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M

 

MACHO CABRIO (Bestialidad, hechicería). Los diversos honores que la Antigüedad rindió a los machos cabríos serían asombrosos si hubiera alguna costumbre que pudiera sorprender a quienes el estudio ha familiarizado con el mundo antiguo y el moderno.

 

Los egipcios y judíos designaron con frecuencia a los reyes y jefes del pueblo con el vocablo cabrón. Zacarías, en el capítulo 10, versículo 3 dice: «Contra los pastores se ha encendido mi indignación y castigaré a los machos de cabrío: porque el Señor de los ejércitos tendrá cuidado de su grey, es decir, de la casa de Judá, y la hará briosa como si fuera su caballo de regalo en la guerra». Jeremías, en el capítulo 50, versículo 8 habla así a los caudillos del pueblo: «Salid de Babilonia y sed como los cabrones que van al frente del rebaño». Isaías usó ese mismo vocablo en los capítulos 10 y 11, pero lo tradujeron por la voz príncipe.

 

Los egipcios no sólo llamaron cabrones a los reyes, sino que consagraron un macho cabrío en Mendes y lo adoraron. Es probable que el pueblo tomara efectivamente un símbolo por una divinidad, porque esto sucedió algunas veces.

 

No es verosímil que los sacerdotes de Egipto sacrificaran y adoraran al mismo tiempo a los machos cabríos. Es sabido, lo dijimos en otra parte, que tenían el chivo Hazazel, que arrojaban al precipicio adornado y coronado de flores para que expiara las culpas del pueblo, y los judíos copiaron esta ceremonia e incluso el nombre de Hazazel, de la misma forma que adoptaron otros ritos de Egipto.

 

Pero los chivos recibieron en la Antigüedad un honor más singular. Varios autores creen que en Egipto muchísimas mujeres hicieron con los moruecos lo que Pasifae hizo con su toro. Herodoto refiere que, estando en Egipto, una mujer cohabitaba públicamente con cabrones en una provincia de Mendes. Añade que quedó asombrado, pero no dice que castigaran a esa mujer. Todavía es más extraño que Plutarco y Píndaro, que vivieron en siglos diferentes, coincidan en decir que presentaban mujeres al cabrón consagrado. Sólo concebir esta idea nos hace estremecer.

 

Los judíos imitaron semejantes abominaciones. Jeroboán instituyó sacerdotes para que sirvieran a sus becerros y cabrones. El texto hebreo usa esta misma palabra (1). Pero el mayor ultraje que recibió la naturaleza humana fue el repelente extravío de algunas hebreas que se enamoraron de los cabrones, y el de los hebreos que cohabitaron con cabras. Hubo necesidad de publicar una ley tajante para prohibir tan horrible aberración. Esta ley consta en el Levítico y la repite varias veces. Al principio se prohibió sacrificar los animales velludos con los que habían fornicado; luego prohibieron a las mujeres que se aparearan con bestias y a los hombres que cometieran el mismo extravío y, finalmente, ordenaron que el culpable de semejante bestialismo perdiera la vida así como el animal de quien abusara. Consideraron a esa bestia tan criminal como al hombre y la mujer y decían que su sangre caería sobre todos.

 

(1) Libro II de Paralipómenos. cap. 11. 15.

 

Principalmente, en dichas leyes se trata de machos cabríos y cabras, que por desgracia fueron necesarios para el pueblo hebreo. Esa aberración era común en muchos países cálidos. Los judíos vagaban entonces por un desierto en donde no podían alimentar más que cabras y cabrones. Esas mismas depravaciones las cometían los pastores de Calabria y otras regiones de Italia.

 

No satisfechos con las mencionadas abominaciones, establecieron el culto del macho cabrío en Egipto y en los desiertos de una parte de Palestina. Creyeron realizar encantamientos por medio de los cabrones y otras bestias, y la magia y hechicería pasaron muy pronto desde Oriente a Occidente, extendiéndose por todo el mundo. Los romanos dieron el nombre de sabbatum a la hechicería que aprendieron de los judíos, confundiendo de esta manera el día sagrado de éstos con sus misterios infames. De aquí proviene que ser brujo y acudir al aquelarre sabatino fuese la misma cosa entre las naciones modernas.

 

Miserables mujeres del pueblo, engañadas por pícaros y, más que por éstos, por la debilidad de la propia imaginación, creyeron que en cuanto pronunciaran la palabra amuleto y se embadurnaran con ungüento compuesto de boñiga de vaca y pelo de cabra irían al aquelarre sabatino montadas en un palo de escoba, mientras estaban durmiendo, y adorarían a un macho cabrío que gozaría con ellas.

 

Esta era la opinión universal. Los doctores opinaban que el diablo se metamorfoseaba en cabrón. Esta idea la expone Del Río en sus Disquisiciones y también otros autores. El teólogo Grillandus, uno de los promotores de la Inquisición que cita Del Río, dice que los brujos le llamaron el cabrón Martinet y asegura que una mujer que se prostituyó a Martinet montada en sus hombros fue transportada por los aires a un lugar llamado la Nuez de Benevent.

 

Existieron libros que describían los misterios de los brujos. Yo he leído uno al frente del cual dibujaron bastante mal un cabrón y una mujer arrodillada detrás de él. Estos libros se llamaban grimoires en Francia y Alfabetos del diablo en otras partes. El que vi sólo constaba de cuatro hojas y contenía caracteres casi indescifrables.

 

Propagar las luces de la razón educando mejor a los pueblos hubiera bastado para extirpar de Europa tan ridícula extravagancia. Si los supuestos brujos tenían su Alfabeto del diablo, los jueces tuvieron un código para castigar a los brujos. El jesuita Del Río, doctor por Lovaina, imprimió sus Disquisiciones mágicas el año 1599, asegurando que todos los herejes son magos y recomendando con frecuencia que los pongan en el potro. No duda que el diablo se metamorfosea en cabrón y que no concede sus favores a todas las mujeres que se le presentan. Varios jurisconsultos especializados en demonografía afirman que Lutero era hijo de un macho cabrío y una mujer. Uno de ellos sostiene que, en 1595, una mujer parió en Bruselas un niño que tuvo del diablo transformado en cabrón y la castigaron, pero no se dice con qué clase de castigo.

Boguet, juez supremo de la jurisdicción de la abadía de Saint Claude, en el Franco Condado, extremó el rigor de la jurisprudencia sobre la hechicería. Da razón detallada de todos los suplicios a que condenó a los brujos y brujas, que suman una cantidad considerable; a casi todas las brujas las condenó por suponer que habían fornicado con los cabrones.

 

Ya hemos dejado constancia en otros artículos que ascienden a más de cien mil hechiceros los que fueron condenados a muerte en toda Europa. Únicamente la filosofía curó a los hombres de tan abominable quimera y enseñó a los jueces que no debían condenar a morir abrasados a los imbéciles.

 

MAGIA. Es una ciencia más digna de aplauso que la astrología y la doctrina de los genios. Desde que empezó a vislumbrar que todo hombre poseía un ser completamente distinto del cuerpo, y que tal ser subsistía después de la destrucción de la materia, le otorgaron forma ligera, sutil y aérea, pero semejante a la del cuerpo en que se aloja. Esta opinión se generalizó en virtud de dos razones: la primera, que en todos los idiomas el alma se llamaba espíritu, soplo, viento, y era algo imperceptible, algo ligero y algo sutil; la segunda, que si el alma del hombre no conservaba una forma parecida a la que poseyó durante su vida, después de la muerte no se podría distinguir el alma de un hombre de la de otro. Esta alma, esta sombra, que subsistía separada de su cuerpo, podía muy bien, si no manifestarse en algunas ocasiones, volver a ver los lugares que había habitado, visitar a sus padres y amigos, hablarles y darles instrucciones, pues lo que existe puede aparecerse.

 

Las almas podían también enseñar a quienes se les aparecían la manera de evocarlas, y ellas no dejarían de presentarse. El vocablo amuleto, pronunciado en ciertas ceremonias, hacía que se aparecieran las almas con las que deseaba hablar. Supongo que un egipcio hubiera dicho a un filósofo: «Desciendo en línea recta de los magos de Faraón, que convirtieron las varas en serpientes y el agua del Nilo en sangre. Uno de mis antepasados contrajo matrimonio con la pitonisa de Endor, que evocó la sombra de Samuel con la plegaria del rey Saúl y comunicó sus secretos al marido, el cual también le enteró de los suyos. Poseo esta herencia de mis padres y mi genealogía está demostrada; mando a las sombras y los elementos». El filósofo no hubiera podido hacer otra cosa que pedirle protección, porque si hubiera querido negar y disputar el mago le hubiera cerrado la boca diciéndole: «No puedes negar los hechos. Mis antepasados fueron grandes magos y tú no puedes dudarlo. No tienes ninguna razón para creer que sea de peor condición que ellos, máxime cuando te doy palabra de honor de que soy hechicero». El filósofo hubiera podido objetarle: «Ten, pues, la amabilidad de evocar una sombra, de que hable con un alma, de convertir este agua en sangre y esta vara en serpiente». El mago podía replicarle: «No quiero ocuparme en trabajar para los filósofos. Hice que se aparecieran espectros a damas muy respetables y a gentes sencillas que no disputan conmigo. Comprenderás que es posible que posea esos secretos, pues os habéis visto obligado a confesar que mis antecesores los poseían, y lo que se hizo en tiempos antiguos también puede hacerse hoy. Creéis en la magia sin que por ello esté obligado a practicar contigo ese arte».

Estas razones eran tan válidas por aquel entonces que en todos los pueblos hubo hechiceros. El Estado pagaba a los más relevantes para que leyeran el porvenir en el corazón y el hígado de un buey. ¿Por qué, pues, durante mucho tiempo castigaron a los hechiceros inferiores con la pena de muerte? Obrando prodigios, en vez de castigarlos debían habérseles tributado honores, sobre todo debieron temer el poder de que disponían. Nada tan ridículo como sentenciar al verdadero mago o morir en la hoguera, porque debían pensar que podía apagar el fuego de la pira y retorcer el cuello a sus jueces. Debieron haberse concretado a decirles: «Amigo mío, no te queremos achicharrar como a un verdadero mago, sino como a un hechicero falaz, porque te jactas de un arte admirable que no posees. Te tratamos como moneda falsa. Nos consta que hubo antiguamente venerables magos, pero creemos que no lo eres porque te dejarás quemar como un tonto».

 

Cierto que el cuitado mago pudiera replicar: «Mi ciencia no llega hasta el punto de apagar una hoguera sin agua, ni hasta el extremo de matar a mis jueces sólo con palabras; solamente puedo evocar almas, leer en el porvenir y convertir unas materias en otras. Mi poder es limitado, mas no por esto debéis quemarme a fuego lento, pues esto equivale a hacer ahorcar a un médico que os hubiera curado de unas fiebres tercianas y no pudiera curaros una parálisis». Pero los jueces podrían replicarle también: «Pues bien, demuéstranos que posees algún secreto de la magia o consiente en que te quememos».

 

MAHOMETANOS. Vuelvo a repetir, ignorantes mentecatos, que otros ignorantes os han hecho creer que la religión mahometana es sensual y voluptuosa. Pero no es verdad, y os han engañado en esto como en otras cosas.

 

Canónigos, frailes, curas, decidme con la mano en el pecho si os atrevéis a llamar sensual a la religión que prescribe no comer ni beber desde las cuatro horas de la madrugada hasta las diez de la noche durante el mes de julio, cuando el ayuno llega en esa época; la religión que prohíbe los juegos de azar y beber vino, bajo pena de condenación eterna, la religión que manda ir peregrinando por desiertos ardientes y obliga a dar a los pobres el dos por ciento al menos de la renta de cada rico; Ia religión que consiguió que los musulmanes, acostumbrados a holgarse con dieciocho mujeres, se quedaran de repente con cuatro.

 

Los católicos obtuvieron muchas ventajas sobre los musulmanes, no en materia de guerra, sino en materia de doctrina. A los cristianos griegos los han derrotado tantas veces desde 1769 hasta 1773 que no vale la pena calumniar injustamente al islamismo. Procurad reconquistar todos los territorios que os tomaron los mahometanos, pues de sobra sé que eso es más difícil que calumniarles. Odio tanto la calumnia que hasta me subleva que se imputen tonterías a los turcos, pese a que les detesto porque son tiranos de las mujeres y enemigos de las artes.

 

 

 

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MALVADO. Se nos reprocha que la naturaleza humana es esencialmente perversa, que el hombre ha nacido hijo del diablo y malvado. Nada peor orientado que esto, amigo mío, pues si me predicas que todo el mundo ha nacido perverso me estás advirtiendo que también has nacido así y debo desconfiar de ti como de un zorro o un cocodrilo. «¡Oh, no! —me replicas—. Estoy regenerado, no soy herético, ni infiel, y soy digno de confianza.» Pero el resto del género humano, que es herético o eso que llamas infiel, no será otra cosa que un amontonamiento de monstruos y cada vez que hables a un luterano o a un turco debes estar persuadido de que va a robarte y asesinarte, por ser hijos del diablo y malvados: el uno por no haber sido regenerado y el otro por haber degenerado.

 

Creo que sería más razonable y mucho mejor decir a los hombres: «Todos habéis nacido buenos y considerad qué espantoso sería corromper la pureza de vuestro ser». Es preciso dirigirse al género humano con la misma actitud que con los hombres en particular. Un canónigo llevaba una vida escandalosa y se le dijo: «¿Es posible que deshonre la dignidad de canónigo?» Si se le recuerda a un hombre de toga que goza del honor de ser consejero del rey y debe dar ejemplo y se dice a un soldado para darle valor: «Acuérdate de que eres del regimiento de Champagne», habría que decir a todos y a cada uno de nosotros: «Acuérdate de tu dignidad de hombre».

 

En efecto, a pesar de todo se vuelve a lo mismo, y así, ¿qué significa esa frase empleada con tanta frecuencia en todos los países: «reflexione íntimamente»? Si usted ha nacido hijo del diablo, si su origen es criminal si su sangre está compuesta por un licor infernal, la frase «reflexionad íntimamente» significará: tenedlo en cuenta, seguid vuestra naturaleza diabólica, sea impostor, ladrón, asesino, siga la ley de su padre.

 

Pero el hombre no ha nacido malvado, sino que se convierte así como puede caer enfermo. Se presentan unos médicos y le dicen: «Usted ha nacido ya enfermo». A buen seguro que estos médicos, digan lo que digan y hagan lo que hagan, no le curarán jamás si su dolencia es inherente a su naturaleza, y estos razonadores están muy enfermos ellos mismos.

 

Examinad todos los niños del universo y no observaréis en ellos más que inocencia, dulzura y temor; de haber nacido malvados, malhechores y crueles, lo demostrarían en cualquier señal, como las serpientes pequeñas tienden a morder y los pequeños tigres a desgarrar. Pero no habiendo otorgado la naturaleza al hombre más armas ofensivas que a las palomas y a los conejos, tampoco ha podido adjudicarles un instinto que les arrastre a destruir.

 

Así, pues, el hombre no ha nacido malo. Entonces, ¿por qué muchos están infectados por esa peste de la maldad? Porque quienes están en la cumbre, al contraer la dolencia, la transmiten al resto de los mortales, al igual que una mujer afectada de la enfermedad que Cristóbal Colón nos trajo de América esparció este veneno de un extremo a otro de Europa. El primer ambicioso corrompió la tierra.

 

Me replicaréis que este primer monstruo desarrolló el germen de orgullo, de rapiña, de fraude y de crueldad, que subyace en todos los hombres. Reconozco que, en general, la mayor parte de nuestros hermanos pueden adquirir tales cualidades, pero, ¿es que todo el mundo tiene la fiebre pútrida o el mal de piedra sólo porque todos estamos expuestos a ello?

 

Existen naciones enteras que de ningún modo son malvadas: los filadelfianos y los indios banianos jamás han dado muerte a nadie; los chinos los pueblos de Tonquín, Lao, Siam y del Japón, desde hace cien años no conocen la guerra. Apenas se produce cada diez años cualquiera de esos enormes crímenes que asustan a la naturaleza humana en las ciudades de Roma, Venecia París, Londres y Amsterdam, ciudades en donde precisamente la codicia, madre de todos los crímenes, es extremada.

 

Si los hombres fuesen malvados por esencia, si naciesen sometidos a un ser malhechor y desgraciado que, para vengarse de su dolor, les inspirase todos sus furores, todas las mañanas veríamos a los maridos asesinados por sus mujeres y los padres por sus hijos, como se ven al amanecer las gallinas degolladas por una garduña que vino a succionarles la sangre.

 

Si hay mil millones de seres humanos sobre la tierra, y son muchos, pueden calcularse aproximadamente unos quinientos millones de mujeres que cosen, hilan, amamantan a sus pequeños, tienen limpia su casa o su cabaña y quizá murmuran algo de sus vecinas. Y no veo qué grandes males causan esas pobres inocentes en la tierra. Entre ese número de habitantes del planeta, habrá unos doscientos millones de niños, al menos, que ciertamente no matan ni roban, y otros tantos ancianos y enfermos, aproximadamente, que tampoco pueden hacerlo. Todo lo más, quedarán cien millones de gente joven, robustos y capaces de cometer crímenes. De esos cien millones, unos noventa están ocupados de continuo en labrar la tierra y, mediante un trabajo prodigioso, proporcionarse alimento y vestido: esos apenas tienen tiempo de cometer mal alguno.

 

En los diez millones restantes quedan comprendidos las gentes ociosas, pero de buena compañía, que quieren disfrutar apaciblemente; los hombres de talento, ocupados en sus profesiones, y los magistrados y los sacerdotes, visiblemente interesados en mantener una vida pura, al menos en apariencia. Sólo quedan, pues, como verdaderos malvados, algunos políticos, sean seculares o regulares, que siempre pretenden turbar el mundo y algunos millares de vagabundos que alquilan sus servicios a tales políticos. Pero nunca hay al mismo tiempo un millón de esas bestias feroces y en tal cifra tengo en cuenta los bandoleros que asaltan en los caminos. Así, pues, tenemos en la tierra y en los más tempestuosos tiempos, todo lo más, un hombre entre mil al que se pueda calificar de malvado, e incluso no siempre es así.

 

Existen, pues, infinitamente menos males en la tierra de lo que se dice y se cree. Aunque todavía hay demasiada maldad, sin duda, puesto que se presencian desgracias y crímenes horribles; pero la afición a lamentarse y a exagerar es tan grande que, al menor rasguño, gritamos que el mundo está inundado de sangre. Si alguien os ha engañado, entonces todos los hombres son unos estafadores. Un alma melancólica que ha sufrido una injusticia ve el universo lleno de desgraciados, de la misma manera que un joven voluptuoso que cena con su dama, a la salida de la Opera, no puede imaginar que existan seres desdichados en el mundo.

 

MARÍA MAGDALENA. Confieso que no sé de dónde el barón de Holbach, autor de la Historia crítica de Jesucristo, tomó que santa María Magdalena tuvo complacencias pecaminosas con el Salvador del mundo. Dice en la página 130, línea 11 de la nota, que eso es una opinión de los albigenses, pero yo nunca he leído esa horrible blasfemia en la historia de los albigenses, ni en sus profesiones de fe. Esta es una de las muchas cosas que ignoro. Sé que los albigenses tuvieron la desgracia de no ser católicos romanos, pero me parece que respetan profundamente la persona de Jesús.

 

El autor recomienda a sus lectores que lean Cristiada, que es un poema en prosa, dando por sentado que haya poemas en prosa. Y ni corto ni perezoso consulté la página de Cristiada, de donde está tomada dicha acusación, y la encontré en el libro IV, página 335, nota 1ª, pero Holbach no cita a nadie. En un poema épico pueden excusarse las citas, pero en un libro en prosa hacen falta citas muy autorizadas cuando se trata de un aserto tan grave que eriza los pelos de todos los cristianos.

 

Hayan dicho o no los albigenses semejante impiedad, el autor de la Cristiada se apodera de ella y la convierte en novela. Introduce en escena a María Magdalena, hermana de Marta y Lázaro, luciendo todos los encantos de la juventud y la hermosura, ardiendo en todos los deseos y entregada a todas las voluptuosidades. Según el autor es una dama de corte y sus riquezas igualan a su nacimiento, su hermano Lázaro era conde de Betania y ella marquesa de Magdala. Marta poseía una gran heredad, pero no nos dice dónde radicaban sus tierras. «Tenía —dice el autor de Cristiada— cien criados y numerosos amantes, y hubiera atentado contra la libertad de todo el universo. La riqueza, las dignidades y la ambición, no fueron nunca tan queridos para Magdalena como el halagüeño error que hizo que la pusieran el sobrenombre de pecadora. Tal era la hermosura que dominaba en aquella capital cuando llegó allí el joven y divino héroe que venía desde el extremo de Galilea. Todas las pasiones de Magdalena cedieron entonces a la ambición de subyugar al héroe de quien tanto oyó hablar»

 

Entonces el autor de dicho poema, La Baume‑Desdossat, imita a Virgilio. La marquesa de Magdala habla a su hermana para que la ayude a llevar a cabo la conquista del joven héroe, como Dido emplea a su hermana Ana para que caiga en sus redes el púdico Eneas. Va al templo a oír el sermón que predicaba Jesús, aunque allí no predicó nunca. «Su corazón la impulsa a ponerse delante del héroe que adora. Sólo espera que le dirija una mirada cariñosa para vencerle y sujetarle al hechizo de sus atractivos». Luego va a buscarle en casa de Simón el leproso, que le daba una gran cena, aunque las mujeres nunca entraban en los ágapes y menos en los de los fariseos. Magdalena le derrama un tarro de perfume sobre las piernas y después de enjugárselas con su larga cabellera blonda las besa.

 

No me detendré en analizar si la pintura que hace el autor de los santos arrebatos de Magdalena es más mundana que devota, si los besos que da están o no expresados con demasiada libertad, ni si la hermosa cabellera blonda, con la que seca las piernas del Salvador, tiene alguna semejanza con lo que hacía Trimalción, que al ir a comer se enjugaba las manos con el pelo de un esclavo joven y hermoso. Es posible que el autor en cuestión presintiera que sus descripciones eran demasiado lascivas, porque se adelanta en la crítica copiando algunos fragmentos del sermón que Masillon pronunció sobre Magdalena. He aquí uno de esos fragmentos:

 

«Magdalena había sacrificado su reputación al mundo. Su pudor y su nacimiento la defendieron al principio de las primeras acechanzas de su pasión, y es creíble que cuando la hirieron los primeros rayos opusiera el escudo de su pudor y su dignidad, pero así que dio oídos a la serpiente y consultó su íntimo deseo abrió el pecho a las asechanzas de la pasión. Magdalena amaba todos los placeres y todo lo sacrificó a dicho amor. Ni la dignidad que adquirió en la cuna, ni el pudor que es el mejor ornato de su sexo, salieron vivos de su sacrificio no hubo para ella ningún freno, ni las burlas del mundo, ni las infidelidades de esos amantes insensatos a quienes quería agradar, pero de los que nunca consiguió el aprecio porque sólo la virtud puede apreciarse. Nada pudo avergonzarla, y como la mujer prostituta del Apocalipsis llevaba impresa en la frente la palabra misterio, lo que quiere decir que se había quitado el velo y sólo se la conocía por la marca de su loca pasión.»

 

Inútilmente he buscado este pasaje en los sermones de Masillon porque no existe en la edición que tengo y he leído; más aún, ese estilo no es el del gran orador cristiano. El susodicho autor debía habernos dicho de dónde copió esa rapsodia de Masillon, como debía enseñarnos dónde ha leído que los albigenses se atrevieran a imputar a Jesús ese devaneo indigno con Magdalena. Por lo demás, ya no vuelve a hablar de la marquesa en el resto de la obra y suprime el viaje que emprendió a Marsella con Lázaro y todas las demás aventuras.

 

¿Qué pudo inducir a un hombre sabio y a veces elocuente, como el autor de Cristiada, a componer semejante poema? Se propuso seguir el ejemplo de Milton, como él afirma en el prólogo, pero sabido es lo engañosas que son las imitaciones. Milton, por otro lado, no incluyó historieta tan monstruosa en un poema en prosa; Milton, que alternó preciosos versos libres en su Paraíso perdido con una infinidad de versos duros que lo llenan, sólo podía complacer a los wighs fanáticos, como dice el abate Frecourt: «Cantando al universo, perdido por una manzana, y a Dios, creando el primer hombre para condenarle». Milton complació asimismo a los presbiterianos haciendo que el pecado se acostara con la muerte, disparando desde el cielo cañones de grueso calibre, haciendo que se pelearan lo seco y lo húmedo, el frío y el calor, partiendo por medio a los ángeles, edificando un puente sobre el caos, representando al Mesías que saca de un armario del cielo un gran compás para circunscribir el mundo, etc. Virgilio y Horacio hubieran encontrado extravagantes estas ideas, pero consiguieron un buen éxito en Inglaterra, descritas en hermosos versos. El autor de Cristiada se equivocó al creer que pudiera tener éxito su historieta sin la ayuda de hermosos versos, que indudablemente son difíciles de escribir.

 

El abate en cuestión, al decir de Jerónimo Vida, obispo de Alba, escribió en otros tiempos, en versos latinos, una importante Cristiada imitando muchos versos de Virgilio. Pues bien, amigo mío, ¿por qué escribiste la tuya en prosa francesa y no imitaste también a Virgilio? Milton escribió también su fabulación del Nuevo Testamento, su Paraíso reconquistado, en versos libres que se asemejan con frecuencia a la prosa mala. Dejar en paz a Milton y que se ocupe a su antojo de Satanás y de Jesús, pues sólo a él le es lícito conducir, en buenos versos, a Galilea una piara de dos mil cerdos llevados por un tropel de diablos que los ahogan en un lago. Sólo Milton puede decir que el diablo propone a Dios celebrar juntos una buena cena. El diablo sólo en Milton puede llenar fácilmente la mesa de hortalizas, perdices y lenguados, y de que Hebe y Ganimedes escancien la bebida a Jesucristo. El diablo puede llevar a Dios a una montaña, desde cuya cima le enseña el Capitolio, las islas Molucas y la ciudad de las Indias donde nació la hermosa Angélica, que trastornó la cabeza a Rolando. Pero Milton puede decir todo eso y conseguir que se burlen de él, como lo hacen de ti, y no tienes más remedio que aguantar con paciencia.

 

MÁRTIRES. En los primitivos tiempos del cristianismo, el vocablo mártir significaba testigo, pues derivaba de la voz martyrion, que quería decir testimonio. Por eso llamaban mártires a quienes anunciaban a los hombres las nuevas verdades, a quienes servían de testimonio de Jesús, como se dio el nombre de santos a los presbíteros, a los vigilantes de la congregación y a las mujeres, sus bienhechoras. Por eso san Jerónimo llama con frecuencia en sus cartas a santa Paula, hija adoptiva. Los primitivos obispos se llamaban santos. Con el paso del tiempo la palabra mártir sólo se aplicó a los cristianos que padecían tormentos o los mataban torturándolos. Las pequeñas capillas que se les erigieron luego recibieron el nombre de martiriones.

 

Muchas han sido las discusiones encaminadas a averiguar por qué el Imperio romano consintió admitir en sus dominios a la secta judía, autorizándola a vivir en ellos hasta después de las dos guerras horribles de Tito y Adriano, y por qué persiguió con frecuencia al cristianismo. Está fuera de duda que los judíos, que pagaban muy caro el tener sinagogas, denunciaban a los cristianos, sus mortales enemigos, y sublevaban al populacho contra ellos. Es indudable también que los judíos, que llevaban mucho tiempo desempeñando los oficios de comisionistas y usureros, no predicaban contra la religión del imperio, y que los cristianos vivían entregados a la controversia, hablaban contra el culto público con intención de destruirlo, quemaban a veces los templos y destrozaban las estatuas consagradas, como hicieron san Teodoro en Amasea y Polyuto en Mitilene.

 

Los cristianos ortodoxos estaban seguros de que su religión era la única verdadera y no querían tolerar ningún otro culto. Por eso no hubo tolerancia para ellos. Las autoridades romanas empezaron por quitar la vida a algunos que morían por la fe que profesaban y éstos fueron los primeros mártires.

 

El nombre de mártir es tan digno de respeto que no debe prodigarse, No es lícito tomar el apellido y el escudo de armas de una familia a la que no se pertenece. Hubo un tiempo que se imponían penas muy severas a quienes se atrevieran a condecorarse con las cruces de Malta o de San Luis sin ser caballeros de esas Ordenes. El erudito Dodwell? el estudioso Midleton, el ponderado Blondel, el exacto Tillemont, el entendido Launoy y otros, celosos por la gloria de los verdaderos mártires, borraron del santoral a multitud de desconocidos que no merecían esa denominación. Hemos observado que esos sabios hicieron suya la confesión de Orígenes, que en su Refutación de Celso dice que hubo pocos mártires, y éstos de tarde en tarde, siendo muy fácil contarlos. Sin embargo, el benedictino Ruinard se opone a la opinión de esos sabios y con el mayor candor nos refiere muchas historias de mártires del todo sospechosas para los críticos; además, muchos estudiosos ponen en duda algunas anécdotas relativas a las leyendas que narra.

 

Han querido hacernos creer que hubo un número fabuloso de mártires. Nos han pintado a Tito, Trajano y Marco Aurelio, por otra parte modelos de virtud, como monstruos de crueldad. Fleury desacreditó su historia eclesiástica insertando en ella cuentos que una vieja con sentido común no narraría a los niños.

 

¿Puede creerse que los romanos condenaron a siete vírgenes de setenta años de edad a que las desfloraran los mozos de la ciudad de Ancuyra, cuando condenaban a muerte a las vestales por el menor devaneo? Diríase que han escrito, para halagar a los taberneros, que Theodoto suplicó a Dios que matara a esas siete vírgenes antes que consentir que perdieran su virginidad. Los martirologios están plagados de esa clase de cuentos. Los autores que de esa manera creyeron hacer odiosos a los romanos sólo consiguieron ponerse en ridículo. ¿Queréis encontrar barbaries indudables, matanzas, ríos de sangre, padres, madres, mujeres, hombres, niños de pecho realmente degollados y amontonados unos sobre otros? Pues bien, esas maldades sólo se hallan en vuestros anales, monstruos perseguidores. Se encuentran en las cruzadas contra los albigenses en las matanzas de Merindol y de Cabrieres, en la espantosa noche de San Bartolomé, en las matanzas de Irlanda, en los valles de la Vendée... No sois los más cualificados, siendo bárbaros, para imputar al mejor de los emperadores crueldades extravagantes, vosotros que habéis inundado de sangre Europa y la habéis cubierto de cadáveres sólo para probar que el mismo cuerpo puede estar en muchas partes a la vez y el papa puede vender indulgencias. Dejad de calumniar a los romanos, que fueron vuestros legisladores, y pedid a Dios que perdone los desafueros que vuestros antepasados cometieron.

 

Decís que lo que hace al mártir no es el suplicio, sino la causa que defiende. Pues bien, os concedo que vuestras víctimas merezcan esa calificación, que significa testigo, pero, ¿qué calificativo daremos a vuestros verdugos? Los falaris y los busiris fueron hombres generosos comparados con vosotros. La Inquisición, que subsiste todavía, ¿no hace estremecer la razón, la naturaleza y la misma religión?

 

MATERIA (Diálogo entre un energúmeno y un filósofo).

 

EL ENERGÚMENO. Eres enemigo de Dios y de los hombres, y crees que Dios es omnipotente y puede dar el don del pensamiento a los seres que quiera. Por ello te voy a denunciar al inquisidor y arderás vivo. Ándate con cuidado porque es la última vez que te aviso.

 

EL FILÓSOFO. ¿Esos son tus argumentos? ¿De esa manera enseñas a los hombres? Admiro tu carácter apacible.

 

EL ENERGÚMENO. Tendré calma para esperar las gavillas de tu hoguera. Contéstame, ¿qué es el espíritu?

 

EL FILÓSOFO. No lo sé.

 

EL ENERGÚMENO. ¿Qué es la materia?

 

EL FILÓSOFO. MUY bien no lo sé. Creo que es extensa, sólida, resistente, gravitante, divisible y móvil, pero creo que Dios aún puede concederle otras cualidades.

 

EL ENERGÚMENO. ¡Otras cualidades, traidor! Sé dónde vas a parar, a decirme que Dios puede amar la materia, que concedió instinto a los animales y que es dueño de todo.

 

EL FILÓSOFO. Pudiera muy bien haber sucedido que concediera a la materia propiedades que tú no alcanzas a comprender.

 

EL ENERGÚMENO. ¡Que yo no puedo comprender, malvado!

 

EL FILÓSOFO. Sí, su poder va más lejos que nuestro entendimiento.

 

EL ENERGÚMENO, Esa es opinión de ateos.

 

EL FILÓSOFO. Sin embargo, eso mismo propugnan muchos padres santos.

 

EL ENERGÚMENO. Pues ni ellos, ni Dios, impedirán que ardas vivo, porque ese es el castigo que merecen los parricidas y los filósofos que no opinan como nosotros.

 

EL FILÓSOFO. ¿Eres tú o el diablo quien ha inventado esa manera de argumentar?

 

EL ENERGÚMENO. ¡Infame poseído! ¡Te atreves a ponerme al nivel del diablo! (El energúmeno da una bofetada al filósofo y éste se la devuelve.)

 

EL FILÓSOFO. ¡A mí los filósofos!

 

EL ENERGÚMENO. ¡A mí la Santa Hermandad!

 

Por un lado acuden media docena de filósofos y por el otro se presentan cien dominicos, cien familiares de la Inquisición y cien corchetes. Ocioso decir qué facción ganará la partida.

 

Cuando se pregunta a los sabios qué es el alma responden que no lo saben y si les interrogan sobre la materia dan la misma respuesta. En cambio, los profesores, y sobre todo los estudiantes, lo saben perfectamente; diciendo que la materia es extensa y divisible creen haberlo dicho todo. Pero cuando se les pregunta qué es extensión, se ven en un aprieto para explicarla. «Se compone de partes», contestan. ¿Y esas partes, a su vez, de qué están compuestas? ¿Los elementos de esas partes son divisibles? Ante estas preguntas permanecen mudos o se pierden en digresiones, de lo que se infiere que no lo saben. ¿Ese ser casi desconocido que llamamos materia, es eterno? Toda la Antigüedad lo creyó así. ¿Tiene por sí misma fuerza activa? Así lo han creído varios filósofos. Los que lo niegan, ¿lo hacen con razón? No conciben que la materia pueda tener nada por sí misma. Ahora bien, ¿cómo pueden asegurar que no esté dotada de las propiedades que le son precisas? Ignoráis cuál es su naturaleza y le negáis los modos que la constituyen, pues desde el momento que existe ha de existir de alguna forma, ha de tener figura y, teniéndola, es posible que posea otros modos inherentes a su configuración. La materia existe y sólo la conocéis por vuestras sensaciones. ¿De qué sirven, pues, todas las sutilidades del ingenio si luego quedan invalidadas por la razón? La geometría nos ha enseñado muchas verdades, pero la metafísica nos ha desvelado muy pocas. Pesamos la materia, la medimos y la descomponemos, pero más allá de estas operaciones rutinarias, si queremos avanzar un paso vemos que se abre ante nosotros un abismo.

 

Perdonad al universo entero que se haya equivocado al creer que la materia existe por sí misma. ¿Podría pensar otra cosa? ¿Cómo había de imaginar que lo que tiene sucesión no existió nunca? Si no era necesaria la existencia de la materia, ¿por qué existe? Y si fue necesaria, ¿por qué no ha de haber existido siempre? Ningún axioma fue tan universalmente admitido como este: Nada se hace sin nada. En efecto, lo contrario es incomprensible. En todos los pueblos el caos precedió a la organización que otorgó la mano divina al mundo entero. La eternidad de la materia no perjudicó en ningún pueblo al culto de la Divinidad. La religión nunca se asustó de que se reconociera al Dios eterno, creador de una materia eterna. Fuimos bastante afortunados para que hoy nos enseñara la fe que Dios sacó la materia de la nada, pero ninguna nación conoció este dogma incluso lo ignoraron los judíos. El primer versículo del Génesis dice que los dioses, Eloim y lo Eloí, crearon el cielo y la tierra, pero no dice que el cielo y la tierra fueron creados de la nada.

 

Filón, que escribió en la única época que los judíos tuvieron alguna erudición, dice en el capítulo sobre la creación: «Dios, siendo bueno por naturaleza, no pudo envidiar la sustancia, la materia, que por sí misma no tenía nada de buena, que por su naturaleza sólo está dotada de inercia, confusión y desorden, y de mala que era se dignó convertirla en buena».

 

La idea del caos clasificado por un Dios se encuentra en todas las teogonías. Hesíodo repitió las creencias de Oriente cuando decía en su Teogonía: «Lo que existió primero fue el caos». Ovidio fue el intérprete de todo el Imperio romano cuando dijo: Sic ubi dispositam, quisquis fuit ille deorum / Congeriem secuit...

 

Se creía que la materia estaba en manos de Dios como la arcilla en el torno del alfarero, si nos está permitido aducir comparaciones tan triviales para expresar el poder divino. Al ser la materia eterna debía tener propiedades eternas, como la configuración la fuerza de inercia, el movimiento y la divisibilidad. Pero la divisibilidad sólo es la consecuencia del movimiento, porque sin movimiento nada se divide, se separa ni se organiza. Se consideró, pues, el movimiento como esencial a la materia. El caos fue un movimiento confuso, y la organización del universo fue el movimiento regular que imprimió a todos los cuerpos el creador del mundo. Mas, ¿cómo la materia por sí misma puede tener movimiento? Como tiene, según opinión de los antiguos, extensión e impenetrabilidad. Y aunque no podemos concebirla sin extensión, sí podemos concebirla sin movimiento. A esto respondían los antiguos: «Es imposible que la materia no sea permeable, y siéndolo, es preciso que algo pase continuamente por sus poros. Y ¿por qué no tendría poros si algo no pasara por ellos?»

 

En sucesivas réplicas haríamos interminable esta cuestión, toda vez que el sistema de la materia eterna se presta a muchas interpretaciones como todos los sistemas. El de la materia creada de la nada no es menos incomprensible; debemos admitirlo sin que nuestra razón pueda demostrarlo, porque la filosofía no da razón de todo. Nos vemos obligados a admitir muchas cosas incomprensibles, incluso en la geometría. ¿Podemos pongo por caso, concebir dos líneas que se vayan acercando siempre y nunca lleguen a encontrarse?

 

Cierto que los geómetras pueden contestarnos: «Os hemos demostrado las propiedades de las asíntotas y no podéis dejar de admitirlas, pero la creación no lo es: ¿por qué la admitís? ¿Qué os impide creer como toda la Antigüedad que la materia es eterna?» Por otra parte, los teólogos os argumentarán diciéndoos: «Si creéis que la materia es eterna reconocéis, pues, que existen dos principios, Dios y la materia, y caéis en el mismo error que Zoroastro y Manes». Nada hay que responder a los geómetras porque ellos no conocen más que líneas, superficies y cuerpos sólidos, pero sí podemos replicar a los teólogos: «¿Por qué soy maniqueo? Veo bloques de piedra que no ha hecho ningún arquitecto y con ellas se construye un gran edificio, pero no admito que haya dos arquitectos. Las piedras son obra del poder y el genio».

 

Afortunadamente, cualquier sistema que se adopte no perjudica a la moral, pues nada importa que la materia haya sido creada u organizada porque de ambas formas Dios es nuestro dueño absoluto. Debemos ser igualmente virtuosos, tanto si desembrolló el caos como si lo creó de la nada. Casi ninguna de estas cuestiones metafísicas influye en la conducta que seguimos en la vida y con esas disputas sucede lo mismo que con lo que hablamos en la mesa: cada uno de nosotros, después de comer olvida lo dicho y se va donde su interés o su deseo le impelen.

 

MATRIMONIO. Un discutidor empedernido, gran amigo mío, decía: «Si fuera rey, haría que mis vasallos se casaran lo más pronto posible. Cuantos más hombres casados haya, menos crímenes se cometerán. Consultad los registros de los jueces de lo criminal y veréis que por cada padre de familia ahorcado o enrodado hay cien solteros.

 

»El estado de casado hace al hombre más virtuoso y prudente. Cuando un padre de familia se propone cometer un crimen, su esposa evita muchas veces que lo cometa, porque es más humana, compasiva, temerosa y tiene más arraigada la religión. Además, el padre de familia procura no hacer nada que pueda avergonzar a sus hijos y teme dejarles el oprobio por herencia.

»Casad a los soldados y habrá menos desertores: estando ligados a su familia también lo estarán a la patria. El soldado soltero suele ser con frecuencia un desarraigado, que le es igual servir al rey de Nápoles que al de Marruecos.

 

»Los mílites romanos eran casados y combatían por sus mujeres y sus hijos; por eso hicieron esclavos a los hijos y mujeres de otras naciones.»

 

Un gran político italiano, muy entendido en lenguas orientales, siendo yo bastante joven, recuerdo que me dijo: «Caro figlio, acuérdate siempre de que los judíos sólo tuvieron una institución buena, la de considerar con horror la virginidad. Si ese insignificante pueblo de comisionistas supersticiosos no hubiera considerado el matrimonio como la primera ley del hombre y hubiese tenido conventos de monjas, hubiera desaparecido».

 

Según el derecho de gentes, el matrimonio es un contrato que los católicos romanos convirtieron en sacramento, pero el sacramento y el contrato son dos cosas diferentes: éste produce efectos civiles, y aquél, efectos eclesiásticos. Así, cuando el contrato está conforme con el derecho de gentes, produce todos los efectos civiles en tanto que la falta de sacramento sólo priva de las gracias espirituales.

 

Esa fue la jurisprudencia de todos los siglos y todas las naciones, exceptuada Francia. Esa fue la opinión de los más acreditados padres de la Iglesia.

 

Consultad los códigos de Teodosio y de Justiniano y no encontraréis en ellos ninguna ley que proscriba el matrimonio con personas de otra religión, ni aún con católicos. Cierto que Constantino, hijo de Constancio y tan cruel como su padre, prohibió a los judíos bajo pena de muerte casarse con mujeres cristianas, y que Valentiniano, Teodosio y Arcadio promulgaron la misma prohibición, castigando con igual pena a las mujeres hebreas, pero esas leyes ya no se observaban en la época del emperador Marciano, y Justiniano las suprimió de su código porque sólo se redactaron contra los judíos y no las aplicaban a los matrimonios que contraían los paganos o los heréticos con afectos a la religión dominante. Leed a san Agustín y veréis cómo os dice que en su época no se consideraban ilícitos los matrimonios de fieles con infieles, pues ningún texto del Evangelio los condenaba.

 

Agustín dice también que esos matrimonios consiguen muchas veces la conversión del cónyuge infiel y cita el ejemplo de su padre, que abrazó el cristianismo porque Mónica, su esposa, era cristiana. Clotilde, convertida por Clovis, y Teodolinda, por el rey de los lombardos Agilufo, fueron más útiles a la Iglesia que si se hubieran casado con príncipes ortodoxos.

 

La pragmática del papa Benedicto XIV, del 4 de noviembre de 1641, es bastante benigna en esta materia y por sorprendente contraste las leyes francesas son, a este respecto, más severas que las de la Iglesia. La primera ley que extremó el rigor en Francia fue el edicto de Luis XIV, publicado en noviembre de 1680. Hélo aquí:

 

«Habiendo condenado los cánones de los concilios los matrimonios de católicos con herejes, por ser motivo de escándalo público y de profanación del sacramento, creemos que es necesario prohibirlos de hoy en adelante, por estar convencidos de que la tolerancia de semejantes matrimonios expone a los católicos a la tentación continua de perderse. Por esto y otras causas nos place ordenar que nuestros súbditos, afectos a la religión católica, apostólica y romana, no pueden bajo ningún pretexto contraer matrimonio con quienes profesen el credo reformado, y declaramos sin validez dichos matrimonios e ilegítimos los hijos que les nazcan».

 

No deja de extrañar que un rey de Francia se apoyara en las leyes de la Iglesia para anular el matrimonio que la Iglesia no anuló jamás. En dicho edicto se confunde el matrimonio con el contrato civil y de esta confusión provienen las leyes de Francia que se dictaron respecto al matrimonio.

 

San Agustín aprobaba los matrimonios de ortodoxos con herejes en la esperanza de que el cónyuge fiel convirtiera al otro, y Luis XIV lo reprobaba por temor a que el cónyuge ortodoxo pervirtiera al católico.

 

Existe en el Franco Condado una ley más cruel, un edicto del archiduque Alberto y de su esposa Isabel, de 20 de diciembre de 1599, que prohíbe a los católicos contraer matrimonio con herejes bajo la pena de confiscación de cuerpo y bienes. El mismo edicto impone igual castigo a los convictos y confesos de haber comido carne los viernes o sábados. ¡Qué leyes y qué legisladores!

 

Si las leyes francesas reprueban los matrimonios de católicos con personas de diferente credo, ¿conceden al menos que tengan efectos civiles los matrimonios de franceses protestantes con individuos de la misma confesión? A pesar de existir en dicho reino un millón de protestantes, la validez de sus matrimonios es todavía problemática ante los tribunales.

 

He aquí un caso en que la jurisprudencia francesa contradice las decisiones de la Iglesia y se contradice a sí misma. En la mencionada pragmática de Benedicto XIV se dice que los matrimonios contraídos entre protestantes y celebrados según sus ritos son tan válidos como los celebrados con las ceremonias que estableció el Concilio de Trento, y que el esposo que se convierte al catolicismo no puede romper ese vínculo para desposar a otra persona de su nueva religión.

 

Barac Leví, judío de origen y natural de Haguenau, se casó en dicha localidad con Mendel Cerf, de la misma religión. El había llegado a París el año 1752 y allí hizo que le bautizaran. El 13 de mayo de 1754 instó por escrito a su mujer que fuera a París a reunirse con él. Por otro requerimiento consintió que su mujer, haciendo con él vida marital, continuara adicta a la religión judía.

 

A esos dos requerimientos contestó la esposa que no quería vivir con él y le remitiera un documento de divorcio, ajustado a las fórmulas del judaísmo, para casarse con otro judío.

 

Tal respuesta no satisfizo a Leví, que no remitió el citado documento, pero sí hizo citar judicialmente a su esposa ante el provisor de Estrasburgo, y éste, por sentencia publicada el 7 de noviembre de 1754, le declaró libre para casarse ante la faz de la Iglesia con una mujer católica. Provisto de esta sentencia, el judío cristianizado fue a la diócesis de Loissons y contrajo promesa de matrimonio con una soltera de Villeneuve. El cura se negó a publicar las amonestaciones. Leví le presentó los requerimientos que hizo a su mujer, la sentencia del provisor de Estrasburgo y el certificado del secretario del obispo de dicha ciudad, que demostraba que en todas las épocas se permitió en la diócesis que los judíos bautizados se pudieran volver a casar con mujeres católicas, y reconoció constantemente esa práctica el Consejo soberano de Colmar.

 

Estos documentos no parecieron suficientes al cura de Villeneuve, y Leví le hizo citar judicialmente para que compareciera ante el provisor de Loissons; pero este provisor no pensaba como el de Estrasburgo, sino que creía que el casamiento de Leví con Mendel era nulo e indisoluble y por sentencia de 5 de febrero de 1756 declaró que la demanda del judío no era admisible. El judío apeló ante el Parlamento de París, y aunque allí no hubo más opositor que el fiscal dicho tribunal confirmó la sentencia del inferior en un decreto publicado el 2 de febrero de 1758, en el que prohibía por segunda vez a Leví contraer matrimonio mientras viviera Mendel Cerf.

 

He aquí, pues, un matrimonio contraído entre dos franceses judíos, según los ritos de su confesión, declarado válido por el primer tribunal del reino.

 

Unos años después, esa misma cuestión la juzgó de manera diferente otro Parlamento, con motivo de un matrimonio contraído entre dos protestantes casados por un ministro de su credo en presencia de los padres de los contrayentes. El marido protestante había cambiado de religión como el esposo judío, y después de contraer segundas nupcias con una mujer católica el Parlamento de Grenoble confirmó el segundo matrimonio y declaró nulo el primero.

 

Si tras habernos ocupado de la jurisprudencia contemplamos la legislación, veremos que es tan oscura en materia tan importante como lo es en otras.

 

Por decreto del Consejo de 15 de septiembre de 1685 se dispone que los protestantes pueden casarse a condición de que se efectúe en presencia del principal ministro de justicia, y de que las amonestaciones que deben preceder a los matrimonios se publiquen en la dependencia real más próxima al lugar de residencia de cada uno de los contrayentes que traten de casarse, y sólo en la audiencia.

 

Dicha sentencia no la revocó el edicto que, tres semanas después, suprimió el edicto de Nantes, pero después de la declaración de 14 de mayo de 1724, que redactó el cardenal Fleury, los jueces se negaron a presidir los matrimonios de protestantes y permitir que publiquen en sus audiencias las amonestaciones. El artículo 15 de la mencionada ley dispone que las fórmulas que prescriben los cánones se observen en los matrimonios así en los de recién convertidos, como en todos los demás súbditos del rey. Se pensó que en la frase todos los demás súbditos estaban comprendidos tanto los católicos como los protestantes, y dándole esta interpretación anularon los matrimonios entre protestantes que no habían observado las fórmulas canónicas. Parece lógico, sin embargo, que habiendo autorizado antiguamente una ley expresa los matrimonios entre protestantes, fuera preciso para anularlos otra ley expresa que impusiera dicha pena. Por otro lado, la expresión recién convertidos, que figura en la declaración, parece indicar que la palabra que sigue sólo se refiere a los católicos. Cuando una ley civil es oscura o equívoca, ¿no deben sentenciar los jueces ajustándose al derecho natural y al derecho de gentes?

 

¿No se infiere de todo lo dicho que con frecuencia las leyes deben corregirse y los príncipes consultar a un consejo en verdad instruido, no tener ningún ministro sacerdote y no fiarse de los cortesanos de sotana que nombraron como confesores suyos?

 

MÉDICOS. Está fuera de toda duda que observar un régimen adecuado es mejor que una medicina. Ni es menos cierto que durante mucho tiempo de cada cien médicos hubo noventa y ocho charlatanes. Todo el mundo sabe que Moliere tuvo mucha razón para burlarse de ellos. No deja de ser ridículo que muchas mujeres y varones, después de comer, beber y gozar con exceso, por un ligero dolor de cabeza llamen al médico, le invoquen como su Dios, le pidan que obre el milagro de que puedan coexistir la intemperancia y la salud, y para conseguirlo den una moneda de oro a ese dios, que se ríe de su necia credulidad.

 

Pero también es verdad que el buen médico puede salvarnos la vida en muchas ocasiones y devolver el movimiento a nuestros miembros. La persona que sufre un ataque de apoplejía no la pueden curar un capitán ni un consejero. Si en mis ojos se forman cataratas mi vecina no me las quitará. Y en estas comparaciones no distingo al médico del cirujano pues ambas profesiones fueron por mucho tiempo inseparables. Si existieran hombres que se ocuparan de restituir la salud a los enfermos por los únicos principios de humanidad y solidaridad, serían superiores a todos los grandes del mundo, tendrían algo de la divinidad.

 

El pueblo romano pasó más de quinientos años sin tener médicos. Ese pueblo sólo se ocupaba entonces de matar y conservar la vida. ¿Qué hacían, pues, en Roma cuando padecían una fiebre puerperal, cuando tenían una fístula en el ano o una fluxión en el pecho? Se morían. El reducido número de médicos griegos que se introdujeron en Roma eran todos esclavos. Pero llegó una época en que tener un médico fue para los patricios romanos un objeto de lujo, como tener cocinero. Todos los ricachones tenían en su casa perfumistas, masajistas, boticarios y médicos. El célebre Musa, médico de Augusto, era un esclavo que después manumitió e hizo patricio romano. Desde entonces, los médicos se convirtieron en personajes importantes.

 

Cuando el cristianismo quedó establecido y gozamos la dicha de tener frailes, varios concilios les prohibieron ejercer la medicina, precisamente lo contrario de lo que debían hacer si deseaban ser útiles al género humano. ¡Cuánto hubieran agradecido los hombres que se obligara a los frailes a estudiar medicina y curaran las enfermedades por amor de Dios! No pudiendo así más que ganar el cielo, no hubieran sido nunca charlatanes y recíprocamente se hubieran enseñado unos a otros a conocer las enfermedades y sus remedios. Se nos objetará que hubieran podido envenenar a los impíos, pero esto hubiera redundado en beneficio de la Iglesia. Admitida esta hipótesis, Lutero no hubiera birlado la mitad de la Europa católica al Padre Santo, porque en cuanto el célebre agustino se viera afectado de una fiebre terciana un fraile dominico le habría podido administrar una píldora emponzoñada. Me objetaréis que no la hubiera tomado, pero con habilidad y mala intención es fácil que hubiera caído en la trampa. Y basta de digresión y continuemos.

 

Allá por el año 1517 apareció un hombre llamado Juan, dotado de caritativo celo. No me estoy refiriendo a Juan Calvino, sino a otro Juan que tenía el sobrenombre «de Dios» y fundó la comunidad de los hermanos de la caridad. Estos y los religiosos de la redención de cautivos son los únicos frailes útiles. Por eso no están incluidos en ninguna orden. Los dominicos, franciscanos y benedictinos no reconocen a los hermanos de la caridad. Ni siquiera se habla de ellos en la continuación de la Historia eclesiástica de Fleury. Os diré por qué: porque hicieron curaciones, no milagros, sirvieron a Dios y no intrigaron, y curaron a mujeres pobres sin que las gobernaran ni sedujesen. En resumen, como los instituyó la caridad, era natural que los demás frailes les despreciaran.

 

Como la medicina ha sido y es una profesión necesaria en el mundo está sujeta a singulares abusos. Pero, ¿puede haber hombre más estimado en el mundo que el médico bueno, que en su juventud estudió la naturaleza, conoció detalladamente el cuerpo humano, los males que le atormentan, los remedios que pueden aliviarlo, y ejerce su ciencia desconfiando de sí mismo, cuidando por igual a pobres y a ricos, que recibe sus honorarios con verdadero pesar y los emplea en socorrer al menesteroso? Un hombre tal ¿no es superior al general de los capuchinos, por respetable que éste sea?

 

MESÍAS. Esta palabra proviene del hebreo y es sinónimo del vocablo griego Cristo. Uno y otro los consagró la religión y sólo se aplican al ungido por excelencia, al soberano libertador que el antiguo pueblo judío esperaba cuya venida aún espera, y que fue para los cristianos Jesús, hijo de María, que consideraron como al ungido del Señor, el Mesías prometido a la humanidad. Los griegos usan también la palabra Eleimmenos, que significa lo mismo que Cristo.

 

Vemos en el Antiguo Testamento que el nombre de Mesías, en vez de aplicarse al libertador, cuya venida esperaba el pueblo de Israel, se aplicó también con frecuencia a los reyes y príncipes idólatras que por voluntad del Eterno eran ministros de sus venganzas o instrumentos para ejecutar los designios de su sabiduría. Por eso el autor de Eclesiastés dice de Elíseo qui ungis reges ad poenitenciam, o como han traducido de los Setenta ad vindictam (Que unges los reyes para la penitencia y para la venganza del Señor). Por eso envió un profeta para ungir a Jehú, el rey de Israel. Anunció la unción sagrada a Hazael, rey de Damasco y de Siria, esos dos príncipes fueron los Mesías del Altísimo para vengar los crímenes y las abominaciones de la casa de Achab.

 

En el capítulo 45 de Isaías se llama expresamente Mesías a Ciro. «De este modo, el Eterno dijo a Ciro su ungido y su Mesías...» Ezequiel, en el capítulo 28 de sus profecías, da el nombre de Mesías al rey de Tiro, al que llama también querubín, y habla de él y su gloria ditirámbicamente.

 

Además, el nombre de Mesías, que en griego significa Cristo, como hemos dicho, se aplicaba a los reyes, a los profetas y a los sumos sacerdotes hebreos. «El Señor y su Mesías son testigos» (Libro I de los Reyes, capítulo 12). Lo que quiere decir: El Señor y el rey que El ha establecido. David, animado por el espíritu de Dios, da repetidas veces a Saúl su suegro, el atributo de Mesías del Señor. «Dios me libre —dice con frecuencia— de perseguir al ungido del Señor, al Mesías de Dios.»

 

Si se designó así a reyes idólatras y a príncipes crueles y tiranos, también se hizo lo mismo en los antiguos oráculos para designar al verdadero ungido del Señor, al Mesías por antonomasia, cuya venida al mundo esperaban todos los fieles de Israel. Por eso Ana, madre de Samuel, concluye su impetración con estas palabras que no pueden aplicarse a ningún rey, porque entonces los hebreos no lo tenían: «El Señor juzgará los extremos del mundo, dará el imperio a su rey y levantará el altar de su Cristo, de su Mesías». Esa misma palabra se encuentra en muchos oráculos.

 

Si se comparan esos diferentes oráculos y los que hacen referencia al Mesías, de la comparación resultarán contrastes hasta cierto punto inconciliables y que justifican la obstinación del pueblo, su destinatario.

 

Porque, ¿cómo podemos concebir, antes que los hechos hubieran justificado en la persona de Jesús que estuviera dotado de inteligencia divina y humana a la par, un ser grande y abatido que triunfa del diablo y que éste, a pesar de ello, lo tienta, lo arrastra y le hace viajar contra su voluntad, un ser que es señor y siervo, rey y vasallo, sacrificador y víctima al mismo tiempo, mortal y vencedor de la muerte, rico y pobre; conquistador glorioso cuyo reinado eterno será también eterno, que debe someter el mundo por sus prodigios y, sin embargo, es un hombre que recorre toda la escala del dolor, privado de toda clase de comodidades, carente en absoluto de lo necesario para la vida, que se llama rey y viene al mundo a colmarle de gloria y honores y, no obstante, pasa la vida inocente y desgraciado, se ve perseguido y muere en un suplicio vergonzoso y cruel, encontrando en esa humillación y en ese envilecimiento el origen de una sublimación única que le lleva al punto más elevado y culminante de la gloria, del poder y de la felicidad, colocándole en el abolengo de la primera de las criaturas?

 

Todos los cristianos saben de esos caracteres que parecen incompatibles en la persona de Jesús de Nazaret y sus seguidores le dan este título, no porque fuera ungido de manera ostensible, inmaterial, como lo eran antiguamente algunos reyes, profetas y sumos sacerdotes, sino porque el espíritu divino le había designado para llevar a cabo sublimes destinos y recibió la unción espiritual que es indispensable para realizarlos.

 

Acabábamos de escribir esto sobre punto tan trascendente, cuando un exégeta holandés, más célebre por el descubrimiento que nos comunicó que por sus mediocres papeles, nos hizo saber que Jesús era el Cristo, el Mesías de Dios, ungido en las tres épocas más notables de su vida con la sola finalidad de que fuera nuestro rey, nuestro profeta y nuestro Sumo Sacerdote.

 

Cuando recibió el bautismo de manos de Juan, la voz de Yavéh le declaró su hijo único y bien amado y, por lo mismo, su representante. Transfigurado en el monte Thabor, asociándose a Moisés y a Elías, la misma voz sobrenatural lo anunció a la humanidad como hijo del que anima y envía a los profetas y a quien debe obedecerse con preferencia a éstos. En el huerto de Getsemaní descendió un ángel del cielo para confortarle en las congojas que le causaba la proximidad de su suplicio. Le infundio valor para soportar una muerte cruel que le era imposible evitar, porque debía prestarse al sacrificio como víctima pura e inocente.

 

El habihondo exégeta holandés encuentra el óleo sacramental de estas unciones celestes en los signos visibles que el poder de Dios hizo aparecer sobre su ungido: en su bautismo, la paloma que simboliza al Espíritu Santo que descendió sobre él y en el Thabor la nube milagrosa que cubrió su cuerpo.

 

Tras saber esto es necesario ser muy incrédulos para no reconocer por esos signos al ungido del Señor por antonomasia, al Mesías prometido, y nunca deploraríamos bastante la ceguedad inconcebible del pueblo hebreo si su proceder no se hubiera ajustado al plan de la infinita sabiduría de Dios y no hubiera sido preciso para la culminación de su obra y la salvación de la humanidad.

 

Pero debemos también reconocer que en el estado de opresión en que se hallaba el pueblo hebreo, después de las gloriosas promesas que el Eterno le hizo repetidas veces, debía seguir suspirando por la venida del Mesías prometido que le había de emancipar, y que hasta cierto punto es injustificable que no reconociera a su libertador en la persona de Jesús tanto más cuando es natural que el hombre piense más en el cuerpo que en el espíritu, o lo que es igual, sea más sensible a las necesidades del momento que a los beneficios del porvenir, que siempre son inciertos.

 

Por otra parte, debe creerse que Abrahán, y después de él algunos patriarcas y profetas, pudieron formarse la idea de cómo debía ser el reinado espiritual del Mesías, pero esa idea debió quedar encerrada en el pequeño círculo de los iniciados. Por eso no debe sorprendernos que desconociéndola la mayoría del pueblo, la noción de esa idea se haya alterado hasta el punto de que cuando el Salvador apareció en Judea, el pueblo y sus doctores, con sus príncipes incluidos, esperaban la venida de un monarca, de un conquistador, que con la rapidez de sus gestas gloriosas debía sojuzgar al mundo entero. ¿Cómo, pues, podían conciliar la idea halagadora que tenían del Mesías en el estado abyecto, en apariencia milagrosa, en que se les apareció Jesucristo? Por eso se escandalizaron al oír que se anunciaba como el Mesías y le persiguieron, le atormentaron y le sentenciaron a padecer la muerte de los criminales. Desde entonces, al no ver ningún suceso que indicara iban a cumplirse sus profecías y resistiéndose a su incumplimiento, los judíos se entregaron a toda clase de ideas utópicas.

 

Así, al presenciar los triunfos de la religión cristiana y comprender que podían explicarse espiritualmente y aplicar a Jesucristo la mayoría de sus antiguas profecías, convinieron, contra la opinión de sus antepasados, en negar los pasajes que creemos aluden al Mesías, interpretando torcidamente el Antiguo Testamento y procurándose su perdición.

 

Algunos judíos dicen que han sido mal interpretadas sus profecías y que en vano suspiran por la venida del Mesías, porque ya vino y lo personificó Ezequías. Esto sostiene el famoso Hillel. Otros, contemporizando con los tiempos y las circunstancias, opinan que la creencia de la venida de un Mesías no es artículo fundamental de fe y que negando esa doctrina no se conculca la ley, sino que se le hace una simple variación. El judío Albo, al sostener esta variación, decía al papa que negar la venida del Mesías no era más que cortar una rama del árbol sin tocar sus raíces.

 

El famoso rabino Jarchi o Raschi —que vivía a principios del siglo XII— dice que los antiguos hebreos creían que el Mesías había nacido el día que las legiones romanas destruyeron Jerusalén. A esto, vulgarmente se dice «después de muerto el burro, cebada al rabo».

 

El rabino Kimchi, contemporáneo del anterior, anunció que el Mesías, cuya venida creía muy próxima, expulsaría de Judea a los cristianos que le perseguían. Cierto que los cristianos perdieron Tierra Santa, pero fue porque los venció Saladino, y por poco que ese conquistador hubiera protegido a los judíos poniéndose de su parte tal vez, teniendo en cuenta su entusiasmo, hubieran creído que Saladino era su Mesías.

 

Los autores de las Escrituras y el mismo Jesús comparan con frecuencia el reinado del Mesías y la eterna felicidad a los días de bodas y festines, pero los talmudistas abusaron de esas parábolas y creen que el Mesías dará a su pueblo reunido en la tierra de Canaán un banquete en el que se servirá el mismo vino que hizo Adán en el paraíso terrenal y se conserva en vastas bodegas subterráneas que los ángeles socavaron en el centro de la Tierra. En ese banquete se servirá también el famoso pez llamado el gran Leviatán, que se traga de un bocado un pez más pequeño y tiene treinta brazas de longitud. Al principio, Dios creó un macho y una hembra de esa especie, pero por miedo de que trastornaran el mundo y lo llenasen de descendientes, mató a la hembra y la saló reservándola para el banquete del Mesías.

 

Los rabinos añaden que para dicho banquete matarán al toro Behemoth, tan grande que todos los días se come el heno de mil montañas. También mataron a la hembra de dicho toro al principio del mundo, para que una especie tan prodigiosa no se multiplicara, pero afirman que el Eterno no la saló porque la vaca salada no es tan buena como la de Leviatán. Los judíos tienen tanta fe en estos desvaríos rabínicos que con frecuencia juran por la parte que les toca del toro de Behemoth, como algunos cristianos desquiciados juran por su parte de paraíso.

 

Después de exponer estas ideas tan poco cuerdas respecto a la venida del Mesías y su reinado, ¿debe extrañarnos que los hebreos antiguos y modernos, y muchos primitivos cristianos, imbuidos por desgracia de esos desvaríos, no hayan tenido la elevada idea que merece la naturaleza divina del ungido del Señor y no hayan atribuido al Mesías la cualidad de Dios? Véase cómo se expresan los judíos sobre este punto en la obra Judae Lusitani Questiones ad Cristianos. «Reconocer un hombre‑dios es abusar de nosotros mismos, es inventarse un monstruo, un centauro, la extraña amalgama de dos naturalezas que no pueden conciliarse.» Y añaden que los profetas no dijeron «que el Mesías fuera un hombre‑Dios, que sabían distinguir entre Dios y David, que declararon al primero Señor, y su servidor al segundo, etc...»

 

Cuando apareció el Salvador, aunque las profecías eran claras, las oscurecieron por desgracia los prejuicios. El mismo Jesucristo, por contemporizar o por no escandalizar los espíritus se manifiesta muy reservado en lo tocante a su divinidad. «Quería —dice san Crisóstomo— acostumbrar insensiblemente a sus oyentes a creer un misterio que excede a la razón humana». Cuando habla con la autoridad de un Dios perdonando los pecados subleva a quienes lo presencian, y sus milagros más evidentes no pueden convencer de su divinidad a aquellos por quienes los efectúa. Cuando ante el tribunal del sumo sacerdote confiesa con modestia que es hijo de Dios, aquél se desgarra el manto e indignado le dice que es un blasfemo. Antes de la venida del Espíritu Santo, los apóstoles no tuvieron idea de la divinidad de su querido maestro; les pregunta qué piensa el pueblo de él y sus discípulos le contestan que unos creen que es Elías, y otros Jeremías o cualquier otro profeta.

 

San Pedro necesitó de una revelación para saber que Jesús era Cristo, el hijo de Dios vivo.

 

Indignados los judíos contra la divinidad de Jesucristo, recurrieron a toda clase de subterfugios para destruir ese gran misterio, subvirtieron el sentido de sus profecías o no las aplicaban al Mesías; sostenían que el apelativo de Dios no era exclusivo de la Divinidad y que los autores sagrados lo aplicaban a los jueces, magistrados y a los que estaban revestidos de autoridad. Y citan un gran número de pasajes del Antiguo Testamento que justifican esta observación, pero que no destruyen las palabras terminantes de las antiguas profecías referentes al Mesías.

 

Sostienen, además, que si el Salvador, y después de él los apóstoles, los evangelistas y los primitivos cristianos, llaman a Jesús hijo de Dios, ese atributo augusto sólo significaba en los tiempos evangélicos una contraposición al hijo de Belial, o sea que quería decir únicamente hombre de bien, servidor de Dios, como contrapuesto a hombre perverso que no temía a Dios.

 

Los judíos no sólo negaron que Jesucristo era el Mesías y su divinidad, sino que hicieron lo posible por hacerle aparecer despreciable, arrojando sobre su nacimiento, su vida y su muerte todo el ridículo y oprobio que pudo inventar su criminal encarnizamiento.

 

De todas las obras que produjo la animadversión de los judíos, ninguna tan odiosa y cerril como el antiguo libro Sepher Toldus Jeschut, descubierto por Vagenseii e insertado en el segundo tomo de su obra Tela ignea Satanae.

 

En dicha obra se cuenta una historia monstruosa del Salvador, inventada con toda la mala fe y odio posibles. Se refiere que un individuo llamado Pander o Pandera, avecindado en Belén, estaba locamente enamorado de una joven, esposa de Jokannán. De estas relaciones nació un hijo adulterino al que pusieron por nombre Jesua o Jesu. El padre de ese niño se vio obligado a huir y se refugió en Babilonia. Al joven Jesu le enviaron a la escuela, pero, añade el autor, tuvo la insolencia de mirar con desenfado a los sacerdotes y permanecer cubierto ante ellos en vez de presentarse con la cabeza baja y el rostro cubierto, como era costumbre entonces. Este atrevimiento fue reprendido y dio pie a que averiguaran su nacimiento espúreo y lo expusieran a la ignominia. El detestable libro Sepher Toldos Jeschut es conocido desde el siglo II. Celso lo cita de buena fe y Orígenes le refuta en el capítulo IX.

 

Otro libro también titulado Toldos leschut, que sacó a la luz Huldric el año 1705, apenas se aparta de la doctrina del Evangelio de la infancia e incurre con frecuencia en los más burdos anacronismos: hacer nacer y morir a Jesucristo durante el reinado de Herodes el Grande y supone que a este príncipe denunciaron el adulterio de Pander y de María, Madre de Jesús. El autor, que toma el nombre de Jonatham, dice ser contemporáneo de Jesucristo y que vivía en Jerusalén, refiere que Herodes consultó sobre el supuesto adulterio con el sanedrín de una ciudad situada en Cesárea, pero no entra en nuestro ánimo ocuparnos de un autor tan absurdo.

 

Sin embargo, hay que confesar que esas calumnias mantenían en los judíos el odio implacable que sentían por los cristianos y el Evangelio, y por eso hicieron lo posible por alterar la cronología del Antiguo Testamento e introducir la duda respecto a la época de la venida al mundo del Salvador.

 

Ahmed‑ben‑Cassum‑la‑Andacousi, moro de Granada que vivió a fines del siglo XVI, cita un viejo manuscrito árabe hallado con dieciséis láminas de plomo, grabadas con caracteres árabes, en una cueva de Granada. Don Pedro de Quiñones, arzobispo de dicha ciudad, atestigua ese hallazgo. Las láminas de plomo las llevaron a Roma y después de examinarlas con suma atención fueron declaradas apócrifas durante el pontificado de Alejandro VII; sólo contienen historias fabulosas referentes a la vida de María y de su Hijo.

 

El nombre de Mesías, acompañado del epíteto de falso, se aplica todavía a los impostores que en diferentes épocas trataron de engañar a los hebreos. Hubo falsos Mesías ya antes de la venida del verdadero ungido de Dios. El sabio Gamaliel cita a uno llamado Teodas, cuya historia se halla en los papeles de Flavio Josefo, que se jactaba de pasar el Jordán a pie y consiguió atraerse muchos adeptos. Pero los romanos les persiguieron, cortaron la cabeza a su desventurado jefe y la expusieron en Jerusalén.

 

Gamaliel cita asimismo a Judas el Galileo, que sin duda es el que Josefo menciona en el capítulo XII del II libro de la guerra de los judíos. Dice que ese falso profeta llegó a reunir unos treinta mil hombres, pero la hipérbole es rasgo distintivo de dicho historiador.