta creencia como lo plagiaron todo.

 

Dios, en el capítulo 38, habla a Job en medio de un torbellino, que más tarde copió el Génesis. Nunca insistiremos bastante en que los libros judíos no son tan antiguos como se supone. La ignorancia y el fanatismo dicen que el Pentateuco es el libro más antiguo del mundo, pero es innegable que los de Sanchoniathon, los de Thaut, los del primer Zerdust, el Shasta, el Veidam de los hindúes, los cinco Kings de los chinos y el libro de Job, son de más remota antigüedad que ningún libro judío. Está demostrado que ese reducido pueblo no pudo tener anales hasta que constituyó un gobierno estable, lo que no aconteció hasta la época de sus reyes, y que su lengua se fue formando, con el fluir del tiempo de una mezcla de fenicio y árabe. Existen pruebas irrebatibles de que los fenicios cultivaron las letras mucho antes que ellos, que no tenían otras profesiones que el bandolerismo y el corretaje, y sólo fueron escritores por casualidad. Se han perdido los libros de los egipcios, fenicios, chinos, brahmanes y guebros, pero los judíos han conservado los suyos. Esas obras son curiosas, pero son obras de la imaginación humana en las que no puede aprenderse ni una sola verdad física, ni histórica. Cualquier libro elemental de física contemporáneo, es más útil que todos los libros de la Antigüedad.

 

El bueno de Calmet o dom Calmet (porque los benedictinos quieren que les demos ese título), ingenuo compilador de tantas fantasías e imbecilidades, ese hombre cuya simplicidad ha dado pie a que nos riamos de las paparruchas antiguas, relata fielmente las opiniones de quienes pretenden adivinar la enfermedad que padeció Job, como si hubiera sido un personaje real. No titubea en decir que contrajo la sífilis y amontona pasaje sobre pasaje, como tiene por costumbre, para probar lo que no existió. Es de presumir que no leyó la historia de la sífilis que escribió Astruc porque no era padre de la Iglesia, ni doctor en Salamanca, sino médico y sabio, y el bueno de Calmet ni siquiera supo que existía. Los frailes compiladores son unos pobres hombres.

 

JOSÉ. La historia de José, considerándola sólo como cosa curiosa y fabulación literaria, es una de las más preciosas narraciones de la Antigüedad que han llegado hasta nosotros. Parece que es el modelo de los escritores orientales y resulta más conmovedora que la Odisea de Homero, porque un héroe que perdona es más atrayente que el héroe vengativo.

 

Por lo que sabemos, los árabes fueron los primeros autores de esas ingeniosas ficciones que se han transmitido a todas las lenguas, pero no he hallado en ellos ninguna aventura comparable con la de José. Casi todo es maravilloso y su desenlace puede arrancar lágrimas de ternura. José es un joven de dieciséis años al que sus hermanos envidian y lo venden a una caravana de mercaderes ismaelitas, que lo llevan a Egipto, en donde lo compra el eunuco del rey. Este eunuco era casado, lo cual no debe extrañarnos; el Kizlar Aga, eunuco perfecto, tiene hoy un serrallo en Constantinopla: le dejaron los ojos y las manos, y la Naturaleza no por eso perdió sus derechos en su corazón. Otros eunucos, a los que sólo les extirpan los dos acompañamientos del órgano de la generación, todavía pueden emplear ese órgano. Putifar, que compró a José, pudo muy bien pertenecer a esa clase de eunucos.

 

La esposa de Putifar se prendó sensualmente del joven José y éste queriendo ser leal a su señor y bienhechor, rechazó los envites de la mujer apasionada, quien, despechada, le acusó ante su esposo de haberla querido seducir. La historia de la mujer de Putifar es la historia de Hipólito y Fedra, de Belerofonte y Estenobea, de Hebrus y Damasipa, y tantas y tantas otras que todos sabemos.

 

Es difícil averiguar qué historia de esas es la original, pero en la aventura de José y la esposa de Putifar hay un rasgo de suma ingeniosidad. El autor supone que Putifar, indeciso entre creer a su mujer o a José, no consideraba la túnica de éste, que su esposa había desgarrado, como prueba del atentado atribuido al joven. En el dormitorio de la mujer había un niño en la cuna y José dijo que ella le quitó y rompió la túnica en presencia de aquél. Putifar lo preguntó al crío, cuya razón se había anticipado a su edad, y contestó: «Mira si la túnica está rota por delante o detrás. Si está rota por delante es prueba de que José quiso forzar a tu esposa, que se defendía del ataque; si está rota por detrás, es prueba de que tu mujer corría tras de él». Putifar, gracias a la agudeza del niño, reconoció la inocencia de su esclavo. Así nos cuenta esta aventura el Corán, según un antiguo autor árabe. Ese libro omite enterarnos de quién era el niño que tan agudamente intervino; si era hijo de la esposa de Putifar, José no sería el primero de quien se encaprichó dicha mujer.

 

Sea como fuere, según dice el Génesis, metieron en la cárcel a José donde encontró la compañía del copero y del panadero del rey de Egipto. Esos dos prisioneros de Estado soñaron aquella noche. José les explica los sueños y les predice que dentro de tres días el copero recobrará la gracia perdida y el panadero será ahorcado. Y se realizó su predicción.

 

Dos años después sueña también el rey de Egipto y su copero le dice que en la prisión hay un judío que es el primer hombre del mundo en interpretar sueños; el rey le ordena comparecer a su presencia y José le vaticina que llegarán para Egipto siete años de abundancia y siete de esterilidad.

 

Interrumpamos por un momento el hilo de esta historia para fijarnos en la prodigiosa antigüedad que cuenta la interpretación de los sueños. Jacob había visto en sueños una escalera misteriosa en cuyo travesaño final estaba sentado el mismo Dios: un sueño le enseñó el método de multiplicar los ganados, método que sólo a él le salió bien. El mismo José supo por un sueño que llegaría un día a ser más poderoso que sus hermanos. Y Abimelec, mucho antes, supo por un sueño que Sara era la esposa de Abrahán.

 

Volvamos a la historia de José. En cuanto explicó el sueño del faraón, fue nombrado en el acto primer ministro. No es posible encontrar en nuestros días un rey, ni aun en Asia, que concediera semejante cargo a ningún hombre por explicarle un sueño. El faraón dio a José por esposa una hija de Putifar. Dícese que ese Putifar era un sumo sacerdote de Heliópolis; no era, pues, su antiguo dueño el eunuco, o si lo era debía dársele otro título que el de sumo sacerdote y su mujer debía haber sido madre más de una vez.

 

Mientras tanto, llegó el hambre como predijo José, y éste, para seguir mereciendo el favor del rey, obligó a todo el pueblo a que vendiera sus tierras al faraón y la nación quedó esclava por no carecer de trigo; tal es al parecer el origen del poder despótico. Hay que confesar que el rey nunca compró tan barato, pero también cabe sospechar que el pueblo no bendeciría al primer ministro.

 

El padre y los hermanos de José también necesitaron comprar trigo porque «el hambre asolaba entonces toda la tierra». Huelga referir la manera magnánima con que José recibió a sus hermanos, a quienes además de perdonar, enriqueció. Esta historia contiene todos los ingredientes de un poema épico interesante: exposición, enredo, reconocimiento, peripecia y maravilla. Ninguna otra está tan marcada por el genio oriental.

 

Lo que el bueno de Jacob, padre de José, respondió al faraón debe de chocar. «¿Qué edad tenéis?», le preguntó el rey. «Ciento treinta años, y no he gozado de un día feliz en mi corta peregrinación.»

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JUDEA. Nunca he estado en Judea, gracias a Dios, ni iré nunca. Conozco gentes que han venido de allí y todas me dicen lo horrible de la situación de Jerusalén. Todo el territorio circunvecino es pedregoso, sus montañas están peladas, que el famoso río Jordán no tiene más de cuarenta y cinco pies de anchura, que no hay otro cantón bueno más que el de Jericó; en fin, cuantos lo han visto aseguran lo mismo que san Jerónimo, que permaneció mucho tiempo en Belén y pinta esa región como el desecho de la Naturaleza. Dice que en verano ni siquiera se encuentra agua para beber. Con todo, ese país debía parecer a los judíos delicioso si lo comparaban con los desiertos de que eran originarios. Los miserables que dejaran la región de las Landas para ir a establecerse en algunas montañas del Ampurdán elogiarían su nueva morada, y si abrigaban la esperanza de afincarse en el hermoso territorio de Languedoc, lo estimarían como su tierra prometida. Esta es justamente la historia de los judíos. Jericó y Jerusalén son Tolosa y Montpellier, y el desierto de Sinaí es el país que media entre Burdeos y Bayona.

 

Ahora bien, si Dios, que dirigía a los judíos, deseaba darles un buen territorio, si esos desgraciados habitaron efectivamente en Egipto, ¿por qué no los dejó allí? A esta objeción sólo pueden contestar aduciendo frases teológicas. Judea —dicen— era la tierra prometida. Dios dijo a Abrahán: «Os entregaré todo el terreno que hay desde el río de Egipto hasta el Éufrates» (1).

 

(1) Génesis, cap. 15, 18.

 

¡Ay, amigos míos, nunca habéis visitado las riberas fértiles del Éufrates y del Nilo y se han burlado de vosotros! Los dueños del Nilo y del Éufrates fueron sucesivamente vuestros señores porque habéis sido casi siempre esclavos. Prometer y cumplir lo prometido son dos cosas diferentes, mis queridos judíos. Tuvisteis un anciano rabino que al leer las profecías que os prometen una tierra de miel y leche dijo que se os había prometido más manteca que pan.

 

Federico II, al ver aquel detestable país, dijo públicamente que Moisés estuvo mal aconsejado cuando fue allí con su compañía de leprosos: «¿Por qué no iban a establecerse a Nápoles?», exclama Federico. Adiós, mis queridos judíos, siento de veras que vuestra tierra prometida sea una tierra detestable.

 

JUDÍOS. Me comprometí a hacer una descripción imparcial del carácter de los judíos y su historia, deseando, sin tratar de sondear los designios de la Providencia, conocer las costumbres de ese pueblo con el fin de estudiar el origen de los eventos que preparó esa misma Providencia.

 

La nación judía fue la más singular que hubo en el mundo, y aunque sea despreciable para el hombre político es digna de consideración, bajo muchos aspectos, para el estudioso.

 

Los guebros, los banianos y los judíos son los únicos pueblos que viven dispersos y que, sin tener alianza con ninguna nación, se perpetúan entre extranjeros y constituyen un pueblo aparte del resto del mundo. Los guebros fueron antiguamente más importantes que los judíos, ya que eran los restos de los antiguos persas que dominaron a los judíos, pero en la actualidad sólo están diseminados por una parte de Oriente. Los banianos, que descendían de los remotos pueblos de los que Pitágoras sacó su filosofía, sólo existen en las Indias y Persia, pero los judíos están esparcidos por todo el orbe y, si se reunieran, constituirían una nación mucho más poderosa de lo que fue en el corto espacio de tiempo que dominaron en Palestina.

 

Casi todos los pueblos que escribieron la historia del origen de esta nación la han referido por medio de prodigios; todo es fabuloso en ella. Sus profetas siempre les predecían conquistas, y los que efectivamente llegaron a ser conquistadores creyeron a pie juntillas a los profetas que los eventos justificaban. Lo que distingue a los hebreos de otros pueblos es que sus profetas son los únicos verdaderos, de los que no es lícito dudar. Esos profetas, que interpretaban en su sentido literal, les predijeron muchas veces que llegarían a ser dueños del mundo y, sin embargo, nunca poseyeron más que un pequeño rincón de la tierra durante algunos años, y hoy no tienen un villorrio propio. Deben creer y creen, efectivamente, que llegará un día en que sus predicciones se realicen y posean el imperio del mundo.

 

Son los últimos entre los pueblos musulmanes y cristianos y se creen ser los primeros. Su orgullo, contra viento y marea, lo justifican con la razón irrebatible de que son realmente los padres de los cristianos y musulmanes. La religión cristiana y la musulmana reconocen por madres a la judía, y por singular contradicción sienten al mismo tiempo, por su madre, respeto y horror. No nos proponemos aquí repetir el rosario de prodigios que asombran la imaginación y ponen a prueba la fe; sólo vamos a tratar de los hechos puramente históricos, despojados del auxilio celeste y de los milagros que Dios se dignó obrar durante mucho tiempo en favor de dicho pueblo.

 

En Egipto encontramos en un principio una familia compuesta de sesenta personas que produce, en el transcurso de doscientos quince años, una nación que reúne seiscientos mil guerreros, cuyo número, sumado con el de mujeres, ancianos y niños, compone un total de dos millones de almas. No hay ejemplo en el mundo de aumento demográfico tan prodigioso: esa multitud salió de Egipto y permaneció cuarenta años en los desiertos de la Arabia Pétrea, y la población disminuyó mucho en ese país horrible.

 

Los supervivientes de esa nación avanzaron hacia el Norte de los mencionados desiertos. Al parecer, seguían los mismos principios que guiaban después a los pueblos de la Arabia Pétrea y la Arabia Desierta, cuyos principios consistían en la inmisericorde exterminación de los habitantes de las pequeñas localidades cuando se consideraban más fuertes que éstos, reservándose únicamente a las mujeres jóvenes. El afán de aumentar la población fue siempre el objetivo principal de unos y otros. Igual sucedió cuando los árabes conquistaron España; impusieron a todas las provincias tributos de doncellas y todavía en la actualidad los árabes del desierto celebran tratados estipulando que se les han de entregar algunas doncellas y regalos.

 

Los judíos llegaron a un territorio arenisco, erizado de montañas, en el que encontraron algunos burgos cuyos pobladores se llamaban madianitas. Se apoderaron de seiscientos sesenta y cinco mil corderos, sesenta y dos mil bueyes, sesenta y un mil asnos y de treinta y dos mil doncellas de los habitantes de esos burgos. Asesinaron a todos los hombres, mujeres y niños, y las jóvenes y el botín se los repartieron el pueblo y los sacrificadores.

 

Poco después, en el mismo territorio, tomaron la ciudad de Jericó, pero como el vecindario de la ciudad estaba anatematizado los asesinaron a todos, sin perdonar a las doncellas; sólo escapó de la matanza general una ramera llamada Rohab porque les había ayudado a sorprender la ciudad.

 

Algunos sabios han puesto en duda si los judíos sacrificaron hombres a la Divinidad, pero esto no es más que una cuestión de nombre; aquellos que el pueblo condenaba al anatema no los degollaban en el altar con acompañamiento de rito religioso, pero los inmolaban, sin perdonar a uno solo. El Levítico prohíbe terminantemente en el versículo 27 del capítulo 29, indultar a los anatematizados diciendo: es indispensable que mueran. En virtud de esa ley, Jefté sacrificó a su hija, Saúl intentó matar a su hijo y Samuel despedazó al rey Agag. Es indudable que Dios es dueño de la vida de los hombres y no nos compete examinar sus leyes; creamos, pues, esos hechos y respetemos callando los designios de Dios, que los permitió. Hay quienes se preguntan también qué derecho tenían unos extranjeros, como eran los judíos en el país de Canaán, y contestan que el derecho que Dios les había dado.

 

Cuando se apoderaron de Jericó y Lais hubo entre los judíos una guerra civil durante la cual la tribu de Benjamín quedó casi exterminada, quedaron sólo seiscientas almas, pero el pueblo, afligido por la pérdida de población de una de sus tribus, para reparar el mal decidió entrar a sangre y fuego en una localidad de la tribu de Manasé y matar a los hombres, ancianos, niños, mujeres casadas y viudas, dejando con vida a seiscientas doncellas que entregaron a los seiscientos supervivientes de la tribu de Benjamín para repoblarla, con el fin de que estuviera completo el número de las doce tribus.

 

Mientras tanto, los fenicios, nación poderosa que poblaba aquellas costas desde remotísimo tiempo, justamente alarmados por los desmanes y crueldades que cometían los recién llegados los castigaban con frecuencia, y los príncipes que estaban en la vecindad de los judíos se coaligaron para luchar contra éstos, que quedaron reducidos a la servidumbre siete veces en el período de doscientos años.

Al fin resolvieron que los gobernara un rey y le eligieron por suerte, pero ese rey debía ser poco poderoso porque en la primera batalla que a sus órdenes entablaron los judíos contra los filisteos, que eran sus señores, su ejército sólo contaba con una espada y una lanza, y carecía de instrumentos de hierro. David, que fue su segundo rey, realizó grandes conquistas. Se apoderó de la ciudad de Salem, que luego fue célebre y se llamó Jerusalén, y a continuación los judíos empezaron a adquirir importancia en los alrededores de Siria. Su gobierno y su religión revistieron forma más augusta. Hasta entonces no consiguieron tener un templo y todas las naciones circunvecinas lo tenían. Salomón edificó un templo magnífico y reinó cerca de cuarenta años.

 

La época de Salomón fue la más floreciente del pueblo judío, y todos los reyes del mundo juntos no podían ostentar un tesoro igual al que poseía Salomón. Su padre David, cuyo antecesor sólo tenía una espada y una lanza, dejó a Salomón veinticinco mil millones en dinero contante y sonante. Sus flotas, que iban a Ofir, le traían todos los años sesenta y ocho millones de oro puro, sin contar la plata y piedras preciosas. Tenía cuarenta mil caballerizas y otras tantas cocheras para sus carros, doce mil cuadras para su caballería, setecientas mujeres y trescientas concubinas. Sin embargo, carecía de madera y de trabajadores para edificar su palacio y su templo y los contrató a Hirán, rey de Tiro, que hasta le suministraba el oro. Salomón, para pagar a los operarios, entregó a Hirán veinte ciudades. Los comentaristas confiesan que esos hechos necesitan explicación y sospechan que los copistas deben haberse equivocado al transcribir las cantidades.

 

A la muerte de Salomón, las doce tribus que componían la nación se dividieron y el reino quedó desgajado en dos pequeñas provincias: Judá e Israel. Esta constaba de nueve tribus y media y aquélla quedó constituida sólo con las dos y media restantes. Hubo entonces entre ambas provincias un odio recíproco e implacable porque siendo parientes y vecinas profesaban religión diferente, pues en Sichem, que pertenecía a Samaria, adoraban a Baal, mientras que en Jerusalén adoraban a Adonai. En Sichem consagraban dos becerros y en Jerusalén dos querubines, que eran dos animales con alas y dos cabezas que tenían expuestos en el santuario; cada uno de esos dos credos tenía sus reyes, su dios, su culto y sus profetas, y se hacían una guerra cruel.

 

Mientras se enzarzaban en guerra, los reyes de Asiria, que habían conquistado la mayor parte de Asia, se lanzaron sobre los judíos como águila que se arroja sobre dos lagartos que están peleando. Las nueve tribus y media de Samaria y de Sichem fueron desalojadas de allí y quedaron dispersadas para siempre, sin que hayamos podido averiguar en qué lugar estuvieron esclavas.

 

Veinte leguas separas Samaria de Jerusalén, aunque sus territorios estaban juntos, por lo que aplastada una de esas dos ciudades por la fuerza de los conquistadores la otra tenía que sucumbir en seguida. Por eso Jerusalén fue muchas veces saqueada, tributaria de los reyes Hazael y Razin, esclava de Teglatfael‑asser, tres veces tomada por Nabucodonosor y, al fin, destruida. Sedecías, que la gobernaba, cayó en poder de dicho conquistador y lo llevó cautivo a Babilonia, así como a todo el pueblo que regía, de modo que de judíos sólo quedaron en Palestina algunas familias de esclavos campesinos para que cultivaran las tierras. En cuanto a la región de Samaria y de Sichem como era más fértil que la de Jerusalén, la repoblaron colonias extranjeras que enviaron allí los reyes asirios y tomaron el nombre de samaritanos.

 

Los dos tribus y media que estuvieron esclavas en Babilonia y en las ciudades inmediatas durante setenta años tuvieron tiempo suficiente para aprender los usos y costumbres de sus dueños y enriquecieron su lengua tomando muchas palabras de los caldeos. Desde entonces, los judíos sólo conocieron el alfabeto y los caracteres de la lengua caldea y olvidaron el dialecto hebreo, esto es indudable. El historiador Josefo dice que empezó a escribir en caldeo, que es la lengua de su país. Los judíos casi nada aprendieron de la ciencia de los magos, porque se dedicaron casi exclusivamente a comisionistas, cambistas y ropavejeros; de este modo, se hicieron necesarios y consiguieron enriquecerse.

 

Los capitales amasados les facilitaron conseguir durante el reinado de Ciro permiso para reedificar Jerusalén, mas para ello era preciso regresar a su patria y quienes se habían enriquecido en Babilonia no quisieron dejar tan hermoso país para habitar en la misérrima Palestina ni perder de vista las riberas fértiles del Éufrates y del Tigris para afincarse en las del torrente de Cedrón. Sólo volvió a su patria con Zorobabel la parte más vil de la nación. Los judíos que quedaron en Babilonia contribuyeron con sus limosnas a reedificar la ciudad y el templo, y aun así la colecta no ascendió a gran cantidad. Esdras refiere que sólo pudieron reunir setenta mil escudos para reedificar el templo, que había de ser el primer templo del universo.

 

Los judíos continuaron siendo vasallos de los persas; también lo fueron de Alejandro, y cuando este gran hombre empezó en los primeros años de sus victorias a proteger Alejandría y convertirla en el centro del comercio del mundo, multitud de judíos fueron allí para dedicarse al oficio de corredores y sus rabinos para aprender algunas nociones de las ciencias de los griegos. La lengua griega fue necesaria desde entonces para los judíos que se dedicaban al comercio.

 

A la muerte de Alejandro, los judíos quedaron sometidos a los reyes de Siria, en Jerusalén, y a los reyes de Egipto, en Alejandría, y cuando esos reyes combatían ese pueblo sufría la misma suerte de todos los vasallos y quedaba bajo el dominio de los vencedores.

 

Desde su cautividad en Babilonia, ya no tuvo Jerusalén gobernadores que ostentaran el título de reyes. Los pontífices desempeñaban la administración interior y eran nombrados por sus señores, algunas veces compraban muy cara esa dignidad, igual que el patriarca griego de Constantinopla compra la suya.

 

En la época de Antíoco Epifanio, los judíos se sublevaron y vieron su ciudad saqueada otra vez y las murallas demolidas. Tras una serie de desastres similares a éste, unos cien años antes de nuestra era, consiguieron por primera vez permiso para acuñar moneda: Antíoco Sidetes les concedió este privilegio. Por aquel entonces tuvieron jefes que adoptaron el nombre de reyes y que incluso ciñeron corona. Antígono fue el primero que usó ese atributo, que nada significa careciendo de poder.

 

Mientras tanto, los romanos empezaron a hacerse temibles para los reyes de Siria, señores de los judíos, y éstos se las ingeniaron para poner de su parte al Senado de Roma prestándole sumisión y colmándolo de presentes. Las guerras que promovieron los romanos en Asia Menor parecían motivadas para que dejaran respirar a ese desgraciado pueblo, pero apenas Jerusalén vislumbró cierta libertad la postraron y desgarraron las guerras civiles durante el gobierno de aquellos fantasmas de reyes, y fue más digna de compasión que cuando gemía en su larga serie de esclavitudes. En sus desavenencias y luchas intestinas eligieron por jueces a los romanos.

 

La mayoría de los reinos de Asia Menor, Africa septentrional y de las tres cuartas partes de Europa, reconocían ya a los romanos como árbitros y señores. Pompeyo fue a Siria a juzgar las naciones y deponer a muchos déspotas. Engañado por Aristóbulo, que disputaba la corona de Jerusalén, se vengó de él y su partido tomando la ciudad, haciendo crucificar a muchos sediciosos, tanto sacerdotes como fariseos, y después sentenció a Aristóbulo, rey de los judíos, a la pena capital.

 

Los judíos, siempre desventurados y esclavos, pero sublevándose siempre, atrajeron contra ellos los ejércitos romanos. Craso y Casio los castigaron, y Metelo Scipión mandó crucificar a un hijo del rey Aristóbulo, llamado Alejandro, instigador de varias rebeliones.

 

En la época del gran César permanecieron sometidos y tranquilos. Herodes, famoso entre ellos y nosotros, que durante mucho tiempo asumió el cargo de tetrarca, consiguió que Marco Antonio le ciñera la corona de Judea, que pagó espléndidamente. Pero Jerusalén se negó a reconocer al nuevo rey porque descendía de Esaú, no de Jacob, y era idumeo, pero precisamente por ser extranjero le nombraron los romanos para el cargo y así sujetar mejor la brida de ese pueblo. Los romanos ayudaron a Herodes enviándole un ejército, y Jerusalén fue tomada otra vez por asalto y saqueada.

 

Protegido luego por Augusto, Herodes llegó a ser el más poderoso príncipe entre los reyezuelos de Arabia. Restauró Jerusalén y reedificó la fortaleza que rodeaba el templo que idolatraban los judíos, cuyo templo empezó a reconstruir pero no terminó porque le faltaron trabajadores y dinero. Ello prueba que Herodes no era rico y que los judíos, aun idolatrando tanto a su templo, preferían su dinero contante.

 

La denominación de rey sólo era un título honorífico que otorgaban los romanos, no era un título de sucesión. A la muerte de Herodes gobernó Judea como provincia romana subalterna el procónsul de Siria, aunque a veces los romanos concedían el título de rey a un judío o a un extranjero previo el pago de una gran suma, como se concedió al judío Agripa en tiempos del emperador Claudio.

 

Agripa tuvo una hija llamada Berenice, célebre porque la amó uno de los mayores emperadores que dominaron Roma. Ofendida Berenice por las injusticias que le hicieron sus compatriotas, atrajo sobre Jerusalén la venganza de los romanos. Pidió que le hicieran justicia y las facciones de la ciudad se negaron. El espíritu sedicioso de ese pueblo le indujo a cometer nuevos excesos: su carácter fue cruel en todas las épocas, y su sino fue siempre el ser castigado.

 

Vespasiano y Tito pusieron memorable sitio a Jerusalén que terminó con su destrucción. El hiperbólico Flavio Josefo refiere que en tan corta guerra mataron a más de un millón de judíos. No debe extrañarnos que un autor que afirma que había quince mil hombres en cada aldea, mate en una guerra un millón. Los judíos supervivientes fueron expuestos en los mercados públicos y cada uno vendido, poco más o menos, por el mismo precio que el animal inmundo que ese pueblo tiene prohibido comer.

 

A pesar de esta última dispersión esperaban todavía encontrar un libertador, y durante el reinado de Adriano, que maldecían en sus rezos, apareció Barcochebas, que alardeaba de ser un nuevo Moisés, un Cristo. Consiguió alistar a muchísimos infortunados en sus banderas, que consideraban sagradas, pero en la lucha murieron él y todos sus secuaces.

 

Fue el último golpe que recibió dicha nación, que quedó anonadada. Los judíos han considerado siempre los niños y el dinero como sus dos grandes deberes.

 

De esta compendiada historia se desprende que los hebreos vagaron casi siempre errantes y fueron bandidos, esclavos o sediciosos; hoy todavía viven vagabundos por la tierra, profesan horror a los hombres y aseguran que éstos, el cielo y la tierra, fueron creados para ellos solos.

 

Por el estudio de la situación de Judea y el genio de ese pueblo se comprende que debía ser siempre subyugado. Le rodeaban naciones tan poderosas como belicosas, a las que tenía aversión, por lo que ni éstas podían protegerlo, ni él podía aliarse con ellas. Era imposible que le protegiera la marina porque perdió muy pronto el puerto que poseyó en el mar Rojo en la época de Salomón, y hasta el mismo Salomón recabó la ayuda de los tirios tanto para construir sus barcos como para edificar su palacio y el templo. Nunca tuvieron cuerpos de ejército permanentes, como los asirios, medas, persas, sirios y romanos. Los artesanos y labradores tomaban las armas cuando era necesario y, en consecuencia, no podían ser soldados aguerridos. Sus montañas, o mejor dicho, sus peñascos, no tenían suficiente altura, ni estaban bastante cercanos para defender la entrada de su territorio. La parte más numerosa de la nación, trasladada a Babilonia, Persia y la India, o establecida en Alejandría, estaba demasiado ocupada en el comercio y el corretaje para pensar en la guerra. Su gobierno civil, fuese republicano, pontifical o monárquico, sumido con frecuencia en la anarquía, no era mejor que su disciplina militar.

 

Si me preguntáis cuál era la filosofía de los hebreos os responderé con muy pocas palabras: no conocían la filosofía. Incluso su mismo legislador no habla en ninguna parte de la inmortalidad del alma ni de las recompensas de la otra vida. Flavio Josefo y Filón afirman que las almas son materiales; sus doctores creen que los ángeles son corpóreos y durante su permanencia en Babilonia les dieron los nombres que tenían en Caldea: Miguel, Gabriel, Rafael y Urías. El vocablo catán es babilónico y designa el Arimanes de Zoroastro. El nombre de Asmodeo también es caldeo, y Tobías, que vivía en Nínive, fue el primero en usarlo. El dogma de la inmortalidad del alma sólo cobró cuerpo entre los fariseos con el transcurso del tiempo. Los saduceos le negaron siempre la espiritualidad e inmortalidad y negaron también la existencia de los ángeles. No obstante, los saduceos trataron siempre con los fariseos y hasta tuvieron soberanos pontífices de su secta. Es más, la gran diferencia de opiniones de ambos partidos no causó la menor perturbación. Los judíos se atenían escrupulosamente, en los últimos tiempos de su estancia en Jerusalén, a sus ceremonias legales. El que comía morcilla o conejos era apedreado, pero quien negaba la inmortalidad del alma podía ser sumo sacerdote.

 

Es creencia general que el horror que sentían los judíos hacia las otras naciones provenía del horror que les inspiraba la idolatría, pero es más verosímil suponer que la manera con que al principio exterminaron algunas poblaciones de Canaán y el odio de las naciones vecinas fueron el motivo de la aversión que les tenían. Como no conocían más que a ]os pueblos inmediatos, aborreciéndolos, se figuraban que aborrecían a todos los habitantes del mundo y se acostumbraron así a ser enemigos de los hombres.

 

Buena prueba de que la idolatría de las naciones no fue la causa de su odio es que en la historia de los judíos encontramos que fueron idólatras con frecuencia. El mismo Salomón hacía sacrificios a los dioses foráneos. Después de su reinado, no hay casi ningún rey de la provincia de Judá que no permita el culto a los dioses extranjeros y no les ofrezca incienso. La provincia de Israel conservó sus dos becerros y sus bosques sagrados para adorar otras divinidades.

 

Además, no está comprobada aún la idolatría que se atribuye a varias naciones, y puede que no sea difícil lavar esa mancha de la teología antigua. Todas las naciones cultas conocieron la idea de un Dios Supremo, señor de los dioses subalternos y de los hombres. Los egipcios reconocieron un primer principio, que llamaron Knef, al que se subordinaba todo lo demás. Los antiguos persas adoraban el principio del bien, que llamaron Oromase, y no hacían sacrificios al principio del mal, llamado Arimane, que consideraban poco más o menos como nosotros consideramos al demonio. Los guebros conservan todavía el don más sagrado de la unicidad de Dios. Los antiguos brahmanes reconocían un solo Ser Supremo, y los chinos no asociaban ningún ser subalterno a la Divinidad ni tuvieron ídolos hasta que el culto a Fo y las supersticiones de los bonzos sedujeron al populacho. Los griegos y romanos, a pesar de rendir culto a múltiples dioses, reconocían a Zeus o Júpiter como soberano absoluto del cielo y la tierra. Homero, extraviado en las más absurdas ficciones de la poesía, reconoce también esta verdad y siempre representa a Júpiter como el único dios omnipotente que envía el bien y el mal al mundo, quien con un movimiento de cejas hace temblar a los hombres y a los dioses. Y si bien erigían altares y hacían sacrificios a los dioses subalternos, no hay un solo monumento de la Antigüedad en que la denominación de soberano del cielo se aplique a un dios secundario, sea Mercurio, Apolo o Marte. El rayo fue siempre el atributo del Dios Supremo.

 

La idea de un Ser Soberano, de su Providencia y de sus decretos eternos se encuentra en todos los filósofos y poetas. Tal vez sea tan injusto creer que los antiguos igualasen a los héroes, genios y dioses inferiores con el llamado padre y señor de los dioses, como ridículo creer que nosotros igualamos a Dios con los santos y los ángeles.

 

Me preguntáis también si los antiguos filósofos y los legisladores copiaron a los judíos, o viceversa. Acerca de esto debemos atenernos a lo que dice Filón. Confiesa que antes de la traducción de los Setenta, los extranjeros no conocían los libros de su país. Además, las grandes naciones no pueden sacar sus conocimientos y leyes de un pueblo ignorante, oscuro y esclavo. Los hebreos carecían aún de libros en la época de Osías, y durante su reinado se halló casualmente el único ejemplar de la ley que existía. Ese pueblo, desde que estuvo cautivo en Babilonia, no conoció más alfabeto que el caldeo, ni se distinguió en ningún arte, ni en ninguna clase de artesanía, y hasta la época de Salomón se vio obligado a pagar a elevado precio trabajadores foráneos. Decir que los egipcios, persas y griegos aprendieron de los indios, equivale a decir que los romanos aprendieron las artes de los incivilizados bretones. Los judíos no fueron nunca físicos, geómetras, ni astrónomos, ni tenían escuelas públicas para instruir a la juventud. Los pueblos del Perú y México regulaban mejor que ellos los años. Su larga permanencia en Babilonia y Alejandría, durante la que pudieron instruirse, no hizo aprender al pueblo más que el arte de la usura. Nunca supieron acuñar moneda y apenas pudieron aprovecharse de este privilegio durante unos cinco años, a pesar de que todavía algunos afirmen que su moneda se acuñó en Samaria. Por eso las medallas judías son tan raras y. casi todas falsas. En resumen, estudiando a los judíos os convenceréis de que sólo pudieron constituir un pueblo ignorante y bárbaro, proclive a la más sórdida avaricia, a la más detestable superstición y al más irrefrenable odio hacia los demás pueblos que los toleraban y enriquecían.

 

Sobre la ley de los judíos. Dicha ley debe parecer a las naciones civilizadas tan inconcebible como su conducta, y si no fuera divina cabría considerarla como dictada para salvajes que empiezan a agruparse para constituir un pueblo. Pero siendo divina no alcanzamos a comprender por qué no ha subsistido siempre, lo mismo para ellos que para todos los hombres.

 

Siempre nos ha dejado perplejos que esa ley titulada Levítico y Deuteronomio ni siquiera insinúe el dogma de la inmortalidad del alma.

 

La ley judía prohíbe comer anguilas porque no tienen escamas, y liebres porque rumían y no tienen el pie hendido. Es innegable que los judíos tendrían liebres que serían distintas de las nuestras, porque las nuestras tienen el pie hendido y no rumían. Para ellos, el grifo es inmundo y las aves de cuatro pies también, pero estos animales son fabulosos. Quien tocaba un ratón o un topo era impuro. La ley judía prohíbe que las mujeres se apareen con caballos y asnos por tanto, para imponer esa prohibición era preciso que las mujeres judías se hubieran dedicado a semejantes tejemanejes. Se prohíbe a los hombres ofrecer el esperma a Moloch, y para que no crean que es una metáfora, la ley repite que se refiere al semen del varón. El texto llama a esta ofrenda fornicación. Respecto a este punto es curioso el libro sagrado: al parecer, en los desiertos de Arabia era costumbre ofrecer a los dioses ese singular presente, como en Conchín y otras regiones de la India lo es, según nos aseguran, que las doncellas entreguen su virginidad a un Príapo de hierro en el templo. Esas costumbres prueban que el género humano es capaz de todo. Los cafres que se extirpan un testículo ofrecen un ejemplo todavía más ridículo del fanatismo de la superstición.

 

Y más extravagante es la ley judía que trata de la prueba del adulterio. La mujer que acusa al marido de tal delito comparece ante los jueces y le dan a beber el agua de los celos mezclada con absintio y polvo: si es inocente, esa agua la hace más hermosa y fecunda; si es culpable, los ojos le saltan de las órbitas, se le hincha el vientre y revienta en presencia del Señor.

 

Por lo demás, es muy difícil averiguar en qué época se redactaron esas leyes llegadas hasta nosotros, pero basta saber que son antiquísimas para conocer que las costumbres de entonces eran groseras y feroces.

 

De la dispersión de los judíos. Hay quienes suponen que se profetizó su dispersión como castigo al negarse a reconocer que Jesucristo era el Mesías, olvidando que los judíos estaban ya dispersos por todo el mundo conocido mucho antes de la encarnación de Jesucristo. Los libros que nos quedan de ese pueblo singular no mencionan el regreso de las diez tribus que Toglathalasar y Salmanasar condujeron más allá del Éufrates hasta cerca de seis siglos después. Ciro hizo volver a Jerusalén las tribus de Judá y de Benjamín que Nabucodonosor había diseminado por las provincias de su imperio. Los Hechos de los Apóstoles dicen que cincuenta y tres días después de la muerte de Jesucristo se reunieron allí judíos de todas las naciones para celebrar en Jerusalén la fiesta de la Pascua de Pentecostés. Santiago escribió a las doce tribus dispersas, y Flavio Josefo, lo mismo que Filón, dicen que existían gran número de judíos en todo Oriente.

 

Cuando se reflexiona en la matanza de judíos que se produjo durante el reinado de algunos emperadores romanos y en la carnicería que hicieron de ellos todas las naciones cristianas, nos admira no sólo que ese pueblo subsista todavía, sino que sea más numeroso que en sus tiempos más remotos. Su aumento lo atribuyen algunos a que está exento del servicio militar, su ardoroso deseo por el matrimonio, su ley de divorcio, su género de vida sobria y comedida, sus abstinencias, su trabajo y a SUS ejercicios.

 

Es digna de notarse la sumisión constante que los judíos otorgan a la ley mosaica, sobre todo si recordamos sus frecuentes apostasías, cuando les gobernaban reyes o jueces. El judaísmo es ahora la religión del mundo que cuenta menos apóstatas, y acaso se deba a las persecuciones que sufrió. Sus fieles, que son mártires perpetuos de su creencia, creen ciegamente profesar la verdadera doctrina, y nos consideran a nosotros como judíos rebeldes que han modificado la ley de Dios y castigamos a quienes la han recibido de sus manos.

 

Mientras Jerusalén y su templo subsistieron, los judíos fueron expulsados de su patria varias veces, pero lo fueron con más frecuencia por el fanatismo ciego de todos los países donde residieron en cuanto se extendió el cristianismo y el mahometanismo. Por eso comparan su religión a una madre que tiene dos hijas, una cristiana y otra mahometana, que le han dado muchas aflicciones, pero que aunque le hayan maltratado tiene siempre un verdadero placer en recordar que las dio a luz. Se sirve de una y otra para abarcar el universo y en su vejez venerable consigue abarcar todos los tiempos.

 

No alcanzo a comprender que los cristianos crean realizar las profecías persiguiendo a los judíos que las transmitieron. Ya hemos visto que la Inquisición hizo desterrar a los judíos de España. Reducidos a recorrer muchas tierras y mares para ganarse la vida y prohibiéndoles en todas partes poseer bienes raíces y obtener empleos, se vieron obligados a dispersarse por muchos sitios y no poder afincarse en ninguna región, faltos de apoyo y poder para conseguirlo. Tuvieron que dedicarse al comercio, profesión que desdeñaban casi todos los pueblos de Europa, como único recurso en los tiempos bárbaros, y como necesariamente el comercio tenía que enriquecerles, los trataron de infames usureros. Los reyes, no pudiendo sacar dinero de las bolsas ya vacías de sus súbditos, para apoderarse del de los judíos les hicieron sufrir en el potro porque no los consideraban como ciudadanos. Lo ocurrido en Inglaterra puede dar una idea de las vejaciones que sufrirían en los demás países. El rey Juan, necesitando fondos, encarceló a los judíos ricos de su reino, y uno de ellos, a quien arrancaron siete dientes, uno tras otro, para que aflojara la bolsa, entregó mil marcos de plata cuando le arrancaron el octavo. Enrique III sacó a Aarón, judío establecido en York, catorce mil marcos de plata para él y diez mil para la reina.

 

En Francia, que encarcelaban a los judíos, les robaban, los vendían, los acusaban de ejercer la magia, de sacrificar niños y de envenenar las fuentes, les expulsaban del reino y luego los dejaban volver pagando, y hasta en las épocas que les toleraban residir les obligaban a llevar distintivos infamantes para diferenciarlos de los demás habitantes. Y mientras en otros países los quemaban en la hoguera para hacerles abrazar el cristianismo, en Francia confiscaban los bienes de los judíos que se hacían cristianos. Carlos VI, por medio de un edicto que publicó en Rasville el 4 de abril de 1392, derogó esta costumbre tiránica que, según el benedictino Mabillón, se introdujo por estas dos razones: a) para probar el cristianismo de los recién convertidos, ya que era común entre los judíos fingir que se sometían al Evangelio por algún interés temporal sin cambiar realmente al credo, y b) porque como la mayor parte de sus bienes provenían de la usura, la pureza de la moral cristiana exigía que hicieran general restitución, lo que se conseguía confiscándoles los bienes.