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TABACO. En 1660 se dio este nombre a una planta que acababan de descubrir en la isla de Tabago. Los indígenas de Florida la llamaban petun, y en Francia la denominaron nicotina. Tomó esta denominación de Jean Nicot, que nació en Nimes en 1530 y murió en París el 5 de mayo de 1600, y que siendo embajador de Francisco II en Portugal envió la semilla del petun a Catalina de Médicis y cuando regresó de Portugal le llevó una planta. El tabaco también se llama en Francia hierba de la reina. Hay muchas clases de tabaco y cada una de ellas toma el nombre del lugar donde crece dicha planta, del sitio donde se elabora, o del país de donde sale dicha mercancía.

 

TASA. El papa Pío II, en una carta a Juan Peregal, confiesa que la Curia romana nada da sin dinero, que hasta la imposición de las manos y los dones del Espíritu Santo se venden en ella y sólo concede a los ricos la remisión de sus pecados.

 

Antes que dicho papa, san Antonino, arzobispo de Florencia, había ya notado que en la época de Bonifacio IX, muerto en 1404, la Curia romana estaba tan manchada de simonía que los beneficios los otorgaba menos al mérito que al dinero. Añade que el susodicho papa llenó el cielo de indulgencias plenarias y que las iglesias pequeñas, en días de fiesta, las obtenían por un precio módico.

 

Teodorito de Mien (1), secretario del citado pontífice, nos dice que éste envió colectores a varios reinos para que vendieran indulgencias a los que ofrecieran la cantidad que hubieran tenido que gastar en hacer el viaje a Roma para conseguirlas, colectores que perdonaban los pecados a quienes los confesaban, incluso sin hacer penitencia, dispensándoles por dinero de toda clase de irregularidades y diciéndoles que para ello poseían el poder que Jesucristo concedió a san Pedro para atar y desatar en la tierra.

 

Todavía es más singular que se tasara el precio de cada crimen conforme a una obra latina publicada en Roma por orden de León X, el 18 de noviembre de 1514, titulada Tasas de la sagrada cancillería y de la sagrada penitenciaria apostólica.

 

(1) Libro I del Cisma, cap. 68.

 

Se hicieron varias ediciones de dicho libro, una de ellas en París el año 1520 con privilegio del rey para tres años. Lleva en el frontispicio las armas de Francia y las de la casa de Médicis, a la que pertenecía León X. Sin duda, ello hizo que se equivocara el autor del Cuadro de los papas al atribuir a León X la invención de esas tasas, que Poliodoro, Virgilio y el cardenal Ossat afirman se establecieron durante el papado de Juan XXII, en 1320.

 

La Curia romana, andando el tiempo, se avergonzó de haber publicado dicho libro, que retiró hasta donde le fue posible e hizo insertar en el índice expurgatorio del Concilio de Trento, suponiendo falsamente que los herejes lo habían corrompido.

 

Ahora bien, Antoine Dupinet imprimió en Lyon en 1564 un extracto del referido libro con el siguiente título: Tasas de todo lo que se compone la tienda del Papa, en latín y en francés, con anotaciones tomadas de los decretos, concilios y cánones antiguos y modernos para comprobar la disciplina que antiguamente observó la Iglesia. Aunque el citado autor no advirtiera que su obra era un compendio de la otra, se veía que no sólo no trataba de corromper el original, sino que intentaba resaltar algunos rasgos odiosos, como el de la página 23 de la edición de París, en el que puede leerse «Reparad en que esa clase de gracias y de dispensas no se conceden a los pobres, porque como carecen de medios no pueden ser consolados)>.

 

La absolución —dice Dupinet— se tasa en cinco carlinos para el que conoció carnalmente a su madre, su hermana, a cualquier otro pariente y a su madrina de bautismo. La tasa para ser absuelto el que desflora a una doncella es de seis carlinos; para el que revela un secreto de confesión de algún penitente en siete carlinos; para el que mató a su padre, su madre, su hermano, su hermana, su mujer o cualquier otro pariente o allegado que sea laico, en cinco carlinos, y si el muerto fuera eclesiástico el homicida se verá obligado a visitar los Santos Lugares.

 

La absolución —continúa diciendo Dupinet— por cualquier acto injurioso que comete un clérigo, ya con una monja dentro o fuera del claustro, ya con parientes o allegados, ya con su hija espiritual, ya con cualquier otra mujer, cuesta seis torneses y tres ducados.

 

La absolución del sacerdote que mantiene una barragana está tasada en veintiún torneses, cinco ducados y seis carlinos; de un laico por toda clase de pecados de la carne se da en el fuero de la conciencia por seis torneses y dos ducados.

 

La absolución de un laico por el crimen de adulterio cuesta cuatro torneses; si comete adulterio e incesto, seis torneses por cabeza. Cuando además de esos crímenes se pide la absolución por el pecado de bestialidad, se tienen que pagar noventa torneses, diez ducados y seis carlinos pero si sólo pide la absolución del crimen de bestialidad no le costará más que treinta y seis torneses y nueve ducados.

 

La mujer que tomare un brebaje para abortar, o el padre que se lo haga tomar, pagará cuatro torneses, un ducado y ocho carlinos, y si es extranjero el que dé el brebaje, pagará cuatro torneses, un ducado y cinco carlinos.

 

El padre, madre, o cualquier otro pariente que ahogara a un niño tienen que pagar cuatro torneses, un ducado y ocho carlinos, y si lo mataran el marido y la mujer, seis torneses y dos ducados.

 

La tasa que fija la Dataría para contraer matrimonio fuera de las amonestaciones permitidas es de veinte carlinos; en las amonestaciones permitidas, si los contrayentes tienen parentescos de segundo o tercer grado, deben pagar veinticinco ducados y cuatro por la expedición de las dispensas, y si son parientes en cuarto grado, pagan siete torneses, un ducado y seis carlinos.

 

Dispensar del ayuno a un laico en los días de vigilia que señala la Iglesia y darle permiso para comer queso, cuesta veinte carlinos. La bula para comer carne y huevos los días en que se prohíbe está tasada en doce carlinos.

 

La absolución y rehabilitación de un culpable de sacrilegio, robo, incendio o perjurio está tasada en treinta y seis torneses y nueve ducados.

 

Para cambiar las cláusulas de un testamento, la tasa ordinaria es de doce torneses, tres ducados y seis carlinos.

 

El permiso para poseer un altar portátil para una persona está tasado y nueve carlinos, y para cambiar el apellido y la firma, seis torneses y dos ducados.

 

El permiso para poseer un altar portátil para una persona está tasado en diez carlinos, y el de disfrutar de capilla en casa, por estar lejos de la parroquia, y tener pila bautismal y capellanes, cuesta treinta carlinos.

 

El permiso para transportar mercancías una o varias veces a un país de infieles, y traficar y vender las mercancías sin estar obligados a sacar permiso de los señores temporales, sean éstos reyes o emperadores, está tasado en veinticuatro torneses y seis ducados.

Este permiso, que suplía al de los señores temporales, es otra prueba de las pretensiones de los papas, de la que dimos constancia en el artículo Bula. Por otra parte, sabemos que todas las concesiones de beneficios aún se hacen en Roma, conforme a la referida tasa, que a fin de cuentas pagan los laicos con las imposiciones que el clero subalterno exige. Veamos ahora los derechos que se pagan por los casamientos y las sepulturas.

 

Un decreto del Parlamento de París de 19 de mayo de 1409, que se publicó a instancia de los habitantes de Abbeville, permite a todos los maridos acostarse con sus mujeres inmediatamente después de los desposorios, sin esperar el permiso del obispo de Amiens y sin pagar el derecho que exigía dicho prelado para levantar la prohibición de consumar el matrimonio en las primeras noches de la boda. Los monjes de San Esteban de Nevers fueron también desposeídos de este derecho por otro decreto del Parlamento de 27 de septiembre de 1591. Algunos teólogos declaran que el referido derecho se fundaba en el cuarto Concilio de Cartago, que decretó que era indispensable la bendición matrimonial, pero como ese Concilio no disponía que pudiera eludirse tal prohibición previo pago, es más verosímil que dicha tasa fuese continuación de la infame costumbre que concedía a ciertos feudales el derecho de pernada.

 

TEÍSMO. Es la creencia en un Dios creador y conservador difundida en todas las religiones; es un metal que se alía con los demás y cuyas vetas se extienden bajo tierra por el mundo entero. Esta mina está descubierta y más trabajada en China; en las demás partes se halla más escondida y el lugar donde se encuentra sólo lo conocen sus adeptos.

 

No hay país que tenga más adeptos de esa clase que Inglaterra. En el siglo XVII hubo allí muchos ateos, lo mismo que en Francia e Italia, que probaron el aserto del canciller Bacon: que la escasa filosofía hace al hombre ateo y la mucha filosofía le conduce al conocimiento de un dios.

 

Cuando se creía en la doctrina de Epicuro, que la casualidad lo hacía todo, o en la doctrina de Aristóteles y varios teólogos antiguos, que todo nacía de la corrupción, y que la materia y el movimiento hacían andar el mundo por sí solo, entonces no podían creer en la Providencia. Pero desde que vislumbramos la naturaleza que los antiguos no llegaron a ver, desde que nos percatamos que todo está organizado, que todo tiene su germen, desde que supimos que desde el guisante hasta la inmensidad de los mundos todo es obra de una sabiduría infinita, desde entonces todos los que piensan la adoraron. Los físicos se convirtieron en heraldos del Creador, el catequista anunció la existencia de Dios a los niños, y Newton se la demostró a los sabios.

 

Hay muchos que preguntan si el teísmo, considerado en sí mismo desprovisto de toda ceremonia religiosa, es una religión. Resulta fácil contestar a esa pregunta: el que sólo reconoce un Dios creador, omnipotente, y sólo considera a sus criaturas como máquinas admirables, no por eso es más religioso que el europeo que admira tal vez al emperador en China. En cambio, el que cree que Dios se dignó establecer una relación entre El y los hombres, relación que les hace libres, capaces del bien y del mal, y les dotó de buen sentido, que es el instinto del hombre sobre el que se funda la ley natural, éste sin duda tiene una religión. Religión mejor que la de todas las sectas que están fuera de la Iglesia católica porque aquéllas son falsas y la ley natural es verdadera; la religión revelada no es ni podía ser otra que la ley natural perfeccionada. Por tanto el teísmo es el buen sentido que no conoce aún la revelación, y las demás religiones son el buen sentido que pervirtió la superstición. Las sectas se diferencian unas de otras porque son creaciones de los hombres, pero la moral es la misma en todas partes porque proviene de Dios.

 

Ahora bien, ¿por qué entre los centenares de sectas que existen hubo algunas que hicieron derramar sangre humana, y por qué los teístas que proliferan en todas partes nunca han ocasionado el menor tumulto? Por‑t que los teístas son filósofos y éstos pueden errar en sus sistemas especulativos, pero no son intrigantes. Por eso quienes persiguen a los filósofos so pretexto de que sus opiniones pueden ser nocivas para el público, son tan absurdos como serían los que temieran que el estudio del álgebra encareciera el pan nuestro de cada día. Debe compadecerse al hombre que piensa y se extravía pensando, pero es insensato y a todas luces injusto perseguirle. Todos somos hermanos, y porque uno de mis hermanos, lleno de respeto y amor filial, animado de espíritu caritativo, no cumple con nuestro Padre común las mismas ceremonias preceptivas que yo, ¿debo degollarle y quemarle vivo?

 

¿Quién es el verdadero teísta? Todo el que dice a Dios: Os adoro y soy vuestro siervo; todo aquel que dice a los turcos, chinos, hindúes y rusos: Yo os amo. Quizá dude de que Mahoma hiciera un viaje a la luna, quizá se oponga a que cuando él muera su esposa se arroje a la hoguera por devoción, quizá sienta algunas veces la tentación de no creer en la historia de las once mil vírgenes, ni en la de san Amable, de quien un rayo de sol llevó su sombrero y sus guantes de Auvernia hasta Roma. Pero a pesar de todo, es siempre hombre justo. Noé lo hubiera llevado a su arca; Numa Pompilio habría escuchado sus consejos; se hubiera subido en el carro de Zoroastro y hubiera filosofado con Platón, Aristipo, Cicerón y Ático. Pero, ¿hubiera bebido la cicuta con Sócrates?

 

TEÍSTA. Es un hombre firmemente persuadido de la existencia de un Ser supremo, bueno y poderoso, que ha creado todos los seres esparcidos por el mundo que vegetan, sienten y reflexionan, que perpetúa su especie, que castiga sin crueldad los crímenes y recompensa con bondad las acciones virtuosas.

 

El teísta no sabe cómo castiga Dios, cómo favorece y cómo perdona, pues no es tan temerario como para vanagloriarse de conocer de qué manera actúa Dios, pero sabe que Dios es hacedor y justo. Sus dificultades ante la Providencia no quebrantan su fe porque sólo son grandes dificultades y no pruebas; está sometido a esta Providencia de la que sólo percibe algunos efectos y apariencias, y juzgando las cosas que no puede ver por las que ve cree que esta Providencia se extiende a todos los lugares y a todos los siglos.

 

Relacionando este principio con el resto del universo, no forma parte de ninguna secta porque todas se contradicen. Su religión es la más antigua y extendida, pues la simple adoración de un Dios ha precedido a todos los sistemas del mundo. Habla un lenguaje que todos los pueblos entienden, aunque no se entiendan entre ellos. Tiene hermanos desde Pekín hasta Cayena y considera todos los sabios como hermanos. Cree que la religión no consiste en las opiniones de un metafísico ininteligible, ni en vanas apariencias, sino en la adoración y en la justicia. Hacer el bien; he aquí su culto. Estar sometido a Dios; he aquí su doctrina. El mahometano le grita: « ¡Pobre de ti si no emprendes la peregrinación a La Meca! » El, recoleto, dice: « ¡Desgraciado de ti si no haces un viaje a Nuestra Señora de Loreto! » Pero se ríe de Loreto y de La Meca, aunque socorre al indigente y defiende al oprimido.

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TEOCRACIA (gobierno ejercido directamente por Dios o por el sacerdocio). Es fácil que esté equivocado, puesto que errar es de humanos, pero creo que los pueblos que cultivaron las artes se sometieron todos a la teocracia. Exceptúo siempre a los chinos, que aparecieron ya sabios desde que constituyeron una nación y desde entonces carecieron de supersticiones. Es una lástima que empezando de esa manera se hayan estancado desde hace muchísimo tiempo en las ciencias. Parece que la naturaleza les dotó de una gran dosis de buen sentido y escasa cantidad de espíritu industrioso, pero en cambio su industria se desarrolló antes que la nuestra.

 

Los japoneses, cuyo origen casi desconocemos, fueron indudablemente gobernados por la teocracia. Los primeros soberanos que conocemos fueron los dairis, casta sacerdotal de sus dioses cuya teocracia está comprobada. Esos sacerdotes reinaron despóticamente cerca de mil ochocientos años. A mediados del siglo XII, un capitán y un emperador dividió con ellos la autoridad y en el siglo XVI los capitanes la absorbieron por completo, conservándola hasta nuestros días. Los dairis continuaron siendo jefes de la religión y si ayer fueron reyes hoy son santones: dirigen las fiestas y otorgan los títulos sagrados.

 

En la India, los brahmanes constituyeron durante mucho tiempo el poder teocrático, o lo que es lo mismo, alcanzaron el poder soberano en nombre de Brahma, hijo de dios, y a pesar de la decadencia en que se encuentran creen tener todavía ese carácter indeleble. Estas son las dos grandes teocracias más comprobadas.

 

Los sacerdotes de Egipto eran tan poderosos, tenían tanta participación en el gobierno, conseguían que el incensario sobrepujara tanto al cetro, que puede asegurarse que el imperio de esos pueblos se lo repartían la teocracia y la monarquía.

 

El gobierno de Numa Pompilio fue visiblemente teocrático. Cuando un rey dice «Os traigo estas leyes de parte de los dioses y un dios es el que os habla», entonces dios es el rey y el que habla su representante.

 

En el país de los celtas, que sólo tenían jefes elegibles, pero no reyes, los druidas y las hechiceras lo gobernaban todo. Pero no podemos llamar teocracia a la anarquía de aquellos salvajes.

 

La pequeña nación hebrea sólo merece que la consideremos políticamente por la prodigiosa revolución que causó en el mundo. Examinemos pues, la historia de ese pueblo extraño. Tuvo un caudillo que debió conducirle en nombre de Dios a Fenicia, que ellos llaman Canaán. El camino conducía directamente desde Gosen hasta Tiro y no ofrecía ningún peligro a los seiscientos treinta mil combatientes, a cuyo frente iba un jefe como Moisés, que según dice Flavio Josefo había vencido ya a un ejército de etíopes y a otro de serpientes (1).

 

(1) Flavio Josefo, libro II, cap. V.

 

En vez de tomar ese camino, corto y bueno, Moisés les condujo desde Rameses a Baal Sefón, que es el camino opuesto y está en medio de Egipto, yendo directamente hacia el Sur. Cruza el mar y avanza durante cuarenta años por soledades inhóspitas, donde no se encuentra una fuente, un árbol, ni un campo cultivado, en las que sólo hay arena y peñascos. Es evidente que sólo Dios, por un milagro, podía hacer que los judíos tomaran ese camino y sostenerlos en su largo éxodo con milagros continuos. El gobierno hebreo fue entonces una verdadera teocracia, a pesar de que Moisés no era pontífice y que Aarón, que lo era, no fue jefe ni legislador.

 

Desde entonces, ya no reinó allí ningún pontífice. Josué, Jefté, Sansón y demás jefes del pueblo, salvo Elías y Samuel, no fueron sacerdotes. La república hebrea, reducida en distintas ocasiones a la esclavitud, fue más anárquica que teocrática.

 

En la época de los reyes de Judá y de Israel dicho país pasó por una larga serie de asesinatos y guerras civiles; sólo interrumpieron sus calamidades la extinción de diez de sus tribus, la esclavitud de las dos restantes y la destrucción de Jerusalén, seguida del hambre y la peste. No cabe decir que hubo en ella un gobierno divino.

 

Cuando los judíos cautivos en Babilonia regresaron a Jerusalén quedaron sometidos al rey de Persia, al conquistador Alejandro y a sus sucesores. Es de creer que entonces Dios no gobernaba directamente a dicho pueblo; poco después de la invasión de Alejandro, el pontífice Juan asesinó a su hermano el sacerdote Jesús en el templo de Jerusalén, como Salomón había asesinado a su hermano Adonías en el altar.

 

El gobierno era todavía menos teocrático cuando Antíoco Epifanio, rey de Siria, se valió de numerosos judíos para castigar a los que consideraba rebeldes y prohibió que circuncidaran a sus hijos bajo pena de muerte; en cambio, hizo que sacrificaran cerdos en su templo, quemaran las puertas y destruyeran el altar. Matatías lo combatió al frente de algunos ciudadanos, pero no llegó a ser rey. Su hijo Judas Macabeo, que creía ser el Mesías, murió gloriosamente tras empeñarse por conseguirlo.

 

A guerras tan sangrientas sucedieron otras civiles. Los jerosolimitas destruyeron Samaria, que al poco tiempo reedificaron los romanos dándole el nombre de Sebasta. En medio de aquel caos de revoluciones, Aristóbulo, que pertenecía a la casta de los Macabeos y era hijo de un gran sacerdote, se proclamó rey medio siglo después de la destrucción del templo de Jerusalén. Al igual que algunos sultanes turcos, empezó su reinado degollando a su hermano y matando a su madre. Sus sucesores le imitaron, hasta que llegó el día en que los romanos castigaron a aquellos bárbaros. Nada de todo esto es teocrático.

 

Finalmente, la idea cabal de lo que es teocracia la da el pontificado de Roma, que se ejerce en nombre de Dios y cuyos siervos viven en paz. Desde hace mucho tiempo, el Tíbet goza de la misma paz idílica bajo el imperio del Gran Lama; sin embargo, convengamos que eso es el burdo error que quiere imitar a la verdad sublime. Los primeros incas creían descender del sol en línea recta, establecieron una teocracia y todo se hacía en nombre del sol.

 

La teocracia debía conocerse en todas partes porque todos los hombres, desde el príncipe hasta el saltimbanqui, debían obedecer las leyes naturales y eternas que Dios les dictó.

 

TEOLOGÍA. Es el estudio, no la ciencia, de Dios y las cosas divinas. Hubo teólogos entre los sacerdotes de la Antigüedad, o sea filósofos que, dejando al vulgo todas las exterioridades de la religión, pensaban de manera más sublime respecto a la Divinidad y al origen de las fiestas y misterios, y guardaban estos secretos para ellos y los iniciados. En los misterios de Eleusis representaban el caos y la formación del universo y el hierofante entonaba este himno: «Desterrad los prejuicios que os desvíen del camino de la vida inmortal a la que aspiráis, elevad vuestros pensamientos hacia la naturaleza divina y pensad que vais caminando en presencia del Ser único, que existe por sí mismo». Vemos, pues, que en estos misterios no reconocían más que a un solo Dios.

 

En las ceremonias de Egipto todo era misterio, y el pueblo, que se contentaba con la grandiosa exteriorización del ritual, nunca creyó que le incumbía levantar el velo que ocultaba lo que para él era venerable. Como esta costumbre caló en la conciencia de todo el mundo, no pudo dar materia para alimentar el espíritu de discusión. Los teólogos del paganismo no tuvieron opiniones que defender ante los fieles, porque las mantenían celosamente ocultas, y en todas las religiones reinó la paz.

 

Si los teólogos cristianos hubieran hecho otro tanto habrían sido más respetados. Al pueblo le importa poco saber si el verbo engendrado es consustancial con su creador, es una persona que tiene dos naturalezas o una naturaleza que tiene dos personas, o es una persona y una naturaleza; si descendió al infierno per effectum y al limbo per essentiam; si nos comemos su cuerpo con los accidentes del pan o la materia del pan, y si su gracia es versátil, suficiente, concomitante, necesitante in sensu composito o in sensu diviso. De cada diez hombres que se ganan el sustento con sus manos, nueve no pueden entender una palabra de estas discusiones, y los teólogos, que tampoco las entienden puesto que están discutiendo muchísimos años sin ponerse de acuerdo, y aún siguen discutiendo, hubieran hecho bien en poner un velo entre ellos y los profanos.

 

Si hubieran tenido menos teología y más moral les habrían venerado los pueblos y los reyes, pero prefirieron hacer públicas sus discusiones para convertirse en maestros de los pueblos que se proponían guiar y el resultado fue que sus controversias dividieron a los cristianos y el interés y la política se inmiscuyeron en ellas. Y como cada Estado tiene su interés particular, ninguna Iglesia piensa precisamente como la otra y muchas de ellas son diametralmente opuestas. Así, el teólogo de Estocolmo no piensa como el de Ginebra, el teólogo anglicano de Oxford difiere de uno y otro, y el que recibe el doctorado en París no le están permitidas ciertas opiniones que el doctor de Roma debe sustentar. Las órdenes religiosas se envidiaron unas a otras y se dividieron. El franciscano debe creer en la Inmaculada Concepción y el dominico está obligado a negarla y tacha de hereje al franciscano. El espíritu científico, que se difundió por toda Europa, acabó por demoler críticamente a la teología. Los verdaderos filósofos llegaron a mirar con el más profundo desprecio esas cuestiones quiméricas en que nunca se definen los términos y que se reducen a pura logomaquia como el fondo de las cuestiones. Entre los mismos doctores los hay que son verdaderamente doctos y se lamentan de su profesión; se parecen a los augures, de quienes dice Cicerón que nadie podía acercarse a ellos sin reírse.

 

TEÓLOGO. El teólogo sabe que siguiendo la doctrina de santo Tomás de Aquino los ángeles son corporales, que el alma recibe su ser en el cuerpo, que el hombre tiene alma vegetativa, sensitiva e intelectual, que el alma está toda en todo y en cada parte, que es la causa eficiente y formal del cuerpo, que es la última en la nobleza de las formas, que el apetito es una potencia pasiva, que el bautismo regenera por sí mismo y por accidente, que el catecismo no es sacramento, sino sacramental, que la certidumbre nace de la causa y del motivo, que la concupiscencia es el apetito de la delectación sensitiva, y que la conciencia es un acto, no un poder.

 

El Doctor Angélico escribió cerca de cuatro mil hermosas páginas por ese estilo. El joven tonsurado pasa tres años en empollar esos conocimientos sublimes y después recibe el birrete de doctor en La Sorbona y no en un asilo de locos. Si es hombre de talento, hijo de padre rico e influyente, o un intrigante con buena estrella, llega a obispo, arzobispo, cardenal y papa; si es pobre y sin agarraderas, no pasa de ser el teólogo de esos jefes de la Iglesia, el que argumenta por ellos, el que lee y vuelve a leer a Santo Tomás y Escoto para que se luzcan ellos, el que escribe las pastorales y el que por ellos decide en el Concilio.

 

El título de teólogo es tan honorífico que los padres del Concilio de Trento se lo concedieron a sus cocineros, cuoco celeste (gran teólogo). Su ciencia es la primera de las ciencias, y su condición, la primera de las condiciones. ¡Tanto poder tiene la verdadera doctrina!

 

Cuando el teólogo se convierte por la enjundia de sus argumentos en príncipe del Santo Imperio, arzobispo de Toledo o en uno de los setenta príncipes que visten de púrpura y son los sucesores de los humildes apóstoles, entonces viven a sus expensas los sucesores de Galeno y de Hipócrates. Aquéllos y éstos eran iguales cuando estudiaban en la misma universidad, cuando pasaban por los mismos exámenes y grados, y cuando recibían el mismo birrete acreditativo de su saber. Pero la suerte lo cambia todo, y los que han descubierto la circulación de la sangre, las venas lácteas y el canal torácico son los servidores de los que aprendieron en la universidad la gracia concomitante y luego la olvidaron.

 

Conocí a un verdadero teólogo que dominaba las lenguas orientales y poseía todas las nociones que se pueden tener de los ritos antiguos. Para él eran tan familiares los brahmanes, caldeos, sirios y egipcios como los hebreos, se sabía al dedillo la Biblia y durante treinta años estuvo intentando poner de acuerdo los Evangelios y las opiniones de los santos padres. Trató de averiguar la fecha exacta que se redactó el símbolo (Credo) que se atribuye a los apóstoles y el que se atribuye a Atanasio, y el orden con que se fueron instituyendo los sacramentos; trató de indagar la diferencia que hay entre la sinaxa (1) y la misa, el porqué la Iglesia cristiana desde su nacimiento se dividió en varias comunidades y cómo la comunidad religiosa dominante trató a las demás comunidades de heréticas sondeó las profundidades de la política, que siempre se inmiscuyó en las controversias religiosas, y supo distinguir entre la política y la sabiduría entre el orgullo, que sólo trata de someter a los demás, y el deseo de ilustrarse cada cual a sí mismo; en pocas palabras, distinguió entre el celo y el fanatismo.

 

(1) Synaxa es la congregación de los primeros cristianos para celebrar la cena.

 

La dificultad de coordinar en su mente tantas ideas que por su naturaleza son confusas y de ver claro entre tantas vaguedades, le desanimó algunas veces. Pero consideraba sus investigaciones como un deber de su estado, prosiguió en sus estudios a pesar de sus contratiempos y llegó a adquirir conocimientos que no alcanza casi ninguno de sus colegas. Cuanto más sabía, más desconfiado era. Durante su vida fue indulgente, y al llegarle la muerte confesó que había consumido inútilmente la vida.

 

TIRANÍA. Se denomina tirano al soberano que no conoce más leyes que su capricho, priva de bienestar a sus súbditos y, acto seguido, los moviliza para arrebatárselo a los pueblos vecinos. En Europa no existen tiranos de esta clase.

 

Suele distinguirse entre la tiranía de uno solo y la de varios. Esta tiranía de varios sería la de una entidad que atropellaría los derechos de otras corporaciones y ejercería el despotismo mediante leyes corrompidas por ella. Tampoco existe esta especie de tiranos en Europa.

 

¿En cuál de estas tiranías preferiríais vivir? En ninguna, pero si fuera preciso elegir detestaría menos la tiranía de uno que la de varios. Un déspota siempre tiene unos buenos momentos; una asamblea de déspotas no los tiene nunca. Si un tirano me causa una injusticia puedo repararla mediante su amante, su confesor o su paje; pero una compañía de graves tiranos es inaccesible a todas las seducciones. Y cuando no es injusta por lo menos es dura y jamás concede gracia.

 

Si sólo he de acatar a un déspota me aparto para colocarme junto a la pared cuando le veo pasar, para prosternarme o para golpear el suelo con la frente, según la costumbre del país, pero cuando se trata de una agrupación de cien déspotas me veo expuesto a repetir esta ceremonia cien veces cada día, lo que a la larga resulta bastante molesto cuando no se tienen las piernas ligeras. Si poseo una granja en la vecindad de uno de estos señores estoy aniquilado; si pleiteo contra el pariente de un pariente de cualquiera de tales señores, estoy arruinado. ¿Qué puede hacerse? Temo que en este mundo quede uno reducido a ser yunque o martillo... ¡feliz quien escapa a tal alternativa!

 

TIRANO. Antiguamente, este vocablo designaba al que supo conquistar la suprema autoridad, como la palabra rey designaba al que tenía el cargo de informar de los asuntos al Senado. Pero las acepciones de las palabras, con el transcurso del tiempo, cambian. Hoy se denomina tirano al usurpador o al rey que comete actos de violencia o injusticia y cuya voluntad se sobrepone a las leyes.

 

Cromwell fue un tirano bajo todos esos aspectos. El burgués que usurpa la autoridad suprema y conculcando las leyes disuelve la Cámara de los Pares es, indudablemente, un tirano usurpador. El general que hace que decapiten a su rey, lo tiene prisionero de guerra, viola al mismo tiempo las leyes de la guerra, las leyes internacionales y las leyes de la humanidad, es un tirano, asesino y regicida.

 

Carlos I no fue tirano, aunque el partido que le venció le diera ese nombre; es opinión general que era obstinado y débil, y estuvo mal aconsejado. No aseguraré que esto sea verdad porque no le conocí, pero afirmo que fue muy desgraciado.

 

Enrique VIII fue tirano en el gobierno, con la familia, se manchó con la sangre de dos esposas inocentes y la de sus ciudadanos más virtuosos y merece la execración de la posteridad; sin embargo, no tuvo ningún castigo, mientras que el desventurado Carlos I murió en un cadalso.

 

Isabel perpetró un acto de tiranía y su Parlamento una cobardía infame haciendo asesinar en manos del verdugo a la reina María Estuardo, pero durante su gobierno no conculcó las leyes, fue hábil y comedianta y dio pruebas de prudencia y fortaleza.

 

Ricardo III fue un tirano bárbaro que sufrió el castigo que merecía.

 

El papa Alejandro VI, que fue un tirano más execrable que los mencionados, fue sin embargo feliz en todos los desmanes que cometió.

 

Si enumerara los tiranos turcos, griegos y romanos que encontramos en la Historia, veríamos que hubo tantos dichosos como desgraciados. Digo dichosos hablando según el sentido lato de la palabra, según las apariencias, ya que fueran dichosos realmente o vivieran contentos y tranquilos es cosa que tengo por imposible.

 

Constantino el Grande fue indudablemente un tirano por partida doble. En el norte de Inglaterra usurpó la corona del Imperio romano poniéndose en cabeza de algunas legiones extranjeras, infringiendo todas las leyes y oponiéndose a la votación del Senado y del pueblo, que habían elegido legítimamente emperador a Magencio. Su vida fue una serie ininterrumpida de delitos, concupiscencia, fraudes e imposturas. No fue castigado y sólo Dios sabe si fue feliz; únicamente sé que sus vasallos fueron desgraciados.

 

El emperador Teodosio gobernó como el más odioso de los tiranos, ya que so pretexto de dar una fiesta mandó degollar en el circo quince mil ciudadanos romanos con sus mujeres e hijos, añadiendo a esa monstruosidad la farsa de no ir a misa mayor durante unos meses porque hacía penitencia.

 

Los tiranos del Bajo Imperio griego fueron casi todos derrocados y asesinados unos por otros. Esos grandes déspotas fueron sucesivamente los ejecutores de la venganza divina y la venganza humana. Entre los tiranos turcos hubo tantos destronados como asesinados en el trono.

 

De los tiranos subalternos, monstruos testaferros que hicieron recaer en sus señores la execración pública, de cuya responsabilidad se descargaron, debemos decir que su número es infinito.

 

TOLERANCIA. Recorriendo la Historia encontré casos tan inhumanos de fanatismo, desde la lucha de los partidarios de Atanasio y Arrio hasta el asesinato de Enrique el Grande, hallé tantas calamidades públicas y privadas que causaron el odio de partido y el furor del celo, desde la tiranía del jesuita Le Tellier hasta la demencia de los convulsionarios y las cédulas de confesión, que a menudo me pregunto: ¿Es que la tolerancia engendra un mal tan grande como la intolerancia? ¿Es la libertad de conciencia una calamidad tan bárbara como las hogueras de la Inquisición?

 

Siento traer a cuento a los judíos porque esta nación es, bajo muchos aspectos, la más detestable que ha pisado el mundo; sin embargo, la secta de los saduceos fue tolerante y muy apacible a pesar de que no creyó en la inmortalidad del alma, como hacían los fariseos.

 

En Grecia nunca persiguieron a los adeptos de Epicuro. Y en cuanto a la muerte injusta de Sócrates, nunca he podido encontrar otro motivo que el odio que le tenían los pedantes. Confiesa él mismo que pasó la vida demostrándoles que eran gentes absurdas, ofendió su amor propio y se vengaron sentenciándolo a beber la cicuta. Los atenienses honraron su memoria después de haberle envenenado y le erigieron una capilla. Este es un hecho único en la historia y, además, no tiene ninguna relación con la intolerancia.

 

Cuando los romanos fueron dueños de la parte más floreciente del mundo sabemos que toleraron todas las religiones, que merced a su tolerancia pudo establecerse el cristianismo y que casi todos los paleocristianos eran judíos. También es sabido que los judíos tenían, como en la actualidad, sinagogas en Roma y en la mayor parte de las urbes comerciales, y que los cristianos se aprovecharon de la libertad que disfrutaban los judíos.

 

Ya he dejado constancia de las causas de la persecución que al poco tiempo sufrieron los cristianos; basta, pues, con recordar que si entre tantas religiones los romanos hubieran querido prohibir una no la hubieran perseguido, pero como la Iglesia quiso exterminar las demás religiones se atrajo la persecución del imperio y la sangre corrió mucho tiempo a causa de las discusiones teológicas. Únicamente la tolerancia puede restañar esa sangre.

 

Pero, ¿qué es la tolerancia? Es la panacea de la humanidad. Todos los hombres estamos llenos de flaquezas y errores y debemos perdonarnos recíprocamente, pues esta es la primera ley de la naturaleza.

 

Procuremos que comercien juntos en la lonja de Amsterdam, Londres o Basora, el guebro, baniano, judío, turco, chino, católico, protestante y el cuáquero, pues de esta manera no se apuñalarán unos a otros para ganar prosélitos para su religión. ¿Por qué, si no, nos hemos degollado unos a otros casi sin interrupción desde el primer Concilio de Nicea?

 

Constantino, que empezó publicando un edicto que permitía todas las religiones, acabó por perseguirlas. Antes de su época sólo persiguieron a los cristianos porque empezaban a formar un partido en el Estado.

 

Ya hemos dicho que los romanos permitían todos los cultos, hasta el de los judíos y el de los egipcios, que tanto despreciaban. ¿Por qué Roma toleraba esos cultos? Porque ni los egipcios ni los judíos pensaron en exterminar la antigua religión del imperio y por tanto no recorrían la tierra y los mares haciendo prosélitos, sólo pensaron en ganar dinero; en cambio, los cristianos trabajaban para que su religión fuera la única. Los judíos no querían que la estatua de Júpiter estuviera en Jerusalén y los cristianos que no estuviera en el Capitolio. Tomás de Aquino tiene la buena fe de confesar que los cristianos no destronaron a los emperadores porque no pudieron. Empeñados en que todo el orbe debía ser cristiano, fueron enemigos de todo el orbe hasta que éste abrazó el cristianismo.

 

Los cristianos eran enemigos unos de otros en todas las cuestiones de su controversia: los que consideraban que Jesucristo era Dios anatematizaron a quienes lo negaban, y éstos, a su vez, a los que divinizaban a Jesús. Unos querían que los bienes fueran comunes, como al parecer sucedía en la época de los apóstoles, y sus adversarios les llamaron nicolaítas y acusaban de los delitos más infames. Otros eran proclives a la devoción mística, les llamaron gnósticos y los combatieron encarnizadamente. Marción discutió sobre la Trinidad y le tildaron de idólatra. Tertuliano, Práxeas, Orígenes, Novat, Sabelio y Donato se vieron perseguidos por los cristianos, sus hermanos, antes de la época de Constantino; después, cuando el gobierno de este emperador dominó la religión cristiana, se combatieron con furor los partidarios de Atanasio y de Eusebio y desde entonces a nuestros días la Iglesia cristiana se inundó de sangre.

 

Reconozco que el hebreo era un pueblo bárbaro que degolló sin compasión a todos los habitantes de un pequeño país sobre el que no tenía ningún derecho, pero también es cierto que cuando Nahamán se curó la lepra sumergiéndose siete veces en el Jordán, para expresar su gratitud a Elíseo, que le había revelado cómo curarse, le dice que adorará al Dios de los judíos por gratitud, reservándose la libertad de adorar también al dios de su rey y le pide permiso, Elíseo no titubeó en concedérselo. Los judíos adoraban a su Dios, pero no les extrañaba que cada pueblo adorara al suyo. Les parecía bien que el rey Chamos concediera cierta región a los moabitas con tal que su Dios otorgara otra a ellos. Jacob no vaciló en casarse con las hijas de un idólatra: Labán tenía su Dios y Jacob el suyo. He aquí varios ejemplos de tolerancia del pueblo más intolerante y cruel de toda la Antigüedad; nosotros le hemos imitado en sus furores absurdos, pero no en su tolerancia.

 

Es indudable que quien persigue a un hombre, que es su hermano, porque profesa distinto credo es un monstruo, pero el gobierno, los magistrados y los príncipes, ¿cómo deben tratar a los que profesan distinta religión que ellos? Si son extranjeros poderosos, el príncipe se aliará con ellos. Francisco I, monarca cristianísimo, no tendrá empacho en aliarse con los musulmanes para guerrear contra el católico Carlos V, como tampoco lo tuvo en dar dinero a los luteranos de Alemania para suscitar la rebelión contra dicho emperador, pero en cambio quemará en la hoguera a los luteranos de su reino. Como medida política les paga en Sajonia y los quema en París. Contraproducente política porque, como las persecuciones hacen prosélitos, Francia se llenará pronto de nuevos protestantes que, al principio, siendo pocos se dejarán ahorcar, pero luego, cuando sean muchos, serán ellos los que ahorquen. Habrá guerras civiles que culminarán en la noche de San Bartolomé y esa nación se convertirá en algo peor que los escritores antiguos y modernos han dicho nunca del infierno.

 

Los cristianos nunca supieron rendir el culto puro al Dios que los creó, ni seguir el ejemplo de los hombres letrados de China y de los sabios del mundo, siendo víctimas de las supersticiones. Ya he dicho y vuelvo a repetir que en el reino donde haya dos religiones se cortarán la garganta una a otra, pero donde haya treinta vivirán juntas y en armonía. Valga como ejemplo lo que sucede en Turquía: el sultán gobierno a los guebros, banianos, cristianos griegos y católicos. Cuando uno de ellos promueve un tumulto, lo empala y de ese modo todos viven tranquilos.

 

Es obvio que de todas las religiones, la cristiana debía ser la más tolerante; lo malo es que, hasta hoy, quienes han profesado esa religión superaron en intolerancia a los demás hombres.

 

Como Jesús se dignó nacer en humilde cuna y en la pobreza como sus hermanos, no quiso practicar el arte de escribir. Los judíos tenían su ley escrita detalladamente, pero nosotros no hemos tenido una sola línea escrita por la mano de Jesús. Los apóstoles diferían respecto a varios puntos. San Pedro y san Bernabé comían la carne prohibida con los nuevos cristianos que eran extranjeros y se abstenían de comerla con los cristianos que eran judíos. San Pablo, que les censuraba esa conducta, hizo sin embargo sacrificios en el templo de Jerusalén durante la época de su apostolado. El más sobresaliente de los apóstoles cristianos estuvo practicando durante ocho días ritos por los que sentencian a la hoguera a quienes los practican en la mayor parte de los pueblos cristianos.

 

Theudas y Judas se proclamaron mesías antes del nacimiento de Jesús; Dositeo, Simón y Menandro hicieron lo mismo después que murió Jesucristo. Desde el primer siglo de la Iglesia, y antes que se conociera la denominación de cristianos, hubo unas veinte sectas en Judea. Los gnósticos contemplativos, dositeos y cerintios existieron antes que los discípulos de Jesús se llamaran cristianos. En el espacio de poco tiempo aparecieron treinta Evangelios, cada uno de los cuales pertenecía a diferente secta y desde finales del siglo I está probado que existían treinta sectas de cristianos en Asia Menor, Siria, Alejandría y Roma.

 

Todas ellas, de las que no hacía caso el gobierno romano y permanecían en la clandestinidad, se perseguían unas a otras en los subterráneos donde se reunían, injuriándose mutuamente, que es todo lo que podían hacer en el estado de abyección en que se encontraban, dado que casi todas se componían de la hez del pueblo.

 

Cuando algunos cristianos, influenciados por las ideas de Platón, introdujeron en su religión la filosofía y se separaron de la religión judía, fueron adquiriendo paulatinamente mayor consideración, pero siguieron divididos en muchas sectas sin que en ninguna época la Iglesia cristiana pudiera sintetizarse en un credo único. Nuestra Iglesia nació entre las divisiones de los judíos, fariseos, samaritanos, saduceos, esenios, judaítas, discípulos del Bautista y terapeutas, y vivió dividida desde su cuna, estándolo también durante las persecuciones que sufrió durante el imperio de los primeros emperadores. Esta sañuda discordia en que vivió durante siglos es una lección que debemos tener presente para que seamos indulgentes, amén de que nos prueba que la discordia fue la gran calamidad que sufrió el género humano y la tolerancia es su único remedio.

 

Todo el mundo debe convenir en esta verdad, avalada por las enseñanzas que se desprenden de la historia. ¿Por qué, pues, los mismos hombres que en la intimidad de su gabinete se deciden por la tolerancia, la caridad y la justicia, truenan en público contra esas virtudes? Por la sencilla razón de que el propio interés es su único dios y todo lo sacrifican a ese monstruo que adoran.

 

Estoy investido de una divinidad y un poder que he fundado en la ignorancia y la credulidad humanas, por donde camino los hombres me ceden el paso y se arrodillan a mis pies, y si se levantan y me miran cara a cara estoy perdido; es preciso, pues, que permanezcan arrodillados y sumisos arrastrando cadenas de hierro. De esta forma pensaban los hombres que los siglos fanáticos hicieron poderosos; temían a otros hombres más poderosos y éstos a otros todavía superiores, y todos se enriquecían con los despojos de los humildes riéndose de su estupidez. Odiaban la tolerancia como temen rendir cuentas los que se enriquecen a expensas del pueblo y como detestan la libertad los tiranos. Para colmo del oprobio, mantenían a una infinidad de fanáticos que repetían infatigablemente a los pobres vasallos: Respetad los absurdos de mi señor, temedle y callaos.

 

Vivieron así durante mucho tiempo en gran parte del mundo, pero hoy que tantas sectas se igualan en poder, ¿qué partido hemos de tomar? Como sabemos, toda secta es un título de error, no existiendo las sectas de geómetras, algebristas y aritméticos porque todas las proposiciones de geometría, álgebra y aritmética son verdades. En todas las demás ciencias podemos equivocarnos. ¿Qué teólogo tomista o escotista se atreverá a sostener que está seguro de lo que afirma?

 

Si hay alguna secta que recuerde los tiempos de los primitivos cristianos indudablemente es la de los cuáqueros, que imitan muy bien a los apóstoles. Estos recibían el espíritu, los cuáqueros también; los apóstoles y sus discípulos hablaban tres o cuatro al mismo tiempo en sus asambleas y los cuáqueros hacen lo mismo. Se permitía, al decir de san Pablo a las mujeres que pudieran predicar; las cuaqueresas también predican. Los apóstoles y sus discípulos prestaban juramento diciendo sí o no; los cuáqueros lo prestan de la misma manera; aquéllos no conocieron dignidad alguna ni distintivo diferente, éstos tampoco. Jesucristo no bautizó a ningún apóstol; los cuáqueros tampoco reciben el bautismo.

 

Sería fácil extender más este paralelo y más fácil todavía probar que la religión cristiana de hoy difiere en mucho de la religión que Jesucristo predicó. Jesús era judío y nosotros no lo somos. Jesús se abstenía de comer carne de cerdo, porque este animal está considerado inmundo, y de comer conejo porque rumia y no tiene el pie hendido; nosotros comemos carne de cerdo, que para nosotros no es inmundo, y conejo porque tiene el pie hendido y no rumia.

 

Jesús estaba circuncidado y nosotros conservamos el prepucio. Jesús comía el cordero pascual con lechugas y celebraba la fiesta de los tabernáculos; nosotros no hacemos nada de esto. Descansaba el sábado y nosotros hemos cambiado ese día; sacrificaba y nosotros no hacemos sacrificios.

 

Jesús ocultó siempre el misterio de su encarnación y su suprema dignidad; nunca dijo que era igual a Dios. San Pablo dice taxativamente en su carta a los hebreos que Dios creó a Jesús inferior a los ángeles, y a pesar de estas palabras del apóstol el Concilio de Nicea reconoció que Jesús era Dios.

 

Jesús no dio a los papas la marca de Ancona, ni el ducado de Espoletto, y sin embargo los papas los poseen por derecho divino. Jesús no instituyó como sacramento el matrimonio ni el diaconado, y para nosotros son sacramentos el diaconado y el matrimonio.

 

Si la estudiamos, nos convenceremos de que la religión católica apostólica y romana, en todas sus ceremonias y dogmas, es opuesta a ia religión de Jesús. Ahora bien, ¿acaso debemos supeditarnos a la ley judaica porque Jesús judaizó toda su vida? Si nos fuera lícito razonar lógicamente en materia de religión, no cabe duda de que todos debiéramos abrazar el credo judío porque Jesucristo Nuestro Salvador nació judío, vivió judío y murió judío, y dijo taxativamente que cumplía y practicaba la religión judía. Mas también es indudable que deberíamos tolerarnos mutuamente unos a otros porque somos débiles, inconsecuentes, tornadizos y estamos sujetos a errores: ¿la caña que el viento tumbó en el fango ha de decir a la caña contigua: «Arrástrate como yo, miserable, o te denunciaré para que te arranquen o te quemen»?

 

TORTURA. Aunque apenas nos ocupamos de jurisprudencia en estas modestas reflexiones alfabéticas, creemos conveniente decir unas palabras respecto a la tortura, que también se llama potro. Es probable que esta parte de nuestra legislación deba su primer origen al salteador de caminos. La mayor parte de estos bandidos conservan la costumbre de aserrar los dedos pulgares, quemar los pies y torturar de varias maneras a quienes se niegan a decirles dónde guardan el dinero.

 

Los conquistadores, que fueron los sucesores de tales ladrones, comprendieron que esa finalidad era útil para su interés y la siguieron usando cuando sospechaban que fraguaban contra ellos malévolas intenciones, como, por ejemplo, la de ser libres; deseo que a sus ojos era un crimen de lesa majestad divina y humana. Además, necesitaban saber quienes eran los cómplices de ese crimen y para averiguarlo mataban a todos los sospechosos, porque en la jurisprudencia de los primitivos conquistadores todo aquel en que recaían sospechas de pensar malévolamente de ellos se hacía acreedor a la pena capital. Y cuando nos hacemos dignos de la pena de muerte ya poco importa que añadan tormentos que duren días y hasta semanas, porque ese procedimiento tiene un no sé qué de la divinidad. La Providencia nos tortura algunas veces con el mal de piedra, la gota, el escorbuto, la lepra, la sífilis, la epilepsia y otros verdugos ejecutores de sus venganzas. Y como los primitivos déspotas fueron, según creían sus cortesanos, imágenes de la divinidad, la imitaron en todo lo que pudieron.

 

Es singular que nunca se hable de potros ni tormentos en el Antiguo Testamento. Es lástima que el pueblo judío, tan benigno, honrado y compasivo, no conociera este medio de averiguar la verdad. A mi juicio, la razón de esto consiste en que no la necesitaba, puesto que Dios les hacía conocer siempre la verdad por ser su pueblo predilecto. Unas veces jugaban la verdad a los dados y otras se dirigían al sumo sacerdote, quien con su urim (1) consultaba a Dios inmediatamente. En ocasiones se dirigían al profeta de turno y éste descubría las cosas más ocultas, lo único que faltó a las costumbres del pueblo sagrado.

 

(1) Urim es el pectoral del sumo sacerdote de los judíos, que usaban para consultar a Dios cuantos casos difíciles e importantes interesaban al país.

 

Los romanos sólo torturaban a los esclavos, que para ellos no eran hombres; tampoco lo sería para el consejero del Tribunal de la Tournelle el hombre que le presentaban pálido, descoyuntado, de mirada mortecina, barba larga, sucio y lleno de gusanos, que le roían en su mazmorra, porque se proporcionaba el placer de aplicarle la pena del tormento ante un cirujano que le tomaba el pulso para suspender la tortura cuando estaba en peligro de muerte; pasado éste, volvían a atormentarle.

 

El grave magistrado que adquirió con dinero el derecho a hacer estos experimentos en sus prójimos se va a comer con su santa esposa y a contarle, mientras come, lo que ha visto por la mañana. La primera vez que oye ese relato su sensible esposa se encoleriza; la segunda vez ya desea conocer detalles, por aquello de que las mujeres son curiosas, y cuando se acostumbra a las nobles funciones de su marido, al verle entrar en casa pregunta: « ¡Oh, querido! ¿Has puesto hoy en el potro a alguien?»

Los franceses, que tienen fama, vaya usted a saber por qué, de ser muy humanos, se sorprenden de que los ingleses, que eran tan inhumanos que les quitaron el Canadá, renunciaran al placer de dar tormento. Cuando el caballero de La Barre, militar de singular talento y grandes esperanzas, pero joven y aturdido, hubo confesado que había cantado canciones impías y pasado ante una procesión de capuchinos sin quitarse el sombrero, los jueces de Abbeville, que se comparaban con los senadores romanos, mandaron, no sólo que le arrancaran la lengua, le cortaran la mano y lo quemaran a fuego lento, sino también que lo torturaran para averiguar exactamente cuántas canciones cantó y cuántas procesiones vio pasar sin quitarse el sombrero.

 

Esa barbaridad no se perpetró en el siglo XIII. ni en el XIV, sino en el siglo XVIII. Las naciones extranjeras juzgan a Francia por los espectáculos, sus novelas, sus magníficos versos, sus tiples de costumbres sibaríticas, las bailarinas de la Opera, que tienen mucha gracia, y por la comedianta Clairon, que recita los versos de un modo que entusiasma. Y es que las naciones extranjeras ignoran que no hay, en el fondo, pueblo más cruel que el francés.

 

Los rusos pasaban por ser bárbaros en 1700, y en nuestros días, esto es en 1769, su emperatriz Catalina II acaba de dar a sus vastos estados leyes que hubieran honrado a Minos, Numa y Solón si éstos hubieran tenido talento para inventarlas. La más humanitaria de esas leyes es la tolerancia universal; la segunda, la abolición de la tortura.

 

TRANSUBSTANCIACIÓN. Los protestantes, sobre todo los filósofos protestantes, consideran la transubstanciación como el colmo de la imprudencia del clero y de la imbecilidad de los seglares. No tienen ningún miramiento respecto a esta creencia, que llaman monstruosa, ni creen que haya un solo hombre de buen sentido que, después de haberla examinado, la adopte seriamente. Esta creencia es tan absurda, en su opinión, tan opuesta a todas las leyes de la física y tan contradictoria, que el propio Dios no podría realizar esta operación porque, en efecto, es anular a Dios suponer que hace cosas contradictorias. No sólo creen que hay un dios en el pan, sino un dios materializado en el pan; cien mil migas de pan convertidas en un instante en otros tantos dioses y que esa multitud de dioses no forma más que un dios; creen que hay blancura sin un cuerpo blanco; que el vino se convierte en sangre y, sin embargo, tiene sabor de vino; que el pan se convierte en carne y en fibras y, sin embargo, tiene sabor de pan. Todo esto inspira tanto desprecio a los enemigos de la religión católica que algunas veces su desprecio se convierte en furor.

 

Furor que aumenta en ellos cuando les dicen que todos los días se ven en los países católicos sacerdotes y frailes que, saliendo de un lecho adulterino y sin lavarse las manos manchadas de impurezas, van a hacer dioses por centenares y se comen y beben a su dios. Cuando reflexionan que esta superstición, cien veces más absurda y sacrílega que todas las de los egipcios, valió a un sacerdote italiano de quince a veinte millones de renta y el dominio de un país de cien millas de extensión, todos los protestantes quisieran tomar las armas y expulsar al sacerdote que se apoderó del palacio de los Césares. No sé si me incorporaré a ese viaje porque soy partidario de la paz, pero cuando los protestantes se establezcan en Roma indudablemente iré a visitarles.

 

TRIGO. Es preciso ser un exagerado pirrónico para dudar de que el vocablo pan deriva de la voz latina panis; ahora bien, lo indudable es que para amasar pan se necesita trigo. Los galos lo tenían en la época de César, pero, ¿de dónde habían tomado la palabra ble (trigo)? Se supone que la tomaron de bladum (palabra latina bárbara), que en la Edad Media usó el canciller Desvignes, pero las palabras latinas de aquellos siglos eran antiguas palabras célticas o tudescas latinizadas. Bladum derivaba, pues, de blead, y no blead de bladum. Los italianos dicen biada y los países donde se conserva la lengua romana dicen aún blia.

 

Nos gustaría saber dónde los galos y teutones encontraron trigo para sembrarlo. Cuando hacemos esta pregunta se nos contesta que los tirios lo llevaron a España, los españoles a Galia y los galos a Germania. Mas, ¿de dónde sacaban los tirios el trigo? Probablemente, de los griegos. ¿Y quién concedió este presente a los griegos? Indudablemente, la diosa Ceres. Cuando llegamos a Ceres ya no podemos seguir adelante. Ceres debió descender del cielo para darnos el trigo, el centeno y la cebada. Pero como hoy nadie cree en Ceres, que dio el trigo a los griegos, ni en Isis que concedió igual beneficio a Egipto, nos es imposible averiguar el origen del trigo.

 

Sanchoniaton asegura que Dagon o Dagan, nieto de Thaut, tenía en Fenicia la intendencia del trigo. Esto prueba que este cereal es muy antiguo, probablemente tan antiguo como la hierba. Quizá Dagon fue el primero que hizo pan, pero no está demostrado.

 

No deja de ser extraño que se sepa positivamente que debemos el vino a Noé y no sepamos a quién debemos el pan, y es más extraño todavía que seamos tan ingratos con Noé que conservemos más de dos mil canciones dedicadas a Baco y no tengamos una sola en honor de Noé, que fue nuestro bienhechor.

 

Un judío me aseguró que el trigo nacía espontáneamente en Mesopotamia, como se crían las manzanas, peras y castañas en Occidente. Le creo hasta que esté seguro de lo contrario, porque el trigo debe crecer espontáneamente en alguna parte cuando se ha convertido en el alimento ordinario e indispensable de los mejores climas y sobre todo del Norte.

 

Buffón, gran filósofo, cuyo talento admiramos, pero cuyo sistema no seguimos, ha supuesto en Historia natural del perro, página 195, que los hombres han inventado el trigo, que nuestros antepasados, a fuerza de sembrar cominillo y grama, los han convertido en tal. Como este filósofo no opina como nosotros respecto a las conchas, me permitirá que no opine como él sobre el trigo. No creemos que de los jazmines puedan nacer tulipanes. El germen del cominillo es diferente del que posee el trigo y no creemos en transmutaciones.

 

En el artículo Árbol del pan vimos que no se come pan en las tres cuartas partes del mundo y hay quien asegura que los etíopes se burlaban de los egipcios porque lo comían. Sin embargo, el trigo ha pasado a ser uno de los mayores objetos del comercio y de la política. Se ha escrito tanto sobre esta materia, que el labrador que sembrara trigo equivalente en peso a los volúmenes publicados sobre dicho cereal, podría recoger fabulosa cosecha y ser más rico que los que viven en palacios dorados.

 

TRINIDAD. Timeo de Locres fue el primer escritor occidental que habló de la Trinidad en su obra Alma del mundo. Según Timeo, existió al principio la idea alma mater de todas las cosas engendradas, es decir el primer verbo, el verbo interno e inteligible. Seguidamente, existió la materia informe, o sea el segundo verbo, y después el hijo o el mundo sensible, o el espíritu del mundo. Estas tres cualidades constituyen el mundo entero, cuyo mundo es el hijo de Dios, que tiene un alma y una razón.

 

Es difícil sacar algo en limpio de ese galimatías de Timeo de Locres, que debió tomarlo de los egipcios o brahmanes. Ignoro si en su época lo entenderían. Ese sistema lo comparo a las medallas antiguas que roídas de moho y cardenillo tienen borrado el escrito; en otro tiempo pudieron leerse, pero hoy debemos limitarnos a adivinar lo que decían.

 

Sin embargo, creo que ese sublime galimatías debió ser desconocido hasta la época de Platón, que lo resucitó construyendo su edificio en el aire, pero según el modelo de Timeo de Locres.

 

Platón admite tres esencias divinas, el padre, el supremo y el creador: el padre de los demás dioses es la primera esencia; la segunda es el dios visible, ministro del Dios invisible, el Verbo, el entendimiento, el daimon y la tercera esencia es el mundo. Cierto que Platón dice con frecuencia cosas opuestas y se contradice, pero esto es un privilegio de los filósofos griegos y Platón usa de él más que ninguno de los escritores antiguos y modernos.

 

Un viento griego arrastró esas neblinas filosóficas desde Atenas hasta Alejandría, urbe sumamente preocupada en tener quimeras y poseer dinero. En dicha ciudad vivían judíos que, después de hacer fortuna, se dedicaron a filosofar.

 

La metafísica tiene de bueno que no supone estudios preliminares, que son muy fastidiosos; en esa disciplina se puede saber todo sin haber estudiado nada y si se tiene un ingenio agudo y paradójico se puede estar seguro de ir muy lejos. El filósofo Filón fue de esta clase. Coetáneo de Jesucristo, tuvo la desgracia de no conocerle, como tampoco le conoció el historiador Flavio Josefo. Esos dos hombres importantes, ocupados en el caos de los asuntos de Estado, estuvieron muy lejos de la luz naciente. Filón era metafísico, alegórico y místico, y fue quien dijo que Dios debió crear el mundo en seis días, «porque tres es la mitad de seis, y dos es la tercera parte, y este número es macho y hembra».

 

Filón, imbuido en las ideas de Platón, dice que Dios y la sabiduría se casaron, y que ésta dio a luz el primer hijo y que este primer hijo es el mundo. Llama a los ángeles los verbos de Dios y al mundo el verbo de Dios.

 

La filosofía platónica caló en la conciencia de los judíos de Alejandría y hasta en los de Jerusalén, y en poco tiempo la escuela de Alejandría, que era la única sabia, se hizo platónica, y los cristianos que filosofaban se ocupaban continuamente del Logos.

 

Sabemos que en aquellos tiempos hubo controversias, como en otros posteriores, que adicionaban a un texto mal interpretado otro ininteligible con el que no tenía la menor relación y suponía un segundo pasaje, y que falsificaban un tercero. Así escribían libros enteros que atribuían a autores que el vulgo respetaba. Hemos citado algunos en el artículo Apócrifo.

 

Rogamos a nuestros lectores que lean el siguiente pasaje de Clemente de Alejandría, a ver si lo entienden: «Cuando Platón dice que es difícil conocer el padre del universo, no sólo nos da a entender que el mundo fue engendrado, sino que fue engendrado como hijo de Dios». ¿Entendéis esas logomaquias, esos equívocos, y veis el menor rayo de luz en ese caos de palabras oscuras? ¡Oh, Locke! Venid y definid los términos, porque no creo que entre todos esos polemistas platónicos hubiera uno que se entendiera.

 

El libro de las Constituciones apostólicas, antiguo monumento del fraude, pero también antiguo depósito de los dogmas informes de aquellos tiempos oscuros, dice textualmente:

 

«El padre, que es anterior a toda generación y a todo principio, habiéndolo creado todo para su hijo único, engendró sin intermediarios a ese hijo por su voluntad y su potencia.»

 

Orígenes añadió luego que el Espíritu Santo fue creado por el hijo, por el verbo. Por tanto, Orígenes dice expresamente que el espíritu no es Dios, ni el hijo. El abogado Lactancio, que vivió en aquella época dijo: «El hijo de Dios es el verbo, y los demás ángeles el espíritu de Dios. El verbo es un espíritu proferido por una voz significativa; el espíritu procede de la nariz y la palabra de la boca. De esto se deduce que hay diferencia entre el hijo de Dios y los demás ángeles, porque éstos fueron emanados como espíritus tácitos y mudos. Pero el hijo, siendo espíritu salió de la boca con voz para predicar al pueblo».

 

Debemos convenir que el abogado Lactancio defendía su causa de modo abstruso, razonando a lo Platón.

 

Por aquel tiempo fue cuando discutiendo acaloradamente sobre la Trinidad, intercalaron en la primera Epístola de san Juan este famoso versículo: «Hay tres que lo atestiguan en la tierra: el espíritu o el viento, el agua y la sangre, y los tres no son más que uno». Los que afirman que ese versículo es indiscutiblemente de san Juan, se ven más apurados que quienes lo niegan, porque necesitan explicarlo.

 

San Agustín asegura que el viento significa el Padre, el agua el Espíritu Santo y la sangre el Verbo. San Ireneo va mucho más lejos: dice que Rahab la prostituta de Jericó, cuando escondió en su casa a tres espías del pueblo de Dios escondió al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, lo que nos deja estupefactos porque no es precisamente muy decoroso. Por otra parte, el grande, el sabio Orígenes, nos confunde de otro modo afirmando en uno de sus pasajes: «El Hijo está por debajo del Padre, como él y el Espíritu Santo están por encima de las más nobles criaturas».

 

Después de todas estas citas, ¿cómo no reconocer, aunque con sentimiento, que nadie se entendía? ¿Cómo no confesar que desde los paleocristianos ebionitas, que tanto reverenciaron a Jesús, pese a que creían que era hijo de José hasta la gran controversia de Atanasio, el platonismo de la Trinidad fue siempre motivo de discrepancias? Era indispensable que las decidiera un juez inapelable, que encontraron por fin en el Concilio de Nicea y aún así dicho concilio produjo nuevas facciones y nuevas guerras.

 

                                                                          U

 

UNIVERSIDAD. Boulay, en Historia de la Universidad de París, acepta las antiguas tradiciones inciertas, por no decir fabulosas, que remontan su origen hasta la época de Carlomagno. Comparten esta opinión Gagnin y Gilles de Beauvais, pero además de que los autores contemporáneos Eginhard, Alemon, Reginon y Sigebert no se ocupan de dicha época, Pasquier y Tillet aseguran taxativamente que tuvo su origen en el siglo XII, durante los reinados de Luis el Joven y de Felipe Augusto.

 

De lo que no cabe duda es que Roberto de Corfeon, legado de la Santa Sede, fue el que redactó los primeros estatutos de la Universidad en 1215, y la prueba de que en sus inicios tuvo la misma forma que en la actualidad es una bula de Gregorio IX, de 1231, que menciona a los maestros en Teología, a los maestros en Derecho, a los físicos, como entonces se llamaban los médicos, y a los artistas. La denominación de Universidad proviene de la suposición de que esos cuatro cuerpos, que se llaman facultades, constituían universidad de estudio, o lo que es igual, hacían todo lo que podían hacer.

 

Los papas, por medio de estos centros docentes, cuyas decisiones juzgaban, se convirtieron en dueños de la instrucción de los pueblos, y el mismo espíritu que hacía considerar como un favor que los miembros del Parlamento de París obtuvieran el permiso para que los enterraran con hábitos de franciscano, dictó los decretos que publicó la Curia romana contra los que tuvieron la osadía de oponerse a la escolástica ininteligible, que al decir del abad Trithemo no era más que una ciencia falsa que perjudicaba a la religión. En efecto, lo que Constantino apenas insinuó respecto a la sibila de Cumas, lo dijo clara e inequívocamente Aristóteles. El cardenal Pallavicini refiere el axioma de un fraile llamado Pablo, que decía irónicamente que, a no ser por Aristóteles, la Iglesia hubiera carecido de algunos artículos de fe.

 

Por eso el célebre Ramus, autor de dos obras que combatían la doctrina de Aristóteles que enseñaba la Universidad, habría sido víctima de la ira de sus rivales ignorantes si Francisco I no hubiera pedido, para fallarlo, el proceso que estaba siguiéndose en el Parlamento de París entre Ramus y Antonio Govea. Uno de los principales cargos que hacían a Ramus era la forma en que enseñaba a pronunciar la Q a sus discípulos.

 

No fue Ramus el único perseguido por semejantes paparruchas. En 1624, el Parlamento de París desterró de su jurisdicción a tres hombres que se atrevieron a sostener públicamente sus tesis contra la doctrina de Aristóteles, prohibiendo a todo el mundo publicar y vender las proposiciones que sostenían bajo pena de castigo corporal y prohibiendo, además enseñar máximas contra los antiguos autores aprobados por la Universidad bajo pena de muerte.

 

La Sorbona, en favor de cuyas enseñanzas el Parlamento publicó un decreto contra los químicos en 1629, decidió que no cabía enfrentarse con los principios de la filosofía de Aristóteles sin chocar con los de la teología escolástica, admitidos por la Iglesia. Sin embargo, habiendo publicado la Facultad un decreto en 1566 para prohibir el uso del antimonio, cuyo decreto ratificó el Parlamento, Paunier de Caen, químico y célebre médico de París, que no se conformó con el decreto de la facultad, ni con la ratificación del Parlamento, fue degradado en 1609. Más tarde, cuando se incluyó el antimonio en el libro de los medicamentos, que escribieron por orden de la Facultad en 1637, se permitió su uso en 1666, un siglo después de haberlo prohibido, y el Parlamento lo autorizó con otro decreto. De esta manera, la Universidad siguió el ejemplo que le dio la Iglesia, que proscribió la doctrina de Arrio bajo pena de muerte y luego aprobó la palabra consubstancial, que en tiempos anteriores había condenado, como hemos visto en el artículo Concilio.

 

Lo que acabamos de decir sobre la Universidad de París puede darnos una idea de las demás universidades que tomaron aquélla por modelo. En efecto, ochenta universidades, siguiendo a la de París, adoptaron el decreto que la Sorbona publicó en el siglo XIV, disponiendo que cuando se entregue el birrete a los doctores les hagan jurar que defenderán el misterio de la Inmaculada Concepción de la Virgen, no considerándolo como un artículo de fe, sino como una opinión religiosa y católica.

 

                                                                          V

 

VAMPIROS. ¿Es posible creer en la existencia de vampiros en pleno siglo XVIII, después del reinado de Locke, Saftesbury, Trenchard, Collins y sus sucesores Alembert, Diderot, Saint Labert y Duclos? Por increíble que parezca, el reverendo benedictino dom Agustín Calmet imprimió y reimprimió la historia de los vampiros con aprobación de la Sorbona.

 

Los vampiros eran muertos que salían del cementerio, por la noche, para chupar la sangre a los vivos, en la garganta o en el vientre, y que después volvían al camposanto y se encerraban en sus fosas. Los vivos a quienes los vampiros chupaban la sangre enflaquecían y se iban consumiendo, mientras que los muertos que la habían chupado engordaban, les salían los colores y estaban la mar de rozagantes. Polonia, Hungría, Silesia, Moravia, Austria y Lorena, eran los países donde los muertos se entregaban a este festival de sangre. Nadie oía hablar de vampiros en Londres, ni en París. Confieso que en esas dos urbes hubo agiotistas, comerciantes y hombres de negocios que chuparon a la luz del día la sangre del pueblo, pero no estaban muertos, sino corrompidos. Esos verdaderos chupópteros no vivían en los cementerios, sino en magníficos palacios.

 

¿Quién es capaz de creer que la superstición de los vampiros la heredamos de Grecia? No de la Grecia de Alejandro, Aristóteles, Platón, Epicuro y Demóstenes, sino de la Grecia cristiana y por desgracia cismática.

 

Hace mucho tiempo que los cristianos de la Iglesia griega creían que los cuerpos de los cristianos de la Iglesia latina, que se enterraban en Grecia, no se pudrían porque estaban excomulgados. Creían lo contrario que nosotros los católicos, que los cuerpos incorruptos son claro testimonio de la bienaventuranza eterna y en cuanto se pagan en Roma cien mil escudos por la canonización de un santo le tributamos la más piadosa adoración.

 

Los griegos están convencidos de que sus muertos son hechiceros y les dan el nombre de broucolacas. Los muertos griegos van a las casas a chupar la sangre de los niños, a comerse la cena de los progenitores, a beberse el vino y a romper los muebles. Sólo se les puede destruir quemándolos cuando se atrapan, pero teniendo la precaución de no ponerlos en el fuego hasta después de haberles arrancado el corazón, que debe quemarse aparte.

 

Después de la calumnia, nada se propaga con tanta rapidez como la superstición, el fanatismo, el sortilegio y los cuentos de aparecidos. Pronto hubo broucolacas en Valaquia, Moldavia y Polonia, pese a que esta nación pertenece al rito romano y no le faltaba más que esta superstición, que se transmitió a toda la parte oriental de Alemania. De 1730 a 1735 se ocuparon continuamente de los vampiros, los espiaron, les arrancaron el corazón y los quemaron, pero al igual que los antiguos mártires cuantos más quemaban más aparecían.

 

Como hemos dicho, Calmet fue su historiógrafo y se ocupó de los vampiros como antes se había ocupado del Antiguo y del Nuevo Testamento, refiriendo fielmente todo lo que sobre esta materia escribieron otros.

 

Encontramos historias de vampiros hasta en las Cartas judías de Argens, a quien los jesuitas acusaron de incrédulo y luego aceptaron gozosamente cuando refirió la historia del vampiro de Hungría dando gracias a Dios y a la Virgen por la conversión de Argens. He aquí lo que dijeron del citado autor: «El famoso incrédulo que dudó de la aparición del arcángel a la Virgen, de la estrella que vieron los Reyes Mayos, de que se curaran los poseídos, de que se ahogaran dos mil cerdos en un lago del eclipse de sol en luna llena y de los muertos que se paseaban por Jerusalén, tocado por la divina gracia se iluminó su espíritu y cree en la existencia de los vampiros».

 

La gran cuestión que se suscitó entonces fue averiguar si aquellos vampiros resucitaron por propia virtud, por el poder de Dios o por el poder del diablo. Los grandes teólogos de Lorena, Moravia y Hungría hicieron públicas sus opiniones y su ciencia. Recordaron todo cuanto antes san Agustín, san Ambrosio y otros santos dijeron de más ininteligible respecto a los vivos y los muertos, adujeron todos los milagros de san Esteban incluidos en el séptimo libro de las obras de san Agustín y citaron las historias que refiere Sulpicio Severo en la vida de san Martín.

 

Discutieron también sobre si se comía el alma o el cuerpo del muerto y quedó decidido que comían la una y el otro. Los alimentos más delicados, como los merengues y la crema, se los comía el alma, y las chuletas y el rosbif se los comía el cuerpo.

 

Decían que los reyes de Prusia fueron los primeros que después de muertos se hacían servir alimentos y que los imitaban casi todos los monarcas de entonces, pero eran los frailes quienes se comían el almuerzo y la cena y bebían el vino; de manera que, hablando con propiedad, los reyes no eran vampiros, los verdaderos vampiros son los frailes que comen a expensas de los reyes y los pueblos.

 

Todavía se discute la grave cuestión de si puede absolverse al vampiro que murió excomulgado. No soy teólogo bastante profundo para decidirlo pero yo lo absolvería porque cuando debe decidirse entre dos partidos dudosos, debe uno inclinarse por el más benigno.

 

En resumen, una gran parte de Europa estuvo infestada de vampiros durante cinco o seis años y hoy ya no existen; hubo convulsionarios en Francia durante más de veinte años y ya no los hay; resucitaron muertos durante siglos y hoy ya no los resucitan; tuvimos jesuitas en España, Portugal, Francia y las Dos Sicilias y hoy ya no los tenemos.

 

VERDAD. «Le replicó Pilato: ¿Con que tú eres rey? Respondió Jesús: Así es, soy rey. Para esto nací y vine al mundo, para dar testimonio de la verdad: todo aquel que pertenece a la verdad escucha mi voz. Pregunta Pilato: ¿Qué es la verdad? Y dicho esto, salió por segunda vez a los judíos, etc.» (Juan, 18, 37, 38).

 

Es una lástima para la humanidad que Pilato se fuera sin esperar la respuesta de Jesús, porque si hubiera tenido paciencia sabríamos qué es la verdad. Por lo visto, Pilato no era curioso. El acusado que compareció ante él dijo que era rey y había nacido para serlo, y Pilato ni siquiera quiso enterarse de cómo podía ser semejante cosa. Era el juez supremo nombrado por el César, contaba con la razón contundente de la espada y tenía el deber de desentrañar el sentido de dichas palabras. Debió contestar al acusado: Explicadme qué entendéis por ser rey, y por qué habéis nacido para serlo y dar testimonio de la verdad. Se dice que ésta llega difícilmente a oídos de los monarcas e incluso yo, que soy juez, tardé mucho en descubrirla. Explícamelo mientras tus enemigos se desatan contra ti fuera del recinto y me prestarás el mayor servicio que puede hacerse a un juez. Prefiero conocer la verdad que ceder a la demanda tumultuosa de los judíos que desean te condene a muerte.

 

Ni que decir que no nos atrevemos a averiguar lo que el autor de todas las verdades hubiera dicho a Pilato. Su respuesta quizás hubiera sido: «La verdad es una palabra abstracta que la mayor parte de los hombres usan con indiferencia en sus libros y en sus sentencias, por equivocación o por mentir». Esta definición ha convencido a todos los inventores de sistemas, y así, la palabra sabiduría se toma con frecuencia por locura y la voz ingenio por tontería.

 

Humanamente hablando, y esperando otra definición mejor, definimos la verdad como lo que se anuncia tal como es.

 

Suponed que en seis meses hubieran querido enseñar a Pilato las verdades de la lógica. En ese caso habría propuesto, sin duda, este silogismo tajante: No se debe privar de la vida al hombre que predica una moral pura, el acusado, al decir de sus mismos enemigos, predica siempre una moral intachable. Por tanto, no debemos castigarle con la pena capital.

 

También hubiera podido concluir con este otro argumento: Es mi deber evitar los desmanes del pueblo sedicioso para pedir la muerte de un hombre sin motivo ni forma jurídica, como piden los judíos en esta ocasión; luego debo disolverlos y enviarlos a las cárceles o a su casa.

 

Suponemos que Pilato sabía aritmética y por ello no nos ocuparemos de esta clase de verdades. En cuanto a las verdades matemáticas, creo que debía haber estudiado al menos tres años para enterarse de la geometría trascendental. Para conocer las verdades de la física hubiera necesitado al menos cuatro años. De ordinario empleamos seis en estudiar la teología, y no creo que Pilato necesitara doce habida cuenta que era pagano y que seis años no es un tiempo excesivo para que se despegara de sus errores crónicos, y que necesitara otros seis para llegar a ser apto y ceñirse el birrete de doctor. Si Pilato hubiera tenido un cerebro bien organizado, en dos años habría podido aprender las verdades metafísicas y como estas verdades se relacionan necesariamente con las verdades morales, estoy seguro de que en menos de nueve años Pilato hubiera llegado a ser un sabio.

 

Una vez alcanzada la sabiduría, hubiera dicho a Pilato: Las verdades históricas sólo son probabilidades. Si tomasteis parte en la batalla de Filipos es para vos una verdad que habéis conocido por propia experiencia mas para nosotros, que habitamos cerca del desierto de Siria no es más que una cosa probable, que sabemos porque lo hemos oído decir. ¿Cuántas veces necesitamos haberlo oído para formarnos una convicción igual a la del hombre que, habiendo visto la cosa de que trata, puede jactarse de tener la certidumbre de ella? El que oyó decir lo mismo a doce mil testigos presenciales, no tiene más que doce mil probabilidades equivalentes a una gran probabilidad, que nunca puede igualar a la certidumbre.

 

Si sólo sabéis el asunto por un testigo, tened presente que no sabéis nada y debéis dudar. Si el testigo murió, debéis dudar más todavía, porque nada podéis poner en claro. Si todos los testigos murieron os encontráis en el mismo caso, y de generación en generación la duda aumenta, la probabilidad disminuye y pronto la probabilidad queda reducida a cero.

 

De los grados de verdad por los que se juzga a los acusados. Podemos comparecer ante la justicia por hechos o por palabras. Si comparecemos por hechos es preciso que conste a los magistrados que son tan verdaderos como la pena a que condenan al culpable, porque si no tienen —pongo por caso— más que veinte probabilidades contra él, esas probabilidades no pueden equivaler a la certeza de su muerte; si el juez desea tener todas las probabilidades que necesita para estar seguro de que no hace derramar sangre inocente, es imprescindible que aquéllas nazcan del testimonio unánime de los deponentes a quienes no mueva ningún interés por declarar. Con este concurso de probabilidades tendrá una opinión decidida que podrá servir de excusa a la sentencia. Pero como el juez no tendrá nunca la completa certeza, no podrá enorgullecerse de conocer la verdad y por ende debe inclinarse siempre más a la clemencia que al rigor. Si sólo se trata de hechos, de los que no resulta mutilación ni muerte, es obvio que el juez no debe condenar al acusado a ser mutilado ni a morir.

 

Si sólo se trata de una cuestión de palabras, es todavía más evidente que el juez no debe fallar que ahorquen a sus semejantes por lo que dijeron, porque todas las palabras del mundo se las lleva el viento, menos cuando incitan a cometer crímenes, y es ridículo sentenciar a un hombre a muerte por decir esto o aquello. Poned en un platillo de una balanza todas las palabras odiosas que se han dicho en el mundo y en el otro la sangre de un hombre, y es seguro que la sangre pesará mucho más.

 

El que comparece ante el juez acusado de haber proferido unas palabras que sus enemigos tomaron en cierto sentido, todo lo más que merece es que el juez le dirija otras palabras, que él también puede tomar en el sentido que quiera. Condenar a un inocente al suplicio más cruel e ignominioso por palabras que sus enemigos no comprenden, resulta demasiado bárbaro.

 

VIAJE DE SAN PEDRO A ROMA. La famosa controversia acerca de si san Pedro hizo o no el viaje a Roma, ¿no es en el fondo tan trivial como la mayor parte de las cuestiones? Las rentas de la abadía de Saint Denis no dependen de que sea verdad si Denis el Areopagita viajó desde Atenas al centro de las Galias, ni del martirio que sufrió en Montmartre, llevando la cabeza en las manos hasta la localidad de Saint Denis. Los cartujos disfrutan de pingües rentas a pesar de ser mentira la historia del canónigo de París, que después de muerto se levantó del ataúd tres días consecutivos para que los asistentes supieran que estaba condenado. Pues bien, del mismo modo pueden subsistir las rentas y los derechos del Pontífice romano tanto si san Pedro hizo el viaje a Roma como si no.

 

Los derechos que disfrutan los metropolitanos de Roma y de Constantinopla los estableció el Concilio de Calcedonia que tuvo lugar en el ano 451, y en ese Concilio no se habló de que ningún apóstol hiciera viajes a Bizancio o a Roma.

 

Los patriarcas de Alejandría y de Constantinopla gozaron de la misma suerte que sus provincias. La jerarquía eclesiástica de las dos ciudades imperiales y de la opulenta Egipto debían naturalmente disfrutar de más privilegios, más autoridad y más riqueza que los obispos de las villas pequeñas.

Si la residencia de un apóstol en una urbe hubiera sido suficiente para decidir sobre tantos derechos, el obispo de Jerusalén habría sido, sin duda, el primer obispo de la cristiandad, hubiera sido indiscutiblemente el sucesor de Santiago, hermano de Jesucristo, reconocido como fundador de dicha Iglesia y considerado como el primero de los obispos. Apoyados en la misma razón, añadiríamos que todos los patriarcas de Jerusalén debían haberse circuncidado porque los quince obispos primeros de Jerusalén, cuna del cristianismo y sepulcro de Jesucristo, se circuncidaron.

 

No cabe la menor duda de que las primeras liberalidades que Constantino hizo a la Iglesia de Roma no tienen ninguna relación con el viaje de san Pedro.

 

La primera iglesia que se fundó en Roma fue la de san Juan de Letrán, que todavía es la verdadera catedral. Es indudable que la hubieran dedicado a san Pedro si éste hubiera sido el primer obispo, siendo ésta la más verosímil de todas las presunciones y capaz por sí misma de poner punto final a semejante discusión. A conjetura tan probable hay que contraponer pruebas, pero convincentes. Si Pedro hubiera estado en Roma con Pablo, los Hechos de los Apóstoles lo hubieran referido, pero nada dicen sobre ello.

 

Si san Pedro hubiera predicado en Roma, san Pablo no habría escrito estas palabras en su Epístola a los Gálatas: «Cuando vieron que me confiaron el Evangelio del prepucio y a Pedro el de la circuncisión, nos dieron las manos a Bernabé y a mí y consintieron que nosotros dos fuéramos a predicar a los gentiles y Pedro a los circuncidados».

 

En las cartas que Pablo escribió desde Roma nunca habla de Pedro es evidente, por tanto, que no estaba allí. En las cartas que el propio Pablo dirigió a sus hermanos de Roma, tampoco lo menciona; luego Pedro no hizo el viaje a Roma, ni cuando Pablo estuvo preso en la ciudad, ni cuando estuvo libre en ella.

 

Tampoco hay ninguna carta de Pablo fechada en Roma. Algunos, como Pablo Orosio, español del siglo v, opinan que estuvo en Roma en los primeros años del reinado de Claudio, en los Hechos de los Apóstoles leemos que estaba entonces en Jerusalén, y las epístolas de Pablo afirman que estaba en Antioquía.

 

Sólo pretendo presentar como prueba, humanamente hablando y limitándome a las reglas de la crítica profana, que Pedro no podía predicar en Roma porque no conocía la lengua latina ni la griega. Esta última la hablaba, pero bastante mal. Ahora bien, como se dice que los apóstoles hablaban todas las lenguas, no quiero insistir y me callo.

 

El primero que habló del viaje de san Pedro a Roma fue Papías, que vivió cien años después que Pedro. Papías era frigio, escribía en su país y dijo que san Pedro fue a Roma y con este motivo en una de sus cartas habla de Babilonia. En efecto, conservamos una carta que se atribuye a san Pedro, escrita en aquella época, en la que dice: «La Iglesia, que está en Babilonia, mi mujer y mi hijo Marcos, os saludan».

Papías, uno de los grandes iluminados de aquellos siglos oscuros, se empeñó en que Babilonia quería decir Roma. De este modo parecía natural que Pedro hubiera salido de Antioquía para visitar a sus hermanos de Babilonia. Siempre ha habido judíos en Babilonia, donde se dedicaban al oficio de comisionistas y de buhoneros, siendo probable que muchos de sus discípulos se refugiaran allí y que Pedro fuera a animarles. ¿Por qué tener la idea tan peregrina de suponer que Pedro escribía una exhortación a sus hermanos en lenguaje cifrado, como se escribe hoy? ¿Temía por ventura que le abrieran la carta en el correo? ¿Podía temer que llegaran a conocerse sus cartas judías, a las que era imposible que prestaran atención los romanos? ¿Quién le obligaba a mentir de manera tan inútil?

 

¿Por qué desvarío pudo suponerse que escribiendo Babilonia quería decir Roma?

 

De pruebas tan convincentes, el sabihondo dom Calmet deduce que el viaje de san Pedro a Roma lo prueba el propio apóstol, que dice expresamente que escribió su carta desde Babilonia, esto es, desde Roma. Los argumentos de dom Calmet son irrefutables. Sin duda aprendió lógica estudiando los vampiros.

 

El sabio arzobispo de París, Marca, Dupin, Blondel y Spanheim no son de esta opinión, pero era la de Papías, que razonaba como dom Calmet, a quien siguieron numerosos escritores, tan ciegos partidarios de ello que desoyeron a veces la voz de la sana crítica y de la recta razón.

 

El máximo error de los partidarios del viaje consiste en decir que los Hechos de los Apóstoles tienen como tema principal la historia de Pablo y no la de Pedro, y que si no mencionan la permanencia de éste en Roma es porque los hechos y gestas de Pablo fueron el único objeto que se propuso el autor de los Hechos. Pero los Hechos se ocupan extensamente de Simón Barjona, llamado Pedro, que se propone dar un sucesor d Judas, y refieren que hizo morir de repente a Ananías y a su esposa, que a pesar de haberle entregado sus bienes por su desgracia no se los entrega ron íntegros; que resucitó a su costurera Dorcas en casa del curtidor Simón, y que fue a Lippa, Cesárea y Jerusalén. ¿Por qué no dicen, pues, que estuvo en Roma?

 

Es muy difícil que san Pedro fuera a Roma durante los reinados de Tiberio, Calígula, Claudio o Nerón. El viaje que, dicen, hizo en la época de Tiberio sólo se funda en los supuestos fastos de Sicilia, que son apócrifos. Otro escrito apócrifo, Catálogo de obispos, dice que Pedro fue obispo de Roma inmediatamente después de la muerte de Jesucristo. No sé qué cuento para viejas le envía a Roma durante el imperio de Calígula. Eusebio, trescientos años después, en tiempos de Claudio, sin indicar el año, dice que una mano divina guió a Pedro a Roma. Lactancio, que escribió durante el reinado de Constantino, afirma que Pedro fue a Roma en la época de Nerón y que allí murió crucificado.

 

Salta a la vista que si en un proceso una de las partes sólo alegara los anteriores argumentos, no ganaría su causa. A lo dicho anteriormente añaden que antes que Eusebio y Lactancio, el fidedigno Papías había referido la aventura de Pedro y Simón el Mago que tuvo lugar ante Nerón. El grave Marcelo copia esa aventura auténtica, el serio Hegesipo la repite y otros varios la propalan después. Mas yo también os repito que nunca ganarán proceso alguno presentando pruebas como ésas.

 

No dudo que todavía se conserve la silla episcopal de san Pedro en la impresionante basílica de Roma, y tampoco tengo la menor duda de que el apóstol desempeñara el obispado de Roma durante veinticinco años, un mes y nueve días, como nos aseguran, pero me atrevo a decir que no está demostrado con pruebas irrefutables y, además, creo que actualmente los obispos romanos están mejor en Roma que estuvieron los de tiempos idos, que eran tiempos oscuros y difíciles de desembrollar.

 

VIDA. En Sistema de la naturaleza (pág. 84) leemos estas palabras: «Sería preciso de&ir la vida antes de razonar sobre el alma, pero esto lo creo imposible». Yo, por el contrario, lo creo posible. La vida es organización con capacidad de sentir. Por eso se dice que todos los animales tienen vida, palabra que sólo por extensión se aplica a las plantas; están organizadas y vegetan, pero como son incapaces de sentir, propiamente no tienen vida.

 

Puede tenerse vida sin sentimientos en momentos dados, porque nada sentimos durante una apoplejía, un letargo o un sueño profundo, pero aun así tenemos el poder de sentir. Algunas personas, como por desgracia sabemos, fueron enterradas vivas como hacían con las vestales. Esto acontece en los campos de batalla, sobre todo en los países fríos, donde muchas veces el soldado queda sin movimiento y sin respirar; si lo socorrieran se salvaría, mas para terminar cuanto antes lo entierran.

 

Antiguamente, vida y alma eran una misma cosa y una no era más conocida que otra. ¿Las conocemos por ventura en la actualidad?

 

En el Antiguo Testamento el alma es siempre sinónimo de vida. «Y dijo Dios: Produzcan las aguas reptiles de ánima viviente...»

 

Es difícil explicarse cómo creó Dios esos reptiles producidos por las aguas, pero lo dice el texto sagrado y nos sometemos a él.

 

«Formó, pues, el Señor Dios al hombre... y alentó en su nariz un soplo de vida y quedó hecho el hombre viviente con alma» (Génesis). En estos versículos, almas significa, indudablemente, vidas. Encontramos en la Biblia más de doscientos pasajes en los que el alma se interpreta por la vida de los animales o los hombres, pero no hallamos ninguno que nos explique lo que es vida y lo que es alma.

 

Si el alma es la facultad de la sensación, ¿de dónde nace esta facultad? A esta pregunta, todos los doctores contestan pergeñando sistemas, pero siempre se contradicen. ¿Por qué os empeñáis en saber de dónde deriva la sensación? Tan difícil es concebir la causa que los cuerpos tiendan a un centro común, como la causa que hace que el animal sea sensible. La tendencia del imán hacia el Polo Ártico, el camino que llevan los cometas y otros múltiples fenómenos son también incomprensibles. La materia tiene propiedades evidentes cuyo principio no conoceremos nunca, y el principio de la sensación, sin la que es imposible la vida, es y será desconocido para nosotros.

 

Es obvio que no podemos vivir sin experimentar sensaciones. Suponed un niño que muere después de pasar unas horas en un letargo desde que nació: el niño existió, pero no ha vivido. Suponed un imbécil que nunca concibió ideas complejas, pero estuvo dotado de sentimientos: ese imbécil vivió, pero sin pensar; no tuvo más que las ideas sencillas de sus sensaciones.

 

Vemos, pues, que el pensamiento no es necesario para la vida porque el imbécil que acabamos de citar no pensaba y vivió. Por eso algunos autores creen que el pensamiento no constituye la esencia del hombre y mantienen esta opinión aduciendo que hay muchos idiotas que no piensan que son hombres, pero lo son tan incuestionablemente que tienen hijos. Los doctores que creen lo contrario replican que esos idiotas tienen ideas que proporcionan sus sensaciones. Los doctores que no comparten tal opinión responden que el perro de caza, que aprende bien su oficio, tiene ideas más continuas y es superior a esos idiotas. Esto originó una gran discusión respecto al alma, de la que no nos ocuparemos por haberle dedicado mucha extensión en el artículo Alma.

 

VIENTRES PEREZOSOS. San Pablo, en su Epístola a Tito (1, 12), refiere que los cretenses son mentirosos, bestias malignas y vientres perezosos. El médico Hecquet interpreta vientres perezosos suponiendo que eran estreñidos y por eso la materia fecal, refluyendo a la sangre los ponía de mal humor y los convertía en malignas bestias. Es indudable que el hombre que va raras veces al excusado está más sujeto a la cólera que otros; su bilis no fluye, se recuece y su sangre se retestina.

 

Cuando tengáis que solicitar, por la mañana, un favor de un ministro o un alto funcionario del ministerio, informaos antes discretamente si tiene el vientre libre. Nadie ignora que el carácter y el ingenio dependen casi absolutamente de una buena defecación. El cardenal Richelieu era sanguinario porque padecía de hemorroides internas que le molestaban en el intestino recto y endurecían sus materias fecales. La reina Ana de Austria le llama culo podrido. Este apelativo hacía más agria su bilis y probablemente costó la vida al mariscal Marillac y la libertad al mariscal Bassompierre. No comprendo por qué los afectos de estreñimiento mienten más que quienes no padecen tal afección, porque no hay relación alguna entre el esfínter del ano y la mentira, así como la hay entre los intestinos y nuestras pasiones, nuestra forma de pensar y nuestra conducta.

 

Creo más bien que san Pablo llamó vientres perezosos a las personas sensuales, a los priores, canónigos y abades que tenían encomiendas, y a los prelados ricos, que pasaban la mañana en la cama para reponerse de los excesos de la noche anterior. Aunque se puede estar toda la mañana en la cama sin ser mentirosos ni bestias malignas, pues los voluptuosos indolentes casi siempre son muy amables en sociedad y tienen el mejor trato del mundo.

 

Sea como fuere, me parece injusto que san Pablo injuriara a toda una nación y no manifestara en el referido pasaje, humanamente hablando, urbanidad, discreción, ni verdad. No se hacen prosélitos diciendo a quienes se predica que son bestias malignas, y es indudable que encontraría en Creta algunos hombres de mérito. ¿Por qué injurió de ese modo a la patria de Minos, de cuya patria el arzobispo Fenelón, más educado que san Pablo, hace cabal elogio en Telémaco?

 

San Pablo era muy quisquilloso, brusco y soberbio; si yo hubiera sido uno de los apóstoles, o al menos discípulo de ellos, no cabe duda que habría reñido con él. A mi juicio, era culpable de la riña que tuvo con san Pedro. Sentía la pasión del dominio, se enorgullecía siempre de ser apóstol, y de ser mejor que sus compañeros; él, que hizo lapidar a san Esteban, que fue perseguidor a las órdenes de Gamaliel y que debió llorar sus culpas mucho más que san Pedro lloró su flaqueza, humanamente hablando.

 

Se vanagloria de ser ciudadano romano y haber nacido en Tarso, mientras san Jerónimo afirma que era un pobre judío que nació en la localidad de Giscala, en Galilea. En las cartas al reducido rebaño de sus fieles, se expresa siempre como maestro inflexible y les dice: «Iré a buscaros a Corinto, os juzgaré por medio de dos o tres testigos y no perdonaré a quienes han pecado ni a los demás».

 

Muchísimos cristianos defenderían hoy el partido de san Pedro contra san Pablo si no hubiera en la historia de aquél el innoble episodio de Ananías y su esposa Safira.

 

Volviendo al texto de los cretenses mentirosos, bestias malignas y vientres perezosos, me permito aconsejar a los misioneros que no cumplirán su misión si empiezan por injuriar a los pueblos que desean convertir. No digo esto porque crea que los habitantes de Creta son los hombres más justos y respetables del mundo, como dijo la fabulosa Grecia. Tampoco pretendo armonizar su supuesta virtud con su supuesto toro, del que se enamoró la hermosa Pasifae, ni con el arte con que Dédalo construyó un toro de bronce ante el que Pasifae se colocó con tanta habilidad que su tierno amante le hizo un minotauro y al que el devoto Minos sacrificaba todos los años siete doncellas y siete jóvenes de Atenas.

 

Tampoco creo que existieran en Creta cien grandes urbes; lo más probable es que fueran cien aldeas misérrimas sobre terrenos peñascosos y dos o tres ciudades. Siento mucho que Rollin, en elegante compilación de la Historia Antigua, haya creído tantas y tantas leyendas antiguas respecto a la isla de Creta y a Minos.

 

Los pobres griegos y los pobres judíos que habitan actualmente en las montañas escarpadas de aquella isla, gobernada por un bajá, puede que sean mentirosos y bestias malignas, e ignoro si tienen el vientre perezoso, pero les deseo que tengan siempre qué comer.

 

VIRTUD. La virtud consiste en hacer el bien a nuestro prójimo. Si soy indigente y tú me socorres, si estoy en peligro y me salvas, si alguien me engaña y tú me dices la verdad, si estoy afligido y me consuelas, si soy ignorante y me instruyes, entonces te llamaré virtuoso. Pero, ¿qué sucederá entonces a las virtudes cardinales y a las teologales? Pues que algunas de ellas se quedarán en las escuelas.

 

Me importa poco que seas temperante, porque la templanza en un precepto de salud que te conviene observar y, observándolo, te mantendrás en buena salud y ¡enhorabuena por ello! Todavía te felicito más si tienes fe y esperanza, porque ellas te harán ganar la vida eterna. Las virtudes teologales son dones del Cielo y las cardinales son cualidades óptimas para que nos conduzcamos bien, pero ni unas ni otras son virtudes respecto a nuestro prójimo. El hombre prudente se hace bien a sí mismo; el virtuoso es benefactor de los demás hombres. Tenía razón san Pablo cuando dijo que la caridad es superior a la fe y a la esperanza.

 

No admitiremos, pues, más virtudes que las que benefician a nuestro prójimo? ¿Y por qué hemos de admitir otras? Los hombres vivimos en sociedad y en ella no debe haber nada verdaderamente bueno para nosotros sin que lo sea para toda la sociedad. El solitario sobrio, piadoso, mortificándose con un cilicio, puede ser tenido por santo, pero yo no le llamaré virtuoso hasta haber hecho algún acto que beneficie a los demás hombres, porque estando solo no es bienhechor ni malhechor; no es nada para nosotros. Si san Bruno llevó la paz a las familias y socorrió a los indigentes, fue virtuoso; si ayunó y rezó en la soledad, fue un santo. La virtud entre los hombres es un comercio de obras buenas y el que no tiene parte en este comercio debe ser excluido. Si el citado santo estuviera en el mundo, indudablemente haría el bien, pero si permaneciera solitario el mundo tendría razón en no darle el nombre de virtuoso; sería bueno para él, no para nosotros.

 

Entonces, me replicaréis, todo hombre solitario que sea glotón, borracho y licencioso, es un vicioso, y el que reúne las cualidades contrarias es un virtuoso. Contestaré que el hombre que tenga los defectos de que habláis es indudablemente un hombre ruín, pero de ningún modo es malvado, ni condenable, respecto a la sociedad, a la que sus infamias ningún daño hacen. Es presumible que si dicho hombre entra en la sociedad hará mucho daño y hasta puede que cometa crímenes; incluso es probable que sea un hombre malvado del mismo modo que el otro solitario temperante y casto no es seguro que sea un hombre de bien porque en la sociedad aumentan los defectos y disminuyen las buenas cualidades.

 

Se me puede hacer otra objeción más fuerte: Nerón, el papa Alejandro VI y otros monstruos del mismo pelaje, fueron a veces bienhechores. Yo me atrevo a decir que fueron virtuosos en aquellas ocasiones. Algunos teólogos aseguran que el divino emperador Antonino no era virtuoso sino un terco estoico que no satisfecho con mandar a los hombres quería ser estimado por ellos, que se lucraba del bien que hacía al género humano, que toda su vida fue justo, laborioso y bienhechor por vanidad, y que no hizo más que engañar a los hombres con sus fingidas virtudes.

 

Pero a todo ello, yo contesto: ¡Dios mío, dadnos con frecuencia semejantes bribones!

 

Dícese que Marco Bruto, momentos antes de matarse, pronunció estas palabras: «Virtud, yo creía en ti, pero he visto que eres un vano fantasma». Bruto tenía razón si fundamentaba la virtud en ser jefe de partido y asesino de su bienhechor Julio César, pero si la hubiera fundamentado en beneficiar a los que dependían de él no la hubiera llamado fantasma ni se hubiera suicidado por desesperación.

 

«Yo soy muy virtuoso —dice un excremento teológico— porque observo las cuatro virtudes cardinales y las tres teologales». Un hombre honrado le pregunta: ¿Qué son virtudes cardinales?» Y aquél le contesta: «La fortaleza, la prudencia, la templanza y la justicia».

 

EL HOMBRE HONRADO. Si eres justo lo reúnes todo; la fortaleza, la prudencia y la templanza sólo son cualidades útiles. Si las tienes, tanto mejor para ti, pero si eres justo tanto mejor para los demás. No es suficiente ser justos, es preciso además ser bienhechores. ¿Cuáles son las virtudes teologales?

 

EL EXCREMENTO. La fe, la esperanza y la caridad.

 

EL HOMBRE HONRADO. Creer, ¿es por ventura una virtud? O lo que crees te parece verdadero y en este caso no hay ningún mérito en creer o te parece falso y en tal caso es imposible que lo creas. La esperanza no es tampoco virtud, como no lo es el temor; tememos y esperamos cuando nos prometen o cuando nos amenazan. ¿Por caridad no entendían los griegos y romanos la humanidad y el amor al prójimo? Este amor no es nada si no actúa; la beneficencia es, pues, la única virtud verdadera.

 

EL EXCREMENTO. Tonto tendría que ser si me desviviera por servir a los hombres sin esperar recompensa. Todo trabajo requiere su salario. No llevaría a cabo actos de honradez si no estuviera seguro de alcanzar el Paraíso.

 

Quis enim virtutem amplectitur ipsam Praemia si tollas?

(Juvenal, sat. X, vers. 141)

 

EL HOMBRE HONRADO. ¡Ah, maestro! He de entender que si no esperáis ir al Paraíso ni temierais ir al infierno, no haríais ninguna obra buena. Me habéis citado versos de Juvenal para demostrarme que sólo tenéis presente vuestro interés. Voy a recitaros unos de Racine, que podrán haceros ver al menos que podemos encontrar recompensa en este mundo esperando otra mejor.

 

Quel plaisir de penser et de dire en vous meme: Partout en ce moment on me bénit, on m'aime! On ne voit point le peuple á mon nom s'alarmer; Le ciel dans tous leurs pleurs ne m'entend point nommer; Leur sombre inimité ne fuit point mon visage, Je vois voler partout les coeurs á mon passage! Tels étaient vos plaisirs. (Racine, Britannicus, acto IV, esc. II.)

 

Creedme, maestro, hay dos cosas que merecen que las amemos con desinterés y por sí mismas: Dios y la virtud.

 

EL EXCREMENTO. ¡Cómo! ¿Es que sois fenelonista?

 

EL HOMBRE HONRADO. Sí, maestro.

 

EL EXCREMENTO. Pues voy a denunciaros al oficial de Meaux.

 

EL HOMBRE HONRADO. Denunciadme.

 

VISIÓN. En este artículo no me ocuparé de la forma admirable como los ojos perciben los objetos, ni cómo todo lo que vemos se pinta en la retina, pintura divina ejecutada por leyes matemáticas y que al igual que todo es obra del Creador. Esta clase de visión la han tratado con agudeza grandes genios, y después de sus cosechas no han dejado ya granos que recoger. Tampoco voy a ocuparme de la herejía de que acusaron al papa Juan XXII por haber afirmado que los santos no gozarán de la visión beatífica hasta después del Juicio Final.

 

Sí voy a ocuparme de la multitud de visiones que favorecieron o atormentaron a muchos santos, que numerosos imbéciles creyeron haber visto con las que infinidad de pícaros y bribonas han hecho caer al mundo en la trampa, sea para adquirir reputación de beatos, que es gran reputación, sea para sacar mucho dinero, lo que para los charlatanes es más satisfactorio aún.

 

Dom Calmet y Lenglet han recogido muchas visiones. La más interesante, a mi juicio, y la que produjo efectos más nefandos porque introdujo la Reforma en las tres cuartas partes de Suiza, es la del joven jacobita Yetzer, que vio muchas veces a la Virgen y a santa Bárbara, quienes le imprimieron los estigmas de Jesucristo. Al darle la comunión el prior de su convento le hizo tragar una hostia espolvoreada con arsénico y el obispo de Ausonia le amenazó con quemarle vivo, porque fue a quejarse de que habían intentado envenenarle. Esas abominaciones fueron lo que movió a los habitantes de Berna a dejar de ser católicos, apostólicos y romanos.

 

Aunque de menor entidad, voy a referir la visión que tuvieron los padres franciscanos de Orleáns en 1534. El proceso criminal que promovió consta en la biblioteca del rey de Francia, y tiene el número 1770.

 

La ilustre casa de Saint‑Mesmin era gran benefactora del convento de los franciscanos y tenía derecho de sepultura en la iglesia. Cuando murió la esposa de un miembro de dicha familia que era preboste de Orleáns, creyendo que sus antepasados se habían empobrecido por la excesiva liberalidad con los franciscanos, sólo les hizo un regalo que estimaron de poca monta. Los buenos frailecitos tuvieron entonces la ocurrencia de desenterrar a la difunta para obligar al esposo a que volviera a enterrar a su mujer y exigirle una mayor cantidad. El proyecto era insensato porque el señor de Saint‑Mesmin hubiera podido hacer que la enterraran en otra parte, pero los bribones tienen algo de desquiciados.

 

Mas he aquí que la difunta se apareció a dos franciscanos y les dijo: «Estoy condenada como Judas porque mi marido no dio al convento lo que debía dar». Los dos frailes que refirieron estas palabras no pararon mientes en que debían perjudicar más al convento que aprovecharle. El convento se proponía sacar una buena cantidad al señor de Saint‑Mesmin para que consiguiera el descanso eterno para el alma de su esposa; ahora bien, si el alma de la difunta estaba condenada, no la podía salvar todo el dinero del mundo y era inútil dar ninguna cantidad. Por lo tanto, los franciscanos corrían el riesgo de ver su gozo en un pozo.

 

Aunque en general puede decirse que Francia carecía entonces de sano juicio, porque primero la embruteció la situación de los francos y después la invasión de la teología escolástica, en Orleáns había personas que razonaban y por ende supusieron que si el Ser Supremo permitió al alma de la señora de Saint‑Mesmin que se apareciera a dos frailes franciscanos, no era lógico que su alma se declarara condenada como Judas. La comparación les pareció insensata. La citada dama no había vendido a Jesús por treinta dineros, ni tampoco se ahorcó; luego, no había el menor pretexto para compararla con Judas. Esta comparación hizo sospechosos a los dos frailes y levantó gran revuelo en Orleáns; los incrédulos que no comulgaban con ruedas de molino ni admitían visiones tan absurdas sacaron fatales deducciones. Los franciscanos cambiaron entonces de táctica y metieron a la dama en el Purgatorio.

 

Volvió a aparecerse a los frailes declarando que estaba en el Purgatorio y pidió que la desenterraran. No era costumbre desenterrar a los que estaban en el Purgatorio, pero creían los franciscanos que Saint‑Mesmin evitaría esta afrenta dándoles una importante suma. La petición de que la sacaran de la iglesia aumentó las sospechas de los incrédulos. Creían que las almas se aparecían con frecuencia, pero que nunca pedían que las desenterraran.

 

Desde entonces, el alma enmudeció. Pero continuó haciendo el duende en el convento y en la iglesia y los frailes decidieron exorcizarla. El hermano Pierre de Arras la conjuró de modo torpe, diciéndole: «Si eres el alma de la difunta señora de Saint‑Mesmin, da cuatro golpes», y se oyeron cuatro golpes. «Si estás condenada, da seis golpes», y los seis golpes se oyeron también. «Si sufres mayores tormentos en el infierno por estar tu cuerpo enterrado en lugar santo, da otros seis golpes», y también se oyeron. «Si desenterramos tu cuerpo, si cesamos de rezar a Dios por ti, ¿será más leve tu condenación?, da cinco golpes si respondes afirmativamente», y el alma respondió con cinco golpes.

 

Este interrogatorio lo firmaron veintidós franciscanos, siendo el primero el reverendo padre provincial, que al día siguiente interrogó de igual modo al alma, recibiendo las mismas respuestas.

 

Cabe objetar que habiendo declarado el alma que estaba en el Purgatorio, los franciscanos no debían suponer que estaba en el infierno, pero no tengo la culpa de que los teólogos se contradigan.

 

El señor.de Saint‑Mesmin presentó al rey una exposición haciendo a los franciscanos los cargos que se merecían; éstos, por su parte, contestaron y el rey nombró jueces especiales para que juzgaran la causa. El fiscal general pidió que los franciscanos fueran quemados vivos, pero el fallo de los jueces sólo les condenó a pagar una gran cantidad y ser desterrados del reino. Esta sentencia está fechada el 18 de febrero de 1534.

 

Tras las citadas visiones ya es inútil ocuparme de otras, nacidas todas ellas de la superchería o de la locura. Las visiones de la primera clase deben caer bajo la jurisdicción de la justicia; las de la segunda clase son visiones que tienen los locos enfermos y los locos que gozan de buena salud. De las primeras debe encargarse la medicina y de las segundas los manicomios.

 

VOTOS. Pronunciar un voto para toda la vida es esclavizarse para siempre. ¿Cómo pudo establecerse la peor de las esclavitudes en un país donde está proscrita la esclavitud?

 

Prometer a Dios mediante juramento que seremos desde la edad de quince años, hasta morir, franciscanos, jesuitas o dominicos, es afirmar que tendremos siempre la misma idea y es peregrino prometer para toda la vida lo que no estamos seguros de cumplir de hoy para mañana.

 

¿Cómo han sido los gobiernos tan enemigos de sí mismos y tan absurdos para consentir a los ciudadanos a que enajenen su libertad a una edad en que no les autorizan a disponer de lo más insignificante de sus bienes? ¿Cómo es que estando convencidos todos los legisladores de esa solemne tontería no la han suprimido? ¿No es para alarmarse cuando reflexionamos que existen más frailes que soldados? ¿No es penoso descubrir los secretos de los claustros, las liviandades, los tormentos que sometieron a niños desgraciados, que cuando son hombres detestan su situación de forzados y pugnan con inútil desesperación por romper las cadenas con que los ató su locura?

 

Conocí a un joven, cuyos padres le obligaron a ser capuchino a los quince años, que estaba locamente enamorado de una joven de poco más o menos su edad. Cuando el desventurado mozalbete hizo sus votos a san Francisco de Asís, el diablo le recordó los que hizo a su novia y que había firmado la promesa de matrimonio. Pudo el diablo más que san Francisco y el joven capuchino escapó del convento y se presentó en casa de su prometida, donde le dijeron que también había ingresado y profesado en un convento.

 

El joven se presentó en el convento donde estaba su ex novia diciendo que deseaba verla, y le contestaron que había muerto de desesperación. Al oír la noticia perdió el conocimiento y cayó en el suelo exánime. Lo trasladaron a un convento inmediato de frailes, no para prestarle los socorros que necesitaba, sino para administrarle la extramaunción antes de morir, que es lo que infaliblemente salva el alma.

 

El convento donde llevaron al desventurado joven era un cenobio de capuchinos, que caritativamente le hicieron esperar tres horas a la puerta hasta que por fortuna le reconoció uno de los frailes por haberle visto en el convento de donde escapó. Le llevaron a una celda y le cuidaron con solicitud con la idea de santificarlo, haciéndole sufrir saludable penitencia.

 

Cuando se restableció le llevaron maniatado al convento que abandonó y verán mis lectores cómo le trataron. Le hicieron bajar a una fosa profunda en la cual había una losa muy grande en la que estaba sujeta una cadena de hierro, con la que le ataron por un pie. Pusieron cerca de él un pan de centeno y un cántaro de agua y después cerraron la fosa.

 

Al cabo de tres días le sacaron para que compareciera ante el tribunal de los capuchinos, que necesitaba averiguar si tuvo cómplices en su evasión, y para obligarle a que lo declarara le aplicaron la tortura que acostumbraban en el convento. Consistía ésta en apretar con varias cuerdas los miembros del infortunado. Tras sufrir este tormento le sentenciaron a estar en su mazmorra durante dos años, saliendo de ella tres veces a la semana, desnudo, para recibir disciplinazos con cadenas de hierro.

 

Dieciséis meses resistió este suplicio, pero un día, aprovechando una riña tremenda que tuvieron los capuchinos y mientras se daban de palos, consiguió evadirse.

 

Permaneció escondido durante unas horas entre matorrales y al anochecer se puso en camino, pero estaba tan extenuado por el hambre que apenas podía sostenerse. Un alma buena que pasaba por su lado se apiadó de él, lo llevó a su casa y le prestó toda clase de cuidados. El propio desventurado capuchino me contó lo referido en presencia de su salvador. He aquí lo que ocasionan los votos.

 

Sería aleccionador examinar si las atrocidades que se cometen todos los días en los conventos de frailes mendicantes deben indignarnos más que la riqueza abusiva que adquieren los demás frailes que reducen a la miseria muchas familias. Unos y otros han hecho voto de vivir a expensas de la ciudadanía, de ser una carga para la patria, de perjudicar el aumento de población, de engañar a sus coetáneos y a la posteridad y, sin embargo, toleramos esa institución.

 

                                                                          Z

 

ZOROASTRO. Si fue quien legó a los hombres este aforismo: «Cuando dudes si un acto es bueno o malo, abstente de practicarlo», Zoroastro fue el primero de los hombres después de Confucio.

 

Si esta sublime lección de moral se encontró escrita en el Sadder mucho después de la época de Zoroastro, bendigamos al autor de dicho libro. Pueden crearse dogmas y observarse ritos muy ridículos profesando excelente moral.

 

¿Quién era Zoroastro? El nombre parece derivar del griego y se cree que era medo. Los parsis actuales le llaman Zerdust, Zerdast o Zaradast. Se dice que no fue el primero de ese nombre, pues se habla de otros dos Zoroastros. Uno de ellos data de hace nueve mil años, que son muchos para nosotros, aunque sean pocos para el mundo. Nosotros sólo conocemos al tercer Zoroastro.

 

Los viajeros franceses Chardin y Tavernier nos han hecho saber algo de ese gran profeta, del que adquirieron noticias por medio de los guebros o parsis, todavía esparcidos por la India y Persia y que son excesivamente ignorantes. En cambio, el doctor Hyde, profesor de árabe en Oxford, nos ha hecho saber cien veces más de Zoroastro sin haber salido de su casa. Adivinó desde el oeste de Inglaterra la lengua que hablaban los persas en la época de Ciro y la cotejó con la lengua moderna de los adoradores del fuego. A él, especialmente, debemos la traducción del Sadder, en el que constan los principales preceptos de los devotos ignícolas o adoradores del fuego.

 

Las interesantes investigaciones de Hyde encendieron en el corazón del sabio orientalista francés Anquetil el deseo de viajar para aprender los dogmas de los guebros.

 

Viajó por la India con el fin de aprender en Surate, entre los parsis modernos, la lengua de los antiguos persas y leer en dicho idioma los libros del famoso Zoroastro, suponiendo que hubiera escrito.

 

Pitágoras, Platón y Apolonio fueron a Oriente en busca de la sabiduría, que no estaba allí, pero ningún hombre corrió tras esa divinidad oculta pasando tantas angustias, ni afrontando tantos peligros, como Anquetil, traductor de los libros atribuidos a Zoroastro. Ni las enfermedades, la guerra, los ingentes obstáculos que tuvo que vencer, ni la pobreza que es el primero y mayor de todos ellos, le hicieron desistir de su firme propósito.

 

Es una gloria para Zoroastro que un inglés escribiera su vida muchos siglos después de su época, y que luego un francés la volviera a escribir de forma diferente. Pero lo singular es que contemos entre los biógrafos antiguos del profeta a dos autores árabes, que cada uno redactara una historia distinta, y que las cuatro historias se contradigan de tal forma que nadie sea capaz de conocer la verdad.

 

El primer historiador árabe, Abu Mohamed Mustafá, refiere que el padre de Zoroastro se llamaba Espintaman, pero a renglón seguido dice que Espintaman no era su padre, sino su tatarabuelo. Respecto a su madre, dice que se llamaba Dogdu, Dodo o Dodu, una hermosa mujer hindú que describe muy bien el doctor Hyde.

 

El segundo historiador árabe, Bundari, asegura que Zoroastro era judío y fue un criado de Jeremías que engañó a su señor, y éste, por vengarse, le hizo contraer la lepra; el criado, por quitársela de encima, fue a predicar una nueva religión en Persia, donde consiguió que adoraran al sol en vez de adorar a las estrellas.

 

El doctor Hyde nos cuenta que el profeta Zoroastro vino del paraíso a predicar su religión en los dominios de Gustaf, rey de Persia, y éste le dijo: «Demuéstrame algo para que te crea». El profeta hizo crecer entonces ante la puerta del palacio un cedro tan corpulento y tan alto que ninguna cuerda podía rodearlo ni alcanzar el remate de su copa, y en su cima puso una hermosa habitación a la que ningún hombre podía subir. Y el rey quedó tan asombrado de este milagro que creyó en Zoroastro.

 

Cuatro magos envidiosos y malvados pidieron al portero real la llave de la habitación del profeta, mientras éste se hallaba ausente, y pusieron entre los libros de Zoroastro huesecillos de perros y gatos, y uñas y cabellos de muertos, elementos que, como es sabido, han usado los magos de todos los tiempos. Acto seguido, se presentaron al rey y acusaron al profeta de ser hechicero y envenenador. El rey mandó al portero que le abriera la habitación y encontrando lo dicho sentenció a la horca al enviado del cielo.

 

Cuando iban a ahorcar a Zoroastro, el caballo más hermoso del rey sufrió un percance extraño; se le metieron en el cuerpo las cuatro patas de tal modo que no se veían. Cuando el profeta lo supo prometió solemnemente curar al caballo a cambio del perdón. Aceptada su propuesta, hizo salir una pata del vientre del corcel, diciendo: «Señor, no sacaré la segunda pata si no prometéis abrazar mi religión». «Te lo prometo», contestó el rey. El profeta hizo aparecer la segunda pata del animal y luego exigió que los hijos del monarca también se convirtieran. Finalmente, la aparición de las dos patas restantes consiguió hacer numerosos prosélitos en la corte. Ahorcaron a los cuatro perversos magos en vez del profeta y toda Persia abrazó la religión de Zoroastro.

 

El orientalista Anquetil refiere poco más o menos los mismos milagros, pero embellecidos y aumentados. Por ejemplo, la infancia de Zoroastro debió ser milagrosa; según cuentan Plinio y Solín, cuando nació se echó a reír. En aquellos tiempos había muchos magos, muy poderosos, que vaticinaban que llegaría un día en que Zoroastro sabría más que ellos y los hundiría. El príncipe de los magos hizo que llevaran al niño a su casa con la intención de abrirle en canal, mas al iniciar esta operación se le secó la mano. Lo arrojaron al fuego para que muriera abrasado y el fuego se transformó para él en un bario de agua de rosas. Lo dejaron entre una manada de lobos y éstos fueron a buscar dos ovejas que le amamantaron toda la noche. Finalmente, comprendiendo que no podían quitarle la vida, lo devolvieron a su madre, la más excelente de todas las mujeres.

 

Y así son en todo el mundo las historias de los tiempos más remotos; por eso hemos dicho algunas veces que la leyenda es la más hermosa primogénita de la historia.

 

Quisiera, para solaz e instrucción, que los grandes profetas de la Antigüedad, Zoroastro, Mercurio, Trimegisto, Abaris y Numa, volvieran al mundo y discutieran con los filósofos menos sabios de nuestros días porque, sin duda, harían un papel ridículo. Serían unos mequetrefes charlatanes que no conseguirían vender sus drogas en la plaza pública, aunque repito que su moral es buena, porque la moral no es una droga. ¿Cómo pudo Zoroastro mezclar con tantas tonterías el sublime aforismo de abstenerse de obrar cuando dudemos de si es en bien o en mal? Por la sencilla razón de que los hombres están llenos de contradicciones.

FIN DEL DICCIONARIO FILOSÓFICO

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