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0811 -
Fernando Del Corro -
DEUDA ODIOSA: UNA TEORÍA DE
Estados Unidos SOBRE PASIVOS ILEGÍTIMOS
Las deudas impuestas a los pueblos “sin
su consentimiento” y, más aún, con el agravante de haberlas asumido
mediante “el uso de la fuerza” son ilegítimas y no podrán ser reclamadas
“en ningún sentido, ni moral ni jurídicamente”, según la doctrina sobre
la “deuda odiosa” desarrollada por el gobierno de Estados Unidos de
América en ocasión de debatirse el “Tratado de París”, firmado el 10 de
diciembre de 1898 con el que se selló la guerra independentista cubana
de más de tres años con España definida en los últimos meses a raíz de
la intervención de las tropas de Washington.
(Ver:
La Deuda
Odiosa)
La delegación estadounidense, encabezada
por el subsecretario de Estado, William R. Day, siguiendo expresas
instrucciones del presidente William MacKinley y en base a dicha
argumentación, rechazó toda pretensión de la contraparte española,
liderada por el jurista Eugenio Montero Ríos, presidente del Senado de
su país, de que al independizarse Cuba, pasar Puerto Rico a depender del
gobierno de Washington y adquirir éste Filipinas, las deudas coloniales
con la vieja metrópoli fueran asumidas por las nuevas autoridades, según
cada caso.
España, duramente derrotada en la guerra,
de la que surgieron por un lado la dictadura del general Miguel Primo de
Rivera, ex comandante de las tropas de Filipinas, y los regionalismos
-en particular el Partido Nacionalista Vasco de Sabino Aranda- que
vieron su oportunidad en el desmoronamiento del colonialismo castellano,
se vio obligada a aceptar todas las condiciones aplicadas
implacablemente por los vencedores y sólo recibió 20 millones de dólares
estadounidenses en concepto de adquisición de Filipinas, país al que
concedieron la independencia varias décadas después.
EEUU, que en 1822 a través de la doctrina
del presidente James Monroe había expuesto su decisión de no permitir la
intromisión europea en América; que algunas décadas después adoptó la
teoría del “Destino manifiesto” del historiador John Fiske; que en 1888
pretendió impulsar lo que hoy se conoce como ALCA; y que en 1894 se
convirtió en la primera potencia industrial del planeta, estaba decidido
a terminar definitivamente con la presencia española en este continente,
sobre todo en el Caribe, que ya para entonces era una suerte de “Mare
Nostrum”.
(Ver:
Derechos Humanos)
Durante las negociaciones celebradas en
París entre el 1° de octubre y el 10 de diciembre de 1898, la antes
orgullosa España que había desdeñado las ofertas papales y alemanas para
interceder ante EEUU y tratar de impedir la guerra, se vio obligada a
firmar un tratado en el que los 75 millones de vencedores impusieron a
los 17 millones de derrotados absolutamente todas sus condiciones sin
aceptar uno sólo de los reclamos de los segundos e, incluso, llegaron a
modificar algunas para hacerlas aún más duras.
La principal preocupación española en las
negociaciones se centró en la cuestión de la deuda cubana que alcanzaba
a las 1.500 millones de pesetas. Montero Ríos argumentó sin éxito al
comienzo de las deliberaciones en París que EEUU debía hacerse cargo de
ese pasivo y luego transferirlo a las futuras autoridades de la isla
cuando ésta adquiriese su independencia plena. Pero la respuesta de Day
y los suyos fue transcribir una protesta de la Universidad de La Habana:
"¿Han sido jamás consultados los habitantes que están interesados en
este asunto? El país ni ha sido consultado y ahora por primera vez se le
notifica que debe pagar estas deudas".
(Ver:
FMI)
Además la delegación estadounidense dejó
puntualizado que como doctrina del país, cuando su país compró Lousiana
a Francia, Florida a España y Alaska a Rusia no asumió las deudas que
pudieran tener esas regiones las que, en todo caso, fueron absorbidas
por los vendedores. De esa manera se puso punto final a toda discusión
sobre el punto, quedando sentadas las bases de la doctrina de la “deuda
odiosa”.
Este concepto fue tomado en los últimos
años por el Vaticano, sobre todo a partir de su impulso, en el marco del
Jubileo 2000, a la condonación de la deuda de los países del Tercer
Mundo, sobre todo cuando ésta representa valores insignificantes
porcentualmente, más allá de sus volúmenes, en las carteras de los
acreedores. Máxime cuando la ilegitimidad de dichas deudas se vincula
con gobiernos dictatoriales, como el del Proceso de 1976 a 1983 en
Argentina, de otros regímenes terroristas de estado de la región, de
tiranos sangrientos de Africa como Mobutu Sese Seko (Zaire) e Idi Amin
Dada (Uganda), o en Asia en el caso del corrupto Ferdinand Marcos,
cuya fortuna heredada por su esposa Imelda fue calculada en 10.000
millones de dólares.
Tal vez MacKinley, asesinado por un
anaquista un año y medio después de la firma del Tratado de París haya
sido iluminado por la propia divinidad para desarrollar esa doctrina. El
presidente, que anexó a su país las islas Hawai y mantuvo una constante
expansionista, ante una consulta que se le realizara en relación con su
decisión de intervenir en la guerra que España llevara contra los
independentistas cubanos, respondió que ello le había sido recomendado
por el propio Dios mientras caminaban una noche por los pasillos de la
Casa Blanca.
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