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Catálogo de
Textos Históricos |
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Otros textos del autor O OBISPO. Samuel Ornik, natural de Basilea, era un joven educado que sabía de memoria el Nuevo Testamento en griego y en alemán. Sus padres, que ya le hicieron viajar a la edad de veinte años, le encargaron que llevara libros al obispo de París en la época de la Fronda (1). Personado en la puerta del arzobispado, el guardia suizo le dijo que monseñor no recibía a nadie. «Camarada —le replicó Ornik—, sois poco amable para vuestros compatriotas. Los apóstoles dejaban que se les acercase todo el mundo, y Jesucristo quería que fueran a él todos los niños. No vengo a pedir nada a vuestro señor, sino a traerle». «Entrad, pues» —le contestó el suizo. (1) Entonces, el arzobispo de París era el cardenal Rotz. Estuvo una hora haciendo antesala y como era muy ingenuo trabó conversación con un doméstico parlanchín que tenía afán por decir lo que sabía de su señor. «Debe de ser inmensamente rico —murmuró Ornik— para tener tantos pajes y servidores como veo en esta casa». «Ignoro la renta que tendrá —respondió el doméstico—, pero me han dicho Joly y el abate Charrier que tiene dos millones de deudas». «Buena renta ha de tener para pagarlas... pero, ¿quién es aquella dama que sale de aquel gabinete y se va» «Madame de Pomereu, una de sus amantes». «Verdaderamente, es muy hermosa... pero no he leído en ninguna parte que los apóstoles tuvieran semejante compañía por las mañanas en su dormitorio... Creo que viene monseñor y me va a recibir». «Dadle el tratamiento de Su Grandeza». «No lo sabía, pero no tengo inconveniente». Ornik saludó a Su Grandeza, que le acogió con graciosa sonrisa y el joven le entregó los libros de que era portador. El obispo le dijo cuatro palabras y acto seguido entró en su carroza, a la que escoltaban cincuenta caballeros. Al subir al carruaje se le cayó un estuche a monseñor. Ornik quedó sorprendido al oír estas palabras pronunciadas por el doméstico: «¿No comprendéis que eso es su puñal? Ordinariamente, todos van con ese puñal al Parlamento». « ¡Extraño modo de oficiar! » se contestó Ornik, y salió de allí sorprendido.
Recorrió Francia de ciudad en ciudad y cada vez se sentía más piadoso. Después pasó a Italia. Cuando llegó al territorio del papa encontró uno de esos obispos con mil escudos de renta que iba a pie. Ornik, que era hombre compasivo, le invitó a ocupar un puesto en su carruaje. «Venid conmigo, monseñor, pues sin duda iréis a consolar algún enfermo» «No, iba a casa de mi señor». « ¡Vuestro señor! Vuestro señor es Jesucristo». «No, el cardenal Azolín, que soy su limosnero. Me da pocas ganancias pero me ha prometido colocarme en el palacio de doña Olimpia, que es la cuñada favorita di nostro signore il Papa». « ¡Vivís a expensas de un cardenal! ¿Sabéis que en tiempos de Jesucristo y san Juan no había cardenales?» a¿Es posible?» —exclamó el prelado italiano. «Es cierto. Y vos lo habréis leído en el Evangelio». «Nunca lo he leído —confesó el obispo—. No sé más que el oficio de Nuestra Señora». «Pues os repito que en aquella época no había cardenales ni obispos, y cuando fueron creados eran casi iguales a los demás sacerdotes, tal como san Jerónimo asegura». « ¡Válgame la Virgen! No sabía nada de eso... ¿Y habían papas?» «Tampoco». El buen obispo se santiguó, y creyendo que estaba hablando con el maligno saltó del carruaje y echó a correr.
ONÁN, ONANISMO. Prometimos en el artículo Amor socrático hablar de Onán y del onanismo, aunque ello nada tenga de común con el amor socrático, que es un efecto desordenado del amor propio.
El linaje de Onán fue muy singular. El patriarca Judá, su padre, como sabemos, fornicó con su nuera Thamar la Fenicia a la vera de un camino. Jacob, padre de Judá, había sido a la vez marido de dos hermanas, hijas de un idólatra, y engañó a su padre y a su suegro. Lot, hermano del abuelo de Jacob, se había acostado con sus dos hijas. Salomón, descendiente de Jacob y Judá, se casó con Rahab la Cananea, una prostituta. Booz, hijo de Salomón y Rahab, se acostó con Ruth la Madianita y fue bisabuelo de David. David quitó al capitán Urías su esposa Betsabe, mandando aquél a la muerte para gozar con más libertad de sus amores. En las dos genealogías de Jesucristo, que difieren en otros puntos, pero son iguales en éstos, se encuentra que el Salvador es descendiente de esta multitud de fornicaciones, adulterios e incestos. Estas singularidades no pueden por menos de acongojar a la razón humana humillar nuestra inteligencia limitada y convencernos de que los designios de la providencia son inexcrutables.
El reverendo padre Calmet hizo este comentario respecto al incesto que cometió Judá con Thamar y del pecado de Onán: «La Biblia nos detalla una historia que en su sentido literal choca a nuestra inteligencia y parece poco edificante, pero el sentido oculto y misterioso que encierra es tan elevado como grosero el literal a los ojos de la carne. Sin tener razones para ello el Espíritu Santo no hubiera permitido que la historia de Thamar, de Ruth y de Betsabé se encontraran mezcladas en la genealogía de Jesucristo».
Lamentamos que Calmet no haya explicado tan poderosas razones para disipar las dudas y escrúpulos de los hombres honrados y timoratos que desean comprender por qué el Ser Eterno, creador de los mundos nació en una aldea judía y de una estirpe de ladrones y prostitutas. Este misterio, que es uno de los más inconcebibles, merecía que algún sabio exégeta lo explicara. Ocupémonos ahora del onanismo.
Es difícil averiguar cuál fue el pecado de Onán: Judá había casado a su hijo primogénito Her con Thamar. Her murió por haber sido perverso. Judá quiso entonces que su segundo hijo Onán contrajera matrimonio con la viuda del primogénito, obedeciendo la antigua ley de los egipcios y fenicios o lo que llamaban hacer salir hijos a su hermano. El primer hijo del segundo matrimonio tenía que llevar el nombre del marido difunto de la mujer y esto Onán no lo quería. Odiaba a su hermano y por no tener un hijo que llevase tal nombre dícese que echaba el semen en el suelo.
Falta saber si era en el contacto carnal con su mujer cuando engañaba a la naturaleza o si con la masturbación eludía los deberes conyugales: el Génesis no lo dice. Actualmente, se llama pecado de Onán al abuso que hace el hombre de sí mismo forzando la naturaleza con su mano, vicio bastante común en los jovenzuelos y mocitas de temperamento ardiente. Se ha notado que sólo los hombres y los simios incurren en eso que contraría el propósito de la naturaleza.
En Inglaterra, un médico escribió un pequeño libro titulado Del onanismo, del que se vendieron veinticinco ediciones en poco tiempo, suponiendo que eso no fuera una artimaña del librero para atraerse lectores, lo que no sería una cosa nueva. Tissot, famoso médico de Lausana, también publicó otro sobre el onanismo, más profundo y metódico que el inglés. Ambas obras ponen de manifiesto las consecuencias funestas de esa perniciosa práctica, que origina un debilitamiento de las fuerzas, impotencia, trastornos en el estómago y las vísceras, temblores, vértigos, el embrutecimiento y, a veces, la muerte prematura. El doctor Tissot sabe por experiencia que la quinina es el mejor remedio para curar esas enfermedades, a condición de abandonar ese hábito vergonzoso y funesto que tan extendido está entre los estudiantes, pajes y frailes jóvenes, pero se convenció de que era más fácil tomar la quinina que renunciar a lo que se convierte en una segunda naturaleza. A las consecuencias del onanismo añadid las de la sífilis y os convenceréis de lo ridícula y desgraciada que es la especie humana. Para consolarla, el doctor Tissot refiere tantos ejemplos de enfermos de repleción y humores, como enfermos de emisión de humores, encontrando unos y otros en varones y mujeres. No puede oponerse argumento más contundente contra los votos temerarios de castidad. En efecto, ¿en qué ha de convertirse el líquido precioso que nos dio la naturaleza para propagar el género humano? Si lo prodigamos desmesuradamente, puede matarnos; si lo retenemos, también nos puede causar la muerte. Se ha observado que las poluciones nocturnas son frecuentes en las personas célibes, pero lo son más en los jóvenes religiosos que en las monjas, porque el temperamento del hombre es más dominante. De ello debemos extraer la consecuencia de que es antinatural entregarnos a estas prácticas, y que es una especie de sacrilegio en las personas sanas prostituir ese don que recibieron del Creador y renunciar al matrimonio que Dios ordena. Así lo creen los protestantes, judíos, musulmanes y otros pueblos, pero los católicos patrocinan los conventos. Respecto a los católicos, les aplicaré las palabras que el sabihondo Calmet dice del Espíritu Santo: «sin duda, tuvieron buenas razones para creerlo así»
OPINIÓN. ¿Qué opinión tienen las naciones de América del Norte y las que costean el estrecho de la Sonda sobre el mejor de los gobiernos, la mejor religión, sobre el derecho público eclesiástico, la manera de escribir historia, del poema épico, sobre las ideas innatas, la gracia concomide la égloga, del poema épico, sobre las ideas innatas, la gracia concomitante y los milagros del diácono de París? Ninguno de esos pueblos profesa opinión alguna sobre asuntos de los que no tiene idea. Poseen, a lo más, un conocimiento confuso de sus costumbres. Así son todos los pueblos que habitan las costas del mar glacial en una extensión de quinientas leguas, los habitantes de las tres cuartas partes de Africa, casi todos los de las islas de Asia, veinte hordas de tártaros y todos los hombres que se ocupan únicamente del trabajo agobiante y siempre renovado de proporcionarse la subsistencia.
Cuando una nación empieza a civilizarse comienza a tener algunas opiniones, pero casi todas falsas: creen en aparecidos, en brujos, en el encantamiento de las serpientes y la inmortalidad de éstas, en los poseídos del demonio, en exorcismos y en adivinadores. Creen, además, que los granos han de pudrirse en la tierra para germinar y que las fases de la luna son causa de los accesos de fiebre.
El talapuino convence a sus devotos que el dios Sammonocodom estuvo viviendo algún tiempo en Siam y taló todos los árboles de un bosque porque le impedían jugar bien al volante, su juego preferido. Esta opinión va arraigando en todas las mentes de tal forma que, andando los años, si hubiera algún habitante que osara dudar de tal aventura se arriesgaría a que le lapidaran. Se necesita que transcurran siglos para destruir una opinión popular.
Llaman a la opinión reina del mundo, y lo es de tal modo que cuando la razón la rebate para destruirla ésta queda sentenciada a muerte: necesita renacer múltiples veces de sus cenizas para expulsar con suavidad a la usurpadora.
ORACIÓN. Quedan pocas fórmulas de las oraciones públicas de los pueblos antiguos. Sólo conservamos el magnífico himno de Horacio, compuesto para los juegos seculares de los antiguos romanos, de ritmo y medida que los romanos más modernos imitaron tiempo después en el himno Ut queant laxis resonare fibris. El Pervigilium Veneris es un himno de peor gusto literario y tal vez indigno de la noble sencillez del reinado de Augusto. El himno a Venus posiblemente se cantaba en las vestas de esta diosa, pero no hay duda de que el poema de Horacio se cantaba con la mayor solemnidad.
Debemos admitir que el Carmen Saeculare de Horacio es uno de los más hermosos poemas de la Antigüedad y el himno Ut queant laxis es una de las obras más triviales que se escribieron en tiempos de la decadencia de la lengua latina. La Iglesia católica en aquella época cultivaba mal la elocuencia y la poesía. Sabido es que Dios prefiere los versos malos recitados por un corazón puro, que los más hermosos del mundo declamados por impíos; de todos modos, los buenos versos nunca perjudican en igualdad de circunstancias.
Nada se parece del todo entre nosotros a los juegos seculares que celebraban los romanos cada ciento diez años. Nuestro jubileo sólo es un pálido remedo de ellos. Erigían tres altares magníficos a orillas del Tíber y Roma entera permanecía iluminada durante tres noches; quince sacerdotes distribuían agua lustral y cirios a los romanos de ambos sexos que debían cantar las preces. Empezaban por hacer sacrificios a Júpiter, señor de los dioses, y luego los ofrecían a Juno, Apolo, Latona, Diana, Ceres, Plutón, Proserpina y a las Parcas, consideradas como poderes subalternos. A cada una de esas divinidades le dirigían un himno y tributaban ceremonias. Se formaban dos coros, uno de veintisiete efebos y otro de veintisiete doncellas para cada uno de los dioses y, el último día de los juegos efebos y doncellas, coronados de flores, cantaban la oda de Horacio.
En honor a la verdad, debo decir que en las casas particulares cantaban, en la mesa, otras odas a Ligurius, Liscio y otros bribones que no inspiraban la mayor devoción, pero había tiempo para todo. En cuanto a fórmulas de preces sólo conservamos un corto fragmento del que se recitaba en los misterios de Isis. Helo aquí:
«Las potencias celestes te sirven, los infiernos se te someten, tu mano mueve el universo, tus pies pisan el Tártaro, los astros responden a tu voz, las estaciones aparecen por orden tuya, los elementos te obedecen.»
Y he aquí también la fórmula que se atribuye al antiguo Orfeo y que nos parece superior a la de Isis:
«Caminad por el sendero de la justicia y adorad al único señor del universo: es uno y único por sí mismo. Todos los seres le deben la existencia, procede en ellos y por ellos lo ve todo y jamás ojos mortales le vieron.»
Es sorprendente que en el Levítico y en el Deuteronomio no se encuentre ninguna plegaria pública, ni una fórmula. Parece que los levitas sólo se ocupaban de repartirse la carne de los sacrificios. Los judíos no compusieron una sola plegaria para recitarla o cantarla en la celebración de sus fiestas de Pascua, Pentecostés, los Tabernáculos y de la expiación general.
Los sabios están de acuerdo en que los judíos no instituyeron preces públicas hasta su cautiverio en Babilonia, donde adoptaron algunas de las costumbres de dicho país y empezaron a instruirse en algunas de las ciencias que poseía aquel civilizado y poderoso pueblo. Imitaron de los caldeos persas sus caracteres, sus cifras y hasta su lengua, y mezclando algunas costumbres nuevas con sus antiguos ritos egipcíacos se convirtieron en un nuevo pueblo, tanto más supersticioso por cuanto al salir de su larga esclavitud siguieron dependiendo de los babilonios.
Las diez tribus antes dispersadas se supone que no tuvieron plegarias públicas, como tampoco las tenían las otras dos, y que la religión que profesaban no estaba en ellas muy determinada, pues la olvidaron con facilidad y ni siquiera recordaban su nombre, al revés del escaso número de infortunados que reedificaron Jerusalén.
A partir de entonces, esas dos tribus, o para ser exactos, esas dos tribus y media, instituyeron ritos inmutables, los escribieron y tuvieron preces reglamentarias. Desde entonces conocemos las fórmulas de sus plegarias. Esdras mandó que se rezara dos veces cada día, añadiendo un tercer rezo para los sábados. Se dice que escribió dieciocho plegarias para que pudieran elegir, y la primera empieza así:
«Bendito seas, Señor Dios de nuestros padres, Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, el poderoso, el terrible y el supremo que distribuye liberalmente los bienes que creaste y posees en el mundo, que recuerdas las acciones buenas y envías un libertador a los descendientes de dichos patriarcas por amor a los humanos. ¡Bendito seas siempre!»
Se atribuye a Gamaliel, que vivió en la época de Jesucristo y tuvo varias discusiones con san Pablo, la institución de la plegaria décimo nona que reza así:
«Concédenos la paz los beneficios, la bendición y la gracia a nosotros y a tu pueblo de Israel. ¡Bendícenos, Padre nuestro! Bendícenos a todos por la luz de tu faz, porque por ella nos diste la ley de la vida, el amor, la paz y la benignidad. Bendito seas, Señor, que bendices a tu pueblo Israel. Amén.»
Es de advertir que en muchas plegarias un pueblo pedía siempre lo contrario de lo que pedía el pueblo inmediato. Los judíos rogaban a Dios que exterminara a los sirios, egipcios y babilonios, y estos tres pueblos pedían que exterminara a los judíos, como realmente fueron exterminadas las diez tribus, que se confundieron con las demás naciones, siendo siempre desventurados los judíos por su obstinación en vivir separados de los demás pueblos y no poder disfrutar de ninguna de las ventajas de la sociedad.
En nuestros días, en las guerras que promovieron los alemanes y españoles a los franceses, cuando aquéllos eran sus enemigos rogaban a la Virgen que hiciera derrotar a los welches y gabachos, y los franceses rogaban a la Santa Virgen que destruyera a los teutones y a los marranos españoles. En Inglaterra, los partidarios de la Rosa roja suplicaban a san Jorge que les ayudara a arrojar al fondo del mar a los partidarios de la Rosa blanca, y viceversa, de modo que el santo debió verse muy apurado, no sabiendo por quiénes decidirse. Si Enrique VII no hubiera ido a socorrerle, el santo no hubiera sabido qué hacer.
ORÁCULOS. Cuando la secta de los fariseos del pueblo hebreo trabó relación con el diablo, algunas personas que discurrían empezaron a creer que el diablo y sus acólitos inspiraban en los demás pueblos a los sacerdotes y estatuas que pronunciaban oráculos. En cambio, los saduceos, que no creían en ángeles ni en demonios, eran más filósofos que los fariseos y por ende menos a propósito para adquirir fama entre el pueblo.
Para el populacho judío, en la época de Gamaliel, Juan el Bautista, Santiago Oblia y su hermano Jesús, que fue nuestro salvador Jesucristo, el demonio intervenía en todo. Por eso vemos que éste se lleva a Jesús al desierto, tras haberle transportado a lo alto del templo y a la cumbre de una colina inmediata, desde la que se distinguen todos los reinos del mundo, y también que el demonio penetra en el cuerpo de los jóvenes, las mocitas y los animales.
Los cristianos, pese a ser enemigos mortales de los fariseos, aceptaron todo lo que éstos creían respecto al diablo, lo mismo que antiguamente los judíos introdujeron en su país las costumbres y ritos de los egipcios. Suele ser común imitar a nuestros enemigos y emplear sus armas.
Así, los padres de la Iglesia no tardaron en atribuir al diablo las religiones que aparecieron en el mundo, los supuestos prodigios, los grandes eventos, los cometas, las pestes, etc. El pobre demonio, del que aseguraban estaba abrasándose en un agujero debajo de la tierra, quedó estupefacto al saber que de la noche a la mañana era el señor del mundo. En seguida los frailes vinieron a aumentar prodigiosamente el poder del Maligno. El santo y seña de los cenobitas era: Dadme dinero y.os libraré del diablo. Pero tal poder celestial y terrestre recibió un golpe mortal de la mano de su cofrade Lutero, quien riñendo con los frailes por el interés de su pobreza descubrió todos los misterios.
Hondorf, testigo presencial, refiere que los reformistas, tras haber expulsado a los frailes de un convento de Eisenach, encontraron una imagen de la Virgen y el Niño Jesús construida con tal arte que cuando les ponían ofrendas en el altar ambos movían la cabeza en señal de gratitud y volvían la espalda a quienes se presentaban con las manos vacías. Ocurrió todavía otro suceso, éste en Inglaterra: cuando por orden de Enrique VIII se hizo la visita canónica a los conventos, hallaron que la mitad de las monjas estaban embarazadas, lo que sin duda no era por obra del diablo. El obispo Burnet refiere que en ciento cuarenta y cuatro conventos los atestados que hicieron los comisarios del rey prueban que se cometieron abominaciones que nada tenían que envidiar a las de Sodoma y Gomorra. En efecto, los frailes de Inglaterra debieron ser más depravados que los sodomitas porque poseían las mejores tierras del reino y por tanto eran más ricos. Las tierras de Sodoma y Gomorra eran pobres, ya que no producían trigo, frutas, ni legumbres y carecían de agua potable; sólo podía ser un horrible desierto donde moraban gentes infelices y demasiado ocupadas en proporcionarse la subsistencia para pensar en voluptuosidades.
Finalmente, el Parlamento suprimió esos soberbios asilos de la holgazanería mandando exponer en la plaza pública los instrumentos de sus fraudes religiosos: el famoso crucifijo de Boksley, que se movía y andaba como un polichinela; las ampollas de líquido rojo que simulaban la sangre que derramaban de vez en cuando las imágenes; los moldes de hojalata en los que introducían velas encendidas para que el pueblo creyera que era una vela que nunca se apagaba; las cerbatanas que saliendo de la sacristía iban a parar a la bóveda de la iglesia, por cuyo canuto hacían oír a veces voces celestes a las devotas que pagaban por oírlas... En suma, expusieron en la plaza pública todo lo que la picaresca había inventado para subyugar a la imbecilidad.
Ante tales hechos, algunos sabios de Europa, convencidos hasta la evidencia de que los frailes, no los diablos, venían usando esas religiosas artimañas, empezaron a creer que había sucedido igual que en las antiguas religiones, esto es, que los oráculos y los milagros, tan elogiados en la Antigüedad, no fueron sino prestidigitaciones de charlatanes, y que los sacerdotes griegos, romanos, sirios y egipcios fueron todavía más hábiles que los frailes.
El diablo perdió, pues, casi toda su fama, hasta que al fin el bueno de Becker, cuyo artículo pueden consultar nuestros lectores, escribió su demoledor libro contra el diablo y demostró con sobrados argumentos que no existía. El diablo no le contestó, pero los ministros del Santo Evangelio sí lo hicieron, como ya sabemos, castigándole por haber divulgado su secreto y quitándole el curato. Por lo que Becker fue víctima de Satanás.
Holanda estaba llamada a ser cuna de los más encarnizados enemigos del diablo. El médico Van Dale, filósofo sabio y profundo, ciudadano caritativo y audaz, aunque fundando su audacia en la virtud, acometió la no pequeña tarea de ilustrar a los hombres esclavizados por errores antiguos y empeñados en hacer más tupida la venda que les cubre los ojos hasta que un esclarecedor rayo de luz les descubre parte de la verdad. El referido autor demostró en un libro erudito que los diablos nunca pronunciaron ningún oráculo ni obrado ningún prodigio, ni tenían arte ni parte en nada de esto, y que no existen más demonios que los pícaros que han engañado a los hombres. Demostró además, con documentos, no sólo que los oráculos de los paganos fueron fraudes de los sacerdotes, sino que esos trapicheos consagrados en todo el mundo seguían haciéndose en la época de san Juan Bautista y de Jesucristo. Lo demostró de manera tan palpable que actualmente no hay hombre sensato que no lo crea.
Puede que el libro de Van Dale carezca de método apropiado, pero es quizá el libro más curioso que se ha escrito. Se encuentran en él las sandeces más supinas del supuesto Histaspo y de las sibilas, la historia apócrifa del viaje de san Pedro a Roma, los parabienes que le envió Simón el Mago por medio de su perro, los milagros de san Gregorio Taumaturgo, la carta que este santo envió al diablo y llegó a su destino, y los milagros que hicieron los reverendos padres jesuitas y los reverendos padres capuchinos; en resumen, en este libro se encuentra todo lo antiguo y lo moderno relacionado con esta materia. Desvela todas las imposturas, que quedan descubiertas para todos los hombres que saben leer, aunque por desgracia éstos se hallan en minoría No quedó destruido, sin embargo, el imperio de la impostura en Italia, en Francia, en España, en los estados austriacos, ni en Polonia, en cuyas naciones dominaban los jesuitas. Los poseídos del diablo y los milagros falsos pululaban aún en la mitad embrutecida de Europa. He aquí lo que Van Dale refiere respecto a un oráculo singular que se pronunció en su época en Terni, perteneciente a los estados del Papa, el año 1650, y cuya relación se imprimió en Venecia.
Un tal Pascual, ermitaño, habiendo oído decir que un vecino de Terni, de nombre Jacovello, era muy avaro y rico, fue a rezar en dicha localidad a la iglesia que frecuentaba Jacovello. Se hizo amigo de él, alabó la pasión que le dominaba y le convenció de que era muy grato a Dios que cada mortal sacara lo que pudiera de su dinero, que así lo recomienda el Evangelio cuando dice que el servidor negligente que no saca el cinco por ciento del dinero de su señor es arrojado a las tinieblas del averno.
En el palique que el ermitaño mantenía con Jacovello enhebraba hermosos discursos sobre crucifijos y santos, y gracias a su elocuencia Jacovello llegó a convencerse de que a veces las estatuas de los santos dirigían la palabra a los mortales, añadiendo que se creería predestinado si conseguía que la imagen de algún santo le hablara. El ermitaño respondió que creía poderle dar esa satisfacción dentro de poco, pues estaba esperando de Roma una cabeza de muerto, regalo del papa a un compañero suyo, que hablaba como los árboles de Dodona y la burra de Balaán. Cuatro días después le enseñó dicha cabeza y pidió a Jacovello la llave de una pequeña cueva que tenía éste en su casa y la del cuarto que estaba encima, con objeto de que nadie se enterara de este misterio. El ermitaño introdujo un tubo en la cabeza y, preparándolo todo para conseguir el efecto que se proponía, se puso a rezar con su amigo. La cabeza, entonces, dijo estas palabras: «Jacovello, Dios trata de recompensar tu celo comunicándote que un tesoro de cien mil escudos está escondido debajo del tejo de la entrada de tu huerto. Pero morirás repentinamente si buscas ese tesoro sin haber puesto ante mí una marmita llena de monedas de oro».
Jacovello se apresuró a poner ante el oráculo la marmita llena de monedas, y el buen ermitaño, que había tenido la precaución de llevar una marmita igual llena de arena, la cambió en cuanto Jacovello volvió la espalda y salió de allí dejando al imbécil con una cabeza de muerto y el arca aligerada. Poco más o menos, de esa forma se hacían los oráculos en la Antigüedad, empezando por el de Júpiter‑Ammón y concluyendo por el de Trofonio.
Uno de los secretos, tanto de los sacerdotes de la Antigüedad como de los nuestros, era la confesión en los misterios. En ellos se enteraban de la historia privada de las familias y adquirían datos para contestar a la mayor parte de los que iban a preguntarles. A ello se refiere una frase que hizo célebre Plutarco. Queriendo un sacerdote confesar a un iniciado, éste le preguntó: «¿A quién he de confesarme, a ti o a Dios?» «A Dios», respondió el sacerdote. «Pues ya que no eres más que un hombre sal de aquí, y déjame con Dios.»
Algunas historias increíbles de oráculos que se creía sólo podían atribuirse a los genios, hicieron afirmar a los cristianos que las habían referido los demonios y cesaron de contarlas cuando vino Jesucristo al mundo, con lo que evitaban entrar en la discusión de los hechos, que hubiera sido larga y difícil, y parecía que confirmaba la religión, que nos enseña que existen los demonios atribuyéndoles esos hechos.
Con todo, las historias que relatan sobre los oráculos deberán ser sospechosas. La de Thamus, que Eusebio cree y únicamente Plutarco refiere, inserta a continuación un cuento tan ridículo que es bastante para desacreditarla, y mucho más por lo poco razonable. Si Pan era un demonio, ¿cómo no podían saber los diablos la muerte de aquél comunicándosela unos a otros, sin encargar esta misión a Thamus? Si Pan era Jesucristo, ¿cómo nadie cayó en ese error en el paganismo, ni creyó que fuera Jesucristo muerto en Judea, siendo el mismo Dios el que obligó a los demonios que anunciaran esa muerte a los paganos?
La historia de Thulis, cuyo oráculo sobre la Trinidad es positivo, sólo la refiere Suidas. Pero Thulis, rey de Egipto, no era indudablemente un Tolomeo. ¿Qué crédito debemos dar al oráculo de Serapis cuando hay la certeza de que Herodoto no habla de ese dios, en tanto que Tácito refiere punto por punto cómo y por qué uno de los Tolomeos hizo venir del Ponto al dios Serapis, que por aquel entonces sólo allí era conocido?
Tampoco podemos otorgar crédito al oráculo pronunciado sobre el niño hebreo, a quien todos los dioses obedecen. Cedreno tomó de Eusebio ese oráculo y hoy no se encuentra en ninguna parte. Puede que Cedreno pusiera una cita falsa, o citara alguna obra falsamente atribuida a Eusebio, mas, ¿por qué todos los primitivos apologistas del cristianismo guardan silencio acerca de un oráculo tan favorable a la religión? Los oráculos que Eusebio toma de Porfirio, afín al paganismo, son tan difíciles de creer como los anteriores. Eusebio nos los presenta aislados de todo cuanto los acompañaba en los escritos de Porfirio, y por esto no sabemos si éste los refutaba. Debía hacerlo para defender su credo, y si no lo hizo seguramente tenía alguna intención oculta, como la de ofrecerlos a los cristianos con la idea de burlarse de su credulidad si los consideraban verdaderos y fundaban su religión sobre semejantes cimientos.
Más aún, algunos cristianos primitivos decían a los paganos que sus sacerdotes se burlaban de ellos. He aquí las palabras de Clemente de Alejandría: «Elogia cuanto quieras esos oráculos locos e impertinentes, y añade a ellos los augurios e interpretaciones de sueños y prodigios. Haz que aparezcan delante de Apolo Pitio esas gentes que adivinan por medio de la harina o la cebada, y los que merecen tanto aprecio porque hablan por el vientre. Los secretos de los templos de los egipcios y la nigromancia de los etruscos, deben permanecer en la oscuridad porque sólo son imposturas extravagantes y engaños semejantes a los del juego de los dados. Las cabras destinadas a la adivinación y los cuervos enseñados a pronunciar oráculos sólo son, por decirlo así, cómplices de los charlatanes que engañan a los hombres».
Eusebio aduce, a su vez, excelentes razones para probar que los oráculos pudieron ser imposturas, y si se atribuyen a los demonios es por dar crédito a un lamentable prejuicio y por respetar la opinión general. A los paganos les tenía sin cuidado averiguar si sus oráculos eran una artimaña de sus sacerdotes, y por la falsa manera de argumentar creyeron conseguir alguna ventaja en esta discusión, concediéndoles que si había algo de sobrenatural en sus oráculos no era por mediación de la Divinidad sino por la de los demonios.
Finalmente, llegó un tiempo en que se descubrieron en todo el mundo las supercherías de los sacerdotes, lo que aconteció cuando la religión cristiana derrotó al paganismo en tiempos de los emperadores cristianos. Teodoreto dice que Teófilo, obispo de Alejandría, expuso a los habitantes de dicha ciudad las estatuas huecas en las que se escondían los sacerdotes para pronunciar los oráculos, llegando hasta ellas por caminos subterráneos. Cuando por orden de Constantino se derribó el templo de Esculapio, en Cilicia, dice Eusebio que expulsaron de allí, no a un dios o un demonio, sino al bergante que se impuso mucho tiempo a la credulidad del pueblo.
Desde que hemos reconocido que los demonios no podían tener parte en los oráculos quedó vencida la mayor dificultad que éstos ofrecían pero desde que Jesucristo vino al mundo no hay interés en que cese la influencia de los oráculos. Tanto es así que poseemos pruebas de que los oráculos continuaron al menos cuatrocientos años después de la venida de Jesucristo, y que sólo enmudecieron cuando se destruyó por entero el paganismo.
Suetonio, en Vida de Nerón, dice que el oráculo de Delfos aconsejó a dicho emperador que se guardara de los setenta y tres años. Nerón creyó que no debía morir hasta esa edad y nunca se le ocurrió que el viejo Galba, que tenía setenta y tres años, le usurparía el imperio.
Filostrato refiere que Apolonio, en tiempos de Domiciano, visitó los oráculos de Dodona y Delfos. Plutarco, que vivía en el reinado de Trajano, nos cuenta que el oráculo de Delfos existía aún, aunque sólo tenía una sacerdotisa, cuando en épocas anteriores tuvo dos o tres. En tiempos de Adriano, Dion Crisóstomo dice que consultó el oráculo de Delfos.
En tiempos de los Antoninos, relata Luciano que un sacerdote de Tiana fue a preguntar al falso profeta Alejandro si los oráculos que se pronunciaban en Didima, Clarós y Delfos eran en verdad respuestas de Apolo o simples imposturas. Alejandro tuvo consideración con dichos oráculos de la misma naturaleza que el suyo, y respondió al sacerdote que eso no era permitido saberlo. Pero cuando ese hábil sacerdote le preguntó qué le sucedería cuando muriera, el oráculo le respondió: «Primero será camello, luego caballo, más tarde filósofo y, finalmente, un profeta tan grande como Alejandro».
A la muerte de los Antoninos, tres emperadores se disputaron el imperio. Consultado el oráculo de Delfos sobre cuál de los tres sería mejor para el país, dio esta contestación: «El negro es el mejor, el africano es bueno y el blanco es el peor». El negro aludía a Pescenio Niger, el africano a Severo Séptimo, natural de Africa, y el blanco a Claudio Albino.
Dión, que no terminó de escribir su historia hasta el año VIII del imperio de Alejandro Severo, o sea en 230, refiere que en aquella época Anfíloco pronunciaba todavía oráculos. También nos dice que en la ciudad de Apolonia existía un oráculo que predecía el porvenir.
Sozomeno refiere que Lecino, deseando declarar la guerra a Constantino, consultó el oráculo de Apolo, que le respondió con estas palabras de Homero: «Desventurado viejo, ya no estás para luchar con jóvenes; te falta fuerza y la edad te abate». Macrobo, que vivía en tiempos de Arcadio y Honorio, hijos de Teodosio, se ocupa de un dios de Heliópolis que pertenecía a Siria y de su oráculo, de manera que no puede dudarse que todavía existían.
Constantino hizo derribar algunos templos so pretexto de que se cometían crímenes: concretamente, los de Venus y Esculapio, en donde había oráculos. Además, prohibió la ofrenda de sacrificios a los dioses y ordenó inutilizar los demás templos paganos. Cuando Juliano ascendió al imperio quedaban todavía muchos oráculos, restableció algunos y hasta él mismo quiso profetizar. Jobino, su sucesor, empezó con gran celo la destrucción del paganismo, pero como sólo reinó siete meses poco pudo hacer. Teodosio, para conseguirlo, mandó cerrar todos los templos paganos, y más tarde los emperadores Valentiniano y Marciano prohibieron en 451 la práctica de dicha religión bajo pena de muerte. En su caída, el paganismo arrastró los oráculos.
Este final no debe sorprender a nadie, pues era consecuencia lógica del establecimiento del nuevo culto. Los hechos milagrosos disminuyen en una religión falsa en cuanto ésta se afirma, porque ya no los necesita, o cuando se extingue porque ya no queda nadie que los crea. El deseo, tan vehemente como baldío, de conocer el porvenir originó los oráculos, la superchería los acreditó y el fanatismo puso el sello a su fama. La pobreza de los pueblos, que ya nada podían dar, la impostura de los sacerdotes que se descubrió en muchos oráculos y los edictos de los emperadores cristianos, fueron las causas verdaderas de la extinción de esa clase de farsas. |
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ORGULLO. En una de sus cartas, Cicerón dice familiarmente a su amigo: «Envíame a cualquiera a quien desees que le haga regalar las Galias». En otra epístola se queja de sentirse fatigado de las cartas de no sabe cuántos príncipes que le agradecen haber erigido sus provincias en reinos, añadiendo que ni siquiera sabe dónde están situados esos reinos.
Se comprende que Cicerón, que había visto al pueblo romano, este pueblo rey, aplaudirle y obedecerle, y a unos reyes que ni siquiera conocía darle las gracias, experimentase algunos accesos de orgullo y vanidad.
Aunque este sentimiento no sea del todo conveniente a un animal tan mezquino como el hombre, se le puede perdonar, sin embargo, a un Cicerón, un César o un Escipión, pero que en lo más remoto de una de nuestras provincias medio bárbaras cualquier individuo que haya comprado un pequeño cargo y publique versos mediocres se permita ser orgulloso, eso nos hace reír muchísimo.
OSEAS. Repasando ayer el Antiguo Testamento me llamó la atención el pasaje de la profecía de Oseas, que se halla en el capítulo XIV, versículo 1: «Oh, mal haya Samaria por haber exasperado a su Dios! Perezcan todos al filo de la espada, sean estrellados contra el suelo sus niños, y abiertos los vientres de sus mujeres preñadas».
Como estas palabras me parecían muy duras fui a consultar con un teólogo de la universidad de Praga y me habló así: «No deben sorprendernos. Los samaritanos eran cismáticos que querían hacer sacrificios en su país, pero no enviar el dinero a Jerusalén, y merecían padecer los suplicios a que el profeta Oseas los condenó. La ciudad de Jericó, que fue tratada de igual modo, después que sus murallas cayeron al son de las trompetas, era menos culpable. Los treinta y un reyes que Josué mandó ahorcar no eran cismáticos, ni los cuarenta mil efraimitas que murieron asesinados porque al pronunciar siboleth decían schiboleth habían caído en el abismo del cisma. Sabed, amigo mío, que nada hay tan execrable en el mundo como el cisma. Los jesuitas hicieron ahorcar en Thorn, en 1724, a unos jóvenes estudiantes sólo porque eran cismáticos. No dudéis que nosotros, que somos católicos, apostólicos, romanos y bohemios, no nos abstendríamos de pasar a cuchillo a todos los rusos que encontráramos desarmados, de estrellar a sus niños contra el suelo, de abrir el vientre de sus mujeres preñadas, ni de sacar de su matriz sangrienta a los fetos. Digo esto porque los rusos pertenecen a la religión griega, que es cismática, y se niegan a entregar su dinero a Roma; debemos, por tanto, exterminarlos, pues está demostrado que los jerosolimitas debían exterminar a los samaritanos».
Me tomé la libertad de contradecir al teólogo de la universidad de Praga y se enfadó conmigo. La discusión continuó tanto rato que me vi obligado a cenar con él, y a pesar de que me envenenó tuve la suerte de sobrevivir.
OVIDIO. Los investigadores han escrito varios volúmenes intentando averiguar el lugar del mundo al que Octavio Augusto desterró a Ovidio Nasón. Lo único cierto que sabemos es que nació en Sulmona, se educó en Roma y pasó diez años de su vida en la orilla derecha del Danubio, en las inmediaciones del mar Negro. Aunque a esa nación la llaman bárbara, no hay que creer que era salvaje. Allí escribían versos. Cotys, reyezuelo de una parte de Tracia, componía versos dedicados a Ovidio en la lengua de los dacios. El poeta latino la aprendió tan perfectamente que versificaba en dicho idioma. Parece que se debían escribir versos griegos en la antigua patria de Orfeo, pero entonces poblaban aquellas regiones las naciones del Norte, que es probable hablasen un dialecto tártaro parecido al antiguo eslavo. Ovidio no había nacido para escribir versos tártaros. El territorio de los tomitas, donde le desterraron, pertenecía a Mesia, provincia romana, y estaba situado entre el monte Hemus y el Danubio, en el grado cuarenta y cuatro, como los más hermosos climas de Francia, pero las montañas que tiene al Sur y los vientos del Norte y del Este que recibe del Ponto Euxino, y el frío y humedad que le proporcionan los bosques y el Danubio, hicieron insoportable esa región para el hombre nacido en Italia. Por eso Ovidio no vivió allí mucho tiempo, muriendo a la edad de sesenta años. En sus elegías se queja del clima, pero no de sus habitantes. Aunque lo coronaron de laureles y le concedieron privilegios, no podía olvidar que estaba desterrado de Roma.
El destierro de Ovidio es una prueba de la esclavitud en que vivían los romanos. Tanto Octavio como sus sucesores hacían caso omiso de las leyes. Antes de aquella época, esto es, durante la república, se necesitaba un plebiscito, una ley nacional, para privar a un romano de su patria. Aunque una confabulación desterró a Cicerón, lo fue con arreglo a las leyes.
El delito que cometió Ovidio parece que no fue otro que haber presenciado algo vergonzoso en casa de Octavio. Los historiadores no han podido saber a punto fijo si encontró a éste cometiendo deshonestidades con un efebo, si sorprendió a un escudero en brazos de la emperatriz Livia, con la que Octavio contrajo matrimonio estando embarazada de otro, si vio al emperador ocupado con su hija o su nieta, o haciendo algo peor. Lo más probable es que Ovidio sorprendiese a Octavio en un incesto. Un autor contemporáneo, Miuntiano Apuleyo, dice Pulsum quoque in exilium quod Augusti incestum vidisset.
Octavio Augusto puso como pretexto para desterrarle el haber publicado un libro inocente, El arte de amar, escrito con tanta decencia que no se encuentra una palabra obscena. El motivo es ridículo. ¿Cómo era posible que Augusto, de quien todavía conservamos versos impúdicos, desterrara a Ovidio por haber repartido entre sus amigos, años antes, copias de El arte de amar? ¿Cómo podía reprochar a Ovidio una obra decorosamente escrita al mismo tiempo que aprobaba versos de Horacio, en los que éste prodiga las frases más infames de la prostitución? Era evidentemente injusto vituperar a Ovidio y tolerar a Horacio. Por tanto, no cabe duda que Octavio alega una mala razón, no atreviéndose a declarar el verdadero motivo. Prueba de que la causa del destierro de Ovidio fue haber presenciado algún estupro, algún incesto o alguna deshonestidad en la intocable familia imperial, es que Tiberio, aquel monstruo hipócrita y lascivo, cuando ascendió al trono no levantó el destierro a Ovidio, que en vano lo suplicó al autor de las proscripciones, al envenenador de Germánico, que se mostró sordo a las súplicas del desventurado poeta, quien continuó viviendo a orillas del Danubio.
Podemos reprochar a Ovidio, casi tan duramente como a Augusto y a Tiberio, el haber elogiado a ambos emperadores. Las alabanzas que les prodiga son tan exageradas que moverían a indignación si las hubiera dirigido incluso a príncipes bienhechores, pero él las dirigió a los tiranos. Puede perdonarse el elogio excesivo a un príncipe que nos mima, pero no merece disculpa tratar como un dios a aquel que nos persigue. Habría sido más decoroso para Ovidio embarcarse en el mar Negro y refugiarse en Persia que componer su libro De los Tristes. Extrañan todas esas alabanzas de Ovidio, que deseaba en el fondo de su corazón que otro Bruto librara a Roma de Octavio, mientras públicamente y en verso deseaba a ese tirano la inmortalidad.
P
PABLO (Cuestiones sobre san Pablo). ¿Fue Pablo ciudadano romano como se jacta de haber sido? Si era natural de Tarso (Cilicia), esta ciudad no fue colonia romana hasta cien años después de la muerte del apóstol y en esto están de acuerdo los eruditos. Si nació en Giscala, como cree san Jerónimo, esa localidad pertenece a Galilea y los galileos no eran ciudadanos romanos.
¿Es cierto que Pablo ingresó en la naciente comunidad de los cristianos, que entonces eran semijudíos, porque Gamaliel, que fue su maestro, se negó a casarlo con su hija? Esta acusación sólo se encuentra en Hechos de los Apóstoles, que admiten los ebionitas y copia y refuta san Epifanio.
¿Es cierto que santa Tecla fue a buscar a Pablo disfrazada de hombre? Los hechos de santa Tecla, ¿están autentificados canónicamente? Tertuliano, en su libro sobre el bautismo, capítulo XVII, cree que escribió esa historia un sacerdote afecto a Pablo, pero san Jerónimo y san Cipriano, aunque niegan la fábula del león bautizado por santa Tecla, afirman la veracidad de esos hechos. En ellos se encuentra este singular retrato de Pablo: «Era grueso, de baja estatura y ancho de hombros; sus cejas negras se juntaban sobre su nariz aguileña, tenía las piernas patizambas, la cabeza calva y estaba lleno de la gracia del Señor». También lo retrata así Luciano, aunque no dice que estaba lleno de la gracia del Señor porque no le conocía.
¿Puede perdonarse a Pablo que reprendiera a Pedro porque judaizaba, cuando él mismo estuvo judaizando ocho días en el templo de Jerusalén? Cuando Pablo fue presentado por los judíos ante el gobernador de Judea por introducir extranjeros en el templo, ¿obró bien aconsejando al gobernador que le procesaban por haber resucitado muertos, cuando no se trataba de ninguna resurrección?
¿Hizo bien Pablo en circuncidar a su discípulo Timoteo, después de haber escrito a los gálatas: así os dejáis circuncidar, Jesús no servirá de nada»? ¿Hizo bien en escribir a los corintios, capítulo IX: «¿No tenemos acaso derecho de vivir a vuestras expensas y tener una mujer?» ¿Hizo bien en escribir a los mismos, en su segunda Epístola, «No perdonaré a nadie que haya pecado, ni a los otros»? ¿Qué pensaríamos hoy del hombre que quisiera vivir, él y su mujer, a nuestras expensas, juzgarnos y castigarnos, sin discriminar al inocente del culpable?
¿Qué quiere decir que Pablo fue arrebatado al tercer cielo? ¿Qué significa tercer cielo?
Por último, ¿qué es más verosímil, humanamente hablando, que san Pablo abrazara el cristianismo por haberle derribado del caballo una luz extraordinaria en pleno día y una voz celeste le preguntara «Saulo, Saulo, por qué me persigues», o que se hiciera cristiano por odio a los fariseos, por negarle Gamaliel a casarlo con su hija o cualquier otro motivo?
En otra historia que no fuera sagrada, ¿la negativa de Gamaliel no parecería más natural que el haber oído una voz celeste, si no estuviéramos obligados a creer ese milagro? Sólo formulo estas preguntas para instruirme y exijo de quien desee me hable ajustándose a la razón.
Las Epístolas de san Pablo son tan sublimes que resulta difícil comprenderlas. Muchos jóvenes bachilleres preguntan por el sentido exacto de estas palabras: «Todo hombre que reza y profetiza con un dedo sobre su cabeza, la mancha» (I Epístola a los corintios, cap. 9, 4).
Y el significado de estas otras, «Supe por el Señor que la misma noche que le prendieron había tomado pan» (II Ep. corintios, cap. 11, 23).
¿Cómo pudo saber eso por Jesucristo, con quien nunca habló y del que fue encarnizado enemigo sin haberle visto nunca?, ¿fue por inspiración, por el relato de sus discípulos?, ¿fue cuando la luz celestial le hizo caer del caballo? No lo dice.
¿Qué quiere decir: «La mujer se salvará si tiene hijos»? (Timoteo, capítulo II).
Con estas palabras indudablemente trata de aumentar la población, y no se colige de ello que Pablo propiciara la fundación de conventos de monjas.
Trata de impíos, impostores, diabólicos, de conciencias gangrenosas, a quienes predican el celibato y la abstinencia de comer carne.
¿Qué decir de los pasajes en que recomienda a los obispos que no tengan más que una mujer: Unius uxoris virum (Timoteo, cap. III). Esto es positivo, nunca permitió que un obispo tuviera dos mujeres, cuando los pontífices judíos podían tener varias.
Dice positivamente que «el juicio final llegará en su época, que Jesús descenderá de las nubes como anuncia san Lucas, que él, Pablo, se remontará en los aires para ir delante de Jesús con los habitantes de Tesalónica». ¿Fue eso una figura alegórica?, ¿creyó efectivamente que haría semejante viaje?, ¿llegaría acaso al tercer cielo?
«Que el Dios Nuestro Señor Jesucristo, el padre de la gloria. os conceda el espíritu de la sabiduría» (A los Efesios, cap. I). Decir esto, ¿equivale acaso a reconocer a Jesús como Dios igual al Padre?
«Manifestó el poder que tenía sobre Jesús resucitándolo y colocándole a su derecha.» ¿Dice esto para demostrar la divinidad de Jesús?
«Hicisteis a Jesús inferior a los ángeles coronándolo de gloria» (A los Hebreos, cap. II). Si es inferior a los ángeles, ¿cómo es Dios?
«Si por el delito de uno murieron muchos, la gracia y el don de Dios abundaron por la gracia de un solo hombre, que es Jesucristo» (A los Romanos, cap. V). ¿Por qué le llama siempre hombre, y nunca Dios, exceptuando un solo pasaje que rebaten Erasmo, Grotius, Leclerc, etc.? «Somos hijos de Dios y coherederos de Jesucristo» (Ibid, cap. 8, 17). ¿No es esto considerar a Jesús como uno de nosotros, aunque superior a nosotros por la gracia de Dios? ¿Cómo hemos de entender esos pasajes al pie de la letra sin temer ofender a Jesucristo, y cómo hemos de interpretarlos en sentido más elevado sin temer ofender al Dios Padre? Pablo escribió muchos pasajes que han hecho trabajar la inteligencia de los sabios, que han enfrentado a los exégetas, y nosotros no tenemos la pretensión de aclarar la oscuridad que han dejado. Por tanto, nos sometemos a la decisión de la Iglesia.
También nos ha costado enorme trabajo interpretar esos otros pasajes:
«La circuncisión es beneficiosa si observáis la ley judía, pero si sois prevaricadores de la ley vuestra circuncisión se convierte en prepucio» (A los Judíos de Roma, llamados los Romanos, cap. II).
«Sabemos que todo cuanto la ley dijo a los que están en la ley, lo dijo con el fin de que toda boca quede sellada y todo el mundo se someta a Dios, porque toda carne sólo se justificará ante El por las obras de la ley, porque por la ley viene el conocimiento del pecado. Porque un solo Dios justifica la circuncisión por la fe y el prepucio por la fe. No pluge a Dios que pulvericemos la ley por la fe» (Ibid, cap. III).
Nos atrevemos a decir que ni aun el ingenioso y sabihondo dom Calmet, respecto a esos pasajes, nos ha podido proporcionar una luz que disipara esas tinieblas. Puede que la culpa sea nuestra por no haber comprendido a los exégetas y carecer de suficiente penetración, que sólo debe haberse concedido a las almas privilegiadas, pero cuando la explicación provenga de la cátedra de la verdad lo entenderemos perfectamente.
En cuanto a las Epístolas del apóstol, es mejor leerlas que acabar la paciencia pretendiendo inútilmente averiguar en qué fecha se escribieron. También los investigadores buscan en vano el año y día en que Pablo mandó lapidar a san Esteban y guardó los mantos de los verdugos. Discuten también sobre el año en que una luz brillante le hizo caer del caballo y la época en que fue transportado al tercer cielo. No están de acuerdo en que le llevaron prisionero a Roma, ni en el año que murió. Tampoco se conoce la fecha de ninguna de sus cartas.
Créese que la carta dirigida a los hebreos no es suya, ni la dirigida a los laodicenses, si bien ésta es admitida por igual motivo que las otras.
No se sabe por qué cambió el nombre de Saulo por Pablo, ni qué significa este nombre. San Jerónimo, en sus comentarios a la Epístola a Filemón, dice que Pablo significaba la embocadura de la flauta.
La correspondencia que intercambiaron Pablo y Séneca fue para la primitiva Iglesia tan auténtica como los escritos de los demás cristianos. Al menos lo asegura san Jerónimo, que en su catálogo cita pasajes de dichas cartas. Y san Agustín también lo afirma en una de las suyas a Macedonio. Se conservan trece cartas de Pablo y de Séneca, que se dice estuvieron ligados por estrecha amistad en la corte de Nerón. La séptima carta que Séneca dirigió a Pablo es curiosísima: cuenta que los judíos y los cristianos, enemigos irreconciliables, se acusaron recíprocamente de haber incendiado la capital del Imperio romano, y que el desprecio y horror con que miraban a los judíos y cristianos los entregaran a la venganza pública.
Hacemos notar que la correspondencia epistolar de Séneca y Pablo está escrita en latín bárbaro y ridículo, que los temas son tan impertinentes como el estilo, y que hoy se consideran falsas. Pero cualquiera se atreve a contradecir los testimonios de san Jerónimo y san Agustín. Si ellos aseguran que son verdaderas cuando son falsificadas, ¿qué seguridad podemos tener de que son veraces otros muchos escritores respetables? Esta es la objeción que presentan algunos sabios. Si nos han engañado indignamente, dicen, queriendo hacer pasar por verdaderas las cartas de Pablo y Séneca, las constituciones apostólicas y los hechos de san Pedro ¿por qué no nos han podido engañar también respecto a los Hechos de los Apóstoles?
No sabemos en qué se fundaba Addías, primer obispo de Babilonia, para decir, en su Historia de los apóstoles, que Pablo hizo que el pueblo lapidara a Santiago el Menor, pero antes de que abrazara el cristianismo pudo muy bien perseguir a Santiago, como persiguió a san Esteban. Pablo era muy violento, y según consta en los Hechos de los Apóstoles «no respiraba sino amenazas y muerte contra los discípulos del Señor» (Cap. 9, 1). Abdías tiene cuidado de observar que «el autor de la sedición, que tan cruelmente maltrató a Santiago, era el mismo Pablo, que luego Dios designó para ejercer el ministerio del apostolado» (Historia apostólica, libro VI, del Código de Fabricio).
Ese libro, que se atribuye al obispo Abdías, no lo admiten los cánones; sin embargo, Julio el Africano, que lo tradujo al latín, lo cree auténtico. Pero si la Iglesia no lo admite, tampoco nosotros debemos hacerlo. Limitémonos, pues, a bendecir la Providencia y a desear que todos los perseguidores lleguen a convertirse en apóstoles indulgentes.
PAPISMO (Sobre el). Diálogo entre el papista y el tesorero.
EL PAPISTA. En su principado, monseñor, tiene luteranos, calvinistas, cuáqueros, anabaptistas e incluso judíos; ¡y aún quiere que admitamos unitarios!
EL TESORERO. Si estos unitarios nos traen industria y dinero, ¿qué mal nos hacen? Al contrario, pagarán mejor los estipendios que cobramos.
EL PAPISTA. Confieso que si me privaran de ese dinero me resultaría más doloroso que la admisión de esos señores... Ellos no creen que Jesucristo sea hijo de Dios.
EL TESORERO. ¿Y eso qué importa mientras le permitan creer en ello y esté usted bien alimentado, bien vestido y bien alojado? Los judíos también están muy lejos de creer que sea hijo de Dios y, sin embargo, bien contento está de encontrar judíos a quienes colocar su dinero al seis por ciento. El propio san Pablo nunca habló de la divinidad de Jesucristo le llama «un hombre», simplemente. Así, dice: «La muerte ha reinado por el pecado de un solo hombre, los justos reinarán gracias a un solo hombre, que es Jesús... Vosotros sois de Jesús, y Jesús es de Dios...» Todos nuestros primeros Padres de la Iglesia han pensado como san Pablo y es evidente que durante trescientos años Jesús se contentó con su humanidad imagínese usted que es un cristiano de los tres primeros siglos.
EL PAPISTA. Pero es que ellos no creen en la eternidad de las penas.
EL TESORERO. Y yo tampoco. Condénese usted para siempre, si así lo quiere, pero yo no quiero estarlo. De ningún modo.
EL PAPISTA. ¡Ah, Señor, es bien triste no poder condenar a gusto de uno todos los herejes de este mundo! Pero esa pasión que tienen los unitarios para algún día hacer felices a las almas no es la única cosa que me preocupa. Ya sabe que esos monstruos, lo mismo que los saduceos, no creen en la resurrección de los muertos y dicen que todos somos antropófagos, que las partículas que componían su abuelo y su bisabuelo, forzosamente dispersas en la atmósfera, se han convertido en zanahorias y espárragos, y que es absolutamente imposible que usted no haya comido algún pedacito de sus antepasados.
EL TESORERO. Bueno, no importa; mis nietos harán lo mismo conmigo. Se trata sólo de una deuda y lo mismo les ocurrirá a los papistas. Ello no es razón para que a usted le expulsen de los Estados de monseñor, como tampoco lo es que echen de ellos a los unitarios. Resucite usted como pueda; a mí me importa poco que los unitarios resuciten o no, con tal que nos sean útiles mientras vivan.
EL PAPISTA. ¿Y qué me dice usted, señor mío, del pecado original que niegan descaradamente? ¿No se siente usted escandalizado cuando aseguran que el Pentateuco no dice de ello una palabra y que san Agustín, obispo de Hippona, fue el primero que enseñó positivamente este dogma, aunque fuera evidentemente indicado por san Pablo?
EL TESORERO. A fe mía que si el Pentateuco no habla de esto no es por mi culpa. ¿Por qué no añade usted una pequeña frase, alusiva al pecado original, al Antiguo Testamento, donde según se dice ya habéis añadido tantas otras cosas? En cuanto a mí, nada entiendo de estas sutilezas. Mi tarea es pagarle regularmente sus estipendios cuando tengo dinero...
PARAÍSO. Este vocablo es uno de los que mayormente se ha apartado de su etimología. Todo el mundo sabe que en su origen designaba un lugar plantado de árboles frutales; luego, se llamó paraíso a los jardines que poseían árboles frondosos. Así se llamaron en la Antigüedad los jardines de Sahara situados hacia Edén, en la Arabia Feliz, que fueron conocidos mucho antes de que las hordas hebreas invadieran parte de Palestina.
La palabra sólo es célebre para los judíos en el Génesis. Algunos autores judíos hablan de jardines, pero ninguno dijo una palabra del jardín denominado paraíso terrenal. ¿Por qué los escritores ni los profetas judíos citaron nunca el paraíso terrenal, del que nosotros nos ocupamos todos los días? Como ello es casi incomprensible, hizo creer a sabios desenfadados que el Génesis se escribió mucho más tarde.
Ahora bien, los judíos nunca tomaron ese jardín por el cielo. San Lucas es el primero que designó el cielo con la palabra paraíso, cuando Jesucristo dijo al buen ladrón: «Tú estarás conmigo, hoy, en el paraíso». Los antiguos dieron el nombre de cielo a las nubes, denominación que era impropia dado que las nubes tocan la tierra mediante los vapores que las forman, y cielo es una voz vaga que significa el espacio inmenso en el que giran multitud de soles, planetas y cometas, y que de ningún modo se parece a un jardín.
Santo Tomás dice que hay tres paraísos: el terrenal, el celeste y el espiritual. No alcanzo a comprender la diferencia que puede haber entre el espiritual y el celeste. El jardín espiritual, según dicho santo, es la visión beatífica, pero eso es precisamente lo que constituye el paraíso celeste, el goce del mismo Dios. Lejos de mi ánimo disputar con el Doctor Angélico, por lo que me concretaré en decir: ¡Feliz el que puede estar eternamente en uno de los tres paraísos!
Algunos sabios curiosos creen que el jardín de las Hespérides, que vigilaba un dragón, era un remedo del jardín del Edén, cuyo guardián era un buey o un querubín. Otros sabios más temerarios han osado decir que el buey era una mala imitación del dragón y que los judíos fueron siempre toscos plagiarios, pero esto es blasfemar, por lo que esa idea no puede defenderse.
¿Por qué se habrá dado el nombre de paraíso al último piso de los teatros? Tal vez por ser la localidad más barata y donde mejor pueden ir los pobres, y por creer que en el otro Paraíso hay más pobres que ricos? ¿Por ser el sitio más alto, como para significar que es el cielo? Sin embargo, hay inmensa diferencia entre ascender al cielo y subir al paraíso de un teatro.
PATRIA. En este artículo, siguiendo nuestro método, nos limitaremos a proponer unas cuestiones que no podemos resolver.
El judío, ¿tiene patria? Sí, ha nacido en Coimbra, vive entre una multitud de ignorantes que presentarán muchos argumentos en su contra y dará respuestas absurdas si es que se atreve a responder; le vigilarán los inquisidores, le condenarán a la hoguera si averiguan que no come carne de cerdo y, después, se apoderarán de sus bienes. ¿Cabe decir que Coimbra es su patria, que acaso puede amarla? ¿Puede decir, como los Horacios de Corneille:
Albe, mon cher pays et mon premier amour... Mourir pour le pays est un si digne sort Qu'on briguerait en foule une si belle mort?
Su patria, ¿es Jerusalén? Oyó decir vagamente que en la Antigüedad sus antepasados habitaron en aquel territorio pedregoso y estéril, rodeado por un desierto inhóspito, y que los turcos son hoy dueños de aquel país. Jerusalén no es, hoy, su patria, ni hay en el mundo un pie cuadrado de tierra que les pertenezca.
El guebro, que es más antiguo y respetable que el judío y hoy vive esclavo de los turcos, los persas o del Gran Mogol, ¿puede contar como patria las chozas que eleva en secreto en la cumbre de las montañas? El baniano y el armenio, que pasan la vida recorriendo el Oriente dedicados a ejercer el oficio de comisionistas, ¿pueden decir que ésa es su querida patria? No tienen más patria que su bolsa y su libro de cuentas. Y en las naciones de Europa, todos esos mercenarios que alquilan sus servicios y venden su sangre al primer rey que les paga, ¿tienen patria? Menos que el ave de rapiña que vuelve todas las noches al hueco de la peña donde su madre hizo el nido. ¿Se atreven los frailes a decir que tienen patria? Dicen que su patria es el cielo; enhorabuena, pero en el mundo no sé que tengan patria.
La palabra patria, ¿es adecuada y conveniente en boca de un griego moderno, que ignora que existieron Milcíades y Agesilao, que sólo sabe que es esclavo de su jenízaro, y éste esclavo de un aga, y éste de un bajá, y éste de un visir, y éste esclavo del padisha, que los europeos llamamos el Gran Turco?
¿Qué es, pues, la patria? ¿Será acaso un buen campo cuyo dueño, viviendo cómodamente en una casa provista de todo, pueda decir: este campo que cultivo, esta casa que he edificado, son míos, y vivo en ellos bajo la protección de las leyes que ningún tirano puede violar? Cuando los que posean campos y casas, como yo, se reúnan para tratar de sus intereses comunes, tendré voto en esa asamblea porque constituyo parte del todo, una parte de la comunidad, una parte de la soberanía; ésta es mi patria. Y todo lo que no sea esta convivencia de hombres no suele ser más que una caballeriza gobernada por un palafrenero que se impone a latigazos. Se tiene una patria bajo un buen rey; no bajo un tirano.
Un joven pastelero que había estudiado en el colegio y recordaba aún algunas frases de Cicerón, se enorgullecía un día de amar con entusiasmo a la patria. «¿Qué entiendes tú por patria? —le preguntó un vecino— ¿Es el horno donde trabajas, la aldea donde naciste y no has vuelto a ver, la calle donde vivían tus padres, que se arruinaron, obligándote a pasar la vida haciendo pasteles, la iglesia de Nuestra Señora en la que no conseguiste ser monaguillo, mientras que un hombre cualquiera llega a ser arzobispo o duque y disfrutar de veinte mil luises de oro de renta?» El joven no supo qué contestar, y un filósofo, que estaba oyendo la conversación, sacó por consecuencia que en la patria se encuentran frecuentemente millones de almas que no tienen patria.
Tú, voluptuoso parisiense, que nunca hiciste más viaje que el de París a Dieppe para comer pescado fresco, que sólo conoces la suntuosa casa que tienes en la ciudad y la linda casa de campo, que hablas bastante bien la lengua francesa porque no sabes hacer otra cosa que parlotear. estás enamorado de todo eso y de las querindangas que mantienes y del champaña, ¿afirmas que amas a tu patria?
¿Puede decirse, en conciencia, que el financiero ama acendradamente a su patria? ¿Que el oficial y el soldado, que devastarían el distrito donde tienen su acuartelamiento si les mandaran hacerlo, acaso profesan afecto tierno a los campesinos que arruinarían? ¿Cuál era la patria del duque de Guisa, apodado el Acuchillado? ¿Era Nancy, París, Madrid o Roma? ¿Qué patria tuvieron los cardenales La Balue, Duprat, Lorena y Mazarino? ¿Cuál fue la patria de Atila y demás héroes de este jaez que todo lo recorrieron y no pararon nunca? Quisiera que me dijeran cuál fue la patria de Abrahán. Creo que fue Eurípides el primero que dijo que la patria es el sitio donde nos encontramos bien. Pero sin duda lo diría antes que Eurípides, el primer hombre que salió del lugar de su nacimiento para buscar el bienestar en otra parte.
Patria es la agrupación de muchas familias, y así como de ordinario sostenemos a la familia por amor propio, cuando no media un interés contrario, por ese mismo amor propio sostiene cada individuo la ciudad o el pueblo de su nacimiento que llamamos su patria. Cuando más grande es la patria menos la amamos, porque el amor dividido se debilita. Es imposible amar tiernamente a una familia numerosa que apenas conocemos.
El que siente la ardiente ambición de ser edil, tribuno, pretor, cónsul o dictador, se esfuerza por pregonar que ama a su patria, pero sólo se ama a sí mismo. Cada ciudadano desea estar seguro de poderse acostar por la noche en su casa sin que otro hombre se irrogue el poder de mandarle que se acueste en otra parte: la ciudadanía quiere estar segura de su fortuna y su vida. Teniendo todos los ciudadanos los mismos deseos, el interés particular deviene en interés general; cuando se hacen votos en favor de la república, en realidad cada cual los hace en beneficio propio.
Es imposible que exista en el mundo ningún estado que al principio no se haya gobernado por la república, porque ésta es la marcha natural de la naturaleza del humano linaje. Al principio, algunas familias empezaron a unirse para defenderse de los osos y lobos; las que sólo tenían cereales los cambiaban con las que sólo poseían leña. Cuando descubrimos América encontramos sus poblaciones divididas en repúblicas, sólo había dos monarquías en toda aquella parte del mundo. Entre mil naciones, únicamente encontramos dos que estuvieran subyugadas.
Igual ocurría en el mundo antiguo; en Europa, todo eran repúblicas antes de conocerse los reyezuelos de Etruria y de Roma. Existieron durante muchos siglos las repúblicas de Asia, de Trípoli, de Túnez y de Argel; hacia la parte septentrional eran repúblicas de bandidos. Los hotentotes, situados en el Mediodía, aún viven como en las primeras edades del mundo, libres, todos iguales, sin amos ni vasallos, sin dinero y casi sin necesidades. La carne de sus corderos les alimenta, con sus pieles se visten, chozas de madera y barro son sus viviendas, y apestan más que los demás hombres, pero no se dan cuenta. Viven y mueren más dulcemente que nosotros.
Quedan en Europa ocho repúblicas, Venecia, Holanda, Suiza, Ginebra, Lucca, Génova y San Marino, pudiéndose considerar Polonia, Suecia e Inglaterra como repúblicas gobernadas por un rey.
Preguntamos: ¿qué es preferible, que vuestra patria sea un estado monárquico o un estado republicano? Hace cuatro mil años que se debate esta cuestión. Si la han de resolver los ricos dirán que prefieren la aristocracia; si ha de resolverla el pueblo afirmará que prefiere la democracia. Sólo los reyes preferirán la monarquía. ¿Cómo es posible, pues, que en casi todo el mundo gobiernen monarcas? Preguntádselo a los ratones, que cierto día se propusieron colgar un cascabel al gato y ninguno se atrevió a ponérselo (1).
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