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R

 

RAZÓN. En la época que Francia había perdido el juicio con el sistema de Law, superintendente de Hacienda, un hombre que siempre tenía razón se presentó ante una gran asamblea para decirle:

 

«Sois el mayor loco o el mayor truhán que se ha presentado en Francia; sé que es mucho decir, pero voy a demostrarlo. Se os ocurrió la idea de duplicar la riqueza del Estado por medio del papel, pero como ese papel sólo podía representar el valor ficticio de varias riquezas, como son los productos de la tierra y de las manufacturas, debíais haber empezado por darnos una cantidad diez veces mayor de trigo, vino, lienzo y paño. Y aun esto no es bastante porque además habíamos de estar seguros de despacharlos. Emitís una cantidad de billetes diez veces mayor que la que nosotros tenemos en moneda y géneros; por tanto, sois diez veces más arbitrario, inepto o granuja que los superintendentes que os han precedido. Vais a ver ahora cómo demuestro mi proposición mayor».

 

Apenas comenzó a hacerlo, le prendieron y metieron en la cárcel. Cuando salió, después de estudiar mucho y robustecer su opinión, se dirigió a Roma y pidió una audiencia pública al papa con la condición de no interrumpirle en su discurso. Se la concedieron y habló así:

 

«Santo Padre, vos sois un anticristo y voy a demostrarlo a Vuestra Santidad. Lamo anticristo al que hace lo contrario de lo que Cristo hizo y dejó mandado. Cristo fue pobre y vos sois muy rico; pagó el tributo y vos lo exigís a los demás; se sometió a los poderes y vos sois el poder más alto; iba a pie y vos vais a Castelgandolfo en un carruaje suntuoso; comía lo que le daban y vos mandáis que se coma pescado los viernes de Cuaresma cuando vivimos lejos del mar y de los ríos; prohibió a Simón, llamado después Pedro, que no se sirviera de la espada y vos tenéis muchas espadas a vuestro servicio. En este sentido, pues, Vuestra Santidad es un anticristo. Os reverencio mucho en los demás sentidos y os pido que me concedáis indulgencias in articulo mortis».

 

Y encerraron al hombre que así hablaba en el castillo de San Ángelo. Cuando salió se dirigió a Venecia y pidió audiencia para hablar con el dux. Se la concedieron también.

 

«Vuestra Serenidad--le dijo--es un gran extravagante que tiene el capricho de casarse todos los años con el mar. Vuestro casamiento se parece al de Arlequín, que estaba a medio hacer porque le faltaba el consentimiento de la futura. Además, ¿quién nos dice que un día otras potencias marítimas no os puedan declarar impotente para consumar ese matrimonio?»

 

Cuando hubo pronunciado esas palabras lo encerraron en la torre de San Marcos. Cuando salió de ella, se fue a Constantinopla y lo recibió en audiencia el muftí, al que dijo:

 

«Vuestra religión, aunque tiene cosas excelentes, como la adoración del Gran Ser y la necesidad de ser justos y caritativos, no es más que el judaísmo recalentado y una colección tediosa de leyendas de camino. Si el arcángel Gabriel, descendiendo de algún planeta, hubiera traído y entregado a Mahoma las hojas del Corán, Arabia entera lo hubiera visto y nadie le vio. Por tanto, Mahoma fue un audaz impostor que engañó a los tontos».

 

Ahora le prendieron y lo empalaron. Sin embargo, siempre tenía razón.

 

RELIGIÓN. Sabemos que los epicúreos no profesaban ninguna religión y recomendaban el alejamiento de los asuntos públicos, el estudio y la concordia. Esta secta constituía una comunidad de amigos porque su principal dogma era la amistad. Ático, Lucrecio, Memius y algunos hombres de este temple, podían vivir juntos honestamente y ejemplos semejantes se ven en todos los países. Entre hombres de esta clase se puede filosofar todo lo que se quiera. Son como los melómanos, que para complacerse a sí mismos se dan un concierto de música clásica y selecta, pero que se guardan bien de ejecutar ese concierto ante el vulgo ignorante y brutal, no vaya a ser que les rompan los instrumentos en la cabeza. El que tenga que gobernar un pueblo necesita que éste tenga una religión. No es mi propósito ocuparme de la nuestra, ya que es la única buena, la única necesaria y la única auténtica.

 

¿Habría sido capaz la inteligencia humana de admitir una religión no parecida a la nuestra, sino que fuera menos mala que las demás religiones del orbe juntas? ¿Y cuál sería esa religión? ¿No sería la que predicara la adoración del Ser Supremo, único, infinito, eterno y creador del universo, la que nos uniera a ese Ser como recompensa de nuestras virtudes y nos separara de él como castigo de nuestros crímenes? ¿La que admitiera pocos dogmas que son motivo eterno de disputa, la que enseñara una moral pura, sobre la que jamás se disputara? ¿La que no hiciera consistir el fundamento del culto en vanas ceremonias, como la de escupirnos a la boca, la de cortarnos el prepucio, la de extirparnos un testículo, puesto que se pueden cumplir todos los deberes sociales teniendo los testículos y el prepucio enteros y sin que nos escupan en la boca? ¿La que socorriera a nuestro prójimo por el amor de Dios, en vez de perseguirle y degollarle en nombre de ese mismo Dios? ¿La que tuviera ceremonias augustas que emocionaran al pueblo y careciera de misterios que pueden sublevar a los sabios y enojar a los incrédulos?

 

¿La que asegura a sus ministros una asignación honrosa para que subsistieran con decencia y no les dejara usurpar las dignidades y el poder que puede convertirlos en tiranos?

 

Buena parte de esta religión está grabada hoy en el corazón de algunos soberanos y llegará a ser la dominante cuando el articulado que propuso el abad de San Pedro sobre la paz perpetua sea firmado por todos los príncipes.

 

Pasé la noche meditando. Absorto en la contemplación de la naturaleza, admiraba la inmensidad, el curso y las relaciones de esos astros infinitos que el vulgo no sabe admirar. Pero admirando aún más la inteligencia que los dirige, me decía: Se necesita ser ciego para que este espectáculo nos deje indiferentes, es preciso estar locos para no adorarle. ¿Qué tributo de adoración debemos rendirle? ¿No debe ser siempre el mismo en todo el espacio por cuanto es el mismo Ser Supremo el que lo rige en su extensión? ¿El ser dotado de pensamiento que habite en una de las estrellas de la Vía Láctea no le debe el mismo homenaje que el que piensa en nuestro planeta? Si la luz es uniforme para el astro Sirio y para nosotros, la moral también debe ser uniforme. Si el animal que piensa y siente en Sirio nació de padres que intentan hacerle feliz, les debe corresponder con tanto amor y cuidados como debemos en el mundo a nuestros padres. Si algún habitante de la Vía Láctea ve a un indigente lisiado, puede socorrerle y no lo hace, es culpable ante todo el universo. El corazón tiene en todas partes las mismas obligaciones.

 

Absorto en estas ideas, vi que uno de los genios que llenan los intermundos descendió hasta mí. Reconocí al mismo espíritu sutil que se me apareció otra vez para enseñarme lo diferentes que son los juicios de Dios de los nuestros, y que una buena acción es preferible a una disputa.

 

Me llevó a un desierto lleno de cadáveres hacinados, y entre esos montones de muertos había unas alamedas de árboles siempre verdes; al extremo de cada alameda, un hombre alto y de soberano aspecto contemplaba con compasión aquellos restos inanimados.

 

— Arcángel mío, ¿a dónde me habéis traído?

 

— Al lugar de la desolación.

 

— ¿Quiénes son esos venerables patriarcas que veo inmóviles y conmiserativos al extremo de las alamedas, que parece lloran por los inmortales muertos?

 

— Lo sabrás, pobre criatura humana, pero antes es preciso que llores.

 

Y señalando el primer montón de muertos, me dijo:

 

— Estos son los veintitrés mil judíos que exterminaron ante el becerro de oro y los veinticuatro mil que fueron muertos por los jóvenes madianitas. El número de asesinados por delitos y otras causas asciende a unos trescientos mil. En las alamedas siguientes están los cementerios de los cristianos que se degollaron unos a otros por discusiones metafísicas. Están divididos en montones de cuatro siglos cada uno; si estuvieran en uno solo, llegarían hasta el cielo.

 

— ¿De este modo trataron los hermanos a sus hermanos de credo y tuve la desgracia de pertenecer a esta cofradía?

 

— He aquí los doce millones de americanos asesinados en su patria por no estar bautizados.

 

— ¿Por qué no dejó Dios que se descompusieran esos cadáveres en el hemisferio donde nacieron sus cuerpos? ¿Por qué ha reunido aquí estos monumentos de la barbarie y del fanatismo?

 

— Para instruirte.

 

— Ya que quieres instruirme, dime si además de los cristianos y judíos hubo otros pueblos en que el celo y la religión, convertidos en fanatismo, inspiraron crueldades tan abominables.

 

— Sí —me contestó—. Los mahometanos cometieron las mismas crueldades, pero pocas veces; cuando se les ha pedido clemencia y han ofrecido pagarles el tributo han sabido perdonar. Respecto a las demás naciones, desde que existe el mundo ninguna ha tenido una guerra puramente religiosa. Ahora, sígueme.

 

Así lo hice. Un poco más allá de aquellos montones de cadáveres encontramos otros, pero éstos eran sacos de oro y de plata, cada uno con su etiqueta: «Sustancia de los herejes asesinados en los siglos XVI, XVII y XVIII», «Oro y plata de los americanos degollados». Esos montones remataban con cruces, mitras, báculos y tiaras cubiertas de piedras preciosas.

 

— ¿Por poseer tales riquezas acumularon tantos muertos? —pregunté al genio.

 

— Sí, hijo mío.

 

No pude contener las lágrimas, y cuando por la aflicción que experimentaba merecí que me llevara al extremo de las hileras de árboles verdes, me dijo:

 

— Contempla los héroes de la humanidad que fueron los bienhechores del mundo y que se han reunido para desterrar de él, en cuanto les fue posible, la violencia y la expoliación. Interrógales.

 

Me acerqué al que estaba más cerca; llevaba una corona en la cabeza y un pequeño incensario en la mano. Humildemente, le pregunté su nombre.

 

— Soy Numa Pompilio, fui el sucesor de un bandido y me vi obligado a gobernar bandidos. Les enseñé la virtud y el culto a Dios y después de mi muerte olvidaron más de una vez una y otro; prohibí que se practicaran simulacros en los templos porque la divinidad que rige la naturaleza no podemos representárnosla. Durante mi reinado, los romanos no tuvieron guerras ni sediciones, porque mi religión los civilizó. Todos los pueblos acudieron a honrar mis funerales, lo que a nadie acaeció más que a mí.

 

Le besé la mano y me dirigí al segundo personaje: era un venerable anciano de unos noventa años, vestido con un ropaje blanco que tenía colocado el dedo corazón sobre la boca y con la otra mano arrojaba habas detrás de él. Le reconocí, era Pitágoras. Me dijo que gobernó a los crotoniatas con tanta justicia como Numa Pompilio gobernaba a los romanos, era poco más o menos de su época, y que la justicia era lo más necesario y raro en el mundo. Me aseguró que los pitagóricos hacían examen de conciencia dos veces al día. Por complacerle, no repliqué a Pitágoras y pasé a ver a Zoroastro, que se hallaba ocupado en encontrar el fuego celeste en el hornillo de un espejo cóncavo, en el centro de un vestíbulo que tenía cien puertas y todas conducían a la sabiduría. Sobre la principal de esas puertas (1) leí unas palabras que compendian la moral y zanjan las controversias de los casuistas: «Cuando dudes de si una acción es buena o mala, abstente de practicarla».

 

— Seguramente —dije al arcángel—, los bárbaros que inmolaron esas víctimas, cuyos cadáveres he visto, no leyeron esas hermosas palabras.

 

(1) Los preceptos de Zoroastro se llaman puertas y son cien.

 

Luego hablé con Zeleuco, Tales, Anaximandro y todos los sabios que buscaron la verdad y practicaron la virtud. Cuando llegué a Sócrates, que reconocí por su nariz chata, le dije:

 

— Todos los habitantes de Europa, menos los turcos y los tártaros de Crimea, que son profundamente ignorantes, pronuncian vuestro nombre con respeto y lo reverencian hasta tal punto que han tratado de averiguar los nombres de vuestros perseguidores. Por vos conocemos a Melitus y Anitus, de éste solo el nombre de pila; no sé precisamente qué era ese malvado que os calumnió y llegó a conseguir que os sentenciaran a beber la cicuta.

 

— Desde mi fatal aventura, no he vuelto a ocuparme de ese hombre —me respondió Sócrates—, pero el recordármelo os confieso que me causa lástima. Era un sacerdote perverso que se dedicaba a comerciar con cueros, profesión vergonzosa entre nosotros. Envió sus dos hijos a mi escuela y sus condiscípulos les afearon el oficio del padre, viéndose obligados a abandonar el estudio. Su padre, encolerizado, sublevó contra mí a los sacerdotes y sofistas, que lograron convencer al Consejo de los Quinientos que yo era un impío y no creía que la Luna, Mercurio y Marte fueran dioses. Efectivamente, entonces, como ahora, creía que no hay más que un Dios, señor de toda la naturaleza. Los jueces me entregaron al envenenador de la República, que acortó algunos días de mi vida. Morí tranquilamente a la edad de setenta años y desde entonces vivo feliz entre estos grandes hombres, de los que soy el más insignificante.

 

Tras disfrutar de mi entrevista con Sócrates, fuimos avanzando mi guía y yo hacia un bosquecillo situado encima de aquella floresta, en donde los sabios de la Antigüedad parecía que gozaran de apacible reposo.

 

Vi a un hombre de semblante sereno y expresivo que, a mi parecer, apenas habría cumplido treinta y cinco años. Lanzaba desde lejos miradas compasivas al montón de esqueletos blanquecinos, a través de los que había pasado para llegar a la morada de los sabios. Me afligió al ver sus pies hinchados y sangrientos, al igual que las manos, que estaba herido en un costado y tenía el cuerpo despellejado de recibir azotes.

 

— ¿Es posible —exclamé— que un justo, un sabio, pueda encontrarse en ese estado? Acabo de ver otro que lo trataron cruelmente pero no hay comparación entre su suplicio y el vuestro. Sacerdotes inicuos y jueces pérfidos le envenenaron, ¿acaso vos también fuisteis asesinado cruelmente por sacerdotes y jueces?

 

— Sí —me contestó con afabilidad.

 

— ¿Quiénes eran esos monstruos?

 

— Los hipócritas.

 

— Ya habéis dicho bastante y ello me hace comprender que os debieron sentenciar al último suplicio. ¿Les probasteis, acaso, como Sócrates, que la Luna no es una diosa, ni Mercurio un dios?

 

— No, no fue por cuestión de planetas. Mis coterráneos no sabían qué es un planeta. Todos eran ignorantes y tenían otras supersticiones que los griegos.

 

— ¿Tratábais de enseñarles una nueva religión?

— Tampoco. Les decía, sencillamente: amad a Dios de todo corazón y a vuestro prójimo como a vosotros mismos. Seguramente comprendéis que este precepto es tan antiguo como el universo y que no les enseñaba un nuevo culto. Les repetía continuamente que había venido, no a abolir la Ley, sino para hacerla cumplir. Yo observaba todos sus ritos, estaba circuncidado como ellos, bautizado como ellos, presentaba mi ofrenda en el templo como ellos, y como ellos celebraba la Pascua, comiendo de pie un cordero asado con lechugas. Mis amigos y yo íbamos a rezar en el templo y mis amigos lo frecuentaron después de mi muerte; en una palabra, cumplí sus santas leyes sin exceptuar ninguna.

 

— Aquellos miserables ni siquiera os podían reprochar haberos separado de sus leyes.

 

— No, no podían.

 

— ¿Por qué, pues, se ensañaron con vos?

 

— Eran orgullosos e interesados, comprendieron que los conocía bien y supieron que haría los conocieran los demás compatriotas. Eran más fuertes y me quitaron la vida; sus semejantes harán siempre lo mismo, si pueden, a todo el que haga justicia.

 

— Pero ¿dijisteis o hicisteis algo que pudiera servirles de pretexto?

 

— Cualquier cosa sirve de pretexto a los perversos.

 

— ¿No les dijisteis que veníais a traer la guerra y no la paz?

 

— Eso fue un error del copista. Les dije que traía la paz y no la guerra. Y como no escribí nada, pudieron trastocar lo que dije sin mala intención.

 

— ¿No habréis contribuido, con vuestros discursos mal interpretados, a formar esos montones de cadáveres que encontré cuando venía a consultaros?

 

— Siempre me horrorizaron los criminales que asesinan.

 

— Y esos monumentos de poder y riqueza, de orgullo y avaricia, esos tesoros, ornamentos, esos signos de grandeza que acabo de ver acumulados, ¿provienen de vos?

 

— De ninguna manera. Los míos y yo hemos vivido humildes y pobres mi grandeza la encontré en la virtud.

 

Varias veces estuve a punto de rogarle que dijese quién era, pero el guía me aconsejó que no lo preguntara porque mi naturaleza no era la más apropiada para comprender esos misterios sublimes. Entonces supliqué al desconocido que me explicara la esencia de la verdadera religión.

 

— Ya os lo dije: amad a Dios y a vuestro prójimo como a vos mismo.

 

— ¿Y amando a Dios podré comer carne los viernes de Cuaresma?

— Yo siempre comí lo que me dieron, porque fui pobre y no podía invitar a comer a nadie.

 

— Amando a Dios y siendo justo, ¿me será lícito no confesar los secretos de mi vida a un desconocido?

 

— Así lo hice yo siempre.

 

— ¿Obrando bien podré eximirme de ir en peregrinación a Santiago de Compostela?

 

— Jamás estuve en ese país.

 

— ¿Será preciso que me decida por la Iglesia griega o por la Iglesia latina?

 

— Cuando estaba en el mundo, para mí no hubo ninguna diferencia entre el judío y el samaritano.

 

— Siendo así, os reconozco por mi único señor.

 

Entonces, el desconocido me hizo una señal con la cabeza que me llenó de consuelo. La visión desapareció y sólo quedó en mí la conciencia recta.

 

Cuestiones para la religión. El hombre empezó por conocer un solo Dios y luego inventó la existencia de pluralidad de dioses. He aquí en qué apoyo mi creencia:

 

No cabe duda que existieron pequeñas poblaciones antes de edificar grandes ciudades, y que los seres humanos se subdividieron en pequeñas repúblicas antes de unirse en grandes imperios. Es natural, pues, que un pequeño poblado, aterrorizado por los truenos y rayos, apesadumbrado por la pérdida de las cosechas, al sufrir las depredaciones del poblado inmediato y al conocer su debilidad, creyera que existía en todas partes un poder invisible e imaginara un ser superior a nosotros, del que provenía el bien y el mal. Me parece imposible que pensara en la existencia de dos poderes, porque igual podía haber pensado que existían muchos. En todas las especulaciones de la mente se empieza por lo simple, después se llega a lo compuesto y, con frecuencia, volvemos a lo simple otra vez al tener mayores conocimientos. Esta es la trayectoria del espíritu humano.

 

A qué ser podían invocar, ¿al sol, a la luna? No me parece verosímil. Veamos lo que ocurre en los niños, muy parecidos a los hombres ignorantes. No les llama la atención la hermosura ni la utilidad del sol, ni lo beneficiosa que es la luna por la noche, ni las variaciones periódicas de su curso; se acostumbran a todo eso sin parar mientes en ello. No adoramos, invocamos, ni deseamos apaciguar más que a lo que tememos, y los niños ven el cielo con indiferencia. Pero cuando ruge el trueno, tiemblan y se esconden. Indudablemente, los primitivos hombres obraron como los niños. Sólo pudo haber, entonces, una especie de filósofos que fijándose en el curso de los astros lograran que los hombres los admiraran y adorasen, pero los simples labriegos, del todo ignorantes, no sabían lo suficiente para adoptar esa errónea adoración.

Por tanto, la población humilde, al principio, se concretaría a pensar: existe un poder que truena, que graniza, que mata a nuestros hijos; apacigüémoslo. Pero, ¿cómo hacerlo? Calmamos la ira de los enojados haciéndoles ofrendas; hagámoslas, pues, a ese poder. Necesitamos también designarlo con un nombre. Y el primero que les debió ocurrir fue el de jefe, de señor; ese poder se llamó, pues, mi señor. Probablemente, por esta razón los egipcios llamaron a su dios Knef; los sirios, Adoni; los pueblos inmediatos, Baal o Bel, Melch o Moloc, y los escitas Papee, vocablos que significan señor, dueño.

 

Así, cuando se descubrió América encontraron allí infinidad de poblaciones pequeñas con su dios protector. Incluso México y Perú, poderosas naciones, tenían un dios único; los mexicanos adoraban a Vitzliputzli, dios de la guerra, y los peruanos, a Manco Capack.

 

No fue la razón superior e intelectiva de los pueblos la que les hizo reconocer una sola divinidad; si hubieran sido filósofos habrían adorado al Dios de toda la naturaleza, no al dios de una localidad, y hubieran estudiado las relaciones infinitas que median entre los seres, que prueban que existe un Ser creador y conservador. Pero no estudiaron, sólo sintieron. Cada localidad reconoció que era débil y necesitaba tener la protección de un Ser fuerte, creyó que ese Ser tutelar y terrible residía en un bosque cercano, en una montaña o en una nube, creyó que existía un solo Ser superior porque cuando iba a la guerra no tenía más que un caudillo, y creyó que era corporal porque le era imposible representárselo de otro modo. Creía asimismo que el pueblo vecino tenía también su dios, por eso Jepté dijo a los habitantes de Moab: «Poseéis legítimamente lo que vuestro dios Chamos os hizo conquistar y debéis dejarnos disfrutar lo que nuestro dios nos consiguió con sus victorias» (Jueces, cap. 11, 24).

 

Son muy significativas las anteriores palabras, que pronunció un extranjero ante otros extranjeros. Los judíos y moabitas habían expulsado a los habitantes del país; ambos sólo contaban con el derecho de la fuerza y el jefe de unos dijo al de los otros: Tu dios ha protegido tu usurpación; consiente, pues, que mi dios proteja la mía. Jeremías y Amós preguntan: «¿Qué razón tuvo el dios Melchom para apoderarse del país de Gad?» Estos textos demuestran que la Antigüedad creyó que cada país tenía su dios protector. Huellas de esto las encontramos también en las obras de Homero.

 

Es asimismo natural que despertada la imaginación de los hombres y habiendo adquirido conocimientos confusos, multiplicaran sus dioses y tuvieran por protectores a los elementos, el mar, los bosques, los ríos y los campos. Cuanto más se dedicaron al estudio de los astros, más se llenaron de admiración. ¿Y cómo no habían de adorar al sol, cuando adoraban la divinidad de un riachuelo? Así que dieron el primer paso por este camino el mundo se pobló de dioses, y desde la adoración de los astros descendieron los hombres hasta la adoración de los gatos y cebollas.

 

Con el tiempo, la razón se fue perfeccionando y aparecieron filósofos que comprendieron que ni las cebollas, los gatos, ni los astros celestes habrían podido establecer el orden admirable de la naturaleza. Todos los filósofos, babilonios, persas, egipcios, escitas, griegos y romanos, admitieron la existencia de un Dios supremo, remunerador y vengador.

 

Al principio no se atrevían a decirlo a los pueblos, porque el filósofo que hubiera osado profanar las cebollas y los gatos ante las beatas y sacerdotes hubiera sido lapidado, y al que hubiera censurado a los egipcios que comieran sus dioses se lo habrían comido.

 

¿Qué hicieron, pues? Orfeo y sus seguidores instituyeron los misterios que los iniciados prometían, con juramentos execrables, no revelar. El principal de ellos consistía en la adoración de un dios único. Esa gran verdad llegó a abarcar la mitad del mundo y la cantidad de iniciados alcanzó una cifra inmensa; la antigua religión seguía subsistiendo, pero como no era contraria al dogma de la unicidad de Dios la dejaron subsistir. Los romanos reconocían el Deus optimus maximus, y los griegos llamaban Zeus a su dios supremo. Sus demás divinidades no eran más que seres intermedios y colocaban a los héroes y a los emperadores en la categoría de dioses, equivalente a la nuestra de bienaventurados y no consideraban a Octavio, Claudio, Tiberio ni a Calígula como creadores del cielo y de la tierra. En una palabra, está demostrado que desde la época de Augusto todos los que profesaban una religión reconocían un Dios superior y eterno y varios órdenes de dioses subalternos, cuyo culto se llamó después idolatría.

 

Las leyes de los judíos nunca favorecieron la idolatría, y aunque admitían la existencia de los ángeles no asignaban culto a esas divinidades secundarias. Cierto que adoraban a los ángeles, esto es, se arrodillaban cuando los veían, pero como sucedía pocas veces no tenían ceremonias ni culto legal para ellos. Los querubines del Arca no recibían homenaje. Parece que los judíos, desde la época de Alejandro, adoraron en público un solo Dios, al igual que la multitud innumerable de los iniciados lo adoraban secretamente en sus misterios.

 

En la época que el culto de un Dios supremo quedó reconocido por todos los sabios de Asia, Europa y Africa, fue cuando nació la religión cristiana. El platonismo contribuyó en gran manera a la inteligencia de sus dogmas. El Logos, que en Platón significa la sabiduría, la razón del Ser Supremo, se convirtió en nosotros en el Verbo y en la segunda persona de Dios. La metafísica profunda y superior a la inteligencia humana fue el santuario inaccesible en que se envolvió la religión.

 

Por no pecar de reiterativos dejaremos de explicar cómo María fue declarada Madre de Dios con el transcurso del tiempo, ni cómo se estableció la consustancialidad del Padre y del Verbo, ni la protección del Pneuma, órgano divino del Logos, dos naturalezas y dos voluntades resultantes de la hipóstasis, ni la ingestión superior que nutre al alma y al cuerpo con la sangre del Hombre‑Dios, adorado y comido bajo la forma del pan. Ya hemos dejado constancia de todos esos misterios.

 

Desde el siglo II empezaron a expulsar los demonios del cuerpo en nombre de Jesús, porque antes los expulsaban en nombre de Jehová. San Mateo refiere que habiendo dicho los enemigos de Jesús que expulsaba a los demonios en nombre del príncipe de los diablos, El les contestó: «Si expulso a los demonios en nombre de Belcebú, ¿en nombre de quién los expulsan vuestros hijos?»

 

Se ignora la época en que los judíos reconocieron a Belcebú por príncipe de los demonios, siendo un ser extranjero. Pero Flavio Josefo nos dice que en Jerusalén había exorcistas nombrados para expulsar los demonios del cuerpo de los posesos, o sea de los hombres afectos de ciertas enfermedades, que entonces se creía ocasionadas por los genios maléficos.

 

Expulsaban, pues, los demonios pronunciando continuamente la palabra Yahvé, sistema que hoy se ha perdido, al igual que se han olvidado otras ceremonias. El exorcismo que practicaban pronunciando dicha voz con otros nombres de Dios todavía estaba en uso en los primeros siglos del cristianismo. Orígenes, en su obra contra Celso, le dice: «Si al invocar a Dios le llamamos Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, conseguiremos muchas cosas pronunciando esos nombres, cuya naturaleza y fuerza son tales que los demonios se someten a quienes las pronuncian, pero si aplicamos otra denominación, como por ejemplo, dios del mar alborotado, dios suplantador, estos nombres no tendrán ninguna virtud. El nombre de Israel, traducido al griego, no tiene ningún poder, pero pronunciándolo en hebreo, con las palabras necesarias, se logrará el conjuro».

 

De Orígenes son estas notables palabras: «Existen nombres que poseen naturalmente virtud, como los que usan los sabios en Egipto, los magos en Persia y los brahmanes en la India. La llamada magia no es un arte vano y quimérico, como aseguran estoicos y epicúreos, ni los nombres de Sabaoth y Adonai se establecieron para seres creados porque pertenecen a una teología esotérica que hace referencia al Creador. De esto proviene la virtud de tales nombres, cuando se usan y pronuncian sometiéndose a las reglas».

 

Con estas palabras, Orígenes no manifiesta su opinión, sino más bien la opinión universal. Las religiones conocidas entonces admitían la magia distinguiendo la celeste de la demoníaca, y conocían además la nigromancia y la teurgia. En ellas todo era prodigio, adivinación y oráculo. Los persas no negaban los milagros de los egipcios, ni éstos los de aquéllos. Dios permitió que los primitivos cristianos creyeran en los oráculos atribuidos a las Sibilas y los dejó vivir en algunos errores de poca entidad que no corrompían el fondo de la religión.

 

Sin embargo, es extraño que los cristianos de los dos primeros siglos tuvieran horror a los templos, altares y simulacros, como refiere Orígenes. Pero todo cambió cuando quedó establecida la disciplina de la Iglesia y ésta adquirió una forma constante.

 

Se dice que la religión de los paganos era absurda en muchas cosas amén de contradictoria y perniciosa. Me parece, sin embargo, que le atribuyen más daño del producido y más tonterías de las que predicó. Moliere dice: «No me parece hermoso que Júpiter sea toro, serpiente, cisne o cualquier otra cosa, pero no me extraña que lo encuentren bello los demás.» Indudablemente, esas metamorfosis son impertinentes, pero ruego a quienes lo dicen que me enseñen dónde existió en la Antigüedad un templo dedicado a Leda yaciendo con un cisne o un toro. ¿Pueden presentarme algún sermón predicado en Atenas o Roma que induzca a las doncellas a refocilarse con los cisnes de sus corrales? ¿Acaso las leyendas que recogió e ilustró Ovidio pueden tomarse como dogmas de la religión pagana? ¿No son equivalentes a la Leyenda áurea y al Florilegio de los santos de la religión católica? Si algún brahmán o derviche criticara la historia de santa María Egipcíaca apoyándose en que no teniendo con qué pagar a los marineros que la llevaron a Egipto concedió a todos ellos sus favores, replicaríamos: Reverendos santones, estáis equivocados. Nuestra religión no está basada en la Leyenda áurea.

 

Criticamos a los antiguos que creyeron a pies juntillas los prodigios y oráculos. Pero si volvieran hoy al mundo y supieran los milagros que atribuimos a Nuestra Señora de Loreto y a Nuestra Señora de Éfeso, ¿no nos criticarían también a nosotros?

 

Los sacrificios humanos estaban generalizados en casi todos los pueblos antiguos, aunque raras veces se practicaban. Sólo sabemos que los judíos inmolaron a la hija de Jefté y al rey Agag, pero Isaac y Jonatás no llegaron a ser sacrificados. Entre los griegos no está comprobada la historia del sacrificio de Ifigenia, y entre los romanos fueron muy raros los sacrificios humanos; en una palabra, la religión pagana derramó poca sangre y la nuestra la hizo correr por todo el mundo. Nuestra religión es indudablemente la única verdadera, pero por ella hemos causado tanto daño que cuando hablamos de las otras debemos proceder con indulgencia.

 

El hombre que desee convencer de la verdad de su religión a extranjeros o a coterráneos, debe dedicarse a esa tarea con moderación y suave insinuación. Si empieza afirmando que lo que expone está demostrado, encontrará multitud de incrédulos, y si se atreve a decirles que rechazan su doctrina porque ésta trata de refrenar las pasiones y la razón de ellos discurre erróneamente, les sublevará en su contra, les afirmará en sus falsas creencias y no conseguirá sus propósitos.

 

Si la religión que enseña es verdadera no conseguirá que lo sea más la cólera y la insolencia. ¿Hay acaso necesidad de enfurecerse para predicar que el hombre debe ser clemente, benéfico y justo, y cumplir todas las obligaciones sociales? No, no hay ninguna necesidad, porque todo el mundo profesa esta religión. ¿Por qué, pues, habéis de injuriar a nuestro hermano cuando le predicáis una metafísica esotérica? Sin duda porque su buen sentido excita vuestro amor propio. Sois tan soberbios que exigís a nuestro hermano que someta su inteligencia a la vuestra y el orgullo humillado se enciende en cólera; no da otro resultado. El militar que recibe veinte heridas en una batalla no se encoleriza, pero el teólogo herido por una opinión contraria se torna furioso implacable.

La CIA Agresiones de EEUU a América latina - La relación entre el Neoliberalismo y el ALCA - ¿Qué es la globalización? - ¿Qué es la Cocaína?

RELIQUIAS. Llamamos reliquia a una parte del cuerpo o ropaje de una persona a quien la Iglesia considera digna de veneración.

 

Jesús condenó la hipocresía de los judíos cuando les dijo: «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que construís los sepulcros para los profetas y adornáis los monumentos de los justos! » (Mateo, cap. 23, 29). Sin embargo, los cristianos ortodoxos lo mismo veneran la reliquia que la imagen de los santos, y cuando un doctor, de nombre Enrique, se atrevió a decir que los huesos y demás reliquias convertidas en gusanos no deben adorarse, el jesuita Vázquez decidió que la opinión de Enrique era absurda y vana, porque no importa de qué manera se opera la corrupción y por tanto lo mismo podemos adorar las reliquias en forma de gusanos que de cenizas.

 

Pero cualquiera de ambas opiniones que admitamos, san Cirilo de Alejandría confiesa, en su libro Contra Juliano, que el origen de las reliquias es pagano. He aquí la descripción de su culto que hace Teodoreto, que vivía en los primeros años de nuestra era (Cuestión 51 sobre el Éxodo): Asistían a los templos de los mártires--nos cuenta ese sabio obispo-- para pedir, unos, que les conservaran la salud, otros, que curaran sus enfermedades, y las mujeres estériles para lograr ser fecundas. Cuando esas mujeres conseguían tener hijos pedían también que se los conservaran. Quienes iban a emprender un viaje suplicaban a los mártires que fueran sus guías y compañeros, y cuando volvían se presentaban en el templo para manifestarles su gratitud. No les adoraban como dioses, pero les honraban como hombres divinos pidiéndoles que fueran sus intercesores.

 

Los ex votos de los templos son pruebas palpables de que quienes pedían con fe habían conseguido sus deseos o la curación de sus enfermedades. Colgaban en los templos ojos, pies y manos de oro y de plata, testimonios que pregonaban la virtud de los que estaban encerrados en aquellos sepulcros. Teodoreto añade que cuando destruyeron los templos de los dioses aprovecharon los materiales para construir los templos de los mártires, porque el Señor--dice aludiendo a los paganos--, sustituyó sus muertos por vuestros dioses, hizo ver la vanidad de éstos y transfirió a otros los honores que a éstos les rendían. De ello se queja amargamente el sofista Garde, deplorando la suerte del templo de Serapis, en Canope, que derribaron por orden del emperador Teodosio I, en 389.

 

Gentes que nunca habían participado en ninguna guerra--dice Ennapins--fueron capaces de arrancar las puertas del templo y, sobre todo, para llevarse las ricas ofrendas que encerraba. Entregaron los templo a los monjes, gentes infames e inútiles, que sólo por vestir un hábito pardo y sucio adquirían tiránica autoridad sobre los pueblos, y en el lugar de los dioses esos monjes colocaron, para ser adorados, cabezas de bandidos decapitados por sus crímenes y que salaron para conservarlas.

 

El pueblo es supersticioso y por la superstición se le encadena. Los milagros que urdieron con las reliquias fueron el imán que atrajo a las iglesias la riqueza de todas partes. La granujería y la credulidad llegaron a tal extremo que en 386 el emperador Teodorico se vio obligado a promulgar una ley prohibiendo trasladaran los cadáveres enterrados, fragmentaran las reliquias corporales de cada mártir y traficaran con ellas.

 

Durante los tres primeros siglos del cristianismo celebraban el día de la muerte, que llamaban su día natal, reuniéndose en los cementerios donde descansaban sus cuerpos para rezar por ellos, como queda dicho en el artículo Misa. No se creía entonces que, más tarde, los cristianos robarían los cadáveres de los templos, trasladarían sus cenizas y huesos de un sitio a otro, los mostrarían en los púlpitos y harían con ello un tráfico que la avaricia excitaría a llenar el mundo de reliquias falsas.

 

El tercer Concilio de Cartago, celebrado en 397, declaró canónico el Apocalipsis de San Juan, cuya autenticidad hasta entonces había sido puesta en duda, y que en el capítulo VI dice: «Vi debajo del altar las almas de los que fueron muertos por la palabra de Dios» y autorizó poner reliquias de los mártires en los altares. Esta práctica se consideró tan indispensable que san Ambrosio no quiso consagrar una iglesia porque no tenía reliquias en los altares, y en 692 el Concilio de Constantinopla mandó derribar los altares que no hubiese reliquias. Otro Concilio de Cartago opinó lo contrario, mandando en 401 a los obispos que hicieran derribar los altares erigidos en los campos y caminos en honor de los mártires para que desenterraban las supuestas reliquias, valiéndose para esto de los sueños y revelaciones de todo el mundo.

 

San Agustín, en su Ciudad de Dios (lib. 22, cap. 8), nos cuenta que, en 415, Luciano, párroco de la aldea de Cafarmagata, no lejos de Jerusalén, vio en sueños hasta tres veces al rabino Gamaliel, quien le reveló que su cuerpo, el de su hijo, el de San Esteban y el de Nicodemo, estaban enterrados en el lugar de su parroquia que le indicaría. Le suplicó que no los dejara más tiempo en el olvidado sepulcro donde yacían desde siglos y fuera a decírselo a Juan, obispo de Jerusalén, para que los sacara en seguida si quería evitar los desastres que amenazaban al mundo. Gamaliel agregó que este traslado debía realizarse durante el episcopado de Juan, que murió un año después. El cielo ordenaba que el cuerpo de san Esteban fuera trasladado a Jerusalén.

 

El párroco entendió mal lo que dijo Gamaliel o fue desafortunado pues por más que cavó no pudo encontrar los cadáveres. Ello obligó a Gamaliel a aparecerse a un monje sencillo e inocente y darle de nuevo las señas del sitio donde descansaban las sagradas reliquias. Pero, entretanto, Luciano encontró el tesoro que buscaba según la revelación que Dios le hizo. En dicho sepulcro había una losa en la que estaba grabada la palabra cheliel, que en hebreo significa corona. Cuando abrieron el féretro de Esteban tembló la tierra, fluyó un aroma delicioso y muchísimos enfermos se curaron. El cuerpo del santo estaba reducido a cenizas, excepto los huesos, que trasladaron a Jerusalén y depositaron en la iglesia de Sión.

 

Avito, sacerdote español que se hallaba entonces de Oriente, tradujo al latín esta historia que Luciano escribió en griego. Como Avito era amigo de Luciano, obtuvo de éste un puñado de cenizas del santo y algunos huesos de tantas virtudes que probaban de modo visible su santidad y de los que emanaba un perfume más delicioso que los más agradables aromas. Estas reliquias, que llevó Osorio a la isla de Menorca, convirtieron allí en ocho días a quinientos cuarenta judíos.

Poco después supieron, por diversas revelaciones, que en Egipto los monjes tenían reliquias de san Esteban, llevadas allí por gentes desconocidas. Como los monjes, entonces, no eran sacerdotes ni tenían iglesias propias, fueron a incautarse de dichas reliquias para trasladarlas a una iglesia cercana a Usale. Algunas personas vieron encima de dicha iglesia una estrella que, al parecer, guió el traslado del santo mártir. Las reliquias no permanecieron mucho tiempo en la citada iglesia, pues el obispo de Usale, deseando enriquecer la suya, las sacó de allí y se las llevó en un carro, acompañado por gente del pueblo que cantaba alabanzas a Dios y portaba cirios y luminarias.

 

Así llevaron las reliquias a la iglesia y las colocaron sobre un trono bajo dosel; luego, las pusieron en una urna de cristal sobre un blando lecho y cerraron la urna con llave dejando una ventanilla para que a través de ella pudieran tocar unos lienzos que tenían la virtud de curar diversas enfermedades. Un puñado de polvo recogido de la urna que encerraba la reliquia curó de repente a un paralítico, y varias flores ofrecidas al santo que aplicaron a los ojos de un ciego le devolvieron la vista. Se hizo también allí el milagro de resucitar siete u ocho muertos.

 

San Agustín, en Contra Fausto (lib. 22, cap. 4), trata de justificar ese culto distinguiéndolo del de la adoración, que sólo debe rendirse a Dios, y se ve obligado a convenir (De las costumbres de la Iglesia, cap. 39) que conoce a muchos cristianos que adoran los sepulcros e imágenes. Añade que algunos beben copiosamente sobre las tumbas y que dando festines a los cadáveres se entierran sobre los que están enterrados.

 

En efecto, al extinguirse el paganismo e ilusionados de encontrar en la Iglesia cristiana, aunque con distintos nombres, hombres divinizados, los pueblos los honraron tributándoles los mismos honores que a los dioses. Ahora bien, se equivocará el que quiera deducir las ideas y prácticas del vulgo por las ideas ilustradas de los obispos y filósofos. Sabido es que los sabios paganos hacían las mismas distinciones que nuestros sabios obispos. «Debemos —decía Hierocles en Sobre los versos de Pitágoras— reconocer y servir a los dioses, pero teniendo gran cuidado de poner sobre ellos al Dios supremo, que es su autor y padre. No debemos exaltar excesivamente la divinidad de aquéllos, y el culto que les tributamos debe llegar hasta su único creador, que podemos llamar propiamente el dios de los dioses, ya que es el más excelente y el Señor de todo». Y Porfirio en De la abstinencia (lib. II), que como san Pablo califica al Dios supremo superior a todo, añade que no se le debe sacrificar nada sensible, nada material, porque siendo espíritu puro todo lo material es impuro para El. Sólo pueden honrarle dignamente el pensamiento y los sentimientos del alma, cuando no está manchada por ninguna pasión impura.

 

En suma, san Agustín, al confesar ingenuamente que no se atreve a hablar con libertad de algunos abusos similares para no escandalizar a las personas devotas o provocar confusiones, deja comprender que los obispos se portaban con los paganos, para convertirlos, con la misma tolerancia que san Gregorio recomendaba dos siglos después para convertir a Inglaterra. Dicho santo, contestando a la consulta que hizo el monje Agustín respecto a algunas ceremonias mitad civiles y mitad paganas, a las que no querían renunciar los ingleses recién convertidos, respondió: «No se pueden quitar de golpe todos sus hábitos a los hombres toscos; no se llega a la cima de un peñón escarpando y saltando, sino arrastrándose paso a paso».

 

La respuesta que dio el mismo san Gregorio a Constantina, hija del emperador Tiberio Constantino y esposa de Mauricio, cuando le pidió la cabeza de san Pablo para colocarla en la iglesia que fundó dedicada al apóstol, no es menos notable. El papa contesta a la princesa que los cuerpos de los santos resplandecen con tantos milagros que nadie se atreve a acercarse a sus sepulcros para rezarles sin experimentar terror pánico; que a su predecesor Pelagio II, al querer tomar el dinero que había sobre la tumba de san Pedro para retirarlo a cierta distancia, se le mostraron signos espantosos; que ante él —el papa Gregorio— cuando trataban de reparar el monumento de san Pablo, era preciso cavar más hondo, el que cavaba tuvo la audacia de quitar los huesos para trasladarlos a otra parte y se le aparecieron también signos tan terribles que murió de repente; que su predecesor, al pretender reparar la tumba de san Lorenzo, descubrió imprudentemente el féretro que contenía el cuerpo de dicho mártir y los monjes y obreros que trabajaban murieron todos en el espacio de diez días; que cuando los romanos dan reliquias, nunca tocan los cuerpos sagrados, sino que se concretan en depositar en una caja algunos lienzos que tienen igual virtud que las reliquias y obran los mismos milagros; que cuando unos griegos dudaron de ese hecho, el papa León hizo que le trajeran unas tijeras y cortando en su presencia esos lienzos cuando los acercaron a los cuerpos santos salió sangre de ellos; que en Roma y en todo Occidente es sacrilegio tocar los restos de los santos, y que si alguien osa hacer tal cosa puede asegurarle que su crimen no quedará impune.

 

Por esto no puede creer que los griegos tengan la costumbre de transportar las reliquias, ni que los orientales afirmen que los cuerpos de san Pedro y san Pablo les pertenecen. Cuando fueron a Roma para llevárselos a su país, al llegar a las catacumbas donde yacían sus cuerpos, truenos horrísonos y relámpagos espantosos los dispersaron aterrorizados, obligándoles a renunciar a su idea y que quienes sugirieron a Constantina la idea de reclamar la cabeza de san Pablo no tuvieron otro designio que la de hacerle perder la gracia del Papa. Y san Gregorio termina con estas palabras: «Confío en Dios en que no os privará del fruto de vuestra buena voluntad, ni de la virtud de los santos apóstoles, y si no podéis gozar de su presencia corporal gozaréis siempre de su protección».

 

Pese a cuanto dice el citado papa, la Historia eclesiástica atestigua que los traslados de reliquias eran tan frecuentes en Occidente como en Oriente. Además, el autor de las notas de la mencionada carta observa que el mismo san Gregorio, más tarde, cedió varios cuerpos de santo y que otros papas dieron hasta seis o siete a una misma persona.

 

Conocido todo esto, ¿debemos sorprendernos del favor que gozaron las reliquias entre los pueblos y los reyes? Los juramentos más corrientes entre los antiguos franceses se hacían sobre la reliquia de un santo. Así, los reyes Gontrán, Sigeberto y Chilperico repartieron los estados de Clotario y convinieron en disfrutar de París jurando sobre las reliquias de Poliyeto, san Hilario y san Martín. El catecismo del Concilio de Trento aprobó también la costumbre de jurar sobre las reliquias.

 

Es sabido que los reyes de Francia de la primera y segunda estirpes conservaban en sus palacios gran número de reliquias, entre ellas la capa de san Martín, que llevaban en su séquito y hasta en sus ejércitos, y desde palacio enviaban las reliquias a provincias siempre que había de prestarse juramento de fidelidad al rey o tenían que cerrar algún tratado.

 

RELOJ (reloj de Acaz). Ya hemos dicho que todo es prodigioso en la historia de los judíos. El milagro en favor del rey Ezequías respecto a su reloj, que se llamó el reloj de Acaz, fue uno de los más asombrosos del mundo. Toda la tierra debió observar que se trastornaba el curso de los astros y, sobre todo, los momentos de eclipse del sol y la luna. Este prodigio acaeció entonces por segunda vez. Josué había detenido el sol al mediodía en Gabaón, y la luna en Agadón, para exterminar a los soldados amorreos que ya había aplastado la densa lluvia de piedras que cayó del cielo. El sol, en vez de detenerse ante el rey Ezequías, volvió hacia atrás, lo que viene a ser poco más o menos lo mismo, pero de otra forma.

 

Isaías dijo a Ezequías, que estaba enfermo: «Dice el Señor Dios: Prepara tus cosas porque vas a morir, tu vida va a tener fin» (Reyes lib. IV, cap. 20). Ezequías lloró y su llanto conmovió al Señor, que ordenó a Isaías le dijera que viviría aún quince años, y que en tres días sanaría para ir al templo. Entonces, Isaías hizo traer una masa de higos, la aplicó a la úlcera del rey y éste se curó.

 

Ezequías preguntó si alguna señal le indicaría que estaba curado, e Isaías le dijo: a¿Quieres que la sombra de ese reloj solar adelante diez líneas o que retroceda otros tantos grados? Ezequías contestó: «Es fácil que la sombra avance; deseo que retroceda». El profeta Isaías invocó al Señor e hizo retroceder la sombra de línea en línea por los diez grados que había ya andado en el reloj de Acaz.

 

Me pregunto qué era el reloj de Acaz, si lo había construido un relojero de ese nombre o era un regalo que hicieron al rey Acaz. Porque lo cierto es que se ha discutido mucho sobre el reloj en cuestión. Los sabios han demostrado que los judíos no conocieron ningún reloj, ni siquiera el de sol, antes de su cautiverio en Babilonia, única época que aprendieron algo de los caldeos y empezaron a saber leer y escribir. Sabemos también que en su idioma no existían las voces reloj, cuadrante, geometría y astronomía, y que en el texto del Libro de los Reyes el reloj de Acaz se denomina la hora de la piedra.

 

Pero la cuestión se complica todavía más cuando el rey Ezequías, poseedor de ese cuadrante de sol o esa hora de piedra, dice que era fácil hacer que avanzara el sol diez grados cuando resulta tan difícil hacerle avanzar como retroceder en su movimiento ordinario.

 

La propuesta del profeta es tan extraña como el aserto del rey. ¿Quieres que avance o que retroceda diez horas la sombra del sol? Esto podría decirse en Laponia, donde el día más largo del año tiene veinte horas, pero es absurdo en Jerusalén, donde el día más largo no tiene más que catorce horas y media. El rey y el profeta estaban muy equivocados, lo que no quiere decir que neguemos el milagro; hablamos de este modo para que quede claro que Ezequías e Isaías no dijeron lo que debieron decir. A cualquier hora, es imposible que fuese igual retroceder la sombra hasta las cuatro de la madrugada, y aun en este caso no podía hacerla avanzar diez horas, porque hubiera llegado a la media noche y a tal hora nunca hay sombra de sol.

 

Aunque es difícil averiguar en qué tiempo se escribió esa historia, sólo pudo hacerse cuando los judíos empezaron a conocer confusamente los relojes de sol, y sabemos que adquirieron algún conocimiento de las ciencias durante su cautividad en Babilonia.

 

Otra dificultad para podernos explicar este texto. es que los judíos no contaban por horas como nosotros, y en esto no han parado mientes los comentaristas. El mismo milagro aconteció en Grecia el día que Astrea hizo servir los hijos de Tieste en la cena de su padre. Y otro idéntico se produjo cuando Júpiter se acostó con Alcmene: se necesitaba una noche de doble duración que la ordinaria para crear a Hércules. Estas leyendas son comunes en la Antigüedad, pero muy raras en nuestros días, en que todo degenera.

 

RESURRECCIÓN. Se dice que los egipcios construyeron las pirámides y mastabas para que sirvieran de sepulcros y los cuerpos de los muertos embalsamados, esperaran que sus almas fueran a reanimarlos al cabo de mil años. Pero si los cuerpos debían resucitar, ¿por qué la primera operación que hacían los embalsamadores consistía en horadarles el cráneo y con un gancho sacar los sesos? La idea de resucitar sin sesos parece que hace sospechar que los egipcios vivos no tenían. Debemos, sin embargo, tener presente que la mayor parte de los antiguos creían que el alma estaba en el pecho. ¿Por qué el alma ha de estar en el pecho y no en otra parte? Es indudable que cuando experimentamos sensaciones violentas sentimos en la región del corazón una dilatación o contracción que nos hacen creer que aquí se aloja el alma. El alma era algo aéreo, un ser sutil que deambulaba por donde podía hasta encontrar su cuerpo.

 

La creencia en la resurrección es más antigua que los tiempos históricos. Atalido, hijo de Mercurio, podía morir y resucitar según su voluntad Esculapio resucitó a Hipólita, Hércules a Alcestes, Pélope, despedazado por su padre, fue resucitado por los dioses y Platón dice que Heres resucitó por quince días.

 

En Judea, los fariseos adoptaron el dogma de la resurrección mucho tiempo después que Platón.

 

En los Hechos de los Apóstoles se refiere un hecho singular. Santiago y muchos de sus compañeros aconsejaron a san Pablo que fuese al templo de Jerusalén a practicar las ceremonias de la ley antigua, a pesar de ser cristiano, «para que todos se enteren de que es falso lo que de vos cuentan y sepan que continuáis observando la ley de Moisés». Lo que equivale a decir: Id a mentir al templo y a perjurar, id a renegar públicamente de la religión que enseñáis.

 

San Pablo fue, pues, al templo durante siete días y al séptimo le reconocieron y le acusaron de llevar extranjeros al templo, de haberlo profanado. He aquí cómo salió del apuro:

 

«Sabiendo Pablo que algunos de los que estaban allí eran saduceos y otros fariseos, exclamó ante la asamblea: Hermanos míos, soy fariseo e hijo de fariseos, y porque abrigo la esperanza de la vida futura y la resurrección de los muertos, desean condenarme» (Hech. Apóst. 23,6). En todo este asunto no se trató de la resurrección de los muertos y Pablo sacó a relucir esto sólo para enfrentar a los fariseos y saduceos.

 

«Hablando Pablo de esta manera suscitó una discusión entre los fariseos y saduceos y la asamblea se dividió en dos bandos. Los saduceos sostenían que no existía la resurrección ni el espíritu, y los fariseos reconocían ambas cosas».

 

Aseguran algunos que Job, que es muy antiguo, conocía ya el dogma de la resurrección, y para demostrarlo citan estas palabras: «Sé que mi redentor está vivo y un día me llegará su redención; entonces me levantaré del polvo, la piel me renacerá y veré todavía a Dios en mi carne» (Job, cap. 19, 26).

 

Varios comentaristas interpretan estas palabras diciendo que Job abrigaba la esperanza de curar de su enfermedad y no permanecer siempre acostado en el suelo, como estaba. Los versículos siguientes demuestran que ésta es la verdadera explicación, cuando momentos después dice a sus falsos amigos: «¿Por qué, pues, decís persigámosle»; o estas otras palabras: «Porque vosotros diréis, ¿por qué le hemos perseguido?» Evidentemente, quiere decir que se arrepentirían de haberle ofendido cuando le vieran otra vez en su primer estado de salud y opulencia. El enfermo que dice me levantaré, no dice resucitaré. Tergiversar el sentido de los pasajes claros es el medio más seguro de no entenderse nunca.

 

San Jerónimo sitúa la formación de la comunidad de los fariseos poco antes de venir Jesucristo al mundo. El rabino Hillel parece ser el fundador de la secta de los fariseos y fue coetáneo de Gamaliel, maestro de san Pablo. Muchos fariseos creían que sólo habían de resucitar los judíos, pero no los demás hombres, y otros estaban convencidos que la resurrección tendría lugar en Palestina y los cuerpos enterrados en otras partes serían llevados secretamente a Jerusalén para unirse allí a sus almas. Pero san Pablo, en su Primera Epístola a los tesalonicenses, cap. IV, dice que «el segundo advenimiento de Jesucristo sería para ellos y para él. Tan pronto como el arcángel dé la señal y suene la trompeta de Dios el Señor descenderá del cielo y los que hayan muerto en Jesucristo resucitarán los primeros. Nosotros, que estaremos vivos hasta entonces, nos veremos arrebatados con ellos hasta las nubes para ir por los aires hasta la presencia del Señor y vivir eternamente con El».

 

Este importante pasaje prueba que los primeros cristianos creían ver el fin del mundo, como predijo san Lucas.

 

San Agustín mantenía que los niños, incluso los que nacen muertos, resucitarían en edad madura. Orígenes, Jerónimo, Atanasio y Basilio no creían que las mujeres debían resucitar con su sexo. En pocas palabras, siempre se ha discutido sobre lo que fuimos, somos y seremos.

 

De la resurrección de los antiguos. En opinión de algunos, el dogma de la resurrección era creencia general en Egipto y hasta yo mismo opinaba antes de ese modo. Unos creían que se resucitaba al cabo de dos mil años y otros a los tres mil, diferencia de opiniones teológicas que parece probar que no estaban seguros del hecho. Por otra parte, no sabemos de nadie que resucitara en la historia de Egipto, pero sí que hubo resucitados en Grecia. Veamos, pues, si encontramos en los griegos la invención de resucitar.

 

Los griegos solían incinerar los cadáveres, mientras que los egipcios los embalsamaban para que el alma, cuando regresara a su antigua morada, la encontrara dispuesta para recibirla. Esto se comprendería si el alma volviera a encontrar los órganos de su cuerpo, pero el embalsamador, como hemos dicho, empezaba por quitarle el cerebro y vaciarle las entrañas. ¿Cómo es posible que los hombres resuciten sin intestinos y sin la parte noble que es la que piensa? ¿Cómo ha de adquirir su sangre, su linfa y demás humores?

 

Se me contestará que todavía es más difícil resucitar en Grecia, cuando sólo queda de cada cuerpo una libra escasa de cenizas. Esta objeción es contundente y me obliga a considerar la resurrección como algo muy extraordinario, aunque esto no impidió que resucitaran los personajes griegos de que antes hemos hablado.

 

Algunos socialistas severos encuentran la resurrección y el Purgatorio en Virgilio. En el libro VI de la Eneida se lee, respecto al Purgatorio: «Los corazones más perfectos, las almas más puras, ven los ojos de los dioses llenos de manchas que es necesario borrar. Como ninguno fue inocente deben castigarnos a todos. Cada alma tiene su demonio, cada vicio su castigo, y diez siglos apenas son suficientes para conseguir que nuestro corazón sea digno de los dioses».

 

He aquí mil años de Purgatorio expresados taxativamente, sin que los familiares pudieran conseguir de los sacerdotes indulgentes que acortaran el plazo, previo pago en dinero contante. Los antiguos eran más severos y menos simoníacos que nosotros a pesar de atribuir a sus dioses muchas tonterías. Pero esto era inevitable, porque su teología estaba llena de contradicciones, como los incrédulos dicen que está la nuestra.

 

Cumplida la pena del Purgatorio las almas iban a beber el agua del Leteo, tras lo cual pedían penetrar en otros cuerpos y volver a ver la luz del día. Pero esto no era una verdadera resurrección. Entrar en un cuerpo nuevo no es volver a recuperar el suyo; eso era una metempsicosis que nada tiene que ver con la resurrección.

 

Confieso que las almas antiguas hacían un mal negocio volviendo por segunda vez al mundo, porque debió ser muy triste reaparecer en la tierra, pasar en ella unos setenta años y sufrir todo lo sufrible en la vida para volver a pasar mil años de Purgatorio. No debía haber alma que no se cansara de los avatares de una vida tan corta y una penitencia tan larga.

 

De la resurrección de los modernos. Nuestra resurrección es muy diferente Cada hombre recuperará el cuerpo que tuvo y todos los cuerpos arderán eternamente, salvo uno por cada cien mil. Lo que es peor que un Purgatorio de diez siglos para revivir en el mundo unos años.

 

¿Cuándo llegará el día de la resurrección general? Como no se sabe positivamente, los doctos son de encontrados pareceres; ni siquiera saben cómo cada quisque puede encontrar sus miembros porque tropiezan con muchas dificultades para averiguarlo. He aquí algunas:

 

1) Nuestro cuerpo experimenta durante su vida un cambio continuo; nada queda a los cincuenta años del cuerpo que pudo alojar nuestra alma a los veinte.

 

2) Un soldado bretón enviado al Canadá se ve en la mayor penuria y la necesidad le obliga a comerse a un iroqués que mató el día anterior. Este iroqués estuvo comiendo jesuitas durante dos o tres meses v gran parte de su cuerpo se había convertido en jesuita. He aquí, pues, el cuerpo de ese soldado compuesto de iroqués, de jesuita y de lo que comió antes. ¿Cómo cada uno puede recuperar lo que legítimamente le pertenece?

 

3) Un niño muere en el vientre de su madre en el momento que acaba de recibir el alma. ¿Resucitará feto, niño u hombre?

 

4) Un alma llega a otro feto antes de saberse si será varón o hembra. ¿Resucitará niña, niño o feto?

 

5) Para resucitar y ser la persona que érais es indispensable tener la memoria alertada, ya que ésta de la identidad. Y si habéis perdido la memoria, ¿cómo podéis ser el mismo hombre?

 

6) Sólo cierto número de parcelas terrestres pueden constituir al animal. La arena, la piedra, el mineral y el metal, no sirven. Tampoco es adecuada toda la tierra; sólo los terrenos favorables para la vegetación lo son para el género animal. Cuando después de transcurrir muchos siglos resucite todo el mundo, ¿dónde se ha de encontrar tierra idónea para tantos cuerpos?

 

7) Supongamos una isla cuya parte vegetal sólo pueda nutrir a mil hombres y a cinco o seis mil animales que al cabo de cien mil generaciones tenga que acoger mil millones de hombres. ¿Habrá materia suficiente para ellos?

 

8) Después de demostrar, o de creer que hemos demostrado, que es necesario un prodigio tan grande como el diluvio universal o el de las plagas de Egipto para efectuar la resurrección del linaje humano en el valle de Josafat, nos atreveremos a preguntar qué han hecho las almas de todos esos cuerpos que estaban esperando el momento de meterse en los mismos.

 

Podrían hacerse muchas más objeciones, pero los teólogos pulverizan éstas y todas las que podamos presentarles.

 

RISA. Es innegable que la risa es la expresión de la alegría, como las lágrimas lo son del dolor. Quienes buscan causas metafísicas en la risa, no son festivos, y los hombres que saben el porqué la alegría, que excita a la risa, retira hacia las orejas el músculo, no les hace reír la alegría, ni tampoco les hace llorar la tristeza. De los ojos del ciervo rezuma cierto humor cuando los perros de caza le persiguen y están a su alcance, lo mismo que el perro cuando lo disecan vivo; pero no lloran por sus hembras queridas ni por sus amigos, como nosotros, ni sueltan la carcajada cuando ven un lance cómico: el hombre es el único animal que llora y ríe.

 

Como lloramos por lo que nos aflige y reímos por lo que nos divierte, algunos investigadores han supuesto que la risa nace del orgullo, o sea que se juzga superior a aquel de quien se ríe. No cabe duda que el hombre es un animal tan risible como orgulloso, pero no es el orgullo lo que nos provoca la risa. El niño que ríe de corazón no lo hace por creerse superior a los que le excitan la risa; también se ríe cuando le hacen cosquillas y sin duda esto no es orgullo. Cuando yo tenía once años leí por primera vez El anfitrión, de Moliere, que me hizo desternillar de risa. ¿Reía por orgullo? Nadie es orgulloso cuando está solo. El dueño del asno de oro, ¿rió por orgullo cuando vio que su jumento se le comía la cena? El que ríe, en aquel momento experimenta un regocijo irreflexivo, sin preocuparse de nada más.

 

Ahora bien, todas las alegrías no provocan la risa. Los grandes placeres son muy serios, y los que proporcionan el amor, la ambición y la codicia nunca hacen reír a nadie.

 

La risa produce a veces convulsiones e incluso se asegura que algunas personas han muerto de risa. Me cuesta trabajo creerlo y me parece más fácil que se pueda morir de pesadumbre.

 

Las pasiones violentas que excitan unas veces las lágrimas y otras los amagos de risa, ponen tirantes los músculos de la boca, pero a veces no producen una risa verdadera, sino una convulsión, un tormento. En ese caso, las lágrimas pueden ser verdaderas porque el que las derrama sufre; pero la risa no lo es y tiene otro nombre, se llama risa sardónica.

 

La risa sarcástica, perfidum ridens, es diferente; es la alegría que nos causa la humillación de los demás.

 

                                                                          S

 

SACERDOTES. Los sacerdotes deben ser en el Estado poco más o menos como los preceptores que se contratan en las casas particulares para que enseñen, recen y den buen ejemplo; no tienen, ni pueden tener, autoridad alguna sobre los dueños de la casa. De todas las religiones, la que excluye más taxativamente a los sacerdotes de tener autoridad civil es, sin duda la religión de Jesucristo, que establece estas máximas: «Dad al César lo que es del César», «No habrá entre vosotros ni primero ni último», «Mi reinado no es de este mundo».

 

Las disputas entre el Imperio y el sacerdocio ensangrentaron Europa durante más de seis siglos, por parte de los sacerdotes fueron rebeliones contra Dios y los hombres y un pecado continuo contra el Espíritu Santo.

 

Desde Calcas, que asesinó a la hija de Agamenón, hasta Gregorio XII y Sixto V, dos obispos de Roma que quisieron arrebatar el reino de Francia a Enrique IV, el poder eclesiástico siempre fue nefasto para el mundo.

 

Rezar no es dominar, ni exhortar es ser déspota. El buen sacerdote debe ser el médico de las almas. Si Hipócrates hubiera recomendado a sus enfermos que tomaran un purgante bajo pena de ser ahorcados, habría tenido pocos pacientes. Cuando el sacerdote dice: Adorad a Dios, sed justos, indulgentes y caritativos, entonces es un buen médico; pero cuando dice: Creedme, porque si no os quemaré en una hoguera, entonces es un asesino.

 

El magistrado debe sostener y refrenar a los sacerdotes, como el padre de familia debe tener elevadas consideraciones al preceptor de sus hijos y evitar que abuse. La permisión entre el sacerdocio y el imperio es el más monstruoso de los sistemas, porque en cuanto se busca este consentimiento se supone que están divididos, y por lo tanto debe decirse: la protección que el imperio concede al sacerdocio.

 

En los países donde el sacerdocio obtuvo el mando, como en Salén, donde Melquisedec era sacerdote y rey, o el Japón, donde el dairi fue mucho tiempo emperador, los sucesores de Melquisedec y de los dairis han sido desposeídos.

 

Los turcos son muy hábiles respecto a este punto: hacen la paregrinación a La Meca, pero no permiten que su santón excomulgue al sultán; no van a este Santo Lugar a comprar el permiso para no observar el Ramadán o casarse con sus primas o sobrinas, no pueden juzgarles los imanes que el santón delegue, ni pagan a éste el primer año de su renta.

 

Navarrete, en una carta que dirigió a don Juan de Austria, refiere el siguiente discurso que el Dalai Lama pronunció ante un consejo privado:

 

«Venerables hermanos míos: vosotros y yo sabemos muy bien que no soy inmortal, pero es conveniente que los pueblos lo crean. Los tártaros del grande y del pequeño Tíbet son gente de pocos alcances y para refrenarlos se necesita un yugo muy pesado y que crean crasos errores. Convencedlos, pues, de que soy inmortal y que mi gloria, reflejando en vosotros, os proporciona honores y riquezas.

 

»Cuando llegue el tiempo que los bárbaros sean algo ilustrados, entonces podremos confesarles que los lamas no son inmortales, pero sus predecesores sí que lo fueron, porque lo que era necesario para la consolidación del edificio divino ya no lo es cuando el edificio está asentado sobre cimientos inquebrantables.

 

»Al principio me repugnaba repartir entre los vasallos de mi imperio el beneficio de mi trono, limpiamente tapado con cristales y guarnecido de cobre dorado, pero recibían esos regalos con tanto respeto que me vi obligado a continuar esa costumbre, que a fin de cuentas no choca con las buenas costumbres y hace entrar mucho dinero en las arcas de nuestro tesoro.

 

»Si por desventura algún docto impío llega a convencer al pueblo de que nuestro trasero no es tan divino como nuestra cabeza y se subleva contra nuestras tradiciones, me defenderéis con valor hasta donde os sea posible, y si finalmente os veis obligados a no defender la santidad de nuestro culo, dejad impresa en la mente de mis vasallos el respeto que se debe a nuestro cerebro.

 

»Mientras los tártaros del grande y del pequeño Tibet no sepan leer ni escribir, mientras sean bárbaros y devotos, podréis arrancarles con audacia su dinero, acostaros con sus mujeres y sus hijas y amenazarlos con la ira del dios Fo si se atreven a quejarse.

 

»Cuando alcancen la época de la razón, porque es inevitable que llegue un día que razonen, entonces debéis proceder de manera diametralmente opuesta y decir lo contrario de lo que vuestros predecesores dijeron porque debéis cambiar de riendas a medida que los caballos sean más difíciles de conducir. Entonces es preciso que vuestro talante sea más grave vuestras intrigas más misteriosas, vuestros secretos mejor guardados vuestros sofistas más deslumbradores y que vuestra política sea más ladina. Con todo, os veréis obligados a ser los pilotos de un barco que hace aguas por todas partes y necesitaréis tener subalternos que se ocupen continuamente de achicar el agua, de tapar y calafatear todos los agujeros. Navegaréis con más dificultad, pero navegaréis, teniendo que arrojar al agua o al fuego, como más convenga, a cuantos se empeñen en examinar si habéis reparado bien el barco.

 

»Si los incrédulos fueren el príncipe de los calcas, el príncipe de Casán, el mandamás de los calmucos, o algún gran señor con ingenio, guardaos de malquistaros con ellos, respetadles repitiendo incansablemente que esperáis que al fin entren en el buen camino. Pero a los simples ciudadanos, no los perdonéis; cuando mejores sean más debéis dedicaros a exterminarlos, porque las personas rectas son las más peligrosas para vosotros.

 

»Debéis tener la sencillez de la paloma, la cautela de la serpiente y la garra del león, según los tiempos y las circunstancias».

 

Cuando el Dalai Lama concluyó su discurso, la tierra se estremeció los relámpagos brillaron, rugió el trueno y una voz celestial clamó: Adorad a Dios y no al gran lama.

 

Esos pequeños lamas aseguraron que la voz había dicho: «Adorad a Dios y al gran lama». Los habitantes del Tibet lo creyeron durante mucho tiempo, pero hoy no.

 

SALOMÓN. Hubo muchos reyes que escribieron libros. El rey de Prusia, Federico el Grande, es el último ejemplo de monarca autor. Creo que es difícil que le imiten porque no es fácil que se encuentren otros soberanos alemanes que compongan versos franceses y escriban la historia de su patria. Jacobo I de Inglaterra y Enrique VIII escribieron también, en España, para encontrar un rey literato es preciso remontarse hasta Alfonso X, llamado el Sabio, que escribió las Siete partidas. Francia no puede vanagloriarse de haber tenido un rey de esta clase. El imperio de Alemania no tiene ningún libro de autor dinástico. En cambio, el Imperio romano lo glorifican los libros de César, Marco Aurelio y Juliano. Entre los reyes de Asia hay muchos escritores, y de ellos destaca por ser un gran poeta el emperador de China, Kien‑long. Pero Salomón sobrepasa en fama a dicho emperador.

 

El nombre de Salomón siempre tuvo enorme resonancia en Oriente. Las obras que se le atribuyen, los anales de los judíos y las leyendas de los árabes, extendieron su reputación hasta la India. Su reinado fue, sin duda, la gran época de los hebreos. Fue el tercer rey de Palestina. El primer libro de los Reyes dice que su madre Betsabé logró de David que coronara a su hijo Salomón en vez de su primogénito Adonías, No debe sorprendernos que la mujer que fue cómplice de la muerte de su primer esposo tuviera suficiente habilidad para hacer coronar al fruto de su adulterio y conseguir que quedara desheredado el hijo legítimo, que además era el primogénito.

 

Es desconcertante que el profeta Natán, que reprochó a David el adulterio, el asesinato de Urías y el matrimonio que siguió al asesinato, ayudara después a Betsabé a colocar en el trono a Salomón. Esta conducta humanamente hablando, demuestra que el profeta Natán, según los tiempos y circunstancias, tenía dos pesos y dos medidas. El citado libro no dice que Natán recibiera una misión especial de Dios para desheredar a Adonías, y si la tuvo debemos respetarla, pero no podemos admitir más que lo que consta en dicho libro.

 

Teológicamente, aún se debate si Salomón tuvo más fama por su riqueza, por sus mujeres o por sus libros. Me aflige que Salomón iniciara su reinado a lo turco, esto es, degollando a su hermano.

 

Adonías pidió a Salomón por toda merced que le permitiera casarse con Abigail, joven doncella que entregaron a David para recalentar su vejez. La Escritura no dice que Salomón disputara a Adonías la concubina de su padre, pero sí afirma que, al oír la petición de Adonías, le hizo asesinar. Sin duda Dios, aunque le dio el don de la sabiduría, le negó el de la continencia.

 

En el libro de los Reyes se lee que era dueño de un inmenso reino que se extendía desde el Éufrates hasta el mar Rojo y el Mediterráneo, pero también dice que el rey de Egipto había conquistado el país de Gazer en Canaán, y lo dio en dote a su hija, que suponen se casó con Salomón asegura también el mismo libro que en Damasco había un rey y que los reinos de Sidón y de Tiro eran poderosos. Rodeado de estados fuertes, indudablemente dio pruebas de sabiduría viviendo en paz con ellos. La abundancia que enriqueció su país sólo podía ser resultado de su profunda sabiduría, porque en la época de Saúl no había un solo operario que trabajara el hierro en su país. Ya hemos dicho que los incrédulos no creen posible que David, sucesor de Saúl, a quien vencieron los filisteos, durante su reinado pudiera fundar tan vasto imperio.

 

Pero más debe asombrarnos el tesoro que legó a Salomón, que ascendía a ciento tres mil talentos de oro y a un millón trece mil talentos de plata. El talento de oro hebreo equivale a seis mil libras esterlinas, según el cálculo de Arbuthnot, y el talento de plata a unas quinientas. La suma total de lo legado en metálico, sin contar las piedras preciosas y otros efectos, ni las rentas que debe producir semejante tesoro, ascendía según el cálculo anterior, a mil ciento diecinueve millones quinientas mil libras esterlinas, o sea cinco mil quinientos noventa y siete millones de escudos en Alemania o a veinticinco mil seiscientos cuarenta y ocho millones de moneda francesa. No había entonces tanta moneda en circulación en el mundo entero. Otros eruditos han valorado ese tesoro en una cantidad más baja, pero de todos modos sigue siendo excesiva para Palestina.

 

Sabiendo esto no se llega a comprender por qué Salomón enviaba sus flotas al país de Ofir para que le trajeran oro. Menos se entiende todavía que un monarca tan poderoso no tuviera en sus vastos estados un hombre que pudiera trabajar la madera de los árboles del Líbano, y se viera en la necesidad de pedir a Hieram, rey de Tiro, forjadores y carpinteros. Debemos confesar que estas contradicciones obligan a los comentaristas a fantasear y a aguzar el ingenio. Diariamente, en la comida y cena de su palacio se consumían cincuenta bueyes, cien corderos y aves en cantidad proporcional, pudiendo calcularse que se comían cada día sesenta mil libras de carne. Añádase que tenía cuarenta mil cuadras y otros tantos cobertizos para encerrar sus carros de guerra y que sólo para su caballerín necesitaba doce mil cuadras. Salta a la vista que tal cantidad de carros era excesiva para un país montañoso, y colosal tal aparato bélico para un rey cuyo predecesor sólo tenía una mula cuando le coronaron, y para un territorio donde no se crían más que asnos.

 

No les pareció lógico que un príncipe que podía disponer de tantos carros se limitara a tener un número insignificante de mujeres, y dicen que tenía setecientas que se titulaban reinas; en cambio, es extraño que no dispusiera más que de trescientas concubinas, al contrario de los demás reyes que por regla general tienen más amantes que esposas.

 

Sin duda, mantenía cuatrocientos doce mil caballos para pasear por las riberas del lago de Genezaret, por Sodoma o hacia el torrente de Cedrón, que sería uno de los lugares más deliciosos del mundo si no estuviera seco nueve meses al año y el terreno no fuera pedregoso.

 

En cuanto al templo que hizo edificar y que los judíos tenían por la obra más hermosa del universo, si Bramante, Miguel Ángel y Palladio lo hubieran visto no lo habrían admirado. Era una especie de fortaleza cuadrada que encerraba un patio, en donde se levantaban un edificio de cuarenta pies de altura y otro de veinte; de este segundo edificio solamente se dice que era el templo, oráculo y santuario, tenía veinte codos, tanto de ancho como de largo, y veinte de altura. Al arquitecto Soufflot no le hubieran satisfecho estas proporciones y cualquier otro arquitecto de Europa consideraría esa fábrica como un monumento de bárbaros.

 

Los libros atribuidos a Salomón han durado más que su templo; el nombre de su autor los hizo respetables y deberían ser buenos porque los escribió un rey, un rey que tuvo fama de ser el más sabio de los hombres.

 

La primera obra que le atribuyen es el libro de los Proverbios, colección de máximas que a nosotros, que hemos llegado a más refinada civilización, nos parecen a veces incoherentes, triviales, de mal gusto y sin objeto. Cuesta convencernos que un rey sabio compusiera una serie de sentencias sin ninguna que se refiera a la manera de gobernar, a la política, a las costumbres de los cortesanos, ni a las de la época. Nos extraña encontrar capítulos enteros en que sólo se habla de rabizas que invitan a los que pasan por las calles a refocilarse con ellas.

 

Hay autores que censuran acerbamente sentencias como estas: «Tres cosas hay insaciables, o más bien cuatro, que jamás dicen basta. El sepulcro, la matriz de la estéril o la lasciva, la tierra que nunca se sacia de agua, y el fuego, que nunca dice basta.» (Proverbios, cap. 30, 15‑16).

 

«Tres cosas me son difíciles de comprender, o más bien cuatro, que ignoro totalmente: El rastro del águila en la atmósfera, el rastro de la culebra sobre la peña, el rastro de la nave en alta mar y el rastro del hombre en una moza» (Proverbios, 30, 18‑19).

 

«Cuatro cosas hay de las más pequeñas sobre la tierra, las cuales superan en saber a los sabios: las hormigas, ese pueblo debilísimo que en tiempo de las mieses se provee de víveres; los conejos, tímidos animales que excavan su madriguera entre las peñas; las langostas, que sin tener rey se mueven ordenadamente en escuadrones, y el estelión, que trepa con sus pies y se aposenta en los palacios de los reyes» (Proverbios cap. 30, 24 al 28 inclusive).

 

A un gran rey, el más sabio de los hombres —según los referidos críticos— ¿deben atribuirse semejantes niñerías?

 

El libro de los Proverbios se ha atribuido a Isaías, Elzia Sobna Eliacín, Joacae y a otros, pero sea quien fuere el que haya compilado esa colección de sentencias orientales, no parece que sea un rey el que tomara ese trabajo, pues no hubiera dicho que «el terror del rey es como el rugido del león», porque de esa forma sólo habla el vasallo o esclavo al que hace temblar la cólera de su señor. ¿Hubiera dicho Salomón: «No mires el vino cuando bermejea, cuando resalta su color en el vidrio...»? (Proverbios, 23, 31).

 

Dudo que hubiera vasos de vidrio para beber en la época de Salomón, porque esa invención fue más reciente; los antiguos bebían con tazones de madera o metal y basta ese solo pasaje para comprender que esa colección de máximas se escribió en Alejandría, como otros muchos libros hebreos.

 

El Eclesiastés, que también se atribuye a Salomón, es obra de mayor enjundia y diferente gusto, y el que habla en dicha obra parece persona desengañada de las vanidades de la grandeza, cansada de los placeres y disgustada de la ciencia. El autor debe ser un epicúreo pues repite en todas las páginas que el justo y el impío están sujetos a los mismos lances que el hombre no es superior a la bestia, que es preferible no haber nacido a existir, que no existe la vida futura y que no hay otra cosa buena y razonable que disfrutar tranquilamente del producto de nuestro trabajo con la mujer que se ama.

 

Puede muy bien que Salomón hablara de ese modo ante algunas de sus mujeres; algunos creen que esas ideas son objeciones que se hace a sí mismo. Pero esas máximas, de cierto sabor libertino, no parecen ser objeciones y es querer burlarse de todo el mundo interpretar a un autor para que diga lo contrario de lo que dice. Opinan otros que el autor es un materialista sensual y escéptico al mismo tiempo, que trató de poner en el último versículo una palabra edificante respecto a Dios con el fin de mitigar el escándalo que semejante libro debía producir. Por otro lado, muchos padres aseguran que Salomón hizo penitencia, por tanto debemos perdonarle.

 

A algunos les cuesta convencerse de que ese libro sea de Salomón, Grocio opina que lo escribió Zorobabel. No es verosímil que Salomón dijera: « ¡Ay del país que tiene un rey niño! », porque los judíos no habían tenido aún reyes de esa edad. Tampoco es lógico que dijera: «He contemplado el rostro del rey». Es más verosímil que el autor quisiera hacer hablar a Salomón y que sufriendo cierta alienación del juicio, que descubren algunos rabinos olvidara en el texto que se hacía hablar a un rey.

 

Los referidos críticos muestran extrañeza que se haya incluido dicho libro entre los canónicos. Si se hubieran de establecer los libros de la Biblia —dicen— no incluirían el Eclesiastés, pero se incluyeron en una época en que los libros eran raros y más respetados que leídos. Todo lo que puede hacerse hoy es mitigar cuanto sea posible el epicureísmo que reina en dicha obra.

 

El Cantar de los Cantares también se atribuye a Salomón porque su nombre se halla en dos o tres partes, porque el amante dice a la amada que es hermosa como las pieles de Salomón y porque el amante dice que ella es negra, por lo que han creído que Salomón citaba, con este adjetivo, a su mujer egipcia.

 

Estas tres razones no han convencido a los críticos, que las rebaten de este modo:

 

1) Cuando la amada, hablando a su amante, dice: «El rey me ha llevado a la cámara del vino», indudablemente no alude al amante; luego el rey no era tal, sino el rey del festín, el señor de la casa de quien estaba hablando, y esa hebrea está tan lejos de ser la amante de un monarca que durante toda la obra no es más que una pastora, una campesina, que va a buscar a su amante en los campos y por las calles.

 

2) Soy hermosa como las pieles de Salomón es la frase de una campesina que quiere decir: soy hermosa como los tapices del rey, y precisamente porque este rey es Salomón no debe haberla escrito en la obra, porque no hubiera hecho comparación más ridícula. «Veo al rey Salomón ciñéndose la corona con que su madre le coronó el día de sus desposorios», dice la amada. ¿Quién no reconoce en semejantes expresiones la comparación que hacen ordinariamente las hijas del pueblo cuando hablan de sus amantes? Suelen decir: Es hermoso como un príncipe, tiene aspecto de rey, etc.

 

3) La pastora dice que la ha curtido el sol y es morena. Luego, si era hija del rey de Egipto no podía tener ese color porque las egipcias son blancas, como era Cleopatra. En una palabra, esa pastora no podía ser al mismo tiempo campesina y reina.

 

Cabe que un monarca que tenía mil mujeres dijera a una de ellas: «Quiero recibir un beso de tu boca, porque tus pechos son mejores que el vino», ya que tanto un rey como un pastor, cuando se trata de recibir un beso en la boca, pueden expresarse del mismo modo. Ahora bien, es muy extraño que sostengan los comentaristas que la joven era la que hablaba elogiando los pechos de su amante.

 

También confiesan que un rey galante pudo decir a su amada: «Mi amada es como un ramillete de mirto que conservaré entre mis dos pechos». Y también: «Tu ombligo es como una copa en la que siempre hay algo que beber, tu vientre es como una medida de trigo, tus senos son como dos cervatillos y tu nariz como la torre del monte Líbano». No puedo menos de declarar que las églogas de Virgilio están escritas en otro estilo, pero cada uno tiene el suyo y un hebreo no está obligado a escribir como Virgilio.

 

Los críticos desaprueban asimismo este rasgo de elocuencia oriental: «Tenemos una pequeña hermana que no tiene pechos: ¿qué haremos, pues, con ella el día que debamos hablarle de desposarla?» Y el esposo contesta: «Si es como un muro, edifiquémosle encima baluartes de plata; si es como una puerta, reforcémosla con tablas de cedro».

 

Aunque demos por bueno que Salomón, el más sabio de los hombres hablara de ese modo estando de broma, hay muchos rabinos que no sólo afirman que Salomón no escribió esa égloga sensual, sino que ni siquiera es auténtica. Theodore de Mopsuete compartía esta opinión y el célebre Grocio califica el Cantar de los Cantares de la obra de un libertino. Con todo, es obra canónica y se considera como una alegoría perpetua del matrimonio de Jesucristo con la Iglesia. Debemos confesar que la alegoría es un tanto lasciva y no sabemos cómo interpretará la Iglesia al autor cuando dice que la pequeña hermana no tiene pechos.

 

Con todo, ese poema es un precioso fragmento de la Antigüedad y el único libro de amor que nos han legado los hebreos, una égloga judía que continuamente habla del goce. Tiene el mismo estilo que todas las obras de elocuencia de los hebreos, sin enlace, sin ilación, confuso, lleno de repeticiones y ridículamente metafórico, pero hay algunos versículos impregnados de candidez y amor.

 

El libro de la Sabiduría tiene un talante más serio, pero tampoco es de Salomón. Algunos lo atribuyen a Jesús, hijo de Sirac, y otros a Pilón de Biblos. Cualquiera que sea su autor, se cree que en su época no existía aún el Pentateuco, porque en el capítulo X dice que Abrahán quiso inmolar a Isaac en tiempos del diluvio y en otra parte habla del patriarca José creyéndole rey de Egipto. En el mismo capítulo se dice que existía aún en vida de su autor la estatua de sal en que se convirtió la mujer de Lot. Lo peor que encuentran los críticos es que este libro resulta un cúmulo tedioso de lugares comunes, pero deben considerar que tales obras no se escriben siguiendo las reglas vanas de la elocuencia, sino para moralizar y no para deleitar.

 

No faltan razones para columbrar que Salomón era rico y sabio con relación a su tiempo y a su pueblo. Mas la exageración, compañera inseparable de la ignorancia, le atribuyó riquezas que no pudo poseer y libros que no llegó a escribir. El respeto que nos inspira la Antigüedad consagró después esos errores.

 

Pero, ¿qué puede importarnos que un judío escribiera esos libros? La religión cristiana es el sincretismo de la judía, pero no está fundada en todos los libros que los judíos escribieron. ¿Por qué el Cantar de los Cantares, por ejemplo, ha de ser más sagrado para nosotros que las leyendas del Talmud? Se nos contesta que por estar incluido en el canon de los hebreos. ¿Y qué es ese canon? Una colección de obras autentificadas pero, ¿una obra por ser auténtica es divina? ¿La historia de los reyezuelos de Judá y de Siquén, por ejemplo, es algo más que una historia? He aquí un extraño prejuicio: despreciamos a los judíos y pretendemos. sin embargo, que todo lo que escribieron y nosotros hemos recogido lleve impreso el sello de la divinidad. No hay contradicción mayor.

 

SECTA. De cualquier credo que sea, es una unión de individuos extraviados por la duda y el error. Escotistas, tomistas, papistas, calvinistas, molinistas y jansenistas, no son más que nombres de guerra. No hay ninguna secta en geometría: cuando la verdad es evidente, es imposible que de ella nazcan partidos ni facciones. Nadie contradecirá nunca que en el mediodía brilla el sol. Y cuando se reconoce la parte de la astronomía que determina el curso de los astros y la llegada de los eclipses los astrónomos ya no discuten sobre esto.

 

Nadie dice en Inglaterra que es newtoniano, es lockista, o es halleyeniano, porque todo el que ha leído no puede negar las verdades que enseñaron esos tres grandes hombres.

 

Igual sucede con el pequeño número de verdades fácticas que están demostradas. Las actas de la torre de Londres fueron auténticamente recogidas por Rymer y no hay rymeristas porque nadie tiene la osadía de discutir esa colección. No hay en ella contradicciones, prodigios, ni nada que la razón pueda rechazar, y consecuentemente, nada que los sectarios puedan empeñarse en sostener o refutar con argumentaciones absurdas todo el mundo está de acuerdo en que las Actas de Rymer son dignas de crédito.

 

Si tú eres mahometano hay otros muchos hombres que no lo son y por tanto puedes estar equivocado. ¿Qué religión sería la verdadera si no existiera el cristianismo? La que no tuviera sectas, aquella en que todos los hombres estuvieran de acuerdo. ¿En qué credos lo están? En el de la adoración de un Dios único y en el de la rectitud moral. Todos los filósofos del mundo que profesaron una religión dijeron en todos los tiempos: No hay más que un Dios y es ineludible que seamos justos. He aquí, pues, la religión universal establecida en todos los tiempos y entre todos los hombres. El punto que todos aprueban es, pues, el verdadero, y los sistemas que los diferencian son falsos.

 

Mi secta es la mejor, me dijo un brahmán. «Amigo mío —le contesté—, si tu secta es buena debe ser necesaria, y si no es absolutamente necesaria tendrás que confesarme que es inútil; si es indispensable deben adherirse a ella todos los hombres, porque ¿cómo es posible que no tengan todo lo absolutamente necesario? ¿Cómo es que el resto del mundo se ríe de ti y de Brahma?

 

Cuando Zoroastro, Hermes, Orfeo, Minos y otros grandes hombres nos aconsejan que adoremos a Dios y seamos justos, nadie se ríe; en cambio, todo el mundo se burla del que cree a pie juntillas que sólo se puede complacer a Dios teniendo en la mano, a la hora de morir, una cola de vaca, al que afirma que es preciso cortarse un pedazo de prepucio, al que rinde culto a los cocodrilos y a las cebollas y al que proclama que no puede haber salvación si no se adquiere en Roma una indulgencia plenaria.

 

¿Qué origina ese concurso universal de risas y burlas que se oye en todas partes del orbe? Es indudable que lo que excita la burla del mundo no es una verdad evidente. ¿Qué puede contestarse al secretario de Seján que dedicó a Petronio un libro escrito en estilo ampuloso, titulado La verdad de los oráculos sibilíticos probada por los hechos?

 

Dicho autor trata de demostrar que era necesario que Dios enviara al mundo muchas sibilas, una tras otra, porque no tenía otros medios de instruir a los hombres. Está demostrado que Dios hablaba a las sibilas porque la voz sibila significa consejo de Dios. Fueron doce, cuyo número es sagrado, y pronosticaron todos los sucesos del mundo. ¿Qué incrédulo —añade el secretario— se atreverá a rechazar hechos tan evidentes? ¿Quién podrá negar que se realizaron sus profecías? Si los primitivos ejemplares de libros sibilíticos, escritos en tiempos que no sabíamos leer ni escribir, se han perdido, ¿no tenemos acaso copias auténticas de ellos? La impiedad debe cerrar la boca ante estas pruebas. Así hablaba Houttevillas a Seján, esperando asumir las funciones de augur que le hubieran valido cincuenta mil libras de renta, cargo que no consiguió.

 

«Lo que mi secta enseña es oscuro, lo confieso —decía un fanático—, por eso debe creerse que la misma virtud está llena de oscuridades. Mi secta es extravagante, luego es divina; de lo contrario ¿cómo la hubieran adoptado muchos pueblos si no tuviera algo de divino? Igual sucede al Corán, del que sus detractores dicen que tiene una cara de ángel y otra de bestia; no hagáis, pues, caso del hocico de la bestia y reverenciad el rostro del ángel». Así hablaba este insensato, pero un fanático de otra secta contestó: Tú eres la bestia y yo el ángel.

 

¿Quién debe decidir esa cuestión planteada entre dos energúmenos? El hombre razonable e imparcial, que hace caso omiso de los prejuicios y es amante de la verdad y la justicia, el hombre que no es bestia ni se cree ángel.

 

Secta y error son sinónimos. Tú eres peripatético y yo soy platónico, y ambos estamos en un error; tú contradices a Platón porque te sublevan sus deliquios, y yo no creo a Aristóteles porque me parece que no sabe lo que se dice. Si uno u otro hubieran demostrado la verdad no existirían nuestras dos sectas. Pronunciarse en favor de la opinión de un hombre que es contraria a la opinión de otro es militar en un partido como en una guerra civil. El geómetra que examina la relación entre el cono y la esfera no pertenece a la secta de Arquímedes, el que prueba en el cuadrado de la hipotenusa de un triángulo rectángulo es igual al cuadrado de los catetos de los otros dos lados no pertenece a la secta de Pitágoras. Cuando decimos que la sangre circula, que el aire pesa, que los rayos del sol son haces de siete rayos, refractables, no pertenecemos a la secta de Harvey, a la de Torricelli, ni a la de Newton; nos convencemos de las verdades que demostraron y el mundo entero tendrá la misma opinión. Tal es el carácter de la verdad para todos los tiempos y todos los hombres; cuando aparece, la reconocemos.

 

SENSACIÓN. Se dice que las ostras tienen dos sentidos, los topos, cuatro, y los demás animales, igual que los hombres, cinco. Algunos aseguran que tenemos un sexto sentido, pero es evidente que la sensación voluptuosa, pues a ésta se refieren, se reduce al sentido del tacto y por tanto sólo estamos dotados de cinco sentidos; además nos es imposible suponer que haya otro, pues nos basta con los que tenemos.

 

Es posible que en otros planetas existan seres que posean sentidos de los que no podemos tener ninguna idea; tal vez el número de los sentidos aumente de globo en globo y el ser dotado de sentidos innumerables y perfectos sea el culmen de todos.

 

Pero, ¿qué poder tenemos sobre nuestros cinco sentidos? Sentimos siempre a pesar nuestro y nunca según nuestra voluntad; no podemos dejar de sentir la sensación que nos produce la percepción de cualquier objeto. La sensación está en nosotros, pero no depende de la voluntad; la recibimos, pero ¿cómo? Sabemos que no hay ninguna relación entre la música y las palabras que oigo cantar, y la impresión que estas palabras producen en mi cerebro.

 

Nos maravilla la facultad de pensar, pero la de sentir no es menos maravillosa. El poder divino lo mismo ha dotado de sensación al último de los gusanos que al cerebro de Newton. Y sin embargo, si mil animales mueren ante vuestros ojos no os preocupa lo que suceda con su facultad de sentir, aunque el Ser de todos los seres les ha dotado de esa facultad; los miráis como si fueran máquinas de la naturaleza, nacidos para perecer y dejar sitio a otros animales.

 

Me diréis por qué ha de subsistir su facultad de sentir, habiendo dejado de existir esos animales, y qué necesidad tiene el autor de todo lo que existe de conservar propiedades cuyo sujeto está destruido. Ello equivale a decir que el poder que tiene la planta llamada sensitiva de retirar sus hojas hacia las ramas subsiste todavía cuando la planta ya no existe. Sin duda me preguntaréis que, si la sensación perece con ellos, ¿cómo el pensamiento del hombre no perecerá? No puedo contestaros a esa cuestión, porque no sé lo bastante para resolverla. Sólo el autor eterno de la sensación y del pensamiento sabe cómo los concede y los conserva.

 

La Antigüedad ha mantenido la opinión de que lo que está en nuestro entendimiento está también en nuestros sentidos. Descartes, en sus folletines, asegura que tenemos ideas metafísicas antes de conocer la teta de nuestra nodriza. Una Facultad de Teología rechazó ese dogma, no porque fuera erróneo, sino porque era una novedad, pero luego aceptó ese error porque lo había destruido el filósofo inglés Locke y un inglés necesariamente tenía que estar equivocado. Finalmente después de haber cambiado varias veces de opinión, dicha Facultad volvió a proscribir la antigua verdad, esto es que los sentidos nos abren las puertas del entendimiento. Hizo lo mismo que los gobiernos endeudados, que tan pronto ponen en circulación ciertos billetes como los invalidan pero hace ya mucho tiempo que nadie quiere los billetes de esa Facultad.

 

Todas las facultades del mundo nunca podrán impedir que los filósofos comprendan que los hombres empiezan por sentir y que nuestra memoria no es más que una sensación continuada. El hombre que naciera sin sus cinco sentidos no tendría ninguna idea, en el supuesto de que pudiera vivir. Las nociones metafísicas sólo provienen de los sentidos, porque, ¿cómo podemos medir un círculo o un triángulo si no hemos visto o tocado un círculo o un triángulo? ¿Cómo hacernos una idea del infinito sino haciendo retroceder los límites? y ¿cómo fijar los límites sin haberlos visto o sentido? La sensación envuelve todas nuestras facultades, dice un gran filósofo (Condillac, Tratado de las sensaciones, tomo 2, pág. 128). ¿Qué conclusiones se pueden sacar de todo esto? Que juzguen los que leen y piensan.

 

Los griegos inventaron la facultad psique para las sensaciones, y la facultad noûs para los pensamientos. Desgraciadamente, no sabemos qué son esas dos facultades; las poseemos pero desconocemos su origen, como la ostra, la ortiga de mar, el pólipo, los gusanos y las plantas desconocen el suyo. ¿Por qué mecánica, que no podemos concebir, las sensaciones están en nuestro cuerpo y el pensamiento únicamente en mi cerebro? Si os cortan la cabeza no parece que podáis resolver un problema de geometría; sin embargo, la glándula pineal y el cuerpo calloso en que se aloja vuestra alma subsisten mucho tiempo sin alteración. En cambio, la cabeza cortada está tan llena de espíritus animales que muchas veces salta después de ser separada del tronco y parece tener en ese momento ideas muy vivas. Le sucede como a la cabeza de Orfeo, que todavía entonaba canciones a Eurídice cuando la arrojaron a las aguas del Hebre.

 

Si al que le han cortado la cabeza ya no piensa, ¿cómo es que el corazón es sensible después de arrancado del pecho?

 

Dicen que sentimos porque todos los nervios tienen su origen en el cerebro; sin embargo, si os queman el cerebro dejáis de sentir. Las gentes que saben las razones de todo esto son muy hábiles.

 

SENTENCIAS DE MUERTE. Repasando la historia y viendo la serie casi ininterrumpida de calamidades que se acumulan en el globo terráqueo, que algunos llaman el mejor de los mundos posibles, me chocó sobre todo la enorme cantidad de hombres relevantes en el Estado, en la Iglesia y en la sociedad que fueron sentenciados a muerte como si se tratara de salteadores de caminos. Dejando de lado asesinatos y envenenamientos sólo voy a ocuparme de ejecuciones hechas en forma jurídica, al amparo de las leyes y ceremoniosamente. Empezando por los reyes y reinos, sólo Inglaterra puede proporcionarnos una lista bastante larga, pero si me hubiera de ocupar de cancilleres y caballeros necesitaría escribir más de un volumen. De los que hizo ejecutar la justicia no creo que haya cuatro en toda Europa que hubieran muerto en el cadalso si su proceso hubiera durado algún tiempo más, o si sus enemigos hubieran fallecido de apoplejía durante la instrucción del proceso.

 

Si la fístula hubiera gangrenado el rectum del cardenal Richelieu unos meses antes, Thou, Cinq‑Mars y otros habrían quedado en libertad. Si Barnevel hubiera tenido por jueces tantos arministas como gomaristas, habría muerto en su lecho. Si el condestable Luynes no hubiera demandado el procesamiento de la esposa del mariscal Ancre, no la habrían quemado como hechicera. Cuando encarcelan a un hombre realmente criminal y cuyo crimen está probado, puede asegurarse que en cualquier tiempo y cualquiera que sea el que juzgue llegará un día en que será sentenciado, pero no acontece lo mismo con los hombres de Estado. Sustituid los jueces por otros, esperad que los tiempos cambien o las pasiones se apacigüen y salvarán la vida.

 

Si la reina Isabel hubiera fallecido de indigestión la víspera de sentenciar a María Estuardo, ésta habría continuado en el trono de Escocia Inglaterra e Irlanda, en vez de ser decapitada. Si Cromwell hubiera sucumbido a causa de una enfermedad durante el proceso de Carlos I, nadie se hubiera atrevido a pedir su cabeza. Esos dos asesinatos, revestidos no sé cómo de forma legal, no cabe incluirlos en la lista de las injusticias ordinarias. Pero de las sentencias ordinarias que pronuncian magistrados competentes contra príncipes o grandes personajes no hay una sola que se hubiera ejecutado, ni siquiera extendido, si hubieran podido escogerse la época y las circunstancias. Ni uno solo de los sentenciados y ejecutados en la época del cardenal Richelieu hubiera dejado de alcanzar un puesto influyente si sus procesos hubieran podido alargarse hasta la regencia de Ana de Austria. Al príncipe de Condé le encarcelaron reinando Francisco II y el Parlamento le sentenció a muerte, pero el rey fallece y Condé vuelve a ser un hombre poderoso.

 

Pueden presentarse muchos ejemplos parecidos en que hay que tener presente el espíritu de los tiempos. Por una acusación vaga de ateísmo, Vanini fue quemado en la hoguera; si hoy hubiera alguien bastante pedante y mentecato que escribiera los libros de Vanini nadie los leería y el hecho no tendría mayores consecuencias.

 

Un español pasó por Ginebra a mediados del siglo XVI. Calvino se entera de que ese español se hospeda en un hostal y recuerda que estuvo discutiendo con él sobre una cuestión que ni uno ni otro entendían. El teólogo Calvino manda prender al viajero y faltando a las leyes divinas y humanas consigue que le encierren en un calabozo y lo quemen a fuego lento con leña verde, para que el suplicio dure más tiempo. Esta idea diabólica no se le ocurriría hoy a nadie. Si Miguel Servet hubiera nacido en tiempos posteriores, nadie le hubiera perseguido.

 

Lo que se llama justicia es, pues, tan arbitrario como las modas. Los hombres pasan por épocas de horrores y locura como por épocas de peste, y este contagio da la vuelta al mundo.

 

SENTIDO COMÚN. A veces se encuentra en las expresiones vulgares una imagen de lo que pasa en el fondo del corazón de los hombres. Sensus communis significaba para los romanos, además de sentido común, humanidad, sensibilidad. Como nosotros no valemos tanto como los romanos, esa expresión no significa para nosotros más que la mitad de lo que significaba para ellos. Sólo significa el buen sentido, razón tosca, razón sin pulir, primera noción de las cosas ordinarias, fase intermedia entre la estupidez y la inteligencia. Afirmar que un hombre no tiene sentido común es decirle una injuria muy grosera, pero decir que tiene sentido común también es una injuria, porque se quiere significar que no es estúpido del todo, sólo que carece de inteligencia. ¿De dónde proviene la expresión sentido común si no proviene de los sentidos? Cuando los hombres inventaron esa expresión estaban convencidos de que todo penetraba en el alma a través de los sentidos, de no ser así, ¿habrían empleado la palabra sentidos para designar la razón común?

 

Suele decirse que el sentido común es muy raro; ¿qué significa esta frase? Quiere significar que en algunos hombres el desarrollo del raciocinio se ve detenido por algunos prejuicios, que el hombre que tiene buen juicio en un asunto no lo tiene en otro. El árabe, que es buen matemático, un químico sabio o un astrónomo exacto, cree, sin embargo, que Mahoma puso la mitad de la luna en su manga. ¿Por qué va más allá del sentido común en las tres ciencias que acabo de citar, y está por debajo del sentido común cuando se trata de la mitad de la luna? Por la sencilla razón de que en los tres primeros casos ve con sus ojos y perfeccionó su inteligencia, y en el último caso ve por los ojos de los demás, cierra los suyos y pervierte el sentido común que posee.

 

¿Cómo puede producirse tan extraño trastorno del espíritu? ¿Cómo las ideas, que caminan con paso regular y firme por el cerebro sobre un gran número de objetos, pueden fallar tan miserablemente sobre un objeto mil veces más palpable y fácil de comprender? Ese hombre tiene los mismos principios de inteligencia; es preciso, pues, que tenga un órgano viciado, como sucede a veces al gastrónomo, que puede tener el gusto estragado respecto a algún alimento.

 

¿Por qué le falla la inteligencia a este árabe que ve la media luna en la manga de Mahoma? Por el miedo. Le imbuyeron la idea de que si no creía en eso su alma caería en el averno después de su muerte. Le han convencido, además, de que si duda de ello un derviche le tratará de impío, otro le demostrará que es un insensato que, poseyendo todos los motivos para creer, no quiso someter a la evidencia su ensoberbecida razón, y un tercer derviche le entregará al gobernador de una provincia y le empalarán legalmente.

 

Todo esto aterroriza al buen árabe, a su mujer y a toda la familia; tienen buen sentido en todo lo demás, pero en este asunto les falla la inteligencia, lo mismo que la de Pascal, que continuamente veía un precipicio ante su sillón. Ahora bien, ¿cree realmente el árabe en el referido prodigio? Hace esfuerzos para creer en él y se dice: Esto es imposible, pero es verdad y creo lo que no creo. Acerca de la manga, se forma en su mente un caos de ideas que teme desembrollar, y precisamente esto es no tener sentido común.

 

SEÑOR. «¡Qué desgraciado nací! —exclamaba Adrassán Ougli, joven jenízaro del gran señor de los turcos—. Si al menos sólo dependiera del gran sultán, pero también estoy sometido al jefe de la división de los jenízaros y cuando acudo a recibir la paga me he de prosternar ante él y consentir en que se quede con la mitad. Antes de cumplir los siete años, contra mi voluntad, me cortaron el extremo del prepucio en pública ceremonia y estuve enfermo quince días. El derviche que pronunció la plegaria es mi señor; el imán también es mi señor, y el mollah lo es mucho más. El cadí también me manda y el muftí mucho más que todos los citados. El secretario del gran visir puede, con una sola palabra, mandar que me arrojen al canal, y el gran visir puede hacer que me corten la cabeza cuando se le antoje, sin que nadie se oponga.

 

»¡Cuántos señores, gran Dios! Más valía que Alá me hubiera hecho nacer lechuza, porque de ese modo viviría en un agujero, me hartaría de comer ratones y no tendría señores ni criados. Esta debe ser la vida perfecta del hombre, que sólo tuvo señores desde que se pervirtió. Ningún hombre nació para servir continuamente a otro y cada uno ayudaría caritativamente a su prójimo si el mundo estuviera bien organizado. Los videntes servirían de lazarillo a los ciegos. El mundo sería el paraíso de Mahoma y no el infierno en que vivimos».

 

Así hablaba Adrassán Ougli después de recibir veinticinco palos por orden de sus señores.

 

Transcurridos unos años, Adrassán Ougli llegó a ser poderoso bajá, alcanzó fabulosa fortuna y llegó a convencerse de que todos los hombres, excepto el sultán y el gran visir, habían nacido para servirle y todas las mujeres para someterse a sus caprichos sensuales.

 

¿Cómo logró un hombre convertirse en señor de otro y mediante qué magia incomprensible pudo llegar a ser señor de muchísimos hombres? Sobre este hecho se han escrito muchos volúmenes, pero prefiero a todos ellos una leyenda hindú porque es corta y las leyendas suelen tener mucha miga.

 

Adimo, protopadre de los hindúes, tuvo dos hijos y dos hijas de su legendaria mujer Pocriti: el mayor era un gigantón, el segundo, pequeño y jorobado, y las dos hijas eran hermosas. Cuando el gigante tuvo conciencia de su fuerza se acostó con sus dos hermanas y obligó al jorobado a que le sirviera. Una de las hermanas fue su cocinera y la otra su hortelana. Cuando el gigante quería dormir ataba antes al hermano a un árbol, y cuando huía para que no le atara corría tras él, le alcanzaba en cuatro zancadas y le daba veinte latigazos.

 

De este modo, el jorobado quedó sumiso como perfecto vasallo y el gigante, satisfecho de su comportamiento, le permitió que se acostara con una de sus hermanas que ya no le gustaba. Los hijos que nacieron de este incesto no fueron jorobados, pero sí entecos. Los educaron en el temor de Dios y del gigante. Recibieron excelente educación, enseñándoles que su poderoso tío era gigante de derecho divino y podía hacer de su familia lo que quisiera, incluso acostarse con alguna sobrina o sobrina segunda cuando le viniera en gana y sin que nadie pudiera gozarlas más que con permiso suyo.

 

Cuando murió el gigante, su hijo, aunque no era tan fuerte ni alto, creyó que era también gigante de derecho divino como su padre. Se empeñó en que trabajaran para él todos los hombres y en refocilarse con todas las mujeres, pero la familia se coaligó contra él y lo mataron a palos. Entonces se establecieron en república.

 

Los siameses creen, por el contrario, que la familia empezó siendo republicana y que el gigante no apareció hasta transcurridos muchos años y hubo muchas disensiones. Sin embargo, todos los autores de Benarés y Siam coinciden en que los hombres vivieron infinidad de siglos antes de promulgar ninguna ley, y en apoyo de ello alegan una razón que no tiene réplica: que hoy, cuando todo el mundo se cree civilizado, todavía no se ha conseguido redactar veinte leyes buenas.

En la India todavía se debate la cuestión de saber si las repúblicas se establecieron antes o después de las monarquías, así como saber si la confusión pareció a los hombres más calamitosa que el despotismo. Ignoro lo que ha acaecido en el orden de los tiempos, pero siguiendo el orden de la naturaleza debemos suponer que, naciendo como nacen iguales todos los hombres, la violencia y la habilidad constituyeron los primeros señores y las leyes hicieron los últimos.

 

SIBILA. La primera mujer que vaticinó el porvenir en Delfos recibió el nombre de Sibila. Tuvo por padre a Júpiter, según Pausanías, y por madre a Lamia, hija de Neptuno, viviendo mucho tiempo antes del sitio de Troya. Tal fue el origen del nombre de sibilas, dado a las mujeres que, sin ser sacerdotisas ni estar sujetas a un oráculo particular, predecían el porvenir y decían estar inspiradas. Distintos países y diferentes siglos tuvieron sus sibilas y conservaron las predicciones que llevan sus nombres, formando colecciones.

 

La mayor dificultad de los antiguos fue averiguar cómo se las arreglaban las sibilas para obtener el don de vaticinar el porvenir. Los platónicos lo explicaban por la unión íntima que la criatura, una vez alcanzado cierto grado de perfección, podía tener con la divinidad. Otros autores atribuían su virtud de adivinar a los vapores y exhalaciones de las cavernas que habitaban, y no faltaron quienes atribuían el espíritu profético de las sibilas a su talante sombrío y melancólico o a alguna enfermedad singular.

 

San Jerónimo afirma que recibían ese don en recompensa de su castidad; sin embargo, existió una muy célebre que se vanagloriaba de haber tenido una legión de amantes sin ser casada. Hubiera sido más cuerdo para san Jerónimo y otros padres de la Iglesia negar el espíritu profético de las sibilas y confesar que a fuerza de hacer vaticinios a diestro y siniestro pudieron encontrar a veces, ayudadas por un comentario favorable o por casualidad, que sus palabras se ajustaran a los sucesos que no podían haber previsto.

 

Lo singular de este asunto es que recogieron sus predicciones después de los sucesos. La primera colección de versos sibilíticos que llegaron a manos de Tarquino constaba de tres libros; la segunda se compiló después del incendio del Capitolio y no se sabe de cuántos libros se componía, y la tercera es la que conservamos dividida en ocho libros, en la que es indudable que el autor manipulara muchas de las predicciones. Esta colección fue resultado del fraude devoto de algunos cristianos platónicos, más celosos que hábiles, que componiéndola creyeron dar armas a la religión cristiana y poner a quienes la defendían en situación de combatir al paganismo con mayor ventaja.

 

Esta compilación de diferentes profecías se imprimió por vez primera el año 1545, tomándola de manuscritos, y luego se hicieron varias ediciones con extensos comentarios sobrecargados de erudición trivial y casi siempre ajena al texto, rara vez puesto en claro por esos comentarios.

 

Las obras que se publicaron en pro y en contra de la autenticidad de los libros sibilíticos fueron muchas y algunas muy notables, pero encontramos en ellas tan poco orden y escasa crítica, están tan huérfanas de filosofía, que es casi imposible leerlas sin que fatigue y enoje su lectura.

 

En esta compilación hacen decir a la sibila que el Imperio romano tendrá quince emperadores y catorce de ellos los designa el valor numeral de la primera letra de su nombre en el alfabeto griego. Añade que el decimoquinto emperador será un hombre de cabeza blanca que llevará el nombre de un mar inmediato a Roma. Este emperador fue Adriano, y el Adriático el mar de donde tomó el nombre.

 

De dicho emperador —prosigue la sibila— saldrán otros tres que regirán el imperio al mismo tiempo, pero al fin lo poseerá uno de ellos. Esos tres son Antonino, Marco Aurelio y Lucio Vero. La sibila hace alusión a las adopciones y asociaciones que los unieron. Marco Aurelio fue, efectivamente, dueño absoluto del imperio cuando murió Lucio Vero, a principios del año 169, y lo rigió hasta el año 177 en que asoció a su hijo Cómodo. Como no se encuentra nada que haga referencia al nuevo corregente de Marco Aurelio, es indudable que esa compilación debe haberse escrito entre los años 167 y 177 de nuestra era.

 

El historiador Flavio Josefo cita una obra de la sibila en que se habla de la torre de Babel y la confusión de las lenguas poco más o menos como el Génesis (1), lo que prueba que los cristianos no fueron los primeros autores de la suposición de los libros sibilíticos. Josefo sólo transcribe las palabras de la sibila y nosotros podemos comprobar si lo que se dice de ese suceso en nuestra colección está sacado de la obra que cita Josefo. Es indudable que muchos de los versos atribuidos a las sibilas en la exhortación que se halla en las obras de san Justino, Teófilo de Antioquía, san Clemente de Alejandría y algunos otros padres, no figuran en nuestra colección, y como la mayor parte de esos versos no gozan de ninguno de los caracteres del cristianismo pudieran muy bien ser obra de algún judío platónico.

 

(1) Antigüedades judaicas, libro XX, 16.

 

En la época de Celso las sibilas ya gozaban de algún crédito entre los cristianos, como aparece en dos pasajes de la contestación de Orígenes pero más tarde los versos sibilíticos parecieron favorables al cristianismo y los emplearon comúnmente en las obras de controversia con tanta confianza como los paganos, que reconocieron las sibilas como mujeres inspiradas y hasta llegaron a decir que los cristianos habían falsificado sus escritos. Cuestión de hecho que sólo puede decidirse cotejando los diferentes manuscritos, trabajo que pocos escritores podrán hacer.

 

De una profecía de la sibila de Cumas sacaron los principales dogmas del cristianismo. Constantino, en un elocuente discurso que pronunció ante la asamblea de los Padres, demostró que la cuarta égloga de Virgilio es una descripción profética del Salvador, y que si éste no fue el asunto inmediato del poeta lo fue la sibila de quien el poeta copió las ideas, que estando llena del espíritu de Dios anunció el nacimiento del Redentor.

Creyeron comprender que dicha égloga se refería al milagro del nacimiento de Jesús de una virgen, a la abolición del pecado por medio de la predicación del Evangelio y a la salvación por la gracia del Redentor. También creyeron encontrar en dicha égloga la serpiente aterrada y amortiguado el veneno mortal con que emponzoñó la naturaleza humana, y además que la gracia del Señor, a pesar de ser tan poderosa, dejó subsistir en los fieles, de allí en adelante, los restos y vestigios del pecado. En una palabra, en dicha égloga vieron anunciada la venida de Jesucristo con el carácter de Hijo de Dios.

 

Hay en dicha égloga otros rasgos que parecen copiados de los profetas hebreos y que pueden aplicarse a Jesucristo, tal es la opinión general de la Iglesia. San Agustín, convencido de ello al igual que otros padres, defiende que no se pueden aplicar más que a Jesucristo los versos de Virgilio. Los teólogos modernos, más hábiles, son de la misma opinión que Agustín.

 

SÍMBOLO O CREDO. La voz símbolo, del griego symboléi, la adoptó la Iglesia latina, al igual que otras muchas cosas, de la Iglesia griega. Los teólogos instruidos saben que ese símbolo, que se llama de los apóstoles, no es todo de ellos.

 

En Grecia se llamaba símbolo a las palabras y signos con que se reconocían los iniciados en los misterios de Ceres y de Mitra, y andando los años los cristianos tuvieron también su símbolo. De haber existido en la época de los apóstoles, san Lucas habría dejado constancia de él.

 

Se atribuye a san Agustín la historia del símbolo que consta en su sermón 115, haciéndole decir que Pedro comenzó el símbolo pronunciando estas palabras: Creo en Dios padre todopoderoso; Juan continuó diciendo: Creador del cielo y de la tierra; Santiago añadió: Creo en Jesucristo su hijo nuestro Señor, y así los demás. En la última edición de san Agustín han suprimido esta fábula. Me dirijo a los reverendos padres benedictinos para saber si es justo que se suprima ese fragmento, que es muy curioso.

 

Lo cierto es que nadie oyó hablar del Credo durante más de cuatrocientos años. No cabe duda que los apóstoles tuvieron nuestro símbolo en su corazón, pero no lo dejaron escrito. En la época de san Ireneo inventaron un Credo que no se parece al que recitamos en nuestros días y que debe ser del siglo V, o sea posterior al de Nicea. El pasaje que dice que Jesucristo descendió a los infiernos y el que habla de la comunión de los santos no constan en ninguno de los símbolos que precedieron al nuestro. Ni los Evangelios, ni los Hechos de los Apóstoles dicen que Jesucristo descendió a los infiernos, pero era creencia general en el siglo III que Jesús había descendido al Hades, al Tártaro, cuyos dos vocablos traducimos nosotros por infierno. El infierno, en este sentido, no significa lo mismo que la voz hebrea scheol, que quería decir subterráneo, fosa. Por eso san Atanasio precisó después cómo nuestro Salvador descendió a los infiernos: «Su humanidad —dice— no estuvo entera en el sepulcro, ni en el infierno; estuvo en el sepulcro según la carne y en el infierno según el alma».

 

Santo Tomás afirma que los santos que resucitaron cuando murió Jesucristo murieron de nuevo para resucitar con él, siendo ésta la opinión más admitida. Confieso que nuestro símbolo se escribió tarde, pero en cambio la virtud vive toda la eternidad y debemos ser hombres de bien, aunque no resucitemos dos veces como esos santos.

 

Si me es lícito citar autores modernos en asunto tan grave, transcribiré el Credo del abad de San Pedro, tal como escribió de su puño y letra en un manuscrito que compuso sobre la pureza de la religión, que no está impreso, pero cuya transcripción lateral aduzco aquí:

 

Creo en el único Dios y le amo. Creo que ilumina toda alma que viene al mundo, como dice san Juan: Comprendo que se ocupa de toda alma que le busca de buena fe.

 

»Creo en el Dios único porque sólo puede tener un alma el gran todo, un solo ser vivificador, un creador único.

 

»Creo en Dios padre todopoderoso porque es padre común de la naturaleza y de todos los hombres, que son sus hijos. Creo que los hizo nacer todos iguales, que organizó los resortes de la vida del mismo modo, que les dio los mismos principios de moral y no puso más diferencias entre sus hijos que la del crimen y la virtud.

 

»Creo que el chino justo y bienhechor es más digno para El que un teólogo europeo casuísta y arrogante.

 

»Creo que siendo Dios nuestro padre común debemos considerarnos todos los hombres como hermanos.

 

»Creo que el perseguidor es abominable y apenas se diferencia del envenenador y del parricida.

 

»Creo que las discusiones teológicas son a la vez la farsa más ridícula y la calamidad más horrenda del mundo, después de la guerra, la peste y el hambre.

 

»Creo que los eclesiásticos deben recibir suficiente paga, como servidores del público, por ser preceptores de moral y llevar los registros de nacidos y muertos, pero no debe concedérseles riquezas ni categorías de príncipes, porque nada es tan provocativo y contraproducente como ver hombres ricos y ensoberbecidos que predican la humildad y el amor a la pobreza.

 

»Creo que todos los sacerdotes adscritos a una parroquia deberían ser casados como los sacerdotes de la Iglesia griega, no sólo para que tengan una mujer honrada que cuide de su casa, sino para ser mejores ciudadanos, dar súbditos al Estado y tener hijos bien educados.

 

»Creo que es indispensable devolver a la sociedad muchos frailes, porque es servir a la patria y a sí mismo, y puesto que se dice que son hombres que Circe transformó en cerdos, el prudente Ulises debe devolverles la forma humana».

 

Referimos literalmente el símbolo que escribió el abad de San Pedro sin que transcribirlo quiera decir que merece nuestra aprobación. Lo hemos insertado como curiosidad singular, pero nos atenemos con fe respetuosa al verdadero símbolo de la Iglesia.

 

SÓCRATES. Diríase que el molde que formó a los hombres que amaron la virtud por si misma está roto, porque no vemos aparecer en el mundo ni un Confucio, un Pitágoras, un Tales, ni a un Sócrates. En tiempos de éstos había multitud de devotos en sus pagodas y ante sus divinidades cantidad de almas que temían al Cerbero y a las Furias, que asistían a las iniciaciones, peregrinaciones y misterios, que se arruinaban presentando ofrendas de ovejas negras. Las maceraciones estaban entonces en uso, los sacerdotes de Cibeles se dejaban castrar para guardar continencia. ¿Por qué entre esos mártires de la superstición la Antigüedad no cuenta un solo gran hombre, ni un sabio? Porque del temor no nace nunca la virtud. Los grandes hombres ponían por encima de todo los valores morales, la sabiduría era su pasión dominante; eran sabios como Alejandro era guerrero, Homero era poeta y Apeles era pintor, por una fuerza y naturaleza superior. He aquí, quizá, cómo podamos explicarnos el demonio de Sócrates.

 

Un día, dos ciudadanos de Atenas que regresaban del templo de Mercurio vieron en la plaza pública a Sócrates. Uno de ellos dijo al otro: «¿Es ése el impío que dice podemos ser virtuosos sin ofrecer todos los días corderos y ocas?» «Sí —contestó el otro—. Es un sabio que no tiene religión, un ateo que dice que sólo hay un Dios.» Sócrates se acercó a ellos con su talante sencillo, con su demonio, con su ironía, y les dijo: «Amigos míos, permitidme que os diga dos palabras. ¿Cómo clasificaréis al hombre que ruega a la Divinidad, que la adora, que trata de semejarse a ella hasta donde se lo permita su debilidad humana, y que hace todo el bien que puede?» «De alma muy religiosa», le contestaron los dos ciudadanos. «Muy bien, ¿luego puede adorarse al Ser Supremo y tener religión?» «Estamos de acuerdo», respondieron los dos atenienses. «Pero ¿creéis que cuando el divino arquitecto del mundo organizó todos los globos que giran sobre nuestras cabezas, cuando dio movimiento y vida a tantos seres diferentes, utilizó para eso el brazo de Hércules, la lira de Apolo o la flauta de Pan?» «No es probable.» «Pues si no es verosímil que empleara la ayuda de otros para construir el mundo, tampoco es creíble que le ayuden otros a conservarlo. Si Neptuno fuera el dueño absoluto del mar, Juno del aire, Eolo de los vientos, Ceres de las cosechas y uno de esos dioses quisiera el tiempo sereno cuando otro deseara ventarrones y lluvia, podéis comprender que no subsistiría el orden que persiste en la naturaleza, y debéis convenir que es necesario que todo dependa del que la creó. Creéis en los cuatro caballos blancos del sol y en los dos caballos negros de la luna; pero, ¿no es preferible a esto que el día y la noche sean el resultado del movimiento que imprimió a los astros su creador y no que produzcan el día y la noche seis caballos?»

 

Los dos ciudadanos se miraron mutuamente y no replicaron. Sócrates acabó por demostrarles que podían recoger cosechas sin dar dinero a los sacerdotes de Ceres, ir a cazar sin ofrecer estatuillas de plata al templo de Diana, que Pomona no concedía frutas, que Neptuno no daba caballos y que debíamos rendir gracias al soberano que lo creó todo.

 

Sus ideas eran lógicas. Su discípulo Jenofonte, tirando a Sócrates del brazo, le dijo: «Tu discurso es admirable y hablaste mejor que un oráculo, pero va a causar tu ruina. Uno de los ciudadanos es el que vende los corderos y ocas para los sacrificios, y el otro es un orfebre que consigue grandes ganancias construyendo pequeños dioses de oro y plata para las mujeres. Te acusarán de impío porque quieres impedirles que hagan negocio y declararán contra ti ante Abelitus y Anitus, que son enemigos tuyos y han jurado perderte. Teme la cicuta. Tu demonio familiar debió haberte aconsejado que no dijeras a un carnicero ni a un orfebre lo que sólo debías decir a Platón y a Jenofonte.»

 

Algún tiempo después, los enemigos de Sócrates consiguieron que le sentenciara el Consejo de los Quinientos, entre los que tuvo doscientos votos en favor; esto hace presumir que había doscientos veinte filósofos en aquel tribunal, pero también demuestra que en todas las grandes asambleas se encuentran en minoría los filósofos.

 

Sócrates bebió la cicuta por haber defendido la unicidad de Dios y luego los atenienses le consagraron una capilla. A Sócrates, que había combatido las capillas que se dedicaban a los seres inferiores.

 

SONÁMBULOS. Conocí a un sonámbulo que se levantaba, se vestía, hacía una reverencia y bailaba un minueto; luego, se desvestía, se volvía a acostar y continuaba durmiendo.

 

La Enciclopedia nos habla de un Joven seminarista que se levantaba durmiendo para componer un sermón, lo escribía correctamente, lo leía y lo corregía; tachaba algunos renglones sustituyéndolos por otros, componía música y la anotaba exactamente en el papel pautado colocando la letra bajo las notas sin equivocarse.

 

Se dice que un arzobispo de Burdeos presenció estas operaciones y otras no menos sorprendentes. Sería de desear que el prelado hubiera escrito su declaración y la hubiera firmado, o al menos hacerla firmar al secretario. Suponiendo que el seminarista hiciera todo lo que le atribuyen, yo le expondría las mismas cuestiones que a cualquiera que sencillamente soñara. Le diría: Habéis soñado con más intensidad que otros, pero obedeciendo al mismo principio: el otro no tuvo más que fiebre y vos habéis tenido un arrebatamiento en el cerebro, pero los dos habéis recibido ideas y sensaciones que no esperabais y hecho lo que teníais deseos de hacer.

 

De dos que duermen, uno no tiene ni una sola idea, y el otro, en cambio recibe un tropel de ellas; el primero es insensible como el mármol y el segundo experimenta deseos y goces.

 

El seminarista nació con el don de la imitación, oyó cien sermones su cerebro los ha captado, los rememora cuando vela y movido por su talento de imitación los escribe hasta durmiendo. ¿Cómo es posible que soñando se convierta en predicador, cuando se acostó sin tener voluntad de predicar? Recordad, le diría, la primera vez que escribisteis el esbozo de un sermón y en el que no pensabais un cuarto de hora antes; estabais en vuestra habitación sumido en la neblina de unas ideas imprecisas y vuestra memoria os recordó, sin intervenir la voluntad, cierta fiesta; la fiesta os recordó que ese día hubo sermón, el sermón os recordó un texto y el texto os dio pie a un exordio; teníais a mano papel y tintero y escribisteis lo que antes no pensabais escribir. He aquí, precisamente, lo que os sucedió estando sonámbulo. En una y otra operaciones creísteis hacer lo que queríais, y os dirigió sin que lo supierais todo lo que precedió a la escritura del referido sermón.

 

Lo mismo que, cuando al salir de las vísperas, os encerrasteis en vuestra celda para meditar sin ánimo de ocuparos de vuestra vecina; sin embargo, su imagen campea en vuestra imaginación cuando no pensabais en ella. Vuestra imaginación os la pinta con ViVOS colores y ya sabéis lo que sucede después. Lo mismo experimentáis cuando estáis durmiendo y sonando.

 

¿Qué parte habéis tenido en esas modificaciones de vuestra persona? La misma que tenéis en la circulación de la sangre por las arterias y por las venas, en el riego de vuestros vasos linfáticos y en los movimientos de vuestro corazón y de vuestro cerebro.

 

SUEÑOS. Leído el artículo Sueño, en el Diccionario Enciclopédico, no he comprendido nada, pero cuando busco la causa de mis ideas y mis actos, cuando duermo y estoy despierto, tampoco lo comprendo. Si un buen argumentador tratara de demostrarme que cuando estoy despierto, y no estoy iracundo o borracho entonces soy un animal que actúa, no sabría qué contestarle, pero le sellaría la boca demostrándole que cuando duerme es una persona paciente, un puro autómata. Por lo tanto, decidme: ¿cómo hemos de definir al animal, que es una máquina la mitad de su vida y cambia de naturaleza dos veces cada veinticuatro horas?

 

Si durante el sueño todos los sentidos están muertos, ¿a qué se debe que exista un sentido interno vivo? ¿Por qué cuando nuestros ojos no ven, ni nuestros oídos oyen, vemos y oímos cuando estamos soñando? El perro caza soñando, ladra, persigue su presa y se la come. El poeta compone versos durmiendo, el matemático ve figuras y el metafísico argumenta bien o mal; hay sorprendentes ejemplos de todo esto.

 

¿Actúan solo los órganos de la máquina o el alma pura, libre del imperio de los sentidos, goza de sus derechos con libertad? Si únicamente los órganos producen los sueños que tenemos de noche, ¿por qué no lo hacen también con las ideas que tenemos de día? Si el alma pura, sosegada, cuando reposan los sentidos, obrando por sí misma es la única causa de las ideas que tenemos durmiendo, ¿a qué se debe que todas estas ideas son casi siempre irregulares, poco razonables e incoherentes? Lo cierto es que cuando el alma está menos perturbada es cuando más perturba a la imaginación, y cuando procede con libertad es cuando está loca. Si el alma naciera con ideas metafísicas, como pretenden algunos filósofos, sus ideas puras y luminosas sobre el Ser, sobre el infinito, sobre todos los primeros principios, debían despertarse en ella con mayor energía cuando su cuerpo duerme, y nadie sería buen filósofo más que soñando.

 

Cualquier sistema que adoptéis, cualquier esfuerzo que hagáis para probar que la memoria excita vuestra mente y ésta excita vuestra alma, habéis de convenir en que recibís todas las ideas durante el sueño sin intervención vuestra, al margen de vuestra voluntad. Está claro, pues, que podemos pensar siete u ocho horas seguidas sin que intervenga nuestra voluntad y hasta sin estar seguros de que pensamos. Reflexionad lo que estoy diciendo y ved si podéis adivinar lo que es el hombre.

 

Los sueños fueron siempre causa de supersticiones, y lo encuentro natural. El hombre vivamente afectado porque la mujer amada está muy enferma, sueña que la ve moribunda y, efectivamente, fallece al día siguiente; los dioses predijeron su muerte. El general de un ejército que sueña ganar una batalla y la gana al día siguiente, los dioses le han vaticinado que sería el vencedor. Sólo se conserva la memoria de los sueños que se realizan y se olvidan los que no se cumplen. Los sueños forman una gran parte de la historia antigua, al igual que los oráculos.

 

La Biblia latina traduce así uno de los versículos del Levítico: «No examinéis los sueños». Es de advertir que la palabra sueño no existe en lengua hebrea, y que además sería muy extraño que prohibiera su interpretación el mismo libro que nos explica que José fue el bienhechor de Egipto y de su familia por haber interpretado tres sueños.

 

La explicación de los sueños era tan común en la Antigüedad que no querían limitarse a entenderlos, sino que trataban además de adivinar, a veces, lo que otro hombre había soñado. Nabucodonosor, habiendo olvidado un sueño que tuvo, mandó a sus magos que lo adivinaran y los amenazó de muerte si no podían conseguirlo. Pero el judío Daniel, que pertenecía a la escuela de los magos, les salvó la vida adivinando el sueño del rey e interpretándolo. Esta historia y otras muchas sirven para demostrar que la ley de los judíos no prohibía la nigromancia, o sea la ciencia de los sueños.

 

SUICIDIO. Hace unos años, un inglés apellidado Morris, veterano oficial y hombre de ingenio, vino a París a verme. Padecía una enfermedad crónica que le ocasionaba grandes dolores y de la que no esperaba curarse. Tras hacerme varias visitas, un día le vi entrar en casa trayendo una bolsa y dos papeles. «Uno de estos dos papeles —dijo— es mi testamento, el segundo, mi epitafio, y esta bolsa de dinero es para mi entierro. Estoy resuelto a esperar quince días para probar si los remedios y la dieta que me han prescrito hacen soportable la vida, y si sigo como ahora estoy decidido a matarme. Haréis que me entierren donde mejor os parezca y me pondréis este epitafio que se reduce a dos palabras de Petronio: Valete curae (Se acabaron las preocupaciones).

 

Por suerte para él y para mí, porque le apreciaba mucho, Morris se curó y estoy seguro que se hubiera quitado la vida de no haber sanado. Supe que antes de venir a Francia estuvo en Roma en la época que temían aunque infundadamente, que los ingleses atentaran contra la vida del príncipe Carlos Eduardo, tan respetable como desgraciado, y llegaron a sospechar que Morris fue a la Ciudad Eterna con esa aviesa intención. Llevaba en Roma quince días cuando el gobernador le mandó llamar para decirle que le daba un plazo de veinticuatro horas para salir de la ciudad. «Me iré en seguida —le contestó el inglés— porque el aire que se res pira aquí es nocivo para el hombre libre, pero deseo saber por qué me expulsan». «Me mandan que os haga salir porque se teme que atentéis a la vida del pretendiente». «Los ingleses luchamos contra los príncipes, les vencemos y los destronamos —le replicó Morris—, pero no somos asesinos. Y ahora decidme, señor gobernador, ¿desde cuándo creéis que estoy en Roma?» «Desde hace quince días». «Pues hace quince días que hubiera matado al pretendiente si hubiera traído esa misión, y he aquí cómo. Habría levantado un altar a Mucio Scevola y luego al primer tiro hubiera matado al pretendiente, que en la ceremonia se hubiera colocado entre vos y el papa, y con el segundo tiro me hubiera suicidado; pero los ingleses no matamos a nuestros enemigos más que en las batallas. Adiós, señor gobernador.» Y tras pronunciar estas palabras, regresó a su domicilio y salió de la Ciudad Eterna. En Roma, a pesar de ser el país de Mucio Scevola, la conducta del inglés se interpretó como un acto de ferocidad bárbara, en París como una locura y en Londres como grandeza de alma.

 

Apenas me ocuparé en este artículo del suicidio, ni examinaré si el difunto Crech tuvo razón para escribir al margen de un manuscrito: «Nota bene: cuando termine de escribir mi libro sobre Lucrecio será preciso que me mate»; ni examinaré si hizo bien en tomar esa resolución. Tampoco indagaré los motivos que tuvo el anciano prefecto, el padre jesuita Biennasses, para despedirse de nosotros por la noche y al día siguiente por la mañana, después de decir misa, arrojarse desde un tercer piso. Pero sí me atrevo a decir que no debemos temer que la locura de matarse llegue a ser una enfermedad epidémica, porque contraría los designios de la naturaleza y porque la esperanza y el temor son dos agentes poderosos que utiliza aquélla para disuadir al desgraciado que trata de quitarse a vida.

 

Es inútil que nos digan que en algún país ha existido un consejo para permitir a los ciudadanos que se mataran cuando tenían razones poderosas, porque contestaré que eso no es verdad o los magistrados de tal país estaban muy desocupados.

 

¿A qué se debe que Catón, Bruto, Casio, Marco Antonio, Othón y otros se mataran resueltamente, y los jefes de nuestros partidos dejan que los ahorquen o se resignen a pasar una vida miserable en cualquier prisión? Algunos hombres enérgicos afirman que los antiguos carecían de verdadero valor y Catón fue un apocado matándose, ya que hubiera manifestado mayor grandeza de alma arrastrándose a los pies de César. Esto haría bonito en una oda, o usando una figura retórica, porque es indudable que no carece de valor el que tranquilamente se mata, que se necesita gran fuerza de voluntad para sobreponerse al instinto más poderoso de la naturaleza; en una palabra, el suicidio es un acto que prueba más ferocidad que flaqueza. Cuando un enfermo está frenético no puede decir que carece de fuerza; por el contrario, se debe decir que tiene la fuerza que le da el frenesí.

 

La religión de los paganos prohibió el suicidio lo mismo que la religión cristiana, y hasta tenía en el infierno lugares destinados a los suicidas.

 

SUPERSTICIÓN. A veces oigo decir: Ya no somos supersticiosos, La Reforma del siglo XVI nos hizo más prudentes y los protestantes nos han enseñado a vivir.

 

¿Qué es, sino superstición, creer que la sangre de san Jenaro se licua todos los años cuando la acercáis a su cabeza? ¿No sería preferible que obligarais a que se ganaran la vida diez mil indigentes napolitanos, ocupándolos en trabajos útiles, que hacer hervir la sangre de un santo para divertirlos? Sería mejor obra que hicierais hervir su marmita.

 

¿Por qué aún bendecís en Roma los caballos y mulos en Santa María la Mayor? ¿Por qué esas procesiones de flagelantes en Italia y en España que, mientras cantan, se dan disciplinazos en presencia de damas? ¿Creen acaso que el Paraíso se conquista a latigazos?

 

Esos pedazos de la vera cruz, que si los juntaran se podría construir un navío de cien cañones, estas tantas reliquias inauténticas y tantos falsos milagros, ¿constituyen acaso monumentos de una devoción ilustrada?

 

Francia se enorgullece de ser menos supersticiosa que Santiago de Compostela y Nuestra Señora de Loreto, y sin embargo os enseñan aún en muchas sacristías trozos de la túnica de la Virgen, gotas de su leche y mechones de sus cabellos, y en la iglesia de Puy‑en‑Velai conservan preciosamente el prepucio de su hijo.

 

Todos los franceses conocen la execrable farsa que se representa desde comienzos del siglo XIV en la capilla de San Luis, del palacio de París, en la noche del jueves al viernes santo. Todos los poseídos del reino se congregan en dicha capilla y las convulsiones de san Medardo son una bagatela comparadas con los horribles gestos y los aullidos espantosos que lanzan esos infelices. Y cuando les dan a besar un fragmento de la vera cruz, montado en un trípode de oro orlado de piedras preciosas, entonces los poseídos redoblan sus gritos y convulsiones. Luego, apaciguan al diablo dando unas monedas a los energúmenos, aunque para contenerlos mejor hay en la iglesia unos cincuenta soldados con la bayoneta calada en el fusil. Similar farsa execrable se representa en Saint‑Maur y pudiera citaros otros veinte ejemplos semejantes. Sonrojaos y corregíos.

 

Hay sabios que propugnan que debe dejarse que el pueblo tenga supersticiones, como a los críos les dejan andadores, puesto que en todos los tiempos es aficionado a los prodigios, a gentes que dicen la buenaventura, a las peregrinaciones y a los charlatanes; que desde la más remota Antigüedad se celebró la fiesta de Baco, salvado de las aguas, haciendo brotar con un golpe de vara un manantial de vino de un peñasco, pasando el mar Rojo a pie seco con todo su pueblo, parando el sol y la luna, etc.; que en Lacedemonia se conservaban los dos huevos que parió Leda suspendidos de la bóveda de un templo; que en algunas localidades de Grecia los sacerdotes enseñaban el cuchillo con que inmolaron a Ifigenia, etcétera. Otros sabios, por el contrario, afirman que ninguna de esas supersticiones produjo un bien a la humanidad, sino que causaron grandes daños y por tanto deben prohibirse.

 

Creo que vale la pena referir in extenso el milagro que tuvo lugar en la Baja Bretaña en 1771. Es auténtico y está impreso y revestido de todas las formalidades legales. Helo aquí:

 

El 6 de enero, día de Reyes, mientras se cantaba la Salve vieron salir rayos de luz del Sagrario; reconocieron al instante a Nuestro Señor Jesús en su figura natural, más brillante que el sol, y le vieron durante una media hora, durante la que apareció un arco iris sobre el remate de la iglesia. Los pies de Jesús quedaron impresos en el tabernáculo, donde se ven todavía y se verifican todos los días muchos milagros. A las cuatro de la tarde, cuando desapareció Jesús de encima del tabernáculo, el cura de la parroquia se acercó al altar y encontró una carta que Jesús había dejado, pero al tomarla le fue imposible moverla de su sitio. El cura y el vicario fueron en seguida a dar cuenta a monseñor el obispo de Tréguier, que mandó se rezaran durante ocho días, en todas las iglesias de la localidad, las Cuarenta Horas y el pueblo acudiese a ver la carta santa. Al finalizar la octava, el obispo se dirigió a la iglesia en procesión acompañado de todo el clero secular y regular de la ciudad, tras haber ayunado tres días a pan y agua. Cuando la procesión entró en la iglesia, el obispo se postró de rodillas en las gradas del altar y tras pedir a Dios que le concediera la gracia de tomar la carta subió al altar y la cogió sin dificultad. Acto seguido, volviéndose hacia el pueblo, la leyó en alta voz recomendando a cuantos sabían leer que la leyeran todos los primeros viernes de mes, y a los que no sabían que rezaran cinco padrenuestros y cinco avemarías en honor de las cinco llagas de Jesucristo para obtener la gracia prometida a los que la leyeran devotamente y la conservación de sus bienes en la tierra. Las embarazadas debían rezar, para su feliz alumbramiento, nueve padrenuestros y nueve avemarías por las almas del Purgatorio y para que sus hijos alcanzasen la dicha de recibir el santo sacramento del bautismo.

 

Todo lo expuesto fue aprobado por monseñor el obispo, el lugarteniente general de la citada localidad de Tréguier y muchos personajes que presenciaron el milagro.

 

Copia de la carta encontrada en el altar cuando se apareció Nuestro Señor Jesucristo al Santísimo Sacramento:

 

«Eternidad de vida, eternidad de castigos, eternas delicias; no hay otra alternativa que escoger un camino: ir a la gloria o ir al suplicio. La cantidad de años que los hombres pasan en el mundo en toda clase de placeres sensuales y disoluciones, en el lujo, el hurto, la maledicencia y la impureza, blasfemando y jurando por mi santo nombre en vano, y otros muchos delitos que cometen, no me permiten consentir por más tiempo que las criaturas creadas a mi imagen y semejanza, que rescaté con mi sangre en el árbol de la cruz donde sufrí muerte y pasión, me ofendan continuamente quebrantando mis mandamientos y no haciendo caso de mi ley divina; por ello os prevengo que si continuáis entregados al pecado y no veo en vosotros remordimiento, contrición, ni arrepentimiento, os haré sentir el peso de mi brazo divino.

 

»Si no fuera por las súplicas de mi querida madre ya habría destruido el mundo por los pecados que cometéis unos contra otros. Os di seis días de trabajo y el séptimo para descansar y santificar mi santo nombre, para que oyerais misa y emplearais el resto del día en servir a Dios mi padre. Por el contrario, en los días de fiesta sólo se oyen blasfemias y se ven hombres borrachos, y el mundo se ha desbordado de tal modo que sólo hay en él vanidad y mentira. Los cristianos, en vez de tener compasión de los pobres que van a pedir en la puerta de su casa, prefieren mimar a los perros y otros animales y dejar que aquéllos se mueran de hambre y de sed, entregándose de este modo a Satanás por su avaricia, su gula y otros vicios, declarándome así la guerra los cristianos. Y vosotros, padres y madres inicuos, consintiendo que vuestros hijos juren y blasfemen en mi santo nombre, en vez de darles buena educación, con vuestra avaricia estáis amontonando bienes que os arrebatará Satanás. Yo os digo por boca de Dios, mi padre, por boca de mi madre, de los serafines y querubines y de san Pedro, jefe de mi Iglesia, que de no corregiros os enviaré enfermedades tan virulentas que lo matarán todo y os harán conocer la cólera de Dios mi padre.

 

»Abrid los ojos y contemplad mi cruz, que dejé para que os sirviera de arma para vencer al enemigo del género humano y de guía para conduciros a la gloria eterna; contemplad mi corona de espinas, mis pies y mis manos clavados, y meditad que derramé hasta la última gota de sangre para redimiros por el amor paternal que profeso a mis ingratos hijos. Haced obras que os atraigan mi misericordia, no juréis en vano por mi santo nombre, rezadme devotamente, ayunad con frecuencia y, sobre todo, dad limosna a los pobres, que es para mí la más grata de todas las obras buenas. Consolad a la viuda y al huérfano, restituid lo que no os pertenezca, evitad todas las ocasiones de pecar, observad celosamente mis mandatos y honrad a María, mi querida madre.

 

»Los que no cumplan mis mandamientos, ni crean mis palabras atraerán con su incredulidad mi mano vengadora sobre sus cabezas, padecerán desgracias interminables, precursoras del mal fin que tendrán en el mundo y los precipitará a las llamas eternas, donde sufrirán penas interminables como justo castigo a sus crímenes.

 

»Por el contrario, los que devotamente sigan los consejos que doy en esta carta apaciguarán la cólera de Dios y conseguirán, después de haber confesado sinceramente sus faltas, la remisión de todos sus pecados por graves que sean.»

 

Esta carta en honor de Nuestro Señor Jesucristo debe conservarse cuidadosamente.

 

Con licencia. En Bourges, 30 de julio de 1771. De Beouvior, lugarteniente general de policía.

 

Nota bene. Es de advertir que semejante tontería se imprimió en Bourges, sin haber allí, ni en Tréguier, ni en Paimpole, el menor pretexto para inventar semejante impostura. Suponiendo que en los siglos venideros exista algún patán autentificador de milagros que trate de demostrar algún punto de teología con la aparición de Jesucristo en el altar de Paimpole ¿no se creerá con derecho a citar la carta que se imprimió en Bourges con licencia real? ¿No se creerá con derecho a tratar de impíos a los que duden de su autenticidad? ¿No probará con hechos que Jesús hacía milagros en todas partes en el siglo XVIII? He aquí un vasto campo que pueden explotar los Hauttevilles y los Abbadías.

 

El supersticioso es al bribón lo que el esclavo al tirano. El supersticioso se deja gobernar por el fanático y acaba por serlo también. La superstición nació en el paganismo, la adoptó el judaísmo y contaminó a la Iglesia cristiana desde los tiempos primitivos. Todos los padres de la Iglesia, sin excepción, creyeron en el poder de la magia. La Iglesia la condenó siempre, pero creyó en ella, y no excomulgó a los brujos como desquiciados,sino como hombres que tenían trato con el diablo.

 

Hoy, la mitad de Europa cree que la otra mitad fue durante mucho tiempo supersticiosa, y lo es todavía. Los protestantes consideran las reliquias, indulgencias, flagelaciones, rezar por los muertos, el agua bendita y casi todos los ritos de la Iglesia católica, como locuras supersticiosas. Según ellos, la superstición consiste en creer que esas paparruchas son prácticas necesarias. Entre los católicos, hay muchos más ilustrados que sus antepasados y que han renunciado a muchas de esas prácticas, que antiguamente eran sagradas.

 

Es difícil señalar los límites de la superstición. El francés que viaja por Italia encuentra que casi todo es superstición y no se equivoca. El arzobispo de Canterbury opina que el arzobispo de París es supersticioso; los presbiterianos reprochan lo mismo al de Canterbury y tildan de supersticiosos a los cuáqueros, que es la comunidad más supersticiosa para los demás cristianos.

Las comunidades cristianas no están, pues, de acuerdo en lo que es superstición. La comunidad que parece menos afectada por esa enfermedad del espíritu es la que tiene menos ritos, pero si aun teniendo pocas ceremonias se aferra a una creencia absurda ésta equivale a todas las prácticas supersticiosas que se han observado desde Simón el Mago hasta el cura Gauffridi (1). Es evidente, pues, que el fondo religioso de una secta es lo que toman por superstición las demás sectas.

 

(1) Véase en Historias trágicas de nuestro tiempo (1666), que escribió Rousset, el capítulo «Horrible y espantosa hechicería», de Louis Gauffridi.

 

Los musulmanes acusan de este desvarío a las comunidades cristianas, y éstas los acusan a ellos. ¿Quién juzgará ese gran proceso? No será la razón, porque cada secta pretende tenerla; será la fuerza la que juzgue, hasta el día en que la razón penetre en suficiente número de cabezas para desarmar la fuerza.

 

En la Europa cristiana hubo un tiempo que no se permitía a los recién casados disfrutar de los derechos del matrimonio sin haber adquirido este derecho al obispo o al cura. Quien en su testamento no dejaba parte de sus bienes a la Iglesia se le excomulgaba, lo que equivalía a privarle de sepultura cristiana, y cuando un cristiano moría ab intestato, la Iglesia le libraba de la excomunión haciendo testamento por él y otorgándose a sí misma los legados piadosos que el difunto le hubiera dejado de haber testado. Por eso el papa Gregorio IX y san Luis dispusieron en 1235 que todo testamento otorgado sin la presencia de un sacerdote fuera nulo, y el papa decretó que el testador y el notario serían excomulgados de no atenerse a este requisito.

 

La tasa de los pecados fue todavía más escandalosa, si cabe. La fuerza sostenía esas leyes a las que estaba sometida la superstición de los pueblos, y sólo andando los años la razón hizo derogar esas vergonzosas vejaciones, aunque dejando subsistir otras.

 

¿Hasta qué punto la política permite que se erradique la superstición? La cuestión es muy espinosa y equivale a preguntar hasta qué punto debe practicarse la punción a un hidrópico, que puede morir en la operación. Depende de la prudencia del médico.

 

Preguntar si puede existir un pueblo que esté libre de prejuicios supersticiosos es igual que preguntar si puede existir un pueblo de filósofos Se afirma que no hay ninguna superstición en la magistratura de China y es probable que queden algunas en la magistratura de muchas ciudades de Europa. Cabe esperar que esos magistrados puedan impedir que la superstición del pueblo sea peligrosa. Su ejemplo no ilustrará al populacho pero los principales habitantes del país la contendrán. Quizá no hubo un tumulto, ni un atentado religioso, del que no participaran los burgueses, porque entonces esa clase era populacho, pero la razón y el tiempo la hicieron cambiar y, suavizando sus costumbres, mitigaron también las del más feroz populacho. De ello podemos presentar ejemplos sorprendentes en más de un país.

 

En pocas palabras, cuantas menos supersticiones, menos fanatismo, y cuanto menos fanatismo, menos desgracias.

 

SUPLICIOS. Volvemos a insistir en que la pena de muerte no sirve para nada. Probablemente, algún verdugo, tan charlatán como cruel, hizo creer a los imbéciles de su barrio que la grasa del ahorcado curaba la epilepsia.

 

Cuando el cardenal Richelieu fue a Lyon para darse el gusto de ver ejecutar a Cinq‑Mars y a Thou, supo que el verdugo se había quebrado una pierna y dijo al canciller Seguier que era una desgracia no disponer de otro verdugo. Confieso que son deplorables esas palabras y que fueron el florón que faltaba a su corona. Por fin, encontraron a un viejo que se prestó a desempeñar el oficio y cortó la cabeza al inocente y sabio Thou después de dar doce sablazos. ¿Qué necesidad había de causar esa muerte? ¿Qué podía reportar el asesinato jurídico del mariscal Marillac?

 

Si el duque Maximiliano de Sully no hubiera comprometido al rey Enrique IV a ordenar la ejecución del mariscal Birón que recibió muchas heridas a su servicio, quizás Enrique no habría sido asesinado, quizás perdonándole, después de sentenciado a muerte, hubiera calmado la indignación de la Liga y ésta no habría gritado a los oídos del pueblo: «El rey protege a los herejes y maltrata a los buenos católicos; es un avaro y un viejo lascivo que a los cincuenta y siete años está enamorado de la joven princesa de Condé, lo que obligó a ésta y a su marido a huir del reino». Esas llamas del descontento universal no hubieran encendido el cerebro del fanático Ravaillac.

 

Preciso es reconocer que no es humano, razonable, ni útil la cruel costumbre, que se llama justicia, de quitar la vida al hombre por haber robado un escudo a su señor, de quemarlo como a Simón Morín porque dijo que tuvo conversaciones con el Espíritu Santo, o como el jesuita Malagrida por haber impreso las conversaciones que la Virgen María tuvo con su madre santa Ana, estando todavía en el seno de ésta.

 

No comprendemos qué provecho puede sacar el Estado de la muerte de un pobre hombre como Jacques Rinquet, sacerdote que cenando en un convento con los frailes profirió palabras insensatas; lo ahorcaron, en vez de purgarle y sangrarle. Tampoco comprendemos que fuera necesario que otro desquiciado, que estaba con los guardias de corps y se hizo unas leves heridas con un cuchillo, como algunos charlatanes, para conseguir alguna recompensa, también fuese ahorcado por decreto del Parlamento. ¿Cometió algún delito? ¿Corría peligro la sociedad dejando vivir a ese hombre?

 

¿Era también necesario que cortaran la mano y la lengua al caballero La Barre, le hicieran sufrir el potro ordinario y extraordinario y lo quemaran vivo? ¿De qué crimen le acusaban? ¿Asesinó a sus padres? ¿Temían que incendiara la ciudad? Nada de eso. Le acusaban de haber cometido unas irreverencias, pero tan secretamente, que ni siquiera constan en la sentencia: haber cantado una canción antigua que nadie conocía y de ver pasar a lo lejos una procesión de capuchinos sin quitarse el sombrero.

 

Ciertos pueblos necesitan el placer de matar a su prójimo con ceremonias, dice Boileau, y para ellos hacerle sufrir tormentos espantosos es una diversión agradable. Esos pueblos están situados en el grado cuarenta y nueve de latitud, que es precisamente la posición que ocupan los iroqueses. Debemos esperar que un día se civilicen, puesto que en esas naciones bárbaras siempre hay dos o tres mil personas de mayor raciocinio y sensibilidad que consiguen civilizar a las demás.

 

Me atrevería a preguntar a los partidarios de levantar horcas y cadalsos, de encender hogueras y matar a los hombres disparándoles arcabuces si creen que están viviendo en tiempos de hambre y matan a sus semejantes por miedo de que falten alimentos para todo el mundo.

 

Un día me espeluzné leyendo la lista de desertores que hubo durante ocho anos, que ascendieron a sesenta mil en Francia. Sesenta mil compatriotas a los que era preciso fusilar al redoble del tambor y con los que habríamos podido conquistar una provincia si los hubieran tratado bien y suministrado el necesario alimento.

 

Preguntaría también a los partidarios de la pena de muerte si en sus países no hay que construir caminos, ni existen terrenos incultos que cultivar, y si los ahorcados y fusilados pueden prestar esos servicios. Y no lo preguntaré en nombre de la humanidad, sino de la utilidad, pero por desgracia no suelen atender ni una ni a otra. Cuando Beccaria mereció los aplausos de Europa por haber demostrado que las penas deben ser proporcionadas a los delitos, pronto apareció entre los iroqueses un leguleyo que sobornó a un sacerdote y sostuvo que ahorcar y quemar era siempre lo mejor en todos los casos.

 

En Inglaterra, más que en otro país, ha predominado la norma de ejecutar a los hombres con la supuesta espada de la ley. Aparte del número prodigioso de señores de sangre real, pares del reino y ciudadanos ilustres que perecieron en el cadalso de la plaza pública, basta que mencionemos las ejecuciones de las reinas Ana Bolena, Catalina Howard, Juana Grey, María Estuardo y del rey Carlos I, para justificar al que dijo que la historia de Inglaterra debía haberla escrito el verdugo.

 

Después de la Gran Bretaña, se cree que Francia es el país donde hubo más suplicios. Dejaré de lado el de la reina Bruchant porque no lo creo, pasaré por mil cadalsos y me detendré en el del conde Montecuculli, descuartizado en presencia de Francisco I y toda la corte porque el delfín Francisco había muerto de pleuresía. Veamos los antecedentes del suceso. Carlos V, vencedor en todas partes, en Europa y Africa, desolaba Provenza y Picardía. Durante esta campaña, que empezó ventajosamente, el delfín, que tenía dieciocho años, se sofocó jugando a la pelota en Tournon, sudado, bebió agua fría y murió de pleuresía a los cinco días.

 

La corte y Francia entera dijeron que el emperador Carlos V había hecho envenenar al delfín. Esta acusación, tan horrible como absurda, ha pasado de generación en generación hasta nuestros días. El poeta Malherbe la refiere en una de sus odas, el historiador Daniel se hace eco de la acusación, y Henault dice en su Compendio: «El delfín Francisco murió envenenado». De ese modo, los escritores se copian unos a otros. Por fin, Galliard, en su Historia de Francisco I, se atreve, como yo, a discutirlo.

 

El conde de Montecuculli, que estaba al servicio del delfín, fue declarado culpable de haber envenenado al príncipe. Los historiadores dicen que Montecuculli era su copero, pero los delfines no tenían esta clase de servidores, y suponiendo que los tuviera, ¿cómo el conde hubiera podido echar, en aquel momento, un veneno en el vaso de agua fresca? ¿Lo llevaría en su bolsillo para utilizarlo en el momento que su señor pidiera de beber? Además, no estaba solo con el delfín cuando salió sudando del juego de pelota. Se cree que los cirujanos que hicieron la autopsia del cadáver dijeron que el príncipe había tomado arsénico. Si lo hubiera tomado, al ingerirlo hubiera sentido en la garganta dolores insoportables, el agua habría adquirido cierto color y no hubieran tratado su enfermedad como pleuresía. Los cirujanos eran tan ignorantes que dirían lo que algunos quisieron, como ocurre tantas veces.

 

¿Qué interés podía tener el conde en envenenar a su señor? ¿De quién podía esperar conseguir mejor fortuna? Añaden que tenía la intención de envenenar al rey, pero tampoco es probable, porque, ¿quién debía pagarle este doble crimen? Contestan que Carlos V, pero esta improbabilidad es aún mayor. Si el emperador tenía esa idea, ¿por qué había de empezar privando de la vida a un joven de dieciocho años que, además, tenía dos hermanos? ¿Cómo había de llegar hasta el rey, cuya mesa no servia Montecuculli? Nada podía ganar Carlos V matando al delfín, que nunca había sacado la espada y hubiera tenido vengadores. Era un crimen vergonzoso y gratuito. Si no temía al padre, que era el caballero más valiente de la corte, ¿podía temer al hijo que acababa de salir de la infancia?

 

Dicen algunos que Montecuculli, en un viaje que hizo a Ferrara, su ciudad natal, fue presentado al emperador y éste le pidió noticias respecto a la magnificencia de la mesa del rey y al orden que reinaba en su casa pero esto no prueba que Carlos V comprometiera a Montecuculli a envenenar a la real familia.

 

Contestan que personalmente el emperador no le comprometió a realizar este crimen, sino sus generales Antonio de Leiva y el marqués de Gonzaga. De Leiva, que tenía ochenta años y era uno de los caballeros más virtuosos de Europa, ¿hubiera cometido la indiscreción de proponer ese delito de común acuerdo con el príncipe de Gonzaga? Añaden que Montecuculli así lo declaró a sus jueces. ¿Vieron acaso las piezas originales de su proceso?

 

Alegan, además, que el infortunado conde era químico, siendo éstas las únicas pruebas y la sola razón por la que sufrió el más horrible suplicio. Como era italiano y químico, y odiaban a Carlos V, se vengaron vergonzosamente de su gloria. Descuartizaron a un hombre por simples sospechas, alentados por la vana esperanza de deshonrar a un emperador demasiado poderoso.

 

Algún tiempo después, siempre por sospechas, se acusó de este envenenamiento a Catalina de Médicis, esposa del delfín Enrique II, que luego fue rey de Francia. Se dijo que ella mandó envenenar al primer delfín porque se interponía entre el trono y su esposo. Quienes esto afirman son unos impostores, pues ni siquiera tuvieron presente que Catalina de Médicis tenía entonces diecisiete años.

 

Para no contradecirse de modo tan flagrante, se atrevieron a inventar que Carlos V imputó ese envenenamiento a Catalina de Médicis y para probarlo citan al historiador Vera; pero yerran porque ese historiador no dice semejante cosa. He aquí sus palabras (1):

 

«En este año había muerto en París el delfín de Francia con señales de veneno. Los suyos lo atribuyeron a instigación del marqués del Basto y Antonio de Leiva y costó la vida al conde de Montecuculli, francés con quien se correspondían. Indigna sospecha de tan generosos hombres e in útil, puesto que matando al delfín se granjeaban poco, porque no era nada valeroso, ni sin hermanos que le sucediesen. A poco, de esta presunción se pasó a otra más fundada: que le fue dada muerte por orden de su hermano el duque de Orleáns a instigación de Catalina de Médicis, su esposa, deseosa de llegar a ser reina, como fue. Y nota bien un autor que la muerte desgraciada que tuvo después este Enrico, la permitió Dios en castigo de la alevosa que dio (si la dio) al inocente hermano, costumbre más que medianamente introducida en príncipes deshacerse a poca costa de quienes por algún camino los embarazan, pero siempre visiblemente castigados por Dios.»

 

(1) Página 166, edición de Bruselas, 1656, tomo en cuarto.

 

Como acabamos de ver, Vera no es un Tácito. Además, cree que Montecuculli es francés. Dice que el delfín murió en París y fue en Tournon, y que su muerte se debió al veneno, tomando este dato de la voz pública. Pero no sólo atribuye a los franceses la acusación contra Catalina de Médicis de haber cometido el delito, sino que esta acusación es tan injusta y extravagante como la de Montecuculli.

 

Resulta de todo ello que esa ligereza, tan peculiar en los franceses produjo en todos los tiempos arbitrariedades irreparables. Desde el suplicio injusto de Montecuculli hasta el de los templarios mediaron una serie de suplicios atroces, fundándose en las más frívolas presunciones. En Francia se ha derramado copiosamente la sangre porque la nación es casi siempre poco reflexiva y demasiado rápida para juzgar.

 

Y ¿qué diremos del necio placer que los hombres, sobre todo los débiles, sienten secretamente al hablar de suplicios, como lo tienen al hablar de milagros y sortilegios? En el Diccionario de la Biblia, del reverendo Calmet, hay muchos grabados de los suplicios con que castigaban los hebreos, grabados que hacen estremecer a los hombres sensibles. Digamos de paso que ni los judíos, ni ningún otro pueblo, crucificaron con clavos y que no puede presentarse ni un ejemplo de esto. Algún pintor tuvo esa ocurrencia, fundada en una opinión errónea.

 

Hombres sabios que estáis esparcidos por todo el mundo, propagad con energía y sin descanso el postulado legal del sabio Beccaria: que las penas deben ser proporcionadas a los delitos. Si matan a un soldado de veinte años por haber pasado seis meses al lado de su madre o de su prometida, en vez de estar en el regimiento, ya no podrá servir a la patria; si ahorcan a una criada joven por haber robado una docena de servilletas a su señora ya no podrá, andando los años, dar doce hijos que sirvan al Estado, aparte de que no hay ninguna proporción entre robar doce servilletas y perder la vida.

 

Los jueces y los legisladores deberían ser los responsables de todos los hijos que las jóvenes seducidas abandonan o privan de la vida temiendo descubrir su falta. Sobre esto voy a referiros lo que recientemente ha sucedido en la capital de una poderosa república, en Ginebra, que a pesar de ser tan ilustrada tiene la desgracia de conservar algunas leyes de los tiempos antiguos y bárbaros que dicen fue la época de las buenas costumbres.

 

Encontraron en las cercanías de dicha capital a un niño recién nacido y muerto, y sospechando que su madre era una joven soltera la encerraron en una mazmorra, la interrogaron y se defendió diciendo que no podía ser la madre de aquel niño porque aún estaba embarazada. La reconocieron algunas comadronas, tan ignorantes, que aseguraron no estaba embarazada y que reteniendo el flujo menstrual había conseguido que se le hinchara el vientre. Amenazaron a la desdichada con darle tormento y tal amenaza le causó tanto pánico que confesó haber dado muerte a su supuesto hijo y la sentenciaron a la pena capital. Por fortuna, dio a luz cuando estaban leyéndole la sentencia y los jueces aprendieron entonces que no se debe fallar con ligereza ninguna sentencia de muerte.

 

Y paso por alto la infinidad de suplicios en los que fanáticos imbéciles hicieron morir a otros tantísimos imbéciles fanáticos, aunque podría extenderme mucho en este punto.

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