|
040509 -
Darío Aranda
-
Amenazas anónimas, campaña de desprestigio
mediáticas y presiones políticas fueron algunas de las
consecuencias de un doble pecado, investigar los efectos
sanitarios del modelo agropecuario y, más grave aún, animarse a
difundirlos. En el segundo piso de la Facultad de Medicina de la
UBA trabaja Andrés Carrasco,
profesor de embriología, investigador principal del Consejo
Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet) y
director del Laboratorio de Embriología Molecular.
>>Transgénicos>>
Con treinta años de trabajo científico y académico, confirmó
hace veinte días el efecto letal del
glifosato
en embriones, cuya marca comercial más famosa es
Roundup,
de la multinacional
Monsanto. Sabía que vendría una réplica del sector, pero
no esperaba que fuera de un calibre tan alto.
“No descubrí nada nuevo. Sólo confirmé lo que otros científicos
descubrieron”, explica, en su oficina pequeña y luminosa.
Pasaron dos semanas complejas, con una campaña de desprestigio
que aún no termina. Prefirió el silencio y avanzar en nuevas
pruebas. Hasta que pusieron en duda la existencia de su
investigación. “Creen que pueden ensuciar fácilmente treinta
años de carrera. Son hipócritas, cipayos de las corporaciones,
pero tienen miedo. Saben que no pueden tapar el sol con la mano.
Hay pruebas científicas y, sobre todo, hay centenares de pueblos
que son la prueba viva de la emergencia sanitaria.”
>>Funcionarios públicos, ¿Saben que es el glifosato?>>
Veinte días atrás, cuando este diario difundió su investigación,
ninguna empresa ni medio del sector retomó el tema. Pero tres
días después se conoció otro hecho, inesperado: la Asociación de
Abogados Ambientalistas presentó un amparo ante la Corte Suprema
de Justicia, por el cual solicitó la prohibición de uso y venta
hasta tanto no se investiguen sus efectos en la salud y el
ambiente. Las empresas encendieron luces amarillas y comenzaron
con comunicados, alarmadas por la posible baja de rentabilidad.
Cinco días después, el lunes 20, el Ministerio de Defensa
prohibió la siembra de soja en sus campos, haciéndose eco del
efecto nocivo del agrotóxico. Fue un hecho político inédito, una
cartera nacional alertó sobre los males de los agroquímicos. En
ese momento, empresas, cámaras del sector, medios de
comunicación y operadores políticos declararon el alerta máxima.
Nunca antes las multinacionales del agro y sus voceros habían
reaccionado tan violentamente. Durante toda la semana montaron
una campaña en defensa de los agrotóxicos y, al mismo tiempo, de
desprestigio hacia las voces críticas. El temor de los
sostenedores de los agro negocios es la prohibición de su
agrotóxico más famoso, uno de los químicos emblema del modelo
agropecuario actual.
>>Contaminación por agroquímicos>>
Glifosato, toxicidad y reacciones
–¿Esperaba una reacción como la que se dio?
–No. Fue una reacción violenta, desmedida y sucia. Sobre todo
porque no descubrí nada nuevo, sólo confirmé algo a lo que otros
habían llegado por otros caminos. Por eso no entiendo por qué
tanto revuelo de las empresas. Hay que recordar que el origen
del trabajo se remonta a contactos con comunidades víctimas del
uso de agroquímicos. Ellas son la prueba más irrefutable de lo
que yo investigué con un sistema y modelo experimental con el
trabajo de hace 30 años, y con el cual confirmé que el glifosato
es devastador en embriones anfibios; aun en dosis muy por debajo
de las usadas en agricultura, ocasiona diversas y numerosas
deformaciones.
–¿Los resultados son extrapolables a la salud humana?
–Los modelos animales de vertebrados que hoy se usan en la
investigación embriológica tienen una mecánica del desarrollo
embrionario temprano y una regulación genética común. Los
resultados deben ser considerados extrapolables cuando un
impacto externo los altera. El mundo científico lo sabe, y
funcionarios de los ministerios también. Por eso, cuando
encontré esas evidencias surgieron dos cuestiones a resolver,
cómo seguir la investigación para saber cuál es la mecanística
de un efecto que altera la forma normal del embrión, lo cual
está en marcha. Y la otra decisión era cómo darla a conocer.
–¿Por qué la difusión se transforma en un problema?
–Porque no hay canales institucionales confiables que puedan
receptar investigaciones de este tipo, con poderosos intereses
en contra. Entonces la decisión personal fue hacerla pública, ya
que no existe razón de Estado ni intereses económicos de las
corporaciones que justifiquen el silencio cuando se trata de la
salud pública. Hay que dejarlo claro, cuando se tiene un dato
que sólo le interesa a un círculo pequeño, se lo pueden guardar
hasta tener ajustado hasta el más mínimo detalle y lo canaliza
por medios para ese pequeño círculo. Pero cuando uno demuestra
hechos que pueden tener impacto en la salud pública, es
obligación darle una difusión urgente y masiva.
–¿Es una práctica común dar difusión a un avance científico
antes de estar publicado en una revista científica?
–Es algo totalmente común. En el país hay instituciones que
todos los días difunden sus progresos científicos, que hasta
poseen agentes de prensa que difunden los avances; nadie los
cuestiona y los medios de comunicación los replican sin
preguntar. Difunden progresos, sin papers, sin publicaciones y
está muy bien. Pero claro, esas difusiones no afectan intereses
de grupos poderosos.
–Pero existe una tensión en el ámbito científico sobre cuándo
dar a conocer un avance.
–La tensión es si la divulgación debería esperar a ser
“aprobado” (remarco las comillas porque es todo un tema aparte,
que lleva años). Ahora, si la investigación tiene implicancias
más allá de lo académico, afecta a la sociedad, el dilema moral
es si me lo guardo hasta que termine el más mínimo detalle y mi
narcisismo esté satisfecho, o prendo el alerta. Yo decidí dar la
alerta, e insisto en que no es nada nuevo, hay antecedentes
claros como
Robert Belle y Gilles-Eric Seralini, que han hecho estudios
con otros modelos, publicados, y con resultados más importantes
que los míos. Lo que tendrían que hacer las instituciones, en
vez de atacarme, como está sucediendo desde algunos funcionarios
y las empresas, es informarse y comenzar a trabajar para
remediar lo sucedido.
–Las empresas, y los medios, de los agronegocios sostienen que
no hay estudios serios.
–Hay investigaciones en diversas partes del mundo y son muy
serias, como las que acabo de mencionar. Las empresas y sus
periodistas empleados descalifican una investigación, pero al
mismo tiempo no escuchan la catarata de cuadros médicos
palpables en las zonas sojeras; las provincias están plagadas de
víctimas de agrotóxicos, pero ahí los diarios no quieren llegar,
y mucho menos las empresas responsables. No entiendo por qué mi
relato tiene más importancia que el de las Madres de Ituzaingó
(barrio de las afueras de Córdoba, emblema de la contaminación
con agroquímicos). Los médicos de las provincias están desde
hace años denunciando, los campesinos y las barriadas urbanas
también. Y queda todo silenciado. Es una evidencia de la
realidad y es incontrastable. Yo me inspiré en esa realidad y
los resultados son los conocidos. Las empresas del agro, los
medios de comunicación, el mundo científico y la dirigencia
política son básicamente hipócritas respecto de las
consecuencias de los agrotóxicos, protestan y descalifican una
simple investigación pero no son capaces de observar las
innumerables evidencias médicas y reclamos en Santiago del
Estero, Chaco, Entre Ríos, Córdoba y Santa Fe.
–¿Qué otros trabajos existen?
–Belle y Seralini en Francia. También hay trabajos de la
Universidad Nacional del Litoral y de investigadores como
Alejandro Oliva, de Rosario, que contó con la colaboración del
INTA y Federación Agraria. Hay relevamientos de los doctores
Rodolfo Páramo (Santa Fe) y Darío Gianfelici (Entre Ríos). No
son muchos estudios, pero existen, son serios y están
disponibles.
–¿Por qué el sector científico no estudia?
–Porque no en todo el mundo hay tan enorme cantidad de hectáreas
con soja como se da en la Argentina. Hay casi 18 millones de
hectáreas. Desde el punto de vista ecotoxicológico, lo que
sucede en Argentina es casi un experimento masivo.
>>Acerca de los estudios de
Robert Belle y
Gilles-Eric Seralini>>
Las corporaciones y la ciencia
–Se intentó deslegitimar su investigación diciendo que la UBA y
el Conicet no sabían de su trabajo.
–La UBA y el Conicet son organismos de gestión, no tienen por
qué conocer todo lo que hago yo o lo que hacen todos sus
investigadores. Está dentro de nuestras facultades definir las
líneas de trabajo, investigar y dar a conocer resultados. Es la
lógica de la investigación. Por eso yo no tengo que pedir
autorización para iniciar una idea o un tema nuevo y ellos no
tienen por qué conocerlo, porque la ciencia no funciona con
organismos fiscalizadores de los temas que elegimos. Forma parte
de la libertad académica, nos movemos por hipótesis, preguntas y
desarrollamos investigaciones. También se dijo que el Conicet,
como institución, no suscribió a mi investigación. Y es verdad,
porque no se lo pedí y no tiene por qué suscribir en el marco de
una idea nueva dentro de la amplitud de un proyecto. Es lo que
sucede en centenares de investigaciones que se realizan. Que
quede claro, el Conicet no tiene responsabilidad sobre mis
decisiones. Es una decisión personal, como corresponde, no
institucional. Y está dentro de mis facultades. Tampoco se
requiere autorización institucional para desarrollar
investigaciones, aunque sabemos que algunas son más resistidas
que otras.
–Son públicos los convenios entre Conicet y la
minera Barrick
Gold, y también con
Monsanto, con la cual hasta contaban con un
premio de investigación conjunto (“Animarse a Emprender”). ¿Las
investigaciones que pudieran ser críticas con esos sectores son
menos bienvenidas que otras?
–(Sonríe.) Prefiero no responder.
–¿Usted podría investigar para Monsanto?
–Desde ya. El Conicet y la UBA lo permiten. Es más, muchos
científicos trabajan desde hace años para empresas de
biotecnología bajo la figura de asesor-consultor, por la cual el
Conicet permite hasta doce horas semanales que sus
investigadores provean servicios al sector público o privado.
–Se acusa a su investigación de no estar validada en una
publicación científica.
–Es una chicana barata, de cuarta, que sólo muestra el temor de
las empresas. En el mundo científico es sabido que la validación
de un trabajo no se da por su publicación en una revista del
sector. Es más, los científicos somos testigos de errores e
incluso fraudes que se publican en revistas especializadas.
Muchas veces se publica algo y luego se demuestra que es
erróneo. Y, por otro lado, muchas veces hay investigaciones que
no se publican no porque sean malas, sino porque a la revista no
le interesa, sea por línea editorial o intereses en juego. Un
ejemplo personal: en 1984 descubrimos genes muy importantes para
el desarrollo embrionario, genes Hox. Publiqué dos papers en
Cell, una de las mejores revistas del mundo, y había quienes
creían y quienes no. Tuvieron que pasar años para que la
comunidad científica lo validara.
–El Laboratorio de Embriología es dependiente del Conicet. ¿Su
trabajo tiene que ser validado por el Conicet?
–Que por favor quede claro, ni el Conicet ni un comité editorial
validan investigaciones, lo que hacen es evaluar la evidencia
que uno presenta y juzgan la solidez desde la presentación. No
tienen forma de verificar los resultados en forma práctica. La
única certeza de una validación se da en que otros
investigadores puedan repetir de forma sistemática, y hasta
perfeccionada, los resultados de la investigación realizada.
–¿Cuándo va a compartir su trabajo para ponerlo a discusión de
la comunidad científica?
–En breve. Debo terminar algunos ensayos y estará listo. Lo que
más quiero es pasárselo a colegas, investigadores que repliquen
el trabajo. De hecho ya lo he compartido con pares del país y
del exterior. Desde ya que debieran ser estudios independientes,
no los provistos por las corporaciones o espacios del Estado a
su servicio.
–¿Monsantopodría replicarlos?
–Si contrata investigadores idóneos, sí. No tengo dudas de que
lo hará y todos sabemos a qué resultados llegarán.
–¿Cómo continuará la investigación?
–Ya confirmamos las malformaciones. Ahora estamos avanzando en
conocer cuál es el mecanismo de acción, es un paso más. Como es
un trabajo científico, continuaré con el grado de libertad
académica de que dispongo, tratando de ver cuáles son las causas
mecanísticas y moleculares de las observaciones hechas para
publicar los resultados. Aparte del anfibio, que nos sirve de
modelo, extenderemos los experimentos a otros modelos de
desarrollo embriológico, como aves.
–¿Puede suceder que, con estas nuevas pruebas, los resultados
difundidos –de malformaciones– no se repitan?
–No hay forma. Porque fueron experimentos controlados, en los
que fuimos rigurosos. Y, además, porque ya hay evidencia
científica que va en ese sentido. Por eso, insisto, no
descubrimos nada nuevo. Yo llegué a un resultado y creo en él.
Si la comunidad científica llega a otra conclusión, bienvenido
sea. El centro del problema no debiera ser esta investigación.
Sería querer tapar el sol con la mano. Yo sólo aporté un punto
más a la discusión. Pero hay sectores que quieren cerrarla, ni
siquiera por convencimiento ideológico, sólo por conveniencia
económica.
–Se acusa a su trabajo de usar un método erróneo con el
glifosato, y que por eso los resultados son devastadores: que
las concentraciones de la experimentación nunca son las que
eventualmente podría recibir un humano al ser aplicado en el
campo. Hubo quien mencionó que “si ponemos gasoil en el vaso de
leche, claro que ocasionará intoxicaciones, y no por eso se
prohibirá el combustible”.
–Ese tipo de afirmación tienen varias facetas. Por un lado,
muestra desconocimiento biológico, lo cual es entendible para
quien no se dedica a esta rama de la ciencia. Pero, en boca de
los voceros de las corporaciones, también muestra una
intencionalidad lejana a la inocencia, con intenciones de
desprestigiar una estrategia de análisis mundialmente aceptada.
Entonces sí me parece una comparación poco seria, maliciosa e
hipócrita. Es sabido, tanto en la comunidad científica como en
el sector agropecuario, que la aspersión del herbicida afecta
ecosistemas, operando directa o indirectamente sobre insectos y
otras especies animales cuando se ponen en contacto con el
herbicida. O sea que además de células vegetales, también
afectan organismos compuestos por células animales. Nuestros
experimentos alertan que tanto el cóctel comercial como la droga
pura en células animales generan alteraciones del desarrollo
embrionario. Por lo tanto el glifosato dentro de la célula
embrionaria altera el funcionamiento celular, tal como sucede en
las células vegetales de las malezas. Por otra parte, ya está
probado que los herbicidas se trasladan por la acción del
viento. Es una prueba de la realidad, incontrastable, el
padecimiento de familias de campos linderos y de barrios
cercanos a las fumigaciones. Por lo tanto, el glifosato puede
atravesar barreras respiratorias y/o placentarias y entrar a las
células embrionarias, incluso existen avances científicos en esa
dirección, como también existen registros de glifosato y de sus
posibles metabolitos presentes en mujeres embarazadas. Esto
podría correlacionarse con potenciales efectos malformativos.
Por lo tanto, desentrañar si el glifosato puro inyectado tiene
efectos sobre el comportamiento de células embrionarias animales
durante el desarrollo era ineludible en una estrategia
experimental correcta, e insisto que utilicé una estrategia de
análisis clásica de la investigación científica.
–¿Cree que hay que prohibir el glifosato?
–En mi trabajo yo no planteo eso. Y no es de mi competencia
proponer una medida de ese tipo. Lo único que afirmo, respaldado
en 30 años de estudio en la regulación genética embrionaria, es
que este producto genera alteraciones en el desarrollo, estoy
seguro de eso.
–Sus resultados no se corresponden con la clasificación del
Senasa o las recomendaciones de la Secretaría de Agricultura.
–Es un claro problema de ellos, que lo clasifican como de baja
toxicidad. Todo lo contrario de lo que afirman estudios
diversos, que confirman la alteración de mecanismos celulares y,
sobre todo, contrario a lo que padecen familias de una decena de
provincias. Es de locos pensar que no pasa nada. -
Página 12
|