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Alimentos encarecidos: ricos y pobres en el mismo barco
Olivier Longué

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100508 - Acción contra el Hambre - Desde Davos hasta las calles de Haití, economistas, consumidores y agricultores coinciden en señalar la inflación de los precios agrícolas como el nuevo enemigo global.  Lo que se perfila como nuevo debate internacional es ya, hoy mismo, una urgencia para miles de personas en algunos países de África Subsahariana, Asia y América Latina. En este artículo el Director General de Acción contra el Hambre, Olivier Longué, avanza las pautas de una nueva revolución verde necesaria para salvar una barca a la deriva, la del encarecimiento de los alimentos

El año 2007 presentó una situación cuanto menos paradójica: aunque la agricultura mundial conseguía la cosecha más importante de la historia de la humanidad, los precios de los alimentos se dispararon en todos los continentes. La paradoja no tuvo excepción, los precios de los cereales, de las verduras, de la carne e incluso de los huevos se vieron afectados.

Además de paradójico, el fenómeno ha sido inesperado. La alarma desatada por los altos precios ha alterado a los consumidores italianos, que han pagado la pasta hasta un 40% más, al campesino mejicano, que ha visto el precio del maíz subir un 80%, y a los serenos economistas reunidos en Davos de forma casi simultánea. De hecho, y por primera vez, el ilustre foro económico ha integrado de forma repentina la seguridad alimentaria en su informe anual de riesgo, al mismo nivel que la crisis financiera, el terrorismo o los precios de la energía.

En 2008 se anuncia la misma tendencia. Los precios seguirán subiendo. El fenómeno ya se percibe como estructural y demuestra una gran fragilidad de la capacidad mundial de producción agrícola, que no llegará a satisfacer la demanda. Esta realidad pone el punto final a un siglo de mejoras, donde el precio de la comida había sido dividido en términos reales por 4 entre 1900 y 2000, según la FAO..

La inflación de los precios agrícolas tiene varias explicaciones. La fuerte demanda asiática ha iniciado el ciclo. China acapara el 40% del aumento de consumo de soja y carne (se necesita 8 kilos de cereales para producir un kilo de carne). La demanda social, el incentivo político y las subvenciones han orientado una gran parte de la producción hacia la fabricación de bioetanol. Según el Internacional Food Policy Research Institute (IFPRI), el 15% de la producción estadounidense de maíz ha sido desviada hacia los biocarburantes. Esta proporción debería subir hasta un 30% en 2009. Tercer elemento coyuntural, la crisis financiera ha liberado capitales que están buscando una mayor rentabilidad en el mercado agrícola mundial. Chicago contra Wall Street.

La inflación de los precios agrícolas tiene también causas más políticas. La inversión agrícola ha sido menospreciada desde los años 80. Los gobiernos se detuvieron en los progresos de la revolución verde de los 70 que tanto ha hecho para la India y más tarde para China, mientras que la población mundial se ha incrementado en 2.200 millones de personas, pasando de 4.500 a 6.700 millones. No hace falta, sin embargo, caer en el pesimismo del predicador Malthus, la demografía no explica la crisis actual. La congelación de la capacidad de producción y la política de cuotas para evitar la sobreproducción, la incipiente innovación tecnológica en un sector estimado poco rentable y muy conflictivo por la creciente sensibilidad ecologista y la falta de tierra disponible para la agricultura de impacto rápido, explican más la situación actual que el crecimiento poblacional mundial.

La miopía de las políticas agrícolas provoca un despertar doloroso y universal. Japón y Reino Unido habían crecido de espaldas a conceptos tan antiguos como la soberanía alimentaria nacional y se encuentran ahora con una enorme dependencia de los mercados mundiales. La toma de conciencia es aún más cruel en los países más pobres que dependen de la importación de alimentos. En Egipto y en Haití, los precios han provocado revueltas violentas con 24 muertos, mientras que en China se forja un descontento general que recuerda a la revuelta de 1988-89 iniciada por la fuerte inflación. Las miradas está ahora puestas, con enorme preocupación, sobre la cosecha de 2008 y sobre el dólar, cuya recuperación repentina podría ser desastrosa en un mercado dominado por la divisa americana.

Esta tensión podría resultar beneficiosa: podría obligar a replantear las estrategias agrícolas y alimentarias. Por primera vez en mucho tiempo, los intereses de los países más ricos podrían sumarse a las necesidades de los países más pobres porque la seguridad alimentaria se ha convertido en un riesgo global.

Un nuevo consenso se está dibujando entre los actores del desarrollo para restablecer el orden de las prioridades y esbozar cuatros direcciones de trabajo. Primero, sin seguridad alimentaria no hay desarrollo. Aunque los análisis liberales buscaban el crecimiento económico para atajar la pobreza, la estructura de las sociedades menos avanzadas concentra todavía una mayor parte de su población en el sector primario. La agricultura no es una consecuencia del desarrollo, sino más bien lo contrario, la agricultura nutre el desarrollo. Esta reflexión se aplica también a países desarrollados que están reintegrando la agricultura en el arsenal de producción de riquezas, entendiendo por fin su alto potencial económico para enfrentarse a la globalización y compensar la competencia industrial de los países emergentes.

Segundo, las reservas alimentarias nacionales que permitían que los gobiernos amortiguaran las crisis cíclicas  han desaparecido en la última década, bajo la creencia de que los mercados mundiales podían contrarrestar cualquier déficit regional. Para muchos, los precios mundiales se han disparado porque los estados ya no tienen reservas para influir sobre las cotizaciones y no pueden esperar a comprar para nutrir sus poblaciones. La reconstitución de estas reservas permitirá una gestión más elástica de la oferta y de la demanda, sobre todo en los países africanos cuyos agentes económicos privados no tienen capacidad de almacenamiento.

Tercero, la inversión en la innovación agrícola debe superar los tabúes ecologistas y la falta de recursos. Sólo una mejora de la ecuación rendimiento/superficie permitirá un desarrollo sostenible. No se trata sólo de alimentar a los 11 000 millones de seres humanos que albergará la tierra en 2050, sino de abastecer una población mayoritariamente urbana a partir del 2025. Si no se aumenta la productividad por hectárea, la humanidad tendrá que acabar con los espacios vírgenes que no están cultivados. La productividad se puede mejorar sólo con nuevas semillas, una seria inversión en nuevos esquemas de regadío y una mayor divulgación de las tecnologías a través de la capacitación de los agricultores.

Cuarta y última línea de trabajo, la lucha contra la desnutrición tanto en su cara de más alto riesgo, la desnutrición aguda infantil, como en su manifestación más extendida, la malnutrición crónica, es imprescindible. Ambas están íntimamente relacionadas con la agricultura. Hoy los 20 millones de niños que sufren desnutrición severa son mayoritariamente hijos de agricultores. Sólo a través de programas de nutrición enfocados a estos colectivos se podrá reducir la mortalidad relacionada con la falta de alimentos.   

La reforma de las políticas agrícolas es la única forma de llegar a los objetivos del milenio. Más allá de una redefinición de los aranceles, de la reanudación de los acuerdos de Doha o de las  trabas que impiden una mejor circulación de los alimentos, la urgencia hoy se centra en la producción. Se necesita una nueva revolución verde, capaz de contrarrestar los defectos de la anterior, que llegue desde la universidad hasta la última granja de Bangladesh.

La humanidad tardará años en reaccionar – hasta 2015 dicen los más optimistas – contando con un nivel de inversión adecuado. Mientras tanto, los análisis de mercado realizados por Acción contra el Hambre indican que Níger agotará sus reservas de cereales en junio, cuatro meses antes de la nueva cosecha .El hunger gap, el déficit alimentario, afectará a miles de niños. Se prevé que más de 45.000 serán atendidos en los centros de Acción contra el Hambre este año. En los demás países sahelianos, los estudios de mercado demuestra una situación crítica en Malí, Mauritania, Burkina Faso, Nigeria y el norte de Camerún. Para estos países, el debate ya no está en la consolidación de la seguridad alimentaria sino en la urgencia de una solución para sobrevivir hasta la próxima cosecha.

Estamos asistiendo a lo que podría ser la primera crisis alimentaria global. Una crisis post-moderna donde el mercado global se queda pequeño frente a la demanda planetaria. Un escenario inaudito pero tan real que la seguridad alimentaria se ha vuelto a colocar  como una prioridad de la agenda internacional. Ya era hora, de lo contrario, en 2015 seremos 8.000 millones de personas, ricos y pobres, en un mismo barco y con más hambre a bordo que en cualquier época reciente.     

Olivier Longué es Director General de Acción contra el Hambre

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