|
0205 -
Gran Bretaña ha jugado un papel predominante en las negociaciones con
Irán sobre su programa nuclear y el riesgo de que pudiera conducir al
desarrollo de una bomba atómica, y puede perfectamente querer llevar la
cuestión hasta el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas.
Dado que el propio Primer Ministro está decidido a mejorar el Trident y
parece estar comprometido en una nueva serie de centrales nucleares, su
posición como defensor del Tratado de No Proliferación no es muy
creíble, y si pretendemos entender la profundidad de la hipocresía
occidental en esta cuestión debemos mirar hacia atrás en la historia,
que ha sido convenientemente olvidada.
Hace treinta años, el 7 de Enero de 1976, como Secretario de Estado para
la Energía, entablé una larga discusión con el Sha en su palacio de
Teherán, y pasamos la mayor parte del tiempo discutiendo sus planes para
desarrollar un importante programa nuclear en Irán.
Yo había sido bien informado sobre sus propósitos por el Dr. Akbar
Etemad de la Organización Iraní de la Energía Atómica, quien me había
dicho que intentaba construir una instalación de 24 megavatios para
1994, lo que superaba al programa que tenía entonces la propia Gran
Bretaña, y me había expresado su interés en los centrifugadores que son
esenciales para el reprocesado, mientras que me aseguraba que estaba
ansioso por evitar la proliferación nuclear. La transcripción de mi
charla con el Sha sobre las fuentes de esta tecnología nuclear revela
que me dijo que “la iba a obtener de los franceses y los alemanes e
incluso podría obtenerla de los soviéticos - ¿y por qué no?”
Solo un año después, el Dr. Walter Marshall, de la Autoridad para la
Energía Atómica, mi propio consejero, me anunció que también era
consejero del Sha en política nuclear, y que tenía preparado un proyecto
bajo el que el Sha pediría el reactor de agua presurizada (pressurised-water
reactor, PWR) Westinghouse si Gran Bretaña hacía lo propio, y que Irán
estaba dispuesto a aportar el dinero – un plan contra el que yo estaba
decidido a luchar. En realidad se estaba sugiriendo, como parte de este
acuerdo, que Irán se convertiría en propietario del 50% de nuestra
industria nuclear con el propósito de construir los PWR.
Marshall, sin mi autorización, había sugerido, aparentemente, que Gran
Bretaña abandonara nuestros reactores de gas enfriado avanzados y
solicitara hasta 20 PWR, por lo que llegué a la conclusión de que él
había adoptado el punto de vista, como hicieron muchos en la industria
nuclear, de que la proliferación era inevitable y que no había mucho que
se pudiera hacer. De hecho él casi dijo lo mismo.
Por todas estas razones, yo me oponía totalmente a esta idea, y lo que
me preocupaba más era la práctica certeza de que conduciría a la
proliferación nuclear y a que Irán desarrollara armas atómicas. Nunca se
aprobó. Sir Jack Rampton, mi secretario permanente, que parecía estar
tan entusiasmado como Marshall con la adopción de los PWR, y a quien el
Primer Ministro consultaba directamente, estaba presionando claramente
hacia esa posición, y el propio Jim Callaghan quería que yo me uniera.
En una reunión del Gabinete que tuvo lugar el 4 de Mayo de 1977, Jim,
mientras expresaba su preocupación por la proliferación nuclear,
argumentó que no debíamos rechazar el proyecto iraní, porque pensaba que
los alemanes o los franceses se harían cargo de él.
Una complicación adicional surgió porque, como la energía nuclear
dependía del EURATOM, desde el punto de vista del Foreign Office formaba
parte de las competencias legales de la Comisión Europea, por lo que el
gobierno británico quizá no pudiera pronunciarse.
Lo más asombroso de todo, a la luz de las presentes discusiones, es que
el problema de que Irán desarrollara una capacidad nuclear tan enorme no
supuso un problema para los estadounidenses porque, en aquella época, al
Sha se le veía como un aliado fiable, y de hecho había llegado al trono
con su ayuda.
Es muy difícil que haya un ejemplo más claro de doble rasero que éste, y
coincide con el suministro de armas a Saddam para que atacara Irán tras
el derrocamiento del Sha y el absoluto silencio sobre el enorme arsenal
nuclear de Israel, que constituye en sí mismo una violación del tratado
de no proliferación.
La Agencia Internacional de la Energía Atómica (AIEA) y su jefe, Mohamed
El Baradei, recibieron hace poco el premio Nobel de la Paz por su
trabajo en la no proliferación, pero como este tratado establece que los
estados con armas nucleares deben negociar su propio acuerdo de desarme,
lo que no ha ocurrido, está claro que para ellos el tratado de no
proliferación no importa.
Ahora hay una propuesta para elaborar un informe sobre Irán para las
Naciones Unidas y El Baradei se puede encontrar en la misma situación en
la que estuvo Hans Blix, el inspector de las armas de Irak utilizado por
Washington para sus propios propósitos, con EEUU buscando una resolución
de la ONU de condena a Irán y entonces, si esto falla, actuando
unilateralmente utilizando la fuerza, como en Irak.
Si los problemas que se discuten se pueden tratar de un modo práctico a
través de la AIEA, hay una oportunidad real de una solución consensuada,
y eso es lo que deberíamos pedir puesto que ni Bush ni Blair están en
situación de adoptar una elevada actitud moral.
Como me opongo firmemente a las armas nucleares y a la energía nuclear
para usos civiles, estos comentarios no se deben tomar como apoyo a lo
que está haciendo Irán, pero los vínculos nucleares que Gran Bretaña
tuvo en el pasado con Irán deben alentarnos para ser muy cautelosos y
oponernos a aquellos cuyos argumentos pueden presentarse para justificar
una guerra, que no puede justificarse.
Tony Benn fue el Secretario de Estado para
la Energía de 1975 a 1979
|
|