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10 - Jorge Gómez Barata - Veinte años atrás, cuando en La Habana me fue presentado el historiador norteamericano Philip Foner, le pregunté: “Por qué Roosevelt había ocultado a Stalin el proyecto Manhattan”. La respuesta del sabio fue lapidaria: “No sólo lo ocultó a Stalin sino a todo el gobierno norteamericano, al alto mando de las fuerzas armadas y a los aliados. Tal vez, además de las razones militares, Roosevelt que no era nada bravucón, le temía al fracaso y al ridículo…”

A la muerte de Roosevelt, el 12 de abril de 1945, menos de un mes antes de la capitulación de Alemania y cuando la bomba estaba prácticamente lista, Henry L. Stimson, Secretario de Defensa, informó a Harry Truman del estado de los trabajos. No hubo detalles ni se comprometió una fecha para tener listo el artefacto. Años después Truman comentaría: “Fue el primer pedacito de información que recibí acerca de la bomba atómica…”

Cuando en agosto de 1939 Roosevelt recibió la carta de Albert Einstein alertando sobre los presuntos avances alemanes en la construcción de la bomba atómica, ordenó la creación del Comité del Uranio dirigido por Arthur Compton, quien intentó conducir los trabajos por medio de las corporaciones privadas fabricantes de armas, las cuales, debido a los altos costos de investigación y la incertidumbre en cuanto al éxito, no se entusiasmaron. Alertado por informes de inteligencia, en 1941 se decidió reorientar el proyecto convirtiéndolo en una actividad militar.

Así nació el proyecto Manhattan encabezado por tres personas: Robert Oppenheimer, director general a cargo de la actividad científica, el coronel Leslie Groves, a quien se encargaron las labores de intendencia, seguridad y aseguramientos materiales y el ingeniero Vannevar Bush, del Instituto Tecnológico de Massachusetts, que asumió la tarea de crear un soporte matemático para realizar la enorme cantidad de cálculos que el proyecto requería.

Los tres hombres, que en secreto administraron un presupuesto de dos mil millones de dólares de la década del cuarenta (hoy serían 20 000 millones), coordinaron la actividad de varias corporaciones, miles de empresas, decenas de centros de investigación y de unas 130 000 personas, cumplieron eficientemente sus tareas.

Cuentan que en su primera entrevista el coronel Groves preguntó a Oppenheimer: “¿Por dónde comenzamos? ¡Consiga uranio y busque la manera de enriquecerlo!, contestó el científico.

Las primeras decisiones de Groves fueron comprar 1 250 toneladas de mineral de uranio proveniente del Congo Belga, encargar la construcción de una planta para enriquecerlo en Oak Ridge y trasladar todo el proyecto al desierto y construir el laboratorio de los Álamos, Nuevo México.

A fines de 1944 lo que peor marchaba era la producción del uranio enriquecido que se que necesitaba para dos bombas, a lo cual se añadía el problema no resuelto del mecanismo necesario para hacer estallar la tercera construida a base de plutonio.

Los atrasos en los trabajos y luego los vertiginosos adelantos dieron lugar a las especulaciones acerca de un inesperado aporte obtenido con la captura el 19 de mayo de 1945 del mayor submarino alemán de la época, el U 234 a bordo del cual “casualmente” se encontraron unos disparadores utilizados para la bomba de plutonio y media tonelada de uranio enriquecido.

El 18 de junio de 1945 con el alto mando se examinó y analizó el plan presentado por el general Marshall para invadir a Japón, contando únicamente con recursos convencionales. En esa reunión se adelantó la idea de que la bomba sería probada, cosa que ocurrió 28 días después.

El 17 de julio de 1945, Leo Szilárd y otros 69 integrantes del proyecto Manhattan enviaron al presidente una carta alertándolo de las terribles consecuencias que pudiera tener el empleo del arma atómica. Nunca ha podido aclararse si la misiva llegó o no a manos del mandatario.

Sin embargo, casi veinte años después de concluida la guerra el general Eisenhower confesó que en 1945 el Secretario de Guerra Stimson le informó acerca de la posibilidad de lanzar la bomba atómica sobre Japón: “Yo fui -escribió Eisenhower - de los que cuestionó la sensatez de tal acto…” Stimson no reconoció la existencia de tal diálogo y de haber existido tampoco se sabe si lo comentó con Truman.

El tercer enigma no resuelto es si Stalin conocía del avance de los trabajos y si fue enterado de la prueba realizada en el desierto de Nuevo México, cosa que a la luz de recientes revelaciones acerca de la profundidad con que los servicios de inteligencia penetraron el proyecto Manhattan, parece obvia.

Según se afirma, el líder soviético de entonces, aliado de los Estados Unidos, cobró caro el desaire de Roosevelt porque no sólo obtuvo información de los avances norteamericanos, sino una serie de datos que allanaron el camino soviético hacía la bomba del Kremlin. Luego les cuento otros pasajes. - Cubadebate

 


 

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