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Los valientes médicos que defienden el derecho a escoger
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Otros textos: Mi amigo Heniek (Morgentaler) el hombre más discutido en Canadá - Legalización del aborto hizo bajar la tasa de criminalidad en Canadá - Aborto o Paliogenesis

Fuente Obrero Revolucionario #949, 22 de marzo, 1998

Los médicos que practican el aborto están en las primeras líneas, arriesgando la vida para que las mujeres tengan el derecho a escoger. A diario enfrentan viles amenazas y acosos. Tienen que ponerse chalecos a prueba de balas. Los vilifican y los amenazan de muerte

Cada día se arman de valor; saben que sin el derecho a escoger se destruye la vida de muchas mujeres y que la maternidad obligatoria significa sueños tronchados.

Recuerdan cuando el aborto era ilegal y las mujeres, solas y angustiadas, corrían el riesgo de un aborto chapucero y acababan lisiadas o muertas. La imagen de una mujer, agarrada de dolor, que muere desangrada fortalece su compromiso y juran: "¡No lo permitiremos nunca más!".

Cuando una mujer pobre viaja seis horas en autobús para verlos o una señora sin otras opciones les pide ayuda o una chava llega desesperada a la clínica, saben que su trabajo es necesario e importante y que vale la pena seguir adelante.

Desafortunadamente, esos grandes héroes muchas veces no reciben el aprecio que merecen ni el apoyo que necesitan. Sin clínicas y médicos, el derecho a escoger es una mentira. Por eso tenemos que solidarizarnos con ellos, acabar su aislamiento y defenderlos a como dé lugar.

Esos médicos nos pueden enseñar mucho: tienen décadas de experiencia que valen mil libros de medicina, una gran compasión que viene de escuchar a sus pacientes y un compromiso nutrido ante las amenazas de muerte.

El libro de Carole Joffe Doctors of Conscience (Médicos de conciencia), contiene entrevistas valiosas con médicos que practicaron el aborto antes y después del fallo Roe vs. Wade (que legalizó el aborto). Cuando era ilegal, arriesgaban su licencia médica y cárcel. ¿Por qué lo hicieron? Y ahora que el aborto es legal, ¿cómo mantienen su compromiso frente al acoso, violencia y asesinato a manos de los fanáticos que se oponen al aborto?

Hoy día, muchos de los médicos que practicaron el aborto cuando era ilegal lo siguen haciendo y recuerdan muy bien por qué fue absolutamente necesario en ese entonces violar la ley.

Sus pacientes le enseñaron

En 1945, la Dra. Jane Hodgson abrió su consultorio y ahí fue cuando comenzó a aprender medicina real: "Como era obstetra y ginecóloga, miles de pacientes pobres, discapacitadas y de color me contaron de abuso sexual, y de problemas físicos y económicos. Vi las trágicas consecuencias de embarazos no planeados, discriminación y hostigamiento sexual, maltrato a los niños, incesto, las injustas leyes de divorcio. Me enseñaron la jovencita embarazada, la madre soltera que recibía welfare, la paciente de cáncer, la drogadicta, la embarazada menopáusica".

Durante los años 50 y 60, Hodgson trabajó en el tercer mundo y vio el alto porcentaje de mujeres pobres, analfabetas y desempleadas, y que su situación está estrechamente ligada a la falta de control de su propia reproducción.

Al regresar a Estados Unidos, vio las muertes por legrados clandestinos, la indiferencia de la administración de los hospitales y la tremenda carencia de servicios higiénicos de aborto. En 1971, escribió un editorial para una revista médica explicando por qué apoyaba la legalización del aborto: "A mí no me importa si la vida comienza con la división de una célula en dos, en cuatro o en ocho; lo que me preocupa es la calidad de vida de las jovencitas y mujeres, no el futuro de unas cuantas células embrionarias".

Le fue muy difícil negar el aborto a sus pacientes y todo eso la motivó a ser una defensora ardiente del aborto: "Me enseñaron a pensar que el aborto era inmoral, pero poco a poco cambié de opinión: decidí que la ley era inmoral. Estaba destruyendo la salud, la vida y el futuro de tantas mujeres. A mi modo de ver, no tenía caso ni para la medicina ni para la salud pública".

Rechazar el statu quo

La dura historia del Dr. Henry Morgentaler lo motivó a hacer abortos, aunque era ilegal en Canadá en 1968. Nació en Lodz, Polonia, en 1923; su familia era judía, secular y muy politizada. Desde niño sufrió discriminación por ser judío. Los nazis mataron a su padre y mandaron la familia a los campos de concentración. Henry y su hermano menor sobrevivieron seis años en Dachau y Auschwitz; su madre y su hermana murieron.

Después de la guerra, Morgentaler estudió medicina en Alemania y Bélgica; posteriormente se estableció en Canadá. Su decisión de practicar abortos fue consecuencia de su educación secular: "Me crié en un ambiente antirreligioso. La religión significaba aceptar el statu quo: la injusticia, una posición inferior, toda clase de humillaciones. Me crié en una familia que rompió con todo eso.... El movimiento judío socialista hizo una ruptura total con el pasado y defendía la dignidad humana. No aceptamos el statu quo. No creemos eso de que sea la voluntad de Dios. Al contrario, pensamos que hay que cambiar la sociedad para que sea más justa".

Morgentaler vio el aborto en el contexto de dos problemas muy importantes: la intolerancia religiosa y la injusticia. Dice: "Era una situación de discriminación y explotación de la mujer. Corrían peligro, podían perder la fertilidad, y no se hacía nada para ayudar. Una gran injusticia, pensé: `Bueno, los médicos escogemos esta profesión por razones humanitarias'. Entré a estudiar medicina por mis ideales. Muchos médicos van a Africa y Sudamérica donde corren el peligro de sufrir fiebre amarilla, cólera, etc.... hasta mueren. Corren grandes riesgos por la humanidad, pero aquí no se arriesgaban para ayudar a la mujer. No tenía sentido. Al investigarlo, me pareció que era un prejuicio religioso.... Tenía la imagen de una persona ahogándose en un lago. Todo el mundo le daría la mano, ¿verdad? ¿Lo harías si fuera prohibido?.... Pensé: `Pues sería muy humano dar la mano'".

Violar la ley

Se calcula que antes del fallo Roe vs. Wade cada año morían de 1000 a 5000 mujeres (y miles más sufrirán complicaciones) a consecuencia de abortos ilegales.

Someterse a las leyes que prohibían el aborto era ser cómplice de un sistema "que producía muertes y lesiones totalmente innecesarias". La Dra. Louise Thomas describió la situación en el hospital donde trabajaba a finales de los años 60: "Los viernes recibían su cheque e iban a hacerse un aborto clandestino. Para el sábado ya empezaban a sentirse mal. El domingo llegaban con hemorragias o sepsis [infección].... Los lunes siempre había una cola de mujeres en camillas frente al quirófano".

El Dr. David Bennett siempre recordará el día que llegó una mujer de América Latina a su consultorio: "Bueno, en ese tiempo yo no hablaba nada de español. Por señas me di cuenta de que... quería un aborto. La pregunté cómo iba a regresar a su tierra y me mostró un boleto de autobús. También sacó una vieja cartera y me la entregó; adentro había un billete de cinco dólares.... Me conmovió tanto el hecho de que llegara hasta aquí sin dinero, con fé nada más. Imagínate, hizo un viaje tan largo y solo tenía ese billete arrugado para pagar el aborto. Quería devolverle el dinero, pero no quería humillarla. Sabía que pasó la noche en el baño del hospital, no tenía nada de dinero. Miré en su bolsa y tenía unas cuantas tortillas: ¡nada más que esas tortillas tenía para comer! Pues entonces, de alguna manera le di a entender que me honraba tanto el gran esfuerzo que hizo de venir que quería hacerle el aborto gratis, siempre y cuando ella estuviera de acuerdo. De repente entendí que aceptó porque sonrió; le devolví los cinco dólares y los guardó".

Médicos como el Dr. Bennett violaron la ley para ofrecer abortos a mujeres como esa. Por otra parte, los médicos que no practicaban el aborto a veces se encontraron en situaciones donde sentían la obligación de violar la ley.

En el estado de Nueva York durante los años 50 y 60, se requería que los médicos reportaran "todo aborto ilegal o sospechoso". La Dra. Rosalind Greene dijo: "Las mujeres nunca admitían que un aborto no era espontáneo. Pero según la ley había que reportar a cualquiera si uno lo sospechaba. Al ver cómo las autoridades hostigaban a las mujeres, decidimos no reportarlo a menos que la mujer fuera a morir".

Ed Lever trabajaba en el Hospital University del centro del país en 1960; en una ocasión le exigieron averiguar el nombre del médico que hizo un aborto: "La joven estaba muriéndose de sepsis. Le pedí el nombre del médico; no quiso decirme, luego se murió. Eso motivó mi decisión [de defender el derecho al aborto].... Me daba cuenta de lo decididas que estaban las mujeres a terminar un embarazo no deseado, dispuestas a todo a pesar del peligro. Tenían mucho miedo pero también mucha firmeza.... En la facultad de medicina aprendimos que el médico aboga por su paciente, pero no lo hacía. Al contrario, era su adversario. Eso me inquietó muchísimo".

Arrestados y encarcelados

En 1970 Jane Hodgson violó la ley de Minnesota al hacer un aborto a una joven con rubéola. Antes, pidió que la corte anulara la ley, pero esta rechazó su petición. Su arresto prendió una intensa batalla en las cortes que duró tres años. Fue la primera vez en Estados Unidos que se condenara a un médico por practicar un aborto en un hospital. Hodgson apeló a la Suprema Corte de Minnesota. En esas, la Suprema Corte federal falló en el caso Roe vs. Wade, lo cual automáticamente revocó su condena.

Hodgson estuvo presa y arriesgó su licencia de practicar medicina, pero se considera "afortunada" por haber participado en la lucha para legalizar el aborto. Dijo: "Estuve ahí en el momento oportuno. No pude evitarlo. Me tocaba hacerlo, era una obligación".

En 1970 las autoridades allanaron la clínica de Morgentaler en Montreal y lo juzgó un jurado. Recuerda: "Lo único que teníamos en común era nuestra humanidad. Yo era judío, ateo, no puse la mano en la Biblia para el juramento [en la corte] y el presidente del jurado le preguntó al juez sobre eso...". Morgentaler habló de su "deber moral" de ayudar a los que necesitaban sus servicios y lo declararon inocente. El gobierno apeló y posteriormente la corte lo condenó a 18 meses de prisión. Estuvo preso 10 meses: "Sabía que era injusto; anularon el veredicto del jurado. ¡Qué barbaridad! Sabía que prestaba un servicio importante y que me merecía un premio y ¡no la cárcel!".

Estar en prisión le hizo recordar los campos de concentración de los nazis; decidió rebelarse: "Tenía que mantener mi dignidad.... Para superar la humillación, tenía que luchar contra la administración. No faltaban motivos". Organizó protestas contra las restricciones a visitas y la mala atención médica. Llegó a ser "confesor y consejero médico" para muchos presos. Las autoridades lo consideraron un alborotador y lo pusieron en aislamiento total.

Cuando salió de la cárcel en 1976, reanudó su trabajo. En 1983, abrió clínicas en Winnipeg y Toronto. En seguida la policía las allanó. En 1988 se invalidó la ley canadiense contra el aborto; sin embargo, hoy todavía no existe una ley federal que autorice el aborto y el derecho al aborto se pelea estado por estado. Después de 1988, Morgentaler abrió clínicas en Terranova, Nueva Escocia y Alberta, que han sufrido el hostigamiento de las autoridades, además de bloqueos humanos, ataques incendiarios y un bombazo.

Clínicas bajo sitio

Aunque el fallo Roe vs. Wade legalizó el aborto en Estados Unidos en 1973, los valientes médicos que practican el aborto están bajo sitio.

1993: Asesinan al Dr. David Gunn frente a una clínica de Pensacola, Florida. Balean al Dr. George Tiller frente a su clínica en Wichita, Kansas. Asesinan al Dr. Wayne Patterson en Mobile, Alabama.

1994: Asesinan al Dr. John Bayard Britton y su escolta James Barrett en Pensacola, Florida. La esposa de Barrett, June Barrett, recibe heridas de bala pero sobrevive. Balean en su casa al Dr. Garson Romalis de Vancouver, Canadá. Mueren baleadas dos trabajadoras de clínicas de Brookline, Massachusetts: Shannon Lowney y Leanne Nichols.

1995: Balean al Dr. Hugh Short en su casa en Ancaster, Ontario, Canadá.

En 1993, el Dr. Pablo Rodríguez, director de Planificación Familiar de Rhode Island, declaró: "Al principio recibimos cartas hostiles y fotos de fetos desmembrados. Poco a poco se pusieron más agresivos: recibí extraños paquetes que contenían muñecas, suscripciones a revistas de armas de fuego y propaganda de caza con fotos de animales muertos colgados. Aparecieron cartelones con mi foto que decían `Se busca'; los pegaron en la puerta de la clínica para que las pacientes los vieran y los mandaron a mi esposa y a mi consultorio. Después pusieron pegamento en las puertas de la clínica y, para colmo, bloquearon la clínica en tres ocasiones. La policía no arrestó a nadie y cuando finalmente lo hizo, recibían una pequeña multa nada más. El día que mataron al Dr. Gunn, mi vida cambió para siempre".

El Dr. James Armstrong habló del constante acoso, vandalismo y amenazas de muerte: "Hay incendios y asesinatos; pero las amenazas también son una forma de violencia. Aunque no se lleven a cabo, le pesan a uno. Hace menos de tres semanas, nos amenazaron con una bomba para el 5 de mayo.... Nos amenazan también con cartas hostiles en los periódicos y los viles cartelones de los piquetes. Nos hacen piquete frente a la casa, la iglesia y el consultorio. A mi modo de pensar, todo eso incita a más violencia".

A pesar de esos ataques, estos médicos valientes siguen comprometidos a proveer servicios de aborto con compasión y a un costo razonable. El Dr. Paul Temple dice: "Hay que preguntar: ¿cuál es la paciente? ¿La mujer o el feto? Jamás me ha hablado un feto, pero miles de mujeres me han contado su dolor, angustia y desmoralización.... Hay que ver que las chavitas de 12 ó 14 años que vienen a la clínica ¡pueden vivir hasta tener 84 años!.... No se trata de vivir 5 ó 10 años más ni de una remisión de cáncer... se trata de la posibilidad de ayudarlas a cambiar su vida".

Elizabeth Karlin dice que no se le hubiera ocurrido practicar abortos si no fuera por el crecimiento de las protestas violentas. Cuando le pidieron trabajar de suplente, aceptó porque sabía que no había muchos especialistas disponibles. Aprendió a enfrentar el peligro con valentía y sentido del humor. Dice: "¿Qué hacemos cuando tenemos miedo, cuando nos amenazan de muerte o nos asustan con la bulla de protestas escandalosas? ¿Cuando tenemos pacientes tan delicadas que tememos por ellas? Sabemos que en esas situaciones existe mayor peligro de complicaciones, porque la paciente al igual que el médico estamos muy nerviosos. Primero, reconocemos nuestro coraje y miedo. Segundo, tomamos más tiempo para platicar y reírnos juntos, el personal y las pacientes. Nos reímos mucho. Tercero, comemos mucho chocolate".

Karlin dice que muchas veces le preguntan: "¿Cómo puedes trabajar con tanto odio?". Contesta: "Es fácil. Las pacientes vienen a darme un abrazo antes de ir a casa. En el supermercado me agradecen, llorando, por lo que hago. La semana pasada en el salón de belleza una señora se levantó de repente, desparramando cabello recién cortado por todos lados cuando corrió a darme las gracias. Muchas pacientes ahora vienen a verme para medicina general, pues se sienten más cómodas en nuestro consultorio".

El reto de la nueva generación

De los médicos que practican el aborto hoy, casi el 60% tiene por lo menos 65 años; están ya en la edad legal para jubilarse.

La mayoría de esos médicos son especialistas en obstetricia y ginecología; en su carrera les enseñaron a hacer abortos. Sin embargo, en 1991 una investigación reveló que hoy apenas el 12% de esos programas enseñaban a practicar abortos. El porcentaje de especialistas que practican el aborto disminuyó de 43% en 1983 a 33% en 1995.

El reto actual es asegurar que una nueva generación de médicos se comprometa a preservar el derecho a escoger.

Antes del fallo Roe los médicos eran testigos de la muerte y mutilación de mujeres por abortos ilegales. Se armaron de valor, violaron la ley y arriesgaron su carrera para salvar vidas.

Hoy se necesita una nueva generación de médicos que, a pesar del acoso, la violencia y el asesinato, se comprometan a defender el derecho a escoger.

Ya se están echando buenas raíces. Después de la muerte del Dr. Gunn en 1993, se formó una nueva organización, "Estudiantes de Medicina pro el Derecho a Escoger", con contactos en más de 100 escuelas de medicina. Recolectó 3000 firmas de estudiantes de medicina de todo el país que exigen que se enseñe el aborto en la carrera de obstetricia y ginecología.

Si bien algunos médicos y trabajadores de clínicas han dejado la profesión debido a las viles campañas del movimiento antiaborto, los demás se han fortalecido. El Dr. James Armstrong habla de eso y del reto de vida o muerte para los estudiantes de medicina, médicos jóvenes, trabajadores médicos y todos los que apoyamos el derecho a escoger:

"Mis colegas y yo estamos comprometidos. El profundo agradecimiento de las pacientes nos da una gran satisfacción. El odio y la violencia no nos detendrán porque estamos totalmente comprometidos con nuestras pacientes. La cuestión candente es cuando nos jubilemos, ¿quiénes serán nuestros sucesores? ¿Habrá proveedores dispuestos a enfrentar el acoso, las amenazas y los problemas para brindar esos servicios tan necesarios a la mujer?"

Fuentes para este artículo:
Doctors of Conscience--The Struggle to Provide Abortion Before and After Roe v. Wade, Carole Joffe, Beacon Press, 1995.
Abortion Wars--A Half Century of Struggle, 1950-2000, compilado por Rickie Solinger, University of California Press, 1998

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Mi amigo Heniek (Morgentaler), el hombre más discutido en Canadá
Jack Fucks - Fuente Página 12 Buenos Aires.1103

Hace unos cuarenta años que pronunciar el nombre del doctor Henry Morgentaler en Canadá produce un efecto tumultuoso. Pienso en el panteón argentino y no encuentro equivalentes precisos. ¿Quién es Henry Morgentaler? Hacia mediados de los ‘60, Morgentaler inició en Montreal una resonante campaña en favor del derecho de las mujeres al aborto. Médico, recibido en Bélgica, tuvo de inmediato el apoyo de los grupos feministas de entonces. A partir de 1969 abandonó su especialidad en psiquiatría y, abiertamente, en una clínica de su propiedad, se dedicó a la práctica ilegal del aborto. En 1973 anunció públicamente que había hecho más de cinco mil abortos y permitió que un programa de la televisión de Quebec filmara una de sus intervenciones. La intención de Morgentaler fue la de autodenunciarse y concurrir ante un tribunal, confiando en el sentido común y en el espíritu abierto de los canadienses. A pesar de que un jurado de 11 hombres y sólo una mujer lo absolvió, el juez terminó condenándolo y fue a prisión durante diez meses. Como Morgentaler se caracterizó siempre por ser un espíritu inquieto, se dedicó a hipnotizar a otros presos y armó una biblioteca, quizá los guardianes y reclusos hayan hecho una fiesta cuando salió: un alivio para él, pero también para la población del penal. Finalmente, hace ya 15 años, la Corte canadiense legalizó el aborto. La actividad de Morgentaler, su publicidad a favor de un humanismo secular que comprendiera la necesidad de dar marco legal a la decisión y el deseo de procrear, fue fundamental en Canadá. En estos días, Morgentaler volvió a ocupar la primerísima plana de la prensa canadiense en ocasión de haber sido propuesto para recibir el máximo reconocimiento que otorga Canadá a las personalidades públicas, la Orden de Honor. El doctor Morgentaler, que dirigió una célebre carta a Juan Pablo II en la que expone sus puntos de vista acerca del aborto, está otra vez en el centro de la discusión y el debate: ahora propone abrir una clínica en el Artico, para evitar que las mujeres tengan que desplazarse cuando deciden interrumpir sus embarazos.
Pero la historia que quiero contar es otra, más personal. Más directamente ligada a mi vida. No quiero pronunciarme acerca de la delicada cuestión del aborto, quiero recordar a mi amigo, a mi compañero de Auschwitz y Dachau. Conozco a Henry Morgentaler desde mi adolescencia. Los dos vivimos la experiencia del gueto en Lodz. El es algo mayor que yo, quizás uno o dos años, los dos viajamos en el mismo transporte a Auschwitz, tenemos números casi correlativos, ninguno de los dos lleva el número grabado en el brazo. En esos días, por alguna razón, no nos marcaban. Su padre era un conocido activista socialista del Bund, fue una de las primeras víctimas de la ocupación de Lodz. Con Henry y con su hermano, Mumek, compartimos aventuras de militancia durante los años del gueto. En agosto de 1944 nos deportaron juntos, con nuestras familias. Y juntos también, él, Mumek y yo, fuimos a parar al campo de trabajo de Dachau. Un mes antes de la liberación, el campo donde estábamos fue declarado en cuarentena. Casi todos estábamos en estado de desnutrición, enfermos. Me queda un ligero pero intenso recuerdo del hambre o, mejor, no del hambre sino de la extraña lucidez, de la claridad y el abandono que me envolvían en el hambre. Los hermanos Morgentaler estaban un poco mejor que yo. En algún momento me crucé con él, con Henry; nosotros lo llamábamos Heniek. No sé por qué recuerdo con mucha precisión el diálogo que tuvimos: “Heniek, siento que me muero”, le dije, y él me respondió: “Iankele, aguantá, tenés que aguantar, quizás está por terminar la pesadilla”. Los días previos a la liberación fueron días de mucho desconcierto. En medio del desorden, Mumiek se las ingeniaba para conseguir pan y repartirlo. Me acuerdo bien: Mumiek me trajo un pancito. Cuando en ese estado se come algo, se produce un repentino resplandor, no es alivio, es un aliento indescifrable.
Mumiek murió hace unos años y sus cenizas, por pedido suyo, fueron esparcidas en el campo de Auschwitz donde murió toda su familia. Leo sobre Henry en la prensa internacional, acaba de publicarse una biografía suya, Henry, que jamás posó de sobreviviente, que no quiso jurar sobre la Biblia durante el juicio, que se enfrentó a los poderes públicos, que recibió el apoyo y la crítica feroz de las feministas, Henry que a sus ochenta años todavía sigue dando pasto a su fama de hombre galante, de conquistador y bon vivant, que debió sentir un enorme estremecimiento frente a la justicia y la opinión pública canadiense, o en la soledad de la cárcel, cuando años antes la política nazi lo había condenado a él y al pueblo judío a morir sin ninguna defensa, es para mí, aún, ese muchacho que me empujó a vivir. El renombre de Heniek despierta en mí las huellas del pasado. Es el misterio de los encuentros y desencuentros, el misterio de los destinos y de los pequeños dramas biográficos. Me pregunto, no puedo dejar de preguntarme, cuáles son las razones por las que un hombre que pasó por Auschwitz pudo dedicar sus años a una causa tan controvertida, cómo pudo él mismo desarrollar una práctica que, más allá de todas las razonables consideraciones que puedan hacerse, supone una intervención sobre la vida. Yo, ya en Argentina, me dediqué muchísimo tiempo a trabajar con niños, en las escuelas. Creí que era un deber o una obligación histórica hablarles de mi Lodz, del mundo judío que desapareció con la guerra, hacer memoria del espanto. Una tarea también muy delicada. Encontrar la manera de hablar de Auschwitz sin despertar odio, hablar del horror sin horrorizar. No me arrepiento, para nada. Tengo la esperanza de haber sido alguna vez escuchado, y me basta con eso. Pero a la vez, ahora, me invade un sentimiento de vacilación, un inevitable escepticismo acerca de la eficacia de toda pedagogía.
La última vez que vi a Heniek fue en Montreal, en 1976. Yo había viajado con mi hija, Marianne, y él estaba con sus hijos. Hablamos, me contó detalles de su vida. Seguramente hice lo mismo. Pude reconocer la enorme satisfacción que debió sentir al enfrentar un tribunal, al ser acusado, condenado y absuelto, vi en él el brillo del triunfo. Haber tomado riesgos, haberse autoacusado, haberse defendido, no hacía mucho que había salido de la cárcel y estaba seguro de que finalmente, en Canadá, iba a terminar por aprobarse, como ocurrió, una ley que contemplara la legitimidad del aborto. Para Heniek, el mejor modo de evitar los campos de concentración es permitir que los hijos vengan al mundo cuando son verdaderamente deseados, cuando no están rodeados de tabúes oscuros e irracionales, cuando son hijos de la decisión y el amor. Yo quizá creí en el poder de la memoria y la educación. Probablemente los dos estemos en lo cierto. Probablemente los dos hayamos incurrido otra vez en los viejos ideales del humanismo. Y probablemente los dos sepamos, a nuestro modo, que las cosas no tienen solución. Que la historia es indiferente a la voluntad de hacer las cosas bien

Legalización del aborto hizo bajar la tasa de criminalidad en Canadá

La legalización del aborto a partir de los años setenta explica las recientes bajas en la tasa de criminalidad en Canadá y Estados Unidos, según afirmó el especialista canadiense Henry Morgentaler.
Pionero de la lucha por la legalización del aborto en Canadá en los años 70 y 80, Morgentaler consideró que la baja sustancial de la tasa de criminalidad en los últimos siete años tiene que ver con la disponibilidad del aborto.
Los hijos de madres solteras o hijos no deseados son de manera frecuente víctimas del abuso y sufren un choque emotivo que es reprimido y puede resultar más tarde en violencia cuando se exterioriza, afirmó.
El médico, quien fue a la cárcel y recurrió a la Corte Suprema de Justicia de su país para obligar a las provincias canadienses a legalizar el aborto, recordó que había planteado esa hipótesis hace 20 años.
Ultimamente, agregó, ha sido planteada por los sociólogos estadounidenses Steven Levitt y John Donohue, cuyo estudio correlaciona estadísticas del crimen con las del aborto, a partir de las cifras de varias ciudades de Estados Unidos.
El informe concluye que la baja de un 50% en la tasa de criminalidad de los últimos siete años es atribuible de forma directa a las altas tasas de aborto en los años 70.
"Los estados con tasas elevadas de aborto han tenido menos incidencias en el crimen siete años más tarde.", indicó el especialista.
Aseveró que "no sólo el acceso al aborto seguro y bajo cuidado médico es importante para la salud de las mujeres, también es responsable de una baja en la tasa de mortalidad de las mujeres y los bebés durante el parto, y reduce el número de individuos violentos".
Morgentaler nació en Polonia y durante la ocupación nazi fue enviado, junto con su familia que tenía ideas progresistas, a un campo de concentración.
Fuente: Montreal, ago. 14/99 (NOTIMEX)

Reportaje a Leonardo Belderrain - El aborto es un derecho de toda mujer - Métodos anticonceptivos 1 y 2









 


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