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. Clonación Humana: Oportunidades y Riesgos Néstor V Torres Darias (*)
. La biología no conoce ninguna moral Jürgen Habermas
. La naturaleza sólo clona  por equivocación Dieter Zimmer
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Clonación Humana: Oportunidades y Riesgos
Néstor V Torres Darias (*)

El 25 de noviembre de 2001, la compañía Advanced Cell Technology radicadaen Worcester, Massachusset (U.S.A.), anunció a través de la revista (publicada en Internet) The Journal of Regenerative Medicine, la obtención del primer embrión humano obtenido por transferencia nuclear. En otras palabras, el primer embrión clónico humano. El anuncio desató inmediatamente una tormenta en los medios de comunicación, reflejo del interés y la polémica que despierta este asunto. Despliegue mediático que se sumó a la serie que se viene produciendo desde 1997, año en que se hizo público el nacimiento del primer mamífero superior clonado, la ya mundialmente famosa oveja Dolly. En esta ocasión, lo mismo que en ocasiones anteriores, nos hemos visto expuestos a numerosos debates en los que se pronuncian expertos, políticos, periodistas y representantes de la Iglesia Católica.

No sorprende el interés y la fascinación que suscita la clonación humana. Se trata de una cuestión que no deja indiferente a casi nadie al aludir a algunas de las nuestras más íntimas inquietudes y preocupaciones, y que abre expectativas inusitadas en aspectos tales como la identidad del ser humano, la procreación, el deseo de inmortalidad, la salud, la calidad de vida, la ética o las convicciones religiosas. Lo cierto es que más allá del sensacionalismo que pueda darse en algunos medios de comunicación, la posibilidad de clonar seres humanos ha pasado de ser ciencia-ficción a constituir un hecho técnicamente posible y, sin duda, inminente. La sociedad de nuestro tiempo se ve, una vez más, forzada a dar respuesta urgente a cuestiones que aluden al centro mismo de nuestra cultura, e impelida a autorregularse a un ritmo superior a su capacidad de asimilación. El debate, la reflexión y la toma de decisiones en un tema como este, en el que subyacen conceptos científicos, tecnológicos y biomédicos requiere en primer lugar, conocer aquello de lo que estamos hablando. Sólo a partir de la información y del conocimiento es posible la reflexión y la opinión informada que debe preceder a la toma de decisiones. En este sentido la comunidad científica y la universidad, por la responsabilidad divulgadora que les corresponde, tienen una misión que cumplir. Y es desde la asunción de esta responsabilidad divulgadora que se plantea esta exposición. Se trata de informar, en términos inteligibles para el profano, sobre los conceptos y la ciencia básica subyacente en el tema de la clonación humana y propiciar la reflexión sobre algunas des sus implicaciones éticas y sociales.

¿En qué consiste la clonación?

El término clon procede del griego “klon” que significa esqueje. De hecho, cuando a partir de un fragmento de planta, como por ejemplo un geranio, obtenemos una planta nueva estamos fabricando un clon. Clones son por tanto aquellos de organismos de idéntica constitución genética procedentes de un único individuo mediante multiplicación asexual, siendo a su vez iguales a él. La clonación es entonces el proceso de producción de clones, por el cual sin la unión de dos células sexuales se obtienen seres idénticos genéticamente.



En la naturaleza se producen de forma natural y esporádica clones de animales superiores. Es el caso de los gemelos monocigóticos que se producen sin intervención humana directa como consecuencia de una división espontánea del zigoto. Los gemelos monocigóticos tienen la misma dotación genética y son por tanto iguales entre sí (clones) aunque distintos a sus progenitores.

Dicho esto es importante hacer algunas precisiones necesarias para entender desde un principio las implicaciones y dimensión real de la clonación. El hecho de que dos clones sean genéticamente idénticos, no significa que sean idénticos en todas sus manifestaciones. El medio ambiente natural y cultural es determinante para generar diferencias entre ellos. A la pregunta de si un clon de Einstein tendría el mismo coeficiente intelectual, personalidad y carácter, que el Einstein original, la respuesta es no. La inteligencia, el carácter y la personalidad de un ser humano son consecuencia no sólo de sus genes sino también, y en una proporción nada desdeñable, del medio ambiente en el que este desarrolla. Aunque los genes sean los mismos se necesitan muchos años de influencias ambientales específicas para obtener la versión final de la persona. Si un clon de Einstein se desarrollara en el ambiente adecuado podríamos encontrarnos con un “Einstein 2” con un coeficiente de inteligencia superior, mejor memoria y un carácter distinto. O por el contrario, podríamos a partir de los mismos genes pero desarrollados en otras condiciones obtener un “Einstein 3” sin las geniales cualidades del original. No sabemos qué genes o factores ambientales determinan los comportamientos complejos de definen el carácter o la inteligencia, aunque hay acuerdo en que es una combinación de ambos. Para que los clones sean efectivamente idénticos desde todos los puntos de vista deberíamos ser capaces de reproducir exactamente no sólo el genoma, sino todos y cada uno de los factores ambientales en los que se desarrollarán, desde la composición de nutrientes y hormonas en el útero materno hasta el medio cultural, la sociedad, el lenguaje, la educación, etc. En definitiva su historia completa. Y puesto que social y culturalmente la flecha del tiempo se mueve en una única dirección (el tiempo es irreversible) y la historia no se puede repetir, dos clones nunca serán completamente idénticos.

Tipos y técnicas de clonación

Existen dos modalidades de clonación que se relacionan directamente con el debate que se ha suscitado: la clonación reproductiva y la terapéutica o celular. La clonación reproductiva está dirigida al nacimiento de individuos completos genéticamente idénticos. Implica la implantación del embrión clonado en el útero de una madre, el desarrollo del mismo y el nacimiento de un individuo. La clonación terapéutica no llega tan lejos. Está limitada a la fase celular y tiene como principal finalidad la obtención de las denominadas células madres. Las células madre son células capaces de reproducirse indefinidamente y que, estimuladas adecuadamente, pueden evolucionar y diferenciarse hacia cualquier tipo de tejido, ya sea piel, tejido nervioso o muscular. Estos tejidos se podrían utilizar para tratar a pacientes con una gran variedad de enfermedades sin problemas de rechazo. La clonación terapéutica es pues desde el primer momento instrumental, como un medio para generar células madre, mientras que la clonación reproductiva tiene como finalidad la reproducción humana por medios asexuales.

La técnica de clonación más relevante y prometedora es la de transferencia nuclear (TN). La TN consiste en la sustitución del núcleo celular de un óvulo por el núcleo de una célula con una dotación cromosómica completa. La célula donante del núcleo puede ser una célula ya diferenciada, “madura”, de cualquier otro tejido (intestinal, de tejido mamario, piel) aunque también pueden utilizarse para este fin células procedentes de un embrión.

Fue con esta técnica con la que Iam Wilmut, del Instituto Roslin de Edimburgo, consiguió la clonación, en 1997, del primer mamífero superior: la oveja Dolly. Poco después un grupo de la Universidad de Hawai, codirigidos por Teruhiko Wakayama y Riuzo Yanagimachi, empleando el mismo procedimiento obtuvo clones de ratones y clones de los clones. Hasta ese momento el único antecedente de clonación conocido fue la clonación de ranas hasta la fase de renacuajos que publicó en 1975 el embriólogo John Gurdon, del Medical Research Council de Cambridge. Sin embargo, cuando este y otros investigadores intentaron lo mismo con mamíferos, no se obtuvieron resultados, lo que llevó pensar que, en este aspecto, los embriones de rana se distinguían de los de otras especies y que no era posible obtener clones de otros animales por este método. El nacimiento de Dolly vino a demostrar que esto no era cierto, abriendo un campo inmenso de nuevas posibilidades.

La clonación por TN es conceptualmente simple. Consiste en sustituir el núcleo de un óvulo, por el núcleo de una célula, provocar el desarrollo del embrión e implantarlo en un útero, de manera que después del proceso de gestación nazca un individuo que es genéticamente idéntico al individuo que donó el nucleo. En el caso de la oveja Dolly el procedimiento seguido fue el siguiente. En primer lugar se extrajeron células de glándula mamaria de un ejemplar de oveja Finn Dorset, raza de pelo completamente blanco. Estas células como cualquier otra del mismo individuo, contienen todos los genes del organismo, pero al estar especializadas en glándula mamaria sólo están activos aquellos que son necesarios para la función de la mama. Las células una vez extraídas fueron trasladadas a un medio de cultivo en donde se les permitió crecer y dividirse, de manera que se obtuvo una población en la que todas ellas eran copias de las células originales. A continuación una de estas células se trasladó a otro medio de cultivo, en el que la célula entró en una fase llamada “durmiente” o “quiesciente” en el que cesa la división celular. La generación de embriones viables requiere de un tiempo para que el genoma del núcleo se “reprograme”, y pase de la función celular que originalmente tenía (glándula mamaria) a su nueva función de núcleo de embrión. La reprogramación es posible si se parte de células en fase durmiente que en fase de división. El siguiente paso consistió en extraer un óvulo sin fertilizar de otra oveja, en este caso de una Scotish Blackface, que se distingue de la Finn Dorset en que la cabeza es de color negro. A este óvulo se le extrajo el núcleo de manera que quedó el óvulo desprovisto de su genoma (los cromosomas del núcleo) pero con la maquinaria metabólica necesaria para producir un embrión intacta

Es en este momento en el que se produce la transferencia nuclear, insertando el núcleo de la célula donadora al óvulo anucleado. Esto se hizo situando a la célula donadora junto al óvulo anucleado y sometiendo al conjunto a un débil pulso eléctrico. La descarga provocó que se fundieran las dos células en una sola, de la misma forma que dos pompas de jabón se funden en una. La transferencia nuclear se puede conseguir también por otros procedimientos, como por ejemplo empleando una fina aguja que sirve para inyectar el núcleo en el óvulo. Al primer pulso eléctrico, que provocó la fusión en una única célula del óvulo y de la célula mamaria, siguió una segunda descarga eléctrica. Esta sirvió para simular la fertilización natural y desencadenar los mecanismos que inician la reprogramación del núcleo, que entra entonces en una fase de división celular y formación del embrión. La reprogramación celular es un mecanismo complejo y prácticamente desconocido en sus fundamentos moleculares. Lo que sí se sabe es que la composición macromolecular del citoplasma del óvulo es crítica en el proceso de reprogramación. Hasta aquí los pasos seguidos son comunes a los dos tipos de clonación, la reproductiva y la terapéutica. Es a partir de este momento que una y otra toman caminos diferentes.

En la clonación reproductiva el siguiente paso es la implantación en el útero de una madre receptiva del embrión que ha comenzado a desarrollarse. En el caso de Dolly, el embrión se implantó en el útero de una Scotish Blackface y al cabo de 148 días de gestación esta parió un cordero (Dolly) de raza Finn Dorset (totalmente blanca) e idéntico a animal donador de núcleo.

En el caso de la clonación terapéutica, el paso siguiente consiste en dejar desarrollar al embrión durante cuatro o cinco días, de manera que el óvulo inicial se transforme en una bola de células 100-200 denominada blastocito, que contiene en su interior células madre utilizables. Este fue el procedimiento empleado por Advanced Cell Technology aunque no llegaron a separar y diferenciar las células madre del embrión humano clonado. Si al blastocito se le permitiera seguir desarrollándose y se implantara en un útero humano se podría obtener, tras el parto consiguiente, un clon humano. Esta técnica se halla por tanto en el umbral mismo de la clonación humana reproductiva.

El éxito de la clonación reproductiva depende de muchos factores muchos de los cuales no se controlan bien. Esta es la razón por la que el porcentaje de intentos fallidos en la generación de clones viables es muy alto. A las dificultades de la transferencia nuclear propiamente dicha hay que añadir los problemas asociados con la implantación del embrión al útero, que pueden también llegar malograse. De hecho Dolly es el único resultado satisfactorio de 277 intentos, lo que arroja un porcentaje de éxito (0.4%) muy por debajo del observado en el proceso natural. Muchos originaron fetos no viables. Otros que llegaron a nacer lo hicieron con graves problemas (e.g. malformaciones de riñón) y murieron a las pocas horas. Más recientemente se han clonado por la misma técnica de TN vacas, ratones, pollos, cerdos y monos, pero siempre con porcentajes de éxitos del 1-2% como máximo.

Clonación humana: estado de la cuestión

En el instante que se hizo público el nacimiento de Dolly se reanimó la carrera por obtener el primer clon humano. Sólo un año después Michael West, presidente de Advanced Cell Technology, anunció que su empresa obtuvo un embrión humano clonado por transferencia del núcleo de células de piel humana al óvulo de una vaca. En este caso el embrión se desarrolló durante doce días antes de detener el experimento.
En el año 2000 un consorcio científico privado liderado por los doctores Panaiotis Zavos (Centro Kentucky para la Medicina Reproductiva y la Fertilización in vitro) y Severino Antinori, experto en fertilidad humana, a los que posteriormente se unió la Dra. Cristine Boisselier, directora de la firma Clonaid, anunció planes para clonar seres humanos de parejas estériles sin posibilidad de procrear.
El último hito en esta secuencia de acontecimientos se ha producido este mismo año, cuando Advanced Cell Technology comunicó la obtención del primer embrión humano clonado con objeto de obtener del mismo células madres. Esta empresa, después de asesorarse sobre los aspectos éticos del procedimiento recolectó óvulos de mujeres anónimas sanas de edades comprendidas entre los 24 y 32 años que habían sido madres al menos una vez. Simultáneamente tomaron muestras de piel de otros donantes anónimos que posteriormente servirían para aportar los núcleos. Los donantes de núcleos fueron individuos de distintas edades, sanos unos y pero con diabetes o lesiones de médula espinal otros, ya que estos serían los primeros candidatos a beneficiarse de la clonación terapéutica. El único embrión conseguido exigió la formación de 71 zigotos

Paralelamente al anuncio de estos resultados se ha reanimado un debate sobre los aspectos éticos de la clonación humana en sus dos variantes, la reproductiva y la terapéutica, y sus implicaciones económicas, sociales y políticas. En este debate se han esgrimido razones a favor y en contra de cada una de ellas y desde distintos puntos de vista

La clonación terapéutica es la que cuenta con más partidarios, entre ellos lamayor parte de la comunidad científica. El argumento principal a su favor es que servirá para avanzar en el tratamiento de numerosas dolencias y enfermedades, así como en los procedimientos de fertilización in vitro. Los tejidos embrionarios clonados pueden ser usados para la sustitución de tejidos enfermos; para la producción de proteínas de uso terapéutico, el diagnóstico de enfermedades, el diseño de tratamientos de prevención de enfermedades genéticas, ensayos de medicinas y procedimientos médicos, etc. La clonación reproductiva tiene sin embargo muchos menos defensores. Entre estos se sitúan aquellos que esgrimen razones de índole personal: la clonación de adultos representa una salida para aquellos que por diversas razones deseen niños o adultos genéticamente idénticos a ellos mismos o a alguien a quien quieren o admiran. En este caso la clonación se justifica como una expresión de la libertad reproductiva individual que no debe estar limitada por la legislación.

Así como hay consenso generalizado en la comunidad científica y en la sociedad sobre la conveniencia y utilidad de la clonación terapéutica, casi la misma unanimidad se da sobre la inutilidad e inconveniencia de la clonación reproductiva. La primera razón de peso que la desaconseja desde muchos puntos de vista se refiere al carácter experimental de las técnicas empleadas y al elevado riesgo de fracasos y de seres humanos defectuosos. Además esta baja tasa de éxito precisaría emplear un elevado número de embriones, lo que agudizaría el problema del almacenamiento y uso de los embriones sobrantes. La clonación reproductiva pasaría a convertirse en un acto más de consumo: algo que se compra para adquirir un bien material; en este caso un ser humano idéntico a otro. En este escenario es posible imaginar un mercado de genoma, en el que se valore a los donantes dispuestos a permitir su clonación a cambio de dinero: estrellas de cine, atletas, premios Nobel, etc. Se produce también un conflicto de derechos individuales. Al derecho individual de reproducción esgrimido por los defensores de la clonación reproductiva se contraponen otros derechos de los que es titular el recién nacido. Así la clonación por transferencia génica a un óvulo previamente anucleado atenta contra el derecho del futuro hijo a tener un padre y una madre biológicos-genéticos. Por último no es descartable que los clones lleguen a ser considerados ciudadanos de segunda clase; en algunos casos engendrados con una única finalidad, la de servir de proveedor de órganos de repuesto.

Desde una perspectiva religiosa la posición común es de rechazo. Para la Iglesia Católica y también para la mayoría de las confesiones religiosas la vida humana es única y especial y sólo puede ser creada, determinada o controlada por sus deidades correspondientes. Esto les lleva a oponerse a la clonación humana en cualquiera de sus variantes, incluida la clonación terapéutica. Muchas religiones creen en la existencia e individualidad de un alma humana, por lo que de ser llevada a cabo la clonación reproductiva plantearía debates inusitados hasta ahora. Por ejemplo, ¿tendría alma un ser humano clonado? ; o dicho de otra manera, ¿sería posible clonar a la persona pero no al alma? En este aspecto la posición más extrema y heterodoxa es la que presenta el culto religioso de los raelianos. Para este grupo la vida en la tierra fue creada en laboratorios por seres extraterrestres. Los grandes profetas y fundadores de credos religiosos como Buda, Mahoma o Jesús son clones de seres superiores traídos a la tierra. En su concepción la resurrección de Jesús es interpretada como una clonación. Para los seguidores de esta doctrina la clonación permitirá a la humanidad en un futuro próximo alcanzar la vida eterna por la vía de la clonación. El próximo paso, una vez conseguida la clonación reproductiva, sería clonar a una persona adulta de forma directa y sin tener que pasar por el proceso de crecimiento. Se transferiría la memoria y la personalidad del individuo al clon; de manera que, en esta suerte de reencarnación, despertaríamos después de la muerte en un nuevo cuerpo tal y como si nos acabáramos de despertar de un sueño.

En línea con los argumentos a favor y en contra arriba expuestos, la legislación de la mayor parte de los países de nuestro entorno cultural ha desarrollado legislaciones que prohiben la clonación reproductiva pero que dejan abierta vías para la clonación terapéutica. Así en España la clonación de seres humanos está expresamente prohibida desde 1995 en el Código Penal (Art. 16: “se castigarán la creación de seres humanos por clonación u otros procedimientos dirigidos a la selección de la raza”). Anteriormente se consideraba motivo de infracción administrativa en la Ley sobre Técnicas de Reproducción Asistida de 1988. Una situación similar se da en Italia, Alemania, Francia, Bélgica o Japón. Por su parte el Consejo de Europa ha recomendado la prohibición en varias ocasiones. En Europa la excepción se ha dado hasta ahora en el Reino Unido. En este país la denominada Ley de Fecundación Humana y Embriología autoriza la clonación y el cultivo de células madre humanas con finalidades terapéuticas tales como obtención de cultivos celulares personalizados para transplantes. Sin embargo el 17 de noviembre de 2001 una sentencia del Alto Tribunal de Londres propiciada por grupos antiaborto, estableció que la clonación humana reproductiva no está incluida en dicha ley, lo que en la práctica supone que la clonación reproductiva no está sujeta a la legislación y en consecuencia no está penalizada. Inmediatamente después de conocerse la sentencia, Alan Milburn, Ministro de Salud, anunció la presentación de una nueva ley que establecerá que la clonación humana es un delito.

En los Estados Unidos de América el Presidente Bill Clinton impuso en su momento una moratoria sobre investigaciones encaminadas a la clonación humana y la Comisión Nacional Asesora de Bioética recomendó que se impusieran restricciones legales al respecto. Más recientemente el Presidente George W. Bush, a pesar de su rechazo inicial, ha permitido la investigación con fondos públicos en células madres clonadas extraídas de embriones de ciertas líneas ya existentes (clonación terapéutica), aunque el Congreso aún no ha prohibido con una legislación específica la experimentación en clonación con embriones humanos. Este vacío legal es el que ha permitido a la empresa Advanced Cell Technology llevar a cabo sus experimentos y lo que sin duda propiciará que otras empresas lo hagan. Existe no obstante una iniciativa legal, actualmente en el Senado, la ley Weldon-Stupal que se espera sea considerada a principios del próximo año en la que se penaliza con hasta 10 años de prisión y 1 millón de dólares a cualquiera que genere clones humanos.

Es indiscutible que la utilización de embriones clonados como fuente de células madre tiene una utilidad cierta en el desarrollo de terapias regenerativas que permitirán tratar una amplia gama de enfermedades humanas tales como la diabetes, el cáncer, el SIDA, el Parkinson o el Alzheimer. Igualmente es cierto que la clonación humana reproductiva es prácticamente posible. De hecho el más importante argumento en contra de la clonación reproductiva viene de las limitaciones de la técnica de cara a su viabilidad. Pero que estas limitaciones se superen es cuestión de tiempo y llegado ese momento nada podrá impedir que se practique. Presumiblemente se abrirá un nuevo mercado (legal o ilegal) en el que aquellos que puedan permitírselo podrán generar clones de sí mismos. Se abre por tanto un debate que afecta no sólo a la definición de lo que es un ser humano y a la imagen que este puede tener de sí mismo sino que también tiene dimensiones políticas y económicas.

Ante este panorama compuesto a partes iguales de riesgos y posibilidades, ¿debe la comunidad renunciar a los beneficios potenciales por el rechazo ético que generan las cuestiones asociadas con la clonación humana en cualquiera de sus modalidades?; ¿condenaremos al nuevo Frankenstein como hizo la sociedad de la novela de Mary Shelley?; ¿adoptaremos la solución de imponer a todos un juicio inspirado por principios espirituales o la de permitir a los ciudadanos juzgar por sí mismos sobre cuestiones que, como las que surgen con relación a la clonación humana, son definitorias y nos afectan íntimamente?

Este es el debate que se ha abierto, en el que todos tenemos derecho a intervenir. Pero la participación exige conocimiento, información. Es condición necesaria, pero no suficiente contar con información rigurosa y accesible sobre los principios en los que se sustentan esta nueva revolución tecnológica. Sólo así estaremos a salvo de las manipulaciones a las que, por motivos religiosos, ideológicos, económicos o por prejuicios basados en ignorancia, vamos a estar expuestos. En cualquier investigación científica y en sus posibles aplicaciones siempre hay riesgos, riesgos cada día más sutiles y difíciles de comprender. Nuestra sociedad y nuestra cultura basada en los principios de democracia y respeto a la libertad individual, han resuelto este antiguo dilema a través del debate democrático y del análisis ético. Y en ningún caso la solución ha sido quemar el laboratorio, matar a Frankenstein y condenar a su criatura. Por el contrario la respuesta ha sido conocer las consecuencias de lo que se investiga en él y aceptar y limitar sus riesgos. Lo que nos lleva a que la actividad científica debe estar regulada por la sociedad a través sus instituciones y de la representación política. Instituciones y representación en los que las únicas fuerzas y argumentos no deben ser las puras del mercado y del beneficio económico.

La universidad y las sociedades científicas tienen en este sentido un papel, una función que cumplir: promover la apertura de la sociedad hacia los cambios tecnológicos que ya estamos experimentando, informando de sus beneficios y peligros potenciales pero sobre todo estimulando el pensamiento crítico, científico y humanista. El miedo no debe limitar la libertad y el progreso. Víctor Frankenstein no debe morir, ni su laboratorio destruido por el miedo.

(*) Profesor Titular de Universidad de Bioquímica y Biología Molecular. Universidad de La Laguna

Fuente: Sociedad para el avance del pensamiento crítico
http://www.arp-sapc.org/index.html


La biología no conoce ninguna moral*
Jürgen Habermas** Traducción de Guillermo Hoyos Vásquez    

No es la naturaleza la que prohibe la clonación. Nosotros mismos tenemos que decidir. Respuesta a Dieter E. Zimmer

En la cuestión acerca de si debería permitirse clonar hombres, Dieter E. Zimmer ha abogado porque en esto no nos orientemos por categorías morales como la libertad y la responsabilidad, sino por la biología (ZEIT Nr. 8/98). Un debate racional de los problemas de la bioética exige ciertamente un conocimiento suficiente de las discusiones y hechos pertinentes de las ciencias naturales. Pero las cuestiones normativas no se pueden tratar razonablemente sin tener en cuenta puntos de vista normativos.
El mismo Zimmer se vuelve contra la licitud de la clonación de organismos humanos con la siguiente argumentación. La clonación suspendería la dirección casual de la combinación de los genes paterno y materno, con lo que se suspendería un mecanismo natural de variación. Precisamente a este mecanismo le debemos que hasta ahora los recién nacidos vengan al mundo como ‘únicos’ genéticamente, —con la excepción, despreciable estadísticamente, de los gemelos univitelinos—. Pero dado que el hombre       —como “ser genérico”— sólo gracias a sus dotes naturales ampliamente variadas se ha transformado en un “genio de la adaptación”, llega Zimmer a la siguiente conclusión: “Si los hombres comenzaran a clonarse irían contra uno de los principios a los que deben su existencia. Por ello no deben permitírselo”. Pero de esta consideración sólo se puede sacar una conclusión estrictamente práctica, si tenemos además en cuenta presupuestos normativos. O considera Zimmer que nuestra “capacidad de adaptación” propia de la especie es un valor que merece por sí mismo ser optimizado; o muestra que la optimización de una tal capacidad también es necesaria bajo determinadas condiciones de la civilización para la conservación de la especie, y complementa entonces la constatación empírica mediante el mandato moral de que estamos obligados a la conservación de la especie, por tanto a la continuación generativa de la vida humana. ¿Pero estamos obligados a ello?

Quien quiera comprender a Darwin, debe leer a Kant

La biología no nos puede dispensar de consideraciones morales. Y la bioética no nos debería llevar a extravíos biológicos. Por otro lado, los puntos de vista morales son materia de discusión, y en especial la incorporación moral de nuevos fenómenos. Esto vale también para el intento de alcanzar con conceptos kantianos las posibles consecuencias de la clonación de organismos humanos.
Parto de que los fundamentos de un orden jurídico igualitario sólo permiten aquellas competencias de decisión que son compatibles con el respeto recíproco de igual autonomía de cada uno de los ciudadanos. Así, por ejemplo, sólo puede ejercer otro disponibilidad limitada sobre mi fuerza de trabajo temporal y objetivamente, si he dado mi consentimiento para ello. Ciertamente hay “relaciones especiales de dominio” como entre padres e hijos. Pero, prescindiendo de que también el dominio de los padres está restringido jurídicamente, para la cuestión acerca de si la clonación de humanos intervendría en la simetría fundamental de las relaciones recíprocas entre personas con derechos, libres e iguales, basta con considerar la relación entre adultos o, en sentido jurídico, mayores de edad. La dependencia del destino de la socialización es sin duda de otra especie que la del “destino” genético: la persona que crece puede en todo caso “separarse” de la casa de los padres y “romper” con sus tradiciones, mientras permanece sometido a sus genes.

¿Tiene un hombre clonado otra autocomprensión?

La pregunta es, ¿qué debería cambiar para la autocomprensión moral de una persona adulta, si no hubiera sido generada naturalmente, sino clonada? Evidentemente no cambia la dependencia de un programa genético, sino la dependencia de la fijación de este programa por otra persona. Cuando los padres se deciden a tener un hijo propio, éste se hace descendiente de un tejido genealógico intrincado por causa de la combinación, dirigida por el azar, de los genes de ambas partes.
Zimmer acentúa con derecho la diferencia entre esta decisión y la de una persona de producir una copia lo más exacta posible de su código genético. Esto fundamentaría una especie, hasta ahora desconocida, de relación interpersonal entre muestra e imagen genética. En efecto, la fijación intencionada de la sustancia hereditaria significa que para el clon se perpetúa de por vida un juicio que ha decretado sobre él otra persona antes de su nacimiento. Si las connotaciones de la metáfora judicial disgustan, puede decirse con Lutz Wingert que aquí se da una relación interpersonal semejante a la del diseñador y su producto.
Sea como sea, surge un problema desde dos posiciones: el de la obscenidad moral de una duplicación, por autoritarismo y autoenamoramiento, de la propia disposición genética, del lado del productor; y del lado del producto, el problema de la intervención en una zona que, de otra forma, nunca está a disposición de otros.
La persona clonada tendría sin duda como todos los demás la libertad de comportarse con respecto a sus capacidades y limitaciones y encontrar desde este punto de partida respuestas productivas. Pero para él estos “hechos del nacimiento” no serían ya meras circunstancias casuales, sino el resultado de una acción intencionada. Lo que para otros es un acontecimiento contingente, el clon lo puede atribuir a otra persona. La imputabilidad de la intervención intencionada en una zona de no disponibilidad constituye la diferencia relevante moral y jurídicamente.
La expresión “no disponible” sólo debe significar que la intervención de otras personas, con las que desde el punto de vista normativo somos iguales, está excluida. Que las condiciones de la formación personal de la identidad no son disponibles en este sentido, es algo que pertenece evidentemente a la concepción moderna de la libertad de acción. De otra forma se pone en cuestión el reconocimiento recíproco de la misma libertad para todos. El clon sabe que él no sólo por casualidad sino por principio no puede tomar el mismo tipo de determinaciones con respecto a su productor que las que pudiera tomar éste con respecto a él.
Contra esto se puede objetar que tampoco los niños engendrados por sus padres pueden engendrarlos a ellos. Pero esta asimetría se refiere esencialmente a la circunstancia de que el hijo llegue al mundo, es decir, al mero hecho de su existencia; no tiene nada que ver con la forma y modo como el hijo puede realizar esta existencia con base en un núcleo heredado de capacidades y propiedades.
Yo no estoy seguro acerca de la forma como este cambio de perspectivas podría influenciar nuestra autocomprensión moral. Hasta donde puedo ver, la clonación de hombres tendría que herir aquella condición de simetría en la relación entre personas adultas, sobre la que hasta ahora descansa la idea del respeto recíproco de libertades iguales
Esta reserva no se extiende, como lo afirma Zimmer, a cualquier tipo de intervenciones terapéuticas en el organismo de alguien dependiente que no es consultado, ni siquiera con respecto a la eliminación preventiva de enfermedades (algo que nunca está prescrito, sino que sólo podría estar permitido). Acerca de la justificación normativa de tales intervenciones prenatales bien descritas sólo veo ciertamente argumentos negativos, en general: evitar males. Quizá ya esta misma formulación es demasiado débil, puesto que la definición de los males depende de criterios culturales que pueden ser muy problemáticos. ¿No hubo ya épocas en las que “razas inferiores” eran un mal?
No tengo la impresión de que ya hayamos encontrado las respuestas correctas a las preguntas morales y jurídicas de la técnica genética y de la medicina de la reproducción. Pero eso sí: la biología misma no puede dárnoslas

Notas
*     Título original: Biologie kennt keine Moral. Nicht die Natur verbietet das Klonen. Wir müssen selbst entscheiden
        en: DIE ZEIT, Nr. 9, febrero 19 de 1998, Hamburg, p. 34
**    Autor Jürgen Habermas, sociólogo y filósofo, es profesor emérito del Seminario de Filosofía de la
        Universidad de Frankfurt desde 1994

Fuente: Revista de Antioquia
http://catios.udea.edu.co/~revudea/


La naturaleza sólo clona  por equivocación
Dieter Zimmer

¿Puede fundamentarse de esta forma  una prohibición de la clonación?  Respuesta a Jürgen Habermas. Traducción de Carlos Emel Rendón

Recientemente se presentó una polémica entre Dieter Zimmer y Jürgen Habermas a propósito de la clonación. El artículo inicial de Habermas apareció en el diario “Süddeutsche Zeitung”, la respuesta de Zimmer y la contrarrespuesta de Habermas fueron publicadas por el periódico “Die Zeit”, gracias a cuya gentileza las ofrecemos a nuestros lectores. 

Son enormes, en efecto, las posibilidades que se abren para la humanidad con el rápido incremento del saber en el campo de la biología molecular y la medicina de la reproducción. Detener enfermedades desde el código genético, no sólo en el camino de su manifestación. Erradicar desde el principio enfermedades hereditarias. Definir el sexo de los fetos. Clonar hombres. Predecir el destino de cada uno aún antes del nacimiento. Poner bajo control el proceso de procreación, embarazo y nacimiento. Prolongar la vida bíblicamente; tal vez ganar la inmortalidad.
Incremento del saber implica incremento de la factibilidad. Que algunos triunfen, otros tiemblen hasta los tuétanos y muchos oscilen perplejos entre el triunfo y el espanto, tiene su razón de ser. La humanidad tiene que reflexionar cuanto antes sobre lo que quiere emprender con este incremento del saber: dónde debe trazarse la línea de demarcación que separe lo admisible de lo inadmisible. El incremento mismo del saber es incontenible, pero ciertas aplicaciones del saber podrían detenerse. En la cuestión relativa a la definición de la línea de demarcación se trata de problemas límites. Aquí no sirven de nada la euforia proveniente del sometimiento de la naturaleza ni el traspaso de las fronteras; tampoco el pánico general, ni las amenazas con el monstruo de Frankenstein.
En un muy notable y corto artículo aparecido en el diario “Süddeutsche Zeitung” se pronunció Jürgen Habermas sobre el crucial problema de la clonación de hombres. Fundamenta en forma original su inadmisibilidad. El clon (esto es, la copia genética completa de otro hombre), dice Habermas, es una especie de esclavo, porque él, en efecto, “puede cargar a otras personas una parte de la responsabilidad que, bajo otras circunstancias, él mismo tendría que asumir”. Alguien otro ha pronunciado una sentencia sobre él antes de su nacimiento al haberle impuesto un código genético. El clon puede hacer responsable a otro de su identidad*.
El argumento de Habermas es fuerte. Tiene únicamente dos debilidades. La primera: el problema moral existiría menos para el clon que para quien lo produce. Ningún hombre pudo jamás elegir quién quería ser genéticamente. Sus padres le han dictado el sexo. Los niños pudieron siempre hacer responsables a sus padres de su identidad. La reproducción contiene un elemento contingente que atenúa la responsabilidad paterna: los padres, en efecto, donan a sus niños los propios genes, cada uno de ellos la mitad; pero, en qué combinación, es cuestión de lotería.
Sin embargo, aquel que crea un clon de sí o de otro hombre, un hermano artificial, se atreve a excluir este azar de la combinación. Él dice de facto: Tú debes ser exactamente como yo (o como nuestro querido niño, tu hermana muerta, tu hermano muerto). Por supuesto, este otro no sería completamente igual a su original; las cualidades hereditarias idénticas se actualizarían en otra historia de vida de distinta forma. Pero quien se tiene a sí mismo por tan ideal que exige a otro exactamente las propias cualidades hereditarias, tiene que ser un megalómano y por ello no apto para la reproducción.
La responsabilidad de la reproducción puede asumirse sólo porque, precisamente debido a los azares de la combinación, no puede preverse con exactitud cómo será el hijo.
La otra debilidad: Bien pensado, el argumento no sólo excluye la clonación, sino, a la postre, toda intervención delicada, irreversible, en la constitución corporal de un menor.  Los padres tendrían que abstenerse de poner a sus niños enfermos bajo terapias, a fin de que estos tengan la libertad de asumir su destino dado por la naturaleza o defenderse por sí mismos más tarde contra él. Todo lo demás sería una determinación ajena, una forma de esclavitud. Aun cuando todos los teóricos de la ética social del mundo arribasen a esta conclusión: sería de esperar que los hombres no hicieran caso de ello. La bioética no debería prohibir a los padres luchar con todos los medios racionales, y desde tan temprano como sea posible, contra las enfermedades de sus hijos. Si lo hiciera, resultaría nociva.
Quizá, la bioética debería orientarse por la biología. ¿No podría trazarse de manera más firme la línea de demarcación entre lo permitido y lo no permitido si el argumento no se apoyara sobre categorías ético-sociales como libertad y responsabilidad, sino sobre una comprensión racional de la naturaleza, es decir, si la bioética del futuro se orientara por la biología?

"La naturaleza" es un sistema enormemente complejo de equilibrio de intereses alcanzado por la fuerza, del uno con el otro en el uno contra el otro. Para poder vivir, cada uno de sus seres tiene que perseguir metas, que son contrarias a las metas de otros seres. Ellos se posibilitan la vida mutuamente sólo porque la naturaleza les ha impuesto algunas realidades limitadoras fuertes, las cuales, sustraídas a su disposición, son el destino. Gracias a estas restricciones de su campo de acción, la evolución ha creado al hombre; nada hace pensar que pudiese continuar viviendo sin ellas como género.
Si no quedara algún destino, entonces se les impondría a los hombres una responsabilidad que no podrían asumir en absoluto, porque su interés particular no se reconciliaría  jamás con el interés general. ¿Qué significa eso para una bioética que se orienta por la biología? Esto, por ejemplo: Cada uno tiene que querer vivir contra todas las adversidades, pero al fin morir. Hasta ahora, los progresos de la medicina y la higiene han aumentado dramáticamente la esperanza de vida, mas no la duración máxima de la vida (máximo 120 años). Tal vez se la podrá prolongar algún día. Pero la noticia: se ha encontrado ahora por fin lo que los hombres han anhelado siempre profundamente, el elixir de la inmortalidad, sería la amenaza más real del perecimiento del mundo de todos los tiempos. Pronto los nuevos  ciudadanos de la tierra tendrían que desembarazarse por la fuerza de los viejos.
En cambio, los hombres no tienen que prohibirse buscar de cualquier forma para sí y para sus semejantes, también con los medios de la biología molecular, la libertad individual frente a la enfermedad. La enfermedad no pertenece a las restricciones que hacen posible la vida, impuestas por la naturaleza a los hombres. Ni el individuo particular ni la comunidad, ni la unidad de la naturaleza necesita la enfermedad. Antes bien, la naturaleza ha dotado al hombre, y no sólo a él, con las más refinadas disposiciones para defenderse contra la enfermedad, con virtudes para la curación, con un sistema inmunológico, un intestino altamente selectivo, permeable, una barrera hemato-encefálica y, no en último lugar, con una capacidad de prevención. La enfermedad  no está, ciertamente, dentro de sus intenciones, ella sucede, a pesar de todo.
La medicina viene en ayuda de la naturaleza cada vez con mayor eficacia. ¿Y la clonación de hombres? Es un principio de la naturaleza, el de que cada nuevo hombre es genéticamente un único, una combinación de los genes paternos, la cual nunca se ha dado así y nunca más volverá a darse. Personalmente no obtiene ningún provecho de ello; tampoco como duplicado de nadie ha elegido su sexo. Pero como ser genérico el hombre pudo convertirse en el genio de la adaptación que ha llegado a ser, gracias sólo a su variabilidad: siempre, con cada nuevo hombre, una única combinación de genes ha recibido una oportunidad. Algunas veces se le desliza a la naturaleza un error en las primeras divisiones del óvulo fecundado: es entonces cuando nacen gemelos univitelinos, genéticamente idénticos, es decir, clones. Pero, el que su tasa, a diferencia de la tasa de los gemelos bivitelinos, sea en todo el mundo por igual baja (0, 35 por ciento), muestra que para ella la prohibición de la clonación va en serio; más, no parece tolerar.
Y en consecuencia: si los hombres empezasen a clonarse, irían contra uno de los principios a los cuales deben su existencia. Por esta razón no se lo pueden permitir.
 
Nota
* Sosein: literalmente “ser así” ; elegimos “identidad” para hacer más general su sentido (N. del T.)

Fuente: Revista de Antioquia
http://catios.udea.edu.co/~revudea/


La Nueva Eugenesia
Jesse Reynolds

Mientras escribo este artículo, delegados de todo el mundo se reúnen en la sede de Naciones Unidas para tomar medidas conducentes a la creación de una convención internacional que prohíba la clonación humana reproductiva. La clonación es la tecnología de manipulación genética y reproductiva de seres humanos más reciente y llamativa, que ha despertado una gran polémica y mantiene a la sociedad dividida. Además, durante varios años, periódicos universitarios han publicado casos de pagos de ingentes sumas a "donantes" de óvulos con características concretas (véase "Tecnologías de reproducción asistida" en el número de julio/agosto de 2002 de Z Magazine). Recientemente se ha hablado del diagnóstico genético previo a la implantación, que consiste en el análisis de los embriones para averiguar si poseen ciertas características genéticas antes de implantarse mediante la técnica de fecundación in vitro, con vistas a seleccionar el sexo o descartar enfermedades hereditarias. La ingeniería genética para rasgos hereditarios, la tecnología susceptible de causar el mayor impacto social y biológico hasta el momento, pronto suscitará un debate público.

La clonación humana con fines reproductivos ya no es considerada ciencia ficción imposible ni tabú. La tecnología es inminente, y ya hay varios científicos sin escrúpulos trabajando en la clonación de niños. Pese a que más de treinta países ya han aprobado leyes que prohíben la clonación reproductiva, Estados Unidos no se cuenta entre ellos. Los medios de comunicación estadounidenses, en vez de centrar su atención en el reciente fracaso del Senado en prohibir una tecnología rechazada por más del 90% de norteamericanos, publican enternecedoras historias de parejas que desean clones y favorecen a partidarios de la clonación como Severino Antinori. La compasión y el espectáculo generados sólo han servido para confundir más a la opinión pública.

Tanto la clonación reproductiva como las demás tecnologías indicadas anteriormente ofrecen la posibilidad de preseleccionar la composición genética de los vástagos. Los hijos ya no serán fines en sí mismos aceptados incondicionalmente, sino que se convertirán en medios para lograr un objetivo. Si a esto le añadimos la creencia cada vez más arraigada de que la genética marca el destino, los seres humanos serán considerados genéticamente superiores o inferiores. Se dará paso a una nueva eugenesia, impulsada por el mercado "libre" y la innovación tecnológica. Peor aún, si sus defensores logran justificar la clonación reproductiva como el derecho a elegir, y la ingeniería genética de rasgos hereditarios como un medio de erradicar enfermedades, es probable que incluso liberales y progresistas den su consentimiento, cuando no su apoyo.

No cabe duda de que, en el mercado de "mejoras" genéticas, sólo los que cuenten con medios económicos podrán permitírselas (véase "La eugenesia de los yuppies", en el número de marzo de 2002 de Z Magazine), y los privilegios socioeconómicos se ampliarán a los genéticos. Los que luchan para defender los derechos humanos, la igualdad y la justicia social deben oponerse a este abominable futuro de castas genéticas. No hay que olvidar que el movimiento eugenésico de hace cien años surgió en gran parte con el apoyo de progresistas y defensores de la libertad de reproducción. Sin embargo, se tradujo en cientos de miles de esterilizaciones forzosas en Estados Unidos y, tras pasar por la deplorable lógica del fascismo, tuvo peores consecuencias en Europa. Barbara Katz Rothman, catedrática de sociología, advierte de que "la historia nos ha enseñado qué ocurre cuando la gente se clasifica en mejor y peor, superior e inferior, digna de vivir y no tanto. ¿Qué puede ocurrir si la tecnología utilizada para defender el concepto genético no es la brutal tecnología de grilletes y barcos de esclavos, de duchas de gas letal y crematorios, o ni siquiera la tecnología de esterilización quirúrgica, sino la magnífica y extraordinaria tecnología de la nueva genética? Mis hijos no conocerán la tecnología genética con cadenas y grilletes, ni hacinados en vagones de ganado. Se la pondrán en bandeja". Por mucho que progresistas y liberales se estremezcan ante este panorama, recabar su oposición a la nueva eugenesia tecnológica no es tarea fácil.

Al igual que ha ocurrido con la ingeniería genética en agricultura, la biotecnología y los sectores afines confían en utilizar las leyes de propiedad intelectual y las estructuras neoliberales para privatizar los conocimientos genéticos. Lo más probable es que sigan persiguiendo este objetivo y entren en el lucrativo mercado de "bebés de diseño" para gente acomodada, mediante el uso de tácticas perfeccionadas en el debate sobre clonación. Imagínense un futuro así:

La clonación reproductiva es conocida como "reproducción de gemelos separados en el tiempo".

Las prohibiciones se ven como una violación del derecho de las mujeres a elegir y una discriminación contra futuros clones.

La ingeniería genética humana somática (no hereditaria) se ofrecerá para curar enfermedades.

Tras unas cuantas modificaciones genéticas hereditarias "fortuitas", tales prácticas serán defendidas, y posteriormente comercializadas, por las empresas de biotecnología como un medio de erradicar para siempre enfermedades y acabar con los genes peligrosos.

Al no existir una distinción clara entre la curación de enfermedades y las mejoras genéticas (por ejemplo, eliminar el gen que hace que una persona sea propensa a sufrir obesidad), dentro de poco los padres con medios económicos podrán diseñar el genoma de sus hijos para que sean guapos, inteligentes, deportistas y ambiciosos.

En cada una de estas etapas, los defensores de las nuevas tecnologías eugenésicas intentarán normalizarlas poco a poco, pese a repugnancia general que despiertan. Lo que es más alarmante, intentarán manipular los conflictos políticos tradicionales para dividir a sus detractores. La mayoría de progresistas y muchos centristas comparten una visión del mundo en la que la humanidad está compuesta por seres iguales, miembros de una comunidad más importante que las transacciones económicas que allí se hacen. No obstante, el sector de la biotecnología tiene dos cartas que jugar con vistas a fracturar esta coalición, ambas puestas de manifiesto en el reciente debate sobre clonación.

En primer lugar, argumenta que las tecnologías reproductivas amplían las posibilidades de elección de las mujeres, y que las prohibiciones atentan contra su derecho a disponer de su cuerpo, de modo que, no sólo obtienen el favor de liberales, sino también el de los posibles opositores de la derecha de la corriente pro vida.

En segundo lugar, la investigación biomédica sigue siendo una vaca sagrada inmune a las críticas que tradicionalmente recaen sobre otros sectores similares. Pocos críticos del poder de las multinacionales se detienen ante acusaciones de irresponsabilidad de las centrales nucleares, las plantas químicas o incluso el sector farmacéutico. Pero poner de manifiesto los inconvenientes de cierto tipo de investigación médica, como que centre su atención en rentables curas para ricos y que pretenda patentar los conocimientos biológicos, normalmente se ve como un intento de obstaculizar los avances médicos comparable a un asesinato.

Las cuestiones que rodean estas nuevas tecnologías, con sus abominables consecuencias, no entran en las discusiones políticas tradicionales. De este modo, los que se oponen a su uso, especialmente los progresistas y liberales, son vulnerables a la manipulación política de los que las defienden. La imposición de una falsa dicotomía entre la derecha y la izquierda por parte del sector de la biotecnología y los libertarios radicales hace que los críticos del excesivo poder de las empresas se dividan, se marginen y acaben por ser derrotados, pese a ser mayoría.

Cada vez más, las principales cuestiones que preocupan a progresistas se pueden entender mejor en el contexto de las tensiones entre una concepción del mundo comunitaria apoyada en la justicia social y la solidaridad, y otra cimentada en el libertarismo. De aquí han surgido nuevas coaliciones. Por ejemplo, en el caso de los acuerdos mundiales de derechos de los inversores, como el ALCA y la OMC, algunos centristas se aliaron con verdes, socialistas y sindicatos para oponerse al programa de los partidarios del libertarismo empresarial, tanto democráticos como republicanos. Es obvio que los sentimientos libertarios de la izquierda han sido manipulados por la retórica de las élites económicas y los intereses empresariales en dividir y conquistar a sus críticos. No cabe duda de que volverán a intentarlo, y hay que extremar la prudencia a la hora de priorizar estos valores libertarios a expensas de la justicia social, sobre todo cuando aquellos que exigen "libertad" con mayor vehemencia disfrutan de privilegios socioeconómicos.

Las deliberaciones de Naciones Unidas suponen un paso en la dirección acertada, y una oportunidad que no hay que desperdiciar. Ninguna nación ha expresado su oposición a una prohibición de la clonación humana con fines reproductivos. Sin embargo, como en el Senado estadounidense, la cuestión se confunde con la clonación terapéutica, en la que se crean embriones humanos que posteriormente se utilizarán para investigaciones sobre tecnologías con células madre. Existe la preocupación de que, si se autoriza la clonación terapéutica, resultará imposible prohibir la clonación reproductiva. Por contraste, los antiabortistas consideran que la clonación terapéutica supone un aborto en nombre de la ciencia. En la actualidad, un reducido grupo de países con líderes contrarios al derecho a elegir amenazan con boicotear la convención sobre clonación. Por lo visto, prefieren que no haya prohibición alguna antes que una que vete únicamente la clonación reproductiva. Sería una lástima, dado que se trata del primer tratado sobre bioética de la ONU, que además cuenta con el respaldo del resto de países.
Noviembre de 2002

Fuente: Genetics and Society
http://www.genetics-and-society.org/index.asp


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