Resumen
En el presente
artículo el autor define eutanasia y las diferentes formas que ella
puede tener a partir de distinciones que se han propuesto como
éticamente relevantes; explica conceptos importantes en el debate actual
sobre la eutanasia (medios proporcionados o desproporcionados, principio
del doble efecto, argumento de la pendiente resbaladiza, calidad o
santidad de la vida); expone algunos argumentos a favor y en contra de
las prácticas eutanásicas; e informa sobre la distinta evaluación que se
ha hecho de las actuales experiencias de despenalización.
En la acepción actualmente
predominante, eutanasia es la acción u omisión que permite, acelera o
provoca la muerte de un paciente terminal o de un recién nacido con
graves malformaciones, para evitar sus sufrimientos. El concepto supone
la intervención de un agente distinto del enfermo y que ella se lleve a
cabo por el bien de éste, movida por la compasión().
Proposiciones y prácticas
eutanásicas ha habido en distintas épocas y culturas().
A veces han sido las normas consuetudinarias las que han determinado
cuándo una persona enferma o anciana debe morir en beneficio del grupo.
En otras ocasiones se ha atribuido al rol del médico el favorecer la
muerte de los enfermos incurables o de quienes carecen de utilidad
social. En la actualidad, apelando al principio ético de la autonomía,
autores y grupos defienden la legitimidad de ayudar a morir a un
paciente informado y competente que lo solicita o de aceptar la decisión
de quien represente los mejores intereses del enfermo si éste no puede
expresar la petición.
Factores determinantes del
debate contemporáneo sobre la eutanasia serían la incapacidad de la
profesión médica de aceptar la muerte inevitable y de poner límites al
uso de una técnica capaz de mantener por tiempo indefinido una vida
meramente biológica del cuerpo, cuando ya no existe posibilidad de una
existencia realmente humana; el reconocimiento del paciente como agente
moral autónomo y la afirmación de la libertad como supremo valor del
hombre; y una concepción inmanentista de la vida, aparejada con el
rechazo del sufrimiento como experiencia "purificadora y meritoria".
La eutanasia, ampliamente
definida, puede ser clasificada desde diversos puntos de vista
formulándose distinciones relevantes en el debate sobre su eticidad():
Eutanasia voluntaria: La
decisión la toma el paciente directamente o terceros obedeciendo los
deseos que el paciente ha expresado con anterioridad.
Eutanasia no voluntaria: La
decisión la toma un tercero sin que haya habido posibilidades de conocer
la determinación del enfermo.
Eutanasia involuntaria: La
decisión la toma un tercero sin pedir el consentimiento de un paciente
capaz de expresar su elección o en contra de su voluntad.
Eutanasia activa (o
positiva): por acción (administración de sustancia letal p.e.).
Eutanasia pasiva (o
negativa): por omisión (abstención o retiro de terapias).
Eutanasia directa: la acción
u omisión intenta la muerte del paciente.
Eutanasia indirecta: la
acción u omisión no busca la muerte del paciente, pero se es consciente
que ésta puede producirse como efecto secundario no deseado de dicha
acción u omisión.
La distinción entre acción y
omisión (eutanasia activa o pasiva) apunta a la diferencia existente
entre matar y dejar morir, conceptos susceptibles de diferente
valoración moral().
En el primer caso, el paciente muere como consecuencia directa de los
acontecimientos iniciados por el agente. En el segundo caso, el paciente
muere porque el agente no interviene en un curso de acontecimientos
(evolución de la enfermedad) que ya está en marcha y que no son
provocados por él. Según esto, tanto no comenzar con una terapia como
retirarla una vez iniciada serían omisiones que dejan morir (eutanasia
pasiva).
Aceptando la anterior
distinción, con la que no todos los autores están de acuerdo, es
necesario aún tener presente que hay omisiones que pueden ser tan
culpables como las acciones y que se requieren entonces criterios para
distinguir entre omisiones que pueden estimarse permisibles de otras que
no lo son. Para hacer este discernimiento se ha postulado hacer la
diferencia entre medios proporcionados (ordinarios) y desproporcionados
(extraordinarios) para mantener a una persona con vida. La distinción
entre unos y otros no se basa tanto en las características del
tratamiento en sí (accesibilidad, complejidad o costo p.e.), sino en los
beneficios y riesgos que el paciente puede obtener o sufrir con su
utilización. El abstenerse de utilizar medios desproporcionados, que
sólo prolongan la agonía, no sólo sería legítimo sino también una
exigencia ética, poniéndose en duda definir esto como eutanasia. Una
discusión vinculada con lo anterior es si la alimentación, la
hidratación y la administración de oxígeno pueden ser considerados en
algunas circunstancias como medios desproporcionados o si su utilización
siempre constituye un deber ético().
Otra distinción éticamente
significativa se hace entre la muerte del paciente como resultado
inmediato pretendido (eutanasia directa) y su muerte como consecuencia
prevista pero no intencional (eutanasia indirecta) de la acción médica.
Ejemplo clásico de esto último es la administración liberal de
analgésicos a un paciente terminal con el objetivo de calmar sus dolores
aun cuando se sabe que tal prescripción puede determinar una abreviación
de su vida. Aquí se aplicaría el principio del doble efecto, según el
cual es éticamente aceptable realizar un acto moralmente bueno o neutro
(administración de fármacos) con la intención de obtener un resultado
también bueno (analgesia), aunque esto pueda causar, como efecto
colateral no deseado, la muerte del paciente. Tampoco esta distinción
concita unanimidad entre los autores, pues los defensores de la
eutanasia sostienen que con ambas conductas (directa o indirecta) se
pretende beneficiar al paciente, el resultado es el mismo (fallecimiento
del enfermo) y aún que, en el contexto de la eutanasia, una activa
conducta destinada a poner fin al sufrimiento podría ser considerada
moralmente mejor que el mero permitir que se produzca el bien deseado
por el paciente (liberarse de una situación que considera peor que la
muerte).
El debate actual se da entre
los partidarios de legalizar la eutanasia voluntaria, o en algunos casos
no voluntaria (recién nacidos malformados p.e.), y que no ven
diferencias significativas entre sus formas activa o pasiva, directa o
indirecta, y quienes se oponen a tal legalización, aceptando éstos sólo
la abstención del uso de medios terapéuticos desproporcionados y la
aplicación del principio del doble efecto, situaciones para las cuales
proponen no usar el término de eutanasia.
Los argumentos a favor de
permitir la eutanasia (voluntaria, activa, directa) se basan en la
compasión, considerando cruel rehusarse a librar al enfermo incurable de
una situación de padecimientos e indignidad, y en la primacía de la
autonomía del paciente, en el respeto a su autodeterminación,
reconociéndole el derecho a decidir cuándo abandonar la lucha por la
vida cuando ésta implica sufrimientos que él no puede afrontar y que la
medicina no puede suprimir o aliviar.
En oposición a la
legalización de la eutanasia, se argumenta que la vida humana es un
valor superior, cuyo respeto posibilita la convivencia social, y que la
finalidad constitutiva de la medicina es precisamente ese respeto,
siendo completamente ajeno a ella el acto de matar. Al autorizar la
eutanasia se cambiaría radicalmente la relación médico – paciente(),
creando en la sociedad una desconfianza hacia los profesionales de la
salud, y se desmotivarían los esfuerzos para progresar en los cuidados
paliativos o en la búsqueda de terapias eficaces para las enfermedades
que hoy en día se consideran incurables.
A la posibilidad de autorizar
la eutanasia en situaciones límite bien definidas se opone el argumento
de la pendiente resbaladiza, según el cual una actitud permisiva en
casos discutibles puede ir progresivamente aumentando la tolerancia de
actos cada vez más inaceptables. Otros opinan, sin embargo, que este
argumento es una falacia pues no hay razón lógica por la cual la
compasión y el respeto por la autonomía, que justifican la eutanasia,
puedan justificar lógicamente también homicidios ajenos a tales
motivaciones y que una ley inequívoca puede impedir la transgresión y el
abuso().
En la reflexión sobre las
consecuencias de los tratamientos médicos en general y de la pertinencia
de la eutanasia en particular se ha planteado la necesidad de evaluar la
calidad de vida del paciente como una variable determinante a la hora de
la toma de decisiones. Este concepto puede ser considerado como opuesto
al de santidad de la vida, que defiende el carácter sagrado, absoluto e
inviolable que tendría toda vida humana en cualquier circunstancia. En
la actualidad se tiende a superar esta contradicción postulando que el
exigido respeto por la vida y su dignidad implica necesariamente tomar
en cuenta también su calidad, pero con ciertos requisitos para evitar
tanto el riesgo de una rigidez dogmática (concepto de santidad de la
vida en términos absolutos) como el riesgo de arbitrariedad (concepto de
calidad de vida relativo y subjetivo)().
Desde esta perspectiva, las decisiones basadas en la calidad de vida
deberían considerar a toda persona de igual valor, deberían diferenciar
entre una vida personal y una vida meramente biológica, deberían ser
tomadas por el propio enfermo o por quien pueda defender sus mejores
intereses y deberían reconocer que para el paciente no toda forma de
vida tiene igual valor.
El enfermo terminal con
frecuencia sufre dolores insuficientemente tratados o se siente
deprimido, abandonado o culpable de constituir una carga emocional y
financiera para su familia().
La pregunta que surge entonces, es si la petición de eutanasia no es más
bien expresión de esos sentimientos que de un real deseo de morir,
especialmente si se tiene en cuenta que la desmoralización puede hacer
al paciente terminal más vulnerable a la sugestión de terceros,
aumentando el riesgo de abuso. En efecto, varios estudios concluyen que
la mayoría de los enfermos que solicitan acelerar su muerte padecen de
dolor o depresión o carecen de apoyo familiar y además, que en la
mayoría de ellos este deseo de morir fue transitorio().
Por otra parte, se ha advertido el peligro de que lo que se le concede
al paciente como un derecho pueda convertirse en un deber(),
ejerciéndose una presión externa que descalifique su decisión de
mantenerse con vida bajo cualquier circunstancia, sobre todo si se tiene
a la vista la proposición de que el momento en que puede declararse
muerta a una persona debe ser escogido por el consenso social().
En Holanda se ha
despenalizado la eutanasia, bajo las siguientes condiciones():
que el paciente esté informado sobre su enfermedad y conozca las
posibles alternativas existentes; que el enfermo encuentre insoportable
su sufrimiento físico o mental; que el deseo de morir sea firme; que su
decisión sea personal y libre, sin presiones sociales; que el médico
consulte a un colega sobre la determinación de aplicar la eutanasia,
asegurándose que existen causas suficientemente graves para
fundamentarla; y que el profesional informe a las autoridades
judiciales, comunicando las circunstancias en que se ha tomado tal
decisión y el método que ha empleado.
La experiencia en ese país
(donde el 2.1% de todas las muertes se deben a eutanasia o suicidio
asistido, la mayoría en pacientes con cáncer avanzado) demuestra para
algunos lo infundado que es el argumento de la pendiente resbaladiza y
el temor al abuso, revelando ciertos estudios que la mayoría de los
pacientes a los que se les ayudó a morir habrían muerto naturalmente al
cabo de algunas semanas, por lo que el procedimiento influyó poco en el
acortamiento de la vida(),
Otros estudios afirman, por el contrario, que sólo una minoría de casos
de eutanasia son informados a las autoridades; que ha habido un
importante incremento de la práctica de eutanasia en pacientes que se
encuentran en estado de inconsciencia, operándose una transición desde
la eutanasia voluntaria a la eutanasia no voluntaria; y que la mayoría
de las muertes por eutanasia se produjeron dentro de las dos semanas
desde la solicitud inicial, sin dar tiempo suficiente para evaluar la
firmeza de tal decisión ni para descartar razonables expectativas de
mejoría de un trastorno depresivo().
Hoy en día la mayoría de los
médicos se opone a la eutanasia activa y directa, pero para que este
rechazo sea sostenible y consistente se requiere la sistemática
abstención de terapias inútiles (desproporcionadas) y la debida atención
a las necesidades de los pacientes().
A la inversa, proponer la legalización de la eutanasia, despreocupándose
de los posibles y necesarios cuidados paliativos y manteniendo la
tendencia a abandonar al enfermo terminal, con lo que se deja a éste en
una situación de sufrimiento físico y psicológico que le hace ansiar la
muerte(),
parece transgredir gravemente el principio de justicia.
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Pedro Eva
Condemarín es Médico Psiquiatra, Profesor Asistente del
Departamento de Psiquiatría y Salud Mental, Facultad de Medicina,
Universidad de Chile