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J

JAPÓN. No me propongo averiguar si el archipiélago japonés es mayor que Inglaterra, Escocia, Irlanda y las Orcadas juntas, si el emperador del Japón es más poderoso que el de Alemania, ni si los bonzos japoneses son más ricos que los frailes españoles.

 

Confesaré sin titubear que a pesar de estar relegados a los extremos de Occidente estamos dotados de más genio que ellos, que se ven favorecidos por el sol de Levante. Nuestras tragedias y nuestras comedias son mejores y hemos adelantado más que ellos en astronomía, matemáticas, pintura, escultura y en música. Además, carecen de vinos que equivalgan al borgoña y champaña.

 

¿Por qué hemos solicitado durante tanto tiempo permiso para visitar ese país y ningún japonés deseó nunca emprender viaje a los nuestros? Hemos visitado Meaco, la tierra de Yeso y California, e incluso iríamos a visitar la luna con Astolfo si pudiéramos disponer de un hipogrifo. Ello, ¿es en nosotros curiosidad o inquietud? ¿Es una necesidad real?

 

Desde que los navegantes europeos doblaron el cabo de Buena Esperanza, la propaganda de los países cristianos se jactó de subyugar todos los pueblos vecinos de los mares orientales y de convertirlos. Desde entonces sólo se hizo el comercio en Asia con la espada en la mano y cada nación de Occidente envió allí, sucesivamente, comerciantes, soldados y sacerdotes.

 

Deberían grabarse en las puertas de nuestros conventos las memorables palabras que pronunció el emperador Yong Thing, cuando expulsó de su imperio a los misioneros jesuitas: «¿Qué diríais de nosotros si pretextando ejercer el comercio en vuestras regiones predicáramos a vuestros pueblos que su religión era falsa y debían abrazar la nuestra?» Esto es, sin embargo, lo que la Iglesia católica hizo en todo el mundo y esa manera de proceder le costó muy caro en el Japón, pues faltó muy poco para quedar enterrada en las olas de la propia sangre. Había en las islas del Japón doce religiones distintas que vivían juntas tranquilamente. Los misioneros que arribaron de Portugal solicitaron fundar la religión decimotercera y se lo concedieron, diciéndoles que nada les importaba tener una religión más. No tardaron en establecerse en dicho país frailes que usaron el título de obispos. Una vez admitida la religión de éstos, se empeñaron en que fuera la única del país.

 

Uno de esos obispos se encontró, en un camino, un consejero de Estado que le disputó el paso: aquél sostuvo que perteneciendo al primer orden del Estado y el consejero al segundo, éste debía darle preferencia. Esa cuestión levantó mucho revuelo. Como los japoneses son más orgullosos que indulgentes, expulsaron de su país al fraile obispo y a otros cristianos en 1586. Poco después, proscribieron la religión cristiana. Los misioneros, humillándose, pidieron perdón; los perdonaron y ellos siguieron abusando.

 

En 1637, los holandeses se apoderaron de un barco español que navegaba desde el Japón a Lisboa y encontraron a bordo varias cartas de Moro, cónsul de España en Nagasaki. Estas cartas contenían el plan de una conspiración que fraguaban los cristianos del Japón para apoderarse del país, indicando en ellas el número de barcos que debían ir de Europa y Asia a auxiliar la conspiración. Los holandeses entregaron estas cartas al gobierno japonés, prendieron a Moro, le obligaron a que reconociera su letra y lo sentenciaron jurídicamente a ser quemado. Todos los neófitos jesuitas y dominicos empuñaron las armas en número de treinta mil y hubo una guerra civil espantosa en la que murieron todos los cristianos.

 

Los holandeses, en recompensa del servicio prestado al país fueron los únicos que obtuvieron la libertad de comerciar con el Japón, a condición de no practicar ningún culto cristiano; así lo prometieron y han cumplido su palabra.

 

Séame permitido preguntar a los misioneros qué ganancia les proporcionó el fanatismo que, después de exterminar a muchos pueblos de América, les impulsó a hacer lo mismo en la extremidad de Oriente, para la mayor gloria de Dios. De ser posible que desencadenaran las furias del infierno para venir a producir estragos en el mundo, ¿obrarían de otro modo? ¿Es así como se manifiesta la caridad cristiana? ¿Es este el camino que conduce a la vida eterna? Lectores, añadid este suceso a otros muchos: meditadlos y juzgad.

 

JEFTÉ o LOS SACRIFICIOS DE SANGRE HUMANA. Según el texto del Libro de los Jueces, es evidente que Jefté prometió sacrificar a la primera persona que saldría de su casa para felicitarle por haber conseguido la victoria contra los amonitas. Su hija única acudió la primera de todas y él desgarró de dolor sus vestidos, pero la inmoló después de permitirle ir a llorar a las montañas la desdicha de morir virgen. Las muchachas judías conmemoraron durante mucho tiempo esta aventura, llorando en memoria de la hija de Jefté por espacio de cuatro días.

 

Sea cual fuere la época en que fue escrita esta historia, que esté o no imitada de las historias griegas de Agamenón y de Idomeneo o sea su modelo, y tanto si es anterior o posterior a la de semejantes relatos asirios, todo ello no es cuestión que examine, sino que me atengo al texto: Jefté entregó su hija en holocausto y cumplió su voto.

 

Estaba expresamente ordenado por la ley judía inmolar a los seres humanos consagrados por voto al Señor: «Todo hombre consagrado no será en modo alguno perdonado, sino condenado a muerte sin remisión». La Vulgata nos lo reitera de este modo: Non redimetur, sed morte morietur (Levítico, XXVII, 29).

 

En virtud de esta ley Samuel cortó en pedazos al rey Agag, a quien Saúl había perdonado, y precisamente por haber perdonado a Agag, fue reprobado por el Señor y perdió su reino.

 

He aquí, pues, claramente establecidos los sacrificios de sangre humana; no hay ningún punto de la historia mejor comprobado. Se puede formular juicio sobre una nación gracias a sus archivos y por lo que ella refiere de Si misma.

 

JENOFONTE (La retirada de los diez mil). Aunque Jenofonte no tuviera otro mérito que haber sido amigo del mártir Sócrates, merecería nuestra atención. Pero fue guerrero, filósofo, poeta, historiador y agricultor, y de trato amable en sociedad. Ahora bien, ¿por qué este hombre libre acaudilló un ejército griego a sueldo del joven Cosrou, al que los griegos llaman Ciro? Este era hermano segundo y vasallo del emperador de Persia, Artajerjes, de quien se dice que nunca olvidaba las injurias. Ciro intentó asesinar a su hermano en el templo donde celebraba la ceremonia de su consagración (los reyes de Persia fueron los primeros que se consagraron), pero Artajerjes no sólo perdonó a su infame hermano, sino que tuvo la flaqueza de dejarle el gobierno absoluto de gran parte de Asia Menor, heredada de su padre y del que merecía que Artajerjes le hubiera despojado.

 

En agradecimiento a tan extraordinaria clemencia, Ciro, desde el país que gobernaba, se alzó contra su hermano añadiendo un segundo crimen al primero. Proclamó en su manifiesto «que era más digno del trono de Persia que su hermano por ser mago y beber más vino que él».

 

Entonces, tomó a sueldo trece mil griegos entre los que se encontraba el joven Jenofonte, que a la sazón era un aventurero más. Cada soldado tuvo al principio una dórica cada mes, equivalente a una guinea o un luis de oro de los tiempos modernos, como acertadamente dice Jancourt, y no a diez francos, como asegura Rollin.

 

Cuando Ciro les propuso emprender la marcha con los demás soldados. para batir a su hermano que estaba cerca del Éufrates, le exigieron que les pagara dórica y media y así lo hizo. Cobraron, pues, treinta y seis libras cada mes y fue la mayor paga que se dio en aquellos tiempos. Los soldados de César y Pompeyo sólo cobraban veinte sueldos cada día, durante la guerra civil. Además de ese sueldo exorbitante, se hacían pagar cuatro meses por anticipado. Ciro les suministraba cuatrocientos carros cargados de harina y vino.

 

Los griegos eran entonces lo que hoy son los helvecios, que alquilan sus servicios y su valor a los soberanos de las cercanías, pero por una paga inferior a la que recibían los griegos. Dígase lo que se quiera, es evidente que no entraba en sus cálculos averiguar si era o no justa la guerra por la que combatían; se daban por satisfechos con que Ciro les pagara bien. Los lacedemonios constituían el grueso de las tropas de dicho caudillo, que de este modo violaban los solemnes tratados concertados con el rey de Persia. ¿Qué se hizo de la antigua aversión con que los espartanos miraron el oro y la plata? ¿Dónde está el antiguo respeto a los tratados? Un espartano, Clearco, era quien mandaba el cuerpo principal de aquellos bravos mercenarios.

 

Son incomprensibles, para mí, las operaciones de guerra de Artajerjes y Ciro. No entiendo por qué el primero, que se presenta ante el enemigo con doscientos mil combatientes, empieza por establecer un frente de doce leguas entre Ciro y él; tampoco comprendo el orden de batalla, ni menos todavía cómo Ciro, al frente sólo de seiscientos jinetes, atacara durante el combate a los seis mil soldados de a caballo del emperador, a los que protegía un ingente ejército. Pero al fin murió a manos de su hermano Artajerjes, que sin duda había bebido menos vivo que el ingrato rebelde y se batió con más serenidad que éste. Sabido es que se alzó con la victoria a pesar del valor y la resistencia que le opusieron trece mil griegos, a los que Artajerjes intimó que se rindieran y le contestaron que sólo lo harían si él, como emperador, los tomaba a su servicio. Les era indiferente defender una causa u otra con tal de que cobraran. Eran, pues, mercenarios a sueldo.

 

Mercenarios de este jaez, además de Suiza, los hay en algunas provincias de Alemania. Si pagan, les importa una higa a esos buenos cristianos matar ingleses, franceses u holandeses, o morir a manos de éstos o aquéllos.

 

Artajerjes creía a pies juntillas que los susodichos griegos eran cómplices de la sublevación de su hermano y estaba en la verdad. Le hicieron traición y él los engañó, al decir de Jenofonte: después que uno de los capitanes del emperador les prometió en su nombre dejarles libre la retirada y suministrarles víveres, después que Clearco y otros cinco jefes griegos se pusieron en sus manos para organizar la marcha, mandó que los decapitaran e hizo degollar a los griegos que les acompañaron a la entrevista. Este suceso verídico prueba que el maquiavelismo no es nuevo en el mundo. Ahora bien, ¿es cierto que Artajerjes prometió perdonar a los jefes mercenarios que se vendieron a su hermano? ¿No era lícito castigar a los que creyó culpables?

 

Y aquí empieza la famosa retirada de los diez mil. La retirada me es tan incomprensible como la batalla. El emperador, antes de que decapitaran a los seis generales griegos y a su acompañamiento, juró permitir que regresara a Grecia el ejército mercenario, reducido a diez mil hombres. La batalla se libró en el camino del Éufrates; por tanto, era necesario que regresaran por la Mesopotamia occidental, Siria, Asia Menor y Jonia. Pero no lo hicieron así; les obligaron a pasar por Oriente, vadeando el Tigris con barcas que les proporcionaron y remontando a continuación el camino de Armenia. Si alguien comprende esta marcha, en que daban las espaldas a Grecia, me hará un señalado favor explicándomela.

 

No podemos soslayar este dilema: o los griegos eligieron el camino que habían de seguir, y en este caso no sabían dónde iban ni qué querían, o Artajerjes les hizo emprender esa ruta contra su voluntad (que es lo más probable) y en este caso, ¿por qué no los exterminó? Sólo cabe explicarnos esta dificultad conjeturando que el emperador persa sólo se vengó de ellos a medias, dándose por satisfecho con castigar a los principales jefes mercenarios que habían vendido a Ciro sus tropas griegas; que habiendo dado su palabra de honor a los soldados fugitivos le pareció vergonzoso violarla, que estando seguro que los griegos restantes morirían una tercera parte en el camino abandonaba a su mala suerte a aquellos desdichados. No veo otro medio de esclarecer un poco las oscuridades que envuelven la famosa retirada.

 

Si nos sorprende la retirada de los diez mil, más debe sorprendernos que Artajerjes, vencedor al frente de doscientos mil hombres, dejara marchar por el norte de sus vastos estados a diez mil fugitivos, que podía aniquilar en cualquier localidad, al pasar un río o un desfiladero o dejar que murieran de hambre y miseria. Sin embargo, proporcionó siete barcazas para que vadearan el Tigris, como si tuviera la intención de conducirlos a la India. Desde allí les concede una escolta que los lleva hacia el Norte durante días, al desierto que hoy se llama Bagdad. Luego pasan el río Zabate y allí reciben la orden del emperador de castigar a los jefes. Claro es que pudieron exterminar a los diez mil, al igual que castigaron a sus jefes; luego, es verosímil suponer que no quisieron. Por lo tanto, debemos creer que los griegos se vieron allí como viajeros perdidos, a quienes la bondad del emperador permite terminar el viaje como les sea posible.

 

Hemos de hacer un reparo que parece poco honroso para el gobierno persa. Era imposible que los griegos no chocaran continuamente, a causa de los víveres, con los pueblos por donde pasaban. Muertes, saqueos y devastaciones suelen ser la consecuencia inevitable de semejantes choques, y prueba de ello es que en un camino de seiscientas leguas, por el que los griegos iban a la ventura, sin escolta ni ser perseguidos, perdieron cuatro mil hombres, que mataron los campesinos o las enfermedades. ¿Por qué Artajerjes no les dio escolta después de pasar el río Zabate, como les dio desde el campo de batalla hasta dicho río? ¿Cómo es que un monarca tan bondadoso y prudente cometió tan garrafal falta? Puede que dictara esa orden o que Jenofonte, que es algo grandilocuente, omita decirlo para no disminuir la importancia de la maravillosa retirada de los diez mil puede que la escolta se viera obligada a caminar lejos de la tropa griega por la dificultad de procurarse víveres. Sea como sea, Artajerjes fue extremadamente indulgente y los griegos le debieron la vida, que entregaron en sus manos.

 

La Enciclopedia, en el artículo Retirada, afirma que ésta se realizó al mando de Jenofonte, pero se equivoca; éste nunca obtuvo el mando supremo y únicamente al fin de la marcha se puso al frente de una división de mil cuatrocientos hombres. Estos héroes, tras muchas fatigas, cuando llegaron a las orillas del Ponto Euxino se apoderaron a la fuerza de amigos y enemigos para rehacer sus filas. Jenofonte embarcó su división en Heraclea y fue a venderse con sus soldados a un rey de Tracia que no conocía, en vez de correr en auxilio de su patria que estaban asolando entonces los espartanos. Se vendió a un tiranuelo extranjero y es sabido que éste le pagó más, pero ello es otra razón para deducir que hubiera sido mejor para él socorrer a su patria.

 

De lo dicho resulta que el ateniense Jenofonte, siendo soldado voluntario, se alistó a las órdenes de un capitán lacedemonio, uno de los tiranos de Atenas, y se puso al servicio de un bárbaro. Lo peor del hecho es que no le obligó a hacerlo la necesidad. El propio Jenofonte confesó que había dejado en depósito, en el templo de la famosa Diana de Éfeso, gran parte del oro ganado al servicio de Ciro. Digamos de paso que se exponía a sufrir la pena capital si, recibiendo la paga de un rey extranjero, caía en desgracia. Es lo que sucedió al general Doxat, que se vendió al emperador Carlos XI y éste mandó que le decapitaran por entregar a los turcos una plaza que le era imposible defender.

El historiador Rollin, comentando la retirada de los diez mil, dice: «Esa feliz hazaña consiguió que los pueblos de Grecia menospreciaran a Artajerjes y creyeran que su riqueza, su boato y su numeroso harén constituían todo el mérito del gran rey». Rollin no para mientes en que los griegos no podían mirar con desprecio al soberano que con aplastante victoria ganó una batalla, que perdonó como hermano y venció como héroe, que pudiendo disponer a capricho de la vida de diez mil griegos les dejó vivir y regresar a su patria, y que pudiendo tenerlos a sueldo no se dignó servirse de ellos. Añadir a estas razones que luego venció a los lacedemonios y sus aliados y que impuso leyes humillantes; amén que en la guerra que sostuvo contra los escitas, cerca del mar Caspio, soportó como un soldado raso todas las fatigas y peligros y vivió y murió gloriosamente.

 

Si me atreviera a atacar los prejuicios de la opinión pública, diría que es preferible la retirada del mariscal Belle‑Isle a la de los diez mil. Aquél se vio cercado en Praga por sesenta mil hombres no teniendo a su mando más que trece mil y dictó órdenes tan acertadas que salió de Praga con su ejército, sus bagajes y treinta cañones, pero sin víveres en aquel crudo invierno. Los sitiadores no supieron que había salido de la ciudad e hicieron dos marchas antes de darse cuenta. Le persigue sin tregua un ejército de treinta mil hombres durante treinta leguas, les resiste en retirada y, a pesar de estar enfermo, lucha con el frío, el hambre y sus enemigos perdiendo tan sólo los soldados que no pudieron resistir los rigores de la estación.

 

JESUITAS U ORGULLO. Se ha hablado tanto de los jesuitas que, tras haber ocupado la atención de Europa durante dos siglos, han acabado por hartarla, bien por ser ellos los que escriben, bien porque se ha escrito tanto en pro o contra de esta comunidad singular, en la que justo es reconocer que han descollado y descuellan aún hombres de relevante mérito.

 

Se les ha reprochado en ingente cantidad de volúmenes la relajación de su moral, no más relajada que la de los capuchinos, y su doctrina relativa a la seguridad de la persona de los reyes, doctrina que, después de todo, está poco distante del puñal de Jacobo Clemente y de la hostia envenenada de que se sirvió el hermano Abel de Montepulciano para despachar al emperador Enrique VII.

 

No perdió a los jesuitas la gracia versátil, ni la quiebra fraudulenta del reverendo padre La Valette, prefecto de las misiones apostólicas. No se expulsa una orden de Francia, España y las Dos Sicilias porque haya en ella un individuo deshonesto. No perdieron a los jesuitas los desatinos mostrencos de Guyot‑Desfontaines, Freron y el padre Marsy, ni las imitaciones griegas y latinas de Anacreonte y Horacio. ¿Qué les perdió, pues? El orgullo.

 

¿Tenían más orgullo los jesuitas que los demás religiosos? Sí. Estuvieron a punto de mandar una orden reservada de prisión contra un clérigo porque se atrevió a llamarles frailes. El hermano Broust, el más energúmeno de la Compañía, casi agredió en mi presencia al hijo de Guyot porque le dijo que iría a visitarle en el convento. Es increíble el desprecio con que miraban las universidades donde no estaban ellos, los libros que no escribían y a los sacerdotes que no eran hombres notables, y esto lo he presenciado muchas veces. En su libelo Es hora de hablar se expresan de esta manera: «¿Qué hemos de decir a un magistrado que opina que los jesuitas son orgullosos y es preciso humillarlos?» Eran tan orgullosos que no querían consentir que reprobaran su orgullo.

 

El origen del pecado de su soberbia data del ahorcamiento del hermano Guignard. Esto es verdad al pie de la letra. Es de advertir que después de la ejecución de dicho jesuita, en la época de Enrique IV y después de ser desterrados del reino, se les levantó el destierro a condición de que habría siempre en la corte un jesuita que fuera responsable de la conducta de los demás hermanos de su Orden. Coton sirvió de garantía en la corte de Enrique IV, y este buen rey, que no carecía de astucia, creyó ganar la voluntad del papa tomando en rehenes a su confesor.

 

Desde entonces, cada uno de los hermanos jesuitas se creyó ser solidariamente confesor del rey. Esta función del primer médico del alma de un monarca se tornó en un ministerio en el reinado de Luis XIII, y sobre todo en el de Luis XIV. El hermano Vadble, ayuda de cámara del padre La Chaise, concedía su protección a los obispos de Francia, y el padre Le Tellier gobernaba con mano de hierro a los que se dejaban gobernar. Era imposible que la mayoría de los jesuitas no se hinchasen del viento de esos dos hombres y no fueran tan insolentes como los lacayos del marqués de Louvois. Hubo entre ellos sabios, hombres elocuentes y genios que eran modestos; pero los mediocres, que constituían la gran masa, se contaminaron del orgullo inherente a la mediocridad y al espíritu de clase.

 

Desde la época del padre Garasse, casi todos sus libros de polémica rezumaban una altivez tan repelente que sublevó contra ellos a toda Europa. Esa altivez descendía con frecuencia hasta la bajeza del más enorme ridículo, y de esta manera encontraron el secreto de ser a la vez objeto de envidia y desprecio. Al ocuparse del célebre Pasquier, abogado general del Tribunal de Cuentas, se expresaban así:

 

«Pasquier es un estúpido, un pícaro de París, un galante bufón, vendedor de historietas, un bergante, un zafio que erupta y se pede, sospechoso de herejía o hereje, y lo que es peor, un rijoso y villano sátiro, un zoquete en sumo grado.» Más tarde, los jesuitas pulieron su estilo, pero su orgullo, no por menos grosero, fue menos irritante, y todo se perdona menos el orgullo. Por eso los parlamentos del reino, muchos de cuyos miembros habían sido discípulos suyos, aprovecharon la primera ocasión que se les presentó para hundirlos y todo el mundo se regocijó de su caída.

 

El espíritu del orgullo estaba tan arraigado en ellos que afloraba con ira descarada hasta cuando sabían que la justicia iba a dictar la sentencia de su expulsión. Para convencerse basta leer la citada obra Ya es hora de hablar, publicada en 1762 en Aviñón y que se supone impresa en Amberes. En ella maltratan al ilustre Monclar, fiscal general, que era el oráculo del Parlamento de Provenza y le hablan como el cátedro puede hacerlo a un estudiante perezoso e ignorante, llevando su audacia hasta el extremo de decir que Montclar blasfemó al dar cuenta del instituto de los jesuitas y con todavía más osadía en el Parlamento de Metz, usando un estilo grosero.

 

Conservan todavía la misma arrogancia después de la humillación que les hicieron sufrir Francia y España al expulsarles. La serpiente cortada a pedazos levantaba todavía cabeza desde el fondo de la ceniza que la cubría. Apareció un miserable apellidado Nonotte que se erigió en crítico de los maestros, y ese hombre nacido para predicar a la chusma hablaba a tontilocas de materias de las que no tenía la mínima noción. Otro insolente de la misma cuerda, apellidado Patouillet, insultaba en los mandamientos de los obispos a la ciudadanía y a los empleados de la casa real, cuyos lacayos no hubieran consentido que un jesuita como ése les hablara.

 

Una de sus principales vanidades consistía en ingeniárselas para introducirse en las casas de los grandes, cuando éstos estaban ya con un pie en la tumba, como embajadores de Dios que se presentaban para abrirles las puertas del cielo sin pasar por el purgatorio. En el reinado de Luis XIV era de mal tono morirse sin que en este último acto interviniera un jesuita, y el miserable iba en seguida a vanagloriarse entre sus congéneres de haber convertido a un linajudo que sin su protección se hubiera condenado. El moribundo podía decirle: «¿Con qué derecho, excremento de Compañía, te presentas en mi casa cuando me estoy muriendo? ¿Acaso te visité alguna vez en tu celda cuando tuviste la fístula o la gangrena? ¿Acaso Dios te concedió algún derecho sobre mí? ¿He de tener un preceptor a los setenta años? ¿Llevas quizás en tu cinto las llaves del paraíso? Puesto que te atreves a decir que eres embajador de Dios, enséñame tu credencial, y si no la tienes, déjame morir en paz. Ningún benedictino, ningún cartujo, viene a fastidiarme en mis últimos momentos y no erigen un trofeo a su orgullo en el lecho de ningún agonizante; se quedan en su celda. Quédate tú en la tuya, ¿qué tienes que ver conmigo?»

 

El jesuita inglés Routh sufrió un chasco morrocotudo al intentar apoderarse de los últimos instantes del célebre Montesquieu. Se presentó en casa de éste, según dijo, para restituir a la religión un alma virtuosa como si Montesquieu no conociera la religión mejor que Routh y no pensara con mayor elevación que éste. Le arrojaron del dormitorio del moribundo y a continuación propaló por todo París: «He convertido a ese hombre ilustre, he conseguido que arrojara al fuego sus Cartas persas y el Espíritu de las leyes». Más tarde, imprimió detalladamente la conversión de Montesquieu conseguida por el reverendo padre Routh, en el libro titulado Antifilosófico.

 

Otra vanidad de los jesuitas consistía en ir de misioneros a las ciudades, como si se tratara de la India o el Japón. Conseguían que, acompañándoles, les siguiera por las calles toda la magistratura. Llevaban una cruz delante de ellos, la plantaban en la plaza pública, desposeían al cura y acababan siendo los dueños de la ciudad. Un jesuita apellidado Aubert fue en misión a Colmar y obligó al fiscal general del consejo soberano a quemar ante él un ejemplar de la obra de Bayle, que le había costado cincuenta escudos; antes que quemar esa obra hubiera preferido quemar al hermano Aubert. Podéis comprender cómo se ensoberbecería ese jesuita, cómo se vanagloriaría luego ante sus compañeros y cómo escribiría al general de su Orden.

 

JOB. Buenos días, amigo Job. Tú eres uno de los hombres más antiguos y singulares que mencionan los libros; tú no eres judío y sabemos que el libro que lleva tu nombre es más antiguo que el Pentateuco. Si los hebreos, que lo tradujeron del árabe, han usado el vocablo Jehová para designar a Dios, copiaron esa palabra de los fenicios y los egipcios, de lo cual están convencidos los sabios. La palabra Satán tampoco es caldea.

 

Estabas afincado en los confines de Caldea. Comentaristas dignos de serlo sostienen que creías en la resurrección porque estando acostado en el estercolero dices, en el capítulo 19 de tu libro, que te levantarás del suelo un día. El enfermo que espera curarse no por eso espera en la resurrección, pero yo deseo hablarte de otras cosas.

 

Confiesa que eres un parlanchín, pero tus amigos lo eran mucho más. Dícese que poseías siete mil corderos, tres mil camellos, mil bueyes y quinientos asnos. Voy a sacar la cuenta de todo ello.

 

— Siete mil corderos, a tres libras y

diez sueldos cada uno, suman............22 500 libras.

 

— Tres mil camellos, a cincuenta

escudos................................450 000   »

 

— Mil bueyes, unos con otros,

valen al menos..........................80 000   »

 

— Quinientos asnos, a veinte francos....10 000   »

 

— El total asciende a..................562 500 libras.

 

Sin contar tus muebles, sortijas y joyas.

 

Yo era mucho más rico que tú, y pese haber perdido gran parte de mis bienes y estar enfermo como tú, no he murmurado contra Dios como los amigos te echan en cara muchas veces. No estuvo muy acertado Satán cuando, por inducirte a pecar y conseguir que te olvidaras de Dios, pidió permiso para privarte de tus bienes y darte la sarna. En ese estado es cuando los hombres recurren siempre a la Divinidad; los hombres que son felices lo olvidan. Satán no conocía bastante el mundo, después le conoció mucho más, y cuando quiere que alguno no se le escape le facilita el cargo de Intendente general u otro empleo mejor, si es posible. Esto es lo que nuestro amigo Pope nos mostró claramente en la historia de Balaán.

 

Tu esposa era una impertinente, pero tus falaces amigos Elifás, Baldad y Sofar, eran más insoportables que ella. Te exhortaban a armarte de paciencia de una manera capaz de impacientar al hombre más pastueño y te endilgaban fastidiosos sermones.

 

Ciertamente, no sabes lo que dices cuando escribes: « ¡Dios mío! ¿soy el mar o soy una ballena para que me hayáis encerrado como en una prisión?» Pero tus amigos no sabían más que tú cuando te contestaron «que el junco no podía reverdecer sin tener humedad, ni la hierba de los prados puede crecer sin agua». Nada hay tan consolador como este axioma.

 

Sofar te reprocha que eres un parlanchín, pero ninguno de tus buenos amigos te presta un escudo. Yo no te hubiera tratado de ese modo. Abundan las personas que dan consejos, pero muy pocas que socorran. No vale la pena tener tres amigos para que no nos den una gota de caldo cuando estamos enfermos. Imagino que cuando Dios te devolvió la salud y la riqueza, esos tres personajes no se atrevieron a presentarse ante ti; por eso los amigos de Job han pasado a ser proverbio.

 

Dios estaba muy descontento de ellos y les dijo, en el capítulo 42, que son fastidiosos e imprudentes. Les condenó a una multa de siete toros y siete carneros por haber dicho tantas necedades; yo los hubiera condenado por no haber socorrido a su amigo.

 

Te ruego me digas si es verdad que viviste ciento cuarenta años después de tus aflicciones. Me gusta saber que los hombres honrados viven mucho tiempo; sin duda, los hombres de hoy son unos grandes bergantes porque tienen la vida muy corta.

 

Con todo, el libro de Job es uno de los más valiosos de la Antigüedad. Es evidente que lo escribió un árabe que vivió antes de la época en que situamos a Moisés dícese en él que Elifás era natural de Theman (antigua ciudad de Arabia;, Baldad era de Suez, y Sofar de Naamath, región de Arabia mucho más oriental.

 

Pero lo que debe notarse, lo que demuestra que esa fábula no la escribió un hebreo, es que se habla de las tres constelaciones que hoy denominamos Osa, Orión e Híades. Los hebreos no tuvieron la menor idea de astronomía, ni siquiera tenían vocablo para expresar esa ciencia; todo lo referente a las artes del espíritu les era desconocido, incluso la palabra geometría. Los árabes, por el contrario, habitaban en tiendas de campaña y se ocupaban continuamente de estudiar los astros, siendo quizás los primeros que regularon sus años observando el cielo.

 

Es de advertir que en este libro sólo se habla de un Dios único. Es un error creer que sólo los judíos reconocieron la existencia de un solo Dios, porque así lo creía casi todo el Oriente y los judíos plagiaron esta creencia como lo plagiaron todo.

 

Dios, en el capítulo 38, habla a Job en medio de un torbellino, que más tarde copió el Génesis. Nunca insistiremos bastante en que los libros judíos no son tan antiguos como se supone. La ignorancia y el fanatismo dicen que el Pentateuco es el libro más antiguo del mundo, pero es innegable que los de Sanchoniathon, los de Thaut, los del primer Zerdust, el Shasta, el Veidam de los hindúes, los cinco Kings de los chinos y el libro de Job, son de más remota antigüedad que ningún libro judío. Está demostrado que ese reducido pueblo no pudo tener anales hasta que constituyó un gobierno estable, lo que no aconteció hasta la época de sus reyes, y que su lengua se fue formando, con el fluir del tiempo de una mezcla de fenicio y árabe. Existen pruebas irrebatibles de que los fenicios cultivaron las letras mucho antes que ellos, que no tenían otras profesiones que el bandolerismo y el corretaje, y sólo fueron escritores por casualidad. Se han perdido los libros de los egipcios, fenicios, chinos, brahmanes y guebros, pero los judíos han conservado los suyos. Esas obras son curiosas, pero son obras de la imaginación humana en las que no puede aprenderse ni una sola verdad física, ni histórica. Cualquier libro elemental de física contemporáneo, es más útil que todos los libros de la Antigüedad.

 

El bueno de Calmet o dom Calmet (porque los benedictinos quieren que les demos ese título), ingenuo compilador de tantas fantasías e imbecilidades, ese hombre cuya simplicidad ha dado pie a que nos riamos de las paparruchas antiguas, relata fielmente las opiniones de quienes pretenden adivinar la enfermedad que padeció Job, como si hubiera sido un personaje real. No titubea en decir que contrajo la sífilis y amontona pasaje sobre pasaje, como tiene por costumbre, para probar lo que no existió. Es de presumir que no leyó la historia de la sífilis que escribió Astruc porque no era padre de la Iglesia, ni doctor en Salamanca, sino médico y sabio, y el bueno de Calmet ni siquiera supo que existía. Los frailes compiladores son unos pobres hombres.

 

JOSÉ. La historia de José, considerándola sólo como cosa curiosa y fabulación literaria, es una de las más preciosas narraciones de la Antigüedad que han llegado hasta nosotros. Parece que es el modelo de los escritores orientales y resulta más conmovedora que la Odisea de Homero, porque un héroe que perdona es más atrayente que el héroe vengativo.

 

Por lo que sabemos, los árabes fueron los primeros autores de esas ingeniosas ficciones que se han transmitido a todas las lenguas, pero no he hallado en ellos ninguna aventura comparable con la de José. Casi todo es maravilloso y su desenlace puede arrancar lágrimas de ternura. José es un joven de dieciséis años al que sus hermanos envidian y lo venden a una caravana de mercaderes ismaelitas, que lo llevan a Egipto, en donde lo compra el eunuco del rey. Este eunuco era casado, lo cual no debe extrañarnos; el Kizlar Aga, eunuco perfecto, tiene hoy un serrallo en Constantinopla: le dejaron los ojos y las manos, y la Naturaleza no por eso perdió sus derechos en su corazón. Otros eunucos, a los que sólo les extirpan los dos acompañamientos del órgano de la generación, todavía pueden emplear ese órgano. Putifar, que compró a José, pudo muy bien pertenecer a esa clase de eunucos.

 

La esposa de Putifar se prendó sensualmente del joven José y éste queriendo ser leal a su señor y bienhechor, rechazó los envites de la mujer apasionada, quien, despechada, le acusó ante su esposo de haberla querido seducir. La historia de la mujer de Putifar es la historia de Hipólito y Fedra, de Belerofonte y Estenobea, de Hebrus y Damasipa, y tantas y tantas otras que todos sabemos.

 

Es difícil averiguar qué historia de esas es la original, pero en la aventura de José y la esposa de Putifar hay un rasgo de suma ingeniosidad. El autor supone que Putifar, indeciso entre creer a su mujer o a José, no consideraba la túnica de éste, que su esposa había desgarrado, como prueba del atentado atribuido al joven. En el dormitorio de la mujer había un niño en la cuna y José dijo que ella le quitó y rompió la túnica en presencia de aquél. Putifar lo preguntó al crío, cuya razón se había anticipado a su edad, y contestó: «Mira si la túnica está rota por delante o detrás. Si está rota por delante es prueba de que José quiso forzar a tu esposa, que se defendía del ataque; si está rota por detrás, es prueba de que tu mujer corría tras de él». Putifar, gracias a la agudeza del niño, reconoció la inocencia de su esclavo. Así nos cuenta esta aventura el Corán, según un antiguo autor árabe. Ese libro omite enterarnos de quién era el niño que tan agudamente intervino; si era hijo de la esposa de Putifar, José no sería el primero de quien se encaprichó dicha mujer.

 

Sea como fuere, según dice el Génesis, metieron en la cárcel a José donde encontró la compañía del copero y del panadero del rey de Egipto. Esos dos prisioneros de Estado soñaron aquella noche. José les explica los sueños y les predice que dentro de tres días el copero recobrará la gracia perdida y el panadero será ahorcado. Y se realizó su predicción.

 

Dos años después sueña también el rey de Egipto y su copero le dice que en la prisión hay un judío que es el primer hombre del mundo en interpretar sueños; el rey le ordena comparecer a su presencia y José le vaticina que llegarán para Egipto siete años de abundancia y siete de esterilidad.

 

Interrumpamos por un momento el hilo de esta historia para fijarnos en la prodigiosa antigüedad que cuenta la interpretación de los sueños. Jacob había visto en sueños una escalera misteriosa en cuyo travesaño final estaba sentado el mismo Dios: un sueño le enseñó el método de multiplicar los ganados, método que sólo a él le salió bien. El mismo José supo por un sueño que llegaría un día a ser más poderoso que sus hermanos. Y Abimelec, mucho antes, supo por un sueño que Sara era la esposa de Abrahán.

 

Volvamos a la historia de José. En cuanto explicó el sueño del faraón, fue nombrado en el acto primer ministro. No es posible encontrar en nuestros días un rey, ni aun en Asia, que concediera semejante cargo a ningún hombre por explicarle un sueño. El faraón dio a José por esposa una hija de Putifar. Dícese que ese Putifar era un sumo sacerdote de Heliópolis; no era, pues, su antiguo dueño el eunuco, o si lo era debía dársele otro título que el de sumo sacerdote y su mujer debía haber sido madre más de una vez.

 

Mientras tanto, llegó el hambre como predijo José, y éste, para seguir mereciendo el favor del rey, obligó a todo el pueblo a que vendiera sus tierras al faraón y la nación quedó esclava por no carecer de trigo; tal es al parecer el origen del poder despótico. Hay que confesar que el rey nunca compró tan barato, pero también cabe sospechar que el pueblo no bendeciría al primer ministro.

 

El padre y los hermanos de José también necesitaron comprar trigo porque «el hambre asolaba entonces toda la tierra». Huelga referir la manera magnánima con que José recibió a sus hermanos, a quienes además de perdonar, enriqueció. Esta historia contiene todos los ingredientes de un poema épico interesante: exposición, enredo, reconocimiento, peripecia y maravilla. Ninguna otra está tan marcada por el genio oriental.

 

Lo que el bueno de Jacob, padre de José, respondió al faraón debe de chocar. «¿Qué edad tenéis?», le preguntó el rey. «Ciento treinta años, y no he gozado de un día feliz en mi corta peregrinación.»

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JUDEA. Nunca he estado en Judea, gracias a Dios, ni iré nunca. Conozco gentes que han venido de allí y todas me dicen lo horrible de la situación de Jerusalén. Todo el territorio circunvecino es pedregoso, sus montañas están peladas, que el famoso río Jordán no tiene más de cuarenta y cinco pies de anchura, que no hay otro cantón bueno más que el de Jericó; en fin, cuantos lo han visto aseguran lo mismo que san Jerónimo, que permaneció mucho tiempo en Belén y pinta esa región como el desecho de la Naturaleza. Dice que en verano ni siquiera se encuentra agua para beber. Con todo, ese país debía parecer a los judíos delicioso si lo comparaban con los desiertos de que eran originarios. Los miserables que dejaran la región de las Landas para ir a establecerse en algunas montañas del Ampurdán elogiarían su nueva morada, y si abrigaban la esperanza de afincarse en el hermoso territorio de Languedoc, lo estimarían como su tierra prometida. Esta es justamente la historia de los judíos. Jericó y Jerusalén son Tolosa y Montpellier, y el desierto de Sinaí es el país que media entre Burdeos y Bayona.

 

Ahora bien, si Dios, que dirigía a los judíos, deseaba darles un buen territorio, si esos desgraciados habitaron efectivamente en Egipto, ¿por qué no los dejó allí? A esta objeción sólo pueden contestar aduciendo frases teológicas. Judea —dicen— era la tierra prometida. Dios dijo a Abrahán: «Os entregaré todo el terreno que hay desde el río de Egipto hasta el Éufrates» (1).

 

(1) Génesis, cap. 15, 18.

 

¡Ay, amigos míos, nunca habéis visitado las riberas fértiles del Éufrates y del Nilo y se han burlado de vosotros! Los dueños del Nilo y del Éufrates fueron sucesivamente vuestros señores porque habéis sido casi siempre esclavos. Prometer y cumplir lo prometido son dos cosas diferentes, mis queridos judíos. Tuvisteis un anciano rabino que al leer las profecías que os prometen una tierra de miel y leche dijo que se os había prometido más manteca que pan.

 

Federico II, al ver aquel detestable país, dijo públicamente que Moisés estuvo mal aconsejado cuando fue allí con su compañía de leprosos: «¿Por qué no iban a establecerse a Nápoles?», exclama Federico. Adiós, mis queridos judíos, siento de veras que vuestra tierra prometida sea una tierra detestable.

 

JUDÍOS. Me comprometí a hacer una descripción imparcial del carácter de los judíos y su historia, deseando, sin tratar de sondear los designios de la Providencia, conocer las costumbres de ese pueblo con el fin de estudiar el origen de los eventos que preparó esa misma Providencia.

 

La nación judía fue la más singular que hubo en el mundo, y aunque sea despreciable para el hombre político es digna de consideración, bajo muchos aspectos, para el estudioso.

 

Los guebros, los banianos y los judíos son los únicos pueblos que viven dispersos y que, sin tener alianza con ninguna nación, se perpetúan entre extranjeros y constituyen un pueblo aparte del resto del mundo. Los guebros fueron antiguamente más importantes que los judíos, ya que eran los restos de los antiguos persas que dominaron a los judíos, pero en la actualidad sólo están diseminados por una parte de Oriente. Los banianos, que descendían de los remotos pueblos de los que Pitágoras sacó su filosofía, sólo existen en las Indias y Persia, pero los judíos están esparcidos por todo el orbe y, si se reunieran, constituirían una nación mucho más poderosa de lo que fue en el corto espacio de tiempo que dominaron en Palestina.

 

Casi todos los pueblos que escribieron la historia del origen de esta nación la han referido por medio de prodigios; todo es fabuloso en ella. Sus profetas siempre les predecían conquistas, y los que efectivamente llegaron a ser conquistadores creyeron a pie juntillas a los profetas que los eventos justificaban. Lo que distingue a los hebreos de otros pueblos es que sus profetas son los únicos verdaderos, de los que no es lícito dudar. Esos profetas, que interpretaban en su sentido literal, les predijeron muchas veces que llegarían a ser dueños del mundo y, sin embargo, nunca poseyeron más que un pequeño rincón de la tierra durante algunos años, y hoy no tienen un villorrio propio. Deben creer y creen, efectivamente, que llegará un día en que sus predicciones se realicen y posean el imperio del mundo.

 

Son los últimos entre los pueblos musulmanes y cristianos y se creen ser los primeros. Su orgullo, contra viento y marea, lo justifican con la razón irrebatible de que son realmente los padres de los cristianos y musulmanes. La religión cristiana y la musulmana reconocen por madres a la judía, y por singular contradicción sienten al mismo tiempo, por su madre, respeto y horror. No nos proponemos aquí repetir el rosario de prodigios que asombran la imaginación y ponen a prueba la fe; sólo vamos a tratar de los hechos puramente históricos, despojados del auxilio celeste y de los milagros que Dios se dignó obrar durante mucho tiempo en favor de dicho pueblo.

 

En Egipto encontramos en un principio una familia compuesta de sesenta personas que produce, en el transcurso de doscientos quince años, una nación que reúne seiscientos mil guerreros, cuyo número, sumado con el de mujeres, ancianos y niños, compone un total de dos millones de almas. No hay ejemplo en el mundo de aumento demográfico tan prodigioso: esa multitud salió de Egipto y permaneció cuarenta años en los desiertos de la Arabia Pétrea, y la población disminuyó mucho en ese país horrible.

 

Los supervivientes de esa nación avanzaron hacia el Norte de los mencionados desiertos. Al parecer, seguían los mismos principios que guiaban después a los pueblos de la Arabia Pétrea y la Arabia Desierta, cuyos principios consistían en la inmisericorde exterminación de los habitantes de las pequeñas localidades cuando se consideraban más fuertes que éstos, reservándose únicamente a las mujeres jóvenes. El afán de aumentar la población fue siempre el objetivo principal de unos y otros. Igual sucedió cuando los árabes conquistaron España; impusieron a todas las provincias tributos de doncellas y todavía en la actualidad los árabes del desierto celebran tratados estipulando que se les han de entregar algunas doncellas y regalos.

 

Los judíos llegaron a un territorio arenisco, erizado de montañas, en el que encontraron algunos burgos cuyos pobladores se llamaban madianitas. Se apoderaron de seiscientos sesenta y cinco mil corderos, sesenta y dos mil bueyes, sesenta y un mil asnos y de treinta y dos mil doncellas de los habitantes de esos burgos. Asesinaron a todos los hombres, mujeres y niños, y las jóvenes y el botín se los repartieron el pueblo y los sacrificadores.

 

Poco después, en el mismo territorio, tomaron la ciudad de Jericó, pero como el vecindario de la ciudad estaba anatematizado los asesinaron a todos, sin perdonar a las doncellas; sólo escapó de la matanza general una ramera llamada Rohab porque les había ayudado a sorprender la ciudad.

 

Algunos sabios han puesto en duda si los judíos sacrificaron hombres a la Divinidad, pero esto no es más que una cuestión de nombre; aquellos que el pueblo condenaba al anatema no los degollaban en el altar con acompañamiento de rito religioso, pero los inmolaban, sin perdonar a uno solo. El Levítico prohíbe terminantemente en el versículo 27 del capítulo 29, indultar a los anatematizados diciendo: es indispensable que mueran. En virtud de esa ley, Jefté sacrificó a su hija, Saúl intentó matar a su hijo y Samuel despedazó al rey Agag. Es indudable que Dios es dueño de la vida de los hombres y no nos compete examinar sus leyes; creamos, pues, esos hechos y respetemos callando los designios de Dios, que los permitió. Hay quienes se preguntan también qué derecho tenían unos extranjeros, como eran los judíos en el país de Canaán, y contestan que el derecho que Dios les había dado.

 

Cuando se apoderaron de Jericó y Lais hubo entre los judíos una guerra civil durante la cual la tribu de Benjamín quedó casi exterminada, quedaron sólo seiscientas almas, pero el pueblo, afligido por la pérdida de población de una de sus tribus, para reparar el mal decidió entrar a sangre y fuego en una localidad de la tribu de Manasé y matar a los hombres, ancianos, niños, mujeres casadas y viudas, dejando con vida a seiscientas doncellas que entregaron a los seiscientos supervivientes de la tribu de Benjamín para repoblarla, con el fin de que estuviera completo el número de las doce tribus.

 

Mientras tanto, los fenicios, nación poderosa que poblaba aquellas costas desde remotísimo tiempo, justamente alarmados por los desmanes y crueldades que cometían los recién llegados los castigaban con frecuencia, y los príncipes que estaban en la vecindad de los judíos se coaligaron para luchar contra éstos, que quedaron reducidos a la servidumbre siete veces en el período de doscientos años.

Al fin resolvieron que los gobernara un rey y le eligieron por suerte, pero ese rey debía ser poco poderoso porque en la primera batalla que a sus órdenes entablaron los judíos contra los filisteos, que eran sus señores, su ejército sólo contaba con una espada y una lanza, y carecía de instrumentos de hierro. David, que fue su segundo rey, realizó grandes conquistas. Se apoderó de la ciudad de Salem, que luego fue célebre y se llamó Jerusalén, y a continuación los judíos empezaron a adquirir importancia en los alrededores de Siria. Su gobierno y su religión revistieron forma más augusta. Hasta entonces no consiguieron tener un templo y todas las naciones circunvecinas lo tenían. Salomón edificó un templo magnífico y reinó cerca de cuarenta años.

 

La época de Salomón fue la más floreciente del pueblo judío, y todos los reyes del mundo juntos no podían ostentar un tesoro igual al que poseía Salomón. Su padre David, cuyo antecesor sólo tenía una espada y una lanza, dejó a Salomón veinticinco mil millones en dinero contante y sonante. Sus flotas, que iban a Ofir, le traían todos los años sesenta y ocho millones de oro puro, sin contar la plata y piedras preciosas. Tenía cuarenta mil caballerizas y otras tantas cocheras para sus carros, doce mil cuadras para su caballería, setecientas mujeres y trescientas concubinas. Sin embargo, carecía de madera y de trabajadores para edificar su palacio y su templo y los contrató a Hirán, rey de Tiro, que hasta le suministraba el oro. Salomón, para pagar a los operarios, entregó a Hirán veinte ciudades. Los comentaristas confiesan que esos hechos necesitan explicación y sospechan que los copistas deben haberse equivocado al transcribir las cantidades.

 

A la muerte de Salomón, las doce tribus que componían la nación se dividieron y el reino quedó desgajado en dos pequeñas provincias: Judá e Israel. Esta constaba de nueve tribus y media y aquélla quedó constituida sólo con las dos y media restantes. Hubo entonces entre ambas provincias un odio recíproco e implacable porque siendo parientes y vecinas profesaban religión diferente, pues en Sichem, que pertenecía a Samaria, adoraban a Baal, mientras que en Jerusalén adoraban a Adonai. En Sichem consagraban dos becerros y en Jerusalén dos querubines, que eran dos animales con alas y dos cabezas que tenían expuestos en el santuario; cada uno de esos dos credos tenía sus reyes, su dios, su culto y sus profetas, y se hacían una guerra cruel.

 

Mientras se enzarzaban en guerra, los reyes de Asiria, que habían conquistado la mayor parte de Asia, se lanzaron sobre los judíos como águila que se arroja sobre dos lagartos que están peleando. Las nueve tribus y media de Samaria y de Sichem fueron desalojadas de allí y quedaron dispersadas para siempre, sin que hayamos podido averiguar en qué lugar estuvieron esclavas.

 

Veinte leguas separas Samaria de Jerusalén, aunque sus territorios estaban juntos, por lo que aplastada una de esas dos ciudades por la fuerza de los conquistadores la otra tenía que sucumbir en seguida. Por eso Jerusalén fue muchas veces saqueada, tributaria de los reyes Hazael y Razin, esclava de Teglatfael‑asser, tres veces tomada por Nabucodonosor y, al fin, destruida. Sedecías, que la gobernaba, cayó en poder de dicho conquistador y lo llevó cautivo a Babilonia, así como a todo el pueblo que regía, de modo que de judíos sólo quedaron en Palestina algunas familias de esclavos campesinos para que cultivaran las tierras. En cuanto a la región de Samaria y de Sichem como era más fértil que la de Jerusalén, la repoblaron colonias extranjeras que enviaron allí los reyes asirios y tomaron el nombre de samaritanos.

 

Los dos tribus y media que estuvieron esclavas en Babilonia y en las ciudades inmediatas durante setenta años tuvieron tiempo suficiente para aprender los usos y costumbres de sus dueños y enriquecieron su lengua tomando muchas palabras de los caldeos. Desde entonces, los judíos sólo conocieron el alfabeto y los caracteres de la lengua caldea y olvidaron el dialecto hebreo, esto es indudable. El historiador Josefo dice que empezó a escribir en caldeo, que es la lengua de su país. Los judíos casi nada aprendieron de la ciencia de los magos, porque se dedicaron casi exclusivamente a comisionistas, cambistas y ropavejeros; de este modo, se hicieron necesarios y consiguieron enriquecerse.

 

Los capitales amasados les facilitaron conseguir durante el reinado de Ciro permiso para reedificar Jerusalén, mas para ello era preciso regresar a su patria y quienes se habían enriquecido en Babilonia no quisieron dejar tan hermoso país para habitar en la misérrima Palestina ni perder de vista las riberas fértiles del Éufrates y del Tigris para afincarse en las del torrente de Cedrón. Sólo volvió a su patria con Zorobabel la parte más vil de la nación. Los judíos que quedaron en Babilonia contribuyeron con sus limosnas a reedificar la ciudad y el templo, y aun así la colecta no ascendió a gran cantidad. Esdras refiere que sólo pudieron reunir setenta mil escudos para reedificar el templo, que había de ser el primer templo del universo.

 

Los judíos continuaron siendo vasallos de los persas; también lo fueron de Alejandro, y cuando este gran hombre empezó en los primeros años de sus victorias a proteger Alejandría y convertirla en el centro del comercio del mundo, multitud de judíos fueron allí para dedicarse al oficio de corredores y sus rabinos para aprender algunas nociones de las ciencias de los griegos. La lengua griega fue necesaria desde entonces para los judíos que se dedicaban al comercio.

 

A la muerte de Alejandro, los judíos quedaron sometidos a los reyes de Siria, en Jerusalén, y a los reyes de Egipto, en Alejandría, y cuando esos reyes combatían ese pueblo sufría la misma suerte de todos los vasallos y quedaba bajo el dominio de los vencedores.

 

Desde su cautividad en Babilonia, ya no tuvo Jerusalén gobernadores que ostentaran el título de reyes. Los pontífices desempeñaban la administración interior y eran nombrados por sus señores, algunas veces compraban muy cara esa dignidad, igual que el patriarca griego de Constantinopla compra la suya.

 

En la época de Antíoco Epifanio, los judíos se sublevaron y vieron su ciudad saqueada otra vez y las murallas demolidas. Tras una serie de desastres similares a éste, unos cien años antes de nuestra era, consiguieron por primera vez permiso para acuñar moneda: Antíoco Sidetes les concedió este privilegio. Por aquel entonces tuvieron jefes que adoptaron el nombre de reyes y que incluso ciñeron corona. Antígono fue el primero que usó ese atributo, que nada significa careciendo de poder.

 

Mientras tanto, los romanos empezaron a hacerse temibles para los reyes de Siria, señores de los judíos, y éstos se las ingeniaron para poner de su parte al Senado de Roma prestándole sumisión y colmándolo de presentes. Las guerras que promovieron los romanos en Asia Menor parecían motivadas para que dejaran respirar a ese desgraciado pueblo, pero apenas Jerusalén vislumbró cierta libertad la postraron y desgarraron las guerras civiles durante el gobierno de aquellos fantasmas de reyes, y fue más digna de compasión que cuando gemía en su larga serie de esclavitudes. En sus desavenencias y luchas intestinas eligieron por jueces a los romanos.

 

La mayoría de los reinos de Asia Menor, Africa septentrional y de las tres cuartas partes de Europa, reconocían ya a los romanos como árbitros y señores. Pompeyo fue a Siria a juzgar las naciones y deponer a muchos déspotas. Engañado por Aristóbulo, que disputaba la corona de Jerusalén, se vengó de él y su partido tomando la ciudad, haciendo crucificar a muchos sediciosos, tanto sacerdotes como fariseos, y después sentenció a Aristóbulo, rey de los judíos, a la pena capital.

 

Los judíos, siempre desventurados y esclavos, pero sublevándose siempre, atrajeron contra ellos los ejércitos romanos. Craso y Casio los castigaron, y Metelo Scipión mandó crucificar a un hijo del rey Aristóbulo, llamado Alejandro, instigador de varias rebeliones.

 

En la época del gran César permanecieron sometidos y tranquilos. Herodes, famoso entre ellos y nosotros, que durante mucho tiempo asumió el cargo de tetrarca, consiguió que Marco Antonio le ciñera la corona de Judea, que pagó espléndidamente. Pero Jerusalén se negó a reconocer al nuevo rey porque descendía de Esaú, no de Jacob, y era idumeo, pero precisamente por ser extranjero le nombraron los romanos para el cargo y así sujetar mejor la brida de ese pueblo. Los romanos ayudaron a Herodes enviándole un ejército, y Jerusalén fue tomada otra vez por asalto y saqueada.

 

Protegido luego por Augusto, Herodes llegó a ser el más poderoso príncipe entre los reyezuelos de Arabia. Restauró Jerusalén y reedificó la fortaleza que rodeaba el templo que idolatraban los judíos, cuyo templo empezó a reconstruir pero no terminó porque le faltaron trabajadores y dinero. Ello prueba que Herodes no era rico y que los judíos, aun idolatrando tanto a su templo, preferían su dinero contante.

 

La denominación de rey sólo era un título honorífico que otorgaban los romanos, no era un título de sucesión. A la muerte de Herodes gobernó Judea como provincia romana subalterna el procónsul de Siria, aunque a veces los romanos concedían el título de rey a un judío o a un extranjero previo el pago de una gran suma, como se concedió al judío Agripa en tiempos del emperador Claudio.

 

Agripa tuvo una hija llamada Berenice, célebre porque la amó uno de los mayores emperadores que dominaron Roma. Ofendida Berenice por las injusticias que le hicieron sus compatriotas, atrajo sobre Jerusalén la venganza de los romanos. Pidió que le hicieran justicia y las facciones de la ciudad se negaron. El espíritu sedicioso de ese pueblo le indujo a cometer nuevos excesos: su carácter fue cruel en todas las épocas, y su sino fue siempre el ser castigado.

 

Vespasiano y Tito pusieron memorable sitio a Jerusalén que terminó con su destrucción. El hiperbólico Flavio Josefo refiere que en tan corta guerra mataron a más de un millón de judíos. No debe extrañarnos que un autor que afirma que había quince mil hombres en cada aldea, mate en una guerra un millón. Los judíos supervivientes fueron expuestos en los mercados públicos y cada uno vendido, poco más o menos, por el mismo precio que el animal inmundo que ese pueblo tiene prohibido comer.

 

A pesar de esta última dispersión esperaban todavía encontrar un libertador, y durante el reinado de Adriano, que maldecían en sus rezos, apareció Barcochebas, que alardeaba de ser un nuevo Moisés, un Cristo. Consiguió alistar a muchísimos infortunados en sus banderas, que consideraban sagradas, pero en la lucha murieron él y todos sus secuaces.

 

Fue el último golpe que recibió dicha nación, que quedó anonadada. Los judíos han considerado siempre los niños y el dinero como sus dos grandes deberes.

 

De esta compendiada historia se desprende que los hebreos vagaron casi siempre errantes y fueron bandidos, esclavos o sediciosos; hoy todavía viven vagabundos por la tierra, profesan horror a los hombres y aseguran que éstos, el cielo y la tierra, fueron creados para ellos solos.

 

Por el estudio de la situación de Judea y el genio de ese pueblo se comprende que debía ser siempre subyugado. Le rodeaban naciones tan poderosas como belicosas, a las que tenía aversión, por lo que ni éstas podían protegerlo, ni él podía aliarse con ellas. Era imposible que le protegiera la marina porque perdió muy pronto el puerto que poseyó en el mar Rojo en la época de Salomón, y hasta el mismo Salomón recabó la ayuda de los tirios tanto para construir sus barcos como para edificar su palacio y el templo. Nunca tuvieron cuerpos de ejército permanentes, como los asirios, medas, persas, sirios y romanos. Los artesanos y labradores tomaban las armas cuando era necesario y, en consecuencia, no podían ser soldados aguerridos. Sus montañas, o mejor dicho, sus peñascos, no tenían suficiente altura, ni estaban bastante cercanos para defender la entrada de su territorio. La parte más numerosa de la nación, trasladada a Babilonia, Persia y la India, o establecida en Alejandría, estaba demasiado ocupada en el comercio y el corretaje para pensar en la guerra. Su gobierno civil, fuese republicano, pontifical o monárquico, sumido con frecuencia en la anarquía, no era mejor que su disciplina militar.

 

Si me preguntáis cuál era la filosofía de los hebreos os responderé con muy pocas palabras: no conocían la filosofía. Incluso su mismo legislador no habla en ninguna parte de la inmortalidad del alma ni de las recompensas de la otra vida. Flavio Josefo y Filón afirman que las almas son materiales; sus doctores creen que los ángeles son corpóreos y durante su permanencia en Babilonia les dieron los nombres que tenían en Caldea: Miguel, Gabriel, Rafael y Urías. El vocablo catán es babilónico y designa el Arimanes de Zoroastro. El nombre de Asmodeo también es caldeo, y Tobías, que vivía en Nínive, fue el primero en usarlo. El dogma de la inmortalidad del alma sólo cobró cuerpo entre los fariseos con el transcurso del tiempo. Los saduceos le negaron siempre la espiritualidad e inmortalidad y negaron también la existencia de los ángeles. No obstante, los saduceos trataron siempre con los fariseos y hasta tuvieron soberanos pontífices de su secta. Es más, la gran diferencia de opiniones de ambos partidos no causó la menor perturbación. Los judíos se atenían escrupulosamente, en los últimos tiempos de su estancia en Jerusalén, a sus ceremonias legales. El que comía morcilla o conejos era apedreado, pero quien negaba la inmortalidad del alma podía ser sumo sacerdote.

 

Es creencia general que el horror que sentían los judíos hacia las otras naciones provenía del horror que les inspiraba la idolatría, pero es más verosímil suponer que la manera con que al principio exterminaron algunas poblaciones de Canaán y el odio de las naciones vecinas fueron el motivo de la aversión que les tenían. Como no conocían más que a ]os pueblos inmediatos, aborreciéndolos, se figuraban que aborrecían a todos los habitantes del mundo y se acostumbraron así a ser enemigos de los hombres.

 

Buena prueba de que la idolatría de las naciones no fue la causa de su odio es que en la historia de los judíos encontramos que fueron idólatras con frecuencia. El mismo Salomón hacía sacrificios a los dioses foráneos. Después de su reinado, no hay casi ningún rey de la provincia de Judá que no permita el culto a los dioses extranjeros y no les ofrezca incienso. La provincia de Israel conservó sus dos becerros y sus bosques sagrados para adorar otras divinidades.

 

Además, no está comprobada aún la idolatría que se atribuye a varias naciones, y puede que no sea difícil lavar esa mancha de la teología antigua. Todas las naciones cultas conocieron la idea de un Dios Supremo, señor de los dioses subalternos y de los hombres. Los egipcios reconocieron un primer principio, que llamaron Knef, al que se subordinaba todo lo demás. Los antiguos persas adoraban el principio del bien, que llamaron Oromase, y no hacían sacrificios al principio del mal, llamado Arimane, que consideraban poco más o menos como nosotros consideramos al demonio. Los guebros conservan todavía el don más sagrado de la unicidad de Dios. Los antiguos brahmanes reconocían un solo Ser Supremo, y los chinos no asociaban ningún ser subalterno a la Divinidad ni tuvieron ídolos hasta que el culto a Fo y las supersticiones de los bonzos sedujeron al populacho. Los griegos y romanos, a pesar de rendir culto a múltiples dioses, reconocían a Zeus o Júpiter como soberano absoluto del cielo y la tierra. Homero, extraviado en las más absurdas ficciones de la poesía, reconoce también esta verdad y siempre representa a Júpiter como el único dios omnipotente que envía el bien y el mal al mundo, quien con un movimiento de cejas hace temblar a los hombres y a los dioses. Y si bien erigían altares y hacían sacrificios a los dioses subalternos, no hay un solo monumento de la Antigüedad en que la denominación de soberano del cielo se aplique a un dios secundario, sea Mercurio, Apolo o Marte. El rayo fue siempre el atributo del Dios Supremo.

 

La idea de un Ser Soberano, de su Providencia y de sus decretos eternos se encuentra en todos los filósofos y poetas. Tal vez sea tan injusto creer que los antiguos igualasen a los héroes, genios y dioses inferiores con el llamado padre y señor de los dioses, como ridículo creer que nosotros igualamos a Dios con los santos y los ángeles.

 

Me preguntáis también si los antiguos filósofos y los legisladores copiaron a los judíos, o viceversa. Acerca de esto debemos atenernos a lo que dice Filón. Confiesa que antes de la traducción de los Setenta, los extranjeros no conocían los libros de su país. Además, las grandes naciones no pueden sacar sus conocimientos y leyes de un pueblo ignorante, oscuro y esclavo. Los hebreos carecían aún de libros en la época de Osías, y durante su reinado se halló casualmente el único ejemplar de la ley que existía. Ese pueblo, desde que estuvo cautivo en Babilonia, no conoció más alfabeto que el caldeo, ni se distinguió en ningún arte, ni en ninguna clase de artesanía, y hasta la época de Salomón se vio obligado a pagar a elevado precio trabajadores foráneos. Decir que los egipcios, persas y griegos aprendieron de los indios, equivale a decir que los romanos aprendieron las artes de los incivilizados bretones. Los judíos no fueron nunca físicos, geómetras, ni astrónomos, ni tenían escuelas públicas para instruir a la juventud. Los pueblos del Perú y México regulaban mejor que ellos los años. Su larga permanencia en Babilonia y Alejandría, durante la que pudieron instruirse, no hizo aprender al pueblo más que el arte de la usura. Nunca supieron acuñar moneda y apenas pudieron aprovecharse de este privilegio durante unos cinco años, a pesar de que todavía algunos afirmen que su moneda se acuñó en Samaria. Por eso las medallas judías son tan raras y. casi todas falsas. En resumen, estudiando a los judíos os convenceréis de que sólo pudieron constituir un pueblo ignorante y bárbaro, proclive a la más sórdida avaricia, a la más detestable superstición y al más irrefrenable odio hacia los demás pueblos que los toleraban y enriquecían.

 

Sobre la ley de los judíos. Dicha ley debe parecer a las naciones civilizadas tan inconcebible como su conducta, y si no fuera divina cabría considerarla como dictada para salvajes que empiezan a agruparse para constituir un pueblo. Pero siendo divina no alcanzamos a comprender por qué no ha subsistido siempre, lo mismo para ellos que para todos los hombres.

 

Siempre nos ha dejado perplejos que esa ley titulada Levítico y Deuteronomio ni siquiera insinúe el dogma de la inmortalidad del alma.

 

La ley judía prohíbe comer anguilas porque no tienen escamas, y liebres porque rumían y no tienen el pie hendido. Es innegable que los judíos tendrían liebres que serían distintas de las nuestras, porque las nuestras tienen el pie hendido y no rumían. Para ellos, el grifo es inmundo y las aves de cuatro pies también, pero estos animales son fabulosos. Quien tocaba un ratón o un topo era impuro. La ley judía prohíbe que las mujeres se apareen con caballos y asnos por tanto, para imponer esa prohibición era preciso que las mujeres judías se hubieran dedicado a semejantes tejemanejes. Se prohíbe a los hombres ofrecer el esperma a Moloch, y para que no crean que es una metáfora, la ley repite que se refiere al semen del varón. El texto llama a esta ofrenda fornicación. Respecto a este punto es curioso el libro sagrado: al parecer, en los desiertos de Arabia era costumbre ofrecer a los dioses ese singular presente, como en Conchín y otras regiones de la India lo es, según nos aseguran, que las doncellas entreguen su virginidad a un Príapo de hierro en el templo. Esas costumbres prueban que el género humano es capaz de todo. Los cafres que se extirpan un testículo ofrecen un ejemplo todavía más ridículo del fanatismo de la superstición.

 

Y más extravagante es la ley judía que trata de la prueba del adulterio. La mujer que acusa al marido de tal delito comparece ante los jueces y le dan a beber el agua de los celos mezclada con absintio y polvo: si es inocente, esa agua la hace más hermosa y fecunda; si es culpable, los ojos le saltan de las órbitas, se le hincha el vientre y revienta en presencia del Señor.

 

Por lo demás, es muy difícil averiguar en qué época se redactaron esas leyes llegadas hasta nosotros, pero basta saber que son antiquísimas para conocer que las costumbres de entonces eran groseras y feroces.

 

De la dispersión de los judíos. Hay quienes suponen que se profetizó su dispersión como castigo al negarse a reconocer que Jesucristo era el Mesías, olvidando que los judíos estaban ya dispersos por todo el mundo conocido mucho antes de la encarnación de Jesucristo. Los libros que nos quedan de ese pueblo singular no mencionan el regreso de las diez tribus que Toglathalasar y Salmanasar condujeron más allá del Éufrates hasta cerca de seis siglos después. Ciro hizo volver a Jerusalén las tribus de Judá y de Benjamín que Nabucodonosor había diseminado por las provincias de su imperio. Los Hechos de los Apóstoles dicen que cincuenta y tres días después de la muerte de Jesucristo se reunieron allí judíos de todas las naciones para celebrar en Jerusalén la fiesta de la Pascua de Pentecostés. Santiago escribió a las doce tribus dispersas, y Flavio Josefo, lo mismo que Filón, dicen que existían gran número de judíos en todo Oriente.

 

Cuando se reflexiona en la matanza de judíos que se produjo durante el reinado de algunos emperadores romanos y en la carnicería que hicieron de ellos todas las naciones cristianas, nos admira no sólo que ese pueblo subsista todavía, sino que sea más numeroso que en sus tiempos más remotos. Su aumento lo atribuyen algunos a que está exento del servicio militar, su ardoroso deseo por el matrimonio, su ley de divorcio, su género de vida sobria y comedida, sus abstinencias, su trabajo y a SUS ejercicios.

 

Es digna de notarse la sumisión constante que los judíos otorgan a la ley mosaica, sobre todo si recordamos sus frecuentes apostasías, cuando les gobernaban reyes o jueces. El judaísmo es ahora la religión del mundo que cuenta menos apóstatas, y acaso se deba a las persecuciones que sufrió. Sus fieles, que son mártires perpetuos de su creencia, creen ciegamente profesar la verdadera doctrina, y nos consideran a nosotros como judíos rebeldes que han modificado la ley de Dios y castigamos a quienes la han recibido de sus manos.

 

Mientras Jerusalén y su templo subsistieron, los judíos fueron expulsados de su patria varias veces, pero lo fueron con más frecuencia por el fanatismo ciego de todos los países donde residieron en cuanto se extendió el cristianismo y el mahometanismo. Por eso comparan su religión a una madre que tiene dos hijas, una cristiana y otra mahometana, que le han dado muchas aflicciones, pero que aunque le hayan maltratado tiene siempre un verdadero placer en recordar que las dio a luz. Se sirve de una y otra para abarcar el universo y en su vejez venerable consigue abarcar todos los tiempos.

 

No alcanzo a comprender que los cristianos crean realizar las profecías persiguiendo a los judíos que las transmitieron. Ya hemos visto que la Inquisición hizo desterrar a los judíos de España. Reducidos a recorrer muchas tierras y mares para ganarse la vida y prohibiéndoles en todas partes poseer bienes raíces y obtener empleos, se vieron obligados a dispersarse por muchos sitios y no poder afincarse en ninguna región, faltos de apoyo y poder para conseguirlo. Tuvieron que dedicarse al comercio, profesión que desdeñaban casi todos los pueblos de Europa, como único recurso en los tiempos bárbaros, y como necesariamente el comercio tenía que enriquecerles, los trataron de infames usureros. Los reyes, no pudiendo sacar dinero de las bolsas ya vacías de sus súbditos, para apoderarse del de los judíos les hicieron sufrir en el potro porque no los consideraban como ciudadanos. Lo ocurrido en Inglaterra puede dar una idea de las vejaciones que sufrirían en los demás países. El rey Juan, necesitando fondos, encarceló a los judíos ricos de su reino, y uno de ellos, a quien arrancaron siete dientes, uno tras otro, para que aflojara la bolsa, entregó mil marcos de plata cuando le arrancaron el octavo. Enrique III sacó a Aarón, judío establecido en York, catorce mil marcos de plata para él y diez mil para la reina.

 

En Francia, que encarcelaban a los judíos, les robaban, los vendían, los acusaban de ejercer la magia, de sacrificar niños y de envenenar las fuentes, les expulsaban del reino y luego los dejaban volver pagando, y hasta en las épocas que les toleraban residir les obligaban a llevar distintivos infamantes para diferenciarlos de los demás habitantes. Y mientras en otros países los quemaban en la hoguera para hacerles abrazar el cristianismo, en Francia confiscaban los bienes de los judíos que se hacían cristianos. Carlos VI, por medio de un edicto que publicó en Rasville el 4 de abril de 1392, derogó esta costumbre tiránica que, según el benedictino Mabillón, se introdujo por estas dos razones: a) para probar el cristianismo de los recién convertidos, ya que era común entre los judíos fingir que se sometían al Evangelio por algún interés temporal sin cambiar realmente al credo, y b) porque como la mayor parte de sus bienes provenían de la usura, la pureza de la moral cristiana exigía que hicieran general restitución, lo que se conseguía confiscándoles los bienes.

 

Pero la verdadera razón de este uso es la que explica el autor de El Espíritu de las leyes; era una especie de derecho de amortización en favor del soberano o los señores, las tasas que imponían a los judíos, considerándolos como siervos de manos muertas a los que éstos sucedían, y los soberanos y señores se privaban de este beneficio cuando los judíos se convertían a la religión cristiana.

 

Proscritos de todos los países, finalmente encontraron un medio ingenioso de salvar sus fortunas y afincarse definitivamente. Expulsados de Francia en la época de Felipe el Largo en 1318, se refugiaron en Lombardía y allí dieron letras a los negociantes dirigidas a quienes habían confiado su capital al partir, letras que se pagaron en seguida. La invención admirable de las letras de cambio debió su origen a la desesperación de los judíos, y sólo a partir de entonces el comercio pudo evitar los ataques y sostenerse en todo el mundo.

 

JULIANO. Supongamos por un momento que Juliano abjurara del culto de los dioses falsos para abrazar la religión cristiana y que estudiáramos en su persona el hombre, el filósofo y el emperador; veríamos entonces que no habría príncipe en el mundo que pudiera parangonarse con él. Si hubiera vivido diez años más es probable que hubiera dado otra forma a Europa, distinta de la que hoy tiene.

 

La religión cristiana dependió de su vida y los esfuerzos que hizo para destruirla consiguieron que execraran su nombre los pueblos que se convirtieron a dicha religión. Los sacerdotes cristianos, coetáneos suyos le acusaron de haber cometido casi todos los crímenes porque cometió el mayor para ellos, el de humillarlos. Hasta hace poco se le venía llamando Juliano el Apóstata, pero en la actualidad gracias al esfuerzo que hizo la razón, ya no le designan con ese epíteto injurioso. Los estudios y la experiencia han hecho a los sabios más tolerantes. En el Mercurio, que se publicaba en París el año 1741, no recuerdo en qué número, el autor reprende a un escritor diciéndole que faltaba al decoro público llamando apóstata al emperador Juliano. Si cien años atrás alguien se hubiera atrevido a no apellidarle así le hubieran llamado ateo.

 

Es indudable que, dejando de lado las controversias en que se enconaron paganos y cristianos, en las que Juliano se decidió por un partido, si en vez de estudiar a dicho emperador en las iglesias cristianas y en los templos idólatras, lo hiciéramos en su casa, campamentos, batallas, costumbres, conducta y escritos, nos convenceríamos de que fue un emperador que puede ponerse al nivel de Marco Aurelio. Juliano, que nos han pintado como un ser abominable, si no ocupa el primer lugar entre los hombres notables de la humanidad, debe ocupar el segundo. Siempre sobrio, temperante, sin aventuras galantes, acostándose sobre una piel de oso y en tal yacija concediendo con pesadumbre unas horas al sueño repartiendo el tiempo entre el estudio y los asuntos públicos, generoso rindiendo culto a la amistad y enemigo del fausto, se habría granjeado la admiración pública si se hubiera consagrado a la vida privada.

 

Estudiado como héroe le veremos siempre al frente de sus legiones restableciendo la disciplina sin valerse del rigor, querido de sus soldados y refrenándoles; conduciendo casi siempre a sus huestes a pie dándoles el ejemplo de resistir todas las fatigas; siempre victorioso en todas sus expediciones hasta el postrer momento de su vida, que hizo huir a los persas. Su muerte fue la de un héroe y sus últimas palabras las de un filósofo. «Me someto —dijo— con alegría a los decretos eternos del cielo convencido de que quien se encariña con la vida cuando es preciso que muera es más cobarde que el que desea morir cuando es necesario que viva». Pasó sus últimas horas ocupándose de la inmortalidad del alma sin aflicción ni debilidad, sometido a la Providencia. Teniendo en cuenta que quien muere de ese modo es un emperador de treinta y dos años, véase si es lícito insultar su memoria.

 

Si le estudiamos como emperador, veremos rehusar el título de dominus tan querido de Constantino, aliviar a los pueblos, disminuir los impuestos, proteger las artes, hacer observar las leyes, refrenar a sus funcionarios y ministros y evitar toda clase de corrupción.

 

Diez soldados cristianos que se proponen asesinarle son descubiertos y Juliano los perdona. El pueblo de Antioquía, insolente y voluptuoso, le insulta y sólo se venga como hombre de talento; pudiendo aplastarle con el peso de su poder imperial, sólo le hace conocer la superioridad de su genio. Comparad su proceder con el de Teodosio que mandó degollar a todos los ciudadanos de Tesalónica por un motivo semejante y juzgad la conducta de esos dos hombres.

 

Algunos escritores que llamamos padres de la Iglesia, Gregorio de Nacianceno y Theodoret, creyeron que debían calumniarle porque abjuró la religión cristiana. No pensaron que el triunfo de la religión hubiera sido atraerse a ese sabio, ese gran hombre, después de haber resistido los tiranos. Un escritor dice que inundó de sangre Antioquía tomando bárbara venganza. Si ese suceso fuera verdad lo hubieran referido los demás historiadores, pero no se ocupan de él por la obvia razón de que no se derramó en Antioquía más sangre que la de las víctimas. Otro escritor se atreve a decir que, estando en la agonía, mirando al cielo, exclamó: Venciste, galileo. ¿Cómo pudo adquirir crédito esa paparrucha? ¿Acaso peleó él contra los cristianos?, ¿eran palabras propias de su carácter?

 

Hombres estudiosos más sensatos que los detractores de Juliano pueden preguntar cómo es posible que un hombre de Estado, de ingenio y filósofo, como dicho emperador, abjurara el cristianismo, en cuyo credo se había educado, y adoptara el paganismo, cuyas ridiculeces y absurdos debía conocer. Si la razón de Juliano se rebeló contra la creencia en los misterios de la religión cristiana, debió hacerlo más contra las fábulas de los paganos. Tal vez estudiando el curso de su vida y observando su carácter pueda comprenderse qué le inspiró su aversión al cristianismo. El emperador Constantino, hermano de su abuelo, que estableció la religión cristiana desde el trono, se manchó con los asesinatos de su esposa, su hijo, su cuñado, su sobrino y su suegro; los tres hijos de Constantino iniciaron su funesto reinado degollando a su tío y sus primos. Estos delitos fueron el prólogo de las guerras civiles y de los asesinatos que ensangrentaron aquellas regiones. El padre, el hermano mayor de Juliano, sus parientes y él mismo siendo niño, se vieron condenados a morir por su tío Constancio, aunque él pudo escapar de la matanza general. Pasó su primera infancia en el destierro y por fin, debió la salvación de la vida su fortuna y el título de césar a ia emperatriz Eusebia, esposa de su tío Constancio, quien, después de usar la crueldad de proscribirle en su niñez, tuvo la imprudencia de hacerle césar, y luego, la imprudencia todavía mayor de perseguirle. Juliano fue testigo de la insolencia con que Leontius, obispo de Trípoli, trató a su bienhechora Eusebia. Envió a decir a la emperatriz que no la visitaría si no le recibía de la manera debida a su condición episcopal; ella salió a recibirle hasta la puerta, obtuvo su bendición inclinándose y permaneció de pie ante el prelado hasta que le permitió sentarse. Los pontífices paganos no se portaban así con las emperatrices, y esa vanidad brutal debió producir penosa impresión en el espíritu del joven, que era ya un enamorado de la filosofía y la sencillez.

 

Es cierto que Juliano vivía en el seno de una familia cristiana, aunque famosa por sus parricidios, y que por su trato con los obispos de la corte conocía lo audaces e intrigantes que eran y que se anatematizaban unos a otros; además, veía con repulsión que los seguidores de Arrio y de Atanasio perturbaban el imperio y hacían derramar ríos de sangre. Comparándolos con los paganos, no podía por menos de pensar que éstos nunca tuvieron guerras de religión. Por ello, era natural que Juliano, educado por filósofos paganos, fuera de día en día afirmando en su corazón la aversión que debía inspirarle la religión cristiana. No es más extraño que Juliano deje el cristianismo para consagrarse a los dioses falsos, ni que Constantino abandone los dioses falsos para abrazar el cristianismo, lo más verosímil es que ambos cambiaran de religión por interés del Estado, interés que se confundió en el espíritu de Juliano con la dignidad indócil de su alma estoica.

 

Los sacerdotes paganos carecían de dogmas y no obligaban a los hombres a creer en lo increíble; sólo exigían sacrificios y sin amenaza de penas rigurosas. No creían constituir la primera clase del Estado, ni pretendían que hubiera un Estado dentro de otro y tampoco participaban en el gobierno. Estos motivos eran suficientes para impulsar a un hombre del carácter de Juliano a decidirse por el credo de los que así opinaban. Necesitaba ser jefe de un partido, y si hubiera optado por declararse estoico le hubieran combatido los sacerdotes de ambas religiones y los fanáticos de una y otra. Tampoco el pueblo hubiera soportado que su jefe se satisficiera con la adoración de un ser puro y la observancia de la justicia; necesitó, pues, optar por uno de los partidos que se combatían. Es, pues, creíble que Juliano se sometiera a las ceremonias paganas como van a las iglesias la mayoría de los príncipes y grandes, arrastrados por el pueblo, aparentando con frecuencia lo que no son y ostentando creer lo que no creen. El sultán de los turcos debe bendecir a Omar, el sofí de Persia debe bendecir a Alí, y hasta Marco Aurelio se prestó a que le iniciaran en los misterios de Eleusis.

 

No es de extrañar, pues, que Juliano envileciera su razón descendiendo a observar prácticas supersticiosas, pero aún debe indignarnos más Theodoret, por ser el único historiador que refiere que dicho emperador sacrificó una mujer en el templo de la Luna. Esa calumnia infame merece tanto crédito como el cuento de Ammien, que dice que el genio del imperio se apareció a Juliano momentos antes de su muerte, y del cuento no menos ridículo que nos dice que cuando Juliano quiso reedificar el templo de Jerusalén salieron de la tierra globos de fuego cuyas llamas incendiaron la obra. Tanto los cristianos como los paganos inventaron historietas referentes a Juliano, pero las de los cristianos fueron todas calumniosas. Nadie creerá que un filósofo sea capaz de sacrificar a la luna una mujer y desgarrar sus entrañas con las propias manos. No puede obrar así un estoico rígido. Juliano no condenó a muerte ningún cristiano; no concedía favores a sus enemigos, pero tampoco los perseguía: era un emperador justo que les permitía gozar de sus bienes, aunque escribía contra el cristianismo como filósofo. Les toleraba el ejercicio de su religión, pero impedía que perturbaran el Estado con sus controversias sangrientas. Lo único que podían reprocharle es haberlos abandonado y no pertenecer a su partido; sin embargo, encontraron el medio de hacer odioso a la posteridad un príncipe que hubiera sido aplaudido por todo el orbe si no hubiera cambiado de religión.

 

JUSTO E INJUSTO. ¿Quién nos dotó de la idea de lo justo y lo injusto? Dios, que nos otorgó cerebro y corazón. ¿Cuándo nos enseña la razón de que existan el vicio y la virtud? Cuando nos enseña que dos y dos hacen cuatro. No existen ideas innatas por igual razón que no hay ningún árbol que brote de la tierra con hojas y fruto. No hay nada que pueda llamarse innato, es decir desarrollado, e insisto, Dios nos dotó de órganos que, conforme se desarrollan, nos hacen conocer lo que debe hacer nuestra especie para conservarse.

 

¿Cómo se realiza ese misterio continuo? Decídmelo, amarillentos habitantes de las islas de Sonda, negros africanos, imberbes lapones del Canadá, y vosotros, egregios Platón, Cicerón, Epicteteto......Todos comprendéis igualmente que vale más dar lo superfluo de vuestro pan, vuestro arroz o vuestra yuca al menesteroso que humildemente lo pide, que matarle o sacarle los ojos. Todo el mundo sabe que socorrer es más honroso que ultrajar y que la dulzura es preferible a la ira.

 

Sólo debemos, pues, valernos de la razón para discernir la diferencia que hay entre la honradez y la deshonra. El bien y el mal están tan cercanos que con frecuencia los confundimos: ¿quién nos los hará distinguir? Nosotros mismos, cuando estamos tranquilos. Cualquiera que haya escrito respecto a nuestros deberes escribió bien en todos los países del mundo, porque escribió guiado tan sólo por su razón y por eso todos han dicho siempre lo mismo. Sócrates y Epicuro, Confucio y Cicerón, Marco Antonino y Amurat II tuvieron la misma moral. Repitamos sin cesar a todos los hombres que la moral siempre es unívoca porque proviene de Dios; los dogmas son diferentes porque provienen de los hombres.

 

Jesús no enseñó ningún dogma metafísico, ni escribió libros teológicos, ni dijo nunca «Soy consubstancial. Tengo dos voluntades y dos naturalezas en una misma persona.» Dejó a los franciscanos y a los dominicos la tarea de argumentar para inquirir si su madre fue concebida con el pecado original, no dijo que el matrimonio es el signo visible de una cosa invisible, ni habló de la gracia concomitante, ni estableció nunca las instituciones de los monjes ni de los inquisidores, y no mandó nada de lo que vemos establecido.

 

Dios dotó a los hombres del conocimiento de lo justo y lo injusto en todos los tiempos que precedieron al cristianismo. Dios no cambió ni puede cambiar: el fondo de nuestra alma, nuestra razón y nuestra moral serán eternamente lo mismo. ¿De qué sirve la virtud, las distinciones teológicas, los dogmas que se fundan en esas distinciones, las persecuciones fundadas en esos dogmas? La Razón, aterrorizada y sublevada al ver esas invenciones bárbaras, grita a todos los hombres: sed justos y no seáis sofistas perseguidores.

Leed el Sadder, que es el compendio de las leyes de Zoroastro, y encontraréis esta sabia máxima: «Cuando dudes de si el acto que te propones es justo o injusto, abstente de realizarlo». Nadie dio nunca regla tan admirable; ningún legislador habló mejor. Esa máxima es muy diferente del sistema de las opiniones probables que inventaron individuos que se llamaban la Compañía de Jesús.

 

                                                                          K

 

KALENDAS. La fiesta de la Circuncisión que la Iglesia celebra el 1º de enero ha sustituido a otra que se llamaba fiesta de las kalendas, de los asnos, de los locos y de los inocentes, según los diversos lugares y días en que se celebraba. Lo más frecuente era celebrarlas los días de Navidad, Circuncisión o Epifanía.

 

En la catedral de Ruán tenía lugar el día de Navidad una procesión en la que los clérigos elegidos representaban a los profetas del Antiguo Testamento que vaticinaron el nacimiento del Mesías, y quizá diera nombre a esa fiesta el que apareciera en ella Balaán montado en una borrica, pero como el poema de Lactancio y el libro de las Promesas que se atribuye a san Próspero dicen que el buey y el asno reconocieron a Jesús en el establo, según un pasaje de Isaías (1), es más verosímil que de ese pasaje tomara el nombre de fiesta del asno.

 

(1) Isaías, cap. I, 3.

 

El jesuita Raynauld asevera que el día de San Esteban cantaban el himno latino del asno, conocido también por el himno de los locos, y que por San Juan cantaban otro que llamaban el himno del buey. En la biblioteca del Capítulo de Sems hay un manuscrito en pergamino en el que están representadas las ceremonias de la fiesta de los locos; el texto contiene la descripción y en él se encuentra el himno del asno, que lo cantaban con coros que imitaban de tiempo en tiempo, y a modo de estribillo, el rebuzno del asno. He aquí el extracto de la descripción de dicha fiesta.

 

En las iglesias catedrales fingían nombrar el arzobispo u obispo de los locos y esta elección se confirmaba haciendo toda clase de bufonerías, que servían para consagrarle. El elegido oficiaba pontificalmente y bendecía al pueblo, ante el que se presentaba con mitra y báculo. En las iglesias que dependían directamente de la Santa Sede elegían el papa de los locos, que oficiaba con todos los ornamentos del papado. Todo el clero asistía a oír la misa, unos curas vestidos de mujer, otros de bufones y algunos enmascarados de manera grotesca y ridícula. No sólo cantaban en el coro canciones licenciosas, sino que comían y jugaban a los dados en el altar, al lado del celebrante. Concluida la misa, corrían, saltaban y bailaban en la iglesia, cantando y profiriendo frases obscenas y haciendo posturas indecentes hasta quedarse en cueros; luego, hacían que los pasearan por las calles en carretas llenas de inmundicias que arrojaban al populacho que se arracimaba a su paso. Los laicos más libertinos se confundían con el clero y representaban algún personaje loco, ataviado con vestidura eclesiástica.

 

Esta fiesta se celebraba también en los cenobios de frailes y monjas, según atestigua Naude en la queja que dirigió a Gassendi en 1645; decía que en Antibes, en el convento de los franciscanos, ni el prior ni los religiosos iban al coro el día de los Inocentes. En ese día los hermanos legos ocupaban sus sitios y oficiaban revestidos con los ornamentos sacerdotales puestos del revés. También ponían del revés los libros y fingían leer, poniéndose antiparras que hacían con cortezas de naranja, murmurando palabras incoherentes, lanzando gritos y haciendo contorsiones extravagantes.

 

En los registros de San Esteban de Dijon, del año 1521, consta que los vicarios corrieron por las calles tocando pífanos, tambores y otros instrumentos, y llevando linternas precedían al primer chantre de los locos, que era el héroe de la fiesta. El Parlamento de dicha ciudad, por decreto del 19 de enero de 1552, prohibió la celebración de esta fiesta que ya habían condenado algunos Concilios, y sobre todo una carta circular del 12 de marzo de 1444 que la Universidad de París envió a todo el clero del reino. Dicha carta, inserta a continuación de Pierre Deblols, dice que esta fiesta pareció al clero tan bien pensada y cristiana que consideraba como excomulgados a quienes intentaban suprimirla, y el doctor de la Sorbona, Jean Deslyons, en su discurso contra el paganismo, refiere que un doctor en Teología sostuvo públicamente en Auxerre, a fines del siglo xv, que «la fiesta de los locos estaba tan autorizada por Dios como la fiesta de la Inmaculada Concepción de la Virgen, y que además era más antigua en la Iglesia».

 

                                                                          L

 

LÁGRIMAS. Son el lenguaje mudo del dolor. Mas, ¿qué relación puede haber entre una idea triste y ese líquido salado que filtra por una pequeña glándula en el extremo externo del ojo, humedeciendo la conjuntiva y los pequeños puntos lagrimales, desde donde desciende hasta la nariz y la boca por el receptáculo que denominamos saco lagrimal y por sus conductos?

 

¿Por qué en los niños y mujeres, cuyos órganos tienen un tejido débil y delicado, el dolor excita con más facilidad las lágrimas que en los hombres, cuyo tejido es más fuerte?

 

Quizá la naturaleza quiso excitar en nosotros la compasión cuando vemos derramar lágrimas que nos enternecen, y movernos a prestar consuelo a los que las vierten. La mujer salvaje se apresura a auxiliar al niño que llora con tanta diligencia como la dama de corte, acaso con más cariño, porque está menos distraída y siente menos pasiones.

 

Es indudable que todo tiene su finalidad en el cuerpo humano. Los ojos, sobre todo, tienen relaciones matemáticas admirables y demostradas con los rayos de la luz; esta mecánica es tan divina que estoy tentado a creer que es un desvarío de la razón negar las causas finales de la estructura de nuestros ojos. El objetivo de las lágrimas no parece que tenga un fin tan determinado, pero es de loar que la naturaleza las haga fluir para movernos a compasión.

 

Atribuyen a algunas mujeres la facilidad de llorar cuando quieren, y no me sorprende que tengan ese don. La imaginación viva, sensible y tierna puede fijarse en alguna idea o recuerdo triste, y representárselo con colores tan intensos que consigan arrancarle lágrimas. Esto les sucede a muchos actores y principalmente a las actrices, en el teatro. Las mujeres que los imitan en su hogar unen a ese talento el fraude de aparentar que lloran por sus maridos cuando en realidad algunas lloran por sus amantes; entonces, sus lágrimas son sinceras, pero el motivo es falso.

 

Pero si es imposible llorar sin objeto, la risa se puede fingir. Es menester afectarse sensiblemente para obligar a la glándula lagrimal a que se comprima y esparza su líquido por la órbita del ojo; en cambio, basta que queramos para que aparezca la risa en nosotros.

 

Hay quienes se preguntan en qué consiste que el hombre que ve con ojos secos los hechos más atroces y que quizás haya cometido crímenes a sangre fría, llore en el teatro al presenciar la representación de esos hechos y esos crímenes. Consiste en no verlos con los mismos ojos, sino por los ojos del actor o autor; no es ya el mismo hombre. Era bárbaro, le agitaban pasiones furiosas cuando vio matar a una mujer, cuando se manchó con la sangre de un amigo, y vuelve a ser hombre presenciando el espectáculo. Ayer, pasiones tempestuosas agitaron su pecho; hoy está tranquilo y la naturaleza recobra en él sus derechos y le hace derramar lágrimas virtuosas. Este es el verdadero mérito y la acción saludable que producen las buenas obras en el teatro, bien saludable que nunca pueden proporcionar los deliquios retóricos del orador, pagado para que fastidie al auditorio durante una hora.

 

Así lo creía también Pope, cuando en el prólogo de la tragedia de Adisson, titulada Catón, dice:

 

Tyrants no more their savage nature kept;

And foes to virtue wonderet how they wept (1).

 

(1) Los perversos se asombraron de ver que se enternecían, el crimen despertó el remordimiento y los tiranos lloraron.

 

LAMPARONES O ESCRÓFULAS. También denominados tumores fríos, pese a que sean muy cáusticos, constituyen una de las enfermedades casi incurables que desfiguran la naturaleza humana por los dolores e infección que originan y que llevan a la muerte prematura. Antiguamente supusieron que esa enfermedad era un castigo del cielo porque no había poder humano que la curase (2). Quizás algunos frailes creyeron que los reyes, por serlo por la gracia de Dios, tenían poder para curar a los escrufulosos tocándolos con sus manos ungidas. ¿Por qué, pues, no atribuyeron ese poder a los emperadores, que gozan de una divinidad superior a los reyes? ¿Por qué no se lo concedieron a los papas, que se creían superiores a los emperadores? Hay motivo para sospechar que algún páter visionario de Normandía, con el fin de hacer respetable la usurpación de Guillermo el Bastardo, le concedió de parte de Dios el privilegio de curar las escrófulas con la yema del dedo.

 

(2) Véase el articulo Demoníacos.

Después de la época de Guillermo quedó establecida esa práctica. No podían conceder a los reyes de Inglaterra esa facultad milagrosa y negársela a los reyes de Francia, que eran sus soberanos feudales, y esto porque hubiera sido faltar al respeto debido a esas antiquísimas leyes. Por eso arranca ese derecho desde san Eduardo en Inglaterra y desde Clovis en Francia.

 

El único testimonio digno de fe que conservamos de la antigüedad de ese uso se encuentra en los escritos que en favor de la casa de Lancaster compuso el caballero John Fortescue en tiempos de Enrique VI, que en la cuna reconocieron rey de Francia en París; más tarde quedó reconocido rey de Inglaterra y luego perdió los dos reinos. John Fortescue, gran canciller de Inglaterra, asegura que desde tiempo inmemorial los reyes de Inglaterra estaban facultados para tocar a las gentes del pueblo aquejadas de escrófulas. No se ve, sin embargo, que esta prerrogativa hiciera más sagradas sus personas en las guerras de la Rosa roja y la Rosa blanca. Las reinas consortes no podían curar las escrófulas porque no ungían sus manos como los reyes; en cambio, Isabel, que reinaba por derecho propio y estaba ungida, las curaba sin dificultad.

 

Cuando el rey Jacobo II de Inglaterra fue acompañado por segunda vez desde Rochester Whitehall, le propusieron que hiciera uno de esos actos peculiares a la monarquía, concretamente tocar las escrófulas, pero nadie se presentó a curarse. Entonces fue a ejercer esa prerrogativa en Francia y en Saint Germain tocó a algunos irlandeses. Su hija María, el rey Guillermo, la reina Ana y los reyes de la casa de Brunswick, no curaron a nadie. Esa mojiganga sagrada pasó en cuanto cundió la ilustración en el mundo.

 

LENGUAS. Dícese que los hindúes empiezan casi todos sus libros con estas palabras: Bendito sea el inventor de la escritura. También nosotros podríamos empezar este artículo bendiciendo al autor del lenguaje.

 

Al ocuparnos del alfabeto dijimos que nunca ha existido ninguna lengua primitiva de la que deriven todas las demás. La voz Al o El, que significaba Dios en los pueblos orientales, no tiene ninguna relación con el vocablo Gott, que quiere decir Dios en Alemania. Housse y huis son palabras que no pueden derivar de la griega damos, que significa casa.

 

Nuestras madres, y las lenguas que denominamos madres, se parecen mucho. Unas y otras tienen hijos que se casan en los países inmediatos sin que alteren el lenguaje ni las costumbres. Esas madres tienen otras madres, de las que los genealogistas no pueden desentrañar el origen. El mundo está lleno de familias que se disputan el abolengo de su linaje sin saber de dónde provienen.

 

Es sabido que los niños nacen con el espíritu de imitación, si no les dijéramos nada nunca hablarían, no harían más que gritar. En casi todos los países conocidos empezamos por enseñarles las palabras mamá, papá u otras similares, fáciles de pronunciar, y ellos las repiten. Los que quieran saber la palabra equivalente a nuestro papá en japonés, tártaro, en el lenguaje autóctono del Kamchatka y en el de la bahía de Hudson, que viajen por esos países y después nos la enseñen.

 

Un misionero llamado Sagart Theodad, que estuvo predicando durante treinta años a los iroqueses, algonquines y hurones, publicó un pequeño diccionario hurón editado en París en 1632. Esa obra será poco útil para Francia después que nos hemos descargado del peso del Canadá. Dice el mencionado autor que, en hurón, padre se llama aystan y en canadiense notoui; hay bastante diferencia entre ambas palabras y pater o papá. No debe hacerse caso de sistemas.

 

Genio de las lenguas. Se llama genio de una lengua a su aptitud para decir del modo más conciso y armonioso lo que las demás lenguas no pueden expresar tan bien.

 

El latín, pongo por caso, es más idóneo para escribir en las lápidas que las lenguas modernas, por sus verbos irregulares que alargan una inscripción y la enervan. El griego, por su mezcla melodiosa de vocales y consonantes, es más a propósito para la música que el alemán y el holandés. El italiano, por tener muchas vocales dobles, sirve mejor para la música delicada. El latín y el griego, por su riqueza y las características apuntadas, son más a propósito para la poesía que las demás lenguas del mundo. El francés, por la marcha natural de sus construcciones y su prosodia, es más a propósito que ningún otro para la conversación. Los extranjeros entienden con más facilidad los libros franceses que los libros de las demás naciones, y hallan en las obras filosóficas francesas una claridad de estilo que no encuentran en obras de otros pueblos. Esto es lo que dio preferencia al francés sobre el italiano, que por las obras inmortales que produjo en el siglo xv estuvo en situación de dominar en Europa.

 

Con todo, no existe ninguna lengua completa, ninguna que exprese todas nuestras ideas y sensaciones, toda vez que los matices de unas y de otras son imperceptibles y numerosos. Nadie es capaz de dar a conocer con exactitud el grado de sentimiento que representa; por ejemplo, nos vemos obligados a designar con la voz general de amor y de odio mil amores y mil odios diferentes unos de otros, e igual nos sucede si tratamos de manifestar nuestros dolores y alegrías. Por eso todas las lenguas son imperfectas como nosotros. Y por lo mismo se fueron formando sucesivamente y por grados, conforme a las exigencias de nuestras necesidades. El instinto común a todos los hombres es el que hizo las primeras gramáticas sin apercibirnos de ello. Los lapones y los negros, igual que los griegos, necesitaron expresar el pasado, el presente y el futuro, y lo hicieron, pero como nunca reunieron una asamblea de lógicos para formar una lengua, ninguna consiguió adecuarse a un plan regular.

 

En todos los idiomas, las palabras son necesariamente la imagen de las sensaciones. Los hombres nunca han podido expresar más de lo que sentían. Por lo tanto, todo se ha convertido en metáfora, y en todas partes donde el alma se ilumina, el corazón arde y el espíritu ve, el hombre compone, une, divide, se equivoca, se corrige y se extravía.

 

Todas las naciones están de acuerdo en llamar soplo, espíritu, alma al entendimiento humano, del que conocen los efectos sin verlo, después de haber llamado viento, soplo y espíritu a la agilidad del aire, que tampoco han visto. En todos los pueblos, el infinito fue la negación de lo finito y la inmensidad la negación de la medida.

 

Es evidente que nuestros cinco sentidos son los que han producido todos los idiomas, al igual que han producido nuestras ideas. Las lenguas menos imperfectas pueden parangonarse con las leyes, en que las que tienen menos de arbitrario son las mejores. Las lenguas más completas son las de los pueblos que más se han dedicado a las artes y a la sociedad. Por eso la lengua hebrea debió ser una de las lenguas más pobres como el pueblo que la habló. ¿Cómo podían tener los hebreos en su idioma términos marítimos, si antes de la época de Salomón carecían de barcos? ¿Cómo podían tener terminología filosófica si vivían en la más profunda ignorancia hasta que empezaron a aprender algo en su cautividad en Babilonia? La lengua de los fenicios, de la que los hebreos sacaron su jerga, debió ser muy superior porque fue el idioma de un pueblo industrioso, comercial y próspero, esparcido por todo el mundo.

 

La lengua más antigua de las conocidas debe ser la de la nación que primeramente constituyó sociedad, la del pueblo menos sojuzgado o que, habiéndolo sido, ilustró a sus conquistadores. Ateniéndonos a esta regla, podemos inferir que el chino y el árabe fueron las lenguas más antiguas de las que se hablan actualmente.

 

No ha habido ninguna lengua madre. Las naciones limítrofes se han prestado sus palabras unas a otras, aunque hemos convenido en llamar lengua madre a aquellas de las que han derivado algunos idiomas. Por ejemplo, el latín es lengua madre del italiano, español y francés, pero ella tiene su origen en el toscano, y éste deriva del celta y griego.

 

El más hermoso de los idiomas debe ser el que, a la vez, es más completo, más sonoro, más variado en sus giros y más regular en su cadencia, el que tiene más palabras compuestas, el que con su prosodia expresa mejor los movimientos lentos o impetuosos del alma y el más parecido a la música.

 

El griego reúne todas esas características: carece de la rudeza del latín, en cuya lengua abundan las palabras que terminan en um, ur y us, tiene el empaque del español y toda la dulzura del italiano, aventaja a todas las lenguas vivas del orbe en la expresión musical, que le dan las sílabas largas y breves y el número y variedad de sus acentos. Desfigurado y todo, como hoy se habla en Grecia, puede estimarse todavía como el más hermoso lenguaje del mundo.

 

Ahora bien, el mejor idioma no puede extenderse por todas partes cuando el pueblo que lo habla vive sojuzgado, es poco numeroso, no comercia con otras naciones y los países cultivan sus propias lenguas; por eso el idioma griego está menos extendido que el árabe y el turco.

 

Insisto en que el francés debe ser el idioma más generalizado de Europa porque es el más idóneo para la conversación: tomó su carácter del pueblo que lo habla. Los franceses, desde hace unos ciento cincuenta años forman la nación que mejor conoció la sociedad y donde las mujeres fueron libres y hasta soberanas cuando aún eran esclavas en todas partes. La sintaxis de esta lengua, que siempre es uniforme y no admite inversiones, le confiere una facilidad que no se encuentra en otras lenguas: es una moneda de más curso que las demás, aunque tenga menos peso. La ingente cantidad de libros agradables y frívolos que produjo es asimismo otra razón del favor que su lengua conquista en todas las naciones. Los libros sesudos no consiguen extender las lenguas; se traducirán y se aprenderá la filosofía de Newton, pero nadie estudiará inglés para entenderle.

 

Lo que más contribuyó a la extensión del idioma francés fue la perfección que alcanzó en el teatro. El favor que goza lo debe a Cinna, a Fedra y al Misántropo, no a las conquistas de Luis XIV.

 

La lengua francesa no es tan abundante como el italiano, ni tan majestuosa como el español, ni tan enérgica como el inglés; sin embargo, se ha extendido más que ellos porque tuvo más comunicación, amén de que ha producido libros más agradables que los tres juntos: conquistó tanto éxito, como los cocineros de Francia, porque supo halagar al gusto general.

 

El mismo espíritu que impulsó a las naciones a imitar a Francia en decorar las casas, en amueblarlas, en imitar sus jardines, sus bailes y todo aquello que requiere gracia, las llevó también a imitar su lengua. El arte de los buenos escritores franceses lo deben justamente a las mujeres de su país, que visten mejor que las demás mujeres de Europa y, sin ser más hermosas, parece que lo sean por el arte que despliegan en sus tocados y adornos.

 

La civilización contribuyó decisivamente a que de la lengua francesa desaparecieran las huellas de su antigua barbarie; cuando se suavizaron las costumbres se suavizó también la lengua, que era ruda como los franceses antiguos, antes que Francisco I reuniera a las mujeres en su corte. El hablar francés de los tiempos de Carlos VIII y Luis XII equivalía al antiguo celta; el idioma alemán no era tan duro. Para conseguir la buena estructura que hoy tiene la lengua francesa fue preciso que transcurrieran siglos, y las imperfecciones que todavía le quedan serían intolerables sin el cuidado que ponemos continuamente para evitarlas, al igual que el hábil jinete evita los pedruscos que obstaculizan su camino.

 

Todo concurre a desfigurar las lenguas bastante extendidas: los autores que estropean el estilo con la afectación, los que escriben en otros países y mezclan casi siempre frases extranjeras en su lengua nativa, y los negociantes que introducen en las conversaciones su jerga de mostrador. De que las lenguas sean imperfectas no cabe deducir que deban corregirse. Es preciso atenerse al modo de hablar y escribir de los buenos autores, y una vez se cuente con cantidad suficiente de autores que puedan tomarse por modelo queda fijada la lengua. Por eso, nada puede cambiar de los idiomas italiano, inglés y francés sin corromperlos, pues es obvio que si se cambiaran dichos idiomas resultarían ininteligibles los libros que sirven de instrucción y solaz a todas las naciones.

 

LEPRA Y SÍFILIS. Vamos a ocuparnos ahora de estas dos calamitosas y graves enfermedades, una antigua y otra moderna, que han reinado en nuestro hemisferio. Dom Calmet, gran erudito o, lo que es igual, gran compilador de lo que se dijo antiguamente y lo que se repite en nuestros días, confundió la sífilis y la lepra. Sostiene que el santo varón Job estaba aquejado de sífilis, y supone, tomándolo de un comentarista apellidado Pineda, que la sífilis y la lepra son una misma cosa. Mas no vaya a creerse que Calmet sea médico, ni que razone, sino que cita, y sabido es que en su oficio de comentarista las citas siempre ocupan el lugar de las razones. Refiriéndose al poeta gascón Ausonio que fue cónsul y preceptor del infortunado emperador Graciano, y hablando de la enfermedad de Job, invita a los lectores a leer el siguiente epigrama que dirigió Ausonio a una dama romana llamada Crispa: «Crispa fue siempre placentera con sus amantes, y para que gozaran les ofrecía su lengua y su boca, y les brindaba todos los agujeros de su cuerpo. Celebremos, amigos míos, sus extremadas complacencias». No alcanzamos a comprender qué tenga que ver ese epigrama con lo que se imputa a Job, que por otra parte ya hemos demostrado que no existió nunca y es un personaje alegórico de una leyenda árabe.

 

Cuando Astruc, en su Historia de la sífilis, aduce lo dicho por varios historiadores para probar que la sífilis es originaria de la isla de Santo Domingo y los españoles la trajeron de América, sus citas son más convincentes.

 

Dos cosas prueban —a mi modo de ver— que adquirimos de América la sífilis: la primera es la multitud de autores, médicos y cirujanos del siglo XVI que lo atestiguan, y la segunda, el silencio que guardan respecto a ella los médicos y poetas de la Antigüedad, que nunca conocieron esa dolencia, ni siquiera de nombre. Los médicos, empezando por Hipócrates si la hubieran conocido la habrían descrito caracterizándola, le hubieran puesto nombre y habrían recetado remedios. Los poetas, que son malignos, se hubieran ocupado en sus sátiras de la blenorragia, chancro, bubones y lo que produce esa horrible afección, y no se encuentra en ningún epigrama de Horacio, Cátulo, Marcial y Juvenal nada que toque ni remotamente a la sífilis cuando se complacen en describir detalladamente todos los efectos de la crápula.

 

No cabe, pues, la menor duda que los romanos no conocieron la viruela hasta el siglo VI, la sífilis americana no pasó a Europa hasta fines del xv y la lepra es tan distinta de esas dos enfermedades como la parálisis del baile de San Vito.

 

La lepra es como una sarna de especie horrible. Los judíos se vieron afectos de esa enfermedad contagiosa más que ningún pueblo de los países cálidos porque no tenían prendas de lienzo, ni baños domésticos. Era un pueblo tan desaseado que sus legisladores tuvieron que publicar una ley para conseguir que se lavaran las manos.

 

Lo único que ganamos al finalizar las guerras de las cruzadas fue la sarna. y de cuanto ganamos fue lo único que perdura. Tuvimos necesidad de edificar en todas partes asilos para los leprosos y encerrar en ellos a los que padecían de sarna pestilencial o incurable.

 

La lepra, el fanatismo y la usura, fueron los tres caracteres distintivos de los hebreos. Como esos desgraciados carecían de médicos, los sacerdotes se arrogaron el cuidado de regir a los leprosos, como si ello fuera incumbencia de la religión Los sacerdotes no curaban la lepra, sino que se concretaban a separar de la sociedad a los que la padecían y de esta manera adquirieron prodigioso poder. Encarcelaban a los leprosos como si fueran delincuentes; así, la mujer que deseaba deshacerse de su marido podía conseguirlo sobornando a un sacerdote, el cual encerraba despóticamente al marido. Los hebros y quienes les gobernaban eran tan ignorantes que tomaron las polillas que roen la ropa por lepra, al igual que la mugre que aparece en las grietas de las paredes, y por ello el infeliz pueblo judío quedó bajo el dominio sacerdotal.

 

Cuando empezó a conocerse la sífilis internaron a algunos enfermos en los asilos de leprosos, pero éstos los recibieron con indignación y elevaron una solicitud pidiendo que los separaran, como los encarcelados por deudas o asuntos de honor, porque no querían ser confundidos con la hez de los criminales.

 

En una de nuestras novelas dejamos ya constancia de que el Parlamento de París publicó el 6 de marzo de 1469 un decreto disponiendo que todos los sifilíticos que no fueran vecinos de París salieran de la ciudad en el término de veinticuatro horas bajo la pena de ser ahorcados. Esa sentencia no es sensata, cristiana, ni justa, pero prueba que consideraban la sífilis como una nueva calamidad que no tenía nada de común con la lepra, toda vez que no ahorcaban a los leprosos por dormir en París y sí a los sifilíticos.

 

Los hombres muy desaseados pueden contraer la lepra, pero no la sífilis porque la proporciona la naturaleza, cuyo regalo debemos a América. Hemos reprochado otras veces a la naturaleza, que es tan buena y tan mala, el haber obrado contra el fin que se propuso envenenando el manantial de la vida, y continuaremos lamentándonos todavía de no haber hallado solución a este terrible azote.

 

LETRADOS (hombres de letras). El vocablo letrado corresponde a la expresión francesa gens de lettres, como ésta corresponde a la palabra gramáticos que usaban los griegos y romanos. Ellos incluían bajo esta denominación, no sólo a los entendidos en gramática, base de todos los conocimientos, sino a quienes estaban versados en geometría, filosofía, historia, poesía y elocuencia. No merece este calificativo el que teniendo escasos conocimientos se dedica a un solo género, el que no habiendo leído más que novelas sólo novelas escribe, el que sin conocer bien la literatura haya escrito por casualidad una novela o un drama y quien, huérfano de ciencia, haya pronunciado algunos sermones.

 

Este título es bastante más extenso en nuestros días que lo era la palabra gramático entre los griegos y latinos. Los griegos se contentaban con saber su lengua y los romanos no aprendían más que el griego, pero el literato actual ha de estar más preparado y necesita saber tres o cuatro idiomas. El estudio de la historia es más extenso que lo era para los antiguos, y el de la historia natural ha crecido a medida que han ido aumentando los pueblos. No se exige al letrado que profundice en todas estas disciplinas, porque la ciencia universal no está al alcance del hombre, pero los verdaderos letrados poseen varios terrenos aunque no puedan cultivarlos todos.En el siglo XVI y casi hasta la mitad del XVII, los letrados consumían gran parte de su tiempo ocupándose en la crítica gramatical de los autores griegos y latinos, y a sus trabajos debemos los diccionarios, las ediciones correctas y los comentarios de las obras magistrales de la Antigüedad. Hoy, esta crítica es menos necesaria y prevalece el espíritu filosófico, que parece constituir el carácter de los letrados.

 

Nuestro siglo aventaja a los pasados en que hay bastantes hombres instruidos que pueden pasar desde la aridez de las matemáticas hasta las flores de la poesía, y son capaces de juzgar acertadamente un libro de metafísica que una obra de teatro. El espíritu del siglo XVIII hace que la mayor parte de ellos descuellen tanto en el trato social como escribiendo en su gabinete, y en esto son superiores a los letrados de los siglos precedentes.

 

Los letrados, por lo general, son más independientes que los demás hombres, y los que nacieron en cuna humilde encuentran con facilidad, en las fundaciones que dejó Luis XIV, los medios para asegurar su independencia. Y ya no escriben, como antiguamente, las largas dedicatorias que el interés y la bajeza ofrecían a la vanidad.

 

Hay muchos letrados que no son autores y probablemente serán los más felices porque están libres de los disgustos que la profesión ocasiona algunas veces, de las cuestiones y rencillas que la rivalidad promueve, de las animosidades de partido y de ser mal juzgados.

 

LEYES. En tiempos de Vespasiano y de Tito, mientras los romanos despanzurraban a los judíos, un ricacho israelita que no quiso morir de esa manera huyó con el oro que había ganado ejerciendo la usura y se llevó de Eziongaber a toda su familia, que consistía en su anciana esposa, un hijo y una hija; además, llevó consigo a dos eunucos, uno que le servía de cocinero y el otro que era labrador y viticultor. Un buen esenio, que sabía de memoria el Pentateuco, era su capellán. Todas estas personas embarcaron en el puerto de Eziongaber y atravesando el mar Rojo entraron en el golfo Pérsico con el fin de llegar hasta la tierra de Ofir, cuya situación ignoraban. Pero les sobrevino una horrible tempestad que les llevó hacia las costas de la India y el barco naufragó en una de las islas Maldivas, que hoy se llama Padrabranca y entonces estaba desierta.

 

El viejo ricachón y su esposa se ahogaron, pero las demás personas se salvaron y, como pudieron, sacaron algunas provisiones del barco, edificaron pequeñas cabañas en la isla y vivieron con bastante comodidad. Es sabido que la isla de Padrabranca está a cinco grados de la línea y que allí se encuentran los cocos más grandes y las mejores piñas del mundo. Les debió ser agradable vivir allí en la época en que estaban degollando en otra parte al resto de la nación querida. Pero el esenio lloraba reflexionando que acaso ya no quedarían en el mundo más judíos que ellos y que la descendencia de Abrahán iba a extinguirse.

 

— Podéis hacer que no se extinga —dijo el joven judío al capellán—. Casaos con mi hermana.

 

— Quisiera complaceros —le replicó aquél—, pero la ley me lo impide. Soy esenio e hice voto de castidad. La ley manda que se cumplan los votos y, aunque perezca toda la raza judía, no desposaré a vuestra hermana, a pesar de ser tan hermosa.

 

— Lo grave es que mis eunucos no pueden tener hijos —le replicó el judío—; si os parece bien, los tendrá míos y bendeciréis nuestro matrimonio.

 

— Preferiría que me degollaran cien veces los soldados romanos a ayudaros a cometer un incesto. Si fuera hermana de padre todavía podría pasar, pues la ley lo permite, pero es hermana de madre y esto sería abominable.

 

— Comprendo que casándome con ella en Jerusalén cometería un crimen, porque allí podría encontrar otras mujeres. Pero en esta isla en la que sólo se encuentran cocos, piñas y ostras, creo que este casamiento debe ser lícito.

 

El joven enmaridó con su hermana a pesar de las protestas del esenio y nació una hija única del matrimonio que uno creía legítimo y el otro abominable. Al cabo de catorce años murió la madre y el padre preguntó al esenio:

 

— ¿Os habéis desembarazado de vuestros antiguos prejuicios? ¿Queréis casaros con mi hija?

 

— Líbreme Dios —contestó el esenio.

 

— Pues entonces, me casaré yo. Suceda lo que suceda, no quiero que se extinga la descendencia de Abrahán (1).

 

(1) Cubierta con un velo, Thamar se acostó en un camino con su suegro Judá, que no la reconoció. Quedó embarazada y Judá la condenó a ser quemada. Si esta cruel sentencia se hubiera cumplido, nuestro Salvador, que desciende en línea directa de Judá y de Thamar, no hubiese nacido a no ser que los posteriores sucesos del mundo hubieran ocurrido de otra manera.

 

Aterrado el esenio al oír ese horrible propósito, no quiso seguir viviendo con el hombre que tan flagrantemente faltaba a la ley y huyó. En vano el recién casado le dijo muchas veces: «No me abandonéis, amigo mío. Permaneced aquí, que yo cumplo la ley natural y de esa manera sirvo a mi patria».

 

El esenio, aferrado a la ley, se fue nadando a la isla inmediata. Era la gran isla de Attol, muy poblada y civilizada, y cuando arribó le apresaron y lo hicieron esclavo. Así que aprendió a balbucear la lengua que hablaban en Attole se quejó amargamente de la manera inhospitalaria de recibirle y le dijeron que habían procedido en cumplimiento de su ley pues desde que la isla estuvo a punto de ser sorprendida por los habitantes de Ada decidieron precavidamente reducir a la esclavitud a todos los extranjeros que arribaran. Esa disposición no podía ser una verdadera ley, replicó el esenio, porque no constaba en el Pentateuco. Le contestaron que ellos se regían por las leyes de su país y continuó siendo esclavo; afortunadamente, cayó en manos de un amo muy rico que le trató bien y al cual se encariñó.

 

Un día se presentaron dos asesinos con el propósito de matar a su amo y robarle el tesoro, preguntando a los esclavos si estaba en la casa y si tenía mucho dinero. «Os juramos —le respondieron los esclavos— que no tiene dinero, ni está en casa.» Pero el esenio dijo: «La ley no me permite mentir y os juro que el señor está en casa y tiene mucho dinero». Los asesinos mataron y robaron al señor. Los esclavos denunciaron el esenio a los jueces, a quienes dijo que él no quería mentir y por nada del mundo mentiría. Y lo ahorcaron.

 

Me contaron esa historia y otras parecidas en el último viaje que hice desde las Indias a Francia. Cuando llegué a mi patria fui a Versalles donde tenía algunos asuntos que solventar y vi pasar a una hermosa dama seguida de otras también hermosas. «¿Quién es esa dama?», pregunté al abogado que venía conmigo, por tener un proceso en el Parlamento de París a causa de los trajes que me hice confeccionar en las Indias. «Es la hija del rey —me contestó—, muy hermosa y caritativa. Es una lástima que no pueda llegar a ser reina de Francia.» a ¡Cómo! —exclamé—. ¿Si tuviéramos la desgracia de que murieran todos los príncipes de sangre real no podría heredar el reino de su padre?» «No —contestó el abogado—. La ley sálica se opone terminantemente.» «¿Quién redactó la ley sálica?» «No sé, pero suponen que era un antiquísimo pueblo cuyos habitantes se llamaban saliens y no sabían leer ni escribir. Sin embargo, tenían una ley escrita que disponía que en el territorio sálico las hijas no podían heredar ni un bancal y esta ley se ha adoptado en países que no son sálicos.» «Pues yo la anulo —le respondí—. Me aseguráis que esa princesa es bienhechora; luego ella debe tener un derecho irrefutable a la corona de no haber herederos de sangre real. Mi madre fue heredera de mi padre y encuentro justo que esa princesa herede al suyo.»

 

Al día siguiente se falló sentencia en mi proceso en una de las Salas del Parlamento y lo perdí por un voto; el abogado me dijo que en otra Sala lo hubiera ganado por un voto. «Pues eso tiene su miga —le repliqué—. De modo que cada Sala tiene una ley diferente.» «En efecto, tenemos veinticinco comentarios al derecho consuetudinario de París, es decir, que hemos probado veinticinco veces que ese derecho es equívoco y si hubiera en París veinticinco tribunales de jueces habría también veinticinco jurisprudencias diferentes. Tenemos a quince leguas de París una provincia, Normandía, en donde os hubieran juzgado de otra manera que lo han hecho aquí.»

 

Estas palabras me movieron a visitar Normandía y hacia allí me dirigí con uno de mis hermanos. Al llegar a la primera posada nos encontramos a un joven que estaba desesperado, y al preguntarle la causa de su desesperación me contestó que tener hermano primogénito. «No comprendo que eso sea una desgracia —le repliqué—. Yo lo tengo y vivimos en muy buena armonía.» «En este país la ley entrega los bienes a los primogénitos y reduce a la pobreza a los demás hijos.» «Entonces tenéis razón para estar descontentos; en nuestra región los hermanos heredan por partes iguales.»

 

Estos hechos me hicieron reflexionar sobre las leyes y comprender que son como los trajes: hay que adaptarse a la vestimenta de cada país.

 

Si todas las leyes humanas son convencionales es lícito que aprendamos a obrar en consecuencia. Los burgueses de Delhi y de Agra dicen que hicieron un mal negocio con Tamerlán, y los burgueses de Londres se felicitan de haber hecho un buen negocio con el rey Guillermo de Orange. Un ciudadano de Londres me decía en una ocasión: «La necesidad dicta las leyes, y la fuerza las hace observar». Le objeté que a veces también la fuerza dictaba las leyes, de lo que se valió Guillermo el Conquistador. «Sí —me contestó—, los ingleses de entonces éramos bueyes, Guillermo nos unció al yugo y nos hizo andar a aguijonazo limpio; después, nos convertimos en hombres, pero nos quedaron los cuernos y damos cornadas a quienes se empeñan que trabajemos para ellos y no para nosotros.»

 

Inmerso en estas reflexiones, me complacía en creer que existe una ley natural independiente de las convenciones humanas, una ley que dispone que el producto de mi trabajo debe ser para mí, que debo honrar a mis padres, que no tengo ningún derecho sobre la vida del prójimo que él no lo tiene sobre la mía, etc. Pero cuando medité que desde Chodorlahomor (1) hasta Mentzel (2), coronel de húsares, cada individuo roba y mata a su prójimo llevando una orden superior en su bolsillo, quedé sumido en la aflicción.

 

(1) Chodorlahomor, rey de los elamitas, fue coetáneo de Abrahán (véase el cap. XVI del Génesis).

 

(2) Mentzel fue el jefe del partido de los austriacos en la guerra de 1741, y al frente de cinco mil hombres logró que Munich capitulara el 13 de febrero de 1742.

 

Me dicen que los ladrones tienen sus leyes y que también las tiene la guerra, y yo me pregunto qué leyes de guerra son esas. «Consisten  —me contestan— en ahorcar a un valeroso oficial que se ha mantenido firme en una posición desacertada y sin cañones contra el ejército enemigo; en ahorcar a un prisionero si el enemigo ha ahorcado a uno de los vuestros; en entrar a sangre y fuego en las poblaciones que no hayan entregado las vituallas el día señalado en las órdenes del príncipe vencedor...» «Vaya —contesté—. Eso mismo dice El espíritu de las leyes.»

 

Por lo que supe después, descubrí que existen leyes tan sabias que condenan a un pastor a la pena de nueve años de galeras por haber dado a sus corderos un puñado de sal extranjera, y que arruinaron a mi vecino en el proceso que le formaron por cortar en el bosque de su propiedad dos encinas que le pertenecían y no haber cumplido con una formalidad que no conocía; a causa de ello, su mujer murió en la miseria y su hijo arrastra una existencia desgraciada. Confieso que esas leyes son justas aun cuando sea cruel su ejecución, pero me sublevan las leyes que autorizan a cien mil hombres a degollar legalmente a cien mil vecinos. Creo que la mayoría de los hombres recibió de la naturaleza bastante sentido común para redactar leyes, pero creo también que hay pocos hombres que sean lo bastante justos para establecer buenas leyes.

 

Reunid de un extremo del mundo al otro a los sencillos y tranquilos agricultores y todos convendrán que se les debe permitir que vendan a sus vecinos el excedente de su trigo, y que la ley que se opone a ello es inhumana y absurda; que no debe alterarse el valor de las monedas que representan los productos, como tampoco alterar los productos de la tierra; que el padre de familia debe ser dueño de su casa; que la religión debe congregar a los hombres para unirlos y no para convertirlos en fanáticos y perseguidores; que los que trabajan no deben privarse del fruto de su trabajo para alimentar la superstición y la ociosidad... Esos sencillos y tranquilos agricultores serán capaces de dictar en una hora treinta leyes de esta clase, todas útiles para el género humano.

 

Pero si Tamerlán invade y subyuga la India, entonces no veréis más que leyes arbitrarias. Una de ellas arruinará una provincia para enriquecer a un publicano de Tamerlán, otra considerará crimen de lesa majestad haber murmurado de la amante del primer mayordomo de un rajá, otra ley arrebatará al agricultor la mitad de la cosecha y le discutirá la otra mitad, otra dispondrá que un testaferro tártaro se presente en una casa y se apodere de los hijos para que el más robusto sea soldado y el más débil eunuco, dejando a los padres sumidos en la mayor desesperación. Qué será preferible, ¿ser perro de Tamerlán o su vasallo? Su perro está, a no dudarlo, en superior situación.

 

Los corderos viven en sociedad tranquilamente y su mansedumbre es proverbial porque no vemos la prodigiosa cantidad de animales que devoran, si bien es creíble que se los comen inocentemente y sin saberlo, como nosotros comemos el queso de Sassenage. La república de los corderos es la imagen fiel de la edad de oro.

 

El gallinero es a todas luces el remedo del estado monárquico más perfecto. No hay rey que pueda compararse con el gallo; si camina altanero por entre su grey, no anda así por vanidad. Cuando el enemigo se le aproxima, no manda a sus vasallos que vayan a matarse por él en virtud de su caudillaje y poder, sino que él mismo se presenta en primera fila, coloca a las gallinas detrás y pelea hasta morir. Si sale vencedor, él mismo canta el Te Deum. En la vida civil nadie es tan galante, tan honrado y tan desinteresado; él reúne todas las virtudes. Cuando tiene en su pico real un grano de trigo o un gusano, lo da a la primera de sus vasallas que se le presenta. Ni Salomón en su serrallo puede compararse con un gallo en su corral.

 

Si es verdad que una reina gobierna las abejas y todos sus vasallos copulan con ella, estos animales simbolizan un gobierno más perfecto todavía.

 

Las hormigas se rigen por una excelente democracia, sistema superior al de los demás estados, porque en ella todos sus individuos son iguales y cada uno trabaja para proporcionar la felicidad a todos. La república de los castores es todavía superior a la de las hormigas, al menos examinándola en sus construcciones.

 

Los monos se parecen más a los titiriteros que a un pueblo civilizado y no parece que estén reunidos obedeciendo a leyes fijas y fundamentales, como las especies precedentes. Nos asemejamos más a los monos que a los demás animales en el don de la imitación, en la ligereza de nuestras ideas y en nuestra inconstancia, que nunca nos permitió tener leyes uniformes y durables.

 

La Naturaleza formó nuestra especie y nos dotó de algunos instintos. El amor propio para nuestra propia conservación, la benevolencia para la conservación de los demás, el amor que es común a todas las especies y el don inexplicable de combinar más ideas que todos los animales jun tos. Después de dotarnos de todo ello, nos dijo: Haced lo que podáis.

 

No existe un buen código en ningún país, y la razón de ello es evidente: las leyes se hicieron según los tiempos, los lugares y las necesidades. Cuando cambian las necesidades, las leyes que continúan vigentes llegan a ser ridículas. Así, la ley que prohibía comer cerdo y beber vino era razonable en Arabia, donde el cerdo y el vino son nocivos, pero es absurda en Constantinopla. La ley que concede todo el feudo al hijo primogénito era muy buena en una época de anarquía y pillaje, porque entonces el primogénito era el señor de un castillo que los bandidos asaltarían tarde o temprano, los hijos menores serían sus primeros oficiales y los labriegos sus soldados. Sólo es de temer en este caso que el hijo segundo asesine o envenene a su hermano mayor para sucederle, pero estos casos son raros porque la naturaleza combinó de tal modo nuestros instintos y pasiones que nos causa más horror la idea de asesinar a nuestro hermano primogénito que placer la idea de ocupar su sitio. Esta ley, que es conveniente para los que poseían castillos en los tiempos de Chilperico, es detestable si se trata de repartir las herencias en las ciudades.

 

Para vergüenza de los hombres, sabemos que solamente las leyes del juego en todas partes son justas, claras, inviolables y se cumplen. ¿En qué consiste que las reglas del juego de ajedrez, dictadas por los hindúes, sean obedecidas voluntariamente en todo el mundo y las decretales de los papas se desprecien y no se cumplan? En que el inventor del ajedrez combinó con justicia todos los lances del juego para que tuvieran interés los jugadores, y los papas en sus decretales no miraron más que el propio provecho. El hindú quiso estimular la inteligencia de los hombres para que les aportara solaz esparcimiento, y los papas se propusieron fomentar el entontecimiento. Por eso el juego de ajedrez no ha sufrido alteraciones desde hace cinco mil años y lo conocen todos los habitantes del planeta y las decretales sólo las reconocen en Spoletto, Orvieto y Loreto, en donde el más insignificante jurisconsulto las desprecia en su fuero interno.

 

Es difícil que exista una nación que se gobierne por buenas leyes. Y no es precisamente por ser obra de los hombres, pues éstos han hecho cosas excelentes, pero los que inventaron y perfeccionaron las artes podían haber creado un cuerpo de jurisprudencia tolerable. Ahora bien, en casi todos los estados las leyes se han establecido casi siempre por el interés del legislador, las necesidades del momento, la ignorancia o la superstición. En cierta medida, han confeccionado las leyes al azar, irregularmente, como se han fundado las ciudades. En París, determinados barrios del casco urbano contrastan con el Louvre y las Tullerías; ésta es la imagen de nuestras leyes.

 

Londres no llegó a ser capital digna de habitarse hasta quedar reducida a cenizas. Después, ensancharon y alinearon las calles; así, la antigua Londres pasó a ser ciudad gracias al incendio. Si queréis tener buenas leyes, quemad las antiguas y redactarlas de nuevo.

 

Los romanos pasaron trescientos años sin tener leyes fijas y se vieron obligados a adoptar las que tenían los atenienses, pero éstas eran tan malas que tuvieron que derogarlas muy pronto casi todas.

 

El derecho consuetudinario de París lo interpretan diferentemente veinticuatro comentarios; por tanto, prueban evidentemente veinticuatro veces que estuvo mal concebido. Contradice otros ciento cuarenta derechos consuetudinarios que tienen fuerza de ley en la misma nación y todos se contradicen unos a otros. Existen, pues, en una sola provincia de Europa, situada entre los Alpes y los Pirineos, más de ciento cuarenta localidades que se llaman compatriotas y que en realidad son tan extranjeras unas respecto a otras como el Tonkin es extranjero para la Conchinchina. Igual ocurre en todas las provincias de España y mucho peor en Germania; allí nadie sabe qué derechos tiene el jefe y los miembros. Los habitantes de las orillas del Elba no se relacionan con los de Suavia más que por hablar casi la misma lengua, que es bastante ruda.

 

La Gran Bretaña tiene más uniformidad. Pero como salió de la barbarie y la esclavitud a intervalos y mediante sacudidas, y al recobrar la libertad conservó múltiples leyes que promulgaron antes los grandes tiranos que se disputaban el pueblo, o los tiranuelos que invadieron las prelaturas, formó un cuerpo de jurisprudencia bastante robusto pero en el que todavía se ven muchas heridas tapadas con emplastos.

 

El espíritu de Europa hizo mayores progresos desde hace cien años que el mundo entero hizo hasta esa época, desde los tiempos de Brahma, Zoroastro y Thaut. ¿Por qué el espíritu de la legislación progresó tan poco?

 

Fuimos todos salvajes desde el siglo V. Estas fueron las revoluciones del Globo: bandidos que saqueaban y labriegos saqueados. De ésos se componía el género humano, desde el confín del mar Báltico hasta el estrecho de Gibraltar, y cuando los árabes se presentaron en el Mediodía fue universal la desolación que produjo esa conmoción.

 

En nuestro rincón de Europa, un escaso número de sus habitantes lo componían ignorantes audaces, vencedores que iban armados desde la cabeza hasta los pies; la mayoría de los habitantes eran esclavos ignorantes y desarmados, casi ninguno sabía leer ni escribir, ni el mismo Carlomagno, y el resultado lógico fue que la Iglesia romana, con su pluma y sus ceremonias, gobernó a los que pasaban la vida a caballo, lanza en ristre y con casco en la cabeza.

 

Los descendientes de los sicambros, borgoñones, ostrogodos, visigodos y lombardos, se percataron de la necesidad de tener algo que se pareciera a leyes y fueron a buscarlas donde las había. Los obispos de Roma sabían escribir en latín y los bárbaros las aceptaron con sumo respeto porque no las entendían. Las decretales de los papas, unas auténticas y otras falsas, pasaron a ser el código de los nuevos señores merovingios que se habían repartido las tierras. Fueron lobos que se dejaron encadenar por zorros; conservaron su ferocidad, pero la credulidad la subyugó, y el temor que ésta produce. Poco a poco, toda Europa, salvo Grecia y lo que pertenece todavía al imperio de Oriente, se vio sometida al imperio romano: Romanos rerum dominos gentemque togatam (Virgilio, Aen, I, 281).

 

Casi todas las convenciones iban acompañadas del signo de la cruz y de un juramento prestado sobre las reliquias, todo quedó bajo la jurisdicción de la Iglesia. Roma, como metrópoli, fue el juez supremo de los procesos del Quersoneso Címbrico y de Gascuña. La multitud de señores feudales agregó a sus usos el derecho canónico y de ello resultó una jurisprudencia monstruosa de la que aún quedan muchos vestigios.

 

Qué sería preferible, ¿carecer de leyes o tener leyes semejantes? Hubiera sido ventajoso para un imperio más vasto que el romano estar sumido más tiempo en el caos porque estando todo por hacer habría sido más fácil construir un edificio nuevo que reparar otro cuyas ruinas infunden respeto.

 

Catalina II de Rusia reunió en 1767 a los diputados de sus provincias. Había en esa asamblea paganos, mahometanos de Alí, mahometanos de Omar y cristianos de doce credos diferentes. Cada ley se proponía a ese nuevo sínodo, y la que parecía conveniente al interés de todas las provincias recibía en el acto la sanción de la soberana y la nación.

 

La primera ley puesta a debate se refería a la tolerancia, con el fin de que el sacerdote griego nunca olvidara que el sacerdote latino es hombre, para que el musulmán soportara a su hermano que fuera pagano, y para que el romano no intentara sacrificar al presbiteriano. La soberana escribió de su puño y letra, en ese gran consejo de legislación: «Entre tantas creencias diferentes, la falta más nociva es la intolerancia». Se convino unánimemente que en la nación no habría más que un poder, que era preciso distinguir siempre entre el poder civil y la disciplina eclesiástica, y que la alegoría de las dos espadas es el dogma de la discordia.

Catalina empezó por liberar a los siervos que tenía en su heredad particular y a los que pertenecían al dominio eclesiástico. Prelados y monjes recibieron su paga a cargo del Tesoro público. Las sentencias eran proporcionales a los delitos y las penas fueron útiles, porque la mayoría de los culpables fueron condenados a trabajos públicos, toda vez que los muertos no sirven de nada. Además, abolió la tortura porque es castigar al presunto culpable y es absurdo atormentar sin conocimiento de causa.

 

Los romanos sólo torturaban a los esclavos porque la tortura es el medio de salvar al culpable y perder al inocente.

 

Aquí llegaba el consejo cuando Mustafá III, hijo de Mahmud, obligó a la emperatriz a interrumpir la redacción de su código para ir a batirse con él.

 

LEYES CIVILES Y ECLESIÁSTICAS. Entre los papeles de un jurisconsulto han sido halladas unas notas que acaso merezcan ser examinadas:

 

Que jamás tenga vigencia ninguna ley eclesiástica que no haya recibido sanción expresa del gobierno. Por este motivo nunca estallaron discordias religiosas en Grecia ni en Roma, discordias que son patrimonio de las naciones bárbaras o que han degenerado en la barbarie.

 

Que únicamente el magistrado pueda permitir o prohibir el trabajo durante los días de fiesta, porque a los sacerdotes no les incumbe prohibir a los hombres que cultiven sus campos.

 

Que todo cuanto concierna al matrimonio dependa exclusivamente del magistrado y los sacerdotes se limiten a la augusta función de bendecirlo.

 

Que el préstamo a interés sea puramente objeto de la ley civil, porque esta sola preside el comercio.

 

Que todos los eclesiásticos estén sometidos en cualquier caso al gobierno porque son súbditos del Estado.

 

Que jamás se dé el caso vergonzoso y ridículo de pagar a un sacerdote extranjero la primera anualidad de la renta de una tierra que los ciudadanos hayan otorgado a un sacerdote conciudadano.

 

Que ningún sacerdote pueda nunca privar a un ciudadano de la menor prerrogativa bajo pretexto de que es pecador, porque el sacerdote, que también lo es, debe rogar por los pecadores y no juzgarles.

 

Que los magistrados, los trabajadores y los sacerdotes, paguen igualmente las cargas estatales, porque todos pertenecen igualmente al Estado.

 

Que no exista más que un peso, una medida y un derecho consuetudinario.

 

Que los suplicios de los criminales sean útiles. Un hombre ahorcado no sirve para nada; en cambio, un hombre condenado a trabajos públicos es todavía útil a la patria y ofrece una lección viva.

 

Que todas las leyes sean claras, uniformes y precisas; interpretarlas equivale casi siempre a corromperlas.

 

Que nada sea considerado infame, a no ser el vicio.

 

Que los impuestos sean siempre proporcionales.

 

Que la ley jamás esté en contradicción con la costumbre, pues si la costumbre es buena la ley no sirve para nada.

 

LIBELO. Denomínanse libelos los folletos que se publican con 18 intención de injuriar. Como los autores no tienen razones que aducir, ni escriben con objeto de instruir al público al ser leídos, procuran ser breves. Los libelos rara vez están firmados porque los calumniadores temen que se les procese y les encuentren el cuerpo del delito.

 

Hay libelos políticos, teológicos y literarios. En las épocas de la Liga y la Fronda abundaron los libelos políticos, y cada controversia de Inglaterra los produjo a centenares. Escribieron tantos contra Luis XIV que podría formarse una ingente biblioteca. El orbe católico conoce libelos teológicos desde cerca de mil seiscientos años; libelos que son los peores porque están plagados de injurias sagradas. En prueba de lo dicho leed a san Jerónimo y veréis cómo trata a Rufino y a Vigilantius, pero los polemistas que han escrito después de él se han excedido aún más en los vituperios. En los últimos tiempos, escandalizaron los libelos que escribieron los molinistas contra los jansenistas, que pueden contarse por millares. De la indignidad de todo ese fárrago sólo se salva uno sólo: Cartas Provinciales, de Pascal.

 

Los autores que han escrito folletos pueden disputar su número con el de los teólogos. Boileau y Fontenelle, que se atacaron uno al otro escribiéndose epigramas, decían que los libelos que habían escrito contra ellos no cabían en la habitación de cada uno. Pero todo esto cae como las hojas en otoño.

 

Ha habido quienes consideraban libelos todas las injurias que se han escrito o dirigido contra el prójimo. Según ellos, las palabras mordaces que los profetas dirigieron a veces a los reyes de Israel eran libelos infamatorios para que los pueblos se sublevaran contra ellos, pero como el populacho nunca leyó en ningún país del mundo, es de presumir que dichas mordacidades no causaran el menor daño. Hablando al pueblo congregado, se le incita más a sublevarse que escribiendo folletos. Por eso el primer acto de la reina Isabel de Inglaterra, jefe de la Iglesia anglicana y defensora de la fe, fue mandar que durante seis meses nadie pudiera predicar sin que ella les otorgara permiso.

 

Libelo era el Anti‑Catón, de César, pero éste hizo más daño a Catón con la batalla de Farsalia y la de Tapsa que con sus diatribas. Las Filípicas, de Cicerón, son libelos, pero las prescripciones de los triunviros fueron libelos más terribles. San Cirilo y san Gregorio Nacianceno escribieron libelos contra el emperador Juliano, pero tuvieron la generosidad de no publicarlos hasta después de morir el emperador.

 

Algunas manifestaciones de los soberanos se asemejan a los libelos. Los secretarios del gabinete de Mustafá, emperador de los Osmanlis, hicieron un libelo de su declaración de guerra contra Rusia, pero Dios castigó a ellos y a sus comitentes. El mismo espíritu que animó a César. Cicerón y a los secretarios de Mustafá, domina en todos los bellacos que han escrito libelos en sus zahurdas. ¿Quién es capaz de creer que las almas de Garasse, Nonotte, Paulian y Freron, sean a este respecto del mismo temple que las almas de César, Cicerón, san Cirilo y el secretario del emperador de los Osmanlis? Cuesta trabajo creerlo, pero es así.

 

LIBERTAD (Sobre la).

 

A. He aquí una batería de artillería que dispara junto a nuestro oído. ¿Tenéis libertad de oírla o no?

 

B. Sin duda, no puedo evitar el oírla.

 

A. ¿Desea que este cañón se lleve vuestra cabeza y las de vuestra mujer y vuestra hija, que están paseando con usted?

 

B. Pero, ¿qué pregunta está haciendo? Yo no puedo desear semejante cosa mientras tenga sano juicio, es totalmente imposible.

 

A. Bien. Usted oye forzosamente este cañón y no desea morir, ni que muera su familia, de un cañonazo mientras pasean. Usted no tiene el poder de no oír, ni puede desear permanecer aquí.

 

B. Ello es evidente (1).

 

(1) Un pobre de espíritu, en un breve escrito honesto y pulido. y sobre todo bien razonado, objeta que si un príncipe ordena a B que permanezca expuesto a los cañones él permanecerá allí. Ello es indudable, si es lo bastante valiente, o mejor dicho, si teme más la vergüenza que siente amor por la vida, como ocurre a menudo. En primer lugar, aquí se trata de un caso distinto, en segundo lugar, cuando el instinto del temor a la vergüenza supera al instinto de conservación, el hombre siente tanta necesidad de permanecer expuesto al cañón como de huir cuando no siente vergüenza de la fuga. El pobre de espíritu tenía necesidad de formular objeciones ridículas y proferir injurias, y los filósofos sienten necesidad de burlarse un poco de él y perdonarle. (Nota de Voltaire, añadida en 1765; ed. Varberg).

 

A. En consecuencia, usted ha avanzado unos treinta pasos para quedar libre del cañón. ¿Ha tenido usted poder para andar conmigo estos pasos?

 

B. Esto todavía es más claro.

 

A. Pero si usted estuviese paralítico y no hubiera podido evitar esta batería, no hubiera podido tener el poder de estar donde se halla. ¿Hubiese entonces forzosamente oído y recibido el cañonazo, y hubiese muerto?

 

B. Nada más cierto.

 

A. Así, pues, ¿en qué consiste vuestra libertad si no existe el poder de realizar lo que vuestra voluntad exige con necesidad absoluta?

 

B. Usted me confunde... Entonces, ¿la libertad no es otra cosa que hacer lo que yo quiera?

 

A. Reflexione y considere si la libertad puede ser entendida de otro modo.

 

B. En este caso, mi perro de caza es tan libre como yo, pues posee necesariamente la voluntad de correr cuando descubre una liebre y el poder de correr si no le duelen las piernas. No disfruto de nada superior a mi perro. Usted me reduce al estado de las bestias.

 

A. Estos son los pobres sofismas de los pobres sofistas que le han educado. Ya se siente usted enfermo de verse libre lo mismo que su perro. Veamos, ¿no se parece usted a su perro en mil cosas? El hambre, la sed, estar despierto, dormir... ¿los cinco sentidos no son comunes a él? ¿Querría usted tener olfato en otro lugar distinto a la nariz? Y ¿por qué desea tener una libertad distinta?

 

B. Es que yo tengo un alma que razona y mi perro apenas razona.

 

El no tiene más que unas pocas ideas sencillas y yo tengo mil ideas metafísicas.

 

A. Bien, usted es mil veces más libre que él, es decir, posee mil veces más poder de pensar que él, pero no es libre de otra manera que él es.

 

B. Cómo, ¿yo no soy libre de desear lo que quiero?

 

A. ¿Qué pretende usted decir con esto?

 

B. Lo que entiende todo el mundo. ¿No se nos dice cada día que «la voluntad es libre»?

 

A. Un proverbio no es una razón. Explíquese mejor.

 

B. Entiendo que soy libre de querer como me plazca.

 

A. Con vuestra venia, esto no tiene ningún sentido. ¿No ve que es ridículo decir: «Yo quiero querer»? Usted quiere forzosamente y en consecuencia de ideas que le han sido presentadas. ¿Quiere usted casarse, sí o no?

 

B. ¿Y si le dijera que no quiero una cosa ni otra?

 

A. Pues respondería como aquel que decía: «Unos creen al cardenal Mazarino muerto, otros le creen vivo, y yo no creo una cosa ni otra»

B. Pues bien, quiero casarme.

 

A. ¡Ah, esto es responder conforme! ¿Y por qué quiere casarse?

 

B. Porque estoy enamorado de una muchacha hermosa, bien educada bastante rica, que canta muy bien y cuyos padres son gente muy honrada. Me lisonjeo de ser amado por ella y bien recibido por su familia.

 

A. Esto es una razón. Observad que no se puede querer sin tener alguna razón. Declaro que usted es libre de casarse; es decir, que tiene el poder de firmar el contrato.

 

B. Cómo, ¿no puedo querer sin razón alguna? ¡Vaya! Entonces, ¿en qué queda aquel proverbio que dice Sit pro ratione voluntas: mi voluntad es mi razón, yo quiero porque quiero?

 

A. Esto es absurdo, querido amigo. Existiría en usted un efecto sin causa.

 

B. ¡Y qué! Cuando juego a pares o nones, ¿tengo razón alguna en escoger par con preferencia a impar?

 

A. Sí, sin duda.

 

B. Por favor, ¿quiere decirme cuál es la razón?

 

A. Pues que la idea del número par se presenta en vuestra alma mejor que la idea opuesta. Sería divertido que se dieran casos en que quisiera usted por existir causa de querer, y otros casos en que quisiera sin causa. Cuando usted quiere casarse es evidente que siente la razón dominante; en cambio, no la siente usted cuando juega a pares o nones. Sin embargo, es absolutamente preciso que haya alguna.

 

B. Así, en definitiva, ¿yo no soy libre?

 

A. Vuestra voluntad no es libre; en cambio, vuestras acciones lo son. Usted es libre de obrar cuando tiene el poder de obrar.

 

B. Así, todos los libros que he leído sobre la libertad indiferente...

 

A. Son tonterías. La libertad indiferente no existe, sólo es una frase sin sentido inventada por gentes que apenas lo tenían.

 

LIBERTAD DE IMPRENTA. ¿Qué daño puede causar a Rusia la profecía de Jean Jacques Rousseau? Ninguno, siendo lícito explicarla en un sentido místico típico y alegórico (1). En Holanda se imprimieron unos seis mil folletos contra Luis XIV y ninguno de ellos contribuyó a que perdiera las batallas de Blenheim, Turín y Ramillies.

 

Aunque es de derecho natural utilizar la pluma, como también lo es utilizar la lengua, este derecho conlleva sus peligros, sus riesgos y sus éxitos. Conozco muchos libros que incomodan a los lectores, pero no sé de ninguno que haya producido un perjuicio real. Algunos teólogos y políticos exclaman en tono jeremíaco: «Destruís la religión y derribáis al gobierno si osáis imprimir ciertas verdades y paradojas. No os atreváis nunca a pensar por escrito sin haber pedido antes permiso a un clérigo o un representante de la sociedad civil. Perturba el buen orden que el hombre piense por sí mismo. De Homero, Platón, Cicerón, Virgilio, Plinio y Horacio, no se publicó nada sin haber obtenido antes la aprobación de los doctores de la Sorbona y de la Santa Inquisición. Tened presente que la libertad de prensa fue la causante de la decadencia de Inglaterra y de Holanda. Cierto que ambas naciones comercian con el mundo entero y que Inglaterra vence siempre por mar y tierra, pero caminan a grandes pasos hacia su ruina. El pueblo ilustrado no puede subsistir».

 

Argumentáis bien, amigos míos, pero examinemos, si os parece, qué libro consiguió perder a un estado. El libro más peligroso de los que conozco es el de Spinoza. Como judío ataca al Nuevo Testamento y como estudioso asesta golpes demoledores al Antiguo Testamento. El sistema de su ateísmo tiene mejor método y está más razonado que los sistemas de Estrabón y Epicuro. Se necesita profunda sagacidad para invalidar los argumentos que aduce para probar que una sustancia no puede formar otra. Como vosotros, detesto su libro, que acaso comprendo mejor que vosotros y no lo sabéis rebatir; pero decidme, ¿cambió ese libro la faz del mundo? ¿Acaso algún predicador perdió algún florín de su paga después de publicadas las obras de Spinoza? ¿Acaso algún obispo vio disminuir sus rentas? Al contrario, se han doblado desde entonces y todo el daño que produjo ese libro se redujo a que unos pocos lectores examinaran tranquilamente los argumentos de Spinoza y escribieran en pro o en contra obras poco conocidas.

 

Vosotros mismos fuisteis poco consecuentes haciendo imprimir la obra de Lucrecio ad usum Delphini, que expone el ateísmo de su autor y no produjo perturbación ni escándalo; por eso dejaron vivir tranquilamente a Spinoza en Holanda, como antiguamente permitieron que viviera en paz Lucrecio en Roma.

 

(1) J. J. Rousseau anunció una inmediata destrucción del imperio de Rusia fundándose en que Pedro I difundía las artes y las ciencias en sus estados. Para desventura del «profeta», las artes y ciencias sólo prosperaron en la nueva capital por estar cultivadas casi exclusivamente por extranjeros, pero aunque la ilustración sólo estaba concentrada en }a capital contribuyó a aumentar el poderío de Rusia, que nunca estuvo menos expuesta a los trastornos que pueden destruir un imperio desde que Rousseau pronosticó su destrucción.

 

Pero en cuanto aparece en vuestro país cualquier libro nuevo cuyas ideas difieren de las vuestras, y cuyo autor pertenezca al partido contrario al vuestro, os ponéis en guardia originando una conmoción general en el rincón del mundo en que habitáis. Proferís a voz en grito que ha aparecido un hombre abominable que se atrevió a escribir la blasfemia de que si no tuviéramos manos no podríamos hacer medias ni calzado (1). Los devotos se asustan, los doctores se reúnen, cunde la alarma, el ejército empuña las armas, y todo, ¿por qué? Por unas cuantas páginas que se olvidan al cabo de tres meses. Si el libro os incomoda, refutadle; si os aburre, no lo leáis.

 

(1) Helvetius en Del espíritu, discurso primero. cap. 1.

 

Me objetan que los escritos de Lutero y Calvino destruyeron la unidad de la religión romana en la mitad de Europa; ¿por qué no me decís también que los libros del patriarca Focio destruyeron esa misma religión en Asia, Africa, Grecia y Rusia? Incurrís en una flagrante equivocación al creer que los libros han producido ese resultado. El imperio de Rusia abarca dos mil leguas de extensión y no hay hombres que hayan tratado los puntos de controversia entre las Iglesias griega y latina. Si el fraile Lutero, el canónigo Calvino y el cura Zuinglio no hubieran hecho más que escribir, Roma dominaría aún todos los estados que perdió, pero esos reformadores y sus seguidores fueron propagando sus doctrinas de ciudad en ciudad, de casa en casa, apoyados por las mujeres y sostenidos por los príncipes. Habéis de saber que el capuchino entusiasta, faccioso y vehemente que es emisario de algún ambicioso que predica, confesando, comulgando e intrigando, conseguirá más pronto perturbar una provincia que escribiendo conseguirán ilustrarla cien autores. No fue el Corán el que obtuvo que Mahoma lograra lo que se propuso; fue Mahoma el que consiguió el éxito del Corán.

 

Resulta claro que los libros no vencieron a Roma; fue vencida porque indignó a Europa con sus rapiñas, porque vendió públicamente las indulgencias, porque insultaba a los hombres queriéndolos dirigir como animales domésticos y porque abusó tan excesivamente del poder que sorprende que domine todavía un solo burgo. Ese resultado no se debe a los libros, sino a Enrique VIII, a Isabel, al duque de Sajonia, al landgrave de Hesse, a los príncipes de Orange, a Condé y a Coligny. Las trompetas nunca han ganado batallas, ni han hecho caer más murallas que las de Jericó.

 

LIBERTAD DE PENSAMIENTO. En el año 1707, cuando los ingleses ganaron la batalla de Zaragoza, protegieron a Portugal y dieron durante cierto tiempo un rey a España, milord Bolmind, que tras resultar herido se encontraba en el balneario de Bareges. En dicho establecimiento encontró al conde Medroso, que habiendo caído del caballo a retaguardia del campo de batalla fue también al mismo balneario. Era familiar de la Inquisición. Milord Boldmind no era familiar más que en la conversación. y un día que estaban juntos entablaron el siguiente diálogo:

 

BOLDMIND. ¿De manera que sois brazo armado de los dominicos? A fe mía que desempeñáis un oficio muy bajo.

 

MEDROSO. Es verdad, pero es preferible ser su criado a ser su víctima, y prefiero tener la desgracia de quemar a mi prójimo a que me abrasen en una hoguera.

 

BOLDMIND. ¡Horrible alternativa! Erais cien veces más dichosos bajo el yugo de los moros, que os dejaban tener todas las supersticiones que queríais y, a pesar de ser los vencedores, no se arrogaban el derecho de aherrojar el pensamiento.

 

MEDROSO. NOS vemos obligados a someternos. NO se nos permite escribir, hablar, ni pensar siquiera. Si hablamos interpretan nuestras palabras a su antojo, igual que hacen con nuestros escritos. Como no pueden condenarnos a morir en un auto de fe por nuestros pensamientos íntimos, nos amenazan con que arderemos eternamente por orden de Dios, si no pensamos como los dominicos. Convencieron al gobierno que si pensáramos libremente todo el Estado ardería prontamente y nuestra nación sería la más desgraciada del mundo.

 

BOLDMIND. ¿OS parece que somos desgraciados los ingleses que llenamos los mares de barcos y venimos a ganaros batallas al extremo de Europa? ¿Creéis que los holandeses, que os arrebataron casi todo lo que descubristeis en las Indias y hoy son vuestros protectores, están malditos de Dios por haber concedido total libertad a la prensa y practicar el comercio del pensamiento de los hombres? ¿Fue el imperio romano menos poderoso porque Cicerón escribiera con libertad?

 

MEDROSO. ¿Quién es ese Cicerón? Nunca oí pronunciar ese nombre a la Santa Hermandad.

 

BOLDMIND. Era un bachiller de la Universidad de Roma que escribió todo lo que pensaba, lo mismo que Julio César, Marco Aurelio, Tito Lucrecio, Plinio, Séneca y otros doctores.

 

MEDROSO. No los conozco, pero me han asegurado que la religión católica y romana se pierde si nos dejan pensar.

 

BOLDMIND. No debéis creer semejante disparate, pues tened la seguridad de que vuestra religión es divina y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Si esto es verdad, nada es capaz de destruirla.

 

MEDROSO. No, pero puede reducirse a la mínima expresión y así lo aseguraron por creer que Suecia, Dinamarca, Inglaterra y la mitad de Alemania, han incurrido en la desgracia de no querer ser ya vasallas del papa. Incluso aseguran que si los hombres se dejan llevar por la engañosa luz de la razón se limitarán muy pronto a adorar sencillamente a Dios y a la virtud. Si las puertas del infierno prevalecieran hasta ese punto ¿para qué serviría el Santo Oficio?

 

BOLDMIND. Si los primitivos cristianos no hubieran tenido la libertad de pensar, ¿creéis acaso que existiría el cristianismo?

 

MEDROSO. ¿Qué queréis decir? No os comprendo.

 

BOLDMIND. Quiero decir que si Tiberio y los demás emperadores romanos se hubieran valido de los dominicos para impedir que los primitivos cristianos tuviesen plumas y tinta, si no hubiera estado permitido en el imperio pensar libremente, habría sido imposible que los cristianos establecieran sus dogmas. Dado que el cristianismo se expandió gracias a la libertad de pensamiento, ¿no es una contradicción y una injusticia querer suprimir hoy esa libertad sobre la que él se fundó? Cuando os proponen algún asunto de interés, ¿no lo examináis mucho antes de aceptarlo? ¿Hay acaso en el mundo asunto de más interés que el de nuestra felicidad o de nuestra desgracia eterna? Hay multiplicidad de religiones en el mundo y todas os condenan si creéis en vuestros dogmas, que los consideran absurdos e impíos: examinad, pues, estos dogmas.

 

MEDROSO. YO no puedo examinarlos porque no soy dominico.

 

BOLDMIND. Sois hombre, y esto basta.

 

MEDROSO. Por desgracia, comprendo que sois más hombre que yo.

 

BOLDMIND. De vos depende aprender a pensar. Pese a que nacisteis con inteligencia sois como el pájaro. Os tiene preso en su jaula la Inquisición y el Santo Oficio os ha cortado las alas, pero éstas pueden crecer. El que no sabe geometría puede aprenderla; todos los hombres pueden instruirse. Atreveos a pensar que es vergonzoso poner vuestra alma en manos de aquellos a quienes no confiaríais el dinero.

 

MEDROSO. Dícese que si todo el mundo pensara por sí mismo habría confusión en el planeta.

 

BOLDMIND. Ocurriría lo contrario. Cuando asistimos a un espectáculo, cada espectador manifiesta con libertad su opinión sobre la obra que se representa y no por eso se perturba la tranquilidad pública, pero si el protector insolente de un mal poeta quisiera obligar a los espectadores entendidos a que les parezca bueno lo que encuentran malo, en este caso el teatro se llenaría de silbidos y los dos partidos se liarían a mamporros, como en una ocasión sucedió en Londres. Los tiranos del pensamiento son los que han causado gran parte de las desgracias del mundo. En Inglaterra no fuimos felices hasta que cada habitante disfrutó con libertad del derecho a exponer su opinión.

 

MEDROSO. También nosotros vivimos tranquilos en Lisboa, donde nadie goza de la libertad de decir lo que piensa.

 

BOLDMIND. Vivís tranquilos, pero no dichosos. Vuestra tranquilidad es la de los galeotos, que mueven los remos cadenciosamente y en silencio.

 

MEDROSO. ¿Creéis, pues, que mi alma está condenada a galeras?

 

BOLDMIND. Sí, y deseo librarla de ellas.

 

MEDROSO. ¿Y si me encuentro bien en las galeras?

 

BOLDMIND. En ese caso, las merecéis.

 

LIBROS. Desdeñan los libros quienes sumergen su vida en las vanidades de la ambición, los que corren únicamente en pos de los placeres y quienes viven sumidos en la ociosidad, sin preocuparse de que los libros gobiernan a todo el orbe conocido, menos a las naciones salvajes. Africa entera, hasta Etiopía y Nigeria, obedecen al Corán después de haberse sometido al libro del Evangelio. China se gobierna por el libro moral de Confucio y gran parte de la India por el libro de los Vedas. Persia se rigió durante unos siglos por los libros de uno de los Zoroastros

 

Si caéis en las mallas de un proceso, vuestros bienes, vuestro honor y, tal vez, vuestra vida, dependen de la interpretación de un libro que nunca leéis.

 

Quienes dirigen al género humano en las naciones civilizadas son los que saben leer y escribir, pero casi ninguno de los habitantes de esas naciones conoce a Hipócrates, Boerhaave, ni Syndenham, pero dejan que curen sus enfermedades los que han leído esos autores. Entregan el alma a los que reciben paga por leer la Biblia, aunque entre ellos no haya cincuenta que la hayan leído de cabo a rabo y meditando.

 

De tal modo los libros dirigen el mundo que la Curia que manda hoy en la ciudad de los Catones y Escipiones se empeñó en que fueran sólo para el clero los libros de la fe, que constituyeron su cetro, y arbitraron que constituyera un crimen de lesa majestad para sus vasallos tocar esos libros sin permiso. En otros países se ha prohibido pensar por escrito sin previa licencia.

 

En algunas naciones se tienen los pensamientos como objeto de comercio y en ellas las operaciones del entendimiento humano están tasadas a dos sueldos la hoja. Cuando el librero solicita un privilegio para su mercancía, sea para vender las obras de Rabelais o las de los Padres de la Iglesia, el magistrado le concede el privilegio pero no se hace responsable del contenido del libro. En otras naciones, la libertad de pensamiento en los libros es una de las más inviolables prerrogativas; en ellas puede imprimirse lo que se quiera, bajo pena de aburrir a los lectores o de castigar a quien abuse del ejercicio de su derecho natural.

 

Antes de la estupenda invención de la imprenta, los libros eran más raros y caros que las piedras preciosas. Las naciones bárbaras casi carecieron de libros hasta Carlomagno, y después de él hasta Carlos V, y desde Carlos V hasta Francisco I, también había muy pocos. Sólo los árabes tuvieron libros desde el siglo VIII de nuestra era hasta el XIII.

 

En China abundaban los libros cuando las naciones europeas aún no sabían leer ni escribir. Los copistas estuvieron muy ocupados durante el Imperio romano, desde la época de los Escipiones hasta la invasión de los bárbaros. Los copistas griegos se ocupaban mucho de transcribir en los tiempos de Amyntas, Filipo y Alejandro, y continuaron ejerciendo ese oficio en Alejandría. La profesión era bastante ingrata. Los comerciantes de libros siempre pagaron muy mal a los autores y copistas. El copista necesitaba dos años de trabajo asiduo para transcribir bien la Biblia, en pergamino. ¡Cuánto tiempo y cuánto trabajo no se necesitaría para copiar correctamente en griego y latín las obras de Orígenes, Clemente de Alejandría y los autores que denominamos padres de la Iglesia!

 

San Jerónimo, en una de las cartas satíricas que escribió contra Rufino, dice que se arruino comprando las obras de Orígenes, contra el que luego escribió con amargura y cólera. «Sí —dice—, he leído a Orígenes. Si esto es un crimen confieso que soy culpable y agoté mi bolsa comprando sus obras en Alejandría.»

 

Las comunidades cristianas conocieron en los tres primeros siglos de la Iglesia cincuenta y cuatro Evangelios, de los que sólo dos o tres copias llegaron a los romanos de la antigua religión hasta los tiempos de Diocleciano. Hemos dejado constancia de que era un crimen irremisible para los cristianos enseñar los Evangelios a los gentiles y ni siquiera los prestaban a los catecúmenos.

 

Cuando Luciano nos cuenta que una pandilla de bergantes le hizo subir a un cuarto piso para oír cómo invocaban al Padre por medio del Hijo, y cómo predecían desastres al emperador y al imperio, no dice que le enseñaran un solo libro. Ningún autor romano habla de los Evangelios.

 

Cuando un cristiano desenfadado e indigno de la santa religión destrozó y pisoteó públicamente un edicto del emperador Diocleciano, atrayendo al cristianismo la persecución que sucedió a la mayor tolerancia, los cristianos se vieron obligados a entregar sus Evangelios y demás escritos a los magistrados, lo que no habían hecho hasta entonces. Quienes entregaron sus libros por temor a ser encarcelados o muertos fueron tachados por los demás cristianos de apóstatas sacrílegos y les llamaron traditores, de donde viene nuestro vocablo traidor, y algunos obispos aseveraron que era necesario rebautizarlos, idea que produjo un cisma espantoso.

 

Los poemas de Homero fueron tan poco conocidos durante mucho tiempo que Pisístrato fue el primero que los puso en orden y los hizo copiar en Atenas, unos quinientos años antes de nuestra era. Tal vez no existan hoy una docena de copias del Vaidam y del Zend‑Avesta en todo el Oriente.

 

En la actualidad nos quejamos de tener exceso de libros, pero los lectores no deben quejarse porque nadie les obliga a leer. A pesar de la cantidad enorme de libros que se publican es muy reducido el número de personas que leen, pues si leyeran con fruto, ¿se dirían las deplorables sandeces que llenan la cabeza del vulgo? Lo que multiplica los libros es la facilidad que hay para escribirlos sacándolos de otros ya publicados. En muchas obras impresas se puede elaborar una nueva historia de Francia o España sin añadirles nada nuevo. Todos los diccionarios se escriben sobre otros y casi todos los manuales nuevos de geografía son copiados de otros que tratan de esta materia. La Summa de Santo Tomás ha producido dos mil volúmenes amazacotados de teología, y las mismas especies de gusanos que royeron a la madre roen también a los hijos.

 

LIMITES DEL ESPÍRITU HUMANO. Se hallan en todas partes, mi pobre doctor. ¿Quieres saber cómo tu brazo y tu pie obedecen a tu voluntad y, en cambio, cómo tu fe no la obedece? ¿Investigas cómo el pensamiento se forma en tu mezquino entendimiento y cómo se forma el niño en el útero de esta mujer? Te concedo todo el tiempo que necesites para responder ¿Qué es la materia? Tus colegas han escrito diez mil volúmenes acerca del tema y han hallado algunas cualidades de esta sustancia, pero conocen los niños como tú. Ahora bien, esta sustancia, ¿qué es en el fondo? ¿Qué es eso que has denominado espíritu, vocablo latino que significa soplo, sin hacer nada mejor porque de él no tienes la menor idea?

 

Observa este grano de trigo que siembro en la tierra y explícame cómo se yergue y forma un tallo cargado con una espiga. Enséñame de qué modo la misma tierra produce una manzana en lo alto de este árbol y una castaña en el árbol vecino. Yo podría presentarte un enorme libro de preguntas a las cuales no podrías responder sino con tres palabras: «No lo sé».

 

Y sin embargo, te has graduado, te has atiborrado hasta el birrete y te llaman «maestro». Y aquel otro impertinente que ha comprado un cargo cree haber comprado también el derecho de juzgar y condenar aquello de lo que no entiende ni una palabra.

 

Si la divisa de Montaigne era «¿Qué sé yo?», la tuya es «¿Qué es lo que no sé yo».

 

LITERATURA. El vocablo literatura es uno de esos términos vagos que pululan en todos los idiomas, como la palabra filosofía, que designa por igual las especulaciones del metafísico, las demostraciones del geómetra o la sabiduría del hombre escéptico, o la palabra espíritu, que se prodiga indiferentemente y necesita una explicación que limite su sentido, como sucede con todas las voces generales cuya expresión exacta no determina en ninguna lengua los objetos a que se aplica.

 

La literatura es exactamente lo que la gramática entre los griegos y romanos. Como las letras del alfabeto son el fundamento de todos los conocimientos, esas dos naciones, con el paso del tiempo, llamaron gramáticos, no sólo a los que enseñaron sus idiomas, sino a quienes se dedicaban al estudio de la filología, la poesía, la retórica y los hechos históricos. Por ejemplo, dieron el nombre de gramático a Ateneo, que vivía en la época de Marco Aurelio, por ser el autor de Banquete de los filósofos, a la sazón conjunto agradable de citas y hechos verdaderos o falsos. Aulo Gelio, que vivía en la época de Adriano, también fue llamado gramático por haber escrito Noches áticas, en donde encontramos gran variedad de críticas e investigaciones Las Saturnales de Macrobio, escritas en el siglo Iv, constituyen una obra de erudición instructiva y agradable y las llamaron también obra de un buen gramático.

 

La literatura merecedora de este nombre denota en toda Europa tener conocimiento de las obras de buen gusto que se han escrito y un tinte de historia, poesía, elocuencia y crítica. Es hombre instruido el que conoce los autores antiguos, puede comparar sus traducciones y sus comentarios y posee más literatura que aquel que con mejor gusto se ha limitado a conocer los autores de su país, que pueden ser conocidos con más facilidad.

 

La literatura no es un arte particular, es el ligero conocimiento que se adquiere de las bellas artes. Homero era un genio, Zoilo un literato, y el periodista que reseña y juzga las obras magistrales es un hombre que se dedica a la literatura. No pueden distinguirse las obras de un poeta, las de un historiador, ni las oraciones de un orador designándolas con la vaga palabra literatura, aunque sus autores logren manifestar variados conocimientos. Racine, Boileau, Bossuet y Fenelón, que sabían más literatura que sus críticos, no pueden con propiedad llamarse literatos, como no daríamos todo lo que merecen a Newton y a Locke si nos limitáramos a llamarles hombres de talento.

 

Para ser literato no es indispensable ser sabio. Los que han leído con fruto los principales autores latinos en su lengua materna saben literatura, mas para llegar a ser sabios necesitan hacer estudios más extensos y profundos. No es suficiente decir que el Diccionario de Bayle es una compilación literaria, ni tampoco basta decir que es una obra muy ilustrada, pues lo que la distingue es precisamente su profunda dialéctica, y si sólo fuera un diccionario, con más raciocinios que hechos y observaciones, no gozaría de la reputación tan justamente conquistada, que ha de conservar siempre. Es un diccionario que puede formar literatos y es superior a ellos.

 

Se denomina bella literatura la que tiene por objeto producir la belleza esto es, poesía, elocuencia e historia. La crítica literaria, las interpretaciones de autores, las opiniones de los antiguos filósofos y la cronología, no pertenecen a la bella literatura porque no tienen por objeto la belleza. Los hombres han convenido en llamar bellos los asuntos que inspiren sin esfuerzo, sentimientos agradables; los que sólo son exactos, áridos y útiles, no pueden empeñarse en ser bellos. Por eso no podemos decir que es bella una interpretación, una crítica o una discusión, y sí que es bello un fragmento de Virgilio, Horacio, Cicerón, Bossuet y Racine. La disertación bien escrita que sea tan elegante como exacta, que cubra de brillantes metáforas un asunto árido, puede también llamarse un bello fragmento de literatura, aunque en categoría inferior a las obras de genio.

 

Entre las artes liberales que se llaman bellas artes por la misma razón que casi dejan de ser arte cuando carecen de belleza, hay algunas que no pertenecen a la literatura: son la pintura, la arquitectura, la música, etc. Estas artes per se no tienen ninguna relación con las bellas letras y por eso la denominación de obra de literatura no puede aplicarse a los libros que enseñan arquitectura, pintura o música. Esos libros se llaman obras técnicas.

 

LOCKE. Ningún filósofo sufrió, como John Locke, tantos ultrajes, ni calumnias. Por cada hombre capaz de contestar a sus adversarios exponiendo razones, hay cientos que sólo saben responder con injurias y cada uno paga con la moneda que tiene. Todos los días están sonando en mis oídos estas palabras: «Locke niega la inmortalidad del alma. Locke destruye la moral», y lo que me choca de esas frases es que entre los que se erigen en jueces de la moral de Locke hay pocos que le hayan leído, menos que le hayan entendido y ninguno a quien no debamos desear que posea las virtudes que atesoró el filósofo, que tan digno es de llamarle sabio y justo.

 

Malebranche es muy leído en París y se han hecho muchas ediciones de su elucubración metafísica, pero he observado que sólo se leen los capítulos que tratan de los errores de los sentidos y de la imaginación. Pocos lectores examinan las ideas abstractas de ese libro. Quienes conocen la nación francesa me creen fácilmente cuando aseguro que si Malebranche hubiera supuesto los errores de los sentidos y de la imaginación —errores conocidos de los filósofos—, y hubiera entrado de repente en materia, no habría hecho ningún adepto y apenas encontrado lectores. Asombró el raciocinio de los lectores que se enamoraron de su estilo. A pies juntillas le creyeron cuando desarrollaba ideas que los lectores no comprendían porque empezó por tener razón, aduciendo las ideas que estaban al alcance del que lo leía. Sedujo porque era agradable, como Descartes por ser atrevido.

 

Locke era un sabio y por eso necesitó que pasaran veinte años para agotar en París la primera edición, impresa en Holanda, de su libro Ensayo sobre la inteligencia humana. Ningún hombre, hasta hoy, fue entre nosotros menos leído y más calumniado que Locke. Los ecos de la calumnia y la ignorancia repiten todos los días: «Locke no creía en la inmortalidad del alma, por tanto no era un hombre probo». Dejo a otros la noble tarea de confundir a los autores de esa mentira limitándome a demostrar la impertinencia del aserto.

 

El dogma de la inmortalidad del alma fue desconocido en el mundo durante mucho tiempo. Los primitivos judíos lo ignoraban: ¿tal vez por eso no habría ningún hombre honrado entre ellos? La ley hebraica, que nada enseñó respecto a la naturaleza e inmortalidad del alma, ¿no enseñaba acaso a practicar la virtud? Aunque hoy no nos asegurara la fe que somos inmortales, aun cuando estuviera demostrado que el alma perece con el cuerpo, no por eso debíamos dejar de adorar al Dios que nos creó, ni de seguir los consejos de la razón con que nos ha dotado. Aunque nuestra existencia no debiera durar más que un día, debemos comprender que para pasar ese día dichosamente se necesita ser virtuoso, y en todos los pueblos y en todos los tiempos ser virtuoso ha consistido y consistirá en portarnos con los demás como queremos se porten con nosotros. Tal es la virtud verdadera, hija de la razón y no del temor, la que guió a muchos sabios a la inmortalidad, y la que en tiempos modernos dirigió la vida de Descartes, precursor de la física; de Newton, intérprete de la Naturaleza; de Locke, el único que enseñó a la inteligencia humana a conocerse bien. y de Bayle, juez ilustrado e imparcial. Y es preciso confesar, en honor de las letras, que la filosofía da rectitud al corazón, como la geometría hace al cerebro justo. Locke no sólo era virtuoso, no sólo creyó que el alma era inmortal, sino que nunca afirmó que la materia piensa; sólo dijo que la materia puede pensar si Dios quiere, y que es un absurdo temerario negar que Dios tenga ese poder.

 

Es más, suponiendo que dijo y otros repitieron que Dios concedió a la materia la facultad de pensar, ¿hemos de inferir por eso que el alma sea mortal? El espíritu de escuela afirma que un compuesto conserva la naturaleza de las partes de que se compone, que la materia es perecedera y divisible, y que por ende el alma será perecedera y divisible como ella. Esos raciocinios son falsos.

 

Es falso que si Dios quisiera que la materia pensara el pensamiento fuera un concepto de la materia, porque el pensamiento sería un don de Dios añadido al ser desconocido que llamamos materia, como Dios le añadió la atracción de las fuerzas centrípetas y el movimiento, que son atributos independientes de la divisibilidad. Es falso que la materia sea divisible hasta el infinito. Es cierto que suponemos la divisibilidad hasta el infinito en geometría, pero esta ciencia no tiene más objetivo que nuestras ideas, y suponiendo línea sin anchura y puntos sin extensión, suponemos también una infinidad de círculos que pasen entre una tangente y un círculo dado. Ahora bien, cuando examinamos la Naturaleza tal cual es se esfuma la divisibilidad hasta el infinito. Es innegable que la materia permanece siempre siendo divisible para el pensamiento, pero es necesariamente indivisible, y la misma geometría, que me demuestra que mi pensamiento dividirá eternamente la materia, me demuestra también que existen en la materia partes individidas perfectamente sólidas. He aquí la demostración:

 

Puesto que debemos suponer que cada uno de los órganos elementales en que imaginamos dividida la materia hasta el infinito tiene poros, lo que reste de materia sólida lo expresará una serie infinita de términos más pequeños cada uno que el otro; luego, semejante producto es necesariamente igual a cero. Si la materia fuera físicamente divisible hasta el infinito, al concluir esa operación ya no quedaría materia.

 

¿Qué prueba esto? Que existen partes de materias imperecederas e indivisibles y que Dios, que es omnipotente, cuando le plazca podrá dotar de pensamiento a una de esas partes y conservarlo siempre. No digo que la razón me demuestre que Dios haya operado de esa manera, únicamente afirmo que la razón me enseña que puede obrar así, y repito con el sabio Locke que no corresponde a nosotros, que somos criaturas de ayer, atrevernos a medir los límites del poder del Creador, del Ser infinito, del único Ser necesario e inmutable.

 

Locke dice también que es imposible que la razón pruebe la espiritualidad del alma, y yo añado que en el mundo no hay nadie que no esté convencido de esa verdad. Es indudable que si el hombre estuviera convencido de ser más libre y dichoso saliendo de su casa, la abandonaría en seguida; por tanto, no se puede creer que el alma es espiritual sin creerla encarcelada en el cuerpo, en donde por lo general, si no es desgraciada, vive inquieta. Debe, pues, desear salir de su cárcel; pero ¿qué hombre desea morir por ese motivo? Debemos procurar saber, no lo que los hombres han dicho sobre esta materia, sino lo que nuestra razón puede descubrirnos independientemente de las opiniones humanas.

 

LOCURA. ¿En qué consiste la locura? En tener ideas incoherentes y obrar con incoherencia. ¿Desea conocer la locura el más sabio de los hombres? Pues reflexione en la ilación de las ideas durante sus sueños. Si hace laboriosamente la digestión por la noche, un tropel de ideas incoherentes le agitan; diríase que la naturaleza nos castiga por haber comido demasiado o por haber elegido mal los alimentos, haciendo velar nuestros pensamientos, porque cuando dormimos sólo pensamos cuando hicimos una mala digestión. Los sueños que nos inquietan son realmente una locura pasajera.

 

En este artículo no se trata de renovar el libro de Erasmo, que hoy sólo sería un lugar común bastante insustancial.

 

Llamamos locura a la enfermedad de los órganos del cerebro que impide al hombre pensar y obrar como los demás hombres. Al no poder administrar sus bienes, la ley le prohíbe hacerlo y no pudiendo tener ideas convenientes a la sociedad, lo excluye de ella. Si es peligroso lo encierran; si está furioso, lo atan. Algunas veces, el tratamiento médico consiste en hacerle tomar baños, otras le sangran.

 

Es importante observar que el hombre aquejado de esa enfermedad no está privado de tener ideas, las tiene como los demás hombres cuando está despierto y, con frecuencia, cuando duerme. Podrá preguntarse en qué consiste que su alma espiritual e inmortal, alojada en el cerebro, reciba las ideas distintas y claras y, sin embargo, no tiene el criterio sano. Ve los objetos como el alma de Aristóteles, Platón, Locke y Newton los veían, oye los mismos sonidos, tiene el mismo sentido del tacto. ¿En qué consiste, pues, que recibiendo las mismas percepciones que los hombres más sabios aquéllas formen una extravagante confusión sin poderlo remediar?

 

Si su sustancia sencilla y eterna tiene, para realizar todos sus actos los mismos instrumentos que las almas de cerebros más sabios, ésta debe razonar como ellos. ¿Quién podría impedírselo? Concibo perfectamente que si el loco viera rojo lo que los sabios ven azul, que si el loco oyera el rebuzno de un asno cuando los sabios oyen música, que si cuando aquéllos oyen un sermón el loco oyera una comedia, su alma debiera pensar al revés que las otras. Pero el loco tiene las mismas percepciones que ellos y al parecer no hay razón alguna para que su alma, recibiendo por medio de sus sentidos todos los útiles, no pueda usarlos. Su alma es pura dicen; no está sujeta por sí misma a ninguna enfermedad y está provista de todos los auxilios necesarios suceda lo que le suceda al cuerpo, nada puede cambiar su esencia y, sin embargo, la llevan dentro de su estuche al manicomio.

 

Esta reflexión nos hace sospechar que la facultad de pensar, que Dios concedió al hombre, está sujeta a trastornos como los demás sentidos. El loco es un enfermo cuyo cerebro padece, como el reumático es un enfermo que sufre de los pies y manos; pensaba con el cerebro como andaba con los pies, sin conocer siquiera que estaba dotado del poder incomprensible de andar y del poder no menos incomprensible de pensar. Puede padecerse reumatismo en el cerebro como en los pies. Después de mucho meditar sobre esta materia, tal vez sólo la fe sea capaz de convencernos de que una sustancia simple e inmaterial pueda estar enferma.

 

Los doctos y doctores dirán al loco: «Amigo mío, aunque hayas perdido el sentido común tu alma es tan espiritual, tan pura y tan inmortal como la nuestra, pero la nuestra está bien alojada y la tuya mal; tiene tapadas las ventanas de la casa, le falta el aire y se ahoga». El loco, en sus momentos lúcidos, les contestará: «Amigos míos, dais por descontado lo que es cuestionable. Mis ventanas están tan abiertas como las vuestras, puesto que veo los mismos objetos y oigo las mismas palabras que vosotros: por tanto, es indispensable que mi alma haga mal uso de mis sentidos o que ella sea un sentido viciado, una cualidad depravada; en una palabra, mi alma está loca o no tengo alma». Uno de los doctores podía replicar: «Amigo mío, tal vez Dios creó almas locas, como creó almas sabias». El loco le objetaría diciendo: «Si creyera lo que decís, estaría más loco de lo que estoy. Os suplico, pues, vos que tanto sabéis, me digáis por qué estoy loco».

 

Si los doctores están dotados de buen sentido le contestarán que no lo saben. Ignoran por qué un cerebro concibe ideas incoherentes, como también ignoran por qué otro cerebro concibe ideas regulares y continuadas. Si se creen sabios serán tan desquiciados como el loco.

 

El loco, en uno de sus momentos lúcidos, les dirá: «Pobres mortales que no sabéis la causa de mi enfermedad, ni curarla; temblad que llegue el día en que os quedéis como yo, o peor. No sois de mejor cuna que el rey de Francia, Carlos VI, el rey de Inglaterra, Enrique VI, y el emperador Wenceslao, que se les trastornó el juicio en el mismo siglo. No tenéis más talento que Blaise Pascal, Jacques Abbadie y Jonathan Swift, que murieron locos. Este último fundó un hospital para los dementes: ¿queréis que vaya allí y os reserve un sitio?»

 

LUJO. En el país donde todos iban descalzos, ¿gastó lujo el primero que utilizó un par de zapatos? ¿No fue, más bien, un hombre sensato e industrioso? ¿No lo fue también el que vistió la primera camisa? En cuanto al primero que la hizo blanquear y planchar, le creo un genio con grandes recursos y capaz de gobernar un estado. Sin embargo, los que no estaban acostumbrados a llevar camisas blancas le tomaron por un rico afeminado que corrompía la nación.

 

«Preservaos del lujo —decía Catón a los romanos—. Habéis subyugado la provincia de Phase, pero no comáis nunca faisanes. Habéis conquistado el país donde crece el algodón, pero acostaos en el duro suelo. Habéis robado a mano armada el oro, la plata y las piedras preciosas de muchas naciones, pero no seáis tan necios que derrochéis todo eso. Careced de todo después de haberlo tomado todo. Es preciso que los ladrones de caminos reales se resignen a ser virtuosos y libres.» Lúculo le respondió: «Amigo mío, lo que debes desear es que Craso, Pompeyo, César y yo, gastemos lo que tengamos en lujo. Es necesario que los grandes ladrones se batan por el reparto de los despojos. Roma debe ser esclavizada, pero lo será más pronto y con más seguridad por uno de nosotros si hiciéramos lo que dices que si gastamos en placeres y en superfluidades. Debes desear que Pompeyo y César se empobrezcan lo bastante para no mantener ejércitos».

 

No hace mucho tiempo, un noruego reprochaba a un holandés su inclinación al lujo: «¿Qué se hicieron —le decía— de aquellos felices tiempos en que el negociante, cuando salía de Amsterdam para ir a las Indias dejaba los cuartos traseros de un buey ahumado en su cocina y los encontraba a la vuelta? ¿Qué se han hecho de vuestras cucharas de palo y vuestros tenedores de hierro? ¿No es vergonzoso que un sabio holandés se acueste en una cama de damasco?» «Vete a Batavia —le respondió el holandés—, gana diez tonnas de oro (1) y verás si tienes ganas de no ir bien vestido, no comer bien y no vivir en un palacio.»

 

Después de haberse desarrollado esta conversación se han escrito muchos volúmenes sobre el lujo, pero todos los libros ni lo han disminuido ni lo han aumentado.

 

Se está clamando contra el lujo hace más de dos mil años en verso y en prosa, y los hombres le siguen teniendo afición.

 

¿Qué no se ha dicho de los primitivos romanos? Cuando esos bandidos pillaban y asolaban las cosechas de sus vecinos, cuando para hacer progresar su pobre villorrio destruyeron los pobres burgos de los volscos y de los samnitas, eran hombres desinteresados y virtuosos; no habían podido robar aún oro, plata ni piedras preciosas, porque nada había de eso en las localidades que saquearon. En sus bosques y en sus pantanos no se criaban perdices ni faisanes y por eso elogiaron su temperancia.

 

Cuando robaron y saquearon todo lo que encontraron al paso, desde el fondo del golfo Adriático al Éufrates, y pudieron disfrutar el producto de sus rapiñas durante siglos, cuando cultivaron las artes, gozaron de los placeres y los hicieron gozar a los vencidos, se dice que desde entonces dejaron de ser prudentes y hombres de bien.

 

Todas estas elucubraciones intentan probar que el ladrón no debe alimentarse nunca con la comida que hurtó, ni vestir el traje que quitó, ni lucir el anillo que robó. Los que claman contra los primitivos romanos dicen que debieron echar todo lo robado al río para vivir con honradez, pero valía más que hubieran dicho que no debían haber robado. Censurad a los bandidos cuando roban, pero no los tratéis de insensatos si disfrutan de su rapiña. Decidme de buena fe si cuando muchos marinos ingleses se enriquecieron con la toma de Pondichery y La Habana, hicieron mal en gozar en seguida de todos los placeres en Londres como recompensa a las penalidades y estrecheces que sufrieron en Asia y América.

 

(1) Tonna de oro, en Holanda, es una cantidad equivalente a 100.000 florines.

 

Esos declamadores quisieran que enterraran sus riquezas quienes las acumulan por la suerte de las armas, la agricultura el comercio y la industria. En prueba de sus asertos, citan a Lacedemonia, pero, ¿por qué no citan también la república de San Marino? ¿Qué beneficios aportó Esparta a Grecia? ¿Tuvo Esparta hombres como Demóstenes, Sófocles Apeles y Fidias? El lujo de Atenas produjo grandes hombres de todas clases, Esparta sólo tuvo capitanes, pero en menor número que las demás ciudades de Grecia. Enhorabuena que una pequeña república como la de Lacedemonia conservara su pobreza, después de todo, lo mismo morimos careciendo de todo que gozando de todos los placeres de la vida. El salvaje del Canadá vive y llega a la vejez lo mismo que el ciudadano de Inglaterra que tiene cincuenta guineas de renta. Pero, ¿quién puede comparar nunca el país de los iroqueses con Inglaterra?

 

Si la república de Ragusa y el cantón de Zug publican leyes suntuarias, hacen muy bien; es preciso que el pobre no gaste más de lo que pueda, pero he leído en alguna parte que «el lujo enriquece a un gran estado y pierde al estado pequeño» (1).

 

(1) Las leyes suntuarias son, por su naturaleza, una violación del derecho de propiedad. En un estado pequeño sin grandes desigualdades de fortuna no habrá lujo, y si aquellas existen, el lujo las remedia. Por sus leyes suntuarias perdió Ginebra su libertad.

 

Si por lujo entendemos el exceso, es sabido que el exceso es pernicioso en todo, lo mismo en la abstinencia que en la glotonería, en la economía como en la liberalidad. No comprenden que en ciertas localidades donde la tierra es ingrata, los impuestos pesados y la prohibición de exportar el trigo intolerable, no haya, sin embargo, un colono que carezca de un buen traje de paño, no calce bien y no esté bien alimentado. Si ese colono trabajara sus tierras vistiendo el traje dominguero, con el pelo rizado y empolvado, gastaría extraordinario e impertinente lujo pero si un ciudadano de París o Londres se presentara en los teatros vestidos como un labriego, daría muestras de grosera y ridícula mezquindad.

 

Cuando se inventaron las tijeras, que por cierto no son muy antiguas, ¿cuánto no se habló contra los primeros que se cortaban las uñas y parte del pelo que les caía hasta la nariz? Indudablemente, los tendrían por lechuguinos y pródigos porque compraban a subido precio un instrumento de vanidad para estropear una obra del Creador. ¡Como si se ultrajase a Dios al recortar los pedacitos de materia córnea que El nos puso en el extremo de los dedos! Todavía incordiaron más cuando se inventaron las camisas y los escarpines. Sabido es lo mucho que se encolerizaban los consejeros ancianos, que nunca los habían llevado, contra los jóvenes magistrados que gastaban ese lujo funesto.

 

Si entendemos por lujo gastar más de lo necesario, el lujo es la consecuencia natural de los progresos de la especie humana, y razonando lógicamente los enemigos del lujo deben creer lo que dijo Rousseau: «Que el estado de felicidad y virtud para el hombre no es el estado salvaje, sino el del orangután». Mas toda persona sensata comprende que sería absurdo considerar como un mal las comodidades que todos los hombres quisieran disfrutar: por eso, generalmente hablando, sólo se da el nombre de lujo a las superfluidades que un reducido número de individuos pueden gozar. Entendido el lujo en este sentido, es una consecuencia necesaria de la prosperidad, sin la cual ninguna sociedad puede subsistir y es consecuencia de la desigualdad de las fortunas, que deriva, no del derecho de propiedad, sino de las malas leyes. Estas son las que propician el lujo, pero las buenas leyes lo pueden suprimir. Los moralistas deben dedicar sus sermones a los legisladores y no a los particulares, porque está en el orden de las cosas posibles que el hombre virtuoso e ilustrado tenga el poder de redactar leyes razonables y es contrario a la naturaleza humana que todos los ricos de una nación renuncien por virtud a proporcionarse, a expensas del dinero, los deleites del placer o de la vanidad.

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