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060409 -
Fernando Glenza
- Agencia Prensa Mercosur
Una reciente resolución de las
autoridades científicas de
Argentina
invita a recordar la historia negra de esta transnacional
norteamericana que atenta contra el medio ambiente y la vida.
Monsanto se
presenta a sí misma como una empresa visionaria, una fuerza de
la historia mundial que trabaja para aportar ciencia de
vanguardia y una actitud ambientalmente responsable a la
solución de los problemas más urgentes de la humanidad. Pero,
¿qué es en realidad
Monsanto?
¿Cuál es su origen? ¿Cómo llegó a ser el segundo productor
mundial de agroquímicos y uno de los principales proveedores de
semillas en el planeta?. ¿Es
Monsantola
compañía "limpia y verde" que proclaman sus anuncios, o los
mismos apenas representan una operación de imagen que oculta la
naturaleza criminal de la compañía?
En una Resolución del 13 de diciembre de 2004, el Comité
Nacional de Etica en la Ciencia y la Tecnología (CECTE),
dependiente del Ministerio de Educación, Ciencia y Tecnología de
Argentina,
tomó conocimiento de la convocatoria al Premio "Animarse a
Emprender", instituido por el Consejo Nacional de
Investigaciones Científicas, Educativas y Técnicas (CONICET) y
la empresa Monsanto, que otorgaba 30 mil dólares al mejor
proyecto en el área de biotecnología y medio ambiente, y recogió
las inquietudes formuladas sobre este premio por algunos
investigadores.
En atención a esas consideraciones, el CECTE estimó que es
"inconveniente" que una institución pública de la ciencia y la
tecnología se asocie en el otorgamiento de premios a la
investigación científica o tecnológica con organizaciones o
empresas que "son objeto de cuestionamientos éticos por sus
responsabilidades y acciones concretas en detrimento del
bienestar general y el medioambiente".
Monsanto es la compañía que introdujo al mercado la primera
generación de cultivos transgénicos, convirtiéndose en el líder
mundial en la promoción de biotecnología en la agricultura.
Actualmente, es el mayor vendedor mundial de semillas
transgénicas en Latinoamérica, Estados Unidos y Canadá. Sus
cultivos representan más del 90 por ciento de todos los cultivos
transgénicos del mundo. Los cultivos resistentes a su herbicida
"glifosato", como la
"soja RR" (Roundup Ready)
y el "maíz RR", sólo promueven la agricultura industrial de
insumo-dependencia. Una mirada a su historia nos dará algunas
claves reveladoras, y puede ayudarnos a entender mejor las
prácticas actuales de la compañía.
Un resumen de la detallada
investigación realizada por Brian Tokar, autor de "Earth for
Sale" (South End Press, 1997) y "The Green Alternative" (New
Society Publishers, 1992), y profesor de Ecología Social en el
Goddard College, de Plainfield, Vermont,
Estados Unidos,
muestra una verdadera colección de atrocidades perpetradas por
esta multinacional de gran ingerencia actual en Latinoamérica.
Con sede en San Louis, Missouri,
Estados Unidos,
Monsanto Chemical Company fue fundada en 1901 por John Francis
Queeny, un químico autodidacta que llevó la tecnología de la
fabricación de sacarina, el primer edulcorante artificial, de
Alemania a Estados Unidos. En los años 20, Monsanto se convirtió
en uno de los principales fabricantes de ácido sulfúrico y de
otros productos básicos de la industria química, y desde la
década del 40 hasta nuestros días, es una de las cuatro únicas
compañías que han estado siempre entre las 10 primeras empresas
químicas de Estados Unidos.
En los años 40, el negocio de Monsanto giraba en torno a los
plásticos y las fibras sintéticas. En 1947, un carguero francés
que transportaba nitrato de amonio (utilizado como fertilizante)
explotó en un muelle a unos 90 metros de la fábrica de plásticos
de Monsanto en las afueras de Galveston, en Texas. Más de 500
personas murieron en lo que llegó a ser considerado como uno de
los más grandes desastres de la industria química. La planta
producía estireno y plásticos de poliestireno, que aún se usan
para envases de alimentos y otros productos de consumo masivo.
En los años 80, la Agencia de Protección del Medio Ambiente de
los Estados Unidos (EPA), colocó al poliestireno en el quinto
lugar de la clasificación de productos químicos cuya producción
genera las mayores cantidades totales de residuos peligrosos.
En 1929, la Swann Chemical Company, adquirida poco después por
Monsanto, desarrolló los bifenilos policlorados (PCBs por sus
siglas en inglés), que fueron muy alabados por su estabilidad
química y su ininflamabilidad. Su uso más frecuente se dio en la
industria de equipos eléctricos, que escogió a los PCBs como
refrigerantes incombustibles de una nueva generación de
transformadores. En el transcurso de los años 60, los compuestos
de la cada vez más numerosa familia de los PCBs de Monsanto
fueron también usados como lubricantes, líquidos hidráulicos,
aceites lubricantes de herramientas, revestimientos impermeables
y selladores líquidos. Las pruebas de los efectos tóxicos de los
PCBs se remontan a los años 30, cuando científicos suecos que
estudiaban los efectos biológicos del DDT comenzaron a hallar
concentraciones significativas de PCBs en la sangre, pelo y
tejidos grasos de los animales silvestres.
La investigación durante los años 60 y 70 reveló que los PCBs y
otros compuestos organoclorados aromáticos eran carcinógenos
poderosos, y también los relacionó con un amplio conjunto de
trastornos reproductivos, de desarrollo y del sistema
inmunológico. La afinidad química de estos compuestos por las
grasas es responsable de sus enormes tasas de acumulación y
bioconcentración, así como de su expansión a través de la cadena
alimenticia marina en el mundo. Aunque la fabricación de PCBs se
prohibió en Estados Unidos en 1976, sus efectos tóxicos y
perturbadores del sistema endocrino persisten en todo el mundo.
La relación de Monsanto con la dioxina se remonta a la
fabricación del herbicida 2,4,5-T, que comenzó a finales de la
década de los 40. Casi inmediatamente, los trabajadores
comenzaron a enfermar, con erupciones en la piel, dolores
inexplicables en las extremidades, articulaciones y otras partes
del cuerpo, debilidad, irritabilidad, nerviosismo y pérdida del
deseo sexual. Documentos internos muestran que la compañía sabía
que aquellas personas estaban realmente tan enfermas como
decían, pero la empresa mantuvo todas las pruebas ocultas. El
contaminante responsable de las dolencias de los trabajadores no
fue identificado como dioxina hasta 1957, pero antes de esa
fecha, los especialistas en guerra química del ejército de los
Estados Unidos se habían interesado por dicha sustancia como una
posible arma química.
Monsanto envenenó Vietnam. El herbicida conocido como Agente
Naranja, que fue usado por las fuerzas militares estadounidenses
para defoliar los ecosistemas de selva tropical de Vietnam
durante los años 60, era una mezcla de 2,4,5-T y 2,4-D que
provenía de varias fuentes, pero el Agente Naranja de Monsanto
tenía concentraciones de dioxina muchas veces superiores al
producido por Dow Chemical, el otro gran productor del
defoliante. Esto convirtió a Monsanto en el principal acusado en
la demanda interpuesta por veteranos de la guerra del Vietnam,
que experimentaron un conjunto de síntomas de debilidad
atribuibles a la exposición al Agente Naranja. Cuando en 1984 se
alcanzó un acuerdo de indemnización por valor de 180 millones de
dólares entre siete compañías químicas y los abogados de los
veteranos, la justicia ordenó a Monsanto pagar el 45,5 por
ciento del total. Por supuesto, a los tribunales de Estados
Unidos ni se los ocurrió que a una mayor indemnización tenían
derecho la sociedad y el Estado de Vietnam.
El Roundup es el
herbicida más vendido del mundo. Actualmente, los herbicidas de
glifosato, tales como el
Roundup, representan al
menos una sexta parte de las ventas anuales totales de Monsanto,
y la mitad de los ingresos por operaciones de la compañía, o
quizá algo más, desde que la misma delegó sus actividades en
torno a productos químicos industriales y tejidos sintéticos en
una empresa aparte, llamada Solutia (en septiembre de 1997).
Monsanto promociona agresivamente el Roundup como un herbicida
seguro y de uso general en cualquier lugar, desde céspedes y
huertas hasta grandes bosques.
En 1997, Monsanto respondió a cinco años de quejas del fiscal
general del estado de Nueva York relativas a que sus anuncios
del Roundup eran
engañosos, cambiando sus anuncios en el sentido de borrar las
referencias a la "biodegradabilidad" y al carácter
"ambientalmente positivo" del herbicida. La serie de grandes
multas y decisiones judiciales contra Monsanto en
Estados Unidos
incluyen responsabilidades en casos de muerte por leucemia,
multas de 40 millones de dólares por el vertido de productos
peligrosos al medio ambiente, y muchos otros episodios. En 1995,
Monsanto era la quinta empresa de Estados Unidos en el
inventario de vertidos tóxicos de la EPA, con millones de
kilogramos de productos químicos tóxicos descargados sobre la
tierra, en el aire, en el agua y en el subsuelo.
Los productos farmacéuticos de Monsanto tienen también un
historial inquietante. El producto estrella de la compañía
farmacéutica Searle, subsidiaria de Monsanto, es el edulcorante
artificial "aspartame", vendido bajo los nombres comerciales de
Nutrasweet y Equal. En 1981, cuatro años antes de que Monsanto
comprase Searle, un comité consultivo de la FDA (Food and Drug
Administration) compuesto por científicos independientes,
confirmó informes que afirmaban que el aspartame podría inducir
tumores cerebrales.
La FDA retiró a Searle la licencia de venta del aspartame, pero
esta decisión fue anulada por un nuevo comisionado nombrado por
el entonces presidente
Ronald Reagan. En ese momento el actual secretario de
Defensa de Estados Unidos, Donald Rumsfeld, era el presidente de
la compañía.
Un estudio de 1996 publicado en la revista científica Journal of
Neuropathology and Experimental Neurology ha suscitado de nuevo
la preocupación, relacionando el aspartame con un incremento
súbito de cánceres cerebrales a poco de introducirse la
substancia. La Unidad de Investigación sobre Política Científica
de la Universidad de Sussex, Inglaterra, cita una serie de
informes de los años 80, que relacionan el aspartame con un
conjunto amplio de reacciones adversas en consumidores
sensibles, incluyendo dolores de cabeza, visión borrosa,
entumecimiento, pérdida de audición, espasmos musculares y
ataques inducidos de tipo epiléptico, entre otras muchas
dolencias.
La agresiva promoción que Monsanto realiza de sus productos
biotecnológicos, desde la hormona recombinante del crecimiento
bovino (rBGH) a la soja "Roundup Ready" y a sus variedades de
algodón resistentes a los insectos, resulta a ojos de cualquier
observador como una continuación de sus largas décadas de
prácticas éticamente discutibles.
Originalmente, Monsanto fue una de las cuatro empresas que
querían introducir en el mercado una hormona sintética del
crecimiento bovino, producida por la bacteria E. coli,
manipulada genéticamente para producir la proteína bovina. El
esfuerzo de Monsanto, que duró 14 años, para lograr la
aprobación de la FDA a la comercialización de la BGH
recombinante, estuvo lleno de controversias, llegándose a
denunciar un esfuerzo coordinado para suprimir información sobre
los efectos perjudiciales de la hormona.
La hormona de Monsanto se aprobó por la FDA para su venta
comercial a principios de 1994. El año siguiente, la Unión de
Agricultores de Wisconsin, hizo público un estudio de las
experiencias de los granjeros con la droga. Sus hallazgos
excedieron los 21 problemas potenciales de salud que Monsanto
fue obligada a incluir en la etiqueta de advertencia de su marca
Posilac (nombre comercial de la rBGH). Se obtuvieron muchos
informes de muertes espontáneas entre vacas tratadas con rBGH,
alta incidencia de infecciones de ubres, graves dificultades
metabólicas y problemas en los partos y, en algunos casos,
imposibilidad de apartar a las vacas tratadas de la substancia,
a la que se habían habituado.
Muchos ganaderos experimentados que usaron la rBGH tuvieron que
reemplazar de repente una buena parte de sus rebaños. En lugar
de responder a las causas de las quejas de los ganaderos sobre
la rBGH, Monsanto emprendió la ofensiva, amenazando con demandas
judiciales contra las pequeñas empresas lecheras que anunciaban
sus productos como libres de la hormona artificial, y
participando en una acción legal interpuesta por varias
asociaciones industriales de comercio contra la primera (y
única) ley de etiquetado obligatorio para la rBGH en Estados
Unidos. Todo ello mientras aumentaban las pruebas de los efectos
perjudiciales de la rBGH en la salud de las vacas y de las
personas.
Los esfuerzos para impedir el etiquetado de las exportaciones
estadounidenses de soja y maíz manipulados genéticamente,
parecen indicar que Monsanto sigue aplicando las tácticas
ingeniadas por la compañía para sofocar las quejas contra la
hormona de la leche. Si bien Monsanto argumenta que su soja "Roundup
Ready" acabará por reducir el consumo de herbicidas, el uso
generalizado de variedades de cultivos tolerantes a los
herbicidas significa un aumento de la dependencia de los
agricultores respecto del herbicida. Las malas hierbas que
aparecen después de que el herbicida original se haya dispersado
o degradado, se tratan a menudo con más aplicaciones de
herbicida.
Por otra parte, Monsanto ha aumentado su producción de Roundup
en los últimos años. Habiendo expirado la patente de Roundup en
Estados Unidos en el año 2000, y con una competencia de
productos genéricos de glifosato surgiendo en todo el mundo, el
"paquete" de herbicida Roundup y semillas "Roundup Ready" se ha
convertido en la piedra angular de la estrategia de Monsanto
para seguir aumentando sus ventas de herbicida.
Los posibles efectos ambientales y sanitarios de los cultivos
tolerantes al Roundup no han sido investigados completamente;
por ejemplo, los efectos alergénicos, el caracter invasivo o de
mala hierba de estos cultivos y la posibilidad de que la
resistencia al herbicida se transfiera vía polen a otras
semillas de soja o a otras plantas emparentadas.
Mientras que los problemas con la soja resistente a herbicidas
son despreciados como algo muy genérico y especulativo, la
experiencia de los algodoneros con las semillas manipuladas
genéticamente por Monsanto constituye una historia muy
diferente.
Desde 1996 Monsanto ha sacado dos variedades de algodón
manipulado genéticamente; una es una variedad resistente al
Roundup, y la otra, llamada "BT", segrega una toxina bacteriana
para controlar los daños producidos por plagas del algodón. La
toxina, derivada del Bacillus thuringiensis (B.t.), se ha
utilizado por los agricultores ecológicos desde los primeros
años 70 en forma de un aerosol natural bacteriano. Pero a
diferencia de las bacterias B.t., que viven relativamente poco,
y segregan su toxina en una forma que sólo se activa en los
sistemas digestivos de ciertos gusanos y orugas, los cultivos "BT"
modificados genéticamente segregan una forma activa de la toxina
a lo largo del ciclo vital de la planta.
Gran parte del maíz genéticamente manipulado del mercado es una
variedad con capacidad de segregar esta toxina bacteriana,
ideada para repeler al gusano de la raíz del maíz y a otras
plagas comunes.
El primer problema de estos cultivos que segregan plaguicidas es
que la presencia de la toxina en todo el ciclo vital de la
planta favorece la aparición de cepas resistentes al B.t. entre
los insectos. La EPA ha determinado que una resistencia
extendida al B.t. puede convertir en inefectivas las
aplicaciones naturales de la bacteria B.t. en apenas tres o
cinco años, y pide a los agricultores que planten hasta un 40
por ciento de sus cultivos con algodón no manipulado
genéticamente, para que sirva de "refugio" a los insectos y
evitar la aparición de resistencias al B.t. En segundo lugar, la
toxina segregada por estas plantas puede dañar a insectos
beneficiosos, además de aquellas otras especies que los
agricultores quieren eliminar.
Pero los efectos nocivos del algodón "BT" han resultado ser
mucho más rápidos de lo esperado, tanto que Monsanto y sus
socios han retirado del mercado más de 2 millones de kilos de
semillas de algodón manipuladas genéticamente, y han acordado
pagar a los cultivadores de Estados Unidos una indemnización de
muchos millones de dólares. A pesar de estos problemas, Monsanto
sigue fomentando el uso de la ingeniería genética en la
agricultura al tomar el control de muchas de las mayores y más
establecidas empresas de semillas en los Estados Unidos,
controlando el 85 por ciento del mercado estadounidense de
semillas de algodón.
La compañía sigue también en otros países esta agresiva política
de adquisiciones de empresas y de venta de productos. En 1997,
Monsanto compró "Sementes Agroceres S.A.", descrita como "la
principal empresa de semillas de maíz de Brasil", con una cuota
de mercado del 30 por ciento. Por otro lado, son conocidas las
denuncias de importación ilegal de soja transgénica provenientes
de la filial argentina de Monsanto.
Con esta larga e inquietante historia, se entiende porqué muchos
ciudadanos informados de Europa y Estados Unidos se resisten a
confiar en Monsanto el futuro de su comida y salud. No ocurre lo
mismo en Latinoamérica.
Bajo la gestión de su presidente,
Robert Shapiro, Monsanto ha apartado todos los obstáculos
para transformar su imagen de un suministrador de productos
químicos peligrosos en una institución ilustrada y con visión de
futuro, que lucha para alimentar al mundo. Shapiro se describe a
sí mismo como un visionario y un hombre renacentista, encargado
de la misión de usar los recursos de la compañía para cambiar el
mundo: "No es un problema de buenos y malos. No sirve para nada
decir -si los malos se fueran, entonces el mundo iría bien-; es
el sistema entero el que ha de cambiar; hay una gran oportunidad
para reinventarlo, dice el ejecutivo de Monsanto.
El sistema "reinventado" de Shapiro es tal que no sólo continúan
existiendo las grandes empresas, sino que además éstas ejercen
cada vez un mayor control sobre nuestras vidas. Pero últimamente
se nos dice que Monsanto se ha reformado, que se ha desprendido
con éxito de sus divisiones de industria química y que se ha
comprometido a reemplazar los productos químicos con
"información", en forma de semillas manipuladas genéticamente y
otros productos de la biotecnología. Esto no deja de ser una
ironía viniendo de una compañía cuyo producto más rentable es un
herbicida.
Monsanto demuestra claramente que ha aprendido a utilizar la
charlatanería adecuada. Así, Roundup no es un herbicida, sino
"una forma de minimizar las labores del suelo y reducir la
erosión". Los cultivos de ingeniería genética no son simplemente
fuentes de beneficio para Monsanto, "sino que surgen para
resolver el problema inexorable del crecimiento de la
población". Por último, se nos quiere hacer creer que la
agresiva promoción de la biotecnología que lleva a cabo Monsanto
no es fruto de la arrogancia empresarial, sino simplemente una
"ley de la naturaleza".
Monsanto ha bautizado el aparente crecimiento exponencial de lo
que llama "conocimiento biológico" con el nombre de "Ley de
Monsanto" -nada menos-. Como con cualquier otra presunta ley de
la Naturaleza, poco se puede hacer fuera de observar cómo se
cumplen sus predicciones, y en este caso, la predicción es ni
más ni menos que el crecimiento exponencial continuo del poder
mundial de Monsanto.
Pero el crecimiento de cualquier tecnología no es simplemente
una "ley de la naturaleza". Las tecnologías no son fuerzas
sociales en sí mismas, ni simples herramientas neutrales que se
pueden utilizar para alcanzar cualquier fin social, sino el
producto de unas instituciones sociales y de unos intereses
económicos particulares.
Por ejemplo, la llamada "Revolución Verde" de la agricultura de
los años 60 y 70 aumentó temporalmente los rendimientos de los
cultivos, e hizo también a agricultores de todas las partes del
mundo cada más dependientes de costosos insumos químicos. Esto
provocó desplazamientos generalizados de campesinos fuera de sus
tierras, y en muchos países ha ido en detrimento del suelo, las
aguas subterráneas y las tierras comunales, que han sustentado a
la gente durante miles de años. Estos desequilibrios a gran
escala han alimentado la suburbanización y la pérdida de poder
social de las comunidades, lo que ha conducido a su vez a otro
ciclo de empobrecimiento y hambre.
La "Segunda Revolución Verde", prometida por Monsanto y otras
compañías biotecnológicas, amenaza con una destrucción aún mayor
de las relaciones sociales y de la posesión tradicional de la
tierra.
Al rechazar a Monsanto y su biotecnología, no estamos
necesariamente rechazando la tecnología "per se", sino que
queremos reemplazar una tecnología de manipulación, control y
beneficios, que niega la vida, por otra verdaderamente
ecológica, diseñada para respetar el funcionamiento de la
Naturaleza, mejorar la salud personal y comunitaria, sustentar a
las comunidades que viven de la tierra y operar a una escala
genuinamente humana. Si creemos en la soberanía, es necesario
que podamos elegir qué tecnologías son las mejores para nuestras
comunidades, en lugar de que decidan por nosotros entidades a
las que es muy difícil pedir responsabilidades, como Monsanto.
En vez de tecnologías ideadas para el enriquecimiento continuo
de unos pocos, podemos basar nuestra tecnología en la esperanza
de una mayor armonía entre nuestras comunidades humanas y el
mundo material. Nuestra salud, nuestros alimentos y el futuro de
la vida en la Tierra están realmente en juego. -
Aldea Rural
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