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281206 -
(APE)- Más enigmática aún es la visita que el poeta Paul Celan,
víctima del nazismo, autor de versos que hablan de "las tumbas en el
aire" cavadas por los hornos crematorios de los campos de concentración
nazis, hizo en 1967 a Heidegger militante del partido nazi. Se ha dicho
que esa entrevista influyó en el suicidio de Celan porque éste no logró
arrancar a Heidegger una sola palabra de condena al Holocausto; pero el
propio Celan confió en carta a su amigo Franz Wurm... que el encuentro
había sido satisfactorio y amistoso. ¿Los unía la común entrega a las
palabras, que ambos torneaban con espléndidos silencios? ¿Eso sentía el
rumano Celan, que eligió la lengua del enemigo, el alemán, para dar su
poesía? ¿Tal vez porque la magnitud del crimen cometido con esa lengua
sólo se podía medir en esa lengua? - Juan
Gelman
-I-
A la larga lista de eufemismos políticos y sociológicos actuales: ajuste
con rostro humano, países en vías de desarrollo, globalización,
estabilidad, seguridad, habría que añadir uno más: crisis alimentaria.
La Cumbre Mundial sobre la Alimentación que se reunió en Roma del 13 al
17 de noviembre de 1996, con la participación de 100 mandatarios, se
propuso reducir para el año 2015 la mitad de las personas que sufren
hambre en el mundo. Para el caso que aquella meta fuese alcanzada,
morirán -de cualquier manera para el año 2015- por falta de alimentos
142 millones de niños menores de 5 años. Después de la cumbre de Roma,
uno no puede dejar de pensar como Onetti: las únicas palabras que tienen
derecho a existir son aquellas mejores que el silencio.
El documento aprobado de 46 páginas demandó 6 meses de negociaciones
entre los 440 delegados de los 137 países, no pasando el plano de las
recomendaciones y tecnicismos previsibles. Estos expertos, asalariados
de la globalización, sólo pusieron en duda la hermosa frase de Andrés
Rivera: Futuro, esa palabra que cobija la fugaz nobleza de los sueños
del hombre. No hubo sueños en la cumbre: sólo el "acto criminal de
eliminar la ilusión". Sólo presagios inasibles de malas muertes.
El crecimiento demográfico, más el aumento incesante de pobrezas sin
límite, como consecuencias de la voracidad de las grandes empresas,
proyectan guarismos hacia el año 2015 que duplican las cifras
antedichas.
La “declamada” renuncia en 1996 a seguir matando por parte de las
grandes transnacionales que manejan a los países llamados ricos los
condujo a suscribir los Objetivos del Milenio y -como si fuera proeza-
reducir a la mitad la pobreza, el hambre, la mortandad infantil para el
año 2015. Nueve años después nos encontramos con la utopía contraria:
nos han hecho entrar a mayor velocidad y a “paso de ganso en la miseria
y en la sangre”. Los objetivos se lograrían recién para el año 2215,
como denunciara el Presidente Chávez el 15 de septiembre del año 2006 en
la ONU. El Presidente Venezolano exponía el desamparo de los pueblos y
la búsqueda desesperada -en los tiempos oscuros- de una razón para reír.
Las medidas que se aprobaron en Roma eran previsibles y corren el riesgo
de convertir "al apocalíptico caballo en el alado Pegaso": no se habló
de redistribuir alimentos entre zonas excedentarias y deficitarias, ni
de la tenencia de la tierra entre latifundistas y campesinos, ni del
robo de las multinacionales agroalimentarias de semillas mejoradas
durante cientos de años por campesinos del Tercer Mundo.
Hablaron de pobreza sin decir basta. Del achicamiento de los mercados
laborales y sus futuros hambrientos. De generaciones venideras,
inmolando las presentes en la pira del crecimiento económico. Y ello sin
prestar atención a la advertencia de Pablo Neruda: El hambre, no era
sólo hambre, sino la medida del hombre.
-II-
La FAO, convocante de la cumbre, no puede olvidar que su antiguo
presidente, Josué de Castro, en su "Geografía del hambre", desterró la
palabra subnutrición para sustituirla por hambre, trasladando el
problema, como corresponde, de las ciencias de la salud a las ciencias
políticas.
En ese sentido el Director de la FAO, dependiente de Naciones Unidas,
Jacques Diouf, con cierta timidez, manifestó "que el mundo produce hoy
suficientes alimentos para dar de comer a todos, pero no todos tienen
acceso a ellos".
El mismo Vaticano, muchas veces más preocupado por cuestiones
celestiales que por la cruz de los humanos, manifestó "El problema del
hambre no depende de la escasez de alimentos, sino de su mala
distribución, motivada por las estructuras de pecado que provocan que
millones de personas carezcan de recursos para adquirirlos".
Las Naciones Unidas, en su informe de 1996, con su habitual prudencia,
clama por nuevas solidaridades porque "la globalización se transformará
en un monstruo de excesos enormes y desigualdades grotescas".
-III-
El neomalthusiano Paul Erlich, en 1968 establecía una relación de causa
efecto entre crecimiento demográfico y hambre: "La batalla para
alimentar a la humanidad ha llegado a su fin. En los años 70, el mundo
atravesará períodos de hambruna y cientos de millones de personas
morirán".
En 1974, poco después de la clausura de la primera Conferencia Mundial
de la Alimentación, el secretario de Estado de Estados Unidos, Henry
Kissinger, manifestó su opinión contraria al malthusianismo y una visión
optimista del futuro: "Hemos de proclamar un objetivo claro: de aquí a
una década no habrá ningún niño que se vaya a dormir con hambre, ninguna
familia vivirá en la angustia de no tener pan para el día siguiente, y
ningún ser humano verá su capacitación y su futuro impedidos por una
nutrición deficiente". Profesando su fe en los avances tecnológicos,
Kissinger añadía, no exento de vocación irónica: "Tenemos la capacidad
técnica necesaria para liberar a la raza humana del flagelo del hambre".
Es cierto lo que expresaba, la tecnología existe y los alimentos
también. Pero "Nosotros no distribuimos los alimentos teniendo en cuenta
las regiones que los necesitan. Los excedentes agrícolas son
distribuidos en base a consideraciones políticas y de poder en las
relaciones internacionales. En otras palabras, usamos los alimentos como
si fueran municiones", señalaba preocupado el Senador McGovern y ex
candidato a presidente de los Estados Unidos, previendo, quizás, un
futuro intolerable para la imaginación.
En la actualidad los organismos internacionales como la FAO volean al
viento cifras pavorosas: 900 millones de personas sufren hambre en los
países donde habita la pobreza. Un holocausto evitable que, todavía, es
la causa directa de la muerte de 14 millones de niños cada 12 meses.
En nuestra Argentina, donde sobran los panes, cuatro niños mueren cada
hora en los calendarios del hambre.
Los suelos fértiles y aún los yermos de la tierra, junto a la tecnología
de fin de milenio nos debería haber proporcionado la abundancia, pero
nos ha dejado apenas el deseo.
Todos sabemos que en la injusta distribución de la riqueza es donde se
encuentran las causas de las muertes por hambre. Debemos decir que no se
produce para satisfacer las necesidades de los hombres. Se produce para
ganar. Y esto interesa más que la vida y el bienestar de las personas.
-IV-
Semprum nos habla de un asiento originario donde arraiga la libertad
humana, capaz de producir el bien o el mal, ontológicamente equivalente.
De lo que resultaría la imposibilidad de decretar la inhumanidad del
mal. Pero en el acto fundacional del hombre están las potencialidades
para que la condición humana sea un acto de dignidad.
Ya no hacen falta los campos de concentración ni los hornos crematorios,
ellos están en las calles de la pobreza, en los barrios miserables donde
se nace y se muere de cualquier manera. Una barrera provocada de
indiferencia los invisibiliza. Las mismas y nuevas hogueras del horror
humano donde se consumieron y se consumen Miguel Servet, Etienne Dolet,
Giordano Bruno, las mismas llamas donde murieron en Alemania seis
millones de personas, en nombre de la raza aria, los mismos fuegos que
matan por hambre millones de personas en nombre del neoliberalismo. El
holocausto de los pobres, de los nadies, de los ninguneados. "Lo
innombrable y lo nombrable. El espacio del misterio, el sufrimiento y el
terror que pide muchas palabras y éstas no aparecen".
-V-
Pero los que dominan, irremediablemente humanos, sacralizaron el
presente y lo transformaron en perpetuo. No faltaron las
extravagancias, ni las paradojas, y algunos intelectuales
proclamaron el fin de la historia. Cómo se puede creer que el
destino condene para siempre a los que "edifican ciudades que no
habitan, a los que siembran el pan que no tendrán mañana. A los que
se disputan solamente el hambre y el peligro".
Nosotros las civilizaciones, sabemos ahora, que somos mortales,
decía Valery. Los hombres mismos hacen su historia. Nada les está
garantizado por anticipado por una fatalidad tutelar. No se posee
sino lo que se conquista, y lo que ha sido conquistado puede ser
perdido. Los dueños de la globalización y de las riquezas, un
centenar de grupos económicos, intentan sepultar bajo una "aldea
global con valores de mercado" la aventura infinita de pueblos y
lenguajes.
La sociedad capitalista establecida sobre la razón, que proclamó
enfáticamente la libertad y la igualdad, desembocó en irracionalismo
sin cuentos: millones de pobres se "desvisten el cuerpo y el
estómago", países en ruinas, transformados en mercados menesterosos,
con lenguas nacionales deterioradas por la prepotencia económica del
idioma colonial, donde las preguntas se responden en prisión o en la
tumba, millones de muertes por miserias alucinantes. Los frutos de
la razón parecen amargos.
Sociedades que alcanzaron una civilización brillante se derrumbaron
por la toma violenta de las bastillas. Otras, se han desplomado, no
bajo las lavas abrasadoras de las revoluciones, sino porque las
fuerzas que dominaban en ellas se han mostrado impotentes para
quebrar las resistencias milenarias de las culturas. Sus ciudades,
antaño florecientes, duermen hoy en los desiertos azulados por la
luna, sin guardar de sus esplendores desvanecidos más que la magia
de algún nombre ligado a algunas ruinas.
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