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M

 

MACHO CABRIO (Bestialidad, hechicería). Los diversos honores que la Antigüedad rindió a los machos cabríos serían asombrosos si hubiera alguna costumbre que pudiera sorprender a quienes el estudio ha familiarizado con el mundo antiguo y el moderno.

 

Los egipcios y judíos designaron con frecuencia a los reyes y jefes del pueblo con el vocablo cabrón. Zacarías, en el capítulo 10, versículo 3 dice: «Contra los pastores se ha encendido mi indignación y castigaré a los machos de cabrío: porque el Señor de los ejércitos tendrá cuidado de su grey, es decir, de la casa de Judá, y la hará briosa como si fuera su caballo de regalo en la guerra». Jeremías, en el capítulo 50, versículo 8 habla así a los caudillos del pueblo: «Salid de Babilonia y sed como los cabrones que van al frente del rebaño». Isaías usó ese mismo vocablo en los capítulos 10 y 11, pero lo tradujeron por la voz príncipe.

 

Los egipcios no sólo llamaron cabrones a los reyes, sino que consagraron un macho cabrío en Mendes y lo adoraron. Es probable que el pueblo tomara efectivamente un símbolo por una divinidad, porque esto sucedió algunas veces.

 

No es verosímil que los sacerdotes de Egipto sacrificaran y adoraran al mismo tiempo a los machos cabríos. Es sabido, lo dijimos en otra parte, que tenían el chivo Hazazel, que arrojaban al precipicio adornado y coronado de flores para que expiara las culpas del pueblo, y los judíos copiaron esta ceremonia e incluso el nombre de Hazazel, de la misma forma que adoptaron otros ritos de Egipto.

 

Pero los chivos recibieron en la Antigüedad un honor más singular. Varios autores creen que en Egipto muchísimas mujeres hicieron con los moruecos lo que Pasifae hizo con su toro. Herodoto refiere que, estando en Egipto, una mujer cohabitaba públicamente con cabrones en una provincia de Mendes. Añade que quedó asombrado, pero no dice que castigaran a esa mujer. Todavía es más extraño que Plutarco y Píndaro, que vivieron en siglos diferentes, coincidan en decir que presentaban mujeres al cabrón consagrado. Sólo concebir esta idea nos hace estremecer.

 

Los judíos imitaron semejantes abominaciones. Jeroboán instituyó sacerdotes para que sirvieran a sus becerros y cabrones. El texto hebreo usa esta misma palabra (1). Pero el mayor ultraje que recibió la naturaleza humana fue el repelente extravío de algunas hebreas que se enamoraron de los cabrones, y el de los hebreos que cohabitaron con cabras. Hubo necesidad de publicar una ley tajante para prohibir tan horrible aberración. Esta ley consta en el Levítico y la repite varias veces. Al principio se prohibió sacrificar los animales velludos con los que habían fornicado; luego prohibieron a las mujeres que se aparearan con bestias y a los hombres que cometieran el mismo extravío y, finalmente, ordenaron que el culpable de semejante bestialismo perdiera la vida así como el animal de quien abusara. Consideraron a esa bestia tan criminal como al hombre y la mujer y decían que su sangre caería sobre todos.

 

(1) Libro II de Paralipómenos. cap. 11. 15.

 

Principalmente, en dichas leyes se trata de machos cabríos y cabras, que por desgracia fueron necesarios para el pueblo hebreo. Esa aberración era común en muchos países cálidos. Los judíos vagaban entonces por un desierto en donde no podían alimentar más que cabras y cabrones. Esas mismas depravaciones las cometían los pastores de Calabria y otras regiones de Italia.

 

No satisfechos con las mencionadas abominaciones, establecieron el culto del macho cabrío en Egipto y en los desiertos de una parte de Palestina. Creyeron realizar encantamientos por medio de los cabrones y otras bestias, y la magia y hechicería pasaron muy pronto desde Oriente a Occidente, extendiéndose por todo el mundo. Los romanos dieron el nombre de sabbatum a la hechicería que aprendieron de los judíos, confundiendo de esta manera el día sagrado de éstos con sus misterios infames. De aquí proviene que ser brujo y acudir al aquelarre sabatino fuese la misma cosa entre las naciones modernas.

 

Miserables mujeres del pueblo, engañadas por pícaros y, más que por éstos, por la debilidad de la propia imaginación, creyeron que en cuanto pronunciaran la palabra amuleto y se embadurnaran con ungüento compuesto de boñiga de vaca y pelo de cabra irían al aquelarre sabatino montadas en un palo de escoba, mientras estaban durmiendo, y adorarían a un macho cabrío que gozaría con ellas.

 

Esta era la opinión universal. Los doctores opinaban que el diablo se metamorfoseaba en cabrón. Esta idea la expone Del Río en sus Disquisiciones y también otros autores. El teólogo Grillandus, uno de los promotores de la Inquisición que cita Del Río, dice que los brujos le llamaron el cabrón Martinet y asegura que una mujer que se prostituyó a Martinet montada en sus hombros fue transportada por los aires a un lugar llamado la Nuez de Benevent.

 

Existieron libros que describían los misterios de los brujos. Yo he leído uno al frente del cual dibujaron bastante mal un cabrón y una mujer arrodillada detrás de él. Estos libros se llamaban grimoires en Francia y Alfabetos del diablo en otras partes. El que vi sólo constaba de cuatro hojas y contenía caracteres casi indescifrables.

 

Propagar las luces de la razón educando mejor a los pueblos hubiera bastado para extirpar de Europa tan ridícula extravagancia. Si los supuestos brujos tenían su Alfabeto del diablo, los jueces tuvieron un código para castigar a los brujos. El jesuita Del Río, doctor por Lovaina, imprimió sus Disquisiciones mágicas el año 1599, asegurando que todos los herejes son magos y recomendando con frecuencia que los pongan en el potro. No duda que el diablo se metamorfosea en cabrón y que no concede sus favores a todas las mujeres que se le presentan. Varios jurisconsultos especializados en demonografía afirman que Lutero era hijo de un macho cabrío y una mujer. Uno de ellos sostiene que, en 1595, una mujer parió en Bruselas un niño que tuvo del diablo transformado en cabrón y la castigaron, pero no se dice con qué clase de castigo.

Boguet, juez supremo de la jurisdicción de la abadía de Saint Claude, en el Franco Condado, extremó el rigor de la jurisprudencia sobre la hechicería. Da razón detallada de todos los suplicios a que condenó a los brujos y brujas, que suman una cantidad considerable; a casi todas las brujas las condenó por suponer que habían fornicado con los cabrones.

 

Ya hemos dejado constancia en otros artículos que ascienden a más de cien mil hechiceros los que fueron condenados a muerte en toda Europa. Únicamente la filosofía curó a los hombres de tan abominable quimera y enseñó a los jueces que no debían condenar a morir abrasados a los imbéciles.

 

MAGIA. Es una ciencia más digna de aplauso que la astrología y la doctrina de los genios. Desde que empezó a vislumbrar que todo hombre poseía un ser completamente distinto del cuerpo, y que tal ser subsistía después de la destrucción de la materia, le otorgaron forma ligera, sutil y aérea, pero semejante a la del cuerpo en que se aloja. Esta opinión se generalizó en virtud de dos razones: la primera, que en todos los idiomas el alma se llamaba espíritu, soplo, viento, y era algo imperceptible, algo ligero y algo sutil; la segunda, que si el alma del hombre no conservaba una forma parecida a la que poseyó durante su vida, después de la muerte no se podría distinguir el alma de un hombre de la de otro. Esta alma, esta sombra, que subsistía separada de su cuerpo, podía muy bien, si no manifestarse en algunas ocasiones, volver a ver los lugares que había habitado, visitar a sus padres y amigos, hablarles y darles instrucciones, pues lo que existe puede aparecerse.

 

Las almas podían también enseñar a quienes se les aparecían la manera de evocarlas, y ellas no dejarían de presentarse. El vocablo amuleto, pronunciado en ciertas ceremonias, hacía que se aparecieran las almas con las que deseaba hablar. Supongo que un egipcio hubiera dicho a un filósofo: «Desciendo en línea recta de los magos de Faraón, que convirtieron las varas en serpientes y el agua del Nilo en sangre. Uno de mis antepasados contrajo matrimonio con la pitonisa de Endor, que evocó la sombra de Samuel con la plegaria del rey Saúl y comunicó sus secretos al marido, el cual también le enteró de los suyos. Poseo esta herencia de mis padres y mi genealogía está demostrada; mando a las sombras y los elementos». El filósofo no hubiera podido hacer otra cosa que pedirle protección, porque si hubiera querido negar y disputar el mago le hubiera cerrado la boca diciéndole: «No puedes negar los hechos. Mis antepasados fueron grandes magos y tú no puedes dudarlo. No tienes ninguna razón para creer que sea de peor condición que ellos, máxime cuando te doy palabra de honor de que soy hechicero». El filósofo hubiera podido objetarle: «Ten, pues, la amabilidad de evocar una sombra, de que hable con un alma, de convertir este agua en sangre y esta vara en serpiente». El mago podía replicarle: «No quiero ocuparme en trabajar para los filósofos. Hice que se aparecieran espectros a damas muy respetables y a gentes sencillas que no disputan conmigo. Comprenderás que es posible que posea esos secretos, pues os habéis visto obligado a confesar que mis antecesores los poseían, y lo que se hizo en tiempos antiguos también puede hacerse hoy. Creéis en la magia sin que por ello esté obligado a practicar contigo ese arte».

Estas razones eran tan válidas por aquel entonces que en todos los pueblos hubo hechiceros. El Estado pagaba a los más relevantes para que leyeran el porvenir en el corazón y el hígado de un buey. ¿Por qué, pues, durante mucho tiempo castigaron a los hechiceros inferiores con la pena de muerte? Obrando prodigios, en vez de castigarlos debían habérseles tributado honores, sobre todo debieron temer el poder de que disponían. Nada tan ridículo como sentenciar al verdadero mago o morir en la hoguera, porque debían pensar que podía apagar el fuego de la pira y retorcer el cuello a sus jueces. Debieron haberse concretado a decirles: «Amigo mío, no te queremos achicharrar como a un verdadero mago, sino como a un hechicero falaz, porque te jactas de un arte admirable que no posees. Te tratamos como moneda falsa. Nos consta que hubo antiguamente venerables magos, pero creemos que no lo eres porque te dejarás quemar como un tonto».

 

Cierto que el cuitado mago pudiera replicar: «Mi ciencia no llega hasta el punto de apagar una hoguera sin agua, ni hasta el extremo de matar a mis jueces sólo con palabras; solamente puedo evocar almas, leer en el porvenir y convertir unas materias en otras. Mi poder es limitado, mas no por esto debéis quemarme a fuego lento, pues esto equivale a hacer ahorcar a un médico que os hubiera curado de unas fiebres tercianas y no pudiera curaros una parálisis». Pero los jueces podrían replicarle también: «Pues bien, demuéstranos que posees algún secreto de la magia o consiente en que te quememos».

 

MAHOMETANOS. Vuelvo a repetir, ignorantes mentecatos, que otros ignorantes os han hecho creer que la religión mahometana es sensual y voluptuosa. Pero no es verdad, y os han engañado en esto como en otras cosas.

 

Canónigos, frailes, curas, decidme con la mano en el pecho si os atrevéis a llamar sensual a la religión que prescribe no comer ni beber desde las cuatro horas de la madrugada hasta las diez de la noche durante el mes de julio, cuando el ayuno llega en esa época; la religión que prohíbe los juegos de azar y beber vino, bajo pena de condenación eterna, la religión que manda ir peregrinando por desiertos ardientes y obliga a dar a los pobres el dos por ciento al menos de la renta de cada rico; Ia religión que consiguió que los musulmanes, acostumbrados a holgarse con dieciocho mujeres, se quedaran de repente con cuatro.

 

Los católicos obtuvieron muchas ventajas sobre los musulmanes, no en materia de guerra, sino en materia de doctrina. A los cristianos griegos los han derrotado tantas veces desde 1769 hasta 1773 que no vale la pena calumniar injustamente al islamismo. Procurad reconquistar todos los territorios que os tomaron los mahometanos, pues de sobra sé que eso es más difícil que calumniarles. Odio tanto la calumnia que hasta me subleva que se imputen tonterías a los turcos, pese a que les detesto porque son tiranos de las mujeres y enemigos de las artes.

 

 

 

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MALVADO. Se nos reprocha que la naturaleza humana es esencialmente perversa, que el hombre ha nacido hijo del diablo y malvado. Nada peor orientado que esto, amigo mío, pues si me predicas que todo el mundo ha nacido perverso me estás advirtiendo que también has nacido así y debo desconfiar de ti como de un zorro o un cocodrilo. «¡Oh, no! —me replicas—. Estoy regenerado, no soy herético, ni infiel, y soy digno de confianza.» Pero el resto del género humano, que es herético o eso que llamas infiel, no será otra cosa que un amontonamiento de monstruos y cada vez que hables a un luterano o a un turco debes estar persuadido de que va a robarte y asesinarte, por ser hijos del diablo y malvados: el uno por no haber sido regenerado y el otro por haber degenerado.

 

Creo que sería más razonable y mucho mejor decir a los hombres: «Todos habéis nacido buenos y considerad qué espantoso sería corromper la pureza de vuestro ser». Es preciso dirigirse al género humano con la misma actitud que con los hombres en particular. Un canónigo llevaba una vida escandalosa y se le dijo: «¿Es posible que deshonre la dignidad de canónigo?» Si se le recuerda a un hombre de toga que goza del honor de ser consejero del rey y debe dar ejemplo y se dice a un soldado para darle valor: «Acuérdate de que eres del regimiento de Champagne», habría que decir a todos y a cada uno de nosotros: «Acuérdate de tu dignidad de hombre».

 

En efecto, a pesar de todo se vuelve a lo mismo, y así, ¿qué significa esa frase empleada con tanta frecuencia en todos los países: «reflexione íntimamente»? Si usted ha nacido hijo del diablo, si su origen es criminal si su sangre está compuesta por un licor infernal, la frase «reflexionad íntimamente» significará: tenedlo en cuenta, seguid vuestra naturaleza diabólica, sea impostor, ladrón, asesino, siga la ley de su padre.

 

Pero el hombre no ha nacido malvado, sino que se convierte así como puede caer enfermo. Se presentan unos médicos y le dicen: «Usted ha nacido ya enfermo». A buen seguro que estos médicos, digan lo que digan y hagan lo que hagan, no le curarán jamás si su dolencia es inherente a su naturaleza, y estos razonadores están muy enfermos ellos mismos.

 

Examinad todos los niños del universo y no observaréis en ellos más que inocencia, dulzura y temor; de haber nacido malvados, malhechores y crueles, lo demostrarían en cualquier señal, como las serpientes pequeñas tienden a morder y los pequeños tigres a desgarrar. Pero no habiendo otorgado la naturaleza al hombre más armas ofensivas que a las palomas y a los conejos, tampoco ha podido adjudicarles un instinto que les arrastre a destruir.

 

Así, pues, el hombre no ha nacido malo. Entonces, ¿por qué muchos están infectados por esa peste de la maldad? Porque quienes están en la cumbre, al contraer la dolencia, la transmiten al resto de los mortales, al igual que una mujer afectada de la enfermedad que Cristóbal Colón nos trajo de América esparció este veneno de un extremo a otro de Europa. El primer ambicioso corrompió la tierra.

 

Me replicaréis que este primer monstruo desarrolló el germen de orgullo, de rapiña, de fraude y de crueldad, que subyace en todos los hombres. Reconozco que, en general, la mayor parte de nuestros hermanos pueden adquirir tales cualidades, pero, ¿es que todo el mundo tiene la fiebre pútrida o el mal de piedra sólo porque todos estamos expuestos a ello?

 

Existen naciones enteras que de ningún modo son malvadas: los filadelfianos y los indios banianos jamás han dado muerte a nadie; los chinos los pueblos de Tonquín, Lao, Siam y del Japón, desde hace cien años no conocen la guerra. Apenas se produce cada diez años cualquiera de esos enormes crímenes que asustan a la naturaleza humana en las ciudades de Roma, Venecia París, Londres y Amsterdam, ciudades en donde precisamente la codicia, madre de todos los crímenes, es extremada.

 

Si los hombres fuesen malvados por esencia, si naciesen sometidos a un ser malhechor y desgraciado que, para vengarse de su dolor, les inspirase todos sus furores, todas las mañanas veríamos a los maridos asesinados por sus mujeres y los padres por sus hijos, como se ven al amanecer las gallinas degolladas por una garduña que vino a succionarles la sangre.

 

Si hay mil millones de seres humanos sobre la tierra, y son muchos, pueden calcularse aproximadamente unos quinientos millones de mujeres que cosen, hilan, amamantan a sus pequeños, tienen limpia su casa o su cabaña y quizá murmuran algo de sus vecinas. Y no veo qué grandes males causan esas pobres inocentes en la tierra. Entre ese número de habitantes del planeta, habrá unos doscientos millones de niños, al menos, que ciertamente no matan ni roban, y otros tantos ancianos y enfermos, aproximadamente, que tampoco pueden hacerlo. Todo lo más, quedarán cien millones de gente joven, robustos y capaces de cometer crímenes. De esos cien millones, unos noventa están ocupados de continuo en labrar la tierra y, mediante un trabajo prodigioso, proporcionarse alimento y vestido: esos apenas tienen tiempo de cometer mal alguno.

 

En los diez millones restantes quedan comprendidos las gentes ociosas, pero de buena compañía, que quieren disfrutar apaciblemente; los hombres de talento, ocupados en sus profesiones, y los magistrados y los sacerdotes, visiblemente interesados en mantener una vida pura, al menos en apariencia. Sólo quedan, pues, como verdaderos malvados, algunos políticos, sean seculares o regulares, que siempre pretenden turbar el mundo y algunos millares de vagabundos que alquilan sus servicios a tales políticos. Pero nunca hay al mismo tiempo un millón de esas bestias feroces y en tal cifra tengo en cuenta los bandoleros que asaltan en los caminos. Así, pues, tenemos en la tierra y en los más tempestuosos tiempos, todo lo más, un hombre entre mil al que se pueda calificar de malvado, e incluso no siempre es así.

 

Existen, pues, infinitamente menos males en la tierra de lo que se dice y se cree. Aunque todavía hay demasiada maldad, sin duda, puesto que se presencian desgracias y crímenes horribles; pero la afición a lamentarse y a exagerar es tan grande que, al menor rasguño, gritamos que el mundo está inundado de sangre. Si alguien os ha engañado, entonces todos los hombres son unos estafadores. Un alma melancólica que ha sufrido una injusticia ve el universo lleno de desgraciados, de la misma manera que un joven voluptuoso que cena con su dama, a la salida de la Opera, no puede imaginar que existan seres desdichados en el mundo.

 

MARÍA MAGDALENA. Confieso que no sé de dónde el barón de Holbach, autor de la Historia crítica de Jesucristo, tomó que santa María Magdalena tuvo complacencias pecaminosas con el Salvador del mundo. Dice en la página 130, línea 11 de la nota, que eso es una opinión de los albigenses, pero yo nunca he leído esa horrible blasfemia en la historia de los albigenses, ni en sus profesiones de fe. Esta es una de las muchas cosas que ignoro. Sé que los albigenses tuvieron la desgracia de no ser católicos romanos, pero me parece que respetan profundamente la persona de Jesús.

 

El autor recomienda a sus lectores que lean Cristiada, que es un poema en prosa, dando por sentado que haya poemas en prosa. Y ni corto ni perezoso consulté la página de Cristiada, de donde está tomada dicha acusación, y la encontré en el libro IV, página 335, nota 1ª, pero Holbach no cita a nadie. En un poema épico pueden excusarse las citas, pero en un libro en prosa hacen falta citas muy autorizadas cuando se trata de un aserto tan grave que eriza los pelos de todos los cristianos.

 

Hayan dicho o no los albigenses semejante impiedad, el autor de la Cristiada se apodera de ella y la convierte en novela. Introduce en escena a María Magdalena, hermana de Marta y Lázaro, luciendo todos los encantos de la juventud y la hermosura, ardiendo en todos los deseos y entregada a todas las voluptuosidades. Según el autor es una dama de corte y sus riquezas igualan a su nacimiento, su hermano Lázaro era conde de Betania y ella marquesa de Magdala. Marta poseía una gran heredad, pero no nos dice dónde radicaban sus tierras. «Tenía —dice el autor de Cristiada— cien criados y numerosos amantes, y hubiera atentado contra la libertad de todo el universo. La riqueza, las dignidades y la ambición, no fueron nunca tan queridos para Magdalena como el halagüeño error que hizo que la pusieran el sobrenombre de pecadora. Tal era la hermosura que dominaba en aquella capital cuando llegó allí el joven y divino héroe que venía desde el extremo de Galilea. Todas las pasiones de Magdalena cedieron entonces a la ambición de subyugar al héroe de quien tanto oyó hablar»

 

Entonces el autor de dicho poema, La Baume‑Desdossat, imita a Virgilio. La marquesa de Magdala habla a su hermana para que la ayude a llevar a cabo la conquista del joven héroe, como Dido emplea a su hermana Ana para que caiga en sus redes el púdico Eneas. Va al templo a oír el sermón que predicaba Jesús, aunque allí no predicó nunca. «Su corazón la impulsa a ponerse delante del héroe que adora. Sólo espera que le dirija una mirada cariñosa para vencerle y sujetarle al hechizo de sus atractivos». Luego va a buscarle en casa de Simón el leproso, que le daba una gran cena, aunque las mujeres nunca entraban en los ágapes y menos en los de los fariseos. Magdalena le derrama un tarro de perfume sobre las piernas y después de enjugárselas con su larga cabellera blonda las besa.

 

No me detendré en analizar si la pintura que hace el autor de los santos arrebatos de Magdalena es más mundana que devota, si los besos que da están o no expresados con demasiada libertad, ni si la hermosa cabellera blonda, con la que seca las piernas del Salvador, tiene alguna semejanza con lo que hacía Trimalción, que al ir a comer se enjugaba las manos con el pelo de un esclavo joven y hermoso. Es posible que el autor en cuestión presintiera que sus descripciones eran demasiado lascivas, porque se adelanta en la crítica copiando algunos fragmentos del sermón que Masillon pronunció sobre Magdalena. He aquí uno de esos fragmentos:

 

«Magdalena había sacrificado su reputación al mundo. Su pudor y su nacimiento la defendieron al principio de las primeras acechanzas de su pasión, y es creíble que cuando la hirieron los primeros rayos opusiera el escudo de su pudor y su dignidad, pero así que dio oídos a la serpiente y consultó su íntimo deseo abrió el pecho a las asechanzas de la pasión. Magdalena amaba todos los placeres y todo lo sacrificó a dicho amor. Ni la dignidad que adquirió en la cuna, ni el pudor que es el mejor ornato de su sexo, salieron vivos de su sacrificio no hubo para ella ningún freno, ni las burlas del mundo, ni las infidelidades de esos amantes insensatos a quienes quería agradar, pero de los que nunca consiguió el aprecio porque sólo la virtud puede apreciarse. Nada pudo avergonzarla, y como la mujer prostituta del Apocalipsis llevaba impresa en la frente la palabra misterio, lo que quiere decir que se había quitado el velo y sólo se la conocía por la marca de su loca pasión.»

 

Inútilmente he buscado este pasaje en los sermones de Masillon porque no existe en la edición que tengo y he leído; más aún, ese estilo no es el del gran orador cristiano. El susodicho autor debía habernos dicho de dónde copió esa rapsodia de Masillon, como debía enseñarnos dónde ha leído que los albigenses se atrevieran a imputar a Jesús ese devaneo indigno con Magdalena. Por lo demás, ya no vuelve a hablar de la marquesa en el resto de la obra y suprime el viaje que emprendió a Marsella con Lázaro y todas las demás aventuras.

 

¿Qué pudo inducir a un hombre sabio y a veces elocuente, como el autor de Cristiada, a componer semejante poema? Se propuso seguir el ejemplo de Milton, como él afirma en el prólogo, pero sabido es lo engañosas que son las imitaciones. Milton, por otro lado, no incluyó historieta tan monstruosa en un poema en prosa; Milton, que alternó preciosos versos libres en su Paraíso perdido con una infinidad de versos duros que lo llenan, sólo podía complacer a los wighs fanáticos, como dice el abate Frecourt: «Cantando al universo, perdido por una manzana, y a Dios, creando el primer hombre para condenarle». Milton complació asimismo a los presbiterianos haciendo que el pecado se acostara con la muerte, disparando desde el cielo cañones de grueso calibre, haciendo que se pelearan lo seco y lo húmedo, el frío y el calor, partiendo por medio a los ángeles, edificando un puente sobre el caos, representando al Mesías que saca de un armario del cielo un gran compás para circunscribir el mundo, etc. Virgilio y Horacio hubieran encontrado extravagantes estas ideas, pero consiguieron un buen éxito en Inglaterra, descritas en hermosos versos. El autor de Cristiada se equivocó al creer que pudiera tener éxito su historieta sin la ayuda de hermosos versos, que indudablemente son difíciles de escribir.

 

El abate en cuestión, al decir de Jerónimo Vida, obispo de Alba, escribió en otros tiempos, en versos latinos, una importante Cristiada imitando muchos versos de Virgilio. Pues bien, amigo mío, ¿por qué escribiste la tuya en prosa francesa y no imitaste también a Virgilio? Milton escribió también su fabulación del Nuevo Testamento, su Paraíso reconquistado, en versos libres que se asemejan con frecuencia a la prosa mala. Dejar en paz a Milton y que se ocupe a su antojo de Satanás y de Jesús, pues sólo a él le es lícito conducir, en buenos versos, a Galilea una piara de dos mil cerdos llevados por un tropel de diablos que los ahogan en un lago. Sólo Milton puede decir que el diablo propone a Dios celebrar juntos una buena cena. El diablo sólo en Milton puede llenar fácilmente la mesa de hortalizas, perdices y lenguados, y de que Hebe y Ganimedes escancien la bebida a Jesucristo. El diablo puede llevar a Dios a una montaña, desde cuya cima le enseña el Capitolio, las islas Molucas y la ciudad de las Indias donde nació la hermosa Angélica, que trastornó la cabeza a Rolando. Pero Milton puede decir todo eso y conseguir que se burlen de él, como lo hacen de ti, y no tienes más remedio que aguantar con paciencia.

 

MÁRTIRES. En los primitivos tiempos del cristianismo, el vocablo mártir significaba testigo, pues derivaba de la voz martyrion, que quería decir testimonio. Por eso llamaban mártires a quienes anunciaban a los hombres las nuevas verdades, a quienes servían de testimonio de Jesús, como se dio el nombre de santos a los presbíteros, a los vigilantes de la congregación y a las mujeres, sus bienhechoras. Por eso san Jerónimo llama con frecuencia en sus cartas a santa Paula, hija adoptiva. Los primitivos obispos se llamaban santos. Con el paso del tiempo la palabra mártir sólo se aplicó a los cristianos que padecían tormentos o los mataban torturándolos. Las pequeñas capillas que se les erigieron luego recibieron el nombre de martiriones.

 

Muchas han sido las discusiones encaminadas a averiguar por qué el Imperio romano consintió admitir en sus dominios a la secta judía, autorizándola a vivir en ellos hasta después de las dos guerras horribles de Tito y Adriano, y por qué persiguió con frecuencia al cristianismo. Está fuera de duda que los judíos, que pagaban muy caro el tener sinagogas, denunciaban a los cristianos, sus mortales enemigos, y sublevaban al populacho contra ellos. Es indudable también que los judíos, que llevaban mucho tiempo desempeñando los oficios de comisionistas y usureros, no predicaban contra la religión del imperio, y que los cristianos vivían entregados a la controversia, hablaban contra el culto público con intención de destruirlo, quemaban a veces los templos y destrozaban las estatuas consagradas, como hicieron san Teodoro en Amasea y Polyuto en Mitilene.

 

Los cristianos ortodoxos estaban seguros de que su religión era la única verdadera y no querían tolerar ningún otro culto. Por eso no hubo tolerancia para ellos. Las autoridades romanas empezaron por quitar la vida a algunos que morían por la fe que profesaban y éstos fueron los primeros mártires.

 

El nombre de mártir es tan digno de respeto que no debe prodigarse, No es lícito tomar el apellido y el escudo de armas de una familia a la que no se pertenece. Hubo un tiempo que se imponían penas muy severas a quienes se atrevieran a condecorarse con las cruces de Malta o de San Luis sin ser caballeros de esas Ordenes. El erudito Dodwell? el estudioso Midleton, el ponderado Blondel, el exacto Tillemont, el entendido Launoy y otros, celosos por la gloria de los verdaderos mártires, borraron del santoral a multitud de desconocidos que no merecían esa denominación. Hemos observado que esos sabios hicieron suya la confesión de Orígenes, que en su Refutación de Celso dice que hubo pocos mártires, y éstos de tarde en tarde, siendo muy fácil contarlos. Sin embargo, el benedictino Ruinard se opone a la opinión de esos sabios y con el mayor candor nos refiere muchas historias de mártires del todo sospechosas para los críticos; además, muchos estudiosos ponen en duda algunas anécdotas relativas a las leyendas que narra.

 

Han querido hacernos creer que hubo un número fabuloso de mártires. Nos han pintado a Tito, Trajano y Marco Aurelio, por otra parte modelos de virtud, como monstruos de crueldad. Fleury desacreditó su historia eclesiástica insertando en ella cuentos que una vieja con sentido común no narraría a los niños.

 

¿Puede creerse que los romanos condenaron a siete vírgenes de setenta años de edad a que las desfloraran los mozos de la ciudad de Ancuyra, cuando condenaban a muerte a las vestales por el menor devaneo? Diríase que han escrito, para halagar a los taberneros, que Theodoto suplicó a Dios que matara a esas siete vírgenes antes que consentir que perdieran su virginidad. Los martirologios están plagados de esa clase de cuentos. Los autores que de esa manera creyeron hacer odiosos a los romanos sólo consiguieron ponerse en ridículo. ¿Queréis encontrar barbaries indudables, matanzas, ríos de sangre, padres, madres, mujeres, hombres, niños de pecho realmente degollados y amontonados unos sobre otros? Pues bien, esas maldades sólo se hallan en vuestros anales, monstruos perseguidores. Se encuentran en las cruzadas contra los albigenses en las matanzas de Merindol y de Cabrieres, en la espantosa noche de San Bartolomé, en las matanzas de Irlanda, en los valles de la Vendée... No sois los más cualificados, siendo bárbaros, para imputar al mejor de los emperadores crueldades extravagantes, vosotros que habéis inundado de sangre Europa y la habéis cubierto de cadáveres sólo para probar que el mismo cuerpo puede estar en muchas partes a la vez y el papa puede vender indulgencias. Dejad de calumniar a los romanos, que fueron vuestros legisladores, y pedid a Dios que perdone los desafueros que vuestros antepasados cometieron.

 

Decís que lo que hace al mártir no es el suplicio, sino la causa que defiende. Pues bien, os concedo que vuestras víctimas merezcan esa calificación, que significa testigo, pero, ¿qué calificativo daremos a vuestros verdugos? Los falaris y los busiris fueron hombres generosos comparados con vosotros. La Inquisición, que subsiste todavía, ¿no hace estremecer la razón, la naturaleza y la misma religión?

 

MATERIA (Diálogo entre un energúmeno y un filósofo).

 

EL ENERGÚMENO. Eres enemigo de Dios y de los hombres, y crees que Dios es omnipotente y puede dar el don del pensamiento a los seres que quiera. Por ello te voy a denunciar al inquisidor y arderás vivo. Ándate con cuidado porque es la última vez que te aviso.

 

EL FILÓSOFO. ¿Esos son tus argumentos? ¿De esa manera enseñas a los hombres? Admiro tu carácter apacible.

 

EL ENERGÚMENO. Tendré calma para esperar las gavillas de tu hoguera. Contéstame, ¿qué es el espíritu?

 

EL FILÓSOFO. No lo sé.

 

EL ENERGÚMENO. ¿Qué es la materia?

 

EL FILÓSOFO. MUY bien no lo sé. Creo que es extensa, sólida, resistente, gravitante, divisible y móvil, pero creo que Dios aún puede concederle otras cualidades.

 

EL ENERGÚMENO. ¡Otras cualidades, traidor! Sé dónde vas a parar, a decirme que Dios puede amar la materia, que concedió instinto a los animales y que es dueño de todo.

 

EL FILÓSOFO. Pudiera muy bien haber sucedido que concediera a la materia propiedades que tú no alcanzas a comprender.

 

EL ENERGÚMENO. ¡Que yo no puedo comprender, malvado!

 

EL FILÓSOFO. Sí, su poder va más lejos que nuestro entendimiento.

 

EL ENERGÚMENO, Esa es opinión de ateos.

 

EL FILÓSOFO. Sin embargo, eso mismo propugnan muchos padres santos.

 

EL ENERGÚMENO. Pues ni ellos, ni Dios, impedirán que ardas vivo, porque ese es el castigo que merecen los parricidas y los filósofos que no opinan como nosotros.

 

EL FILÓSOFO. ¿Eres tú o el diablo quien ha inventado esa manera de argumentar?

 

EL ENERGÚMENO. ¡Infame poseído! ¡Te atreves a ponerme al nivel del diablo! (El energúmeno da una bofetada al filósofo y éste se la devuelve.)

 

EL FILÓSOFO. ¡A mí los filósofos!

 

EL ENERGÚMENO. ¡A mí la Santa Hermandad!

 

Por un lado acuden media docena de filósofos y por el otro se presentan cien dominicos, cien familiares de la Inquisición y cien corchetes. Ocioso decir qué facción ganará la partida.

 

Cuando se pregunta a los sabios qué es el alma responden que no lo saben y si les interrogan sobre la materia dan la misma respuesta. En cambio, los profesores, y sobre todo los estudiantes, lo saben perfectamente; diciendo que la materia es extensa y divisible creen haberlo dicho todo. Pero cuando se les pregunta qué es extensión, se ven en un aprieto para explicarla. «Se compone de partes», contestan. ¿Y esas partes, a su vez, de qué están compuestas? ¿Los elementos de esas partes son divisibles? Ante estas preguntas permanecen mudos o se pierden en digresiones, de lo que se infiere que no lo saben. ¿Ese ser casi desconocido que llamamos materia, es eterno? Toda la Antigüedad lo creyó así. ¿Tiene por sí misma fuerza activa? Así lo han creído varios filósofos. Los que lo niegan, ¿lo hacen con razón? No conciben que la materia pueda tener nada por sí misma. Ahora bien, ¿cómo pueden asegurar que no esté dotada de las propiedades que le son precisas? Ignoráis cuál es su naturaleza y le negáis los modos que la constituyen, pues desde el momento que existe ha de existir de alguna forma, ha de tener figura y, teniéndola, es posible que posea otros modos inherentes a su configuración. La materia existe y sólo la conocéis por vuestras sensaciones. ¿De qué sirven, pues, todas las sutilidades del ingenio si luego quedan invalidadas por la razón? La geometría nos ha enseñado muchas verdades, pero la metafísica nos ha desvelado muy pocas. Pesamos la materia, la medimos y la descomponemos, pero más allá de estas operaciones rutinarias, si queremos avanzar un paso vemos que se abre ante nosotros un abismo.

 

Perdonad al universo entero que se haya equivocado al creer que la materia existe por sí misma. ¿Podría pensar otra cosa? ¿Cómo había de imaginar que lo que tiene sucesión no existió nunca? Si no era necesaria la existencia de la materia, ¿por qué existe? Y si fue necesaria, ¿por qué no ha de haber existido siempre? Ningún axioma fue tan universalmente admitido como este: Nada se hace sin nada. En efecto, lo contrario es incomprensible. En todos los pueblos el caos precedió a la organización que otorgó la mano divina al mundo entero. La eternidad de la materia no perjudicó en ningún pueblo al culto de la Divinidad. La religión nunca se asustó de que se reconociera al Dios eterno, creador de una materia eterna. Fuimos bastante afortunados para que hoy nos enseñara la fe que Dios sacó la materia de la nada, pero ninguna nación conoció este dogma incluso lo ignoraron los judíos. El primer versículo del Génesis dice que los dioses, Eloim y lo Eloí, crearon el cielo y la tierra, pero no dice que el cielo y la tierra fueron creados de la nada.

 

Filón, que escribió en la única época que los judíos tuvieron alguna erudición, dice en el capítulo sobre la creación: «Dios, siendo bueno por naturaleza, no pudo envidiar la sustancia, la materia, que por sí misma no tenía nada de buena, que por su naturaleza sólo está dotada de inercia, confusión y desorden, y de mala que era se dignó convertirla en buena».

 

La idea del caos clasificado por un Dios se encuentra en todas las teogonías. Hesíodo repitió las creencias de Oriente cuando decía en su Teogonía: «Lo que existió primero fue el caos». Ovidio fue el intérprete de todo el Imperio romano cuando dijo: Sic ubi dispositam, quisquis fuit ille deorum / Congeriem secuit...

 

Se creía que la materia estaba en manos de Dios como la arcilla en el torno del alfarero, si nos está permitido aducir comparaciones tan triviales para expresar el poder divino. Al ser la materia eterna debía tener propiedades eternas, como la configuración la fuerza de inercia, el movimiento y la divisibilidad. Pero la divisibilidad sólo es la consecuencia del movimiento, porque sin movimiento nada se divide, se separa ni se organiza. Se consideró, pues, el movimiento como esencial a la materia. El caos fue un movimiento confuso, y la organización del universo fue el movimiento regular que imprimió a todos los cuerpos el creador del mundo. Mas, ¿cómo la materia por sí misma puede tener movimiento? Como tiene, según opinión de los antiguos, extensión e impenetrabilidad. Y aunque no podemos concebirla sin extensión, sí podemos concebirla sin movimiento. A esto respondían los antiguos: «Es imposible que la materia no sea permeable, y siéndolo, es preciso que algo pase continuamente por sus poros. Y ¿por qué no tendría poros si algo no pasara por ellos?»

 

En sucesivas réplicas haríamos interminable esta cuestión, toda vez que el sistema de la materia eterna se presta a muchas interpretaciones como todos los sistemas. El de la materia creada de la nada no es menos incomprensible; debemos admitirlo sin que nuestra razón pueda demostrarlo, porque la filosofía no da razón de todo. Nos vemos obligados a admitir muchas cosas incomprensibles, incluso en la geometría. ¿Podemos pongo por caso, concebir dos líneas que se vayan acercando siempre y nunca lleguen a encontrarse?

 

Cierto que los geómetras pueden contestarnos: «Os hemos demostrado las propiedades de las asíntotas y no podéis dejar de admitirlas, pero la creación no lo es: ¿por qué la admitís? ¿Qué os impide creer como toda la Antigüedad que la materia es eterna?» Por otra parte, los teólogos os argumentarán diciéndoos: «Si creéis que la materia es eterna reconocéis, pues, que existen dos principios, Dios y la materia, y caéis en el mismo error que Zoroastro y Manes». Nada hay que responder a los geómetras porque ellos no conocen más que líneas, superficies y cuerpos sólidos, pero sí podemos replicar a los teólogos: «¿Por qué soy maniqueo? Veo bloques de piedra que no ha hecho ningún arquitecto y con ellas se construye un gran edificio, pero no admito que haya dos arquitectos. Las piedras son obra del poder y el genio».

 

Afortunadamente, cualquier sistema que se adopte no perjudica a la moral, pues nada importa que la materia haya sido creada u organizada porque de ambas formas Dios es nuestro dueño absoluto. Debemos ser igualmente virtuosos, tanto si desembrolló el caos como si lo creó de la nada. Casi ninguna de estas cuestiones metafísicas influye en la conducta que seguimos en la vida y con esas disputas sucede lo mismo que con lo que hablamos en la mesa: cada uno de nosotros, después de comer olvida lo dicho y se va donde su interés o su deseo le impelen.

 

MATRIMONIO. Un discutidor empedernido, gran amigo mío, decía: «Si fuera rey, haría que mis vasallos se casaran lo más pronto posible. Cuantos más hombres casados haya, menos crímenes se cometerán. Consultad los registros de los jueces de lo criminal y veréis que por cada padre de familia ahorcado o enrodado hay cien solteros.

 

»El estado de casado hace al hombre más virtuoso y prudente. Cuando un padre de familia se propone cometer un crimen, su esposa evita muchas veces que lo cometa, porque es más humana, compasiva, temerosa y tiene más arraigada la religión. Además, el padre de familia procura no hacer nada que pueda avergonzar a sus hijos y teme dejarles el oprobio por herencia.

»Casad a los soldados y habrá menos desertores: estando ligados a su familia también lo estarán a la patria. El soldado soltero suele ser con frecuencia un desarraigado, que le es igual servir al rey de Nápoles que al de Marruecos.

 

»Los mílites romanos eran casados y combatían por sus mujeres y sus hijos; por eso hicieron esclavos a los hijos y mujeres de otras naciones.»

 

Un gran político italiano, muy entendido en lenguas orientales, siendo yo bastante joven, recuerdo que me dijo: «Caro figlio, acuérdate siempre de que los judíos sólo tuvieron una institución buena, la de considerar con horror la virginidad. Si ese insignificante pueblo de comisionistas supersticiosos no hubiera considerado el matrimonio como la primera ley del hombre y hubiese tenido conventos de monjas, hubiera desaparecido».

 

Según el derecho de gentes, el matrimonio es un contrato que los católicos romanos convirtieron en sacramento, pero el sacramento y el contrato son dos cosas diferentes: éste produce efectos civiles, y aquél, efectos eclesiásticos. Así, cuando el contrato está conforme con el derecho de gentes, produce todos los efectos civiles en tanto que la falta de sacramento sólo priva de las gracias espirituales.

 

Esa fue la jurisprudencia de todos los siglos y todas las naciones, exceptuada Francia. Esa fue la opinión de los más acreditados padres de la Iglesia.

 

Consultad los códigos de Teodosio y de Justiniano y no encontraréis en ellos ninguna ley que proscriba el matrimonio con personas de otra religión, ni aún con católicos. Cierto que Constantino, hijo de Constancio y tan cruel como su padre, prohibió a los judíos bajo pena de muerte casarse con mujeres cristianas, y que Valentiniano, Teodosio y Arcadio promulgaron la misma prohibición, castigando con igual pena a las mujeres hebreas, pero esas leyes ya no se observaban en la época del emperador Marciano, y Justiniano las suprimió de su código porque sólo se redactaron contra los judíos y no las aplicaban a los matrimonios que contraían los paganos o los heréticos con afectos a la religión dominante. Leed a san Agustín y veréis cómo os dice que en su época no se consideraban ilícitos los matrimonios de fieles con infieles, pues ningún texto del Evangelio los condenaba.

 

Agustín dice también que esos matrimonios consiguen muchas veces la conversión del cónyuge infiel y cita el ejemplo de su padre, que abrazó el cristianismo porque Mónica, su esposa, era cristiana. Clotilde, convertida por Clovis, y Teodolinda, por el rey de los lombardos Agilufo, fueron más útiles a la Iglesia que si se hubieran casado con príncipes ortodoxos.

 

La pragmática del papa Benedicto XIV, del 4 de noviembre de 1641, es bastante benigna en esta materia y por sorprendente contraste las leyes francesas son, a este respecto, más severas que las de la Iglesia. La primera ley que extremó el rigor en Francia fue el edicto de Luis XIV, publicado en noviembre de 1680. Hélo aquí:

 

«Habiendo condenado los cánones de los concilios los matrimonios de católicos con herejes, por ser motivo de escándalo público y de profanación del sacramento, creemos que es necesario prohibirlos de hoy en adelante, por estar convencidos de que la tolerancia de semejantes matrimonios expone a los católicos a la tentación continua de perderse. Por esto y otras causas nos place ordenar que nuestros súbditos, afectos a la religión católica, apostólica y romana, no pueden bajo ningún pretexto contraer matrimonio con quienes profesen el credo reformado, y declaramos sin validez dichos matrimonios e ilegítimos los hijos que les nazcan».

 

No deja de extrañar que un rey de Francia se apoyara en las leyes de la Iglesia para anular el matrimonio que la Iglesia no anuló jamás. En dicho edicto se confunde el matrimonio con el contrato civil y de esta confusión provienen las leyes de Francia que se dictaron respecto al matrimonio.

 

San Agustín aprobaba los matrimonios de ortodoxos con herejes en la esperanza de que el cónyuge fiel convirtiera al otro, y Luis XIV lo reprobaba por temor a que el cónyuge ortodoxo pervirtiera al católico.

 

Existe en el Franco Condado una ley más cruel, un edicto del archiduque Alberto y de su esposa Isabel, de 20 de diciembre de 1599, que prohíbe a los católicos contraer matrimonio con herejes bajo la pena de confiscación de cuerpo y bienes. El mismo edicto impone igual castigo a los convictos y confesos de haber comido carne los viernes o sábados. ¡Qué leyes y qué legisladores!

 

Si las leyes francesas reprueban los matrimonios de católicos con personas de diferente credo, ¿conceden al menos que tengan efectos civiles los matrimonios de franceses protestantes con individuos de la misma confesión? A pesar de existir en dicho reino un millón de protestantes, la validez de sus matrimonios es todavía problemática ante los tribunales.

 

He aquí un caso en que la jurisprudencia francesa contradice las decisiones de la Iglesia y se contradice a sí misma. En la mencionada pragmática de Benedicto XIV se dice que los matrimonios contraídos entre protestantes y celebrados según sus ritos son tan válidos como los celebrados con las ceremonias que estableció el Concilio de Trento, y que el esposo que se convierte al catolicismo no puede romper ese vínculo para desposar a otra persona de su nueva religión.

 

Barac Leví, judío de origen y natural de Haguenau, se casó en dicha localidad con Mendel Cerf, de la misma religión. El había llegado a París el año 1752 y allí hizo que le bautizaran. El 13 de mayo de 1754 instó por escrito a su mujer que fuera a París a reunirse con él. Por otro requerimiento consintió que su mujer, haciendo con él vida marital, continuara adicta a la religión judía.

 

A esos dos requerimientos contestó la esposa que no quería vivir con él y le remitiera un documento de divorcio, ajustado a las fórmulas del judaísmo, para casarse con otro judío.

 

Tal respuesta no satisfizo a Leví, que no remitió el citado documento, pero sí hizo citar judicialmente a su esposa ante el provisor de Estrasburgo, y éste, por sentencia publicada el 7 de noviembre de 1754, le declaró libre para casarse ante la faz de la Iglesia con una mujer católica. Provisto de esta sentencia, el judío cristianizado fue a la diócesis de Loissons y contrajo promesa de matrimonio con una soltera de Villeneuve. El cura se negó a publicar las amonestaciones. Leví le presentó los requerimientos que hizo a su mujer, la sentencia del provisor de Estrasburgo y el certificado del secretario del obispo de dicha ciudad, que demostraba que en todas las épocas se permitió en la diócesis que los judíos bautizados se pudieran volver a casar con mujeres católicas, y reconoció constantemente esa práctica el Consejo soberano de Colmar.

 

Estos documentos no parecieron suficientes al cura de Villeneuve, y Leví le hizo citar judicialmente para que compareciera ante el provisor de Loissons; pero este provisor no pensaba como el de Estrasburgo, sino que creía que el casamiento de Leví con Mendel era nulo e indisoluble y por sentencia de 5 de febrero de 1756 declaró que la demanda del judío no era admisible. El judío apeló ante el Parlamento de París, y aunque allí no hubo más opositor que el fiscal dicho tribunal confirmó la sentencia del inferior en un decreto publicado el 2 de febrero de 1758, en el que prohibía por segunda vez a Leví contraer matrimonio mientras viviera Mendel Cerf.

 

He aquí, pues, un matrimonio contraído entre dos franceses judíos, según los ritos de su confesión, declarado válido por el primer tribunal del reino.

 

Unos años después, esa misma cuestión la juzgó de manera diferente otro Parlamento, con motivo de un matrimonio contraído entre dos protestantes casados por un ministro de su credo en presencia de los padres de los contrayentes. El marido protestante había cambiado de religión como el esposo judío, y después de contraer segundas nupcias con una mujer católica el Parlamento de Grenoble confirmó el segundo matrimonio y declaró nulo el primero.

 

Si tras habernos ocupado de la jurisprudencia contemplamos la legislación, veremos que es tan oscura en materia tan importante como lo es en otras.

 

Por decreto del Consejo de 15 de septiembre de 1685 se dispone que los protestantes pueden casarse a condición de que se efectúe en presencia del principal ministro de justicia, y de que las amonestaciones que deben preceder a los matrimonios se publiquen en la dependencia real más próxima al lugar de residencia de cada uno de los contrayentes que traten de casarse, y sólo en la audiencia.

 

Dicha sentencia no la revocó el edicto que, tres semanas después, suprimió el edicto de Nantes, pero después de la declaración de 14 de mayo de 1724, que redactó el cardenal Fleury, los jueces se negaron a presidir los matrimonios de protestantes y permitir que publiquen en sus audiencias las amonestaciones. El artículo 15 de la mencionada ley dispone que las fórmulas que prescriben los cánones se observen en los matrimonios así en los de recién convertidos, como en todos los demás súbditos del rey. Se pensó que en la frase todos los demás súbditos estaban comprendidos tanto los católicos como los protestantes, y dándole esta interpretación anularon los matrimonios entre protestantes que no habían observado las fórmulas canónicas. Parece lógico, sin embargo, que habiendo autorizado antiguamente una ley expresa los matrimonios entre protestantes, fuera preciso para anularlos otra ley expresa que impusiera dicha pena. Por otro lado, la expresión recién convertidos, que figura en la declaración, parece indicar que la palabra que sigue sólo se refiere a los católicos. Cuando una ley civil es oscura o equívoca, ¿no deben sentenciar los jueces ajustándose al derecho natural y al derecho de gentes?

 

¿No se infiere de todo lo dicho que con frecuencia las leyes deben corregirse y los príncipes consultar a un consejo en verdad instruido, no tener ningún ministro sacerdote y no fiarse de los cortesanos de sotana que nombraron como confesores suyos?

 

MÉDICOS. Está fuera de toda duda que observar un régimen adecuado es mejor que una medicina. Ni es menos cierto que durante mucho tiempo de cada cien médicos hubo noventa y ocho charlatanes. Todo el mundo sabe que Moliere tuvo mucha razón para burlarse de ellos. No deja de ser ridículo que muchas mujeres y varones, después de comer, beber y gozar con exceso, por un ligero dolor de cabeza llamen al médico, le invoquen como su Dios, le pidan que obre el milagro de que puedan coexistir la intemperancia y la salud, y para conseguirlo den una moneda de oro a ese dios, que se ríe de su necia credulidad.

 

Pero también es verdad que el buen médico puede salvarnos la vida en muchas ocasiones y devolver el movimiento a nuestros miembros. La persona que sufre un ataque de apoplejía no la pueden curar un capitán ni un consejero. Si en mis ojos se forman cataratas mi vecina no me las quitará. Y en estas comparaciones no distingo al médico del cirujano pues ambas profesiones fueron por mucho tiempo inseparables. Si existieran hombres que se ocuparan de restituir la salud a los enfermos por los únicos principios de humanidad y solidaridad, serían superiores a todos los grandes del mundo, tendrían algo de la divinidad.

 

El pueblo romano pasó más de quinientos años sin tener médicos. Ese pueblo sólo se ocupaba entonces de matar y conservar la vida. ¿Qué hacían, pues, en Roma cuando padecían una fiebre puerperal, cuando tenían una fístula en el ano o una fluxión en el pecho? Se morían. El reducido número de médicos griegos que se introdujeron en Roma eran todos esclavos. Pero llegó una época en que tener un médico fue para los patricios romanos un objeto de lujo, como tener cocinero. Todos los ricachones tenían en su casa perfumistas, masajistas, boticarios y médicos. El célebre Musa, médico de Augusto, era un esclavo que después manumitió e hizo patricio romano. Desde entonces, los médicos se convirtieron en personajes importantes.

 

Cuando el cristianismo quedó establecido y gozamos la dicha de tener frailes, varios concilios les prohibieron ejercer la medicina, precisamente lo contrario de lo que debían hacer si deseaban ser útiles al género humano. ¡Cuánto hubieran agradecido los hombres que se obligara a los frailes a estudiar medicina y curaran las enfermedades por amor de Dios! No pudiendo así más que ganar el cielo, no hubieran sido nunca charlatanes y recíprocamente se hubieran enseñado unos a otros a conocer las enfermedades y sus remedios. Se nos objetará que hubieran podido envenenar a los impíos, pero esto hubiera redundado en beneficio de la Iglesia. Admitida esta hipótesis, Lutero no hubiera birlado la mitad de la Europa católica al Padre Santo, porque en cuanto el célebre agustino se viera afectado de una fiebre terciana un fraile dominico le habría podido administrar una píldora emponzoñada. Me objetaréis que no la hubiera tomado, pero con habilidad y mala intención es fácil que hubiera caído en la trampa. Y basta de digresión y continuemos.

 

Allá por el año 1517 apareció un hombre llamado Juan, dotado de caritativo celo. No me estoy refiriendo a Juan Calvino, sino a otro Juan que tenía el sobrenombre «de Dios» y fundó la comunidad de los hermanos de la caridad. Estos y los religiosos de la redención de cautivos son los únicos frailes útiles. Por eso no están incluidos en ninguna orden. Los dominicos, franciscanos y benedictinos no reconocen a los hermanos de la caridad. Ni siquiera se habla de ellos en la continuación de la Historia eclesiástica de Fleury. Os diré por qué: porque hicieron curaciones, no milagros, sirvieron a Dios y no intrigaron, y curaron a mujeres pobres sin que las gobernaran ni sedujesen. En resumen, como los instituyó la caridad, era natural que los demás frailes les despreciaran.

 

Como la medicina ha sido y es una profesión necesaria en el mundo está sujeta a singulares abusos. Pero, ¿puede haber hombre más estimado en el mundo que el médico bueno, que en su juventud estudió la naturaleza, conoció detalladamente el cuerpo humano, los males que le atormentan, los remedios que pueden aliviarlo, y ejerce su ciencia desconfiando de sí mismo, cuidando por igual a pobres y a ricos, que recibe sus honorarios con verdadero pesar y los emplea en socorrer al menesteroso? Un hombre tal ¿no es superior al general de los capuchinos, por respetable que éste sea?

 

MESÍAS. Esta palabra proviene del hebreo y es sinónimo del vocablo griego Cristo. Uno y otro los consagró la religión y sólo se aplican al ungido por excelencia, al soberano libertador que el antiguo pueblo judío esperaba cuya venida aún espera, y que fue para los cristianos Jesús, hijo de María, que consideraron como al ungido del Señor, el Mesías prometido a la humanidad. Los griegos usan también la palabra Eleimmenos, que significa lo mismo que Cristo.

 

Vemos en el Antiguo Testamento que el nombre de Mesías, en vez de aplicarse al libertador, cuya venida esperaba el pueblo de Israel, se aplicó también con frecuencia a los reyes y príncipes idólatras que por voluntad del Eterno eran ministros de sus venganzas o instrumentos para ejecutar los designios de su sabiduría. Por eso el autor de Eclesiastés dice de Elíseo qui ungis reges ad poenitenciam, o como han traducido de los Setenta ad vindictam (Que unges los reyes para la penitencia y para la venganza del Señor). Por eso envió un profeta para ungir a Jehú, el rey de Israel. Anunció la unción sagrada a Hazael, rey de Damasco y de Siria, esos dos príncipes fueron los Mesías del Altísimo para vengar los crímenes y las abominaciones de la casa de Achab.

 

En el capítulo 45 de Isaías se llama expresamente Mesías a Ciro. «De este modo, el Eterno dijo a Ciro su ungido y su Mesías...» Ezequiel, en el capítulo 28 de sus profecías, da el nombre de Mesías al rey de Tiro, al que llama también querubín, y habla de él y su gloria ditirámbicamente.

 

Además, el nombre de Mesías, que en griego significa Cristo, como hemos dicho, se aplicaba a los reyes, a los profetas y a los sumos sacerdotes hebreos. «El Señor y su Mesías son testigos» (Libro I de los Reyes, capítulo 12). Lo que quiere decir: El Señor y el rey que El ha establecido. David, animado por el espíritu de Dios, da repetidas veces a Saúl su suegro, el atributo de Mesías del Señor. «Dios me libre —dice con frecuencia— de perseguir al ungido del Señor, al Mesías de Dios.»

 

Si se designó así a reyes idólatras y a príncipes crueles y tiranos, también se hizo lo mismo en los antiguos oráculos para designar al verdadero ungido del Señor, al Mesías por antonomasia, cuya venida al mundo esperaban todos los fieles de Israel. Por eso Ana, madre de Samuel, concluye su impetración con estas palabras que no pueden aplicarse a ningún rey, porque entonces los hebreos no lo tenían: «El Señor juzgará los extremos del mundo, dará el imperio a su rey y levantará el altar de su Cristo, de su Mesías». Esa misma palabra se encuentra en muchos oráculos.

 

Si se comparan esos diferentes oráculos y los que hacen referencia al Mesías, de la comparación resultarán contrastes hasta cierto punto inconciliables y que justifican la obstinación del pueblo, su destinatario.

 

Porque, ¿cómo podemos concebir, antes que los hechos hubieran justificado en la persona de Jesús que estuviera dotado de inteligencia divina y humana a la par, un ser grande y abatido que triunfa del diablo y que éste, a pesar de ello, lo tienta, lo arrastra y le hace viajar contra su voluntad, un ser que es señor y siervo, rey y vasallo, sacrificador y víctima al mismo tiempo, mortal y vencedor de la muerte, rico y pobre; conquistador glorioso cuyo reinado eterno será también eterno, que debe someter el mundo por sus prodigios y, sin embargo, es un hombre que recorre toda la escala del dolor, privado de toda clase de comodidades, carente en absoluto de lo necesario para la vida, que se llama rey y viene al mundo a colmarle de gloria y honores y, no obstante, pasa la vida inocente y desgraciado, se ve perseguido y muere en un suplicio vergonzoso y cruel, encontrando en esa humillación y en ese envilecimiento el origen de una sublimación única que le lleva al punto más elevado y culminante de la gloria, del poder y de la felicidad, colocándole en el abolengo de la primera de las criaturas?

 

Todos los cristianos saben de esos caracteres que parecen incompatibles en la persona de Jesús de Nazaret y sus seguidores le dan este título, no porque fuera ungido de manera ostensible, inmaterial, como lo eran antiguamente algunos reyes, profetas y sumos sacerdotes, sino porque el espíritu divino le había designado para llevar a cabo sublimes destinos y recibió la unción espiritual que es indispensable para realizarlos.

 

Acabábamos de escribir esto sobre punto tan trascendente, cuando un exégeta holandés, más célebre por el descubrimiento que nos comunicó que por sus mediocres papeles, nos hizo saber que Jesús era el Cristo, el Mesías de Dios, ungido en las tres épocas más notables de su vida con la sola finalidad de que fuera nuestro rey, nuestro profeta y nuestro Sumo Sacerdote.

 

Cuando recibió el bautismo de manos de Juan, la voz de Yavéh le declaró su hijo único y bien amado y, por lo mismo, su representante. Transfigurado en el monte Thabor, asociándose a Moisés y a Elías, la misma voz sobrenatural lo anunció a la humanidad como hijo del que anima y envía a los profetas y a quien debe obedecerse con preferencia a éstos. En el huerto de Getsemaní descendió un ángel del cielo para confortarle en las congojas que le causaba la proximidad de su suplicio. Le infundio valor para soportar una muerte cruel que le era imposible evitar, porque debía prestarse al sacrificio como víctima pura e inocente.

 

El habihondo exégeta holandés encuentra el óleo sacramental de estas unciones celestes en los signos visibles que el poder de Dios hizo aparecer sobre su ungido: en su bautismo, la paloma que simboliza al Espíritu Santo que descendió sobre él y en el Thabor la nube milagrosa que cubrió su cuerpo.

 

Tras saber esto es necesario ser muy incrédulos para no reconocer por esos signos al ungido del Señor por antonomasia, al Mesías prometido, y nunca deploraríamos bastante la ceguedad inconcebible del pueblo hebreo si su proceder no se hubiera ajustado al plan de la infinita sabiduría de Dios y no hubiera sido preciso para la culminación de su obra y la salvación de la humanidad.

 

Pero debemos también reconocer que en el estado de opresión en que se hallaba el pueblo hebreo, después de las gloriosas promesas que el Eterno le hizo repetidas veces, debía seguir suspirando por la venida del Mesías prometido que le había de emancipar, y que hasta cierto punto es injustificable que no reconociera a su libertador en la persona de Jesús tanto más cuando es natural que el hombre piense más en el cuerpo que en el espíritu, o lo que es igual, sea más sensible a las necesidades del momento que a los beneficios del porvenir, que siempre son inciertos.

 

Por otra parte, debe creerse que Abrahán, y después de él algunos patriarcas y profetas, pudieron formarse la idea de cómo debía ser el reinado espiritual del Mesías, pero esa idea debió quedar encerrada en el pequeño círculo de los iniciados. Por eso no debe sorprendernos que desconociéndola la mayoría del pueblo, la noción de esa idea se haya alterado hasta el punto de que cuando el Salvador apareció en Judea, el pueblo y sus doctores, con sus príncipes incluidos, esperaban la venida de un monarca, de un conquistador, que con la rapidez de sus gestas gloriosas debía sojuzgar al mundo entero. ¿Cómo, pues, podían conciliar la idea halagadora que tenían del Mesías en el estado abyecto, en apariencia milagrosa, en que se les apareció Jesucristo? Por eso se escandalizaron al oír que se anunciaba como el Mesías y le persiguieron, le atormentaron y le sentenciaron a padecer la muerte de los criminales. Desde entonces, al no ver ningún suceso que indicara iban a cumplirse sus profecías y resistiéndose a su incumplimiento, los judíos se entregaron a toda clase de ideas utópicas.

 

Así, al presenciar los triunfos de la religión cristiana y comprender que podían explicarse espiritualmente y aplicar a Jesucristo la mayoría de sus antiguas profecías, convinieron, contra la opinión de sus antepasados, en negar los pasajes que creemos aluden al Mesías, interpretando torcidamente el Antiguo Testamento y procurándose su perdición.

 

Algunos judíos dicen que han sido mal interpretadas sus profecías y que en vano suspiran por la venida del Mesías, porque ya vino y lo personificó Ezequías. Esto sostiene el famoso Hillel. Otros, contemporizando con los tiempos y las circunstancias, opinan que la creencia de la venida de un Mesías no es artículo fundamental de fe y que negando esa doctrina no se conculca la ley, sino que se le hace una simple variación. El judío Albo, al sostener esta variación, decía al papa que negar la venida del Mesías no era más que cortar una rama del árbol sin tocar sus raíces.

 

El famoso rabino Jarchi o Raschi —que vivía a principios del siglo XII— dice que los antiguos hebreos creían que el Mesías había nacido el día que las legiones romanas destruyeron Jerusalén. A esto, vulgarmente se dice «después de muerto el burro, cebada al rabo».

 

El rabino Kimchi, contemporáneo del anterior, anunció que el Mesías, cuya venida creía muy próxima, expulsaría de Judea a los cristianos que le perseguían. Cierto que los cristianos perdieron Tierra Santa, pero fue porque los venció Saladino, y por poco que ese conquistador hubiera protegido a los judíos poniéndose de su parte tal vez, teniendo en cuenta su entusiasmo, hubieran creído que Saladino era su Mesías.

 

Los autores de las Escrituras y el mismo Jesús comparan con frecuencia el reinado del Mesías y la eterna felicidad a los días de bodas y festines, pero los talmudistas abusaron de esas parábolas y creen que el Mesías dará a su pueblo reunido en la tierra de Canaán un banquete en el que se servirá el mismo vino que hizo Adán en el paraíso terrenal y se conserva en vastas bodegas subterráneas que los ángeles socavaron en el centro de la Tierra. En ese banquete se servirá también el famoso pez llamado el gran Leviatán, que se traga de un bocado un pez más pequeño y tiene treinta brazas de longitud. Al principio, Dios creó un macho y una hembra de esa especie, pero por miedo de que trastornaran el mundo y lo llenasen de descendientes, mató a la hembra y la saló reservándola para el banquete del Mesías.

 

Los rabinos añaden que para dicho banquete matarán al toro Behemoth, tan grande que todos los días se come el heno de mil montañas. También mataron a la hembra de dicho toro al principio del mundo, para que una especie tan prodigiosa no se multiplicara, pero afirman que el Eterno no la saló porque la vaca salada no es tan buena como la de Leviatán. Los judíos tienen tanta fe en estos desvaríos rabínicos que con frecuencia juran por la parte que les toca del toro de Behemoth, como algunos cristianos desquiciados juran por su parte de paraíso.

 

Después de exponer estas ideas tan poco cuerdas respecto a la venida del Mesías y su reinado, ¿debe extrañarnos que los hebreos antiguos y modernos, y muchos primitivos cristianos, imbuidos por desgracia de esos desvaríos, no hayan tenido la elevada idea que merece la naturaleza divina del ungido del Señor y no hayan atribuido al Mesías la cualidad de Dios? Véase cómo se expresan los judíos sobre este punto en la obra Judae Lusitani Questiones ad Cristianos. «Reconocer un hombre‑dios es abusar de nosotros mismos, es inventarse un monstruo, un centauro, la extraña amalgama de dos naturalezas que no pueden conciliarse.» Y añaden que los profetas no dijeron «que el Mesías fuera un hombre‑Dios, que sabían distinguir entre Dios y David, que declararon al primero Señor, y su servidor al segundo, etc...»

 

Cuando apareció el Salvador, aunque las profecías eran claras, las oscurecieron por desgracia los prejuicios. El mismo Jesucristo, por contemporizar o por no escandalizar los espíritus se manifiesta muy reservado en lo tocante a su divinidad. «Quería —dice san Crisóstomo— acostumbrar insensiblemente a sus oyentes a creer un misterio que excede a la razón humana». Cuando habla con la autoridad de un Dios perdonando los pecados subleva a quienes lo presencian, y sus milagros más evidentes no pueden convencer de su divinidad a aquellos por quienes los efectúa. Cuando ante el tribunal del sumo sacerdote confiesa con modestia que es hijo de Dios, aquél se desgarra el manto e indignado le dice que es un blasfemo. Antes de la venida del Espíritu Santo, los apóstoles no tuvieron idea de la divinidad de su querido maestro; les pregunta qué piensa el pueblo de él y sus discípulos le contestan que unos creen que es Elías, y otros Jeremías o cualquier otro profeta.

 

San Pedro necesitó de una revelación para saber que Jesús era Cristo, el hijo de Dios vivo.

 

Indignados los judíos contra la divinidad de Jesucristo, recurrieron a toda clase de subterfugios para destruir ese gran misterio, subvirtieron el sentido de sus profecías o no las aplicaban al Mesías; sostenían que el apelativo de Dios no era exclusivo de la Divinidad y que los autores sagrados lo aplicaban a los jueces, magistrados y a los que estaban revestidos de autoridad. Y citan un gran número de pasajes del Antiguo Testamento que justifican esta observación, pero que no destruyen las palabras terminantes de las antiguas profecías referentes al Mesías.

 

Sostienen, además, que si el Salvador, y después de él los apóstoles, los evangelistas y los primitivos cristianos, llaman a Jesús hijo de Dios, ese atributo augusto sólo significaba en los tiempos evangélicos una contraposición al hijo de Belial, o sea que quería decir únicamente hombre de bien, servidor de Dios, como contrapuesto a hombre perverso que no temía a Dios.

 

Los judíos no sólo negaron que Jesucristo era el Mesías y su divinidad, sino que hicieron lo posible por hacerle aparecer despreciable, arrojando sobre su nacimiento, su vida y su muerte todo el ridículo y oprobio que pudo inventar su criminal encarnizamiento.

 

De todas las obras que produjo la animadversión de los judíos, ninguna tan odiosa y cerril como el antiguo libro Sepher Toldus Jeschut, descubierto por Vagenseii e insertado en el segundo tomo de su obra Tela ignea Satanae.

 

En dicha obra se cuenta una historia monstruosa del Salvador, inventada con toda la mala fe y odio posibles. Se refiere que un individuo llamado Pander o Pandera, avecindado en Belén, estaba locamente enamorado de una joven, esposa de Jokannán. De estas relaciones nació un hijo adulterino al que pusieron por nombre Jesua o Jesu. El padre de ese niño se vio obligado a huir y se refugió en Babilonia. Al joven Jesu le enviaron a la escuela, pero, añade el autor, tuvo la insolencia de mirar con desenfado a los sacerdotes y permanecer cubierto ante ellos en vez de presentarse con la cabeza baja y el rostro cubierto, como era costumbre entonces. Este atrevimiento fue reprendido y dio pie a que averiguaran su nacimiento espúreo y lo expusieran a la ignominia. El detestable libro Sepher Toldos Jeschut es conocido desde el siglo II. Celso lo cita de buena fe y Orígenes le refuta en el capítulo IX.

 

Otro libro también titulado Toldos leschut, que sacó a la luz Huldric el año 1705, apenas se aparta de la doctrina del Evangelio de la infancia e incurre con frecuencia en los más burdos anacronismos: hacer nacer y morir a Jesucristo durante el reinado de Herodes el Grande y supone que a este príncipe denunciaron el adulterio de Pander y de María, Madre de Jesús. El autor, que toma el nombre de Jonatham, dice ser contemporáneo de Jesucristo y que vivía en Jerusalén, refiere que Herodes consultó sobre el supuesto adulterio con el sanedrín de una ciudad situada en Cesárea, pero no entra en nuestro ánimo ocuparnos de un autor tan absurdo.

 

Sin embargo, hay que confesar que esas calumnias mantenían en los judíos el odio implacable que sentían por los cristianos y el Evangelio, y por eso hicieron lo posible por alterar la cronología del Antiguo Testamento e introducir la duda respecto a la época de la venida al mundo del Salvador.

 

Ahmed‑ben‑Cassum‑la‑Andacousi, moro de Granada que vivió a fines del siglo XVI, cita un viejo manuscrito árabe hallado con dieciséis láminas de plomo, grabadas con caracteres árabes, en una cueva de Granada. Don Pedro de Quiñones, arzobispo de dicha ciudad, atestigua ese hallazgo. Las láminas de plomo las llevaron a Roma y después de examinarlas con suma atención fueron declaradas apócrifas durante el pontificado de Alejandro VII; sólo contienen historias fabulosas referentes a la vida de María y de su Hijo.

 

El nombre de Mesías, acompañado del epíteto de falso, se aplica todavía a los impostores que en diferentes épocas trataron de engañar a los hebreos. Hubo falsos Mesías ya antes de la venida del verdadero ungido de Dios. El sabio Gamaliel cita a uno llamado Teodas, cuya historia se halla en los papeles de Flavio Josefo, que se jactaba de pasar el Jordán a pie y consiguió atraerse muchos adeptos. Pero los romanos les persiguieron, cortaron la cabeza a su desventurado jefe y la expusieron en Jerusalén.

 

Gamaliel cita asimismo a Judas el Galileo, que sin duda es el que Josefo menciona en el capítulo XII del II libro de la guerra de los judíos. Dice que ese falso profeta llegó a reunir unos treinta mil hombres, pero la hipérbole es rasgo distintivo de dicho historiador.

 

En los tiempos apostólicos apareció Simón el Mago, que consiguió convencer a los habitantes de Samaria que él era la virtud de Dios. En el siglo siguiente, años 178 y 179 de nuestra era, durante el imperio de Adriano, hizo su aparición el falso Mesías Barchochebas al frente de un ejército. El emperador envió a Julio Severo para que lo derrotara y tras varios combates encerró a los sublevados en la ciudad de Bither, que aguantó un empeñado cerco y al fin fue tomada. Apresaron a Barchochebas y lo sentenciaron a la pena capital. Adriano creyó que el mejor medio de poner fin a las continuas rebeliones de los judíos era prohibirles, por medio de un edicto, que entraran en Jerusalén y puso guardias en las puertas de dicha ciudad para impedirlo.

 

Sócrotes, historiador eclesiástico, refiere que en 434 apareció en la isla de Candía un falso Mesías que se llamaba Moisés con el título de libertador de los hebreos y que decía haber resucitado para libertarlos de nuevo.

 

Un siglo después, en 530, se presentó en Palestina un falso Mesías llamado Juliano. Se anunciaba como un gran conquistador que al frente de su nación había de destruir por las armas a todos los pueblos cristianos. Los judíos, seducidos por estas promesas, mataron a muchos cristianos.

 

El emperador Justiniano envió sus legiones contra él, entablaron batalla, lo apresaron y lo mataron.

 

A comienzos del siglo VII, Serenus, un judío español, apareció como un Mesías. Predicó, tuvo discípulos y murió como ellos en la miseria. En el siglo XII aparecieron otros varios Mesías, uno de ellos en Francia durante el reinado de Luis el Joven. Lo ahorcaron, así como a sus partidarios, sin que se pudiera averiguar el nombre del maestro ni el de los discípulos. En el siglo XIII proliferaron los falsos Mesías; aparecieron siete u ocho en Arabia, Persia, España y Moravia. Uno de ellos, llamado David del Rey, tuvo fama de gran mago, entusiasmó a los judíos, y acaudilló un partido considerable, pero fue asesinado.

 

Jaedro Zieglerne, de Moravia, que vivía hacia mediados del siglo XVI, anunció la venida del Mesías dentro de catorce años, afirmando que lo había visto en Estrasburgo y guardaba con el mayor cuidado una espada y un cetro para ponerlos en sus manos. En 1624, otro Zieglerne confirmó la predicción del primero, y en 1666, Lebatei Leví, natural de Alepo, fingió ser el Mesías que predijeron los dos Zieglerne. Empezó predicando en los caminos reales y en los campos. Los turcos se burlaban de él, pero sus discípulos le admiraban. Al parecer, no atrajo a hombres relevantes de la nación judía porque los jefes de la sinagoga de Esmirna dictaron su sentencia de muerte, aunque la conmutaron por la pena de destierro.

 

Estuvo a punto de casarse tres veces, pero aseguran que desistió porque decía que tal acto era indigno de él. Se asoció con un tal Natán Leví, que representaba al personaje Elías que debía preceder al Mesías. En Jerusalén, Natán anunció que Labatei Leví era el libertador de las naciones. El populacho judío se sintió atraído por ellos, pero quienes tenían algo que perder los anatematizaron.

 

Leví, huyendo de la quema, se retiró a Constantinopla y de allí pasó a Esmirna. Natá Leví le envió cuatro embajadores que le reconocieron por el Mesías y le saludaron respetuosamente; esta embajada se impuso al pueblo y a algunos doctores, que declararon que Labatei Leví era el Mesías y el rey de los hebreos. Pero la sinagoga de Esmirna sentenció a su rey a ser empalado.

 

Labatei consiguió la protección del cadí de Esmirna y el entusiasmo de todo el pueblo judío, que se puso de su parte. Hizo levantar dos tronos, para él y para su esposa, tomó el nombre de rey de los judíos y dio a su hermano José Leví la denominación de rey de Judá. Prometió a los judíos que conquistaría el imperio otomano y llevó su jactancia hasta el extremo de cambiar de la liturgia judía el nombre del emperador por el suyo.

 

Lo encarcelaron en los Dardanelos y los judíos propalaron que los turcos le perdonaban la vida porque sabían que era inmortal. El gobernador de los Dardanelos se enriqueció con los regalos que los judíos le prodigaban para que les permitiera visitar a su rey, al Mesías prisionero que conservaba su dignidad y consentía que le besaran los pies.

 

Mientras tanto, el sultán, que tenía la corte en Andrianópolis, decidió acabar con aquella farsa: hizo que le trajeran a Leví y le dijo que si era el Mesías debía ser invulnerable. Leví convino en ello. El sultán dispuso entonces convertirlo en blanco de las flechas de su guardia. En este punto el Mesías no tuvo más remedio que confesar su vulnerabilidad aduciendo que sólo le enviaba Dios como testimonio de la santa religión musulmana. Y es que al verse continuamente azotado por los ejecutores de la ley se hizo mahometano, y vivió y murió tan despreciado de los judíos como de los musulmanes. Su conducta desacreditó de tal modo la profesión de falso Mesías que después de Leví no ha aparecido ningún otro.

 

METAMORFOSIS, METEMPSICOSIS. ¿No es perfectamente natural que todas las metamorfosis de las cuales está llena la tierra hayan hecho imaginar en Oriente, donde todo se imagina, que nuestras almas pasaban de un cuerpo a otro? Un punto casi imperceptible se convierte en gusano y este gusano se convierte en mariposa, una bellota se convierte en encina, un huevo en un pájaro, el agua se convierte en nube y en trueno y la madera se transforma en fuego y ceniza; en fin, todo parece metamorfoseado en la naturaleza. Pronto se consideró las alas como unas formas ligeras a las que se atribuyó lo que se percibía sensiblemente en los cuerpos más groseros. Acaso la idea de la metempsicosis sea el más antiguo dogma conocido en el mundo e impera todavía en gran parte de la India y China.

 

Incluso resulta natural que las metamorfosis de que somos testigos hayan producido esas antiguas fábulas que Ovidio recogió en su admirable obra. Los propios judíos han tenido sus metamorfosis. Si Niobe fue transformada en mármol, Edith, mujer de Lot, fue trocada en estatua de sal; si Eurídice se quedó en los infiernos por haber curioseado tras ella, por esta misma indiscreción la mujer de Lot también quedó desposeída de la naturaleza humana. La población donde residían Baucis y Filemón, en Frigia, quedó transformada en lago y lo mismo ocurrió en Sodoma. Las hijas de Anius convertían el agua en aceite, y tenemos en la Escritura una metamorfosis muy parecida, aunque más verosímil y más sagrada. Cadmo fue transformado en serpiente, y la vara de Aarón, también.

 

Los dioses se metamorfoseaban a menudo en seres humanos. Los judíos no vieron a los ángeles más que en forma de hombres; unos ángeles comieron en casa de Abrahán. En su Epístola a los corintios, Pablo escribe que el ángel de Satán le daba soplos: Ángelos Satana me colaphiset.

 

MILAGROS. En el sentido lato, milagro significa una cosa admirable, pero en este mundo todo es admirable. El orden prodigioso de la naturaleza, la rotación de millones de esferas alrededor de millones de soles, la actividad de la luz y la vida de los animales, son milagros perpetuos.

 

Ahora bien, según las ideas recibidas, llamamos milagro a la ruptura de las leyes divinas y eternas. Si acaeciera un eclipse de sol durante la luna nueva o un muerto anduviera dos leguas de camino llevando en las manos su cabeza, calificaríamos esas dos cosas de milagro.

 

Muchos físicos defienden que no puede haber milagros. He aquí los argumentos en que se basan. El milagro es la violación de las leyes matemáticas divinas, inmutables y eternas. Por este sencillo postulado se comprende que el milagro indica contradicción en sus términos, porque una ley no puede ser al mismo tiempo inmutable y violada. A esto les contestan que las leyes que Dios estableció, El puede suspenderlas. Los físicos en cuestión tienen la audacia de negarlo diciendo que es imposible que el Ser infinitamente sabio establezca leyes para violarlas. No podría, añaden, descomponer su máquina más que para hacerla funcionar mejor; luego, resulta claro que siendo Dios el autor de esta grandiosa máquina la construyó lo mejor que pudo, y si vio que tenía alguna imperfección que dimanaba de la naturaleza de la materia la enderezó desde el principio; por tanto, ya no compondrá nunca la máquina. Además, Dios no hace nada sin motivo. ¿Qué razón puede existir para que trastorne por unos instantes su obra? Lo hace en beneficio de los hombres, les contestan. Pero ellos replican que eso se comprendería si redundara en beneficio de todos, porque no se puede concebir que la naturaleza divina interrumpa sus leyes para favorecer a unos y no para beneficiar a todo el género humano, y todavía el género humano es una cosa insignificante, menos que un hormiguero, comparándolo con todos los seres que llenan la inmensidad. Así, ¿no es acaso la más absurda de las locuras imaginar que el Ser infinito interrumpa en beneficio de tres o cuatrocientas hormigas el juego eterno de los inmensos resortes que ponen en movimiento al universo?

 

Y aun suponiendo que Dios quiso distinguir a un escaso número de hombres, ¿tiene por eso que cambiar lo que estableció para todos los tiempos y los lugares? Ciertamente, no hay necesidad de ese cambio, ni de esa inconstancia, para que resulten favorecidas sus criaturas, pues esos favores los obtienen de las leyes eternas. Dios lo ha previsto todo y todo lo organizó; todas ellas obedecen irrevocablemente a la fuerza que El imprimió para siempre a la naturaleza.

 

¿Para qué había de hacer Dios milagros? ¿Acaso para conseguir el cumplimiento de algún designio respecto de algunos seres vivientes? En tal caso, Dios tendría que decir: «No pude conseguir con la creación del Universo, ni con sus leyes eternas, la realización de cierto designio; voy, pues, a cambiar mis leyes inmutables para realizar lo que con ellas no puedo alcanzar». Lo que equivaldría a confesar su debilidad y el poco valor de su poder, amén de que sería la más inconcebible contradicción. Así, pues, suponer que Dios hace milagros es insultarle, si es que los hombres pueden insultar a Dios. Es tanto como decir: sois un ser débil e inconsecuente. Por tanto, es absurdo creer en los milagros, es deshonrar en cierto modo a la Divinidad.

 

La beatería vuelve a la carga contra los filósofos y dice: En vano os empeñáis en exaltar la inmortalidad del Ser Supremo, la eternidad de sus leyes y la regularidad de los infinitos mundos, porque a pesar de ser cierto el pequeño montón de barro que es nuestro mundo está lleno de milagros, y las historias dan fe de tantos prodigios como de hechos naturales. Las hijas del sumo sacerdote Anio convertían los objetos que querían en trigo, en aceite o en vino; Atalida, hija de Mercurio, resucitó varias veces; Esculapio resucitó a Hipólita; Hércules arrancó a Alcestes de la muerte; Hares volvió al mundo después de haber pasado quince días en los infiernos; Rómulo y Remo fueron hijos de un dios y una vestal; el palladium cayó desde el cielo en la ciudad de Trova; la cabellera de Berenice se convirtió en una constelación de estrellas; la cabaña de Baucis y Filemón se transformó en magnífico templo; la cabeza de Orfeo pronunciaba oráculos después de muerto, las murallas de Tebas se construyeron a sí mismas al son de una flauta, en presencia de los griegos; las curas que se hicieron en el templo de Esculapio fueron innumerables y todavía conservamos monumentos en los que están inscritos los nombres de los testigos oculares que presenciaron los milagros que obró Esculapio. Os emplazamos a que encontréis un solo pueblo donde no se hayan obrado prodigios increíbles, sobre todo en los tiempos en que casi nadie sabía leer ni escribir.

 

Los filósofos sólo contestan a estas objeciones con una sonrisa socarrona y encogiéndose de hombros, en tanto que los filósofos cristianos replican: Creemos en los milagros de nuestra santa religión porque así nos lo manda la fe y sin dar oídos a nuestra razón, que nos guardaremos bien de escuchar, porque cuando la fe habla, la razón debe callar. Creemos firmemente en los milagros de Jesucristo y los apóstoles, pero permitidnos que dudemos de otros muchos y suspendamos nuestro fallo respecto a lo que cuenta un hombre sencillo a quien llaman grande y que asegura que un fraile estaba tan acostumbrado a efectuar milagros que el prior se lo prohibió; el frailecico le obedeció, pero un día, viendo que un pobre albañil caía desde lo alto del andamio estuvo dudando entre el deseo de salvarle la vida y el de no desobedecer al prior. Para quedar bien, hizo que el albañil quedara suspendido en el aire y corriendo fue a referir al prior lo que pasaba. El prior le absolvió del pecado cometido al hacer un milagro sin su permiso y permitió que lo terminara, a condición de que no volviera a hacer ningún otro. Razón tienen los filósofos para decir que no debemos creer esa historia.

 

¿Os atreveríais a negar, les objetan, que san Gervasio y san Protasio se aparecieron en sueños a san Ambrosio y le indicaron el sitio donde se encontraban sus reliquias, que san Ambrosio desenterró y con ellas curó a un ciego? San Agustín estaba entonces en Milán y refiere el milagro en Ciudad de Dios, libro XXII. Se trata, pues, de uno de los milagros mejor comprobados. Los filósofos contestan que ellos no creen nada, que Gervasio y Protasio no se aparecieron a nadie, que poco importa al género humano que se averigüe dónde existen los restos de sus esqueletos, que tienen tan poca fe en el ciego de san Ambrosio como en el de Vespasiano, que ése es un milagro inútil que Dios no tenía por qué hacer y que se afirman en sus principios. El respeto que tengo a san Gervasio y a san Protasio no me permite participar en la opinión de esos filósofos, por lo que me limito a dar cuenta de su incredulidad Dan mucha importancia al pasaje de Luciano que refiere la muerte de Pelegrinus y dice así «Cuando un fullero se convierte al cristianismo puede estar seguro de que hará fortuna». Pero como Luciano es un autor profano no debe tener autoridad para nosotros.

 

Esos filósofos no pueden decidirse a creer en los milagros que tuvieron lugar en el siglo II. Es inútil que testigos oculares refieran que cuando san Policarpo, obispo de Esmirna, fue condenado a morir en la hoguera oyeron una voz que desde el cielo gritaba: «Valor, Policarpo, sé valiente. demuestra que eres hombre». Y las llamas respetaron su cuerpo formando un anillo de fuego alrededor de su cabeza, del centro de la hoguera salió un paloma y que para matar a Policarpo tuvieron que cortarle la cabeza. ¿Para qué sirve ese milagro?, dicen los incrédulos. ¿Por qué ]as llamas perdieron su naturaleza y el hacha del ejecutor no perdió la suya? ¿Por qué muchos mártires salían sanos y salvos del aceite hirviendo y no podían resistir el filo de la espada? A esto contestan que fue la voluntad de Dios, pero los filósofos quisieran verlo para creerlo.

 

Quienes tratan de apoyar sus argumentos en la ciencia os dirán que los padres de la Iglesia confiesan a menudo que en sus tiempos ya no se hacían milagros. San Crisóstomo dice: «Los dones extraordinarios del espíritu se concedieron hasta a las personas más indignas, porque entonces la Iglesia necesitaba hacer milagros, pero en la actualidad no se conceden esos dones ni a las personas más dignas porque la Iglesia no los necesita». Luego confiesa que no hay nadie que pueda resucitar muertos, ni curar a los enfermos.

 

El mismo san Agustín, pese a haber contado el milagro de Gervasio y Protasio, dice en Ciudad de Dios: «¿Por qué los milagros que se hacían ayer, hoy ya no se hacen?» Y da la misma razón que san Crisóstomo. Objetan a los filósofos que san Agustín, a pesar de esa confesión, cuenta que un zapatero remendón de Hipona que perdió su anillo fue a rezar en la capilla de los veinte mártires para que apareciera y al volver encontró al pez que tenía en su cuerpo un anillo de oro. El cocinero que frió el pescado dijo al zapatero: «He aquí lo que los veinte mártires te dan». Al oír esta historia, los incrédulos replican que nada hay en ella que contradiga las leyes de la naturaleza, ni se falta a las leyes de la física, porque un pez se trague un anillo de oro, y que no tiene nada de particular que el cocinero entregue el anillo al zapatero remendón; en fin, que eso no es un milagro.

 

Si se recuerda a esos incrédulos lo que dice san Jerónimo del ermitaño Pablo, que tuvo varias conversaciones con sátiros y faunos, que un cuervo le trajo todos los días durante treinta años medio pan, y un pan entero el día que san Antonio fue a visitarle, podrán contestarles también que esto en nada es contrario a la física, que los sátiros y los faunos pueden haber existido, y que en cualquier caso ese cuento es una puerilidad que no tiene nada en común con los verdaderos milagros del Salvador y sus apóstoles.

 

Muchos buenos cristianos han rebatido la historia de san Simeón Estilita, que refiere Teodoreto. Muchos milagros que tiene por auténticos la Iglesia griega los han puesto en duda muchos autores de la Iglesia latina, y viceversa. Los protestantes, a su vez, han puesto en duda los milagros de ambas Iglesias.

 

Un sabio gaseado que predicó mucho tiempo en las Indias se dolía de que él y sus compañeros nunca pudieran hacer ningún milagro. San Javier se lamenta también en alguna de sus cartas de no poseer el don de saber lenguas; dice que se encuentra en el Japón como una estatua muda, y sin embargo los jesuitas han escrito que resucitó ocho muertos. Mucho es, pero no debemos olvidar que los resucitaba a seis mil leguas de Europa. Algún tiempo después hubo algunos individuos que dijeron que la expulsión de los jesuitas de Francia fue un milagro mayor que los de Javier e Ignacio.

 

Los cristianos reconocen que los milagros de Jesucristo y los apóstoles son indudables, pero que podemos dudar de algunos acaecidos en los últimos tiempos y cuya autenticidad no está bien probada. Desearíamos, por ejemplo, para probar un milagro, que se efectuara ante la Academia de Ciencias de París o de la Sociedad Real de Londres, o de la Facultad de Medicina, auxiliadas por un regimiento que impidiera a la muchedumbre arracimarse y obstaculizara la verificación del milagro.

 

Un día preguntaban a un filósofo qué diría si viera que el sol se paraba, o sea si cesara el movimiento de la Tierra alrededor de dicho astro, si los muertos resucitaran y si los montes se derrumbaran al mar, para demostrar una verdad importante, como por ejemplo la gracia versátil. «¿Qué diría? —respondió el filósofo— Me haría maniqueo y contestaría que existía un principio que deshace lo que hace otro principio».

 

El gobierno teocrático sólo puede fundamentarse en los milagros porque en él todo debe ser divino. El gran soberano sólo habla a los hombres por medio de prodigios. Estos son sus ministros y sus credenciales. Sus órdenes las cumplimenta el Océano, que cubre el mundo para ahogar a las naciones o abre el fondo de un mar para darles paso.

 

Por eso en la historia judía no hay más que milagros, desde la creación de Adán y la formación de Eva de una costilla de aquél, hasta el reyezuelo Saúl. en cuya época todavía la teocracia se divide el poder con la monarquía y, por lo mismo, sólo de tarde en tarde se realiza algún milagro. Pero ya no vemos la brillante serie de prodigios que antes asombraba a la naturaleza. Ya no se reproducen las diez plagas de Egipto, ni el sol y la luna se detienen en pleno medio día para dar tiempo a un caudillo que extermine unos fugitivos aplastados antes por una lluvia de guijarros caída desde el cielo. Sansón ya no mata a mil filisteos con una quijada de asno, las burras ya no hablan, las murallas no caen al son de las trompetas, las ciudades no se sumergen en un lago castigadas por el fuego del cielo, ni el diluvio vuelve a destruir al género humano. Pero la mano de Dios se manifiesta todavía; la sombra de Saúl se aparece a una hechicera y el mismo Dios promete a David que derrotará a los filisteos en Baalfarasin.

 

Dios reúne su ejército celeste en la época de Acab y pregunta a esos espíritus: «¿Quién engañará a Acab, y quién le hará ir a la guerra a luchar con Ramot en Galgala?» Uno de los espíritus, avanzando ante el Señor, contesta: «Le engañaré yo» (Reyes, III cap. XXII). Pero únicamente el profeta Miqueas fue testigo de esta conversación y por haber anunciado el prodigio le abofeteó otro profeta, Sedequías.

 

Milagros que se obren ante la faz de la nación y trastornen las leyes de la naturaleza no se vuelven a ver hasta la época de Elías, a quien el Señor envió un carro y dos caballos de fuego que desde las orillas del Jordán lo transportaron al cielo. Desde el principio de los tiempos históricos, o sea desde las conquistas de Alejandro, ya no se ven milagros en el pueblo hebreo. No se produce ningún milagro cuando Pompeyo se apodera de Jerusalén, cuando Craso saquea el templo, cuando Marco Antonio entrega Judea a Herodes, cuando Tito toma por asalto Jerusalén, ni cuando la destruye Adriano. Así sucede en todas las naciones del mundo: empiezan por la teocracia y terminan con gobiernos puramente humanos. Cuanto más van perfeccionándose las sociedades, menos prodigios hay en ellas.

 

Reconocemos que la teocracia de los hebreos fue la única verdadera y las de los demás pueblos eran falsas, pero a éstos les ocurrió lo que a los judíos. En Egipto, en la época de Vulcano y en la de Isis y Osiris, cuanto acontecía estaba fuera de las leyes de la naturaleza, pero volvió a sujetarse a ellas en época de los Tolomeos.

 

En los siglos de Fos, de Crisos y de Efesto, los dioses hablaban familiarmente con los hombres en Caldea. Un dios avisó al rey Xisutre que habría un diluvio en Armenia y era preciso construir rápidamente una nave de cinco estadios de longitud y dos de profundidad. Cosas semejantes no sucedieron a Darío ni a Alejandro.

 

Antiguamente, el pez Oannes salía todos los días del Éufrates y predicaba en las orillas; ahora no hay ningún pez que predique. Verdad es que san Antonio de Padua les predicó, pero es un hecho aislado del que no puede sacarse ninguna consecuencia.

 

Numa tenía prolijas conversaciones con la ninfa Egeria, pero no se vio que César hablara con Venus, pese a que descendía de ella por línea directa. El mundo, como suele decirse, va refinándose día a día, pero tras salir de un cenagal pasa un tiempo y se sumerge en otro; a siglos civilizados suceden siglos bárbaros. Erradican la barbarie, pero luego reaparecees la continua alternancia del día y de la noche.

 

Los que niegan la realidad de los milagros de Jesucristo. En la época moderna, Thomas Woolston, doctor de Cambridge, fue el primero que se atrevió a no admitir en los Evangelios más que un sentido alegórico y espiritual, propugnando con desenfado que ninguno de los milagros de Jesús se realizó. Escribía sin método, sin arte, con estilo confuso y tosco pero no sin vigor. Las seis disertaciones que compuso contra los milagros de Jesucristo se vendían públicamente en Londres y en su domicilio. Desde 1727 hasta 1729, hizo tres ediciones de veinte mil ejemplares cada una, siendo difícil encontrar uno solo en las librerías.

 

Ningún cristiano atacó con tanta osadía al cristianismo pocos escritores respetaron menos al público y ningún sacerdote se declaró sin tapujos tan enemigo de los demás sacerdotes.

 

Si creemos lo que se dice en el tomo I, pág. 38, expulsar Jesucristo a los demonios para que se metieran en el cuerpo de dos mil cerdos es hacer un robo a su propietario. Si se dijera eso mismo de Mahoma, le hubieran calificado de hechicero perverso. Si el dueño de los cerdos y los comerciantes que vendían en el primer recinto del templo animales para los sacrificios, que Jesús arrojó de allí a latigazos, hubieran pedido justicia contra él cuando fue detenido, seguro que le habrían condenado y ningún jurado de Inglaterra creería que no era culpable.

 

Decir la buenaventura a la Samaritana como un gitano era suficiente para ser expulsado de Samaria, como Tiberio expulsaba a los adivinos. Añade Woolston que le sorprende que los gitanos actuales no se llamen discípulos de Jesús, dedicándose como él al mismo oficio, y se resiste a creer que no sacara dinero a la Samaritana, como hacen los sacerdotes modernos que cobran grandes cantidades por sus adivinaciones.

 

En esta relación sigo las páginas de las disertaciones de Woolston. Desde ese pasaje salta el autor a la entrada de Jesucristo en Jerusalén. No se sabe, dice, si entró en la ciudad montado en una burra, un burro o un asnillo. Compara a Jesús tentado por el diablo con san Dustan, que agarró al demonio por la nariz, y da la preferencia al santo.

 

En cuanto al milagro de la higuera que secó por no haber dado fruto fuera de época, dice que Jesús era un vagabundo, un pordiosero, un hermano mendicante, y que antes de dedicarse a predicar en los caminos fue un miserable aprendiz de carpintero, y se sorprende de que la Curia romana no conserve entre sus reliquias alguna obra de sus manos, como un escabel o una mesa. Es difícil llevar más lejos la blasfemia. Se divierte ocupándose de la alberca de Betsaida, a la que un ángel iba todos los días a enturbiar el agua. Pregunta cómo es que si Flavio Josefo ni Filón hablan de dicho ángel, por qué San Juan es el único que refiere ese milagro anual y por qué ningún romano vio nunca tal ángel, ni oyó hablar de él.

 

El agua convertida en vino en las bodas de Canaán, siempre según Woolston, excita la risa y el desprecio de los hombres que no están embrutecidos por la superstición, y como quiera que Juan dice terminantemente que los convidados estaban ebrios, el Dios descendido a la tierra hace su primer milagro para que se emborracharan todavía más.

 

Dios encarnado empieza su misión asistiendo a unas bodas campesinas, y aunque ciertamente Jesús y su madre no estaban borrachos como los demás invitados, la familiaridad de María con un soldado hace presumir que le gustaba el mosto y su hijo parece que estaba un tanto achispado, porque le contestó con desabrida insolencia: «Mujer, ¿qué hay de común entre tú y yo?». Por estas palabras, diríase que María no era virgen, y que Jesús no era hijo suyo, de lo contrario éste no habría insultado a sus padres y quebrantado uno de los más sagrados mandamientos de la ley. Sin embargo, Jesús hace lo que le pide su madre: llena de agua dieciocho cántaros y la convierte en ponche. Tales son las palabras de Woolston, que provocan la indignación de las almas cristianas.

 

Refiero dichos pasajes con sentimiento y temblor, pero hay sesenta mil ejemplares del libro en cuestión que llevan el nombre del autor, que se han vendido públicamente y nadie puede echarme en cara que le calumnio.

 

Se ensaña, sobre todo, con los muertos que Jesucristo resucitó. Afirma que un muerto resucitado hubiera llamado la atención y habría asombrado al universo; que toda la magistratura judía, sobre todo Pilato. hubieran dejado constancia del suceso, porque Tiberio mandaba a los procónsules, pretores y autoridades de las provincias que le informaran puntualmente de todo, y que hubieran interrogado a Lázaro, que pasó cuatro días muerto, para averiguar qué hacía su alma durante ese tiempo. Tres muertos devueltos a la vida hubieran sido tres testimonios de la divinidad de Jesús que habrían convertido todo el mundo al cristianismo. Pero sucedió lo contrario y el mundo entero estuvo ignorando durante dos siglos esas pruebas convincentes. Al cabo de cien años, hombres desconocidos se adoctrinaron unos a otros, en el mayor secreto, con los escritos que referían esos milagros. No los mencionan el historiador judío Flavio Josefo, ni el sabio Filón, ni ningún historiador griego ni romano. Woolston no tiene empacho en decir que la historia de Lázaro está tan llena de absurdos que san Juan cometió un desatino al escribirla. Blasfema de la encarnación, de la resurrección y de la ascensión de Jesucristo, considerándolas bajo su punto de vista, y dice que tales milagros son la impostura más descarada y más grande que el mundo ha conocido.

 

Lo más chocante de Woolston fue dedicar cada uno de sus discursos a un obispo. Ahora bien, sus dedicatorias no son a la francesa, no sólo no los adula ni elogia, sino que les afea su orgullo, su avaricia, su ambición y sus intrigas, y se burla de ellos porque se han sometido a las leyes de la nación como cada hijo de vecino.

 

Un día, los obispos, hartos de ver que un miembro de la universidad de Cambridge los ultrajaba, le denunciaron escudándose en las leyes a que estaba sujeto. El tribunal de justicia de Inglaterra lo procesó y en 1725 encarcelaron preventivamente a Woolston, le sentenciaron a pagar una multa y a prestar fianza por valor de ciento cincuenta libras esterlinas. Sus amigos pagaron la fianza y no murió en la cárcel, como dice algún diccionario. Murió en su casa de Londres después de pronunciar estas palabras: «Este es un paso que todo hombre debe dar». Poco antes de su óbito, una devota que le encontró en la calle escupió en su cara él se enjugó el salivazo y la saludó. Sus costumbres eran sencillas y morigeradas, pese a que se obstinó en el sentido místico del Evangelio y blasfemó de su sentido literal. Pero es de creer que se arrepintió en el momento de su muerte y Dios se apiadó de él.

 

Casi al mismo tiempo apareció en Francia el testamento de Jean Meslier, cura de But y de Etrepigny, en Champagne, del que nos hemos ocupado en el artículo Contradicciones.

 

Es sorprendente y triste que dos sacerdotes escribieran al mismo tiempo contra la religión cristiana. El cura Meslier todavía es más exaltado que Woolston; dice que son historietas absurdas e injuriosas para la Divinidad que el demonio lleve a la montaña al Salvador, las bodas de Canaán, el milagro de los panes y peces y multitud de milagros afrentosos que durante trescientos años ignoró el Imperio romano y desde el populacho llegaron hasta el palacio de los emperadores, cuando la política les obligó a adoptar las supersticiones del pueblo para subyugarle mejor. Las disertaciones del sacerdote inglés son semejantes a las del cura de Francia, pero Woolston trata a veces con miramiento los milagros y Meslier nunca; es el hombre a quien han encolerizado los delitos que presenció y hace responsables de ellos a la religión cristiana, que los condena y anatematiza. Contempla con desdén y desprecio todos los milagros, llegando en su inquina hasta el paroxismo de comparar a Jesucristo con Don Quijote y a san Pedro con Sancho Panza. Y lo más penoso del caso es que escribía esas blasfemias encontrándose ya en brazos de la muerte, en esos momentos supremos en que los más falsos no se atreven a mentir y en que los más intrépidos tiemblan. Se han escrito muchos compendios de la obra que escribió, pero las autoridades secuestraron todos los que pudieron.

 

El cura de Bonne‑Nouvelle escribió también sobre ese asunto y con similar criterio; así, al mismo tiempo que el abate Becheran y los demás convulsionarios realizan falsos milagros, tres sacerdotes escribían contra los milagros verdaderos. Pero el libro más demoledor que apareció contra las profecías y milagros fue el que compuso lord Bolingbroke. Por fortuna consta de seis volúmenes gruesos, carece de método y su estilo es tan farragoso y empalagoso que se necesita una paciencia extraordinaria para leerlo.

 

En el Talmud se dice que muchos cristianos, al comparar los milagros que contiene el Antiguo Testamento con los del Nuevo, se convirtieron al judaísmo, creyendo que no era posible que el Señor de la naturaleza realizara tantos prodigios en pro de una religión que deseaba extinguir. Dicen más, afirman que su hijo, que es Dios Eterno, al nacer judío adoptó el credo judío durante toda su vida desempeñando todas las funciones de dicho credo, frecuentando los templos judíos y no exponiendo nada contrario a sus leyes; asimismo añaden que todos los discípulos de Jesús fueron judíos y observaron las ceremonias de éstos. No fue El, pues, quien estableció la religión cristiana, sino los judíos disidentes que se asociaron con los platónicos. Jesucristo no predicó ni un solo dogma del cristianismo.

 

Así opinan hombres audaces, de imaginación capciosa, que se atreven a juzgar las obras de Dios y sólo admiten los milagros del Antiguo Testamento para negar los milagros del Nuevo.

 

A estos descarriados se unió el sacerdote de Pont‑a‑Mousson, en Lorena, Nicolas Antoine, de apellido desconocido. Recién ordenado en Lorena, el pastor protestante Fleury, de paso por la referida parroquia, le llenó el alma de escrúpulos, abrazó el credo protestante y fue ministro del mismo en Ginebra en 1630. Imbuido en la lectura de los rabinos llegó al convencimiento de que si los protestantes tenían razón contra los papistas, los judíos también la tenían contra las sectas cristianas. Salió de la localidad de Divonne, de donde era pastor, y se dirigió a Venecia para convertirse al judaísmo acompañado de un aprendiz de teología al que había convencido y que luego le abandonó porque no tenía vocación de mártir.

 

Al principio, el ministro Nicolás Antoine se abstuvo de pronunciar el nombre de Jesucristo en sus sermones y rezos, pero muy pronto, entusiasmado por el ejemplo de los sacerdotes judíos ante los príncipes de Tiro y Babilonia, marchó descalzo a Ginebra y declaró ante los jueces que sólo había una religión verdadera en el mundo, como no hay más que un Dios, que esa religión era la judía, que era indispensable circuncidarse y un crimen horrendo comer carne de cerdo y morcilla. Exhortó con voz tan patética a los ginebrinos que pronto dejaron de ser hijos de Calvino y se convirtieron en fervientes judíos, con la esperanza de alcanzar el reino de los cielos. Lo prendieron y le encarcelaron.

El Consejo de Ginebra, que no tomaba ninguna decisión sin consultar con el Consejo de predicadores, pidió opinión a éste y los ministros más sensatos opinaron que debían sangrar a Nicolás Antoine de la vena cefálica, hacerle tomar baños y buenos potajes, asegurando que esos remedios le acostumbrarían a pronunciar el nombre de Jesucristo; asimismo añadieron que si las leyes toleraban la existencia de los judíos, y en Roma vivían ocho mil, puesto que en Roma los admitían bien podía Ginebra tolerar uno solo. La mayor parte de dichos ministros se indignaron al oír la palabra tolerancia, y deseando encontrar pretexto para quemar un hombre, cosa que ocurría ya pocas veces, pensaron que Nicolás Antoine debía morir en la hoguera.

 

A los síndicos Serrasin y Godefroi les pareció estupenda la idea del Consejo de predicadores y sentenciaron a Nicolás Antoine a morir en la hoguera. La sentencia se ejecutó el 20 de abril de 1632 en un bucólico lugar llamado Plain‑Palais, en presencia de una inmensa muchedumbre que alababa la nueva ley y el celo de los referidos síndicos. El Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, no repitió el milagro del horno de Babilonia para salvar a Nicolás Antoine.

 

Abauzit, escritor veraz, nos dice en sus notas que Antoine murió fiel a sus convicciones hasta el final, no se insolentó con sus jueces, ni manifestó orgullo ni bajeza, y expiró resignado. Ningún mártir consumó su sacrificio con tanta fe ni ningún filósofo padeció muerte tan horrible con semejante entereza. Esto prueba que su desvarío era una firme convicción. Roguemos al Dios del Antiguo y del Nuevo Testamento para que se apiade de él.

 

Lo mismo digo respecto al jesuita Malagrida, todavía más loco que Nicolás Antoine, y a los ex jesuitas Patouillet y Paulian, si un día les alcanzara la desventura de ser condenados a la hoguera. Muchos escritores que tuvieron la desgracia de ser más filósofos que cristianos fueron tan temerarios que negaron los milagros de nuestro Salvador, pero huelga hablar de ellos después de habernos ocupado de cuatro sacerdotes. Compadezcamos a esos cuatro infortunados, cegados por sus luces engañosas y animados por su melancolía, que les arrojó a tan funesto abismo.

 

MISA. La santa misa, hablando en lenguaje ordinario, es la mayor y más augusta de las ceremonias de la Iglesia. La designan con diferentes calificativos según los ritos que practican en las diversas regiones; hay, pues, misa mozárabe o gótica, griega y latina. Durangus y Eckius llaman seca a la misa que no efectúan la consagración, como la que dicen los aspirantes al sacerdocio, y el cardenal Bona refiere, copiándolo de Guillermo de Nangis, que san Luis, durante el viaje que hizo a ultramar, siempre mandaba que celebraran una misa de esta clase para evitar que el balanceo de la nave derramara el vino consagrado.

 

Hasta finales del siglo IV, la palabra misa no empezó a significar la celebración de la eucaristía. El sabio Beatus Rhenanus, en la notas que puso a Tertuliano, observa que san Ambrosio consagró este término popular, que tiene su origen en que hacían salir fuera (mittere) a los catecúmenos después de oír la lectura del Evangelio.

 

En las Constituciones apostólicas consta una liturgia que da a entender que en vez de invocar a los santos en el canon de la misa, la primitiva Iglesia les rezaba. «Os ofrecemos, Señor —decía el celebrante—, este pan y este cáliz para todos los santos que merecieron vuestra estimación desde el principio de los siglos, para los patriarcas, los profetas, los justos, los apóstoles, los mártires, los confesores, los obispos, los sacerdotes, los diáconos, los subdiáconos, los lectores, los chantres, las vírgenes, las viudas, los laicos y para todos los que os sean conocidos.» San Cirilo de Jerusalén, que vivió en el siglo Iv, añade: «Después de esta invocación conmemorábamos a los que murieron antes que nosotros, poniendo en primer lugar a los patriarcas, a los apóstoles y a los mártires, para que Dios atienda nuestras preces por su intercesión». Esto prueba, como explicaremos en el artículo Reliquias, que el culto de los santos empezaba entonces a introducirse en la Iglesia.

 

Noel Alexandre, en los Hechos de san Andrés, pone en boca de este apóstol (1): «Todos los días inmolo en el altar del único Dios verdadero, no carne de toro, ni carne de macho cabrío, sino el cordero inmaculado que queda siempre entero y vivo después del sacrificio, y cuya carne puede comer todo el pueblo fiel», pero el sabio dominico Noel Alexandre confiesa que dicho escrito no se conoció hasta el siglo VIII. El primero que lo cita es Etherius, obispo de Osma, que escribió contra Elipando en el año 788.

 

(1) Siglo 1. pág. 109,

 

Abdías nos dice que san Juan, advertido por el Señor de que iba a morir, se preparó para la muerte y encomendó su iglesia a Dios. Tras lo cual se hizo traer pan, elevó la mirada al cielo, bendijo el pan, lo cortó y lo distribuyó entre los que estaban presentes, diciéndoles: «Quiero que mi parte sea como la vuestra, y la vuestra como la mía». Esta manera de celebrar la eucaristía, que significa acción de gracias, se ajusta más a la institución de dicha ceremonia.

 

En efecto, san Lucas nos dice que Jesús, después de distribuir el pan y el vino entre los apóstoles que cenaban con él, les dijo: «Haced esto en mi memoria» (Cap. 22, 19). San Mateo y san Marcos dicen, además, que Jesucristo cantó un himno. San Juan, que no habla en su evangelio de la distribución del pan y del vino, ni del himno, se extiende sobre esto en el último capítulo de sus Hechos, cuyo texto cita el segundo Concilio de Nicea:

 

«Antes que el Señor fuera apresado por los judíos —dice el apóstol amado de Jesús—, nos reunió a todos y dijo: "Cantemos un himno en honor del Padre y después cumpliremos el designio tal como nos hemos propuesto". Nos mandó que formáramos círculo y nos cogiéramos de las manos, y colocándose en medio del círculo nos dijo: "Amén, seguidme". Entonces empezó el himno y dijo: "Gloria al Padre"; todos respondieron: "Amén". Jesús continuó cantando: "Gloria al Verbo, gloria al Espíritu Santo", y los apóstoles respondían siempre "Amén". Más adelante Jesús dijo: "Quiero salvarme y quiero salvar"; Amén. "Quiero ser desatado y quiero desatar"; Amén. "Quiero comer y quiero ser consumido"; Amén. "Quiero que me oigan y quiero oír"; Amén. "Quiero que me comprenda el espíritu, siendo como soy todo espíritu y toda inteligencia"; Amén. "Quiero lavar y quiero que me laven", Amén. "La gracia reclama la danza, voy a tocar la flauta; danzad todos"; Amén. "Voy a cantar aires lúgubres, lamentaos todos", Amén».

 

San Agustín, que comenta parte de este himno en su epístola 27, dirigida a Ceretius, añade además lo siguiente: "Quiero adorar y ser adorado"; "Soy una lámpara para los que me ven y me conocen"; "Soy la puerta para todos los que quieran llamar''; "Vosotros, los que visteis lo que he hecho, guardaos bien de comunicarlo a nadie".

 

La danza de Jesús y los apóstoles es indudablemente una copia de la de los terapeutas de Egipto, que luego de cenar danzaban en sus asambleas, primero separados en dos coros y luego hombres y mujeres juntos, después de beber vino celeste en abundancia durante la fiesta de Baco, como nos cuenta Filón.

 

Por otra parte, el Antiguo Testamento nos dice que después que los judíos salieron de Egipto y pasaron el mar Rojo, Moisés y su hermana reunieron dos coros de música, uno de hombres y otro de mujeres, que entonaron un himno de acción de gracias. Los instrumentos que arbitraron con facilidad, los coros que se reunieron con prontitud y la destreza con que ejecutaron los cantos y la danza, hacen suponer que poseían práctica en esos ejercicios desde tiempos remotos.

 

Esa práctica se perpetuó en el pueblo israelí. Las hijas de Silo danzaban, siguiendo la costumbre, en la fiesta solemne del Señor, cuando los jóvenes de la tribu de Benjamín, a quienes se las negaron por esposas, las raptaron por consejo de los ancianos de Israel. Todavía hoy, en Palestina, se reúnen las mozuelas cerca de las tumbas de sus padres y danzan de modo lúgubre lanzando gritos lastimeros.

 

También sabemos que los primitivos cristianos se congregaban para celebrar sus ágapes, o sea comidas de hermandad, como recuerdo de la última cena de Jesús y sus apóstoles. Los paganos tomaron dichos ágapes como pretexto para dirigirles las calumnias más odiosas; entonces, para evitar todo asomo de abuso licencioso, los pastores prohibieron que el ósculo de paz con que terminaba dicha ceremonia se lo dieran personas de distinto sexo. Otros abusos, de los que se quejaba san Pablo (1) y que el Concilio de Ganges (2), en 324, se propuso inútilmente reformar, fueron abolidos, junto con los ágapes, por el tercer Concilio de Cartago en 397, cuyo canon 41 manda que se celebren los santos misterios en ayunas.

 

(1) Epístola a los corintios, cap. 11.

 

(2) Ciudad de Paphagonia, en el Asia Menor.

 

Parece indudable que la danza acompañaba a dichos ágapes si nos fijamos en que Escalígero dice que los obispos se llamaron praesules en la Iglesia latina, por ser los que abrían el baile. Helyot, en su Historia de las órdenes monásticas, afirma que durante las persecuciones que sufrieron los antiguos cristianos se formaron congregaciones de hombres y mujeres que, imitando a los terapeutas, se retiraron a los desiertos, donde se reunían en chozas los domingos y días de fiesta para bailar y cantar devotamente los rezos de la Iglesia.

 

En Portugal, España y el Rosellón todavía bailan danzas solemnes en honor de los misterios del cristianismo. Con las vísperas de la fiesta de la Virgen, las jóvenes se reúnen en la puerta de las iglesias dedicadas al culto de María y pasan la noche bailando en corro y cantando himnos en su honor. El cardenal Jiménez restableció en la catedral de Toledo la antigua práctica de las misas mozárabes, durante las cuales bailaban en el coro y en la nave de la iglesia con tanto recato como devoción. En Francia, a mediados del siglo XVII, todavía los sacerdotes y el pueblo de Limoges bailaban formando corro en la colegiata, mientras cantaban: «San Marcial, reza por nosotros y nosotros bailaremos por ti».

 

El jesuita Menestrier, en el prefacio de su Tratado de bailes, que publicó en 1682, dice haber presenciado el día de Pascua, cómo los canónigos de algunas iglesias, cogidos de la mano con los acólitos, bailaban en el coro y cantaban alegres himnos.

 

MOISÉS. La filosofía, que a veces se extralimita, los estudios sobre la Antigüedad y el espíritu de polémica y de crítica se han llevado a tal extremo que muchos sabios han llegado a dudar de la existencia de Moisés, suponiendo que ese hombre sólo fue un ser mítico, como probablemente lo son Perseo, Baco, Atlas, Vesta, Rea, Isiris, Odín, Merlín, Roberto el Diablo y otros muchos héroes de novela cuyas vidas y milagros se han escrito.

 

No es verosímil, dicen los incrédulos, que haya existido un hombre cuya vida es un prodigio continuo. No puede aceptarse que hiciera infinidad de milagros en Egipto, Arabia y Siria, sin que trascendieran a todo el mundo, ni es siquiera probable que ningún autor egipcio o griego dejara de transmitir esos milagros a la posteridad. No obstante, lo mencionan los judíos, y cualquiera que fuera el tiempo en que escribieron su historia ninguna nación la conoció hasta el siglo II. El primer autor que cita los libros de Moisés es Longino, ministro de la reina Zenobia, en la época del emperador Aureliano.

 

Hemos de advertir que el autor de Mercurio Trimegista, que era egipcio, no menciona a Moisés. Si un autor egipcio hubiera dejado constancia de alguno de esos milagros Eusebio lo habría referido en su Historia, o en su Preparación evangélica. Es cierto que reconoce que hay autores que citan el nombre de Moisés, pero ninguno dice una palabra acerca de sus prodigios. Antes que Eusebio, los historiadores Josefo y Filón, que tanto elogiaron a su pueblo, repasaron todos los escritores que citan a Moisés y ninguno menciona los sucesos maravillosos que se le atribuyen.

 

Ante el silencio general del mundo entero, he aquí cómo argumentan los incrédulos con temeridad que se contradice a sí misma.

 

Los judíos son los únicos que poseían el Pentateuco, que atribuyen a Moisés. Los mismos libros dicen que el Pentateuco no lo conocieron hasta la época del rey Josías, o sea treinta y seis años antes de la primera destrucción de Jerusalén y la cautividad, y sólo se encontró un ejemplar en casa del pontífice Helfias, que lo descubrió en el fondo de un arca cuando estaba contando el dinero. El pontífice lo envió al rey por medio de su escriba Safán. Este hecho, dicen los incrédulos, puede poner en duda la autenticidad del Pentateuco, porque si los judíos lo hubieran conocido el sabio Salomón, inspirado por Dios, al edificar el templo por mandato de Yavéh, ¿lo hubiera adornado con multitud de figuras desobedeciendo así la ley de Moisés? Los profetas judíos que profetizaron en nombre del Señor desde Moisés hasta el rey Josías, ¿no hubieran apoyado todas sus predicciones en las leyes de Moisés? ¿No citarían las palabras de éste y las hubieran comentado? Ningún profeta, sin embargo, cita a Moisés ni transcribe frases suyas; por el contrario, las contradicen en algunas partes.

 

Los estudiosos incrédulos opinan que los libros que se atribuyen a Moisés los escribió Esdras en Babilonia durante la cautividad de los judíos, o poco después de dicha época. En efecto, los escritos judíos están plagados de terminaciones persas y caldeas; por ejemplo Babel, puerta de Dios; Phegorbeel o Beelphegor, dios del principio; Beel‑cebuth, dios de los insectos; Bethel, casa de Dios; Daniel, juicio de Dios; Gabriel hombre de Dios; Jahel, afligido de Dios; Jaiel, vida de Dios; Israel, viendo a Dios; Oziel, fuerza de Dios y Uriel el fuego de Dios.

 

De modo que todo es foráneo en la nación judía, como extranjera fue ella en Palestina, pues ni siquiera provenían de dicha nación la circuncisión, las ceremonias, los sacrificios el Arca, el querubín, el chivo Hazazel, el bautismo de justicia, el bautismo sencillo, la adivinación, la interpretación de los sueños, ni el encantamiento de las serpientes. El pueblo judío no inventó nada.

 

El célebre lord Bolingbroke no cree que Moisés haya existido: en el Pentateuco encuentra infinidad de contradicciones y errores de cronología y geografía que le dejan estupefacto, nombres de muchas localidades que no se habían edificado todavía, y preceptos transmitidos a los reyes en épocas en que, no sólo se desconocía la autoridad real, sino que era presumible que nunca la hubieran conocido porque vivían en desiertos albergándose en tiendas como los árabes beduinos. Sobre todo, la contradicción más palmaria es la donación a los levitas de cuarenta y ocho ciudades, con todos sus pueblos, en un territorio donde no se encontraba una sola aldea, y rebate con desprecio y dureza al sacerdote Abbadía, que sostiene todo lo que él contradice.

 

Me tomaré la libertad de decir al vizconde Bolingbroke, y a cuantos opinan igual que él, que no sólo la nación judía creyó siempre en la existencia de Moisés y en sus libros, sino que Jesucristo da testimonio de ello. Los cuatro evangelistas y los Hechos de los apóstoles los reconocen, san Mateo dice terminantemente que Moisés y Elías vieron a Jesucristo en la cumbre de la montaña, durante la noche de la transfiguración, y san Lucas asegura lo mismo.

 

Jesucristo declara por boca de san Mateo que no vino al mundo para abolir dicha ley, sino para cumplirla, y el Nuevo Testamento alude continuamente a la ley de Moisés y a los profetas. La Iglesia cree que Moisés escribió el Pentateuco, y más de quinientas comunidades que se establecieron en el cristianismo han creído siempre en la existencia de ese gran profeta: debemos, pues, someternos a decisión tan unánime.

 

Sé que no convenceré al vizconde y a quienes opinan como él, porque están seguros de que los libros judíos se escribieron durante la cautividad de las dos tribus que restaban. Pero me queda el consuelo de comulgar con la opinión de nuestra Iglesia.

 

Los sabios que opinan que Moisés no escribió el Pentateuco se apoyan en la misma Sagrada Escritura, en la que consta que el primer ejemplar fue descubierto en la época del rey Josías —como hemos dicho— que lo recibió de su escriba Safán, y entre la existencia de éste y la de Moisés median mil ciento sesenta y siete años, según el cómputo hebreo. Dios se apareció a Moisés en la zarza en llamas el año 2213 del mundo, y el escriba Safán entregó el libro de la ley el año 3380 del mundo. El ejemplar en cuestión fue desconocido hasta que los judíos regresaron de su cautividad en Babilonia, y asegúrase que Esdras, inspirado por Dios, publicó las Sagradas Escrituras.

 

Es del todo indiferente que sea Esdras o cualquier otro el que redactara dicho libro, toda vez que se admite que está inspirado. No consta en el Pentateuco que Moisés sea su autor; luego sería lícito atribuirlo a cualquier hombre a quien el espíritu divino lo hubiera dictado, si la Iglesia no hubiera decidido que ese libro es de Moisés.

 

Algunos contradictores añaden que ningún profeta cita los libros del Pentateuco, que de ellos no hablan los Salmos, ni los libros que se atribuyen a Salomón, ni Jeremías, ni Isaías, ni ningún libro canónico de los judíos. Es más, las palabras Génesis, Éxodo, Números, Levítico y Deuteronomio no se hallan en ninguno de los escritos que ellos tienen por auténticos.

 

Otros estudiosos más audaces encuentran las siguientes dificultades para creer que el gran profeta redactó el referido libro:

 

1. ¿En qué lengua lo compuso Moisés en un desierto salvaje? Sólo podía hacerlo en lengua egipcia, por cuanto en dicho libro consta que Moisés y su pueblo nacieron en Egipto, siendo probable que no hablaran otra lengua. Los egipcios no conocían aún el uso del papiro para escribir y grababan jeroglíficos en piedra o madera. Dícese también que las tablas de la ley se grabaron en piedra pulida. Hubiera sido preciso, pues, grabar los cinco libros en piedras pulidas, lo que exigiría un ingente trabajo y el transcurso de gran número de años.

 

2. ¿Es verosímil que en el desierto, donde el pueblo judío carecía de zapateros y sastres, y donde el Dios del universo necesitaba hacer un milagro continuo para conservar las ropas y el calzado de los judíos, se encontraran hombres con suficiente capacidad para grabar los cinco libros del Pentateuco en madera o piedra? No se nos objete que encontraron operarios que hicieron un becerro de oro en una noche y que transformaron en seguida el oro en polvo, porque eso es una operación imposible para la química ordinaria, que no se había inventado todavía; ni se nos diga que forjaron el tabernáculo, lo adornaron con treinta y cuatro columnas de bronce cuyos capiteles eran de plata, y que tejieron y bordaron velos de lino, púrpura y escarlata, porque todo esto confirma la opinión de los contradictores.

 

3. Si Moisés hubiera escrito el primer capítulo del Génesis ¿hubieran prohibido a los jóvenes que lo leyeran? ¿hubieran faltado el respeto al legislador divino? Si Moisés hubiera dicho que Dios castiga la iniquidad de los padres hasta la cuarta generación, ¿se hubiera atrevido Ezequiel a contradecirle?

 

4. Si Moisés hubiera escrito el Levítico, ¿se habría contradecido en el Deuteronomio? El Levítico prohíbe casarse con la mujer de nuestro hermano, y el Deuteronomio ordena tal casamiento.

 

5. ¿Hubiera Moisés hablado de ciudades que no existían en su época? ¿Hubiera dicho que estaban a oriente del Jordán algunas localidades que se hallan a occidente?

 

6. ¿Hubiera donado cuarenta y ocho ciudades a los levitas en un territorio que nunca se encontraron diez, y en la inmensidad de un desierto en que iban errantes sin encontrar una casa?

 

7. ¿Hubiera prescrito reglas de conducta a los reyes judíos, siendo así que ese pueblo no los conoció hasta cerca de quinientos años después de su época, y no las habría dictado para los jueces y pontífices que le sucedieron? Esta reflexión induce a creer que el Pentateuco se escribió en la época de los reyes y que las ceremonias que instituyó Moisés se practicaban por tradición.

 

8. ¿Se puede creer que dijera a los judíos: «Conseguí que salierais de Egipto seiscientos mil combatientes, protegidos por vuestro Dios»? Los judíos le habrían contestado: Debéis ser muy cobarde, porque no os habéis atrevido a combatir contra el faraón, que sólo puede presentar contra nosotros un ejército de doscientos mil hombres; le habríamos vencido fácilmente y nos hubiéramos apoderado de su reino. Dios, que os habla. para complaceros degolló a todos los primogénitos de Egipto, y si en ese país hay trescientas mil familias mataría trescientos mil hombres en una noche por vengarse, y vos os negáis a secundar los planes de vuestro Dios al no entregarnos ese fértil país que no podía defenderse de nosotros. Nos habéis hecho salir de Egipto como cobardes y ladrones para hacernos morir en los desiertos, entre precipicios y montañas. Podíais habernos conducido por el camino recto a la tierra de Canaán, que nos habéis prometido, y cuya tierra no hemos podido pisar todavía. Era natural y aún fácil que desde Gessen nos dirigiéramos hasta Tiro y Sidonia, a lo largo del Mediterráneo, pero nos hicisteis pasar el istmo de Suez casi entero, volver a entrar en Egipto, remontarnos más allá de Menfis y nos encontramos en Beelsefon, a orillas del mar Rojo, dando la espalda al territorio de Canaán, después de andar veinticuatro leguas por Egipto, del que queríamos huir, y henos aquí ahora a punto de perecer entre el mar y el ejército del faraón. Si hubierais querido entregarnos a nuestros enemigos no os habríais portado de otra manera. Decís que Dios nos ha salvado por milagro y que el mar se retiró para dejarnos pasar, pero después de habernos hecho tan señalado favor, ¿era preciso condenarnos a morir de hambre y fatiga en los horribles desiertos de Etham, de Cades‑Barné, de Mara, de Elim, de Horeb y de Sinaí? Nuestros padres murieron en esas soledades inhóspitas, y al cabo de cuarenta años venís a decirnos que Dios veló por nuestros padres.

 

He aquí lo que los judíos murmuradores, hijos desnaturalizados de los judíos errantes que murieron en los desiertos, hubieran podido contestar a Moisés si les hubiera leído el Éxodo y el Génesis.

 

Estas son, poco más o menos, las principales objeciones que los sabios echan en cara a los que creen que Moisés es el autor del Pentateuco.

 

Mas no puede ponerse en duda la existencia de Moisés, legislador del pueblo judío. Analizaremos su historia sujetándola a las leyes de la crítica, pero no someteremos a examen la parte divina que encierra. Nos concretaremos a lo probable, porque los hombres no pueden juzgar de otra manera.

 

Ante todo, es natural y hasta probable que una nación árabe habitara en los confines de Egipto, por la parte de la Arabia desierta, fuera tributaria o vasalla de los reyes de Egipto y luego tratara de afincarse en otros lugares. Pero lo que excede a la razón humana es que dicha nación compuesta de unos setenta individuos en la época de José, en doscientos quince años, desde José hasta Moisés, aumentara la población hasta reunir seiscientos mil combatientes, como consta en el Exodo. Porque seiscientos mil hombres en estado de tomar las armas suponen una población de dos millones de habitantes, ancianos, mujeres y niños incluidos. No responde a las leyes de la naturaleza el que un grupo de setenta personas, varones y hembras, llegue a contar en dos siglos dos millones de almas. Los cálculos de esa progresión los desmiente la experiencia de todas las naciones y en todos los tiempos. Por otra parte, es poco probable que seiscientos mil combatientes, protegidos por el Señor con multitud de milagros, se hubieran resignado a vagar errantes por los desiertos y no se hubieran apoderado del fértil Egipto.

 

Asentadas estas primeras reglas de crítica humana y razonable, debemos convenir que Moisés sólo sacó de Egipto un número insignificante de hombres. Los egipcios conservan una antigua tradición, que refiere Plutarco en el tratado de Isis y Osiris, que supone que Tifón, padre de Jerosalain y de Indecus, huyó de Egipto montado en un asno. Este pasaje induce a creer que los antepasados de los judíos que habitaban en Jerusalén salieron fugitivos de Egipto. Otra tradición tan antigua como la anterior, pero más conocida, supone que los judíos fueron expulsados de Egipto, bien por ser bandidos incontrolados, bien por haber contraído la lepra. Esta doble acusación es verosímil aplicada al territorio de Gessen, que habían habitado: era contiguo al de los árabes nómadas y la lepra era común. El Antiguo Testamento da a entender que dicho pueblo salió de Egipto contra su voluntad. El capítulo XVII del Deuteronomio prohíbe a los reyes que piensen en reunir los judíos en Egipto.

La concordancia de muchas costumbres egipcias y judías robustece también la opinión de que ese pueblo era una colonia egipcia, y otro grado de probabilidad es la fiesta de la Pascua, o sea de la fuga, instituida en memoria de su evasión. Por sí sola esta fiesta no constituiría una prueba, por cuanto todos los pueblos establecieron conmemoraciones para celebrar sucesos fabulosos e increíbles, como acontecían con la mayoría de las fiestas de los griegos y los romanos, pero la huída de un país a otro es un acontecimiento común y fácil de creer. La prueba de la fiesta de la Pascua la abona la de los Tabernáculos, que celebraban en la época en que los judíos vivían en el desierto cuando salieron de Egipto. Estas probabilidades, sumadas a otras, demuestran que una colonia que salió de Egipto se afincó durante algún tiempo en Palestina.

 

Casi todo lo que acaeció al pueblo judío es tan maravilloso que escapa a la comprensión humana; lo único que cabe inquirir es cuándo ocurrió dicha fuga, o lo que es lo mismo, en qué época se escribió el Exodo y examinar las opiniones que prevalecían entonces. De este modo encontraremos la prueba de ella en ese libro mismo, comparándolo con los antiguos usos de las naciones.

 

En cuanto a los libros atribuidos a Moisés debemos decir que las reglas más sencillas de la crítica nos impiden creer que los haya escrito él. Y ello porque:

 

1. No es posible que haya aplicado, a los lugares de que nos habla, nombres que les pusieron mucho tiempo después. En su libro menciona la localidad de Jair, y todos convienen en que esta denominación se adoptó mucho tiempo después de la muerte de Moisés. El libro se ocupa también del territorio de Dan y de su tribu, que no tuvo ese apelativo hasta más tarde, porque entonces no era dueña de aquel territorio.

 

2. ¿Cómo podía, pues, citar el libro de las guerras del Señor cuando esas guerras y ese libro son posteriores a Moisés?

 

3. ¿Cómo pudo hablar de la derrota del gigante Ogrey de Basán, que fue vencido en el desierto el último año que gobernó? ¿Cómo pudo añadir que se conservaba todavía en Rabbat la cama de dicho gigante, que era de hierro y tenía nueve codos de altura? La ciudad de Rabbat era la capital de los ammopitas, y los hebreos no habían penetrado aún en su territorio. Este pasaje presenta todas las apariencias de ser obra de un autor posterior, que para probar la derrota de dicho gigante presenta como testimonio la cama que se conservaba en Rabbat, pero se olvida de que está haciendo hablar a Moisés.

 

4. ¿Cómo pudo decir que estaban en la parte de allá del Jordán las localidades que, en la situación que él ocupaba, estaban en la parte de acá? ¿No es prueba irrefutable de que el libro que se le atribuye se escribió mucho tiempo después que los israelitas pasaron el Jordán, que nunca lo pasaron guiados por el gran profeta?

 

5. ¿Es acaso creíble que Moisés dijera a su pueblo que se había apoderado, en Argob, pequeño territorio estéril y horrible de la Arabia Pétrea, de sesenta grandes ciudades rodeadas de murallas y fortificadas, sin contar con otras ciudades abiertas? ¿No es más verosímil que, andando el tiempo, escribiera esas exageraciones un autor que trataba de halagar a una tosca nación?

 

6. Aún es menos verosímil que Moisés refiriera los milagros que llenan su historia. Se convence fácilmente a un pueblo feliz y victorioso de que Dios pelea por él, pero es incomprensible para la naturaleza humana que un pueblo crea que se hacen milagros en beneficio suyo cuando todo le lleva a perecer en un desierto. Díganlo, si no, algunos milagros que refiere el Exodo.

 

7. Diríase contradictorio y hasta injurioso para la esencia divina que Dios, después de elegir un pueblo para ser el depositario de sus leyes con el fin de dominar a las demás naciones, envíe a un hombre de dicho pueblo para que se presente al rey, su opresor, y le pida permiso para hacer sacrificios a Dios en el desierto, con la idea de que ese pueblo pueda huir de allí con el pretexto de hacer sacrificios. La inteligencia humana sólo comprende que ese es un acto de necedad, indigno de la majestad y del poder del Ser Supremo.

 

Al ver el pueblo escogido, por el que Dios obra tanto milagros, creemos que indudablemente ha de llegar a ser el dueño del orbe. No podemos leer sin sorpresa y sin asombro que Moisés, en presencia del faraón, convierta su vara en serpiente y todas las aguas del reino en sangre, haga nacer tantas ranas que llenen el mundo, convierta en piojos el polvo, infecte el aire de insectos venenosos, llene a los hombres y a los animales de terribles úlceras, haga caer granizo y rayos para arruinar la nación, llene la atmósfera de langostas, sumerja el país en densas tinieblas durante tres días, que un ángel exterminador hiera de muerte a los primogénitos de los hombres y de los animales de Egipto, empezando por los hijos del rey, haga caminar en seco a través de las olas del mar Rojo, que se apartan y forman montañas de agua a derecha y a izquierda, y luego se abatan sobre el ejército del faraón y lo engullan. Ahora bien, el pueblo en cuyo favor se obraron tantos prodigios consigue por resultado morir de hambre y sed en las ardientes arenas del desierto, y hombre a hombre, de prodigio en prodigio, todo ese pueblo muere sin llegar a vislumbrar el pequeño rincón del mundo donde sus descendientes logran afincarse por determinado número de años. Merece toda clase de disculpas no creen en esa multitud de milagros que la inteligencia humana se resiste en comprender.

 

La razón, por sí sola, no alcanza a convencer que Moisés haya escrito cosas tan asombrosas. ¿Cómo puede crear una generación tantos milagros inútiles para ella? ¿Qué papel tan desairado hacen representar a la Divinidad, dedicándola a conservar la ropa y los zapatos de su pueblo durante cuarenta años, después de haber puesto toda la naturaleza de su parte?

 

La lógica, pues, nos induce a pensar que esa historia tan prodigiosa se escribió después de la muerte de Moisés, al igual que las historietas sobre Carlomagno se forjaron tres siglos después de su época, y que los orígenes de las naciones se escribieron en tiempos en que aquellos se habían perdido de vista y dejaban a la imaginación la facultad de inventar. Cuanto más tosco y desgraciado es un pueblo, más trata de ennoblecer su historia antigua, y no hay pueblo en el mundo que haya sido miserable y bárbaro tanto tiempo como el judío.

 

Es inverosímil que cuando no tenían con qué hacerse calzado en el desierto, bajo el gobierno de Moisés, sintieran tentaciones de escribir. Debemos sospechar que los desventurados que nacieron en el desierto recibirían escasa formación, y los judíos no empezaron a leer y escribir hasta que tuvieron trato con los fenicios. Probablemente, en los inicios de la monarquía los judíos dotados de algún talento escribirían el Pentateuco adaptándolo como pudieron a sus tradiciones. ¿Hubiera recomendado Moisés a los reyes que leyeran y escribieran su ley en la época que no se conoció la monarquía? ¿No cabe la posibilidad que el capítulo XVII del Deuteronomio se redactara para moderar el poder de los reyes, y lo escribieran unos sacerdotes de la época de Saúl? Parece más verosímil asignar a dicha época la redacción del Pentateuco. Las continuas esclavitudes que pasó el pueblo judío no son adecuadas para establecer la literatura en una nación ni dar a conocer los libros, y cuanto más raros fueran éstos al principio, más se empeñaron los autores en llenarlos de prodigios.

 

Desde luego, el Pentateuco es muy antiguo si se escribió en tiempos de Saúl y de Samuel, inmediatos a los de la guerra de Troya, y uno de los testimonios más curiosos del modo de pensar de los hombres de aquella época. Se sabe que entonces todas las naciones conocidas creían en los prodigios en razón directa a su estado de ignorancia, y que en Egipto, Frigia, Grecia y Asia todo ocurría por mediación divina. Los autores del Pentateuco dan a entender que cada nación tenía sus dioses y éstos disfrutaban de un poder legal.

 

Si Moisés, en nombre de Dios, convierte su vara en serpiente, los sacerdotes del faraón también realizan semejante prodigio; si transforma las aguas de Egipto en sangre, los sacerdotes también lo hacen en seguida sin que sepamos en qué aguas obraban semejantes metamorfosis, a no ser que los sacerdotes hubieran creado nuevas aguas para convertirlas en sangre. Los autores judíos prefieren incurrir en este absurdo antes que alguien dude de que los dioses de Egipto pueden convertir el agua en sangre, lo mismo que el Dios de Jacob.

 

Pero cuando el Dios de Jacob llena de piojos el territorio de Egipto entonces queda patente su verdadera superioridad; los magos no pueden imitarle y el Dios de Israel dice: «El faraón sabrá que nadie es semejante a mí». Estas palabras denotan el Ser que se cree más poderoso que sus rivales y le igualan en la transformación de una vara en serpiente y en la conversión de las aguas en sangre, pero gana la partida convirtiendo el polvo en piojos y en otros prodigios sucesivos.

 

La idea de que los sacerdotes de todos los países estaban dotados de poder sobrenatural consta en muchas partes del Antiguo Testamento. Cuando Balaán, sacerdote del pequeño estado del reyezuelo Balac, se dispone a maldecir a los judíos en el desierto, Dios se aparece a dicho sacerdote para impedir que los maldiga. Al parecer, era terrible la maldición de Balaán. Mas para contenerle no bastó que Dios le hablara, pues envió ante él un ángel espada en mano, y todavía hizo que hablara su burra. Estas precauciones demuestran que la maldición de un sacerdote producía efectos funestos .

 

La creencia de que existía un Dios superior a los demás dioses, que creó el cielo y la tierra, estaba tan arraigada en aquellos pueblos que Salomón, en su última plegaria, exclama: «Dios mío, no hay ningún dios semejante a Ti, ni en la tierra, ni en el cielo». Esta opinión hace creer a los judíos en todos los sortilegios y encantamientos de las demás naciones. También dio pábulo a la historia de la pitonisa de Eudor, que poseía el poder de evocar el espectro de Samuel. Cada pueblo tuvo sus prodigios y oráculos, y no ponía en duda los milagros y profecías de las demás naciones. Diríase que los sacerdotes, negando los prodigios de las naciones inmediatas, temían desacreditar los suyos. Esa especie de teología prevaleció mucho tiempo en todo el mundo.

 

No creemos oportuno entrar en detalles sobre cuanto se ha escrito sobre Moisés, pues ya nos ocupamos de sus leyes en otros artículos de esta obra. Nos concretaremos, pues, a subrayar lo sorprendente que resulta que un legislador a quien Dios inspira no anuncie a los hombres la vida futura. No se encuentra una sola palabra en el Levítico que haga alusión a la inmortalidad del alma. A esta contundente objeción sólo contestan que Dios quiso rebajarse hasta ponerse al nivel de tosquedad de los judíos. A esa torpe respuesta replicaremos que correspondía a Dios elevar a los judíos hasta hacerlos adquirir los conocimientos necesarios y no rebajarse hasta ellos. Si el alma es inmortal, si hay castigos y recompensas futuras, es preciso que los hombres lo sepan. Si Dios les habla, debe comunicarles ese dogma fundamental. Repetimos que es comprensible que la razón humana no encuentre en semejante historia más que la tosquedad bárbara de los primitivos tiempos de un pueblo salvaje. El hombre no puede razonar de otra manera, pero si Dios es efectivamente el autor del Pentateuco debemos someternos a El ciegamente y desoír la voz de la razón.

 

MORAL. Predicadores charlatanes y casuístas extravagantes recordad que vuestro Maestro nunca dijo que el sacramento era el signo visible de una cosa invisible, que no admitió cuatro virtudes cardinales y tres teologales, que no analizó si su madre vino al mundo maculada o inmaculada, ni nunca dijo que los niños que murieran sin bautizar serían condenados. Cesad de atribuirle palabras que nunca pronunció. En cambio, proclamó esta verdad tan antigua como el mundo: «Amad a Dios y a vuestro prójimo». Concretaos, pues, a esta máxima, miserables ergotistas; predicad la moral y nada más. Predicadla, pero observadla al mismo tiempo. Que no resuenen vuestros procesos en los tribunales, que la garra de un magistrado no arranque un puñado de harina de la boca de una viuda y del huérfano; no disputéis un beneficio insignificante con el mismo furor que se disputaron el papado en el gran cisma de Occidente. Frailes, no impongáis contribución al orbe y entonces os creeremos.

 

En una declamación que consta de catorce volúmenes, titulada Historia del Bajo Imperio, escrita por Le Beau, acabo de leer las siguientes palabras: «Los cristianos tenían una moral; los paganos no la tenían». ¿Dónde habrá aprendido semejante disparate el citado autor? ¿Acaso no es moral la de Sócrates, la de Zeleuco, la de Charondas, la de Cicerón, la de Epicteto y la de Marco Antonio? Moral sólo hay una, señor Le Beau como no hay más que una geometría. A esto se me objetará que la mayor parte de los hombres desconocen la geometría. De acuerdo, pero todos los que se aplican a estudiarla tienen una opinión unánime sobre ella. Los agricultores, artesanos y artistas no han estudiado ningún curso de moral ni han leído el De Finibus de Cicerón, ni la Ética de Aristóteles, pero cuando reflexionan, sin saberlo, son discípulos de Cicerón. El tintorero hindú, el pastor tártaro y el marinero de Inglaterra, saben lo que es justo e injusto. Confucio no inventó sus reglas de moral como se inventa un sistema filosófico, sino que las encontró grabadas en el corazón de todos los hombres.

 

Esa moral estaba impresa en el corazón del pretor Festo cuando los judíos le apremiaban a que sentenciara a muerte, sin formación de causa, a san Pablo porque había introducido extranjeros en su templo. «Sabed —dijo a los judíos el pretor— que los romanos no sentencian a nadie sin antes haberle oído». Si los judíos carecían de moral o faltaban a ésta los romanos la conocían y la honraban.

 

La moral no consiste en la superstición ni en las ceremonias, ni tiene nada en común con los dogmas. Nunca insistiremos bastante en que los dogmas son diferentes en cada país, y que la moral es la misma para todos los hombres que usan de la razón. La moral nace de Dios, como la luz, y las supersticiones sólo son tinieblas.

 

MUJER. Generalmente hablando, la mujer es menos fuerte que el varón menos alta y menos capaz de un largo horario de trabajo; su sangre es más fluida, su carne no es tan prieta, su pelo es más largo, sus miembros más redondos, sus brazos no tan musculosos, su boca más pequeña, sus glúteos más prominentes, su cadera más ancha y su vientre más pronunciado. Estos son los rasgos morfológicos que distinguen a las mujeres en todo el mundo y en todas las especies, desde Laponia a la costa de Guinea, lo mismo en América que en China.

 

Plutarco, en el libro III de Conversaciones de sobremesa, afirma que el vino no las embriaga con tanta facilidad como a los hombres. He aquí la razón que aduce para probar lo que no es verdad: «El grado de humedad en las mujeres es muy elevado y ello hace que sus carnes sean blandas y relucientes y tengan sus flujos menstruales. Cuando el vino incide en tan gran humedad, pierde su color y su fuerza, y aquí encajan las palabras de Aristóteles cuando dice que quienes beben a grandes tragos, sin respirar siquiera, no se embriagan con tanta facilidad porque el vino permanece poco tiempo dentro del cuerpo, pues bebiéndolo de un trago pasa pronto por todas partes. Como las mujeres suelen beber de esa forma, tal vez su cuerpo, a causa de la continua atracción que se hace de los humores de arriba abajo por efecto de sus flujos menstruales esté lleno de conductos por los que el vino sale con celeridad y fácilmente, sin poder tenerse en las partes nobles y principales que, cuando las perturba, causan la embriaguez». Esta es la física que sabían los antiguos.

 

Las mujeres son más longevas que los varones, o lo que es lo mismo en una generación se encuentran más ancianas que viejos. Esta observación la han hecho los que realizan estadísticas de los nacidos y de los muertos. Es de creer que ocurra también entre los negros, los amarillos y los cobrizos, igual que con los blancos. Natura est semper sibi consona.

 

Ya hemos transcrito en otra parte un extracto del diario de China que refiere que en 1725, habiendo hecho unos donativos la esposa del emperador Yong‑tching a las mujeres pobres que tuvieran más de setenta años, sólo en la provincia de Cantón hubo 98 222 mujeres de setenta años cumplidos, 40 893 de más de ochenta y 3453 que se acercaban a los cien años. Los hay que creen que la naturaleza les otorga más larga vida que a los hombres para resarcirlas de los padecimientos de llevar durante nueve meses los hijos en el vientre, parirlos y criarlos. No es probable que siendo más dulce la sangre de las mujeres sus tejidos se endurezcan más tarde. Ningún anatomista, ni físico, ha podido saber jamás cómo conciben. Los flujos periódicos de sangre que las debilitan durante ese período, las enfermedades que nacen de la supresión del ménstruo, el tiempo de embarazo, la necesidad de amamantar a los hijos y cuidarlos y la delicadeza de sus miembros, las hacen poco aptas para las fatigas de la guerra y el furor de los combates. Es cierto que han existido en todos los tiempos y en casi todos los países mujeres a las que la naturaleza dotó de coraje y fuerza extraordinarias y se han batido con los hombres, pero son casos muy raros.

 

La parte física dirige siempre la parte moral. Las mujeres son más débiles de cuerpo que nosotros, pero manejan las manos con más facilidad y ligereza y no pueden dedicarse a trabajos penosos, estando necesariamente encargadas de los trabajos menos pesados del hogar y sobre todo del cuidado de los hijos; así, llevando una vida más sedentaria, deben ser más dulces de carácter que los varones, y por tanto menos inclinadas a cometer delitos. Esto es tan cierto que en todos los países civilizados sólo se condena a la pena capital a una mujer por cada cincuenta hombres (1).

 

(1) Véase el artículo Hombre.

 

Montesquieu, en el Espíritu de las leyes, al ocuparse de la condición de las mujeres en las diversas clases de gobierno, dice que «en Grecia, a las mujeres no se las consideraba dignas de participar del verdadero amor y que el amor entre los griegos adoptaba una forma que no nos atrevemos a explicar». En apoyo de lo dicho, cita a Plutarco. Semejante error sólo debe perdonarse a una imaginación como la de Montesquieu, que se deja arrastrar por la rapidez de las ideas, a veces incoherentes. Plutarco, en el capítulo que dedica al amor, introduce varios interlocutores y él mismo, tomando el nombre de Daphneus, rebate con energía lo que afirma Protógenes referente a la liviandad de los efebos. En ese mismo diálogo llega a decir que en el amor de las mujeres hay algo divino; compara este amor con el sol, que anima a la naturaleza; coloca la felicidad en el amor conyugal, y concluye el diálogo con un magnífico elogio a la virtud de Eponina.

 

La célebre aventura de Eponina ocurrió en presencia de Plutarco, que vivió algún tiempo en casa de Vespasiano. Dicha heroína, al saber que su marido Sabino había sido vencido por las tropas del emperador y estaba escondido en una caverna situada entre el Franco Condado y Champagne, le buscó, se encerró con él, le sirvió y proporcionó alimentos durante varios años y tuvo hijos. La apresaron con su marido y la llevaron ante Vespasiano, que se asombró de su grandeza de alma al decirle: «Viví más feliz debajo de tierra y en la oscuridad, que tú a la luz del sol y en la cumbre del poder». Plutarco afirma, pues, lo contrario de lo que dice Montesquieu, y se pronuncia con entusiasmo en favor de las mujeres.

 

No debe sorprender que en todas partes el varón haya sido señor de la mujer, puesto que casi todo en el mundo se basa en la fuerza. Además, comúnmente el hombre es superior a la mujer en el cuerpo y en espíritu. Y aunque han existido mujeres sabias, como las han habido guerreras, nunca se dieron mujeres inventoras. Han nacido para agradar y ser el adorno de la sociedad, y hasta diríase que han sido creadas para suavizar las costumbres de los hombres.

 

En ninguna república las mujeres tuvieron parte en el gobierno, ni han reinado nunca en los imperios puramente electivos, aunque sí en muchas monarquías hereditarias de Europa, como España, Nápoles, Inglaterra... La Ley Sálica las excluyó de la sucesión a la corona en Francia y no fue, como dice Mezerai, por su incapacidad en gobernar, pues lo han hecho como regentes. Por otra parte, a Mezerai lo desmienten Isabel la Católica en Castilla, Isabel en Inglaterra y María Teresa en Hungría.

 

La ignorancia supuso durante mucho tiempo que las mujeres eran esclavas de por vida entre los mahometanos y que cuando morían les estaba vedado el paraíso. Estos son dos crasos errores que con mala intención se han atribuido al mahometismo. Las esposas no son del todo esclavas. El capítulo IV del Corán les asigna viudedad y la hija percibe la mitad de los bienes que hereda su hermano. Si en el matrimonio sólo hay hembras, se reparten los dos tercios de la sucesión y el resto lo perciben los parientes del difunto; cada una de las dos líneas hereda la sexta parte, y la madre del muerto también tiene derecho en la sucesión. No puede decirse, pues, que las esposas son esclavas, pues tienen además derecho a pedir el divorcio, que se lo conceden cuando juzgan legítimas sus quejas.

 

                                                                          N

 

NATURALEZA.

 

EL FILÓSOFO. ¿Qué eres tú. Naturaleza? Vivo en ti y hace cincuenta años que te busco y no he podido encontrarte todavía.

 

LA NATURALEZA. Los antiguos egipcios, que según dicen vivían doscientos años, me reprochaban lo mismo. Me llamaron Isis y me cubrieron la cabeza con un velo, diciendo que nadie podía levantármelo.

 

EL FILÓSOFO. Por eso me dirijo a ti. Pude medir algunos de tus astros, conocer su órbita y asignar las leyes del movimiento, pero no he logrado saber quién eres. ¿Actúas continuamente? ¿Eres siempre pasiva? ¿Tus elementos se organizaron por sí mismos, al igual que el agua se pone sobre la arena, el aceite sobre el agua y el aire sobre el aceite? ¿Dirige tus operaciones un espíritu, como dirige los Concilios cuando se reúnen, aunque sus miembros sean algunas veces ignorantes? Te suplico que me proporciones la clave de tu enigma.

 

LA NATURALEZA. Soy el gran todo, no sé nada más. No soy matemática y en mí todo está organizado con leyes matemáticas. Adivina, si puedes, cómo se hizo esto.

 

EL FILÓSOFO. Pues si eres el gran todo que sabes matemáticas y tus leyes son estrictamente geométricas, es menester que exista un ser eterno geómetra que te guíe, esto es una inteligencia suprema que dirija tus operaciones.

 

LA NATURALEZA. Tienes razón. Soy agua, tierra, fuego, atmósfera, metal, mineral, piedra, vegetal y animal. Sé que existe en mí una inteligencia; tú también la tienes y no la ves, como yo tampoco veo la mía. Sé que existe un poder invisible que no puedo conocer. Por tanto, ¿cómo quieres tú, que sólo eres una parte insignificante de mí misma, saber lo que no sé?

 

EL FILÓSOFO. Los hombres somos curiosos. Quisiera saber por qué siendo como eres tan tosca en las montañas, desiertos y mares, eres, sin embargo, tan industriosa en tus animales y vegetales.

 

LA NATURALEZA. ¿Quieres que te diga la verdad? Me han designado con un nombre impropio: me llaman Naturaleza y soy todo arte.

 

EL FILÓSOFO. Esa palabra desconcierta mis ideas. ¿La naturaleza es arte?

 

LA NATURALEZA. Sin duda. ¿Ignoras que se ha plasmado un arte infinito en esos mares y en esos montes que tan toscos te parecen? ¿Desconoces acaso que todas las aguas gravitan hacia el centro de la Tierra y sólo se elevan obedeciendo a leyes inmutables; que esas montañas que coronan el mundo son inmensos depósitos de nieves eternas y madres de fuentes, lagos y ríos, sin los cuales el género animal y el reino vegetal morirían? Crees que sólo tengo tres reinos, el animal, el vegetal y el mineral, pero es menester que sepas que mis reinos son millones. Si te detienes a analizar la formación de un insecto, de una espiga de trigo, del oro y del cobre, todo te parecerá en mí maravillas de arte.

 

EL FILÓSOFO. Es verdad. Cuanto más reflexiono más comprendo que eres el resultado del arte de un ser omnipotente que te oculta y te hace aparecer. Todos los filósofos desde Thales, y acaso muchos anteriores a él, han jugado a la gallina ciega contigo y han dicho: Ya te he pillado, pero no te tenían. Todos los hombres nos parecemos a Ixión, que creyó abrazar a Juno y sólo era una nube.

 

LA NATURALEZA. Puesto que soy todo lo que es, ¿cómo un ser como tú, parte exigua de mí misma, ha de poder aprehenderme? Contentaos, hijos míos, siendo como sois átomos, con ver algunos átomos que os rodean, con beber algunas gotas de mi leche, con vegetar algunos momentos en mi seno y con morir sin llegar a conocer a vuestra madre y a vuestra nodriza.

 

EL FILÓSOFO. Pues bien, madre mía, dime por qué existes y por qué existe todo lo del mundo.

 

LA NATURALEZA. Te contestaré lo que respondo desde hace muchísimos siglos a quienes me preguntan sobre los primeros principios: no lo sé.

 

EL FILÓSOFO. Sería preferible la nada a la multitud de existencias creadas para ser continuamente extinguidas, a la infinidad de animales que nacen y se reproducen para devorar a otros y ser devorados al ingente número de seres sensibles que padecen esa enormidad de sensaciones dolorosas, al exceso de inteligencias que rara vez conocen la razón. ¿Para qué todo esto, Naturaleza?

 

LA NATURALEZA. No sé contestarte. Pregúntaselo al que lo hizo.

 

NAVIDAD. Todos sabemos que es la fiesta del nacimiento de Jesús, la fiesta más antigua que celebró la Iglesia después de la Pascua y de Pentecostés, fuera del bautismo de Jesucristo. Sólo se conocían esas tres fiestas cuando san Crisóstomo pronunció su sermón sobre Pentecostés. No incluimos en ese número las fiestas de los mártires, que pertenecían a un orden muy inferior. Llamaron fiesta de la Epifanía a la del bautismo de Jesús, imitando a los griegos que daban dicho nombre a las fiestas que celebraban en recuerdo de la aparición de los dioses en el mundo porque sólo después que Jesús recibió el bautismo se empezó a predicar el Evangelio.

 

Según algunos, esta fiesta se celebraba a fines del siglo IV, exactamente el día 6 de noviembre, en la isla de Chipre, y san Epifanio afirma que Jesús fue bautizado ese día.

 

San Clemente de Alejandría nos dice que los basilidenses (1), secta de agnósticos, celebraban dicha fiesta el 15 de tybi, mientras que otros autores afirman que se celebraba el 11 de dicho mes, que era el de enero siendo esta última opinión la admitida. Respecto al nacimiento de Jesús como no se sabía el día, mes y año, no se festejaba.

 

(1) Miembros de una secta de agnósticos que tenía por jefe a Basilide.

 

Según consta en las notas que se hallan al final de las obras de san Clemente de Alejandría, los que trataron de averiguar el nacimiento de Jesús mantuvieron diversas opiniones: unos decían que nació el 25 del mes egipcio pachón, que en nuestro calendario corresponde al 20 de mayo, y otros aseguraban que nació el 24 o 25 de pharmuthi, cuyos días corresponden al 19 y 20 de abril. Lo indudable es que en Oriente y en Egipto celebraban la fiesta de la Navidad de Jesús el 6 de enero, coincidiendo con el día de su bautismo, sin que podamos saber con certeza cuándo empezó esta costumbre, ni cuál fue el motivo de instituirla.

 

La opinión y práctica de los occidentales fueron diferentes de las de Oriente. Los exegetas luteranos de Magdeburgo transcriben un pasaje de Teófilo de Cesárea que hace hablar de este modo a la Iglesia de las Galias. «Así como se celebra el nacimiento de Jesucristo el día 25 de diciembre, en cualquier día de la semana que caiga esa fiesta, también debe celebrarse la resurrección de Jesucristo el día 25 de marzo, porque el Señor resucitó ese día».

 

Si este aserto responde a la verdad, es preciso confesar que los obispos de las Galias fueron en extremo prudentes y muy razonables. Pues estando convencidos, como toda la Antigüedad, de que Jesucristo fue crucificado el 23 de marzo y resucitó el 25, celebraban la Pascua de su muerte el día 23 y el 25 la Resurrección, haciendo caso omiso de si era luna llena, porque esto, en el fondo, era una ceremonia judaica y sin sujetarse al domingo. Si la Iglesia les hubiera imitado habría eludido las largas y escandalosas discusiones que amenazaron dividir a Oriente y Occidente y que al cabo de siglo y medio terminó el Concilio de Nicea.

 

Algunos estudiosos opinan que los cristianos romanos eligieron el solsticio de invierno para situar el nacimiento de Jesús porque en esa época es cuando el sol empieza a aproximarse a nuestro hemisferio. Desde los tiempos de Julio César, el solsticio civil político quedó fijado el 25 de diciembre y en Roma se hacía una fiesta para celebrar el regreso del sol, día que se llamaba gruma, según refiere Plinio, que lo fija, como Servio, en el 8 de las calendas de enero. Puede que este hecho tuviera cierta influencia en la elección del día, pero no fue su origen. Un pasaje de Flavio Josefo que evidentemente es una interpolación, tres o cuatro errores antiguos y la explicación mística de una palabra de san Juan Bautista, dieron origen a tal fecha, como José Scaligero va a demostrarnos.

 

«Los antiguos —dice este sagaz crítico— suponían en primer lugar que Zacarías era sumo pontífice cuando Jesús nació, lo cual es falso y no hay persona ilustrada que lo crea. En segundo lugar, supusieron que Zacarías estaba en un santuario ofreciendo incienso cuando apareció el ángel que le anunció el nacimiento de su hijo. En tercer lugar, como el Pontífice sólo entraba en el santuario una vez al año, el día de las expiaciones, que era el 10 del mes tisri, que corresponde a nuestro septiembre, supusieron que el día 27, el 23 o el 24, cuando Zacarías regresó a su casa después de dicha ceremonia, fue cuando Isabel, su mujer, concibió a Juan Bautista. Ese es el motivo que hizo colocar la fiesta de la concepción del Bautista en los referidos días. Y como las mujeres llevan sus hijos en el vientre, por regla general, doscientos setenta y dos o doscientos setenta y cuatro días, creyeron que debían situar el nacimiento de dicho santo el 24 de junio. Este es el origen de las fiestas de san Juan y de Navidad, que depende de aquélla. En cuarto lugar, supusieron que mediaron seis meses completos entre la concepción de Juan Bautista y la de Jesús, pese a que el ángel dijo sencillamente a María (1) que entonces era el sexto mes del embarazo de Isabel. Por este motivo fijaron la concepción de Jesús el 25 de marzo deduciendo de esas varias suposiciones que Jesús debió nacer el 25 de diciembre, nueve meses justos después de ser engendrado.»

Salta a la vista que hay mucho de fabuloso en esos arreglos. Una de las objeciones que se pueden hacer es que los cuatro puntos cardinales del año, o sea los dos equinoccios y los dos solsticios, como antiguamente los colocaban, se designen como la época de ambas concepciones y nacimientos. Todavía hay algo maravilloso digno de ser notado y consiste en que el solsticio en que nació Jesús fue en la época en que crecen los días y el Bautista vino al mundo en la época en que aquéllos menguan. Esto es lo que el santo precursor había insinuado de modo místico al pronunciar estas palabras, hablando de Jesús (2): «Es preciso que él crezca y yo disminuya».

 

(1) San Lucas, cap. I, 36.

 

(2) San Juan, cap. 3, 30.

 

A eso alude Prudencio en un himno que compuso sobre la Natividad del Señor. Sin embargo, san León dice que en sus tiempos había gente en Roma que decían que dicha fiesta era venerable, no tanto por el nacimiento de Jesús cuanto por el regreso o nuevo nacimiento del sol. San Epifanio afirma que es de todos sabido que Jesús nació el 6 de enero, pero san Clemente de Alejandría, que es anterior y más sabio que san Epifanio sitúa el nacimiento de Jesús el 18 de noviembre del año 28 del reinado de Augusto. Ello se infiere de la objeción que hace a san Epifanio el jesuita Petau, respecto a las palabras de san Clemente: «Desde el nacimiento de Jesucristo hasta la muerte de Cómodo mediaron ciento noventa y cuatro años, un mes y trece días». Según Petau, Cómodo murió en diciembre del año 192 de nuestra era; por lo tanto es preciso, según san Clemente, que Jesús haya nacido un mes y trece días antes de diciembre, o sea, en 18 de noviembre del año 28 del reinado de Augusto.

 

Es de advertir que san Clemente cuenta los años de Augusto desde la muerte de Marco Antonio y la toma de Alejandría, porque sólo desde entonces Augusto fue dueño absoluto del imperio. Como acabamos de ver, no estamos seguros del año, del mes, ni del día, del nacimiento del Salvador. Y si bien san Lucas declara que está perfectamente enterado de todo eso desde el principio, prueba que no sabía exactamente la edad de Jesús al afirmar que tenía cerca de treinta años cuando fue bautizado (1). En efecto, Lucas cree que Jesús nació el año que hizo el empadronamiento Cirino, gobernador de Siria, y si hemos de creer a Tertuliano lo hizo Sentio Saturnio. Pero éste había dejado el gobierno y la provincia el último año del reinado de Herodes y su sucesor entonces era Quintilo Varo, según asegura Tácito. Publio Sulpicio Quirino, del que habla Lucas no sucedió a Quintilo Varo hasta diez años después de la muerte de Herodes, cuando Arqueludo, rey de Judea, fue desterrado por Augusto, como dice Flavio Josefo en las Antigüedades judaicas.

 

(1) San Lucas, cap. 1, 36.

 

Es verdad que Tertuliano, y antes que él san Agustín, enviaban a tomar datos de los paganos y herejes de su época en los archivos públicos que conservaban los registros de este supuesto empadronamiento, pero también lo es que Tertuliano enviaba a los archivos públicos para que encontraran que se hizo noche en pleno día en la época de la pasión de Jesús, como expusimos en el artículo Eclipse, en el que hicimos ver la falta de exactitud de ambos padres y sus congéneres, que citan monumentos públicos a propósito de la inscripción de una estatua que san Justino decía haber visto en Roma y aseguraba estar dedicada a san Simón el Mago, cuando en realidad lo estaba a un dios de los sabinos (2).

 

(2) Véanse los artículos Adorar y Eclipse.

 

No deben sorprendernos estas incertidumbres si recordamos que Jesús no fue conocido de sus discípulos hasta después que le bautizó Juan. Tras el bautismo es cuando Pedro pretende que el sucesor de Judas dé testimonio de Jesús, y según los Hechos de los Apóstoles, Pedro oye hablar de todo en el tiempo que Jesús vivió con ellos.

 

NECESARIO.

 

OSMÍN. ¿NO dice usted que todo es necesario?

 

SELIM. Si así no fuera, de ello se deduciría que Dios había hecho cosas inútiles.

 

OSMíN. ¿O sea que era necesario a la naturaleza divina que hiciera cuanto hizo?

 

SELIM. Así lo creo, o por lo menos lo supongo. Hay gentes que piensan de otro modo y no les entiendo, aunque quizá tengan razón. Recelo en discutir de este asunto.

OSMíN. Hay también otro «necesario» del que quisiera hablar.

 

SELIM. ¿De cuál? ¿De lo que es necesario a un hombre honrado para vivir? ¿De la desdicha a que se ve reducido cuando le falta lo necesario?

 

OSMÍN. No, porque lo que es necesario a uno no siempre lo es para otro: a un indio le es necesario tener arroz y a un inglés comer carne, y a un ruso le hacen falta las pieles y a un africano una tela de gasa. Hay individuo que cree le son necesarios doce caballos para una carroza, otros se limitan a poseer un par de zapatos, y los hay que caminan alegremente con los pies descalzos. De lo que quiero hablarle es de aquello que es necesario a todos los hombres.

 

SELIM. Me parece que Dios ha concedido todo lo necesario a nuestra especie: dos ojos para ver, dos pies para andar, una boca para comer, un esófago para tragar, un estómago para digerir, un cerebro para razonar y órganos para producir seres semejantes.

 

OSMÍN. Así, pues, ¿cómo es posible que nazcan hombres carentes de parte de esas cosas necesarias?

 

SELIM. Es que las leyes generales de la naturaleza pueden padecer accidentes que hacen nacer monstruos, pero en general el hombre está dotado de cuanto le hace falta para vivir en sociedad.

 

OSMÍN. ¿Y existen principios o nociones comunes a todos los hombres que sirvan para vivir en sociedad?

SELIM. Sí, he viajado con Pablo‑Lucas y en todas partes he observado que la gente respetaba a su padre y a su madre, creíase obligado a cumplir las promesas, sentía compasión hacia los inocentes oprimidos, detestaba la persecución y consideraba la libertad de pensar como un derecho natural y a los enemigos de esta libertad como enemigos del género humano; en cuanto a los que estén en contra de todo esto, me parecen criaturas mal organizadas o monstruos como los que nacen sin ojos y sin manos.

 

OSMÍN. ¿Y estas cosas necesarias lo son en cualquier tiempo y lugar?

 

SELIM. Sí. En caso contrario ya no serían necesarias para la especie humana.

 

OSMÍN. En consecuencia, una creencia nueva no es absolutamente necesaria a nuestra especie. Los hombres podían muy bien vivir en sociedad y cumplir sus deberes con Dios antes de creer que Mahoma mantuvo frecuentes charlas con el ángel Gabriel.

 

SELIM. Nada más evidente. Sería ridículo pensar que no se cumplían los deberes humanos antes de que Mahoma viniera al mundo, ni era absolutamente necesario para la especie humana creer en el Corán: el mundo vivía, antes de Mahoma, más o menos como vive hoy. Si el mahometismo hubiera sido necesario para el mundo habría existido desde el comienzo de los siglos y estaría en todos los lugares. Dios, que a todos nos ha otorgado un par de ojos para ver su sol, nos hubiese concedido una inteligencia para ver la verdad de la religión musulmana. Esta secta es, pues, igual a las leyes positivas, que cambian según los tiempos y lugares, como las modas y las opiniones de los físicos, que se suceden unas a otras. Así, pues, la secta musulmana no podía ser esencialmente necesaria al hombre.

 

OSMÍN. Entonces, puesto que existe, ¿la permite Dios?

 

SELIM. Bueno, como también permite que el mundo esté lleno de tonterías, errores y calamidades. Pero ello no significa que todos los hombres hayan sido esencialmente creados para ser tontos y desgraciados. Aunque permita que algunos hombres sean devorados por serpientes, no puede en modo alguno afirmarse que «Dios ha creado al hombre para que sea devorado por las serpientes».

 

OSMÍN. ¿Y qué entiende usted al decir «Dios permite»? ¿No puede suceder nada sin sus órdenes? Permitir, querer y hacer, ¿no son para El la misma cosa?

 

SELIM. Permite el crimen, pero no lo comete.

 

OSMÍN. Cometer un crimen es obrar contra la justicia divina, es desobedecer a Dios. Siendo así que Dios no puede desobedecerse a sí mismo tampoco puede cometer crímenes, pero ha creado al ser humano de tal manera que el hombre comete muchos. ¿Cómo se explica todo esto?

 

SELIM. Hay gentes que lo saben, pero no yo. Lo que sé muy bien es que el Corán es ridículo, aunque de vez en cuando contenga algunas cosas buenas. Lo cierto es que el Corán no era absolutamente necesario al hombre y me mantengo en ello: veo muy claramente lo que es falso, aunque conozca muy poco lo que es verdadero.

 

OSMíN. Yo creía que me instruiríais y usted no me enseña nada.

 

SELIM. ¿No es bastante conocer a las gentes que le engañan y los errores groseros y peligrosos que le endosan?

 

OSMíN. Yo me quejaré siempre del médico que me presente una exposición de plantas venenosas, pero que no me muestre ninguna que cure.

 

SELIM. Ni soy médico, ni usted está enfermo, pero me parece que ofrecería una buena receta si le dijese: «Desconfíe de todas las invenciones de los charlatanes, adore a Dios, sea un hombre honrado y crea que dos y dos son cuatro».

 

NEWTON Y DESCARTES. Newton se hallaba destinado a la carrera eclesiástica. Tras estudiar teología, cuya disciplina le influyó profundamente, abrazó el partido de Arrio contra Atanasio y fue más allá que aquél, como todos los socinianos. En la actualidad hay en Europa muchos sabios de esta escuela, que no califico de comunión porque no forman corporación, ni hay unidad de pareceres, pues algunos de ellos reducen su sistema al puro deísmo armonizado con la moral de Cristo. Newton no pertenecía a estos últimos; sólo difería de la Iglesia anglicana en el dogma de la consustancialidad, creyendo en todo lo demás.

 

Manifiesta su buena fe comentando el Apocalipsis, donde ve con claridad que el papa es el Anticristo. y por otro lado explica ese libro y todos los que se relacionan con él. Diríase que con su comentario trataba de hacerse perdonar por el género humano la superioridad que tenía.

 

Algunos estudiosos, leyendo la parte metafísica que Newton incluyó al final de sus Principios matemáticos, encontraron algo tan oscuro como el Apocalipsis. Y es que los metafísicos y teólogos se parecen en cierto modo a aquellos gladiadores que hacían combatir con los ojos tapados. Pero cuando Newton abordó las matemáticas con los ojos abiertos, su vista alcanzó hasta los límites del mundo.

 

Inventó el cálculo denominado del infinito, y descubrió y demostró el principio nuevo que hace mover la naturaleza. La verdadera naturaleza de la luz no se conoció antes que él la estudiara; sólo se tenían de ella ideas confusas y falsas. Inventó el telescopio de reflexión, que construyó él mismo, y demostró por qué no se puede aumentar la potencia y el alcance de los telescopios ordinarios. Viéndole construir su nuevo telescopio, un jesuita alemán creyó que era un artesano que se dedicaba a hacer anteojos, cuando era «un artífice que se llamaba Newton», como él mismo dice en un pequeño libro. La posteridad le vengó más tarde. En Francia le trataron con la mayor injusticia, pues le tuvieron durante algún tiempo por un hombre que se dedicaba a hacer experimentos y se había equivocado y porque Mariote utilizaba prismas malos no querían reconocer los descubrimientos de Newton.

Sus compatriotas le admiraron cuando empezó a escribir y a investigar. En Francia sólo le reconocieron todo su valor al cabo de cuarenta años en cambio, los franceses se entusiasmaban con la materia acanalada y ramosa de Descartes y los pequeños torbellinos blandos del padre Malebranche.

 

De todos los que trataron al cardenal Polignac, no hubo nadie que no le oyera decir que Newton era peripatético y que sus rayos caloríferos y su atracción se resentían de ateísmo. Dicho cardenal unía a todas las ventajas que le proporcionó la naturaleza su potentosa elocuencia; componía versos latinos con asombrosa facilidad, pero no conocía más filosofía que la de Descartes y se sabía al dedillo sus razonamientos, como sabemos de memoria las fechas.

 

No consiguió ser geómetra, ni había nacido filósofo; podía juzgar las Catilinarias y la Eneida, pero no hacer lo mismo con Newton y Locke.

 

Cuando consideramos que Newton, Locke, Clarke y Leibnitz hubieran sido perseguidos en Francia, encarcelados en Roma y quemados en Lisboa, ¿qué idea debemos formarnos de la razón humana? Esta nació en ese siglo en Inglaterra. En tiempos de la reina María se produjo una tenaz persecución sobre la forma de pronunciar el griego y los perseguidores se equivocaban, aunque los que castigaron a Galileo se equivocaron aún más y cualquier inquisidor debió avergonzarse cada vez que veía una esfera de Copérnico. Si Newton hubiera nacido en Portugal y un dominico hubiera creído que la razón inversa del cuadrado de las distancias era una herejía, le habrían puesto un sambenito en un auto de fe.

 

Con frecuencia, se pregunta por qué las personas que por su ministerio debieran ser sabios e indulgentes han sido a menudo ignorantes e implacables. Fueron ignorantes a pesar de haber estudiado mucho tiempo y crueles porque eran sabedores de que sus malos estudios los despreciaban los sabios. Ciertamente, nada tenían que perder los inquisidores que tuvieron la audacia de condenar el sistema de Copérnico por herético y

 

absurdo, toda vez que ningún perjuicio les acarreaba el sistema. Si la Tierra gira alrededor del Sol como los demás planetas, no por ello los inquisidores iban a perder sus rentas, sus canonjías, ni su dignidad. Hasta el dogma permanece seguro cuando sólo lo combaten los filósofos y todas las academias del mundo no conseguirán cambiar las creencias del pueblo. ¿Cuál es, pues, el motivo de la cólera que consiguió que los Anitus quisieran exterminar a los Sócrates? No es otro sino que los Anitus comprendieron, en el fondo de su conciencia, que los Sócrates les despreciaban.

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