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O

OBISPO. Samuel Ornik, natural de Basilea, era un joven educado que sabía de memoria el Nuevo Testamento en griego y en alemán. Sus padres, que ya le hicieron viajar a la edad de veinte años, le encargaron que llevara libros al obispo de París en la época de la Fronda (1). Personado en la puerta del arzobispado, el guardia suizo le dijo que monseñor no recibía a nadie. «Camarada —le replicó Ornik—, sois poco amable para vuestros compatriotas. Los apóstoles dejaban que se les acercase todo el mundo, y Jesucristo quería que fueran a él todos los niños. No vengo a pedir nada a vuestro señor, sino a traerle». «Entrad, pues» —le contestó el suizo.

(1) Entonces, el arzobispo de París era el cardenal Rotz.

Estuvo una hora haciendo antesala y como era muy ingenuo trabó conversación con un doméstico parlanchín que tenía afán por decir lo que sabía de su señor. «Debe de ser inmensamente rico —murmuró Ornik— para tener tantos pajes y servidores como veo en esta casa». «Ignoro la renta que tendrá —respondió el doméstico—, pero me han dicho Joly y el abate Charrier que tiene dos millones de deudas». «Buena renta ha de tener para pagarlas... pero, ¿quién es aquella dama que sale de aquel gabinete y se va» «Madame de Pomereu, una de sus amantes». «Verdaderamente, es muy hermosa... pero no he leído en ninguna parte que los apóstoles tuvieran semejante compañía por las mañanas en su dormitorio... Creo que viene monseñor y me va a recibir». «Dadle el tratamiento de Su Grandeza». «No lo sabía, pero no tengo inconveniente». Ornik saludó a Su Grandeza, que le acogió con graciosa sonrisa y el joven le entregó los libros de que era portador. El obispo le dijo cuatro palabras y acto seguido entró en su carroza, a la que escoltaban cincuenta caballeros. Al subir al carruaje se le cayó un estuche a monseñor. Ornik quedó sorprendido al oír estas palabras pronunciadas por el doméstico: «¿No comprendéis que eso es su puñal? Ordinariamente, todos van con ese puñal al Parlamento». « ¡Extraño modo de oficiar! » se contestó Ornik, y salió de allí sorprendido.

 

Recorrió Francia de ciudad en ciudad y cada vez se sentía más piadoso. Después pasó a Italia. Cuando llegó al territorio del papa encontró uno de esos obispos con mil escudos de renta que iba a pie. Ornik, que era hombre compasivo, le invitó a ocupar un puesto en su carruaje. «Venid conmigo, monseñor, pues sin duda iréis a consolar algún enfermo» «No, iba a casa de mi señor». « ¡Vuestro señor! Vuestro señor es Jesucristo». «No, el cardenal Azolín, que soy su limosnero. Me da pocas ganancias pero me ha prometido colocarme en el palacio de doña Olimpia, que es la cuñada favorita di nostro signore il Papa». « ¡Vivís a expensas de un cardenal! ¿Sabéis que en tiempos de Jesucristo y san Juan no había cardenales?» a¿Es posible?» —exclamó el prelado italiano. «Es cierto. Y vos lo habréis leído en el Evangelio». «Nunca lo he leído —confesó el obispo—. No sé más que el oficio de Nuestra Señora». «Pues os repito que en aquella época no había cardenales ni obispos, y cuando fueron creados eran casi iguales a los demás sacerdotes, tal como san Jerónimo asegura». « ¡Válgame la Virgen! No sabía nada de eso... ¿Y habían papas?» «Tampoco». El buen obispo se santiguó, y creyendo que estaba hablando con el maligno saltó del carruaje y echó a correr.

 

ONÁN, ONANISMO. Prometimos en el artículo Amor socrático hablar de Onán y del onanismo, aunque ello nada tenga de común con el amor socrático, que es un efecto desordenado del amor propio.

 

El linaje de Onán fue muy singular. El patriarca Judá, su padre, como sabemos, fornicó con su nuera Thamar la Fenicia a la vera de un camino. Jacob, padre de Judá, había sido a la vez marido de dos hermanas, hijas de un idólatra, y engañó a su padre y a su suegro. Lot, hermano del abuelo de Jacob, se había acostado con sus dos hijas. Salomón, descendiente de Jacob y Judá, se casó con Rahab la Cananea, una prostituta. Booz, hijo de Salomón y Rahab, se acostó con Ruth la Madianita y fue bisabuelo de David. David quitó al capitán Urías su esposa Betsabe, mandando aquél a la muerte para gozar con más libertad de sus amores. En las dos genealogías de Jesucristo, que difieren en otros puntos, pero son iguales en éstos, se encuentra que el Salvador es descendiente de esta multitud de fornicaciones, adulterios e incestos. Estas singularidades no pueden por menos de acongojar a la razón humana humillar nuestra inteligencia limitada y convencernos de que los designios de la providencia son inexcrutables.

 

El reverendo padre Calmet hizo este comentario respecto al incesto que cometió Judá con Thamar y del pecado de Onán: «La Biblia nos detalla una historia que en su sentido literal choca a nuestra inteligencia y parece poco edificante, pero el sentido oculto y misterioso que encierra es tan elevado como grosero el literal a los ojos de la carne. Sin tener razones para ello el Espíritu Santo no hubiera permitido que la historia de Thamar, de Ruth y de Betsabé se encontraran mezcladas en la genealogía de Jesucristo».

 

Lamentamos que Calmet no haya explicado tan poderosas razones para disipar las dudas y escrúpulos de los hombres honrados y timoratos que desean comprender por qué el Ser Eterno, creador de los mundos nació en una aldea judía y de una estirpe de ladrones y prostitutas. Este misterio, que es uno de los más inconcebibles, merecía que algún sabio exégeta lo explicara. Ocupémonos ahora del onanismo.

 

Es difícil averiguar cuál fue el pecado de Onán: Judá había casado a su hijo primogénito Her con Thamar. Her murió por haber sido perverso. Judá quiso entonces que su segundo hijo Onán contrajera matrimonio con la viuda del primogénito, obedeciendo la antigua ley de los egipcios y fenicios o lo que llamaban hacer salir hijos a su hermano. El primer hijo del segundo matrimonio tenía que llevar el nombre del marido difunto de la mujer y esto Onán no lo quería. Odiaba a su hermano y por no tener un hijo que llevase tal nombre dícese que echaba el semen en el suelo.

 

Falta saber si era en el contacto carnal con su mujer cuando engañaba a la naturaleza o si con la masturbación eludía los deberes conyugales: el Génesis no lo dice. Actualmente, se llama pecado de Onán al abuso que hace el hombre de sí mismo forzando la naturaleza con su mano, vicio bastante común en los jovenzuelos y mocitas de temperamento ardiente. Se ha notado que sólo los hombres y los simios incurren en eso que contraría el propósito de la naturaleza.

 

En Inglaterra, un médico escribió un pequeño libro titulado Del onanismo, del que se vendieron veinticinco ediciones en poco tiempo, suponiendo que eso no fuera una artimaña del librero para atraerse lectores, lo que no sería una cosa nueva. Tissot, famoso médico de Lausana, también publicó otro sobre el onanismo, más profundo y metódico que el inglés. Ambas obras ponen de manifiesto las consecuencias funestas de esa perniciosa práctica, que origina un debilitamiento de las fuerzas, impotencia, trastornos en el estómago y las vísceras, temblores, vértigos, el embrutecimiento y, a veces, la muerte prematura. El doctor Tissot sabe por experiencia que la quinina es el mejor remedio para curar esas enfermedades, a condición de abandonar ese hábito vergonzoso y funesto que tan extendido está entre los estudiantes, pajes y frailes jóvenes, pero se convenció de que era más fácil tomar la quinina que renunciar a lo que se convierte en una segunda naturaleza. A las consecuencias del onanismo añadid las de la sífilis y os convenceréis de lo ridícula y desgraciada que es la especie humana. Para consolarla, el doctor Tissot refiere tantos ejemplos de enfermos de repleción y humores, como enfermos de emisión de humores, encontrando unos y otros en varones y mujeres. No puede oponerse argumento más contundente contra los votos temerarios de castidad. En efecto, ¿en qué ha de convertirse el líquido precioso que nos dio la naturaleza para propagar el género humano? Si lo prodigamos desmesuradamente, puede matarnos; si lo retenemos, también nos puede causar la muerte. Se ha observado que las poluciones nocturnas son frecuentes en las personas célibes, pero lo son más en los jóvenes religiosos que en las monjas, porque el temperamento del hombre es más dominante. De ello debemos extraer la consecuencia de que es antinatural entregarnos a estas prácticas, y que es una especie de sacrilegio en las personas sanas prostituir ese don que recibieron del Creador y renunciar al matrimonio que Dios ordena. Así lo creen los protestantes, judíos, musulmanes y otros pueblos, pero los católicos patrocinan los conventos. Respecto a los católicos, les aplicaré las palabras que el sabihondo Calmet dice del Espíritu Santo: «sin duda, tuvieron buenas razones para creerlo así»

 

OPINIÓN. ¿Qué opinión tienen las naciones de América del Norte y las que costean el estrecho de la Sonda sobre el mejor de los gobiernos, la mejor religión, sobre el derecho público eclesiástico, la manera de escribir historia, del poema épico, sobre las ideas innatas, la gracia concomide la égloga, del poema épico, sobre las ideas innatas, la gracia concomitante y los milagros del diácono de París? Ninguno de esos pueblos profesa opinión alguna sobre asuntos de los que no tiene idea. Poseen, a lo más, un conocimiento confuso de sus costumbres. Así son todos los pueblos que habitan las costas del mar glacial en una extensión de quinientas leguas, los habitantes de las tres cuartas partes de Africa, casi todos los de las islas de Asia, veinte hordas de tártaros y todos los hombres que se ocupan únicamente del trabajo agobiante y siempre renovado de proporcionarse la subsistencia.

 

Cuando una nación empieza a civilizarse comienza a tener algunas opiniones, pero casi todas falsas: creen en aparecidos, en brujos, en el encantamiento de las serpientes y la inmortalidad de éstas, en los poseídos del demonio, en exorcismos y en adivinadores. Creen, además, que los granos han de pudrirse en la tierra para germinar y que las fases de la luna son causa de los accesos de fiebre.

 

El talapuino convence a sus devotos que el dios Sammonocodom estuvo viviendo algún tiempo en Siam y taló todos los árboles de un bosque porque le impedían jugar bien al volante, su juego preferido. Esta opinión va arraigando en todas las mentes de tal forma que, andando los años, si hubiera algún habitante que osara dudar de tal aventura se arriesgaría a que le lapidaran. Se necesita que transcurran siglos para destruir una opinión popular.

 

Llaman a la opinión reina del mundo, y lo es de tal modo que cuando la razón la rebate para destruirla ésta queda sentenciada a muerte: necesita renacer múltiples veces de sus cenizas para expulsar con suavidad a la usurpadora.

 

ORACIÓN. Quedan pocas fórmulas de las oraciones públicas de los pueblos antiguos. Sólo conservamos el magnífico himno de Horacio, compuesto para los juegos seculares de los antiguos romanos, de ritmo y medida que los romanos más modernos imitaron tiempo después en el himno Ut queant laxis resonare fibris. El Pervigilium Veneris es un himno de peor gusto literario y tal vez indigno de la noble sencillez del reinado de Augusto. El himno a Venus posiblemente se cantaba en las vestas de esta diosa, pero no hay duda de que el poema de Horacio se cantaba con la mayor solemnidad.

 

Debemos admitir que el Carmen Saeculare de Horacio es uno de los más hermosos poemas de la Antigüedad y el himno Ut queant laxis es una de las obras más triviales que se escribieron en tiempos de la decadencia de la lengua latina. La Iglesia católica en aquella época cultivaba mal la elocuencia y la poesía. Sabido es que Dios prefiere los versos malos recitados por un corazón puro, que los más hermosos del mundo declamados por impíos; de todos modos, los buenos versos nunca perjudican en igualdad de circunstancias.

 

Nada se parece del todo entre nosotros a los juegos seculares que celebraban los romanos cada ciento diez años. Nuestro jubileo sólo es un pálido remedo de ellos. Erigían tres altares magníficos a orillas del Tíber y Roma entera permanecía iluminada durante tres noches; quince sacerdotes distribuían agua lustral y cirios a los romanos de ambos sexos que debían cantar las preces. Empezaban por hacer sacrificios a Júpiter, señor de los dioses, y luego los ofrecían a Juno, Apolo, Latona, Diana, Ceres, Plutón, Proserpina y a las Parcas, consideradas como poderes subalternos. A cada una de esas divinidades le dirigían un himno y tributaban ceremonias. Se formaban dos coros, uno de veintisiete efebos y otro de veintisiete doncellas para cada uno de los dioses y, el último día de los juegos efebos y doncellas, coronados de flores, cantaban la oda de Horacio.

 

En honor a la verdad, debo decir que en las casas particulares cantaban, en la mesa, otras odas a Ligurius, Liscio y otros bribones que no inspiraban la mayor devoción, pero había tiempo para todo. En cuanto a fórmulas de preces sólo conservamos un corto fragmento del que se recitaba en los misterios de Isis. Helo aquí:

 

«Las potencias celestes te sirven, los infiernos se te someten, tu mano mueve el universo, tus pies pisan el Tártaro, los astros responden a tu voz, las estaciones aparecen por orden tuya, los elementos te obedecen.»

 

Y he aquí también la fórmula que se atribuye al antiguo Orfeo y que nos parece superior a la de Isis:

 

«Caminad por el sendero de la justicia y adorad al único señor del universo: es uno y único por sí mismo. Todos los seres le deben la existencia, procede en ellos y por ellos lo ve todo y jamás ojos mortales le vieron.»

 

Es sorprendente que en el Levítico y en el Deuteronomio no se encuentre ninguna plegaria pública, ni una fórmula. Parece que los levitas sólo se ocupaban de repartirse la carne de los sacrificios. Los judíos no compusieron una sola plegaria para recitarla o cantarla en la celebración de sus fiestas de Pascua, Pentecostés, los Tabernáculos y de la expiación general.

 

Los sabios están de acuerdo en que los judíos no instituyeron preces públicas hasta su cautiverio en Babilonia, donde adoptaron algunas de las costumbres de dicho país y empezaron a instruirse en algunas de las ciencias que poseía aquel civilizado y poderoso pueblo. Imitaron de los caldeos persas sus caracteres, sus cifras y hasta su lengua, y mezclando algunas costumbres nuevas con sus antiguos ritos egipcíacos se convirtieron en un nuevo pueblo, tanto más supersticioso por cuanto al salir de su larga esclavitud siguieron dependiendo de los babilonios.

 

Las diez tribus antes dispersadas se supone que no tuvieron plegarias públicas, como tampoco las tenían las otras dos, y que la religión que profesaban no estaba en ellas muy determinada, pues la olvidaron con facilidad y ni siquiera recordaban su nombre, al revés del escaso número de infortunados que reedificaron Jerusalén.

 

A partir de entonces, esas dos tribus, o para ser exactos, esas dos tribus y media, instituyeron ritos inmutables, los escribieron y tuvieron preces reglamentarias. Desde entonces conocemos las fórmulas de sus plegarias. Esdras mandó que se rezara dos veces cada día, añadiendo un tercer rezo para los sábados. Se dice que escribió dieciocho plegarias para que pudieran elegir, y la primera empieza así:

 

«Bendito seas, Señor Dios de nuestros padres, Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, el poderoso, el terrible y el supremo que distribuye liberalmente los bienes que creaste y posees en el mundo, que recuerdas las acciones buenas y envías un libertador a los descendientes de dichos patriarcas por amor a los humanos. ¡Bendito seas siempre!»

 

Se atribuye a Gamaliel, que vivió en la época de Jesucristo y tuvo varias discusiones con san Pablo, la institución de la plegaria décimo nona que reza así:

 

«Concédenos la paz los beneficios, la bendición y la gracia a nosotros y a tu pueblo de Israel. ¡Bendícenos, Padre nuestro! Bendícenos a todos por la luz de tu faz, porque por ella nos diste la ley de la vida, el amor, la paz y la benignidad. Bendito seas, Señor, que bendices a tu pueblo Israel. Amén.»

 

Es de advertir que en muchas plegarias un pueblo pedía siempre lo contrario de lo que pedía el pueblo inmediato. Los judíos rogaban a Dios que exterminara a los sirios, egipcios y babilonios, y estos tres pueblos pedían que exterminara a los judíos, como realmente fueron exterminadas las diez tribus, que se confundieron con las demás naciones, siendo siempre desventurados los judíos por su obstinación en vivir separados de los demás pueblos y no poder disfrutar de ninguna de las ventajas de la sociedad.

 

En nuestros días, en las guerras que promovieron los alemanes y españoles a los franceses, cuando aquéllos eran sus enemigos rogaban a la Virgen que hiciera derrotar a los welches y gabachos, y los franceses rogaban a la Santa Virgen que destruyera a los teutones y a los marranos españoles. En Inglaterra, los partidarios de la Rosa roja suplicaban a san Jorge que les ayudara a arrojar al fondo del mar a los partidarios de la Rosa blanca, y viceversa, de modo que el santo debió verse muy apurado, no sabiendo por quiénes decidirse. Si Enrique VII no hubiera ido a socorrerle, el santo no hubiera sabido qué hacer.

 

ORÁCULOS. Cuando la secta de los fariseos del pueblo hebreo trabó relación con el diablo, algunas personas que discurrían empezaron a creer que el diablo y sus acólitos inspiraban en los demás pueblos a los sacerdotes y estatuas que pronunciaban oráculos. En cambio, los saduceos, que no creían en ángeles ni en demonios, eran más filósofos que los fariseos y por ende menos a propósito para adquirir fama entre el pueblo.

 

Para el populacho judío, en la época de Gamaliel, Juan el Bautista, Santiago Oblia y su hermano Jesús, que fue nuestro salvador Jesucristo, el demonio intervenía en todo. Por eso vemos que éste se lleva a Jesús al desierto, tras haberle transportado a lo alto del templo y a la cumbre de una colina inmediata, desde la que se distinguen todos los reinos del mundo, y también que el demonio penetra en el cuerpo de los jóvenes, las mocitas y los animales.

 

Los cristianos, pese a ser enemigos mortales de los fariseos, aceptaron todo lo que éstos creían respecto al diablo, lo mismo que antiguamente los judíos introdujeron en su país las costumbres y ritos de los egipcios. Suele ser común imitar a nuestros enemigos y emplear sus armas.

 

Así, los padres de la Iglesia no tardaron en atribuir al diablo las religiones que aparecieron en el mundo, los supuestos prodigios, los grandes eventos, los cometas, las pestes, etc. El pobre demonio, del que aseguraban estaba abrasándose en un agujero debajo de la tierra, quedó estupefacto al saber que de la noche a la mañana era el señor del mundo. En seguida los frailes vinieron a aumentar prodigiosamente el poder del Maligno. El santo y seña de los cenobitas era: Dadme dinero y.os libraré del diablo. Pero tal poder celestial y terrestre recibió un golpe mortal de la mano de su cofrade Lutero, quien riñendo con los frailes por el interés de su pobreza descubrió todos los misterios.

 

Hondorf, testigo presencial, refiere que los reformistas, tras haber expulsado a los frailes de un convento de Eisenach, encontraron una imagen de la Virgen y el Niño Jesús construida con tal arte que cuando les ponían ofrendas en el altar ambos movían la cabeza en señal de gratitud y volvían la espalda a quienes se presentaban con las manos vacías. Ocurrió todavía otro suceso, éste en Inglaterra: cuando por orden de Enrique VIII se hizo la visita canónica a los conventos, hallaron que la mitad de las monjas estaban embarazadas, lo que sin duda no era por obra del diablo. El obispo Burnet refiere que en ciento cuarenta y cuatro conventos los atestados que hicieron los comisarios del rey prueban que se cometieron abominaciones que nada tenían que envidiar a las de Sodoma y Gomorra. En efecto, los frailes de Inglaterra debieron ser más depravados que los sodomitas porque poseían las mejores tierras del reino y por tanto eran más ricos. Las tierras de Sodoma y Gomorra eran pobres, ya que no producían trigo, frutas, ni legumbres y carecían de agua potable; sólo podía ser un horrible desierto donde moraban gentes infelices y demasiado ocupadas en proporcionarse la subsistencia para pensar en voluptuosidades.

 

Finalmente, el Parlamento suprimió esos soberbios asilos de la holgazanería mandando exponer en la plaza pública los instrumentos de sus fraudes religiosos: el famoso crucifijo de Boksley, que se movía y andaba como un polichinela; las ampollas de líquido rojo que simulaban la sangre que derramaban de vez en cuando las imágenes; los moldes de hojalata en los que introducían velas encendidas para que el pueblo creyera que era una vela que nunca se apagaba; las cerbatanas que saliendo de la sacristía iban a parar a la bóveda de la iglesia, por cuyo canuto hacían oír a veces voces celestes a las devotas que pagaban por oírlas... En suma, expusieron en la plaza pública todo lo que la picaresca había inventado para subyugar a la imbecilidad.

 

Ante tales hechos, algunos sabios de Europa, convencidos hasta la evidencia de que los frailes, no los diablos, venían usando esas religiosas artimañas, empezaron a creer que había sucedido igual que en las antiguas religiones, esto es, que los oráculos y los milagros, tan elogiados en la Antigüedad, no fueron sino prestidigitaciones de charlatanes, y que los sacerdotes griegos, romanos, sirios y egipcios fueron todavía más hábiles que los frailes.

 

El diablo perdió, pues, casi toda su fama, hasta que al fin el bueno de Becker, cuyo artículo pueden consultar nuestros lectores, escribió su demoledor libro contra el diablo y demostró con sobrados argumentos que no existía. El diablo no le contestó, pero los ministros del Santo Evangelio sí lo hicieron, como ya sabemos, castigándole por haber divulgado su secreto y quitándole el curato. Por lo que Becker fue víctima de Satanás.

 

Holanda estaba llamada a ser cuna de los más encarnizados enemigos del diablo. El médico Van Dale, filósofo sabio y profundo, ciudadano caritativo y audaz, aunque fundando su audacia en la virtud, acometió la no pequeña tarea de ilustrar a los hombres esclavizados por errores antiguos y empeñados en hacer más tupida la venda que les cubre los ojos hasta que un esclarecedor rayo de luz les descubre parte de la verdad. El referido autor demostró en un libro erudito que los diablos nunca pronunciaron ningún oráculo ni obrado ningún prodigio, ni tenían arte ni parte en nada de esto, y que no existen más demonios que los pícaros que han engañado a los hombres. Demostró además, con documentos, no sólo que los oráculos de los paganos fueron fraudes de los sacerdotes, sino que esos trapicheos consagrados en todo el mundo seguían haciéndose en la época de san Juan Bautista y de Jesucristo. Lo demostró de manera tan palpable que actualmente no hay hombre sensato que no lo crea.

 

Puede que el libro de Van Dale carezca de método apropiado, pero es quizá el libro más curioso que se ha escrito. Se encuentran en él las sandeces más supinas del supuesto Histaspo y de las sibilas, la historia apócrifa del viaje de san Pedro a Roma, los parabienes que le envió Simón el Mago por medio de su perro, los milagros de san Gregorio Taumaturgo, la carta que este santo envió al diablo y llegó a su destino, y los milagros que hicieron los reverendos padres jesuitas y los reverendos padres capuchinos; en resumen, en este libro se encuentra todo lo antiguo y lo moderno relacionado con esta materia. Desvela todas las imposturas, que quedan descubiertas para todos los hombres que saben leer, aunque por desgracia éstos se hallan en minoría

No quedó destruido, sin embargo, el imperio de la impostura en Italia, en Francia, en España, en los estados austriacos, ni en Polonia, en cuyas naciones dominaban los jesuitas. Los poseídos del diablo y los milagros falsos pululaban aún en la mitad embrutecida de Europa. He aquí lo que Van Dale refiere respecto a un oráculo singular que se pronunció en su época en Terni, perteneciente a los estados del Papa, el año 1650, y cuya relación se imprimió en Venecia.

 

Un tal Pascual, ermitaño, habiendo oído decir que un vecino de Terni, de nombre Jacovello, era muy avaro y rico, fue a rezar en dicha localidad a la iglesia que frecuentaba Jacovello. Se hizo amigo de él, alabó la pasión que le dominaba y le convenció de que era muy grato a Dios que cada mortal sacara lo que pudiera de su dinero, que así lo recomienda el Evangelio cuando dice que el servidor negligente que no saca el cinco por ciento del dinero de su señor es arrojado a las tinieblas del averno.

 

En el palique que el ermitaño mantenía con Jacovello enhebraba hermosos discursos sobre crucifijos y santos, y gracias a su elocuencia Jacovello llegó a convencerse de que a veces las estatuas de los santos dirigían la palabra a los mortales, añadiendo que se creería predestinado si conseguía que la imagen de algún santo le hablara. El ermitaño respondió que creía poderle dar esa satisfacción dentro de poco, pues estaba esperando de Roma una cabeza de muerto, regalo del papa a un compañero suyo, que hablaba como los árboles de Dodona y la burra de Balaán. Cuatro días después le enseñó dicha cabeza y pidió a Jacovello la llave de una pequeña cueva que tenía éste en su casa y la del cuarto que estaba encima, con objeto de que nadie se enterara de este misterio. El ermitaño introdujo un tubo en la cabeza y, preparándolo todo para conseguir el efecto que se proponía, se puso a rezar con su amigo. La cabeza, entonces, dijo estas palabras: «Jacovello, Dios trata de recompensar tu celo comunicándote que un tesoro de cien mil escudos está escondido debajo del tejo de la entrada de tu huerto. Pero morirás repentinamente si buscas ese tesoro sin haber puesto ante mí una marmita llena de monedas de oro».

 

Jacovello se apresuró a poner ante el oráculo la marmita llena de monedas, y el buen ermitaño, que había tenido la precaución de llevar una marmita igual llena de arena, la cambió en cuanto Jacovello volvió la espalda y salió de allí dejando al imbécil con una cabeza de muerto y el arca aligerada. Poco más o menos, de esa forma se hacían los oráculos en la Antigüedad, empezando por el de Júpiter‑Ammón y concluyendo por el de Trofonio.

 

Uno de los secretos, tanto de los sacerdotes de la Antigüedad como de los nuestros, era la confesión en los misterios. En ellos se enteraban de la historia privada de las familias y adquirían datos para contestar a la mayor parte de los que iban a preguntarles. A ello se refiere una frase que hizo célebre Plutarco. Queriendo un sacerdote confesar a un iniciado, éste le preguntó: «¿A quién he de confesarme, a ti o a Dios?» «A Dios», respondió el sacerdote. «Pues ya que no eres más que un hombre sal de aquí, y déjame con Dios.»

 

Algunas historias increíbles de oráculos que se creía sólo podían atribuirse a los genios, hicieron afirmar a los cristianos que las habían referido los demonios y cesaron de contarlas cuando vino Jesucristo al mundo, con lo que evitaban entrar en la discusión de los hechos, que hubiera sido larga y difícil, y parecía que confirmaba la religión, que nos enseña que existen los demonios atribuyéndoles esos hechos.

 

Con todo, las historias que relatan sobre los oráculos deberán ser sospechosas. La de Thamus, que Eusebio cree y únicamente Plutarco refiere, inserta a continuación un cuento tan ridículo que es bastante para desacreditarla, y mucho más por lo poco razonable. Si Pan era un demonio, ¿cómo no podían saber los diablos la muerte de aquél comunicándosela unos a otros, sin encargar esta misión a Thamus? Si Pan era Jesucristo, ¿cómo nadie cayó en ese error en el paganismo, ni creyó que fuera Jesucristo muerto en Judea, siendo el mismo Dios el que obligó a los demonios que anunciaran esa muerte a los paganos?

 

La historia de Thulis, cuyo oráculo sobre la Trinidad es positivo, sólo la refiere Suidas. Pero Thulis, rey de Egipto, no era indudablemente un Tolomeo. ¿Qué crédito debemos dar al oráculo de Serapis cuando hay la certeza de que Herodoto no habla de ese dios, en tanto que Tácito refiere punto por punto cómo y por qué uno de los Tolomeos hizo venir del Ponto al dios Serapis, que por aquel entonces sólo allí era conocido?

 

Tampoco podemos otorgar crédito al oráculo pronunciado sobre el niño hebreo, a quien todos los dioses obedecen. Cedreno tomó de Eusebio ese oráculo y hoy no se encuentra en ninguna parte. Puede que Cedreno pusiera una cita falsa, o citara alguna obra falsamente atribuida a Eusebio, mas, ¿por qué todos los primitivos apologistas del cristianismo guardan silencio acerca de un oráculo tan favorable a la religión? Los oráculos que Eusebio toma de Porfirio, afín al paganismo, son tan difíciles de creer como los anteriores. Eusebio nos los presenta aislados de todo cuanto los acompañaba en los escritos de Porfirio, y por esto no sabemos si éste los refutaba. Debía hacerlo para defender su credo, y si no lo hizo seguramente tenía alguna intención oculta, como la de ofrecerlos a los cristianos con la idea de burlarse de su credulidad si los consideraban verdaderos y fundaban su religión sobre semejantes cimientos.

 

Más aún, algunos cristianos primitivos decían a los paganos que sus sacerdotes se burlaban de ellos. He aquí las palabras de Clemente de Alejandría: «Elogia cuanto quieras esos oráculos locos e impertinentes, y añade a ellos los augurios e interpretaciones de sueños y prodigios. Haz que aparezcan delante de Apolo Pitio esas gentes que adivinan por medio de la harina o la cebada, y los que merecen tanto aprecio porque hablan por el vientre. Los secretos de los templos de los egipcios y la nigromancia de los etruscos, deben permanecer en la oscuridad porque sólo son imposturas extravagantes y engaños semejantes a los del juego de los dados. Las cabras destinadas a la adivinación y los cuervos enseñados a pronunciar oráculos sólo son, por decirlo así, cómplices de los charlatanes que engañan a los hombres».

 

Eusebio aduce, a su vez, excelentes razones para probar que los oráculos pudieron ser imposturas, y si se atribuyen a los demonios es por dar crédito a un lamentable prejuicio y por respetar la opinión general. A los paganos les tenía sin cuidado averiguar si sus oráculos eran una artimaña de sus sacerdotes, y por la falsa manera de argumentar creyeron conseguir alguna ventaja en esta discusión, concediéndoles que si había algo de sobrenatural en sus oráculos no era por mediación de la Divinidad sino por la de los demonios.

 

Finalmente, llegó un tiempo en que se descubrieron en todo el mundo las supercherías de los sacerdotes, lo que aconteció cuando la religión cristiana derrotó al paganismo en tiempos de los emperadores cristianos. Teodoreto dice que Teófilo, obispo de Alejandría, expuso a los habitantes de dicha ciudad las estatuas huecas en las que se escondían los sacerdotes para pronunciar los oráculos, llegando hasta ellas por caminos subterráneos. Cuando por orden de Constantino se derribó el templo de Esculapio, en Cilicia, dice Eusebio que expulsaron de allí, no a un dios o un demonio, sino al bergante que se impuso mucho tiempo a la credulidad del pueblo.

 

Desde que hemos reconocido que los demonios no podían tener parte en los oráculos quedó vencida la mayor dificultad que éstos ofrecían pero desde que Jesucristo vino al mundo no hay interés en que cese la influencia de los oráculos. Tanto es así que poseemos pruebas de que los oráculos continuaron al menos cuatrocientos años después de la venida de Jesucristo, y que sólo enmudecieron cuando se destruyó por entero el paganismo.

 

Suetonio, en Vida de Nerón, dice que el oráculo de Delfos aconsejó a dicho emperador que se guardara de los setenta y tres años. Nerón creyó que no debía morir hasta esa edad y nunca se le ocurrió que el viejo Galba, que tenía setenta y tres años, le usurparía el imperio.

 

Filostrato refiere que Apolonio, en tiempos de Domiciano, visitó los oráculos de Dodona y Delfos. Plutarco, que vivía en el reinado de Trajano, nos cuenta que el oráculo de Delfos existía aún, aunque sólo tenía una sacerdotisa, cuando en épocas anteriores tuvo dos o tres. En tiempos de Adriano, Dion Crisóstomo dice que consultó el oráculo de Delfos.

 

En tiempos de los Antoninos, relata Luciano que un sacerdote de Tiana fue a preguntar al falso profeta Alejandro si los oráculos que se pronunciaban en Didima, Clarós y Delfos eran en verdad respuestas de Apolo o simples imposturas. Alejandro tuvo consideración con dichos oráculos de la misma naturaleza que el suyo, y respondió al sacerdote que eso no era permitido saberlo. Pero cuando ese hábil sacerdote le preguntó qué le sucedería cuando muriera, el oráculo le respondió: «Primero será camello, luego caballo, más tarde filósofo y, finalmente, un profeta tan grande como Alejandro».

 

A la muerte de los Antoninos, tres emperadores se disputaron el imperio. Consultado el oráculo de Delfos sobre cuál de los tres sería mejor para el país, dio esta contestación: «El negro es el mejor, el africano es bueno y el blanco es el peor». El negro aludía a Pescenio Niger, el africano a Severo Séptimo, natural de Africa, y el blanco a Claudio Albino.

 

Dión, que no terminó de escribir su historia hasta el año VIII del imperio de Alejandro Severo, o sea en 230, refiere que en aquella época Anfíloco pronunciaba todavía oráculos. También nos dice que en la ciudad de Apolonia existía un oráculo que predecía el porvenir.

 

Sozomeno refiere que Lecino, deseando declarar la guerra a Constantino, consultó el oráculo de Apolo, que le respondió con estas palabras de Homero: «Desventurado viejo, ya no estás para luchar con jóvenes; te falta fuerza y la edad te abate». Macrobo, que vivía en tiempos de Arcadio y Honorio, hijos de Teodosio, se ocupa de un dios de Heliópolis que pertenecía a Siria y de su oráculo, de manera que no puede dudarse que todavía existían.

 

Constantino hizo derribar algunos templos so pretexto de que se cometían crímenes: concretamente, los de Venus y Esculapio, en donde había oráculos. Además, prohibió la ofrenda de sacrificios a los dioses y ordenó inutilizar los demás templos paganos. Cuando Juliano ascendió al imperio quedaban todavía muchos oráculos, restableció algunos y hasta él mismo quiso profetizar. Jobino, su sucesor, empezó con gran celo la destrucción del paganismo, pero como sólo reinó siete meses poco pudo hacer. Teodosio, para conseguirlo, mandó cerrar todos los templos paganos, y más tarde los emperadores Valentiniano y Marciano prohibieron en 451 la práctica de dicha religión bajo pena de muerte. En su caída, el paganismo arrastró los oráculos.

 

Este final no debe sorprender a nadie, pues era consecuencia lógica del establecimiento del nuevo culto. Los hechos milagrosos disminuyen en una religión falsa en cuanto ésta se afirma, porque ya no los necesita, o cuando se extingue porque ya no queda nadie que los crea. El deseo, tan vehemente como baldío, de conocer el porvenir originó los oráculos, la superchería los acreditó y el fanatismo puso el sello a su fama. La pobreza de los pueblos, que ya nada podían dar, la impostura de los sacerdotes que se descubrió en muchos oráculos y los edictos de los emperadores cristianos, fueron las causas verdaderas de la extinción de esa clase de farsas.

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ORGULLO. En una de sus cartas, Cicerón dice familiarmente a su amigo: «Envíame a cualquiera a quien desees que le haga regalar las Galias». En otra epístola se queja de sentirse fatigado de las cartas de no sabe cuántos príncipes que le agradecen haber erigido sus provincias en reinos, añadiendo que ni siquiera sabe dónde están situados esos reinos.

 

Se comprende que Cicerón, que había visto al pueblo romano, este pueblo rey, aplaudirle y obedecerle, y a unos reyes que ni siquiera conocía darle las gracias, experimentase algunos accesos de orgullo y vanidad.

 

Aunque este sentimiento no sea del todo conveniente a un animal tan mezquino como el hombre, se le puede perdonar, sin embargo, a un Cicerón, un César o un Escipión, pero que en lo más remoto de una de nuestras provincias medio bárbaras cualquier individuo que haya comprado un pequeño cargo y publique versos mediocres se permita ser orgulloso, eso nos hace reír muchísimo.

 

OSEAS. Repasando ayer el Antiguo Testamento me llamó la atención el pasaje de la profecía de Oseas, que se halla en el capítulo XIV, versículo 1: «Oh, mal haya Samaria por haber exasperado a su Dios! Perezcan todos al filo de la espada, sean estrellados contra el suelo sus niños, y abiertos los vientres de sus mujeres preñadas».

 

Como estas palabras me parecían muy duras fui a consultar con un teólogo de la universidad de Praga y me habló así: «No deben sorprendernos. Los samaritanos eran cismáticos que querían hacer sacrificios en su país, pero no enviar el dinero a Jerusalén, y merecían padecer los suplicios a que el profeta Oseas los condenó. La ciudad de Jericó, que fue tratada de igual modo, después que sus murallas cayeron al son de las trompetas, era menos culpable. Los treinta y un reyes que Josué mandó ahorcar no eran cismáticos, ni los cuarenta mil efraimitas que murieron asesinados porque al pronunciar siboleth decían schiboleth habían caído en el abismo del cisma. Sabed, amigo mío, que nada hay tan execrable en el mundo como el cisma. Los jesuitas hicieron ahorcar en Thorn, en 1724, a unos jóvenes estudiantes sólo porque eran cismáticos. No dudéis que nosotros, que somos católicos, apostólicos, romanos y bohemios, no nos abstendríamos de pasar a cuchillo a todos los rusos que encontráramos desarmados, de estrellar a sus niños contra el suelo, de abrir el vientre de sus mujeres preñadas, ni de sacar de su matriz sangrienta a los fetos. Digo esto porque los rusos pertenecen a la religión griega, que es cismática, y se niegan a entregar su dinero a Roma; debemos, por tanto, exterminarlos, pues está demostrado que los jerosolimitas debían exterminar a los samaritanos».

 

Me tomé la libertad de contradecir al teólogo de la universidad de Praga y se enfadó conmigo. La discusión continuó tanto rato que me vi obligado a cenar con él, y a pesar de que me envenenó tuve la suerte de sobrevivir.

 

OVIDIO. Los investigadores han escrito varios volúmenes intentando averiguar el lugar del mundo al que Octavio Augusto desterró a Ovidio Nasón. Lo único cierto que sabemos es que nació en Sulmona, se educó en Roma y pasó diez años de su vida en la orilla derecha del Danubio, en las inmediaciones del mar Negro. Aunque a esa nación la llaman bárbara, no hay que creer que era salvaje. Allí escribían versos. Cotys, reyezuelo de una parte de Tracia, componía versos dedicados a Ovidio en la lengua de los dacios. El poeta latino la aprendió tan perfectamente que versificaba en dicho idioma. Parece que se debían escribir versos griegos en la antigua patria de Orfeo, pero entonces poblaban aquellas regiones las naciones del Norte, que es probable hablasen un dialecto tártaro parecido al antiguo eslavo. Ovidio no había nacido para escribir versos tártaros. El territorio de los tomitas, donde le desterraron, pertenecía a Mesia, provincia romana, y estaba situado entre el monte Hemus y el Danubio, en el grado cuarenta y cuatro, como los más hermosos climas de Francia, pero las montañas que tiene al Sur y los vientos del Norte y del Este que recibe del Ponto Euxino, y el frío y humedad que le proporcionan los bosques y el Danubio, hicieron insoportable esa región para el hombre nacido en Italia. Por eso Ovidio no vivió allí mucho tiempo, muriendo a la edad de sesenta años. En sus elegías se queja del clima, pero no de sus habitantes. Aunque lo coronaron de laureles y le concedieron privilegios, no podía olvidar que estaba desterrado de Roma.

 

El destierro de Ovidio es una prueba de la esclavitud en que vivían los romanos. Tanto Octavio como sus sucesores hacían caso omiso de las leyes. Antes de aquella época, esto es, durante la república, se necesitaba un plebiscito, una ley nacional, para privar a un romano de su patria. Aunque una confabulación desterró a Cicerón, lo fue con arreglo a las leyes.

 

El delito que cometió Ovidio parece que no fue otro que haber presenciado algo vergonzoso en casa de Octavio. Los historiadores no han podido saber a punto fijo si encontró a éste cometiendo deshonestidades con un efebo, si sorprendió a un escudero en brazos de la emperatriz Livia, con la que Octavio contrajo matrimonio estando embarazada de otro, si vio al emperador ocupado con su hija o su nieta, o haciendo algo peor. Lo más probable es que Ovidio sorprendiese a Octavio en un incesto. Un autor contemporáneo, Miuntiano Apuleyo, dice Pulsum quoque in exilium quod Augusti incestum vidisset.

 

Octavio Augusto puso como pretexto para desterrarle el haber publicado un libro inocente, El arte de amar, escrito con tanta decencia que no se encuentra una palabra obscena. El motivo es ridículo. ¿Cómo era posible que Augusto, de quien todavía conservamos versos impúdicos, desterrara a Ovidio por haber repartido entre sus amigos, años antes, copias de El arte de amar? ¿Cómo podía reprochar a Ovidio una obra decorosamente escrita al mismo tiempo que aprobaba versos de Horacio, en los que éste prodiga las frases más infames de la prostitución? Era evidentemente injusto vituperar a Ovidio y tolerar a Horacio. Por tanto, no cabe duda que Octavio alega una mala razón, no atreviéndose a declarar el verdadero motivo. Prueba de que la causa del destierro de Ovidio fue haber presenciado algún estupro, algún incesto o alguna deshonestidad en la intocable familia imperial, es que Tiberio, aquel monstruo hipócrita y lascivo, cuando ascendió al trono no levantó el destierro a Ovidio, que en vano lo suplicó al autor de las proscripciones, al envenenador de Germánico, que se mostró sordo a las súplicas del desventurado poeta, quien continuó viviendo a orillas del Danubio.

 

Podemos reprochar a Ovidio, casi tan duramente como a Augusto y a Tiberio, el haber elogiado a ambos emperadores. Las alabanzas que les prodiga son tan exageradas que moverían a indignación si las hubiera dirigido incluso a príncipes bienhechores, pero él las dirigió a los tiranos. Puede perdonarse el elogio excesivo a un príncipe que nos mima, pero no merece disculpa tratar como un dios a aquel que nos persigue. Habría sido más decoroso para Ovidio embarcarse en el mar Negro y refugiarse en Persia que componer su libro De los Tristes. Extrañan todas esas alabanzas de Ovidio, que deseaba en el fondo de su corazón que otro Bruto librara a Roma de Octavio, mientras públicamente y en verso deseaba a ese tirano la inmortalidad.

 

                                                                          P

 

PABLO (Cuestiones sobre san Pablo). ¿Fue Pablo ciudadano romano como se jacta de haber sido? Si era natural de Tarso (Cilicia), esta ciudad no fue colonia romana hasta cien años después de la muerte del apóstol y en esto están de acuerdo los eruditos. Si nació en Giscala, como cree san Jerónimo, esa localidad pertenece a Galilea y los galileos no eran ciudadanos romanos.

 

¿Es cierto que Pablo ingresó en la naciente comunidad de los cristianos, que entonces eran semijudíos, porque Gamaliel, que fue su maestro, se negó a casarlo con su hija? Esta acusación sólo se encuentra en Hechos de los Apóstoles, que admiten los ebionitas y copia y refuta san Epifanio.

 

¿Es cierto que santa Tecla fue a buscar a Pablo disfrazada de hombre? Los hechos de santa Tecla, ¿están autentificados canónicamente? Tertuliano, en su libro sobre el bautismo, capítulo XVII, cree que escribió esa historia un sacerdote afecto a Pablo, pero san Jerónimo y san Cipriano, aunque niegan la fábula del león bautizado por santa Tecla, afirman la veracidad de esos hechos. En ellos se encuentra este singular retrato de Pablo: «Era grueso, de baja estatura y ancho de hombros; sus cejas negras se juntaban sobre su nariz aguileña, tenía las piernas patizambas, la cabeza calva y estaba lleno de la gracia del Señor». También lo retrata así Luciano, aunque no dice que estaba lleno de la gracia del Señor porque no le conocía.

 

¿Puede perdonarse a Pablo que reprendiera a Pedro porque judaizaba, cuando él mismo estuvo judaizando ocho días en el templo de Jerusalén? Cuando Pablo fue presentado por los judíos ante el gobernador de Judea por introducir extranjeros en el templo, ¿obró bien aconsejando al gobernador que le procesaban por haber resucitado muertos, cuando no se trataba de ninguna resurrección?

 

¿Hizo bien Pablo en circuncidar a su discípulo Timoteo, después de haber escrito a los gálatas: así os dejáis circuncidar, Jesús no servirá de nada»? ¿Hizo bien en escribir a los corintios, capítulo IX: «¿No tenemos acaso derecho de vivir a vuestras expensas y tener una mujer?» ¿Hizo bien en escribir a los mismos, en su segunda Epístola, «No perdonaré a nadie que haya pecado, ni a los otros»? ¿Qué pensaríamos hoy del hombre que quisiera vivir, él y su mujer, a nuestras expensas, juzgarnos y castigarnos, sin discriminar al inocente del culpable?

 

¿Qué quiere decir que Pablo fue arrebatado al tercer cielo? ¿Qué significa tercer cielo?

 

Por último, ¿qué es más verosímil, humanamente hablando, que san Pablo abrazara el cristianismo por haberle derribado del caballo una luz extraordinaria en pleno día y una voz celeste le preguntara «Saulo, Saulo, por qué me persigues», o que se hiciera cristiano por odio a los fariseos, por negarle Gamaliel a casarlo con su hija o cualquier otro motivo?

 

En otra historia que no fuera sagrada, ¿la negativa de Gamaliel no parecería más natural que el haber oído una voz celeste, si no estuviéramos obligados a creer ese milagro? Sólo formulo estas preguntas para instruirme y exijo de quien desee me hable ajustándose a la razón.

 

Las Epístolas de san Pablo son tan sublimes que resulta difícil comprenderlas. Muchos jóvenes bachilleres preguntan por el sentido exacto de estas palabras: «Todo hombre que reza y profetiza con un dedo sobre su cabeza, la mancha» (I Epístola a los corintios, cap. 9, 4).

 

Y el significado de estas otras, «Supe por el Señor que la misma noche que le prendieron había tomado pan» (II Ep. corintios, cap. 11, 23).

 

¿Cómo pudo saber eso por Jesucristo, con quien nunca habló y del que fue encarnizado enemigo sin haberle visto nunca?, ¿fue por inspiración, por el relato de sus discípulos?, ¿fue cuando la luz celestial le hizo caer del caballo? No lo dice.

 

¿Qué quiere decir: «La mujer se salvará si tiene hijos»? (Timoteo, capítulo II).

 

Con estas palabras indudablemente trata de aumentar la población, y no se colige de ello que Pablo propiciara la fundación de conventos de monjas.

 

Trata de impíos, impostores, diabólicos, de conciencias gangrenosas, a quienes predican el celibato y la abstinencia de comer carne.

 

¿Qué decir de los pasajes en que recomienda a los obispos que no tengan más que una mujer: Unius uxoris virum (Timoteo, cap. III). Esto es positivo, nunca permitió que un obispo tuviera dos mujeres, cuando los pontífices judíos podían tener varias.

 

Dice positivamente que «el juicio final llegará en su época, que Jesús descenderá de las nubes como anuncia san Lucas, que él, Pablo, se remontará en los aires para ir delante de Jesús con los habitantes de Tesalónica». ¿Fue eso una figura alegórica?, ¿creyó efectivamente que haría semejante viaje?, ¿llegaría acaso al tercer cielo?

 

«Que el Dios Nuestro Señor Jesucristo, el padre de la gloria. os conceda el espíritu de la sabiduría» (A los Efesios, cap. I). Decir esto, ¿equivale acaso a reconocer a Jesús como Dios igual al Padre?

 

«Manifestó el poder que tenía sobre Jesús resucitándolo y colocándole a su derecha.» ¿Dice esto para demostrar la divinidad de Jesús?

 

«Hicisteis a Jesús inferior a los ángeles coronándolo de gloria» (A los Hebreos, cap. II). Si es inferior a los ángeles, ¿cómo es Dios?

 

«Si por el delito de uno murieron muchos, la gracia y el don de Dios abundaron por la gracia de un solo hombre, que es Jesucristo» (A los Romanos, cap. V). ¿Por qué le llama siempre hombre, y nunca Dios, exceptuando un solo pasaje que rebaten Erasmo, Grotius, Leclerc, etc.?

«Somos hijos de Dios y coherederos de Jesucristo» (Ibid, cap. 8, 17). ¿No es esto considerar a Jesús como uno de nosotros, aunque superior a nosotros por la gracia de Dios? ¿Cómo hemos de entender esos pasajes al pie de la letra sin temer ofender a Jesucristo, y cómo hemos de interpretarlos en sentido más elevado sin temer ofender al Dios Padre? Pablo escribió muchos pasajes que han hecho trabajar la inteligencia de los sabios, que han enfrentado a los exégetas, y nosotros no tenemos la pretensión de aclarar la oscuridad que han dejado. Por tanto, nos sometemos a la decisión de la Iglesia.

 

También nos ha costado enorme trabajo interpretar esos otros pasajes:

 

«La circuncisión es beneficiosa si observáis la ley judía, pero si sois prevaricadores de la ley vuestra circuncisión se convierte en prepucio» (A los Judíos de Roma, llamados los Romanos, cap. II).

 

«Sabemos que todo cuanto la ley dijo a los que están en la ley, lo dijo con el fin de que toda boca quede sellada y todo el mundo se someta a Dios, porque toda carne sólo se justificará ante El por las obras de la ley, porque por la ley viene el conocimiento del pecado. Porque un solo Dios justifica la circuncisión por la fe y el prepucio por la fe. No pluge a Dios que pulvericemos la ley por la fe» (Ibid, cap. III).

 

Nos atrevemos a decir que ni aun el ingenioso y sabihondo dom Calmet, respecto a esos pasajes, nos ha podido proporcionar una luz que disipara esas tinieblas. Puede que la culpa sea nuestra por no haber comprendido a los exégetas y carecer de suficiente penetración, que sólo debe haberse concedido a las almas privilegiadas, pero cuando la explicación provenga de la cátedra de la verdad lo entenderemos perfectamente.

 

En cuanto a las Epístolas del apóstol, es mejor leerlas que acabar la paciencia pretendiendo inútilmente averiguar en qué fecha se escribieron. También los investigadores buscan en vano el año y día en que Pablo mandó lapidar a san Esteban y guardó los mantos de los verdugos. Discuten también sobre el año en que una luz brillante le hizo caer del caballo y la época en que fue transportado al tercer cielo. No están de acuerdo en que le llevaron prisionero a Roma, ni en el año que murió. Tampoco se conoce la fecha de ninguna de sus cartas.

 

Créese que la carta dirigida a los hebreos no es suya, ni la dirigida a los laodicenses, si bien ésta es admitida por igual motivo que las otras.

 

No se sabe por qué cambió el nombre de Saulo por Pablo, ni qué significa este nombre. San Jerónimo, en sus comentarios a la Epístola a Filemón, dice que Pablo significaba la embocadura de la flauta.

 

La correspondencia que intercambiaron Pablo y Séneca fue para la primitiva Iglesia tan auténtica como los escritos de los demás cristianos. Al menos lo asegura san Jerónimo, que en su catálogo cita pasajes de dichas cartas. Y san Agustín también lo afirma en una de las suyas a Macedonio. Se conservan trece cartas de Pablo y de Séneca, que se dice estuvieron ligados por estrecha amistad en la corte de Nerón. La séptima carta que Séneca dirigió a Pablo es curiosísima: cuenta que los judíos y los cristianos, enemigos irreconciliables, se acusaron recíprocamente de haber incendiado la capital del Imperio romano, y que el desprecio y horror con que miraban a los judíos y cristianos los entregaran a la venganza pública.

 

Hacemos notar que la correspondencia epistolar de Séneca y Pablo está escrita en latín bárbaro y ridículo, que los temas son tan impertinentes como el estilo, y que hoy se consideran falsas. Pero cualquiera se atreve a contradecir los testimonios de san Jerónimo y san Agustín. Si ellos aseguran que son verdaderas cuando son falsificadas, ¿qué seguridad podemos tener de que son veraces otros muchos escritores respetables? Esta es la objeción que presentan algunos sabios. Si nos han engañado indignamente, dicen, queriendo hacer pasar por verdaderas las cartas de Pablo y Séneca, las constituciones apostólicas y los hechos de san Pedro ¿por qué no nos han podido engañar también respecto a los Hechos de los Apóstoles?

 

No sabemos en qué se fundaba Addías, primer obispo de Babilonia, para decir, en su Historia de los apóstoles, que Pablo hizo que el pueblo lapidara a Santiago el Menor, pero antes de que abrazara el cristianismo pudo muy bien perseguir a Santiago, como persiguió a san Esteban. Pablo era muy violento, y según consta en los Hechos de los Apóstoles «no respiraba sino amenazas y muerte contra los discípulos del Señor» (Cap. 9, 1). Abdías tiene cuidado de observar que «el autor de la sedición, que tan cruelmente maltrató a Santiago, era el mismo Pablo, que luego Dios designó para ejercer el ministerio del apostolado» (Historia apostólica, libro VI, del Código de Fabricio).

 

Ese libro, que se atribuye al obispo Abdías, no lo admiten los cánones; sin embargo, Julio el Africano, que lo tradujo al latín, lo cree auténtico. Pero si la Iglesia no lo admite, tampoco nosotros debemos hacerlo. Limitémonos, pues, a bendecir la Providencia y a desear que todos los perseguidores lleguen a convertirse en apóstoles indulgentes.

 

PAPISMO (Sobre el). Diálogo entre el papista y el tesorero.

 

EL PAPISTA. En su principado, monseñor, tiene luteranos, calvinistas, cuáqueros, anabaptistas e incluso judíos; ¡y aún quiere que admitamos unitarios!

 

EL TESORERO. Si estos unitarios nos traen industria y dinero, ¿qué mal nos hacen? Al contrario, pagarán mejor los estipendios que cobramos.

 

EL PAPISTA. Confieso que si me privaran de ese dinero me resultaría más doloroso que la admisión de esos señores... Ellos no creen que Jesucristo sea hijo de Dios.

 

EL TESORERO. ¿Y eso qué importa mientras le permitan creer en ello y esté usted bien alimentado, bien vestido y bien alojado? Los judíos también están muy lejos de creer que sea hijo de Dios y, sin embargo, bien contento está de encontrar judíos a quienes colocar su dinero al seis por ciento. El propio san Pablo nunca habló de la divinidad de Jesucristo le llama «un hombre», simplemente. Así, dice: «La muerte ha reinado por el pecado de un solo hombre, los justos reinarán gracias a un solo hombre, que es Jesús... Vosotros sois de Jesús, y Jesús es de Dios...» Todos nuestros primeros Padres de la Iglesia han pensado como san Pablo y es evidente que durante trescientos años Jesús se contentó con su humanidad imagínese usted que es un cristiano de los tres primeros siglos.

 

EL PAPISTA. Pero es que ellos no creen en la eternidad de las penas.

 

EL TESORERO. Y yo tampoco. Condénese usted para siempre, si así lo quiere, pero yo no quiero estarlo. De ningún modo.

 

EL PAPISTA. ¡Ah, Señor, es bien triste no poder condenar a gusto de uno todos los herejes de este mundo! Pero esa pasión que tienen los unitarios para algún día hacer felices a las almas no es la única cosa que me preocupa. Ya sabe que esos monstruos, lo mismo que los saduceos, no creen en la resurrección de los muertos y dicen que todos somos antropófagos, que las partículas que componían su abuelo y su bisabuelo, forzosamente dispersas en la atmósfera, se han convertido en zanahorias y espárragos, y que es absolutamente imposible que usted no haya comido algún pedacito de sus antepasados.

 

EL TESORERO. Bueno, no importa; mis nietos harán lo mismo conmigo. Se trata sólo de una deuda y lo mismo les ocurrirá a los papistas. Ello no es razón para que a usted le expulsen de los Estados de monseñor, como tampoco lo es que echen de ellos a los unitarios. Resucite usted como pueda; a mí me importa poco que los unitarios resuciten o no, con tal que nos sean útiles mientras vivan.

 

EL PAPISTA. ¿Y qué me dice usted, señor mío, del pecado original que niegan descaradamente? ¿No se siente usted escandalizado cuando aseguran que el Pentateuco no dice de ello una palabra y que san Agustín, obispo de Hippona, fue el primero que enseñó positivamente este dogma, aunque fuera evidentemente indicado por san Pablo?

 

EL TESORERO. A fe mía que si el Pentateuco no habla de esto no es por mi culpa. ¿Por qué no añade usted una pequeña frase, alusiva al pecado original, al Antiguo Testamento, donde según se dice ya habéis añadido tantas otras cosas? En cuanto a mí, nada entiendo de estas sutilezas. Mi tarea es pagarle regularmente sus estipendios cuando tengo dinero...

 

PARAÍSO. Este vocablo es uno de los que mayormente se ha apartado de su etimología. Todo el mundo sabe que en su origen designaba un lugar plantado de árboles frutales; luego, se llamó paraíso a los jardines que poseían árboles frondosos. Así se llamaron en la Antigüedad los jardines de Sahara situados hacia Edén, en la Arabia Feliz, que fueron conocidos mucho antes de que las hordas hebreas invadieran parte de Palestina.

 

La palabra sólo es célebre para los judíos en el Génesis. Algunos autores judíos hablan de jardines, pero ninguno dijo una palabra del jardín denominado paraíso terrenal. ¿Por qué los escritores ni los profetas judíos citaron nunca el paraíso terrenal, del que nosotros nos ocupamos todos los días? Como ello es casi incomprensible, hizo creer a sabios desenfadados que el Génesis se escribió mucho más tarde.

 

Ahora bien, los judíos nunca tomaron ese jardín por el cielo. San Lucas es el primero que designó el cielo con la palabra paraíso, cuando Jesucristo dijo al buen ladrón: «Tú estarás conmigo, hoy, en el paraíso». Los antiguos dieron el nombre de cielo a las nubes, denominación que era impropia dado que las nubes tocan la tierra mediante los vapores que las forman, y cielo es una voz vaga que significa el espacio inmenso en el que giran multitud de soles, planetas y cometas, y que de ningún modo se parece a un jardín.

 

Santo Tomás dice que hay tres paraísos: el terrenal, el celeste y el espiritual. No alcanzo a comprender la diferencia que puede haber entre el espiritual y el celeste. El jardín espiritual, según dicho santo, es la visión beatífica, pero eso es precisamente lo que constituye el paraíso celeste, el goce del mismo Dios. Lejos de mi ánimo disputar con el Doctor Angélico, por lo que me concretaré en decir: ¡Feliz el que puede estar eternamente en uno de los tres paraísos!

 

Algunos sabios curiosos creen que el jardín de las Hespérides, que vigilaba un dragón, era un remedo del jardín del Edén, cuyo guardián era un buey o un querubín. Otros sabios más temerarios han osado decir que el buey era una mala imitación del dragón y que los judíos fueron siempre toscos plagiarios, pero esto es blasfemar, por lo que esa idea no puede defenderse.

 

¿Por qué se habrá dado el nombre de paraíso al último piso de los teatros? Tal vez por ser la localidad más barata y donde mejor pueden ir los pobres, y por creer que en el otro Paraíso hay más pobres que ricos? ¿Por ser el sitio más alto, como para significar que es el cielo? Sin embargo, hay inmensa diferencia entre ascender al cielo y subir al paraíso de un teatro.

 

PATRIA. En este artículo, siguiendo nuestro método, nos limitaremos a proponer unas cuestiones que no podemos resolver.

 

El judío, ¿tiene patria? Sí, ha nacido en Coimbra, vive entre una multitud de ignorantes que presentarán muchos argumentos en su contra y dará respuestas absurdas si es que se atreve a responder; le vigilarán los inquisidores, le condenarán a la hoguera si averiguan que no come carne de cerdo y, después, se apoderarán de sus bienes. ¿Cabe decir que Coimbra es su patria, que acaso puede amarla? ¿Puede decir, como los Horacios de Corneille:

 

Albe, mon cher pays et mon premier amour... Mourir pour le pays est un si digne sort Qu'on briguerait en foule une si belle mort?

 

Su patria, ¿es Jerusalén? Oyó decir vagamente que en la Antigüedad sus antepasados habitaron en aquel territorio pedregoso y estéril, rodeado por un desierto inhóspito, y que los turcos son hoy dueños de aquel país. Jerusalén no es, hoy, su patria, ni hay en el mundo un pie cuadrado de tierra que les pertenezca.

 

El guebro, que es más antiguo y respetable que el judío y hoy vive esclavo de los turcos, los persas o del Gran Mogol, ¿puede contar como patria las chozas que eleva en secreto en la cumbre de las montañas? El baniano y el armenio, que pasan la vida recorriendo el Oriente dedicados a ejercer el oficio de comisionistas, ¿pueden decir que ésa es su querida patria? No tienen más patria que su bolsa y su libro de cuentas. Y en las naciones de Europa, todos esos mercenarios que alquilan sus servicios y venden su sangre al primer rey que les paga, ¿tienen patria? Menos que el ave de rapiña que vuelve todas las noches al hueco de la peña donde su madre hizo el nido. ¿Se atreven los frailes a decir que tienen patria? Dicen que su patria es el cielo; enhorabuena, pero en el mundo no sé que tengan patria.

 

La palabra patria, ¿es adecuada y conveniente en boca de un griego moderno, que ignora que existieron Milcíades y Agesilao, que sólo sabe que es esclavo de su jenízaro, y éste esclavo de un aga, y éste de un bajá, y éste de un visir, y éste esclavo del padisha, que los europeos llamamos el Gran Turco?

 

¿Qué es, pues, la patria? ¿Será acaso un buen campo cuyo dueño, viviendo cómodamente en una casa provista de todo, pueda decir: este campo que cultivo, esta casa que he edificado, son míos, y vivo en ellos bajo la protección de las leyes que ningún tirano puede violar? Cuando los que posean campos y casas, como yo, se reúnan para tratar de sus intereses comunes, tendré voto en esa asamblea porque constituyo parte del todo, una parte de la comunidad, una parte de la soberanía; ésta es mi patria. Y todo lo que no sea esta convivencia de hombres no suele ser más que una caballeriza gobernada por un palafrenero que se impone a latigazos. Se tiene una patria bajo un buen rey; no bajo un tirano.

 

Un joven pastelero que había estudiado en el colegio y recordaba aún algunas frases de Cicerón, se enorgullecía un día de amar con entusiasmo a la patria. «¿Qué entiendes tú por patria? —le preguntó un vecino—  ¿Es el horno donde trabajas, la aldea donde naciste y no has vuelto a ver, la calle donde vivían tus padres, que se arruinaron, obligándote a pasar la vida haciendo pasteles, la iglesia de Nuestra Señora en la que no conseguiste ser monaguillo, mientras que un hombre cualquiera llega a ser arzobispo o duque y disfrutar de veinte mil luises de oro de renta?» El joven no supo qué contestar, y un filósofo, que estaba oyendo la conversación, sacó por consecuencia que en la patria se encuentran frecuentemente millones de almas que no tienen patria.

 

Tú, voluptuoso parisiense, que nunca hiciste más viaje que el de París a Dieppe para comer pescado fresco, que sólo conoces la suntuosa casa que tienes en la ciudad y la linda casa de campo, que hablas bastante bien la lengua francesa porque no sabes hacer otra cosa que parlotear. estás enamorado de todo eso y de las querindangas que mantienes y del champaña, ¿afirmas que amas a tu patria?

 

¿Puede decirse, en conciencia, que el financiero ama acendradamente a su patria? ¿Que el oficial y el soldado, que devastarían el distrito donde tienen su acuartelamiento si les mandaran hacerlo, acaso profesan afecto tierno a los campesinos que arruinarían? ¿Cuál era la patria del duque de Guisa, apodado el Acuchillado? ¿Era Nancy, París, Madrid o Roma? ¿Qué patria tuvieron los cardenales La Balue, Duprat, Lorena y Mazarino? ¿Cuál fue la patria de Atila y demás héroes de este jaez que todo lo recorrieron y no pararon nunca? Quisiera que me dijeran cuál fue la patria de Abrahán. Creo que fue Eurípides el primero que dijo que la patria es el sitio donde nos encontramos bien. Pero sin duda lo diría antes que Eurípides, el primer hombre que salió del lugar de su nacimiento para buscar el bienestar en otra parte.

 

Patria es la agrupación de muchas familias, y así como de ordinario sostenemos a la familia por amor propio, cuando no media un interés contrario, por ese mismo amor propio sostiene cada individuo la ciudad o el pueblo de su nacimiento que llamamos su patria. Cuando más grande es la patria menos la amamos, porque el amor dividido se debilita. Es imposible amar tiernamente a una familia numerosa que apenas conocemos.

 

El que siente la ardiente ambición de ser edil, tribuno, pretor, cónsul o dictador, se esfuerza por pregonar que ama a su patria, pero sólo se ama a sí mismo. Cada ciudadano desea estar seguro de poderse acostar por la noche en su casa sin que otro hombre se irrogue el poder de mandarle que se acueste en otra parte: la ciudadanía quiere estar segura de su fortuna y su vida. Teniendo todos los ciudadanos los mismos deseos, el interés particular deviene en interés general; cuando se hacen votos en favor de la república, en realidad cada cual los hace en beneficio propio.

 

Es imposible que exista en el mundo ningún estado que al principio no se haya gobernado por la república, porque ésta es la marcha natural de la naturaleza del humano linaje. Al principio, algunas familias empezaron a unirse para defenderse de los osos y lobos; las que sólo tenían cereales los cambiaban con las que sólo poseían leña. Cuando descubrimos América encontramos sus poblaciones divididas en repúblicas, sólo había dos monarquías en toda aquella parte del mundo. Entre mil naciones, únicamente encontramos dos que estuvieran subyugadas.

 

Igual ocurría en el mundo antiguo; en Europa, todo eran repúblicas antes de conocerse los reyezuelos de Etruria y de Roma. Existieron durante muchos siglos las repúblicas de Asia, de Trípoli, de Túnez y de Argel; hacia la parte septentrional eran repúblicas de bandidos. Los hotentotes, situados en el Mediodía, aún viven como en las primeras edades del mundo, libres, todos iguales, sin amos ni vasallos, sin dinero y casi sin necesidades. La carne de sus corderos les alimenta, con sus pieles se visten, chozas de madera y barro son sus viviendas, y apestan más que los demás hombres, pero no se dan cuenta. Viven y mueren más dulcemente que nosotros.

 

Quedan en Europa ocho repúblicas, Venecia, Holanda, Suiza, Ginebra, Lucca, Génova y San Marino, pudiéndose considerar Polonia, Suecia e Inglaterra como repúblicas gobernadas por un rey.

 

Preguntamos: ¿qué es preferible, que vuestra patria sea un estado monárquico o un estado republicano? Hace cuatro mil años que se debate esta cuestión. Si la han de resolver los ricos dirán que prefieren la aristocracia; si ha de resolverla el pueblo afirmará que prefiere la democracia. Sólo los reyes preferirán la monarquía. ¿Cómo es posible, pues, que en casi todo el mundo gobiernen monarcas? Preguntádselo a los ratones, que cierto día se propusieron colgar un cascabel al gato y ninguno se atrevió a ponérselo (1).

 

(1) La Fontaine. fábula 2ª del libro II.

 

La verdadera razón consiste en que los hombres rara vez son dignos de gobernarse por sí mismos. Es triste que, con frecuencia, para ser buen patriota sea preciso ser enemigo del resto de los hombres. Catón, que era un buen ciudadano, proclamaba en el Senado: «Esta es mi opinión: que Cartago sea destruida». Ser buen patriota es desear que la ciudad donde hemos nacido se enriquezca con el comercio y sea poderosa por las armas, pero no está claro que un país pueda ganar sin que otro país pierda, y que no se pueda vencer sin causar víctimas. Tal es la condición humana, pues desear la grandeza de nuestro país es desear la decadencia de otros. Quien deseara que su patria nunca fuera más grande ni más pequeña, ni más rica ni más pobre, sería el verdadero ciudadano del mundo.

 

PECADO ORIGINAL. Veamos aquí el pretendido triunfo de los socinianos o unitarios. Ellos llaman a este fundamento de la religión cristiana su «pecado original» y sostienen que es ofender a Dios acusarle de la barbarie más absurda al atreverse a decir que va creando las generaciones de seres humanos para atormentarlos con suplicios eternos so pretexto de que su primer padre comió una fruta en un jardín. Esta sacrílega imputación es tanto más inexcusable entre los cristianos porque no se encuentra una sola palabra referente a esta invención del pecado original en el pentateuco, en los Profetas, ni en los Evangelios, tanto apócrifos como canónicos. ni en ninguno de los escritores a quienes se denomina los «primeros Padres de la Iglesia».

 

Ni siquiera está narrado en el Génesis que Dios condenara a Adán a muerte por haber comido una manzana. Le dijo claramente: «Cierto que tú morirás el día que la comas», pero el propio Génesis hace vivir a Adán novecientos treinta años después de este almuerzo criminal. Los animales y las plantas, que nunca habían comido este fruto, murieron en el tiempo prescrito por la naturaleza. El hombre ha nacido para morir lo mismo que todo lo demás.

 

Por último, el castigo de Adán no entraba en manera alguna en la ley judía. Adán podía ser considerado tan judío como caldeo o persa. Los primeros capítulos del Génesis, cualquiera que fuese la época en que fueron compuestos, fueron juzgados por los sabios judíos como una alegoría, incluso como una fábula muy peligrosa, y se prohibió que fueran leídos antes de cumplir los veinticinco años.

 

En resumen, los judíos no conocieron el pecado original como tampoco las ceremonias chinas, y aunque los teólogos encuentran todo cuanto se les antoja en las Escrituras, sea totidem verbis o totidem litteris, puede asegurarse que ningún teólogo razonable encontrará nunca este sorprendente misterio.

 

Confesamos que san Agustín fue el primero en acreditar esa extraña idea, digna de la cabeza cálida y novelesca de un africano libertino y arrepentido, maniqueo y cristiano, indulgente y perseguidor, que se pasó la vida contradiciéndose a sí mismo.

 

«¡Qué horror —exclaman los unitarios rígidos— calumniar al autor de la naturaleza hasta imputarle continuados milagros para condenar eternamente a hombres que hizo nacer para tan poco tiempo! O él ha creado las almas desde toda la eternidad y, según ello, siendo infinitamente más antiguas que el pecado de Adán no mantienen ninguna relación con él o estas almas se van formando en cada momento que un hombre se acuesta con una mujer y en este caso Dios está continuamente al acecho de todas las citas del universo a fin de crear espíritus que hará eternamente desgraciados, o bien Dios es por sí mismo el alma de todos los seres humanos y, según esto, se condena a sí mismo. ¿Cuál es la más horrible o más loca de estas tres suposiciones? Todavía hay una cuarta, pues a la opinión de que Dios espera seis semanas para crear un alma condenada en un feto se opone a la que afirma que aquélla es creada en el momento de la copulación, y ¿qué importan seis semanas más o menos?»

 

Expuesto el sentimiento de los unitarios veo que los hombres han llegado a tal punto de superstición que tiemblo al exponerlo.

 

PEDRO. ¿Por qué los sucesores de san Pedro tuvieron tanto poder en Occidente y ninguno en Oriente? Esto es lo mismo que preguntar por qué los obispos de Wurtzburgo y de Salzburgo se arrogaron los derechos de regalía en tiempos de anarquía, en tanto que los obispos griegos permanecieron siendo vasallos. Las circunstancias, la ocasión, la ambición de unos y la debilidad de otros, lo hicieron y harán todo en el mundo. A esta anarquía hay que añadir la opinión pública, y la opinión es la reina de los hombres; no porque ésta sea determinada en ellos, sino porque su palabrería suele pasar por opinión.

 

En el Evangelio consta que Jesús dijo a Pedro: «Yo te daré las llaves del reino de los cielos». Estas palabras dieron pie a los partidarios del obispo de Roma para sostener, en el siglo XI, que quien da lo más da lo menos, que como los cielos rodean el mundo y Pedro tenía las llaves del continente, debía tener también las del contenido. Si se entiende por cielo las estrellas y planetas, es evidente, según dice Tomasius, que las llaves dadas a Simón Barjona, de sobrenombre Pedro, eran unas llaves maestras. Si se entiende por cielos las nubes, la atmósfera y el espacio en que se mueven los planetas, según dice Meursins, no hay cerrajero capaz de hacer llave para semejantes puertas.

 

Las llaves en Palestina eran una simple clavija de madera que ataban con una correa. Jesús dijo a Pedro: «Lo que tú ates en el mundo, atado estará en el cielo». De estas palabras, los teólogos del papa infirieron que se había concedido a los pontífices el derecho de atar y desatar a los pueblos del juramento de fidelidad prestado a sus reyes y de disponer según su voluntad de todos los reinos. Esto es coger el rábano por las hojas. Las comunas, en los Estados Generales celebrados en Francia en 1302, decían en una exposición dirigida al rey que «Bonifacio VIII era un necio que creía que Dios ataba y encarcelaba en el cielo todo lo que él ataba en la tierra». El famoso luterano alemán Melanchton se negaba a admitir que Jesús hubiera dicho a Simón Barjona, Cefa o Cefas: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Asamblea, mi Iglesia». No podía concebir que Dios usara de ese juego de palabras, de agudeza tan extraordinaria, y que el poder del Papa se fundara sobre una chirigota. Esta idea sólo puede permitírsela un protestante.

 

Es creencia generalmente admitida que Pedro fue obispo de Roma, pero se sabe sin lugar a dudas que ni en su época, ni después, hubo allí ningún obispado privado. La comunidad cristiana no tomó forma hasta bien entrado el siglo II. Puede ser que Pedro hiciera el viaje a Roma y también que le crucificaran cabeza abajo, aunque no era esa la costumbre. Lo malo es que no tenemos ninguna prueba de esto. Conservamos una carta firmada por él diciendo que está en Babilonia, pero sabihondos canonistas afirman que donde dice Babilonia debe entenderse Roma. De manera que suponiendo que la firmara en Roma, habrían también podido deducir que fue escrita en Babilonia.

 

Durante mucho tiempo se han sacado consecuencias como éstas y así se ha gobernado el mundo.

 

Hubo en Roma un santo varón al que hicieron pagar muy caro un beneficio que denominan simonía. Le preguntaron si creía que Simón Pedro había estado allí y respondió: «No sé que Pedro haya estado en Roma, pero estoy seguro de que estuvo Simón».

 

En cuanto a la persona de Pedro. es preciso confesar que Pablo no fue el único a quien escandalizó su conducta. sino varios los que le afearon a él y a sus sucesores. Pablo le reprendió duramente porque comía carnes prohibidas por la ley de Moisés, y Pedro se defendía diciendo que vio el cielo abierto a la hora sexta y descendía de sus cuatro ángulos un gran mantel lleno de anguilas, cuadrúpedos y aves, y que la voz de un ángel le dijo: «Mata y come». Lo que parece ser la misma voz que dijo a muchos pontífices: «Matad y comeos la sustancia del pueblo», reproche de Wollaston que se me antoja demasiado fuerte.

 

Casaubon critica las maneras con que Pedro trató a Ananías y Safira su esposa. ¿Con qué derecho —dice Casaubon— un judío que era esclavo de los romanos mandaba que todos los que creyeran en Jesús vendieran sus bienes y pusieran a sus pies el producto de las ventas? Si en Londres un anabaptista ordenara que le entregaran todo el dinero de sus hermanos, le prenderían por extorsionador, por ladrón y lo meterían en la cárcel. ¿No es inhumano hacer morir a Ananías porque habiendo vendido sus bienes se quedó para él y su esposa algún dinero para satisfacer sus necesidades? A poco de morir Ananías, se presentó su mujer y Pedro en vez de decirle caritativamente que su marido acababa de morir de una apoplejía por haberse guardado unos óbolos, la hizo caer en las mismas redes. Le pregunta si su marido ha entregado todo el dinero a los santos, la buena mujer responde sí y muere de repente. Esto también es muy duro.

 

Coringio pregunta por qué Pedro, que mataba en el acto a quienes le hacían limosna, no mató a los doctores que crucificaron a Jesucristo y que azotaron a él mismo más de una vez. Sin duda, en el país de Coringio no había inquisición cuando osaba hacer preguntas tan atrevidas.

 

Erasmo, ocupándose de Pedro, hace una observación singular: dice que el jefe de la religión cristiana empezó su apostolado renegando de Jesucristo, y que el primer obispo de los judíos inició su ministerio construyendo un becerro de oro y adorándolo.

 

Como quiera que sea, nos describen a Pedro como un pobre que catequizaba a los pobres, parecido a los fundadores de órdenes que vivieron en la indigencia, pero cuyos sucesores llegaron a ser grandes señores. El papa, sucesor de San Pedro, unas veces ha ganado y otras ha perdido, pero todavía le quedan en el mundo unos cincuenta millones de almas sujetas a las leyes religiosas, sin contar sus vasallos inmediatos.

 

Reconocer la autoridad del Soberano Pontífice es sujetarse a un señor que está a unas cuatrocientas leguas de nosotros, esperar a pensar lo que ese hombre piense, no atreverse a juzgar en última instancia un problema entre conciudadanos, sino por medio de comisarios nombrados por ese señor extranjero, no intentar siquiera tomar posesión de las tierras que nos concede nuestro rey sin pagar antes una suma considerable a ese señor extranjero, faltar a las leyes del país que nos prohíben casarnos con nuestra sobrina y casándonos legítimamente con ella mediante una importante suma a dicho señor extranjero. Estas son las libertades de la Iglesia romana, según Dumarsais.

 

Algunos pueblos llevan mucho más lejos su sumisión al papa. En nuestros días hemos presenciado cómo un soberano pedía permiso al yapa para que su tribunal real pudiera juzgar a frailes acusados de homicidio y al denegárselo no se atrevió a juzgarlos (1).

 

(1) El rey de Portugal. José II.

 

Sabido es que en tiempos pretéritos eran ilimitados los derechos de los papas, incluso superiores a los dioses de la Antigüedad. porque los dioses sólo aparentemente disponían de los imperios y los papas lo hacían realmente.

 

Sturbinus dice que merecen perdón los que dudan de la divinidad e infalibilidad del papa, cuando se piensa que:

 

Cuarenta cismas han profanado la cátedra de san Pedro y veintisiete de ellos la han ensangrentado.

 

Esteban VII, hijo de un sacerdote, desenterró el cuerpo de Formoso, su predecesor, y ordenó que cortasen la cabeza al cadáver.

 

Sergio III, convicto y confeso de asesinatos, tuvo un hijo de Marozia, heredero a su vez del papado.

 

Juan X, amante de Teodora, fue estrangulado en su lecho.

 

Juan IX, hijo de Sergio III, se distinguió por su vida disoluta.

 

Juan XII fue asesinado en casa de su amante.

 

Benedicto IX compró y revendió su pontificado.

 

Gregorio VII fue el iniciador de quinientos años de guerras civiles que sostuvieron sus sucesores, y que

 

Por último, entre tantos papas disolutos, ambiciosos y sanguinarios, sobresalió Alejandro VII, cuyo nombre causa tanto horror a la humanidad como los de Nerón y Calígula.

 

Se aduce como prueba del carácter divino del papado el que haya subsistido a pesar de tantos crímenes, pero si los califas hubieran procedido de forma más horrible, según ese raciocinio serían más divinos.

 

La mejor respuesta a esto se halla en el poder mitigado que los obispos de Roma ejercen hoy con prudencia, en la larga posesión que los emperadores les dejan disfrutar, porque ellos no pueden quitársela, y en el sistema de un equilibrio general que es el espíritu que reina en las cortes.

 

Hay quienes opinan que sólo dos pueblos pueden invadir Italia y aplastar Roma: Turquía y Rusia. Pero estos dos pueblos no son enemigos de la Ciudad Eterna y por tanto no se pueden prever desgracias tan lejanas.

 

PEDRO EL GRANDE Y J. J. ROUSSEAU. «El zar Pedro no estaba dotado de verdadero genio. de ese genio que crea y lo consigue todo de nada. Algunas cosas que hizo estaban bien, pero muchas otras eran extemporáneas. Comprendió que su pueblo era bárbaro, pero no supo darse cuenta de su inmadurez para educarle y se propuso hacerlo cuando únicamente debía haberlo endurecido. Quiso que sus súbditos fueran alemanes o ingleses cuando tenía que haber empezado por hacerlos rusos, e impidió que fueran ]o que podían ser convenciéndoles de que eran lo que no son. De la misma forma que el preceptor francés educa a su discípulo para que brille un momento durante la infancia y más tarde no sea nada. El imperio de Rusia querrá subyugar Europa y el sojuzgado será él. Los tártaros, sus vecinos o vasallos. llegarán a ser sus señores y los nuestros: esa revolución me parece infalible. Todos los reyes de Europa trabajan de común acuerdo para acelerarla».

 

Las frases anteriores las transcribimos del Contrato social (lib. II, capítulo VIII) o insocial del poco sociable Jean‑Jacques Rousscau. No debe sorprendernos que, haciendo milagros en Venecia, haga profecías sobre Moscú; mas como sabe que ya pasó el tiempo de los milagros y profecías, debe también convencerse de que sus predicciones sobre Rusia no son tan infalibles como le parecieron en su primer arrebato. Resulta grato anunciar la caída de los grandes imperios porque parece que nos consuela de nuestra pequeñez. Será una gran victoria para la filosofía llegar a ver que los tártaros, con un ejército de hasta doce mil hombres, subyuguen Rusia, Alemania, Italia y Francia. Aunque tengo la impresión de que el emperador de China no lo consentirá. Jean‑Jacques, que sin duda está dotado de verdadero genio, cree que no lo tenía Pedro el Grande.

 

Los rusos, dice Rousseau, nunca estarán civilizados, pero yo he tratado a muchos que lo estaban y eran inteligentes, justos y cultivados, lo que le parecerá cosa extraordinaria. Como es cortés, no dejará de contestar que se habrán formado en la corte de la emperatriz Catalina, cuyo ejemplo ha influido. Pero esto no es óbice para que tenga razón y dicho imperio quede pulverizado dentro de poco.

 

El buen hombre nos asegura en una de sus modestas obras que deben erigirle una estatua, pero no será probablemente en Moscú, ni en San Petersburgo, donde esculpirán su efigie.

 

En otro orden de ideas, desearía que quien juzga a las naciones desde el ventanuco de su tahúrda fuese más honrado y circunspecto al emitir su juicio. Cualquier pobre diablo puede decir lo que le parezca de los atenienses, los romanos y los antiguos persas; puede equivocarse impunemente ocupándose de los tribunos, del sufragio universal y de la dictadura; puede gobernar en su imaginación un vasto territorio siendo incapaz de gobernar a una criada, y puede, en una novela, recibir un beso frío de su Julia y aconsejar a un príncipe que se case con la hija del verdugo. Estas son sandeces de poca monta, pero hay otras imbecilidades que pueden acarrear consecuencias graves.

 

Los bufones que tenían los reyes eran unos locos muy avispados: sólo insultaban a los débiles y respetaban a los poderosos. Los locos de pueblo son más atrevidos. Se me replicará que toleraban a Diógenes y al Aretino. Estamos de acuerdo. Una mosca vio un día a una golondrina que en su vuelo arrastraba una telaraña; quiso hacer lo mismo y la pobre mosca quedo presa en ella.

 

De esos legisladores que dirigen el universo escribiendo a tanto por folio y desde su chabola dictan leves a los monarcas, puede decirse lo que Homero dijo de Calcas: «Conoce el pasado, el presente y el porvenir». Lástima que el autor del párrafo citado no conociera ninguno de los tres tiempos que alude Homero.

 

De Pedro el Grande dice: «No poseía el genio que lo consigue todo de nada». Creo esto sin gran esfuerzo, porque sólo Dios tiene la prerrogativa de hacer algo de la nada. «No supo darse cuenta de que su pueblo no estaba maduro para educarle», en cuyo caso debemos admirar al zar que consiguió madurarlo. Me parece que es Jean‑Jacques el que no supo que el emperador necesitaba valerse de alemanes e ingleses para proporcionarse rusos.

 

«Impidió que sus súbditos fueran lo que podían.» Y sin embargo, los rusos vencieron a los turcos y tártaros, fueron los conquistadores y legisladores de Crimea y otros varios pueblos, y su soberano dictó leyes a naciones que Europa ignoraba que existieran.

 

En cuanto a la profecía de Jean‑Jacques, puede ser que haya entrado en trance hasta el punto de serle posible leer el porvenir y tiene cuanto necesita para ser profeta, pero respecto al pasado y al presente hay que confesar que no entiende una palabra. En toda la Antigüedad no hay nada que puede compararse al atrevimiento de enviar cuatro escuadras desde los confines del mar Báltico hasta los mares de Grecia, de dominar al mismo tiempo el Egeo y el Ponto Euxino, de aterrorizar la Cólquida y los Dardanelos, de subyugar la Táurida y obligar al visir Azem a huir desde las riberas del Danubio hasta el puerto de Andrinópolis.

 

Si Jean‑Jacques cree que esas hazañas que asombraron el mundo son insignificantes, debe reconocer al menos que el conde Orlov fue muy generoso, pues después de apoderarse de un navío que conducía la familia del bajá y sus tesoros, liberó a aquélla y devolvió los tesoros.

 

Si los rusos no estaban maduros para la civilización en la época de Pedro el Grande, convengamos en que lo están hoy para tener grandeza de alma, y que Jean‑Jacques no está muy maduro para la verdad y el raciocinio.

 

Por lo que hace al porvenir, podríamos vislumbrarle si tuviéramos algún Ezequiel, Isaías o Hababuc, pero pasó el tiempo de los profetas y me atrevo a decir que no es de temer que vuelva.

 

Confieso que las mentiras que se imprimen y se refieren al presente siempre me sorprenden. Si quienes las escriben se toman esta libertad en un siglo en que mil volúmenes, mil gacetas y mil periódicos pueden continuamente desmentirles, ¿qué crédito pueden merecernos los historiadores de los tiempos antiguos, que recogían todas las habladurías, no consultaban archivos y escribían lo que en su infancia oyeron de sus abuelos. con la seguridad de que ningún crítico revelaría sus errores?

 

Durante mucho tiempo tuvimos nueve musas, la sana crítica, que es la décima, apareció muy tarde, pues no existía ni en tiempos de Queops, del primer Baco, de Sanchoniatón, de Thaut, de Brahma, etc. Entonces se escribía impunemente lo que se quería; en nuestros días es preciso ser más prudentes.

 

PERRO. Al parecer, la naturaleza ofreció el perro al hombre para su defensa y recreo. Es el más fiel de los animales, el mejor amigo del hombre.

 

Su especies son muchas y con grandes diferencias. ¿Quién puede sospechar que el lebrel proviene en su origen del perro de aguas? No tiene el pelo de éste, ni las patas, la cabeza, las orejas, la voz, el olfato, ni el instinto. Quien sólo haya visto perros de agua y falderos. cuando vea un lebrel por primera vez lo tomará más bien por un caballo pequeño que por un can de la raza de los falderos. Es probable que cada raza haya sido siempre como es, salvo la mezcla de algunas en número insignificante.

 

No alcanzo a comprender por qué la ley judía declaró inmundo al perro, como al ixión, al grifo, la liebre, el cerdo y la anguila; sin duda tuvieron alguna razón física o moral que nosotros no hemos podido descubrir.

 

Todo cuanto se diga de la sagacidad, obediencia, amistad y del valor de los perros, es prodigioso y debe ser creído. Ulloa refiere que en el Perú los perros españoles reconocen a los hombres de raza india los persiguen y los despedazan, y que los perros peruanos hacen lo mismo con los españoles (1). Este hecho prueba que una y otra esperie de perros conservan todavía el odio que les inspiraron en la época del descubrimiento de América y que cada una de esas razas pelea por sus dueños con igual fidelidad e idéntico valor que entonces. ¿Por qué la palabra perro se ha convertido en injuria? Como expresión de ternura se dice palomita mía, pichoncito mío; en cambio, llamamos perros a quienes nos incordian. Los turcos, sin estar enfadados, dicen siempre, con cierto tono despectivo, los perros cristianos, y el populacho inglés, al ver pasar un hombre que por su facha y aspecto denota haber nacido en las Galias, le llama comúnmente french dog (perro francés). Este epíteto es poco cortés y hasta injusto. El delicado Homero hace decir al divino Aquiles, dirigiéndose al divino Agamenón, que es imprudente como un perro. Esto podía tal vez justificar al populacho inglés.

 

(1) Viaje de Ulloa al Perú, libro VI.

 

Los más entusiastas partidarios del perro reconocen que este animal tiene fiereza en la mirada, que los hay de malas pulgas y que a veces muerden a los desconocidos tomándolos por enemigos de sus dueños como los centinelas hacen fuego a los transeúntes que se acercan demasiado a la muralla.

 

¿Por qué los egipcios reverenciaron y adoraron al perro? Porque, según el dicho popular, avisa al hombre. Plutarco dice (2) que cuando Cambises mató al buey Apis lo hizo asar y se lo comieron sus convidados; ningún animal se atrevió a comerse los restos del convite porque sentían profundo respeto por el buey Apis, pero el perro no fue tan escrupuloso y comió carne y huesos del dios asado. De esto se escandalizaron los egipcios y el perro Anubis perdió entonces parte de su fama. No obstante el perro continuó teniendo el honor de figurar en el cielo antiguo con las denominaciones de grande y pequeño perro.

 

(2) Plutarco, cap. de Isis y de Osiris.

 

De todos los canes, Cancerbero fue el que gozó de mayor fama y tenía tres cabezas. Sabida es la predilección de los antiguos por el número tres: Isis, Osiris y Horus fueron las tres divinidades de Egipto tres fueron los hermanos dioses del mundo griego: Júpiter, Neptuno y Plutón tres eran las Parcas, tres las Furias, tres los jueces del Infierno y tres las cabezas del perro que lo guardaba.

 

Nos percatamos ahora que hemos omitido escribir un artículo sobre los gatos, pero nos consuela de tal omisión indicar a nuestros lectores que pueden leer la historia de éstos compuesta por Moncrif, miembro de la Academia Francesa. Sólo hacemos notar que en el cielo no hay gatos, como hay cabras, cangrejos, toros, becerros, águilas, leones, peces, liebres y perros. En cambio, el gato fue consagrado, reverenciado o adorado con el culto de dulía en algunas ciudades, y quizá con el culto de latría por algunas mujeres (1).

 

(1) Culto de dulía es el tributado a los santos en oposición al culto de latría que se tributa exclusivamente a Dios.

 

PERSECUCIÓN. No es precisamente Diocleciano a quien llamaría perseguidor, puesto que durante dieciocho años fue el protector de los cristianos y si bien es verdad que en los últimos años de su imperio no pudo salvarles de los resentimientos de Galerio, lo cierto es que sólo fue un príncipe seducido y arrastrado por la intriga más allá de su carácter, como tantos otros.

 

Todavía atribuiría menos el calificativo de perseguidores a los Trajanos y a los Antoninos; me parecería una blasfemia.

 

¿Quién es el perseguidor? Cuando el orgullo herido o un furioso fanatismo azuzan al príncipe o a los magistrados contra los hombres inocentes que no cometen otro crimen que tener otra opinión: «Desvergonzado, tú adoras un Dios, predicas la virtud y la practicas; has ayudado a los seres humanos y les has consolado; has establecido bien al huérfano y has socorrido al pobre; has transformado los desiertos donde unos esclavos arrastraban una vida miserable en campiñas fértiles pobladas de familias felices; pero he descubierto que me desprecias y jamás has leído mi libro de controversias. Tú sabes que soy un granuja, que he falsificado la escritura de G..., he robado los...; podrías denunciarme y es preciso que te advierta. Iría entonces al confesor del primer ministro o al gobernador y le demostraría, inclinando el cuello y torciendo los labios, que tienes una opinión errónea acerca de las celdas donde se recluyeron los Setenta, que desde hace diez años hablas de manera poco respetuosa sobre el perro de Tobías, que afirmas era un perro de aguas cuando yo he demostrado que era un galgo, y te denunciaré como enemigo de Dios y de los hombres». Tal es el lenguaje del perseguidor, y si no son precisamente éstas las palabras que salen de su boca, están grabadas en su corazón con el buril del fanatismo templado en la hiel de la envidia.

 

De este modo, el jesuita Le Tellier se atrevió a perseguir al cardenal De Noailles y de igual manera Jurieu a Bayle.

 

Cuando empezaron a perseguir a los protestantes en Francia, no fueron Francisco I, ni Enrique II, ni Francisco II, quienes espiaron a esos infortunados, se armaron contra ellos con un furor premeditado y les arrojaron a las llamas para ejercer en ellos sus venganzas. Francisco I estaba demasiado ocupado con la duquesa de Etampes, Enrique II con su vieja Diana y Francisco II era demasiado joven. ¿Quiénes empezaron la persecución? Los sacerdotes celosos, que animaron los prejuicios de los magistrados y la política de los ministros.

 

Si los reyes no hubieran sido engañados, habrían previsto que la persecución produciría cincuenta años de guerras civiles y que media nación sería exterminada por la otra media, y habrían apagado con sus lágrimas las primeras hogueras que dejaron encender.

¡Dios de misericordia! Si alguien puede parecerse a ese ser malhechor que se nos describe ocupado en destruir tu obra, ¿no es el perseguidor?

 

PLAGIO. Etimológicamente, se dice que procede de la voz latina plaga, que significaba condenar a la pena de azote a quienes habían vendido hombres libres por esclavos. Esto no tiene nada que ver con el plagio de los autores, los cuales no venden hombres esclavos ni libres y sólo se venden a veces a sí mismos por un puñado de monedas.

 

Cuando un autor vende los pensamientos de otros por suyos, ese hurto se llama plagio. Cabe, pues, llamar plagiarios a todos los compiladores, todos los que escriben diccionarios, si no hacen más que repetir las opiniones, errores, imposturas y verdades que ya estaban impresos en diccionarios precedentes. Ahora bien, al menos éstos son plagiarios de buena fe que no se atribuyen el mérito de la invención, ni siquiera pretenden haber exhumado de obras antiguas los materiales que reúnen, ya que sólo han copiado a los laboriosos compiladores del siglo XVI. Nos venden en un volumen en cuarto lo que ya teníamos impreso en un volumen en folio. Pueden llamarse libreros mejor que autores, y mejor incluirse en la clase de ropavejeros que en la de plagiarios.

 

El verdadero plagio consiste en publicar como nuestras las obras de otros, en insertar pasajes largos de un buen libro, cambiando sólo unas palabras, pero el lector ilustrado, que distingue un trozo de paño de oro entre muchos de paño burdo, reconoce en seguida al torpe ladrón.

 

PLATÓN. Los padres de la Iglesia de los cuatro primeros siglos fueron todos griegos y además platónicos. No hay un solo romano que escribiera sobre el cristianismo, ni que tuviera la menor idea de filosofía. Es más, la Iglesia de Roma, que en nada contribuyó al establecimiento de la religión verdadera, fue la que recogió todas sus ventajas. Pasó en esa revolución como en todas las que nacen de las guerras civiles: los primeros que conmocionan el Estado trabajan, sin saberlo, para otros.

 

La escuela de Alejandría, que fundó Marc, al que sucedieron Atenágoras, Clemente y Orígenes, fue el centro de la filosofía cristiana. Dicha escuela consideraba a Platón como el maestro de la sabiduría, como el intérprete de la Divinidad. Si los primitivos cristianos no hubieran adoptado los postulados espiritualistas de Platón, nunca habrían tenido en su comunidad ningún filósofo, ningún hombre de ingenio. Dejo de lado la inspiración y la gracia, que están por encima de la filosofía, y sólo me ocupo del desarrollo ordinario de las cosas humanas. Afirman algunos que en Timeo, de Platón, fue donde se instruyeron principalmente los padres griegos. Dicha obra parece ser la más sublime de toda la filosofía antigua, y es casi la única que Dasier no ha traducido, tal vez porque no la entendía y temía presentar a los lectores cultos el rostro de esa divinidad griega que adoramos porque está cubierta con un velo.

 

Platón, en ese magnífico diálogo, empieza por introducir un sacerdote egipcio que narra a Solón la historia antigua de la ciudad de Atenas, que se conservaba fielmente desde nueve mil años antes en los archivos de Egipto.

 

Según afirma dicho sacerdote, Atenas era entonces la ciudad más floreciente de Grecia, la más hermosa y célebre del mundo por las artes de la guerra y la paz; ella sola pudo resistir a los guerreros de la famosa isla Atlántida, que llegaron en numerosas naves a subyugar gran parte de Europa y Asia. Atenas conquistó la gloria de liberar a muchos pueblos vencidos y preservar a Egipto de la esclavitud que la amenazaba. Mas después de tan ilustre victoria y tan relevante servicio al género humano, un terremoto se tragó en veinticuatro horas el territorio de Atenas y toda la Atlántida. En la actualidad, esa isla es un vasto mar al que las ruinas del antiguo mundo y el limo mezclado con sus aguas lo hacen innavegable.

 

Esto lo cuenta el sacerdote a Solón. Platón empieza por explicarnos la formación del alma, las operaciones del Verbo y su Trinidad. No es imposible que existiera una isla Atlántida desde nueve mil años antes y la destruyera un terremoto, pero ese sacerdote, al añadir que el mar que baña el monte Atlas es inaccesible a los navíos, nos hace sospechar de la verdad de esa historia. Pudo acontecer, aun así, que desde Solón, o sea, desde tres mil años a esta parte, las olas limpiaran el limo de la antigua Atlántida haciendo el mar navegable. Pero siempre nos resultará extraño que Platón empiece por ocuparse de esta isla para hablar del Verbo.

 

Tal vez Platón, al referir ese cuento de sacerdote o de vieja, sólo trató de insinuar los avatares que varias veces cambiaron la faz del Globo, o acaso quiso decir lo que Pitágoras y Timeo de Locres refieren mucho tiempo antes que él y nuestros ojos ven todos los días: que todo se renueva en la naturaleza. La historia de Deucalión y de Pirra, la caída de Faetón, son fábulas, pero las inundaciones y los cambios son verdades.

 

Platón arranca de su isla imaginaria para exponer ideas que el mejor de los filósofos modernos no desdeñaría aceptar, por ejemplo que «todo efecto tiene necesariamente una causa, un autor. Es difícil encontrar el autor de este mundo, y cuando se le encuentra es peligroso decírselo al pueblo».

 

Actualmente se reconoce esta verdad. Si un sabio, al pasar por Nuestra Señora de Loreto, se atreve a decir a otro sabio amigo que dicha Virgen no gobierna el mundo y una devota mujer oye estas palabras y las refiere a otras mujeres de Ancona correrá el peligro de ser apedreado como Morfeo. Este es el caso en que se encontraron los primeros cristianos que hablaban impíamente de Cibeles y Diana. Esto solo debía afiliarles a la doctrina de Platón, y las ideas ininteligibles que expone luego no debieron disgustarles.

 

No reprocho a Platón el haber dicho que el mundo es un animal, porque sin duda quiso decir que los elementos en movimiento animan el universo, ni que no clasifique al perro y al hombre, que andan, sienten, comen, duermen y engendran. Siempre debemos interpretar a un autor en el sentido más favorable, y sólo cuando se acusa a las gentes de herejes, o cuando denuncian sus libros, tenemos derecho a interpretar malévolamente todas las palabras y hasta deformarlas. Pero esto no debe hacerse con Platón.

 

Encontramos en él una especie de trinidad que es el alma de la materia, desde luego. He aquí sus palabras: «De la sustancia indivisible, que siempre es semejante a sí misma, y de la sustancia divisible, compuso una tercera sustancia que participa de una y otra». A continuación aduce infinidad de números al estilo pitagórico que dificultan todavía más la comprensión de lo que trata de explicar, pero que por eso hace respetable lo que no se entiende.

 

Casi en seguida dice: «Cuando de estas tres sustancias Dios creó el alma del mundo, ese alma se lanzó desde el centro del universo hasta los extremos del ser, difundiéndose por todas partes en el exterior y replegándose sobre sí misma. De esta manera formó en todos los tiempos el origen divino de la sabiduría eterna y asimismo la naturaleza del animal inmenso, que se llama mundo, es eterna».

 

Siguiendo la doctrina de sus predecesores, Platón considera al Ser Supremo artífice del mundo creándolo antes que el tiempo, de manera que Dios no podía existir sin el mundo, ni el mundo sin Dios, como el sol no puede existir sin esparcir su luz en el espacio, ni difundirse la luz en el espacio sin que exista el sol.

 

Ahora bien, Platón habla de una segunda trinidad: «El ser engendrado, el ser que engendra y el ser que se parece al engendrado y al engendrador». A esta trinidad sigue una teoría muy singular sobre los cuatro elementos. La tierra se funda en un triángulo equilátero, el agua en un triángulo rectángulo, el aire en un triángulo escaleno y el fuego en un triángulo isósceles. Tras lo cual prueba taxativamente que no pueden existir más que cinco mundos, porque no existen más que cinco cuerpos sólidos regulares y, sin embargo, sólo hay un mundo que es redondo.

 

Confieso que no hay filósofo que pueda discurrir mejor en los manicomios. Tal vez esperan mis lectores que les hable de otra famosa Trinidad de Platón, que tanto han elogiado sus comentaristas, trinidad que componen el Ser Supremo eterno, creador perpetuo del mundo, su Verbo, o sea su inteligencia o su idea, y el bien que de todo esto resulta, pero aseguro a mis lectores que la he buscado en Timeo y no la he encontrado Acaso esté en el totidem litteris, pero tampoco está allí totidem verbis o estoy engañado.

 

Después de leer a Platón vislumbro con pesadumbre alguna sombra de la trinidad, que le honra, según los comentaristas. La vislumbro en el libro sexto de su República, cuando dice: «Hablemos del Hijo, producción maravillosa del bien, y su perfecta imagen», pero por desgracia esta perfecta imagen de Dios es el sol. Hay, por tanto, que sacar la consecuencia de que el sol, el Verbo y el Padre, componían la trinidad platónica.

 

En su Epinomis se encuentran galimatías muy curiosos, de los que voy a traducir uno de la manera más clara posible para comodidad del lector.

«Sabed que existen en el cielo ocho virtudes; las he observado y es fácil que lo haga cualquiera. El sol es una de ellas, otra es la luna y las estrellas constituyen la tercera. Y los cinco planetas, con las tres virtudes mencionadas, suman ocho. No creáis que esas virtudes, o los que están en ellas y las animan, anden por sí mismos o los arrastren vehículos; no creáis, repito, que unos sean dioses y los otros no, que unos sean dignos de adoración y otros indignos. Todos son hermanos y a todos les debemos los mismos honores y cumplen las funciones que el Verbo les designó cuando creó el universo visible.»

 

Habiendo encontrado el Verbo, vamos a ver si damos con las tres personas que aparecen en la segunda carta que Platón escribió a Dionisio. No podemos dudar de la autenticidad de estas cartas porque han sido escritas con el mismo estilo que los Diálogos. Con frecuencia, Platón dice a Dionisio y a Dión cosas tan difíciles de comprender que parecen escritas en lenguaje cifrado, pero otras son tan claras que han pasado por verdades muchos años después de su vida. Valga como muestra la séptima carta, dirigida a Dión:

 

«Estoy convencido de que gobiernan muy mal los Estados en que no hay institución buena ni buena administración. Puede decirse que viven al día y todo lo dirige el capricho del azar y no la sabiduría humana.»

 

Tras esta corta digresión, que hace referencia a los asuntos temporales, ocupémonos otra vez de los espirituales, de la trinidad. Platón dice a Dionisio:

 

«El rey del universo está rodeado de sus obras y todo en él es efecto de su gracia. Las cosas más hermosas tienen en él su causa primera; las segundas en perfección tienen en él una segunda causa, y es también la tercera causa de las otras que están en tercer lugar.»

 

Podrá reconocerse en dicha carta la trinidad, no como nosotros la comprendemos, pero es suficiente garantía de los dogmas de la Iglesia naciente encontrar esas ideas en un autor griego. Toda la Iglesia griega fue platónica, como toda la Iglesia latina fue peripatética desde inicios del siglo XIII. Así, pues, dos griegos casi ininteligibles nos enseñaron a pensar, hasta que los hombres se han decidido a pensar por sí mismos al cabo de dos mil años.

 

Cuando Platón repitió a los griegos lo que los filósofos de otras naciones dijeron antes, que existía una inteligencia suprema que había organizado el universo, ¿creyó que la inteligencia suprema residía en un sitio determinado, como los reyes del Oriente en su serrallo, o tal vez que esa poderosa inteligencia se difundía por todas partes como la luz o un ser más sutil todavía, más activo y penetrante que la luz? En suma, el Dios de Platón ¿existía en la materia o separado de ella? Vosotros, los que habéis leído atentamente a Platón, o sea siete u ocho visionarios que vivís desconocidos en algunas buhardillas de Europa, si llega hasta vosotros esta cuestión os suplico que la decidáis.

 

La isla bárbara de Casitérides, la actual Inglaterra, donde los hombres vivían en los bosques en tiempos de Platón, produjo mucho más tarde filósofos tan superiores a Platón, como éste lo fue a sus coetáneos, que no razonaban. Entre estos filósofos puede que Clarke sea el más profundo claro y metódico de cuantos se han ocupado del Ser Supremo. Cuando publicó su magnífico libro se le presentó un joven gentilhombre del condado de Gloucester y con el mayor candor le hizo objeciones tan contundentes como sus demostraciones. Esas objeciones constan al final del primer volumen de Clarke y no contradicen la existencia necesaria del Ser Supremo, sino su infinitud y su inmensidad. En efecto, Clarke no demostró que exista un ser que penetre íntimamente en todo lo que existe, ni que este ser, del que no podemos concebir las propiedades, goce de la facultad de extenderse más allá de los límites imaginables.

 

El gran Newton demostró que en la naturaleza existe el vacío. Pero, ¿qué filósofo es capaz de demostrarme que Dios está en el vacío y lo llena? ¿Cómo siendo tan limitados podemos sondear esas profundidades? Debemos concretarnos a haber probado que existe un Ser Supremo, va que nos es imposible averiguar qué es, ni cómo es.

 

Parece que Locke y Clarke fueron dueños de las llaves del mundo inteligible. Locke abrió todas las estancias donde se puede entrar, pero Clarke quiso penetrar más allá del edificio. ¿Cómo Spinoza, dotado de tan profunda inteligencia como Clarke, elevándose hasta ]a metafísica más sublime, no pudo comprender que una inteligencia suprema creó las obras tan maravillosamente organizadas? ¿Cómo Newton, el más grande de los hombres, pudo comentar el Apocalipsis de la manera que he referido (1)?) ¿Cómo Locke, después de desarrollar muy bien el entendimiento humano, degradó el suyo escribiendo el libro Cristianismo razonable? Esos grandes hombres me parecen águilas que, descendiendo de las nubes, van a posarse en un estercolero.

 

PLEGARIAS. No conocemos ninguna religión que no tenga sus rezos. Los tuvieron los judíos, pero sólo más tarde, en épocas que entonaron los cánticos en sus sinagogas.

 

(1) Véase el artículo Newton y Descartes.

 

Todos los hombres, desde los tiempos más remotos, según sus deseos o temores, invocaron la protección de alguna divinidad. Algunos filósofos más respetuosos con el Ser Supremo y menos condescendientes con la debilidad humana, no admitieron más plegaria que la resignación. Esta es, pues, la correlación que al parecer debe existir entre los mortales y el creador, pero la filosofía no es la ciencia de gobernar el mundo. Es superior al vulgo y habla un lenguaje que aquél no puede comprender. Creo que entre los filósofos únicamente Máximo de Tiro se ocupó de esta materia. He aquí, en sustancia, lo que dice:

 

«El Eterno tiene sus designios durante toda la eternidad. Si la plegaria está de acuerdo con su voluntad, es inútil que pidamos lo que está dispuesto a hacer; es suplicarle que sea blando, ligero o inconstante, es burlarse de él. Si le pedís algo justo, lo concederá sin que lo pidamos; si le suplicáis una cosa injusta, le ultrajáis. Sois dignos o indignos de la merced que imploráis; si sois dignos, lo sabe mejor que vosotros, y si sois indignos hacéis mal pidiéndole lo que no merecéis. En una palabra, sólo rezamos a Dios porque le hemos hecho a nuestra imagen, y le tratamos como un bajá o un sultán al que podemos apaciguar o poner furioso. En todas las naciones rezan a Dios; los sabios se resignan y le obedecen. Recemos como el pueblo y resignémonos como los sabios.»

 

En el artículo Oración hemos dejado constancia de las plegarias de muchas naciones y de los judíos. Este pueblo tuvo un rezo desde tiempo inmemorial que traemos a colación por estar en armonía con el que enseñó Jesucristo. Helo aquí: « ¡Oh Dios, magnificado y santificado sea vuestro nombre! Haced reinar vuestro reinado, florecer la redención y que el Mesías aparezca pronto».

 

Esta plegaria, que recitan en lengua caldea, hace suponer que era tan antigua como la cautividad de los judíos y que entonces fue cuando empezaron a esperar un Mesías, que siempre han reclamado desde los tiempos de sus desastres.

 

La palabra Mesías, que se encuentra en esa antigua plegaria, dio origen a muchas discusiones sobre la historia del pueblo hebreo. Si esa plegaria es de la época de la transmigración a Babilonia, es evidente que los judíos debieron desear y esperar un libertador. Pero, ¿por qué en tiempos más calamitosos todavía, después que Tito destruyó Jerusalén, ni Flavio Josefo ni Filón hablan de que esperaban un Mesías? En la historia de todos los pueblos se encuentran detalles oscuros, pero la de los judíos es un caso perpetuo. Es de lamentar para las gentes que desean instruirse que los caldeos y egipcios hayan perdido sus archivos y sólo los judíos los conservaran.

 

POETAS. Cuando sale del colegio, cualquier joven se plantea el dilema de si se dedicará a médico, abogado, teólogo o poeta. De los abogados y médicos ya nos hemos ocupado; ahora diremos algo de la fortuna prodigiosa que algunas veces consigue el poeta.

 

El teólogo que llega a ascender a la dignidad de papa tiene a sus órdenes, no sólo domésticos teológicos, cocineros, coperos, barrenderos, médicos, cirujanos, reposteros y predicadores, sino también un poeta. Ignoro qué loco sería el poeta de León X, como David fue durante algún tiempo el poeta de Saúl.

 

De todos los empleos que se pueden tener en una casa principal, indudablemente éste es el más inútil. Los reyes de Inglaterra, que conservan en su isla muchos antiguos usos que se han perdido en el continente, tienen su poeta oficial con la obligación estricta de escribir todos los años una oda en elogio de santa Cecilia, que antiguamente tocaba tan bien el clavicordio que un ángel descendió del cielo para oírlo de más cerca.

 

Moisés es el primer poeta que conocemos, aunque debemos suponer que mucho antes de su época los egipcios, caldeos, sirios e hindúes, conocían la poesía, puesto que conocían la música. El hermoso himno que cantó Moisés con su hermana María cuando salieron del mar Rojo es el primer monumento poético escrito en versos exámetros que ha llegado hasta nosotros. No opino, como Newton, Leclerc y otros, que fue escrito unos ochocientos años después del acontecimiento y aseguran que Moisés no pudo escribir en lengua hebrea porque ésta no es más que un dialecto sacado del fenicio, que Moisés no podía saber. Tampoco soy de la opinión del sabio Gnet, quien afirma que Moisés no podía cantar porque era tartamudo y no pronunciaba bien. Si creemos a los mencionados autores Moisés es menos antiguo que Orfeo, Museo, Homero y Hesíodo. A primera vista se comprende que tal opinión es absurda. Tampoco pienso contestar a otros desenfadados que suponen que Moisés es un personaje imaginario, un remedo de la fábula del antiguo Baco, que cantaban en las orgías todos los prodigios que obró Baco, atribuyéndoselos después a Moisés, antes que se supiera que había judíos en el mundo. Semejante idea se invalida por sí misma.

 

También hubo un excelente poeta judío que a no dudar fue anterior a Horacio, el rey David, estando probado que el Miserere es infinitamente superior al Justum ac tenacem propositi virum.

 

No deja de sorprendernos que los primitivos poetas fueran legisladores y reyes cuando en la actualidad se encuentran bastantes personas bondadosas para querer ser poetas de los reyes. Virgilio no ejercía en verdad este empleo en el imperio de Augusto, ni Lucano el de poeta de Nerón, pero confieso que envilecieron algo la profesión considerando dioses al uno y al otro.

 

Puede preguntarse por qué siendo la poesía tan poco necesaria en el mundo ocupe tan elevado lugar en las bellas artes. Lo mismo puede decirse de la música. La poesía es la música del alma, sobre todo la de las almas grandes y sensibles. Uno de los méritos de la poesía, por todos reconocido, es que dice más que la prosa y con menos palabras. No me ocuparé de otros encantos de la poesía porque son conocidos, pero sí diré que no hay verdadera poesía sin gran sensatez. Pero, ¿cómo puede armonizarse la sensatez con el entusiasmo? Pues como hacía César, que trazaba el plan de una batalla con gran prudencia y una vez realizado combatía con furor.

 

Ha habido poetas locos, cierto, pero precisamente por eso fueron malos. El hombre que sólo tiene dáctilos y espóndeos en su cabeza rara vez es hombre de sensibilidad; en cambio, Virgilio estaba dotado de una razón superior. Lucrecio era un mal físico, y en esto se parecía a toda la Antigüedad. La física no se aprende con la imaginación; es una ciencia que sólo puede estudiarse con instrumentos y éstos todavía no se habían inventado. Descartes no sabía más que Lucrecio cuando sus llaves abrieron el santuario, y hemos andado cien veces más camino desde Galileo, que fue mejor físico que Descartes, hasta nuestros días, que desde el primer Hermes hasta Lucrecio y desde Lucrecio a Galileo.

 

Toda la física antigua pertenece a una escuela absurda, lo que no ocurre con la filosofía del alma y del buen sentido, que con ayuda del talento sopesa con justicia las dudas y verosimilitudes. Este es el gran mérito de Lucrecio, cuyo tercer canto es una obra maestra del buen pensar: argumenta como Cicerón y se expresa a veces como Virgilio. Al afirmar que Lucrecio razona como un metafísico excelente en el tercer canto no quiere decir que tenga razón; podemos argumentar con un criterio vigoroso y equivocarnos, si no nos ha instruido la revelación. Lucrecio no era judío, y los judíos eran los únicos en el mundo que tenían razón en tiempos de Cicerón, Posidonio, César y Catón. Al poco tiempo, durante la dominación de Tiberio, los judíos dejaron de tener razón y desde entonces sólo los cristianos tuvieron sentido común. De manera que no era imposible que consideraran necios a Cicerón, Lucrecio y César, comparándolos con los judíos y con nosotros, pero es preciso convenir que para el resto del humano linaje fueron tres grandes hombres.

 

Confieso que Lucrecio se suicidó, igual que Catón, Casio y Bruto, pero pudieron muy bien quitarse la vida y haber tenido razón como hombres de talento durante su existencia.

 

Es indudable que los herejes fueron quienes empezaron a desencadenarse contra la más bella de las artes. León X resucitó el teatro trágico y no necesitaron otro pretexto los protestantes para decir que eso era obra de Satanás. Ginebra y muchas ciudades de Suiza pasaron ciento cincuenta años sin consentir que se tocara un violín. Los jansenistas, que hoy bailan alrededor del sepulcro de san Paris, para edificar al prójimo prohibieron en el siglo XVII a la princesa Conti que enseñara a bailar a su hijo porque era un acto profano. Esto pese a que era preciso tener gracia y saber bailar el minué, y como tampoco querían que tocara el violín, el director espiritual autorizó finalmente que enseñaran a bailar al príncipe Conti al son de castañuelas.

 

Algunos católicos algo visigodos de la parte de acá de las montañas temiendo los reproches de los protestantes, llegaron a escandalizarse más que éstos y así fue como, poco a poco. se fue estableciendo en Francia la moda de difamar a César y a Pompeyo y negar ciertas ceremonias a personas que estaban a sueldo del rey y trabajaban con permiso de los magistrados. Nadie protestó contra semejante abuso, por no malquistarse con hombres poderosos, por Fedra y por otros héroes de siglos pasados. En su fuero interno, todos reconocían que ese rigor era absurdo, pero todo el mundo callaba y acudía al teatro a oír las representaciones de las buenas obras dramáticas.

 

Roma, de donde los franceses hemos aprendido nuestro catecismo, no lo usa como nosotros; siempre supo acomodar las leyes a los tiempos y a las necesidades. Distinguió bien entre los descarados titiriteros, con motivo censurados de antiguo, y las obras teatrales de Trissin y varios obispos y cardenales que contribuyeron a resucitar la tragedia. Actualmente, en Roma se representan comedias en los conventos a las que asisten las damas sin suscitar ningún escándalo, y nadie cree que los diálogos que se recitan sean una infamia diabólica. No hace mucho, unas monjas representaron la obra Jorge Dandín en un convento de Roma, asistiendo a la función multitud de damas y eclesiásticos.

 

Los prudentes romanos se guardan muy bien de excomulgar a los jóvenes que cantan de tiple en las óperas italianas; ya es bastante castigo haberles castrado en este mundo y no necesitan condenarse en el otro.

 

En los buenos tiempos de Luis XIV ponían en los espectáculos un banco que llamaban de los obispos. Se sabe que, durante la minoría de Luis XV, el cardenal Fleury, por aquel entonces obispo de Frejus, porfió por reinstaurar esa costumbre. Pero otros tiempos exigen otras costumbres. En apariencia, somos más cultos que cuando Europa entera acudía a admirar las fiestas francesas, cuando Richelieu hizo revivir el teatro y León X hizo renacer en Italia el siglo de Augusto, pero llegarán días en que nuestros nietos, al leer la obra impertinente del padre Le Brun, exclamarán con sorpresa: ¿Es posible que los franceses se contradigan de ese modo y que la más absurda barbarie irguiera orgullosamente la cabeza entre las más bellas producciones del intelecto humano?

 

POLIGAMIA. Mahoma redujo a cuatro el número ilimitado de esposas, pero como es indispensable ser muy rico para mantener cuatro féminas, sólo los grandes señores pueden disfrutar ese privilegio. De modo que la pluralidad de esposas no perjudica tanto. como se cree, a los estados musulmanes, ni los despuebla como se repite en libros escritos por autores mal enterados.

 

Los judíos, siguiendo la antigua costumbre establecida en sus libros desde tiempos patriarcales, gozaban de libertad para tener varias mujeres. David tuvo dieciocho, y desde esa época los rabinos limitaron a esa cantidad la poligamia de los reyes, aunque se dice que Salomón tuvo setecientas.

 

En la actualidad, los mahometanos no permiten públicamente que los judíos tengan pluralidad de esposas; no los creen dignos de esa ventaja, pero el dinero, que puede más que las leyes, en Oriente y Africa permite a los judíos ricos lo que la ley les niega.

 

Se ha escrito que Lelio Cinna, tribuno de la plebe, publicó después de la muerte de César que este dictador se proponía promulgar una ley que otorgaba a las mujeres el derecho a tener los maridos que quisieran. Cualquier hombre sensato debe comprender que eso es una historieta ridícula inventada para hacer odioso a César. Tal historieta se parece a otra que refiere que un patricio romano propuso al Senado autorizar a César el copular con cuantas mujeres le gustaran. Semejantes tonterías deshonran la historia y hacen formar mala opinión de quienes las creen. Es lamentable que Montesquieu diera crédito a esa fábula.

 

El emperador Valentiniano I, que se las daba de cristiano, se casó con Justina en vida de su primera mujer Severa, madre del emperador Gratiano, pero era lo bastante rico para mantener varias mujeres. En el primer linaje de los reyes francos, Gontrán, Chereberto, Sigeberto y Chilperico tuvieron varias mujeres al mismo tiempo. Gontrán reconoció como esposas legítimas a Veneranda, Mercatruga y Ostregila, que vivían en su palacio. Chereberto tuvo tres esposas: Merofleda, Marcovesa y Teodogila.

 

Es inconcebible que el ex jesuita Nonotte tuviera la osadía e ignorancia de negar tales hechos, afirmara que los citados reyes francos no fueran polígamos y desfigurara en una obra de dos tomos muchas verdades históricas.

 

El padre Daniel, más sabio y sensato, confiesa sin rubor la poligamia de los reyes francos: reconoce que Dagoberto I tuvo tres mujeres y dice que Teodoberto contrajo matrimonio con Deuteria, no obstante tener otra esposa, Visigalda, y a pesar de que Deuteria era también casada. Añade que en esto imitó a su tío Clotario, quien casó con la viuda de su hermano Clodomiro, aunque tenía ya tres esposas. Varios historiadores aseguran lo que estamos diciendo. En vista de estos testimonios, debe castigarse la imprudencia de ese ex jesuita ignorante que quiere erigirse en maestro y dice, vomitando tan enormes sandeces, que habla así para defender la religión, como si alguien la atacara exponiendo hechos históricos.

 

El abate Fleury, autor de Historia Eclesiástica, es más respetuoso con la verdad en lo referente a las leyes y usos de la Iglesia. Confiesa que Bonifacio, apóstol de la Baja Alemania, rogó en 726 al papa Gregorio II que decidiera en qué caso un marido podía tener dos esposas. El 22 de noviembre de aquel año, el papa le contestó: «Cuando la mujer padezca una enfermedad que la impida cumplir los deberes conyugales, el marido puede casarse con otra, pero debe prestar a la mujer enferma los recursos que necesite». Esta decisión concuerda con la razón y la política, y favorece el aumento de población, que es motivo del matrimonio.

 

No está en armonía con la razón, la política, ni la naturaleza, la ley que dispone que la mujer separada de cuerpo y bienes de su marido no pueda tener otro esposo, ni el marido casarse con otra mujer. Y esto porque además de perder un linaje respecto a la población, si el matrimonio separado es de temperamento indomable se ven obligados a cometer continuamente pecados, de los que deben ser responsables los legisladores.

 

Las decretales de los papas no siempre han tenido por objeto lo que es conveniente para el bienestar de los estados y los particulares. Esa misma decretal del papa Gregorio, que permite la bigamia en algunos casos, priva para siempre de la sociedad conyugal a los jóvenes de ambos sexos que sus padres dedican a la Iglesia desde su infancia. Esta ley es tan bárbara como injusta, porque se propone extinguir las familias, fuerza la voluntad de los hombres antes de tenerla, hace a los hijos esclavos de un voto que no han pronunciado, destruye la libertad natural y ofende a Dios y al género humano.

 

La poligamia de Felipe, langrave de Hesse, seguidor del credo luterano, es bastante sabida. El padre, uno de los soberanos del imperio de Alemania, después de casarse con una luterana obtuvo el permiso del papa para casarse con una católica y convivió con ambas mujeres. Es público en Inglaterra que el canciller Cowper se casó con dos mujeres que vivieron juntas en su casa en tan buena armonía que honró el carácter de los tres. Algunos curiosos todavía conservan el folleto que dicho canciller escribió en defensa de la poligamia.

 

Debemos desconfiar de los autores que aseguran que en algunos países las leyes permiten que las mujeres tengan varios maridos. Los hombres, que promulgan las leyes, tienen demasiado amor propio, son celosos de su autoridad, en general están dotados de temperamento más ardiente que las mujeres y en ningún país del mundo han podido sentar semejante jurisprudencia. Lo que no concuerda con el desenvolvimiento ordinario de la naturaleza rara vez es verdad, pero sí ha ocurrido muchas veces, sobre todo a los viajeros antiguos, tomar los abusos por leyes.

 

Ben Abul Kiba, en su Espejo de los fieles, dice que uno de los visires de Solimán dirigió estas palabras a un emisario del emperador Carlos V: «Perro cristiano, ¿puedes acaso reprocharme que tenga cuatro mujeres, como la ley permite, mientras tú bebes doce cuarterolas de vino cada año y yo no bebo un solo vaso? ¿Qué bien proporcionas al mundo pasando más horas en la mesa que yo en la cama? Puedo dar cuatro hijos cada año para que sirvan a mi augusto señor y tú apenas puedes dar uno, y si lo das ¿para qué sirve el hijo de un borracho? Nacerá con el cerebro ofuscado por los vapores del vino que bebió su padre. Por otra parte, ¿qué hacer cuando dos de mis mujeres vayan de parto?, ¿no he de utilizar las otras dos como la ley manda? Qué papel tan triste representas en los últimos meses del embarazo de tu única mujer, en su parto y durante sus enfermedades. Has de permanecer en vergonzosa ociosidad o buscar a otra mujer, con lo que necesariamente te encuentras entre dos pecados mortales que te harán caer, después de muerto, hasta lo profundo del infierno.

 

»Supongo que en las guerras contra los perros cristianos perderemos cien mil soldados; nos quedarán unas cien mil mujeres que colocar y los ricos se encargarán de ellas. ¡Ay del musulmán que no aloje en su casa cuatro doncellas hermosas como esposas legítimas y no las trate como merezcan!

 

»¿Acaso en tu país el gallo, el carnero y el toro, no tienen un serrallo cada uno? No sé por qué me afeas que tenga cuatro mujeres, cuando te consta que nuestro gran profeta tuvo dieciocho, David otras tantas y Salomón setecientas, además de trescientas concubinas. Debes admitir, pues, que soy modesto. No reproches la glotonería al hombre sabio que come frugalmente. Te permito que bebas, permíteme que ame; tú cambias de vino, consiénteme que yo cambie de mujeres. Que cada uno deje vivir a los demás según las costumbres de su país. Tu sombrero no se hizo para dictar leyes a mi turbante. Termina de tomar café conmigo y vete a acariciar a tu santa esposa alemana, ya que te ves reducido a ella sola.»

 

Y he aquí lo que contestó el alemán: «Perro musulmán, a quien guardo profunda veneración, antes de que acabe el café quiero quitarte las ilusiones. El que ha enmaridado con cuatro mujeres dispone de cuatro arpías, envidiosas, prestas a calumniarse unas a otras, a perjudicarse y a reñir, y su caso es un antro de la discordia. Ninguna de las cuatro puede quererte, pues cada una posee la cuarta parte de tu persona y sólo podrá darte la cuarta parte de su corazón. Ninguna te hará agradable la vida. Como son prisioneras que nada han visto, nada tienen que decirte porque únicamente te conocen a ti; por consiguiente, las fastidiarás y como eres su dueño absoluto te odiarán. Te ves obligado a que las vigile un eunuco, que las golpea cuando arman demasiado alboroto. No te atrevas a compararte con el gallo, porque ningún gallo hace que un capón zurre a sus gallinas. Compárate más bien con los animales y compórtate como ellos en lo que puedas, que yo prefiero amar como hombre, entregar mi corazón entero a una mujer y ella me dedique el suyo. Esta noche contaré nuestra conversación a mi esposa y creo que se pondrá muy contenta».

 

POLITEÍSMO. Hoy en día se reprocha a los griegos y romanos su multitud de dioses. Pero quienes esto aseguran que me muestren en la historia de ambas naciones un hecho, y en sus libros una palabra, por los que colegir que tenían muchos dioses supremos; si no encuentran ese hecho ni esa palabra, y por el contrario hallan muchos pasajes que demuestran el reconocimiento de un Dios soberano, superior a los demás dioses, tendrán que confesar que juzgaron temerariamente a los antiguos, como con frecuencia se hace hoy con los coetáneos.

 

En muchos papeles se afirma que Zeus o Júpiter es el señor de los dioses y de los hombres. Virgilio dice en la égloga tercera: Jovis omnia plena. San Pablo rinde a los antiguos este testimonio: «Tenemos en Dios la vida, el movimiento y el ser, como dijo uno de vuestros poetas». Después de esta confesión, ¿nos atreveremos a acusar a nuestros maestros de no haber reconocido un Dios supremo?

 

No es nuestro propósito examinar si existió un Júpiter que fue rey de Creta y lo convirtieron en dios, ni se trata de averiguar si los egipcios reconocían doce grandes dioses u ocho, entre ellos el que los latinos llamaban Júpiter. El quid de la cuestión estriba únicamente en saber si los griegos y romanos reconocieron un ser celestial, señor de los demás seres celestes. Y como así lo dicen taxativamente, debemos creerlo.

 

Recordad la admirable carta del filósofo Máximo de Madaura dirigida a san Agustín, que dice: «Existe un Dios que no tuvo principio, que es padre común de todo y no engendró nada semejante a él. ¿Qué hombre será bastante necio e ignorante para dudarlo?» Este escritor pagano del siglo IV así lo declara, representando toda la Antigüedad.

 

Si me atreviera a desvelar los misterios de Egipto encontraría a Knef, dios creador de todo que presidía a las demás divinidades; hallaría también a Mitra en Persia, a Brahma en la India y quizá demostraría que todas las naciones civilizadas reconocieron un Ser Supremo y divinidades dependientes. Nada diré de China, cuyo gobierno, más respetable que cualquier otro de la Antigüedad, reconoció siempre un Dios único desde hace más de cuatro mil años. Pero volviendo a los griegos y romanos, de quienes tratamos ahora, diré que indudablemente creían en multitud de supersticiones y adoptaron leyendas ridículas, pero que en el fondo su mitología era razonable.

 

Si los griegos hacían subir al cielo a los héroes en recompensa de sus virtudes, esta creencia era para ellos justa y útil. ¿Qué mejor recompensa podían darles, ni qué esperanza más halagüeña podía satisfacerles? ¿Debemos reprocharles ese acto nosotros, que iluminados por la luz de la verdad consagramos eso que los antiguos inventaron? Los católicos tenemos muchos más bienaventurados, en cuyo honor hemos erigido más templos, que héroes y semidioses tuvieron los griegos y romanos; la única diferencia es que ellos otorgaban tal honor a las hazañas excelsas y nosotros lo concedemos a las virtudes más modestas. Pero aunque divinizaban a sus héroes, no participaban éstos del trono de Zeus, del señor eterno: sólo eran admitidos en su corte y gozaban de sus favores. ¿No es esto razonable? ¿No es incluso más sensato que nuestra jerarquía celeste?

 

Se les reprocha también a los griegos y romanos la multitud de dioses que admitieron para el gobierno del mundo. Dejemos aparte la genealogía de los dioses, que es tan falsa como las genealogías de los mortales. Hagamos caso omiso de sus aventuras, dignas de Las mil y una noches. aventuras que nunca constituyeron el fondo de la religión griega y romana, y decidme de buena fe: ¿Es acaso un disparate que admitieran seres subalternos, con algún poder sobre nosotros, que somos tal vez de cienmilésimo orden? ¿No tenemos nosotros nueve coros de ángeles, más antiguos que el hombre y cada uno de ellos con nombre diferente? ¿No copiaron los judíos la mayor parte de esos nombres de los persas? ¿Muchos de esos ángeles no tienen designadas sus funciones? Tenían un ángel exterminador que peleaba para proteger a los judíos; el ángel de los viajeros que guiaba a Tobías. El arcángel Miguel era privativo de los hebreos y, según dice Daniel, combate al ángel de los persas y habla con el ángel de los griegos. Un ángel de orden inferior cuenta a Miguel, en el libro de Zacarías, el estado en que encontró el mundo. Cada nación tenía su ángel. La traducción de los Setenta dice en el Deuteronomio que el Señor dividió las naciones con arreglo al número de ángeles. San Pablo, en Hechos de los Apóstoles, habla al ángel de Macedonia. A esos espíritus celestes la Biblia los llama, a veces, dioses Eloím, porque en todos los pueblos la voz que corresponde a theos, deus, dios no siempre significa señor absoluto del cielo y la tierra, sino con frecuencia Ser celeste, Ser superior al hombre, pero subordinado al soberano de la naturaleza, denominación que a veces dan a los príncipes y jueces.

 

Si admitimos, pues, que existen espíritus celestes encargados de la custodia de hombres y naciones, los pueblos que admitieron esta verdad sin conocer la Revelación son más dignos de estima que de desprecio. La ridiculez no está en el politeísmo, sino en el abuso que hicieron de él las leyendas populares y en la multiplicidad de divinidades secundarias que cada cual se forjó a capricho.

 

La diosa de los senos, dea Rumilia la diosa del acto matrimonial, dea Pertunda; el dios del retrete, deus Stercutius, y el dios Pedo, deus Crepitus, no merecen, sin duda, veneración. Estas puerilidades que servían de regocijo a los niños y a las viejas de Roma bastan para demostrar que la palabra deus tenía allí acepciones muy diferentes. Es indudable que el deus Crepitus no hacía concebir la misma idea que el deus divum et hominum sator, origen de los dioses y los hombres. La religión romana era en el fondo muy seria y severa. Los juramentos eran inviolables. No se podía emprender una guerra sin que el Colegio de los Faciales la hubiera declarado justa, y la vestal que se le probaba haber infringido el voto de virginidad era sentenciada a muerte. De ello se infiere que era un pueblo austero, no ridículo.

 

Me limito a demostrar que el Senado no razonaba neciamente al adoptar el politeísmo. Se me pregunta por qué el Senado, del que dos o tres miembros nos legaron las cadenas y las leyes, podía tolerar que el pueblo tuviera tantas extravagancias y los pontífices inventaran tantas fábulas. No es difícil contestar a esa pregunta. En todos los tiempos los sabios han utilizado a los locos. Dejaban que el populacho celebrara sus lupercales y sus saturnales con tal de que obedeciera, y no consentía que nadie se comiera los pollos sagrados que predecían la victoria a las legiones. No debe sorprendernos que los gobiernos más ilustrados permitieran las costumbres y leyendas más insensatas. pues existían antes de que hubiera un verdadero gobierno y no hay nadie que destruya una urbe inmensa, pero irregular, para edificarla otra vez con calles tiradas a escuadra.

 

¿Cómo se comprende que en aquellos tiempos floreciera, por una parte, la filosofía y la ciencia, y por otra tanto fanatismo? Sencillamente, porque la ciencia y la filosofía nacieron poco antes que Cicerón y el fanatismo existe en el mundo desde hace muchos siglos. Y al comprenderlo así el político, dice a la filosofía y al fanatismo: Vivamos los tres como podamos.

 

POSEÍDOS. De quienes se jactan de tener relación con el diablo, sólo a los poseídos no debemos contradecirles. Cuando un hombre os diga «Estoy poseído», debéis creerle. Los poseídos no están obligados a hacer cosas extraordinarias, y cuando las hacen sólo es en el orden físico. ¿Qué podemos replicar al hombre que mueve las pupilas, tuerce la boca y dice tener el diablo en el cuerpo? Cada uno siente lo que siente. Antiguamente, el mundo estaba lleno de poseídos. Al cuitado que se satisface con tener unas convulsiones sin causar daño a nadie, tampoco tenemos derecho a causárselo. Si disputáis con él, infaliblemente se saldrá con la suya porque os dirá: «El diablo me entró ayer en el cuerpo bajo esta o la otra forma, y desde entonces padezco de un cólico sobrenatural que no puede curar ningún médico». Con semejante hombre no se puede tomar otra resolución que la de exorcizarle o abandonarle al diablo.

 

Es curioso que hoy en día no existan poseídos, magos, astrólogos, ni genios. Apenas podemos concebir ya el gran recurso que suponían todos esos misterios hace cien años. La nobleza vivía entonces encerrada en sus castillos, las noches de invierno son muy largas y las gentes se hubieran muerto de tedio si no hubieran tenido a mano esos nobles entretenimientos. No había castillo en que no se presentara un hada en días señalados, como hacía la hada Merlusina en el castillo de Lusignan. El montero mayor, hombre flaco y curtido, cazaba con una jauría de perros negros en el bosque de Fontainebleau. El diablo retorcía el cuello al mariscal Fabert. Cada burgo tenía su hechicero o su hechicera, cada príncipe su astrólogo y todas las damas se hacían decir la buenaventura; los poseídos corrían por los campos, disputaban quién había visto el diablo y quién lo veía, todo daba pie a conversaciones inagotables y las almas vivían con sobresalto. En la actualidad jugamos tontamente a los naipes y puede decirse que hemos salido perdiendo al despojarnos de las ilusiones.

 

PREJUICIOS. Prejuicio es admitir una opinión sin haberla antes juzgado. De esta forma, en todas las partes del mundo inspiramos a los niños las opiniones que queremos antes que puedan juzgarlas.

 

Hay prejuicios universales y necesarios que se proponen inculcar la virtud. En todos los países enseñan a los niños a reconocer la existencia de un Dios que castiga y premia, a respetar y querer a los padres, a considerar el robo como un crimen y la honestidad como una virtud, antes que los niños puedan comprender qué es el vicio y la virtud. Existen, pues prejuicios buenos que el juicio ratifica cuando el ser humano empieza a razonar.

 

El sentimiento no es un prejuicio, sino algo muy superior. La madre no ama a su hijo porque le dicen que debe quererlo; le ama porque le ama. En cambio, respetamos por prejuicio al hombre revestido de ciertos hábitos que camina y habla con gravedad. Nuestros padres nos han dicho que debemos inclinarnos ante él y le respetamos antes de saber si merece nuestro respeto. Crecemos en edad y en conocimiento, nos percatamos de que ese hombre es un charlatán, interesado y orgulloso, y entonces despreciamos al que respetábamos ayer y el prejuicio sucumbe ante nuestro juicio.

 

Creíamos por prejuicio las leyendas que nos contaron meciéndonos en la cuna: que los titanes combatieron a los dioses y que Venus se enamoró de Adonis. A los doce años tomamos esas leyendas por verdades, pero cuando cumplimos veinte las consideramos como ingeniosas alegorías.

 

Prejuicios históricos. Damos crédito a la mayor parte de los historiadores sin juzgar lo que refieren, y esta creencia es un prejuicio. Fabio Pictor nos dice que muchos siglos antes de su época, una vestal de la ciudad de Alba, yendo por agua con un cántaro bajo el brazo, fue violada y parió a Rómulo y Remo, que fueron amamantados por una loba. El pueblo romano creyó esta leyenda sin parar mientes si en aquella época había vestales en el Lacio, si era verosímil que la hija de un rey saliera de su templo y fuera por agua con un cántaro y si era probable que una loba amamantara dos niños, y el prejuicio quedó establecido.

 

Un monje escribió que Clovis, encontrándose en peligro en la batalla de Tolbiac, juró abrazar el cristianismo si salía con vida. Pero, ¿es natural que en aquel trance pidiera protección a un dios extranjero?, ¿la religión que profesamos no es la que tiene en nosotros más fuerza?, ¿hay algún cristiano que luchando con los turcos no invoque preferentemente a la Santa Virgen que a Mahoma? En esa historieta se añade que una paloma llevó en su pico la ampolla de óleo santo para ungir a Clovis y un ángel trajo el estandarte para conducirle a la victoria; el prejuicio cree todas las paparruchas de esta clase. Quienes conocen la naturaleza humana están convencidos de que los usurpadores Clovis y Rolón abrazaron el cristianismo para gobernar mejor a los cristianos, como los usurpadores turcos se convirtieron a la religión musulmana para gobernar mejor a los musulmanes.

 

Prejuicios religiosos. Si la nodriza os cuenta que Ceres proporciona una buena cosecha de trigo, o Visnú y Xaca se encarnaron varias veces, o Sammonocodom vino al mundo a talar un bosque, o que Mahoma o cualquier otro hizo algún viaje al cielo, y luego el preceptor viene a reforzar lo que la nodriza dijo, ya no se os borrará de vuestra imaginación en toda la vida. Vuestro raciocinio trata de rechazar tales prejuicios, pero si vuestros conciudadanos, y sobre todo conciudadanas, os dicen a voz en grito que sois impío, os asustaréis; vuestro derviche. temeroso de que vais a disminuir sus ganancias, os denunciará ante el cadí; el cadí, si puede, mandará que os empalen porque desea mandar a tontainas que son los que obedecen mejor, y esta tragicomedia durará hasta que vuestros conciudadanos, el derviche y el cadí comprendan que la tontería es una cosa inútil y la persecución algo abominable.

 

PROFECÍAS. El vocablo, en su acepción estricta, significa predicción del porvenir. En tal sentido, Jesús decía a sus discípulos que «es necesario que todo lo que dice de mí la ley de Moisés, los profetas y los salmos, se realice». Y añade el evangelista: «El les abrió el espíritu para que pudieran comprender las Sagradas Escrituras».

 

Es obvio que era indispensable tener el espíritu abierto para comprender las profecías, habida cuenta de que los judíos, que fueron sus depositarios, nunca reconocieron que Jesús era el Mesías y hace dieciocho siglos que nuestros teólogos discuten el sentido de algunas de ellas, que tratan de aplicar a Jesús. Como ocurre con la profecía de Jacob: «No le quitarán el cetro a Judá y el jefe de su pierna, hasta que venga el que debe ser enviado» (Génesis, cap. 49). Esta otra, de Moisés: «El Señor vuestro Dios hará salir un profeta como yo de vuestra nación y entre vuestros hermanos; a él es a quien debéis escuchar» (Deuteronomio, cap. 18). Esta, de Isaías: «He aquí una virgen que concebirá y dará a luz un hijo que se llamará Emmanuel» (Deuteronomio, cap. 7). Y esta otra, de David: «Setenta semanas se han abreviado en favor de nuestro pueblo» (Deuteronomio, cap. 9). Pero nuestro propósito no es detenernos en detalles teológicos.

 

Analicemos únicamente qué dicen los Hechos de los Apóstoles al dar un sucesor a Judas, y en otras ocasiones qué se proponían expresamente las profecías. Hasta los mismos apóstoles citaban algunas que no constan en la Sagrada Escritura de los judíos, como la que refiere san Mateo: «Jesús fue a vivir en una localidad llamada Nazaret con el fin de que realizara la predicción de los profetas: por eso le llamaron Nazareno».

 

San Judas, en su Epístola, cita también una profecía del libro de Enoch, que es apócrifa, y el autor de la obra que se ocupa de san Mateo hablando de la estrella que vieron los Magos de Oriente, dice: «Me han referido, tomándolo de no sé qué escritura, que no es auténtica, pero que fortalece la fe en vez de destruirla, que existe en las riberas del Océano oriental una nación que posee el libro que lleva el nombre de Set, que habla de la estrella que debía aparecerse a los Reyes Magos y de los regalos que irían a ofrecer al hijo de Dios. Dicha nación, conocedora del referido libro, escogió doce personas de las más religiosas y les encargó que observaran cuándo aparecería la estrella. Cuando una de esas doce personas fallecía, la sustituían con uno de sus hijos o de sus próximos parientes. Estas personas las llamaron magos en su idioma porque servían a Dios en el silencio y en voz baja».

 

Los magos iban todos los años, después de la cosecha de trigo. a una montaña que hay en su país y llaman de la Victoria, muy agradable por los ríos que allí se forman y la multitud de árboles que crecen. También había una caverna formada entre los peñascos, y después de lavarse y purificarse en ella ofrecían sacrificios y rezaban a Dios silenciosamente durante tres días.

 

No interrumpieron estas prácticas durante muchísimas generaciones hasta que la deseada estrella descendió cerca de la montaña. Presentaba la forma de un niño, encima del que campeaba una cruz. La estrella habló a los magos y les dijo que fueran a Judea. La estrella les guiaba avanzando ante ellos y pasaron dos años en el camino.

 

Esta profecía del libro de Set se parece en todo a la de Zoroastro menos en que en la estrella de éste se veía la figura de una doncella; por eso, sin duda, Zoroastro no dice que sobre ella campeaba una cruz. Esta profecía, que cita el Evangelio de la infancia (de Jesús), la refiere también Abulfaraje. Zoroastro enseñó a los persas la manifestación futura de nuestro Señor Jesucristo y encargó que le ofrecieran regalos cuando viniera al mundo. Les enseñó también que en los últimos tiempos una virgen concebiría sin obra de varón y cuando diera a luz en el mundo a su hijo aparecería una estrella que brillaría en pleno día y ostentaría la figura de una joven doncella. «Vosotros, hijos míos--añade Zoroastro--, la percibiréis antes que las demás naciones. Cuando veáis aparecer esta estrella, id en seguida a donde ella os guíe, adorad al niño recién nacido y ofrecedle regalos, porque es el Verbo que creó el Cielo».

 

El cumplimiento de esta profecía consta en la Historia Natural de Plinio (lib. II, cap. 25). Ahora bien, además de que la aparición de la estrella debió preceder unos cuarenta años al nacimiento de Jesús, el pasaje es sospechoso para los sabios y no es el primero ni el único que han interpolado en el cristianismo. He aquí el extracto de este pasaje: «Apareció en Roma, durante siete días, un cometa tan brillante que apenas podía mirársele fijamente; en él se distinguía la figura de un dios en forma humana. Se creyó que era el alma de Julio César, que acababa de morir, y le adoraron en un templo».

 

Assemani, en su Biblioteca oriental, menciona un libro de Salomón, metropolitano de Basora, titulado l a abeja, con un capítulo entero dedicado a esta predicción de Zoroastro. Hornius, que lo creía auténtico, afirma que Zoroastro era Balaán, acaso porque Orígenes, en el libro que escribió contra Celso, dijo que los magos adoptaron las profecías de Balaán, puesto que se encuentran las siguientes palabras en el libro de los Números «Una estrella se levantará de Jacob; de un hombre saldrá Israel». Pero Balaán no era judío, como tampoco Zoroastro, puesto que él mismo dice que vino de Aram, de las montañas de Oriente.

 

Por otro lado, san Pablo habla a Tito de un profeta cretense y san Clemente de Alejandría reconoce que queriendo Dios salvar a los judíos les concedió tener profetas, otorgó esta gracia a los más excelsos hombres de Grecia para que fueran profetas de los griegos. Además, Platón dice: «¿no predijo en cierto modo la economía saludable cuando en el segundo libro de la República imitó estas palabras de la Escritura: Deshagámonos del justo, porque nos incomoda»? Y después escribe: «El justo será apaleado y le atormentarán; le reventarán los ojos y después de sufrir toda clase de martirios le crucificarán».

 

San Clemente hubiera podido replicar que si no reventaron los ojos a Jesús, para cumplir la profecía de Platón, tampoco le rompieron los huesos, como dice uno de los salmos: «Mientras me rompen los huesos, los enemigos me persiguen, me llenan de calumnias y de injurias» (Salmo 42, vers. 11). Por el contrario, san Juan dice taxativamente que los soldados rompieron las piernas a los ladrones que crucificaron con el Salvador, pero no a Jesús, para que estas palabras de la Escritura se cumplieran: «No romperéis ninguno de sus huesos».

 

La Sagrada Escritura, que cita san Juan se refería en este pasaje al cordero pascual que debían comer los israelitas, pero Juan, que llamaba a Jesús el cordero de Dios, se las aplicó a él y afirmó que Confucio había predicho su muerte. Spizeli cita la Historia de China, de Martini, quien refiere que en el año 39 del reinado de Kringi unos cazadores mataron un animal raro que los chinos denominan kilin, cordero de Dios. Al oír esta noticia, Confucio se golpeó en el pecho, lanzó profundos gemidos y exclamó: «Kilin, ¿quién ha dicho que habéis venido? Mi doctrina llega a su término y no tendrá ninguna aplicación cuando vos aparezcáis».

 

Otra profecía de Confucio, en su segundo libro, que aplican a Jesús aunque sin llamarle cordero de Dios, es esta: «Cuando el santo que esperan las naciones llegue, no debe temerse que no rindan a su virtud el homenaje debido. Sus obras estarán en armonía con las leyes del cielo y de la tierra».

 

Las profecías contradictorias que figuran en los libros de los judíos explican las dificultades con que tropiezan nuestros teólogos cuando polemizan con ellos. Por otra parte, las que hemos mencionado de otros pueblos demuestran que el autor de los Números, los apóstoles y los santos padres reconocieron que había profetas en todas las naciones. Lo mismo opinan los árabes, que cuentan ciento veinticuatro mil profetas desde la creación del mundo hasta Mahoma, y creen que cada uno fue enviado a una nación.

 

Nos ocuparemos de las profetisas en el artículo Sibila.

 

Compete a la Iglesia infalible fijar el verdadero sentido de las profecías. Los judíos han mantenido siempre con energía que ninguna profecía se refería a Jesucristo, y los padres de la Iglesia no podían discutir con ellos porque, excepto san Efrén, Orígenes y san Jerónimo, ninguno hablaba la lengua hebrea.

 

Hasta el siglo IX, Rabán el Moro, que fue obispo de Mayenza, fue el único que estudió el idioma hebreo; le imitaron otros y entonces fue cuando empezaron a polemizar con los rabinos sobre el sentido de las profecías.

 

A Rabán le indignaron las blasfemias que proferían los judíos contra nuestro Salvador, llamándole bastardo, impío, hijo de Panther, afirmando que no es lícito rezar a Dios y maldecirle.

 

Estas horribles profanaciones se encuentran en muchas partes, en el Talmud, en los libros de Nizachón, en la disputa de Rittangel, en los de Jechiel y de Nachmanides titulados Muralla de la fe, y en la abominable obra de Toldos Jeschut. Sobre todo, en la Muralla de la fe, atribuida al rabino Isaac, es donde se interpretan las profecías que anuncian a Jesucristo aplicándolas a otras personas. En esa obra se afirma que la Trinidad no está en ningún libro hebreo, en los que no se encuentra el menor asomo de nuestra santa religión; en cambio, alegan cien textos que en opinión de sus intérpretes aseguran que la ley mosaica debe regir eternamente.

 

El pasaje que tal vez confunde a los judíos y da el triunfo a la religión cristiana, en el decir de los grandes teólogos, es el que consta en Isaías: «Una virgen quedará embarazada, dará a luz un hijo que se llamará Emmanuel; comerá mantequilla y miel hasta que sepa rechazar el mal y escoger el bien; la tierra que tú detestas la abandonarán los dos reyes... El Eterno silbará a las moscas de los riachuelos de Egipto y a las abejas que están en el país de Asur... Y ese mismo día el Señor afeitará con una gran navaja al rey de Asur la cabeza y el pelo de las partes genitales y de la barba... Y el Eterno me dijo: Toma un gran rollo y escribe con un puntero en letras grandes que saqueen pronto y traigan los despojos... Traigo conmigo fieles testigos, a saber: Urías el sacrificador y Zacarías, hijo de Zebrecia... y me acosté con la profetisa, que concibió y dio a luz un hijo, y el Eterno me dijo: Llama a ese hijo Maher‑salal‑has‑bas. Antes que el niño pronuncie padre y madre, arrebatarán el poder a Damasco y presentarán el botín de Samaria ante el rey Asur».

 

El rabino Isaac afirma, como los demás doctores de su ley, que la voz hebrea alma significa unas veces virgen, y otras mujer casada; que a Rut le llaman alma cuando es madre y a la mujer adúltera a veces le llaman también alma; que aquí se trata de la mujer del profeta Isaías; que su hijo no se llama Emmanuel, sino Maher‑salal‑has‑bas; que cuando ese hijo coma mantequilla y miel los dos reyes que tengan sitiada Jerusalén serán arrojados del país, etcétera.

 

Estos son los argumentos de los ofuscados intérpretes de su religión y de su lengua contraponen a la Iglesia, afirmando obstinadamente que dicha profecía no se refiere a Jesucristo. Y aunque su explicación la han refutado nuestras lenguas modernas y hemos empleado para convencerles la fuerza, el patíbulo, el potro y la hoguera, los judíos nunca se han rendido.

 

«Nos trajo las enfermedades y asumió nuestros dolores, y nosotros le creíamos lleno de llagas, afligido y herido por la mano de Dios».

 

Aun cuando esta predicción nos parece chocante, los testarudos judíos sostienen que no se refiere a Jesucristo, sino a los profetas que eran perseguidos por los pecados del pueblo.

 

«Y he aquí que mi siervo prosperará, se verá colmado de honores y elevado a gran altura». Aseguran también que esa profecía nada tiene que ver con Jesucristo, sino con David, pues es sabido que ese rey prosperó, pero no así Jesús, a quien desconocieron.

 

«Y tú Belén de Efrata, que eres pequeña, comparada con lo grande que es Judá, saldrá para ti un dominador en Israel, y su salida durará una eternidad».

 

También se atreven a negar que esta profecía se refiere a Jesucristo, afirmando que es evidente que Miqueo habla de algún caudillo nacido en Belén que saldrá victorioso en la guerra contra los babilonios, porque más adelante se ocupa de la historia de Babilonia y de los siete capitanes que eligieron a Darío. Por mucho que se les demuestre que se trata del Mesías, no quieren convencerse.

 

Discutir con ellos es perder el tiempo, y aunque el abad Francisco (1) escribiera otra obra más voluminosa que la publicada y la añadiera a los cinco o seis volúmenes que tratan sobre esta materia, no adelantaríamos un paso para convencer a los judíos.

 

(1) Autor de una obra titulada Examen de los hechos que sirven de fundamento a la religión cristiana.

 

Estamos en un atolladero del que es imposible nos saque la debilidad del espíritu humano, que necesita como siempre una Iglesia infalible que decida sin apelación, porque si un chino, un tártaro o un africano, contando sólo con su buen sentido, leyera todas las profecías, le sería imposible aplicarlas a Jesucristo, a los judíos, ni a nadie. Se quedaría estupefacto, sumergido en la incertidumbre, nada comprendería, no tendría una idea clara, ni podría dar un paso sobre ese abismo sin un guía. Pero a nosotros nos guía la Iglesia, que es el único medio de caminar seguros. Conducidos por ella se llega, no sólo al santuario de la verdad, sino hasta obtener buenas canonjías y prebendas, sustanciosas abadías con báculo y mitra, a cuyo abad le llaman monseñor los frailes y aldeanos, a obispados que se adornan con el título de príncipes, y a disfrutar en el mundo con la seguridad de alcanzar el cielo mañana.

 

PROFETAS. Abuchearon al profeta Jurién, ahorcaron o enrodaron a los profetas de las Cénedes, pusieron en la picota a los profetas que fueron a Londres desde Languedoc y el Delfinado, condenaron a diferentes suplicios a los profetas anabaptistas y quemaron en Florencia al profeta Savonarola. Si nos es permitido juntar con ellos a los verdaderos profetas judíos, veremos que no tuvieron un fin menos trágico; al más grande de sus profetas, san Juan Bautista, le cortaron la cabeza.

 

Se supone que Zacarías murió asesinado, pero por fortuna no está demostrado. El profeta Jeddo o Addo, que enviaron a Betel imponiéndole por condición no deber ni comer, habiendo comido para su desgracia un pedazo de pan lo devoró un león y encontraron en el camino sus huesos esparcidos. A Jonás se lo tragó una ballena; cierto que sólo estuvo en su vientre tres días y tres noches, pero debió pasar setenta y dos horas muy malas.

 

Habacuc fue asido por los cabellos y transportado por los aires hasta Babilonia. Debe sufrirse mucho cubriendo una distancia de trescientas millas suspendido por el pelo. Hubiera preferido hacer ese viaje con un par de alas, con la burra de Borac o con el hipogrifo.

 

Micneo vio al Señor sentado en su trono con el ejército del cielo a derecha e izquierda. Habiendo pedido el Señor que se ofreciera alguien para engañar al rey Acab, se presentó el diablo para esta misión. Miqueo dio cuenta de parte del Señor de esta aventura celeste al rey Acab.

 

Cierto que por recompensa no recibió más que una bofetada del profeta Sedekia y le encerraron en un calabozo durante unos días, pero siempre resulta desagradable para un hombre inspirado que le abofeteen y le encierren en una mazmorra.

Se dice que el rey Amasías ordenó que arrancaran los dientes al profeta Amós para impedirle que hablara. Ello no quiere decir que sin dientes no se pueda hablar; todos hemos conocido a viejas desdentadas y muy parlanchinas, pero las profecías deben pronunciarse con voz clara y un profeta sin dientes tal vez no inspire respeto.

 

Baruc sufrió persecuciones; a Ezequiel sus compañeros de esclavitud le apedrearon; no se sabe si Jeremías fue lapidado o dividido en dos con una sierra y se cree que a Isaías lo mataron de esa manera por orden de Manasés, reyezuelo de Judá.

 

Debemos convenir que el oficio de profeta es muy peligroso. Por cada uno que, como Elías, se paseó de planeta en planeta llevado en flamígera carroza tirada por cuatro caballos blancos, hubo cien profetas que iban a pie y se veían obligados a ir de puerta en puerta para comer de limosna semejándose en esto a Homero, que según cuentan se vio reducido al extremo de mendigar en las siete ciudades que más tarde se disputaron el honor de ser su cuna. Sus comentaristas le han atribuido infinidad de alegorías que jamás imaginó y este mismo honor han dispensado con frecuencia a los profetas.

 

Por otra parte, reconozco que hubo personas que procuraban entrever el porvenir elevando su alma a un alto grado de exaltación. Los judíos la exaltaron tanto que llegaron a vislumbrar algunos sucesos futuros, aunque es difícil adivinar si los profetas entendían entonces por Jerusalén la vida eterna, si Babilonia significaba Londres o París, si cuando hablaban de una copiosa comida debía interpretarse que querían decir ayuno, si el vino tinto significaba sangre y si un manto rojo significaba la fe y uno blanco la caridad. Para entender a los profetas era preciso un gran esfuerzo del espíritu humano.

 

Los profetas hebreos también ofrecen otra gran dificultad: que muchos de ellos eran herejes samaritanos. Oseas pertenecía a la tribu de Issachar que vivía en territorio samaritano, y Elías también, pero es fácil contestar a esa objeción. Es de todos conocido que el espíritu sopla donde quiere y que la gracia lo mismo se nos concede en el terreno más árido que en el más fértil.

 

PROVIDENCIA. Estaba yo en la celosía del locutorio cuando la hermana Fessue decía a otra: «Indudablemente, la Providencia vela por mí. Sabe el cariño entrañable que profeso a mi gorrión, que se hubiera muerto si no hubiera rezado diez avemarías para que sanase. Dios le ha devuelto la vida; demos gracias a la Santa Virgen».

 

Un metafísico que estaba con ellas terció: «Es cosa excelente, hermana, rezar avemarías, sobre todo cuando una doncella las recita en latín en las cercanías de París, pero no creo que Dios se ocupe de vuestro gorrión aunque es muy hermoso. Os ruego penséis que tiene otros asuntos de que ocuparse: en dirigir continuamente el curso de dieciséis planetas y del anillo de Saturno, en el centro de los cuales colocó el sol, y además gobernar millones de millones de otros soles y planetas. Las leyes inmutables y su curso eterno mueven toda la naturaleza, todo está ligado a su trono por una cadena infinita de la que ningún eslabón puede estar nunca fuera de su sitio. Si las avemarías que habéis rezado pudieran hacer vivir un instante a vuestro gorrión habrían quebrantado todas las leyes establecidas para la eternidad por el Ser Supremo, desorganizado el universo y hubierais hecho necesario un nuevo mundo, un nuevo Dios y un nuevo orden de cosas.

 

HERMANA FESSUE. ¿Creéis que Dios hace tan poco caso de la hermana Fessue?

 

EL METAFÍSICO. Siento deciros que sois, como yo, un insignificante e imperceptible eslabón de la cadena infinita, que vuestros órganos, los del gorrión y los míos, están destinados a subsistir determinado número de minutos en este mundo.

 

HERMANA FESSUE. De ser cierto lo que decís, yo estaba predestinada a rezar un número determinado de avemarías.

 

EL METAFÍSICO. Sí, pero las avemarías no han obligado a Dios a prolongar la vida del gorrión más allá de su término. La constitución del mundo entrañaba que vos, en este convento y a cierta hora, recitarais como un loro ciertas palabras en una lengua que no sabíais; que esa avecica, que nació como vos por la acción irresistible de las leyes generales, estuviera enferma y se aliviara; que vos creeríais haberla curado rezando y que nosotros tendríamos esta plática.

 

HERMANA FESSUE. Siento deciros que esas ideas tienen un tufillo de herejía y mi confesor, el bendito padre Menón, deduciría de ellas que no creéis en la Providencia.

 

EL METAFÍSICO. Creo que existe la Providencia general, de la que emanó para una eternidad la ley que rige el universo, mas no creo en una providencia particular que quebrante esa ley en beneficio de vuestro gorrión o vuestro gato.

 

HERMANA FESSUE. Sin embargo, ¿qué contestaríais si mi confesor os dijera lo que a mí, esto es, que Dios cambia todos los días de voluntad para favorecer a las almas devotas?

 

EL METAFÍSICO. El confesor me diría la mayor tontería que un confesor de monjas puede decir al hombre que piensa.

 

HERMANA FESSUE. Válgame la Virgen Santa, ¿creéis que mi confesor es un necio?

 

EL METAFÍSICO. Tergiversáis mis palabras: Lo que dije es que trata de justificar, con una necedad, los falsos principios que desea inculcaros para supeditaros y dirigir vuestros actos.

 

HERMANA FESSUE. ¡Caramba, caramba! Meditaré lo que decís, porque merece una reflexión.

 

PRUEBAS. De Asia hemos recibido las ciencias y las artes, pero también todos los absurdos que envilecen el alma humana. Fue en Asia y en Egipto donde hicieron depender la vida o la muerte del acusado del juego de los dados o algo equivalente, del agua fría o caliente, de un hierro candente o un pedazo de pan de cebada. Según te dice, existe todavía una superstición semejante en la India, en las costas de Malabar y en el Japón.

 

Desde Egipto, las supersticiones pasaron a Grecia. En Treceno hubo un templo muy célebre en donde todos los perjuros morían repentinamente de apoplejía. Hipólita, en la tragedia Fedra, dice a Aricia, su señora: «En las puertas de Treceno y entre las tumbas que sirven de sepultura a los antiguos príncipes de mi raza, existe un templo sagrado que temen los perjuros. Allí, los mortales no se atreven a jurar en falso porque reciben súbito castigo, encuentran la muerte inevitable: la mentira no puede tener freno más poderoso».

 

La república romana no admitió la bárbara locura de las pruebas porque no puede considerarse como tal la costumbre que tenía el gobierno de hacer depender el éxito de sus grandes empresas de la manera cómo las palomas sagradas comían las arvejas. Pero en este artículo sólo nos ocupamos de las pruebas que se hacían con los hombres. Nunca propusieron a Manglio, Camilo ni Escipión justificarse metiendo la mano en agua hirviendo y sacarla sin escaldarse.

 

Estos absurdos no se practicaban en la época de los emperadores, pero los tártaros, que formaban parte de los salvajes que destruyeron el imperio de Roma, esparcieron por Europa tal bestialidad, que heredaron de los persas. En el imperio de Oriente no se conoció hasta la época de Justiniano, aun cuando ya imperaban las supersticiones, pero desde entonces se adoptaron las pruebas de que nos ocupamos. Esta manera de juzgar a los hombres es tan antigua que en todos los tiempos la practicaban los judíos.

 

En el desierto, Coré, Datán y Abirón se disputaban el pontificado del sumo sacerdote Aarón. Moisés les manda traer doscientos cincuenta incensarios y les dice que Dios elegirá entre los suyos y el de Aarón. Cuando los aspirantes se presentaron para la prueba se los tragó la tierra y el fuego del cielo mató a doscientos cincuenta de sus principales partidarios (Números, cap. XVI), después que el Señor hizo perecer, además, catorce mil setecientos hombres del partido. Pero no por eso dejó de continuar la disputa entre los jefes de Israel y Aarón para obtener el cargo de sumo sacerdote. Entonces hicieron la prueba de las varas y cada aspirante presentó la suya, pero sólo floreció la de Aarón.

 

Cuando el pueblo de Dios, tras haber derribado las murallas de Jericó al son de las trompetas, fue vencido en Haí, esta derrota no pareció lógica a Josué, que consultó con el Señor para saber el motivo. Le respondió que Israel había pecado y algunos de sus hijos apropiado de parte de lo consagrado al anatema de Jericó. Y es que el botín debía haberse quemado con los hombres, mujeres, niños y bestias, y quienes habían salvado o apropiado algo debían ser exterminados (Josué, cap. 7). Josué, para descubrir al culpable, sometió las tribus a la prueba de la suerte. Cayó en seguida sobre la tribu de Judá, acto seguido contra la familia de Zaré, luego sobre la casa que vivía Zabdí y, últimamente, sobre el nieto de Zabdí, que se llamaba Achán.

La Biblia no explica cómo esas tribus nómadas podían tener casas, ni cómo se aprovechaban de ellas, pero su texto dice que convicto y confeso de haberse apropiado de una lámina pequeña de oro, un manto de escarlata y doscientos siclos de plata, Achán fue quemado con sus hijos, ovejas, bueyes, asnos y hasta su tienda en el valle de Achor.

 

También sortearon la tierra prometida, así como los dos machos cabríos de la expiación para saber cuál sería sacrificado y cuál enviado al desierto (Levítico, cap. 16).

 

Cuando tuvieron que elegir por rey a Saúl consultaron a la suerte, que empezó por designar a la tribu de Benjamín, y de ella a la familia de Metri, y de ésta a Saúl, hijo de Cis, que pertenecía a dicha familia (Reyes, capítulo 10).

 

La suerte fue también adversa para Jonatás y le castigaron por haber comido miel en el extremo de una vara. (Reyes, cap. 14). Los marineros de Joppé consultaron a la suerte para que Dios les dijera la causa de la tempestad, ella les dijo que Jonás y éste fue arrojado al mar (Jonás, capítulo 1).

 

Todas estas pruebas que se hacían por suerte eran supersticiones profanas en las demás naciones, pero eran designios del mismo Dios en su pueblo escogido. Esto es tan indudable que eligieron por sorteo al que debía sustituir al apóstol Judas (Hech. Apóst., cap. 1). Los concurrentes fueron san Matías y Barsabás, y la Providencia designó al primero.

 

El papa Honorio III prohibió en una decretal que en adelante utilizaran este medio para la elección de los obispos. Ese medio era entonces bastante común y los paganos lo llamaban sortilegium.

 

Los judíos practicaban otras pruebas en nombre del Señor, como por ejemplo la de las aguas de los celos (Números, cap. 5). La mujer sospechosa de adulterio tenía que beber agua mezclada con ceniza y consagrada por el sumo sacerdote. Si era culpable, se hinchaba en seguida y moría. Fundándose en esta ley, el Occidente cristiano estableció las pruebas en las acusaciones jurídicas, sin parar mientes en que lo que ordenó Dios en el Antiguo Testamento era una superstición en el Nuevo.

 

Los «juicios de Dios» eran una de tantas pruebas que perduraron hasta el siglo XVI: quien mataba en desafío a su adversario era el que tenía razón o el inocente. La más terrible de todas consistía en andar nueve pasos llevando en la mano una barra de hierro candente sin quemarse. Pero la historia de la Edad Media, tan fabulosa, no refiere ningún caso de tal prueba. Puede dudarse de las demás o explicar las artimañas de que se servían los charlatanes para engañar a los jueces. Por ejemplo era fácil hacer impunemente la prueba del agua hirviendo presentando una cuba de agua fresca hasta la mitad y llenarla luego jurídicamente de agua bullente; el acusado sumergía el codo hasta el agua tibia y tomaba con la mano, del fondo de la cuba, el anillo bendito que allí arrojaban. O hacer hervir aceite con agua; el aceite empieza a elevarse, chisporrotear y parece que hierve cuando el agua empieza a levantar el hervor y el aceite todavía ha adquirido escaso calor. Parece entonces que se mete la mano en el agua hirviendo y se humedece con el aceite que la preserva.

 

Pasar entre dos fuegos sin quemarse no es ninguna habilidad cuando hace con celeridad y previamente se embadurna uno la cara y las manos con pomada. Es lo que hacía el terrible Pedro Aldobrandín, Petrus igneus (suponiendo que el cuento sea verdad), cuando en Florencia pasó entre dos hogueras para demostrar, con la ayuda de Dios, que su arzobispo era un tunantón y disoluto. Otra prueba consistía en tragarse un pedazo de pan de cebada, que ahogaba al acusado si era culpable. Prefiero oír la treta de Arlequín, al que el juez interroga sobre el robo de que le acusa el doctor Baluart. El juez estaba comiendo y bebía un vino excelente cuando el acusado, cogiendo el vaso del juez y vaciando la botella, le dijo: «Señor juez, quiera Dios que este vino me sirva de veneno si he cometido el delito que me atribuyen».

 

PURGATORIO. Es un hecho singular que las iglesias protestantes estén todas de acuerdo en que el purgatorio es un invento de los frailes. No cabe duda de que es un ardid para sacar dinero a los vivos haciéndoles pagar misas para los muertos. Pero el purgatorio es anterior a los frailes.

 

Acaso indujo a los doctos en este error el hecho de que el papa Juan XVII instituyó, según se cree, la fiesta de los difuntos hacia mediados del siglo X. De esta institución infiero que mucho antes se rezaba por ellos, porque si desde entonces rezaron por todos debemos creer que antes se hacía por algunos, lo mismo que se inventó la fiesta de Todos los Santos porque en tiempos anteriores festejaban a muchísimos bienaventurados. La diferencia entre la fiesta de Todos los Santos y la de los difuntos consiste en que la primera invocamos nosotros y en la segunda somos invocados; en la primera recomendamos a los bienaventurados y en la segunda los desgraciados se encomiendan a nosotros.

 

Hay mucha gente que sabe cómo empezó a instituirse esta fiesta en Cluny, que pertenecía entonces al Imperio germánico, y no es preciso decir que san Obilón, abad de Cluny, tenía por costumbre sacar muchas almas del purgatorio diciendo misas y oraciones. Un día, un cruzado o un monje que regresaba de Tierra Santa fue arrojado por la tempestad a una isla pequeña, en la que encontró un eremita que le dijo que cerca de allí se veían colosales llamas y grandes incendios con los que atormentaban las almas de los muertos y con frecuencia oía que los demonios se quejaban del abad Obilón y sus monjes porque todos los días libraban algún alma; que era necesario rogar al abad que continuara tan piadosa tarea para aumentar el número de bienaventurados en el cielo y el dolor de los diablos en el infierno. Esto lo refiere el hermano Girard, jesuita, en su obra Flor de los santos, tomándolo del hermano Ribadeneira. Fleury da otra versión de dicha leyenda, pero conserva lo esencial.

 

Dicha revelación movió a san Obilón a instituir en Cluny la fiesta de los difuntos, que pronto adoptó la Iglesia.

 

Desde esa época, el purgatorio aportó pingües ganancias a quienes tenían el poder de abrir las puertas del mismo. En virtud de este poder, el rey de Inglaterra, Juan Sin Tierra, declarándose vasallo del papa Inocencio III y entregándole el dominio de su reino obtuvo la liberación del alma de un pariente, excomulgado promortuo ex communicato pro quo suplicant consanguinei.

 

La cancillería de la Curia romana estableció una tarifa para la absolución de los muertos y en Roma existían muchísimos altares privilegiados en los que cada misa que se decía en ellos, en los siglos XIV y XV, previo pago de seis liards, sacaba un alma del purgatorio.

 

En vano los herejes se esforzaban en demostrar que los apóstoles tuvieron derecho a desatar todo lo atado en la tierra, porque eran anatematizados como criminales que osaban dudar del poder de las llaves. Y efectivamente, es de advertir que cuando el papa quería perdonar quinientos o seiscientos años de purgatorio lo hacía en virtud de su infalible poder: pro potestate a Deo acepta concedit.

 

De la antigüedad tel Purgatorio. Hay autores que afirman que el pueblo judío reconoció desde tiempo inmemorial el Purgatorio, fundándose en el segundo libro de los Macabeos, que dice taxativamente: «Y encontraron debajo de las ropas de los muertos (en la batalla de Odollan) algunas ofrendas consagradas a los ídolos que había en Jamnia, cosas prohibidas por la ley de los judíos, por lo cual conocieron evidentemente que ello había sido la causa de su muerte. Y habiendo recogido una colecta que mandó hacer, de doce mil dracmas de plata (1), Judas las envió a Jerusalén para que ofrecieran un sacrificio por los pecados de estos difuntos, teniendo como tenía buenos y religiosos sentimientos acerca de la resurrección.» (Libro II, 40 y 43).

 

(1) Libro II, cap. XII, vers. 40 y 43.

 

Como creemos que es obligado exponer las objeciones que hacen los herejes e incrédulos para que queden refutadas sus erróneas opiniones, vamos a enumerar las objeciones que presentan para creer que Judas envió esas doce mil monedas de plata y también en la antigüedad del Purgatorio.

 

1) Dicen que doce mil monedas de plata era una cantidad excesiva para que la tuviera Judas, que sostenía una guerra de bandolero contra un gran rey.

 

2) Que pudo muy bien enviarse un regalo a Jerusalén para que perdonaran los pecados de los muertos, con el fin de que Dios bendijera a los vivos.

 

3) Que en aquella época nadie se ocupaba de la resurrección porque de ello sólo se ocuparon los judíos en tiempos de Gamaliel, poco antes de las predicaciones de Jesucristo.

 

4) Que la ley de los judíos, que consta en el Decálogo el Levítico y el Deuteronomio, al no ocuparse de la inmortalidad del alma, ni de los tormentos del infierno, era imposible que hubiera anunciado un Purgatorio, y

 

5) Los herejes e incrédulos hacen cuanto pueden para demostrar a su manera que los libros de los Macabeos son apócrifos. He aquí las pruebas que presentan:

 

Dicen los judíos que si los herejes no reconocieron como canónicos los libros de los Macabeos, ¿por qué los hemos de reconocer nosotros?

 

Orígenes declara taxativamente que debe rechazarse la historia de los Macabeos, y san Jerónimo que no deben creerse esos libros. El Concilio de Laodicea, celebrado en 367, no los incluye entre los libros canónicos, y Atanasio, san Cirilo y san Hilario, los rechazan. Las razones para calificar esos libros de historietas son:

 

El autor es un ignorante que empieza con una falsedad que comprende todo el mundo: «Alejandro llamó a su lado a los jóvenes nobles que se habían criado con él desde la infancia y repartió entre ellos su reino, viviendo todavía». Esa falsedad tan flagrante no puede decirla un escritor sagrado e inspirado.

 

Al ocuparse de Antíoco Epifanes, dice: «Antíoco se dirigió a Elimais con el propósito de apoderarse de ella y saquearla, pero no pudo conseguirlo porque habiéndolo sabido sus habitantes se sublevaron y lograron derrotarle. Lleno de tristeza regresó a Babilonia, y cuando estaba todavía en Persia supo que su ejército había huido de Judá; cayó enfermo y murió en 149». Y en otra parte dice lo contrario. Refiere que Antíoco Epifanes iba a tomar y saquear Persépolis y no Elimais, y que cayendo de su carro se produjo una herida incurable y se lo comieron los gusanos. Que pidió perdón al dios de los judíos, deseando abrazar su religión.

 

Más aún, en otra parte el autor hace morir a Antíoco de una tercera forma, para que el lector elija. Refiere que murió lapidado en tiempos de Naneo. Los que pretenden justificar este flagrante error dicen que quiso referirse a Antíoco Eupátor, pero ni uno ni otro fueron apedreados.

 

También dice que los romanos conquistaron Galacia y ello no sucedió hasta cien años después. Por tanto, el desafortunado autor debió escribir un siglo después de la época que suponen lo hizo; igual ocurre con todos los libros judíos, opinan los incrédulos.

 

Afirma asimismo que los romanos nombraban todos los años un jefe del Senado. Al leerlo, los incrédulos exclaman: Era tan ignorante que ni siquiera sabía que en Roma había dos cónsules. ¿Qué fe podemos tener en esas historietas pueriles, hacinadas sin orden ni concierto por hombres ignorantes e imbéciles? Así se expresan autores audaces.

 

Les contestaremos que algunas equivocaciones, probablemente de los copistas, no bastan a impedir el fondo de verdad de esos libros, que el Espíritu Santo inspiró al autor y no a los copistas, que si el Concilio de Laodicea rechazó el libro de los Macabeos, en cambio lo admitió el Concilio de Trento, en el que intervinieron hasta los jesuitas, y que admitió esos libros toda la Iglesia católica.

 

Origen del Purgatorio. La primitiva Iglesia consideraba herejes a quienes admitían la existencia del Purgatorio, y condenaba a los simoníacos que creían que las almas podían purgarse. Más tarde, san Agustín condenó a los discípulos de Orígenes partidarios de este dogma.

 

¿Los simoníacos y los seguidores de Orígenes admitieron acaso el Purgatorio por encontrar algo semejante en Virgilio, en Platón y hasta en Egipto? Claramente lo anuncia el sexto libro de la Eneida, con la particularidad de que Virgilio describe almas suspendidas en los aires, almas que se queman y almas que se ahogan. He aquí lo que dice en tres versos de dicho libro: «Se ven esos espíritus puros agitarse en los aires a merced del viento, o ahogados en las aguas, o quemados en las llamas: de esta manera las almas se limpian y purifican». Y todavía es más singular que el papa Gregorio el Grande, no sólo adoptase la teoría de Virgilio, sino que en sus diálogos introdujera muchas almas que venían del Purgatorio después de haber estado suspendidas en el aire o haberse ahogado.

 

Platón se ocupa del Purgatorio en su Fedón, y es fácil convencerse leyendo en el Mercurio Trimegista que Platón tomó de los egipcios lo que no había copiado de Timeo de Locre.

 

Todo esto es muy reciente comparado con la antigüedad de los brahmanes, y debemos confesar que ellos inventaron el Purgatorio, así como la rebelión y caída de los ángeles. En el Shasta, libro que data de tres mil cien años antes de nuestra era, encontrarán mis lectores el Purgatorio. Los ángeles rebeldes, cuya historia copiaron los judíos en la época del rabino Gamaliel, fueron condenados por el Eterno y su Hijo a mil años de Purgatorio, y al cabo de ese tiempo Dios los perdonó y los hizo hombres. Ya hemos dicho y repetimos ahora, que a los brahmanes les parecía duro que los castigos fueran eternos, tal vez porque lo eterno nunca termina; los brahmanes pensaban, pues, como el abad de Chanlieu, que dice en una epístola dedicada A la muerte: «Perdóname, Señor, si cegado por tus bondades no pude concebir que castigaras tan severamente mi debilidad por los placeres que desaparecen como los sueños; perdóname si no pude creer que castigaras con crueldad eterna la humana debilidad, que es victima de quimeras engañosas».

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